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Philostratus SophistaImag 1.praef · spanish-geminiMore by Philostratus Sophista
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Original / primary: Spanish Gemini
1.praef
Quien no aprecia la pintura, ofende a la verdad y ofende también a la sabiduría, en la medida en que esta llega a los poetas— pues el impulso es igual para ambos hacia las formas y las acciones de los héroes— y no elogia la simetría, gracias a la cual el arte también se ocupa del discurso. Y para quien desea filosofar, el hallazgo de los dioses se manifiesta tanto a través de las formas en la tierra, cuantas las estaciones dibujan en los prados, como a través de los fenómenos en el cielo; pero al examinar el origen del arte, la mímesis es el hallazgo más antiguo y más afín a la naturaleza, y la encontraron hombres sabios, llamándola unos pintura y otros plástica. Y de la plástica hay muchas formas, pues el modelar mismo, la imitación en bronce, los que tallan la piedra de Lidia o la de Paros, el marfil y, por Zeus, la glíptica, son plástica; la pintura, en cambio, se compone de colores, pero no hace solo esto, sino que es más sabia en este único aspecto que el otro arte en muchos, pues revela la sombra, distingue la mirada— una la del loco, otra la del que sufre o la del que se alegra— y los brillos de los ojos, tal como son, lo cual un escultor apenas logra; la pintura conoce el ojo alegre, el glauco y el negro, conoce el cabello rubio, el rojizo, el que parece bañado por el sol, el color de la vestimenta y de las armas, las cámaras, las casas, los bosques, las montañas, las fuentes y el éter en el que todo esto se encuentra. Cuántos se hicieron dueños de este conocimiento, cuántas ciudades y cuántos reyes lo amaron, ya ha sido dicho por otros y por Aristodemo de Caria, a quien hice mi huésped durante cuatro años por causa de la pintura; él escribía según la sabiduría de Eumelo, aportando mucha gracia a ella. Pero el discurso no es ahora sobre pintores ni sobre su historia, sino que exponemos formas de pintura, componiendo conversaciones sobre ellas para los jóvenes, a partir de las cuales interpretarán y se preocuparán por lo que es digno de estima. Los motivos de estos discursos fueron los siguientes: se celebraba el certamen entre los napolitanos— la ciudad está fundada en Italia, de estirpe griega y urbana, de donde también los estudios de los discursos son griegos— y, como yo deseaba no realizar mis ejercicios en público, los jóvenes que acudían a la casa del huésped me causaban molestias. Me alojaba fuera de la muralla, en un suburbio orientado al mar, en el que se había construido una estoa hacia el viento céfiro, sobre cuatro, creo, o cinco columnas, mirando al mar Tirreno. Resplandecía con piedras, cuantas el lujo elogia, pero sobre todo florecía con pinturas de cuadros ajustados a ella, que, a mi parecer, alguien reunió no sin conocimiento, pues en ellos se manifestaba la sabiduría de muchos pintores. Yo, por mi parte, pensaba que debía elogiar las pinturas por mi cuenta, pero el hijo del huésped era muy joven, de unos diez años, ya amante de escuchar y gozoso de aprender, quien me acechaba cuando iba a verlas y me pedía que se las interpretara. Así pues, para que no me considerara un ignorante, dije:« Será así, y haremos una demostración cuando lleguen los jóvenes». Una vez que llegaron, dije:« Que el niño sea el primero y que a él se le dedique el esfuerzo del discurso; vosotros seguidme, no solo escuchando, sino también preguntando si algo no lo expreso con claridad».
1.1
«¿ Reconociste, niño, que esto es de Homero, o acaso nunca lo has reconocido, considerando un prodigio cómo es que el fuego vivía en el agua? Conjeturemos, pues, qué es lo que significa, y tú observa desde dónde es la pintura. Conoces, supongo, el sentido de la Ilíada, en los pasajes donde Homero levanta a Aquiles por Patroclo y los dioses se mueven para luchar entre sí. De estos asuntos sobre los dioses, la pintura no conoce los demás, pero dice que Hefesto cayó sobre el Escamandro con fuerza y sin mezcla. Mira de nuevo: todo viene de allí; esta ciudad es elevada y estos son los muros de Ilión, este es el campo grande, suficiente para enfrentar a Asia contra Europa, y este fuego inunda mucho sobre el campo y se arrastra mucho alrededor de las orillas del río, de modo que ya no le quedan árboles. El fuego que rodea a Hefesto fluye sobre el agua, y el río sufre y suplica al mismo Hefesto. Pero ni el río está representado con cabellera, por estar quemado, ni Hefesto cojeando, por correr. Y la flor del fuego no es rubia, ni con el aspecto acostumbrado, sino dorada y solar. Esto ya no es de Homero».
1.2
« El daimon Comos, de quien proviene el festejar para los hombres, está de pie ante las puertas de una cámara, doradas, creo, y su captura es lenta por el hecho de ser de noche. La noche está pintada no por el cuerpo, sino por el momento, y los propileos muestran a unos novios muy dichosos descansando en el lecho. Y Comos llega joven ante jóvenes, tierno y aún no efebo, rojo por el vino y durmiendo de pie por la embriaguez. Duerme con el rostro echado sobre el pecho y sin mostrar nada del cuello, manteniendo la izquierda con un gesto de avance; la mano, al parecer, se suelta y descuida, lo habitual al comienzo del sueño, cuando, mientras el sueño nos acaricia, la razón pasa al olvido de lo que sostiene, de donde también la antorcha en la derecha parece escaparse de la mano, al relajarla el sueño. Temiendo Comos que el fuego toque su pierna, mueve la pantorrilla izquierda hacia la derecha y la antorcha hacia la izquierda, para desviar el vapor del fuego con la rodilla expuesta, apartando la mano. Los rostros se deben a los pintores por parte de los que están en la flor de la edad, y las pinturas son ciegas sin ellos, pero para Comos se necesita poco del rostro, al estar inclinado y atraer la sombra de la cabeza. Ordena, creo, no festejar sin cubrirse a los que están en la edad de este. El resto del cuerpo está detallado por completo, iluminándolo la antorcha y sacándolo a la luz. Que la corona de rosas sea elogiada, pero no por la forma— pues con colores rubios y azules, si se da el caso, imitar las imágenes de las flores no es una gran hazaña—, sino que hay que elogiar la esponjosidad y suavidad de la corona. Elogio también el rocío de las rosas y digo que han sido pintadas junto con su aroma.¿ Qué queda de Comos?¿ Qué otra cosa sino los que festejan?¿ O no te golpean los crótalos, el rumor musical y el canto desordenado? Las antorchas se dejan ver, gracias a las cuales los que festejan pueden ver lo que tienen a los pies y nosotros no ser vistos. Se eleva también una gran risa y mujeres corren con hombres, se calzan y se ciñen contra lo habitual; el comos permite a la mujer actuar como hombre y al hombre vestir ropa femenina y caminar como mujer. Y las coronas ya no están florecidas, sino que se les ha quitado la alegría por ajustarse a las cabezas, debido al desorden en la carrera. Pues la libertad de las flores rechaza la mano como si las marchitara antes de tiempo. La pintura imita también un cierto aplauso, que es lo que más necesita el comos, y la derecha, con los dedos retraídos, golpea la izquierda puesta debajo en el hueco, para que las manos sean armoniosas al golpearse al modo de los címbalos».
1.3
« Los mitos acuden a Esopo amándolo, porque él se ocupa de ellos. Pues también Homero y Hesíodo se ocuparon del mito, y además Arquíloco respecto a Licambes, pero a Esopo se le han contado todos los asuntos de los hombres, y ha dado palabra a las fieras por causa de la palabra; pues frena la codicia, expulsa la insolencia y el engaño, y esto se lo representa un león, una zorra y un caballo, por Zeus, y ni siquiera la tortuga está muda, por medio de los cuales los niños se vuelven discípulos de los asuntos de la vida. Así pues, los mitos, gozando de buena fama gracias a Esopo, acuden a las puertas del sabio para ceñirlo con cintas y coronarlo con una corona de ramas. Él, creo, está tejiendo algún mito. Pues la sonrisa del rostro y los ojos fijos en el suelo lo demuestran; el pintor sabe que las preocupaciones de los mitos necesitan de un alma relajada. La pintura filosofa también sobre los cuerpos de los mitos, pues al reunir fieras con hombres, rodea a Esopo con un coro compuesto a partir de la escena de aquel, y la zorra está pintada como corifeo del coro, pues Esopo la utiliza como servidora de la mayoría de sus temas, tal como la comedia utiliza a Dao».
