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Alcibiades 1
Plato (plato)1 103 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
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SÓC. Hijo de Clinias, supongo que te extraña que, habiendo sido yo el primero de tus amantes, sea el único que no se ha alejado, mientras que los demás han desistido, y que, mientras los otros te importunaban con sus conversaciones, yo en tantos años ni siquiera te he dirigido la palabra. La causa de esto no ha sido humana, sino una cierta oposición divina, cuya fuerza conocerás más adelante. Ahora, puesto que ya no se opone, me he acercado; y tengo la esperanza de que en el futuro tampoco se opondrá. He observado casi todo este tiempo, examinando cómo te has comportado con tus amantes; pues, habiendo sido muchos y de gran espíritu, no ha habido ninguno que, superado por tu altivez, no haya huido.
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SÓC. Quiero exponer el razonamiento por el cual te has vuelto tan altivo. Dices que no necesitas a nadie para nada, pues posees grandes bienes, de modo que no careces de nada, empezando por el cuerpo y terminando en el alma. Pues crees, en primer lugar, ser el más bello y el más grande— y esto es evidente para cualquiera que no mientes—, y luego, ser de un linaje muy distinguido por parte de padre, teniendo aquí muchos y excelentes amigos y parientes que, si fuera necesario, te servirían, y los de parte de madre no son peores ni menores. Y, más importante que todo lo que he dicho, crees poseer el poder de Pericles, hijo de Jantipo, a quien tu padre dejó como tutor tuyo y de tu hermano; quien no solo puede hacer lo que quiera en esta ciudad, sino en toda Grecia y entre muchos y grandes pueblos bárbaros. Añadiré también que eres de los ricos; aunque me parece que esto es lo que menos te enorgullece. Por todo esto, tú, engreído, has vencido a tus amantes, y ellos, siendo inferiores, han sido vencidos, y esto no se te escapa; por lo cual sé bien que te preguntas qué es lo que pienso para no alejarme de mi amor, y qué esperanza tengo para resistir cuando los demás han huido. ALC. Y quizás, Sócrates, no sepas que te me adelantaste por poco. Pues yo tenía la intención de acercarme a ti antes para preguntarte precisamente esto: qué es lo que quieres y en qué esperanza te fijas para molestarme, estando siempre presente con tanta insistencia dondequiera que yo esté; pues, en verdad, me pregunto qué es lo que te pasa y me gustaría mucho saberlo. SÓC. Entonces me escucharás, como es natural, con entusiasmo, si es que, como dices, deseas saber qué pienso, y te hablo como a quien va a escuchar y a esperar. ALC. Por supuesto; habla. SÓC. Mira, pues; no sería extraño que, al igual que me costó empezar, también me cueste terminar. ALC. Buen hombre, habla; pues escucharé.
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SÓC. Habrá que hablar. Es difícil para un amante enfrentarse a un hombre que no es inferior a sus amantes, pero aun así hay que atreverse a expresar mi pensamiento. Pues yo, Alcibíades, si viera que te complaces en lo que acabo de exponer y que crees que debes vivir en ello, hace tiempo que me habría alejado de este amor, al menos eso me convenzo a mí mismo; pero ahora voy a acusar otros pensamientos tuyos ante ti mismo, con los cuales reconocerás que he estado atento a ti. Pues me parece que, si alguno de los dioses te dijera:« Alcibíades,¿ prefieres vivir teniendo lo que ahora tienes, o morir al instante si no te fuera permitido adquirir más?», me parece que elegirías morir; pero ahora,¿ en qué esperanza vives? Yo te lo diré. Crees que, en cuanto te presentes ante el pueblo ateniense— y esto sucederá en muy pocos días—, al presentarte demostrarás a los atenienses que eres digno de ser honrado como ni Pericles ni nadie de los que han existido jamás, y que, habiendo demostrado esto, tendrás el mayor poder en la ciudad, y si eres el mayor aquí, también lo serás entre los demás griegos, y no solo entre los griegos, sino también entre los bárbaros que habitan en el mismo continente que nosotros. Y si ese mismo dios te dijera que debes gobernar aquí en Europa, pero que no te será permitido pasar a Asia ni ocuparte de los asuntos de allí, me parece que tampoco querrías vivir ni siquiera con eso, a menos que llenes a todos los hombres, por así decirlo, con tu nombre y tu poder; y creo que, excepto Ciro y Jerjes, no consideras a nadie digno de mención. Que tienes esta esperanza, lo sé bien y no lo conjeturo. Quizás dirías, sabiendo que digo la verdad:«¿ Qué tiene que ver esto, Sócrates, con el razonamiento que dijiste que ibas a decir, por el cual no te alejas de mí?». Yo te lo diré, querido hijo de Clinias y Dinómaca. Pues es imposible que todos estos pensamientos tuyos lleguen a su fin sin mí; tanto poder creo tener sobre tus asuntos y sobre ti, por lo cual creo que desde hace tiempo el dios no me permitía hablarte, a quien yo esperaba hasta que me lo permitiera. Pues, así como tú tienes esperanzas de demostrar en la ciudad que eres digno de todo para ella, y al demostrarlo, que podrás hacer cualquier cosa al instante, así también yo espero tener el mayor poder ante ti al demostrar que soy digno de todo para ti y que ni tutor, ni pariente, ni nadie más es capaz de entregarte el poder que deseas, excepto yo, con la ayuda del dios, eso sí. Por lo tanto, cuando eras más joven y antes de estar lleno de tanta esperanza, como me parece, el dios no me permitía hablarte, para que no hablara en vano. Pero ahora me lo ha permitido; pues ahora me escucharías.
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ALC. Me pareces ahora mucho más extraño, Sócrates, desde que empezaste a hablar, que cuando estabas callado; aunque ya entonces eras muy llamativo de ver. Si yo pienso esto o no, como parece, ya lo has discernido, y si digo que no, no me servirá de nada para convencerte. Está bien; pero si supongamos que pienso esto,¿ cómo será a través de ti y no podría ser sin ti?¿ Puedes decirlo? SÓC.¿ Preguntas si puedo decir un razonamiento largo, como los que estás acostumbrado a escuchar? Pues lo mío no es así; pero podría demostrarte, como creo, que esto es así, si solo quisieras prestarme un pequeño servicio. ALC. Si no dices que el servicio es algo difícil, quiero. SÓC.¿ Te parece difícil responder a lo que se pregunta? ALC. No es difícil. SÓC. Responde, pues. ALC. Pregunta. SÓC.¿ No te pregunto esto suponiendo que piensas lo que digo que piensas? ALC. Que sea así, si quieres, para que sepa también lo que vas a decir. SÓC. Vamos, pues; piensas, como digo, presentarte para aconsejar a los atenienses dentro de poco tiempo; si, pues, cuando estuvieras a punto de subir a la tribuna, te tomara y te preguntara:« Alcibíades,¿ sobre qué asunto piensan deliberar los atenienses, que te levantas para aconsejar?¿ Acaso sobre asuntos que tú sabes mejor que ellos?».¿ Qué responderías? ALC. Respondería, por supuesto, que sobre asuntos que sé mejor que ellos. SÓC. Por tanto, sobre lo que sabes, eres un buen consejero. ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ No sabes solo aquello que aprendiste de otros o que tú mismo descubriste? ALC.¿ Qué otras cosas habría? SÓC.¿ Es posible que hubieras aprendido algo o descubierto sin querer aprender ni buscar por ti mismo? ALC. No es posible. SÓC.¿ Y qué?¿ Habrías querido buscar o aprender lo que creías saber? ALC. Ciertamente no. SÓC. Entonces, lo que ahora sabes,¿ hubo un tiempo en que no creías saberlo? ALC. Es necesario. SÓC. Pero lo que has aprendido, casi lo sé yo también; si algo se me ha escapado, dímelo. Pues tú has aprendido, según mi memoria, letras, a tocar la cítara y a luchar; pues no querías aprender a tocar la flauta. Estas son las cosas que sabes, a menos que hayas aprendido algo sin que yo me entere; pero creo que no, ni de noche ni de día saliendo de casa. ALC. Pero no he asistido a otros maestros que a estos.
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SÓC.¿ Entonces, cuando los atenienses deliberen sobre letras, sobre cómo escribir correctamente, te levantarás para aconsejarles? ALC.¡ Por Zeus, que no! SÓC.¿ Pero cuando deliberen sobre los acordes en la lira? ALC. De ninguna manera. SÓC. Tampoco suelen deliberar en la asamblea sobre lucha. ALC. Ciertamente no. SÓC.¿ Entonces sobre qué deliberan? Pues no será sobre construcción. ALC. Ciertamente no. SÓC. Pues un constructor te aconsejará mejor que tú sobre eso. ALC. Sí. SÓC.¿ Tampoco cuando deliberen sobre adivinación? ALC. No. SÓC. Pues un adivino, a su vez, sabe esto mejor que tú. ALC. Sí. SÓC. Ya sea pequeño o grande, bello o feo, noble o innoble. ALC.¿ Cómo no? SÓC. Pues creo que el consejo es de quien sabe sobre cada cosa, y no de quien es rico. ALC.¿ Cómo no? SÓC. Pero, ya sea pobre o rico el que aconseja, no hará ninguna diferencia para los atenienses cuando deliberen sobre cómo estar sanos en la ciudad, sino que buscarán que el consejero sea médico. ALC. Con razón. SÓC. Entonces,¿ sobre qué asunto, al examinarlo, te levantarás para aconsejar correctamente? ALC. Cuando deliberen sobre sus propios asuntos, Sócrates. SÓC.¿ Te refieres a los de construcción naval, sobre qué tipo de barcos deben construir? ALC. Yo no, Sócrates. SÓC. Pues creo que no sabes construir barcos.¿ Es esta la causa u otra? ALC. No, es esta. SÓC.¿ Pero sobre qué tipo de asuntos propios dices que deliberan? ALC. Cuando deliberan sobre la guerra, Sócrates, o sobre la paz o sobre cualquier otro asunto de la ciudad. SÓC.¿ Te refieres a cuando deliberan sobre con quiénes deben hacer la paz y con quiénes guerrear y de qué manera? ALC. Sí. SÓC.¿ Y no se debe hacer con quienes es mejor? ALC. Sí. SÓC.¿ Y cuándo es mejor? ALC. Por supuesto. SÓC.¿ Y durante tanto tiempo como es mejor? ALC. Sí. SÓC. Si, pues, los atenienses deliberaran sobre con quiénes deben luchar y con quiénes hacer combate de manos y de qué manera,¿ aconsejarías mejor tú o el maestro de gimnasia? ALC. El maestro de gimnasia, por supuesto. SÓC.¿ Puedes decir entonces hacia qué miraría el maestro de gimnasia para aconsejar con quiénes se debe luchar y con quiénes no, y cuándo y de qué manera? Digo lo siguiente:¿ se debe luchar con aquellos con quienes es mejor, o no? ALC. Sí.
