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Original / primary: Spanish Gemini
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No debemos privar a las artes de su preservación constante, considerando que lo antiguo es difícil de igualar, ni, si alguno de los antiguos se nos ha adelantado en algo, debemos escatimar esfuerzos por emularlo en la medida de nuestras posibilidades, encubriendo nuestra pereza bajo una apariencia decorosa; más bien, debemos esforzarnos por superar lo que ya se ha hecho, pues si alcanzamos el objetivo, realizaremos algo digno de mención, y si por algún motivo llegamos a fallar, al menos nos otorgaremos el mérito de haber demostrado, al elogiarlo, que emulamos lo que está bien hecho.¿ Por qué he hecho este preámbulo? Se ha compuesto una ékfrasis de obras pictóricas, dedicada a mi homónimo y abuelo materno, que posee un estilo muy ático, con una gracia y un tono elevados. Al desear seguir sus huellas, nos vimos en la necesidad, antes de abordar el tema en su totalidad, de tratar también sobre la pintura, para que el discurso tenga la materia adecuada que se ajuste a los temas tratados. La pintura es una ocupación excelente y no de poca importancia, pues quien pretenda dirigir correctamente este arte debe haber examinado bien la naturaleza humana y ser capaz de discernir los símbolos de los caracteres, incluso en los que guardan silencio, y qué es lo que reside en la disposición de las mejillas, qué en la mezcla de los ojos, qué en el carácter de las cejas y, en resumen, todo lo que tiende a revelar el pensamiento. Quien posea esto suficientemente, lo sintetizará todo y su mano representará de forma excelente el drama propio de cada uno, ya sea que esté loco, enfadado, pensativo, alegre, impetuoso o enamorado, y, en definitiva, pintará lo que sea apropiado para cada caso. Dulce es también el engaño que hay en ella y no conlleva ninguna deshonra, pues,¿ cómo no va a ser capaz de cautivar el alma y estar libre de culpa el hecho de presentarse ante lo que no existe como si existiera y ser arrastrado por ello hasta creerlo, sin que de ello se derive ningún daño? Me parece que los hombres antiguos y sabios escribieron mucho sobre la simetría en la pintura, estableciendo leyes sobre la proporción de cada uno de los miembros, como si no fuera posible alcanzar la excelencia en el movimiento concebido sin que la armonía provenga de la medida natural, pues lo que es antinatural y fuera de medida no admite el movimiento de una naturaleza bien constituida. Al observar, se descubre que el arte tiene cierta afinidad con la poesía y que la fantasía es común a ambos. Pues los poetas introducen la presencia de los dioses en su propia escena y todo lo que conlleva grandeza, dignidad y seducción, y la pintura hace lo mismo, significando en el dibujo aquello que los poetas pueden expresar con palabras.¿ Y qué necesidad hay de hablar de lo que ya ha sido dicho claramente por muchos o de parecer que, al decir más, uno se dedica a elogiar el asunto? Pues basta con mostrar lo que nos ocupa, para que no se pierda en absoluto, por muy pequeño que sea, ya que, al encontrarme con dibujos de una mano hábil, en los que había acciones antiguas no carentes de arte, no consideré oportuno pasarlos por alto en silencio. Pero para que nuestro escrito no avance sobre un solo tema, que haya uno subyacente, sobre el cual sea necesario articular cada detalle, para que así también el discurso tenga lo que le corresponde.
1
AQUILES EN ESCIRO. a. La heroína que se adorna con la cuerda, pues ves, supongo, a Esciro, hijo, la isla bajo el monte, de aspecto robusto y vestida de azul, a la que el divino Sófocles llama ventosa. Tiene también en sus manos un brote de olivo y un sarmiento de vid, y bajo las estribaciones del monte hay una torre; allí viven como vírgenes las hijas de Licomedes junto con la que parece haber venido de parte de Tetis. Pues Tetis, habiendo conocido el decreto de las Moiras sobre su hijo, el padre Nereo, y que estaba destinado para él tanto vivir sin gloria como, si llegaba a ser glorioso, morir muy pronto, esconde al niño y lo oculta en Esciro junto con las hijas de Licomedes, pareciendo ser una doncella para las demás, aunque él, habiendo conocido con amor secreto a una de ellas, la mayor, y avanzando el tiempo hacia la hora del parto, dará a luz a Pirro. Pero esto no ocurre aquí. Un prado se extiende ante la torre, pues el lugar de la isla es propicio para ofrecer abundancia de flores a las doncellas, y ves, en efecto, cómo unas y otras se dispersan por diferentes lugares cortando flores. La belleza de todas es indescriptible, pero mientras unas se inclinan simplemente hacia la edad femenina, con miradas de ojos tiernos y el rubor de las mejillas y el impulso hacia cada cosa, demostrando muy bien su feminidad, esta que echa hacia atrás su cabello y es severa con delicadeza, pronto será descubierta en su naturaleza y, despojándose de lo fingido por necesidad, revelará a Aquiles. Pues habiendo llegado a los oídos de los griegos el secreto de Tetis, Diomedes es enviado junto con Odiseo a Esciro para descubrir cómo están las cosas. Y ves a ambos, al uno con la mirada de sus ojos hundida por la astucia, supongo, y por observar siempre algo, y al otro, el hijo de Tideo, sensato, pero dispuesto en su pensamiento y mostrando su capacidad de acción. Y detrás de ellos, el que señala con la trompeta,¿ qué es lo que quiere y cuál es el carácter de la pintura? Odiseo, siendo sabio y capaz cazador de lo oculto, maquina lo presente para la prueba de los cazados; pues habiendo arrojado al prado cestas y todo lo que es apropiado para el juego de las niñas, y una panoplia, las hijas de Licomedes se dirigen a lo suyo, pero el hijo de Peleo dice adiós a las cestas y a las lanzaderas, dejándolas ya para las doncellas, y lanzándose hacia la panoplia, se desnuda de lo que sigue.[ b.] Pirro ya no es un rústico, ni florece en la sequedad, como los jóvenes pastores, sino que ya es un soldado. Pues se ha apoyado en una jabalina y mira hacia la nave, y su vestimenta es una túnica roja recogida desde el hombro hasta la mano izquierda y una túnica blanca por encima de la rodilla; su mirada es feroz, pero no en acción, sino aún en espera, por la molestia de la demora, y su mente prefigura algo de lo que ocurrirá poco después en Ilión. El cabello, ahora que está tranquilo, cuelga sobre su frente, pero si se lanzara, se desordenaría inclinándose con los movimientos de su ira. Y las cabras que saltan sueltas y los rebaños desordenados y la maza arrojada en medio junto con el cayado, hijo, tienen que ver con tal relato: afligido por su madre y su abuelo por su estancia en la isla, ya que, temiendo por el niño tras la muerte de Aquiles, hicieron jurar que Pirro no saldría, se pone al frente de rebaños de cabras y vacas, descabezando a los toros que deshonran al rebaño, los cuales se muestran en el monte a la derecha. Habiendo llegado a los griegos un oráculo de que Troya no sería tomada por nadie más que por los Eácidas, se envía a Fénix a Esciro para llevarse al joven, y al desembarcar, se encuentra con él sin saber quién es, salvo por lo que la delicadeza y la robustez de su aspecto le indicaban que era hijo de Aquiles. Y a partir de ahí, habiendo reconocido quién era, se hace saber a Licomedes y a Deidamia. Esto es lo que el arte quiere enseñarnos con este breve dibujo, y está pintado de tal manera que incluso ofrece una canción a los poetas.
