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Original / primary: Spanish Gemini
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Caminaba yo desde la Academia directamente hacia el Liceo, por el camino que va por fuera de la muralla, justo al pie de ella. Cuando llegué a la altura de la poterna donde está la fuente de Pánopo, allí me encontré con Hipotales, hijo de Jerónimo, con Ctesipo el peaniense y con otros jóvenes que estaban reunidos allí en grupo. Hipotales, al verme llegar, dijo: Sócrates,¿ adónde vas y de dónde vienes? Vengo de la Academia, dije yo, y voy directamente al Liceo. Ven aquí, dijo él, directamente hacia nosotros.¿ No te vas a desviar? Vale la pena.¿ Adónde, dije yo, dices, y junto a quiénes de vosotros? Aquí, dijo, mostrándome un recinto frente a la muralla y una puerta abierta. Pasamos el tiempo allí, dijo, nosotros mismos y otros muchos, y muy apuestos.
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¿ Y qué es esto, y cuál es esa ocupación? Una palestra, dijo, recién construida; y la ocupación consiste mayormente en discursos, de los cuales gustosamente te haríamos partícipe. Bien hacéis, dije yo;¿ y quién enseña allí? Un compañero tuyo, dijo, y admirador, Micco.¡ Por Zeus!, dije yo, no es un hombre despreciable, sino un sofista competente.¿ Quieres, pues, seguirme, dijo, para que veas también a los que están allí? Primero, escucharía con gusto, con la condición de que entraré, quién es el apuesto. A cada uno de nosotros nos parece uno distinto, Sócrates.¿ Y a ti quién, Hipotales? Dímelo. Y él, al ser preguntado, se sonrojó. Y yo dije: Oh Hipotales, hijo de Jerónimo, no digas esto más, tanto si amas a alguien como si no; pues sé que no solo amas, sino que ya has avanzado mucho en el amor. Yo soy, en lo demás, un hombre insignificante e inútil, pero esto me ha sido dado de algún modo por un dios: ser capaz de reconocer rápidamente a quien ama y a quien es amado. Y él, al oír esto, se sonrojó aún mucho más. Entonces Ctesipo dijo: Es gracioso, dijo, que te sonrojes, Hipotales, y que dudes en decirle el nombre a Sócrates; si este pasara contigo aunque fuera un poco de tiempo, te verías importunado por ti al oírte hablar a menudo. A nosotros, al menos, Sócrates, nos ha dejado sordos y nos ha llenado de Lisis; y si llega a beber un poco, nos resulta fácil, al despertar del sueño, creer que oímos el nombre de Lisis. Y lo que cuenta en prosa, siendo terrible, no es del todo terrible, sino cuando intenta inundarnos con nuestros poemas y escritos. Y lo que es más terrible que esto, es que también canta a su amado con una voz maravillosa, que nosotros tenemos que soportar al oírla. Y ahora, al ser preguntado por ti, se sonroja.¿ Es Lisis algún joven, dije yo, según parece? Pero conjeturo que, al oír el nombre, no lo reconocí. Pues no suelen decir mucho su nombre, dijo, sino que todavía se le nombra por su padre, debido a que el padre de él es muy conocido. Pues sé bien que te falta mucho para ignorar el aspecto del muchacho; pues es suficiente para ser reconocido incluso solo por esto. Que se diga, dije yo, de quién es hijo. Del mayor de los hijos de Demócrates, el de Exone, dijo.
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Está bien, dije yo, Hipotales, qué noble y juvenil amor has encontrado por todas partes; y anda, muéstrame lo que también muestras a estos, para que sepa si sabes lo que un amante debe decir sobre su amado, ya sea ante él o ante otros.¿ Acaso valoras algo de esto, dijo, Sócrates, de lo que este dice?¿ O es que acaso niegas estar enamorado de lo que este dice? Yo no, dijo, sino que no compongo ni escribo para el amado. No está en sus cabales, dijo Ctesipo, sino que desvaría y está loco. Y yo dije: Hipotales, no necesito en absoluto oír los metros ni la melodía si has compuesto algo para el joven, sino el pensamiento, para saber de qué manera te comportas con el amado. Este, supongo, te lo dirá, dijo; pues lo sabe con precisión y lo recuerda, si es que, como dice, ha quedado aturdido por oírme siempre.¡ Por los dioses!, dijo Ctesipo, ciertamente. Y es que es ridículo, Sócrates. Pues, siendo amante y prestando atención al muchacho de manera diferente a los demás, no tener nada propio que decir que no pudiera decir también un niño,¿ cómo no va a ser ridículo? Y lo que toda la ciudad canta sobre Demócrates y Lisis, el abuelo del muchacho, y sobre todos sus antepasados, riquezas, cría de caballos y victorias en Pito, en el Istmo y en Nemea con carros de cuatro caballos y caballos de carreras, eso es lo que hace y dice, y además de esto, cosas aún más antiguas. Pues hace poco nos recitaba en un poema el hospedaje de Heracles, cómo, por el parentesco con Heracles, su antepasado habría acogido a Heracles, habiendo nacido él mismo de Zeus y de la hija del fundador del pueblo, cosas que cantan las viejas, y muchas otras por el estilo, Sócrates; esto es lo que este, al decir y cantar, nos obliga también a nosotros a escuchar. Y yo, al oírlo, dije: Oh ridículo Hipotales,¿ antes de haber vencido compones y cantas un encomio para ti mismo? Pero no es para mí, dijo, Sócrates, ni compongo ni canto. No lo crees tú, dije yo.¿ Y cómo es entonces?, dijo. De todas todas, dije, estas canciones se dirigen a ti.