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SÓC.¿ Y durante tanto tiempo como es mejor? ALC. Tanto tiempo. SÓC.¿ Y entonces cuando es mejor? ALC. Por supuesto. SÓC. Pero también,¿ se debe tocar la cítara al cantar y caminar al ritmo de la canción? ALC. Es necesario. SÓC.¿ Y entonces cuando es mejor? ALC. Sí. SÓC.¿ Y tanto como es mejor? ALC. Lo digo. SÓC.¿ Qué entonces? Puesto que llamabas« mejor» a ambas cosas, tanto al tocar la cítara con el canto como al luchar,¿ cómo llamas a lo mejor en el tocar la cítara, así como yo llamo« gimnástico» a lo mejor en la lucha?¿ Tú cómo llamas a aquello? ALC. No lo entiendo. SÓC. Intenta imitarme. Pues yo respondí que lo que es correcto en todo es lo que se hace según el arte;¿ o no? ALC. Sí. SÓC.¿ Y el arte no era la gimnasia? ALC.¿ Cómo no? SÓC. Y yo dije que lo mejor en la lucha era lo gimnástico. ALC. Lo dijiste. SÓC.¿ Entonces, correctamente? ALC. Me parece a mí. SÓC. Vamos, pues, tú también— pues te convendría saber hablar correctamente—, di primero:¿ cuál es el arte cuyo objeto es tocar la cítara, cantar y caminar correctamente?¿ Cómo se llama el conjunto?¿ Aún no puedes decirlo? ALC. Ciertamente no. SÓC. Intenta de esta manera:¿ quiénes son las diosas cuyo es el arte? ALC.¿ Te refieres a las Musas, Sócrates? SÓC. Yo sí. Mira, pues:¿ qué nombre tiene el arte que proviene de ellas? ALC. Me parece que te refieres a la música. SÓC. Eso digo.¿ Qué es, pues, lo que se hace correctamente según este arte? Así como allí yo te decía lo que es correcto según el arte, la gimnasia,¿ tú qué dices aquí?¿ Cómo se hace? ALC. Me parece que musicalmente. SÓC. Bien dices. Vamos, pues, y lo mejor en la guerra y lo mejor en la paz,¿ cómo llamas a esto mejor? Así como allí decías sobre cada cosa lo que es mejor, que era más musical y, sobre la otra, que era más gimnástico; intenta decir también aquí lo que es mejor. ALC. Pero no tengo mucho que decir.
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SÓC. Pero, sin embargo, es vergonzoso que, si alguien te viera hablando y aconsejando sobre alimentos, diciendo que esto es mejor que aquello, tanto ahora como en tal cantidad, y luego te preguntara:«¿ Qué llamas mejor, Alcibíades?», pudieras decir sobre esto que es lo más saludable, aunque no pretendas ser médico; pero sobre aquello de lo que pretendes ser experto y te levantas para aconsejar como si supieras, si al ser preguntado no puedes decirlo,¿ no te avergüenzas?¿ O no parecerá vergonzoso? ALC. Por supuesto. SÓC. Examina, pues, y esfuérzate por decir hacia qué tiende lo que es mejor en la paz y lo que es mejor en la guerra con quienes se debe. ALC. Pero, examinando, no puedo entenderlo. SÓC.¿ Tampoco sabes que, cuando hacemos la guerra, vamos a la guerra acusándonos mutuamente de haber sufrido algo, y que vamos llamándolo así? ALC. Yo sí, porque somos engañados, o forzados, o despojados. SÓC. Está bien;¿ cómo sufriendo cada una de estas cosas? Intenta decir qué diferencia hay entre esto o aquello. ALC.¿ Te refieres, Sócrates, a lo justo o a lo injusto? SÓC. Exactamente eso. ALC. Pero esto, ciertamente, marca toda la diferencia. SÓC.¿ Qué entonces?¿ A quiénes aconsejarás a los atenienses que declaren la guerra, a los que cometen injusticias o a los que actúan justamente? ALC. Es una pregunta terrible; pues si alguien pensara que se debe guerrear contra los que actúan justamente, no lo admitiría. SÓC. Pues no es legítimo, al parecer. ALC. Ciertamente no; tampoco parece ser algo bello. SÓC.¿ Por tanto, también tú basarás tus discursos en lo justo? ALC. Es necesario. SÓC.¿ Acaso lo que hace un momento preguntaba, qué es mejor para guerrear y qué no, y con quiénes se debe y con quiénes no, y cuándo y cuándo no, resulta ser lo más justo?¿ O no? ALC. Parece que sí. SÓC.¿ Cómo es, pues, querido Alcibíades?¿ Acaso te ha pasado inadvertido que no sabes esto, o me ha pasado inadvertido que aprendías y asistías a un maestro que te enseñaba a distinguir lo más justo de lo más injusto?¿ Y quién es este? Dímelo también a mí, para que me presentes como alumno suyo. ALC. Te burlas, Sócrates. SÓC. No, por el dios Filio, mío y tuyo, por quien menos juraría en falso; pero si tienes a alguien, di quién es. ALC.¿ Y si no tengo?¿ No crees que sé de otra manera sobre lo justo y lo injusto? SÓC. Sí, si lo encontraras. ALC.¿ Pero no crees que lo encontraré? SÓC. Y mucho, si lo buscaras. ALC.¿ Entonces no crees que lo buscaré? SÓC. Yo sí, si creyeras que no lo sabes. ALC.¿ Entonces no hubo un tiempo en que estaba así?
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SÓC. Bien dices.¿ Puedes decir entonces ese tiempo en que no creías saber lo justo y lo injusto? Vamos,¿ el año pasado buscabas y no creías saber?¿ O creías? Responde con la verdad, para que los diálogos no sean en vano. ALC. Pero creía saber. SÓC.¿ Y el tercer año, el cuarto y el quinto, no fue así? ALC. Yo sí. SÓC. Pero antes de eso eras un niño.¿ No es así? ALC. Sí. SÓC. Entonces, sé bien que creías saber. ALC.¿ Cómo lo sabes bien? SÓC. Muchas veces te oía cuando eras niño, en la escuela y en otros lugares, y cuando jugabas a los dados o a cualquier otro juego, no como alguien que duda sobre lo justo y lo injusto, sino hablando muy alto y con valentía sobre cualquiera de los niños, diciendo que era malvado e injusto y que cometía injusticias;¿ o no digo la verdad? ALC. Pero,¿ qué iba a hacer, Sócrates, cuando alguien me cometía una injusticia? SÓC. Pero si tú, por casualidad, ignoraras si te cometían una injusticia o no,¿ dirías entonces qué debes hacer? ALC.¡ Por Zeus, que no ignoraba, sino que sabía claramente que se me cometía una injusticia! SÓC. Creías, pues, saber, incluso siendo niño, al parecer, lo justo y lo injusto. ALC. Yo sí; y lo sabía. SÓC.¿ En qué tiempo lo descubriste? Pues no, ciertamente, en el que creías saber. ALC. Ciertamente no. SÓC.¿ Cuándo, pues, creías ignorar? Examina; pues no encontrarás ese tiempo. ALC.¡ Por Zeus, Sócrates, no puedo decirlo! SÓC. Entonces, no sabes lo que has descubierto. ALC. No parece que lo sepa. SÓC. Pero hace un momento decías que no sabías ni siquiera habiendo aprendido; si ni lo descubriste ni lo aprendiste,¿ cómo lo sabes y de dónde? ALC. Pero quizás no te respondí correctamente, al decir que sabía por haberlo descubierto yo mismo. SÓC.¿ Entonces cómo fue? ALC. Aprendí, creo, yo también, como los demás. SÓC. Hemos vuelto al mismo razonamiento.¿ De quién? Dímelo también a mí. ALC. De la mayoría. SÓC. No recurres a buenos maestros al referirte a la mayoría. ALC.¿ Qué pasa?¿ No son capaces de enseñar estos? SÓC. No, al menos sobre el juego de dados o cosas similares; aunque creo que son más triviales que lo justo.¿ Qué pasa?¿ No lo crees así? ALC. Sí. SÓC.¿ Entonces, si no son capaces de enseñar lo más trivial, lo más importante sí? ALC. Yo creo que sí; al menos son capaces de enseñar muchas otras cosas más importantes que el juego de dados. SÓC.¿ Cuáles son estas?
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ALC. Por ejemplo, aprendí de ellos a hablar griego, y no podría decir quién fue mi maestro, sino que me refiero a los mismos que tú dices que no son buenos maestros. SÓC. Pero, noble amigo, de esto sí son buenos maestros la mayoría, y con razón serían elogiados por su enseñanza. ALC.¿ Por qué? SÓC. Porque poseen sobre esto lo que deben poseer los buenos maestros. ALC.¿ Qué quieres decir con eso? SÓC.¿ No sabes que los que van a enseñar cualquier cosa deben saberla ellos primero?¿ O no? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ Y que los que saben deben estar de acuerdo entre sí y no discrepar? ALC. Sí. SÓC.¿ Y sobre aquello en lo que discrepan, dirás que lo saben? ALC. Ciertamente no. SÓC.¿ Cómo podrían ser maestros de esto? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Qué entonces?¿ Te parece que la mayoría discrepa sobre qué es una piedra o un leño? Y si preguntas a alguien,¿ no están de acuerdo y se dirigen a lo mismo cuando quieren tomar una piedra o un leño? Igualmente sobre todo lo que es así; pues casi entiendo que sabes hablar griego porque dices esto;¿ o no? ALC. Sí. SÓC.¿ No es cierto que sobre esto, como dijimos, están de acuerdo entre sí y consigo mismos en privado, y en público las ciudades no disputan entre sí diciendo unas esto y otras aquello? ALC. No. SÓC. Con razón, pues, podrían ser buenos maestros de esto. ALC. Sí. SÓC.¿ Entonces, si quisiéramos hacer que alguien sepa sobre esto, lo enviaríamos correctamente a la enseñanza de esta mayoría? ALC. Por supuesto. SÓC.¿ Pero qué si quisiéramos saber, no solo qué son los hombres o qué son los caballos, sino también quiénes de ellos son corredores y quiénes no, acaso la mayoría es capaz de enseñar esto? ALC. Ciertamente no. SÓC.¿ Y es para ti una prueba suficiente de que no saben ni son maestros válidos de esto, puesto que no están de acuerdo entre sí sobre ello? ALC. Para mí sí. SÓC.¿ Pero qué si quisiéramos saber, no solo qué son los hombres, sino qué hombres son saludables o enfermos, acaso la mayoría sería capaz de ser nuestros maestros? ALC. Ciertamente no. SÓC.¿ Y sería para ti una prueba de que son malos maestros de esto si los vieras discrepar? ALC. Para mí sí.
