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Phaedrus
Plato (plato)Phae 227 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
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SÓCRATES: Querido Fedro,¿ adónde vas y de dónde vienes? FEDRO: Vengo de ver a Lisias, hijo de Céfalo, Sócrates, y me dirijo a dar un paseo fuera de la muralla, pues he pasado allí mucho tiempo sentado desde la madrugada. Siguiendo el consejo de nuestro amigo común Acumeno, prefiero pasear por los caminos, ya que dice que son menos fatigosos que los de las calles. SÓCRATES: Y tiene razón, amigo mío. Pero, por lo que parece, Lisias estaba en la ciudad. FEDRO: Sí, en casa de Epicrates, en la residencia de Moriquio, cerca del Olimpeion. SÓCRATES:¿ Y en qué consistió vuestra reunión?¿ Es evidente que Lisias os agasajó con sus discursos? FEDRO: Ya te enterarás, si tienes tiempo de escuchar mientras caminamos. SÓCRATES:¿ Cómo?¿ Acaso crees que no consideraría, como dice Píndaro, que cualquier asunto es menos importante que escuchar vuestra conversación con Lisias? FEDRO: Pues adelante. SÓCRATES: Habla, pues. FEDRO: Pues bien, Sócrates, es un tema que te interesa, ya que el discurso sobre el que estuvimos tratando era, de alguna manera, erótico. Lisias ha escrito sobre alguien que intenta seducir a un joven apuesto, pero no desde la posición de un amante, sino que precisamente en eso reside su ingenio: sostiene que hay que conceder favores a quien no ama antes que a quien ama. SÓCRATES:¡ Qué noble! Ojalá escribiera también que hay que preferir al pobre antes que al rico, y al de más edad antes que al joven, y todas las demás cosas que me caracterizan a mí y a la mayoría de nosotros; pues entonces sus discursos serían ingeniosos y de utilidad pública. Por mi parte, tengo tantas ganas de escucharlo que, aunque prolongues tu paseo hasta Mégara y, siguiendo el consejo de Herodico, llegues hasta la muralla y regreses, no me separaré de ti.
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FEDRO:¿ Qué dices, mi querido Sócrates?¿ Crees que yo, siendo un profano, podría recordar dignamente lo que Lisias, el más hábil de los escritores actuales, compuso con tanto tiempo y calma? Estoy muy lejos de ello, aunque me habría gustado más que poseer mucho oro. SÓCRATES: Fedro, si no conozco a Fedro, es que me he olvidado de mí mismo. Pero no es ninguna de las dos cosas; sé muy bien que, al escuchar el discurso de Lisias, no lo oyó una sola vez, sino que le pidió repetidamente que lo repitiera, y él accedió de buena gana. Pero ni siquiera eso le bastaba; al final, tomó el libro y examinó lo que más le interesaba, y haciendo esto desde la mañana, sentado, se cansó y salió a pasear, según creo,¡ por el perro!, conociendo el discurso de memoria, a menos que fuera demasiado largo. Iba fuera de la muralla para practicar. Al encontrarse con alguien que padece de la misma afición por los discursos, al verlo, se alegró de tener a alguien con quien compartir su entusiasmo, y le pidió que siguiera adelante. Y como el amante de los discursos le pedía que hablara, él se hacía el interesante, como si no tuviera ganas de hablar; pero al final, estaba a punto de decirlo incluso por la fuerza si nadie quería escucharlo voluntariamente. Así que tú, Fedro, ruégale que haga lo que seguramente hará de todos modos ahora mismo. FEDRO: En verdad, lo mejor para mí es hablar como pueda, ya que me parece que de ninguna manera me dejarás ir hasta que lo diga de alguna manera. SÓCRATES: Pues me parece que tienes mucha razón. FEDRO: Así lo haré, pues. En realidad, Sócrates, más que nada, no me aprendí las palabras de memoria; sin embargo, expondré el sentido de casi todo lo que dijo que diferenciaba al amante del que no lo es, punto por punto, empezando por el primero. SÓCRATES: Primero muéstrame, amigo mío, qué es lo que llevas en la mano izquierda bajo el manto; sospecho que tienes el discurso mismo. Si es así, piensa esto de mí: aunque te aprecio mucho, no estoy dispuesto a dejar que me utilices para practicar cuando Lisias está presente. Pero vamos, enséñalo. FEDRO: Basta. Me has quitado la esperanza que tenía en ti para ejercitarme, Sócrates. Pero,¿ dónde quieres que nos sentemos a leer?
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SÓCRATES: Desviémonos por aquí y sigamos el curso del Iliso; luego, donde nos parezca bien, nos sentaremos en un lugar tranquilo. FEDRO: Llegas en buen momento, pues resulta que voy descalzo; tú, en cambio, siempre vas así. Nos será muy fácil ir mojándonos los pies en el arroyo, y no es nada desagradable, sobre todo en esta época del año y a esta hora del día. SÓCRATES: Pues guía el camino y busca al mismo tiempo dónde nos sentaremos. FEDRO:¿ Ves aquel plátano tan alto? SÓCRATES:¿ Cómo no? FEDRO: Allí hay sombra y una brisa suave, y hierba para sentarnos o, si queremos, para tumbarnos. SÓCRATES: Pues adelante. FEDRO: Dime, Sócrates,¿ no es de algún lugar por aquí, junto al Iliso, de donde se dice que Bóreas raptó a Oritía? SÓCRATES: Eso se cuenta, en efecto. FEDRO:¿ Sería entonces desde aquí? Desde luego, las aguas parecen encantadoras, puras y transparentes, y muy apropiadas para que las jóvenes jueguen a su lado. SÓCRATES: No, sino un poco más abajo, a unos dos o tres estadios, donde cruzamos hacia el santuario de Ágrio; y hay allí, creo, un altar dedicado a Bóreas. FEDRO: No me he fijado bien. Pero dime, por Zeus, Sócrates,¿ tú crees que este mito es verdadero? SÓCRATES: Pues si no lo creyera, como hacen los sabios, no sería extraño; entonces, poniéndome a filosofar, diría que una ráfaga de Bóreas la empujó mientras jugaba con Farmacia cerca de las rocas vecinas, y que, al morir así, se dijo que había sido arrebatada por Bóreas, o bien desde el Areópago; pues también corre esa otra versión, que fue raptada desde allí y no desde aquí. Yo, Fedro, considero que tales relatos son encantadores, pero que requieren de un hombre demasiado astuto, laborioso y no muy afortunado, aunque solo sea porque, después de esto, se vería obligado a corregir la naturaleza de los Hipocentauros, y luego la de la Quimera, y se le vendría encima una multitud de tales Gorgonas y Pegasos, y otras tantas muchedumbres y absurdos de naturalezas monstruosas. Si alguien, al no creer en ellas, intentara explicar cada una según la verosimilitud, usando una especie de sabiduría rústica, necesitaría mucho tiempo libre.
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SÓCRATES: Yo, por mi parte, no tengo tiempo para esas cosas; y la razón, amigo mío, es la siguiente: todavía no soy capaz, según la máxima délfica, de conocerme a mí mismo; me parece, pues, ridículo que, ignorando aún esto, me ponga a examinar asuntos ajenos. Por eso, dejando de lado tales cuestiones y ateniéndome a la opinión establecida sobre ellas, que es lo que decía hace un momento, no examino esas cosas, sino a mí mismo: si resulta que soy una bestia más complicada y más cargada de furia que Tifón, o si soy un ser más manso y sencillo, que participa por naturaleza de una suerte divina y libre de orgullo. Pero, amigo mío, entre tanto,¿ no era este el árbol al que nos llevabas? FEDRO: Pues sí, es este mismo. SÓCRATES:¡ Por Hera!, qué hermoso lugar de descanso. Este plátano es muy frondoso y elevado, y la altura y la sombra del sauzgatillo son magníficas, y como está en plena floración, hace que el lugar sea de lo más fragante; además, la fuente que corre bajo el plátano es encantadora, de agua muy fría, a juzgar por lo que siento en el pie. Por las doncellas y las estatuas, parece ser un santuario de algunas ninfas y de Aqueloo. Y si quieres, la brisa del lugar es deliciosa y sumamente agradable; resuena con un sonido veraniego y agudo gracias al coro de las cigarras. Pero lo más elegante de todo es la hierba, que crece en una suave pendiente, perfecta para apoyar la cabeza cómodamente. Así que me has guiado de maravilla, querido Fedro. FEDRO: Tú, en cambio, mi admirable amigo, pareces alguien de lo más extraño. Pues, como dices, te pareces a alguien a quien guían y que no es de aquí; de tal modo que ni sales de la ciudad al extranjero, ni me parece que salgas fuera de las murallas en absoluto. SÓCRATES: Perdóname, mi buen amigo. Es que soy un amante del aprendizaje; los campos y los árboles no quieren enseñarme nada, pero sí los hombres de la ciudad. Sin embargo, me parece que has encontrado el remedio para que yo salga. Pues, al igual que quienes agitan una rama o algún fruto ante los animales hambrientos para llevarlos donde quieren, tú, ofreciéndome discursos en libros, parece que me harás recorrer toda el Ática y dondequiera que desees. Por ahora, habiendo llegado aquí, creo que me tumbaré, y tú, elige la postura en la que creas que leerás más cómodamente y lee. FEDRO: Escucha, pues.
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FEDRO: Ya conoces mis asuntos y has oído cómo considero que nos conviene que esto suceda; pero no pretendo por ello fracasar en lo que pido, por el hecho de que no sea tu amante. Pues a aquellos les pesa lo que han hecho bien una vez que cesa su deseo, mientras que para los otros no hay un tiempo en el que sea apropiado cambiar de opinión. Porque no por necesidad, sino voluntariamente, como quien delibera de la mejor manera sobre sus propios asuntos, hacen el bien según sus propias posibilidades. Además, los que aman consideran tanto lo que han descuidado de sus propios asuntos a causa del amor como lo que han hecho bien, y añadiendo el esfuerzo que han realizado, creen haber devuelto hace tiempo el favor merecido a sus amados; en cambio, a los que no aman no les es posible poner como excusa el descuido de sus asuntos por esta razón, ni contabilizar los esfuerzos pasados, ni culpar a las diferencias con sus allegados; de modo que, al haber eliminado tantos males, no queda nada más que hacer con entusiasmo lo que crean que les complacerá al realizarlo. Además, si por esto es digno valorar mucho a los que aman, porque dicen que aman sobre todo a aquellos de quienes están enamorados, y están dispuestos tanto de palabra como de obra a enemistarse con los demás para complacer a sus amados, es fácil comprender, si dicen la verdad, que a cuantos se enamoren después, a esos los valorarán más que a ellos, y es evidente que, si a aquellos les parece bien, también a estos los tratarán mal. Y, sin embargo,¿ cómo es razonable abandonar tal asunto que conlleva tal desgracia, la cual nadie que tenga experiencia intentaría evitar? Pues ellos mismos confiesan estar más enfermos que cuerdos, y saber que no piensan bien, pero no ser capaces de dominarse a sí mismos; de modo que,¿ cómo podrían, al recuperar el juicio, considerar que esto está bien, sobre lo cual deliberan estando en tal estado? Y, ciertamente, si eligieras al mejor de entre los que aman, tu elección sería de entre pocos; pero si eligieras al más adecuado para ti de entre los demás, sería de entre muchos; de modo que hay mucha mayor esperanza de encontrar entre la multitud a alguien digno de tu amistad.