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b. El frigio ha sido derrotado, al menos mira como alguien que ya está perdido por la comprensión de lo que va a sufrir, y ha confiado en tocar la flauta por última vez, habiéndose atrevido inoportunamente contra el hijo de Leto; la flauta le ha sido arrojada sin honor para que no toque más, como si incluso ahora se hubiera demostrado que desafina, y está junto al pino, desde el cual sabe que será colgado, habiéndose condenado a sí mismo a este castigo de ser desollado como un odre. Mira de reojo a este bárbaro que afila el filo de la espada contra él, pues ves, supongo, cómo sus manos están en la piedra de afilar y en el hierro, y mira hacia Marsias con los ojos glaucos y erizando un cabello salvaje y seco, y el rubor en la mejilla es de alguien que mata, supongo, y la ceja se eleva sobre el ojo, contraída hacia la luz y dando cierto carácter a la ira, pero también muestra una mueca salvaje por lo que está a punto de hacerse con él, y no sé si alegrándose o si su mente se hincha ante la degollación. Apolo está pintado descansando sobre una roca, y la lira, que yace en su mano izquierda, sigue siendo golpeada por la mano izquierda que cae suavemente y, por Zeus, como si jugara. Mira también la forma perezosa del dios y la sonrisa que florece en su rostro, y la mano derecha descansa sobre el regazo, sosteniendo suavemente el plectro, relajada por el que se alegra de la victoria. Allí también está el río que cambiará su nombre por el de Marsias. Mira también para mí la manada de Sátiros, cómo están pintados lamentando a Marsias, como mostrando su arrogancia y su agitación junto con el dolor.
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c.¿ Y qué no podrías decir sobre estos, a quienes la pintura trae de la caza, y les ofrece una fuente pura de agua potable y cristalina? Ves también, supongo, el bosque alrededor de la fuente, obra de la naturaleza, la sabia; pues es capaz de todo lo que quiere y no necesita arte, ella que se ha convertido en el principio de las artes mismas.¿ Pues qué falta para la preparación de la sombra? Estas vides silvestres, al trepar, han unido los racimos de los sarmientos, atando unos a otros los árboles, y esta esmilax y la hiedra, al extenderse juntas y en un solo lugar, nos proporcionan un techo denso y más agradable que el arte. Y el coro de los ruiseñores y los conciertos de las otras aves nos traen claramente a la lengua los versos del dulcísimo Sófocles:« y dentro, según él, cantan los ruiseñores de espeso plumaje». Pero el grupo de cazadores es agradable y robusto y aún respira el ardor de la caza, y otros, haciendo otras cosas, se descansan a sí mismos. Por ejemplo,¡ oh dioses!, y qué agradable es la claridad del arte, y cómo es posible ver la suerte de cada uno. Este lecho improvisado de redes, supongo, compuesto, recibe a los jefes, es hermoso decirlo, de la caza, y son cinco, pero ves al que está en medio, cómo, habiéndose despertado, se ha vuelto hacia los que están acostados encima, contándoles, me parece, su propia victoria y el haber derribado primero a una de las fieras, que cuelgan de las encinas en las redes, un ciervo, supongo, y un jabalí, que están allí.¿ O no te parece que está exaltado y se alegra por la obra? Los otros miran fijamente al que cuenta, y uno de ellos, habiéndose inclinado sobre el lecho, descansa él mismo, quizás describiendo también alguna obra propia de la caza. Y en el otro lado del banquete, uno, junto al que está en medio, con una copa medio llena en una de las manos, habiendo pasado la derecha por encima de la cabeza, me parece que canta a la Agrótera, y el otro, mirando al servidor, ordena que traiga la copa. Sabio es el pintor y preciso en su mano; pues al observar todo, no se ha omitido nada, ni siquiera de los servidores; pues este, habiendo ocupado una rama de árbol, está sentado equipado, tal como estaba en la carrera de la caza, y comiendo de una alforja colgada de él, y de los dos perros, uno, habiéndose estirado ante él, come, y el otro, habiéndose arrodillado sobre las patas traseras, levanta el cuello esperando lo que se le arroja, y otro, habiendo encendido fuego y puesto los utensilios que son útiles para esto, proporciona en abundancia lo necesario para el banquete, apresurándose él mismo, y este odre está arrojado al azar para que el que quiera saque bebida, y de los dos sirvientes, uno, el cocinero, supongo, dice que corta las porciones cuidando de que sean iguales al cortar, y el otro sostiene lo que recibirá las porciones, exigiendo que sean iguales. Pues lo que ocurre en la caza, al menos en esto, no difiere en nada de la suerte.
