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Bibliotheca̓ ΑΠΟΓΡΑΦΗ ΚΑΙ ΣΥΝΑΡΙΘΜΗΣΙΣΤΩΝ ἈΝΕΓΝΩΣΜΕΝΩΝ ἩΜΙΝ ΒΙΒΛΙΩ ὩΝ ἘΙΣ ΚΕΦΑΛΑΙΩΔΗ ΔΙΑΓΝΩΣΙΝ Ὁ ἨΓΑΠΗΜΕΝΟΣ ἩΜΩΝ ἈΔΕΛΦΟΣ ΤΑΡΑΣΙΟΣ ΕΞΗΙΤΗΣΑΤΟ ἘΣΤΙ ΔΕ ΤΑΥΤΑ ἘΙΚΟΣΙ ΔΕΟΝΤΩΝ ἘΦ' ἙΝΙ ΤΡΙΑΚΟΣΙΑ Φώτιος ἠγαπημένῳ ἀδελφῷ Ταρασίῳ ἐν Κυρίῳ χαίρειν. p. 1 Ἐπειδὴ τῷ τε κοινῷ τῆς πρεσβείας καὶ τῇ βασιλείῳ ψήφῳ πρεσβεύειν ἡμᾶς ἐπ' Ἀσσυρίους αἱρεθέντας ᾔτησας τὰς ὑποθέσεις ἐκείνων τῶν βιβλίων, οἷς μὴ παρέτυχες ἀναγινωσκομένοις, γραφῆναί σοι, ἀδελφῶν φίλτατέ μοι, Ταράσιε, ἵν' ἔχοις ἅμα μὲν τῆς διαζεύξεως ἣν βαρέως φέρεις παραμύθιον, ἅμα δὲ καὶ ὧν οὔπω εἰς ἀκοὰς ἡμῶν ἀνέγνως εἰ καὶ διατυπωτικήν τινα καὶ κοινοτέραν τὴν ἐπίγνωσιν (ταῦτα δέ ἐστι πεντεκαιδεκάτῳ μέρει τῶν τριακοσίων ἐφ' ἑνὶ καὶ οὐ πλέον ἀπολείποντα, τοσαῦτα γάρ, οἶμαι, τῆς σῆς οὐ τυχόντα παρουσίας ἀναγνωσθῆναι συνέπεσεν), ὀψὲ μὲν ἴσως τοῦ σοῦ διαπύρου πόθου καὶ τῆς θερμῆς αἰτήσεως, θᾶττον δὲ ἢ ὅσα ἄν τις ἄλλος ἐλπίσειε, τυχόντες ὑπογραφέως, ὅσας αὐτῶν ἡ μνήμη διέσωζε, τὸν σὸν ὥσπερ ἀφοσιούμενοι πόθον καὶ τὴν ἀξίωσιν ἐκδεδώκαμεν. Οὕτω δὲ τάξεως αἱ ὑποθέσεις ἐπιλήψονται, ὡς ἂν ἑκάστην αὐτῶν ἡ μνήμη προβάλοι, οὐ χαλεπὸν ὂν καὶ εἴ τις ἕλοιτο ἰδίᾳ μὲν τούτων ὅσα τῆς ἱστορίας ἐστίν, ἰδίᾳ δὲ ὅσα πρὸς ἄλλον καὶ ἄλλον σκοπὸν ἀναφ................. εἶδος................... ἀλλὰ περιττῆς........ τιμίας μᾶλλον........... νομίζων ἀξι............. δὲ καὶ τὸ ποικίλον ἐν πολλοῖς καὶ πολλάκις ὁρμ... καὶ κόρον οὐκ οἶδε τίκτειν εἰς μι... Εἰ δέ σοί ποτε κατ' αὐτὰ γενομένῳ τὰ τεύχη καὶ φιλοπονουμένῳ τινὰ ὑποθέσεων ἐλλιπῶς ἢ οὐκ εἰς τὸ ἀκριβὲς δόξουσιν ἀπομεμνημονεῦσθαι, μηδὲν θαυμάσῃς. Μίαν μὲν γὰρ ἑκάστην βίβλον ἀναλεγομένῳ τὴν ὑπόθεσιν συλλαβεῖν καὶ μνήμῃ καὶ γραφῇ παραδοῦναι ἀξιόλογον ἔργον ἐστὶ τῷ βουλομένῳ· ὁμοῦ δὲ πλειόνων, καὶ τότε χρόνου μεταξὺ διαρρυέντος, εἰς ἀνάμνησιν μετὰ τοῦ ἀκριβοῦς ἐφικέσθαι οὐκ οἶμαι ῥᾴδιον εἶναι. Ἡμῖν δὲ καὶ ὅσον ἐπιπολάζει τῶν ἀνεγνωσμένων καὶ οὐδὲ τὰς σὰς διὰ τὸ πρόχειρον ἴσως διαπέφευγε μελέτας, οὐδὲ τούτοις τὴν ἐπὶ τοῖς ἄλλοις ὁμοίαν ἐθέμεθα φροντίδα, ἀλλὰ κατὰ τὸ ἑκούσιον τὸ ἀκριβὲς αὐτῶν ὑπερώφθη. Εἰ δέ τι καὶ ἄλλο χρειῶδες καὶ τῆς σῆς αἰτήσεως ἐπὶ πλέον ταῖς ὑποθέσεσι συνεισπίπτει, αὐτὸς μᾶλλον συνήσεις. Χρησιμεύσει δέ σοι δηλονότι τὰ ἐκδεδομένα εἴς τε κεφαλαιώδη μνήμην καὶ ἀνάμνησιν τῶν εἴτε κατὰ σεαυτὸν ἀναλεξάμενος ἐπῆλθες, καὶ εἰς ἕτοιμον εὕρεσιν τῶν ἐν αὐτοῖς ἐπιζητουμένων, οὐ μὴν ἀλλὰ καὶ εἰς εὐχερεστέραν ἀνάληψιν τῶν οὔπω τὴν ἀνάγνωσιν τῆς σῆς συνέσεως ὑπελθόντων. 1. 1α Ἀνεγνώσθη Θεοδώρου πρεσβυτέρου ὅτι γνησία ἡ τοῦ ἁγίου Διονυσίου βίβλος. Διελύοντο δὲ ἐν τῷ λόγῳ ἐνστάσεις δʹ, μία μὲν ὅτι εἰ ἦν γνησία, πῶς οὐκ ἐμνήσθησαν τῶν ἐν αὐτῇ ῥητῶν τε καὶ χρήσεών τινες τῶν μεταγενεστέρων πατέρων; δευτέρα 1. 1β δέ, ὅτι Εὐσέβιος ὁ Παμφίλου, ἀναγραφὴν ποιησάμενος τῶν συγγεγραμμένων τοῖς μακαρίοις πατράσιν ἡμῶν βιβλίων, οὐδεμίαν ταύτης μνήμην ἐποιήσατο· τρίτη δέ, ὅτι πῶς τῶν κατὰ προκοπὴν ἐν τῇ ἐκκλησίᾳ καὶ διὰ μακροῦ τοῦ χρόνου αὐξηθέντων παραδόσεων ἡ βίβλος αὕτη λεπτομερῆ τὴν ἐξήγησιν ποιεῖται; ὁ 1. 2α μὲν γὰρ μέγας Διονύσιος σύγχρονος ἦν, ὡς δῆλον ἐκ τῶν Πράξεων, τοῖς ἀποστόλοις· ἃ δὲ ἡ βίβλος περιέχει, τὰ πλεῖστα τῶν κατὰ προκοπὴν καὶ ἐς ὕστερον ἐν τῇ ἐκκλησίᾳ αὐξηθέντων παραδόσεών ἐστιν ἀναγραφή· ἀπίθανον οὖν, φασί, μᾶλλον δὲ κακόπλαστον, τὰ μετὰ πολὺν χρόνον τῆς τελευτῆς τοῦ μεγάλου Διονυσίου ἐν τῇ ἐκκλησίᾳ αὐξηθέντα Διονύσιον ὑπολαμβάνειν ἀναγράψαι· τετάρτη δέ, πῶς μέμνηται τῆς τοῦ θεοφόρου

Spanish Gemini
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es convocado y rechazado. Los nestorianos, incluso respecto a la cabeza misma del cuerpo, que es Cristo, mantienen la misma mentalidad y audacia. Pues dicen que, dado que Cristo es de nuestra naturaleza, y Dios quiere que todos los hombres se salven por igual y que cada uno, por su propia libre elección, corrija su propia falta y se haga digno de Él, por esta razón el Logos no es el que nació, sino que el nacido de María, debido al mérito de su libre elección natural, tuvo al Logos como acompañante, habiendo participado del Logos de la filiación solo por el mérito y la homonimia. Esta herejía pelagiana, o celestiana, floreció en Oriente y se difundió también en Occidente. En Cartago, en África, fue refutada y descubierta por Aurelio y Agustín, y fue condenada por diversos sínodos. Aquellos que pensaban así fueron expulsados de la Iglesia como herejes en los tiempos de Teófilo de Alejandría e Inocencio de Roma, tanto por los obispos romanos y africanos como por los demás obispos occidentales. Sin embargo, Pelagio fue absuelto en Palestina en un sínodo que se reunió( catorce obispos completaban el sínodo), negando por completo los capítulos como necios y anatematizándolos, y diciendo que, aunque había dicho algunas cosas, no las había dicho como sus acusadores las habían interpretado, sino más bien en acuerdo con la Iglesia católica. Sus acusadores, sin embargo, fueron Neporo y Lázaro, los obispos galos, quienes ni siquiera estuvieron presentes en su examen, habiendo declinado su presencia debido a la enfermedad de uno de ellos. Así lo relata Agustín en sus escritos a Aurelio, el papa de Cartago. No obstante, después de la muerte de Agustín, quien está entre los santos, algunos del clero comenzaron a fortalecer el dogma impío y a hablar mal de Agustín y a difamarlo como si hubiera introducido la abolición del libre albedrío; pero también Celestino de Roma, escribiendo a los obispos locales en defensa del hombre divino y contra los que agitaban la herejía, detuvo el error que se estaba moviendo. Pasado el tiempo, y habiendo sido admitidos en la Iglesia aquellos de la herejía debido a que anatematizaron su propia herejía, el mal comenzó de nuevo a partir de ellos; pero el obispo Séptimo, al comenzar el daño, detuvo su avance escribiendo a León de Roma, que entonces ocupaba la sede, quien luchó con celo ardiente contra la impiedad. No mucho después, como si la raíz amarga volviera a brotar descaradamente, algunos en Roma se expresaron a favor de la herejía; pero un tal Próspero, un hombre verdaderamente de Dios, habiendo presentado libelos contra ellos, los hizo desaparecer, mientras el mencionado León aún dirigía el trono romano. Esta herejía fue anatematizada también en el santo sínodo de Éfeso. Juan de Alejandría, en su apología a Gelasio de Roma, anatematiza no solo la herejía pelagiana, sino también a Pelagio y a Celestio, y además a Juliano, quien fue conocido como sucesor de ellos. Se leyó la obra de Juan Filópono, o mejor dicho, vano- pono, contra el santo y ecuménico cuarto sínodo. En ella, es fiel a su propio estilo, pero intenta descaradamente empujar al sínodo hacia el pensamiento de Nestorio, y dice que el sínodo aceptó el anatema de Nestorio al no considerar que pecó en nada contra el hombre al confirmar un dogma que el mismo que fue golpeado por el anatema valoraba y apreciaba por encima de todo, inventando y fabulando un asunto que es digno de su mente y de su juicio inestable. Tales cosas dice vanamente y con audacia contra este, y divide toda su comedia contra él en cuatro partes, sin decir nada convincente o que tenga sentido. Se leyó en el mismo lugar la obra de otro Juan, nestoriano en su religión, contra el mismo santo cuarto sínodo. Este es el Egeata, impío, pero que ha utilizado la elegancia y lo agradable junto con la claridad y el brillo. Se leyó la obra de Teodoreto de Ciro contra las herejías que comenzaron desde Simón y hasta aquellas en las que él alcanzó su apogeo.
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que se proponen. Dirige esto a Sporacio, quien se había prestado a la petición de tal afición por escuchar. Desciende hasta Nestorio y su herejía, vertiendo sobre él una refutación pura. Avanza también hasta la herejía eutiquiana. En el quinto discurso( tantos son los que componen el libro), habiendo hecho un resumen de los dogmas divinos y rectos en contraposición a las charlas heréticas, demuestra su carácter incomparable, puro e irreprochable. Su estilo es claro y sencillo. Se leyó la Historia Romana de Apiano, en tres volúmenes y veinticuatro libros. De estos, el primer tomo contiene las obras y hechos de los siete reyes: Rómulo, Numa Pompilio, Anco Marcio y otro Anco, que también era Marcio, descendiente de Numa, Tarquinio, Servio Tulio y Tarquinio Lucio, el de Tarquinio. De estos siete, el primero fue el fundador y colonizador de Roma, y habiendo gobernado más como un padre que como un tirano, sin embargo, fue asesinado, o como otros dicen, desapareció. El segundo, habiendo reinado no menos, si no más, terminó su vida habiendo vivido. El tercero fue fulminado; el cuarto dejó la vida por enfermedad; el quinto fue asesinado por pastores, y el sexto terminó su vida de manera similar por asesinato; el séptimo, violando las leyes tanto de la ciudad como del reino, fue expulsado; a partir de lo cual, habiendo sido disuelto el reino, el poder fue transferido a los cónsules. Lo que contiene el primer libro es esto; se titula Real de los Romanos. El segundo trata sobre el resto de Italia, excepto la parte junto al golfo Jónico; su título es Itálica de los Romanos. El siguiente contiene la guerra de los romanos contra los samnitas, una nación que se había vuelto grande y difícil en las guerras, a la que los romanos, luchando durante ochenta años, apenas sometieron, y junto con ellos todas las naciones que los apoyaban; se titula Samnítica de los Romanos. El cuarto, dado que contiene la guerra de los romanos contra los celtas, se titula Céltica de los Romanos. Y los restantes siguen el mismo orden: el quinto, Siciliana e Insular de los Romanos, ya que es contra los sicilianos y los isleños; el sexto, Ibérica de los Romanos; el séptimo, Anibálica de los Romanos, ya que contiene la guerra contra Aníbal el cartaginés; el octavo, Líbica, Cartaginesa y Numídica de los Romanos; el noveno, Macedónica de los Romanos; el décimo, Helénica y Jónica de los Romanos; el undécimo, Siríaca y Pártica de los Romanos; el duodécimo, Mitridática de los Romanos. Y las obras y guerras demostradas por los romanos contra los extranjeros se encuentran divididas aquí en estos libros; pero las guerras y sediciones que los mismos romanos tuvieron entre sí las revelan los libros siguientes, que recibieron el título de Civiles primera, Civiles segunda, y así sucesivamente hasta la novena de las civiles, que es la vigésima primera de toda la historia. El vigésimo segundo libro se titula Centenario, el siguiente Dácica, y el vigésimo cuarto Arábica. Así es la división de toda la historia. Se incluyen en las civiles, primero, los asuntos sobre Mario y Sila, quienes se hicieron la guerra mutuamente; luego, los asuntos sobre Pompeyo y Julio César, y cómo estos se sedicionaron entre sí y chocaron en grandes batallas, cuando la fortuna, dando mayor impulso a Julio, hizo girar a Pompeyo hacia la espalda y la huida. A continuación, los asuntos sobre Antonio y Octavio César, también llamado Augusto, contra los asesinos del anterior César, durante cuyo tiempo muchos de los romanos destacados fueron ejecutados sin juicio alguno. Finalmente, lo que sucedió entre ellos, me refiero a Antonio y Augusto, quienes lucharon entre sí en guerras poderosas y causaron la destrucción de muchos ejércitos, aunque la victoria, mirando más tarde a Augusto, condujo a Antonio, desierto de aliados, como fugitivo a Egipto, donde él mismo terminó su vida; con este libro, que es el último de las civiles, se revela también Egipto, cómo pasó a estar bajo los romanos y cómo los asuntos de los romanos volvieron a la monarquía y
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a Augusto. Comienza, pues, la historia desde Eneas, hijo de Anquises, hijo de Capis, quien floreció en la guerra de Troya, y después de la caída de Troya huyó, y tras una larga errancia llegó a una costa de Italia llamada Laurento, donde se muestra su campamento, y llaman a la costa Troya por él. Entonces gobernaban a los aborígenes, los italianos de allí, Fauno, hijo de Ares, quien también une a Eneas con su hija Lavinia, y le da tierra de un perímetro de cuatrocientos estadios. Él fundó una ciudad y, por su esposa, la llamó Lavinio. En el tercer año, habiendo muerto Fauno, Eneas recibe el mando por el parentesco, y llamó latinos a los aborígenes por el pariente político Latino Fauno. En el tercer año, de nuevo, debido a Lavinia, su esposa, que había sido prometida por sus padres al rey de los rútulos, los tirrenos, Eneas es asesinado por ley de guerra, y el mando lo recibió Eurileón, renombrado Ascanio, quien nació de Eneas y Creúsa, la hija de Príamo, que fue su esposa en Ilión; otros dicen que Ascanio le nació de Lavinia, el sucesor del mando. Muerto Ascanio en el cuarto año después de la fundación de Alba( pues también este fundó una ciudad, llamándola Alba, y trasladó al pueblo desde Lavinio), recibe el mando Silvio. Y dicen que el hijo de Silvio fue Eneas Silvio, el de Eneas fue Latino Silvio, el de este Capis, el de Capis Capeto, el de Capeto Tiberino, el de este Agripa, el de este Rómulo. Y que este fue golpeado por un rayo; de quien nació un hijo, Aventino, y de Aventino nació Proca. Y que Silvio es el nombre común para todos. A Proca le nacieron dos hijos: el mayor, Numitor, y el menor, Amulio. Habiendo tomado el mayor el mando de su padre al morir, el menor lo tomó por insolencia y fuerza, arrebatándoselo. Y mata al hijo de su hermano, Egesto, y a la hija, Rea Silvia, la establece como sacerdotisa para que permanezca sin hijos; sin embargo, la mansedumbre de carácter y la gran benignidad de Numitor lo libraron de la conspiración contra su cuerpo. Pero Silvia quedó embarazada contra la ley, y Amulio la arrestó para castigarla, y dio los dos hijos nacidos de ella a unos pastores para que arrojaran a los bebés al río cercano; el río se llamaba Tíber, y los niños eran Remo y Rómulo, que descendían de Eneas por parte de madre; pues el del padre es incierto. Comienza, pues, como se ha dicho, la historia de pasada desde Eneas hasta los niños; pero desde Rómulo, el fundador, recorre todo detalladamente, y desciende hasta Augusto, y de forma dispersa y de pasada hasta Trajano. Este Apiano era de linaje alejandrino, pero en Roma primero abogaba en juicios, y luego fue digno de administrar asuntos de reyes. Su estilo es sencillo y escueto, y su historia, en la medida de lo posible, amante de la verdad, y es, como ningún otro, intérprete de métodos estratégicos a través de la historia, y es excelente para elevar con palabras un espíritu de ejército humillado, para calmar uno inflamado, para manifestar una pasión y para cualquier otra cosa que se pueda imitar con palabras. Floreció en los tiempos de Trajano y Adriano. Se leyó la Pártica de Arriano en diecisiete libros. Este compone mejor que todos también los asuntos de Alejandro el Macedonio, y además otra obra, las tradiciones de Bitinia, de donde él mismo procedía, titulando el libro Bitiniaca; también escribe los asuntos de los alanos, que tituló Alánica. Recorre en esta obra las guerras que lucharon los romanos y los partos cuando Trajano era emperador de los romanos. Dice que el linaje de los partos es escita, y que se separaron del dominio de los macedonios, habiendo sido esclavizados hace mucho tiempo junto con los persas, por tal causa. Arsaces y Tirídates eran hermanos arsácidas, descendientes del hijo de Arsaces, hijo de Friapites. Estos, a Ferecles, el que fue nombrado por el rey Antíoco( lo llamaban dios por sobrenombre), pero los arsácidas, al sátrapa de su país puesto por Antíoco
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Ferecles, dado que intentó vergonzosamente al otro de los hermanos violándolo, no soportando la insolencia, mataron al que los ultrajó, y comunicando la acción a otros cinco, se separaron de la nación de los macedonios, y gobernaron por sí mismos, y llegaron a un gran poder, de modo que entablaron batallas equilibradas con los romanos, y a veces incluso se retiraron de la guerra teniendo la victoria consigo. Dice que los partos, en tiempos de Sesostris, rey de los egipcios, y de Ianduso, el de los escitas, emigraron desde su propia tierra, Escitia, a la actual. A estos, el emperador romano Trajano, habiéndolos humillado por la fuerza, los dejó bajo tratado, habiendo él mismo establecido al rey para ellos. Este Arriano era filósofo por conocimiento, uno de los oyentes de Epicteto, y era conocido en los tiempos de Adriano, de Antonino el Pío y de Marco Antonino. Lo llamaban el nuevo Jenofonte. Debido a lo destacado de su educación, se le confiaron otras magistraturas políticas, y ascendió hasta el rango de los cónsules. Escribió también otros libros, de las Diatribas de Epicteto, el maestro, ocho libros que conocemos, y de las charlas del mismo Epicteto, doce libros. Es escueto en su estilo y un imitador, en verdad, de Jenofonte. Dicen que escribió también otras cosas, que aún no han llegado a nuestro conocimiento. Es evidente que no carecía de sabiduría y poder retórico. Se leyó la obra del sínodo reunido ilegalmente contra Juan Crisóstomo, quien está entre los santos, en el cual estaban como jefes Teófilo de Alejandría, Acacio de Berea, Antíoco de Tolemaida, Severiano de Gabala y Quirino de Calcedonia, los que estaban más hostiles hacia el hombre, quienes al mismo tiempo eran todos jueces, acusadores y testigos. Estos asuntos se realizaron en trece actas; pero las doce fueron contra el santo, y la decimotercera contiene los asuntos contra Heráclides, quien fue ordenado por él para Éfeso, cuya deposición ni siquiera pudieron completar, impidiéndolo otros. El acusador de Heráclides era el obispo de la ciudad de los magnesios, llamado Macario. El enemigo manifiesto y primer acusador del bienaventurado Juan era su diácono Juan. Acusaba a Crisóstomo de que lo había agraviado al excomulgarlo porque golpeó a su propio siervo Eulalio; segundo, que un tal monje Juan fue golpeado por orden de Crisóstomo, según dice, y fue arrastrado y llevado encadenado junto con los endemoniados; tercero, que vendió una gran cantidad de tesoros; cuarto, que vendió los mármoles de la santa Anastasia, que Nectario había depositado para el revestimiento de mármol de la iglesia; quinto, que insulta a los clérigos llamándolos deshonrosos, corruptos, improvisados y de tres óbolos; sexto, que llamaba al santo Epifanio charlatán y endemoniado; séptimo, que hizo una maquinación contra Severiano, moviendo a los decanos contra él; octavo, que preparó también un libro calumnioso contra el clero; noveno, que habiendo reunido un sínodo de todo el clero, puso a tres diáconos, Acacio, Edafio, Juan, acusándolos de haber robado su manto, diciendo que no fuera que lo hubieran tomado para otra cosa; décimo, que ordenó obispo a Antonio, habiendo sido probado como saqueador de tumbas; undécimo, que él mismo denunció al conde Juan en el motín de los soldados; duodécimo, que ni al salir ni al entrar rezaba en la iglesia; decimotercero, que hizo ordenaciones de diáconos y presbíteros sin altar; decimocuarto, que en una sola ordenación hizo cuatro obispos; decimoquinto, que recibe a mujeres solteras expulsando a todos los demás; decimosexto, que vendió la herencia dejada por Tecla a través de Teódulo; decimoséptimo, que nadie sabe a dónde fueron los ingresos de la iglesia; decimoctavo, que ordenó presbítero a Serapión estando bajo acusación; decimonoveno, que despreció a los comulgantes del mundo que, por su opinión, fueron encerrados y murieron
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en la cárcel, y ni siquiera se dignó a acompañar sus cuerpos; vigésimo, que insultó al santísimo Acacio y ni siquiera le dio palabra; vigésimo primero, que entregó al presbítero Porfirio a Eutropio para ser desterrado; vigésimo segundo, que entregó también al presbítero Venerio con muchos insultos; vigésimo tercero, que solo para él se calienta el baño y, después de bañarse, Serapión vacía el agua para que nadie más se bañe; vigésimo cuarto, que ordenó a muchos sin testimonio; vigésimo quinto, que come solo, viviendo de forma desenfrenada una vida de cíclopes; vigésimo sexto, que él mismo acusa, él mismo testifica, él mismo sentencia( y es evidente por los asuntos sobre Martirio, el archidiácono, y por los asuntos sobre Proaresio, dicen, el obispo de Licia); vigésimo séptimo, que dio un puñetazo a Memnón en los Apóstoles, y fluyendo la sangre de su boca, ofreció los misterios; vigésimo octavo, que en el trono se desviste y se viste y come pastillas; vigésimo noveno, que da dinero a los obispos ordenados por él para que a través de ellos oprima al clero. Estos son los capítulos contra el santo; él, habiendo sido convocado por cuarta vez, no se presentó, haciendo saber a los convocados que si apartan a los enemigos manifiestos del orden de los jueces, estoy dispuesto tanto a presentarme como a defenderme, si alguien me acusa de algo; pero si no quieren hacer esto, cuantas veces envíen, nada más se logrará. Examinaron, como pensaron, de estos capítulos el primero y el segundo, luego comenzaron a examinar sobre Heráclides y Paladio de Helenópolis, los obispos; y el monje Juan presentó de nuevo un libelo, del cual el diácono Juan hizo mención en las acusaciones contra Crisóstomo, acusando a Heráclides de que es origenista, y que fue descubierto como ladrón en Cesarea de Palestina, robando las ropas del diácono Aquilino, y que, dice, el obispo Juan lo ordenó para Éfeso siendo tal. Acusaba también a Crisóstomo de haber sufrido muchos males a causa de los origenistas a través de Serapión y de él mismo. Luego, habiendo sido examinados estos, se examinó de nuevo el noveno capítulo de las acusaciones, luego el vigésimo séptimo. Luego, de nuevo, el obispo Isaac acusó a Heráclides de ser origenista y de no haber sido admitido por el santísimo Epifanio ni a la oración ni a la comida. El mismo Isaac presentó también un libelo contra Crisóstomo que contenía esto: primero, sobre el muchas veces mencionado monje Juan, que fue azotado por causa de los origenistas y que llevó cadenas; segundo, que el bienaventurado Epifanio, por causa de los origenistas, no quiso comulgar con Amonio, Eutimio, Eusebio, Heráclides y Paladio; tercero
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que rechaza la hospitalidad, practicando la comida única; cuarto, que dice en la iglesia que la mesa está llena de Erinias; quinto, que se jacta en la iglesia diciendo: diré, estoy loco, y que debe explicar quiénes son las Erinias, y qué es decir: diré, estoy loco; pues la iglesia no sabe estas cosas; sexto, que da libertad a los que pecan enseñando: si vuelves a pecar, vuelve a arrepentirte, y cuantas veces peques, ven a mí y yo te curaré; séptimo, que blasfema en la iglesia, diciendo que Cristo, habiendo orado, no fue escuchado porque no oró como debía; octavo, que incita a los pueblos a sedicionarse contra el sínodo; noveno, que recibió a helenos que causaron muchos males a los cristianos y los tiene en la iglesia y los preside; décimo, que entra en provincias ajenas y ordena obispos; undécimo, que insulta a los obispos y ordena que sean expulsados de su casa; duodécimo, que insulta a los clérigos con insultos extraños; decimotercero, que arrebató por la fuerza depósitos ajenos; decimocuarto, que hace las ordenaciones sin sínodo y contra la opinión del clero; decimoquinto, que recibió a los origenistas, pero a los comulgantes de la iglesia que llegaron con cartas de recomendación y fueron arrojados a la cárcel no los sacó, sino que incluso habiendo muerto en ella, ni siquiera los visitó; decimosexto, que ordenó obispos a esclavos ajenos que aún no habían sido liberados, sino que incluso estaban difamados; decimoséptimo, que a este mismo Isaac le sucedió ser maltratado muchas veces por ellos. De estas acusaciones, la primera, como ya había sido examinada, como pensaban, ya no se examinó, pero la segunda se examinó y la séptima. Luego se examinó de nuevo la tercera acusación de las presentadas por el diácono Juan. En este capítulo, también Arsacio, el archipresbítero, quien sucedió al mismo Crisóstomo, y Ático, el presbítero, no sé cómo, se presentaron como testigos y testificaron contra el santo; y también Elpidio, el presbítero. Los mismos testificaron, y con ellos también el presbítero Acacio, sobre el cuarto capítulo. Habiendo sido examinados estos, los mismos presbíteros mencionados y Eudaimón, y además Onésimo, pedían acelerar la decisión, y el primero del sínodo, Pablo de Heraclea, pidió que todos se pronunciaran. Y pronunciaron la deposición del santo, como les pareció, comenzando por el obispo Gimnasio y terminando con Teófilo de Alejandría, todos en número de cuarenta y cinco. Luego se escribió al clero de Constantinopla, como si fuera del sínodo, sobre la deposición del santo; se informó también a los emperadores. Se presentaron además tres libelos de Geroncio, de Faustino, de Eugnomonio, quienes decían que habían sido depuestos injustamente por Juan. Hubo también una respuesta imperial al sínodo. En los cuales está también la duodécima acta. La decimotercera, como se dijo, tiene los asuntos sobre Heráclides, el obispo de Éfeso. Se leyó la historia de Heródoto en nueve libros, según el número y nombre de las nueve Musas. Este sería el canon del dialecto jónico, como Tucídides lo es del ático. Ha utilizado mitologías y muchas digresiones, a través de las cuales fluye la dulzura de su pensamiento, aunque a veces esto oscurece la comprensión de la historia y su tipo propio y adecuado, no queriendo la verdad que su precisión sea empañada por mitos, ni desviarse más de lo debido por las digresiones. Comienza la historia desde el reinado de Ciro, el primero que reinó sobre los persas, de dónde huyó y cómo fue criado y creció y reinó; y desciende hasta el reinado de Jerjes y la incursión contra los atenienses y la huida desde allí. Jerjes es el cuarto desde Ciro; pues el segundo es Cambises y el tercero Darío. Pues el que está en medio, Esmerdis el mago, no se cuenta entre estos, ya que es un tirano y usurpó con engaño y fraude un mando que no le correspondía. El sucesor de Darío es su hijo Jerjes, en quien termina la historia, sin haber llegado hasta el final de su reinado. Heródoto floreció en estos mismos tiempos, como relata también Diodoro el Siciliano. Se dice que, leyéndosele la historia, Tucídides, siendo muy joven, escuchó junto a su padre y lloró. Y que Heródoto dijo que el niño, oh Óloro, tiene la naturaleza ansiosa por aprender. Se leyeron los tres discursos de Esquines, el contra Timarco, que es también el primero de sus discursos, y el de la falsa embajada, y el tercero, que es también el último, el contra Ctesifonte. Pues dicen que solo tres de sus discursos son genuinos, y nueve cartas; por lo cual algunos llamaron a sus discursos Gracias, por la gracia del discurso y el número de las Gracias, y Musas a las cartas, por el número de las nueve Musas. Se lleva también otro discurso suyo, la ley delia; pero Cecilio no lo admite, sino que dice que otro Esquines, contemporáneo de este ateniense, es el padre del discurso. Este Esquines era uno de los diez oradores. Habiendo sido acusado de falsa embajada por
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Demóstenes, no fue condenado, ya que Eubulo, el demagogo, a quien sirvió, luchó junto a él contra Demóstenes al preparar a los jueces para levantarse mientras Demóstenes aún hablaba. Más tarde, habiendo acusado el decreto como ilegal, que Demóstenes escribió contra Ctesifonte, y habiendo fijado él mismo la multa para sí mismo, si no demostraba que era ilegal, al no demostrarlo como prometió, fue desterrado de la patria. Y habiendo intentado huir hacia Alejandro, hijo de Filipo, que estaba en campaña en Asia, fue detenido al escuchar su muerte y al saber que sus sucesores estaban llenos de disturbios, y habiendo navegado a Rodas, permaneció un tiempo, en el cual educaba a los jóvenes. Admirando los oyentes y preguntándose cómo, teniendo tal poder de escribir, fue derrotado por Demóstenes, dijo: Si hubierais escuchado a esa fiera, llamando fiera a Demóstenes, no os habríais preguntado esto. Se dice que este fue el primero en dedicarse allí a componer las ficciones y las llamadas prácticas. Habiéndose hecho viejo, se trasladó de Rodas a Samos, y allí murió. Era hijo de Atrometo, y de madre Glaucotea, la sacerdotisa, de linaje oscuro. Tenía dos hermanos, Afóbito y Filócaris. Al principio, pues, era tercer actor, siendo de gran voz, luego era secretario del consejo, y poco a poco avanzó hasta el demagogismo. Era de la facción de los filipistas en Atenas; por eso también se oponía políticamente a Demóstenes. Dicen que escuchó a Platón y fue discípulo de Antálcidas, y que hay alguna muestra de ambos a través de los discursos de Esquines, la grandeza de los nombres y la solemnidad de las ficciones. Dionisio, el sofista, habiendo encontrado alguna vez el discurso contra Timarco, y habiendo leído el comienzo del proemio, dijo: Nunca nadie, ni escribiendo una acusación ni molestando en las rendiciones de cuentas, ojalá hubieras escrito muchos, ojalá hubieras molestado a muchos, para que hubieras dejado más discursos; así se complació con el carácter del orador. Su discurso es como natural y espontáneo, no dando tanto a admirar el arte del hombre como su naturaleza; pues todo lo que tiene de habilidad, esto se puede encontrar en sus discursos, y lo que es más bien muestra de naturaleza. Pues respecto a la denominación es sencillo y claro, y respecto a la composición de los discursos, ni demasiado flojo como Isócrates, ni presionado y apretado como Lisias; en espíritu y tono no le falta nada a Demóstenes; y ha utilizado figuras de pensamiento y de palabra, no para parecer que dice algo con arte, sino para lo más necesario para los asuntos subyacentes. Por eso también el discurso parece ser de alguna manera astuto y sobresaliente especialmente en las retóricas ante la multitud y en los discursos privados; pues no es continuo ni demasiado forzado en argumentos ni en entimemas. Sin embargo, a Esquines, hijo de Lisanias, otros y más bien Frínico, a quien llaman socrático, lo admite entre los mejores, declarando que sus discursos son el canon después de los primeros del discurso ático. Se leyó la historia de Praxágoras de Atenas sobre el gran Constantino en dos libros. En cuyos discursos relata que el padre de Constantino, Constancio, reinaba en Britania, Maximino en Roma y en el resto de Italia y Sicilia, y el otro Maximino en Grecia, Macedonia, Asia Menor y Tracia; Diocleciano, el más anciano de los otros, gobernaba Bitinia, Arabia, Libia y Egipto, cuanto riega el Nilo al desbordarse. Al Constantino, pues, el padre lo envía a Diocleciano a Nicomedia para ser educado. Estando presente, dice, Maximino, el que reinaba en Asia Menor, se lanzó a conspiraciones contra el joven y puso al joven a luchar contra un león salvaje; él, habiendo dominado a la fiera, la mató, y habiendo sentido la conspiración, huyó hacia su padre. Habiendo dejado este la vida, el hijo recibe el reino. Habiendo subido a este, sometió a celtas y germanos, naciones vecinas y bárbaras. Habiendo sabido que Majencio gobernaba a los súbditos de forma licenciosa y pesada( este era, pues, después
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de una tiranía impía. Además, Mauricio estableció una tregua con los ávaros, que poco antes habían sitiado Sirmio, acordando pagar a los bárbaros cada año ochenta mil monedas de plata y oro a través del comercio. Estos pagos duraron dos años, hasta que fueron interrumpidos por la insaciabilidad de los bárbaros, pues el bárbaro exigía un aumento de veinte mil monedas de oro. De ahí resultó la ruptura de la tregua; y la ciudad de Singiduno, Augusta y Viminacio fueron tomadas por los bárbaros, y la ciudad de Anquialo fue sitiada. Elpidio y Comenciolo, embajadores de los romanos, fueron enviados ante el jagán de los ávaros, pero fueron tratados con desprecio, dado que Comenciolo había hablado con franqueza ante el bárbaro. Al año siguiente, Elpidio fue enviado nuevamente ante el jagán para aceptar el aumento de las veinte mil monedas, y tras tomar a un tal Targicio de entre los ávaros, regresó a Bizancio. Como los bárbaros saqueaban muchas posesiones de los romanos, Targicio fue desterrado a la isla de Calcis, prolongándose el destierro por seis meses. Comenciolo, elegido general, se distinguió en la lucha contra los eslavos. También narra cómo el jagán rompió de nuevo la tregua; sobre Bucolobra el mago; y el saqueo de la mayoría de las ciudades romanas por parte de los bárbaros. Luego relata la guerra entre persas y romanos en el río Ninfeo, y el matrimonio de Mauricio con Constantina, hija de Tiberio. Trata también sobre el incendio que ocurrió en el foro al comienzo del reinado de Mauricio, sobre la ejecución de Paulino el mago, y sobre el milagro ocurrido en el nicho de la mártir Gliceria, y cómo Juan el patriarca, pareciendo ser más filántropo que el emperador, insistía en que el mago fuera entregado al fuego, entretejiendo en su discurso la máxima apostólica; y que tanto Paulino como el joven, cómplice de su impiedad, fueron llevados a la muerte, terminando sus vidas por la espada. Además, sobre las fortalezas de Afumon y Acba. El relato incluye la batalla entre romanos y persas, y cómo Juan fue superado en estrategia por los bárbaros. También menciona el gran terremoto que ocurrió al inicio de la proclamación de Mauricio, y sobre su consulado. Cómo Filípico, esposo de Gordia, hermana del emperador, fue nombrado general de las fuerzas de Oriente, sus hazañas, la retirada de los romanos de Media, cómo el ejército romano estuvo en peligro por falta de agua, cómo el general romano entregó la región de Arzanene al saqueo, las proezas de las fuerzas romanas, cómo el general persa devastó los alrededores de Martirópolis, y la primera y segunda embajada de los persas ante los romanos. Esto es lo que contiene el primer libro. En el segundo, trata sobre el monte Izala, sobre la arrogancia de Cardarigán, el general persa, cómo se produjo la batalla entre Filípico y los romanos contra Cardarigán y los persas cerca de Arzamón, cómo Filípico, portando la imagen no hecha por manos humanas, recorría el campamento santificándolo, y cómo entonces se produjo una victoria muy brillante para los romanos, y cómo la imagen no hecha por manos humanas fue enviada con veneración a Simeón, el obispo de Amida. El botín bárbaro fue tomado por los romanos, y Cardarigán huyó hacia Daras; y cómo los darenses lo expulsaron de la ciudad por haber sido derrotado estrepitosamente. Cómo el soldado romano fue herido en el cuerpo; era de la unidad de los Cuartopartos, llamados así, que residían en la ciudad de Berea, en Siria. Sobre la expedición de los romanos contra Arzanene, y cómo Marutas y Jobio, sus líderes, desertaron hacia Filípico y los romanos. Sobre la fuerza privada reunida por Cardarigán para engañar a los romanos. Y cómo Heraclio, padre del emperador Heraclio, enviado por Filípico para espiar a los enemigos, se salvó paradójicamente. Y
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sobre Zaberta el persa, y cómo los romanos se abstuvieron del asedio de los Clomares; además, sobre la huida repentina e irracional de Filípico y el desorden que se produjo en las expediciones romanas. Sobre la enfermedad que padeció Filípico, y que Heraclio, padre del emperador Heraclio, asumió las preocupaciones del mando. Cómo el subgeneral de las fuerzas romanas atacó las regiones meridionales de Media; y cómo en la estación de primavera los romanos atacaron el estado persa. Narra cómo Comenciolo hizo una expedición contra los ávaros, teniendo como subgenerales a Marino y Casto, y cómo estos se distinguieron contra los ávaros; pero más tarde Casto fue capturado vivo. Y que los ávaros tomaron vivo a Ansimut, el exarca de la fuerza de infantería romana, y sus fuerzas recorrieron los territorios de Tracia. La deliberación de Comenciolo sobre si debía atacar a los ávaros, el discurso a favor de atacar, y el discurso en contra. Cómo una voz que se difundió en el ejército de los ávaros hizo inútil el ataque de Comenciolo contra el jagán. Sobre el soldado Busa, cómo fue capturado por los ávaros mientras cazaba, y cómo, despreciado por sus compatriotas, enseñó por ello a los ávaros a construir máquinas de asedio. Cómo Berea fue sitiada por el jagán, y cómo fracasó en su intento. Cómo el mismo sitió la ciudad de Diocleciano y fracasó. Y cómo el emperador Mauricio fue insultado por la multitud de bizantinos debido a las desgracias ocurridas por parte de los bárbaros en Europa, y cómo envió como general a Juan, a quien llamaban Mistacón, nombrando como su subgeneral a Droctón, quien, mientras Adrianópolis era sitiada por los ávaros, se unió a los enemigos y salvó la ciudad. Narra también cómo Heraclio intentó tomar una fortaleza persa con las armas, sobre la fortaleza de Beiudaes, y cómo, por una hazaña paradójica del soldado Saper, los romanos tomaron la fortaleza. Y la estancia de Filípico en la ciudad imperial. El tercer libro narra cómo Prisco fue nombrado general de las fuerzas de Oriente en lugar de Filípico, cómo Filípico, envidioso de Prisco, escribió a Heraclio para que informara al ejército sobre la reducción de sus raciones, y que Prisco, al acercarse al campamento, no bajó del caballo según la antigua costumbre y así saludó a la tropa; por lo cual la tropa, debido a que las raciones eran recortadas y a que eran despreciados, se amotinó. Y Prisco, dando la imagen no hecha por manos humanas, intentó mediante ella aplacar a la multitud, pero ellos incluso la apedrearon. Por lo cual Prisco huyó a Constantinopla, y el ejército eligió a Germano como su general contra su voluntad; y mientras esta tiranía prevalecía, muchas calamidades fueron engendradas para los romanos por parte de los persas. Por ello, el emperador destituyó a Prisco y envió de nuevo a Filípico como general. Pero el ejército también se amotinó contra él; Constantina fue sitiada por los persas, pero fue liberada de los peligros cuando Germano llegó a ella. Y se produjo una guerra entre persas y romanos cerca de Martirópolis, y los romanos vencieron brillantemente, pues el general persa Maruza y tres mil hombres cayeron, y mil fueron capturados; y el ejército se reconcilió con el emperador a través de Aristóbulo. Se produjo una hazaña de los prisioneros romanos en la fortaleza de Giligerdón. Y Gregorio, el arzobispo de Antioquía, restableció a Filípico en el ejército mediante una embajada. Martirópolis fue tomada por los persas mediante el engaño de Sitta, Filípico fue destituido, y Comenciolo fue confiado por el emperador con la guerra persa en su lugar. Los getas, es decir, los eslavos, devastaban los alrededores de Tracia, Roma se armaba contra los longobardos, y Libia prevalecía sobre los maurosios. Mientras Comenciolo era general, los persas y
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los romanos se enfrentaron cerca de Sisarbanón, cerca de Nísibis, y los romanos vencieron estrepitosamente, destacándose Heraclio brillantemente con la lanza; pues cayó el mismo general de los persas, Fraates, y el botín enemigo fue tomado. Además, narra cómo Baram, tras luchar contra los turcos y proporcionar desde allí gran riqueza al rey Hormisdas, levantó la espada también contra Suania; los romanos, bajo el mando de Romano, se enfrentaron a Baram y al ejército bajo su mando, y vencieron estrepitosamente. Y cómo, debido a la derrota, Hormisdas, insultando a Baram, le envió ropa de mujer; pero él respondió con otro insulto, escribiendo en las cartas que era hija de Cosroes y no hijo de Hormisdas. En esto, los armenios, bajo las sugerencias de Sabacio, mataron a su propio general Juan e intentaron pasarse a los persas. Domezíolo, enviado por el emperador, calmó la sedición y llevó a Sabacio a Bizancio; este fue condenado a ser pasto de las fieras, pero por la filantropía imperial fue liberado de la muerte. Hormisdas envió a Saram contra Baram; pero Baram, tras vencer a Saram en batalla, lo hizo pasto de los elefantes y se enfrentó abiertamente contra Hormisdas. Baram había alcanzado tal grado de gloria antes de planear la rebelión que, después del rey, nadie entre todos tenía mayor gloria que él; pues disfrutaba del honor que los romanos llaman curopalata. El relato incluye también un repaso de los acontecimientos ocurridos en tiempos anteriores, una breve narración de los movimientos durante el reinado de los emperadores Justino y Tiberio, sobre la crueldad de Hormisdas, el rey de los persas, y una narración de la genealogía persa. Esto es lo que contiene el tercer libro. El cuarto narra cómo se fortaleció la guerra civil entre los persas, y todo lo que ocurrió durante la tiranía de Baram, sus trofeos y éxitos; la ejecución de Ferecanes y la deserción de Zadespra, cómo Hormisdas fue destituido del trono por Bindoes, cómo pidió, estando prisionero, dar un discurso, y cómo lo dio; cómo Bindoes dio un discurso, y el hijo fue masacrado ante Hormisdas, la reina fue descuartizada, y el mismo Hormisdas fue cegado; cómo más tarde fue asesinado a garrotazos por su hijo Cosroes, a quien los persas habían establecido como rey. El dominio de la tiranía de Baram, la huida de Cosroes, el rey de los persas, cómo el rey persa llegó a Circesio, habiéndose pasado al emperador Mauricio, y cómo envió una embajada ante él. Sobre Baram de nuevo, cómo, intentando ser proclamado rey por ellos y no lográndolo, se autoproclamó rey. Cómo el emperador llevó a Cosroes a la Ciudad Santa, organizándole un séquito real. Y sobre los acontecimientos entre Baram y Cosroes antes de la alianza romana, y cómo Baram, tras enviar una embajada al emperador Mauricio, fue rechazado, mientras que Cosroes envió una embajada de nuevo y tuvo éxito. Cómo el emperador envió al sacerdote de Melitene junto con Gregorio, el arzobispo de Antioquía, ante Cosroes. Sobre el asesinato de Baram, que Zamerdes y Zoanambes tramaron, y sobre el asesinato de los que participaron en ello. Sobre Bindoes el persa, y cómo huyó a Persia, habiendo sido cómplice de la conspiración contra Baram. Cómo Martirópolis fue devuelta por Cosroes a los romanos, sobre la ejecución de Sitta en el fuego, y la celebración del obispo de Melitene( llamado Domiciano) por la recuperación de la ciudad. En esto consiste el cuarto libro. El quinto narra cómo Cosroes, el rey de los persas, consumido por la angustia, envió una embajada al mártir Sergio, a quien también envían embajadas las demás naciones bárbaras, para encontrar una solución a sus desgracias; y cómo lo honró con una cruz de oro incrustada de piedras preciosas; desde entonces, Zadespra fue asesinado por Rosa bajo las sugerencias de Blescanes, y todo lo demás le resultó favorable a Cosroes. Sobre el oro prestado a Cosroes, el rey de los persas, por el emperador Mauricio, y cómo Cosroes firmó el préstamo.
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Una embajada de Cosroes para que Comenciolo fuera destituido del mando, el nombramiento de Narsés en lugar de Comenciolo, y la alianza de los romanos contra el tirano Baram. Sobre los regalos reales enviados a Cosroes por el emperador; y cómo Cosroes entregó las llaves de Daras al emperador a través del embajador Dolbza. El discurso de Domiciano de Melitene instando a los romanos a aliarse con Cosroes contra Baram; sobre los éxitos ocurridos antes del enfrentamiento entre romanos y persas para Cosroes, y cómo los tesoros reales y los palacios persas fueron devueltos a Cosroes a través de Bindoes. La unión de las fuerzas romanas de Armenia y de Oriente, la batalla contra Baram, y la victoria muy brillante de los romanos; en esta batalla, bajo el mando de Narsés, fueron capturados turcos que llevaban en sus frentes la marca de la cruz que se habían puesto, según contaban, para librarse de la enfermedad pestilente que les había afectado tiempo atrás. Los acontecimientos ocurridos en Persia respecto a Golinduch, y qué vida ascética llevó ella. El regreso de Cosroes a sus palacios. Sobre los regalos enviados por Cosroes a Sergio el mártir. Una embajada del mismo ante el mismo santo para tener descendencia de Sirem; ella era cristiana. El éxito de la petición, y el envío de regalos costosos por parte de él al templo del mártir. Cómo Cosroes eliminó a los que habían participado en la tiranía, y al mismo Bindoes por haber levantado las manos contra el rey; sobre las profecías de Cosroes, y que los asuntos romanos se amotinarían al servir a tiranos. La embajada de Probo, obispo de Calcedonia, sobre la imagen de la Madre de Dios, y todo lo que ocurrió durante la embajada. La salida del emperador hacia Anquialo en Europa, y sobre el espectro que se le apareció en forma de jabalí. Cómo el emperador regresó a los palacios, tras la llegada de una embajada persa a través de Zalabzan. En esto consiste el quinto libro. El sexto libro contiene cómo, al salir el emperador de la ciudad, le sobrevino una tempestad marina. Cómo, cerca de Heraclea, mientras el emperador permanecía allí, nació un monstruo, un niño que no tenía manos ni ojos ni cejas ni párpados, y en la cadera le colgaba una cola de pez; y cómo el monstruo fue eliminado. Sobre los tres eslavos que llevaban cítaras, de quienes se decía que habían sido enviados desde las regiones del Océano ante el jagán; estos fueron presentados al emperador Mauricio. Una embajada de los francos ante el emperador para aliarse a cambio de regalos, y el rechazo de la petición. Bosso y Betto eran los embajadores, y el que los envió se llamaba Teodorico. Sobre la manada de ciervos, cómo el mayor fue herido y huyó a un matorral, cómo fue perseguido por uno de los guardaespaldas y otro gépida, cómo el guardaespaldas fue asesinado por las joyas que llevaba, y cómo mucho tiempo después el gépida, descubierto como el asesino, fue entregado al fuego. La expedición de los ávaros contra los romanos y el asedio de la ciudad de Singiduno, el nombramiento de Prisco como general, y cómo se le puso al frente de la guerra en Europa. Cómo el jagán, al llegar a Drizípera, incendió el templo del mártir Alejandro. Cómo los romanos, encerrados en la ciudad de Tzuruulón, fueron sitiados por el jagán, y cómo Mauricio engañó al bárbaro con un ardid y lo alejó del asedio. Embajadores de los ávaros ante los romanos, y todo lo que le ocurrió a Ardagasto por parte de las fuerzas romanas, además de los acontecimientos sobre Tatimer, la hazaña del oficial romano Alejandro, la hazaña de los romanos, la matanza de los eslavos, y el ataque de los eslavos contra los romanos. Sobre los monstruos nacidos ante la ciudad imperial, y que uno era un niño de cuatro patas y el otro de dos cabezas. Cómo Prisco fue destituido por dar al jagán parte del botín de los eslavos, y Pedro fue nombrado en su lugar general de la guerra en Europa; y sobre Teodoro el
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embajador enviado ante el jagán por Prisco, y sobre su educación y destreza. En esto consiste el sexto libro. El séptimo libro trata sobre el desorden ocurrido en las fuerzas romanas, y la hazaña de los romanos contra los eslavos, es decir, los getas. Pues los getas eran llamados así antiguamente. Sobre lo ocurrido en la ciudad tracia de Asimo a Pedro y a los ciudadanos. Y cómo Piragasto, el jefe de la fuerza de los eslavos, fue asesinado; y la hazaña de los romanos. Sobre la falta de agua que afectó a las fuerzas romanas. Y cómo, tras ser derrotado Pedro por los eslavos, Prisco volvió a ser general. La muerte de Juan el Ayunador de Constantinopla, sobre el dinero que le había prestado Mauricio, sobre el documento de la confesión, y cómo el emperador, verdaderamente amante de Dios, trataba con honor los harapos encontrados tras la muerte del arzobispo. Sobre los maurosios que se habían reunido contra la ciudad de Cartago, y cómo la guerra se extinguió por la audacia de Genadio. Sobre el cometa que apareció durante muchos días. Sobre la guerra civil ocurrida entre los turcos, y una exposición sobre el estado de los turcos. Y cómo el jagán de los turcos, tras matar al jefe de los abdelas, es decir, los eftalitas, y esclavizar a la nación, además de la nación de los ogor, y tras destruir a los cólquidas hasta trescientos mil, y además tras matar a Turum, que se había rebelado contra él, envió una carta de victoria al emperador Mauricio. También esclavizó a los ávaros. Narra también sobre las naciones de Taugas y sobre Mucri, en las cuales los ávaros, derrotados, se dispersaron. Sobre las naciones de los uar y los chunni, de las cuales, bajo Justiniano, una parte de estas naciones reside en Europa, quienes se autodenominaron ávaros. Y que la tierra de los turcos está libre de terremotos y pestes. Sobre el llamado monte de oro, sobre Taugas, sobre los gusanos que producen la ropa de seda, y que la producción de seda es abundante en la llamada Chubdan, y las leyes al respecto. Y sobre los indios de cuerpo blanco. El diálogo del jagán con Prisco sobre la esclavitud de Singiduno, la réplica de Prisco ante él, y cómo Prisco salvó la ciudad de Singiduno. Todo lo que los bárbaros hicieron en Dalmacia y las ciudades que saquearon, y cómo Gunduis, enviado por Prisco contra los bárbaros en Dalmacia, se distinguió. Que en el decimonoveno año del reinado de Mauricio, un monje predijo su muerte y la de sus hijos; pues, desenvainando una espada, corrió desde el foro hasta los atrios de los palacios, prediciendo que el mismo Mauricio y sus hijos morirían por la espada. Pero también un tal Herodiano le contó al emperador lo que sucedería. Sobre la hambruna que sobrevino a las tropas, y cómo el jagán, con una filantropía paradójica, estableció una tregua de cinco días para los hambrientos, para que el suministro de alimentos desde los bárbaros hacia los romanos fuera seguro; y cómo, tras ser honrado con especias por Prisco, se dirigió hacia Misia. Cómo el jagán entabló batalla contra Comenciolo cerca de Misia, y por la traición de Comenciolo el ejército romano fue destruido por los bárbaros. Comenciolo huyó y llegó a la ciudad de Drizípera, fue expulsado de la ciudad como un fugitivo, y llegó a los muros largos. Los bárbaros, siguiéndolo, tomaron primero Drizípera, e incendiaron el templo del mártir Alejandro, y arrastrando el cuerpo fuera del relicario, lo ultrajaron. Pero la justicia divina persiguió a los que ultrajaron al mártir; pues siete hijos del jagán murieron en un solo día afectados por bubones. Comenciolo llegó a Constantinopla tras los disturbios, y los bárbaros se acercaron a los muros largos. Los de Bizancio tuvieron tanto miedo que planearon abandonar Europa y cruzar a Asia. Sin embargo, el emperador envió una embajada ante el jagán
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a través de Armatón, y con regalos brillantes y un aumento de veinte mil monedas de oro, apenas lo convenció de aceptar la paz, diciendo: que Dios juzgue entre el jagán y Mauricio y entre los romanos y los ávaros. Sobre los monstruos con forma humana que aparecieron en las aguas del Nilo, y las diversas opiniones sobre la crecida del Nilo. El autor se adhiere a la opinión de Agatárquides de Cnido; este dice que cada año en las regiones de Etiopía se producen grandes y continuas lluvias desde el solsticio de verano hasta el equinoccio de otoño; por lo tanto, es razonable que el Nilo se reduzca en invierno, teniendo su flujo naturalmente solo desde sus propias fuentes, y que en verano, debido a las lluvias que se vierten en él desde allí, reciba su aumento. Esto es lo que contiene el séptimo libro. El octavo libro narra cómo Cosroes, debido a las incursiones de los sarracenos que estaban bajo los romanos, intentó romper la tregua, pero tras enviar a Jorge ante él, la tregua se mantuvo; y Jorge fue despreciado, pues Cosroes dijo que mantenía la tregua intacta por Jorge, y no por el emperador Mauricio. Cómo Comenciolo fue juzgado por traición y la reconciliación de las tropas romanas con él, y cómo fue enviado de nuevo como general por el emperador. Batalla de romanos y ávaros bajo el mando de Prisco y Comenciolo, y siendo Comenciolo inactivo por algunas pretensiones, mientras Prisco estaba presente con el ejército, la hazaña de los romanos y la matanza de los ávaros hasta cuatro mil. Segunda batalla, y matanza de los mismos hasta nueve mil. Tercera batalla, y destrucción de los mismos hasta quince mil. Cuarta batalla, y victoria brillante de nuevo de los romanos y matanza de treinta mil ávaros junto con gépidas. Quinta batalla, y victoria de los romanos, y matanza de los ávaros, y captura de tres mil ávaros vivos, otros cuatro mil bárbaros, y otros dos mil doscientos, y ocho mil sabinos; de los cuales el jagán, engañando al emperador, recuperó a los ávaros capturados. Sobre la melancolía de Comenciolo, y cómo por su imprudencia una multitud de romanos, al partir hacia Filipópolis, perecieron por el frío. Cómo Pedro fue nombrado de nuevo general de Europa por el emperador. Sobre el matrimonio de Teodosio, hijo de Mauricio, con la hija de Germano. Y sobre la escasez de grano que ocurrió en la ciudad imperial, y el desorden ocurrido en los demos mientras el emperador realizaba letanías, sobre su paciencia, y el destierro de los soldados y su regreso en un solo día. Cómo Mauricio ordenó a Pedro por todos los medios que las fuerzas tracias permanecieran al otro lado del Istro, cómo una voz divina llegó a Pedro y cómo una sedición irrumpió en las fuerzas romanas, y se formó una tiranía contra el emperador, siendo Focas el tirano proclamado por la multitud. Cómo Pedro huyó, cómo la sedición fue anunciada al emperador, y cómo primero, a través de los demarcas Sergio y Cosmas, la multitud de los demos investigó los asuntos, y se encontraron mil quinientos de los Verdes y novecientos de los Azules, y cómo se otorgaron honores a los demóticos. Una embajada del emperador ante las fuerzas sediciosas, y el rechazo de la embajada; cómo vigila la ciudad imperial. Una embajada de las tropas ante Teodosio, hijo de Mauricio, pidiendo que él o su suegro Germano fueran proclamados emperadores. El conocimiento de esto llegó a Mauricio, y la sospecha hacia Germano como causante de la tiranía y la amenaza, y la notificación de la amenaza real a través del yerno Teodosio, y la huida de Germano al templo de la Madre de Dios. El envío de Ciro y Esteban el eunuco, quien había sido nombrado tutor de los hijos del emperador, ante Germano para que saliera del templo, y el fracaso; y la flagelación con varas de Teodosio, el hijo, por parte de su padre debido a la denuncia contra el suegro. Y el traslado de Germano del templo de la Madre de Dios a Santa Sofía, y de nuevo la invitación a salir, y la desobediencia, pues un tal Andrés, que asistía constantemente a las letanías, impidió la salida; disturbios e incendio de la casa en la ciudad de Constantino el patricio, a quien las multitudes llamaban Lardún; y la angustia de Mauricio y su huida. Cómo, habiendo ocurrido una tempestad, se interrumpió la huida. Y el envío de Teodosio, el hijo, ante Cosroes y su regreso de nuevo desde Nicea al mostrar el anillo, que había sido hecho como señal para el hijo por parte del padre. Cómo los de la ciudad, entre los cuales estaba el Edomita, se pasaron al tirano. Cómo Germano, preparando el imperio para sí mismo, fracasó, pues los Verdes rechazaron la proclamación por ser él de la facción, como ellos decían, de los Azules. Luego, la proclamación en el templo de San Juan en el séptimo día de Focas. Ciriaco en ese momento se había hecho cargo de las leyes eclesiásticas de la ciudad imperial. Entrada de Focas en los palacios y proclamación de Leoncia, la esposa de Focas. Y sobre la disputa de los demarcas por la posición de los lugares, y el empujón de Cosmas, demarca de los Azules, por Alejandro, y el insulto a Alejandro. Y el recuerdo de Mauricio de que no había muerto, y por esto el tirano se lanzó más al asesinato del emperador. Asesinato de los hijos del emperador ante su padre en los Eutropios, y la filosofía y acción de gracias del emperador, y su propio asesinato a través de Lilio. Y sobre el testamento del emperador Mauricio encontrado bajo el emperador Heraclio. Cómo los cuerpos de los emperadores fueron entregados al oleaje marino. Epitafio a Mauricio; y cómo las fuerzas romanas recibían las retribuciones de lo que se había hecho ilegalmente contra Mauricio por juicio de la providencia divina, de modo que en poco tiempo no quedó ninguno de los que participaron en la tiranía de entre tal multitud, sino que unos perecieron por peste, otros por fuego celestial, y otros por el filo de la espada, de modo que cuando el emperador Heraclio decidió luchar contra Razates el persa, al organizar el ejército, encontró solo a dos supervivientes de la multitud pro- tiránica. Y entonces el ejército romano comenzó a fortalecerse contra los persas; pues mientras ellos vivían, la victoria residía con los persas. Asesinato por parte del tirano a través de Alejandro de Teodosio, hijo del emperador, y de Pedro, Comenciolo y Constantino el Lardún; y el error sobre Teodosio, de que no había sido asesinado. Y cómo en Alejandría las estatuas, al salir de su lugar, predijeron los hechos a un calígrafo en el llamado Tiqueo, mientras regresaba de cenar a su casa. Cómo se dice que Mauricio perdonó un tercio de los impuestos a los súbditos, y dio treinta talentos a los bizantinos para la renovación del acueducto; y cómo honraba brillantemente a los amantes de las ciencias. Y sobre los hechos paradójicos de la efusión de sangre de Eufemia la mártir, y cómo Mauricio, habiendo probado el milagro más bien por incredulidad, se convenció. Y cómo el tirano encerró a Constantina, esposa del emperador Mauricio, junto con sus hijas en una casa privada. Embajada del tirano ante Cosroes, el rey de los persas, y el fracaso, pues Cosroes alegaba como pretexto para romper la tregua que defendía la santidad de Mauricio; y así Lilio( pues este era el embajador) regresó sin éxito. Asesinato de Alejandro, quien se había rebelado con Focas, por la sospecha de que había salvado a Teodosio, el hijo de Mauricio, a quien había matado. En esto consiste el final de toda la historia. Se leyó el resumen histórico de Nicéforo, arzobispo de Constantinopla entre los santos. Comienza desde el asesinato de Mauricio y llega hasta la unión matrimonial de León e Irene. Su estilo es sencillo y claro, con elegancia y composición.
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Se leyó el breve histórico de Cefalión. Comienza desde el reinado de Nino y Semíramis, y desciende hasta los tiempos del rey Alejandro. Su historia se concluye en nueve libros, nombrados según las nueve Musas: Clío, Talía, Polimnia, Melpómene, Terpsícore, Euterpe, Calíope, Erato y Urania; en el cual también expone los hechos de Alejandro el Macedonio. Su estilo es jónico y abusa más de la cuenta de la brevedad, sin mostrar nada más digno de admiración y emulación que el aprendizaje histórico. Este, sobre su linaje y patria, como él mismo dice, al igual que Homero, guarda silencio. Pero declara que compuso la historia mientras vivía en Sicilia a causa del exilio, omitiendo lo necesario, es decir, decir su patria y linaje, y habiendo hecho memoria de lo que denota pequeñez de espíritu. Y el jactarse de haber recopilado la historia de tantos y tantos no es prueba de un alma que se despoja de la mezquindad y la ambición infantil. Dice, sin embargo, que el primero de su historia fue recopilado de 475 discursos, de los cuales recuerda 31 padres. El segundo, de 208 libros y 25 autores. El tercero, de 600 libros y 20 autores; el cuarto, de 458 libros y 32 autores; el quinto, de 600 libros y 21 autores; el sexto, de... libros y... autores; el séptimo, de... libros y... autores; el octavo, de... libros y... autores; y el noveno, de... libros y 30 autores. En los cuales también está la historia de Cefalión. Se leyó para mí un libro histórico a modo de resumen de historia universal. El autor es Hesiquio el Ilustre, milesio de patria, hijo de Hesiquio y Sofía, por lo cual la inscripción del libro resulta ser' de la historia romana y de todo tipo'. Comienza, pues, desde el reinado de Belo, rey de los asirios, y desciende hasta el final de Anastasio, quien fue emperador de los romanos. Es breve y elegante. Pues utiliza un lenguaje florido y distinguido, y la estructura del discurso está ajustada según la razón; complaciéndose sobre todo en la propiedad de los términos, y si alguna vez recurre a tropos, endulza al oyente con lo distinguido y enfático de la palabra, pero no menos, si no más, presenta el asunto con claridad que si no hubiera recurrido a ellos. Promete también ser un cuidador de la verdad. Su estudio se divide en seis partes, de las cuales la primera contiene los hechos anteriores a la guerra de Troya, la segunda los hechos desde la caída de Ilión hasta la fundación de Roma, la tercera los hechos desde la fundación de Roma hasta que se introdujo para los romanos el gobierno de los cónsules
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al haber derrocado a los reyes en la Olimpiada sexagésima octava; la cuarta, desde la cual los cónsules gobernaron a los romanos, es decir, desde la Olimpiada sexagésima octava hasta la Olimpiada centésima octogésima segunda, donde también terminó tal magistratura al monarquizar Julio César. La quinta parte contiene los hechos desde la monarquía de Julio César hasta que Bizancio fue elevado a una gran gloria y poder, estando en curso la Olimpiada ducentésima septuagésima séptima. La sexta, desde que Constantinopla tuvo la fortuna de tener como emperador a Constantino hasta el final de Anastasio, a quien este autor, no sé cómo, enaltece por encima de muchos por su mansedumbre y benignidad; cuya muerte coincidió en la undécima indicción, siendo cónsul solo Magno. El alcance de los tiempos es de mil ciento noventa años. En los cuales también está la composición. Se leyó para mí también otro libro suyo en el que se contenían los hechos de Justino y cómo, tras la muerte de Anastasio, fue proclamado. Luego también es posible ver la proclamación de Justiniano, el sucesor de Justino, y sus otras acciones hasta ciertos años de su reinado. Y el resto el autor lo detuvo, al ser herido mortalmente en el alma por la muerte de su hijo Juan y ser cortado su impulso para escribir. Se leyó para mí el libro histórico de Diodoro Sículo en 40 libros. Contienen una historia universal. Es mucho más amplio que Cefalión, en los casos en que coincide que registran los mismos tiempos, y que Hesiquio el Ilustre. Utiliza un estilo claro, sin adornos y muy apropiado para la historia, sin buscar las construcciones demasiado áticas o arcaicas, ni inclinándose totalmente hacia el lenguaje común, sino complaciéndose en el carácter medio del discurso, evitando tropos y otras cosas, excepto lo que se cuenta mitológicamente entre los griegos sobre dioses y héroes, lo que la estirpe poética cultiva. Comienza, pues, la historia desde lo que se cuenta mitológicamente entre griegos y bárbaros, recorriendo sucesivamente hasta el comienzo de la guerra que surgió entre romanos y celtas, tiempo en el cual Cayo Julio César, a quien por sus acciones los romanos llamaron dios, derrotó a la mayoría y a los más guerreros de los pueblos celtas; y en treinta años, como él mismo dice, trabajó en esta historia, cambiando muchos lugares por amor a la erudición y encontrándose, como es natural, con penalidades. Siendo siciliano, tuvo su linaje de Agirio, y debido a la mezcla con los romanos, habiendo adquirido mucha experiencia de la lengua romana, registró con precisión todas sus acciones y sufrimientos imperiales. Concluyendo toda la obra en 40 libros, en los seis primeros expone las acciones y mitologías anteriores a la guerra de Troya, y en los 11 siguientes encontrarás registradas las acciones comunes desde la guerra de Troya hasta el final de Alejandro, rey de los macedonios. En los 23 libros restantes se encuentran registradas las acciones restantes, hasta que estalló la guerra entre romanos y celtas, en la cual, al mando Cayo Julio César, derrotó en la guerra a la mayoría y a los más guerreros de los pueblos celtas, y extendió el imperio de Roma hasta las islas británicas; en lo cual también termina la historia. Se leyó el libro de Casiano Cociano o Cocceyo Dión, en 80 libros. Comienza desde el descenso de Eneas de Troya a Italia y la fundación de la ciudad de Alba y Roma, y recorre sucesivamente, deteniéndose en el asesinato de Antonino, a quien llamaban Elagábalo; a este también lo llamaban Tiberino, Sardanápalo, Pseudoantonino y Asirio por las acciones que realizaba. No solo eso, sino que también desciende hasta el comienzo de Alejandro, quien, tras el asesinato de Antonino( pues tenía el poder con él, habiendo sido adoptado por él), solo, habiendo huido del peligro planeado contra él, recibe el reino. Dice el autor que este Alejandro también fue cónsul con él por segunda vez, y que el gasto por el cargo, según el
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debido, lo gastó por ambición hacia el mismo emperador, su colega en el consulado. Este autor administró Pérgamo y Esmirna( el emperador Macrino le confía el cargo), luego gobernó África, después mandó en Panonia, y habiendo sido cónsul por segunda vez, como se dijo, se retiró a casa, debilitado por la enfermedad de los pies, para vivir allí el resto de su vida, como también le predijo el espíritu divino mientras residía en Bitinia,' vivirás de la matanza de hombres, de la sangre y del tumulto'. Tuvo como patria Nicea en Bitinia, que rodea en partes el llamado lago Ascanio. Su estilo es magnífico y está dispuesto con grandiosidad, porque relata conceptos de grandes obras. El discurso está lleno de construcciones arcaicas y palabras apropiadas para la grandeza, periodos extendidos con paréntesis y un uso oportuno de hipérbatos. El ritmo y las pausas, ejercitados con esmero, no son evidentes para los que leen simplemente debido a la claridad. Pero en los discursos, es excelente y un imitador de Tucídides, excepto si mira hacia algo más claro. Y casi en los demás, Tucídides es su canon. Se leyó el libro de Ctesias de Cnido, las Pérsicas, en 23 libros. Pero en los seis primeros, trata de los asirios y lo que es anterior a las Pérsicas. A partir del séptimo, sin embargo, recorre las Pérsicas; y en el séptimo, octavo, décimo, undécimo, duodécimo y decimotercero, recorre los asuntos de Ciro, Cambises, el mago, Darío y Jerjes, relatando en casi todos ellos cosas contrarias a Heródoto, pero también demostrando que es un mentiroso en muchas cosas y llamándolo fabulador; pues es más joven que él. Dice que él mismo fue testigo ocular de la mayoría de las cosas que relata, o que, donde no era posible ver, se convirtió en oyente de los mismos persas; así compuso la historia. No solo relata cosas contrarias a Heródoto, sino que también discrepa en algunos puntos con Jenofonte, hijo de Grilo. Floreció en los tiempos de Ciro, el hijo de Darío y Parisatis, quien era hermano de Artajerjes, a quien descendió el reino persa. Dice, pues, inmediatamente sobre Astiages, que Ciro no tenía ningún parentesco con él; a este también lo llama Astiigas; y que Astiigas huyó de la presencia de Ciro en Ecbatana, y se escondió en los capiteles de las habitaciones reales, ocultándolo su hija Amitis y su marido Espitama; y que Ciro, al llegar, ordenó a Oebaras interrogar mediante torturas a Espitama y Amitis, pero también a sus hijos Espitaces y Megavernes sobre Astiigas, y que este se entregó a sí mismo para que sus hijos no fueran torturados por su causa; y que, al ser capturado, fue encadenado con pesadas cadenas por Oebaras, pero fue liberado por el mismo Ciro poco después y honrado como un padre, y que su hija Amitis primero disfrutó de honor maternal, y luego fue tomada como esposa por Ciro, habiendo sido ejecutado su marido Espitama porque mintió diciendo que ignoraba dónde estaba Astiigas cuando era buscado. Esto dice Ctesias sobre Ciro, y no como Heródoto. Y que luchó contra los bactrianos y la batalla fue indecisa; pero cuando los bactrianos supieron que Astiigas había sido padre de Ciro, y Amitis madre y esposa, se entregaron voluntariamente a Amitis y Ciro. Y que Ciro luchó contra los sacas y capturó a Amorges, rey de los sacas, marido de Esparetres, quien, incluso después de la captura de su marido, reuniendo un ejército, luchó contra Ciro, llevando un ejército de 300. 000 hombres y 20. 000 mujeres; y derrota a Ciro, y captura vivo junto con otros muchos a Parmises, hermano de Amitis, y a sus tres hijos, por los cuales más tarde también fue liberado Amorges, ya que ellos también fueron liberados. Y que Ciro hace campaña contra Creso y la ciudad de Sardes, teniendo como aliado a Amorges. Y cómo, por consejo de Oebaras, apareciendo ídolos de madera de persas sobre la muralla, llenó de miedo a los habitantes, y por esto fue capturada la ciudad misma. Y cómo, antes de la captura, el hijo de Creso es entregado en calidad de rehén,
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habiendo engañado a Creso un fantasma divino. Y cómo, mientras Creso urdía una traición, el hijo es ejecutado ante sus ojos; y cómo la madre, al ver el sufrimiento, se arroja desde la muralla y muere. Y cómo, al ser capturada la ciudad, Creso se refugia en el templo de Apolo que había en la ciudad, y cómo, habiendo sido encadenado tres veces en el templo por Ciro, es liberado la tercera vez invisiblemente, a pesar de que había sellos puestos en el templo, y de que la custodia de estos estaba confiada a Oebaras. Y cómo los que estaban encadenados con Creso fueron decapitados por traicionar la liberación de Creso. Y que, al ser llevado a los palacios y encadenado más seguramente, al producirse truenos y rayos, es liberado de nuevo y entonces apenas es liberado por Ciro. Por lo cual también fue tratado con consideración y Ciro le dio a Creso una gran ciudad, Barene, cerca de Ecbatana, en la que había 5. 000 jinetes, y 10. 000 peltastas, lanceros y arqueros. Además, trata de cómo Ciro envía a Persia a Petesacas el eunuco, que tenía gran poder junto a él, para traer a Astiigas de los barcanios; pues él mismo y su hija Amitis deseaban ver al padre. Y cómo Oebaras aconseja a Petesacas que, abandonando a Astiigas en un lugar desierto, lo mate de hambre y sed; lo cual sucedió. Al ser revelada la inmundicia mediante sueños, Petesacas, tras pedirlo muchas veces Amitis, es entregado a Ciro para ser castigado; y ella, tras sacarle los ojos y despellejarlo, lo crucificó. Oebaras, temiendo sufrir lo mismo, aunque Ciro no insistía en nada semejante, él mismo, tras abstenerse de comer durante diez días, se quitó la vida. Astiigas fue enterrado magníficamente, y en el desierto su cadáver permaneció sin ser devorado; pues leones, dice, lo custodiaban hasta que Petesacas volvió de nuevo y se llevó el cadáver. Ciro hace campaña contra los dérbices, siendo rey de ellos Amorreo. Y mediante una emboscada, los dérbices colocan elefantes, y ponen en fuga a los jinetes de Ciro, y el mismo Ciro cae del caballo, y un hombre indio( pues los indios luchaban junto a los dérbices, de quienes también traían los elefantes), este indio, al caer Ciro, lo golpea con una lanza bajo la cadera en el muslo, de lo cual muere. Entonces, sus allegados, recogiéndolo vivo, fueron al campamento. Murieron en la batalla también muchos persas, y otros tantos dérbices; pues eran 10. 000. Amorges, al oír sobre Ciro, llega con prisa llevando 20. 000 jinetes sacas, y al estallar la guerra entre persas y dérbices, el ejército de persas y sacas vence por completo. Es ejecutado también el rey de los dérbices, Amorreo, él mismo y sus dos hijos; murieron 30. 000 dérbices y 9. 000 persas, y el país se unió a Ciro. Ciro, al estar a punto de morir, establece a Cambises, el hijo mayor, como rey, y a Tanuoxarces, el más joven, lo puso como señor de los bactrianos y del país y de los coramnios, partos y carmanios, ordenando que los países estuvieran exentos de tributos; de los hijos de Espitama, nombró a Espitaces sátrapa de los dérbices, y a Megavernes de los barcanios; ordenó que todos obedecieran a la madre, y a Amorges lo hizo amigo de ellos, dándose la mano mutuamente; y a los que permanecieran en la benevolencia mutua, les deseaba bienes; pero maldecía a los que iniciaran acciones injustas. Tras decir esto, murió al tercer día después de la herida, habiendo reinado 30 años. En los cuales está el undécimo libro de Ctesias de Cnido. El duodécimo comienza desde el reinado de Cambises. Este, tras reinar, envió el cadáver de su padre a través de Bagapates el eunuco a Persia para ser enterrado, y administró las demás cosas como su padre ordenó. El mayor poder junto a él tenía Artasiras el hircanio, y de los eunucos, Izabates, Aspadates y Bagapates, quien también junto a su padre era el mayor después de la muerte de Petesacas. Este hace campaña contra Egipto y al rey de los egipcios, Amirteo, y vence a Amirteo, habiendo traicionado el eunuco Combafes, quien tenía gran poder junto al rey de los egipcios, los puentes
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y los demás asuntos de los egipcios, con la condición de ser gobernador de Egipto. Y así sucedió; pues Cambises acordó esto con él a través de Izabates, primo de Combafes, y él mismo también lo confirmó más tarde; y habiendo tomado vivo a Amirteo, no le hizo otro mal que llevarlo a Susa junto con 6. 000 egipcios, a quienes él mismo eligió; y sometió a todo Egipto. Murieron en la batalla 50. 000 egipcios y 7. 000 persas. Un mago, de nombre Sfendadates, tras haber cometido una falta y ser azotado por Tanuoxarces, llega ante Cambises calumniando a su hermano Tanuoxarces como si conspirara contra él; y le daba una señal de la deserción, como que si fuera llamado a venir, no vendría. Cambises, pues, ordena venir a su hermano; este, al requerirlo otra necesidad, se tomó el tiempo para quedarse. El mago se atreve más con las calumnias. Amitis, la madre, sospechando cómo eran las cosas del mago, aconsejaba a su hijo Cambises que no le creyera; él fingía no creerle, pero le creía mucho. Tras enviar Cambises por tercera vez por su hermano, este llega y su hermano lo saluda, pero no menos planeaba ejecutarlo, y se apresuraba a llevar a cabo el plan a escondidas de Amitis. Y la acción tiene éxito; pues el mago, compartiendo el consejo con el rey, aconseja lo siguiente: el mago mismo era muy parecido a Tanuoxarces; aconseja, pues, que en público, como si hubiera denunciado al hermano del rey, ordene que le corten la cabeza, y en secreto sea ejecutado Tanuoxarces, y que el mago se vista con su ropa para que, por el atuendo, sea considerado Tanuoxarces. Y esto sucede; pues con sangre de toro que bebió, es ejecutado Tanuoxarces, el mago se viste y es considerado Tanuoxarces y engaña a todos durante mucho tiempo excepto a Artasiras, Bagapates e Izabates; pues solo a ellos les confió Cambises la acción. Cambises, tras llamar a Labixo, el primero de los eunucos que eran de Tanuoxarces, y a los demás, y tras señalar al mago que estaba sentado con el atuendo:'¿ A este', dijo,' consideráis Tanuoxarces?'. Labixo, asombrado, dijo:'¿ Y a quién otro vamos a considerar?'; tanto engañaba el mago con el parecido. Es enviado, pues, a los bactrianos y hace todo como Tanuoxarces. Tras pasar cinco años, Amitis revela el drama a través de Tibetes el eunuco, a quien el mago había golpeado. Y pide a Sfendadates a Cambises; él no se lo da, ella lo maldice y, tras beber veneno, muere. Cambises sacrifica, y al degollar las víctimas, no fluye sangre, y se desanima. Y Roxana le da un hijo sin cabeza, y se desanima más. Y los magos le dicen la revelación de los prodigios, que no dejará sucesor del imperio. Y la madre se le aparece en la noche amenazándolo por el asesinato, y se desanima más. Al llegar a Babilonia, y mientras tallaba un trocito de madera con un cuchillo por pasar el tiempo, se golpea el muslo en el músculo, y muere al undécimo día, habiendo reinado 18 años. Bagapates y Artasiras, antes de que Cambises muriera, planearon que el mago reinara; y reinó tras la muerte de aquel. Tras tomar el cuerpo de Cambises, Izabates lo llevó a Persia. Reinando el mago en nombre de Tanuoxarces, llegó Izabates de Persia, y tras denunciar todo al ejército, y tras triunfar sobre el mago, se refugió en el templo, y desde allí, al ser capturado, fue decapitado. Desde entonces, siete persas ilustres acordaron entre sí contra el mago: Onofas, Idernes, Norondabates, Mardonios, Barises, Atafernes y Darío, hijo de Histaspes. Tras darse fe mutua, se suma también Artasiras, luego también Bagapates, quien tenía todas las llaves de los palacios; y al entrar los siete a través de Bagapates en los palacios, encuentran al mago durmiendo con una concubina babilonia. Al verlos, saltó y, al no encontrar ninguna de las armas de guerra( pues Bagapates había sacado todo a escondidas), tras romper un trono
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de oro y tomar la pata, luchaba; y al final, al ser acribillado por los siete, murió habiendo reinado siete meses. Reina de los siete Darío, al relinchar su caballo, según habían acordado entre sí, primero por cierta artimaña y técnica, cuando el sol estuvo hacia el este. Los persas celebran la fiesta de la magofonía, en la cual fue ejecutado Sfendadates el mago. Darío ordena que se le construya una tumba en el monte doble, y se construye. Al desear verla, es impedido por los caldeos y por sus padres. Los padres, al querer subir, cuando los sacerdotes que los subían los vieron, se asustaron y, al asustarse, soltaron las cuerdas, cayeron y murieron. Y Darío se entristeció mucho, y fueron decapitados los 40 que los subían. Que Darío ordena a Ariaramnes, el sátrapa de Capadocia, cruzar contra los escitas y capturar hombres y mujeres; él, tras cruzar con 30 pentecónteros, capturó. Capturó también al hermano del rey de los escitas, Marsagetes, al encontrarlo encadenado por su propio hermano por maldad. Escitarbes, el rey de los escitas, enfurecido, escribió insultando a Darío, y se le respondió de igual manera. Darío, tras reunir un ejército de 800. 000 hombres, y tras unir el Bósforo y el Istro, cruzó contra los escitas, recorriendo un camino de 15 días. Y se enviaban arcos mutuamente; pero los de los escitas eran más poderosos. Por lo cual Darío, huyendo, cruzó los puentes y los soltó, apresurándose antes de que todo el ejército cruzara; y murieron a manos de Escitarbes los 80. 000 que quedaron en Europa. Darío, tras cruzar el puente, incendió las casas y templos de los calcedonios porque intentaron soltar los puentes que estaban junto a ellos, y porque hicieron desaparecer el altar que Darío, al cruzar, había depositado en nombre de Zeus del cruce. Datis, al volver del mar y al mando de la flota médica, saqueaba las islas y Grecia; en Maratón, Milcíades sale al encuentro y vence a los bárbaros, y cae también Datis y ni siquiera el cuerpo fue entregado a los persas cuando lo pidieron. Darío, tras volver a Persia y sacrificar y estar enfermo durante 30 días, muere, habiendo vivido 72 años y reinado 31 años. Murió también Artasiras. Y Bagapates, tras permanecer junto a la tumba de Darío durante 7 años, murió. Reina Jerjes, el hijo, y Artapanos, hijo de Artasiras, se vuelve poderoso junto a él como el padre junto al padre, y Mardonios el viejo, y de los eunucos el mayor poder tenía Natacas. Jerjes se casa con Amestris, hija de Onofas, y tiene un hijo, Darieo, y otro después de dos años, Histaspes, y además Artajerjes, y dos hijas, de las cuales una, Amitis, según el nombre de la abuela, y la otra, Rodoguna. Jerjes hace campaña contra los griegos porque los calcedonios intentaron soltar el puente, como ya se ha dicho, y porque derribaron el altar que Darío erigió, y porque los atenienses ejecutaron a Datis y ni siquiera entregaron el cadáver. Antes llegó a Babilonia, y deseó ver la tumba de Belitana; y la vio a través de Mardonios, y no pudo llenar la pila de aceite, tal como estaba escrito. Jerjes parte hacia Ecbatana, y se le anuncia la deserción de los babilonios y el asesinato de su general Zópiro por ellos mismos. Así también dice Ctesias sobre estos, y no como Heródoto. Lo que aquel dice sobre Zópiro, excepto que una mula le parió, pues lo demás dice que lo realizó Megabizo, quien era yerno de Jerjes por su hija Amitis. Así fue capturada Babilonia gracias a Megabizo. Jerjes le da muchas otras cosas y un molino de oro que arrastraba seis talentos, lo cual es el más valioso de los regalos reales entre los persas. Jerjes, tras reunir un ejército persa sin los carros de 800. 000 hombres y 1. 000 trirremes, marchaba contra Grecia, uniendo Abido. Demarato el lacedemonio llegó ya primero, y estaba con él en el cruce, y lo disuadía de la incursión contra Lacedemonia. Jerjes ataca en las Termópilas a Leónidas, el general de los lacedemonios, con
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Artapanos teniendo 10. 000; y fue masacrada la multitud persa, habiendo sido ejecutados dos o tres lacedemonios. Luego ordena atacar con 20. 000, y ocurre una derrota también de aquellos. Luego son azotados por luchar, y al ser azotados seguían siendo derrotados. Al día siguiente ordena luchar con 50. 000; y como no lograba nada, soltó entonces la guerra. Torax el tesalio y los poderosos de los traquinios, Calíades y Timafernes, estaban presentes teniendo ejército; Jerjes, tras llamar a estos y a Demarato y a Hegias el efesio, supo que los lacedemonios no serían derrotados si no eran rodeados. Al guiar los dos traquinios por un camino difícil, el ejército persa pasó, 40. 000, y se colocan a espaldas de los lacedemonios; y al ser rodeados, murieron luchando valientemente todos. Jerjes envía de nuevo un ejército contra los plateos, poniendo al mando de ellos a Mardonios con 120. 000. Los tebanos eran los que incitaban a Jerjes contra los plateos. Pausanias el lacedemonio lucha contra ellos, teniendo 300 espartiatas, 1. 000 de los periecos, y de las otras ciudades 6. 000, y el ejército persa es derrotado por completo; y huye herido también Mardonios. Este Mardonios es enviado por Jerjes a saquear el templo de Apolo, y allí, dice, muere, al caer un gran granizo; por lo cual Jerjes se entristeció mucho. Jerjes marcha contra Atenas misma; y los atenienses, tras llenar 110 trirremes, huyen a Salamina. Y Jerjes toma la ciudad vacía y la incendia excepto la acrópolis; pues en ella aún algunos que quedaron luchaban. Al final, al huir también aquellos de noche, incendiaron también aquella. Jerjes, al llegar desde allí al lugar más estrecho del Ática( se llama Heracleo), construía un terraplén hacia Salamina, pensando en cruzar a pie hacia ella. Por consejo de Temístocles el ateniense y Arístides, son llamados arqueros de Creta y llegan. Luego ocurre una batalla naval de persas y griegos, teniendo los persas más de 1. 000 naves, bajo el mando de Onofas, y los griegos 700. Y vencen los griegos y son destruidas 500 naves persas, y huye Jerjes, de nuevo por consejo y técnica de Arístides y Temístocles. En todas las demás batallas, murieron 120. 000 persas. Jerjes, tras cruzar a Asia y partir hacia Sardes, enviaba a Megabizo a saquear el templo de Delfos. Como aquel se negaba, es enviado Matacas el eunuco llevando insultos a Apolo y para saquear todo. Y habiendo hecho así, volvió hacia Jerjes. Jerjes llega de Babilonia a Persia; y Megabizo movía palabras contra su propia esposa Amitis, quien era hija, como se ha dicho, de Jerjes, como si hubiera cometido adulterio. Y Amitis es reprendida con palabras por el padre y promete ser sensata. Artapanos, teniendo gran poder junto a Jerjes, con Aspamitres el eunuco, que también tenía gran poder, planean ejecutar a Jerjes. Y lo ejecutan, y convencen a Artajerjes, el hijo, de que Darieo, el otro hijo, lo ejecutó. Y llega Darieo, llevado por Artapanos a la casa de Artajerjes, gritando mucho y negando ser el asesino de su padre, y muere. Y reina Artajerjes por el afán de Artapanos, y es conspirado de nuevo por él. Y Artapanos toma como cómplice del plan a Megabizo, ya ofendido por su propia esposa Amitis debido a la sospecha de adulterio. Y se aseguran mutuamente con juramentos, pero Megabizo revela todo, y es ejecutado Artapanos de la manera en que iba a ejecutar a Artajerjes. Y se hacen claros todos los hechos realizados contra Jerjes y Darieo, y perece con una muerte amarga y pésima Aspamitres, quien era cómplice en los asesinatos de Jerjes y Darieo; pues es excavado y así es ejecutado. Ocurre una batalla después de la muerte de Artapanos entre sus conspiradores y los otros persas, y caen en la batalla los tres hijos de Artapanos; es herido también
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hembra. El macho, por su parte, no tiene hueso en el pene y es muy fuerte; la hembra, en cambio, sí lo tiene. Y sobre el martícora, la fiera que se encuentra entre ellos, que tiene el rostro parecido al de un hombre: su tamaño es como el de un león y su color es rojo como el cinabrio. Tiene tres filas de dientes, orejas como las de un hombre y ojos glaucos, similares a los de un hombre. Tiene una cola como la del escorpión de tierra, en la que también tiene el aguijón, y que mide más de un codo. Tiene además aguijones a los lados de la cola, aquí y allá, y también tiene un aguijón en la punta, como el escorpión. Y con este, si alguien se acerca, lo aguijonea, y el aguijoneado muere sin remedio. Si alguien lucha contra él desde lejos, y 72. 46a por delante, levantando la cola, dispara los aguijones como desde un arco, y también por detrás, extendiéndolos en línea recta. Dispara hasta un pletro de longitud, y a todo lo que alcanza, lo mata sin remedio, excepto al elefante. Sus aguijones miden un pie de largo y su grosor es como el de una cuerda muy fina. Martícora en griego significa« antropófago», porque come muchísimos hombres al matarlos; pero también come otros animales; lucha tanto con las garras como con los aguijones. Y dice que los aguijones, una vez disparados, vuelven a crecer. Hay muchos en la India. Los matan los hombres que van montados sobre elefantes y disparan desde allí. Sobre los indios, que son los más justos; y sobre sus costumbres y leyes. Sobre el lugar sagrado que está en el desierto, al que honran en nombre del sol y de la luna, en el cual, cada quince días, llega alguien desde el monte Sardón, y que durante treinta y cinco días del año el sol refresca allí debido a la fiesta, para que puedan celebrarla sin quemarse y regresar. Que no hay truenos, ni relámpagos, ni lluvias en la India; pero sí muchos vientos y torbellinos, que arrebatan todo lo que encuentran. El sol, al salir, produce frío durante la mitad del día, y la otra mitad es sumamente cálido en la mayoría de los lugares de la India. Que los indios no son negros por el sol, sino por naturaleza; pues dice que hay entre ellos hombres y mujeres blanquísimos, más que todos, aunque en menor número; y que él mismo vio a dos mujeres indias y cinco hombres así. Que, queriendo confirmar lo referente al sol, cómo refresca en la India durante treinta y cinco días, dice que también el fuego que fluye del Etna no destruye el espacio intermedio, por ser hombres justos, mientras que destruye otras cosas. Y que en Zacinto hay fuentes que contienen peces de las que se extrae pez, y en Naxos una fuente de la que a veces fluye vino, y muy dulce. Y que hay un fuego cerca de Fasélide en Licia que es inmortal, y que arde siempre sobre una roca, de noche y de día, y no se apaga con agua, sino que se aviva, pero se apaga con basura. Que en el centro de la India hay hombres negros( llamados pigmeos) que hablan la misma lengua que los otros indios. Son muy pequeños; los más altos miden dos codos, y la mayoría, un codo y medio. Tienen una cabellera larguísima hasta las rodillas e incluso más abajo, y la barba más grande de todos los hombres. Por tanto, cuando les crece una gran barba, ya no se visten con ninguna prenda, sino que usan los pelos: los de la cabeza los dejan caer por detrás mucho más abajo de las rodillas, y los de la barba por delante, arrastrándolos hasta los pies; luego, envolviéndose con los pelos por todo el cuerpo, se ciñen usándolos en lugar de ropa. Tienen un miembro grande, de modo que les toca los tobillos, y grueso. Ellos son chatos y feos. Sus ovejas son como corderos, y los asnos y las vacas son casi como carneros. Y sus caballos, mulas y los demás animales de carga no son más grandes que carneros. Siguen al rey de los indios de estos pigmeos tres mil hombres; pues son arqueros excelentes. Son los más justos y usan las mismas leyes que los otros indios. Cazan liebres y zorros no con perros, sino con cuervos, milanos, cornejas y águilas. Que hay un lago entre ellos( de ochocientos estadios de perímetro) en el que, cuando no sopla el viento, el aceite se asienta sobre el lago; y navegando por él en barquichuelos, recogen el aceite desde el centro del mismo con recipientes y
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lo usan. También usan aceite de sésamo. El lago también tiene peces. Y también usan el de nuez; pero es mejor el del lago. Hay allí mucha plata y minas de plata, no profundas, pero dicen que las de Bactria son más profundas. También hay oro en la tierra de la India, no encontrado en los ríos y lavado como en el río Pactolo, sino que hay muchos y grandes montes en los que viven grifos, aves cuadrúpedas, del tamaño de un lobo, con patas y garras como las de un león; las plumas en el resto del cuerpo son negras, y rojas las del pecho. Debido a ellos, el oro que hay en los montes, siendo abundante, resulta difícil de obtener. Que las ovejas y las cabras de los indios son más grandes que los asnos; y paren de cuatro en cuatro y de seis en seis, por lo general. Tienen colas grandes; por eso se las cortan a las que paren para que puedan ser montadas. No hay cerdos, ni domésticos ni salvajes, en la India. Las palmeras de los indios, y sus dátiles, son tres veces más grandes que los de Babilonia. Y dice que un río fluye de una roca con miel. 72. 47a Dice muchas cosas sobre su justicia, su benevolencia hacia su rey y su desprecio por la muerte. Dice que hay una fuente, y cuando alguien saca su agua, se cuaja como queso. Si trituras tres óbolos de este cuajo y los das a beber en agua, la persona revela todo lo que ha hecho; pues delira y se vuelve loca durante ese día. El rey lo usa en aquellos casos en los que desea descubrir la verdad sobre los acusados; y si lo confiesa, se le ordena dejarse morir de hambre, pero si no se demuestra nada, es liberado. Que dice que ningún indio sufre de dolor de cabeza, ni de ojos, ni de dientes, ni se le ulcera la boca, ni padece ninguna putrefacción; y su vida es de ciento veinte, ciento treinta, ciento cincuenta y ciento sesenta años para los que viven más. Hay una serpiente de un palmo entre ellos. Su aspecto es como la púrpura más hermosa, la cabeza blanquísima. No tiene dientes en absoluto. Se caza en los montes más calurosos de donde se extrae el sardón. Esta no muerde; pero sobre quienquiera que vomite, ese lugar se pudre sin remedio. Produce un fármaco doble colgando de la cola, uno parecido al ámbar y otro negro. El que es como el ámbar fluye cuando está viva, y el negro, cuando está muerta; y el que fluye cuando está viva, dado en cantidad de un grano de sésamo, mata al instante, haciendo que el cerebro del que lo bebió fluya por la nariz; el otro, dado, conduce a la tisis y apenas mata al cabo de un año. Y dice que hay un ave llamada« dicairon», que en griego significa« justo», del tamaño de un huevo de perdiz. Esta entierra sus excrementos para que no sean encontrados, pero si se encuentran y alguien bebe una cantidad de un grano de sésamo, al amanecer le sobreviene el sueño y duerme sin sentir nada, y al ponerse el sol muere. Y hay un árbol llamado« parébon», del tamaño de un olivo; solo se encuentra en los jardines reales. No da ni flor ni fruto; tiene solo quince raíces, y estas son gruesas bajo tierra; el grosor de la más fina es como el de un brazo. Esta raíz, tomada en cantidad de un palmo, atrae hacia sí todo lo que se le acerque: oro, plata, bronce, piedras y todo lo demás, excepto el ámbar. Pero si se toma una raíz de un codo, atrae también corderos y aves. Por eso, con ella cazan la mayoría de las aves. Y si quieres cuajar agua en cantidad de un congio, echando un óbolo de la raíz, la cuajarás; y si vino, lo mismo, y lo tendrás en la mano como cera, pero al día siguiente se disuelve. Se da como remedio para los que sufren del vientre. Hay también un río que fluye a través de la India, no grande, sino de unos dos estadios de ancho. El nombre del río en indio es« Hiparco», y en griego,« el que trae todos los bienes». Este río arrastra ámbar durante treinta días al año; pues dicen que en los montes hay árboles que sobresalen del agua; pues los montes son bañados por el agua; luego hay una época en la que producen lágrimas, como el almendro, el pino u otro árbol, especialmente durante treinta días del año. Luego estas lágrimas caen al río y se cuajan. A este árbol el nombre en indio es« siptachora», que en griego significa« dulce»,« agradable», y de allí los indios recogen el
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ámbar. Dice que los árboles también dan fruto en racimos, como la vid, y tienen los granos como las nueces del Ponto. En estos montes dicen que viven hombres que tienen cabeza de perro; visten pieles de fieras salvajes, no hablan ninguna lengua, sino que aúllan como perros, y así se entienden entre ellos. Tienen dientes más grandes que los de un perro, y las uñas como las de un perro, pero más largas y redondeadas. Viven en los montes hasta el río Indo, y son negros y muy justos, como los otros indios, con quienes se mezclan y entienden lo que dicen, pero ellos mismos no pueden hablar, sino que se comunican con aullidos y con las manos y los dedos, como los sordos; son llamados por los indios« calistrios», que en griego significa« cinocéfalos»; y la nación es de hasta ciento veinte mil. Junto a las fuentes de este río, hay una flor púrpura de la que se tiñe una púrpura no inferior a la griega, sino incluso mucho más florida. Que allí nacen fieras del tamaño de un escarabajo, rojas como el cinabrio; tienen patas muy largas, y son blandas como un gusano, y nacen en los árboles que llevan el ámbar y se comen su fruto y lo destruyen, como entre los griegos los piojos destruyen las vides. Por tanto, los indios, al triturar estas fieras, tiñen 72. 48a las túnicas de color púrpura y las túnicas y cualquier otra cosa que deseen, y son mejores que los tintes de los persas. Que los cinocéfalos que viven en los montes no trabajan, sino que viven de la caza; y cuando los matan, los asan al sol. Crían también muchas ovejas, cabras y asnos. Beben leche y leche agria de las ovejas, y comen también el fruto del siptachora, del que sale el ámbar( pues es dulce), y secándolos, los guardan en cestas como los griegos la uva pasa. Los cinocéfalos, habiendo hecho una balsa y cargándola, llevan un cargamento de esto, y de la flor de púrpura limpia, y sesenta y seis talentos de ámbar al año, y otros tantos del fármaco con el que se tiñe el color púrpura, y mil talentos de ámbar, los llevan cada año al rey de los indios. Y llevando otras cosas, las venden a los indios a cambio de pan, harina y ropas de madera; venden también espadas que usan para la caza de fieras, y arcos y jabalinas; pues son muy hábiles lanzando jabalinas y disparando flechas; pero son invencibles debido a que viven en montes inaccesibles y altos. El rey les da cada cinco años regalos: trescientos mil arcos, y otras tantas jabalinas, doce mil escudos y cincuenta mil espadas. Estos cinocéfalos no tienen casas, sino que viven en cuevas. Cazan las fieras disparando flechas, lanzando jabalinas y persiguiéndolas, las atrapan; pues corren rápido. Sus mujeres se bañan una vez al mes, cuando les llega la menstruación, y otras veces no; los hombres no se bañan, pero se lavan las manos, y se untan tres veces al mes con el aceite que se hace de la leche, y se frotan con pieles. Su ropa no es peluda, sino de cueros finísimos, tanto ellos como sus mujeres; los más ricos de ellos visten lino. Estos son pocos. No tienen camas, sino que hacen lechos de paja. Se considera que el más rico de ellos es el que tiene más ovejas; la otra riqueza es similar. Todos tienen cola, hombres y mujeres, por encima de las nalgas, como un perro, pero más grande y más peluda; y se unen a las mujeres a cuatro patas, como los perros; de otra manera, unirse a ellas es vergonzoso. Son justos y los más longevos de todos los hombres; pues viven ciento setenta años, y algunos de ellos incluso doscientos. Más allá de estos, dicen que viven otros más arriba de las fuentes del río. Estos hombres son negros como los otros indios; no trabajan, ni comen grano, ni beben agua; pero crían muchas ovejas, vacas y
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cabras y ovejas. Beben la leche y nada más. Cuando a alguno de ellos le nace un niño, no tiene perforado el ano, ni defeca, sino que tiene las nalgas, pero el orificio está cerrado; por eso no defecan; pero dicen que orinan como queso, no muy espeso sino turbio. Cuando por la mañana beben la leche, y al mediodía beben de nuevo, dicen que hay entre ellos una raíz dulce que no deja que la leche se cuaje en el vientre; comiendo esta, por la tarde provocan el vómito, y vomitan todo fácilmente. Que hay asnos salvajes en la India, iguales a los caballos y más grandes; son blancos de cuerpo, con la cabeza púrpura y ojos azules. Tienen un cuerno en la frente de un codo de tamaño; y la parte inferior del cuerno, hasta unos dos palmos hacia la frente, es muy blanca; la parte superior, el cuerno es puntiagudo, y esta es de color rojo púrpura muy intenso; la otra parte, la del medio, es negra. Los que beben de estos( pues fabrican copas) no son atacados, dicen, por espasmos, ni por la enfermedad sagrada, ni tampoco son afectados por venenos, ni si beben antes, ni si beben después del veneno, ya sea vino, agua u otra cosa de las copas. Los otros asnos, tanto los domésticos como los salvajes, y los demás animales de un solo casco, no tienen astrágalos ni hiel en el hígado. Estos, en cambio, tienen astrágalo y hiel en el hígado; el astrágalo es el más hermoso que yo he visto, como el de un buey tanto en forma como en tamaño; es pesado como el plomo, y el color es como el cinabrio y en profundidad. Este animal es rapidísimo y muy valiente; nada, ni caballo ni otra cosa, lo atrapa cuando es perseguido. Empieza corriendo más despacio; pero cuanto más tiempo corre, se tensa de forma prodigiosa, y corre más y más rápido. De otro modo, este animal es incazable; pero cuando llevan a sus crías pequeñas 72. 49a a pastar, y son rodeados por mucha caballería, no quieren huir abandonando a los potros, sino que luchan con el cuerno, con coces y mordiscos, y matan a muchos caballos y hombres. Son atrapados también ellos siendo disparados con flechas y jabalinas; pues vivo no podrías atraparlo. Su carne, debido a su amargura, es incomestible. Se caza por causa de los cuernos y los astrágalos. Que en el río de los indios nace un gusano, del aspecto de los que suelen nacer en las higueras, pero de siete codos de longitud, y más grandes y más pequeños, y el grosor, dicen que un niño de diez años apenas puede rodearlo con las manos. Tienen dos dientes, uno arriba y otro abajo, y lo que atrapan con los dientes, lo devoran. Durante el día viven en el lodo del río, pero por la noche salen, y si encuentran a algún animal en tierra, vaca o camello, y lo muerden, lo atrapan y lo arrastran al río y lo devoran todo excepto el vientre. Se caza con un anzuelo grande, atando un cabrito o un cordero y ajustándolo con cadenas de hierro. Tras cazarlo, lo cuelgan durante treinta días y colocan recipientes debajo, y fluye de él una cantidad de diez cotilas áticas. Cuando pasan los treinta días, tiran el gusano, y asegurando el aceite, lo llevan solo al rey de los indios; a otro no le está permitido tenerlo. Este aceite, sobre lo que se vierta, se enciende y quema madera y animales, y de otro modo no se apaga si no es con mucho y espeso lodo. Que hay árboles en la India altos como el cedro o el ciprés, pero las hojas, como la palmera, un poco más anchas; y no tiene axilas, florece como el laurel macho, pero no tiene fruto. Se llama en indio« carpion», y en griego« miroroda»; es raro. Fluyen de él gotas de aceite que, empapando con lana desde el árbol, exprimen en alabastros de piedra. El color es ligeramente rojizo y un poco espeso; huele de forma muy agradable, y dicen que huele incluso a cinco estadios de distancia; solo el rey puede poseer esto y sus parientes. Y el rey de los indios envió al rey de los persas, y dice Ctesias haberlo visto, y haber olido un aroma que no se podía ni decir ni imaginar.
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Que el queso y el vino son los más dulces de todos, dice, como él mismo, dice, habiendo comido, aprendió por experiencia. Que hay una fuente en los indios, dice, de unos cinco brazas de perímetro, y es cuadrada; el agua está en una roca, y la profundidad hasta el agua es de tres codos, y la profundidad bajo el agua es de tres brazas. Se bañan en ella los más notables de los indios, hombres, niños y mujeres; se lanzan de pie; cuando saltan, el agua los expulsa hacia arriba; no solo expulsa a los hombres, sino que también expulsa a cualquier otro animal que haya, vivo o muerto, a tierra firme, y simplemente todo lo que se echa, excepto el hierro, la plata, el oro y el bronce; estos los recibe hacia abajo. El agua es muy fría y dulce de beber; produce un gran ruido, como agua hirviendo de un caldero; esta agua limpia los albarazos y la sarna, y se llama en indio« ballada», y en griego« beneficiosa». Hay en los montes indios, donde crece su caña, hombres; su número llega hasta treinta mil. Las mujeres de estos paren una vez en la vida, y los nacidos tienen dientes, tanto los de arriba como los de abajo, muy hermosos; y el pelo, tanto el de la cabeza como el de las cejas, lo tienen todo blanco desde el nacimiento, tanto las hembras como los varones; hasta los treinta años, cada uno de esos hombres tiene el pelo blanco por todo el cuerpo, pero a partir de ahí empiezan a oscurecerse; al llegar a los sesenta años, se puede ver que tienen todo el pelo negro. Estos hombres tienen ocho dedos en cada mano, e igualmente ocho en los pies, tanto hombres como mujeres; son guerreros feroces, y siguen al rey de los indios cinco mil arqueros y lanceros de estos. Dice que tienen orejas tan grandes que sus brazos quedan cubiertos por ellas hasta los codos, y por detrás cubren la espalda; y una oreja toca a la otra. Escribiendo esto y contando mitos, Ctesias dice que escribe lo más verdadero, añadiendo que algunas cosas las escribe habiendo visto él mismo, otras habiéndolas aprendido de los que las vieron, y que muchas otras cosas más maravillosas de estas las omite para no parecer que escribe cosas increíbles a los que no las han visto. Entre las cuales están estas. Se leyó el« Etiópicas» de Heliodoro. La obra es dramática, y ha usado un estilo apropiado para el tema; pues abunda en sencillez y dulzura. Y la narración se diversifica con pasiones, unas presentes, otras esperadas, y otras inesperadas, y con salvaciones paradójicas tras desgracias, y con palabras claras y puras. Y si en algún lugar, como es natural, usa palabras que se inclinan hacia la metáfora, son claras y representan vívidamente lo propuesto. Los periodos son simétricos y, por así decirlo, se contraen hacia lo más breve. Y la composición y las demás cosas son análogas al discurso. Teje el amor de un hombre y una mujer, y muestra el deseo de la templanza y su estricta guarda. Y el tema del drama es Cariclea y Teágenes, amantes castos el uno del otro, y el vagabundeo de estos, su cautiverio de todo tipo y la guarda de la castidad. Los nombres que aparecen y, como en resumen, las pasiones y las acciones. Fiesta de los atenienses y Cariclea siendo sacerdotisa y Teágenes corredor de estadio, y el amor mutuo desde la vista, y la enfermedad de Cariclea por el amor, y el rapto de esta, voluntario, por parte de Caricles, quien era considerado su padre. Teágenes era quien la había raptado por medio de Calasiris. Zarpe y llegada a Zacinto, y el amor del navarca por Cariclea, y la fingida promesa de matrimonio por parte de Calasiris, y el desembarco junto a la orilla de los que acompañaban a Cariclea, y la denuncia por parte del pescador que los recibió de que Tracino, el jefe de los piratas, planea el rapto de la joven, y el zarpe por esto de Calasiris y los que acompañaban a Cariclea, y la persecución de Tracino, y la captura de la nave, y el amor de Tracino, y la simulación de consentimiento de Cariclea, y la petición de Teágenes como hermano, y como padre Calasiris, y el cumplimiento de la petición, y la tempestad del mar, y la huida de los naufragios y el arribo a partes
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de Egipto, y Tracino recordando el matrimonio de Cariclea, y Calasiris, el supuesto padre, prometiendo, y el engaño, y el banquete nupcial, y el amor de Peloro, instigando Calasiris, y la disputa de Tracino y Peloro por Cariclea, y finalmente la matanza y destrucción mutua de los piratas, ayudando Cariclea a su destrucción con las flechas, y el lamento de Cariclea sobre Teágenes que yacía herido. Ataque de otros piratas de nuevo, y el asombro de estos ante Cariclea, luego su captura y la de Teágenes, y el traslado ante Tiamis, quien gobernaba a los piratas bucólicos; pues este es el nombre que tenían, todos los que habitaban la isla. Tiamis se enamora de nuevo de Cariclea, y Teágenes es llamado hermano. Incursión contra los bucólicos y guerra, y matanza de los bucólicos, y huida de Tiamis, y huida de Ermutis. Cnemón y Teágenes; y en la cueva Cariclea, y Tisbe degollada en las entradas de la cueva y yaciendo muerta, y el lamento insoportable de Teágenes como si fuera por Cariclea, hasta que desde dentro Cariclea gritó. Y perplejidad por el degollamiento de Tisbe, y Ermutis lamentándose por ella. Y partida de Cnemón y Ermutis, y por otro lado de Cariclea y Teágenes, y Cnemón abandonando a Ermutis. Y encuentro de Calasiris y Cnemón, y narración de lo que les había sucedido, Cnemón sobre Tisbe y Demaineta, la madrastra, y el ostracismo y la otra desgracia, y Calasiris sobre Caricles y sobre Cariclea y Teágenes, y lamento por esto. Luego Cnemón dando la buena nueva de que Cariclea y Teágenes estaban a salvo, y que Tiamis los tenía a él y a ellos. Nausicles llevando a Cariclea, con quien también vivía Calasiris, en nombre de Tisbe; y confusión por parte de Cnemón debido a Tisbe( pues sabía que estaba muerta) y alegría por Cariclea. Primera búsqueda de Teágenes y matrimonio de Cnemón y Nausiclea. Y partida de Calasiris con Cariclea en busca de Teágenes. Y una vieja encontrada lamentándose por un hijo caído en la guerra y preguntando al cadáver del hijo mediante hechizos. Y Cariclea 73. 51a y Calasiris viendo lo que se hacía. Pregunta de nuevo violenta al cadáver, si su otro hijo se salvaría. Y maldición contra la madre porque fuerza y porque hace cosas impías y porque el otro hijo también será degollado, y ella misma antes que él por lo que hizo impíamente al cadáver. Y matanza de la vieja, al ser alcanzada por un fragmento de lanza que escuchó. Tiamis y Teágenes y el otro grupo pirata hacia la ciudad de los egipcios, Menfis, en busca del sacerdocio, que el hermano menor, Petosiris, le había quitado y tenía; y alboroto en la ciudad. Y Arsace presidiendo e intentando detener la guerra, y permitiendo que los hermanos luchen en duelo, y juzgando que el sacerdocio corresponde al vencedor. Lucha de los hermanos y Petosiris contra su voluntad; pues este era inexperto en la guerra, y Tiamis se había vuelto muy experimentado. Por eso derrota al hermano; este lo abandona todo y huye, y Tiamis lo persigue, y la ciudad es rodeada muchas veces por la carrera. Y Teágenes sigue a Tiamis, y Arsace, la mujer de Oroondates, al verlo, se enamora de él. Y llegan Calasiris y Cariclea. Y él, al ver a los jóvenes matándose( pues Tiamis y Petosiris eran hijos de Calasiris), corre, grita, apenas detuvo la muerte, apenas habiéndolo reconocido los hijos, y Cariclea se arroja sobre Teágenes. Y terminada la guerra, Tiamis recibe el sacerdocio de manos de su padre, y este muere. Otra intriga de Arsace contra los jóvenes Teágenes y Cariclea, y Cibelis, su criada, dispuesta a todo servicio, y convocatoria de ellos a la casa de Arsace, y amor de ella hacia Teágenes irresistible, y todas las artimañas y métodos de daños y curaciones, y la intriga de Cibelis mediante un fármaco contra Cariclea. Salvación de Cariclea y muerte de Cibelis por los medios con los que planeó matar. Tortura y daño a Cariclea
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En nombre del emperador Honorio, se presentaron ante el emperador[ Atalo] Joviano, prefecto y patricio; Valente, general de ambos ejércitos; Potamio, el cuestor; y Juliano, primicerio de los notarios. Estos declararon a Atalo que habían sido enviados por Honorio para ofrecerle compartir el imperio. Él se negó, pero accedió a que Honorio viviera en una isla o en cualquier otro lugar que deseara, libre de males. Joviano respondió complacido, prometiendo incluso mutilar al emperador Honorio en uno de sus miembros. Atalo reprendió a Joviano por esto, diciendo que no era costumbre mutilar a un emperador que renunciaba voluntariamente al trono. Joviano, tras haber sido enviado en embajada muchas veces sin lograr nada, permaneció junto a Atalo, siendo nombrado patricio por este. Mientras tanto, en Rávena, el poder pasó al prepósito Eusebio, quien, tras un tiempo considerable, fue ejecutado a bastonazos a la vista del emperador, por instigación y consejo público de Alobico. Pasó bastante tiempo y Atalo, al no obedecer a Alarico, y principalmente por el celo de Joviano, quien había traicionado la embajada de Honorio, fue depuesto del imperio y permaneció viviendo como un particular junto a Alarico. Después, tras algún tiempo, volvió a reinar y luego fue depuesto de nuevo. Más tarde, habiendo llegado a Rávena y tras ser mutilado de los dedos de la mano derecha, fue enviado al exilio. Alobico, poco después, pagando la pena por la que había matado al prepósito Eusebio, fue ejecutado por orden del emperador en su presencia. Constantino el tirano, al enterarse de la muerte de Alobico, se apresuró hacia Rávena para pactar con Honorio, pero, temeroso, regresó. Regio es la metrópolis de Brecia, desde donde el historiador dice que Alarico, queriendo cruzar a Sicilia, fue detenido; pues una estatua, dice, construida y erigida, impidió el cruce. Había sido construida, según cuenta el mito, por los antiguos como un amuleto contra el fuego del Etna y para impedir el paso de los bárbaros por mar; pues en un pie había un fuego inextinguible y en el otro agua incorruptible. Al ser destruida, Sicilia sufrió daños más tarde tanto por el fuego del Etna como por los bárbaros. Asclepio, administrador de las propiedades de Constantino y Placidia en Sicilia, destruyó la estatua. Tras la derrota y huida de Constantino el tirano y de su hijo Constante, quien había sido nombrado César y luego emperador, Geroncio, el general, complacido con la paz con los bárbaros, proclamó emperador a su propio hijo, Máximo, quien servía en el rango de los domésticos. Luego, persiguiendo a Constante, logró que fuera ejecutado, y siguió tras él persiguiendo también a su padre, Constantino. Mientras esto sucedía, Constancio y Ulfilas fueron enviados por Honorio contra Constantino y, al llegar a Arlés, donde Constantino residía con su hijo Juliano, la sitiaron. Constantino, refugiándose en un oratorio, fue ordenado presbítero tras recibir juramentos de seguridad; y las puertas de la ciudad fueron abiertas a los sitiadores. Constantino fue enviado con su hijo ante Honorio; pero este, guardando rencor por sus primos, a quienes Constantino había matado, ordenó que fueran ejecutados a treinta millas de Rávena, contraviniendo los juramentos. Geroncio, al llegar Ulfilas y Constantino, huyó, y al ser alcanzado, debido a que gobernaba con firmeza a su propio ejército, fue traicionado por ellos mismos; pues prendieron fuego a su casa. Él luchó valientemente contra los sublevados, teniendo como único aliado a un alano de nacimiento, que figuraba entre sus esclavos. Finalmente, mata al alano y a su mujer, que así lo deseaban, y se suicida. El joven Máximo, al enterarse de esto, huyó hacia los bárbaros con quienes había pactado.
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Jovino fue proclamado tirano en Mundiaco, en la Germania Segunda, por instigación de Goar el alano y de Guntiario, quien era jefe de los burgundios. Atalo aconsejó a Ataúlfo que se presentara ante él; y este llegó junto con la multitud. Jovino se molestó por la presencia de Ataúlfo y reprochó enigmáticamente a Atalo, quien le había aconsejado su llegada. Saro también tenía la intención de presentarse ante Jovino; pero Ataúlfo, al enterarse, le salió al encuentro con diez mil soldados, mientras que Saro tenía consigo unos dieciocho o veinte hombres. Tras mostrar actos heroicos dignos de admiración, apenas lograron capturarlo vivo, y más tarde lo ejecutaron. Saro se había rebelado contra Honorio porque, tras el asesinato de Belerido, quien era su doméstico, el emperador no tomó ninguna medida ni exigió cuentas por el crimen.[ El historiador] trata sobre Donato y los hunos, y sobre sus reyes, expertos en el tiro con arco, y cómo el historiador mismo fue enviado en embajada ante ellos y Donato. Describe trágicamente su errancia por mar y el peligro. Y cómo Donato, engañado por un juramento, fue ejecutado ilegalmente, y cómo Charaton, el primero de los reyes, se encendió en ira por el asesinato, y cómo fue apaciguado con regalos reales y se mantuvo tranquilo; en estos relatos se encuentra la primera década de la historia. La segunda comienza así: Jovino, al nombrar emperador a su propio hermano Sebastián contra la voluntad de Ataúlfo, se enemistó con él; y Ataúlfo envió embajadores a Honorio prometiendo traer las cabezas de los tiranos y mantener la paz. Tras el regreso de estos y la mediación de juramentos, la cabeza de Sebastián fue enviada al emperador, mientras que Jovino, sitiado por Ataúlfo, se entregó. También él fue enviado al emperador, y Dárdano, el prefecto, lo ejecutó por su propia autoridad; ambas cabezas fueron expuestas fuera de Cartago, donde anteriormente habían sido cortadas las de Constantino y Juliano, así como las de Maximino y Eugenio, quienes, habiendo intentado usurpar el poder bajo Teodosio el Grande, terminaron de este modo. Ataúlfo exigía a Placidia, principalmente por el celo de Constancio, quien más tarde la unió en matrimonio. Pero como las promesas hechas a Ataúlfo no se cumplían, especialmente la del suministro de grano, no la devolvió y se preparó para la batalla, disolviéndose los términos de paz. Ataúlfo, al ser requerido para entregar a Placidia, exigía a cambio el grano estipulado. Como los que habían prometido no podían darlo, pero aun así aceptaban entregarlo si recibían a Placidia, el bárbaro fingió lo mismo y, al llegar a Marsella, ciudad así llamada, esperaba tomarla mediante engaño. Allí, herido por el valeroso Bonifacio, y apenas escapando de la muerte, se retiró a sus propias tiendas, dejando la ciudad en alegría, la cual celebraba a Bonifacio con alabanzas y aclamaciones. Ataúlfo, planeando el matrimonio con Placidia, presentaba exigencias más graves cuando Constancio la reclamaba, para que, ante el fracaso de las peticiones, pareciera razonable haberla retenido. Constancio, habiendo sido cónsul por segunda vez, avanzó hacia Rávena, con quien Constante ejerció el consulado en Constantinopla; se encontró oro suficiente y proporcionado para los gastos del consulado de los bienes de Heracliano, quien había sido ejecutado por planear una tiranía, aunque no se encontró tanto como se esperaba; pues no se hallaron ni siquiera veinte centenarios de oro, y su propiedad inmueble ascendía a dos mil libras. Constancio había recibido toda esta fortuna de Honorio tras una sola petición. Constancio, en sus apariciones públicas, era sombrío y de semblante adusto, de ojos grandes, altivo y de cabeza ancha, inclinándose siempre sobre el cuello del caballo que lo llevaba, y lanzando la mirada de lado a lado, de modo que( como dice el refrán) su aspecto parecía digno de un tirano. En cambio, en las cenas y banquetes era alegre y sociable, hasta el punto de competir a menudo con los mimos que jugaban ante la mesa. Ataúlfo, por celo
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y consejo de Candidiano, se consumó el matrimonio con Placidia; era el mes de enero, en la ciudad de Narbona, en la casa de Ingenio, uno de los principales de la ciudad; allí, sentada Placidia en un estrado preparado al estilo romano y con atuendo real, se sentó junto a ella Ataúlfo, vestido con clámide y el resto de la vestimenta de los romanos. Entre otros regalos de boda, Ataúlfo obsequió cincuenta jóvenes apuestos vestidos con ropas de seda, llevando cada uno en sus manos dos bandejas enormes, una llena de oro y la otra de piedras preciosas, o más bien inestimables; las cuales pertenecían a Roma y habían sido saqueadas por los godos durante el saqueo. Luego se recitaron epitalamios, primero por Atalo, luego por Rústico y Febadio; y el matrimonio se celebró mientras bárbaros y romanos se regocijaban juntos. Tras el saqueo de Roma por los godos, Albino, el prefecto de Roma, ya cuando esta se estaba restableciendo, escribió que la ración suministrada al pueblo no era suficiente para la multitud que ya aumentaba en la ciudad; pues escribió que en un solo día se habían registrado catorce mil personas. Ataúlfo, al nacerle un hijo de Placidia, al que puso el nombre de Teodosio, abrazó aún más la amistad con los romanos; pero como Constancio y los que estaban con él se oponían, el impulso de este y de Placidia quedó sin efecto. Al morir el niño, hicieron un gran duelo por él y lo enterraron colocándolo en un sarcófago de plata ante Barcelona, en un oratorio. Luego, Ataúlfo fue asesinado mientras pasaba el tiempo en el establo, vigilando sus propios caballos, como solía hacer. Lo asesinó uno de sus godos de confianza, llamado Dubio, quien había acechado una antigua enemistad; pues su antiguo señor, un rey de una facción gótica, había sido asesinado por Ataúlfo, de quien Ataúlfo tomó a Dubio y lo hizo suyo; pero él, vengando al primer señor, acabó con el segundo. Al morir, Ataúlfo ordenó que Placidia fuera devuelta a su hermano y que, si podían, se ganaran la amistad de los romanos. Sigerico, hermano de Saro, se convirtió en sucesor más por celo y poder que por sucesión y ley; él mató a los hijos que Ataúlfo había tenido de su anterior esposa, arrancándolos por la fuerza del regazo del obispo Sigisaro, y ordenó que la reina Placidia fuera conducida a pie delante de su caballo junto con otros cautivos, para insultar a Ataúlfo; y la distancia de la procesión fue desde la ciudad hasta el duodécimo hito. Tras reinar siete días, fue asesinado, y Valia fue establecido como líder de los godos. El historiador dice haber oído de un tal Valerio, uno de los notables, sobre estatuas de plata construidas para impedir a los bárbaros. Pues en los días, dice, del emperador Constancio, siendo Valerio gobernador en Tracia, hubo un aviso de que se había encontrado un tesoro. Valerio, al llegar al lugar, supo por los lugareños que el lugar era sagrado y que, por un antiguo rito, se habían consagrado estatuas en él. Luego informó de esto al emperador y recibió una carta que le permitía retirar lo indicado. Al excavar el lugar, se encontraron tres estatuas hechas totalmente de plata, yacentes en forma bárbara y con los brazos cruzados, vestidas con ropas bárbaras adornadas, con las cabezas rapadas, mirando hacia la parte septentrional, es decir, hacia el territorio bárbaro. Al ser retiradas las estatuas, inmediatamente y a los pocos días, primero la nación de los godos invadió toda Tracia, y poco después también la de los hunos y la de los sármatas estaban a punto de invadir el Ilírico y la misma Tracia; pues en medio de Tracia y el Ilírico yacían los objetos del rito, y el número de las tres estatuas parecía haber sido construido contra todo bárbaro. El historiador, tratando sobre su propio viaje por mar, dice haber sufrido mucho y
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haber tenido mala suerte. Dice también haber llegado a Atenas y, por su celo y cuidado, haber llevado al trono sofístico a Leoncio, quien aún no quería. Habla también sobre el tribón, diciendo que no estaba permitido a nadie en Atenas ponérselo, especialmente a un extranjero, a quien el juicio de los sofistas no lo permitiera y los ritos según las leyes sofísticas no confirmaran la dignidad. Los ritos eran los siguientes: primero, llevaban al baño público a todos los recién llegados, fueran pequeños o grandes. De entre ellos, los aptos para el tribón, habiendo llegado ya a la edad adecuada, eran arrojados al medio por los escolásticos que los llevaban. Luego, unos corriendo delante y obstaculizando, otros empujando y deteniendo, y todos los que obstaculizaban gritando:'¡ Detente, detente, no se baña!', los que empujaban parecían querer dominar la contienda en honor del escolástico llevado; quien, después de mucho tiempo, tras producirse mucha disputa sobre las costumbres establecidas, es introducido en la sala caliente y se baña, luego, al vestirse, recibía la autoridad del tribón, y desde allí, con el tribón, salía del baño escoltado por una procesión honorable y gloriosa, tras haber reconocido gastos manifiestos para los jefes de las escuelas, los llamados Acromitas. Los vándalos llaman a los godos' trulos' porque, presionados por el hambre, compraban una' trula' de grano a los vándalos por un sólido; y la' trula' no contiene ni la tercera parte de un sextario. Cuando los vándalos invadieron Hispania y los romanos se refugiaron en las ciudades amuralladas, tal hambre los dominó que fueron forzados al canibalismo; y una mujer que tenía cuatro hijos se los comió todos, poniendo como pretexto en cada uno el alimento y la salvación de los restantes, hasta que se los comió todos. Fue asesinada a pedradas por el pueblo. Euplucio, el magistriano, fue enviado ante Valia, quien era jefe de los godos, para establecer tratados de paz y recuperar a Placidia; él aceptó de buena gana y, tras enviársele grano en sesenta miríadas, Placidia fue liberada y entregada a Euplucio para ser llevada ante Honorio, su propio hermano. Al surgir una cuestión en Atenas sobre los libros pegados, para que los interesados aprendieran la medida del pegamento, Filtacio, compañero del historiador, con talento para la gramática, lo demostró y, tras obtener éxito, recibió una estatua de los ciudadanos. El autor dice muchas cosas paradójicas sobre el Oasis, sobre su templanza y que los que tienen la enfermedad sagrada no solo no la contraen allí, sino que, al llegar desde otros lugares, se liberan de la enfermedad debido a la templanza del aire. Y sobre la mucha arena de allí y los pozos excavados, que al ser excavados a doscientos, trescientos, y a veces hasta quinientos codos, brotan con el flujo vertiéndose desde la misma boca; de donde, extrayendo por turnos, todos los que tienen el trabajo en común, los agricultores riegan sus propios campos. Y que las frutas siempre se dan en los árboles, y que el grano es mejor que cualquier otro grano y más blanco que la nieve, y que a veces la cebada se siembra dos veces al año, y el mijo siempre tres. Riegan sus campos en verano cada tres días, y en invierno cada seis, de donde proviene la fertilidad. Y que nunca hay nubosidad. Y sobre los relojes que hacen. Dice que antiguamente era una isla y que se secó, y que Heródoto la llama islas de los bienaventurados; pero Herodoro, quien escribió la historia de Orfeo y Museo, la llama Feácida. Prueba que fue una isla porque se encuentran conchas marinas y ostras adheridas a las piedras de la montaña que lleva desde la Tebaida hacia el Oasis, y segundo, porque mucha arena se derrama siempre y llena las tres Oases. Pues dice que también él mismo hay tres Oases, dos grandes, una más exterior y otra más interior, situadas frente a frente, extendiéndose a cien
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estadios de distancia entre ellas. Hay también otra tercera pequeña, separada por una gran distancia de las dos. Dice, como prueba de que fue una isla, que a menudo sucede que se ven pájaros llevando peces y restos de peces, de modo que se conjetura que el mar no está muy lejos. Dice también que Homero deriva su linaje de la Tebaida cercana a esta. El emperador Honorio, habiendo salido cónsul por undécima vez, y con él Constancio por segunda, celebran el matrimonio de Placidia; ante lo cual ella, negándose mucho, hizo que Constancio se enfadara contra sus sirvientes. Finalmente, en el día del consulado, el emperador y hermano Honorio, tomándola de la mano contra su voluntad, la entrega a Constancio, y el matrimonio se celebra con gran esplendor. Luego les nace una hija, a la que llaman Honoria, y otro hijo, al que pusieron el nombre de Valentiniano; quien, viviendo aún Honorio, se convierte en nobilísimo tras haber forzado Placidia a su hermano, y después de la muerte del emperador, y aún después de la caída del tirano Juan, es proclamado emperador de Roma. Constancio co- reina con Honorio, siendo él quien lo nombra, pero casi contra su voluntad. Placidia también es nombrada Augusta, habiéndolo nombrado su propio hermano y su propio marido; luego es enviada ante Teodosio, quien, siendo sobrino de Honorio, reinaba en las partes de Oriente, notificándose la proclamación del imperio de Constancio, y permanece sin ser aceptada. Una enfermedad sobreviene a Constancio, y se arrepiente del imperio, porque ya no tenía la libertad como antes de salir y partir a donde y como quisiera, y porque no le estaba permitido usar, siendo emperador, los juegos que solía usar. Finalmente, tras reinar siete meses, tal como le había dicho el sueño,' seis ya se han cumplido y comienzan siete', muere de una enfermedad pleurítica, muriendo con él también la ira y el impulso que sentía contra Oriente, porque no aceptaron su proclamación imperial. Tras la muerte del jefe Valia, Teoderico sucede en el mando. El historiador dice haber sufrido mucho por mar y apenas salvarse. En lo cual también cuenta una historia monstruosa sobre una estrella que se posó sobre la vela del barco y que estaban a punto de hundirse. Los marineros llamaban' Urania' a lo que apareció. Habla sobre un loro, con el que convivió veinte años, que casi no dejaba nada de lo que hace el hombre sin imitar; pues bailaba, cantaba, llamaba por su nombre y hacía otras cosas. El historiador dice que, mientras él pasaba el tiempo en Tebas y Siena por motivos de historia, los jefes y profetas de los bárbaros de Talmis, es decir, los blemios, desearon su encuentro; pues la fama los movía a ello.' Y me llevaron', dice,' hasta la misma Talmis, para investigar también esos lugares que distan de File cinco días de camino, hasta la ciudad llamada Prima, que antiguamente era la primera ciudad de la Tebaida desde el territorio bárbaro; por eso fue llamada por los romanos en lengua romana Prima, es decir, primera, y ahora se llama así, aunque hace mucho tiempo que se familiarizó con los bárbaros junto con otras cuatro ciudades: Fenicon, Chiris, Tapis, Talmis'. Dice haber sabido que cerca de estos lugares hay minas de esmeralda, de las cuales abundaba la esmeralda para los reyes de Egipto.' Y esto', dice,' los profetas de los bárbaros me instaban a verlo; pero no era posible que esto sucediera sin una orden real'. Cuenta una historia monstruosa sobre un tal Libanio, de origen asiático, que llegó a Rávena durante el reinado de Honorio y Constancio. Que este era un experto en artes teúrgicas. Y que podía, dice, y prometía actuar contra los bárbaros sin soldados. Luego, tras dar prueba de la promesa y correr la fama hasta el punto de que la reina Placidia se enterara, el teúrgo fue ejecutado; pues Placidia, dice, amenazaba a Constancio con la separación del matrimonio si Libanio, hombre mago y poco fiable, permanecía entre los vivos.
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Constancio era de origen ilirio, de la ciudad de Panaiso en Cadia, y tras pasar muchas campañas desde los tiempos de Teodosio el Grande, más tarde, como se dijo, asumió el poder imperial. En lo demás era digno de elogio, y superior al dinero antes de unirse a Placidia; pero una vez unido a ella, se deslizó hacia la avaricia. Sin embargo, tras su muerte, las peticiones contra él de los perjudicados en sus bienes fluían a Rávena desde todas partes; pero la ligereza de Honorio, dice, y la familiaridad de Placidia con él, hicieron que sus peticiones y la fuerza de la justicia quedaran sin efecto. Tal era la disposición de Honorio hacia su propia hermana, desde que murió su marido Constancio, que su amor desmedido y los continuos besos en la boca llevaron a muchos a una sospecha vergonzosa. Pero tal enemistad se sembró de nuevo entre ellos por el celo de Espadusa y Elpidia( esta era nodriza de Placidia), a quienes prestaba mucha atención, colaborando con ellas Leoncio, su curador, que a menudo se producían disturbios en Rávena( pues ella también tenía una multitud de bárbaros de su unión con Ataúlfo y de su matrimonio con Constancio) y se llegaba a los golpes por ambas partes. Finalmente, por aquella enemistad surgida y el odio que equilibraba la amistad anterior, Placidia, al prevalecer su hermano, es exiliada con sus propios hijos. Y solo Bonifacio, guardándole fidelidad desde África, que gobernaba, enviaba dinero como podía y él mismo se apresuraba a otros cuidados, y más tarde contribuyó en todo a la recuperación del imperio. Honorio, habiendo contraído una enfermedad hidrópica, muere seis días antes de las calendas de septiembre; y se envían cartas a Oriente notificando la muerte del emperador. Mientras se enviaban estas, un tal Juan, por su propia autoridad, usurpa el poder. Durante cuya proclamación se dijo, como por una especie de presagio:' Cae, no se mantiene', y la multitud, como interpretando lo dicho, exclama:' Se mantiene, no cae'. Bonifacio era un hombre heroico, y a menudo se distinguió contra muchos bárbaros, a veces atacando con pocos, otras con más, y a veces incluso luchando en duelo. Y para decirlo simplemente, de todas las maneras libró a África de muchos y diversos bárbaros. Era también amante de la justicia y superior al dinero. Le sucedió algo así. Un hombre campesino, que tenía una mujer en la flor de la edad, era adulterada por uno de los bárbaros aliados. Por tanto, suplica a Bonifacio lamentando el ultraje. Bonifacio, al saber la distancia del lugar y el nombre del campo en el que se cometía el adulterio, despidió al suplicante por el momento, ordenándole que se acercara de nuevo al día siguiente, pero al anochecer, sin que nadie lo viera, cabalgó hasta el campo, que distaba setenta estadios, y encontrando al bárbaro durmiendo con la adúltera, le corta la cabeza y regresa con ella de noche. Al acercarse el hombre al día siguiente según la orden, le entrega la cabeza del bárbaro preguntándole si la reconocía. Él, a la vez asombrado y perplejo por lo presente, luego al reconocerla y agradecer mucho la justicia, se fue con alegría. Cada una de las grandes casas de Roma, como dice, tenía en sí misma todo lo que una ciudad proporcionada podía tener, hipódromo, foros, templos, fuentes y baños diversos. Por eso el autor sentenció:' Una casa es una ciudad; la ciudad contiene innumerables ciudades'. Había también baños públicos inmensos. Los llamados Antoninianos tenían para uso de los bañistas mil seiscientas sillas, construidas de mármol pulido. Los Dioclecianos casi el doble. El muro de Roma, medido por Amón el geómetra, en el tiempo en que los godos hicieron la primera incursión contra ella, resultó tener una distancia de veintiún millas.
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Muchos hogares romanos recibían ingresos anuales de sus propiedades de cuarenta centenarios de oro, sin contar el grano, el vino y todos los demás productos, que ascendían a un tercio si se vendían, del oro ingresado. La renta de las segundas casas de Roma, después de las primeras, era de quince y diez centenarios. Y que Probo, hijo de Olimpio, al terminar su propia pretura en el tiempo de la tiranía de Juan, gastó doce centenarios de oro. Símaco el logógrafo, siendo un senador de los moderados, antes de que Roma fuera tomada, gastó veinte centenarios cuando su hijo Símaco ejercía la pretura; Máximo, uno de los ricos, desembolsó cuarenta centenarios para la pretura de su hijo. Los pretores celebraban las fiestas durante siete días. El autor dice que la errancia de Odiseo no ocurrió en Sicilia, sino en los confines de Italia; y que el descenso al Hades ocurrió junto al Océano, donde también ocurrió la gran errancia. Se esfuerza por demostrar esto a través de muchos argumentos. Nosotros hemos leído a otros diversos que coinciden con él en esto. Placidia es enviada desde Constantinopla por Teodosio junto con sus hijos contra el tirano y ella recupera el rango de Augusta, y Valentiniano el de nobilísimo; se envía con ellos un ejército y un comandante de ambos ejércitos, Ardaburio, junto con su hijo Aspar, y un tercero, Candidiano. En Tesalónica, Helión, el maestro de los oficios, enviado por Teodosio, viste a Valentiniano en la misma Tesalónica con la vestimenta de César, teniendo cinco años de edad. Mientras bajaban, Ardaburio es capturado por los del tirano y enviado ante él, y se hace amigo suyo. Su hijo, junto con Placidia, estaban en desánimo y tristeza; Candidiano, tomando muchas ciudades y teniendo éxito brillantemente, disipaba y consolaba lo que entristecía. Luego el tirano Juan es degollado, y Placidia junto con el César, su hijo, entra en Rávena. Helión, el maestro y patricio, al llegar a Roma, y reuniéndose todos allí, viste a Valentiniano con la vestimenta real, teniendo siete años. En lo cual también se encuentran los asuntos de la historia. Se leyó un librito de Teodoro sobre la magia en Persia, y cuál es la diferencia de la piedad, en tres discursos. Los dirige a Mastubio, originario de Armenia, que era corepíscopo. En el primer discurso propone el dogma impío de los persas que introdujo Zarades, es decir, sobre Zuruan, a quien presenta como jefe de todos, a quien también llama fortuna; y que, al hacer libaciones para que engendrara a Ormuz, engendró a aquel y a Satanás; y sobre su incesto. Y simplemente, tras exponer palabra por palabra el dogma impío y vergonzoso, lo refuta en el primer discurso. En los dos discursos restantes trata sobre la fe piadosa, comenzando desde la cosmogonía, y tratando también sobre la gracia misma de manera rápida. Este Teodoro parece ser el de Mopsuestia; pues refuerza la herejía de Nestorio, especialmente en el tercer discurso, y lo proclama de antemano, pero también cuenta fábulas sobre la restauración de los pecadores. Se leyeron los asuntos después de Alejandro de Dexipo en cuatro discursos. Se leyó también otro breve histórico suyo que recorre hasta Claudio las acciones principales del imperio. Se leyeron también sus Escíticas, en las que se registran las batallas y acciones notables de los romanos y los escitas entre sí. Es de estilo sencillo y disfruta de peso y dignidad, y( como se podría decir) otro Tucídides con cierta claridad, especialmente en las historias escíticas. Comienza en los asuntos después de Alejandro desde la misma muerte del rey, y narra cómo el mando de los macedonios pasó al hermano de Alejandro, Arideo, quien había nacido de Filipo de Filina de Larisa.
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de la santa Pentecostés, y todavía descansando durante cinco días sin realizar absolutamente nada eclesiástico. Entonces fue expulsado completamente tanto de la iglesia como de la ciudad, y desterrado a Cucuso, cuando también el fuego encendido en el ambón de la iglesia consumió muchas de las cosas de alrededor. Y muchos de los que estaban contra el santo fueron puestos como ejemplo, al terminar su vida ya sea por enfermedades extraordinarias o por calamidades enviadas por Dios. Habiendo sido desterrado a Cucuso, como él mismo dice, enseñaba y ordenaba a muchos obispos, y a más presbíteros y diáconos. Realizaba también muchos signos en el destierro, tanto vivo como después de muerto. Fallece no mucho tiempo después, habiéndole anunciado su fin el obispo de Comana y mártir Basilisco, y es enterrado en el mismo sarcófago del mártir. Los que estaban con Teófilo y Heráclides condenaron al ausente Heráclides de Éfeso, y sometiendo a Serapión a diversas torturas, lo depusieron también de la sede de Heraclea, en la cual el gran Juan lo había ordenado después de su primer regreso del destierro. Ordenan en lugar de Heráclides al eunuco del tribuno Víctor, un hombre sumamente infame, y habiendo maltratado a otros obispos cercanos a veinte, los expulsaron también de sus sedes, así como a muchos presbíteros y diáconos, y a más laicos, cuantos eran acusados de estar apegados a Juan; y también a mujeres de las piadosas, de las cuales las ilustres fueron Olimpia, Pentadia, Procla y Silvana. Inocencio de Roma luchó mucho en favor del santo, aunque su esfuerzo resultó ineficaz; pues envió apocrisiarios, pero también ellos fueron despedidos malamente, y escribió cartas, pero no logró nada de lo que se esforzaba. Más tarde, Nectario apenas inscribe su nombre en los dípticos. Y Proclo, tiempo después, introduce el cuerpo en la ciudad. Y esto es así. Pero este autor parece relatar no pocas cosas; sin embargo, nada impide a los lectores, seleccionando lo útil, pasar por alto el resto.
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Se leyó la recopilación de vencedores olímpicos y crónicas de Flegón de Trales, liberto del emperador Adriano. Dirige la obra a un tal Alcibíades, quien era uno de los encargados de la guardia de Adriano. Comienza la recopilación desde la primera Olimpiada, porque los asuntos anteriores, como dicen casi todos los demás, no tuvieron un registro preciso y verdadero, sino que cada uno de los que se ocuparon escribió algo distinto y no de manera concordante, a quienes también se ha esforzado por escribir. Por tanto, hace el comienzo de la obra, como dijimos, desde la primera Olimpiada; y desciende, como él mismo dice, hasta los tiempos de Adriano. A mí se me leyó hasta la Olimpiada 177, en la que venció Hecatomno de Mileto en el estadio, el diaulo y la carrera de hoplitas tres veces, Hipsicles de Sición en el dólico, Cayo romano en el dólico, Aristonímidas de Cos en el pentatlón, Isidoro de Alejandría en lucha, Aptoto en el período, Atuanas de Adramitio, hijo de Hipócrates, en pugilato, Sfodrias de Sición en pancracio, Sosígenes asiático en el estadio de niños, Apolófanes de Ciparisia en lucha de niños, Sotirico de Élide en pugilato de niños, Calas de Élide en pancracio de niños, Hecatomno de Mileto en carrera de hoplitas( este fue coronado en la misma con las tres: estadio, diaulo, carrera de hoplitas), Aristóloco de Élide en cuadriga, el caballo de carreras de Agemón de Élide, la biga de Helánico de Élide, la biga de potros del mismo, la biga de potros de Cletias de Élide, el caballo de carreras de potros de Calipo de Pelio. Lúculo sitiaba Amiso, y dejando a Murena en el sitio con dos legiones, él mismo avanzaba con otras tres hacia Cabira, donde pasaba el invierno. Y ordenó a Adriano combatir contra Mitrídates; y habiendo combatido, venció. Y habiéndose producido un terremoto en Roma, muchas cosas de esta sucedieron. Y otras muchísimas cosas ocurrieron en esta Olimpiada. Y en el tercer año de la misma, fueron censados noventa y un miríadas de romanos. Y a Sinatruces, el rey de los partos, que había fallecido, le sucedió Fraates, el llamado dios. Y a Fedro
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el epicúreo le sucedió Patrón. Y Virgilio Marón, el poeta, nació este año en los idus de octubre. En el cuarto año, Tigranes y Mitrídates, habiendo reunido cuarenta miríadas de infantes y tres de jinetes, y habiéndolos ordenado al modo itálico, combatieron contra Lúculo; y vence Lúculo, y cinco mil de los que estaban con Tigranes cayeron, y más que estos fueron hechos prisioneros, sin contar la otra chusma mezclada. Y Catulo consagró el Capitolio en Roma, y Metelo, habiendo partido hacia la guerra cretense, teniendo tres legiones, llegó a la isla, y habiendo vencido en batalla a Lastenes, fue proclamado imperator, y puso a los cretenses bajo asedio. Y Atenodoro, pirata, habiendo esclavizado a los delios, profanó las estatuas de los llamados dioses, y Cayo Triario, habiendo reparado los daños de la ciudad, fortificó Delos. Hasta esta Olimpiada, pues, se realizó mi lectura en cinco libros. La expresión no es ni demasiado rastrera ni conserva el carácter ático con precisión. Por lo demás, la inoportuna laboriosidad y ambición en torno a las Olimpiadas, los nombres de las competiciones en ellas, las acciones y los oráculos, que llevan al oyente al hastío y no permiten que sobresalga casi nada más de lo que hay en el discurso, muestran que el discurso es desagradable y no tiene gracia alguna. Ha utilizado oráculos de todo tipo hasta la exageración. Se leyó la historia en seis libros de Zósimo, conde y ex abogado del fisco. Es impío en la religión y a menudo ladra en muchas partes contra los piadosos, pero es conciso, y su expresión es clara y pura, y no está alejado de lo agradable. Comienza la historia, como se podría decir, desde Augusto, y recorre todos los que llegan hasta Diocleciano, narrando como una simple proclamación y sucesión de ellos. Pero desde Diocleciano trata más ampliamente sobre los que reinaron en cinco libros. Pues el primero cuenta los que llegan hasta Diocleciano desde Augusto. Y completa el sexto libro terminando en aquellos tiempos en los que Alarico, sitiando Roma por segunda vez y estando los habitantes en apuros, levanta el sitio, proclamando rey para ellos a Átalo. Luego, habiéndolo depuesto también del reino por no parecer que administraba bien los asuntos del reino que le habían sido confiados, se dirigió hacia el rey Honorio, que residía en Rávena, para pactar. Pero Saro, godo también él, siendo enemigo de Alarico, y teniendo bajo su mando hasta trescientos, y habiéndose añadido a Honorio y esforzándose por combatir con él contra Alarico, se interpuso. Y su sexta historia termina así. Se podría decir que no escribió una historia, sino que transcribió la de Eunapio, diferenciándose solo en la brevedad, y que no denigra a Estilicón como aquel; pero en lo demás, en cuanto a la historia, es casi la misma, y sobre todo en las calumnias contra los reyes piadosos. Me parece que también este hizo dos ediciones, como aquel. Pero no vi la anterior de este; sin embargo, por lo que tituló la que leímos como nueva edición, era posible conjeturar que se le había publicado otra, como también a Eunapio. Este es más claro y más conciso, como dijimos, que Eunapio, y no ha utilizado tropos, salvo en raras ocasiones. Se leyó la historia en ocho libros de Herodiano. Comienza desde que murió Marco, el rey de los romanos, y narra cómo reinó Cómodo, el hijo de Marco
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y cómo, habiendo sido corrompido en sus costumbres paternas por los aduladores, fue más tarde eliminado por Marcia, su concubina, y por Leto y Electo. Y reina Pertinax, anciano y de buenas costumbres; a quien los soldados, aborreciendo su templanza, irrumpieron en el palacio real y lo matan. Y cómo Juliano, habiendo obtenido el poder mediante dinero de los soldados, no mucho después fue eliminado por sus propias manos. Y cómo Níger, hombre que parecía ser moderado, siendo aún Juliano, se levantó hacia la monarquía. Y Severo, hombre sagaz y terrible para perseverar en los trabajos y, por lo demás, de pensamiento profundo, ascendió al poder real, y vence a Níger en batalla y lo elimina, y sometió a todo el que se oponía, ya sea por batallas violentas o por artes ineludibles, y gobernó a los súbditos de manera más arrogante a medida que avanzaba, y fallece de enfermedad mientras dirigía la guerra contra los britanos. Y Antonino, el mayor de sus hijos, habiendo hecho pactos con ellos, se retira, y toma a regañadientes como co- emperador a su hermano Geta, y no mucho después, en el regazo de Julia, su madre, lo elimina, y habiéndose esforzado por superar a todos en crueldad y vileza, mientras pasaba por Siria es objeto de una conspiración; Macrino era quien preparaba la conspiración, temiendo él mismo también la muerte y esforzándose por adelantarse. Y cuando Antonino fue eliminado, reina Macrino, hombre anciano, vacilante y que ni siquiera practicaba la templanza, aunque en lo demás parecía moderado. Y teniendo Mese, que era hermana de Julia, dos hijas, Soemias y Mamea, y teniendo la una un hijo llamado Basiano, y la otra a Alexino, quienes se decía que habían nacido de Antonino por uniones secretas, los militares, tomando un pequeño pretexto, proclaman en su campamento a Basiano, cambiándole el nombre a Antonino; y habiendo sido derrotado en batallas Macrino y huyendo de las fronteras de Fenicia y Siria, tomó Calcedonia, pensando llegar desde allí a Roma; pero habiéndolo alcanzado los enviados por Antonino para esto, le cortan la cabeza y la llevan de vuelta. Y Antonino, mientras obedecía a su abuela, era templado y hace también a Alexino hijo y a la vez César, cambiado a Alejandro; pero cuando se entregó a los aduladores, no dejó ninguna exageración de vileza y desenfreno. Y habiendo intentado conspirar también contra Alejandro, fue detenido por los soldados; y él, habiendo pensado castigarlos, fue eliminado por ellos. Y reinó Alejandro, el de Mamea, catorce años, y en lo que a él respecta, gobernó bien y moderadamente, y sin derramamiento de sangre en absoluto; pero la avaricia y la tacañería de su madre Mamea, como dice, lo llevaron a la matanza por parte de los soldados junto con ella, habiendo sido proclamado Maximino. Y gobernaba Maximino durante tres años de manera severa y tiránica, hombre de gran estatura y de carácter cruel. Por lo cual, al prefecto de Libia, que había sido establecido por él y era similar en sus costumbres, los que estaban allí, habiéndose sublevado y eliminándolo, proclaman a Gordiano, que había sido procónsul y contaba ochenta años, como rey, incluso contra su voluntad. Y Roma, habiendo recibido con gran alegría su proclamación, anuló todos los honores de Maximino. Proclamaron junto con él también a su hijo Gordiano como rey. Y preparándose Maximino para la guerra, Gordiano, junto con su hijo, habiendo tomado Cartago y habiéndose desesperado de todo, descansó de la vida mediante un lazo; y el joven, mientras se libraba la batalla contra Maximino, fue eliminado y desapareció. Los romanos, habiendo sentido un dolor excesivo por la desgracia de estos y temiendo y odiando a Maximino, proclaman en Roma a Balbino y a Máximo; contra quienes, levantándose una sedición por parte de los soldados, reina junto con ellos Gordiano, descendiente de Gordiano el primero, un niño pequeño, hijo de su hija. Y saliendo Máximo contra Maximino, es eliminado Maximino por sus propios soldados, y la cabeza es llevada a Máximo, y luego a la misma Roma. No pasó mucho tiempo, y los soldados, habiéndose sublevado, sacan del palacio a Balbino y a Máximo, y habiéndolos sometido a todo tipo de ultrajes, los eliminan, proclamando como único rey a Gordiano, que tenía unos trece años; en los cuales termina también el octavo libro. Es claro en su expresión, brillante y agradable, y utiliza un lenguaje templado, que ni hiperatiza y ultraja la gracia innata de lo habitual, ni se disuelve hacia lo humilde y desprecia el conocimiento técnico. Ni se enorgullece con prolijidades, ni omite nada de lo necesario, y, en suma, no es inferior a muchos en todas las virtudes históricas que hay en la historia.
