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Epinomis
Plato (plato)Epinomis 973 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
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CL. Hemos llegado correctamente al punto del acuerdo, oh extranjero, siendo tres, yo, tú y este Megilo, para examinar con qué razonamiento debemos exponer aquello que llamamos la condición humana, cuando reflexiona, para hacerla lo mejor posible en cuanto a la prudencia que es posible que un hombre posea. Pues ya hemos expuesto, como decimos, todo lo relativo a la legislación; pero lo más importante de hallar y decir, qué es lo que debe aprender un hombre mortal para ser sabio, esto ni lo hemos dicho ni lo hemos hallado, y ahora intentemos no dejar esto atrás; pues casi habríamos realizado de manera incompleta aquello por lo que todos nos pusimos en marcha, con la intención de hacerlo manifiesto desde el principio hasta el fin. AT. Oh amigo Clinias, hablas bien, pero creo que vas a escuchar un razonamiento extraño, y de alguna manera, a su vez, no extraño. Pues muchos, al encontrarse con la vida, sostienen el mismo razonamiento, que el género de los hombres no será dichoso ni feliz. Sígueme, pues, y observa si te parece que yo también hablo bien junto con ellos sobre tal asunto. No afirmo que sea posible que los hombres lleguen a ser dichosos y felices, salvo unos pocos— mientras vivamos, esto es lo que determino; pero hay una buena esperanza de alcanzar, al morir, todo aquello por lo que uno se esforzaría, viviendo lo mejor posible según sus fuerzas, y al morir, alcanzar tal fin—. Y no digo nada sabio, sino lo que todos, griegos y bárbaros, reconocemos de alguna manera: que desde el principio, el nacer es difícil para todo ser vivo; primero, el participar de la condición de los concebidos, luego, a su vez, el nacer, y además el ser criado y educado; todo esto sucede a través de innumerables trabajos, como todos decimos.
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AT. Y un tiempo breve sería, en comparación, no con el de los malvados, sino con el que cualquiera supondría moderado. Este parece producir casi un respiro en algún punto a mitad de la vida humana; pero la vejez, al sobrevenir rápidamente, haría que cualquiera, tras haber calculado la vida que ha vivido, no desee jamás volver a vivir, a menos que no esté lleno de una opinión infantil.¿ Cuál es, pues, mi prueba de esto? Que por naturaleza es así lo que ahora buscamos con el razonamiento. Buscamos, pues, de qué manera llegaremos a ser sabios, como si cada uno poseyera esta facultad; pero esta huye y se escapa cuando alguien se acerca a alguna prudencia de las llamadas artes o sabidurías o de otras cosas similares que consideramos ciencias, como si ninguna de ellas fuera digna de ser llamada con el nombre de la sabiduría que trata de estos asuntos humanos, mientras que el alma, confiando firmemente y adivinando que esta existe en ella según alguna naturaleza, no es capaz de descubrir qué es, cuándo y cómo.¿ Acaso nuestra perplejidad y búsqueda sobre la sabiduría no se parece mucho a esto, volviéndose mayor de lo que cada uno esperaba para aquellos de nosotros que llegan a ser capaces de examinarse a sí mismos y a otros de manera coherente a través de todos los razonamientos y en todas las formas en que se dicen?¿ No estaremos de acuerdo en que las cosas son así o de esta manera? CL. Estaremos de acuerdo contigo, tal vez con la esperanza, oh extranjero, de que con el tiempo, junto contigo, podamos opinar sobre ellas en el futuro de la manera más verdadera. AT. Por tanto, debemos recorrer primero las otras cosas que se dicen ser ciencias, pero que no hacen sabio al que las recibe y posee, para que, habiéndolas dejado de lado, intentemos exponer y aprender aquellas que necesitamos. Primero, pues, veamos lo que es necesario para el género mortal, cómo son casi verdaderamente las más necesarias y las primeras, pero el que llega a ser experto en ellas, aunque al principio pareció ser sabio, ahora no es considerado sabio y recibe más bien reproches por tal ciencia.
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AT. Diremos, pues, cuáles son y que todo hombre, casi todos aquellos a quienes se les propone el esfuerzo de parecer el mejor hombre posible, las evita debido a las adquisiciones de la prudencia y el ejercicio. Sea, pues, primero la que nos apartó, como dice el mito, de la antropofagia de los animales por completo, y a otros nos estableció en la alimentación legal. Que los anteriores nos sean propicios, pues lo son; quienesquiera que hayamos dicho que fueron los primeros, que se despidan; pero la producción de cebada y harina, a la vez que alimento, es buena y noble, pero nunca querrá convertir a un hombre en sabio por completo; pues esto mismo, el nombre de la producción, podría producir una dificultad en las cosas producidas. Y casi tampoco la agricultura de toda la tierra; pues no por arte, sino por naturaleza, según un dios, parecemos todos haber trabajado la tierra. Y ciertamente tampoco el tejido de las viviendas y toda la construcción y la fabricación de todos los utensilios, la metalurgia y la preparación de los carpinteros, alfareros, tejedores y, además, de todos los instrumentos, que tiene lo conveniente para el pueblo, pero no se dice que sea por virtud. Y ciertamente tampoco toda la caza, por mucha y técnica que haya llegado a ser, no devuelve lo grandioso junto con lo sabio. Tampoco, ciertamente, la adivinación ni la interpretación en absoluto; pues solo conoce lo que se dice, pero si es verdadero, no lo aprendió. Cuando vemos que la adquisición de lo necesario se realiza a través del arte, pero ninguna de estas hace a nadie sabio, lo que queda después de esto sería algún juego, imitativo en su mayor parte, pero de ninguna manera serio. Pues con muchos instrumentos imitan, y con muchos de los cuerpos mismos, con imitaciones no del todo decorosas, tanto en lo relativo a los razonamientos y a toda la música, y de todo aquello de lo que la pintura es madre, realizándose muchos y variados adornos en muchos géneros húmedos y secos; de los cuales la imitación no ofrece a nadie sabio en nada que cree con la mayor seriedad. Y una vez que todo ha sido realizado, lo que queda sería una ayuda de innumerables cosas para innumerables, la mayor y para la mayoría, la llamada arte militar, la estrategia, muy estimada por su utilidad, que necesita de la mayor fortuna, o más bien dada por naturaleza más que por sabiduría.