1.4
« El asedio de Tebas, pues el muro es de siete puertas, y el ejército es Polinices, el hijo de Edipo, pues los batallones son siete. Se acerca a ellos Anfiarao con aspecto desanimado y comprendiendo lo que sufrirán, y los otros capitanes temen— por esto levantan las manos al cielo—, pero Capaneo mira los muros despreciando las almenas como si fueran tomables con una escalera. Sin embargo, aún no es atacado desde las almenas, pues los tebanos dudan en comenzar la batalla. Dulce es el artificio del pintor: rodeando los muros con hombres armados, presenta a unos enteros a la vista, a otros con las piernas confusas, a otros por la mitad, y de algunos solo el pecho, y solo las cabezas y solo los yelmos, y luego las lanzas. Esto es analogía, niño. Pues es necesario que los ojos sean engañados al seguir los círculos adecuados. Tampoco Tebas está sin profecía, pues Tiresias dice un oráculo que se extiende a Meneceo, el hijo de Creonte, como que, al morir donde está la madriguera del dragón, la ciudad quedaría libre de esto. Él muere sin que su padre se entere, lamentable por su edad, pero dichoso por su valentía. Pues mira lo que hace el pintor: pinta a un joven no blanco, ni por lujo, sino valiente y que exhala palestra, como la flor de los de tez miel, a los que elogia el hijo de Aristón, y lo divide con pechos bien formados, costados, glúteos simétricos y muslos. Es vigoroso por la promesa de los hombros y por el tendón que no se dobla, y posee también cabello, tanto como para no ser melenudo. Está de pie ante la madriguera del dragón, sacando la espada que ya se ha hundido en el costado, y recibamos, niño, la sangre ofreciéndole un pliegue, pues se derrama, y el alma ya se va, y un poco después escucharás su chirrido. Pues también las almas tienen amor por los cuerpos bellos, de donde se alejan de ellos con dolor. Al salirle la sangre, se arrodilla y abraza la muerte con un ojo bello y dulce, y como si atrajera el sueño».
1.5
« Alrededor del Nilo, los codos juegan con niños simétricos al nombre, y el Nilo se alegra mucho con ellos, entre otras cosas, porque lo proclaman, cuán grande se ha derramado para los egipcios. Se acerca, pues, y como si viniera a él desde el agua, bebés tiernos y sonrientes, y creo que ellos también participan de la charla, y unos se sientan sobre sus hombros, otros cuelgan de sus rizos, otros duermen en su abrazo y otros festejan sobre su pecho. Él les entrega flores, unas desde su regazo, otras desde su abrazo, para que tejan coronas con ellas y duerman sobre las flores, sagrados y fragantes, y los niños suben unos sobre otros con sistros a la vez, pues estos son familiares para aquel río. Los cocodrilos y los hipopótamos, que algunos añaden al Nilo, descansan ahora en lo profundo del remolino, para que no entre miedo a los niños, y el Nilo muestra símbolos de agricultura y navegación a partir de tal discurso, niño: el Nilo, al hacer a Egipto navegable, permite usar la tierra fértil al ser absorbido por los campos, pero en Etiopía, de donde comienza, un daimon tesorero está de pie ante él, por quien es enviado simétrico a las estaciones. Está pintado de modo que se piensa que llega al cielo y apoya el pie en las fuentes, como si,¡ oh Poseidón!, se inclinara. Hacia él mira el río y pide que los bebés sean muchos para él».
1.6
« Mira, los Erotes cosechan manzanas, y si hay multitud de ellas, no te asombres, pues estos resultan ser hijos de ninfas, gobernando todo lo mortal, muchos por muchas cosas que los hombres aman, y dicen que el celestial realiza los asuntos divinos en el cielo.¿ Acaso has percibido algo del aroma por el jardín o esto se te hace lento? Pero escucha con entusiasmo, pues las manzanas también te llegarán junto con el discurso. Estos son hileras de plantas que avanzan rectas, y en medio de ellas hay libertad para caminar. Una hierba tierna ocupa los caminos, tal que sea un lecho para quien se acueste. Desde las puntas de las ramas, manzanas doradas, rojizas y solares se acercan para que todo el enjambre de Erotes las cultive. Estas son, pues, aljabas bordadas de oro y doradas, y las flechas que hay en ellas; toda la manada está desnuda de ellas y vuelan ligeros habiéndolas colgado de los manzanos, y las capas variadas yacen en la hierba, y sus flores son innumerables, y ni siquiera se han coronado las cabezas, como si les bastara su cabello. Alas azules, rojas y doradas en algunos casi golpean el aire mismo con armonía musical.¡ Ay de las cestas en las que depositan las manzanas, qué mucho sardón hay alrededor de ellas, mucho esmeralda, y verdadera es la margarita, y la composición de ellas debe entenderse como de Hefesto! Ni siquiera necesitan escaleras para los árboles, pues vuelan alto hasta las manzanas mismas. Y para no hablar de los que bailan, o de los que corren, o de los que duermen, o de cómo se alegran al comer las manzanas, veamos qué es lo que piensan estos. Pues los más bellos de los Erotes, mira, cuatro que se han apartado de los demás, dos de ellos se envían una manzana mutuamente, y la otra pareja, uno dispara al otro, y el otro dispara de vuelta, y ni siquiera hay amenaza en los rostros, sino que se ofrecen los pechos mutuamente, para que las flechas lleguen allí. Bello es el enigma; pues observa si entiendo algo del pintor: esto es amistad, niño, y deseo mutuo, pues los que juegan con la manzana comienzan el deseo, de donde uno la lanza tras besarla, y el otro la recibe con las manos abiertas, claro está, para besarla de vuelta si la recibe, y enviarla de vuelta, y la pareja de arqueros consolida un amor que ya se adelanta, y digo que unos juegan para comenzar a amar, y otros disparan para no cesar en el deseo. Aquellos, pues, alrededor de los cuales están los muchos espectadores, han chocado con ira y los tiene una lucha. Contaré también la lucha, pues esto me suplicas: uno ha atrapado al oponente abrazándolo por la espalda y lo atrapa para asfixiarlo y lo ata con las piernas, pero el otro no se rinde y se levanta recto y deshace la mano por la que es estrangulado, retorciendo uno de los dedos, tras el cual los demás ya no tienen fuerza, ni están en el agarre, y el que es retorcido sufre y muerde la oreja del luchador. De donde los que observan a los Erotes se disgustan como si fuera injusto y luchara fuera de norma, y lo apedrean con manzanas. Que ni siquiera esa liebre nos escape, sino que la cacemos junto con los Erotes. Esta fiera, que está agazapada bajo los manzanos y come las manzanas que caen al suelo, dejando muchas medio comidas, es cazada y perturbada por estos, uno con aplausos de manos, otro gritando, otro agitando la clámide, y unos vuelan sobre la fiera gritando, otros la persiguen a pie siguiendo el rastro, y uno se lanzó como para arrojarse sobre ella y la fiera se volvió hacia otro lado, y otro acecha la pata de la liebre, y a otro se le escapó habiéndola atrapado; ríen, pues, y han caído, uno de lado, otro boca abajo, otros de espaldas, todos en las posturas del error. Nadie dispara, sino que intentan atraparla viva como sacrificio más dulce para Afrodita. Pues sabes, supongo, lo que se dice de la liebre, que tiene mucho de Afrodita; se dice, al menos, que amamanta lo que parió, y que vuelve a parir con la misma leche, y que vuelve a concebir, y que no hay ni un solo tiempo vacío de parto para ella, y que el macho fecunda, como es naturaleza de los machos, y vuelve a concebir fuera de lo que es natural. Los extraños de los amantes han diagnosticado también una cierta persuasión erótica en ella, cazando a los jóvenes con arte violento. Dejemos esto, pues, a hombres injustos e indignos de ser amados, y tú mira a Afrodita:¿ dónde y bajo qué manzanos está ella?¿ Ves la roca bajo la cual hay una cueva, de la que fluye un manantial azulísimo, verde y potable, que es conducido para ser bebida de los manzanos? Allí imagina a Afrodita, creo que establecida por las ninfas, porque ella las hizo madres de Erotes y por esto con buenos hijos. Y el espejo de plata, y aquella sandalia dorada, y los broches de oro, todo esto no está colgado en vano; dice que es de Afrodita, y esto está pintado, y se dice que son regalos de las ninfas, y los Erotes ofrecen las primicias de las manzanas y, rodeándola, rezan para que el jardín sea bello para ellos».
1.7
« El ejército es de Memnón, pero sus armas están depositadas y exponen al mayor de ellos para el lamento, y ha sido herido en el pecho, a mi parecer, por la lanza de fresno. Pues al encontrar un campo ancho, tiendas y un muro en el campamento y una ciudad rodeada de muros, no sé cómo estos no son etíopes y esto Troya, y es lamentado Memnón, el hijo de Eos. A este, que llegó para ayudar a Troya, lo mata, dicen, el hijo de Peleo, llegando grande y no menos que él. Pues observa cuán grande yace sobre la tierra, cuán grande es la espiga de sus rizos, los cuales, creo, alimentaba con el Nilo. Pues los egipcios tienen las desembocaduras del Nilo, pero los etíopes las fuentes. Mira la forma, cómo es vigoroso incluso con los ojos perdidos, mira el bozo, cómo es acorde a la edad del que lo mató. Ni siquiera dirías que Memnón es negro, pues el negro sin mezcla en él muestra algo de flor. Las diosas elevadas, Eos lamentándose por su hijo, hace que el Sol esté sombrío y pide a la Noche que llegue antes de tiempo y detenga al campamento, para que le sea posible robar a su hijo, habiendo asentido Zeus a esto, supongo. Y mira, ha sido robado y está en los límites de la pintura. Esfuerzo y sobre qué parte de la tierra, pues la tumba de Memnón no está en ninguna parte, sino que Memnón está en Etiopía, habiéndose transformado en piedra negra, y la postura es de alguien sentado, pero la forma es aquella, creo, y el rayo del Sol golpea la estatua; pues parece que el Sol, como si fuera un plectro, al golpear la boca de Memnón, evoca una voz desde allí y con un artificio parlante consuela al Día».