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SÓC.¿ Qué entonces? Ahora, sobre los hombres y asuntos justos e injustos,¿ te parece que la mayoría está de acuerdo consigo misma o entre sí? ALC. En absoluto, por Zeus, Sócrates. SÓC.¿ Qué entonces?¿ Discrepan mucho sobre ello? ALC. Mucho. SÓC. No creo que hayas visto ni oído nunca a hombres discrepar tanto sobre lo saludable y lo no saludable como para luchar y matarse entre sí por ello. ALC. Ciertamente no. SÓC. Pero sobre lo justo y lo injusto, yo sé que, aunque no lo hayas visto, al menos has oído a muchos otros y a Homero; pues has oído la Odisea y la Ilíada. ALC. Por supuesto, Sócrates. SÓC.¿ No son estos poemas sobre la diferencia entre lo justo y lo injusto? ALC. Sí. SÓC. Y las batallas y las muertes ocurrieron por esta diferencia para los aqueos y los demás troyanos, y para los pretendientes de Penélope y para Odiseo. ALC. Dices la verdad. SÓC. Y creo que también para los que murieron en Tanagra, atenienses, lacedemonios y beocios, y para los que murieron después en Coronea, en los que también murió tu padre Clinias, la diferencia no fue sobre otra cosa que sobre lo justo y lo injusto, lo que causó las muertes y las batallas;¿ o no? ALC. Dices la verdad. SÓC.¿ Diremos entonces que estos saben sobre lo que discrepan tan fuertemente, que al disputar entre sí se hacen lo peor a sí mismos? ALC. No lo parece. SÓC.¿ Entonces recurres a tales maestros que tú mismo admites que no saben? ALC. Eso parece. SÓC.¿ Cómo es posible entonces que sepas lo justo y lo injusto, sobre lo que estás tan perdido y no parece que hayas aprendido de nadie ni que lo hayas descubierto tú mismo? ALC. Por lo que tú dices, no es posible. SÓC.¿ Ves de nuevo cómo no hablaste correctamente, Alcibíades? ALC.¿ Qué cosa? SÓC. Que dices que yo digo esto. ALC.¿ Qué pasa?¿ No dices tú que yo no sé nada sobre lo justo y lo injusto? SÓC. Ciertamente no. ALC.¿ Entonces yo? SÓC. Sí. ALC.¿ Cómo? SÓC. Lo sabrás así. Si te pregunto si uno y dos son más,¿ dirás que dos? ALC. Yo sí. SÓC.¿ Cuánto? ALC. Uno. SÓC.¿ Quién de nosotros es el que dice que dos son uno más que uno? ALC. Yo. SÓC.¿ No es cierto que yo preguntaba y tú respondías? ALC. Sí.
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SÓC. Sobre esto,¿ parezco yo ser el que habla, el que pregunta, o tú el que responde? ALC. Yo. SÓC.¿ Y si yo pregunto qué letras son las de Sócrates y tú respondes, quién es el que habla? ALC. Yo. SÓC. Vamos, pues, dilo en una palabra: cuando hay pregunta y respuesta,¿ quién es el que habla, el que pregunta o el que responde? ALC. El que responde, me parece a mí, Sócrates. SÓC.¿ No es cierto que hace un momento yo era el que preguntaba todo el tiempo? ALC. Sí. SÓC.¿ Y tú el que respondía? ALC. Por supuesto. SÓC.¿ Qué entonces?¿ Quién de nosotros ha dicho lo que se ha dicho? ALC. Parece, Sócrates, por lo acordado, que yo. SÓC.¿ No se dijo sobre lo justo y lo injusto que Alcibíades, el bello hijo de Clinias, no lo sabía, pero creía saberlo, y que estaba a punto de ir a la asamblea para aconsejar a los atenienses sobre lo que no sabe nada?¿ No era esto? ALC. Parece. SÓC. Entonces, sucede lo de Eurípides, Alcibíades: corres el riesgo de haber escuchado esto de ti mismo, no de mí, y no soy yo quien dice esto, sino tú, y me culpas en vano. Y, de hecho, dices bien. Pues tienes en mente una empresa maníaca, mi buen amigo, intentar enseñar lo que no sabes, habiendo descuidado aprender. ALC. Creo, Sócrates, que los atenienses y los demás griegos rara vez deliberan sobre si es más justo o más injusto; pues creen que tales cosas son evidentes, así que, dejándolas de lado, examinan qué es lo que les será más provechoso al actuar. Pues no creo que lo justo y lo provechoso sean lo mismo, sino que a muchos les ha sido provechoso haber cometido grandes injusticias, y a otros, creo, no les ha sido provechoso haber actuado justamente. SÓC.¿ Qué entonces? Si, aunque lo justo y lo provechoso fueran cosas distintas,¿ acaso crees saber qué es lo que es provechoso para los hombres y por qué? ALC.¿ Qué lo impide, Sócrates? A menos que me preguntes de quién aprendí o cómo lo descubrí yo mismo.
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SÓC. Qué cosas haces. Si no dices algo correctamente, y resulta posible demostrarlo mediante el mismo razonamiento anterior, crees que debes escuchar nuevas pruebas y otras demostraciones, como si las anteriores estuvieran desgastadas como trastos, y que ya no te servirían, a menos que alguien te traiga una prueba pura e inmaculada. Yo, dejando de lado tus anticipaciones del razonamiento, no dejaré de preguntar de dónde aprendiste que sabes lo provechoso, y quién es el maestro, y preguntaré todo lo anterior con una sola pregunta; pero es evidente que llegarás a lo mismo y no podrás demostrar ni que sabes lo provechoso por haberlo descubierto ni por haberlo aprendido. Y puesto que eres caprichoso y ya no querrías probar el mismo razonamiento, dejo esto de lado, si sabes o no lo que es provechoso para los atenienses; pero,¿ por qué no demostraste si lo justo y lo provechoso son lo mismo o cosas distintas? Si quieres, pregúntame como yo a ti, o si no, explícalo tú mismo en un discurso. ALC. Pero no sé si sería capaz, Sócrates, de explicarlo ante ti. SÓC. Pero, buen hombre, considera que yo soy la asamblea y el pueblo; y allí también tendrás que convencer a cada uno.¿ No es así? ALC. Sí. SÓC.¿ No es propio de la misma persona ser capaz de convencer a uno a solas y a muchos sobre lo que sabe, así como el maestro de letras convence a uno sobre letras y a muchos? ALC. Sí. SÓC.¿ Acaso no convencerá también sobre el número el mismo a uno y a muchos? ALC. Sí. SÓC.¿ Y este será el que sabe, el aritmético? ALC. Por supuesto. SÓC.¿ No es cierto que lo que eres capaz de convencer a muchos, también lo eres a uno? ALC. Es probable. SÓC. Y es evidente que esto es lo que sabes. ALC. Sí. SÓC.¿ Acaso el orador en tal reunión difiere solo en esto del orador en el pueblo, en que uno convence a muchos a la vez y el otro a uno por uno? ALC. Parece que sí. SÓC. Vamos, pues, puesto que parece ser propio de la misma persona convencer a muchos y a uno, practica conmigo e intenta demostrar que lo justo a veces no es provechoso. ALC. Eres un insolente, Sócrates. SÓC. Ahora, al menos, por insolencia voy a convencerte de lo contrario a lo que tú no quieres que yo haga. ALC. Habla, pues. SÓC. Responde solo a lo que se pregunta. ALC. No, habla tú mismo. SÓC.¿ Qué pasa?¿ No quieres ser convencido lo más posible? ALC. Por supuesto. SÓC.¿ No es cierto que si dices que esto es así, estarías convencido lo más posible? ALC. Me parece a mí. SÓC. Responde, pues; y si no escuchas de ti mismo que lo justo y lo provechoso son lo mismo, no creas a otro que lo diga. ALC. No, sino que hay que responder; pues no creo que vaya a sufrir ningún daño.
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SÓC. Pues eres adivino. Dime:¿ dices que algunas cosas justas son provechosas y otras no? ALC. Sí. SÓC.¿ Y qué?¿ Que algunas de ellas son bellas y otras no? ALC.¿ Cómo haces esa pregunta? SÓC.¿ Acaso te ha parecido alguna vez que alguien realice acciones vergonzosas pero justas? ALC. A mí no. SÓC.¿ Entonces, todas las acciones justas son también bellas? ALC. Sí. SÓC.¿ Y qué hay de las bellas?¿ Son todas buenas, o algunas sí y otras no? ALC. Yo creo, Sócrates, que algunas de las cosas bellas son malas. SÓC.¿ Y acaso las vergonzosas son buenas? ALC. Sí. SÓC.¿ Te refieres a casos como este: muchos que en la guerra ayudaron a un compañero o a un pariente recibieron heridas y murieron, mientras que otros que no ayudaron, debiendo hacerlo, regresaron sanos? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Entonces, llamas a tal ayuda bella en cuanto al intento de salvar a quienes debían, y esto es valentía; o no? ALC. Sí. SÓC.¿ Y mala, en cambio, en cuanto a las muertes y las heridas; no es así? ALC. Sí. SÓC.¿ Entonces, no es una cosa la valentía y otra la muerte? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ No es, pues, lo mismo lo bello y lo malo en el hecho de ayudar a los amigos? ALC. No lo parece. SÓC. Mira, entonces, si en cuanto es bella, es también buena, tal como aquí. Pues en cuanto a la valentía, admitiste que la ayuda es bella; examina, pues, esto mismo, la valentía:¿ es buena o mala? Examínalo así:¿ qué preferirías que fueran para ti, cosas buenas o malas? ALC. Buenas. SÓC.¿ Y las mayores, sobre todo? ALC. Sí. SÓC.¿ Y de qué cosas preferirías menos ser privado? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ Qué dices, pues, sobre la valentía?¿ A cambio de cuánto aceptarías ser privado de ella? ALC. Ni siquiera aceptaría vivir siendo cobarde. SÓC. Te parece, pues, que la cobardía es el peor de los males. ALC. A mí sí. SÓC. Igual que la muerte, al parecer. ALC. Lo afirmo. SÓC.¿ No son, pues, la vida y la valentía lo más opuesto a la muerte y a la cobardía? ALC. Sí. SÓC.¿ Y desearías que aquellas fueran tuyas en el mayor grado, y estas en el menor? ALC. Sí. SÓC.¿ Acaso porque consideras a aquellas como lo mejor y a estas como lo peor? ALC. Ciertamente. SÓC. Consideras, pues, que la valentía está entre lo mejor y la muerte entre lo peor. ALC. Yo sí. SÓC. Entonces,¿ al ayudar en la guerra a los amigos, en cuanto es bella, la llamaste bella por la realización de un bien, el de la valentía? ALC. Eso parece. SÓC.¿ Y mala en cuanto a la realización de un mal, el de la muerte? ALC. Sí.