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Se leyeron diversos ejercicios del rey Adriano, elevados a la moderación del discurso y no desagradables. Se leyeron diversos discursos consulares de Victorino el Lampadio( este era antioqueno), y también reales hacia el rey Zenón, bajo el cual había llegado a una edad avanzada. La claridad, la sencillez y lo habitual adornan su expresión. Se leyó en un solo libro de Gelasio, obispo de Cesarea de Palestina, contra los anomeos. Es sencillo y vigoroso en su expresión, y ha utilizado palabras aticistas, y está precisado con argumentos, y no está falto de razonamientos, y todo es bueno, si no fuera porque de manera excesiva y pueril, como quien apenas se asoma a los discursos dialécticos, abusó de los cánones del arte lógico y de las mismas palabras, aunque entreteje en la obra una apología de tal inoportunidad; pues lo que decidió poner en apología, ni siquiera debía haberlo tratado desde el principio; y el orden del discurso tampoco es irreprochable. Se contenían también en el volumen diversos razonamientos de Diodoro de Tarso sobre el Espíritu Santo, en los cuales él mismo demuestra haber estado enfermo de la dolencia de Nestorio desde antes. Se leyeron las alegorías de las leyes sagradas y sobre la vida política de Filón el judío. Se leyeron también las vidas de los que filosofaron entre los judíos, tanto la filosofía teórica como la práctica; de los cuales unos eran llamados esenios y otros terapeutas, quienes también construían monasterios y lugares sagrados, como dice con sus propias palabras, y prefiguraban la forma de vida de los monjes actuales. Se leyó también de él un discurso cuya inscripción es Cayo censurado y Flaco o Flacón censurado, en cuyos discursos se manifiesta más que en los otros la fuerza en la retórica y la belleza de sus discursos. Pero yerra en muchas cosas, suponiendo ideas y escribiendo otras cosas ajenas a la filosofía judía. Floreció en los tiempos de Cayo César, ante quien escribe también haber ido en embajada en favor de su propia nación, siendo Agripa rey de Judea. Se conservan de él muchas y variadas obras, que contienen discursos morales y recuerdos de la antigüedad, la mayoría forzados hacia la alegoría de la escritura; de donde, creo, también todo discurso alegórico de la escritura en la iglesia comenzó a fluir. Se dice que también él, habiendo sido iniciado en los asuntos de los cristianos, cayó más tarde de ellos por algún dolor e ira. Pero dicen que antes, habiendo llegado a Roma bajo Claudio, se encontró con Pedro, el corifeo de los apóstoles, y se dispuso amistosamente, de donde también dignificó con memoria y elogio a los discípulos de Marcos el evangelista( y Marcos era oyente de Pedro); pues dicen que él decía que aquellos habían filosofado entre los judíos. De los cuales llama también a sus reuniones monasterios, y proclama que llevan una vida ascética, dedicándose al ayuno, a la oración y a la pobreza. Es de linaje descendiente de sacerdotes, y alejandrino de patria. Y tanto asombro de su poder en los discursos proporcionó a los helenistas, que incluso decían: O Platón filoniza o Filón platoniza. Se leyeron siete discursos de Teognosto de Alejandría, cuya inscripción es Hipotiposis del bienaventurado Teognosto de Alejandría y exégeta. En el primer discurso, pues, trata sobre el Padre y que es creador, intentando demostrarlo, y contra los que suponen una materia coeterna con Dios. En el segundo, pone argumentos mediante los cuales dice que el Padre debe tener un Hijo, pero al llamar Hijo lo declara criatura suya, y que solo preside sobre los seres racionales, y otras cosas, como Orígenes, añade al Hijo, ya sea habiendo caído en la impiedad de manera similar a aquel, o( como se podría decir) habiendo forzado la apología en su favor, proponiendo esto en forma de ejercicio y no de doctrina, o también ante la disposición y debilidad del oyente, que es totalmente inexperto, si se da el caso, del teísmo de los cristianos y no puede recibir la precisión de la religión, retirándose de la verdad y considerando que el conocimiento del Hijo de cualquier manera es más provechoso para el oyente que la total ignorancia y desconocimiento. Pero tal refugio de no hablar correctamente y retirada no parecería inverosímil ni digno de reproche; pues muchas cosas se realizan según la opinión, doctrina y fuerza del interlocutor; pero si, al estar propuesto un discurso escrito y común para todos como ley, alguien aporta la apología mencionada para la inocencia de la blasfemia que hay en él, ha recurrido a una defensa débil. Y como en el segundo, así también en el tercer discurso, tratando sobre el Espíritu Santo, pone argumentos intentando demostrar la existencia del Espíritu santísimo, pero en lo demás, como Orígenes en el Sobre los principios, así también él desvaría aquí. En el cuarto, sobre ángeles y demonios, desvaría de manera similar a aquel, y les reviste de cuerpos sutiles. En el quinto y sexto, tratando sobre la encarnación del Salvador, intenta, como es su costumbre, demostrar que la encarnación del Hijo es posible, pero desvaría mucho en ellos, y sobre todo cuando se atreve a decir que imaginamos al Hijo descrito en otros lugares en otros momentos, pero no descrito solo por la energía. En el séptimo, que titula también sobre la creación de Dios, trata de manera algo más piadosa sobre las demás cosas, y sobre todo al final del discurso sobre el Hijo. Es sencillo y profundo en su expresión, utilizando la elegancia léxica como en un discurso ático y habitual, y no se ha alejado de lo habitual ni siquiera en las construcciones. Sin embargo, no se deja llevar por la magnitud debido a la claridad y precisión de las palabras. Se leyó de Basilio, presbítero de Cilicia, contra Juan de Escitópolis, a quien llama también abogado y escribe mil otras cosas de él, que estuvo bajo sospecha de maniqueísmo, y que cerrando la santa cuaresma en tres semanas, ni siquiera en estas se abstenía de comer carne de aves, y que se reunía en ritos helénicos, y que, impulsado casi siempre por la glotonería, nunca participaba de la liturgia cuando se completaba, sino que después del evangelio participaba de los misterios junto con los niños, y corría inmediatamente a la mesa. Estas cosas, esparciéndolas contra el hombre a través de casi todo su libro, se comporta de manera licenciosa. Hace la obra dramática; la dirige a un tal Leoncio que se la pidió. Introduce como personajes del drama a Lampadio, defendiéndolo, y a un tal Marino, como si supuestamente luchara en favor de Juan, quien, después de algunas discusiones, es introducido condenando al personaje que parecía defender, y uniéndose a Lampadio; después del cual finge que un tal Tarasio entra en la lucha, fingiendo que este pregunta a aquellos y responde lo que él veía que le sería provechoso a sí mismo, pero que supuestamente preparaba reproche y perplejidad para el defendido. Divide la obra en dieciséis discursos, y en los trece primeros introduce el tipo dialógico, habiendo dedicado tanto esfuerzo y trabajo contra el primero solo de los discursos de Juan, y en los tres restantes realiza un ataque contra lo dicho por Juan en el segundo y tercer discurso. En el primer discurso, pues, habiendo completado el prólogo, se detiene en dos capítulos, sobre uno de que el Verbo sufrió en carne, sobre el otro de que es lo mismo decir Cristo que decir Dios. En el segundo discurso, intenta demostrar que fue insultado en vano, y que Juan de Escitópolis interpretó mal el" Saldrá una vara de la raíz de Jesé". En el tercero, discute supuestamente cómo se debe entender el" Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él" y lo siguiente del pasaje. En el cuarto, cómo se dice que el cuerpo es propio de Dios, y sobre la unión, y sobre el" Te ungió Dios, tu Dios", y sobre el" Yo me santifico a mí mismo". En cuyo discurso también Marino, habiendo abandonado la supuesta contradicción, se une a Lampadio. En el quinto, donde también Tarasio finge asumir la lucha en lugar de Marino, retoma las acusaciones contra Juan de manera más amarga, y el discurso se le consume casi en estas. En el séptimo, ataca de manera algo más aguda la unión según Cristo nuestro Salvador; y sobre el" Te ungió Dios, tu Dios" y cómo la iglesia según él glorifica sobre el" se encarnó". En el octavo, se desboca hacia muchas absurdidades sobre el" El Verbo se hizo carne", y sobre el" Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo". En el noveno, sobre el" La roca era Cristo", y sobre el" Veréis vuestra vida colgada ante vuestros ojos", y sobre el" Esta puerta estará cerrada", todo esto es interpretado impíamente. En el décimo, sobre el" A vosotros os ha sido enviado el mensaje de salvación", y sobre el" Quien no perdonó a su propio Hijo", y sobre el" Nuestras manos palparon", sobre el mensaje de vida, y sobre el" De tal manera amó Dios al mundo que a su Hijo unigénito y lo siguiente". En el undécimo, sobre el" Este es nuestro Dios, no se contará otro junto a él". Luego" Sobre la tierra fue visto, y con los hombres convivió", y sobre el" Levántate, Dios, juzgando la tierra", y sobre el" El que me ha visto, ha visto al Padre", y hacia los que dicen que los apóstoles no podían enseñar la verdad debido a la debilidad de los que escuchaban. En el duodécimo, que uno de la trinidad es el que sufrió, y sobre el" Pues si hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria", y cómo no decimos dos Cristos, se defiende de manera débil y malintencionada, aunque hace avanzar la apología de acuerdo con su propia intención. En el decimotercero, sobre cómo no hay dos hijos; aunque por lo que parece defenderse, es necesario decir dos hijos. En el cual también Tarasio, como si hubiera sido vencido, calla, y Basilio, o sea Lampadio, cesa también el ocio del esfuerzo de pregunta y respuesta, y hace el decimocuarto, decimoquinto y decimosexto discurso con un lenguaje más extenso, y ataca lo dicho por Juan en el segundo y tercer libro. Este Basilio era presbítero, como él mismo dice, de la iglesia de Antioquía, siendo obispo de allí Flaviano, y reinando Anastasio sobre los romanos. Es vulgar en su expresión, y sobre todo en sus diálogos no se abstiene ni siquiera de las palabras de la calle. Pero tampoco es preciso en la sintaxis, de modo que se deja llevar a menudo hasta el punto de errar y utilizar solecismos; y la claridad, como en tales cosas, la pretendió. Sin embargo, en los argumentos contra la piedad, es agudo y experimentado, y toda su vida, al parecer, se pudrió en estos vanos esfuerzos contra la piedad. Y padeciendo la herejía de Nestorio, no se apropia de Nestorio, pero se inscribe a Diodoro y Teodoro como padres. Y contra el divino Cirilo no blasfema tan descaradamente en persona; sin embargo, a Juan, contra quien emprendió el escrito, dice que no se apoya en nadie más que en los doce capítulos de Cirilo, y dice que sobre todo en el duodécimo, que introduce la teopatía. En lo cual también para él el fin de la vanidad. La obra fue hecha para Leoncio, como dijimos, a quien ensalza como santísimo y amadísimo de Dios y padre. Se leyó de Teodoro, monje alejandrino, contra Temistio, cuya inscripción es:" Refutación, como en resumen, de la temeraria y muy irracional oposición de Temistio desde antiguo y desde el principio contra nuestros padres, trabajada ahora para nosotros por motivo de las cuestiones y proposiciones planteadas por él contra la verdad, y clara aclaración de la hipótesis propuesta". La inscripción, pues, es tal, resultando más un libro que una inscripción de libro; pero ambos, tanto Teodoro como Temistio, son heréticos y pertenecen a la facción de los teopasquitas, apegados a Severo. Sin embargo, Temistio o Calónimo( pues se nombra también así a sí mismo) es también jefe de la herejía de los agnoetas, y escribió un discurso en favor de tal dolencia, que tituló" Apología de Calónimo, también llamado Temistio, en favor de Teofobio, que está entre los santos", en el cual ataca también a Severo, al que está apegado( tal es la mentira y los amantes de la mentira). Pero en este discurso se le piden cuentas por parte de Teodoro. Pues los argumentos de Temistio, siendo cuatro, y estableciendo la ignorancia, como pensaba, en Cristo, Teodoro, habiéndolos ordenado uno a uno, demuestra que cada uno está sujeto a mil absurdidades. Luego, de nuevo Temistio, como si llamara a la derrota, escribió un libro contra Teodoro. Y Teodoro, de nuevo en tres tomos, habiendo deshecho las refutaciones contra él, presentó su propia doctrina como verdadera sobre esto. Cada uno de estos no es inexperto en escribir y persigue la claridad junto con el vigor y lo establecido en los discursos. Se leyeron tres volúmenes de libros de Clemente de Alejandría, presbítero, de los cuales uno obtuvo la inscripción Hipotiposis, otro Stromateis, y otro Pedagogo. Las Hipotiposis, pues, tratan sobre ciertos pasajes de la escritura antigua y nueva, de los cuales hace también una explicación e interpretación, como si fuera por capítulos. Y en algunos de ellos parece hablar correctamente, pero en otros se deja llevar totalmente hacia discursos impíos y fabulosos. Pues supone una materia sin tiempo e ideas como introducidas desde ciertos pasajes, y hace descender al Hijo a criatura. Además, fantasea sobre reencarnaciones y muchos mundos antes de Adán; y sobre Eva, desde Adán, no como quiere el discurso eclesiástico, sino que lo afirma de manera vergonzosa e impía; sueña que los ángeles se unían con mujeres y engendraban hijos de ellas, y que el Verbo no se encarnó sino que lo pareció. Y es refutado fantaseando dos discursos del Padre, de los cuales el menor apareció a los hombres, o mejor dicho, ni siquiera aquel; pues dice:" Se dice también que el Hijo es Verbo, homónimamente al Verbo paterno, pero este no es ahora el que se hizo carne; ni tampoco el Verbo paterno, sino una potencia de Dios, como una emanación de su Verbo, habiéndose hecho mente, ha recorrido los corazones de los hombres". Y todas estas cosas intenta establecer a partir de ciertos pasajes de la escritura, y desvaría y blasfema otras mil cosas, ya sea él mismo, o algún otro que fingió su persona. Fueron hechas estas blasfemas fantasías suyas en ocho tomos. Y habla sobre las mismas cosas a menudo, y de manera dispersa y confusa, como un loco, presenta los pasajes. El objetivo total resulta ser como interpretaciones del Génesis, del Éxodo, de los Salmos, de las cartas del divino Pablo, y de las católicas, y del Eclesiastés. Fue alumno, como él mismo dice, de Panteno; pero esto es sobre las Hipotiposis. El Pedagogo está trabajado por él en tres tomos, corrector de la moral y la vida. Tiene también de estos un discurso anterior y conjunto, en el cual refuta la impiedad de los helenos. Estos discursos no tienen nada parecido a las Hipotiposis; pues se han establecido libres de las vanas y blasfemas doctrinas, y la expresión es florida y elevada a una magnitud proporcionada junto con lo agradable, y la erudición sobresale. Menciona también al final sobre las imágenes. Los Stromateis son también ellos en ocho discursos, habiendo emprendido la lucha contra los helenos y las herejías, pero de manera dispersa y como no en orden hace también aquí la exposición de los capítulos, y como si devolviera la causa al final del séptimo discurso, dice con estas palabras:" Habiendo sido terminadas estas cosas para nosotros, y habiendo sido bosquejadas, de manera dispersa, como prometimos, y habiendo sembrado las brasas del verdadero conocimiento, de modo que no sea fácil para el que se encuentra con los no iniciados el hallazgo de las cosas santas", y lo siguiente. La causa, pues, de haberlos ordenado de manera dispersa fue esta, como dice. Encontré, sin embargo, en un libro antiguo la misma obra no titulada solo Stromateis, sino completamente así:" De Tito Flavio Clemente, presbítero de Alejandría, de los"
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De la verdadera filosofía, notas gnósticas, libros I, II, III, IV, V, VI, VII y VIII. Pero el primero hasta el séptimo tienen el mismo título y son unitarios en todos los libros. El octavo, sin embargo, es diferente tanto en el título como en el contenido. Pues en algunos se titula¿ Quién es el rico que se salva? y comienza así:« Los que pronuncian discursos encomiásticos...», y a continuación; en otros se titula Estrómate VIII, al igual que los siete anteriores, y comienza:« Pero ni siquiera los más antiguos de los filósofos...», y a continuación. Este libro de los Estrómates en algunos lugares no discurre con rectitud, aunque no ciertamente como las Hipotiposis, sino que incluso combate contra muchas de las cosas allí expuestas. Promete también haber escrito otros tratados no pocos, y de hecho se ha testificado que los ha escrito, sobre la Pascua, sobre el ayuno, sobre la maledicencia, sobre los cánones eclesiásticos, contra los que siguen el error de los judíos, que dedicó a Alejandro, obispo de Jerusalén. Floreció reinando en Roma Severo y su hijo Antonino. Se leyeron dos volúmenes de libros de Clemente de Roma, de los cuales uno se titula Ordenanzas de los apóstoles por Clemente, en el que se contienen también los cánones llamados de los apóstoles en la colección de los cánones sinodales; el otro hace la dedicatoria en forma de carta a Santiago, el hermano del Señor, en el cual se encuentran tanto las llamadas Actas del apóstol Pedro y las discusiones contra Simón el mago, y además el Reconocimiento de Clemente y de su padre y de los otros hermanos, por lo cual también en algunos de los libros el título se inscribe como Reconocimiento de Clemente el Romano. En algunos, como dijimos, se antepone una carta como dirigida a Santiago, el hermano del Señor, y esta tampoco es la misma, ni presentada como si fuera de la misma persona, sino que en algunos libros aparece como enviada por el apóstol Pedro a Santiago, y en otros como de Clemente a Santiago, una y otra, como dijimos antes. Y una declara que Pedro escribió sus propias actas y que, habiéndoselas pedido, se las envió a Santiago; la otra discurre como si Clemente las hubiera escrito por mandato de Pedro, y que, habiendo partido aquel hacia la vida inmortal, Clemente las envió a Santiago. Es posible, pues, conjeturar que se habrían realizado dos ediciones de las Actas de Pedro, y que, habiéndose perdido una con el tiempo, prevaleció la de Clemente; pues en todos los libros que vimos, aunque no eran pocos, después de aquellas diversas cartas y títulos, encontramos la misma obra sin variación, comenzando:« Yo, Clemente...», y lo que sigue. Esta obra está llena de innumerables absurdos y está repleta de blasfemias contra el Hijo según la doctrina de Arrio. Las Ordenanzas, en cambio, parecen estar sujetas solo a tres cosas: una mala formación, que no es difícil de refutar, y que lanza algunos insultos contra el Deuteronomio, lo cual es facilísimo de disolver, y además el arrianismo, que uno podría rechazar incluso con violencia. Sin embargo, el libro de las Actas de Pedro, por su brillantez, su dignidad, y además por su pureza, su vigor, su otra virtud del lenguaje y su erudición, tiene tanta diferencia respecto a las Ordenanzas que los libros ni siquiera pueden compararse entre sí en cuanto a la calidad de los discursos. Este es el Clemente de quien dice el divino Pablo en la carta a los Filipenses:« Junto con Clemente y mis demás colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida». Este escribe también una carta digna de mención a los Corintios, la cual fue considerada digna de aceptación por muchos, hasta el punto de ser leída públicamente. La llamada segunda a los mismos es rechazada como apócrifa, al igual que el diálogo de muchos versos inscrito bajo el nombre de Pedro y Apión. Dicen algunos que este ocupó el episcopado de Roma después de Pedro, otros que el cuarto; pues Lino y Anacleto habrían sido obispos de Roma entre él y Pedro; y que murió en el tercer año de Trajano.
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Se leyó un libro, los llamados Viajes de los apóstoles, en los que se contenían las actas de Pedro, Juan, Andrés, Tomás y Pablo. Los escribe, como declara el mismo libro, Leucio Carino. El estilo es en absoluto irregular y alterado; pues utiliza construcciones y palabras a veces no descuidadas, pero en su mayor parte vulgares y trilladas, y no muestra ni rastro de la expresión fluida y espontánea ni de la gracia innata de allí, según la cual está formado el discurso evangélico y apostólico. Está lleno también de mucha necedad y de lucha y contradicción consigo mismo. Pues dice que el Dios de los judíos es otro y malo, del cual también dice que Simón el mago fue servidor, y que otro es Cristo, a quien llama bueno; y mezclándolo todo y confundiéndolo, lo llama Padre e Hijo. Dice que ni siquiera se hizo hombre verdaderamente, sino que lo pareció, y que apareció muchas veces a los discípulos, joven y anciano y niño, y anciano de nuevo y de nuevo niño, y mayor y menor y grandísimo, de modo que la cabeza llegaba a veces hasta el cielo. Inventa también muchas vaciedades y absurdos sobre la Cruz, y que Cristo no fue crucificado, sino otro en su lugar, y que por esto se burla de los que crucifican. Rechaza los matrimonios legítimos y dice que toda generación es malvada y del malvado. Y asigna a otro como creador de los demonios. Y cuenta prodigios absurdísimos e infantiles sobre resurrecciones de hombres muertos, de bueyes y de otros animales. Parece también dogmatizar contra las imágenes a favor de los iconoclastas en las Actas de Juan. Y, en suma, este libro contiene innumerables cosas infantiles, increíbles, mal formadas, falsas, necias, contradictorias entre sí, impías y ateas; quien dijera que es fuente y madre de toda herejía no se apartaría de lo verosímil. Se leyó un libro anónimo cuyo título es: Discurso contra los judíos y los herejes que están con ellos y los llamados cuartodecimales, que no celebran la fiesta de la santa Pascua en el primer mes según los hebreos. Este discurso es breve, sencillo y carece de jactancia. Dice, sin embargo, que nuestro Señor Jesucristo no comió la Pascua legal el Jueves Santo; pues dice que no era entonces el momento, sino al día siguiente. Y que tampoco comió legalmente lo que comió al día siguiente; pues no comió cordero ni panes sin levadura ni hizo ninguna otra cosa de las que tienen costumbre de observar los que celebran la Pascua legal; sino que dice que comió una cena mística propia, de la cual también repartió pan y copa a los discípulos. Se mencionaba otro discurso de un tal Metrodoro, un cálculo de ciclos de diecinueve años que se repite sobre sí mismo acerca de la fiesta de la santa Pascua. Este Metrodoro, quienquiera que sea( pues no supe qué otra cosa decir sobre él), comenzando desde Diocleciano, reunió 533 años según el llamado cálculo preciso de la decimocuarta luna, días, según parece, festivos; pues ni ahora la Iglesia ni la antigua tradición parecen haber usado estos. Se leyó un libro, en cuanto al nombre del autor, sin título; en el libro, sin embargo, estaba escrito: Tercer discurso sobre la santa fiesta de la Pascua, en ocho tomos. Este libro está escrito con un estilo sencillo y clarísimo, y contiene muchos y buenos pensamientos. Este autor, en el cuarto tomo, hace también refutaciones contra Metrodoro, y se ha fortalecido con testimonios de las Escrituras, y entreteje muchas de las cosas útiles para el Hexamerón, a modo de interpretación, en estos discursos sobre la Pascua. Dedica el discurso a Teodoro, a quien llama amado y hermano. Ha hecho también otros libros anteriormente sobre el mismo tema; pero este es más amplio y muy útil, ya que recorre minuciosamente todo lo útil para el tema. Pues sobre el bisiesto, el mes intercalar, los epactas del sol y los epactas de la luna, los ciclos de diecinueve años y el método para encontrarlos, de manera detallada y clara
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discurre, y sobre los meses y la luna nueva, la semana y los días que hay en ella, qué ciclos se llaman años y cuáles años intercalares, sobre el ciclo de veintiocho años del sol y el de diecinueve de la luna y la misma decimocuarta luna, y sobre los meses lunares y los meses solares, y la luna nueva del mes lunar y solar, el mes lunar normal y el mes preciso, y la enumeración de los años del mundo. Dice este que, durante los otros años de su presencia, nuestro Señor y Dios Cristo celebraba la Pascua legal, pero en el que fue entregado, ya no. Y hay que observar; pues Crisóstomo y la Iglesia dicen que también entonces la celebró legalmente antes de la cena mística. Se leyó un libro a favor de Orígenes y de sus dogmas odiosos a Dios, en cinco tomos. Carecía de nombre del autor, y el estilo no era ni claro ni puro, ni elevado a ninguna otra cosa digna de mención. El autor del escrito presenta como testigos a favor de Orígenes y de sus dogmas a Dionisio de Alejandría, a Demetrio, a Clemente y a otros muchos; sobre todo, se apoya más que en todos los demás en Pánfilo el mártir y en Eusebio, que fue obispo de Cesarea de Palestina. La apología a su favor no es una solución de las acusaciones en su mayor parte, sino una defensa de la acusación; de tal modo que ni siquiera este estaba libre de las blasfemas opiniones de aquel. Pues admite la preexistencia de las almas, reforzando esta necedad con voces de las Escrituras y de los Padres( como él cree), e introduce la asunción de otros cuerpos. Sobre la santa Trinidad, sin embargo, este no dice nada de lo erróneo. Dice también sobre Orígenes que no se equivocó en su opinión sobre la Trinidad, sino que, oponiéndose a la herejía de Sabelio, que entonces se había elevado a un gran mal, y esforzándose por presentar la Trinidad de las personas como clarísima y diferente de muchas maneras, fue llevado más allá de lo debido y hacia lo contrario, de donde pareció haber sido atrapado también por la enfermedad arriana. Sin embargo, sobre sus otros dogmas, en los que no tiene pretexto para atreverse a dar su consentimiento, ni sabe cómo procurarse la causa antes mencionada, introduce mucho esfuerzo para demostrar que o bien fueron dichas por él por causa de ejercicio, o bien fueron insertadas en sus escritos por algunos heterodoxos. Y presenta al mismo Orígenes gritando y afirmando esto; pues dice que él mismo descubrió, incluso estando vivo, esta manipulación contra él. Hay quince capítulos que dice que fueron acusados en vano contra él, los cuales también refuta, haciendo las refutaciones a partir de sus propios escritos en el cuarto tomo, y habiendo llegado al quinto, golpeando estas con testimonios de otros a su favor. Los capítulos son estos: dicen que él ordena no orar al Hijo y que él no es simplemente bueno, y no conocer al Padre como él se conoce a sí mismo; y que las naturalezas racionales se introducen en cuerpos de irracionales, y que hay transmigración, y que el alma del Salvador era la de Adán, y que no hay castigo eterno ni resurrección de la carne, y que la magia no es un mal, y que la astronomía es creadora de lo que sucede, y que el unigénito cesa en su reino, y que los santos vinieron al mundo por caída y no por curación de otros, y que el Padre es invisible para el Hijo, y que los Querubines son conceptos del Hijo, y que la imagen de Dios, en cuanto a aquel de quien es imagen, en cuanto imagen, no es la verdad. Refuta estas, como se ha dicho antes, como dichas falsamente contra Orígenes, y, en cuanto a su esfuerzo, declara al hombre eclesiástico y ortodoxo. Pero no, mi buen amigo, si alguien no fue demostrado impío en todos los modos, no será visto escapando del juicio en aquello en lo que blasfema manifiestamente. Se leyó de Pánfilo el mártir y Eusebio a favor de Orígenes. El libro tiene seis tomos, de los cuales los cinco fueron elaborados por Pánfilo mientras habitaba en la cárcel, estando presente Eusebio, y el sexto, puesto que el mártir, habiendo sido llevado a la muerte por la espada, partió hacia el Dios que anhelaba, es completado por Eusebio. Y otros muchos en aquel tiempo y muy dignos de mención compusieron apologías a su favor. Dicen que Orígenes, en las persecuciones bajo Severo, escribió a Leónidas, su padre, animándolo hacia la carrera del martirio, quien, habiéndola corrido bien, pudo obtener los premios, y que él mismo se apresuraba a desnudarse para el mismo estadio de los combates, y que su madre pudo detener su impulso solo a la fuerza; y esto lo señala él mismo en una carta propia. Dicen que tanto Pánfilo el mártir como otros muchos, quienes se informaron con precisión sobre el hombre a partir de los mismos que habían visto a Orígenes, salió de la vida con un martirio célebre en la misma Cesarea, cuando Decio respiraba crueldad contra los cristianos. Otros dicen que, habiendo durado hasta Galo y Volusiano, y teniendo sesenta y nueve años de edad, murió en Tiro y fue entregado a la sepultura. Este relato es más verdadero, si es que las cartas que se le atribuyen después de la persecución de Decio no tienen falsedad. Dicen que él recorrió y enseñó toda forma de conocimiento. A este Orígenes, pues, a quien dicen que también llamaban Adamancio, porque los argumentos que él ataba se asemejaban a cadenas de diamante, dicen que fue oyente y sucesor de Clemente, el de los Estrómates, y de la escuela eclesiástica de Alejandría; y dicen que Clemente fue oyente de Panteno y sucesor de la escuela, y que Panteno escuchó a los que habían visto a los apóstoles, y no solo eso, sino que también escuchó a algunos de ellos mismos. Dicen que los movimientos contra Orígenes brotaron de allí. Demetrio era obispo de Alejandría, quien tenía a Orígenes en gran estima y lo contaba entre sus más queridos. Pero Orígenes, estando a punto de partir hacia Atenas, sin el consentimiento de su propio obispo, es elevado al presbiterado, lo cual no debía ser. Teotecno era el que manejaba la ley jerárquica en Cesarea de Palestina, el autor de la ordenación de Orígenes, teniendo también el consentimiento de Alejandro de Jerusalén. Por esto, el afecto de Demetrio se convierte en odio y los elogios en reproches, y se reúne un sínodo contra Orígenes de obispos y algunos presbíteros. Este, como dice Pánfilo, vota que Orígenes se traslade de Alejandría, y que no permanezca en ella ni enseñe, pero que de ninguna manera sea removido del honor del presbiterado. Pero Demetrio, junto con algunos obispos egipcios, lo excomulgó también del sacerdocio, habiendo suscrito también la decisión los que habían sido de su mismo parecer. Habiendo sido desterrado Orígenes de Alejandría, Teotecno de Palestina lo recibió gustosamente para que viviera en Cesarea, y le confió toda autoridad para enseñar. Y estas son las causas por las que sucedieron las calumnias contra Orígenes, dice. La apología a favor de Orígenes, como dijimos, la compuso Pánfilo junto con Eusebio mientras estaban encerrados en la cárcel, y la envió a los que sufrían en las minas por Cristo, de los cuales la primicia era Patermucio, quien poco después de la partida de Pánfilo, fue también él perfeccionado en su vida por el fuego junto con otros. Maestro de Pánfilo fue Pierio, quien también presidía la escuela de Alejandría. Mártir fue también Pierio junto con su hermano Isidoro, habiendo sido dignos de las coronas de los atletas, a quienes( como dicen) los piadosos les erigieron templos y casas. El divino Pánfilo era presbítero. Y dicen que él mismo escribió de su propia mano muchas de las explicaciones de Orígenes sobre la divina Escritura. Se leyó un libro de Pierio, presbítero, de quien dicen que también luchó junto con su hermano Isidoro la lucha por Cristo, y que fue guía de los estudios eclesiásticos de Pánfilo el mártir, y que presidió la escuela de
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Alejandría. El libro contenía doce discursos. Es claro y brillante en el estilo y como fluyendo en el discurso, sin mostrar nada rebuscado, sino como si fuera espontáneo, avanzando de manera uniforme, suave y tranquila, y en los entimemas, si es que alguien más, muy fecundo. Declara muchas cosas fuera de las establecidas ahora en la Iglesia, quizás de manera arcaica. Pero sobre el Padre y el Hijo profesa piadosamente, excepto que dice dos esencias y dos naturalezas, usando el nombre de esencia y naturaleza, como es evidente por lo que sigue y precede al pasaje, en lugar de hipóstasis, y no como los que se inclinan hacia Arrio. Sobre el Espíritu, sin embargo, dogmatiza de manera muy peligrosa e impía; pues niega que haya descendido de la gloria del Padre y del Hijo. Tiene un uso en el discurso cuyo título es Sobre el Evangelio según Lucas, a través del cual es posible demostrar que el honor de la imagen es honor del prototipo, o, por el contrario, deshonor. Este insinúa, según la necedad de Orígenes, también la preexistencia de las almas; tiene también en el discurso sobre la Pascua y sobre Oseas sobre los Querubines hechos por Moisés, y sobre la estela de Jacob, en los cuales confiesa la hechura de ellos, pero desvaría que fueron permitidos por razón de economía, como si no fueran nada, como si lo sucedido fuera otra cosa, y no llevara otro tipo de forma, sino que desvaría que solo tenían forma de alas. Este Pierio era presbítero de la iglesia de Alejandría cuando Teonas era el jerarca de ella, cuando Caro y Diocleciano llevaban los cetros de los romanos. Y dicen que llegó a tal punto de laboriosidad, talento y deleite en la conversación ante las multitudes con provecho, que fue llamado nuevo Orígenes; pues Orígenes era entonces uno de los más dignos de mención. Dicen que se ejercitó en dialéctica y retórica, y que fue amante de la templanza y de la pobreza voluntaria. Y unos dicen que terminó su vida con el martirio, otros que después de la persecución pasó el resto del tiempo de su vida en Roma. Se leyó un libro de Ireneo, obispo de Lyon( Lyon está entre los celtas), cinco discursos; cuyo título es Refutación y derribo de la falsa gnosis, esto es, contra las herejías. De los cuales el primero, que discurre sobre Valentín y el error impío según él, comienza como retrocediendo y recorriendo desde arriba desde Simón el mago hasta Taciano, quien, habiendo sido primero discípulo de Justino el mártir, más tarde se deslizó hacia el error de la herejía. Discurre además sobre los llamados propiamente gnósticos y los cainitas, exponiendo sus doctrinas abominables; en los cuales está también el primer discurso. El segundo contiene el derribo de lo que los herejes dogmatizan impíamente. El tercero presenta también testimonios de todo tipo de las Escrituras contra ellos. El cuarto disuelve las dificultades propuestas por los herejes. Y el quinto también, lo que fue dicho y hecho por el Señor mediante parábolas, lo adapta para refutación de las charlatanerías heréticas a partir de lo que queda de su enseñanza salvífica y de las cartas apostólicas. Se conservan muchos y de todo tipo otros escritos y cartas del divino Ireneo, aunque en algunos de ellos la precisión de la verdad según los dogmas eclesiásticos está adulterada con razonamientos apócrifos, los cuales hay que señalar. Dicen que este fue discípulo de Policarpo, el santo mártir y obispo de Esmirna, y presbítero de Potino, de quien también se convirtió en sucesor del episcopado de Lyon. Víctor, por cierto, era obispo de Roma en aquel tiempo, a quien también escribe muchas veces, exhortando a no excomulgar a algunos de la Iglesia por causa de la discrepancia sobre la Pascua. Se leyó un librito de Hipólito; Hipólito era discípulo de Ireneo. El tratado era contra 32 herejías, comenzando por los dositeanos, y discurriendo hasta Noeto y los noetianos. Dice que estas fueron sometidas a refutaciones cuando Ireneo hablaba, de las cuales Hipólito, haciendo un resumen, dice que compuso este
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libro. El estilo es claro, digno y sencillo, aunque no se vuelve hacia el estilo ático. Dice algunas otras cosas que carecen de precisión, y que la carta a los Hebreos no es del apóstol Pablo. Se dice que este también conversaba con el pueblo a imitación de Orígenes, de quien era muy habitual y amante de sus discursos, hasta el punto de exhortarlo a comentar la divina Escritura, habiéndole instalado siete taquígrafos y otros tantos escribiendo con belleza, de los cuales él mismo era el proveedor de los gastos. Y sirviéndole en esto, le exigía el trabajo sin falta, de donde también fue llamado capataz en una de las cartas de Orígenes. Se dice que este también escribió muchísimas cosas. Se leyó de Epifanio, el santísimo obispo, los Panaria. En tres volúmenes, siete tomos, y contra ochenta herejías. Comienza desde el Barbarismo y desciende hasta los mesalianos. Es más amplio y útil que todos los que antes de él pusieron esfuerzos contra las herejías, porque lo que fue dicho por aquellos teniendo lo útil, este no lo ha dejado, y si pudo encontrar algo más, lo añadió. El estilo es humilde y, como es natural, carece de ejercicio en la educación ática. Es débil en su mayor parte también en los enfrentamientos contra las herejías impías; en algunos lugares, sin embargo, sobresale en las intuiciones, aunque el estilo de las palabras y de la construcción no mejora en nada su peculiaridad. Se leyó del mismo el Ancoratus, que es como un resumen de los Panaria. Se leyó del mismo. Se leyó de Justino el mártir la apología a favor de los cristianos y contra los griegos y contra los judíos, y además otro tratado suyo contra el primero y segundo de la Física, esto es, contra la forma, la materia y la privación, discursos argumentativos, violentos y útiles, y contra el quinto cuerpo igualmente y contra el movimiento eterno, que Aristóteles engendró con agudeza de razonamientos, y además soluciones capitulares de dificultades contra la piedad. El hombre es un experto en la filosofía, tanto en la nuestra como sobre todo en la externa, y está desbordado por la erudición y la riqueza de las historias; pero no tuvo interés en adornar con artes retóricas la belleza innata de su filosofía. Por eso sus discursos, siendo por lo demás poderosos y conservando el carácter científico, no destilan los encantos de allí, ni atraen a la mayoría de los oyentes con lo persuasivo y seductor. Compuso cuatro tratados contra los gentiles, de los cuales el primero lo entregó a Antonino, llamado Pío, y a sus hijos y al senado, el segundo igualmente a los sucesores de aquel. En el tercero discurre sobre la naturaleza de los demonios. El cuarto discurso suyo, compuesto igualmente contra los gentiles, tiene el título de Refutación. Tiene también el discurso sobre la monarquía de Dios, y el titulado Salterio, y ciertamente contra Marción, discursos necesarios, y la obra útil contra todas las herejías. Este fue hijo de Prisco de Baquio, y tenía por patria Neápolis, que estaba bajo la provincia de Palestina, y tuvo sus estancias en Roma, filosofando tanto con los discursos como con la vida y el hábito. Siendo un amante ardiente de la piedad, tuvo a un tal Crescente, uno de los llamados cínicos, que se oponía a él tanto en la vida como en la religión. Por quien, habiendo sido tramado, dispuso la conspiración dignamente según la elección de toda su vida; pues habiendo establecido esto como motivo de martirio, aceptó brillante y alegremente la muerte por Cristo. Se leyó un librito en el que se mencionaban dos cartas de Clemente a los Corintios, de las cuales la primera los lleva por causa de sediciones, disturbios y cismas, habiendo roto la paz y concordia que les correspondía, y los exhorta a cesar del mal. Es sencillo en el estilo y claro y cercano al carácter eclesiástico y sin complicaciones. Se le podría reprochar en estas que supone que existen algunos mundos fuera del Océano, y segundo quizás que usa como ejemplo verdaderísimo el ave fénix, y tercero que, llamando a nuestro Señor Jesucristo sumo sacerdote y protector, no dejó las voces dignas de Dios y más elevadas sobre él; sin embargo, no lo blasfema de ninguna manera abiertamente en estas. La segunda, también ella, introduce amonestación y exhortación a una vida mejor, y al principio proclama a Cristo Dios, excepto que introduce algunas expresiones extrañas como si fueran de la divina Escritura; de las cuales ni la primera estaba totalmente libre. Y tiene interpretaciones extrañas de algunas expresiones. Por lo demás, los pensamientos en ellas eran algo dispersos y no mantenían una secuencia continua. En el mismo librito se leyó también la carta de Policarpo a los Filipenses, llena de mucha amonestación con claridad y sencillez según el tipo eclesiástico de interpretación. Dice también que les ha enviado las cartas de Ignacio el portador de Dios, y pide ser informado por ellos si oyeron algo sobre él.
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Se leyó de Eusebio de Pánfilo la tetralogía encomiástica al gran emperador Constantino, en la que se contiene tanto la otra conducta del hombre comenzando desde su primera edad, como cuantas acciones contribuyen a la historia eclesiástica, hasta que dejó la vida, extendida hasta el sexagésimo cuarto año. Es, pues, también aquí semejante a sí mismo en el estilo, excepto que el discurso ha sido forzado un poco hacia lo más brillante, y las palabras han sido captadas en algunos lugares hacia lo más florido; sin embargo, no se manifiesta gran placer y gracia en la interpretación, como tampoco en los otros. Extiende en esta su tetralogía muchísimos pasajes de toda su historia eclesiástica de diez libros. Dice, pues, él mismo que el gran Constantino fue bautizado en Nicomedia, posponiendo hasta entonces el baño, como si tuviera el deseo de recibir el baño en el Jordán. Quién fue el que bautizó, no lo aclara. Sobre la herejía arriana, sin embargo, no anuncia nada claro, ni si se aferraba a aquella opinión, ni que haya cambiado, ni siquiera que Arrio pensara mal o bien, aunque teniendo necesidad de hacer mención de esto, ya que la reunión de las acciones del gran Constantino ocupa una gran parte, y aquella exige a su vez la historia más detallada sobre esto. Pero dice que surgió una sedición entre Arrio y Alejandro, llamando así a la herejía y ocultándola, y que el emperador amado por Dios se dolió mucho por la sedición, y se esforzó mediante cartas y mediante Osio, que era obispo de Córdoba, unir en amistad y concordia a los que estaban en sedición, dejando la disputa entre ellos y tales cuestiones, y como no convencía, reunir un sínodo de todas partes y disolver la disputa surgida en paz. No se registra, sin embargo, con precisión y claridad. Así pues, como si estuviera avergonzado y no quisiera publicar a Arrio, la decisión emitida por el sínodo contra él y la justa expulsión de los que fueron impíos con él y fueron expulsados con él, y además ni siquiera la justa destrucción de Arrio que todo ojo vio por parte de Dios, no llevando nada de esto a la luz, pasó por alto la historia sobre el sínodo y lo que se hizo en él y sobre él. Por eso, cuando iba a contar sobre el divino Eustacio, ni menciona el nombre, ni cuantas cosas se atrevieron contra él y se llevaron a cabo, sino que lo lleva a sedición y disturbio, y añade que esto se calmó, habiéndose reunido obispos en Antioquía por el esfuerzo y cooperación del emperador, y habiendo transformado lo que estaba en sedición y disturbio hacia la paz. Igualmente también en lo que el muy sufrido Atanasio fue tramado, habiendo dirigido la historia hacia esto, dice que Alejandría se llenó de nuevo de sedición y disturbio, y que esto se calmó por la presencia de los obispos y la imperial
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lo que es necesario, lo entremezcla en sus propios escritos, a veces incluso ejerciendo funciones sacerdotales. Se conservan de él escritos variados y numerosos; pues es posible encontrar discursos suyos de carácter ficticio, panegíricos, monodias, epitalamios, antirréticos y otros similares. Floreció en los tiempos de Justiniano. Fue discípulo del retórico Procopio, uno de los mejores, aunque no del de Cesarea, quien, tras haber compuesto las crónicas históricas como un gran tesoro y beneficio para aquel tiempo, dejó una gloria imperecedera de sí mismo para los más estudiosos; sino que frecuentó a otro en la misma patria, a quien también le tocó ejercer la sofística, el cual, habiendo llegado a la vejez, se complacía en ver a su discípulo explicando en su lugar en la escuela. De este se conservan discursos numerosos y de todo tipo, un material digno de celo y emulación, y, en efecto, un libro entero, traducciones de versos homéricos transformadas en variadas formas de discurso, las cuales son capaces de anunciar sobre todo el poder y el estudio del hombre en la retórica; de quien, en la medida en que es posible a un discípulo, Coricio se convirtió en imitador en sus discursos. Ambos eran piadosos, y en muchas partes de sus discursos, no de manera secundaria, tratan sobre la sagrada iconografía. La muerte del maestro fue también para Coricio motivo de un epitafio. Se leyeron diversas selecciones en doce libros del sofista Sópatro. El libro ha sido recopilado por él a partir de muchas y diversas historias y escritos. El primero, pues, trata sobre los dioses mitificados entre los helenos; lo cual ha sido recopilado del tercer libro de Apolodoro sobre los dioses( Apolodoro era ateniense y gramático de profesión). La selección no ha sido hecha por él solo del tercer libro, sino también del cuarto, quinto y noveno, y de nuevo del primero y duodécimo, decimoquinto y decimosexto, y hasta el vigesimocuarto. En cuya colección ha incluido tanto lo que se ha fabulado míticamente sobre los dioses, como si algo se ha dicho según la historia, y sobre los héroes entre ellos y los Dioscuros, y sobre los que están en el Hades, y todo lo semejante. Además, el libro también ha sido recopilado por él del segundo libro de Juba sobre la pintura, y ciertamente de los Deipnosofistas de Ateneo de Naucratis. Y el primer discurso fue reunido de estos y comprende lo siguiente. El segundo, de los epítomes de Pánfila de Soteridas, del primer libro y sucesivamente hasta el décimo, y de las narraciones de Artemón de Magnesia sobre las mujeres que se distinguieron por su virtud, además de las sentencias de Diógenes el Cínico, y ciertamente de otros diversos, pero también del octavo libro de Safo; en los cuales se encuentra el segundo libro de las colecciones. El tercer discurso es recopilado por él de la materia variada de Favorino, y del libro vigésimo, vigesimoprimero y sucesivamente, excepto el vigésimo, hasta el vigesimocuarto. En los cuales hay diversas historias y etimologías de las posiciones según los nombres y otras cosas similares; en las cuales concluye su tercer discurso. El cuarto discurso fue reunido de un libro suyo sin título( el libro solo se titula Colección de maravillas) y de los comentarios misceláneos de Aristóxeno, no de todos, sino solo del decimosexto discurso, y del octavo libro de la historia dramática de Rufo; en los cuales es posible encontrar cosas paradójicas e increíbles, y diversas acciones, discursos y costumbres de trágicos y cómicos, y otras cosas similares. Pero en estos termina el cuarto. El quinto está compuesto por él del primer, segundo y tercer libro de la historia musical de Rufo, en el cual encontrarás una historia variada de trágicos y cómicos, y no solo eso, sino también una narración de ditirambistas, flautistas y citaredos, de cantos epitalámicos, himeneos e hiporquemas, sobre los bailarines y los otros que competían en los teatros helénicos, de dónde y cómo aquellos que alcanzaron gran gloria entre ellos llegaron a serlo, ya fueran hombres o si se adjudicaron la naturaleza femenina; quiénes fueron reconocidos como iniciadores de qué costumbres, y de estos quiénes fueron amantes y amigos de tiranos o reyes
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llegaron a serlo; no obstante, también quiénes fueron los certámenes y de dónde, en los cuales cada uno demostraba los asuntos de su arte. Y también sobre las fiestas, cuantas eran públicas para los atenienses. Todo esto, y si algo es semejante, te lo presentará el quinto discurso al leerlo. El sexto discurso fue recopilado por él del quinto y cuarto libro de la misma obra musical de Rufo. Contiene una narración de flautistas y piezas para flauta, tanto cuántos hombres tocaron la flauta como también mujeres. Y Homero, Hesíodo y Antimaco, los poetas, son parte de la narración, y la mayoría de los otros que son referidos a este género de poetas. Además, también escribe sobre mujeres adivinas, quiénes eran y de dónde las llamadas Sibilas, y esto como de parte de Rufo. Está compuesto también por él del segundo libro de los discursos sobre la pesca de Damóstrato, y del primer, quinto, noveno y décimo libro de las vidas de los filósofos de Diógenes Laercio, en los cuales expone lo relativo a los filósofos, de dónde tuvo su origen la sagrada materia de la filosofía, y cómo floreció, quiénes se convirtieron en jefes y líderes de qué escuelas, a quiénes tuvieron como amantes y quiénes como rivales, qué carácter demostraba cada uno de ellos, de dónde extraía su linaje, cuál era su ocupación desde el principio y en qué tiempo floreció. Y sobre los retóricos y la retórica es posible obtener cosas semejantes de allí. Además, el mismo discurso está compuesto de los escritos de Elio Dio sobre Alejandría, y de los Egipciacos de Helánico, a través de los cuales, habiendo recopilado muchas cosas míticas y ficticias y otras diversas, llegarás al final del sexto discurso. El séptimo discurso está adornado con la historia de Heródoto. El octavo consiste en selecciones de cierto tomo antiguo, y el libro mismo resulta no tener inscrito al que lo reunió; en los cuales enumera a las mujeres que se elevaron a gran gloria y nombre, y las obras de algunos hombres, y sobre la convivencia en la educación de los discursos, la virtud de la amistad y las sentencias de los estudiosos. Está compuesto también por él de los escritos de Plutarco sobre cómo debe el joven escuchar los poemas, sobre la naturaleza y los trabajos, y cómo muchos a menudo corrigieron con trabajo una naturaleza que no se comportaba bien, mientras que otros arruinaron una que estaba bien por negligencia, y cómo algunos en su juventud parecían lentos y poco inteligentes ante todos, pero al llegar a la madurez su naturaleza resplandeció hacia la rapidez y la inteligencia. Y del discurso sobre la timidez, sobre la locuacidad y sobre la ira, y de cómo alguien podría ser beneficiado por sus enemigos, y sobre la alegría, y de sus preceptos políticos, sobre la riqueza y cómo alguien podría darse cuenta de que ha progresado hacia la virtud, y de sus preceptos higiénicos y matrimoniales. En los cuales es posible encontrar muchísimas cosas dignas de memoria, discursos y obras, y que te sirven para muchas cosas. Esto es lo que contiene el octavo discurso. Y ciertamente el noveno fue abreviado por él de manera similar de los escritos de Plutarco, del discurso sobre que los dioses castigan tardíamente, y ciertamente de la vida de Demetrio y de Bruto el Romano, y del discurso que está inscrito como suyo: Sentencias de hombres ilustres, del libro sobre los ríos, y cómo alguien podría distinguir al adulador del amigo, y ciertamente del libro de la vida de Crates, de Difanto y de Píndaro, y del libro que está inscrito como suyo: Sentencias de reyes y generales, junto con los de sus Simposíacos, desde el primero y sucesivamente hasta el octavo. Y de los escritos de Plutarco, de estos. Ha sido recopilado también de la historia romana de Rufo, del primer, segundo, tercer y cuarto libro, en los cuales es posible encontrar muchas cosas dignas de mención, aunque algunas de ellas caen en mitos y largas tonterías. Pero hasta aquí el noveno. El décimo fue reunido de la obra de Cefalión sobre la historia, que trata sobre los asuntos de Alejandro, y ciertamente de los escritos de Apolonio el Estoico, sobre cuántas mujeres filosofaron o realizaron alguna otra cosa ilustre, y por las cuales las casas se unieron en benevolencia, y de las tradiciones macedonias de Teágenes, y de las vidas de Nicias y Alcibíades de Plutarco, Temístocles
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y Teseo y Licurgo, Solón y Alejandro de Filipo, de las vidas de Cimón y Lisandro, Demóstenes y Pericles, Pelópidas, Foción y Arístides, de los cuales la mayoría son dignos de narración y memoria. Pero en estos termina el décimo. El undécimo tuvo su colección de manera similar de las vidas que Plutarco compuso de Epaminondas, Dión, Agesilao, Agis y Cleómenes, Eumenes de Cardia, Filopemen, Timoleón y Arato, quien, habiéndose convertido en demagogo de los aqueos, fue estratego entre ellos diecisiete veces, realizando grandes obras como estratego. Sí, ciertamente del libro de la vida de Pirro de Epiro, pero también de los libros primero y segundo de Aristófanes el gramático sobre los animales, y del decimoséptimo discurso de la historia teatral del rey Juba. Así pues, el undécimo. El duodécimo discurso fue reunido por él de otras cosas diversas, y de la lista de pintores y escultores de Calíxeno, y de los escritos de Aristónico sobre el Museo de Alejandría, y de las constituciones de Aristóteles, me refiero a las de los tesalios, aqueos, parios, licios y ceos, y de las que él trata simplemente en sus obras políticas, cuyo provecho no es oculto. Pero en estos termina el trabajo de las colecciones de Sópatro, el duodécimo. Este trabajo proporciona mucha utilidad a los que lo leen. Pues aunque no esté libre de mitos, monstruosidades, falsedades e incredulidades, como he dicho muchas veces, sin embargo, en lo que contribuye a la polimatía de manera fácil, y es posible cosechar muchísimas cosas para la virtud y la nobleza, y para la retórica y la sofística( como él mismo escribe en el proemio a sus compañeros) no aporta una inclinación menor, se ha vuelto suficiente para la utilidad. Su estilo es variado y no de una sola forma, aunque a través de todo el texto caminaba hacia la claridad. Se leyó de cierto Eusebio( obispo era el cargo y ortodoxo en la fe) diez discursos escritos contra cierto Andrés, un recluso, tomando la causa del mencionado recluso. Pues este escribió una carta a Eusebio( llama a la carta un escrito para ser leído de paso), llamándolo con juramentos a la lectura de esta; la cual, habiendo leído Eusebio, primero reprende al hombre, acusándolo a la vez de ignorancia y audacia, y demostrando que incluso en las sílabas mismas tropieza, y que, no habiendo podido decir ni un verso sin solecismos, se levantó para escribir, olvidándose de la profesión y de la tranquilidad en la ascesis. Luego refuta su pensamiento herético a través de muchos argumentos; pues resultaba ser de los llamados de la mala opinión de los que tienen la de los Afartodocetas. Y primero demuestra que él rinde cuentas porque, habiendo tomado el nombre de corrupción como de un solo significado, piensa que se aplica solo al pecado, mientras que nuestros santos padres, a través de cuyas voces se sirvieron, han transmitido que este nombre se aplica a diversas cosas. Segundo: que se atrevió a declarar que el cuerpo del Señor es inmortal, impasible e incorruptible desde la misma unión, como Juliano, aunque insistiendo en la misma carta que tal trabajo fue elaborado por él contra Severo y Juliano, ya que ellos no soportaban decir dos naturalezas o dos sustancias en Cristo, ni dos propiedades, ni dos energías. Tercero: que antes de la transgresión no dice que el cuerpo de Adán fue formado ni mortal ni corruptible por naturaleza, para que a partir de esto le encajara en el camino que también el cuerpo de Cristo, desde la misma unión, asumió un cuerpo incorruptible e impasible, siendo necesario pensar y decir que el cuerpo de Adán era mortal por naturaleza y pasible, pero que por gracia divina se mantenía inmortal e impasible, hasta que la transgresión lo despojó de la custodia. Pues así también el coro de los santos declara. Cuarto: que dice que el presente mundo es incorruptible e indestructible, siendo necesario saber que es corruptible y alterable. Y otros capítulos junto con estos, el obispo, habiendo refutado los que contenía la primera respuesta, unos de manera oscura y otros
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de manera blasfema, exhortó a Andrés a corregirse. Pero él, habiendo recibido la exhortación a la corrección, se inclinó hacia lo peor y compuso un segundo libro, en el cual consolida más ampliamente lo que había escrito anteriormente y( como él piensa) mediante demostraciones. Contra el cual, el piadoso Eusebio compone el mencionado decálogo, a través del cual lo refuta como alguien que no se complació con el límite de la fe que los santos concilios expusieron, sino que audazmente compuso una exposición de fe propia; luego también porque, habiendo arrancado y falsificado muchos dichos de los santos, los forzó hacia su propia opinión, y porque se opone tanto a la nueva como a la antigua escritura y a nuestros santos padres al glorificar el mundo como incorruptible e indestructible. Además, también porque dice que la alteración, la transmutación y el flujo son censurables como las pasiones que provienen de la maldad, y ciertamente por esto también que nuestro Señor Jesucristo asumió un cuerpo inalterable, impasible, incorruptible e inmutable. Y de nuevo lo refuta por haber dicho que el mundo es eterno, incorruptible e ingénito, y por no admitir la llamada transmutación hacia su eternidad, ya que también esta es dogmatizada por él como una de las pasiones censurables. Y porque dice que el cuerpo de Adán fue formado incorruptible, inmortal por naturaleza e impasible, y no solo esto, sino que también el polvo mismo era incorruptible, del cual fue formado el cuerpo. De nuevo lo refuta por haber tomado el nombre de corrupción como de un solo significado, en lo cual también demuestra que Dios no es creador ni de la corrupción, ni de la muerte, ni de la pasión según la maldad, ni tampoco de ninguno de estos pensamientos pecaminosos, aunque sea creador de las sustancias corruptibles y mortales; pues aquellas son de las cosas inexistentes y que no tienen subsistencia por sí mismas. Además, lo refuta por declarar que el cuerpo del Señor es impasible, incorruptible e inalterable desde la misma unión; lo cual, para establecerlo, como pensó, demuestra que él también pronunció el otro absurdo sobre el mundo y Adán. Eusebio demuestra al mismo tiempo en qué cosas y cuántos significados acepta la divina escritura el nombre de corrupción, catacorrupción y ciertamente de dia- corrupción, y dice que se aplica a las pasiones naturales e incensurables y a las que provienen del esfuerzo, el cansancio y la vejez; pues la vejez es corrupción de la juventud, y los esfuerzos y cansancios lo son del tono corporal, además se aplica a la humillación del cuerpo en la ascesis y en los combates espirituales; pues dice el apóstol: Aunque nuestro hombre exterior se corrompe, el interior se renueva, y lo que sigue. Dice que también se aplica a la humillación o consunción que se produce en el cuerpo por ciertos tormentos y castigos; además, también al daño que se produce en los animales, semillas y plantas, tanto parcial como general. No obstante, también que el nombre se aplica a la muerte misma, y además, aparte de los mencionados, a la disolución y flujo de los cuerpos que ocurre en las tumbas; pero también, más allá de esto, a la pasión según la maldad, es decir, a los pecados. Pudiendo, pues, tomarse la corrupción, catacorrupción y dia- corrupción de tantas maneras, demuestra que Andrés se equivocó razonablemente al haberse servido de las palabras con un solo significado. Presenta las demostraciones según las refutaciones tanto de la divina escritura antigua como nueva, y de los padres selectos Atanasio y los tres Gregorios, digo el Taumaturgo, el Teólogo y el divino de Nisa, Basilio de Cesarea y Juan Crisóstomo, Cirilo de Alejandría y Proclo de Constantinopla, pero ciertamente también Metodio el hieromártir y Codrato; de algunos de los cuales Andrés, habiendo arrancado y falsificado ciertos dichos, y habiendo interpretado otros de manera maliciosa o insensata, fortaleció desde allí( como pensaba) su propio error. Pero por todas las cosas mencionadas, paga cuentas a Eusebio, me refiero a la falsificación y malicia o incluso insensatez, y porque, habiendo seleccionado ciertos dichos de los herejes, se atrevió a atribuirlos a nuestros santos padres.
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Sobre esto demuestra que él, por lo que desvariaba, glorificaba que nuestro Señor Jesucristo, no habiendo sido alterado a través de la resurrección de la corrupción a la incorrupción, es igualmente impasible según la humanidad como lo es impasible también según la divinidad. Y que se atrevió a llamar blasfemos a los que piensan y dicen que nuestro Señor Jesucristo vivió en el mundo con un cuerpo mortal y pasible, él mismo, sin sonrojarse después de la victoria sobre las pasiones, la muerte y la abolición de la corrupción, fabular que el cuerpo del Señor es pasible, y el corruptólatra, al insultar a los ortodoxos, no se da cuenta de que él mismo, a través de lo que dice, es refutado como un verdadero pasiólatra. Desde allí presenta de nuevo voces patrísticas, y demuestra que el cuerpo del Señor era pasible, mortal y, según esto, corruptible hasta su gloriosa resurrección, y desde allí, a través de ella, transformado hacia la inmortalidad e impasibilidad. Dice que Andrés desvaría al llamar corruptólatra a los ortodoxos; pues tal apelación es adecuada y propia para Arrio, Aecio, Eunomio, Apolinar y Nestorio, pero no para los piadosos. Dogmatiza también esto, que nuestro Señor y Dios asumió las pasiones naturales e incensurables como creador de la naturaleza( las cuales ni siquiera propiamente se llamarían pasiones, sino obras de la naturaleza), pero que era totalmente incapaz de las pasiones propiamente dichas, es decir, de las que provienen de la maldad; y que no como antes de la resurrección comía y bebía, así también después de la resurrección comió y bebió con los discípulos, sino que lo primero lo hacía por ley de la naturaleza, recuperando y manteniendo la carne que fluye mediante la comida y la bebida como algo real, mientras que lo segundo lo realizó de manera sobrenatural por economía, para asegurar a los discípulos, y a través de ellos a todos los fieles, que el cuerpo que sufrió y fue crucificado resucitó, y no otro distinto a aquel, aunque fue transmutado hacia la incorrupción e impasibilidad. Habiendo dogmatizado esto con amor a Dios, pone fin al decálogo. Es claro y sencillo en su estilo, usando pureza y, donde sea necesario, claridad. Se leyó la colección de ocupaciones agrícolas de Vindanio Anatolio de Beirut. El libro ha sido reunido por él de los escritos de Demócrito, Africano, Tarentino, Apuleyo, Florentino, Valente, León y Pánfilo, y ciertamente de las paradojas de Diofante; el libro consta de doce tomos. El libro es útil, como vimos por la experiencia misma en muchas cosas, para los trabajos en la tierra y las labores agrícolas, y casi más útil que los otros que abordaron la misma materia que él. Sin embargo, este libro tiene también algunas cosas monstruosas, increíbles y llenas del error helénico, que el piadoso agricultor debe evitar al recoger las cosas útiles de los restantes. Y los otros que escribieron sobre las materias agrícolas casi declaran lo mismo sobre las mismas cosas, hasta donde yo sé, y no discrepan en muchas cosas; en las cuales han discrepado, se prefiere la experiencia de León sobre las de los otros. Se leyó el libro de Galeno sobre las sectas. Trata sobre las sectas que han tenido su constitución según la medicina, y dice que se han constituido tres sectas generales según la medicina, la llamada lógica, a la cual también llama dogmática y además analítica, la segunda la llamada empírica, que también se llama observadora y memorística, y la tercera la metódica. Estas difieren entre sí en otras cosas y en el modo de descubrimiento. Pues el dogmático, habiendo usado la razón y descubriendo los métodos de la medicina, constituye el arte, mientras que el empírico ya no usa la razón, sino la experiencia y la observación; y el metódico, prometiendo usar tanto la razón como la experiencia, pero no usando precisamente ninguna de las dos, razonablemente diferirá de ambas. El presente libro se divide en tres partes. Y en la primera escribe la constitución de la empírica y la dogmática, en la cual enseña también cuál es la esencia de cada una; en la segunda introduce a las dos sectas que disputan entre sí y compiten por la primacía; y en
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la tercera parte introduce la llamada metódica que lucha contra las dos mencionadas, y aquellas contra esta, proponiendo cada una de las tres sus propios derechos y esforzándose por la victoria sobre las restantes. En las cuales se completa también la tercera parte. Es claro que este libro debe ser antepuesto a todas las lecturas sobre la medicina, si es que se debe aprender cuál es la mejor secta de todas, para luego usarla. El libro no sería propiamente médico, sino que ocupa el lugar de un proemio y está más dedicado a la filosofía. Es claro que, al menos en cuanto a dicción y sintaxis, es puro y claro. Pues Galeno es cuidadoso en todas estas cosas, aunque en muchos de sus escritos, cargando los libros con inoportunidades, digresiones y la longitud de los periodos, confunde y oscurece el sentido de lo escrito, interrumpiendo la conexión y llevando al oyente a la desidia a través de la larga tontería; de las cuales, por el momento, el presente libro está libre. Se leyeron los ejercicios y otros discursos diversos del sofista Himerio, de los cuales dos son deliberativos y tres ejercicios judiciales; de estos también se exponen preteorías. Y de los deliberativos, el primero lo diseña para Hipérides, deliberando supuestamente a favor de Demóstenes, y el segundo para el mismo Demóstenes, configurando la deliberación a favor de Esquines. Los otros tres, uno se diseña contra Epicuro como si estuviera huyendo de una acusación de impiedad, el segundo contra un hombre rico que vació toda la casa de un pobre con dramas abominables, e introduce al mismo pobre disputando. El tercero presenta a Temístocles contradiciendo al rey de los persas, cuando aquel proponía promesas a favor de la disolución de la guerra. Estos discursos suyos demuestran de alguna manera su virtud en los discursos y lo floreciente de sus pensamientos, y cómo fueron ejercitados más que los de otros; pues abunda en perífrasis según el celo de Demóstenes, y se varía con lo poliesquemático, y mezcla bien los discursos con las ideas, elevándose más con lo grande. Y usa una dicción que, en cuanto al tipo y a la significación y énfasis por sí misma, no carece de claridad. El hecho de que las soluciones mismas de los nombres sean en su mayoría extrañas, agrada al oído, pero no proporciona la comprensión por igual a la mayoría. Es claro y con los rasgos de la claridad. Usando, como dije, la perífrasis, parece haberla usado también según la etiología; sin embargo, devolviendo la claridad a los esquemas rápidos, limpia la oscuridad que de allí proviene. Y también usa el hipérbaton y el tropo, aunque en menor medida que la perífrasis, sin embargo, aquí los usa mucho y con ingenio. Y es intenso en estos y rápido, donde sea necesario. Pero en los discursos mencionados es tal. A continuación de estos coloca el Polemárquico, que es un elogio de los que cayeron en la batalla por la libertad contra los persas y un elogio de la guerra. Después del cual está el Areopagítico o también el libertador de Rufino, su propio hijo; este no es ficticio, ni el siguiente, la monodía por el mismo hijo fallecido. Luego un epitalamio para su compañero Severo; tampoco este es, está claro, de los ficticios; de este también establece de antemano una teoría. Sobre los cuales Diógenes o el propeptico; este también se enorgullece de una preteoría, y ciertamente se diseña como un diálogo. Luego el de despedida para los compañeros, cuando salía hacia Corinto. De nuevo el propeptico para Flaviano, promovido a cónsul de Asia. A continuación para los recién llegados del entorno de Pisón. De nuevo el propeptico o Diógenes. Y un discurso improvisado a continuación sobre la sedición ocurrida en la escuela, y sobre la llegada de los chipriotas, y sobre el primero que lo escuchó desde Capadocia. Luego una demostración, cuando, siendo solicitado a hablar, se disculpó y habló sobre esto mismo, que las cosas bellas son raras. Y también para Musonio, el procónsul de Grecia, y para Severo, recién llegado a la sinplegade, luego una charla también para el conde Ursacio, y para otro Severo, y para Scylacio, procónsul de Grecia, y para los recién llegados efesios y
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Los misios y los ciudadanos de León. Luego, a los compañeros de la patria, y al conde ateniense, y a Privato el romano que educaba al hijo de Ampelio el procónsul, y también al regreso de Corinto, y a Febo, hijo de Alejandro el procónsul, y a Arcadio el médico y conde, y un discurso de despedida a los compañeros que llegaron, y uno de despedida a Flaviano, y un epitalamio pronunciado para Panatenayo. Luego, una charla, otra charla, y una disertación en Filipos, cuando partía llamado por el emperador Juliano; luego, una pronunciada en Constantinopla para la ciudad misma y para el emperador Juliano, y para el rito de Mitra. Disertación para Salustio el prefecto, de la cual hay también una teoría. De nuevo para Flaviano el procónsul, y para el cumpleaños del compañero, y una charla para la salud del compañero. Además, para los que conspiran, y para el procónsul Basilio, y de nuevo para el mismo Basilio, para Hermógenes el procónsul de Grecia, y para Ploquiano el procónsul, de nuevo para Ampelio el procónsul, y para el procónsul de Grecia Pretextato y los compañeros. Luego, ante el emperador Juliano cuando estaba a punto de partir, luego en Nicomedia, instado por el gobernador de allí, Pompeyano. Después de este, el dirigido a los recién llegados; luego, a un recién llegado; sobre estos, el dirigido a Zenón el compañero, y después de él, a Afobio el recién llegado, y al que vino del oráculo de Poseidón, y a los que llegaron de Jonia, y a los huéspedes jonios, y un discurso improvisado a los compañeros, y el que publicó para un compañero constantinopolitano. Una disertación entre los compañeros después del regreso de la patria, y una disertación improvisada sobre su propia estancia. Y una reprimenda a los que escuchaban los discursos con desidia, y un discurso improvisado para algunos de los estudiantes que parecían rebelarse, y para los que estaban con Cutiano, que escucharon de forma desordenada cuando pronunció el discurso. Y una exhortación sobre la necesidad de acoger la variedad en los discursos, y la disertación después de la curación de la herida. Luego, el discurso después del regreso de Corinto, para el despacho y los compañeros, y para la ciudad de los lacedemonios, cuando, obedeciendo a un sueño, fue a orar al dios Amicleo. Y que no se debe anunciar todo públicamente en las audiciones, y una charla sobre que se debe estar en los gimnasios, y una charla publicada en Corinto. Creo que estos son los únicos discursos del sofista Himerio, que son unos setenta, los que tu laboriosidad ha leído ante nosotros. En todos ellos, manteniendo el mismo tipo de dicción y la misma figura, usando la perífrasis y el tropo, aunque el uso y la apropiación del tropo con ingenio no engendraron saciedad; y, según mi conocimiento, nadie( creo) que haya usado el tropo de esta manera ha salido tan bien y tan agradablemente. Sus escritos están llenos de ejemplos de la historia y de mitos de todo tipo, ya sea para demostración, para semejanza o para el placer y la belleza de lo que dice, dirigiendo el discurso hacia esto y variándolo. Y los proemios y los epílogos, y a veces incluso los que son como certámenes, se preparan a partir de estos. También ha hecho un gran uso de la prefiguración. Pero, siendo tal en los discursos, es impío( como es evidente) en la religión, aunque imita a los perros callejeros ladrando contra nosotros. Floreció bajo Constancio y el impío Juliano, y presidió la escuela de retórica en Atenas. Se leyeron los 24 libros de las cosas increíbles más allá de Tule de Antonio Diógenes. Los libros son dramáticos, la frase es clara y tan pura que apenas necesita claridad, y solo en las desviaciones de las narraciones. En cuanto a las ideas, tiene mucho de agradable, ya que se acerca a los mitos y a las cosas increíbles en una ficción y preparación muy persuasiva, haciendo de la materia de las narraciones algo para sí misma. Se introduce, pues, a un tal Deinias, que, en busca de una historia, junto con el joven Demócaris, se extravió de su patria, y a través del Ponto y desde el mar Caspio e Hircanio hacia los llamados montes Rifeos y las desembocaduras del río Tanais
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habiendo llegado, luego, debido al gran frío, se volvieron hacia el océano Escítico, y, en efecto, se adentraron en el oriental y llegaron a los nacimientos del sol, y desde allí rodearon el mar exterior en largos tiempos y variadas errancias; a estas errancias se unen Carmanes, Menisco y Azulis. Llegan también a la isla de Tule, haciendo allí, por el momento, una especie de escala de su errancia. En esta Tule, Deinias, según la ley del amor, se relaciona con una tal Dercílide, que por linaje era tiria, de los eupátridas de la ciudad, y vivía con un hermano llamado Mantinias. Relacionándose con ella, Deinias se entera de la errancia de los hermanos, y de todo lo que un tal Paapis, sacerdote egipcio, habiendo sido saqueada su patria y viviendo en Tiro y siendo hospedado por los padres de los hermanos Dercílide y Mantinias, y pareciendo al principio benevolente con los benefactores y con toda la casa, después de esto, cuántos males causó a la casa, a ellos mismos y a sus padres; cómo fue llevada a Rodas desde la desgracia de la casa junto con su hermano, y de allí erró a Creta, luego a los tirrenos, y de allí a los llamados cimerios; y cómo vio las cosas del Hades entre ellos y aprendió muchas de las cosas de allí, usando como maestra a Mirto, una criada propia, que había dejado la vida hace tiempo y enseñaba a su señora desde los muertos. Estas cosas, pues, comienza Deinias a narrar a un tal Cymbas, de nombre, de la patria de Arcadia, a quien el común de los arcadios envió a Tiro, pidiendo que Deinias regresara a ellos y a su patria. Como el peso de la vejez se lo impedía, se introduce narrando lo que él mismo vio durante la errancia o lo que oyó de otros que lo habían visto, y lo que aprendió de Dercílide mientras ella narraba en Tule, es decir, la errancia antes mencionada de ella, y cómo después de su salida del Hades junto con Cérilo y Astreo, ya separado de su hermano, llegaron a la tumba de la Sirena; y todo lo que ella misma oyó de Astreo cuando hablaba, sobre Pitágoras, digo, y Mnesarco; y lo que el mismo Astreo oyó de Filótide, y el espectáculo mítico ante sus ojos, y todo lo que de nuevo Dercílide narraba al regresar a su propia errancia, cómo cayó en una ciudad de hombres en Iberia, que veían de noche, pero eran ciegos durante el día, y todo lo que Astreo hizo allí tocando la flauta para los enemigos de aquellos. Y cómo, siendo liberados amablemente de allí, cayeron entre los celtas, una nación cruel y estúpida, y escaparon de ellos a caballo, y todo lo que les sucedió sobre el cambio en el color de los caballos. Cómo llegaron entre los aquitanos, y qué honor disfrutaron allí Dercílide y Cérilo, y aún más Astreo, al señalar los aumentos y disminuciones lunares mediante el aumento y disminución de los ojos de sus parientes, y resolviendo la disputa de los reyes de allí sobre el mando, quienes, siendo dos, se sucedían mutuamente según tales efectos de la luna; por lo cual el pueblo de allí se alegraba con los que estaban con Astreo. Desde allí se añade el mito de cómo Dercílide vio y soportó las otras cosas, y cómo fue llevada a los ártabros, donde las mujeres guerrean, mientras los hombres se quedan en casa y cuidan de las cosas de las mujeres. Sobre esto, lo que le sucedió a ella y a Cérilo entre la nación de los astures, y además lo que le sucedió específicamente a Astreo, y cómo, contra toda esperanza, habiendo escapado de los frecuentes peligros en Astures, Cérilo, junto con Dercílide, sin embargo, no escapó de la justicia que debía por un antiguo delito, sino que, contra toda expectativa, como se salvó de los peligros, así también fue descuartizado. Después de esto, lo que vio errando por Italia y Sicilia, y cómo, al llegar a Érice, ciudad de Sicilia, es capturada y llevada ante Enesidemo( este era entonces tirano de Leontinos). En donde, de nuevo, se encuentra con Paapis, el tres veces maldito, que estaba con el tirano, y encuentra un consuelo inesperado para la desgracia inesperada en su hermano Mantinias, quien, habiendo errado mucho, y habiendo visto muchos espectáculos increíbles sobre hombres y otros animales
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sobre el sol mismo y la luna y las plantas y las islas, habiéndose convertido en su intérprete, proporcionó abundante materia para narrar mitos más tarde a Deinias; cosas que él mismo, hilvanándolas, se introduce narrando al arcadio Cymbas. Luego, cómo Mantinias y Dercílide, tomando de Leontinos el zurrón de Paapis junto con los libros que había en él y la caja de hierbas, parten hacia Regio y de allí a Metaponto, donde Astreo, alcanzándolos, les informa que persiguen a Paapis de cerca. Y cómo parten con él hacia los tracios y masagetas, yendo hacia Zalmoxis, su compañero, y todo lo que vieron durante este viaje, y cómo Astreo se encontró con Zalmoxis, que ya era considerado un dios entre los getas; y todo lo que le dijo y lo que Dercílide y Mantinias suplicaron a Astreo que pidiera por ellos. Y cómo les cayó un oráculo desde allí de que estaba destinado que fueran a Tule, y cómo más tarde verán también su patria, sufriendo antes otras cosas, y pagando la justicia por la impiedad hacia sus padres( aunque pecaron sin querer) al serles dividida la vida en vida y muerte, y vivir de noche, pero estar muertos cada día. Luego, cómo, habiendo recibido tales oráculos, parten de allí dejando a Astreo con Zalmoxis, siendo honrado por los getas. Y todo lo que les sucedió ver y oír sobre el Bóreas, cosas prodigiosas. Todo esto, Deinias, habiéndolo oído en Tule mientras Dercílide lo narraba, se introduce ahora contándoselo al arcadio Cymbas. Sobre esto, también cómo Paapis, persiguiendo las huellas de los que estaban con Dercílide, se presentó ante ellos en la isla, y les impuso aquel padecimiento con arte mágico: morir de día y revivir al llegar la noche. Y les impuso el padecimiento escupiéndoles en la cara. Y cómo un tal Truscano, un tulita, amante ardiente de Dercílide, al ver a su amada caída por el padecimiento de Paapis y sintiendo un dolor extremo, presentándose de repente, golpea a Paapis con una espada inesperadamente y lo mata, encontrando esto apenas el fin de los innumerables males. Y cómo Truscano, puesto que Dercílide yacía como si estuviera muerta, se degüella a sí mismo. Todo esto y otras muchas cosas similares, el entierro de ellos y su partida de allí y los amores de Mantinias, y todo lo que sucedió por esto, y otras cosas similares en la isla de Tule, Deinias, habiéndolo aprendido mientras Dercílide narraba mitos, se introduce ahora tejiéndolo con el arcadio Cymbas. Y se completa para Antonio Diógenes el vigésimo tercer libro de los llamados increíbles más allá de Tule, aunque la obra no haya indicado nada o poco al principio sobre Tule. El vigésimo cuarto libro introduce a Azulis narrando, y desde allí a Deinias, que une a lo que había narrado antes a Cymbas lo de Azulis, cómo comprendió el modo de la hechicería, según el cual Paapis hechizó a Dercílide y a Mantinias para que vivieran de noche y estuvieran muertos de día, y cómo los liberó del padecimiento, habiendo encontrado el modo de este castigo y, en efecto, de la curación en el zurrón de Paapis, que Mantinias y Dercílide llevaban consigo. No solo eso, sino que también encontró cómo Dercílide y Mantinias podían liberar de un gran mal a sus padres yacentes, a quienes, por sugerencias de Paapis, como si fuera para el beneficio de ellos, ellos mismos habían dañado, logrando que yacieran como muertos durante mucho tiempo. Luego, cómo desde allí Dercílide junto con Mantinias se apresuraban hacia la patria para la revivificación y salvación de sus padres. Deinias, junto con Carmanes y Menisco, habiéndose separado de ellos Azulis, extendían la errancia hacia más allá de Tule; errancia durante la cual se introduce ahora narrando a Cymbas que vio las cosas increíbles más allá de Tule, diciendo que vio aquellas cosas que también los estudiosos del arte de la observación de los astros suponen, como que es posible para algunos estar bajo el polo, y que la noche sea mensual, y menor y mayor, y semestral, y, finalmente, anual; y no solo que la noche se prolongue tanto, sino que también el día sucede a estas de manera análoga. Y
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narra que vio otras cosas similares, y también narra que vio hombres y otras cosas prodigiosas, que nadie dijo haber visto ni oído, ni siquiera imaginado en fantasías. Y lo más increíble de todo, que caminando hacia el Bóreas hacia la luna, como hacia una tierra purísima, llegaron cerca, y habiendo llegado allí, vieron lo que era natural que viera quien había prefigurado tal exceso de ficciones. Luego, también cómo la Sibila recibió la adivinación de Carmano. Después de esto, que cada uno hizo sus propias oraciones, y a los demás les sucedió a cada uno tal como oró, pero él dice que, habiéndose despertado de allí, se encontró en Tiro en el templo de Heracles, y habiéndose levantado de allí, encontró a Dercílide y a Mantinias habiendo tenido éxito y habiendo liberado a sus padres del largo sueño, o mejor dicho, de la muerte, y siendo felices en lo demás. Estas cosas narró Deinias a Cymbas, y habiendo traído unas tablillas de ciprés, exhortó a Erasínides el ateniense, que acompañaba a Cymbas( pues era un artesano de palabras), a que escribiera en ellas. Les mostró también a Dercílide; pues ella también trajo las tablillas de ciprés. Ordenó a Cymbas que escribiera estas cosas narradas por separado, y que él mismo tuviera una de las tablillas, y que la otra, en el momento en que muriera, la pusiera Dercílide en una caja cerca de la tumba. Diógenes, el que también es Antonio, habiendo introducido a Deinias narrando todas estas cosas prodigiosas a Cymbas, escribe sin embargo a Faustino que compone sobre las cosas increíbles más allá de Tule, y que dedica los dramas a su hermana Isidora, que es amante del aprendizaje. Dice de sí mismo que es poeta de la comedia antigua, y que aunque invente cosas increíbles y falsas, sin embargo, tiene testimonios de los antiguos sobre la mayoría de las cosas que ha narrado, de los cuales, con esfuerzo, las habría reunido; y antepone a cada libro a los hombres que declararon tales cosas de antemano, para no parecer que las cosas increíbles carecen de testimonios. Escribe, pues, una carta al principio del libro a su hermana Isidora, mediante la cual, aunque se muestra habiendo hecho la dedicatoria de los escritos a ella, sin embargo, introduce a Balagro escribiendo a su propia mujer, llamada Fila( esta era hija de Antípatro), que, habiendo llegado Tiro a la captura por Alejandro, rey de los macedonios, y habiendo sido consumida la mayor parte por el fuego, un soldado llegó ante Alejandro diciendo que anunciaba algo extraño y paradójico, y que el espectáculo estaba fuera de la ciudad. El rey, habiendo tomado consigo a Hefestión y Parmenión, siguieron al soldado, y encuentran sarcófagos de piedra subterráneos, de los cuales uno estaba inscrito: Lisila vivió treinta y cinco años; otro: Mnasón, hijo de Mantinias, vivió 60 años desde 51; otro: Aristión, hijo de Filocles, vivió 47 años desde 52; otro: Mantinias, hijo de Mnasón, vivió 42 años y 770 noches; otro: Dercílide, hija de Mnasón, vivió 39 años y 760 noches; y el sexto sarcófago: Deinias el arcadio vivió 125 años. Estando perplejos por esto, excepto por el primer sarcófago( pues el epigrama de aquel es claro), encuentran junto a la pared una pequeña caja hecha de ciprés en la que estaba inscrito: Oh extranjero, quienquiera que seas, abre, para que aprendas lo que admiras. Habiendo abierto, pues, los que estaban con Alejandro la caja, encuentran las tablillas de ciprés, que( como parece) depositó Dercílide según las instrucciones de Deinias. Estas cosas introduce a Balagro escribiendo a su mujer, y que, habiendo copiado las tablillas de ciprés, se las enviaría a su mujer. Y el discurso se adentra desde allí en la lectura y escritura de las tablillas de ciprés, y está presente Deinias narrando a Cymbas lo que se ha dicho antes. Así, pues, y sobre esto, la ficción de los dramas ha sido configurada por Antonio Diógenes. Este es, al parecer, anterior en tiempo a los que se han esforzado por configurar tales cosas, como Luciano, Lucio, Jámblico, Aquiles Tacio, Heliodoro y Damascio. Pues, en efecto, este parece ser la fuente y la raíz de las historias verdaderas de Luciano y de las transformaciones de Lucio; y no solo
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sino que también de las cosas sobre Sinónide y Rodanes, Leucipa y Clitofonte, y Cariclea y Teágenes, y de las ficciones sobre ellos y de la errancia, amores, raptos y peligros, Dercílide, Cérilo, Truscano y Deinias parecen haber sido el ejemplo. Sobre el tiempo, sin embargo, en el que floreció el padre de tales ficciones, Diógenes el Antonio, todavía no tenemos nada claro que decir, excepto que se puede calcular que no está muy lejos de los tiempos del rey Alejandro. Menciona a un tal Antífanes más antiguo, de quien dice que se ocupó de tales prodigios. Hay en ellos, y sobre todo, como en tales ficciones y mitos, dos cosas muy útiles que cazar: una, que al que ha cometido alguna injusticia, aunque parezca haber escapado diez mil veces, lo introduce pagando la justicia de todas formas, y segundo, que a muchos inocentes que han estado cerca de un gran peligro, los muestra a menudo salvados contra toda esperanza. Se leyeron los cuatro libros de selecciones, apotegmas y consejos de Juan Estobeo en dos volúmenes. Dedica estos, por quien dice también haber trabajado en la reunión, a Septimio, su propio hijo. La recopilación la hizo de poetas, oradores y de los que vivieron brillantemente según las ciudades, de los cuales( como él mismo dice) habiendo reunido de unos las selecciones, de otros los apotegmas y de algunos los consejos, los envió para regular y mejorar la naturaleza del niño, que era más oscura para la memoria de las lecturas. Su primer libro es físico; del segundo, una parte al principio es lógica, y el resto y la mayor parte es ética; y el tercero y el cuarto, excepto muy pocos, son éticos y políticos. Pues el primero tiene 60 capítulos, a los cuales ajusta también los usos y necesidades de los antiguos. Estos son, después de tratar sobre Dios, que es creador de los seres y gobierna el todo con la razón de la providencia, segundo sobre los que piensan que no hay providencia y las potencias divinas que siguen a esta en la administración del todo. Luego sobre la justicia establecida por Dios para supervisar las cosas hechas por los hombres, siendo vengadora de los que pecan, y sobre la necesidad divina, según la cual las cosas según la voluntad de Dios suceden inevitablemente; sobre el destino y el buen orden de las cosas que suceden; sobre la fortuna o el azar, y que el curso de la fortuna es irracional; sobre la esencia del tiempo y sus partes, y de cuántas cosas es causa; y sobre Afrodita urania y el amor divino; décimo sobre los principios y elementos y el todo. Luego sobre la materia, sobre la idea, sobre las causas, sobre los cuerpos y sobre la división de estos y sobre lo mínimo, sobre las formas, sobre los colores, sobre la mezcla y la crasis, sobre el vacío y el lugar y el espacio, sobre el movimiento. Vigésimo sobre la generación y la corrupción, sobre el cosmos y si es animado y gobernado por la providencia, y dónde tiene el principio rector, y de dónde se alimenta; sobre el orden del cosmos; si el todo es uno; sobre la esencia del cielo y su división; sobre la esencia de los astros y las formas de su movimiento y señalización; sobre la esencia del sol y su tamaño, forma, giros, eclipse, signos y movimiento; sobre la esencia de la luna, su tamaño y forma, iluminaciones, y sobre el eclipse y aparición, y sobre las distancias y signos; sobre la leche; sobre los cometas y estrellas fugaces y cosas similares; sobre truenos, relámpagos, rayos, torbellinos, tifones. Trigésimo sobre el arco iris, sobre el halo y el parhelio y las varas, y en efecto sobre las nubes, niebla, lluvias, rocío, nieve, escarcha, granizo; sobre los vientos; sobre la tierra, si es una y finita; y sobre qué tamaño, y sobre su posición, y sobre la forma de la tierra; y si la tierra permanece o se mueve; sobre los terremotos; y sobre el mar, cómo ocurren el reflujo y las mareas; sobre las aguas, sobre el todo, sobre la naturaleza y las causas que suceden de ella, sobre la generación de los animales y lo siguiente, cuántos géneros de animales hay, y si todos son racionales y sensibles; sobre el sueño y la muerte; sobre las plantas, sobre la alimentación y el apetito de los animales, sobre la naturaleza de los hombres, sobre la mente, sobre el alma, sobre la sensación
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y los sensibles, y si las sensaciones son verdaderas y cuántas sensaciones hay, y de qué esencia y actividad es cada una; sobre la visión y las apariciones catóptricas, sobre el oído, sobre el gusto, sobre el tacto, sobre el olfato; sobre la voz y si la voz es incorpórea, y cuál es su principio rector. Sobre la imaginación y el criterio. 59 sobre la opinión, y 60 sobre la respiración y las pasiones. Los capítulos del primer libro son tantos y sobre estos, y es evidente que son físicos, excepto algunos de los del principio, que uno más bien atribuiría a la metafísica. A estos, como dijimos, añade las opiniones de los antiguos, ya sean concordantes o discordantes. Sin embargo, en este libro, antes de abordar los capítulos mencionados, trata sobre dos capítulos, de los cuales uno es un elogio de la filosofía, y este reunido para él de diversas fuentes, el otro sobre las sectas constituidas según ella. En el cual también registra conjuntamente opiniones antiguas sobre geometría, música y aritmética. El segundo libro se completa con 40 capítulos, y trata primero sobre los que interpretan las cosas divinas, y cómo la verdad de las cosas inteligibles es incomprensible para los hombres según su esencia; luego sobre dialéctica, y sobre retórica, y sobre la razón y las letras, sobre poética, sobre el carácter de los antiguos, sobre la especie ética de la filosofía, sobre las cosas que dependen de nosotros, que nadie es malo voluntariamente, cómo debe ser el filósofo, que se debe venerar lo divino, que a los piadosos y justos ayuda lo superior; sobre adivinación; que se debe valorar mucho las reuniones de los sabios, y evitar a los viles e incultos; sobre el parecer y el ser, y que no se debe juzgar al hombre por la palabra sino por el carácter; que los que conspiran contra otros se olvidan de que se dañan a sí mismos; sobre la buena reputación, sobre la fama; que la medida es lo mejor; que la virtud es difícil de lograr, pero el vicio es fácil de manejar; que no se debe hacer caso de la prueba de los insensatos; que la hipocresía, siendo perjudicial para los que la usan y para aquellos hacia quienes se hace, debe ser expulsada del alma; que no se debe ser entrometido, pues tal cosa es causa de envidia y calumnia; que en lo que uno yerra, arrepentirse es lo mejor; sobre la injuria, que no es buena; que al injuriar se debe observar no haber caído en los mismos defectos. Sobre la necesidad de la vida; que se debe actuar oportunamente; sobre el querer; que no se debe posponer como sea; que ser desgraciado a menudo resulta provechoso, y sobre todo para los insensatos; sobre la educación; sobre la formación; que la amistad de los buenos es lo mejor; que la semejanza de caracteres produce la amistad; que no se debe descuidar a los amigos en las desgracias y peligros. Que no se debe ser cómplice de las injusticias de los amigos; sobre los amigos no genuinos e inestables; que se debe hacer rápidas las reconciliaciones con los amigos, soportando más fácilmente sus faltas con el olvido. Que en las desgracias distinguimos a los amigos genuinos; preceptos amistosos; sobre la enemistad y cómo se debe ser con los enemigos; sobre cómo es posible ser beneficiado por los enemigos; sobre el hacer el bien; que el favor es mayor cuando se da a tiempo; sobre el devolver el bien; que no se debe hacer bien a los malvados ni ser beneficiado por ellos, y lo último sobre la ingratitud. En los cuales también están los capítulos del segundo. En el tercero se contienen 42 capítulos, primero sobre la virtud, luego sobre el vicio, sobre la prudencia, sobre la insensatez, sobre la templanza, sobre la incontinencia, sobre la valentía, sobre la cobardía, sobre la justicia, sobre la codicia y la injusticia, sobre la verdad, sobre la falsedad, sobre la franqueza, sobre la adulación, sobre la prodigalidad, sobre la tacañería, sobre la continencia, sobre la incontinencia, sobre la paciencia, sobre la ira, sobre el Conócete a ti mismo, sobre la soberbia, sobre el amor propio, sobre la conciencia, sobre la memoria, sobre el olvido, sobre el juramento, sobre el perjurio, sobre la laboriosidad, sobre la pereza, sobre el pudor, sobre la desvergüenza, sobre el silencio, sobre hablar oportunamente, sobre la brevedad, sobre la locuacidad, sobre la bondad, sobre la envidia, sobre la patria, sobre el extranjero, sobre
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lo secreto, y 42 sobre la calumnia. Los del cuarto libro son estos: primero sobre la política, segundo sobre leyes y costumbres, sobre el pueblo, sobre los poderosos en las ciudades, sobre el mando y sobre cómo debe ser el gobernante, que la monarquía es lo mejor; consejos sobre la realeza, censura de la tiranía, sobre la guerra, sobre la audacia, sobre la juventud, sobre los generales, y sobre las necesidades de la guerra; consejos sobre la paz, sobre la agricultura, sobre la tranquilidad, sobre la navegación, sobre las artes, sobre amos y esclavos, sobre Afrodita pandemos y sobre el amor de los placeres corporales, sobre la belleza, sobre el matrimonio, y lo siguiente de este capítulo. Preceptos matrimoniales, y sobre los hijos, y lo siguiente de este capítulo. Y que los padres deben ser dignos del honor debido por parte de los hijos. Cómo deben ser los padres con los hijos. Que la fraternidad y la disposición hacia los parientes es lo mejor. Económico. Sobre la nobleza, y lo siguiente de este capítulo; sobre la ignoblesa. Sobre la riqueza, y lo siguiente de este capítulo; sobre la pobreza; comparación de la pobreza y la riqueza. Que la vida es breve y llena de preocupaciones. Sobre la tristeza, que es muy perniciosa. Sobre la enfermedad y la curación, sobre la salud y su permanencia, sobre los médicos; sobre la felicidad, sobre la desgracia; que el éxito de los hombres es inestable; sobre los que tienen éxito inmerecidamente, sobre los que son desgraciados inmerecidamente. Que se debe soportar noblemente lo que sucede; que se debe mostrar el éxito, pero ocultar las desgracias. Sobre la esperanza; sobre las cosas contra toda esperanza. Que no se debe alegrarse de las desgracias de los que sufren; que los que sufren necesitan de los que se compadecen. Sobre la vejez, y lo siguiente de este capítulo. Sobre la muerte, sobre la vida; comparación de la vida y la muerte. Sobre el duelo, sobre el entierro. Consolaciones; que no se debe injuriar a los difuntos. Que la memoria de la mayoría se desvanece rápidamente después de la muerte. En total los capítulos del cuarto son 58, y de los cuatro libros 308, a los cuales añade, como dijimos, Juan, de las selecciones, apotegmas y consejos, opiniones, usos y necesidades. Los reúne de filósofos, de Esquines el socrático, Anaxarco, Anacarsis, Aristónimo, Apolonio, Antístenes, Aristipo, Aristón, Aristóxeno, Arquitas, Aristóteles, Anaximandro, Anaxímenes, Arquelao, Anaxágoras, Arcaeneto, Arcesilao, Arriano, Antípatro, Histieo, Antifonte, Apolodoro, Aristarco, Asclepíades, Aristeo, Archedemo, Hecateo, Ático, Amelio, Albino, Apolófanes, Egimio, Esaro, Aristandro, Harpocración, Apeles, Aristágoras, Aristóbrotos, Arquímedes, Boeto, Bías, Beroso, Berenice, Brotino, Bión, Glaucón, Demonacte, Demetrio, Damippo, Diógenes, Diodoro, Demócrito, Diotimo, Diocles, Damármenes, Dídimo, Dión, Dio, Euclides, Eufrates, Epicarmo, Epándrides, Erasístrato, Ecpulo, Epicuro de Gargeto, Epicteto, Hermes, Empédocles, Epicuro el ateniense, Eusebio, Euriso, Eratóstenes, Eurístrato, Ecfanto, Epidico, Eudoxo, Epígenes, Eufenio, Eurífamo, Zaleuco, Zenón, Zoroastro, Heráclides, Heráclito, Herófilo, Temistio, Teóbulo, Teano, Teages, Teofrasto, Teodoro, Tales, Teócrito, Trasilo, Jerónimo, Hipias, Jámblico, Hierocles, Hipalo, Ión, Hipón, Hierax, Hipodamo, Hipaso, Iung, Critón, Cleóbulo, Cebes, Corisco, Clitómaco, Critolao, Clineo, Carnéades, Cleantes, Calímaco, Critias, Crántor, Calicrátidas, Leucipo, Lucio, Lisis, Lingo, Licón, Leófanes, Longino, Menecmo, Metrocles, Metopo, Menedemo, Musonio, Mnesarco, Meliso, Metrodoro, Milón, Moderato, Máximo, Nicolás, Numenio, Naumaquio, Naucratis, Nicias, Nicóstrato, Jenócrates, Jenófanes, Onato, Ocelo, Onétor, Panaceo, Pítaco, Periandro,
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Pitágoras, Plutarco, Pémbelo, Platón, Panecio, Posidonio, Perictione, Porfirio, Parménides, Polemón, Piteo, Poro, Polibio, Plotino, Protágoras, Pitíade, Pirrón, Rufo, Regino, Solón, Sotión, Sosiades, Sereno, Sócrates, Estilpón, Espeusipo, Estratón, Escitino, Esfero, Seleuco, Severo, Timón, Timeo, Tauro, Timágoras, Teletes, Hipseo, Filóxeno, Filolao, Ferecides, Favorino, Fintias, Quión, Crisipo, Carondas, Quilón, y de los cínicos, Antístenes, Diógenes, Crates, Hegesianacte, Onesícrito, Menandro, Mónimo, Polizelo, Jantipo, Teomnesto. Estos son los filósofos de los cuales hizo la recopilación. Los poetas son: Atenodoro, Anaxilas, Arquipo, Apolónides, Alcidamante, Aristeo, Antimaco, Antífanes, Aristarco, Arquíloco, Aqueo, Esquilo, Agatón, Alexis, Aristócrates, Anfis, Arato, Astidamante, Andrónico, Anaxándrides, Aristófanes, Araloco, Apolodoro, Alejandro, Anacreonte, Axínico, Aristofonte, Baquílides, Bión, Bioto, Batón, Dífilo, Dionisio, Demetrio, Diceógenes, Diodoro, Dictis, Eutidamo, Éupolis, Eufrón, Eratóstenes, Epicarmo, Eueno, Euforión, Hermoloco, Eurípides, Zenón, Zenódoto, Zópiro, Hesíodo, Herodes, Heníoco, Heliodoro, Teodectes, Tespis, Teognis, Teócrito, Teleóforo, Iofonte, Hipótoo, Hiponacte, Isidoro, Hipótoo, Julio, Ión, Cleantes, Cleaineto, Calímaco, Critias, Cleóbulo, Cratino, Carcino, Cércidas, Calínico, Clinias, Crántor, Clitómaco, Lino, Licimnio, Licofrón, Leónidas, Laón, Menandro, Mirón, Mosquión, Menipo, Mosco, Mimnermo, Melinó, Metrodoro, Menófilo, Nicóstrato, Nicolás, Neófrón, Nicómaco, Naumaquio, Neoptólemo, Jenófanes, Jenarco, Homero, Orfeo, Olimpias, Píndaro, Parménides, Posidipo, Pausanias, Polieido, Patrocles, Pisandro, Paniasis, Pirítoo, Pompeyo, Riano, Sófocles, Sotades, Simónides, Sosífanes, Símilo, Sosíteo, Esclerio, Safo, Serapión, Sosícrates, Estágimo, Sópatro, Esténides, Susarón, Estesícoro, Timóstrato, Timocles, Tirteo, Telesila, Hipobolimeo, Hipseo, Filetas, Filóxeno, Filípides, Frínico, Filonides, Filemón, Focílides, Filipo, Fenicides, Filisco, Ferecrates, Fanocles, Fintias, Fileo, Queremón, Quérilo, Cares. Estos son también los poetas cuyas citas incluyó en los capítulos. Los oradores, historiadores, reyes y estrategas( pues también de ellos reunió testimonios) son: Arístides, Aristocles, Eliano, Esquines, Agatón, Antifonte, Arquelao, Gayo, Gorgias, Demóstenes, Demades, Demarato, Éforo, Zópiro, Heródoto, Hegesíades, Hegesias, Tucídides, Teseo, Teodoro, Trasilo, Teopompo, Isócrates, Iseo, Corneliano, Calístenes, Clitofonte, Ctesias, Lisias, Nicias, Jenofonte, Óbrimo, Polieno, Pródico, Protágoras, Sóstrato, Timágoras, Trófilo, Hipérides, Filóstrato, Crisermo, Alejandro, Agesilao, Agatocles, Antígono, Agis, Agripino, Anaxilao, Arquidamo, Dionisio, Darío, Epaminondas, Eudámidas, Temístocles, Ifícrates, Hiparco, Cotis, Clitarco, Licurgo, Leónidas, Lámaco, Malias, Pericles, Pirro, Ptolomeo, Semíramis, Escipión, Esciluro, Timoteo, Filipo, Foción, Fálaris, Carilo, Cabrias, Cares, Aristófanes, Esopo, Antigenidas, Aristóteles, Arístides el Justo, Alcmeón el médico, Antilo el médico, Arimnesto, Apeles, Brisón, Glaucón, Galeno el médico, Dicearco, Dión, Dionisio, Diocles el médico, Euxiteo, Hermarco, Hermipo, Eurixímaco, Eufranias, Erasístrato el médico, Eurifrón el médico, Eratóstenes, Eubulo, Teopompo, Teócrito, Timárides, Tunón, Hipócrates el médico, Catón, Cefisodoro, Cleóstrato, Clitómaco, Licimnio, Misón, Metrodoro, Metrocles, Nicóstrato,
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Prausión, Simónides, Serifio, Sotión, Sóstrato, Espeusipo. Estos son, pues, los capítulos en los que Juan Estobeo organizó las sentencias de los antiguos, y estos son los hombres, filósofos, poetas, oradores, reyes y estrategas de los que las reunió. El libro es útil para quienes ya han leído las obras completas de estos autores, como recordatorio, y para quienes no han tenido experiencia con ellos, porque mediante su estudio continuo, en poco tiempo, cosecharán el recuerdo de muchos, hermosos y variados pensamientos, aunque sea de forma resumida. Para ambos es común, como es natural, la búsqueda fácil y breve de lo que se busca, cuando alguien desee remontarse desde los capítulos a las obras completas. El libro tampoco es inútil para otros que se esfuerzan en la oratoria y la escritura. Se leyó del bienaventurado Basilio, obispo de Seleucia, 15 discursos; el primero sobre:" En el principio creó Dios el cielo y la tierra". Luego sobre José, sobre Adán, sobre Caín y Abel, sobre Abraham, sobre Moisés, sobre Elías, sobre Jonás, el noveno sobre el centurión, el décimo sobre:" Navegaban los discípulos con Jesús", y lo que sigue; luego sobre:" Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados", y lo que sigue; después sobre el publicano y el fariseo, y sobre:" Di que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda", y sobre:"¿ Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?". El decimoquinto sobre:"¿ Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?". En estos discursos suyos, lo tropológico, lo impetuoso y lo parison, si es que alguna vez se puede ver a alguien más creándolo, junto con lo claro y lo dulce, fluye. Pero lo excesivamente cargado de tropos y figuras impetuosas, o mejor dicho, lo continuo, incesante e ininterrumpido, despierta en el oyente hastío y rechazo, y provoca la crítica hacia el autor que no sabe, al parecer, regular la naturaleza con el arte ni ordenar lo desordenado con una regla. Sin embargo, aunque abunda en tropos y el género mismo brota de la tropología, no cae en la frialdad, salvo en lo mínimo, ni oscurece el sentido con oscuridad, sino que, mediante la brevedad de los miembros y los periodos, y el énfasis de las palabras, elimina lo difícil de comprender de la tropología. Pero, como dije, el hartazgo embota la gracia, y lo incesante del tropo no permite que las leyes del arte se expresen con libertad. Parece ser este más bien que el gran Basilio de Cesarea, amigo y compañero de mesa del tres veces bienaventurado Juan Crisóstomo, ante quien también se compuso el discurso sobre el sacerdocio; pues muchas huellas de sus discursos y pensamientos, y especialmente de los relativos a la divina Escritura, aparecen en los discursos de Basilio, como si ambos hubieran extraído lo conveniente de la misma fuente de enseñanzas. Y el manejo del tropo según el énfasis y la apropiación es un testimonio no menor de la convivencia y lectura conjunta con Juan; pues también aquel divino varón utiliza esto, aunque mezclado y muy oportunamente, mezclando y suavizando hábilmente la grandilocuencia de allí con la sencillez, y haciendo de todo el discurso una imagen de discurso político. Este Basilio es también quien puso en metros las obras, luchas y victorias de la protomártir Tecla; y tiene otros escritos. Se leyó del santo Cirilo contra las blasfemias de Nestorio, 5 tomos, de los cuales el primero refuta diez capítulos de la blasfemia de Nestorio, el segundo 14 capítulos, el tercero 10, el cuarto 7, y el quinto también 7. El estilo de su interpretación está formado según su idea particular de los discursos, aunque un poco llevado hacia lo más humilde. En el libro se incluía también una carta al mismo Nestorio, intentando supuestamente persuadirlo y corregirlo amistosamente. Pero también la respuesta de Nestorio a Cirilo, tomando los capítulos de la carta como base para las acusaciones. Y además otra carta de Cirilo, como enviada desde el sínodo de
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Alejandría a Nestorio, que exigía que lo anatematizara con los 12 capítulos de anatemas. Además, otras a Valerio, obispo, contra Nestorio y sus dogmas; y una dogmática a Acacio, obispo de Melitene, o mejor dicho, que contiene una apología de la unión y concordia con Juan de Antioquía. Y otras diversas sobre el mismo tema, de las cuales en dos interpreta también la enseñanza teosófica de Nicea. En todas ellas, aunque intensifica o relaja el carácter de sus discursos, lo conserva. Se incluía también la carta a Acacio, obispo de Escitópolis, sobre el chivo expiatorio, y otro discurso titulado:" Escolios sobre la encarnación del Unigénito", en el que se aclaran estas cosas: qué es Cristo, de qué manera conviene entender el Emmanuel, qué es Jesús el Cristo, en qué sentido se dice que el Verbo de Dios es hombre, luego en qué sentido se dice que el Verbo de Dios se ha vaciado, cómo es uno el Cristo, cómo es uno el Emmanuel, qué decimos que es la unión; y sobre el carbón que vio Isaías, y otros 10 capítulos similares a estos. Este discurso tiene mucha utilidad. Se leyó un libro de muchos versos, o mejor dicho, de muchos libros, en 15 discursos y 5 volúmenes. En ellos se dispusieron supuestos testimonios y citas de discursos completos, no solo griegos, sino también persas, tracios, egipcios, babilonios, caldeos e incluso italianos, de los sabios considerados tales entre cada uno de ellos, los cuales el autor intenta mostrar que coinciden con la inmaculada, sobrenatural y divinísima religión de los cristianos, tanto sobre la misma Trinidad hipersustancial y consustancial, como es predicada y anunciada también por aquellos, como sobre la presencia en carne del Verbo, los signos divinos, la cruz, la pasión, la sepultura, la resurrección, la ascensión y la gracia del Espíritu santísimo, otorgada a los discípulos en lenguas de fuego más allá de toda razón, e incluso sobre la temible segunda venida de Cristo nuestro Dios, la resurrección de los muertos, el juicio y la recompensa de lo que cada uno hizo en vida. No solo eso, sino también sobre la creación del todo y la providencia, el paraíso y lo relacionado con esto, e incluso sobre la virtud practicada entre los cristianos y si hay algo similar a esto, intenta mostrar que sobre todas estas cosas se ha filosofado y predicado entre griegos, egipcios, caldeos y los mencionados anteriormente en sus propios escritos. No solo reúne y compone los testimonios de los mencionados, sino que tampoco escatimó en utilizar los discursos alquímicos de Zósimo( este era tebano, de Panópolis) para establecer lo mismo; en los cuales expone también significados de palabras hebreas y dónde predicó cada uno de los Apóstoles la enseñanza salvadora, y en qué lugar descansó de los trabajos humanos. Al final de los discursos, deposita también una exhortación propia, entretejiéndola y confirmándola con sentencias de los de fuera y con dichos de las Escrituras; en la cual se puede reconocer especialmente el amor a la virtud del hombre y su irreprochable piedad. La idea de sus discursos no está lejos de no ser idea; pues la composición está tan descuidada en muchos lugares, y la dicción hasta tal punto que a veces no se priva ni de palabras de la calle. Y el sentido de lo que escribe a menudo no es mejor. Y el esfuerzo y el objetivo del hombre no podría criticarlos alguien que sea justo, pero no de la misma manera la obra. Pues no solo fuerza a aplicar citas en muchos lugares y a menudo inapropiadas a nuestros divinos dogmas, sino que tampoco se niega a decir que los mitos y sueños, que serían objeto de burla por parte de los mismos que los engendraron si tuvieran sensatez, coinciden con nuestra teosofía, sino que se apresura a atribuir la extraña noción de los mitos y sueños a las verdaderas, divinas, innegables y puras nociones del dogma divino. De lo cual
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no hay ganancia alguna para la piedad, y parecería no sin razón que se encienden motivos de ataque contra ella para los malintencionados, si es que algunos de los nuestros intentan mostrar que incluso las cosas que no tienen nada que ver, sino que son lo más ajenas posible, sirven para la defensa de nuestra religión, que no necesita de nada y es la única pura y verdadera, forzando y tratando de llevar a concordia las cosas de aquellos, que están más alejadas de las nuestras que la oscuridad de la luz. El hombre se puso este arduo trabajo, como él mismo declaró a menudo, para que, al mostrar que el dogma de los cristianos fue anunciado de antemano en todas las naciones por los sabios de cada una y pregonado, deje sin excusa a los que, de entre las naciones, no se acercaron a la divina predicación. Y el objetivo es loable, pero no debía realizarse mediante aquello que era imposible e increíble, sino mediante aquello en lo que era posible y la fe acompañaba. Sin embargo, hasta ahora no hemos podido saber el nombre del que compuso los volúmenes; pues no figuraba en los libros que vimos, salvo que vivía en Constantinopla, vivía con una mujer bajo ley de matrimonio y con los hijos que tuvo de ella, y que terminó su vida después de los tiempos de Heraclio. Se leyó un libro de Eustracio, presbítero de la gran iglesia, compuesto con una frase no loable, pero con razonamientos no muy censurables; el discurso es claro. La intención del hombre es establecer estas tres cosas: una, que después de la partida del cuerpo, las almas de los santos actúan inmediatamente, y no solo las de los santos, sino también, simplemente, cada alma humana según su propia dignidad. Y que, al aparecer a muchos a menudo y de diferentes maneras, las almas mismas aparecen según su propia existencia, y no que alguna fuerza divina, formándose en figuras de las almas de los santos, muestre las acciones.¿ Pues qué necesidad hay de hipocresía, figuras y tipos, pudiendo realizarse más fácilmente lo decretado por el superior a través de las almas mismas de los santos? Intenta establecer cada una de las cosas dichas tanto con citas de la antigua como de la nueva Escritura, e incluso con testimonios de diversos padres. El tercer capítulo que se esfuerza por establecer es que, sin duda, los sacrificios y ofrendas realizados por los sacerdotes por los que mueren en la fe, o de otro modo las oraciones, súplicas y limosnas por ellos por parte de los fieles, procuran libertad y perdón de faltas a aquellos por quienes se realizan estas cosas. En lo cual dice que los terceros se realizan tomando el misterio de la resurrección del Señor al tercer día como cooperación y ayuda de la súplica, los novenos igualmente( pues a los 8 días de la resurrección se apareció el Señor por segunda vez a los discípulos), los cuadragésimos de la misma manera, porque después de tantos días, visto por última vez por los discípulos, fue ascendido con nuestro aliento. Encontré en este libro también al maestro de Pablo según la ley, Gamaliel, que creyó y fue bautizado, y a Nicodemo, el amigo nocturno que se hizo diurno y fue perfeccionado por el martirio, quien la historia enseña que fue primo de Gamaliel. Y que ambos fueron bautizados por Juan y Pedro, y no solo ellos, sino también el hijo de Gamaliel, de nombre Abib. A Nicodemo, pues, el bienaventurado, cuando los judíos se enteraron de que se había bautizado, por eso lo sometieron a muchos golpes, con los cuales, habiendo luchado firmemente, poco después fue perfeccionado. Esta historia la contenía el libro, pero la atribuía a Crisipo. Crisipo es presbítero de Jerusalén, quien al escribir un elogio al mártir Teodoro, menciona como en una digresión a un tal Luciano, quien también fue presbítero de la misma iglesia de Jerusalén, cuando Juan presidía el arzobispado de allí. Se dice que este Luciano, en una de las noches, alrededor de la tercera hora, en estado de vigilia y no en sueños, fue iniciado en lo dicho anteriormente; pues habiéndosele aparecido Gamaliel, le reveló estas cosas: que él mismo era Gamaliel, cómo se bautizó y por quiénes, que también estaba Abib el hijo, y cómo ellos mismos están depositados en una sola tumba,
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y que Esteban, el primero de los mártires, está atesorado en la tumba oriental; a cuyos pies, en otra tumba, está Nicodemo, lo que sufrió, por qué y por quiénes; y la tumba después de esto es la suya y la del niño. Habiendo dicho esto, Gamaliel encargó a Luciano no descuidar más las reliquias ni permitir que se destruyeran con el sol y la lluvia. Que un terremoto acompañó a la visión, y que se realizaron muchas curaciones de muchas enfermedades, especialmente la tumba del protomártir derramando las curaciones. Se leyeron las homilías de Crisóstomo sobre el Génesis, 61, en tres volúmenes, de los cuales el primero contenía 20 homilías, el segundo 16, el tercero 25. Se muestra en el primero que, habiendo comenzado a hablar desde el principio de la cuaresma, sin haber terminado aún, pronunció estos 20 discursos y otros 3 o 4, entre los discursos sobre el Génesis, por necesidad, como es natural, que se presentó al pueblo. Es posible observar que, aunque el libro tiene la inscripción de discursos( pues así lo encontré en lo que leí), se parecen más a homilías, entre otras cosas porque en muchos lugares, a menudo, como viendo presentes a los oyentes, así se dirige a ellos, pregunta, responde y promete, pudiendo el discurso ser de otra manera y no configurar tales cosas según una homilía, pero no obstante, el hacerlo continua y persistentemente, y no con alguna economía, muestra que son homilías. Pronunciaba estas ante la multitud, como se puede saber por ellas mismas, a menudo cada día, a veces incluso más de una vez al día. Así el primer libro, en el que están las 20 homilías. El otro libro, que tiene 16 discursos, indicaba que los primeros 7 fueron pronunciados aún estando en curso la cuaresma, de modo que los discursos sobre el Génesis durante toda la cuaresma hasta la gran semana son 27. Los 9 discursos restantes del segundo libro y los 25 restantes del tercero no fueron pronunciados inmediatamente ni continuamente después de la Pascua. Pues después de la homilía en la gran semana, que era la 27 de las del Génesis, pronunció al día siguiente sobre la cruz, luego sobre la traición, y luego sucesivamente, según las fiestas y temas que surgían en los días, las homilías se hacían proporcionalmente; y después de las homilías sobre la resurrección, habló sobre los Hechos continuamente, como él mismo, al comenzar el discurso 28 de los del Génesis, señala; el cual, como es evidente, pronunció junto con los otros después de mucho tiempo. Pues las homilías sobre los Hechos son 55, y fueron dichas casi durante todo el año; pues no las pronunciaba cada día, sino incluso más de 5 y más de 7 y más. Lo cual él mismo hace evidente que las pronunció siendo arzobispo en el tercer año. No pudimos saber cuándo pronunció las del Génesis, salvo si menciona aquellas homilías en el discurso 28, las cuales elaboró durante el tercer año de su arzobispado, y no otras fuera de estas( pues aún no supe esto), es evidente que también estas las preparó siendo arzobispo, las 27 en la cuaresma del segundo año, y las 34 restantes en el cuarto año. Su frase, junto con la claridad y pureza habituales, muestra también lo brillante y fluido, dejando entrever la abundancia de pensamientos y la muy adecuada riqueza de ejemplos. Sin embargo, está disminuida respecto a la frase en los Hechos, llevada hacia lo más humilde, tanto cuanto la interpretación sobre el apóstol y aún los comentarios sobre el salterio quedan por debajo de la de los Hechos. Pues en todas partes, elaborando en sus discursos lo puro, brillante y claro junto con lo dulce, destaca especialmente aquí en esto, y en la riqueza de ejemplos, en la abundancia de pensamientos y( si fuera necesario) en la elocuencia, y simplemente en dicción, composición, método, pensamientos y en toda la estructura, estableció excelentemente estos escritos. Pero las del apóstol se pueden reconocer por ellas mismas,
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cuáles de ellas fueron elaboradas mientras residía en Antioquía, que son también más precisas, y cuáles fueron hechas siendo arzobispo. Las de los salmos aún no pudimos saberlas en cuanto a la historia, salvo si alguien, admirando la fuerza y la otra virtud del discurso, dijera que las elaboró estando libre y no ocupado en asuntos comunes. Y si no trató diligentemente algunos de los pasajes que necesitaban interpretación o teoría más profunda, no hay que extrañarse; pues todo lo que la capacidad de los oyentes abarcaba y tendía a su salvación y beneficio, no lo omitió en ninguna parte. Por eso también siempre me inclino a admirar a aquel tres veces bienaventurado hombre, porque siempre y en todos sus discursos se propuso este objetivo: el beneficio de los oyentes, y de los demás o no se preocupaba en absoluto o lo mínimo, sino que incluso el parecer ocultar algunos de los pensamientos y el no intentar penetrar en los más profundos, y si algo así, por el beneficio de los oyentes, lo descuidaba por completo. Se leyeron 8 discursos de los comentarios históricos misceláneos de Pánfila. Esta vivía con un hombre, como ella misma señala al comienzo de los comentarios; con quien, conviviendo desde niña durante 13 años, dice que ya comenzó esta escritura de comentarios, y escribir lo que aprendió del hombre, conviviendo continuamente con él durante los 13 años y no separándose ni un día ni una hora, y lo que sucedió que escuchó de algún otro de los que llegaban ante él( pues muchos acudían teniendo nombre y fama por su educación) e incluso lo que ella misma leyó de libros. Todo esto, lo que le parecía digno de discurso y memoria, lo dividió en comentarios misceláneos y no dividió cada cosa según sus propios temas, sino que así al azar y como a cada una le vino, lo registró, diciendo que no tenía dificultad en dividirlos por género, pero que consideraba más agradable y elegante lo mezclado y la variedad que lo monótono. El libro es útil para la polimatía; pues uno podría encontrar no pocas cosas necesarias de los historiadores, e incluso algunos apotegmas, ejercicios retóricos, teoría filosófica, idea poética, y si algo así se presentara. Pánfila era egipcia de linaje, y floreció en los tiempos en que florecía Nerón, emperador de los romanos. La frase, como se puede deducir de los proemios, y en lo que dice algo propio en otro lugar, y especialmente según el pensamiento, siendo como es hija de mujer, es de idea sencilla, no alejándose tampoco en la dicción de la idea. Pero en lo que dice recordando las cosas de los más antiguos, el discurso está compuesto de manera más variada y no según un solo género. Se leyeron los discursos históricos de Teopompo. Son 53 los discursos históricos suyos que se conservan. Algunos de los antiguos dijeron que se habían perdido el sexto, el séptimo, e incluso el vigésimo noveno y el trigésimo. Pero estos ni nosotros los vimos, pero un tal Menófanes, al exponer las cosas sobre Teopompo( el hombre es antiguo y no despreciable), dice que también se perdió el duodécimo; aunque nosotros lo leímos junto con los otros. Y el duodécimo discurso contiene sobre Pacoris, el rey de los egipcios, cómo hizo pactos con los bárbaros y actuaba a favor de Evágoras el chipriota, actuando en contra del persa; de qué manera Evágoras, contra toda expectativa, subió al poder de los chipriotas, habiendo capturado a Abdymón el citiota que era gobernador de este; de qué manera los griegos que estaban con Agamenón tomaron Chipre, expulsando a los que estaban con Cíniras, de quienes son restos los amatuntios; cómo el rey fue persuadido a luchar contra Evágoras, poniendo como estratega a Autofradates, el sátrapa de Lidia, y como navarco a Hecatomno; y sobre la paz que él mismo arbitró para los griegos; cómo luchaba más poderosamente contra Evágoras, y sobre la batalla naval en Chipre; y cómo la ciudad de los atenienses intentaba mantenerse en los pactos con el rey, mientras los lacedemonios, pensando cosas excesivas, violaban los pactos; de qué manera establecieron la paz de Antálcidas; y cómo Tiribazo luchó, cómo conspiró contra Evágoras, cómo Evágoras, calumniándolo ante el rey, lo hizo chocar con Orontes, y cómo Nectenibio, habiendo tomado el reino de Egipto, envió embajadores a los lacedemonios; de qué manera se disolvió la guerra sobre Chipre para él; y sobre Nicocreonte, cómo conspiró, cómo fue descubierto paradójicamente, cómo huyó y cómo Evágoras y el hijo de este, Pnitágoras, sin saberlo el uno del otro, dormían con la joven que quedó de aquel, sirviéndoles por turnos el eunuco Trasideo, que era de linaje eleo, en la lascivia hacia la joven; y cómo esto fue causa de ruina para ellos, habiendo provocado Trasideo la eliminación de aquellos. Luego, de qué manera Acoris el egipcio hizo alianza con los pisidios, sobre el país de ellos y de los aspendios; sobre los médicos en Cos y Cnido, como Asclepiadas, y cómo los primeros llegaron desde Sirno, descendientes de Podalirio; y sobre Mopso el adivino y sus hijas Rode, Meliade y Panfilia, de las cuales Mopsuestia, la Rodia en Licia y el país de Panfilia tomaron sus nombres; de qué manera Panfilia fue poblada por los griegos; y la guerra entre ellos; y cómo los licios lucharon contra los telmisios, guiados por su rey Pericles, y no cesaron de luchar hasta que, habiéndolos hecho sitiados, los sometieron bajo acuerdo. Lo que contiene el duodécimo discurso, que Menófanes dice que desapareció, es esto. Teopompo es de linaje de Quíos, hijo de Damóstrato, y se dice que huyó de la patria junto con el padre, al ser condenado el padre por laconismo, y que fue salvado para la patria al morir el padre, habiendo logrado el regreso Alejandro, rey de los macedonios, mediante cartas a los de Quíos; y que Teopompo tenía entonces 45 años; después de la muerte de Alejandro, habiendo sido expulsado de todas partes, llegó a Egipto, y Ptolomeo, el rey de allí, no lo admitió, sino que incluso quiso eliminarlo como entrometido, si no fuera porque algunos de los amigos, intercediendo, lo salvaron. Él mismo dice que floreció junto con Isócrates el ateniense, Teodectes el faselita y Naúcrates el eritreo, y que estos junto con él tenían los primeros puestos de la educación en discursos entre los griegos; pero que Isócrates, por falta de vida, y Teodectes, por salario, escribían discursos y sofisteaban, educando a los jóvenes y cosechando de allí los beneficios, mientras él y Naúcrates, teniendo lo suficiente en esto, pasaban siempre el tiempo filosofando y aprendiendo; y que no sería irrazonable que él reclamara los primeros puestos, habiendo escrito discursos demostrativos de no menos de 20, 000 versos, y más de 150, 000, en los cuales se pueden encontrar las acciones de los griegos y bárbaros anunciadas hasta ahora. Además, que no hay lugar común de los griegos ni ciudad digna de mención, a los cuales él mismo no haya ido y hecho demostraciones de discursos, dejando gran gloria y recuerdo de su virtud en los discursos. Diciendo esto él mismo sobre sí, declara que los que tenían el primer puesto en los discursos en los tiempos anteriores eran mucho más inferiores que los de su tiempo, no siendo dignos ni del segundo rango, y dice que esto es evidente incluso por los discursos elaborados y capturados por cada uno; pues mucha educación de este tipo recibió progreso en su época. Pero a quiénes llama los de los tiempos anteriores, no puedo conjeturar claramente; pues no supongo que se atreviera a dirigirse a Heródoto y Tucídides, siendo él mismo mucho más inferior que aquellos hombres en muchas cosas. O quizás mira a Helánico y Filisto los historiadores, o a Gorgias y Lisias y los tales, que vivieron cerca de su época,
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alude, sin que aquellos sean mucho menos deficientes en cuanto a los discursos. Pero Teopompo se limita a esto. Se dice que tanto él como Éforo fueron discípulos de Isócrates. Esto lo hacen evidente también sus discursos; pues en los de Teopompo la idea de la imitación es mucho mayor que en los de Isócrates, aunque se queda atrás en la precisión de la elaboración. Y que el maestro les propuso los temas históricos, a Éforo los de tiempos remotos y a Teopompo las Helénicas posteriores a Tucídides, adaptándose a la naturaleza y a la obra de cada uno. Por eso también los proemios de sus historias son muy semejantes tanto en el pensamiento como en los demás aspectos, como si ambos hubieran partido desde la misma línea de salida hacia el estadio de la historia. Teopompo, pues, extiende sus discursos históricos con muchísimas digresiones de toda clase de historia. Por eso Filipo, el que luchó contra los romanos, extrayendo estas y componiendo las acciones de Filipo, que son el objetivo de Teopompo en solo diez libros, sin añadir ni quitar nada de su propia cosecha salvo( como se ha dicho) las digresiones, completó el total. Duris de Samos, en el primero de sus libros de historia, dice lo siguiente:« Éforo y Teopompo se quedaron muy atrás de los hechos; pues no participaron de ninguna imitación ni de placer al narrar, sino que solo se preocuparon de escribir». Aunque Duris, incluso en la economía de estos mismos asuntos que critica, se queda muy atrás de estos hombres. Pero si esto lo lanzó contra aquel discurso arrogante de Teopompo, que no consideraba a los antiguos ni siquiera dignos de un segundo lugar, no sabría decirlo; salvo que afirmaría con firmeza que ninguno de los dos lo abordó de manera apropiada. Cleochares de Esmirna, hablando, creo, sobre todos los discursos isocráticos( pues esto es lo que significa en la comparación con Demóstenes el no ofrecerles nada lejano), dice que los discursos demosténicos se parecen más a los cuerpos de los soldados, y los isocráticos a los de los atletas. Y es evidente que Teopompo no es inferior a ninguno de los isocráticos en sus discursos. Hasta aquí, pues, el linaje de Teopompo, su educación, su maestro, sus contemporáneos, sus discursos, su vida política, la idea y la elección en sus discursos, enumerados de forma capitular, así como el tiempo en que floreció y todo lo que le sucedió en su vida.
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el haber subsistido antes buenos por naturaleza, poseen el pecado en la naturaleza y no en la elección. En segundo lugar, es consecuente para ellos decir que ni siquiera los niños, aunque sean recién nacidos, están libres de pecado, ya que la naturaleza subsistió en pecados desde la transgresión de Adán, y la naturaleza pecadora( como dirían ellos) se extiende a todo el linaje que proviene de él. Y dicen que ellos aportan el« En pecados fui engendrado», y cualquier cosa semejante, y que el mismo santo bautismo y la comunión del cuerpo inmaculado para el perdón de los pecados, al ser aplicados también a los infantes, los presentan como confirmación de su propia creencia. Además, que no hay nadie justo entre los hombres. Y esto es también, evidentemente, consecuente con su tesis desde el principio:« Pues no será justificado ante ti», dice,« toda carne», y cosas por el estilo. Cuarto(¡ oh bocas blasfemas e impías!) que ni siquiera Cristo, nuestro Dios, al haber asumido la naturaleza que pecó, ni él mismo estaba limpio de pecado. Aunque en otra parte de su blasfemia es posible verlos, como dice, no atribuyéndole la encarnación en verdad y naturaleza, sino solo en apariencia. Quinto, que el matrimonio, es decir, el deseo de la unión y la emisión del semen y todas las cosas semejantes, por las cuales nuestro linaje aumenta por sucesión, dicen que son obras de la naturaleza malvada, en la cual, habiendo caído Adán por el pecado, recibió por la maldad de la naturaleza el enjambre de los males. Pero los puntos de los herejes son tales. Este Teodoro hace bien en rechazarlos, y en algunos lugares incluso los fustiga de manera excelente y con fuerza por lo extraño y blasfemo de sus suposiciones, y ajustando a las voces escriturales, que ellos interpretaban mal, los conceptos correspondientes, los refuta como completamente ignorantes. Pero no siempre, sino que en muchos lugares se le ha visto gestando la herejía de Nestorio, y en cuanto al fin, insinuando la de Orígenes sobre el castigo. Además, tampoco el hecho de que él diga que Adán fue creado mortal desde el principio, y que Dios lo configuró así solo como indicación para que odiáramos el pecado, de modo que por causa del pecado se impuso la muerte en lugar de un castigo, tampoco esto me parece que se refiera a razonamientos rectos, sino que está sujeto a muchas críticas, si alguien quisiera exigirlas, aunque, como él diría, tal opinión combate suficientemente contra los herejes. Pues si algo combate contra lo peor, no es bueno; porque también el mal combate contra sí mismo; sino que si algo es conforme a la recta razón y conocido por las divinas escrituras, eso es aceptable, aunque ninguna herejía se atreva a combatir contra ello. Además, yo mismo no apruebo para los dogmas de la verdad, por estar dicho con curiosidad y no ser conocido por la iglesia de Dios, el decir que hay dos perdones de los pecados, uno de los hechos, y el otro, no sé cómo alguien podría llamarlo perdón, como él dice, la misma impecabilidad, es decir, el no pecar más; pues necesitamos, al parecer, más palabras aclaratorias para indicar ese nuevo perdón de los pecados. Lo que la recta razón conoce como impecabilidad, este lo llama perdón de los pecados perfecto y principal y anulación completa del pecado.¿ Cuál es, pues, tal perdón de los pecados, y dónde se da, y de dónde comenzó? Comenzó, dice, a manifestarse desde la economía según el Señor Cristo y a darse a nosotros en calidad de arras, pero se da perfectamente y en los hechos mismos en la restauración después de la resurrección, por la cual, para que la alcancemos, somos bautizados tanto nosotros como los infantes. Pero hasta aquí, como cosas solemnes y que casi hacen que todos se queden boquiabiertos hacia el fin. Di, pues, finalmente,¿ qué es esto? Pues te ofrecemos oídos rectos.¿ Cuál es ese perdón de los pecados completo? Ya no pecaremos, dice, después de la resurrección. Pero,¡ qué esperanzas de las que nos has hecho descender! Pues para dejar ahora de investigar cómo es posible llamar a esto perdón de los pecados, diré brevemente aquello:¿ qué entonces?¿ Por esto se encarnó y fue crucificado Cristo por ti, para que no peques después de resucitar de allí?¿ Acaso pecaban
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entonces los que terminaron su vida antes de que Cristo se presentara? Y si no nos bautizamos,¿ seguiremos cometiendo pecados allí nosotros y los infantes?¿ Qué hay de todos los incrédulos, que también en el siglo venidero robarán, fornicarán, serán impíos, asaltarán y saciarán toda su malvada concupiscencia? Pues no has encontrado para ellos castigos justos y gravísimos por las faltas cometidas aquí. Pero he indicado por qué no debo aprobar su perdón de los pecados. Quizás ni él mismo llegó a esto voluntariamente, sino para resolver la dificultad de los que dicen:¿ por qué los infantes participan de los inmaculados misterios, por qué son hechos dignos del bautismo, si no están llenos de pecados, estando el pecado sembrado en la naturaleza? Pues también estos se dan para el perdón de los pecados. Pero era necesario resolver la dificultad, que tiene muchas fuentes de soluciones, desde otro lugar, y habiendo examinado los absurdos que siguen a su perdón de los pecados, no inventar nada semejante. Este es el mismo Teodoro que también luchó no noblemente contra Eunomio en veinte y ocho discursos, fortaleciendo la doctrina del divino Basilio, o mejor dicho, de la verdad; pues tanto la dicción como la composición de las palabras y el sentido de los dogmas y la abundancia de la refutación, y lo demás, no difiere en nada. Pero es oscuro, aunque no usa una dicción extraña; sino por usar períodos de gran extensión y con incisos sucesivos, a través de los cuales el sentido de lo propuesto se extiende a gran longitud, y por abundar en las formas oblicuas de los nombres y en las palabras participiales, y por repetir las mismas cosas muchas veces y sin orden, y por estar lleno de digresiones más que de narraciones( lo cual es completamente sin método), y con tales cosas derrama no poca oscuridad sobre sus escritos. Parece haberse inclinado más laboriosamente hacia nuestra sagrada y divina escritura, aunque en muchos puntos se desvía de la verdad. Se leyó el libro de Dioscórides sobre la materia, dividido en siete discursos. En los cinco primeros trata sobre las hierbas y las plantas, los aromas y la preparación de aceites y ungüentos, y ciertamente también sobre los animales y el beneficio de las partes que hay en ellos, pero también sobre los árboles, los jugos y las lágrimas, además de la miel, la leche, la grasa y los llamados cereales y legumbres, las raíces de las plantas, los arbustos y las hierbas, y todo lo que de ellos tiene un jugo que contribuye a la necesidad médica o el fruto. No obstante, también trata suficientemente sobre los vinos y los llamados metales. Y de la mayoría de las cosas que se propuso decir, registra la forma, la naturaleza y el lugar de origen con precisión para el conocimiento de lo buscado; en menor medida, describe solo la utilidad o la historia no precisa. Transmite en estos diversas preparaciones de vinos. En el sexto, sin embargo, discurre sobre los fármacos, tanto los que son venenosos como los que son antídotos. En el séptimo, y último de toda la propuesta, hace la historia de los animales venenosos, y qué consuelo posible o incluso curación completa encontrarán los que han caído en alguno de estos. Este es, pues, el objetivo total del libro. El libro es útil no solo para la laboriosidad médica, sino también para la teoría filosófica y física. Y cuantos después de él parecieron escribir sobre fármacos simples, unos solo transcribieron el libro, otros ni siquiera en la transcripción se preocuparon de preservar la precisión, sino que cortaron la totalidad de la enseñanza sobre cada uno, reuniendo por un lado la forma, la naturaleza y el origen de los simples, y por otro lado describiendo de forma separada la utilidad y el beneficio. Alejandro, Pablo, Aecio y los de su clase ni siquiera tuvieron en cuenta la forma, sino que, mutilando solo la utilidad, la depositaron en sus propios tratados, aunque a Pablo no solo no se le escapa nada de lo que dijo Dioscórides sobre la utilidad, sino que también se reunió la utilidad y el beneficio de muchas cosas que aquel no mencionó. Aecio, en cambio,
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además de no añadir nada, no sé por qué omitió muchas cosas que Dioscórides escribió. Pero ni siquiera Oribasio, que parece ser más amplio que estos, registró en sus propias colecciones todo lo que Dioscórides mencionó, sino que también cortó la utilidad de la forma y la naturaleza. Y Galeno, después de omitir la mayoría de las hierbas, escribió solo la potencia, es decir, el uso de las que mencionó, dando una fría razón para omitir su forma y naturaleza. Aunque, al tratar sobre los metales, trató de manera más curiosa que Dioscórides, no siendo superado por el hombre en una parte no pequeña de la utilidad en estos, pero no en la medida en que se ve que se queda atrás de este en el discurso sobre las hierbas. De modo que, por lo que yo sé, para el conocimiento de la forma, la naturaleza y el origen de estos, nadie encontraría a alguien más útil que Dioscórides. El hombre es, como también Galeno atestigua, de Anazarba; yo, sin embargo, encontré a algunos que llamaban a Pedanio también Anazarbeo en las inscripciones. Y siendo muchos los que escribieron sobre el mismo tema antes que él, se conoce por experiencia que es el más preciso y útil de todos. Se leyó el libro del odioso e impío Agapio, que contiene veintitrés discursos y otros ciento dos capítulos, en todos los cuales se muestra a sí mismo fingiendo el nombre de cristianos, pero nadie es refutado como tan odiador de Cristo a través de esos mismos. Dirige estos a una mujer llamada Urania, ensalzándola como filósofa. En todo caso, dogmatizando y fortaleciendo todo lo contrario a los cristianos, opone desde la eternidad a Dios un principio malvado autosubsistente, al que a veces llama naturaleza, otras veces materia, y otras veces Satanás y diablo y príncipe del mundo y dios de este siglo y con otros mil nombres. Se esfuerza en decir que los hombres pecan por necesidad y contra su voluntad, y que el cuerpo es de la parte vil, y el alma de la divina, y consustancial(¡ ay de la locura!) a Dios. Se burla de la antigua escritura, y el tres veces desgraciado blasfema contra Moisés mismo y los profetas y ciertamente contra el precursor; y atribuye a estos y a todo lo dicho y hecho en la antigua(¡ oh, de la impiedad!) al principio peor y opuesto a Dios. Y fabula que la planta en el paraíso es Cristo, a quien confiesa honrar con los labios, pero en obras y dogmas no hay palabras para expresar cuánto blasfema. Y el maldito dice confesar una Trinidad consustancial, pero de manera impía y maliciosa, solo para robar con las palabras la piedad a los que se acercan a él de manera más simple o ignorante, y habiendo endulzado y mezclado el veneno destructor del dogma, llenarlos de golpe de su propia corrupción. Así también dice honrar y predicar el cuerpo de Cristo, y a Cristo crucificado, y la cruz y el bautismo y la sepultura de Cristo y la resurrección y la resurrección de los muertos y el juicio; y casi todos los nombres de la piedad y entre los cristianos, trasladándolos y aplicándolos a otros conceptos extraños y abominables o extraños y necios o inapropiados e inconsecuentes, intenta así fortalecer su propia impiedad. Y tanto ha practicado el ateísmo junto con el engaño, que teniendo un odio incontenible y una guerra sin tregua contra la siempre virgen María y madre de Cristo nuestro Dios, sin embargo, se inventa también el nombre de María, y no hay temor de Dios ni vergüenza alguna en absoluto para que él fabule sobre la madre de Cristo. Por eso también, lanzando mil insultos contra la honorable y salvadora cruz de Cristo, y blasfemando contra ella como un amuleto de los judíos, sin embargo, es desvergonzado al decir que honra y venera la cruz de Cristo, indicando maliciosamente otras cosas con otros nombres. Así también fabula sobre el cuerpo y la sangre de Cristo, no lo que conocemos los cristianos, sino lo que su mente rabiosa y maníaca inventó, admitiendo las palabras de los piadosos, pero ladrando contra los hechos mismos, y teologiza desvergonzadamente sobre el sol y la luna y
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los predica consustanciales a Dios, fabulando el insensato que su luz no es sensible sino inteligible; por eso también, celebrándolos como incorpóreos, sin forma y sin color, les atribuye la veneración. El más abominable finge el ayuno de carnes y la abstención de matrimonios como cosas abominables, y también rechaza el vino como embriagador, sin comprender que no es el vino el embriagador sino el uso desmedido y fuera de lo apropiado, así como el uso fuera de medida de todo alimento y agua es perjudicial. El desdichado teologiza también sobre el aire, celebrándolo como columna y hombre. Abomina el fuego y la tierra, clasificándolos en la parte peor; y habiendo tomado otros muchos desvaríos y necedades de la superstición helénica y habiendo inventado otros de su propia fabulación, presenta su propio dogma como un montón de males y de impiedad extrema. Desgarrando algunos pasajes del divino evangelio y de las epístolas del divino Pablo, intenta torcerlos y arrastrarlos hacia su propia impiedad; y se muestra confiado en las llamadas actas de los doce apóstoles, y especialmente de Andrés, teniendo desde allí el pensamiento elevado. Fortalece también las transmigraciones, disolviendo en Dios a los que han llegado al extremo de la virtud, entregando al fuego y a la oscuridad a los que han llegado al extremo de la maldad, y haciendo descender de nuevo a los cuerpos a los que se han comportado de manera intermedia. Ha utilizado descaradamente como testigos también a los que han amado la religión helénica, especialmente a Platón, para la constitución de su propia lucha contra Dios, llamándolos divinos y sagrados, al igual que al Cristo y salvador que está en él; y otras cosas llenas de mucha locura, engaño e impiedad. Parece combatir contra la mala doctrina de Eunomio, él mismo no hay palabras para decir cuánto más ateamente blasfema que aquel. Es en la dicción y el estilo en algunos lugares no despreciable, especialmente si ensayara la expresión de algo, pero en otros es vil y no difiere en nada de los de la calle. El desgraciado también participó de algunas enseñanzas de filósofos, sin preservar ni siquiera en aquellas lo puro y genuino, sino mezclándolo y confundiéndolo todo. Y para hacer mal a la verdad y a lo recto no está lejos de la capacidad y la destreza, pero para encontrar y comprender es completamente ingenuo y estúpido. Su tratado más ateo e inútil sirve solo para la refutación y la vergüenza de los que están dedicados a la impía y atea doctrina de los maniqueos y a él mismo. Se leyeron tres tratados de Juan Lorenzo Filadelfo el Lidio, sobre los presagios, sobre los meses, sobre las magistraturas políticas. Pero el de los presagios, al menos según mi juicio y experiencia, no difiere en nada o poco de las fábulas; el de los meses, aunque tiene mucho de inútil, es, sin embargo, agradable y muy útil para el aprendizaje de la antigüedad; el de las magistraturas políticas ofrece una historia no elegante a los que más se esfuerzan en tales cosas. Este autor usa tropos excesivamente, y en muchos lugares de manera muy fría y arriesgada, pero hay donde de manera apropiada y encantadora. Y en los demás padece una gran irregularidad, siendo despreciativo donde no debe, y de nuevo atemorizado donde no debe, adulador de los vivos sin causa, y de los que se han ido, y de aquellos de quienes no cree que se le haga justicia por el insulto, derramando las críticas de la manera más cargante. Y en la dicción hay donde usa un lenguaje selecto y elevado hacia el ático, hay donde es rastrero y descuidado y no tiene nada más que los de la calle. Pero en el tratado sobre los presagios y sobre los meses, por esto quizás nadie le reprocharía mucho; cuando, sin embargo, al registrar las magistraturas políticas y ciertamente al recorrer los discursos históricos, pero también al entregarse a los elogios de algunos, es amigo de la misma irregularidad en cuanto a la dicción, el sentido y la composición de lo escrito, no veo que tal falta se refiera a ninguna indulgencia. Este hombre sirvió bajo los prefectos a la edad de veintiún años, siendo abogado durante cuarenta años, luego también matriculario; después de
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cuyo tiempo dice haber escrito los tratados mencionados, y haber sido hecho digno por voto del emperador de la corte imperial. El tiempo en que este vivía tocaba el reinado de Anastasio y atravesaba el de Justino y el de Justiniano después de aquel. El hombre parece ser supersticioso en cuanto a la religión; pues venera las cosas de los helenos y las diviniza, pero diviniza también las nuestras, no dando a los lectores la posibilidad de conjeturar fácilmente si diviniza pensando así o como en un escenario. Se leyó la vida del filósofo Isidoro de Damascio el Damasceno. El libro es de muchos versos, y se completa en unos sesenta capítulos. Proponiéndose escribir la vida de Isidoro, ha dirigido el tratado a una tal Teodora, que también venera la religión helénica, pero que no es inexperta en las enseñanzas de la filosofía, y en la experiencia que gira en torno a los poetas y la gramática, sino que incluso ha llegado a la teoría geométrica y aritmética, habiendo hecho Damascio e Isidoro la enseñanza para ella y sus hermanas menores en diferentes tiempos. Esta había nacido hija de Quirina y de Diógenes, hijo de Eusebio, hijo de Flaviano, quien arrastraba el linaje de Sampsigeramo y de Monimo, a quienes se remonta también Jámblico, hombres que llevaron los primeros lugares de la impiedad idólatra. Damascio dirige, pues, esta biografía de Isidoro a ella, cuya pretensión, y habiendo sido otros factores contribuyentes a la exhortación, se convirtió en causa, como él mismo atestigua, del celo del autor. No obstante, no registra más la vida de Isidoro que la de muchos otros, tanto de los que florecieron con el hombre como de los que habían nacido antes, disponiendo también las acciones y relatos de estos y usando y abusando de la digresión. Es en cuanto a la opinión sobre las cosas divinas extremadamente impío; y lleno de fábulas nuevas y propias de viejas, tanto el sentido como los discursos; por eso también, aunque con una maldad cobarde y más secreta, no pocas veces parece ladrar contra nuestra sagrada piedad. Y de todos aquellos a quienes ensalza con sus discursos y diviniza como si hubieran sido mejores que la naturaleza humana por las teorías más perfectas de las ciencias y por la rapidez de la mente, constituyéndose a sí mismo juez de cada uno, no hay nadie a quien no haya atacado por no tener menos en cada una de las cosas admiradas, al que fue ensalzado por su agudeza, porque no siempre es agudo, al otro por sus ciencias incomparable, porque no siempre es científico, y ciertamente al que se acerca a la virtud hacia Dios, porque está falto de muchas cosas. Así, arrastrando y arrojando al suelo a cada uno de aquellos a quienes ensalzaba elevándolos, se atribuye a sí mismo el poder sobre todos y en todo de manera oculta. Por eso también continúa elogiando a Isidoro no menos que cubriéndolo de críticas. Aunque, por lo que presenta como dificultades lógicas ajenas y soluciones como maravillosas, y las que él mismo, vanagloriándose por la rapidez de la mente y la precisión de la ciencia, saca a la luz, no es posible encontrar al hombre habiendo logrado nada más elevado que lo habitual en la filosofía, ni tampoco haber llegado a una destreza y rapidez de mente aguda, en cuanto es humana, no digamos demoníaca, ni tampoco jactándose de nadie de los que están medianamente en la filosofía, mucho menos de los que han sido llevados por una precisión completa, con los que aquel se ilumina. Sin embargo, el hombre en la mayor parte de sus palabras no extiende su estilo lejos de la claridad. Tiene también algo de las otras ideas, cuantas se caracterizan por las palabras, digo la áspera, a través de la cual se vuelve áspero el eco, y ciertamente cuanta ensancha la voz, y la que se libera hacia lo más poético, aunque raramente. Y los tropos también conforman sus discursos, no llevándose a una psicología fría sin musas o tropos bruscos, sino proporcionando en su mayor parte lo dulce y encantador que hay en ellos mismos. Pero siendo claro en la mayor parte de las palabras, ya no se ha vuelto tal en la economía total del discurso; pues la composición no es tanto composición como novedad, y la perífrasis que produce saciedad frecuente y lo que hacia
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junto con los cretenses que habitan en los alrededores. El relato 37 trata sobre cómo la isla de Tasos recibió su nombre de Tasos, hermano de Cadmo; pues allí lo dejó su hermano, tras entregarle una parte del ejército. Y sobre cómo Cadmo, siendo él mismo muy poderoso entre los fenicios, fue enviado por el rey de los fenicios a Europa. Los fenicios, por aquel entonces, eran muy poderosos( según se dice) y, tras haber subyugado gran parte de Asia, tenían su reino en las Tebas egipcias. Cadmo no fue enviado, como dicen los griegos, en busca de Europa, a quien Zeus, en forma de toro, raptó por ser hija de Fénix, sino que, maquinando establecer un principado propio en Europa, fingió buscar a su hermana raptada, de donde surgió el mito de Europa entre los griegos. Navegando alrededor de Europa, deja a su hermano Tasos en la isla, como se ha dicho, y él mismo, tras navegar hacia Beocia, sube a las que hoy se llaman Tebas y, tras amurallar el lugar con sus fuerzas, lo llamó Tebas por el nombre de su patria. Al enfrentarse los beocios con ellos en batalla, los fenicios son derrotados, pero luego vencen mediante emboscadas, destacamentos y la visión inusitada de sus armas; pues el casco y el escudo eran aún desconocidos para los griegos. Cadmo se apodera de la tierra de los beocios y, tras huir los supervivientes a sus propias ciudades, establece a los fenicios en Tebas y se casa con Harmonía, hija de Ares y Afrodita. A los beocios, ante el asombro por las armas, los destacamentos y la emboscada, les surgió la idea de que los hombres habían brotado de la tierra por las mismas armas, y los llamaron Espartos por haber nacido del lugar. Este es el relato verdadero sobre Cadmo y la fundación de Tebas; lo demás es mito y hechizo para el oído. El relato 38 trata sobre cómo un hombre de Mileto, estando su patria en peligro por Harpago, el general de Ciro, parte hacia Tauromenio en Sicilia, y allí, tras confiar su oro a un amigo banquero, navegó de regreso a casa. Luego, Mileto fue esclavizada por Ciro, pero no sufrió nada terrible de lo que temía; y el milesio regresó a Tauromenio para recuperar su depósito. El banquero, tras recibirlo, admitió haberlo recibido, pero insistía en que ya lo había devuelto. Como tras mucha disputa y altercado el milesio desafió al injusto a prestar juramento, el banquero urdió lo siguiente: ahuecó una caña como si fuera un bastón, fundió el depósito, lo vertió en la caña y lo aseguró. Al ir a prestar juramento, sosteniéndola como bastón con el pretexto de una debilidad en los pies, se apoyaba en la caña. A punto de jurar, se la entrega al milesio que estaba cerca, como si fuera a recuperarla enseguida; y al levantar las manos y jurar que había devuelto el depósito a quien se lo confió, el milesio, lleno de indignación, arroja la caña, gritando al mismo tiempo que la lealtad entre los hombres se había perdido. La caña se rompió, y el engaño del perjurio quedó patente a la vista del oro; el milesio recuperó lo suyo, y el banquero, por vergüenza y por ser vilipendiado por todos, se quitó la vida con una soga. El relato 39 trata sobre Melanto, quien era del linaje de los Nelidas, que reinaban en Pilos y Mesenia por descendencia de Poseidón. Los Heráclidas, tras expulsarlo, se apoderaron de la tierra. Él llega a Atenas siguiendo unos oráculos, se convierte en ciudadano y era uno de los honrados. Se produjo una guerra entre atenienses y beocios por Enoe, y pareció que la decisión debía tomarse en un duelo entre los reyes. Timetes, que reinaba sobre los atenienses, temía el combate y cedía el reino a quien quisiera arriesgarse contra Janto, quien reinaba sobre los beocios. Melanto asume el combate por el premio del reino, y se establecen las condiciones; pero cuando llegaron a la batalla, Melanto observa un espectro, un hombre imberbe que seguía a Janto. Al gritar que no actuaba con justicia al traer un ayudante en contra de lo pactado, Janto se giró, asombrado por lo increíble de la afirmación; y Melanto, lanzándole la lanza, lo mata al instante, y se aseguró para los atenienses Enoe y para sí mismo el reino en un solo combate. El linaje de los Erectidas pasó entonces a los Melántidas, de los cuales también era Codro.
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Los atenienses, más tarde, tras erigir un santuario a Dioniso Melántida según un oráculo, le ofrecen sacrificios cada año, y también celebran ritos al Zeus Apaturio, porque de aquel engaño les resultó la victoria. La historia 40 narra los sucesos de Andrómeda de forma distinta a como lo hace el mito de los griegos; pues dice que hubo dos hermanos, Cefeo y Fineo, y que el reino de Cefeo estaba entonces en la que más tarde fue llamada Fenicia, pero que en aquel momento se llamaba Jope, por la ciudad costera de Jope. Los límites del dominio iban desde nuestro mar hasta los árabes que habitan junto al mar Eritreo. Cefeo tenía una hija muy hermosa, Andrómeda, y tanto un fenicio como el hermano de Cefeo, Fineo, la pretendían. Cefeo, tras muchos cálculos sobre ambos, decidió dársela al fenicio, pero ocultar su propia voluntad mediante el rapto del pretendiente; y Andrómeda es raptada desde una isla desierta a la que solía ir para ofrecer sacrificios a Afrodita; tras haberla raptado el fenicio en una nave( que se llamaba' ceto', ya sea por imitación del animal o por azar), Andrómeda, al ser raptada sin conocimiento de su padre, se lamentaba y, entre gemidos, llamaba a quienes pudieran ayudarla. Perseo, hijo de Dánae, que navegaba por allí por designio divino, se detiene y, ante la primera visión de la joven, prendado de compasión y amor, destruye la nave, el' ceto', y mata a los que navegaban en ella, que por el asombro casi se habían convertido en piedra. Y esto es para los griegos el' ceto' del mito y los hombres convertidos en piedra por la cabeza de la Gorgona. Se lleva a Andrómeda como esposa, y ella se marcha navegando con Perseo hacia Grecia, y habita en Argos, donde él reinaba. El relato 41 trata sobre cómo los pelasgos fundaron Antandro, pero, como dicen algunos, tras haberles dado Ascanio un rescate por sí mismo cuando fue capturado por ellos en una emboscada, y haber sido liberado; por eso se llama Antandro, porque tomaron una ciudad a cambio de un hombre. Ascanio era hijo de Eneas, y tras la caída de Troya reinó en el Ida. Otros dicen que los pelasgos fundaron Antandro desde allí: de Apolo y Creúsa nace Anio, y de este Andros, quien, tras habitar una de las islas, dejó su nombre a la isla, pero al ser expulsado de allí por una sedición, y al ver el lugar bajo el Ida parecido a Andros, funda la ciudad y la llama Antandro por la semejanza. El pueblo de los pelasgos pobló Andros, que estaba desierta, y Cícico también tuvo a los pelasgos como habitantes; pues Cícico, hijo de Apolo, que reinaba sobre los pelasgos en Tesalia, al ser expulsado por los eolios junto con los pelasgos, funda la península de Asia, dándole también el nombre, y el dominio creció desde una pequeña ciudad hasta una gran Cícico, de donde tomó como esposa a Clite, hija de Mérope, quien reinaba sobre los territorios alrededor del Ríndaco. Los que iban con Jasón en busca del vellocino se detienen en Cícico con el Argo, y los pelasgos, al saber que la nave era tesalia, por la ira de la expulsión, lucharon de noche contra el Argo. Jasón, al intervenir para detener la batalla, mata a Cícico sin saber quién era, cayendo también otros pelasgos; y el Argo navegó hacia la Cólquide; ellos, en aquel momento, se sintieron muy afligidos por la muerte del rey y entregaron los asuntos de la ciudad a los poderosos de entre ellos( pues Cícico no tenía hijo sucesor), pero más tarde fueron expulsados de Cícico por los tirrenos, y los tirrenos se apoderaron de la península, y a estos, una parte de los milesios, tras vencerlos en batalla, habitaron ellos mismos Cícico. El relato 42 trata sobre cómo Gelón el siciliano, planeando apoderarse de la tiranía, favorecía al pueblo de los himereos y luchaba contra los poderosos, y la multitud lo amaba, y cuando pidió una guardia para su cuerpo, se apresuraban a dársela. Estesícoro de Hímera, el poeta, sospechando que intentaba hacerse con la tiranía, se puso en pie y contó una fábula a la multitud, imagen de lo que iba a suceder. Un caballo, dice, que pastaba, iba a beber a una fuente, pero un ciervo, al correr por la llanura, pisoteaba la hierba y enturbiaba el manantial. El caballo, deseando castigar al que le hacía daño, pero falto de velocidad en los pies, llamaba a un cazador como ayudante; este prometía defenderlo fácilmente si aceptaba el bocado y un jinete. Y así sucedió,
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y el ciervo yacía abatido por las jabalinas, pero el caballo se dio cuenta de que estaba esclavizado al cazador; esto, dijo, temo yo también, oh himereos, que siendo ahora pueblo, superéis a los enemigos gracias a Gelón, pero que vosotros mismos más tarde seáis esclavos de Gelón; pues todo poder es grato para quien lo recibe contra quien lo da, cuando, al igual que no puede darlo, ya no puede recuperarlo de la misma manera. El relato 43 trata sobre cómo los cráteres del fuego del Etna brotaron una vez, a modo de río, una llama sobre la tierra, y a los cataneos( Catania es una ciudad griega en Sicilia) les pareció que iba a ser la destrucción total de la ciudad, y huyendo de ella con la mayor rapidez posible, unos llevaban oro, otros plata, y otros lo que cada uno quisiera como auxilio para la huida. Anapias y Anfínomo, en lugar de todo, cargaron sobre sus hombros a sus padres, que eran ancianos, y huían. La llama alcanzó y destruyó a los demás, pero el fuego se abrió alrededor de ellos y todo el espacio a su alrededor quedó en la llama como una isla. Por esto, los sicilianos llamaron a aquel lugar' tierra de los piadosos' y erigieron en él estatuas de piedra de los hombres, monumentos de obras divinas y humanas a la vez. La historia 44 dice que Leodamas y Fitres disputaron por el reino de los milesios, siendo ambos de linaje real. El pueblo, sufriendo por su sedición, tras muchos padecimientos, se apartaba de la rivalidad y decidieron que reinara aquel que hiciera más bienes a los milesios. Tenían entonces dos guerras, contra los caristios y contra los melios. Contra Melos( pues el sorteo le asignó esta guerra) Fitres marchó con el ejército y regresó sin éxito; Leodamas, tras realizar brillantes hazañas contra los caristios, tomar la ciudad por la fuerza y esclavizarla, al regresar a Mileto reina según lo acordado. A una mujer caristia cautiva, que llevaba un niño de pecho, junto con muchas otras ofrendas que resultaron ser el diezmo del botín, la envió a las Bránquidas. Bránco estaba entonces al frente del santuario y del oráculo, quien acogió a la mujer cautiva y adoptó a su hijo. El niño crecía no según la razón, sino por una suerte divina, y su sensatez superaba a su edad. Bránco lo hace mensajero de los oráculos, llamándolo Evángelo; este, al llegar a la juventud, heredó el oráculo de Bránco, y así comenzó el linaje de los Evangelidas entre los milesios. El relato 45 trata sobre cómo Orfeo, hijo de Eagro y Calíope, una de las Musas, reinaba sobre los macedonios y los odrisios, y practicaba la música, y especialmente el canto con cítara. Y( pues el linaje de los tracios y macedonios es amante de las musas) agradaba en esto de manera sobresaliente a la multitud. Se extendió la fama de que descendió al Hades por amor a su esposa Eurídice, y de que, tras hechizar con sus cantos a Plutón y a Perséfone, recibió como regalo a su esposa; pero que no pudo disfrutar del favor al resucitarla, por olvidarse de las instrucciones sobre ella. Era tan sabio para encantar y fascinar con sus cantos, que incluso las fieras, las aves y, en efecto, también los árboles y las piedras lo seguían por el placer. Muere tras ser despedazado por las mujeres tracias y macedonias, porque no las hacía partícipes de los misterios, quizás también por otros pretextos. Dicen, pues, que él, tras sufrir la desgracia con su esposa, odió a todo el género femenino. Una multitud de tracios y macedonios armados acudía en días señalados a Libetra, reuniéndose en un edificio grande y bien construido para los ritos. Cuando entraban para celebrar los misterios, dejaban las armas ante las puertas. Las mujeres, tras observar esto y apoderarse de las armas, por la ira debida al deshonor, acabaron con los que se acercaban y arrojaron a Orfeo despedazado en pedazos al mar. Como la tierra sufría por una peste, porque no se había hecho justicia a las mujeres, al pedir que cesara el mal, recibieron un oráculo de que, si encontraban la cabeza de Orfeo y la enterraban, obtendrían el alivio. Y apenas la encontraron cerca de la desembocadura del río Meles gracias a un pescador, y aun entonces cantaba y no sufría nada por el mar, ni nada de lo que las parcas humanas
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traen como deshonra a los muertos, sino que estaba floreciente y aún rebosante de sangre vital después de mucho tiempo. La tomaron y la enterraron bajo un gran túmulo, rodeándola de un recinto sagrado, que antes era un heroón, pero más tarde prevaleció ser un templo; pues es honrado con sacrificios y con todo aquello con lo que se honra a los dioses; y es totalmente inaccesible para las mujeres. El relato 46 trata sobre cómo, al ser saqueada Troya, Príamo pone a salvo en Lidia a dos hijos de Héctor, Oxinio y Escamandro. Cuando Ilión fue tomada, Eneas, hijo de Anquises y Afrodita, tras escapar de los aqueos, al principio habitaba el Ida, pero al llegar Oxinio y Escamandro desde Lidia y reclamar los lugares alrededor de Ilión como herencia paterna, tomó a su padre Anquises y a cuantos pudo de los compañeros de huida, y se marchó hacia el sol naciente por mandato de Afrodita. Tras cruzar el Helesponto y llegar al llamado golfo Termo, entierra a Anquises, que había muerto, y él mismo, aunque los habitantes le pedían que reinara sobre ellos, no lo aceptó. Luego va a la tierra de Brusia; era deseable para todos con quienes se encontraba por gracia de Afrodita. Allí, al mugir la vaca que lo seguía desde el Ida( pues esto lo ordenó Afrodita), toma el poder de la tierra al dárselo los habitantes, sacrifica la vaca a Afrodita y funda una ciudad que entonces se llamó Enea por el fundador, pero más tarde, al trasladarse el nombre, se llamó Enos. Este es un relato que dicen los griegos junto con muchos otros; pero el que remonta el linaje de los romanos a él y lo hace fundador de Alba, y el oráculo que le permitía habitar cuando él mismo, junto con los que estaban con él, tras sacrificar, comiera también las mesas junto con los alimentos, este ha sido alterado. El relato 47 trata sobre cómo Altémenes, del linaje de los Heráclidas, tercera generación desde Témeno, se enemista con sus hermanos( era el más joven) y emigra del Peloponeso, teniendo un ejército de dorios y algunos pelasgos. Los atenienses enviaban entonces la colonia con Neleo y los Codridas; de igual modo, por su cuenta, los lacedemonios enviaban al pueblo de Filonomo, que dirigían Delfo y Polis. Ambos invitaban a Altémenes a participar con ellos en la empresa, los dorios en el viaje a Creta, ya que él mismo era dorio, y los jonios, a cruzar a Asia con ellos. A él no le pareció bien navegar con ninguno, sino que, según el oráculo que le fue dado, debía dirigirse a Zeus y al Sol y pedirles tierra para habitar; y que la de Zeus era Creta, y la del Sol, Rodas. Al zarpar del Peloponeso, llega a Creta y deja a una parte del pueblo, a los que querían habitar allí; él mismo, teniendo a la mayoría de los dorios, navegaba hacia Rodas. Rodas, en la antigüedad, la habitaba un pueblo autóctono, que dirigía el linaje de los Helíadas, a quienes los fenicios expulsaron y se apoderaron de la isla; tras la expulsión de los fenicios, la tuvieron los carios, cuando habitaron también las otras islas alrededor del Egeo. Contra estos navegaron los dorios, y tras subyugar en guerra a los carios, fundaron tres ciudades, Lindos, Ialisos y Cámiro. Los dorios, pues, comenzando desde Altémenes, han llegado hasta aquí. Las tres ciudades, al unirse en una sola grande y próspera, dieron el mismo nombre a la isla, llamándola Rodas. El relato 48 narra los sucesos sobre Remo y Rómulo, difiriendo de los otros en algunas cosas. Dice que Amulio, conspirando, mata a su hermano Numitor, y a su hija Ilia, para que no tuviera hijos ni llegara a la edad adulta, la nombró sacerdotisa de Vesta. Ares, al unirse a ella, al terminar la unión, reveló quién era y que engendraría dos hijos de él y que debía tener confianza. Pero al dar a luz, Amulio la arrojó a una prisión y la consumió, y a los nacidos se los da a un pastor de los suyos, de confianza, para que los destruya. Él, al recibirlos, no aceptó cometer la mancha con sus propias manos, sino que los puso en una artesa para que fueran arrastrados por el Tíber. Esta, tras un largo recorrido, se detiene en una orilla saliente por las raíces de un espino, que había crecido grande allí; y la artesa arroja allí a los niños a la orilla, sobre tierra blanda y arenosa. Una loba recién parida
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encuentra a los niños, y al rodearlos mientras lloraban y extendían las manos, les ofrecía las mamas; ellos se alimentaban mientras la loba descansaba, aliviada por el encuentro. Fástulo, uno de los pastores, al ver esto y considerarlo divino, los recoge y cría a los niños como suyos. Tiempo después, se encuentra con el pastor que los había expuesto y, al saber todo de él sobre los niños, se lo comunica a ellos, que ya habían llegado a la juventud, que eran de linaje real y descendencia de Ares, y todo lo que habían sufrido su madre y su abuelo materno. Ellos( pues eran hermosos de aspecto, invencibles en fuerza y nobles en audacia), tomando al instante dagas y ocultándolas, se dirigieron a Alba, y al encontrar a Amulio desprevenido por lo inesperado de la conspiración, le aplican el castigo, matándolo con espadas, liberan a su madre de las cadenas, saludan a la multitud y reinan en Alba y sus alrededores. Al haberse unido a ellos una gran multitud, emigran y fundan una ciudad, llamándola Roma, que ahora, por así decirlo, tiene el poder de los hombres. Se muestra como testimonio de aquellos tiempos entre los romanos, en el ágora, un espino sagrado, rodeado por rejas de bronce del senado, y una cabaña en el templo de Júpiter, recuerdo de la vida de Fástulo, que conservan construyéndola con paja y ramas nuevas. El relato 49 trata sobre cómo en la isla de Anafe( esta está sobre la isla de Tera, no lejos de la de los lacedemonios) está erigido un santuario de Apolo Egleto, en el que los habitantes sacrifican con burlas por tal motivo. Cuando Jasón, tras raptar a Medea de la Cólquide, navegaba a casa, una tormenta inefable los rodeó y una impotencia total; al orar y suplicar mucho los que estaban en el Argo, Apolo, levantando su arco sobre ellos, disolvió todos los males, y al resplandecer un rayo desde el cielo, la tierra hizo surgir una isla desde el abismo, en la que, al fondear, como fue vista por primera vez por el sol entonces, la llamaron Anafe por el encuentro, y erigieron un santuario de Apolo Egleto, y se alegraban por la inesperada liberación de los males y con los otros festines. Medea, junto con las mujeres que la acompañaban, que eran regalo de las bodas de Jasón, jugando después de beber, se burlaban de los héroes en la fiesta nocturna; ellos respondían con burlas a las mujeres. Por esto, pues, el pueblo de Anafe( pues la isla fue poblada) celebra cada año una fiesta en honor a Apolo Egleto, insultándose unos a otros en imitación de aquellos. El relato 50 trata sobre cómo a Alejandro el tirano lo mata su propia esposa; esta era hija de Jasón, el que alguna vez fue tirano de Tesalia, y tenía tres hermanos, Tisífono, Licofrón y Pitolao; eran hijos de la misma madre, y su padre era Eualces. Alejandro, este de Feras, teniéndolos bajo sospecha, planeaba matarlos; y sabiendo que Tibe no soportaría ver morir a sus hermanos de madre, planeaba matarla también a ella. Estando sobrio ocultaba el plan, pero estando borracho( pues era esclavo del vino) lo revelaba y descubría. Tibe, al saber el plan, tras dar dagas a sus hermanos, los exhortaba a prepararse para la matanza, y tras sumergir a Alejandro en mucho vino y dormirlo, envía a los guardias de la cámara con el pretexto de que iba a usar los baños, y llamaba a sus hermanos para la obra. Ellos se acobardaban, y especialmente el más joven. Ella, tras amenazarlos con otras cosas, y con que despertaría al instante a Alejandro y denunciaría su asesinato, los obligó a tener valor; y matan a Alejandro mientras dormía. Tibe, tras llamar a los jefes de los guardias, y tratándolos unos con amenazas y otros con promesas, los convence de ayudarla a establecer la tiranía. Ellos accedían, y ella recibe el poder, pero da el nombre y la gloria de la tiranía a Tisífono, el mayor de los hermanos. Estos son los 50 relatos de Conón. Su estilo es ático, gracioso y encantador tanto en las construcciones como en las palabras, teniendo algo de conciso y alejado de la mayoría. En el mismo volumen también
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se leyó para mí un librito del gramático Apolodoro; su título es Biblioteca; contenía lo más antiguo de los griegos, tanto lo que el tiempo les dio a creer sobre dioses y héroes, como los nombres de ríos, tierras, naciones y ciudades, de donde también lo demás que se remonta a la antigüedad, y llega hasta los sucesos de Troya, y recorre las batallas y obras de algunos hombres entre sí y algunas errancias de los que venían de Troya, especialmente de Odiseo, en quien termina su arqueología. La mayor parte del libro es un resumen, y no inútil para quienes se proponen tener en la memoria los asuntos antiguos. El librito tiene también un epigrama no falto de elegancia:' Habiendo extraído de mí el germen de la sabiduría de una vida, conoce los mitos de los antiguos, no mires la página homérica ni la elegíaca, ni la musa trágica, ni la composición melódica, no busques el verso de muchos cantos de los cíclicos; mirando hacia mí, encontrarás en mí todo lo que el mundo contiene'. Se leyeron dos libros de los Teólogos aritméticos de Nicómaco de Gerasa; el título es digno de admirar y despertar un deseo agudo, pero el trabajo, por no decir que es obra de cálculos vacíos y ocupaciones vanas, está muy alejado del título. Pues trata sobre los números desde la unidad hasta el diez, no como en su Aritmética y en la introducción anterior a esta, recorriendo lo que por naturaleza pertenece a los números y lo que conlleva una teoría seria, sino que la mayor parte son invenciones de una mente no libre de daño y que no dirige los cálculos hacia la naturaleza de las cosas, sino que se esfuerza por cambiar las cosas hacia sus propias fantasías. Pero todo lo que el hombre se propuso para referir y encerrar la naturaleza de los seres en la esencia de los números, cortando, añadiendo, cambiando, separando a veces las cosas, a veces los números amigos y los dioses, y esto yendo parte por parte o a través de ambos, aunque asumiendo grandes responsabilidades, sin embargo, que esto se deje pasar. Pero que, deseando ver a los dioses y diosas en los números, y dando esto a ellos por la sola cantidad peculiar y definida de cada uno, no mantiene esta intacta al referirlos al linaje de los dioses, sino que, como dijimos antes, cortando, aumentando, destrozando de todas formas, así los venera como dioses en gran medida, destruyendo la cantidad desde el principio para que sea dios por esto, y privándolo de ella; pues tal teología no es secreta ni sagrada. Lo que es más sabio y justo de apreciar es que quien pretenda profundizar en esta maravillosa teología y penetrar dentro de la geometría oculta, no debe ser ignorante, sino llegar también a la precisión aritmética, no haber hecho el aprendizaje de la sabiduría astronómica como algo secundario, y además estar ejercitado en los teoremas musicales y, en efecto, también en los instrumentos. Pues para deificar los números y fingirlos causas de la esencia de los seres, entreteje en la teoplastia de los números algunos de los teoremas de cada una de las ciencias mencionadas, cuya ignorancia sería un obstáculo para la iniciación en tales misterios, y en vano mostrará su entusiasmo quien no haya sido iniciado previamente en las ciencias mencionadas. Y es necesario, al parecer, consumir y gastar la vida de un hombre en esta monstruosidad teológica de los números, y filosofar seriamente sobre las matemáticas, para que sea posible también decir tonterías perfectamente. Como resumen, o más bien para decir algo sobre el título, tal es la Teología de Nicómaco de Gerasa. Dice que la unidad, entre otras no pocas invenciones, mezclándola con la verdad que le rodea y con las propiedades naturales que le son inherentes, es también intelecto, luego también hermafrodita, y dios, y de alguna manera materia, mezclando todas las cosas en verdad, y por lo tanto receptáculo y capaz de contener y caos, confusión, mezcla, falta de luz, oscuridad, abismo, Tártaro. Y también la llaman monstruosamente Estigia, y horror, y falta de mezcla, y abismo subterráneo, y Lete, y virgen rígida, y Atlas; es para ellos eje y sol y fuego costero.