1.8
« Has encontrado a Poseidón caminando sobre el mar, creo, en Homero, cuando parte desde Egas hacia los aqueos, y el mar trae calma escoltándolo con los mismos caballos y los mismos monstruos marinos, pues también aquellos siguen y acarician a Poseidón como aquí. Allí, pues, creo que percibes caballos de tierra, pues los considera de pies de bronce, de pies veloces y que son golpeados por el látigo, pero aquí los hipocampos del carro son acuáticos en sus cascos, nadadores y de ojos azulados y, por Zeus, tantos como delfines; y allí Poseidón parece disgustarse e indignarse con Zeus, que inclina a los griegos y los juzga desde lo peor, pero aquí está pintado radiante, mira alegre y está muy agitado eróticamente; pues Amimone, la hija de Dánao, que frecuentaba el agua de Ínaco, ha conquistado al dios y él parte para cazarla sin que ella aún comprenda que es amada. El miedo de la joven, el temblor y el cántaro de oro que se escapa de las manos demuestran que Amimone está atónita y perpleja, preguntándose qué quiere Poseidón al abandonar el mar con todo su séquito, y el oro resplandece sobre la blanca por naturaleza, mezclando el brillo con el agua. Apartémonos, niño, de la ninfa, pues una ola ya se curva para la boda, y la ola es aún glauca y de aspecto alegre, pero Poseidón la pintará púrpura».
1.9
« La tierra está llena de agua y produce caña y corteza, que la fertilidad de los pantanos da sin sembrar ni arar, y está pintado tamarisco y juncia, pues también esto es de los pantanos. Montañas que llegan al cielo rodean de naturaleza no única, pues las que ofrecen el pino hacen la tierra delgada, las que florecen con ciprés hablan de la arcillosa,¿ y aquellos abetos qué otra cosa sino que la montaña es tormentosa y áspera? Pues no aprecian el terrón, ni aman ser calentadas; por esto también se alejan de los campos, como si crecieran más fácilmente en las montañas que arriba. Fuentes brotan de las montañas, las cuales, al fluir hacia abajo y compartir el agua, hacen del campo un pantano, no desordenado, ni como si estuviera revuelto, sino que el manantial ha sido trazado por la pintura, como si la naturaleza misma, sabia en todo, lo hubiera trazado, y serpentea muchos meandros rebosantes de apio, buenos para navegar para las aves acuáticas. Pues ves, supongo, los patos, cómo se deslizan acuáticos resoplando como unos conductos de agua.¿ Qué es el linaje de los gansos? Pues también aquellos han sido pintados según su propia naturaleza, superficiales y nadadores. A los de largas piernas, los extraños por el pico, creo que los percibes, y delicados unos más que otros en el plumaje, y las posturas de ellos son variadas. Pues uno descansa los pies sobre una piedra de uno en uno, otro refresca el ala, otro se limpia, otro ha atrapado algo del agua, otro se ha inclinado hacia la tierra para alimentarse de algo de allí. Que los cisnes sean guiados por los Erotes no es asombro, pues los dioses son altivos y terribles para jugar con las aves, de donde no pasemos por alto ni la conducción, ni el agua misma en la que esto ocurre. Pues esta agua es la más bella del pantano, dándola la tierra desde allí mismo, y se compone en una piscina hermosísima. Pues a través del agua se inclinan amaranto, unos de aquí y otros de allá, dulces espigas que golpean el agua con flores. Alrededor de estos, los Erotes guían aves sagradas y de bridas de oro, uno soltando toda la rienda, otro frenando, otro girando, otro conduciendo alrededor de la meta— y cree escuchar a los que animan a los cisnes y amenazan a otros y se burlan, pues esto está en los rostros—, otro derriba al vecino, otro ha derribado, otro ha amado caer del ave, para bañarse en el hipódromo. En círculo, en las orillas, están los más musicales de los cisnes, cantando, creo, el canto alto, como acorde a los que compiten.¿ Ves al joven alado, señal del canto? Este es el viento Céfiro, dando el canto a los cisnes. Está pintado tierno y gracioso como enigma del viento, y las alas de los cisnes están extendidas para ser golpeadas por el viento. Mira, también un río sale del pantano, ancho y ondulante, y lo cruzan cabreros y pastores sobre un puente. Y si elogiases al pintor por las cabras, que las ha pintado retozando y altivas, o por las ovejas, que su caminar es pausado y la lana es como una carga, y si recorriéramos las siringas o a los que las usan, cómo tocan con la boca retraída, elogiaremos poco de la pintura y en cuanto llega a la imitación, pero no elogiaremos la sabiduría, ni el momento, que es lo que parece ser lo más fuerte del arte.¿ Cuál es, pues, la sabiduría? Ha puesto un puente de palmeras sobre el río y un discurso muy dulce sobre él; pues sabiendo lo que se dice de las palmeras y que una de ellas es macho y otra hembra, y habiendo oído sobre su boda y que llevan a las hembras rodeándolas con las ramas y tensándose ellos mismos hacia ellas desde cada uno de los géneros, dos palmeras, una en cada orilla, lo ha pintado; luego, uno ama e se inclina y salta sobre el río, y al estar la hembra aún lejos, no pudiendo alcanzarla, yace y sirve habiendo unido el agua, y es seguro para los que cruzan por la aspereza de la corteza».
1.10
« Se dice que Hermes fue el primero en fijar el artificio de la lira con dos cuernos, un yugo y una concha, y dar el regalo después de Apolo y las Musas a Anfión el tebano, y él, habitando Tebas aún no amurallada, lanzó melodías contra las piedras y las piedras, al escuchar, corren juntas. Pues esto es lo que hay en la pintura. Primero, pues, observo la lira, si ha sido pintada por sí misma. Pues los poetas dicen que el cuerno es de cabra saltarina, y el músico lo usa para la lira, y el arquero para lo suyo. Ves los cuernos negros y dentados y terribles de golpear, y las maderas, cuantas necesita la lira, todas de boj, de nudo apretado y liso. No hay marfil en la lira, pues los hombres aún no conocían ni la fiera misma, ni qué usar para sus cuernos, y la concha es negra, pero ha sido detallada según la naturaleza y está rodeada de círculos laxos que unen uno con otro con ombligos rubios, y las cuerdas, unas están puestas sobre el puente y llegan a los ombligos, y otras parecen huecas bajo el yugo. Esta es, supongo, una postura de ellas muy analógica, estar reclinadas rectas en la lira.¿ Y Anfión qué dice?¿ Qué otra cosa sino que toca y la otra mano extiende la mente hacia el arpa y muestra parte de los dientes, cuanto basta para el que canta? Canta, creo, a la tierra, porque siendo generadora y madre de todo, ya da muros espontáneos. El cabello es dulce y por sí mismo se disuelve en la frente, bajando junto con el bozo junto a la oreja y mostrando algo de oro, pero más dulce con la mitra, que dicen los poetas de los depósitos que las Gracias trabajaron, adorno dulcísimo y muy cercano a la lira. Me parece que Hermes, atrapado por el amor, dio ambos regalos a Anfión. Y la clámide que viste, también aquella quizás de Hermes; pues no permanece en un solo color, sino que cambia y florece de nuevo según el iris. Está sentado sobre un montículo golpeando con el pie de forma simétrica, y con la derecha golpeando las cuerdas toca, y la otra mano está en las posturas rectas de los dedos, lo que yo pensaba que la plástica se arrogaba sola. Bien.¿ Y lo de las piedras cómo está? Todas corren hacia el canto y escuchan y se vuelven muro, y una parte ha sido construida, otra sube, y otra apenas la han alcanzado. Son ambiciosas y dulces las piedras y sirvientes de la música, y el muro es de siete puertas, cuantos son los tonos de la lira».
1.11
XI. Las lágrimas de las Helíades son de oro; se dice que fluyen por Faetón, pues este, al ser hijo de Helios, se atrevió a conducir el carro paterno por deseo de ser auriga y, al no poder sujetar las riendas, se desvió y cayó en el Erídano. Para los sabios, esto parece ser una cierta codicia de lo ígneo, pero para los poetas y pintores son caballos y carro, y los cielos se confunden. Observa: la noche expulsa al día desde el mediodía, y el círculo del sol, al fluir hacia la tierra, arrastra a las estrellas. Las Horas abandonan las puertas y huyen hacia la bruma que sale a su encuentro, y los caballos, al desprenderse del yugo, se lanzan en frenesí; la Tierra desfallece y alza las manos, pues un fuego impetuoso avanza hacia ella. El joven cae y es arrastrado; su cabellera se ha incendiado, su pecho humea y caerá en el río Erídano, proporcionando un mito a sus aguas. Pues los cisnes, al exhalar su dulce canto desde allí, harán del joven una melodía, y sus bandadas, al elevarse, cantarán esto sobre el Caístro y el Istro, y nada quedará sin oír tal relato; usarán al Céfiro para su canto, ligero y compañero de camino, pues se dice que los cisnes aceptan la armonía del lamento. Esto es lo que tienen las aves, de modo que es hora de que ellas mismas tañan como instrumentos. Las mujeres en la orilla, que aún no son árboles, dicen que las Helíades se transformaron por su hermano y terminaron convertidas en árboles, derramando lágrimas. Y la pintura conoce esto: pues al echar raíces en los talones, estas se convierten en árboles hasta el ombligo, y las manos se transforman en ramas; ay de la cabellera, que es toda como la de un álamo. Ay de las lágrimas, que son como oro; la que rebosa en la cuenca de los ojos ilumina las pupilas brillantes y atrae como un rayo, la que llega a las mejillas resplandece alrededor del rubor de aquel lugar, y las que gotean por el pecho son ya oro. El río también se lamenta, elevándose desde el remolino, y ofrece su regazo a Faetón, pues al recibir su color, cultivará pronto a las Helíades; pues con las brisas y los fríos que exhala, las convertirá en piedra, las recibirá al caer y, a través de sus aguas brillantes, llevará a los bárbaros del Océano las partículas de los álamos.
