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Alcibiades 2
Plato (plato)2 138 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
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SÓC. Alcibíades,¿ acaso te diriges a orar ante el dios? ALC. Ciertamente, Sócrates. SÓC. Pues pareces estar sombrío y mirar al suelo, como si estuvieras absorto en algún pensamiento. ALC.¿ Y en qué podría estar uno absorto, Sócrates? SÓC. En la mayor de las reflexiones, a mi parecer, Alcibíades. Pues dime, por Zeus,¿ no crees que los dioses, respecto a lo que solemos pedir tanto en privado como en público, a veces conceden unas cosas y otras no, y a unos se las otorgan y a otros no? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ No te parece entonces que se requiere mucha prudencia para no pedir sin darse cuenta grandes males, creyendo que son bienes, mientras los dioses se encuentran en esa disposición en la que conceden lo que uno pide? Como dicen que Edipo pidió que sus hijos se repartieran la herencia paterna con el hierro; pudiendo haber pedido que se apartaran los males que le aquejaban, maldijo otros además de los existentes. Por tanto, aquello se cumplió, y de ahí surgieron otros muchos y terribles males,¿ qué necesidad hay de contarlos uno a uno? ALC. Pero tú, Sócrates, has hablado de un hombre loco; pues,¿ quién crees que se atrevería, estando sano, a pedir tales cosas? SÓC.¿ Acaso te parece que estar loco es lo contrario de ser sensato? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Y te parece que existen hombres insensatos y sensatos? ALC. Sí, los hay. SÓC. Vamos, examinemos quiénes son estos. Pues que existen algunos, insensatos y sensatos, y otros locos, está admitido. ALC. Está admitido. SÓC.¿ Y existen además algunos que están sanos? ALC. Existen. SÓC.¿ Y otros que están enfermos?
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ALC. Ciertamente. SÓC.¿ No son acaso los mismos? ALC. No, en efecto. SÓC.¿ Existen entonces otros que no padecen ninguna de estas dos cosas? ALC. De ninguna manera. SÓC. Pues es necesario que el hombre, por ser hombre, esté enfermo o no lo esté. ALC. Eso me parece. SÓC.¿ Y qué hay de la sensatez y la insensatez?¿ Tienes la misma opinión? ALC.¿ A qué te refieres? SÓC. Si te parece posible ser sensato o insensato, o si existe algún tercer estado intermedio que haga al hombre ni sensato ni insensato. ALC. De ninguna manera. SÓC. Es necesario, pues, padecer una de estas dos cosas. ALC. Eso me parece. SÓC.¿ Recuerdas haber admitido que la locura es lo contrario de la sensatez? ALC. Yo sí. SÓC.¿ Y que no hay ningún tercer estado intermedio que haga al hombre ni sensato ni insensato? ALC. Lo admití. SÓC. Y, por otra parte,¿ cómo podrían existir dos contrarios para una sola cosa? ALC. De ninguna manera. SÓC. La insensatez y la locura corren el riesgo de ser lo mismo. ALC. Eso parece. SÓC. Entonces, Alcibíades, si dijéramos que todos los insensatos están locos, hablaríamos correctamente; por ejemplo, si algunos de tus coetáneos resultan ser insensatos, como lo son, y también algunos de los mayores. Pues dime, por Zeus,¿ no crees que en la ciudad son pocos los sensatos y muchos los insensatos, a quienes tú llamas locos? ALC. Yo sí. SÓC.¿ Crees entonces que estaríamos alegres viviendo entre tantos locos, y que no habríamos pagado ya el castigo, siendo golpeados y apedreados, y haciendo lo que los locos suelen hacer? Pero mira, mi buen amigo, no sea que las cosas no sean así. ALC.¿ Cómo podrían ser entonces, Sócrates? Pues corre el riesgo de no ser como yo pensaba. SÓC. Tampoco a mí me lo parece. Pero hay que examinarlo de otra manera. ALC.¿ De qué manera dices? SÓC. Yo te lo diré. Suponemos que hay algunos que están enfermos,¿ o no? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ Te parece necesario que el que está enfermo padezca de gota, fiebre o una afección ocular, o no te parece que, sin padecer nada de esto, pueda sufrir otra enfermedad? Pues hay muchas, ciertamente, y no solo estas. ALC. Me lo parece. SÓC.¿ Te parece entonces que toda enfermedad es una afección ocular? ALC. Sí. SÓC.¿ Y que toda enfermedad es una afección ocular? ALC. De ninguna manera; sin embargo, me siento confundido sobre cómo expresarlo.