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Porque si capturas al amado siendo así, lo dicho y cantado será un adorno para ti y, en verdad, encomios como si hubieras vencido, porque conseguiste tal amado; pero si se te escapa, cuanto mayores sean los encomios que hayas dicho sobre el amado, tanto más parecerás privado de cosas bellas y buenas, y serás ridículo. Por tanto, quien es sabio en asuntos amorosos, amigo, no alaba al amado antes de capturarlo, temiendo el futuro de cómo resultará. Y, además, los apuestos, cuando alguien los alaba y los engrandece, se llenan de orgullo y soberbia;¿ o no lo crees? Yo sí, dijo.¿ No es cierto que cuanto más soberbios son, más difíciles de capturar se vuelven? Es probable.¿ Qué clase de cazador te parece entonces que es, si al cazar hace ruido y vuelve la presa más difícil de capturar? Es evidente que es un inepto. Y, ciertamente, no encantar con discursos y canciones, sino enfurecer, es una gran falta de tacto;¿ no es así? Me lo parece. Considera, pues, Hipotales, que no te hagas responsable de todo esto por tu poesía; aunque creo que no querrías confesar que eres un buen poeta si haces algo que te perjudica, siendo dañino para ti mismo.¡ Por Zeus que no!, dijo; pues sería una gran insensatez. Pero por esto precisamente, Sócrates, te consulto, y si tienes algo más, aconséjame qué discurso podría uno entablar o qué podría hacer para volverse grato a un amado. No es fácil, dije yo, decirlo; pero si quisieras hacerlo entrar en conversación conmigo, tal vez podría mostrarte lo que debes hablarle en lugar de esto que ellos dicen que tú dices y cantas. Pero no hay nada difícil, dijo. Pues si entras con Ctesipo aquí presente y te sientas a conversar, creo que él mismo se acercará a ti— pues es muy aficionado a escuchar, Sócrates, de manera excepcional, y además, como celebran las Hermeas, los jóvenes y los niños están mezclados en el mismo lugar—, así que se acercará a ti. Si no, es habitual con Ctesipo por causa de su primo Menexeno; pues resulta ser, en efecto, el compañero más cercano de Menexeno. Que este lo llame, pues, si es que no se acerca él mismo. Esto, dije yo, hay que hacer. Y al mismo tiempo, tomando a Ctesipo, me acerqué a la palestra; los otros iban detrás de nosotros. Al entrar, encontramos allí a los niños que habían sacrificado y los preparativos para las víctimas estaban casi terminados, y todos estaban jugando a los astrágalos y engalanados. La mayoría jugaba en el patio exterior, pero algunos, en un rincón del vestuario, jugaban a los astrágalos con muchos de ellos, sacándolos de unas cestitas; a estos los rodeaban otros observando.
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Entre ellos estaba Lisis, y permanecía de pie entre los niños y jóvenes, coronado y destacando por su aspecto, no solo digno de ser escuchado por ser apuesto, sino porque es bello y bueno. Nosotros, retirándonos al lado opuesto, nos sentamos— pues había silencio allí— y conversábamos algo entre nosotros. Lisis, girándose, nos observaba a menudo, y era evidente que deseaba acercarse. Durante un tiempo, pues, dudaba y vacilaba en acercarse solo, después Menexeno entra desde el patio mientras jugaba, y al verme a mí y a Ctesipo, fue a sentarse a nuestro lado; al verlo, Lisis lo siguió y se sentó junto a Menexeno. Se acercaron también los otros, y ciertamente Hipotales, cuando vio a más gente de pie, ocultándose tras ellos, se colocó donde pensó que Lisis no lo vería, temiendo que le fuera odioso; y así, de pie, escuchaba. Y yo, mirando a Menexeno, dije: Oh hijo de Demofonte,¿ cuál de vosotros es mayor? Disputamos sobre ello, dijo.¿ No es cierto que también sobre cuál de vosotros es más noble, discutiríais?, dije yo. Ciertamente, dijo. Y, ciertamente, sobre cuál de vosotros es más bello, de igual modo. Ambos se rieron. No preguntaré, dije, cuál de vosotros es más rico; pues sois amigos.¿ No es así? Ciertamente, dijeron.¿ No es cierto que se dice que las cosas de los amigos son comunes, de modo que en esto no se diferenciarán en nada, si es que dicen la verdad sobre la amistad? Estuvieron de acuerdo. Intentaba, pues, después de esto, preguntar cuál de ellos era más justo y más sabio. En esto, alguien se acercó y levantó a Menexeno, diciendo que el maestro de gimnasia lo llamaba; pues me pareció que estaba sacrificando. Aquel, pues, se fue; y yo pregunté a Lisis:¿ Acaso, dije yo, Lisis, te quieren mucho tu padre y tu madre?— Ciertamente, dijo.—¿ No es cierto que desearían que fueras lo más feliz posible?—¡ Cómo no!—¿ Y te parece que es feliz un hombre que es esclavo y al que no le está permitido hacer nada de lo que desea?—¡ Por Zeus que no!, dijo.—¿ No es cierto que si te quieren tu padre y tu madre y desean que seas feliz, es evidente por todos los medios que se esfuerzan para que seas feliz?—¡ Cómo no!, dijo.—¿ Te dejan, pues, hacer lo que quieres, y no te reprenden ni te impiden hacer nada de lo que desees?—¡ Sí, por Zeus!, a mí, Sócrates, y me impiden muchas cosas.
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¿ Qué dices?, dije yo.¿ Deseando que seas dichoso te impiden hacer esto que quieres? Dime esto. Si desearas subirte a uno de los carros de tu padre tomando las riendas, cuando compite,¿ no te dejarían, sino que te impedirían?—¡ Por Zeus que no!, dijo, me dejarían.—¿ Sino quién entonces?— Hay un auriga que recibe un salario del padre.—¿ Qué dices?¿ Confían más en un asalariado que en ti para hacer lo que quiera con los caballos, y además le pagan dinero por esto mismo?—¡ Cómo no!, dijo.—¿ Pero acaso te permiten dirigir la yunta de mulas, creo, y si quisieras tomar el látigo y golpear, te dejarían?—¿ Cómo iban a dejarme?, dijo.—¿ Qué más?¿ Acaso no le está permitido a nadie golpearlas?— Ciertamente, dijo, al mulero.—¿ Siendo esclavo o libre?— Esclavo, dijo.—¿ Y consideran a un esclavo, al parecer, más que a ti, el hijo, y confían más en él que en ti sus cosas, y le dejan hacer lo que quiera, mientras que a ti te impiden? Y dime aún esto.¿ Te dejan a ti mismo gobernarte, o ni siquiera esto te permiten?—¿ Cómo iban a permitírmelo?, dijo.—¿ Sino que alguien te gobierna?— Este, el pedagogo, dijo.—¿ Acaso siendo esclavo?—¡ Cómo no! El nuestro, dijo.— Es terrible, dije yo, siendo libre, ser gobernado por un esclavo.¿ Y qué hace, a su vez, este pedagogo tuyo al gobernarte?— Llevándome, supongo, a casa del maestro.—¿ Acaso no te gobiernan también ellos, los maestros?— Ciertamente, supongo.— Te impone, pues, el padre voluntariamente muchísimos amos y gobernantes. Pero,¿ acaso cuando llegas a casa junto a tu madre, ella te deja hacer lo que quieras, para que seas dichoso para ella, ya sea con la lana o con el telar, cuando teje? Pues no creo que te impida tocar la lanzadera, el peine o cualquier otro de los instrumentos de hilado. Y él, riendo, dijo:¡ Por Zeus, Sócrates, no solo me impide, sino que sería golpeado si los tocara!—¡ Heracles!, dije yo,¿ acaso has ofendido en algo a tu padre o a tu madre?—¡ Por Zeus que no!, dijo.