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SÓC.¿ No es, pues, justo llamar así a cada una de las acciones: si la llamas mala en cuanto produce un mal, también debe llamarse buena en cuanto produce un bien? ALC. Me parece que sí. SÓC.¿ Y acaso, en cuanto es buena, es bella; y en cuanto es mala, es vergonzosa? ALC. Sí. SÓC. Entonces, al decir que la ayuda a los amigos en la guerra es bella pero mala, no dices nada distinto a si la llamaras buena pero mala. ALC. Me parece que dices la verdad, Sócrates. SÓC. Nada de lo bello, en tanto que es bello, es malo, ni nada de lo vergonzoso, en tanto que es vergonzoso, es bueno. ALC. No lo parece. SÓC. Examina, pues, esto también. Quien actúa bellamente,¿ no actúa también bien? ALC. Sí. SÓC.¿ Y los que actúan bien, no son felices? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ No son felices, pues, por la adquisición de bienes? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Y adquieren estos bienes actuando bien y bellamente? ALC. Sí. SÓC.¿ Es, pues, el actuar bien un bien? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ No es, entonces, la buena actuación algo bello? ALC. Sí. SÓC. Nos ha resultado, pues, de nuevo, que lo mismo es bello y bueno. ALC. Eso parece. SÓC. Por tanto, cualquier cosa que encontremos bella, la encontraremos también buena, según este razonamiento. ALC. Es necesario. SÓC.¿ Y qué?¿ Lo bueno es provechoso o no? ALC. Es provechoso. SÓC.¿ Recuerdas, pues, cómo nos pusimos de acuerdo sobre lo justo? ALC. Creo que es necesario que quienes realizan acciones justas realicen acciones bellas. SÓC.¿ Y que quienes realizan acciones bellas realicen acciones buenas? ALC. Sí. SÓC.¿ Y que las cosas buenas son provechosas? ALC. Sí. SÓC. Lo justo, pues, Alcibíades, es provechoso. ALC. Eso parece. SÓC.¿ Qué pasa entonces?¿ No eres tú quien lo dice y yo quien pregunta? ALC. Eso parece, al parecer. SÓC. Si, pues, alguien se levantara a aconsejar, ya sea a los atenienses o a los peparetios, creyendo conocer lo justo y lo injusto, y dijera que lo justo es a veces malo,¿ no te reirías de él, puesto que tú mismo dices que lo justo y lo provechoso son lo mismo? ALC. Pero, por los dioses, Sócrates, yo mismo no sé lo que digo, sino que, sencillamente, parezco estar en un estado extraño; pues a veces me parecen unas cosas cuando tú preguntas, y otras veces otras. SÓC.¿ Entonces, amigo mío, ignoras qué es este padecimiento? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Crees, pues, que si alguien te preguntara si tienes dos ojos o tres, o dos manos o cuatro, o cualquier otra cosa semejante, responderías a veces unas cosas y a veces otras, o siempre las mismas?
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ALC. Temo por mí mismo, pero creo que respondería las mismas. SÓC.¿ No es porque sabes?¿ Es esa la causa? ALC. Yo creo que sí. SÓC. Por tanto, sobre aquello respecto a lo cual respondes involuntariamente cosas contrarias, es evidente que no sabes sobre ello. ALC. Es probable. SÓC.¿ No es, pues, también sobre lo justo y lo injusto, lo bello y lo vergonzoso, lo malo y lo bueno, lo provechoso y lo no provechoso, que al responder dices estar confundido?¿ Y no es evidente que, debido a que no sabes sobre ello, por eso estás confundido? ALC. A mí me lo parece. SÓC.¿ Es, pues, así como sucede: cuando alguien no sabe algo, es necesario que su alma esté confundida respecto a ello? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ Qué pasa entonces?¿ Sabes de qué manera subirás al cielo? ALC.¡ Por Zeus, que no! SÓC.¿ Y acaso tu opinión está confundida sobre esto? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Sabes la causa, o te la diré yo? ALC. Dímela. SÓC. Porque, amigo mío, no crees saberlo cuando no lo sabes. ALC.¿ Cómo dices esto de nuevo? SÓC. Míralo tú también conmigo. Aquello que no sabes, pero sabes que no lo sabes,¿ estás confundido respecto a tales cosas? Por ejemplo, sobre la preparación de un guiso,¿ sabes, supongo, que no sabes? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Entonces, tú mismo opinas sobre cómo se debe preparar y te confundes, o se lo confías al que sabe? ALC. Se lo confío. SÓC.¿ Y qué si navegaras en un barco?¿ Opinarías si se debe llevar el timón hacia adentro o hacia afuera, y te confundirías por no saber, o se lo confiarías al piloto y estarías tranquilo? ALC. Al piloto. SÓC.¿ No te confundes, pues, sobre lo que no sabes, siempre que sepas que no lo sabes? ALC. No lo parece. SÓC.¿ Te das cuenta, pues, de que también los errores en la acción provienen de esta ignorancia, la de creer saber cuando no se sabe? ALC.¿ Cómo dices esto de nuevo? SÓC.¿ No intentamos actuar cuando creemos saber lo que hacemos? ALC. Sí. SÓC.¿ Y cuando algunos no creen saber, se lo entregan a otros? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ No viven, pues, tales personas, entre los que no saben, sin error, debido a que confían a otros lo relativo a ello? ALC. Sí. SÓC.¿ Quiénes son, pues, los que se equivocan? Pues no son, ciertamente, los que saben. ALC. De ninguna manera.
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SÓC. Y puesto que ni los que saben ni los que, no sabiendo, saben que no saben,¿ quedan otros que no sean los que no saben y creen saber? ALC. No, sino estos. SÓC.¿ Es, pues, esta ignorancia la causa de los males y la vergonzosa falta de instrucción? ALC. Sí. SÓC.¿ Y no es, cuando se trata de las cosas más importantes, la más dañina y vergonzosa? ALC. Mucho. SÓC.¿ Qué pasa entonces?¿ Puedes decirme algo más importante que lo justo, lo bello, lo bueno y lo provechoso? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ No dices, pues, que sobre esto estás confundido? ALC. Sí. SÓC. Y si estás confundido,¿ no es evidente por lo anterior que no solo ignoras las cosas más importantes, sino que, sin saberlo, crees saberlas? ALC. Es probable. SÓC.¡ Vaya, pues, Alcibíades, qué estado has padecido! El cual me resisto a nombrar, pero, sin embargo, puesto que estamos solos, debo decirlo. Pues convives con la falta de instrucción, mi buen amigo, la más extrema, como tu razonamiento te acusa y tú mismo te acusas; por eso, pues, te lanzas a la política antes de haber sido educado. Y no solo tú has padecido esto, sino también la mayoría de los que gestionan los asuntos de esta ciudad, excepto unos pocos y, quizás, tu tutor Pericles. ALC. Se dice, Sócrates, que no se ha hecho sabio por azar, sino que ha convivido con muchos y sabios, con Pitocleides y Anaxágoras; y aún ahora, siendo tan mayor, está con Damón por este mismo motivo. SÓC.¿ Qué pasa entonces?¿ Has visto alguna vez a alguien sabio incapaz de hacer a otro sabio en lo mismo que él? Como quien te enseñó las letras, él mismo era sabio y te hizo a ti y a cualquier otro que quisiera;¿ no es así? ALC. Sí. SÓC.¿ Y no serás tú, que aprendiste de él, capaz de hacer a otro? ALC. Sí. SÓC.¿ Y el citarista y el maestro de gimnasia de la misma manera? ALC. Ciertamente. SÓC. Pues esta es, supongo, una bella prueba de que los que saben cualquier cosa, saben, cuando son capaces de mostrar a otro que también sabe. ALC. A mí me lo parece. SÓC.¿ Qué pasa entonces?¿ Puedes decirme a quién hizo sabio Pericles, empezando por sus hijos? ALC.¿ Y qué si los hijos de Pericles resultaron ser unos necios, Sócrates? SÓC. Pero a Clinias, tu hermano. ALC.¿ Y qué podrías decir de Clinias, un hombre loco? SÓC. Puesto que Clinias está loco y los hijos de Pericles resultaron ser unos necios,¿ qué causa te atribuimos a ti, por la cual te permite estar así? ALC. Yo creo que soy el culpable por no prestar atención.
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SÓC. Pero dime, de los otros atenienses o de los extranjeros, esclavo o libre, quién tiene la culpa de haberse hecho más sabio por la compañía de Pericles, como yo puedo decirte que, por la de Zenón, Pitodoro, hijo de Isóloco, y Calias, hijo de Calíades, se han hecho sabios y notables, habiendo pagado cada uno cien minas a Zenón. ALC. Pero,¡ por Zeus!, no tengo a nadie. SÓC. Bien;¿ qué piensas, pues, de ti mismo?¿ Dejarlo como estás ahora, o preocuparte por ello? ALC. Es una decisión común, Sócrates. Aunque reflexiono sobre lo que has dicho y lo admito; pues me parece que los que gestionan los asuntos de la ciudad, salvo unos pocos, son incultos. SÓC.¿ Y entonces qué? ALC. Si estuvieran educados, el que intentara competir con ellos tendría que ir habiendo aprendido y practicado, como contra atletas; pero ahora, puesto que estos también han llegado a los asuntos de la ciudad sin preparación,¿ qué necesidad hay de practicar y esforzarse aprendiendo? Pues sé bien que, por naturaleza, los superaré con mucho. SÓC.¡ Vaya, qué cosa has dicho, mi buen amigo! Qué indigno de tu figura y de las otras cosas que posees. ALC.¿ Por qué dices esto especialmente y respecto a qué, Sócrates? SÓC. Me indigno por ti y por mi propio amor. ALC.¿ Por qué? SÓC. Si has considerado que la competición debe ser para ti contra los hombres de aquí. ALC. Pero,¿ contra quiénes, entonces? SÓC. Es digno, al menos, preguntar esto a un hombre que se cree magnánimo. ALC.¿ Cómo dices?¿ No es contra ellos mi competición? SÓC. Pero, aunque pensaras gobernar un trirreme que va a combatir en el mar,¿ te bastaría con ser el mejor de los compañeros de tripulación en las artes de gobierno, o pensarías que esto debe darse, pero mirarías hacia los verdaderos competidores, y no, como ahora, hacia los compañeros de competición? De los cuales, supongo, debes superarlos tanto que ni siquiera consideres competir, sino que, despreciados, compitan contigo contra los enemigos, si es que realmente piensas demostrar alguna obra bella y digna de ti y de la ciudad. ALC. Pero, ciertamente, lo pienso. SÓC. Es, pues, muy digno de ti contentarte con ser mejor que los soldados, pero no mirar hacia los jefes de los adversarios para ver si te has hecho mejor que ellos, examinando y practicando contra ellos.