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SÓC. Pero si me prestas atención, tal vez, examinándolo los dos juntos, lo encontremos. ALC. Te presto atención, Sócrates, en la medida de mis posibilidades. SÓC.¿ No admitimos que toda afección ocular es una enfermedad, pero que no toda enfermedad es una afección ocular? ALC. Se admitió. SÓC. Y me parece que se admitió correctamente. Pues todos los que tienen fiebre están enfermos, pero no todos los que están enfermos tienen fiebre, ni gota, ni afecciones oculares, creo; sino que todo eso es enfermedad, pero los que llamamos médicos dicen que su ejecución difiere. Pues no son iguales para todos ni se manifiestan de la misma manera, sino que cada una actúa según su propia fuerza; sin embargo, todas son enfermedades.¿ No suponemos que son como ciertos artesanos? ALC. Ciertamente. SÓC.¿ No son los zapateros, carpinteros, escultores y otros innumerables, a quienes qué necesidad hay de mencionar uno a uno? Tienen repartidas las partes de la artesanía, y todos ellos son artesanos, pero no son carpinteros, ni zapateros, ni escultores, quienes en conjunto son artesanos. ALC. De ninguna manera. SÓC. De este modo, pues, también han repartido la insensatez, y a los que tienen la mayor parte de ella los llamamos locos, y a los que tienen un poco menos, necios y aturdidos; y los que quieren usar nombres más eufemísticos, a unos los llaman magnánimos, a otros sencillos, y otros, inofensivos, inexpertos o simples; y buscando encontrarás muchos otros nombres. Pero todo esto es insensatez, aunque difiere, tal como nos parecía que una técnica difiere de otra y una enfermedad de otra;¿ o cómo te parece a ti? ALC. A mí me parece así. SÓC. Volvamos, pues, a lo anterior. Pues estaba, ciertamente, al principio de la conversación, que debíamos examinar quiénes son los insensatos y los sensatos. Pues se había admitido que existen algunos;¿ o no? ALC. Sí, se ha admitido. SÓC.¿ Consideras entonces sensatos a aquellos que saben qué deben hacer y decir? ALC. Yo sí. SÓC.¿ Y a quiénes consideras insensatos?¿ A los que no saben ninguna de estas dos cosas? ALC. A esos. SÓC.¿ No es cierto que los que no saben ninguna de estas dos cosas se verán a sí mismos diciendo y haciendo lo que no deben? ALC. Eso parece.