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Entonces,¿ a cambio de qué te impiden tan terriblemente ser feliz y hacer lo que quieras, y durante todo el día te alimentan siempre sirviendo a alguien y, en una palabra, no haciendo casi nada de lo que deseas? De modo que, al parecer, no te sirve de nada que tengan tantas riquezas, sino que todos gobiernan sus cosas más que tú, ni que tu cuerpo sea tan noble, sino que también esto lo cuida y atiende otro; y tú no gobiernas nada, Lisis, ni haces nada de lo que deseas.— Es que todavía no tengo la edad, Sócrates.— No sea que esto, hijo de Demócrates, te impida, puesto que al menos esto, según creo, te lo permiten tu padre y tu madre y no esperan a que tengas la edad. Pues cuando quieren que se les lea o escriba algo, a ti, según creo, te ponen primero de los de la casa para esto.¿ No es así?— Ciertamente, dijo.—¿ No es cierto que te está permitido allí escribir lo que quieras primero de las letras y lo que quieras después; y leer te está permitido de igual modo. Y cuando, según creo, tomas la lira, no te impiden ni tu padre ni tu madre tensar y aflojar la cuerda que quieras, y pulsar y golpear con el plectro.¿ O te impiden?— No, ciertamente.—¿ Cuál podría ser entonces, Lisis, la causa de que allí no te impidan, pero en lo que decíamos hace poco sí te impiden?— Porque creo, dijo, que esto lo sé, pero aquello no.— Está bien, dije yo, excelente; no espera, pues, tu padre a tu edad para permitirte todo, sino que el día que crea que piensas mejor que él, ese día te confiará a ti mismo y sus cosas.— Eso creo yo, dijo.— Está bien, dije yo;¿ qué más?¿ Acaso con el vecino no es el mismo criterio que con el padre respecto a ti?¿ Crees que te permitirá administrar su casa cuando crea que piensas mejor sobre la administración que él mismo, o se encargará él mismo?— Creo que me lo permitirá.—¿ Qué más?¿ Crees que los atenienses no te permitirán sus cosas cuando se den cuenta de que piensas suficientemente bien?— Yo sí.—¡ Por Zeus!, dije yo,¿ qué pasa entonces con el gran rey?¿ Acaso confiaría más a su hijo mayor, de quien es el imperio de Asia, echar lo que quiera en el caldo cuando se cuece la carne, o a nosotros, si al llegar ante él le demostráramos que pensamos mejor que su hijo sobre la preparación de un guiso?— A nosotros, es evidente, dijo.— Y al uno ni siquiera le dejaría echar un poco; pero a nosotros, incluso si quisiéramos, tomando la sal, nos dejaría echarla.—¿ Cómo no iba a hacerlo?—
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¿ Y qué si su hijo tuviera los ojos enfermos, acaso le dejaría tocar sus propios ojos, no considerándolo médico, o se lo impediría?— Se lo impediría.— Pero a nosotros, si supusiera que somos médicos, incluso si quisiéramos, abriendo los ojos, echar ceniza, creo que no nos lo impediría, creyendo que pensamos correctamente.— Dices la verdad.—¿ Acaso no nos permitiría también todo lo demás más que a sí mismo y a su hijo, sobre todas aquellas cosas en las que le pareciéramos más sabios que ellos?— Es necesario, dijo, Sócrates. Así es, pues, dije yo, amigo Lisis; en aquellas cosas en las que lleguemos a ser sensatos, todos nos confiarán, griegos y bárbaros, hombres y mujeres, y haremos en ellas lo que queramos, y nadie nos impedirá voluntariamente, sino que nosotros mismos seremos libres en ellas y gobernantes de otros, y estas cosas serán nuestras— pues nos aprovecharemos de ellas—; pero en aquellas en las que no adquiramos juicio, nadie nos permitirá hacer en ellas lo que nos parezca, sino que todos nos impedirán en la medida en que puedan, no solo los extraños, sino también el padre y la madre y cualquier cosa que sea más cercana a esto, y nosotros mismos estaremos en ellas sujetos a otros, y nos serán ajenas; pues no nos aprovecharemos de nada de ellas.¿ Concedes que es así?— Lo concedo.—¿ Acaso, pues, seremos amigos de alguien y alguien nos querrá en aquellas cosas en las que seamos inútiles?— No, ciertamente, dijo.— Entonces, ahora, ni tu padre te quiere a ti, ni nadie a otro, en la medida en que sea inútil.— No lo parece, dijo.— Si llegas a ser sabio, pues, hijo, todos serán tus amigos y todos tus allegados— pues serás útil y bueno—; pero si no, no tendrás a nadie más, ni tu padre será tu amigo, ni tu madre, ni tus allegados.¿ Es posible, pues, Lisis, en estas cosas, en las que uno todavía no piensa, creerse gran cosa?—¿ Y cómo podría ser?, dijo.— Y si, en efecto, necesitas un maestro, todavía no piensas.— Verdad.— Entonces tampoco eres magnánimo, si es que todavía eres insensato.—¡ Por Zeus!, dijo, Sócrates, no me lo parece. Y yo, al oírlo, miré a Hipotales, y por poco cometo un error; pues me vino a la mente decir que así es como hay que hablar a los amados, humillándolos y recogiéndolos, y no como tú, hinchándolos y mimándolos.