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Y también Morpho y la torre de Zeus, y el logos espermático, y Apolo, y profeta, y elocuente. La causa de los nombres es, por una parte, una mente inestable y supersticiosa, y por otra, no exenta de una representación infantil. Pero la mónada es así teologizada por Nicómaco y sus maestros, y al mismo tiempo es objeto de ultraje. La díada es para ellos audacia, y materia, y causa de las cosas desiguales, y el punto medio entre la multitud y la mónada. Por composición y mezcla, ella sola hace lo igual, por lo cual es también igual. Pero es también desigual, y carencia, y exceso, y la única sin forma, indefinida e infinita, y la única principio de lo par, y no es par, ni tampoco par- par, ni impar- par, ni par- impar. Pero la mayoría de estas cosas están cerca de la propiedad natural de la díada; las que pertenecen a lo prodigioso son: fuente de toda concordia, y Erato de las Musas, y armonía, y paciencia, y raíz, aunque todavía no en acto, y potencia, y pies de la Ida de muchas fuentes, y cumbres, y Fanes. Pero también la mitología teologiza a la díada como Zeus igual, y justicia, e Isis, y naturaleza, y Rea, y madre de Zeus, y fuente de distribución; y para ellos es como Rea, y Frigia, y Lidia, y Didimene, y Deméter, y Eleusinia, y Ártemis, e Hímero, y Dictina, y Aeria, y Asteria, y Disamo, y Esto, y también Afrodita, y Dione, y Miquea, y Citerea, y ignorancia, y desconocimiento, y falsedad, e indefinición, y alteridad, y discordia, y disensión, y destino, y muerte. Así es como la díada es teologizada por ellos. La tríada es el primer impar en acto, y el primer perfecto, y punto medio, y analogía; y hace que la potencia de la mónada avance hacia el acto y la extensión. Pero es también la primera, y propiamente un sistema de mónadas. Luego, a partir de aquí, el número se eleva para ellos hacia lo fisiológico; pues es causa de lo tridimensional, y terminadora de la infinitud en el número, y lo semejante, y lo mismo, y lo análogo, y lo definido. Pero esto aún no es gravoso; lo que no es semejante, sí. Y la tríada es una especie de intelecto, y causa de buen consejo y prudencia, y conocimiento, lo más soberano del número, señora y constitución de toda música, y ciertamente también de la geometría en grado sumo. Y, además, tiene el dominio de las cosas astronómicas y de la naturaleza y conocimiento de los cuerpos celestes, y los contiene y los lleva a la sustanciación. Y toda virtud está ligada a ella y procede de ella. Luego, lo mítico. Por estas razones, la tríada es para ellos Cronia, y Leto, y el cuerno de Amaltea, y la llaman prodigiosamente Ofión, y Tetis, y Harmonía, y Hécate, y Erana, y Caritia, y Polimnia de las Musas, y Hades, y Loxias, osa, hélice, y la que no se pone en el abismo, Damatramia, y Dioscoria, y Metis, y la de tres cuerpos, Tritón, señora del mar, Tritogenia, Aqueloo, Nastis, y Aguiopeza Curetida, Crataida, Harmonía, Simbenia, Gamos, Gorgonia, Forcia, Trisamo y Lidion. Así es como la tríada es también remodelada por ellos en tantos dioses. La tétrada, a su vez, es para ellos un prodigio máximo, otro dios, politeísta, o más bien panteísta; pues es para ellos fuente de los resultados naturales y guardiana de la naturaleza. Pero también es promotora y causa de la constitución y permanencia de las matemáticas. Pero ella misma es también naturaleza, y variada, y Heracles, y Exarma, y la más valiente, y masculina, y no femenina, Hermes, y Hefesto, y Dioniso, y Soritas, y Maiadeo o Maiades( pues la tétrada es hijo de Maia, es decir, de la díada), y Eriunio, y Socos, y Diactoro, y Basareo, y Dimátor, por haber obtenido a la madre díada, y de forma femenina, y Epandro, y generador de varones, y que despierta el bacanal, y Harmonita o Harmonía, y Urania de las Musas. Pero así es como la tétrada es teologizada de forma prodigiosa por ellos, y el primer libro de los números teologizados de Nicómaco se completa. En el segundo, después del proemio, la péntada llena la contienda para él. Pues la péntada es la primera indicativa del punto medio, el mejor y más natural, mediante la separación de ambos límites de lo natural
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número, unida a la mónada como principio y a la década como fin, y abarcadora de los fenómenos en la naturaleza cósmica; pues el mundo está arraigado según la mónada, y ha sido llevado a término y manifestado según la década. Pero también porque es la parte más inmediata y única de la década. Y los elementos del todo son según la péntada; pues añade a los cuatro también el éter, lo cual no soportaría quien alaba la tétrada. Y muchas cosas así, pero esto aún no es elegante ni sabio. Observa lo que sigue. Pues la péntada es Aneiquia, y Alteración, y Luz, y Justicia, y el extremo más pequeño de la vitalidad, y Némesis, y Bubastia, y Diquesis, y Afrodita, y Gamalia, y Androginia, y Citerea, y Zonaia, y Cicliuca, y Semidiós, y torre de Zeus, y Didimaia, y Axon edraia. La ensalzan como inmortal, y Palas, y Cradeatis, y Hegemonía, y Acreotis, y Atalanta, y Azuga, y Orthiatis, y Melpómene de las Musas, y la que responde con hermosa voz, y medio de los medios, y Extremo de los seres fértiles. Con esto, pues, enaltece también a la péntada. La hexada es explicada por él como forma de la forma, y el único de los números que se adapta al alma, y articulación del todo, hacedora de alma y productora de la disposición vital( de ahí también hexada), y Harmonía, y Ulomelia, y propiamente esta es más bien teologizada como Afrodita, y conyugal, y nupcial, y andrógina. Pero también Zugitis, y Filotesia, y Paz, y Amistad, y Salud, y Akmon, y Verdad, y la hacen Láquesis de las Moiras, y principio y mitad de todo, y Hecatebeletis, y Trioditis, y Dicronia, y Persea, y Triforme, y Anfitrite, y Anchidica, y Talía de las Musas, y Panacea. Así, ni siquiera la hexada se libró de ser considerada un dios y de ser ambicionada entre los dioses por ellos. La heptada— qué podría uno decir—, pues es inmediatamente septada; e incluso si el uso corrompe la sigma, la arrastra muy fácilmente de la doble xi, que la naturaleza completó al final con el número anterior a ella, para que esto sea un auxilio para el número venerable contra la asechanza de la multitud. Tal es la demostración maravillosa de que el siete es absolutamente septado y digno de veneración. Pero, a su vez, ella misma es punto medio de la mónada y la década, Fortuna y Ocasión, Atenea y Ares, y Acreotis, y Aglea, y Atritone, Filacitis, Obrimopatra, Tritogenia, Glaucopis, Alalcomeneia, Panteuchia, Ergane, Poliarite, Ulomelia, linaje de Amaltea, Egida, Osiris, Sueño, Voz, Palabra, y Clío de las Musas, y si quieres también Juicio y Adrastea, y mucha palabrería de este tipo. Así es como el siete, totalmente venerable para ellos, es ensalzado con un esfuerzo más largo como un dios grande y múltiple. La óctada, aunque no con las mismas cosas ni con la octava parte, sin embargo, por ser un dios para ellos, tampoco fue arrojada del trono; pues la adoran como Panarmonía, y Madre Cadmea, y Rea, y generadora de hembras, y Cibeles, y Cibebe, y Dindime, y Poliuca, y Eros, y Amistad, y Metis, y Epinoia, y Orea, y Temis, y Ley, y Elitomena, y Euterpe de las Musas. Y la enéada también se queda atrás tanto en divinidad como en la larga escritura con la que la heptada se había elevado; sin embargo, es teologizada cerca de la óctada. Pues el Océano fluye a su alrededor para ellos, y es ensalzada como Horizonte; la celebran sagradamente como Prometeo, y Concordia, y Persea, y Helio, Aneiquia, Asimilación, Hefesto, Hera, hermana y esposa de Zeus, Hecaergo, Peán, Niseida, Aguieo, Enialio, Agelea, Tritogenia, Concordia, Peito, Curetida y Core, Hiperión, y Terpsícore de las Musas. La década, sin embargo, es para ellos el Todo, Dios Sobrenatural y Dios de dioses, porque hay diez dedos en las manos y diez en los pies, y diez categorías, y diez partes del discurso; pues para que la década sea todo para ellos, añaden a las partes del discurso la denominación y el complemento.¿ Qué necesidad hay de decir cómo incluyen en ella los sólidos y los planos, pares, impares, par- impares, perfectos, primeros y compuestos, igualdad y desigualdad, las diez relaciones, las esféricas, las circulares, las generativas, las perfectivas, las armónicas, y cosas así, sino cómo la década es para ellos Cosmos y Cielo, Destino,
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Eón, Poder, Fe, Necesidad, Atlas, dios Acamas, Fanes, Helios, Urania, Memoria, Mnemósine? Y creo que habrían atribuido a la década todos los nombres de los dioses mencionados anteriormente, si aquellos no se los hubieran apropiado de antemano y estos no hubieran sido reacios a decir constantemente lo mismo sobre todos, puesto que la década es para ellos Sobrenatural, y posee el poder de la divinidad en los números. Por eso, para Nicómaco, el trabajo sobre ella es también de muchos versos. Pues si bien es mucho más largo que el de la mónada y la heptada, el de la mónada lo es porque trata también de los números siguientes y se extiende en proemios. Sin embargo, en ambos se detiene mucho también en la década, al igual que en el discurso sobre la péntada, que casi se iguala en longitud al de la heptada. Pero esta es para ti, oh el más querido de los hermanos, la teología tan celebrada y difícil de encontrar de los números de Nicómaco, en resumen, no( por vuestra agudeza y laboriosidad) porque haya retrocedido de los hombres debido a lo difícil de acceder y comprender que hay en ella, ya que ahora las cosas geométricas, aritméticas y las demás disciplinas, como tú también sabes, muchos de los que nos han conocido, no menos, creo, que el joven Hermias( conoces perfectamente la destreza de Amonio en estas materias), las examinan con precisión, y nada de los teoremas que Nicómaco añade al trabajo sobre los números les pasaría desapercibido.¿ Pero de dónde? El tiempo escaseó, creo, y el hábito de no escatimar las cosas útiles destruyendo fácilmente las inútiles tomó un poder grande e invencible, y el esfuerzo de Nicómaco habría ganado al ser considerado, junto con muchas cosas útiles, casi destruido. Pero existe y se practica, habiendo obtenido, como ves y, lo sé, verás más claramente, no poca gloria. Se leyó la Colección de maravillas de Alejandro. Dice en el libro muchas cosas prodigiosas e increíbles, pero introduce a otros no desconocidos que han relatado esto de antemano. Habla sobre animales, plantas, ciertos lugares, ríos, fuentes, hierbas y cosas similares. Es claro en la frase y conciso, y no carece de lo agradable. Al mismo tiempo, también la Geometría de la tierra habitada de Protágoras, que tiene diez libros, de los cuales los cinco, aunque no con seriedad y precisión como los posteriores, hacen, sin embargo, un recorrido por Asia y Libia, y también por Europa. El sexto es de alguna manera coherente con la colección de Alejandro; pues registra la historia de las cosas paradójicas en la tierra habitada, de las cuales algunas las refiere a los más antiguos, y muchas las atrae a la autopsia, no menos que las otras, proponiendo lo paradójico. Este también es claro y conciso, especialmente en el sexto libro en cuanto a la frase. Se leyó el libro de Sotión sobre las cosas paradójicas dispersas acerca de ríos, fuentes y lagos. Este librito también es coherente con el sexto de Protágoras y la colección de Alejandro, excepto que aquí se relatan solo las cosas paradójicas sobre fuentes y lagos, mientras que en aquellos también sobre muchas otras cosas. La frase es parecida a aquellas. Al mismo tiempo, leí también un discurso de Nicolás dirigido a Herodes, el rey de los judíos, en el cual hay una colección de costumbres paradójicas. Coincide en lo mismo con algunos de los hechos paradójicos reunidos por Alejandro, y también escribió no pocas cosas sobre las que Conón compuso; sin embargo, en algunas difiere en las historias, exponiéndolas de manera diferente. La frase es también concisa, sin haber retrocedido de la claridad, participando de alguna manera más que los anteriores de cierta concisión y destreza. Dice algunas cosas que, aunque sean extrañas, son sin embargo admitidas por muchos, y otras que, aunque desconocidas, no se sitúan abiertamente en conflicto con lo verosímil; pues anuncia muchas costumbres peculiares de las naciones; pero es posible encontrar en ellas también lo inverosímil como pretexto. Este Nicolás es de Damasco, creo, el que floreció en los tiempos de Augusto y fue su amigo; de donde también un tipo de pastel, que enviaba al César, en
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honor del que lo recibía, el César llamó nicolaos. Este también dejó una historia asiria en un libro de muchos versos, todo lo que tenemos de antigua memoria de lecturas. En el mismo volumen se leyó en cuatro libros las cosas míticas de la ciudad de Acestórides. Parece, pues, que este hombre ha usado el título con más acierto que no pocos; pues lo que otros, o los más moderados sin señalar nada, o algunos incluso como verdaderas las registraron con seriedad, esto lo llamó con amor a la verdad mitos, y compuso la historia o mitología sobre ellos, como él mismo se alegra de decir. Hay, pues, muchas cosas en estos que se pueden encontrar, que han sido reunidas por Conón, y Apolodoro dijo en su propia Biblioteca, y Alejandro reunió, y Nicolás dirigió, y Protágoras trató de antemano. Hay también en este Acestórides muchas cosas registradas que fueron omitidas por aquellos, excepto que también en muchas, sobre las cuales este y aquellos tratan, es incompatible ver su narración. Muchas cosas, pues, el hombre registra en sus discursos testificadas por historias ilustres, y hay algunas que han podido mostrar su credibilidad mediante la evidencia. Y parece que el término mítico no fue intentado para difamar lo que él compuso, sino para mostrar lo agradable y entretenido de ellas, pero, sin embargo, para mí, como juez, se llevaría la opinión de sensato, porque al estar a punto de registrar muchas cosas falsas junto con las sucedidas, se exime de la culpa con una palabra ambigua en el título. La frase de este también es parecida. Se leyó la Historia nueva para la polimatía de Ptolomeo Hefestión, en siete libros. El libro es verdaderamente útil para los que se han lanzado a trabajar en la polimatía histórica; pues tiene para dar a conocer en poco tiempo cosas que alguien que se ha dedicado al trabajo de recogerlas de forma dispersa de los libros gastaría una larga vida. Tiene muchas cosas prodigiosas y mal construidas, y lo más irracional es que intenta dar también las causas de algunos mitos, por las cuales ocurrieron. El recopilador de estas, sin embargo, es vano y está entusiasmado por la arrogancia, y ni siquiera es elegante en la expresión. Dirige la obra a cierta Tertula, a quien ensalza como señora y le atribuye el ser filóloga y polímata. Difama también a algunos de los anteriores a él que no abordaron el tema de forma sana. Sin embargo, la mayoría de las cosas relatadas por él, y cuantas están libres de lo inverosímil e increíble, proporcionan, sin embargo, un conocimiento alterado y no desagradable de saber. El primer libro contiene sobre la muerte de Sófocles, y antes de él sobre la de Protesilao, luego también sobre la de Heracles, cómo se destruyó a sí mismo con fuego al no poder tensar su propio arco a los cincuenta años, sobre la salvación de Creso en la pira, sobre la muerte de Aquiles, y sobre la cortesana Lais, cómo moriría al tragar un hueso de aceituna. Al exponer cada una de estas, afirma que los anteriores a él supusieron y registraron erróneamente las cosas sobre ellas. A continuación, dice sobre el rey Alejandro que, al ver en Éfeso a Palamedes siendo asesinado en una pintura, se perturbó, porque Aristónico, el jugador de pelota de Alejandro, se parecía al asesinado; pues tal era Alejandro en su carácter, amable y amigo de sus compañeros. Luego, que lo que se cuestiona en Euforión en Jacinto, el Cocito solo lavó las heridas de Adonis, es así: Cocito es un nombre, discípulo de Quirón en medicina, curó a Adonis herido por el jabalí. Dice que el Agatón que en Heródoto, en el primero de las historias, fue asesinado por Adrasto, hijo de Gordias, se llamaba así, y que fue asesinado disputando por una codorniz. Y cómo Cadmo y Harmonía fueron transformados en leones, y cómo Tiresias fue transformado siete veces, y por qué este era llamado hija de Forbante por los cretenses. Que el niño Erimanto, hijo de Apolo, fue cegado porque vio a Afrodita bañándose después de la unión con Adonis, y Apolo, enfurecido, se transformó a sí mismo en jabalí y, golpeándolo con los colmillos, mató a Adonis. Por qué el poeta hizo a las palomas servidoras de la
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comida de los dioses, y qué dijeron sobre esto el rey Alejandro y Aristóteles, y sobre Homero y las palomas. Que el poeta Epicarmo traía su linaje de Aquiles, hijo de Peleo. Que Homero llama a Patroclo jinete de forma destacada, como habiendo aprendido la conducción de carros de Poseidón, quien fue su amante. Que Odiseo, porque tenía orejas grandes, era llamado antes Outis; y dice que, habiéndose producido una lluvia, la madre, estando embarazada, no pudo resistir y dio a luz en el camino, y que Odiseo fue nombrado así por esto. Que cierto arcadio llamado Peritano sedujo a Helena, que estaba con Alejandro en Arcadia, y Alejandro, cobrándose el castigo por el adulterio, lo castró, y desde entonces los arcadios llaman a los eunucos peritanos. Cómo Aristónico de Tarento dice que Aquiles, mientras pasaba el tiempo entre las vírgenes en casa de Licomedes, era llamado Cerquisera, y era llamado también Issa, y Pirra, y Aspeto, y Prometeo. Que Botrias de Mindo dice que todos los hijos de Níobe fueron asesinados por Apolo. Que el padre da a Odiseo para que lo siga a un memorioso llamado Muísco, cefalonio. También seguía a Aquiles un memorioso llamado Noemón, de linaje cartaginés, y a Patroclo Eudoro. Antípatro de Acanto dice que Dares, que escribió la Ilíada antes que Homero, fue memorioso de Héctor para que no matara al compañero de Aquiles. Y dice que Dárdano fue de linaje tesalio de Protesilao; y que a Antíloco le fue unido por Néstor, el padre, Calcón como escudero y memorioso. Estos son los capítulos en el primer libro. El segundo es sobre Heracles, cómo después de la locura fue purificado con eléboro por Anticireo, quien también descubrió la medicina que abunda en Anticira de Fócide, aunque otros dicen que fue purificado de otra manera. Que dice que Néstor fue amante de Heracles. Que no Filoctetes, dice, sino Morsimo de Traquis encendió la pira para Heracles. Que Heracles, habiéndosele comido un dedo uno de los leones de Nemea, se quedó con nueve dedos, y hay una tumba del dedo cortado; otros dijeron que perdió el dedo por el aguijón de una raya, pero se puede ver un león de piedra sobre la tumba del dedo en Lacedemonia, símbolo de la fuerza del héroe. Desde entonces también colocan leones de piedra sobre las tumbas de otros. Otros dicen de otra manera sobre la erección del león. Cómo de la pira de Heracles se levantó una multitud de langostas y dañaban el país como una plaga, y cómo fueron destruidas. Cómo Afrodita, por causa de Adonis, amante suyo y de Heracles, enseñó al centauro Neso la emboscada contra Heracles. Cómo Nireo de Sime era amante de Heracles, y ayudó a capturar al león heliconio. Otros dicen que Nireo era hijo de Heracles. Cuáles son las Gracias en el poeta, con las que compara los cabellos de Euforbo. Que dice que Heracles era llamado Nilo desde su nacimiento, pero cuando salvó a Hera matando al gigante sin nombre y que respiraba fuego que venía contra ella, desde entonces, por haber alejado la guerra de Hera, cambió el nombre. Que Abdero, amante de Heracles, habiendo anunciado a Teseo las cosas sobre su pira, es asesinado por él. Que Aristónico de Tarento dice que la cabeza central de la hidra era de oro. Que Alejandro de Mindo dice que un dragón nacido de la tierra luchó junto a Heracles contra el león de Nemea, el cual también fue criado por Heracles y, habiéndolo seguido a Tebas, permaneció en Áulide; y que este es el que se comió los polluelos del gorrión y fue convertido en piedra. Cómo Heracles construye el Argo en Osa de Tesalia, y le pone nombre por Argos, hijo de Jasón, quien era su amante, por quien también ayudó a Jasón en el viaje a Escitia. Cómo Hera, luchando junto a Gerión, es herida por Heracles en el pecho derecho, y cuantas cosas se realizan desde entonces. Cómo Corito, siendo de linaje íbero y amante de Heracles, fabricó primero el casco, de donde dice que el arma tomó el nombre. Cómo la tumba llamada de Zeus en Creta es de Olimpo el cretense, quien
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habiendo tomado a Zeus de Cronos, lo criaba y enseñaba las cosas divinas, pero, dice, Zeus golpea al tutor y maestro con el rayo, porque sugería a los Gigantes atacar su reino. Pero habiéndolo golpeado y teniéndolo muerto, se arrepentía. Y no pudiendo evitar el sufrimiento de otra manera, da su propio nombre a la tumba del asesinado. De quién es lo dicho por Alejandro, hijo de Filipo, a Proteas: bebe vino, ya que comiste carne humana, y muchas cosas sobre Proteas; qué canción tenía en el uso Alejandro y de quién era el poema, a quién escribió el epitafio el mismo Alejandro, hijo de Filipo. Estos son los capítulos del segundo libro. El tercero es sobre Hilo, hijo de Heracles, cómo tenía un pequeño cuerno que le había crecido en la parte izquierda de la cabeza, y que esto lo tomó Epopeo de Sición al matarlo en un duelo, y que llevó en el cuerno el agua de la Estigia, y reinaría sobre el país. Que sobre el agua de la Estigia en Arcadia dicen así, que Deméter, llorando a su hija, cuando Poseidón la intentaba estando ella en aflicción, se transformó a sí misma en yegua, enfadada, y habiendo ido a la fuente y visto su forma, se horrorizó e hizo el agua negra. Sobre Écale y cuántas han sido epónimas del nombre. Que el padre de Alejandro no sería Filipo sino cierto Dracón de nombre, de linaje arcadio, de donde también fluyó el mito sobre el dragón. Sobre el perro de Ptolomeo, y cómo luchaba junto a su amo, y cómo después de la muerte, al ser abierto, se encontró que tenía el corazón cubierto de pelo; era de linaje moloso, de nombre Briareo. Sobre Polidamante; qué es lo que dice el poeta: como cuando la hija de Pandáreo, Cloris, el ruiseñor, y lo siguiente. Sobre el Paladio, que dos robaron, Diomedes y Odiseo. Sobre la caña que dijo que Midas tiene orejas de asno. Sobre los pájaros Acestalios que se preguntan en Estesícoro. Sobre la roca Gigonia junto al Océano, y que se mueve solo con asfódelo, siendo inamovible ante toda fuerza. Que Rópalo era hijo de Heracles, quien en un día sacrificó a su padre como héroe y cómo sacrificó como dios. Que Anfiarao fue llamado así, porque ambos padres de la madre oraron para engendrarla sin esfuerzo. De quién es el himno que se canta entre los tebanos a Heracles, en el que dice hijo de Zeus y Hera. Aquí sobre los que compusieron los himnos en las ciudades, y cómo Filostéfano de Mantinea, el poeta, no usó manto desde su nacimiento, y cómo Matris de Tebas, el himnógrafo, comía mirto durante toda su vida. Y cómo de Eupompo de Samos, quien criaba un dragón, una bestia prodigiosa increíble de decir y de oír, dicen que el hijo de este Eupompo, de nombre Dracón, llegó a ser de vista muy aguda, de modo que veía fácilmente a veinte estadios; quien también, habiéndose unido a Jerjes por mil talentos y sentado bajo el plátano de oro, narraba viendo la batalla naval de los griegos y bárbaros y la valentía de Artemisia. Y cómo Plesirro de Tesalia, el himnógrafo, habiendo sido amante de Heródoto y heredero de sus cosas, este compuso el proemio de la primera historia de Heródoto de Halicarnaso; pues el principio de las historias de Heródoto es según la naturaleza: los sabios de los persas dicen que los fenicios fueron causa de la diferencia. Y cómo Polizelo de Cirene nunca se reiría; de donde también el epíteto para él, el que no se ríe. Y cómo en piedad hacia los dioses sobresalieron todos, unos Antígono de Éfeso, otros Licia de Hermíone, de quien también Teofrasto menciona en sus cartas, y cómo de Aquiles y Deidamía nacieron dos hijos, Neoptólemo y Sueño; y el Sueño es asesinado por ignorancia por Orestes en Fócide al luchar con él por la construcción de la tienda. Luego trata sobre la coincidencia histórica, cómo en la tumba de Ámico creció una adelfa, y los que comían de ella deseaban el pugilato, y cómo Antódoro, habiendo comido de ella, obtuvo trece coronas, pero fue derrotado por Dioscoro de Tera en la decimocuarta competición, al igual que se dice que el mismo Ámico fue vencido en lucha por uno de los Dioscuros. Y dicen que Creso nació en una fiesta
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Afrodita, en cuyo honor los lidios, al ofrecerle toda su riqueza, celebran procesiones. Y a quien sacrificaba un toro al padre se le anunció que había nacido Temístocles, y al beber sangre de toro murió. Cómo Darío, hijo de Histaspes, expuesto por su madre, fue criado por las ubres de una yegua por el caballerizo Espargapises, y reina gracias al relincho de un caballo. Y cómo el siervo del poeta lírico Íbico, llamado Heracles, fue quemado vivo por haber colaborado con los ladrones contra su amo. Cómo Orestes habría nacido durante la festividad de Deméter, llamada la Erinia. Cómo Filipo, siendo aún niño, intentaba disparar flechas cada atardecer a los astros que saltaban de su movimiento, y cómo el adivino Diogneto dijo que el niño llegaría a dominar a muchos; y Astero era también el nombre de quien le sacó el ojo con una flecha. Cómo Marsias el flautista, que fue desollado, nació en una festividad de Apolo, en la cual se le consagran las pieles de todos los animales sacrificados, al ser desollados para él. Sobre Ticio, quien conspiró contra Alejandro. Cómo la madre de Claudio, estando encinta, deseó comer setas y las comió, y Claudio murió al comer setas envenenadas. Sobre el centauro Lamio, cómo al ser sorprendido cometiendo adulterio, unos dicen que fue ejecutado por Pirítoo el eunuco, otros que por Teseo. Así, muchas cosas siguen a las historias de las coincidencias. Pero también el tercer libro trata de esto. El cuarto libro recorre cómo Helena fue la primera en inventar el sorteo mediante los dedos, y al echarlo a suertes contra Alejandro, ganó; y cómo sería hija de Afrodita. Y cómo de Helena y Aquiles en las Islas de los Bienaventurados nació un hijo alado, al que llamaron Euforión por la fertilidad de la tierra; y cómo Zeus se enamora de él, y al fracasar, lo fulmina con el rayo en la isla de Milo al encontrarlo huyendo, y convirtió a las ninfas en ranas porque lo enterraron. Y cómo algunos dicen que Helena, mientras cazaba en el monte Partenio, fue raptada por Alejandro, y que, deslumbrada por su belleza, lo siguió como a un dios. Sobre el cinturón mágico, cómo Hera lo recibió de Afrodita, se lo dio a Helena, la sirvienta de Helena, Astianasa, lo robó, y Afrodita se lo quitó de nuevo a ella. Qué es lo dicho por Homero sobre Helena:« que imitaba la voz de todas las esposas de los argivos». Cómo Helena era hija de Helios y Leda, y era llamada Leonte. Y cómo dicen que el rapto de Helena ocurrió por la ira de Afrodita contra Menelao, puesto que, habiendo prometido a Afrodita una hecatombe por su matrimonio, no la cumplió. Sobre la hierba helenia, que crece en Rodas, que fue nombrada así por Helena( pues fue vista creciendo junto al roble del que Helena se ahorcó) y cómo quienes la comen se ven envueltos inevitablemente en disputas. Cómo Helena se enamoró de Menelao y así se casó con él. Cómo algunos dicen que Helena, al llegar a Táuride de Escitia con Menelao en busca de Orestes, fue sacrificada por Ifigenia a Artemisa junto con Menelao; otros dicen que Tetis la mató durante la partida de los griegos, tras transformarse en foca. Dicen que Helena fue llamada Eco por ser imitadora de la voz, y Helena por haber nacido de Leda en un pantano. Que el lugar en Lacedemonia llamado Sandalio toma su nombre de la sandalia de Helena, que se le cayó allí mientras era perseguida por Alejandro. Cómo nació una hija de Alejandro y Helena, y al disputar sobre el nombre( pues él quería llamarla Alejandra y ella Helena), Helena gana al obtener la decisión mediante tabas, y la niña recibió el mismo nombre que su madre. Dicen que esta fue ejecutada por Hécuba en la toma de Ilión. Que a partir de los sucesos de Ilión se hicieron famosas otras Helenas: la hija de Egisto y Clitemnestra, a quien mató Orestes; la que sirvió a Afrodita en su trato con Adonis, la hija de Epidamnio, a quien los epidamnios honran bajo la figura de Afrodita, por haber donado dinero cuando pasaban hambre; y la hija de Faústulo, quien crió a Remo y Rómulo. Y la que comía tres cabritos al día era llamada Helena, y la hermana de Dicearco el Telesino, y otras dieciocho, de las cuales también la anterior
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a Homero, Helena, la que escribió la guerra de Ilión, siendo hija de Museo el ateniense; de quien se dice que también Homero tomó el tema; la cual también poseyó el cordero de dos lenguas; y la hija de Titiro el etolio, quien, al desafiar a Aquiles a un duelo, lo hirió en la cabeza con una herida cercana a la muerte, pero ella fue matada por él. Y la pintora Helena es de este catálogo, hija de Timón el egipcio, quien pintó la batalla de Isos, floreciendo en aquellos tiempos; y la pintura estaba consagrada en el recinto de la Paz bajo Vespasiano. Arquelao el chipriota dice que Helena de Hímera fue amante del poeta Estesícoro, hija de Micito; y que, al abandonar a Estesícoro y marcharse con Búpalo, el poeta, vengándose de su desprecio, escribió que Helena se marchó voluntariamente; y que el relato sobre la ceguera es falso. Sobre la hierba moly de Homero, que dicen que nació de la sangre del Gigante muerto en la isla de Circe, la cual tiene además la flor blanca; que quien ayudaba a Circe y mató al Gigante era Helios; y molos es la batalla, de donde proviene también la hierba. Cómo Dioniso fue amante de Quirón, de quien aprendió los comos, las bacanales y los ritos. Sobre el Taraxipo en Olimpia y el padre y el hijo de los Mírilos. Que dicen que solo Neoptólemo el Maquiota escuchó el oráculo de Femonoe de parte de un tal Aito de los delfios; y sobre este Aito también dice Heródoto en el primer libro de sus Historias que, conociendo su nombre, no lo mencionaré. Sobre la doble denominación en Homero ante los dioses y los hombres, y que Janto es el único de los ríos hijo de Zeus, y sobre otros nombres dobles. Y cómo dicen que en Tirrenia hay una torre llamada de Halos, nombrada así por Halos, una hechicera tirrena, quien, habiéndose convertido en sirvienta de Circe, huyó de su ama. Y dice que Odiseo, al llegar ante ella, la transformó en yegua con sus hechizos y la alimentó consigo hasta que, envejecida, murió. De esta historia se resuelve también lo que en Homero es motivo de duda:« y la muerte te vendrá del mar». En esto consiste también el cuarto libro. El quinto libro trata de cómo dicen que Jasón, y no Polideuces, luchó contra Ámico. Y el lugar da testimonio, llamado la lanza de Jasón; y una fuente brota cerca, llamada Helena. De aquí se resuelve también el epigrama de Crinágoras. Que el verso« los caballos de Procles comen la verde salacanta», mal entendido por Calímaco, es de Eubulo el cómico en una comedia sobre Dioniso; y sobre la parodia del verso. La salacanta es una hierba egipcia que, atada a los caballos, les proporciona victoria y buena fortuna. Dicen que Salacanta fue una ninfa en la isla de Icaria, quien, enamorada de Dioniso, le ayudó en su trato con Ariadna, a cambio de lo cual él se uniría a ella; y cómo Dioniso no quiso; pero Salacanta conspiró contra Ariadna, y él, enfurecido, la transformó en la planta; pero arrepentido, en honor a la planta, la añadió a la corona de Ariadna, que está entre las estrellas en el cielo. Algunos dicen que la planta se parece a la artemisa, otros al meliloto. Cómo Atenodoro el eretrio en el octavo libro de sus Comentarios dice que Tetis y Medea disputaron por su belleza en Tesalia, y que Idomeneo fue el juez, y adjudicó la victoria a Tetis, y Medea, enfurecida, dijo:« Los cretenses son siempre mentirosos», y le maldijo a no decir nunca la verdad, tal como hizo en el juicio; y de esto dice que los cretenses fueron considerados mentirosos. Atenodoro cita como historiador de esto a Antíoco en el segundo libro de sus Mitos sobre las ciudades. Que Ilos, el padre de Laomedonte, dice que tenía cola de caballo, y de los hijos de Príamo, Melanipo e Ideo. Cómo Janto y Balio, los caballos de Aquiles, antes eran Gigantes y fueron los únicos de los Gigantes que lucharon junto a los dioses contra sus hermanos. Cómo, habiendo naufragado Odiseo cerca de las Tulas de Sicilia, el escudo de Aquiles fue arrojado por las olas cerca del monumento de Áyax, y al ser consagrado en la tumba, al día siguiente fue fulminado por el rayo. Cómo Heracles no
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se vistió con la piel del león de Nemea, sino con la de un tal León, uno de los Gigantes, muerto por Heracles en un desafío de duelo. Cómo el dragón que custodiaba las manzanas de oro era hermano del león de Nemea. Cómo el Iro de Homero era beocio; cómo la mujer de Candaules, cuyo nombre no dice Heródoto, era llamada Nisia; de quien dicen que era de vista aguda y de dos pupilas, al poseer la piedra dracontita, por lo cual también percibió a Giges saliendo por las puertas; otros dicen que se llamaba Tudos, otros Clitia, y Abas dice que se llamaba Abra; dicen que Heródoto silenció el nombre de la mujer porque el amante de Heródoto, Plisirro, enamorado de una tal Nisia, de origen halicarnaso, al no conseguir a la cortesana que no lo aceptaba, se ahorcó con un lazo; por eso Heródoto se guardó de decir el nombre de Nisia por ser odioso. Cómo los centauros, huyendo de Heracles por Tirrenia, perecieron de hambre, hechizados por la dulce voz de las sirenas. Cómo Abdero, el amante de Heracles, era hermano de Patroclo. Cómo Epípole la cariustia, hija de Traquión, ocultando su naturaleza femenina, se alistó con los griegos, pero al ser denunciada por Palamedes, fue lapidada por los griegos. Cómo, mientras Alejandro raptaba a Helena, Menelao sacrificaba una hecatombe a Zeus en Gortina de Creta. Cómo Palamedes reinaba sobre los griegos en lugar de Agamenón; pues Agamenón, al llegar a Áulide, disparó a una cabra salvaje sagrada de Artemisa; y al producirse la falta de viento para los griegos, Calcante predice que el mal se resolverá si Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia a Poseidón. Al no consentir este, los griegos, enfurecidos, le quitaron el mando y establecieron como rey a Palamedes. Cómo Filoctetes fue muerto al ser picado por una serpiente, y Alejandro cae al ser herido en el muslo por la lanza de Menelao. Que al morir Demetrio el escisnio, el libro de Telis fue encontrado junto a su cabeza; y dicen que los Colimbusas de Alcman fueron encontrados junto a la cabeza de Tironico el calcideo, los Hibristodicas de Éupolis junto a la de Efialtes, los Eunidas de Cratino junto a la de Alejandro, el rey de los macedonios, y los Trabajos y Días de Hesíodo junto a la cabeza de Seleuco Nicátor. Sin embargo, el legislador de los arcadios, Cércidas, ordenó que se enterraran con él el primero y segundo libro de la Ilíada. Pompeyo el Grande no salía a la guerra sin haber leído el libro treinta de la Ilíada, siendo un admirador de Agamenón; y el romano Cicerón, leyendo la Medea de Eurípides mientras era llevado en litera, fue decapitado. Cómo Diogneto el cretense, el boxeador, al ganar no recibió la corona, sino que fue expulsado por los eleos, porque el vencido y muerto por él era llamado Heracles, homónimo del héroe; a este Diogneto los cretenses lo honran como héroe. Que el verso homérico« Ni de ti, Menelao, se olvidaron los dioses bienaventurados», este verso fue parodiado por el pitio Menedemo en lugar de Menelao. La cuestión fue propuesta durante la cena del rey Augusto: qué verso de Homero parodió el oráculo y quién es el que se narra en el oráculo. Y cómo Menedemo el eleo, hijo de Bunéas, indicó a Heracles sobre la limpieza del estiércol de Augías, de modo que desviara el río; de quien dicen que también luchó junto a Heracles en la guerra contra Augías, y al morir fue enterrado en Lepreo junto a un pino; y Heracles, al establecer juegos en su honor, luchó contra Teseo; y al quedar el combate en empate, los espectadores dijeron sobre Teseo:« Este es otro Heracles». Que una tal Fantasia de Menfis, hija de Nicarco, compuso antes de Homero la guerra de Ilión y el relato sobre la Odisea, y dicen que los libros estaban depositados en Menfis, y que Homero, al llegar y tomar las copias de Fanites el hierograma, compuso siguiendo aquellos. Cómo Adonis, al ser andrógino, se decía que realizaba las cosas masculinas con Afrodita y las femeninas con Apolo. Cómo Heracles, al otorgar un honor al río Alfeo tras vencer en Olimpia, llamó a partir de él a la
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alfa y la puso al principio de las letras. Que este mitógrafo, al desvariar, dice que Moisés, el legislador de los hebreos, era llamado alfa por tener manchas blancas en el cuerpo; y que Galerio Craso, el quiliarca bajo Tiberio César, era llamado beta por usar con gusto la acelga, que los romanos llaman betacio. Y la cortesana de Cícico, Orpilis, gamma; y Antenor, el que escribió las historias de Creta, delta, por ser bueno y patriota; pues los cretenses llaman delta a lo bueno. Apolonio, el que fue famoso en astronomía en los tiempos de Filopátor, era llamado épsilon porque la forma de la épsilon se asemeja a la de la luna, en la cual él estaba muy especializado. Sátiro, el conocido de Aristarco, era llamado zeta por su carácter inquisitivo, y dicen que Esopo era llamado theta por su amo Idmón por ser esclavo y versátil; pues los thetes son los esclavos. Y la madre de Cípselo, por ser coja, fue llamada Labda por el pitio. Democides dice que Pitágoras, al registrar todos los números, fue llamado por la tercera letra. Tanto sobre el quinto libro. El sexto libro contiene estos capítulos: cómo Aquiles, muerto por Pentesilea, tras rogar su madre Tetis, resucita y, tras matar a Pentesilea, regresa de nuevo al Hades. Cómo Licofrón, al decir en la Alejandra« qué ruiseñor estéril matador de centauros», llamó a las sirenas matadoras de centauros. Cómo Héleno, hijo de Príamo, fue amante de Apolo y recibió de él como regalo un arco de marfil con el que disparó a Aquiles en la mano. Que Príamo, junto con Andrómaca y sus hijos, llegó como suplicante ante Aquiles por los huesos de Héctor. Cómo Tetis consumía en fuego secreto a los hijos que le nacían de Peleo, habiendo nacido seis; y cuando intentó lo mismo con Aquiles, Peleo, al darse cuenta, sacó solo el astrágalo del pie derecho, que estaba quemado, y se lo confió a Quirón; este, al desenterrar el cuerpo del Gigante Dámaso que yacía en Palene( y Dámaso era el más rápido de todos los Gigantes) y al tomar su astrágalo, lo ajustó al pie de Aquiles y lo fortaleció con fármacos. Este astrágalo se cayó cuando era perseguido por Apolo, y así murió al caer. Dicen que el poeta lo llama podarces porque dicen que Tetis puso las alas de Arca al niño nacido, y que podarces es el que tiene en los pies las alas de Arca. Arca era hija de Taumante, cuya hermana era Iris; ambas tenían alas. En la guerra de los dioses contra los Titanes, Arca, al huir de los dioses, se fue con los Titanes. Tras la victoria, Zeus le quitó las alas, enviándola al Tártaro, pero al llegar a la boda de Peleo y Tetis, ofreció las alas como regalo a Tetis. Cómo dicen que Hefesto regaló a Peleo en la boda una espada, Afrodita una copa con un Eros de oro grabado, Poseidón los caballos Janto y Balio, Hera una clámide y Atenea unas flautas, y Nereo los llamados sales divinos en una artesa; y que estos tienen un poder inmenso para la glotonería, el apetito y la digestión, de donde se resuelve también para ti el« espolvoreó sal divina». Sobre Aquiles el nacido de la tierra, y cuántos Aquiles famosos hubo desde los sucesos de Ilión. Y cómo este nacido de la tierra acogió en su cueva a Hera, que huía de la unión con Zeus, y la convenció de unirse a Zeus; y dicen que esta fue la primera unión de Hera y Zeus; y Zeus prometió a Aquiles que haría famosos a todos los que fueran llamados con su nombre. Por esto también el hijo de Tetis es un Aquiles famoso. Y el maestro de Quirón también era llamado Aquiles, de quien el hijo de Peleo fue llamado por Quirón. Y el que inventó el ostracismo en Atenas era llamado Aquiles, hijo de Lisón. Y dicen que Aquiles nació de Zeus y Lamia, de una belleza inmensa, quien al disputar por la belleza ganó, siendo juez Pan. Y por esto Afrodita, indignada, infunde en Pan el amor por Eco, y además lo transformó en su aspecto, para que por su forma pareciera feo y poco deseable
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y fuera despreciado. Y un hijo de un tal Gálato fue llamado Aquiles, de quien dice que nació canoso desde el nacimiento. Y otros catorce Aquiles ilustres han existido; de los cuales dos eran perros y admirables en las tareas de los perros. Que Príamo fue amante de Zeus y recibió de él la vid de oro, que da como regalo a Eurípilo, hijo de Télefo, por la alianza. Cómo Esopo, muerto por los delfios, resucitó y luchó junto a los griegos en las Termópilas. Cómo Filoctetes fue curado en Lemnos por Pilios, hijo de Hefesto, y aprendió de él la arquería. Cómo del río Escamandro nació un hijo, Melos, hermoso de aspecto, por quien dicen que disputaron Hera, Atenea y Afrodita sobre de quién sería sacerdote, y Alejandro juzgó que ganaba Afrodita. De esta historia, pues, se difundió el relato sobre la manzana. Hipermenes, en su obra sobre Quíos, dice que Homero tuvo un siervo llamado Scindapso; este fue multado por los quiotas con mil dracmas por no haber incinerado a su amo al morir. Pero el que inventó el instrumento llamado así, scindapso, era un eretrio, hijo de la flautista Poiquila. Esto también sobre el quinto libro. En el séptimo se contiene cómo Teodoro el samotracio dice que Zeus, al nacer, rió ininterrumpidamente durante siete días, y por esto el número siete fue considerado perfecto. Cómo Aquiles, por haberse salvado del fuego al ser quemado por su madre, era llamado Piriso, pero porque uno de sus labios se quemó, fue llamado Aquiles por su padre. Que las sirenas mataron a Telémaco al saber que era hijo de Odiseo. Cómo Odiseo compitió en Tirrenia en el arte de la flauta y ganó; y tocó la toma de Ilión, poema de Demódoco. Cómo Estiquio el etolio, siendo amante de Heracles, fue encontrado con el corazón desgarrado y velludo; fue muerto por el mismo Heracles, cuando, enloquecido, mató también a sus propios hijos; y dicen que solo por esto el héroe lloró. Cómo Hermes, habiéndose convertido en amante de Polideuces, uno de los Dioscuros, le regaló el caballo tesalio Dator. Que mientras Apolo celebraba los funerales de Pitón, Hermes y Afrodita luchan, y ella, al ganar, recibió como premio una cítara, que regaló a Alejandro; sobre la cual también Homero dice:« No te servirá la cítara...» y lo siguiente. Qué es lo dicho en Baquílides como si fuera de Sileno, y a quién dijo el verso. Cómo la roca de Léucade tomó su nombre de Leuco, compañero de Odiseo, quien era de origen zacintio, pero fue muerto, como dice el poeta, por Ántifo; dicen que este fundó también un templo de Apolo Leucatas. Dicen que los que se lanzan desde la roca se liberan del amor. Y la causa: dicen que tras la muerte de Adonis, Afrodita, recorriendo y buscando, lo encontró en la ciudad de Argos de Chipre, en el templo de Apolo Eritio, y lo mató, tras haber compartido con Apolo el amor por Adonis. Apolo, llevándola a la roca de Léucade, le ordenó arrojarse desde la roca; ella, al arrojarse, se liberó del amor. Al buscar la causa, se dice que Apolo dijo que, como adivino, sabía que Zeus, siempre enamorado de Hera, al venir se sentaba en la roca y se liberaba del amor. Y muchos otros hombres y mujeres que sufrían por amor se liberaron del amor tras lanzarse desde la roca. Cómo también Artemisia, hija de Ligdamis, la que luchó junto al persa, enamorada de Dárdano de Abido y siendo despreciada, le sacó los ojos mientras dormía, y al intensificarse el deseo por la ira de los dioses, tras ir según un oráculo a Léucade, se arrojó desde la roca y, al morir, fue enterrada. Y dice que Hipomedonte el epidamnio, enamorado de un joven local y no siendo correspondido porque se inclinaba hacia otro, lo mató, y al llegar a Léucade y arrojarse, murió. Y Nicóstrato el cómico, enamorado de Teticidaia de Mirina, se arrojó y se liberó del amor. Dicen que Maques el butrotio fue llamado Leucopetra porque cuatro veces se arrojó y se liberó de los males amorosos. Y se dice que una multitud de otros se liberaron así. Y
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Bulágoras el fanagorio, enamorado de Diodoro el flautista, al arrojarse murió siendo ya anciano. Y murió también Rodope la amisena al arrojarse, enamorada de los hijos gemelos guardaespaldas del rey Antíoco, cuyos nombres eran Antifón y Ciro. Carino el yambógrafo se enamoró de Eros, el eunuco copero de Eupátor, y confiando en el relato sobre la roca, se arrojó; pero al arrojarse se rompió la pierna y murió de dolor, y arrojó estos yambos:«¡ Perezcas, errante y malvada roca de Léucade, que has calcinado a Carino, ay, ay, la Musa yámbica con mitos vacíos de esperanza!¡ Que Eupátor se enamore así de Eros!». Nireo el cataneo se enamoró de la ática Atenea, y al ir, se arrojó desde la roca y se liberó del que lo molestaba; pero al caer, cayó en la red de un pescador en la que fue arrastrado junto con un cofre de oro; litigó contra el pescador por el oro, pero Apolo en una visión nocturna lo disuadió de litigar, debiendo estar agradecido por la liberación, y amenazándolo, para que no se ocupara de oro ajeno. Dicen que Pan es un pez marino cetáceo, parecido a Pan en aspecto; en este se encuentra la piedra asterita, que al ser puesta al sol se enciende, y sirve también como filtro. Esta piedra la tenía Helena, que tenía grabado al mismo pez Pan, y usaba este sello. En esto también los capítulos del séptimo libro de la Nueva Historia para la polimatía de Ptolomeo, hijo de Hefestión. Se leyó del santo Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, lo llamado Ascéticos, en dos discursos. El libro es útil, si es que hay alguno, para cada uno de los que eligen ser piadosos y alcanzar los bienes eternos, especialmente para los que luchan en el cenobio la lucha ascética. Contiene también muchas dudas escriturales, cuantas adornan el carácter, en resumen, soluciones y aclaraciones. En los discursos destaca su carácter habitual y la pureza de su claridad; salvo que en algunas de las cuestiones tiene esparcido también lo enfático, no de una dicción que se esfuerza por ser arcaica, ni oscurecida por rodeos de composición, ni tampoco por alguna otra curiosidad o destreza extraña y alejada del estilo propio o del discurso político; sino que, guardando esto como costumbre, arroja lo enfático como si nada, sin dejar ninguna noción de afectación, salvo lo que la brevedad le presenta; sin embargo, la claridad, al haber propuesto el discurso como capitular, no viendo el momento de encontrarla, no la usó en la mayoría de los casos. Y su agudeza se extiende junto con lo persuasivo en muchas partes de las soluciones de las cuestiones, y en todas partes lo útil para el alma y salvador. Sin embargo, la claridad no se rompe solo por la brevedad, ni menos por el hecho de que los discursos que realizan la solución no se ajustan a la forma conclusiva, sino que la mente vaga en lo disperso de las premisas, y en lo no cargado y no comprendido de las pruebas. La causa de esto se divide en un método variado de providencia, que dejo a tu inteligencia observar. El énfasis no corre en los dos discursos. De inmediato, el primero no muestra nada parecido, salvo una vez, al administrar lo difamatorio mediante la aposiopesis, ya que en lo demás, es muy sencillo, igual en lo puro, pero también en lo claro. Sin embargo, a través de los dos se extiende lo más simple y familiar de las palabras y de la composición, siendo diseñado y rebajado para el oído de la mayoría, y apuntando solo a la salvación de los oyentes. El primer discurso recorre cuál es la causa y el peligro de tal desacuerdo y separación de las iglesias de Dios y de cada uno hacia el otro. Segundo, que toda transgresión de un mandamiento de Dios es castigada severa y terriblemente; y la prueba a partir de las Escrituras. Tercero, sobre nuestra fe piadosa, es decir, nuestra pura y sincera confesión en la santísima Trinidad. El segundo presenta un carácter de cristiano capitular y breve, y un carácter de nuevo similar de los que presiden el discurso. Luego expone como ciertos límites ascéticos, como en pregunta y respuesta, en número de cincuenta y cinco, y de nuevo otros límites más breves, ciento trece. Se leyó del santo Máximo el monje, también confesor, el libro dirigido al santísimo presbítero y abad Talasio, en el que registra soluciones de ciento sesenta y cuatro dudas escriturales. Sin embargo, en el proemio trata sobre el origen de las pasiones en nosotros, y dice que el mal, no siendo nada ni existiendo en absoluto de los seres, ni cualidad, ni cantidad, ni relación, ni siquiera pasión considerada naturalmente en alguno de los seres, sería una carencia de la energía hacia el fin de las facultades inherentes a la naturaleza, o también así, un movimiento irracional de las facultades naturales según un juicio erróneo hacia otra cosa distinta al fin. Y llamo ahora causa de lo que todo desea naturalmente, que Adán, al enfermar de engaño del mal, ignoró, y fue arrastrado hacia toda la sensación, al ser comparado con las bestias, y cuanto más se preocupaba del conocimiento hacia la sensación, tanto más caía del divino; y cuanto más permanecía cayendo, tanto más se aferraba y era arrastrado al disfrute de los sensibles conocidos; y cuanto más se aferraba a estos, tanto más encendía el amor de la dañina filautía; y cuanto más se aferraba a la filautía, tanto más ideaba modos variados y muchos de placer; pues estos son engendros de la filautía. Y puesto que toda maldad se corrompe junto con los que la constituyen, encontrando de la misma experiencia del placer inevitablemente como sucesor al dolor, se aferraba a lo que estaba por encima de sus fuerzas, y combatía fuertemente el dolor, creyendo lo que era imposible, separar estos entre sí y disfrutar solo del placer y tener la filautía unida a este. De aquí toda la multitud de las pasiones; pues al reclamar el placer por la filautía y evitar el dolor, ideamos las innumerables generaciones de las pasiones destructoras. Por ejemplo, si reclamamos el placer en la filautía, engendramos la glotonería, la soberbia, la avaricia, y cuanto proporciona placer al modo que sea; pero si evitamos el dolor en la filautía, engendramos la ira, la envidia, el odio, la desesperación, y cuanto otro está privado de la disposición placentera. Y de la mezcla de ambos nace la hipocresía, la adulación, el engaño, y simplemente cuanto otro tipo de maldad es invención de la astucia mixta. Pero lo que ya dijimos antes, el hombre, al caer por el engaño del conocimiento divino y volverse todo hacia la sensación, desconoció la creación aparente hacia Dios, adorando a la creación en lugar del creador por la necesidad del cuerpo de ella, realizando según el cuerpo la adoración destructora, tenía siempre placer y dolor en acción, comiendo siempre el árbol de la desobediencia del bien y del mal por la experiencia misma, y según la sensación proporcionando el conocimiento. Y tal vez alguien no se equivocaría de la verdad al decir que el árbol del bien y del mal es la creación aparente; pues tiene naturalmente la participación productora de placer y dolor. O de nuevo, puesto que la creación visible tiene también razones espirituales que alimentan la mente, y de nuevo una facultad natural que deleita la sensación pero distorsiona la mente, por esto fue llamado árbol conocido del bien y del mal. Pues se convierte en maestro de pasiones para los que participan de ella corporalmente. Por lo cual quizás Dios prohibió al hombre la participación de ella por el momento, para que primero, como era justo, al conocer su propia causa mediante la participación en la gracia y la inmortalidad dada por la gracia, al fortalecerse mediante tal participación hacia la impasibilidad e inmutabilidad, como Dios ya al hacerse por la deificación, considerara con Dios las criaturas de Dios, no siendo dañado en nada por ellas, y asumiera el conocimiento de ellas como Dios por gracia y no como hombre. Estas y tales cosas filosofando en los proemios y prometiendo que en otros más perfectamente y
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Para examinar estos asuntos con mayor precisión y tratar la cuestión que los concierne en un tratado independiente, aborda a continuación las preguntas y respuestas. El primer problema es sobre qué significa« mi Padre trabaja hasta ahora». El segundo, sobre el que lleva el cántaro de agua en el Evangelio. El tercero, sobre el« no os hagáis dos túnicas». El cuarto, sobre la tierra maldita en las obras de Adán. El quinto, sobre el« todo el que ha nacido de Dios no comete pecado». El sexto, sobre el« pues para esto también se anunció la buena nueva a los muertos». El séptimo, sobre el« Dios es luz». El octavo, sobre cómo somos hijos de Dios y cómo seremos después de esto. El noveno, sobre cómo el que teme no ha sido perfeccionado en el amor y que no hay carencia para los que le temen. El décimo, sobre cuál es el principio de los ángeles que no lo guardaron y qué les está reservado. El undécimo, cuál es la túnica manchada por la carne. El duodécimo, qué significa« pues sus atributos invisibles, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo comprendidos por medio de las cosas hechas». El decimotercero, qué significa« y dieron culto a la criatura antes que al Creador». El decimocuarto, sobre el« pues tu espíritu incorruptible está en todas las cosas». El decimoquinto, sobre el becerro fundido en el desierto. El decimosexto, sobre el ángel que amenazó con la muerte a Moisés en el camino de Egipto. El decimoséptimo, sobre si los que hacen la ley serán justificados,¿ cómo los que son justificados en la ley caen de la gracia? El decimoctavo, qué significa« todos los que pecaron sin ley, sin ley también perecerán». El decimonoveno, cuál es la higuera que se secó en el Evangelio y todo lo relacionado con ella. El vigésimo, sobre qué significa« despojando a los principados y a las potestades», etc., y cómo el que ni siquiera se ha vestido se despoja. El vigesimoprimero, si en los siglos venideros Dios mostrará la riqueza de su bondad,¿ cómo han llegado a nosotros los fines de los siglos? El vigesimosegundo, sobre el« le dará Dios el trono de David su padre», cómo da el reino de David a las naciones que lo conocieron, habiendo pasado de él. El vigesimotercero, qué significa« pasando la primera y la segunda guardia» y cuál es la puerta de hierro. El vigesimocuarto, sobre el« la cabeza de todo hombre es Cristo», etc. El vigesimoquinto, sobre el rey de Babilonia, Judá y las naciones. El vigesimosexto, sobre la revelación de Pedro respecto a Cornelio, y cómo algunos se disputaban con Pedro a causa de Cornelio. El vigesimoséptimo, a quiénes se dijo« venid, bajemos y confundamos sus lenguas». El vigesimoctavo, qué significa lo que está en los Hechos:« quienes por el Espíritu decían a Pablo que no subiera a Jerusalén». El vigesimonoveno, cuál es la diferencia entre copa y bautismo. El trigésimo, sobre si Dios no habita en templos hechos por manos,¿ cómo se decía que habitaba en el templo de los judíos? El trigesimoprimero, sobre el« si acaso pudieran palpar y encontrar a Dios». El trigesimosegundo, sobre el« de cierto os digo, quien diga a este monte», etc. El trigesimotercero, sobre el« todo lo que pidáis orando, creed que lo recibís», etc. El trigesimocuarto, sobre el que se nos ordena comer la carne y beber la sangre, pero no romper los huesos. El trigesimoquinto, cuáles son los cuerpos de los animales sacrificados a los israelitas. El trigesimosexto, sobre la víbora que se prendió a la mano de Pablo. El trigesimoséptimo, sobre la pregunta de los saduceos, que inventaba siete maridos unidos a una sola mujer. El trigesimoctavo, qué son los tres días que las multitudes esperan a Cristo en el desierto. El trigesimonoveno, qué significa el número de las seis tinajas en la boda de Caná de Galilea. El cuadragésimo, cuál es la razón de los cinco maridos de la samaritana, y de que el sexto no sea marido. El cuadragesimoprimero, cómo nosotros decimos que cometemos y conocemos el pecado, mientras que el Señor se hizo pecado pero no lo conoció. El cuadragesimosegundo, sobre el árbol de la vida y el árbol de la desobediencia. El cuadragesimotercero,¿ a quién dijo« he aquí que Adán ha llegado a ser como uno de nosotros»? Pues si fue al Hijo,¿ cómo se compara Adán con el Hijo? Y si fue a los ángeles,¿ cómo compara de nuevo al ángel consigo mismo? El cuadragesimocuarto, qué significa el pecho de la ofrenda y el brazo de la contribución. El cuadragesimoquinto, cuál es la diferencia entre espejo y enigma. El cuadragesimosexto, qué significa« voz del que clama en el desierto», etc. El cuadragesimoséptimo, sobre los pozos y torres que edificó Ozías, rey de Judá. El cuadragesimoctavo, qué significa de nuevo en el mismo libro de las Crónicas:« y vio Ezequías que Senaquerib había venido», etc. El cuadragesimonoveno, qué significa de nuevo en el mismo libro:« y oró el rey Ezequías y Isaías hijo de Amós», etc.
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El quincuagésimo, qué significa« y muchos trajeron dones al Señor y presentes a Ezequías, rey de Judá». El quincuagesimoprimero, sobre que no conforme a la retribución que Dios le retribuyó, retribuyó Ezequías, etc. El quincuagesimosegundo, sobre Ezequías de nuevo, que lo enterraron en la subida de los hijos de David, etc. El quincuagesimotercero, sobre el primer Esdras, que está escrito sobre Zorobabel:« levantó el rostro al cielo delante de Israel», y sobre su oración. El quincuagesimocuarto, sobre el« y todos eran de Israel, desde los doce años, sin niños ni mujeres, cuarenta y dos mil», etc. El quincuagesimoquinto, sobre lo escrito en el segundo Esdras:« y al oír los enemigos de la tribu de Judá y Benjamín, han venido a conocer cuál es la voz de las trompetas», etc. El quincuagesimosexto, qué significa« mucho puede la oración del justo obrando». El quincuagesimoséptimo, sobre el« en lo cual os alegráis un poco ahora, si es necesario, habiéndoos entristecido», etc., cómo alguien entristecido en las pruebas puede alegrarse. El quincuagesimoctavo, sobre qué salvación buscaron e investigaron los profetas. El quincuagesimonoveno, sobre el« como de un cordero sin mancha y sin contaminación, Cristo, preconocido»,¿ por quién preconocido? El sexagésimo, qué significa que« es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios», etc. El sexagesimoprimero, sobre la hoz que vio volar Zacarías. El sexagesimosegundo, sobre el candelabro de oro que vio el mismo profeta. El sexagesimotercero, qué significa« en la cual habitan más de doce miríadas de hombres, que no conocieron su derecha ni su izquierda», quiénes son los hombres y qué es la derecha y la izquierda. El sexagesimocuarto,¿ por qué después de la muerte de Saúl, que agravió a los gabaonitas, se exigió justicia a David, que no había agraviado a nadie, sufriendo su tierra hambre, hasta que entregó a los siete hombres del linaje de Saúl a los gabaonitas? Este hombre divino y valiente confesor se esfuerza por dar las soluciones a estos problemas. Su estilo es largo en sus períodos, gusta de los hipérbatos, florece en las perífrasis y no se preocupa por hablar con propiedad; de ahí que en su escritura corra lo oscuro y difícil de examinar. Por la aspereza de su estilo, en cuanto a la composición y las pausas, al someter el discurso, tampoco se esfuerza por ser agradable al oído. Y la metáfora de sus palabras no está adornada hacia lo elegante y encantador, sino que se toma de manera simple y despreocupada. Lo que agota a quienes se han esforzado por entenderlo es que sus soluciones se conciben lejos de la letra y de la historia conocida, o más bien, lejos del mismo problema. Sin embargo, si a alguien le gusta desenredar la mente con anagogías y teorías, no encontraría otras más variadas ni más trabajadas que estas. Recoge, ciertamente, lo dicho por sus predecesores sobre algunos de los problemas, pero añade no menos, si no más, de su propia laboriosidad, presentando lo pulido y lo bien pensado. En todas partes resplandece su piedad y el deseo puro y genuino hacia Cristo. Además, se leyeron sus cartas sobre diversos temas, útiles para el alma y necesarios para quienes se esfuerzan por rectificar las costumbres y mantener la mente despierta para la piedad, en número de veintisiete. De ellas, una era extensa, la dirigida a cierto Juan, cuyos capítulos son: primero, censura a quienes defienden a los que se inclinan a la herejía, y especialmente a los de Severo; segundo, que se debe guardar por todos los medios la piedad transmitida sin alteración; tercero, sobre la diferencia, y cómo es posible confesar piadosamente dos naturalezas en Cristo después de la unión; cuarto, que el número ni divide ni es dividido, ni introduce división según su propia razón en el conjunto a lo que se añade; quinto, cómo se toma piadosamente el número para la manifestación de la diferencia; sexto, cómo se debe entender la frase que se encuentra en la carta a Sucenso del santo Cirilo, y que la voz« en dos» no lucha contra los que dicen« una naturaleza del Verbo encarnada», a menos que se tome impíamente según lo que parece a Nestorio; séptimo, que la diferencia en Cristo es de cosas, es decir, de sustancias, pero no de cualidades, y que toda diferencia introduce necesariamente
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consigo la cantidad de aquello de lo que es, y la cantidad a su vez el número que la significa, ya sea continua o dividida; octavo, que es impío decir que Cristo es una naturaleza compuesta, y que lucha contra la verdad; noveno, sobre la hipóstasis compuesta, y exposición breve de la interpretación de las voces de la fe confesadas correctamente sobre Cristo según la Iglesia católica; décimo, una comprensión más natural de la hipóstasis compuesta, y demostración precisa de que no caen en los mismos errores quienes confiesan que Cristo es una hipóstasis compuesta que los que dicen que él es una naturaleza compuesta; undécimo, que la unión del Verbo con la carne ocurrió solo por asunción, como si ya existiera y hubiera querido unirse para la unión de la carne; lo cual no es posible ver en absoluto en otros compuestos; pues en los otros la unión no ocurre por asunción de uno por otro, sino que ambos se unen desde el no ser hacia la compleción y subsistencia del compuesto. Esta es la carta a Juan y los capítulos en ella. De las otras cartas, tres son al presbítero y abad Talasio, dos al cubiculario Juan, dos al monje Sofronio, llamado Eucratas, una al sofista Juan, una a la abadesa Jania, una al abad y presbítero Talasio, una al presbítero Jordán y al abad y presbítero Esteban, una al obispo Cirisco, y además otra al cubiculario Juan, igualmente al presbítero y abad Esteban, una al presbítero y abad Conón, además al abad y presbítero Talasio, dos al obispo Juan, además al cubiculario Juan sobre la tristeza según Dios, dos al ilustre y ex- sacelario Constantino, tres al abad Policronio, una al alejandrino Juliano, convertido de la herejía de los acéfalos, y una como de Jorge, eparca de África, a monjas que se habían separado de la comunión en Alejandría. En todas estas veintisiete cartas, el carácter de sus discursos y su piedad se conservan especialmente, y lo oscuro, haciendo bien el hombre y honrando las leyes de la carta en esto, no tuvo lo desordenado. Es evidente que lo que causaba la oscuridad, parte ha sido desechado y parte corregido. Se leyó un discurso ascético del santo Máximo, configurado en forma de pregunta y respuesta. El discurso es útil para todos, pero especialmente para aquellos cuya vida es la ascesis; pues es maestro y cultivador de las costumbres mediante las cuales uno puede llegar a ser ciudadano del cielo, y especialmente proporciona muchas ocasiones para abordar tanto el conocimiento como la práctica del amor. Se había compuesto otra obra, multiplicada en quinientos capítulos, que también estaba dedicada a cierto Elpidio, consagrado a la santidad. El mismo autor titula la obra sobre el amor, quizás porque somete esto como principio al escrito, y en otros lugares a menudo se dedica a hablar sobre ello; sin embargo, también de muchos problemas y teorías, con los cuales se fortalece la teología y que hacen la vida santa y pura, es posible cosechar suficiente beneficio en ellos para quienes los estudian con laboriosidad. Y el tipo de discurso en él se configura hacia lo claro y preciso, más que los otros, y no ofrece nada que alguien pudiera investigar para censurar, excepto que hay ocasiones en las que no prefiere el ático a la otra lengua. Se leyó una carta del mismo santo hombre al eparca Jorge, llena de mucha utilidad y compunción; y el hecho de que su estilo se despliegue hacia lo claro y moral muestra que conserva la afinidad inalterada con los quinientos capítulos. En el mismo volumen se leyó un discurso dividido en cien capítulos, y otro igualmente completado con los mismos, en los cuales resplandece la teología y destaca el adorno de las costumbres. Y en nada se habría alterado su afinidad con los quinientos capítulos, si no fuera porque lo alegórico, que se somete en muchos lugares y los presenta de alguna manera afines a la composición, la cual se esfuerza por exponer problemas y soluciones de las Escrituras
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y está dedicada al presbítero y abad Talasio, hace surgir pensamientos de que lo afín a esto es espurio a través de la familiaridad con aquella. En el mismo volumen se leyeron varias cartas del mismo. La primera de ellas a Pedro Ilustre, cuya inscripción es« Discurso breve sobre el misterio según Cristo y contra los dogmas de Severo», y los capítulos son estos: una comprensión más natural sobre el número, sobre la diferencia y la cualidad con mayor precisión y sobre su confesión piadosa. Que es blasfemo decir así simplemente que Cristo es una naturaleza. Sobre la naturaleza compuesta y la razón según ella, y cómo pecan los que dicen que Cristo es una naturaleza compuesta. Que el que dice que Cristo es Dios y hombre después de la unión confiesa necesariamente en los nombres las naturalezas después de la unión, eligiendo creer correctamente y consecuentemente con lo que dice. Sobre la voz« en dos» y sobre la confesión piadosa de la una naturaleza del Verbo según los padres, y la abolición de la una naturaleza compuesta. Una comprensión más natural sobre la hipóstasis compuesta, y demostración de que no caen en los mismos absurdos quienes confiesan que Cristo es una hipóstasis compuesta que los que dicen que él es una naturaleza compuesta. Noveno capítulo, que la unión con la carne ocurrió solo por asunción, como si ya existiera y hubiera realizado la unión con la carne por voluntad. Pero esta es la dirigida a Pedro Ilustre. Otra es al diácono Cosme de Alejandría sobre lo común y lo propio, es decir, sobre esencia e hipóstasis; cuyo capítulo es una construcción más natural de que ninguna de las cosas existentes es idéntica a otra en esencia e hipóstasis, debido a que esencia e hipóstasis no son lo mismo, sino que las cosas que son iguales en esencia son diferentes en las hipóstasis, y las que son iguales en hipóstasis son diferentes en esencia y naturaleza. Segundo, que Cristo, uniéndose con las comuniones de las partes propias según la esencia hacia los extremos, tenía la diferencia que se conservaba hacia otras de las partes, y con las propiedades de las partes mostraba lo que es según la hipóstasis como un todo común a ambos. Tercero, que las cosas comunes de las partes según la hipóstasis definían el todo, es decir, a Cristo, de los extremos, mientras que las cosas comunes de las partes según la esencia hacia los extremos unían a Cristo esencialmente a los extremos como un todo. Cuarto, que siendo Cristo Dios perfecto y el mismo hombre perfecto, tenía lo común de ellos y lo propio con lo cual realizaba hacia sí mismo la unión y distinción de los extremos, asegurando con la unión hacia sí mismo de los extremos las naturalezas de las que fue compuesto conservadas en sí mismo, y con la distinción hacia sí mismo de los extremos mostrando lo único de su propia hipóstasis. Quinto, una comprensión breve sobre la diferencia, mediante la cual se muestra la cantidad según la esencia de las cosas unidas, conservada. Sexto, una construcción más amplia y natural sobre la diferencia, la cantidad y el número que la manifiesta. Séptimo, que el que no sabe que naturaleza e hipóstasis no son lo mismo, dogmatiza piadosamente sobre Cristo la unión y la diferencia, de las cuales una se ve según la hipóstasis, y la otra según la naturaleza. Octavo, que Severo, forzando a que naturaleza e hipóstasis sean lo mismo, confunde la unión y hace división la diferencia; según la cual se muestra que también disipa la razón de la Trinidad hacia una cuaternidad, y corta el misterio de la una divinidad hacia una dualidad, y excluye a Cristo de toda existencia esencial. Noveno, exposición breve con la defensa correcta de la verdadera confesión de los padres. Pero en estos, tanto esta como es evidente por los mismos capítulos, lo útil para la piedad. Y el estilo, como en tal caso, busca lo claro y no es falto de elegancia. Además, a Pirro, que aún tenía el grado de presbítero y aún no había subido a la sede arzobispal. En ella diviniza a Pirro y le atestigua un conocimiento piadoso y santidad. Pero también sobre algunas cosas, como parece, habiendo pedido que se le escribiera, el sabio Máximo no solo se excusa, llamándose a sí mismo de voz débil y lengua lenta, sino que le exige a cambio que le enseñe por escrito qué es la energía, y de cuántas maneras, y qué es el energema fuera de esta, y qué
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difiere de estas la praxis y la obra, y cómo es posible decir o pensar la una energía. Pero en estos está también la dirigida a Pirro. Escribe también a cierto Tomás, que pidió soluciones a algunos pasajes difíciles. Los pasajes son del Teólogo Gregorio y del divino Dionisio, del que trata sobre el Hijo hacia el« Por esto la mónada desde el principio movida», etc.; y« Movida la Mónada por su riqueza», que es del segundo pacífico; segundo, hacia el« en un capítulo», etc.; tercero, del mismo discurso hacia el« pues este que ahora es despreciado por ti», etc. Cuarto, hacia el« Pues como razón no era ni obediente ni desobediente», etc. Del divino Dionisio hacia el«¿ Cómo dices que Jesús, el que está más allá de todo, está esencialmente ordenado a todos los hombres?», etc., y hacia otros diversos. Y estos en la primera carta a Tomás. En la segunda hace como una repetición de algunos pasajes de los aclarados de la composición teológica, y además interpreta de manera similar el« habiendo conversado a través de la mente con la carne hasta que el superior venció». Pero estos en estos. Se leyó una carta del mismo santo hombre. Está dedicada al presbítero Mariano, en la cual discurre sobre el querer natural o voluntad y el querer y el consejo o deliberación, sobre la proairesis, y sobre qué cosas deliberamos, y sobre la opinión, la autoridad y la gloria, y sobre el pensamiento o prudencia; y cómo no de toda manera será uno el querer después de la resurrección entre los santos y Dios, aunque sea uno lo querido por todos, como dicen algunos. Y undécimo capítulo sobre esto, que no se puede decir un querer en Cristo, ya sea natural o electivo, como a algunos les pareció. Esta es la carta; no solo proporciona mucho de necesario para la piedad, sino también para otras muchas y buenas teorías. Se leyó en el mismo volumen un diálogo sobre los dos quereres y las dos energías en Cristo. Las personas del diálogo son Pirro y Máximo, de los cuales uno defiende la opinión ortodoxa, mientras que Pirro, aferrándose a la opinión herética, sin embargo, como contenido y empujado por los pensamientos y dogmas ortodoxos, se somete a la piedad, confesando que no había pensado correctamente las cosas anteriores. El discurso muestra que llegó a Roma para la discusión, con quien él mismo se impuso una huida y cayó del trono de Constantinopla. El diálogo, sin embargo, está preparado de manera más humilde, ya sea porque el autor quiso conservar intacta la espontaneidad de los que dialogaban, o porque administraba otra cosa; por lo cual ni siquiera las leyes de la dialéctica quieren estar a su favor. Pero aun así, la lucha es necesaria para los piadosos. Se leyeron cuarenta y nueve discursos del santo Efraín, de los cuales el primero se hace a sí mismo lamentándose de cómo vivió, y ocupa el lugar de prólogo de las exhortaciones siguientes. El segundo es una exhortación introducida a los hermanos en el cenobio. El tercero exhorta a la piedad. El cuarto instruye a los que se inician en la vida de los monjes, y el quinto, el sexto, el séptimo, el octavo y el noveno. El décimo, el undécimo y el duodécimo son de alguna manera comunes. Introductorios son igualmente el decimotercero y el decimocuarto, el decimoquinto, el decimosexto, el decimoséptimo, el decimoctavo y el decimonoveno hasta el vigesimotercero. Luego el siguiente suscribe una exhortación común. El vigesimoquinto hace la exhortación de que no se debe cambiar de lugar; el vigesimoctavo, que no se debe rechazar al que se apartó del cenobio y vuelve y se arrepiente. El vigesimonoveno, a partir de una historia ocurrida, presenta qué mal es la desobediencia, y que el cristiano debe ser paciente y superior al rencor. El trigésimo, sobre las pasiones, que se deben huir de ellas. El trigesimoprimero, cómo se debe consolar a los que desfallecen. El trigesimosegundo, cómo en la contradicción la templanza y la castidad aseguran el poder y la fuerza. Y el trigesimotercero exhorta sobre la castidad. El trigesimocuarto procura la quietud a los que quieren entender; y el trigesimoquinto trata sobre no vagar con los ojos; y cómo es enseñanza mediante pregunta, si mediante la abstención de alimentos se anula el pensamiento
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de la fornicación, y con qué otro. El trigesimosexto, sobre la mansedumbre. El trigesimoséptimo es contra los insumisos, a quienes también reprime, para que no se despeñen hacia el extremo de la perdición, por el temor de Dios y el juicio del tribunal futuro. El trigesimoctavo enseña la buena reverencia; el trigesimonoveno es para los que caen por propia negligencia y ponen excusas en los pecados. El cuadragésimo es para un hermano que ha caído, y sobre el arrepentimiento. El cuadragesimoprimero exhorta a que no se debe jurar ni blasfemar; el cuadragesimosegundo establece cómo sufrió justamente Elí, el sacerdote en la ley, ante el que dudaba sobre esto mismo. Sobre el temor de Dios el cuadragesimotercero y sobre el amor el cuadragesimocuarto, el cuadragesimoquinto se escribe para Eulogio que lo pidió, pero desarrolla exhortaciones y enseñanza de más logros. El cuadragesimosexto está compuesto para un monje acedioso, apartándolo con muchos y buenos consejos de la vuelta a la vida mundana. El cuadragesimoséptimo hace una crítica de la malicia. El cuadragesimoctavo muestra cuánto difiere la vida monástica de la vida en el mundo. El cuadragesimonoveno describe la segunda venida del Señor y exhorta a los hombres al arrepentimiento. En estos discursos exhortatorios del santo, uno se maravillaría de cuánto se profundiza lo que persuade, cuánto destila de ellos lo que endulza, y en general cuánto brota el carácter. Y no es de extrañar que el lenguaje y las figuras se hayan inclinado hacia lo más común de la conversación y lo descuidado; pues la causa no pasa al generador de los pensamientos, sino al que los tradujo, ya que los que se han ejercitado en la precisión de la lengua siria saben que él tuvo tanto éxito en las palabras y las figuras, que es discutible si por esto o por la mente en ellos procede tanta gracia y poder de sus discursos. No es de extrañar, pues, la humildad del estilo; pero es de extrañar que incluso a través de tal vulgaridad de palabras se derrame tanta salvación y utilidad para los que prestan atención. De la misma gracia y poder depende también el discurso sobre la humildad, desplegado en cien capítulos; igualmente el discurso sobre que no se debe reír y estar distraído, sino más bien permanecer en el llanto, no miente sobre su afinidad con los otros. Igualmente el que le fue dirigido a los monjes metebinos, que enseña la mansedumbre, aparta la maldad, conduce a la paciencia, refuta al irascible, muestra la paciencia como causa de bienaventuranza, estigmatiza la miseria del negligente, hace del temor divino el dispensador de la alegría eterna, somete al despreciador a castigos, conduce el amor hacia Dios, y declara que el odio se une al diablo; y cómo la verdad es madre de muchos logros, y la corrupción de estos es la mentira, igualmente que la obediencia hace bienaventurados a los que la usan, y lo insumiso hace herederos de maldición y de mucha otra vergüenza; y que estar limpios de envidia y celo es enriquecerse, y que los que están atrapados en la pasión están sujetos a los juicios del diablo, al igual que los que han caído en injurias. Y sobre la templanza y la intemperancia trata de manera análoga. El discurso a los metebinos termina en esto, y se llevan otros muchísimos tratados del hombre traducidos al griego, llenos de gracia y poder. Los hijos de los sirios dicen que escribió más de mil discursos, a los cuales tampoco es indigno de crédito el que trata sobre la historia, aunque no atestigüe los dogmas Eusebio, el que lleva el nombre de Pánfilo. Se leyó un librito en el que había dos discursos de Casiano el monje, que tuvo a Roma por patria. De los cuales el primero estaba escrito al obispo Cástor, habiendo hecho él mismo la petición de lo escrito. Este anuncia tipos y cánones según los cuales vivía la vida monástica en Egipto según sistemas; el discurso lo llama cenobios por la etimología; y el segundo también al mismo
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está dirigido a alguien, y lleva por título Sobre los ocho pensamientos, a los cuales añade la glotonería, la fornicación, la avaricia, la ira, la tristeza y la acedia, así como la vanagloria y el orgullo. Estos discursos son útiles, más que cualquier otra cosa, para quienes eligen emprender la lucha ascética. Y es tal el poder y la divinidad que hay en ellos que, hasta el día de hoy, si algún sistema monástico se rige según estos modelos y preceptos, florece verdaderamente, brilla más que los demás y se muestra como un taller de virtudes; pero quien los desprecia, vacila sobre unos pocos restos de virtud o incluso naufraga. Por ello, es necesario no pasar por alto nada de lo que en ellos se ha transmitido, pues son un desarrollo y una expansión de la legislación del Señor y de la vida evangélica. Sus palabras son adecuadas a sus pensamientos, resplandecen por su claridad y poseen la gracia de grabarse fácil y suavemente en las almas, al tiempo que las persuaden y atraen hacia lo que se busca. Y todo está tan sabia y hábilmente mezclado y configurado que, aunque el segundo discurso se presenta bajo la forma de tropos, y posee un gran poder de atracción y seducción, ofrece aún más lo que atemoriza, estremece y es capaz de convertir hacia el arrepentimiento. Además, se leyó un tercer opúsculo sobre estos temas, que fue dirigido, tras la muerte del obispo Cástor, a quien le sucedió en el cuidado del monasterio, por cuya causa también se enviaron los cánones. Es afín a los anteriores, pero enseña qué es el discernimiento, que es mayor que las otras virtudes, de dónde nace y cómo es, en mayor medida, un don de lo alto. Y sobre la confesión, basándose en testimonios de las Escrituras, establece cómo debe realizarse, cuál es el objetivo y cuál el fin de lo que se examina en las luchas ascéticas. Introduce a un tal Moisés, admirable por sus virtudes, enseñando y confirmando las palabras con los mismos hechos, puestos casi ante los ojos. Luego presenta a Sereno, no inferior en su modo de vida y que utiliza una enseñanza similar, explicando que es imposible que la mente no sea molestada por los demonios, pero que el ser empujado y obligado a caer en lo vil ya no es inevitable, sino que depende de nosotros tanto rechazar la molestia como aceptarla; y que los demonios no conocen los pensamientos humanos al penetrar en el alma, sino que los acechan desde fuera a partir de ciertos indicios, pues solo la santa Trinidad puede penetrar a través del alma y de todas las demás cosas. Y que hay diversos linajes de demonios, algunos de ellos salvajes y muy dañinos, otros menos, y otros burlones. Con esto se completa el tercer discurso, prometiendo Sereno tratar en su momento también sobre lo que se le preguntó, que era:« Porque no es nuestra lucha contra sangre y carne», y lo que sigue. El nombre de aquel a quien fue dirigido este tercer discurso era Leoncio. Se leyó un libro que relata la vida y los logros de hombres santos para el progreso y beneficio del alma. Era, al parecer, un resumen y una sinopsis del llamado gran Limonario, que relata las vidas y obras de quienes florecieron en torno a Antonio el Grande y sus sucesores, tal como el llamado Nuevo Paraíso registra las luchas ascéticas de los más recientes hasta el emperador Heraclio y un poco más allá. Pero el libro en cuestión, resumido en veintidós temas, muestra en cada uno de ellos tanto su utilidad como su adquisición mediante diversos relatos. El primer capítulo contiene una exhortación al progreso hacia la perfección a través de diversas personas; el segundo muestra el beneficio de la quietud; el tercero trata sobre la templanza, y cómo la templanza debe practicarse no solo respecto a los alimentos, sino igualmente respecto a los demás movimientos del alma. El cuarto, cómo debemos protegernos contra las guerras que se levantan contra nosotros por la fornicación. El quinto, sobre la pobreza y cómo debemos guardarnos también de la codicia. El sexto, sobre la paciencia y la valentía, y
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el séptimo, que no se debe hacer nada por ostentación, y el octavo, que no se debe juzgar a nadie. El noveno, sobre el discernimiento. El décimo, sobre la necesidad de estar siempre sobrios; el undécimo, que se debe orar incesantemente y con sobriedad; y el duodécimo, cómo se debe practicar la hospitalidad y la limosna con alegría. El decimotercero enseña sobre la obediencia; el decimocuarto, sobre la humildad; el decimoquinto, sobre la mansedumbre; y el decimosexto, sobre el amor. El decimoséptimo, sobre los clarividentes; el decimoctavo, sobre los ancianos portadores de señales; el decimonoveno, sobre la vida piadosa de diversos padres. Y finalmente, el vigésimo, apotegmas de quienes envejecieron en la ascesis; luego, el vigesimoprimero introduce diálogos de ancianos entre sí sobre los pensamientos. Y el vigesimosegundo, al final de todo, contiene máximas de Hesiquio, presbítero de Jerusalén. En estos se completaba todo el discurso del libro, resultando ser, si es que hay algo más, sumamente necesario para quienes ejercitan su vida con vistas a la herencia de los cielos. En su exposición posee claridad y las demás cualidades que convendrían a hombres que no se han dedicado a la lucha dialéctica, sino que han asumido todo el esfuerzo y el celo en la ascesis de las obras. Se leyó un libro que abarca cincuenta y cuatro relatos. Este también contribuye en gran medida a la vida ascética, tratando casi de lo mismo que el anterior, salvo que registra obras y hechos dignos de imitación de hombres posteriores; pues recorre las vidas de quienes se distinguieron por sus virtudes desde allí hasta el inicio del reinado de Heraclio y aún más allá. El autor le da al libro el nombre de Limón( Prado); algunos, sin embargo, lo llaman Nuevo Paraíso. El autor se llamaba Juan, y era conocido como el de Mosco; quien renunció al mundo en el monasterio de san Teodosio, y luego convivió con los que se ejercitaban en el desierto a lo largo del Jordán y con los que luchaban en la nueva laura del gran Sabas. Desde allí, habiendo recorrido las regiones de Antioquía, la de Alejandro y el desierto que la rodea, hasta el Oasis, y habiendo reunido las hazañas de muchos y grandes hombres, unas por visión y otras por oídas recientes, y por la misma razón habiendo visitado también islas en su travesía hacia Roma, y habiendo investigado y aprendido allí cosas similares, escribe el presente tratado y lo dirige a Sofronio o Sofrana, su discípulo, y se lo entrega, habiendo previsto en él la futura conversión de su vida hacia lo mejor. La interpretación del discurso se inclina hacia un estilo más humilde y menos docto que el anterior. Y los relatos no los encontrarás conservados en igual número en todos los libros, sino que en algunos se despliegan hasta cuarenta y cincuenta, ya sea porque el número aumenta por la subdivisión de algunos capítulos, o por la adición de algunos relatos. Sin embargo, el hombre sensato y piadoso que recoja la utilidad de todos ellos no podría condenar el exceso de lo escrito. Se leyó un libro de Marcos el monje en ocho discursos, de los cuales el primero recibió el título Sobre la ley espiritual, y es útil para quienes han emprendido la vida ascética, al igual que el siguiente, demostrando que quienes creen justificarse por las obras caen en un pensamiento vano, o más bien, en uno sumamente peligroso; en ellos se entrelazan otras exhortaciones, que también pertenecen a la ley espiritual. Y el tercero, dirigido hacia el objetivo de la penitencia que siempre es necesaria, vuelve al mismo grado de utilidad. Es claro en cuanto a la generalidad de las palabras y a que se ha expuesto por capítulos, aunque el estilo no esté del todo depurado según la lengua ática; y si en algún lugar se percibe oscuridad, se aleja de la interpretación mediante palabras debido a que su naturaleza es ser comprendido más bien a través de la práctica, no por haber sido expresado con dificultad; y tal cosa no aparece solo en los discursos mencionados, sino también en los siguientes. Y no solo en este hombre, sino en casi todos aquellos cuyo celo ha sido
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relatar las leyes ascéticas y las pasiones y disposiciones que se desarrollan a través de las obras, el modo de tal oscuridad aparece a veces, ya que el conocimiento que proviene de las obras mismas no aprecia mucho las explicaciones a través de las palabras. Pero así es respecto a esto. El cuarto discurso, configurado bajo la forma de pregunta y respuesta, muestra cómo el bautismo salvador nos otorgó místicamente la libertad y la purificación de los pecados y nos hizo habitar la gracia del Espíritu santísimo, y otras cosas por el estilo. El quinto moldea la mente como si comunicara un consejo a la propia alma, a través del cual declara que no otros son los culpables de los pecados, sino nosotros mismos; y el sexto también se configura como un diálogo, introduciendo a un escolástico conversando con el propio Marcos, cuyos capítulos tratan de que no se debe tomar venganza al ser injuriado ni condenar a los que injurian, sino considerar las afrentas que nos infligen otros como el cobro de nuestros propios pecados; y que la complacencia humana es algo grave, y cómo se debe anteponer la oración a toda obra corporal con gran diferencia, y qué es el deseo de la carne. El séptimo, no estructurado en el intercambio de palabras, trata sobre el ayuno; y el octavo, escrito a un tal Nicolás, monje, enseña por qué cosas se calma más el ánimo y la ira o se anula por completo, y por cuáles la concupiscencia carnal. Estos, aunque difieren entre sí en mayor o menor medida, los ocho discursos guían hacia la filosofía práctica. El noveno, luchando contra los melquisedecianos, no menos estigmatiza al autor de su herejía como culpable de una no menos moderada; sin embargo, para quien desea cazar la utilidad desde todas partes, tampoco le será inútil la lectura de este. Los ejemplares no conservan todos el mismo orden de los discursos mencionados, sino que algunos anteponen unos, otros posponen otros, de modo que algunos asignan el último lugar a los primeros. Se leyó un libro compuesto por cien capítulos siguientes, y los que están como en el prólogo no superan los diez, de los cuales el primero es: como primer límite de la fe, la noción impasible sobre Dios; el segundo, como segundo límite de la esperanza, la salida de la mente hacia lo esperado; el tercero, límite de la paciencia, perseverar incesantemente viendo al invisible como visible con los ojos de la mente; el cuarto, límite de la desapropiación, tener el no tener como uno desea tener; el quinto, límite del conocimiento, ignorarse a sí mismo al ser arrebatado por Dios; el sexto, límite de la humildad, el olvido inmediato de los logros realizados; el séptimo, límite de la mansedumbre, el gran deseo de no airarse; el octavo, límite de la pureza, la sensación siempre pegada a Dios; el noveno, límite del amor, el aumento de la amistad hacia quienes injurian; el décimo, límite de la transformación perfecta, considerar en el deleite de Dios la alegría del amargor de la muerte. A estos diez, pues, están subordinados los cien. Y este discurso está compuesto para lo mejor de los que se ejercitan, y no presenta nada oscuro a los que se han ejercitado en esas mismas acciones perfeccionadoras; pues el conocimiento a través de la experiencia accede fácilmente a la enseñanza a través de las palabras. La inscripción dice que el padre del discurso es Diádoco, obispo de Fótica en la antigua Epiro. En el mismo volumen leí también un discurso de Nilo el monje, dividido en ciento cincuenta y tres capítulos. El hombre divino desarrolla en ellos el modelo de la oración. Se llevan muchos otros escritos suyos dignos de mención, que tratan temas variados, tanto en forma epistolar como en tratados, testificando tanto la perfección en las obras como el poder en las palabras. Sin embargo, aunque Diádoco no es igualmente prolífico, los cien capítulos escritos por él no lo sitúan en un grado menor en ninguna de las dos partes mencionadas; pues su discurso está compuesto de manera irreprochable, y la mente muestra la sabiduría que proviene de las acciones. Sin embargo, aventaja a Marcos en ambas ideas, y en algunos lugares se opone a sus máximas. Podría dar pie a quienes critican con imparcialidad al final del centésimo capítulo, ya sea
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por estar corrompido por la adición de alguien, o por haber sido arrebatado por algún otro descuido. Pues desearía que lo de ser atrapado por la gloria no fuera cierto. Pero en lo dicho hace poco prevalece mucho Juan de Cárpatos, quien da a su obra el título de Exhortación a los monjes que le instaron desde la India. Este también lo termina en cien capítulos. Se leyó la interpretación de Hipólito, obispo y mártir, sobre Daniel. No realiza el desarrollo palabra por palabra, pero, por así decirlo, no pasa por alto el sentido; sin embargo, relata muchas cosas de manera arcaica y no según lo precisado posteriormente. Pero no sería justo que él rindiera cuentas de aquellas. Pues a quienes ponen los cimientos de la teoría no es justo exigirles cuentas de lo omitido, sino apreciar sobre todo el intento mismo y hasta dónde avanzaría la comprensión de lo examinado; pero el hecho de que, no habiendo revelado el Salvador la venida del Anticristo, bajo la cual se establece el fin de este mundo sensible, ni siquiera a los discípulos que se lo pedían, él luego la delimitara en quinientos años después de Cristo, como si se cumplieran los seis mil años desde la primera creación del mundo y su disolución estuviera encima, esto sería de una opinión más ardiente de lo debido, y el resultado refuta la ignorancia humana y no la inspiración de lo alto. Su estilo, al adaptarse lo más posible a la claridad, convendría a una interpretación, aunque no se siente muy obligado por las normas áticas. Se leyó también otro discurso suyo sobre Cristo y el Anticristo, en el que destaca la misma idea de los discursos y la sencillez y arcaísmo de los pensamientos. Se leyó la interpretación del bienaventurado Teodoreto, obispo de Ciro, sobre Daniel. Este sabio hombre supera por mucho no solo a Hipólito, sino también a muchos otros en el desarrollo y purificación de las sentencias proféticas; y es, si alguien más lo es, apto para las interpretaciones por su estilo, revelando lo ensombrecido con la pureza y claridad de las palabras, y preparándolos más dispuestos a la lectura al endulzar, como quien dice, con lo que deleita, sí, y al no dejarse llevar a ninguna desviación o digresión de lo propuesto, eliminando todo exceso, y produciendo en quienes leen su trabajo un aprendizaje de lo buscado que es claro, no disperso y fácil. Y su dicción y la composición no huyen de las fuentes de la nobleza ática, salvo si algo es más curioso que ella y se ha alejado de lo que se dice que es el oído de muchos; pero esto, porque tampoco es propio de una interpretación, se desvía. Y en general, está situado entre lo mejor de los exégetas y no tiene fácilmente quien lo explique mejor. Pues hay otros que dicen claramente y rastrean el sentido de lo contemplado; pero decir claramente y no omitir nada de lo necesario en lo breve, ni dejarse llevar a digresiones o sabidurías ostentosas, o que, aunque no inútiles, arrastran fuera de lo propuesto, si en alguien más, también en el excelente Teodoreto está presente con esmero, no solo en este tratado, sino que casi me atrevo a decir que en todos( y son muchos) en los que se esfuerza por la aclaración de las sagradas Escrituras. Es, pues, en el desarrollo sobre el divino Daniel, en algunos puntos coincidente con el mártir Hipólito, pero en más se inclina hacia la otra, de las cuales estas son las más evidentes. Se leyó del mismo bienaventurado hombre las explicaciones sobre el Octateuco. Recibió un título acorde a la obra; pues trata sobre las dificultades de la Escritura; entre las cuales está también sobre los libros de los Reyes y sobre los Paralipómenos. El libro es sumamente útil, y muestra inmediatamente a las mismas fuentes de los lectores la autenticidad del autor. Destacando su estilo habitual, tiene otra ventaja al mirar hacia lo más claro y comprensible, y el hecho de que el libro esté configurado como en un resumen según lo que se cuestiona y se resuelve. Se leyó del mismo sobre
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los doce profetas, compuesto con la misma belleza de discursos y disposición del pensamiento. Se leyó de Procopio el sofista las escuelas exegéticas tanto sobre el Octateuco de las antiguas Escrituras como sobre los Reyes y, ciertamente, también los Paralipómenos. Este exégeta es prolífico y extenso, pero no se detiene en digresiones superfluas y ajenas al tema, sino que a menudo registra las diferencias de opiniones sobre el mismo asunto. Esto también lo prefigura en un prólogo que se configura en volumen, y el tratado se eleva sobre todo a la sinopsis y filocalia de Teodoreto. Y sería lo más adecuado y necesario si, tras el ejercicio en aquellos, la escuela de los estudios del hombre sobre estos le sucediera. Y su estilo también está cultivado de la mejor manera, aunque tiene algo más elegante que la configuración exegética. Leí del mismo hombre laborioso sobre el profeta Isaías, que conserva la misma disposición que los anteriores, y muestra el mismo poder de las palabras, y es evidente que también la utilidad es similar. Se leyó de Eulogio, entre los santos, arzobispo de Alejandría, contra los novacianos, en cinco discursos. A este hombre no le faltó en absoluto la destreza en las palabras, y nada le impidió refutar y avergonzar los problemas y señuelos sofísticos de Novato, a pesar de la falta de preparación en el estudio de los discursos; pues, rico en pensamientos y teorías de las Escrituras, todo lo que aquel, desgarrando de su propia herejía, convertía en problema y defensa, él mismo lo desarrolla, y mostrando la maldad de la herejía en torno a ellos, se lo quita, y no solo eso, sino que con otras palabras de las Escrituras estigmatiza lo desesperado, imperdonable y ajeno de la herejía. En el último de los discursos refuta también el testimonio falso y mal formado que los estudiosos de Novato atribuyen a Novato. Es, pues, esta misma refutación contra Novato la que tiene su utilidad, pero también se observa en ella una interpretación de no pocas Escrituras que coincide en muchos lugares con la de los más notables exégetas. Pero tampoco nadie que admire lo persuasivo y deleitable, como en tal carácter de discursos, se arrepentiría. Leí un libro de Dión en ochenta discursos. Es de Prusa por patria, pero había sido exiliado de ella evitando la esclavitud de la tiranía, y recorrió mucha tierra errante. Pareció ser hábil en los discursos, y especialmente en aquellos que aconsejan regular las costumbres. Floreció en los tiempos del emperador Trajano, y pasó mucho tiempo con él, y obtuvo el mayor honor y acogida, hasta el punto de sentarse con él en el carro imperial. Era hijo de Pasícrates, y sofista y filósofo de profesión. Dicen que se preocupaba tanto por la dignidad de su porte que a menudo salía vestido con una piel de león. Emitía una voz tranquila y estable. Y su caminar era pausado pero no descuidado, y los demás movimientos no eran discordantes. Era delgado y no grande de cuerpo. Dicen que escribió muchos y variados discursos; los que llegaron a nuestro conocimiento completaban el número de ochenta. Los discursos le han dado a la generación de su tiempo el sobrenombre de Crisóstomo. Es, pues, como dije, la mayor parte de sus discursos, que nosotros conocemos, de carácter deliberativo; y como es natural, al deliberativo se entrelaza lo que es como judicial, mostrando la virtud también en esta parte del discurso, y sobre todo el Rodíaco de los demás. Pues es agudo en los entimemas, y posee lo conciso respecto a su propio carácter de los discursos, y es rico en intensidad junto con lo fecundo. Es excelente en los ejemplos y es prolífico en todas partes, tomando materiales variados y adaptándolos adecuadamente. Se complace sobre todo en entrelazar las exhortaciones con mitos, por lo que parece perseguir la sencillez; pues raramente uno encontraría, según el celo platónico,
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en quienes producen elevación y volumen en el discurso, como en el Boristenítico, usando mitos en exceso. Es, pues, sencillo en la mayoría de las cosas, como ya dije, en los conceptos, y las palabras son de las que le son familiares y predominantes, y ni la sintaxis ni la composición innovan hacia algo más profundo o más deleitable. Y uno esperaría que el autor hubiera apuntado a la claridad en las palabras y en la combinación de los nombres; pero el hecho de que la exposición del pensamiento se emita a largo plazo, y que el discurso esté entrelazado en gran medida por las adiciones, lo excluye en no poca medida de tal idea. Pero estas son variaciones de idea y peculiaridad de carácter, pero quizás no tengan indicación de causa; pero el extender al máximo los prólogos o lo que es como prólogos, ya no le permite no haber cambiado, en lugar del tipo político y de tratado, el de las reuniones, habiendo entrado furtivamente, y configurar la cabeza como si fuera el discurso del resto del cuerpo. De sus discursos, cuatro están dichos sobre la realeza; y el quinto, titulado Líbico, relata un mito libio, pero está ligado a aquellos. El sexto trata sobre la tiranía, y sobre la virtud el que sigue a este. El octavo tiene el título de Diógenes o Ístmico, y relata una acción y discursos de Diógenes en los Juegos Ístmicos. Y el noveno, Diógenes o sobre los siervos, exhorta a todos a través de una sola persona a que cada uno se preocupe y cuide mucho de sí mismo, y poco de lo que sucede desde fuera; y que no se debe perseguir a un siervo que huye; pues es absurdo esperar que aquellos, siendo malos, vivan mejor sin los amos, y que los amos, no siendo dignos de ser malos, no piensen que vivirán mejor, si no participan de la torpeza de los fugitivos. El décimo lleva el título de Troyano, y se esfuerza por que Ilión no fuera capturada, y se comporta con Homero de manera más áspera, y todo lo que ha hecho según la Ilíada, trata lo contrario a esto. El Olímpico o sobre la primera noción de Dios, intentando demostrar esto mismo, es el undécimo. El duodécimo, con el título de sobre el exilio en Atenas, fue dicho en ella, y expone cómo el exilio no es nada grave, y cómo la riqueza, la gloria y el poder pasan más rápido de quienes los tienen a quienes ni siquiera los esperaban, mientras que filosofar y practicar la virtud permanece como un bien durante toda la vida y acompaña a los que se van. El decimotercero recibió el título de Euboico o Cinegético, pero introduce a algunos en Eubea viviendo tal vida, a través de los cuales establece cómo la vida sin ocupaciones, aunque sea pobre, es mucho más placentera y útil que la de los que están en la ciudad alborotados y viviendo en el lujo. El decimocuarto se titula Rodíaco; en este critica una costumbre irracional que predominaba entre los rodios. Y era que, a quienes querían honrar con estatuas, a estos no les levantaban ninguna estatua, sino que las de los que habían sido levantadas antiguamente, o bien raspando las inscripciones de estas para poner los nombres de los que iban a ser honrados, o bien, al no aparecer ya con el tiempo, las inscribían, dañaban el honor de los que se habían ido, y a quienes fingían honrar, los insultaban con imágenes ajenas y que en nada se parecían. En este discurso se manifiesta la gran virtud de la fuerza refutativa del hombre. El decimoquinto está dirigido a los alejandrinos, pero al desarrollar la naturaleza del pueblo, arremete contra ella; y que el pueblo de los alejandrinos, teniendo muchas cosas propias que exhortan a la virtud, no debe ser esclavo de la confusión y el desorden que predominan en lo común, y sobre todo guardarse del pecado en las fiestas públicas y los teatros. Dos Tarsicos siguieron a continuación, de los cuales el primero, recorriendo un elogio de la ciudad, no declara felices a aquellas ciudades que presentan fuentes, ríos, bellezas de pórticos, edificios y abundancia de frutos, sino aquellas en las que se manifiesta el orden y la virtud de los ciudadanos. Este discurso también tiene una costumbre irracional y ofensiva
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somete a juicio a los alejandrinos por lo que hacen en respuesta a la voz, exhortando a quienes lo practican a abstenerse, o más bien reprendiéndolos con mayor severidad. El segundo exhorta a no mostrarse maledicentes con los magistrados, ni a irritarse y recriminarles inmediatamente por las pequeñas molestias que causan. El decimoctavo, que no tiene título, fue pronunciado en Celenas de Frigia, y trata sobre cómo el llevar el cabello largo no es señal de virtud, al igual que ninguna otra de las formas relativas al cuerpo, ni tampoco lo son sus contrarias; se entrelaza con él también un elogio de la ciudad. El decimonoveno, según indica la inscripción, fue pronunciado en el Borístenes, pero leído en la patria; en él, el autor expone otros temas y, de acuerdo con el celo platónico, diserta ante los boristenitas sobre el creador de todas las cosas, sobre la disposición y el movimiento del universo y sobre los elementos que hay en él. Este discurso posee una brillantez y una solemnidad superiores a los demás. El corintio, que es el vigésimo, fue pronunciado en Corinto, y desarrolla una reprensión hacia ellos por haberle honrado primero con una estatua y, después de que él se ausentara, habérsela retirado por una calumnia injusta. Este discurso está cerca del rodio en cuanto a fuerza y virtud en las palabras; pero la extensión de lo que es como un proemio, aquí, como casi en todas partes, no participa de la virtud. La inscripción del vigésimo primero trata sobre la concordia de los nicomedenses con los nicenos; y el discurso aborda esta contienda oportunamente, presentándose a través del placer; pues así desea penetrar más fácilmente en las almas lo persuasivo. La inscripción indica que el vigésimo segundo fue pronunciado en Nicea sobre la concordia, una vez terminada la sedición; y el autor trata precisamente de esto, el elogio de lo sucedido. El vigésimo tercero fue pronunciado en la patria sobre la concordia con los apameos, y trata precisamente de esto. El siguiente también exhorta a los apameos a la concordia con los prusenses; el vigésimo quinto es una disertación en la patria; el orador finge ignorancia de la causa por la cual, aunque él ha propuesto cosas útiles en sus discursos, ellos no los escuchan con agrado ni con deseo. El vigésimo sexto tiene por inscripción' Político' y fue pronunciado en la patria, al igual que el siguiente, que es afectuoso hacia ella por haberlo recibido con honores en correspondencia a su afecto. El que sigue es una apología sobre cómo se comportaba con respecto a la patria. El vigésimo noveno está inscrito' Antes de filosofar en la patria', y reprende de algún modo a quienes intentaron apedrearlo a él y a otro junto con él, y luego también incendiar su casa, haciendo que el vagar por tierras extrañas sea mejor que la estancia en la patria debido a los desórdenes en la ciudad. La ira de los ciudadanos contra él, dice, se debe a que reparó la casa que se estaba derrumbando para mejorarla. El trigésimo, que lleva la inscripción' Demagogia en la patria', apunta al mismo tema. El trigésimo primero fue pronunciado en la patria, está inscrito' Político en la asamblea' y aconseja disolver la sedición en concordia, absteniéndose de las injurias y ultrajes mutuos; de igual modo, el siguiente fue pronunciado en la patria, y lo que está inscrito,' Renuncia al cargo en el consejo', eso mismo indica; pues el autor, habiendo sido elegido para gobernar por decreto, renuncia. El trigésimo tercero, que lleva la inscripción' Sobre las obras en el consejo', recorre un elogio del consejo y se disculpa por lo que se sospechaba de Dión, a saber, que las obras del hijo y las acciones en la ciudad no estaban ligadas al consejo paterno. El siguiente, inscrito' A Diodoro', introduce una exhortación a la virtud y dice elogiar a la ciudad a través de los elogios con los que colma a Diodoro, quien lo había elogiado. El trigésimo quinto, inscrito' Sobre Esquilo, Sófocles y Eurípides o sobre el arco de Filoctetes', finge el engaño de Filoctetes, mediante el cual Odiseo, habiéndolo propuesto, se llevó el arco. En el trigésimo sexto discurso, la inscripción habla sobre Homero, pero se entreteje un elogio del poeta, al igual que en el titulado' Sobre Sócrates' se hace del filósofo. El que trata sobre Homero y Sócrates,
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siendo el trigésimo octavo discurso, muestra a Sócrates como un celoso seguidor y discípulo de Homero, y demuestra que el filósofo aprendió de allí el modo propio de manejar los ejemplos, y que absorbió la otra gracia y fuerza del discurso. El trigésimo noveno, inscrito' Agamenón o sobre el rey', expone cómo el rey debe servirse de los mejores consejeros, obedecerles y no obstinarse según su propio parecer. Y en el que tiene por inscripción' Néstor', se abarca cómo es conveniente servirse de la exhortación hacia los reyes. El siguiente,' Aquiles no obedeciendo a Quirón', quien le aconsejaba manejar la guerra con previsión y técnica, y no con audacia y fuerza de manos, más tarde no sacó provecho de la desobediencia. Y el' Filoctetes' es una paráfrasis de la desgracia que le ocurrió. Tras estos, el' Neso' y la' Deyanira' parecen reajustar lo inverosímil de las historias inventadas sobre ellos mediante una cierta cura, hacia una coherencia y un orden. Y el' Criseida' es un elogio de Criseida. El que trata sobre la realeza y la tiranía trata sobre estos mismos temas, y los tres siguientes discursos sobre la fortuna exponen temas agradables y a la vez ligados a la filosofía. Del mismo modo, los tres discursos que siguen sobre la gloria aconsejan y exhortan a no hacer caso de la opinión de la mayoría; y se entrelazan con la exhortación temas bellos y útiles. El quincuagésimo segundo está inscrito' Sobre la virtud' y trata sobre ella. El quincuagésimo tercero es sobre la filosofía, y el quincuagésimo cuarto sobre el filósofo. El quincuagésimo quinto, inscrito' Sobre el hábito', muestra que quien ya está vestido con manto y sandalias de filósofo no es por ello filósofo en su vida. El quincuagésimo sexto, que recibió la inscripción' Sobre la fe', y el siguiente' Sobre la desconfianza', exhortan a guardarse de confiar y creer incluso en quienes parecen amar más; pues a muchos que confiaron les sobrevino una gran desgracia, mientras que a quienes se protegieron con la desconfianza les resultó una brillante salvación. Pero esto es lo que dice el discurso sobre la desconfianza; el anterior a él expone cómo el ser creído, por lo general, ha perjudicado mucho a los que son creídos. El tema del quincuagésimo octavo discurso, al igual que su inscripción, es sobre la ley, como el del quincuagésimo noveno sobre la costumbre, que consiste en hacer todo lo que la ley señala, pero con placer y persuasión más que con fuerza, y de manera más segura. Los dos siguientes tratan sobre la envidia, y el sexagésimo segundo sobre la riqueza, fustigando su carácter molesto y traicionero, y presentando la pobreza con justicia como mucho más provechosa. El sexagésimo tercero está inscrito' De los de Cilicia sobre la libertad', y presenta como libre a aquel que es dueño de sus propias pasiones, aunque haya diez mil amos fuera de su cuerpo, y como esclavo a aquel que es siervo de las pasiones, aunque parezca gobernar todo el mundo habitado. A la misma idea se refiere el siguiente, que tiene la inscripción' Sobre la esclavitud y la libertad', al igual que el siguiente, que es el segundo sobre los esclavos. Y el que está después de él, sobre la tristeza, aconseja que el hombre noble y sensato no debe dejarse abatir por la pasión, sino más bien despreciarla y rechazarla. Y el sexagésimo séptimo, sobre la codicia, aconseja rechazarla. Y el sexagésimo octavo, tal como está inscrito' Sobre el discurso y el ejercicio', propone tal tema. El sexagésimo noveno está inscrito' Sobre su afición por escuchar' y trata sobre ello. El septuagésimo tiene por inscripción' Sobre el retiro', pero establece que el retiro de las pasiones y de los tumultos de la vida no consiste en perseguir los desiertos, sino en volverse hacia uno mismo y apresurarse a conocerse a sí mismo, teniendo un discurso que recaude impuestos sobre la maldad de los demás. El discurso que sigue a este es sobre la belleza, y trata del mismo modo que está inscrito, sobre un joven; en el cual se dice que la belleza no se considera la misma en todos los pueblos y bárbaros, sino que una vence entre unos y otra entre otros. El septuagésimo segundo propone la inscripción' Sobre la paz y la guerra' y trata sobre ello. El septuagésimo tercero es' Que el sabio es feliz', y el que le sigue es' Sobre la felicidad'; el que sigue a estos es' Sobre el demon', y llama demonios a todos aquellos que, habiendo obtenido el mando sobre otros, han hecho que los gobernados actúen mejor o incluso peor. El septuagésimo quinto trata sobre el deliberar. El septuagésimo séptimo, habiendo hecho la inscripción' Disertación sobre los que están en el banquete', expone algunos de los sucesos que ocurren en él, y cómo el hombre común suele mirar hacia la filosofía en el momento en que su vida está inundada de penas. El septuagésimo octavo y el que le sigue, inscritos' Melagomas I y II', describen un elogio del joven y un recuerdo y duelo por haber muerto en la prosperidad. El octogésimo, cuya inscripción es' Caridemo', entrelaza un elogio y un duelo por el joven fallecido. Se leyó el libro de Cesario en ocho capítulos; contenía temas eclesiásticos, por una parte explicaciones de pasajes, por otra soluciones a discusiones, veintiséis en total. El hombre parece ser joven y estar lleno de vigor para la generación de discursos y el aprendizaje, tanto de la sabiduría externa como de la nuestra, pero necesitar, para decirlo brevemente, no poco para no avergonzar sus impulsos. Por lo demás, es claro en su estilo, aunque a menudo se moderniza con palabras poéticas, y sigue el uso común de la sintaxis, donde se aleja menos de esto, y para la precisión de los dogmas necesita poco. La forma del discurso está hecha en preguntas y respuestas con la introducción de personajes. Dicen que el autor es hermano de Gregorio, el que tiene el sobrenombre de Teólogo. Se leyó a Dionisio de Egas; llevaba la inscripción' Dictiacos'. El librito constaba de cien capítulos, de los cuales cincuenta establecían cada uno su propia tesis, y los otros cincuenta se esforzaban en refutar cada una de las tesis establecidas, contraponiéndose a cada preparación inmediatamente y de forma continua la refutación. La interpretación del discurso no está adornada ni descuidada en cuanto a belleza, sobre todo porque el esfuerzo del autor no tiende a la ostentación, sino al ejercicio, y se preocupa por la concisión y los términos correspondientes. El libro es útil para quienes practican el ejercicio dialéctico. El tema dice lo siguiente: que la formación de la semilla y la vivificación provienen de ambos, y lo contrario, que no proviene de ambos. Segundo, que la excreción de la semilla proviene de todo el cuerpo, y lo contrario, que solo de los testículos. Tercero, que la digestión ocurre por calor y que no es así. Cuarto, que la digestión ocurre por fricción, y que no es por fricción. Quinto, que la digestión ocurre por putrefacción, y que no es por putrefacción. Sexto, que la digestión ocurre por la cualidad del espíritu, y que no es así. Séptimo, que la digestión ocurre por la cualidad de los humores, y que no es así. Octavo, que la digestión ocurre por la cualidad del calor, y que no es así. Noveno, que la distribución ocurre por calor, y que no es así. Décimo, que la distribución ocurre porque el calor atrae hacia sí, y que no es así. Undécimo, que la distribución ocurre por el espíritu, y que no es así. Duodécimo, que la distribución ocurre por la yuxtaposición de las arterias, y que no es así. Decimotercero, que la distribución ocurre por la ausencia en el vacío, y que no ocurre por la ausencia en lo invisible. Decimocuarto, que la opacidad de la vista ocurre por atrofia del conducto visual, y que no es así. Decimoquinto, que la opacidad de la vista ocurre por caída de sangre en el conducto visual, y que no es así. Decimosexto, que la opacidad de la vista ocurre por el espesor de los humores y la transpiración, y que no es así. Decimoséptimo, que la frenitis ocurre por distensión de la meninge y corrupción de la sangre, y que no es así. Decimoctavo, que la frenitis ocurre por exceso de calor, y que no es así. Decimonoveno, que la frenitis ocurre por inflamación, y que no es así. Vigésimo, que el letargo ocurre por inflamación, y que no es así. Vigésimo primero, que los letárgicos ocurren por distensión y corrupción, y que no es así. Vigésimo segundo, que el apetito de beber y comer consiste en todo el cuerpo, y que solo en el estómago. Vigésimo tercero, que el apetito de comer y beber está en la mente. Vigésimo cuarto, que la sed ocurre por falta de humores, y que no es así. Vigésimo quinto, que en el estómago se observa una doble energía, y que no es así. Vigésimo sexto, que la meninge interna en la cavidad es el principio de los nervios, y que no es así, sino la externa. Vigésimo séptimo, que los medicamentos distribuidos purgan, y que no es así, sino por el contacto. Vigésimo octavo, que no se debe usar purgantes, y que se debe usar. Vigésimo noveno, que se debe usar
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la administración de vino en los que tienen fiebre, y lo contrario, que es perjudicial. Trigésimo, que el baño beneficia a los que tienen fiebre, y que es perjudicial. Trigésimo primero, que se debe aplicar enemas en las intensificaciones de las enfermedades, y que no es conveniente. Trigésimo segundo, que no se debe usar ungüentos al principio, y que es provechoso. Trigésimo tercero, que se debe aplicar cataplasmas en la cabeza, y que no se debe, sino usar solo sustancias olorosas. Trigésimo cuarto, que provocar el vómito es perjudicial, y que es provechoso. Trigésimo quinto, que el corazón no envía sangre, y que sí envía. Trigésimo sexto, que el corazón no envía el espíritu, sino que las arterias lo atraen, y que es al revés. Trigésimo séptimo, que el corazón se mueve por sí mismo, y que no por sí mismo. Trigésimo octavo, que la sangre existe por naturaleza en las arterias, y que las arterias no son vaso de sangre. Trigésimo noveno, que todos los vasos son simples en su volumen, y que son redes. Cuadragésimo, que la sensación y el movimiento del animal ocurren a través de los nervios, y que no es así. Cuadragésimo primero, que el corazón es el principio de las venas, y que no es el principio. Cuadragésimo segundo, que el hígado es el principio de las venas, y que no es el principio. Cuadragésimo tercero, que el vientre es el principio de las venas, y que no es el principio. Cuadragésimo cuarto, que la meninge es el principio de todos los vasos, y que no es el principio. Cuadragésimo quinto, que el pulmón es el principio de las arterias, y que no es el principio. Cuadragésimo sexto, que la arteria junto a la columna es el principio de las arterias, y que no es el principio. Cuadragésimo séptimo, que el corazón es el principio de las arterias, y que no es el principio. Cuadragésimo octavo, que el corazón no es el principio de los nervios, sino la meninge que rodea el cerebro, y que no es el principio. Cuadragésimo noveno, que lo intelectivo no está en el corazón sino en la cabeza, y que es al revés. Quincuagésimo, que lo intelectivo está en la cavidad media del cerebro, y que no es así. Esto es lo que sostiene el tema. Se leyeron los ocho libros de los' Pirrónicos' de Enesidemo. La intención general del libro es asegurar que nada es seguro para la aprehensión, ni a través de la sensación, ni tampoco a través del intelecto; por lo cual ni los pirrónicos ni los demás conocen la verdad en las cosas existentes, sino que los que filosofan según otra escuela ignoran las demás cosas y se consumen y gastan en vano con penas continuas, e ignoran esto mismo, que nada de lo que creen haber aprehendido ha llegado a la aprehensión. El que filosofa según Pirrón es feliz en lo demás, y es sabio por saber sobre todo que nada ha sido aprehendido por él con seguridad; y lo que pudiera saber, no es más noble asentir a ello por afirmación o por negación. Se ha dicho la disposición general de lo que quiere el libro. Enesidemo escribe los discursos dirigiéndolos a uno de la Academia, su condiscípulo Lucio Tuberón, de linaje romano, brillante en gloria por sus antepasados y que ejercía cargos políticos no comunes. En el primer discurso, introduciendo la diferencia entre los pirrónicos y los académicos, dice casi con estas mismas palabras que los de la Academia son dogmáticos y establecen unas cosas sin vacilación y eliminan otras sin duda, mientras que los de Pirrón son escépticos y están libres de todo dogma, y ninguno de ellos ha dicho en absoluto que todas las cosas son incomprensibles ni comprensibles, sino que nada es más esto que aquello, o a veces es esto y a veces no es esto, o para unos es esto y para otros no es esto, o para otros ni siquiera es existente; ni tampoco que todas las cosas son alcanzables en común o algunas de estas o no alcanzables, sino que nada es más alcanzable que no alcanzable, o a veces alcanzable y a veces ya no, o para unos alcanzable y para otros no. Y ciertamente ni verdadero ni falso, ni probable ni improbable, ni existente ni no existente, sino que lo mismo, por así decirlo, no es más verdadero que falso, o probable que improbable, o existente que no existente, o a veces es esto y a veces es esto, o para unos es esto y para otros no es esto. Pues en general el pirrónico no define nada, ni siquiera esto mismo, que no define nada; sino que, al no tener, dice, cómo expresar lo que se piensa, hablamos así. Los de la Academia, dice, especialmente los de ahora, a veces coinciden con las opiniones estoicas, y si hay que decir la verdad, parecen estoicos luchando contra estoicos. Segundo, dogmatizan sobre muchas cosas. Pues introducen la virtud y la insensatez, y suponen el bien y el mal, y la verdad y la falsedad, y ciertamente también lo probable y lo improbable y lo existente y lo no existente, y definen firmemente muchas otras cosas,
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pero dicen disputar solo sobre la representación comprensiva. Por eso los de Pirrón permanecen irreprochables en absoluto al no definir nada, mientras que los de la Academia, dice, soportan las mismas responsabilidades que los otros filósofos, y lo más importante, los unos, al dudar sobre todo lo propuesto, mantienen la coherencia y no luchan contra sí mismos, mientras que los otros, luchando contra sí mismos, no se dan cuenta; pues el afirmar y negar algo al mismo tiempo sin duda, y al mismo tiempo decir que las cosas comprensibles existen en común, introduce una lucha confesada, ya que¿ cómo es posible, conociendo que esto es verdadero y esto es falso, seguir dudando y vacilando, y no elegir claramente lo uno y evitar lo otro? Pues si se ignora que esto es bueno o malo, o esto verdadero y esto falso, y esto existente y esto no existente, debe confesarse absolutamente que cada cosa es incomprensible; pero si se aprehende claramente por sensación o por intelecto, debe decirse que cada cosa es comprensible. Estas cosas, al comenzar los discursos y otras similares, señalando la diferencia entre los pirrónicos y los académicos, escribe Enesidemo de Egas; a continuación, según el mismo discurso, entrega primero la conducta general como en un esquema y de forma resumida de los discursos pirrónicos. En el segundo, comenzando ya a tratar por partes lo dicho en resumen, trata sobre los verdaderos y las causas, y sobre las pasiones y el movimiento, sobre la generación y la corrupción y sus contrarios, señalando sobre todos ellos lo aporético e incomprensible con razonamientos densos, como él cree. Y su tercer discurso, sobre el movimiento y la sensación y sus propiedades, examinando las mismas contradicciones, lleva también estas al terreno de lo inalcanzable e incomprensible. En el cuarto, dice que los signos, como decimos que son los manifiestos de los ocultos, no existen en absoluto, y que están engañados por un esfuerzo vano quienes los creen; y plantea las dudas habituales a continuación sobre toda la naturaleza, el cosmos y los dioses, insistiendo en que nada cae en la aprehensión. El quinto discurso le propone las captaciones aporéticas contra las causas, diciendo que nada es causa de nada, y afirmando que están engañados quienes dan causas, y enumerando los modos según los cuales cree que ellos, al ser inducidos a dar causas, han sido arrastrados a tal error. Y el sexto lleva a las mismas sutilezas los bienes y los males, y ciertamente también lo elegible y lo evitable, y además lo preferible y lo no preferible, excluyendo también esto de nuestra aprehensión y conocimiento en lo que a él respecta. El séptimo, sin embargo, lo arma contra las virtudes, diciendo que los que filosofan sobre ellas han inventado opiniones en vano, y que se engañan a sí mismos como si hubieran llegado a la práctica y teoría de estas. El octavo, sobre todo, se opone contra el fin, no permitiendo que la felicidad, ni el placer, ni la prudencia, ni ningún otro sea el fin, lo que cualquiera de las escuelas filosóficas pudiera opinar, sino que simplemente no existe el fin que todos celebran. Los discursos de Enesidemo se ejercitan, pues, para tal contienda; que su esfuerzo es vanidad y mucha palabrería, Platón y muchos otros antes que nosotros dieron la refutación; y que no contribuye a ningún dogma, esto también es evidente, donde incluso intentaron expulsar de nuestra mente las teorías dogmáticas existentes. Sin embargo, para los que se esfuerzan en el estudio de la dialéctica, si no acecha en sus razonamientos lo inestable y el juicio no está viciado hacia la agudeza, el libro no es inútil. Se leyó la historia de Agatárquides; algunos lo llaman Agatarco. Su patria era Cnido, y su oficio mostraba ser gramático; Heráclides de Lembos hizo que se conociera como copista y lector a través de los servicios que le prestaba. Era también pupilo de Cineo. Supimos que este hombre escribió sobre Asia en diez libros; y su historia sobre Europa se extiende hasta cuarenta y nueve; pero también cinco libros relatan toda la región del Mar Rojo y lo que hay en torno a ella. Por tanto, toda la obra mencionada y
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él mismo al final del quinto discurso la trae a la memoria, en el cual dice también haber dejado de escribir por algunas otras causas, y porque los años declinaban hacia la vejez. Sin embargo, hay quienes dicen que escribió también otros tratados de los cuales nosotros no conocemos ninguno todavía. Dicen que compuso un epítome de lo escrito sobre el Mar Rojo en un solo libro, y también cinco libros sobre los trogloditas, pero también un epítome de la' Lidia' de Antimaco, y de nuevo otro epítome de los que escribieron sobre la recolección de vientos maravillosos, y que compuso selecciones de historias, y sobre la conversación con los amigos. Es, por lo que conocimos al hombre al recorrer sus discursos, magnífico y sentencioso, y complaciéndose más en la grandeza y dignidad del discurso que los demás, aunque no muy apegado a palabras selectas, ni recorriendo siempre los caminos habituales, sino engendrando él mismo no palabras, sino, si alguien más es creador del uso de las palabras, realiza una frase que envía una fantasía nueva sin haber usado palabras nuevas. Y se propone la acción de manera tan adecuada que la innovación no parece ser innovación, y proporciona la claridad no menos que las palabras habituales; y ha usado sentencias que muestran la sensatez y la actividad. Y para adoptar tropos, si alguien más está mejor preparado, esparce lo dulce y lo que encanta y lo que diluye el alma de forma oculta a través de todo el escrito, y hacia donde se ha trasladado a un tropo, no deja ninguna tristeza que lo manifieste. Esto lo hace sobre todo no el cambio de las palabras en sí mismo, sino el paso y la transformación de unas cosas a otras con una sabia y tranquila manipulación. Pero, en efecto, tomar un nombre por un verbo, cambiar el verbo por un nombre, y disolver palabras en discursos, y reunir un discurso en forma de nombre, no es menos apto que nadie de los que conocemos. Y es un celoso seguidor de Tucidides tanto en la abundancia y disposición de los discursos, pero no siendo inferior en la grandeza del discurso, supera al hombre en la claridad. Pero, en efecto, el hombre es tal, y tiene la gloria de la gramática; y si la votación no sobria no le otorgó el sobrenombre de la retórica, a mí me parece que no es menos que los gramáticos, ni segundo que los retóricos, a través de lo cual escribe y enseña, al manifestarse. Se leyó el libro de Hierocles sobre la providencia y el destino y la disposición de lo que depende de nosotros hacia el gobierno divino. El hombre es filósofo por elección, y su escrito sienta como juez a Olimpiodoro, de quien supone que proporciona los fundamentos del discurso, y que él mismo tiene el amor por filosofar, pero no es inexperto en la sabiduría política; pues se destacó en embajadas romanas, y unió muchas y grandes naciones de los bárbaros a la suerte romana, las cuales fueron para él causa de los mayores honores entre ellos. Olimpiodoro, ante quien es el discurso, es tal; a quien el autor, al final del primer libro, le ha dirigido discursos consoladores, lamentándose y entristeciéndose por la pérdida de un hijo adoptivo. La promesa de la presente investigación es tratar sobre la providencia, estando de acuerdo con la opinión de Platón y Aristóteles; pues quiere unir a los hombres en sus opiniones no solo según los discursos de la providencia, sino también en cuanto a todos los que piensan que el alma es inmortal, y si algo han filosofado sobre el cielo y el cosmos. Y a todos los que pusieron a los hombres en desacuerdo, sostiene que han estado muy engañados sobre la intención de los hombres y han caído de la verdad, unos entregándose voluntariamente a la disputa y a la locura, y otros esclavizados por la prevención y la ignorancia. Y que muchos establecieron el coro de los anteriores, hasta que brilló la sabiduría de Amonio, a quien alaba llamándolo enseñado por Dios. Pues este, habiendo purificado las opiniones de los hombres antiguos, y habiéndose deshecho de las tonterías que surgían de ambos lados,[ es] conforme en los puntos oportunos y más necesarios de los
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exponer el pensamiento de los dogmas tanto de Platón como de Aristóteles. El tratado de Hierocles, mediante la escritura, se esfuerza por establecer lo que aquel se empeña en sostener como doctrina, y compite contra quienes se han esforzado por lo contrario, me refiero a los epicúreos y a los estoicos, y a todos aquellos que se disfrazan de platónicos y aristotélicos, pero que no exponen correctamente las ideas de aquellos. Y, ciertamente, también conduce mediante refutaciones a todos aquellos a quienes el afán de la genetlialogía ha atrapado, demostrando que su opinión sobre el destino es errónea. Y somete a las mismas pruebas de razonamiento a quienes se atreven a desmantelar la providencia de los seres mediante ciertos artificios o hechicerías. Y, para decirlo en general, se opone a todas las suposiciones que persuaden a los más ignorantes de creer que la providencia divina no existe, o que, si existe, es mala. Y, según Platón, la reflexión le presenta a Dios como preexistente, creador de todo orden manifiesto y oculto, el cual dice que el artífice produjo a partir de ninguna materia subyacente; pues para él, para la subsistencia de los seres, basta la voluntad. Y, habiéndose ordenado la constitución corporal a la creación incorpórea,[ sostiene que] constituyó un cosmos de ambas, perfectísimo, a la vez doble y uno, en el cual la sabiduría creadora del cosmos distinguió por naturaleza los extremos, los medios y los finales; de los cuales, a los primeros los llama seres racionales, celestiales y dioses, y a los que ocupan el lugar que sigue a ese sistema, los denomina seres racionales, etéreos y buenos demonios, que se han convertido en intérpretes y mensajeros de lo que es conveniente para los hombres; y que el género humano ocupa el último orden, a quienes se llama animales terrestres, almas humanas y( como diría Platón) hombres inmortales. Y que estos tres géneros están unidos entre sí como en un solo animal o coro y armonía, pero que la distinción natural de ellos se mantiene sin confusión en la unión y concatenación. Y que los preordenados dirigen a los inferiores, pero que sobre todos ellos reina el padre Dios y creador. Y que este su reino paternal es considerado y es, en efecto, providencia, la cual distribuye a cada género lo que le corresponde. Sin embargo, la justicia que sigue a la providencia es llamada destino; pues, habiéndose dispersado bajo el nombre de destino más significados de los que corresponden a uno solo por parte de quienes se deleitan con las innovaciones, él no considera que el destino sea otra cosa sino lo que permite pensar a Aristóteles y a Platón. Pues no admite en absoluto la necesidad irracional de los genetliálogos, ni la violencia estoica, ni, ciertamente, la que profesa Alejandro de Afrodisias, al reducir esta a la identidad con la naturaleza platónica de los cuerpos; pero tampoco la génesis que se altera con encantamientos y sacrificios. Sino que profesa aquella, como dijimos, que quieren los seguidores de Platón; la cual es la energía judicial de lo divino sobre los acontecimientos según la ley de la providencia, que rectifica lo que nos concierne mediante el orden y la ilación hacia las propuestas electivas de las obras que dependen de nuestra voluntad. Pero, en efecto, esto es lo que se puede ver contenido en el escrito del hombre; pero su mayor y principal lucha es la preexistencia y transmigración de las almas humanas, no admitiendo el trasvase de animales irracionales a irracionales o viceversa, sino ocupándose seriamente de la transformación de humanos en humanos. Y hace girar arriba y abajo esta peligrosa y vana suposición, fortaleciendo mediante ella, según cree, la providencia divina, y estableciendo mediante ella lo que depende de nosotros y nuestra autodominio, sí, y ayudando al destino que le es querido, partiendo de concepciones extrañas y presentando las que él considera construcciones de sus argumentos como inconsistentes, sin siquiera considerar de dónde podría derivarse verdaderamente el dogma de la providencia. O más bien, si alguien quisiera preferir la verdad del hombre, mediante lo que se esfuerza por establecerla, introduce completamente su anulación; pues, habiendo puesto bajo ella una base podrida, como indicamos más ampliamente en otros lugares donde la propuesta lo requería, la mostró fácilmente derribable hacia lo contrario e insustancial.
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Pues, siendo la preexistencia y transmigración de las almas, que él mismo propone como apoyo y fundamento de la providencia, del libre albedrío y del destino, completamente desterrada por la verdad hacia lo irracional y lo imposible, es evidente que con ella se derrumban también la providencia, lo que depende de nosotros y el destino, junto con quien se ocupa de estas cosas mediante aquellos argumentos, y su laborioso esfuerzo se disuelve en tonterías. Y siete tratados suyos dividen su estudio. Y el primero se configura como una exposición de lo que él mismo ejercitó y reflexionó sobre la providencia, la justicia y el juicio que desciende hacia nosotros según el mérito de las obras; el segundo, recogiendo las opiniones platónicas, añade la fe a partir de lo que Platón mismo escribió. El tercero, al exponer las objeciones que uno podría usar contra la oposición de los dogmas, se ocupa de disolver su acechanza. El cuarto quiere reunir los llamados oráculos y las instituciones sacerdotales en armonía con lo que Platón dogmatizó. El quinto vincula la filosofía platónica sobre los temas propuestos a Orfeo y Homero, y a todos los demás que eran conocidos antes de la aparición de Platón. El sexto, tomando a todos los posteriores a Platón, con Aristóteles mismo como jefe, hasta Amonio de Alejandría, cuyos discípulos más ilustres son Plotino y Orígenes, a todos los posteriores a Platón hasta los hombres mencionados, a cuantos han dejado nombre por su sabiduría, a todos estos los establece como concordantes con el juicio de Platón, y a quienes intentaron separar a Platón y Aristóteles de la concordancia, los considera viles y abominables, habiendo falsificado muchos de los discursos platónicos, a pesar de inscribirse como discípulos de Platón, e igualmente también de los escritos aristotélicos aquellos que confiesan honrar su facción; y que por ninguna otra razón se han urdido tales cosas por ellos, sino para que pudieran enfrentar al estagirita contra el de Aristón. El séptimo tratado, habiendo establecido un principio propio sobre la disertación del mencionado Amonio, retoma el estudio; y cómo Plotino y Orígenes, y ciertamente también Porfirio y Jámblico y los siguientes, cuantos resultaron haber nacido de la sagrada( como él mismo dice) generación, hasta Plutarco de Atenas, a quien también registra como su maestro de tales dogmas, todos estos concuerdan con la filosofía purificada de Platón. Y el estilo del hombre es claro, puro y digno de un estudio filosófico, pero no adornado con los colores y adornos embellecidos y superfluos de la retórica. Se leyó de Juan Filópono contra el estudio de Jámblico, que tituló Sobre las estatuas. El objetivo de Jámblico es, pues, mostrar que los ídolos( pues esto es lo que propone bajo el nombre de estatua) son divinos y están llenos de participación divina, no solo los que las manos de los hombres, al fabricarlos con una acción oculta, llamaron' caídos del cielo' debido a lo desconocido del artífice( pues establecieron que estos son de naturaleza celestial y que cayeron de allí a la tierra, de donde también llevan el nombre), sino también los que la técnica de la forja, la escultura y la de los carpinteros formaron con salario y trabajo manifiestos. De todos estos, pues, Jámblico escribe que son obras sobrenaturales y superiores a la opinión humana, contando muchas cosas increíbles como mitos, llevando muchas a causas desconocidas y no avergonzándose de escribir muchas cosas contrarias a lo que se ve. Y divide toda la obra en dos, llamando a una la mayor y a la otra la menor. Y Filópono se posiciona frente a cada una de estas, usando el lenguaje al que está acostumbrado y adaptando la composición a un estilo similar al suyo; pues no se desvía de lo claro y preciso, pero no se adorna con el lenguaje selecto y ático. Y las refutaciones de los discursos de Jámblico las muestra en muchos lugares nobles y que van directamente a los hechos mismos, pero a veces las refutaciones resultan superficiales, hechas por el nombre y alejadas de tocar los puntos examinados, aunque
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es fácil, estando expuestos a refutación, que ellos mismos presenten su propia debilidad. Se leyeron 4 libros que contenían la obra médica compuesta por Oribasio y otros 7 más del mismo hombre y publicados en un formato similar. El primer estudio del hombre resume lo que escribió Galeno el médico, y lo dedica a Juliano, el apóstata de la piedad; el cual comienza así:' Habiendo ordenado tú, divinísimo emperador Juliano, resumir en menos los discursos escritos por el admirable Galeno útiles para el arte médico, obedecí con prontitud'. Pues para los que eligen dedicarse a este arte, como él mismo dice, que no han tenido una naturaleza ni una edad adecuadas, y a menudo ni siquiera han comenzado por las primeras enseñanzas, y por ello son incapaces de aprender los discursos detallados, bastarán los que ahora se escribirán, necesitando un tiempo más breve para el aprendizaje y teniendo una comprensión más fácil porque la condensación resultará en una brevedad no oscura. Y para los que han pasado por la educación preparatoria, y no han sido impedidos ni por la naturaleza ni por la edad para usar las enseñanzas completas, convendría tal resumen cuando la necesidad apremia sobre las obras mismas, y se hace en breve la recordación de lo más necesario. Así, pues, Oribasio prologa en esta obra prometiendo reunir solo aquellas cosas que son del agrado del hombre y que miran al arte médico y al manejo del arte. Y tal estudio ha sido trabajado por él en libros... La segunda obra también hace la dedicatoria a Juliano, y se termina en 70 libros, y proporciona lo útil no menos, sino incluso más que la anterior de muchos volúmenes. Y esta también prologa de esta manera:' Las epítomes ordenadas por tu divinidad, emperador Juliano, anteriormente, cuando estábamos en la Galia hacia el oeste, las llevé a término como quisiste, las cuales hice solo de lo escrito por Galeno. Pero puesto que, habiéndolas alabado, ordenaste una segunda acción, que yo buscara y reuniera lo más oportuno de todos los mejores hombres y todo lo que sirve para el mismo fin de la medicina, y esto he decidido hacerlo con prontitud como puedo. Y considerando superfluo y completamente necio escribir las mismas cosas muchas veces, tanto de los que escribieron mejor como de los que no trabajaron la precisión de igual manera, reuniré solo las de los que hablaron mejor, sin omitir nada de lo que dijo Galeno, puesto que de todos los que escribieron sobre los mismos temas, él mismo prevalece usando métodos y definiciones más precisas, ya que sigue los principios y opiniones hipocráticos. Y usaré también aquí tal orden. Primero reuniré las de la parte material, luego lo que se ha dicho sobre la naturaleza y constitución del hombre, después de lo cual las de la obra higiénica y reconstituyente, después de esto lo que se refiere a la teoría diagnóstica y pronóstica, sobre lo cual lo referente a enfermedades y síntomas y, en general, a la corrección de lo que está contra la naturaleza'. En tal formato también prologa la segunda obra, comenzando desde aquella materia, al igual que la anterior a ella, que enseña las facultades en los alimentos. Y en 70 libros expone lo que promete. Y es segunda en el tiempo, pero precede en utilidad, ya que no contiene solo lo que Galeno escribió correctamente, sino también lo que a él se le ha pasado, pero a otros se les ha propuesto para enseñanza. Y me parece que este estudio es útil, por no decir de todas las demás obras que se han compuesto para la utilidad y teoría médica, sino ciertamente de la mayoría, por haber sido expuesto claramente lo expuesto, y por no omitir nada, y por haberse dicho la mayoría de las cosas compuestas en diferentes voces, de las cuales, si algo oscuro sucedió que se dijera en ellas a alguien, se aclara mediante el desarrollo de otros. Y al que se dedica a la medicina, yo aconsejaría que hiciera el estudio de esta obra lo más posible.
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Pero tal es también la segunda recopilación de Oribasio sobre el manejo y la teoría de la medicina. La tercera ha sido estudiada por él, como él mismo dice al prologar, conteniendo una brevedad de la segunda obra. Y dedica el libro a su hijo Eustacio, dividido en 9 libros, en los cuales están los remedios para las afecciones, lo que propone como fácil de obtener y a mano; sin embargo, el tipo quirúrgico le es completamente omitido en esta recopilación. Y el presente libro proporciona una utilidad no despreciable para la recordación a los que están ejercitados en las prácticas y teorías médicas, y más a mano. A los que esperaban llegar desde el principio al aprendizaje del arte mediante este resumen, diría que proporciona el beneficio en poca medida, si el carácter no metódico e indeterminado que hay en él no empujara a los que están más inexpertos en estas cosas y se dirigen más prontamente a los tratamientos hacia los mayores daños de los enfermos, y a veces incluso de los sanos, como vi en las obras mismas. Pero, sin embargo, en los mencionados 9 libros describe el resumen de los 70 libros. Y en el primero trata sobre la profilaxis según los ejercicios y los ejercicios mismos, sobre las evacuaciones en general y en particular, y las que son por invención y de las que la naturaleza es soberana; sobre aires y baños, tanto naturales como los que son por arte; y sobre sudores, sí, y sobre cataplasmas, sobre la inmersión en aceite y agua aceitada, y todo lo que, mordiendo la piel o disipando de otro modo, realiza la terapia transmutativa, como diría un hombre metódico, de las afecciones crónicas. En el segundo trata sobre la facultad de los fármacos simples, y sobre la elección de estos, y sobre la preparación de los ungüentos llamados sin dolor y emplastos, y sobre pesos, sobre los llamados parches cortantes y sobre la cocción de los fármacos que se introducen en los emplastos. El tercero contiene para él composiciones de fármacos de todo tipo. El cuarto está compuesto sobre la facultad de los alimentos, y sobre la preparación de estos, sobre el hidromiel y otras bebidas, lo que es útil para los enfermos, sobre la lactancia, y además sobre las aguas. El quinto enseña lo que sucede a las embarazadas, su dieta y cómo deben ser las nodrizas, sobre el cuidado del niño, y lo que suele suceder al niño. Sobre los cansancios que producen los ejercicios, y de los cuales no es posible tomar la causa de lo que aparece. Y sobre el secado de la piel. Encontrarás en este la dieta de los ancianos y lo que, habiendo ocurrido en la superficie del cuerpo, hace que la apariencia sea desagradable, la liberación de estos y la corrección de la alteración, la protección de los dientes, y la corrección de la sordera y la opacidad de los ojos, y la terapia del daño por la hartura, la dieta de la vida ocupada; sobre los que corrompen los alimentos. Expone la dieta para los que viajan y navegan, y trata sobre la reducción de carnes, la nutrición y el diagnóstico de la complexión, y la terapia de la misma cuando se ha alterado. En el sexto está compuesto para él lo que tiende a una señal segura y a un juicio correcto, terapias y pronósticos de fiebres y síntomas, los tipos de fiebres y las curaciones, trata sobre pestes, desmayos y síncopes, dolor e hipo, terapias de la apetencia canina, anorexia y bulimia, además sobre náuseas y vómitos, insomnio, letargo, consunción, sed y la terapia del hueso sacro ulcerado. En el séptimo enseña sobre todas las úlceras, las llamadas simples y las cavitadas, y ciertamente las que necesitan cicatrización y las que tienen exceso de carne, introduce terapias para las quemaduras, y sobre erupciones, picores y ampollas, úlceras que se rompen y malignas; registra curaciones para ántrax y cánceres, espasmos, torceduras y contusiones, y con qué se podría extraer una astilla o caña o espina o estaca clavada en la carne; sobre uñeros y las úlceras en las articulaciones, hemorragias y heridas en los nervios, y sobre articulaciones relajadas, sobre inflamación y disposición reumática, sobre gangrena y esfacelo, y sobre abscesos y fístulas, erisipela y herpes, y sobre escirros e hinchazones, terminthos y epinictis, sobre ligamentos cortados, y tomillo, higos y forúnculos, acrocordones y verrugas y los correspondientes. Expone curaciones para los llamados ganglios, sabañones y grietas, y para las úlceras de los genitales. Trata sobre leuce, alfas, lepra, sarna y líquenes, y sobre inflamientos, y cómo el consumo de víboras es el mejor remedio para los elefantíacos. Esto es lo que hay en el séptimo. En el octavo trata sobre la pérdida de memoria y los que de otro modo son insomnes o letárgicos, qué es la pesadilla, la epilepsia, la afección vertiginosa, apoplejía, melancolía, manía, amor agudo, y qué es la licantropía, y las curaciones de estos; sobre las afecciones del cerebro, sobre los mordidos por perros rabiosos, sobre parálisis, escalofrío sin calor, sobre espasmos, tétanos y sobre las afecciones de la cabeza. Para los niños que sufren de calor, para la fetidez de la nariz, para los hematomas, y para las equimosis crónicas. Sobre la grieta de los labios, y para efélides, manchas, pecas, acné y las erupciones en forma de higo en la barbilla; sobre la fetidez de las axilas, sobre las afecciones de los ojos, sobre la pediculosis, obstrucción de las fosas nasales y sobre los ahorcados. En estos está el octavo libro. El noveno trata sobre las afecciones que se forman en el tórax y las vísceras y se extiende hasta los genitales, enumera las afecciones femeninas, y registra terapias para la gota, artritis y ciática. Tal es también la tercera obra compuesta por Oribasio. La cuarta también quiere brevedad del arte, y se completa en 4 libros y propone a Eunapio, a quien alaba como el más elocuente, habiendo sido la causa de la composición para él. Introduce aquí también la opinión de reunir los remedios fáciles de obtener, cuya enseñanza recorre de tres maneras, una recorriendo las facultades generales y los usos particulares de cada uno de los simples, la segunda componiendo los remedios para cada afección; sobre lo cual la comprensión de la parte afectada y la narración de lo que podría curarla. Maneja una cuarta propuesta, que también antepone a las mencionadas, que resulta ser la parte higiénica. Y comienza inmediatamente desde lo que es la naturaleza, digo la alimentación del niño. El estudio compuesto para Eunapio es casi el mismo que el escrito para el hijo; pues ninguno de los dos tiene un discurso sobre las cirugías, y en los demás concuerda, excepto en lo que no mantiene el mismo orden, y en algunos una aventaja un poco a la otra, como en muchos de los temas sobre las afecciones locales la dirigida a Eunapio, y en el diagnóstico de los fármacos simples; pero hay donde la dirigida a Eustacio tiene algo más que jactarse que esta. Pero, en efecto, gracias al hombre por cada uno de los trabajos; pues su parte no es de daño para nadie, sino de beneficio para cada uno, tal como compuso las anteriores a estas. Decir el carácter del estilo del discurso parece ser a la vez difícil y superfluo; pues de diferentes y variadas fuentes se han reunido sus composiciones, y un hombre médico no daría cuentas a nadie de los sensatos sobre la belleza del discurso y la sabiduría, sino si algo de las obras de la medicina no lo expuso correctamente ni lo mostró. Vi yo mismo otra obra del hombre compuesta en 4 libros; el libro se titulaba' Fáciles de obtener', y hacía de Eugenio el tema de la composición. Y llama a Eugenio el más elocuente; y que la obra es útil en los campos, viajes y otros lugares donde no hay presencia de médico. Pero este libro, según la inscripción y la persona propuesta en la dedicatoria, tiene diferencia, pero lo demás es muy manifiestamente solo una transcripción de la obra dirigida a Eunapio, de modo que llegué a pensar que quizás esto no fue realizado por Oribasio, sino que es un error del que escribió desde el principio el libro dirigido a Eunapio, quien cambió la inscripción a' Fáciles de obtener' y en lugar de Eunapio propuso a Eugenio, o alguien más que, buscando para sí mismo alguna gloria de la dedicatoria, fue llevado a tal concepción, y cambió a Eunapio por Eugenio y la inscripción puesta por' Fáciles de obtener'. Se leyó el libro médico de Teón, archiatra de Alejandría, que titula' Hombre'. Dedica la composición a Teoctisto, y comienza la terapia desde la cabeza y llega hasta los pies, registrando algunas terapias de todas las partes afectadas del cuerpo. No enseña la naturaleza de la enfermedad, excepto en breves palabras, ni somete la enseñanza a las definiciones apropiadas sobre las que se propone hablar. Pero después de escribir los remedios para las afecciones de gota y artritis, trata sobre los fármacos purgantes simples, y trata de dar algunas causas, que a mí no me parece que sean correctas ni que estén ligadas a la verdad, por las cuales la naturaleza de los fármacos muestra la facultad purgante. Luego trata sobre la composición de fármacos de todo tipo, los que le proporcionan suficiente utilidad para las enfermedades mencionadas y para todas las demás afecciones del cuerpo, que omitió al registrar la terapia según las partes afectadas, registra emplastos, ungüentos sin dolor, colirios y antídotos diversos preparados por diversos hombres. Y en estos termina tal obra. Sin embargo, el libro proporciona una utilidad similar a los resúmenes de Oribasio. Se leyó el libro médico de Aecio de Amida en 10 libros. Toda la obra está compuesta de lo que Oribasio escribió a Juliano, a Eustacio y a Eunapio, además de los libros terapéuticos de Galeno, y ciertamente de Arquígenes y Rufo, además de Dioscórides, Heródoto y Sorano, Filagro, Filómeno, Posidonio y otros que dejaron nombre en el arte de la medicina. Y comienza desde la facultad de los fármacos simples y alimentos de Galeno, recorriendo esto en resumen; el libro termina para él en el décimo libro, haciendo la enseñanza sobre las afecciones femeninas. A las cuales añade otros capítulos, entregando detergentes para la cara y el resto del cuerpo, preparaciones de vinos de flores, y otras cosas de ese tipo. Toda la obra está dicha desde lo que comienza y en lo que toma el fin. Por partes, el primer libro enumera en resumen las facultades de los alimentos simples y los fármacos, el segundo presenta en resumen las facultades y usos de los minerales y los beneficios de los animales, tanto enteros como de sus partes; y esto también sería una parte no pequeña de la obra sobre los fármacos simples. El tercer discurso trata sobre ejercicios de todo tipo, y lo que prepara el ejercicio. Luego, después de estas evacuaciones o disipaciones no manifiestas, trata sobre la flebotomía, aclarando los modos de la incisión, y registra el tamaño, formas, tiempo y medida de la evacuación; sobre la arteriotomía y el torniquete arterial, ventosas, escarificación, sanguijuelas, su elección, dieta y uso, sobre fármacos purgantes, diversas preparaciones de vinos purgantes, y vino con miel purgante, condito, ajenjo, rosado, miel de rosas y oximiel, garo purgante, miel, oenogaro y oxigaro, caldo suavizante, leche y aceites purgantes, sobre todas estas cosas avanza la enseñanza. Además, también sobre compuestos de acción rápida y purgantes diversos, pastillas y bizcochos purgantes.