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SÓC. De estos, sin embargo, Alcibíades, decía yo que Edipo era uno de ellos; y encontrarás aún hoy a muchos que no actúan por ira, como él, ni creen estar pidiéndose males a sí mismos, sino bienes. Aquel, como si ni siquiera pidiera, ni creía; pero hay otros que han padecido lo contrario. Pues yo creo que si se te apareciera el dios al que te diriges y te preguntara, antes de que pidieras nada, si te bastaría con ser tirano de la ciudad de los atenienses; y si consideraras esto poco y no algo grande, añadiera también la de todos los griegos; y si viera que aún te parece poco, si no también la de toda Europa, te lo concedería, y no solo te lo concedería, sino que, si quisieras que ese mismo día todos se enteraran de que Alcibíades, hijo de Clinias, es el tirano, creo que te irías muy alegre, como habiendo obtenido los mayores bienes. ALC. Yo creo, Sócrates, que cualquier otro también, si le sucediera tal cosa. SÓC. Pero, sin embargo, a cambio de tu propia alma, ni siquiera querrías que se te concediera la tierra y la tiranía de todos los griegos y bárbaros. ALC. Yo no lo creo. Pues,¿ cómo podría, si no voy a hacer uso de ellos para nada? SÓC.¿ Y qué si fueras a hacer un uso malo y perjudicial?¿ Ni aun así? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Ves entonces cómo no es seguro ni aceptar lo que se da al azar ni pedir uno mismo ser algo, si uno va a ser perjudicado por ello o a perder la vida por completo? Podríamos mencionar a muchos que, habiendo deseado la tiranía y esforzándose por obtenerla, como si hubieran hecho algo bueno, fueron asesinados por causa de la tiranía. Y creo que no ignoras algunos sucesos de ayer y anteayer, cuando el amante de Arquelao, el tirano de los macedonios, enamorado de la tiranía no menos que aquel de su amante, mató al amante pensando que sería tirano y un hombre feliz; pero habiendo ocupado la tiranía durante tres o cuatro días, él mismo, siendo objeto de una conspiración por parte de otros, murió.
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SÓC.¿ Ves también a nuestros ciudadanos— pues esto no lo hemos oído de otros, sino que nosotros mismos, estando presentes, lo sabemos— cuántos, habiendo deseado el generalato y habiéndolo obtenido, unos siguen siendo hasta hoy exiliados de esta ciudad, y otros han terminado su vida; y los que parecen haber tenido mejor suerte, habiendo pasado por muchos peligros y temores no solo en ese generalato, sino cuando regresaron a la suya, acosados por los sicofantes, soportaron un asedio no menor que el de los enemigos, de modo que algunos de ellos deseaban más no haber sido generales que haberlo sido. Si los peligros y trabajos condujeran a un beneficio, tendría algún sentido; pero ahora es todo lo contrario. Encontrarás lo mismo respecto a los hijos, habiendo algunos deseado tenerlos y, una vez nacidos, habiéndose encontrado en las mayores desgracias y penas. Pues unos, siendo sus hijos malvados hasta el final, pasaron toda su vida sufriendo; y otros, habiendo sido sus hijos buenos, pero habiendo sufrido desgracias tales que fueron privados de ellos, se encontraron en desgracias no menores que aquellos y deseando más no haber nacido que haber nacido. Pero, sin embargo, siendo estos y otros muchos casos similares tan evidentes, es raro encontrar a alguien que se abstenga de lo que se le ofrece o que, estando a punto de obtenerlo mediante una oración, deje de pedirlo; la mayoría no se abstendría ni de una tiranía ofrecida, ni de un generalato, ni de otras muchas cosas que, al estar presentes, dañan más de lo que benefician, sino que incluso pedirían que sucedieran, si no las tuvieran; pero, tras esperar un poco, a veces se retractan, retirando lo que pidieron al principio. Yo, por mi parte, temo que los hombres culpen a los dioses en vano, diciendo que de ellos provienen sus males; mientras que ellos mismos, por sus propias insensateces, sufren dolores más allá de su destino. Corre el riesgo, al menos, Alcibíades, de ser sensato aquel poeta que, a mi parecer, viendo a unos amigos insensatos, al verlos hacer y pedir lo que no era mejor, aunque a ellos les parecía, hizo una oración común por todos ellos; y dice algo así: Zeus rey, danos las cosas buenas, dice, tanto si las pedimos como si no, y aparta las malas, incluso si las pedimos.
