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Original / primary: Spanish Gemini
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Madre mía,¿ por qué atormentas así tu querido corazón
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afligiéndote terriblemente, y por qué ya no se conserva
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el rubor de antaño en tus mejillas?¿ Por qué estás tan angustiada por mí?
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¿ Acaso porque tu ilustre hijo sufre dolores inmensos
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a manos de un hombre despreciable, como un león bajo un cervatillo?
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¡ Ay de mí!,¿ por qué los dioses inmortales
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me han deshonrado tanto?¿ Por qué mis padres me dieron a luz bajo un destino tan funesto?
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Desdichada de mí, que cuando llegué al lecho de un hombre irreprochable,
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al que yo honraba igual que a mis propios ojos
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y a quien aún hoy venero y respeto en mi corazón,
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no hubo nadie entre los vivos más desdichado que él,
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ni nadie que probara tantas penas con sus propios pensamientos.
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¡ Infeliz!, que con los arcos que el mismo Apolo le dio,
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o con las terribles flechas de alguna Ker o Erinia,
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mató a sus propios hijos y les arrebató la querida vida
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enloquecido en la casa, que estaba llena de matanza.
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Yo, desdichada, vi con mis propios ojos
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cómo eran abatidos por su padre, algo que ni en sueños le ocurrió a nadie más.
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Y no pude socorrer a mis hijos que llamaban
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a su madre, pues el mal invencible estaba cerca.
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Como un ave se lamenta por sus polluelos
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que perecen, a los que una terrible serpiente devora
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cuando aún son pequeños en los espesos matorrales; y ella, la noble madre,
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vuela alrededor chillando de forma muy aguda,
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y no puede ayudar a sus hijos; pues ella misma teme
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acercarse al gran terror de la implacable bestia;
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así yo, madre desdichada, lamentando a mi querida prole,
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vagaba por la gran casa con pies enloquecidos.
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¡ Ojalá hubiera muerto yo también junto con mis hijos
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y yaciera allí, habiendo recibido el veneno mortal en el hígado,
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¡ oh Artemisa, que reinas grandemente sobre las mujeres!
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Entonces nuestros padres, tras llorarnos en sus queridos brazos,
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nos habrían subido a la misma pira con muchos honores fúnebres,
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y habrían recogido los huesos de todos en una sola urna de oro
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y nos habrían enterrado allí donde nacimos por primera vez.
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Pero ahora ellos habitan en Tebas, criadora de caballos,
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arando la profunda tierra del campo aonio;
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mientras que yo, desdichada, en Tirinto, la escarpada ciudad de Hera,
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soy atormentada en el corazón por muchos dolores
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siempre igual; y no hay para mí ni un respiro de lágrimas.
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Pues solo veo a mi esposo por poco tiempo
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en nuestra casa; ya que tiene siempre lista una tarea
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de muchos trabajos, los cuales, vagando por tierra y mar,
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realiza teniendo en su pecho una mente de piedra o de hierro
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firme; pero tú te deshaces como el agua,
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llorando las noches y todos los días que vienen de Zeus.
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Ciertamente, nadie más podría consolarme al estar a mi lado
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de mis parientes; pues ninguno está dentro de los muros de la casa;
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y, en verdad, todos viven más allá del Istmo lleno de pinos,
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y no tengo a nadie a quien, al mirar,
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pudiera, como mujer totalmente desdichada, aliviar mi querido corazón,
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salvo, claro está, a Pirra, mi hermana; pero ella misma
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se aflige aún más por su propio esposo, Ificles,
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tu hijo; pues espero que tú hayas dado a luz a los hijos
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más miserables de todos, tanto de un dios como de un hombre mortal.
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Así habló; y sus lágrimas, más frescas que las manzanas,
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caían de sus párpados sobre su deseable regazo,
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al recordar a sus hijos y a sus padres de antaño.
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Y de la misma manera, Alcmena humedecía sus blancas mejillas
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con lágrimas; y ella, gimiendo profundamente desde el corazón,
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habló así a su querida nuera con palabras densas:
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Hija,¿ por qué te ha venido esto a la mente
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tan prudente?¿ Cómo quieres que nos agitemos ambas
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contando penas inolvidables? Pues no es la primera vez que se lloran.
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¿ O acaso no es suficiente con lo que nos ha tocado cada día
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al sucederse? Ciertamente, sería muy dada al lamento
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quien contara nuestras penas.
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Ten ánimo; no hemos recibido tal destino de parte de un dios.
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Y yo misma te veo, querida hija, esforzándote
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con dolores incesantes. Y soy consciente
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de tu angustia, cuando ya hay hartazgo de alegría;
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y te compadezco y me apiado de ti terriblemente,
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porque has compartido nuestro triste destino,
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que pesa sobre nuestras cabezas.
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Pues que lo sepa la Doncella y la de hermosas espigas, Deméter,
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por quienes alguien, gravemente perjudicado, juraría voluntariamente en falso
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si fuera enemigo, que no te quiero menos en mi corazón
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que si hubieras salido de mi vientre
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y fueras mi hija predilecta en casa.
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Y no creo que esto te pase desapercibido en absoluto.
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Por eso, no digas nunca, retoño mío, que no me preocupo por ti,
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ni aunque llore más intensamente que la de hermosos cabellos, Níobe.
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Pues ni aun así es censurable que una madre
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se lamente por un hijo que sufre; pues diez meses me esforcé
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antes incluso de verlo, llevándolo en mi vientre,
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y me llevó cerca de las puertas de Hades, el guardián;
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así soporté los malos dolores de parto al darlo a luz.
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Y ahora se me ha ido solo a tierras extrañas, cumpliendo un nuevo trabajo;
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y no sé, desdichada, si volverá de nuevo
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aquí, o si no lo hará.
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Además, un terrible sueño me ha perturbado durante mi dulce
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sueño; y temo, tras haber visto una visión funesta,
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terriblemente, que algo desagradable le ocurra a mis hijos.
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Pues me pareció que mi hijo, la fuerza de Heracles,
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tenía en sus manos una azada bien hecha;
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con ella cavaba una gran zanja, habiendo aceptado como salario
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en el confín de algún campo floreciente,
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desnudo, sin manto ni túnica de hermoso cinturón.
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Pero cuando llegó al final de todo el trabajo,
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esforzándose por el firme muro de una viña productora de vino,