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FEDRO: Si, pues, temes la ley establecida, no sea que, al enterarse los hombres, te resulte un oprobio, es natural que los que aman, pensando que también los demás los envidian como ellos mismos se envidian, se sientan impulsados a hablar y, por afán de gloria, a mostrar ante todos que no han trabajado en vano; en cambio, los que no aman, al ser dueños de sí mismos, prefieren lo mejor frente a la opinión de los hombres. Además, es necesario que muchos se enteren y vean a los que aman siguiendo a sus amados y haciendo de esto su ocupación, de modo que, cuando se les ve conversando entre sí, la gente piensa que están juntos ya sea porque el deseo se ha consumado o porque está a punto de consumarse; mientras que a los que no aman ni siquiera intentan reprocharles nada por su trato, sabiendo que es necesario conversar con alguien ya sea por amistad o por algún otro placer. Y, ciertamente, si te asalta el temor al considerar que es difícil que la amistad perdure, y que, si surgiera una desavenencia de otro modo, la desgracia sería común para ambos, pero que si tú renunciaras a lo que más valoras te causaría un gran daño, es natural que temas más a los que aman; pues son muchas las cosas que les afligen y creen que todo sucede en perjuicio suyo. Por eso también disuaden a los amados de tratar con otros, temiendo que los que poseen fortuna los superen con dinero, y que los instruidos los superen en inteligencia; y, respecto a los que poseen cualquier otro bien, se guardan de la influencia de cada uno. Así pues, tras convencerte de que te enemistes con ellos, te dejan en la soledad de los amigos, y si, mirando por ti mismo, piensas mejor que ellos, entrarás en conflicto con ellos; en cambio, cuantos no aman, sino que han actuado por virtud en lo que necesitaban, no envidiarían a quienes los frecuentan, sino que odiarían a los que no quieren, considerando que por parte de aquellos son despreciados, mientras que por parte de los que los frecuentan son beneficiados, de modo que hay mucha mayor esperanza de que de este trato surja amistad que enemistad.
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FEDRO: Y, ciertamente, muchos de los que aman han deseado el cuerpo antes de conocer el carácter y de haber experimentado los otros rasgos propios, de modo que les resulta incierto si querrán seguir siendo amigos una vez que cesen en su deseo. En cambio, para los que no aman, quienes ya eran amigos antes de que esto sucediera, no es razonable que los favores recibidos disminuyan su amistad, sino que estos deben quedar como testimonios de lo que vendrá en el futuro. Y, por cierto, te conviene más llegar a ser mejor obedeciéndome a mí que a un amante. Pues aquellos, incluso contra lo que es mejor, elogian tanto lo que se dice como lo que se hace, ya sea por miedo a ser odiados o porque ellos mismos, a causa del deseo, juzgan peor las cosas. Pues tales son las muestras que da el amor: hace que se consideren dolorosas las desgracias que a los demás no les causan pena, y obliga a que los éxitos que no merecen elogio reciban alabanzas de su parte; de modo que conviene mucho más compadecer a los amados que envidiarlos. Pero si me haces caso, en primer lugar, no estaré contigo buscando solo el placer presente, sino también la utilidad que ha de venir, no vencido por el amor sino dueño de mí mismo, no entablando una fuerte enemistad por motivos triviales, sino sintiendo poca ira por motivos graves y de manera pausada, perdonando las faltas involuntarias e intentando disuadir las voluntarias; pues estas son las pruebas de una amistad que perdurará por mucho tiempo. Y si acaso te ha surgido la idea de que no es posible que surja una amistad fuerte si uno no está enamorado, debes considerar que ni valoraríamos mucho a nuestros hijos, ni a nuestros padres y madres, ni habríamos adquirido amigos fieles, los cuales no han surgido de tal deseo, sino de otras ocupaciones. Además, si hay que favorecer sobre todo a los que más necesitan, convendría también en los demás casos no hacer el bien a los mejores, sino a los más necesitados; pues, al verse libres de los mayores males, les estarán muy agradecidos. Y, ciertamente, tampoco es digno invitar a los amigos a los gastos privados, sino a los mendigos y a los que necesitan saciarse; pues ellos amarán, seguirán a uno, acudirán a sus puertas, se alegrarán sobremanera, estarán muy agradecidos y les desearán muchos bienes.
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FEDRO: Pero quizás no convenga complacer a los que están desesperadamente necesitados, sino a los que son más capaces de corresponder al favor; ni solo a los que mendigan, sino a los que son dignos del asunto; ni a cuantos disfrutarán de tu juventud, sino a quienes, cuando seas mayor, compartirán contigo sus propios bienes; ni a los que, tras haber conseguido lo que querían, se jactarán ante los demás, sino a quienes, por vergüenza ante todos, guardarán silencio; ni a los que se interesan por poco tiempo, sino a los que serán amigos por igual durante toda la vida; ni a los que, una vez que cese su deseo, buscarán un pretexto para la enemistad, sino a los que, cuando tu juventud haya pasado, mostrarán entonces su propia virtud. Tú, pues, recuerda lo dicho y reflexiona también en esto: que los amigos amonestan a los que aman como si tal práctica fuera un mal, mientras que a los que no aman, ninguno de sus allegados les ha reprochado jamás que por ello tomen malas decisiones sobre sí mismos. Quizás, por tanto, me preguntarías si te aconsejo complacer a todos los que no aman. Yo creo que ni siquiera el que ama te pediría que tuvieras esa disposición hacia todos los que aman. Pues ni es digno de igual gratitud para quien la recibe, ni es igualmente posible para ti, si deseas que los demás no se enteren; y es necesario que de ello no resulte ningún daño, sino beneficio para ambos. Por mi parte, considero suficientes las cosas dichas; pero si todavía echas en falta algo, creyendo que se ha omitido, pregunta.¿ Qué te parece, Sócrates, el discurso?¿ No está dicho de manera extraordinaria, tanto en lo demás como en las palabras?
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SÓC.¿ Y qué más?¿ Debemos también elogiar este discurso por mi parte y por la tuya, bajo el supuesto de que el autor ha dicho lo que debía, y no solo por aquel otro motivo, a saber, que es claro, pulido y que cada uno de los términos ha sido torneado con precisión? Pues si hay que hacerlo, habrá que concederlo por complacerte, ya que a mí, por mi propia ineptitud, se me escapó; pues solo presté atención a su retórica, y ni siquiera creo que el propio Lisias pensara que eso era suficiente. Y, por tanto, me pareció, Fedro, a menos que tú digas otra cosa, que ha dicho las mismas cosas dos y tres veces, como si no tuviera mucha facilidad para decir mucho sobre el mismo tema, o quizás porque no le importaba nada tal cosa; y me parecía, en efecto, que se daba aires de joven al demostrar que, siendo capaz de decir lo mismo de una y otra manera, podía decirlo de ambas formas de manera excelente. FED. No dices nada, Sócrates; pues precisamente esto es lo que el discurso tiene de especial. No ha omitido nada de lo que merecía ser dicho sobre el asunto, de modo que, aparte de lo que él ha dicho, nadie podría jamás decir otras cosas más numerosas y de mayor valor. SÓC. Eso ya no podré creértelo; pues hombres y mujeres antiguos y sabios que han hablado y escrito sobre estos temas me refutarán si, por complacerte, te doy la razón. FED.¿ Quiénes son estos?¿ Y dónde has oído tú cosas mejores que estas? SÓC. En este momento no podría decírtelo; pero es evidente que he oído a algunos, tal vez a la bella Safo o al sabio Anacreonte, o incluso a algunos escritores en prosa.¿ De dónde saco, pues, la prueba para decir esto? Siento, mi buen amigo, que tengo el pecho lleno de tal manera que podría decir otras cosas no peores que estas. Que no he concebido nada de esto por mí mismo, lo sé bien, consciente de mi propia ignorancia; queda, pues, supongo, que me he llenado como un recipiente a través del oído, de fuentes ajenas. Pero, por mi torpeza, he olvidado precisamente esto: cómo y de quiénes lo escuché. FED. Pero, mi excelente amigo, has hablado maravillosamente. Pues, aunque no te lo pida, no me digas de quiénes ni cómo lo escuchaste, sino haz precisamente esto que dices: has prometido decir otras cosas mejores y no menos numerosas que las del libro, absteniéndote de las suyas, y yo, al igual que los nueve arcontes, te prometo dedicar una estatua de oro de tu mismo tamaño en Delfos, no solo por mí, sino también por ti.
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SÓC. Eres queridísimo y, en verdad, de oro, Fedro, si crees que yo digo que Lisias se ha equivocado en todo y que es posible decir otras cosas al margen de todo esto; pues creo que ni siquiera el más mediocre de los escritores sufriría tal cosa. Para empezar, sobre el tema del discurso,¿ quién crees que, al decir que hay que favorecer al que no ama más que al que ama, omitiendo elogiar la sensatez del uno y censurar la insensatez del otro— siendo esto, al menos, necesario—, tendría luego otras cosas que decir? Pero creo que tales cosas deben dejarse pasar y perdonársele a quien habla; y de tales cosas no hay que alabar la invención, sino la disposición, mientras que de las que no son necesarias y son difíciles de encontrar, hay que alabar, además de la disposición, la invención. FED. Concedo lo que dices; pues me parece que has hablado con moderación. Haré, pues, yo también lo mismo: te concederé que supongas que el que ama está más enfermo que el que no ama, pero, al decir sobre el resto otras cosas más numerosas y de mayor valor que estas de Lisias, colócate en Olimpia junto a la ofrenda de los Cipselidas, hecha a martillo. SÓC. Te has irritado, Fedro, porque me he aprovechado de tus amores para burlarme de ti,¿ y crees de verdad que voy a intentar decir algo más elaborado que la sabiduría de aquel? FED. Sobre esto, amigo mío, has caído en las mismas redes. Pues, más que nada, debes hablar como seas capaz, para que no nos veamos obligados a hacer esa cosa vulgar de los comediantes devolviéndonos los golpes; ten cuidado y no quieras obligarme a decir aquello de:« Si yo, Sócrates, desconozco a Sócrates, me he olvidado de mí mismo», y que él deseaba hablar, pero se hacía el remolón. Más bien, ten presente que no nos iremos de aquí hasta que digas lo que afirmaste tener en el pecho. Estamos solos en este lugar apartado, y yo soy más fuerte y más joven; a partir de todo esto, entiende lo que te digo y no quieras hablar por la fuerza más que de buen grado. SÓC. Pero, bienaventurado Fedro, seré ridículo al improvisar como un profano frente a un buen poeta sobre los mismos temas. FED.¿ Sabes cómo es esto? Deja de hacerte el interesante conmigo; pues casi tengo lo que, al decirlo, te obligará a hablar. SÓC. De ninguna manera lo digas, pues. FED. No, al contrario, ya lo digo; y mi palabra será un juramento. Pues te juro— pero¿ por quién?,¿ por qué dios?¿ O quieres que sea por este plátano?— que, si no me dices el discurso delante de este mismo, nunca más te mostraré ni te comunicaré ningún otro discurso de nadie. SÓC.¡ Vaya, malvado!, qué bien has encontrado la manera de obligar a un hombre amante de los discursos a hacer lo que le pidas. FED.¿ Por qué, entonces, te resistes? SÓC. Ya por nada, puesto que has jurado tales cosas. Pues,¿ cómo podría ser capaz de privarme de tal banquete?
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FEDRO: Habla, pues. SÓCRATES:¿ Sabes lo que voy a hacer? FEDRO:¿ Respecto a qué? SÓCRATES: Me cubriré la cabeza para hablar, a fin de terminar el discurso lo más rápido posible y no perderme por la vergüenza al mirarte. FEDRO: Habla solamente, y haz lo demás como quieras. SÓCRATES: Venid, pues, Musas, ya sea que por la forma de vuestro canto seáis llamadas lígulas, o por el linaje musical de los ligures hayáis recibido tal nombre, ayudadme en el relato que este excelente hombre me obliga a decir, para que su compañero, que ya antes parecía sabio a sus ojos, lo parezca aún más ahora. Había, pues, un muchacho, o mejor dicho, un joven, muy hermoso; y este tenía muchísimos amantes. Uno de ellos era astuto, quien, estando enamorado tanto como cualquiera, había convencido al muchacho de que no lo estaba. Y en una ocasión, al cortejarlo, lo persuadía precisamente de esto: que no se debe complacer al que ama antes que al que no ama, y hablaba así:« Sobre cualquier asunto, muchacho, hay un principio único para quienes han de deliberar bien: es necesario saber sobre qué versa la deliberación, o de lo contrario es inevitable errar en todo. A la mayoría les pasa inadvertido que no conocen la esencia de cada cosa. Por tanto, como si la conocieran, no se ponen de acuerdo al principio de la investigación, y al avanzar, sacan conclusiones coherentes con lo que les parece; pues no se ponen de acuerdo ni consigo mismos ni entre sí. Por consiguiente, no permitamos tú y yo que nos suceda lo que reprochamos a los demás, sino, puesto que tenemos ante nosotros el tema de si es preferible entablar amistad con quien ama o con quien no ama, establezcamos una definición mediante un acuerdo sobre qué es el amor y qué poder tiene, y mirando hacia esto y refiriéndonos a ello, realicemos nuestra investigación sobre si proporciona beneficio o daño. Que el amor es una especie de deseo, es evidente para todos; pero también sabemos que quienes no aman desean lo bello.¿ Cómo, pues, distinguiremos al que ama del que no ama? Debemos comprender que en cada uno de nosotros hay dos principios que nos gobiernan y nos guían, a los cuales seguimos hacia donde nos lleven: uno es el deseo innato de placeres, y el otro es una opinión adquirida que aspira a lo mejor. Estos, en nosotros, a veces están en armonía, pero hay ocasiones en que entran en conflicto; y a veces domina uno, y otras veces el otro».