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SÓC. A mí me parece que el poeta habla bien y con seguridad; pero tú, si tienes algo en mente respecto a esto, no calles. ALC. Es difícil, Sócrates, contradecir lo que se ha dicho bien; pero reflexiono sobre cuántos males causa la ignorancia a los hombres, puesto que, al parecer, nos hemos pasado por alto a nosotros mismos por causa de ella, haciendo y, lo que es peor, pidiéndonos a nosotros mismos las peores cosas. Lo cual nadie pensaría, sino que todo el mundo creería ser capaz de pedir para sí mismo lo mejor, y no lo peor. Pues esto, en verdad, sería más parecido a una maldición que a una oración. SÓC. Pero tal vez, mi buen amigo, diría alguien, que resultara ser más sabio que tú y que yo, que no hablamos correctamente al censurar la ignorancia tan al azar, si no añadiéramos de qué cosas es ignorancia y en quiénes, y que en algunos casos tienen algo de bueno, así como en otros es un mal. ALC.¿ Cómo dices?¿ Existe algún asunto en el que, para alguien, sea mejor ignorar que conocer? SÓC. A mí me lo parece;¿ a ti no? ALC. No, por Zeus. SÓC. Pero tampoco te acusaré de querer haber hecho a tu propia madre lo que dicen que hicieron Orestes y Alcmeón y si es que hay otros que han hecho lo mismo. ALC.¡ Habla con buenos augurios, por Zeus, Sócrates! SÓC. No es al que dice que no querrías haber hecho esto, Alcibíades, a quien debes pedir que hable con buenos augurios, sino mucho más a quien dijera lo contrario, puesto que te parece tan terrible el asunto que ni siquiera debe decirse tan al azar.¿ Crees que Orestes, si hubiera sido sensato y supiera qué era lo mejor para él hacer, se habría atrevido a hacer algo de esto? ALC. De ninguna manera. SÓC. Ni creo que nadie más. ALC. Ciertamente no. SÓC. Un mal, pues, al parecer, es la ignorancia de lo mejor y el ignorar lo mejor. ALC. Eso me parece. SÓC.¿ No es entonces un mal tanto para él como para todos los demás? ALC. Lo digo.
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SÓC. Examinemos, pues, también esto: si se te presentara de repente, creyendo que es lo mejor, Pericles, tu tutor y amigo, tomando un puñal, yendo a las puertas, diciendo si está dentro, queriendo matarlo a él y a nadie más; y ellos dijeran que está dentro— y no digo que quieras hacer nada de esto; sino si, creo, te pareciera, lo cual nada impide, ciertamente, al que ignora lo mejor, que alguna vez le sobrevenga la opinión de que incluso lo peor es lo mejor;¿ o no te parece? ALC. Ciertamente. SÓC. Si, pues, entrando y viéndolo a él, lo ignoraras y pensaras que es otro,¿ te atreverías aún a matarlo? ALC. No, por Zeus, no creo que me atreviera. SÓC. Pues no querrías matar al que se encontrara allí, sino a aquel mismo a quien querías.¿ No es así? ALC. Sí. SÓC.¿ No es cierto que si lo intentaras muchas veces, pero siempre ignoraras a Pericles cuando fueras a hacerlo, nunca lo atacarías? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Y qué?¿ Crees que Orestes se habría atrevido alguna vez a atacar a su madre, si hubiera ignorado de la misma manera quién era? ALC. Yo no lo creo. SÓC. Pues no pretendía matar a la primera mujer que se encontrara ni a la madre de cualquiera, sino a la suya propia. ALC. Así es. SÓC. Ignorar, pues, tales cosas es mejor para los que están así dispuestos y tienen tales opiniones. ALC. Eso parece. SÓC.¿ Ves entonces que la ignorancia de algunas cosas y en algunos casos tiene algo de bueno, y no es un mal, como hace un momento te parecía? ALC. Eso parece. SÓC. Si quieres, pues, examinar lo siguiente, tal vez te parezca extraño. ALC.¿ Qué en particular, Sócrates? SÓC. Que, por así decirlo, corre el riesgo de que la posesión de las otras ciencias, si alguien las posee sin la de lo mejor, rara vez beneficie, y en la mayoría de los casos dañe al que las posee. Examínalo así.¿ No te parece necesario que, cuando vayamos a hacer o decir algo, debamos primero creer que sabemos o saber realmente aquello que estamos a punto de hacer o decir? ALC. Eso me parece.