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ALC.¿ A quiénes llamas estos, Sócrates? SÓC.¿ No sabes que nuestra ciudad está en guerra constantemente contra los lacedemonios y contra el gran rey? ALC. Dices la verdad. SÓC.¿ No es, pues, si tienes en mente ser jefe de esta ciudad, que considerarías correctamente que la competición es contra los reyes de los lacedemonios y los de los persas? ALC. Es probable que digas la verdad. SÓC. No, mi buen amigo, sino que debes mirar hacia Midias, el criador de codornices, y otros como él, que intentan gestionar los asuntos de la ciudad, teniendo aún el pelo de esclavo, dirían las mujeres, por falta de cultura y por no haberlo perdido aún, y además, han llegado barbarizando para adular a la ciudad y no para gobernar; hacia estos, a quienes digo, debes mirar para descuidarte a ti mismo, y no aprender lo que requiere aprendizaje, estando a punto de librar tal competición, ni practicar lo que requiere práctica, y habiendo preparado toda la preparación, ir así a los asuntos de la ciudad. ALC. Pero, Sócrates, me parece que dices la verdad, aunque creo que los generales de los lacedemonios y el rey de los persas no se diferencian en nada de los demás. SÓC. Pero, mi buen amigo, examina esta opinión que tienes. ALC.¿ Sobre qué? SÓC. Primero,¿ de qué manera crees que te cuidarías más a ti mismo, temiendo y creyendo que son temibles, o no? ALC. Es evidente que si creyera que son temibles. SÓC.¿ Acaso crees que te perjudicarás cuidándote a ti mismo? ALC. De ninguna manera, sino que me beneficiaré mucho. SÓC.¿ No tiene, pues, esta opinión un mal tan grande? ALC. Dices la verdad. SÓC. Lo segundo, pues, es que también es falsa, examínalo a partir de lo probable. ALC.¿ Cómo? SÓC.¿ Es probable que las naturalezas mejores surjan en linajes nobles o no? ALC. Es evidente que en los nobles. SÓC.¿ Y que los bien nacidos, si también son bien criados, se vuelven así perfectos en cuanto a la virtud? ALC. Es necesario. SÓC. Examinemos, pues, contraponiendo los nuestros a los de ellos, primero si parece que los reyes de los lacedemonios y de los persas son de linajes más viles.¿ O no sabemos que unos son descendientes de Heracles, y otros de Aquémenes, y que el linaje de Heracles y el de Aquémenes se remonta a Perseo, hijo de Zeus?
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ALC. Pues también el nuestro, Sócrates, se remonta a Eurísaces, y el de Eurísaces a Zeus. SÓC. Pues también el nuestro, noble Alcibíades, a Dédalo, y Dédalo a Hefesto, hijo de Zeus. Pero los de ellos, empezando por sí mismos, son reyes de reyes hasta Zeus, unos de Argos y Lacedemonia, otros de Persia siempre, y a menudo también de Asia, como ahora; nosotros, en cambio, somos particulares, tanto nosotros como nuestros padres. Y si tuvieras que mostrar a Artajerjes, hijo de Jerjes, a tus antepasados y la patria de Eurísaces, Salamina, o la de Éaco, aún anterior, Egina,¿ cuánta risa crees que provocarías? Pero mira no sea que nos quedemos atrás de esos hombres en la magnitud del linaje y en la otra crianza.¿ O no te has dado cuenta de cuán grandes son los bienes de los reyes de los lacedemonios, cuyas mujeres son vigiladas públicamente por los éforos, para que, en la medida de lo posible, el rey no pase por ser hijo de otro que no sea de los heráclidas? El de los persas, en cambio, supera tanto que nadie tiene sospecha de que el rey pueda ser hijo de otro que no sea de él; por eso la mujer del rey no es vigilada sino por miedo. Y cuando nace el hijo mayor, el que heredará el poder, primero celebran todos los que están en el palacio del rey, de quienes gobierne, luego, durante el resto del tiempo, en este día, toda Asia sacrifica y celebra el cumpleaños del rey; nosotros, en cambio, cuando nacemos, como dice el autor de comedias, ni siquiera los vecinos se dan cuenta mucho, Alcibíades. Después de esto, el niño es criado, no por una mujer nodriza de poco valor, sino por eunucos que parecen ser los mejores de entre los que rodean al rey; a quienes se les ha ordenado, además de otras cosas, cuidar del nacido, y tramar cómo será lo más bello posible, remodelando los miembros del niño y corrigiéndolos; y haciendo esto están en gran honor. Y cuando los niños cumplen siete años, van a los caballos y a los maestros de estos, y comienzan a ir a las cacerías. Y al cumplir catorce años, los toman los que ellos llaman pedagogos reales; son cuatro, elegidos entre los persas que parecen ser los mejores en edad, el más sabio, el más justo, el más moderado y el más valiente.
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SÓC. De los cuales, uno enseña la magia de Zoroastro, hijo de Horomazes— esto es el culto a los dioses—, y enseña también los asuntos reales; el más justo, a decir la verdad durante toda la vida; el más moderado, a no ser gobernado por ninguno de los placeres, para que se acostumbre a ser libre y verdaderamente rey, gobernando primero lo que hay en sí mismo y no siendo esclavo; el más valiente, a prepararlo sin miedo y sin temor, pues cuando teme, es esclavo. A ti, en cambio, Alcibíades, Pericles te puso como pedagogo de los esclavos al más inútil por la vejez, Zópiro el tracio. Habría expuesto también la otra crianza y educación de tus competidores, si no fuera mucho trabajo y, a la vez, estas fueran suficientes para mostrar las otras cosas que siguen a estas; pero de tu nacimiento, Alcibíades, y de tu crianza y educación, o de cualquier otro ateniense, por así decirlo, a nadie le importa, a menos que alguien sea tu amante. Y si, por otra parte, quieres mirar hacia las riquezas, los lujos, los arrastres de vestidos, las unciones de perfumes, la multitud de sirvientes y la otra delicadeza de los persas, te avergonzarías de ti mismo, al darte cuenta de cuánto les falta. Y si, por otra parte, quisieras mirar hacia la moderación, la compostura, la facilidad, la sencillez, la magnanimidad, el orden, la valentía, la resistencia, el amor al trabajo, la competitividad y las ambiciones de los lacedemonios, te considerarías un niño en todas esas cosas. Y si, por otra parte, prestas atención a la riqueza y crees que por esto eres algo, que esto tampoco quede sin decir, por si te das cuenta de dónde estás. Pues si quieres mirar hacia las riquezas de los lacedemonios, sabrás que lo de aquí falta mucho respecto a lo de allá; pues la tierra que poseen, la suya y la de Mesenia, nadie de los de aquí podría disputarla en cantidad ni en excelencia, ni tampoco en la posesión de esclavos, tanto de los otros como de los ilotas, ni tampoco de caballos, ni de cuantos otros ganados pastan en Mesenia. Pero dejo esto de lado; oro y plata no hay en todos los griegos tanto como en Lacedemonia en privado; pues desde hace muchas generaciones entra allí desde todos los griegos, y a menudo también desde los bárbaros, y no sale a ninguna parte, sino que, sencillamente, según la fábula de Esopo que la zorra dijo al león, las huellas de la moneda que entra en Lacedemonia son claras, pero al salir, nadie podría verlas.
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SÓC. De modo que debes saber bien que también en oro y plata los de allí son los más ricos de los griegos, y el rey de ellos mismos; pues de tales cosas son las mayores y más numerosas ganancias para los reyes, y además el tributo real no es poco, el cual pagan los lacedemonios a los reyes. Y lo de los lacedemonios, en cuanto a riquezas griegas, es grande, pero en cuanto a las persas y las del rey de ellos, no es nada. Pues una vez escuché a un hombre digno de crédito de los que han subido ante el rey, quien dijo haber pasado por una tierra muy grande y buena, casi un camino de un día, que los habitantes llaman el cinturón de la mujer del rey; y que hay otra que llaman el velo, y otros muchos lugares bellos y buenos destinados al adorno de la mujer, y cada uno de los lugares tiene nombres de cada uno de los adornos. De modo que creo que, si alguien dijera a la madre del rey, mujer de Jerjes, Amestris, que el hijo de Dinómaca tiene en mente enfrentarse a tu hijo, ella, que tiene un adorno quizás digno de cincuenta minas si es de mucho valor, mientras que su hijo tiene en Erquia ni siquiera trescientos pletros de tierra, se asombraría de en qué confía este Alcibíades para tener en mente competir con Artajerjes, y creo que ella diría que no hay otra cosa en la que confíe este hombre para intentarlo más que en el cuidado y la sabiduría; pues estas son las únicas cosas dignas de mención entre los griegos. Pues si se enterara de que este Alcibíades intenta, primero, no teniendo aún veinte años, luego, siendo totalmente inculto, y además de esto, diciéndole su amante que debe primero, habiendo aprendido y cuidado de sí mismo y practicado, ir así a competir con el rey, no quiere, sino que dice que basta con como está, creo que ella se asombraría y preguntaría:¿ qué es, pues, aquello en lo que confía el joven? Si, pues, dijéramos que en la belleza, en la estatura, en el linaje, en la riqueza y en la naturaleza del alma, ella creería, Alcibíades, que estamos locos al mirar hacia todo lo que tienen ellos.