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Al ver, pues, que estaba angustiado y turbado por lo dicho, recordé que, incluso estando de pie, quería pasar desapercibido para Lisis; me contuve, pues, y dejé el discurso. Y en esto, Menexeno volvió y se sentó junto a Lisis, de donde se había levantado. Lisis, pues, de manera muy infantil y amistosa, a escondidas de Menexeno, hablándome un poco, dijo: Sócrates, lo que me dices a mí, díselo también a Menexeno. Y yo dije: Esto se lo dirás tú mismo, Lisis; pues, en todo caso, prestabas atención. Ciertamente, dijo. Intenta, pues, dije yo, recordarlo lo mejor posible, para que le digas todo claramente a este; y si olvidas algo de ello, pregúntame de nuevo cuando te encuentres conmigo por primera vez. Lo haré, dijo, esto, Sócrates, con mucho gusto, tenlo por seguro. Pero dile algo más, para que yo también lo oiga, hasta que sea hora de irse a casa. Hay que hacer esto, dije yo, puesto que tú también lo ordenas. Pero mira cómo me ayudarás, si Menexeno intenta refutarme;¿ o no sabes que es erístico? Sí, por Zeus, dijo, mucho; por esto precisamente quiero que hables con él.¿ Para que, dije yo, sea ridículo?¡ Por Zeus que no!, dijo, sino para que lo castigues.¿ Cómo?, dije yo. No es fácil; pues el hombre es terrible, discípulo de Ctesipo. Y ahí está presente,¿ no lo ves?, Ctesipo. No te preocupes por nada, dijo, Sócrates, sino ve y habla con él. Hay que hablar, dije yo. Mientras decíamos esto entre nosotros,¿ qué hacéis?, dijo Ctesipo,¿ banqueteáis vosotros dos solos, y no nos hacéis partícipes de los discursos? Pero ciertamente, dije yo, hay que hacerlos partícipes. Pues este no entiende algo de lo que digo, sino que dice creer que Menexeno lo sabe, y ordena que pregunte a este.¿ Por qué, pues, dijo, no preguntas? Preguntaré, dije yo. Y dime, Menexeno, lo que te pregunte. Pues resulta que desde niño deseo una posesión, como otro desea otra. Pues uno desea poseer caballos, otro perros, otro oro, otro honores; yo, en cambio, respecto a esto soy tranquilo, pero respecto a la posesión de amigos soy muy amoroso, y desearía que me llegara a ser un amigo bueno más que la mejor codorniz o gallo entre los hombres, y,¡ por Zeus!, preferiría poseer un compañero mucho antes que un caballo y un perro— y creo, por el perro, que preferiría poseer un compañero mucho antes que el oro de Darío, y más aún que al mismo Darío—; así de amante de los compañeros soy.
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Al veros, pues, a vosotros, a ti y a Lisis, estoy atónito y os felicito porque, siendo tan jóvenes, sois capaces de poseer esta posesión rápida y fácilmente, y tú te has hecho con este como amigo tan rápida y profundamente, y a su vez este contigo; yo, en cambio, estoy tan lejos de esta posesión que ni siquiera sé de qué manera un hombre llega a ser amigo de otro, sino que esto mismo quiero preguntarte a ti, como experto. Y dime: cuando alguien quiere a alguien,¿ cuál de los dos llega a ser amigo del otro, el que quiere del querido o el querido del que quiere; o no hay diferencia? Ninguna, dijo, me parece que hay diferencia.¿ Qué dices?, dije yo;¿ ambos llegan a ser amigos el uno del otro, si solo uno de los dos quiere al otro? Me parece, dijo, que sí.¿ Qué más?¿ No es posible querer sin ser correspondido por aquel a quien se quiere? Es posible.¿ Qué más?¿ Acaso es posible también ser odiado al querer? Como, supongo, a veces parece que les sucede a los amantes con los amados; pues, queriendo tanto como es posible, unos creen no ser correspondidos, y otros incluso ser odiados.¿ O no te parece verdad esto? Muy verdad, dijo.¿ No es cierto que en tal caso, dije yo, el uno quiere y el otro es querido? Sí.¿ Cuál de ellos, pues, es amigo del otro?¿ El que quiere del querido, tanto si es correspondido como si es odiado, o el querido del que quiere?¿ O ninguno de los dos en tal caso es amigo del otro, si no se quieren ambos mutuamente? Parece, al menos, que es así. De otro modo, pues, nos parece ahora que lo que nos pareció antes. Entonces, pues, si uno quisiera, ambos serían amigos; ahora, en cambio, si no se quieren ambos, ninguno es amigo. Es probable, dijo. Entonces no hay nada que sea amigo para el que quiere si no es correspondido. No lo parece. Entonces tampoco son amigos de los caballos aquellos a quienes los caballos no corresponden, ni amigos de las codornices, ni, a su vez, amigos de los perros, ni amigos del vino, ni amigos de la gimnasia, ni amigos de la sabiduría, si la sabiduría no los quiere a ellos.¿ O es que cada uno quiere estas cosas, pero no siendo amigas, sino que miente el poeta, que dijo: Dichoso aquel a quien sus hijos son amigos y sus caballos de cascos sólidos y sus perros cazadores y su huésped extranjero? No me parece, dijo.¿ Sino que te parece que dice la verdad? Sí.
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Lo querido, pues, es amigo para el que quiere, al parecer, Menexeno, tanto si quiere como si odia; como los niños recién nacidos, unos que todavía no quieren, y otros que incluso odian, cuando son castigados por la madre o por el padre, aun odiando en ese tiempo, son lo más querido para los padres. Me parece, dijo, que es así. Entonces, el que quiere no es amigo por este discurso, sino el querido. Lo parece. Y el odiado es, pues, enemigo, pero no el que odia. Parece. Muchos, pues, son queridos por sus enemigos, y odiados por sus amigos, y son amigos para sus enemigos, y enemigos para sus amigos, si lo querido es amigo y no el que quiere. Aunque es una gran insensatez, amigo compañero, o más bien creo que incluso imposible, ser enemigo para el amigo y amigo para el enemigo. Dices verdad, dijo, al parecer, Sócrates.¿ No es cierto que si esto es imposible, el que quiere sería amigo del querido? Parece. Entonces, el que odia sería, a su vez, enemigo del odiado. Es necesario.¿ No es cierto que nos sucederá lo mismo, siendo necesario confesar, que en los casos anteriores, que muchas veces es amigo lo que no es amigo, y muchas veces también de un enemigo, cuando uno quiere a quien no quiere o incluso a quien odia; y muchas veces ser enemigo de quien no es enemigo o incluso de un amigo, cuando uno odia a quien no odia o incluso a quien quiere? Es probable, dijo.¿ Qué haremos, pues, dije yo, si ni los que quieren serán amigos, ni los queridos, ni los que quieren y son queridos?¿ Sino que, además de esto, diremos que hay otros que llegan a ser amigos entre sí?¡ Por Zeus que no!, dijo, Sócrates, no tengo muchos recursos.¿ Acaso, dije yo, Menexeno, no buscábamos correctamente desde el principio? No me parece, Sócrates, dijo Lisis, y al decirlo se sonrojó; pues me pareció que involuntariamente se le escapó lo dicho debido a que prestaba mucha atención a lo que se decía, y era evidente también cuando escuchaba que estaba así. Yo, pues, queriendo dar descanso a Menexeno y complacido por su filosofía, cambiando así hacia Lisis, dirigí los discursos y dije: Lisis, me parece que dices verdad en que, si buscáramos correctamente, nunca nos extraviaríamos así.