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SÓC.¿ No es cierto que los oradores, ya sea sabiendo o creyendo saber, nos aconsejan cada vez, unos sobre la guerra y la paz, otros sobre la construcción de murallas o la preparación de puertos; y, en una palabra, todo lo que la ciudad hace respecto a otra ciudad o por sí misma, todo proviene del consejo de los oradores? ALC. Dices la verdad. SÓC. Mira, pues, también lo que sigue a esto. ALC. Si puedo. SÓC. Pues llamas, ciertamente, sensatos e insensatos,¿ no? ALC. Yo sí. SÓC.¿ A la mayoría insensatos y a los pocos sensatos? ALC. Así es. SÓC.¿ No es cierto que miras hacia algo para llamar a ambos así? ALC. Sí. SÓC.¿ Llamas sensato al que sabe aconsejar, sin saber si es mejor y cuándo es mejor? ALC. De ninguna manera. SÓC. Ni creo que a quien sabe hacer la guerra misma sin saber cuándo es mejor y durante cuánto tiempo es mejor.¿ No es así? ALC. Sí. SÓC.¿ Ni tampoco si alguien sabe matar a alguien, quitarle sus bienes o desterrarlo de la patria, sin saber cuándo es mejor y a quién es mejor? ALC. Ciertamente no. SÓC. Quien sabe, pues, algo de esto, si le acompaña la ciencia de lo mejor— y esta era, ciertamente, la misma que la de lo útil;¿ no es así?— ALC. Sí. SÓC. Lo llamaremos sensato y consejero suficiente tanto para la ciudad como para sí mismo; pero al que no es así, lo contrario.¿ O cómo te parece? ALC. A mí me parece así. SÓC.¿ Y qué si alguien sabe montar a caballo o disparar el arco, o boxear o luchar, o cualquier otra competición o cualquier otra cosa de este tipo que sepamos por técnica, cómo llamas al que sabe lo que es mejor según esta técnica?¿ No es el que sabe de equitación, un jinete? ALC. Yo sí. SÓC. Y el que sabe de boxeo, un boxeador, y el que sabe de música, un músico, y los demás, ciertamente, en proporción a esto;¿ o de alguna otra manera? ALC. No, así. SÓC.¿ Te parece entonces necesario que el que es experto en estas cosas sea también un hombre sensato, o diremos que le falta mucho? ALC. Le falta mucho, por Zeus. SÓC.¿ Qué clase de gobierno crees entonces que es el de buenos arqueros y músicos, y además atletas y otros artesanos, mezclados con aquellos que acabamos de mencionar, los que saben hacer la guerra y matar, y además hombres retóricos que soplan aires políticos, estando todos ellos sin la ciencia de lo mejor y sin quien sepa cuándo es mejor usar a cada uno de ellos y contra quién?