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SÓC. A la opinión que, mediante la razón, nos guía hacia lo mejor y prevalece por su fuerza, la llamamos templanza; pero cuando el deseo, carente de razón, nos arrastra hacia los placeres y ejerce su dominio en nosotros, se le denomina desenfreno. El desenfreno, por su parte, tiene muchos nombres— pues es multiforme y abarca muchas partes— y, de entre estas formas, aquella que resulte más destacada otorga al que la posee su propio nombre, sin que este sea ni noble ni digno de ser tenido. Pues cuando el deseo, al prevalecer sobre la razón de lo mejor y sobre los demás deseos, se vuelca en la comida, se llama glotonería y hará que quien la posee sea llamado de la misma manera; y cuando, a su vez, tiraniza en torno a las embriagueces y arrastra a quien se deja dominar por ella, es evidente qué nombre recibirá; y lo mismo ocurre con los demás deseos hermanos de estos, cuyos nombres se derivan claramente de aquel que en cada caso ejerce el poder. La razón por la que se ha dicho todo lo anterior es ya casi evidente, y tanto si se dice como si no, resulta del todo clara: el deseo que, sin razón, prevalece sobre la opinión que tiende a lo correcto y es arrastrado hacia el placer de la belleza, y que, fortalecido vigorosamente por sus propios deseos afines hacia la belleza de los cuerpos, vence al ser conducido, al tomar su nombre de esa misma fuerza, fue llamado amor. Pero, mi querido Fedro,¿ no te parece a ti, como a mí, que he experimentado una suerte de arrebato divino? FED. Ciertamente, Sócrates, te ha invadido una fluidez inusual. SÓC. Escúchame, pues, en silencio. En verdad, este lugar parece ser sagrado, así que, si a medida que avanza el discurso me veo poseído por las ninfas, no te sorprendas; pues ahora ya no hablo lejos de los ditirambos. FED. Dices la verdad. SÓC. De esto, sin embargo, tú eres el responsable. Pero escucha lo que resta; quizás el impulso que viene pueda ser desviado. De esto se ocupará el dios, pero nosotros debemos volver con nuestro discurso hacia el joven. Bien, mi excelente amigo: aquello sobre lo cual debemos deliberar ya ha sido expuesto y definido; mirando hacia ello, digamos qué beneficio o perjuicio se seguirá, según lo probable, para quien se entrega a un amante o a quien no lo es. Pues quien es gobernado por el deseo y es esclavo del placer, necesariamente debe procurar que el amado le sea lo más grato posible; y para quien está enfermo, todo lo que no se le opone es grato, mientras que lo que es superior o igual le resulta hostil.
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SÓC. Un amante no tolerará voluntariamente que su amado sea ni superior ni igual a él, sino que siempre lo hace inferior y más débil. Y el inferior es ignorante frente al sabio, cobarde frente al valiente, incapaz de hablar frente al elocuente, lento frente al agudo. Es necesario que el amante, al ver que tales males y aún más se generan en la mente del amado y le son inherentes por naturaleza, se complazca en unos y provoque otros, o bien que se vea privado del placer inmediato. Y, al apartarlo de muchas otras relaciones útiles de las que un hombre podría llegar a ser mejor, es causa de un gran daño, y el mayor de todos es el que lo aparta de aquello que lo haría más prudente. Y esto resulta ser la filosofía divina, de la cual el amante debe mantener al amado lejos, por miedo a ser despreciado; y, en lo demás, debe ingeniárselas para que el amado sea ignorante en todo y dependa totalmente del amante, siendo así el más placentero para él, pero el más dañino para sí mismo. Por tanto, en lo que respecta a la mente, un hombre enamorado es un tutor y compañero de ninguna manera provechoso. Debemos ver a continuación qué clase de condición y cuidado del cuerpo impondrá a aquel de quien se hace dueño, él que se ha visto obligado a perseguir lo placentero por encima de lo bueno. Se le verá persiguiendo algo blando y no firme, no criado bajo un sol puro sino bajo una sombra mezclada, ajeno a los trabajos varoniles y a los sudores secos, pero experimentado en una dieta delicada y afeminada, adornándose con colores y adornos ajenos por falta de los propios, y practicando todo lo demás que sigue a esto, lo cual es evidente y no merece la pena seguir profundizando, sino que, tras definir un punto principal, pasaremos a otro: pues tal cuerpo, en la guerra y en otras necesidades importantes, infunde confianza a los enemigos, mientras que los amigos y los mismos amantes se asustan. Dejando esto como algo evidente, debemos decir lo siguiente: qué beneficio o qué daño nos proporcionará la compañía y la tutela del amante en cuanto a la posesión de bienes.
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SÓC. Es evidente para todos, pero sobre todo para el amante, que desearía ante todo que el amado estuviera privado de sus posesiones más queridas, benevolentes y divinas; pues aceptaría que se viera privado de padre, madre, parientes y amigos, considerándolos obstáculos y censores de la relación más placentera con él. Además, no considerará que el amado, si posee oro o alguna otra propiedad, sea fácil de capturar, ni que, una vez capturado, sea fácil de manejar; de lo cual es totalmente necesario que el amante envidie a los amados que poseen bienes y se alegre cuando estos se pierden. Además, el amante desearía que el amado permaneciera soltero, sin hijos y sin hogar durante el mayor tiempo posible, deseando disfrutar de su dulzura el mayor tiempo posible. Existen, ciertamente, otros males, pero algún demonio ha mezclado en la mayoría de ellos un placer inmediato; por ejemplo, el adulador, esa terrible fiera y gran daño, aun así la naturaleza le ha mezclado cierto placer no carente de gracia, y uno podría censurar a una cortesana como algo dañino, y muchas otras criaturas y ocupaciones de este tipo, que tienen la característica de ser muy placenteras en el día a día; pero para el amado, el amante, además de ser dañino, es lo más desagradable para convivir. Pues, aunque el viejo dicho dice que el igual se deleita con su igual— ya que creo que la igualdad de edad, al conducir a placeres iguales, proporciona amistad por semejanza—, aun así, la convivencia de estos también conlleva hastío. Y, por otra parte, lo necesario se dice que es pesado para todos en todo; lo cual el amante siente especialmente hacia el amado debido a la desemejanza. Pues un hombre mayor que convive con uno más joven no se separa de él ni de día ni de noche, sino que es impulsado por la necesidad y por el aguijón, que lo lleva dándole placeres constantemente, al verlo, al oírlo, al tocarlo y al percibirlo con todos los sentidos, de modo que le sirve con placer; pero,¿ qué consuelo o qué placeres dará al amado para hacer que, al convivir con él durante el mismo tiempo, no llegue al colmo de la desagrado? Al ver un rostro más viejo y no en su momento de esplendor, al que siguen las otras cosas que acompañan a esto, que incluso es desagradable de oír en palabras, no digamos ya de tener que soportar en la práctica por la necesidad siempre presente, al tener que vigilar constantemente las sospechas de aquel hacia todos, y al escuchar elogios inoportunos y exagerados, y del mismo modo reproches que, cuando está sobrio, son insoportables, y cuando entra en la embriaguez, además de insoportables, son vergonzosos, al usar una franqueza excesiva y desmedida.
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SÓC. Y el que ama es dañino y desagradable, pero cuando el amor cesa, es indigno de confianza para el tiempo futuro, a quien, con muchas promesas y muchos juramentos y súplicas, apenas lograba retener para soportar la convivencia de entonces, que era penosa por la esperanza de bienes. Entonces, cuando llega el momento de pagar, habiendo cambiado y puesto en sí mismo a otro gobernante y protector, la razón y la templanza en lugar del amor y la locura, se ha convertido en otro y el amado no se da cuenta. Y el amado le exige gratitud por lo de entonces, recordándole lo hecho y dicho, como si hablara con el mismo; pero el otro, por vergüenza, ni se atreve a decir que se ha convertido en otro, ni sabe cómo cumplir los juramentos y promesas de aquel anterior gobierno insensato, habiendo adquirido ya razón y templanza, para no actuar igual que antes y volver a ser semejante a aquel y el mismo. Por tanto, huye de esto, y el que antes era amante, habiendo sido privado por necesidad, al darse la vuelta la suerte, se lanza a la huida cambiando; y el otro se ve obligado a perseguirlo, indignado y maldiciendo, habiendo ignorado todo desde el principio, que no se debía nunca conceder favores a quien ama y es insensato por necesidad, sino mucho más a quien no ama y tiene razón; de lo contrario, sería necesario entregarse a alguien indigno de confianza, difícil, envidioso, desagradable, dañino para la propiedad, dañino para la condición del cuerpo, y mucho más dañino para la educación del alma, que en verdad no es ni será nunca más valiosa para los hombres ni para los dioses. Por tanto, es necesario, muchacho, reflexionar sobre esto y saber que la amistad del amante no nace con benevolencia, sino a la manera de la comida, por saciedad, como los lobos aman a los corderos, así los amantes aman al muchacho. Esto es todo, Fedro. Ya no escucharás más de mí, sino que aquí tenga fin el discurso. FED. Sin embargo, pensaba que estaba a la mitad, y que dirías lo mismo sobre el que no ama, cómo es necesario concederle favores más bien a él, diciendo cuántos bienes tiene a su vez; pero ahora, Sócrates,¿ por qué te detienes? SÓC.¿ No te has dado cuenta, bienaventurado, de que ya estoy pronunciando versos y ya no ditirambos, y eso que estoy censurando? Y si empezara a elogiar al otro,¿ qué crees que haría?¿ Acaso sabes que, por las Ninfas a quienes me entregaste deliberadamente, estoy claramente poseído? Digo, pues, en una palabra, que todos los males que hemos reprochado al uno, al otro le corresponden los bienes contrarios.¿ Y qué necesidad hay de un largo discurso? Pues sobre ambos se ha hablado suficientemente.
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SÓC. Y así, el mito sufrirá lo que le corresponde; y yo cruzo este río y me voy antes de ser obligado por ti a algo mayor. FED. Todavía no, Sócrates, hasta que pase el calor.¿ O no ves que ya casi es mediodía, la llamada hora fija? Esperemos y, al mismo tiempo, hablemos sobre lo dicho, y pronto, cuando refresque, nos iremos. SÓC. Eres divino para los discursos, Fedro, y absolutamente admirable. Pues creo que de los discursos que se han hecho en tu vida, nadie ha hecho más que tú, ya sea diciéndolos tú mismo o obligando a otros de alguna manera— dejo fuera del discurso a Simmias de Tebas; de los demás, superas a todos con mucho— y ahora también me pareces ser la causa de que se diga un discurso. FED. No anuncias una guerra. Pero,¿ cómo y por qué este? SÓC. Cuando estaba a punto, buen amigo, de cruzar el río, el signo divino y habitual que suele ocurrirme me sobrevino— siempre me detiene en lo que estoy a punto de hacer— y me pareció escuchar una voz desde allí, que no me deja irme hasta que me purifique, como si hubiera cometido alguna falta contra lo divino. Soy, pues, adivino, aunque no muy serio, sino como los que son malos en las letras, suficiente solo para mí mismo; así que ahora entiendo claramente la falta. Pues, compañero, el alma también tiene algo de adivinatoria; pues algo me inquietaba ya desde hace tiempo mientras decía el discurso, y de alguna manera me sentía avergonzado, según Íbico, de no ser que, habiendo pecado contra los dioses, cambiara el honor de los hombres. Ahora he comprendido la falta. FED.¿ Y qué dices? SÓC. Un discurso terrible, Fedro, terrible, que tú mismo trajiste y me obligaste a decir. FED.¿ Cómo es eso? SÓC. Uno necio y algo impío;¿ qué podría haber más terrible que eso? FED. Ninguno, si dices la verdad. SÓC.¿ Qué entonces?¿ No consideras que el Amor es hijo de Afrodita y un dios? FED. Eso se dice, al menos. SÓC. No por Lisias, ni por tu discurso, que fue dicho a través de mi boca, hechizada por ti.
