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Gorgias
Plato (plato)Gorgias 447 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
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CAL. Dicen, Sócrates, que de la guerra y de la batalla hay que participar de esa manera. SÓC.¿ Pero es que, como dice el refrán, hemos llegado después de la fiesta y llegamos tarde? CAL. Y de una fiesta muy elegante, por cierto; pues Gorgias nos ha hecho hace poco muchas y hermosas demostraciones. SÓC. De esto, Calicles, es responsable este Querefonte, que nos obligó a perder el tiempo en el ágora. QUER. No pasa nada, Sócrates; yo mismo lo remediaré. Pues Gorgias es amigo mío, así que nos hará una demostración, si te parece, ahora, o si quieres, en otra ocasión. CAL.¿ Qué pasa, Querefonte?¿ Desea Sócrates escuchar a Gorgias? QUER. Precisamente para eso estamos aquí. CAL. Entonces, cuando queráis, venid a mi casa; pues Gorgias se aloja conmigo y os hará una demostración. SÓC. Bien dicho, Calicles. Pero,¿ estaría dispuesto a conversar con nosotros? Pues deseo preguntarle cuál es la capacidad de su arte y qué es lo que promete y enseña; que la otra demostración la haga en otra ocasión, como tú dices. CAL. Nada mejor que preguntárselo a él mismo, Sócrates. Pues esto era precisamente una parte de su demostración; de hecho, hace un momento invitaba a preguntar lo que quisiera cualquiera de los presentes, y decía que respondería a todo. SÓC.¡ Qué bien hablas! Querefonte, pregúntaselo. QUER.¿ Qué le pregunto? SÓC. Quién es. QUER.¿ Qué quieres decir? SÓC. Como si resultara ser un artesano del calzado, te habría respondido, supongo, que es zapatero;¿ o no entiendes lo que digo? QUER. Lo entiendo y se lo preguntaré. Dime, Gorgias,¿ dice la verdad este Calicles cuando afirma que prometes responder a lo que cualquiera te pregunte?
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GOR. La verdad, Querefonte; pues hace un momento prometía precisamente esto, y digo que nadie me ha preguntado nada nuevo en muchos años. QUER. Entonces, seguramente responderás con facilidad, Gorgias. GOR. Tienes ocasión de ponerlo a prueba, Querefonte. POLO.¡ Por Zeus! Y si quieres, Querefonte, pregúntame a mí. Pues me parece que Gorgias está incluso cansado; pues ha expuesto muchas cosas hace poco. QUER.¿ Qué pasa, Polo?¿ Crees que tú responderías mejor que Gorgias? POLO.¿ Qué importa eso, si para ti es suficiente? QUER. Nada; pero ya que tú quieres, responde. POLO. Pregunta. QUER. Pregunto, pues. Si Gorgias resultara ser experto en el mismo arte que su hermano Herodico,¿ cómo lo llamaríamos justamente?¿ No es lo mismo que a aquel? POLO. Ciertamente. QUER. Entonces, al decir que es médico, hablaríamos correctamente. POLO. Sí. QUER. Y si fuera experto en el mismo arte que Aristofón, hijo de Aglaofonte, o que su hermano,¿ cómo lo llamaríamos correctamente? POLO. Es evidente que pintor. QUER. Y ahora, puesto que es experto en qué arte,¿ cómo lo llamaríamos correctamente? POLO. Querefonte, hay muchas artes entre los hombres, descubiertas empíricamente a partir de las experiencias; pues la experiencia hace que nuestra vida avance según el arte, mientras que la inexperiencia lo hace según el azar. De cada una de estas artes participan unos de una manera y otros de otra, y de las mejores, los mejores; entre los cuales está este Gorgias, y participa del más bello de los artes. SÓC. Bien parece, Gorgias, que Polo se ha preparado para el discurso; pero, en realidad, no hace lo que prometió a Querefonte. GOR.¿ A qué te refieres, Sócrates? SÓC. No me parece que responda del todo a lo que se le pregunta. GOR. Pero tú, si quieres, pregúntaselo a él. SÓC. No, si tú estás dispuesto a responder, preferiría mucho más que fueras tú. Pues me queda claro por lo que ha dicho Polo que ha practicado más la llamada retórica que el diálogo. POLO.¿ Por qué, Sócrates? SÓC. Porque, Polo, cuando Querefonte te pregunta de qué arte es experto Gorgias, alabas su arte como si alguien lo estuviera censurando, pero no has respondido cuál es. POLO.¿ Acaso no respondí que es el más bello?
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SÓC. Y muy bien. Pero nadie pregunta qué clase de arte es el de Gorgias, sino cuál es, y cómo debemos llamar a Gorgias; tal como Querefonte te propuso antes y tú le respondiste bien y brevemente, así también ahora di cuál es el arte y cómo debemos llamar a Gorgias. O mejor aún, Gorgias, dinos tú mismo cómo debemos llamarte, como experto en qué arte. GOR. De la retórica, Sócrates. SÓC.¿ Entonces debemos llamarte retórico? GOR. Un buen retórico, Sócrates, si es que quieres llamarme como me jacto de ser, según dijo Homero. SÓC. Pues quiero. GOR. Llámame así, entonces. SÓC.¿ Y diremos que eres capaz de hacer a otros también retóricos? GOR. Precisamente eso prometo, no solo aquí sino también en otros lugares. SÓC.¿ Estarías dispuesto, entonces, Gorgias, a continuar como estamos dialogando ahora, alternando preguntas y respuestas, y a dejar para otra ocasión esa longitud de discursos con la que Polo comenzó? Pero lo que prometes, no lo incumplas, sino ten la voluntad de responder brevemente a lo que se te pregunta. GOR. Hay algunas respuestas, Sócrates, que requieren hacer discursos largos; sin embargo, intentaré ser lo más breve posible. Pues esto también es una de las cosas que afirmo, que nadie puede decir lo mismo en menos palabras que yo. SÓC. Eso es lo que hace falta, Gorgias; hazme una demostración de esto mismo, de la brevedad, y de la prolijidad en otra ocasión. GOR. Lo haré, y dirás que no has escuchado a nadie más breve. SÓC. Vamos, pues; ya que dices ser experto en el arte de la retórica y capaz de hacer a otro retórico,¿ sobre qué trata la retórica? Como el arte del tejido trata sobre la confección de vestidos,¿ no es así? GOR. Sí. SÓC.¿ Y la música sobre la composición de melodías? GOR. Sí. SÓC.¡ Por Hera, Gorgias, admiro tus respuestas, porque respondes lo más brevemente posible! GOR. Pues creo, Sócrates, que lo hago bastante bien. SÓC. Bien dicho. Vamos, respóndeme así también sobre la retórica,¿ sobre qué es ciencia? GOR. Sobre los discursos. SÓC.¿ Qué clase de discursos, Gorgias?¿ Acaso los que enseñan a los enfermos cómo deben alimentarse para sanar? GOR. No. SÓC. Entonces la retórica no trata sobre todos los discursos. GOR. Ciertamente no. SÓC. Pero sí hace a los hombres capaces de hablar. GOR. Sí. SÓC.¿ Y sobre aquello de lo que hablan, también de pensar? GOR.¿ Cómo no?
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SÓC.¿ Entonces, la medicina, de la que hablábamos hace poco, hace a los hombres capaces de pensar y hablar sobre los enfermos? GOR. Es necesario. SÓC. Entonces la medicina, al parecer, trata sobre discursos. GOR. Sí. SÓC.¿ Sobre los que tratan de las enfermedades? GOR. Exactamente. SÓC.¿ Y la gimnasia no trata sobre discursos acerca de la buena y mala condición de los cuerpos? GOR. Ciertamente. SÓC. Y, en efecto, las otras artes, Gorgias, son así; cada una de ellas trata sobre los discursos que versan sobre el asunto del que trata cada arte. GOR. Así parece. SÓC.¿ Por qué entonces no llamas retóricas a las otras artes, siendo que tratan sobre discursos, si llamas retórica a esta que trata sobre discursos? GOR. Porque, Sócrates, la ciencia de las otras artes, por así decirlo, trata sobre el trabajo manual y acciones similares, mientras que de la retórica no hay tal trabajo manual, sino que toda su acción y su validez se realiza a través de discursos. Por eso considero que el arte de la retórica trata sobre los discursos, hablando correctamente, según afirmo. SÓC.¿ Entiendo entonces qué clase de arte quieres llamar a la retórica? Quizás lo sepa más claramente. Pero responde: tenemos artes,¿ no es así? GOR. Sí. SÓC. Pues creo que en la mayoría de las artes el trabajo es lo principal y requieren poco discurso, y algunas no requieren ninguno, sino que el objetivo del arte podría realizarse incluso en silencio, como la pintura, la escultura y muchas otras. Me parece que te refieres a tales artes, sobre las cuales dices que no es la retórica;¿ o no? GOR. Ciertamente, captas muy bien mi pensamiento, Sócrates. SÓC. Y hay otras artes que realizan todo mediante el discurso, y no necesitan, por así decirlo, de ninguna acción o muy poca, como la aritmética, el cálculo, la geometría, el juego de damas y muchas otras artes, algunas de las cuales tienen discursos casi iguales a sus acciones, y la mayoría más, y toda su acción y validez depende totalmente de los discursos. Me parece que te refieres a la retórica como una de estas. GOR. Dices la verdad. SÓC. Pero no creo que quieras llamar retórica a ninguna de estas, aunque no lo hayas dicho con esas palabras, que la que tiene su validez mediante el discurso es la retórica, y alguien podría suponer, si quisiera ser quisquilloso con las palabras,¿ entonces llamas retórica a la aritmética, Gorgias? Pero no creo que llames retórica ni a la aritmética ni a la geometría.
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GOR. Piensas correctamente, Sócrates, y supones con justicia. SÓC. Vamos, pues, termina también tú la respuesta que te pedía. Puesto que la retórica resulta ser una de esas artes que utilizan mayormente el discurso, y resulta que hay otras tales, intenta decir sobre qué trata la retórica, que tiene su validez en los discursos. Como si alguien me preguntara sobre cualquiera de las artes de las que hablaba hace poco: Sócrates,¿ qué es el arte de la aritmética? Le diría, como tú hace poco, que es una de las que tienen su validez mediante el discurso. Y si me preguntara de nuevo:¿ sobre qué? Le diría que es el conocimiento de lo par y lo impar, cuántos son cada uno. Y si a su vez preguntara:¿ qué arte llamas cálculo? Le diría que también esta es de las que realizan todo mediante el discurso; y si preguntara de nuevo:¿ sobre qué? Le diría, como los que escriben en la asamblea, que las otras cosas son como en la aritmética— pues trata sobre lo mismo, lo par y lo impar— pero se diferencia en tanto que el cálculo examina cómo se relacionan entre sí y consigo mismos los números pares e impares en cuanto a su cantidad. Y si alguien preguntara por la astronomía, diciendo yo que también esta se valida totalmente mediante el discurso, y si dijera:¿ sobre qué son los discursos de la astronomía, Sócrates? Le diría que sobre el movimiento de los astros y del sol y de la luna, cómo se relacionan entre sí en cuanto a velocidad. GOR. Dices correctamente, Sócrates. SÓC. Vamos, pues, tú también, Gorgias. Pues la retórica resulta ser una de las que realizan y validan todo mediante el discurso;¿ no es así? GOR. Es así. SÓC. Di entonces,¿ sobre qué?¿ Qué es esto de las cosas existentes sobre lo que son estos discursos que utiliza la retórica? GOR. Las cosas más grandes de los asuntos humanos, Sócrates, y las mejores. SÓC. Pero, Gorgias, también esto que dices es discutible y no es nada claro todavía. Pues creo que has oído en los banquetes a la gente cantar ese escolio, en el que enumeran cantando que la salud es lo mejor, lo segundo es ser bello, y lo tercero, como dice el poeta del escolio, es enriquecerse sin engaño. GOR. Lo he oído; pero,¿ a qué viene esto?
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SÓC. Porque si de repente se presentaran ante ti los artesanos de estas cosas que elogió el que compuso el escolio, el médico, el maestro de gimnasia y el financiero, y dijera primero el médico: Sócrates, Gorgias te engaña; pues su arte no trata sobre el mayor bien para los hombres, sino el mío. Si entonces yo le preguntara:¿ quién eres tú para decir esto? Diría quizás que médico.¿ Qué dices entonces?¿ Es el trabajo de tu arte el mayor bien?¿ Cómo no, diría quizás, Sócrates, la salud?¿ Qué bien es mayor para los hombres que la salud? Y si después de este el maestro de gimnasia dijera: Me asombraría, Sócrates, si tú mismo pudieras mostrar que Gorgias tiene un bien mayor que el de su arte que yo el mío. Le diría a su vez a este:¿ quién eres tú, hombre, y cuál es tu trabajo? Maestro de gimnasia, diría, y mi trabajo es hacer a los hombres bellos y fuertes de cuerpo. Después del maestro de gimnasia diría el financiero, como creo, despreciando a todos: Considera, Sócrates, si te parece que hay algún bien mayor que la riqueza, ya sea en Gorgias o en cualquier otro. Diríamos entonces a él:¿ Y tú qué?¿ Eres artesano de esto? Diría que sí.¿ Quién eres? Financiero.¿ Qué entonces?¿ Juzgas que la riqueza es el mayor bien para los hombres? Diremos.¿ Cómo no? Dirá. Y, sin embargo, este Gorgias discute que el arte que él posee es causa de un bien mayor que el tuyo, diríamos nosotros. Es evidente que después de esto preguntaría:¿ Y qué es este bien? Que responda Gorgias. Vamos, pues, pensando, Gorgias, que eres interrogado tanto por ellos como por mí, responde qué es esto que dices que es el mayor bien para los hombres y que tú eres su artesano. GOR. Lo que es, Sócrates, en verdad el mayor bien y causa a la vez de libertad para los hombres mismos, y a la vez de que cada uno mande sobre los demás en su propia ciudad. SÓC.¿ Qué quieres decir con esto? GOR. El ser capaz de persuadir mediante discursos tanto a los jueces en el tribunal, como a los consejeros en el consejo, y a los ciudadanos en la asamblea y en cualquier otra reunión que sea una asamblea política. Y con esta capacidad tendrás al médico como esclavo, al maestro de gimnasia como esclavo; y este financiero resultará ganando dinero para otro y no para sí mismo, sino para ti, el que es capaz de hablar y persuadir a las multitudes.
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SÓC. Ahora me parece que has aclarado, Gorgias, qué clase de arte crees que es la retórica, y si entiendo algo, dices que la retórica es artesana de la persuasión, y toda su ocupación y su punto principal termina en esto;¿ o tienes algo más que decir sobre que la retórica pueda hacer algo más que producir persuasión en el alma de los oyentes? GOR. De ninguna manera, Sócrates, sino que me parece que lo defines suficientemente; pues este es su punto principal. SÓC. Escucha, pues, Gorgias. Pues yo sé bien que, como me convenzo a mí mismo, si alguien dialoga con otro deseando saber esto mismo sobre lo que es el discurso, yo soy uno de esos; y exijo que tú también lo seas. GOR.¿ Qué pasa entonces, Sócrates? SÓC. Lo diré ahora. Yo, sobre la persuasión que proviene de la retórica, sea cual sea la que dices y sobre qué asuntos es la persuasión, sé bien que no lo sé con claridad, sin embargo, sospecho cuál creo que dices y sobre qué; no obstante, te preguntaré qué es lo que llamas la persuasión que proviene de la retórica y sobre qué es.¿ Por qué, sospechando yo mismo, te preguntaré, en lugar de decirlo yo mismo? No por ti, sino por el discurso, para que avance de tal manera que nos haga lo más evidente posible sobre qué se habla. Considera si te parece que te pregunto justamente; como si te estuviera preguntando quién es Zeuxis entre los pintores, si me dijeras que el que pinta animales,¿ no te preguntaría justamente qué clase de animales pinta y dónde? GOR. Ciertamente. SÓC.¿ Acaso por esto, porque hay otros pintores que pintan muchas otras cosas? GOR. Sí. SÓC. Y si nadie más que Zeuxis pintara,¿ habrías respondido bien? GOR.¿ Cómo no? SÓC. Vamos, pues, dime también sobre la retórica:¿ te parece que la retórica produce persuasión sola o también otras artes? Digo lo siguiente: el que enseña cualquier cosa,¿ persuade sobre lo que enseña o no? GOR. De ninguna manera, Sócrates, sino que persuade sobre todas las cosas. SÓC. Hablemos de nuevo sobre las mismas artes de las que hablábamos hace poco:¿ la aritmética no nos enseña cuántos son los números, y el aritmético? GOR. Ciertamente. SÓC.¿ Y no persuade también? GOR. Sí. SÓC.¿ Entonces la aritmética es también artesana de la persuasión? GOR. Así parece.
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SÓC. Entonces, si alguien nos pregunta de qué clase de persuasión y sobre qué, le responderemos, supongo, que de la didáctica sobre lo par y lo impar, cuántos son; y seremos capaces de demostrar que todas las otras artes de las que hablábamos hace poco son artesanas de la persuasión, y de qué clase y sobre qué;¿ o no? GOR. Sí. SÓC. Entonces la retórica no es la única artesana de la persuasión. GOR. Dices la verdad. SÓC. Puesto que no es la única que realiza este trabajo, sino que también otras lo hacen, justamente, como hacíamos con el pintor, preguntaríamos después al que habla:¿ de qué clase de persuasión y sobre qué persuasión es arte la retórica?¿ O no te parece justo preguntar de nuevo? GOR. A mí sí. SÓC. Responde, pues, Gorgias, ya que a ti también te parece así. GOR. De esta persuasión, Sócrates, de la que se da en los tribunales y en las otras multitudes, como decía hace poco, y sobre las cosas que son justas e injustas. SÓC. Y yo sospechaba que decías esta persuasión y sobre estos asuntos, Gorgias; pero para que no te sorprendas si un poco más tarde te pregunto algo así, que parece ser evidente, pero yo pregunto de nuevo— pues, como digo, pregunto para que el discurso avance ordenadamente, no por ti, sino para que no nos acostumbremos a arrebatarnos mutuamente lo que se dice sospechando, sino que tú termines lo tuyo según la hipótesis como quieras. GOR. Y me parece que haces bien, Sócrates. SÓC. Vamos, examinemos también esto.¿ Llamas a algo haber aprendido? GOR. Lo llamo. SÓC.¿ Y qué?¿ Haber creído? GOR. Yo sí. SÓC.¿ Te parece entonces que es lo mismo haber aprendido y haber creído, y que el aprendizaje y la creencia son lo mismo, o algo distinto? GOR. Creo, Sócrates, que son distintos. SÓC. Piensas bien; lo sabrás por esto. Pues si alguien te preguntara:¿ existe, Gorgias, una creencia falsa y una verdadera? Dirías que sí, como creo. GOR. Sí. SÓC.¿ Y qué?¿ Existe una ciencia falsa y una verdadera? GOR. De ninguna manera. SÓC. Es evidente, pues, que no es lo mismo. GOR. Dices la verdad. SÓC. Pero, sin embargo, los que han aprendido están persuadidos y los que han creído también. GOR. Es así. SÓC.¿ Quieres entonces que establezcamos dos tipos de persuasión, uno que proporciona creencia sin saber, y otro que proporciona ciencia? GOR. Ciertamente. SÓC.¿ Cuál de estas persuasiones produce la retórica en los tribunales y en las otras multitudes sobre lo justo y lo injusto?¿ Aquella de la que surge la creencia sin saber, o aquella de la que surge el saber? GOR. Es evidente, supongo, Sócrates, que de la que surge la creencia.
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SÓC. La retórica, pues, al parecer, es artesana de una persuasión que produce creencia, pero no didáctica, sobre lo justo y lo injusto. GOR. Sí. SÓC. Entonces el retórico no es didáctico en los tribunales y en las otras multitudes sobre lo justo y lo injusto, sino solo persuasivo; pues no podría, supongo, enseñar a una multitud tan grande en poco tiempo asuntos tan importantes. GOR. Ciertamente no. SÓC. Vamos, pues, veamos qué es lo que decimos sobre la retórica; pues yo mismo todavía no puedo comprender qué digo. Cuando hay una asamblea en la ciudad sobre la elección de médicos o de constructores de barcos o sobre cualquier otro grupo de artesanos,¿ acaso el retórico no dará consejos? Pues es evidente que en cada elección hay que elegir al más experto. Ni cuando se trata de la construcción de murallas o de la disposición de puertos o arsenales, sino los arquitectos; ni tampoco cuando hay consejo sobre la elección de generales o sobre alguna formación frente a los enemigos o la toma de posiciones, sino que entonces aconsejarán los estrategas, y los retóricos no;¿ o cómo dices, Gorgias, tales cosas? Puesto que tú mismo dices ser retórico y hacer a otros retóricos, es bueno informarse de ti sobre tu arte. Y considérame ahora también interesado en lo tuyo; pues quizás hay alguno de los presentes que quiera ser tu alumno, como percibo que hay casi varios, que quizás se avergonzarían de preguntarte. Considera, pues, que al ser preguntado por mí, eres preguntado también por ellos:¿ qué ganaremos, Gorgias, si nos asociamos contigo?¿ Sobre qué seremos capaces de aconsejar a la ciudad?¿ Sobre lo justo y lo injusto solamente o también sobre lo que Sócrates decía hace poco? Intenta, pues, responderles. GOR. Pues intentaré, Sócrates, revelarte claramente toda la capacidad de la retórica; pues tú mismo has guiado bien. Pues sabes, supongo, que estos arsenales y las murallas de los atenienses y la disposición de los puertos han ocurrido por el consejo de Temístocles, y otros por el de Pericles, pero no por los artesanos. SÓC. Se dicen estas cosas, Gorgias, sobre Temístocles; y de Pericles yo mismo escuché cuando nos aconsejaba sobre el muro intermedio.
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GOR. Y cuando hay alguna elección de las que tú decías hace poco, Sócrates, ves que los retóricos son los que aconsejan y los que ganan las opiniones sobre estos asuntos. SÓC. Esto es lo que, admirándome, Gorgias, pregunto desde hace tiempo: cuál es la capacidad de la retórica. Pues me parece algo prodigioso en cuanto a su magnitud, al considerarlo así. GOR. Si supieras todo, Sócrates, verías que, por así decirlo, abarca y tiene bajo sí todas las capacidades. Y te diré una gran prueba: muchas veces ya yo, habiendo entrado con mi hermano y con los otros médicos ante alguno de los enfermos que no quería ni beber la medicina ni dejarse cortar o cauterizar por el médico, no pudiendo el médico persuadirlo, yo lo persuadí, con ningún otro arte que la retórica. Y afirmo que si un hombre retórico y un médico fueran a cualquier ciudad que quieras, si hubiera que competir con discursos en la asamblea o en cualquier otra reunión sobre a quién se debe elegir como médico, el médico no aparecería por ninguna parte, sino que sería elegido el capaz de hablar, si quisiera. Y si compitiera contra cualquier otro artesano, el retórico persuadiría para que lo eligieran a él más que a cualquier otro; pues no hay asunto sobre el que el retórico no hable de manera más persuasiva que cualquier otro de los artesanos ante la multitud. Tal es, pues, la capacidad y la naturaleza de este arte; sin embargo, Sócrates, hay que usar la retórica como cualquier otra competición. Pues también en la otra competición no hay que usarla contra todos los hombres por el hecho de haber aprendido a boxear y a luchar en el pancracio y a pelear con armas, de modo que sea más fuerte que amigos y enemigos, no por eso hay que golpear a los amigos ni herirlos ni matarlos. Ni tampoco,¡ por Zeus!, si alguien habiendo asistido a la palestra y estando bien de cuerpo y habiéndose hecho boxeador, luego golpea a su padre y a su madre o a cualquier otro de sus parientes o amigos, no por eso hay que odiar a los maestros de gimnasia y a los que enseñan a pelear con armas ni expulsarlos de las ciudades. Pues aquellos los entregaron para usar esto justamente contra los enemigos y los que cometen injusticias, defendiéndose, no atacando; mientras que los otros, habiéndolo invertido, usan la fuerza y el arte incorrectamente.