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Registra también el uso de áloes purgantes, así como de sales, las cinco preparaciones sagradas, y remedios para quienes han tomado el purgante pero no han evacuado, o para quienes han sufrido una evacuación excesiva. Trata sobre los vómitos, a quiénes debe administrarse el eléboro, qué efectos produce, quiénes son los pacientes adecuados para él, las pruebas del eléboro, las preparaciones para quien va a beberlo, las diferencias en el uso del eléboro y el cuidado de quienes lo han ingerido. Diserta sobre los apósitos purgantes; sobre qué partes de nuestro cuerpo son purgables, me refiero a los ojos, los oídos y las demás; sobre la fumigación que contribuye a la misma acción; y sobre los evacuantes, tanto para los intestinos delgados como para las partes cóncavas del hígado y similares. Trata sobre los aires, los vientos y las señales meteorológicas, las aguas y los baños, tanto los artificiales como los que la naturaleza ha provisto, los baños fríos y la inmersión en aceite; sobre los enemas faciales, las duchas, los baños de asiento, las compresas, las fumigaciones y sobre diversos emplastos, parches, aplicaciones de pez, sinapismos y rubefacientes; y sobre cuándo deben usarse los remedios que alteran la constitución. Esto es lo que contiene su tercer libro. El cuarto contiene una recopilación de los principios higiénicos, comenzando por la dieta del lactante, y expone las afecciones del lactante y sus tratamientos, así como la dieta para todas las edades y diversos modos de vida, la reducción de carnes y la recuperación de quienes están debilitados; sobre la fatiga derivada de los ejercicios, sus diferencias, la fatiga por actos sexuales y las fatigas de causa desconocida, que llaman espontáneas; qué cuidados son útiles para la digestión, el tratamiento de la piel endurecida, las quemaduras, la fricción oportuna, la indigestión, la resaca y la discrasia general. Enseña el diagnóstico de la mejor complexión y los signos de la cálida, así como de las otras complexiones simples y compuestas, no solo de todo el cuerpo, sino también de la cabeza, el cerebro, el estómago, los pulmones, el corazón, el hígado y los testículos, y los remedios para la desviación de todos estos desde el estado natural al antinatural. Su quinto libro trata sobre las enfermedades, y antes que nada sobre las enfermedades febriles, exponiendo sus signos, pronósticos, diagnósticos y tratamientos sin negligencia, así como todo lo demás que contribuye a esta teoría médica; qué debe llamarse principio de la enfermedad, que se dice de tres maneras, qué es el paroxismo, qué la remisión, el apogeo y la declinación, tanto del paroxismo parcial como del de todo el cuerpo; qué signos son de salvación para el enfermo y cuáles mortales, y cuáles de ellos se resuelven más lenta o rápidamente o por el camino intermedio hacia la salud o hacia la muerte. Trata sobre la observación del pulso y el diagnóstico de la orina, y qué significan; sobre la observación de las deposiciones, el pronóstico de los vómitos y la observación a partir de ellos; sobre la hemorragia nasal y la menstruación femenina; sobre los signos críticos en el sudor y las crisis, y la inferencia a partir de los esputos; y que el mejor médico sabrá si la enfermedad se ha resuelto con seguridad o no, aunque lo parezca, y el día y la hora en que el enfermo dejará la vida. Hace una exposición sobre las enfermedades pandémicas, epidémicas y pestilentes, sobre los colapsos por diversas causas, sobre el desmayo que sobreviene al animal por diversas causas, sobre el dolor de cabeza en las fiebres, el insomnio, el dolor de oído, la oftalmía y la amaurosis, y en qué casos ocurre flujo de sangre en las fiebres, su tratamiento, cómo debe prevenirse durante las fiebres, sobre la vejiga y la disuria, y los dolores en la región lumbar cuando el hueso sacro, el escroto o el ano están ulcerados. Y sobre las erupciones que ocurren en todo el cuerpo o en parte durante las fiebres, y sobre temblores y convulsiones; para los cuales prescribe bebidas agradables que son especialmente útiles durante las fiebres. En esto concluye el quinto libro.
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En el sexto libro, expone todas las afecciones de la cabeza y el cerebro, enseñando también sus tratamientos. Expone también sobre los mordidos por perros rabiosos, sobre la apoplejía y la parálisis, sobre la caída de la ceja o los párpados, la lengua y el órgano fonador, y la dificultad de deglución cuando están afectados por la misma dolencia; y sobre su tratamiento; sobre el espasmo cínico, y sobre el tratamiento de la vejiga paralizada, del conducto, del recto, de la pierna y de cualquier otro miembro; sobre el tétanos y sobre diversos dolores de cabeza que ocurren por diversas causas, sobre la cefalea y la hemicránea. Registra tratamientos para la alopecia, la caída del cabello y la pérdida de cejas, tintes para el cabello, productos para hacerlo rizado, para eliminarlo, remedios para cuando desaparece, depilatorios y productos para adelgazar el cabello. Sobre la pitiriasis, la pediculosis, las acores y las erupciones que ocurren en la cabeza sin causa aparente; y recorre los tratamientos de todas estas y de las similares, así como de las diversas afecciones que ocurren en los oídos por diversas causas, y para las hemorragias de los mismos, sobre las parótidas y todas las afecciones que se forman en la nariz, sobre los estornutatorios y cómo detenerlos cuando son excesivos; sobre todos estos enumera remedios y tratamientos en el sexto libro. En el séptimo, dado que el sexto se detiene tras exponer las afecciones de la cabeza hasta los oídos y la nariz y sus curaciones, comienza por la naturaleza de los ojos y todas las afecciones que se forman en ellos, tanto las que presentan la causa desde el interior como las que sobrevienen y nacen de causas externas. Enseña sobre la arteriotomía, la escarificación, la incisión bajo el párpado y la angiología; en los cuales prescribe ungüentos, emplastos y diversos colirios con los que se tratan las afecciones de los ojos. Esto es lo que se estudia en su séptimo libro. En el octavo, dice algo al principio sobre el embellecimiento de las cejas, qué son y cómo se producen los hematomas, cómo deben tratarse, cómo evitar que el sol o el viento quemen el rostro, y mediante qué medios es posible mantenerlo sin arrugas, eliminar las manchas oscuras, embellecerlo de otro modo y cambiar el color del cuerpo para que sea fragante. Desde ahí, trata sobre todas las afecciones que se forman en el rostro, la boca y las amígdalas, tanto las que surgen con la causa desde el interior como las que sobrevienen desde el exterior; por ejemplo, se incluyen diversas afecciones de los dientes y su tratamiento, de la lengua y la úvula, y en general todo lo que se incluye en la descripción de la boca; entre las cuales están la cinanche y la sinanche, afecciones que se forman alrededor de la faringe. También las amígdalas se incluyen con lo dicho. Cómo es posible reanimar a los ahorcados que aún no han sido entregados a la muerte. Hace un registro de las afecciones arteriales y sus fármacos, y sobre el catarro y la tos; y escribe fármacos analgésicos para la tos, fumigaciones y apósitos. Trata sobre los ortopnéicos, asmáticos y dispnéicos, sobre las palpitaciones del corazón; y además, al exponer las afecciones de los pulmones y el tórax, concluye el libro con la enseñanza sobre la pleuresía, tanto la real como la supuesta, qué es cada una de ellas, describiendo también todo lo que contribuye a su tratamiento. En el noveno libro, comienza sobre las afecciones cardíacas, y trata a continuación sobre los que sufren molestias en el estómago por bilis negra, y en general sobre todas las afecciones que se forman en la boca del estómago, enumerando emplastos y remedios para quienes tienen el estómago dañado por diversas afecciones. Entre ellos, expone sobre los que sufren convulsiones epilépticas a partir del estómago, sobre la anorexia, la voracidad canina y la indigestión, y sus tratamientos. Enseña también cómo ayudar a los que tienen resaca, y prescribe cuidados para la retención gástrica. Sobre la flatulencia, el íleo y en general
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sobre los que sufren dolores en el colon; sobre la diarrea, la llamada disposición celíaca, sobre la consunción, sobre los helmintos, tanto los redondos como la tenia y los llamados áscaris. Sobre las afecciones que se forman en los intestinos, y sobre aquellos que han ingerido oro, cobre o alguna otra cosa similar. Registra remedios para estos, y enumera para los disentéricos los llamados enemas superiores e inferiores, trociscos, supositorios, ungüentos y apósitos, y finalmente concluye el libro sobre la lientería. El décimo libro comienza sobre la atonía del hígado, y desde allí trata sobre todas sus afecciones y mediante qué medios podrían curarse. Luego pasa a las disposiciones del bazo, exponiendo sus discrasias y tratamientos, flatulencias, inflamaciones, escirros, tumores antinaturales y endurecimientos. Sobre la ictericia, la caquexia y la hidropesía, de dónde proviene cada una de estas y cómo podrían curarse, transmitiendo métodos. En esto concluye su décimo libro. En el undécimo trata sobre la diabetes, la atonía de los riñones, la hematuria, sobre los cálculos renales y vesicales, la inflamación de los riñones, el endurecimiento y la supuración, la disuria, la estranguria y la iscuria, sobre la vejiga paralizada, y sobre los que no retienen la orina durante el sueño, sobre la vejiga inflamada y la hemorragia en ella, y sobre los coágulos, tumores y úlceras que se forman en ella; y sobre la vejiga con flujo y sarnosa; sobre la satiriasis, el priapismo, la gonorrea y la polución nocturna. Enumera las causas de todas estas afecciones mencionadas, en la medida de lo posible, y sus precauciones y tratamientos. Al final mismo del libro, prescribe también sobre los que no pueden realizar actos sexuales, sus ejercicios y tratamientos. En el duodécimo libro trata sobre la ciática, la podagra y la artritis, enumerando las causas generales de estas afecciones, y cuantas son particulares, y todo tipo de tratamientos para ellas y para otras enfermedades que sobrevienen con ellas, prescribiendo diversas evacuaciones, ungüentos, emolientes, linimentos, remedios para el dolor, aceites, purgantes adecuados para estos y antídotos, y todo lo demás que se refiere a la ayuda de las enfermedades mencionadas. En el decimotercer libro trata sobre las mordeduras de animales, qué disposiciones y afecciones producen en los mordidos, y explica sus curaciones. Y ciertamente hace la misma enseñanza sobre las bestias venenosas. No solo eso, sino que muestra el mismo celo por las plantas o hierbas que resultan venenosas para quienes las usan. Y trata de manera similar sobre los hongos, la sangre de toro y la leche coagulada en el estómago; y hace una exposición sobre los minerales que resultan destructivos para el animal al ser ingeridos. Y sobre el consumo de bebidas frías o vino que ha resultado perjudicial para el animal; sobre los ahorcados y los que corren peligro de ahogarse en las aguas, y los que han caído desde algún lugar elevado, y ciertamente sobre los animales preventivos y pronósticos que se crían en las casas. Además de esto, trata sobre la triaca de víboras de Andrómaco, su preparación, su uso, el tiempo de uso, las pruebas y la medida de la dosis, registrando para qué enfermedades es adecuada. Registra otros antídotos y el antídoto mitridático, su preparación, uso y para qué sirve. Enumera otros diversos antídotos. Y sobre los dos tipos de cufe, y ciertamente sobre la elefantiasis, las erupciones pruriginosas, sobre las pústulas y los sudores, sobre las erupciones ulcerosas en las pantorrillas, y sobre las cicatrices que oscurecen el cuerpo a partir de las úlceras. Además de esto, trata sobre los dos tipos de alfo, sobre la leuce, y finalmente sobre la lepra, enumerando sus orígenes
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y las causas por las que ocurren, y sus tratamientos. Esto es lo que contiene el decimotercer libro. En el decimocuarto se esfuerza sobre todo tipo de afecciones en el ano, y sobre los condilomas, fisuras, inflamación, gangrena y ántrax en los genitales, y las úlceras en la uretra; sobre el escroto sarnoso, y la inflamación de este y de los testículos; y sobre los tipos de hernia; sobre la composición de emplastos y el modo de cocción de los que se aplican; además, sobre los nervios heridos o contusionados, sobre los bubones, la inflamación en general, sobre los abscesos y las úlceras profundas, exponiendo qué es cada una de las cosas mencionadas y sus tratamientos. Además, incluye curaciones para los gusanos en las úlceras, para la gangrena y las úlceras putrefactas, y para las hemorragias. Trata también sobre los senos y fístulas, la gangrena y el esfacelo, y sobre los tumores cancerosos, ántrax y erisipela, herpes, epinictis, terminthos y vesículas, exponiendo sus orígenes y qué tratamientos son adecuados para ellos. Además, sobre los quemados por fuego o agua, y el tratamiento de los azotados, de las escoriaciones, de las rozaduras y de la carne contusionada o desgarrada, de los desgarros y esguinces, y sobre las articulaciones dislocadas, sabañones, pterigiones en los dedos, paroniquia, y sobre las uñas contusionadas, con sangre, flojas, sarnosas o leprosas, y mediante qué medios es posible hacer que crezcan otras en lugar de las que se han caído; sobre los anillos que se quedan atascados en los dedos; y sobre los callos y fisuras en los pies, y sobre las varices. Exponiendo todo esto de manera útil y según las leyes médicas, termina con la enseñanza médica sobre los dracúnculos en las piernas y brazos; en lo cual concluye el decimocuarto libro. En el decimoquinto libro trata sobre los edemas, enfisemas, escirros, escrófulas, bocios, ateromas, meliceris, esteatomas, gangliones, aneurismas, panadizos e hidrocefalias, exponiendo sus orígenes y las causas de su formación, la cirugía y los otros tratamientos, y la preparación de emplastos variados y diversos. En el último y decimosexto libro registra sobre la posición, tamaño y demás conformación del útero, y el momento en que ocurre a las mujeres limpiarse y concebir. Sobre su embarazo, la observación de las que están predispuestas a concebir, y si ya han concebido; y todas las demás afecciones que sobrevienen a las embarazadas; el cuidado de ellas, cuáles son más aptas para el parto y cuáles no; sobre la distocia, los partos antinaturales, sobre la embriotomía y la retención de la placenta; y por cuántas causas el hombre y la mujer se ven privados de la procreación. En este libro se enumeran los tratamientos de todas las cosas mencionadas, así como bebidas, pesarios y fumigaciones para la concepción. Desde allí, narra sobre todas las afecciones en los senos con la sabiduría propia del arte, entrelazando sus formaciones, orígenes, cirugías y el resto del tratamiento. Después de lo cual trata sobre las limpiezas menstruales retenidas en las mujeres por diversas causas, sobre la superpurga y el flujo femenino, tanto el rojo como el blanco, sobre la sofocación histérica y la gonorrea, disponiendo muy bien su tratamiento; y sobre las otras afecciones de todo tipo del útero, me refiero a abscesos, edema, mola, hidropesía, úlcera y similares; entre los cuales, al exponer sobre la fimosis del útero, el útero atrésico y similares, escribe sus tratamientos. Sobre la ninfotomía, la circuncisión, el varicocele, los condilomas y similares, registra las curaciones según el mismo método. A lo cual añade la preparación de detergentes para el rostro y el resto del cuerpo, y de inciensos, concluyendo aquí el libro de la obra médica
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que él estudió. Y, hasta donde yo sé, el trabajo del hombre que tenemos ante nosotros supera a todos los resúmenes de Oribasio, tanto el que escribió para Eustacio como el que escribió para Eunapio; pues aventaja en etiologías, diagnósticos, pronósticos, determinaciones y en la amplitud del tratamiento. No solo en esto se ve su superioridad, sino que también supera al resumen de los libros de Galeno que él mismo se esforzó en realizar, tanto por haberlo reducido a un volumen menor, como por ofrecer una enseñanza más clara y por tratar sobre más afecciones que aquel. En cuanto a la otra competencia, la de los setenta libros compuestos por el mismo hombre, sin temor a la comparación, quizás se vería disminuida en aquello en que esta no omite lo que aquella no omitió de la práctica anatómica, y también pasó por alto la teoría de la utilidad de las partes, que es más un estudio filosófico que una obra de tratamiento. En estos mismos puntos, también se retiraría de superar al mencionado resumen de las obras de Galeno. Pero, en mi opinión, dada la pereza de los hombres actuales y su inclinación hacia otras cosas más que hacia aquellas en las que el tratamiento podría tener éxito para los enfermos, es necesario estudiar esta recopilación más que los otros estudios, especialmente para aquellos cuyo objetivo no es alcanzar la profundidad de la teoría médica y encontrar la sabiduría y la verdad de la fisiología, sino que su propósito se refiere únicamente al tratamiento de los cuerpos, y no quedarse atrás en nada de lo que se refiere a ello en la práctica. Pues para aquellos que han elegido mostrar mediante obras la expulsión de las enfermedades, es necesario manejar este libro con diligencia y tener el tiempo dedicado a él, y quien se convenza con la exhortación encontrará el beneficio en la experiencia misma. Se leyó el libro del monje Jobio en nueve libros y cuarenta y cinco capítulos, a los cuales añade algunas otras cosas. El autor tituló la obra con el nombre de Económica, porque, dice, contiene muchas cuestiones sobre la Economía. En cuanto a las aporías, en general, el autor no es innoble ni débil; pero no procede de la misma manera a través de las soluciones, sino que en muchos casos rastrea la solución, y hay casos en los que se contenta con lo aparente, sin profundizar más hacia la precisión de la verdad. Quizás alguien más diría que a menudo también disminuye su esfuerzo por lo aparente. Sin embargo, en cuanto a la piedad, hasta donde yo sé, tanto en el presente libro como en la obra contra Severo, es un amante digno de elogio, y no es un desconocido en el trabajo, ni inexperto en el estudio de las Sagradas Escrituras. Narra que emprendió el trabajo propuesto por orden de uno de sus conocidos por su virtud. Y pone como primera aporía de sus libros, por qué el Hijo y no el Padre ni el Espíritu Santo asumió nuestra forma. Y la solución de esta aporía le parece que es que, dado que el Hijo es el Logos, y el hombre, honrado con la razón y la imagen de Dios, ha caído de ellas y ha sido comparado con las bestias irracionales y se ha hecho semejante a ellas, por eso el Logos habitó entre los que cayeron en la irracionalidad, sanando nuestra caída y elevándonos a la dignidad antigua; pues dice que el Logos se hizo carne, es decir, asumió nuestra naturaleza que había caído en la irracionalidad y no se inclinaba en nada hacia lo racional, sino que se inclinaba totalmente hacia lo carnal, y habitó entre nosotros. Por eso, dice, también al salir recién de los senos virginales, el pesebre recibe al Logos, la mesa de los irracionales y alimento de bueyes y asnos, los unos llevando símbolos de los puros del antiguo Israel, y los otros, debido a lo impuro, el sistema de las naciones. A ambos, habiéndose desviado hacia la irracionalidad en obras y dogmas, el Logos los llamó de vuelta, como también el profeta Isaías preanunció, clamando en medio de dos animales: serás recordado; al acercarse los años serás reconocido. Y dice que la red en el Evangelio es testimonio de la extrema irracionalidad a la que
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se había hundido la humanidad, de modo que no se diferenciaba en nada de los peces más mudos e irracionales; los cuales la red, es evidente que lanzada por el Logos, sacó de allí y devolvió el don racional a los privados de él. Y el mandato del Logos, que Pedro recibió y al abrir la boca del pez encontró un estatero, es símbolo de que el hombre fue liberado de la irracionalidad por el Logos; pues dice que el estatero representa la moneda real, es decir, las palabras del Señor: Las palabras del Señor son plata purificada. Y que el estatero estuviera escondido en la boca del pez significa que la fuerza y la gracia racional estaban enterradas y sepultadas en aquellos que se habían vuelto irracionales a semejanza de los peces. Los cuales, fortalecidos por el Logos, Pedro, al abrir la boca, purifica el don y lo manifiesta, y al traerlo al medio, ayudó a llevar a la práctica su uso propio. Y dice que el hecho de que el Logos encarnado se sentara sobre un asno y un pollino insinúa lo mismo. Sí, y también el pez que se ve sobre las brasas después de la resurrección; pues lo que antes era irracional, al ser inflamado por el Logos, se aparta de la irracionalidad y se convierte en alimento racional del Logos. Además, la gracia de las lenguas dada a los apóstoles indica el decreto de su ordenación apostólica, para que aprendieran también por la forma que, al servir a las cosas del Logos con el Logos, disfrutaron de tal gracia. Y el precursor, anunciado por las Sagradas Escrituras como voz que clama del Logos, no significa otra cosa que lo dicho, sino que el Logos habitó para sanar la enfermedad de la irracionalidad. Lo cual también dice David: envió su Logos y los sanó. Esto es lo que expone en los dos primeros libros, jactándose como un atleta contra los que dicen que el Hijo se hizo hombre y vino como salvador por esta razón, porque era necesario que el Hijo, y no otro, fuera el guía y renovador de la adopción filial para los llamados a la adopción, y que fuera proclamado como tal. En el tercer[ y segundo] libro, da la razón por la cual el Hijo se encarnó, y dice que era necesario que el creador y formador mismo volviera a formar y renovar la creación quebrantada. Pues si bien el Padre es igualmente creador y el Espíritu Santo, sin embargo, la Sagrada Escritura testifica continuamente que todas las cosas fueron hechas por el Hijo. Era necesario, pues, que el artífice, habiéndose deshecho la creación, la asumiera en sí mismo y la salvara mediante una nueva formación.¿ Y qué dicen las Sagradas Escrituras? Todo, dice, fue hecho por él, y sin él nada fue hecho. Y de él, dice, y por él y para él son todas las cosas. Y por quien hizo los siglos. Sí, y el coro de nuestros padres que surgió de allí enseñó que el Padre hace todas las cosas por el Hijo de manera digna de Dios. Habiendo dado así la solución a la aporía propuesta, pasa a otra que surge de ella, y pregunta por qué, siendo considerada y alabada continuamente una misma energía, gloria y fuerza en la Santa Trinidad, tanto las Escrituras como los padres dicen que el Padre hizo todas las cosas por el Hijo, pero no que el Hijo las hizo por el Padre. Entrelaza la aporía de manera tan aguda, pero su solución dice que las cosas dignas de Dios son comunes al Padre y al Hijo; sin embargo, que todo lo que se dice sobre el Hijo se refiere al Padre, si es que el Hijo mismo también lo es; por tanto, no excluye al Padre de las obras que se dice que hace el Hijo, sino que más bien las introduce y las alaba conjuntamente. Además, dado que el Hijo es la diestra del Padre, su brazo, sabiduría, Logos y poder, y no se dice que el Padre sea nada de esto del Hijo, razonablemente se diría que el Padre hace todas las cosas por el Hijo, puesto que también en nosotros se observa el mismo orden, pero no a la inversa, que el Hijo haga las cosas por el Padre. Añade también otra causa, no de la aporía recién dicha, sino de la anterior, que no me parece que mantenga la coherencia. Pues dice que, dado que se dice que todas las cosas fueron hechas por el Hijo, si la encarnación no hubiera procedido también por él, el Logos sería falso.
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ofrecía una refutación. Pues no es que, cuando dice que todo ha sido hecho por medio del Hijo, afirme que Él mismo ha caído bajo la naturaleza de aquellas cosas;¡ lejos de eso!; sino que han llegado a ser creaciones suyas. Luego, sabiamente, dice que tanto la creación como la recreación procedieron por medio de Él; pues esto es una clara refutación de la locura de Manes. Porque si, aun gritando la Sagrada Escritura que cada una de las dos cosas ha sido hecha por medio de Él, aquel grupo impío refiere la creación del todo a alguien opuesto al Hijo,¿ a qué blasfemia no se habrían lanzado si los sagrados oráculos nos hubieran profetizado que la formación fue por medio de uno y la recreación por medio de otro? Sobre los capítulos mencionados, hace el undécimo, como es habitual que la Escritura, al llamar al Hijo creador por excelencia, exalta económicamente en Él, como consecuencia, tanto el juicio como la legislación, y mucho más la renovación( puesto que fue quebrantado) de la criatura. Pues es propio del creador conocer la naturaleza, y conociéndola, introducir las leyes según la razón de quienes las reciben, y es propio del legislador tener también el juicio tanto de quienes han despreciado las leyes como de cuantos se han comportado según ellas. Por eso dice también: El Padre no juzga a nadie, sino que ha dado todo el juicio al Hijo, y de nuevo: El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. Quien, recreando la criatura por sí mismo y cumpliendo primero las leyes, se nos propone a sí mismo como modelo de conducta, la cual no es difícil de alcanzar si miramos al jefe y guía. Es un excelente legislador quien no legisla solo de palabra, sino más bien con obras; por eso dice también: De lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar.
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A continuación, busca por qué la salvación no fue por medio de un hombre, o por qué un ángel no se hizo hombre. Y dice que la salvación se ha gestionado muchas veces por medio de hombres de la misma naturaleza, como por medio de Moisés y por medio de los profetas, pero ni una sola nación completa, digo la de los judíos, fue sanada de la enfermedad común.¿ Y cómo podría un hombre sanar a toda la masa enferma, o atar al fuerte y arrebatarle sus utensilios?¿ Y cómo un simple hombre purificó a los de su misma naturaleza, siendo él mismo partícipe de la mancha? Pues nadie está limpio de suciedad. Tampoco era propio de ningún ángel, si se le hubiera confiado la encarnación, triunfar sobre los principados y potestades y exhibirlos públicamente.¿ Y cómo, siendo esclavo, habría reformado y cambiado los mandatos señoriales y reales, digo de la Ley, hacia la conducta evangélica, por medio de la cual tenemos el ascenso a los cielos, tal como se dijo del Salvador, al decir: A la ley se le dijo esto, pero yo os digo esto otro?¿ Y cómo, ordenando un consiervo, habrían sido enviados al abismo los demonios y el príncipe de ellos, cuando el arcángel Miguel, disputando con el diablo sobre un solo cuerpo, el de Moisés, y eso que era justo, no se atrevió a proferir contra él un juicio blasfemo por sí mismo?¿ Y hacia dónde nos habría llevado él mismo a la adopción de hijos, siendo esclavo?¿ O cómo se habría dado a conocer nuestra masa como coheredera del trono paterno, como ahora por medio del Hijo? Tras exponer esto, da la razón de que el Jordán y el mar Rojo se dividen al ser cruzados por Moisés, Elías y Eliseo, y entonces, avergonzándose el mandato del Señor que estaba en ellos; pero es obra de la naturaleza que, al caer peso en el agua, esta se divida y se separe, de modo que lo sobrenatural no se perfeccionaba por medio de ellos al mejorar la naturaleza; pero al pisar con pie señorial, el mar ya no se divide sirviendo a la naturaleza, sino que, conservando sobrenaturalmente la continuidad, sirve al Señor, siendo retenido hacia algo mejor que sí mismo; por eso, al ignorar la afección natural, no niega la naturaleza, sino que con lo sobrenatural de la continuidad proclama la marcha señorial. Uno podría conjeturar, dice, no sin razón, que lo indivisible de la marcha señorial sobre lo líquido es lo indivisible de la divinidad, y lo que se dividió, como en el caso de Moisés y los otros, es la densidad humana y que nuestra composición es de dos cosas, de materia y forma, de las cuales también son los otros cuerpos. Tras decir esto, pasa al capítulo decimotercero, en el que busca por qué el Logos no salvó a la humanidad con la divinidad desnuda.
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salvó a la humanidad. Y primero dice que, aunque esto se hubiera llevado a cabo, nada habría impedido a los charlatanes y a los que se atreven a todo, si los insensatos se enfurecían por legislar sobre lo divino desde cualquier cosa, buscar de nuevo otro modo de salvación, no conformándose con lo sucedido, y, una vez dado otro, criticarlo y buscar lo que no se ha dado. Luego,¿ qué exceso de locura falta, al creerse ellos mismos que saben lo que conviene más que quien ha producido y mantiene todo en sabiduría? Se resuelve también cómo tanto las nociones comunes como la divina Escritura alaban a Dios como omnipotente. El divino Pablo dice que Dios no puede negarse a sí mismo, pero también hay otras diez mil cosas que es apropiado decir que Dios no puede, como el no poder caer de la bondad ni sufrir cambio, y otras cosas similares. Pero, aunque se plantea así la dificultad, se resuelve diciendo que lo que decimos que lo divino no puede, esto es de lo que ni existe ni es posible que exista en absoluto.¿ Pues dónde existe el negarse Dios a sí mismo, o el cambio, o la caída de la bondad, o que la verdad se convierta en mentira? Pero es alabado y llamado omnipotente como capaz de hacer todo lo que le es propio y salvífico para las criaturas, cuando quiere. Por lo demás, decir que no puede lo que no le es propio es, en verdad, de poder. Pues si todas aquellas cosas son privación y debilidad, el estar establecido por encima de todas ellas en medida infinita,¿ cómo no es de la fuerza más extrema y omnipotente? Quizás alguien no añadiría fuera de la rectitud a lo dicho, que este razonamiento no solo intenta derribar la omnipotencia contra lo divino, sino que también se esfuerza por confundir y transformar la naturaleza de todos los seres en general. Pues si la justicia no puede lo que la injusticia( pues la justicia no cometería injusticia), entonces la maldad es más poderosa en fuerza que la virtud; y si el hombre no puede ser una piedra, la piedra sería más poderosa que el animal racional. Y, sin embargo, al invertir esto de nuevo, no se vería menos que lo que se consideró mejor respecto a la fuerza, es más débil que aquello sobre lo que prevalecían en fuerza. Y en todas las demás cosas, de igual manera; así, tal razonamiento es un juego y un juguete de una tertulia sofística. Pero se abofetearía la maldad o la ignorancia de tales personas, ya que no saben o no quieren que el nombre de fuerza sea doble. Pues uno significa la fuerza propiamente dicha, según la cual también se dice que lo divino es omnipotente y cada uno de los seres hace lo que es natural según la fuerza innata y propia, y el otro significa lo que es apropiado y debido. Por tanto, cuando decimos que lo divino no puede negarse a sí mismo, decimos que no es apropiado ni debido a Dios ser renegado de su propia esencia. Igualmente, cuando decimos que no puede sufrir cambio o apartarse de la bondad, decimos que no es apropiado ni debido a Dios atribuirle las cosas del cambio o de la alteración, lo cual no solo no tiene en absoluto ninguna impresión de debilidad, sino que es un testimonio indiscutible de una fuerza omnipotente. Y en las demás cosas, de igual manera. Pero esto, como parte de un paréntesis. El diligente autor del presente libro hace el capítulo decimocuarto, en el que establece que la recreación es de mayor honor y sabiduría que la formación, entre otras cosas, porque la formación fue producida por la palabra, pero la recreación por la propia acción del creador. Y dice que también Pablo lo afirma, exaltando la magnitud de la sabiduría para que sea conocida ahora a los principados y potestades en los lugares celestiales por medio de la iglesia la multiforme sabiduría de Dios, que hizo en Cristo Jesús. Y también muestra que el amor de Dios hacia nosotros es insuperable, no al decir que formó al hombre al principio, ni que lo creó según su imagen, ni que emprendió alguna otra de las grandes y maravillosas obras.¿ Sino qué? La presencia encarnada de su Hijo por medio del cual tenemos la recreación; pues así, dice, amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito por la vida del mundo. Pues,¿ de qué amor no sería, no digo
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dar al unigénito por nosotros a la muerte, sino esto mismo, que el Hijo, siendo Señor de todo, se dignara tomar forma de esclavo, porque ni siquiera era posible para la divinidad desnuda ni venir a la vista del hombre, ni que, por medio de las obras y acciones corporales, se mostrara la conducta predicada por Él, por medio de la cual tenemos la salvación, y que nos hiciéramos compañeros de aprendizaje. Y dice que esto es lo que, dejando las 99 ovejas, vino a la única que se extraviaba, la cual también cargó sobre sus hombros. Pues no recreó nuestra naturaleza según la creación común y habitual de todas las cosas por la palabra; sino que lo que no soportó en ninguna de las otras cosas, ni en ángeles, ni en ninguna otra naturaleza, esto lo emprendió para la salvación de los hombres, habiendo actuado como esclavo en lugar de Señor; con razón, pues, se dice también que dejó las 99 ovejas, al insinuar la parábola el retiro y cambio hacia otra cosa más paradójica y maravillosa que la creación y la novedad de la costumbre, y cómo no realizó la renovación según el modo en que constituyó el todo desde el principio, sino de una manera nueva y por encima de toda nuestra razón. Luego dice que el Logos gestionó razonable y necesariamente la salvación por medio de la carne para nosotros. Pues habiéndose propuesto todo otro método( pues también profetas y líderes y prodigios sobrenaturales, beneficios, amenazas y castigos, esto en parte, esto también universales), puesto que la humanidad no acogió el cambio hacia lo mejor, y la enfermedad avanzaba más hacia lo incurable, por necesidad y consecuencia, o más bien por una riqueza inefable de filantropía, el Logos, habiendo tomado carne, se introdujo a sí mismo como guía, maestro y renovador, por beneplácito del Padre y cooperación del Espíritu Santo. Lo cual también se ve como causa para los amantes de la visión de que en los últimos días, y no desde el principio, el Logos se vaciara en la carne, sino que, habiendo precedido toda diligencia y providencia, y luego no aceptándola los provistos, así finalmente en los últimos tiempos rescató nuestra esencia por medio de sí mismo. A esto añade una dificultad como propuesta por objeción. Pero era necesario, dicen, que el hombre hubiera existido desde el principio bueno y virtuoso, para que ni causara tantos problemas, fluyendo continuamente hacia lo peor y por esto necesitando una economía multiforme y variada para ser rescatado, ni fuera ultrajado lo que una vez fue creado a imagen de Dios. Pero la oposición es tal; pero dice que tales personas oirán de la verdad: Pedís y no recibís porque pedís mal. Pero también les sigue otro absurdo, el no conformarse con la providencia y el juicio divino, sino exigir ellos mismos que el creador sea moldeado y ajustado a los consejos y opiniones de ellos, y que la creación sea dirigida según los votos de ellos, aunque aún no hayan llegado a los rayos del sol. Además, al mismo tiempo, los mismos declaran que el hombre debe ser bueno y vil. Pues buscar que sea bueno, pero exigir que sea tal por necesidad, es quitar el libre albedrío, y que nada de lo que hacen los hombres sea ni premio ni retribución; pues lo involuntario no tiene ni salario ni responsabilidad. Pero sí, dice,¿ qué impedía que, al igual que los ángeles, así fueran creados también los hombres? Y, sin embargo, también en los ángeles prevalece la opinión, y nada se hace por necesidad en ellos, y testigo es el que cayó, Lucifer, y cuanto linaje demoníaco se apartó con él.¿ Y cómo es mejor haber sido producido según los ángeles, donde el pecar en ellos es sin arrepentimiento y por esto ajeno a todo perdón, mientras que nuestro linaje, incluso cayendo, se levanta de nuevo por medio del arrepentimiento? Sin embargo, después de la venida del Señor, es posible ver en los hombres obras mayores que las que hacen los ángeles. Pues mira, yo Pablo os digo, que si incluso un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema. Y de nuevo, el arcángel
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Miguel no se atrevió a proferir un juicio blasfemo contra el diablo, pero nosotros recibimos la autoridad de hollar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda la fuerza del enemigo; y ningún ángel se atrevería a llamar a nadie, ni a sí mismo, Dios o Hijo de Dios; pero nuestro linaje ha sido llamado dioses e hijos del Altísimo. Y aquel que en ellos es llamado Lucifer, al decir que sería semejante al Altísimo y pondría su trono por encima de los cielos, y habiendo caído de los bienes que tenía, es objeto de burla y condenación por la eternidad; pero a nosotros el voto de la verdad nos dio la libertad de ser semejantes al Padre y llegar a ser coherederos del Hijo suyo. Y lo mayor: nos resucitó y nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Y: Si perseveramos, también reinaremos juntos, y sabemos que otro de los discípulos testifica que si se manifiesta, seremos semejantes a Él. De modo que a los que quieren tener también el honor de los ángeles, ya les ha sido concedido. Pero pecamos más fácilmente, dice; pero cuanto más continuamente, tanto más rápido, si queremos, nos levantamos; pues diez mil caminos de arrepentimiento y de nuestra salvación nos ha concedido el sapientísimo guardián. Pero tú eres amante del parentesco con los ángeles, y sin embargo has sido dignificado con uno mayor; pues nos hemos hecho parientes del Señor según la carne. Además, el pecado de ellos, aunque es menor que los nuestros, se somete a un castigo mayor: pues a los que tienen mucho, mucho se les exigirá; pero el que les impone a ellos el castigo más grave, no impone a nosotros la misma gravedad de pena por cosas similares. Pero a nosotros se nos borra más rápido, mientras que a ellos, una vez arraigado, permanece imborrable; y a nosotros la unión con el cuerpo nos concede una causa de perdón, mientras que a ellos, cuanto más parecen superiores al cuerpo, tanto más inevitable les rodea el castigo. Por eso también el vaso de elección decía: Juzgaremos a los ángeles, y no digamos las cosas de la vida, y los santos juzgarán al mundo, quienes, estando atados a la densidad de la carne y logrando lo mejor, condenamos y tapamos la boca a los que están libres de la cadena corporal, pero no hacen lo mismo o incluso hacen lo peor, habiendo logrado mejor lo mejor con menor fuerza que los que tienen la mayor. Pero también a nosotros se nos propone toda la vida para corrección y arrepentimiento si pecamos, mientras que a los ángeles que pecaron, la justicia vengadora los tomó de inmediato; pues dice: Habiéndolos entregado al abismo de tinieblas, los guardó reservados para el juicio. Y con diez mil otras cosas se da a conocer la sapientísima providencia de Dios hacia nosotros, y se estigmatiza el desvarío y la locura de los que quieren que hayamos sido creados más ángeles que hombres. Y si hubiera formado al hombre según la naturaleza de los ángeles, ni aun así se habría detenido el crítico, sino que buscaría de nuevo otra naturaleza que superara la condición angélica. Pero tú observa también esto: habiendo sido formado Adán a imagen de Dios, si hubiera tenido lo igual a los ángeles, no habríamos sido privados de la gloria de los ángeles; pero si, habiendo sido hecho un poco menor que los ángeles, sin embargo se elevó en la mente y ni siquiera conservó lo que recibió,¿ cómo, si hubiera obtenido mayores privilegios, no habría caído más hacia lo más difícil de las caídas? No pases por alto tampoco esto: la acción por necesidad no es de los seres racionales, sino de la naturaleza irracional e inanimada; de modo que quien quita el libre albedrío a los hombres, cambia al animal racional por el caballo o el buey o los peces, o cuanto rastrea la naturaleza de las plantas. Y si porque este piensa tales cosas, se define a sí mismo tal valoración, no es injusto en el juicio( pues encontró la pena digna de la falta), pero él mismo, por sí mismo, refuta lo abominable de la opinión. Tras exponer tales cosas, el guía de las hipótesis propuestas termina el capítulo decimoquinto en alabanza del libre albedrío. El decimosexto de los capítulos no es de las cuestiones innobles; pues investiga por qué el hombre se compuso de dos cosas muy distantes por naturaleza; e intenta someter la cuestión a una solución, pero se lleva más necesitado que la dificultad. Y primero se proponen palabras paternas; segundo, dice que era necesario que el mundo terrestre fuera decorado por el Logos, al igual que los cielos por las potencias celestiales, y por esto el hombre surgió como animal compuesto sobre la tierra. Habiendo tejido esto y otras cosas similares, completa el capítulo. Luego busca por qué el Dios Logos se encarna y resuelve la cuestión en uno, para que, dice, nos deje un modelo de virtud, por medio del cual nos resulta posible caminar por sus huellas no por necesidad sino voluntariamente y por imitación; luego pone el dicho del teólogo Gregorio: pues lleva carne, dice, por mi carne, y se mezcla con alma intelectual por mi alma, purificando lo semejante con lo semejante. Y además, para que el Logos, siendo Él mismo, libere al racional esclavizado por el irracional, llamándolo de nuevo. Además de esto, y puesto que Adán, al ser vencido, sepultó lo divino que había en él en los diez mil sufrimientos de la carne y difundió el daño a los que procedían de él, por esto el Señor se encarna, y en el mar de su propia divinidad recibe la gota de nuestra naturaleza, para que lo mortal sea tragado por la vida y transmita el don a todo el linaje, y para que muestre el inefable mar de su filantropía hacia nosotros. Y que era necesario que el propio creador fuera el renovador de su propia criatura que se había disuelto. Añade que también algunas de las cosas dichas comúnmente sobre la Trinidad, la sagrada Escritura las refiere muchas veces como por excelencia a una de las venerables hipóstasis. Por eso, lo creador, aunque se ordena igualitariamente tanto en el Padre como en el Espíritu Santo, sin embargo, económicamente se separa de nuevo como por excelencia en el Hijo. Así también nuestra salvación, que el Logos realizó, se puede encontrar referida al Padre. Pues nos habló, dice, en el Hijo, y para que sea conocida ahora la multiforme sabiduría de Dios, que hizo en Cristo, pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, hechura y criatura, llamando evidentemente la recreación la voz apostólica. Y de nuevo, habiéndonos dado a conocer el misterio de su voluntad según su beneplácito, que se propuso en Él recapitular todas las cosas en Cristo, y diez mil otras cosas. Pues si creemos que todas las cosas fueron hechas por medio del Hijo, sin embargo, es necesario confesar también al Padre como creador debido a la identidad tanto del consejo como de la energía y la fuerza, e igualmente también al Espíritu Santo, y sobre todo el que los recreados disfruten de la santificación y permanezcan en la recreación, es de la creación y mantenimiento del Espíritu Santísimo. Y al Espíritu de los producidos, dice David, toda la fuerza de ellos. Y es claro que por medio de lo que dice el profeta: Por la palabra del Señor los cielos fueron afirmados, alaba al Logos como creador( pues llama afirmación a la primera fijación y nacimiento), pero al Espíritu como perfeccionador y dador de fuerza por medio de lo que añadió: y por el Espíritu de su boca toda la fuerza de ellos. Y la rápida y divina lengua dice que primero piensa en las potencias angélicas, y el pensamiento era una obra completada por la palabra y perfeccionada por el Espíritu, y diez mil otras cosas. De manera útil y pedagógica y de introducción, ha avanzado la predicación del conocimiento de Dios. Pues por medio de la antigua, como causa preliminar de todas las cosas, se predica primero al Padre, y en segundo lugar aparece el Hijo como causa creadora, y en tercer lugar el Espíritu Santo como perfeccionador. Pues las cosas perfeccionadoras aparecen apropiadamente al final con el progreso y aumento tanto de las cosas como de los tiempos, como una corona de proclamación ajustada al final sobre los sudores atléticos. Por eso también Dios, al formar al hombre primero, luego perfeccionándolo, sopló en su rostro aliento de vida. Habiendo luchado este hombre laborioso sobre esto y otras cosas similares acerca de que el Espíritu Santísimo es perfeccionador, por esto dice que los iluminados llevan vestiduras blancas durante siete días, porque también la antigua, teniendo sombra como tipo hacia el bautismo, guardaba esto; pues dice: comeréis los panes en el canastillo de la perfección, y no saldréis de la puerta de la tienda del
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testimonio durante siete días. Y la antigua no solo prescribía el número de los días, sino también la otra secuencia. Pues también aquí primero somos bautizados, luego somos ungidos con el mirra, de allí somos dignificados con la sangre preciosa. Así también Moisés, bosquejando esto, lava primero a los que se perfeccionan con agua, luego los viste y ciñe, luego así aplica la unción de aceite, y así rocía con la sangre y lleva a la participación de los panes. Por eso también el divino Lucas en el evangelio dice que primero se bendice la copa de la sangre señorial y los fieles participan, y así participan del pan. Sin embargo, el divino apóstol a veces antepone la bendición de la copa, a veces la pospone al cuerpo señorial. Pues dice: La copa que bendecimos,¿ no es comunión de la sangre de Cristo? luego: el pan que partimos, y de nuevo: no podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios, y no podéis participar de la mesa del Señor. Pero en otro lugar dice: La noche en que era entregado, hablando del Señor, tomó el pan, luego a continuación trata también sobre la copa. Por tanto, habiendo tratado sobre esto, intenta dar la razón del diferente orden mencionado; y dice que, puesto que en nosotros primero se constituye la sangre, luego se transforma en carne, la Escritura, moviéndose naturalmente, guardó este orden también según la narración de los misterios. Pero el orden inverso imita el orden de la mesa común; pues primero se propone en ella el pan, luego se añade el vino. Y que esta mesa común imita de nuevo nuestra formación; pues puesto que, como parece a Job, fuimos formados de barro, y el barro es de tierra y agua, y la formación es en cierto modo también el alimento que llena y recrea lo que fluye, por esto, al igual que en la formación por Dios lo seco se tomó antes que lo húmedo, así también en la imitación de la formación entre nosotros el pan se toma antes que el vino. Y él mismo fisiologiza tales cosas sobre el orden, aunque más humildemente que una teoría más divina. Sin embargo, el llevar vestiduras blancas, dice, es símbolo de la brillantez de los ángeles, representando lo puro de la mente en ellos y lo ajeno a la materia y a las pasiones; de lo cual también el iluminado, habiendo llegado a ser partícipe de la gracia, debe conservarse a sí mismo en los dones de la brillantez. Pero en esto también se llevó a término su capítulo decimoctavo. El decimonoveno capítulo trata recorriendo las causas por las que Moisés no comenzó la cosmogonía desde los ángeles. Y dice que Moisés, al ir a legislar a los hombres, y prometiendo bienes a los que cumplen y amenazando con castigos de parte de Dios a los que pecan, razonablemente, como en modo de historia, introduce también la creación de todas aquellas cosas cuya necesidad contribuye tanto al beneficio como a la amenaza de los amonestados; pues dice: El cielo será de bronce y la tierra de hierro, y cuanto otro se ha registrado por medio de las criaturas tal, o para disfrute de los que cumplen o para castigo de los que pecan. Puesto que, pues, el objetivo del legislador era introducir leyes salvíficas para el linaje humano, y asegurar lo legislado tanto por medio de la amenaza de lo difícil como de la promesa de lo mejor, y tomar cada una de estas cosas de las criaturas, por esto, cuanto contribuía a su objetivo, de esto también dispuso la historia de la generación, pero cuanto por el momento no urgía, lo pospone. Segundo, por medio del mundo sensible, como por medio de una imagen, Moisés quería mostrar a su artífice y creador a los legislados, siendo ellos entonces más densos y apenas capaces de comprender al creador y artífice de lo visible a partir de lo sensible y familiar para ellos. Y esto no era posible lograrlo a partir de la narración sobre los ángeles; pues proporcionar el conocimiento de lo invisible a partir de lo desconocido y no de lo aparente es inútil y muy débil. Por lo demás, también a Dios, aunque no
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¿ Soy de Dios?¿ Y cómo no habría parecido un mito si una voz desde el cielo hubiera dicho del encarnado:« Este es mi hijo amado, en quien me he complacido»? O el hecho de que él dijera:« El Padre me envió y es mayor que yo», y todas las demás cosas por el estilo. Lo mismo cabría decir respecto al Espíritu santísimo. Y, sin embargo, la Sagrada Escritura teologiza al Espíritu santísimo incluso de manera más desnuda que al Hijo. Pues dice, en efecto, sobre el Hijo:« La diestra del Señor hizo proezas», y:« Por la palabra del Señor fueron afirmados los cielos», y cualquier otra cosa semejante; las cuales, si bien en cuanto al sentido coinciden y concuerdan con la significación del Hijo, no se apartan de la variación según la voz. Mira, pues, lo claro e invariable de la voz respecto al Espíritu Santo:« Por el espíritu de su boca toda su fuerza», y:« El espíritu del Señor ha llenado la tierra», y:« Tu espíritu bueno me guiará en tierra recta», y:« El espíritu del Señor sobre mí», y:« El espíritu divino es el que me hizo», y:« Enviarás tu espíritu y serán creados», y otras diez mil más. Y esto es también parte de la inefable sabiduría de Dios: que el Hijo sea teologizado con términos de distinta voz, y el Espíritu a través de su propia denominación. Pues el Hijo, al ser nombrado, introducía de inmediato lo autohipostático, lo cual para quienes padecían la enfermedad del politeísmo habría sido un pretexto para correr hacia aquello que se les enseñaba a huir; mientras que el Espíritu, aunque para los piadosos es conocido igualmente como autohipostático, puede, sin embargo, quedar encubierto para la mayoría y para los más rudos como si no introdujera otra hipóstasis, y no por ello deja de fortalecer el privilegio de la monarquía; pues así como decir:« Se angustió mi espíritu» no introduce dos personas, sino que no por ello deja de preservar la unidad de la hipóstasis, así también« Espíritu de Dios», escuchado por los antiguos de manera más ruda y como si fuera nuestro, no daba escándalo de ninguna clase de politeísmo. Por esta razón, pues, el Espíritu es proclamado explícitamente en el Antiguo Testamento, mientras que el Hijo no, sino a través de nombres tales que ellos mismos pueden no dividir la unidad de la hipóstasis, como« mano de Dios»,« brazo»,« sabiduría»,« fuerza»,« diestra»,« palabra» y otras cosas similares; pues también en la naturaleza humana estas cosas no disuelven la unidad en dos, ni dividen la hipóstasis. Y si en algún lugar se hizo mención de la voz del Hijo, puesto que el Hijo, al ser nombrado, indica inmediatamente la diferencia de las hipóstasis, como en:« Tú eres mi Hijo», esto se presenta ensombrecido y encubierto; pues añade:« Hoy te he engendrado», y:« Pídeme», cosas que, siendo humanas y no ajustándose a la naturaleza divina, encubrían y ensombrecían la denominación de Hijo. Y de igual modo en casos similares.¿ Por qué, entonces, la diestra, la palabra y la fuerza, y otras cosas más, se dicen del Padre respecto al Hijo, pero no a la inversa, el Padre del Hijo?¿ Acaso porque el Padre no es del Hijo, sino el Hijo del Padre? Además, se dice que la mano, el brazo, la sabiduría y la palabra son de este hombre, pero no se diría que el hombre es de la diestra, de la sabiduría o de cosas similares, del mismo modo que no decimos que el árbol es de la rama, sino la rama del árbol. Y el Espíritu también es llamado dedo de Dios, y puesto que el dedo es de la mano, razonablemente se dice no solo del Padre, sino también del Hijo, que es la diestra del Padre. Pero no a la inversa el Hijo del Espíritu; pues tampoco se diría que la mano es del dedo. Por tanto, tampoco por estas razones era conveniente proclamar al Hijo o al Espíritu en lugar del Padre desde el principio. Pues también Dios era llamado Padre de los hombres, como dijimos; pero se juzgaba imposible e inconsecuente decir que Dios es nuestro Hijo o Espíritu. Por eso, al ser proclamado Padre, debido al uso habitual, indicaba y señalaba entonces a la mayoría una sola persona; pero si se hubiera proclamado al Hijo o al Espíritu, se habría admitido totalmente la dualidad de las hipóstasis; pues quien oía« Hijo» se remontaba inmediatamente al Padre. Y el Espíritu de igual modo; pues donde había espíritu, la mente buscaba, para aquellos cuya enfermedad era el politeísmo, lo que tomaban de la teología salvífica como algo incurable. Además de lo dicho, tampoco era posible, al igual que con el Hijo y el Espíritu, que también el
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del Padre fuera encubierto con sabios métodos. Pues el Espíritu de Dios, al ser llamado diestra, sabiduría y fuerza, sabe evitar el mal nombre del politeísmo; pues pasa inadvertido para la mayoría que conlleva una diferencia de personas; pero al ser proclamado Padre de Dios, ya sea que tomes al engendrado o al que procede, ya no habría forma de pasar inadvertido lo que introduce la diferencia de las hipóstasis, ni de ofrecer el remedio a quienes padecen el politeísmo. Por lo demás, ni siquiera si el Padre, a la inversa, fuera llamado mano del Hijo o del Espíritu, podría ocultarse a sí mismo y encubrir la dualidad de las personas; por no decir que nadie supondría que lo dicho tiene sentido o naturaleza para ser siquiera pronunciado.¿ Por qué, pues, la Trinidad no fue proclamada toda a la vez? Porque, al igual que la luz brillante es, para quienes tienen los ojos enfermos, aunque sea salvífica, sumamente dañina si es repentina, así también la teología trinitaria era dañina y perjudicial para quienes estaban cegados por el politeísmo. Pero estas cosas, para el autor amante de Dios, son trabajadas en el séptimo discurso en tres capítulos, que siguen al número veinte. Y su capítulo trigésimo expone cómo el primer sismo se convirtió en fundamento para el segundo, y no solo fue útil para los que estaban bajo Moisés al proclamar a Dios como Padre, sino también para los que están en la gracia. Pues a partir de que permitió que Dios fuera considerado Padre de los hombres, cada uno de los que se adherían genuinamente a Dios era llamado razonablemente hijo de Dios; y a partir de esto se abre la puerta y el camino para la economía a través de la carne. Por eso, el segundo sismo, al proclamar al Hijo, como si la voz ya fuera habitual incluso al aplicarse a simples hombres, no perturbaba tanto a los que escuchaban, al haber suavizado sus oídos mediante el uso del primer testamento, y ya no estaban tan enfurecidos ante la voz como lo habrían estado si no se hubiera vuelto habitual para ellos desde el Antiguo Testamento. Y así como en la administración legal el hecho de que el Hijo o el Espíritu fueran proclamados abiertamente, por las razones que dijimos antes, parecía dañino para quienes aún llevaban en sí las cicatrices de la herida politeísta, así también era imposible que el Padre o el Espíritu se encarnaran y, al mismo tiempo, se ensombrecieran y cobraran fuerza para pasar inadvertidos, de la manera en que ocurrió con el Hijo. Pues si, siendo la denominación del Hijo común y trillada, aun así, al tomar carne, el Hijo decía que era Hijo de Dios, lo cual era, y se enfurecieron hasta el punto de empujarlo a precipicios, golpearlo con bofetadas y, finalmente, colgarlo en una cruz,¿ qué no habrían hecho ellos mismos y los discípulos al ver la forma de siervo, si el encarnado hubiera dicho:« Yo soy el Padre o el Espíritu Santo»? De modo que todo lo de la economía se llevó a cabo de manera digna de Dios y por encima de la razón y el pensamiento, y realizó la salvación de los hombres. Sin embargo, al principio el Verbo no se encarnó, y por otras razones, y porque no convenía aplicar de inmediato el mayor de los remedios a los enfermos, sino aplicar los que tienen fuerza para disminuir la enfermedad poco a poco. Además, también porque, al encarnarse al principio, el Verbo no solo no proporcionaba la misma utilidad que al llegar al final, sino que incluso se consideraba más bien como un estímulo para la idolatría de los paganos. Pues si, cuando llegaron los hijos de los helenos, elevaban fácilmente a los hombres de pasiones semejantes a la dignidad de dios,¿ cómo, al saber que el Verbo aparecía en carne y era cantado como Dios, no habrían extraído de allí los ejemplos de los dioses inventados por ellos, y no habrían reprochado fácilmente a quienes estaban a punto de apartarlos del error, que ellos mismos, los que acusaban, cantaban y adoraban a un hombre como dios? Por eso, entonces, cuando los helenos divinizaban a hombres, se proclamaba la mónada del Padre. Por tanto, era necesario que aquello cesara primero, era necesario que fuera abolido mediante la proclamación que proclamaba solo al Padre; y luego, una vez que el error que divinizaba fuera entregado al olvido, que el verdadero Dios fuera manifestado en carne. Así, pues, es el razonamiento sobre la encarnación del Verbo en la plenitud de los tiempos. Y así como el primer sismo sanó el politeísmo mediante lo contrario, ocultando la diferencia de las
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hipóstasis, así también en los últimos tiempos, habiéndose fortalecido la gloria judía en una sola persona por ley y por tiempo, y habiendo eliminado el politeísmo, el Hijo entonces, de manera digna de Dios y filantrópica, toma carne y revela poco a poco el misterio de la Trinidad. Y añade a esto cómo el Salvador, con suma sabiduría, se humillaba en las palabras y contraía el resplandor de la divinidad, pero en las obras hacía que este brillara, y a través de ellas se complacía en proclamar la dignidad de la fuerza omnipotente. Por eso decía:« Las palabras que yo hablo, no las hablo de mí mismo, sino el Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creedme por las obras mismas». Y por estas dos razones se recurría a la humildad de las palabras: una, para calmar la envidia de los judíos que ardía, y segunda, para trazarnos también a nosotros un modelo de humildad con la obra, y tercera, porque el resplandor de las palabras no hace necesariamente que las cosas resplandezcan al mismo tiempo, mientras que la demostración sobrenatural y digna de Dios de las obras eleva también la pequeñez de las palabras. Aquí también desarrolla el sentido de cierto pasaje evangélico que dice:«¿ Qué es más fácil decir: tus pecados te son perdonados, o levántate y anda?». Y dice que es más fácil lo primero, porque el« te son perdonados» no tiene la pronunciación de las palabras como si se pronunciara desde una autoridad propia y un mandato( pues nada impide que incluso quien no es señor del perdón lo anuncie), mientras que el« levántate y anda» depende totalmente de un mandato señorial; y además, porque el« levántate y anda», al llevar la autoridad demostrada por las obras, también incluía el perdón. Pues quien dio la gracia de caminar, es evidente que también devolvía el perdón de las faltas por las que estaba retenido por la enfermedad. Es propio de un Señor filántropo tanto dejar caer el azote sobre los que pecan, como liberar al golpeado de la herida junto con la falta. Y sabiendo que la obra certificaba también el perdón de los pecados y demostraba la señoría del que perdona, añade:« Para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad...» y lo que sigue. Era necesario que el misterio de la encarnación del Verbo fuera ensombrecido tanto para que fuera aceptable para los oyentes, como para que pasara inadvertido para el príncipe de las tinieblas. Pues dice el portador de Dios, Ignacio, que tres cosas pasaron inadvertidas para el príncipe de este siglo: la virginidad de María, la concepción del Señor y la crucifixión. Y dice también el divino Pablo sobre los príncipes de este siglo que, si hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria. Tras decir esto, añade que la Trinidad eterna y supra- arcal es siempre y de la misma manera Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero por encima de lo que pensamos o hablamos. Pues todo lo que decimos o pensamos sobre Dios, lo decimos y pensamos analógicamente a partir de las cosas y palabras que nos son propias. La Trinidad santísima es de igual honor y de igual fuerza, administrando todo para nuestra salvación, y todo lo que somos capaces de teologizar sobre ella, ella misma nos lo concede filantrópicamente de nuevo. Por eso, al principio, como se ha dicho, debido al politeísmo, la Escritura divina, condescendiendo, no como es la Trinidad en naturaleza u orden, sino como nos es aceptable, la entrega proclamando claramente al Padre, luego al Hijo en el segundo sismo, en el cual también recibimos el conocimiento del Espíritu, aunque no el perfecto; pues este llega en el siglo venidero y en el último sismo, cuando toda la Trinidad se nos manifiesta y revela más claramente. Pues aunque tenemos las arras del Espíritu, como testifica el vaso de la elección, no hemos llegado a la perfección del estado espiritual. Pues incluso el nombre mismo de« arras» es símbolo del don perfecto, pero no el don mismo. Y en muchos lugares alaba al Espíritu como arras de la herencia venidera y primicia de los bienes eternos, de modo que recibiremos la perfección del Espíritu después de la redención
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del cuerpo. Y puesto que el llamado Padre e Hijo en el género humano aparece y se conoce por la comunión del matrimonio, por eso las Escrituras entregan que los dos sismos de la vida presente, el primero pertenece al Padre y el segundo al Hijo. De nuevo, puesto que el Espíritu supera también la rudeza de los cuerpos entre nosotros, razonablemente la vida que surge y resplandece cuando los matrimonios han cesado( esta sería la de la resurrección; pues en la resurrección ni se casan ni se dan en casamiento) se asignaría apropiadamente al Espíritu. Era necesario que en la vida en la que los padres engendran hijos, se conociera a Dios y Padre como antepuesto al Hijo, no porque la Trinidad exija orden(¿ pues dónde hay orden donde la igualdad es invariable?), sino porque a través del orden en ella por economía, exhorta a que los padres sean honrados por los hijos. Y la sagrada Escritura, al elevar también la dignidad del Espíritu, nombra a toda la Trinidad con la voz del Espíritu, como« Dios es Espíritu», y« los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad», y« todo pecado será perdonado a los hombres, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no le será perdonado», lo cual, entendido sobre toda la divinidad, sería conforme al propósito antes dicho. Y el conocimiento en espejo y en enigma de la divinidad sobrenatural en la Trinidad se nos restaura hacia la perfección a través del Espíritu en el siglo venidero; pues también este se refiere al Espíritu santísimo, al igual que los dos sismos anteriores, uno al Padre y otro al Hijo. Y es evidente que el primer sismo en orden es el último en dignidad y en magnitud de utilidad; pues es claro que la gracia es mucho mayor y más provechosa que la ley. Pero también el segundo es menor que el tercero, si es que ahora vemos en espejo y en enigma, pero entonces cara a cara. Por eso también:« Cuando llegue lo perfecto, lo que es en parte será abolido». Y observa el equilibrio sapientísimo e inamovible de la providencia teúrgica. El Padre parecía a los antiguos tener lo mayor, el Hijo de nuevo, según la nueva, para algunos lo menor, pero para la mayoría lo igual; y el Espíritu Santo para la mayoría lo menor, pero para pocos lo igual. Para que, pues, la desigualdad que provenía de la suposición de los hombres fuera llevada a la igualdad, el primer sismo, que estaba asignado al Padre, tuvo lo menor, el segundo, que era para el Hijo, lo mayor de aquel, y el del Espíritu superior a ambos. Y mira claramente cómo la desigualdad en las opiniones de los hombres fue reducida a una igualdad inamovible y maravillosa a través de la desigualdad de los tres tiempos, habiendo recibido como un resplandor y una iluminación de la tearquía trinitaria. Que el orden en la Trinidad apunta a la economía de la mayoría, pero no brota de aquella naturaleza sobrenatural e inefable, lo enseña el místico de los secretos, quien también tuvo una iniciación inspirada por Dios para anteponer a veces al Hijo y al Espíritu al Padre:« Hay repartimientos de dones, y el mismo Espíritu», dice;« y repartimientos de ministerios, y el mismo Señor; y repartimientos de operaciones, y el mismo Dios». Y a los Gálatas:« Pablo, apóstol, no de hombres ni por hombres, sino por Jesucristo y Dios Padre». De modo que el anteponerse y el subordinarse los nombres de la Trinidad teárquica, que supera todo orden y toda razón, no preserva ningún orden natural, sino que se administra y diversifica para la salvación de los oyentes. Estas cosas, pues, el ilustre y ardiente amante de las enseñanzas divinas, habiéndolas trabajado, las trató según el capítulo treinta y uno y treinta y dos. En el capítulo siguiente pone las causas por las que el Antiguo y el Nuevo Testamento se diversifican con lo difícil de captar y difícil de interpretar, aunque más el Antiguo, y menos los de la gracia. Y sobre la letra mosaica dice que, puesto que era tipo y sombra de los bienes venideros, razonablemente, como en sombra y tipo, presenta también las palabras mismas y la composición de las palabras, mediante las cuales prevalece la oscuridad. Sin embargo, según las dobles tablas de la legislación, proporciona también una doble necesidad
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a quienes han elevado la mente, el resplandor que brilla desde dentro, el del Espíritu, y a los más rudos, guiándolos con la representación en sombra de la letra. Estaban ocultos los bienes venideros, de los cuales el conocimiento de la Trinidad es el capítulo, por las causas que hemos dado muchas veces, digo, tanto por la debilidad de los oyentes como para que pasara inadvertido para el príncipe de las tinieblas, y tercero, para que el politeísmo fuera eliminado por completo del medio, sin que quedara ningún pretexto para el error a los extraviados y más ignorantes por el hecho de que la Trinidad fuera proclamada claramente y sin encubrimientos. Y las sagradas Escrituras se parecen a una tierra aurífera, que no a todos ni a cualquiera, sino a quienes extraen con esfuerzo y conocimiento, proporciona tanto el oro probado como la ganancia de los trabajos mayor. Así pues, como no se libra de la pobreza quien toca la arena metálica por adorno, por juego o por burla, sin esforzarse ni rastrear lo que está oculto por ella, así no se libraría de la ignorancia ni de la acusación que tienen los perezosos quien se aferra solo a la letra, sin investigar el tesoro que hay en ella ni recoger la ganancia de los sentidos en la profundidad. Y, sin embargo, el hecho mismo de que los sentidos divinos estén ocultos testifica que son lo más valioso y elevado, e incita más el deseo de búsqueda en las almas que, antes de la pereza, llevan por delante lo amante de Dios y lo amante del trabajo. Y el carácter malvado y audaz de los judíos respecto a lo inaudaz de la oscuridad en el Antiguo Testamento es la causa; pues para que no corten y desaparezcan los testimonios sobre Cristo que tienen lo evidente y manifiesto de las Escrituras, por eso se presentan estas cosas junto con lo ensombrecido. Y tercero, porque el pueblo de los judíos, siendo negligente y despreciador de los mandamientos divinos, para que no aprendieran claramente que todas las cosas de la ley fluirían, y que lo que es valioso y buscado entre ellos se trasladaría a otra administración, y a partir de tal conocimiento manifiesto fueran llevados más hacia el desprecio de los mandamientos(¿ pues qué necesidad tengo de amar lo que dentro de poco será disuelto y de lo que no dentro de poco es lo insensato?), por eso estas cosas están encubiertas con la oscuridad y lo difícil de captar. Pues si incluso sin pretexto se apartaron diez mil veces de los mandamientos de Dios, sin haber conocido su traslado ni que tienen lo imperfecto, ni que son tipos y sombras de otras administraciones,¿ qué no habrían hecho si hubieran aprendido claramente de ellas mismas su propia disolución y cambio? Por lo demás, también la ley prevalece en todas partes en la enseñanza, que para los que apenas se inician, las cosas más perfectas se encubran hasta el tiempo de la perfección, y que con enseñanzas introductorias se prepare al discípulo para la comprensión de las más perfectas. Además de lo dicho, también vemos que la naturaleza es gobernada así y regula sus propias obras. Pues los primeros brotes y las semillas no muestran manifiestamente la forma perfecta en sí mismos, sino que llevan los principios ocultos en ellos, como el grano no es espiga, pero oculta en sí el principio de la espiga; y en los demás frutos y semillas se reconoce el mismo orden de la naturaleza. Tal es el principio que la ley preserva respecto a la gracia; pues lo que la gracia perfeccionó, son los cultivos de las semillas legales de la siembra. Por qué causas, pues, la legislación mosaica se ocultó en la oscuridad, se ha dicho moderadamente. Y también lo oscuro de la gracia y lo que no es evidente para todos tiene como causa lo recién catequizado de los oyentes y la debilidad de la mente. Por eso también el vaso de la elección dice:« Os di a beber leche y no alimento sólido; pues aún no podíais». Y así como todo alimento inadecuado es dañino para quien participa, así también el conocimiento, aunque sea lo más verdadero lo que presenta, es inconveniente para los imperfectos. Pues si bien la nueva explica el misterio de la piedad más claramente que la antigua, sin embargo, como quien tiene el principio y la semilla, también ella, respecto a la administración que ya se está renovando, no revela de inmediato a los iniciados, sino según
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el progreso, las cosas perfectas. Además, también para los perros, es decir, para los que se oponen y ladran, no arrojar precipitadamente y sin filosofía las cosas santas, ni las perlas delante de los cerdos, para quienes la vida es el fango de los placeres, es un mandato señorial que dirige la enseñanza. Sin lo dicho, también el rito santificador se llama misterio, y el misterio no es común ni accesible a los profanos. Además, también las cosas santas están rodeadas intelectualmente por los Serafines y Querubines, y materialmente por velos, alas, puertas y cerrojos. Así, pues, es necesario que también nuestra sagrada Escritura esté encubierta para los profanos, para que las cosas santas no sean ultrajadas, y revelada para los iniciados y fieles. Por lo demás, también si lo que se obtiene más fácilmente no es tan deseable como lo que se obtiene con esfuerzo, razonablemente la sagrada Escritura oculta el tesoro a los perezosos y lo concede a los que se esfuerzan. Pero también con sudores todo lo valioso y la virtud llega a la posesión y al disfrute, mientras que la malicia es más fácil y está al alcance de todos. Y lo que se logra con esfuerzo es más deseado; lo que se recibe fácilmente, también se pierde fácilmente y es arrastrado más hacia lo despreciado en lugar de ser deseado. Por eso también Adán, al ser considerado digno de la conversación divina sin luchas ni trabajos, se deslizó fácilmente de los otros bienes de los que disfrutaba. Y puesto que se preparó para sí mismo la vida sin dolor y sin trabajo como precursora de un abismo, el sapientísimo médico sana la enfermedad con remedios contrarios, estableciendo la ley de comer el pan corporal con el sudor del rostro, y a cuantos el amor espiritual les sirve la mesa espiritual. Sin lo dicho, si la comprensión de la teoría según la Escritura fuera de todos y sin trabajos,¿ dónde estarían los premios de los que velan en ella y se esfuerzan?¿ O quién se adheriría a su esfuerzo, no teniendo nada menos los que la tocan perezosamente? De modo que, por lo dicho, resultó justo y a la vez provechoso que los sentidos no estuvieran más desplegados ni arrojados sin vigilancia, ni que estuvieran expuestos como comunes a todos, incluso a los indignos de la Escritura. Sin embargo, aparte de lo dicho, de los que se esfuerzan y son dignos del don espiritual según el conocimiento, nadie podría culpar a la Escritura de su oscuridad. Pero el perezoso y el que está postrado,¿ por qué habría de molestarse al no comprender? Pues si considera que el conocimiento de las cosas divinas es digno de esfuerzo,¿ por qué no se esfuerza por las cosas valiosas? Y si no proporciona nada necesario para la virtud,¿ por qué se molesta si no sufre ningún daño?¿ Y qué daño sufriría alguien de la oscuridad al buscar aprender el sentido? Pues es, es posible para los que quieren aprender lo que buscan sin dificultad. Pues los trabajos de muchos hombres santos despliegan y extienden las palabras divinas, en las cuales quien elige habitar no fracasará en su propósito. Pero quien no elige, es evidente que, aunque fueran más claras que todas, no llegaría a su conocimiento. Que lo dicho es verdad, hay quienes ni siquiera conocen simplemente los nombres de las epístolas apostólicas, ni de los profetas o de los otros libros sagrados, tanto los de la antigua como los de la gracia, ni saben pronunciar el catálogo mismo con la voz. Y, sin embargo,¿ qué hay oscuro, qué hay difícil, qué hay arduo en saber un catálogo de nombres?¿ Y qué estudio requiere? Pero para los que no quieren, estas cosas permanecen no menos desconocidas que las de los enigmas. De modo que la oscuridad de los logia no es la causa de la ignorancia de la mayoría, sino que el descuido y la pereza de estos hicieron que ignoraran incluso las cosas más claras de todas. Entre tales personas, lo oscuro no difiere en nada de lo claro, como se ha demostrado; pero a los estudiosos, la oscuridad, además de proporcionar la ganancia propia sin mercadeo, los muestra sabios y estudiosos de la virtud. Además, quien es digno de ser iluminado en el sentido de la sagrada Escritura, si busca la gloria humana, es justamente expulsado de los vestíbulos de la sabiduría divina. Pero si es por causa de la virtud y de la recompensa de arriba, cuanto a través de los trabajos
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y esta[ la vida] se acerca con sudores, de tal modo que el disfrute de la recompensa resulta indudable para los atletas. Pero, en verdad, esto es también providencia de una sabiduría inefable. Pues Dios, al extirpar desde el principio la queja, nos da en el paraíso un deleite sin sufrimientos. Pero tras haber demostrado, mediante lo que hicimos, que una vida sin fatigas ni sufrimientos es desventajosa para los hombres, mezcló en la vida, como una especie de medicina para los trabajos y las fatigas, la pesadez, proponiéndonos este estadio y palestra, y siendo causa de gran ganancia y de premios.
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En estos se completa el capítulo treinta y tres y el séptimo discurso del autor. El octavo aborda la lucha sobre dos cuestiones, de las cuales una es para él la resolución de una aporía que encierra un afán no falto de elegancia. Sostiene que esta es un vástago de una construcción argumentativa mediante la cual se establece que Dios tiene un Hijo. Y que el padre de esta construcción es Gregorio de Nisa. El argumento dice que quien admite que Dios no es irracional, consiente necesariamente que posee razón; y la razón de lo inmaculado es inmaculada; y la razón inmaculada, por la cual concebimos al Hijo, no podría ser otra cosa. Tal es, pues, la argumentación sobre la necesidad de que Dios tenga un Hijo; luego introduce a uno de los amigos que presenta una contraargumentación a esta, a quien también alaba como muy valioso. La contraargumentación es que nada impide tratar lo mismo respecto al Hijo y respecto al Espíritu( pues cada uno de ellos es Dios), y así, el misterio, en lo que respecta al argumento, no avanzará hacia una tríada, sino hacia una miríada de hipóstasis. Esta contraargumentación, siendo aguda y compleja, intenta refutarla con diversos argumentos, aunque, al menos según mi parecer, no alcanza la precisión. Y eso que suda mucho en este empeño; pues extiende el esfuerzo hasta el decimotercer argumento. Pero para quienes honran la piedad, algunas de las cosas dichas en ellos no carecen de aptitud; mas para un hombre que combate, no solo no aporta nada persuasivo hacia la piedad, sino que incluso da motivos para la risa. Y alguien podría decir, quizás, con un discurso conciso y directo a quien se enorgullece de la contraargumentación, que si alguien propone al Padre y luego pregunta sobre él si es irracional o racional, y a partir de ahí construye que al Padre debe añadírsele un Hijo, la curiosidad de la contraargumentación quizás tenga paso y fuerza. Pero si no hace esto( pues ni es necesario, ni el admirable Gregorio presentó así el argumento), sino que, al proponerse el mismo Dios, que es nombre común e indivisible de las hipóstasis teárquicas, pregunta sobre él mismo por la razón o lo generativo, o si quieres también lo que infunde aliento, este construirá el misterio de la tríada, pero no dará lugar a quien quiera curiosear sobre la construcción. Pues¿ dónde es igual o cercano a lo igual tomar una sola hipóstasis en lugar de la divinidad total, y sobre esta indagar lo que era correcto teologizar sobre la totalidad de la divinidad? Pues a quien se deja llevar así a la irracionalidad, nada le impide, incluso sin ninguna reflexión, desvariar directamente, diciendo que, puesto que Dios está en una tríada, es necesario que cada uno de la tríada se multiplique en otra tríada. Pero contra tal desatino, creo, ningún argumento sensato se volvería. Pero, en verdad, la resolución de la contraargumentación sería algo así, y cuantas otras se dirigen a lo mismo. Tal es, pues, el primer capítulo del séptimo libro.
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El segundo investiga por qué, procediendo el Hijo y el Espíritu por igual del Padre, uno es llamado Hijo y el otro Espíritu, y no conservan ambos la denominación de filiación, así como tampoco la relación. Y tras haber planteado la duda, añade la resolución: que la teología, al escribir sobre lo genuino y de igual honor en la tríada a partir de lo que conocemos de la naturaleza divina, mediante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sometió el nombre inefable e innombrable de la divinidad a denominaciones familiares y cercanas a nosotros. Y puesto que es habitual y apropiado decir generación respecto a los hijos entre nosotros, y procesión respecto al espíritu( pues dice:" El espíritu que camina y no vuelve", y" saldrá su espíritu", y" que un espíritu pasó por él y no existirá"), puesto que en el género humano aplicamos la generación al hijo y la procesión al espíritu, análogamente, respecto a la naturaleza inefable y sobrenatural, hemos sido iniciados en que el Hijo ha sido engendrado y que el Espíritu procede de manera divina. Por esto también el Espíritu Santo ha sido llamado espíritu del Padre y del Hijo, puesto que entre nosotros también se dice espíritu de cada uno de ellos, pero el Padre o el Hijo ya no se dicen del Espíritu; pues tampoco entre nosotros. Que lo divino es por su propia naturaleza inefable e inconcebible, toda noción común lo confiesa, y en muchos lugares de la Sagrada Escritura se proclama, y casi todo el coro de nuestros sabios padres lo atestigua, cuyas voces, como no siendo oscuras, no es necesario señalar. Esto expone en el octavo discurso.
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En el noveno, tras una cierta elaboración de un proemio en el que dice que Jesús, hijo de Navé, preguntando al jefe del ejército:"¿ Eres de los nuestros o de los adversarios?", no hace la pregunta sobre si es alguno de los enemigos sensibles, sino de los inteligibles. Pues muchas cosas le enseñaban que no era de la formación de aquellos, pero tampoco de su propio ejército; tanto por lo repentino de la presencia, como por el hecho de que ninguno de los enemigos se atrevía ni a pasar por medio del campamento enemigo ni a ponerse a la vista del general, y además porque quien se atrevió a esto no hizo nada hostil en absoluto. Por otra parte, tampoco era propio del más sabio de los generales no conocer qué tipo de figura y constitución tienen los de la misma raza, y cuál la de otra raza, sino que sabía que la visión presente era uno de los espíritus intelectivos, pero buscaba aprender si lo que aparecía era de la fuerza contraria o de la que protegía a Israel. Respecto al proemio, pues, trata sobre esto; después de esto busca cómo podrían concederse ambas cosas: que nosotros alcancemos un don superior a la dignidad angélica, y que seamos vistos como iguales a los ángeles en la resurrección. Y resuelve la cuestión, primero, diciendo que nada impide que lo mismo, bajo un aspecto, disfrute de un honor mayor, y bajo otro, sea de una suerte inferior. Pues en cuanto que el Señor, al tomar nuestra masa, la unió a sí mismo, y tras elevarla por encima de todo principado y potestad, la hizo sentar a la derecha del Padre, es evidente que nuestra naturaleza ha sido preferida a la dignidad angélica. Y en cuanto que fue dada a conocer a los principados y potestades en los lugares celestiales mediante la Iglesia, que es el pueblo que ha creído en Cristo, la multiforme sabiduría de Dios que mostró en Cristo Jesús, también bajo este aspecto nuestro género obtuvo la primacía. Tercero, que nosotros nos hemos sentido honrados con el disfrute de aquellas cosas en las que los ángeles desean mirar. Y en cuanto que, habiendo caído ambos, tanto Adán como el orden angélico, tomó la naturaleza de uno y la salvó, mientras que la de los otros no, de ahí es evidente que nuestra naturaleza ha sido considerada digna de mayor honor. Y el que en la resurrección los hombres sean como ángeles no enseña una igualdad de honor de cada género, sino que atestigua una conducta de igual modo; pues entonces, al igual que los ángeles, tampoco el género humano necesitará matrimonio ni unión corporal. Además, nada impide que los hombres, siendo iguales a los ángeles o un poco inferiores a ellos, disfruten de un don mayor, cuando ellos, habiendo obtenido una naturaleza incorpórea y habiendo desertado de su propia gloria y dignidad, mantienen la caída sin arrepentimiento, mientras que nosotros, habiendo recibido lo inferior a ellos desde la misma creación debido a la unión con el cuerpo, y luego habiendo resbalado del mandamiento, no amamos permanecer en la caída, sino que mediante el arrepentimiento nos apresuramos a alcanzar la suerte de aquellos que cayeron, y, por exceso de honor, recibimos en herencia el cielo y el reino de Dios en lugar del paraíso. Tras resolver con esto lo buscado, procede al desarrollo de la parábola que introduce al hijo menor y pródigo y al mayor junto al padre, y dispone lo relativo a ellos. Y dice que el hijo mayor ejemplifica a las potencias angélicas( pues estas llevan la primacía sobre nuestro género en tiempo y modo), el pródigo al género humano, y el padre al creador y señor de todos. Y el que el hijo mayor se indigne por la llamada y acogida del menor, no es que esto sea de la opinión o disposición angélica, sino que la parábola representa esto, mostrando la magnitud del beneficio, que el hijo pródigo disfrutó de tal honor después de tal prodigalidad, que incluso el mismo orden de los ángeles, si hubiera estado en la naturaleza de ellos el envidiar, se habría indignado y no habría considerado soportable el exceso del honor. Pues¿ dónde es igual que los mismos se alegren por un pecador que se arrepiente, y envidien, a su vez, al que es considerado digno de las entrañas paternas? Pero, en verdad, tal es la elaboración de las parábolas; pues no tratan solo de los hechos ocurridos o que ocurrirán, sino también de lo que alguien, al entretejer, mostrará de manera más evidente lo asombroso, o lo placentero, o lo consecuente, o simplemente lo útil. Y también refiere la parábola de las cien ovejas tanto a los ángeles como a la naturaleza humana. Menciona sobre la parábola del pródigo y otros desarrollos, de los cuales prefiere el mencionado a todos, consolidándolo con muchos argumentos. Pero esto es lo que se esfuerza el capítulo séptimo y trigésimo.
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El trigésimo octavo investiga cómo se dice que Cristo murió por todos, muchas generaciones después de que el género de innumerables hombres naciera y descendiera a la muerte por la economía realizada según el Salvador. Y resuelve la cuestión diciendo que la Escritura atestigua en muchos lugares que, de la misma manera que para los que vivían entonces, también para los que estaban en el Hades llegó la redención mediante Cristo. Pues dice el corifeo de los discípulos:" Pues para esto murió y resucitó, para que señoree tanto a muertos como a vivos". Y de nuevo:" Fue y predicó a los espíritus encarcelados, para que sean juzgados en carne, pero vivan en espíritu", es decir, cómo los infieles y que por esto han permanecido pecadores sean condenados, al haber llegado a ser completamente carne y haber sido separados del espíritu, mientras que cuantos, incluso en el Hades, han creído en la justicia de Cristo, disfruten de la alegría espiritual. Por tanto, dice que" para que sean juzgados en carne" se ha dicho sobre los que no creyeron, y" vivan en espíritu" sobre los que han creído. Y presenta el argumento como ofreciendo la apariencia de uno solo, porque aunque sea diferente cada parte, la de los que han creído y la de los que no han creído, sin embargo, se recapitula en uno solo el orden de los que están bajo tierra. Así, pues, también sobre un solo cuerpo podemos decir que padece lo mismo y que está sano, según una parte y otra del cuerpo. Y así como decimos que tal persona es juzgada y castigada por el fuego, así dice también la Sagrada Escritura:" Para que sean juzgados en carne". Pues el mayor castigo, y sobre todo en el tiempo de la resurrección, cuando los justos disfrutan del deleite que está por encima del hombre y viven en espíritu, es que entonces la multitud de los pecadores, separada de toda gracia espiritual y en carne desnuda, consuma y desgaste la vida por los siglos. Sin embargo, es posible dar otra aclaración del dicho. Dice el divino Pablo:" De quien su obra sea quemada, sufrirá pérdida, pero él mismo se salvará, aunque así como a través del fuego; y la obra de cada uno, cual sea, el fuego mismo la probará". Y para que nadie piense que, al igual que el pecado, también el que pecó es quemado y va hacia la desaparición, añade que, aunque las obras sean quemadas y desaparezcan, el mismo autor del pecado no desaparecerá con ellas, sino que se salvará, es decir, permanecerá conservado en el castigo continuo. Y para que el" se salvará" no parezca decir a los que sostienen doctrinas heréticas que, al consumirse el pecado, cada uno de los pecadores pasará al coro de los justos y de los que se salvan, cesando el castigo y proponiéndose el disfrute común para todos, después de" se salvará" añade, refutando manifiestamente la opinión de ellos:" Aunque así como a través del fuego", es decir, no siendo liberado del tormento a través del fuego. Es, por tanto, parecido lo que se ha dicho sobre los que en el Hades no creyeron en Cristo; pues quiere significar con" para que sean juzgados en carne" y lo siguiente, que ellos sean juzgados tales como es natural que sea juzgada la carne, pero que vivan, sin embargo, no como carne que se corrompe y se disuelve por la pesadez de los castigos, sino retenidos por la fuerza indestructible del Espíritu divino, y pasando la vida interminable y penosa, incorruptibles en un castigo incorruptible. Pero la aclaración del dicho es como un inciso. El objetivo era mostrar que tanto por los vivos como por los que hace tiempo murieron desde Adán, nuestro común Señor y Salvador sufrió la muerte, y mediante ella la salvación es predicada y otorgada a todos. Pero mediante lo que se prepara para él el objetivo propuesto, se ha dicho el primero de los argumentos. Segundo, dice que si la resurrección procura los salarios y coronas por la virtud, y la cruz la resurrección, y sin ella no es posible que ninguno de ellos alcance los bienes, es evidente que Cristo se entregó a la muerte por la salvación de todos nosotros. Tras decir esto, razona y desarrolla la voz del Señor que dice:" No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento". Y dice que el Salvador no pronunció esto dividiendo la multitud de los hombres en pecadores y justos. Pues tal pensamiento lucha tanto contra la Escritura inspirada por Dios como contra la misma naturaleza de las cosas. Pues, en primer lugar, el común Salvador llamaba y daba a disfrutar de la salvación a todos, y no a unos sí y a otros no, sino que también hacía común la enseñanza. Y el que el evangelio fuera predicado en todo el mundo derriba la distinción de los pecadores de los justos. Y Pablo dice:" Todos somos uno en Cristo". Y la parábola de la red predica lo común de los que son capturados para la pesca; pues ni aquella caza a unos y a otros no los persigue, sino que captura juntos todos los que caen en ella. Y el lienzo que fue mostrado a Pedro describe la llamada común de todos, pero no solo de los impuros, y de los puros ya no. Y el fin de la ley es Cristo para justicia a todo el que cree, no solo a los pecadores. Pero también él mismo dice de nuevo que predica a los llamados, tanto judíos como griegos, a Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios. Pero, de nuevo,¿ cómo no parecerá luchar con" no vayáis al camino de los gentiles, y no entréis en ciudad de samaritanos, sino id a las ovejas perdidas de la casa de Israel"? Pues por mucho que se hubieran perdido las ovejas, ciertamente estaban más cerca de la justicia y la virtud que los samaritanos y griegos.¿ Y cómo también atestiguó que primero debían saciarse los hijos, y que lo sobrante se dejara a los perrillos? Pero también ordenando a los discípulos:" En cualquier ciudad o aldea que entréis, examinad quién es en ella digno, no quién es pecador, y quedaos allí hasta que salgáis de allí". Lo cual, sabiendo también la vendedora de púrpura, decía a los que estaban con Bernabé y Pablo:" Si me habéis juzgado fiel al Señor, quedaos conmigo". Y el decir a los apóstoles, que eran cánones de virtud:" A vosotros os es dado conocer los misterios, a aquellos no les es dado", evidentemente a los indignos. A todos estos dichos, pues,¿ cómo no se opondrá brillantemente el" no he venido a llamar a justos, sino a pecadores", si alguien, dividiendo al hombre en el orden de pecadores y justos, entiende así el sentido del dicho? Además, si no llamó a los justos, y los pecadores no se acercan(" Pues todo el que hace lo malo odia la luz y no viene a la luz, y el hombre malvado saca lo malo del mal tesoro de su corazón, y cuántas veces quise reunir a tus hijos, y no quisiste"), si, pues, no llamó a los justos, y los pecadores han honrado el apartarse de acercarse, como se ha dicho,¿ a quiénes se predicó la predicación? Tú, por tu parte, observa también a partir de las mismas cosas. Era necesario que una madre de Dios naciera en la tierra; llamó a la que superó a todas en todas las virtudes. Era necesario nombrar un padre y hermanos en la tierra al que no tiene padre; no eligió a estos de entre los ladrones y prostitutas, sino a los que resplandecían en justicia. Pues tal era José y los hijos de este. Y Santiago, hasta qué altura de virtud ascendió y qué opinión proporcionaba al pueblo de los judíos, también la llamada lo proclama; pues la multitud lo llamaba Oblias por la magnitud de la virtud y la franqueza ante lo divino, es decir, contención y protección del pueblo. De nuevo, era necesario que un precursor se adelantara al discurso; el mayor de los profetas y de todos los hombres se adelanta. Era necesario presentar un testigo de su gloria; llamó a Simeón y a Ana. Era necesario tomar discípulos; establece a los mejores elegidos;" Pues sé", dice," a quiénes elegí". Era necesario resucitar al muerto en Betania, a Lázaro; pero de una casa piadosa en la que estaban Marta y María, a quienes el decreto divino declaró haber elegido la buena parte.¿ Era necesario ser llamados de entre los gentiles? Cornelio es llamado primicia de los otros; cuán grande era en virtud incluso antes del bautismo, lo proclama la sagrada Escritura. Son crucificados dos ladrones; pero uno, siendo agradecido, abre el paraíso, el otro, blasfemando y llevando las marcas indelebles del pecado, es enviado al castigo por la pena. Así, según cada nación y género y peculiaridad de conducta, es posible ver a los que viven más según la virtud, o a los que se afanan en lo contrario, tanto llamados como habiendo corrido y seguido al que llamó. Y si tú dices prostituta y publicano, sabe que también de esas ocupaciones y conductas los que conservan una pequeña chispa de la nobleza humana se acercaron al Salvador que llama, y justamente, frente a la multitud de los que no se acercaron, son considerados y llamados dignos.¿ Dónde, pues, la llamada de los pecadores, cuando se ve que solo aquellos prostitutas y publicanos y ladrones abrazaron la llamada salvadora, quienes, de entre los de su mismo oficio, como en tal profundidad de males, sin embargo, sobresalían en los mejores? Pero tampoco es justo pasar por alto aquello. El orden de las vírgenes comprendía la decena; pero las prudentes disfrutan del tálamo, las necias son expulsadas. Y el que no lleva el vestido de bodas, permaneciendo los otros en su propio orden, él solo es expulsado.¿ Y quiénes son tomados por los ángeles en el último día del juicio para el encuentro del Señor?¿ O es evidente que los justos y no los pecadores?¿ Qué es, pues," no he venido a llamar a justos, sino a pecadores"? Es decir, a todo el género humano, que ha errado la justicia precisa y perfecta, he venido a llamar y a hacer volver a aquella suerte de la que cayeron. Pues si nuestro género tiene diferencia entre sí según la conducta, unos habiendo vivido de manera más extraña, otros de manera más soportable, sin embargo, nadie está sin pecado. Y concuerda con este sentido la misma pronunciación del dicho, pronunciada sin el artículo referencial. Pues si dijera:" No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores", tal vez la sospecha tendría lugar, la que piensa que llamó a los pecadores, pero ya no a los justos; pero el que la voz sea absoluta y haya salido sin referencia, declara completamente errónea la sospecha; esto lo sella también el divino Pablo, diciendo:" Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". Y de nuevo:" Hemos acusado antes a judíos y griegos de que todos están bajo pecado, como está escrito, no hay justo ni siquiera uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; pues todos pecaron y están privados de la gloria de Dios". Y el" el Señor vino a buscar y salvar lo que se había perdido" evidentemente se ha dicho sobre todo el género humano; lo cual también se entiende como complemento de la centena de las ovejas racionales, al igual que la dracma enterrada, siendo una de las diez dracmas. Pues también sobre esta reinó la muerte, según el mismo divino Pablo, no sobre unos sí y otros no, sino desde Adán y hasta Moisés, de los cuales eran Abel y Enós y el resto del coro de los justos y profetas que estaban bajo la ley. De nuevo, el mismo, heraldo y ardiente amante del amor:" A los que aman a Dios", dice," todas las cosas cooperan para el bien, a los que según el propósito son llamados". Luego:" A quienes conoció de antemano y predestinó, y a quienes predestinó, a estos también llamó, y a quienes llamó también justificó y glorificó. Y nos eligió desde la fundación del mundo no solo de entre los judíos sino también de entre los gentiles; y la elección alcanzó, los demás fueron endurecidos. Y que es Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes. Y sería interminable llevar tales cosas a número. Esto, con más afán, este laborioso autor lo ha recorrido y pone fin al capítulo trigésimo octavo.
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En el trigésimo noveno investiga y resuelve la aparente discrepancia en los oráculos sagrados. Pues se pregunta cómo el Señor en su propia patria no podía hacer señales debido a la incredulidad de los que estaban en ella, y de nuevo, ante los que le acusaban de que los discípulos no expulsaron al demonio, refiriendo la causa a los que acusaban, dijo:" Por vuestra incredulidad". Pero su genuino discípulo Pablo dice lo contrario:" Pues las señales", dice," son para los incrédulos, no para los que creen". Y resuelve la aporía diciendo que, con un argumento universal y común, las señales se realizan por los incrédulos, previendo el que hace milagros llevarlos a la persuasión salvadora; sin embargo, que estas se proponen a aquellos que ofrecen la aptitud de la obediencia y acogen el beneficio de ellas. A cuantos de los incrédulos sabemos que se ciegan voluntariamente ante lo sobrenatural de las obras, para ellos la propuesta de las señales es sin providencia y vana. De modo que también a los incrédulos se proponen las señales, y respecto a que no se deban proponer a ellos, es conforme y armonioso: lo uno, porque mediante ellas ganan la salvación, lo otro, porque al hundirse en la profundidad de la perdición, de donde otros recogen gran ganancia, ellos, obrando mal, son arrastrados hacia lo peor. Pero esto es también en este capítulo. En los siguientes, profundizando con una investigación amante de la contemplación, da la razón de por qué no, por los ángeles caídos, al igual que por los hombres, se hizo hombre, así también ángel. Y da la primera causa, que puesto que de toda la naturaleza racional solo el hombre fue unido a carne y materia, y la materia es pronta al deslizamiento, y además, compuesto el hombre de dos naturalezas que luchan, con cada una apresurándose hacia lo propio, el ser vivo suele desgarrarse y dividirse( pues el pensamiento de la carne, como atestigua también el divino Pablo, no se somete a la ley de Dios). Por estas razones, como único de los racionales el hombre, al estar unido a tales cadenas corporales, y luego proponiendo también el arrepentimiento desde sí mismo por el deslizamiento, razonablemente necesita también de una providencia mayor y más grande para levantarlo, y disfruta más abundantemente de la ayuda divina. Y lo que al principio nos declaraba inferiores a los otros racionales, esto el justo juez lo mostró como causa de gran salvación para nosotros, quien también unió al cuerpecito castigando la soberbia, mediante la cual también los rangos de los ángeles, al despeñarse, tuvieron la caída incurable, y luego también puso como causa del beneficio que está por encima de la mente el supuesto vínculo de la materia. Pues¿ qué podría ser mayor y más alto para beneficio, ver nuestra masa establecida a la derecha del Padre y la naturaleza que antes era sediciosa, obediente y pacífica y reconciliada con el Padre de todos? Lo cual, mediante la primicia, el Verbo que tomó esta naturaleza realizó. Esta paz me parece que deja al mundo y mediante los discípulos, como en concepto de arras, diciendo:" La paz mía os doy, y os la dejo, y no como el mundo da la paz". Con los cuales concuerda también el genuino discípulo:" La paz", dice," de Dios, que supera toda mente, guardará vuestros corazones". Y:" Justificados por la fe tenemos paz para con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, mediante quien también hemos tenido el acceso". Pues no se debe entender aquí la paz de las guerras o la paz entre nosotros, sino evidentemente
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Lo que antes no existía, lo crea, y luego lo gobierna y administra; sin embargo, no administra ni gobierna lo que no existe antes de que llegue a ser, para luego crearlo. Afirma que los elementos son engendrados y que, por lo que se observa, se necesitan mutuamente en cada caso; pues lo no engendrado es inmutable y autosuficiente. Pero los elementos se necesitan mutuamente tanto para preservarse como para preservar a los seres vivos que hay en ellos. El cosmos entero es engendrado, compuesto por aquello de lo que se observa su síntesis, constituido por el cielo, la tierra y lo que hay en medio. Pues si, al igual que un ojo o una cabeza respecto al resto del cuerpo, el cielo es lo más valioso de los elementos cósmicos, aun así, al igual que la cabeza y el ojo, aunque sean lo más valioso, padecen lo mismo que el resto del cuerpo; así también el cielo, al ser copadeciente con la tierra, el agua, el aire y todos los seres corruptibles que hay en él, no escapó a la corrupción común. Pero,¿ cómo es posible que lo que es administrado por la génesis sea no engendrado?¿ O cómo es posible que lo que no necesitó de otros para existir haya caído en la necesidad de una administración ajena, y además una que no es buena?¿ Y qué mejor tendrá por el hecho de ser administrado, si le es inherente la condición de no engendrado? Y, sin embargo, toda alteración de una naturaleza no engendrada es corrupción y desajuste de una esencia sin principio.¿ Y cómo soportaron los seres no engendrados ser administrados por la génesis, no para que se les preservara lo no engendrado, sino para ser custodiados? Y si alguien dijera que su alteración es no engendrada, introduce lo más imposible de todo; pues la alteración es una afección que tiene un comienzo, y nadie podría decir que una alteración carece de principio. Y para decirlo brevemente, la sapientísima alteración de los elementos y de los seres vivos y cuerpos que de ellos provienen, así como la variada diferencia de las formas, colores y las demás cualidades, casi grita que no se debe considerar al cosmos ni no engendrado ni automático, ni tampoco carente de providencia, sino que se debe saber claramente y conocer sin vacilación que Dios les ha otorgado tanto el ser como el bienestar. Quizás dirán que las demás cosas son engendradas, pero que solo la naturaleza y posición de los astros es no engendrada. Pero, en primer lugar,¿ de quién era la génesis antes de que estas cosas fueran engendradas?¿ Y quién creó los elementos?¿ O acaso nadie más, sino ellos mismos? Pero lo no engendrado no soportaría una alteración voluntaria; pues a todos les es grato lo que es conforme a la naturaleza, y más aún a la naturaleza no engendrada; ni tampoco padecería algo por parte de otro sin quererlo; pues lo superior es invulnerable, y nada es superior a la esencia no engendrada.¿ Y cómo podrían las cosas que de ninguna manera son, llegar a ser sin quien las haga?¿ Y cómo, al quitarle a Dios esta fuerza, le atribuyen el poder a ellas mismas para surgir de lo que no existe? Y si incluso tuvieron el poder de surgir por sí mismas,¿ por qué no se proporcionaron también el ser administradas desde su propio origen, sino que necesitaron del cuidado de otro? Pues llegar a ser es mucho más difícil que permanecer una vez que se ha llegado a ser.¿ Cómo, pues, lo que era más difícil lo llevó a la práctica, mientras que lo que es fácil no podría tenerlo sin haberlo recibido de otro?¿ Y cómo la génesis administra la tierra, el aire y las demás cosas que no ha creado? Pues es obra de quien ha creado también el administrar, porque solo él conoce la naturaleza de sus propias creaciones, y cómo puede ser dominada, y de dónde podría mezclarse y corromperse. Y si se atrevieran a atribuir también la creación de los elementos al destino, que nos digan qué astro, al entrar en tal signo zodiacal, produjo la tierra, y cuál el aire, el fuego o el agua. Pero no podrían decirlo, aunque se ejerciten en desvariar aún más. Por otra parte, si la génesis no hace lo que hace una sola vez, sino muchas veces las mismas cosas según ciertos periodos de tiempo, que nos muestren muchas totalidades de tierras que han sido engendradas muchas veces, y muchas de aguas, y muchas de mares, a partir de las cuales constituirán cosmos infinitos. Pero, ciertamente, esto es imposible; por tanto, es imposible también que la génesis haya producido una sola vez alguno de los elementos. Y si, pasando de una locura a otra, dijeran que los elementos fueron creados por Dios, pero que son administrados por la génesis, siendo esta misma no engendrada como lo divino, estigmatizarán su propia insensatez más claramente. Pues,¿ por qué lo divino sometió su propia creación a una génesis desordenada?¿ Acaso porque él mismo no posee la sabiduría de proveer?¿ Y quién podría soportar lo blasfemo, y quién lo insensato, de tener el poder de la creación, pero no tener ni siquiera tanta providencia como la que arrebató la desordenada génesis? Y
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un enjambre infinito de absurdos le sigue. Y si, al igual que creó por bondad, así también provee, la invención del destino o de la génesis es superflua y vana.¿ Y cómo es no engendrado el cielo, siendo parte y continente del cosmos compuesto? Pues lo no engendrado no podría ser continente ni lugar de otras cosas, sino que está libre de tales cosas y de todas sus afecciones. Pero incluso a partir de la misma hipótesis que ellos mismos fabrican, es evidente que ni el cielo ni los astros son no engendrados. Pues dicen que unos son benéficos y otros maléficos, y asignan unas casas a unos y otras a otros, en las cuales, al entrar, unos se vuelven malvados, o más aún, habiendo pasado de la bondad a la maldad, mientras que otros, por el contrario, o bien siendo malvados se transformaron hacia la bondad, o bien se hicieron más bondadosos que la bondad anterior.¿ Y cómo podría entenderse en esto lo impasible, lo simple, lo no compuesto, lo no engendrado y otras mil cosas? En los cuales se articula también el segundo discurso y los diez capítulos, que terminan en el vigésimo, habiendo tomado el décimo como principio. En el tercero, intenta, a través del capítulo vigésimo primero y el vigésimo segundo, y también el tercero, vigésimo y vigésimo cuarto, refutar a quienes suponen que el cielo es esférico, aunque las refutaciones no proceden mediante argumentos que tengan fuerza. No quiere conceder la esfericidad al cielo porque cree que el destino se introduce a partir de tal posición. Y, sin embargo, ninguna demostración fuerza esto. Pues, si el cielo fuera esférico, no se sigue necesariamente que el destino se constituya. El capítulo vigésimo quinto y el vigésimo sexto proponen argumentos piadosos, pero que no muestran mucha fuerza para la refutación de la hipótesis propuesta. En el vigésimo séptimo, habiendo propuesto opiniones sobre el cielo y los astros que hay en él, que dice ser de los astrólogos, ni las presenta de manera genuina, ni muestra que las impugnaciones contra ellas sean demostrativas, ni siquiera que procedan mediante lo verosímil. El vigésimo octavo, al oponerse a las mismas opiniones, fracasa igualmente en las demostraciones, aunque no yerra en lo verosímil. En el vigésimo noveno dice cómo, al dividir toda la tierra en partes iguales a los doce signos zodiacales, refieren las partes de la tierra y a quienes habitan en ellas claramente a cada uno de los signos de manera asignada, y que las partes de la tierra están debajo, y cada uno de los signos está encima, montado como una nube sobre la parte asignada de la tierra. Pues, estando el polo celeste en movimiento continuo según ellos, y siendo arrastrados con él los doce signos, es imposible que ocupe siempre la misma parte de la tierra, sino que cada signo, en el curso del polo, pasará por todas las partes de la tierra, girando unas veces hacia el este, otras hacia el oeste, otras hacia el sur con el movimiento celeste, y no apoyándose en una sola. De lo cual resulta que cada uno de los signos ocupa la parte asignada de la tierra no menos que la ajena. Por otra parte, si según ellos la tierra ocupa el lugar de centro y punto respecto al cielo, y cualquiera de los signos es muchas veces mayor que ella tanto en anchura como en longitud,¿ cómo es posible que cada una de las doce partes de la tierra sea igual en porción y se extienda junto a cada uno de los signos y, por ello, tenga afinidad con él? Y eso sin contar que ni siquiera toda la tierra habitada, sino en su mayor parte, es inhabitable para los hombres debido al exceso de calor o de frío, y desde el principio estuvo totalmente delimitada. Y si no dijeran que los signos dominan localmente las partes de la tierra, ni por magnitud corporal según la anchura que tiene, sino que cada uno de los signos se complace naturalmente con cada parte de la tierra, asignan en vano lugares de la tierra a las formas de los signos, a las pinzas de Cáncer ciertas protuberancias y extensiones fuera de la magnitud total, y a los cuernos y patas de Tauro otras similares a la forma de su naturaleza. Además, si cada uno de los signos se complace naturalmente con cada parte de la tierra, y daña sus partes y las destruye con terremotos, guerras, incendios o carestías cuando aparece un astro maléfico, y beneficia en gran medida cuando uno de los benéficos llega a ella, con labores agrícolas, construcciones, abundancia,¿ cómo es que hay lugares desiertos de todo debido al exceso de frío o calor, y ningún astro benéfico les quitó la desolación ni les proporcionó la templanza, ni ningún astro maléfico que pase por los lugares habitables los transformó en desolación y destrucción total? Pues incluso si ocurrieran inundaciones o granizos o rayos, destruyendo lo que hay en ellos, la simetría los devolvió de nuevo a lo fértil según la naturaleza. Pero a los lugares desiertos ningún astro benéfico los ha beneficiado todavía, sino que la naturaleza domina incluso en los desiertos y en todas partes, dada diversamente por Dios a los seres, y ni la lluvia caería donde no es natural, ni los lugares que soportan siempre fríos salvajes se verían libres de las nevadas. Y si toman la inmutabilidad de la naturaleza de los lugares como prueba de que cada signo se complace con cada parte de la tierra, las transformaciones de la abundancia a la carestía y los terremotos refutan lo que ellos llaman débil. Pues de los lugares buenos a menudo se ha desvanecido la templanza, mientras que de los desiertos nunca se ha transformado lo salvaje e inhabitable. Por tanto, lo que en el capítulo trigésimo tenía algo de consecuente junto con lo verosímil, es esto; de lo demás, unas cosas se han dicho ya en los capítulos anteriores, y otras han sido dispuestas más según lo aparente y superficial. En el trigésimo primero plantea dudas sacudiendo la opinión de los astrólogos, y dice:¿ por qué llaman a los signos casas de los planetas?¿ Acaso porque están fijados en el cielo? Y entonces,¿ todas las casas fijadas de igual manera serán de ellos?¿ O porque los planetas no se mueven? Y así, de nuevo, todas las casas fijadas de ellos lo serían razonablemente.¿ O porque cada una de las estrellas fijas se complace con el planeta?¿ Por qué entonces los planetas no son también casas de los signos?¿ Y cómo no son casas mutuas los planetas benéficos y los maléficos, y además los signos que se complacen entre sí? Y si es porque los signos están compuestos de muchos, y cada uno de los planetas es monótono,¿ deben hacer de cada composición de las estrellas fijas una casa de los planetas? Pues uno podría encontrar muchas composiciones, si quisiera buscar, también de las otras estrellas fijas. Y si es porque solo los signos colaboran con los planetas en los efectos,¿ por qué los planetas no son también casas de los signos colaborando con ellos? Y si es porque pueden hacer que las energías de los signos sean inválidas o activas,¿ cómo no son casas mutuas, teniendo el poder, como dicen, de traer validez y disolución a los efectos de los otros?¿ Y cómo solo los signos colaboran con los planetas?¿ Acaso es vana la danza del resto de las estrellas fijas?¿ Y cómo dicen que los planetas pueden ser benéficos y maléficos en absoluto?¿ Acaso por el hecho de moverse? Entonces, ninguno de los doce signos será benéfico ni maléfico; pero tampoco ninguna otra de las estrellas fijas. Y si es porque, dice, los planetas viajan a través de ellos, mucho más las zonas y los lugares del aire, a través de los cuales viajan, tendrán el poder de ser benéficos y maléficos; pues del cielo, en el que están los planetas, no se tocan, como dicen, estando mucho más abajo.¿ Y por qué la luna soporta el menguar y crecer, mientras que, al introducir para los otros planetas movimientos directos, estacionarios y retrógrados, dejan a sol y luna libres de tal errancia retrógrada? Y si Saturno parece pequeño, siendo, como dicen, mayor que los otros planetas porque recorre un círculo superior a ellos,¿ por qué el sol es mayor que la luna, recorriendo la cuarta zona desde ella? Pues debería parecer mucho más pequeño que esta. De modo que todo lo que los esfuerzos de la astrología consolidan es falso y fabricado. Así, pues, el capítulo trigésimo primero. El trigésimo segundo no registra nada de lo verdadero para la refutación, ni siquiera en cuanto a lo aparente; pero en la medida en que el hombre muestra aquí sus razonamientos piadosos, en esa misma medida tiene su falta de vigor, al menos en cuanto a la refutación del error. Y el trigésimo tercero es de la misma idea en cuanto a la potencia; pues lo que se propone para la
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refutación de que el cielo no es una esfera, serían problemas comunes también contra quienes lo suponen un hemisferio o una bóveda o alguna otra de las formas similares. En los cuales está también el tercer discurso. En el cuarto discurso, y en los capítulos trigésimo cuarto, trigésimo quinto y trigésimo sexto, expone estas cosas. A partir de la diferencia que tiene lo habitado respecto a lo inhabitable y la que tienen los climas entre sí, realiza la refutación de la génesis o del destino. Pues dice:¿ qué movimiento de los astros hace que una parte sea inhabitable por exceso de frío, otra por exceso de calor, y una apenas se habite siempre derritiéndose por el calor, y la otra se habite igualmente con dificultad, al estar continuamente nevada y embrutecida por la ferocidad del frío?¿ Por qué la génesis no cambia la condición del aire en ellas, proporcionando siempre cambios continuos en los otros climas?¿ O es evidente que ni el curso de los planetas ni la composición de los signos, sino solo la naturaleza del sol respecto a las distancias y las posiciones de los lugares, produce las diferencias mencionadas?¿ Y por qué, de nuevo, siendo la tierra regada por lluvias en todas partes, solo el Nilo inunda Egipto en cierto tiempo del año y, desbordándose en él, lo hace fructífero?¿ Y por qué la región más interior de la Tebaida, que llaman Oasis, no la riega ni río ni lluvia, sino que la alegran corrientes de fuentes que brotan por el gran trabajo de los habitantes y no espontáneamente, ni por el flujo de lluvias que llega a la tierra y brota a través de las venas que hay en ella, lo cual sucede entre nosotros? Y señal de esto es que las faldas de las montañas emiten fuentes que producen ríos claros y dulces, mientras que las llanuras extendidas en gran medida y que no participan de la cercanía de los montes, y especialmente las llanuras, no tienen agua, o muy poca, y esta pesada y salobre, no brotando sino encontrada en excavaciones, y no pudiendo bastar durante todo el verano. Si todo es administrado por la génesis,¿ cómo es que, al entrar un planeta en un signo húmedo con el que se complace, no llena toda la tierra de lluvia a la vez, sino que una parte se destruye a menudo por la abundancia de aguas, y otra por sequías en el mismo tiempo, aunque no estén muy lejos una de otra? Pero, a su vez, se ven suceder cosas contrarias a estas en otro tiempo. Tal vez una génesis propia de la nación, como ellos mismos inventarían, o algún signo que sale simultáneamente disolvió los efectos comunes de la génesis, y es vano lo universal de la génesis si no concurre también lo particular. Por tanto, las génesis de las partes de la tierra mueven el aire, y el signo húmedo no logrará nada si el destino particular se opone junto con el planeta propio.¿ Y por qué en algunos lugares escasea el agua potable, y en otros esta abunda, y disfrutan de aguas termales que brotan espontáneamente?¿ Y de qué génesis encuentra la naturaleza montañas grandísimas de Sicilia, Galia, Licia y otras no pocas naciones que emiten fuego eterno, tanto que se ven de lejos por los que están de noche, sin disminuir por el frío, ni apagarse por la lluvia, ni dañar los brotes de la tierra, sin que las cosas adyacentes a ellas sufran ni muestren nada semejante?¿ Qué ha dado tanta diferencia de lugares, aires, aguas, llanuras, montes?¿ No son doce los signos y siete los planetas?¿ Por qué entonces no actúan igual en todas partes? Y, ciertamente, encontrarías pobres y ricos, gobernantes y gobernados, enfermos y sanos y lo demás en todas partes.¿ Cómo, pues, no hay en todas partes lluvias y sequías y lo que hemos dicho antes?¿ Y el metal de oro o plata o cobre o estaño o plomo o de los otros metales, de qué génesis se encuentra en la naturaleza? Por tanto, al confesar que Dios ha concedido tanta diferencia y otras mil más a la tierra por nosotros, somos piadosos; pero que el destino fabrique artesanos para esto, para que usen las materias, ni nosotros lo diríamos ni otro que piense bien. Además, si cada clima permanece adornado con mil diferencias entre sí desde la fundación de la creación, y ha permanecido inmóvil desde la eternidad sin ser dañado por las transformaciones de la génesis( pues ni las mareas del mar cesaron, ni las fuentes de fuego inextinguibles, ni las diferencias de los animales de cada clima, ni las alteridades de mil otras cosas inmutables), estando tantas cosas libres de la génesis que ellos dicen,¿ cómo dicen que nada sucede, permanece ni es administrado sin ella? Y me gustaría preguntarles gustosamente,¿ qué movimiento de curso proporcionó el principio al ser a las hierbas, a las plantas, a los animales? Pues es necesario que aparezca el tiempo de la génesis de cada uno de estos, cuando eran formados de la tierra, y que sea uno el de la palmera, otro el de la higuera, y el del perro y el camello sea propio; no el mismo del caballo, la paloma, los hombres y los demás por igual. Si, pues, pueden decir por qué la génesis no forma ahora de la tierra las cosas mencionadas, que nos enseñen; pues el ciclo de la génesis no realizará nada una sola vez, sino que hace lo mismo muchas veces.¿ Y por qué al principio no eran lo que fueron producidos, no siendo formados de la tierra, mientras que después nada de ellos brotaría de la tierra, sino que se preservan a través de la sucesión mutua?¿ O cómo la génesis, no teniendo lo más principal y necesario, digo el formar todo de la tierra, es dueña de mantener, realizar y destruir? Además, si dicen que a partir del conocimiento preciso según la hora de cada una de las cosas que suceden, se dirán las cosas que ocurrirán, digo al hombre, al buey, al ave, al barco y a la ciudad, y de todo lo que afirman tener la previsión,¿ cómo, no conociendo los tiempos de las génesis de la tierra, del mar y del aire, prometen decir las afecciones de estos, sus movimientos y sus transformaciones?¿ Y cómo no se podría desconfiar de ellos, y cómo no se apartarían de su desmedida arrogancia? Pues ni siquiera proporcionarán las génesis propias de todas las cosas particulares. Y, ciertamente, es consecuente que haya tantas diferencias de génesis como géneros de las cosas que se producen. Pues,¿ cómo la misma génesis del curso produciría un perro, un león, un hombre y un caballo, que tanto difieren entre sí?¿ Y cómo habría variedad de colores, formas, cualidades, si no fuera porque la génesis variada lo produce todo, como dicen? Y no teniendo una sola acción o una sola afección todos los hombres, o todos los caballos, o los cerdos, ni magnitud, ni velocidad, ni fuerza, ni voz, es evidente que no se verán obligados a decir una sola inclinación de la génesis, sino tantas cuanta sea la diferencia de las cosas producidas, no solo de animales terrestres, voladores y acuáticos, sino también de plantas, hierbas y cualquier otra cosa que brota en el cosmos.¿ Y cómo inventarán tal multitud infinita de tiempos? Pero no podrán, ni aunque miríadas de días llenaran su año. Y sobre todo, su mentira se vuelve manifiesta si uno observara a los que paren continuamente, perros, cerdos o aves, y no menos a los más prolíficos. Pues los cerdos, los peces y los perros, al parir mucho, consumen el tiempo del día, y el pez, creo, incluso muchos días, formándose la multitud de huevos en orden en miríadas de peces que nacen por partes, en las cuales es imposible que no nazcan voladores o terrestres en todo el cosmos o nadadores en todo el mar, ríos y lagos. Además, uno podría aprender más precisamente lo que digo a partir de esto. Cuando llega la primavera templada, toda hierba florece y concibe, toda naturaleza de árboles, y muchos géneros de voladores, terrestres y marinos se mezclan y conciben, y mil géneros llevan a término las semillas en el mismo tiempo, y mil de los árboles los frutos, no en una sola inclinación sino en muchísimos días, floreciendo unos todavía en la misma planta, mientras otros crecen y otros maduran. Y la misma analogía de parto y concepción existe también en todos los animales, no es posible tener la misma inclinación de la génesis. Además, unos conciben un año, otros diez meses, otros cuarenta días, y mil otras diferencias.¿ Qué astro, pues, al entrar en qué signo, delimita el tiempo de la concepción medido para cada género?¿ Y por qué el tiempo de vida de los animales según el género, no siendo igual, tiene la concepción igual?
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Si, pues, también estas cosas son por la génesis, que lo digan, para que incurran en más risa; pero si silencian la vergüenza,¿ cómo dicen que nada existe sin la génesis? Y todavía no hablo de las diferencias de los que nacen. Pues unos son semejantes a los que engendran, como hombres, caballos y leones, otros no, como osos, avispas, abejas y los que salen a través de huevos. Y algunos nacen incluso sin mezcla, otros sin ella de ninguna manera.¿ Y quién podría enumerar las innumerables diferencias en esto, no solo de los animales sino también de plantas, hierbas y cosas similares? De todas las cuales es justo buscar las causas ante los padres del destino, si es que todo depende de la génesis según ellos, tanto el ser como el modo de ser, el ser concebido, padecer, actuar y morir.¿ O es que solo se les precisaron las cosas de la génesis contra los miserables hombres, para que lo más bello de todo en nosotros, el libre albedrío, sea ignorado, y Dios no sea agradecido por lo que benefició al género?¿ Y cómo, de nuevo, la génesis da añadiduras inoportunas, produciendo, según ellos, seres de cuatro cabezas y más manos y pies de los naturales, mientras que a los reptiles no les da pies, que les proporcionarían lo útil en el caminar, ni ojos a los topos, ni a otros lo que necesitan? Luego, a los que dio las añadiduras inoportunas no les permite vivir( pues todos los seres monstruosos son de corta vida) y con la añadidura destruye toda la naturaleza; pero a aquellos a quienes quitó lo natural, manos, pies u ojos, a estos les permite vivir, teniendo la mutilación corporal sin consuelo. Si, pues, alguien refiere esto al destino, él mismo es el causante de la absurdidad junto con él; pero si conoce el errar de la naturaleza, exime a lo divino de la acusación. Pues, al igual que le determinó leyes propias para correr, así también permitió que fuera mortal según cierto principio conveniente. Esta, preservando sus propias medidas, no soporta nada ultrajado, pero al desviarse hacia desmesuras, carencias, miedos o afecciones, y al corromper las leyes dadas, no preserva lo genuino ni siquiera en los que nacen.¿ Y por qué algunos de los animales no alimentan a sus crías, como los buitres y cuervos entre los voladores, y casi todos los peces, mientras que otros incluso cuidan en la vejez a los que los engendraron?¿ Y unos incluso aceptan una cría bastarda y la alimentan, mientras que la mayoría no?¿ Y quién podría enumerar las innumerables diferencias de los seres? Pero estas cosas están también en el cuarto discurso. En el quinto discurso expone otras cosas, y antes de ellas, de igual manera contra el destino esto. Si a los padres, dicen, el engendrar pertenece por la génesis, es evidente que a partir de la génesis de los padres se determinó también la génesis de los hijos y el tiempo de esta. Y si no, la génesis de los que engendran no produce a los que nacen, y el largo discurso del destino es en vano. Pues si el ser sembrado, concebido y salir perfecto o imperfecto es obra de la génesis de los que engendran, es evidente que también lo es el tiempo de estos; y si no este, tampoco aquellos. Y si las génesis son de otras génesis, y el tiempo de ser engendrado es del destino de los que han engendrado, sería fácil para los amantes de este tomar una génesis de un hombre, y a partir de ella decir la de los padres, la de los abuelos y la de los antepasados aún más lejanos, y de todos ellos sus afecciones y las acciones del alma y del cuerpo, las formas, colores y magnitudes, y no solo esto, sino predecir a partir de la misma y única génesis quiénes serán los que nacerán, y toda la parentela futura a partir de la sucesión, y las acciones de esta y todo lo demás que se ha dicho antes, y no ignorar ni a los pasados ni a ninguno de los futuros; lo cual ellos mismos se reirían. Mira también aquello. La génesis de los hijos, dicen, hace desgraciados a los padres, aunque el bienestar les fuera otorgado por su propia génesis. Hay veces que la génesis de los hijos destruye y vence a la de los padres, siendo efecto de aquella. Pero también la génesis de los padres hace desgraciados a los hijos, y la de los hermanos a los hermanos, y la de los casados de igual manera, aunque sea de otra génesis, aunque haya surgido de otra parte. Y lo más importante de todo
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reinaba). Aunque se preparó para abandonar a Amastris debido a su unión con Arsínoe, sin embargo, llevando en sí mismo la brasa del deseo anterior y considerando insoportable lo abominable y cruel de la acción, mantenía su intención oculta muy herméticamente en su interior. Mostrando exteriormente la antigua amistad hacia los partidarios de Clearco, y mediante muchos artificios y estratagemas de ocultación( pues se dice que fue el más hábil de los hombres para ocultar lo que deseaba), llega a Heraclea como si fuera para beneficio de quienes lo recibían. Fingiendo ante los partidarios de Clearco un afecto paternal, elimina a los matricidas, primero a Clearco y luego también a Oxatres, tras exigir cuentas por el asesinato de su madre. Habiendo puesto la ciudad bajo su propia provisión y habiendo saqueado la mayor parte de las riquezas que la tiranía había acumulado, y dando libertad a los ciudadanos para gobernarse democráticamente, lo que ellos deseaban, se dirigió hacia su propio reino. Lisímaco, tras tomar posesión de su propio dominio, elogiaba a Amastris y admiraba tanto sus costumbres como la forma en que había fortalecido su gobierno en cuanto a volumen, magnitud y fuerza, ensalzando a Heraclea y haciendo de Tío y Amastris, a la que ella levantó con su propio nombre, parte de sus elogios. Y al decir esto, incitaba a Arsínoe a convertirse en dueña de lo que era elogiado. Ella pedía obtener lo que deseaba. Y Lisímaco, dando importancia al regalo, al principio no accedía, pero tras ser importunado con el tiempo, lo concedió; pues Arsínoe era terrible para persuadir, y la vejez ya hacía a Lisímaco vulnerable. Habiendo recibido Arsínoe el gobierno de Heraclea, envía a Heráclides de Cumas, un hombre benevolente con ella, pero por lo demás severo y terrible en la agilidad y rapidez de sus planes. Él, al llegar a Heraclea, dirigía los asuntos con gran rigor y, sometiendo a muchos de los ciudadanos a acusaciones, castigaba a no pocos, de modo que ellos perdieron de nuevo la felicidad que apenas había aparecido. Sin embargo, Lisímaco, por las intrigas de Arsínoe, a Agatocles, el mejor de sus hijos y el mayor( nacido de matrimonios anteriores), al principio con un veneno oculto, y al haberlo vomitado aquel por providencia, lo trata con una intención descaradísima; tras arrojarlo a la cárcel, ordena que sea degollado, fingiendo una conspiración contra sí mismo. Ptolomeo, quien se había convertido en el autor material de la inmundicia, era hermano de Arsínoe y llevaba el sobrenombre de Cerauno debido a su rudeza y desesperación. Por tanto, Lisímaco, debido al filicidio, recibía un odio justo de sus súbditos, y Seleuco, al enterarse de esto y de lo fácil que sería privarlo del poder al desertar las ciudades de él, entabla batalla contra él. Y Lisímaco cae en la guerra alcanzado por una jabalina; el hombre que lo alcanzó era heracleota, de nombre Malacón, que servía bajo Seleuco. Tras su caída, su dominio pasó a formar parte del de Seleuco. Pero aquí termina el libro XII de la historia de Memnón. En el XIII, dice que los heracleotas, al enterarse de la muerte de Lisímaco y de que quien lo había matado era heracleota, fortalecieron sus ánimos y se esforzaron por el deseo de libertad, de la cual habían sido privados durante ochenta y dos años tanto por los tiranos internos como, después de ellos, por Lisímaco. Por tanto, se acercaron primero a Heráclides, persuadiéndolo de que abandonara la ciudad, no solo sin sufrir males, sino también provisto de brillantes regalos, a cambio de que ellos recuperaran la libertad. Como no solo no lo persuadían, sino que veían que caía en la ira y sometía a algunos de ellos a castigos, los ciudadanos, tras establecer pactos con los comandantes de la guarnición, que les otorgaban la igualdad de derechos y recibir los salarios de los que habían sido privados, capturan a Heráclides y lo mantuvieron bajo custodia durante un tiempo. Habiendo obtenido de allí brillantes garantías, derribaron los muros de la acrópolis hasta los cimientos y enviaron embajadores a Seleuco, habiendo puesto a Fócrito como supervisor de la ciudad.
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Cipoetes, el gobernador de los bitinios, que tenía una actitud hostil hacia los heracleotas, primero por causa de Lisímaco y entonces por causa de Seleuco( pues estaba en desacuerdo con ambos), realizaba incursiones contra ellos, mostrando actos de maldad; sin embargo, ni siquiera su propio ejército estaba libre de males al hacer lo que hacían, sino que ellos mismos sufrían cosas no mucho más tolerables de las que infligían. En esto, Seleuco envía a Afrodisio como administrador tanto a las ciudades de Frigia como a las que se encuentran sobre el Ponto. Él, habiendo realizado lo que deseaba y regresando, elogiaba a las otras ciudades, pero acusaba a los heracleotas de no tener una actitud benevolente hacia los asuntos de Seleuco; por lo cual, Seleuco, irritado, despreciaba y aterrorizaba con palabras amenazantes a los embajadores que llegaban a él, sin que uno de ellos, Camaleón, temiera en absoluto las amenazas, sino que dijo:« Heracles, más fuerte, Seleuco»( pues« carrón» es el más fuerte entre los dorios). Seleuco, por su parte, no entendió lo dicho, pero, tal como estaba de ira, se retiró. A ellos no les parecía ventajoso ni regresar a casa ni esperar. Los heracleotas, al enterarse de esto, preparaban otras cosas y reunían aliados, enviando embajadores tanto a Mitrídates, rey del Ponto, como a los bizantinos y calcedonios. Los que quedaban de los fugitivos de Heraclea, Ninfis, siendo él mismo uno de ellos, que planeaba el regreso para ellos y demostraba que este era fácil si ellos mismos no parecían molestar en nada de lo que sus antepasados habían sido privados, los persuadió con la mayor facilidad, y habiéndose realizado el regreso de la manera que él planeó, tanto los que regresaron como la ciudad que los recibió se comportaban con iguales alegrías y regocijos, habiendo acogido estos amablemente a los que estaban en la ciudad y no habiendo omitido nada de lo que contribuía a su autosuficiencia. Y los heracleotas, de la manera mencionada, recuperaron su antigua nobleza y ciudadanía. Seleuco, envalentonado por los éxitos contra Lisímaco, se apresuró a cruzar a Macedonia, teniendo el deseo de su patria, desde la cual había hecho campaña con Alejandro, y pensando en terminar allí lo que le quedaba de vida, siendo ya anciano, y confiar Asia a su hijo Antíoco. Ptolomeo Cerauno, habiendo pasado los asuntos de Lisímaco bajo Seleuco, también estaba bajo él, no siendo despreciado como prisionero, sino como hijo de rey, siendo digno de honor y provisión, y además siendo honrado con promesas que Seleuco le ofrecía si moría el que lo engendró, de llevarlo a Egipto, que era su dominio paterno. Pero él había sido digno de tal cuidado, pero las buenas acciones no mejoraban en nada al malvado. Pues, habiendo organizado una conspiración, se abalanza sobre su benefactor y lo mata, y montando a caballo huye hacia Lisimaquia; en ella, poniéndose la diadema con una brillante escolta, descendía hacia el ejército, siendo recibido por necesidad y llamado rey por quienes antes obedecían a Seleuco. Antígono, hijo de Demetrio, al enterarse de lo sucedido, intentaba cruzar a Macedonia con un ejército de infantería y naval, apresurándose a adelantarse a Ptolomeo. Ptolomeo, teniendo las naves de Lisímaco, salía al encuentro y se formaba en batalla. Había en ellas otras y las enviadas por Heraclea, hexeres y penteres y naves sin cubierta y una octeres llamada Leontóforo, que por su tamaño y belleza llegaba a ser un prodigio; pues en ella cien hombres remaban en cada fila, de modo que eran ochocientos por cada lado, y de ambos lados mil seiscientos; los que iban a luchar desde las cubiertas eran mil seiscientos, y dos timoneles. Habiéndose producido, pues, el combate, Ptolomeo vence tras poner en fuga a la flota de Antígono, habiendo luchado más valientemente que los otros las que eran de Heraclea; y de las mismas heracleotas, la octeres Leontóforo se llevaba la distinción. Así, habiendo salido mal Antígono con la flota, se retiró a Beocia. Ptolomeo cruzó a Macedonia y obtuvo el poder con firmeza. Inmediatamente, pues, mostrando más su propia rudeza,
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se casa con Arsínoe, su hermana, como es costumbre entre los egipcios, y elimina a los hijos nacidos de ella de Lisímaco; después de los cuales, también a ella la desterró del reino. Y habiendo cometido muchas cosas ilegales en dos años, al trasladarse una parte de los gálatas de su patria debido al hambre, y al ocupar Macedonia y entablar batalla con él, termina su vida dignamente por su crueldad, siendo despedazado por los gálatas; pues fue capturado vivo, al ser herido el elefante en el que montaba y derribarlo. Antígono, hijo de Demetrio, tras ser derrotado en la flota, toma el poder de los macedonios al haber sido eliminado Ptolomeo. Antíoco, hijo de Seleuco, tras recuperar con muchas guerras, aunque apenas y no todo, el poder paterno, envía al general Patrocles con una expedición hacia este lado del Tauro; él elige a Hermógenes, de linaje aspendio, quien se había apresurado a invadir otras ciudades y Heraclea. Al haberle enviado embajadores los heracleotas, se retira del territorio y establece amistad, dirigiéndose a Bitinia a través de Frigia. Pero, habiendo sido emboscado por los bitinios, pereció tanto él como el ejército que estaba con él, habiendo mostrado actos de hombre por su parte contra los enemigos. Debido a esto, habiendo decidido Antíoco hacer campaña contra los bitinios, su rey Nicomedes envía embajadores a Heraclea pidiendo alianza, y obtiene el esfuerzo, prometiendo la reciprocidad en tiempos y necesidades similares. En esto, los heracleotas recuperaron Ciero y Tío y la tierra de Tinia, habiendo gastado muchas riquezas; pero a Amastris( pues también ella había sido arrebatada junto con las otras), queriendo recuperarla mediante guerra y dinero, no lo lograron, pues el que la poseía, Eumenes, prefirió entregarla a Ariobarzanes, hijo de Mitrídates, como dote, antes que entregarla a los heracleotas por dinero, debido a que se dejó llevar por la insensatez de la ira. Por los mismos tiempos, la guerra contra Cipoetes el bitinio, que gobernaba la Tracia tinia, alcanza a los heracleotas, guerra en la que muchos de los heracleotas, habiendo actuado noblemente, fueron degollados, y Cipoetes vence con fuerza, pero al llegar una fuerza aliada a los heracleotas, deshonra la victoria con la huida. Los derrotados, habiendo recuperado sin miedo a sus propios muertos y habiéndolos quemado, y luego habiéndose convertido en dueños de todo por lo que era la guerra, y habiendo llevado los huesos de los muertos a la ciudad, los enterraron brillantemente en el monumento de los héroes. Por los mismos tiempos, enfrentándose grandes ejércitos de Antíoco, hijo de Seleuco, y Antígono, hijo de Demetrio, por ambos lados, la guerra se mueve y consumió mucho tiempo. Aliado de uno era el rey de Bitinia, Nicomedes, y de Antíoco muchos otros. Habiendo chocado así Antíoco con Antígono, maneja la guerra contra Nicomedes; Nicomedes reúne fuerzas de otros lugares y, enviando embajadores para aliarse con los heracleotas, toma trece trirremes como aliados, y finalmente se enfrenta a la flota de Antíoco. Tras enfrentarse durante algún tiempo, ninguno de los dos comenzó la batalla, sino que se disolvieron sin resultados. Cuando los gálatas llegaron a Bizancio y saquearon la mayor parte de ella, los que estaban en Bizancio, humillados por la guerra, envían a los aliados, pidiendo ayuda. Y todos proporcionaron según su fuerza, y también los de Heraclea proporcionaron( pues tanto pedía la embajada) cuatro mil monedas de oro. No mucho después, Nicomedes prepara a los gálatas, a quienes había ocurrido la incursión de los bizantinos, que muchas veces habían intentado cruzar a Asia, pero tantas veces habían fracasado al no tolerar los bizantinos la acción, para cruzar bajo condiciones. Las condiciones eran que los bárbaros siempre tuvieran sentimientos amistosos hacia Nicomedes y sus descendientes, y que no se aliaran con nadie de los que enviaban embajadores a ellos sin la intención de Nicomedes, sino que fueran amigos
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de los amigos y enemigos de los que no aman, y que se aliaran también con los bizantinos, si fuera necesario, y con los tianos y heracleotas y calcedonios y cianos y algunos otros gobernantes de naciones. Bajo estas condiciones, Nicomedes hace cruzar a la multitud gálata a Asia, de los cuales los más destacados en el mando eran diecisiete en número, y los elegidos y jefes de ellos mismos eran Leonorio y Lutorio. Este cruce de los gálatas a Asia, al principio se pensó que avanzaba para mal de los habitantes, pero el final mostró que respondió al beneficio; pues, mientras los reyes se esforzaban por quitar la democracia de las ciudades, ellos mismos la confirmaban más, enfrentándose a los que atacaban. Nicomedes, primero contra los bitinios, con la alianza de los de Heraclea, habiendo armado a los bárbaros, se apoderó del territorio y degolló a los habitantes, repartiéndose el resto del botín de los gálatas entre ellos. Estos, tras recorrer mucha tierra, se retiraron de nuevo y se separaron de la que habían elegido la que ahora se llama Galacia, dividiéndola en tres partes, y llamando a unos trocmos, a otros tolistobogios y a otros tectósages. Los trocmos construyeron las ciudades de Ancira, los tolistobogios de Tavia y los tectósages de Pesinunte. Nicomedes, habiendo sido elevado a una brillante felicidad, levanta para sí una ciudad homónima frente a Ástaco. Ástaco la fundaron colonos de Megara en la decimoséptima olimpiada, poniéndole el nombre de Ástaco según un oráculo por uno de los llamados espartos y descendientes de los nacidos de la tierra en Tebas, Ástaco, un hombre noble y de gran espíritu. Esta, habiendo sufrido muchos ataques de los vecinos y habiendo sido agotada muchas veces por guerras, tras haberla habitado los atenienses después de los megarenses, terminó sus desgracias y llegó a una gran gloria y fuerza, teniendo entonces Dudalso el poder de los bitinios; al morir él, gobierna Botiras, que vivió setenta y cinco años. A este le sucede su hijo Bas, quien también derrotó a Calas, el general de Alejandro, aunque estaba muy preparado para la batalla, e hizo que los macedonios se abstuvieran de Bitinia. Su vida fue de setenta y un años, de los cuales reinó cincuenta. Su hijo, sucesor del poder, Cipoetes, habiendo sido brillante en las guerras, y habiendo eliminado a uno de los generales de Lisímaco y expulsado al otro muy lejos de su propio poder, pero también habiendo sido más poderoso que el mismo Lisímaco y luego que Antíoco, el hijo de Seleuco, tanto el que reinaba sobre Asia como el de los macedonios, funda una ciudad bajo el monte Lipero, homónima a su propio nombre. Este, habiendo vivido setenta y cinco años y habiendo gobernado el poder cuarenta y ocho, deja cuatro hijos. A este le sucede el mayor de los hijos, Nicomedes, que no fue hermano sino verdugo para sus hermanos. Sin embargo, este también fortaleció el poder de los bitinios, sobre todo ayudando a los gálatas a cruzar a Asia; y levantó una ciudad, como se ha dicho antes, que llevaba su propio nombre. No mucho tiempo después, estalló una guerra para los bizantinos contra los calatianos( estos eran colonos de los heracleotas) y contra los istrianos por Tomeos, el emporio, que era vecino de los calatianos, planeando los calatianos convertir esto en monopolio. Por tanto, enviaban embajadores a los heracleotas para una alianza. Ellos no daban peso bélico a ninguna de las partes, sino que enviaban hombres mediadores a ambos, aunque su esfuerzo fue infructuoso entonces. Los de Calatis, habiendo sufrido mucho por los enemigos, llegaron más tarde a disoluciones, no pudiendo ya casi recuperarse de esta desgracia. No habiendo pasado mucho tiempo, el rey de los bitinios, Nicomedes, dado que el hijo nacido de sus matrimonios anteriores, Zeilas, era un fugitivo ante el rey de los armenios, impulsado por las intrigas de su madrastra Etazeta, y los nacidos de ella eran niños, estando a punto de morir, escribe como herederos
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a los hijos de la segunda mujer, y pone como tutores a Ptolomeo y Antígono y al pueblo de los bizantinos y, ciertamente, también de los heracleotas y al de los cianos. Sin embargo, Zeilas, con la fuerza que los tolistobogios de los gálatas le llenaban de confianza, descendía hacia el reino. Los bitinios, esforzándose por salvar el poder para los niños, casan a la madre de ellos con el hermano de Nicomedes, y ellos mismos, habiendo tomado un ejército de los tutores mencionados, resistían a Zeilas. Habiendo utilizado ambos muchas batallas y cambios, al final llegaron a disoluciones, siendo los heracleotas los mejores en las batallas y logrando el beneficio en los acuerdos. Por eso los gálatas, como enemiga, saquearon Heraclea hasta el río Calete, y habiéndose convertido en dueños de mucho botín, se retiraron a casa. Los heracleotas se aliaron con cuarenta trirremes a los bizantinos mientras Antíoco luchaba, y prepararon la guerra para avanzar hasta las amenazas. Sucedió que no mucho después Ariobarzanes pasó de los hombres, dejando al hijo Mitrídates y habiendo estado en desacuerdo con los gálatas; por cuya causa, despreciando al niño, estos dañaban su reino. Y al alcanzarlos la necesidad, los de Heraclea los ayudaban, enviando trigo a Amiso, desde la cual era más fácil para los de Mitrídates alimentarse y remediar la carencia. Debido a esto, de nuevo los gálatas enviaron un ejército contra la heracleótide y la saquearon, hasta que los heracleotas enviaron embajadores a ellos. Ninfis era el historiador, el jefe de los embajadores, quien, habiendo halagado al ejército en común con cinco mil monedas de oro y a los líderes en privado con doscientas, los preparó para retirarse del territorio. Ptolomeo, el rey de Egipto, habiendo subido a la cima de la felicidad, se inclinaba a beneficiar a las ciudades con los regalos más brillantes, y envió también a los heracleotas quinientas artabas de trigo, y les levantó un templo de piedra proconesia en la acrópolis de Heracles. Hasta aquí, habiendo llegado el autor, hace la digresión hacia el dominio de los romanos, de qué linaje nacieron, y de qué manera habitaron Italia, y todo lo que se adelantó y se hizo para la fundación de Roma, y recorriendo a los que los gobernaron, y contra quiénes lucharon en guerras, y la instauración de los reyes y el cambio de la monarquía a cónsules; y cómo fueron derrotados los romanos por los gálatas, y la ciudad habría sido capturada si Camilo, al ayudar, no hubiera salvado la ciudad. Y cómo, al cruzar Alejandro a Asia, y al escribir que o dominaran, si podían gobernar, o cedieran a los más fuertes, los romanos enviaron una corona de oro de suficientes talentos; y cómo lucharon contra los tarentinos y Pirro el epirota que se aliaba con ellos, y habiendo sufrido unas cosas y habiendo tratado mal a los enemigos en otras, sometieron a los tarentinos y expulsaron a Pirro de Italia. Todo lo que hicieron los romanos contra los cartagineses y Aníbal, y todo lo que se logró contra los iberos y otros, y Escipión, y cómo, al ser votado rey por los iberos, no lo aceptó, y cómo, tras ser derrotado en la guerra, huyó Aníbal. Y cómo los romanos cruzaron más allá del Jónico; y cómo Perseo, hijo de Filipo, al recibir el poder de los macedonios y al mover con juventud los tratados hechos con su padre con los romanos, fue derrotado en la guerra, habiendo levantado Paulo el trofeo sobre él; y cómo, tras vencer en dos batallas a Antíoco, rey de Siria, Comagene y Judea, lo expulsaron de Europa. El autor relata, pues, lo referente al poder romano hasta aquí; y retomando, escribe cómo los heracleotas, al enviar embajadores a los generales romanos que habían cruzado a Asia, fueron recibidos con alegría y recibieron una carta amistosa, enviándola Publio Emilio, en la que prometía la amistad del senado hacia ellos, y que no faltarían en nada de lo demás de provisión y cuidado, cuando
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necesitaran algo de ellos. Más tarde, también envían una embajada a Cornelio Escipión, el que ganó Libia para los romanos, confirmando la amistad acordada. Después de esto, de nuevo envían embajadores al mismo, pidiendo reconciliar al rey Antíoco con los romanos; y escribieron un decreto para él, aconsejándole que disolviera la enemistad con los romanos. Cornelio Escipión, al responder por carta a los heracleotas, escribe así:« Escipión, general, procónsul de los romanos, al consejo y al pueblo de los heracleotas, salud», confirmando en ella la benevolencia hacia ellos y cómo los romanos disolvieron la batalla contra Antíoco. Publio Cornelio Escipión, el hermano y general de la flota, respondió lo mismo a los heracleotas que enviaron embajadores a Lucio. No mucho después, Antíoco se enfrentó de nuevo a los romanos en batalla y, derrotado con fuerza, disolvió la enemistad bajo condiciones, que también lo apartaban de toda Asia y le quitaban los elefantes y la flota de naves, dejándole solo Comagene y Judea como poder. La ciudad de los heracleotas enviaba los mismos embajadores a los sucesores enviados por los generales romanos, y era recibida con iguales benevolencias y amabilidades. Y al final surgieron tratados entre los romanos y los heracleotas, no solo para ser amigos sino también aliados entre sí, contra quienes y por quienes necesitaran. Y dos tablas de bronce llevaban los acuerdos iguales y similares; de las cuales una fue clavada en Roma en el templo de Júpiter en el Capitolio, y la otra en Heraclea, también en el templo de Júpiter. Habiendo relatado esto el autor en los libros XIII y XIV de la historia, al entrar en el XV narra cómo Prusias, rey de los bitinios, siendo activo y habiendo hecho muchas cosas, entre otras, puso bajo sí la ciudad de Ciero, que era de los heracleotas, en la guerra, llamándola Prusiada en lugar de Ciero; tomó también Tío, que también estaba bajo ellos, de modo que rodeó Heraclea de mar a mar. Contra las cuales también la sitiaba fuertemente, y mató a muchos de los sitiados, y la ciudad habría estado cerca de ser capturada si Prusias, al subir por la escalera, no hubiera sido golpeado por una piedra lanzada por uno de los que estaban en la almena, rompiéndose la pierna, y el accidente disolvió el asedio; pues el golpeado, no sin lucha, fue llevado por los bitinios a sus propios lugares y regresó, y habiendo vivido allí no muchos años, siendo y llamándose cojo, terminó su vida. Los gálatas que estaban sobre el Ponto, sin haber cruzado aún los romanos a Asia, teniendo el deseo de probar el mar, intentaron tomar Heraclea, y no lo consideraban difícil; pues había cedido mucho de la antigua fuerza y se inclinaba hacia lo despreciado. Hacen campaña, pues, contra ella con todas sus fuerzas, sin que ella descuidara a sus aliados, sino preparándose para todo lo que el tiempo permitía. Ella era sitiada, pues, y se consumía el tiempo, que empujaba a los gálatas a la necesidad de lo necesario; pues el hombre gálata sabe llevar la guerra con ira y no con la preparación necesaria. Por tanto, al haber abandonado el campamento para recoger provisiones, los de la ciudad, habiendo salido corriendo y atacado inesperadamente, lo tomaron y mataron a muchos y capturaron sin dificultad a los que estaban dispersos por el campo, de modo que ni la tercera parte del ejército gálata regresó a Galacia. Y del éxito, de nuevo tomaban esperanzas de subir a la anterior gloria y felicidad. Los heracleotas se aliaron con dos trirremes acorazadas a los romanos contra los marsos, pelignos y marrucinos( estos son pueblos que habitan más allá de Libia, vecinos de Gades), y habiendo logrado juntos la guerra y siendo dignos de muchos honores, regresaron a la patria en el undécimo año. Después de esto, se entabló la guerra pesada contra los romanos para Mitrídates, rey del
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Ponto, habiendo tomado como causa aparente la ocupación de Capadocia; pues Mitrídates, mediante engaño y juramentos de alianza, capturó a su sobrino Arates, y habiéndolo degollado con su propia mano, se apoderó de ella; Arates había nacido de la hermana de Mitrídates y Ariarates. Mitrídates era muy sanguinario desde niño; pues, habiendo recibido el poder a los trece años, no mucho después, a su madre, que le había sido dejada como socia del reino por su padre, la mantuvo en prisión y la consumió por la fuerza y el tiempo, y mató a su hermano. Sometió en la guerra también a los reyes alrededor del Fasis hasta los climas que están sobre el Cáucaso, y aumentó el poder, y se había hinchado a una gran arrogancia. Por lo cual, los romanos, considerando más sospechosa su intención, decretaron a los reyes de los escitas restaurarle sus poderes paternos. Él obedecía moderadamente a lo ordenado, pero se aliaba con los partos, medos, Tigranes el armenio, los reyes de los frigios y el íbero. Añadía también otras causas de guerra. Pues, al establecer el senado en Roma a Nicomedes, hijo de Nicomedes y Nisa, como rey de Bitinia, Mitrídates sustituyó al llamado Nicomedes el Bueno; sin embargo, prevaleció la decisión de los romanos, incluso contra la voluntad de Mitrídates. Más tarde, al avivar Sila y Mario la sedición sobre la ciudadanía romana, Mitrídates, habiendo entregado cuarenta mil infantes y diez mil jinetes al general Arquelao, ordenó hacer campaña contra los bitinios. Y Arquelao, al chocar, vence en la batalla, y huye también Nicomedes con pocos. Al enterarse de esto Mitrídates, habiendo llegado también a él la alianza, partió de la llanura junto a Amasia y fue a través de Paflagonia, llevando consigo un ejército de ciento cincuenta mil hombres. Manio, al dispersarse los que hacían campaña con él alrededor de Nicomedes solo por la fama de Mitrídates, se enfrenta con pocos romanos a Menófanes, el general de Mitrídates, y al ser derrotado huye, perdiendo toda la fuerza. Habiendo entrado Mitrídates con seguridad en Bitinia, ocupó las ciudades y el territorio sin lucha; y de las otras ciudades de Asia, unas eran capturadas y otras se pasaban al rey, y se producía un cambio repentino de todo, siendo los rodios los únicos que conservaban la amistad con los romanos. Por lo cual Mitrídates movía la guerra contra ellos tanto por tierra como por mar, aunque los rodios tuvieron la mayor parte, de modo que el mismo Mitrídates, luchando en el mar, estuvo cerca de ser capturado. Después de esto, al enterarse Mitrídates de que los romanos dispersos por las ciudades se interponían en los planes de los suyos, escribe a todas que en un mismo día maten a los romanos que están en ellas; y muchos, al ser persuadidos, cometieron tal matanza que ochenta mil sufrieron la destrucción por la espada en un mismo día. Al pasarse Eretria, Calcis y toda Eubea a los de Mitrídates, y al pasarse otras ciudades a él, y ciertamente al ser derrotados los lacedemonios, los romanos envían a Sila, habiendo enviado con él un ejército suficiente. Él, al llegar, ocupó unas ciudades que cambiaban voluntariamente y otras por la fuerza, tras derrotar en batalla a no poco ejército de los pónticos. Tomó también Atenas; y la ciudad habría sido arrasada si el senado de los romanos no hubiera detenido la intención de Sila. Al formarse frecuentes batallas, en las que los pónticos tenían la mayor parte, y al cambiar los asuntos con los éxitos, la necesidad de sustento se presentó a los reales, al estar dispuestos de forma disoluta hacia esto y no saber administrar lo adquirido. Y habrían caído en la última de las desgracias si Taxiles, al tomar Anfípolis, y al pasarse Macedonia a él por esto, no hubiera proporcionado desde allí la abundancia de lo necesario. Este y Arquelao, al unir los ejércitos, llevaban una multitud de más de sesenta mil. Y acampan junto a Fócida
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territorio, para salir al encuentro de Sila. Este, habiendo tomado consigo también a Lucio Hortensio, quien traía más de seis mil hombres desde Italia, acampó frente a él a una distancia considerable. Pero como los hombres de Arquelao se habían dedicado a la recolección de grano de manera imprudente, Sila atacó inesperadamente el campamento de los enemigos; mató al instante a los más vigorosos de los capturados, y a aquellos de quienes no temía un ataque, los rodeó en el lugar y ordenó encender fuegos, de modo que recibieran a los que llegaban de la recolección sin que sospecharan nada de lo ocurrido. Y sucedió tal como fue planeado, y los hombres de Sila obtuvieron una victoria brillante. Mitrídates, acusando a los de Quíos de haber ayudado a los rodios, envió contra ellos a Dorilao, quien, aunque tomó la ciudad con gran esfuerzo, repartió el territorio entre los pónticos y, embarcando a los ciudadanos en naves, los trasladó al Ponto. Pero los heracleotas, dado que tenían amistad con los de Quíos, al pasar por allí atacaron a las naves pónticas que llevaban a los cautivos y, como ni siquiera ofrecieron resistencia( pues no eran suficientes), las condujeron a la ciudad. Y al instante, proporcionando generosamente lo necesario a los quiotas, los acogieron y, más tarde, tras obsequiarles espléndidamente, los restituyeron a su patria.