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ALC. Una mala, Sócrates. SÓC. Dirías, creo, cuando vieras a cada uno de ellos ambicionando y asignando la mayor parte del gobierno a esa parte en la que él mismo resulta ser el mejor; me refiero a lo que es mejor según la técnica misma; pero habiendo errado en la mayoría de las cosas respecto a lo que es mejor para la ciudad y para sí mismo, puesto que, creo, han confiado en la opinión sin inteligencia. Estando así las cosas,¿ no hablaríamos correctamente al decir que tal gobierno está lleno de mucha confusión y anarquía? ALC. Correctamente, por Zeus. SÓC.¿ No nos parecía necesario creer que debemos primero saber o saber realmente aquello que estamos a punto de hacer o decir? ALC. Nos parecía. SÓC.¿ No es cierto que si uno hace lo que sabe o cree saber, y le acompaña lo útil, nos irá bien tanto a nosotros como a la ciudad y a él mismo? ALC.¿ Cómo no? SÓC.¿ Y si, creo, lo contrario, ni a la ciudad ni a él mismo? ALC. De ninguna manera. SÓC.¿ Y qué?¿ Te sigue pareciendo igual ahora o de otra manera? ALC. No, así. SÓC.¿ No decías que llamabas a la mayoría insensatos y a los pocos sensatos? ALC. Yo sí. SÓC.¿ No decimos de nuevo que la mayoría ha errado respecto a lo mejor, al haber confiado, como creo, en la opinión sin inteligencia? ALC. Lo decimos. SÓC. Es mejor, pues, para la mayoría no saber nada ni creer saber nada, si es que van a esforzarse más por hacer lo que saben o creen saber, y al hacerlo, ser perjudicados en la mayoría de los casos más que beneficiados. ALC. Dices la verdad. SÓC.¿ Ves entonces que, cuando dije que la posesión de las otras ciencias, si alguien la posee sin la ciencia de lo mejor, rara vez beneficia y en la mayoría de los casos daña al que la posee, no parecía que hablaba correctamente? ALC. Y si no entonces, ahora me lo parece, Sócrates.
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SÓC. Es necesario, pues, que tanto la ciudad como el alma que va a vivir correctamente se aferren a esta ciencia, exactamente igual que el enfermo al médico o el que va a navegar con seguridad al piloto. Pues sin ella, cuanto más brillantemente sople el viento de la fortuna, ya sea en la adquisición de riquezas, en la fuerza del cuerpo o en cualquier otra cosa de este tipo, mayores errores es necesario, al parecer, que se produzcan a partir de ellas. El que posee la llamada polimatía y politecnia, pero es huérfano de esta ciencia, y es llevado por cada una de las otras,¿ no sufrirá, en verdad, una gran tormenta, al pasar, creo, su vida sin piloto en alta mar, corriendo durante no mucho tiempo? De modo que me parece que ocurre aquí también lo del poeta, que dice, criticando a alguien, que sabía muchas obras, pero, dice, las sabía todas mal. ALC.¿ Y por qué ocurre lo del poeta, Sócrates? Pues a mí no me parece que haya dicho nada al respecto. SÓC. Y mucho al respecto; pero habla con enigmas, mi buen amigo, y este y otros poetas casi todos. Pues toda la poesía es por naturaleza enigmática y no es para que la reconozca el primer hombre que se encuentre; además de ser así por naturaleza, cuando se apodera de un hombre envidioso y que no quiere mostrarnos, sino ocultar lo más posible su propia sabiduría, el asunto parece extraordinariamente difícil de conocer, qué es lo que cada uno de ellos piensa. Pues no creo que creas que Homero, el más divino y sabio de los poetas, ignoraba que no es posible saber mal— pues él es quien dice que Margites sabía muchas cosas, pero, dice, las sabía todas mal—, sino que habla con enigmas, creo, usando el mal como adverbio en lugar de malvadamente, y sabía en lugar de saber; resulta, pues, compuesto fuera de la métrica, pero es lo que quiere decir, que sabía muchas obras, pero era un mal para él saber todas estas cosas. Es evidente, pues, que si era un mal para él saber muchas cosas, resultaba ser un hombre vil, si es que hay que creer en los argumentos anteriores. ALC. Pero a mí me lo parece, Sócrates; pues difícilmente podría creer en otros argumentos, si no creyera en estos. SÓC. Y te parece correctamente. ALC. De nuevo me lo parece.
