Critias
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Original / primary: Spanish Gemini
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TI.¡ Qué aliviado me siento, Sócrates, como quien ha descansado tras un largo camino, al haberme liberado ahora tan gratamente de la dificultad de este discurso! Al dios que acaba de convertirse en tal, antes por sus obras desde hace mucho tiempo y ahora por mis palabras, le ruego que, si hemos dicho algo con mesura, nos conceda la salvación de lo dicho, y si, contra el ritmo, hemos dicho algo involuntariamente, que nos imponga el castigo adecuado. Pues el castigo justo es hacer que el que se equivoca se ajuste al ritmo. Para que, en adelante, hablemos correctamente sobre la generación de los dioses, le rogamos que nos conceda el fármaco más perfecto y el mejor de los fármacos: la ciencia. Tras esta oración, y según lo acordado, cedo el siguiente discurso a Critias. CRI. Pues bien, Timeo, acepto, pero, al igual que tú hiciste al principio pidiendo indulgencia por tener que hablar de grandes temas, yo también pido ahora lo mismo, y reclamo obtenerla aún más, si cabe, respecto a lo que está por decirse.
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CRI. Aunque sé que voy a pedir una indulgencia muy ambiciosa y más rústica de lo debido, debo decirla. Pues,¿ quién, en su sano juicio, intentaría decir que lo que tú has expuesto no se ha dicho bien? Pero debo intentar explicar de algún modo que lo que va a decirse requiere mayor indulgencia por ser más difícil. Porque, Timeo, al hablar de los dioses ante los hombres, parece más fácil hablar de manera suficiente que al hablar de los mortales ante nosotros. La inexperiencia y la gran ignorancia de los oyentes sobre tales asuntos proporcionan mucha facilidad al que va a hablar de ellos; pero sobre los dioses, sabemos cómo estamos. Para aclarar lo que digo, seguidme en esto: es necesario que todo lo que hemos dicho sea una imitación y una representación. Observemos la creación de imágenes de los pintores respecto a los cuerpos divinos y humanos, en cuanto a la facilidad y dificultad para parecer a los ojos de los espectadores que han imitado suficientemente, y veremos que, si alguien es capaz de imitar aunque sea un poco la semejanza de la tierra, las montañas, los ríos, el cielo entero y lo que hay y se mueve en él, nos damos por satisfechos; además, como no sabemos nada preciso sobre tales cosas, ni examinamos ni refutamos lo pintado, sino que usamos una representación sombría y engañosa. Pero cuando alguien intenta representar nuestros cuerpos, al percibir agudamente lo que falta debido a la familiaridad constante, nos volvemos jueces severos con quien no logra todas las semejanzas. Lo mismo debe observarse en los discursos: nos damos por satisfechos con que las cosas celestiales y divinas se digan de manera mínimamente verosímil, mientras que examinamos con precisión las mortales y humanas. Por tanto, si no podemos lograr la adecuación en lo que se dice ahora, hay que ser indulgentes; pues no hay que pensar que representar las cosas mortales es fácil, sino que es difícil respecto a la opinión.
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CRI. Con el deseo de recordaros esto, y pidiendo una indulgencia no menor, sino mayor, para lo que está por decirse, he dicho todo esto, Sócrates. Si me parece justo pedir este favor, concededlo voluntariamente. SO.¿ Cómo no vamos a concederlo, Critias? Y, además, que se le conceda lo mismo a Hermócrates de nuestra parte. Pues es evidente que, poco después, cuando le toque hablar, pedirá lo mismo que vosotros; así que, para que busque otro comienzo y no se vea obligado a decir el mismo, que hable contando con que la indulgencia le será concedida entonces. Sin embargo, te advierto, querido Critias, sobre la disposición del teatro, que el poeta anterior ha tenido un éxito maravilloso en él, de modo que necesitarás muchísima indulgencia si quieres ser capaz de estar a su altura. HER. Lo mismo me adviertes a mí, Sócrates, que a este. Pero los hombres desanimados nunca han erigido un trofeo, Critias; así que es necesario avanzar valientemente en el discurso e invocar al Peán y a las Musas para revelar y celebrar a los antiguos ciudadanos que fueron buenos. CRI. Querido Hermócrates, estando situado el último y teniendo a otro delante, todavía te atreves. Lo que esto significa, pronto te lo mostrará; pero debes obedecer a quien te consuela y te anima, y además de a los dioses que has mencionado, hay que invocar a los demás y, sobre todo, a Mnemósine. Pues casi todo lo más importante de nuestros discursos está en esta diosa; pues, habiendo recordado suficientemente y relatado lo que dijeron en su día los sacerdotes y lo que Solón trajo aquí, sé casi con certeza que parecerá a este teatro que hemos cumplido moderadamente con lo que corresponde. Por tanto, hay que hacerlo ya y no demorarse más. Ante todo, recordemos que el plazo era de nueve mil años, desde que se anunció la guerra entre los que habitaban fuera de las Columnas de Hércules y todos los que estaban dentro; la cual debemos concluir ahora. Se decía que esta ciudad nuestra inició y llevó a cabo toda la guerra, y que los reyes de la isla de la Atlántida, que dijimos que era una isla mayor que Libia y Asia, pero que ahora, hundida por terremotos, es un lodo intransitable para los que navegan desde aquí hacia todo el océano, impidiendo el paso.