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El Senado envió a Flaco Valerio y a Fimbria a luchar contra Mitrídates, autorizando también a Sila a participar en la guerra, si pensaba igual que el Senado; de lo contrario, a entablar batalla contra él primero. Este, al principio, luchó contra diversas desgracias( pues sufrió hambre y reveses en la batalla), pero aun así logró la mayoría de sus objetivos; cruzando a través de Bizancio hacia Bitinia, y desde allí hacia Nicea, detuvo su marcha. Del mismo modo, Fimbria también cruzó junto con los suyos. Pero como Flaco se irritaba porque la multitud prefería que Fimbria estuviera al mando, dado que gobernaba con benevolencia, y porque este injuriaba tanto a él como a los más destacados de los soldados, dos de ellos, inflamados de ira más que los otros, lo asesinaron. Por esto, el Senado se indignó contra Fimbria. Sin embargo, ocultando su indignación, logró que se le votara el consulado. Él, habiéndose convertido en jefe de todo el ejército, atrajo a las ciudades, a unas voluntariamente y a otras por la fuerza. El hijo de Mitrídates, teniendo consigo a Taxiles, a Diofanto y a Menandro, los mejores de sus generales, y llevando una gran fuerza, salió al encuentro de Fimbria. Al principio, los bárbaros llevaban la ventaja; pero Fimbria, pensando en recuperar mediante una estratagema las pérdidas sufridas en el despliegue( pues el enemigo superaba en número), cuando cada uno de los ejércitos llegó a un río, y lo pusieron como medio entre ambos, al desatarse una lluvia al amanecer, el general romano cruzó inesperadamente el río y, cayendo sobre los enemigos mientras dormían en sus tiendas, los mató sin que siquiera se dieran cuenta, habiendo escapado de la muerte pocos de los que estaban en el mando y de los jinetes, entre los cuales estaba Mitrídates, hijo de Mitrídates; y se puso a salvo en Pérgamo junto a su padre Mitrídates, junto con los que habían huido a caballo. Al ocurrir una desgracia tan grave y brillante para los reales, la mayoría de las ciudades se pasaron a los romanos. Mario, habiendo regresado a Roma tras su huida, Sila, temiendo( pues aquel era de la facción contraria) que con una huida similar pagara la afrenta contra él, envió una embajada a Mitrídates, proponiéndole los acuerdos con los romanos. Como este se mostró complacido con los acuerdos y pidió llegar a ellos, él mismo se dispuso con entusiasmo. Así pues, habiendo avanzado ambos el uno hacia el otro, Dárdano los recibió para los tratados, y se hicieron los acuerdos de los que se habían retirado, que Mitrídates se retirara de Asia ante los romanos, y que los reyes de linaje gobernaran a los bitinios y a Capadocia, y que se confirmara a Mitrídates el reino de todo el Ponto, y que proporcionara privadamente a Sila 80 trirremes y 3000 talentos para su propio regreso a
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Roma, y que los romanos no guardaran rencor a las ciudades por lo que se habían pasado a Mitrídates, aunque esto no sucedió según los acuerdos; pues más tarde esclavizaron a muchas de las ciudades. Sila, pues, llegó así brillantemente a Italia, y Mario se retiró de nuevo de la ciudad, y Mitrídates regresó a casa, habiendo sometido desde el principio a muchas de las naciones que se habían rebelado debido a la desgracia en la que había caído. Por parte del Senado es enviado Murena como jefe, y Mitrídates envía una embajada ante él, proponiendo al mismo tiempo los acuerdos con Sila y pidiendo que fueran firmes. Pero él, no prestando atención a la embajada( pues también los embajadores, siendo griegos y filósofos de vida, más bien denigraban a Mitrídates que lo recomendaban), se lanzó contra Mitrídates. Y tanto hizo más firme el gobierno de Ariobarzanes de Capadocia, como que fundó la ciudad de Ecinia en las entradas del reino de Mitrídates. En esto, tanto Murena como Mitrídates envían embajadas a los heracleotas, llamando cada uno por su parte a cada uno para una alianza. Los romanos, pues, consideraban su fuerza temible, pero también temían la vecindad de Mitrídates. Por ello responden a los embajadores de ellos, que habiéndose desatado tantas guerras, apenas podrían mantener la suya, y mucho menos ayudar a otros. Pero, en efecto, no pocos aconsejaban a Murena marchar hacia Sinope y mover la guerra sobre el reino, pues si tomaba esta, dominaría fácilmente a las restantes. Mitrídates, habiéndose asegurado esta con gran fuerza, se había establecido en una guerra cara a cara. Y en las pruebas al principio las cosas del rey eran más fuertes; luego la batalla se volvió indecisa, y la batalla convirtió en vacilación el entusiasmo de los enemigos. Por ello, Mitrídates se dirigió hacia los alrededores del Fasis y el Cáucaso, y Murena se marchó a Asia, y cada uno disponía lo suyo. No mucho tiempo después, Sila muere en Roma, y el Senado envía a Aurelio Cota a Bitinia y a Lucio Lúculo a Asia, a quienes se les dio la orden de luchar contra Mitrídates. Mitrídates preparaba otro ejército considerable, y el número de trirremes era de 400, y de las naves más pequeñas, tanto pentecónteras como cercuras, no era pequeño. Dando una fuerza a Diofanto, hijo de Mitro, lo envía a Capadocia para establecer guarniciones en las ciudades, y si Lúculo llegaba al Ponto, salir a su encuentro y apartarlo de la marcha hacia adelante. Él mismo llevaba consigo un ejército de infantería de 150. 000 hombres, 12. 000 jinetes, y llevaba consigo 120 carros falcados, y toda otra multitud de ingenieros que no faltaba. Se apresuraba a través de la Paflagonia Timonítide hacia Galacia, y al noveno día llega a Bitinia. Lúculo ordena a Cota que bloquee con toda la flota el puerto de los calcedonios. La flota de Mitrídates, al pasar por Heraclea, no fue recibida por ella, pero al pedir mercado, se lo proporcionaron. Y como es natural al producirse el trato, Arquelao, el general de la flota, capturó a Sileno y a Sátiro, hombres destacados de Heraclea, y no los soltó hasta que los convenció de tomar cinco trirremes aliadas para la guerra contra los romanos. Y a partir de esta acción( lo que también maquinaba Arquelao) el pueblo heracleota se ganó el odio de los romanos. Al establecer los romanos la recaudación de impuestos en las otras ciudades, también sometieron a Heraclea a estas por la causa mencionada. Los recaudadores, al llegar a la ciudad contra las costumbres de la política y exigiendo dinero, molestaban a los ciudadanos, considerándolo esto como un principio de esclavitud. Estos, debiendo enviar una embajada al Senado para ser liberados de la recaudación, persuadidos por uno de los más audaces de la ciudad, hicieron desaparecer a los recaudadores, de modo que incluso se desconocía su muerte. Al producirse una guerra naval contra la ciudad de Calcedonia entre romanos y pónticos, y al chocar también la fuerza de infantería, tanto la real como la romana, en batalla( comandaba Cota por una parte, y Mitrídates por la otra), los bastarnos derrotan a los italianos en la infantería, y causaron una gran matanza de ellos. Lo mismo sucedió también respecto a las naves, y en un solo día la tierra y el mar quedaron arruinados por los cuerpos de los romanos, habiendo perecido en la batalla naval 8000, y habiendo sido capturados 4500; del ejército de infantería, 3500 italianos, y de los de Mitrídates, unos 30 bastarnos, y del resto de la multitud 700. Así, el ánimo de todos fue subyugado por los éxitos de Mitrídates. Lúculo, acampando en el río Sangario, y habiendo conocido la desgracia, levantaba con palabras a los soldados desanimados. Al dirigirse Mitrídates hacia Cícico con gran orgullo y queriendo sitiar la ciudad, Lúculo, habiéndolo seguido y habiendo chocado en guerra, vence a los pónticos con fuerza, matando a un poco más de diez mil, y tomando 3000 cautivos. El ejército de los fimbrianos, sospechando que por el atrevimiento contra Flaco los jefes ya no los considerarían leales, enviaban secretamente a Mitrídates prometiendo deserción. Él, considerando la invitación como un regalo del cielo, al caer la noche, envía a Arquelao para confirmar los acuerdos y traer a los que se habían pasado. Los fimbrianos, cuando Arquelao llegó ante ellos, lo capturaron a él, y a los que estaban con él los eliminaron. Ante esta desgracia del rey, también cae hambre sobre su ejército, y mataba a muchos. Sin embargo, sufriendo por tantas desgracias, no se apartaba todavía del asedio de Cícico; pero poco después, habiendo sufrido y hecho mucho, sin embargo, dejando la ciudad inexpugnable, se retiró, habiendo establecido a Hermeo y a Mario como jefes de la infantería, llevando un ejército de más de 30. 000, y él mismo a través del mar. Al embarcarse él en los trirremes, ocurrían muchas formas de sufrimientos; pues los que estaban a punto de embarcar en ellas, sujetaban a las que ya estaban llenas y a las que estaban a punto de estarlo, y por la multitud de los que hacían esto, unas se hundían y otras se volcaban. Los cizicenos, al ver esto, se lanzaron contra los campamentos pónticos, y matando a los que quedaban cansados, si algo había quedado en el campamento, lo saqueaban. Lúculo, habiendo perseguido a la infantería hasta el río Esepo, los alcanza inesperadamente, y hace una gran matanza de los enemigos. Mitrídates, habiéndose recuperado como pudo, sitiaba Perinto, pero al fracasar en esta, cruza hacia Bitinia. Y cuando también Barbas llegó trayendo a muchos italianos, y además Triario, el jefe de los romanos, habiendo levantado el campamento, se presentó para sitiar Apamea, los apameos, resistiendo cuanto pudieron, al final abriendo las puertas los recibieron. La fuerza romana también tomó la ciudad de Prusa; esta estaba situada bajo el Olimpo asiático. Desde allí, Triario llega con la fuerza a Prusiada, la que está junto al mar; esta se llamaba antiguamente Ciero, en la que también se dice la llegada del Argo y la desaparición de Hilas y el vagabundeo de Heracles en busca de este y muchas otras cosas semejantes. Al llegar, los prusienses los recibieron fácilmente, habiendo rechazado a los pónticos. Desde allí llega a Nicea, custodiada por una guarnición mitridática. Los pónticos, al darse cuenta de que la mente de los de Nicea se inclinaba hacia los romanos, durante la noche se retiraron hacia Mitrídates a Nicomedia, y los romanos se apoderan de la ciudad sin esfuerzo. Esta ciudad, Nicea, lleva su nombre de una ninfa náyade, que obtuvo el nombre de Nicea, pero su obra ha sido de los niceos que hicieron campaña con Alejandro, y después de la muerte de aquel, en busca de patria, la fundaron y habitaron juntos. La náyade Nicea se dice que nació de Sangario, el dinasta de la región, y de Cibeles; pero prefiriendo la virginidad
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más que la unión con un hombre, tuvo su vida en las montañas y en la caza. De esta se enamoró Dioniso, pero al amar no obtenía lo que quería. Al no obtenerlo, intentaba suplir lo que faltaba a su propósito con artimañas. Llena, pues, la fuente de la que solía beber Nicea cuando se cansaba de la caza, con vino en lugar de agua. Ella, sin saber nada y haciendo lo acostumbrado, se sacia del líquido engañoso, y sirve incluso sin querer al deseo del amante; pues al tomarla la embriaguez y el sueño, Dioniso se une a ella, y engendra de ella hijos, a Sátiro y a otros. Los niceos, que levantaron la ciudad y la habitaron, tenían como patria una vecina de Fócide; hacia la cual, habiendo tenido muchas veces sediciones, más tarde fueron privados de la patria por esa misma, habiendo realizado con gran afán la destrucción de esta y el exterminio de los que estaban en Fócide. Pero Nicea tuvo así su nombre y su construcción, y así se pasó a los romanos. Mitrídates pasaba el tiempo en Nicomedia. Cota, queriendo recuperar algo de lo que había fallado anteriormente, vino desde Calcedonia, donde había sido derrotado, hacia Nicomedia, y acampa a 150 estadios de la ciudad, temiendo el encuentro de la batalla. Triario, por propia iniciativa, alcanza a Cota con gran afán, y al retirarse Mitrídates a la ciudad, el ejército romano se preparaba para sitiarla por ambos lados. Y cuando el rey se enteraba de que había sido derrotado en dos batallas navales, una la de Ténedos y otra la de Egeo, mientras Lúculo luchaba contra los pónticos, y no se consideraba capaz de luchar contra la fuerza presente de los romanos, navegaba hacia el río con la flota para el embarque, y al encontrarse con una fuerte tormenta, pierde algunos de los trirremes, y él mismo con la mayoría fue arrastrado al río Hipio. Allí, pasando el tiempo debido a la tormenta, atraía a Lámaco el heracleota, teniendo amistad antigua con él, y habiendo sabido que gobernaba la política, con muchas promesas para que lo preparara para ser recibido en la ciudad. Enviaba también dinero. Él devolvía la petición, y habiendo preparado un banquete público fuera de la ciudad espléndidamente para los ciudadanos, y habiendo garantizado con esto no tener ni siquiera las puertas cerradas, y habiendo emborrachado al pueblo, por una señal en el mismo día prepara secretamente la llegada de Mitrídates. Y así la ciudad, sin que los heracleotas se dieran cuenta de la llegada, cae bajo el poder de Mitrídates. Al día siguiente, el rey, habiendo convocado a la multitud, y habiendo saludado con palabras amistosas, y habiendo exhortado a mantener la benevolencia hacia él, y habiendo establecido 4000 guardias y al jefe de la guarnición Connacórex, con el pretexto de que si los romanos quisieran conspirar, ellos lucharían por la ciudad y serían salvadores de los habitantes, luego también habiendo repartido dinero a los que estaban en ella, especialmente a los que estaban en el poder, zarpó hacia Sinope. Lúculo, Cota y Triario, los generales romanos, habiendo llegado a Nicomedia, se lanzaron a invadir el Ponto; y cuando se les anunció la toma de Heraclea, y no se conoció la traición, sino que se consideró la deserción de toda la ciudad, a Lúculo le pareció ir con la mayor parte de la fuerza a Capadocia a través del interior contra Mitrídates y todo el reino, a Cota contra Heraclea, y a Triario, habiendo tomado la flota, acechar alrededor del Helesponto y la Propóntide a las naves mitridáticas enviadas a Creta e Iberia que regresaban. Mitrídates, al oír esto, se preparaba, y enviaba embajadas tanto a los reyes de los escitas como al parto y a su yerno Tigranes el armenio. Pero aquellos se negaron, y Tigranes, habiendo sido molestado muchas veces por la hija de Mitrídates y postergando, sin embargo, aceptó la alianza. Y Mitrídates, enviando diversos generales contra Lúculo, y al producirse el enfrentamiento, los cambios sucedían de muchas maneras, pero en la mayoría, sin embargo, las cosas de los romanos tenían éxito. El rey estaba desanimado. Pero habiendo reunido 40. 000 infantes y 8000 jinetes, envió a Diofanto y a Taxiles sobre los enviados anteriormente. Al unirse estos con los anteriores, al principio los enemigos se probaban unos a otros casi cada día con escaramuzas, luego se produjeron dos batallas de caballería, de las cuales una la ganaron los romanos, y la segunda los pónticos. Al desgastarse la guerra, Lúculo envía a buscar mercado a Capadocia, y al saberlo Taxiles y Diofanto envían 4000 infantes y 2000 jinetes, con el fin de atacar y quitar a los que transportaban los mercados. Y al chocar unos con otros, los romanos resultaron más fuertes; al enviar Lúculo ayuda a los suyos, se produce una derrota brillante de los bárbaros. Y en la huida de estos, la fuerza romana, guiada hacia el campamento de Diofanto y Taxiles, llegó, y al producirse una batalla fuerte contra ellos, los pónticos resistieron por poco tiempo, luego, al retirarse primero los generales, todos cedieron, y los generales llegaron ante Mitrídates como mensajeros de la derrota, y mucha multitud de los bárbaros pereció entonces. Así, al inclinarse las cosas de Mitrídates brillantemente, se realizó también el asesinato de las mujeres reales, y surgió en él el impulso de huir de Cabira, en las que pasaba el tiempo, secretamente de los otros súbditos. Y habría sido capturado en la huida, al perseguirlo los gálatas, aunque desconocían al que huía, si no se hubieran encontrado con una mula que llevaba oro y plata de los bienes de Mitrídates y se hubieran ocupado en el saqueo de esto. Y él mismo se pone a salvo en Armenia. Lúculo envió a Marco Pompeyo como jefe contra Mitrídates, y él mismo se apresuraba hacia Cabira con toda la fuerza, y habiendo sitiado la ciudad, tuvo a los bárbaros que se habían entregado bajo pacto y se apoderó de las murallas. Desde allí, habiendo llegado a Amiso, y exhortando con palabras a los que estaban en ella a pasarse a los romanos, al no convencerlos, dejando esta, traslada el asedio a Eupatoria. Y fingía luchar contra esta con desidia, para que, habiendo llamado también a los enemigos a un celo similar de desidia, lograra lo que se meditaba por un cambio repentino. Lo cual sucedió, y así tomó la ciudad con la estratagema; pues de repente, habiendo ordenado a los soldados tomar escaleras, sin que los guardias esperaran nada semejante, sino que estaban en descuido, permitió a los soldados saltar el muro a través de las escaleras, y así fue tomada Eupatoria, y al instante fue arrasada. Poco después también fue tomada Amiso, al subir los enemigos a las murallas de la misma manera a través de las escaleras. Y al principio hubo una matanza no pequeña de los ciudadanos, pero más tarde Lúculo detuvo la destrucción, y restituyó la ciudad a ellos y el territorio a los que se habían salvado, y los trataba más familiarmente. Mitrídates, habiendo llegado ante su yerno, y pidiendo obtener una reunión, no la obtiene, pero recibe de él una guardia del cuerpo y participaba de la otra acogida. Lúculo también envió un embajador ante Tigranes, Apio Clodio, pidiendo a Mitrídates. Pero él no lo entregó, diciendo que la censura temida por todos los hombres, si traicionara al padre de su esposa; pero que sabía que Mitrídates era malvado, pero que se sentía avergonzado por el parentesco. Escribe también una carta a Lúculo que contenía las palabras dichas, la cual irritó al que la recibió; pues no lo escribió como autócrata, reprochando que ni él mismo lo había saludado a él según las cartas como rey de reyes. Aquí termina la decimoquinta historia. La historia siguiente narra lo siguiente. Cota, habiendo tomado los ejércitos romanos, marchaba contra Heraclea, pero primero se dirigió hacia Prusiada( la Prusiada antes se llamaba Ciero por el río que fluía junto a ella; pero el rey de Bitinia
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habiendo quitado esta a los heracleotas, la renombró de sí mismo). Desde allí bajó al mar póntico, y habiendo pasado la costa, rodeó el ejército con los muros que estaban en la cima. Los heracleotas confiaban en la fortaleza del lugar, y mientras Cota sitiaba fuertemente, luchaban junto con los guardias; y la matanza de la multitud romana era mayor, y las heridas de los heracleotas muchas por los proyectiles. Cota, pues, retira el ejército del asalto a los muros, y acampando un poco lejos, dirigía todo el objetivo a impedir las salidas de los sitiados para las necesidades. Al escasear los víveres en la ciudad, se enviaba una embajada a los colonos, pidiendo provisión de alimento mediante compra. Ellos se alegraban con la embajada. Poco antes, Triario, teniendo la flota romana, se lanzó desde Nicomedia contra los trirremes pónticos, que el relato dijo anteriormente que fueron enviados a Creta e Iberia. Al saber que los restantes habían regresado al Ponto( pues muchas de ellas se hundieron en la destrucción tanto por la tormenta como por las batallas navales parciales), las alcanza, y entabla la batalla alrededor de Ténedos, teniendo él 70 trirremes, y los pónticos llevando poco menos de 80. Al producirse la guerra, al principio los del rey resistían, pero más tarde, al producirse una derrota brillante de ellos, el ejército romano venció con fuerza, y así toda la flota mitridática, cuanta había zarpado con él hacia Asia, fue capturada. Cota, acampando junto a Heraclea, no atacaba con todo el ejército al asedio por el momento, sino que atacaba por partes, exponiendo a algunos de los romanos, pero a muchos de los bitinios; al ser heridos y eliminados muchos, ideaba máquinas, de las cuales parecía a los sitiados la tortuga más temible. Lleva, pues, esta, habiendo movido toda la fuerza contra una torre que estaba sospechosa de sufrir; al ser golpeada una y dos veces, no solo resistió contra lo esperado, sino que el ariete de la otra embestida se rompió antes, proporcionando alegría a los heracleotas, pero angustia a Cota que lo perturbaba, como si la ciudad nunca fuera a ser tomada. Al día siguiente, pues, habiendo llevado de nuevo la máquina y no logrando nada, quema la máquina, y corta también las cabezas de los ingenieros, y habiendo dejado una guarnición en los muros, pasaba el tiempo con el resto de la multitud en la llamada llanura Licaea, teniendo el lugar abundancia de víveres, y desde allí devastaba todo el territorio alrededor de Heraclea, empujando a los ciudadanos a una gran impotencia. Enviaba, pues, embajadas de nuevo a los queroneses en Escitia y a los teodosianos y a los dinastas alrededor del Bósforo por una alianza; y la embajada regresaba sin éxito. Al estar los enemigos sobre la ciudad, no mucho menos le atacaban las cosas que molestaban dentro. Pues los guardias no se contentaban con lo que vivía el pueblo, sino que golpeando a los ciudadanos, ordenaban por necesidad proporcionar lo que no era fácil para ellos. Y de los guardias era aún más cruel el que estaba al frente de ellos, Connacórex, no impidiendo sino permitiendo la violencia a los que estaban bajo su mano. Habiendo cortado el territorio, Cota ataca de nuevo los muros; al ver a los soldados desanimados para el asedio, los retira del asalto a los muros, y envía a llamar a Triario para que llegue con rapidez con los trirremes y evite el aprovisionamiento de la ciudad a través del mar. Habiendo tomado, pues, lo que tenía Triario y 20 naves rodias, cuya multitud total ascendía a 43, cruza al Ponto, y comunica a Cota tanto el momento como la llegada; y bajo el mismo día Cota acercaba el ejército a los muros y aparecía la llegada de las naves de Triario. Al estar perturbados, pues, los heracleotas ante lo repentino de la llegada de las naves, botaban 30 naves al mar, sin llenar ni siquiera estas con precisión, y el resto se dirigía al asedio. La flota heracleota se lanzaba contra las que navegaban de los enemigos. Primero, pues, los rodios
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( pues parecían superar a los otros en experiencia y valentía) chocaron contra las de Heraclea, y al instante hundieron 3 de los rodios y 5 heracleotas. Al añadirse a la batalla naval también los romanos, y habiendo sufrido y hecho mucho a los enemigos, pero habiendo dañado más, derrotaron a las de Heraclea y las obligaron a huir hacia la ciudad, habiendo perdido 14. Las que derrotaron se anclaban en el gran puerto. Cota levantaba también la infantería del asedio; los de Triario, al navegar cada día desde el puerto, impedían a los que se lanzaban a llevar grano a los sitiados, y una escasez grave ocupaba la ciudad, de modo que el llamado fénix de trigo llegó a 80 áticos. Ante los otros males, también una peste cayó sobre ellos( ya sea por el cambio de aires o por la dieta inusual) causaba una destrucción variada sobre variadas formas de sufrimientos; en los cuales también Lámaco había perecido con una destrucción más amarga y larga que los otros. La enfermedad afectó especialmente también a los guardias, de modo que de 3000 murieron 1000. El sufrimiento no pasaba desapercibido a los romanos. Y Connacórex, sufriendo por las desgracias, decidió traicionar la ciudad a los romanos y cambiar su propia salvación por la destrucción de los heracleotas. Se le unía también un hombre heracleota, celoso de la decisión de Lámaco, de nombre Damófeles, jefe de la guarnición también él establecido en la ciudad tras la destrucción de Lámaco. Connacórex, pues, se guardaba de Cota como de carácter pesado y poco fiable, pero se aliaba con Triario. A estos se unía también Damófeles no menos. Y habiendo tomado acuerdos, con los que esperaban ser felices ellos mismos, se preparaban para la traición. Desde arriba, pues, lo que hacían los traidores se filtraba al pueblo. La ciudad, pues, se reunió en asamblea y llamaban al jefe de la guarnición. Britágoras, hombre destacado de los que estaban en el pueblo, habiendo llegado ante Connacórex, exponía las cosas que ocupaban a Heraclea, y si a él también le parecía, trataba de hablar con Triario para la salvación común de todos. Habiendo suplicado esto Britágoras con mucha lástima, levantándose Connacórex, fingía que tal acuerdo no se realizara, y que se aferraran a la libertad y a las esperanzas mejores; pues también el rey había sabido por cartas que había sido recibido amistosamente por Tigranes el yerno, y que no esperaba de allí a mucho tiempo la ayuda suficiente. Pero Connacórex fingía esto ante ellos; los heracleotas, engañados por estas palabras( pues siempre es elegible lo deseable) creían como verdaderas las cosas contadas. Connacórex, al saber que estaban engañados, a medianoche, habiendo embarcado silenciosamente el ejército en los trirremes( pues los acuerdos con Triario permitían irse sin sufrir males, y si algo hubieran ganado, llevarlo consigo), y él mismo zarpó con ellos. Damófeles, habiendo abierto las puertas, recibía al ejército romano y a Triario, a unos a través de la puerta, y a otros saltando la corona, y entonces los heracleotas se dieron cuenta de la traición. Y unos se entregaban a sí mismos, otros eran asesinados, los tesoros y los muebles eran saqueados, y mucha crueldad se apoderaba de los ciudadanos, recordando los romanos cuánto habían sufrido durante la batalla naval y cuánto habían soportado sufriendo en el asedio. No se abstenían, pues, ni siquiera de los que habían huido a los templos, sino que los mataban junto a los altares y las estatuas. Por ello, muchos, escapando de los muros por miedo a la muerte inevitable, se dispersaban por todo el territorio; otros se veían obligados a desertar ante Cota. De los cuales él, al enterarse de la toma y la destrucción de los hombres y el saqueo de los bienes, se llenaba de ira, y se apresuraba rápidamente hacia la ciudad. Se irritaba también el ejército, como si no solo hubieran sido privados de la gloria por los éxitos, sino también de todas las ganancias saqueadas por los mismos. Y habrían entrado en batalla contra los
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se volvieron implacables con sus compatriotas y se habrían masacrado unos a otros si Triario, al darse cuenta de su arrebato, no hubiera apaciguado a Cotta y al ejército con muchas palabras, asegurándoles que los beneficios se depositarían en el fondo común, frenando así la guerra civil. Cuando se enteraron de que Connacóreces había tomado Tio y Amastris, Cotta envió inmediatamente a Triario para que le arrebatara las ciudades. Él mismo, tras tomar a los hombres que se habían rendido y a las personas capturadas, trató el resto con toda crueldad. De hecho, al buscar dinero, no perdonó ni siquiera lo que estaba en los templos, sino que retiró las estatuas y las imágenes, que eran muchas y hermosas. Incluso se llevó al Hércules del ágora y su equipo de la pirámide, que en lujo, tamaño, ritmo, gracia y arte no se quedaba atrás de ninguno de los que son elogiados. Había una maza forjada de oro puro, sobre la cual se extendía una gran piel de león, y un carcaj del mismo material, lleno de flechas y un arco. Tras retirar muchas otras ofrendas hermosas y maravillosas de los templos y de la ciudad, las cargó en los barcos. Y, por último, ordenando a los soldados que prendieran fuego a la ciudad, la incendió en muchas partes. La ciudad fue tomada tras resistir dos años de asedio. Triario, al llegar a las ciudades a las que había sido enviado, dio permiso de retirada a Connacóreces( pues este pretendía encubrir la traición de Heraclea con la toma de otras ciudades) y tomó las ciudades mediante un acuerdo. Cotta, tras realizar lo que se ha dicho, envió la infantería y la caballería a Lúculo, dejó marchar a los aliados a sus patrias y él mismo se hizo a la mar con la flota. De las naves que transportaban el botín de la ciudad, algunas, al ir sobrecargadas, se hundieron poco después de alejarse de tierra, y otras, al soplar el viento del norte, fueron arrojadas a los pantanos, perdiendo gran parte de la carga. Leonipo, a quien junto con Cleócares se le había confiado Sinope por parte de Mitrídates, desesperado por la situación, envió a alguien a Lúculo para tratar sobre la traición. Cleócares, junto con Seleuco( pues este también era un general de Mitrídates de igual rango que los mencionados), al enterarse de la traición de Leonipo, reunieron una asamblea y lo acusaron. Pero el pueblo no los aceptó, pues les parecía un hombre honrado. Los partidarios de Cleócares, temiendo la benevolencia de la multitud, asesinaron al hombre en una emboscada nocturna. El pueblo se afligió por el suceso, pero los partidarios de Cleócares, al hacerse dueños de la situación, gobernaron tiránicamente, pensando que así escaparían del castigo por el asesinato de Leonipo. En esto, Censorino, almirante de los romanos, que llevaba quince trirremes con grano para el ejército romano, atracó cerca de Sinope. Los partidarios de Cleócares y Seleuco, al salir a su encuentro con trirremes sinopeanos bajo el mando de Seleuco, entablaron una batalla naval, vencieron a los italianos y les arrebataron los barcos de carga para su propio beneficio. Los partidarios de Cleócares se envalentonaron con el éxito y gobernaron la ciudad aún más tiránicamente, realizando ejecuciones de ciudadanos sin juicio y abusando de los demás con crueldad. Surgió también una disputa entre Cleócares y Seleuco; pues a uno le agradaba persistir en la guerra, mientras que a Seleuco le placía matar a todos los sinopeanos y entregar la ciudad a los romanos a cambio de grandes recompensas. Sin embargo, ninguna de las opiniones prevaleció, y cargando secretamente los bienes en barcos mercantes, los enviaron a Macares, el hijo de Mitrídates, que en aquel momento estaba cerca de la Cólquide. En esto, Lúculo, el comandante de los romanos, llegó a la ciudad y la asedió con fuerza. Macares, el hijo de Mitrídates, envió una embajada a Lúculo para tratar sobre la amistad y la alianza. Él la aceptó de buen grado, diciendo que consideraría firmes los acuerdos si también enviaba provisiones a los sinopeanos. Él no solo hizo lo que se le ordenó, sino que también envió a Lúculo lo que había preparado para enviar a los mitridáticos. Los partidarios de
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Cleócares, al ver esto y desesperar por completo, cargaron gran riqueza en los barcos y, permitiendo a los soldados saquear la ciudad( esto se hizo durante la noche), huyeron a través de los barcos hacia el interior del Ponto( tenían como colonos en esos lugares a los sanigos y a los lazios), prendiendo fuego a las naves que quedaron atrás. Al levantarse la llama, Lúculo se dio cuenta de la acción y ordenó acercar escaleras a la muralla; ellos subieron, y al principio hubo una matanza no pequeña, pero Lúculo, compadeciéndose del sufrimiento, detuvo la matanza. Así fue como Sinope fue tomada. Amasea aún resistía, pero no mucho después también se rindió a los romanos. Mitrídates, pasando un año y ocho meses en las partes de Armenia, aún no se había presentado ante Tigranes; pero cuando Tigranes fue persuadido de presentarlo a la vista, se encontró con él con una procesión brillante y lo recibió como a un rey. Tras hablar con él en privado durante tres días y agasajarlo después con espléndidos banquetes, le dio diez mil jinetes y lo envió de vuelta al Ponto. Lúculo, habiendo llegado a Capadocia y teniendo como amigo al gobernador de esta, Ariobarzanes, cruzó inesperadamente el Éufrates a pie y llevó el ejército a la ciudad donde había sabido que se custodiaban las concubinas de Tigranes y muchas de sus posesiones más valiosas. Había dejado también a quienes debían asediar Tigranocerta y otro ejército en los lugares más importantes. Así, estando Armenia asediada en muchas partes, Tigranes enviaba a llamar a Mitrídates. También envió un ejército alrededor de la ciudad donde había puesto a las concubinas, los cuales, al llegar y bloquear las salidas del campamento romano con flechas, sacaron a las concubinas y los tesoros más valiosos durante la noche. Al amanecer, y luchando valientemente los romanos junto con los tracios, se produjo una gran matanza de armenios y fueron capturados vivos no menos de los que fueron asesinados; sin embargo, lo que se había enviado antes se salvó para Tigranes. Este, tras reunir una fuerza de ochenta mil hombres, descendió para liberar a Tigranocerta de los que la rodeaban y defenderse de los enemigos. Al llegar y ver el pequeño campamento de los romanos, lanzó palabras arrogantes, diciendo que si eran embajadores, eran muchos, pero si eran enemigos, eran totalmente pocos; y tras decir esto, acampó. Lúculo, habiendo formado para la batalla con técnica y entrenamiento, y habiendo animado a los suyos, hizo girar inmediatamente el ala derecha, luego el ala cercana se inclinó junto con esta, y sucesivamente todos los demás. Y una derrota terrible e imparable se apoderó de los armenios, y la matanza de hombres siguió en consecuencia. Tigranes, tras ponerse la diadema y las insignias del mando, huyó hacia una de las fortificaciones. Lúculo, volviendo a Tigranocerta, la asedió con mayor entusiasmo. Los generales de Mitrídates en la ciudad, desesperando de todo, entregaron la ciudad a Lúculo para su propia salvación. Mitrídates, sin embargo, al llegar ante Tigranes, lo reconfortó, le puso una vestimenta real no inferior a la habitual y le aconsejó reunir gente, teniendo él mismo una fuerza no pequeña, como para volver a luchar por la victoria. Él le confiaba todo a Mitrídates, otorgándole más en su nobleza y prudencia, y siendo capaz de resistir más en la guerra contra los romanos. Él mismo enviaba embajadas al parto Fradates para que le cediera Mesopotamia, Adiabene y los Grandes Aulones. Al llegar también embajadores de Lúculo ante el parto, este fingió ser amigo y aliado de los romanos en privado, mientras que en privado trataba lo mismo con los armenios. Cotta, al llegar a Roma, recibió el honor del senado de ser llamado comandante póntico, porque había tomado Heraclea. Pero al llegar a Roma la calumnia de que había hecho desaparecer una ciudad tan grande por ganancias personales, recibió el odio público,
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y la gran riqueza que lo rodeaba despertaba envidia. Por ello, introdujo gran parte del botín en el tesoro de los romanos, tratando de disipar la envidia por la riqueza, aunque no los hizo más amables, pues suponían que repartía poco de mucho. Decretaron inmediatamente que los prisioneros de Heraclea fueran liberados. Trasimedes, uno de los de Heraclea, acusó a Cotta ante la asamblea, exponiendo la benevolencia de la ciudad hacia los romanos, y que si se desviaban de ella, no lo hacían por voluntad de la ciudad, sino por el engaño de alguno de los que estaban al frente de los asuntos o por la fuerza de los atacantes. Lamentaba el incendio de la ciudad y todo lo que el fuego había destruido, cómo Cotta derribaba las estatuas, las tomaba como botín y destruía los templos, y todo lo demás que había hecho con crueldad, enumerando el oro y la plata incalculables de la ciudad y la otra felicidad de Heraclea que se había apropiado. Tras haber expuesto Trasimedes tales cosas con lamentos y lágrimas, y haberse conmovido los líderes por el sufrimiento( pues también pasó la multitud de prisioneros, hombres junto con mujeres con niños en ropas de luto, extendiendo ramas de súplica con llantos), Cotta, al pasar, habló brevemente en su lengua patria y luego se sentó. Y Carbón, levantándose, dijo: Nosotros, Cotta, te permitimos tomar la ciudad, pero no destruirla. Después de él, otros también acusaron a Cotta de manera similar. A muchos, por tanto, Cotta les pareció digno de destierro; sin embargo, moderándose, votaron en contra de su destierro, pero devolvieron a los heracleotas su territorio, el mar y los puertos, y decretaron que nadie fuera esclavo. Tras haber logrado esto Trasimedes, envió a la mayoría a su patria, mientras él mismo, junto con Britágoras y Propilo( Propilo era hijo de Britágoras), permaneció durante los años siguientes estableciendo el resto de los asuntos urgentes. Y tras pasar algunos años, regresó a Heraclea con tres barcos ligeros. Al llegar, ideó todas las formas de repoblar la ciudad, como llamándola a un renacimiento; pero haciendo todo lo posible, apenas logró reunir a ocho mil, junto con los cuerpos de los sirvientes. Britágoras, mientras la ciudad crecía, tuvo esperanzas de devolver la libertad al pueblo, y habiendo pasado muchos años, y estando ya el mando de los romanos concentrado en un solo hombre, Cayo Julio César, se apresuró hacia él. Le acompañaban en la embajada otros de los ilustres y su hijo Propilo. Britágoras, al ser conocido por César y haber logrado acercarse más a la amistad, lo consiguió mediante una promesa, aunque no pudo obtener la libertad de inmediato, ya que Cayo no estaba en Roma sino que corría hacia otros lugares. Sin embargo, Britágoras no desistió, sino que, siendo llevado por todo el mundo junto con César, era visto por él, como si el comandante lo aceptara por su insistencia. Al cumplirse doce años de espera, y pensando César en su regreso a Roma, Britágoras, consumido por la vejez y los continuos esfuerzos, muere, dejando un gran duelo a su patria. A tal fin llega también el décimo libro de la historia de Memnón. La obra es sensata y sigue el estilo sobrio, sin descuidar la claridad, evitando las digresiones, a menos que alguna necesidad obligue a entrelazar cosas ajenas al propósito. Tampoco se desvía frecuentemente hacia esto, sino que, tras mencionar lo urgente, vuelve a retomar con facilidad el propósito que se había propuesto al principio. Y utiliza palabras habituales, a menos que raramente se desvíen. Las primeras ocho historias y las posteriores a la décima aún no las tenemos a la vista. Se leyó el libro del santo papa Eulogio de Alejandría en dos discursos. El libro es una defensa de los que están en
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el tomo de León, el santo sumo pontífice de Roma, y una refutación de Timoteo y Severo, quienes hablaron mal del tomo. Pues la herejía se jacta de haber luchado contra el concilio y el tomo, pero Severo de manera más amplia y Timoteo de manera más precisa. El libro está dirigido a Domiciano, el obispo de Melitene. El primer discurso se completa en cuatro capítulos, y el segundo en diez capítulos. Tras los proemios, el primer libro narra la causa por la cual surgió el escrito y cómo lo hizo por exhortación de hombres piadosos. Tras esto, expone una ley y un canon de que no se debe juzgar los escritos por partes, ni tomando algunos fragmentos, difamar a través de ellos toda la intención del escritor; pues contra tales personas el profeta lanza la maldición:¡ Ay de los que profetizan, dice, desde su corazón, y no ven el conjunto! Esta ley y canon también lo confirman los votos de nuestros santos padres. Pues también Eustacio, el obispo de los antioquenos, en seis discursos sobre los arrianos, dice así con sus propias palabras: Pero los maravillosos mediocres de la escena de Arrio dicen que Cristo ha cometido pecado; y después de poco: Pero el hecho de que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, ni lo traen a la memoria ni lo pronuncian con los instrumentos de la lengua, sino que, como terribles calumniadores y acusadores, mutilan el pasaje y hacen el combate de la acusación. Luego también el voto a favor de la ley: Es necesario que los luchadores legítimos, con amor a la verdad, incluyan todo sin omitir nada, y no, para engañar, callar una parte y sacar otra. Del mismo modo, el divino Basilio escribe así enviando una carta a los sozopolitas: Este sacrilegio no es más reciente que la doctrina, sino que comenzó hace mucho tiempo desde el insensato Valentín, quien, arrancando pocas palabras del apóstol, construyó para sí su impía invención. De modo que es propio de la locura de los herejes tomar una parte de la escritura y, alterándola, calumniar a través de ella el resto, y mediante la calumnia y el corte de los oráculos sagrados, consolidar para sí mismos la impiedad. Así podría ser acusado ante los impíos también Pedro, el corifeo de los apóstoles, como si dividiera al Emmanuel, cuando dice: A Jesús de Nazaret, como lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, quien pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Sí, y también a Pablo, quien rodeó el mundo con la predicación de la piedad, el mutilador y calumniador lo acusará con cosas similares, en las que, hablando ante los atenienses, dijo: Manda a todos los hombres que se arrepientan, por cuanto ha establecido un día en el que juzgará al mundo con justicia, en el hombre que determinó, dando fe a todos, resucitándolo de entre los muertos. En lo cual, escribiendo de nuevo a los hebreos, dice: Quien en los días de su carne, ruegos y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y lo siguiente.¿ Acaso el calumniador, haciéndose juez de sus propios robos y desgarros, no condenaría a los predicadores de su divinidad, como si dijeran que nuestro Señor Jesucristo es solo un hombre? Pero no es así el amigo de la verdad, sino que, añadiendo a lo dicho anteriormente lo que en otra parte fue teologizado sobre el Salvador por los predicadores de la piedad, demostrará que los maestros de la piedad están por encima de toda injuria. Por ejemplo, añadirá a lo dicho anteriormente: De quienes son los padres, y de quienes es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos, amén. Sí, y también: Quien siendo resplandor de su gloria y carácter de su sustancia, y llevando todas las cosas con la palabra de su poder. Quien armonice esto con lo primero, refutará también a Nestorio, quien es impío en esto, y mostrará la piedad más brillante. Así también el admirable Basilio aconseja de nuevo que el juicio sobre las palabras se haga, en lo que escribe a los monjes: Las cosas dichas de manera ambigua y
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que parecen haber sido dichas de forma encubierta en algunos lugares de la escritura inspirada por Dios, son aclaradas por las cosas confesadas en otros lugares. Y que no se debe juzgar la piedad del escritor a través de algunos desgarros y recortes, la verdad emite un rayo tan brillante que incluso al mismo Severo, aunque ciego en estas cosas, lo convenció de ver esto; pues escribe a Juliano de Halicarnaso: Es necesario, por tanto, leer completamente las enseñanzas de los santos mistagogos de la santísima iglesia a través de los tiempos, y no presentar partes de ellos y conjeturar peligrosamente sobre toda su intención. Esto conviene hacerlo también con los escritos apostólicos y evangélicos y con toda la escritura inspirada por Dios, puesto que ni siquiera a partir de una sola frase o carta o tratado es posible representar toda la piedad del escritor. Así, el rayo del canon de la verdad hizo que incluso Severo, aunque ciego, disfrutara de su propia luz. Pero, en efecto, pudo ver el poder invencible de la ley, pero no se preocupó de usar la insensatez de su juicio. Pues el tomo de León, de santa memoria, no lo pesó con la ley que proclamó, sino con la lengua de la antipatía, y avanzando a través de algunos desgarros y palabras falsas, pareció escribir sobre la impiedad al piadoso, siendo él mismo verdaderamente lo que se atrevió a calumniar en otros. Pues,¿ quién lanzó otro dardo más agudo contra el impío Nestorio que aquella voz firme y leonina: El Dios impasible no se avergonzó de convertirse en hombre pasible, y el inmortal de estar sujeto a las leyes de la muerte? Pero el calumniador pasa por alto estas cosas, y cortando y distorsionando otros dichos hacia su propia intención, ni se avergüenza de la voz mencionada, ni quiere conocer más la ley honrada por él con palabras. Pues si toda la carta de León, de santa memoria, caminara a través de ambigüedades, y de las cuales los acéfalos culpan la división de la única hipóstasis, tal vez la ignorancia sería para ellos una excusa de la calumnia; pero puesto que la piedad es evidente a través de miles,¿ cómo no añaden los calumniadores una segunda impiedad a la primera? Pero en esto están los dos capítulos. El tercero sería la exposición de los dichos calumniados de León, de santa memoria, y la contraexposición del mismo tomo, a través de la cual se estigmatiza brillantemente el juicio injusto de los calumniadores. Es, de los calumniados, primero: Pues cada naturaleza guarda sin falta su propia propiedad, y así como la forma de Dios no anula la forma del siervo, así la formación del siervo no disminuyó la forma de Dios. El dicho, por tanto, y por sí mismo, es un fruto de una intención piadosa, pero que se contraponga a esto de la misma carta; pues así se demostraría mejor la maldad de la impiedad. Pues dice así: El mismo unigénito del eterno Padre nació eterno del Espíritu Santo y de María la virgen, cuyo nacimiento temporal no disminuyó ni añadió nada a su nacimiento divino y eterno, hasta que fue concebido, por tanto, es evidente que del Espíritu Santo en el vientre de una madre virgen, la cual, habiendo guardado así la virginidad, lo dio a luz, así como también lo concibió permaneciendo la virginidad intacta.¿ Acaso Nestorio pensó alguna vez en esto?¿ Acaso alguien encontrará alguna calumnia contra esto, aunque tenga en sí mismo al diablo, el homicida desde el principio, actuando?¿ Por qué, pues, no ajustamos a esto también si algo es ambiguo, sino que nos atrevemos a calumniar esto más bien desde allí? Mira, pues, al acéfalo cómo de nuevo no se avergüenza de atacar otra frase, que dice: En tanto que ambos están juntos, también lo humilde del hombre y la grandeza de la divinidad; pues así como Dios no sufre cambio al compadecerse, así el hombre no se consume por la grandeza de la dignidad divina. Pues,¿ cómo no se avergonzó al contraponer la voz que dice y para que se pague la deuda debida de nuestra naturaleza, la naturaleza divina se unió a la naturaleza pasible, para que esto, que es apropiado para nuestras curaciones, siendo uno y el mismo mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús, pueda morir por uno y no pueda morir por el otro. De nuevo presentan la forma para la acusación: Pues cada forma actúa con la comunión de la otra, hasta que una de ellas brilla con los milagros, y la otra está sujeta a las injurias. Los acusadores mienten al enseñar que el dicho dice que hay dos que actúan. Pero aquel, de nuevo, al contraponer su propia voz, cierra las bocas de estos, diciendo: Uno y el mismo es verdaderamente hijo de Dios y verdaderamente hijo de hombre, Dios según esto, en cuanto que en el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios, hombre según esto, en cuanto que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros hasta: A quien, pues, como hombre tienta la astucia del diablo, a este, como siendo Dios, sirve el orden de los ángeles. Pues lo dicho aquí explica claramente lo que la herejía se levantó a calumniar, y lo muestra por encima de toda calumnia. Cuarto, calumnian la frase que tiene: Cuando viene al bautismo de su precursor Juan, para que no se oculte que la divinidad se ocultaba bajo el velo de la carne, la voz del Padre, clamando desde el cielo, dice: Este es mi hijo amado, en quien me complací. Pero inmediatamente los avergüenza el adorno de la jerarquía romana; pues dice: Procede, pues, al humilde mundo el Hijo de Dios, descendiendo del trono celestial y no apartándose de la gloria paterna, convirtiéndose en un orden nuevo y un nacimiento nuevo, nuevo en el orden, porque siendo invisible, se hizo visible en los nuestros hasta: Pues el que es Dios verdadero, él mismo es también hombre verdadero; y después de esto: Así como, para omitir muchas cosas, no es de la misma naturaleza el llorar por disposición de compasión al amigo fallecido, y el que el mismo, a punto de revivir, tras disiparse el obstáculo del entierro de cuatro días, resucitara ante la orden de la voz y lo siguiente hasta: Quien por revelación del Padre confesó que el mismo es Hijo de Dios y Cristo. Pero de nuevo la herejía desgarra el dicho que dice: Aunque en el Señor Jesús Cristo sea una la persona de Dios y del hombre, sin embargo, es otra aquella de la cual es común en ambos lo de la injuria, y otra de la cual es común lo de la gloria. Pero el hombre santo avergüenza a los impíos, siendo desvergonzados, a través de sí mismo. Dice: Después de la resurrección del Señor, la cual, evidentemente, ha ocurrido de su cuerpo verdadero, puesto que no resucitó otro sino el crucificado y muerto, hasta: Pero confesaremos un solo Hijo de Dios, el Verbo y la carne. Pero aún salta la mentalidad herética, y calumnia: Por esta, pues, unión de la persona que debe entenderse en cada naturaleza. Pero también aquí el calumniado los derriba con sus propias armas, diciendo: En la naturaleza íntegra y perfecta del hombre, Dios nació verdaderamente, todo en lo suyo y todo en lo nuestro, y lo siguiente: Por tanto, quien permaneciendo en forma de Dios hizo al hombre, así se hizo hombre en forma de siervo. De nuevo la herejía se arma contra:¿ Qué naturaleza, clavada con clavos, cuelga en el madero de la cruz? Y de nuevo el estratega de la piedad derrota al enemigo, trayendo consigo muchos aliados; sin embargo, también por sí mismo los derriba aquí. Pues hablando de Eutiques, dice: Quien no reconoció nuestra naturaleza en el unigénito Hijo de Dios, ni a través de la humildad ni a través de la gloria de la resurrección, y lo siguiente hasta:¿ Y qué es lo que divide a Jesús, sino separar de él la naturaleza humana, el misterio a través del cual solo fuimos salvados, intentan realizarlo en vano a través de invenciones desvergonzadas? Los dichos, pues, de León, de santa memoria, y los
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Lo que es calumniado en vano y lo que avergüenza a quienes calumnian es esto: aquello que estrecha tanto la unión que uno se admira de cómo los sicofantes no acusaron al hombre de confusión a partir de estos términos, del mismo modo que fraguaron la división a partir de lo que fue calumniado. Pues,¿ cómo es que el decir que el Dios impasible no desdeñó hacerse hombre pasible, y el inmortal someterse a las leyes de la muerte, y el intemporal comenzar a existir a partir del tiempo, pasó inadvertido a los amargos sicofantes para no acusar al hombre de confusión a través de esto? Sin embargo, así como esto fustiga la división, así también aquello desbarata la confusión.¿ Por qué, pues, el autor procedió mediante tales expresiones? En aquel entonces se libraba una doble guerra contra la Iglesia, teniendo aquí a Eutiques como cabecilla, y allí a Nestorio, quien incluso después de la herida y la caída seguía combatiendo. Por tanto, el estratega de la piedad, luchando contra ambos, hería a sus adversarios con dardos propios y adecuados; y al combatir a Nestorio, a los insensatos les parece que introduce la confusión debido a la confesión de la unión extrema, mientras que al enfrentarse a Eutiques y precisar la diferencia de las naturalezas, es acusado de proponer una diferencia de hipóstasis. Pero el oyente imparcial debe examinar el propósito del autor y observar todo el hilo de la obra. Que el enemigo le atacaba desde dos frentes, él mismo lo enseña claramente al escribir al piadosísimo emperador León y anatematizar tanto a Nestorio como a Eutiques. Era necesario, pues, atender con reverencia a los trabajos de los padres, y no estar dispuestos a la difamación en lugar de a la gratitud. Y así como los arrianos, al trasladar las expresiones humildes y la pasión a la divinidad del Hijo para así rebajarlo respecto al Padre, obligan a los padres a usar palabras más toscas, llamando al hombre del Señor y al asumido...
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Se leyó el libro de Eulogio, el santísimo papa de Alejandría, en el cual aparece defendiendo los dogmas de la piedad y avergonzando a los defensores de la impiedad. Se le opone el tomo del papa León, de entre los santos, calumniado y difamado por Teodosio y, en algunos lugares, por Severo, de los acéfalos; pero él estigmatiza la insensatez y maldad de ellos, demostrando que no dicen nada verdadero o necesario, sino cosas falsas y fraguadas, y que no se arman tanto contra aquel con quien disputan, sino no menos contra todos los santos juntos, cuyas invocaciones ni siquiera son capaces de negar, como si no los honraran; y, sobre todo, los presenta claramente, con aquello con lo que difaman al piadoso León, emitiendo sentencia contra el divino Cirilo y( lo que es más admirable) contra sí mismos; pues aquellas voces que ladran, las presenta el divino Cirilo muchas veces, así como el coro de los otros santos, que completan Atanasio, los Gregorios, Basilio, Ambrosio y Anfiloquio. Y la última prueba de su manía es que en muchos lugares presenta al mismo Severo, el dogmatizador de aquellos, a quien el que está entre los santos, León, habiendo usado tales cosas, es atacado con miles de insultos de herejía por Teodosio y el mismo Severo; de tal modo demostró su manía al armar a quienes eran dirigidos por ella, que, al infligirse a sí mismos heridas mortales, no recibían ninguna conciencia de la pasión. Este autor es, pues, claro y agradable, y realiza las refutaciones por un camino breve y suave, sin dejarse llevar a nada fuera de lo necesario. Y en catorce capítulos, en los que los heréticos despedazan el tomo de León, de entre los santos, sobre los cuales vierten acusaciones, quejas y censuras irracionales, él mismo dividió en otras tantas partes de refutación la fuerte e ineludible prueba de la calumnia acéfala. Añade a esto también la absolución del concilio de Calcedonia de lo que la misma lengua herética acusa, al no decir con las mismas palabras la unión según la hipóstasis. Pues muestra que muchos de los santos padres, no
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solo los anteriores al concilio de Éfeso, sino también los posteriores a él, no habiendo usado tal expresión, dogmatizaron la misma piedad mediante otros términos; lo cual también realizó el concilio. Y no solo eso, sino que también el mismo santísimo Cirilo, en la unión con los orientales, presenta que no ha usado tales palabras. Dice también que la unión según la hipóstasis quiere significar para el divino Cirilo que la hipóstasis del Logos se unió a la naturaleza humana de modo inmutable. No obstante, también que el cuarto santo concilio, al tener en estima y aceptación lo escrito por Cirilo a Nestorio, en lo cual no una, sino dos y cuatro veces se proclamaba claramente la unión según la hipóstasis del Logos, cierra las bocas de los heréticos, quienes fraguaron que él no pensaba ni la unión según la hipóstasis; y, simplemente, cuantas cosas los acéfalos se levantaron a acusar al admirable León y al santo cuarto concilio de Calcedonia, resolviéndolas con un discurso breve, avergüenza a los calumniadores con pruebas irrefutables, y muestra que ellos tienen la guerra más contra sí mismos que contra aquellos contra quienes se alinearon, o contra nuestros santos padres, o contra nosotros. Este Eulogio, de entre los santos, tuvo primero el grado de presbítero en Antioquía y dirigió el monasterio de la santísima Madre de Dios, llamado de Justiniano. Compuso también otros tratados no innobles. Más tarde, sin embargo, ejerció también como arzobispo de Alejandría. Se leyó un discurso estigmatizante del mismo hombre, de entre los santos, contra la unión temporal que se produjo entre los teodosianos y los gainitas, los mismos acéfalos. Pues estos, que antes estaban divididos entre sí, más tarde, traicionando los dogmas por los que morían, se confundieron mutuamente en una impiedad unitiva por poco tiempo, y desde allí, volviendo a derramarse, cada facción se dividió en la impiedad anterior, de la cual se habían mezclado. Refuta, pues, en este librito la impiedad de ellos, y muestra que la unión no les produjo una economía, como a ellos les pareció, sino que tramó una traición de toda su fe. Divide también el tipo de economía, que la Iglesia de Dios conoce, en tres diferencias, y realiza la refutación de cómo en ninguna de las tres procedieron a la impiedad mezclada, las alianzas de sus impiedades puras, sino( como dijimos) cada facción cometió traición y negación de toda su religión en nombre de la unión. Y primero dice que el discurso de la economía no sienta como observadores y árbitros de la acción a personas cualesquiera, sino a los servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios, y a aquellos a quienes se confiaron las leyes de los tronos jerárquicos, de los cuales la llamada unión de los gainitas y teodosianos no conocía a ninguno. Después, el recto discurso maneja las economías cuando el dogma de la piedad no es dañado en nada; pues permaneciendo aquel puro y sin mezcla, la economía encuentra lugar para establecerse en algo de lo que está fuera de él. Muchas veces también una economía temporal ha procedido, soportando y conteniendo por poco tiempo algunas cosas que no debían, para que la piedad recupere el poder de modo continuo e inamovible, y para disolver también los impulsos de los que maquinan contra la verdad, los cuales, al ser llevados con ímpetu, habrían causado un gran mal si los que administran la Iglesia no hubieran cedido ante algo pequeño, proporcionando lo indudable. Así Pablo, debido a las insaciables asechanzas de los judíos y a los pretextos para la apostasía, circuncida a Timoteo, y él mismo se rapa la cabeza y se purifica, el que escribe a los Gálatas: Mirad, yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará nada. Pero un tiempo breve conoce esta economía, como enseña también el ejemplo; pero la Iglesia siempre y para siempre trama lo que es sin sedición y completo. El otro tipo de economía tiene su constitución en torno a las palabras
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cuando, estando los dogmas de la Iglesia rectamente y siendo proclamados mediante otras voces, algunos términos se convierten en escándalo para los más sencillos, aunque no sean pretextos razonables, se accede a silenciarlos. El que administra sus palabras con juicio y silencio, logra que el sonido de los dogmas piadosos resuene en toda la tierra. Como el teólogo Gregorio muestra que hizo el gran Atanasio: Pues, dice, cuando los encontró pensando lo mismo y no discrepando en nada respecto al discurso, habiendo concedido los nombres, los une a las cosas. Y en el quincuagésimo, de nuevo, podrías ver al mismo maestro fortaleciendo el mismo tipo de economía: Pero, dice, os molestáis con las sílabas y tropezáis con la voz. Dad la fuerza de la divinidad y os daremos la concesión de la voz. Y dice también un tercer modo de economía, cuando se pasan por alto personas, muchas veces proclamando una sentencia de excomunión de la precisión contra ellas, no menos que fortaleciéndose los dogmas rectos. Según la cual economía, dice, Teófilo comulgaba con Gelasio, quien tenía inscrito en los dípticos sagrados al palestino Eusebio, y Cirilo no se apartaba de la comunión de Teodoro de Mopsuestia, siendo proclamado de igual modo en Oriente. Pues veía que lo más importante de la piedad se salvaba con dogmas puros. Pues hasta aquí el recto discurso tolera lo de la economía, hasta que no se innova nada de los dogmas de la Iglesia. Habiendo dividido, pues, la economía en tres partes, y habiendo demostrado que en ninguna de ellas procedió la unión de los teodosianos y gainitas, presentó que cada parte se encerró en la traición de su propia religión, y que no se mantuvieron en ninguna parte, sino que, confundidos, se rompieron de nuevo unos de otros y llevaban la guerra unos contra otros. Estas y otras cosas semejantes estigmatizando, al recorrer la llamada unión de los acéfalos, demostró claramente mediante muchas otras cosas que no se realizó en ellos ningún rastro de economía, sino una clara traición y negación, por las cuales antes se esforzaban por sufrir la muerte diez mil veces. Así recorre, pues, lo referente a los acéfalos en este librito. Contenía también el volumen una carta suya escrita a Eutiquio, el arzobispo de Constantinopla, que escribió cuando aún estaba entre los presbíteros, que contenía la seguridad de la piedad y fe ortodoxa y católica. Se leyeron diversos discursos de Efraimio, de entre los santos( este era patriarca de Teópolis). Habiendo sido sirio de voz y linaje, pero educado también en la lengua griega no de modo innoble, y habiendo manejado no pocas magistraturas políticas, de las cuales la última, siendo proclamado conde de Oriente, desde allí fue trasladado al trono arzobispal. Dicen que vivió las demás cosas dignas de alabanza, y que fue un gran trabajador de la limosna. El hombre compuso, pues, diversos libros, de los cuales hasta nosotros llegaron hasta ahora tres. Y casi todos sus trabajos que hemos visto se esfuerzan por los dogmas de la Iglesia, y por presentar que el santo concilio de Calcedonia está por encima de toda crítica herética y prevalece. En el primer libro, pues, el primer discurso es una carta enviada a un tal Zenobio, escolástico de Emesa, que era de la facción acéfala; y se esfuerza por las palabras calumniadas que se contienen en la carta del santísimo León, presidente de Roma. Antepone al ejercicio de las palabras dichas una disposición sobre el himno trisagio; pues también Zenobio daba como pretexto para separarse de la Iglesia común la innovación sobre la doxología trisagia. Dice Efraimio que tal himnología la refieren los que habitan Oriente a nuestro Señor Jesucristo, y por esto no cometen ningún error al añadir el que fue crucificado por nosotros, mientras que los que habitan Bizancio y Occidente elevan la doxología a la fuente suprema y santísima
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de la bondad, la Trinidad consustancial. Por lo cual estos ni siquiera soportan añadir el que fue crucificado por nosotros, para no atribuir pasión a la Trinidad. En muchas de las provincias de Europa, en lugar del que fue crucificado por nosotros, añaden Santa Trinidad, ten piedad de nosotros; de lo cual se hace más evidente el propósito de los piadosos, como refiriendo a la santa Trinidad el Santo Dios, santo fuerte, santo inmortal, con un discurso preciso y consecuente omiten el que fue crucificado por nosotros. Así, pues, pensando y diciendo cada facción sobre la doxología propuesta, cuando en los demás dogmas de la piedad no se ve que altere nada, el hombre dice que ambas actúan rectamente y que ninguna encuentra lugar para poner a la otra bajo censura o bajo condena de ultraje. Pero aquel dispone así; que para los heréticos acéfalos, que interpretan mal esta doxología, se convierte en una gran incursión contra la piedad, por lo que los otros padres nuestros eliminaron totalmente el no deber añadir en la doxología trisagia el que fue crucificado por nosotros, pues la doxología es un himno de la teología tríadica, ya que también el himno querúbico, procediendo en la voz tríadica de la santidad, era conocido desde el principio como melodía de la Trinidad que está por encima de toda santidad y bondad. Pero si el hombre dispuso bien o de otro modo sobre el trisagio( quizás el tiempo le proporcionaba algún pretexto para disponer tales cosas), no tengo ahora para poner un juicio indudable con ninguna opinión, excepto que no deja de exhortar al escolástico a unirse al cuerpo de la Iglesia. En esta carta, también el canon, que se numera como segundo en el segundo concilio santísimo de los 150 en Constantinopla, él lo numera como 160, no sé de dónde lo tomó ni con quiénes otros lo compuso; no solo en esta, sino también en otros discursos suyos le asigna el mismo lugar de la cantidad. Comenzando el esfuerzo por los dogmas rectos, prologa que no se debe comparar lo que se ha dicho sobre teología por nuestros padres con lo dicho sobre economía por León de Roma, sino comparar las cosas teológicas de este con las teológicas, y las cosas sobre la economía con las que tienen analogía. Cuantos comparan la teología con la economía, estos ofrecen una estela de su propia opinión injusta, pero contra aquellos cuya lengua mueven, conservan lo inmaculado no menos que si no se hubieran movido. Habiendo preparado esto, presenta algunos dichos de la carta del santísimo León, que escribió al que está entre los santos, Flaviano, y también la dirigida a León el emperador, en las cuales muestra la brillante teología del hombre, y que proclama en voz alta que el mismo es Hijo de Dios y verdaderamente Hijo de hombre, pasible e impasible el mismo, y que el inmortal se sometió a las leyes de la muerte, y simplemente aclaró la unión extrema del Logos y la carne de modo inmaculado y digno de Dios. No obstante, también anatematizar a Nestorio con voz brillante en tales cartas, como quien se atrevió a decir que la bienaventurada y teotocos María no es madre de Dios, sino solo de hombre; y que el primero que está entre los santos, León, dijo específicamente con las mismas palabras que la santa teotocos es madre de Dios, no habiendo dicho esto con palabras tan claras los padres anteriores a él. El primer capítulo, pues, dispone esto para él. El segundo se le presenta, mediante el cual se muestra cómo el santísimo León, concordando con los padres, confiesa a uno y el mismo Hijo, y del mismo y uno, así como cada forma, así también la diversa energía natural, no introduciendo en ninguna parte división en la unión, sino que alaba a un solo Dios Logos encarnado. Compara con las voces del santo León los dogmas de Cirilo, mostrando que concuerdan en todo, y ciertamente también los de Gregorio de Nisa, pero también los de Julio de Roma. Además, presenta la palabra que, habiendo usado el que está entre los santos, León, sufrió difamación de impiedad
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por parte de los de Severo, esta misma dicha no una ni dos, sino cinco veces por Cirilo, digo la de cada una. Y no solo Cirilo el victorioso usa la palabra, contra la cual, enfurecidos, los de Severo inscriben impiedad al portador de Dios, León, sino también el admirable Basilio. Y no solo en esta palabra demuestra que León, entre los santos, concuerda con los elegidos de los padres, sino también en todos los demás dogmas y palabras, contra los cuales los heréticos no han temblado de ladrar; pues los padres mencionados concuerdan y confiesan lo mismo que el hombre, y ciertamente Atanasio el muy sufrido, y el famoso en teología Gregorio, Proclo de Constantinopla, Anfiloquio de Iconio y el admirable Juan Crisóstomo. Pero esto es lo que trata su segundo capítulo. El tercero, que los artículos antepuestos a las naturalezas en Cristo de ninguna manera imaginan una dualidad de hijos, ni siquiera la suponen, sino que es un rasgo propio de la Sagrada Escritura que no introduce una dualidad de personas( como se ha dicho), sino que preserva las naturalezas unidas como indivisas e inseparables. Pues también esta calumnia vertió la rabia herética contra la carta de León, al decir él: Así como al compadecerse Dios no sufre cambio, así el hombre no se consume por la magnitud de la dignidad. Lo que se ha dicho, pues, según el tercer capítulo, tanto de las voces evangélicas como de las apostólicas, y ciertamente de nuestros bienaventurados padres, Ignacio el portador de Dios, Julio, Atanasio y los Gregorios y Basilio, refuta a los impíos, ya que el uso de los artículos( pues todos estos los usaron) no imagina ninguna corte o división de la unión. En lo cual añade que también el: En cuanto las dos cosas están juntas( dicho esto por el santísimo León) no es una declaración de tiempo, sino que se toma en lugar de para siempre. El cuarto capítulo, propuesto por los heréticos para censura, lo declara totalmente irresponsable mediante el mismo método, comparando voces que concuerdan con el acusado, que el coro de nuestros santos padres solía usar. El capítulo son voces de León, de entre los santos, y dicen esto: Al llorar demostraba la firmeza de su propia carne, al resucitar demostraba su inmaculada divinidad ante el mandato de su propia voz. De uno y el mismo se han hecho y dicho ambas cosas. El quinto, una crítica propuesta por los mismos heréticos contra voces similares del mismo hombre sagrado, la fustiga mediante el mismo método. La voz es:¿ Qué naturaleza ha sido traspasada por los clavos en el madero de la cruz del que está clavado en la cruz? En este capítulo añade también diversos usos de cartas diversas de Isidoro, el ilustre entre los monjes( este era alejandrino de linaje, y venerable para los arzobispos), que concuerdan en todo con las que son calumniadas por los heréticos como no piadosas. Pero estos son los capítulos que la carta a Zenobio se esforzaba. Otras cartas suyas se escriben al emperador Justiniano, una aceptando su piedad, otra proponiendo una protesta de algunos ascetas piadosos que habitan el desierto a favor de la piedad, y otra solicitando que los sinodales de Antimo sean formulados y enviados según la precisión de los dogmas de la Iglesia. Otra se envía al mismo Antimo después de los sinodales, no rechazando la aceptación de aquellos, ya que Antimo no mostró nada de la impiedad en ellos, excepto pedir que Antimo añada más detallada y precisamente anatematizar a Eutiques y los dogmas de Eutiques. Escribe también una carta a Dometiano, quien, al encontrar( como dice la carta) algunas palabras del hombre, se perturbó en sus pensamientos y buscó que se resolviera la duda. Las palabras decían esto: No es posible que una hipóstasis se una a una hipóstasis según la hipóstasis, por ejemplo, que Pablo y Pedro formen una sola hipóstasis, es imposible. Pero tampoco que una esencia se una a otra esencia, en cuanto es de otra esencia, llegue a la identidad de esencia, por ejemplo, que la esencia del alma y del cuerpo formen una sola esencia es imposible, a menos que alguien las reduzca a alguna comunidad, según la cual incluso antes de unirse no diferían entre sí, por ejemplo, que lo refiera a lo creado o a lo bajo el tiempo o cosas similares. Entonces ya no esencias de otra esencia se unieron en una sola esencia, sino que las esencias que desde el principio tienen lo consustancial, guardando lo mismo según la comunidad más lejana, dogmas que inmediatamente y aun contra su voluntad proclaman el cuarto concilio ecuménico; pues no hay otro concilio ecuménico, sino que este solo, habiendo sido aceptado junto con sus dogmas abominables( como también se ha dicho antes) por el segundo concilio de ladrones en Éfeso, lo cortó y excomulgó totalmente. Parece que escribe esto a Antimo, que se presentaba en la ciudad imperial, pero que aún no había pasado por sus leyes arzobispales; a quien también exhorta a luchar contra los nestorianos y los que piensan lo de Eutiques. Pero esto es lo que dice la presente carta. La dirigida a Braza el persa, puesto que él lo pidió, trata de las divinas escrituras y no de testimonios patrísticos sobre la santa y consustancial Trinidad, y sobre la presencia en la carne del Logos, y sobre la santa y supergloriosa virgen y teotocos María. Las escrituras son para él tanto el antiguo testamento como las palabras del Señor y las proclamaciones apostólicas, mediante las cuales las propuestas de los temas obtuvieron lo verdadero y firme. Más que los otros, se detiene en el tema en el que se enseña la encarnación del Logos, ya que el tiempo exigía una mayor elaboración sobre ella. Tal es también el esfuerzo de esta carta. Escribe también a algunos monjes, que padecían la separación de la Iglesia católica y apostólica de Dios; a quienes intenta unir mediante exhortaciones patrísticas, mostrando que las voces de ellos no difieren en nada de los otros heréticos, y que no obtienen ningún beneficio de ellas, como tampoco aquellos. Establece con diversos testimonios de los padres que en una y la misma persona se contempla una diversa energía natural, y que basta para toda seguridad piadosa pensar y decir que la santísima virgen es teotocos; pues cuando alguien dice que la santísima virgen dio a luz a Dios hecho hombre, parece haber usado la teología de los arcángeles. Escribe también otra carta el mismo a los cismáticos de Calínico, exhortándolos a unirse a la Iglesia de Dios, declarándola pura de toda mancha herética, y que las asambleas fuera de esta son cuevas de ladrones. Y sugiere que deben imitar a Simeón, Baradato y Jacobo, hombres famosos por su virtud en toda la tierra, que abrazaron y divinizaron la comunión eclesiástica durante toda su vida. Pero en esto consiste la presente carta. El discurso siguiente desarrolla una acción sinodal del mismo santísimo patriarca Efraimio, en la que el Sinclético( el discurso anterior dijo que este era obispo de Tarso) es juzgado por haber recibido libelos no ortodoxos de algunos, de los cuales también proporcionó sospecha herética, y un tal Esteban monje, llamado sincelo del Sinclético. Y se refuta a medida que avanza el discurso que cada uno no ama los dogmas rectos de la Iglesia, sino que se desliza hacia la enfermedad de Eutiques; sin embargo, el concilio se disuelve al final, habiendo sido llevado el Sinclético a decir la piedad. En esta acción introduce al divino Cirilo usando la naturaleza en lugar de la hipóstasis en otro lugar, y cuando dice especialmente una naturaleza del Logos encarnada; pues no habría dicho él, habiendo confesado muchas veces las dos naturalezas, como por arrepentimiento una naturaleza, si no hubiera tomado ahora el término de la naturaleza en lugar de la hipóstasis. Y fortalece esto a partir de otras voces del mismo Cirilo, y que tal es el pensamiento de la Iglesia.
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Y la acción contiene también otras cosas útiles contra la herejía de la confusión. Después de esto estaba escrito en el libro una carta a Mega, el obispo de Berea, dogmatizando y confirmando que se debe reconocer al Emmanuel en dos naturalezas, como también se ha dicho en el santo y cuarto concilio ecuménico, y que el uso que dice una naturaleza del Logos encarnada tiene el poder de ser propuesto contra los que dividen las naturalezas entre sí, pero no contra los que anulan la diferencia de las naturalezas debido a la unión. Así como una naturaleza del Logos encarnada lucha contra los que dividen las naturalezas entre sí, así también el en dos naturalezas confesar la unión según la hipóstasis refuta a los de la confusión y avergüenza el propósito de estos. Así, pues, tanto la unión según la hipóstasis en dos naturalezas como la una naturaleza del Logos encarnada luchan contra los dogmas opuestos a ellas y entre sí, pero ninguna se arma contra la otra. Pues ni la una naturaleza del Logos encarnada se dice para anular la diferencia de las naturalezas, ni la unión según la hipóstasis conocida en dos naturalezas introduce división de las naturalezas entre sí, de modo que la unión de las dos naturalezas es una confirmación de la una hipóstasis del Logos encarnado, proclamada sin confusión y con diferencia indivisa. Estas y otras no pocas cosas semejantes, al escribir mediante la carta propuesta, fortalece los dogmas de la piedad y refuta la audacia de la impiedad de la confusión. Y habiendo exhortado al que recibió la carta a aumentar y multiplicar lo escrito, ya que no carece de poder, termina escribiendo la carta. Después de lo cual escribe otra a Eunoyio monje, en la que recorre que nuestros santos padres no se contradicen ni entre sí ni a sí mismos, cuando tratan sobre la corrupción y la incorrupción. Y que la incorrupción es una salud y no una anulación de nuestra naturaleza, mientras que la corrupción es una enfermedad; de donde también Adán, antes de la transgresión, teniendo carne incorrupta, es en todo consustancial a nosotros. Asegurando esto con usos de los padres, y habiendo enumerado otras no pocas cosas útiles para la piedad en la carta, le pone fin. Además de estas, se le dirigieron siete discursos panegíricos, uno para la dedicación de los santos profetas, otro para el nacimiento de nuestro salvador Jesucristo, otro antes de los santos ayunos, y otro para la catequesis de los neófitos, y ciertamente para la dedicación del arcángel Miguel en Dafne, y para la santa cuaresma, y en una de la novena de la santa cuaresma. Pero también además de estos, un octavo dicho en la santa cuarta para los neófitos. El primer volumen que llegó a nuestras manos contenía esto. Se leyó un libro del mismo Efraimio, de entre los santos, que dirigía las instituciones sagradas de Antioquía, en cuatro discursos, de los cuales el primero trata sobre las palabras calumniadas de Cirilo, que él presentó al escribir la segunda carta a Sukenso; la calumnia la introduce la herejía de Severo. El segundo es una respuesta al escolástico Anatolio sobre lo que él quiso aprender. El tercero escribe una apología a favor del santo y ecuménico concilio de Calcedonia a Domno y Juan, que practicaban en la segunda Cilicia. El cuarto a los monjes orientales, que también se aferraban a la impiedad de Severo. Propone, pues, en el primer discurso la voz calumniada, como dijimos, de la segunda carta a Sukenso, que dice así: Sea para nosotros como ejemplo de nuevo el hombre según nosotros. Pues pensamos dos naturalezas en él, una del alma, otra del cuerpo. Pero habiéndolas dividido en meros pensamientos, y habiendo recibido la diferencia como en sutiles teorías o fantasías de la mente, no ponemos las naturalezas por partes, ni tampoco permitimos que tengan poder de corte total, sino que pensamos que una es de uno, de modo que las dos ya no sean dos, sino que a través de ambas se forme el único ser vivo. Las...
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Estas son voces que inducen a error; pues el santo Cirilo quiso mostrar mediante las palabras la diferencia entre el alma y el cuerpo, de los cuales se constituye el único hombre. Por eso dijo:« No ponemos las naturalezas por partes». Pero la herejía dice:« Pero añadió: pensamos que una es de uno».¿ Y qué significa esto? Pues aquí llamó una a la hipóstasis, pero no a la naturaleza. Y esto lo aclaró más claramente al añadir:« Y que por ambos se constituye el único ser vivo». Pues¿ cómo es posible concebir una sola esencia de cuerpo y alma? Pero observa de nuevo otra insensatez de la herejía: dice que dijo« concebir», no« decir». Y, sin embargo,¿ quién no sabe que lo que se concibe bien también se dice bien, y que lo que se concibe mal ni siquiera es justo decirlo? Pero si, porque dice:« Pensamos que una es de uno», y según vosotros dijo que la naturaleza es una, y que solo hay que concebir que es de un ser vivo, pero ya no decirlo, entonces no hay que decir que hay una naturaleza, aunque a algunos se les haya ocurrido concebir esto.¿ Y cómo es que él mismo dijo en absoluto lo que no debía decir? Pero que perezca esta vana necedad. De nuevo, dicen, ha dicho:« De modo que los dos ya no sean dos, sino que por ambos se constituya el único ser vivo». Por tanto, dice que las dos naturalezas ya no permanecen como dos naturalezas. Y si en el ejemplo, dicen, no dice que las dos naturalezas permanecen como dos, es evidente que esto se considerará consecuentemente también en el caso de Cristo. Y dicen esto sin comprender, en primer lugar, que no todo lo que está en el ejemplo debe considerarse también en lo ejemplificado, y en segundo lugar, que dijo que ya no son dos, es decir, que no existen por partes y de forma idiosustancial, sino, como dijo antes, que por ambos se constituye el único ser vivo. Y observa cómo no dijo« de ambos», sino« por ambos» se constituye el ser vivo, significando que cada naturaleza se conserva en el ser vivo constituido. Pues¿ qué impedía decir, en lugar de« por ambos», que por una sola se constituyó el único ser vivo? Pues si las dos ya no permanecen como dos, sino que se unieron en una naturaleza, debía decir que por una sola se constituyó el único ser vivo. Y tampoco dijo de nuevo:« Por ambos se constituyó la única naturaleza», sino el único ser vivo, es decir, la hipóstasis. Y bien no dijo:« Se constituyó una naturaleza». Pues decir esto es de la depravación de Apolinar, quien dijo:« Mezcla divina, Dios y hombre constituyeron una y la misma naturaleza». Y, de hecho, también en la primera carta a Sucenso, sobre el mismo ejemplo, dice:« Y si parece bien, aceptemos como ejemplo la composición que hay en nosotros mismos, según la cual somos hombres. Nos componemos de alma y cuerpo, y vemos dos naturalezas, una de carne y otra de alma, de modo que en la composición considera las dos naturalezas». Por tanto, el que ya no sean dos no dice que estas se hayan convertido en una naturaleza,¡ lejos de ello!, sino que no existen por partes y de forma idiosustancial. Y que la naturaleza del alma y del cuerpo es diferente y se considera en el compuesto incluso después de la composición, también lo atestigua el teólogo Gregorio en el discurso sobre el bautismo, diciendo:« Siendo nosotros dobles, de alma y cuerpo, y siendo una naturaleza visible y otra invisible, doble es también la purificación», y lo que sigue. Pero también el santo Cirilo en el noveno libro de los comentarios, en los que comenta al evangelista Juan, dice así:« Las divinas Escrituras nos enseñan a creer en el crucificado, muerto y resucitado de entre los muertos, como no siendo otro hijo fuera del Verbo que está en él». Luego:« No digo en cuanto a la identidad de esencia( pues el cuerpo es cuerpo y no Verbo, aunque sea cuerpo del Verbo), sino en cuanto al valor de la verdadera filiación».¿ Dónde está, pues, la identidad de esencia o naturaleza del alma y del cuerpo?¿ O cómo son estas una, de las cuales no es posible tomar identidad de naturalezas y esencia? Lo mismo dice Eustacio el Grande, el arzobispo de los antioquenos, y Antíoco de Tolemaida, en lo que dice:« Señor, hijo de David, el doble y el simple, el dos y el uno, sin que se divida la economía, sin que se dicotomice nuestra salvación, para que ni Dios sea hallado pasible ni el hombre por sí mismo salve el mundo». Y la boca de oro de la Iglesia y un sinfín de otros coros de nuestros padres portadores de Dios reconocen al único Cristo en dos esencias y naturalezas. Que, sin embargo, de aquellos de los que se compuso el único Verbo encarnado,
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en ellos también está y es reconocido, Cirilo clama de nuevo:« Pues así como, dice, es perfecto en divinidad, así también en humanidad». Y de nuevo:« No afirmamos que el mismo hijo unigénito de Dios, en cuanto es concebido y es Dios, haya padecido en su propia naturaleza lo del cuerpo, sino que más bien padeció en la naturaleza terrenal». Y de nuevo:« Pues es necesario que ambos se conserven en el único y verdadero hijo, tanto el no padecer divinamente como el decirse que padeció humanamente; pues su carne es la que ha padecido». Pero el sabio Cirilo dice esto; la herejía, en cambio, dice:« Padeció divinamente a la vez que humanamente». Pero el mismo dice de nuevo:« La perfección en la humanidad y la manifestación de nuestra esencia se ha introducido mediante el decir que está encarnado». Y más arriba, sobre la carne del Verbo, dice así:« Ni ha disminuido ni( como dice) ha sido sustraída; por tanto, se conserva necesariamente». Y más arriba:« Incluso en los razonamientos de la composición existe lo diferente según la naturaleza de los que han sido reunidos en unidad». Y en otro lugar:« No está mezclado en esto, según lo que a aquellos les parece; ni tampoco la del Verbo ha pasado a la naturaleza de la carne. Pero tampoco la de la carne a la suya; sino que, permaneciendo y siendo concebida cada una en su propiedad según la naturaleza, la inefable e inexpresable unión nos mostró una naturaleza del hijo, salvo, como dije, encarnada». He aquí que claramente, incluso después de la encarnación, dijo que cada uno de los unidos permanece en lo que es según la naturaleza. Habiendo expuesto esto, el autor dice que lo consustancial no se une a lo consustancial según la hipóstasis( pues ni el alma se une al alma según la hipóstasis, ni el cuerpo al cuerpo), sino que los de distinta esencia, al unirse, constituyen la unión según la hipóstasis; pero los que provienen de la unión no se convierten en una identidad de esencia. De modo que si quisiéramos que se fortalezca la una naturaleza del Dios Verbo encarnada, es decir, la una hipóstasis, reconocemos en ella la diferencia según la esencia de los unidos. Por tanto, concebimos la una naturaleza del Dios Verbo encarnada como una hipóstasis. Pues si al decir una naturaleza encarnada concebimos la naturaleza propiamente encarnada, introducimos al Padre y al Espíritu santísimo encarnados; pues la misma es la naturaleza del Hijo, del Padre y del Espíritu Santo. Pero esto debe examinarse con mayor precisión.¿ Y qué dice la herejía?« Decimos unión de dos naturalezas, pero después de la unión, una». Pero si dicen naturaleza y esencia,¿ cómo no son atrapados pensando en una consinfusión y consustanciación? Pero si dicen una persona o una hipóstasis, dicen bien. Pero sepan que la unión extrema e indivisible no admite ni corte de los unidos ni confusión o consustanciación. Pues así dice también el que está entre los santos, Cirilo, en el comentario según Juan:« Uno es el Hijo y Cristo, sin tener corte debido a la encarnación, salvo en cuanto a decir solo para distinguir la naturaleza del Verbo y de la carne, no siendo la misma para el conocimiento». Y de nuevo, escribiendo a Eulogio:« Pero que no ignoren esto: pues donde se nombra unión, no se significa el encuentro de una sola cosa, sino de dos o incluso de más, y que difieren entre sí según la naturaleza. Si, por tanto, decimos unión, confesamos que ha ocurrido la unión de carne animada intelectualmente y del Verbo». Y de nuevo, del mismo tratado del Verbo:« Pues¿ qué harás cuando el simple según la naturaleza se nos presente doble?». Y miles de veces se encontrará a este santo hombre confesando que el único Cristo no se aparta de la consustancialidad del Padre ni de la nuestra. Y el que está entre los santos, el presidente de Iconio, Anfiloquio, dice así:« Ved, pues, cómo también los divinos padres han dicho que el Hijo es consustancial al Padre según la divinidad, y consustancial a la madre según la humanidad, doble en esencia o naturaleza, pero no doble en hipóstasis». Y Anfiloquio es de los más dignos de mención: pues Cirilo presentó usos suyos contra el impío Nestorio. Y Ambrosio, aquel admirable confesor, dice así:« Presta atención a la unión de la divinidad y de la carne: uno habla en otro, el Hijo de Dios, porque en él está cada una de las naturalezas». Y de este uso, incluso contra Nestorio,
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se ha servido el santo Cirilo. Y en el discurso que se titula sobre la interpretación de la fe, dice así el mismo confesor:« A los que dicen que Cristo es un simple hombre, o que Dios es pasible, o que se convirtió en carne, o que ha tenido el cuerpo consustanciado, o que lo ha traído del cielo, o que es una fantasía, o que dicen que el Dios Verbo es mortal, y que ha necesitado la resurrección del Padre, o que ha asumido un cuerpo sin alma, o un hombre sin mente, o que las dos esencias de Cristo, confundidas por mezcla, se han convertido en una esencia, y que no confiesan que nuestro Señor Jesucristo son dos esencias inconfusas, pero una persona, en cuanto es un Cristo, un Hijo, a estos los anatematiza la Iglesia católica y santa». Pues ni los padres dijeron la consustancialidad del Verbo y de la carne, es decir, una naturaleza;¡ no suceda tal cosa!; como también el que está entre los santos, Ambrosio, escribiendo contra Apolinar, dice:« Pero mientras refutamos a estos, surgieron otros diciendo que el cuerpo del Señor y la divinidad son de una naturaleza.¿ Qué Hades ha vomitado tal blasfemia? Pues los arrianos ya resultan más tolerables, cuya incredulidad se fortalece mediante estos con mayor contienda al no decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una esencia, puesto que estos intentaron decir que la divinidad del Señor y la carne son de una naturaleza». Lo mismo dice Atanasio más claramente en la carta a Epicteto. Habiendo dicho esto, el autor presenta a continuación testimonios patrísticos sobre la naturaleza o esencia y sobre la hipóstasis o persona, como que lo común se llama tanto naturaleza como género y esencia, mientras que la hipóstasis y la persona es lo particular. Y habla con propiedad el que llama a la naturaleza esencia y viceversa, pero uno puede tomar abusivamente también el nombre de naturaleza en lugar de hipóstasis. Sin embargo, hay que tomar las palabras no según la voluntad de los impíos, sino según el sentido de la piedad. Y si la voz se dice sobre la persona y sobre el único constituido, hay que aceptar el nombre de naturaleza en lugar de hipóstasis, pero si se trata de las naturalezas de las cuales se constituyó el único Cristo, entonces hay que concebir la voz de naturaleza en lugar de la naturaleza propia y de la esencia. Pues observando esto, en ninguna parte encontraremos a nuestros santos y selectos padres luchando entre sí. Y que tal es el pensamiento de los padres, escucha al victorioso Cirilo de la primera carta a Sucenso:« Pues no es de las cosas posibles que alguna de las criaturas pueda trasladarse a la esencia o naturaleza de la divinidad; y la carne es criatura». Pues es evidente que aquí tomó la naturaleza en lugar de la esencia. Y de nuevo, de la carta a Nestorio:« Pues llamó a su Padre Dios, aun siendo Dios por naturaleza y de su esencia». Pues también aquí tomó lo de« por naturaleza» como concomitante de lo de la esencia. Y de nuevo:« Pues cuando habla divinamente sobre sí mismo: el que me ha visto ha visto al Padre, y yo y el Padre somos uno, concebimos su divina e inefable naturaleza, según la cual también es uno con su propio Padre debido a la identidad de esencia». Pues a todos es evidente que confirmó que la naturaleza y la esencia significan lo mismo. Y el que está entre los santos, Anfiloquio, como es evidente por lo dicho anteriormente, de igual manera. Pero que la naturaleza se toma en lugar de la esencia, ha quedado demostrado; que, sin embargo, abusivamente también en lugar de la hipóstasis, el mismo Cirilo lo atestiguará; pues en las antirresis dice:« Necesariamente, pues, nosotros, luchando contra los de aquel, decimos que la unión se ha hecho según la hipóstasis, no indicando lo de según la hipóstasis nada más que el hecho de que solo la naturaleza o hipóstasis del Verbo, que es el mismo Verbo, unido en verdad a la naturaleza humana, sin cambio y confusión, como hemos dicho muchas veces, es concebido y es Cristo el mismo Dios y hombre». Y el admirable Basilio, que iluminó todo el mundo desde Capadocia, dogmatiza que la forma y la esencia son lo mismo. Y Proclo, el obispo de Constantinopla, de igual manera; pues uno llamó a la forma esencia, y el otro naturaleza. Así, nuestros padres, al decir que nuestro Señor Jesucristo está compuesto de dos naturalezas,
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conciben que está compuesto de dos esencias, al igual que cuando dicen en dos naturalezas, en dos esencias. Y el hijo del trueno también enseña esto al decir:« Lo que era desde el principio, lo que hemos visto y nuestras manos han palpado sobre el Verbo de la vida». Pues proclamó que el uno y el mismo, mediante lo que dijimos, tiene tanto esencia palpable como impalpable. Pues al decir que el Verbo, el impalpable, fue palpado, lo atestiguó, y al decir que lo han visto, anunció de antemano al invisible; de modo que reconoce al único Cristo en esencia palpable e impalpable y en visible e invisible, y se convierte en maestro para que los demás lo sepan. Pues aunque cada uno sea de una persona, nadie que tenga mente puede decir que la misma es la naturaleza de lo palpable y de lo impalpable, y de lo visible y de lo invisible. Así también el cuerpo de Cristo que es recibido por los fieles no se aparta de la esencia sensible y permanece indivisible de la gracia inteligible. Y el bautismo, habiéndose vuelto todo espiritual y siendo uno, también conserva lo propio de la esencia sensible( digo del agua), y no perdió lo que ha llegado a ser. Pero el impío Nestorio, que parece ser pretexto para luchar contra Dios contra los que están en el extremo opuesto de la impiedad, imaginaba dos naturalezas divididas e idiosustanciales, y se las ingeniaba para unificar la división de las naturalezas según las hipóstasis con la única adoración. Pero el que lucha contra Dios, Eutiques, no negaba la unión según la hipóstasis, ni que nuestro Señor Jesucristo se encarnó de la Virgen Teotocos, habiendo aprendido por arrepentimiento a decir lo que no quería; sino que incluso anatematizó, lo que él mismo antes apreciaba, a los que dicen que la carne ha sido traída del cielo. Pero la consustancialidad con nosotros, aunque forzado muchas y muchas veces, de ninguna manera consintió en confesarla, sino que, proclamando una esencia en lugar de confesar que la carne es consustancial a nosotros, ha sido sometido al anatema. El primer discurso, pues, habiendo expuesto esto, terminó su propósito. Y en el segundo discurso, da razón de cinco capítulos, cuya enseñanza buscó el escolástico Anatolio: uno, si incluso ahora Cristo nuestro Dios es reconocido en carne; otro, si Adán fue creado compuesto, cómo fue creado inmortal; tercero, de dónde podemos conjeturar que el evangelista Juan aún permanece; además, si Adán fue creado inmortal, cómo ignoró lo conveniente; y por último, qué es lo de:« He aquí que Adán se ha vuelto como uno de nosotros». El primer capítulo, pues, lo establece y demuestra mediante muchas voces escriturarias y patrísticas. Y en primer lugar, de lo que Isaías dijo sobre la ascensión encarnada de Cristo nuestro Dios:«¿ Quién es este que viene de Edom?», es decir, el terreno. Y el mismo de nuevo:« Su vestidura de Bosor». Y los hebreos llaman a Bosor carnoso. Y de nuevo:«¿ Por qué están rojas tus vestiduras, y tus vestidos como de alguien que pisa el lagar?». Lo cual indica el misterio de la pasión después de la pasión y en la ascensión. Y de nuevo otro profeta dice como de parte del Señor, como si fuera preguntado por las potencias intelectuales:«¿ Qué son estas heridas en medio de tus hombros?». Pues el Salvador responde diciendo:« Las que fui herido en la casa de mi amado». Pero también en el tiempo de la ascensión los ángeles que estaban presentes dicen así:« Vendrá de la manera que lo habéis visto ir al cielo». Y el protomártir Esteban, en el tiempo del martirio, reconociendo al Señor Cristo de pie a la derecha del Padre, en aquella forma en la que convivía con los discípulos, confesó con franqueza el venerable y divino espectáculo. Y el vaso de elección, siendo iniciado en la verdad, escucha a Cristo clamando desde el cielo:« Saulo, Saulo,¿ por qué me persigues?». Y al preguntar:«¿ Quién eres, Señor?»,« Yo soy, dice, Jesús el Nazareno, a quien tú persigues». Y lo de Nazareno y Jesús es evidente que indica la verdad de su carne. Y Gregorio de Nacianzo atestigua lo mismo, y Cirilo en el discurso contra los consustanciadores, y Basilio en el de la fe, pero también Cirilo de nuevo escribiendo a Acacio, obispo de Escitópolis,
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y en la interpretación del emisario. Pues cada uno de estos, y otros miles, proclaman que con la carne tanto ascendió como permanece y vendrá según su segunda aparición. Por eso también el mismo es celestial y terrenal, visible e invisible, visible con la divinidad, no según la divinidad, sino según el cuerpo, invisible de nuevo con la humanidad, no según la humanidad, sino según la divinidad, creado e increado, y todo lo demás que se considera tal según la dicha distinción piadosa. Pues la carne que es de nosotros, unida al Dios Verbo según la hipóstasis, no se transformó en la esencia del Verbo, aunque se haya convertido en carne de Dios; ni el Verbo en carne, aunque haya hecho suya la carne económicamente. Pero se dice y es uno Cristo, y se conserva sin innovación e inseparablemente también aquello de lo que y en lo que se concibe Cristo, no otro y otro,¡ no suceda tal cosa!, sino, como se ha dicho muchas veces, uno y el mismo. El mismo es genealogizado y es ingenealógico, según otra cosa es evidente que también otra. Pues las sagradas palabras dicen:« Y es hombre,¿ y quién lo conocerá?, y su generación¿ quién la contará?». Pero también de nuevo clama:« Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David». De modo que según su divinidad es ingenealógico, pero según la humanidad es genealogizado. El mismo todo lo prevé( pues es Dios por naturaleza) y de nuevo se dice que ignora el último día debido a nuestra masa. Y:« Ni a mí me conocéis ni a mi Padre conocéis». Y de nuevo es evidente que según lo humano:« Y a mí me conocéis y de dónde soy conocéis». Además:« Si yo doy testimonio sobre mí mismo, mi testimonio no es verdadero». Y en otro lugar:« Si yo doy testimonio sobre mí mismo, mi testimonio es verdadero», lo uno debido a su divina naturaleza, lo otro debido a la humanidad. Así, pues, es el mismo inabarcable y abarcable, como teniendo dos generaciones y dos esencias el uno. Pero si es de una esencia incluso después de la encarnación según Manes, confesarán absolutamente que también su nacimiento es uno, y en vano es llamado hijo del hombre. El primer capítulo, pues, lo recorrió de alguna manera así. Y el segundo lo resuelve así. Si mortal, dice, o inmortal fue creado Adán al principio, es evidente que Dios no hizo la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes, sino que por envidia del diablo la muerte entró en el mundo. Pero bajo cierto límite ordenó que el hombre permaneciera en la incorruptibilidad, habiendo depositado un mandamiento para su guarda, el cual, habiéndolo transgredido, introdujo la corrupción en lugar de la incorruptibilidad; pues habiendo sido honrado el hombre con el libre albedrío, eligió lo peor, habiendo huido voluntariamente de lo mejor. Pero también sabemos que el alma misma, habiendo sido creada inmortal e intelectual, por la transgresión fue entregada a la muerte, aunque no sensible, pero sí( lo más grave) intelectual. Pues el pecado de ella es la muerte, como causándole castigo y corrupción incorruptible; pues dice:« Temed al que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en la gehenna». Pero simple solo es Dios, siendo inabarcable; pues todo lo abarcable no es simple. Pero todas las cosas fuera de lo divino son compuestas. Y que lo compuesto puede permanecer también inmortal, lo atestiguan los órdenes intelectuales y el alma, y lo atestigua más aún la resurrección, en la cual el hombre compuesto, no menos que antes, resucitando a la inmortalidad, resucita con alma y cuerpo;« Pues es necesario que este mortal se revista de inmortalidad, y este corruptible se revista de incorruptibilidad». Y nadie podría decir que el cuerpo entonces se transforma en la esencia del alma; pues aunque se vuelve más sutil y más diáfano, sin embargo conserva las imágenes del cuerpo, y es hombre, llevando los rasgos del hombre. Y atestiguan lo dicho Enoc y Elías y el hijo del trueno, Juan, estando aún en el cuerpo; pues también a estos, como primicia de toda nuestra masa, el creador los tomó y mostró a todos que si Adán no hubiera pecado, aún viviría con el cuerpo. Salvo que también estos, llevando una vida de larga duración, probarán alguna vez la muerte, aunque sea en un abrir y cerrar de ojos. Y observa la fe mediante ellos, cómo se presenta desde las
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tres generaciones, de los que están antes de la ley, habiendo sido tomado Enoc, de los que están después de la ley, Elías, de los que están después de la gracia, el que estaba en el pecho de los discípulos. Por tanto, también Adán, si hubiera guardado el mandamiento, sin duda viviría con ellos. Y que permanece el virgen Juan, lo que buscaste, así como la tradición atestigua a Enoc y a Elías, así también a este. Y lo dicho en los evangelios nos atrae al mismo sentido. Pues Cristo dijo el modo de la muerte que Pedro iba a morir por él; pero Pedro, habiendo escuchado su propia muerte, pregunta inmediatamente sobre el evangelista Juan, siendo evidente que también él buscaba saber nada más que el modo de su muerte;«¿ Y este qué?». Pues no escuchaba otra cosa del Salvador sobre él, y trasladaba la pregunta a otra cosa inconsecuente, como si descuidara y tuviera en poco la profecía del maestro sobre él. Y sobre la pregunta de Pedro sobre la muerte que Juan iba a morir, preguntando, y habiendo dicho el Salvador:« Si quiero que él permanezca hasta que yo venga,¿ qué a ti?»,¿ cómo la verdad no predice la permanencia hasta su venida? Por eso también el que está entre los santos, Cirilo, interpreta el« Sígueme» como dicho por el Salvador sobre la muerte del santo Pedro. Y el que« Salió este dicho entre los discípulos, que aquel discípulo no muere», y lo que sigue, no solo no lucha en nada, sino que también concuerda. Pues nadie dice que él es inmortal, sino que permanece con Enoc y Elías hasta la segunda venida del Señor; lo cual también el mismo discípulo confirma diciendo que:« No le dijo Jesús que no muere, sino: si quiero que él permanezca hasta que yo venga,¿ qué a ti?». Y es evidente que lo de ser inmortal lo refutó, pero lo de permanecer hasta la venida lo confirmó. Y si Eusebio de Pánfilo, escribiendo la historia eclesiástica y los tiempos en los que vivió, los puso numerables, y que duró hasta los tiempos de Trajano, no dice nada que luche, aunque parezca. Pues que cada uno tome en cuenta esto, que los tiempos de Enoc son manifiestos, y cuántos años vivió en el mundo, la divina Escritura lo transmite claramente. Pero no por esto alguien negará el traslado del justo con el cuerpo. Con esta opinión concuerdan también los hechos del amado Juan y su vida, que no pocos presentan. Pues habiendo sido depositado, dicen, según la exhortación de aquel mismo en cierto lugar, buscado de repente no fue hallado, sino solo el santuario brotando del mismo lugar en el que fue puesto por un breve momento; del cual todos, como fuente de santificación, extraemos aquel santo mirra. Pero aquello es evidente, que la presente cuestión, aunque se desvíe de la verdad, no conlleva peligro para el alma. Pues la investigación sobre la fe, si se desvía de la verdad, causa un gran naufragio al alma, por lo cual es necesario aferrarse incluso a la pequeña sílaba que se refiere a ella; pero la búsqueda de los problemas fuera de la piedad es bueno si termina en el fin de la verdad; pero si yerra en esto, no es bueno, sin embargo, no conlleva la perdición del alma. Pero el segundo y tercer problema los resolvió así. Y Adán, habiendo sido creado inmortal, ignoró lo conveniente, al igual que antes de él el diablo y las potencias apostáticas que están con él. Y lo de« he aquí que Adán se ha vuelto como uno de nosotros», aunque a algunos les pareció que fue dicho por ironía, no es así. No obstante, tampoco que se haya vuelto Dios en verdad; pues esto es totalmente, junto con lo imposible, blasfemo.¿ Qué quiere, pues, el« he aquí que Adán se ha vuelto como uno de nosotros»? He aquí ahora, dice, recibió la sensación de lo que es imaginar volverse Dios. Pero Dios dice esto hacia la opinión de aquel, y refuta la mala intención. Y encontramos en muchas partes de la Escritura que la divinidad reprocha para nuestra amonestación. Pero esto es también el segundo discurso. Podría el« he aquí que Adán se ha vuelto como uno de nosotros» proceder también en forma de ironía, y tener razón de reproche, y mostrar compasión en la misericordia; pero que elija lo que parezca.
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lo quisieron. Pero dejemos de lado lo irracional. Dado que aquellos a quienes escribía presentaron cierta cita de Julio de Roma en favor de su propia impiedad( como ellos pensaban), el sabio autor demostró que dicha cita había sido pronunciada tanto contra Pablo de Samosata como contra la segunda herejía nestoriana, y que prohibía pensar las dos naturalezas de manera específica y por separado, al igual que dos hipóstasis, personas e hijos. Pues, en efecto, la única naturaleza en Cristo es tomada aquí por Julio en lugar de la hipóstasis, y no contradice en nada ni a la verdad ni a nuestros otros padres portadores de Dios; y esto lo hace evidente el divino Julio al lanzar su dardo contra Marción, Valentín, Apolinar y Eutiques a través de sus sagradas voces. Pues dijo en el tratado sobre el consustancial:« De donde, por necesidad, tanto lo corporal en general como lo divino en general deben ser llamados. Y quien no es capaz de conocer en las cosas unidas lo que es propio de cada una, caerá en contradicciones discordantes. Pero quien conoce lo propio y guarda la unión, ni miente sobre las naturalezas ni ignorará la unión». De modo que es evidente que el admirable Julio, al confesar las dos naturalezas, tomó la única naturaleza en el pasaje propuesto en lugar de la hipóstasis. Refuta también otras no pocas cosas absurdas que aquellos a quienes el filoteo Efraimio respondía habían insertado en su propia carta, demostrando que están llenas de impiedad. Es digno de admiración que lo que Cirilo predijo, y lo que el sínodo tomó y presentó( me refiero a que la diferencia de las naturalezas no se anula en ninguna parte debido a la unión, y, por otra parte, que las naturalezas concurren en una sola persona y una sola hipóstasis), esto mismo sea difamado por quienes se enorgullecen de Cirilo. Pero, habiendo expuesto esto, el teófilo Efraimio presenta cartas tanto del santo Simeón, el que luchó en la columna, como de Baradato, enviadas al obispo Basilio de Antioquía, y ciertamente también a León el emperador, habiéndose escrito una por cada uno de estos dos a cada uno de los dos. Sin embargo, una sola carta de Jacobo fue escrita al mismo piadosísimo emperador. Todas están compuestas con un lenguaje sencillo y simple, pero están llenas del Espíritu y de nuestra sagrada sabiduría. Defienden igualmente el sínodo de Calcedonia, reconociendo que quienes las escribieron permanecen en los dogmas piadosísimos de este, e introducen exhortación y amonestación para que quienes las reciben las aprecien y proclamen lo que fue dogmatizado en el santo celo.
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Se leyó el libro del santo Eulogio, que consta de once discursos. El primero de estos hablaba al archipreste de Roma a quien escribía; quien recibió del autor una carta sinodal, pero le notificó que le faltaba algo, porque no mencionó por nombre las cuatro sínodos, ni dónde se celebraron, y ni siquiera indicó el número de la multitud de cada una; y que tampoco la carta del santo León fue mencionada literalmente, y ni siquiera Eutiques, Dióscoro o Severo fueron entregados al anatema, y porque la expresión« en dos» se enunciaba más débilmente de lo que debía. Estas eran las cosas que el que recibió las cartas sinodales reprochaba; sin embargo, el varón teófilo, dando razón de lo que se le reprochaba, dice primero que todo lo que parecía haber sido omitido estaba comprendido en los capítulos de las cartas sinodales, pero que nadie tomó reparo en hablar de ellas más ampliamente ahora. Al realizar esto con celo y con mente divina, dispone hacia lo mejor y más perfecto tanto las otras cosas como nuestra sagrada confesión sobre la fe, insistiendo sobre todo en la teología sobre la economía, en la cual alaba la unión hipostática de las dos naturalezas, indivisible e inconfusa, y corta con la espada de la verdad las ramas heréticas de ambos lados. Utiliza también el término« mezcla» piadosamente, aunque lo utiliza, protestando no haber usado la voz según el insensato Apolinar, ni tampoco según el impío Eutiques, sino como quiere la ley de la piedad, puesto que, en efecto, a nuestro único Señor Jesucristo
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sabe proclamar claramente en dos naturalezas indivisibles e inconfusas, en perfecta divinidad y perfecta humanidad, sin que la mezcla le indique confusión, ni la expresión« en dos» introduzca división. Sostiene que en esto coinciden tanto Atanasio como Cirilo, a quienes ellos mismos confesaron una naturaleza del Dios Verbo encarnada; pues en lo que dijeron« encarnada», proclamaron la naturaleza asumida. Habiendo expuesto esto, y señalando cómo en otros trabajos suyos ejercita la expresión propuesta, dice que la cita presente se divide en triple sentido. Pues« encarnada» podría entenderse o bien en lugar de« formada en carne» y como« configurada», al igual que el bronce con la forma de la estatua; o bien que, al haberse transformado la naturaleza del Verbo en carne y como« desencarnado», surgió una sola naturaleza; o bien que, siendo una la naturaleza del Verbo según la economía, ya no se contempla solo una, sino también con la carne, preservando lo inmutable e inalterable tanto para sí misma como para la carne asumida. Las dos primeras suposiciones conocen a Apolinar y a Eutiques; la tercera es la gloria de la predicación de los apóstoles, que también el coro de nuestros bienaventurados padres, habiéndola aprendido de allí, la conservó. Y es evidente que, si alguien deseara ser piadoso al decir« una naturaleza del Verbo encarnada», se le concedería pensar lo mismo que quienes contemplan y glorifican dos naturalezas indivisibles e inconfusas en el uno y el mismo Cristo; si no, correrá totalmente hacia Apolinar o Eutiques. Pues también aquí se dice que la« una naturaleza» está en lugar de la hipóstasis, y« encarnada» en lugar de la naturaleza humana, de modo que no disiente en nada quien dice« una naturaleza del Verbo encarnada» o« una hipóstasis del Verbo que asumió la naturaleza humana». Por eso también nuestros padres, explicando la voz, añaden:« Sin que se anule la diferencia de las naturalezas después de la unión, sino más bien preservándose cada una en el límite y razón propios de la naturaleza, en el mismo y único Cristo, nuestro Dios». De modo que si se contemplan las cosas preservadas, y se confiesan las cosas contempladas, y lo que se confiesa también se numera, es evidente que decir piadosamente« una naturaleza del Verbo encarnada» y« dos naturalezas indivisibles en la unión hipostática» no produce diferencia alguna en el discurso de la piedad. Habiendo dicho estas y otras cosas similares, termina el primer discurso. El segundo está titulado« dogmático», y este también anuncia una exposición de fe; en la cual teologiza piadosamente sobre la Trinidad y expone igualmente las cosas relativas a la economía, exponiendo esto de manera más sintética que en el anterior, sin ceder, sin embargo, nada en la precisión. Y habiendo recorrido esto, termina el estudio con una exhortación, mediante la cual exhorta a quienes se apartan de la iglesia a abrazar la concordia común. En este discurso dice que de las enseñanzas transmitidas en la iglesia por los ministros del Verbo, unas son dogmas y otras son predicaciones. Y la diferencia es que los dogmas se anuncian con ocultamiento y sabiduría, y a menudo se revisten deliberadamente de oscuridad, para que las cosas santas no estén expuestas a los profanos y las perlas no estén puestas ante los cerdos, mientras que las predicaciones se anuncian sin ocultamiento alguno, y especialmente aquellas que se refieren a la razón de los mandamientos y a la preservación del temor divino. Dice que hay también de los dogmas otros aún más místicos, que, por decirlo de una vez, se han silenciado totalmente, y se han transmitido místicamente solo a aquellos que, a través del Verbo viviente, tienen la sabiduría espiritual para confiar estas cosas a los fieles. Además, hace una distinción de las cosas dichas sobre Cristo, suponiendo que unas se dicen verdadera y propiamente, y otras por referencia. Pues se refiere a nosotros, como cabeza de todos nosotros que soportó ser, tanto el pecado como la maldición y cosas similares. Pues dice el Apóstol:« Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado». Y de nuevo:« Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición». Así también nuestra insumisión y nuestra ignorancia,
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como cabeza de todo el cuerpo, las asume, y también el« Dios mío, Dios mío,¿ por qué me has abandonado?», por una inefable filantropía, apropiándose de lo nuestro como suyo. El tercer discurso lucha contra quienes calumniaron a los santos padres y al sínodo de Calcedonia. Y primero aclara las cartas a Sucenso, que fueron escritas al bienaventurado Cirilo, y todo lo que parece coincidir con estas( pues los que están en contra, a partir de tales voces, como desde una acrópolis, se enfurecen para atacar los dogmas de la piedad), y después desbarata también las otras calumnias. El pensamiento herético propone primero la cita de la segunda carta a Sucenso, que dice que decir dos naturalezas indivisibles después de la unión es contrario a quienes profesan una naturaleza del Verbo encarnada. A quienes el defensor de la verdad responde diciendo que quienes glorifican una naturaleza del Verbo encarnada quieren hacer clara mediante la voz la unión hipostática, y que el Verbo no asumió a un hombre preexistente, sino que se hizo carne verdaderamente; pero esta no basta para mostrar la perfección del misterio.¿ Pues dónde es posible tomar mediante la voz si la carne asumida era animada o no, y si estaba configurada solo por la carne o si era verdaderamente carne por naturaleza?¿ Y de dónde que las cosas que se unieron han permanecido perfectas o inconfusas? Pues nada de esto está aclarado para encontrarlo a partir de ella. Por esto también el pasaje propuesto se abraza tanto a Apolinar como a Eutiques, al que confunde las cosas unidas, y a Apolinar al imaginar la carne inanimada. Pero también a Manes le es grata la voz, al forjar la encarnación con figura y fantasía. Sin embargo, quienes dicen« dos naturalezas indivisibles» preservan las cosas unidas inconfusas, pero tampoco estos proclaman mediante las mismas voces la unión hipostática. Pues es posible de nuevo tomar maliciosamente lo unido, como Nestorio, con honor y gloria y con los otros artificios heréticos. Por esto también el divino Cirilo, al final de la mencionada carta, dijo:« Lo añadido' indivisiblemente' parece ser, de algún modo, indicativo de recta doctrina entre nosotros, pero ellos no lo entienden así». Pues lo indivisible entre ellos se toma de otra manera según las vaciedades de Nestorio; pues dicen que el hombre en el que habitó el Dios Verbo es indivisible por la igualdad de honor, por la misma voluntad y por la autoridad. De modo que el gran Cirilo conoce también lo indivisible como doble, una parte de la doctrina herética y otra parte del pensamiento propio y ortodoxo. Siendo dicho lo indivisible de dos maneras, dijo razonablemente que decir« una naturaleza del Verbo encarnada» lucha contra quienes, según Nestorio, afirman« dos naturalezas indivisibles». Pero este mismo pasaje se vuelve de recta doctrina, al separarse de la homonimia. Y se separa según otros modos, especialmente al añadir la unión hipostática; pues esta adición, al completar la precisión, ahuyenta el engaño de Nestorio y avergüenza a los calumniadores de la piedad. Por tanto, cada voz es incompleta, como quedó claro por lo dicho, al no haber añadido la otra, me refiero a la que dice« una naturaleza del Verbo encarnada» y la que dice« dos naturalezas indivisibles»; pero cada una se perfecciona al entrelazarse con la otra; pues la naturaleza del Verbo encarnada introduce simplemente la unión hipostática, mientras que el que dice las dos naturalezas indivisibles indica lo inconfundible e inconfuso de las cosas unidas. Por tanto, una voz separada de la otra y presentada sofísticamente traería la condena más justa. De modo que justamente también el santo Cirilo, dirigiéndose a Nestorio, rechaza la frase que dice« dos naturalezas indivisibles» como incompleta y no suficiente para refutar el sofisma herético, y declara que la que dice« una naturaleza del Verbo encarnada» lucha contra ella, con la cual surgió la compuesta, manifestando la piedad inmaculada, proclamando claramente las dos naturalezas indivisibles en la unión hipostática. Así, pues, incluso si alguien presenta una naturaleza del Verbo encarnada, y
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especialmente luchando contra Apolinar o Manes o Eutiques, la presentaría de manera incompleta, y más bien ayudando al pensamiento de aquellos, y combatiendo y derribando la gloria de Cirilo, y expulsando también a quienes confiesan las dos naturalezas indivisibles en la unión hipostática. Que confesar dos naturalezas en la unión hipostática es concurrente con la opinión que glorifica piadosamente una naturaleza del Verbo encarnada, lo testificó claramente Cirilo, el guardián de la precisión. Pues a los archipreste orientales de Dios, que de ninguna manera dijeron una naturaleza del Verbo encarnada, sino que dogmatizaban y pensaban dos naturalezas en la unión hipostática, los aceptó muy bien y con mucha alegría. Pues el santo Juan, que ocupaba el trono archierático de Antioquía, escribió que:« Ha ocurrido una unión de dos naturalezas; por eso confesamos un Cristo, un Hijo, un Señor. Según este concepto de la unión inconfusa, confesamos a la santa Virgen como Theotokos debido a que el Dios Verbo se encarnó y se hizo hombre». Y el ferviente amante de la precisión, Cirilo, no solo aceptó con alegría y gran gozo a quienes confesaron esto y lo que sigue a esto en las cartas, sino que también a Pablo, obispo de Emesa, que había sido enviado por él, al hablar en una asamblea pública sobre el pensamiento que existía tanto para él como para el que lo envió, lo recibió con elogios y lo engrandeció como de un mismo sentir. Y la homilía exponía cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y que lo segundo es interpretación de lo primero:« El Verbo se hizo carne», es decir,« habitó entre nosotros», esto es, en nuestra naturaleza. Habiendo hablado tales cosas, Pablo disfrutó de los elogios cirilianos. Mira también de nuevo a Juan proclamando dos naturalezas y un Hijo:« Otra cosa es la tienda y otra el que habita, otra cosa es el templo y otra el Dios que habita». Presta atención a lo que se dice. No dijo« otro y otro», como en el caso de dos Cristos o dos Hijos, sino« otra cosa y otra cosa», como en el caso de dos naturalezas. Cuando dijo entonces:« Habitó entre nosotros» y proclamó dos naturalezas, entonces añadió:« Y vimos su gloria, gloria como del unigénito». Estas y otras cosas similares del santo Juan, testifican la rectitud de los dogmas de lo dicho, y comenzando su propia enseñanza dice así:« El bienaventurado profeta Isaías, proclamando de antemano la elocuencia de los maestros en Cristo, decía:' Sacad agua con alegría de las fuentes de la salvación'. He aquí, pues, que hemos sacado agua para nosotros de una fuente santa, me refiero al Maestro que nos precedió, quien, iluminado también por las antorchas del Espíritu, nos aclaró el gran y venerable misterio del Salvador». Así, al santo Juan, que gira las dos naturalezas arriba y abajo, el ferviente amante de la verdad, Cirilo, lo llama fuente santa, y lleno de la efusión de luz del Espíritu santísimo y brillante intérprete del venerable y gran misterio según Cristo. Y no solo esto, sino también sobre el mencionado archipreste Pablo, respondiendo al mismo santo Juan, dice así literalmente:« Habiendo llegado, pues, a Alejandría el señor y piadosísimo hermano y concelebrante Pablo, nos llenamos de alegría, y muy razonablemente, como mediando un hombre tal». Y de nuevo:« Que la disensión de las iglesias ha sido totalmente superflua y no conveniente, ahora estamos más convencidos, habiendo presentado el señor y piadosísimo obispo Pablo un documento que tiene la confesión de fe irreprochable». Así, pues, proclama que el archipreste Pablo fue causa de alegría y que la fe de los orientales presentada a través de él, que tiene lo irreprochable, es tal. Y sobre esto, mostrando claramente en qué coinciden los orientales y qué profesan en común, para que el contencioso no tome libertad de trasladar a lo que quiera la pacífica concordia y situación, hace esto como último capítulo con estas mismas palabras:
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« Conocemos que los hombres teólogos, sobre las voces evangélicas y apostólicas relativas al Señor, unas las hacen comunes como en una sola persona, y otras las dividen como en dos naturalezas, y transmiten las divinas según la divinidad de Cristo, y las humildes según la humanidad». A lo cual añade también su propio juicio, diciendo:« Habiendo encontrado estas vuestras sagradas voces, y encontrando que también vosotros pensáis así( pues un Señor, una fe, un bautismo), glorificamos al Dios Salvador de todo, alegrándonos mutuamente de que las iglesias que están entre vosotros y las que están entre nosotros tienen una fe que coincide con las Escrituras inspiradas por Dios y con la tradición de los santos padres».¿ Y quién podría ser más elocuente o más digno de crédito que Cirilo para interpretar a Cirilo y presentar su pensamiento puro y sin mezcla de mezcla herética? De lo cual, pues, proclamó que él mismo y los orientales glorifican la piedad sin diferencia, mostró claramente que es indiferente también confesar las dos naturalezas indivisibles en una persona o una hipóstasis, y una naturaleza del Verbo encarnada con alma racional e intelectual. Y no solo escribiendo a los de oriente testifica su misma doctrina, sino que también, cuando algunos le reprochaban que aceptó a los orientales que confiesan las dos naturalezas, él mismo escribe sobre ellos a Valeriano, obispo de Iconio, que los orientales condenan a Nestorio y preservan inmaculada la confesión de los padres, confesando con nosotros a la santa Virgen como Theotokos, y que es un solo Cristo e Hijo y Señor, el Dios Verbo engendrado del Dios Padre, y en los últimos tiempos el mismo nacido de mujer según la carne, y que el mismo es perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, no dividiendo en dos Hijos o Cristos o Señores, y exhorta a abominar y despedir a quienes se atreven a decir algo contra ellos como mentirosos y engañadores y que se proponen como padre de su propia mentira. Pero ciertamente también en la carta a Acacio, obispo de Melitene, sobre los orientales dice así:« No dividen en dos al único Hijo y Cristo, sino que dicen que es el mismo el que es de Dios Padre como Dios y de mujer según la carne como hombre, y que no podría entenderse consustancial a nosotros según la humanidad ni al Padre según la divinidad, si no se entendiera que el mismo es Dios y hombre a la vez, lo cual Nestorio no soportaba». Así, no solo abraza a los orientales que dicen dos naturalezas, sino que, incluso si alguien los acusa, se convierte en defensor, y( lo paradójico) incluso si no añaden« indivisiblemente», no dice que dividan las naturalezas. Pues sabe que quien dice que el mismo es Dios y hombre, y la Virgen como Theotokos, no menos, aunque no añada« indivisiblemente», como confesando por lo dicho la unión hipostática, introduce también lo verdaderamente indivisible. Y el mismo, verdaderamente amante de la paz segura y divina, escribiendo de nuevo a Acacio:« Es posible, dice, decir también dos naturalezas, y no pensar de algún modo división de las naturalezas cuando alguien une a lo dicho la unión hipostática». Y ciertamente, escribiendo también a Eulogio, considera de la misma doctrina al que dice una naturaleza del Verbo encarnada y al que confiesa conjuntamente dos naturalezas indivisibles en la unión hipostática. Algunos se agarran de la exposición que han hecho los orientales, y dicen:«¿ Por qué, al nombrar ellos dos naturalezas, lo soportó y elogió el de Alejandría?». Y los que piensan lo de Nestorio dicen que también aquel pensaba así, arrebatando a los que no conocen la precisión. Pero hay que decir a los que se quejan que no todo lo que dicen los herejes hay que evitarlo y rechazarlo; de modo que acepta a los orientales que dicen dos naturalezas( pues estos dicen piadosamente), pero condena a Nestorio, no porque dijera dos naturalezas, sino porque al decir dos naturalezas no aceptaba la unión hipostática, al igual que tampoco la« una naturaleza del Verbo encarnada». Pues después de poco añade que:« Aunque Nestorio diga dos naturalezas, indicando la diferencia de la carne y del Dios Verbo, ya no confiesa la unión con nosotros. Pues nosotros, habiéndolas unido, confesamos un Cristo, un Hijo, un Señor». Lo cual es una confesión común de él y de los orientales. Luego añade de nuevo:« Confesamos una naturaleza del Hijo encarnada», como si dijera:« Nosotros, confesando la diferencia de las cosas unidas, decimos dos naturalezas, pero también, precisando la unión, añadimos de nuevo la' una naturaleza del Verbo encarnada'; pues lo primero es de la diferencia de las cosas unidas, y lo segundo es indicativo de la unión hipostática misma». De lo que dijo sobre Nestorio, casi grita esto, que si Nestorio también conociera la unión con nosotros, confesando un Cristo, un Hijo, un Señor, lo habríamos aceptado incluso diciendo dos naturalezas, si es que mediante tal voz quería indicar la diferencia de la carne y del Dios Verbo, y no tramaba desgarrar la unión. Pero si decir dos naturalezas, como él mismo dijo, significa la diferencia de la carne y del Dios Verbo, y esta debe preservarse después de la unión, es evidente que enseña también que las dos naturalezas se preservan después de la unión; pues preservándose la diferencia, es necesario que también se preserven las cosas de las que es la diferencia. Y al decir también que los orientales coinciden con él, aunque en ninguna parte dicen« una naturaleza del Verbo encarnada», sino que dicen dos naturalezas, pero unidas por la unión hipostática, declara claramente que las voces son indiferentes. De modo que también el sínodo, aunque no con la lengua, al menos con la opinión, sabe proclamar una naturaleza del Verbo encarnada. Y no solo por lo dicho es fácil ver esto, sino también por el libelo que escribió con su propia mano el divino Flaviano, y entregó a Teodosio el emperador. Y el sínodo, antes que otras cosas, decidió que este fuera leído. Pues dice literalmente así:« Pues confesando a Cristo de dos naturalezas después de la encarnación en una hipóstasis y en una persona, confesamos un Cristo, un Hijo, un Señor». Luego también no negamos decir una naturaleza del Dios Verbo encarnada y hecha hombre, debido a que de ambos es uno y el mismo nuestro Señor Jesucristo. Pero observa también esto conmigo. El sínodo dice continuamente el mismo y un Cristo.¿ Y qué es esto otro que confesar la unión hipostática, o si quieres, la una naturaleza del Verbo encarnada? Pues también sin los sofismas heréticos, esta cita presentada tiene lo indiferente, al menos hacia la opinión preestablecida. Y así como el sínodo, al decir que nuestro Señor Jesucristo es de divinidad y humanidad, lo alaba igualmente de dos naturalezas, así también al decir en divinidad y humanidad, glorifica y confiesa en dos naturalezas. Pues Cristo no es de estas, pero no estas, ni estas, pero no en estas, sino de las que es, también en estas se reconoce y estas es. Así también Ambrosio el admirable en el cuarto discurso sobre la encarnación dogmatiza:« En el ser Dios eterno asumió los misterios de la carne, no dividido sino uno, puesto que cada uno es uno y el uno en cada uno, es decir, tanto en divinidad como en cuerpo». De nuevo en otro discurso, del cual también el sabio Cirilo presentó una cita contra Nestorio, así dice el bondadoso Ambrosio:« Un Hijo de Dios habla en cada una, puesto que cada naturaleza está en él». Este pasaje lo malversó Severo, pero no obtuvo nada de la malversación. Pues transforma la voz« en cada una» en« en cada uno», para convencer de que mediante la voz no se indica la naturaleza sino el modo del habla, como« en cada modo, divino y humano, habla». Lo cual tiene la refutación desde sí mismo, pero no solo eso, sino que también es golpeado mediante la cita preestablecida. Pues en ella, al decir la palabra misma« en cada uno», él mismo interpretó qué quiere decir para él el« en cada uno»:« Es decir, añadiendo, tanto en divinidad como en cuerpo». De modo que si habla« en cada una», como tiene lo no malversado de los dichos de Ambrosio, o« en cada uno», como el de la maldad
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El sofista corrompe la expresión; no obstante, las dos naturalezas se manifiestan, puesto que el mismo Ambrosio, como se ha dicho, al decir« en cada una», es decir, en cada una de las realidades, ha permitido que la expresión se refiera a la divinidad y al cuerpo. Y el mismo, escribiendo a Albino, dice:« Para que, afirma, sea perfecto en cada una de las naturalezas». Pero baste con esto. Y si alguien nos presenta a Atanasio en su tratado sobre la encarnación, y a Gregorio de Neocesarea en su escrito sobre la fe por partes, impidiéndonos decir que hay dos naturalezas en Cristo, que aprenda este que( como se ha dicho muchas veces) ni los demás padres abrazaron simplemente el decir« dos naturalezas», sino que a menudo las rechazaron; sin embargo, no aceptaban la expresión sin la unión indivisible, ni la abrazaban temerariamente ni sin examen, y por tanto no aceptaban la falta de duda. Pero una vez que se hubo convenido con lo dicho la unión según la hipóstasis, no se vio a ninguno de los piadosos que no abrazara fervientemente la expresión. Que nadie diga, pues( pues esto no tiene nada que ver con la piedad), que los padres prohibieron decir« dos naturalezas» en Cristo; sino que demuestre cuándo o dónde prohibieron decir dos naturalezas indivisiblemente a quienes convienen en la unión según la hipóstasis. Pues mira también aquí cómo dice Atanasio:« No confesamos dos naturalezas en el único Hijo, una adorable y otra no adorable». Escuchas cómo dijo« adorable y no adorable».¿ Y quién no sabe que lo adorable y lo no adorable dividen al único en dos hipóstasis, pero proclaman la unión según la hipóstasis? Pero el pensamiento del gran Atanasio es claro; en cambio, el pasaje que se atribuye al taumaturgo Gregorio( pues se dice que es suyo, pero introduce a Apolinar) se presenta como una flagrante absurdidad. Dice, en efecto:« Y es Dios verdadero el que era incorpóreo y se manifestó en la carne, perfecto con la verdadera y divina perfección, no dos personas ni dos naturalezas; pues no decimos que adoramos a cuatro».¿ Ves cuán manifiesta es la impiedad? Pues al decir« perfecto» según la divinidad, silenció por completo la humanidad. Y el haber dicho antes:« El incorpóreo que se manifestó en la carne» es un fruto amargo de la insensata labranza de Apolinar. Pero, en verdad, también el pasaje que la herejía presenta de la carta de Julio de Roma a Dionisio no tiene una autenticidad indudable; pues el santo Cirilo, al presentar una cita de su carta a Docio en el concilio de Éfeso, no consideró digno hacer mención de esta. La que leyó ante el concilio tiene estas palabras:« El Hijo de Dios habitó en los hombres, no actuó en un hombre, Dios perfecto en carne, hombre perfecto en espíritu; no dos hijos, uno el Hijo genuino que asumió al hombre, y otro un hombre mortal asumido por Dios, sino uno en el cielo, el unigénito, unigénito en la tierra, Dios». La declaración de Julio que fue reconocida por el concilio es tal; si hubiera sabido que era genuina la expresión que presentan de la carta a Dionisio, y sobre todo que condena a Nestorio, no la habría pasado por alto. Además, también hay que considerar esto: que el sabio Cirilo toma al hombre como ejemplo, no para mostrar una sola naturaleza en Cristo, sino para representar a través de él la unión según la hipóstasis. Pues, en efecto, al decir que en el compuesto que somos nosotros el cuerpo y el alma son de distinta especie, y que al unirse formaron una sola naturaleza humana, no añadió ni« encarnada» ni« animada»; pero en el caso del Logos, al decir« una naturaleza», añade inmediatamente« encarnada». Pues el haberla silenciado en raras ocasiones no atestigua una contradicción de su opinión, sino más bien una confirmación; pues a menudo, lo que uno proclama continuamente y sabe que ha establecido en todos una opinión firme sobre ello, a veces lo silencia como algo confesado y evidente, no rechazando con el silencio lo que proclamó muchas veces, sino mostrando que es tan firme y manifiesto que ya no necesita de voz ni de mención. Así, pues, también el sabio y firme en la piedad
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Cirilo, al profesar que hay una sola naturaleza del Logos, y esta encarnada, y ni siquiera esto simplemente, sino con alma intelectiva y racional, habiendo establecido y cimentado esto en las almas de todos, debido a lo conocido, indiscutible y breve de la expresión, dejó que el resto se pronunciara y se entendiera conjuntamente a partir de una parte. Pues, en efecto, este hombre, grande en pensamiento, no confiaba siempre la mente a las palabras y a los nombres, sino que, según los conceptos, trasladaba y adaptaba tanto las palabras como los nombres. Escucha, pues, qué dice en el primero de los Tesoros, y qué en las cartas a Sucenso. En aquel, en efecto, dice que el divino Logos, habiéndose hecho sumo sacerdote por nosotros, asumió al hombre nacido de María, o al templo, como una especie de túnica talar; en estas, en cambio:« Por tanto, dice, se hizo hombre, no asumió a un hombre».¿ Cómo es que allí no asumió a un hombre, y aquí sí lo asumió? Él mismo se interpreta; pues añade:« Como le parece a Nestorio».¿ Y qué es esto sino no confiar la mente a las palabras, sino equilibrar las palabras con el pensamiento? De modo que si en algún lugar se le encontrara diciendo que el Dios Logos no asumió a un hombre, proclamó a partir de la presente enseñanza que no simplemente prohíbe decir esto(¿ cómo podría prohibir a otros lo que él mismo realizaba brillantemente?), sino no decirlo como le parece a Nestorio. Sin embargo, el ilustre Eulogio, al aclarar la« una naturaleza del Logos encarnada», dice también esto: que si alguien desea examinar con precisión el pensamiento del maestro, encontrará que a través de la expresión no desea otra cosa que mostrar lo inmutable del Logos, para que lo dicho no se refiera a otra cosa, sino a la divinidad del unigénito. Pues en el diálogo que se titula« Que uno es Cristo»:« Decimos, en efecto, un solo Hijo y una sola naturaleza suya, incluso si se entendiera que se produjo en la asunción de una carne que tiene alma intelectiva». A través de lo cual no se significa otra cosa que lo inmutable de la divinidad. Por tanto, si una naturaleza del Hijo, como se ha dicho, alaba lo inmutable de la divinidad, de ninguna manera anula las dos naturalezas unidas según la hipóstasis; y así entendería el amigo de la piedad también lo dicho por el maestro a Eulogio:« Uno, pues, es el Hijo, y una la naturaleza del Logos encarnado, es decir, no transformada ni que haya abandonado su propia perfección». Y también hay que tener en cuenta esto: que el divino Cirilo no aparece en ninguna parte diciendo« una naturaleza de Cristo», sino« un Cristo» y« una persona» y« una hipóstasis de Cristo» en todas partes, pero« una naturaleza de Cristo» ya no; al contrario, incluso lo prohíbe en las cartas que se titulan a Sucenso, al decir« una naturaleza» sobre el compuesto:« Pues si, dice, eliminamos el hecho de que de dos y diferentes naturalezas es el único y solo Cristo, siendo indivisible después de la unión, dirán los que luchan contra la recta doctrina: si el todo es una naturaleza,¿ cómo se hizo hombre?». Y al decir« todo», y al decir« después de la unión», es evidente que no habla de las cosas anteriores a la unión, sino de las posteriores a la unión, que es el compuesto. Pues, en efecto,¿ qué es el todo, Cristo? Y si el todo no es una naturaleza, es ciertamente superior a la una. Con esto concuerda también el teólogo Gregorio, aunque dice que el conjunto es uno, pero no por naturaleza, sino por la unión. Sin embargo, el desdichado Eutiques confesaba la unión a partir de dos naturalezas, pero después de la unión blasfemaba diciendo que era una. Por lo cual, tanto el concilio de Calcedonia como el anterior a él en Constantinopla lo condenaron justamente. Pero el noble Dióscoro, no diferenciándolo en nada de Apolinar, lo aceptó con el mayor celo posible. Pues el impío Apolinar, en su tratado sobre la encarnación, presta atención a lo que dice:«¡ Oh nueva creación y mezcla divina! Dios y carne formaron una sola naturaleza». De donde los que vinieron después de él bebieron los canales de la impiedad. Pero tú observa también el fango más antiguo: pues Valentín dice literalmente así:« A los galileos que dicen que hay dos naturalezas en Cristo les derramamos una amplia risa; pues nosotros decimos que la naturaleza de lo visible y lo invisible es una». Sí, ciertamente, también el
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maniqueo, escribiendo a Escitiano, y reprendiendo a los que dicen que hay dos naturalezas, dice tales cosas:« El Hijo de la luz eterna manifestó su propia esencia en el monte, no teniendo dos naturalezas, sino una en lo visible y lo invisible». Y Polemón también( este celebraba a Apolinar como maestro), culpando a nuestros santos padres, como hacen los de la facción de Severo con los de Calcedonia, mira lo que dice:« Nada peor que pensar también esto. Pues al decir que el mismo es Dios y hombre, no se avergüenzan de confesar una naturaleza del Logos encarnada, como una compuesta. Pues si el mismo es Dios perfecto y hombre perfecto, entonces el mismo es dos naturalezas, como introduce la innovación de los Capadocios y la opinión de Atanasio y la soberbia de los de Italia». Y se disfrazan, como si fueran nuestros, de pensar lo del santo padre nuestro Apolinar, pero predican, como los Gregorios, la dualidad de las naturalezas.¿ Cómo, pues, era posible contener tal ímpetu de impiedad de Eutiques y Apolinar, de Valentín y de Manes, y detener el pasto que así se arrastraba y devoraba las almas de los hombres, si el divino celo de la sagrada asamblea de Calcedonia no hubiera proclamado estruendosa y piadosamente dos naturalezas indivisibles en la unión según la hipóstasis de Cristo? Pues, estando la corriente herética tan enfurecida, si el baluarte de la piedad no hubiera derribado la corriente, nada habría impedido que muchos se hundieran en el error. De modo que, si la expresión de las dos naturalezas no era conocida por los padres anteriores, el concilio tenía la necesidad, debido a la locura de aquellos, de encontrarla y proclamarla. Y siendo conocida por casi todos los hombres santos,¿ cómo no era imperativo erigirla con votos públicos contra los enemigos? Pues así como contra el impío Arrio, que blasfemaba diciendo que el Padre y el Hijo eran de distinta esencia, el concilio de Nicea opuso el« consubstancial», aunque el término aún no era común entre los padres, y al contrario, incluso había sido prohibido por aquellos de quienes Pablo de Samosata recibió la sentencia de deposición, así también contra los impíos mencionados, la santa asamblea se armó diciendo« dos naturalezas» en Cristo, no siendo ella la primera en encontrar las expresiones de la piedad, sino teniendo también muchos maestros de ellas antes de sí. Y si alguien disputara que Julio dijo« una naturaleza» en Cristo, primero, no es evidente aún si el discurso es genuino; segundo, conviene saber que después de Julio se purificó y distinguió entre los romanos el nombre de naturaleza y de hipóstasis, y en vano la cizaña herética se esfuerza por arrebatar la semilla de allí. Pues, permaneciendo las expresiones aún sin distinguir, no ocurre ninguna dificultad, sino que es incluso muy consecuente usar el término de naturaleza en lugar de hipóstasis. Pero esto es lo que se puede decir en favor de Julio. Además, el pensamiento herético se muestra descarado y dice:«¿ Por qué no, al igual que decimos que el hombre es de dos naturalezas, y luego después de la unión confesamos que su naturaleza es una, no confesamos también que Cristo es de dos naturalezas y que su naturaleza es una después de la unión? Pues conocemos que el compuesto es una naturaleza, pero al usar el modo analítico reconocemos las dos que se han unido». Pero la desvergüenza herética busca esto. Que aprendan los insensatos que el compuesto se llama« una naturaleza» sin impedimento cuando no se dicen propiamente sobre él los nombres de los simples de los que se compuso. Por ejemplo, nadie llamaría propiamente al hombre ni cuerpo ni alma; pues ni siquiera admitiría la definición ni del cuerpo ni del alma; sin embargo, a menudo el lenguaje cotidiano, que pasa por alto la precisión, y las sagradas escrituras, que usan la libertad del Espíritu, nombran al hombre entero a partir de una parte, no soportando someterse al yugo de esclavitud de la vanidad dialéctica. Pero en el caso de la inefable e inconcebible unión, nadie podría tomar un ejemplo más apropiado, y al decir que Cristo es de divinidad y humanidad, decimos que el mismo es igualmente Dios y
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hombre; por lo cual también la santísima Virgen es invocada propiamente y verdaderamente como Madre de Dios. De modo que en vano fue malversado por los insensatos el ejemplo del hombre para calumnia y derribo de la unión según la hipóstasis, inconfusa e indivisible, de las dos naturalezas de Cristo. Y que Cristo, nuestro Dios, es llamado propiamente ambas cosas, de las cuales es, por ejemplo, Dios y hombre, otros muchos lo gritan, y el divino Cirilo en la carta a Sucenso dice que uno y el mismo es esto y aquello. Y a Valeriano, obispo de Iconio, escribe de manera similar:« Por tanto, confesadamente lo que es de la carne es carne, y lo que es de Dios es Dios; ambas cosas son Cristo al mismo tiempo, siendo un solo Hijo, un solo Señor con su propia carne». Pues el« ambas cosas»,¿ qué otra cosa confirma sino que el mismo es Dios y hombre? Pero aunque Cirilo grita esto, sin embargo, algunos se atrevieron a ladrar que Cristo es de divinidad y humanidad, pero que no es ni hombre ni Dios, sin avergonzarse ni siquiera de lo inspirado por Dios y de gran voz de Pablo, que grita:« Jesucristo, ayer y hoy el mismo y por los siglos», confesando al mismo como hombre mediante el« ayer y hoy», y proclamándolo como Dios mediante el« y por los siglos». Y de nuevo el mismo:« Un solo Dios, un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús», de modo que Cristo es propiamente tanto hombre como Dios. Y Atanasio, mostrándose discípulo genuino de Pablo, dice así:« Puesto que Cristo es también Dios». Y si alguien intentara recoger los testimonios de Basilio y de los santos Gregorios y de los otros santos padres, los testimonios extenderían el discurso hasta el infinito. Sin embargo, el sabio Cirilo, llamando a Pablo, maestro del mundo, como testigo contra los que no quieren confesar a la santa Virgen como Madre de Dios( pues así titula también el discurso), mira lo que dice:« Ahora bien, no ha dicho la expresión, es decir, la de Madre de Dios, pero proclamó a Cristo como Dios sobre todas las cosas». Y de nuevo:« Si no supiera que Cristo es Dios a la vez que hombre, no habría añadido' según la carne'». Pues esto se dice manifiestamente sobre el que no es solo hombre, sino que existe también como otra cosa en esencia. El mismo hombre portador de Dios, también en el segundo anatematismo, grita lo mismo:« Si alguien no confiesa que el Logos nacido de Dios Padre se unió a la carne según la hipóstasis, y que es un solo Cristo con su propia carne, es decir, el mismo Dios y hombre, sea anatema». Y en el discurso a las reinas, de manera similar:« Que uno solo nos sea mostrado así Cristo, siendo el mismo a la vez Dios y hombre». Y otras diez mil cosas. Es, pues, evidente que mucha e infinita es la diferencia entre el misterio de Cristo y el ejemplo del hombre; pues el uno no es llamado aquello de lo que es, mientras que el otro es nombrado estruendosamente por aquello de lo que procedió. Pero, en verdad, la demencia de la herejía culpa de nuevo al cuarto concilio por haber expuesto un dogma, sosteniendo que tal intento fue prohibido por completo por el primer concilio de Éfeso. Aunque, si según su desatino el concilio prohibía no presentar ningún otro dogma en absoluto, él mismo emitió antes que los demás la sentencia que lo condena; pues define al establecer esto mismo, lo que ningún otro de los anteriores a él definió. Pero también la unión según la hipóstasis es un dogma suyo, que no fue definido por los concilios más antiguos. Sí, ciertamente, también el de Constantinopla, de los 150 santos padres, de quienes ellos desatinan, lo pasa por alto; pues este, al deponer al que combatía contra el Espíritu, añadió y ajustó la teología sobre el Espíritu Santo al dogma proclamado en Nicea. Pues si los anteriores que añaden escapan a la censura, tampoco los que vinieron después de ellos tendrán una condena diferente en casos similares. Así, la insensatez confunde y distorsiona todo. Pues, en efecto, el concilio de Éfeso prohibió por completo exponer otra fe, cuyos dogmas fueran contrarios al concilio de Nicea. Pero añadir lo que el tiempo exige, permaneciendo intactos los que están en él, ha sido obra suya, y la naturaleza de las cosas es maestra, y se ve que la tradición de la iglesia aprecia esto siempre. Por lo cual también en Alejandría, no habiéndose reunido aún el concilio ecuménico, el divino Cirilo, habiendo reunido a los elegidos de los sacerdotes que estaban en ella, y habiendo redactado una fe por escrito, la envió a Nestorio. La piedad escapa, pues, así a las injustas acusaciones; pero la herejía, de nuevo, no se avergüenza de saltar sobre otras censuras, y dice que el concilio de Calcedonia lucha contra los dogmas de Cirilo. Pues aquel, tanto en las cartas a Sucenso como en otros lugares, dogmatiza que Cristo es de dos naturalezas, mientras que aquel, al desterrar tal expresión, votó a favor de dos naturalezas indivisibles. Así, el calumniar es mucho más importante para la herejía que el decir la verdad. Pues, en efecto, el concilio rechazó a Dióscoro, que aceptaba el« de dos naturalezas» pero no soportaba aceptar el« dos», como alguien que padecía las enfermedades de Eutiques; y no desterró simplemente el decir que Cristo es de dos naturalezas, sino el decirlo según Eutiques y Dióscoro. Sin embargo, mediante el decir« dos naturalezas indivisibles» con el pensamiento piadoso, introdujo también el« de dos naturalezas». Pues que Eutiques decía« de dos naturalezas», pero impíamente, es evidente. Por tanto, el concilio no rechazó la expresión querida por Cirilo, sino la impiedad de Eutiques. Pues, en efecto, incluso en medio de los hechos de Calcedonia, al leerse la fe del que está entre los santos Flaviano, en la que estaba escrito:« Confesamos que Cristo es de dos naturalezas después de la encarnación, en una hipóstasis, en una persona, confesando un solo Cristo, un solo Hijo», el concilio exclamó que ellos también pensaban así y que sabían que esta era la fe de los padres.¿ Cómo, pues, el que dice esto lucha contra Cirilo, o rechaza a los que dicen piadosamente« de dos naturalezas»? Habiendo expuesto esto el jerarca Eulogio, y habiendo añadido a lo dicho una exhortación que invita a los disidentes a la unión eclesiástica, termina el discurso. Y el discurso siguiente tiene el empeño contra los calumniadores del concilio de Calcedonia. Ejercita también aquí el ejemplo del hombre que Cirilo usó piadosamente, pero que el de otra estirpe presenta impíamente; pues lo presenta para dogmatizar que se dice una naturaleza en Cristo, al igual que en el hombre. Pero de lo que se esfuerza por la impiedad, se arma más bien contra ella, aunque no tenga la percepción. Pues dice que en los seres de partes no semejantes el todo no es nombrado con las denominaciones de las partes, sino que se reconoce con una denominación propia; y si esto es así, también se reconocerá de una naturaleza. La herejía entrelaza así el sofisma, pero Eulogio, discípulo del Logos, habiendo refutado su palabrería, demuestra con testimonios patrísticos que el único Señor Jesucristo es llamado propiamente y verdaderamente tanto Dios como hombre, de modo que si en aquellos en los que el todo no admite las denominaciones de las partes, tampoco se introduce la una naturaleza, en aquellos en los que el todo admite propiamente las denominaciones de las partes, en ellos también se considerará conjuntamente la una naturaleza. Sin embargo, el sabio escritor presenta al santo Cirilo interpretándose a sí mismo, cómo y en qué sentido usó el ejemplo del hombre. Pues, al calumniar Teodoro de Mopsuestia el ejemplo del hombre como inadecuado para el misterio de Cristo, Cirilo responde así en el llamado primer tomo:« Conocemos que uno y el mismo es tanto de Dios Padre divinamente como de mujer según la carne; hemos usado el ejemplo, manteniendo en todas partes lo indivisible en la unión, y rechazando la división». Escuchas en qué sentido Cirilo toma el ejemplo; pues no para que tú innoves una naturaleza de Cristo, sino para que Teodoro y Nestorio se avergüencen con el uso del ejemplo, manteniendo el santo Cirilo lo indivisible e inescindible en la unión. Pero tú, quizás siguiendo el ejemplo, no soportarías llamar a Cristo ni Dios ni hombre propiamente, porque tampoco el hombre, el ejemplo, es propiamente ni cuerpo ni alma,
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si lo obligas a decir esto, porque en la inefable unión de Cristo, de los cuales él está compuesto, esto se dice propiamente. Por tanto, aunque el hombre se dijera de una naturaleza, ningún razonamiento de consecuencia exigirá que también Cristo sea por ello de una naturaleza. Por lo cual también encontrarás que Cirilo, el admirable, dice que el hombre es de una naturaleza, pero no descubrirás que haya dicho que Cristo es de una naturaleza. Y si alguien teme decir« dos naturalezas» para no introducir una división, primero, que no diga así simplemente« dos naturalezas», sino que añada« indivisibles», luego que confiese también la única persona según la hipóstasis y una sola hipóstasis, o en lugar de ellas, si quieres,« una naturaleza del Logos encarnada». Pues el que dice esto según la regla de la precisión de Cirilo, no daría ni siquiera a los calumniadores ocasión de haber dogmatizado una división de las naturalezas. Pues, en efecto, cuando los orientales dijeron« dos naturalezas», y otros se movieron a calumniarlos como si dividieran, escribiendo a Acacio, puesto que después de decir« dos naturalezas» añadieron también« indivisible» y confesaron ver las dos naturalezas en uno y el mismo Cristo, declara que los calumniadores son hijos del diablo, y que es imposible que los que confiesan según el pensamiento de los orientales introduzcan jamás una división. Mira también a Atanasio, cómo se expone escribiendo sobre la encarnación del Logos contra los que padecen las enfermedades de Apolinar. Pues al decir« ambas cosas» mediante el« dos», no se sospechó que introdujera división por parte de ninguno de los piadosos. Dice, en efecto:« Pero el que es Dios por naturaleza nace hombre, para que sea uno perfecto en ambas cosas, en todo el mismo Dios y hombre». Y el teólogo Gregorio en el apologético dice:« Esto es la divinidad que se vació, esto la carne asumida, esto la nueva mezcla, Dios y hombre, uno de dos, y ambas cosas mediante uno». Sí, ciertamente, también Cirilo escribiendo a Valeriano de Iconio:« Por tanto, confesadamente, dice, lo que es de la carne es carne, y lo que es de Dios es Dios. Pero Cristo es ambas cosas al mismo tiempo». Así pues, como« Dios y hombre» no divide al único Cristo, ni« ambas cosas», ni« cada una», así tampoco« dos», a menos que algunos tengan la mente cercenada y no puedan hacer brotar ningún fruto del buen sembrador. Pero tú observa de nuevo a la herejía actuando con arrogancia. Cirilo, dice, desterró el decir« dos naturalezas indivisibles», pensando que es rival de la doctrina que dice que hay una naturaleza del Logos encarnada. Pero su arrogancia se derriba más fácilmente. Pues el escritor aparece demostrando que lo indivisible es doble aquí, como también en sus otros discursos, y que lo uno es querido por Nestorio, mientras que lo otro es honrado por la piedad, y por esto son opuestos entre sí. Pues lo indivisible según relación se rechaza como arma de Nestorio, mientras que lo indivisible según la hipóstasis, es decir, la unión según la hipóstasis, se proclama y abraza manifiestamente. Así pues, como si alguien al decir« unión» en Cristo no añadiera a la unión« según la hipóstasis» hace sospechoso el término, así si alguien dice« dos naturalezas indivisibles» sin añadir« según la hipóstasis», cae en la misma sospecha. Del mismo modo también el que dice que el Dios Logos asumió a un hombre, si no interpretara la expresión desde otro lugar( pues es posible dar ocasión a los oyentes tanto según Nestorio como según la recta doctrina), no está libre de culpa. Por lo cual también Cirilo, sabio en arbitrar, en el Tesoro dice que el Dios Logos asumió al hombre nacido de María o al templo como una especie de túnica talar, pero en las cartas a Sucenso:« Por tanto, dice, se hizo hombre, no asumió a un hombre, como le parece a Nestorio». Y mira la agudeza y sobriedad del arbitraje. Él habla sagradamente de asumir al hombre y al templo, pero desautoriza a Nestorio por haber dicho que asumió a un hombre, pero piadosamente en ambos casos. Pues Nestorio filosofaba que asumió a un hombre que ya existía, mientras que él, de ninguna manera uno que preexistía, sino que lo hizo existir en sí mismo, y habiendo permanecido en lo inmutable de la divinidad, se hizo verdaderamente también hombre. Sabia y similarmente, pues, actuando el santo Cirilo
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Y en la carta a Sucenso, dice que hablar de dos naturalezas indivisibles después de la unión, sin añadir la unión hipostática, es decir que se lucha contra quienes dogmatizan una sola naturaleza del Verbo encarnado. Pues la expresión, así cortada a la mitad, no es suficiente para coincidir y estar de acuerdo con quienes proclaman una sola naturaleza del Verbo encarnado. Pero si alguien, al decir dos naturalezas indivisibles, incluye también la unión hipostática, hablará correcta y piadosamente, y encontrará a Cirilo de acuerdo. Y escucha, al final de la misma carta, lo que expone:« El término' indivisible'», dice,« parece para nosotros significar una doctrina correcta, pero ellos no lo entienden así». De modo que, si lo entendieran así, hablarían ortodoxamente y coincidirían con el juicio de Cirilo. Pues el término' indivisible' es para él de doctrina correcta para quienes lo unen a la expresión con la que conciben la unión hipostática, pero para los herejes, incluso el término' indivisible' está desgarrado; pues ellos lo separan de la unión hipostática. De este modo, estaría censurando también a quienes dicen dos naturalezas indivisibles, pero no confiesan la unión hipostática; pues estos luchan verdaderamente contra quienes sostienen una sola naturaleza del Verbo de Dios encarnado. Sin embargo, no censuraría a quienes, junto con decir dos naturalezas indivisibles, las consideran en la unión hipostática, del mismo modo que tampoco censuré a los orientales que dicen cosas similares, pero tampoco votaría a favor de que yo piense lo contrario ni de que luche contra la una naturaleza del Verbo encarnado. Pero examina conmigo cómo ni siquiera la una naturaleza del Verbo encarnado, presentada así simplemente, preserva en absoluto lo irreprochable. Pues se podría decir una sola naturaleza del Verbo encarnado tanto por aquellos para quienes la carne asumida se considera inanimada, como por aquellos para quienes la confusión de los elementos que se unieron es impía, y por aquellos para quienes la naturaleza del Verbo se derrama insensatamente en la carne. Pero Cirilo, el maestro de la precisión, abominando por igual cada una de las opiniones heréticas, mediante la expresión propuesta en común, aclara lo indivisible e inconfuso de las naturalezas que se unieron, y la precisa aún más, dogmatizando que la naturaleza encarnada está animada por un alma racional e intelectual. Por eso también a los orientales, como se ha dicho a menudo, aunque no dijeron esta expresión, sino que propusieron la que equivale( pues dijeron que profesan dos naturalezas en la unión hipostática) y ni siquiera añadieron' indivisibles', los proclamó ortodoxos; aunque no escribieron con esas mismas palabras' según la hipóstasis', sino que, a partir de lo que dijeron, confesar a uno y el mismo nacido del Padre sin tiempo y de la Virgen María en los últimos tiempos, y profesar al mismo como Dios y hombre, puesto que sabía que lo dicho es concomitante a la expresión de la unión hipostática, testificó manifiestamente que él está de acuerdo con ellos. Es necesario, pues, saber que los padres que dijeron la unión hipostática dogmatizan mediante esta expresión la unión de dos cosas en una unión inseparable; pero si las cosas que se unieron han permanecido inconfusas, la expresión propuesta no lo transmite. Del mismo modo, decir una sola naturaleza del Verbo encarnado se refiere casi a la misma noción, pero ofrece a muchos herejes una facilidad para ser arrastrada hacia su propia voluntad. De modo que no debe aceptarse simplemente, sino como la usó Cirilo, sabio en las cosas divinas, es decir, uniendo lo encarnado a un alma racional e intelectual, y considerando también lo inconfuso de los elementos que se unieron. Así, pues, al no estar presente la precisión en ninguna de las dos expresiones, declaran una sola persona, pero no aclaran lo inconfuso de los elementos que se unieron. Por otra parte, los que glorifican dos naturalezas indivisibles aclararon lo inconfuso, pero no aclararon que la persona o hipóstasis es una, de modo que es necesario que quienes dicen dos naturalezas indivisibles añadan o la unión hipostática, o la una naturaleza del Verbo encarnado, o al mismo Dios y hombre; pues sin uno de los elementos mencionados, la expresión presentada sería incompleta
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y sería justamente refutada. Habiendo expuesto esto y cosas similares, y habiendo presentado una exhortación que llama a la concordia, el autor da descanso al presente discurso. El discurso que le sigue trata contra quienes creen que pueden someter la verdadera teología de los cristianos a las concepciones humanas. En él, habiendo teologizado piadosamente, y habiendo demostrado que la teología de los cristianos es superior a toda artificiosidad y a la sabiduría de las palabras, y habiendo alabado su carácter excepcional, discute cómo en nosotros las diferencias de las propiedades están claramente separadas, según las cuales nos distinguimos unos de otros, y las características de una hipóstasis no saben hacer comunes sus propiedades; pero en la santa Trinidad, las propiedades, permaneciendo inamovibles, se unen de alguna manera, teniendo a través de la unión indivisible y el ser una la energía de las hipóstasis, una gran conexión divina e inefable entre sí, según la cual el Hijo es visto en el Padre y el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre y en el Espíritu y el Espíritu en el Hijo y en el Padre, prevaleciendo la conexión por todas partes y no innovando lo indivisible ni siquiera en las propiedades. Y, en efecto, el ser es una cosa en la Trinidad supra- arcal y otra en nosotros; pues allí el ser está por encima del ser, mientras que aquí ni siquiera es ser propiamente.¿ Pues cómo podría ser propiamente ser lo que ha sido producido de la nada, y que fluye hacia la nada por su propia naturaleza, aunque haya sido honrado con el don del creador para ser siempre y ser elevado hacia la incorruptibilidad? Dios es, pues, para nosotros uno y visto como Trinidad, siendo fuente de sabiduría incomprensible y de poder santificador. De donde un solo Dios y Señor y rey, él mismo el Padre y su sabiduría perfeccionadora y su poder santificador. Pues el Padre es indivisible respecto a su propia sabiduría y a su poder santificador, siendo adorado en una sola naturaleza, no dividido en un Dios y otro Dios, como ocurre entre nosotros, que por lo incomunicable de las propiedades y por la diferencia de la energía nos dividimos y separamos, y por la división total establecemos la diferencia entre nosotros. Por eso tampoco es posible decir, como entre nosotros, así también en él, que esto es primero que aquello o aquello segundo o tercero que esto. Pues la Trinidad es verdaderamente una mónada, y la mónada una Trinidad, ni porque sea mónada restringe la Trinidad, ni porque sea Trinidad corta la unidad; pues ni siquiera entendemos el uno en la esencia divina como en las criaturas, entre las cuales ni siquiera es posible contemplar el uno propiamente. Pues el uno por número entre nosotros no es uno propiamente. Pues lo que llamamos uno entre nosotros no es uno propiamente, sino un cierto uno. Pero esto es uno y no es uno, puesto que lleva el nombre de uno y se divide hacia el ser muchas cosas. Y si los teólogos celebran el uno en la naturaleza divina como mente, lo toman solo por la generación impasible del Verbo. Pues la noción piadosa teologiza la divinidad como situada incluso por encima de la naturaleza de la mente. Pues también según la mente se ve identidad y alteridad, movimiento y reposo, y no se aparta en absoluto de la duplicidad, sino que el reposo se contempla en ella por la identidad de la esencia, y la alteridad y el movimiento por el impulso y la energía del libre albedrío; pues no es lo mismo decir uno y uno con la comparación hacia otras cosas. De donde, aunque sea uno por el sujeto, al pensarse a sí mismo y ser conocido por sí mismo, se demuestra doble en lugar de simple. Lo cual, y cualquier cosa similar, ha sido totalmente alienado del uno propiamente y de la naturaleza bienaventurada. Por lo cual no es uno ni por número ni como principio de número, ni como magnitud ni como principio de magnitud; pues está situado por encima de toda cantidad y parte y composición. Pero si hay que decirlo con audacia, lo divino es uno según la simplicidad de la existencia, no como visto como un uno de tres nombres o dividido en partes o compuesto de muchas cosas; pues este uno es inefable e innombrable, puesto que es causa incluso del mismo uno, unificador de toda unidad y super- simplificado de todo uno y multitud, por ser el uno propiamente y estar en todas las cosas y ser conocido por encima de todas las cosas, siendo hacedor de la esencia de todos los seres,
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pero situado por encima en la monodicidad supra- esencial y propia, teologizado como unidad y mónada, conocido como Hijo en el Padre y Padre en el Hijo, Espíritu Santo que procede del Padre, teniendo al Padre como principio, pero viniendo a través del Hijo a la creación para beneficio de quienes lo reciben, no siendo conocida la generación como una disminución, ni siendo contemplada la procesión como una división. Pues si alguien concediera esto, construiría también el fluir de la progresión hacia una tétrada y una péntada y hacia el infinito, según los mitos de los griegos. Uno es, pues, propiamente lo divino, que no admite ninguna multitud, como una unidad exacta y verdadera contemplada, si hay que decirlo, como identidad natural. De donde, aunque nombremos hipóstasis o personas o propiedades, que la mente conoció, queriendo interpretar en la medida de lo posible, no dividimos el uno, no repartimos la mónada, no desgarramos la unidad, sino que, teologizándola con la eterna monodicidad, la teologizamos conjuntamente en tres hipóstasis, no sometiendo lo que está por encima de la mente a razonamientos humanos, ni insultando lo que está por encima del hallazgo con investigaciones de la razón. Por eso evitamos como enemigos de la piedad a quienes, contra esto, o cortan la unidad inefable o encierran lo triádico de las hipóstasis en una pobreza monádica. Habiendo expuesto esto y cosas tales, responde a quienes han dicho vanamente que la hipóstasis es solo una propiedad, y con más razonamientos de la piedad cierra la boca a su mala intención. Pues si hipóstasis y propiedad son lo mismo, y decimos que la hipóstasis del Verbo se hizo hombre, pero siendo el consecuente conocido, y más conocido hacia la blasfemia, que sea arrojado en silencio sobre las cabezas de quienes se forzaron a decirlo.¿ Y cómo podría el Espíritu, si fuera una propiedad, proceder del Padre y ser enviado por el Padre para beneficio de la criatura? Pero toda hipóstasis es de las cosas que existen por sí mismas; pero una propiedad,¿ cómo podría existir por sí misma, sin estar asentada en aquello de lo que se dice que es propiedad? Y el sagrado coro de los padres dogmatiza la esencia divina en tres hipóstasis, pero nadie diría que en tres propiedades. Pues, al contrario, las propiedades se ven en la esencia y alrededor de la esencia, pero nadie diría que la esencia está en las propiedades. Pues aunque el teólogo haya dicho que la una naturaleza existe en tres propiedades, pero primero, propiedad y propiedad no son lo mismo, y después, ni siquiera si el padre abusó del término, tomándolo en lugar de la hipóstasis, alguien dogmatizará ya que la hipóstasis y la propiedad propiamente dicha son lo mismo. Y si la propiedad se ha establecido como característica de la hipóstasis, como parece a Basilio y a muchos de los padres, no hay nada extraño en que el sagrado Gregorio diga en tres propiedades, no legislando que la propiedad sea lo mismo que la hipóstasis, sino nombrándola como a partir de lo más característico, es decir, de la propiedad, por lo cual añade: intelectuales, perfectas, que existen por sí mismas, lo cual nadie que tenga mente aceptaría respecto a las propiedades. Además de lo dicho, el primer santo concilio proclamó que las hipóstasis son consustanciales, pero¿ cómo podría alguien, si no está loco, declarar que las propiedades son consustanciales? Y si alguien se atreviera a decir que las propiedades son consustanciales, porque se ven concurriendo a menudo en la misma esencia, se le ha escapado que él mismo se está inventando otro significado de consustancial, y por otra parte, este nuevo legislador ordena pensar y decir que son de la misma naturaleza y consustanciales incluso las cosas heterogéneas, digo cantidad y cualidad y cuantas otras es imposible que se unan en una sola naturaleza; pues en nuestra esencia se ven claramente tanto cualidad como cantidad y relación y cualquier cosa que se haya dividido en principios incomunicables. Pero esto dio suficientemente la refutación del absurdo. Pero ni siquiera así sabe callar el amante de la disputa. Pues dicen algunos que la hipóstasis es una combinación de esencia y propiedad; lo cual sabe introducir manifiestamente la composición,¿ y dónde estaría lo simple e incompuesto de la divinidad en la Trinidad? Otros ponen por delante a Basilio, el
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gran maestro de la expresión, no queriendo entender que aquel hombre sabio no tomó el nombre de combinación al dar una definición o descripción de la hipóstasis, sino queriendo cerrar la boca al anomeo que se esforzó por llevar la ingenerabilidad y la esencia a lo mismo, y por trasladar la diferencia del ingénito respecto al engendrado al concepto de la esencia, para no introducir solo esencias diferentes, sino también opuestas en el Padre y el Hijo. Por esto Basilio, que administra los discursos con juicio, en la lucha contra el anomeo, combina lo propio con lo común, ideando para nosotros una captación de la verdad inconfusa y distinguida. Pues la mente humana se apura por captar con un solo y simple ataque lo unitario y a la vez simple y lo triple de las hipóstasis; por eso, como dijo el maestro, con la adición de las propiedades delimita la noción que distingue a las hipóstasis, y el método es un auxilio de la debilidad y colaborador de la captación sobre lo incomprensible, pero de ninguna manera haría que lo simple de la divinidad esté combinado o que alguna de sus hipóstasis esté de ninguna manera compuesta. Por eso también añadió que es imposible obtener una noción distintiva del Padre o del Hijo, sin que la mente se articule con la adición de las propiedades. Y lo que en lo anterior llamó combinación, esto ahora lo llamó adición. Haciendo más claro lo dicho:« Pues no son», dice,« los modos demostrativos de su propiedad los que molestarán el concepto de su simplicidad; o de lo contrario, todas las cosas que se dicen sobre Dios nos mostrarían a Dios como compuesto». Habiendo expuesto esto, el buen Eulogio plantea otra dificultad que se mueve.«¿ Acaso», dice,« cuando combinamos lo propio con lo común, lo hacemos mintiendo?¿ O diciendo la verdad? Pero si mintiendo,¿ por qué pronunciamos palabras de las que no es posible tomar un sujeto? Pero si diciendo la verdad, la hipóstasis de la Trinidad, hacia la cual llevamos la expresión, estaría combinada». La dificultad es tal; pero la refuta mediante lo que dijo antes. Pues dice que la mente humana, debilitándose respecto a la contemplación del que es verdaderamente, se ve forzada de alguna manera a usar expresiones combinadas y a unir lo propio con lo común, no pudiendo indicar lo simple y a la vez distinguido de las hipóstasis de manera simple y por sí mismo; como si fuera posible anunciar lo simple con una expresión simple, la mente no habría abusado de la combinación de las palabras. Pero lo incomprensible de la esencia divina no se ajusta a la pequeñez de las palabras, puesto que el mismo maestro, habiendo dicho combinación, a continuación celebró muchas veces en otros lugares que lo divino es totalmente simple e incompuesto, casi gritando que la adición y la combinación son un problema de debilidad, que nos guía hacia la captación de la verdad, pero que no ha tomado audacia alguna para llevar lo simple e incompuesto de la naturaleza hacia la duplicidad y la composición. Pues lo que es adorado, siendo uno y visto como Trinidad, se comprende de manera inefable e inconcebible, lo uno según la teología inefable y que está por encima de nosotros, y lo otro según la relativa y que está alrededor de nosotros. La dificultad, pues, pareció resolverse así. Pero si alguien piensa que lo que se ha planteado como dificultad se apoya no menos en lo que se dijo desde el principio, que añada al discurso que también lo que decimos que es inefable lo anunciamos con palabras, y lo incomprensible lo esbozamos mediante el pensamiento, y lo intemporal lo sometemos a aplicaciones temporales y movimientos, y lo indivisible e inamovible lo representamos con fantasías que se mueven y se dividen. De modo que si alguien se esforzara por ver en lo divino lo que sufrimos al ser elevados hacia la contemplación de lo divino, pondrá las cosas de arriba abajo, y antes que nada se enviará a sí mismo al abismo de la perplejidad. El sagrado Eulogio expone otra dificultad que surge de la dificultad propuesta. Pues si dice que la hipóstasis no es ni propiedad ni combinación de esencia y propiedad,¿ qué otra cosa podría ser? Y resuelve diciendo que hemos aprendido de la iglesia a llamar hipóstasis al uno de la Trinidad.¿ Y qué es la hipóstasis? Si la pregunta es sobre las criaturas, no
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es muy difícil responder, debido a que el error y el fracaso respecto a ellas no es muy responsable, pero si es sobre la naturaleza simple y bienaventurada, no es seguro responder nada más allá de lo que transmitieron los padres portadores de Dios. Sin embargo, nada impide decir según la escritura que la hipóstasis del Hijo es imagen del Dios invisible, mostrando en sí misma todo al Padre. Y si respondo que es la sabiduría paterna o el Verbo o el poder del Padre, hablo de acuerdo con la teología sagrada. Y sobre la hipóstasis del Padre y del Espíritu, alguien podría responder piadosa e irreprochablemente, recogiendo tales cosas de los sagrados oráculos y dando respuesta a quienes preguntan. Pero tú podrás decir, dando razón de la hipóstasis del Hijo, Dios de Dios nacido sin tiempo y sin pasión. Del mismo modo también del Espíritu, Dios de Dios que procede eternamente y sin fluir. Del mismo modo también, al intentar presentar con palabras la hipóstasis del Padre, dirás, de quien ha nacido el Dios Verbo, sin que se contemple ni siquiera por concepción ninguna división ni ninguna pasión en la procesión de la generación; y si quieres, también de quien el Espíritu procede de manera inefable e inconcebible e impasible y coeterna, y si hay algo más que se pueda decir de tal manera, manando para nosotros la sabiduría espiritual de la escritura inspirada por Dios y colaborando con la voluntad. Aunque ni siquiera lo dicho está totalmente libre de la fantasía que representa la composición; pero al no usar el término de la combinación y de la mezcla y de tales cosas, no parece perturbar al oyente ni oponerse. Pero en esto se completa también el presente discurso. El mismo santo hombre escribe también a Dometiano( este es obispo de Melitene), mostrando que no es inadecuado decir una sola naturaleza del Verbo de Dios encarnado. Pues él no ponía como responsable al sagrado Eulogio por haber usado el término. Pero él, habiendo ayudado a la expresión muchas veces en los discursos anteriores y habiéndola proporcionado como piadosa para quienes la entienden correctamente, y cómo los que dicen una sola naturaleza del Verbo encarnado no dicen que una sola naturaleza ha llegado a ser simplemente de ambas naturalezas, de modo que los elementos que se unieron caigan en confusión, sino que quieren más bien que el Hijo unigénito del Padre se unió a la carne según la hipóstasis, siendo el mismo Dios y hombre, como parece también al teólogo:« Pues el Verbo», dice,« se hizo carne y habitó entre nosotros». Habiendo dicho esto extensamente y habiendo pedido perdón, promete que así glorifica también Cirilo, en lo cual dice sobre todo:« Pues si al decir una sola naturaleza del Verbo hemos callado, sin añadir' encarnado', sino como dejando fuera la economía, el discurso era quizás para ellos no inverosímil, pretendiendo preguntar dónde está la perfección en la humanidad o cómo ha existido la esencia según nosotros; puesto que también en la humanidad la perfección y la manifestación de la esencia según nosotros se ha introducido mediante el decir' encarnado', que dejen de apoyarse en una caña de cálamo». Por tanto, la presente expresión trajo las dos naturalezas apretándolas con lo indivisible, como grita el mismo Cirilo. Por eso también parece decir muchas veces una sola naturaleza del Verbo encarnado, pero al decir simplemente una sola naturaleza de Cristo no sería condenado.¿ Y qué podría ser la naturaleza de la humanidad o, como él mismo enseñó de nuevo en otros lugares, carne animada intelectualmente? Como también por esto se preserva de nuevo cada uno de los que corrieron hacia la unión indivisiblemente. Es claro, pues, a partir de lo dicho, que los que dicen ortodoxamente y según Cirilo una sola naturaleza del Verbo encarnado no miran hacia otro objetivo, sino hacia el que les muestra tal expresión que introduce las dos naturalezas en el señor Cristo con lo indivisible en todo caso. Pues al decir el bienaventurado Cirilo que se preserva mediante ella cada uno de los que corrieron hacia la unión indivisiblemente,¿ qué otro objetivo podría introducirse sino el que proclama y acepta que las dos naturalezas se preservan en el Salvador Cristo indivisibles? Y esto lo hace más claro y
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en la segunda carta a Sucenso el mismo. Pues interpretando en ella qué es lo que le significa la una naturaleza del Verbo encarnado, y habiendo dicho que es el Hijo por naturaleza y verdaderamente, aunque según la asunción de carne no inanimada sino animada intelectualmente salió hombre de mujer, y habiendo añadido que no por esto se dividirá en dos personas o hijos, sino que también así permanece uno, añade cómo no es sin carne ni fuera del cuerpo, sino que lo tiene propio( es decir, el cuerpo) según una unión inseparable. Y en la carta a... y en otros muchos se encuentra enseñando lo mismo. Pero los que están alrededor de Severo, no soportando confesar la diferencia de los que se unieron después de la unión, maliciosa e impíamente ponen primero las expresiones que declaran la diferencia de las naturalezas, y después, como si las derribaran, introducen la una naturaleza del Verbo encarnado. Pero la piedad no hace así, sino que, habiendo añadido esta expresión, muestra inmediatamente a continuación que mediante ella se preserva de nuevo cada uno de los que corrieron hacia la unión indivisiblemente, refutando a los impíos como que la una naturaleza del Verbo encarnado no declara otra cosa que la unión inseparable y según la hipóstasis, guardándose en todo momento en lo inconfuso de las naturalezas. Pues glorifica dos naturalezas indivisibles, como proclamando lo diferente de los que se unieron, y una naturaleza del Verbo encarnado, como dogmatizando que el mismo Verbo preeterno del Padre se hizo hombre y se encarnó. Habiendo pedido perdón por esto y cosas tales a favor de la expresión propuesta, y habiendo mostrado que el concilio de Calcedonia piensa y proclama lo mismo mediante otras cosas y a partir de las cuales el concilio ratificó la fe escrita a mano del que está entre los santos Flaviano, libera a la expresión de la sospecha herética, y se libera también a sí mismo de la sospecha no piadosa, que Dometiano sospechaba sobre él, pensando que él no se apropiaba y promovía tal expresión según una opinión interior, sino por economía, y para llevar mediante ella a los oyentes hábilmente hacia la unidad, y cortar los pretextos de las divisiones de la iglesia católica. Habiendo enviado esto y otras cosas tales, que ha expuesto también en los discursos anteriores, y habiéndose mostrado a sí mismo como ardiente defensor del concilio de Calcedonia y de la carta del papa León, que está entre los santos, mediante muchas cosas que escribió de diversas maneras, pone fin a la carta. El mismo hombre divino escribe también a un tal Cristóforo, a quien él mismo califica de santísimo, que pidió soluciones a preguntas escriturarias. Y las cosas preguntadas son, primero,¿ cómo se debe entender lo dicho en el segundo de los Reyes:« Y Dios incitó a David a contar al pueblo y después de esto, porque contó, se indignó contra él»? Y resuelve que la escritura llama a menudo a Dios, así como Señor, no solo al verdadero Dios, sino también al mismo príncipe de la maldad. Pues según este significado también Pablo dijo:« En los cuales el dios de este siglo cegó los corazones de los incrédulos». Y el Salvador:« No podéis servir a dos señores». Por eso también en el primero de los Paralipómenos dice sin ocultar que el diablo es el que incitó a David a contar al pueblo. Sin embargo, también el ejemplar que tenemos no contiene como el enviado por ti. Pues tiene:« Y añadió la ira del Señor a encenderse en Jerusalén, e incitó a David en ellos y lo siguiente», de modo que parece decirse aquí ira del señor el diablo mencionado en Paralipómenos. Y ya sea así o como has escrito que tiene el texto, creo que la solución ha salido manifiestamente indudable. Y que tanto Señor como Dios es homónimo, y( como se ha dicho muchas veces) se toma también sobre el adversario en la sagrada escritura, se ha dicho, pero nada impide confirmarlo también mediante otras cosas. Pues en la legislación sobre la Pascua, después de untar con la sangre el dintel y los postes:« Y vosotros no saldréis», dice,« cada uno de la puerta de su casa hasta la mañana, y»
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« El Señor pasará para herir a los egipcios, y verá la sangre en el dintel y en ambos postes, y el Señor pasará de largo la puerta, y no permitirá que el destructor entre en vuestras casas para herir». Es evidente, en efecto, que uno es el Señor de quien dice que pasará y herirá a los egipcios, y otro el que no permite que el destructor entre en las casas de los israelitas y los hiera. Tal es también lo dicho acerca de Balaam. Pues dice la Escritura que Dios le permitió ir hacia quienes lo llamaban, pero que Dios se enfureció con ira porque iba hacia ellos. También aquí dice que se alude a un Dios distinto, el que le permitió ir, y otro el que se enfureció con ira contra él; pues el que permitió no se habría enfurecido con quien cumplió lo permitido, sino que, o bien no debía enfurecerse el que permitió, o bien no debía permitir el que estaba a punto de enfurecerse al ir. Él mismo parece resolver así la ambigüedad mediante la homonimia; pero me parece mejor que la resolución de la dificultad propuesta sea tratada por Teodoreto y los otros santos varones. Dice también que, habiendo pecado David en el censo, la multitud sufrió el castigo no porque él contara, sino porque el pueblo se encontró con el parricida Absalón, que levantó mano enemiga contra su padre, y se amotinó con él, prefiriendo al que por insolencia arrebató el poder antes que al ungido como rey por Dios. Habiendo resuelto, pues, la primera dificultad( como le pareció), resuelve también la segunda, que es así: cómo debe entenderse que el Apóstol diga por una parte que Cristo habita en nuestros corazones, y por otra:« Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo», siendo grande la diferencia entre habitar y revestirse; pues lo primero representa lo superficial, mientras que lo segundo representa lo que es a través de la profundidad. Dice, distinguiendo el sentido, que así como él mismo es rey y pastor, y rey de los seres racionales mientras que pastor de los irracionales, siendo nombrado según la distinta necesidad de quienes reciben el beneficio( pues no se diría razonablemente que alguien reina sobre los irracionales ni que pastorea a los racionales), así debe entenderse también lo propuesto. Pues habita, como dice el mismo divino Pablo, la sabiduría de Dios en aquellos en quienes se comporta y que se han establecido arraigados y cimentados en él. Pero se reviste de Cristo también quien es capaz de despojarse de él nuevamente. Por eso decimos que habita justamente en los arraigados en él, mientras que para los otros se convierte en vestidura por su inefable filantropía, proporcionando refugio, para que no sean destruidos por el norte, el viento duro y frío que sopla injusta y destructivamente sobre los que se vuelven a él; pues« desde el rostro del norte se encenderán los males». Habiendo resuelto, pues, estas dos dificultades en esta carta, termina con una petición de oraciones. Además, el mismo autor conversó en el noveno punto, mediante el cual se entreteje un elogio de la vida monástica, y describe qué es el monje; y se declara a sí mismo de la misma forma de vida. Exhorta a los amantes de la vida monástica a comportarse según la profesión, y a ajustarse a la unidad y a la unicidad de la Iglesia. Y podrían ser, aquellos a quienes se dirigía la exhortación, partes no insignificantes de la dispersión y escisión de Severo; a quienes, habiendo desnudado y revelado cómo las opiniones de sus padres luchan contra sí mismas y cómo unas contra otras, y que en ninguna parte tienen lo estable ni lo firme, les sugiere, a partir de la absurdidad de allí, mirar hacia la unión de la Iglesia. Pues presenta a unos diciendo que las diferencias se conservan después de la unión, como Severo, y a otros que no se conservan en absoluto, como Timoteo en otros escritos y en aquellos en los que lucha contra León, que está entre los santos. Y no solo él mismo no soporta decir que se conservan, sino que declara culpables de impiedad a aquellos, si algunos dogmatizan que la diferencia de las naturalezas se conserva después de la unión. Pero también Severo, al decir de nuevo que las diferencias se conservan, no admite que se conserven las realidades en las que se observa la diferencia; y
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no dogmatiza esto en todas partes; pues es voluble en la fe y multiforme; pues, en efecto, en algunos de sus discursos admite él mismo que las realidades se conservan. Así, no solo unos contra otros, sino también contra sí mismos, se amotina el grupo extranjero de la piedad. A partir de esto, exhortando a los amotinados a correr hacia el sentir de la piedad, relata de pasada que Marciano convocó el sínodo de Calcedonia, y cómo, habiendo dejado aquel la vida, León se convirtió en señor de los asuntos, y los egipcios, regresando del santo sínodo, llenaron el mundo de confusión, proclamando impía y falsamente que el sínodo rechazó a Cirilo y aceptó a Nestorio. León, reprimiendo el ruido irracional de estos, habiendo enviado a todas partes del mundo lo decretado y hecho en Calcedonia con cartas encíclicas, ordenó a cada uno de los archipreste y sacerdotes, y también a cuantos brillaban en la vida monástica, que confesaran por escrito su sentir. Lo cual hicieron también con prontitud, resumiéndose el número de los archipreste en seiscientos y mil, sin que nadie opinara de otro modo salvo Anfílocio de Side, quien poco después también él mismo estuvo de acuerdo mediante firma. Con quienes también el gran Simeón, el que terminó aquella vida angélica en la columna, y Baradato, y otros que alcanzaron el mismo grado de vida. Habiendo recorrido esto y habiendo demostrado justamente que Severo debía ser enviado al anatema, terminó la discusión. Y el discurso siguiente se previene con la misma inscripción, pero introduce una exhortación a los que están separados de la Iglesia, exhortando a ver el recto sentir de la Iglesia a partir de la lucha y diferencia de los que profesan herejías entre sí. Dice también de dónde fue cortada la gloria herética en miles de divisiones y cortes. Pues preguntando a los hijos de la Iglesia si, así como dicen dos naturalezas, así soportan decir también dos hipóstasis, y puesto que dicen una sola hipóstasis en Cristo, si acaso dogmatizan también una sola naturaleza en él, preguntando esto la herejía, no escucha nada de lo que buscó por un tiempo, sino que es preguntada a su vez por la Iglesia por qué pregunta esto; pues¿ acaso considera que naturaleza e hipóstasis son lo mismo, y por eso piensa que los que dicen dos naturalezas dogmatizan dos hipóstasis, o al revés, piensa que los que dicen una hipóstasis admiten también una naturaleza? Habiendo tomado, pues, tal comienzo el movimiento, también aquella gran e implacable guerra de los herejes entre sí se desató, si naturaleza e hipóstasis son lo mismo, puesto que decimos una naturaleza en la Trinidad, y es necesario confesar también una hipóstasis, o puesto que las hipóstasis son tres, que también la naturaleza se divida en tres. Y de ahí inventaron que la naturaleza significa una cosa y la esencia otra, y dividieron de nuevo la naturaleza en naturaleza genérica y naturalezas específicas. Y Severo, escribiendo al gramático Sergio, dice:« Queríamos decir una esencia en Cristo, para no anular la diferencia de los que se unieron». Pues habiéndose convertido en una sola esencia o cualidad,¿ cómo ha permanecido aún la diferencia según la esencia de las naturalezas de las que es uno Cristo? Pues si una es la cualidad y la esencia, los asuntos de la diferencia han quedado en nada. Aunque, de las cosas por las que Severo se niega a decir una esencia, por las mismas se negó, aunque no quisiera, a decir una naturaleza en Cristo. Algunos de los que descaradamente aceptaron decir que naturaleza, hipóstasis y esencia son lo mismo, no temblaron al decir tres esencias en la santa Trinidad, mediante lo cual dogmatizan también tres dioses y divinidades, aunque no de palabra, al menos en los pensamientos. Y unos son condenados como monstruosos al decir tres esencias en la Trinidad, otros como no glorificando propiamente a Dios, al Padre o al Hijo o al Espíritu; estos serían los que dogmatizan que las hipóstasis son solo las propiedades características. Y en muchas otras cosas tales, la división y el corte
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ha avanzado, así como acerca de la diferencia de las naturalezas que se unieron en Cristo. Pues a unos les sobrevino imaginar que la diferencia no se conserva después de la unión, mientras que para otros la confesión ha sido que la diferencia se conserva. Pero también estos se dividieron en dos; pues unos, al confesar que la diferencia se conserva, no quieren conservar aquello de lo que es la diferencia; otros, admitiendo a menudo también aquello por la consecuencia obligatoria( otro desvarío es esto y otra locura), no soportan en absoluto decir estas dos; pues la palabra« dos», dicen, pone las cosas que difieren por separado y por sí mismas. Habiendo expuesto esto y lo semejante brevemente, y habiendo ampliado la exhortación, termina el presente discurso. Escribe otro discurso contra los Agnoetas. Dice que algunos monjes de los del desierto de Jerusalén movieron el dogma, quienes fueron inducidos a atribuir ignorancia a nuestro Señor Jesucristo a partir de lo que él mismo dijo:«¿ Dónde habéis puesto a Lázaro?», y:« Nadie sabe aquel día o aquella hora, ni el Hijo», y a partir de otros dichos de tal tipo. Pero este santo Eulogio sostiene que nuestro Señor Jesucristo no ignora ni según lo humano, y mucho menos según lo divino, ni la tumba de Lázaro ni el día final. Pues ni lo humano, habiendo confluido en una sola hipóstasis con la inaccesible y esencial sabiduría, ignorará algo, así como nada de lo presente, así pues tampoco de lo futuro; ni puede ser desmentido lo dicho por él:« Todo lo que tiene el Padre, mío es», a menos que los que se atreven a todo arrastren también al Padre hacia la ignorancia. Sin embargo, decir que el Salvador dijo:«¿ Dónde habéis puesto a Lázaro?», induciendo a los presentes de los judíos a la atención y al recuerdo, y no solo esto, sino también a realizar otras cosas, como:« Desatadlo y dejadlo ir», para que, a partir de lo que vieron en parte y de lo que escucharon, lo que se ve y es incuestionable fuera entregado indeleblemente a la memoria. Dice que también las cosas dichas sobre Cristo se dicen unas por referencia y otras por verdad; por referencia, el que él se hiciera pecado y maldición por nosotros( pues no se convirtió en esto, sino que, como la cabeza se apropia de lo del propio cuerpo, él asume lo del cuerpo), por verdad se dice que se hizo hombre y tuvo hambre y tuvo sed y cosas semejantes. De modo que si alguien quisiera decir que él ignora por referencia, como no estando el cuerpo o la naturaleza humana, de la cual él es cabeza, fuera de la ignorancia, no se movería fuera de lo verosímil, pero no pensaría que la sabiduría del Padre ignora. Pero si el«¿ Dónde habéis puesto a Lázaro?» convenció a los ignorantes de acusar a Cristo de ignorancia,¿ cómo no arrojarán la misma ignorancia al Padre, que pregunta y dice a Adán:«¿ Dónde estás?», y al fratricida:«¿ Dónde está Abel tu hermano?», y:« El clamor de Sodoma y Gomorra se ha multiplicado, y sus pecados son muy grandes; bajaré, pues, a ver si se consuman según su clamor; si no, para que sepa». Pregunta también Jesús al demonio:«¿ Cuál es tu nombre?». Y aquel responde:« Legión es mi nombre, porque somos muchos». Pero también dice a los ciegos:«¿ Qué queréis que os haga?».¿ Y cómo no es evidente que esto no era por ignorancia, sino que, por una parte, pregunta queriendo mostrar a los discípulos la multitud de los que habitan en el demonio, para que aprendieran que ya ha superado incluso a los muchos, infundiéndoles fe y valentía para hollar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo el poder del enemigo? A los ciegos los pregunta administrando que la petición sea presentada por ellos; pues cuanto más obtenemos el beneficio pidiendo, tanto más recibimos la percepción del beneficio. Lo dicho acerca del día final, que nadie sabe, ni los ángeles, ni el Hijo, sino el Padre, algunos dicen que se dijo por economía, para que los discípulos, pensando que el día final vendría cada día, vivan siempre velando; pero nada impide entender también esto
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como dicho por referencia, así como:« Tú conociste mi insensatez» y:« Dios mío, Dios mío,¿ por qué me abandonaste?». Algunos dicen que él dijo ignorar el día final mostrando y manifestando el rasgo propio de la naturaleza humana, no como si él mismo ignorara( lejos de ello; pues ni según la divinidad ni según la humanidad se ha librado de un atrevimiento peligroso el decir ignorancia sobre él), sino porque, como dice el bienaventurado Cirilo, dividiendo en conceptos sutiles o fantasías de la mente, vemos en el modo de la contemplación de cada naturaleza rasgos propios y por sí mismos, o también como el teólogo Gregorio, cuando las naturalezas se distinguen por los conceptos, se dividen también los nombres, y rasgo propio de la pura humanidad es la ignorancia, según esto se diría sobre la humanidad de Cristo, como humanidad simplemente, que la ignorancia es contemplada. Y esto lo aclaró también el teólogo, diciendo:« Conoce como Dios, pero ignora como hombre, si alguien separa lo que se ve de lo que se entiende». Habiendo dicho esto, añade que si también algunos de los padres aceptaron la ignorancia sobre la humanidad del Salvador, no presentaron esto como dogma, sino enfrentándose a la locura de los arrianos, quienes trasladaban todas las cosas humanas a la divinidad del unigénito, para presentar al Verbo de Dios increado como criatura, juzgaron más económico llevar esto sobre la humanidad que permitir que aquellos lo arrastraran contra la divinidad. Pero si alguien diera que también aquellos dijeron esto por referencia, aceptará el discurso más piadoso. Habiendo recorrido esto, rodea el discurso con un límite. Finalmente, el libro contenía un discurso que lleva la inscripción:« Límite pronunciado para los samaritanos». La hipótesis es la siguiente. La multitud de los samaritanos, divididos en partes opuestas y amotinados entre sí y habiéndose separado con muros mediante opiniones extranjeras, unos glorificaban a Josué hijo de Nun, sobre quien Moisés dijo:« El Señor Dios os levantará un profeta de entre vuestros hermanos como yo», otros rechazaban a este, pero proclamaban a uno de nombre Dostén o Dositeo, samaritano también él de linaje, que floreció en los tiempos de Simón el mago; y, monstruosamente, que este era el profetizado, llevaban de él la denominación, llamados dostenianos. Este fue un injuriador de los profetas de Dios, y sobre todo injuriador de Judá, uno de los doce patriarcas, no avergonzándose ni siquiera de los miles de elogios sobre él por parte de la escritura mosaica. A todos los mencionados, pues, lavando y ridiculizando, arrastró todo hacia sí mismo, tanto la profecía como la otra divinidad. Habiendo falsificado la Octateuco mosaica con miles y variadas otras adulteraciones, y habiendo compuesto otros escritos necios y extraños y contrarios a la legislación espiritual, los dejó a los que se dejaban persuadir. Proscribía también la resurrección. Las partes, pues, estaban divididas así en opiniones rivales y blasfemas. Presentan también libelos, tanto por la propia opinión como contra la opuesta, prefiriendo cada parte al profeta que es honrado por ellos. Se sienta como juez de estos el santo Eulogio con un sínodo que constituye una plenitud de archipreste de los destacados y de los brillantes en dignidad. Mauricio en aquel entonces, que estaba establecido en los cetros romanos, cumplía el séptimo año de su reinado. Habiendo examinado lo dicho por cada uno el santo Eulogio, y habiendo demostrado que ambos se apartaban lejos de la verdad, presentó que el profetizado por los dichos de la escritura es nuestro Señor Jesucristo, el verdadero Dios, y que los otros se extraviaron en un extravío lejano y muy grave, unos charlando que Josué hijo de Nun es el profetizado, otros contando monstruosidades sobre Dostén o Dositeo el impío. Y así disuelve la asamblea, terminando con él también la
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hipótesis y la pronunciación y el tercer tomo que llegó a nuestras manos. En este libro, el autor, esforzándose por demostrar la resurrección a partir de los testimonios mosaicos, dice tales cosas. Si no fuera totalmente verdadero el asunto de la resurrección,¿ cómo decía Dios a Abraham:« Tú irás hacia tus padres en paz, sepultado en buena vejez»? Pues¿ cómo iría y hacia quiénes, si de ninguna manera iba a existir ya ni él ni hacia quienes iba?¿ Cómo, de nuevo, después de poco, el santo dicho dice sobre él:« Y habiendo desfallecido, murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de días, y fue añadido a su pueblo»? Pues¿ cuál es la adición del que no existe, y cómo se añade a los que no existen el que existe?¿ Qué dice también sobre Jacob, que:« Se reunieron todos sus hijos y todas sus hijas, y querían consolarlo, y no quería ser consolado, diciendo que bajaré hacia mi hijo llorando al Hades»? Pues¿ cómo se concebiría un descenso del que no existe?¿ Cómo bajaba hacia el hijo que de ninguna manera podía existir según el desvarío difamatorio de Dositeo? De nuevo, habiendo bendecido a los hijos, Jacob dice:« Yo soy añadido a mi pueblo». Pues si sabía que su existencia terminaba con el fin de la vida presente,¿ cómo decía ser añadido no siendo él mismo a su pueblo que de ninguna manera existe? Mira también el mismo señor y Dios de todo qué dice a Moisés, cuando lo hace subir al monte más allá de Nabau, y le muestra la tierra que iba a dar en heredad a Israel; pues añade:« Y la verás; luego también serás añadido a tu pueblo tú, como fue añadido Aarón tu hermano». Aquello,¿ a quiénes no avergonzaría, gritando el mismo Dios y diciendo:« Yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob»? Pues¿ cómo sería Dios el verdadero Dios de los que ya no van a existir sino que se han corrompido hacia el no ser?¿ Qué también plantó el paraíso hacia el oriente en Edén, en el que puso al hombre que formó, si sabía que aquel iba a transgredir inmediatamente y a convertirse en extranjero del lugar, y que ninguno de los hombres después de esto iba a habitarlo de nuevo? Pues si cada uno, tanto de los que vivieron piadosamente como de los que se comportaron impíamente, después del estadio de la vida presente se disuelve hacia el no ser, y nadie permanece ya para heredar también el paraíso y disfrutar de la sagrada delicia en él,¿ cómo tal suposición ignorante e impía no declarará que fue hecho en vano, y mediante la injuria hacia aquel injuriará al creador común, acusándolo de hacer aquellas cosas que ni un hombre moderado realizaría? Así, habiendo derribado la impía predicación sobre la resurrección mediante los santos discursos, y que el mundo es corruptible( pues aquel contaba monstruosidades que el alma es corruptible, pero este incorruptible), y que la naturaleza de los ángeles subsistió por Dios( pues aquel charlatán pensaba que la naturaleza de estos también era de los que no existen), sí, ciertamente, y que el demonio ha llegado a ser y permanece como linaje( pues los dostenianos decían que los ídolos eran demonios, pero no conocían otro linaje demoníaco), demostró que se había precipitado en mucha locura. En este libro, habiendo propuesto una dificultad, que siendo muchos los animales que fueron ordenados en la parte de los puros,¿ por qué solo cinco eran sacrificados a los antiguos y ofrecidos, macho cabrío y carnero y buey, tórtola y paloma? Y resuelve, diciendo que las cosas antiguas eran un tipo, y que la mayoría se refiere a la contemplación de enigmas, y que cinco de los puros eran ofrecidos, puesto que también somete a nuestras sensaciones el mismo número; pues el legislador legisla y quiere que traigamos estas, purificadas, al Verbo. Pero las cosas de la elección, en esto. Fue leída la sinódica de Sofronio, patriarca de Jerusalén, que fue enviada a Roma a Honorio, el prefecto de esta. Esta carta está llena de piedad, pero innova en muchos lugares en las palabras, como un potro que se enorgullece de sus saltos. Sin embargo, precisa la opinión ortodoxa lo más posible
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y muestra un aprendizaje de los santos dogmas que no es cualquiera. En esta carta encontrarás también a Magnon siendo anatematizado junto con Apolinar, y a Teodoreto no siendo rechazado de la Iglesia, aunque en lo que votó contra Cirilo se llevó lo reprobable y censurable. Pero también que otro es Orígenes el antiguo, y otro el que vino después de él, llamado Adamancio; y que junto con los otros herejes es anatematizado Jacobo el sirio, de quien el sistema de los herejes Acéfalos atrajo la denominación. La carta pide, y si algo fue pasado por alto de lo que debía ser dicho, que Honorio de Roma, como pudiendo, haga de esto tanto la corrección como la completación; y que confesará una gran gratitud si no falla en la petición, y que nunca parecerá ingrata por el beneficio. Pero esto decía en el libro la carta sinódica de Sofronio, el santísimo. En el mismo tomo se contenían usos de santos y diversos padres, tanto de los anteriores al cuarto sínodo como de los que florecieron en él y de los aún posteriores. Los usos proclamaban la doble energía en Cristo nuestro Dios, de los cuales padres y progenitores eran León, el archipreste de la antigua Roma, y el mismo cuarto y santo sínodo ecuménico, y Pedro el santísimo obispo de Miras, y Genadio de Constantinopla, y el obispo de Fótica de nombre Diádoco, y Efraimio el archipreste de Antioquía, quien también se comportó valientemente contra los Acéfalos en muchos tratados, y Dionisio, grande en la lengua pero mayor en la contemplación, el discípulo de Pablo y mártir de Cristo y obispo de Atenas, y Justino, que confirmó lo filosófico con sangres martiriales, y el muy luchador Atanasio de Alejandría, y Gregorio el mistagogo de la teología, y Basilio el adorno de la Iglesia, y el río de los discursos Gregorio de Nisa, y el victorioso Cirilo, y el juez inamovible de la divina franqueza y de la piedad, Ambrosio de Milán, y el de lengua y boca de oro Juan, obispo de Constantinopla, y Severiano de Gabala, y el que está entre los santos Teodoto( este presidió Ancira), y Juan de Constantinopla, que atrae de Capadocia el linaje y el nombre, varón morada de virtud, y el que está entre los santos Eulogio, el arzobispo de Alejandría, que con muchos discursos derribó la impiedad de los Acéfalos, y Juan el que está entre los santos, obispo de Escitópolis, quien también se esforzó sabia y divinamente por el sínodo de Calcedonia, y Heracliano, obispo de Calcedonia, que se lanzó a una gran lucha contra los maniqueos enemigos de Dios. Y Leoncio, que eligió la vida eremítica y la vida monástica, y Anastasio, el que está entre los santos, obispo de Teópolis, y Simeón monje y presbítero( el uso que reconoce al santo es de una carta que envió al emperador Justiniano, la cual tiene también la lucha contra nestorianos y eutiquianos. El mismo Justiniano, el piadoso emperador, en lo que escribió a Zoilo– este era patriarca de Alejandría– llamó a la carta tesoro), sí, ciertamente, también un tal Constantino que llevaba la dignidad de cuestor; pues también este se esforzó en un discurso contra Teodosio el impío, del cual se transcriben usos sobre las dos energías. Sobre todos, también un tal Teófilo, de los amigos de Dios y doctos, quien llevó una gran lucha en discursos contra Severo; a quien el impío, molestándose y disputando, llamaba calígrafo, el mal escritor, como injuriando. Los usos, pues, que el libro contenía, se inscribían con los mencionados santos varones padres, y serían útiles para la refutación de los que piensan impíamente una sola energía en Cristo. Sin embargo, se contenía en los mencionados también un uso de un anónimo. El tratado del cual es el uso, mostraba a Severo siendo derribado valientemente en los discursos. Fue leído un libro de Esteban
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De cierto triteísta, llamado Gobaro. El libro parecía fruto de largos trabajos, pero no reportaba un beneficio proporcional a tanto esfuerzo; pues demostraba más vanidad que necesidad. En efecto, los capítulos sobre los que versaba el estudio, y cuantos se referían a cuestiones comunes y eclesiásticas, eran poco más de cincuenta, con algunos otros más particulares intercalados, no muchos. Estas cuestiones se dividían en dos opiniones, y no solo dos, sino incluso opuestas. Y tales opiniones no las consolidaban razonamientos ni sentencias sagradas, sino únicamente citas, según creía el autor, de diversos padres, de las cuales unas consolidaban el sentir eclesiástico y otras el sentir reprobable. Pero el sentir reprobable lo alimentaban citas antiguas y de hombres antiguos, que no siempre examinaron las cosas con precisión, y algunas de las cuales ni siquiera lo alimentaban, aunque al recopilador le parecían alimentarlo; mientras que el sentir eclesiástico lo confirmaban los testimonios de los hombres santos que precisaron la verdad con mayor rigor. Los capítulos sobre los que versa la doble y opuesta construcción mediante citas son los siguientes: Que el rasgo distintivo, el carácter y la forma son hipóstasis, y no una combinación de la esencia y el rasgo distintivo, ni algo subsistente por sí mismo. Esto lo construyen primero unas citas, y luego, a su vez, otras lo contrario, es decir, que el rasgo distintivo, la forma y el carácter no son hipóstasis, sino el carácter de la hipóstasis. Y en cuanto a los otros capítulos, para no vernos obligados a decir lo mismo en cada uno, las diversas citas, al adoptar la oposición, parecen establecer por ambos lados lo que se propone. Como que el Bautista Juan fue concebido en el mes de octubre. Y su opuesto, que no fue en este, sino en noviembre. Como que la Theotokos recibió el anuncio de la concepción del Señor en el mes de las primicias, es decir, abril, al que los hebreos llaman Nisán; y dio a luz a nuestro Señor Jesucristo al cumplirse nueve meses, es decir, el 5 de enero, hacia la mitad de la noche, que es el 8 de las idus de enero. Y el opuesto de esto, que no fue en el mes mencionado, sino el 25 de marzo, y que nuestro Salvador no nació el 5 de enero, sino el 8 de las calendas de enero. Que en la resurrección recuperaremos el mismo cuerpo en todo, el que ahora llevamos, sin haber añadido ninguna diferencia hacia lo incorruptible; y el opuesto, que no recuperaremos el mismo cuerpo que ahora se corrompe. Que resucitaremos en la misma forma; y que no en la misma, sino en otra. Que cada uno resucitará en la misma edad en que dejó la vida; y el opuesto, que no es así, sino que incluso los niños resucitarán en forma perfecta, y no todos a la vez, sino por partes. Que en el momento de la resurrección recuperaremos el cuerpo sutil, aéreo, etéreo y espiritual; y que no es tal, sino terrenal, denso y antítipo. Que lo divino tiene forma humana y alma, y que lo hecho a imagen denota la forma corporal, según la cual el hombre fue modelado a imitación del arquetipo, y que los ángeles tienen cuerpos de forma similar a los cuerpos humanos, y que el alma humana procede de la esencia divina; y los opuestos a esto, que lo divino no tiene forma humana ni está configurado en absoluto, y que tampoco es por naturaleza ninguna de las cosas mencionadas; y del mismo modo, que los ángeles no tienen cuerpos, sino que son incorpóreos, y que el alma de los hombres no procede de la esencia divina. Que el cuerpo del hombre antes de la transgresión era otro, al que llaman luminoso, y otro el que tenemos ahora después de la transgresión, que es carnal, y que esto son las túnicas de piel, que también nos despojaremos en la resurrección; y por el contrario, que nuestra carne no son las túnicas de piel. Que primero resucitarán los justos, y con ellos todos los animales, y durante mil años disfrutarán comiendo, bebiendo y engendrando, y después de esto tendrá lugar la resurrección universal; y por el contrario, que no existe tal resurrección previa de los justos, ni el disfrute milenario, ni el matrimonio.