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GOR. Entonces los que enseñaron no son malvados, ni el arte es causa ni malvada por eso, sino los que no usan correctamente, creo. El mismo discurso vale también para la retórica. Pues el retórico es capaz de hablar ante todos y sobre todo, de modo que sea más persuasivo ante las multitudes en poco tiempo sobre lo que quiera; pero no por eso hay que quitarles la reputación a los médicos— porque podría hacerlo— ni a los otros artesanos, sino usar la retórica justamente, como también la competición. Pero si alguien, habiéndose hecho retórico, luego con esta capacidad y este arte comete injusticias, no hay que odiar al que enseñó ni expulsarlo de las ciudades. Pues aquel lo entregó para el uso de lo justo, y el otro lo usa de manera contraria. Es justo odiar al que no usa correctamente, y expulsarlo y matarlo, pero no al que enseñó. SÓC. Creo, Gorgias, que tú también eres experto en muchos discursos y has observado en ellos lo siguiente: que no pueden fácilmente, sobre lo que intentan dialogar, habiendo definido entre ellos y habiendo aprendido y enseñado a sí mismos, terminar así las reuniones, sino que si discuten sobre algo y el uno no dice que el otro habla correctamente o no claramente, se enfadan y por envidia creen que el otro habla por rivalidad y no buscando lo propuesto en el discurso; y algunos incluso terminan de la manera más vergonzosa, habiéndose insultado y habiendo dicho y escuchado sobre sí mismos tales cosas que incluso los presentes se molestan por ellos, porque consideraron digno ser oyentes de tales hombres.¿ Por qué digo esto? Porque ahora me parece que tú no dices cosas del todo coherentes ni conformes a lo que decías al principio sobre la retórica; temo, pues, refutarte, no sea que supongas que hablo por rivalidad contra ti, no por el asunto, para que se haga evidente, sino contra ti.
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SÓC. Por mi parte, si tú eres de los mismos hombres que yo, te interrogaría con gusto; si no, te dejaría.¿ Y de quiénes soy yo? De los que se dejarían refutar con gusto si digo algo que no es verdad, y que de igual modo refutarían a quien dijera algo que no fuera verdad, y que no se sentirían menos complacidos al ser refutados que al refutar; pues considero que es un bien mayor, en la medida en que es un bien mayor verse libre del mal más grande que librar a otro de él. Pues no creo que haya para el hombre un mal tan grande como una opinión falsa sobre los temas que ahora nos ocupan. Si tú también dices ser de este tipo, dialoguemos; pero si te parece que debemos dejarlo, dejémoslo ya y demos por terminado el diálogo. GOR. Pero yo mismo, Sócrates, digo ser tal como tú sugieres; sin embargo, quizá habría que tener en cuenta también a los presentes. Pues hace tiempo, incluso antes de que ustedes llegaran, hice muchas demostraciones ante los presentes, y ahora quizá nos extendamos demasiado si dialogamos. Por tanto, hay que considerar también a estos, no sea que retengamos a algunos que deseen hacer otra cosa. QUER. Del alboroto, Gorgias y Sócrates, ustedes mismos oyen que estos hombres desean escuchar si dicen algo; en cuanto a mí, que no me sobrevenga tal falta de tiempo como para que, dejando de lado discursos como estos y dichos de esta manera, me resulte más urgente hacer otra cosa. CAL.¡ Por los dioses, Querefonte!, y de hecho yo mismo, habiendo asistido ya a muchos discursos, no sé si alguna vez me he sentido tan complacido como ahora; de modo que, si quieren dialogar durante todo el día, me harán un favor. SÓC. Pues bien, Calicles, por mi parte nada lo impide, si Gorgias quiere. GOR. Sería vergonzoso, Sócrates, que yo no quisiera, habiéndome ofrecido yo mismo a responder lo que cada uno quiera. Pero si a estos les parece bien, dialoga y pregunta lo que quieras. SÓC. Escucha entonces, Gorgias, lo que me admira de lo que dices; pues quizá tú hablas correctamente y yo no entiendo bien.¿ Dices que eres capaz de hacer retórico a quien quiera aprender de ti? GOR. Sí.
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SÓC.¿ Entonces, sobre todas las cosas, de modo que sea persuasivo ante la multitud, no enseñando sino persuadiendo? GOR. Exactamente. SÓC. Decías hace poco que también sobre lo saludable el orador será más persuasivo que el médico. GOR. Sí, lo decía, ante una multitud, al menos. SÓC.¿ Y no es esto lo que significa ante la multitud, ante los que no saben? Pues, ciertamente, no será más persuasivo que el médico ante los que saben. GOR. Dices la verdad. SÓC. Entonces, si será más persuasivo que el médico,¿ se vuelve más persuasivo que el que sabe? GOR. Ciertamente. SÓC. Sin ser médico,¿ verdad? GOR. Sí. SÓC. Y el que no es médico, ciertamente, es ignorante de aquello de lo que el médico es experto. GOR. Es evidente. SÓC. Por tanto, el que no sabe será más persuasivo que el que sabe ante los que no saben, cuando el orador sea más persuasivo que el médico.¿ Esto se sigue o alguna otra cosa? GOR. Esto es lo que se sigue en este caso. SÓC.¿ Y no ocurre lo mismo con todas las demás artes respecto al orador y la retórica? No necesita saber cómo son las cosas mismas, sino que ha encontrado un cierto mecanismo de persuasión para parecer, ante los que no saben, que sabe más que los que saben. GOR.¿ No resulta entonces una gran facilidad, Sócrates, el no haber aprendido las otras artes, sino solo esta, y no ser inferior a los artesanos? SÓC. Si el orador es inferior o no a los demás por ser así, lo examinaremos enseguida, si nos sirve para el discurso; pero ahora consideremos esto primero:¿ acaso el retórico se encuentra respecto a lo justo y lo injusto, lo vergonzoso y lo bello, lo bueno y lo malo, de la misma manera que respecto a lo saludable y a las otras cosas de las que tratan las demás artes, es decir, sin saber él mismo qué es bueno o malo, o qué es bello o vergonzoso, o justo o injusto, sino habiendo urdido una persuasión sobre ellas de modo que parezca saber, sin saber, ante los que no saben, más que el que sabe?¿ O es necesario saber, y es preciso llegar ante ti, que vas a enseñar la retórica, conociendo esto de antemano? Y si no,¿ tú, el maestro de retórica, no enseñarás nada de esto al que llega— pues no es tu tarea—, sino que harás que ante la mayoría parezca saber tales cosas sin saberlas y parezca bueno sin serlo?¿ O no serás capaz en absoluto de enseñarle la retórica si no conoce de antemano la verdad sobre esto?¿ O cómo es la situación, Gorgias? Y por Zeus, tal como dijiste hace poco, desvelando la retórica, dime cuál es su poder.
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GOR. Pero yo creo, Sócrates, que si por casualidad no lo sabe, también aprenderá esto de mí. SÓC. Espera, pues; porque hablas bien. Si haces a alguien retórico, es necesario que sepa lo justo y lo injusto, ya sea antes o después de haberlo aprendido de ti. GOR. Ciertamente. SÓC.¿ Qué entonces? El que ha aprendido las artes de la construcción,¿ es constructor, o no? GOR. Sí. SÓC.¿ Y el que ha aprendido música, es músico? GOR. Sí. SÓC.¿ Y el que ha aprendido medicina, es médico? Y las demás cosas, siguiendo el mismo razonamiento,¿ el que ha aprendido cada una es tal como la ciencia hace a cada uno? GOR. Ciertamente. SÓC. Entonces, según este razonamiento,¿ el que ha aprendido lo justo es justo? GOR. Sin duda alguna. SÓC. Y el justo, supongo, hace cosas justas. GOR. Sí. SÓC.¿ No es necesario entonces que el retórico sea justo, y que el justo quiera hacer cosas justas? GOR. Eso parece. SÓC. Por tanto, el justo nunca querrá cometer injusticias. GOR. Es necesario. SÓC. Y el retórico, por el razonamiento, debe ser justo. GOR. Sí. SÓC. Por tanto, el retórico nunca querrá cometer injusticias. GOR. No lo parece. SÓC.¿ Recuerdas entonces haber dicho hace poco que no hay que culpar a los maestros de gimnasia ni expulsarlos de las ciudades si el boxeador usa el pugilato injustamente y comete una injusticia, y de la misma manera, si el orador usa la retórica injustamente, no hay que culpar al que enseñó ni expulsarlo de la ciudad, sino al que comete la injusticia y no usa la retórica correctamente?¿ Se dijo esto o no? GOR. Se dijo. SÓC. Pero ahora, este mismo, el retórico, parece que nunca habría cometido una injusticia.¿ O no? GOR. Parece. SÓC. Y en los primeros discursos, Gorgias, se decía que la retórica trataría de discursos no sobre lo par y lo impar, sino sobre lo justo y lo injusto;¿ verdad? GOR. Sí.
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SÓC. Yo, pues, cuando decías eso, supuse que la retórica nunca sería una cosa injusta, ya que siempre trata discursos sobre la justicia; pero como poco después decías que el orador podría usar la retórica incluso injustamente, me sorprendí y, pensando que lo dicho no concordaba, dije aquellos discursos: que si consideras que ser refutado es una ganancia, como yo, vale la pena dialogar, si no, dejarlo. Pero después, al examinarlo nosotros, ves tú mismo que se admite que es imposible que el retórico use la retórica injustamente y quiera cometer injusticias. Cómo es esto, por el perro, Gorgias, requiere no poca conversación para examinarlo suficientemente. POL.¿ Qué pasa, Sócrates?¿ Tú también opinas sobre la retórica tal como dices ahora?¿ O crees— porque Gorgias se avergonzó ante ti de no admitir que el orador también conoce lo justo, lo bello y lo bueno, y que si no llega ante él sabiéndolo, él mismo se lo enseñará, y luego, a partir de esta admisión, quizá ocurrió alguna contradicción en los discursos— esto que tanto te gusta, habiéndolo llevado tú mismo a tales preguntas— pues,¿ quién crees que negará que él mismo conoce lo justo y que enseñará a otros?—, pero llevar los discursos a tales cosas es una gran grosería. SÓC. Oh, excelente Polo, pero es que precisamente nos procuramos compañeros e hijos para que, cuando nosotros, al hacernos mayores, tropecemos, ustedes, los más jóvenes, presentes, corrijan nuestra vida tanto en obras como en palabras. Y ahora, si Gorgias y yo tropezamos en los discursos, tú, que estás presente, corrígelo— pues tienes derecho—, y yo estoy dispuesto a retractarme de lo admitido si te parece que algo no se admitió bien, lo que tú quieras, con tal de que me guardes una sola cosa. POL.¿ Qué dices con eso? SÓC. Que reprimas la verborrea, Polo, a la que intentaste recurrir al principio. POL.¿ Qué pasa?¿ No se me permitirá decir todo lo que quiera? SÓC. Sería terrible, mi buen amigo, si, habiendo llegado a Atenas, donde hay en toda Grecia la mayor libertad de expresión, luego tú fueras el único allí que no pudiera disfrutar de ella.
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SÓC. Pero, al contrario: si tú hablas largo y no quieres responder a lo que se te pregunta,¿ no sería terrible para mí, a su vez, si no se me permitiera irme y no escucharte? Pero si te importa el discurso dicho y quieres corregirlo, como decía hace poco, retractándote de lo que te parezca, en tu turno, preguntando y siendo preguntado, tal como Gorgias y yo, refuta y sé refutado. Pues dices, supongo, que tú también sabes lo mismo que Gorgias;¿ o no? POL. Yo sí. SÓC.¿ Entonces tú también invitas a que te pregunten cada vez lo que uno quiera, como si supieras responder? POL. Exactamente. SÓC. Y ahora, pues, haz lo uno o lo otro de esto: pregunta o responde. POL. Pues haré eso. Y respóndeme, Sócrates: puesto que Gorgias parece estar en apuros ante ti sobre la retórica,¿ tú qué dices que es? SÓC.¿ Acaso preguntas qué arte digo que es? POL. Yo sí. SÓC. Ninguna me parece, Polo, para decirte la verdad. POL. Pero,¿ qué te parece que es la retórica? SÓC. Una cosa que tú dices haber convertido en arte en el escrito que leí hace poco. POL.¿ Qué dices con eso? SÓC. Una cierta experiencia, por mi parte. POL.¿ Entonces te parece que la retórica es una experiencia? SÓC. A mí sí, a menos que tú digas otra cosa. POL.¿ Experiencia de qué? SÓC. De la producción de cierta gracia y placer. POL.¿ Entonces te parece que la retórica es algo bello, al ser capaz de complacer a los hombres? SÓC.¿ Qué pasa, Polo?¿ Ya has aprendido de mí lo que digo que es, de modo que a continuación preguntas si me parece bella? POL.¿ Pues no he aprendido que dices que es una cierta experiencia? SÓC.¿ Quieres entonces, ya que valoras el complacer, hacerme un pequeño favor? POL. Yo sí. SÓC. Pregúntame ahora qué arte me parece que es la cocina. POL. Pregunto, pues:¿ qué arte es la cocina? SÓC. Ninguna, Polo. POL. Pero,¿ qué es? Dilo. SÓC. Digo, pues, que una cierta experiencia. POL.¿ Cuál? Dilo. SÓC. Digo, pues, que de la producción de gracia y placer, Polo. POL.¿ Entonces es lo mismo la cocina y la retórica? SÓC. De ninguna manera, sino que es una parte de la misma ocupación. POL.¿ De cuál dices que es esta?
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SÓC. Quizá sea demasiado grosero decir la verdad; pues temo decirla por Gorgias, no sea que piense que estoy ridiculizando su propia ocupación. Pero yo, si esta es la retórica que Gorgias practica, no lo sé— pues hace poco, a partir del discurso, no nos quedó claro qué es lo que él considera que es—, pero lo que yo llamo retórica es una parte de una cosa que no es nada bello. GOR.¿ De qué, Sócrates? Dilo; no te avergüences en absoluto ante mí. SÓC. Me parece, pues, Gorgias, que es una ocupación no técnica, sino de un alma conjetural, valiente y naturalmente hábil para tratar con los hombres; y llamo a su esencia adulación. Me parece que de esta ocupación hay muchas otras partes, y una es la cocina; que parece ser un arte, pero, según mi razonamiento, no es un arte, sino una experiencia y rutina. Parte de esta llamo yo a la retórica, y también a la cosmética y a la sofística, estas cuatro partes sobre cuatro cosas. Si Polo quiere preguntar, que pregunte; pues aún no ha preguntado qué parte de la adulación digo que es la retórica, sino que se me ha pasado sin haber respondido, y él vuelve a preguntar si me parece bella. Pero yo no le responderé si considero que la retórica es bella o vergonzosa antes de responder primero qué es. Pues no es justo, Polo; pero si quieres saberlo, pregunta qué parte de la adulación digo que es la retórica. POL. Pregunto, pues, y responde qué parte. SÓC.¿ Acaso lo entenderías si te respondiera? Pues la retórica es, según mi razonamiento, una imagen de una parte de la política. POL.¿ Qué entonces?¿ Dices que es bella o vergonzosa? SÓC. Vergonzosa, por mi parte— pues llamo vergonzoso a lo malo—, ya que debo responderte como si ya supieras lo que digo. GOR. Por Zeus, Sócrates, ni yo mismo entiendo lo que dices. SÓC. Es natural, Gorgias; pues aún no digo nada claro, y este Polo es joven y agudo. GOR. Pero deja a este, y dime a mí cómo dices que la retórica es una imagen de una parte de la política.
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SÓC. Pero intentaré explicar lo que me parece que es la retórica; si no resulta ser esto, este Polo lo refutará.¿ Llamas a algo cuerpo y alma, supongo? GOR.¿ Cómo no? SÓC.¿ Y no crees que hay una buena condición para cada uno de estos? GOR. Yo sí. SÓC.¿ Qué pasa?¿ Una buena condición aparente, pero que no lo es? Digo algo así: muchos parecen tener bien los cuerpos, a quienes uno no percibiría fácilmente que no los tienen bien, sino un médico o alguien de los gimnastas. GOR. Dices la verdad. SÓC. Digo que algo así existe tanto en el cuerpo como en el alma, lo cual hace parecer que el cuerpo y el alma están bien, pero no lo están más. GOR. Así es. SÓC. Vamos, pues, si puedo, te mostraré más claramente lo que digo. Siendo dos las cosas, digo que hay dos artes: a la que se ocupa del alma la llamo política, y a la que se ocupa del cuerpo no tengo un nombre para darte, pero siendo una la atención del cuerpo, digo que hay dos partes: la gimnasia y la medicina; y de la política, en lugar de la gimnasia, la legislación, y como contraparte de la medicina, la justicia. Ambas se comunican entre sí, ya que tratan sobre lo mismo, tanto la medicina con la gimnasia como la justicia con la legislación; sin embargo, difieren algo entre sí. Siendo cuatro estas, y atendiendo siempre a lo mejor, unas el cuerpo y otras el alma, la aduladora, al darse cuenta— no digo al conocer, sino al conjeturar—, se ha dividido en cuatro partes, se ha infiltrado bajo cada una de las partes, pretende ser lo que ha suplantado, y no se preocupa en absoluto de lo mejor, sino que caza la ignorancia con lo siempre más agradable y engaña, de modo que parece ser de gran valor. Bajo la medicina, pues, se ha infiltrado la cocina, y pretende saber cuáles son los mejores alimentos para el cuerpo, de modo que si hubiera que competir entre niños, un cocinero y un médico, o entre hombres tan insensatos como los niños, sobre quién entiende de alimentos buenos y malos, el médico moriría de hambre.
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SÓC. La llamo, pues, adulación, y digo que tal cosa es vergonzosa, Polo— pues esto te lo digo a ti—, porque apunta a lo agradable sin lo mejor; y digo que no es un arte, sino una experiencia, porque no tiene ningún razonamiento con el que ofrece lo que ofrece, ni puede decir la causa de cada cosa. Y no llamo arte a lo que es una cosa irracional; si disputas sobre esto, estoy dispuesto a dar razón. A la medicina, pues, como digo, le subyace la cocina como adulación; y a la gimnasia, de la misma manera, la cosmética, malvada, engañosa, innoble y servil, que engaña con formas, colores, suavidad y vestimentas, de modo que, al atraer una belleza ajena, descuidan la propia que se obtiene mediante la gimnasia. Para no hablar largo, quiero decirte, como los geómetras— pues quizá ya podrías seguirme—, que lo que la cosmética es a la gimnasia, eso es la sofística a la legislación, y que lo que la cocina es a la medicina, eso es la retórica a la justicia. Sin embargo, lo que digo está separado así por naturaleza, pero como están cerca, se mezclan en lo mismo y sobre lo mismo los sofistas y los oradores, y no saben qué hacer ni ellos mismos ni los demás hombres con ellos. Pues si el alma no gobernara al cuerpo, sino que este se gobernara a sí mismo, y no fuera observado y distinguido por ella la cocina y la medicina, sino que el cuerpo mismo juzgara pesando los placeres para sí, lo de Anaxágoras sería mucho, amigo Polo— pues tú eres experto en esto—, todas las cosas estarían mezcladas en lo mismo, al no ser juzgadas las cosas médicas, saludables y culinarias. Lo que yo digo que es la retórica, lo has oído: contraparte de la cocina en el alma, como aquella en el cuerpo. Quizá he hecho algo extraño, porque no dejándote hablar largos discursos, yo mismo he extendido un discurso largo. Vale la pena, pues, que me tengas indulgencia; pues cuando yo hablaba brevemente no entendías, ni eras capaz de usar la respuesta que te respondí, sino que pedías una explicación.
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SÓC. Si, pues, yo tampoco sé qué hacer cuando tú respondes, extiende tú también un discurso, pero si sé, déjame usarlo; pues es justo. Y ahora, si tienes algo que hacer con esta respuesta, úsala. POL.¿ Qué dices entonces?¿ Te parece que la retórica es adulación? SÓC. Dije, pues, que es una parte de la adulación.¿ Pero no recuerdas, siendo tan grande, Polo?¿ Qué harás pronto? POL.¿ Acaso te parece que los buenos oradores son considerados viles en las ciudades como aduladores? SÓC.¿ Preguntas esto o dices que es el comienzo de algún discurso? POL. Pregunto, pues. SÓC. A mí no me parece que sean considerados así. POL.¿ Cómo que no considerados?¿ No tienen el mayor poder en las ciudades? SÓC. No, si llamas poder a que sea algo bueno para el que tiene el poder. POL. Pero ciertamente lo llamo así. SÓC. Entonces me parece que los oradores tienen el menor poder de los que están en la ciudad. POL.¿ Qué pasa?¿ No es que, como los tiranos, matan a quien quieren, y quitan bienes y expulsan de las ciudades a quien les parece? SÓC. Por el perro, dudo, Polo, en cada una de las cosas que dices, si tú mismo dices esto y expones tu propia opinión, o si me preguntas a mí. POL. Pero yo te pregunto a ti. SÓC. Bien, amigo;¿ entonces me preguntas dos cosas a la vez? POL.¿ Cómo dos? SÓC.¿ No decías hace poco algo así: acaso los oradores no matan a quienes quieren, como los tiranos, y quitan bienes y expulsan de las ciudades a quien les parece? POL. Yo sí. SÓC. Te digo, pues, que estas son dos preguntas, y te responderé a ambas. Pues digo, Polo, que tanto los oradores como los tiranos tienen el menor poder en las ciudades, como decía hace poco; pues no hacen nada de lo que quieren, por así decirlo, aunque hacen lo que les parece mejor. POL.¿ Entonces esto es tener gran poder? SÓC. No, según dice Polo. POL.¿ Yo no digo? Pues yo digo que sí. SÓC. Por el... tú no, puesto que decías que tener gran poder es un bien para el que tiene el poder. POL. Pues digo que sí. SÓC.¿ Entonces crees que es un bien si alguien hace lo que le parece mejor, sin tener juicio?¿ Y a esto llamas tener gran poder? POL. Yo no.
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SÓC. Entonces demostrarás que los oradores tienen juicio y que la retórica es un arte y no adulación, habiéndome refutado. Pero si me dejas sin refutar, los oradores que hacen en las ciudades lo que les parece y los tiranos no poseerán nada bueno en esto, y el poder es, como tú dices, un bien, pero hacer sin juicio lo que parece, también tú admites que es un mal;¿ o no? POL. Yo sí. SÓC.¿ Cómo podrían entonces los oradores o los tiranos tener gran poder en las ciudades, si Sócrates no es refutado por Polo de que hacen lo que quieren? POL. Este hombre... SÓC. No digo que hagan lo que quieren; pero refútame. POL.¿ No admitías hace poco que hacen lo que les parece mejor, antes de esto? SÓC. Pues ahora también lo admito. POL.¿ Entonces no hacen lo que quieren? SÓC. No digo que sí. POL.¿ Haciendo lo que les parece? SÓC. Digo que sí. POL. Dices cosas terribles y extraordinarias, Sócrates. SÓC. No me injuries, excelente Polo, para llamarte según tú; pero si puedes preguntarme, demuestra que miento, si no, responde tú mismo. POL. Pero quiero responder, para saber también qué dices. SÓC.¿ Acaso te parece que los hombres quieren esto que hacen cada vez, o aquello por lo que hacen esto que hacen? Por ejemplo, los que beben medicinas de los médicos,¿ te parece que quieren esto que hacen, beber la medicina y sufrir, o aquello, estar sanos, por lo que beben? POL. Es evidente que estar sanos. SÓC.¿ Entonces también los que navegan y los que se dedican a los demás negocios, no es esto lo que quieren, lo que hacen cada vez( pues,¿ quién quiere navegar, arriesgarse y tener problemas?), sino aquello, supongo, por lo que navegan, enriquecerse? Pues por la riqueza navegan. POL. Ciertamente. SÓC.¿ No es así también sobre todas las cosas? Si alguien hace algo por algo,¿ no quiere esto que hace, sino aquello por lo que hace? POL. Sí. SÓC.¿ Acaso hay algo de las cosas que existen que no sea o bien un bien, o un mal, o algo intermedio entre estos, ni bien ni mal? POL. Es muy necesario, Sócrates. SÓC.¿ Entonces dices que es un bien la sabiduría, la salud, la riqueza y las demás cosas similares, y males lo contrario de esto? POL. Yo sí.
