q.1
Juicio sobre Eurípides y Jorge de Pisidia. El mismo, ante quien le preguntó:«¿ Quién versificaba mejor, Eurípides o Pisidia?». Ambos son muy hábiles en lo que respecta a la métrica y a la poesía, tanto el fliasio Eurípides, el trágico, como Jorge de los pisidios, quien perfeccionó el metro yámbico más que la mayoría de sus contemporáneos. Pero, dado que compuso el mismo discurso de manera muy similar, es difícil distinguir en qué se diferencian el uno del otro y cuál de los dos es superior. Sin embargo, si alguien posee un conocimiento notable de ambas artes, tanto de la métrica como de los ritmos, y es de pensamiento elevado y teórico respecto a los metros y los pies, no le resultará muy difícil encontrar una diferencia entre ambos y otorgar a uno la victoria sobre el otro. Que esto sirva de preámbulo a todo el discurso: los metros y los ritmos han recibido innumerables variaciones a lo largo del tiempo. Pues el metro heroico ya no conserva su antigua magnificencia, ni se mantiene en los metros más precisos, sino que se han mezclado con el dactílico y el espondaico metros itifálicos y combinaciones de yambos; tampoco el metro yámbico aparece con los mismos descansos, los mismos ritmos y la misma estructura que los anteriores, sino que ahora es más teatral y se ha vuelto descarado, como en la orquesta, saltando sobre toda base y volando sobre todo ritmo, y ahora solo es envidiable lo que es impetuoso y de ritmo yámbico. La poesía trágica, sin embargo, adornada con diversos ritmos y utilizando metros variados, no baila fuera de sus temas ni los sobrepasa, sino que, donde desea, emula los sonidos bien ritmados, prefiere la euritmia de los pies y abraza las combinaciones métricas del discurso; pero donde le parece al poeta, cambia el tono y altera el ritmo, y a veces el ritmo es arrebatado, y otras veces avanza sobre una base métrica de tres o cuatro sílabas, y el discurso retórico, en su belleza— me refiero a la idea—, ritma de alguna manera los ritmos más musicales, mientras que en las otras ideas, sobre todo, se vuelve áspero, es decir, coloca metros ásperos y endurece el oído. Eurípides, pues, habiendo perfeccionado la poesía como nadie más, a menos que uno prefiera a Sófocles sobre él, es admirable por su variedad y capaz de imitarlo todo; y a veces encontrarás al poeta ditirambizando y emulando y prefiriendo lo nuevo, y otras veces iniciando otras gracias y solemnidades, adornándose con coriambos y volviéndose polifacético en su poesía, siendo muy ético donde el carácter debe ser solemne y, a su vez, muy patético donde las pasiones de los que sufren se agitan, puesto que el capítulo más perfecto de la poesía trágica es la pasión, y esta es la diferencia entre los dos géneros, el de hablar trágicamente y el de hablar cómicamente: que en aquel subyace la pasión, mientras que en este predominan las risas y las gracias. Y dado que las partes de la tragedia son muchas, no solo en cuanto a la escena, sino también en cuanto a toda la obra y su estructura, y una cosa es lo que ocurre en escena, el coro, y otra lo que ocurre fuera de ella, y unos son los episodios y otros los proemios; y unas cosas las dicen los mensajeros, otras el sistema bárbaro de los frigios, o mujeres cautivas, o un coro diferente, y no todo es adecuado para todos en cuanto a los metros, sino que el poeta debe invocar un canto femenino, imitar un carácter bárbaro, perfeccionar la lengua griega y representar las demás cosas que corresponden a los personajes subyacentes; por estas razones, los versos en cada caso son diferentes y los metros y ritmos son incompatibles entre sí. En cuanto a Sófocles y, ciertamente,
q.2
en Esquilo, los pensamientos son más profundos y la construcción del discurso es más solemne, y no en todas partes hay gracias ni ritmos bien marcados, sino que la mayoría de las cosas son más solemnes y, por así decirlo, más decorosas. Esquilo, al menos en el Prometeo encadenado, se desvía un poco de su carácter habitual y, deleitándose demasiado con yambos puros y ciertas palabritas que acarician el oído, se ocupó de la trama de manera más refinada; pero en sus otras tramas dramáticas, especialmente donde imita a los personajes de Darío, es terrible en la mayoría de los casos y difícil de expresar, y nadie que no esté iniciado podría conocer sus teofanías, por así decirlo. Eurípides, habiendo compuesto ochenta o más dramas, es en todas partes estatuario y elegante, no solo en las gracias del discurso, sino también en las mismas pasiones; y a menudo, al dramatizar oportunamente a los atenienses, los llevó a muchas lágrimas, pues creían ver lo que se decía como si estuviera sucediendo. Donde introduce a Orestes enloquecido, habiendo hecho un preámbulo con todo lo que es natural sobre Tántalo, luego