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Que después de la resurrección la morada de los justos será en el paraíso, y que no será en el paraíso sino en los cielos, y que el paraíso no está ni en el cielo ni en la tierra, sino entre ambos. Que el paraíso es la Jerusalén de arriba, y está en el tercer cielo, y que los árboles que hay en él son intelectuales, tienen entendimiento y razón, y que el hombre, después de la transgresión, fue llevado de allí a la tierra. Luego también el opuesto, que el paraíso no está en el tercer cielo, sino en la tierra. Que los bienes preparados para los justos ni ojo vio, ni oído oyó, ni subió al corazón del hombre. Hegesipo, sin embargo, hombre antiguo y apostólico, en el quinto libro de sus memorias, no sé qué le pasó, dice que esto se dijo en vano, y que quienes dicen esto calumnian tanto a las divinas escrituras como al Señor, que dice: Bienaventurados vuestros ojos que ven y vuestros oídos que oyen, y lo siguiente. Que los pecadores entregados al castigo son purificados de la maldad en él, y después de la purificación son liberados del castigo. Luego también que no todos los entregados al castigo son purificados y liberados, sino algunos; y que, lo cual es el verdadero sentir de la Iglesia, nadie es liberado del castigo. Que arder y no consumirse es ser corrompido por una corrupción incorruptible. Tito, obispo de Bostra, escribiendo contra los maniqueos, dice en el primer discurso:¿ Cómo podría la corrupción ser corrupción de sí misma? Pues ciertamente corrompe alguna otra cosa, no a sí misma. Y si se corrompiera a sí misma, ni siquiera habría subsistido desde el principio; pues se corrompería más al corromperse a sí misma que al existir; pues es imposible, según las nociones comunes, concebir jamás una corrupción incorruptible. Y es evidente que este santo hombre dijo que es imposible que la corrupción sea incorruptible según una noción, y el divino Juan según otra; pues uno dijo que la corrupción es incorruptible en el sentido de que perdura y sucede siempre, y el otro que la corrupción no es incorruptible, es decir, que la corrupción no puede ser impasibilidad, incorruptibilidad y salvadora de los sujetos. Pero, estando así ambas nociones, Gobaro, el padre del presente estudio, al no comprender la noción diferente, presentó las expresiones como opuestas entre sí. Que el siglo venidero es el octavo, y el opuesto, que no es el octavo sino el noveno. Que el cuerpo de nuestro Salvador Jesucristo se volvió sutil después de la resurrección, espiritual, celestial, ligero y que ni siquiera está sujeto al tacto, y por eso entró con las puertas cerradas. Y que el cuerpo tangible y denso es distinto del sutil, y antítipo, y de esencia diferente. Y el opuesto de lo dicho, que nuestro Señor Jesucristo después de la resurrección no tenía un cuerpo intangible, ni sutil, ni espiritual, y que entró con las puertas cerradas por milagro y no por la naturaleza del cuerpo. Que Cristo no se despojó de la carne después de la resurrección, sino que está sentado a la derecha del Padre con la carne; y del opuesto, que vendrá a juzgar a vivos y muertos, pero ya no teniendo carne, sino un cuerpo más divino. Que el Señor no viene en la segunda venida con carne, sino con la divinidad desnuda. Gobaro, al poner esto como capítulo y presentar citas de Tito, obispo de Bostra, teniendo miles de otras que reunir que establecen que el Señor Cristo no viene con la divinidad desnuda, las omitió todas y no mencionó ninguna, demostrando en todas partes la impiedad que se adelantaba en su alma, la cual se descarada al dogmatizar una sola naturaleza en la negación de la carne. Que el cuerpo impasible, invulnerable e inmortal es de otra esencia y de otro género que nuestro cuerpo; y que las cosas corruptibles y mortales, al transformarse en incorruptibilidad e inmortalidad, admiten el cambio según la esencia. Que cada definición, al permanecer completa, preserva la naturaleza de lo definido. Pero si alguien le quita algo o le añade, lo definido se disuelve. Estos
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por tanto, dos capítulos, al igual que los mencionados poco antes, recibieron las citas de forma unilateral y no de cada una de las partes opuestas. Que el Verbo de Dios está todo en el todo y por encima del todo, y está todo en el cuerpo que unió a sí mismo según la hipóstasis; y, en suma, la esencia de la divinidad llena todas las cosas por naturaleza, por poder y por energía, y atraviesa cada uno de los seres por la mezcla con el todo. Y que no es así, sino que Dios está fuera del todo según la esencia, pero está en todas las cosas por sus poderes. Que antes de la creación del mundo Dios también creó a los ángeles; y que no es así, sino en el primer día de la creación del mundo. Que los ángeles y los demonios están unidos a cuerpos, y que ninguno de ellos está unido a cuerpos. Que los ángeles y las almas racionales y todas las criaturas intelectuales son incorruptibles por naturaleza y según la naturaleza; y del opuesto, que no son inmortales por naturaleza sino por gracia, y que solo Dios es inmortal por naturaleza. Que los ángeles, al descender de los cielos a la tierra, tuvieron carne y órganos reproductores, y al unirse con las mujeres engendraron a los gigantes, y les enseñaron artes y malas artes; y los gigantes, al unirse con animales, engendraron hombres monstruosos y demonios masculinos y femeninos; y que aquellos ángeles son castigados donde la tierra exhala fuego y aguas termales; y que las almas de los pecadores se convierten en demonios; y lo contrario, que los ángeles que se rebelaron, siendo incorpóreos, no se unieron a las mujeres por sí mismos sino a través de hombres intermediarios, o más bien, que ni por sí mismos ni a través de hombres intermediarios; y que las almas de los hombres no se transforman en demonios. Que el cielo es esférico y se mueve en círculo; y que no es esférico ni se mueve en círculo. Que lo dicho: El Espíritu de Dios se movía sobre el agua, era el Espíritu Santo; y que no era el Espíritu Santo, sino uno de los cuatro elementos. Que el día del Señor es el mismo que el octavo y el primero, y que no. Que las almas de los hombres son cuerpos intelectuales, y configuradas según la forma que aparece fuera del cuerpo; y del opuesto, que el alma es incorpórea y no está sujeta a formas corporales. Que las almas subsistieron antes de la fundación del mundo, y que descendieron de los cielos a los cuerpos, como Moisés y los Profetas y Sócrates y Platón y el Bautista Juan y las almas de los Apóstoles, pero también la del mismo Señor. Y del opuesto, que las almas no estaban en el cielo antes de los cuerpos, sino que subsistieron en la generación del cuerpo; sin embargo, el cuerpo preexiste, luego el alma; o más bien, que ni preexisten ni postexisten, sino que coexisten entre sí. Que Dios formó el cuerpo de Adán de la tierra; y que no de la tierra, sino de agua y espíritu. Que el aliento que Dios sopló en el rostro de Adán era temporal y no eterno como el espíritu; y que no era temporal, sino alma inmortal. Que no era temporal ni alma, sino intelecto, de modo que el hombre consta de tres partes: intelecto, alma y cuerpo. Y que el aliento insuflado no era ninguna de las cosas dichas, sino el Espíritu Santo, y que no se convirtió en alma ni en intelecto, sino que creó el alma. Que la tierra, el agua y los demás elementos se transforman en frutos y plantas, y el alimento en carne, nervios y las demás partes del cuerpo; y del opuesto, que la tierra no se transforma en plantas y frutos, ni el alimento en nuestro cuerpo. Que después de la muerte el alma no se separa del cuerpo ni de la tumba; y del opuesto, que el alma no permanece con el cuerpo ni en la tumba. Aquí Gobaro, disponiendo de miles de citas, presentó solo las de Severiano de Gabala y Ireneo. Que todo lo engendrado es corruptible y mortal, pero por voluntad de Dios permanece indisoluble e incorruptible; y de lo contrario, que lo que es corruptible por naturaleza no puede ser incorruptible por voluntad de Dios; pues quien dice esto opina cosas contrarias a sí mismo,
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y concede cosas imposibles al creador. De esta opinión presentó una cita del mártir Justino; pero la lucha se dirigió contra la opinión helénica, y se preparó la refutación de Platón, quien dijo: Puesto que habéis sido engendrados, no sois inmortales ni indisolubles del todo, ni sin embargo seréis disueltos ni alcanzaréis la suerte de la muerte, habiendo obtenido mi voluntad como vínculo más fuerte. Y el mártir, refutando el sofisma platónico, demuestra que Platón introduce al creador diciendo cosas contrarias a sí mismo, y que no hay ninguna cadena de consecuencia que se ajuste a lo dicho; pues o bien es una necesidad absoluta que lo engendrado sea corruptible según la definición anterior, o bien que miente al decir que todo lo que ha sido engendrado es corruptible. Pero Gobaro se esfuerza por usar la refutación helénica para el derrocamiento del sentir eclesiástico. Por tanto, los capítulos mencionados, construyéndolos con citas dobles y opuestas, como creía, pasa de nuevo a los unilaterales. Y primero dice, lo cual es el capítulo 38 de toda la obra, cómo opinó sobre la encarnación de nuestro Señor el que está entre los santos Eustacio, que presidió el sacerdocio de Antioquía, y a continuación cómo el santísimo Cirilo, el sumo sacerdote de Alejandría; y cómo entendieron los maestros de la Iglesia aquello: Sobre aquel día y aquella hora nadie sabe, ni los ángeles, ni el Hijo, sino el Padre, y cómo entendió esto Severo. Habiendo recorrido estos capítulos de forma unilateral, pasa de nuevo a la doble presentación de citas, y hace el capítulo 42: que nuestro Señor Jesucristo fue amamantado por la Theotokos María, y que no fue amamantado. Que el Salvador dijo sobre sí mismo: El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan el Bautista; y que no sobre sí mismo, sino sobre Juan el Evangelista. Que nuestro Señor Jesucristo fue crucificado teniendo 30 años; y que no 30, sino 33; y que no 33, sino 40; y que ni 30 ni 40 años solamente, sino incluso más, no lejos de los 50. Que en el tiempo en que el Señor entregó a los discípulos el misterio del nuevo testamento, comió la pascua legal; y que no comió entonces la pascua legal. Que la serpiente de bronce, que Moisés levantó en el desierto, era tipo del Señor; y que no tipo, sino antítipo. Que el que cortó la oreja del siervo del sumo sacerdote era Tomás; y que no era Tomás, sino Pedro. Que en el tiempo de la pasión la divinidad se separó del cuerpo de Cristo; y que la divinidad no se separó ni del alma ni del cuerpo. Que el Salvador dio su propia sangre como rescate al enemigo en lugar del hombre retenido, habiéndolo elegido así el enemigo; y el opuesto, que no ofreció esto al enemigo, sino a Dios y Padre. Que Cristo resucitó más fuerte y más admirable que la transfiguración en el monte; y que al resucitar no transmutó el cuerpo hacia la gloria que le era debida, sino que lo mostró tal cual era antes de la muerte. Y esto lo dice Cirilo, y lo opuesto Dionisio de Alejandría. Que el día 12 del primer mes María ungió al Señor con mirra en casa de Simón el leproso, y el día 3 el Señor entrega la cena mística a los discípulos, y el día 14 sufrió la pasión salvadora, y el día 15 resucitó de entre los muertos y el día 40 fue ascendido; o que no es así, sino que el 14 comió la cena mística, el 15 fue crucificado, y resucitó el 17; o que ni esto, sino que la resurrección del Señor fue al tercer día y en domingo, y después de 40 días fue ascendido. Que desde la tarde del jueves, cuando el Señor entregaba la cena mística a los discípulos, entonces su cuerpo había sido sacrificado. Hasta aquí, pues, sobre los dogmas y cuestiones comunes de la Iglesia, trataba el discurso a través de casi todos los capítulos, ayudando a cada parte de la oposición en la mayoría de los casos mediante citas opuestas, y confirmando pocos con testimonios unilaterales. Desde aquí trata sobre algunos
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capítulos particulares en número de dieciocho, como qué opiniones tenía Severo sobre los santos mistagogos de la Iglesia, y cómo se dispuso hacia lo dicho por Cirilo y Juan en la carta a Tomás, obispo de Germanicia, y que no acepta lo dicho por el que está entre los santos Gregorio, obispo de Nisa, sobre la apocatástasis, y ciertamente tampoco a Papías, obispo de Hierápolis y mártir, ni a Ireneo, el santo obispo de Lyon, en lo que dicen que el reino de los cielos es el disfrute de ciertos alimentos sensibles. Que Basilio, el que está entre los santos, no acepta en muchas cosas a Dionisio de Alejandría, el que está entre los santos, especialmente en lo que se apoya la nación de los arrianos. Pero se defiende en su favor diciendo que no fue por opinión impía, sino que por la lucha contra Sabelio se vio arrastrado a la difamación opuesta según los discursos. No obstante, también que no dejó expresiones piadosas sobre el Espíritu. Pero también el gran Atanasio se defiende en favor del mismo Dionisio: Pues las cosas de Arrio, dice, Dionisio nunca las pensó, ni ignoró la verdad; pues ni fue condenado por otros obispos por impiedad, ni pronunciaba las expresiones arrianas como dogmatizando. Pero también Teodoreto da los mismos razonamientos en favor del mencionado Dionisio. Además, presenta testimonios de cómo se dispuso Teófilo y el sínodo con él hacia el que está entre los santos Juan Crisóstomo; y qué opiniones tuvo Ático y Cirilo sobre el mismo santísimo Juan de Constantinopla; y qué opiniones tuvo el piadosísimo Isidoro de Pelusio sobre Teófilo y Cirilo, los jerarcas de Alejandría, y sobre el que está entre los santos Juan Crisóstomo, cómo censuraba a los primeros por la aversión hacia Crisóstomo, y al segundo lo alababa y admiraba. Que Severo, al intentar censurar al que está entre los santos Isidoro, no teniendo de dónde, le inventa una fama de origenismo, aunque él mismo la desmiente de nuevo por sí mismo, vencido por la verdad. Además, qué opiniones tuvieron Hipólito y Epifanio sobre Nicolás, uno de los siete diáconos, y que lo condenan fuertemente. Ignacio, sin embargo, el portador de Dios, y Clemente el Estrómata, y Eusebio de Cesarea, y Teodoreto de Ciro, condenan la herejía de los nicolaítas, pero declaran que Nicolás no era tal. Que Hipólito e Ireneo dicen que la epístola a los Hebreos no es de Pablo; Clemente, sin embargo, y Eusebio y una gran multitud de los padres portadores de Dios la enumeran con las otras epístolas, y dicen que el mencionado Clemente la tradujo del hebreo. Que Atanasio el Grande de Alejandría aceptaba a Orígenes y Teognosto en muchos discursos, y Tito de Bostra, y el teólogo Gregorio en sus cartas lo llama amante de la belleza, y el de Nisa también lo menciona con elogios. Pero también Dionisio de Alejandría, escribiendo a él mismo, y además después de su muerte escribiendo a Teotecno, obispo de Cesarea, habla de Orígenes con elogios, y Alejandro, obispo de Hierápolis y mártir, escribiendo al mismo Orígenes, se muestra muy cercano al hombre por sus discursos. Que Teófilo y Epifanio rechazan mucho a Orígenes. Qué opiniones tenía el santísimo Hipólito sobre la herejía de los montanistas, y cuáles el que está entre los santos Gregorio de Nisa. Estos son, pues, los capítulos más particulares. De nuevo pasa a algo más común, y presenta citas de que el alma de todo difunto se beneficia grandemente a través de las oraciones, ofrendas y limosnas realizadas por él, y del opuesto, que no es así. A Gobaro, pues, lo encontramos habiendo emprendido el trabajo hasta estos capítulos. Se leyó un libro que lleva como autor al que está entre los santos Germano, quien después de ser ordenado en Cícico, fue sumo sacerdote de Constantinopla. Tiene como título Antapodótico o Incorrupto, lo que equivaldría a Sobre la incorrupta retribución de lo vivido por los hombres. Tal es la promesa del título, pero el discurso lucha por presentar al que está entre los santos Gregorio de Nisa y sus escritos libres de la mancha origenista. Pues aquellos a quienes les es grata la necia apocatástasis del género demoníaco y de los hombres enviados al castigo interminable, estos, sabiendo que el hombre es elevado en los dogmas y abundante en el flujo de sus discursos, y viendo la brillante opinión de su piedad resonando en todos los hombres, se propusieron insertar en sus discursos iluminadores y salvadores los abortos sombríos y destructivos del sueño de Orígenes, pensando en someter subrepticiamente la audacia herética a la renombrada virtud y conocimiento del hombre. Por eso, unas veces con añadidos espurios, y otras con la distorsión forzada de los razonamientos rectos, intentaron falsificar muchos de sus escritos irreprochables. Contra los cuales Germano, el defensor de la piedad, lanzando agudamente la espada de la verdad, y dejando muertos a los enemigos con el golpe, presentó victorioso y protagonista a aquel contra quien la falange herética tramaba y preparaba las asechanzas. El hombre es, pues, en el presente discurso, puro y claro, y al aplicar los cambios en los nombres con acierto, endulzando la frase, pero no dejándose arrastrar hacia la frialdad; noble al emprender el propósito, y semejante al recorrer las luchas, no mezclando nada necesario desde fuera, ni pasando por alto nada de lo que debe decirse, ni en las construcciones, ni en los argumentos, ni en los entimemas. Sino que es, así como un canon inquebrantable de los dogmas piadosos, así también un buen ejemplo y digno de ser imitado para quien desee escribir discursos poderosos, claros, elegantes y que prefieran la enseñanza espiritual a la exhibición. Primero, pues, abofetea el dogma herético, que fantasea con la apocatástasis de los demonios a su estado original y que los que terminaron la vida en pecados, después de ciertos castigos determinados, pasan al coro de los justos. Refuta esta impiedad mítica primero a partir de las mismas voces del Señor, segundo a partir de las predicaciones apostólicas, a las cuales añade también testimonios proféticos, que declaran claramente tanto el disfrute inefable y eterno de los justos, como el castigo interminable e insoportable de los pecadores. No solo a partir de las citas mencionadas derriba el orgullo herético y extranjero, sino también a partir de otros hombres santos, sí, ciertamente( lo más poderoso), a partir de las sentencias de aquel mismo a quien la herejía se esforzaba maliciosamente en tomar como defensor. A través de todas estas sagradas palabras, se mostró expulsando de toda coreografía eclesiástica el mito patógeno y destructor de almas, y consolidando y elevando el sentir de la piedad que odia el mal. Y habiendo preparado y fortalecido así el baluarte de la verdad, desde el cual iba a ser más fácil derribar al enemigo, presenta después de esto los dichos del santo padre, con los cuales los malos y perversos traficantes de dogmas, mezclando vino con agua, intentaron falsificarlos, o más bien, las enseñanzas de la Iglesia. Habiendo presentado estas sagradas palabras, triunfó sobre los origenistas sorprendidos en flagrante delito por lo que hacían mal, refutándolos unas veces por falsificar lo incorrupto con añadidos desvergonzados y sin pudor, y otras por sospechar lo continuo del añadido, por mucha otra arrogancia y audacia, al verse obligados a descararse hacia su invención herética. Y, por así decirlo, declara a los trabajos del hombre libres de toda asechanza herética y calumnia que apunta a la impiedad. Y la liberación y la refutación de la maldad se preparan y descubren a partir de lo que precede al pasaje falsificado y de lo que sigue, y también de otros[ escritos] del divino Gregorio.
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el intelecto se perturba al ser oscurecido por las pasiones; la segunda, cuando, habiendo llegado finalmente a ser un hombre perfecto, la mente comienza a adquirir firmeza frente a los tumultos; la tercera, cuando la mayoría de las fantasías de los deseos se marchitan, al consumirse ya la carne y avanzar hacia la vejez. Por ello, convenía que, habiendo encendido en el corazón la lámpara de la fe, inextinguible, y habiendo ceñido los lomos con la templanza, estuviéramos vigilantes y aguardáramos al Señor. Que por« bebida fuerte»( sikera) dice que es todo lo que produce embriaguez, además del vino de las vides. Que hay dos tipos de vides en la Escritura, una muy buena y otra muy mala. Pues el Señor dice:« Yo soy la vid verdadera, vosotros los sarmientos». La mala y silvestre es el diablo, que destila locura, como también Moisés, al describir sobre él, dice:« Porque de la vid de Sodoma es su vid, y su sarmiento de Gomorra», y lo que sigue. Que el oro no admite herrumbre. Que dice que lo que se dice sobre que el reino de los cielos se asemeja a diez vírgenes quiere significar que todas habían emprendido el mismo camino de la práctica, debido a la mención de la letra iota. Pues se enviaron de manera semejante al confesar esto, y por ello son llamadas diez, pero ya no salieron de igual modo a encontrarse con el esposo; pues unas se proveyeron de alimento abundante para las lámparas alimentadas con aceite, mientras que las otras fueron negligentes. Por eso también se dividen en números iguales hacia el cinco, puesto que unas guardaron puras los cinco sentidos, a los cuales la mayoría llamó puertas de la sabiduría, mientras que las otras, por el contrario, los corrompieron con la maldad. Pues, habiéndose contenido y purificado, fueron más propensas a las faltas de la justicia; de donde también sucedió que fueran rechazadas. Pues ya sea que obremos rectamente o que pequemos, a través de estos se fortalecen tanto las acciones nobles como las malas. Y así como la que florece dijo que había pureza de ojos, de oídos, de lengua y de los demás sentidos sucesivamente, así también las que aquí guardaron la fe inviolable de las cinco vías de la virtud— vista, gusto, olfato, tacto y oído— son llamadas cinco vírgenes, debido a que restituyeron a Cristo las cinco fantasías de la sensación puras, brillando claramente desde cada una de ellas la santidad como una lámpara; pues nuestra lámpara de cinco luces es verdaderamente la carne, la cual, llevándola el alma a modo de antorcha, se presenta ante el esposo Cristo, mostrándose en el día de la resurrección, haciendo brillar la fe a través de todos los sentidos, tal como Él mismo enseñó al decir:« He venido a traer fuego a la tierra, y quisiera que ya estuviera encendido», refiriéndose a nuestra tierra como los tabernáculos, en los cuales deseaba que se encendiera rápidamente la acción ardiente y de rápida moción de su enseñanza( pues el aceite debe compararse con la justicia y la sabiduría), y por el retraso, el intervalo antes de la presencia de Cristo, y por el sueño y el adormecimiento de la virgen, la salida de la vida, y por la medianoche, el reino del Anticristo, durante el cual el ángel exterminador recorre las casas, y por el grito que dice:«¡ He aquí el esposo!¡ Salid a su encuentro!», la voz y la trompeta de los cielos, cuando todos, habiendo resucitado sus cuerpos, serán transportados sobre las nubes, arrebatados al encuentro del Señor. Que habiendo dicho mucho sobre las vírgenes y las almas puras, añade también esto. Sin duda, el Logos llama a estas almas solamente su novia elegida, llamando a las demás concubinas, doncellas e hijas de esta manera:« Sesenta son las reinas, y ochenta las concubinas, y doncellas de las cuales no hay número. Una es mi paloma, mi perfecta; una es para su madre, elegida para la que la dio a luz. La vieron las hijas, y la llamarán bienaventurada, las reinas y también las concubinas la alabarán». Pues siendo muchas, evidentemente, las hijas de la iglesia, una sola es la elegida y la más preciosa a sus ojos por encima de todas: el orden de las vírgenes. Y la profecía quiere insinuar que las reinas no eran conducidas bajo un solo rey, sino que cada una era como
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autónoma y reina, y que las que estaban después de estas eran principios y primeras, aquellas reinas, las almas anteriores al diluvio que habían sido agradables a Dios, es decir, las que estaban en torno a Abel, Set y Enoc; y por concubinas, las que estaban después del diluvio, las de los Profetas, a las cuales, antes de que la iglesia fuera desposada con el Señor, uniéndose a modo de concubinas, les sembró verdaderos discursos en una filosofía abundante y pura, para que, habiendo concebido, engendraran para Él la fe de la salvación. Y el Logos llamó concubinas a las almas proféticas porque no las tomó abiertamente, como ciertamente hizo con la iglesia, habiendo sacrificado por ella el becerro cebado. Y sesenta reinas de ahí, como creo, llamó a los que desde el primer formado hasta Noé agradaron a Dios por sucesión, puesto que estos no tuvieron necesidad de otros mandamientos para salvarse, siendo aún reciente para ellos la constitución del mundo según los seis días; pues recordaban que en seis días Dios construyó la creación y las cosas que sucedieron en el paraíso. De ahí, pues, a las almas que desde la constitución misma del mundo eligieron por sucesión desear a Dios, y casi( si se debe decir) a las que fueron descendientes y vecinas del primer siglo de la gran creación de seis días, las llamó sesenta reinas simbólicamente, debido a que estas, como dije, sucedieron después de los seis días; pues estos tuvieron gran honor al conversar con los ángeles y al contemplar a Dios en realidad, no en sueños. Pues considerad cuánta franqueza tuvo Set ante Dios, cuánta Abel, cuánta Enoc, cuánta Matusalén, cuánta Noé, siendo los primeros amantes de la justicia. Y sobre esto, baste; sobre las concubinas, de nuevo debe decirse. Para los que estaban después del diluvio, el conocimiento de Dios estaba ya más lejos, y necesitaban otra enseñanza, pues la idolatría ya se arrastraba. Por tanto, Dios, para que el género humano no fuera totalmente destruido por el olvido de los bienes, ordenó a su propio hijo que sugiriera a los Profetas su futura presencia a través de la carne en el mundo, durante la cual se predicará el gozo y el conocimiento de la octava espiritual, siendo esta otorgadora de la remisión de los pecados y de la resurrección; pues a través de ella el hombre sería circuncidado de las pasiones y de la corrupción. Y por esto llamó concubinas al catálogo de los Profetas desde Abraham, debido a la preeminencia de la circuncisión que contiene el número ocho, del cual depende también la ley, porque antes de que la novia, la iglesia, fuera desposada con el Logos, habiendo recibido las semillas divinas, anunciaron de antemano la circuncisión de la octava inteligible. Y a las doncellas, de nuevo, las llama el grupo innumerable de las multitudes que obraron rectamente bajo los superiores, y que lucharon juvenil y noblemente contra el pecado. Pero ni las reinas ni las concubinas se comparan con la iglesia; pues la perfecta y elegida, nombrada por encima de todas, la que está constituida y unida de todos los Apóstoles, es la novia que supera a todas en la belleza de su plenitud y de su virginidad. Por eso también es llamada bienaventurada por las otras, porque ella vio y oyó abundantemente lo que aquellas desearon ver y oír y no vieron ni oyeron; pues dice el Señor a los discípulos:« Bienaventurados vuestros ojos, los que ven lo que veis. Porque os digo que muchos Profetas desearon ver lo que veis, y no vieron, y oír lo que oís, y no oyeron». Por tanto, por esto las llaman bienaventuradas los Profetas, porque lo que ellos no alcanzaron, la iglesia lo ha compartido y ha sido digna. Y uno puede decir también de otra manera que la novia es la carne inmaculada del Señor, por cuya causa, habiendo dejado al Padre, descendió aquí y se unió a ella al hacerse hombre. Por eso también la llamó paloma, tropológicamente, puesto que es un animal manso, que habita bajo techo y que se complace en la morada de los hombres. Y en el salmo cuarenta y cuatro, la reina que está a la derecha de Dios, adornada con el adorno de oro de la virtud, de cuya belleza deseó el rey, es la carne, como dije, aquella inmaculada y
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bienaventurada, a la cual el mismo Logos, habiéndola llevado a los cielos, la hizo estar a la derecha del Padre, adornada con vestiduras de oro, lo cual es simbólicamente los ejercicios de la incorruptibilidad. Que la virginidad( parthenia) es llamada así por un cambio de una letra, como la única que asemeja a Dios a quien posee sus ritos incorruptibles, de lo cual es imposible encontrar un bien mayor. Que dice que la virtud, ya sea por sí misma, o por el hecho de elevar y suspender las almas hacia el cielo, ha obtenido este nombre. Que dice que parece que esto concuerda especialmente con lo dicho, lo que fue anunciado desde arriba por el mismo Padre a Cristo en el Jordán:« Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy». Pues debe observarse que el ser su Hijo lo declaró de manera indefinida y atemporal. Pues dijo:« Eres su Hijo» y no« has llegado a ser», indicando que no ha tenido un comienzo reciente de la filiación, ni tampoco que, habiendo preexistido, ha tenido un fin, sino que es siempre el mismo. Pero el« Yo te he engendrado hoy», porque a quien ya preexistía antes de los siglos en los cielos, quise engendrarlo también para el mundo, lo cual es dar a conocer lo que antes era desconocido. Sin duda, para los hombres que aún no han percibido la sabiduría multiforme de Dios, Cristo aún no ha sido engendrado, lo cual es: aún no ha sido conocido, aún no ha sido manifestado. Que la mayoría de los pasajes del Apocalipsis del santo Juan los refiere a la iglesia y a las almas que viven en virginidad. Pero casi todos los pasajes que tomó de otras partes, los explica alegóricamente y no según la letra en este diálogo. Que, refutando a los que glorifican el destino, dice: si los astros fabrican las desgracias y las malas disposiciones de los mortales, estando ocupados en las lascivias y cambios de la vida, entonces son más miserables que los hombres, porque no solo aman ellos mismos los males, sino que también obligan a los hombres a hacer estas cosas. Además, si toda acción no ocurre sin deseo, y tampoco el deseo sin carencia, y lo divino es carente de nada, entonces es ajeno a la maldad. Pero la naturaleza de los astros está situada más cerca de Dios, siendo superior a la virtud de los hombres superiores; por tanto, los astros son ajenos a la maldad y carentes de nada. Además, si el eliminar a alguien produce nacimiento, y esto lo prohíbe la ley, castigando a los impíos y apartando mediante la amenaza las doctrinas del nacimiento, entonces la ley es contraria al nacimiento; pues lo que la ley prohíbe, esto lo ha determinado el nacimiento, y lo que el nacimiento obliga a hacer, esto lo prohíbe la ley. Por tanto, la ley es enemiga del nacimiento. Y si es enemiga, entonces los legisladores no legislan según el nacimiento; pues al decretar lo contrario al nacimiento, disuelven el nacimiento. Por tanto, o hay nacimiento y no debe haber leyes, o hay leyes y no son según el nacimiento. Pero es imposible que alguien nazca y realice algo sin el nacimiento; pues dicen que ni siquiera es lícito mover un dedo sin el destino. Por tanto, según el nacimiento, Minos, Radamanto, Dracón, Licurgo, Solón y Zaleuco, habiendo nacido como legisladores, establecieron las leyes, prohibiendo robos, asesinatos y cosas similares, las cuales decretan que ocurren según el nacimiento, lo cual es imposible; pues el nacimiento se destruiría a sí mismo, anulándose a sí mismo, y aquí estableciendo leyes prohibitivas del adulterio y de las otras cosas, y aquí realizando las leyes y los adulterios; pues nada es extraño que luche contra sí mismo y se apresure a destruirse a sí mismo. Por tanto, no es nacimiento. Que, dice, la virtud según la templanza es superior a la maldad según la incontinencia, se puede aprender también de reyes, de gobernantes, de generales, de hijos, de ciudadanos, de sirvientes, de pedagogos. Pues cada uno de estos se vuelve útil para sí mismo y para el bien común al ser templado, mientras que al ser desenfrenado es perjudicial para sí mismo y para el bien común. Que dice que la ley es un tipo y una sombra de la imagen, es decir, del evangelio, y la imagen es el evangelio de la verdad misma que será en la segunda presencia del Señor. Que lo dicho en el Levítico sobre la fiesta de los tabernáculos se refiere a la resurrección de los hombres que será en la segunda presencia del Señor, poniendo como tabernáculo de cada uno su propio cuerpo, y los siete días como tipo de los siete siglos, y las otras cosas análogamente. Que interpreta anagógicamente lo dicho en los Jueces:« Los árboles iban a ungir un rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros; y les dijo el olivo:¿ Dejando mi gordura, que honraron Dios y los hombres, iré a mandar sobre los árboles? Y dijeron todos los árboles a la higuera: Ven tú, reina sobre nosotros; y les dijo la higuera:¿ Dejando mi dulzura y mi buen fruto, iré a mandar sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la vid y dijeron a la zarza», y lo siguiente. Pues dice, que esto no se dijo sobre árboles, es claro; sino que se relata esto sobre almas, las cuales, antes de la encarnación de Cristo, habiéndose vuelto locas por las faltas, se acercan, pidiendo a Dios que tenga compasión de ellas y que reine sobre ellas la misericordia y la compasión, que la Escritura recibió bajo el tipo del olivo. Y considerad si acaso la Escritura manifiesta las legislaciones sucesivas desde el primer formado hasta Cristo, de las cuales el diablo engañó al género humano con creaciones que imitaban lo contrario. Pues comparando la higuera con el mandamiento dado al hombre en el paraíso, puesto que este, engañado, cubrió su desnudez con hojas de higuera; y la vid con la dada a Noé en el diluvio, debido a que, burlado por el vino, se durmió; y el olivo con la dada a Moisés en el desierto, puesto que la unción profética, el aceite santo, les había faltado de la herencia al haber transgredido; y la zarza con la dada a los Apóstoles en la salvación del mundo, puesto que a través de ellos fuimos enseñados la castidad, de la cual el diablo no pudo preparar ni siquiera una imagen engañosa. Y por esto también se han transmitido cuatro evangelios, habiendo evangelizado Dios a la humanidad cuatro veces y habiéndola educado con cuatro leyes, cuyos tiempos se manifiestan claramente por la diferencia de los frutos. Pues la higuera, por la dulzura y el deleite, representa lo que sucedió antes de la transgresión del hombre; pues hay veces que el fruto de la higuera se interpreta en la Escritura hacia lo mejor. Y la vid, por la alegría que proviene del vino y el regocijo de los que se salvaron de la ira y del diluvio, insinúa el cambio de ellos desde el miedo y la preocupación hacia el gozo. Y el olivo, por el fruto del aceite, anuncia la compasión de Dios, habiendo Dios vuelto a ser paciente después del diluvio, al haberse desviado los hombres hacia la impiedad, para dar la ley y aparecer a algunos. Y la zarza constituye la castidad; pues el mismo árbol es zarza y casto, y tal vez debido al parentesco, esta planta fue llamada zarza y casta, zarza por ser firme y resistente frente a los placeres, y casta por castigar siempre. De donde también el relato dice que Elías, huyendo de la presencia de la mujer Jezabel, llegó primero bajo una zarza, y fue escuchado y recibió alimento, porque para los que huyen del aguijón, de la mujer y del placer, el refugio y la protección brotó del árbol de la castidad, habiendo reinado sobre los hombres desde la presencia del archivirgen Cristo. Pues solo este reino de la castidad, desde la presencia de Cristo, aceptaron los hombres sin arrepentimiento, desbocándose rápidamente cada uno de los mandamientos que les fueron dados antes de la presencia de Cristo, y prefiriendo obedecer más a la imitación contraria y ser reinados por ella, aunque arrepintiéndose muchas veces buscaban de nuevo el mandamiento más real dado por Dios y la renovación de sus logros psíquicos corrompidos por la maldad. Pues siendo entregados a manos de enemigos y pasiones de deshonra, buscaban ser reinados por el mandamiento y los preceptos de Dios, para que ocurriera para ellos la disolución de las múltiples desgracias y la liberación de los males. Pero las otras, debido a que sus heridas del alma apestaban y eran incurables, no querían que reinara sobre ellas, hasta que Dios, habiendo compadecido al hombre por cuarta vez, envió a la castidad a reinar, a la cual la Escritura llamó consecuentemente zarza; la cual, habiendo consumido los placeres, y habiendo amenazado en adelante, si todos no le obedecían y se acercaban en verdad, con consumirlos a todos con fuego; pues ya no habría después de esta otra ley o enseñanza, sino juicio y fuego; y por esto, en adelante, el hombre comenzó a obrar rectamente y a creer firmemente en Dios y a separarse del diablo. Que debe notarse que este diálogo cuya inscripción es Simposio o Sobre la castidad es en gran medida apócrifo; pues encontrarás en él intercaladas también jactancias arrianas y mitologías de otros que tienen malas doctrinas. Que debe notarse qué es lo que es« a imagen», que se dice que solo el hombre ha tenido de los que han sido creados por Dios. Pues uno no encontraría en el hombre nada de lo valioso de lo que no haya participado la naturaleza de los ángeles; pues ni lo inmortal, pues también los ángeles, ni el libre albedrío; pues si porque para los ángeles, según el teólogo, la inclinación es más hacia el bien, por esto mira que ni siquiera es posible concebir este« a imagen» en absoluto. Pero si dices lo que es de mando( pues el hombre ha sido digno de mandar sobre los peces y los demás por Dios en el escrito de la cosmogonía), ni siquiera así alejarás al ángel; pues hemos sido enseñados específicamente por la Escritura que la mayoría de los ángeles mandan sobre naciones y tribus. Pero si introduces la diferencia porque no tienen a los gobernados domesticados, como aquellos a la mayoría de los animales, no te jactas de nada ante la risa; pues ni aquel de quien se dice que el hombre lleva la imagen muestra que los gobernados sean domesticados( lejos de eso).¿ Qué es, pues, lo« a imagen»? Pues todos los que rapsodiaron la belleza de la figura corporal, además de las innumerables refutaciones, no liberaron al hombre de la comunión con el ángel en esto, que es lo que se busca; pues las divinas Escrituras nos han prefigurado que los ángeles han vestido una figura antropomorfa. Pero si tienes que guardar lo creativo y práctico hacia la existencia como lo« a imagen» en el hombre( pues Dios crea el todo, sacando lo que no es de manera inefable e inconcebible, pero también el hombre a veces cultivando un hombre semejante mediante la siembra de su propia esencia y naturaleza, y a veces mediante el arte creando muchas de las cosas artificiales, aunque no de lo que no es en absoluto), pero también esto, que tiene verosimilitud, es fácilmente refutado. Pues los monjes, y por parecer guardar lo« a imagen» habiéndose hecho superiores a todo artificio o artimaña humana, parecerían miserables, habiendo perdido lo« a imagen» por eso mismo.¿ Qué es, pues, lo« a imagen»? La adquisición de las virtudes mediante el cuidado; pues los ángeles, aunque se gloría que tienen virtud, no es la que es mediante el cuidado y el esfuerzo, porque no son arrastrados por la maldad. Pero si incluso esto fuera concedido, que la adquisición de virtudes sin esfuerzo ha sido asignada a los ángeles, o estos también tendrán lo« a imagen» al acercarse más a Dios que lo tiene sin esfuerzo, o si no estos, mucho menos el hombre, porque con esta o antes de esta, al llenarse de muchos tumultos y esfuerzos, recibe esta adquisición. Fue leída la Arqueología de Josefo; cuya selección enumera todo lo que relata sobre Herodes, la reconstrucción del templo, cómo entró en el reino judío, y cómo los de su linaje le sucedieron en el poder, y cómo este se disolvió en aristocracia, habiendo asumido la protección de la nación los sumos sacerdotes, y todo lo demás que se entrelaza con esto. Que Josefo, al final de la historia decimoquinta según la arqueología, dice que Herodes, cumpliendo el decimoctavo año de su reinado, el templo en Jerusalén, que construyó el rey Salomón, pero que fue destruido de nuevo, los cautivos que fueron llevados de Babilonia, ayudándoles Darío, rey de los persas, lo levantaron en cuarenta y seis años, este templo renombrado, después de seiscientos años, habiendo quitado los antiguos cimientos, y habiendo puesto otros sobre ellos, Herodes
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lo levantó el doble que el anterior. Pues el levantado por los cautivos quedaba por debajo del de Salomón en algunas medidas según la altura. Pero el templo de Herodes tenía cien codos de longitud, y veinte de altura, los cuales también disminuyeron con el tiempo al hundirse los cimientos; lo cual también en los tiempos de Nerón los judíos habían conocido levantar. Y Josefo dice que el templo fue construido por Herodes en un año y seis meses, y la casa y el recinto en torno al templo en ocho años enteros. Y las piedras, de las cuales se levantaba el templo, eran blancas y fuertes, y cada una de ellas tenía veinticinco codos de longitud, ocho de altura y cerca de doce de anchura. Y dice que la obra se terminó con tal ingenio. Herodes tuvo una gran ambición por la obra; por tanto, reúne primero todo el material, y mil carros estaban listos para llevar piedras para él, y otros diez mil trabajadores, y de los sacerdotes, que iban a tocar las obras del santuario, mil; pues a tantos enseñó a construir y a trabajar la madera, habiendo comprado para todos ellos vestiduras sacerdotales. Y esta preparación llevó el propósito a su fin más rápido de lo esperado, y causó grandes y muchas acciones de gracias por parte de la multitud que en todo lo demás estaba molesta con Herodes. Y Herodes sacrifica al terminar el templo trescientos bueyes; y de los otros judíos, cuántos sacrificaron, ni siquiera fue posible obtener el número. Este Herodes es el hijo de Antípatro el idumeo y de la árabe( su nombre era Cipris), bajo el cual también Cristo, nuestro Dios, nace de un vientre virginal para la salvación de nuestro género; contra el cual, enfurecido Herodes, falló contra el Señor, pero se convierte en asesino de muchos niños. Y se relata que superó a todos los tiranos en crueldad y asesinato. Y también de su esposa Mariamne( esta era hija de Alejandra, hija de Hircano el sumo sacerdote, que no dejaba en ningún tiempo de mostrar una belleza de cuerpo que no tenía rival), de esta, pues, y de los dos hijos nacidos de ella, Aristóbulo y Alejandro, quienes por su belleza, por el ejercicio de la palabra y por las obras de sus manos, no menos que por ser hijos de rey, estaban en boca de todos, de todos estos, enfurecido por las calumnias de Antípatro, se convierte en verdugo, primero de su esposa, luego también de los hijos, y finalmente de Antípatro, hijo de una mujer anterior. Y habiendo sido entregado a una enfermedad amarga( pues una ulceración de los intestinos tenía al desdichado, y asma erguido, y una hinchazón de flema blanca en los pies, y terribles dolores del colon, y una putrefacción de los genitales que producía gusanos, y otras innumerables) después del quinto día de la matanza de Antípatro, el hijo, también él terminó su vida, habiendo vivido en total setenta años, y habiendo reinado de ellos treinta y siete. Y este reina ilegalmente y contra las esperanzas, incluso de aquel mismo, por el afán de Antonio, el general de los romanos, que ayudaba con dinero, y por el consentimiento de Augusto, y por voto para la consagración también del senado de los romanos. Que de este Herodes, el primero de los extranjeros que reinó sobre los judíos contra las leyes, de este el padre era idumeo de linaje de la ciudad de Ascalón, hijo de Antipas, llamado él mismo también Antipas primero, y luego Antípatro. Este, teniendo abundancia de mucho dinero, y siendo de naturaleza activa y faccioso, gozaba del favor de Hircano, el sumo sacerdote de los judíos, pero era enemigo de Aristóbulo, el hermano de Hircano; por lo cual convence a Hircano, habiéndolo molestado muchas veces, a buscar de nuevo por todos los medios el reino, el cual, habiendo cedido aquel, lo tenía Aristóbulo, el hermano. Esta facción de los hermanos se convirtió en gran causa de males para ellos mismos, para el linaje y para la nación de los judíos, y del cambio del reino hacia los extranjeros. En esta facción, Antípatro parece haber hecho muchas cosas a favor de Hircano contra Aristóbulo. Al final, Aristóbulo es llevado cautivo a Roma junto con sus hijos, y habiendo huido de allí, llega de nuevo a los alrededores de Judea, y siendo sitiado de nuevo por los romanos junto con su hijo Antígono( pues este resultó haber huido de Roma con su padre), es capturado y enviado a Roma, y atado era retenido,
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Reinó y ejerció el sumo sacerdocio durante tres años y cinco meses, habiéndose mostrado brillante y magnánimo en su gobierno. A Hircano se le otorga el sumo sacerdocio, pero ya no el reino; la nación, sin embargo, se gobernaba a sí misma, aunque el título que ostentaba por la autoridad que le fue conferida era el de etnarca en lugar de rey. Durante el sumo sacerdocio de Hircano, el poder de Antípatro creció considerablemente. Pues no solo ayudaba a los generales romanos contra quienes se oponían a ellos, sino que, debido a la inactividad y la complacencia de Hircano, él mismo manejaba los asuntos de los judíos. Julio César, tras liberar a Aristóbulo de sus cadenas, había decidido enviarlo a Siria contra los partidarios de Pompeyo. Pero los partidarios de Pompeyo se le adelantaron y lo eliminaron con veneno. Escipión, por su parte, habiendo recibido instrucciones de Pompeyo, ejecutó con el hacha a Alejandro, el hijo de Aristóbulo, acusándolo de los crímenes que había cometido anteriormente contra los romanos. Tras su victoria sobre Pompeyo, Julio César nombra a Antípatro procurador de Judea. Una vez allí, Antípatro confía el mando militar de Jerusalén y sus alrededores a su hijo Fasael, y nombra a Herodes, que era aún muy joven( pues tenía quince años de edad), procurador de Galilea, sin que su juventud le impidiera mostrar su carácter terrible y noble. Mientras realizaba estas acciones, y siendo admirado por la nación no menos que un rey, no alteró en absoluto su benevolencia y lealtad hacia el sumo sacerdote Hircano. Antípatro, que siempre había llevado una vida fluida y brillante, es asesinado mediante una conspiración con veneno, después de que Málico sobornara al copero para que vertiera el veneno en su bebida; este Málico era judío, pero experto en tramar engaños y en curar las sospechas mediante juramentos y fingida amistad cuando se le confrontaba. Sin embargo, Herodes, que por naturaleza estaba dotado para tramar tales cosas o bien se encontró con alguien aún más terrible, le exigió cuentas por el asesinato de su padre y lo mató atravesándolo con dagas. Antígono, el hijo de Aristóbulo, habiendo ganado el favor de Fabio con dinero, y contando con la ayuda de Ptolomeo, hijo de Menneo, debido a su parentesco( pues se había casado con su hermana), junto con otros, intentó regresar a Judea. Pero Herodes, tras trabar batalla, lo vence y lo expulsa de la tierra de los judíos, siendo recibido espléndidamente por los habitantes de Jerusalén y por el propio Hircano al llegar tras su victoria. Antonio, el general romano, otorga a Herodes y a su hermano Fasael las tetrarquías de los judíos a cambio de dinero, sin que Hircano se opusiera a ello. Las acusaciones de la multitud contra Herodes no resultaron en nada más que en que ellos mismos sufrieran castigo en lugar de obtener justicia por lo que denunciaban, debido a que Antonio había sido corrompido con dinero y Hircano se había puesto del lado de los partidarios de Herodes; pues Herodes ya se había prometido con Mariamna, la nieta de Hircano. Tras la muerte de Ptolomeo, hijo de Menneo, su hijo Lisanias toma el poder. Pacoro, hijo del rey, y el sátrapa parto Barzafarnes ocuparon Siria. Lisanias, teniendo al sátrapa consigo, establece una amistad con Antígono, hijo de Aristóbulo; y Antígono promete a los partos darles mil talentos y quinientas mujeres si le entregan el poder de sus padres, arrebatándoselo a Hircano y eliminando a los partidarios de Herodes. Por ello, Pacoro y Barzafarnes conducen a Antígono, y tras entablarse una guerra contra los partidarios de Herodes, muchos mueren de ambos bandos, destacando especialmente Herodes por sus esfuerzos. Finalmente, Hircano y Fasael son capturados mediante engaños por los partos; Fasael, anticipándose a la ejecución de sus enemigos, se golpea la cabeza contra una roca y muere, mientras que Hircano es mantenido prisionero. Los partos, tras tomar Jerusalén— de la cual Herodes apenas escapó gracias a su agudeza mental, la rapidez de su previsión y su noble destreza en las armas—, saquearon las riquezas de los habitantes de Jerusalén, excepto las de Hircano( que eran ochenta talentos), y así instalan a Antígono en el poder de sus padres. Antígono, por su parte, a su tío Hircano
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para evitar que volviera a recuperar el sacerdocio( pues a los judíos les está prohibido ejercer el sacerdocio si tienen alguna parte del cuerpo mutilada), le corta las orejas y lo entrega a los partos para que se lo lleven con ellos. Herodes, sin embargo, no permaneció inactivo, sino que primero acudió a Málico, el rey de los árabes, con la esperanza de encontrar ayuda basándose en la amistad de su padre; al fracasar, se dirigió a Brindis hacia Antonio, el general romano, y desde allí fue llevado con él a Roma, lamentando lo sucedido y la muerte de su hermano. Tenía la intención de conseguir el reino para el hermano de su esposa, el nieto de Hircano, si fuera posible; pues para él era totalmente desesperanzador que este recayera en alguien de otra raza. Pero Antonio y Augusto, habiendo tomado una decisión conjunta, lo nombran rey de los judíos, y tras haberlo ayudado muchas veces contra Antígono, después de muchas matanzas y guerras, toman a Antígono prisionero, siendo Sossio, general de los romanos, quien finalmente puso fin a estas guerras, y consolidan aún más su poder. Antonio, el general, tras tomar prisionero a Antígono, decidió mantenerlo encadenado hasta el triunfo; pero al enterarse de que la nación judía se estaba rebelando debido a su odio hacia Herodes, lo decapitó en Antioquía. Hircano, al oír que Herodes reinaba, suplicó al rey Fraates y, con la intercesión de Herodes, fue liberado hacia su patria, esperando obtener mucho de Herodes. Herodes le mostraba muchas muestras de benevolencia y del honor debido a un soberano, pero más tarde, tras presentar acusaciones de soborno y traición a favor de los árabes, eliminó a un hombre de más de ochenta años que había vivido un año con una mansedumbre y una inactividad inefables. También a Aristóbulo, nieto de Hircano y hermano de su esposa Mariamna, después de que Alejandra, la madre de los niños, y la propia Mariamna lo molestaran, lo nombra sumo sacerdote a los diecisiete años, y poco después, en Jericó, hizo que se ahogara en las piscinas que allí había. Pero Herodes era tal y como se ha dicho anteriormente. Que Herodes, al morir, dispone que su hijo Arquelao sea el sucesor del reino, con el consentimiento de César. César( que era Augusto), tras nombrar a Arquelao señor de la mitad, dijo que lo honraría con el título de rey si aprendía a administrar el poder con equidad y justicia; y tras dividir la otra parte, nombra tetrarcas a Filipo y a Antípatro, que también eran hijos de Herodes. Pero Arquelao, como gobernaba a los judíos con crueldad y al igual que su padre, tras las súplicas de los tiranizados ante César, fue destituido en el décimo año de su reinado y condenado a vivir en Viena, en la Galia, y desde entonces Judea pasó de ser un reino a una provincia. Que Herodes, el tetrarca de Galilea y Perea, hijo de Herodes el Grande, se enamoró( como dice Josefo) de la mujer de su hermano Herodes, llamada Herodías; esta era descendiente de Herodes el Grande, nacida de su hijo Aristóbulo, a quien aquel eliminó; también tenía un hermano llamado Agripa. Herodes, tras separar a esta de su marido, la tomó por esposa. Este es quien eliminó al gran Juan el Bautista, temiendo( dice Josefo) que dividiera a su nación; pues todos, debido a la excelencia de su virtud, seguían las palabras de Juan. Bajo este también ocurrió la pasión salvadora. Que Agripa, descendiente del primer Herodes, hijo de Aristóbulo el ejecutado y hermano de Herodías, tras haber caído en innumerables fortunas y cambios, sin embargo, liberado de la custodia y las cadenas en las que Tiberio César lo había dejado al morir, es nombrado rey de la tetrarquía de Filipo( este era hermano del primer Herodes) por providencia de Cayo César, y además recibe la tetrarquía de Lisanias, y zarpa hacia Judea, mientras todos se asombran y maravillan ante lo repentino del cambio. Junto con ellos, Herodías, también asombrada, recibe una herida mortal por envidia y no deja de molestar a su marido hasta que logra que suban a Roma y el reino
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se esfuerce por conseguirlo para sí mismo. Pero él subió con ella, y Agripa lo siguió y los alcanzó justo cuando desembarcaban. Tras acusar a Herodes ante Cayo César de ser siempre hostil a los romanos( pues, mientras Tiberio aún vivía, se había hecho amigo de Sejano, enemigo de los romanos, y ahora también pensaba lo mismo contra los romanos respecto a Artabano, el rey de los partos), logra que, en lugar del reino soñado, sea privado de su propia tetrarquía y desterrado a Lyon con un castigo de exilio perpetuo. Herodías también se exilia voluntariamente con su marido; y Cayo añade su tetrarquía a Agripa. A este Agripa lo llaman el Grande para distinguirlo de su hijo, y Josefo dice que fue el más querido de los gobernantes de los judíos. Este, al parecer, para complacerlos, eliminó con la espada a Santiago, el hermano de Juan, e intentó eliminar al principal de los discípulos, Pedro, aunque fracasó. Este, tras vestirse con una prenda hecha de plata y arengar a la multitud, al no reprender las voces que escuchaba de ellos tras haber llegado al colmo de la adulación y la impiedad, recibe el castigo al instante; pues, tras un fuerte dolor en el vientre, terminó su vida a los cinco días, a los cincuenta y cuatro años de edad, habiendo reinado siete años, de los cuales gobernó cuatro bajo el reinado de Cayo, tres de ellos teniendo la tetrarquía de Filipo y en el cuarto añadiendo también la de Herodes, y los tres restantes bajo Claudio, durante los cuales, al habérselos dado César, adquirió también Judea, Samaria y Cesarea. Así muere Agripa, habiendo aparecido un búho( así llaman los romanos a este animal de la especie de las aves) sobre su cabeza cinco días antes de su muerte, al cual Josefo cree que anunció su reinado. Muere dejando cuatro hijos, un varón, Agripa, de diecisiete años, y tres mujeres, Berenice, Mariamna y Drusila. De estas, la que tenía diez años se había casado con Herodes, hermano de su padre, Mariamna tenía diez y Drusila dieciséis, a quienes los sebastenios, sin ninguna otra razón más que la locura, secuestraron repentinamente y las instalaron en burdeles, mostrándoles toda clase de ultrajes, tanto decibles como indecibles. Claudio, aunque se enfureció por esto, no exigió nada digno de tal ilegalidad. Que Agripa, el hijo de Agripa, tras la muerte de su padre, parte hacia Roma; Claudio había decidido que administrara el poder de su padre, pero al ser disuadido por los consejos de algunos que alegaban la juventud de Agripa, Onías, primo suyo, al llegar a Egipto y entablar amistad con Ptolomeo Filométor y su esposa Cleopatra, los convence de que, tras construir un templo para Dios en el nomo de Heliópolis similar al de Jerusalén, lo nombren a él sumo sacerdote. Sin embargo, Jakim, tras ejercer el sumo sacerdocio durante tres años, muere; su sucesor no fue establecido durante siete años. De nuevo, los descendientes de los hijos de Asamoneo, a quienes se les confió la protección de la nación y que lucharon contra los macedonios, nombran sumo sacerdote a Juan, quien tras gobernar siete años muere, habiendo sido tramada su muerte por las conspiraciones de Trifón; su sucesor es su hermano Simón. Este también, tras ser eliminado mediante engaños durante un banquete por su yerno, es sucedido por su hijo llamado Hircano; quien al morir deja el poder a Judas, también llamado Aristóbulo. A este lo hereda su hermano Alejandro, quien murió de enfermedad, habiendo ocupado el sacerdocio junto con el reino( pues Judas fue el primero en ceñirse la diadema) durante un año. Alejandro, tras reinar y ejercer el sacerdocio durante veintisiete años, termina su vida, habiendo encargado a su esposa Alejandra que nombrara a quien ejercería el sumo sacerdocio. Ella otorga el sumo sacerdocio a Hircano, el mayor de sus hijos, y ella misma, tras ocupar el reino durante nueve años, muere; Hircano ejerce el sumo sacerdocio durante el mismo tiempo. Pues tras la muerte de aquella, el hijo menor luchó contra su hermano( llamado Aristóbulo) y, tras arrebatarle la
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sumo sacerdocio, se ciñe tanto este como el reino de su madre. En el tercer año de su gobierno, y tras los mismos meses, Pompeyo llegó y, tras tomar la ciudad por asalto, lo envió encadenado a Roma junto con sus hijos, y tras devolver el sumo sacerdocio a Hircano, le confió la protección de la nación, pero le prohibió llevar diadema. Gobernó, además de los nueve primeros años, veinticuatro años. Barzafarnes y Pacoro, los gobernantes de Partia, tras luchar contra Hircano, lo tomaron prisionero y establecieron como rey a Antígono, hijo de Aristóbulo. Sossio y Herodes sitiaron a este, que había gobernado durante tres años y tres meses, y Antonio, tras ser llevado a Antioquía, lo decapitó. Herodes, al recibir el reino de manos de los romanos, ya no establece sumos sacerdotes del linaje de Asamoneo, sino a algunos oscuros y que solo eran sacerdotes, excepto uno; este era Aristóbulo, nieto de Hircano, el capturado por los partos, con cuya hermana, Mariamna, estaba casado. A este Aristóbulo, temiéndolo por ser de linaje brillante y por ser él mismo notable, no fuera que la multitud se inclinara hacia él, tramó que se ahogara mientras nadaba en Jericó. Sobre el nombramiento de los sacerdotes, Arquelao, su hijo, y después de él los romanos que tomaron el poder, hicieron lo mismo. Por tanto, desde los tiempos de Herodes hasta el día en que tomó y quemó el templo y la ciudad, hubo veintiocho sumos sacerdotes; el tiempo de ellos fue de ciento siete años. Algunos gobernaron durante el reino de Herodes y Arquelao, evidentemente; después de esto, el gobierno fue una aristocracia, y los sumos sacerdotes fueron los encargados de la protección de la nación. Se leyó del libro titulado Crestomatía gramatical de Proclo, selecciones. El libro está dividido en cuatro discursos. Dice en el primero que las mismas son las virtudes del discurso y del poema, pero que difieren en el más y en el menos. Y que del estilo, uno es grandioso, otro sencillo y otro medio. El grandioso es el más impactante, el más elaborado y el que muestra una belleza poética; el sencillo persigue una composición tropológica y muy elaborada, pero está más compuesto de elementos relajados, por lo que, por lo general, se adapta mejor a los lamentos. El medio, como su nombre indica, es el punto intermedio entre ambos. El florido no es un estilo por sí mismo, sino que se presenta y se mezcla con los mencionados, y se adapta a las topografías y a las descripciones de prados o arboledas. Aquellos que se desviaron de las ideas mencionadas, del grandioso pasaron al duro y elevado, del sencillo al humilde, y del medio al perezoso y relajado. También trata sobre el juicio del poema, en el que transmite cuál es la diferencia entre el carácter y la pasión. Y que de la poética, una parte es narrativa y otra imitativa. La narrativa se expresa a través de la epopeya, el yambo, la elegía y la lírica, mientras que la imitativa a través de la tragedia, los sátiros y la comedia. Y que la epopeya fue inventada primero por Femonoe, la profetisa de Apolo, al usar oráculos en hexámetros; y como los hechos seguían y estaban de acuerdo con los oráculos, el verso derivado de los metros fue llamado epopeya. Otros dicen que, debido a la elaboración y a la gran superioridad observada en los hexámetros, el nombre común de todo el discurso se apropió del hexámetro y fue llamado epopeya, tal como Homero se apropió del poeta y Demóstenes del orador, ya que también llamaban epopeyas a los trímetros. Los poetas más destacados de la epopeya han sido Homero, Hesíodo, Pisandro, Paniasis y Antimaco. Recorre de ellos, en la medida de lo posible, su linaje, sus patrias y algunas de sus acciones particulares. También trata sobre el llamado ciclo épico, que comienza desde la unión mitológica de Urano y Gea, de la cual engendran tres hijos de cien manos y tres Cíclopes. Recorre tanto lo que se mitifica de otro modo sobre los dioses entre los griegos como si algo se verifica
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hacia la historia. Y el ciclo épico termina, completado por diferentes poetas, hasta el desembarco de Odiseo en Ítaca, donde es asesinado por su hijo Telégono, que no lo conocía. Dice que los poemas del ciclo épico se conservan y son estudiados por muchos no tanto por su excelencia como por la secuencia de los hechos que contienen. También dice los nombres y las patrias de quienes compusieron el ciclo épico. También habla sobre algunos poemas ciprios, y cómo algunos los atribuyen a Estasino el chipriota, otros a Hegesino el salaminio, y otros dicen que los escribió Homero, pero que se los dio a Estasino por su hija y que, debido a su patria, el trabajo fue llamado Cipria. Pero no se establece por esta causa; pues los poemas no se escriben como Cipria con acento proparoxítono. La elegía está compuesta de verso heroico y pentámetro, y se adapta a los difuntos. De ahí que obtuviera su nombre; pues los antiguos llamaban al lamento elgein y a través de él elogiaban a los fallecidos. Sin embargo, los más recientes utilizaron la elegía para diversos temas. Dice también que destacaron en este metro Calino de Éfeso y Mimnermo de Colofón, pero también Filitas de Cos, el de Télefo, y Calímaco de Bato; este era de Cirene. Pero también el yambo se utilizaba antiguamente para las injurias; pues incluso el yambizar, en cierto idioma, decían que era injuriar. Otros dicen que proviene de una sirvienta llamada Yambe, de origen tracio; dicen que esta, cuando Deméter estaba afligida por el rapto de su hija, se acercó a Eleusis, donde estaba sentada sobre la roca llamada hoy Agelasto, y mediante algunas burlas llevó a la diosa a la risa. Parece que el yambo, antiguamente, se decía de igual manera para los escritos de censura y de alabanza; pero como algunos se excedieron en las calumnias en el metro, de ahí el yambizar cayó en el uso de injuriar, al igual que de los cómicos el ser objeto de comedia. Los poetas de yambos fueron Arquíloco de Paros, el mejor, Simónides de Amorgos o, como algunos dicen, de Samos, e Hiponacte de Éfeso; de los cuales el primero floreció en tiempos de Giges, el segundo en tiempos de Amintas de Macedonia, e Hiponacte en tiempos de Darío. Sobre la poesía lírica dice que es muy polifacética y tiene diversas divisiones. Pues una parte de ella está dividida para los dioses, otra para los hombres y otra para las circunstancias que sobrevienen. Para los dioses se refieren el himno, el prosodio, el peán, el ditirambo, el nomo, 239. 3a adonidias, iobaco, hiporremas. Para los hombres, los encomios, el epinicio, los escolios, los eróticos, los epitalamios, los himeneos, los sillos, los lamentos, los epicedios. Para dioses y hombres, los partenios, los dafnefóricos, los tripodofóricos, los oscofóricos, los suplicatorios; pues estos, escritos para los dioses, también contienen alabanzas de hombres. Los que son para las circunstancias que sobrevienen no son géneros de la lírica, sino que han sido intentados por los propios poetas; de estos son los pragmáticos, comerciales, apostólicos, gnomológicos, agrícolas, epistolares. Y dice que el himno fue llamado así por ser algo que recuerda y, por así decirlo, trae a la memoria y al recuerdo las acciones de los himnados; o por cantarlas, que es decir. Llamaban en general himnos a todos los escritos para los superiores; por eso también el prosodio y los otros mencionados parecen distinguirse del himno como especies de un género; pues es posible escucharlos escribir himno de prosodio, himno de encomio, himno de peán y similares. El prosodio se decía cuando se acercaban a los altares o templos, y al acercarse se cantaba con flauta; el himno propiamente dicho se cantaba con cítara estando de pie. El peán es un tipo de oda que ahora se escribe para todos los dioses, pero antiguamente se asignaba específicamente a Apolo y a Artemisa, cantándose para el cese de pestes y enfermedades. Por abuso del lenguaje, algunos llaman peanes también a los prosodios. El ditirambo se escribe para Dioniso, y es llamado así por él, ya sea porque
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Dioniso fue criado en una cueva de dos puertas en Nisa, o porque fue encontrado cuando se soltaron los lazos de Zeus, o porque parece haber nacido dos veces, una de Sémele y otra del muslo. Píndaro dice que el ditirambo fue encontrado en Corinto; y Aristóteles dice que quien comenzó la oda fue Arión, quien primero llevó el coro circular. Sin embargo, el nomo se escribe para Apolo, y tiene su nombre de él; pues Apolo es Nómimo, y fue llamado Nómimo porque, cuando los antiguos establecían coros y cantaban el nomo con flauta o lira, Crisótemis de Creta, al usar primero una vestimenta distinguida y tomar la cítara, cantó el nomo solo en imitación de Apolo, y al tener éxito, el modo de la competición permanece; parece que Terpandro fue el primero en perfeccionar el nomo, usando el metro heroico, luego Arión de Metimna lo aumentó no poco, siendo él mismo poeta y citaredo. Frinis de Mitilene lo innovó; pues unió el hexámetro con el libre y usó más de siete cuerdas. Timoteo más tarde lo llevó al orden actual. El ditirambo es agitado y muestra mucho entusiasmo junto con la danza, estando compuesto para pasiones que son las más adecuadas para el dios, y está agitado tanto en los ritmos como en el uso más simple de las palabras. El nomo, por el contrario, debido al dios, es relajado de manera ordenada y magnífica, y está relajado en los ritmos y usa palabras dobles. No obstante, cada uno usa las armonías adecuadas; pues uno se adapta al frigio y al subfrigio, mientras que el nomo al sistema lidio de los citaredos. Parece que el ditirambo fue encontrado a partir de la diversión en los campos y la alegría en las bebidas; el nomo parece haber fluido del peán( pues este es más común, escrito para la súplica de males, mientras que aquel es específicamente para Apolo); de ahí que no tenga el entusiasmo como el ditirambo. Allí hay borracheras y diversiones, aquí súplicas y mucho orden; pues el propio dios recorre el tañido en orden y sistema contenido. Adonidias se llaman los que se refieren a Adonis. El iobaco se cantaba en fiestas y sacrificios de Dioniso, imbuido de mucho frenesí. Hiporrema se llamaba la oda que se cantaba con danza; pues los antiguos a menudo tomaban el hipo en lugar del meta. Algunos dicen que los inventores de estos fueron los Curetes, otros Pirro, el hijo de Aquiles; de ahí que también llamen pírrica a un tipo de danza. El epinicio se escribía en el momento mismo de la victoria para los que destacaban en las competiciones. El escolio se cantaba durante las bebidas; por eso a veces lo llaman paroinio; es relajado en su composición y muy simple. Se ha llamado escolio no, como algunos pensaron, por antífrasis; pues las cosas por antífrasis generalmente apuntan al eufemismo, no cambian lo eufemístico a mala fama; sino porque, al estar ya ocupados los sentidos y relajados los oyentes por el vino, en ese momento se introducía la bárbiton en los simposios y cada uno, dionisíaco, se cortaba con dificultad en la pronunciación de la oda. Lo que ellos mismos sufrían por la embriaguez, al convertirlo en la oda, llamaban escolio a lo más simple. Los eróticos es evidente que cantan circunstancias amorosas de mujeres, niños y vírgenes. Y los epitalamios los cantaban los jóvenes y las vírgenes en las cámaras nupciales para los recién casados. Dice que el himeneo se canta en las bodas por el deseo y la búsqueda de Himeneo, el hijo de Terpsícore, quien dicen que desapareció al casarse, otros dicen que en honor del Himeneo ático; pues dice que este una vez, al perseguir, arrebató a doncellas áticas de unos piratas. Yo creo que es una preanunciación de una vida feliz y que se desea conjuntamente a los que se unen para la comunión del matrimonio con afecto, entrelazando el deseo en dialecto eólico, como que estos himeneen y concuerden siempre viviendo juntos. El sillo contiene injurias y burlas moderadas de los hombres
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Difiere del epicedio el lamento, en que el epicedio se dice junto al duelo mismo, mientras el cuerpo aún está expuesto; el lamento no está limitado por el tiempo. Los llamados partenios se escribían para coros de vírgenes. A estos también caen los dafnefóricos como género; pues los sacerdotes, al llevar laureles en Beocia cada nueve años a los lugares de Apolo, lo celebraban a través de un coro de vírgenes. Y la causa: todos los eolios que habitaban Arne y los lugares de allí, al levantarse de allí por un oráculo y establecerse, saqueaban Tebas, que estaba ocupada por los pelasgos. Al llegar una fiesta común de Apolo para ambos, establecieron treguas y, cortando laureles, unos desde el Helicón, otros cerca del río Melas, los llevaban a Apolo. Polematas, el jefe de los beocios, soñó que un joven le daba una armadura y hace votos a Apolo de ordenar que lleven laureles cada nueve años. Después del tercer día, al atacar, vence a los enemigos y él mismo realizaba la dafneforia; y la costumbre se conserva desde entonces. La dafneforia: decoran una rama de olivo con laureles y flores variadas y en la punta se ajusta una esfera de bronce, y de esta cuelgan otras más pequeñas; en medio de la rama, al poner otras menores que la esfera de la punta, atan cintas púrpuras; los extremos de la rama los cubren con azafrán. La esfera superior quiere representar para ellos el sol( al cual también refieren a Apolo), la que está debajo la luna, las esferas colgantes los astros y las estrellas, y las cintas el curso anual; pues también las hacen trescientos sesenta y cinco. Comienza la dafneforia un niño cuyos padres viven, y el más cercano a él lleva la rama decorada que llaman copo. El propio dafnefórico, siguiéndolo, toca el laurel, con los cabellos sueltos, llevando una corona de oro y vestido con una túnica brillante hasta los pies, y calzado con sandalias; a este le sigue un coro de vírgenes extendiendo ramas como súplica, cantando. Acompañaban la dafneforia hacia Apolo Ismenio y Calazio. La oda tripodofórica se cantaba entre los beocios precedida por un trípode. Esto también tuvo tal causa. Algunos pelasgos saqueaban Panacto de Beocia, y los tebanos defendían; y al enviar a Dodona sobre la victoria de la guerra, consultaban. Un oráculo salió a los tebanos de que, si cometían el mayor sacrilegio, vencerían. Les pareció entonces que el mayor de los sacrilegios era eliminar a la que les dio el oráculo, y la eliminaron. Las sacerdotisas que estaban alrededor del recinto exigían que los tebanos pagaran por el asesinato. Los tebanos no permiten que solo las mujeres juzguen sobre ellos; al realizarse un juicio común de hombres y mujeres y los hombres darles votos blancos, los tebanos escaparon. Más tarde, al reconocer lo que el oráculo les ordenaba, al tomar uno de los trípodes de los santuarios de Beocia y cubrirlo como sacrílegos, lo enviaron de vuelta a Dodona. Al tener éxito desde entonces, hacían de la acción una fiesta. Los cantos oscofóricos se cantaban entre los atenienses. Del coro, dos jóvenes vestidos como mujeres, llevando una rama de vid llena de racimos florecientes( lo llamaban osje, de donde también el nombre para las odas), guiaban la fiesta. Dicen que Teseo fue el primero en comenzar la obra; pues, al emprender voluntariamente el viaje a Creta, liberó a su patria de la desgracia del tributo, dando gracias a Atenea y a Dioniso, quienes se le aparecieron en la isla de Día, hacía esto usando a dos jóvenes criados en la sombra como servidores para el servicio sagrado. La procesión de los atenienses era desde el templo de Dioniso hasta el recinto de Atenea Escirada. El coro seguía a los jóvenes y cantaba las odas. De cada tribu, los efebos competían entre sí en carrera; y el primero de ellos probaba de la llamada copa quíntuple, que se mezclaba con aceite y
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Escribir versos o discursos, aunque estaba profundamente enamorado, le resultaba imposible. Que, habiéndose producido una batalla antes de la ciudad de Roma entre los romanos y los escitas que conducía Atila, mientras Valentiniano reinaba en Roma después de Honorio, fluyó tal matanza por ambas partes que ninguno de los que se enfrentaron en la batalla sobrevivió, a excepción de los jefes y los pocos guardaespaldas que los rodeaban. Lo más absurdo es que dicen que, una vez que los combatientes cayeron, habiendo desfallecido sus cuerpos, permanecieron luchando con sus almas durante tres días y noches enteros, sin ceder en nada en el combate a los vivos, ni en cuanto a las manos ni en cuanto al espíritu. Se veía y se oía, en efecto, a los espectros de las almas enfrentándose y chocando sus armas. Y dice que otros espectros antiguos de guerras similares aparecen hasta el día de hoy, salvo que estos, en lo demás, en todo lo que los hombres vivos hacen durante la guerra, no se quedan atrás en nada, pero no emiten sonido alguno. Y que uno aparece en la llanura que hay junto al lago de Sogda, y que el espectro aparece al amanecer, cuando la luz ya ilumina la tierra, y un segundo en el lugar de Curvos, en Caria; pues en este dice que no aparece cada día, sino que a veces deja pasar algunos pocos, y ni siquiera estos determinados, vagando por el aire desde el alba hasta la salida brillante del sol, como fantasmas sombríos de almas luchando entre sí. Y también en nuestros tiempos muchos contaron, no siendo capaces de mentir, que en Sicilia, en la llamada llanura de Tetrapirgio, y en otros no pocos lugares de ella, se ven espectros de jinetes enemigos atacando, sobre todo en la época del verano, cuando el mediodía está en su cenit. Que dice que el caballo de Severo( este era romano, y habiendo dado Antemio esperanzas de que Roma, caída, se levantaría de nuevo a través de él, regresó a Roma, habiéndose retirado antes de ella, y obtuvo la dignidad consular), el caballo de este, pues, al que usaba la mayor parte del tiempo, al ser cepillado, emitía chispas de su cuerpo, muchas y grandes, hasta que el prodigio se cumplió para él en la magistratura consular en Roma. Pero también a Tiberio un asno, como dice Plutarco de Queronea, siendo aún un joven y pasando el tiempo en Rodas en estudios retóricos, le presagió el imperio a través del mismo fenómeno. Pero también que uno de los que estaban con Atila, Balimeris, despedía chispas de su propio cuerpo; y este Balimeris era el padre de Teodorico, quien ahora posee el mayor poder de toda Italia. Y el autor habla también de sí mismo: A mí también, al vestirme y desvestirme, aunque esto sucede raramente, me ocurre que saltan chispas extraordinarias, a veces incluso produciendo un chasquido, y a veces llamas enteras iluminan la túnica, sin quemarla, sin embargo. Y que ignora en qué terminará el prodigio. Y dice haber visto también a cierto hombre que emitía chispas de su cabeza, y que incluso encendía una llama cuando quería, al frotarse con una túnica áspera. Conducía el caballo con toda la velocidad que tenía; y tenía menos que los demás. Tras fracasar en los asuntos políticos, se volcó a la vida tranquila y sin ocupaciones, por odio a las dificultades de la vida pública. Llegaron también a Severo unos brahmanes a Alejandría, y los recibió en su propia casa y con la atención debida; ellos permanecían en el lugar, en la casa, muy dignamente, sin necesitar baños públicos ni ninguna otra visión de las que ocurren en la ciudad, sino que evitaban lo exterior. Comían dátiles y arroz, y su bebida era el agua. Estos no eran ni de los brahmanes que viven en las montañas ni de los indios establecidos en las ciudades, sino simplemente anfibios que servían a los brahmanes en lo que fuera necesario para las ciudades, y a las ciudades, a su vez, en lo que fuera necesario para los brahmanes. Y estos también hablaban sobre los brahmanes de las montañas lo mismo que los autores cuentan sobre ellos, que logran con oraciones lluvias y sequías, y alejamientos de hambres y pestes, y otras desviaciones de males, siempre que el destino no tenga algo como incurable. Y decían también estos
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que entre ellos se cuentan hombres de un solo pie, y dragones extraordinarios en tamaño de siete cabezas, y otras cosas que tienen mucho de absurdo. Que Severo decía haber visto una planta llamada gorgoniada, cuya raíz es exactamente igual a una virgen que tiene la cabeza cubierta con trenzas de serpientes. Que la adivinación a través de las nubes, en absoluto conocida por los antiguos ni de oídas, la descubrió una mujer llamada Antusa en los días de León, el emperador de los romanos; la mujer descendía de Egas de Cilicia, y su origen remoto venía de los establecidos en Capadocia sobre el monte Comano de los Orestíadas; y que remontaba su linaje hasta Pélope. Esta, preocupada por su marido, a quien se le había confiado un mando militar y había sido enviado a la guerra en Sicilia junto con otros, rezó para prever en sueños lo que sucedería, y rezó al sol naciente. El padre se le apareció en sueños y le ordenó rezar también al poniente. Y mientras rezaba, de un cielo despejado se formó una nube alrededor del sol, y de allí creció y se configuró en forma de hombre; y otra nube, separada de ella, aumentaba hasta un tamaño igual y se configuraba en una fiera, un león; este se enfurecía, y el león, habiendo abierto una gran fauce, devora al hombre. El espectro humano y formado de nubes se parecía a un godo. Poco después de estos espectros, el emperador León asesinó con engaños al jefe de los godos, Ásper, y a sus hijos. Desde aquel tiempo, pues, Antusa permaneció hasta ahora practicando siempre el método de la adivinación a través de las nubes. Que los egipcios teologizan que Sotis es Isis, mientras que los griegos atribuyen este astro a Sirio, y así lo representan, o más bien lo muestran impreso en el cielo, como un perro, Sirio, que es seguidor de Orión mientras caza. Algunos, sin embargo, pasaron inadvertidos al romper y destruir el santuario, y los habitantes locales, careciendo de ayuda teúrgica, apenas logran salvar para sí el puerto con esfuerzo y arte humanos. Los otros, los servidores de la mujer, perseguían al perro que huía, que había arrebatado las carnes de la avestruz libia. Mientras cavaban, surge y aparece el frontón de un templo antiquísimo. Que Hermias era de linaje alejandrino, y padre de Amonio y Heliodoro. Este era de naturaleza afable y de carácter sencillo, y escuchó también a Siriano junto con Proclo. En laboriosidad no era segundo de nadie, pero no era muy agudo ni inventor de argumentos demostrativos, ni tampoco un valiente buscador de la verdad; por tanto, tampoco era capaz de luchar contra los que planteaban dificultades con firmeza, aunque recordaba, por así decirlo, todo lo que había oído explicar al maestro y lo que estaba escrito en los libros. Pero la capacidad de automoción no florecía con su erudición. En cuanto a la virtud, estaba bien ejercitado, de modo que ni el mismo Momo podría haberlo censurado ni el Envidia odiado. Este, cuando un particular le vendía un libro y pedía menos de lo que valía, corrigió el error y lo compró por más. Y no una sola vez demostró esta justicia, de la cual los demás no tenían ni la menor preocupación, sino muchas veces, cuantas veces sucedía que el vendedor ignoraba el precio justo, no amando el hallazgo como los demás, ni pensando que no cometía ninguna injusticia si compraba cualquier cosa voluntariamente a quien voluntariamente vendía. Pues pensaba que había en el asunto una cierta emboscada y engaño, que no dice la mentira pero calla la verdad, y que siendo una injusticia que pasa inadvertida para la mayoría, no violenta sino furtiva, y no peligrosa como la de un ladrón, sino que, aunque permitida por la ley, trastorna lo justo. Que el hermano de Hermias, Gregorio, era todo lo contrario, agudísimo hasta el exceso y de fácil movimiento hacia las investigaciones y los aprendizajes, pero por lo demás no tranquilo ni portador de serenidad alguna en sus costumbres, sino algo perturbado; más tarde, además, fue presa de la enfermedad en mayor grado, de modo que su instrumento para los razonamientos se volvió difícil de usar y muy alterado. Que a Hermias
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de Edesia nace un niño mayor que los hijos filósofos, y Edesia jugaba con el hijo, que tenía siete meses desde su nacimiento, como es natural, y lo llamaba' babion' o incluso' niño', usando un diminutivo en su voz. Él, al oírlo, se indignó y reprendió este diminutivo infantil, emitiendo la reprensión de forma clara y articulada. Y cuenta muchas otras cosas sobre este niño, y que, no soportando la vida en el cuerpo, se apartó de la vida a los siete años; pues este lugar alrededor de la tierra no contenía su alma.' Babia' llaman los sirios, y especialmente los de Damasco, a los niños recién nacidos, y ya también a los jóvenes, por la diosa Babia que ellos consideran. Pues ya en algunos de los que tienen los oídos rotos y a la vez las mentes corrompidas, los secretos de la filosofía se convirtieron en comedia y mucha risa. Que el alejandrino Hierax, que floreció junto con Amonio, dice haber visto un animal pánico siendo transportado de Etiopía a Bizancio, parecido exactamente a los que se escriben y representan; y haber oído su voz mientras era llevado por Alejandría, como si chirriara. Que Amonio fue muy laborioso, y benefició a la mayoría de los exégetas que jamás han existido; más bien, se ejercitó en las obras de Aristóteles, y además destacó no solo entre los de su tiempo, sino también entre los compañeros mayores de Proclo, y poco me falta para decir que entre todos los que han existido, en lo referente a la geometría y la astronomía. Y Proclo admiraba el rostro de Isidoro, pues era divino y lleno de vida interior de filósofo; y los ojos, que aclaraban la agilidad de su mente, y junto con ellos, una dulzura digna y una modestia natural que corría hacia él, atraían al filósofo. Que el retórico Eunoyos era de mente lenta. Ya lleno de espíritu juvenil y arrogante en sus discursos. Que Supriano, habiendo comenzado los estudios retóricos a los treinta años, aunque era de naturaleza algo más torpe, sin embargo, por exceso de laboriosidad, más tarde fue proclamado sofista en la brillante y célebre Atenas, no quedando muy atrás de la gloria de Lahares. Que también Lahares pareció haber tenido éxito en la retórica más por diligencia que por naturaleza. Lo demuestra su naturaleza más innoble y sus escritos. Un hombre sagrado y que celebraba con magnificencia los misterios divinos. Que el sofista Mitrofanes era descendiente de Lahares. Que el autor dice haber visto una estatua de Afrodita erigida como ofrenda del sofista Herodes. Esto, pues, dice, al verlo, sudé por asombro y estupor, y de tal modo quedó dispuesta mi alma por la alegría, que no era capaz de regresar a casa, y muchas veces, al irme, volvía al espectáculo; tanta belleza le mezcló el artista, no algo dulce y afrodisíaco, sino severo y varonil, armado, pero como si regresara de una victoria celebrada y mostrara el regocijo. Que dice haber visto a Hierio, hijo de Plutarco, que filosofaba bajo Proclo, en la llamada casa de Quirino, una cabeza humana pequeña, tan pequeña que en tamaño y forma no se diferenciaba de un garbanzo; por eso se llamaba garbanzo; pero que lo demás era una cabeza humana, y que tenía ojos y rostro y cabellos arriba y boca completa, y que de la boca emitía una voz tan grande como la de mil hombres. Habiendo dicho este prodigio sobre el garbanzo de la cabeza, el autor cuenta otros mil sobre ella dignos de que Damascio, el impío, los escriba y los crea. Salustio, al estilo cínico, no seguía el camino acostumbrado de la filosofía, sino el marcado para la refutación y la injuria y el trabajo más intenso por la virtud. Este se calzaba raramente, o bien llevaba las' ifikratidas' áticas o las sandalias habituales. Y no parecía nunca durante mucho tiempo ni enfermo de cuerpo ni atormentado de alma, sino que( como se dice) soportaba el ejercicio con cuello erguido. Bellas y dignas de alabanza son las acciones políticas, y todas las filantropías de ese tipo. El
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rey de los cartagineses, Genserico, al oír que los romanos habían asesinado con engaño y contra los juramentos a Marcelino, su aliado contra él, se alegró mucho por las esperanzas de la victoria, y pareció haber dicho una frase que no correspondía a un cartaginés sino a un rey romano; pues dijo que los romanos se habían cortado la mano derecha con la izquierda. Marcelino era un jefe soberano de la región de Dalmacia, griego por su reputación. Que Salustio, al mirar a los ojos de los que se encontraba, predecía cada vez la muerte que iba a ocurrir a cada uno por la fuerza. La causa de la predicción ni él mismo podía decirla; aunque intentaba, al ser preguntado, culpar a la oscuridad de los ojos y a lo nublado y lleno de humedad, como si se reflejara en las mismas pupilas por los duelos. Y dice que un tal Uranio, ciudadano de Apamea en Siria y que había gobernado Cesarea en Palestina, reconocía de la misma manera a los magos malditos por los ojos. Y el autor dice también que un tal Nomo, ciudadano suyo, reconocía a los asesinos ocultos por la visión de los ojos de los que se encontraba. Y el que cruzó el Egeo, Isidoro, y él mismo también Asclepiades, decían haber visto un mechón en el río Nilo demoníaco por su tamaño y belleza. Y de nuevo, en otra ocasión, mientras ambos banqueteaban junto al Nilo( y estaba presente como tercero nuestro filósofo), surgió del río un mechón que, a la vista, era de cinco codos. Y cuenta muchos espectros de ese tipo. Que dice que Asclepiades subió a la montaña del Líbano, cerca de Heliópolis de Siria, y vio muchos de los llamados betilos o betulos, sobre los cuales cuenta mil prodigios dignos de una lengua impía. Y dice que él mismo y Isidoro vieron esto tiempo después. La estirpe sagrada vivió por sí misma una vida amada por los dioses y feliz, tanto el que filosofaba como el que servía a las cosas divinas. Encendían los altares con fuego santo. Que la pantera, dice, siempre tiene sed, el halcón nunca; por eso raramente se le ve bebiendo. El hipopótamo es un animal injusto, de donde también en los caracteres jeroglíficos significa injusticia; pues habiendo matado a su padre, violenta a su madre. El sucho es justo; y sucho es el nombre y la forma del cocodrilo; pues no daña a ningún animal. El gato distingue las doce horas, orinando siempre en cada una, noche y día, como un instrumento que marca las horas. Pero también, dice, se cuentan las luces de la luna con sus propios nacimientos. Pues el gato tiene siete en el primer parto, seis en el segundo, cinco en el tercero, cuatro en el cuarto, tres en el quinto, dos en el sexto y, sobre todos, uno en el séptimo; y que hay tantos nacimientos del gato como luces tiene la luna. El cebo( es una especie de mono) eyacula durante la conjunción del sol y la luna. El órix, el animal, al estornudar, señala la salida de Sotis. Hasta que sus jefes se dividieron en una disputa destructora de la ciudad. Y predecía según la visión secreta. Y la masa que apareció en la pared de luz, como si se hubiera solidificado, se configuraba en un rostro, un rostro verdaderamente divino y sobrenatural, que no se regocijaba con gracias dulces sino severas, pero hermosísimo de ver y no menos mostrando lo apacible sobre lo severo. Al cual los alejandrinos honraron siendo Osiris y Adonis según la teocracia mística. Que había, dicen, en la naturaleza de Heraisco el filósofo algo que rechazaba las contaminaciones de la generación; si, en efecto, percibía que hablaba una mujer impura, de cualquier modo y desde donde fuera, le dolía inmediatamente la cabeza. Así, pues, siempre acompañaba al que vivía algo divino; pero al morir, cuando Asclepiades se preparaba para rendir los honores acostumbrados por los sacerdotes, y entre otras cosas las envolturas osiríacas sobre el cuerpo, inmediatamente se iluminaba con luz por todas partes de las mortajas diagramas secretos, y alrededor de ellos se veían formas de espectros divinos. Y su primer nacimiento también fue sagrado y místico. Se dice que descendió de la madre a la luz teniendo en los labios el dedo que impone silencio, como los egipcios
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mitologizan que nació Horus, y antes de Horus, Helios. Y puesto que el dedo había crecido unido a los labios, necesitó una incisión, y el labio permaneció siempre visto como cortado, mostrando la señal del nacimiento secreto. Se dice también que Proclo confesaba que Heraisco era mejor que él; pues lo que él mismo sabía, también lo sabía aquel, pero lo que Heraisco, ya no Proclo. Que este dice que Antemio, el que reinó en Roma, era de mentalidad griega y de la misma mentalidad que Severo, quien estaba dedicado a los ídolos, a quien él mismo nombra cónsul, y que el consejo secreto de ambos era renovar la abominación de los ídolos. Que también este sostiene que Illo y Leoncio, a quien aquel nombra emperador contra Zenón, pensaban y querían lo mismo hacia la impiedad, habiéndolos arrastrado Pamprepio hacia ella. Que sobre Pamprepio, el autor cuenta también el prodigio y lo más increíble para los amigos, y la muerte violenta igual que los otros; y Pamprepio era egipcio de linaje, gramático de profesión. No estoy dispuesto a decir un asunto incierto en cuanto a la verdad y pronto para la enemistad. Quiero, sin embargo, dejando ya al Pitio, volver a Heraisco, el eubeo. Gritaba lo más fuerte posible. Los cabellos de la cabeza le caían hasta los hombros. Que los fenicios y sirios llaman a Cronos El, Bel y Bolatín. Entraron en el cauce del río Meandro para cruzarlo nadando, él mismo y Asclepiodoto, que había sido su pedagogo desde antiguo; el Meandro, habiéndolos atrapado en medio de los remolinos, los sumergía, hasta que Asclepiodoto, emergiendo un poco, lo suficiente para ver el sol, dijo:' morimos', y pudo añadir algo secreto. Entonces, de repente, sin ninguna providencia evidente, yacían en la orilla del río medio muertos; luego, habiendo recuperado las almas, se retiraron de las mismas corrientes del Hades. Así, Asclepiodoto adquirió un poder divino, y esto estando aún con el cuerpo. Los carios llaman a este lugar los atrios de Apolo. Asclepiodoto, pues, regresando a casa desde los atrios a Afrodisias, el sol ya se había puesto, y él vio la luna saliendo de repente como si fuera luna llena, aunque no estaba en el signo zodiacal que se opone al sol. Pero, en efecto, también esta estatua la derribó la necesidad que derriba todas las cosas antiguas. Era alejandrino de linaje, de padres no ilustres en cuanto a la fortuna, pero afables por lo demás y sagrados. Que sobre Jacobo el médico, que era de linaje casi alejandrino, pero más remotamente de Damasco, hijo de un médico que pasó cuarenta años en la experiencia y recorrió casi el mundo entero en el ejercicio y juicio del arte, quien también enseñó a Jacobo, el hijo, la medicina durante los mismos años; sobre este Jacobo, pues, como otros, cuenta muchas cosas paradójicas, y cómo, al oír que una mujer estornudó más de lo normal, perdió todos los dientes, y por este solo hecho ocurrido, anunció todo sobre la mujer, la forma y el color del cuerpo y el tamaño y todo lo que es más natural de las costumbres del alma. Que el padre de Jacobo, después de su largo vagar por el mundo, llegó también a Bizancio, dice, y encontró a los médicos de allí que no sabían nada preciso del arte ni por experiencia propia, sino que no curaban, sino que desvariaban a partir de las opiniones ajenas.( Ambos, tanto el hijo como el que lo engendró, eran impíos). Que estos usaban contra las enfermedades muchos purgantes y baños, pero no estaban muy dispuestos a operar con hierro y fuego, sino que combatían incluso las úlceras más graves con dieta; y no admitían la sangría. Jacobo convencía a los ricos que trataba de ayudar a la pobreza enferma, y él mismo curaba gratis, contentándose solo con el salario público. Que dice el autor: Vi una imagen de Jacobo en Atenas, y me pareció que el hombre no era muy agraciado, pero sí digno y grave. Este Jacobo, a Proclo, que estaba enfermo, pasando el tiempo en Atenas y siendo admirado, le ordenó abstenerse de la col, pero hartarse de malvas; el
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cual, según la ley pitagórica, no soportó comer malva. Asclepiodoto no tenía la inteligencia completa, como pareció a la mayoría de los hombres, sino que era agudísimo para plantear dificultades, pero no muy perspicaz para comprender, ni él mismo era igual a sí mismo, sobre todo en las cosas más divinas, las que son invisibles e inteligibles y propias de la mente de Platón. Y hacia la sabiduría órfica y caldea, la más elevada y que supera la mente común de la filosofía, quedaba aún más atrás. Pero en la fisiología era el más vigoroso de todos los de su tiempo; igualmente en las matemáticas, de las cuales también obtuvo para las otras cosas la gran fama de su naturaleza. En lo referente a las costumbres y virtudes, intentaba siempre innovar algo, y contraer la teoría hacia las cosas inferiores y visibles, no ordenando( por así decirlo) nada de los pensamientos antiguos, sino empujando y bajando todo hacia esta naturaleza que está alrededor del mundo. Que Asclepiodoto, siendo muy inteligente en música, no fue capaz de recuperar el género enarmónico perdido, aunque cortó y tocó otros dos géneros, el llamado cromático y el diatónico. Pero el enarmónico no lo encontró, aunque cambió y trasladó, como decía, no menos de doscientas veinte' magadas'. La causa de la no invención es la medida mínima de los intervalos enarmónicos, que llaman' diesis'. Esto, perdido de nuestra percepción, hizo perder también el otro género, el enarmónico. Que Asclepiodoto, habiendo aprendido la medicina con Jacobo, y caminando sobre sus huellas, en algunas cosas incluso lo superó; pues él mismo renovó el uso del eléboro blanco, perdido desde antiguo y no recuperado ni siquiera por Jacobo, y a través de él curó paradójicamente enfermedades incurables. Que Asclepiodoto, de los médicos más jóvenes, solo aceptaba a Jacobo, y de los más antiguos, después de Hipócrates, a Sorano el cilicio de Malos. Por tanto, Asclepiodoto también formó a Damiané, que era muy modesta y absurda, su propia esposa, de espíritu elevado y varonil para la administración, como sensata y no delicada para la convivencia. Que en Hierápolis de Frigia había un templo de Apolo, y bajo el templo había una cueva que proporcionaba alientos mortales. Este pozo no es seguro ni siquiera desde arriba para que pasen los animales alados, sino que todo lo que pasa por él, perece. Pero a los iniciados, dice, les era posible bajar y pasar al mismo antro sin daño. El autor dice que él mismo y Doro el filósofo, vencidos por el entusiasmo, bajaron y subieron sin sufrir males. El autor dice que entonces, habiendo dormido en Hierápolis, me pareció en sueños ser Atis, y que se celebraba para mí por la madre de los dioses la fiesta de los llamados Hilarios; lo cual significaba nuestra salvación ocurrida desde el Hades. Conté a Asclepiodoto, al regresar a Afrodisias, la visión del sueño. Él admiró lo ocurrido, y contó no un sueño en lugar de un sueño, sino un prodigio mayor en lugar de uno menor. Pues decía que de joven había ido a este lugar y lo había probado en su naturaleza. Dos o tres veces, pues, dobló la túnica alrededor de la nariz para que, aunque respirara muchas veces, no respirara el aire corrompido y dañino, sino el inofensivo y salvador, que introdujo desde fuera tomándolo en la túnica; habiendo hecho esto, entraba en la bajada, siguiendo el flujo de las aguas calientes, hasta la mayor parte del antro inaccesible, pero no llegó hasta el final de la bajada; pues la entrada se rompía hacia una profundidad ya grande de las aguas, y no era transitable para un hombre, sino que el que bajaba era llevado entusiasmado hasta el final. Asclepiodoto, sin embargo, subió de allí sin sufrir males gracias a su propia sabiduría; pero también más tarde, habiendo preparado un aliento parecido al mortal a partir de diferentes especies, lo consiguió. Aparte de las definiciones de los filósofos y de los sacerdotes
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no menos que las llamadas de los misios y frigios. Pero, sin embargo, el Patricio se atrevió, contra la ley de la filosofía, a lanzarse hacia estas cosas. Ella dijo:' yo soy campesina y rústica'. Pero levantándose del sueño y apoyándose en el codo sobre el lecho, dijo. Era ingenioso y sociable, no solo hacia la compañía que se esforzaba, sino también hacia la que a veces jugaba, de modo que era muy agradable para los que se acercaban, además de útil. Invocaba al dios ante un dolor agudo de la evacuación de los conductos posteriores. Llevaba consigo a su esposa, que estaba embarazada. Estando acostado en el lecho, sucedió que vio de repente a la Justicia, una joven brillante, bien ceñida, con una túnica corta de color membrillo ceñida, decorada con amplios signos púrpuras, con la cabeza atada con una cinta, desnuda de manto, mirando algo severo y con el ceño fruncido, no hacia él, sino hacia la entrada. Que Asclepiodoto el filósofo, discípulo de Proclo, leía letras en la oscuridad profunda, dice, sin luz, y distinguía a las personas presentes. Una cabeza de serpiente, pues, que cayó una vez en Caria en el campo de Piteo el cario, y fue llevada al mismo Piteo, dice que él mismo la vio, siendo del tamaño de la cabeza de un toro muy grande. Y que Asclepiodoto vio también un dragón vivo suspendido en el aire nublado, fijado y atrapado por el viento, en la densidad de las nubes, permaneciendo inmóvil, como una gran pértiga extendida; y que lo vio, y lo mostró también a los presentes, y al espesarse más las nubes, la fiera desapareció. Que el sucesor de Proclo, dice, Marino, era de linaje de la Neápolis de Palestina, establecida junto a la montaña llamada Argarizo. Luego, blasfemando, el impío, dice el autor:' En la cual está el santuario más sagrado del Zeus Altísimo, al cual estaba consagrado Abram, el antepasado de los antiguos hebreos, como decía el mismo Marino'. Marino, pues, habiendo sido samaritano desde el principio, renunció a la opinión de aquellos, ya que se había desviado hacia la innovación desde la religión de Abram, y amó las cosas de los griegos. Sin embargo, Marino, aplicándose con laboriosidad y trabajos incansables, enterró con su propio nombre las opiniones de muchos que ya eran más inteligentes y de los mayores. Isidoro no le permitía preguntar, estando molesto por la debilidad del cuerpo, por precaución ante lo molesto. Pero Marino, por lo que conversaba y por lo que escribió( y estas cosas son pocas), era evidente que no cosechaba un surco profundo de pensamientos, de los cuales brotan las sabias visiones de la naturaleza de los seres. El excelente jefe Ptolomeo de la ciencia que observa los astros. Transcribía lo que agradaba a los exégetas, dejando para sí mismo recordatorios hacia la vejez del olvido, como dijo Platón, y atesorándolos. Y Proclo, viendo la efusión del cuerpo, temía por el joven. El que ha muerto, pues, este feliz ahora, el alma digo y el espectro del alma, se me apareció claramente mientras yacía en este lecho. Y no es justo desconfiar del relato confirmado por la visión evidente del sabio principal y por la audición reciente, del segundo después de aquel en cuanto a la verdad, y además por el tercer paso y el que ha bajado a esta escritura bajo la procesión amante de la verdad de mi anuncio. Y Proclo se entregaba a las esperanzas que miraban hacia él, de no deshonrar la dignidad de Platón, ni de dar la espalda al juicio de Jámblico ni al de Plutarco, ni tampoco de pensar más alto que la elección útil para todos. Pero cuanto más crecía la grandeza de la sucesión en el discurso, tanto más Isidoro se contraía ante la persuasión, siendo una carga mayor de lo que podía llevar por sí mismo. Proclo, temiendo por la cadena de Platón, verdaderamente de oro, no sea que nos abandone la ciudad de Atenea. Y temiendo por Marino debido a la debilidad del cuerpo. Se implanta un amor verdadero por la filosofía; y habiendo roto todo vínculo nacido de la tierra, habiendo pisoteado casi todas las esperanzas, honores y riquezas, llega a Atenas. Pero, en efecto, tal es también el filósofo Zenodoto, del que se cuenta,
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Fue el único considerado digno de ser llamado el favorito de Proclo, en quien, por cierto, depositaba sus mayores esperanzas. Y no era, en absoluto, alguien arrogante, ni rudo, ni pretencioso en su trato. Poseía una nobleza innata, una grandeza de carácter y una dedicación y esmero evidentes en sus estudios. Pues, en comparación con los demás convocados al gran consejo, Teágenes no solo era un hombre que sobresalía en todo, sino que ya era, en cierto modo, un filósofo. El patrimonio de los sucesores no era, como muchos creen, el de Platón desde el principio; pues Platón era pobre y solo poseía el jardín de la Academia, cuya renta era de tres monedas, mientras que el patrimonio total bajo Proclo ascendía a mil o incluso más, ya que muchos de los que morían dejaban sus bienes a la escuela. Ahora, pues, volvamos atrás en el discurso que dejamos pendiente. Asclepiodoto se adornaba con todos los esplendores de la vida, mientras que Isidoro no poseía ninguno de ellos, sin haber hecho alarde de su matrimonio, sino que era un filósofo en el sentido estricto; cada uno llegó a la cima, el uno de naturaleza impetuosa, y el otro, Asclepiodoto, yerno del gran Asclepiodoto por su hija, con quien ya estaba comprometido, de una precisión meticulosa. Una fuente brota agua sagrada y potable. De modo que un hombre poético diría que su boca y el resto de su rostro son la morada de las propias Gracias. Pues si alguna vez ellos mismos necesitaban algo, acudían de inmediato a él, amigos ante un amigo. Isidoro era muy diferente de Hipatia, no solo como hombre frente a una mujer, sino también como filósofo en el sentido estricto de la geometría. Severiano, de carácter rígido y empeñado en llevar a cabo todo lo que se proponía, anteponía la acción a la deliberación, y por eso su vida se vio frustrada en muchos aspectos. Pues no progresaba fácilmente, ni crecía codo a codo, como Teodoro de Asine creció bajo Porfirio. De modo que, desde el principio, solo ofrecía al cuerpo lo necesario y permaneció libre de placeres sexuales durante toda su vida. Pamprepio pareció en poco tiempo ser muy docto y erudito; tanto se esforzaba en la educación preparatoria, que la poesía y la gramática enseñan con destreza. Era egipcio, y tras practicar la poesía en su patria, llegó a Atenas. Los atenienses lo hicieron gramático y lo establecieron como maestro de los jóvenes. Zenón, siendo cobarde por naturaleza y viendo que Illus era amado en el juicio y que ya tenía gran poder, sentía temor por él y, por desconfianza, no podía estar tranquilo, sino que recorría todos los caminos y tramaba todas las intrigas para deshacerse de Illus. El jefe de los que controlaban el Estado, encargado de supervisar la opinión pública, llamado Pedro, era un hombre insolente y muy astuto. Pero quizás también allí prevalecían los oráculos de Pamprepio, que siempre se demoraban y posponían la guerra para otros tiempos. Pamprepio, al llegar a Egipto, dio a Isidoro la impresión, por sus palabras, de que no estaba bien dispuesto hacia Illus. Pero ya parecía estar a punto de traicionar, e incluso de despreciar el imperio romano. Esta roca, extendida por arriba en gran anchura, se estrecha por abajo lo suficiente como para sostener la amplitud suspendida en el aire, sobresaliendo en muchos puntos sobre la base rocosa que la sostiene; podrías compararla con un gran cuello que sostiene una cabeza enorme y digna de ver. Volvamos de nuevo la narración a Isidoro. Isidoro no era engreído, ni difícil de tratar, ni ignoraba la llamada conducta estoica. Y era posible verlo entonces radiante y alegre, con el cuerpo floreciente y el alma aún elevada, a pesar de que las preocupaciones sobre la muerte persistían. Un hombre malvado y de vida infame. Ante Atanasio, que supervisaba entonces la opinión dominante. Arrojaban estos objetos a los enseres de Juliano. Isidoro dispuso el cofre y los demás enseres para que estuvieran listos y a mano, como para enviarlos al mercado.
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Un grupo de hombres organizado para el asalto. Él ordenaba a sus sirvientes que comenzaran a usar los látigos. Y volvió a encerrar a los filósofos en la cárcel bajo el veredicto de un segundo interrogatorio. Juliano lo recibió en silencio, soportando los numerosos golpes en la espalda a través de los tambores; pues era golpeado con muchas varas, sin pronunciar palabra alguna. Al ver los enseres siendo atados para la partida, dijo:¿ Qué haces, hombre? Serás capturado por los guardias del puerto. Llegó, pues, no mucho después, y se alojó en mi casa. Llegó entonces a Atenas cuando Proclo estaba en su lecho de muerte, llevando el incensario. La maldad extrema y sin remedio es digna de un castigo inmediato, mientras que la que se ha desviado por poco es digna de una corrección rápida; pero para la mayoría de los casos intermedios, la justicia pospone los remedios de las pasiones, ya sea porque tienen ayuda de la virtud, por si acaso pudieran evitar las incisiones y las cauterizaciones, o porque son indignos del remedio inmediato debido a la magnitud de su maldad, o porque a algunos se les debe la recompensa de los bienes antes que la de los males. El desdén de los filósofos por la exhortación es suficiente para irritar a un hombre bárbaro; pero, aun así, los filósofos pensaban que debían ser pacientes y soportar los acontecimientos con calma. Y se encontró con una mujer sagrada que poseía una naturaleza divina muy paradójica. Pues, al verter agua pura en una de las copas de cristal, veía en el agua, dentro de la copa, las imágenes de los acontecimientos futuros, y predecía a partir de la visión aquello que estaba destinado a suceder sin falta. La prueba del hecho tampoco nos ha pasado desapercibida. Anatolio, tras torturar a Juan y despojarlo de sus bienes. Sin embargo, este también puso fin a su vida de inmediato. Me encontré por necesidad con el Emeseno; pues nunca, por voluntad propia, habría soportado su brutalidad, pero la embajada me obligó. El agua estigia que desciende de Arabia. Viajó a Bostra de Arabia, una ciudad no antigua( pues es fundada por el emperador Severo), sino una fortaleza antigua, fortificada contra los vecinos dionisíacos por los reyes árabes. Al escuchar la leyenda de Ío y el nombre de la ciudad analizado en el tábano de la vaca, amó la continuidad del mito de la errancia de Ío. Conoció allí al Teandrita, un dios varonil, que infundía en las almas una vida no femenina. Se dice que esta agua también es estigia. El lugar donde se encuentra es una llanura de Arabia, extendida desde el este hasta la ciudad desierta de Día. Luego, de repente, se abre un abismo hacia lo profundo, cubierto por todas partes de rocas y algunas plantas silvestres que brotan de las piedras; el descenso para quien baja por la izquierda es estrecho y áspero( pues, además de ser rocoso, está cubierto de plantas salvajes y desordenadas), y largo, unos quince estadios; sin embargo, no solo bajan hombres, sino también las mujeres más ágiles. Al descender, hay muchos jardines y cultivos en el valle que sigue. Su extremo más estrecho recibe las aguas estigias que descienden en círculo; y debido a la caída desde gran altura, se dispersan en el aire y luego se vuelven a condensar abajo, un espectáculo y una obra de la naturaleza solemne y aterradora; no hay hombre que, al verlo, no se llene de un temor reverencial. De las ofrendas arrojadas al agua, algunas se hunden en el abismo, aunque sean ligeras, aquellas que son gratas a la divinidad; pero aquellas que no lo son, aunque sean muy pesadas, flotan y son expulsadas hacia afuera de una manera maravillosa. Los habitantes locales temen el juramento del lugar y de las aguas por experiencia, por lo que apenas juran. Y si alguien perjura, dicen que muere en el transcurso de un año, hinchado por la hidropesía en todo el cuerpo, y nadie ha escapado al castigo. Que Dioniso, dice, derrotó a Licurgo y a los árabes que lo seguían, rociando al ejército enemigo con vino de un odre; de donde también llamó a la ciudad Damasco. Otros atribuyen el nombre de la ciudad a
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un gigante llamado Ascos, a quien Zeus venció allí. Otros cuentan otras causas para el nombre. El autor partió de esta ciudad.¡ Qué terrible es la ocupación de la retórica, que gira toda mi dedicación en torno a la boca y la lengua, y me aleja del alma y de las audiciones bienaventuradas y queridas por Dios que la purifican! Pensando en esto, dice el autor, a veces interrumpía las explicaciones retóricas. Así había pasado mi noveno año. Conversábamos el uno con el otro todos los días y todas las noches, durante ocho meses. Vi, dice, el betilo moviéndose por el aire, a veces escondido en las ropas, y otras veces llevado en las manos del oficiante. El nombre del oficiante del betilo era Eusebio, quien también decía que le sobrevino de repente un deseo inesperado de alejarse de la ciudad de Emesa en plena noche, casi lo más lejos posible hacia la montaña misma, donde está fundado un templo de Atenea de estilo antiguo; llegó lo más rápido posible a las faldas de la montaña, y allí se sentó a descansar como si viniera de un viaje; vio de repente una esfera de fuego que descendía desde arriba, y un gran león que estaba junto a la esfera; aquel desapareció al instante, y él corrió hacia la esfera cuando el fuego ya se estaba apagando, y descubrió que era el betilo, lo tomó y preguntó de qué dioses sería, y aquel dijo que era de Genneo( los heliopolitanos honran a Genneo estableciendo una forma de león en honor a Zeus), y lo llevó a casa esa misma noche, habiendo recorrido, según dijo, no menos de ciento veinte estadios. Eusebio no era dueño del movimiento del betilo, como otros lo son de otros; sino que él pedía y rezaba, y aquel obedecía a los oráculos. Tras desvariar sobre esto y muchas cosas similares, el que es verdaderamente digno de los betilos, describe la piedra y su forma. Pues dice que era una esfera perfecta, de color blanquecino, del tamaño de un palmo en diámetro; pero a veces se hacía más grande y más pequeña. Y otras veces de color púrpura. Y nos mostró letras escritas en la piedra, teñidas con el color llamado cinabrio, y también grabadas en la pared; a través de las cuales daba al consultante el oráculo buscado, y emitía un sonido de un silbido fino que Eusebio interpretaba. Tras contar monstruosidades sobre lo dicho, este insensato, y otras mil cosas más paradójicas sobre el betilo, añade: Yo pensaba que el betilo era algo más divino, pero Isidoro decía que era más bien demoníaco; pues hay un demonio que lo mueve, que no es de los dañinos, ni de los demasiado materiales, pero tampoco de los elevados a la forma inmaterial, ni de los totalmente puros. Y que los betilos están consagrados, como dice aquel difamando, a diferentes dioses, a Cronos, a Zeus, a Helios, a los demás. Que Maximino, dice( este era heleno en su culto), al lanzar las miradas, miraba de una manera tan aterradora y dañina que hacía que los que lo veían apartaran la vista; y esto, dice, sabiéndolo él mismo, miraba la mayor parte del tiempo hacia abajo y no a los que se encontraba. Pero también se convirtió en espectador de muchas apariciones, no vistas por otros. Era capaz de enviar demonios destructores y de detener a los enviados desde otros lugares. Sin embargo, capturado por impío en Bizancio, no escapó al castigo de la espada. Sin haber concebido una vida filosófica. Si alguien, siendo uno de los muchos, insulta con los insultos de los hombres. Siendo inexperto en estos asuntos hirientes e incurables. La demora le resultó más larga que las esperanzas que se apresuraban hacia Caria y Atenas. Y acudo a las súplicas ante Dios. Como el Cilenio era lento y posponía los asuntos, Isidoro no lograba nada. Sin escatimar el gasto más costoso en realidad, el tiempo, según dijo el sabio. Al verme rodeado por la luz divina,¿ cómo crees que se tensaba mi alma? Volviéndose loco, tomando el hacha, corta su propia naturaleza procreadora.