1.12
BÓSFORO. XII. Las mujeres en la orilla gritan, y parecen exhortar a los caballos a no arrojar a los niños ni escupir el freno, sino a sujetarlos y pisotear a las fieras, y ellos, creo, escuchan y hacen esto. Tras haberlos cazado y asegurado el banquete, una nave los transporta desde Europa hasta Asia, unos cuatro estadios, pues esto es lo que hay en medio de los dos pueblos, y navegan con remeros propios; mira, también lanzan el cable, y los recibe una casa muy agradable que muestra cámaras, salas de hombres y rastros de ventanas, y está rodeada por un muro y tiene almenas. Lo más hermoso de ella es una estoa semicircular que rodea el mar, de color amarillento por la piedra que hay en ella. El origen de la piedra proviene de manantiales, pues un flujo cálido que brota bajo los montes de la Frigia inferior y conduce la corriente hacia las canteras, hace que algunas de las piedras se saturen de agua y vuelve acuosa la formación de las rocas, de donde provienen también sus muchos colores; pues es turbia donde se estanca y da un tono amarillento, pero donde es pura, es cristalina y matiza las piedras al filtrarse por muchos orificios. La costa es alta y lleva símbolos de tal mito: una joven y un muchacho, ambos hermosos, que frecuentaban al mismo maestro, se encendieron el uno por el otro y, al no tener libertad para abrazarse, se lanzaron a morir desde esta roca y desde allí fueron elevados al mar en sus últimos y primeros abrazos, y Eros, sobre la roca, extiende la mano hacia el mar, señalando el mito el pintor. La casa contigua pertenece a una mujer que salió de la ciudad por la multitud de jóvenes, pues decían que iba a ser arrebatada y celebraban fiestas sin medida y la tentaban con regalos. Ella, creo, teniendo algo elegante para ellos, irrita a los jóvenes y, habiéndose retirado aquí, habita esta casa fortificada. Observa cómo está fortificada: un precipicio se alza sobre el mar, resbaladizo en lo que es bañado por las olas, pero sobresaliente en la parte superior, sosteniendo esta casa como si fuera un navío, por la cual el mar parece más azul al bajar la mirada hacia él, y la tierra ofrece todas las comodidades de una nave, excepto el movimiento. Al llegar a esta fortaleza, ni aun así la han abandonado los amantes, sino que uno navega en un esquife de proa azul, otro en uno de proa dorada, y otro en otro de los variados botes, y el mismo cortejo, hermosos y coronados; uno toca la flauta, otro dice aplaudir, otro canta, creo, y lanzan coronas y besos, y ni siquiera reman, sino que detienen el remo y se fondean junto al precipicio. La mujer, desde la casa, como desde un mirador, ve esto y se ríe del cortejo, burlándose de los amantes al obligarlos no solo a navegar, sino también a nadar. Y al avanzar, te encontrarás con rebaños y escucharás el mugido de los bueyes, y el sonido de las siringas resonará a tu alrededor, y te encontrarás con cazadores, agricultores, ríos, lagos y manantiales— pues la pintura ha plasmado tanto lo que existe como lo que sucede y cómo podrían suceder algunas cosas, no facilitando la verdad por la abundancia de ellas, sino cumpliendo lo propio de cada una, como si pintara una sola cosa— hasta que lleguemos al Hierón. Y ves, creo, el templo de allí, y las estelas que están consagradas a su alrededor, y la antorcha en la boca del estrecho, que está colgada para la señalización de las naves que navegan desde el Ponto.¿ Por qué, pues, no me llevas a otra parte? Pues ya he reflexionado suficientemente sobre las cosas del Bósforo.¿ Qué dirás? Me ha faltado lo de los pescadores, que prometí al principio. Para no extendernos sobre cosas pequeñas, sino sobre las que vale la pena hablar, dejemos de lado en el relato a los que pescan con caña o traman con nasas, o si alguien iza una red o golpea con el tridente, pues escucharás poco sobre ellos y te parecerán más bien adornos de la pintura; veamos a los que se enfrentan a los atunes, pues estos son dignos de mención por la magnitud de la pesca. Los atunes frecuentan el mar exterior desde el Ponto, habiendo tenido su origen en él y sus pastos, unos de peces, otros de lodos y otros jugos que el Istro y la Meótide llevan hacia él, por lo cual el Ponto es más dulce y potable que otro mar. Nadan como una falange de soldados, de ocho en ocho y de dieciséis en dieciséis y el doble, y se ondulan unos a otros, nadando unos sobre otros, con tanta profundidad como es su anchura. Las formas, pues, según las cuales son capturados, son innumerables, pues es posible afilar hierro contra ellos, esparcir drogas y una red pequeña bastó para quien se conforma con una pequeña parte del rebaño, pero esta es la mejor pesca: alguien vigila desde un madero alto, rápido para contar y capaz de vista, pues necesita tener los ojos fijos en el mar y alcanzar lo más lejos posible, y si ve a los peces entrando, necesita una voz lo más fuerte posible hacia los que están en los botes, y dice el número y sus miríadas, y ellos, bloqueándolos con una red profunda y cerrada, reciben una pesca brillante, por la cual es fácil enriquecerse para el jefe de la pesca. Mira ya hacia la pintura, pues verás estas cosas como si estuvieran sucediendo; el vigía mira hacia el mar, enviando sus ojos hacia la captura del número, y en el azulado color del mar, los colores de los peces parecen negros los de arriba, menos los siguientes, y los que están después de aquellos ya engañan la vista, luego sombríos, luego acuosos de imaginar, pues la mirada, al descender al agua, se embota para distinguir lo que hay en ella. El pueblo de los pescadores es agradable y de tez rubia por el sol, y uno ajusta el remo, otro rema con el brazo muy hinchado, otro anima al vecino, otro golpea al que no rema, y un grito se ha alzado de los pescadores, habiendo caído ya los peces en la red, y a unos los han capturado, a otros los están capturando. Y al no saber qué hacer con la multitud, abren un poco la red y permiten que algunos escapen y salgan, tanto se deleitan en la pesca.
1.13
XIV. Un trueno en forma dura y un Relámpago que lanza un resplandor desde los ojos y un fuego impetuoso que se ha apoderado del cielo desde la casa tiránica, toca un relato como este, si no lo ignoras: una nube de fuego que rodea Tebas irrumpe en la casa de Cadmo, habiendo ido Zeus de fiesta hacia Sémele; y Sémele perece, como creemos, pero nace Dioniso, creo,¡ por Zeus!, ante el fuego, y la figura de Sémele aparece tenue mientras sube al cielo, y las Musas cantarán allí sobre ella, mientras que Dioniso salta de su madre al romperse el vientre, y el fuego, que es brumoso, lo hace brillante a él, como una estrella, relampagueando. La llama, al abrirse, dibuja una cueva para Dioniso más dulce que toda la de Asiria y Lidia, pues zarcillos han florecido a su alrededor, y racimos de hiedra, y ya también vides y árboles de tirso, habiendo brotado de la tierra tan voluntariamente que incluso en el fuego hay algunos. Y no hay que maravillarse si la tierra se corona de fuego por Dioniso, ella que también celebrará las bacanales con él y dará vino para extraer de manantiales y leche como para extraer de los pechos, una parte de un terrón, otra de una roca. Escucha a Pan, cómo parece cantar a Dioniso en las cumbres del Citerón, saltando alegremente. El Citerón se lamenta en forma humana por los dolores que poco después habrá en él y lleva una corona de hiedra que se inclina de su cabeza, pues se corona con ella muy a su pesar, y Mégara le planta un abeto y hace aparecer un manantial de agua sobre la sangre de Acteón, creo, y de Penteo.
1.14
XV. Que Teseo, al obrar injustamente— aunque otros dicen que no fue injusto, sino por Dioniso—, abandonó a Ariadna en la isla de Día mientras dormía, tal vez lo hayas oído de una nodriza, pues ellas son sabias en tales cosas y lloran por ellas cuando quieren. Sin embargo, no necesito decir que Teseo es el que está en la nave y Dioniso el que está en la tierra, ni que lo llamaría como si ignorara lo que está sobre las rocas, cómo yace en un sueño suave, ni basta con alabar al pintor por cosas por las que otro también sería alabado, pues es fácil para cualquiera pintar a una Ariadna hermosa y a un Teseo hermoso, y hay innumerables apariciones de Dioniso para quienes desean pintar o esculpir, de las cuales, si uno alcanza aunque sea un poco, ha capturado al dios; pues los racimos, al ser una corona, son un distintivo de Dioniso, incluso si la obra es mediocre, y un cuerno que brota de las sienes manifiesta a Dioniso, y una pantera que aparece es también un símbolo del dios. Pero este Dioniso ha sido pintado solo por el hecho de amar; pues el atuendo florecido, los tirsos y las pieles de cervatillo, estas cosas están arrojadas como fuera de tiempo, y las Bacantes no usan ahora címbalos, ni los Sátiros tocan la flauta, sino que incluso Pan contiene el salto para no disolver el sueño de la joven, y Dioniso viene hacia Ariadna habiéndose vestido con una túnica de púrpura y habiendo florecido su cabeza con rosas, embriagado de amor, dice el de Teos sobre los que aman sin control; Teseo ama, sí, pero el humo de Atenas, y a Ariadna ya no la conoce, ni la conoció nunca, y digo que se ha olvidado incluso del Laberinto, y que ni siquiera puede decir por qué navegó a Creta, tan solo mira lo que está delante de la proa. Mira también a Ariadna, o mejor dicho, al sueño; los pechos están desnudos hasta el ombligo, el cuello está hacia atrás y la garganta es suave, la axila derecha está toda visible, y la otra mano está sobre el manto, no sea que el viento la avergüence. Qué aliento, oh Dioniso, y qué dulce. Y si huele a manzanas o a racimos, lo dirás después de besarla.