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Pero no sigamos ya por este camino— pues me parece una investigación difícil, como un camino—, sino que por donde nos desviamos, me parece que debemos ir, observando lo que dicen los poetas; pues estos son para nosotros como padres de la sabiduría y guías. Dicen, supongo, no despreciablemente al manifestarse sobre los amigos, quienes resultan serlo; sino que dicen que el dios mismo los hace amigos, llevándolos el uno al otro. Dicen, pues, de algún modo estas cosas, según creo, así: Siempre el dios lleva al semejante hacia el semejante y lo hace conocido;¿ o no te has encontrado con estos versos? Yo sí, dijo.¿ No es cierto que también te has encontrado con los escritos de los más sabios que dicen esto mismo, que el semejante es necesariamente siempre amigo del semejante? Y estos son, supongo, los que conversan y escriben sobre la naturaleza y el todo. Dices verdad, dijo.¿ Acaso, pues, dije yo, dicen bien? Tal vez, dijo. Tal vez, dije yo, la mitad de ello, tal vez incluso todo, pero nosotros no lo entendemos. Pues nos parece que el malvado, cuanto más se acerca al malvado y más se trata con él, tanto más enemigo se vuelve. Pues comete injusticia; y es imposible, supongo, que los que cometen injusticia y los que la sufren sean amigos.¿ No es así? Sí, dijo. Por este camino, pues, la mitad de lo dicho no sería verdad, si es que los malvados son semejantes entre sí. Dices verdad. Pero me parece que dicen que los buenos son semejantes entre sí y amigos, y los malos, lo que también se dice sobre ellos, nunca son semejantes ni siquiera a sí mismos, sino que son impulsivos e inestables; y lo que es desemejante y diferente a sí mismo, difícilmente llegaría a ser semejante o amigo de otro.¿ O no te parece a ti también así? A mí sí, dijo. Esto, pues, insinúan, según me parece, compañero, los que dicen que el semejante es amigo del semejante, que el bueno es amigo del bueno solo para el bueno, y el malo nunca llega a una verdadera amistad ni con el bueno ni con el malo.¿ Estás de acuerdo? Asintió. Tenemos, pues, ya quiénes son los amigos; pues el discurso nos indica que son los que son buenos. Ciertamente, dijo, me parece. Y a mí, dije yo. Aunque me molesta algo en ello; vamos, pues, por Zeus, veamos qué es lo que sospecho.¿ El semejante es amigo del semejante en la medida en que es semejante, y es útil tal persona para tal persona? O más bien así:¿ qué utilidad o qué daño podría causar cualquier semejante a cualquier otro semejante, que no pudiera causarse también a sí mismo?
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¿ O qué podría sufrir que no sufriera también por sí mismo?¿ Cómo, pues, podrían ser amados tales seres por otros, si no tienen ninguna ayuda que ofrecerse mutuamente?¿ Es posible?— No es posible.—¿ Y lo que no es amado, cómo puede ser amigo?— De ninguna manera.—¿ Pero acaso el semejante no es amigo del semejante?¿ O el bueno, en tanto que bueno, no sería amigo del bueno, no en tanto que semejante?— Tal vez.—¿ Y qué?¿ Acaso el bueno, en tanto que bueno, no sería autosuficiente en esa misma medida?— Sí.— Y el autosuficiente, ciertamente, no necesita nada en virtud de su autosuficiencia.—¿ Cómo no?— Y el que no necesita nada, tampoco amaría nada.— Ciertamente no.— Y lo que no se ama, tampoco se querría.— En absoluto.— Y el que no quiere, no es amigo.— No lo parece.—¿ Cómo, pues, los buenos serán amigos de los buenos para nosotros desde el principio, si ni siquiera se extrañan cuando están ausentes— pues son autosuficientes incluso estando separados— ni tienen necesidad el uno del otro cuando están presentes?¿ Qué mecanismo hay para que tales personas se estimen mucho mutuamente?— Ninguno, dijo.— Y ciertamente no serían amigos si no se estimaran mucho.— Es verdad. Observa, pues, Lisis, dónde nos estamos engañando.¿ Acaso nos estamos dejando seducir por algo en su totalidad?—¿ Cómo es eso?, dijo.— He oído decir a alguien alguna vez, y ahora mismo lo recuerdo, que lo semejante es lo más enemigo de lo semejante y los buenos de los buenos; e incluso citaba a Hesíodo como testigo, diciendo que:« el alfarero se irrita contra el alfarero, el aedo contra el aedo y el mendigo contra el mendigo», y decía que todas las demás cosas son necesariamente así, que las más semejantes están llenas de envidia, rivalidad y odio entre sí, mientras que las más desemejantes están llenas de amistad; pues el pobre se ve obligado a ser amigo del rico y el débil del fuerte por causa de la ayuda, y el enfermo del médico, y todo el que no sabe debe amar y querer al que sabe. E incluso proseguía el argumento de forma más grandilocuente, diciendo que el semejante no tiene por qué ser amigo del semejante, sino que lo contrario es lo verdadero: que lo más opuesto es lo más amigo de lo más opuesto. Pues cada cosa desea lo tal, pero no lo semejante; lo seco desea lo húmedo, lo frío lo caliente, lo amargo lo dulce, lo agudo lo obtuso, lo vacío lo lleno, y lo lleno lo vacío, y las demás cosas de la misma manera según el mismo razonamiento.