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AT. Y la que llaman medicina, que es también una ayuda, casi para todo aquello que las estaciones, con frío y calor inoportunos y todas las cosas similares, saquean la naturaleza de los animales. Pero nada de esto es estimado para la sabiduría más verdadera; pues se mueve sin medida por opiniones conjeturadas. Y diremos que también los pilotos y los marineros son ayudantes, y que nadie nos anuncie a un hombre sabio de entre todos ellos para consolarnos; pues nadie podría conocer la ira ni la amistad del viento, lo cual es grato a toda la pilotaje. Y ciertamente tampoco aquellos que dicen ser ayudantes en los juicios con la fuerza de hablar, prestando atención a la memoria y al hábito de la opinión, pero apartados de la verdad de lo que es verdaderamente justo. Queda aún, respecto a la opinión de la sabiduría, una facultad extraña, que la mayoría llamaría naturaleza más que sabiduría, cuando alguien observa que alguien aprende fácilmente lo que aprende, y recuerda muchas cosas con mucha seguridad, y cuando alguien recuerda lo conveniente para cada uno, que al suceder sería apropiado, y hace esto rápidamente; pues todas estas cosas, unos las atribuirán a la naturaleza, otros a la sabiduría, otros a la agudeza de la naturaleza, pero nadie de los sensatos querrá jamás llamar sabio a nadie por ninguna de estas cosas. Pero, sin embargo, debe aparecer alguna ciencia que, poseyéndola, el que es verdaderamente sabio llegaría a serlo y no solo parecerlo. Veamos, pues. Pues intentamos un razonamiento difícil en absoluto, encontrar otra fuera de las mencionadas, que pueda llamarse sabiduría verdadera y razonablemente, y el que la reciba no será ni vulgar ni necio, sino que será sabio y bueno por ella, ciudadano y gobernante y gobernado justamente de la ciudad, y a la vez armonioso. Observemos, pues, esta primera, qué ciencia única, habiendo recorrido la naturaleza humana o no habiendo estado presente de las que ahora están presentes, ofrecería al ser más insensato y más imprudente, el de los hombres. No es, ciertamente, muy difícil observar esto. Pues una, por así decirlo, frente a una, la que dio el número a todo el género mortal, esto haría; y considero que el dios mismo, más que alguna fortuna, nos lo dio para salvarnos.
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AT. Y al dios que considero, es necesario decirlo, aunque sea extraño, y de alguna manera, a su vez, no extraño; pues¿ cómo no debemos considerar que el causante de todos los bienes para nosotros es también el causante de lo mucho más grande, la prudencia?¿ A qué dios, pues, honrando hablo, oh Megilo y Clinias? Casi al Cielo, al que es también lo más justo, como todos los demás demonios y dioses, honrar y rezar diferencialmente a él. Y que él ha llegado a ser para nosotros el causante de todos los demás bienes, todos estaríamos de acuerdo; y nosotros decimos que él mismo nos dio el número, y además que lo dará, si alguien quiere seguirlo. Pues si alguien va hacia la contemplación correcta de este, ya sea que a alguien le plazca llamarlo mundo, Olimpo o cielo, que lo llame, pero que siga por donde, variándose a sí mismo y haciendo girar las estrellas que están en él, proporciona todas las salidas y estaciones y alimento a todos. Y también la otra prudencia, como diríamos, junto con todo número, y los demás bienes; pero esto es lo más grande, si alguien, habiendo recibido su don de números, recorre todo el período. Y además, volviendo un poco a los razonamientos, recordemos que también comprendimos muy correctamente que, si elimináramos el número de la naturaleza humana, nunca llegaríamos a ser prudentes en nada. Pues el alma de este ser vivo nunca más alcanzaría toda virtud, de la cual estuviera ausente el razonamiento; y un ser vivo que no conociera dos y tres, ni impar ni par, y desconociera el número por completo, nunca tendría capacidad de dar razón sobre aquello de lo que solo tuviera sensaciones y recuerdos, pero la otra virtud, la valentía y la templanza, nada lo impide. Pero, privado de la razón verdadera, nunca llegaría a ser sabio, y aquel a quien no acompañe la sabiduría, la parte más grande de toda virtud, al no llegar a ser perfectamente bueno, nunca llegaría a ser dichoso. Así, es toda necesidad suponer el número; pero por qué esto es necesario, el razonamiento sería aún más largo que todos los mencionados. Pero también el de ahora se dirá correctamente, que incluso las cosas de las otras artes mencionadas, que acabamos de recorrer dejando de lado todas las artes, ni una sola de estas permanece, sino que todas se abandonan por completo cuando alguien elimina la aritmética.