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d. Buscas quizás cuál es la relación entre el dragón, que se ha alzado aquí grande, levantando el cuello a lo largo del lomo, de color rojo oscuro y dejando caer la mandíbula bajo la cresta erguida y dentada, mirando con una mirada terrible y capaz de causar espanto, y el toro, el caballo que, habiendo girado el cuello bajo tal cuerno y escarbando la tierra bajo sus pies, se lanza como para embestir, y este hombre medio fiera, pues tiene rostro de toro y una barba abundante y fuentes de agua que desbordan de la barba, y la multitud que se ha reunido como para ver, y la doncella en medio, una ninfa, supongo, pues esto es lo que hay que entender por el adorno que la rodea, y este anciano de aspecto desanimado, y el joven que se despoja de la piel de león y tiene una maza en las manos, y esta heroína robusta y acorde con el mito de la crianza de los arcadios, coronada con una encina, Calidón, supongo, son estos.¿ Y cuál es el relato de la pintura? El río Aqueloo, hijo, enamorado de Deyanira, la hija de Eneo, se apresura a casarse, y Peito está ausente de los hechos, y otro, pareciendo en diferentes momentos bajo las formas vistas, cree que asombrará a Eneo. Pues reconoce que este es el que está en la pintura, y está abatido por la hija, Deyanira, que mira al pretendiente con desánimo. Pues está pintada no con el rubor de la vergüenza en la mejilla, sino temerosa de lo que sufrirá por la unión contra natura. Pero el noble Heracles, el que dicen que emprende el trabajo voluntariamente como algo secundario. Y esto está en espera, pero mira también cómo ya se han enfrentado, y lo que está al principio de la lucha, debe entenderse como de un dios y un héroe inmutable, pero el final, el río, habiéndose transformado en un toro, se ha lanzado contra Heracles, y este, habiendo agarrado con la izquierda el cuerno derecho, arranca el otro de las sienes con la maza, y a partir de ahí, el uno ya suelta chorros más de sangre que de agua, rindiéndose, y Heracles, alegrándose por la obra, mira a Deyanira, y la maza ha sido arrojada al suelo, y le extiende el cuerno de Aqueloo como regalo de bodas.
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e. Juegas, Heracles, juegas y ya te ríes del trabajo estando en pañales, y habiendo tomado a cada uno de los dragones de Hera con cada mano, no te preocupas en absoluto de la madre que está de pie fuera de sí y temerosa, sino que ellos ya están relajados, habiendo alargado sus cuerpos por el suelo e inclinando sus cabezas hacia las manos del niño, mostrando también algo de sus dientes; son feroces y de color violeta, y sus crestas cuelgan hacia los lados por la muerte, y sus ojos no miran, y la escama aún no florece con oro y púrpura, ni brilla ante los cambios de movimiento, sino que es pálida y lívida en su color rojo oscuro. El aspecto de Alcmena, al observarlo, parece recuperarse del primer espanto, pero ahora desconfía de lo que ya ve, y el espanto no le permitió ni siquiera estar acostada tras el parto; pues ves, supongo, cómo, descalza y con una sola túnica, ha saltado de la cama con el cabello desordenado y, extendiendo las manos, grita, y las criadas, cuantas estaban presentes en el parto, espantadas, hablan unas con otras. Y estos que están en armas y el que está listo con la espada desnuda, unos son los elegidos de los tebanos que ayudan a Anfitrión, y el otro, habiendo desenvainado la espada ante el primer anuncio, se ha puesto de pie para defenderse ante lo que ocurre, y no sé si está espantado o si se alegra finalmente; pues la mano aún está en la disposición, pero la intención de los ojos pone freno a la mano, al no tener contra qué defenderse y al ver que lo presente necesita de la previsión de un oráculo. Por esto, Tiresias, profetizando aquí cerca, supongo, cuán grande será el que ahora está en pañales, está pintado inspirado y jadeando como un adivino. También está pintada la noche en forma humana, en la que ocurre esto, iluminándose a sí misma con una pequeña antorcha, para que el trabajo del niño no quede sin testigo.
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f. Todos los que cuentan historias dicen que Orfeo, el de la Musa, encantó con su música incluso a los que no participan de la razón, y el pintor también lo dice; pues un león y un jabalí están cerca de él, oyentes de Orfeo, y un ciervo y una liebre que no huyen del impulso del león, y todos aquellos para los que la fiera es terrible en la caza, se reúnen con él, ahora perezosos, perezosos. Pero tú no mires tampoco a las aves con desidia, no solo a las musicales, a las que es costumbre cantar en los bosques, sino mira también para mí a la corneja parlanchina y a la misma charlatana y al águila de Zeus. El uno, habiendo equilibrado ambas alas desde sí mismo, mira fijamente a Orfeo, sin preocuparse de que la liebre esté cerca, y los otros, habiendo cerrado las mandíbulas, son todo del que encanta, y lobos y corderos mezclados, como asustados. Y el pintor se muestra audaz en algo mayor: pues habiendo arrancado árboles de raíz, los trae como oyentes para Orfeo y los coloca a su alrededor. Un pino, pues, y un ciprés y un aliso y este álamo y todos los demás árboles, habiendo unido sus ramas como manos, están de pie alrededor de Orfeo y cierran el teatro para él sin necesidad de arte, para que las aves se posen sobre ellos y él toque música bajo la sombra. Él está sentado, mostrando un vello recién nacido que fluye por su mejilla, y llevando una tiara de brillo dorado sobre la cabeza, y su mirada es activa con delicadeza y siempre inspirada, tendiendo su mente hacia la teología. Y quizás incluso ahora canta y la ceja está levantada como señalando el sentido de los cantos, y su vestimenta cambia de color ante los cambios de los movimientos, y de los pies, el izquierdo, apoyándose en la tierra, sostiene la cítara que yace sobre el muslo, y el derecho marca el ritmo golpeando el suelo con la sandalia, y las manos, la derecha, sosteniendo firmemente el plectro, está extendida hacia las cuerdas con el codo hacia fuera y la muñeca inclinada hacia dentro, y la izquierda golpea las cuerdas con los dedos rectos. Pero habrá alguna insensatez contra ti, oh Orfeo, y ahora encantas a las fieras y a los árboles, pero a las mujeres tracias les parecerás desafinado y desgarrarán el cuerpo al que incluso las fieras, al cantar, ofrecieron oídos benévolos.