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CRI. La exposición del discurso, al ir desarrollándose, revelará lo que corresponda sobre las muchas naciones bárbaras y los linajes de los griegos de entonces; pero es necesario tratar primero, desde el principio, sobre los atenienses de aquel tiempo y sus adversarios, contra quienes lucharon, tanto su poder como sus constituciones. De estos mismos, es preferible hablar primero de los de aquí. Pues los dioses se repartían toda la tierra por regiones, no por disputa— pues no sería razonable que los dioses ignoraran lo que corresponde a cada uno de ellos, ni que, conociéndolo, intentaran obtener para sí mediante disputas lo que más corresponde a otros—, sino que, mediante suertes de justicia, asignaban las tierras a lo que les era afín y, tras asignarlas, nos criaban como pastores a sus rebaños, como posesiones y crías suyas, aunque no forzando cuerpos con cuerpos, como pastores que guían al ganado con golpes, sino, como donde el ser vivo es más dócil, dirigiéndolo desde la popa, como con un timón, tocando el alma según su propia intención, así gobernaban guiando a todo lo mortal. Otros, pues, habiendo obtenido por sorteo otros lugares, los adornaban, pero Hefesto y Atenea, teniendo una naturaleza común, al ser hermanos del mismo padre y al haber llegado a lo mismo por la filosofía y la técnica, obtuvieron en común esta tierra como propia y adecuada por naturaleza para la virtud y la prudencia, y, habiendo engendrado hombres buenos, pusieron en su mente el orden de la constitución; cuyos nombres se han conservado, pero sus obras han desaparecido debido a las destrucciones de quienes los sucedieron y a la longitud de los tiempos. Pues el linaje que siempre quedaba, como se dijo antes, permanecía montañés y analfabeto, habiendo oído solo los nombres de los poderosos de la tierra y poco más sobre sus obras. Por tanto, apreciaban los nombres para sus descendientes, pero no conocían las virtudes ni las leyes de los anteriores, salvo algunas noticias oscuras sobre cada cosa, y al estar ellos y sus hijos en la carencia de lo necesario durante muchas generaciones, teniendo la mente puesta en lo que les faltaba, hablaban de ello y descuidaban lo que había sucedido en tiempos anteriores.