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AT. Y quizás alguien pensaría que el género de los hombres necesita el número por cosas pequeñas, al mirar hacia las artes— aunque esto también es grande—, pero si alguien viera lo divino de la generación y lo mortal, en lo cual también se reconocerá lo piadoso y el número verdaderamente, ya no sabría todo el mundo de cuánta facultad sería causante al acompañarnos— puesto que también en lo relativo a toda la música, al numerar el movimiento y los sonidos, es evidente que es necesario—, y lo más grande, que es causante de todos los bienes, y que de ningún mal, esto debe conocerse bien, lo cual pronto podría suceder. Pero el movimiento casi irrazonable y desordenado, sin forma y sin ritmo, inarmónico, y todo aquello que ha participado de algún mal, ha sido dejado de lado por todo número, y debe pensar así el que va a terminar dichoso; y lo justo, lo bueno, lo bello y todas las cosas similares, nadie que no las conozca, habiendo alcanzado una opinión verdadera, las numerará para convencerse a sí mismo y a otro por completo. Vayamos, pues, a examinar respecto a esto mismo, cómo aprendimos a contar. Vamos; pues el uno y el dos,¿ de dónde nos vino para que lo comprendiéramos, teniendo esta naturaleza desde el todo para ser capaces de comprender? Pero a muchos otros de los seres vivos ni siquiera les ha llegado esta naturaleza, para ser capaces de aprender de su padre a contar, pero en nosotros el dios mismo lo habitó primero, para que seamos capaces de comprender al ser mostrado, luego lo mostró y lo muestra; de los cuales,¿ qué cosa más bella uno podría contemplar que el género del día, y luego ir hacia la parte de la noche teniendo vista, de donde todo lo demás le parecería? Y al hacer girar estas mismas cosas, cuando no cesa muchas noches y muchos días que el cielo, nunca cesa de enseñar a los hombres uno y dos, hasta que incluso el más lento en aprender aprenda suficientemente a contar; pues como también tres y cuatro y muchos, cada uno de nosotros lo comprendería al ver estas cosas. Y de estas, el dios hizo una la luna, habiéndola realizado, la cual, pareciendo a veces mayor y a veces menor, recorrió siempre mostrando otro día, hasta quince días y noches; y esta es una revolución, si alguien quiere poner el ciclo uno entero en uno, de modo que, por así decirlo, incluso el ser más lento en aprender podría aprender, a quienes el dios entregó la naturaleza de ser capaces de aprender.
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AT. Y hasta estas cosas y en estas, todo el potencial de los seres vivos ha llegado a ser muy aritmético, al observar esto mismo uno por uno; pero el calcular siempre todo número en relación con los demás, creo que es por algo mayor, y también para esto, al hacer que la luna, como dijimos, crezca y disminuya, estableció los meses en relación con el año, y comenzó a observar todo número en relación con el número con dichosa fortuna. Y debido a esto, los frutos y la tierra preñada han llegado a ser para nosotros, de modo que haya alimento para todos los seres vivos, al producirse vientos y lluvias no excesivos ni sin medida; pero si algo sucede más allá de esto hacia lo malo, no hay que culpar a la naturaleza divina sino a la humana, que no distribuye su propia vida con justicia. A nosotros, pues, que buscamos sobre las leyes, nos pareció casi que las otras cosas son fáciles de conocer, las mejores para los hombres, y que cualquiera sería capaz de comprender lo que se dice y hacerlo, si conociera qué es lo que es probable que convenga y qué es lo que no conviene; pareció, pues, y aún ahora parece, que todas las otras ocupaciones no son muy difíciles, pero que el de qué manera deben llegar a ser hombres buenos es muy difícil. Y todas las otras cosas, a su vez, son posibles de adquirir como buenas, lo que se dice, y es posible y no difícil, tanto la riqueza que se debe y no se debe tener, como el cuerpo tal como debe ser y no; y que el alma debe ser buena, todos lo conceden a todos, pero de qué manera buena, que a su vez justa, templada y valiente, y esto también, pero que sabia, todos dicen que debe serlo, pero qué sabiduría, como acabamos de recorrer, nadie está de acuerdo con nadie de la mayoría en absoluto. Ahora, pues, más allá de todas las sabidurías anteriores, no encontramos una despreciable para estas mismas cosas, el parecer sabio el que ha aprendido lo que hemos recorrido; pero si es sabio el que es experto en estas cosas y bueno, sobre esto es necesario tomar un razonamiento. CL. Oh extranjero, qué razonablemente dijiste que intentas decir cosas grandes sobre cosas grandes. AT. Pues no son pequeñas, oh Clinias; pero lo más difícil es que son absolutamente y en todo sentido verdaderas. CL. Muy ciertamente, oh extranjero; pero, sin embargo, no te canses de decir lo que afirmas. AT. Sí, y tampoco ustedes dos al escuchar. CL. Así será; y en nombre de ambos te lo digo.
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AT. Bien. Desde el principio, pues, es necesario decir primero, como parece, preferiblemente, si podemos, con un solo nombre, qué es lo que creemos que es la sabiduría, y si somos totalmente incapaces de esto, lo segundo, quiénes son y cuántas son, las cuales, si alguien las toma, sería sabio según nuestro mito. CL. Podrías hablar. AT. Lo que sigue después de esto no es censurable para el legislador, al decir lo más bello de lo dicho anteriormente sobre los dioses y al conjeturar mejor, como si usara un juego bello y honrara a los dioses, celebrando con himnos y felicidad el pasar su propia vida. CL. Qué bien hablas, oh extranjero. Pues si este fuera para ti el fin de las leyes, habiendo jugado con los dioses y habiendo pasado la vida más puramente, alcanzar el fin más excelente y más bello. AT.¿ Cómo, pues, oh Clinias, decimos?¿ Acaso parece que honramos mucho a los dioses al cantarles himnos, rezando para que nos vengan a decir las cosas más bellas y mejores sobre ellos?¿ Así o cómo dices? CL. Maravillosamente así. Pero, oh divino, confiando en los dioses, reza y di el razonamiento que te viene sobre las cosas bellas respecto a los dioses y las diosas. AT. Así será, si el dios mismo nos guía. Solo reza conmigo. CL. Podrías decir lo que sigue. AT. La teogonía y la zoogonía, pues, es necesario, al parecer, primero para mí, habiendo conjeturado mal los anteriores, conjeturarlas mejor según el razonamiento anterior, retomando lo que he intentado decir contra los impíos, diciendo que hay dioses que cuidan de todo, de lo pequeño y de lo mayor, y que son casi implacables en los asuntos relativos a lo justo— si es que recuerdan, oh Clinias; pues tomaron también recordatorios—, pues lo dicho entonces era también muy verdadero; pero esto era lo más grande de ellos, que el alma es más antigua que el cuerpo, toda y de todo—¿ acaso recuerdan?¿ o de alguna manera esto al menos?—, pues lo que es mejor y más antiguo y más parecido a un dios, es probable que sea más antiguo que lo nuevo y más reciente y más despreciable, y en todo sentido lo que gobierna es más antiguo que lo gobernado y lo que conduce es más antiguo que lo conducido en todo sentido. Tomemos, pues, esto al menos, que el alma es más antigua que el cuerpo.