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SÓC. Y si es, como en efecto es, un dios o algo divino el Amor, no podría ser ningún mal, pero los dos discursos que hace poco hablaron de él como si fuera tal cosa; en esto, pues, pecaban contra el Amor, y además la necedad de ambos es muy graciosa, al no decir nada sano ni verdadero y vanagloriarse como si fueran algo, si acaso engañando a algunos hombrecillos obtienen buena fama entre ellos. Para mí, pues, amigo, es necesario purificarme; y existe para los que pecan contra la mitología una purificación antigua, que Homero no percibió, pero Estesícoro sí. Pues, habiendo sido privado de la vista por la calumnia contra Helena, no fue ignorante como Homero, sino que, como era músico, conoció la causa, y compone inmediatamente:« No es verdadero este discurso, ni subiste en las naves de hermosos bancos, ni llegaste a Pérgamo de Troya»; y habiendo compuesto toda la llamada Palinodia, recobró la vista al instante. Yo, pues, seré más sabio que ellos en esto mismo; pues antes de sufrir algo por la calumnia contra el Amor, intentaré devolverle la palinodia, con la cabeza descubierta y no como entonces, cubierto por la vergüenza. FED. De estas cosas, Sócrates, no hay nada que me pudieras decir más agradable. SÓC. Y es que, buen Fedro,¿ te das cuenta de cuán descaradamente se han dicho los discursos, este y el dicho desde el libro? Pues si alguien noble y de carácter amable nos escuchara, o alguien que ama a otro semejante o que haya amado alguna vez, diciendo que los amantes se destruyen por pequeñas cosas grandes enemistades y tienen envidia y daño hacia los amados,¿ cómo no crees que pensaría que está escuchando a unos criados entre marineros y que nunca han visto un amor libre, y que estaríamos muy lejos de que nos admitan lo que censuramos del amor? FED. Quizás, por Zeus, Sócrates. SÓC. Por tanto, avergonzado de esto, y temiendo al mismo amor, deseo lavarme el oído salado con un discurso dulce; y aconsejo a Lisias que escriba lo más pronto posible que es necesario conceder favores al amante más que al que no ama, a partir de los semejantes. FED. Pero sabe bien que esto será así; pues habiendo dicho tú el elogio del amante, es totalmente necesario que Lisias sea obligado por mí a escribir a su vez un discurso sobre lo mismo. SÓC. Esto lo creo, mientras seas quien eres. FED. Habla, pues, con confianza. SÓC.¿ Dónde está, pues, el muchacho a quien hablaba? Para que también escuche esto, y no sea que, por no haberlo oído, se adelante a conceder favores al que no ama. FED. Este está siempre muy cerca de ti, cuando tú quieras.
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SÓC. Así, pues, hermoso muchacho, reflexiona, que el discurso anterior era de Fedro, hijo de Pitocles, hombre de Mirrinunte; el que voy a decir es de Estesícoro, hijo de Eufemo, de Hímera. Debe decirse así, que no es verdadero el discurso que afirma que, estando presente el amante, se debe conceder más favor al que no ama, porque el uno está loco y el otro está cuerdo. Pues si fuera sencillo que la locura fuera un mal, se diría bien; pero ahora los mayores bienes nos llegan a través de la locura, dada, sin embargo, por don divino. Pues tanto la profetisa en Delfos como las sacerdotisas en Dodona, al estar locas, han hecho muchas y hermosas cosas tanto en privado como en público para Grecia, pero estando cuerdas, pocas o ninguna; y si habláramos de la Sibila y de otros, cuantos, usando la adivinación divina, prediciendo muchas cosas a muchos sobre el futuro, los enderezaron, alargaríamos el discurso diciendo cosas evidentes para todos. Esto, sin embargo, es digno de atestiguar, que también los antiguos que ponían los nombres no consideraban la locura como algo vergonzoso ni un oprobio; pues no habrían entrelazado este mismo nombre con el arte más hermoso, con el que se juzga el futuro, llamándola manía. Sino que, considerándola como algo hermoso cuando ocurre por destino divino, lo establecieron así, pero los de ahora, por falta de gusto, al insertar la tau, la llamaron adivinación. Puesto que también a la búsqueda de los sensatos, que se hace a través de las aves y de otros signos, que al procurarse a partir de la mente con opinión humana, razón e historia, la llamaron ornitoscópica, que ahora los jóvenes, vanagloriándose con la omega, llaman augurio; cuanto más perfecta y honorable es la adivinación que el augurio, tanto el nombre del nombre y la obra de la obra, tanto más hermoso atestiguan los antiguos que la locura es superior a la templanza que proviene de los hombres. Pero, además, de las enfermedades y de los mayores trabajos, que en algunos de los linajes, por antiguas maldiciones de algún lugar, la locura habiendo nacido y profetizado, encontró para quienes era necesario la liberación, refugiándose en las oraciones y cultos de los dioses, de donde, habiendo obtenido purificaciones y ritos, hizo a quien la poseía estar a salvo para el tiempo presente y el futuro, encontrando una solución para los males presentes para el que correctamente se volvió loco y fue poseído.
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SÓC. La tercera es la posesión y locura de las Musas, que, tomando un alma delicada e intacta, despertándola y haciéndola delirar a través de cantos y de la otra poesía, educando a los que vendrán después al adornar las innumerables obras de los antiguos; pero quien, sin la locura de las Musas, llegue a las puertas de la poesía, convencido de que será un poeta capaz por el arte, él mismo será incompleto y la poesía del cuerdo será eclipsada por la de los locos. Tantas y aún más obras hermosas tengo para decirte de la locura que proviene de los dioses. De modo que no temamos esto mismo, ni que ningún discurso nos perturbe asustándonos de que se debe preferir al amigo cuerdo antes que al perturbado; sino que, habiendo mostrado esto además de aquello, que se lleve los premios, que el amor no es enviado por los dioses para beneficio del amante y del amado. A nosotros nos toca demostrar lo contrario, que tal locura es dada por los dioses para la mayor felicidad; y la demostración será increíble para los terribles, pero creíble para los sabios. Es necesario, pues, primero, viendo la naturaleza del alma, tanto divina como humana, comprender sus pasiones y obras; y el principio de la demostración es este. Toda alma es inmortal. Pues lo que siempre se mueve es inmortal; pero lo que mueve a otro y es movido por otro, al tener un cese del movimiento, tiene un cese de la vida. Solo lo que se mueve a sí mismo, al no abandonarse a sí mismo, nunca deja de moverse, sino que también para los otros que se mueven, esto es fuente y principio de movimiento. El principio es ingénito. Pues es necesario que todo lo que nace nazca de un principio, pero este mismo no de nada; pues si el principio naciera de algo, ya no sería principio. Y puesto que es ingénito, es necesario también que sea indestructible. Pues, habiéndose destruido el principio, ni él mismo nacerá nunca de algo, ni otro de él, si es que es necesario que todo nazca de un principio. Así, pues, el principio del movimiento es lo que se mueve a sí mismo. Esto no es posible que se destruya ni que nazca, o todo el cielo y toda la tierra, al colapsar en uno, se detendrían y nunca más tendrían de dónde nacer movidos. Habiendo quedado demostrado que lo que es movido por sí mismo es inmortal, nadie se avergonzará de decir que esta es la esencia y la definición del alma.
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SÓC. Pues todo cuerpo, al que el movimiento le viene de fuera, es inanimado, pero al que le viene de dentro, de sí mismo, es animado, como si esta fuera la naturaleza del alma; y si esto es así, que no es otra cosa lo que se mueve a sí mismo que el alma, por necesidad el alma sería ingénita e inmortal. Sobre la inmortalidad de esta, pues, es suficiente; sobre su idea, hay que decir lo siguiente. Cómo es, es una narración divina y larga, pero a qué se parece, es humana y más corta; digámoslo, pues, así. Que se parezca a una fuerza conjunta de un carro alado y un auriga. Los caballos y aurigas de los dioses, pues, son todos ellos buenos y de buenos linajes, pero el de los demás está mezclado. Y primero, nuestro gobernante conduce un par de caballos, luego de los caballos, uno es para él hermoso y bueno y de tales linajes, y el otro es de contrarios y contrario; por tanto, la conducción en nosotros es necesariamente difícil y penosa. Cómo, pues, se llamó ser mortal e inmortal, hay que intentar decirlo. Toda alma cuida de todo lo inanimado, y recorre todo el cielo, apareciendo en diferentes formas. Cuando es perfecta y alada, vuela por las alturas y administra todo el cosmos, pero la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se aferra a algo sólido, donde, al establecerse y tomar un cuerpo terrestre, que parece moverse a sí mismo por la fuerza de aquella, el conjunto fue llamado ser vivo, alma y cuerpo unidos, y recibió el nombre de mortal; pero inmortal no por ningún razonamiento calculado, sino que imaginamos, sin haber visto ni comprendido suficientemente a un dios, un ser inmortal, que tiene alma y tiene cuerpo, y que estos están unidos por todo el tiempo. Pero esto, como sea grato al dios, así que se mantenga y se diga; tomemos la causa de la pérdida de las alas, por la cual se desprenden del alma. Es de la siguiente manera. La fuerza del ala está hecha para llevar lo pesado hacia arriba, elevándolo hacia donde habita el linaje de los dioses, y el alma ha participado en cierto modo de lo divino en lo que respecta al cuerpo, y lo divino es hermoso, sabio, bueno y todo lo que es tal; de esto, pues, se alimenta y crece sobre todo el plumaje del alma, pero con lo feo, lo malo y lo contrario, se marchita y se destruye.
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SÓC. El gran líder en el cielo, Zeus, conduciendo un carro alado, marcha el primero, ordenando todo y cuidando de todo; y le sigue un ejército de dioses y demonios, organizado en once partes. Pues Hestia permanece sola en la morada de los dioses; de los demás, cuantos dioses están ordenados en el número de los doce, lideran según el orden en que cada uno fue ordenado. Muchas, pues, son las visiones y recorridos felices dentro del cielo, que el linaje de los dioses felices recorre, haciendo cada uno de ellos lo suyo, y le sigue el que siempre quiere y puede; pues la envidia se mantiene fuera del coro divino. Y cuando van a un banquete y a una comida, marchan hacia la cima del arco subcelestial hacia arriba, donde los carros de los dioses, siendo de peso equilibrado y fáciles de conducir, marchan fácilmente, pero los otros difícilmente; pues el caballo que participa de la maldad pesa, inclinándose hacia la tierra y cargando a aquel de los aurigas que no lo había criado bien. Allí, pues, le espera al alma el trabajo y la lucha extrema. Pues las llamadas inmortales, cuando llegan a la cima, saliendo fuera, se detuvieron en el lomo del cielo, y al detenerse, la rotación las lleva alrededor, y ellas contemplan lo que está fuera del cielo. Pero el lugar supracelestial, ningún poeta de aquí lo ha cantado nunca ni lo cantará jamás como merece. Y es así— pues hay que atreverse a decir la verdad, especialmente cuando se habla sobre la verdad—: la esencia sin color, sin forma e intangible, que es realmente, contemplable solo por el piloto del alma, el intelecto, alrededor de la cual está el linaje de la verdadera ciencia, ocupa este lugar. Puesto que la mente de un dios, alimentada por el intelecto y la ciencia pura, y toda alma a la que le importe recibir lo que le corresponde, al ver después de mucho tiempo lo que es, ama y, contemplando las verdades, se alimenta y se deleita, hasta que la rotación la lleva de nuevo al mismo punto. En la rotación, contempla la justicia misma, contempla la templanza, contempla la ciencia, no aquella a la que le acompaña el nacimiento, ni la que es diferente en otro al ser de las cosas que ahora llamamos existentes, sino la ciencia que es realmente en lo que es realmente; y habiendo contemplado de la misma manera las otras cosas que son realmente y habiéndose banqueteado, al hundirse de nuevo hacia el interior del cielo, regresó a casa. Y al llegar, el auriga, deteniendo los caballos ante el pesebre, les sirvió ambrosía y les dio a beber néctar sobre ella.