1.15
XVI. Pasífae ama al toro y suplica a Dédalo que invente alguna persuasión para la bestia, y él fabrica una vaca hueca, semejante a una vaca de la manada a la que el toro está acostumbrado. Y cuál fue el lecho de ambos, lo manifiesta la forma del Minotauro, terminada de manera extraña por la naturaleza, pero no se ha pintado el lecho ahora, sino que esto ha sido hecho como un taller para Dédalo, y lo rodean estatuas, unas en formas, otras en proceso de corrección, ya dando un paso y en promesa de caminar, lo cual, al parecer, la escultura anterior a Dédalo aún no se había puesto en mente. Dédalo mismo parece ático, mirando con una forma muy sabia y pensativa, y la figura misma parece ática, pues viste este manto gris, habiéndose añadido también la descalcez, con la que los áticos se adornan especialmente. Se sienta junto a la armonía de la vaca y hace a los Erotes colaboradores del mecanismo, como si le faltara algo de Afrodita. Son evidentes los Erotes, incluso los que giran el taladro, oh muchacho, y,¡ por Zeus!, los que alisan con la azuela las partes de la vaca aún no precisadas y los que miden la simetría sobre la cual avanza la creación, y los que están sobre la sierra han superado toda idea y sabiduría, cuanta hay de mano y de colores. Observa: la sierra ha sido introducida en la madera y ya ha pasado a través de ella, y estos Erotes la guían, uno desde la tierra, otro desde la máquina, erigiéndose y inclinándose. Consideremos esto alternativamente, pues uno se ha inclinado como para levantarse, y el otro se ha levantado como para inclinarse, y uno desde la tierra envía el aliento hacia el pecho, y el otro desde lo alto se llena el vientre hacia abajo, presionando ambas manos. Pasífae, afuera, observa al toro alrededor de los establos, creyendo que lo atraerá con la forma y el atuendo que resplandece con algo divino y más allá de todo arcoíris, y mira con desesperación, pues conoce a quién ama, y se ha lanzado a abrazar a la bestia, pero él no entiende nada de ella, sino que mira a su propia vaca, y el toro ha sido pintado altivo y jefe de la manada, de buenos cuernos, blanco, erguido, profundo de garganta, gordo de cuello y mirando alegremente a la vaca, mientras que ella es de manada, suelta y toda blanca con la cabeza negra, y desprecia al toro, pues muestra un salto de una joven que huye de la insolencia de un amante.
1.16
XVII. El asombro es por Enómao el arcadio, y los que gritan por él, pues escuchas, supongo, que es Arcadia y cuánto es desde el Peloponeso. El carro ha caído destrozado por la técnica de Mirtilo, y está compuesto por cuatro caballos, pues esto aún no se atrevía en las cosas de la guerra, pero los juegos lo conocían y lo honraban, y los lidios, siendo muy aficionados a los caballos, ya tenían cuadrigas y carros en tiempos de Pélope, y después de esto se ocuparon de los de cuatro caballos y se dice que fueron los primeros en tener ocho. Mira, muchacho, los de Enómao, cuán terribles son y violentos para lanzarse, llenos de locura y espuma, lo cual encontrarías especialmente en los arcadios, y cuán negros, puesto que eran uncidos para cosas extrañas y no de buen augurio, y los de Pélope, cuán blancos son y propicios a la rienda, compañeros de la persuasión y relinchando algo manso y comprensible de la victoria, y a Enómao, cuán igual que Diomedes el tracio, yace bárbaro y cruel de aspecto. Creo que tampoco desconfiarás de Pélope, cómo Poseidón alguna vez lo admiró por su belleza mientras servía vino a los dioses en Sípilo y, admirado, lo consagró en este carro siendo ya un joven. El carro atraviesa el mar igual que la tierra, y ni una gota salta de él al eje, y firme y semejante a la tierra, subyace a los caballos. Pélope e Hipodamía vencen en la carrera, estando ambos de pie en el carro y unidos allí, pero tan vencidos el uno por el otro que están en el impulso de abrazarse. Él se ha vestido al modo lidio y delicado, llevando la edad y la belleza que viste hace poco, cuando pedía los caballos a Poseidón, y ella se ha vestido al modo nupcial, descubriendo apenas la mejilla, cuando ha vencido al llegar a ser de un hombre. Alfeo también salta desde el remolino, elevando una corona de olivo para Pélope que se acerca a la orilla. Los monumentos en el hipódromo eran donde se enterraban los pretendientes, a quienes Enómao, al matar, posponía el matrimonio de su hija hasta trece jóvenes ya. Pero la tierra ahora hace brotar flores alrededor de los monumentos, como si ellos también participaran de algo al parecer coronados por la justicia de Enómao.
1.17
XVIII. Se ha pintado, muchacho, también lo del Citerón, coros de Bacantes y rocas llenas de vino y néctar de racimos y cómo la tierra engrasa el terrón con leche, y mira, la hiedra se arrastra y serpientes erguidas y tirsos y árboles, creo, que destilan miel. Y aquí tienes el abeto en el suelo, gran obra de las mujeres por Dioniso, y ha caído habiendo sacudido a Penteo hacia las Bacantes en forma de león, y ellas desgarran a la presa, aquella madre y las hermanas de la madre, unas arrancando las manos, la otra tirando del hijo por la melena. Dirías que también gritan, tan euios es su aliento. Dioniso mismo está en un mirador de estas cosas, habiendo llenado su mejilla de ira, habiendo incitado el frenesí en las mujeres; al menos no ven lo que sucede y todo lo que Penteo suplica, dicen que escuchan a un león rugiendo. Estas son las cosas en la montaña, y estas otras cerca, Tebas ya y la casa de Cadmo y el lamento por la presa, y los parientes ajustan el cadáver, por si pudiera salvarse para la tumba. También está expuesta la cabeza de Penteo, ya no dudosa, sino tal que incluso para Dioniso es de compadecer, jovencísima y suave de barba y pelirroja de cabellos, que ni la hiedra coronó ni el sarmiento de zarzaparrilla o vid, ni ninguna flauta agitó ni frenesí. Se fortalecía por ellas, y las fortalecía a ellas, y lo que enloquecía era el no estar loca con Dioniso. Consideremos también lamentables las cosas de las mujeres, pues lo que ignoraban en el Citerón, lo conocen aquí; y las ha abandonado no solo la locura, sino también la fuerza con la que celebraban las bacanales. Pues en el Citerón ves cómo se llevan llenas del esfuerzo, elevando juntas el eco de la montaña, aquí se detienen y llegan a la conciencia de lo que han hecho, y sentándose en la tierra, la cabeza de una pesa sobre las rodillas, la de otra sobre el hombro, y Ágave se ha lanzado a abrazar al hijo, pero duda en tocarlo. Y se le ha pegado la sangre del niño, una parte en las manos, otra en la mejilla, otra en los desnudos del pecho. Harmonía y Cadmo están, pero no son los que eran, pues ya se convierten en serpientes desde los muslos, y una escama ya los tiene, pies desaparecidos, glúteos desaparecidos, y el cambio de forma se arrastra hacia arriba. Ellos se asombran y se abrazan, como si sostuvieran lo que queda del cuerpo, para que al menos eso no se les escape.