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AT. Y si esto es así, lo primero para nosotros de lo primero de la generación sería casi más probable que haya comenzado; y pongamos, pues, que el principio del principio tiene una forma más decorosa, y que emprendemos de la manera más correcta las cosas más grandes de la sabiduría sobre la generación de los dioses. CL. Que sean estas cosas dichas según nuestras fuerzas. AT. Vamos, pues,¿ afirmemos que esto es lo que más verdaderamente se dice ser un ser vivo por naturaleza, cuando una constitución reunida de alma y cuerpo produce una sola forma? CL. Correctamente. AT.¿ Un ser vivo, pues, se llama así muy justamente? CL. Sí. AT. Y los cuerpos sólidos deben decirse que son cinco, según el razonamiento probable, de los cuales uno podría moldear las cosas más bellas y mejores, pero el otro género entero tiene una forma única; pues no es incorpóreo lo que podría llegar a ser otra cosa y que no tiene color de ninguna manera en absoluto, salvo el género verdaderamente más divino del alma. Y esto es casi con lo único que conviene moldear y crear, pero el cuerpo, que decimos, ser moldeado y llegar a ser y ser visto; pero al otro— digámoslo de nuevo; pues no debe decirse una sola vez— ser invisible y conocedor y pensable, que ha participado de memoria y de razonamiento en cambios impares y pares a la vez. Siendo, pues, cinco los cuerpos, hay que decir que son fuego y agua y tercero aire, cuarto tierra, quinto éter, y que de estos, en los mandos, cada ser vivo se realiza mucho y de toda clase. Y aprender uno por uno es necesario así. Pongamos como primero para nosotros el terrestre, todos los hombres, y todo lo que es de muchos pies y sin pies, y lo que es caminante y lo que es permanente, dividido por raíces; pero el uno de este debe considerarse así, que todas estas cosas son de todos los géneros, pero la mayor parte de esto es de tierra y de la naturaleza sólida. Y otro género de ser vivo debe ponerse como segundo que llega a ser y a la vez es capaz de ser visto; pues tiene la mayor parte de fuego, tiene ciertamente de tierra y de aire, y tiene también pequeñas partes de todos los demás, por lo cual hay que decir que los seres vivos de ellos llegan a ser de toda clase y vistos, pero debe considerarse, a su vez, los géneros de seres vivos en el cielo, lo cual debe decirse que todo el género divino de las estrellas ha llegado a ser, habiendo obtenido el cuerpo más bello, y el alma más dichosa y mejor. Y de dos partes, a una de ellas hay que darle parte por opinión casi; pues o bien cada uno de ellos es imperecedero e inmortal y divino por completo por toda necesidad, o bien tiene una vida de larga duración suficiente para cada uno, de la cual nunca necesitaría nada más.
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AT. Comprendamos, pues, primero, lo que decimos, que dos son tales seres vivos— pues digámoslo de nuevo—, ambos visibles, uno de fuego, como parecería, entero, y el otro de tierra, y el terrestre moviéndose en desorden, y el de fuego moviéndose en todo orden. Lo que se mueve en desorden, pues, debe considerarse insensato, lo cual, como en su mayor parte, hace el ser vivo que nos rodea, pero lo que tiene camino en el orden y en el cielo, debe tomarse como gran prueba de que es prudente; pues al moverse siempre y hacer y padecer de la misma manera y de la misma forma, sería una prueba suficiente de que vive prudentemente. Pero la necesidad del alma que posee inteligencia llegaría a ser mucho mayor que todas las necesidades— pues al gobernar y no ser gobernada, legisla—; y lo inmutable, cuando el alma ha deliberado lo mejor según la mejor inteligencia, el resultado es perfecto en verdad según la inteligencia, y ni siquiera el diamante podría llegar a ser más fuerte o más inmutable que esto, sino que verdaderamente tres Moiras que poseen guardan que sea perfecto lo deliberado con la mejor deliberación para cada uno de los dioses. Y para los hombres debería ser prueba de que posee inteligencia las estrellas y toda esta trayectoria, porque hace siempre las mismas cosas debido a que ha deliberado hace mucho tiempo por un tiempo maravilloso, pero no cambiando de opinión arriba y abajo, haciendo a veces unas cosas y otras veces otras, y errando y girando de nuevo. Esto nos pareció a la mayoría de nosotros todo lo contrario, que porque hace las mismas cosas y de la misma manera, no tiene alma; así la multitud seguía a los insensatos, al suponer que lo humano es inteligente y vivo por moverse, pero lo divino es insensato por permanecer en los mismos movimientos; pero era posible para el hombre, al poner las cosas más bellas y mejores y queridas, tomar que debido a esto mismo debe considerarse inteligente lo que hace siempre las mismas cosas y de la misma manera y debido a las mismas cosas, y que esto es la naturaleza de las estrellas, al ver que es la más bella, y que baila la marcha y la danza de todos los coros más bella y más grandiosa, realizando lo necesario para todos los seres vivos.