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SÓC. Y esta es la vida de los dioses; pero las otras almas, la que mejor sigue a un dios y se le asemeja, elevó la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, y fue llevada en la rotación, perturbada por los caballos y contemplando difícilmente lo que es; la otra, a veces se elevaba, a veces se hundía, y al ser forzados los caballos, vio unas cosas y otras no. Las otras, todas deseosas de lo de arriba, siguen, pero al no poder, son llevadas sumergidas, pisándose unas a otras y chocando, intentando una ser antes que la otra. Por tanto, se produce un ruido, una lucha y un sudor extremo, donde, por la maldad de los aurigas, muchas quedan cojas, muchas rompen muchas alas; y todas, teniendo mucho trabajo, se van sin haber completado la visión de lo que es, y al irse, se alimentan de una nutrición de opinión. Y por lo que es el gran afán de ver dónde está la llanura de la verdad, el pasto que le corresponde al alma para lo mejor resulta ser del prado de allí, y la naturaleza del ala, con la que el alma se aligera, se alimenta de esto. Y este es el decreto de Adrastea. Qué alma, habiendo sido compañera de un dios, contemple algo de las verdades, hasta la otra rotación estar sin daño, y si siempre puede hacer esto, estar siempre sin daño; pero cuando, al no poder seguir, no lo vea, y al encontrarse con alguna casualidad, llena de olvido y maldad, se vuelva pesada, y al volverse pesada, pierda las alas y caiga a la tierra, entonces la ley es no plantar a esta en ninguna naturaleza de fiera en la primera generación, sino que la que más vio, en el nacimiento de un hombre que será filósofo o amante de la belleza o músico y erótico, la segunda en el de un rey justo o guerrero y gobernante, la tercera en el de un político o alguien administrador o comerciante, la cuarta en el de un trabajador o gimnasta o alguien que será sanador del cuerpo, la quinta tendrá una vida adivinatoria o ritual; a la sexta le convendrá un poeta o alguien de los que se dedican a la imitación, a la séptima un artesano o agricultor, a la octava un sofista o demagogo, a la novena un tirano.
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SÓC. En todos estos, el que vive justamente obtiene una mejor suerte, y el que injustamente, una peor; pues al mismo lugar de donde viene cada alma no llega en diez mil años— pues no le crecen las alas antes de tanto tiempo— excepto la del que ha filosofado sin engaño o ha amado a muchachos con filosofía, estas, en la tercera rotación de mil años, si eligen tres veces seguidas esta vida, así, al crecerles las alas, se van al tercer milenio. Las otras, cuando terminan la primera vida, obtienen un juicio, y al ser juzgadas, unas van a los tribunales bajo tierra y pagan la pena, otras, elevadas por la Justicia a algún lugar del cielo, pasan la vida dignamente según la vida que vivieron en forma humana. Y al milenio, ambas llegan a la elección y sorteo de la segunda vida, eligiendo la que cada una quiera; allí también un alma humana llega a la vida de una fiera, y de una fiera, el que alguna vez fue hombre, de nuevo a hombre. Pues la que nunca vio la verdad no llegará a esta forma. Pues es necesario que el hombre comprenda según la forma llamada, yendo de muchas sensaciones a una sola reunida por el razonamiento; y esto es el recuerdo de aquellas cosas que nuestra alma vio alguna vez al acompañar a un dios y al despreciar lo que ahora decimos que es, y al elevarse hacia lo que es realmente. Por eso, justamente, solo el intelecto del filósofo crece en alas; pues siempre está en memoria, según su capacidad, de aquellas cosas en las que, al ser un dios, es divino. El hombre que usa correctamente tales recuerdos, siendo iniciado siempre en ritos perfectos, se vuelve realmente perfecto solo; pero al apartarse de los afanes humanos y al volverse hacia lo divino, es amonestado por la mayoría como si estuviera loco, pero al estar poseído, pasa desapercibido para la mayoría. Hasta aquí llega todo el discurso sobre la cuarta locura— que cuando alguien, al ver la belleza de aquí, al recordar la verdadera, se alza y, al intentar alzarse, no pudiendo, mirando hacia arriba como un pájaro, y descuidando las de abajo, tiene la culpa de estar loco— que esta es la mejor de todas las posesiones y de las mejores para el que la tiene y para el que participa de ella, y que el que ama a los bellos, al participar de esta locura, es llamado amante.
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SÓC. Pues, como se ha dicho, toda alma humana ha visto por naturaleza lo que es, o no habría llegado a este ser vivo; pero recordar desde aquí aquellas cosas no es fácil para todas, ni para las que vieron brevemente entonces las cosas de allí, ni para las que, al caer aquí, tuvieron mala suerte, de modo que, al volverse hacia lo injusto por algunas relaciones, tienen olvido de las cosas sagradas que vieron entonces. Pocas, pues, quedan a las que el recuerdo les es suficiente; estas, cuando ven alguna semejanza de las cosas de allí, se quedan atónitas y ya no están en sí mismas, y desconocen qué es la pasión por no percibirla suficientemente. De la justicia, pues, y de la templanza y de todo lo demás que es valioso para las almas, no hay ningún brillo en las semejanzas de aquí, sino que a través de órganos oscuros, apenas y pocos, al ir hacia las imágenes, contemplan el linaje de lo representado; pero la belleza era entonces posible verla brillante, cuando con un coro feliz, una visión y contemplación dichosa, siguiendo nosotros con Zeus, y otros con otros dioses, vieron y fueron iniciados en los ritos que es lícito decir que son los más dichosos, que celebrábamos siendo nosotros mismos íntegros y sin padecer los males que nos esperaban en un tiempo posterior, y siendo iniciados y contemplando visiones íntegras, simples, tranquilas y felices en una luz pura, siendo puros y sin marcas de esto que ahora llevamos alrededor y llamamos cuerpo, atados a la manera de una ostra. Esto, pues, que se agradezca a la memoria, por la cual, por el deseo de entonces, ahora se ha dicho más largo; pero sobre la belleza, como dijimos, brillaba estando con aquellas, y al llegar aquí la hemos captado a través de la sensación más clara de las nuestras, brillando muy claramente. Pues la vista nos llega como la más aguda de las sensaciones a través del cuerpo, con la cual la prudencia no se ve— pues causaría amores terribles si ofreciera alguna imagen tan clara de sí misma al llegar a la vista— y las otras cosas que son amables; pero ahora, la belleza sola ha tenido esta suerte, de ser la más manifiesta y la más amable.
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SÓC. Aquel que no ha sido iniciado recientemente o que se ha corrompido no se dirige con prontitud desde aquí hacia allá, hacia la belleza misma, al contemplar su homónima aquí abajo; por tanto, no la venera al mirarla, sino que, entregándose al placer, intenta avanzar siguiendo la ley de los cuadrúpedos y engendrar hijos, y, al convivir con la desmesura, no teme ni se avergüenza de perseguir un placer contra natura. Pero el que ha sido iniciado recientemente, el que fue espectador de muchas de aquellas realidades, cuando ve un rostro que imita bien la belleza divina o alguna forma corporal, primero se estremece y le sobreviene algo de aquellos temores de antaño; luego, al contemplarlo, lo venera como a un dios y, si no temiera parecer presa de una locura extrema, le ofrecería sacrificios al amado como a una imagen y a un dios. Al verlo, una transformación, sudor y un calor insólito se apoderan de él a causa del estremecimiento; pues, al recibir la emanación de la belleza a través de los ojos, se calentó allí donde se nutre la naturaleza del ala, y, al calentarse, se derritieron las partes alrededor del brote, que desde hacía mucho tiempo, por su dureza, estaban cerradas e impedían que creciera; al fluir el alimento, el tallo del ala se hinchó y comenzó a brotar desde la raíz bajo toda la forma del alma, pues toda ella era antaño alada. Por consiguiente, en este estado, el alma entera hierve y burbujea, y lo mismo que ocurre con el dolor de los que les están saliendo los dientes— cuando apenas comienzan a brotar, hay picor e irritación en las encías—, eso mismo experimenta el alma que comienza a desarrollar sus alas: hierve, se irrita y siente cosquilleo al hacer brotar las plumas. Cuando, pues, al mirar la belleza del joven, recibe las partes que vienen de allí y fluyen— las cuales, precisamente por esto, se llaman deseo—, al recibir el deseo se nutre y se calienta, cesa su dolor y se regocija; pero cuando se separa y se seca, las bocas de los conductos por donde brota el ala se cierran al secarse y obstruyen el crecimiento de la pluma; esta, encerrada dentro junto con el deseo, palpita como las arterias y presiona cada uno de los conductos por donde sale, de modo que el alma entera, punzada por todas partes, se agita y sufre, aunque, al recordar la belleza, se regocija. Por la mezcla de ambas cosas, se angustia ante lo extraño de su estado y, perpleja, delira; y, presa de la locura, no puede dormir de noche ni permanecer dondequiera que esté durante el día, sino que corre anhelante hacia donde cree que verá a quien posee la belleza. Al verlo y al haber hecho fluir el deseo, libera lo que antes estaba obstruido y, al tomar aliento, cesa de sus punzadas y dolores, cosechando a su vez este placer dulcísimo en el presente.
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SÓC. De ahí que, por su propia voluntad, no se aparte ni valore nada más que lo bello, sino que se olvida de madres, hermanos y amigos, y no hace caso de que su patrimonio se pierda por descuido; despreciando todas las normas y decoros de los que antes se vanagloriaba, está dispuesta a servir y a dormir donde se lo permitan, lo más cerca posible del objeto de su deseo. Pues, además de venerar a quien posee la belleza, ha encontrado en él al único médico para sus mayores sufrimientos. Este padecimiento, hermoso joven, al que se refiere mi discurso, los hombres lo llaman amor, pero si escucharas cómo lo llaman los dioses, te reirías con razón dada tu juventud. Algunos de los Homéridas, creo, recitan dos versos sobre el amor procedentes de sus poemas secretos, de los cuales uno es muy insolente y no muy métrico; lo cantan así:« Los mortales lo llaman Eros, el que vuela, pero los inmortales, Pteros, por la necesidad de que le crezcan alas». Es posible creer a estos Homéridas o no; sin embargo, la causa y el padecimiento de los amantes resultan ser precisamente ese. De los seguidores de Zeus, el que es capturado puede sobrellevar con mayor peso la carga del que tiene alas; pero aquellos que son servidores de Ares y rondaban con él, cuando son atrapados por Eros y creen haber sido agraviados por el amado, se vuelven asesinos y están dispuestos a sacrificarse a sí mismos y a sus amados. Y así, según el dios del que cada uno era seguidor, vive honrándolo e imitándolo en la medida de lo posible, mientras permanece incorrupto y vive su primera existencia aquí, y de este modo se relaciona y se comporta con sus amados y con los demás. Por tanto, cada uno elige a su amado de acuerdo con el carácter de lo bello y, como si fuera el dios mismo, lo esculpe y lo adorna para sí como una estatua, con el fin de honrarlo y celebrar sus misterios. Así pues, los de Zeus buscan que el amado por ellos tenga un alma divina; por eso observan si es filósofo y de naturaleza líder, y cuando lo encuentran y se enamoran de él, hacen todo lo posible para que sea así.