1.18
XIX. Una nave teórica y una nave pirata. A una la dirige Dioniso, en la otra han subido piratas tirrenos del mar que los rodea. La nave sagrada celebra las bacanales en ella, Dioniso, y las Bacantes gritan, y la armonía, cuanta celebra los misterios, resuena en el mar, y ella ofrece a Dioniso sus espaldas, como la tierra de los lidios, mientras que la otra nave enloquece y se olvidan del remo, y a muchos de ellos ya les han perecido las manos.¿ Qué es la pintura? A Dioniso, muchacho, acechan los tirrenos, habiendo llegado a ellos el relato de que sería afeminado y vagabundo y que la nave sería de oro por la riqueza que hay en ella, y que mujeres lidias lo acompañarían, y Sátiros y flautistas y un anciano portador de nártex y vino de Marón y el mismo Marón, y al escuchar que Panes navegan con él en forma de machos cabríos, ellos mismos llevarían a las Bacantes, pero soltarían cabras para aquellos, que la tierra de los tirrenos pastorea. La nave pirata, pues, navega al modo guerrero, pues está equipada con amuradas y espolón y manos de hierro y lanzas y hoces sobre picas, y para asombrar a los que se encuentran y parecerles alguna fiera, ha sido pintada con colores azulados, y con ojos sombríos en la proa como si mirara, y la popa es delgada y en forma de luna, como los finales de los peces. La nave de Dioniso, en cambio, me parece comparada con una roca, pero se ve escamosa en lo que es la popa, con címbalos ajustados alternativamente, para que, si alguna vez los Sátiros durmieran por el vino, Dioniso no navegara sin ruido, y la proa ha sido comparada y extendida hacia una pantera de oro. Hay amistad de Dioniso hacia el animal, puesto que es el más cálido de los animales y salta ligero e igual que el euios. Ves, al menos, al mismo animal navegando con Dioniso y saltando sobre los tirrenos sin que él lo ordene aún, y este tirso ha brotado desde el medio de la nave haciendo las veces de mástil, y se han colgado velas de púrpura que resplandecen en el golfo, y Bacantes de oro están tejidas en el Tmolo y las cosas de Dioniso en Lidia. Que la nave parezca cubierta de vid e hiedra y que racimos cuelguen sobre ella es una maravilla, pero más maravillosa es la fuente de vino, cómo al ser hueca, formas de delfines que aún no están acostumbrados, ni son nativos del mar, corren hacia los tirrenos, y a uno los costados son azulados, a otro los pechos resbaladizos, a otro le brota una crin junto al dorso, otro expulsa las colas, y a uno la cabeza ha desaparecido, a otro le queda, a otro la mano es líquida, y otro grita sobre los pies que se van. Dioniso, desde la proa, se ríe de esto y ordena a los tirrenos, las formas de peces desde hombres, y los caracteres de buenos desde malos. Se montará, pues, poco después, Palemón sobre un delfín, ni siquiera despierto este, sino durmiendo boca arriba sobre él, y Arión el de Ténaro manifiesta que los delfines son compañeros de los hombres y amigos del canto y tales como para formarse contra piratas en favor de los hombres y de la música.
1.19
XX. Celaenas es el lugar, en cuanto a los manantiales y la cueva, pero Marsias está fuera, ya sea pastoreando o después de la contienda. No alabes el agua; pues incluso si ha sido pintada potable y serena, te encontrarás con una más potable en el Olimpo. Duerme después de tocar la flauta, delicado sobre delicadas flores, mezclando el sudor con el rocío del prado, y el Céfiro lo llama soplando hacia su cabellera, y él exhala hacia el viento, atrayendo el aliento desde el pecho, y cañas que ya tocan la flauta yacen junto al Olimpo y hierros aún, con los que se perforan las flautas. Amándolo, una manada de Sátiros observa al joven, rojos y sonrientes, uno deseando tocar el pecho, otro adherirse al cuello, otro deseando arrebatar algún beso, y esparcen flores y lo veneran como a una estatua, y el más sabio de ellos, habiendo arrancado la lengua de la otra flauta aún caliente, la come y cree que así besa al Olimpo, y dice también haber probado el aliento.
1.20
XXI.¿ Para quién tocas, Olimpo?¿ Y qué obra de música hay en la soledad? No hay pastor contigo, ni cabrero, ni tocas para las Ninfas, que habrían bailado hermosamente con la flauta, pero habiendo aprendido, no sé por qué te alegras con el agua que está sobre la roca y miras hacia ella.¿ Qué participas de ella? Pues ni murmura para ti y será subyacente a la flauta, ni medimos el día para ti, nosotros que querríamos extender tu toque incluso hasta la noche. Pero si examinas la belleza, descuida el agua, pues nosotros somos más capaces de decir todas las cosas que hay en ti; tu ojo es brillante, y muchos son sus aguijones hacia la flauta, y una ceja lo rodea señalando el sentido de los toques, la mejilla parece palpitar y como bailar con la melodía, y el aliento no levanta nada del rostro por estar en la flauta, y la cabellera no está ociosa ni yace como en un joven urbano, grasienta, sino que se ha erguido por la sequedad, y no ofrece nada seco en el pino agudo y verde. Pues hermosa es la corona y terrible para resaltar en los que están en sazón, y que las flores broten para las vírgenes y que las mujeres se trabajen el rubor para sí mismas. Te digo que los pechos no están llenos solo de aliento, sino también de intención musical y de examen de los toques. Hasta aquí te pinta el agua inclinándote hacia ella desde la roca, pero si te pintara de pie, no habría mostrado decorosas las cosas bajo el pecho, pues superficiales son las imitaciones de las aguas por el hundimiento en ellas de las longitudes. Y que tu sombra sea bañada, sea también por la flauta que sopla hacia el manantial, y sean también todas estas cosas por el Céfiro, por quien tú estás en el tocar, y la flauta en el soplar, y el manantial en el ser tocado.
1.21
XXII. El Sátiro duerme, y hablemos de él con voz baja, no sea que se despierte y disuelva lo que se ve. Midas lo ha cazado con vino en Frigia alrededor de, como ves, las montañas, habiendo servido vino en la fuente, en la que yace brotando el vino en el sueño. De los Sátiros es dulce lo impetuoso, cuando bailan, y es dulce lo bufonesco, cuando sonríen, y los nobles aman y se ganan a las lidias halagándolas con arte. Y esto otro de ellos: se pintan duros y sin mezcla de sangre y excesivos en las orejas y huecos en la cadera, altivos en todo y caballos en cuanto a las colas. Esta presa de Midas ha sido pintada con todo lo que aquellos, pero duerme por el vino, atrayendo el aliento como de una borrachera, y la fuente ha sido bebida por él más fácilmente que una copa por otro, y las Ninfas bailan burlándose del Sátiro por dormir. Qué delicado es Midas, y qué perezoso, se ocupa de la mitra y del rizo y lleva tirso y atuendo de oro. Mira también las orejas grandes, por las cuales los ojos, al parecer agradables, parecen soñolientos y arrastran el placer hacia lo torpe, insinuando la pintura con afán que estas cosas ya han sido reveladas y difundidas entre los hombres en la caña, al no haber retenido la tierra lo que escuchó.
1.22
23. La fuente describe a Narciso, y la pintura describe la fuente y todo lo relativo a Narciso. Un joven, recién apartado de la caza, se encuentra junto a la fuente, sintiendo un deseo que emana de sí mismo y enamorado de su propia belleza; resplandece, como puedes ver, en el agua. La gruta es de Aqueloo y de las Ninfas, y se han pintado las cosas verosímiles, pues las estatuas son de un arte mediocre y de la piedra del lugar; algunas han sido desgastadas por el tiempo, otras fueron mutiladas por hijos de pastores o boyeros, aún niños e insensibles a la divinidad. La fuente tampoco está exenta de la influencia de Dioniso, quien parece haberla revelado a las Lénades; al menos, está cubierta de vid, hiedra y hermosos zarcillos, y participa de los racimos de donde provienen los tirsos. Aves sabias celebran fiestas junto a ella, según la armonía de cada una, y flores blancas han brotado junto a la fuente, no porque estuvieran allí antes, sino naciendo a causa del joven. La pintura, honrando la verdad, deja caer también algo de rocío de las flores, sobre las cuales se posa una abeja; no sé si engañada por la pintura o si debemos ser nosotros quienes nos dejemos engañar. Pero sea como sea. A ti, sin embargo, joven, no te engañó pintura alguna, ni te has adherido a colores o cera, sino que el agua te ha plasmado tal como te viste, y no cuestionas el artificio de la fuente, cuando deberías inclinarte, desviar la imagen, mover la mano y no permanecer en el mismo sitio; tú, en cambio, como si te hubieras encontrado con un compañero, esperas lo que vendrá de él.¿ Acaso la fuente te contará un mito? Él, por su parte, ni siquiera nos escucha, sino que se ha arrojado sobre el agua con sus propios oídos y sus propios ojos; nosotros, en cambio, hablemos tal como está pintado. El joven descansa erguido, con las piernas cruzadas, sosteniendo con la mano izquierda la jabalina clavada, mientras la derecha se curva hacia la cadera para sostenerse y adoptar una postura con los glúteos expuestos debido a la inclinación de las piernas. La mano muestra el aire allí donde se curva el codo, y una arruga donde se tuerce la muñeca, proporcionando una sombra al contraerse hacia la palma; los rayos de la sombra son oblicuos debido al giro hacia adentro de los dedos. El aliento en su pecho, no sé si es todavía de cazador o ya de amante; el ojo, sin embargo, es suficientemente el de alguien que ama, pues un deseo que se posa sobre él suaviza su mirada, naturalmente brillante y vivaz, y parece quizás ser correspondido, al mirarlo su sombra tal como él es mirado por ella. Mucho se habría dicho sobre su cabellera si lo hubiéramos encontrado cazando, pues son innumerables sus movimientos en la carrera, y más aún cuando es agitada por algún viento; podría ser digna de mención incluso ahora, pues siendo abundante y como de oro, una parte es arrastrada por los tendones, otra es definida por las orejas, otra se agita sobre la frente y otra fluye sobre la mejilla. Ambos Narcisos son iguales, mostrando la misma forma el uno del otro, salvo que uno está fuera del aire y el otro se ha sumergido en la fuente. Pues el joven se encuentra sobre el agua estancada, o más bien, mirando fijamente hacia ella, como si estuviera sediento de belleza.