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AT. Y ciertamente que justamente los llamamos animados, pensemos primero en su magnitud. Pues no son, como parecen pequeños, tan grandes en verdad, sino que es inimaginable la masa de cada uno de ellos— pero es digno de creer; pues se toma con pruebas suficientes—; pues es posible pensar correctamente que el sol entero es mayor que toda la tierra, y todas las estrellas que se mueven tienen una magnitud maravillosa. Tomemos, pues, qué manera sería posible hacer girar tal masa una naturaleza siempre el mismo tiempo, tanto como ahora se mueve. Digo, pues, que el dios será el causante, y que nunca es posible de otra manera; pues nunca podría llegar a ser animado de otra manera sino a través de un dios, como hemos declarado. Pero cuando el dios es capaz de esto, toda facilidad ha llegado a ser para él, primero, de que todo cuerpo y masa entera llegue a ser un ser vivo, luego, de llevarlo por donde haya deliberado que es mejor. Ahora, pues, digamos un razonamiento verdadero sobre todas estas cosas: no es posible que la tierra y el cielo y todas las estrellas y las masas de estos enteros, sin que un alma haya llegado a estar junto a cada uno o en cada uno, luego marchen así con precisión según el año según los meses y los días, y que todas las cosas que llegan a ser lleguen a ser bienes para todos nosotros. Pero es necesario, cuanto más despreciable es el hombre, no que diga tonterías, sino que parezca decir algo claramente. Si alguien, pues, dice algunas causas de los cuerpos o naturalezas o algo similar, no dirá nada claro; pero lo dicho por nosotros es necesario retomarlo firmemente, si el razonamiento tiene razón o si se queda corto en todo sentido, que primero los seres son dos, uno el alma, otro el cuerpo, y muchos de cada uno, y todos son otros de los demás y cada uno de los otros, y tercero ninguna otra cosa común a nadie, y que el alma difiere del cuerpo. Pondremos que uno es inteligente, el otro insensato, uno gobernante, el otro gobernado, y uno causante de todo, el otro sin causa de ninguna afección; de modo que decir que las cosas en el cielo han llegado a ser por algún otro, y no que son engendros de alma y cuerpo así, es mucha necedad y falta de razón. Pero si, pues, es necesario vencer los razonamientos sobre todas estas cosas y que tales cosas parezcan haber llegado a ser divinas con fe, hay que ponerlas como una de dos cosas:
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AT. O bien hay que cantar himnos a los dioses mismos de la manera más correcta, o bien suponer que han llegado a ser como imágenes de los dioses, habiéndolas trabajado los dioses mismos; pues no son de insensatos ni dignas de poco, sino, lo que hemos dicho, hay que poner una de estas cosas para nosotros, y lo puesto hay que honrarlo más que a todas las imágenes; pues nunca aparecerán imágenes más bellas y más comunes a todos los hombres, ni establecidas en lugares diferentes, que difieran en pureza y solemnidad y en toda vida más que de esta manera en que han llegado a ser en todo sentido. Ahora, pues, intentemos sobre los dioses al menos tanto, habiendo observado los dos seres vivos visibles para nosotros, que decimos que es inmortal, pero que todo lo terrestre ha llegado a ser mortal, intentar decir los tres medios de los cinco que están entre estos, que han llegado a ser muy claramente según la opinión razonable. Pues pongamos el éter después del fuego, y pongamos que el alma lo moldea para crear seres vivos que tienen facultad, al igual que los otros géneros, la mayor parte de su propia naturaleza, pero las partes más pequeñas por causa de la unión de los otros géneros; y después del éter, que el alma moldea de aire otro género de seres vivos, y el tercero de agua. Y habiendo creado todo esto, es probable que el alma haya llenado todo el cielo de seres vivos, habiendo usado todos los géneros según su facultad, habiendo llegado a ser todos participantes de la vida; pero que los segundos y terceros y cuartos y quintos, comenzando desde los dioses visibles de la generación, terminen en nosotros los hombres. A los dioses, pues, a Zeus y a Hera y a todos los demás, por donde cada uno quiera, que se ponga según la misma ley y que tenga este razonamiento firme; pero a los dioses visibles, los más grandes y más estimados y que ven más agudamente en todo sentido, hay que decir que son los primeros, la naturaleza de las estrellas y todo lo que percibimos que ha llegado a ser junto con estos, y después de estos y bajo estos, a continuación, a los demonios, género aéreo, que tiene el tercer lugar y el medio, causante de la interpretación, es necesario honrarlos con rezos por causa de la trayectoria de buen nombre.
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AT. De estos dos seres vivos, el que es del éter y el que le sigue, el del aire, debemos decir que, aunque cada uno de ellos es un todo visible— estando presente cerca de nosotros, no llega a sernos del todo claro—, al participar de una inteligencia admirable, por ser de un linaje capaz de aprender y dotado de memoria, conocen todo nuestro pensamiento; y digamos que aman de manera admirable a nuestro hombre noble y bueno, mientras que odian profundamente al malvado, puesto que ya participan del dolor— pues el dios que posee el fin de la suerte divina está fuera de esto, del dolor y del placer, y ha participado en todo del pensar y del conocer—. Y habiéndose llenado el cielo de seres vivos, estos se interpretan entre sí y ante los dioses supremos, a todos y en todo, debido a que los seres vivos intermedios se desplazan tanto hacia la tierra como hacia todo el cielo, llevados por un impulso ligero. Y alguien que conjeturara correctamente podría suponer que el quinto, el del agua, nació de él como un semidiós, y que este es a veces visible y otras veces, al ocultarse, se vuelve invisible, ofreciendo un prodigio ante una visión tenue. De estos cinco seres que existen realmente, dondequiera que algunos de nosotros los hayamos encontrado, ya sea al toparnos con ellos en sueños durante el dormir, o por rumores y adivinaciones dichas a algunos en oídos sanos o enfermos, o al encontrárnoslos al final de la vida, habiendo surgido opiniones tanto privadas como públicas, de donde han nacido muchos santuarios de muchos, y otros nacerán, el legislador, quienquiera que posea aunque sea el más mínimo juicio, nunca se atreverá a innovar, desviando a su ciudad hacia una piedad que no tenga nada claro; y, ciertamente, tampoco prohibirá lo que la ley patria ha dicho sobre los sacrificios, sin saber nada en absoluto, como si tampoco fuera posible para la naturaleza mortal saber sobre tales cosas.¿ Acaso el mismo razonamiento no sostiene que son los peores aquellos que, siendo los dioses realmente manifiestos para nosotros, no se atreven a decirnos y hacer manifiestos a otros dioses que no tienen ritos y que no reciben los honores que les corresponden? Pero ahora sucede que esto ocurre al mismo tiempo.