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g.¿ Quién es la que levanta una frente severa sobre los ojos, pero la ceja está llena de pensamiento y es sagrada, y el cabello y la mirada no sé si ya erótica o si muestra algo inspirado, revelando ella misma una visión indescriptible del rostro? Este es el rasgo distintivo de las Helíades; a Medea, supongo, hay que entender, la hija de Eetes. Pues habiendo atracado en el Fasis la flota de Jasón, cuando buscaba el vellocino de oro, y habiendo entrado en la ciudad de Eetes, la doncella se enamora del extranjero, y un razonamiento inusual se apodera de ella, y no sabe qué le ha pasado, pero desordena sus pensamientos y se siente inquieta en su alma. Y no está vestida para la acción ahora, ni en compañía de los superiores, sino como para que muchos la vean. El aspecto de Jasón es delicado, pero no sin fuerza, y su mirada es brillante, subyacente al carácter de la ceja que piensa y supera todo lo adverso, y ya florece con un vello que desciende, y el cabello rubio se agita sobre la frente, y en cuanto a la vestimenta, lleva una túnica blanca ceñida, con una piel de león colgada, y se ha atado una sandalia, y está de pie apoyado en una jabalina, y el carácter del rostro es como de quien no desprecia, pues siente vergüenza, ni se somete, pues confía en el trabajo. Eros hace esto por sí mismo y, apoyándose en el arco, pone los pies cruzados, habiendo vuelto la pequeña antorcha hacia la tierra, ya que los asuntos del amor están aún en espera.
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h. Los que juegan en el palacio de Zeus, Eros, supongo, y Ganimedes, si hay que entender al uno por la tiara y al otro por el arco y las alas para reconocerlo. Juegan, pues, con tabas, y están pintados, el uno, Eros, burlándose insolentemente y agitando el regazo lleno de la victoria, y el otro, habiendo perdido ya una de las dos tabas, y enviando la otra con la misma esperanza. Su mejilla está abatida y el brillo de su mirada, aunque es delicado, señala lo hundido de su dolor. Y estas tres diosas que están de pie ante ellos, supongo, no necesitan ni siquiera intérprete, pues Atenea es evidente para quien la mira desde el principio, vistiendo la panoplia que los poetas dicen que es de su mismo linaje, y mirando desde debajo del casco con un carácter varonil y tiñendo de rojo la mejilla, y esta otra, a su vez, muestra en el dibujo lo que ama la sonrisa bajo el hechizo del cesto, y dice que la tercera es Hera por la dignidad y la realeza de su aspecto.¿ Qué es lo que quieren y cuál es la necesidad de su reunión? La Argo, llevando a los cincuenta, ha atracado en el Fasis, habiendo pasado el Bósforo y las Simplégades. Ves también al río mismo, que yace en un profundo cañaveral, de aspecto severo, pues tiene un cabello abundante y erguido, y una barba que eriza, y ojos glaucos, y la abundancia de la corriente no se derrama de un cántaro, como suele ser, sino que nos da a entender que desborda de todas partes, cuán grande es lo que se vierte en el Ponto. Escuchas el trabajo de la navegación, supongo, y los poetas que hablan del vellocino de oro, y las canciones de Homero cuentan que la Argo es objeto de atención de todos. Pero los navegantes de la Argo están observando lo que ha ocurrido, y las diosas han venido a suplicar a Eros, pidiendo que les ayude para la salvación de los navegantes, habiendo ido tras Medea, la hija de Eetes, y la madre le muestra como recompensa por su servicio una esfera, diciendo que ha sido un juguete de Zeus.¿ Ves también el arte en la pintura? Es de oro, y su costura es tal que se entiende más que se ve, y al girar espirales de azul sobre sí misma y ser lanzada, quizás dará lugar a que se compare el resplandor que se aleja con los destellos de las estrellas. Y él ya ni siquiera mira las tabas, y habiéndolas arrojado al suelo, se ha colgado del manto de su madre para que le cumpla la promesa, pues no le faltará el trabajo.
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i. El que está a punto de cabalgar sobre cuatro caballos a través de la mitad del continente con una tiara erguida y vestimenta lidia, Pélope, supongo, un auriga audaz, es hermoso decirlo. Pues alguna vez dirigió este carro incluso a través del mar, habiendo dado Poseidón, supongo, a la punta de la llanta de la rueda, bajo un eje seco, el correr sobre las espaldas de la calma. Su mirada es feroz y su cuello erguido demuestra la disposición de su mente, y la ceja que se eleva muestra que Enómao es despreciado por el joven. Pues se preocupa por los caballos, ya que son de cuello alto y muchos, con los ollares dilatados y los cascos cóncavos y la mirada azulada y dispuestos, y colgando una abundante crin de sus cuellos, que es la forma de los marinos. Y cerca de ellos, Hipodamía, pintando la mejilla con vergüenza, y vistiendo la vestimenta de novia, y mirando con ojos tales que prefiere elegir al extranjero. Pues ama y siente asco de su progenitor que piensa con tales primicias, que es lo que ves, cada una de estas cabezas colgada de los propileos, y el tiempo ha dado una forma propia a cada uno de ellos, según murió. Pues al matar a los pretendientes de su hija que llegaban, se enorgullece de los signos del asesinato. Y los espectros que vuelan sobre ellos lamentan su propia lucha, celebrando la unión del matrimonio, pues Pélope ha acordado, al parecer, que la joven sea libre a partir de ahora del vengador. Y Mirtilo también es testigo del acuerdo entre ellos. Y Enómao no está lejos, sino que el carro está listo para él y la lanza está extendida sobre el carro para matar al joven al alcanzarlo, pero él, sacrificando a Ares, su padre, se apresura, salvaje de aspecto y con la mirada asesina, y apremia a Mirtilo. Y Eros, abatido, corta el eje del carro, dando a entender que la joven, enamorada del que ama, se une contra el padre y lo que está por suceder en la casa de Pélope por parte de las Moiras.