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Pues el contrario es alimento para el contrario; ya que lo semejante no obtendría ningún provecho de lo semejante. Y, sin embargo, compañero, parecía ser elegante al decir esto; pues hablaba bien.¿ Y a vosotros, dije yo, qué os parece que dice?— Bien, dijo Menexeno, al menos tal como se escucha.—¿ Afirmaremos, pues, que lo contrario es lo más amigo de lo contrario?— Ciertamente.— Sea, dije yo;¿ no es extraño, Menexeno? Y enseguida se nos echarán encima estos hombres sapientísimos, los erísticos, y preguntarán si el odio no es lo más opuesto a la amistad.¿ Qué les responderemos?¿ O no es necesario admitir que dicen la verdad?— Es necesario.—¿ Acaso dirán, el enemigo es amigo del amigo o el amigo del enemigo?— Ninguna de las dos cosas, dijo.—¿ Sino lo justo del injusto, o lo sensato del desenfrenado, o lo bueno del malo?— No me parece que sea así.— Pero, sin embargo, dije yo, si es que en virtud de la contrariedad algo es amigo de algo, es necesario que también estas cosas sean amigas.— Es necesario.— Entonces, ni lo semejante es amigo de lo semejante ni lo contrario de lo contrario.— No lo parece. Pero examinemos también esto, no sea que nos pase inadvertido aún más que lo que es amigo en verdad no es nada de esto, sino que lo que no es ni bueno ni malo se vuelve amigo de lo bueno en algún momento.—¿ Cómo dices?, dijo él.— Por Zeus, dije yo, no lo sé, sino que en verdad yo mismo me mareo por la dificultad del argumento, y corre el riesgo de ser, según el antiguo proverbio, que lo bello es amigo. Al menos parece algo blando, liso y aceitoso; por eso quizás se desliza fácilmente y se nos escapa, al ser de tal naturaleza. Pues digo que lo bueno es bello;¿ tú no lo crees?— Yo sí.— Digo, pues, adivinando, que lo que no es ni bueno ni malo es amigo de lo bello y bueno; pero escucha aquello sobre lo que adivino al hablar. Me parece que hay como tres géneros: lo bueno, lo malo y lo que no es ni bueno ni malo;¿ qué te parece a ti?— A mí también, dijo.— Y que ni lo bueno es amigo de lo bueno, ni lo malo de lo malo, ni lo bueno de lo malo, como tampoco lo permite el argumento anterior; queda, pues, si es que algo es amigo de algo, que lo que no es ni bueno ni malo es amigo de lo bueno o de algo tal como él mismo es. Pues no podría ser amigo de lo malo.— Es verdad.— Tampoco dijimos hace poco que lo semejante es amigo de lo semejante;¿ o sí?— Sí.— Entonces, lo que no es ni bueno ni malo no será amigo de algo tal como él mismo.— No lo parece.
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Por tanto, solo al bueno le sucede que lo que no es ni bueno ni malo se vuelve amigo.— Es necesario, al parecer.—¿ Acaso, dije yo, oh muchachos, nos guía bien lo que se dice ahora? Si quisiéramos considerar el cuerpo sano, no necesita de la medicina ni de ayuda; pues está bien, de modo que nadie que esté sano es amigo del médico debido a la salud.¿ O sí?— Nadie.— Sino el que está enfermo, creo, debido a la enfermedad.—¿ Cómo no?— La enfermedad es un mal, y la medicina es útil y buena.— Sí.— Y el cuerpo, en cuanto a ser cuerpo, no es ni bueno ni malo.— Así es.— Pero el cuerpo se ve obligado, debido a la enfermedad, a acoger y querer la medicina.— Me parece.— Entonces, lo que no es ni malo ni bueno se vuelve amigo de lo bueno debido a la presencia del mal.— Lo parece.— Y es evidente que antes de que se vuelva malo por el mal que tiene. Pues, una vez convertido en malo, ya no desearía ni sería amigo de lo bueno; ya que dijimos que es imposible que lo malo sea amigo de lo bueno.— Pues es imposible.— Considerad, pues, lo que digo. Digo que algunas cosas, según sea lo presente, son tales ellas mismas, y otras no. Como si alguien quisiera teñir cualquier cosa con un color, la cosa teñida tiene presente lo que se le ha aplicado.— Ciertamente.—¿ Acaso entonces el objeto teñido es de tal color como el que tiene encima?— No entiendo, dijo.— Sino así, dije yo. Si alguien tiñera tus cabellos, siendo rubios, con albayalde,¿ serían entonces blancos o lo parecerían?— Lo parecerían, dijo.— Y, sin embargo, la blancura estaría presente en ellos.— Sí.— Pero, no obstante, no serían por ello más blancos, sino que, estando presente la blancura, no son ni blancos ni negros.— Es verdad.— Pero cuando, amigo, la vejez les aplique ese mismo color, entonces se vuelven tal como lo presente, blancos por la presencia de lo blanco.—¿ Cómo no?— Esto es, pues, lo que pregunto ahora, si aquello a lo que algo está presente será tal como lo presente; o si, en caso de que esté presente de cierta manera, lo será, y si no, no.— Así más bien, dijo.— Entonces, lo que no es ni malo ni bueno, a veces, estando presente el mal, aún no es malo, y hay veces en que ya se ha vuelto tal.— Ciertamente.— Por tanto, cuando aún no es malo estando presente el mal, esta presencia lo hace desear lo bueno; pero la que lo hace malo lo priva a la vez del deseo y de la amistad de lo bueno.