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CRI. Pues la mitología y la búsqueda de las cosas antiguas llegan a las ciudades junto con el ocio, cuando ven que las necesidades de la vida ya están cubiertas, pero antes no. De este modo, los nombres de los antiguos se han conservado sin las obras. Digo esto infiriendo que, sobre la mayoría de los nombres de Cécrope, Erecteo, Erictonio, Erisictón y los demás que se recuerdan de los antiguos antes de Teseo, Solón decía que los sacerdotes le contaban que la guerra de entonces se refería a ellos, y lo mismo sobre las mujeres. E incluso la figura y la estatua de la diosa, como entonces las ocupaciones eran comunes para las mujeres y los hombres en lo relativo a la guerra, es un testimonio de que la diosa estaba armada según aquella ley, una muestra de que todos los seres vivos, hembras y machos, tienen por naturaleza la posibilidad de practicar en común la virtud que corresponde a cada linaje. En aquel tiempo, en esta tierra, las otras naciones de ciudadanos se dedicaban a las artesanías y al sustento de la tierra, pero el linaje guerrero, separado desde el principio por hombres divinos, vivía aparte, teniendo todo lo necesario para el sustento y la educación, sin poseer ninguno nada propio, sino considerando todo de todos como común, y sin pretender recibir de los otros ciudadanos nada más allá del sustento suficiente, y practicando todas las ocupaciones mencionadas ayer, cuantas se dijeron sobre los guardianes propuestos. Y también se decía lo que era verosímil y verdadero sobre nuestra tierra: primero, que en aquel tiempo tenía sus límites definidos hacia el istmo y, por la otra parte del continente, hasta las cumbres del Citerón y el Parnés, descendiendo los límites teniendo a la derecha Oropia y, a la izquierda, limitando hacia el mar con el Asopo; y que toda la tierra era superada en virtud por la de aquí, por lo cual la tierra era capaz entonces de alimentar a un gran ejército libre de los trabajos de la tierra.
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CRI. Y es una gran prueba de su virtud: pues el resto que queda ahora es comparable a cualquier otro por ser fértil y rico en frutos y buen pasto para todos los animales. Pero entonces, además de su belleza, producía todo esto en abundancia.¿ Cómo es, pues, esto creíble, y en qué sentido se diría correctamente que es un resto de la tierra de entonces? Toda ella se extiende desde el resto del continente hacia el mar como un promontorio; el lecho marino que la rodea resulta ser muy profundo. Por tanto, habiendo ocurrido muchos y grandes cataclismos en los nueve mil años— pues tantos años han pasado desde aquel tiempo hasta el presente—, la tierra que se desprende de las alturas en estos tiempos y desastres no forma un sedimento digno de mención, como en otros lugares, sino que siempre fluye en círculo y desaparece en la profundidad; por lo tanto, ha quedado, como en las pequeñas islas, lo que ahora es como los huesos de un cuerpo enfermo en comparación con lo de entonces, habiéndose desprendido la tierra fértil y blanda, quedando solo el cuerpo delgado de la tierra. Pero entonces, al estar intacta, tenía montañas con altas colinas, y poseía los campos ahora llamados de pasto llenos de tierra fértil, y tenía mucha madera en las montañas, de la cual aún hoy hay pruebas claras; pues hay algunas montañas que ahora solo tienen alimento para abejas, pero no hace mucho tiempo que se cortaron árboles de allí para las construcciones más grandes, cuyos techos aún están intactos. Había muchos otros árboles cultivados y altos, y producía un pasto incalculable para el ganado. Y también aprovechaba el agua anual de Zeus, no como ahora, que se pierde fluyendo desde la tierra desnuda hacia el mar, sino que, al tener mucha y recibirla en sí misma, almacenándola en la tierra arcillosa que la cubría, el agua absorbida desde las alturas la liberaba en las hondonadas, proporcionando en todos los lugares abundantes corrientes de fuentes y ríos, de los cuales aún hoy quedan señales sagradas en las fuentes que existían antes, prueba de que lo que se dice ahora sobre ella es verdadero. La otra parte de la tierra tenía esta naturaleza y estaba dispuesta, como es natural, por verdaderos agricultores que se dedicaban a esto mismo, amantes de la belleza y bien dotados, que tenían la mejor tierra y el agua más abundante y, sobre la tierra, estaciones mezcladas de la manera más moderada; así estaba habitada la ciudad en aquel tiempo.