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SÓC. Y creo que también Lampidó, hija de Leotíquidas, mujer de Arquídamo y madre de Agis, quienes todos han sido reyes, se asombraría, mirando hacia lo que tienen ellos, si tú tienes en mente competir con su hijo, habiendo sido educado tan mal. Aunque,¿ no parece vergonzoso si las mujeres de los enemigos piensan mejor sobre nosotros, sobre cómo debemos ser para intentar enfrentarnos a ellos, que nosotros sobre nosotros mismos? Pero, bienaventurado, obedeciéndome a mí y a la inscripción de Delfos, conócete a ti mismo, que estos son nuestros adversarios, y no los que tú crees; a los cuales no podríamos superar con ningún otro medio, si no es con cuidado y técnica. De los cuales, si te quedas atrás, también te quedarás atrás de ser renombrado entre griegos y bárbaros, de lo cual me parece que deseas como nadie más desea otra cosa. ALC.¿ Qué cuidado, pues, debemos tener, Sócrates?¿ Puedes explicármelo? Pues más que nada pareces haber dicho la verdad. SÓC. Sí; pero es una decisión común de qué manera podríamos llegar a ser lo mejor posible. Pues yo no digo sobre ti que debas ser educado, y sobre mí no; pues no hay nada en lo que me diferencie de ti, excepto en una cosa. ALC.¿ En qué? SÓC. Mi tutor es mejor y más sabio que el tuyo, Pericles. ALC.¿ Quién es este, Sócrates? SÓC. Un dios, Alcibíades, el mismo que no me permitió hablarte antes de este día; en quien confío al decir que la aparición no te vendrá por ningún otro medio que por mí. ALC. Bromeas, Sócrates. SÓC. Quizás; sin embargo, digo la verdad, que necesitamos cuidado, más todos los hombres, pero nosotros dos, ciertamente, mucho. ALC. Que yo, no mientes. SÓC. Ni tampoco que yo. ALC.¿ Qué haríamos, pues? SÓC. No hay que desistir ni ablandarse, compañero. ALC. Ciertamente no conviene, Sócrates. SÓC. No, sino que hay que examinarlo en común. Y dime: decimos, pues, que deseamos llegar a ser lo mejor posible.¿ No es así? ALC. Sí. SÓC.¿ Qué virtud? ALC. Es evidente que la que tienen los hombres buenos. SÓC.¿ Los buenos en qué? ALC. Es evidente que en realizar los asuntos. SÓC.¿ Cuáles?¿ Los ecuestres? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Pues iríamos ante los ecuestres? ALC. Sí. SÓC.¿ Pero hablas de los asuntos navales? ALC. No. SÓC.¿ Pues iríamos ante los navales? ALC. Sí. SÓC.¿ Pero cuáles?¿ Los que realizan quiénes? ALC. Los que realizan los hombres bellos y buenos de los atenienses.
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SÓC.¿ Y llamas bellos y buenos a los prudentes o a los insensatos? ALC. A los prudentes. SÓC.¿ No es, pues, bueno en aquello en lo que cada uno es prudente? ALC. Sí. SÓC.¿ Y malo en aquello en lo que es insensato? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ Es, pues, el zapatero prudente en la elaboración de calzado? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Es, pues, bueno en ello? ALC. Bueno. SÓC.¿ Y qué?¿ En la elaboración de vestidos no es insensato el zapatero? ALC. Sí. SÓC.¿ Es, pues, malo en esto? ALC. Sí. SÓC. El mismo es, pues, según este razonamiento, malo y bueno. ALC. Eso parece. SÓC.¿ Dices, pues, que los hombres buenos son también malos? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Pero a quiénes llamas, pues, los buenos? ALC. A los que son capaces de gobernar en la ciudad. SÓC.¿ No de caballos, ciertamente? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Sino de hombres? ALC. Sí. SÓC.¿ Acaso de los que están enfermos? ALC. No. SÓC.¿ Sino de los que navegan? ALC. No digo eso. SÓC.¿ Sino de los que cosechan? ALC. No. SÓC.¿ Sino de los que no hacen nada o de los que hacen algo? ALC. Digo de los que hacen algo. SÓC.¿ Qué? Intenta explicármelo también a mí. ALC.¿ No es de los que se relacionan entre sí y se tratan unos a otros, tal como vivimos en las ciudades? SÓC.¿ Dices, pues, de gobernar a hombres que tratan con hombres? ALC. Sí. SÓC.¿ Acaso como los que dan el compás tratan con los remeros? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Pues esta es una virtud de la navegación? ALC. Sí. SÓC.¿ Sino que hablas de gobernar a hombres que son flautistas, que guían a hombres en el canto y tratan con los coreutas? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Pues esta es, a su vez, la enseñanza de coros? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Pero qué es lo que dices que es capaz de gobernar cuando los hombres tratan con hombres? ALC. Digo de los que participan de la vida política y se relacionan entre sí, gobernar a estos que están en la ciudad. SÓC.¿ Cuál es, pues, esta técnica? Como si te preguntara de nuevo lo de hace un momento,¿ qué técnica hace capaz de gobernar a los que participan de la navegación? ALC. La navegación. SÓC.¿ Y a los que participan del canto, como se decía hace un momento, qué ciencia hace capaz de gobernar? ALC. La que tú decías hace poco, la enseñanza de coros. SÓC.¿ Y qué?¿ A los que participan de la vida política, qué ciencia llamas? ALC. La prudencia, Sócrates. SÓC.¿ Y qué?¿ Acaso la de los navegantes te parece que es imprudencia? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Sino prudencia?
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AL. A mí me lo parece, al menos en lo que respecta a salvarse mientras se navega. SÓ. Hablas bien.¿ Y qué? La sensatez de la que hablas,¿ en qué consiste? AL. En administrar mejor la ciudad y salvarla. SÓ.¿ Y se administra y se salva mejor cuando algo se añade o cuando algo se quita? Como si me preguntaras:¿ se administra y se salva mejor el cuerpo cuando algo se añade o cuando algo se quita? Yo diría que cuando se añade salud y se quita enfermedad.¿ No crees tú lo mismo? AL. Sí. SÓ. Y si me preguntaras de nuevo:¿ qué es lo que, al añadirse, hace mejores a los ojos? Del mismo modo diría que cuando se añade la vista y se quita la ceguera. Y los oídos, al quitarse la sordera y añadirse la audición, se vuelven mejores y se cuidan mejor. AL. Correcto. SÓ.¿ Y qué hay de la ciudad?¿ Qué es lo que, al añadirse y quitarse, se vuelve mejor, se cuida mejor y se administra mejor? AL. Me parece, Sócrates, que cuando surge entre ellos amistad y desaparece el odio y la sedición. SÓ.¿ Llamas entonces a la amistad concordia o discordia? AL. Concordia. SÓ.¿ Por qué arte, pues, concuerdan las ciudades sobre los números? AL. Por la aritmética. SÓ.¿ Y los particulares?¿ No es por la misma? AL. Sí. SÓ.¿ Y no concuerda también cada uno consigo mismo? AL. Sí. SÓ.¿ Por qué arte concuerda cada uno consigo mismo sobre si un palmo o un codo es mayor?¿ No es por la metrología? AL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Y no ocurre lo mismo con los particulares y las ciudades? AL. Sí. SÓ.¿ Y qué hay del peso?¿ No es igual? AL. Lo afirmo. SÓ. La concordia de la que hablas,¿ qué es, sobre qué trata y qué arte la procura?¿ Es la misma para la ciudad que para el particular, tanto consigo mismo como con otro? AL. Es probable. SÓ.¿ Cuál es, pues? No te canses de responder, esfuérzate por decirlo. AL. Yo creo que me refiero a la amistad y a la concordia que existe cuando un padre ama a su hijo y concuerda con él, y una madre, y un hermano con su hermano, y una mujer con su marido. SÓ.¿ Crees entonces, Alcibíades, que un hombre puede concordar con su mujer sobre el tejido, si él no sabe y ella sí? AL. De ninguna manera. SÓ. Y tampoco es necesario, pues ese es un aprendizaje femenino. AL. Sí.
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SÓ.¿ Y qué?¿ Podría una mujer concordar con un hombre sobre el arte de la guerra sin haberlo aprendido? AL. De ninguna manera. SÓ. Pues dirías, a su vez, que eso es algo varonil. AL. Yo sí. SÓ. Existen, pues, según tu razonamiento, aprendizajes femeninos y aprendizajes varoniles. AL.¿ Cómo no? SÓ. Entonces, en estos no hay concordia entre mujeres y hombres. AL. No. SÓ. Ni tampoco amistad, si es que la amistad era concordia. AL. No lo parece. SÓ. Por tanto, en lo que las mujeres hacen lo propio, no son amadas por los hombres. AL. No lo parece. SÓ. Ni tampoco los hombres por las mujeres en lo que hacen lo propio. AL. No. SÓ.¿ Entonces las ciudades no están bien administradas cuando cada uno hace lo propio? AL. Eso creo, Sócrates. SÓ.¿ Cómo dices?¿ Sin la presencia de la amistad, de la cual decíamos que al surgir las ciudades están bien administradas, y de otro modo no? AL. Pero me parece que también en esto surge entre ellos amistad, porque cada uno hace lo propio. SÓ. Hace un momento no decías eso;¿ ahora cómo lo dices?¿ Surge la amistad sin que surja la concordia?¿ O es posible que surja concordia sobre asuntos que unos conocen y otros no? AL. Es imposible. SÓ.¿ Y hacen lo justo o lo injusto cuando cada uno hace lo propio? AL. Lo justo;¿ cómo no? SÓ.¿ Entonces, cuando los ciudadanos hacen lo justo en la ciudad, no surge amistad entre ellos? AL. Me parece que es necesario, Sócrates. SÓ.¿ Qué es, pues, lo que llamas amistad o concordia sobre la cual debemos ser sabios y sensatos para ser hombres de bien? Pues no puedo aprender ni qué es ni en qué consiste; pues a veces parece estar en las mismas cosas y otras no, según tu razonamiento. AL. Pero por los dioses, Sócrates, ni yo mismo sé lo que digo, y me temo que hace tiempo que, sin darme cuenta, estoy en una situación vergonzosa. SÓ. Pero hay que tener ánimo. Pues si te hubieras dado cuenta de que te ocurre esto a los cincuenta años, sería difícil que te ocuparas de ti mismo; pero la edad que tienes es aquella en la que es necesario darse cuenta de ello. AL.¿ Qué debe hacer entonces el que se da cuenta, Sócrates? SÓ. Responder a lo que se pregunta, Alcibíades; y si haces esto, si Dios quiere, y si hay que creer en mi adivinación, tanto tú como yo estaremos mejor. AL. Así será, al menos en lo que respecta a que yo responda.
