Cleitophon
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Original / primary: Spanish Gemini
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SÓCRATES: Alguien me contaba hace poco que Clitofonte, hijo de Aristónimo, al conversar con Lisias, censuraba las tertulias con Sócrates, mientras que elogiaba en extremo la compañía de Trasímaco. CLITOFONTE: Quienquiera que te haya referido mis conversaciones con Lisias sobre ti, Sócrates, no lo ha hecho con exactitud; pues, en efecto, algunas cosas no te las elogiaba, pero otras sí. Y puesto que es evidente que me reprochas, aunque finges no preocuparte en absoluto, me gustaría mucho exponértelas yo mismo, ya que nos encontramos a solas, para que no pienses que tengo una opinión tan baja de ti. Pues ahora, tal vez, has oído algo que no es correcto, de modo que pareces tener una actitud hacia mí más áspera de lo debido; pero si me concedes libertad de palabra, la aceptaría con mucho gusto y deseo hablar.
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SÓCRATES: Pues sería vergonzoso que, esforzándote tú por beneficiarme, yo no lo soportara; pues es evidente que, una vez que sepa en qué soy inferior y en qué superior, practicaré y perseguiré lo primero, y rechazaré con todas mis fuerzas lo segundo. CLITOFONTE: Pues escucha. Yo, Sócrates, al tratar contigo muchas veces, me quedaba atónito al escucharte, y me parecías hablar mejor que el resto de los hombres cuando, reprendiendo a los hombres, como un dios en una máquina trágica, cantabas diciendo:¿ Hacia dónde os dirigís, hombres?¿ Y desconocéis que no hacéis nada de lo debido, vosotros que ponéis todo vuestro empeño en el dinero para que lo tengáis, pero en cuanto a los hijos a quienes legaréis esto, para que sepan usarlo justamente, ni encontráis maestros de la justicia— si es que es algo que se puede aprender—, o si es algo que se puede ejercitar y practicar, no encontráis quienes los ejerciten y practiquen suficientemente—, ni siquiera antes os habéis cuidado a vosotros mismos de esa manera? Pero al ver que vosotros mismos y vuestros hijos habéis aprendido suficientemente letras, música y gimnasia— lo que consideráis que es una educación completa en la virtud— y que, después, no por ello sois menos malvados en cuanto al dinero,¿ cómo no despreciáis la educación actual y buscáis quiénes os librarán de esta falta de cultura? Y, sin embargo, debido a esta falta de armonía y negligencia, y no debido a la falta de medida en el pie respecto a la lira, es por lo que hermano con hermano y ciudades con ciudades, al comportarse sin medida y sin armonía, se enfrentan y, al guerrear, hacen y sufren lo peor. Pero vosotros decís que los injustos no son injustos por falta de educación ni por ignorancia, sino voluntariamente, y, a su vez, os atrevéis a decir que la injusticia es vergonzosa y odiada por los dioses;¿ cómo, pues, alguien elegiría voluntariamente un mal semejante? Sois más débiles, decís, que los placeres.¿ No es, entonces, esto también involuntario, si es que vencer es voluntario? De modo que, de cualquier manera, el razonamiento concluye que cometer injusticia es involuntario, y que todo hombre, tanto en privado como públicamente todas las ciudades, debe preocuparse más de lo que lo hace ahora. Estas cosas, Sócrates, cuando te oigo decirlas a menudo, las admiro mucho y las alabo de manera maravillosa. Y cuando, a su vez, dices lo que sigue a esto: que los que ejercitan el cuerpo pero han descuidado el alma hacen algo parecido, descuidando lo que debe mandar y esforzándose por lo que debe ser mandado. Y cuando dices que, aquello que uno no sabe usar, es mejor dejar su uso; si alguien no sabe usar los ojos, ni los oídos, ni el cuerpo en su totalidad, es mejor para él no oír, ni ver, ni hacer ningún otro uso del cuerpo que usarlo de cualquier manera.