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SÓC. Si, por tanto, no se han iniciado antes en la ocupación, al emprenderla entonces, aprenden de donde pueden y la siguen por sí mismos; y, al rastrear por su cuenta para descubrir la naturaleza de su propio dios, tienen éxito gracias a que se han visto obligados a mirar intensamente hacia el dios, y al aferrarse a él con la memoria, poseídos por el entusiasmo, toman de él las costumbres y las ocupaciones, en la medida en que es posible para un hombre participar de un dios. Y, al atribuir esto al amado, lo aman aún más, y si lo extraen de Zeus como las bacantes, lo vierten sobre el alma del amado para hacerlo lo más parecido posible a su propio dios. Aquellos que, a su vez, siguieron a Hera, buscan a alguien de carácter real, y al encontrarlo, hacen todo lo mismo respecto a él. Y los de Apolo y de cada uno de los otros dioses, yendo así conforme al dios, buscan que su amado sea por naturaleza de tal clase, y cuando lo consiguen, imitándolo ellos mismos y persuadiendo y educando a sus amados, los conducen a la ocupación y a la forma de aquel, en la medida de la capacidad de cada uno, no usando de envidia ni de una mezquina mala voluntad hacia sus amados, sino que, intentando por todos los medios conducirlos a la semejanza consigo mismos y con el dios al que honran, actúan de este modo. El entusiasmo, pues, de los que aman verdaderamente, y su iniciación, si logran lo que se proponen de la manera que digo, resulta tan hermoso y dichoso para el amado por parte del amigo que ha enloquecido por amor, si es elegido; y el elegido es conquistado de la siguiente manera. Tal como al principio de este mito dividimos cada alma en tres partes, dos formas con aspecto de caballo y una tercera forma de auriga, que esto permanezca así para nosotros ahora. De los caballos, dijimos que uno es bueno y el otro no; pero no definimos cuál es la virtud del bueno ni cuál la maldad del malo, y ahora debe decirse. El que de ellos está en la posición más noble es recto y bien articulado en su forma, de cuello erguido, nariz aguileña, blanco de aspecto, de ojos negros, amante del honor junto con la templanza y el pudor, y compañero de la opinión verdadera, no necesita látigo, sino que es guiado solo por la orden y la palabra; el otro, en cambio, es torcido, pesado, formado al azar, de cuello fuerte, cuello corto, nariz chata, de tez oscura, ojos glaucos, inyectados en sangre, compañero de la insolencia y la jactancia, peludo en torno a las orejas, sordo, que apenas cede ante el látigo y los aguijones.
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SÓC. Cuando, pues, el auriga, al ver la mirada amorosa, siente que toda su alma se calienta y se llena de los aguijones del cosquilleo y del deseo, el caballo que es dócil al auriga, refrenado siempre y también entonces por el pudor, se contiene a sí mismo para no abalanzarse sobre el amado. Pero el otro, sin hacer ya caso ni de los aguijones del auriga ni del látigo, salta y se lanza con violencia, y causando todo tipo de problemas a su compañero de yugo y al auriga, los obliga a acercarse al joven y a hacer mención del placer de los afrodisíacos. Al principio, ambos se resisten indignados, como si se les obligara a hacer algo terrible e ilegal; pero al final, cuando no hay fin al mal, se dejan llevar, cediendo y aceptando hacer lo que se les ordena. Y cuando estuvieron junto a él y vieron el rostro del joven resplandeciente, la memoria del auriga fue llevada hacia la naturaleza de la belleza y, de nuevo, la vio instalada sobre un pedestal sagrado junto a la templanza. Al verla, sintió temor y, llena de reverencia, cayó hacia atrás, y al mismo tiempo se vio obligada a tirar de las riendas hacia atrás con tanta fuerza que hizo que ambos caballos se sentaran sobre sus cuartos traseros, el uno voluntariamente por no resistirse, y el otro, el insolente, muy a su pesar. Al alejarse, el primero, por la vergüenza y el asombro, empapó toda su alma en sudor, mientras que el otro, al cesar el dolor que había sentido por el freno y la caída, apenas recuperado el aliento, insultó con ira, reprochando mucho tanto al auriga como a su compañero de yugo por haber abandonado su puesto y su acuerdo por cobardía y falta de hombría; y, obligándolos de nuevo a acercarse a pesar de su negativa, apenas accedió cuando le rogaron que lo pospusiera para otra ocasión. Pero cuando llegó el tiempo acordado, recordándoles lo que fingían haber olvidado, forzándolos, relinchando y tirando de ellos, los obligó a acercarse de nuevo al joven con las mismas pretensiones, y cuando estuvieron cerca, bajando la cabeza y extendiendo la cola, mordiendo el freno, tiró con descaro. El auriga, sintiendo aún más la misma impresión, cayendo hacia atrás como desde una barrera de salida, tiró con más fuerza aún del freno hacia atrás, arrancándolo de los dientes del caballo insolente, ensangrentó su lengua malhablada y sus mandíbulas, y al presionar sus patas y sus cuartos traseros contra el suelo, lo entregó al dolor.
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SÓC. Cuando el malvado, tras sufrir lo mismo muchas veces, cesa en su insolencia, humillado, sigue ya la previsión del auriga, y cuando ve al hermoso, se deshace de miedo; de modo que sucede entonces que el alma del amante, sintiendo vergüenza y temor, sigue al amado. Como es tratado con toda clase de atenciones, como si fuera un ser divino, no por alguien que finge amar, sino por quien realmente ha experimentado esto, y siendo él mismo por naturaleza amigo de quien lo trata, si acaso antes había sido difamado por compañeros de estudio u otros, diciendo que es vergonzoso acercarse a quien ama, y por ello rechazaba al amante, al pasar el tiempo, la edad y el destino lo llevaron a admitirlo en su trato; pues nunca está destinado que el mal sea amigo del mal, ni que el bien no sea amigo del bien. Una vez que lo ha admitido y ha aceptado su palabra y su trato, la benevolencia del amante, al surgir de cerca, estremece al amado, quien percibe que ni todos los demás amigos y parientes juntos ofrecen parte alguna de amistad comparable a la del amigo inspirado por el dios. Y cuando persiste en hacer esto y se acerca, tocándolo en los gimnasios y en los demás encuentros, entonces la fuente de aquella corriente, a la que Zeus, al amar a Ganimedes, llamó deseo, fluyendo en abundancia hacia el amante, una parte penetra en él, y la otra, al estar él colmado, fluye hacia afuera; y como un soplo o un eco que, al rebotar en superficies lisas y sólidas, vuelve al lugar de donde partió, así la corriente de la belleza, al entrar de nuevo en el hermoso a través de los ojos, por donde naturalmente llega al alma, al llegar y alzar el vuelo, riega los conductos de las alas y las impulsa a crecer, llenando a su vez el alma del amado de amor. Ama, pues, pero no sabe de qué carece; ni sabe lo que le ha pasado ni puede explicarlo, sino que, como si hubiera contraído una oftalmía de otro, no tiene causa que decir, y, como en un espejo, al verse a sí mismo en el amante, no se da cuenta. Y cuando aquel está presente, cesa de su dolor de la misma manera que él, y cuando está ausente, de la misma manera anhela y es anhelado, teniendo un contra- amor que es imagen del amor; pero lo llama y cree que es amistad, no amor. Desea, de manera semejante a aquel, aunque más débilmente, ver, tocar, besar, acostarse juntos; y, como es natural, hace esto rápidamente después.
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SÓC. Así pues, al acostarse juntos, el caballo desenfrenado del amante tiene algo que decir al auriga, y reclama disfrutar de un pequeño placer a cambio de tantos esfuerzos; el del amado, en cambio, no tiene nada que decir, pero, hinchado y desconcertado, abraza al amante y lo besa, como quien estrecha a alguien muy querido, y cuando están acostados juntos, es tal que no podría negarse a conceder al amante, si este se lo pidiera, su parte de favor; pero el otro corcel, junto con el auriga, se opone a esto con pudor y razón. Si, pues, los mejores elementos de la inteligencia, al imponerse, los conducen a un régimen de vida ordenado y a la filosofía, pasan la vida aquí abajo dichosos y en armonía, dueños de sí mismos y moderados, habiendo esclavizado aquello en lo que residía la maldad del alma y liberado aquello en lo que residía la virtud; y al morir, habiéndose vuelto alados y ligeros, han vencido en uno de los tres combates de los verdaderos juegos olímpicos, un bien mayor que el cual ni la prudencia humana ni la locura divina pueden procurar al hombre. Pero si se entregan a un régimen de vida más vulgar, carente de filosofía pero ambicioso, tal vez en algún momento de embriaguez o de otro descuido, los dos corceles desenfrenados de ambos, sorprendiendo a sus almas desprevenidas, las reúnen y eligen y consuman esa unión que la mayoría considera dichosa; y, una vez consumada, la practican en adelante, aunque con moderación, puesto que no lo hacen con la aprobación de toda su inteligencia. Así pues, estos también son amigos, aunque menos que los otros, tanto durante el amor como cuando este ha pasado, considerando que se han dado y recibido las mayores garantías, las cuales no es lícito romper para caer jamás en la enemistad. Al morir, salen del cuerpo sin alas, pero con el impulso de alarse, de modo que no obtienen un premio pequeño por su locura amorosa; pues para quienes ya han emprendido el camino hacia el cielo no es ley volver a la oscuridad y al viaje bajo tierra, sino vivir una vida luminosa, caminando juntos en la felicidad, y llegar a ser alados por causa de su amor, cuando llegue el momento. Tantos y tales dones divinos te otorgará, muchacho, la amistad que proviene del amante; mientras que la intimidad que proviene del que no ama, mezclada con una prudencia mortal, que administra asuntos mortales y mezquinos, engendrando en el alma del amigo una falta de nobleza que la multitud alaba como virtud, hará que esta ande errante durante nueve mil años alrededor de la tierra y bajo tierra, privada de inteligencia.
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SÓC. Esta palinodia, querido Eros, te ha sido ofrecida y pagada dentro de nuestras posibilidades, de la manera más bella y excelente posible, obligada además a utilizar ciertos términos poéticos por causa de Fedro. Pero, habiendo perdonado lo anterior y agradecido esto, sé benévolo y propicio, y no me arrebates ni corrompas por ira el arte erótico que me diste, sino concédeme que sea aún más honrado que ahora entre los bellos. Y si en el discurso anterior dijimos algo desagradable para ti, Fedro y yo, culpa a Lisias, el padre del discurso, y haz que cese en tales discursos, y vuélvelo hacia la filosofía, tal como su hermano Polemarco se ha vuelto, para que este su amante ya no vacile como ahora, sino que pase su vida sencillamente dedicado al amor junto con discursos filosóficos. FED. Me uno a tus votos, Sócrates, para que, si esto es mejor para nosotros, así suceda. Pero hace tiempo que admiro tu discurso, por cuánto más bello lo has hecho que el anterior; de modo que temo que Lisias me parezca insignificante si es que llega a querer contraponer otro discurso al tuyo. Pues, en efecto, un político, mi querido amigo, hace poco lo reprendía insultándolo precisamente por esto, y a lo largo de todo el insulto lo llamaba logógrafo; tal vez, pues, por amor propio, se abstenga de escribir para nosotros. SÓC. Es ridícula, joven, la opinión que expresas, y te equivocas mucho respecto a tu compañero si crees que es alguien tan pusilánime. Quizás también crees que quien lo insultaba decía lo que decía por reproche. FED. Es que así lo parecía, Sócrates; y tú mismo sabes, supongo, que los que tienen mayor poder y son más respetables en las ciudades se avergüenzan de escribir discursos y dejar escritos propios, temiendo la opinión de la posteridad, no sea que los llamen sofistas. SÓC.¡ Dulce recodo!, Fedro, se te escapa que el nombre proviene del gran recodo del Nilo; y junto con el recodo, se te escapa que los políticos que más se enorgullecen son los que más aman la logografía y el dejar escritos, pues, cuando escriben algún discurso, aman tanto a quienes los elogian que añaden al principio los nombres de quienes los alaban en cada lugar. FED.¿ Cómo dices eso? Pues no te entiendo.