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SÓ. Vamos, pues,¿ qué es ocuparse de uno mismo? No sea que sin darnos cuenta no nos ocupemos de nosotros mismos, creyendo que lo hacemos.¿ Y cuándo lo hace un hombre?¿ Acaso cuando se ocupa de lo suyo, entonces también se ocupa de sí mismo? AL. A mí al menos me lo parece. SÓ.¿ Y qué?¿ Un hombre se ocupa alguna vez de sus pies?¿ Acaso cuando se ocupa de aquello que es de los pies? AL. No entiendo. SÓ.¿ Llamas a algo mano?¿ Dirías que un anillo es de otra cosa de las del hombre que no sea del dedo? AL. De ninguna manera. SÓ.¿ Y el calzado del pie, de la misma manera? AL. Sí. SÓ.¿ Y las vestiduras y los lechos del resto del cuerpo, de igual modo? AL. Sí. SÓ.¿ Entonces, cuando nos ocupamos del calzado, nos ocupamos de los pies? AL. No entiendo del todo, Sócrates. SÓ.¿ Y qué, Alcibíades?¿ Llamas a algo ocuparse correctamente de cualquier asunto? AL. Yo sí. SÓ.¿ Entonces, cuando alguien hace algo mejor, llamas a eso ocupación correcta? AL. Sí. SÓ.¿ Qué arte, pues, hace mejores los zapatos? AL. La zapatería. SÓ.¿ Nos ocupamos, pues, de los zapatos mediante la zapatería? AL. Sí. SÓ.¿ Y del pie mediante la zapatería?¿ O mediante aquel arte con el que hacemos mejores los pies? AL. Mediante aquel. SÓ.¿ Y no hacemos mejores los pies mediante el mismo arte con el que hacemos mejor el resto del cuerpo? AL. A mí me lo parece. SÓ.¿ Y no es esa la gimnasia? AL. Ciertamente. SÓ.¿ Nos ocupamos, pues, del pie mediante la gimnasia, y de lo que es del pie mediante la zapatería? AL. Ciertamente. SÓ.¿ Y de las manos mediante la gimnasia, y de lo que es de la mano mediante el grabado de anillos? AL. Sí. SÓ.¿ Y del cuerpo mediante la gimnasia, y de lo que es del cuerpo mediante el tejido y las otras artes? AL. Absolutamente. SÓ. Nos ocupamos de cada cosa misma mediante un arte, y de lo que es suyo mediante otro. AL. Parece que sí. SÓ. Entonces, cuando te ocupas de lo tuyo, no te ocupas de ti mismo. AL. De ninguna manera. SÓ. Pues no es el mismo arte, al parecer, con el que uno se ocuparía de sí mismo y de lo suyo. AL. No lo parece. SÓ. Vamos, pues,¿ con qué arte nos ocuparíamos de nosotros mismos? AL. No sabría decirlo. SÓ. Pero al menos se ha admitido esto: que no es con el arte con el que haríamos mejor cualquiera de nuestras cosas, sino con aquel con el que nos haríamos mejores a nosotros mismos. AL. Dices la verdad. SÓ.¿ Acaso habríamos conocido alguna vez qué arte hace mejor un zapato, sin conocer el zapato? AL. Es imposible. SÓ. Ni tampoco qué arte hace mejores los anillos, ignorando qué es un anillo. AL. Es verdad. SÓ.¿ Y qué?¿ Podríamos conocer alguna vez qué arte nos hace mejores a nosotros mismos, ignorando qué somos nosotros mismos?
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AL. Es imposible. SÓ.¿ Es entonces fácil conocerse a sí mismo, y fue alguien insignificante quien dedicó esto al templo de Pitón, o es algo difícil y no al alcance de cualquiera? AL. A mí, Sócrates, muchas veces me ha parecido que está al alcance de cualquiera, y muchas otras, que es dificilísimo. SÓ. Pero, Alcibíades, sea fácil o no, el caso es que nos ocurre esto: conociéndolo, tal vez conoceríamos nuestra ocupación, pero ignorándolo, nunca. AL. Así es. SÓ. Vamos, pues,¿ de qué manera podría encontrarse eso mismo? Pues así tal vez encontraríamos qué somos nosotros mismos, pero estando aún en la ignorancia de esto, es imposible. AL. Hablas correctamente. SÓ. Atiende, pues, por Zeus.¿ Con quién hablas tú ahora?¿ Con alguien que no sea conmigo? AL. Sí. SÓ.¿ Y yo contigo? AL. Sí. SÓ.¿ Es Sócrates, pues, quien habla? AL. Ciertamente. SÓ.¿ Y Alcibíades quien escucha? AL. Sí. SÓ.¿ No habla Sócrates mediante el discurso? AL.¿ Cómo no? SÓ. Y llamas al hablar y al usar el discurso a lo mismo. AL. Ciertamente. SÓ.¿ Y el que usa y aquello de lo que usa no son cosas distintas? AL.¿ Cómo dices? SÓ. Como un zapatero corta con una lezna, con una cuchilla y con otros instrumentos. AL. Sí. SÓ.¿ No es distinto el que corta y usa, de aquello con lo que corta y usa? AL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Entonces, de la misma manera, el citarista y aquello con lo que toca la cítara serían algo distinto? AL. Sí. SÓ. Esto es, pues, lo que preguntaba hace poco, si el que usa y aquello de lo que usa parece ser siempre distinto. AL. Parece. SÓ.¿ Qué diremos entonces del zapatero?¿ Corta solo con instrumentos o también con las manos? AL. También con las manos. SÓ.¿ Usa, pues, también estas? AL. Sí. SÓ.¿ Y corta también usando los ojos? AL. Sí. SÓ.¿ Admitimos que el que usa y aquello de lo que usa son distintos? AL. Sí. SÓ.¿ Es, pues, distinto el zapatero y el citarista de las manos y los ojos con los que trabajan? AL. Parece que sí. SÓ.¿ Y no usa el hombre todo el cuerpo? AL. Ciertamente. SÓ.¿ Y no era distinto el que usa y aquello de lo que usa? AL. Sí. SÓ.¿ Es, pues, el hombre distinto de su propio cuerpo? AL. Lo parece. SÓ.¿ Qué es, pues, el hombre? AL. No sabría decirlo. SÓ. Pero sí sabes que es lo que usa el cuerpo. AL. Sí.
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SÓ.¿ Acaso usa algo más que el alma? AL. Nada más. SÓ.¿ No es, pues, la que manda? AL. Sí. SÓ. Y ciertamente creo que nadie pensaría de otro modo. AL.¿ Qué cosa? SÓ. Que el hombre es una de estas tres cosas. AL.¿ Cuáles? SÓ. El alma, el cuerpo o el conjunto de ambos, este todo. AL.¿ Cómo no? SÓ. Pero,¿ no admitimos que lo que manda al cuerpo es el hombre? AL. Lo admitimos. SÓ.¿ Acaso el cuerpo manda sobre sí mismo? AL. De ninguna manera. SÓ. Pues dijimos que es mandado. AL. Sí. SÓ. No sería, pues, esto lo que buscamos. AL. No lo parece. SÓ.¿ Acaso el conjunto de ambos manda sobre el cuerpo, y es esto el hombre? AL. Tal vez. SÓ. Es lo menos probable de todo; pues si una de las partes no manda, no hay manera de que el conjunto mande. AL. Correcto. SÓ. Y puesto que el hombre no es ni el cuerpo ni el conjunto de ambos, queda, creo, o que no es nada, o que, si es algo, el hombre no resulta ser otra cosa que el alma. AL. Absolutamente. SÓ.¿ Necesitas, pues, que se te demuestre con mayor claridad que el alma es el hombre? AL. Por Zeus, no, me parece suficiente. SÓ. Y si no es con exactitud, sino de manera moderada, nos basta; pues con exactitud lo sabremos cuando encontremos lo que hace un momento dejamos pasar por requerir mucha reflexión. AL.¿ Qué es eso? SÓ. Lo que se dijo hace poco de alguna manera, que primero hay que examinar qué es lo mismo; ahora, en lugar de lo mismo, hemos examinado qué es cada cosa. Y tal vez baste; pues no diríamos que nada es más soberano de nosotros mismos que el alma. AL. De ninguna manera. SÓ.¿ No es, pues, correcto pensar que tú y yo conversamos usando el alma con el alma? AL. Absolutamente. SÓ. Esto era, pues, lo que decíamos hace poco, que Sócrates conversa con Alcibíades usando el discurso, no hacia tu rostro, al parecer, sino dirigiendo los discursos hacia Alcibíades; y esto es el alma. AL. A mí me lo parece. SÓ. El alma, pues, nos ordena conocer el que manda conocerse a sí mismo.
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AL. Lo parece. SÓ. Quien conoce algo de su cuerpo, conoce lo suyo, pero no se conoce a sí mismo. AL. Así es. SÓ. Ninguno de los médicos, pues, se conoce a sí mismo en cuanto médico, ni tampoco los maestros de gimnasia en cuanto maestros de gimnasia. AL. No lo parece. SÓ. Muy lejos están, pues, los agricultores y los otros artesanos de conocerse a sí mismos. Pues ni siquiera conocen lo suyo, al parecer, sino que están aún más lejos de lo suyo en cuanto a las artes que poseen; pues conocen lo del cuerpo, con lo que este se cuida. AL. Dices la verdad. SÓ. Si, pues, la templanza es conocerse a sí mismo, ninguno de estos es templado según su arte. AL. No me lo parece. SÓ. Por esto, pues, estas artes parecen ser vulgares y no aprendizajes de un hombre de bien. AL. Absolutamente. SÓ.¿ Y no es cierto que quien cuida el cuerpo, cuida lo suyo pero no a sí mismo? AL. Es probable. SÓ.¿ Y quien cuida las riquezas, no cuida ni a sí mismo ni lo suyo, sino que está aún más lejos de lo suyo? AL. A mí me lo parece. SÓ. No hace, pues, lo suyo el que se ocupa de las riquezas. AL. Correcto. SÓ. Si, pues, alguien se ha convertido en amante del cuerpo de Alcibíades, no ha amado a Alcibíades, sino a algo de lo de Alcibíades. AL. Dices la verdad. SÓ.¿ Y quien ama tu alma? AL. Es necesario, según el razonamiento. SÓ.¿ No es cierto que el que ama tu cuerpo, puesto que deja de florecer, se va y desaparece? AL. Parece. SÓ.¿ Y el que ama el alma no se va, mientras esta vaya hacia lo mejor? AL. Es probable. SÓ.¿ No soy yo, pues, el que no se va, sino que permanece cuando el cuerpo deja de florecer, habiéndose ido los demás? AL. Bien haces, Sócrates; y no te vayas. SÓ. Esfuérzate, pues, por ser lo más bello posible. AL. Me esforzaré. SÓ. Pues así es para ti: no ha habido, al parecer, amante de Alcibíades, hijo de Clinias, ni lo hay, más que uno solo, y este es digno de ser amado, Sócrates, hijo de Sofronisco y Fainarete. AL. Es verdad. SÓ.¿ No decías que me adelanté un poco al acercarme a ti, puesto que tú habrías preferido acercarte a mí, queriendo preguntar por qué soy el único que no se va? AL. Así era, en efecto.