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CRI. Primero, la acrópolis tenía entonces una forma distinta a la actual. Pues ahora, una sola noche húmeda, tras terremotos y antes de la destrucción de Deucalión, habiendo ocurrido una inundación extraordinaria por tercera vez, la ha dejado desnuda y erosionada; pero antes, en otro tiempo, su tamaño se extendía hasta el Erídano y el Iliso, abarcando dentro la Pnix y teniendo el monte Licabeto como límite desde el lado opuesto a la Pnix, y era toda terrosa y, salvo poco, plana por encima. Estaba habitada en el exterior, bajo sus laderas, por los artesanos y los agricultores que cultivaban cerca; pero arriba, el linaje guerrero vivía solo por sí mismo alrededor del templo de Atenea y Hefesto, como el jardín de una sola casa, rodeados por un único muro. Pues habitaban la parte norte construyendo casas comunes y comedores de invierno, y todo lo que era propio de la constitución común mediante construcciones de ellos mismos y de los templos, sin oro ni plata— pues no usaban estos para nada en ninguna parte, sino que, buscando el término medio entre la arrogancia y la bajeza, construían casas ordenadas, en las que ellos mismos y los descendientes de sus descendientes envejecían y las entregaban siempre a otros semejantes—; y las partes hacia el sur, dejando jardines, gimnasios y comedores como para el verano, los usaban para esto. Había una fuente en el lugar de la actual acrópolis, cuyas corrientes, al haberse extinguido por los terremotos, han quedado ahora pequeñas en círculo, pero a todos los de entonces les proporcionaba un flujo abundante, siendo templada tanto para el invierno como para el verano. Habitaban con esta disposición, siendo guardianes de sus propios ciudadanos y líderes de los demás griegos voluntarios, preservando una multitud de hombres y mujeres, los que ya podían luchar y los que aún podían, de unos veinte mil. Estos, pues, siendo tales y administrando siempre de tal modo lo suyo y lo de Grecia con justicia, eran famosos y los más renombrados de todos los de entonces por la belleza de sus cuerpos y por toda clase de virtud de sus almas; y cómo eran los que lucharon contra ellos y cómo sucedió desde el principio, si no nos falta la memoria de lo que oímos siendo aún niños, lo expondremos ahora para que sea común a vosotros, los amigos.
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CRI. Aún queda poco por aclarar antes del discurso, para que no os sorprendáis al oír nombres griegos de hombres bárbaros; pues sabréis la causa. Solón, al pensar en utilizar el discurso para su propia poesía, indagando el significado de los nombres, descubrió que los egipcios, los primeros que los escribieron, los habían trasladado a su propia lengua, y él mismo, a su vez, tomando el significado de cada nombre, los transcribió al llevarlos a nuestra lengua; y estos escritos estaban en poder de mi abuelo y aún están conmigo ahora, y los he practicado desde que era niño. Así que, si oís nombres como los de aquí, que no sea para vosotros ninguna sorpresa; pues tenéis la causa. El comienzo de un largo discurso era entonces de tal tipo. Como se dijo antes sobre la asignación de los dioses, que repartieron toda la tierra, aquí partes mayores y allí menores, construyendo templos y sacrificios para sí mismos, así también Poseidón, habiendo obtenido por sorteo la isla de la Atlántida, instaló a sus descendientes habiéndolos engendrado de una mujer mortal en un lugar de la isla. Hacia el mar, pero en el centro de toda ella, había una llanura que se dice que es la más hermosa de todas las llanuras y capaz de toda virtud, y junto a la llanura, a su vez, en el centro, a unos cincuenta estadios de distancia, había un monte pequeño por todas partes. En este habitaba uno de los hombres que habían nacido de la tierra al principio, llamado Evenor, que vivía con su mujer Leucipe; engendraron una hija única, Clito. Cuando la joven llegó a la edad de casarse, mueren su madre y su padre, y Poseidón, sintiendo deseo, se une a ella y, haciendo la colina en la que vivía inexpugnable, la rodea en círculo, haciendo círculos alternos de mar y tierra, mayores y menores, dos de tierra y tres de mar, como torneándolos desde el centro de la isla, a igual distancia por todas partes, de modo que fuera inaccesible para los hombres; pues aún no había barcos ni navegación. Él mismo, como dios, adornó fácilmente la isla que estaba en el centro, haciendo brotar dos fuentes de agua bajo tierra, una caliente y otra fría que fluía de una fuente, y haciendo brotar de la tierra toda clase de alimento suficiente.