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Pues ya no es ni malo ni bueno, sino malo; y lo malo no era amigo de lo bueno.— Ciertamente no.— Por esto diríamos que los que ya son sabios ya no filosofan, sean dioses o hombres; ni tampoco filosofan aquellos que tienen tal ignorancia que son malos; pues nadie que sea malo e ignorante filosofa. Quedan, pues, los que tienen este mal, la ignorancia, pero aún no son insensatos ni ignorantes por él, sino que todavía creen no saber lo que no saben. Por eso filosofan los que aún no son ni buenos ni malos, pero los que son malos no filosofan, ni tampoco los buenos; pues ni lo contrario de lo contrario ni lo semejante de lo semejante nos pareció amigo en los argumentos anteriores.¿ O no os acordáis?— Ciertamente, dijeron ambos.— Ahora, pues, dije yo, Lisis y Menexeno, hemos descubierto más que nada qué es lo amigo y qué no. Pues afirmamos que, tanto en el alma como en el cuerpo y en todas partes, lo que no es ni malo ni bueno es amigo de lo bueno debido a la presencia del mal.— Completamente, dijeron, y estuvieron de acuerdo en que así es. Y yo mismo me alegraba mucho, como un cazador, teniendo lo que cazaba de forma satisfactoria. Y luego, no sé de dónde, me sobrevino una sospecha extrañísima de que lo que habíamos acordado no era verdadero, y enseguida, molesto, dije:¡ Vaya, Lisis y Menexeno, corremos el riesgo de haber enriquecido en sueños!¿ Por qué especialmente?, dijo Menexeno. Temo, dije yo, que hayamos tropezado con algunos argumentos falsos sobre el amigo, como hombres fanfarrones.¿ Cómo es eso?, dijo. Así, dije yo, consideremos: el que es amigo,¿ es amigo de alguien o no?— Es necesario, dijo.—¿ Acaso por causa de nada y por nada, o por causa de algo y por algo?— Por causa de algo y por algo.—¿ Acaso porque esa cosa, por cuya causa el amigo es amigo del amigo, es amiga, o no es ni amiga ni enemiga?— No sigo del todo, dijo.— Con razón, dije yo; pero quizás seguirás así, y creo que yo también entenderé mejor lo que digo. El enfermo, dijimos hace poco, es amigo del médico;¿ no es así?— Sí.—¿ Acaso no es amigo del médico por causa de la enfermedad y en vista de la salud?— Sí.— Y la enfermedad es un mal;¿ cómo no?—¿ Y qué es la salud?, dije yo;¿ un bien, un mal o ninguna de las dos cosas?
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Un bien, dijo.— Decíamos, pues, al parecer, que el cuerpo, al no ser ni bueno ni malo, es amigo de la medicina debido a la enfermedad, y esta debido al mal, siendo la medicina un bien; y la medicina ha sido asumida por causa de la salud, y la salud es un bien.¿ O sí?— Sí.—¿ Y la salud es amiga o no es amiga?— Amiga.—¿ Y la enfermedad es enemiga?— Ciertamente.— Entonces, lo que no es ni malo ni bueno es amigo de lo bueno debido al mal y a lo enemigo, por causa de lo bueno y amigo.— Lo parece.— Por tanto, lo amigo es amigo de lo amigo debido a lo enemigo.— Lo parece. Sea, dije yo. Puesto que hemos llegado aquí, muchachos, prestemos atención para no ser engañados. Pues que lo amigo se ha vuelto amigo de lo amigo, lo dejo pasar, y que lo semejante se vuelve amigo de lo semejante, lo cual dijimos que es imposible; pero consideremos esto, no sea que lo que se dice ahora nos engañe. La medicina, decimos, es amiga por causa de la salud.— Sí.—¿ Acaso la salud no es también amiga?— Ciertamente.— Si es amiga, lo es por causa de algo.— Sí.— Por causa de algo amigo, ciertamente, si es que ha de seguirse el acuerdo anterior.— Ciertamente.—¿ Acaso aquello no será también amigo por causa de un amigo?— Sí.—¿ Acaso no es necesario que desistamos al ir así o que lleguemos a algún principio, que ya no remita a otro amigo, sino que llegue a aquello que es el primer amigo, por cuya causa decimos que todas las demás cosas son amigas?— Es necesario.— Esto es, pues, lo que digo, no sea que todas las demás cosas que dijimos que son amigas por causa de aquello, como si fueran ciertos reflejos suyos, nos engañen, y que aquello sea lo primero, que es lo que en verdad es amigo. Pues consideremos así: cuando alguien estima mucho algo, como a veces un padre prefiere a su hijo por encima de todas las demás posesiones,¿ acaso tal persona, por causa de considerar al hijo por encima de todo, estimaría también otra cosa? Por ejemplo, si se enterara de que ha bebido cicuta,¿ acaso estimaría mucho el vino, si creyera que esto salvará al hijo?—¿ Cómo no?, dijo.—¿ Acaso también el recipiente en el que estuviera el vino?— Ciertamente.—¿ Acaso entonces no estima nada más, una copa de barro o a su propio hijo, ni tres cotilas de vino o al hijo?
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O es así: todo ese afán no está puesto en estas cosas, en las que se preparan por causa de algo, sino en aquello por cuya causa se preparan todas esas cosas. No es que a menudo digamos que estimamos mucho el oro y la plata; sino que tal vez no sea así en verdad, sino que aquello es lo que estimamos por encima de todo, lo que resulte ser, por cuya causa se preparan tanto el oro como todas las cosas que se preparan.¿ Diremos que es así?— Ciertamente.—¿ Acaso no ocurre lo mismo con el amigo? Pues cuantas cosas decimos que son amigas para nosotros por causa de algún otro amigo, parece que lo decimos de palabra; pero lo que en verdad es amigo corre el riesgo de ser aquello mismo en lo que terminan todas estas llamadas amistades.— Corre el riesgo de ser así, dijo.—¿ Acaso lo que es en verdad amigo no es amigo por causa de algún amigo?— Es verdad. Esto, pues, ya ha sido descartado, que lo amigo sea amigo por causa de algún amigo; pero,¿ acaso lo bueno es amigo?— A mí me lo parece.—¿ Acaso lo bueno es amado debido al mal, y es así: si de tres cosas que decíamos hace poco, lo bueno, lo malo y lo que no es ni bueno ni malo, quedaran dos, y lo malo se fuera y no tocara nada, ni cuerpo ni alma ni las otras cosas que decimos que en sí mismas no son ni malas ni buenas,¿ acaso entonces lo bueno no nos sería útil, sino que se habría vuelto inútil? Pues si nada nos dañara ya, no necesitaríamos de ninguna ayuda, y así entonces se volvería evidente que amábamos y queríamos lo bueno debido al mal, siendo lo bueno un remedio para el mal, y el mal una enfermedad; y no existiendo la enfermedad, no hay necesidad de remedio.¿ Acaso lo bueno es por naturaleza así y es amado por nosotros, los que estamos entre el mal y lo bueno, debido al mal, y por sí mismo no tiene ninguna necesidad?— Lo parece, dijo, que es así.— Entonces, aquello que es amigo para nosotros, en lo que terminaban todas las demás cosas— pues decíamos que aquellas eran amigas por causa de otro amigo— no se parece en nada a estas. Pues estas han sido llamadas amigas por causa de un amigo, pero lo que es en verdad amigo parece ser por naturaleza todo lo contrario a esto; pues nos apareció como amigo debido a lo enemigo, y si lo enemigo se fuera, ya no es, al parecer, amigo para nosotros.— No me parece, dijo, tal como se dice ahora.