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AT. Pues, por ejemplo, si alguno de nosotros hubiera visto al sol o a la luna observándonos a todos, y no lo contara por ser incapaz de contarlo de algún modo, estando ellos privados de honor y no se esforzara, en la medida de su parte, por llevarlos a un lugar honorable, haciendo que se celebren fiestas y sacrificios para ellos, y distribuyendo el tiempo para cada uno, a menudo repartiendo las horas de años mayores y menores,¿ acaso no parecería con justicia que es un malvado, tanto para sí mismo como para cualquier otro que lo sepa? CL.¿ Cómo no, extranjero? Es, de hecho, el peor. AT. Pues bien, amigo Clinias, sabe que esto me está ocurriendo a mí ahora claramente. CL.¿ Qué quieres decir? AT. Sabéis que hay ocho fuerzas que han nacido en torno a todo el cielo, hermanas entre sí, las cuales he observado— y no he logrado nada grande, pues es fácil también para otro—; de estas, tres son estas: una del sol, una de la luna y una de los astros errantes que mencionamos poco antes, y cinco son otras. Que nadie de entre todos nosotros piense jamás de otra manera sobre todas estas y sobre los que están en ellas, ya sea que ellos mismos vayan o sean llevados en vehículos, que unos son dioses y otros no, ni que unos son genuinos y otros son de tal clase que ni siquiera es lícito que ninguno de nosotros los mencione; sino que digamos y afirmemos que todos son hermanos y están en suertes hermanas, y que no rindamos honores a uno por año, a otro por mes, y a otros no les asignemos ni parte ni tiempo en el que recorre su propio polo, completando el orden que el razonamiento más divino de todos, el visible, ha ordenado. El cual, el hombre afortunado, primero admiró, y después sintió el deseo de aprender todo lo que es posible para la naturaleza mortal, pensando que así pasaría la vida de la mejor y más afortunada manera, y que al morir llegaría a lugares apropiados a la virtud, y habiéndose iniciado verdadera y realmente, habiendo participado de una sola inteligencia, pasa el resto del tiempo siendo espectador de las cosas más bellas, cuantas están a la vista. Ahora nos queda decir cuántos son y quiénes; pues nunca pareceremos falsos. Afirmo firmemente al menos esto. Pues digo de nuevo que son ocho, y de las ocho, tres ya han sido mencionadas, y cinco quedan aún. La cuarta traslación y recorrido, y al mismo tiempo la quinta, es en velocidad casi igual al sol, y ni más lenta ni más rápida en general. Es necesario que quien tenga suficiente inteligencia dirija estas tres. Digamos, pues, que estas son la del sol, la de la estrella de la mañana y la de una tercera— que no es posible expresar con nombre debido a que no es conocida, y de esto es responsable el primero que observó esto, por ser bárbaro—.
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AT. Pues un modo antiguo crió a los primeros que pensaron en esto debido a la belleza de la estación estival, que Egipto y Siria poseen suficientemente, al contemplar siempre, por así decirlo, todas las estrellas manifiestas, ya que poseen el cosmos siempre alejado de nubes y aguas, de donde también ha llegado a todas partes y hasta aquí, habiendo sido puesto a prueba por un tiempo de diez mil años e infinito. Por lo cual es necesario atreverse a establecer esto en las leyes— pues el no considerar valiosas las cosas divinas, siendo valiosas, claramente no es propio de hombres sensatos—; y que no hayan recibido nombres, esa es la causa que debe decirse. Pero, en efecto, han recibido nombres de dioses: pues el lucero de la mañana y de la tarde, siendo el mismo, tiene casi el razonamiento de ser de Afrodita, y es muy apropiado para un legislador sirio, y el que recorre el mismo camino que el sol y este, casi el de Hermes. Digamos que hay tres traslaciones más que se mueven hacia la derecha junto con la luna y el sol. Y hay que llamar al octavo, al que uno llamaría más bien cosmos, el cual se mueve en sentido contrario a todos aquellos, no arrastrando a los otros, como parecería a los hombres que saben poco de esto. Pero lo que sabemos suficientemente, es necesario decirlo, y lo decimos; pues la sabiduría que realmente existe parece estar de esta manera para aquel que ha participado aunque sea un poco de una reflexión correcta y divina. Quedan, pues, tres estrellas, de las cuales una se distingue por su lentitud, y algunos pronuncian el nombre de Cronos para ella; a la que sigue en lentitud hay que llamarla de Zeus, y la que sigue a esta, de Ares, y esta tiene el color más rojo de todas. No es difícil para nadie comprender esto si alguien lo explica, sino que, habiendo aprendido, como decimos, es necesario dirigirlo. Sin embargo, todo hombre griego debe pensar esto, que tenemos el lugar de los griegos como casi el mejor respecto a la virtud; y lo elogiable de él hay que decir que sería el estar en medio de los inviernos y de la naturaleza estival, y la naturaleza que nos falta para lo estival respecto al lugar de allá, lo que dijimos, les entregó a ellos más tarde el conocimiento de estos dioses del cosmos. Y tomemos que, lo que sea que los griegos reciban de los bárbaros, lo llevan a un fin más bello.