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Y yo relaté esto a Isidoro, quien siempre ofrecía un oído sabio y divino a los mitos sagrados. Pensando que correría peligro en su cuerpo. Pero esto es, en efecto, una muestra de la disposición de un profano. Devolviendo pocos favores a cambio de muchos. Navegábamos hacia Samos. El cuerpo se hinchaba, comenzando desde abajo, desde los pies hasta los genitales y el pudendo. Me quedé dormido en la nave, y cómo me excito en los sueños. Velo, pañuelo, orario a la romana, máscara facial, toalla. Pues hemos oído que la filosofía fue despreciada, nunca antes en Atenas, tanto como la hemos visto deshonrada bajo Hegias. Arquíadas, aunque en general era muy diferente de su padre y de muchos otros en virtud, descuidaba lo que conducía a la filosofía, ya que era ajeno a esto debido a su patrimonio paterno, que no era de adulación, sino que se presentaba como una vida sagrada, si es que alguien más lo hacía. Eupitio, pues, resultó ser más talentoso, pero sus costumbres se deslizaron hacia la vulgaridad, y ya tenía un comportamiento más extraño que el de un profano. Estando él mismo enfermo del cuerpo y no lejos de la muerte. Él, por su parte, escuchó con dificultad la disculpa en el momento, ya que la disposición bondadosa no actuaba según sus esperanzas. Diciendo y encantando muchas cosas así, Marino convenció a Isidoro de aceptar el decreto de la sucesión; y fue votado sucesor más por dignidad que por el hecho de la exégesis platónica. Pero si la ocupación sacerdotal es algo más divino, como tú dices, oh Hegias, le decía Isidoro, yo también digo esto; pero primero es necesario que los hombres que van a ser dioses se conviertan en tales. Por eso Platón también dijo que no ha llegado a los hombres un bien mayor que la filosofía. Pero esto ha sucedido ahora, estando al filo no de la plenitud, sino de la vejez extrema, en verdad. Se le escapaba que intentaba corregir asuntos incurables y que habían avanzado lejos en la maldad; y no lograba nada más. Al comenzar la primavera, habiendo dejado Marino el cuerpo, Isidoro planeaba dejar Atenas. Isidoro aconsejaba a Siriano y a Hegias que era necesario rescatar la filosofía que se estaba desvaneciendo. Todo lo que se omite debe estar ordenado en las elecciones con elegancia. Mediante algún mecanismo imposible y fuera de la esperanza humana, tramando en secreto lo secreto, tanto por ellos mismos, por la esperanza celestial, como por los demás egipcios, por la prosperidad general. Pero desde algún lugar de allí, desde la tercera generación que rodea al mundo, atar las amarras de la salvación que conduce hacia arriba. Y, en efecto, Severo, un hombre patricio de Roma, contaba otras cosas mientras convivía en Alejandría, y que vio una piedra en la que aparecían formas de la luna transformándose de todas las maneras, y otras veces creciendo y disminuyendo hacia el sol, y el sol mismo dentro de la piedra; de donde la fama llama a tales piedras compañeras. Y decía haber visto también una piedra solar, no como la que muchos hemos visto, que deja pasar rayos dorados desde el fondo, sino un disco solar situado en medio de la piedra, una esfera de fuego a la vista; y de ella saltaban los rayos hasta el borde; pues toda la piedra era esférica. Y ver también una selenita, no la que se moja con agua y luego muestra la media luna, y por eso llamada hidroselenita, sino la que se transforma según su propia naturaleza cuando y como la luna se transforma, algo maravilloso de la naturaleza. Mientras la fama vaga ciega y confusa. La mayoría de los discursos decían que el egipcio había muerto, pero circulaba, sin embargo, una fama de que era un mensajero de salvación. Y tal vez este sufrimiento sería involuntario, y por eso quizás sucedería también a los puros. Aconsejando lo mejor, y estimulando con la palabra a los que eran lentos en la obra. Que, siendo tres los tipos del alma, triple es también la política, y cada una tiene las tres, pero se forma y se nombra por la que predomina. Y se dirige por la razón, como la vida bajo Cronos, la llamada edad de oro, o el linaje cercano a los dioses, como los poetas que se sientan en el trípode de la Musa lo enaltecen en forma de mito. Por el espíritu, la política que se levanta para guerras y batallas, y, en general, la que lucha por la primacía y la gloria, como oímos que fue la que se cuenta en la historia en cada ocasión. Por el deseo, la que se dispersa por todas partes y está corrompida por el lujo desenfrenado, que piensa cosas bajas y femeninas, que vive con la cobardía y se revuelca en toda brutalidad, amante del dinero, pretenciosa, que desea servir con seguridad, como es la vida de los que viven en la generación actual. Muy dispuesto a viajar, no el vano y lujoso, que se abre hacia construcciones humanas y grandezas y bellezas de ciudades; sino si había oído algo maravilloso o sagrado o invisible o visible, quería ser testigo ocular del milagro. Y decía que el alma misma, en las oraciones sagradas, se dirige hacia todo el mar divino, primero reuniéndose desde el cuerpo hacia sí misma, luego saliendo de sus propias costumbres y retirándose de las nociones lógicas hacia las afines al intelecto, y de nuevo, en tercer lugar, entusiasmándose y pasando a una calma inusual, divina y no humana. Isidoro el filósofo, al elogiar esto, lo tenía en la boca. Pues la persuasión y el consejo de la historia son más moderados para la mayoría que los de otros discursos, y más la de la más reciente que la de la más antigua, aportando algo más conocido a los oyentes. Y otros tomaban a Isidoro como colaborador y compañero de caza en los estudios egipcios de la verdad sagrada, verdaderamente oculta en el abismo; y en muchos lugares encendía luz para ellos en las búsquedas de la sabiduría antigua. Y el conjunto de su abundancia no se obtenía de libros y opiniones ajenas a través de la memoria, sino que adquirió desde el principio un hábito firme y fecundo de tal verdad. Y se pondrá para los hombres, ya que no pueden soportar su salida divina. Se veía obligado a cuidar de la buena educación de los niños. Y, de hecho, también en las explicaciones era menos capaz en el discurso que para interpretar suficientemente lo que parecía. Sin embargo, ni siquiera allí estaba sin ayuda de la naturaleza y del otro estudio, sino que ponía empeño en la claridad, dejando la eurythmia de los nombres a otros, se aferraba a la demostración de los hechos, pronunciando no tanto palabras como nociones, ni nociones más que las esencias de los hechos mismos llevándolas a la luz. La ley que venera lo divino. Isidoro se alegraba al ver a Proclo, a la vez venerable y terrible de ver, pareciendo ver allí mismo el rostro de la filosofía en verdad. Puesto que también Proclo admiraba la forma de Isidoro como divina y llena de vida filosófica interior. Salustio ya no prestaba atención a la vida judicial, sino a la sofística. Aprendió de memoria todos los discursos públicos de Demóstenes. Y, en efecto, era capaz de hablar, no imitando a los nuevos sofistas, sino compitiendo con el tono antiguo de la logografía. Sin duda, escribió discursos que no se quedaban muy atrás de aquellos. Caminando descalzo por todo el mundo, como dice el dicho. Que los asientos también se toman sobre los templos, y se ordena también sobre las estatuas; se llama asiento también al suelo del templo. El sueño estaba presente mil veces, como dice el verso, pero una vez apareció la visión en vigilia. Despreciando al hombre en lugar de mirarlo con precisión, supervisando, contrariamente al uso de la mayoría. Permanecían sin obstáculos por los impedimentos habituales según lo humano. No hay nadie tan sordo a lo divino que no sienta su energía en todo, pero no menos en la que castiga a los que pecan. No se equivocaría de la verdadera Musa, o no se equivocaría de la verdad sagrada. Los compañeros y partidarios de la opinión extranjera. Y se esforzaban hacia la filosofía, aunque carecían de un principio de educación filosófica. Y usando la oración, volvió a la percepción habitual y humana desde las visiones extrañas. Y, en efecto, publicó
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en el momento oportuno del matrimonio. Pero también, vistiendo la túnica de la filosofía, como filósofo, a la novia. De la religión que se ocupa de lo divino, tanto la explícita como la secreta. Ni siquiera se trasladó a Afrodisias cuando fue invitado. Vivió una vida sin hijos con su mujer. Hilario, aunque filosofaba, pero habiendo abandonado los placeres bajo el vientre, no tuvo a Proclo como maestro. Decía estar convencido de que la vida con el cuerpo le resultó más larga debido a la destreza de la mujer. Y decía esto no agradeciendo, como a alguien le parecería, sino disgustado por la estancia en el cuerpo, y refiriendo a ella, en lo que respecta al hombre, la demora de la muerte. Y elogiaba la buena educación de la mujer y se alegraba. Habiendo tenido piedad de las primeras esperanzas del matrimonio, el dios daba una señal de la futura descendencia; y el marido veía a su esposa encinta. Y la oscuridad no se convertía en obstáculo para la lectura de Asclepiodoto. Contaba otras cosas de las que había oído, y, en efecto, no pocas dignas de asombro de su propia visión. La voz desconocida ordenaba detener la nave de quien fuera. Del ojo y del oído a la vez. Y continuó hasta la muerte sin mezclarse con ningún cuerpo. Y no hay nadie que lo haya calumniado con tales difamaciones, ni siquiera de los más enemigos. Marino, por la debilidad de su naturaleza, no soportó ni siquiera la exégesis superior de Parménides del maestro, sino que bajó la teoría a las formas desde las enéadas superiores, arrastrándose más por las nociones de Firmo y Galeno que por las puras percepciones de los hombres bienaventurados. Trataba lo justo y lo propio de la filosofía, pero no de manera aduladora y vulgar. Debido a la sedición, Marino se retiró de Atenas a Epidauro, sospechando de las intrigas que llegaban hasta el cuerpo. Marino, y el propio Proclo, no solo con una mano, sino con ambas, se aferraban a Isidoro. Proclo, viendo su disposición incansable y su insaciable amor por el aprendizaje, lanzando fuentes de palabras sagradas y filosóficas al alma de aquel, se alegraba de que él continuara ofreciendo una recepción amplia y muy atenta de su intelecto. Cedió temiendo la reprimenda de ambos y a la vez la pena que se indignaba. Sacudió un terremoto sobrenatural y no hijo de la naturaleza. Había, pues, una mujer ática, que conocía muchas intrigas para la persuasión, como demostró. No regalando con una mano, sino con ambas, según el proverbio. Era tal en cuerpo y alma que asombraba con su reflexión a los que se encontraban con él, cuando era momento de solemnidad y de costumbres y palabras más graves; pero era gracioso con los graciosos. Pues en lugar de filosofía y de una vida feliz sin preocupaciones, se arrojó a la política y a los cargos. Siendo por naturaleza competitivo e invencible en lo que se propusiera, y ambicioso como no conozco a otro, en obras y palabras valiosas y que llevan la virtud fuera del alma, era siempre conflictivo y competitivo con los que sobresalían. Solo quería ser considerado digno por el suplicante de la entrevista que adora al gobernante. La mayoría se enderezaba hacia lo antiguo con esperanzas. Pamprepio era un instrumento adecuado de la necesidad que sopla contra lo mejor. En el tiempo oportuno, en lugar de en el tiempo venidero. Que Damascio, enumerando a los que se enfurecieron contra nuestra sagrada e indestructible fe, incluso a su pesar y obligado por la verdad de la evidencia, escribe lo siguiente: Pues el emperador Juliano lo intentó, pero no llegó a cumplir cuatro años, y lo intentó años después también Lucio, un hombre que adornaba el cargo de estratega en Bizancio bajo el emperador Teodosio, quien, al intentar matar al emperador, entró en el palacio, y queriendo sacar la espada de la vaina tres veces, se retiró aterrorizado; pues vio de repente a una mujer grande y sombría abrazando a Teodosio por la espalda. Después de esto, el gran estratega de Oriente lo intentó, pero fue detenido encontrando una muerte violenta; pues desde el
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242. 352α. Cayendo de un caballo y sufriendo una grave lesión en la pierna, terminó su vida. Luego, dice, nuestro conciudadano Severiano en nuestros tiempos, junto con otros muchos; pero por poco no fue castigado con la muerte debido a la desconfianza de los que estaban al tanto, y quizás de otros, y de Hermenerico, hijo de Ásper, quien reveló la conspiración a Zenón. Además de ellos, Marsos e Illos; de los cuales Marsos murió de enfermedad durante la misma rebelión, mientras que Illos, tras ser capturado, terminó su vida a espada. Lanza la cabeza al campamento de los enemigos, habiéndola arrojado desde lo alto de la roca como si fuera un disco. Amonio, siendo codicioso y mirando todo hacia cualquier tipo de lucro, establece acuerdos con quien entonces supervisaba la doctrina dominante. Había una colección de libros de todo tipo. Cuando se entrega a los placeres de Afrodita para la procreación política. Discursos, dice el autor, solía exhibir anteriormente, vistiendo el manto de la retórica, de modo que había tanto un manto retórico como uno filosófico. Los hombres, por naturaleza, suelen atribuir la virtud a una vida alejada de los asuntos, lo cual, a mi juicio, no es así. Pues la virtud que se desenvuelve en medio de la vida pública a través de las obras y palabras políticas ejercita el alma hacia una mayor fortaleza, y se confirma más en la experiencia en cuanto a lo que en ella hay de sano e íntegro; mientras que todo lo que hay de falso y fingido que se oculta en las vidas humanas, todo eso se pone a prueba y se vuelve más dispuesto a la corrección.¿ Y cuánto es lo que hay de benéfico y útil en los asuntos públicos?¿ Y cuánto de valiente y firme? Por tanto, los eruditos que se sientan en un rincón, y que filosofan con mucha solemnidad sobre la justicia y la templanza, al verse obligados a salir a la acción, se comportan de manera vergonzosa. Parte hacia Atenas y Proclo, todavía retenido en el cuerpo. Siendo Agapio a la vez solemne y afable, habiendo estudiado la lengua antigua más allá de lo que hace un profano, atrajo hacia sí a los hombres de Bizancio, y se mostró como un prodigio incluso ante los más ilustres de Alejandría; pues partía de toda la educación, y quería ser inquisitivo y crítico con los gramáticos y retóricos, y en resumen, parecía ser un hombre cuadrado y lo era en su sabiduría. Y Gesio alcanzó gran fama, no solo por su preparación médica, tanto la teórica como la práctica, sino también por toda la demás educación. Regando su alma con conversaciones dialécticas. Que al casarse Isidoro con Domna, nace de ella un hijo; llamó al niño Proclo. Y Domna muere cinco días después del parto, liberando al filósofo de una mala bestia y de un amargo matrimonio. Que el Asclepio de Beirut, dice, no es griego ni egipcio, sino un fenicio local. Pues Sadyk tuvo hijos, a quienes interpretan como los Dióscuros y los Cabiros. El octavo que nació después de estos fue Esmuno, a quien interpretan como Asclepio. Este, siendo de hermosura extraordinaria y un joven digno de ser admirado, se convirtió en el amado, como dice el mito, de la diosa fenicia Astarté, madre de los dioses. Y acostumbrado a cazar en estos valles, cuando vio que la diosa lo perseguía mientras él cazaba y que estaba a punto de atraparlo, se cortó con un hacha su propia naturaleza procreadora. Ella, afligida por el suceso, y llamando al joven Peán, lo revivió con el calor vivificante y lo hizo dios, llamado Esmuno por los fenicios debido al calor de la vida. Otros consideran que se le llama Esmuno el octavo porque era el octavo hijo de Sadyk. Encendiendo mucha luz en una oscuridad profunda. A este discurso del joven lo aceptaron y admiraron los que rodeaban a Marino,¡ cuánto crees! Aún no habían estallado las dificultades del asunto. Pero a mí, el ímpetu del discurso me arrastró a hacer la digresión hacia los hechos posteriores, siguiendo el curso de la vida de los sucesores que eligió Proclo. Lo que también es sorprendente de escuchar, con una solemnidad noble y firme, parecía encantador a los presentes, en su mayor parte
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esforzándose por el beneficio común de los oyentes, pero relajando a veces la seriedad con el juego, y burlándose ingeniosamente de los que cometían errores, de modo que encubría la censura con la risa. Hacia una altura y longitud maravillosas. De modo que las cosas antiguas, que habían superado lo mítico, ya no fueran increíbles. Y me pedía una acogida oculta. Teosebio, habiendo fabricado el anillo de la templanza que el caldeo entrega al entrar, se acercó a su mujer y le dijo: Hace tiempo te entregué un anillo como símbolo de una convivencia procreadora; ahora te entrego este como guardián de la templanza, que estará presente como auxiliar de una vida doméstica sobria. Ella lo aceptó de buen grado, y vivió con su marido el resto del tiempo sin unión corporal. Y este amuleto solía dar testimonio de su actividad no solo respecto a su esposa, sino también respecto a sí mismo desde hacía mucho tiempo; pues incluso cuando era más joven, confesaba que él mismo luchaba en la batalla de la educación contra los enemigos generadores, tanto los que atacaban desde fuera como los que traicionaban desde dentro. Y al clamar contra todos los sentidos, clamaba más que contra los otros contra el del tacto; pues decía que era verdaderamente terrenal y opuesto, y que arrastraba el alma hacia el torrente incesante de la generación. Se leyeron diversos ejercicios de Himerio el sofista. La selección, espigando los más bellos de sus discursos, atesora su edición. De la obra de Hipérides sobre Demóstenes; de la teoría. Tal consejo es sospechoso y peligroso para todo el pueblo, y no causa poco dolor a la persuasión del oyente. Pues ambos son demócratas y se consideran orientados hacia lo mejor. Ni usar los nombres desnudos, sino significar la intención mediante la énfasis. Del ejercicio, el prólogo mismo. Pensaba, oh atenienses, Filipo que mediante este único anuncio no solo a Demóstenes, sino también a todos vosotros, los demagogos, quitaría, cuantos junto con él, entregándose a la política, mantuvimos para Filipo inaccesible el Ática, y para la ciudad intacta hasta ahora la libertad. Pues pareceremos haber sido desgraciados y habernos sometido a Filipo voluntariamente y no a la fuerza. Pero él se volvió primero contra los bárbaros, y habiendo vaciado aquel continente, se dirigió luego hacia las partes vitales de la ciudad y de los griegos, rodeándonos por todas partes como los terribles cazadores, que tanto tiempo perdonan a las fieras, cuanto tiempo aún se preparan. Y nada nos movió ni nos obligó a tomar las riendas de los asuntos, ni el Peloponeso siendo excavado, ni la caída de los focidios, ni Eubea tiranizada junto con los trofeos de las guerras médicas, ni Arcadia esclavizada, ni las desgracias de los eleos; sino que incluso vimos el Quersoneso siendo tentado, y viendo el Helesponto siendo alienado, nos quedamos esperando. Pues¿ qué peste o terremoto vació tantas ciudades o hizo desaparecer y hundió a tantos linajes de hombres, como Filipo y el tiempo de Filipo? Pues sabe exactamente de qué cosas, que aún no posee, se ve privado por este, y qué cosas de las que tiene no habría obtenido si alguien hubiera hecho caso al consejo de Demóstenes. Ni contra las ciudades solamente soborna Filipo, incitado por las mentes de los traidores, ni propone premios por las patrias, ni arma a los vengadores contra los pueblos; sino que ha trasladado el mecanismo contra los oradores, contra los demagogos. Pero incluso al contrario, todos decretaron que aquel acto era una fiesta y una asamblea. Entonces él comenzó a transgredir la ley no con palabras, sino desde la naturaleza. Pues imponía el continente al mar, y navegaba a través de las montañas, usando el mar como si fuera tierra, y la tierra como si fuera mar. Y habiendo trasladado las trirremes en lugar del Ática, y todo lo que estaba en los palacios, la ciudad actuaba sobre el mar.¿ No predominan los macedonios en los asuntos, los que antes se salvaban agradecidamente con los tributos? Pero habiendo empujado nuestra ciudad fuera del mando, ellos mismos se deslizaron en aquel orden en el que nos dejaron los antepasados.¿ Qué ley llevó a Filipo al mar y al elemento
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sin que le importara nada, lo obligó a tocarlo? Pues cuando la ley y la oportunidad de los asuntos ordenan lo mismo, obedezco a ambos por el bien común; pero cuando la necesidad dice unas cosas y las leyes otras, dejando de escuchar las sílabas, sigo al bien común.¿ Y quién no sabe que aquellos, habiendo dicho hace tiempo adiós a nuestros legisladores, y habiendo dicho muchas felicidades a Solón y a Dracón y a todos los demás, consideran el oro macedonio y la amistad de Filipo como leyes, patria, constitución y todas las cosas más valiosas? Siendo puesto en una estela ante el dios[ en lugar de ser triunfado en una estela por lo que se atrevió]. Sospecho de Esquines; pues me perturba el drama focidio, que este admirable tercer actor nos mostró no en el escenario, sino en la realidad misma. Pero aun así, siendo las cosas así, ironizan sobre el hombre, y mencionan a menudo a Pisístrato, y no se avergüenzan de burlarse ahora de su cobardía y molicie, y ahora de temer que tiranice la ciudad; cosas que están muy separadas entre sí. El que se embarca con flotas enteras desde el Pireo contra los tiranos. Corrompen las cosas en torno a la ciudad misma, y allanan el camino a Filipo. Del ejercicio en el que introduce a Demóstenes aconsejando traer de vuelta a Esquines, habiendo corrido el rumor de que Alejandro traería de vuelta a los exiliados. Pues siendo ambos terribles, tanto el de disolver un decreto voluntariamente como el de soportar esto contra la voluntad por orden, he considerado menos malo el disolver voluntariamente que el disolver contra la voluntad. Pues lo primero admite a veces incluso recibir fama de filantropía; pero los que obedecen a otros hacen suya la vergüenza, y la gloria de los que ordenaron. Esquines también comparte asuntos con reyes después de la tribuna, y después de Ctesifonte y el exilio sigue ocupándose de tiranos. Un hombre que ha saltado sobre toda Asia con las armas, y que por naturaleza sigue siendo competitivo porque no tiene enemigos. Por quienes fue levantado tanto Filipo, por quienes cayeron los ánimos de los griegos; de quienes son aliados, lugares, oportunidades, toda la causa de los grandes éxitos. Pero el sufrimiento de Tebas superaba a los griegos; Alejandro, sin embargo, se avergonzaba de la ciudad incluso después de Tebas. Y sin embargo, tenía algo entonces que reprochar a la ciudad; pues nosotros, al caer los tebanos, cerramos la celebración, para no responder con los lamentos de los tebanos al Yaco. Pues así como si apareciera un bien, la ciudad iba a participar de la parte de la gloria de quien recibía el favor, así también de la vergüenza, si se demostraba que era malvado. Ni si otro escribiera y transgrediera la ley habría callado, sino que corriendo a la tribuna, gritando a Solón, invocando la constitución: No disolveré las leyes, habría dicho, ni acepto exiliados por orden, ni firmo con el autor de los focidios cuando otro lo ordena; sino mientras tenga puertos, mientras tenga juventud en su apogeo, mientras cuente los trofeos, mientras una sola trirreme salga todavía del Pireo, no abandono las leyes, ni me aparto de la constitución, ni hago de la fama de la ciudad misma una ruina, ni sospechando las cosas dudosas de la fortuna, me adelanto eligiendo yo mismo voluntariamente la esclavitud. Que regrese, pues, Esquines, ordenándolo Demóstenes pero no Alejandro; ordenándolo un orador que transgrede la ley, pero no un rey; como un exiliado que recibe compasión, no como alguien temible para nosotros por orden. Palabras de los atenienses, y reconozco a la ciudad por la expresión; pues vosotros sois los que habéis llenado toda la tierra y todo el mar de trofeos por las leyes y la libertad. Hacía la guerra Jerjes, transformando la tierra y el mar, porque recibía el abismo en lugar de la asamblea a los que pedían la tierra y el agua. Pero la ciudad permaneció más inmóvil que los elementos. Pues también en las otras cosas, por así decirlo, cada una de las acciones, aunque parezca ser la misma por naturaleza, se divide por la causa. Por ejemplo, alguien golpea al prójimo. Si es en los juegos, tiene la corona tras vencer; pero si es fuera de la competición, paga la pena. Llorábamos alguna vez cuando la ciudad era saqueada por los tiranos; pero voluntariamente la entregamos por la virtud
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al fuego de los medos. El que no firmó con Filipo, ni después de Queronea, llena de mala fortuna. Era para nosotros alguna vez tradición liderar Grecia y competir contra los tiranos por la libertad. Esta ley comenzó primero con Milcíades, floreció con Temístocles, descendió hasta Cimón, fue guardada por Pericles, fue admirada por Alcibíades; en mi tiempo, sin embargo, fue guardada en la intención, pero por la fortuna y la adulación de los traidores ha sido corrompida. Nos apartamos del mando a favor de otros; no te opusiste. Cedimos la forma tradicional; no te indignaste. La ciudad no cedió a los lacedemonios después de Sicilia; sino que la isla albergó toda la juventud, pero la ciudad permaneció en su ánimo y después de la tarde invicta. Pero Esquines es malvado. Añade, si quieres, también la destrucción de los focidios y la traición de Tracia y el asesinato de Cersobleptes y todo aquello de lo que Esquines ha sido acusado muchas veces de dañar al pueblo. Pues una enfermedad, oh atenienses, floreció junto con el curso de los atenienses contra los griegos. Pues la ciudad ya ha salvado muchas veces a malvados, no alabando la intención, sino compadeciéndose de la fortuna; pero no obedeció a nadie contra las leyes, cuando guardaba su ánimo.¿ Qué, pues, no anuncio ya?¿ Por qué no salgo de la vida, antes de ver a la ciudad esclavizada? Yo, al menos, también creo tener el rumor, pero no tenerlo como algunos monstruosamente dicen, observando primero, oh atenienses, el modo de Alejandro.¿ Y quién es este? A la vez intenta y se ha realizado, o mejor dicho, se adelanta a los cálculos con las acciones, y a los que anuncian con lo que intenta; puesto que también muchas de estas grandes obras, que los aduladores inventan, las logró con más rapidez que con fuerza contra aquellos a quienes atacaba, apareciendo antes de ser anunciado, mostrándose antes de ser escuchado, como los rayos o los truenos, que a menudo se adelantan a la expectativa al acercarse. Así tomó Sardes, así saqueó Caria, así arrastró Licia, así recorrió Panfilia, así fue visto por los cilicios, así se presentó ante los persas, así aterrorizó a Darío; ay de los males cercanos, así también arrebató Tebas. Cayó una ciudad en medio de Grecia, habiéndose adelantado la noticia de la caída. Y yo, y en vano de la naturaleza, sino de la institución y la ley y la constitución y, lo más importante, de la providencia misma, es un testimonio brillante. Ya, pues, algo de la escritura ha sido útil, hombres atenienses. Epicuro llegó a la sentencia con semblante sombrío, y ha corrompido el dogma del placer con la tristeza. Y por ambas cosas es digno de ser odiado, tanto por lo que enseña en privado como por lo que finge en público. Pues allí parlotea sobre el placer, para cosechar la belleza de los que lo usan; aquí, en cambio, finge solemnidad, para arrebatar el tribunal. El juicio es paradójico; un hombre es juzgado ante la naturaleza del todo, y un malvado sofista es juzgado ante la providencia. Toda virtud desaparece con los discursos y dogmas de Epicuro, desaparecen los tribunales y los juicios, y las recompensas de los buenos y la pena de los contrarios. Y sube también al cielo con sus injusticias, y no hay lugar exento de la audacia y los atrevimientos de Epicuro. La causa es que Epicuro se avergonzó de permanecer en los antiguos límites de la filosofía, y dudó en seguir el mismo camino que los que filosofaron antes. O más bien, condenando a la pequeñez de alma a todos los que entre nosotros cometieron errores con dogmas malvados, decidió superarlos a todos de golpe con sus injusticias.¿ O cómo no es digno de tal reproche y de tal nombre al intentar mentir?¿ Pues dónde admite esto?¿ Y dónde sucede y se mezcla el placer con los trabajos, la resistencia con el lujo, la Academia y las prostitutas, la filosofía y la bebida, la vida de los que tienen templanza y los jóvenes desenfrenados?¿ Y qué ha elegido y qué se ha atrevido? Amenaza con guerra y batalla a todas las leyes de la naturaleza. Epicuro enloqueció con una locura contra toda edad, y amó amores impíos de todos aquellos cuya belleza es admirada por encima de los demás. Pero antes, su
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apología consideremos.{–}¿ Exiges justicia por un dogma?{–} No, sino por impiedad; pues es lícito dogmatizar, pero no está permitido ser impío. Si, pues, puedes decir que no eres impío por lo que has dicho, no juzgo los discursos; pero si hay impiedad en los discursos, no ganarás el juicio por los discursos, sino que serás castigado más por lo que has usado los discursos para cometer injusticia. Pues no es que si alguien, pudiendo usar para lo que debe, quiere usar para lo que no debe, no dará cuenta al ser juzgado; al contrario, dará razón de que corrompió una cosa buena con una intención malvada. Llamamos a la tribuna a los oradores; y si alguien duda, a menudo la voz común de la ciudad despierta a hablar incluso al que no quiere hablar. Pasa alguien al solemne centro de pensamiento de Epicuro, joven o joven mujer; esta brillante asamblea guía esta edad. El hombre tiene una audacia superior a Ixión, una soberbia superior a Salmoneo, una osadía superior a Tántalo. Pero aquellos son mitos y apenas creemos tales cosas en el escenario. Pero Epicuro se encuentra superándolos no en mitos, sino en dogmas y acciones. Y aquellos se dice que se atrevieron a hacer esto en algún otro lugar, unos en montañas, otros en valles, otros en algunos lugares bárbaros y abandonados. Y la naturaleza del lugar da de alguna manera perdón a las acusaciones. Pero Epicuro filosofa esto en Atenas. Y cuando digo en Atenas, he dicho el mayor capítulo de la piedad.¿ No te parece Sócrates digno de imitación? Y qué, dice,¿ de lo que soy responsable he sido impío? Me dices, Epicuro, la mayor acusación, que no solo eres impío, sino que también son cosas nuevas; de donde eres responsable por partida doble. No derribaste altares, sino que mostraste que estaban en vano al eliminar la providencia, por la cual erigimos altares. No sacrificaste un sacrificio nuevo, sino que los has eliminado todos de golpe. Y que Epicuro no se libre del castigo porque no se atrevió contra los dioses como los anteriores. Pues es imposible que uno solo de los que están en la ciudad sea impío de todas las maneras; pero si cada uno, proponiendo lo que no ha hecho en lugar de lo que ha hecho, escapará al castigo,¿ quién dará cuenta de los impíos, no siendo posible que todos sean impíos, y siendo lícito a los juzgados proponer lo que no han hecho en lugar de lo que han hecho? No hay que admitir tales evasiones de los que tienen sentido. Pues no es apropiado hacer la apología por lo que uno no es juzgado, sino por lo que los que acusan acusan y los que juzgan están sentados. Pero ellos, dejando lo más justo, van a lo más fácil; pues lo más justo es disolver la acusación por la que es juzgado, pero lo más fácil es disculparse sobre cosas por las que uno no enfrenta juicios. Si, pues, porque aún no has dado cuenta, crees que no hay providencia, has razonado correctamente; pero si es por la naturaleza del todo, el discurso es vano. Pero¿ de dónde, por los átomos y el vacío tan cacareado, has encontrado esta opinión?¿ Un movimiento y traslación desordenada molesta la naturaleza del todo? Pero el caos es antiguo y más viejo que tus discursos. Pero ni siquiera obedece a las leyes definidas de la naturaleza; y sin embargo, todo avanza con orden, y creo que el mayor testimonio de esta providencia es que todo se conserva; pues el desorden produce destrucción, pero el orden produce salvación.¿ Por qué robas de Delfos, como del cielo, la providencia? Pero aun así, el Parnaso se movía y se agitaba contra los persas, y las cumbres de las montañas eran lanzadas como flechas, y los persas caían usando las rocas como tumbas. Pero al atreverse Epicuro a decir esto contra la diosa, no se sacuden las montañas, no se agita el Himeto, no los rayos ni los truenos lo hacen desaparecer junto con esta Academia. Entiendo la estrategia de los dioses; lo han guardado para vuestras votaciones, para que el tribunal ático delibere igual que el Pitio. Si, pues, se atrevió a escribir solo tanto como para derribar las estatuas de la providencia, debía dar cuenta como impío; pero si es impío contra ella misma, de la cual el cielo y la tierra y las naturalezas de los elementos son estatuas,¿ perdonaremos al que pensó hacer algo moderado? Pues tienen éxito, dice, los malvados.¿ Y qué desgracia es mayor que la maldad? Pues son desgraciados los sabios;¿ entonces consideras otra felicidad mejor que la virtud?
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No hay una sola vida del hombre que provenga de la intención y la naturaleza, sino que los objetivos de los que viven se dividen, y se reparte a cada uno el fin apropiado. El sabio no ama el mando de ninguna de todas las cosas, por las cuales la mayoría felicita a los que las poseen; por tanto, tampoco ha considerado una pérdida el no obtenerlas.¿ Qué es, pues, el fin para él, y mirando hacia qué trabaja trabajos y vela de noche y se ha esforzado durante el día? La adquisición de la virtud, amigo mío.¿ Y cómo elige esta, y de qué manera se hace dueño de esa caza divina?¿ Con riqueza y dinero no hay virtud?¿ Con fuerza del cuerpo? La corona de esta está por encima de todo olivo.¿ Con poder en la guerra?¿ Y qué trofeos son mayores que los que provienen de la maldad? No le reproches al sabio pobre la pobreza( pues el dinero no era el objetivo), ni le insultes al enfermo la debilidad, si es que están sanas las cosas mejores, ni al vencido por los que tienen poder en las ciudades, si es que vence con las cosas mejores. Pues tanto le faltaría al hombre virtuoso para perseguir la adquisición de tales cosas o para suponer que es desgraciado por carecer de ellas, que ya algunos, incluso de los muy renombrados por su sabiduría y virtud, se apartaron voluntariamente de ellas, para que, liberándose de toda ocupación externa, intercambien la riqueza inmortal de la virtud. Anaxágoras dejó toda su tierra pasto de ovejas, legislando con la obra qué agricultura es apropiada para los más sabios. Y Demócrito enfermó voluntariamente su cuerpo, para que estuvieran sanas las cosas mejores.¿ Qué, pues, reprochas a la providencia como si no repartiera la justicia según el mérito? Pues si incluso estando presentes desprecian todas las cosas externas,¿ cómo se afligen si no están presentes, o cómo se esfuerzan para que existan? Pues¿ quién que es rico no tiene la mayor ocupación en el dinero mismo?¿ Y el conocimiento de las cosas divinas y humanas, y la magnitud de tanta y tal sabiduría, te parece que es una tarea secundaria del que busca dinero, un lastre del que se ocupa de cosas superfluas, y un complemento del que persigue los honores en la ciudad? No llames, pues, desgraciados a los que han sido felices con la mayor felicidad, ni desgraciados a los que se asemejan a los mejores, ni pobres a los que tienen un tesoro inmortal, ni deshonrados a los que admiramos igual que a los dioses. Pues muchos malvados de intención a menudo tienen éxito, pero son alabados a menudo por algunos, haciendo la necesidad la alabanza en lugar de la verdad. Y sin embargo, me gustaría preguntar a los que quieren reprochar a los sabios su desgracia, si eran así antes de hacerse sabios, o si después de esto han sido privados de las llamadas felicidades. Si antes, la culpa no es de la virtud; pero si desde que han tomado esta, no han sido privados de lo que deseaban, sino de lo que no deseaban. Pero él también ironiza sobre las desgracias y ya desestima el modo del juicio. Pues a aquellos a quienes( creo) no ha dañado en absoluto ninguna de las cosas habituales, ha supuesto que mostrará que ni siquiera ha dañado desde el principio, como si no fuera por esto merecedor de mayor ira y acusación, porque ha hecho tales y tantas cosas de las que no es posible encontrar ejemplos. Pero si los que se atrevieron a cosas mayores, porque han hecho cosas mayores, no darán el castigo,¿ qué discurso quiere todavía castigar a los que hacen cosas menores?¿ Y qué, si dejamos a los que no transgreden las leyes habituales, cómo no será todo poder para los que quieren cometer errores en lo que no es habitual, cuando los primeros que se atrevieron a esto escapen como si no fueran injustos? Y no deben las exageraciones de las injusticias ser causas de exenciones de los juicios, sino al contrario, cuanto más se ha odiado junto con las obras lo que proviene de la intención. Pues el querer introducir una naturaleza de injusticias nueva con las que uno comete injusticia, probaría la maldad por partida doble, tanto por cometer errores en lo que no se debe, como por querer hacer lo que nadie antes haría. Nada, dices, de lo habitual se ha atrevido. Me dices la exageración misma de lo que hemos sufrido. Pues los que han sido injustamente tratados, sabiendo lo mismo que otros han sido injustamente tratados, soportan más fácilmente las desgracias, considerando la desgracia de los vecinos como consuelo de lo que han sufrido; pero los que no tienen ejemplos de injusticias más nuevas consideran insoportable la
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Corinto: el prólogo. Los antiguos que componían música para la lira, si alguna vez se apresuraban hacia otra tierra, no hacían su partida silenciosa, sino que despedían a su coro con canto y melodía. De los restantes, siendo diversos y teniendo diversos temas. Las cortes del rey y la fortuna dorada, alada. Pues no fuiste despojado del mando, sino que lo arrojaste voluntariamente, como alguien desdeñoso que desea deleitarse con sus favoritos. La cabellera dorada con una corona de rosas purpúreas. Pero¿ cuál es la gracia de esto? Huida y escape y la negación de tanta amistad. Vencí, bajo tu juicio, a la cigarra durante la estación estival, y amenacé también a los ruiseñores áticos, si alguna vez me prepararas un teatro ático, con hacer que sus lenguas fueran realmente un mito con las voces dedicadas a ti.¡ Oh, ojo brillantísimo de tu propio linaje, y que te has vuelto lo mismo para el linaje que lo que el sol, el antepasado, es también para ti muchas veces! Pues de esta hermosa pareja, uno, como un lucero del alba, se levantó al amanecer iluminando los grandes tronos, imitando con sus propios rayos tus destellos; el otro, brillando desde el rebaño de los jóvenes, como un toro altivo que guía la manada, saltó por los prados de las Musas como un potro de cuello erguido y lleno de entusiasmo, e imitó también al joven homérico, hijo de Tetis, convirtiéndose en un buen orador de mitos y ejecutor de obras. Y si yo también tuviera la facultad de los poetas, te mostraría a este Iliso llorando, y teñiría con un color sombrío las hermosas fuentes de Calírroe. Que Pan te envíe en el camino, emitiendo una melodía dulce y conductora con su siringa. Y que Afrodita y sus hijos, los Erotes, habiendo mezclado la copa del deseo, escolten tu camino. Prólogo de un discurso de despedida. Alejandro, hijo de Zeus( pues el gran renombre lo une al cielo y a Zeus según los helenos), cuando, tras haber llenado toda Europa con su propia gloria, se dirigía hacia Asia, deseando unir los continentes con el prodigio que él mismo representaba, tras invocar la flauta de Timoteo( pues esta sonaba con fuerza y era digna de tan gran rey), bajo sus melodías soltaba las amarras de la flota. Vamos, pues, a escribir el cuadro con el discurso; pues el discurso tiene, creo, remedios adecuados para la imitación. Había una nave en la pintura y el mar. Y el mar( creo) era el Egeo; pues las muchas islas que se dividen en una y otra parte del mar mostraban que el mar era el Egeo. Y no estaba pintado como implacable y salvaje, ni levantando las olas hacia ellas en nubes, como el Egeo suele enfurecerse contra los navegantes de allí, sino que las olas estaban dispuestas en calma, y toda el agua se teñía de púrpura junto a las mismas orillas, mientras la ola se transformaba suavemente en una flor glauca. Pues los frigios tienen la culpa de haber insuflado la flauta y mezclado los címbalos en los ritos. La parte de la nave hacia el otro lado, que ya se estrechaba hacia la proa, estaba hecha de oro en su material. Allí también es digno de admirar el arte; pues el agua del mar que se dividía alrededor de la proa, brillando con los destellos del oro, parecía transformar el mar en una flor semejante. Por tanto, dadme el arte de Zeuxis, los artificios de Parrasio. Los delfos, ciudad sagrada de Apolo, sirven siempre al dios y danzan alrededor del trípode con peanes. Y, ciertamente, también los eleos lloran, escoltando al río Pisa hacia la fuente siciliana, como si( creo) temieran esto, que el río, al practicar la partida, otorgue sus aguas a otros hombres. Y tal vez también los ruiseñores y los cisnes y todas las melodías volarán contigo. Pues nuestras Musas ya se atreven a fijar sus naves, y amenazan con la huida y el mar, aunque se enfurezca con las olas. Habiendo arrojado la lira de las manos, se condena al silencio de las melodías. Una nave capitana en los puertos, una vela alta, elevada, como para desplegarse con brisas brillantes y marinas. Pequeños son los prados para gracia de las Hespérides, pequeñas en tamaño las pirámides egipcias, y cualquier maravilla que las manos de los persas y asirios hayan trabajado y dejado a los que vinieron después. Pero hacia las queridas
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Atenas, la flota, que te encendió tanto con los deseos que llevas el amor incluso en la punta de la lengua.¿ Y por qué dudas de la respuesta de la estatua común de todos, que está a punto de trasladarse a otros lugares? El mito arrebató el sol a los cimerios, un pueblo occidental, y luego, temiendo la refutación, se esforzó por ocultar el rumor con palabras ambiguas; pero a nosotros ningún poeta parecería mentir queriendo arrebatarnos el sol después de tu partida.¡ Oh, patria querida, ahora siento que te he agraviado realmente, al despreciar tus amores, queriendo concederlo todo a un amante infiel! Pero, siguiendo casi la ley sobre estos asuntos, desvié el discurso hacia el desorden, aunque los dioses colman mi deseo; pues de nuevo los cetros, de nuevo los tronos de la justicia. Esto lo trajo Éfira, una ciudad no solo adornada con mitos para ser admirada, como la mayoría de las ciudades helénicas, sino que presenta la felicidad ante el ojo juez. Así también su linaje se gloría con innumerables discursos, innumerables obras y otras semejantes. Hay que mencionar ya al linaje mismo, no a todo; pues se cansaría( creo) incluso la historia preocupándose por tal multitud. Los que brotaron de aquellos matrimonios llevaban una imagen de su sabiduría en las estatuas de su alma. El golfo Jónico, al bañar la costa, alisa la arena con la ola. A lo largo de esta orilla danzaba un coro de Nereidas, todas blancas, leche misma, como aquella que se formaría al ser dispuesta por las artes de los pastores, glaucas en la mirada, coronadas de musgo, goteando aún la blanca espuma del mar desde las puntas de sus cabellos. Ella ama a su vez al novio, y sella el matrimonio con un regalo; pues hace brotar una fuente desde el medio del mar. Y esta, como si supiera por qué gracia fue creada por la ninfa, roba las aguas a los otros navegantes, pero solo a los de la ninfa guarda para extraer la potable amistad. Lo cual también se ha cantado sobre Aretusa. Que el alma sea inteligente, rápida en la comprensión, connatural a la memoria, dispuesta a los discursos, hábil para ocultar, mejor para pasar inadvertida( esto es más sabio y a la vez más grato a los dioses), y más hábil para descubrir al que se encuentra; superior al placer, inferior a la amistad. Cumbre en sabiduría, hábil para hablar, inexpugnable a la amistad, noble en los temores, elevado como particular, gobernante indulgente, dignificando al particular con su espíritu, pero suavizando con la palabra la arbitrariedad del poder. Pero, ciertamente, también podrías ver a la fortuna escoltando la vida de este como si fuera con viento en popa. Era un anciano venerable a la vista, antiguo en su vida, semejante en su discurso. Sabio para hablar, mejor para escuchar, noble en todo. Estando ya lleno de renombre, y volviendo toda la Hélade hacia sí mismo, pasa también al rey con su prodigio antes de que le creciera la barba, antes de que se arrastrara el primer bozo. Pero era propio del poeta en este punto del discurso entrelazar la corona con rosas y traer a las Musas desde el Helicón. Alrededor de aquella ciudad, que Europa, terminando desde Gadir, se divide hacia Asia por un estrecho de mar. Este cabalgó también a lo largo del Istro, y no temió al río bárbaro que imitaba las llanuras con cristal. Y puesto que un dios, queriendo perfeccionarlo en toda virtud, puso a veces el viento de la fortuna en contra, para que, tal como era, así fuera mostrado a todos en su juicio incluso en las tormentas de los asuntos y en el invierno de la vida y se distinguiera también en esa parte,¿ qué poeta o compositor de discursos podría aportar aquí una voz digna de lo realizado por él? No una Escila y Caribdis siciliana, sino que a hombres insensatos, por encima de aquel salvaje siciliano, el pastor, el Cíclope, movilizando innumerables falanges contra él, no con armas de combate cercano ni con lanzas y picas, sino con prudencia y palabra, los aplacó por toda la tierra. Y el llamado jefe y corifeo de los Telquines, habiendo recibido un golpe certero, gime llorando la guerra. Toda Asia, no la que ahora llamamos así, poniendo el nombre de todo el continente solo a una parte, comienza desde los indios arriba, hacia el este y el norte con el golfo Eritreo y el Fasis, y hacia el sur y el sol
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que se pone, separándose de Egipto y del mar Jónico hacia los otros continentes y terminando, y la extiende desde la Propóntide hasta Panfilia, recorriendo el costado, que todo él baña el Egeo, naciendo también él mismo de un solo principio en este costado. Y los hombres que habitan las ciudades no muestran a sus antepasados con la cigarra y la túnica, sino con virtud y sabiduría, claramente, de donde( creo) también fueron en la antigüedad. Pues este Meles( pues no es lícito pasar en silencio a quien engendró tal lengua) nace de los suburbios de Esmirna, y lo engendran innumerables fuentes que brotan cerca unas de otras, desde las cuales el río, al desbordarse, se vuelve marítimo de inmediato, navegable desde las fuentes tanto para barcos de carga como para remos. Tras pasar las orillas de ambos lados, coronadas de cipreses y cañas, comparte su corriente con el mar cercano, si es lícito llamar a eso corriente; pues no oirás un sonido, ni te parecería que el agua se mueve, sino que, como un amante que desea robar la compañía de sus favoritos, se mezcla a escondidas con el mar, alisando la ola con su corriente. Pues ahora, queriendo llamar poéticamente al viento, y luego no teniendo una voz poética para soltar, quiero llamar al viento desde la Musa de Ceos. Y suave, derramándose sobre las olas, divide las olas de color púrpura alrededor de la proa. Pues no busca amores insensatos al esforzarse por navegar tu mar, sino que desea que todos los jonios cumplan los sagrados misterios de la templanza. Se dice que los rodios fueron bañados en oro, habiendo roto Zeus una nube dorada sobre ellos; pero vuestra fortuna, de la que disfrutaréis a través de este, no la dirá un mito ambiguo, sino que los prodigios estarán ante los ojos. Así pues, la hermosa primavera no iba a traernos ruiseñores ni cisnes ni cigarras, sino al sol mismo que iba a iluminar Jonia con sus rayos dorados. Pero antes que todos los demás, el potro que encabeza mis potros, sagrado y altivo, como los que los niseos crían para el dios Helios, a este potro, habiéndolo adornado con los frenos de las Musas y las cintas de las Gracias, habiéndolo hecho todo atado, como si trajera primicias de mi rebaño a algún dios, lo consagré. Y que estrellas glaucas se levanten iluminando la partida con luz brillante. Y mis discursos se esfuerzan por anticipar casi lo que vendrá, y se apresuran a unir la oda de llegada con las melodías de partida, teniendo en mente quiénes( creo) serán entonces, cuando, al verlo regresar, las Musas se dispongan a danzar de nuevo para él. Prólogo de otro discurso exhortativo. Pero Lisipo era hábil no solo con la mano sino también con el juicio. Lo que aquel se atrevió a hacer a través de su propio juicio. Inscribe el Kairós( la Ocasión) entre los dioses, y habiendo dado forma a su naturaleza en una estatua, la explicó a través de la imagen. Y la obra de arte es, según recuerdo, de esta manera. Hace a un niño de aspecto delicado, en la plenitud de la juventud, con cabellos desde las sienes hacia la frente, pero desnudo en todo lo que se divide desde allí hacia la espalda, armado con hierro en la mano derecha, sosteniendo una balanza en la izquierda, alado en los talones, no para elevarse en el aire sobre la tierra, sino para que, pareciendo tocar la tierra, pase inadvertido robando el no apoyarse sobre la tierra. Y Glauco, como si( creo) acechara el momento oportuno de la competición, llegó solo al certamen y fue el primero en tener la corona. Pues todo es hermoso a su tiempo, y el arquero es certero, quien sabe lanzar flechas en el momento oportuno... Y, en efecto, los ruiseñores vuelan al cielo desde la tierra; pues el mito se atreve a llevar a las aves al cielo mismo por causa del canto. Llegaron, pues, ante el cisne. Y este resultó estar en un prado primaveral, a punto de entregar sus alas al canto por el céfiro. Del discurso al recién llegado egipcio. Los egipcios llaman codos al crecimiento del Nilo, y miden las aguas, y el codo se convierte para ellos en una fiesta. Y verás a los nobles de los generales proclamando sus innumerables victorias a partir de trofeos menores. Temístocles era pequeño en Artemisio( pues aún se distinguía contra los precursores del rey),
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mayor en Psitalia, grande en Salamina; pues allí bautizó a toda Asia luchando. De un discurso de despedida. Y esto quizás lo haces bien; pues es necesario, ciertamente, que quien desea ser alabado desee también aquellas acciones de las cuales proviene el ser admirado; pues no bastaron a los hijos los discursos solemnes de Pericles, sino que, volviéndose indignos de la virtud paterna, adquirieron, ciertamente, la causa de una mayor difamación por la gloria paterna. Y también de muchos otros hombres excelentes han nacido hijos, para todos los cuales los nombres de los padres no fueron más que un elogio, sino una refutación de su maldad.¿ Cuál es entonces( quizás dirás) el remedio de la mente? La virtud y la palabra, la una gobernando y supervisando la palabra, la otra, como un hábil servidor de una buena reina, cumpliendo con todo afán lo de aquella y llevando a la obra sus mandatos. Hay también otro innumerable coro de virtudes, que encontrarás todo dentro de los palacios de la educación. Y a estas, como nodrizas y madres de aquellos, te las presento y digo, ciertamente, que a través de ellas alcanzarás también la caza de lo que sigue. Y los niños, liberados de los maestros, enviaban aquella procesión. Y el frigio Midas, queriendo capturar al Sátiro, envenena las aguas con vino, y habiéndolo atado con sueño y letargo, hacía del Sátiro una presa. Del discurso sobre la estancia en la escuela; el prólogo.¿ Hay acaso algo también en nuestros discursos, amigos, que sea un remedio capaz de traer la paz?¿ Y qué desea la técnica que está entre nosotros presumir de algo tal, como lo que Homero insinúa a través de la copa de Helena, que la hija de Zeus pone a los extranjeros que lloran en casa de Menelao?¿ O es que el remedio de Helena no era una hierba, ni una técnica egipcia que preparara una bebida que hace olvidar el dolor, sino una palabra dulce y omnisciente, capaz, a modo de remedio, de apagar la ira que hierve desde el medio del corazón? Y la poesía lleva el mito a Egipto, para insinuar a la madre de los sabios discursos.¿ Pensaba alguna vez el rey de forma más pequeña? Timoteo no permitía esto, sino que elevaba la mente del rey al cielo con sus melodías.¿ La ira hervía más de lo debido? Aquel, estando presente, quitaba lo que sobraba con sus acordes.¿ Estaba desanimado? Lo mostraba sonriente de inmediato.¿ Se entregaba a los placeres? Podrías ver a Alejandro solemne de inmediato después de la música. Y, para decirlo todo, era posible ver a aquel tal como lo hacía Timoteo a través de sus flautas. El Céfiro suaviza las olas con sus brisas.¿ Y un orador ático y un discurso heleno no resolverán una disputa, si solo hablaran? Jenofonte también hizo campaña; pues, en efecto, Jenofonte también llevó lanza después de Sócrates. Pues lo que es bien nacido es bien adaptable. Alcibíades era delicado cuando vivía entre los atenienses; era solemne en Lacedemonia; solo él refutaba las costumbres de los persas en cuanto al lujo. Y si alguna vez era necesario preocuparse por los discursos y ejercitarse en la filosofía, hacía de todo el Liceo y la Academia sus propias reuniones. Los que se ocupan de la historia sobre estos. Del discurso sobre la estancia de los chipriotas; el prólogo. Los poetas conceden Chipre a Afrodita, la diosa, así como Delos a Apolo. Pues Chipre es una gran ciudad; los pueblos son helenos en la lengua con precisión. El mar engendraba a Afrodita desde el cielo; y los discursos místicos mandan ocultar estos dolores, cualesquiera que sean. Y era necesario, pues, que la diosa fuera finalmente dada a luz. Se detiene de inmediato y el mar trae calma, tiñéndose de púrpura con olas suaves alrededor del lugar. La Afrodita Pandemos no tiene nada en común con la Urania. Pues la una engendra amores profanos y no puros por naturaleza; para la otra, dorados son los hijos, doradas también sus flechas, y sus objetivos son almas recién iniciadas e inmaculadas. Del discurso pronunciado sobre el de Capadocia. Ni más allá del Istro y el Tanais, sino sobre toda tierra y mar vino el escita montado sobre la flecha. Y la flecha era, pues, el discurso de Apolo. Y un río allí que tiene un mito digno de ser escuchado por los helenos. Dioniso vino sobre los indios, un linaje que negaba la gracia de Dioniso. Y el ejército eran Bacantes y Sátiros, y las armas pieles de cervatillo y
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tirsos. Y ellos, en cuanto vieron al dios, se rindieron, y habiendo arrojado las armas, los que antes luchaban se establecieron en un coro para Dioniso. Y cuando estaban siendo llevados dentro de los límites de los capadocios, acampan en la orilla del río, al cual también iban a dar el nombre, siendo necesario lavarse en las aguas; el río cambia y el agua plateada que se mezcló con los indios se vuelve negra, y ellos hacen que el río sea y se llame lo que ellos mismos eran. Desde allí el rumor lleva al joven. Y nuestra riqueza no es un oro gígada o lidio, sino unos niños que florecen en su estación y están en la plenitud de su edad, altivos a la vista y de cuello erguido, como nacidos desde el medio del pecho de Zeus. Del discurso de cuando, siendo solicitado para la demostración, luego dijo: el prólogo. Los persas se esfuerzan por el arco, y toda la vida es para ellos carcaj y flechas. Alabo la ley, justa prueba de un juicio laborioso; pues conviene que las cosas valiosas sean raras. La naturaleza conoce esta ley antes que los persas. Nadie habría considerado ver el Océano, si no se hubiera derramado huyendo de lo que está en medio hacia los límites de la tierra.¿ Y qué discurso habría sobre las pirámides, si este espectáculo no estuviera lejos?¿ O sobre la piedra de Memnón en Etiopía, si su madre no la hubiera colocado también allí por encima de la mucha visión? Por esto creemos que el discurso sobre él es verdad, y no un mito, porque una piedra que se mezcló con el sol suena y habla como un hombre. Apenas la naturaleza concede también una rosa a los hombres. Y ni siquiera esta brota de una vez y se despliega igual, sino que, habiendo permanecido la mayor parte de su plenitud dentro del cáliz, tarde asoma y se abre. Pero ni siquiera es posible cosechar cuando los hombres quieren; sino que, aunque quieras recoger higos, esperas la estación que lleva el nombre de la cosecha. Pero el bronce de Dodona, porque suena siempre, el tiempo, habiéndolo odiado, lo disolvió en mito como artificio. Pues la costumbre es hábil para engendrar hastío y para arruinar el poder con la insolencia. Habitamos la tierra y buscamos el mar, y navegando de nuevo observamos los campos. El navegante felicita al labrador, y el labrador considera, a su vez, al navegante afortunado. Todo esto son juegos del hastío. La costumbre engendra hastío. Huyamos del hastío, hijos; este dispara a menudo por insolencia incluso a los mismos amores. Pues esto escuché alguna vez del proverbio. Del discurso a Musonio, el procónsul de Grecia; el prólogo. Me obligaste a romper la ley, a mí que dudo mucho de los teatros y que me apresuro a alejar los discursos de las asambleas públicas. El cisne también rompe el silencio, cuando escucha a Apolo tocando la lira, y el Céfiro, habiendo sonado líricamente, saca al ruiseñor de las cuevas hacia el sol. El navegante también se atreve con las olas, y el hombre báquico, confiado, levanta el salto, el uno cuando la primavera calma el mar, el otro cuando siente que Dioniso agita el tirso. Un poeta audaz no dudaría( creo) en compararte incluso con el mismo Apolo. Y los arcos y las flechas te son tan queridos como para mostrar la naturaleza de Apolo, pero permanecen siempre sin sangre; pues no es lícito que el asesinato de hombres toque tu punta, sino que alguien huyó por tu voto y el verdugo ya levantaba la espada contra la degollación. Así también un potro es bien domado y un cachorro es bien adiestrado, cuando, sin aguijón ni látigo, el domador de potros quiere criar al caballo y el adiestrador al perro domesticándolos con la mano.¿ Qué hizo grande a Ciro entre los persas? Un carácter manso y dulce. Pues la ciudad tuvo éxito siempre contra los bárbaros. Uno de los mejores anuncia alguna vez la victoria al pueblo; y ellos lo admiraron tanto por su entusiasmo, que una estatua de bronce está erigida entre los atenienses a partir de aquellos discursos. Del discurso al recién llegado Severo; el prólogo. Aquiles recordaba también la lira incluso durante las batallas; y las llanuras brillaban con las armas, pero él afinaba la cítara en su tienda. El tema del canto: Aquiles amaba la virtud, y imitaba los renombres de los hombres, unas veces luchando, otras trabajando en cantos. Había una disputa sobre los favoritos de los dioses; pero ni Atenea, teniendo las armas, disputaba con las armas, ni Poseidón, llevando el tridente, lo había
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presentado, sino que ella levantaba el brote, y él resonaba con la ola. Y un voto resuelve el juicio, y Atenea recibe los premios de la victoria. Y una tocaba la flauta, la otra tenía la cítara, la otra insuflaba la siringa. De la charla; el prólogo. Cuando las Musas danzan por el Helicón, todo se llena de sonido para mí. La cigarra suena, y recuerda el mito con la melodía, que yo, dice, siendo hombre, cantaba siempre, y puesto que cambié la naturaleza, no abandoné el deseo con la vida. Y géneros de ruiseñores y golondrinas, y además bandadas de cisnes danzan alrededor de las diosas. Del discurso al conde Ursacio. Cuanto pueden los pintores, también pueden los discursos; más aún, toda imitación es menor frente a los discursos. Dicen que Abaris el sabio era de linaje hiperbóreo, pero que se había vuelto heleno en la voz, y escita hasta en la vestimenta y el porte, pero si movía la lengua en algún lugar, se consideraba que esto era aquello desde el medio de la Academia y del mismo Liceo. Se dice que el joven eleusino fue arrebatado por Deméter, para que cambiara la mesa nómada por trigos cultivados. Abaris llegó a Atenas teniendo arcos, ceñido con un carcaj al hombro, apretado con una clámide. El cinturón era de oro sobre los lomos, pantalones que se extendían desde las puntas de los pies hasta los glúteos. Encontramos a este por todas partes, como en la armonía de una lira, sonando el discurso en acuerdo con el juicio. Era dulce al encontrarse, hábil para realizar una gran obra en silencio, agudo para ver lo presente, previsor para guardarse de lo futuro, inferior a la sabiduría, amante de la amistad, confiando poco en la fortuna, confiando todo en el juicio. Del discurso al amigo Severo.¿ Pues quién más que tú perseguía con rapidez la naturaleza de lo justo, o quién, habiéndola perseguido con rectitud, la publicaba?¿ Quién tan agudo para actuar, quién lento para castigar al que está en peligro?¿ Quién tan superior al oro, quién inferior a la filantropía y a compadecer al que ha sufrido desgracia? Grande en los discursos, pero más grande en obras y acciones. Del discurso a Scilacio, el procónsul de Grecia. Un escudo que brilla con oro, y que anuncia la mano de Hefesto con los prodigios, porque solo por la sabiduría sabía imitar la naturaleza con el arte. El Meandro, río de los carios, cuanto le falta en multitud frente al Nilo, tanto le sobra en naturaleza. Pues del uno es mito la tierra que concede a los egipcios; el otro, habiendo despojado a los navegantes del mar, dio a los labradores para dividir los surcos con arados en lugar de olas. Podrías ver una llanura donde antes había mar, y en lugar de delfines escuchas a un cervatillo saltando, y en lugar de un navegante que da órdenes, escuchas a un pastor que suena la siringa. Del discurso a los recién llegados efesios; el prólogo. Cuando Apolo, habiendo establecido el trípode adivinatorio, profetizaba a los que venían de todas partes, todos los linajes y todas las ciudades se dirigían ante el dios, guiados por el rumor. Del discurso a los amigos de la patria; el prólogo. Pero, en efecto, es hora ya, hijos, de afinar nuestra lira también para los ciudadanos.¿ Qué haremos con la ciudad que nos dio a luz? Pero puesto que nosotros no cabalgamos en carros ni nos esforzamos por las cosas de los poetas, vamos, fortalezcamos la ciudad con hombres y discursos.¿ Qué de todas las cosas enloqueció al gran eco de Homero?¿ No fue la gloria de los hombres? Yo busco la virtud, y a partir de esta quiero alabar a los hombres. Y de la virtud de mando hay pruebas dobles: los votos del rey y los deseos de los gobernados. Es digno observar la naturaleza junto con las obras; y uno encontrará igual las acciones resonando y la naturaleza desde donde se logran.¿ Cuáles son, pues, las señales de su naturaleza? Agudo en prudencia, elevado en juicio, incansable en hacer el bien, popular en el carácter; si hubiera que hablar, superando a Pericles, pero si hubiera que hacer algo, imitando a Alcibíades, o más bien, amante de la patria y superior a las riquezas, lo que el escrito ha llamado a Pericles, pero al actuar mucho más ardiente que el hijo de Clinias, sin arte, no menos adaptable que toda lira para toda acción. Los mitos egipcios declaran que Proteo también fue alguien así, cuando lo cambian unas veces en agua, otras en árbol y llama; pues quieren significar con esto la facilidad de su naturaleza. Del discurso a
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Privato Romano: el proemio. El deseo del fuego de Eleusis arrastró, en efecto, también a Anacarsis el Escita hacia los misterios. Del momento en que regresó de Corinto. Si acaso el destino separara los cuerpos, que al menos el alma prevea y no se desgarre por el deseo de los amados. Reconozco la pasión; la poesía interpreta mi propia opinión. De la propemptica a Ampelio: el proemio. Iba yo, pues, oh muchachos, iba a encontrar solo entre los helenos los lazos de la huida de este. Ayer amenazaba con fugas y carros, hoy ha sido visto presa en mis redes. Se dice que Alejandro fue un certamen para las artes de antaño, de modo que, habiéndose repartido su figura, Lisipo y Apeles interpretaron la naturaleza del rey, uno con pigmentos y el otro con bronce. Pero dado que el discurso, superando el cuerpo, se ocupa del alma, de su belleza y sus gracias, este sería también un pintor veraz. No adquieras al piloto experto para toda navegación; pues lo infinito se perturba en la necesidad, mientras que quien ha practicado confía en el arte que aprendió. Desde las puertas hasta la meta, dirigid el camino por igual.¿ Eres manso? También esto es una ventaja común.¿ Odias la maldad? Se ha aliado contra la maldad.¿ Has evitado el contacto con dones injustos? Este también cerró las puertas del alma al oro insolente que pone a prueba la justicia; pues supo que la justicia con pocos no es reproche, sino que la riqueza con injusticia es enemiga de la virtud y de ser admirado. Este es, pues, el primer principio de los encomios, porque es también principio de las acciones.¿ Qué podría decir uno después de esto, y qué debería omitir? Pues hablar es difícil, y no hablar es ingrato. Pues así como quienes contemplan la belleza de las estatuas tienen los ojos retenidos por lo primero que se presenta, y al trasladar la mirada de un lado a otro se desesperan sobre qué contemplar primero; o más bien(¿ qué necesidad tengo de una imagen antigua?), como quienes contemplan alguna de las nuevas creaciones se ven forzados a mirar todo a la vez por la belleza que inunda el conjunto, pero se dividen la mirada por el asombro al ser atraídos por una parte y otra, así también todas tus acciones, al presentarse desde todas partes, buscan otra historia y no soportan la ley actual de los discursos.¿ Dirá uno las acciones o los juicios?¿ El celo en cada caso o las preocupaciones por el conjunto?¿ La previsión de la pobreza o el control de los poderosos con mansedumbre? Pero gracias a ti, incluso Esparta se deleita, habiendo cambiado un cabello descuidado por una cabellera floreciente.¿ Quién podría declarar dignamente la infinita multitud de las construcciones? Para Pericles bastaban los Propileos y el Partenón para la ambición, y la casa real de Darío, y la vid de oro de Artajerjes, obra de Teodoro de Samos, obra inútil de un medo que se deleitaba contra la naturaleza. Tú, en cambio, comenzando desde las Puertas hasta el rincón del Peloponeso, has hecho que todo el espacio intermedio parezca ciudades. Había un callejón llamado Colito en el centro mismo de la ciudad, que tenía nombre de demo y era honrado por la necesidad del mercado. Por la fama de antaño, este también llega al lugar, guiado por la reputación; al ver la naturaleza del lugar, se avergonzó más por la ciudad debido a la construcción, pero no dejó que la ciudad se sonrojara más por el asunto. Tú también demostraste que los mitos son creíbles, porque hasta la piedra gime cuando ama y derrama lágrimas como un amante que roba a su amada; tanto que temo que el deseo por ti cause alguna pasión, y algunos, cambiando su naturaleza, engendren luego un mito extraño, convirtiéndose en flor o árbol. Del discurso al eparca Anatolio: el proemio. A Aquiles, llorando la muerte de su compañero en Homero, Zeus, enviando una señal desde el cielo a través de Hermes, le ordenó tomar las armas. Vamos, pues, también nosotros, como si fuera por un guiño desde arriba, disolviendo la pasión en una festividad, bailemos para el guía de las Musas. El gran eparca se ha convertido en presa de nuestro arte. Esto no es mito ni refinamientos áticos, un Dioniso extranjero de Tebas, un Poseidón amante desde la ola, como los lacedemonios bromean contra la ciudad, sino un encuentro verdadero, sino educación y leyes, raíz de los
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bienes y metrópolis. Él mismo planta su propia alma en esta planta, regando los manantiales áticos. Pero siempre lo bello es escaso, y prepara una gloria inmortal para quienes lo conciben. El primero, el sabio Anacarsis, vino de los escitas a los helenos, y el primero, Pélope, de los lidios, cabalgando sobre caballos inmortales en la calma. Y recibe como recompensa por la innovación dar su nombre a la tierra. Y el elogio está aún en las orillas, pero el discurso navega en alta mar, sin ver puerto que aparezca. Es mejor, quizás, habiendo cazado la naturaleza de este con una imagen, imitar la de Fidias. Fidias no ignoraba cuán grande y en cuántas cosas era Zeus, siendo su alma más sabia que su mano. Queriendo, pues, cazar la naturaleza de Zeus con una sola estatua, mezclando oro con marfil, plasmó tanto al Olímpico para los eleos como a Zeus para los demás hombres en una sola imagen. Pero quiero escribirte el cuadro con fármacos divinos; pues las cosas terrenales se lavan rápidamente con el tiempo. Si a alguien le place llamar al cuadro dogma y gloria, no discreparé. Cuando este cuerpo grande se cansa, corrompido por la enfermedad de la maldad, que nosotros consideramos tierra y centro de aquel mundo divino, entonces el huso de Láquesis, habiendo rasgado el cielo con sus hilos, lleva desde el hogar de Zeus un alma pura, que transporta entre nosotros la esencia de los espectros divinos. Esta trae justicia, esta trae valentía de sí misma; tal alma es pura autoconciencia. Le sigue también una miríada de virtudes innatas, altura de alma, magnificencia de juicio, voz libre, manos sin dones, deseo de amistad, amor a la verdad, carácter inmutable. No juzgando la virtud por la amistad, sino pesando las cosas de la amistad por la virtud. Del discurso a Febo, hijo del procónsul: el proemio. Habiendo cambiado la puerta del sofista por una lengua más pequeña, supongo que es natural encontrar discursos y narraciones sofísticas. Isócrates el sofista( cuyo nombre creo que es conocido por todos junto con sus discursos, porque gracias a él la lengua de los sofistas, despreciando las cosas poéticas, abrazó su propia ley) abría siempre con su discurso los palacios de sus propias musas a los amantes de los discursos. Del discurso a Arcadio el médico y conde. Pues relató que los jóvenes jugaban alrededor de la cámara, y con sus propios encantos hacen que la gracia los delate. Ahora, otro certamen, y otro estadio, y un recinto de las Musas que se abre a los iniciados santos. Jugando a los dados sobre los más queridos. Dicen también que Democedes de Crotona fue aquel que primero trajo la medicina a Grecia desde los bárbaros. Del proemio al discurso exhortativo a los compañeros que se acercaron. El que es irascible en su alma, habiendo mezclado la pasión con la razón, fue llamado valiente. El que es delicado en su vida, habiendo puesto medida a su naturaleza, obtuvo la templanza. El mar también cambia su naturaleza en muchas formas; se vuelve púrpura cuando calma las olas, pero tiene un rostro sombrío cuando se enfurece perturbado por las olas. Del discurso propemptico a Flaviano: el proemio. Me has arrojado, oh amigo, a una lira mejor, sufriendo, para saludarte después de Libia, huyendo de repente hacia una melodía sombría. Aún no se ha visto la primavera, y el invierno helespóntico, al golpear, congela el alma; aún no hemos visto el sol, y al inclinar los rayos hacia otro lado, amenaza con hacer noche a los helenos. Antes de sonreír nos entristecemos, antes de sacrificar a los dioses del camino rezamos. Que los discursos sean juzgados más cobardes que la mano, dudando en hacer lo que la cera y el hierro desean. Pues la fama siempre navegaba desde Libia hacia los helenos. Hacía a Aura delicada y juguetona, como las que los pintores lidios hacen en los cuadros, embriagados por el arte. Habiendo subido un poco el discurso desde el medio, dejaremos que fluya luego hacia Libia. Nadie vence, porque todo es admirado. Pero el discurso, habiendo seguido al deseo como a una corriente violenta, fue desviado casi hacia otro camino. Hay que llevar, pues, el discurso de vuelta a Libia. Pericles fue juzgado segundo en persuasión, Temístocles más lento en rapidez de juicio, Platón en naturaleza, y Solón en leyes; y todos saben
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que aquello con lo que cada uno se enorgullece como si fuera lo único, así lo hacen todos.¿ Qué haré?¿ Qué deliberaré?¿ Enviaré un eparca a los romanos? Pero el pueblo lujoso no conoce un auriga solemne. Quizás Cartago me molesta, ciudad en Libia que por su virtud pensó alguna vez contra Roma, ciudad que nutre a toda Italia con sus bellezas, ciudad que no es la primera solo porque avergüenza a Roma. Una gran ciudad corre peligro por mí, y todo un continente es gobernado por timones malvados. Enviémoslo a él, el gran auriga de la justicia. El rey supo esto, y tablillas doradas llegaron de inmediato a su opinión. Llegado a este punto del discurso,¿ qué contaré primero, qué después, y qué al final? Pues las acciones se mueven desde todas partes, y todo es igual, y el hablar es tan difícil como el no hablar, porque lo uno es impedido por la multitud y lo otro por la magnitud. Hay que decir, pues, no todo lo que hay, sino todo lo que es posible. Viendo que enviaba la flota contra el invierno como contra la calma, y contra las olas como contra puertos, unos lo deseaban como a un amante ardiente, otros temblaban como ante alguien invencible a todos los temores. Enviaban una procesión mejor que la de Hefesto. El pueblo resonaba con olas, y el aplauso desde la ciudad con el oleaje; y el grito de Cartago asombraba el ruido del mar. Que todos tengan perdón, tanto viejo como joven, si pronuncio versos; pues el amor sabe, sabe hacer también el discurso autónomo. Este padeció una enfermedad mayor que su propia fortuna, pero no menor que su maldad. Y que nadie se asombre si aquel padeció esto contra tal hombre. Desde arriba, la censura brota contra los mejores gobernantes por parte de los inferiores. Cleón calumniaba a Pericles, Nicias huyó de Hipérbolo, Demades juzgó a Demóstenes, Cleofón acusó a Alcibíades, un hombre de Serifo injuriaba a Temístocles. Pues envidiando lo que sobresale de la fortuna, se esfuerzan por igualar lo que falta de mérito con audacia. Ahí es donde más demostró cuán grande es la distancia entre la virtud y el modo de vida malvado. Se leyeron otros discursos de la biblioteca de Diodoro, y el 32 y 34, y el 40 y 38, y el 31 y 2 y 4, y 10, y el 37 y 38. De los cuales la presente edición contiene una selección. Que muchos otros también han relatado que desde una forma y suposición femenina se revelaron a la forma y naturaleza de un hombre; pero también Diodoro en el 32 de las historias relata tales cosas sobre esta peripecia, exponiendo lo relativo a Alejandro, el que reinó en Celesiria y Antioquía. Dice: Alejandro, tras la batalla, huyó con quinientos desde Arabia hacia las llamadas Abas, ante el dinasta Diocles, ante quien también había dejado a su hijo Antíoco, siendo un niño. Luego, los jefes que estaban con el hijo de Helias, que acompañaban a Alejandro, negociaron en secreto sobre su propia seguridad, prometiendo asesinar a Alejandro; habiendo consentido Demetrio sobre lo que pedían, se convirtieron no solo en traidores del rey sino también en asesinos. No es digno pasar por alto la peripecia ocurrida antes de la muerte de Alejandro, que quizás no sería creída por lo paradójico. Pues el rey Alejandro, poco antes de los tiempos presentes, consultando el oráculo en Cilicia, donde dicen que está el templo de Apolo Sarpedonio, se dice que el dios le ordenó evitar el lugar que trajo al bimorfo. Y entonces pareció que el oráculo era enigmático, pero más tarde, después de la muerte del rey, se conoció el oráculo por tales causas. En Arabia, en las llamadas Abas, vivía uno llamado Diofante, de linaje macedonio. Este, habiendo casado con una mujer árabe local, engendró un hijo homónimo a sí mismo, y una hija llamada Heraida. Al hijo lo vio morir antes de su plenitud, y a la hija, teniendo edad de matrimonio, la dotó y la hizo convivir con uno llamado Samiades. Este, habiendo convivido con la casada durante un año, partió a un largo viaje. Dicen que Heraida cayó en una enfermedad paradójica y totalmente increíble; pues se produjo una fuerte inflamación
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alrededor de su vientre. Habiéndose hinchado más el lugar, y luego al añadirse grandes fiebres, los médicos supusieron que se había producido una ulceración alrededor del cuello del útero. Usando ellos los tratamientos que suponían que calmarían las inflamaciones, y siendo el séptimo día, se produjo una ruptura de la superficie, y salió de los genitales femeninos de Heraida un miembro masculino, teniendo testículos adyacentes. La ruptura de estos y la pasión ocurrió sin médico ni otros presentes, salvo la madre y dos sirvientas. Entonces, habiéndose quedado atónitas por lo paradójico, hicieron el cuidado posible de Heraida, y silenciaron lo ocurrido. La que fue liberada de la enfermedad vestía ropa femenina, y mantenía el resto de la conducta como ama de casa y casada; pero era supuesta por quienes conocían la peripecia como hermafrodita, y según la convivencia ocurrida con el hombre, al oponerse la unión según la naturaleza, parecía que ella se había acostumbrado a los comportamientos masculinos. Estando oculto a los de fuera este estado, regresó Samiades y, como correspondía, buscaba a la casada; y como ella no se atrevía a salir a la vista por la vergüenza, dicen que Samiades lo llevó pesadamente. Al insistir más continuamente y exigir a la esposa, y no consintiendo el padre, pero avergonzándose de decir la causa, la diferencia creció mucho. Por esto presentó una demanda contra el padre sobre su propia mujer, llevando la fortuna, como en un drama, lo paradójico de la peripecia hacia una acusación. Habiéndose reunido los jueces y dicho los discursos, el cuerpo disputado estaba presente en el juicio, pero los jueces dudaban si correspondía que el marido de la mujer o el padre de la hija tuviera el dominio. Al final, creyendo los jueces que la casada debía seguir al marido, la naturaleza masculina aclaró la verdad, y con audacia atrevida, habiendo roto la ropa que fingía, se mostró a todos, y lanzó una voz quejándose, si algunos obligan a convivir a un hombre con un hombre. Habiéndose quedado todos atónitos y señalando con voz de asombro lo paradójico, dicen que Heraida, habiéndose descubierto la vergüenza, cambió el adorno femenino por el estado de un joven, y los médicos, habiéndose mostrado ante ellos lo aparecido, supieron que se había ocultado una naturaleza de varón en un lugar del mismo tipo que la naturaleza femenina, y habiendo envuelto la piel la naturaleza más allá de lo habitual, se había producido una perforación, por donde salían los excrementos; por lo cual, habiendo ulcerado el lugar fistulizado, debían cicatrizarlo, y habiendo hecho decorosa la naturaleza del hombre, pensaron usar el tratamiento posible. Heraida, habiendo sido renombrada Diofante, fue inscrita entre los caballeros, y habiendo formado fila con el rey, regresó a las Abas. Por eso también el oráculo antes desconocido se conoció entonces al ser degollado el rey en las Abas, en el lugar donde el bimorfo había nacido. Dicen que Samiades, esclavizado por el amor y la convivencia anterior, y contenido por la vergüenza del matrimonio contra natura, declaró a Diofante heredero de sus bienes por testamento, y se quitó la vida, de modo que la mujer nacida tomó la gloria y audacia de un hombre, y el hombre se volvió más débil que un alma femenina. Una peripecia similar a este estado se completó treinta años después en la ciudad de los epidaurios. Pues había una epidauria, que parecía ser doncella, huérfana de padres, llamada Caló. Esta tenía el conducto mostrado por la naturaleza a las mujeres sin perforar, pero al lado del llamado peine, habiéndose fistulizado el lugar desde el nacimiento, excretaba los excrementos de los líquidos. Habiendo llegado a la plenitud de la edad, fue casada con uno de los ciudadanos. Convivió dos años con el marido, no admitiendo la unión femenina, pero viéndose obligada a soportar la unión contra natura. Después de esto, habiéndosele producido una inflamación
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alrededor del peine y habiéndose añadido terribles dolores, se convocó a una multitud de médicos. Y de los otros ninguno prometía curar, pero un vendedor de fármacos, prometiendo sanar, cortó el lugar inflamado, de donde salieron genitales de hombre, testículos y un tallo sin perforar. Habiendo quedado todos atónitos por lo paradójico, el vendedor de fármacos ayudó a las partes restantes de la mutilación. Primero, habiendo cortado la punta del miembro, lo perforó hacia la uretra, y habiendo bajado un tallo de plata, sacaba por ahí los excrementos de los líquidos, y habiendo ulcerado el lugar fistulizado, lo unió. Y de esta manera, habiéndolo sanado, pedía el doble de la paga; pues decía que había recibido a una mujer enferma, y había dejado a un joven sano. Caló dejó las lanzaderas de los tejidos y el resto del trabajo de lana de las mujeres, y habiendo tomado ropa de hombre y el resto del estado, fue renombrado Calón, habiéndose añadido una sola letra al final, la n. Dicen algunos que antes de cambiar a la forma de hombre había sido sacerdotisa de Deméter, y habiendo visto lo invisible para los varones, tuvo un juicio de impiedad. Igualmente en Neápolis y en otros lugares más se relata que han ocurrido tales peripecias, no habiéndose creado la naturaleza de varón y hembra en forma bimorfa( pues esto es imposible), sino la naturaleza fingiendo a través de las partes del cuerpo para asombro y engaño de los hombres. Por eso nosotros consideramos dignas de registro estas peripecias, no por entretenimiento sino por beneficio de los lectores. Pues muchos, creyendo que tales cosas son monstruos, son supersticiosos, no solo los ignorantes sino también naciones y ciudades. Al principio de la guerra mársica, dice que un itálico que vivía cerca de Roma, habiendo casado con un andrógino similar a los mencionados, lo denunció al senado, y este, habiéndose vuelto supersticioso y persuadido por los adivinos de Tirrenia, ordenó quemarlo vivo. A este, pues, que había compartido una naturaleza similar, pero no habiéndose convertido en monstruo según la verdad, dicen que pereció por ignorancia de la enfermedad más allá de lo debido. Poco después, habiendo ocurrido algo similar entre los atenienses, dicen que por la ignorancia de la pasión fue quemado vivo. Pues también algunos mitologizan que las llamadas hienas son a la vez machos y hembras, y que se montan unas a otras cada año, no siendo la verdad así. Pues teniendo cada uno de los géneros una naturaleza simple y no mezclada, está predeterminado lo que finge y engaña a los que observan al azar; pues a la hembra le es adyacente algo según la naturaleza parecido a un miembro masculino, y al macho, por el contrario, una impresión de naturaleza femenina. El mismo discurso vale también para todos los animales, naciendo muchos y todo tipo de monstruos según la verdad, pero no siendo alimentados y no pudiendo llegar a una madurez perfecta. Esto baste dicho para la corrección de la superstición. Diodoro, pues, al final de algún lugar del libro 32 de su tratado histórico expone tantas cosas; y otros muchos han relatado tales peripecias. Del 34. Como el rey Antíoco, dice, sitiaba Jerusalén, los judíos resistieron hasta cierto punto, pero habiéndose agotado todas las provisiones, fueron obligados a negociar sobre una disolución. La mayoría de sus amigos le aconsejaban tomar la ciudad por la fuerza y eliminar por completo al linaje de los judíos. Pues eran los únicos de todas las naciones que no participaban de la mezcla con otra nación y consideraban enemigos a todos. Demostraban también que sus antepasados, como impíos y odiados por los dioses, fueron desterrados de todo Egipto. Pues a los que tenían manchas o lepra en los cuerpos, por causa de purificación, como malditos, habiendo sido reunidos, fueron expulsados fuera de las fronteras; los desterrados ocuparon los lugares alrededor de Jerusalén, y habiendo constituido el linaje de los judíos, hicieron tradicional el odio hacia los hombres; por esto también leyes
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totalmente cambiadas establecieron, el no compartir mesa con ninguna otra nación ni tener buena voluntad en absoluto. Le recordaron también sobre el odio ocurrido anteriormente de sus antepasados hacia esta nación. Pues Antíoco, el llamado Epífanes, habiendo combatido a los judíos, entró en el recinto sagrado del dios, donde es ley entrar solo al sacerdote; habiendo encontrado en él una estatua de piedra de un hombre de barba profunda, sentado sobre un asno, teniendo en las manos un libro, supuso que este era Moisés, el que fundó Jerusalén y constituyó la nación, y además de esto, el que legisló las costumbres misántropas e ilegales para los judíos, y él mismo, habiendo odiado la misantropía de todas las naciones, se ambicionó destruir las leyes. Por lo cual, habiendo sacrificado un gran cerdo a la estatua del fundador y al altar al aire libre del dios, derramó la sangre sobre ellos y, habiendo preparado la carne, ordenó rociar con el caldo de esta sus libros sagrados y los que contenían las leyes misóxenas, y apagar la lámpara llamada inmortal entre ellos y que ardía incesantemente en el templo, y obligar al sumo sacerdote y a los otros judíos a ofrecerse a comer de la carne. Exponiendo esto, los amigos exhortaban a Antíoco a eliminar por completo a la nación, y si no, a destruir las leyes y obligarlos a cambiar sus conductas. El rey, siendo magnánimo y de carácter suave, habiendo tomado rehenes, liberó a los judíos de las acusaciones, habiendo cobrado los impuestos debidos, y habiendo derribado las murallas de Jerusalén. Esto dice Diodoro sobre las costumbres y leyes mosaicas, pero también mintiendo sobre el fundador de Jerusalén y sobre la salida misma de los judíos de Egipto, y para la refutación de la mentira, como si se organizara a sí mismo para no ser atrapado, atribuye a otras personas la narración sobre las cosas mentidas, añadiendo a esto la amistad de Antíoco. Escribe también en el libro 40 de la misma biblioteca sobre los judíos esto. Del libro 40, alrededor del medio. Nosotros, que vamos a escribir la guerra contra los judíos, consideramos apropiado exponer de antemano en capítulos tanto la fundación desde el principio de esta nación como las leyes entre ellos. En Egipto, habiendo ocurrido en la antigüedad una circunstancia de peste, la mayoría enviaba la causa de los males al demonio; pues habitando muchos y todo tipo de extranjeros, y usando costumbres cambiadas sobre el templo y los sacrificios, sucedía que se habían destruido entre ellos las honras patrias de los dioses. Por lo cual los nativos del país supusieron que, si no trasladaban a los extranjeros, no habría solución de los males. Inmediatamente, pues, siendo expulsados los extranjeros, los más ilustres y activos, habiéndose reunido, fueron arrojados( como dicen algunos) a Grecia y a otros lugares, teniendo jefes notables, de los cuales Dánao y Cadmo eran los más ilustres; la gran multitud cayó en la ahora llamada Judea, que no estaba lejos de Egipto, pero que estaba totalmente desierta en aquellos tiempos. Dirigía la colonia el llamado Moisés, que superaba mucho en prudencia y valentía. Este, habiendo ocupado el país, fundó otras ciudades y la que ahora es la más ilustre, llamada Jerusalén. Fundó también el templo más honrado entre ellos, y estableció las honras y santificaciones de lo divino, y legisló y ordenó las cosas de la política. Dividió la multitud en doce tribus, porque este número se considera el más perfecto y es acorde con la multitud de los meses que completan el año. No construyó estatua de dioses en absoluto, porque no creía que el dios fuera antropomorfo, sino que solo el cielo que rodea la tierra es dios y señor del todo. Estableció sacrificios cambiados de los de las otras naciones, y las conductas de vida; pues por su propia expulsión de extranjeros, introdujo una vida algo inhumana y
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misóxena. Habiendo elegido a los hombres más elegantes y que más podrían estar al frente de toda la nación, los designó sacerdotes; ordenó que su estancia fuera alrededor del templo y de las honras y sacrificios del dios. Designó a los mismos también jueces de los juicios más grandes, y les confió la custodia de las leyes y costumbres; por eso nunca se da un rey a los judíos, sino que la protección de la multitud se da siempre al que parece sobresalir en prudencia y virtud entre los sacerdotes. A este llaman sumo sacerdote, y creen que se convierte para ellos en mensajero de los mandamientos del dios. Dice que este, en las asambleas y otras reuniones, expone lo ordenado; y en esta parte los judíos se vuelven tan obedientes que, cayendo de inmediato al suelo, adoran al sumo sacerdote que les interpreta esto. Está escrito también en las leyes al final que Moisés, habiendo escuchado al dios, dice esto a los judíos. El legislador se preocupó mucho de las obras de guerra, y obligaba a los jóvenes a practicar valentía y resistencia y, en conjunto, paciencia ante todo sufrimiento. Hacía también expediciones a las naciones vecinas, y habiendo conquistado mucho país, lo repartió en lotes, habiendo hecho lotes iguales para los particulares, y mayores para los sacerdotes, para que, recibiendo ingresos más notables, estuvieran constantemente sin distracciones al servicio de las honras del dios. No estaba permitido a los particulares vender sus propios lotes, para que algunos, por codicia, al comprar los lotes, no oprimieran a los más pobres y causaran escasez de hombres. Obligaba también a criar hijos a los que estaban en el país; y siendo criados los bebés con poco gasto, el linaje de los judíos siempre era numeroso. E hizo que también las cosas sobre los matrimonios y los entierros de los muertos tuvieran leyes muy cambiadas respecto a las de los otros hombres. Pero en las dominaciones ocurridas después por la mezcla de extranjeros, tanto en la hegemonía de los persas como en la de los macedonios que la destruyeron, muchas de las costumbres patrias de los judíos fueron movidas. Así también aquí dice sobre las costumbres y leyes entre los judíos, y sobre la salida de ellos mismos de Egipto, y sobre el divino Moisés, mintiendo en la mayoría, y pasando a las refutaciones de nuevo de lo que mintió sobre la verdad, habiéndose preparado una retirada para sí mismo, refiere ahora también a otro la historia de lo dicho; pues añade: Sobre los judíos, Hecateo de Abdera ha relatado esto. Del 38. Que lo que se dice que ocurrió como causa de muerte a algunos para el rey Joviano, el haberse acostado en una casa recién encalada, pero calentada por fuego debido al frío y que emitía vapores de la cal humedecida, esto relata Diodoro que Catulo lo sufrió voluntariamente en tiempos mucho más antiguos. Pues dice en el libro 38 al principio que los que estaban con Cinna y Mario, reunidos con los jefes más ilustres, deliberaban sobre cómo establecer firmemente la paz. Al final les pareció matar a todos los enemigos más ilustres y capaces de disputar los asuntos, para que, habiéndose vuelto pura su propia facción y parte, administraran sin miedo el resto, y como quisieran, con los amigos los asuntos de la hegemonía. Inmediatamente, pues, descuidaron los acuerdos y promesas hechos, y las matanzas de los condenados por ellos ocurrían sin juicio y en todas partes. Quinto Lutacio Catulo, habiendo triunfado notablemente sobre los cimbrios, y siendo amado por los ciudadanos más de lo normal, sufría la acusación de muerte ante el pueblo por parte de algún tribuno. Temiendo el peligro de la calumnia, llegó a Mario, pidiendo obtener ayuda. Él, que antes había sido amigo, entonces, por alguna sospecha, estando distante hacia él, respondió solo esto: Hay que morir. Y Catulo, habiendo desesperado de las cosas de la salvación
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voladores, sino que cometen un desliz como quienes caminan en el vacío, a menos que, por Zeus, sean atravesados por algún golpe como por una flecha y caigan y mueran. Puede haber también un remolino de aire, como un giro en alta mar, que cobra fuerza debido a su magnitud. Tito, por su parte, si no se hubiera retirado rápidamente al disolverse el espectáculo, previendo el ímpetu de la multitud y su carrera, no habría parecido capaz de sobrevivir ante tal avalancha sobre él. Que Plutarco, como él mismo dice tanto en el presente paralelo como en otros lugares, vivió bajo Nerón. Se leyó el Panatenaico de Arístides, que ofrece una selección de vocablos, nombres y períodos, pero también de pensamientos dispuestos con destreza y belleza. La tierra florecía para toda clase de frutos. Habiendo recibido así los dones de los dioses, imitaron tan bien a quienes los dieron, que ellos mismos se convirtieron para los demás hombres en lugar de los dioses. Y dieron esta primera prueba de haber alcanzado lo que merecían: el hacer uso de lo que poseían como correspondía. Pues no consideraron suficiente ocultar esto mismo en la tierra, sino que estuvieron tan lejos de temer que pudieran hacer a los demás iguales a sí mismos, que pensaron que no había nada más hermoso que mostrar cuánto aventajan a los demás, que si se les viera haciendo el bien a todos. Pero el discurso, como una corriente, me ha arrastrado con fuerza; es hora, pues, de regresar de donde me desvié. Envían, pues, por designio divino, recursos de vida a toda la tierra, como una distribución de algún espectáculo. Pues, haciendo el bien, se adelantaban al deseo de quienes necesitaban ser beneficiados. Pues no hay linaje de Grecia, por así decirlo, que no haya experimentado esta ciudad. De todos ellos es imposible recordarlos primero y dar a la memoria discursos proporcionados. Pero lo que es más honorable de los antiguos y como un principio para narrar a la mayoría: cuando Heracles partió de entre los hombres, la ciudad fue la primera en fundar templos y altares. La frase expuesta es por elipsis, teniendo algo atractivo; y la ha usado en muchos lugares. Y ahora los mesenios existen gracias a la ciudad: pues ella sola, por así decirlo, ha perdurado compitiendo con la fortuna de todos y tratando de inclinar en todo las desgracias hacia el otro lado. Y cambió el proverbio: pues no demostró que hay que mantenerse al margen de un amigo que lo pasa mal, sino que ha hecho amigos a muchos, incluso de los que antes eran adversarios, ante las desgracias. Y no es que se aproveche de los que prosperan y desprecie a los que han fracasado, midiendo la filantropía según la fortuna. Sino que ha hecho de los momentos de infortunio ocasiones para actuar bien, añadiendo a la mayoría los bienes que provienen de ella, y haciéndolos partícipes de lo que, cuando mejor les iba, ni siquiera tenían esperanza. Y ahora, en ambos confines de la tierra, habitan los hijos de nuestros hijos, unos extendiéndose hasta Gadir desde Marsella, otros repartidos junto al Tanais y el lago. Sigue la parte del discurso esperada desde hace tiempo, según me parece, y sobre muchas cosas, las acciones junto con los peligros; las cuales temo que contengan más peligro para quien las cuenta que para la ciudad en el momento en que realizaba las obras. Sin embargo, es necesario abordar también esto ya. Y, ciertamente, esto mismo primero: que todos los que necesitan ayuda se refugien en la ciudad como si fuera, en verdad, sobre dos pies, y no miren a ninguna de las otras ciudades, es un símbolo grande y manifiesto, y mejor que una estela, de que aventaja desde el principio, no solo en cuanto a pasar desapercibida, y un testimonio de dos de las cosas más bellas: valentía y filantropía, o si quieres, digo justicia en lugar de filantropía. Pues todos estos han sido como heraldos suyos, y han hecho el anuncio a partir de las obras mismas, de que a nadie le importa más lo justo que a los atenienses, ni son mejores para impedir todo lo que sucede fuera de lo bello, sino que las otras ciudades son necesitadas de los atenienses, y ellas mismas, por sí solas, completan el número para Grecia, mientras que esta, verdaderamente, como una ciudad que se sostiene en lugares, semejante en su estructura y en sus razonamientos, más firme para los que honran lo justo, y para los que poseen las fuerzas,
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más moderada, o mejor dicho, más precisa para los que honran lo justo en el razonamiento mismo de la justicia, y más poderosa para los que se inclinan a la violencia hasta el final, de modo que vence a ambos géneros mediante ambos. Estos son, pues, ejemplos comunes. La figura del discurso expuesta ha sido llamada con diversos nombres; pues se llama estreptoluto, dialelo, enagonio, diagonio, ji, quiasmo, plecto y luto, eliminación del mal contiguo; estreptoluto porque resuelve lo dicho a partir de los contrarios, enagonio porque parece tener una lucha en la inducción de los pensamientos, ji y quiasmo porque, habiendo dos proposiciones, la de lo justo y la de lo poderoso, lo que debía dar a lo justo, esto lo asignó a lo poderoso, y lo que debía a lo poderoso lo atribuyó a lo justo de nuevo, intercambiando los conceptos. Se llama eliminación del mal contiguo, puesto que se contrapone como justo el sufrir fácilmente y ser injustamente tratado, y como valiente el cometer injusticia, eliminó la maldad de cada uno, por ejemplo, siendo justa y no sufriendo, y siendo valiente y no cometiendo injusticia. Pues aunque puso al final el comparativo del nombre, no es la figura comparativa, sino que, como se ha dicho, metodiza la eliminación del mal contiguo. Pues a las amazonas, que superaron a la naturaleza con sus obras, las destruyeron en una batalla de caballería con una aniquilación total, sin que nadie se levantara hasta el Ática; pero ya habían igualado los continentes como partiendo de una señal desde el Termodonte. Desde allí, como si se hubiera roto una cuerda, retrocedió; y se disolvió para las amazonas tanto el imperio como la carrera, y la ciudad también allí ayudó a la naturaleza común, y ahora ha llegado a ser increíble si alguna vez existieron. Ahora bien, estando en igualdad tanto el encontrar lo que se debe omitir como el decir cómo merecen las cosas que vencieron, y no habiendo nadie que haya recorrido todo ni siquiera en una narración simple, pero habiendo dicho todos la mayoría de las cosas sobre esta sola ciudad, o mejor dicho, sobre ella sola casi más que sobre todas las demás, no es posible exponer cada cosa con precisión, sino que es necesario omitir la mayoría, para que así usemos las más grandes. Pues,¿ quién no habría traído con gusto también esto al medio? Pues cuando los asuntos se juzgaban para los griegos y los bárbaros y se luchaba por una pequeña parte frente a una gran parte de la tierra, y la lucha era por la salvación a la vez que por la virtud, entonces la ciudad venció a ambos géneros mejor que lo deseado, de modo que lo uno resultó ser una pequeña adición de ella, y lo otro más peor de lo que parecía ser más. Sin embargo, en aquellos tiempos las obras fueron derrotadas por los discursos,– digo las obras de los otros por los discursos de los nuestros–; y un decreto venció en memoria a un trofeo, venciendo a la vez con discurso y con obra. Pues inmediatamente era soberano en las manos, no solo por la votación como ley, sino también por destruir a los mensajeros. Al que interpretó las cartas le devolvieron la votación, para que, puesto que era griego, tuviera más la imagen del juicio, pero mataron también a este como si no fuera apropiado servir a los bárbaros ni siquiera hasta la voz, y el poder pasó a él. Pues no consideraron digno que el colono de la ciudad se convirtiera en intérprete contra la ciudad y los griegos para el enemigo por naturaleza. Y así, pues, lo arrojan al abismo, de modo que otros anuncien al rey las respuestas. El intérprete que fue ejecutado era samio de linaje, y su nombre era Mis. La ciudad parecía más bien estar celebrando una procesión que preparándose para una lucha; pues todos los templos estaban abiertos, y reunía a los linajes de los sacerdotes, y enviaba embajadas a los dioses al modo antiguo. Y primero ocultaron las carreras en los juegos coronados, demostrando su entusiasmo tanto más admirable cuanto que luchaban por premios más bellos. Y tanta era la soberbia de la preparación y de lo que se hacía, que parecía suficiente para los bárbaros ser vistos solamente; pues pensaban que, como en los juegos, todos se desesperarían inmediatamente y se entregarían sin lucha. Este fue el primer juicio público que tuvo lugar entre los hombres de virtud contra riqueza y de espíritu griego contra multitud de bárbaros
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y estructura, no juzgado por la alabanza de los discursos, sino por la demostración de las obras y por la llamada del momento. Pues no convirtieron la visión en miedo ni se quedaron atónitos ante la extrañeza de lo que veían, sino que se alegraron al ver cuántos mejores llegarían a ser, y pensando que habían recibido como una oportunidad de la fortuna para superar a todos los hombres en virtud, y que esto era más que tal ejército, tener como para usar abundantemente las riquezas, y pensando que ahora se darían un banquete espléndido por parte de los bárbaros y digno de su propia virtud. Pues, en efecto, caballos y flechas y naves y brazaletes y collares y perros y todas las riquezas son dones de la fortuna puestos ante los mejores. Esto, habiéndolo dicho también los estrategas entre sí, y habiendo conversado cada uno consigo mismo, comenzando por los dioses y por el peán amigo, avanzaban a la carrera como corriendo por la llanura desnuda, y no dieron a los bárbaros ver qué es lo que estaba sucediendo, sino que a la vez las filas se rompían y los hombres eran extendidos y los caballos eran capturados y las naves eran arrastradas y las riquezas eran llevadas y lo que se hacía era una danza de Pan. Ya alguien, habiendo muerto, permanecía atravesado por las flechas de los bárbaros, asustando a los demás como si fuera inmortal. Pero entonces, en verdad, al ser una multitud, se daban cuenta, y el mayor obstáculo para sí mismos, y para la mayoría fueron menos de lo que uno habría confiado desde el principio en resistir. De modo que es razonable decir que a la ciudad le corresponde honrar a Zeus Libertador por lo realizado, y a los demás griegos a la ciudad, y considerar al pueblo de los atenienses como si fuera libertador para los demás. De modo que si no poder ser igualado es de los inferiores, han vencido a todos los hombres. Y el que superó a todos los reyes con sus planes, y no dejó nada por considerar extraño, Jerjes, hijo de Darío, condenando a su padre por haber emprendido la empresa de forma deficiente, y despreciando a la ciudad y a los griegos como si no fueran a aparecer en ninguna parte, lucha una doble lucha: la una, superar, y la otra, castigar con mucho de lo mejor. Y me parece que Jerjes también compitió entonces contra los signos divinos, y contra toda visión y oído inesperado para los hombres, como queriendo demostrar que la tierra es firmemente suya. Que Isócrates habló más floridamente, habiendo anunciado así la acción: Como si hubiera repartido los seres con Zeus, y habiendo cedido a Zeus el cielo, para sí mismo la tierra.¿ Qué miedos terrestres o marítimos no contrajo con los suyos? Cuyas amenazas primero no era posible oírlas estando de pie. Sino que llevaban a los confines de la tierra, y predecía lo que no era posible encontrar para nadie excepto para él solo. Además, amenazaba con repartos indignos del océano Atlántico, y con la creación de una tierra fuera de la habitada, que obligaría a los mutilados a rellenar en el mar, sacando agua y excavando piedras, teniendo tanto del cuerpo como bastará para las obras. Y no amenazaba así de forma extraña y ultramarina y mayor que el miedo, y terminó allí; sino que ocultó con las obras las amenazas, sin poder hacer nada, digo, usar a la ciudad. Y el Atos ha quedado como estela por la obra. Y camellos de oro y plata resplandecían, soportando tanto cuanto era posible alcanzar, y si deseaba sombra, un árbol de oro era para él la sombra. De modo que de noche relucía con plata y oro, y de día traía la noche dondequiera que ordenara disparar. Pero convocaba a los griegos a la lucha común, avergonzada, me parece, de aparecer sola ante el bárbaro como antes en Maratón. Pues ella misma no tenía en otros las esperanzas de la salvación, sino que todos tenían en ella las suyas propias. Y sin embargo,¿ qué entusiasmo más brillante, qué valentía más clara aparecerá ante quien examine a qué griegos o, para decirlo de una vez, a qué hombres? Quienes abandonaron la tierra para no ser esclavos ni en tierra ni en mar, considerando que mantener lo que se tiene es el principio de la esclavitud, y haciendo de la privación de lo que existe la ocasión de los bienes futuros, y salvaban a los que tenían lo suyo a partir de lo que ellos mismos abandonaban lo suyo. Ante esto, elegid qué es lo que preferís:¿ acaso no son discursos que concuerdan con lo justo o, ante las necesidades presentes, tales que es posible pasar por alto, habría dicho, si usaran esto? Pero si todo era común, y nadie aventajaba a nadie, y todos contribuían por igual, y los navarcos tenían naturalezas semejantes entre sí, y era una contribución, y era necesario, habiendo examinado, establecer a los que habrían de guiar,¿ cómo no brillaban ellos a través de todo como estrellas? No, ciertamente, como en los decretos y en el ala de la formación, así también en las acciones cedieron el mando a otros,¿ de dónde? Sino que unos proporcionaban el nombre de líderes, otros las obras. Y tanto más bella se establecía para ellos la figura, cuanto que tenían el mando de los líderes mismos. Pues lo que no pareciera bien a uno de los atenienses, todo era inválido para los demás griegos, de modo que el navarco de los lacedemonios mandaba a los que mandaban de cada uno, pero el de los atenienses mandaba a los que mandaban. Pero, en verdad, el afán por las demostraciones y el discurso que nos entrega discurso nos ha llevado más lejos. Voy a ir de nuevo a las acciones mismas, puesto que he tratado en medio sobre lo que quería.¿ Quiénes, pues, son mejores luchadores de virtud?¿ O quiénes de los que han existido hicieron una demostración más duradera de ella? Quienes permanecieron invictos tanto con oro y plata y hierro y con todo, y mostraron que todo era igualmente inútil para el rey, como si todavía estuviera oculto bajo tierra, honrando la pobreza en lugar de la riqueza, eligiendo peligros en lugar de seguridad, y justicia en lugar de tanta filantropía del rey. Pero para no alargarme con esto mismo, pidiendo más de lo necesario, me volveré a los siguientes discursos y continuos. Pero, en verdad, caí aquí como a disgusto, y más por el camino del discurso que por haberlo previsto; pues no me apresuraba mirando hacia esto. Dice lo que es por el camino o por mérito, como es recta la vía, o como sucede estar en el camino; pues a menudo alguien que va por este camino, otro amigo lo arrastra a caminar. A la vez, arriesgándose contra todo el imperio de los persas en la tierra, destruyendo y tomando números de naciones en lugar de números de cuerpos. Y ya llegaron dos trofeos en un solo día, y la batalla naval se igualó a la batalla terrestre. Y solos de los hombres que han participado en la política común, consideraron lo propio como si fuera ajeno, y lo ajeno no como ajeno a ellos mismos, sino de los que se repartían con maldad. Y vivieron una vida de guardianes, sin que estos estuvieran establecidos, ni siquiera patrullas de un solo lugar. Sino que hay que llamar a aquellos patrullas de lo griego a través de toda la tierra. Hasta que el rey supo que, al levantarse contra la ciudad, hacía algo semejante a como si luchara contra una gran llama que se acercaba, habiendo levantado leña. Pues no había nada que no sufriera, sino que se consumía él mismo por sí mismo, y se dio cuenta de que tenía el país como fortificación de su propia salvación. El país propio contra sí mismo; pues desde él los atenienses, o bien desde Asia como desde una base de operaciones, lo dañaban. Tenía, ciertamente, antes el lugar hasta el Peneo. Aunque quité lo maravilloso, como si ya dijera algo maravilloso. Tenía todo hasta el Ática, hasta que se encontró con los del Ática en el mar; tanto ha pasado el ombligo de la tierra y de Grecia, Delfos. Y de las luchas y expediciones de la ciudad descendió tanto, que confesó que ya no navegaría dentro de dos límites, habiendo puesto hacia el sur los Quelidonias, y hacia el norte las Cianeas, y que se mantendría alejado del mar en todas partes quinientos estadios; de modo que este círculo fuera en lugar de otra corona para los griegos sobre la cabeza, y la guardia desde el país mismo del rey. Aunque,¿ qué podría decir uno que sea más bello que el capítulo de la paz o de la guerra, ya sea contra griegos o contra bárbaros, con el que la ciudad cerró entonces las acciones, y esto, sin embargo, tantas y tales cosas recorrió a pesar de muchos obstáculos de los griegos, y todos como si
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tiraran en contra. Pues, estando los griegos en guerra y rivalidad contra ella, no haber dejado nada más la previsión por los griegos, sino luchar por los intereses comunes contra el rey a través de toda la tierra y el mar,¿ con cuánta magnanimidad hay que añadir? Aparte de haber sido repartidos tantos, y alcanzar todos como si fueran únicos cada uno,¿ la valentía del juicio y la exageración de la preparación ofrecer admirar? Pues tanto lo que se refería a los bárbaros, como si llevara todo el ocio de todos, así lo administró, y para los que molestaban de los griegos no había nada más que usar el momento, sino que también a estos respondió de tal manera, que es posible contar esto con cinco y con más, como otras cosas contadas en conjunto. Vencían, ciertamente, en batalla naval a los peloponesios en Cecrifalia, vencían a los eginetas junto a Egina, y a los peloponesios de nuevo. Y a los megarenses les levantaron un muro hasta el mar, y preservaron a la vez la libertad y el país. Y vencían a los corintios antes de los megarenses; y antes de que pasaran doce días vencían de nuevo a otra, no arrebatando bien el trofeo. Y todavía esto no es grande; pero se dirá, aunque me apresure; pues la adición mostrará el todo. Pues las fuerzas estaban ausentes de la ciudad, la una según la necesidad de los egipcios, naves más de las que entonces estaban en los griegos casi todas, la otra estaba sentada ante Egina, lo cual también animó más a los enemigos a lanzarse contra Mégara; pues pensaban que había ocio de los atenienses para la obra para ellos mismos. Y si acaso vencieran también las segundas, pero que liberarían otro asedio de Egina; pues no vendrían de otro lugar en adelante. Pero ellos se rieron tanto del sofisma, que no se movieron más los que estaban junto a Egina que los que estaban en Egipto y no se habían enterado de nada. Pero, ciertamente, sola de todas las ciudades procuró con peligros propios el beneficio común para todo el linaje, y sola adquirió el mando a partir de los beneficios comunes, y cambió la institución; pues no obtuvo el imperio de lo que esclavizó a las ciudades, sino de lo que las hizo libres. De modo que sucedió que los mismos tiempos trajeron a los griegos la ganancia de la libertad, y a la ciudad la del imperio. Pues solos mandaron a los que querían, y solo este pueblo, como un único gobernante elegido de entre todos, venció, habiendo forzado a los bárbaros con las armas, y a los de la misma raza no persuadidos, sino persuadido por ellos mismos para mandar, teniendo como símbolo de justicia el imperio, pero no de injusticia. Y si hay que decir dividiendo, sola de las ciudades tuvo el imperio de los bárbaros contra su voluntad, y de los griegos con su voluntad.¿ Con qué alma es posible comparar esto, y de qué fortuna no admirar más? Habiendo ocurrido la gran desgracia; pues no callaré, sino que esto también me parece mostrar aún más grande a la ciudad. Pues así se comportó con los asuntos restantes, como si hubiera tomado toda Sicilia. Pues no parecía privada de fuerza, sino recién añadida. Y la facilidad de costumbres y la templanza y el orden de vida, que eligieron para no permitir nada vergonzoso, ni siquiera uno podría decirlo dignamente. Estando todos los griegos rodeándolos, y los enemigos existentes tomando entonces por primera vez esperanzas y siendo provocados por la fortuna, y habiendo venido los de Sicilia, y habiéndose cambiado la alianza casi toda, y habiendo quedado como enemigos islas y continente y todo, por así decirlo, y rodeados por todas partes, y además habiendo ocurrido una insensatez inesperada de modo que incluso el rey fuera llamado contra la ciudad por los que se salvaron de aquel con las acciones de la ciudad, y habiéndose añadido también aquel muy gustosamente, y luchando junto con cuerpos y naves y oro,¿ y qué parte de tierra o mar no proporcionaba ocasión para la guerra? No había, pues, nadie que no hubiera esperado, mirando así desde fuera, que la ciudad sería arrebatada ahora ya, estando contenida así por la guerra de bárbaros y de los griegos comunes; pero ellos cambiaron así los asuntos, como si todas estas cosas ocurrieran a favor de ellos y no contra ellos, o como si los enemigos fueran sus estrategas. Y dividieron con trofeos el Helesponto persiguiendo a unos aquí y a otros allá, como si hicieran más ejercicios entre sí mismos que batallas navales contra los que encontraban siempre. Se ha dicho, y recordé que ha sido dicho antes por otro. Y al final, habiendo chocado junto a Cícico con los lacedemonios y los de Grecia y los bárbaros de Asia y Farnabazo, toman las naves por tanto poco menos de todas, por cuantas destruyeron. De modo que la ciudad, habiendo sido superada tanto por la coalición, ni siquiera pensó en el nombre de paz en aquellos tiempos, y los que partían de tantas y tales ventajas, golpeados, se refugiaban inmediatamente en la paz. Y además, esta se vio obligada a luchar contra todos los que venían o se movían a la vez, mientras que la mayoría de los enemigos resistieron contra una parte de ella, y de la fuerza en conjunto nadie o casi nadie lo intentó. De modo que la ciudad de los atenienses ha vencido muchas veces muchas cosas, pero ella misma es igual e invicta. Y lo más grande de todo, que nadie la dominó( pues nadie doblegó su juicio, sino que todas esas desgracias fueron de un ejército), pero ella ha esclavizado los juicios de los enemigos junto con las obras, haciendo que Jerjes huyera de los asuntos en calidad de deseo, y a los lacedemonios habiendo inclinado no menos a los que oían que a los que estaban presentes en las batallas y habían tropezado.¿ A qué inclinó?¿ O a desear la paz? Pues los lacedemonios despreciaron hacer la paz con los tebanos, pensando que ceder solo a la ciudad de los atenienses era una desgracia decorosa. Y habiéndose mezclado con los otros enemigos, no tenían más capacidad de salvar a otros que la que necesitaban de los otros para salvarse a sí mismos. Los que, siendo más de unos pocos que cincuenta los primeros, habiendo deliberado esto junto contra el imperio lacedemonio que era de tierra y mar, y contra los que estaban en la ciudad misma, soportaron arriesgarse, pensando que debían vivir en libertad o no ver el sol convirtiéndose en testigo de cobardía para ellos mismos. Pues enfermó con la naturaleza de todos los hombres, pero se curó con la suya propia, de modo que también esto le trajo más celo que desgracia. Habiendo vencido con valentía a los enemigos, vencieron con moderación a los suyos. Y habiendo usado ambos, tanto la valentía durante las luchas como el deliberar lo que se debe después de las acciones, así recuperaron la ciudad. De modo que si alguien quisiera no narrar todo, es posible robar toda la desgracia de la guerra; así, coherentemente con las acciones de arriba, eligieron y lograron las siguientes.¿ Con cuánta abundancia hay que pensar que esto supera? Y el que no es menos digno de decir y honrar que lo realizado por aquellos; pues cuando los lacedemonios reclamaban lo que prestaron a los Treinta contra el pueblo, puesto que llegaron a un acuerdo, el pueblo lo pagó, para confirmar con la obra los pactos. Y se convirtieron en ejemplo para los hombres de las esperanzas en las dificultades. El pueblo, ya reunido, a la vez estaban presentes en las manos y casi en discursos, como si hubieran luchado unos por otros, no unos por otros por sí mismos; de modo que no era posible distinguir si era de los enemigos maldecir la sedición, o de los amigos desear junto a la ciudad que esto fuera resuelto de este modo. Y puesto que mencioné la paz, quiero volver aquí de nuevo un poco. De modo que también fue la primera y sola en vencer a los bárbaros; y habiendo estado con otros, no venció menos a los que estaban presentes que a los contrarios. Como los que son incapaces de cazar no sueltan lo capturado inesperadamente, ni aunque alguien considere venderlo, lo valorarían por su valor, sino que añadiendo su propia incapacidad, aumentan. Pero ella, creo, sabiendo que es mejor en el conjunto, nunca fue mezquina, esperando de igual modo lo ausente que lo presente. Por lo cual todo es más fácil para los enemigos
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o bien ellos reclamaron lo que les pertenecía. Quizá, pues, también yo parezca a algunos hacer algo absurdo, al censurar a los lacedemonios que se comparan con los atenienses, mientras yo mismo he llegado a los mismos argumentos y he dicho sobre ellos precisamente las mismas cosas que digo que no se deben decir. Sin embargo, precisamente a partir de esto mismo, uno podría ver mejor que ni la gratitud que creen depositar en la ciudad es admirable, ni se debe competir en tales cosas deliberadamente, sino como una actividad secundaria, tal como yo ahora. De modo que, si alguien exige que estas cosas sean también para nosotros inefables, casi por este motivo han sido dichas. Y los lacedemonios, al aventajar a los griegos y al arriesgarse en los momentos de necesidad, son como hijos que se comparan con la ciudad. De modo que habría deseado que también los trofeos de los que voy a hablar existieran consagrados a la ciudad por otros, y que no fuera necesario añadir a los muchos que son de los lacedemonios. Pero ahora, los hechos mismos conducen a esto, de modo que no se dirá por el bien de la comparación, sino para no pasar por alto las acciones por completo; pues, en efecto, hay algunas que he omitido. Y se requiere, al parecer, no un camino cualquiera. Y no mostraron un solo tipo de beneficio, sino que no dejaron ningún tipo de beneficio. Y me rodean todo tipo de cosas, como en una historia de los mismos tiempos, que no es fácil no solo exponerlas todas, sino que ningún estratega podría hacerlo todo seguido. De las cuales,¿ qué omitiendo, de qué me acuerdo? Lo que más se debe admirar de su naturaleza y considerar superior a la humana: siendo posible para ellos tener a los lacedemonios siguiéndolos tanto por tierra como por mar, o verlos empujados al abismo, con aliados, periecos y siervos todos sublevados, los recibieron en igualdad de condiciones. Y marchando como una llama el poder de los tebanos contra la ciudad de los lacedemonios y el resto del Peloponeso, solos, tanto de griegos como de bárbaros, se interpusieron y lo impidieron. De lo cual eran vistos de tal manera por todos que la ciudad se convirtió en el consejo de toda la alianza. Además, pues,¿ acusan a la ciudad o a los acontecimientos? Pues si a la ciudad, no conocen, al parecer, nada de lo más importante, sino que se les ha escapado aquello por lo que la ciudad es conocida. Pero si censuran los acontecimientos, no censuran de la manera que, al parecer, piensan que la ciudad ha sido tomada, a diferencia de los demás; de modo que, a partir de lo que critican el asunto, elogian a la ciudad. Pues entonces se demuestra la maldad tanto de una ciudad como de un particular, cuando a alguien le corresponden solo las cosas censurables, o cuando alguien demuestra que las cosas malas son más o mayores que las buenas; pues que se añada. Pero cuando, examinando a través de todo, toma una o dos, te has olvidado de elogiar aquello que omites, sobre todo si no haces el juicio a través de un particular, sino de una ciudad, y esta la más antigua de las griegas y a la que le corresponden la mayoría de los acontecimientos necesarios. Pues todo principio, sin duda, es de los superiores y está más allá de la ley misma de la igualdad. Y si no,¿ cómo es igual o dónde es justo recaudar tributos de lo ajeno, o establecer leyes para quienes no tienen ninguna necesidad, o juzgar lo de ellos, o mandar, o guerrear, o adquirir lo que no corresponde? Pues, en general, nada de esto sucede a partir de la igualdad. De modo que si alguien es puntilloso sobre lo justo, y desea ser sofista más que ceder a la naturaleza de los hechos, no dejaría de tachar todos los principios y poderes en absoluto, ya que todas estas cosas están en la institución del más fuerte. Luego, por sabiduría, asciende hasta los dioses censurándolos, y diciendo que ni siquiera ellos tratan con los hombres en igualdad, sino que han elegido ser superiores. Pero creo que estas son cosas de hombres dignos de un rincón, y que no han visto el sol, que priva a los otros astros de brillar. Pero si es necesario que a todo poder y a toda abundancia acompañen tales cosas, y esta es la institución del mando, no ser juzgado en igualdad frente a los súbditos, entonces que alguien se retire victorioso cuando demuestre que alguna de las otras potencias, ya sean griegas o reinos bárbaros, ha utilizado un grado menor de codicia, o que se puede encontrar al pueblo de los atenienses. Pues aparecerá que, en lo que deliberó de manera diferente, utilizó el carácter de un solo hombre, el mejor, mientras que en lo que
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algunos acusan, no erró contra la naturaleza común de los hombres, sino que siguió la necesidad del mando, y habiendo llegado a ser gobernante por poder desde el principio, por filantropía, temiendo lo del mando, lo cedió voluntariamente, y casi se ha convertido en causa de las acusaciones para sí mismo. Pues habiendo utilizado en todo lo común y moderado, y de alguna manera habiendo hecho a los ciudadanos más partícipes que poseyéndolos por ley de poder, sufrió lo mismo que los buenos amos; pues no obtuvo gratitud de algunos por su otra benevolencia, sino que, si algo forzó, pareció violentar manifiestamente. Y, ciertamente, si parece haber hecho estas cosas teniendo la forma de los súbditos, concedamos a los que desean blasfemar; pero si a los que se rebelaron e insultaron inmerecidamente contra él, y a los que eran enemigos abiertamente,¿ a cuáles es digno acusar? Creo que a los que proporcionaron la necesidad. Puesto que también aquellos me parecen, como si tuvieran esto mismo como prenda, haberse envalentonado, y habiendo confiado sobre todo en esto para errar, no en que dominarían a la ciudad hasta el final, sino en que, aunque fueran capturados, no sufrirían nada terrible, como si los atenienses estuvieran hechos para salvar. Y es evidente; pues lo que cambiaron de opinión sobre los mitilenios,¿ qué ciudad puede vencer en lo que deliberó desde el principio? Pues aquellos, lo que decidieron el día anterior, era del juicio y de lo que habían sido agraviados; pero lo que cambiaron de opinión el día siguiente, era solo de la ciudad. Y la trirreme había alcanzado a la trirreme. Y me asombra si todos valoran la defensa de los particulares mediante hechos, pero los solemnes no ven los hechos mediante los cuales y cuántos se defiende la ciudad sobre estas cosas. Y no acusamos al sol y a la luna por lo que dañan, sino que admiramos de cuántos bienes son causa;¿ pero no juzgaremos a la ciudad por lo que se relacionó con todos, ni por su naturaleza total, sino por lo que chocó con algunos? No lo creo; al igual que si alguien censurara a los dioses por los rayos y los truenos, descuidando observar sus beneficios totales y comunes, incluso si algo se sacude. Y teniendo muchas cosas que decir también de las posteriores, y batallas absurdas y audacias admirables y resistencias extraordinarias, ya no veo que el tiempo sea suficiente. Pero añadiendo esto todavía a los discursos sobre estas cosas, me retiro. Pues como si la naturaleza supiera de antemano desde el principio sobre la ciudad cuánto aventajará a los demás en los hechos, le preparó los discursos conforme a su valor, para que ella misma fuera adornada por sus propios bienes, y si necesita de algunos de los otros, también tenga esto para agradecer junto con los otros. Antes, pues, salvabais a los griegos que huían hacia vosotros; pero ahora, sencillamente, acogéis a todos los hombres y a todos los linajes con el más bello de los beneficios, convirtiéndoos en guías de toda educación y sabiduría. Pero, ciertamente, hay memoria de cinco reinos; que no haya de más. De estos, en el de los asirios, el más antiguo, están las primeras acciones de la ciudad, y todo lo que de lo divino cae en este tiempo; en el segundo, la ciudad se levantó; el tercero lo venció hasta el final; en el cuarto, sola resistió, y salió mejor que los demás; en el quinto, el mejor y más grande de todos, el que ahora está establecido, tiene las primacías de todo lo griego, y ha actuado de tal manera que no fácilmente alguien desearía para ella los antiguos en lugar de los presentes. Y uno podría conocer cuánto le sobra a la ciudad desde todo el tiempo si, habiendo repartido lo que le pertenece, no todo quizás es posible, más bien es claramente imposible, pero al menos lo que es posible, añadiendo una cosa a una ciudad y a una tierra, luego hiciera una competición para el discurso como de poetas o coros; pues no me parece que encontraría fácilmente a la que gana. Como si se vanagloriara una de ser la primera en dar a luz al linaje de los hombres, otra de ser la primera en mostrar los frutos, otra de haber compartido con la mayoría, otra de haber establecido leyes, otra festivales, otra de estar situada en los lugares más bellos de tierra y mar a la vez, otra de gloriarse en los bienes de la sabiduría, otra de enumerar las acciones en las guerras, otra cuántos de los griegos acogió, otra las colonias que envió, otra que, incluso si alguien le diera de lo que pertenece a la ciudad, digo
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yo que así se haría más evidente cuántos bienes superiores nuestra ciudad ha superado a las demás. Pues lo que basta repartido a Grecia, esto lo tiene ella sola en conjunto. Y, ciertamente, de los dones, del mismo modo, no es fácil encontrar el mayor, pero que compita también sobre esto una ciudad con otra, una trayendo los frutos de Deméter, otra los de Dioniso, y estos no solo los de la vid, sino también de los otros cultivados; la tercera que diga el don de Atenea, y este doble.¿ Acaso no basta que, repartidos a muchas ciudades, cada una se vanaglorie de tener lo más bello?[ Está bien; pero estas cosas son así].¿ Y quién no diría que las cosas del tamaño y de la otra construcción son dignas de toda la fortuna y del gran nombre de los atenienses? Esto, el círculo mismo de la ciudad, el más grande de los griegos, y el más bello de todos los lugares. Y callo los muros que bajaban alguna vez hasta el mar, la longitud de un camino de un día en total, y junto al mar otros círculos inversos a los de alrededor de la ciudad. Pero es posible, sin duda, contemplar los demos, algunos de los cuales están construidos más brillantemente que las ciudades de otros lugares, y todo el adorno, tanto el de la naturaleza como el del arte, es competitivo tanto en la ciudad como en el campo. De los naturales, este aire es excepcional entre muchos, y tantos puertos, de los cuales cada uno vale por muchos, y además la posición de la acrópolis misma, y lo que golpea en todas partes como una brisa agradable. Lo que también en estas mismas cosas es digno de señalar. Pues a las otras ciudades, como sea que tengan el cielo, les ha sucedido ser vencidas por su propia tierra. Pero estando el aire de toda el Ática así, el que supera a la ciudad es el mejor y más puro.[ Podrías conocerla desde lejos como por el resplandor del aire sobre la cabeza.] Y las cosas de la naturaleza son así, habiendo quitado muchas de las existentes; pero de las del arte,¿ qué es necesario decir primero o poner como lo más grande? Pues los templos aquí son los mismos, los más grandes y bellos de todos los lugares, y las estatuas, sin las celestiales, las primeras del primer arte, tanto antiguas como nuevas. Además de esto, depósitos de libros como no hay otros en la tierra visible, y ciertamente un adorno propio de los atenienses, y tales como los de la presente autoridad y modo de vida, baños que vencen en solemnidad y lujo, y caminos y gimnasios. De modo que si alguien quitara de la ciudad a los Erictonios, a los Cécropes, lo mítico, lo de los frutos, los trofeos, lo de la tierra y el mar, los discursos, los hombres, todo mediante lo cual ha atravesado el tiempo, y la observara como a las que ahora se enorgullecen de sí mismas, basta para que venza con lo que se ve.[ Pero] sola entre las ciudades vence lo antiguo con lo antiguo, y lo nuevo con lo nuevo; o si quieres, lo antiguo con lo nuevo, y lo nuevo con lo antiguo, digo los de ella con los de los otros. Porque a menudo se configura; pero configurarías el lugar intercambiando también así. Lo antiguo vence con lo antiguo, y lo nuevo con lo antiguo. Más bien, en lugar de: si quieres también seguido, y todavía lo antiguo vence con lo antiguo, y lo nuevo con lo nuevo. Luego,¿ cómo dije? Pero también lo antiguo con lo nuevo y lo nuevo con lo antiguo. Y todavía alguien diría mejor, o alguien dividiría hablando más apropiadamente, o no te equivocarías, y de muchas otras maneras. Pero, por decirlo, todo está o solo entre vosotros o también de vosotros. Y ha sucedido una de tres cosas; pues algunas comenzaron de vosotros, otras están entre vosotros como las más bellas, otras como las más numerosas. Hay, pues, quienes no teniendo nada evidente que mostrar ni decir que sea obra suya, ni por lo que justamente pudieran enorgullecerse, huyen a los tiempos troyanos y disputan vanaglorias sin decir ni siquiera así nada común suyo, sino dependiendo de la gloria de un solo hombre, como algunos campesinos haciéndose a sí mismos a través de uno de los ricos. Pero la ciudad, además de no necesitar tal construcción, tampoco carece de este condimento, sino que
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el poeta común de los griegos en el catálogo de las naves y de las ciudades dijo que el estratega de los atenienses llegó al extremo de adornar caballos y hombres escudados. Se dirige a Menesteo Alejandro. Pues si es necesario, dejando a los demás, hablar solo a favor de la democracia, aparecerán todos los que han participado de esta forma mucho más temerarios y arrogantes en sus deseos y apetitos, pero en dignidad y brillantez ni siquiera habiendo llegado a ser como los de la ciudad. Y, ciertamente, la ciudad fue la primera en mostrar esto, no poner ni admirar la riqueza. Pues ni a los que sobresalen en bienes los ha enaltecido jamás, sino que consideraba que se les debía de ella tanto como para no ser injusticiados por esto; ni a los que sobresalen en virtud pero son vencidos en dinero les dio en ninguna parte lo menor, considerando, creo, que es vergonzoso considerar que de los siervos no los más ricos sino los más fieles son los mejores, mientras que de los que dicen ser libres, que su valor esté definido por el dinero, y no que, tal como sea cada uno, así sea considerado. A mí ni siquiera los pentatletas me parecen que vencen tanto en todo.[ Dijo hechos en lugar de persona; pues siendo necesario decir los que vencen a los pentatletas, él dijo los pentatletas.] En lugar de tener el premio de cinco competiciones, lucha, carrera, jabalina, disco, pancracio, o en lugar de los que compiten en cinco. O los que vencen en las cinco competiciones. No que los pentatletas venzan en todo; pues les bastan tres de las cinco para la victoria. Se dice que Peleo, cuando estaba con los argonautas, fue el primero en establecer esta competición; los cinco premios eran los que se han dicho; otros cuentan el salto en lugar del pancracio.¿ Y qué pueblo es más agudo y más suave?¿ O qué demagogos son más dignos de admirar? El dios la llama águila entre las nubes frente a las otras ciudades. Y sola, al parecer, le ha sucedido a esta ciudad dos cosas contrarias; pues se han dicho muchísimas y bellísimas cosas sobre ella, y no hay ninguna que haya obtenido menos. Pues antes que las demás ha sido admirada, pero no ha escuchado nada digno de sí misma. Antes, pues, admiraba escuchando el pritaneo de la sabiduría y el hogar de Grecia y el apoyo, y todo lo que se cantaba así sobre la ciudad; pero ahora me parece que todas estas cosas caen dentro. Pero si hay que llamar a alguna ciudad morada o pariente de los dioses, o imagen y límite de la naturaleza humana, esta me parece que sería llamada justamente. Por lo cual, hombres griegos, no es razonable tener envidia a la ciudad ni avergonzarse al ceder, sino aumentar desde lo que hay y vanagloriarse. Pues venciendo los atenienses, entre vosotros está el vencer. Pues ser todos los mejores de todos es imposible; pero así como cuando un estratega sobresale, la ciudad participa de la gloria, así, siendo honrada la ciudad guía como es debido, todos participan de la vanagloria. Y creo que ni siquiera a los atenienses les trae vergüenza si alguien les embaja la acrópolis. En lugar de si alguien dijera que la acrópolis es más valiosa y gloriosa que toda el Ática.[ Debéis, pues, también vosotros, considerando a la ciudad como una acrópolis o cima de Grecia y de los compatriotas, adornarla tanto con hechos como con palabras, y participar de la gloria y no considerar que se os priva. También ha sido hecha por nosotros la palabra como adorno del peplo de las Panateneas para la contemplación; dar gracias a la misma diosa, de la cual es tanto la palabra como la ciudad]. Se leyó de los discursos de Arístides contra Platón sobre la retórica, cuatro discursos, proporcionando la misma utilidad que el mencionado anteriormente. Creo que es necesario, quien va a decir lo necesario o a ser dueño de un voto correctamente, no observar esto ni envidiar, si a alguno de los anteriores y que tienen gloria le ha sucedido decir de otra manera sobre las mismas cosas, sino donde en todas partes es más probable que esté el discurso, buscar esto también en el presente, de qué lado está la verdad, y desear que esto venza. Pues es absurdo que en las asambleas no se crea al primero que habla, ni en
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los tribunales, sino que todos saben bien esto, que si se juzgarán así estas cosas, ninguno de los acusados escapará; pues todos, sin duda, hablan después del acusador; pero en los discursos mismos y en el juicio sobre ellos, que venzan los que se adelantaron en el tiempo, y no los que demostrarán sobre lo que compiten. Y, sin embargo,¿ cómo no es una gran insensatez que los que practican o valoran tanto las cosas que pertenecen a la fortuna del cuerpo, hayan valorado antes lo bello y justo del discurso,[ ya sea del orden, puesto que todo lo ordenado se hace según el discurso, y lo desordenado sin discurso], mientras que los que soportan los discursos, y sin la dedicación en ellos ni siquiera aceptarían vivir, tengan tan ociosamente, más bien injustamente, de modo que utilicen un solo fiel sobre todas las cosas, si alguien se adelanta, y hayan elegido admirar los nombres en lugar de la verdad, como si fuera necesario considerar, no encontrar lo mejor, y las leyes mismas si conviene moverlas, pero los discursos sobre las cosas que permanecen siempre por naturaleza no aceptarlos en los primeros, sino como límites o estelas venerar a los que se han apoderado antes, y esto no disolverlos como en las leyes a los anteriores mediante los contrarios, sino considerar que otros tienen el mismo lugar que ellos, y a los juramentos comunes añadir que es lícito quitar y añadir lo que a los que observan después les parezca bien, mientras que los discursos que desde la misma autoridad siempre y a través de todo es necesario examinar, añadirlos solo al tiempo pasado, como si alguien dijera que deben estar sanos solo los que nacieron primero, y ni siquiera ve eso, que tal juicio y tal razonamiento no beneficia a los primeros a quienes valoran. Pues si hay que ceder al tiempo y medir el valor a partir de esto, ya no tiene lugar la reverencia[ ahora] de todos hacia aquellos. Pues Iaso vencería así[ sobre los discursos], y Críaso y Crótopo[ y Foroneo], y si algún argivo de mito,[ y Deucalión en lugar de los ahora celebrados]. Si juzgamos así, como que a Codro no le tocará la vanagloria, sino que también este es un niño para comparar con los que dije y no antiguo; y poco a poco buscaremos así si había alguien antes de que hubiera luna. Pero de Homero y Hesíodo y de los que han vencido hasta nosotros, Platón, si quieres, y Demóstenes y los de poco antes de estos, ni siquiera en un tiempo de milésima parte hay esperanza de que nazca una gloria similar, avanzando igual el que está antes de ellos hacia aquellos siempre. Pero si esto es evidente para todos, que también estos, habiendo sobresalido por naturaleza y poder, ocultaron a los que estaban antes que ellos, no es razonable impedir ni desconfiar de todos los que están después, si alguien que ha participado también del tiempo actual tiene que aportar una opinión sobre lo que es objeto de discurso,[ sino de ellos, al parecer, a quienes valoramos, saber que es necesario aceptar y prestar atención a cuánto difiere]. A todos los antiguos, pues, venerarlos quizás es justo, pero temblar no es digno, si es que no hay que parecer valorar más a los nombrados en los discursos que a los discursos mismos;[ que si hacia algún otro, hay que tener tal opinión también hacia Platón, no necesito otro testigo, sino que él mismo basta no solo por lo que grita en todas partes y exhorta a no hacer nada antes que la verdad, sino también por el pequeño ejemplo]. Pues si aquel, censurando a Homero, que estaba tanto antes que él sobre muchas cosas, no ha sido privado de discurso, sino que tiene qué decir a los que se indignan, según él, al parecer, Platón y los que lo elogian y lo liberan de toda causa, es posible, incluso si a otro le parece que dice algo contrario a él, atreverse a escuchar sin hacer de esto todavía una acusación, sino si se queda atrás en los discursos sobre los hechos. Pues sería terrible si aquel, habiendo soportado acusar abiertamente, no privó de alguna manera a ella misma de los discursos a favor de sí misma, sino que dio a dos o tres para contradecir, como al menos en forma de diálogos, mientras que nosotros, que tenemos y hemos elegido ayudar al todo, no
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nos atreveremos, como si fuera necesario contradecir tanto a Platón, cuanto él mismo quisiera hacia sí mismo. Y me parece absurdo si Platón no se avergonzó censurando la retórica, de la cual quizás también él participaba, mientras que nosotros nos avergonzamos hablando a favor de la retórica, no sea que alguien se moleste por él. Aparte de esto, si no hay que contradecir nada, sino que sea condenada por defecto como en un tribunal, y esto siendo un arte de discursos, esto sería otro mandato. Pero si hay a quien hay que, casi nos convendría a nosotros, para que también mostremos lo justo inmediatamente en esto mismo primero, de lo que estamos al frente; como que no es salvar el discurso, de la cual es posible hablar a favor de los otros, no compartir de ella lo que es de ella, sino una de dos, o parecer que ella es tal como Platón ha querido, o hacer que parezca tal. Pues no es una sola cosa esto que en todas partes, que el silencio confirma las causas; sino que a la vez no obtendrá lo justo, y su solemnidad ha sido refutada sobre sí misma; pues parecerá que no es capaz de salvar lo justo. Aquí no hay ninguna demostración, ni refutación que haya llegado a la necesidad; sino que se supone simplemente como si fuera posible, de lo cual hay mucho sudor antes, no diferente a si pidiera gratitud a los que escuchan para conceder estas cosas. Y, sin embargo, si suponer lo buscado como acordado es risa,¿ cómo es razonable suponer desde el principio lo que es risa buscar? Pues,¿ cómo no es risa si la retórica y el arte culinario son de la misma naturaleza, buscar? Pero él, como si fuera acordado, lo ha tomado. Y uno podría conocer de aquella manera, si quitando el nombre de la retórica, tomara el nombre de la filosofía en lugar de aquel y utilizara sobre esto todos los mismos. Y que nadie condene ni rusticidad ni frialdad del discurso. Pues, sobre todo, no diremos, sin duda, que en dos ciencias o poderes, a los que están al frente de una, aunque blasfemen contra los otros, no hay nada rústico, mientras que a los otros no les daremos ni siquiera defenderse con los mismos; luego, no se dirá por el bien de lo vulgar, sino de la demostración, que decimos que no está en ninguna parte en estos.[¡ Con mucho más faltaríamos a la sensatez que aquellos!]¿ No es, pues, que de todos, por así decirlo, los dioses se ha traído testimonio y voto de que no es digno de nada tal discurso, que busca el arte o menosprecia lo que no es con ella en todas partes? Entonces, pues, por Zeus,¿ es terrible decir en metro poseído por las musas sin arte, sino que a menudo es incluso divino,[ como los oradores], pero decir así las mejores cosas es terrible, si no es con arte? Pues yo no veo la necesidad. Pues,¿ cómo no es absurdo si el poeta que hace sin arte imitará correctamente al orador y dirá las mejores cosas, pero el orador mismo no dirá las mejores cosas, si no es con arte? Si, pues, Zeus y dioses, una locura es mejor que la sensatez y sucede a los hombres de parte de los dioses,¿ cómo es digno censurar todo lo que no sucede con arte, o cómo considerar la retórica simplemente vergonzosa? Porque Platón no la considera un arte. Y, sin embargo, el mismo Platón ya define que no hay que buscar arte en las cosas más grandes. Y, ciertamente, si Platón es digno de crédito, él mismo es el que no da las primacías al arte. Pero si[ lo digno de crédito era] ni siquiera esto alguien lo cede,¿ cómo es la retórica vergonzosa por los discursos de aquel? Yo, pues, considero que es digno de crédito en el todo no menos que ninguno de los griegos, pero preguntaría gustosamente a los que están de parte de aquel si es más digno creerle estas cosas o aquellas. Y, ciertamente, si es muy solemne, parece testificar a nuestro favor, de modo que es solemne a favor nuestro. Pues cuando nosotros decimos las mismas cosas a nosotros mismos y a aquel, pero él ni a sí mismo ni a nosotros, no contradice más de lo que testifica sobre esto mismo que no dice la verdad. Pero sobre esta parte ya no competiré por discurso contra Platón como que muchos fueron salvados por destino divino. Ni me guardará rencor, sin duda, ni Esquines el de Lisanias ni ningún otro, si dijera que yo mismo tengo que testificar más a las palabras que necesitar el testimonio de aquel sobre estas cosas. Pero, verdaderamente, como los adivinos que han sido iniciados por los nombres de los hechos, tengo la enseñanza de los mismos dioses; por quienes
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¿ Nos cuestionamos por haber traído estos asuntos a colación y no los veneramos como quienes llevan secretos en una vejiga? Yo, por mi parte, no pensaba que esto fuera lo que significa sacar a la luz los secretos y otras cosas por el estilo. Por estas razones, exigía escuchar hasta el final a quien va a presenciar toda la contienda y a emitir un voto recto y justo. Puesto que Arístides dice que la recapitulación de lo dicho anteriormente es un retorno. Dirás también compendio, epílogo, sinopsis, recordatorio, y resumir lo dicho, como Demóstenes, y reunir, decir brevemente, enumerar, hacer un recuento y otras cosas similares, así como retomar y recapitular. De tal modo le hemos rendido toda clase de respeto y honor que, si él mismo hubiera tenido que defenderse contra sí mismo, no me parece que se hubiera perdonado más. Sin embargo, mi querido Capitón, reflexioné también sobre esto en medio de los discursos: que todo son simulacros para el hombre; por un lado, los poetas son imitadores de simulacros de virtud y, por otro, la retórica es un simulacro de una parte de la política.[" Más que de simulacros, un vestíbulo", diría Homero sobre él].¿ Son estas cosas más audaces y precipitadas que las mías? En las cuales afirmo que Platón se ausentó[ en favor de ellas], y digo que esto lo expreso no denigrando la ausencia, sino confirmando el discurso mediante la ausencia. Sí, pero le hemos privado de la gloria de la filosofía, tal como él no considera ni en poco a los poetas de la tragedia, y ha llamado a Homero poeta trágico, no honrándolo con esto, sino recortando a aquellos a través de estos, y rebajando a este a quien honra.¿ No es terrible, pues, que él se erija a sí mismo como juez de poetas trágicos, cómicos, de la constitución y de la ciudad[ y de las leyes], y que a nosotros no nos sea permitido ni siquiera disputar un poco contra él, y esto sin ungirlo con perfume, sino con los discursos más elogiosos y de los cuales ni él mismo habría considerado digno escuchar mayores alabanzas sobre sí mismo? Se leyó del mismo, sobre la apología común, el modo similar adornado a través de la selección.[ Sobre Pericles]. Del prólogo de Arístides a Platón sobre los cuatro. No sé por qué es necesario excusarse muchas veces sobre los mismos temas, especialmente cuando no voy a hablar ante hombres, sino en defensa de hombres nobles y buenos, y de estos no pocos, ni menos antiguos que Platón, si no es que incluso más viejos que él, si a alguien le parece que esto también es digno de respeto. De modo que, cuando se había acordado y concedido aquello sobre lo que se había agotado todo el discurso y hacia lo cual todas estas cosas tenían su referencia,¿ qué daño había en no atacar a los hombres? Pero ahora, como si estuviera de parto, y rodeando en círculo el camino hacia ellos, así aparece habiendo llegado insidiosamente a los discursos[ contra ellos]. Y, ciertamente, la diferencia no es pequeña: aquello era luchar por la verdad misma, mientras que esto, yo nunca lo diría, pero otro podría decir, calumniando, que no está lejos de la malicia. Pericles, pues, en lo demás fue excelente en su vida, y ni siquiera riendo fue visto jamás por nadie. Y en la salvaguarda de la constitución, y en soportar tener lo mismo que los demás, se esforzaba por ser común( si es que alguien lo ha sido), pero por la dignidad de su juicio y por no ser vencido por las mismas cosas que la mayoría, dejaba a pocos acercarse a sí mismo. Lo que dicen que fue propio de los sofistas respecto a Sócrates, eso fue para él el demagogo: pues al pueblo, cuando se exaltaba y se sentía superior, sabía cómo reprimirlo y abatirlo, y cuando se desanimaba y se humillaba, sabía cómo elevarlo de nuevo con sus discursos y llenarlo de esperanzas, lo cual aquel solía hacer con los jóvenes. En resumen, Pericles era la figura de la ciudad, no esclavizándose a los deseos de la mayoría, sino gobernando él mismo a la mayoría, no considerando digno decir lo que a ellos les pareciera, sino obligándolos a hacer lo que a él le pareciera,[ no situándose en el papel de adulador, sino no dando en ninguna parte paso a los aduladores en lo que a él respectaba], estando en el lugar de un padre por su bondad y equidad
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hacia el pueblo, y al mismo tiempo reprimiendo a todos y teniéndolo todo bajo sí más que un tirano. De donde, al parecer, es posible ver claramente que, si alguien más, también Pericles fue justo voluntariamente. Pues en ninguna parte amó la codicia por encima de las leyes, ni se preocupó por cómo ser mayor que el orden, pudiendo hacerlo más que cualquier Pisístrato; sino que era semejante a quien ocupa la acrópolis para salvar las leyes y para hacer el bien a todos desde el medio[ de lo público]. Como quizás: pues lo que se lleva desde el medio se distribuye igual para todos como en un círculo. O porque la acrópolis yace en medio de la ciudad. Y cuando aquel murió, soñaban con Sicilia, deseaban Italia, anhelaban Cartago y Libia, escudriñaban a todos los hombres, y nada les bastaba,[ y convirtieron el paréntesis en algo más largo que la guerra]. Y quien persuadía esto era, oh Platón y Sócrates, vuestro compañero, no se puede decir, pero tú mismo dirías que era un camarada, o más bien, ya lo has dicho.¿ Cómo, pues, podría alguien justamente acusar de esto a Pericles, o cómo no necesariamente a Alcibíades, quien, habiendo recibido la ciudad sabiendo escuchar a los consejeros, luego la volvió loca de tal manera? Por tanto, por un lado, era evidente que practicaba la justicia al mostrarse superior a toda ganancia, y por otro, ofrecía una fe manifiesta de templanza al haber preferido la vida en orden a la vida orientada al placer. Y, ciertamente, en cuanto a la valentía, en lo que no se sometió ni se postró, sino que trataba con el pueblo de la manera más libre posible. Siendo, pues, el único que preveía lo que iba a suceder y que podía usar lo presente,¿ cómo no habría de llevar justamente la fama de la sabiduría, la más útil, si alguien quisiera razonar humanamente?¿ Luego, a quien de todas las partes de la virtud es posible llamar valiente, justo, prudente, templado, a este Platón lo enumeró junto con los aduladores?[ Pues dice que hizo a los atenienses habladores, ociosos, cobardes y avaros, al establecerlos en la paga]. Sobre los habladores, oh Platón, y los ociosos y cobardes, desciende de inmediato, no sea que algún dios despierte también a los troyanos. Desciende, deja, detente, calla. Tú, en cambio, sabes cómo adornar a una extranjera mantinea y a una milesia,[ y a quienes te parezca, muy fácilmente los consideraste dignos de grandes cosas];¿ pero a los más destacados de los griegos y a los celebrados por todos los rebajas a algo insignificante? La causa no es ignorar el valor, sino,¿ cómo podría decirlo decorosamente? Te vuelves demasiado dado a los discursos. En lugar de volverte dado a la charla y no a la verdad de los hechos.¿ Cómo podría Pericles haber hecho habladores a los atenienses, él que incluso en los discursos mismos parece no haber honrado nada de manera insignificante ni al azar? Pues, al contrario, me parece que los acostumbró a todo, a no hablar de cualquier manera ni a hacer nada por el primer impulso que surgiera. Además, pretender usar como testigo de otro asunto a un maestro de comedias quizás no sería sólido; pero para el juicio de los discursos, ojalá nunca llegue a ser tan solemne como para despreciar a estos hombres como si no valieran nada. El más grande dijo que su lengua era tal, diciendo algo igual a la voz, pero mezclando algo de la amargura de la técnica con lo que provenía de la verdad. Sin embargo, no evitó dar los primeros puestos al hombre ni mostrar la magnificencia que rodeaba sus discursos. El otro dice que relampagueaba, tronaba y bramaba al hablar ante el pueblo. Pues no me traigas esto, si es que le reprocha algo; sino tomemos de su testimonio lo que corresponde al discurso presente.¿ Acaso no procedía usando una gran abundancia, estando él mismo lejos de decir tonterías, y acostumbrando a los demás a estar muy lejos de ellas?¿ Cómo, pues, el que tanto sobresale y el único que vence a todos los jueces podría llevar la fama de haber soltado a los atenienses a decir tonterías al azar y fuera de tiempo? Yo, por mi parte, creo lo contrario, que él fue causa de más silencio que de precipitación. Sabemos, al menos, que también en las otras facultades, donde muchos son semejantes y rivales entre sí, los asuntos son muchos y la disputa es mayor, pero cuando alguien
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[ uno] sobresale brillantemente, todos ya han cedido. Así, pues, también al hablar, cuando alguien llega a ser el mejor, es necesario que la mayoría se contente y no se entrometa, sino que sean lo más cautos y ordenados posible respecto a los discursos. Pues no podría hacer peores a aquellos en lo que alguien es el mejor, especialmente respecto a estas mismas cosas en las que es el mejor. Pero, ciertamente, que el poder hablar no es algo sin honor, ni que lleva a la ignominia, ni es digno de acusación ni de perdón, sino de algo mejor, me avergonzaría de los dioses elocuentes si intentara demostrarlo. Salvo que diría tanto– pues para mí, si alguien más se molesta, que todo se vuelva hacia mí; y no culparé al destino– que yo aceptaría poder hablar con una vida buena y templada, en la medida de lo posible, mejor que cualquier hombre, antes que llegar a ser diez mil veces Darío, hijo de Histaspes; y todas las cosas me parecen realmente pequeñas frente a esto. Conozco también los asuntos de Platón, si no estamos cegados, que no son casi nada más que discursos, y me alegro de su dicción; y aunque él, bromeando, me persuada de no preocuparme mucho por esto, no me persuadiré del todo, sino que sabré que se esfuerza mucho, y sobre todo en ese momento, cuando dice que bromea. De modo que calumniaríamos el tesoro de casa si difamáramos estas cosas. Proverbio. Se aplica a quienes calumnian lo que tienen en casa. Pero sobre esto ni siquiera vale la pena hablar, sino tanto menos cuanto mejor sea el poder hablar.[ Bien].¿ Luego, a alguien tan agudo y vigilante, y a quien habría llamado gustosamente alado, me persuadiré de que él mismo estaba ocioso o que acostumbraba a otros a estarlo? Entonces no parecerá que sé nada de los asuntos; pues él no solo no permitía estar ociosos a los atenienses, sino ni siquiera a los enemigos, sino que hizo que también ellos cambiaran sus modos; tantas necesidades les imponía[ de moverse], y Demóstenes decía que lo justo estaba presente. Pero, sin embargo, Platón lo acusó de haberlos hecho ociosos y cobardes. El cretense[ ciertamente] sobre el mar, dirá alguien. Proverbio sobre los que fingen ignorar; pues los cretenses son expertos en el mar. Se dice también que el isleño ignora el mar, y el siciliano el mar. De modo que los demás se desanimaban con estos asuntos presentes, pero él, precisamente por esto, había añadido algo mayor: ver a los ciudadanos de tal manera que estaban sin recursos para actuar, y esto no tanto por haberse sometido a los enemigos, sino por estar también descontentos con él como causa de los asuntos presentes. Ante dos cosas de la fortuna[ la guerra y la isla], viéndolos haber añadido estas dos cosas, dolor y exasperación hacia él, habiendo entrado en medio de los peligros y estando aislado por todas partes, por así decirlo, no temió, ni retrocedió, ni cambió su juicio como si fuera un color, estando enfrentado a los ciudadanos y a los enemigos a la vez. Sino que, como si les enseñara cualquier otra lección, exponía según las mismas cosas que antes, y no corrompió sus doctrinas ante los peligros, ni filosofó solo ante el poder, sino que, como si se le preguntara por un número o una medida, habría respondido lo mismo después y antes, así también entonces emitía las mismas voces sobre los asuntos generales, sin considerar digno ceder ante los peligros ni reprocharse a sí mismo, y avergonzándose por ellos al mismo tiempo y por los tiempos que habían sido otros. No digamos, pues, esto, que no los sacaba; sino si descuidaba sacar y luchar cuando era apropiado, consideremos esto, puesto que escuchamos que también los lacedemonios, cuando los tebanos los atacaban alguna vez, y les ordenaban salir y luchar o confesar ser peores que ellos, respondieron que sobre quiénes eran mejores juzgarían las acciones realizadas por ambos en favor de los griegos, pero que lucharían no en el tiempo de los enemigos ni cuando ellos ordenaran, sino cuando a ellos les pareciera, y que no usarían a los tebanos como consejeros sobre esto. Yo, pues, lo que digo sobre estos, así también me alegro de la magnificencia más que de todo, como me convenzo a mí mismo. Pero veo que muchas de las ciudades son como remolques, a los cuales es necesario ceder como en un cuerpo. Pues también los
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cuerpos, tanto los peores como los mejores, escucho que están mezclados de las mismas cosas; pero por participar más o menos de cada una de estas, por esto se juzga lo peor y lo mejor. Así, pues, también las ciudades es necesario que disfruten de la naturaleza humana, aunque parezcan estar gobernadas de la mejor manera. Puesto que también en este todo, que ha participado de tantos bienes y de tanta[ buena] fortuna y que no ha dejado nada fuera de sí de los bienes, encontrarías muchas cosas con las que no te complacerías en absoluto. Pero no acusas por esto al todo ni al que lo hizo, ni crees que alguien más[ mejor] podría haber llegado a ser creador del todo; sino que permites a la naturaleza arrastrar estas cosas, y no te entrometes.¿ Qué tiene de extraño, pues, si también en Atenas algo de todo esto resultó así como quizás[ en algún lugar] también en otro, y los dirigentes cedieron, al mismo tiempo corrigiendo la pobreza y necesidad de la mayoría, por la cual ocurren no pocos de los errores, los cuales pensaban que era mejor impedir así, y al mismo tiempo temiendo no fuera que hicieran algo peor al reprimirlos[ completamente]. Pues,¿ qué no era de esperar que hicieran hombres tan numerosos y tan agudos, y habiendo tanto dinero presente, si nadie les repartía lo moderado?¿ Acaso no intentarían tomarlo todo? No es así, oh Platón, sino una de dos: o no eran los atenienses tales como tú los acusaste, o todos son más culpables que Pericles, si es que él no mostraba mal los ejercicios, ni ofrecía líneas confusas, falsas o torcidas. De los asuntos sobre Cimón. Que Cimón fue hijo de Milcíades, y habiendo parecido ingenuo al principio, después fue bien considerado en muchas cosas y como estratega. Habiendo sido ostracizado, regresó, y como estratega venció en el[ río] Eurimedonte tanto por tierra como por mar. Murió sitiando Citio de Chipre. Hubiera querido que mi contienda fuera contra alguien más y no contra Platón, y hablo sobre esto y sobre los demás, para usar con confianza todo lo que tenía, y que no me sucediera algo parecido a si navegando, y pudiendo ser llevado por viento favorable, luego cediera por cobardía, o compitiendo con caballos, pudiendo adelantar tanto y tan rápido como quisiera, luego me contuviera a propósito por ahorro de lo que ya había ganado; así, me importa mucho más[ el discurso] de no haber dicho nada desagradable hacia Platón ni parecer que me atrevo, o de alabar a cada uno de ellos, razonablemente; pues tampoco las cosas hacia este me son dignas de menor gratitud. Sin embargo, si sucediera que ambos, tanto liberarse de las acusaciones contra ellos como haber salvado todo lo que es posible de respeto y honor para Platón, y se añadiera lo justo para ambos, lo justo estaría bien en todas partes. Pues si definimos lo contrario a lo contrario,¿ cómo conservará cada uno su propia naturaleza para nosotros? Pues si el principio es esclavitud, difícilmente otra cosa evitaría la esclavitud. Y si pusiéramos que el principio es esclavitud,¿ qué impide poner también la esclavitud como principio con estos mismos discursos? Y de esto nos resulta la tesis y nunca permanece en lo mismo, sino que el principio, habiendo sido esclavitud antes, a través de aquella vuelve a ser principio, y la esclavitud, a su vez, habiendo sido considerada principio antes, por el mismo principio vuelve a ser esclavitud.[ Y así se extraviará] y se desplazarán estos nombres, siendo de los asuntos contrarios, o si quieres, los contrarios del asunto. Dijo del asunto, terriblemente, puesto que concluyó que el principio y la esclavitud son una y la misma cosa. Tales aliados, oh Platón, proporcionó a los griegos, que mientras Cimón vivía, el estar muertos era lo que les quedaba a los bárbaros por el miedo a los griegos. La figura es demosténica; pues dijo: están muertos por el miedo a los apóstoles. Por el miedo a los griegos en lugar de por el miedo de los griegos, o porque aterrorizaron a los griegos de tal manera que llegaron cerca de estar muertos.¡ Por Zeus!, pero lo ostracizaron, para no escuchar su voz[ durante diez años]. Y, sin embargo, lo trajeron de vuelta antes de que terminaran los diez años, para escuchar su voz; así lo extrañaron. Tú, en cambio, como lo condenaron, lo injurias, pero como cambiaron de opinión, no reflexionas. Y dices lo que no votaron justamente contra ambos, pero lo que decidieron rectamente, no crees que sea una gran prueba de virtud para los que fueron adelantados y para el que fue liberado. Y, al parecer, los que condenaron cambiaron ellos mismos de opinión y no permanecieron en lo que decidieron desde el principio, pero tú, como si hubieras acusado algo soberano, no consideraste digno imitar en esto a los atenienses, liberando al hombre de la causa, sino que imitaste lo que era más difícil de ellos, y dejaste lo restante. Y, ciertamente, es mucho mayor y más bello haber regresado habiendo caído en un discurso de virtud que no haber huido en absoluto. Pues aquello, al parecer, les sucede incluso a los que se encuentran, pero esto no era según la mayoría de los hombres; y aquello uno podría haberlo razonado por la fortuna, pero esto por ser conocido como superior a los demás. Pues de haber caído y huido, la envidia es la causa y quizás podría aparecer también algo más[ similar], pero de la llamada y exhortación antes del tiempo no hay otra cosa que culpar más que la virtud, por la cual incluso ausente lo respetaban y suponían que les era útil que estuviera presente, y lo más importante, consideraban digno condenarse a sí mismos más que a él. De modo que, si hay que considerar a él por sí mismo,¿ qué hay que decir si alguien cometió una falta contra él? Pero si hay que observarlo a partir de los demás, aparece honrado de manera sobresaliente.[ Pero aún no estas cosas, pues pronto quizás encajarán mejor.][ Es decir, en la apología común]. Milcíades, el prólogo. El discurso nos llega al mismo Milcíades, a quien me avergonzaría más alabando que censurando; así me parece que diría todo menos de lo que quiero. Milcíades, desde hace mucho, había persuadido a los atenienses de no considerar a ningún amo excepto las leyes, ni considerar ningún miedo mayor que lo bello y justo, ni una necesidad tan fuerte por la cual fuera apropiado llegar a ser peores. Por estas razones tenía cómo usar a ellos. Pero como los agricultores recogen el fruto en el mes enésimo de las semillas, y no al mismo tiempo que las siembran, así también Milcíades, habiéndolos atrapado con antiguos acuerdos, los tenía útiles en el momento, no tomando las lecciones en la necesidad[ pues vergonzosamente habría competido un coro para él así], sino entrenados para la necesidad en el poder. De qué clase, pues, siendo Milcíades el dirigente, unos disfrutaron al máximo de su poder, otros moderadamente; y en el medio pone el alternar[ a su vez]. Podría alguien en la multitud ser más desafortunado también en los oídos; ni siquiera el sol es capaz de calentar a todos, sino que ya alguien se ha congelado en la claridad del mediodía, habiendo llegado la caída. Pero aquel momento, como un heraldo, llamaba al más valiente de los griegos y al que desde hace mucho había tratado con los mejores razonamientos, y quien sabe cómo es necesario salvar y ser salvado. Y si, comenzando desde los mismos heraldos y de la respuesta, pregonaban a los atenienses que es necesario practicar la contienda por la libertad de los griegos y no abandonar el orden del ánimo y no habiendo arrojado las armas ni cedido a los miedos, sino habiendo tomado las armas y habiéndose vuelto superiores a los miedos, o más bien, habiendo considerado este único miedo como terrible e insoportable, ceder a los peores y ceder el orden patrio, si diciendo estas cosas y estando así preparados exigían encontrarse ante el juicio sobre los asuntos generales y recibir lo que resultara como ganando igualmente en ambos casos, no veo qué servicio innoble tienen estas cosas, o cómo se parece a los razonamientos del timonel. Ves cuánto ha superado al timonel. Pues, ciertamente, cuantos fueron persuadidos de esto por él, yacen solemnes solemnemente, habiendo terminado la vida de la manera más bella de todos los griegos, poseyendo la tumba como monumento de la virtud, y estando bajo tierra protegiendo la tierra misma, pero no siendo poseídos por ella, llegando muy cerca de participar de la mención de Hesíodo, la cual él hizo sobre el final de la raza de oro diciendo: los demonios puros son llamados subterráneos, nobles, protectores de los hombres mortales. Y a aquellos, salvo que no llamándolos demonios sino demoníacos, podrías tener con confianza[ decir] que son unos protectores subterráneos y salvadores de los griegos, protectores contra el mal y todo buenos, y que protegen el país no peor que Edipo que yace en Colono, o si alguien en otro lugar del país se cree que yace en el momento para los vivos. Y, ciertamente, ser técnico en los discursos es Pan, el hijo de Hermes, la voz de Platón. Considera, pues, también esto, qué gran prueba de su templanza, y que, si hubiera tenido el alma de oro, no le habría aplicado una mejor prueba. Creo que incluso juzgado en el tribunal de los dioses, Milcíades habría escapado de todas las acusaciones, no como dicen que Orestes, habiendo recibido la mitad. Razonablemente; pues aquel mató a su madre justamente, pero este salvó a Grecia justamente, y pagó los alimentos de la manera más bella de los hombres no solo a la patria sino también a la naturaleza común del género griego.[ Pues, ciertamente, según las ciudades, unos consideran a otros como fundadores, pero a aquel uno podría considerar justamente como fundador común de Grecia.] Y creo, por mi parte, que también la causa que tuvo después, si hay que decir algo también sobre esto, es ya el mayor símbolo de que él sobresalió en mucho a los demás. Pues consideraba digno que todos fueran vencidos por su virtud, y que nada fuera invencible ni inexpugnable donde Milcíades estuviera presente.¿ Luego, yo a alguien tan valiente, prudente y templado, al que practicó la virtud durante toda su vida, a este lo considero ocioso en una parte de adulación?¿ Al que ni siquiera cuando era juzgado mostró nada más a los jueces que la herida, no lloró, no subió a sus hijos, siendo Cimón su hijo, a este yo lo llamo adulador[ así][ magníficamente?¿ Y esto era el capítulo de lo que él había hecho en la política y vivido, adulación?] Y¿ cómo no nos culparía alguien justamente de adularnos a nosotros mismos, y de hacer el trabajo de servidores no libres, si persiguiendo el favor de otro corrompiéramos voluntariamente la verdad? Temístocles, el prólogo. Queda, pues, Temístocles, el menos digno de todos de tener los primeros puestos desde los segundos, si es que incluso esto[ mismo] aparece haber sido propio solo de él de todos. Pero más bien, quién es el segundo después de aquel, esto quizás es un trabajo encontrarlo. Pues tanto nos superaba a Maratón, el famoso, el que quieras decir, tanto, pues, superaba a aquel en todas las cosas que llegaron a él,¿ cómo podría decirlo?, de manera acordada, tanto como Jerjes es evidente que superaba a Darío en todas las preparaciones. Y, ciertamente, uno vencía a los subordinados del rey, el otro vencía al rey mismo. Y después de la batalla en Maratón, volvió a hacer campaña, pero después de la batalla naval en Salamina, se fue huyendo. Pues ante aquella[ derrota] se exasperó, pero ante esta se dio por vencido, considerando ganancia suficiente si se salvaba. Pues sabía que entonces había venido una parte enésima de toda la fuerza, pero ahora era vencido casi con todos los hombres. A Milcíades, pues, la prueba de la valentía le llegó a un solo capítulo, aunque usaba de ella durante toda la política; pero a Temístocles siempre le sucedían los segundos puestos mayores que los primeros, y le había sucedido lo del proverbio; pues una ola lo dejaba, pero otra lo atrapaba, hasta que pasó a través de las tres olas venciendo.¿ Qué impide, pues, mostrar brevemente en qué asuntos era de qué clase Temístocles? Aunque[ esto] quizás no sea de ninguna utilidad. Pues lo que no es posible mostrar en el discurso,¿ cómo podría alguien observarlo a partir de esto? Salvo si reflexionando sobre esto mismo, que sobre lo que ni siquiera es posible decir como uno quiere, esto él lo manejaba como quería. Pues diez años seguidos estaba de parto todo el continente, compitiendo todos los hombres por tomar justicia de la batalla en Maratón; y se preparaba de toda tierra y mar todo. Y habiéndose rebelado Egipto en el tiempo intermedio, el rey nada