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SÓC.¿ No comprendes que, al principio de un escrito de un hombre político, el primero que aparece escrito es el autor del elogio? FED.¿ Cómo? SÓC. Dice, supongo, que le pareció bien al consejo o al pueblo o a ambos, y que tal y tal persona dijo— refiriéndose a sí mismo con mucha solemnidad y elogiándose el autor—, y después de esto dice, exhibiendo su propia sabiduría ante los que lo elogian, habiendo compuesto a veces un escrito muy largo;¿ o te parece que tal cosa es otra cosa que un discurso escrito? FED. A mí no. SÓC. Por tanto, si esto se mantiene, el autor se marcha del teatro lleno de alegría; pero si es borrado y queda privado de la logografía y de ser digno de escribir, tanto él como sus compañeros se lamentan. FED. Ciertamente. SÓC. Es evidente que no es porque desprecien la ocupación, sino porque la admiran. FED. En efecto. SÓC.¿ Y qué? Cuando alguien llega a ser un orador o un rey capaz, de modo que, al tomar el poder de Licurgo, Solón o Darío, se convierte en un logógrafo inmortal en la ciudad,¿ no se considera a sí mismo igual a un dios mientras aún vive, y los que nacen después no piensan lo mismo de él al contemplar sus escritos? FED. Ciertamente. SÓC.¿ Crees, pues, que alguno de tales hombres, por muy mal dispuesto que esté hacia Lisias, le reprocha precisamente el hecho de que escribe? FED. No es razonable, según lo que dices; pues, al parecer, se reprocharía a sí mismo su propio deseo. SÓC. Esto es, pues, evidente para todos: que el hecho mismo de escribir discursos no es vergonzoso. FED.¿ Cómo habría de serlo? SÓC. Pero creo que lo vergonzoso es ya aquello: no hablar y escribir bien, sino hacerlo de manera vergonzosa y mala. FED. Es evidente. SÓC.¿ Cuál es, pues, el modo de escribir bien y de no hacerlo?¿ Necesitamos, Fedro, examinar a Lisias sobre esto y a cualquier otro que haya escrito o vaya a escribir algo, ya sea un escrito político o privado, en verso como poeta o sin verso como particular? FED.¿ Preguntas si necesitamos?¿ Y por qué otra cosa, por así decirlo, viviría uno, sino por tales placeres? Pues no, ciertamente, por aquellos que requieren un sufrimiento previo o que ni siquiera producen placer, lo cual es lo que poseen casi todos los placeres relacionados con el cuerpo; por eso, con razón, han sido llamados serviles.
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SÓCRATES: Es un buen momento, al parecer; y, al mismo tiempo, me parece que las cigarras, que cantan y conversan entre sí sobre nuestras cabezas bajo este calor, nos están observando. Si vieran que nosotros dos, como la mayoría, no estamos conversando al mediodía, sino dormitando y dejándonos hechizar por nuestra propia pereza mental, con razón se reirían de nosotros, pensando que unos esclavos han llegado a su refugio y duermen como ovejas que descansan al mediodía junto a la fuente; pero si nos ven conversando y pasando de largo ante ellas como ante las Sirenas, sin dejarnos hechizar— el don que ellas tienen de los dioses para ofrecer a los hombres—, tal vez, admiradas, nos lo concedan. FEDRO:¿ Y qué don es ese? Pues, al parecer, no he oído hablar de él. SÓCRATES: No es propio de un hombre amante de las musas desconocer tales cosas. Se cuenta que estos eran hombres de antes de que existieran las Musas, y que, cuando estas nacieron y apareció el canto, algunos de los hombres de entonces quedaron tan fascinados por el placer que, al cantar, se olvidaron de comer y beber, y murieron sin darse cuenta; de ellos nació la estirpe de las cigarras, que recibió de las Musas este don: no necesitar alimento desde que nacen, sino cantar sin comer ni beber hasta que mueren, y después de esto, ir ante las Musas para informarles de quiénes, entre los de aquí, honran a cada una de ellas. A Terpsícore le informan de quienes la han honrado en los coros, haciéndolos más queridos para ella; a Erato, de los que la honran en los asuntos amorosos, y así con las demás, según el tipo de honor de cada una; pero a la mayor, Calíope, y a la que le sigue, Urania, le informan de los que viven en la filosofía y honran su música, pues ellas son las que, entre todas las Musas, se ocupan del cielo y de los discursos divinos y humanos, y emiten la voz más hermosa. Por muchas razones, pues, debemos hablar y no dormir durante el mediodía. FEDRO: Ciertamente, debemos hablar. SÓCRATES: Entonces, debemos examinar lo que nos propusimos considerar: en qué consiste hablar y escribir bien, y en qué no. FEDRO: Es evidente. SÓCRATES:¿ Acaso no es necesario que, para que los discursos sean pronunciados bien y correctamente, la mente del que habla conozca la verdad sobre aquello de lo que va a hablar?
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FEDRO: He oído decir esto al respecto, querido Sócrates: que no es necesario que quien pretenda ser orador aprenda lo que es verdaderamente justo, sino lo que parecerá justo a la multitud que ha de juzgar; ni tampoco lo que es verdaderamente bueno o bello, sino lo que lo parecerá. Pues de esto último, y no de la verdad, proviene la persuasión. SÓCRATES: No se debe desechar, Fedro, lo que digan los sabios, sino examinar si dicen algo cierto; y, ciertamente, lo que se acaba de decir no debe dejarse pasar. FEDRO: Tienes razón. SÓCRATES: Examinémoslo de este modo. FEDRO:¿ Cómo? SÓCRATES: Si yo te persuadiera de que compraras un caballo para defenderte de los enemigos, y ambos ignoráramos qué es un caballo, pero yo supiera de ti que Fedro considera que un caballo es el animal doméstico que tiene las orejas más grandes... FEDRO: Sería ridículo, Sócrates. SÓCRATES: Aún no; pero si, con toda seriedad, te persuadiera componiendo un discurso en alabanza del asno, llamándolo caballo y diciendo que es un animal digno de tener en casa y en la guerra, útil para combatir y, además, capaz de cargar equipaje y muchas otras cosas provechosas. FEDRO: Eso sería ya completamente ridículo. SÓCRATES:¿ Acaso no es mejor ser ridículo y amigo que ser peligroso y enemigo, o incluso amigo? FEDRO: Así parece. SÓCRATES: Por tanto, cuando el orador, ignorando el bien y el mal, toma a una ciudad que se encuentra en la misma situación y la persuade, no haciendo el elogio de la sombra de un asno como si fuera un caballo, sino del mal como si fuera el bien, y tras haber estudiado las opiniones de la multitud la convence de hacer el mal en lugar del bien,¿ qué clase de fruto crees que recogerá la retórica después de lo que ha sembrado? FEDRO: No uno muy bueno, ciertamente. SÓCRATES:¿ Acaso, mi buen amigo, hemos insultado al arte de la retórica más de lo debido? Quizás ella diría:¿ Qué tonterías dicen, admirables señores? Yo no obligo a nadie que ignore la verdad a aprender a hablar, sino que, si mi consejo vale algo, sugiero que primero se adquiera la verdad y luego se me utilice a mí. Pero esto sí afirmo con fuerza: que sin mí, quien conozca la realidad no será capaz de persuadir mediante el arte. FEDRO:¿ No dice, pues, algo justo al afirmar esto? SÓCRATES: Lo digo, siempre que los argumentos que vienen a continuación den testimonio de que es un arte. Pues me parece oír a ciertos argumentos que se acercan y protestan diciendo que ella miente y que no es un arte, sino una rutina sin arte. Y, como dice el lacedemonio, no existe ni existirá jamás un verdadero arte de hablar que no se base en la verdad.
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FEDRO: Esos argumentos son necesarios, Sócrates; pero tráelos aquí y examina qué dicen y cómo lo dicen. SÓCRATES: Acercaos, pues, nobles criaturas, y persuadid al joven Fedro, de tan bella estirpe, de que si no filosofa adecuadamente, nunca será capaz de hablar sobre nada. Que responda, pues, Fedro. FEDRO: Preguntad. SÓCRATES:¿ Acaso la retórica en su totalidad no sería un arte de conducir las almas mediante discursos, no solo en los tribunales y en cuantas otras asambleas públicas existan, sino también en las privadas, siendo la misma respecto a asuntos pequeños y grandes, y no habiendo nada más valioso en el hecho de proceder correctamente tanto en lo importante como en lo trivial?¿ O de qué otro modo has oído hablar de esto? FEDRO:¡ Por Zeus que no del todo así! Más bien se dice y se escribe que el arte se aplica principalmente a los juicios, y también se habla de la oratoria política; pero no he oído hablar de nada más allá de eso. SÓCRATES:¿ Acaso solo has oído hablar de las artes retóricas de Néstor y Odiseo, que compusieron mientras estaban ociosos en Ilión, y te has quedado sin conocer las de Palamedes? FEDRO:¡ Por Zeus que sí, las de Néstor, a menos que pretendas convertir a Gorgias en una especie de Néstor, o a Trasímaco y Teodoro en Odiseo! SÓCRATES: Tal vez. Pero dejemos a estos de lado; dime tú,¿ qué hacen los litigantes en los tribunales?¿ No se contradicen acaso?¿ O qué diremos? FEDRO: Precisamente eso. SÓCRATES:¿ Sobre lo justo y lo injusto? FEDRO: Sí. SÓCRATES:¿ Y el que hace esto con arte no hará que lo mismo parezca justo a los mismos jueces cuando él quiera, y cuando quiera, injusto? FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES:¿ Y en la oratoria política, no hará que a la ciudad le parezcan las mismas cosas unas veces buenas y otras veces, por el contrario, malas? FEDRO: Así es. SÓCRATES:¿ Y no conocemos al Palamedes de Elea, que habla con tal arte que hace que a los oyentes las mismas cosas les parezcan semejantes y desemejantes, una y muchas, en reposo y en movimiento? FEDRO: Ciertamente. SÓCRATES: Entonces, el arte de la contradicción no se limita a los tribunales y a la oratoria política, sino que, al parecer, si es que existe, sería un único arte respecto a todo lo que se dice, mediante el cual alguien será capaz de hacer que todo se asemeje a todo lo que sea posible y en la medida en que sea posible, y de sacar a la luz cuando otro lo hace y trata de ocultarlo. FEDRO:¿ Cómo dices tal cosa? SÓCRATES: Creo que se nos hará evidente si lo buscamos así:¿ el engaño ocurre más bien entre cosas que difieren mucho o entre las que difieren poco?