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10. El coro de los poetas celebra a Eurípilo y a Neoptólemo, afirmando que ambos heredaron el valor de sus padres y que sus manos son famosas por su fuerza; y la pintura también narra esto: pues la Fortuna, al reunir en una sola ciudad la virtud de toda la tierra, hace que unos no se marchen sin gloria, sino que sean capaces de enfrentarse a muchos, hijos de hombres desdichados, como se dice, que se oponen a mi fuerza, mientras que los nobles vencen a los nobles. Esto es lo relativo a los que están en la victoria; ahora, la escena trata sobre los que están formados. Esta ciudad es Ilión, la de las cejas elevadas, según Homero, y la rodea un muro tal que ni siquiera los dioses despreciarían su propia mano, y un fondeadero al otro lado, y el estrecho paso del Helesponto que separa Asia de Europa. En medio, la llanura está dividida por el río Janto, pero no está pintado espumando, ni como cuando se desbordó contra el hijo de Peleo, sino que su lecho es de loto, juncos y cabelleras de tiernos cañaverales, y yace más de lo que se alza, y ahora retiene el pie en las fuentes por simetría, humedeciéndolo con su corriente. La corriente es la medida, y el ejército a ambos lados, los misios con los troyanos y los helenos por el otro; los troyanos ya están agotados, mientras que los que están con Eurípilo están frescos. Ves cómo unos están sentados en sus armas, quizás porque Eurípilo lo pidió, y se alegran por la tregua, mientras que los misios, impetuosos y listos para partir, se lanzan, y los helenos están en una situación similar a la de los troyanos, excepto los mirmidones, pues están activos y listos alrededor de Pirro. En cuanto a la belleza de los dos jóvenes, no habría nada que interpretar, ya que ahora están en armas, pero son grandes y superan a los demás, ambos de la misma edad, con las miradas de sus ojos activas y sin vacilar. Pues la mirada es feroz bajo el casco de cada uno, inclinándose junto con los movimientos de los penachos, y el valor resplandece en ellos, y parecen respirar fuerza en silencio; y las armas de ambos son paternas, pero Eurípilo está equipado con marcas indistintas que cambian su brillo dondequiera y comoquiera que se mueva, como el arco iris, mientras que Pirro tiene las de Hefesto, de las que Odiseo se apartó una vez y renunció a su propia victoria. Quien observe las armas no encontrará nada que falte de las descripciones de Homero, sino que el arte muestra con precisión todo lo que hay allí. Pues la forma de la tierra, del mar y del cielo, creo que no necesitará que nadie la explique, ya que la tierra es evidente para quien la mira desde el principio, habiendo recibido su propio color del creador, y las ciudades y lo que hay en ella describen la tierra, y poco después preguntarás sobre cada cosa; y este es el cielo. Ves, supongo, el círculo del sol, cómo es incansable en él, y el brillo de la luna llena. Pero me parece que deseas escuchar sobre cada una de las estrellas; pues la diferencia entre ellas te proporciona la causa de la pregunta: estas son para ti las Pléyades, símbolos de la siembra y la cosecha, ya sea poniéndose o apareciendo de nuevo, según las lleve la estación, y las Híades al otro lado. Ves también a Orión, pero dejemos el mito sobre él y su vida entre las estrellas para otra ocasión, hijo mío, para no apartarte de lo que ahora deseas. Las estrellas que están sobre él son la Osa, o si prefieres llamarla el Carro. Dicen que es la única que no se baña en el Océano, sino que gira sobre sí misma como guardiana de Orión. Vayamos, pues, por la tierra, dejando lo de arriba, y observemos lo más hermoso que hay en la tierra: las ciudades. Ves, en efecto, que son dos;¿ cuál quieres que te explique primero?¿ O acaso la luz de las antorchas, el canto del himeneo, el sonido de las flautas, el tañido de la cítara y el ritmo de los que bailan te atraen hacia ellas? Ves también cómo las mujeres se asoman por los pórticos, admiradas y casi gritando de alegría. Esto son bodas, hijo mío, y el primer encuentro de los novios, y los esposos llevan a las novias. Dejo de hablar de la vergüenza y el deseo, tal como resplandece en cada uno, pues el creador lo ha sugerido con más sabiduría. Pero mira, también hay un tribunal y una asamblea común, y ancianos venerables sentados solemnemente ante la multitud. El oro en medio, estos dos talentos, no sé por qué; o, por Zeus, si hay que conjeturar, es como una recompensa para quien juzgue correctamente, para que nadie, por causa de regalos, se desvíe de la línea recta.¿ Y cuál es el juicio? Hay dos hombres en medio, me parece, uno presentando una acusación de homicidio contra el otro, y ves cómo el otro lo niega. Pues dice que no tiene culpa de lo que le imputa el acusador, y que, habiendo depositado el pago por el homicidio, viene puro. Ves también a los que ayudan a cada uno por ambos lados y distribuyen el clamor, a quien le place; pero la presencia de los heraldos los calma y los lleva al silencio. Esta es, pues, para ti una situación intermedia entre la guerra y la paz en una ciudad no sitiada. Pero ves otra, amurallada, y cómo los que por su edad no pueden luchar custodian el muro, pues hay mujeres en las almenas, y estos ancianos, y niños pequeños.¿ Dónde está, pues, su fuerza de combate? Aquí encontrarías a los que siguen a Ares y a Atenea. Pues esto, me parece, dice el arte, al haber mostrado a los dioses con oro y tamaño, y al haber dado a los otros lo inferior por sí mismo. Salen sin aceptar el desafío de los enemigos, pues se trata de repartir la riqueza que hay en la ciudad o, si no se reparte, estar en armas. Disponen, pues, una emboscada desde allí. Pues esto, me parece, es lo que sugiere la espesura junto a las orillas, donde ves a los hombres armados. Pero no podrán usar la emboscada; pues el ejército invasor, habiendo colocado unos exploradores, planea llevarse el botín, y ya los pastores conducen el ganado al son de las flautas.¿ O no te impresiona lo sencillo y natural de la musa, y simplemente montañés? Pero al usar la música por última vez por ignorancia de la trampa que les espera, mueren, como ves, al llegar los enemigos, y el botín es arrebatado por ellos. La noticia de lo sucedido llega a los que están en la emboscada, estos se levantan y suben a los caballos hacia la guerra, y se pueden ver las orillas llenas de los que luchan y lanzan contra ellos.