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¿ Acaso, dije yo, por Zeus, si el mal desaparece, ya no habrá hambre ni sed ni ninguna otra cosa de tal tipo?¿ O habrá hambre, si es que existen los hombres y los demás animales, pero no dañina?¿ Y sed, y los demás deseos, pero no malos, al haber desaparecido el mal?¿ O es ridículo el interrogante, sobre qué será entonces o qué no será? Pues,¿ quién lo sabe? Pero, al menos, esto sí sabemos, que incluso ahora es posible ser dañado teniendo hambre, y es posible también ser ayudado.¿ O sí?— Ciertamente.—¿ Acaso no es posible también, teniendo sed y deseando todas las demás cosas de tal tipo, desear a veces de forma útil, a veces de forma dañina, y a veces de ninguna de las dos?— Muchísimo.—¿ Acaso si desaparecen los males, los que no resultan ser males, qué tiene que ver que desaparezcan junto con los males?— Nada.— Habrá, pues, deseos que no son ni buenos ni malos incluso si desaparecen los males.— Lo parece.—¿ Es posible, pues, deseando y amando aquello que se desea y se ama, no ser amigo?— A mí no me lo parece.— Habrá, pues, incluso desapareciendo los males, al parecer, algunas cosas amigas.— Sí.— No habría, si es que el mal fuera la causa de que algo sea amigo, no habría, al desaparecer este, otra cosa amiga de otra. Pues al desaparecer la causa, es imposible que siga existiendo aquello de lo que esta era la causa.— Dices correctamente.—¿ Acaso no hemos acordado que lo amigo ama algo y por algo; y pensamos entonces que lo que no es ni bueno ni malo ama lo bueno debido al mal?— Es verdad.— Pero ahora, al parecer, aparece alguna otra causa de amar y ser amado.— Lo parece.—¿ Acaso en verdad, como decíamos hace poco, el deseo es la causa de la amistad, y lo que desea es amigo de aquello que desea y cuando lo desea, y lo que decíamos antes que es amigo era una tontería, como un poema largo compuesto?— Corre el riesgo, dijo.— Pero, sin embargo, dije yo, lo que desea, de lo que sea que esté necesitado, de eso desea.¿ O sí?— Sí.—¿ Y lo que está necesitado es amigo de aquello de lo que está necesitado?— Me parece.—¿ Y se vuelve necesitado de lo que se le quita?—¿ Cómo no?— De lo propio, pues, al parecer, resulta ser el amor, la amistad y el deseo, según parece, Menexeno y Lisis.— Asintieron.— Vosotros, pues, si sois amigos el uno del otro, sois por naturaleza, de algún modo, propios de vosotros mismos.— Completamente, dijeron.
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Y si, pues, alguien desea a otro, dije yo, muchachos, o lo ama, nunca desearía ni amaría ni sería amigo, si no resultara ser propio de alguna manera del amado, ya sea en cuanto al alma o en cuanto a algún carácter del alma, o modos o aspecto.— Ciertamente, dijo Menexeno; pero Lisis guardó silencio.— Sea, dije yo. Lo que es propio por naturaleza nos ha resultado necesario amarlo.— Lo parece, dijo.— Es necesario, pues, para el amante genuino y no fingido ser amado por el amado.— Lisis y Menexeno apenas asintieron, pero Hipotales, por el placer, emitía colores de todo tipo. Y yo dije, queriendo examinar el argumento, si lo propio difiere en algo de lo semejante, diríamos algo, según me parece, Lisis y Menexeno, sobre el amigo, lo que es; pero si resulta ser lo mismo lo semejante y lo propio, no es fácil desechar el argumento anterior, de que lo semejante no es inútil para lo semejante en virtud de la semejanza; pero admitir que lo inútil es amigo es un error.¿ Queréis, pues, dije yo, puesto que estamos como borrachos por el argumento, que concedamos y digamos que lo propio es algo distinto de lo semejante?— Ciertamente.—¿ Acaso, pues, pondremos también que lo bueno es propio de todo, y que lo malo es ajeno?¿ O que lo malo es propio de lo malo, lo bueno de lo bueno, y lo que no es ni bueno ni malo de lo que no es ni bueno ni malo?— Así dijeron que les parecía, que cada cosa es propia de cada cosa.— De nuevo, pues, dije yo, muchachos, hemos caído en los argumentos que al principio desechamos sobre la amistad; pues el injusto será amigo del injusto y el malo del malo no menos que el bueno del bueno.— Lo parece, dijo.—¿ Y qué? Si decimos que lo bueno y lo propio son lo mismo,¿ acaso no es el bueno amigo solo del bueno?— Ciertamente.— Pero, sin embargo, creíamos que nosotros mismos habíamos refutado esto;¿ o no os acordáis?— Nos acordamos.—¿ Qué uso podríamos hacer entonces todavía del argumento?¿ O es evidente que ninguno? Necesito, pues, como los sabios en los tribunales, repasar todo lo dicho. Pues si ni los amados ni los que aman ni los semejantes ni los desemejantes ni los buenos ni los propios ni las otras cosas que hemos recorrido— pues yo ya no me acuerdo por la cantidad—, sino que si nada de esto es amigo, yo ya no tengo qué decir.
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Dicho esto, tenía en mente mover a otro de los mayores; entonces, como ciertos demonios, se acercaron los pedagogos, el de Menexeno y el de Lisis, trayendo a sus hermanos, y los llamaban y les ordenaban que se fueran a casa; pues ya era tarde. Al principio, tanto nosotros como los que estaban alrededor los alejábamos; pero como no nos hacían caso, sino que, hablando en un griego bárbaro, se indignaban y no por ello dejaban de llamar, y nos parecían, por haber bebido un poco en las Hermaias, difíciles de tratar, vencidos por ellos, disolvimos la reunión. Sin embargo, yo, mientras ya se iban, dije: Ahora, Lisis y Menexeno, nos hemos vuelto ridículos, yo, un hombre viejo, y vosotros. Pues estos dirán al irse que creemos ser amigos el uno del otro— pues también me incluyo a mí mismo entre vosotros— y aún no hemos sido capaces de descubrir qué es el amigo.