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SÓC. Pero vamos, por Zeus— pues ves, ciertamente, la perplejidad, cuán grande y de qué clase es, y de ella también tú me parece que has participado; pues, cambiando de arriba abajo, no dejas de hacerlo, sino que lo que más te parece, eso mismo también lo abandonas y ya no te parece igual— si, pues, se te apareciera el dios al que te diriges y te preguntara, antes de que pidieras nada, si te bastaría con que sucediera algo de lo que se decía al principio, o si te permitiera a ti mismo pedir,¿ qué crees que tomarías de lo que él ofrece o qué pedirías que sucediera para obtener el momento oportuno? ALC. Pero, por los dioses, yo no tendría nada que decirte, Sócrates, así; sino que me parece algo insensato, y en verdad de mucha vigilancia, para que uno no se pida a sí mismo males, creyendo que son bienes, y luego, tras esperar un poco, lo que tú decías, se retracte, retirando lo que pidió al principio. SÓC.¿ No es entonces que el poeta, del que hice mención al principio de la conversación, sabía algo más que nosotros, cuando ordenaba apartar las cosas malas incluso a los que las piden? ALC. Eso me parece. SÓC. A este poeta, pues, Alcibíades, también los lacedemonios, emulándolo, o habiéndolo examinado ellos mismos, tanto en privado como en público, cada vez hacen una oración similar, pidiendo a los dioses que les concedan las cosas bellas además de las buenas; y nadie podría oír que ellos pidan más. Por tanto, en el tiempo transcurrido, no son menos afortunados que nadie; y si les ha sucedido no ser afortunados en todo, al menos no es por su oración, sino que está en manos de los dioses conceder lo que uno pide y lo contrario. Quiero contarte también otra cosa, que una vez oí de algunos ancianos, que habiendo surgido una diferencia entre atenienses y lacedemonios, sucedía siempre a nuestra ciudad que, tanto por tierra como por mar, cuando había batalla, sufría desgracias y nunca podía vencer; los atenienses, pues, indignados por el asunto y perplejos sobre qué artificio debían encontrar para apartar los males presentes, les pareció mejor enviar a preguntar a Amón; y además de esto, también por qué razón los dioses conceden la victoria más a los lacedemonios que a ellos mismos, quienes, decían, celebramos los sacrificios más numerosos y bellos de los griegos, hemos adornado sus templos con ofrendas como nadie más, ofrecíamos procesiones más costosas y solemnes a los dioses cada año, y gastábamos dinero como ningún otro conjunto de griegos;
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SÓC. Y a los lacedemonios, decían, nunca les importó nada de esto, sino que están tan descuidados respecto a los dioses que sacrifican animales defectuosos cada vez y honran todo lo demás con mucho menos que nosotros, poseyendo riquezas no menores que nuestra ciudad. Pues habiendo dicho esto y preguntado qué deben hacer para encontrar alivio a los males presentes, el profeta no respondió nada más— pues el dios no lo permitía, es evidente—, sino que, llamándolo, dijo: Amón dice esto a los atenienses: dice que preferiría que la piedad de los lacedemonios fuera mayor que todas las ofrendas de los griegos. Dijo esto, y nada más. La piedad, al menos, no me parece que el dios llame a otra cosa que a su oración; pues es, en verdad, muy diferente de la de los demás. Pues los demás griegos, unos presentando bueyes de cuernos dorados, otros regalando ofrendas a los dioses, piden lo que sea que les suceda, ya sean bienes o males; al oír, pues, que blasfeman, los dioses no aceptan estas costosas procesiones y sacrificios. Pero me parece que requiere mucha vigilancia y reflexión qué es lo que se debe decir y qué no. Encontrarás también en Homero otras cosas similares a estas. Pues dice que los troyanos, haciendo un campamento, ofrecían a los inmortales hecatombes perfectas; y que los vientos llevaban el aroma desde la llanura hasta el cielo, dulce; pero que los dioses felices no participaban de ella, ni querían; pues les era muy odiosa la sagrada Ilión y Príamo y el pueblo de Príamo, el de buena lanza; de modo que no les servía de nada sacrificar y ofrecer dones en vano, siendo odiosos a los dioses. Pues no creo que la naturaleza de los dioses sea tal que se dejen llevar por los dones como un mal prestamista; sino que también nosotros decimos un argumento sencillo, al pretender superar a los lacedemonios de esta manera. Pues sería terrible si los dioses miraran nuestros dones y sacrificios y no nuestra alma, si uno resulta ser piadoso y justo.