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AT. Y, ciertamente, también sobre lo que ahora se dice hay que pensar lo mismo, que es difícil encontrar todas estas cosas sin controversia, pero hay una gran esperanza, y a la vez hermosa, de que los griegos se ocuparán de todos estos dioses de manera más bella y más justa que la fama y el culto que vino de los bárbaros, usando las educaciones y las adivinaciones de Delfos y todo el culto según las leyes. Y que nadie de los griegos tema nunca que no sea necesario que los mortales se ocupen de las cosas divinas, sino que piense todo lo contrario, que lo divino nunca es insensato ni ignora en absoluto la naturaleza humana, sino que sabe que, si él enseña, el hombre seguirá y aprenderá lo que se enseña. Y que esto mismo nos enseña, y nosotros aprendemos el número y a contar, lo sabe, por supuesto. Pues sería lo más insensato de todo ignorar esto; pues lo que se dice, en realidad, se ignoraría a sí mismo, enfadándose con el que es capaz de aprender, y no alegrándose sin envidia por el que se ha vuelto bueno gracias a un dios. Pues tiene un razonamiento largo y hermoso, aquel de entonces, cuando los pensamientos sobre los dioses eran los primeros para los hombres, sobre cómo nacieron y cómo eran, y qué acciones realizaban, que no se decían según el juicio de los sensatos ni de manera amistosa, ni como los segundos, en los cuales se decía que lo más antiguo era el fuego, el agua y los otros cuerpos, y después las cosas de la admirable alma, y una traslación más fuerte y más valiosa, que el cuerpo ha obtenido para llevarse a sí mismo mediante el calor, los fríos y todas esas cosas, y no el alma al cuerpo y a sí misma; pero ahora, cuando decimos que el alma, si nace en un cuerpo, no es extraño que mueva y haga girar a este y a sí misma, tampoco el alma nos resulta increíble bajo ningún razonamiento como incapaz de mover peso alguno. Por lo cual, incluso ahora, al sostener nosotros que el alma es la causa del todo, y que todos los bienes son de tal clase, y los malos, a su vez, de otra, no es extraño que el alma sea la causa de toda traslación y movimiento, y que la traslación y el movimiento hacia el bien sean del alma mejor, y la que va hacia lo contrario, de la contraria, y es necesario que los bienes venzan y venzan a los que no son tales.
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AT. Todo esto lo hemos dicho según la justicia que castiga a los impíos; pero sobre lo que se somete a prueba, no es posible para nosotros desconfiar de que no debamos considerar sabio al hombre bueno, y esta sabiduría, que buscamos desde hace tiempo, veamos si acaso la concebiremos ya sea por educación o por técnica, la cual, al carecer de conocimiento de lo justo, seríamos ignorantes al ser tales. Me parece, pues, que hay que decirlo; pues buscando arriba y abajo por donde me ha resultado claro, intentaré hacérsela patente a ustedes. Lo más grande de la virtud no nos ha resultado bien realizado, como me parece que indican fuertemente las cosas que he dicho. Pues nadie nos persuadirá nunca de que hay algo mayor que la virtud de la piedad para el género mortal; y hay que decir que esto no ha ocurrido debido a la mayor ignorancia en las mejores naturalezas. Y las mejores son aquellas que serían las más difíciles de nacer, pero de mayor beneficio si nacen; pues el alma que acepta moderada y suavemente las cosas de la naturaleza lenta y de la contraria, sería fácil, admirando la valentía, y dócil hacia la sensatez, y, lo más importante, siendo capaz de aprender en estas naturalezas y siendo dotada de memoria, podría alegrarse muy bien de estas mismas cosas para ser amante del saber. Pues estas cosas ni son fáciles de nacer, y una vez nacidas, y habiendo obtenido la crianza y educación que deben, podrían contener a la mayoría de ellos y a los peores de la manera más correcta al pensar y actuar y decir sobre los dioses cada cosa como se debe y cuando se debe, sobre los sacrificios y las purificaciones de las cosas relativas a los dioses y a los hombres, no engañando con formas, sino honrando la virtud con la verdad, lo cual es, en efecto, lo más grande de todo para toda la ciudad. Decimos, pues, que esta parte es por naturaleza la más soberana y capaz de aprenderse de la manera más bella y mejor posible, si alguien enseñara. Pero tampoco enseñaría si un dios no guiara; y si enseñara, pero no hiciera tal cosa de manera adecuada, es mejor no aprender. Sin embargo, por lo que se dice ahora, es necesario aprender estas cosas y que yo diga tal naturaleza y la mejor. Intentemos, pues, exponer con el razonamiento qué son, cómo son y cómo se debe aprender, según mi capacidad de quien habla y la de los que son capaces de escuchar, de qué manera uno aprenderá la piedad.