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CRI. Engendró cinco parejas de hijos varones y los crió, y habiendo dividido toda la isla de la Atlántida en diez partes, asignó al mayor de los primogénitos la morada de la madre y la parte circundante, que era la mayor y mejor, y lo estableció como rey de los demás, y a los otros les dio el mando y un territorio de mucha tierra. A todos les puso nombres; al primogénito y rey, el nombre del cual toda la isla y el mar recibieron su nombre, llamado Atlántico, porque el nombre del primer rey de entonces era Atlas; al gemelo nacido después de él, que obtuvo la parte de la punta de la isla hacia las Columnas de Hércules, hacia el lugar que ahora se llama de la región Gadírica, le puso en griego Eumelo, pero en la lengua local Gadiro, que es el nombre que daría lugar a este. A los dos segundos nacidos los llamó Anfere y Evemón; a los terceros, Mneseo al primero y Autóctono al nacido después; a los cuartos, Elasipo al primero y Méstor al segundo; y a los quintos, al anterior se le puso el nombre de Azaes y al segundo Diaprepes. Todos estos, ellos mismos y sus descendientes, vivieron durante muchas generaciones gobernando muchas otras islas a lo largo del mar, y además, como se dijo antes, dominando hasta Egipto y Tirrenia, dentro de este lado. De Atlas surgió un linaje numeroso y honorable, y el rey primogénito, entregando siempre la realeza al primogénito de los descendientes, la conservaron durante muchas generaciones, poseyendo una riqueza en tal cantidad que ni antes había existido en los dominios de ningún rey ni es fácil que exista después, y todo lo que había que construir en la ciudad y en el resto de la tierra estaba preparado para ellos. Pues muchas cosas les llegaban del exterior debido a su dominio, pero la isla misma proporcionaba la mayoría de las cosas para el sustento de la vida, primero todo lo que se extrae de la minería, tanto sólido como fundible, y lo que ahora solo se nombra— pero entonces era más que un nombre el metal extraído de la tierra, el oricalco, en muchos lugares de la isla, siendo el más valioso después del oro de los que había entonces—, y todo lo que la madera proporciona para los trabajos de los carpinteros, produciéndolo todo en abundancia, y además criando suficientemente animales domésticos y salvajes.
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CRI. Y también había en ella una gran cantidad de elefantes; pues había pasto suficiente para todos los demás animales que viven en pantanos, lagos y ríos, y para los que viven en las montañas y en las llanuras, y también para este animal, que es el mayor y el que más come. Además, todo lo que la tierra produce ahora como aromático, de raíces, hierbas, maderas, jugos que destilan, flores o frutos, lo producía y criaba bien; y también el fruto cultivado, tanto el seco, que es para nuestro sustento, y todo lo que usamos para el grano— llamamos a todas sus partes legumbres—, como el que es leñoso, que proporciona bebidas, alimentos y ungüentos, y el fruto de cáscara dura, difícil de almacenar, que se creó por juego y placer, y todo lo que ponemos como consuelo de la saciedad después de la comida para el que está cansado, todo esto lo producía la isla que entonces estaba bajo el sol, sagrada, hermosa, maravillosa y en cantidades infinitas. Tomando todo esto de la tierra, construían los templos, las moradas reales, los puertos, los astilleros y todo el resto de la tierra, ordenándolos en tal disposición. Los círculos de mar que rodeaban la antigua metrópolis, primero los cubrieron con puentes, haciendo un camino hacia fuera y hacia los palacios. Los palacios los construyeron desde el principio en esta morada del dios y de los antepasados, y cada uno, recibiéndolo de otro, adornando lo adornado, superaba siempre al anterior en la medida de lo posible, hasta que terminaron la morada con tamaños y bellezas de obras dignas de ver. Pues, comenzando desde el mar, excavaron un canal de tres pletros de ancho, cien pies de profundidad y cincuenta estadios de longitud, hasta el círculo más exterior, y por ahí hicieron la entrada desde el mar hacia aquel como si fuera un puerto, abriendo una boca suficiente para los barcos más grandes. Y también los círculos de tierra que separaban los del mar, los dividieron mediante los puentes con un paso suficiente para que una trirreme pasara de uno a otro, y los cubrieron por encima de modo que el paso por debajo fuera navegable; pues los bordes de los círculos de tierra tenían suficiente profundidad sobre el mar. El mayor de los círculos, en el que el mar estaba conectado, tenía tres estadios de ancho, y el siguiente de tierra era igual a aquel; de los dos segundos, el de agua tenía dos estadios de ancho, y el seco era igual al anterior de agua; y el que rodeaba la isla que estaba en el centro tenía un estadio.