¿ Y qué diremos de los que se revuelcan entre ellos y de la deidad manchada de sangre, ella misma y su vestidura? Esto es la Discordia y el Tumulto y la Parca, bajo la cual está todo lo de la guerra. Pues ves cómo no sigue un solo camino, sino que a uno lo empuja invulnerable hacia las espadas, a otro lo arrastra muerta, y a otro lo apresura recién herido. Los hombres son terribles en su impulso y en su mirada, de modo que no me parecen diferir en nada de los vivos en sus acometidas. Pero mira, de nuevo, obras de paz: pues esta tierra de labor aparece tres veces arada, creo, si hay que juzgar por la multitud de los aradores, y las yuntas de bueyes giran a menudo en ella, con alguien esperando al arador con una copa al final del surco, y el oro parece oscurecerse al ser surcado. A continuación ves el dominio de un rey, supongo, quien se demuestra que está alegre en su alma por la alegría que se ve en su rostro. Y ni siquiera hace falta buscar la causa de la alegría, pues los que siegan con diligencia y los que atan con gavillas lo que se corta de las espigas, a quienes otros se acercan con mucha rapidez, demuestran que la cosecha superará con mucho la siembra. Y el roble no está ahí fuera de lugar, ni sin razón; pues hay una sombra abundante bajo él para refrescar a los que se han cansado en el trabajo, y este buey gordo, consagrado por los heraldos que ves, es servido bajo el roble como banquete para los que se fatigan en la recolección del trigo.¿ Y qué dices de las mujeres?¿ No te parece que están emocionadas y se animan unas a otras a amasar a menudo la harina para que sea la cena de los segadores? Y si también hiciera falta fruta, tienes un huerto de oro en cuanto a las vides, y negro en cuanto al fruto. Y el foso fue diseñado de color azul, creo, por el creador para indicar la profundidad que hay en él; pues te basta con entender la valla alrededor de las vides en el estaño. Y la plata en el viñedo son las estacas, para que las plantas no se inclinen hacia el suelo cargadas de fruto.¿ Y qué dirías de los que vendimian? Quienes, habiendo entrado por esta estrecha entrada, depositan el fruto en cestas, muy alegres y adecuados por su edad para el trabajo. Pues vírgenes y jóvenes caminan con ritmo festivo y báquico, dándoles el ritmo otro, que, creo, comprendes por la cítara y por el hecho de que parecen cantar suavemente con los tonos. Y si consideraras también la manada de bueyes que se dirige al pasto, seguidos por los pastores, no te maravillarías de su color, aunque sea todo de oro y estaño, pero el hecho de que parezca que se oye a los que mugen en la pintura y que el río suena, junto al cual están los bueyes,¿ cómo no es un signo de vivacidad? Y a los leones y al toro que está bajo ellos, me parece que nadie podría explicarlos dignamente, pues el toro, que parece mugir y cocear, ya está siendo desgarrado por los leones que se han clavado en sus entrañas, y los perros, nueve, creo, siguen a la manada y, por parte de los pastores que los dirigen, se acercan a los leones queriendo asustarlos con ladridos, pero no se atreven a acercarse, aunque los pastores los apresuran. Ves también los animales del monte saltando, y los establos, y las tiendas, y los rediles; considera esto como una casa de rebaños. Queda, creo, este coro similar al de Dédalo, y dicen que fue dado por él a Ariadna, la de Minos.¿ Y cuál es el arte? Jóvenes y doncellas, entrelazando sus manos, bailan. Pero tú, al parecer, no te contentarás con esto si no te detallo también lo de la vestidura con palabras; pues bien, estas se han vestido con telas finas, llevando coronas de oro en sus cabezas, y a ellos les rodean túnicas de hilo fino, y espadas de oro cuelgan de sus muslos, sujetas por tahalíes de plata. Pero al ir en círculo, esto es, ves el giro de una rueda, como si fuera obra de un alfarero, si es que no tuviera dificultad para rodar al intentar rodar. Y al ir en fila, de nuevo fluye una gran cantidad, mostrando cuánto placer tienen; pues algunos de estos que están en medio, haciendo volteretas y mostrando una danza tras otra, me parecen llevarme claramente al asombro. Y la imagen del mar alrededor del borde no es mar, hijo mío, sino que hay que entender que el Océano es el límite diseñado de la tierra en el escudo. Tienes suficiente de las descripciones. Observa también lo relativo a los jóvenes, con cuál de ellos está la victoria; pues mira, Eurípilo ha caído, habiéndole dado Pirro un golpe mortal bajo la axila, y la sangre brota a chorros, y yace sin gemir, derramado abundantemente por la tierra, casi sin haber sentido el golpe por la caída debido a la oportunidad de la herida. Pirro todavía está en la postura del golpe, con la mano fluyendo con mucha sangre que ha caído sobre la espada, y los misios, no considerando esto soportable, se lanzan contra el joven. Él, mirándolos con ferocidad, sonríe y resiste a la masa, y quizás pronto ocultará el cadáver de Eurípilo amontonando los cadáveres sobre él.
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11. La nave que atraviesa el río bajo el gran estruendo de los remos, y esta joven en la popa cerca del hoplita, y el que canta armoniosamente al son de los tañidos de la cítara con una tiara erguida, y el dragón sobre aquel sagrado roble, derramado en muchas espirales e inclinando la cabeza hacia la tierra, cargado de sueño; reconoce el río como el Fasis, a ella como Medea, y el hoplita en la popa sería Jasón, y al ver la cítara, la tiara y al que está adornado con ambas, nos viene a la mente Orfeo, el hijo de Calíope. Pues después de la prueba con los toros, Medea, tras haber encantado con el sueño a este dragón, ha robado el vellocino de oro del carnero, y los navegantes de la Argo se lanzan a la huida, puesto que lo de la joven ha sido descubierto por los cólquidas y por Eetes.¿ Y qué podría decirte de los navegantes de la Argo? Pues ves sus brazos hinchados por el esfuerzo en el remo, y los rostros que tendrían al apresurarse, y el oleaje del río que rebosa sobre el espolón de la nave que desciende con gran ímpetu es una muestra de velocidad. La joven muestra una mente inescrutable en su rostro, pues su ojo, lleno de lágrimas, mira hacia la tierra, y está aterrorizada por la idea de lo que ha hecho, y llena de cálculo sobre lo que vendrá, y ella misma parece, a mi parecer, dar vueltas a sus pensamientos, viendo cada cosa con el alma y fijando las miradas de sus ojos en los secretos de su alma. Y Jasón está cerca de ella, listo con sus armas para la defensa. Este canta el ritmo para los remeros, entonando, me parece, himnos a los dioses, unos de agradecimiento por lo que han logrado, y otros que tienden a la súplica por lo que temen. Ves también a Eetes en un carro de cuatro caballos, grande y que supera a los hombres, vestido con armas guerreras de algún gigante, creo, pues esto da a entender que es sobrehumano, y su rostro lleno de ira y casi lanzando fuego por los ojos, y agitando una antorcha con la mano derecha, pues quemará la nave Argo a los navegantes, y la lanza está lista para él sobre el borde del carro.¿ Qué deseas, pues, de lo pintado?¿ O lo de los caballos? Sus ollares están abiertos, el cuello erguido y las miradas de sus ojos listas, y además activas ahora, pues la pintura permite observar esto, y el aliento de los que son fustigados hacia la carrera por Apsirto, pues dicen que este es el auriga de Eetes, siendo arrastrado por todo el pecho, y el giro de las ruedas, casi golpeando los oídos con el arrastre del carro, permite conocer la velocidad. Pues el polvo que se levanta y el sudor que brota en los caballos hace que la observación de su color sea tenue.