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que se alimentan del mar junto con los demás, y esto resulta ser más paradójico y no es fácil de admitir en una creencia racional. Pues no es posible conocer de dónde llegaron al lugar en el que habitan, ni cómo, estando rodeados por una roca lisa desde arriba y siendo inaccesibles los pasos por los precipicios laterales, y limitando todo el frente, lo cual, como dije, es absolutamente imposible de recorrer a pie, y de igual modo es imposible en balsas por la falta de los medios que nosotros tenemos. Estando así las cosas, dice, queda decir que son autóctonos, sin haber recibido memoria de la primera semilla, sino existiendo siempre, del modo en que algunos de los llamados físicos han definido. Que más allá de los estrechos que cierran tanto Arabia como el país de enfrente, yacen islas dispersas, todas bajas, pequeñas en tamaño, innumerables en cantidad, que no producen fruto alguno para la vida, ni cultivado ni silvestre, distantes del continente mencionado unos setenta estadios, y vueltas hacia el mar que parece extenderse hasta la India y Gedrosia. Allí no se forma oleaje, sino que una ola tras otra, al avanzar, recibe el choque en los promontorios; y parecen tener el mejor de los climas. Estas islas las habitan hombres, moderados en número, que viven de tal modo. En el mar adyacente, que es completamente áspero y tormentoso, se produce en anchura y tamaño una cantidad increíble de tortugas, que todos consideramos marinas. Estas se alimentan de noche en el abismo, pero de día, al llegar a la tranquilidad y calma de las islas, duermen, y esto lo hacen suspendidas hacia el sol, con una disposición similar a las barcas construidas. A estas, en aquel tiempo, los habitantes locales, con destreza, esfuerzo y cuerdas, las arrojan a tierra firme; consumen todo el interior tras haberlas asado brevemente al calor, y utilizan los caparazones para establecer sus viviendas, colocándolos como chozas inclinadas en lugares elevados, y los usan también para las travesías y para el agua; de modo que lo mismo es barco, casa, recipiente y alimento para los hombres mencionados. Que no muy lejos del género mencionado, otros, moderados en número, tienen tal modo de vida. Se alimentan de los cetáceos que son arrojados a tierra. Y cuando escasea para ellos tal alimento( lo cual sucede a menudo), procesan los cartílagos y los extremos de las costillas de los huesos para mitigar la carencia, aunque sea con dificultad. Estos son, pues, los géneros de los ictiófagos, dice, que hemos abarcado, siendo innumerables los que escaparon a nuestro conocimiento. Que, estando nuestra vida sujeta a lo superfluo y a lo necesario, los géneros mencionados de ictiófagos han descartado todo lo inútil, dice, y no les falta nada de lo necesario, siendo todos guiados por el camino divino hacia la vida, no por el que engaña a la naturaleza con las opiniones. Pues no se ven atrapados por una lucha competitiva y desgraciada deseando alcanzar el poder; ni, amando la codicia, hacen mucho a otros ni sufren mucho de lo innecesario; ni, al entablar enemistades, se arruinan en desgracias propias por el daño al cuerpo del enemigo; ni, al navegar, anteponiendo la vida por causa de ganancia, miden el dolor por los tropiezos de la vida; sino que, necesitando poco, también sufren poco, adquiriendo lo suficiente y no buscando más. Y a cada uno no le molesta lo que se desconoce, si no está presente, sino lo que se desea, cuando falta en el momento en que el deseo se apresura. Por tanto, aquel, teniendo todo lo que quiere, será afortunado según el razonamiento de la naturaleza, no según el de la opinión. Y no se rigen por leyes; pues¿ qué necesidad hay de servir a un mandato para quien puede ser sensato sin escritura? Que después de los ictiófagos, junto al río Astabaras, que fluye a través de Etiopía y Libia, y es mucho más bajo que el Nilo, y al unir su propio impulso con la corriente mayor hace de Meroe una isla por el flujo que la rodea, junto al río mencionado, en ambas orillas, habita una multitud no grande, pero de tal modo de vida. Del
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pantano adyacente excava las raíces de los juncos, y luego, tras lavarlas limpiamente, las corta con piedras en partes, y tras haber hecho una masa suave y pegajosa, moldea bloques, aunque no del tamaño de un puño, y luego, al asarlos al calor, tiene este alimento. Estos tienen un mal ineludible: los leones que están en los pantanos los atacan. Y bajo la salida de la estrella del Can se produce una cantidad inmensa de mosquitos, que tienen tal fuerza que el pueblo, al retirarse a las humedades pantanosas, permanece allí oculto. Por ellos también los leones son desplazados, no tanto por ser molestados por la picadura, aunque es pesada, como por no poder soportar el ruido extraño de su sonido. Pero que esto se haya relatado por causa de lo paradójico; pues¿ qué hay más extraño que el hecho de que los leones se retiren ante los mosquitos y que los hombres se salven de tal peligro? Que a los mencionados, dice, se acerca el género de los que comen madera y de los que se alimentan de semillas, teniendo una pequeña diferencia. Pues unos se alimentan del fruto que cae de los árboles durante el verano, y el resto del tiempo tocan la hierba que crece en los valles sombreados, de naturaleza sólida y que cría un tallo similar a los llamados nabos; los otros se alimentan de la parte tierna de la madera. Estos duermen por las noches habiendo elegido un lugar para su fortificación y vigilancia lejos de las fieras de allí, y al salir el sol, junto con sus hijos y mujeres, suben todos a los árboles, buscando con afán alcanzar las ramas más altas; y desde allí, ordeñando la madera más tierna, se alimentan fácilmente. Y han hecho tal hábito de toda su vida, que incluso la visión de su ascenso es increíble y la tensión no solo de las manos, los dedos y los pies, sino de las partes restantes en absoluto. Pues saltan fácilmente de una rama a otra, y a menudo quitan las ramas de los demás en los lugares más peligrosos, y muestran tales cosas que el que lo ve se queda atónito, pero no se atreve a contarlo a los inexpertos. Y procesan toda rama con los dientes para que sea jugosa y la digieren fácilmente en sus estómagos; y el cuerpo que cae desde arriba, debido a su delgadez, no recibe un golpe pesado. Estos son todos desnudos, usan en común a hijos y mujeres, luchan entre sí por los lugares, y la mayoría muere oprimida por el hambre, con glaucomas que cubren sus ojos alrededor de los cincuenta años. Que después de los mencionados están los llamados por los nativos cazadores. Estos, debido a la abundancia de fieras que el lugar produce en gran cantidad, acampan en los árboles, y cazando a las fieras desde una emboscada, hacen de ellas su alimento. Son también expertos en el tiro con arco. Y cuando escasean las presas, suplen la carencia con las pieles de las fieras cazadas anteriormente, tras remojar los cueros y echarlos sobre brasas ligeras, luego los reducen a cenizas y los dividen. Que después de los mencionados, muy alejados de ellos y extendiéndose más hacia el poniente, están los que se ganan la vida con la caza de elefantes. Unos, desde el árbol en el que están sentados, observando los pasos de las fieras, agarran la cola con las manos y con los pies se suben al muslo izquierdo; luego, con un hacha que tienen preparada y a mano, cortan los tendones de la corva derecha, usando golpes frecuentes, y así, con tal intensidad, bajando con una mano y sujetando la cola con la otra, como si el premio fuera la vida; pues es necesario matar o morir, no habiendo otra salida en el momento. Y cuando el animal cae por la herida y la hemorragia, los compañeros de caza llegan al cadáver, y mientras la fiera aún está viva, cortando las carnes de las partes traseras, se dan un festín, soportando así la muerte final del animal agotado. Pero los cazadores de elefantes que corren el riesgo extremo son así. Otros los cazan de este modo. Tres hombres, teniendo un arco y varias flechas untadas con la hiel de las serpientes,
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están de pie en un matorral junto a los pasos de las fieras. Cuando el animal se acerca, uno sostiene el arco apoyado con el pie, y los dos, tras tensar la cuerda con toda su fuerza, sueltan la flecha, teniendo un solo objetivo en el centro del costado, de modo que atraviese el interior de la zona y corte y hiera las partes curvas; desde allí, una fiera tan grande, al ser perseguida y desgarrada, se desmorona y cae. Un tercer género es el de los comedores de elefantes, quienes, cuando los elefantes, tras haberse saciado de pasto, buscan entregarse al sueño, no duermen tumbados en el suelo, sino apoyándose contra los árboles más gruesos y grandes, de modo que los dos pies cercanos al tronco se apoyan ligeramente en la tierra, y el costado, recibiendo todo el cuerpo, se sostiene contra la naturaleza del árbol, y de este modo logran el descanso, no puro sino fingido, debido a que sobre los sueños profundos se añade una fuerte tensión, estando expuesta la destrucción inmediatamente al que cae debido al relajamiento natural. Los que se ganan la vida con la caza de estos, vagando por los matorrales y marcando la guarida de la fiera, sierran desde los lugares detrás del árbol, hasta que no se incline del todo ni quede demasiado fuerte y resistente, sino que permanezca en pie sobre un pequeño equilibrio. El animal, al tumbarse desde el pasto en el lugar habitual de su guarida, cae repentinamente al romperse el árbol, y queda ante los cazadores como una cena preparada; pues estos, tras cortar las carnes traseras y desangrar al animal, luego muerto, dividen los miembros para su propia necesidad. Que a estos cazadores, Ptolomeo, rey de Egipto, exhortándolos a abstenerse de la matanza de los elefantes, para tenerlos él vivos, y prometiéndoles muchas y maravillosas cosas, no solo no los convenció, sino que ni siquiera escuchó una respuesta de que cambiarían todo el reino por la vida presente. Que de estos cazadores, a quienes los nómadas suelen llamar impuros, la parte que se extiende hacia el poniente se alimenta de etíopes a quienes llaman chatos, y la parte hacia el mediodía es una nación no grande, los llamados comedores de avestruces, quienes, cazándolas con destreza, engaño y garrotes, viven de ellas, alimentándose de sus carnes y usando sus pieles para vestimenta y lecho. Siendo atacados por los chatos, estos usan como armas los cuernos de los órices, que son grandes y cortantes; y el país cría a este animal en gran abundancia. Que no muy lejos de los mencionados están los acridófagos( comedores de langostas); la nación es más baja que las demás, delgada en aspecto y extremadamente negra. Bajo el equinoccio de primavera, cuando soplan vientos del sur y del oeste, una cantidad inmensa de langostas de gran tamaño llega con los vientos desde el país inexplorado, diferenciándose poco en la fuerza del vuelo de las aves, pero largas en el cuerpo. De este animal se alimentan todo el tiempo, usando además estas conservadas en salazón. Las cazan con humo, bajándolas del aire a la tierra. Se dice que estos son ligeros y más rápidos con los pies, y no viven más de cuarenta años, compartiendo una alimentación completamente seca. Mueren de una manera más miserable; pues al acercarse la vejez, aparecen en sus cuerpos géneros alados de piojos, similares en forma a las garrapatas, pero un poco más pequeños que los que aparecen en los perros, comenzando desde el pecho y el vientre, y extendiéndose rápidamente por toda la superficie del rostro. Estos, al principio, están como los irritados por la sarna, pero después se desgarran dolorosamente; luego, al llegar el mal a su apogeo, y con la erupción de las fieras y el flujo de delgados humores, sucede que los desgraciados soportan las acritudes insoportables. Estos, ya sea que tengan como causa de la maldad los humores, la alimentación o el aire, mueren así. Que de los acridófagos, dice, hay un país vecino grande y que tiene pastos
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que difieren en variedad, pero está completamente desierto e inaccesible para todos los vecinos, no por escasez de género humano desde el principio, sino por una cantidad increíble de escorpiones y falanges, a las que algunos llaman tetrágnatas. Pues dicen que este género se propagó tras una lluvia, y al no poder los habitantes resistir el mal, sino eligiendo la salvación de los que escaparon de la destrucción mediante la huida en lugar de la patria, el país quedó desierto de aquel género de hombres. Y también una cantidad de ratones de campo, como los que hay en Italia, y avestruces que devoran las semillas, como en Media, y ranas, lo cual sucedió con los autariatas, y ciudades que fueron abandonadas por la propagación de leones, como en Libia; y muchos otros sufrimientos inesperados que se apoderaron de muchas tierras las dejaron desiertas de habitantes. Que los últimos, dice, de los que habitan hacia el mediodía son los que los griegos llaman cinamolgos( ordeñadores de perros), y los vecinos, como se podría decir, bárbaros salvajes. Estos son melenudos y llevan barbas extraordinarias, y crían muchos y grandes perros, similares a los hircanos, y mediante ellos cazan los bueyes indios que invaden su país, que aparecen en cantidad inmensa desde los solsticios de verano hasta mediados de invierno; luego también ordeñan a las hembras de los perros y se alimentan de su leche, y también de la caza de otros animales. Y lo último de los que están hacia el mediodía es así. Y lo referente a los trogloditas es así. El género de la constitución es una tiranía, y las mujeres y los hijos son comunes; pero no está permitido acercarse a la del tirano; y al que se atreve se le impone como multa entregar una oveja. Su comportamiento: el invierno que hay entre ellos( este es bajo los etesios), cuando el dios inunda todo su país con lluvias torrenciales, viven de sangre y leche, mezclándolas en lo mismo y agitándolas en recipientes calentados al azar. Cuando llega el verano, se mueven en los lugares pantanosos, luchando entre sí por el pasto. Y consumen los animales más viejos y enfermos, matándolos mediante los cocineros, a los que llaman impuros. Estos no atribuyen a ningún hombre el nombre de padres, sino al toro y a la vaca, llamando padre al uno y madre a la otra, igualmente al carnero y a la oveja, debido a que reciben el alimento diario no de los progenitores sino de aquellos. Estos también en la bebida, la gran multitud usa una infusión de paliuro; los tiranos beben de una flor preparada, similar a un dulce desagradable. Estando desnudos en el resto del cuerpo, tienen los lomos ceñidos con pieles. Y los genitales, en los demás trogloditas, es costumbre circuncidarlos, tal como todos los egipcios; pero los llamados por los griegos colobos tienen la costumbre de quitar con navajas, cuando son niños, toda la parte que en los demás recibe la circuncisión, de donde también han tomado el nombre mencionado para sí mismos. Que el autor, aunque es aticista, ha usado la palabra cámara. Que los trogloditas, dice, hacen lo siguiente con los fallecidos. Con los sarmientos de los paliuros atan el cuello a las piernas, luego, tras ponerlos sobre un montículo, los arrojan piedras del tamaño de un puño, usando burlas y risas, hasta que ocultan la forma del difunto; y luego, tras poner encima un cuerno de cabra, se van impasibles y completamente alegres. Así, dice, usan los funerales sensatamente, si es que no afligirse por lo que no causa dolor es señal de inteligencia. Las enemistades, luchas y guerras que tienen entre sí por el pasto que brota repentinamente( pues no luchan por ninguna otra cosa), estas las disuelven las mujeres mayores, que se adelantan, poniéndose en medio, y calmando con palabras suaves los ánimos irritados. Y del sueño, dice, no usan como los demás hombres, sino que tienen una cantidad de ganado que los acompaña, y han atado cascabeles a los cuernos
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de todos los machos, para que el ruido que proviene de ellos ahuyente a las fieras; cuando llega la noche, reúnen el rebaño en corrales, y desde arriba echan esteras de palmeras. Y las mujeres con los niños se suben a ellas; los hombres encienden fuegos en círculo, cantando algunos mitos patrios, y así ahuyentan el sueño, venciendo la naturaleza en muchos de la práctica por la necesidad. Y cuando algunos, agobiados por la vejez debida a todos, ya no pueden seguir a los rebaños, tras poner una cola de buey alrededor de su cuello, y apretando bien el nudo detrás de la nuca, los liberan de la vida. Y si alguno de ellos prolonga el final, el que quiere se acerca de repente, como quitando la vacilación por benevolencia, aconsejando a la vez con la palabra del comportamiento, y lo libera por el mismo camino. No solo a los que envejecen los sacan así de la vida, sino también a los que una enfermedad persistente o la mutilación de algún miembro los hace inútiles para prepararse a seguir a los rebaños. Que, dice, estando toda la tierra habitada circulada en cuatro partes, digo oriente, occidente, norte y mediodía, las partes hacia el occidente han sido elaboradas por Lico y Timeo, las partes hacia el oriente por Hecateo y Basilis, las partes hacia el norte por Diofanto y Demetrio, y las partes hacia el mediodía, algo pesado, dice, la verdad, nosotros. Que los modos de vida más diferentes de los hombres no los mide ni separa mucho lugar. Pues desde el lago Meótide, muchos de los que cargan en barcas de carga llegaron en diez días al puerto de los rodios, desde donde, en el mismo tiempo, llegaron en cuatro días a Alejandría, y desde esta, navegando contra la corriente por el río, podrían llegar en otros diez sin dificultad a Etiopía; de modo que, desde el exceso del frío hasta el apogeo extremo del calor, no pasan de veinticinco días para los que son transportados continuamente. Pero, sin embargo, siendo tanta la distancia local, los hombres tienen una diferencia insuperable entre sí en cuanto a los modos de vida, las costumbres y el aire, de modo que ni siquiera se cree en otros lugares lo que es habitual y aceptado en otros, ni pueden soportar en absoluto lo que otros no elegirían ni vivir sin ello. Así tiene un gran filtro toda costumbre, y el tiempo que recibió la primera edad en la vida vence la dificultad del entorno. Que los leones en Arabia, dice, son más calvos y más audaces, pero en el color son uniformes como los que se producen en Babilonia, y tan brillantes en los pelajes que desde los cuellos resplandece una rubiez similar al oro. De las llamadas hormigas, la mayoría no difiere en nada en la forma de las demás, pero tienen la naturaleza de los genitales vuelta hacia el lado contrario a los demás. Que los leopardos no son como en los lugares alrededor de Caria y Licia, sino largos en el cuerpo, y capaces de sufrir mucho más en heridas y dolores; y en fuerza difieren tanto de los demás como lo salvaje de lo manso. Que el rinoceronte no se queda atrás del elefante, pero es inferior en altura. Tiene un color parecido al boj barato y al tacto de la piel. Lleva un cuerno chato en las puntas de las narices, con una fuerza similar al hierro; con el cual, el resto del tiempo, contra cualquier roca que se encuentre, golpea lanzando el pecho, y al chocar con un elefante( pues con este disputa toda la vida por el pasto), metiéndose bajo el vientre y desgarrando con el cuerno el círculo de la carne, lo hace desangrarse inmediatamente; y es posible ver a muchísimos elefantes muertos así. Si, sin embargo, sucede que el rinoceronte no toca el vientre, al contrario, él mismo, siendo golpeado por la trompa y los colmillos de muchas maneras, se debilita y se paraliza, habiendo una gran diferencia en cuanto a fuerza y poder. Que entre los trogloditas está también la llamada por los griegos camelopardo, que ha obtenido una naturaleza compuesta en cierto modo en la forma y la constitución. Pues tiene la variedad del leopardo, el tamaño del camello, el grosor
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excesivo, y el cuello tal que ordeña el alimento desde las puntas de los árboles. Que las esfinges, dice, y los cinocéfalos y los cepi son enviados a Alejandría desde la Troglodítica y Etiopía. Las esfinges son similares a las descritas, excepto que todas son peludas y de alma mansa y suave; y participan de mucha astucia, y tocan en cierta medida la enseñanza metódica, de modo que se admira la euritmia en todo. El cinocéfalo describe el cuerpo de un hombre de mal aspecto, pero el rostro de un perro; emite una voz similar a un gemido; es salvaje en exceso y completamente indomable, y muestra en la mirada, tanto por las cejas como por los ojos, una expresión severa. Sobre el macho, esto. A la hembra se le añade el llevar la matriz fuera del cuerpo y vivir así toda la vida. El cepo tiene el rostro similar al león, el cuerpo al leopardo, y el tamaño a la gacela, habiendo tomado el nombre según la variedad. De todos los mencionados, el más salvaje y difícil de manejar es el género de los toros carnívoros, que en tamaño es más robusto que los mansos, pero superior en velocidad, y extremadamente rojizo. Y la boca le llega hasta las orejas, y muestra un ojo más glauco que el del león. Mueve los cuernos el resto del tiempo de manera similar a las orejas, pero al luchar los mantiene firmes. Y tiene la dirección del pelo contraria a los demás. Este ataca a los más valientes y caza al resto de los animales, y daña especialmente a los rebaños de los nativos, y es el único invulnerable a la lanza y al arco. Por eso, nadie, habiendo muchos intentado, ha logrado hacerlo manejable, pero al caer en una fosa o algún engaño similar, se asfixia rápidamente por la ira. Y la fiera es juzgada razonablemente entre los trogloditas por tener la fuerza del león, la velocidad del caballo, el vigor del toro, y no ceder ante el hierro. Que el llamado en Etiopía crocotta es como un compuesto de lobo y perro, pero más salvaje que ambos y mucho más pesado tanto por el rostro como por las puntas de los pies, y admirable en fuerza, y en dientes y estómago el más poderoso de los demás. Pues rompe fácilmente todo género de hueso, y lo que es dividido es devorado inmediatamente, y en cuanto a las digestiones es indescriptible. Algunos cuentan que este también imita el lenguaje humano, pero no nos convencen; ellos añaden también esto, que llaman por nombre durante las noches, y los que se acercan como ante una voz humana, ellos, al abalanzarse en masa, los devoran. Que de las serpientes, dice, se dice que hay tamaños paradójicos en los lugares y géneros admirables, y todas tienen la vida a partir de la caza. Sin embargo, de las que han caído bajo nuestra vista, dice, la mayor ha resultado ser de treinta codos. Y toda serpiente, dice, incluso la mayor, se vuelve manejable al ser oprimida y maltratada por la falta de lo necesario. Pues incluso la que él dice haber visto, que cuando la falta de alimento disponible continuamente humillaba su ira y le producía un deseo de alimento más fuerte, en ese momento, tras rodear con el tejido a las víctimas, prepararon tan manejable y mansa a la salvaje ante el deseo, que no consideraba nada de lo demás ni más manso ni más temible, razonablemente, creo, al encontrarse esto con los animales manejables. Pues lo que se opone es maltratado, lo que cede es alimentado. Y toda fiera, aprendiendo del superior, es enseñada a ser sensata, no por la razón, estando la recepción entrelazada alternativamente con la afección de la memoria. Que, dice, habiendo muchas maravillas y estando lejos de la costumbre, recorreré los lugares dignos de memoria. Primero, al pasar desde Arsínoe por la costa derecha, agua caliente se filtra por muchos conductos desde una roca alta hacia el mar, teniendo pasos estrechos, no de agua dulce sino de salmuera amarga y teniendo tal naturaleza de fuente. Luego, desde el lago, el Nilo se ha unido, un canal a través de algunos
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Al aceptar el orden divino de manera subordinada, no participa de la semejanza creadora de forma inmutable ni indivisible, sino que se vuelve hacia las leyes paternas sin pecado y sin malicia, lo cual hemos atribuido a los seres etéreos. El tercer género, por ser el último de los géneros divinos, no solo descendió de la preeminencia de los celestiales al ser mutable de cualquier modo, sino que también sufrió el ser corrompido en algún momento, perdiendo la dignidad de los seres etéreos. Pues el conocer siempre a Dios y poseer su conocimiento de manera unificada pertenece a los celestiales; el existir siempre, pero de manera discursiva, pertenece por esencia a los etéreos; y el no conocer siempre, y en el mismo acto de conocer, conocer de manera fragmentada, se ha atribuido a las almas humanas como algo propio, al quedar estas por naturaleza privadas tanto del conocimiento indivisible de los celestiales como del conocimiento que se multiplica en orden de los etéreos, puesto que no conocen de manera unitaria ni eterna, sino que, incluso cuando son elevadas a la dignidad del conocer, imitan el conocimiento etéreo y, al seguirlo, disfrutan de la visión de los inteligibles. Después del tercer género intelectivo, que a veces conoce y a veces no conoce, estaría el que nunca conoce, según el principio de la división perfecta; el cual es por naturaleza carente de intelecto, incapaz de participar en modo alguno de la verdad y la virtud. Por eso, también se excluye el ser engendrado por aquel. Pues,¿ cómo podría ser imagen del Dios inteligible lo irracional y carente de intelecto? Toda imagen de aquel es inteligente y racional, y está constituida por naturaleza para conocerse a sí misma y a quien la creó. Dice que nos corresponde rendir cuentas de nuestras acciones aquí a aquellos a quienes les ha tocado la suerte intermedia, puesto que son, en efecto, nuestros guardianes y supervisores. Llama destino a toda la actividad que nos rodea, pues ordena nuestros asuntos según las leyes de la justicia. Y si son guardianes, dice, de la vida que se delimita según el mérito, es evidente que también serían los ejecutores del tiempo que cada vida ha recibido por suerte; pues no es posible preservar la vida si esta posee un tiempo indefinido. De modo que el tiempo debe estar definido para que la vida destinada se preserve, y el modo de la muerte debe estar definido junto con el tiempo, al ser la parte final de la vida asignada según el mérito. Pues, al estar definida la generación, es necesario que también esté definida la muerte. El principio de la generación lo define el destino de la emisión desde allá, siendo voluntad divina y ley de la justicia de Dios. De modo que el destino de la transición de aquí hacia allá también preservará la muerte definida. Por eso, está definido tanto el pasar a la vida a través de estos, como el partir de la vida a través de aquellos. Pues si estas cosas fueran indefinidas, toda la vida sería indefinida y carente de una supervisión superior.¿ Dónde, pues, o en qué consistiría el cuidado del juicio divino y de la distribución según el mérito, si las cosas relativas al cuerpo y a los bienes externos nos sucedieran al azar y como quiera que sea? Pues no dejaremos estas cosas sin orden, mientras afirmamos que las elecciones, juicios e impulsos del alma provienen de una necesidad superior; pues así, de la virtud y el vicio, no nos culparíamos a nosotros mismos, sino a aquella. Tampoco es razonable atribuir todo a la necesidad que proviene de ellos, me refiero a las cosas del alma, del cuerpo y de los bienes externos; pero tampoco que todo esté entregado a impulsos irracionales e indiscriminados, siendo el intelecto el que guía todas las cosas y siendo Dios la causa de la totalidad. Es necesario, pues, lo que queda: que las elecciones dependan de nosotros, y que las justas retribuciones por las elecciones recaigan en los seres etéreos, como jueces establecidos por Dios y constituidos por naturaleza para cuidar de nosotros. Pues siendo tres las cosas que nos conciernen, tanto el estar todo bajo necesidad, como el no estar nada, como el estarlo de manera intercambiada o como debe ser, tienen la misma absurdidad y son igualmente destructivas de toda providencia. Pues la hipótesis de la distribución según el mérito introduce necesariamente la providencia y el destino que proviene de ella; y el juicio providencial, que ordena los asuntos humanos con justicia y ley, requiere de nuestro principio de libre albedrío y elección. De modo que el destino es una parte de la providencia total, aquello que se ajusta judicialmente a las almas humanas. La actividad de las almas humanas es la elección automotriz y lo que se llama' dependiente de nosotros', lo cual es una hipótesis razonable para los jueces divinos
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se convierte en una distribución desigual; mientras que lo fortuito se atribuye por completo a los seres mortales e irracionales. Pues no sucede de manera ordenada según cada uno, ni según algún mérito calculado, que de este fuego que se apaga se haga aire, y del aire que se condensa se haga agua, ni que de estos alimentos se haga el cuerpo de un caballo o de un perro, y de otros, otra cosa; sino que todas las cosas pueden provenir de todas mediante las transformaciones que ocurren, debido a la naturaleza común de la materia y a su maleabilidad hacia todo, participando de tal manera del orden y de la necesidad divina que cada cosa se preserva según su género y corre junto hacia lo eterno mediante la sucesión de las causas que las han hecho subsistir. Pero en los animales y plantas particulares, e incluso en los seres inanimados, nada está definido ni ordenado como un padecimiento atribuido según el mérito, dado que no se les deben retribuciones por una vida anterior ni se esperan rendiciones de cuentas por lo que hacen ahora. Pues no ha entrado en ellos nada que haya hecho su descenso desde el lugar etéreo, para que también sea guiado por el juicio divino hacia el retorno, como en el caso de los hombres particulares, cuyas almas racionales e inmortales que descienden de allá necesitan de mucha conversión y cuidado por parte de sus parientes para la corrección de la caída hacia el vicio. Por eso padecen y eligen en los mismos padecimientos; y de nuevo eligen y padecen según el mérito de lo elegido. Por esta razón, pues, hay mucho de' como quiera que sea' en los seres irracionales y carente de juicio divino. Pero en los asuntos que nos conciernen, incluso lo que parece ser fortuito sirve al servicio del destino providencial, de modo que parecemos padecer por azar y de manera similar a los animales irracionales, pero padecemos esto en relación con el cuerpo y los bienes externos, lo cual el juicio supervisor ha definido. Pues mediante la tensión y la relajación de las cosas que nos rodean y sus transformaciones de todo tipo, el libre albedrío del alma es guiado hacia el bienestar, más rápidamente si acepta con buen juicio los padecimientos que ocurren en relación con esto, y en muchos y largos períodos de tiempo, cuando se dispone ante ellos de manera impetuosa e insensata. Pues entonces rinde cuentas de su falta de juicio, pero no por ello deja de ser llevada hacia lo debido a través de lo que padece. Que el alma, dice, al no tener irresponsable el impulso de cualquier elección, es considerada digna de la supervisión del género superior inmediato, obteniendo justicia, purificación y castigo siempre según el mérito de sus propias disposiciones. Y el elegir depende de ella, mientras que las consecuencias que acompañan a las elecciones están definidas por el juicio de la providencia, retribuyendo según el mérito las disposiciones del alma. Y así decimos que elegimos y recibimos por suerte la misma vida. Pues la retribución establecida sobre lo que hemos realizado manifiesta tanto el movimiento del libre albedrío como la supervisión divina, de modo que desde el principio hasta el fin tenemos movimientos libres, aunque unos más y otros menos; y nosotros mismos no preservamos siempre de la misma manera lo que depende de nosotros, pero las retribuciones según el mérito no son sin dueño. Y esto es el destino que nos lleva hacia las cosas de aquí y de nuevo nos aleja de aquí, siendo un tejido y una concurrencia de la elección humana y del juicio divino, de modo que, al elegir nosotros lo que queremos debido a que la elección no es esclava, padecemos a menudo lo que no queremos debido a que el juicio es infalible. En toda la vida delimitada se encuentran tanto las otras cosas que son constitutivas de la vida humana, como el momento y el modo de la muerte, que han sido ordenados conjuntamente por el decreto del destino. Que dice que es digno de notar cómo el alma, ni en su giro hacia el intelecto ha eliminado la debilidad de ser insensata en algún momento, ni en la última malicia ha eliminado la capacidad de volver a pensar y arrepentirse correctamente. Pues el alma humana, creada por naturaleza de tal manera, es apta tanto para la vida divina como para la generación mortal, proyectando alternativamente cada una de las dos capacidades, puesto que también ha sido creada para ambas según la providencia de Dios. Pues así posee por esencia la capacidad de vivir políticamente; pero el pasar más tiempo arriba o abajo sucede según su disposición automotriz. Por eso se dice que realizan períodos de diez mil años o de tres mil años
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la virtud corta el error, y el intenso amor por los bienes elimina la larga duración de la función terrenal. Del segundo libro. Que dice que se dice que hacen por esencia aquellas cosas que, permaneciendo inmutables en su propia esencia y actividad, y sin separar nada de sí mismas ni moverse hacia la subsistencia de los engendrados, producen la generación de los segundos solo por el hecho de ser lo que son. A lo cual sigue el no usar materia, ni hacer desde el tiempo, ni detenerse en el tiempo, ni que lo que es hecho se encuentre fuera de la actividad del que hace; pues todas estas cosas acompañan a la actividad por accidente en el caso del constructor y de los semejantes. Que dice que Platón, al decir en el Fedro:' El lugar supracelestial, ningún poeta de aquí lo ha cantado jamás ni lo cantará según su mérito', no dice' lugar' en sentido propio( pues este es contenedor de cuerpos), sino que usa' lugar' ahora en lugar de' tal esencia' y' tal género', como' supracósmico' e' inteligible', tal como solemos decir al explicar algunas cosas que, al llegar a aquel lugar del discurso, diremos, llamando' lugar' a aquel capítulo y a la forma de las cosas. Que dice que Platón, en las Leyes, indica la diferencia de la providencia de Dios respecto a nosotros, diciendo que Dios, y junto con Dios la fortuna y el momento, gobiernan todas las cosas humanas. De lo cual es evidente que para los impasibles y siempre perfectos, y por ello sin pecado, ha establecido la providencia pura y moniforme de Dios, mientras que para los seres racionales que a veces caen en la insensatez y por ello se llenan de malicia, les atribuye la providencia mezclada con momentos y fortunas. Pues la donación predominante de los bienes y la preservación de lo que es conforme a la naturaleza es obra propia de la providencia pura, mientras que la corrección de los que se han dispuesto contra la naturaleza y las rectificaciones de los pecados son obra de la que es material y usa de la fortuna y el momento. Pues no es según el principio predominante que el juicio divino trae a unos de nosotros los males y a otros les otorga los bienes, sino a partir de la hipótesis del mérito de lo vivido anteriormente, puesto que el juicio de los jueces que están sobre nosotros se parece al arte médico, que, al recibir a los que han enfermado por sí mismos, ordena todo para ellos hacia lo debido según el momento, lo que sea provechoso para los mismos que son tratados. Y por esto, el mérito de los juzgados, al ser unas veces de una manera y otras de otra, y al ser cambiado por los movimientos del libre albedrío, mezcla la fortuna con la providencia que nos rodea; mientras que el orden que corresponde a cada uno introduce el momento del castigo y de la purificación. Y al ordenarse la fortuna y el momento con la providencia divina, el tejido total se convierte en destino, tomando la fortuna de la elección humana y sacando el momento del juicio divino. Pues es propio del arte definir las medidas del tratamiento, pero del hombre el disponerse de tal manera que necesite de incisión o cauterización o de algún otro tratamiento doloroso. Y dice que en muchos otros lugares Platón filosofa sobre tales cosas acerca de la esencia humana y del destino providencial que nos endereza. Que dice que Platón, al dar la diferencia entre el filósofo y el erótico, y cómo se dice que son elevados con igual honor, dice que filosofa sin engaño quien ha amado la teoría sin la acción política, y no ha puesto en nada todo lo demás, y se ha entregado a las virtudes purificadoras para la elevación hacia solo la sagrada perfección, como expone en el Teeteto. Pero el filósofo sin engaño, según Platón, es tal. Pero el erótico es llamado por él aquel que también se dedica a la pederastia junto con la filosofía, el que se ha ejercitado en las virtudes prácticas debido a lo divino y a lo bello en sí, y ha practicado la transmisión de los bienes inteligibles, manejando un modo de vida verdaderamente político y educativo. Y esto lo transmite en la República, diciendo que los filósofos deben estar al frente de las ciudades para que cesen alguna vez de los males, y que una ciudad nunca sería feliz si no la trazaran aquellos que usan el ejemplo divino
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divino.¿ Y cuál es el modo del trazado? Que, habiendo tomado, como un lienzo, la ciudad y las costumbres de los hombres, primero la harían pura, y después de esto bosquejarían la forma de la política, luego, creo, al realizarla, mirarían frecuentemente a ambos lados, hacia lo justo, bello y sensato por naturaleza y todas las cosas semejantes, y hacia aquello que, a su vez, infunde en los hombres, como dijo Homero, lo divino y lo semejante a Dios, y borrarían una cosa y escribirían otra hasta que hicieran las costumbres humanas lo más posible amigas de Dios. Tal es el pintor de políticas que practica la pederastia junto con la filosofía, es decir, el que vive políticamente con un intelecto teórico. Pues dice que el niño es la sensación y lo bello en la sensación, como el intelecto es el anciano y pedagogo de la sensación. Por eso declara que el que usa solo el intelecto en el desprecio de las cosas de aquí filosofa sin engaño, es decir, sin curiosidad, sin materia y sin encantamiento; pues la sensación quiere de algún modo encantar al estar presente, y persuadir al razonamiento de que suponga que algo de lo material es un bien propio. Pero dice que el que ordena la sensación según el intelecto practica la pederastia junto con la filosofía, teniendo un gran guardián para que el intelecto teórico actúe sin ser engañado según la sensación, no ama escribir imágenes en privado y en público, corrigiendo las costumbres de los hombres, hasta que las haga lo más posible amigas de Dios. Pues lo que ve allí, intenta escribirlo en otros el pintor que usa el ejemplo divino, no quedando atrás en nada del primero según el intelecto, pero pareciendo diferir por su filantropía, así como aquel vence a este por su actividad propia. Teniendo tales diferencias entre sí, el uno lo hace sin engaño, es decir, sin necesidad y sin volverse hacia los asuntos humanos, y el otro lo hace eróticamente, que es lo mismo que filantrópicamente y de manera decorativa con los parientes, sin embargo, debido a que poseen una y la misma filosofía, se dice que obtienen la restauración con igual honor, siendo alados con igual tiempo y siendo considerados dignos de la misma elevación. Del tercer libro, capítulo décimo. No en vano, pues, dice, se establecerán leyes para los hombres, ni el razonamiento se ha dado al azar, ni el deliberar es superfluo, ni el orar es innecesario, si una providencia de los asuntos humanos los guiara, ordenando las retribuciones de las elecciones con ley y justicia. Tampoco, si estas cosas son necesarias, bellas y salvadoras, el orden del destino providencial ha sido eliminado, el cual educa lo que depende de nosotros mediante los padecimientos que no dependen de nosotros. Sino que estas cosas se confirman más unas a través de otras que una elimina a la otra. Pues existiendo la providencia, es necesario que las leyes, los razonamientos y las oraciones nos beneficien mucho, mientras que, si no existiera, no solo serían estas cosas totalmente insensatas, sino que ni siquiera podrían subsistir desde el principio. Por eso también lo que depende de nosotros introduce la providencia, y la providencia lo que depende de nosotros. Pues nuestra elección fortalece el destino justo, y este confirma nuestro movimiento de libre albedrío. El cual, si lo ofreciéramos puro y calculado a Dios, permaneciendo en las leyes y usando oraciones y honrando la buena deliberación y cuidándonos a nosotros mismos en todo, obtendremos los mayores bienes; pero si lo contrario, ciertamente llevaremos de alguna manera los dolores médicos de los castigos establecidos para esto, aprendiendo de nuevo lo debido mediante la experiencia. Pero para que nosotros mismos nos dispongamos bien y bellamente, habiéndonos purificado de la elección peor, la oración, la ley, el consejo y tales cosas traen la mayor consumación, llevando a orden y armonía amiga de Dios nuestra mente. Que dice que nuestro libre albedrío no es tal que pueda cambiar todas las cosas que son y las que suceden con sus propios movimientos de elección. Pues así no solo se habría hecho otro mundo y otra construcción de vida según cada hombre, al no querer todos nosotros las mismas cosas, sino que también, según las disposiciones de cada uno, si fueran activas y creadoras de esencia, todas las cosas cambiarían junto con las rápidas transformaciones de las elecciones humanas. Por eso
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razonablemente la potencia del libre albedrío humano, siendo de fácil movimiento y efímera, es totalmente inerte como para la subsistencia o el cambio de algo, si no es ayudada desde fuera; sino que, dice, que la elección humana no cambie las cosas que son, puesto que la ley divina las protege, ni las que suceden en cuanto contribuyen a las actividades cósmicas. Que no es dueña de nada excepto de sí misma y de hacerse a sí misma mejor o peor con las disposiciones, siendo solo crítica de las cosas que son y receptora de las que suceden, y así adquiriendo virtud o vicio al disponerse bien o mal en sus propias actividades. Pues este libre albedrío manifiesta que solo el cambio de nosotros mismos hacia lo que nos parece depende de nosotros, no contándose el cuerpo que nos rodea y las cosas externas en el libre albedrío. Pues si lo que se llama' dependiente de nosotros', habiendo pasado la esencia en la que está fundado, y estando como en una tierra ajena, quisiera que otras cosas dependieran de él, como el cuerpo o la posesión, experimentará innumerables contrariedades, al no procederle las cosas según su propósito, y necesitará de innumerables cosas que colaboren si ha de sucederle algo de esto según su mente. Pero el que no sucedan las cosas contrarias y sucedan las que colaboran no dependía de nosotros, sino de otra hipótesis larga y del orden que sigue a esta, que se dice que el destino realiza, siendo juicio divino en las cosas que no dependen de nosotros, hacia la retribución según el mérito de las cosas que dependen de nosotros. Pues no se elimina el libre albedrío del alma humana si las cosas externas a ella estuvieran en Dios para distribuir y atribuir a cada uno según el mérito de las disposiciones. Pues el destino providencial necesita sobremanera de nuestra automoción hacia la virtud y el vicio; pues de otro modo no será justa la distribución desigual, si no hubiera tomado como hipótesis nuestro libre albedrío. Que al final del Timeo, dice, Platón, al hablar sobre los padecimientos corporales y el tratamiento de estos, prohíbe usar prontamente purificaciones farmacéuticas, debido a que se debe esperar la maduración de las enfermedades conforme a la naturaleza y no, mediante las extirpaciones violentas, hacer que estas sean múltiples; y así, avanzando desde una consecuencia, declara que para cada enfermedad hay un tiempo definido por naturaleza análogo a la constitución de los animales, cuya unión nace teniendo, como dice, los tiempos de la vida definidos y según el género, por ejemplo, el caballo viviría tantos años como máximo, y el buey tantos, y según cada uno, por ejemplo, este buey subsistiría diez años, si una fiera u otra circunstancia externa que ocurra no lo mata antes. Pues hay por naturaleza un tiempo definido para cada uno, hasta el cual es posible que la constitución sea suficiente, y más allá del cual ya no viviría. Pero no todos llegan necesariamente al tiempo posible de la constitución debido a las agresiones violentas externas, las cuales dijimos que la providencia ordena en nuestro caso, mientras que en los animales irracionales suceden al azar. Pues no hay necesidad, como en los hombres, de que también en los animales irracionales o en las plantas se guarde el orden de la muerte atribuido según el mérito del alma, puesto que ni siquiera pasan a la vida de manera similar a nosotros. Pues nosotros, por juicio de jueces demoníacos, obtenemos cada uno una vida según el mérito de lo que hemos vivido, en la cual todo está comprendido: nación, ciudad, padre, madre, momento de nacimiento, tal cuerpo, cambios y fortunas de todo tipo que corresponden a la vida, modo de muerte y momento determinado; y de todas estas cosas está el demonio que ha recibido por suerte como guardián y ejecutor. De las cuales nada es natural que se observe en aquellos. Pues las cosas que corresponden a la esencia racional como racional son totalmente ajenas a la naturaleza irracional. No es justo, pues, que los seres racionales e irracionales sean considerados dignos de la misma providencia, sino que aquellos tienen la providencia suficiente al preservarse según la especie( pues esto es lo único inmortal y que permanece siempre lo mismo); pero nosotros, si no seremos provistos uno por uno, de modo que nada de lo que nos concierne sea sin razón para la providencia, no obtendremos aún el cuidado que corresponde. Y conviene que los que han subsistido según un número definido por el creador, siguiendo la generación
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que proviene de aquel, participen uno por uno de su providencia. Pues no creó una sola alma, y cada uno de nosotros se separa de esta al azar y de nuevo se mezcla en ella, sino que hizo subsistir a cada alma humana delimitada por límites propios. Por eso también de cada una hay providencia, juicio, justicia, purificación, emisión hacia la generación y fin de vida correspondiente, y una muerte que no sucede al azar, y después de la muerte el camino hacia el Hades con el guía, el demonio que ha recibido por suerte nuestra vida. En el caso de los otros animales y plantas, y las elecciones nuestras y las necesidades de la autofagia, y las circunstancias de todo tipo y fortuitas, obligan a cada uno a perecer de manera desordenada e indefinida antes de la disolución conforme a la naturaleza, al no haber justicia sobre ellos por lo vivido anteriormente, ni esperarse juicio por lo que hacen o padecen ahora. Pero en el caso de los hombres, las instituciones de la providencia, los juicios de los demonios, los lotes de vidas y las retribuciones de los pecados antiguos, entre otras cosas, definen también los momentos y los modos de la muerte; de modo que tanto las cosas que se realizan por elección como las que parecen suceder al azar se entrelazan hacia el destino de cada uno de nosotros y cumplen la justicia del mérito, proporcionando siempre los pasados a los siguientes la causa de la ocurrencia, y lo que depende de nosotros arrastrando las circunstancias que no dependen de nosotros, al ajustarse las elecciones humanas a las leyes del destino, que el creador ordenó para las almas. Se leyó' Selecciones de la vida agradable a Dios de Gregorio', quien, habiendo ejercido el sacerdocio de manera sagrada en la iglesia de los romanos, trabajó en los cuatro diálogos más provechosos para la vida. Este divino Gregorio provino de una madre llamada Silvia, de una casa ilustre cerca de Roma, y vive como monje en el monasterio del apóstol San Andrés, que tiene por nombre Cleioscaurin, y más tarde fue guía de los que estaban en él, haciendo las otras cosas que debía hacer agradables a Dios, y dando trabajo a su mano también el escribir. Dirigiendo su vida con virtudes, resplandecía con limosnas. Pues después de muchas otras cosas, mediante las cuales se conocía su misericordia y compasión hacia los necesitados, esto también caracterizaría sobremanera lo admirable de su filantropía y limosna. Llegó alguien pidiendo alguna vez, y vinculaba la necesidad de pedir a un naufragio; él le da prontamente seis monedas de oro. El mismo, al llegar por segunda vez en el mismo día, decía que lo dado no era suficiente para la magnitud de la desgracia, y pedía recibir. Él, de nuevo, tanto con intención como con regalos iguales, lo agasajaba. Y por tercera vez se presenta, diciendo y pidiendo lo mismo que en la segunda; él no se volvió diferente ni por tercera vez hacia el que pedía, sino que ordena de nuevo, mediante el que había servido también las cosas anteriores, proporcionarle una entrega igual y semejante. Y cuando no quedaba ninguna de las monedas, y aprendió buscando diligentemente de dónde podría ayudar al necesitado, como el platillo de plata, en el que la madre solía enviar algunas legumbres remojadas al hijo, aún no había sido devuelto, ordena que este sea entregado al que pedía. Pero esto fue entonces. Tiempo después, por juicio divino y voto de las órdenes sagradas, habiendo obtenido dirigir el trono archierático, ordena que doce de los pobres, como es costumbre hacer los patriarcas, sean convidados, y encarga a su propio sacelario que los convoque. Y cuando la orden tuvo fin y los comensales llenaron la mesa, se veía junto al archierea también un decimotercer comensal, y reprendía al que había llamado por haber vulgarizado el número de los doce con la adición de uno; él negaba al intruso, y contaba a los comensales, mostrando en el conteo a los doce. Y cuando el sagrado Gregorio veía también a un decimotercero, y la forma de este no solo de los otros sino también de sí misma cambiaba muchas veces hacia lo extraño, comprendió que este no era uno de los muchos, y levantándose de la mesa y llamando a este aparte, lo obligaba con juramentos terribles a hacer manifiesto quién era. Y él dijo que era aquel mismo que
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hace mucho tiempo, habiendo decidido presentar su petición tres veces en el mismo día y no habiendo fallado en ella tantas veces; y aquel acto apaciguó de tal modo a la divinidad que, desde entonces hasta ahora, has recibido un juicio desde lo alto de que él te acompaña como guardián de tu vida y guía de tus acciones, y que, por su naturaleza, es un ángel de Dios. Y él, al oír esto, cayó, adoró y dio gracias a Dios; y aquel se marchó y, sin ser visto, custodiaba a su benefactor. Este admirable Gregorio compuso muchas otras obras provechosas para el alma de los romanos, y conversó exponiendo los evangelios en homilías; además, mezclando con ellas vidas de hombres notables de Italia y relatos que enseñan la salvación, trabajó en cuatro diálogos. Pero, en verdad, durante ciento sesenta y cinco años, solo aquellos que hablaban la lengua de los romanos disfrutaron del beneficio de sus trabajos. Zacarías, sin embargo, quien tiempo después de aquel hombre apostólico se convirtió en sucesor de los mencionados, extendió a la lengua griega el conocimiento y el beneficio que estaban confinados solo en la lengua romana, haciendo el provecho común para toda la ecúmene con filantropía. Y se propuso como tarea traducir al griego no solo los llamados diálogos, sino también otros trabajos suyos notables.
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Se leyó del martirio de los siete santos niños; de donde se trazó una necesidad fundamental. Que el martirio de los siete santos niños Maximiano, Jámblico, Martín, Dionisio, Exacustodiano, Antonino y Juan, siendo estos siete de los bien nacidos y habiendo sido reconocidos por pensar y fortalecer los asuntos de la piedad, se registra que fueron llevados ante Decio, quien por descuido de Dios corrompió el imperio romano hacia la tiranía, y que, habiendo sido llevados, confesaron la hermosa confesión, y habiendo encontrado libertad cuando el tirano se distraía en algún otro asunto, se refugiaron en una cueva situada en un monte cercano a la metrópolis de los efesios; y que eran atendidos en todo lo que la necesidad corporal forzaba por uno de ellos, a quien el relato llamó antes Jámblico; y después de un corto tiempo, habiendo sabido tanto la huida como el lugar de la estancia y el sustento, y habiéndose llenado de ira, ordenó que se tapiara la boca de la cueva, para que los mártires perecieran de hambre. Luego, después de trescientos setenta y dos años, reinando Teodosio, quien sucedió en el poder real por tercera generación, y habiendo sido confiados los cuidados sagrados de la iglesia de Éfeso a Maro, este espectáculo paradójico y sobremanera sobrenatural, aparecieron los mártires victoriosos de Cristo habiendo resucitado. A quienes, acercándose tanto el emperador como el obispo( pues el asombro del milagro llamaba al emperador incluso desde lejos), junto con los cuales también otros muchos cayeron a sus pies y fueron dignos de su oración y bendición. Y se sentaron con ellos tanto el emperador como el arzobispo, y habiendo surgido cierta conversación, mediante la cual los asuntos de los santos se confirmaban aún más y recibían lo indudable, ante el mismo emperador y los presentes, en la misma cueva en la que yacían, descansaron a la vez, habiendo sido su muerte indivisible un testimonio ante la vista de todos, confirmando también su común partida de la vida presente, que no había sido vista antes. El trigésimo octavo año de su reinado cumplía entonces Teodosio, cuando la divinidad dispuso que lo sobremanera asombroso de los milagros fuera revelado a la ecúmene. Y es que el tiempo de entonces buscaba tal portento. Un tal Teodoro, ojalá no hubiera sido así, era obispo de la ciudad de Egas. Este, no sé de dónde, habiendo extraído del fango de la incredulidad, vomitaba voces de hedor, condenando la resurrección de los muertos, y arrastrando a muchos junto con él hacia su propia insensatez, mientras el milagro lanzaba brillantes rayos de la resurrección por todo lo que está bajo el sol, ellos mismos y cuanto quedaba de helénico, unos se hundían en una vergüenza y mudez inalcanzables, otros se trasladaban a una esperanza inamovible de la resurrección.¿ Y cuál fue el modo de la apertura de la cueva? Adolio, el entonces señor del monte en el que la cueva estaba excavada, ordena a los muchachos construir un redil para los rebaños; y lo ordenado se realizaba durante dos días. La construcción se les completaba trasladando las piedras que bloqueaban y amurallaban la boca de la cueva. Y así fue abierta la cueva, y los mártires que yacían en ella, habiendo resucitado entonces por un juicio paradójico de Dios, envían a Jámblico, quien les había servido habitualmente tiempo atrás, a comprar alimentos y traerlos; quien, al llegar a la ciudad de los efesios, es capturado por las monedas que llevaba, como descubridor de tesoros antiguos. Y desde allí, el milagro de los mártires, resonando en los oídos de todos, se difundía y se exponía a la vista.
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Se leyó del escrito martirial del apóstol Timoteo. Que el presente escrito dice primero que Timoteo fue obispo de Éfeso, y que fue asesinado con garrotes porque impedía a los efesios celebrar los ritos abominables y sanguinarios de los helenos, de los cuales uno era también el llamado Catagogio, por lo cual, y porque proclamaba esto, fue hecho digno del fin martirial. Domiciano se había establecido entonces como tirano del imperio romano. Habiendo dejado el santo Timoteo la vida del modo dicho, y habiendo perecido Domiciano de entre los hombres, y habiendo asumido Nerva el cetro del poder romano, el teólogo Juan, habiendo sido liberado del exilio fuera de las fronteras, es conducido a Éfeso, de donde también antes había sido desterrado por Domiciano. Pues en ella permanecía, habiendo naufragado en la costa y habiendo sido arrojado por el mar, respirando aún, cuando Nerón el demente respiraba la persecución contra los cristianos; cuando también los tomos, que registraban en diversas lenguas las pasiones, milagros y enseñanzas salvadoras del Señor, habiéndolos recibido de quienes los traían, los ordenó y estructuró, y a cada uno de los tres evangelistas ajustó el nombre. Pero, en verdad, lo que dije, habiendo sido llamado del exilio por decreto de Nerva, se estableció en la metrópolis de los efesios, y él mismo por sí mismo, estando presentes siete obispos, se hace cargo de la metrópolis de los efesios, y duró predicando la palabra de la piedad hasta el reinado de Trajano. Estas y otras cosas similares narra el martirio del santo Timoteo en un lenguaje más sencillo. Que el apóstol Timoteo es ordenado y entronizado obispo de la metrópolis de los efesios por el gran Pablo. Que la fiesta demoníaca y abominable entre los efesios, la llamada catagogio, se celebraba de este modo: se ponían disfraces impropios, y para no ser reconocidos cubriendo sus rostros con máscaras, y llevando muchos ídolos y cantando ciertos cantos, atacaban a hombres y mujeres honestas según un asalto de bandidos, y cometían asesinatos en los lugares destacados de la ciudad, y hacían voluntariamente lo ilícito, como si se adornaran con obras legales en las ilegítimas.
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Se leyó del martirio del santo gran mártir Demetrio, publicado del mismo modo. Este mártir de Cristo, Demetrio, siendo heraldo y maestro de la piedad, imitaba las carreras y los combates apostólicos, y conducía a Cristo a la ciudad de los tesalonicenses, apartándola de la oscuridad del error con la luz de sus propias predicaciones; y su vida resplandecía junto con sus dogmas. Maximiano reinaba entonces, el enemigo de Dios, y frecuentaba la ciudad de Tesalónica, y se dirigía a la visión de gladiadores, y el mártir, encadenado, habiendo llegado cerca de algún lugar del estadio, es llevado por los servidores de la impiedad como alguien que piensa y predica las cosas de los cristianos. Él, apresurándose hacia la visión, ordena que el santo sea custodiado en una bóveda de este( pues un baño público lindaba con el estadio). Y era de los gladiadores el más amado por el tirano y el que parecía sobresalir sobre todos, de nombre Lieo. El que iba a competir contra él aquel día era uno del pueblo, joven en edad, y de nombre Néstor. El tirano pareció perdonar su edad, aunque respirando asesinato contra todos; y prometía dar dinero, del cual, amándolo, pensaba que se arrojaría a la lucha contra un competidor de tal magnitud, pero le aconsejaba desistir del combate por ser mortal para él. Néstor dijo que no amaba el dinero, sino la gloria que nace para el vencedor por medio de la cual Lieo fuera eliminado. Y habiendo dicho esto, se entrelaza con el atleta alabado por todos, y más rápido lo derriba y lo elimina. Y no obtiene ninguno de los premios reservados para los vencedores, pero llena al tirano de un dolor y una ira insoportables. Y se levanta de la cátedra enfurecido el impío, y regresaba a casa. Y puesto que algunos le traían palabras sobre el mártir Demetrio, como si estuviera embriagado tanto por la ira como por la impiedad, y a la vez pensando que el encuentro con el santo al salir del estadio no le había sido un buen augurio, ordena que este sea eliminado con lanzas en los lugares donde estaba encerrado. El cuerpo del mártir, los de entonces de los piadosos, a escondidas y de noche, en la medida en que el miedo a los impíos se lo permitía, excavando la tierra, lo entierran en las mismas ruinas en las que sufrió la matanza. Y así permaneció por un tiempo suficiente, sin ser ultrajado; pues la gracia de los milagros y la fama de las curaciones alejaban el ultraje. Leoncio, un hombre muy piadoso, tiempo después de haber obtenido el trono de la prefectura que administraba el Ilírico, habiendo limpiado el lugar en el que yacía la reliquia del mártir, y habiéndolo ampliado, levanta la renombrada casa para el mártir, un lugar de expiación y refugio común no solo para la ciudad de los tesalonicenses, sino también para todos los confines.
q.511
Se leyó del discurso que está titulado Política de nuestros santos padres Metrófanes y Alejandro, en el cual también la vida del emperador Constantino, proporcionando la misma utilidad mediante la edición. En el decimonoveno año del reinado de Diocleciano, y en el año trigésimo quinto de la presencia de nuestro salvador Jesucristo, de nuevo se fortaleció la persecución contra nosotros; en cuyo tiempo Constantino era un joven, el hijo de Constancio. A Constantino, no sé de dónde el autor aprendió, registra que aprendió las sagradas escrituras de su padre, sino que también fue ordenado César por él; y que se estableció también en la visión de Constantino, que contaba entre los jóvenes en Palestina, cuando estaba con Diocleciano haciendo campaña contra Egipto; y una insurrección movía la guerra. Que dice que Maximiano, acechando a Constantino, no pasó desapercibido; por lo cual también huye hacia su padre. Y habiéndolo encontrado moribundo, es ordenado por él sucesor del imperio. Entonces también dicen que dijo el piadoso Constancio: Ahora mi muerte es más dulce que la vida, habiendo recibido como mayor mortaja tu mando, hijo mío. Pues el dejar sobre la tierra un emperador capaz de enjugar las lágrimas de los cristianos y detener el asesinato injusto, que Maximiano no cesa de tramar contra los cristianos, ya me da la partida bienaventurada. Tercer año era ya entonces de la persecución contra nosotros, en el que también Constancio cambió lo efímero por el imperio incorruptible, y habiendo proclamado a su hijo emperador, lo dejó como heraldo de la piedad y defensor de los cristianos. Que dice que, habiendo muerto Severo por enfermedad, Licinio, el yerno por su hermana de Constantino, reina, y la parte restante de Oriente la ocupaba Maximiano. Majencio gobernaba la de Roma, siendo sobrino de Maximiano; pues uno era de Maximiano el anterior, el otro de Diocleciano. Que el piadoso emperador Constantino, habiendo sabido de oídas los asesinatos sanguinarios y las corrupciones de vírgenes y los raptos de mujeres ajenas y las violencias, en las que el execrable Majencio se deleitaba, y de los que en Roma habían enviado embajadores para que fuera para ellos salvador y redentor, aconseja mediante cartas al tirano abstenerse de las obras ilegales, y no persuadiendo con palabras, se lanza a la guerra. Y habiendo entablado batalla, al principio está cerca de recibir la derrota; pero habiéndosele aparecido en el cielo el tipo de la cruz, grabado con luz inmaterial y con letras de la misma materia anunciando la victoria( pues la letra decía: En esto vence), habiendo chocado con los enemigos, saquea el poder tanto de la guerra como del tirano. Antes de la lucha, habiendo formado la visión divina en forma de trofeo y habiéndola ajustado con piedras engastadas en oro, la daba a llevar a los que iban a caballo. Y Majencio se convierte en su presa; pues en las trampas en las que acechaba a Constantino, él mismo fue cazado. Pues erigía antes de Roma, alrededor del puente Milvio, otra puente de engaño, mediante la cual esperaba que Constantino, al atacar, pereciera; pero habiéndose producido la derrota de los de Roma rápidamente y con gran confusión, el mismo artífice del engaño, junto con los que le seguían, habiéndose roto el puente sofisticado para ellos, se hundió en el río y bebió la muerte. Pero así pereció Majencio y la parte de aquel se traslada a Constantino; y el súbdito no solo respiró de los males incurables, sino que también celebraba en toda calma. Licinio, sin embargo, fortaleciendo la gloria helena, se enfurecía contra los piadosos, al principio a escondidas por miedo al pariente, después también abiertamente; pues el mal que se prolonga y se vuelve hacia dentro, como en la mayoría de los casos, no puede permanecer encerrado, sino que triunfa a través de lo exterior lo que desde hace tiempo se meditaba. La inefable persecución contra los cristianos, por tanto, mueve al piadoso emperador contra el yerno más impío hacia un odio justo, y el odio engendraba la guerra. Siendo organizada una batalla grande y de todo tipo tanto por tierra como por mar, Licinio es derrotado, y confiando en la filantropía del emperador, se entrega. Y no fue probado que confiara en vano; pues es liberado, siendo responsable de muchos castigos, sin castigo, y se le asigna Tesalónica como lugar de estancia con toda libertad. Pero él, habiendo hecho del filántropo un arma de insensatez para volver a luchar la derrota, se encarga de la insurrección, la cual lo cortó también de la vida con la espada justa. Que muere el hieromártir Pedro, y Aquilas sucede en el trono de Alejandría y al santo, y a este Alejandro. Estando la iglesia ya liberada de las persecuciones y siendo honrada con los combates de los mártires, el mal que se lleva en el pecho y el disturbio de la ecúmene, Arrio, contraía de nuevo la alegría de la iglesia hacia la tristeza; pues reducía a criaturas al hijo de Dios y Dios, de cuya mano es obra toda la creación. Puesto que Alejandro de Alejandría, amonestando y exhortando, desistió( pues la profundidad de la cizaña vencía a la semilla de la palabra), lo corta con la espada de la deposición de la iglesia. Que Eusebio, habiendo despreciado Beirut, y habiendo codiciado la iglesia de los nicomedenses, puesto que no dio cuenta del rapto, habiéndose envanecido, guiaba a Arrio y a los compañeros de la herejía mediante la providencia de la primera; de los cuales, habiendo sido obispos alguna vez, existían Segundo y Teonas, y entre diáconos y presbíteros Arrio, el principio de la herejía, y Aquilas y otro Arrio y algunos otros de la misma dignidad y facción, completando el número de nueve. A quienes también depuso un sínodo de cerca de cien obispos, que se habían reunido de Egipto y Libia, sometiéndolos también al anatema. Cuyas noticias Constantino, no habiendo llevado sin dolor, envía a Alejandría a Osio, de nombre santo y de vida santa( una ciudad de las de España, Córdoba, se jactaba de él), y le entrega también cartas tanto para el archisacerdote de Dios Alejandro como para Arrio, el progenitor de la impiedad, de las cuales unas pedían ser filántropo hacia Arrio, otras ordenaban apartarse de la locura y elegir el pensamiento de la iglesia, aconsejaba también retirarse de la contienda y contradicción mutua como causa de muchos males, siendo esta en muchos.
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Aconsejaba también retirarse de la contienda y contradicción mutua como causa de muchos males, siendo esta en muchos. Puesto que la enfermedad de Arrio no aceptaba la curación ni con la presencia y enseñanza del renombrado Osio, ni con la amonestación del emperador, el emperador convoca un sínodo de archisacerdotes en Nicea, en Bitinia; estando sentados los obispos, él mismo, habiéndose puesto en medio, no soportó sentarse de otro modo que si el coro sagrado se lo hubiera asentido. Y de la herejía de Arrio, Eusebio de Nicomedia y Teognio de Nicea y Maris de Calcedonia defendían, y de la piedad Alejandro, presbítero de Constantinopla, y ocupando el lugar del archisacerdote de esta( pues Metrófanes el santo no estaba presente por su profunda vejez y enfermedad); junto con quienes Atanasio, el archidiácono de la iglesia en Alejandría, y el archisacerdote de esta, Alejandro. Estaban presentes en el sínodo también algunos que no tenían gracia sacerdotal, pero tampoco iniciados en las cosas de los cristianos, pero que llevaban gran nombre por su poder dialéctico; a quienes, en la palabra de la sabiduría de Dios, sencilla y sin artificios, algunos de los santos ancianos y con la gracia divina que habitaba en ellos, los capturaron, y habiéndolos purificado del error, tanto del helénico como del de Arrio, por el cual luchaban sobremanera, los prepararon para ser de la grey de Cristo. En el sínodo estaba presente también Pafnucio el admirable, egipcio de nacimiento, confesor por los combates, a quien también Maximiano el odiador de Cristo le arrancó el ojo derecho y le cortó el tendón de la corva izquierda y lo maltrató en las minas, hombre creador de muchas obras y poderes sobrenaturales; a quien también el emperador amante de Dios llevaba con todo honor, y no se saciaba de besar su ojo arrancado. Pero también Espiridón el venerable estaba con ellos, sobre quien el relato dirá algunas pocas cosas de entre miles. Pastoreaba él alguna vez sus ovejas, cumpliendo en la dignidad del episcopado; unos bandidos atacaban al rebaño y fueron encadenados con cadenas invisibles. Y habiendo encontrado encadenados a los que él mismo había encadenado con oraciones, los libera con la misma sabiduría, y les entrega también un carnero, diciendo que sería el pago de ellos por la fatiga nocturna. Tenía una hija virgen que vivía con él, y esta, habiendo recibido un depósito de alguien, cambió de vida; y el que había depositado el oro( pues había sido enviado a un viaje) regresando, buscaba el oro. Investigaba, pues, también Espiridón, y no se encontraba. Por lo cual se detiene ante la tumba de la hija y: Oh hija Irene, dice( pues este era el nombre de la virgen),¿ dónde está el depósito? Y ella responde desde la tumba, enseñando también el lugar y el modo del hallazgo. Y habiéndolo encontrado fácilmente, restituye el depósito al que lo había depositado. Pero con esto, como por las garras, mostramos al león. Estos, pues, los trescientos y el otro conjunto de los archisacerdotes de Dios, condenan a la misma impiedad tanto a Arrio como a los que estaban con él, y proclamaron al Hijo consustancial al Padre, habiendo puesto los votos unánimes. Algunos, sin embargo, completando el número de diecisiete, parecieron inclinarse hacia la locura de Arrio. Pero habiendo sido confirmada la excomunión de estos por voto imperial, solo seis permanecieron en la impiedad, habiendo mostrado los otros una palinodia y habiéndose unido al pensamiento de la piedad, aunque no por sinceridad, sino con intención oculta, de los cuales el jefe era Eusebio de Nicomedia. Desde entonces, las iglesias de todas partes respiraron hacia la paz de los muchos disturbios y sediciones. Y Osio de Córdoba, junto con los que le seguían, llevando las actas sinodales, arbitraba la paz para los occidentales, y para los de Egipto y Libia el ferviente Atanasio. Alejandro, aunque avanzando hacia la vejez( pues tenía setenta años), sin embargo, soportaba los trabajos de llevar el evangelio de la concordia y la paz de las iglesias a los de Tracia y el Ilírico, teniendo como compañero de viaje al bienaventurado Pablo, que entonces cumplía el grado de lector y escriba de la iglesia en Constantinopla; quien también durante el sínodo, llevando el duodécimo año desde su nacimiento, pasaba el tiempo con Alejandro. Pero esto después de poco; antes, sin embargo, llegó a la visión del santísimo Metrófanes, y habiendo alegrado con los evangelios y la presencia, pero no alegrando con lo que iba a partir, era enviado con oraciones hacia el ministerio que le había sido confiado. Habiendo atravesado Tracia y Macedonia y Tesalia y toda Acaya y Grecia y los continentes, no descuidaron tampoco las islas, sino que, navegando, arrancaban de raíz toda cizaña, y sembraban la semilla noble de los dogmas evangélicos y las predicaciones sinodales. Que habiendo tomado el sínodo fin después de tres años y medio( pues comenzó el quince del mes de abril, y se terminó habiendo llegado de nuevo el abril de la trienal y habiendo transcurrido hasta septiembre; pues así el sabio Alejandro, escribiendo entonces lo realizado, lo señaló del sínodo), habiéndose celebrado, pues, el santo sínodo, el emperador, habiendo estado en medio del coro de los archisacerdotes, pedía que se le concediera una gracia por ellos; ellos asentían voluntariamente, y la gracia era entrar con él en la ciudad para ver al archisacerdote, a quien el emperador confesaba como su padre, y para que a la ciudad, que él mismo levantó, mediante la presencia y oración de ellos, el nombre del fundador fuera renovado. Visitando los archisacerdotes al muy clarividente Metrófanes, siendo día del Señor y estando presente el emperador, surgieron también otras palabras y: Te veo, dice el emperador tomando la palabra, oh el más precioso de los padres para mí, cansado tanto por la vejez como por la enfermedad, y te ruego que proclames y nos muestres al que después de ti guiará al rebaño. Él, hacia el emperador con rostro alegre: Estoy convencido, dice, en el Señor de que ahora el Espíritu Panagios ha hablado, oh hijo, a través de tu lengua. Pues preocupándome por esto, me lo reveló el Señor antes de estos siete días, y que después del décimo día cambiaré de vida, y quién asumirá la dignidad sagrada, y este es mi compañero presbítero Alejandro, siendo verdaderamente digno de la elección y de la predicción del Espíritu Santo; además, a este también, como al niño Pablo el lector, lo sucederá. Mirando también hacia el divino Alejandro de Alejandría: Y tú, dice, oh hermano, dejarás un buen sucesor de ti mismo. Y habiendo tomado la mano de Atanasio el archidiácono: Mira, dijo, este valiente soldado de Cristo te sucederá; quien no solo ahora luchó junto a Alejandro, mi hermano, contra la impiedad de Arrio, sino que aún junto con él luchará grandes y muchos combates; y no solo segundos combates lo recibirán, sino que también terceros soportará junto con el valiente Pablo. Dijo esto, y como si se hubiera reavivado en el espíritu, baja con los obispos a la iglesia, y después de la lectura del evangelio, habiendo conversado poco con la multitud y habiéndose despedido, proclama también al presbítero Alejandro, aunque no presente, archisacerdote y sucesor del trono. Y el pueblo a una voz junto con el mismo emperador gritaba por muchas horas el digno. Luego deposita el omoforio en la santa mesa, ordenando que sea guardado para el sucesor; y predijo que él vendría no en mucho tiempo, después del séptimo día de su partida hacia Cristo. Sucede, pues, todo como predijo y ordenó; y descansó a los ciento diecisiete años, siendo el cuatro del mes de junio. Que Constantia, la hermana del piadoso Constantino, y habiendo sido esposa del impío Licinio, a punto de morir, al hermano: Una, dice, y última gracia te pido, que Arrio sea llamado del exilio, habiendo sufrido una maquinación injusta; pues es de un mismo sentir que el sínodo. Pues había junto a ella un presbítero de los estudiosos de la herejía de Arrio, quien habiéndose hecho familiar primero a los eunucos de Constantia, a través de ellos se deslizó también hacia ella, y persuadía con palabras seductoras y mostrando mucho al adulador como que Arrio fue golpeado por envidia; pues profesa el dogma recto de la iglesia. Con lo cual también ella, habiendo dicho tales cosas al emperador, lo sacudió; e inmediatamente escribe que Arrio sea liberado del exilio. Presenta también al hermano al presbítero, que no era menos de la herejía que de la adulación; y con las costumbres y palabras engañosas no en mucho tiempo obtiene franqueza ante el piadoso emperador, y mueve palabras sobre Arrio haciéndolo ortodoxo. Y el emperador: Si Arrio, dice, piensa las cosas del sínodo, lo veré con benevolencia, y con honor lo estableceré en la iglesia de los alejandrinos. Decía esto y lo llamaba hacia sí escribiendo. Y Arrio, junto con el también depuesto Euzoio, llega a la ciudad de Constantino; y el emperador los recibe con filantropía. Y preguntando por el pensamiento, oye que dicen no pensar otra cosa que la exposición de los trescientos dieciocho santos padres. Pero también un juramento añadieron los miserables a la confesión fingida. El emperador ordena que entreguen por escrito el pensamiento. Ellos escriben voluntariamente las mentiras; pues decían que ellos mismos y los que estaban con ellos creían en el escrito, tanto como fingían con la lengua. Se asombraba, pues, el emperador de lo que confesaban la piedad, y al instante lo envía con honor tanto a él como a los que estaban con él hacia Alejandría. El archisacerdote de Alejandría, Alejandro, respirando con él Atanasio, no recibe al apóstata; y de nuevo Arrio descubría la herejía, y los asuntos de Egipto se perturbaban. Y el emperador hace llamar a Arrio, y pregunta si permanece en lo que le confesó cara a cara; él de nuevo aceptaba estar dispuesto a permanecer en lo mismo, y añadía un juramento a las palabras. Y todo esto era una escena, y más dramático que una escena. Dicen que, como en misterio, habiendo escrito Arrio un libro y llevándolo bajo el brazo( el libro hablaba descaradamente la impiedad), juraba pensar así, extendiendo hacia lo manifiesto el papel de la piedad, como si también lo hubiera firmado. Después de poco tiempo, el emperador cambia lo efímero por la vida incorruptible, habiendo reinado treinta y un años, y habiendo pasado sesenta y cinco años toda la vida. Muriendo, confía el testamento al presbítero de la herejía, ordenando entregarlo a Constantino, el hijo, a quien también el testamento escribía como sucesor de la parte y mando paterno y emperador. El presbítero, que no tenía la fidelidad ni ante Dios ni ante los hombres, entrega a escondidas el testamento a Constancio, habiendo resultado traidor a la vez del testamento del padre y de la herencia del hijo. Concurrían a la traición Eusebio el impío prepósito y otros algunos, compañeros de orgía tanto de la impiedad como de la naturaleza andrógina. Pero, en verdad, traiciona lo confiado a Constancio, y de la desconfianza de él ante los hombres pide como recompensa la traición de Constancio de su fe recta. Y se asocia a Eusebio de Nicomedia, y maquinan que Arrio no sea escuchado en Alejandría sino en Constantinopla, pensando que vencerán muy fácilmente a Atanasio no estando presente, y a la vez llevando consigo la autoridad del emperador. Habiendo conversado mucho con Alejandro de Constantinopla sobre la unión que corta los dogmas de la piedad, como no persuadían, proponen supuestamente un mandato imperial o recibir a Arrio con el pensamiento o retirarse del trono; si no eligiera ninguno de los dos, saber que es enviado al exilio. Persuadían también a Constancio, el esclavo, habiendo llamado al santo Alejandro con palabras similares, a someterlo a amenazas y a mantener el odio hacia Arrio por razón de rencor y no de piedad. Él, confiando en el poder de Cristo y en lo irreprochable tanto de la vida como de la conciencia, responde al emperador: El día de allá declarará a los que han acusado la verdad, yo, sin embargo, al que ha sido atrapado en tanta impiedad y condenado por tantos archisacerdotes, no soy capaz de recibirlo como partícipe de los misterios terribles. Y él
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que pudiera impedir su traslado. En tales circunstancias, Atanasio, al ser descubierto y hallarse culpable, huyó a escondidas y escapó del juicio. El emperador, pues, engañado por las invenciones, envió al muy sufrido Atanasio al exilio en Tréveris, en las Galias. Mientras el alboroto y la confusión agitaban Egipto y la herejía, a modo de peste, corrompía los asuntos de las iglesias, el emperador Constantino, tras haber cumplido treinta y un años en el imperio, partió de este mundo en un suburbio de Nicomedia, a los sesenta y cinco años de edad. Dejó el testamento a cierto presbítero que padecía la locura de Arrio, ordenándole entregárselo a su homónimo, Constantino; pues a través de este, el poder imperial de su padre le era asignado como herencia en lugar de la parte occidental. Pero el miserable, ante las reiteradas preguntas de muchos sobre si el testamento del emperador había aparecido, sostenía que no, teniendo como cómplices de su mentira a los eunucos andróginos. Poco después, habiendo llegado Constancio antes que los demás, le entrega a escondidas el testamento del emperador y, a cambio de su traición, pide la traición de la fe paterna y ortodoxa de aquel. Los partidarios de Eusebio, habiendo obtenido acceso a Constancio a través del presbítero, preparan a Eusebio el prepósito y, por medio de él, a los demás eunucos y, en efecto, a la propia reina, para que sean amantes de la herejía; y así, los dogmas de Arrio se fortalecieron de nuevo. En aquel tiempo, en cuanto a los tronos jerárquicos, Máximo tenía la supervisión de los de Jerusalén, Alejandro la de la ciudad imperial, y Atanasio estaba en el exilio. Arrio, habiendo llegado a Constantinopla, se enfurecía por corromper la Iglesia de Dios. Pero la justicia, amante de los hombres, no fue paciente, sino que, provocada por las oraciones del santo Alejandro, corta a Arrio de la misma herejía, y al desplomársele repentinamente las entrañas, es expulsado de la vida desde abajo. Tras un breve periodo de calma por parte de los seguidores de Arrio, de nuevo lo mueven todo, considerando el exilio de Atanasio como una gran arma para ellos con el fin de llevar a cabo lo que planeaban. Pero la providencia divina, anticipándose a su afán, hace regresar a Atanasio del exilio, fortalecido por cartas imperiales con las que Constante, quien poseía el cetro de Occidente, lo proveyó y envió a Alejandría. Y todos los que eran de la ortodoxia recibieron al pastor con gran alegría; pero el bando herético provocaba disturbios y proporcionaba a los partidarios de Eusebio pretextos para calumniar de nuevo a Atanasio ante Constancio. Y tanto avivaron la ira del voluble emperador con sus calumnias, que inmediatamente decretó de nuevo el exilio contra el santo. Estos incluso cortaron la mano de un cadáver y la armaron como arma de calumnia contra el santo; decían que era de Arsenio, que había sido cortada por Atanasio y que era para él un instrumento de artes mágicas. Y aunque el decreto de exilio no se revoca, se reúne un sínodo en Tiro por orden del emperador, y la voluntad imperial designa a un hombre de su misma mesa y parecer, llamado Arquelao, y junto con él al gobernador de Fenicia, para que se sentaran con los partidarios de Eusebio y deliberaran sobre lo que se había urdido contra Atanasio. Los de Tiro, pues, se demoraban, como fingían los impíos, esperando a los acusadores de Alejandría, de quienes anunciaban que eran testigos oculares de la inmundicia y que conocían bien a Arsenio, pero, como mostró el resultado, fue por providencia divina. Pues Arsenio era lector de la iglesia de Alejandría y, en una ocasión, al estar a punto de sufrir un juicio por una causa vergonzosa, es rescatado por Atanasio, obtiene su salvación mediante la huida, y el fugitivo, oculto, se prestaba a confiar en la invención de la impiedad. Pero Arsenio, sintiendo compasión por el Salvador( pues durante la demora del sínodo la noticia de la calumnia se difundió por todas partes), llega a Tiro, considerando que era mejor, si fuera necesario, morir él mismo que permitir que el mundo entero se escandalizara por causa de él respecto a un hombre tan grande. Se presenta, pues, en una entrevista secreta ante el venerable Atanasio y recibe el consejo
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de ocultarse de todos antes del juicio, para que él mismo no sufriera ningún mal por parte de los calumniadores, o para que los dramaturgos, al darse cuenta de que la refutación de la invención era inevitable, no disolvieran la acusación mediante una postergación. Reúnen, pues, el sínodo y, como primera calumnia, lanzan contra él a una mujercilla que lo acusaba de adulterio. Aquella mujer desvergonzada y sobornada gritaba que había sufrido la corrupción por la noche, al abalanzarse sobre ella Atanasio. Con el amante de la virginidad estaba también Timoteo, su presbítero, y deliberan un plan de sabiduría, o más bien de inspiración divina, mediante el cual el malvado plan de los impíos estaba a punto de ser fácilmente refutado. Pues cuando fueron llevados ante la presencia de la mujer, el acusado suplicaba a Dios en silencio, y Timoteo, mientras la ménade se descaraba y llamaba a Atanasio( como se le había enseñado) corruptor, el presbítero, fingiendo ser Atanasio, dice: Dime, mujer,¿ me quedé yo contigo?¿ O tú me recibiste en tu casa?¿ O te violé por la noche? Y ella, como mujer de burdel público, con rostro desvergonzado y ojos fijos, mirando a Timoteo, gritaba:¡ Tú eres el que me violó y me corrompió por la noche!, y volviéndose hacia los jueces, añadía a sus calumnias los juramentos más terribles, diciendo: Este, señalando de nuevo a Timoteo y tirando de él, este es y no otro mi corruptor. Los jueces, junto con los guardias, se reían de la ramera, pero admiraban la prudencia de Atanasio, al ver cómo, callando, había convertido la acusación contra él en una prueba de que sus acusadores eran los más desvergonzados calumniadores; pero ellos mismos no resultaron ser mejores que ellos en cuanto a preocuparse por la justicia. Los acusadores, en lugar de lamentarse y estar agradecidos si alguien no les exigía el castigo por la calumnia, arman su lengua contra la mano derecha de Arsenio, y atribuyen al atleta de la piedad tanto el asesinato como la hechicería. Pero él, con la tranquilidad tanto de su voz como de su juicio, dice:¿ Y quién de vosotros es el que conoce a Arsenio o su mano derecha? Al decir que no pocos, a quienes el sínodo tenía junto con los acusadores, que conocían claramente a Arsenio, Atanasio dijo: Y puesto que estos han confesado conocer firme y precisamente a Arsenio, y él está presente, que entre. Al entrar, preguntaba de nuevo si conocían al que había sido introducido como Arsenio. Al no poder negarlo, lo saca más cerca de la tribuna y, ordenándole primero levantar la mano derecha, luego también la izquierda, exclamó: He aquí a Arsenio, ciudadanos; he aquí sus dos manos, oh admirables jueces. Digan, pues, los acusadores de quién es la mano y de quién la cortaron. Pues sobre lo que usaron para esto, ya no hay disputa para nadie; pues cortaron la mano a un hombre para matarnos a nosotros. Pero él, de este modo, disolvía todos los artificios de sus adversarios; los jueces, sin embargo, ciegos y sordos por buscar complacer a Constancio y por su inclinación hacia los herejes, abandonaron la tribuna y tramaban silenciar lo que había sido refutado. Tras retirarse estos, ya no surge un movimiento de calumnias, sino que estalla desvergonzadamente el de asesinato contra el tres veces vencedor, y unos con palabras y otros con las manos ultrajaban al vencedor, y otros incluso amenazaban con la muerte por parte del emperador. Arquelao, al ver que el santo estaba a punto de ser despedazado por los impíos, bajando apenas de la casa( pues si no miraba hacia el juicio, al menos tenía cierto pudor natural), lo arrebata junto con los guardias y le prepara y sugiere una huida secreta. Los impíos, tras reunirse de nuevo, escriben que el inocente ha sido condenado por causas absurdas que ellos mismos inventaron, y depositando las falsedades en diversos escritos, los envían a Constancio y a todo el mundo; y para el muy sufrido, toda tierra se convierte en un exilio, siendo buscado intensamente. Y la búsqueda imponía el castigo de la privación de la vida a quienes sabían y no denunciaban; y a quienes trajeran al hombre vivo o su cabeza, se les ofrecían grandes recompensas. Al ver esto, el diamante de la paciencia
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se ocultó durante seis años en un pozo sin agua y resistió. Y como aquel lugar también estaba a punto de ser traicionado, habiendo revelado una visión divina la traición al siervo un día antes, huye de allí y se dirige hacia Occidente, pues Constante ya poseía el imperio, no solo el suyo sino también el de su hermano Constantino; pues el ejército, habiéndose rebelado, lo mató por tiranía. Instruye, pues, a través de la mediación de Julio de Roma, al emperador Constante sobre las maquinaciones que sufrió por parte de los arrianos, y sobre el sínodo reunido en Antioquía para la distorsión de la fe, y cómo, habiendo ordenado ilegalmente a Jorge, lo instalaron en su trono, y no solo a él, sino también antes que a él a Gregorio. Eusebio, sin embargo, habiendo logrado lo que se esforzaba, envía una embajada al santo Julio, tramando obtener un cómplice en la condena de Atanasio. Pero él, al ver en lo que aquel escribía no una condena, sino más bien una absolución de Atanasio, fortalece al agraviado con cartas y lo envía a Alejandría, en las cuales también una justa y no pequeña censura perseguía a quienes lo habían depuesto. Pero los que corrompieron aún más a Constancio con la locura de Arrio, logran que Gregorio, a quien ellos mismos habían ordenado, sea enviado a Alejandría con mano militar. Siriano era el general de tal empresa, y el ejército se componía de cinco mil hombres. El sabio Atanasio escapa, pues, del general y de los soldados que respiraban asesinato contra él, y por segunda vez huye a Roma. El impío Gregorio se apoderó de los alejandrinos; y la ciudad, no considerando lo ocurrido como algo tolerable, incendió la llamada iglesia de Dionisio. Estaban, pues, juntos en el exilio tanto el venerable Atanasio como Pablo, adornados con los mismos galardones. Escribe Constante a su hermano Constancio, instado también por el archisacerdote Julio, para que los agraviados recuperen sus propios episcopados. Y como no lograba nada, los partidarios de Atanasio le piden que los asuntos sobre ellos y sobre la fe ultrajada sean juzgados por un sínodo ecuménico. Y se proclama, por decisión de los dos emperadores, un sínodo ecuménico en Sárdica; era el undécimo año desde la muerte de Constantino, padre de los emperadores. De Occidente se reunieron más de trescientos obispos, y de Oriente solo setenta y seis, entre los cuales se contaba también Isquiras de Mareotis como obispo. Cuando todos se reunieron en Sárdica, los de Oriente no querían comparecer ante los occidentales, a menos que primero expulsaran de la asamblea a los partidarios de Atanasio y Pablo. Protógenes, el obispo de Sárdica, y Osio de Córdoba y los demás que los seguían, no aceptaron ni siquiera escuchar su exigencia, la de condenar y expulsar sin juicio a hombres a quienes se habían reunido para juzgar. De ahí que los de Oriente, separándose de los de Sárdica, se reúnan en Filipópolis, y ya no con juicio oculto sino con la más evidente audacia de lengua anatematizan el consustancial, dogmatizan lo disímil y envían por todas partes sus impíos decretos. Los de Sárdica, primero, condenaron en rebeldía a los que se habían separado, luego depusieron de su dignidad a los acusadores de Atanasio al ser hallados culpables de calumnia, y tercero, fortalecen el término del sínodo de Nicea y proscriben lo disímil, y sobre todo proclaman el consustancial; y se envían cartas a todas las iglesias del mundo. El emperador de Occidente, al conocer lo ocurrido en Sárdica, informa inmediatamente a su hermano, y al mismo tiempo aconsejaba y ordenaba que se devolvieran a Pablo y Atanasio y a los suyos sus propios tronos. Y Atanasio se sustraía a las asechanzas de los arrianos y permanecía en Roma; el emperador de Occidente escribe de nuevo a su hermano que, si recibía con entusiasmo al hombre y su archisacerdotal
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trono, está dispuesto a enviar a Atanasio, pero si no quisiera, él mismo se convertiría por sí mismo en vengador de la justicia. Constancio se llena de miedo y, mediante cartas enviadas no una, sino dos y tres veces, llama a sí al muy sufrido Atanasio con promesas y halagos. Y el emperador de Occidente lo envía con gran escolta, y Julio, el archisacerdote, lo provee con diversas cartas. Constancio, al llegar, lo restituye en su propio trono, habiéndolo sometido primero a un reproche humillante: Pues al huir, decía, vertiste una gran injuria sobre mí, a pesar de que yo meditaba cosas humanas sobre ti; pero, sin embargo, ahora concédeme un favor. Él confesaba estar dispuesto a concederlo en la medida de sus posibilidades; y Constancio pide que una iglesia de las de Alejandría sea dada a los arrianos como lugar de reunión. Él no se negó, pero añade a la concesión que, si también Constancio en Constantinopla entregara una a los de su misma fe, la cual aún no tenían. Constancio lo prometió con entusiasmo y alegría; pero ignoraba que estaba hiriendo profundamente a los de su mismo parecer. Sin embargo, asombrado por la prudencia y agudeza de Atanasio, como se ha dicho antes, lo envía con toda gloria y honor, escribiendo también al Augustal que lo trate con toda veneración en lo demás, y que todo lo que él mismo y los que estaban con él habían decretado, no tenga validez ni efecto, sino que también el clero bajo él recupere su anterior honor y la libertad de todo servicio público. Atanasio, pues, al llegar a Jerusalén, y habiéndose reunido con Máximo, el archisacerdote de Dios y confesor, para verse y hablar, y habiendo sido instruido sobre lo realizado en Sárdica y cómo Constancio se dispuso hacia él, logra que el confesor reúna un sínodo. Y el sínodo vota a favor del admirable Atanasio tanto la comunión como la dignidad archisacerdotal, y escribe a los de Alejandría y a toda Egipto y Libia lo que supo y realizó sobre Atanasio. Este noble atleta, al llegar a Alejandría, convoca él mismo una asamblea de archisacerdotes de Egipto y Libia; y esta vota decretos similares e idénticos a los de los sínodos de Sárdica y Jerusalén. Pero, habiéndose rebelado Magnencio y habiendo destruido al emperador de Occidente, los de Arrio avivan de nuevo al polvo Constancio contra el muy sufrido; y de nuevo los decretos de impiedad, y de nuevo la huida, y de nuevo la búsqueda, y de nuevo la persecución. Sí, incluso Jorge, habiendo arrebatado el trono de la ciudad de los alejandrinos, junto con los partidarios de Acacio y Patrófilo, los de la facción de Arrio, expulsan de Jerusalén al confesor Máximo e introducen en su lugar a Cirilo. El impío Jorge llenó a los alejandrinos de tantos males que lo que los helenos se atrevieron contra los cristianos parecía filantropía. Pues los tormentos de los cuerpos, con nuevas invenciones, desgarraban trayendo dolores insoportables, y se acercaba fuego a las vírgenes desnudas, y la muerte arrebataba a muchos otros tanto de la vida como del castigo al mismo tiempo; hubo también exilios de treinta y dos sacerdotes y archisacerdotes de los de Egipto. Constancio, habiendo tomado también el imperio de su hermano, se esforzaba por arrastrar a los obispos occidentales tanto a la condena de Atanasio como a su propia herejía; por lo cual reúne un sínodo por estas razones en la ciudad de Milán, en Italia. Y a algunos los distorsiona hacia su propia voluntad; pero Dionisio, Eusebio, Rodano, Paulino y Lucifer, al no haber ultrajado su propio juicio y el de la piedad, y al no haber soportado condenar a Atanasio( pues sabían que la condena de Atanasio era el preludio de la deposición de la fe), son exiliados en Rímini. El siervo de Dios, Atanasio, al saber que la banda herética se irritaba de nuevo contra él de manera más amarga y asesina, ocultándose de todos en la ciudad, se refugia con cierta virgen
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evitando su descubrimiento por la falta de sospecha hacia la joven. Pues la joven era hermosa de aspecto, y el hecho de que ni siquiera un hombre cualquiera, y mucho menos un archisacerdote, conviviera con ella, proporcionaba a todos una gran y firme seguridad; y llevaba veinte años de edad desde su nacimiento. El maestro y guardián de la virginidad le confía, pues, sus asuntos, que la banda herética se armaba para su asesinato, y cómo todo fuera de la ciudad estaba ocupado por registros, y cómo, por una visión divina que le procuraba la salvación, acudía a ella. Ella, con alegría inefable, lo recibe y lo oculta durante seis años; y la muerte de Constancio se convierte en la liberación del escondite. En todo, la virgen servía al santo con entusiasmo y veneración, pasando desapercibida para todos los pequeños y grandes de la ciudad, tanto para los que lo amaban como para los perseguidores. Constancio ordena, pues, que los obispos de Italia que no quisieran suscribir la fe de Arrio sean expulsados de las iglesias y que en su lugar se instalen los impíos. Fue exiliado también Liberio, que entonces dirigía el trono de Roma después de Julio, y es ordenado en su lugar Félix, quien inmediatamente es sometido al castigo divino de la ceguera de los ojos, y más tarde, al ser atrapado por una enfermedad pestilente, perece. Lo mismo sufre Melecio de Antioquía. Y la herejía instala a Euzoio, y en Constantinopla a Eudoxio, hombres impíos y de vida digna de la herejía. En aquel tiempo, Constancio nombra también a Juliano César y lo envía a las Galias. Inaugura también la iglesia de Constantinopla, renovada por él, dándole el nombre de Santa Sofía. Y el impío Eudoxio, al ser entronizado en la inauguración, soltó aquella primera voz audaz y necia: El Padre es impío, el Hijo es piadoso. Al rodear la multitud un alboroto justo, pensaba en calmar el mal con el mal, y dice: Que nada os perturbe; pues el Padre es impío porque no venera a nadie, y el Hijo es piadoso porque venera al Padre. Al decir esto el impío en su locura, el alboroto se disolvió en burla y mofa, dispersando a la mayoría de los reunidos de la iglesia. Juliano, sin embargo, pasando el tiempo en las Galias y habiendo obtenido victorias contra los bárbaros, es proclamado emperador por los soldados; y Constancio, al saber la proclamación, es bautizado por la mano enemiga de Dios de Euzoio, y se arma contra el que se había levantado. Al llegar a Mopsucrena( un pequeño pueblo de Cilicia), es atrapado por una apoplejía debido a las preocupaciones que la guerra le causaba, y muere, a los cuarenta y cinco años de edad, habiendo reinado cinco y veinte años después de la muerte de su padre. Jorge, el de Alejandría, se ocupaba de limpiar un templo helénico ya derruido, en el que antiguamente los helenos celebraban ritos a Mitra, sacrificando hombres, niños y mujeres y adivinando con sus entrañas, para reconstruir allí un oratorio. Al limpiarlo, se encuentran muchos cráneos de los asesinados, y los celosos cristianos, exhibiendo los misterios de los helenos, llevan los cráneos ante el pueblo para burla y mofa. Los helenos, al no soportar el ultraje, con la ira guiándolos hacia la impiedad, se lanzan contra los cristianos, y mataron a unos con espadas, a otros con garrotes, a algunos con piedras, a otros con lo que tenían a mano, y a algunos incluso los crucificaron; y arrastrando a Jorge fuera de la iglesia, lo ataron a un camello y, tras ser despedazado junto con él, lo entregaron al fuego. Juliano, al tomar el poder del imperio, se esforzaba por los asuntos de los helenos, pero no quería tolerar lo que Constancio había ultrajado contra los archisacerdotes de Dios; por lo cual llamó a todos los que estaban en el exilio con palabras filantrópicas. De donde Atanasio, cobrando ánimo, sale de la casa en la que estaba oculto por la virgen, y de noche fue visto dentro de la iglesia. Y el
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pueblo de los alejandrinos lo recibió con alegría, como si estuviera vivo de entre los muertos, en la brillantez de la fiesta; y lo que quedaba de arrianismo en la ciudad, designan a Lucio en lugar de Jorge. Juliano veneraba por todas partes los asuntos de los helenos, y sacrificaba también en Constantinopla públicamente ante la estatua de la Fortuna, cuando Mares de Calcedonia, siendo guiado de la mano( pues tenía una catarata en los ojos por la vejez), reprochaba mucho al apóstata. Él le devolvía el insulto llamándolo ciego y malvado, y le reprochaba que su Dios Galileo no lo curaría. Mares dijo: Esto me mueve a la mayor gratitud hacia Dios, que me puso ciego para no ver tu rostro tan desvergonzado y oscurecido por la impiedad. Entonces, precisamente entonces, Joviano y Valentiniano, quienes después reinaron por sucesión, desatándose los cinturones, los arrojaron al tirano; diciendo: Toma, tanto los cinturones como los honores; si quieres también castigar, te ofrecemos voluntariamente incluso los cuerpos. El apóstata, sin embargo, junto con sus afines, delibera un plan para quitar a Atanasio de en medio, pensando que, si la ciudad de Alejandro se librara de él, fácilmente arrastraría a los cristianos que había en ella hacia su propia impiedad. Por lo cual, de nuevo calumniadores, y de nuevo general, y de nuevo ejército, y de nuevo Atanasio siendo buscado, y de nuevo la huida. Y escapando a escondidas de la iglesia, sube a un barco y se dirige hacia la Tebaida. Y el sátrapa lo persigue por detrás; y esto se le comunica al perseguido, y una visión divina le ordena dar la vuelta al barco y navegar en dirección contraria. Aunque los que lo acompañaban se lo impedían no solo con palabras sino también con lágrimas, para que no se entregara a sí mismo y a ellos a una destrucción tan evidente, él los animaba a no temer nada y les enseñaba que la Divinidad era su aliada. Al regresar, pues, hacia Alejandría, se encuentran con los perseguidores, y preguntan si habían visto a Atanasio huyendo; ellos respondían que sí lo habían visto, y que si se daban prisa lo alcanzarían. Y a estos, engañados, los enviaban lejos, mientras ellos bajaban más rápido a la ciudad de Alejandro. Y tras ocultarse por poco tiempo, el divino, al ser exigido el juicio de Juliano el apóstata en Persia, habló con franqueza y dogmatizó y proclamó la fe del que lo había salvado. Pero Juliano fue asesinado en Persia, atribuyendo unos el asesinato a uno de los desertores persas, y otros a uno de los soldados subordinados; pero el relato más común y más cercano a la verdad enseña que sufrió la matanza por voluntad divina. Termina, pues, su vida habiendo vivido treinta y un años, y en el imperio veinte meses. Y sucede en el imperio romano, por voto de todo el ejército, Joviano, de quien el relato hizo mención antes. Pero este, habiendo durado solo ocho meses en el imperio, deja los asuntos humanos en Bitinia. Después de él, Valentiniano, un hombre como el anterior, defensor de la piedad; y toma como socio( ojalá no lo hubiera hecho) de los cetros romanos a su hermano Valente, y tras pasar un mes de días en Constantinopla, asigna a Valente el Oriente, y para sí deja el gobierno de Occidente. Cuando este partió hacia Occidente, el hermano, por dolores maternos, pero no hermano sino también rival en la fe, mueve una guerra implacable contra la ortodoxia. Y primero exilia al admirable Melecio, quien había sido llamado por Juliano y había recuperado su propio trono, junto con muchos otros archisacerdotes y elegidos del clero, luego también azota a Egipto, y disturbios y alborotos más graves que los anteriores sacudieron la ciudad de los alejandrinos. El inspirado por Dios, temiendo no ser él mismo la causa del disturbio en la multitud, se oculta durante cuatro meses enteros en la tumba de su padre. El que tramaba los asesinatos en Egipto era Taciano, el prefecto de la misma, a quien la justicia divina alcanzó pronto tanto por la
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matanza como por la impiedad; pues cae tanto de su dignidad como de sus muchas riquezas, y era mendigo del propio sustento; pero también, habiendo perdido los ojos, termina su vida dolorosa y vergonzosamente. En estos momentos, mientras todo se agitaba, sobreviene un terremoto, el mayor de los que jamás han ocurrido, y derriba muchas de las ciudades, y en efecto derribó las diez ciudades de Creta; y el mar, desbordando sus propios límites, al cortar gran parte del continente, mostró un mar nuevo, y gran parte de lo que estaba bajo el agua lo puso bajo el arado. Pero nada de esto hizo reflexionar a Valente. Cuando el pueblo de los alejandrinos, por deseo y fe en el pastor, se amotinaba y amenazaba con hacerlo todo, y que los barcos de grano y los mismos graneros públicos serían entregados al fuego si no recuperaban al maestro, al saber esto el impío Valente, mediante cartas, da a Atanasio toda libertad para dirigir las iglesias. Al estar a punto de partir hacia Antioquía, puesto que Eudoxio, el odiador de Cristo, quien durante diecinueve años había emprendido una guerra implacable contra los piadosos, había perecido, fue detenido en su viaje cerca de Nicomedia. Y los de Arrio ordenan a Demófilo, mientras que los que profesan el consustancial a cierto Evagrio, habiendo realizado la consagración el bienaventurado Eustaquio, quien antes de Melecio había sido tramado por los arrianos para pastorear la iglesia de los antioquenos, y habiendo sido llamado por el decreto de exilio del piadoso Joviano, pasaba el tiempo en Constantinopla. El impío Valente, al saber lo ocurrido, se alegró y complació con lo que hicieron los de Arrio, pero a los heraldos de la piedad, a Eustaquio, el que había ordenado, lo exilia mediante mano militar a la ciudad de Bizye, en Tracia, y a Evagrio, el ordenado, lo retuvo otro exilio. Y tras hacer esto, el impío llega a la ciudad de Antioquía, haciendo y pensando lo mismo contra los piadosos, o más bien mucho peor. Pues sometía a los piadosos a diversas muertes; y sobre todo, lo más fácil para él en cuanto a asesinatos era el río Orontes. Al trastornar la confusión y el alboroto al mundo, tras los muchos y largos esfuerzos y fatigas por la piedad, el atleta partió alegremente hacia el señor común a quien amaba y por quien sufría, para obtener los premios, habiendo durado cuarenta años en la consagración archisacerdotal, o más bien en las luchas por ella. Que el escrito del cual provino la presente selección tiene una inclinación más hacia lo descuidado que hacia lo preciso, especialmente en la economía de los pensamientos. En muchos capítulos relata cosas más nuevas que los demás. Se leyeron diversos discursos de Antifonte. Sus discursos son los que se apropian de la precisión, la persuasión y la habilidad en la invención. El hombre es también técnico en los asuntos difíciles, haciendo las argumentaciones desde lo oculto, y dirigiendo los discursos hacia las leyes y las pasiones, apuntando sobre todo a lo decoroso. Sin embargo, Cecilio de Sicilia dice que el orador no usó figuras de pensamiento, sino que las ideas le salían directas y sin artificio, y que el hombre ni buscó ni usó la transformación desde la astucia, sino que llevaba al oyente hacia su voluntad a través de los mismos pensamientos y su secuencia natural. Pues los antiguos oradores consideraban suficiente encontrar los entimemas y expresarlos de manera superflua en la frase. Se esforzaban, pues, en todo lo referente a la dicción y su adorno, primero en cómo fuera significativa y decorosa, y luego también en que la composición de estas fuera armoniosa. Pues en esto les resultaba también la diferencia hacia lo mejor frente a los profanos. Luego, al decir que el discurso de Antifonte era sin figuras en cuanto al pensamiento, como corrigiéndose a sí mismo: No digo esto, dice, como si no se encontrara ninguna figura de pensamiento en Antifonte; pues hay en sus discursos preguntas, omisiones y otras cosas similares;¿ pero qué digo? Que no por afectación ni
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Apología contra la acusación de Licurgo y Demóstenes. El discurso contra Midias y el discurso contra Esquines tienen la causa de no haber conservado la misma virtud en todo respecto al carácter demosteniano; pues en estos dos discursos, al incidir de vez en cuando en las mismas ideas, parece competir consigo mismo, como si estuviera ejercitándose y no luchando sobre los hechos mismos. Por lo cual, algunos dijeron que cada discurso fue dejado en borradores, y no purificado para su publicación; aunque los discursos mencionados hacen que esto sea más cauteloso. Pero quienes los critican,¿ qué dirían de Arístides, quien parece haber usado este estilo de manera excesiva, al igual que el de avanzar en las elaboraciones más allá de lo moderado, y el de extenderse más por lo superfluo que por la medida de la necesidad? Especialmente el discurso contra Esquines dio motivo para ser considerado como dejado en apuntes, al no haber recibido aún la elaboración perfecta, porque incluso lo que tenía mucha oscuridad y ligereza respecto a la acusación, lo expuso al final del discurso; lo cual no habría pasado por alto el orador, si se hubiera sometido a un examen más preciso de sus propios discursos. Pero el discurso de Lisias contra Mnesiptólemo no avanza así, sino que, habiendo guardado lo patético en todas las partes que lo requerían, no se detuvo al cesar la arremetida, sino que la intensificó, ni dejó de incitar a los oyentes hacia el final. Y, ciertamente, algunos dicen que el discurso sobre la falsa embajada fue dejado en apuntes, y que no fue escrito para su publicación ni para la perfección de la elaboración.¿ Por qué? Porque después de los epílogos, que son muchos y ocupan casi la mayor parte, habiendo dicho muchas antítesis antes de ellos, volvió a recurrir a antítesis; lo cual es desordenado y disperso. Y el discurso a favor de Sátiro sobre la tutela ante Caridemo, algunos dicen que es de Demóstenes, por tener la seguridad respecto al juicio, pero Calímaco, no siendo capaz de juzgar, lo considera de Dinarco. Algunos lo atribuyeron a Lisias, aunque teniendo en contra el tiempo, todo el estilo de la elaboración, los hechos y la interpretación. Testimonio de que el discurso es demosteniano es también la oblicuidad, la continuidad de los periodos y la tensión; pues desde el mismo proemio el discurso se matiza con esto. Y, ciertamente, la elección de los nombres se ha esforzado por elevarse a lo mejor y la composición está bien lograda. También lo atestiguan las figuras; pues están entrelazadas con rapidez y proporcionan variedad al discurso; pues se proponen preguntas, retrocesos y el asíndeton, de los cuales Demóstenes disfruta especialmente al usarlos. Pero también la composición es cuidadosa y no destruye la claridad con el adorno, y los periodos, al unirse con lo acabado, conservan lo apropiado en todas partes. El no escatimar en ninguna composición, sino que todo esté dividido en periodos, es común a Isócrates y Lisias frente a Demóstenes; pero la variedad en los periodos en las magnitudes, al completar los miembros, al ser tomada, produce la diferencia respecto a aquellos, ya que Isócrates alarga la elaboración de ellos en la mayoría de los casos, mientras que Lisias la abrevia. De cada uno de estos, en Demóstenes se conserva lo apropiado. El discurso sobre la paz parece haber sido preparado por otros, especialmente por el sofista Libanio, pero no haber sido pronunciado. Pues el orador, al acusar a Esquines, no lo culpa menos también por esto, que aconsejó a los atenienses votar que Filipo fuera anfictión. Por lo tanto, al difamarlo amargamente,¿ cómo se habría atrevido él mismo a ser consejero? Pues el discurso sobre la paz claramente aconseja que Filipo sea anfictión. También el discurso contra Neera, algunos, al criticar su flojedad, lo excluyen de los discursos demostenianos, al igual que el escrito por él sobre el amor y el epitafio. Dicen que Demóstenes, a los veinticuatro años, trabajó en el discurso sobre las exenciones, es decir, el contra Leptines, cuyo proemio Longino
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el crítico considera que es de competición; este floreció en tiempos de Claudio, y en gran medida competía con Zenobia, la reina de los osroenos, que ocupaba el poder tras haber muerto su esposo Odenato, a quien un antiguo relato registra que cambió a las costumbres de los judíos desde la superstición helénica; pero Longino emite tal juicio sobre el proemio mencionado. Otros dijeron, no correctamente, que el proemio es ético. Y este discurso proporcionó a muchos una lucha al ser propuesto para ser juzgado, como a Aspasio el orador, al no haber llegado la teoría del discurso a la precisión. Del mismo modo también el contra Midias; pues este también ha sido objeto de interés para no pocos, y proporcionó motivos para la disputa entre ellos. Unos dicen que es de carácter patético, elaborado con vehemencia, otros que de carácter pragmático; y, en suma, tanto la vehemencia de sus palabras como la armonía en la composición, y cómo a los argumentos y entimemas patéticos les añade también una elocución patética, y a los pragmáticos, los que a estos convienen. Se mantiene, pues, también el carácter, no solo en este discurso, sino también en muchos otros. Pero es muy difícil para un trabajador de discursos de competición mantener el carácter hasta el final frente al antagonista, especialmente para aquellos que tuvieron una naturaleza más amarga y más patética, de la cual no menos participan Demóstenes y Arístides. Por lo cual, a menudo son sacados de su propósito, siendo disminuidos por la naturaleza; pues ni siquiera hay técnica capaz de lograr la intención, si no tiene como colaborador también la peculiaridad de la naturaleza. Sin embargo, habiendo cumplido el orador treinta y ocho años, persuadió al pueblo, tras arengar, a enviar ayuda a los olintios que habían enviado embajadores contra Filipo. Este Demóstenes fue hijo de Cleobula y de Demóstenes, del demo de Peania. Habiendo sido dejado por su padre a los siete años junto con una hermana dos años menor, pasó el tiempo de la orfandad junto a su madre, estudiando con el orador Isócrates, y como dicen la mayoría, con Iseo el calcideo que ejercía como sofista en Atenas. Iseo fue discípulo de Isócrates, emulando a Tucídides y al filósofo Platón. Otros cuentan otras cosas sobre la educación de Demóstenes y sus maestros. Habiendo llegado a la edad adulta, y habiendo recibido una herencia menor de parte de los tutores, los demandó siendo tres los tutores, Afobo, Terípides y Demofonte( otros introducen a Demeas en lugar de Demofonte), fijando una tasación de diez talentos por cada demanda. Sin embargo, de la condena no les cobró nada, dejando a unos por dinero y a otros incluso por gratitud. Habiendo sido elegido corego, a Midias el anagirasio, que lo golpeó en el teatro mientras era corego, lo demandó y lo llevó a juicio, y habiendo recibido tres mil de él, lo liberó de la demanda. Dicen que corrigió muchos defectos de su naturaleza con el ejercicio. Y siendo joven se encerró en una cueva, y allí pasaba el tiempo filosofando, afeitándose la mitad de la cabeza, para que no le fuera posible, impidiéndoselo la fealdad, hacer la salida ni queriendo. En segundo lugar, dicen que dormía en una cama estrecha, para poder levantarse rápidamente. Y de los elementos, la letra rho, que no estaba dotado por la lengua para decirla, la adquirió con esfuerzo. Pero también, moviendo el hombro de manera indecorosa al ejercitarse, colgó un sable del techo sobre la piel del cuerpo o( como algunos dicen) una pequeña espada, para que por miedo a sufrir, mantuviera la calma, y se libró del síntoma. Al estar perturbado por los ruidos del pueblo, para no sufrir esto, bajando al Falero, realizaba los ejercicios ante los sonidos de las olas, corrigiendo la naturaleza con la costumbre. Pero también se construyó un espejo, igual a su tamaño, hacia el cual realizaba las reflexiones, para que si hubiera algo descuidado en la figura al hablar, aprendiéndolo, lo devolviera a lo decoroso. Al tener falta de aliento, de modo que ni siquiera podía decir los periodos más largos sin respirar, a Neoptólemo el actor
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le dio diez mil, para que le ejercitara el tono del aliento. Y los orificios estrechos a través de los cuales, al respirar, refrescamos el aire a través del paladar y calentamos el pecho como con algunas brisas, y sacamos de allí lo fuliginoso, al estar construidos más estrechos de lo necesario, puesto que esto también es una gran parte de la brillantez de la voz, los llevó a lo más ancho y conforme a la naturaleza, vertiendo aceite en la boca y corriendo hacia los lugares cuesta arriba; a través de lo cual, el aceite, al ser succionado hacia las fosas nasales por la fuerza del movimiento, restableció la contracción de los poros contraria a la naturaleza a la necesidad conforme a la naturaleza. Habiéndose entregado a la política, puesto que veía que unos ciudadanos eran filipistas, y otros arengaban por la libertad de la ciudad, se pone del lado mejor, y hacía política junto a Hipérides, Nausicles, Polieucto y Diotimo. Por lo cual hizo a los tebanos aliados de los atenienses, pero también a los eubeos, corcireos, corintios, beocios y a muchos otros. Y cuando una vez, al arengar, fue expulsado del teatro y, desanimado, se iba a casa, Énomo el triasio, que ya era mayor, se encontró con él en el camino, y al saber la causa del desánimo, lo exhortó a tener valor y lo recuperó; y más que esto, Andrónico el actor, diciendo que los discursos estaban bien y lo mejor posible, pero que les faltaba lo de la actuación. Él se entrega a Andrónico, y desde allí ejercitó el arte de la actuación. Por lo cual, preguntándole alguien una vez qué es lo primero en la retórica, respondió: actuación;¿ y qué es lo segundo? actuación;¿ qué es lo tercero? actuación; declarando que la actuación es una gran parte de la persuasión en el pueblo. Juraba, como dice el falereo, Por la tierra, por las fuentes, por los ríos, por los manantiales. Y, en efecto, una vez, al jurar estos juramentos ante el pueblo, causó alboroto, al igual que al jurar por Asclepio, usando la voz con acento proparoxítono. Sin embargo, habiendo estudiado con Eubúlides de Mileto, quien de los dialécticos no llevaba la segunda posición a nadie, corrigió todo lo que proporcionaba motivo de error. Dicen que Filipo el macedonio, cuando recibió y leyó las arengas de Demóstenes contra él, admirándose mucho, dijo que: Incluso yo mismo, si hubiera escuchado a Demóstenes arengando contra mí, habría votado al hombre para la guerra contra mí. Y preguntándole alguien de sus allegados qué discursos serían más persuasivos y poderosos, los de Demóstenes o los de Isócrates, dijo que los de Demóstenes se parecen a los soldados, pues su fuerza es guerrera y muy intensa, mientras que los de Isócrates a los atletas; pues proporcionan un placer teatral. Cuando la condena impuso el destierro de la patria a Esquines, persiguiéndolo a caballo, lo consoló en lo demás y le dio un talento de plata a Esquines, que esperaba lo contrario. Pues Esquines, al verlo venir, y pensando que lo capturaría para su mal, se postró y, cubriéndose, pedía salvación; él, como dijimos, mostró hacia él una obra propia no tanto de un orador sino de un hombre filósofo. Al sugerirle Demóstenes que soportara noblemente el destierro, Esquines dijo:¿ Y cómo podría, siendo privado de tal ciudad, en la que es posible encontrar incluso a los que parecen ser enemigos, superando a los amigos de otros lugares en bondad y nobleza? Sin embargo, habiendo sido nombrado supervisor de grano, Demóstenes fue acusado de robo y absuelto. Filipo, sin embargo, al tomar Elatea, él mismo también se alistó con los que lucharon en Queronea; en la cual también apareció dejando el puesto. Y cuando, al huir él, la planta de la zarza se enganchó en la clámide, al volverse, dicen que dijo: Sálvame. Su escudo llevaba como emblema a la Fortuna. A los que cayeron en la batalla los honró con un epitafio, quizás no menos que la fortuna que ocurrió, pero no poco menos que su otra fuerza en los discursos. Luego reparó las murallas de la ciudad; habiendo sido nombrado supervisor de estas, pagó el gasto de su propia fortuna, cien minas de plata. Y a los espectadores les dio diez mil. Pero también, subiendo a un trirreme, navegó alrededor recaudando dinero de los aliados. Por lo cual fue coronado muchas veces con corona de oro, primero por Demoteles, Aristónico e Hipérides, y finalmente por Ctesifonte; habiendo sido escrito el último decreto por ilegal por Diodoto y Esquines, al ponerse a la defensa, venció. Tiempo después, habiendo cruzado Alejandro a Asia, y habiendo huido Harpalo a Atenas con dinero, al principio, al arengar, no permitía aceptar al hombre, pero cuando entró, habiendo recibido, como dicen, mil dáricos, se pasó al bando de los que hablaban a favor de él, y queriendo los atenienses entregar al hombre a Antípatro, se opuso, y escribió depositar el dinero de Harpalo en la acrópolis, sin señalar al pueblo la cantidad del mismo. Diciendo Harpalo que había traído setecientos talentos, lo llevado a la acrópolis se encontró que era ochocientos o un poco más. Al huir Harpalo de la cárcel, unos dicen que a Creta, otros que a Ténaro de Laconia, Demóstenes proporcionó motivo de acusación de soborno. Al ser sometido por esto a juicio por Hipérides, Piteo, Menesecmo, Himereo y Procles, quienes también hicieron que el consejo del Areópago lo condenara, fue capturado, y al ser capturado huyó, no pudiendo pagar el quíntuplo; lo acusaban de treinta talentos de soborno. Hay también otro discurso que dice que ni siquiera soportó el juicio, sino que huyó cuando los que iban a juzgarlo se preparaban. Tiempo después, los atenienses enviaron a Polieucto a embajador ante la confederación de los arcadios, para que ellos se separaran de la alianza de los macedonios. No logrando nada Polieucto, al aparecer Demóstenes y hablar a favor, persuadió. Por lo cual, siendo admirado por la acción por los atenienses, obtuvo el regreso, habiéndose escrito un decreto y enviado un trirreme. Decretaron también, en lugar de los treinta talentos que debía, reparar el altar de Zeus en el Pireo. Y estaba de nuevo haciendo política como antes. Cuando Antípatro tomó Farsalo y amenazaba con sitiar a los atenienses si no le entregaban a los oradores, el orador, abandonando la ciudad que ni siquiera podía salvarse a sí misma, huyó. Y primero se detuvo en Egina, luego, temiendo allí también la ira de Filipo, se trasladó a Calabria. Al decretar los atenienses entregar a los oradores, permanecía como suplicante en el templo de Poseidón. Al acercarse a él Arquias, apodado el cazador de fugitivos, e intentar persuadirlo de levantarse del templo y tener buenas esperanzas en Antípatro, dijo: Pero, oh excelente, ni me persuadiste cuando actuabas, ni ahora me persuadirás aconsejando. Al intentar forzarlo, los de la ciudad lo detuvieron. Y Demóstenes dijo muy noble y alegremente: No huí a Calabria necesitando salvación, sino queriendo demostrar que los macedonios son criminales incluso al violentar las cosas de los dioses. Y habiendo pedido una tablilla, se dice que escribió la elegía que está en su estatua, la cual fue grabada más tarde por los atenienses: Si hubieras tenido, Demóstenes, una fuerza igual a tu juicio, nunca el Ares macedonio habría gobernado a los griegos. Pero esto lo dice Demetrio de Magnesia; hay quienes dicen que la tablilla fue encontrada sin escribir nada más que: Demóstenes a Antípatro, saludos. Dicen que el orador murió, unos bebiendo veneno, otros probando el veneno que estaba en el cálamo;( pues estaba preparado) con el cual escribía la carta. Otros le atan un anillo al brazo, en el cual estaba guardado el veneno. Y otro relato dice que murió conteniendo el aliento, al igual que otro por el veneno que estaba atesorado en el engaste del anillo. Vivió, como dicen los que dicen la mayoría, setenta años, como los que dicen menos, sesenta y siete. Hizo política veintidós años. Dejó dos hijos de una mujer de las ilustres. Hay una estatua suya en el pritaneo ceñida con
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espada; pues se dice que así se preparó para arengar contra Antípatro, cuando forzaba a tomar a los oradores de Atenas. Tiempo después, la ciudad regaló comida en el pritaneo a los parientes del orador, y lo honraron con otros honores al morir, y colocaron la estatua en el ágora. Se conservan muchísimos apotegmas y sentencias suyas, que él mismo decía cada vez adaptándose a la necesidad que surgía, y los oyentes los conservaron por memoria y por escrito. Este, una vez, al ser impedido por los atenienses de hablar en la asamblea, dijo que quería hablarles algo breve. Al aceptarlo, dijo: Un joven, dijo, en tiempo de verano alquiló un asno para ir a Mégara. Al encenderse más la llama a mitad del día, cada uno de ellos se apresuraba a ponerse bajo la sombra del asno, uno diciendo que había alquilado el asno pero no la sombra, el otro, el alquilado, que mientras el alquiler lo hiciera dueño del cuerpo, tenía también la otra potestad de lo que sucedía a través del cuerpo. Y habiendo dicho esto, se iba, dejando sus oídos deseosos de la narración de lo restante. Al detenerlo los atenienses y pedirle que pusiera fin al discurso, respondiendo, dijo: Entonces, dijo,¿ queréis escuchar sobre la sombra de un asno, pero sobre asuntos serios y convenientes para la ciudad no queréis? Algunos dicen que fue llamado Bátalo porque, siendo joven y celebrando fiestas, se había excedido con vestimentas femeninas; otros dicen que fue llamado así de forma diminutiva por el nombre de la nodriza, siendo insultado. Otros dicen( a quienes también siguió el sofista Libanio) que, siendo joven, estaba débil de cuerpo y era enfermizo; por lo cual ni siquiera iba a la palestra, como todos los niños de los atenienses solían hacer; por esto, al hacerse hombre, era objeto de burla por sus enemigos por afeminamiento y era apodado Bátalo. Pues se cuenta que un tal Bátalo efesio fue un flautista, que primero usó sandalias femeninas en el escenario y melodías afeminadas, y en suma, afeminó el arte; de donde llaman Bátalos a los disolutos y cobardes. Se leyeron diversos discursos de Hipérides. De estos, los que se refieren al carácter genuino del orador son cincuenta y dos, y los que proporcionaron disputa son veinticinco; pues el total de ellos asciende a setenta y siete. Fue excelente en las elaboraciones de los discursos, hasta el punto de proporcionar a algunos disputa sobre si Demóstenes supera a los discursos de aquel, o Hipérides a los de Demóstenes; hay quienes incluso pusieron el voto ganador a Hipérides. Pero también el epigrama que algunos escriben en la estela de Demóstenes, lo transfieren a aquel, cambiando solo el nombre; pues escriben: Si Hipérides hubiera tenido una fuerza igual a su juicio, nunca el Ares macedonio habría gobernado a los griegos. Este Hipérides fue hijo de Glaucipo de Dionisio, y coliteo por el demo. Tuvo también un hijo homónimo al padre, Glaucipo, orador, quien también escribió discursos. Escuchó al filósofo Platón, y también a Isócrates. Hizo política en Atenas cuando Alejandro el macedonio tocaba los asuntos griegos, y se muestra oponiéndose a su petición, que exigía a los generales de los atenienses y los trirremes. Aconsejó a los atenienses también disolver el mercenario que estaba en Ténaro. Escribió también honores a Demóstenes, y habiendo sido escrito el decreto por ilegal por Diodoto, se salvó. Habiendo sido amigo de los de Demóstenes, Lisicles y Licurgo, no mantuvo la amistad hasta el final, sino que, cuando la vida dejó a Lisicles y Licurgo, y Demóstenes era llevado a juicio por haber sido sobornado por Harpalo, él mismo fue elegido de entre todos como acusador del orador. Habiendo sido juzgado por ilegal por Aristogitón, porque después de Queronea escribió hacer ciudadanos a los metecos, libres a los esclavos, y depositar los sagrados, niños y mujeres en el Pireo, también allí resultó superior a dar cuenta. Al culparlo no pocos de haber pasado por alto muchas de las leyes en el decreto
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decía: Me oscurecían, decía, las armas de los macedonios; y no escribió el decreto más yo, sino la batalla en Queronea. Antes, no habiendo sido elegido aún arengador, decía demandas por dinero a los atenienses. Habiendo parecido haber participado de los dineros persas con Efialtes, luego, habiendo sido elegido trierarca cuando Filipo sitiaba Bizancio, y habiendo ayudado con entusiasmo a los bizantinos, se comprometió a costear durante este año, estando los demás exentos de toda liturgia. Este, al hacer política, decretó también honores a Iola, quien mezcló el veneno mortal para Alejandro. Participó también de la guerra lamiaca con Demóstenes, y dijo un epitafio sobre los que cayeron en la batalla, cosechando mucha admiración y alabanza por esto. Preparándose Filipo para navegar contra Eubea, y estando los atenienses cautelosos, este reunió cuarenta trirremes por contribución, y antes que los demás, él mismo dio dos trirremes por sí mismo y por su hijo. Habiendo surgido la disputa contra los delios sobre quiénes debían estar al frente del templo, fue elegido Esquines para hablar a favor, pero el consejo del Areópago puso al frente a Hipérides; y el discurso lleva la inscripción Deliaco. Habiendo llegado también embajadores de parte de Antípatro, y hablando con alabanza de Antípatro y atestiguando mucha bondad: Sé, dijo, que Antípatro es bueno, pero nosotros no necesitamos un amo bueno. Sin embargo, habiendo demandado la donación de Foción, que dijo Midias de Midias el anagirasio, en este juicio llevó la derrota. Habiendo ocurrido el desastre de Cranón, al ser reclamado por Antípatro, puesto que el pueblo iba a entregarlo, huye de la ciudad de los atenienses a Egina. Y habiendo estado con Demóstenes, y habiendo hecho apología por lo que se había enfrentado a él, al alejarse de allí, fue capturado por Arquias, el apodado cazador de fugitivos, en el mismo templo de Poseidón, aunque se agarraba de la estatua. De allí, llevado ante Antípatro que pasaba el tiempo en Corinto, y siendo torturado para que dijera los secretos de la ciudad, se hizo hombre hasta tal punto de no decir nada contra la patria, que incluso mordiéndose la lengua, para no decir algo involuntariamente, cambió de vida. Hay quienes dicen que, llevado a Macedonia, sufrió la amputación de la lengua y tras la muerte fue arrojado sin sepultura; sin embargo, sus allegados, contra el decreto de los macedonios, quemando los huesos, los trasladaron a Atenas. Se leyeron diversos discursos de Dinarco. Se conservan sesenta y cuatro suyos, que la mayoría de los críticos consideran genuinos; hay quienes transfieren algunos de ellos a Aristogitón, que floreció con Hipérides. Sus discursos a veces se conforman a los estilos de Hipérides, pero parecen haberse inclinado más hacia Demóstenes, en los cuales se esforzaron por imitar su carácter patético y vehemente, y el tipo y variedad de las figuras. Este fue hijo de Sócrates o Sostrato, ateniense de patria, y como se dijo a otros, corintio. Habiendo llegado a Atenas siendo aún joven, escuchó a Teofrasto; Alejandro en aquel entonces cruzaba hacia Asia. Se estableció como compañero de Demetrio de Falero. Tras la muerte de Antípatro, puesto que unos oradores huyeron y otros fueron ejecutados, él mismo se mostró haciendo política. Habiendo unido amistad con Casandro, el jefe de los macedonios, y cobrando dinero por los discursos que componía para los necesitados, llegó a la mayor felicidad. Se oponía a los oradores no subiendo él mismo al pueblo( pues no era capaz), sino proporcionando los discursos a los que se oponían. Por lo cual, al huir Harpalo de Atenas, entregó muchísimos discursos a los acusadores contra los que habían recibido motivo de soborno. Tiempo después, habiendo caído en la acusación de que conspiraba con Casandro contra la ciudad, convirtiendo la mayor parte de la fortuna en plata, huyó a Calcis. Habiendo permanecido en el destierro cerca de quince años, y habiendo acumulado mucha fortuna, habiendo logrado su regreso los de
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Teofrasto, regresó junto con los otros fugitivos. Habiendo descansado junto a Proxeno, su amigo, y habiendo perdido el oro, siendo ya anciano y débil de vista, demanda a Proxeno, y entonces por primera vez fue visto hablando en el tribunal. Se conserva también su discurso contra Proxeno. De los nueve oradores, pues, los discursos cuya lectura realizamos, en esto se limita el recuerdo. De Licurgo, de ninguno de los otros, al menos en cuanto a lo que se refiere a oradores y demagogos, el tiempo aún no nos ha proporcionado discursos para leer, pero hemos aprendido que se conservan quince de su historia. Este fue hijo de Licofrón de Licurgo, a quien la tiranía de los treinta ejecutó, eteobutada por el demo; escuchó al principio( como dice la historia) al filósofo Platón, y después también al orador Isócrates. Hizo política hablando y actuando de manera ilustre, y habiendo sido confiado para administrar el dinero de la ciudad durante tres quinquenios, lo administró de la mejor y más trabajadora manera, siendo de catorce mil talentos. Habiendo sido elegido para la preparación de la guerra, recuperó muchas otras cosas de la ciudad que se habían deteriorado, y preparó cuatrocientos trirremes para el pueblo. Muchas de las obras que recibió a medio terminar las llevó a término, construyó casas para los barcos, reparó el arsenal, y puso los cimientos para el estadio panatenaico. Se le confió también el cuidado de la ciudad, y ciertamente también el descubrimiento y captura de los malhechores; y limpió la ciudad de malhechores expulsando a todos, de modo que incluso entre algunos de los sofistas se decía que Licurgo no escribía los decretos contra los malvados con tinta, sino untando el cálamo con la muerte. Produjo tal deseo de sí mismo y respeto en los atenienses al hacer política, que al pedirlo el rey Alejandro, al igual que a los otros, el pueblo no lo entregó. Fue embajador ante diferentes ciudades y con Demóstenes al Peloponeso. Y terminó el tiempo de su vida gozando de buena reputación y siendo considerado justo ante los atenienses; por lo cual, el hecho de presentar un discurso en los tribunales a favor de cualquiera era una gran ayuda para el defendido. Realizó también aportaciones de diferentes leyes, de las cuales la quinta es la que no permite que las mujeres lleguen a Eleusis montadas en carro, para que las populares no sean disminuidas por las ricas. Habiendo puesto las manos un recaudador sobre el filósofo Jenócrates, y llevándolo ante el metoikion, al encontrarse con él, liberó al filósofo, y golpeando la cabeza del recaudador con un bastón, al haberse vuelto insolente contra lo decoroso, lo entregó a la cárcel, y ha obtenido muchas alabanzas por esta acción. Por lo cual, unos días después, encontrándose Jenócrates con los hijos de Licurgo: Rápido, dijo, hijos, he devuelto el favor a vuestro padre; pues es alabado por la mayoría, porque ha sido mi ayudante al ser ultrajado. Llevaba una sola túnica en verano y en invierno, aunque no era inferior a ninguno de los ricos de la ciudad. Pero también pasaba la mayor parte del tiempo descalzo, si lo decoroso no lo obligaba a bajar a la necesidad de calzado. No estando bien dotado para lo improvisado, practicaba de noche y de día, completando lo que faltaba a la naturaleza con los esfuerzos. Y la camita en la que dormía estaba cubierta solo con una piel y una almohada, para que, levantándose fácilmente del sueño, practicara. Y era franco debido a su nobleza; por lo cual, una vez, al arengar él y no soportarlo los atenienses, gritó ante todos:¡ Oh látigo corcireo, cuánto dinero vales! A punto de morir, ordenó que lo llevaran al Metrón y al Consejo, queriendo dar cuentas de sus políticas. No habiendo acusado nadie excepto Menesecmo, habiendo aparecido superior a las calumnias, fue llevado a casa y murió. No solo en este juicio la victoria
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¿ tendrán? Huyamos de la complacencia; pues es imposible ser al mismo tiempo amante de los placeres y amante de Dios. Aquel rey de los asirios, que vivía entregado por completo a su vientre y a una vida de lujo, estaba atado como un buey al pesebre. Para los tres santos jóvenes, incluso el vino era algo que debía evitarse debido a las libaciones, y toda carne debido a los sacrificios. Y para ellos, Dios era el guardián, por encima de la belleza de los que viven en el lujo, y el ayuno era su cosmético. Presta atención al aprendizaje de las cosas ocultas y recordarás el alimento, como el pueblo que seguía a Jesús, quien instruía con palabras y obras. Abandonando la asamblea de los malvados, acércate a la Iglesia. Pero si todavía estás atado a las costumbres judías,¿ qué sentido tiene para ti el ayuno, a menos que sea para imitar a los cocodrilos del Nilo, de quienes se dice que lloran sobre las cabezas de los hombres que han devorado y derraman lágrimas sobre los restos de sus matanzas, no sintiendo arrepentimiento por lo sucedido, sino lamentándose( a mi parecer) por la falta de carne en la cabeza, al no ser apta para el consumo? El ayuno es, en efecto, un pedagogo que enseña la contención y la compostura decorosa; la danza, por su parte, interpreta la efusión del alma. Y cada cosa tiene sus formas distintivas, que manifiestan desde la superficie sensible el estado invisible del alma. Pues, dado que quien recibe la ley como norma de vida y como una conducta ordenada debe temer también el castigo derivado de la desobediencia, por eso Dios, al enviar a los hombres los mandamientos de nuestra vida por escrito, añadió inmediatamente el sonido de la trompeta, símbolo de la resurrección de entre los muertos, para que los discípulos de los hechos, previendo el juicio a través de la resurrección, guarden inviolables los dogmas de la legislación divina. Del mismo autor, sobre el ciego de nacimiento.( La descripción del ojo aquí, y la de la imagen que representa la figura de santa Eufemia, guardan una gran afinidad en cuanto a belleza, de modo que no son una y otra, sino que el mismo creador es autor de ambas representaciones. Y aquí se muestra claramente piadoso, al teologizar que el Hijo es igual en honor al Padre y preeterno, de modo que no podría ser arriano quien, con agudeza de palabras, presentó la descripción de la imagen). Dado que el Salvador, al anunciar la verdad a los judíos, no lograba persuadirlos de ser piadosos, se ocultó al estar presente y, aunque aparecía, no era visto, para que a través de tal milagro los atrajera a la convicción de que el que no era visto era también Dios, y no otro, sino el mismo que hablaba a Moisés sin aparecer. Pues también entonces se veía fuego y una zarza, ambos mudos; pero, sin embargo, se escuchaba una voz, una palabra instruía y se predecía con seguridad el futuro. Y es necesario que los que tienen entendimiento reconozcan la persona a partir de la afinidad de los hechos. Al ver al ciego, el Salvador se detuvo y estaba listo para la curación, una curación superior a la sabiduría y al arte humanos. Pues la medicina y el discurso que le es propio aplican su teoría a aquellas enfermedades que, una vez que la naturaleza ha completado al ser vivo y lo ha traído a la luz, sobrevienen más tarde debido a ciertas circunstancias; pero no promete la curación de la tara con la que el cuerpo fue formado, ni siquiera de todas las afecciones que sobrevienen después; pues ni ha restaurado miembros amputados, ni se compromete a curar nada semejante. Por eso los discípulos, compadeciéndose de la aflicción y viendo a un hombre que no había gustado del placer más hermoso de la luz, preguntaban por la causa. Pero no planteaban la pregunta con conocimiento; pues ni el niño fue condenado por los padres, al no ser culpable de nada, ni tampoco pagó las penas por faltas propias, al no haber llegado aún a la vida. La aflicción, dice Cristo, del ciego no es un antídoto por pecados, sino una preparación para una economía futura que realiza otras cosas, y para que el Creador de todo, después de la primera creación, encuentre también ahora motivos para crear, y a partir de los casos particulares confirme los universales. Una parte del hombre, y la parte más hermosa, no la habría hecho otro, si no aquel que la creación del principio primero del género
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había demostrado. En la pequeña descripción de la parte y el miembro del ojo es posible contemplar la omnipotente y variada sabiduría de Dios, que ha mostrado tal esmero en su arte. Pues, en primer lugar, una cierta gracia se derrama sobre él, y es sumamente tierno y sin carne, por así decirlo, teniendo en lo tierno lo sólido y en lo blando lo tenso; y está matizado con diversos colores. Pues su centro tiene la descripción del negro, y esta no es del todo uniforme, sino que está unida por ciertos círculos variados, teniendo el centro y el medio la parte más profunda, mientras que la circunferencia exterior termina gradualmente hacia un tinte más amarillento. Esto está rodeado por fuera por el blanco, brillante y diáfano, que no tiene la blancura pura, sino que está hecho en una forma cristalina y traslúcida; el rojo se encuentra alrededor de la pupila, para mezclar la gracia con el blanco y el negro. Además de esto, es tan diáfano y liso en su densidad que incluso forma imágenes de las figuras que se acercan y, como un espejo preciso, imprime los rasgos. Y por esto el centro del círculo es llamado pupila, porque siempre muestra la forma humana al que mira de frente; pues, en efecto, los hombres, al mirarse unos a otros, se convierten en espejos de los demás. Por tanto, el ojo es digno de admiración entre las criaturas. Este también me interpreta a Dios, al observar toda la creación y, a través de ella, mostrar al artífice e interpretar al alma las cosas invisibles a partir de las visibles. Gracias a él aprendí otras cosas de la creación, así como la variada tintura de los colores, la tristeza de la oscuridad y el resplandor de la luz. Pues si el ojo no existiera, la creación habría envejecido sin testigos, sin que nadie contemplara la sabiduría y el poder de Dios preservados en ella. Por esta admirable estructura de la visión, pues, se crearon ojos incluso ahora de forma improvisada, para que depongamos las ideas mezquinas que nos surgen de la carne sobre el Unigénito, y, al expulsar de nuestra alma toda opinión humilde y rastrera mediante la grandeza de las obras, reconozcamos que la luz bienaventurada y la belleza de la divinidad recibieron un vaso de barro, sirviéndonos el resplandor como las lámparas. El Señor realiza la curación ahora no solo con la palabra, como en otros muchos lugares, sino también con la boca, con la mano y con otra providencia, para que a través de muchos hechos produzca la fe en los incrédulos. Escupe y hace barro usando la tierra, para que, de donde fue formado el ser vivo en un principio, muestre también la parte siendo formada, y con la saliva presenta cómo el Verbo realizó todo con el poder de su boca; pues por la palabra del Señor fueron afirmados los cielos, y lo que sigue. Y si quisieras comprender esto también, para que prepares a los que poco después iban a insultarlo con sus salivazos a ser cautelosos, aunque la audacia de los insensatos fuera mayor que toda providencia y corrección. El Siloé prefigura para nosotros la salvación a través del agua, que el enviado, Siloé, concedió a todos; pues entonces vemos verdaderamente cuando somos purificados por el agua mística. Nada llevaba a los insensatos e ingratos judíos a la conciencia: ni palabra, ni acción, ni milagros. Sino que incluso estas mismas cosas que los exhortaban a la salvación intentaban por todos los medios hacerlas desaparecer, aunque su maldad se volvía contra ellos mismos; pues cuanto más desconfiaban y, preguntando, se esforzaban por derribar, tanto más se confirmaba la verdad. Su primera curiosidad era si este mismo es el ciego; la segunda, si era ciego de nacimiento. Y el curado proclamaba al Salvador, y con la confesión devolvía la gracia de la curación. Hijos semejantes a padres incrédulos. Pues también los que los engendraron se salvaban de las guerras contra toda esperanza, y desconfiaban del que daba la salvación. Se alimentaban con alimentos que superaban la naturaleza y eran más ingratos que los que padecían hambre. Verdaderamente, herederos también vosotros de la ingratitud de los padres, necesitados no de una vara
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de cornejo, sino de una de hierro. Del mismo autor, sobre Jairo y la mujer con flujo de sangre. El género humano es difícil de conducir hacia la virtud, al parecer, y se preocupa poco de la enseñanza mediante palabras. Por esto también el Salvador, al descender hasta los hombres hasta la carne mortal y perecedera, al ver a los judíos sordos a sus palabras, se trasladó a los hechos, y une curación con curación y milagro con milagro, e intentaba presentar firme la divinidad puesta en duda mediante la experiencia de los beneficios. El asunto había llegado a un punto terrible para el hombre: una hija, y única, apoyo de la casa, sucesión del linaje, a punto de ser llevada de las cámaras al cortejo fúnebre, del tálamo a la tumba. Una mujer que padecía gravemente por un desorden de las venas, y que había vaciado toda la materia vital, y consumida ya por la consunción, y a los médicos por la abundancia, vio una esperanza en la desesperación: postrarse ante el Señor. El Señor escuchó los pensamientos mudos de la mujer y, callando, curó a la que callaba, puesto que tocó el borde de su manto. Y ella pensaba haber robado el don, pero Él fue robado en su gracia. Y por un tiempo no proclama la curación, pero después la hace pública, no por vanagloria( lejos de ello;¿ pues dónde avanza la vanagloria en los milagros?), sino mostrando a todos el fruto de la fe de la mujer, y convirtiendo a algunos de los presentes al conocimiento de Dios, y denunciando la insensatez de otros tanto con obras como con palabras. He visto, dice, a la que me tocó por detrás; pues no solo tengo el ojo que se asienta bajo las cejas y se cubre con los párpados, sino también otro que supervisa la tierra y el mar a la vez y toda la creación. La mujer se acerca en silencio por reverencia, y no pasa inadvertida. Pues Dios lee incluso cuando callamos la mente de cada uno, como si fuéramos libros que contiene. Por eso también, callando la lengua de Moisés, se escuchaba el deseo del corazón. Si el que dio la gracia hubiera callado, tal vez ni ella misma, al recibir la gracia, se habría beneficiado, capturando el don en un encuentro. Este milagro lo vio una multitud infinita, pero el Espíritu Santo lo predijo muchas generaciones antes a través de Malaquías: Pues les nacerá, dice, a los que temen mi nombre, el sol de justicia, y sanidad en sus alas, llamando sol de justicia al Señor, y alas a los bordes de su manto. Aprendamos la gratitud de la mujer curada. Pues, siendo de la ciudad de Paneas( esta es una pequeña ciudad de Palestina), honró al benefactor con una estatua de bronce, considerando este honor no indigno de la gracia. Y mucho tiempo conservó la efigie, para prueba precisa de los que se atrevían a atribuir la falsedad a los evangelistas, y nada impedía que la estatua se conservara hasta ahora y mostrara ambas cosas: tanto lo maravilloso de Dios como el agradecimiento de la que padecía, si no fuera porque Maximino, aquel que gobernó el imperio de los romanos antes de Constantino, era un hombre idólatra e impío, y celoso, retiró de la ciudad el bronce de la estatua de Cristo, aunque no la memoria de lo sucedido; pues he aquí que la estatua no aparece, pero el Evangelio proclama y predica el milagro por todas partes, y la mujer con flujo de sangre es mencionada desde el sol naciente hasta el poniente, y el robo de la materia sensible resultó un esfuerzo vano para el impío. Pues el bronce, aun estando en pie y siendo visible, callaba, recuerdo inanimado de los milagros; pero la fama, habiendo tomado la obra junto con la palabra, recorre cada día ciudades y aldeas, proclamando al benefactor. Se leyó del bienaventurado Leoncio, obispo de Arabiso, del discurso sobre la creación y sobre Lázaro. Callar fuera de tiempo imita la audacia en cuanto a las palabras; y la censura que tiene el que no tiene techo en los labios, esa misma se lleva también el que calla por pereza. Es propio de los mejores estrategas levantar el trofeo contra el adversario a través de los derrotados, y con las armas que usó el enemigo, destruir a aquel. Para que, pues, el callar no sea considerado pecado, y corra el riesgo
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la belleza de la fiesta en la podredumbre del silencio, aunque sea audaz proferir misterios dominicales con labios impuros, mirando al presente me atreveré a cantar el himno, confiando lo que falta para la dignidad al milagro; pues el que soportó la fetidez del difunto, para mostrar la fragancia de su propia filantropía, también abrirá mi boca junto con la tumba de Lázaro, purificando la mancha de la vida como la muerte de aquel. La voz vivificaba las aguas, la tierra seca engendraba, y sin unión se multiplicaba el parto.¿ Qué dices, hereje?¿ Ves el mandato del Verbo ocurriendo en lugar de la deposición de semilla, y cómo dices que es dudoso el misterio del nacimiento virginal? Pues lo que ahora no nace sin semilla, a eso concurría entonces la voz del que llamaba a la generación, y la ley del mandato imitaba el modo de la concepción, y a través de una sola voz todo se encarnaba. Y el que entonces encarnó la creación y suministró la semilla sin semilla a todos, Él mismo, encarnado de la tierra racional, salió sin semilla, cortando con la hoz del nacimiento virginal la raíz de la muerte plantada a través de la carne. Al poner al hombre en el paraíso, el que lo formó le ordenó trabajar y guardar, para que, al no haber entregado por negligencia lo fácil de la autoridad, no quedara sin guardia ante la asechanza, haciendo de los dones de Dios una entrada para la envidia. Al ver esto, el que siempre envidia nuestros bienes asumió una enemistad sin causa contra nosotros. Pues la naturaleza de los envidiosos suele combatir sin motivo, sembrando de sí misma la materia de la maldad, y rechaza la lucha por pretexto como algo injurioso, considerándola prueba de debilidad. Arrojado de las alturas, el enemigo combatía a los de abajo, reclamando un reino tras la caída, que no podía tener estando en pie. Y acampaba contra Eva, disparándole flechas de engaño, y hería sin dolor, usando como espada la intención de aquella, y tomando a aquella como ministra de su propia destrucción. De donde, dado que realizaba la matanza sin sangre, ni siquiera era considerado asesino, sino que era creído como un buen consejero, suavizando las heridas con la blandura de la espada y mostrando dulce la sensación del dolor. Y ella, escribiendo la ley a través de la mano de la desobediencia, cosechaba un fruto embellecido por la transgresión y madurando en el punto álgido de la muerte. Habiendo probado Eva precipitadamente del árbol, él mismo, deseando la destrucción de aquella, tenía indigesta la comida de la maldad, y alimentándose del hambre de la que se consumía y revistiéndose de la desnudez de aquella, consideraba las hojas de la higuera como púrpura real. Dios vio desde arriba la injusticia, y no soportó pasarla por alto, considerando la injuria de la primera criatura como propia. Y desciende a juzgar, aunque los responsables no se atrevían a acudir al juicio, convirtiéndose en fugitivos y añadiendo a lo anterior otra falta. Consideraban local la visita de Dios. Adán,¿ dónde estás? No es la voz del que se irrita, sino del que se compadece; no es la llamada del que se aparta, sino del que se compadece. Veo alterada la forma del reino, cambiada la orden de la dignidad.¿ Dónde estás? Escuché tu voz mientras caminabas, y me escondí. Me bastó para el miedo de los pies la voz; pues de tal juez todos los miembros tienen voz, cuando se tiene tal ante un responsable. No tengo franqueza de voz. Recibe el miedo que confirma también mi falta y que se convierte en abogado de tu juicio justo. Mostré que la sentencia vencía al huir; desnudé con la huida los cargos, mostrando los tropiezos sin defensa. La mujer que me diste, ella me dio, y comí. Tuvo un juez filántropo, y encontró un pretexto compasivo. Se refugia en la debilidad de Eva, suavizando la intensidad del juez.¡ Oh, juez de gran paciencia! Dejó que toda la causa se reuniera en la serpiente, para hacer más ligero el cargo para los engañados. Maldito seas entre todas las bestias y entre todas las fieras de la tierra por haber hecho hervir contra toda
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la injusticia de la creación. Insultaste a los cielos, ensuciándolos con el veneno de la envidia. Entristeciste a los ángeles con la apostasía, pensando disminuir la medida de los que cantan himnos, sin saber que con la separación de lo peor aumenta lo mejor. Multiplicando multiplicaré tus dolores, y lo que sigue.¡ Vaya con la compasión del Señor! La indignación que supera la filantropía define dolores y gemidos, para que, perseverando en ellos, se despoje de la muerte nacida del placer. Amenazando con la amplitud del linaje, evangeliza; promete el aumento de la sucesión mientras se entristece; nombra madre del mundo mientras se irrita, llevando a la que pecó hacia el progreso. En dolores parirás hijos. Educa a través del vientre, a través del cual se deslizó hacia el resbalón. La que recibió el fruto prohibido, que sea azotada por los dolores del parto, y conteniendo el daño del deseo precipitado, y oponiendo la amplitud del linaje a la serpiente, y derribando a través de muchos al que se jactó a través de uno. Entristecida, pare con sensatez, puesto que alegre pariste sin provecho. Y hacia tu marido será tu inclinación. Hace a Eva subordinada al marido; pues lo que no tiene principio es inútil para los que no saben ser sensatos por sí mismos. Y él te dominará. Acepta al marido como señor y no a la serpiente como dueño, siendo guiada desde allí hacia una vida mejor, de donde fuiste tomada y saliste a la generación. Y dijo a Adán, y lo que sigue. Otra prueba de filantropía, que supera el elogio de la anterior; ira llena de afecto paternal, amenaza que imita la exhortación. Debías, dice, obedeciéndome a mí, no aceptar el consejo de la mujer, ni borrar con los dedos la ley escrita por mi mano a causa de Eva; pero puesto que por la relación con la mujer tuviste el impulso del mal sin relación, recibe una ley que se ajuste a tus tropiezos. Maldita sea la tierra. Adán pecó, y la tierra cobra la pena. De allí recibe el principio la educación, de donde brotó la causa del engaño. Puesto que, saltando sobre las plantas, te apartaste de mis mandamientos, estarás rodeado de espinas y abrojos. Es propio de médicos sabios transformar la materia de la enfermedad en medicina de salud, y mostrar que lo que se considera dañino es beneficioso para los que sufren. La lengua de la serpiente es multiforme, imitando espinas y abrojos, dividiéndose desde una naturaleza en tres aguijones. Esta tomó como aliada el envidioso como si luchara contra la Trinidad misma, e insultando a través de una sola imagen de Adán a toda la plenitud de la divinidad. De donde, puesto que al ser persuadido por esta desobedecía a Dios, recibe la educación a través de cosas semejantes, para que, entristeciéndose por esto, se irrite contra la serpiente, teniendo inalcanzable la amistad hacia aquel. Veía enferma la creación de forma incurable, dominada por un solo signo de impiedad, y no había otro modo de corrección, a menos que el que cura naturalezas y mentes proporcionara la curación a los que sufren, sabiendo curar entonces, cuando la enfermedad recibe toda la salud. Por eso decía: Señor, inclina los cielos y desciende, y muchas cosas semejantes. Lázaro imitó a Juan; aquel saltaba en el vientre de la que lo engendraba, alegrándose por la disolución del error, y este, como en un útero, en la tumba de los que se habían extraviado, danzaba por la llamada. Y el milagro tenía un doble orden: tanto el que engrandece la mano dominical, como el que embota la lengua de los hebreos. El muerto obedecía, y los vivos desobedecían. Blasfemaban contra el Hades como si hubiera entregado a Lázaro, injuriaban a Cristo como si innovara la resurrección. El himno de los niños tenía teología; hablaban profecía; confesaban a uno y el mismo de los de arriba y de los de abajo, y el lugar no tenía separación. Sostenían ramas de palmeras, no palmeras; pues aún no habían pasado la esterilidad de la ley, no habían gustado de las dulzuras de la gracia, puesto que Cristo aún no había desarraigado la amarga plantación de la serpiente, cultivando la dulzura de la incorruptibilidad. Se leyó de los discursos del bienaventurado Teodoreto, que compuso sobre el santo Juan Crisóstomo; de los cuales nosotros vimos cinco por el momento, de los cuales también transcribimos algunas selecciones
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las que están debajo. Que de los cinco discursos el primero parece suceder a otro antes de sí o ser parte de él. Sin embargo, trata de dónde vino llamado a Constantinopla, y cómo llegó a ser su arzobispo, y cómo intentaba con todo empeño devolver el sacerdocio y el arzobispado al mundo antiguo; y todo lo que realizó el noble Juan amordazando a Gainas, por una parte, y por otra siendo embajador por los asuntos comunes del Estado; y cómo la envidia votó su destierro; y narrando algunas de las cosas realizadas hasta el fin por el hombre divino, pasa por alto muchas, o mejor dicho, la mayoría. El discurso siguiente recorre algunos elogios de pocas líneas, siendo él mismo de pocas líneas, comenzando así: De nuevo para nosotros el memorial de Juan. El que sigue a este también se somete a las leyes de los encomios, pero difiere de los anteriores en la belleza tanto de las palabras como de los pensamientos. Comienza así: Veo que la presente materia, que necesita una trompeta de muchas bocas, corre peligro ahora con una lengua infantil, y la belleza de un atleta, escrita con innumerables artes, se propone ahora para la escritura a un artífice débil. El proemio es tal. Otro lo arrastra como ayudante al ser arrebatado, otro lo llama como abogado al ser juzgado; otro, hambriento, suplica por alimento, desnudo por vestido; otro lo despoja; otro, lamentándose, pide consuelo; otro grita para ser liberado de cadenas. Otro lo arrastra para la visita de enfermedades; un extranjero pide alojamiento; otro, presentándose, se lamenta por una deuda; otro lo hace venir como supervisor y reconciliador de las disputas domésticas. Ni siquiera un esclavo se refugia en otro, lamentando la amarga indignación del amo. Una viuda grita el ten piedad; otra se lamenta por su orfandad. Innumerables son las vueltas del padre cada día ante cada uno por cada uno. Alguien es arrebatado y el padre es abogado; el hambre molesta, y el alimentador se convierte en abogado; alguien enferma, y el alimentador se transforma en médico; alguien ha caído en el duelo, y el enfermero se encuentra consuelo; ha surgido el cuidado de los extranjeros, y el que se ha hecho todo se muestra hospedador. Y qué necesidad hay de decir por cada uno, cuántas partes del tiempo midieron su vida, para no decir solo el arzobispado, tal variedad de obras salvíficas que avanzaban hacia los hombres no cesó.¡ Oh, soldado y héroe incluso después de la muerte!¡ Oh, hoplita doloroso para los enemigos incluso después de la tumba!¡ Oh, lira panarmónica, desatada en la muerte!¡ Oh, tribunales privados de tal regulador!¡ Oh, red salvífica para los hombres arrebatada al cielo!¡ Oh, árbol repartido hacia el cielo y la tierra, habiendo proporcionado a una el cuerpo y al otro el alma! En la tumba ha quedado encerrada la boca de la Iglesia.¡ Qué ojo de piedad ha sido arrebatado de entre los hombres! No has muerto, bienaventurado padre, sino que te has puesto como el sol. No nos afligimos como si hubieras muerto, sino como si estuvieras oculto para nosotros; no te buscamos como a un muerto, sino como a uno que se ha trasladado a los cielos. Pero tales son también el tercer discurso. El cuarto también conserva el tipo de encomiástico, comenzando desde el deber de honrar a los padres; del cual son también estas cosas. Uno de estos pastores es también Juan, la inteligencia inocente, la mente de muchos ojos, el libro de la experiencia evangélica, más moldeable que la cera para las reconciliaciones, el mar para los dones, el íntegro contra los que combaten con engaños, el recinto de la Iglesia. Ninguna serpiente de hipocresía le pasaba inadvertida.¿ De dónde quieres que te mostremos a Juan como valioso?¿ De la hospitalidad?¿ Y quién es más hospitalario que Juan?¿ De la firmeza en las jefaturas?¿ Y qué poder lo intimidó?¿ Del celo por la Iglesia?¿ Y de quién es la euritmia de la salmodia de los grupos populares hasta ahora? Pero tales son también este discurso. El siguiente teje los mismos laureles de los elogios, pero anuncia de alguna manera más brillante la fuerza de los pensamientos. Y todos estos cinco discursos parecen haber sido compuestos después del regreso del destierro. Del discurso actual son parte los pasajes de las palabras subyacentes. Préstanos, padre,
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tu lira; presta tu plectro para tu propia alabanza. Pues aunque las manos fueron desatadas por la ley de la naturaleza, la lira resuena por toda la ecúmene con el don de la gracia. Comparte con nosotros esa lengua inmortal; pues solo tu lengua es digna de tus logros. Por esto Juan ha recuperado a Juan, el que tenía franqueza al celador, el que después de la muerte denuncia al que predica después de la muerte, el ciudadano del desierto al corrector de toda ciudad. Tienes también otra afinidad con los apóstoles. Primero clavaste altares entre los escitas que viven en carros; y apenas saltando de los caballos, el bárbaro aprendió a doblar la rodilla y a extenderse en el suelo. Y el que no se doblaba ante las lágrimas de los cautivos aprendió a llorar por los pecados. Sí, ciertamente, también disparaste contra el arquero persa con la predicación, y ellos, llevando hierro, adoran al crucificado; tu lengua venció los encantamientos de caldeos y magos, y la Persia yermada hizo brotar casas de oración. Ya no son ajenas a la religión piadosa las cosas de Babilonia. Esto te puso junto a los apóstoles. Todavía florecen entre nosotros las semillas de tu lengua; si alguien nombra a Juan, un gran sonido resuena. Pues la lira eclesiástica reconoce el plectro antiguo, y en lugar de los dedos bastan las sílabas de tu nombre. La ciudad reina veía los tejidos de los seres, y los despreciaba; contemplaba las piedras de los indios, y las menospreciaba; ni siquiera la flor purpúrea de Tiro la deleitaba. Anhelaba una lengua de barro, que derramara manantiales inmortales de enseñanza. Te vio también Éfeso la antigua, y te llamó nuevo Juan. Vio, y recordó el trueno evangélico. De aquí, amados, el flujo de la palabra se vuelve áspero; pero no huyamos de la aspereza, pues la paz abre camino al flujo. Pues si te indignas por algo contra tus marineros, padre, si te afliges por algo contra los que navegaron contigo, piensa que la tempestad y el oleaje y el mar hirviente los obligó incluso contra su voluntad a arrojar a Jonás a las olas. No fue odio de ellos, sino tu ejercicio lo que sucedió; no fue guerra de ellos, sino tu lucha lo que ocurrió. No fueron ellos los que fueron llevados por el voto fraternal, sino que debías correr también tú el doble estadio de los mártires. Una economía secreta preparó para ti el foso y el doble estadio. Ciertamente se dijo también sobre ti al adversario común de la humanidad:¿ Has prestado atención en tu mente contra mi siervo Juan?, y lo que sigue. Se debía a la vida brillante también el final brillante. El diablo luchaba contra Job, y los amigos parecían tropezar; por esto Dios cura después a los amigos, y devuelve a Job como amigo a los amigos. Esto también siento que ha sucedido ahora, padre; y me imagino las diestras de los padres unidas entre sí. Job recuperó multiplicados los bienes; tú también recuperaste con aumento el honor de todos. Este último discurso dice la inscripción que fue dicho en el apostoleo; pero el proemio insinúa que, habiendo hablado otros antes, el autor diserta después de ellos. Pues dice así: Puesto que también a mí el círculo me levanta para hablar, puesto que la señal me despierta para la danza común, puesto que debo también yo entonar un canto para la alabanza paternal, y muchos son los que exigen la deuda inevitable, y entre nosotros no hay nada equivalente a la virtud paternal, préstanos, padre Juan, tu lira. Se leyó de Juan Crisóstomo del encomio a los santos 40 mártires. Se elogia a los mártires no para que ellos reciban el elogio, sino para que nosotros, a través de los elogios, seamos despertados a la imitación. Fueron afligidos tanto justos como injustos, pero unos para ejercicio de justicia, otros para prueba de pecado. Por esto la Escritura llama aflicciones a los sufrimientos de los justos, y azotes a los de los pecadores. Bienaventurados vuestros ojos porque ven, en lugar de porque observan. Pues si la bienaventuranza fuera por ver, también los judíos[ vieron] al...
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