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CRI. La isla en la que estaban los palacios tenía cinco estadios de diámetro. Esta, junto con los círculos y el puente de un pletro de ancho, la rodearon por todas partes con un muro de piedra, colocando torres y puertas en los puentes en cada paso del mar; la piedra la cortaban de la isla que estaba en el centro y de los círculos por fuera y por dentro, siendo una blanca, otra negra y otra roja, y al cortarlas, construían al mismo tiempo astilleros dobles y huecos en el interior, cubiertos por la misma roca. Y de las construcciones, unas eran simples, otras, mezclando las piedras, las tejían variadas por juego, otorgándoles un placer natural; y el muro alrededor del círculo más exterior lo recubrieron todo con bronce, como si fuera un barniz, el interior lo recubrieron con estaño, y el que rodeaba la acrópolis misma con oricalco que tenía destellos ígneos. Los palacios dentro de la acrópolis estaban construidos así: en el centro había un templo sagrado de Clito y Poseidón, al que no se podía entrar, rodeado por un muro de oro, en el que al principio engendraron y nacieron el linaje de los diez reyes; allí, cada año, de todas las diez partes, traían ofrendas sagradas para cada uno de ellos. Había un templo del mismo Poseidón, de un estadio de longitud, tres pletros de ancho y una altura proporcional a estos, de aspecto algo bárbaro. Todo el templo lo recubrieron por fuera con plata, excepto los acroterios, y los acroterios con oro; por dentro, el techo era de marfil, todo adornado con oro, plata y oricalco, y todo lo demás de las paredes, columnas y suelo lo recubrieron con oricalco. Colocaron estatuas de oro: el dios de pie sobre un carro de seis caballos alados, tocando con la cabeza el techo por su tamaño, y cien Nereidas alrededor sobre delfines— pues tantas creían los de entonces que eran—; y había dentro muchas otras estatuas, ofrendas de particulares. Alrededor del templo, por fuera, estaban las imágenes de oro de todos, de las mujeres y de todos los que habían nacido de los diez reyes, y muchas otras ofrendas grandes de los reyes y de particulares, tanto de la ciudad misma como de los lugares de fuera que dominaban.
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CRI. Había un altar acorde en tamaño y trabajo a esta construcción, y los palacios, de la misma manera, eran adecuados a la magnitud del dominio y al adorno de los templos. A las fuentes, la de agua fría y la de agua caliente, que tenían una cantidad abundante y cuya agua era maravillosa por su placer y virtud para cada uso, las usaban rodeándolas con construcciones y plantaciones de árboles adecuadas a las aguas, y añadiendo depósitos, unos al aire libre y otros cubiertos para los baños calientes en invierno, separados los reales de los particulares, y además otros para las mujeres y otros para los caballos y los demás animales de carga, distribuyendo el adorno adecuado a cada uno. El agua que fluía la llevaban al bosque de Poseidón, que tenía árboles de toda clase de belleza y altura divina por la virtud de la tierra, y la conducían a los círculos exteriores mediante canales a lo largo de los puentes; allí se habían construido muchos templos de muchos dioses, muchos jardines y muchos gimnasios, unos para hombres y otros para caballos, por separado en cada una de las islas de los círculos, y además, en el centro de la mayor de las islas, tenían un hipódromo reservado, de un estadio de ancho, y la longitud se extendía por todo el círculo para la competición de los caballos. Había casas de guardia a ambos lados para la multitud de los guardias; a los más fieles se les había asignado la guardia en el círculo más pequeño y más cercano a la acrópolis, y a los que más destacaban en fidelidad se les habían dado casas dentro de la acrópolis, alrededor de los reyes mismos. Los astilleros estaban llenos de trirremes y de todo el equipo que corresponde a las trirremes, todo preparado suficientemente. Así estaba construida la morada de los reyes; y al cruzar los tres puertos, comenzando desde el mar, había un muro en círculo, a cincuenta estadios de distancia del círculo mayor y del puerto por todas partes, y se cerraba en el mismo punto hacia la boca del canal que daba al mar. Todo esto estaba habitado por muchas y densas casas, y el canal y el puerto mayor estaban llenos de barcos y mercaderes que llegaban de todas partes, que producían voces, ruidos de toda clase y estruendo durante el día y la noche por la multitud.