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SÓC.¿ Y las cosas que no son ni bien ni mal, acaso llamas a tales cosas las que a veces participan del bien, a veces del mal, a veces de ninguno, como estar sentado, caminar, correr y navegar, y como también piedras, maderas y las demás cosas similares?¿ No dices esto?¿ O llamas a otras cosas las que no son ni bien ni mal? POL. No, sino estas. SÓC.¿ Entonces hacen estas cosas intermedias por el bien cuando las hacen, o los bienes por las intermedias? POL. Las intermedias, supongo, por los bienes. SÓC.¿ Entonces persiguiendo el bien caminamos cuando caminamos, pensando que es mejor, y lo contrario estamos de pie cuando estamos de pie, por lo mismo, por el bien;¿ o no? POL. Sí. SÓC.¿ Entonces también matamos, si matamos a alguien, y expulsamos y quitamos bienes, pensando que es mejor para nosotros hacer esto que no? POL. Ciertamente. SÓC. Por el bien, pues, hacen todas estas cosas los que las hacen. POL. Digo que sí. SÓC.¿ Entonces admitimos que, lo que hacemos por algo, no queremos eso, sino aquello por lo que hacemos esto? POL. Ciertamente. SÓC. Entonces no queremos matar ni expulsar de las ciudades ni quitar bienes simplemente así, sino que si estas cosas son útiles, queremos hacerlas, pero siendo dañinas no queremos. Pues queremos los bienes, como tú dices, pero las cosas que no son ni bien ni mal no las queremos, ni los males.¿ Verdad?¿ Te parece que digo la verdad, Polo, o no?¿ Por qué no respondes? POL. Verdad. SÓC. Entonces, si admitimos esto, si alguien mata a alguien o lo expulsa de la ciudad o le quita bienes, ya sea siendo tirano o siendo orador, pensando que es mejor para él, pero resulta ser peor, este, supongo, hace lo que le parece;¿ verdad? POL. Sí. SÓC.¿ Acaso también lo que quiere, si resulta que estas cosas son malas?¿ Por qué no respondes? POL. Pero no me parece que haga lo que quiere. SÓC.¿ Entonces es posible que tal persona tenga gran poder en esta ciudad, si tener gran poder es algún bien según tu admisión? POL. No es posible. SÓC. Entonces yo decía la verdad, al decir que es posible que un hombre que hace en la ciudad lo que le parece no tenga gran poder ni haga lo que quiere. POL. Como si tú, Sócrates, no aceptaras que se te permitiera hacer lo que te parece en la ciudad más que no, ni envidiaras cuando ves a alguien que ha matado a quien le pareció, o quitado bienes o encarcelado. SÓC.¿ Dices justamente o injustamente?
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POL. Sea lo que sea que haga,¿ no es envidiable de ambas maneras? SÓC. Habla bien, Polo. POL.¿ Por qué? SÓC. Porque no hay que envidiar ni a los que no son envidiables ni a los desgraciados, sino compadecerlos. POL.¿ Qué pasa?¿ Te parece que es así sobre los hombres de los que hablo? SÓC.¿ Cómo no? POL.¿ Aquel, pues, que mata a quien le parece, matando justamente, te parece que es desgraciado y digno de compasión? SÓC. A mí no, pero tampoco envidiable. POL.¿ No decías hace poco que era desgraciado? SÓC. Al que mató injustamente, compañero, y además digno de compasión; pero al que mató justamente, no envidiable. POL. Seguramente el que muere injustamente es digno de compasión y desgraciado. SÓC. Menos que el que mata, Polo, y menos que el que muere justamente. POL.¿ Cómo es eso, Sócrates? SÓC. Así, porque resulta ser el mayor de los males cometer injusticia. POL.¿ Acaso es esto lo mayor?¿ No es mayor ser objeto de injusticia? SÓC. En absoluto. POL.¿ Entonces preferirías ser objeto de injusticia antes que cometerla? SÓC. Preferiría, por mi parte, ninguna de las dos; pero si fuera necesario cometer injusticia o ser objeto de ella, elegiría más bien ser objeto de injusticia antes que cometerla. POL.¿ Entonces no aceptarías ser tirano? SÓC. No, si llamas ser tirano a lo que yo. POL. Pero yo digo esto que hace poco, que se le permita en la ciudad, lo que le parezca, hacer esto, matando, expulsando y haciendo todo según su propia opinión. SÓC. Oh, bienaventurado, toma mi discurso mientras hablo. Pues si yo, en el ágora llena, tomando bajo el brazo un puñal, dijera ante ti: Polo, me ha sobrevenido hace poco un poder y una tiranía maravillosa; pues si me parece que alguno de estos hombres que ves debe morir ahora mismo, morirá a quien me parezca; y si me parece que a alguno de ellos hay que romperle la cabeza, estará rota ahora mismo, y si romperle el manto, estará roto— tan grande es mi poder en esta ciudad—, si entonces, al no creerme, te mostrara el puñal, quizá dirías al verlo: Sócrates, así todos podrían tener gran poder, pues incluso una casa podría ser incendiada de esta manera a quien te parezca, y los arsenales de los atenienses, y los trirremes y todos los barcos, y los públicos y los privados; pero entonces eso no es tener gran poder, hacer lo que le parece;¿ o te parece a ti? POL. De ninguna manera así.
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SÓC.¿ Puedes decirme, entonces, por qué censuras tal poder? POL. Puedo. SÓC.¿ Por qué? Dilo. POL. Porque es necesario que quien actúa así sea castigado. SÓC.¿ Y no es acaso un mal el ser castigado? POL. Ciertamente. SÓC. Entonces, mi admirable amigo, el tener gran poder te parece de nuevo, si al hacer lo que uno cree le sigue el actuar provechosamente, que es un bien, y esto, al parecer, es el gran poder; pero si no, un mal y un pequeño poder. Examinemos también esto:¿ acaso convenimos en que a veces es mejor hacer estas cosas que decíamos hace poco, matar, desterrar y confiscar bienes, y a veces no? POL. Ciertamente. SÓC. Esto, al parecer, es admitido tanto por ti como por mí. POL. Sí. SÓC.¿ Cuándo dices entonces que es mejor hacer estas cosas? Dime qué criterio estableces. POL. Pues responde tú mismo a eso, Sócrates. SÓC. Yo, pues, digo, Polo, si te es más grato oírme, que cuando alguien hace estas cosas justamente, es mejor, pero cuando injustamente, es peor. POL.¡ Qué difícil es refutarte, Sócrates! Pero¿ acaso no te refutaría incluso un niño al decir que no hablas con la verdad? SÓC. Entonces le estaré muy agradecido al niño, y lo mismo a ti, si me refutas y me liberas de mis desatinos. Pero no te canses de hacer un bien a un amigo, sino refútame. POL. Pues bien, Sócrates, no hace falta que te refute con hechos antiguos; los sucesos de ayer y anteayer son suficientes para refutarte y demostrar que muchos hombres que cometen injusticias son felices. SÓC.¿ Cuáles son esos? POL.¿ Ves a ese Arquelao, hijo de Perdicas, que gobierna Macedonia? SÓC. Si no lo veo, al menos oigo hablar de él. POL.¿ Te parece feliz o desdichado? SÓC. No lo sé, Polo; pues aún no he tratado con él. POL.¿ Qué?¿ Tratando con él lo sabrías, pero de otro modo no sabes que es feliz? SÓC.¡ Por Zeus, que no! POL. Es evidente, Sócrates, que tampoco dirás que el gran rey es feliz. SÓC. Y diré la verdad; pues no sé cómo está en cuanto a educación y justicia. POL.¿ Qué?¿ En eso consiste toda la felicidad? SÓC. Tal como yo digo, Polo; pues afirmo que el hombre y la mujer bellos y buenos son felices, y el injusto y malvado, desdichado.
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POL.¿ Es entonces desdichado ese Arquelao según tu razonamiento? SÓC. Si es injusto, amigo mío. POL. Pero,¿ cómo no va a ser injusto? A quien no le correspondía nada del poder que ahora tiene, siendo hijo de una mujer que era esclava de Alcetas, hermano de Perdicas, y según la justicia era esclavo de Alcetas; y si hubiera querido actuar justamente, habría servido a Alcetas y habría sido feliz según tu razonamiento. Pero ahora se ha vuelto maravillosamente desdichado, puesto que ha cometido las mayores injusticias; pues, primero, habiendo hecho venir a este mismo señor y tío suyo con el pretexto de devolverle el poder que Perdicas le había arrebatado, tras agasajarlo y emborracharlo a él y a su hijo Alejandro, su primo, casi de su misma edad, los metió en un carro, los sacó de noche, los degolló y los hizo desaparecer a ambos. Y tras cometer estas injusticias, no se dio cuenta de que se había vuelto el más desdichado y no se arrepintió, sino que poco después, al hermano, el hijo legítimo de Perdicas, un niño de unos siete años, a quien el poder correspondía por justicia, no quiso ser feliz criándolo justamente y devolviéndole el poder, sino que, arrojándolo a un pozo y ahogándolo, dijo a su madre, Cleopatra, que había caído persiguiendo a un ganso y había muerto. Por tanto, ahora, como ha cometido las mayores injusticias de entre los macedonios, es el más desdichado de todos los macedonios, y no el más feliz, y tal vez haya algún ateniense, empezando por ti, que preferiría ser cualquier otro macedonio antes que Arquelao. SÓC. Ya al principio de nuestras palabras, Polo, te alabé porque me pareces bien educado en la retórica, pero haber descuidado el arte de la dialéctica; y ahora,¿ es acaso este el argumento con el que incluso un niño me refutaría, y yo he sido refutado por ti ahora, como tú crees, con este argumento, al afirmar que quien comete injusticias no es feliz?¿ De dónde, buen amigo? Y, sin embargo, no te admito nada de lo que dices. POL. No quieres, puesto que te parece tal como yo digo.
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SÓC.¡ Oh, dichoso tú!, pues intentas refutarme retóricamente, como los que en los tribunales creen refutar. Pues también allí unos parecen refutar a otros cuando presentan muchos testigos de renombre para los argumentos que exponen, mientras que el que dice lo contrario presenta a uno solo o a ninguno. Pero esta refutación no vale nada para la verdad; pues a veces uno podría ser objeto de falso testimonio por parte de muchos que parecen ser alguien. Y ahora, sobre lo que tú dices, casi todos los atenienses y los extranjeros estarán de acuerdo contigo, si quieres presentar testigos contra mí de que no digo la verdad; te darán testimonio, si quieres, Nicias, hijo de Nicerato, y sus hermanos junto con él, cuyos trípodes están colocados en fila en el Dionisio, o si quieres, Aristócrates, hijo de Escelio, de quien es, a su vez, esta bella ofrenda en el templo de Pitio, o si quieres, toda la casa de Pericles o cualquier otro parentesco que quieras elegir de entre los presentes. Pero yo, siendo uno solo, no estoy de acuerdo; pues tú no me obligas, sino que, presentando muchos falsos testigos contra mí, intentas expulsarme de mi esencia y de la verdad. Pero si no te presento a ti mismo, siendo uno solo, como testigo que esté de acuerdo con lo que digo, creo que no he logrado nada digno de mención sobre lo que sea que estemos tratando; y creo que tampoco tú, a menos que yo, siendo uno solo, te dé testimonio, y dejes en paz a todos esos otros. Existe, pues, este modo de refutación, como tú crees y otros muchos; pero existe también otro, que yo, a mi vez, creo. Pongamos, pues, uno frente a otro y veamos si difieren entre sí. Pues resulta que aquello sobre lo que discutimos no es algo pequeño, sino casi aquello sobre lo que es más bello saber y más vergonzoso no saber; pues el punto principal de ello es conocer o ignorar quién es feliz y quién no. Para empezar, sobre lo que ahora es el tema, tú crees que es posible que un hombre sea dichoso cometiendo injusticias y siendo injusto, si es que consideras a Arquelao injusto, pero feliz.¿ Debemos entender que piensas así? POL. Ciertamente. SÓC. Y yo digo que es imposible. En esto discrepamos. Bien;¿ será feliz el que comete injusticias si recibe justicia y castigo? POL. De ninguna manera, pues así sería el más desdichado. SÓC. Pero si el que comete injusticias no recibe justicia,¿ será feliz según tu razonamiento? POL. Lo afirmo. SÓC. Pero según mi opinión, Polo, el que comete injusticias y el injusto es en todo caso desdichado, pero más desdichado aún si no paga la pena ni recibe castigo al cometer injusticias, y menos desdichado si paga la pena y recibe justicia por parte de dioses y hombres.
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POL.¡ Qué cosas tan absurdas intentas decir, Sócrates! SÓC. Pero intentaré hacer que tú también, compañero, digas lo mismo que yo; pues te considero un amigo. Por ahora, esto es en lo que discrepamos; obsérvalo tú también. Dije en algún lugar anteriormente que cometer injusticia es peor que sufrirla. POL. Ciertamente. SÓC. Y tú, que sufrirla. POL. Sí. SÓC. Y yo afirmé que los que cometen injusticias son desdichados, y fui refutado por ti. POL.¡ Sí, por Zeus! SÓC. Según tú crees, Polo. POL. Creyendo cosas verdaderas. SÓC. Tal vez. Y tú, a su vez, que los que cometen injusticias son felices si no pagan la pena. POL. Ciertamente. SÓC. Y yo, en cambio, digo que son los más desdichados, y los que pagan la pena, menos.¿ Quieres refutar también esto? POL. Pero esto es aún más difícil de refutar que lo anterior, Sócrates. SÓC. De ninguna manera, Polo, sino que es imposible; pues lo verdadero nunca es refutado. POL.¿ Qué quieres decir? Si un hombre que comete injusticias es atrapado conspirando para una tiranía, y al ser atrapado es torturado, mutilado, se le queman los ojos y, tras sufrir él mismo muchas otras grandes y variadas mutilaciones y ver a sus propios hijos y mujer sufrirlas, es finalmente crucificado o quemado con pez,¿ será este más feliz que si, habiendo escapado, se convierte en tirano y vive gobernando en la ciudad haciendo lo que quiera, siendo envidiado y considerado feliz por los ciudadanos y los demás extranjeros?¿ Dices que es imposible refutar esto? SÓC. Me asustas de nuevo, noble Polo, y no me refutas; hace poco dabas testimonio. Pero, no obstante, recuérdamelo un poco.¿ Dijiste si conspiraba injustamente para una tiranía? POL. Así es. SÓC. Entonces, ninguno de los dos será nunca más feliz, ni el que ha logrado la tiranía injustamente ni el que paga la pena— pues de dos desdichados no podría ser uno más feliz—, pero sí es más desdichado el que escapa y ejerce la tiranía.¿ Qué es esto, Polo?¿ Te ríes?¿ Es este otro tipo de refutación, cuando alguien dice algo, reírse, pero no refutar? POL.¿ No crees haber sido refutado, Sócrates, cuando dices cosas que ningún hombre diría? Pues pregúntale a cualquiera de estos.
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SÓC. Polo, no soy de los políticos, y el año pasado, cuando me tocó por sorteo ser miembro del Consejo, cuando mi tribu ejercía la presidencia y tenía que someter a votación, provocaba risa y no sabía cómo hacerlo. No me pidas, pues, ni ahora que someta a votación a los presentes, sino que, si no tienes una refutación mejor que esta, lo que yo decía hace poco, pásamela a mí a cambio, e intenta el tipo de refutación que yo creo que debe ser. Pues yo sé presentar un solo testigo de lo que digo, aquel con quien estoy hablando, y dejo en paz a los muchos, y sé someter a votación a uno solo, pero con los muchos ni siquiera dialogo. Mira, pues, si querrás darme a cambio una refutación respondiendo a lo que se te pregunte. Pues yo creo que tanto yo como tú y los demás hombres consideramos que cometer injusticia es peor que sufrirla, y no pagar la pena es peor que pagarla. POL. Pues yo no, ni a mí ni a ningún otro hombre. Pues¿ preferirías tú sufrir injusticia a cometerla? SÓC. Y tú también, y todos los demás. POL. Ni mucho menos, sino que ni yo ni tú ni nadie más. SÓC.¿ Entonces no responderás? POL. Ciertamente; pues deseo saber qué es lo que vas a decir. SÓC. Dímelo, pues, para que lo sepas, como si te preguntara desde el principio:¿ qué te parece, Polo, que es peor, cometer injusticia o sufrirla? POL. Sufrirla, para mí. SÓC.¿ Y qué más?¿ Qué es más vergonzoso, cometer injusticia o sufrirla? Responde. POL. Cometerla. SÓC. Entonces, si es más vergonzoso,¿ es también peor? POL. De ninguna manera. SÓC. Entiendo; no consideras lo mismo, al parecer, lo bello y lo bueno, y lo malo y lo vergonzoso. POL. Ciertamente no. SÓC.¿ Y qué hay de esto?¿ Todas las cosas bellas, como cuerpos, colores, figuras, sonidos y ocupaciones, las llamas bellas cada vez sin mirar a nada? Por ejemplo, primero,¿ no dices que los cuerpos bellos son bellos según su utilidad, para lo que cada uno sea útil, o según algún placer, si al ser contemplados hacen gozar a quienes los contemplan?¿ Tienes algo más que decir sobre la belleza del cuerpo? POL. No tengo. SÓC.¿ Entonces no llamas bellas a todas las demás cosas, figuras y colores, ya sea por algún placer, por utilidad o por ambos? POL. Yo sí. SÓC.¿ Y no ocurre lo mismo con los sonidos y todo lo relacionado con la música? POL. Sí. SÓC. Y, ciertamente, lo relacionado con las leyes y las ocupaciones no está, supongo, fuera de esto, lo bello, de ser útil o placentero o ambas cosas.
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POL. No me lo parece. SÓC.¿ Entonces no es igual la belleza de los conocimientos? POL. Ciertamente; y defines bien ahora, Sócrates, al definir lo bello por el placer y el bien. SÓC.¿ Entonces lo vergonzoso por lo contrario, por el dolor y el mal? POL. Es necesario. SÓC. Cuando, pues, de dos cosas bellas una es más bella, es más bella por superar a la otra en una de estas dos cosas, o en ambas, ya sea por placer o por utilidad o por ambos. POL. Ciertamente. SÓC. Y cuando de dos cosas vergonzosas una es más vergonzosa, será más vergonzosa por superar en dolor o en mal;¿ o no es necesario? POL. Sí. SÓC. Vamos, pues,¿ cómo se decía hace poco sobre cometer injusticia y sufrirla?¿ No decías que sufrir injusticia es peor, pero cometerla es más vergonzoso? POL. Lo decía. SÓC. Entonces, si cometer injusticia es más vergonzoso que sufrirla,¿ no será más vergonzoso por ser más doloroso y superar en dolor, o en mal, o en ambos?¿ No es también esto necesario? POL.¿ Cómo no? SÓC. Primero, pues, examinemos si cometer injusticia supera a sufrirla en dolor, y si sufren más los que cometen injusticias que los que las sufren. POL. De ninguna manera, Sócrates, eso no. SÓC. Entonces no supera en dolor. POL. Ciertamente no. SÓC. Entonces, si no es en dolor, ya no superaría en ambos. POL. No lo parece. SÓC. Entonces queda el otro. POL. Sí. SÓC. En el mal. POL. Parece. SÓC. Entonces, al superar en mal, cometer injusticia sería peor que sufrirla. POL. Es evidente. SÓC.¿ No es cierto entonces que por la mayoría de los hombres y por ti se admitía anteriormente que cometer injusticia es más vergonzoso que sufrirla? POL. Sí. SÓC. Y ahora, en cambio, ha resultado ser peor. POL. Parece. SÓC.¿ Preferirías, pues, tú lo peor y lo más vergonzoso en lugar de lo menos? No dudes en responder, Polo; pues no sufrirás ningún daño; sino entrégate valientemente al argumento como a un médico y responde sí o no a lo que pregunto. POL. Pues no lo preferiría, Sócrates. SÓC.¿ Algún otro hombre? POL. No me lo parece, según este argumento. SÓC. Entonces yo decía la verdad, que ni yo ni tú ni ningún otro hombre preferiría cometer injusticia a sufrirla; pues resulta ser peor. POL. Parece.
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SÓC.¿ Ves entonces, Polo, que al comparar una refutación con otra no se parecen en nada, sino que todos los demás están de acuerdo contigo excepto yo, mientras que a mí me bastas tú, siendo uno solo, al estar de acuerdo y dar testimonio, y yo, al someter a votación solo a ti, dejo en paz a los demás? Y que esto quede así entre nosotros; después de esto, examinemos aquello sobre lo que discutimos en segundo lugar, si el que comete injusticia y paga la pena es el mayor de los males, como tú creías, o si es mayor no pagarla, como yo, a su vez, creía. Examinemos de esta manera:¿ llamas a lo mismo pagar la pena y ser castigado justamente al cometer una injusticia? POL. Yo sí. SÓC.¿ Puedes decir entonces que todas las cosas justas no son bellas, en la medida en que son justas? Y piénsalo y dime. POL. Pues me lo parece, Sócrates. SÓC. Observa también esto: si alguien hace algo,¿ es necesario que haya algo que sufra por parte de este que hace? POL. Me lo parece. SÓC.¿ Acaso esto que sufre lo que el que hace, hace, y es tal como lo que hace el que hace? Digo lo siguiente: si alguien golpea,¿ es necesario que algo sea golpeado? POL. Es necesario. SÓC. Y si el que golpea golpea fuerte o rápido,¿ es golpeado así también lo que es golpeado? POL. Sí. SÓC.¿ Es entonces el padecimiento del que es golpeado tal como lo que hace el que golpea? POL. Ciertamente. SÓC.¿ Entonces, si alguien quema, es necesario que algo sea quemado? POL.¿ Cómo no? SÓC. Y si quema fuerte o dolorosamente,¿ es quemado lo que es quemado tal como lo que quema, quema? POL. Ciertamente. SÓC.¿ Entonces, si alguien corta, el mismo argumento? Pues algo es cortado. POL. Sí. SÓC. Y si el corte es grande o profundo o doloroso,¿ es cortado el corte que es cortado tal como lo que corta, corta? POL. Parece. SÓC. En resumen, mira si estás de acuerdo, lo que decía hace poco, sobre todas las cosas, que tal como hace lo que hace, tal es lo que sufre lo que sufre. POL. Pues estoy de acuerdo. SÓC. Admitido esto,¿ pagar la pena es sufrir algo o hacer algo? POL. Es necesario, Sócrates, que sea sufrir. SÓC.¿ Entonces por parte de alguien que hace? POL.¿ Cómo no? Por parte del que castiga. SÓC.¿ Y el que castiga correctamente, castiga justamente? POL. Sí. SÓC.¿ Haciendo cosas justas o no? POL. Justas. SÓC. Entonces, el que es castigado al pagar la pena,¿ sufre cosas justas? POL. Parece. SÓC.¿ Y las cosas justas, se ha admitido que son bellas? POL. Ciertamente. SÓC. De estas cosas, pues, uno hace cosas bellas, y el otro las sufre, el que es castigado. POL. Sí.