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12. Esto, me parece, no lo hace el noble Heracles por orden de nadie, ni se puede decir que Euristeo le sea una molestia ahora, sino que, habiendo decidido ser dueño de su propia virtud, soporta trabajos voluntarios;¿ o qué le ha pasado para enfrentarse a un monstruo tan terrible? Pues ves cuántos son sus ojos circulares, torneando la mirada de toro y mirando terriblemente hacia lo lejos, y cómo frunce las cejas espinosas y salvajes sobre sí mismo, y cómo la abertura de su boca muestra dientes afilados y en tres filas, de los cuales unos son como anzuelos y vueltos hacia atrás para retener lo capturado, y otros afilados en la punta y erguidos hacia lo lejos, y cuán grande es la cabeza que sale del cuello sinuoso y flexible. Y el tamaño es increíble de decir en poco espacio, pero la vista vence a los que no creen. Pues al curvarse no una vez, sino en muchas partes del monstruo, unas partes aparecen bajo el agua, ocultando la precisión de la vista por la profundidad, y otras se alzan, pareciendo islas para los que no conocen el mar. Nos encontramos con el monstruo en reposo, pero ahora, al moverse con gran ímpetu, levanta un gran estruendo de oleaje incluso en la calma, y este oleaje, al levantarse por su acometida, ondea alrededor de las partes que aparecen, bañándolas y blanqueándolas desde abajo, y otra parte ha golpeado la orilla, y el reflejo de las colas, al lanzar el mar hacia lo alto, podría compararse con las velas de una nave que brillan de diversas formas. Pero este divino no se asusta por esto, sino que la piel de león y la maza están listas a sus pies para la necesidad, si hiciera falta, y está de pie desnudo en posición de ataque, extendiendo el pie izquierdo para que sea apoyo para todo el cuerpo que se desplaza hacia la rapidez del movimiento, y al estar el costado izquierdo junto con la mano extendido para la tensión del arco, los lados derechos se han retraído, con la mano derecha tirando de la cuerda hacia el pecho. Pero no busquemos la causa de esto, hijo mío, pues la joven encadenada a las rocas está expuesta como alimento para el monstruo, y consideremos que es Hesíone, la hija de Laomedonte.¿ Y dónde está este? Dentro, me parece, del muro de la ciudad, en un lugar elevado desde donde se ve lo que sucede. Pues ves el círculo de la ciudad y las almenas llenas de gente, y cómo han levantado las manos al cielo orando, quizás temiendo por un asombro excesivo que el monstruo no ataque también el muro, ya que se ha lanzado como si fuera a ir por tierra. Pero la belleza de la joven no permite que el momento la explique con precisión, pues el miedo en su alma y la lucha por lo que se ve marchitan la flor de su juventud, pero aun así permite a los que miran conjeturar la perfección a partir de lo presente.
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13.¿ Por qué dudas, divino Sófocles, en recibir los dones de Melpómene?¿ Y por qué miras a la tierra? Pues yo no sé si es porque ya estás reuniendo pensamientos o por el asombro ante la diosa. Pero ten ánimo, buen hombre, y recibe lo que se te da. Pues sabes, habiendo escuchado a uno de los iniciados de Calíope, que los dones de los dioses no deben ser rechazados. Pues ves también a las abejas, cómo vuelan sobre ti y zumban, vertiendo algo dulce y divino, gotas secretas de su propio rocío; pues esto brotará de tu poesía más que cualquier otra cosa.¿ Acaso alguien no exclamará poco después sobre ti, llamándote enjambre de las Musas complacientes, y aconsejará a alguien que tenga miedo de que alguna abeja se escape de tu boca sin que se dé cuenta y te clave el aguijón sin precaución? Y ves, supongo, a la diosa misma, que tiene el pensamiento elevado y altivo, ahora puesto en ti y midiendo el don con una sonrisa benevolente. Y Asclepio, creo, está cerca, sugiriendo que escribas un peán, y el famoso artesano no desprecia escucharte, y su mirada mezclada con alegría hacia ti insinúa las visitas que tendrás poco después.
14
14. Preguntemos al joven, niño, quién es él y cuál es la causa de la presencia de Apolo ante él, pues se animará a mirarnos. Pues bien, dice ser Jacinto, el hijo de Ébalo, y habiendo aprendido esto, hay que conocer también la causa de la presencia del dios: el hijo de Leto, enamorado del joven, dice que le dará todo lo que tiene si acepta estar con él, pues le enseñará el tiro con arco y la música, y a entender la adivinación, y a no ser desafinado con la lira, y le instruirá en lo relativo a la palestra, y le dará cisnes para que, montado en ellos, recorra los lugares que son queridos para Apolo. Esto dice el dios, y está pintado, como de costumbre, con el cabello largo, levantando una ceja alegre sobre los ojos, de los cuales los rayos parecen brillar, y animando a Jacinto con una dulce sonrisa, extendiendo la mano derecha por la misma causa. El joven mira fijamente a la tierra, y es mucha la reflexión de sus ojos, pues se alegra por lo que escucha, y mezcla el ánimo, que aún está por llegar, con la vergüenza. Está de pie, cubriendo la parte izquierda de su cuerpo con una clámide de color púrpura marino, que está retraída, y apoya la mano derecha en una jabalina, con la cadera expuesta y el costado visible, y este brazo desnudo nos permite examinar incluso lo que no se ve. Tiene un tobillo ligero sobre la pierna recta, y esta rodilla ligera sobre la pierna, muslos sin exceso y una cadera que sostiene el resto del cuerpo, un costado lleno de vida que tornea el pecho, un brazo que rebosa suavidad, un cuello erguido en su justa medida, y el cabello no es rústico, ni está erguido por la sequedad, sino que cuelga sobre la frente, inclinándose junto con los comienzos de la barba. Y el disco que está a sus pies, y Eros, que mira a su alrededor con algo oscuro, alegre y a la vez abatido, y Céfiro, que desde un lugar elevado muestra una mirada salvaje, el pintor insinúa la muerte del joven, y al soplar de lado a Apolo mientras lanza el disco, hará que el disco golpee a Jacinto.