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CRITIAS: La ciudad y el entorno de la antigua morada han quedado ya recordados casi tal como se describieron entonces; ahora debemos intentar rememorar cómo era la naturaleza del resto del país y la forma de su ordenación. En primer lugar, se decía que todo el lugar era muy elevado y escarpado desde el mar, pero que toda la llanura que rodeaba la ciudad, aunque estaba rodeada a su vez por montañas que descendían hasta el mar, era lisa y llana, y toda ella de forma oblonga, extendiéndose tres mil estadios por un lado y dos mil desde el mar hacia el centro. Este lugar de toda la isla estaba orientado hacia el sur y protegido de los vientos del norte. Se celebraba entonces que las montañas que lo rodeaban superaban en número, tamaño y belleza a todas las que existen hoy, albergando en su interior muchas aldeas ricas de habitantes, así como ríos, lagos y praderas que proporcionaban alimento suficiente para todos los animales, tanto domésticos como salvajes, y una madera variada en cantidad y especies, abundante para todas las obras y para cada necesidad. Así pues, la llanura había sido trabajada por la naturaleza y por muchos reyes a lo largo de mucho tiempo. Era en su mayor parte rectangular y oblonga, y lo que le faltaba se rectificó mediante una zanja excavada en círculo; decir que su profundidad, anchura y longitud eran increíbles, como obra hecha por mano humana, junto con los otros trabajos, sería excesivo, pero debemos decir lo que oímos: se había excavado hasta una profundidad de un pletro, su anchura era de un estadio en todas partes, y al haber sido excavada alrededor de toda la llanura, su longitud resultaba ser de diez mil estadios. Recibía las corrientes que bajaban de las montañas y, tras rodear la llanura, llegaba a la ciudad por ambos lados y desde allí se dejaba fluir hacia el mar. Desde arriba, canales rectos de cien pies de anchura, cortados a través de la llanura, se dirigían de nuevo hacia la zanja que daba al mar, distando cada uno del otro cien estadios; por ellos bajaban la madera de las montañas hacia la ciudad y transportaban los demás productos de temporada en barcos, cruzando los canales que se cortaban entre sí oblicuamente y hacia la ciudad. Dos veces al año obtenían los frutos de la tierra, utilizando en invierno las lluvias de Zeus y en verano los caudales que traían de los canales.
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CRITIAS: En cuanto a la multitud, se había ordenado que cada uno de los hombres útiles para la guerra en la llanura proporcionara un jefe por cada lote, siendo el tamaño del lote de diez por diez estadios, y el total de los lotes era de sesenta mil. De los hombres de las montañas y del resto del país se decía que el número era inmenso, y todos estaban distribuidos por lugares y aldeas entre estos lotes bajo los jefes. Al jefe le estaba asignado proporcionar para la guerra la sexta parte de un carro de combate hasta completar diez mil carros, además de dos caballos y sus jinetes, y también una yunta sin carro con un combatiente que llevaba un escudo pequeño y un conductor que guiaba a los dos caballos con un pasajero, además de dos hoplitas, dos arqueros y dos honderos, y tres soldados ligeros lanzadores de piedras y tres lanceros, y cuatro marineros para completar la dotación de mil doscientas naves. Así estaban dispuestas las fuerzas de combate de la ciudad real, mientras que las de los otros nueve eran diferentes, lo cual sería largo de contar. En cuanto a las magistraturas y los honores, estaban organizados desde el principio de la siguiente manera: cada uno de los diez reyes gobernaba en su propia parte y en su propia ciudad sobre los hombres y sobre la mayoría de las leyes, castigando y ejecutando a quien quisiera; pero el mando y la relación entre ellos se regían por las cartas de Poseidón, tal como la ley les había transmitido y como estaba escrito por los primeros reyes en una estela de oricalco, que se encontraba en el centro de la isla, en el templo de Poseidón, donde se reunían cada cinco años, y a veces alternativamente cada seis, asignando una parte igual tanto al número par como al impar. Al reunirse, deliberaban sobre los asuntos comunes, examinaban si alguien había transgredido algo y juzgaban. Cuando iban a juzgar, se daban garantías mutuas de la siguiente manera: habiendo toros sueltos en el templo de Poseidón, ellos diez, estando solos, tras rogar al dios que eligiera la víctima que le fuera grata, los cazaban sin hierro, con palos y lazos, y al toro que capturaban, lo llevaban ante la estela y lo degollaban sobre la parte superior de esta, sobre las inscripciones. En la estela, además de las leyes, había un juramento que invocaba grandes maldiciones sobre los desobedientes.