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SÓC. Entonces, si son bellas,¿ son buenas? Pues son placenteras o útiles. POL. Es necesario. SÓC.¿ Entonces el que paga la pena sufre cosas buenas? POL. Parece. SÓC.¿ Entonces es beneficiado? POL. Sí. SÓC.¿ Es el beneficio que yo supongo?¿ Se vuelve mejor en cuanto al alma, si es castigado justamente? POL. Es probable. SÓC.¿ Entonces el que paga la pena se libera de la maldad del alma? POL. Sí. SÓC.¿ Entonces se libera del mayor de los males? Observa de esta manera: en la adquisición de bienes,¿ ves alguna otra maldad del hombre que no sea la pobreza? POL. No, sino la pobreza. SÓC.¿ Y en la constitución del cuerpo?¿ Dirías que la maldad es la debilidad, la enfermedad, la fealdad y cosas así? POL. Yo sí. SÓC.¿ Entonces también en el alma consideras que hay alguna maldad? POL.¿ Cómo no? SÓC.¿ A esta, pues, no la llamas injusticia, ignorancia, cobardía y cosas así? POL. Ciertamente. SÓC. Entonces, de bienes, cuerpo y alma, siendo tres, has mencionado tres maldades: pobreza, enfermedad, injusticia. POL. Sí. SÓC.¿ Cuál de estas maldades es la más vergonzosa?¿ No es la injusticia y, en resumen, la maldad del alma? POL. Mucho. SÓC. Si es la más vergonzosa,¿ es también la más mala? POL.¿ Cómo dices, Sócrates? SÓC. De esta manera: siempre lo más vergonzoso es lo más vergonzoso por proporcionar el mayor dolor o daño o ambos, según lo admitido anteriormente. POL. Ciertamente. SÓC.¿ Y se ha admitido hace poco que la injusticia y toda la maldad del alma es lo más vergonzoso? POL. Se ha admitido. SÓC. Entonces,¿ es lo más vergonzoso de estas cosas lo que es más doloroso y supera en dolor, o en daño, o en ambos? POL. Es necesario. SÓC.¿ Es entonces más doloroso ser injusto, desenfrenado, cobarde e ignorante que ser pobre y estar enfermo? POL. No me lo parece, Sócrates, al menos por esto. SÓC. Entonces, la maldad del alma, al superar a las demás en un daño extraordinariamente grande y en un mal maravilloso, es lo más vergonzoso de todo, puesto que no es por dolor, según tu razonamiento. POL. Parece. SÓC. Pero, ciertamente, lo que supera en el mayor daño sería el mayor de los males existentes. POL. Sí. SÓC.¿ Es entonces la injusticia, el desenfreno y la otra maldad del alma el mayor de los males existentes? POL. Parece. SÓC.¿ Qué arte, pues, libera de la pobreza?¿ No es la crematística? POL. Sí. SÓC.¿ Y de la enfermedad?¿ No es la medicina?
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POL. Es necesario. SÓC.¿ Y de la maldad y la injusticia? Si no tienes recursos, observa de esta manera:¿ a dónde llevamos y ante quiénes a los que tienen el cuerpo enfermo? POL. Ante los médicos, Sócrates. SÓC.¿ Y a los que cometen injusticias y se desenfrenan? POL.¿ Te refieres ante los jueces? SÓC.¿ Entonces para que paguen la pena? POL. Lo afirmo. SÓC.¿ Acaso los que castigan correctamente no castigan usando cierta justicia? POL. Es evidente. SÓC. La crematística, pues, libera de la pobreza, la medicina de la enfermedad, y la justicia de la falta de freno y la injusticia. POL. Parece. SÓC.¿ Qué es, pues, lo más bello de esto que mencionas? POL.¿ De qué mencionas? SÓC. De la crematística, la medicina, la justicia. POL. Difiere mucho, Sócrates, la justicia. SÓC.¿ Entonces, a su vez, produce el mayor placer o utilidad o ambos, si es lo más bello? POL. Sí. SÓC.¿ Es entonces placentero ser tratado por un médico, y se alegran los que son tratados? POL. No me lo parece. SÓC. Pero sí es útil.¿ No es así? POL. Sí. SÓC. Pues se libera de un gran mal, de modo que compensa soportar el dolor y estar sano. POL.¿ Cómo no? SÓC.¿ Sería entonces el hombre más feliz en cuanto al cuerpo siendo tratado, o no estando enfermo desde el principio? POL. Es evidente que no estando enfermo. SÓC. Pues la felicidad no era, al parecer, la liberación de un mal, sino no haberlo adquirido desde el principio. POL. Así es. SÓC.¿ Qué más?¿ Quién de los dos que tienen un mal, ya sea en el cuerpo o en el alma, es más desdichado: el que es tratado y se libera del mal, o el que no es tratado y lo tiene? POL. Me parece que el que no es tratado. SÓC.¿ Entonces pagar la pena era la liberación del mayor mal, la maldad? POL. Pues lo era. SÓC. Pues la justicia, supongo, hace más sensatos y más justos, y la justicia se convierte en medicina de la maldad. POL. Sí. SÓC. El más feliz, pues, es el que no tiene maldad en el alma, puesto que esto resultó ser el mayor de los males. POL. Es evidente. SÓC. Y el segundo, supongo, el que se libera. POL. Parece. SÓC. Y este era el que era amonestado, reprendido y pagaba la pena. POL. Sí. SÓC. Vive, pues, de la peor manera el que tiene injusticia y no se libera. POL. Parece.
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SÓC.¿ Entonces este resulta ser el que, cometiendo las mayores injusticias y usando la mayor injusticia, logra no ser amonestado, ni castigado, ni pagar la pena, como dices que Arquelao se ha preparado y los demás tiranos, oradores y poderosos? POL. Parece. SÓC. Pues casi todos estos, mi excelente amigo, han logrado lo mismo que si alguien, estando sujeto a las mayores enfermedades, lograra no pagar la pena de sus faltas corporales ante los médicos ni ser tratado, temiendo como un niño el ser quemado y cortado, porque es doloroso.¿ O no te parece así a ti también? POL. A mí sí. SÓC. Ignorando, al parecer, qué es la salud y la virtud del cuerpo. Pues corren el riesgo, de lo que hemos admitido ahora, de hacer algo parecido también los que huyen de la justicia, Polo, al ver solo lo doloroso de ella, pero estar ciegos ante lo útil e ignorar cuánto más desdichado es convivir no con un cuerpo sano, sino con un alma no sana, sino podrida, injusta e impía, por lo cual hacen todo lo posible para no pagar la pena ni liberarse del mayor mal, preparándose bienes, amigos y cómo ser lo más persuasivos posible al hablar; pero si hemos admitido cosas verdaderas, Polo,¿ te das cuenta de las consecuencias del argumento?¿ O quieres que las resumamos? POL. Si a ti te parece. SÓC.¿ Resulta entonces que la injusticia y cometer injusticia es el mayor mal? POL. Parece. SÓC.¿ Y ciertamente la liberación de este mal resultó ser el pagar la pena? POL. Es probable. SÓC.¿ Y el no pagarla, la persistencia del mal? POL. Sí. SÓC. El segundo, pues, de los males en magnitud es cometer injusticia; pero el que comete injusticia y no paga la pena ha resultado ser el mayor y primero de los males. POL. Parece. SÓC.¿ No discutimos, pues, sobre esto, amigo, tú considerando feliz a Arquelao, que comete las mayores injusticias y no paga ninguna pena, y yo, por el contrario, creyendo que, ya sea Arquelao o cualquier otro hombre, si no paga la pena al cometer injusticia, le corresponde ser desdichado de manera diferente a los demás hombres, y que siempre el que comete injusticia es más desdichado que el que la sufre, y el que no paga la pena más que el que la paga?¿ No eran estas las cosas que yo decía? POL. Sí. SÓC.¿ Entonces se ha demostrado que se decían cosas verdaderas? POL. Parece.
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SÓC. Bien; si, pues, estas cosas son verdaderas, Polo,¿ cuál es la gran utilidad de la retórica? Pues es necesario, de lo admitido ahora, que uno mismo se guarde sobre todo de cometer injusticia, como quien va a tener un mal suficiente.¿ No es así? POL. Ciertamente. SÓC. Pero si comete injusticia, él mismo o cualquier otro de quien se preocupe, que vaya voluntariamente allí donde pagará la pena lo más rápido posible, ante el juez como ante el médico, apresurándose para que la enfermedad de la injusticia, al prolongarse, no haga el alma purulenta e incurable;¿ o cómo decimos, Polo, si se mantienen nuestras admisiones anteriores?¿ No es necesario que estas cosas concuerden con aquellas de esta manera, y de otro modo no? POL.¿ Qué vamos a decir, Sócrates? SÓC. Para defenderse de la injusticia propia o de padres, amigos, hijos o de la patria que comete injusticia, la retórica no nos es útil para nada, Polo, a menos que alguien suponga lo contrario: que hay que acusar sobre todo a uno mismo, y después también a los allegados y a los demás amigos que resulten cometer injusticia, y no ocultar, sino llevar a la luz la injusticia, para que pague la pena y se vuelva sano, y obligarse a sí mismo y a los demás a no acobardarse, sino a ofrecerse cerrando los ojos, bien y valientemente, como a un médico para cortar y quemar, persiguiendo lo bueno y lo bello, sin tener en cuenta lo doloroso, si ha cometido injusticias dignas de azotes, ofrecerse a ser golpeado, si de cadenas, a ser encadenado, si de multa, a pagarla, si de destierro, a ser desterrado, si de muerte, a morir, siendo él mismo el primero en ser acusador de sí mismo y de los demás allegados y usando la retórica para esto, para que, al hacerse evidentes las injusticias, se liberen del mayor mal, la injusticia.¿ Decimos así o no, Polo? POL. Son cosas absurdas, Sócrates, me parece a mí, pero quizás concuerdan con lo que admitiste antes. SÓC.¿ Entonces hay que deshacer aquellas o es necesario que ocurran estas? POL. Sí, esto es así.
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SÓC. Pero, por el contrario, si hay que hacer daño a alguien, ya sea a un enemigo o a quien sea, siempre que uno mismo no sea agraviado por el enemigo— pues esto es lo que hay que evitar—, si el enemigo agravia a otro, hay que ingeniárselas por todos los medios, tanto con hechos como con palabras, para que no pague su culpa ni comparezca ante el juez; y si comparece, hay que maniobrar para que escape y no pague su culpa, sino que, si ha robado mucho oro, no lo devuelva, sino que, teniéndolo, lo gaste injusta e impíamente en sí mismo y en los suyos, y si ha cometido delitos dignos de muerte, que no muera, preferiblemente nunca, sino que sea un malvado inmortal, o, si no, que viva el mayor tiempo posible siendo así. Para tales cosas, Polo, me parece útil la retórica, puesto que para quien no tiene intención de cometer injusticias, no me parece que sea de gran utilidad, si es que tiene alguna, como en ninguna parte resultó tenerla en lo anterior. CAL. Dime, Querefonte,¿ habla Sócrates en serio o está bromeando? QUER. Me parece, Calicles, que habla extraordinariamente en serio; sin embargo, nada como preguntárselo a él mismo. CAL.¡ Por los dioses, que tengo ganas! Dime, Sócrates,¿ debemos considerarte ahora hablando en serio o bromeando? Porque si hablas en serio y resulta que es verdad lo que dices,¿ no estaría nuestra vida, la de los hombres, patas arriba y no estaríamos haciendo, al parecer, todo lo contrario de lo que debemos? SÓC. Calicles, si los hombres no tuvieran una afección, unos una y otros otra, sino que alguno de nosotros padeciera una afección propia distinta a la de los demás, no sería fácil mostrarle al otro la propia afección. Digo esto tras haber reflexionado que tú y yo ahora padecemos lo mismo, pues ambos estamos enamorados, cada uno de dos personas: yo de Alcibíades, hijo de Clinias, y de la filosofía, y tú de dos, del pueblo ateniense y de Pirilampes. Observo que, en cada ocasión, aunque eres un hombre astuto, cuando tu joven amado dice algo y sostiene una opinión, no eres capaz de contradecirle, sino que cambias de parecer arriba y abajo; en la asamblea, si el pueblo ateniense dice que algo no es así, cambias y dices lo que él quiere, y te sucede lo mismo con ese joven hermoso de Pirilampes.
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SÓC. Pues no eres capaz de oponerte a las decisiones y palabras de tus amados, de modo que, si alguien se sorprendiera de lo absurdo de lo que dices cada vez que hablas por ellos, tal vez le dirías, si quisieras decir la verdad, que si alguien no detiene a tus amados en estos discursos, tampoco tú dejarás nunca de decirlos. Considera, pues, que también de mí debes escuchar otras cosas semejantes, y no te sorprendas de que yo diga esto, sino haz que la filosofía, mi amada, deje de decir estas cosas. Pues ella dice, querido amigo, lo que ahora escuchas de mí, y es mucho menos caprichosa que mis otros amores; el de Clinias cambia de discurso según la ocasión, pero la filosofía siempre dice lo mismo, y dice lo que ahora te sorprende, y tú mismo estabas presente cuando se decía. Así que, o refútala, como decía hace poco, demostrando que cometer injusticia y, al cometerla, no pagar la culpa, no es el colmo de todos los males; o, si dejas esto sin refutar,¡ por el perro, el dios de los egipcios!, Calicles no estará de acuerdo contigo, Calicles, sino que estarás en desacuerdo durante toda tu vida. Y, sin embargo, yo creo, mi buen amigo, que es mejor para mí que mi lira esté desafinada y disonante, o un coro que yo dirija, y que la mayoría de los hombres no estén de acuerdo conmigo y digan lo contrario, antes que, siendo uno solo, estar en desacuerdo conmigo mismo y decir cosas contradictorias. CAL. Sócrates, pareces querer hacerte el joven en los discursos, siendo en realidad un demagogo; y ahora haces demagogia con esto, sufriendo Polo la misma afección que él acusaba que tú le habías hecho sufrir a Gorgias. Pues decía, creo, que Gorgias, al ser preguntado por ti si enseñaría justicia a quien quisiera aprender retórica sin saberla, se avergonzó y dijo que la enseñaría debido a la costumbre de los hombres, porque se indignarían si alguien dijera que no; y que, debido a esta confesión, se vio obligado a decir cosas contradictorias, y que tú te alegrabas de eso— y creo que se burlaba de ti con razón entonces—; pero ahora él mismo ha sufrido lo mismo. Y yo, precisamente por esto, no admiro a Polo, porque te concedió que cometer injusticia es más vergonzoso que sufrirla; pues, a partir de esta confesión, él mismo fue acorralado por ti en los discursos y quedó sin palabras, avergonzado de decir lo que pensaba. Porque tú, Sócrates, en realidad llevas las cosas a esos terrenos vulgares y demagógicos, pretendiendo perseguir la verdad, cuando son cosas que por naturaleza no son bellas, sino por ley.
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CAL. En la mayoría de los casos, estas cosas son contrarias entre sí, la naturaleza y la ley; por tanto, si alguien se avergüenza y no se atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a decir lo contrario. Esto es lo que tú, habiendo comprendido esta astucia, haces maliciosamente en los discursos: si alguien habla según la ley, tú le interrogas según la naturaleza, y si habla según la naturaleza, según la ley. Como ahora mismo en esto, sobre cometer injusticia y sufrirla, al decir Polo que es más vergonzoso según la ley, tú perseguiste el argumento según la naturaleza. Pues, por naturaleza, todo lo que es más vergonzoso es también peor, como sufrir injusticia, pero por ley lo es cometerla. Pues esto no es propio de un hombre, sufrir injusticia, sino de algún esclavo para quien es mejor morir que vivir, que, siendo agraviado y ultrajado, no es capaz de ayudarse a sí mismo ni a aquel de quien se preocupa. Pero creo que quienes establecen las leyes son los hombres débiles y la mayoría. Por tanto, establecen las leyes y los elogios y las censuras en función de sí mismos y de su propia conveniencia; atemorizando a los hombres más vigorosos y capaces de tener más, para que no tengan más que ellos, dicen que es vergonzoso e injusto el exceso, y esto es cometer injusticia, el buscar tener más que los demás; pues ellos se conforman, creo, con tener lo mismo, siendo inferiores. Por esto, por ley se dice que es injusto y vergonzoso buscar tener más que la mayoría, y lo llaman cometer injusticia; pero la naturaleza misma, creo, demuestra que es justo que el mejor tenga más que el peor y el más capaz que el menos capaz. Esto se demuestra en muchos lugares que es así, tanto en los demás animales como en los hombres, en ciudades y naciones enteras, que así se ha juzgado lo justo: que el más fuerte gobierne al más débil y tenga más. Pues,¿ qué justicia utilizó Jerjes para hacer la guerra a Grecia, o su padre contra los escitas? O se podrían decir otros diez mil casos similares. Pero creo que estos actúan según la naturaleza de lo justo, y, por Zeus, según la ley de la naturaleza, aunque quizás no según esta que nosotros establecemos.
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CAL. Moldeando a los mejores y más vigorosos de entre nosotros, tomándolos desde jóvenes, como leones, los esclavizamos mediante encantamientos y hechizos, diciendo que es necesario tener lo mismo y que esto es lo bello y lo justo. Pero si surge un hombre con una naturaleza suficiente, sacudiéndose todo esto, rompiéndolo y escapando, pisoteando nuestros escritos, hechizos, encantamientos y todas las leyes contrarias a la naturaleza, levantándose, nuestro esclavo apareció como nuestro señor, y allí resplandeció la justicia de la naturaleza. Me parece que también Píndaro indica lo que yo digo en el poema en el que dice que la ley es reina de todos, mortales e inmortales; y esta, dice, conduce justificando lo más violento con mano suprema; me baso en las obras de Heracles, puesto que, sin comprar, dice algo así— pues no sé el poema—, dice que sin comprar ni que Geriones se las diera, se llevó las vacas, como si esto fuera lo justo por naturaleza, y que las vacas y todas las demás posesiones de los mejores y más fuertes son de los peores y más débiles. Lo verdadero es, pues, así, y lo reconocerás si pasas a cosas mayores, dejando ya la filosofía. Porque la filosofía, Sócrates, es algo elegante, si uno se dedica a ella moderadamente en su juventud; pero si se entretiene en ella más de lo debido, es la ruina de los hombres. Pues si uno es muy bien dotado y filosofa más allá de la edad adecuada, es inevitable que se vuelva inexperto en todo aquello en lo que debe ser experto quien pretende ser un hombre noble, bueno y de buena reputación. Pues se vuelven inexpertos en las leyes de la ciudad, y en los discursos que hay que usar para tratar con los hombres en los contratos, tanto en privado como en público, y en los placeres y deseos humanos, y, en resumen, se vuelven totalmente inexpertos en las costumbres. Por tanto, cuando llegan a algún asunto privado o político, se vuelven ridículos, al igual que, creo, los políticos, cuando a su vez llegan a sus tertulias y discursos, son ridículos.
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CAL. Pues sucede lo de Eurípides: cada uno es brillante en aquello en lo que destaca, y se apresura hacia ello, dedicándole la mayor parte del día, para ser el mejor en eso; pero donde es mediocre, huye de ello y lo censura, mientras elogia lo otro, por benevolencia hacia sí mismo, pensando que así se elogia a sí mismo. Pero creo que lo más correcto es participar de ambas cosas. Es bueno participar de la filosofía en la medida de la educación, y no es vergonzoso que un joven filosofe; pero cuando un hombre ya mayor sigue filosofando, el asunto se vuelve ridículo, Sócrates, y yo siento hacia los que filosofan lo mismo que hacia los que balbucean y juegan. Pues cuando veo a un niño, al que todavía le corresponde hablar así, balbuceando y jugando, me alegro y me parece elegante, libre y apropiado para la edad del niño; pero cuando escucho a un niño pequeño hablando con claridad, me parece algo amargo y me irrita los oídos y me parece algo propio de esclavos; pero cuando uno escucha a un hombre balbuceando o lo ve jugando, parece ridículo, afeminado y digno de azotes. Por tanto, yo siento esto mismo hacia los que filosofan. Pues admiro la filosofía en un joven, y me parece apropiado, y considero que este hombre es libre, y que el que no filosofa es un hombre servil que nunca se considerará digno de nada bello ni noble; pero cuando veo a alguien mayor que sigue filosofando y no lo deja, me parece que este hombre ya necesita azotes, Sócrates. Pues lo que decía hace poco, le sucede a este hombre, aunque sea muy bien dotado: volverse afeminado al huir de los centros de la ciudad y de las plazas, en las que el poeta decía que los hombres se vuelven ilustres, y vivir el resto de su vida escondido, susurrando en un rincón con tres o cuatro jóvenes, sin pronunciar nunca nada libre, grande ni suficiente. Yo, Sócrates, te tengo aprecio; por tanto, corro el riesgo de haber sentido ahora lo mismo que Zeto hacia Anfión en Eurípides, de quien hice mención.
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CAL. Pues a mí me vienen a la mente cosas parecidas para decirte, como las que aquel decía a su hermano, que descuidas, Sócrates, aquello de lo que deberías ocuparte, y corrompes una naturaleza de alma tan noble con una apariencia infantil, y no podrías ni aportar un discurso correcto en las deliberaciones judiciales, ni tomar algo verosímil y persuasivo, ni deliberar un plan juvenil en favor de otro. Y, sin embargo, querido Sócrates— y no te molestes conmigo, pues te lo digo por tu bien—,¿ no te parece vergonzoso estar como creo que estás tú y los demás que siempre se alejan de la filosofía? Pues ahora, si alguien te tomara a ti o a cualquier otro de los tuyos y te llevara a la cárcel, diciendo que cometes una injusticia cuando no la cometes, sabes que no sabrías qué hacer contigo mismo, sino que te quedarías mareado y boquiabierto sin saber qué decir, y al subir al tribunal, si te encontraras con un acusador muy vil y malvado, morirías, si quisiera pedir la pena de muerte para ti. Y, sin embargo,¿ cómo es esto sabio, Sócrates, que un arte que, habiendo tomado a un hombre bien dotado, lo ha hecho peor, incapaz de ayudarse a sí mismo ni de salvarse de los mayores peligros, ni a sí mismo ni a ningún otro, y de ser despojado de toda su fortuna por sus enemigos, y de vivir simplemente sin derechos en la ciudad? Pero a tal hombre, si se puede decir algo un poco más rústico, es lícito golpearlo en la mejilla sin pagar culpa. Pero, buen amigo, hazme caso, deja las refutaciones, practica la elegancia de los asuntos, y practica aquello de donde parecerás ser sensato, dejando a otros estas sutilezas, ya sea que haya que llamarlas tonterías o necedades, en las que habitarás en casas vacías; envidiando no a los hombres que refutan estas pequeñas cosas, sino a aquellos que tienen vida, gloria y otros muchos bienes. SÓC. Si tuviera el alma de oro, Calicles,¿ no crees que encontraría con gusto una de esas piedras con las que prueban el oro, la mejor, a la que, al acercarla, si ella me confirmara que mi alma ha sido bien cuidada, sabría bien que estoy en condiciones suficientes y que no necesito otra prueba? CAL.¿ A qué viene esto que preguntas, Sócrates? SÓC. Yo te lo diré: ahora creo que al haberte encontrado a ti, he encontrado tal hallazgo.
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SÓC. Sé bien que, lo que tú me confirmes sobre lo que mi alma opina, eso es ya la verdad misma. Pues reflexiono que quien ha de probar suficientemente el alma sobre si vive correctamente o no, debe tener tres cosas que tú tienes todas: conocimiento, benevolencia y franqueza. Pues me encuentro con muchos que no son capaces de probarme por no ser sabios como tú; otros son sabios, pero no quieren decirme la verdad por no preocuparse de mí como tú; estos dos extranjeros, Gorgias y Polo, son sabios y amigos míos, pero son menos francos y más vergonzosos de lo debido;¿ cómo no? Hasta tal punto han llegado de vergüenza, que por avergonzarse, cada uno de ellos se atreve a decirse a sí mismo lo contrario delante de muchos hombres, y eso sobre los asuntos más importantes. Pero tú tienes todas estas cosas que los otros no tienen; pues has sido educado suficientemente, como dirían muchos atenienses, y me eres benevolente.¿ Qué prueba utilizo? Yo te lo diré. Os conozco a vosotros, Calicles, siendo cuatro los que os habéis hecho socios de la sabiduría, tú, Tisandro el afidneo, Andrón, hijo de Androtión, y Nausicides el colargio; y una vez os escuché deliberar hasta dónde debía practicarse la sabiduría, y sé que prevaleció entre vosotros una opinión como esta: no esforzarse en filosofar con precisión, sino que os exhortabais mutuamente a tener cuidado de no volverse más sabios de lo debido y corromperse sin darse cuenta. Puesto que te escucho aconsejarme lo mismo que a tus amigos más íntimos, es para mí prueba suficiente de que verdaderamente me eres benevolente. Y, además, que eres capaz de hablar con franqueza y no avergonzarte, tú mismo lo dices y el discurso que decías hace poco está de acuerdo contigo. Así pues, está claro que sobre esto estamos ahora; si tú me confirmas algo en los discursos, esto ya habrá sido probado suficientemente por mí y por ti, y ya no será necesario llevarlo a otra prueba. Pues nunca lo habrías concedido ni por falta de sabiduría ni por exceso de vergüenza, ni tampoco lo concederías engañándome; pues eres mi amigo, como tú mismo dices. En realidad, pues, mi confesión y la tuya tendrán ya el fin de la verdad.