bajando hacia su hermana Electra y las que se reúnen de los vecinos, de modo que Orestes pueda ver y ser examinado, no habla con« paso tranquilo»( v. 136), sino que él permanece donde estaba, mientras que las que responden a Electra, que dice« callad, no hagáis ruido, que no haya ruido dentro» y lo demás, entrelazaban un coro entre sí, y cantaban los metros según la melodía, y sin importarles si debían poner el acento agudo en la palabra, cantaban de otra manera. Así, en todas partes, la frase rítmica, la elocuencia de la palabra y la melodía del ritmo son su preocupación. En efecto, introduce toda la música y las mismas progresiones rítmicas en sus propios poemas, y sus discursos no carecen de intervalos ni de cambios de giros lingüísticos. Y el hombre se ha preocupado especialmente por otras cosas; pues el sabio cambia los metros y la palabra y varía la frase según su capacidad. El hombre no descuida las tramas ni los caracteres de los personajes, aunque en esto las tragedias de Sófocles fueron más trabajadas y elaboradas que las de los demás. A Eurípides le importaron menos estas cosas, pero se ocupó más que aquel de la composición melódica, me refiero a la que está en los discursos, y del uso de esta y de estas tres de las ciencias más bellas: la música, la rítmica y la métrica, como si reuniera flautas, cítaras y liras para sus propias tramas. Y cuando debe barbarizar la lengua, la ha imitado de tal manera que parece que el mismo hombre habla griego perfectamente y comete solecismos con precisión; pues lo que se aparta de la lengua ática en las palabras bárbaras parece un solecismo. Hay ocasiones en las que se desvía de lo apropiado y se vuelve más una cuestión de fuerza lógica que de precisión poética; sin duda, al contraponer a Hécuba a Odiseo, un hombre noble y retórico, la eleva contra él y le otorga los premios; y aunque también ejercita a aquel no sin agrado, lo hace inferior a la cautiva. Y el error del hombre es también un logro para otros. Pero la precisión del discurso y la fuerza de la ciencia exigen lo mejor de todo. Tal es Eurípides. El sabio de Pisidia, creo que de la Antioquía menor, no es poeta de versos heroicos, sino que, habiendo emulado un solo género de metro, el yámbico, me refiero al antiguo y monométrico, y habiéndose ocupado de esto en la mayoría de los casos, no varía en absoluto los personajes que se le presentan, ni la construcción dramática ni la variada... de manera muy rítmica y elocuente compone los yambos, no cortando el yambo finamente en muchas partes, sino que a veces se contenta con solo tres. En todo, su frase es fluida, como si no estuviera pensando ni en los pensamientos ni en las palabras, sino leyéndolos tal como se le presentan; todos sus nombres son griegos y, junto con la magnificencia, son eufónicos. Y si abordara la metáfora, ya sea en los juegos y gracias o en la solemnidad, hace avanzar los hallazgos en el discurso y los coloca de manera tan natural que no parece corromper nada de la
q.3
otra trama desde la cual se lanzó a la suya propia. Por ejemplo, al mencionar una enfermedad en el discurso, inmediatamente introduce toda la medicina, sin escatimar ni las causas ni aquello con lo que se curan las enfermedades. Y si cuelga una cadena desde el cielo y ata a ella ciertas fuerzas, inmediatamente aparecen los vínculos, los accesorios y todo lo que pertenece a la punta y al extremo de aquella cadena floja. Y si reúne a las Horas y las obliga a unirse como en un coro,¡ vaya!, la interacción de las manos, el círculo, el giro, el periodo, el epodo, la estrofa y la antistrofa y el movimiento. Y si decidiera teatralizar el discurso y llamara a la estructura de las Horas un carro de cuatro caballos, cuántas cosas dice sobre los aurigas y la mejor conducción, cuántas sobre los yugos, las ruedas y los cubos, cómo son sus ejes y las llantas de las ruedas, los adornos de los caballos y sus resoplidos; y el discurso desciende hasta los últimos detalles del arte, sobre los cuales ni siquiera los que se ocupan del arte podrían hablar. Y si formara falanges unas contra otras, encontrarías allí toda la formación de caballería e infantería, los lanceros, los tiradores, los arqueros, el enomotarca, el semilóquites, el retaguardia, los que están al lado, los que están detrás; y los versos saltan de él como de una honda, completando al mismo tiempo con los pies y el metro la rapidez del pensamiento. Si, pues, comparas los metros de Pisidia con la poesía trágica, me refiero a la de Eurípides, y los ritmos, es inferior a aquel... de la palabra y al ver la sangre desde la tierra y lo... los premios contra el poeta. Pues no sé si alguien sabe yambizar mejor que él, como tampoco heroizar, a menos que haya hecho los versos heroicos cortos y fáciles de contar.