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CRITIAS: Cuando, según sus leyes, sacrificaban y consagraban todos los miembros del toro, mezclaban una crátera y vertían un coágulo de sangre por cada uno, llevando el resto al fuego tras purificar la estela alrededor. Después de esto, sacando con copas de oro de la crátera y vertiendo libaciones sobre el fuego, juraban juzgar según las leyes de la estela y castigar a quien hubiera transgredido algo anteriormente, y que en adelante no transgredirían voluntariamente ninguna de las escrituras, ni mandarían ni obedecerían a quien mandara nada que no fuera conforme a las leyes del padre. Tras haber invocado esto cada uno para sí mismo y para su linaje, bebían y depositaban la copa en el templo del dios, y después de pasar el tiempo en la cena y en los menesteres necesarios, cuando llegaba la oscuridad y el fuego alrededor de los sacrificios se había enfriado, todos, vistiendo una túnica azul de la mayor belleza, se sentaban en el suelo sobre las cenizas de los juramentos, de noche, apagando todo el fuego alrededor del templo, y se juzgaban unos a otros si alguien acusaba a alguien de haber transgredido algo; una vez juzgado, cuando amanecía, escribían las sentencias en una tablilla de oro y las dedicaban junto con sus túnicas como monumentos. Había muchas otras leyes particulares sobre los privilegios de cada uno de los reyes, pero las más importantes eran no tomar nunca las armas unos contra otros y ayudarse todos si alguno de ellos intentaba derrocar el linaje real en alguna ciudad, deliberando en común, como los anteriores, sobre la guerra y las demás acciones, otorgando la hegemonía al linaje atlante. El rey no tenía poder sobre la vida de ninguno de sus parientes, a menos que lo aprobaran más de la mitad de los diez. Esta fuerza, tan grande y de tal naturaleza, que existía entonces en aquellos lugares, el dios la organizó y la trasladó a estos otros lugares por una causa como la siguiente, según se cuenta: durante muchas generaciones, mientras la naturaleza divina les bastaba, eran obedientes a las leyes y se mostraban bien dispuestos hacia lo divino que les era afín.
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CRITIAS: Pues poseían pensamientos verdaderos y en todo grandes, usando de mansedumbre junto con prudencia ante las fortunas que siempre sobrevenían y entre ellos mismos; por ello, despreciando todo excepto la virtud, consideraban pequeñas las cosas presentes y soportaban fácilmente, como una carga, el peso del oro y de las otras posesiones, y no se corrompían por el lujo ni perdían el dominio de sí mismos por la riqueza, sino que, sobrios, veían claramente que todas estas cosas aumentan por la amistad común junto con la virtud, y que con el afán y el honor hacia ellas, estas mismas perecen y la amistad se pierde con ellas. Por tal razonamiento y por la naturaleza divina que permanecía en ellos, aumentaron todas las cosas que antes expusimos. Pero cuando la parte divina se volvió débil en ellos al mezclarse muchas veces con mucho de lo mortal, y prevaleció el carácter humano, entonces, incapaces de soportar las cosas presentes, se comportaron indecorosamente, y para el que podía ver, parecían vergonzosos, al perder lo más bello de lo más valioso, mientras que para los que eran incapaces de ver la vida verdadera hacia la felicidad, entonces precisamente parecían ser sumamente bellos y dichosos, al estar llenos de injusta codicia y poder. Zeus, el dios de los dioses, que reina según leyes, como capaz de ver tales cosas, al observar que un linaje noble se encontraba en una situación miserable, queriendo imponerles un castigo para que, escarmentados, se volvieran más moderados, reunió a todos los dioses en su morada más honorable, la cual, situada en el centro de todo el cosmos, contempla todo lo que ha participado de la generación, y tras reunirlos, dijo—