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SÓC. Pero la más bella de todas es la reflexión, Calicles, sobre estos asuntos que tú me has reprochado, qué clase de hombre debe ser uno y qué debe practicar y hasta qué punto, siendo mayor o menor. Pues yo, si no hago algo correctamente en mi propia vida, sabe bien que no lo hago voluntariamente, sino por mi ignorancia; tú, pues, tal como empezaste a amonestarme, no te detengas, sino muéstrame suficientemente qué es esto que debo practicar, y de qué manera podría adquirirlo, y si me pillas ahora habiéndote dado la razón, pero en el tiempo posterior no haciendo lo mismo que confesé, tenme por un necio y no me amonestes nunca más en el futuro, como alguien que no vale nada. Pero vuelve a empezar desde el principio,¿ cómo dices que es lo justo, tú y Píndaro, lo que es por naturaleza?¿ Que el más fuerte lleve por la fuerza lo de los más débiles, que el mejor gobierne a los peores y que el mejor tenga más que el más vil?¿ Dices que lo justo es otra cosa, o recuerdo bien? CAL. Pues esto decía entonces y ahora lo digo. SÓC.¿ Llamas al mismo hombre mejor y más fuerte? Pues ni siquiera entonces pude aprender qué es lo que decías.¿ Llamas más fuertes a los más poderosos y los más débiles deben obedecer al más poderoso, como me parece que indicabas entonces, que las grandes ciudades atacan a las pequeñas según la justicia natural, porque son más fuertes y poderosas, como si lo más fuerte, lo más poderoso y lo mejor fueran lo mismo, o es posible ser mejor pero más débil y menos poderoso, y ser más fuerte pero más malvado?¿ O es el mismo límite para el mejor y para el más fuerte? Defíneme esto claramente,¿ es lo mismo o es distinto lo más fuerte, lo mejor y lo más poderoso? CAL. Pues yo te digo claramente que es lo mismo. SÓC.¿ No son entonces los muchos más fuertes que el uno por naturaleza? Los que, por cierto, establecen las leyes sobre el uno, como tú mismo decías hace poco. CAL.¿ Cómo no? SÓC. Las normas de los muchos son, pues, las de los más fuertes. CAL. Ciertamente. SÓC.¿ No son entonces las de los mejores? Pues los más fuertes son mucho mejores según tu discurso. CAL. Sí. SÓC.¿ No son entonces sus normas bellas por naturaleza, siendo ellos los más fuertes? CAL. Lo digo.
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SÓC.¿ Acaso los muchos opinan así, como tú decías hace poco, que es justo tener lo mismo y que es más vergonzoso cometer injusticia que sufrirla?¿ Es esto así o no? Y cuida de no caer aquí tú también por vergüenza.¿ Opinan, o no, los muchos que tener lo mismo y no tener más es lo justo, y que es más vergonzoso cometer injusticia que sufrirla? No me niegues responder a esto, Calicles, para que, si me lo confirmas, me asegure ya de ti, como alguien capaz de discernir que ha confesado. CAL. Pues los muchos opinan así. SÓC. No es, pues, solo por ley que es más vergonzoso cometer injusticia que sufrirla, ni que es justo tener lo mismo, sino también por naturaleza; de modo que corres el riesgo de no decir la verdad en lo anterior ni de acusarme correctamente al decir que la ley y la naturaleza son contrarias, lo cual yo, habiéndolo comprendido, hago maliciosamente en los discursos, si alguien habla según la naturaleza, llevándolo a la ley, y si alguien habla según la ley, a la naturaleza. CAL.¿ Este hombre no dejará de decir tonterías? Dime, Sócrates,¿ no te avergüenzas, a tu edad, de andar cazando palabras, y si alguien se equivoca en un término, hacer de ello un hallazgo?¿ Crees que digo que ser más fuerte es otra cosa que ser mejor?¿ No te digo desde hace tiempo que afirmo que lo mejor y lo más fuerte es lo mismo?¿ O crees que digo que, si se reúne una chusma de esclavos y hombres de toda clase que no valen nada, excepto quizás por ser fuertes de cuerpo, y estos dicen algo, eso mismo son las normas? SÓC. Bien, sapientísimo Calicles;¿ dices eso? CAL. Ciertamente. SÓC. Pero yo, divino amigo, también hace tiempo que sospecho que dices algo así sobre lo más fuerte, y te pregunto deseando saber claramente qué dices. Pues no creo que tú consideres a los dos mejores que al uno, ni a tus esclavos mejores que tú, porque son más fuertes que tú. Pero vuelve a decir desde el principio qué es lo que llamas los mejores, puesto que no a los más poderosos. Y, admirable amigo, enséñame con más suavidad, para que no me vaya de tu lado. CAL. Eres irónico, Sócrates. SÓC. Por Zeto, Calicles, a quien usas mucho ahora para ser irónico conmigo; pero vamos, dime,¿ a quiénes llamas los mejores? CAL. A los más nobles, yo. SÓC.¿ Ves entonces que tú mismo dices nombres, pero no aclaras nada?¿ No dirás si llamas mejores y más fuertes a los más sensatos o a otros? CAL. Pues, por Zeus, a estos digo, y ciertamente con énfasis.
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SÓC. Muchas veces, pues, uno que piensa es más fuerte que diez mil que no piensan, según tu discurso, y este debe gobernar, y los otros ser gobernados, y el gobernante debe tener más que los gobernados; pues esto me parece que quieres decir— y no cazo palabras— si el uno es más fuerte que los diez mil. CAL. Pues esto es lo que digo. Pues esto creo yo que es lo justo por naturaleza, que el que es mejor y más sensato gobierne y tenga más que los más viles. SÓC. Quédate ahí.¿ Qué es lo que dices ahora de nuevo? Si estuviéramos en el mismo lugar, como ahora, muchos reunidos, y tuviéramos en común muchos alimentos y bebidas, y fuéramos de toda clase, unos fuertes, otros débiles, y uno de nosotros fuera más sensato sobre esto, siendo médico, y fuera, como es natural, más fuerte que unos y más débil que otros,¿ no será este, siendo más sensato que nosotros, mejor y más fuerte en esto? CAL. Ciertamente. SÓC.¿ Debe entonces tener más que nosotros de estos alimentos, porque es mejor, o debe distribuirlos todos por gobernar, pero al consumirlos y usarlos para su propio cuerpo no debe tener más, si no quiere ser perjudicado, sino que debe tener más de unos y menos de otros; pero si resulta ser el más débil de todos,¿ debe tener lo menos de todos siendo el mejor, Calicles?¿ No es así, buen amigo? CAL. Hablas de alimentos, bebidas, médicos y tonterías; yo no digo eso. SÓC.¿ No llamas mejor al más sensato? Di sí o no. CAL. Yo, sí. SÓC.¿ Pero no debe el mejor tener más? CAL. No de alimentos ni de bebidas. SÓC. Entiendo, pero quizás de vestidos,¿ y debe el más experto tejedor tener el vestido más grande y andar vestido con los más y mejores? CAL.¿ Qué vestidos? SÓC. Pero si es para calzado, está claro que el más sensato en esto y el mejor debe tener más. Quizás el zapatero debe andar con el calzado más grande y más puesto. CAL.¿ Qué calzado? Dices tonterías. SÓC. Pero si no dices tales cosas, quizás estas: por ejemplo, un hombre agricultor, sensato, noble y bueno respecto a la tierra,¿ quizás este debe tener más semillas y usar la mayor cantidad de semillas para su propia tierra? CAL. Siempre dices lo mismo, Sócrates. SÓC. No solo eso, Calicles, sino también sobre las mismas cosas.
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CAL.¡ Por los dioses, que no dejas de decir siempre zapateros, bataneros, cocineros y médicos, como si el discurso fuera sobre esto! SÓC.¿ No dirás entonces sobre qué cosas el más fuerte y más sensato que tiene más, tiene más justamente?¿ O no soportarás que yo proponga ni dirás tú mismo? CAL. Pues yo lo digo desde hace tiempo. Primero, a los más fuertes, no digo que sean zapateros ni cocineros, sino a los que son sensatos en los asuntos de la ciudad, en cómo podría ser bien administrada, y no solo sensatos, sino también valientes, capaces de llevar a cabo lo que piensan, y que no se cansen por la debilidad del alma. SÓC.¿ Ves, excelente Calicles, cómo no nos acusamos de lo mismo tú a mí y yo a ti? Pues tú dices que yo siempre digo lo mismo, y me reprochas; yo, en cambio, lo contrario de ti, que nunca dices lo mismo sobre las mismas cosas, sino que unas veces definías a los mejores y más fuertes como los más poderosos, otras veces como los más sensatos, y ahora vienes con otra cosa; los más valientes son llamados por ti los más fuertes y los mejores. Pero, buen amigo, di y termina quiénes son los que llamas mejores y más fuertes y en qué. CAL. Pues ya he dicho que los sensatos en los asuntos de la ciudad y valientes. Pues a estos les corresponde gobernar las ciudades, y esto es lo justo, que estos tengan más que los demás, los gobernantes que los gobernados. SÓC.¿ Y qué?¿ De sí mismos, amigo, qué?¿ Gobiernan o son gobernados? CAL.¿ Qué dices? SÓC. Digo que cada uno se gobierna a sí mismo;¿ o no hace falta esto, gobernarse a sí mismo, sino a los demás? CAL.¿ Cómo dices que se gobierna a sí mismo? SÓC. Nada complicado, sino como los muchos, siendo moderado y dueño de sí mismo, gobernando los placeres y deseos que hay en sí mismo. CAL. Qué gracioso eres; llamas sensatos a los necios. SÓC.¿ Cómo no? No hay nadie que no sepa que no digo eso.
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CAL. Ciertamente, Sócrates. Pues¿ cómo podría ser feliz un hombre que es esclavo de alguien? Pero esto es lo bello y justo según la naturaleza, lo que ahora te digo hablando con franqueza: que quien ha de vivir rectamente debe dejar que sus propios deseos sean lo más grandes posible y no reprimirlos, sino que, siendo estos lo más grandes, debe ser capaz de servirlos gracias a su valentía y prudencia, y satisfacerlos en todo aquello en que el deseo surja. Pero esto, creo, no es posible para la mayoría; de ahí que censuren a tales personas por vergüenza, ocultando su propia incapacidad, y digan que el desenfreno es vergonzoso, lo cual yo decía antes, esclavizando a los hombres mejores por naturaleza, y ellos mismos, al no ser capaces de procurarse la satisfacción de sus placeres, elogian la templanza y la justicia debido a su propia cobardía. Pues para aquellos a quienes desde el principio les correspondió ser hijos de reyes o ser ellos mismos capaces por naturaleza de procurarse algún poder, tiranía o dominio,¿ qué podría ser en verdad más vergonzoso y peor que la templanza y la justicia para estos hombres, quienes, pudiendo disfrutar de los bienes y sin que nadie se lo impida, se impondrían a sí mismos como amo la ley, el discurso y la censura de la mayoría de los hombres?¿ O cómo no habrían de ser desgraciados al verse sometidos por ese supuesto bien de la justicia y la templanza, sin conceder nada más a sus amigos que a sus enemigos, y siendo además gobernantes en su propia ciudad? Pero en verdad, Sócrates, a la que dices perseguir, la cosa es así: el lujo, el desenfreno y la libertad, si cuentan con apoyo, eso es la virtud y la felicidad; lo demás son adornos, convenciones humanas contrarias a la naturaleza, tonterías y cosas sin valor. SÓ. No sin nobleza, Calicles, te lanzas al discurso hablando con franqueza; pues claramente dices ahora lo que los otros piensan, pero no quieren decir. Por tanto, te pido que de ninguna manera te detengas, para que quede realmente claro cómo se debe vivir. Y dime:¿ dices que los deseos no deben ser reprimidos si uno quiere ser como debe ser, sino que, dejándolos ser lo más grandes posible, hay que prepararles la satisfacción de cualquier manera, y que esto es la virtud? CAL. Eso afirmo. SÓ. Entonces, no se dice correctamente que los que no necesitan nada son felices. CAL. Pues, de ese modo, las piedras y los cadáveres serían los más felices.
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SÓ. Pero, ciertamente, tal como tú dices, la vida es terrible. Pues no me extrañaría que Eurípides diga la verdad en estos versos:«¿ Quién sabe si vivir es morir, y morir es vivir?». Y nosotros, en realidad, quizás estemos muertos; pues ya he oído a los sabios decir que ahora estamos muertos y que el cuerpo es nuestra tumba, y que esa parte del alma en la que residen los deseos es tal que puede ser persuadida y oscilar arriba y abajo, y que, por ello, un hombre ingenioso, quizás un siciliano o un italiano, al fabular, llamándolo por su nombre debido a su carácter persuasivo y convincente, lo denominó« tinaja», y a los insensatos,« no iniciados»; y que esa parte del alma de los insensatos donde están los deseos, por ser desenfrenada y no estanca, la comparó, por su insaciabilidad, con una tinaja agujereada. Este, en cambio, Calicles, te muestra lo contrario a ti, que los que están en el Hades— llamándolo así por lo invisible—, estos serían los más desgraciados, los no iniciados, y que llevarían agua a la tinaja agujereada con otro tamiz igualmente agujereado. Y dice que el tamiz, como decía quien me hablaba, es el alma; y comparó el alma de los insensatos con un tamiz por estar agujereada, al no ser capaz de retener debido a la desconfianza y al olvido. Esto es, en cierto modo, un poco extraño, pero muestra lo que quiero mostrarte, si es que puedo, para persuadirte de que cambies, y que elijas, en lugar de la vida insaciable y desenfrenada, la vida ordenada y que se basta y se satisface con lo que siempre está presente. Pero¿ te convenzo de algo y de que cambies de opinión, creyendo que los ordenados son más felices que los desenfrenados, o aunque te cuente muchas otras fábulas similares, no cambiarás en absoluto? CAL. Has dicho esto con más verdad, Sócrates. SÓ. Vamos, pues, te diré otra imagen del mismo gimnasio que la anterior. Pues considera si dices algo así sobre cada una de las vidas, la del templado y la del desenfrenado: como si cada uno de dos hombres tuviera muchas tinajas, y las del uno fueran sanas y llenas, una de vino, otra de miel, otra de leche, y otras muchas de muchas cosas, y los manantiales de cada una de estas fueran escasos y difíciles, y se procuraran con muchos y penosos esfuerzos;
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SÓ. El uno, pues, una vez lleno, ni canalizaría ni se preocuparía, sino que, a causa de esto, tendría tranquilidad; el otro, en cambio, aunque los manantiales, al igual que para el primero, fueran posibles de obtener, pero difíciles, y sus recipientes estuvieran agujereados y podridos, se vería obligado a llenarlos siempre, noche y día, o sufriría los peores dolores. Siendo así la vida de cada uno,¿ dices que la del desenfrenado es más feliz que la del ordenado?¿ Te convenzo con esto de que admitas que la vida ordenada es mejor que la desenfrenada, o no te convenzo? CAL. No me convences, Sócrates. Pues para aquel que se ha llenado ya no hay placer alguno, sino que esto es lo que yo decía hace poco, vivir como una piedra, una vez que se ha llenado, sin alegrarse ya ni sufrir. Pero en esto consiste vivir placenteramente, en que fluya la mayor cantidad posible. SÓ. Entonces,¿ es necesario que, si fluye mucho, también sea mucho lo que sale, y que los agujeros de las salidas sean grandes? CAL. Ciertamente. SÓ. Dices, pues, una vida de alcaraván, y no de un muerto ni de una piedra. Y dime:¿ dices algo así como tener hambre y, teniendo hambre, comer? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Y tener sed y, teniendo sed, beber? CAL. Lo digo, y que teniendo todos los demás deseos y siendo capaz de satisfacerlos, uno vive feliz alegrándose. SÓ. Muy bien, excelente amigo; continúa tal como has empezado, y procura no avergonzarte. Y es necesario, al parecer, que tampoco yo me avergüence. Y primero dime si también se puede vivir felizmente teniendo sarna y picazón, y teniendo abundancia de rascarse, y pasando la vida rascándose. CAL.¡ Qué extraño eres, Sócrates, y simplemente un demagogo! SÓ. Por eso, Calicles, a Polo y a Gorgias los dejé atónitos y los hice avergonzarse, pero tú no te aturdirás ni te avergonzarás; pues eres valiente. Pero responde solamente. CAL. Afirmo, pues, que también el que se rasca viviría placenteramente. SÓ.¿ Y si placenteramente, también felizmente? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Qué si se rasca solo la cabeza?¿ O qué más te pregunto? Mira, Calicles, qué responderás si alguien te pregunta todo lo que sigue a esto. Y siendo estas cosas así, en resumen,¿ la vida de los cínicos, no es terrible, vergonzosa y desgraciada?¿ O te atreverás a decir que estos son felices, si tienen en abundancia lo que necesitan? CAL.¿ No te avergüenzas, Sócrates, de llevar los discursos a tales extremos?
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SÓ.¿ Acaso soy yo quien lleva esto allí, noble amigo, o aquel que afirma que los que se alegran, de cualquier manera que se alegren, son felices, y no distingue qué placeres son buenos y cuáles malos? Pero dime aún ahora:¿ dices que lo placentero y lo bueno son lo mismo, o que hay algo de lo placentero que no es bueno? CAL. Para que mi discurso no sea contradictorio, si digo que es otra cosa, afirmo que es lo mismo. SÓ. Corrompes, Calicles, los primeros argumentos, y ya no podrías examinar conmigo adecuadamente las cosas que son, si vas a decir cosas contrarias a lo que tú mismo piensas. CAL. Pues tú también, Sócrates. SÓ. Entonces, ni yo hago lo correcto, si hago esto, ni tú. Pero, bienaventurado, observa si no es esto lo bueno, el alegrarse de cualquier manera; pues tanto estas cosas que se han insinuado hace poco parecen resultar muchas y vergonzosas, si esto es así, como otras muchas. CAL. Como tú crees, Sócrates. SÓ.¿ Y tú, Calicles, sostienes realmente esto? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Intentamos, pues, el discurso como si tú hablaras en serio? CAL. Ciertamente. SÓ. Vamos, pues, ya que te parece así, distingue esto:¿ llamas a algo conocimiento? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Y no decías hace poco que la valentía era algo junto con el conocimiento? CAL. Lo decía, en efecto. SÓ.¿ Acaso decías que la valentía y el conocimiento eran dos cosas distintas? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Qué más?¿ El placer y el conocimiento son lo mismo o distintos? CAL. Distintos, por supuesto, oh sapientísimo. SÓ.¿ Y la valentía es distinta del placer? CAL.¿ Cómo no? SÓ. Vamos, pues, a ver cómo recordaremos esto, que Calicles, el de Acarnas, dijo que lo placentero y lo bueno son lo mismo, pero que el conocimiento y la valentía son distintos entre sí y del bien. CAL. Sócrates, el de Alopece, en cambio, no está de acuerdo con nosotros.¿ O está de acuerdo? SÓ. No está de acuerdo; pero creo que tampoco Calicles, cuando se examine a sí mismo correctamente. Pues dime:¿ no crees que los que actúan bien han experimentado una condición contraria a los que actúan mal? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Acaso, si estas cosas son contrarias entre sí, es necesario que respecto a ellas ocurra como respecto a la salud y la enfermedad? Pues, por supuesto, el hombre no está sano y enfermo a la vez, ni se libera a la vez de la salud y de la enfermedad. CAL.¿ Cómo dices?
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SÓ. Por ejemplo, toma cualquier parte del cuerpo y obsérvala.¿ Un hombre tiene los ojos enfermos, lo que se llama oftalmía? CAL.¿ Cómo no? SÓ. Por supuesto,¿ no está sano a la vez de los mismos? CAL. De ninguna manera. SÓ.¿ Qué cuando se libera de la oftalmía?¿ Acaso entonces se libera también de la salud de los ojos y, finalmente, se libera de ambos a la vez? CAL. En absoluto. SÓ. Pues creo que resulta maravilloso e irracional;¿ no es así? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Sino que, creo, recibe y pierde cada uno por turnos? CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Y la fuerza y la debilidad de la misma manera? CAL. Sí. SÓ.¿ Y la rapidez y la lentitud? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Acaso también los bienes y la felicidad, y lo contrario de estos, los males y la desgracia, los recibe por turnos y se libera por turnos de cada uno? CAL. Totalmente, por supuesto. SÓ. Si encontramos, pues, algunas cosas de las que el hombre se libera a la vez y tiene a la vez, es evidente que estas no podrían ser el bien y el mal.¿ Estamos de acuerdo en esto? Y responde tras haberlo reflexionado muy bien. CAL. Pues estoy de acuerdo de manera extraordinaria. SÓ. Vamos, pues, a lo acordado anteriormente.¿ Decías que tener hambre es placentero o doloroso? Me refiero al hambre misma. CAL. Doloroso, yo sí; sin embargo, digo que comer teniendo hambre es placentero. SÓ. Entiendo; pero, en cualquier caso, el hambre misma es dolorosa.¿ O no? CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Y la sed también? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Entonces te pregunto más cosas, o admites que toda carencia y deseo es doloroso? CAL. Lo admito, pero no preguntes. SÓ. Bien;¿ y beber teniendo sed, dices que es otra cosa que placentero? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Entonces, de esto que dices, el beber teniendo sed es, por supuesto, estar sufriendo? CAL. Sí. SÓ.¿ Y el beber es satisfacción de la carencia y placer? CAL. Sí. SÓ.¿ Entonces, al beber, dices que uno se alegra? CAL. Ciertamente. SÓ. Teniendo sed, al menos. CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Sufriendo? CAL. Sí. SÓ.¿ Te das cuenta, pues, de lo que resulta, que dices que uno se alegra sufriendo a la vez, cuando dices que bebe teniendo sed?¿ O no ocurre esto a la vez en el mismo lugar y tiempo, ya sea del alma o del cuerpo, como quieras? Pues creo que no hay diferencia.¿ Es esto así o no? CAL. Es así. SÓ. Pero, sin embargo, dices que es imposible actuar bien y actuar mal a la vez.
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CAL. Pues lo afirmo. SÓ. Pero has admitido que es posible alegrarse sufriendo. CAL. Parece. SÓ. Entonces, alegrarse no es actuar bien, ni sufrir es actuar mal, de modo que lo placentero resulta ser distinto de lo bueno. CAL. No sé qué sofismas haces, Sócrates. SÓ. Lo sabes, pero te haces el desentendido, Calicles; y avanza aún más hacia adelante, para que sepas que, siendo sabio, me amonestas.¿ Acaso no cesa cada uno de nosotros de tener sed y a la vez de alegrarse mediante el beber? CAL. No sé qué dices. GOR. De ninguna manera, Calicles, sino responde también por nosotros, para que los discursos lleguen a su fin. CAL. Pero Sócrates siempre es así, Gorgias; pregunta cosas pequeñas y de poco valor y refuta. GOR. Pero¿ qué te importa? En cualquier caso, este no es tu honor, Calicles; sino permite a Sócrates refutar como quiera. CAL. Pregunta, pues, esas cosas pequeñas y estrechas, ya que a Gorgias le parece así. SÓ. Eres feliz, Calicles, por haber sido iniciado en las grandes cosas antes que en las pequeñas; yo, en cambio, no creía que fuera lícito. Por tanto, responde desde donde dejaste, si cada uno de nosotros no cesa a la vez de tener sed y de alegrarse. CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Acaso no cesa a la vez de tener hambre y de los otros deseos y placeres? CAL. Es así. SÓ.¿ Acaso no cesa a la vez de los dolores y de los placeres? CAL. Sí. SÓ. Pero, sin embargo, de los bienes y de los males no cesa a la vez, como admitías;¿ ahora, en cambio, no lo admites? CAL. Yo sí;¿ qué pasa entonces? SÓ. Que no resultan ser lo mismo, amigo, los bienes que los placeres, ni los males que los dolores. Pues de unos cesa a la vez, de otros no, como si fueran distintos;¿ cómo, pues, podrían ser lo mismo lo placentero que lo bueno, o lo doloroso que lo malo? Y si quieres, examínalo también por aquí( pues creo que tampoco en esto estás de acuerdo; pero observa):¿ no llamas buenos a los buenos por la presencia de bienes, al igual que a los bellos por la presencia de belleza? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Qué más?¿ Llamas a los hombres buenos insensatos y cobardes? Pues hace poco no, sino que decías que eran los valientes y prudentes;¿ o no llamas a estos buenos? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Qué más?¿ Has visto alguna vez a un niño insensato alegrándose? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Y a un hombre insensato alegrándose, no lo has visto aún? CAL. Creo que sí; pero¿ qué con eso? SÓ. Nada; sino responde. CAL. He visto.