1.23
24. Lee el jacinto, pues está pintado, y dice que brotó de la tierra por un joven hermoso, y lo llora junto con la primavera, habiendo recibido, creo, su origen de él cuando murió. Que el prado no te distraiga de esto, pues también aquí ha brotado, tal como surgió de la tierra. La pintura dice también que la cabellera del joven es del color del jacinto, y que la sangre, al ser bebida por la tierra, tiñó la flor con un color propio. Fluye desde la misma cabeza, al haber caído sobre ella el disco. Terrible es el error y ni siquiera digno de ser contado contra Apolo; pero como no hemos venido a ser sofistas de los mitos, ni estamos dispuestos a descreer, sino solo a ser espectadores de lo pintado, examinemos la pintura, y primero, la marca de lanzamiento del disco. La marca está excavada, pequeña y suficiente para uno solo que esté de pie, la cual, al sostener el pie trasero y el derecho, hace que los de adelante queden planos y aligera una de las piernas, la cual debe saltar y moverse junto con la derecha. La postura de quien sostiene el disco, tras haber girado la cabeza hacia la derecha, debe curvarse tanto como para mirar de reojo los costados y lanzarlo, como si estuviera extrayendo y proyectando toda su fuerza hacia la derecha. Y Apolo lanzó el disco de algún modo así, pues de otro modo no lo habría soltado; al caer el disco sobre el joven— el joven es de tipo laconio, con la espinilla recta, no inexperta en carreras, levantando ya el brazo y mostrando la belleza de los huesos—, Apolo se ha vuelto, permaneciendo aún en la marca y mirando hacia el suelo. Dirás que ha quedado petrificado, tanto estupor se ha apoderado de él. Ignorante es Céfiro, quien, envidioso de él, lanzó el disco contra el joven; parece que para el viento esto es una burla y se mofa desde su posición elevada. Ves, creo, en su sien alada y en su forma delicada, que lleva una corona de todas las flores, y poco después entrelazará también el jacinto entre ellas.
1.24
25. La corriente de vino en la isla de Andros y los andrios embriagados por el río son el tema de la pintura. Pues, en efecto, para los andrios, la tierra se abre por obra de Dioniso, llena de vino, y les hace brotar un río; si pensaras en agua, no sería grande, pero si en vino, el río es grande y divino. Pues quien se sirve de él puede despreciar al Nilo y al Istro, y tal vez decir de ellos que también aquellos parecerían mejores si fueran pocos, pero fluyeran así. Y cantan, creo, estas cosas mujeres junto con niños, coronados de hiedra y esmilax, unos bailando a ambas orillas, otros recostados. Es probable que también formen parte del canto cosas como que el Aqueloo trae juncos, el Peneo los Tempe, y el Pactolo flores, pero este río hace a los hombres ricos, capaces en el ágora, atentos con sus amigos, hermosos y de gran estatura a partir de ser pequeños, pues al saciarse de él, estas cosas se recogen y se introducen en la mente. Cantan, tal vez, que este es el único de los ríos que no es transitable para el ganado ni para los caballos, sino que es servido como vino por Dioniso y se bebe puro, fluyendo solo para los hombres. Considera que escuchas esto, incluso a algunos cantándolo y con la voz balbuceante por el vino. Lo que se ve en la pintura: el río yace en un lecho de racimos, emitiendo la fuente puro y con aspecto vigoroso; tirsos han brotado a su lado, como los juncos en las aguas. Al pasar la tierra y estos banquetes que hay en ella, Tritones ya se encuentran cerca de las desembocaduras, extrayendo vino con caracolas; parte lo beben, parte lo expulsan, y hay algunos de los Tritones que se embriagan y bailan. Dioniso también navega hacia la fiesta de Andros y la nave ya ha atracado; trae consigo Sátiros y Lénades mezclados, y Sileno, quien trae consigo a la Risa y al Como, divinidades muy alegres y muy dadas a la bebida, para que el río sea vendimiado por él de la manera más placentera.
1.25
26. El niño pequeño, el que aún está en pañales, el que conduce las vacas hacia la grieta de la tierra, ese mismo que roba las flechas de Apolo, es Hermes. Muy dulces son los robos del dios; pues dicen que Hermes, cuando nació de Maia, amaba robar y sabía hacerlo, no porque el dios hiciera esto por pobreza, sino por alegría, dando y jugando. Si quieres verlo siguiendo sus huellas, mira lo que hay en la pintura: nace en las cumbres del Olimpo, justo arriba, en la morada de los dioses; allí, Homero dice que no se sienten lluvias ni se oyen vientos, ni que nunca fue golpeado por la nieve debido a su altura, sino que es verdaderamente divino y libre de todas las pasiones de las que participan las montañas de los hombres. Allí, las Horas recogen a Hermes recién nacido. Ha pintado también a aquellas, como corresponde a cada hora, y lo envuelven en pañales espolvoreando las más bellas flores, para que no tenga pañales sin distinción; unas se dirigen hacia la madre de Hermes, que yace de parto, y él, habiéndose escapado de los pañales, ya camina y desciende del Olimpo. La montaña se alegra por él, pues su sonrisa es como la de un hombre. Imagina al Olimpo regocijándose de que Hermes haya nacido allí.¿ Cuál es, pues, el robo? Conduce vacas que pastaban al pie del Olimpo, esas mismas de cuernos de oro y más blancas que la nieve, pues están consagradas a Apolo, y las lleva girando hacia una grieta de la tierra, no para que perezcan, sino para que desaparezcan por un día, hasta que esto pique a Apolo, y como si no tuviera nada que ver con lo sucedido, se mete en los pañales. Llega también Apolo ante Maia reclamando las vacas, pero ella desconfía y cree que el dios dice tonterías.¿ Quieres saber qué dice? Pues me parece que no solo con la voz, sino también con el rostro, manifiesta algo de su discurso; parece como si fuera a decir esto a Maia:« Tu hijo, al que diste a luz ayer, me agravia; pues las vacas, de las que disfrutaba, las ha arrojado a la tierra, no sé a qué parte de la tierra. Perecerá y será arrojado más abajo que las vacas». Ella se asombra y no acepta el discurso. Mientras aún discuten entre sí, Hermes se coloca detrás de Apolo y, saltando ligeramente sobre su espalda, desata sin ruido los arcos; y aunque robó sin ser visto, no dejó de ser conocido por haber robado. Aquí está la sabiduría del pintor: pues suaviza a Apolo y lo hace alegrarse. La risa está medida, como la que se posa en el rostro cuando el placer vence a la ira.
1.26
27. El carro de dos caballos— pues el de cuatro aún no estaba al alcance de los héroes, a menos que fuera para el audaz Héctor— lleva a Anfiarao regresando de Tebas, cuando se dice que la tierra se abrió para él, para que profetizara en el Ática y fuera veraz, sabio entre los más sabios. De los siete que conquistaron el poder para Polinices el tebano, ninguno regresó salvo Adrasto y Anfiarao; a los demás los retuvo la Cadmea. Los otros perecieron por lanzas, piedras y hachas, pero se dice que Capaneo fue golpeado por un rayo, después de haber desafiado, creo, a Zeus con su jactancia. Estos, sin embargo, son de otro relato, pero la pintura ordena mirar solo a Anfiarao huyendo hacia el interior de la tierra con sus mismas guirnaldas y su mismo laurel; los caballos son blancos, el giro de las ruedas está lleno de premura, y el aliento de los caballos sale por toda la nariz; la tierra está salpicada de espuma, la crin se inclina, y una fina capa de polvo cubre a los caballos, que están empapados de sudor, haciéndolos parecer menos hermosos, pero más reales. Anfiarao está armado en lo demás, pero descuida solo el casco, entregando su cabeza a Apolo, con una mirada sagrada y profética. Pinta también a Oropo como un joven de ojos glaucos, el que está junto al mar. Pinta también el lugar de consulta de Anfiarao, una grieta sagrada y llena de azufre. Allí está también la Verdad vestida de blanco, allí también la puerta de los sueños, pues los que allí consultan necesitan del sueño, y el Sueño mismo está pintado con una forma relajada y tiene una vestimenta blanca sobre una negra, lo que, creo, es su noche y su día. Tiene también un cuerno en las manos, como quien conduce los sueños a través de la verdad.