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CLITOFONTE: Y, ciertamente, también respecto a la técnica de igual modo; pues quien no sabe usar su propia lira, es evidente que tampoco la del vecino, ni quien no sabe usar la de los demás, tampoco la suya, ni ningún otro de los instrumentos o posesiones. Y este razonamiento tuyo termina bien, al decir que quien no sabe usar el alma, para él es mejor mantener el alma en calma y no vivir que vivir actuando por su cuenta; y si hubiera alguna necesidad de vivir, para tal persona es mejor pasar la vida como esclavo que como libre, entregando, como quien entrega el timón de una nave, el gobierno de su intelecto a otro, al que ha aprendido el arte de gobernar a los hombres, que tú, Sócrates, llamas a menudo política, diciendo que esta misma es también la judicial y la justicia. Con estos razonamientos y otros muchísimos semejantes y dichos de manera tan hermosa, como que la virtud es enseñable y que uno debe preocuparse sobre todo de sí mismo, casi nunca he contradicho ni creo que contradiga jamás, y los considero muy exhortativos y muy beneficiosos, y que nos despiertan, sencillamente, como si estuviéramos dormidos. Prestaba, pues, atención a lo que seguía para escucharlo, preguntando no a ti primero, Sócrates, sino a tus compañeros de edad y condiscípulos o amigos, o como deba llamarse a tal relación contigo. Pues a los que se consideraba que eran los más cercanos a ti, les preguntaba primero, averiguando cuál sería el razonamiento siguiente, y exponiéndoles a ellos, en cierto modo, tu manera de pensar:« Los mejores», decía,«¿ cómo aceptamos ahora la exhortación de Sócrates a la virtud?¿ Como si esto fuera lo único, y no hubiera posibilidad de profundizar en el asunto y alcanzarlo plenamente, sino que nuestra tarea durante toda la vida será exhortar a los que aún no han sido exhortados, y a aquellos, a su vez, a otros?¿ O debemos preguntar a Sócrates y entre nosotros lo que sigue a esto, habiendo acordado que esto mismo es lo que el hombre debe hacer, qué es lo que viene después?¿ Cómo decimos que debemos empezar respecto al aprendizaje de la justicia?». Como si alguien nos exhortara a preocuparnos del cuerpo, sin prever, al vernos como niños, que existe una gimnasia y una medicina, y luego nos reprochara diciendo que es vergonzoso poner todo el empeño en el trigo, la cebada y las vides, y en todo lo que nos esforzamos y adquirimos por causa del cuerpo, y no encontrar ninguna técnica ni medio para que el cuerpo sea lo mejor posible, siendo así que existe.
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CLITOFONTE: Y si le hubiéramos preguntado al que nos exhorta a esto:«¿ Dices que cuáles son estas técnicas?», habría dicho quizás que la gimnasia y la medicina. Y ahora, pues,¿ cuál decimos que es la técnica para la virtud del alma? Que se diga. El que parecía ser el más firme de ellos al responder a esto, me dijo que esta técnica es la misma que oyes decir a Sócrates, dijo, ninguna otra que la justicia. Y al decir yo:« No me digas solo el nombre, sino de esta manera: se dice que existe una técnica, la medicina; de esta hay dos resultados: uno, producir siempre médicos además de los que ya existen, y otro, la salud; pero uno de estos ya no es la técnica, sino el producto de la técnica que enseña y es enseñada, lo que llamamos salud. Y de la carpintería, de igual modo, la casa y la carpintería son, por un lado, el producto, y por otro, la enseñanza. De la justicia, de igual modo, que sea producir justos, como allí los artesanos cada uno; pero lo otro,¿ qué decimos que es este producto que el justo puede producirnos? Dilo». Este, según creo, respondió que lo conveniente, otro que lo debido, otro que lo útil, y aquel que lo provechoso. Yo replicaba diciendo que también allí esos nombres existen en cada una de las técnicas: actuar