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SÓC. Mucho más, creo yo, que ante esas costosas procesiones y sacrificios, que nada impide que tanto un particular como una ciudad, habiendo cometido muchas faltas contra los dioses y contra los hombres, realicen cada año; pero aquellos, como no son sobornables, desprecian todo esto, tal como dice el dios y profeta de los dioses. En cualquier caso, parece que tanto ante los dioses como ante los hombres que tienen juicio, la justicia y la prudencia son honradas de manera especial; y no son otros los prudentes y justos que aquellos que saben lo que se debe hacer y decir tanto ante los dioses como ante los hombres. Quisiera también saber de ti qué es lo que tienes en mente respecto a esto. ALC. Pues a mí, Sócrates, no me parece de otra manera que como a ti y al dios; pues no sería razonable que yo emitiera un voto contrario al del dios. SÓC.¿ Entonces recuerdas que afirmabas estar en gran apuro, para no engañarte a ti mismo pidiendo males, creyendo que son bienes? ALC. Así es. SÓC.¿ Ves, pues, que no es seguro para ti acudir ante el dios a pedir, para que, si por casualidad sucediera, al oírte blasfemar no rechace este sacrificio, y tal vez incluso recibas algún otro mal como recompensa? A mí, por tanto, me parece que lo mejor es guardar silencio; pues no creo que quieras emplear la oración de los lacedemonios debido a su magnanimidad— que es el más hermoso de los nombres para la insensatez—. Por tanto, es necesario esperar hasta que uno aprenda cómo debe comportarse ante los dioses y ante los hombres. ALC.¿ Cuándo llegará, pues, ese momento, Sócrates, y quién será el que me instruya? Pues me parece que vería con mucho gusto quién es ese hombre. SÓC. Ese a quien le importas tú. Pero me parece que, tal como Homero dice que Atenea quitó la niebla de los ojos de Diomedes, para que distinguiera bien tanto al dios como al hombre, así también es necesario que tú primero quites de tu alma la niebla que ahora resulta estar presente, y que entonces, ya en ese momento, ofrezcas aquello por lo cual vas a distinguir tanto el mal como el bien. Pues ahora, a mi parecer, no serías capaz. ALC. Que la quite, ya sea que quiera la niebla o cualquier otra cosa; pues estoy dispuesto a no rehuir nada de lo que sea ordenado por aquel, quienquiera que sea el hombre, si es que voy a ser mejor.
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SÓC. Pues, ciertamente, también aquel tiene una disposición admirable hacia ti. ALC. Entonces, me parece que lo mejor es posponer el sacrificio hasta ese momento. SÓC. Y te parece correctamente; pues es más seguro que arriesgarse a un peligro tan grande. ALC. Pero,¿ cómo, Sócrates? Y, sin embargo, esta corona, puesto que me parece que me has aconsejado bien, te la pondré a ti; a los dioses, en cambio, les daremos tanto las coronas como todo lo demás que está establecido cuando vea que ha llegado ese día. Y llegará en poco tiempo, si ellos lo quieren. SÓC. Pues acepto también esto, y vería con gusto que yo mismo recibiera cualquier otra cosa que viniera de ti. Y así como Creonte, en la obra de Eurípides, al ver a Tiresias con las coronas y al oír que había recibido las primicias de los enemigos gracias a su arte, dice:« Tomé como presagio tus coronas de victoria; pues estamos en medio de una tempestad, como tú sabes», así también yo tomo como presagio esta opinión que viene de ti. Y me parece que no estoy en una tempestad menor que la de Creonte, y quisiera salir victorioso sobre tus amantes.

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