1.27
28. No nos paséis de largo, cazadores, ni incitéis a los caballos antes de que averigüemos qué queréis y qué cazáis. Vosotros decís que os lanzáis contra un jabalí solitario, y veo las obras de la fiera: ha arrancado los olivos, ha cortado las vides y no ha dejado higuera, ni manzano, ni granado; ha arrasado todo de la tierra, desenterrando unas cosas, embistiendo otras, rozándose con otras. Veo también al animal erizando la crin, mirando con fuego, y sus colmillos castañetean contra vosotros, valientes, pues son terribles tales fieras al oír desde lejos el estruendo. Yo, sin embargo, creo que mientras cazáis la belleza de aquel joven, habéis sido cazados por él y deseáis arriesgaros por él.¿ Por qué tan cerca?¿ Por qué rozándolo?¿ Por qué os habéis vuelto junto a él?¿ Por qué os empujáis con los caballos? Lo que he sufrido: me he dejado llevar por la pintura hasta el punto de no creer que están pintados, sino que existen, se mueven y aman; al menos, les hablo como si escucharan y creo que voy a escuchar algo en respuesta, pero tú, ni siquiera te has inmutado al hablar, vencido de manera similar a mí y sin poder contenerte ante el engaño y el sueño que hay en él. Examinemos, pues, lo pintado, pues estamos ante una pintura. Rodean al joven jóvenes hermosos que realizan hermosas acciones, como si fueran de noble cuna; uno muestra en su rostro algo de la palestra, otro de gracia, otro de ingenio, y dirás que otro se ha levantado de un libro. Los llevan caballos parecidos, ninguno igual a otro: uno blanco, otro rubio, otro negro, otro alazán, con frenos de plata, moteados y con adornos de oro. Dicen que estos son los colores que los bárbaros del Océano vierten sobre el bronce candente, y que estos se solidifican, se petrifican y conservan lo que fue pintado. Tampoco coinciden en la vestimenta o el equipo: uno cabalga ligero y ágil, siendo, creo, un buen lanzador de jabalina; otro tiene el pecho protegido, amenazando con alguna lucha a la fiera, y las piernas también protegidas. El joven cabalga sobre un caballo blanco, pero la cabeza del caballo, como ves, es negra y tiene un círculo blanco trazado en la frente, como la luna llena; tiene adornos de oro y un freno de grana médica, pues este color resplandece junto al oro, como las piedras ígneas. El atuendo del joven es una clámide que tiene algo de viento y de pliegue. El color es de púrpura fenicia, que los fenicios alaban; que sea apreciada sobre todas las púrpuras, pues pareciendo sombría, atrae algo de belleza del sol y está salpicada con la flor de la púrpura. Por pudor a estar desnudo ante los presentes, se ha vestido con una túnica púrpura de mangas; la túnica llega hasta la mitad del muslo y hasta el codo, y sonríe, mira con ojos brillantes y tiene una cabellera que no oscurece sus ojos cuando se desordena por el viento. Quizás alguien alabe también la mejilla, las medidas de la nariz y, uno a uno, los rasgos del rostro; yo, sin embargo, admiro su porte, pues como cazador es vigoroso, está animado por el caballo y comprende que es amado. Llevan el equipo mulas y muleros: cepos, redes, venablos, jabalinas y lanzas, en las que están los colmillos; también participan en la expedición guías de perros y oteadores, y las razas de perros, no solo las buenas por el olfato o las rápidas, sino también las nobles, pues se necesita fuerza contra la fiera. Pinta perros de Lócride, de Laconia, de la India, de Creta; unas altivas y ladradoras, otras reflexivas, que siguen y enseñan los dientes ante el rastro, y al avanzar cantarán a la Agrotera, pues hay allí un templo suyo, una estatua lisa por el tiempo, y cabezas de jabalíes y osos; también pastan para ella fieras libres, cervatillos, lobos y liebres, todos mansos y sin miedo a los hombres. Se mantienen tras la oración de la caza. Y la fiera no soporta estar oculta, sino que salta de la espesura, luego embiste a los jinetes y los perturba con el ataque, pero es vencida por los que lanzan, al no encontrar un punto vital debido a que se protegen de los golpes y a que no son lanzados por quienes se atreven; debilitado por un golpe superficial en el muslo, huye a través de la maleza, y lo espera un pantano profundo y un lago junto al pantano. Persiguen, pues, usando gritos, los demás hasta el pantano, pero el joven se adentra con la fiera en el lago, junto con estos cuatro perros; la fiera se lanza a herir al caballo, pero el joven, inclinándose lejos del caballo y girando hacia la derecha, lanza con toda su mano y golpea al jabalí justo donde se une la espalda con el cuello. Desde entonces, los perros llevan al jabalí a tierra, los amantes gritan desde la orilla como compitiendo entre sí, quién gritará más que el vecino, y uno ha caído del caballo al no sujetarse, sino al haber asustado al caballo; otro le teje una corona del prado que hay en el pantano. El joven sigue en el lago, sigue en la postura en la que lanzó el dardo, y los demás están asombrados y lo observan, tal como fue pintado.
1.28
29. Pero este no es el mar Eritreo, ni esto es la India, sino Etiopía y un hombre griego en Etiopía. Y la hazaña del hombre, que sufrió voluntariamente por amor, creo, oh niño, que no eres ignorante de Perseo, de quien dicen que mató en Etiopía un monstruo atlántico que caminaba hacia los rebaños y los hombres de la tierra. Alabando esto, pues, el pintor y compadeciéndose de Andrómeda porque fue entregada al monstruo, la hazaña ya se ha cumplido; el monstruo yace ante la orilla, inundando con fuentes de sangre, por las cuales el mar es rojo, y Eros libera a Andrómeda de sus cadenas. Está pintado alado, como es costumbre, pero como un joven, a diferencia de lo habitual, y está pintado jadeando y no exento de haber trabajado. Pues Perseo había hecho una oración a Eros antes de la obra, para que estuviera presente y volara junto a él contra la fiera, y él llegó y escuchó al griego. La joven es dulce, porque es blanca en Etiopía, pero más dulce es su misma forma; superaría incluso a la delicada lidia, a la solemne ática y a la vigorosa espartana. Se ha embellecido por la ocasión, pues parece desconfiar, se alegra con estupor y mira a Perseo enviándole ya una sonrisa. Él, no lejos de la joven, yace en una hierba dulce y fragante, goteando sudor sobre la tierra y teniendo el miedo de la Gorgona apartado, para que los pueblos que se encuentren con él no se conviertan en piedra. Muchos son los boyeros que ofrecen leche y vino para beber. Dulces son los etíopes en lo extraño de su color, sonriendo con severidad y no ocultando que se alegran, y la mayoría son iguales. Perseo saluda esto, y apoyándose sobre el codo izquierdo, sostiene el pecho lleno de aliento, mirando a la joven, y deja que su clámide se mueva con el viento, siendo púrpura y estando salpicada de gotas de sangre que el monstruo le insufló en la lucha. Que los Pelópidas estén bien junto al hombro de Perseo, pues siendo hermoso y sonrosado, se ha añadido algo de cansancio y las venas se han hinchado al tomar esto, cuando el aliento predomina. Mucho gana también de la joven.
1.29
30. Un atuendo suave, una forma de Lidia, un joven en su primera barba, y Poseidón sonriendo al joven y enorgulleciéndolo con caballos, muestran a Pélope el lidio llegando al mar, como si hubiera orado a Poseidón contra Enómao, porque Enómao no trata con su yerno, sino que, matando a los pretendientes de Hipodamía, se jacta de las primicias de estos, colgando sus cabezas como quienes han logrado una caza. Y al orar Pélope, llega un carro de oro desde el mar; los caballos son terrestres y capaces de recorrer el Egeo con el eje seco y la pezuña ligera. La hazaña, pues, será un éxito para Pélope, pero examinemos la hazaña del pintor. Pues no es de pequeña lucha, creo, unir cuatro caballos y no confundir las piernas de cada uno de ellos, infundirles junto con el freno un carácter, y hacer que uno permanezca en el no querer estar quieto, otro en el querer piafar, otro en el obedecer; y él se regocija por la belleza de Pélope y sus narices son anchas, como las de quien relincha. También esto es de sabiduría: Poseidón ama al joven y lo eleva al caldero y a Cloto, cuando Pélope parecía resplandecer por el hombro; y no lo aparta de casarse, puesto que se ha lanzado, sino que, amándolo, se ha adherido a su mano, pegándose a la derecha de Pélope, sugiriéndole lo necesario para la carrera; él ya es altivo y respira Alfeo, y su ceja está con los caballos. Mira dulce y elevado por la tiara que lo cubre, de la cual la cabellera del joven, como gotas de oro, goteando sobre la frente, concuerda y florece junto al vello, y moviéndose aquí y allá, permanece en el momento oportuno. El glúteo, el pecho y lo que se habría dicho sobre el desnudo de Pélope, lo cubre el atuendo con la misma pierna. Pues los lidios y los otros bárbaros, al encerrarse en tales atuendos, se embellecen con los tejidos, siendo posible embellecerse con la naturaleza; y lo demás está oculto y dentro, pero lo del atuendo, donde está el hombro izquierdo, ha sido descuidado por el arte, para que no se oculte su resplandor, pues la noche lo cubre y el joven resplandece por el hombro, tanto como la noche por el atardecer.
1.30
31. Es hermoso también hablar de higos y no pasar esto en silencio. Higos negros que gotean savia están amontonados sobre hojas de vid, y están pintados junto con las grietas de la corteza; algunos están entreabiertos, escupiendo miel, otros están como partidos por la sazón. Cerca de ellos hay una rama tirada,¡ por Zeus!, no ociosa o vacía de fruto, sino que sombrea higos, unos crudos y aún brevas, otros arrugados y pasados de maduros, otros entreabiertos mostrando la flor del jugo; y en la punta de la rama un gorrión ha excavado, lo cual parece ser lo más dulce de los higos. Todo el suelo está cubierto de nueces, de las cuales unas han girado la cáscara, otras yacen cerradas y otras muestran la división. Pero mira también peras sobre peras y manzanas sobre manzanas, y sus montones y decenas, todas fragantes y doradas. El rubor que hay en ellas no dirás que ha sido añadido, sino que ha florecido desde adentro. Estos son regalos de cerezas, una fruta en racimos en una cesta, y la cesta no está tejida de mimbres ajenos, sino de la misma planta. Si miras hacia la unión de los sarmientos y los racimos que cuelgan de ellos, y cómo las uvas están una a una, cantarás a Dioniso, lo sé, y oh, señora dadora de racimos, hablarás de la vid. Dirías también que los racimos en la pintura son comestibles y están llenos de vino. Y esto es lo más dulce: sobre las hojas de la rama, miel verde que ya se ha introducido en la cera y está a punto de desbordarse, si alguien la exprimiera; y un queso fresco sobre otra hoja, tembloroso y moviéndose, y enfriadores de leche no solo blanca, sino también brillante, pues parece brillar por la grasa que flota sobre ella.

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