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AT. Es casi extraño para quien lo escucha, pero nosotros mismos decimos su nombre, el cual uno nunca pensaría por inexperiencia del asunto— astronomía—, y desconoce que el verdadero astrónomo debe ser el más sabio, no el que hace astronomía según Hesíodo y todos los de ese tipo, como quien ha examinado las puestas y salidas, sino el de las siete periodos de las ocho traslaciones, recorriendo cada una su propio círculo de tal manera que toda naturaleza no sería fácilmente capaz de contemplar, si no participara de una naturaleza admirable. Lo que ahora hemos dicho, lo diremos, como decimos, por dónde se debe y cómo es necesario aprender; pero primero digamos esto. La luna recorre su propio periodo con mayor rapidez, trayendo el mes y la luna llena primero; segundo, es necesario observar al sol, que trae los solsticios a través de todo su periodo, y a los que corren con él. Y para no hablar muchas veces de lo mismo sobre las mismas cosas, no es fácil comprender las otras vías que recorrimos antes, pero al preparar naturalezas tales como sea posible, es necesario enseñar mucho de antemano y acostumbrar a trabajar siempre al niño y al joven. Por lo cual sería necesaria la enseñanza de las disciplinas; y la más grande y primera, la de los números mismos que no tienen cuerpos, sino de toda la generación y potencia de lo impar y lo par, cuanta proporciona a la naturaleza de los seres. Y habiendo aprendido esto, lo que sigue es lo que llaman con un nombre muy ridículo, geometría, que es la semejanza de los números que no son iguales entre sí por naturaleza respecto a la parte de las superficies, lo cual es patente; lo cual, en efecto, no sería un prodigio humano, sino divino, que resultaría claro para quien sea capaz de comprender. Y después de esta, los que han crecido tres veces y son semejantes a la naturaleza sólida; y los que han nacido desemejantes, los hace semejantes con otra técnica, esta que los que se han topado con ella llamaron estereometría; lo cual es divino y admirable para los que ven y piensan cómo, al girar la potencia siempre en torno al doble y a la que está en sentido contrario a esta, toda la naturaleza imprime su forma y linaje según cada analogía.
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AT. La primera traslación del doble, llevada según el razonamiento de uno a dos según el número, y la que es según la potencia es el doble; y la que va hacia lo sólido y tangible, a su vez, es el doble, habiendo recorrido desde uno hasta ocho; y la que es del doble hacia el medio, siendo igual al menor más, y menos que el mayor, y la otra superando y siendo superada por la misma parte de los extremos mismos— en medio de seis a doce sucedió lo hemiolio y el epitrito—, girando en medio de estos mismos hacia ambos lados, distribuyó a los hombres una necesidad consonante y simétrica para el juego, por causa del ritmo y la armonía, dada a la afortunada danza de las Musas. Que estas cosas, pues, sucedan y se mantengan de esta manera en su totalidad; y el fin después de esto, hay que ir hacia la generación divina y al mismo tiempo hacia la naturaleza de las cosas visibles, la más bella y divina, cuanta un dios dio a los hombres para contemplar, la cual nadie, sin las cosas que ahora se han expuesto, podría contemplar y pedir con facilidad recibir. Además de esto, hay que aplicar lo que es uno a lo que es según las formas en cada una de las reuniones, preguntando y refutando lo que no se ha dicho bien; pues, en efecto, la prueba más bella y primera para los hombres resulta correctamente, y cuantas no siendo, pretenden ser, es el trabajo más vano de todos. Además, debemos tomar la precisión del tiempo, cómo realiza con precisión todas las cosas que suceden en el cielo, para que quien haya confiado en que el razonamiento ha resultado verdadero, que el alma es a la vez más antigua y más divina que el cuerpo, consideraría que se ha dicho de manera hermosísima y suficiente que todo está lleno de dioses y que nunca, por olvido o descuido de los superiores, hemos sido menospreciados. Y hay que pensar sobre todas estas cosas esto, que, si alguien toma correctamente cada una de estas, resulta un gran beneficio para quien lo recibe de manera adecuada, pero si no, es mejor llamar siempre a un dios; y el modo es este— pues es necesario decir al menos esto—: todo diagrama, sistema de número y toda constitución de armonía, y la concordancia de la traslación de los astros, siendo una sola de todas, debe aparecer al que aprende de manera adecuada, y aparecerá si, lo que decimos, alguien aprende mirando correctamente hacia uno—
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AT. Pues un vínculo que ha nacido de todas estas cosas aparecerá a los que piensan— y si alguien maneja estas cosas de otra manera, hay que llamarlo azar, tal como decimos. Pues nunca una naturaleza será afortunada en las ciudades sin estas cosas, sino que este es el modo, esta la crianza, estos los aprendizajes; ya sean difíciles o fáciles, hay que ir por este camino. Y no es lícito descuidar a los dioses, habiéndose hecho patente la fama afortunada de todos ellos dicha de manera adecuada. Y al que ha tomado todas estas cosas así, a este llamo el más sabio con toda verdad; a quien también afirmo, bromeando y hablando en serio a la vez, que cuando alguien complete su propia suerte con la muerte, casi si es que aún está muerto, no participará ya entonces de muchas sensaciones como ahora, habiendo participado de una sola suerte y habiéndose convertido en uno de muchos, será afortunado y a la vez el más sabio y dichoso, ya sea que alguien viva siendo dichoso en continentes o en islas, y aquel participará siempre de tal suerte, y ya sea que alguien practique estas cosas pública o privadamente, hará las mismas cosas y de la misma manera ante los dioses. Y lo que decíamos al principio, también ahora está presente el mismo razonamiento verdaderamente verdadero, que no es posible que los hombres lleguen a ser perfectamente dichosos y afortunados excepto unos pocos, esto está dicho correctamente; pues cuantos son divinos y a la vez sensatos y participan de la otra virtud por naturaleza, y además de esto han tomado todo lo que pertenece al aprendizaje dichoso— lo cual hemos dicho qué es—, solo estos han obtenido y poseen suficientemente todas las cosas de lo divino. A los que, pues, han trabajado estas cosas así, decimos privada y públicamente, y establecemos por ley, que al llegar al fin de la vejez deben entregárseles las magistraturas más grandes, y que todos los demás, siguiendo a estos, deben alabar a todos los dioses y diosas, y que el consejo nocturno, habiendo conocido y probado suficientemente esta sabiduría, nos invite a todos de la manera más correcta.

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