correctamente, lo provechoso, lo útil y las demás cosas semejantes; pero hacia qué tienden todas estas cosas, cada técnica dirá lo suyo, como la carpintería dirá que el bien, lo bello, lo debido, de modo que los utensilios de madera se produzcan, lo cual, ciertamente, no es la técnica. Que se diga también lo de la justicia de igual modo. Al final, uno de tus compañeros, Sócrates, me respondió, el que pareció hablar con más elegancia, que este sería el producto propio de la justicia, que no es el de ninguna otra: producir amistad en las ciudades. Y este, a su vez, al ser preguntado, dijo que la amistad es un bien y nunca un mal, y no aceptaba que las amistades de los niños y las de los animales, a las que nosotros llamamos con este nombre, fueran amistades al ser preguntado; pues le resultaba que la mayoría de tales amistades son más dañinas que buenas. Evitando, pues, tal cosa, dijo que ni siquiera tales amistades son amistades, y que llaman falsamente a esto los que así las nombran; y que la amistad real y verdadera es, con toda claridad, la concordia. Y al ser preguntado si por concordia decía opinión común o conocimiento, despreciaba la opinión común; pues se veía obligado a que muchas opiniones comunes de los hombres fueran dañinas, y había acordado que la amistad es un bien en todo caso y producto de la justicia, de modo que afirmó que la concordia y el conocimiento son lo mismo, y no una opinión.
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CLITOFONTE: Cuando estábamos en este punto del razonamiento, sin saber qué hacer, los presentes fueron capaces de reprenderle y decir que el razonamiento ha vuelto al mismo punto que los primeros, y decían que también la medicina es una especie de concordia y todas las técnicas, y pueden decir sobre qué son; pero la justicia o concordia que tú dices, hacia dónde tiende, se ha escapado, y es incierto cuál es su producto. Estas cosas, Sócrates, al final te las preguntaba a ti mismo, y me dijiste que de la justicia es dañar a los enemigos y hacer bien a los amigos. Pero después resultó que el justo no daña nunca a nadie; pues todas las cosas las hace para beneficio de todos. Estas cosas, no una ni dos veces, sino habiendo soportado mucho tiempo y suplicando, me he cansado, pensando que exhortar al cuidado de la virtud lo haces mejor que nadie, pero que ocurre una de dos: o que solo puedes hacer eso y nada más, lo cual podría ocurrir también respecto a cualquier otra técnica, como que alguien que no es timonel se ejercite en el elogio sobre ella, como que es de gran valor para los hombres, y de igual modo sobre las otras técnicas; lo mismo podría alguien achacarte a ti respecto a la justicia, que no eres más conocedor de la justicia porque la elogies bien. Sin embargo, mi caso no es así; ocurre una de dos: o que no lo sabes o que no quieres compartirlo conmigo. Por estas razones, creo que iré hacia Trasímaco y a donde pueda, sin saber qué hacer; pues si tú quisieras dejar ya conmigo estos razonamientos exhortativos, y, como si hubieras exhortado a no descuidar el cuerpo respecto a la gimnasia, dijeras lo que sigue al razonamiento exhortativo, como qué cuidado necesita mi cuerpo por naturaleza, y ahora, pues, que ocurra lo mismo. Supón que Clitofonte está de acuerdo en que es ridículo preocuparse de las otras cosas, pero haber descuidado el alma, por cuya causa nos esforzamos en las demás; y considera que he dicho ahora todas las demás cosas que siguen a esto, que acabo de exponer. Y te lo pido diciendo que no hagas de ninguna manera otra cosa, para que no ocurra, como ahora, que algunas cosas te las alabe ante Lisias y ante los demás, y otras, en cambio, te las censure. Pues diré que, para un hombre no exhortado, tú, Sócrates, vales todo, pero para uno ya exhortado, eres casi un obstáculo para llegar al fin de la virtud y ser feliz.