15
15.¿ Te maravillas al ver a una joven lanzarse a tal lucha y enfrentarse al impulso de un jabalí tan salvaje y tan grande? Pues ves cómo su ojo está inyectado en sangre, la crin erizada y mucha espuma sobre los dientes, que están muy erguidos y sin desgaste en la punta, y su anchura, como corresponde a la base, que estas huellas muestran que no difieren de las de los toros; pues el pintor no omitió nada al imprimirlas en la pintura. Y lo que sucede es ya terrible; pues el jabalí, habiéndose lanzado contra Anceo, el joven yace derramando la sangre a chorros y con el muslo muy desgarrado, por lo que, estando la lucha ya en manos de los jóvenes, Atalanta, pues hay que entender que esta es la joven, habiendo puesto la flecha en la cuerda, está a punto de disparar. Está equipada con una vestimenta por encima de la rodilla, se ha atado sandalias en los pies y sus manos están desnudas hasta el hombro porque, para estar activas, la vestimenta está sujeta allí con broches, y su belleza, siendo varonil por naturaleza, la levanta el momento aún más, no mirando con deseo, sino dirigiendo las miradas de sus ojos hacia la idea de lo que sucede. Estos jóvenes son Meleagro y Peleo, pues la pintura dice que estos son los que derribaron al jabalí; Meleagro, habiéndose apoyado en posición de ataque con el pie izquierdo y manteniendo la base con seguridad, recibe el impulso del jabalí sosteniendo la lanza. Digamos también lo relativo a él: el joven es robusto y rebosa vigor por todas partes, sus piernas son sólidas y rectas, capaces de llevarlo en las carreras y buenas guardianas al enfrentarse a la lucha cuerpo a cuerpo, el muslo junto con la rodilla concuerda con lo de abajo, y la cadera parece dar confianza de que el joven no será derribado por la acometida del jabalí, el costado es profundo, el vientre sin exceso, el pecho sobresale en su justa medida, el brazo está bien articulado, y los hombros se unen a un cuello fuerte, dándole base, el cabello está bañado por el sol y erguido ahora por el vigor del impulso, y la mirada es bastante brillante, y la ceja no está relajada, sino toda ella en la ira, y la disposición de su rostro ni siquiera permite hablar de belleza debido a la tensión, y la vestimenta es blanca por encima de la rodilla, y la sandalia sobre el tobillo es un apoyo seguro para la base, y con una clámide teñida de escarlata sobre el cuello, se enfrenta a la fiera. Esto es lo de Eneo, y este Peleo ha extendido un manto rojo, y tiene en sus manos la espada de Hefesto, esperando el impulso del jabalí, y su mirada es inquebrantable y aguda, y es tal que ni siquiera temería una lucha en el extranjero, la de los cólquidas con Jasón.
16
16. No temas, hijo, al río Eveno que ondea con fuerza y se eleva sobre las orillas, pues está pintado, sino más bien examinemos lo que hay en él, dónde y cómo está el arte; pues¿ acaso no te atrae hacia sí el divino Heracles, habiendo entrado así en medio del río y lanzando fuego desde sus ojos que miden el objetivo, y teniendo el arco en la mano izquierda extendida, y teniendo todavía la derecha en la postura del disparo de la flecha? Pues esta está a la altura del pecho.¿ Y qué dirías de la cuerda?¿ Acaso no te parece sentirla resonar con el disparo de la flecha?¿ Y dónde está este?¿ Ves al centauro que salta al final? Neso, creo, es este, que escapó solo de Foloé de la mano de Heracles, cuando, al intentar injustamente contra él, nadie escapó excepto este. Y este también se marcha, habiéndose mostrado injusto contra él; pues cuando transportaba a los que lo necesitaban, Heracles se presentó con su mujer Deyanira y su hijo Hilo, y como el río parecía intransitable, le encarga transportar a la mujer, mientras él mismo avanzaba por el río en el carro con el niño, y allí, el que vio mal a la mujer se atrevió a cosas indebidas al subir a la orilla, y Heracles, al oír el grito, dispara contra Neso. Está pintada Deyanira en la postura del peligro y temerosa, extendiendo las manos hacia Heracles, y Neso, habiendo recibido apenas la flecha y retorciéndose sobre sí mismo, no creo que haya entregado todavía su propia sangre a Deyanira para Heracles. El niño Hilo está de pie en el primer carro, atado contra el borde para que los caballos estén tranquilos, y aplaude de alegría, dando risa a lo que aún no es fuerte.
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17. El que todavía está al mando y lleva a los de Melibea contra Troya como vengadores de Menelao contra el frigio, Filoctetes, el hijo de Peante, noble y que recuerda la crianza bajo Heracles, pues Filoctetes llegó a ser servidor de Heracles desde niño, cuando también era portador de sus arcos, que más tarde recibió de él como recompensa por su servicio en la pira; el que ahora está aquí, con el rostro contraído por la enfermedad, arrastrando una ceja nublada sobre los ojos que están hundidos y mirando débilmente, mostrando el cabello lleno de suciedad y la barba erguida, y temblando, y vistiendo harapos y cubriendo el pie de tal manera, hijo, da este relato: los aqueos, navegando hacia Troya y habiendo llegado a las islas, buscaban el altar de Crisa, que Jasón fundó una vez cuando navegaba hacia la Cólquida, y Filoctetes, por el recuerdo de los que estaban con Heracles, mostrando el altar a los que buscaban, al haberle inyectado la hidra su veneno en uno de los pies, los aqueos se dirigen a Troya, mientras él yace en esta Lemnos, goteando el veneno que le devora el pie, dice Sófocles...