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SÓ.¿ Qué más?¿ A un hombre sensato sufriendo y alegrándose? CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Quiénes se alegran y sufren más, los prudentes o los insensatos? CAL. Creo que no hay mucha diferencia. SÓ. Pero esto es suficiente.¿ Has visto alguna vez a un hombre cobarde en la guerra? CAL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Qué entonces? Al retirarse los enemigos,¿ quiénes te parecían alegrarse más, los cobardes o los valientes? CAL. Ambos, para mí, más; si no, de manera similar. SÓ. No hay diferencia. Pero, en cualquier caso,¿ se alegran también los cobardes? CAL. Ciertamente. SÓ. Y los insensatos, al parecer. CAL. Sí. SÓ. Y al avanzar,¿ sufren solo los cobardes o también los valientes? CAL. Ambos. SÓ.¿ Acaso de manera similar? CAL. Quizás más los cobardes. SÓ. Y al retirarse,¿ no se alegran más? CAL. Quizás. SÓ. Entonces,¿ sufren y se alegran tanto los insensatos como los prudentes, y los cobardes como los valientes de manera similar, como tú dices, o incluso más los cobardes que los valientes? CAL. Lo afirmo. SÓ. Pero, sin embargo,¿ los prudentes y los valientes son buenos, y los cobardes e insensatos son malos? CAL. Sí. SÓ.¿ Entonces, se alegran y sufren de manera similar los buenos y los malos? CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Acaso, pues, son buenos y malos de manera similar los buenos y los malos?¿ O son aún más buenos los buenos y más malos los malos? CAL. Pero, por Zeus, no sé qué dices. SÓ.¿ No sabes que dices que los buenos son buenos por la presencia de bienes, y los malos por la de males?¿ Y que los bienes son los placeres, y los males los dolores? CAL. Yo sí. SÓ. Entonces,¿ a los que se alegran les están presentes los bienes, los placeres, si es que se alegran? CAL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Entonces, por la presencia de bienes, son buenos los que se alegran? CAL. Sí. SÓ.¿ Qué más?¿ A los que sufren no les están presentes los males, los dolores? CAL. Les están presentes. SÓ.¿ Y por la presencia de males dices que los malos son malos; o ya no lo dices? CAL. Yo sí. SÓ.¿ Buenos, pues, los que se alegran, y malos los que sufren? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Unos más, otros menos, y otros de manera similar? CAL. Sí. SÓ. Entonces,¿ dices que se alegran y sufren de manera similar los prudentes y los insensatos, y los cobardes y los valientes, o incluso más los cobardes? CAL. Yo sí.
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SÓ. Razona, pues, conmigo en común qué nos resulta de lo acordado; pues dicen que es bueno decir y examinar las cosas bellas dos y tres veces. Decimos que el prudente y valiente es bueno.¿ No es así? CAL. Sí. SÓ.¿ Y el insensato y cobarde, malo? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Y el que se alegra, bueno? CAL. Sí. SÓ.¿ Y el que sufre, malo? CAL. Es necesario. SÓ.¿ Y que el bueno y el malo sufren y se alegran de manera similar, y quizás el malo incluso más? CAL. Sí. SÓ.¿ Entonces, el malo resulta ser malo y bueno de manera similar al bueno, o incluso más bueno el malo?¿ No resultan estas cosas y aquellas anteriores, si uno afirma que lo placentero y lo bueno son lo mismo?¿ No es necesario esto, Calicles? CAL. Hace tiempo que te escucho, Sócrates, asintiendo, pensando que, aunque alguien te conceda algo jugando, te aferras a ello con alegría como los muchachos. Como si tú creyeras que yo o cualquier otro hombre no considera que unos placeres son mejores y otros peores. SÓ.¡ Ay, ay, Calicles, qué astuto eres y me tratas como a un niño, unas veces afirmando que las cosas son así, otras de otra manera, engañándome! Y sin embargo, no creía al principio que fuera a ser engañado voluntariamente por ti, como si fueras amigo; pero ahora me he equivocado, y al parecer es necesario para mí, según el antiguo dicho, hacer bien lo presente y aceptar esto que se me da de ti. Y es, al parecer, lo que dices ahora, que algunos placeres son buenos y otros malos;¿ no es así? CAL. Sí. SÓ.¿ Acaso, pues, los útiles son buenos y los perjudiciales malos? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Y son útiles los que producen algún bien, y malos los que producen algún mal? CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Acaso, pues, te refieres a tales como los que hablábamos hace poco en el comer y beber, o que de estos, los que producen salud en el cuerpo, o fuerza u otra virtud del cuerpo, estos son buenos, y los que producen lo contrario, malos? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Y los dolores de la misma manera, unos son útiles y otros perjudiciales? CAL.¿ Cómo no? SÓ.¿ Entonces, los placeres y dolores útiles son los que hay que elegir y realizar? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Y los perjudiciales no? CAL. Es evidente.
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SÓ. Pues creo que nos pareció que todas las cosas deben realizarse en vista de los bienes, si recuerdas, tanto a mí como a Polo.¿ Acaso también te parece a ti así, que el fin de todas las acciones es el bien, y que en vista de aquel deben realizarse todas las demás cosas, y no aquel en vista de las otras?¿ Estás de acuerdo con nosotros tú también, como tercero? CAL. Yo sí. SÓ. En vista de los bienes, pues, deben realizarse las demás cosas y también las placenteras, y no los bienes en vista de las placenteras. CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Acaso, pues, es tarea de cualquier hombre elegir qué bienes son de entre los placenteros y cuáles malos, o se necesita un técnico para cada cosa? CAL. Un técnico. SÓ. Recordemos, pues, lo que yo mismo estaba diciendo a Polo y a Gorgias. Pues decía, si recuerdas, que había preparaciones que llegan hasta el placer, preparando solo esto mismo, ignorando lo mejor y lo peor, y otras que conocen qué es bueno y qué es malo; y situaba la experiencia de la cocina entre las que se ocupan de los placeres, pero no como arte, y la medicina entre las que se ocupan del bien como arte. Y por los dioses, Calicles, no creas que debes jugar conmigo ni respondas cualquier cosa contraria a lo que piensas, ni tampoco aceptes lo que viene de mí como si estuviera jugando; pues ves que sobre esto son nuestros discursos, sobre lo cual¿ qué podría tomar más en serio un hombre que tenga un poco de sentido, que esto, de qué manera se debe vivir, si en la que tú me invitas, realizando estas cosas propias del hombre, hablando en la asamblea y practicando la retórica y participando en la política de la manera en que ustedes ahora participan, o en esta vida en la filosofía, y qué es lo que esta difiere de aquella? Quizás, pues, sea mejor, como hace poco intenté, dividir, y habiendo dividido y acordado entre nosotros, si son dos estas vidas, examinar en qué difieren entre sí y cuál de ellas se debe vivir. Quizás, pues, aún no sabes qué digo. CAL. Ciertamente no. SÓ. Pero yo te lo diré más claramente. Ya que hemos acordado tú y yo que hay algún bien, y que hay algo placentero, y que lo placentero es distinto de lo bueno, y que de cada uno de ellos hay algún estudio y preparación para su adquisición, la caza de lo placentero y la del bien... esto mismo, primero, o afírmalo o no.¿ Lo afirmas? CAL. Así lo afirmo.
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SÓ. Vamos, pues, lo que también decía a estos, confírmamelo, si es que te pareció entonces que decía la verdad. Decía, creo, que la cocina no me parece un arte, sino una experiencia, y la medicina sí, diciendo que la medicina examina tanto la naturaleza de aquello que cura como la causa de lo que hace, y tiene un discurso para dar cuenta de cada una de estas cosas; la otra, en cambio, la del placer, hacia la cual es toda su atención, se acerca a ella de manera totalmente carente de arte, sin haber examinado ni la naturaleza del placer ni la causa, y sin haber clasificado nada en absoluto, por así decirlo, conservando solo por rutina y experiencia el recuerdo de lo que suele suceder, con lo cual también procura los placeres. Esto, pues, considera primero si te parece que se dice adecuadamente, y si hay también otras ocupaciones similares respecto al alma, unas técnicas, que tienen algún cuidado de lo mejor respecto al alma, y otras que descuidan esto, pero que han examinado, a su vez, como allí, solo el placer del alma, de qué manera podría sucederle, y que ni examinan qué placeres son mejores o peores, ni les importa otra cosa que complacer solo, sea mejor o peor. Pues a mí, Calicles, me parecen existir, y yo afirmo que tal cosa es adulación, tanto respecto al cuerpo como respecto al alma y respecto a cualquier otra cosa de la que uno procure el placer, sin tener en cuenta lo mejor y lo peor;¿ tú, en cambio, te adhieres a nosotros respecto a esto con la misma opinión o te opones? CAL. Yo no, sino que cedo, para que el discurso llegue a su fin y para complacer a Gorgias aquí presente. SÓ.¿ Acaso esto es respecto a una sola alma, y respecto a dos y muchas no lo es? CAL. No, sino también respecto a dos y respecto a muchas. SÓ.¿ Entonces, también se puede complacer a muchas a la vez, sin examinar nada lo mejor? CAL. Creo que sí. SÓ.¿ Puedes, pues, decir cuáles son las ocupaciones que hacen esto? O mejor, si quieres, preguntando yo, la que te parezca que es de estas, afírmalo, y la que no, no lo afirmes. Primero consideremos el arte de la flauta.¿ No te parece que es algo así, Calicles, que persigue solo nuestro placer, y no se preocupa de nada más? CAL. Me lo parece. SÓ.¿ Entonces, también todas las similares, como el arte de la cítara en los concursos? CAL. Sí.
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SÓ.¿ Qué más la enseñanza de los coros y la composición de ditirambos?¿ No te parece algo así?¿ O crees que Cinesias, hijo de Meles, se preocupa de decir algo tal que los oyentes se vuelvan mejores, o de que va a complacer a la multitud de los espectadores? CAL. Es evidente esto, Sócrates, respecto a Cinesias. SÓ.¿ Qué más su padre Meles?¿ Te parecía que cantaba con la cítara mirando hacia lo mejor?¿ O aquel ni siquiera hacia lo más placentero? Pues cantando molestaba a los espectadores. Pero considera:¿ no te parece que toda la citarodia y la composición de ditirambos han sido inventadas por causa del placer? CAL. A mí sí. SÓ.¿ Qué más esa solemne y maravillosa, la composición de la tragedia, en qué se ocupa?¿ Es su intento y ocupación, como te parece, complacer solo a los espectadores, o luchar, si algo es placentero y agradable para ellos, pero malo, para que esto no lo diga, y si algo resulta desagradable y útil, esto decirlo y cantarlo, aunque se alegren o no?¿ De qué manera te parece que ha sido preparada la composición de las tragedias? CAL. Es evidente esto, Sócrates, que se ha lanzado más hacia el placer y el complacer a los espectadores. SÓ.¿ Entonces, tal cosa, Calicles, decíamos hace poco que era adulación? CAL. Ciertamente. SÓ. Vamos, pues, si alguien quitara de toda la poesía tanto la melodía como el ritmo y el metro,¿ resulta otra cosa que discursos lo que queda? CAL. Es necesario. SÓ.¿ Entonces, ante una gran multitud y pueblo se dicen estos discursos? CAL. Lo afirmo. SÓ. La poesía es, pues, una especie de demagogia. CAL. Parece. SÓ.¿ Entonces, la retórica sería una demagogia; o no te parece que los poetas hacen retórica en los teatros? CAL. A mí sí. SÓ. Ahora, pues, hemos encontrado una especie de retórica ante un pueblo tal como de niños a la vez que de mujeres y hombres, y de esclavos y libres, la cual no admiramos mucho; pues decimos que es aduladora. CAL. Ciertamente. SÓ. Bien;¿ qué más la retórica ante el pueblo de los atenienses y los otros pueblos en las ciudades, los de los hombres libres, qué es esto para nosotros?¿ Te parece que los oradores hablan siempre mirando hacia lo mejor, apuntando a esto, para que los ciudadanos sean lo mejores posible mediante sus discursos, o también estos se han lanzado a complacer a los ciudadanos, y por causa de su propio interés descuidan el común, tratando a los pueblos como a niños, intentando complacerlos solo, y si serán mejores o peores mediante esto, no se preocupan?
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CAL. No haces una pregunta sencilla; pues hay quienes, preocupándose por los ciudadanos, dicen lo que dicen, pero hay también otros como los que tú describes. SÓ. Es suficiente. Pues si también esto es doble, una parte de ello sería, supongo, adulación y una oratoria vergonzosa, mientras que la otra sería noble: la que procura que las almas de los ciudadanos sean lo mejores posible y que lucha por decir lo mejor, ya sea más agradable o más desagradable para quienes escuchan. Pero tú nunca has visto esta retórica; o, si puedes mencionar a alguno de los oradores que sea así,¿ por qué no me has dicho quién es? CAL. Pues, por Zeus, no puedo decirte ninguno de los oradores actuales. SÓ.¿ Y qué?¿ Puedes mencionar a alguno de los antiguos por cuya causa los atenienses hayan llegado a ser mejores, desde que aquel comenzó a hablar en público, siendo peores en el tiempo anterior? Pues yo no sé quién es ese. CAL.¿ Y qué?¿ No oyes hablar de Temístocles, que llegó a ser un hombre bueno, y de Cimón, y de Milcíades, y de este Pericles que ha muerto hace poco, del cual tú también has oído hablar? SÓ. Si es que es verdadera, Calicles, la virtud que tú decías antes: la de satisfacer las propias apetencias y las de los demás. Pero si no es esto, sino lo que en el discurso posterior nos vimos obligados a admitir— que las apetencias que, al ser satisfechas, hacen al hombre mejor, esas hay que realizarlas, pero las que lo hacen peor, no, y que esto sería una técnica—, no puedo decir cómo alguno de estos haya llegado a ser tal hombre. CAL. Pero si buscas bien, lo encontrarás. SÓ. Veamos, pues, examinando con calma si alguno de ellos ha llegado a ser así. Vamos, pues: el hombre bueno que habla buscando lo mejor,¿ no dirá lo que diga al azar, sino mirando hacia algo? Al igual que todos los demás artesanos, que, mirando cada uno hacia su propia obra, no eligen al azar lo que aplican a su obra, sino para que esta, lo que él trabaja, tenga una cierta forma.
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SÓ. Como si quisieras observar a los pintores, a los constructores, a los constructores navales, a todos los demás artesanos, a cualquiera que quieras de ellos, cómo cada uno coloca en un cierto orden lo que coloca, y obliga a que una cosa sea adecuada y armonice con la otra, hasta que el conjunto se constituya como algo ordenado y adornado. Y tanto los otros artesanos como los que mencionábamos hace un momento, los que se ocupan del cuerpo, los maestros de gimnasia y los médicos, adornan, supongo, el cuerpo y lo ordenan.¿ Estamos de acuerdo en que esto es así o no? CAL. Que sea así. SÓ.¿ Una casa, entonces, que haya alcanzado orden y adorno sería buena, pero mala si ha alcanzado desorden? CAL. Lo afirmo. SÓ.¿ Y un barco, de la misma manera? CAL. Sí. SÓ.¿ Y también, ciertamente, decimos que lo son nuestros cuerpos? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Y qué hay del alma?¿ Será buena si ha alcanzado desorden, o si ha alcanzado un cierto orden y adorno? CAL. Es necesario, por lo anterior, estar de acuerdo también en esto. SÓ.¿ Qué nombre tiene, pues, en el cuerpo lo que surge del orden y del adorno? CAL. Salud y fuerza, tal vez dices. SÓ. Yo.¿ Y qué hay, a su vez, de lo que surge en el alma del orden y del adorno? Intenta encontrarlo y decirlo, igual que el nombre de allí. CAL.¿ Por qué no lo dices tú mismo, Sócrates? SÓ. Pues si te es más agradable, lo diré yo; pero tú, si te parece que hablo bien, dímelo, y si no, refútame y no lo permitas. Pues a mí me parece que el nombre para los órdenes del cuerpo es saludable, de donde surge en él la salud y la otra virtud del cuerpo.¿ Es esto así o no? CAL. Es así. SÓ. Y para los órdenes y adornos del alma, legal y ley, de donde también se vuelven legales y ordenados; y estos son la justicia y la templanza.¿ Dices que sí o no? CAL. Que sea así. SÓ.¿ No es cierto que, mirando hacia esto, aquel orador, el técnico y bueno, aplicará los discursos que diga a las almas, y todas sus acciones, y si da algún regalo, lo dará, y si quita algo, lo quitará, teniendo siempre la mente puesta en esto: cómo la justicia surja en las almas de sus ciudadanos y la injusticia se aleje, y la templanza surja y la intemperancia se aleje, y la otra virtud surja y el vicio se vaya?¿ Concedes esto o no? CAL. Lo concedo. SÓ. Pues,¿ qué provecho hay, Calicles, en dar a un cuerpo que está enfermo y en mal estado muchos alimentos o bebidas o cualquier otra cosa, lo que no le beneficiará en nada más que, al contrario, según el discurso justo, incluso menos?¿ Es esto así?
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CAL. Que sea así. SÓ. Pues no creo que a un hombre le convenga vivir con un cuerpo en mal estado; pues es necesario que así también viva mal.¿ O no es así? CAL. Sí. SÓ.¿ Y no es cierto que satisfacer las apetencias, como comer cuanto uno quiere cuando tiene hambre o beber cuando tiene sed, los médicos permiten hacerlo a los que están sanos en la mayoría de los casos, pero a los que están enfermos, por así decirlo, nunca permiten saciarse de lo que apetecen?¿ Concedes esto también tú? CAL. Yo. SÓ.¿ Y respecto al alma, mi excelente amigo, no es el mismo modo? Mientras sea perversa, siendo insensata, intemperante, injusta e impía, hay que apartarla de sus apetencias y no permitirle hacer otra cosa que aquello de lo que será mejor.¿ Dices que sí o no? CAL. Lo afirmo. SÓ. Pues así, supongo, es mejor para el alma misma. CAL. Ciertamente. SÓ.¿ No es cierto que apartarla de lo que apetece es castigarla? CAL. Sí. SÓ. Ser castigada, pues, es mejor para el alma que la intemperancia, como tú creías hace un momento. CAL. No sé qué dices, Sócrates, pregunta a otro. SÓ. Este hombre no soporta ser beneficiado y sufrir él mismo esto de lo que trata el discurso: ser castigado. CAL. Y a mí no me importa nada de lo que dices, y esto te lo respondí por consideración a Gorgias. SÓ. Bien.¿ Qué haremos, pues?¿ Interrumpimos el discurso a medias? CAL. Tú sabrás. SÓ. Pero dicen que ni siquiera es lícito dejar los mitos a medias, sino ponerles una cabeza, para que no anden por ahí sin cabeza. Responde, pues, también a lo que queda, para que nuestro discurso reciba una cabeza. CAL. Qué violento eres, Sócrates. Si me haces caso, dejarás en paz este discurso, o hablarás con otro. SÓ.¿ Quién otro quiere? Pues no dejemos el discurso incompleto. CAL.¿ No podrías tú mismo desarrollar el discurso, ya sea hablando contigo mismo o respondiéndote a ti mismo? SÓ. Para que me pase lo de Epicarmo, que lo que antes decían dos hombres, siendo uno sea capaz de hacerlo. Pero parece que es lo más necesario. Si, sin embargo, lo hacemos, creo que todos debemos tener afán por conocer qué es lo verdadero sobre lo que hablamos y qué es lo falso; pues es un bien común para todos que esto se vuelva manifiesto.
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SÓ. Desarrollaré, pues, el discurso como me parece que es; pero si a alguno de vosotros no le parece que admito lo que es, debe intervenir y refutarme. Pues yo no digo lo que digo sabiendo, sino que busco en común con vosotros, de modo que, si el que me contradice parece decir algo, yo seré el primero en concederlo. Digo, sin embargo, esto, si parece que debe terminarse el discurso; si no queréis, dejémoslo ya en paz y vámonos. GOR. Pues a mí no me parece, Sócrates, que debamos irnos todavía, sino que tú desarrolles el discurso; y me parece que a los demás también les parece. Pues yo mismo quiero escuchar cómo desarrollas tú mismo lo que queda. SÓ. Pues bien, Gorgias, yo mismo habría hablado con gusto con este Calicles todavía, hasta que le hubiera devuelto el discurso de Anfión en lugar del de Zeto; pero puesto que tú, Calicles, no quieres terminar el discurso conmigo, al menos escúchame e intervén si te parece que no hablo bien. Y si me refutas, no me enfadaré contigo como tú conmigo, sino que serás registrado por mí como el mayor benefactor. CAL. Habla, buen hombre, tú mismo y termina. SÓ. Escucha, pues, desde el principio, mientras retomo el discurso.¿ Es lo agradable y lo bueno lo mismo?— No es lo mismo, como Calicles y yo admitimos—.¿ Se debe hacer lo agradable en vista de lo bueno, o lo bueno en vista de lo agradable?— Lo agradable en vista de lo bueno—.¿ Y es agradable aquello cuya presencia nos hace sentir placer, y bueno aquello cuya presencia nos hace buenos?— Ciertamente—. Pero,¿ no es cierto que somos buenos, nosotros y todas las demás cosas que son buenas, por la presencia de alguna virtud?— Me parece necesario, Calicles—. Pero, ciertamente, la virtud de cada cosa, tanto de un utensilio como del cuerpo y del alma, y de todo ser vivo, no surge de la mejor manera al azar, sino por orden, rectitud y técnica, que se ha asignado a cada una de ellas.¿ Es esto así?— Pues yo lo afirmo—.¿ Es, pues, la virtud de cada cosa algo ordenado y adornado por el orden?— Yo diría que sí—.¿ Un adorno, pues, que surge en cada cosa, el propio de cada una, hace buena a cada una de las cosas que existen?— Me parece que sí—.¿ Y el alma, pues, que tiene su propio adorno, es mejor que la que no tiene adorno?— Es necesario—. Pero,¿ no es cierto que la que tiene adorno es ordenada?— Pues,¿ cómo no va a serlo?—
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SÓ.¿ Y la ordenada es templada?— Mucha necesidad—. El alma templada, pues, es buena. Yo no tengo otras cosas que decir aparte de estas, querido Calicles; pero tú, si tienes, enséñame. CAL. Habla, buen hombre. SÓ. Digo, pues, que si la templada es buena, la que ha sufrido lo contrario a la templada es mala; y esta era la insensata y la intemperante.— Ciertamente—. Y, ciertamente, el templado haría lo que corresponde tanto respecto a los dioses como respecto a los hombres; pues no sería templado haciendo lo que no corresponde.— Es necesario que esto sea así—. Y, ciertamente, haciendo lo que corresponde respecto a los hombres, haría cosas justas, y respecto a los dioses, cosas santas; y al que hace cosas justas y santas es necesario que sea justo y santo.— Es así—. Y, ciertamente, también es necesario que sea valiente; pues no es propio de un hombre templado ni perseguir ni huir de lo que no corresponde, sino huir y perseguir lo que debe, tanto cosas como hombres, placeres y dolores, y perseverar soportando donde debe; de modo que hay mucha necesidad, Calicles, de que el templado, como hemos expuesto, siendo justo, valiente y santo, sea un hombre bueno perfectamente, y que el bueno haga bien y noblemente lo que haga, y que el que hace bien sea dichoso y feliz, y el perverso y el que hace mal, desgraciado; y este sería el que está en la situación contraria al templado, el intemperante, al que tú elogiabas. Yo, pues, establezco esto así y afirmo que esto es verdadero; y si es verdadero, el que quiera, al parecer, ser feliz, debe perseguir y ejercitar la templanza, y huir de la intemperancia tanto como cada uno de nosotros tenga pies, y debe prepararse, sobre todo, para no necesitar ser castigado, pero si lo necesita, él mismo o alguno de sus allegados, ya sea un particular o una ciudad, debe aplicar justicia y ser castigado, si quiere ser feliz. Este me parece ser el objetivo hacia el que hay que mirar para vivir, y dirigir hacia esto todo lo suyo y lo de la ciudad, para que la justicia y la templanza estén presentes en el que va a ser dichoso, actuando así, no permitiendo que las apetencias sean intemperantes y tratando de satisfacerlas, un mal inacabable, viviendo una vida de bandido. Pues ni para otro hombre sería grato alguien así, ni para un dios; pues es incapaz de participar, y para quien no hay participación, no puede haber amistad.