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SÓ. Esta es, pues, la causa: que yo era el único amante tuyo, y los otros de lo tuyo; y lo tuyo deja de estar en sazón, mientras que tú empiezas a florecer. Y ahora, si no eres corrompido por el pueblo de los atenienses y te vuelves más feo, no te abandonaré. Pues esto es lo que más temo, que al convertirte en amante del pueblo te corrompas; pues muchos hombres de bien de los atenienses ya han sufrido esto. Pues es de buen aspecto el pueblo del magnánimo Erecteo, pero hay que verlo desnudado. Ten cuidado, pues, con la precaución de la que hablo. AL.¿ Cuál? SÓ. Ejercítate primero, bienaventurado, y aprende lo que es necesario aprender antes de ir a los asuntos de la ciudad, y no antes, para que vayas con antídotos y no sufras nada terrible. AL. Me parece que hablas bien, Sócrates; pero intenta explicar de qué manera podríamos ocuparnos de nosotros mismos. SÓ.¿ No hemos avanzado ya tanto? Pues lo que somos ha sido admitido razonablemente; temíamos, sin embargo, que al equivocarnos en esto, sin darnos cuenta, nos ocupáramos de otra cosa y no de nosotros mismos. AL. Así es. SÓ. Y después de esto, que hay que ocuparse del alma y mirar hacia ella. AL. Es evidente. SÓ. Y que el cuidado de los cuerpos y de las riquezas debe entregarse a otros. AL.¿ Cómo no? SÓ.¿ De qué manera, pues, podríamos conocerlo con mayor claridad? Puesto que, al conocer esto, al parecer, también nos conoceremos a nosotros mismos.¿ Acaso no entendemos, por los dioses, lo que dijimos hace poco sobre la inscripción délfica? AL.¿ Qué quieres decir con eso, Sócrates? SÓ. Yo te diré lo que sospecho que dice y nos aconseja esa inscripción. Pues es probable que no haya muchos ejemplos de ella, sino solo en la vista. AL.¿ Cómo dices eso? SÓ. Obsérvalo tú también. Si la inscripción le hubiera dicho a nuestro ojo, como si fuera un hombre," mírate a ti mismo",¿ cómo habríamos supuesto que nos aconseja?¿ Acaso no mirar hacia aquello hacia lo que, al mirar, el ojo iba a verse a sí mismo? AL. Es evidente. SÓ. Pensemos, pues, hacia qué, al mirar, veríamos eso y también a nosotros mismos. AL. Es evidente, Sócrates, que hacia los espejos y cosas semejantes. SÓ. Hablas correctamente.¿ Y no hay en el ojo con el que vemos algo de tal naturaleza? AL. Ciertamente.
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SÓ.¿ Te has dado cuenta, pues, de que el rostro del que mira al ojo aparece en la visión del que está enfrente como en un espejo, lo que llamamos pupila, siendo una imagen del que mira? AL. Dices la verdad. SÓ. El ojo, pues, al contemplar otro ojo, y al mirar hacia aquello que es lo mejor de él y con lo que ve, así se vería a sí mismo. AL. Parece. SÓ. Pero si mirara hacia otra cosa de las del hombre o hacia otra cosa de las existentes, excepto hacia aquello a lo que esto resulta semejante, no se verá a sí mismo. AL. Dices la verdad. SÓ. El ojo, pues, si ha de verse a sí mismo, debe mirar hacia un ojo, y del ojo hacia aquel lugar en el que ocurre que se genera la virtud del ojo;¿ y es esto, acaso, la visión? AL. Así es. SÓ.¿ Acaso, pues, querido Alcibíades, también el alma, si ha de conocerse a sí misma, debe mirar hacia el alma, y sobre todo hacia aquel lugar de ella en el que se genera la virtud del alma, la sabiduría, y hacia otra cosa a la que esto resulta semejante? AL. A mí me lo parece, Sócrates. SÓ.¿ Podemos, pues, decir que hay algo en el alma más divino que aquello en lo que reside el saber y el pensar? AL. No podemos. SÓ. A Dios, pues, se asemeja esto de ella, y quien mira hacia esto y conoce todo lo divino, a Dios y a la prudencia, así también se conocería a sí mismo de la mejor manera. AL. Parece. SÓ.¿ Acaso, pues, así como los espejos son más claros, puros y brillantes que el reflejo en el ojo, así también Dios resulta ser más puro y brillante que lo mejor de nuestra alma? AL. Lo parece, Sócrates. SÓ. Mirando hacia Dios, pues, usaríamos aquel espejo bellísimo y, de las cosas humanas, hacia la virtud del alma, y así veríamos y conoceríamos mejor a nosotros mismos. AL. Sí. SÓ.¿ Y admitimos que conocerse a sí mismo es templanza? AL. Ciertamente. SÓ.¿ Acaso, pues, sin conocernos a nosotros mismos y sin ser templados, podríamos conocer nuestros propios males y bienes? AL.¿ Y cómo podría ocurrir eso, Sócrates? SÓ. Pues tal vez te parece imposible que, sin conocer a Alcibíades, se conozca que lo de Alcibíades es de Alcibíades. AL. Es imposible, por Zeus. SÓ.¿ Ni tampoco que lo nuestro es nuestro, si no nos conocemos a nosotros mismos? AL.¿ Cómo no? SÓ. Y si no lo nuestro,¿ tampoco lo de lo nuestro? AL. No lo parece. SÓ. No admitimos, pues, del todo correctamente que hay algunos que no se conocen a sí mismos, pero sí lo suyo, y otros lo de lo suyo. Pues parece que todo esto es objeto de una sola persona y de un solo arte: uno mismo, lo suyo, lo de lo suyo. AL. Es probable. SÓ. Quien ignora lo suyo, también ignorará lo de los demás, probablemente, de la misma manera. AL.¿ Cómo no? SÓ.¿ No es cierto que, si ignora lo de los demás, también ignorará lo de las ciudades? AL. Es necesario. SÓ. No podría, pues, tal hombre ser político. AL. De ninguna manera. SÓ. Ni tampoco administrador de su casa.
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AL. De ninguna manera. SÓ. Ni tampoco sabrá lo que hace. AL. Pues no. SÓ.¿ Y el que no sabe, no se equivocará? AL. Ciertamente. SÓ.¿ Y al equivocarse, no actuará mal, tanto en privado como en público? AL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Y al actuar mal, no es desdichado? AL. Muchísimo. SÓ.¿ Y qué hay de aquellos para quienes este actúa? AL. También ellos. SÓ. No es posible, pues, ser feliz si uno no es templado y bueno. AL. No es posible. SÓ. Los malos de entre los hombres son, pues, desdichados. AL. Muchísimo. SÓ. No se libra, pues, de la desdicha el que se ha enriquecido, sino el que ha sido templado. AL. Parece. SÓ. No necesitan, pues, las ciudades ni murallas, ni trirremes, ni astilleros, Alcibíades, si han de ser felices, ni tampoco multitud ni grandeza sin virtud. AL. Ciertamente no. SÓ. Si, pues, has de administrar los asuntos de la ciudad recta y bellamente, debes hacer partícipes de la virtud a los ciudadanos. AL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Podría alguien hacer partícipe de lo que no posee? AL.¿ Y cómo? SÓ. Debes, pues, adquirir tú primero la virtud, y cualquier otro que haya de mandar y ocuparse no solo en privado de sí mismo y de lo suyo, sino de la ciudad y de lo de la ciudad. AL. Dices la verdad. SÓ. No debes, pues, procurarte a ti mismo ni a la ciudad poder ni mando para hacer lo que quieras, sino justicia y templanza. AL. Parece. SÓ. Pues actuando justa y templadamente, tú y la ciudad actuaréis de manera grata a los dioses. AL. Es probable. SÓ. Y lo que decíamos hace poco, mirando hacia lo divino y brillante, actuaréis. AL. Parece. SÓ. Pero mirando hacia allí, veréis y conoceréis a vosotros mismos y vuestros bienes. AL. Sí. SÓ.¿ No actuaréis, pues, recta y bien? AL. Sí. SÓ. Y actuando así, quiero garantizar que seréis felices. AL. Pues eres un garante seguro. SÓ. Pero actuando injustamente, mirando hacia lo ateo y oscuro, como es natural, actuaréis de manera semejante a esto, ignorándoos a vosotros mismos. AL. Lo parece.
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SÓ. Pues a quien, querido Alcibíades, tenga poder para hacer lo que quiera, pero no tenga juicio,¿ qué es lo natural que le ocurra, a un particular o incluso a una ciudad? Por ejemplo, a un enfermo que tiene poder para hacer lo que quiere, sin tener juicio médico, y que tiraniza de modo que nadie le reprenda,¿ qué es lo que ocurrirá?¿ Acaso no es natural que se corrompa el cuerpo? AL. Dices la verdad. SÓ.¿ Y qué hay en una nave, si alguien tuviera poder para hacer lo que le parece, privado de juicio y de virtud de mando, ves lo que le ocurriría a él y a sus compañeros de navegación? AL. Yo sí, que perecerían todos. SÓ.¿ No es cierto que, de igual modo, en la ciudad y en todos los mandos y poderes privados de virtud, sigue el actuar mal? AL. Es necesario. SÓ. No hay que procurarse, pues, excelente Alcibíades, tiranía ni para uno mismo ni para la ciudad, si habéis de ser felices, sino virtud. AL. Dices la verdad. SÓ. Pero antes de tener virtud, es mejor ser mandado por el que es mejor que mandar, para un hombre, no solo para un niño. AL. Parece. SÓ.¿ No es, pues, lo mejor y lo más bello? AL. Sí. SÓ.¿ Y lo más bello es lo más conveniente? AL.¿ Cómo no? SÓ. Conviene, pues, al malo ser esclavo; pues es mejor. AL. Sí. SÓ. La maldad es, pues, propia de esclavos. AL. Parece. SÓ. Y la virtud es propia de libres. AL. Sí. SÓ.¿ No hay que huir, pues, compañero, de lo propio de esclavos? AL. Muchísimo, Sócrates. SÓ.¿ Y te das cuenta ahora de cómo estás?¿ De manera propia de libres o no? AL. Me parece que me doy cuenta muy intensamente. SÓ.¿ Sabes, pues, cómo evitarás esto que te ocurre ahora? Para no nombrarlo ante un hombre bello. AL. Yo sí. SÓ.¿ Cómo? AL. Si tú quieres, Sócrates. SÓ. No hablas bien, Alcibíades. AL.¿ Pero cómo hay que decir? SÓ. Que si Dios quiere. AL. Lo digo, pues. Y además de esto, digo que nos arriesgamos a cambiar de figura, Sócrates, yo la tuya y tú la mía; pues no es posible que no te guíe desde este día, y tú serás guiado por mí. SÓ. Oh noble, mi amor no se diferenciará en nada del de la cigüeña, si tras anidar en ti, el amor alado será cuidado a su vez por este. AL. Pero así es, y empezaré desde aquí a ocuparme de la justicia. SÓ. Quisiera que perseveraras; pero temo, no por desconfiar de tu naturaleza, sino al ver la fuerza de la ciudad, que se apodere de mí y de ti.

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