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SÓ. Dicen los sabios, Calicles, que el cielo, la tierra, los dioses y los hombres mantienen la comunidad, la amistad, el orden, la templanza y la justicia, y por esto llaman a este todo cosmos, compañero, no desorden ni intemperancia. Pero tú me parece que no prestas atención a esto, y eso que eres sabio, sino que se te ha pasado por alto que la igualdad geométrica tiene gran poder tanto entre los dioses como entre los hombres, y tú crees que debes practicar la codicia; pues descuidas la geometría. Bien.¿ O debemos refutar este discurso, de que los dichosos no son dichosos por la posesión de justicia y templanza, y los desgraciados por la del vicio, o si este es verdadero, debemos considerar qué es lo que se sigue? Se siguen todas aquellas cosas anteriores, Calicles, sobre las que me preguntabas si hablaba en serio, diciendo que hay que acusarse a sí mismo, al hijo y al amigo, si comete alguna injusticia, y que hay que usar la retórica para esto; y lo que creías que Polo admitía por vergüenza, era, pues, verdadero: que cometer injusticia es tanto más malo cuanto más vergonzoso es que sufrirla; y que el que va a ser un orador correcto debe, pues, ser justo y conocedor de lo justo, lo que a su vez Polo dijo que Gorgias admitió por vergüenza. Y siendo esto así, consideremos qué es lo que tú me reprochas, si se dice bien o no, que yo no soy capaz de ayudar ni a mí mismo ni a ninguno de mis amigos ni de mis allegados, ni de salvarlos de los mayores peligros, y que estoy a merced de cualquiera, como los privados de derechos, de quien quiera, ya sea que quiera golpearme— ese juvenil argumento tuyo— en la mejilla, ya sea quitarme el dinero, ya sea expulsarme de la ciudad, o, lo último, matarme; y que estar así es lo más vergonzoso de todo, según tu discurso. Pero el mío, que ya se ha dicho muchas veces, nada impide que se diga también ahora: no afirmo, Calicles, que ser golpeado en la mejilla injustamente sea lo más vergonzoso, ni tampoco ser cortado, ni mi cuerpo ni mi bolsa, sino que golpear y cortarme a mí y a lo mío injustamente es más vergonzoso y más malo, y robar, esclavizar, forzar puertas y, en resumen, cometer cualquier injusticia contra mí y lo mío es para el que comete la injusticia más malo y más vergonzoso que para mí, el que la sufre.
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SÓ. Estas cosas que nos parecieron así arriba, en los discursos anteriores, como yo digo, están retenidas y atadas, y si es posible decir algo más rústico, con discursos de hierro y diamante, como al menos parecería así, los cuales, si tú no los desatas o alguien más juvenil que tú, no es posible que el que diga otra cosa que lo que yo digo ahora hable bien; puesto que para mí el mismo discurso es siempre, que yo no sé cómo es esto, pero que de los que he encontrado, como ahora, nadie es capaz de decir otra cosa sin ser ridículo. Yo, pues, establezco que esto es así; pero si es así y la injusticia es el mayor de los males para el que la comete y, siendo esto el mayor, aún mayor que esto, si es posible, es no pagar la justicia al cometer injusticia,¿ qué ayuda, no siendo capaz de ayudarse a sí mismo, sería ridículo en verdad?¿ No es esta, la que apartará nuestro mayor daño? Pero hay mucha necesidad de que esta sea la ayuda más vergonzosa: no ser capaz de ayudarse ni a sí mismo ni a sus amigos y allegados, y la segunda la del segundo mal, y la tercera la del tercero, y las demás así; según la magnitud de cada mal ha nacido, así también la nobleza de ser capaz de ayudar en cada caso y la vergüenza de no serlo.¿ Es de otra manera o así, Calicles? CAL. No de otra manera. SÓ. Siendo, pues, dos cosas, cometer injusticia y sufrirla, decimos que es mayor mal cometer injusticia, y menor sufrirla.¿ Qué debe, pues, prepararse un hombre para ayudarse a sí mismo, de modo que tenga ambos beneficios, el de no cometer injusticia y el de no sufrirla?¿ Poder o voluntad? Digo esto:¿ si no quiere sufrir injusticia, no la sufrirá, o si se prepara poder para no sufrirla, no la sufrirá? CAL. Es claro esto, que si poder. SÓ.¿ Y qué hay de cometer injusticia?¿ Si no quiere cometer injusticia, es suficiente esto— pues no cometerá injusticia— o también para esto debe prepararse algún poder y técnica, de modo que, si no aprende estas cosas y las ejercita, cometerá injusticia?¿ Por qué no me respondes esto mismo, Calicles, si te parece que fuimos obligados correctamente a admitir en los discursos anteriores, Polo y yo, o no, cuando admitimos que nadie quiere cometer injusticia, sino que todos los que cometen injusticia la cometen contra su voluntad?
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CAL. Que sea así para ti, Sócrates, para que termines el discurso. SÓ. Y para esto, pues, al parecer, hay que preparar algún poder y técnica, para que no cometamos injusticia. CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Cuál es, pues, la técnica de la preparación para no sufrir ninguna injusticia o la menor posible? Considera si te parece la misma que a mí. Pues a mí me parece esta: o bien que uno mismo debe gobernar en la ciudad o incluso ser tirano, o ser compañero de la constitución existente. CAL. Ves, Sócrates, cómo estoy dispuesto a elogiar, si dices algo bien; esto me parece que lo has dicho muy bien. SÓ. Considera, pues, también esto, si te parece que hablo bien. Me parece que cada uno es amigo de cada uno lo más posible, como dicen los antiguos y sabios, el semejante al semejante.¿ No te parece a ti también? CAL. A mí sí. SÓ.¿ No es cierto que donde un tirano es gobernante salvaje e inculto, si alguien en la ciudad fuera mucho mejor que él, el tirano temería, supongo, a este y nunca, con toda su mente, podría llegar a ser amigo de él? CAL. Es así. SÓ. Ni tampoco si alguien fuera mucho peor, tampoco este; pues el tirano lo despreciaría y nunca se interesaría por él como por un amigo. CAL. También esto es verdadero. SÓ. Queda, pues, aquel único amigo digno de mención para tal persona, el que, siendo de costumbres semejantes, censurando y elogiando las mismas cosas, quiera ser gobernado y estar sometido al gobernante. Este tendrá gran poder en esta ciudad, a este nadie lo dañará impunemente.¿ No es así? CAL. Sí. SÓ. Si, pues, alguien de los jóvenes considerara en esta ciudad:¿ de qué modo podría yo tener gran poder y que nadie me dañe? Este, al parecer, es el camino para él: desde joven acostumbrarse a sentir placer y dolor por las mismas cosas que el amo, y procurar ser lo más semejante posible a él.¿ No es así? CAL. Sí. SÓ.¿ No es cierto que con esto habrá logrado en la ciudad el no sufrir injusticia y tener gran poder, como dice vuestro discurso? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ Es, pues, también el no cometer injusticia?¿ O falta mucho, si es que va a ser semejante al gobernante que es injusto y tendrá gran poder junto a él? Pero creo, al contrario, que esta preparación será para él para ser capaz de cometer tantas injusticias como sea posible y, al cometerlas, no pagar la justicia.¿ O no? CAL. Parece.
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SÓ.¿ No es cierto que el mayor mal le sobrevendrá siendo perverso en el alma y estando corrompido por la imitación del amo y el poder? CAL. No sé por dónde giras cada vez los discursos arriba y abajo, Sócrates;¿ o no sabes que este que imita a aquel que no imita matará, si quiere, y quitará los bienes? SÓ. Lo sé, buen Calicles, si no soy sordo, escuchándote a ti y a Polo hace poco muchas veces y a casi todos los demás de la ciudad; pero escúchame también tú a mí, que matará, si quiere, pero siendo perverso a uno que es noble y bueno. CAL.¿ No es esto, pues, lo indignante? SÓ. No para el que tiene mente, como indica el discurso.¿ O crees que el hombre debe prepararse para esto, para vivir el mayor tiempo posible, y ejercitar esas técnicas que nos salvan siempre de los peligros, como la retórica que tú me ordenas ejercitar, que salva en los tribunales? CAL. Sí, por Zeus, aconsejándote correctamente. SÓ.¿ Y qué, mi excelente amigo?¿ La técnica de nadar te parece también algo venerable? CAL. Por Zeus, a mí no. SÓ. Y, sin embargo, esta también salva a los hombres de la muerte, cuando caen en algo tal donde se necesita esta técnica. Y si esta te parece pequeña, te diré una mayor que esta, la navegación, que no solo salva las almas, sino también los cuerpos y los bienes de los peligros extremos, como la retórica. Y esta es comedida y ordenada, y no se enorgullece fingiendo que realiza algo soberbio, sino que, habiendo realizado lo mismo que la judicial, si salva desde Egina hasta aquí, creo que cobró dos óbolos, y si desde Egipto o desde el Ponto, si mucho, por este gran beneficio, habiendo salvado lo que decía hace un momento, tanto a él mismo como a sus hijos, bienes y mujeres, habiendo desembarcado en el puerto cobró dos dracmas, y el mismo que tiene la técnica y ha realizado esto, habiendo desembarcado, camina junto al mar y el barco con un porte moderado; pues creo que sabe calcular que es incierto a quiénes de los que navegaban con él ha beneficiado al no dejar que se hundieran y a quiénes ha dañado, sabiendo que no los desembarcó mejores de lo que eran cuando embarcaron, ni los cuerpos ni las almas.
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SÓ. Calcula, pues, que no, si alguien que está sujeto a grandes e incurables enfermedades en el cuerpo no se ahogó, este es desgraciado porque no murió, y no ha sido beneficiado en nada por él; pero si alguien tiene en lo más valioso del cuerpo, el alma, muchas enfermedades e incurables, a este hay que dejarlo vivir y lo beneficiará, ya sea que lo salve del mar, ya sea del tribunal, ya sea de cualquier otro lugar, sino que sabe que no es mejor vivir para el hombre perverso; pues es necesario que viva mal. Por esto no es ley venerar al navegante, aunque nos salve, ni tampoco, admirable amigo, al ingeniero, que a veces puede salvar no menos que un general, ni qué decir de un navegante, ni que cualquier otro; pues a veces salva ciudades enteras.¿ No te parece que es como el judicial? Y sin embargo, si quisiera hablar, Calicles, lo mismo que vosotros, venerando el asunto, os sepultaría con discursos, diciendo y exhortando a que hay que llegar a ser ingenieros, como si lo demás no fuera nada; pues el discurso es suficiente para él. Pero tú no por ello desprecias menos a él y a su técnica, y como en reproche llamarías ingeniero, y a su hijo no querrías darle tu hija, ni tú mismo tomar la suya. Y sin embargo, de lo que elogias de ti mismo,¿ con qué discurso justo desprecias al ingeniero y a los demás que decía hace un momento? Sé que dirías que eres mejor y de mejores. Pero si lo mejor no es lo que yo digo, sino que esto mismo es virtud, salvarse a sí mismo y a lo suyo siendo como uno haya resultado, se vuelve ridículo para ti el reproche tanto del ingeniero como del médico y de las demás técnicas que han sido creadas para salvar. Pero, bienaventurado, mira si lo noble y lo bueno es otra cosa que salvar y ser salvado. Pues no hay que dejar al hombre verdaderamente tal, ni ser amante de la vida, por esto, por vivir cualquier tiempo, sino habiendo confiado sobre esto al dios y creído a las mujeres que el destino nadie podría evitarlo, hay que considerar sobre esto de qué modo, el tiempo que vaya a vivir, lo viva lo mejor posible,
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SÓ.¿ Igualándose a sí mismo a esta constitución en la que viva, y ahora, pues, debes tú llegar a ser lo más semejante posible al pueblo de los atenienses, si vas a ser grato a este y tener gran poder en la ciudad? Mira si esto te conviene a ti y a mí, para que no, divino amigo, suframos lo que dicen que sufren las que bajan la luna, las tesalias; con los más queridos será nuestra elección de este poder en la ciudad. Pero si crees que vas a entregar a cualquier hombre alguna técnica tal que te haga tener gran poder en esta ciudad siendo diferente a la constitución, ya sea hacia lo mejor o hacia lo peor, como a mí me parece, no deliberas correctamente, Calicles; pues no debes ser imitador, sino naturalmente semejante a ellos, si vas a realizar algo genuino para la amistad con el pueblo de los atenienses y, sí, por Zeus, con el de Pirilampes. Quien, pues, te haga lo más semejante posible a ellos, este te hará, como deseas ser político, político y orador; pues cada uno se complace con los discursos que se dicen según su propio carácter, pero se molestan con el ajeno, a menos que tú digas otra cosa, querida cabeza.¿ Decimos algo a esto, Calicles? CAL. No sé de qué modo me parece que hablas bien, Sócrates, pero he sufrido el padecimiento de la mayoría; no te creo del todo. SÓ. Pues el amor al pueblo, Calicles, que está en tu alma, se me opone; pero si muchas veces y mejor examinamos estas mismas cosas, te convencerás. Recuerda, pues, que dijimos que eran dos las preparaciones para cuidar cada cosa, tanto el cuerpo como el alma, una para tratar hacia el placer, la otra hacia lo mejor, no complaciendo, sino luchando.¿ No eran estas las que definíamos entonces? CAL. Ciertamente. SÓ.¿ No es cierto que la otra, la que es hacia el placer, resulta ser innoble y nada más que adulación?¿ O no? CAL. Que sea, si quieres, así para ti. SÓ.¿ Y la otra, para que esto sea lo mejor posible, ya sea que resulte ser cuerpo o alma, lo que cuidamos? CAL. Ciertamente.
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SÓC.¿ Debemos, pues, intentar cuidar de la ciudad y de los ciudadanos de tal manera que hagamos a los ciudadanos mismos lo mejores posible? Pues, sin esto, como descubríamos anteriormente, no sirve de nada ofrecer ninguna otra clase de beneficio, si la mente de quienes van a recibir ya sea mucho dinero, ya sea el mando sobre algunos, o cualquier otro poder, no es noble y buena.¿ Diremos que es así? CAL. Ciertamente, si te resulta más grato. SÓC. Si, por tanto, nos exhortáramos mutuamente, Calicles, a ocuparnos públicamente de los asuntos políticos en lo que respecta a la construcción, ya sea de murallas, de astilleros o de templos, los mayores edificios,¿ no deberíamos habernos examinado y puesto a prueba a nosotros mismos, primero, sobre si sabemos el arte, el de la construcción, o no lo sabemos, y de quién lo aprendimos?¿ Deberíamos o no? CAL. Ciertamente. SÓC.¿ Y no sería esto, a su vez, lo segundo: si hemos construido alguna vez algún edificio en privado, ya sea para alguno de nuestros amigos o para nosotros mismos, y si este edificio es hermoso o feo? Y si, al examinarlo, descubriéramos que hemos tenido maestros buenos y renombrados, y que hemos construido muchos y hermosos edificios junto con los maestros, y muchos otros propios una vez que nos apartamos de los maestros, estando así las cosas, sería sensato acudir a las obras públicas; pero si no tuviéramos maestro que mostrar, ni edificios propios, o si los tuviéramos y no valieran nada, entonces, sin duda, sería una insensatez intentar emprender obras públicas y exhortarnos mutuamente a ellas.¿ Diremos que esto se dice correctamente o no? CAL. Ciertamente. SÓC.¿ Y no ocurriría lo mismo con todo, incluso si, al intentar dedicarnos a la vida pública, nos exhortáramos mutuamente como si fuéramos médicos capaces? Sin duda, yo te examinaría a ti y tú a mí:« Vamos, por los dioses,¿ cómo está el propio Sócrates de salud?¿ O acaso alguien más, esclavo o libre, se ha librado de una enfermedad gracias a Sócrates?». Y yo, creo, examinaría sobre ti otras cosas similares. Y si no encontráramos a nadie que se haya vuelto mejor de cuerpo gracias a nosotros, ni entre los extranjeros ni entre los ciudadanos, ni hombre ni mujer, por Zeus, Calicles,¿ no sería verdaderamente ridículo llegar a tal grado de insensatez que, antes de haber hecho muchas cosas como particulares, como se dio el caso, y de haber logrado muchas y ejercitado suficientemente el arte, intentáramos aprender el oficio de alfarero en la tinaja, como dice el refrán, y tratáramos de dedicarnos a la vida pública nosotros mismos y de exhortar a otros semejantes?¿ No te parece que sería una insensatez actuar así? CAL. A mí sí.
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SÓC. Pero ahora, el mejor de los hombres, puesto que tú mismo empiezas apenas a ocuparte de los asuntos de la ciudad y me exhortas a mí y me reprochas que no lo hago,¿ no nos examinaremos mutuamente? Vamos,¿ ha hecho Calicles ya a algún ciudadano mejor?¿ Hay alguien que, siendo antes malvado, injusto, desenfrenado e insensato, se haya vuelto noble y bueno gracias a Calicles, ya sea extranjero o ciudadano, esclavo o libre? Dime, si alguien te examinara sobre esto, Calicles,¿ qué dirás?¿ A quién afirmarás haber hecho mejor hombre con tu trato?¿ Vacilas en responder, si es que tienes alguna obra realizada siendo aún particular, antes de intentar dedicarte a la vida pública? CAL. Eres contencioso, Sócrates. SÓC. Pero no pregunto por contención, sino queriendo saber verdaderamente de qué modo crees que se debe administrar la política entre nosotros.¿ O acaso te ocuparás de otra cosa al acudir a los asuntos de la ciudad que no sea que los ciudadanos seamos lo mejores posible?¿ O no hemos admitido ya muchas veces que esto es lo que debe hacer el hombre político?¿ Lo hemos admitido o no? Responde. Lo hemos admitido; yo responderé por ti. Si, por tanto, esto es lo que debe preparar el hombre bueno para su propia ciudad, ahora, recordándolo, dime acerca de aquellos hombres de los que hablabas hace poco, si te siguen pareciendo que han sido buenos ciudadanos: Pericles, Cimón, Milcíades y Temístocles. CAL. A mí sí. SÓC. Entonces, si eran buenos, es evidente que cada uno de ellos hacía a los ciudadanos mejores en lugar de peores.¿ Los hacía o no? CAL. Sí. SÓC. Entonces, cuando Pericles empezaba a hablar ante el pueblo,¿ eran los atenienses peores que cuando hablaba al final? CAL. Tal vez. SÓC. No tal vez, el mejor de los hombres, sino necesariamente, según lo admitido, si es que aquel era un buen ciudadano. CAL.¿ Y qué con eso? SÓC. Nada; pero dime esto a continuación: si se dice que los atenienses se volvieron mejores gracias a Pericles, o todo lo contrario, que fueron corrompidos por él. Pues yo oigo decir esto: que Pericles hizo a los atenienses ociosos, cobardes, charlatanes y codiciosos, al establecer primero el pago de salarios. CAL. Oyes eso de los que tienen las orejas rotas, Sócrates.
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SÓC. Pero esto ya no lo oigo, sino que lo sé claramente, tanto yo como tú, que al principio Pericles gozaba de buena reputación y los atenienses no dictaron contra él ninguna sentencia vergonzosa cuando eran peores; pero cuando se habían vuelto nobles y buenos gracias a él, al final de la vida de Pericles, lo condenaron por malversación y casi lo sentenciaron a muerte, es evidente que por considerarlo malvado. CAL.¿ Y qué?¿ Por eso era malvado Pericles? SÓC. Ciertamente, un cuidador de asnos, caballos o bueyes parecería ser malvado si, al recibirlos, no demostrara que, tras su cuidado, no le cocean, ni le embisten, ni le muerden, haciendo todas estas cosas por su ferocidad.¿ O no te parece que es un mal cuidador cualquier persona, de cualquier animal, que al recibirlo lo devuelva más feroz de lo que lo recibió?¿ Te parece o no? CAL. Ciertamente, para complacerte. SÓC. Y compláceme también respondiendo a esto:¿ es el hombre uno de los animales o no? CAL.¿ Cómo no iba a serlo? SÓC.¿ Entonces Pericles cuidaba de hombres? CAL. Sí. SÓC.¿ Y qué?¿ No debían ellos, como admitíamos hace poco, haberse vuelto más justos en lugar de más injustos gracias a él, si es que él cuidaba de ellos siendo bueno en los asuntos políticos? CAL. Ciertamente. SÓC. Entonces, los justos son mansos, como dijo Homero;¿ tú qué dices?¿ No es así? CAL. Sí. SÓC. Pero, en efecto, los devolvió más feroces de lo que los recibió, y esto contra él mismo, a quien menos habría querido. CAL.¿ Quieres que te lo admita? SÓC. Si me parece que dices la verdad. CAL. Sea pues así. SÓC. Entonces, si más feroces,¿ también más injustos y peores? CAL. Sea. SÓC. Por tanto, Pericles no era bueno en los asuntos políticos según este razonamiento. CAL. Tú no lo dices. SÓC. Por Zeus, ni tú tampoco, según lo que admitías. Pero dime de nuevo sobre Cimón:¿ no lo desterraron por ostracismo aquellos a quienes cuidaba, para no oír su voz durante diez años?¿ Y a Temístocles no le hicieron lo mismo y lo castigaron además con el destierro?¿ Y a Milcíades, el de Maratón, no votaron arrojarlo al baratro, y si no fuera por el prítano, habría caído? Y, sin embargo, estos, si hubieran sido hombres buenos, como tú dices, nunca habrían sufrido esto. Pues los buenos aurigas no se caen de los carros al principio, sino que, cuando han cuidado de los caballos y ellos mismos se han vuelto mejores aurigas, entonces se caen; eso no ocurre ni en la auriga ni en ningún otro oficio;¿ o te lo parece a ti? CAL. A mí no.
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SÓC. Verdaderos eran, pues, al parecer, los razonamientos anteriores, que no conocemos a ningún hombre que haya sido bueno en los asuntos políticos en esta ciudad. Tú admitías que ninguno de los actuales, pero sí de los anteriores, y elegiste a estos hombres; pero estos resultaron ser iguales a los actuales, de modo que, si estos eran oradores, no usaban la verdadera retórica— pues no habrían sido desterrados— ni la aduladora. CAL. Pero, sin embargo, falta mucho, Sócrates, para que alguno de los actuales realice obras tales como las que ha realizado cualquiera de ellos. SÓC. Divino amigo, tampoco yo los censuro como servidores de la ciudad, sino que me parecen haber sido más serviciales que los actuales y más capaces de proveer a la ciudad de lo que deseaba. Pero, en cuanto a cambiar los deseos y no permitir, persuadiendo y obligando, que se dirijan a aquello de donde los ciudadanos iban a ser mejores, en eso, por así decirlo, no se diferenciaban en nada aquellos de estos; que es la única tarea de un buen ciudadano. Pero en cuanto a naves, murallas, astilleros y muchas otras cosas semejantes, también yo te admito que aquellos eran más hábiles que estos para proveerlas. Hacemos, pues, una cosa ridícula tú y yo en nuestros razonamientos; pues en todo el tiempo que estamos dialogando no dejamos de dar vueltas siempre a lo mismo y de ignorar lo que decimos el uno del otro. Yo, al menos, creo que tú has admitido y reconocido muchas veces que esta ocupación es doble, tanto respecto al cuerpo como respecto al alma, y que la una es servicial, con la cual es posible proveer, si nuestros cuerpos tienen hambre, alimentos; si tienen sed, bebidas; si tienen frío, vestidos, mantas, calzado, otras cosas de las que los cuerpos sienten deseo; y te hablo a propósito con las mismas imágenes, para que lo comprendas más fácilmente. Pues que sea proveedor de esto quien es mercader, o comerciante, o artesano de estas mismas cosas, panadero, cocinero, tejedor, zapatero o curtidor, no es nada sorprendente que, siendo tal, parezca a sí mismo y a los demás ser un cuidador del cuerpo, para todo aquel que no sabe que existe, además de todas estas, un arte gimnástico y médico, que es, en verdad, el cuidado del cuerpo, el cual corresponde dirigir a todas estas artes y usar sus obras por saber qué es bueno y qué es malo de los alimentos o bebidas para la excelencia del cuerpo, mientras que todas las demás artes ignoran esto.
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SÓC. Por eso, estas ocupaciones respecto al cuerpo son serviles, serviciales y vulgares, mientras que las otras artes, la gimnástica y la médica, son, con justicia, las dueñas de estas. Que estas mismas cosas existen también respecto al alma, a veces me parece que comprendes lo que digo, y admites como si supieras que yo hablo; pero poco después vienes diciendo que hombres nobles y buenos han sido ciudadanos en la ciudad, y cuando pregunto quiénes, me parece que propones a hombres muy parecidos en los asuntos políticos, como si, al preguntarte yo sobre la gimnasia quiénes han sido o son buenos cuidadores de cuerpos, me dijeras muy seriamente: Tearión el panadero, Miteco el que ha escrito sobre la cocina siciliana y Sarambo el mercader, que estos han sido maravillosos cuidadores de cuerpos, el uno preparando panes maravillosos, el otro manjares, el otro vino. Quizás, pues, te indignarías si yo te dijera:« Hombre, no entiendes nada de gimnasia; me hablas de servidores y proveedores de deseos, hombres que no entienden nada de lo noble y bueno respecto a ellos, quienes, si se da el caso, habiendo llenado y engordado los cuerpos de los hombres, siendo alabados por ellos, los harán perder también sus carnes originales; y los otros, por inexperiencia, no culparán a los que los agasajan de ser los causantes de las enfermedades y de la pérdida de las carnes originales, sino que culparán y censurarán a quienes estén presentes entonces y les aconsejen algo, cuando les llegue la saciedad de entonces trayendo la enfermedad mucho tiempo después, al haberse producido sin el cuidado de la salud, y les harán algún mal, si pueden, mientras que a aquellos primeros, causantes de los males, los elogiarán». Y tú ahora, Calicles, haces algo muy parecido a esto; elogias a hombres que han agasajado a estos satisfaciendo lo que deseaban.
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SÓC. Y dicen que ellos han hecho grande a la ciudad; pero no se dan cuenta de que está hinchada y purulenta por culpa de aquellos antiguos. Pues, sin templanza ni justicia, han llenado la ciudad de puertos, astilleros, murallas, tributos y otras tonterías semejantes; así que, cuando llegue esta crisis de la enfermedad, culparán a los consejeros presentes entonces, y elogiarán a Temístocles, Cimón y Pericles, los causantes de los males; y quizás se apoderen de ti, si no te cuidas, y de mi compañero Alcibíades, cuando pierdan también lo antiguo además de lo que adquirieron, no siendo ellos los causantes de los males, sino quizás corresponsables. Y, sin embargo, yo veo incluso ahora que ocurre una cosa insensata y oigo hablar de los hombres antiguos. Pues me doy cuenta de que, cuando la ciudad trata a alguno de los hombres políticos como injusto, se indignan y se quejan de que sufren cosas terribles; habiendo hecho muchas cosas buenas a la ciudad, al final son destruidos injustamente por ella, según el discurso de estos. Pero todo es mentira; pues un protector de la ciudad nunca podría ser destruido injustamente por la misma ciudad de la que es protector. Pues corre el riesgo de ser lo mismo, tanto los que pretenden ser políticos como los que son sofistas. Pues también los sofistas, siendo sabios en otras cosas, hacen esta cosa extraña; pues, diciendo ser maestros de virtud, muchas veces acusan a sus discípulos de que les son injustos, privándoles de los honorarios y no devolviéndoles otro favor, habiendo sido bien tratados por ellos.¿ Y qué cosa podría ser más ilógica que este razonamiento, que hombres que se han vuelto buenos y justos, habiendo sido eliminada la injusticia por el maestro, y habiendo adquirido la justicia, sean injustos con aquel a quien no tienen?¿ No te parece esto extraño, compañero? Me has obligado a hablar como un demagogo, Calicles, no queriendo responder. CAL.¿ Y tú no serías capaz de hablar si nadie te respondiera? SÓC. Parece que sí; al menos ahora extiendo mucho mis discursos, ya que no quieres responderme. Pero, buen hombre, dime por el dios de la amistad,¿ no te parece ilógico que quien afirma haber hecho bueno a alguien se queje de este porque, habiéndose vuelto bueno por sí mismo y siéndolo, luego es malvado? CAL. A mí me lo parece. SÓC.¿ Entonces oyes decir tales cosas a los que afirman educar a los hombres para la virtud?
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CAL. Yo sí; pero¿ qué dirías de hombres que no valen nada? SÓC.¿ Y qué dirías de aquellos que, diciendo estar al frente de la ciudad y ocuparse de que sea lo mejor posible, la acusan a su vez, cuando se da el caso, de ser la más malvada?¿ Crees que estos se diferencian en algo de aquellos? Es lo mismo, bienaventurado, el sofista y el orador, o algo cercano y parecido, como yo decía a Polo; pero tú, por ignorancia, crees que la retórica es algo hermosísimo, mientras que desprecias lo otro. Pero, en verdad, la sofística es más hermosa que la retórica, tanto como la legislación que la justicia, y la gimnástica que la medicina; y yo pensaba que solo a los demagogos y a los sofistas no les estaba permitido quejarse de esta cosa que ellos mismos enseñan, de que es malvada hacia ellos, o con este mismo razonamiento acusarse a sí mismos de que no han beneficiado en nada a quienes dicen beneficiar.¿ No es así? CAL. Ciertamente. SÓC. Y, por supuesto, solo a estos les estaba permitido ofrecer el beneficio sin honorarios, si es que decían la verdad. Pues otro beneficio, si alguien es beneficiado, por ejemplo, volviéndose rápido gracias a un maestro de gimnasia, quizás podría privarle del favor, si el maestro de gimnasia se lo ofreciera y, no habiendo acordado con él un honorario, recibiera el dinero al mismo tiempo que le transmite la rapidez; pues no creo que los hombres sean injustos por lentitud, sino por injusticia;¿ no es así? CAL. Sí. SÓC. Entonces, si alguien elimina esto mismo, la injusticia, no hay peligro de que nunca sea tratado injustamente, sino que solo para él es seguro ofrecer este beneficio, si es que alguien pudiera realmente hacer a los hombres buenos.¿ No es así? CAL. Lo digo. SÓC. Por esto, pues, al parecer, no es vergonzoso aconsejar otros consejos recibiendo dinero, por ejemplo, sobre la construcción o sobre las otras artes. CAL. Parece que sí. SÓC. Pero, en cambio, sobre esta acción, de qué modo alguien podría ser lo mejor posible y administrar mejor su propia casa o la ciudad, se ha considerado vergonzoso no decir que se aconseja, a menos que alguien le dé dinero.¿ No es así? CAL. Sí. SÓC. Pues es evidente que la causa de esto es que este es el único de los beneficios que hace que el bien tratado desee hacer el bien a cambio, de modo que el indicio parece ser hermoso, si habiendo hecho bien este beneficio, recibirá el bien a cambio; si no, no.¿ Es esto así?
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CAL. Lo es. SÓC.¿ A cuál de las dos curas de la ciudad me exhortas, pues, defínemelo: a la de luchar con los atenienses para que sean lo mejores posible, como un médico, o a la de servirles y tratarles para complacerles? Dime la verdad, Calicles; pues eres justo, tal como empezaste a hablar con franqueza ante mí, continuar diciendo lo que piensas. Y ahora dilo bien y noblemente. CAL. Digo, pues, que a la de servirles. SÓC. Me exhortas, pues, a adular, nobilísimo amigo. CAL. Si te es más grato llamarlo misio, Sócrates; pues si no haces esto... SÓC. No digas lo que has dicho muchas veces, que me matará quien quiera, para que yo no diga a mi vez que, siendo malvado, matará a uno que es bueno; ni que me quitará si tengo algo, para que yo no diga a mi vez que, habiéndomelo quitado, no tendrá qué hacer con ello, sino que, así como me lo quitó injustamente, así también, al tomarlo, lo usará injustamente, y si injustamente, vergonzosamente, y si vergonzosamente, mal. CAL.¡ Qué poco crees, Sócrates, que te pueda pasar algo de esto, como si vivieras fuera de alcance y no pudieras ser llevado a un tribunal por un hombre muy probablemente miserable y vil! SÓC. Soy, pues, un insensato, Calicles, en verdad, si no creo que en esta ciudad cualquiera podría sufrir lo que sea. Sin embargo, esto sí lo sé bien: que si entro en un tribunal arriesgándome por alguna de estas cosas que dices, será un malvado quien me lleve— pues ningún hombre honrado llevaría a juicio a alguien que no es injusto— y no sería nada extraño que muriera.¿ Quieres que te diga por qué espero esto? CAL. Ciertamente. SÓC. Creo que, junto con pocos atenienses, por no decir solo, intento el verdadero arte político y practico los asuntos políticos solo de los actuales; y como no digo los discursos que digo cada vez para complacer, sino para lo mejor, no para lo más agradable, y no queriendo hacer lo que tú aconsejas, esas cosas elegantes, no tendré qué decir en el tribunal. Y me viene el mismo razonamiento que decía a Polo: pues seré juzgado como un médico sería juzgado ante niños, acusado por un cocinero.
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SÓC. Pues considera qué podría alegar en su defensa tal hombre, atrapado en esto, si alguien lo acusara diciendo:« Niños, este hombre os ha hecho muchos y malos males, y corrompe a los más jóvenes de vosotros cortando y quemando, y adelgazando y asfixiando, os hace estar en apuros, dándoos bebidas amarguísimas y obligándoos a tener hambre y sed, no como yo, que os agasajaba con muchas cosas dulces y de toda clase».¿ Qué crees que podría decir un médico atrapado en este mal? O si dijera la verdad:« Todo esto lo hacía yo, niños, para la salud»,¿ cuánto crees que gritarían tales jueces?¿ No mucho? CAL. Tal vez; hay que creerlo. SÓC.¿ Entonces crees que estaría en total apuro sobre qué decir? CAL. Ciertamente. SÓC. Pues tal es el trance que sé que sufriría yo si entrara en un tribunal. Pues ni tendré placeres que decirles que he procurado, los cuales estos consideran beneficios y utilidades, mientras que yo ni envidio a los que los procuran ni a aquellos para quienes se procuran; y si alguien dice que corrompo a los más jóvenes haciéndoles estar en apuros, o que calumnio a los más viejos diciendo discursos amargos, ya sea en privado o en público, no podré decir la verdad, que digo todo esto justamente y practico lo vuestro, señores jueces, ni ninguna otra cosa; así que, tal vez, sufriré lo que se dé el caso. CAL.¿ Te parece, pues, Sócrates, que está bien un hombre en la ciudad estando así dispuesto e incapaz de ayudarse a sí mismo? SÓC. Si le asistiera aquella única cosa, Calicles, que tú admitiste muchas veces: si se hubiera ayudado a sí mismo, no habiendo dicho ni hecho nada injusto ni respecto a los hombres ni respecto a los dioses. Pues esta ayuda a sí mismo se nos ha admitido muchas veces que es la más fuerte. Si, por tanto, alguien me refutara que soy incapaz de esta ayuda para mí mismo y para otro, me avergonzaría, siendo refutado ante muchos o ante pocos, y solo ante uno solo, y si muriera por esta incapacidad, me indignaría; pero si muriera por falta de retórica aduladora, sé bien que verías fácilmente que soporto la muerte. Pues morir en sí mismo nadie lo teme, a menos que sea totalmente irracional y cobarde, sino que teme el cometer injusticia; pues llegar al Hades con el alma llena de muchas injusticias es el último de todos los males. Y si quieres, estoy dispuesto a decirte un razonamiento de que esto es así. CAL. Pero puesto que has terminado las otras cosas, termina también esto.
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SÓC. Escucha, pues, un razonamiento muy hermoso, como dicen, que tú considerarás un mito, según creo, pero yo un razonamiento; pues te diré lo que voy a decir como si fuera verdad. Pues, como dice Homero, Zeus, Poseidón y Plutón se repartieron el mando, una vez que lo recibieron de su padre. Había, pues, esta ley sobre los hombres en tiempos de Crono, y siempre existe y existirá aún entre los dioses: que el hombre que ha pasado su vida justa y piadosamente, cuando muera, se vaya a las islas de los bienaventurados a vivir en toda felicidad, libre de males, pero el que ha vivido injusta e impíamente, vaya a la cárcel de la expiación y la justicia, que llaman Tártaro. De estos, los jueces en tiempos de Crono y aún recién teniendo Zeus el mando, eran vivos juzgando a vivos, juzgando el día en que iban a morir; por tanto, las sentencias se dictaban mal. Plutón, pues, y los cuidadores que venían de las islas de los bienaventurados dijeron a Zeus que llegaban a ellos hombres indignos a ambos lugares. Zeus dijo, pues:« Yo pondré fin a esto que ocurre. Pues ahora las sentencias se dictan mal. Pues los juzgados son juzgados vestidos», dijo,« pues son juzgados vivos. Muchos, pues», dijo,« teniendo almas malvadas, están vestidos con cuerpos hermosos, linajes y riquezas, y, cuando es el juicio, vienen a ellos muchos testigos que testificarán que han vivido justamente; los jueces, pues, se quedan pasmados por estos, y al mismo tiempo ellos mismos juzgan vestidos, cubiertos ante su propia alma con ojos, oídos y todo el cuerpo. Todo esto les resulta un obstáculo, tanto sus propios vestidos como los de los juzgados. Primero, pues», dijo,« hay que quitarles el conocimiento previo de la muerte; pues ahora lo saben de antemano. Esto, pues, ya se le ha dicho a Prometeo para que ponga fin a ello. Después, hay que juzgarlos desnudos de todo esto; pues deben ser juzgados muertos. Y el juez debe estar desnudo, muerto, observando con el alma misma el alma misma de cada uno, inmediatamente después de haber muerto, despojado de todos sus parientes y habiendo dejado en la tierra todo aquel adorno, para que el juicio sea justo».
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SÓC. Yo, pues, habiendo sabido esto antes que vosotros, hice jueces de mis hijos, a dos de Asia, Minos y Radamantis, y a uno de Europa, Éaco; estos, pues, cuando mueran, juzgarán en el prado, en la encrucijada de la que parten los dos caminos, uno hacia las islas de los bienaventurados, el otro hacia el Tártaro. Y a los de Asia los juzgará Radamantis, y a los de Europa Éaco; a Minos le daré el privilegio de juzgar en última instancia, si los otros dos tienen alguna duda, para que el juicio sobre el camino de los hombres sea lo más justo posible. Esto es, Calicles, lo que he oído y creo que es verdad; y de estos razonamientos calculo que sucede algo así. La muerte resulta ser, según me parece, nada más que la disolución de dos cosas, el alma y el cuerpo, separándose el uno del otro; y cuando se disuelven, cada uno de ellos conserva no mucho menos su propia condición que cuando el hombre vivía, tanto el cuerpo su propia naturaleza y los cuidados y las afecciones, todo evidente. Por ejemplo, si el cuerpo de alguien era grande por naturaleza o por crianza, o ambas cosas, cuando vivía, también cuando muere el cadáver es grande, y si era gordo, gordo también cuando muere, y lo demás igual; y si, a su vez, se cuidaba de llevar el pelo largo, también el cadáver es de pelo largo. Y si alguien era un azotado y tenía en el cuerpo huellas de los golpes, cicatrices, ya sea por azotes u otras heridas cuando vivía, también cuando muere se puede ver el cuerpo teniéndolas; o si alguien tenía miembros rotos o torcidos cuando vivía, también cuando muere estas mismas cosas son evidentes. En una palabra, tal como se había preparado el cuerpo cuando vivía, estas cosas son evidentes también cuando muere, todas o la mayoría durante cierto tiempo. Lo mismo me parece que ocurre también respecto al alma, Calicles; todo es evidente en el alma, cuando se desnuda del cuerpo, tanto lo de la naturaleza como las afecciones que el hombre tuvo en el alma por la práctica de cada cosa. Cuando, pues, llegan ante el juez, los de Asia ante Radamantis, Radamantis los detiene y observa el alma de cada uno, sin saber de quién es, sino que muchas veces, habiendo tomado al gran rey o a cualquier otro rey o poderoso, vio que no había nada sano en el alma, sino que estaba azotada y llena de cicatrices por los perjurios y la injusticia,
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SÓC. que cada acción suya había marcado en el alma, y todo torcido por la mentira y la vanidad, y nada recto por haberse criado sin verdad; y vio el alma llena de desproporción y fealdad por el poder, el lujo, la insolencia y la incontinencia de las acciones; y al verla, la envió deshonrosamente directo a la prisión, donde al llegar debe sufrir los padecimientos correspondientes. Y corresponde a todo el que está en castigo, siendo castigado correctamente por otro, o volverse mejor y beneficiarse, o servir de ejemplo a los otros, para que otros, al verle sufrir lo que sufra, temiendo, se vuelvan mejores. Son beneficiados y pagan la pena por dioses y hombres aquellos que han cometido faltas curables; sin embargo, la utilidad les llega a través de dolores y sufrimientos, tanto aquí como en el Hades; pues no es posible librarse de la injusticia de otra manera. Pero los que han cometido las injusticias extremas y por tales injusticias se han vuelto incurables, de estos se hacen los ejemplos, y estos mismos ya no se benefician en nada, al ser incurables, pero otros se benefician al ver a estos sufrir por sus faltas los padecimientos más grandes, dolorosos y temibles por todo el tiempo, simplemente ejemplos colgados allí en el Hades, en la prisión, espectáculos y advertencias para los injustos que llegan siempre. De los cuales digo que uno será Arquelao, si Polo dice la verdad, y cualquier otro que sea tal tirano; y creo que la mayoría de estos ejemplos han surgido de tiranos, reyes, poderosos y de los que han hecho los asuntos de las ciudades; pues estos, por el poder, cometen las faltas más grandes y más impías. Y Homero da testimonio de esto; pues él ha hecho a reyes y poderosos a los que en el Hades son castigados por todo el tiempo, Tántalo, Sísifo y Ticio; pero a Tersites, y si algún otro malvado era particular, nadie lo ha hecho sujeto a grandes castigos como incurable— pues creo que no le era posible; por lo cual era más feliz que aquellos a quienes les era posible—
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SÓC. Pero, en efecto, Calicles, de entre los que tienen poder también surgen hombres sumamente malvados; sin embargo, nada impide que entre ellos también surjan hombres buenos, y es ciertamente muy digno de admiración que así suceda; pues es difícil, Calicles, y digno de gran elogio, haber vivido con justicia habiendo estado en posesión de un gran poder para cometer injusticias. Pero son pocos los que llegan a ser así; puesto que tanto aquí como en otros lugares han existido, y creo que también existirán, hombres nobles y buenos en esta virtud de administrar justamente lo que a uno se le confía; uno de ellos, muy ilustre incluso ante los demás griegos, ha sido Arístides, hijo de Lisímaco; pero la mayoría de los poderosos, mi excelente amigo, se vuelven malvados. Por tanto, lo que decía: cuando aquel Radamantis toma a alguien así, no sabe nada más sobre él, ni quién es ni de quién es hijo, sino solo que es un malvado; y al observar esto, lo envía al Tártaro, tras haberlo marcado, según parezca ser curable o incurable; y el que llega allí sufre lo que le corresponde. Pero a veces, al ver a otro que ha vivido con santidad y con verdad, ya sea un ciudadano particular o cualquier otro— sobre todo, afirmo yo, Calicles, un filósofo que se ocupó de sus propios asuntos y no fue entrometido en su vida—, lo admira y lo envía a las islas de los bienaventurados. Lo mismo hace también Éaco— cada uno de ellos juzga con un báculo en la mano—, mientras que Minos está sentado supervisando, siendo el único que tiene un cetro de oro, tal como dice el Odiseo de Homero al verlo:« con su cetro de oro, impartiendo justicia a los muertos». Yo, pues, Calicles, estoy convencido por estos razonamientos y me preocupo por cómo presentarme ante el juez con el alma lo más sana posible; por tanto, dejando de lado los honores de la mayoría de los hombres, practicando la verdad, intentaré ser, en la medida de mis posibilidades, lo mejor que pueda tanto al vivir como cuando llegue el momento de morir. Y exhorto a todos los demás hombres, en la medida en que puedo, y ciertamente también a ti te exhorto a esta vida y a este combate, que yo afirmo que es superior a todos los combates de aquí, y te reprocho que no serás capaz de ayudarte a ti mismo cuando llegue para ti el juicio y la sentencia de la que hablaba hace un momento.
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SÓC. Sino que, al presentarte ante el juez, el hijo de Egina, cuando te agarre y te lleve, bostezarás y te marearás no menos que yo aquí, tú allí, y quizás alguien te golpee ignominiosamente en la mejilla y te ultraje de todas las formas posibles. Tal vez, en efecto, esto te parezca un cuento de viejas y lo desprecies, y no sería nada extraño despreciarlo si, buscándolo, pudiéramos encontrar algo mejor y más verdadero que esto; pero ahora ves que, siendo tres los que sois, los más sabios de los griegos actuales, tú, Polo y Gorgias, no podéis demostrar que deba vivirse otra vida que no sea esta, que también allí resulta ser la conveniente. Pero, entre tantos argumentos que han sido refutados, solo este razonamiento permanece inalterable: que debe evitarse cometer injusticia más que sufrirla, y que, por encima de todo, el hombre debe ejercitarse no en parecer bueno, sino en serlo, tanto en privado como en público; y si alguien se vuelve malvado en algún aspecto, debe ser castigado, y este es el segundo bien después de ser justo: el llegar a serlo y, al ser castigado, pagar la culpa; y toda adulación, tanto la dirigida a uno mismo como a los demás, ya sea hacia pocos o hacia muchos, debe evitarse; y la retórica debe usarse siempre en favor de lo justo, al igual que cualquier otra actividad. Por tanto, obedeciéndome, sígueme hacia donde, al llegar, serás feliz tanto viviendo como después de morir, tal como indica el razonamiento. Y permite que alguien te desprecie por insensato y te ultraje, si así lo desea, y, por Zeus, tú, con confianza, recibe ese golpe deshonroso; pues no sufrirás nada terrible si eres realmente un hombre noble y bueno, practicando la virtud. Y después de habernos ejercitado así en común, entonces ya, si nos parece necesario, nos dedicaremos a los asuntos políticos, o a lo que nos parezca, y entonces deliberaremos, siendo mejores para deliberar que ahora. Pues es vergonzoso que, estando como parecemos estar ahora, nos demos aires de ser algo, nosotros que nunca pensamos lo mismo sobre las mismas cosas, y eso sobre los asuntos más importantes— a tal punto de falta de educación hemos llegado—; por tanto, usemos como guía el razonamiento que acaba de aparecer, el cual nos indica que este es el mejor modo de vida: practicar la justicia y las demás virtudes tanto al vivir como al morir. Sigamos, pues, a este, y exhortemos a los demás a seguirlo, no a aquel en el que tú confías para exhortarme a mí; pues no vale nada, Calicles.

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