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FEDRO: En las pequeñas cosas. SÓCRATES: Pero, ciertamente, al avanzar poco a poco, pasarás inadvertido al llegar a lo contrario más que si lo hicieras a grandes saltos. FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES: Por tanto, quien pretenda engañar a otro, sin ser engañado él mismo, debe distinguir con precisión la semejanza y la desemejanza de las cosas. FEDRO: Es una necesidad, en efecto. SÓCRATES:¿ Será, pues, capaz, ignorando la verdad de cada cosa, de discernir en las demás la semejanza, pequeña o grande, de aquello que ignora? FEDRO: Es imposible. SÓCRATES: Por consiguiente, es evidente que este error se desliza en quienes opinan al margen de la realidad y se dejan engañar a través de ciertas semejanzas. FEDRO: Así sucede, ciertamente. SÓCRATES:¿ Es posible, entonces, que alguien sea experto en trasladar poco a poco, a través de las semejanzas, alejando cada cosa de la realidad hacia su contraria, o en evitar él mismo esto, si no conoce lo que es cada una de las realidades? FEDRO: De ninguna manera. SÓCRATES: Por tanto, amigo mío, quien no conoce la verdad, sino que ha ido a la caza de opiniones, ofrecerá un arte de la retórica que, al parecer, es ridículo y carente de técnica. FEDRO: Es probable. SÓCRATES:¿ Quieres, pues, que veamos en el discurso de Lisias que traes, y en los que nosotros hemos dicho, algo de lo que afirmamos que es carente de técnica y de lo que es técnico? FEDRO: Sobre todo, sin duda, ya que ahora hablamos de un modo un tanto superficial, al no tener ejemplos suficientes. SÓCRATES: Y, sin embargo, por una especie de azar, al parecer, los dos discursos fueron pronunciados conteniendo algún ejemplo, como si quien conoce la verdad, jugando en sus discursos, pudiera desviar a los oyentes. Y yo, Fedro, culpo a los dioses del lugar; tal vez también los profetas de las Musas, los cantores que están sobre nuestras cabezas, nos habrán infundido este don, pues yo, ciertamente, no participo de ninguna técnica de la oratoria. FEDRO: Sea como dices; solo aclara lo que afirmas. SÓCRATES: Vamos, pues, léeme el comienzo del discurso de Lisias. FEDRO: Sobre mis asuntos ya sabes, y has oído cómo creo que nos conviene que esto suceda. Pero pido no fracasar en lo que solicito por el hecho de no ser tu amante, pues a aquellos les sobreviene el arrepentimiento entonces... SÓCRATES: Detente. Hay que decir, pues, en qué yerra este y qué es lo que hace que carezca de técnica,¿ no es así?
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FEDRO: Sí. SÓCRATES:¿ Acaso no es evidente para todos que, respecto a algunas de estas cosas, estamos de acuerdo, mientras que respecto a otras estamos en desacuerdo? FEDRO: Creo entender lo que dices, pero explícate con mayor claridad. SÓCRATES: Cuando alguien pronuncia el nombre de hierro o de plata,¿ no pensamos todos en lo mismo? FEDRO: Ciertamente. SÓCRATES:¿ Y qué ocurre cuando se trata de lo justo o de lo bueno?¿ No se inclina cada uno hacia un lado distinto, y no discutimos tanto con los demás como con nosotros mismos? FEDRO: Así es, en efecto. SÓCRATES: Por tanto, en unas cosas estamos de acuerdo y en otras no. FEDRO: Así es. SÓCRATES:¿ En cuáles somos más fáciles de engañar y en cuáles tiene mayor poder la retórica? FEDRO: Es evidente que en aquellas en las que nos extraviamos. SÓCRATES: Entonces, quien pretenda dedicarse al arte de la retórica debe, en primer lugar, haber distinguido metódicamente estas cuestiones y haber captado un carácter propio de cada uno de los géneros, aquel en el que es necesario que la multitud se extravíe y aquel en el que no. FEDRO: Sería, desde luego, un hermoso género el que hubiera comprendido quien lograra esto, Sócrates. SÓCRATES: Después, creo que, al encontrarse ante cada caso, no debe pasarle inadvertido, sino percibir con agudeza a cuál de los dos géneros pertenece aquello sobre lo que va a hablar. FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES:¿ Qué pues?¿ Diremos que el amor es de las cosas discutibles o de las que no lo son? FEDRO: De las discutibles, sin duda;¿ o crees que te sería posible decir lo que hace un momento dijiste sobre él, que es un daño tanto para el amado como para el amante, y luego, a su vez, que resulta ser el mayor de los bienes? SÓCRATES: Hablas excelentemente; pero dime también esto— pues yo, debido al entusiasmo, no lo recuerdo bien—:¿ definí el amor al comenzar el discurso? FEDRO:¡ Por Zeus, que sí, y de manera increíblemente enfática! SÓCRATES:¡ Ay!, cuánto más técnicas dices que son las Ninfas, hijas de Aqueloo, y Pan, hijo de Hermes, para los discursos que Lisias, hijo de Céfalo.¿ O acaso no digo nada, y es que Lisias, al comenzar su discurso erótico, nos obligó a aceptar el amor como una de las cosas que él quiso, y, habiéndose organizado ya en torno a esto, desarrolló todo el discurso posterior?¿ Quieres que volvamos a leer el principio? FEDRO: Si a ti te parece bien; sin embargo, lo que buscas no está ahí. SÓCRATES: Léelo, para que lo escuche.
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FEDRO: Conoces mis asuntos y has escuchado cómo creo que nos conviene que sucedan estas cosas. Pero no pido por ello fracasar en lo que necesito, por el hecho de no ser tu amante. Pues a aquellos les sobreviene el arrepentimiento por lo que hayan hecho bien, una vez que cesa su deseo... SÓCRATES: Parece que este hombre está muy lejos de hacer lo que buscamos, pues ni siquiera intenta organizar el discurso desde el principio, sino desde el final, nadando de espaldas, y comienza por lo que un amante diría a su amado una vez que ya ha cesado.¿ O no he dicho nada, Fedro, cabeza querida? FEDRO: Es cierto, Sócrates, que hay un final en lo que él trata en su discurso. SÓCRATES:¿ Y qué hay de lo demás?¿ No parece que las partes del discurso han sido arrojadas al azar?¿ O es que lo dicho en segundo lugar parece tener que ser puesto en segundo lugar por alguna necesidad, o cualquier otra de las cosas dichas? A mí, como a alguien que no sabe nada, me pareció que lo que sigue no fue dicho de forma innoble por quien lo escribe; pero¿ tienes tú alguna necesidad retórica por la cual él puso estas cosas así, una tras otra? FEDRO: Eres amable al creer que soy capaz de ver con tanta precisión sus cosas. SÓCRATES: Pero creo que dirías que todo discurso debe estar constituido como un ser vivo, teniendo un cuerpo propio, de modo que no sea ni sin cabeza ni sin pies, sino que tenga partes medias y extremidades, escritas de manera apropiada entre sí y para el conjunto. FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES: Considera, pues, si el discurso de tu compañero es así o de otra manera, y encontrarás que no se diferencia en nada del epigrama que algunos dicen que fue escrito para Midas el frigio. FEDRO:¿ Cuál es ese y qué le ha pasado? SÓCRATES: Es este: Soy una doncella de bronce y reposo sobre el sepulcro de Midas. Mientras el agua fluya y los árboles altos florezcan, permaneciendo aquí sobre esta tumba de mucho llanto, anunciaré a los que pasan que Midas está enterrado aquí. Que no hay diferencia en que se diga primero o último, lo comprendes, supongo. FEDRO: Te burlas de nuestro discurso, Sócrates. SÓCRATES: Dejemos este, pues, para que no te molestes— aunque me parece que tiene muchos ejemplos a los que uno, al mirarlos, podría beneficiarse, intentando no imitarlos del todo— y vayamos a los otros discursos. Pues había en ellos, según creo, algo digno de ver para quienes deseen reflexionar sobre los discursos.
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FEDRO:¿ A qué te refieres? SÓCRATES: Eran contrarios, pues uno argumentaba que se debe complacer al amante, y el otro que no. FEDRO: Y muy varonilmente. SÓCRATES: Pensé que dirías la verdad, que locamente; sin embargo, lo que buscaba es precisamente esto. Pues afirmamos que el amor es una especie de locura.¿ No es así? FEDRO: Sí. SÓCRATES: Y de la locura hay dos especies: una causada por enfermedades humanas y otra por una alteración divina de las costumbres habituales. FEDRO: Ciertamente. SÓCRATES: Y al dividir la parte divina en cuatro partes de cuatro dioses, atribuyendo la inspiración profética a Apolo, la iniciática a Dioniso, la poética a las Musas y, cuarta, la de Afrodita y Eros, afirmamos que la locura erótica es la mejor, y no sé cómo, al comparar la pasión erótica, quizás tocando algo verdadero, pero tal vez también desviándonos hacia otro lado, mezclando un discurso no del todo inverosímil, entonamos un himno mítico, moderada y respetuosamente, a nuestro señor Eros, Fedro, guardián de los jóvenes hermosos. FEDRO: Y a mí me resultó muy grato escucharlo. SÓCRATES: Tomemos, pues, de aquí mismo, cómo el discurso logró pasar de la censura al elogio. FEDRO:¿ Cómo dices eso? SÓCRATES: A mí me parece que lo demás fue dicho realmente en broma; pero si alguien pudiera captar con arte la fuerza de estos dos géneros que fueron mencionados por azar, no sería desagradable. FEDRO:¿ De cuáles hablas? SÓCRATES: De ver las cosas dispersas en muchos lugares y llevarlas a una sola idea, para que, al definir cada una, se haga evidente sobre lo que uno siempre desea enseñar. Como lo que hace un momento sobre Eros— lo que es, al ser definido—, ya sea que se haya dicho bien o mal, al menos el discurso logró tener claridad y ser coherente consigo mismo gracias a esto. FEDRO:¿ Y cuál es el otro género que mencionas, Sócrates?
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SÓCRATES: El poder volver a cortar según las especies, por sus articulaciones naturales, y no intentar romper ninguna parte, como haría un mal carnicero; sino, como hace un momento los dos discursos tomaron lo irracional del pensamiento como una sola especie común, y así como de un solo cuerpo nacen dos partes homónimas, las izquierdas y las llamadas derechas, así también los dos discursos, al considerar la locura como una sola especie nacida en nosotros, uno, cortando la parte de la izquierda, y volviendo a cortar esta, no se detuvo hasta encontrar en ellas un amor llamado izquierdo y lo censuró muy justamente, mientras que el otro, llevándonos a las partes de la derecha de la locura, encontrando y proponiendo un amor homónimo a aquel, pero a su vez divino, lo elogió como causa de los mayores bienes para nosotros. FEDRO: Hablas con mucha verdad. SÓCRATES: De estas divisiones y agrupaciones soy yo mismo amante, Fedro, para ser capaz de hablar y pensar; y si considero a algún otro capaz de ver lo que es naturalmente uno y múltiple, lo sigo detrás, tras sus huellas, como a un dios. Y, ciertamente, a los que pueden hacer esto, si los llamo correctamente o no, Dios lo sabe, pero los llamo hasta ahora dialécticos. Pero dime qué debemos llamar a lo que hemos aprendido de ti y de Lisias;¿ o es esto aquel arte de los discursos que Trasímaco y los demás usan, habiéndose vuelto ellos mismos sabios en hablar y haciendo tales a otros, quienes deseen darles regalos como a reyes? FEDRO: Hombres reales, sí, pero no conocedores de lo que preguntas. Pero me parece que llamas correctamente a este género, llamándolo dialéctico; pero el retórico me parece que todavía se nos escapa. SÓCRATES:¿ Qué dices?¿ Sería algo hermoso lo que, habiendo quedado fuera de esto, se capta sin embargo con arte? De todos modos, no debe ser despreciado por ti y por mí, sino que debemos decir qué es lo que queda de la retórica. FEDRO: Y ciertamente muchas cosas, Sócrates, las que están escritas en los libros sobre el arte de los discursos. SÓCRATES: Y me lo has recordado bien. El proemio, supongo, primero, cómo debe decirse el discurso al principio;¿ dices esto?¿ Lo elegante del arte? FEDRO: Sí. SÓCRATES: Y segundo, una narración y testimonios sobre ella, tercero, pruebas, cuarto, verosimilitudes; y creo que el mejor artífice de discursos, el bizantino, habla también de confirmación y confirmación adicional. FEDRO:¿ Te refieres al excelente Teodoro?
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SÓCRATES:¿ Cómo no? Y también de refutación y refutación adicional, cómo debe hacerse en la acusación y en la defensa.¿ Y no traemos a colación al bellísimo Eveno de Paros, quien inventó primero las insinuaciones y los elogios indirectos— y otros dicen que también los vituperios indirectos en verso por causa de la memoria—, pues es un hombre sabio.¿ Dejaremos dormir a Tisias y a Gorgias, quienes vieron que las verosimilitudes deben ser más valoradas que las verdades, y hacen que las cosas pequeñas parezcan grandes y las grandes pequeñas mediante la fuerza del discurso, y las cosas nuevas de manera antigua y las contrarias de manera nueva, y descubrieron la brevedad de los discursos y las longitudes infinitas sobre todas las cosas? Al escuchar esto alguna vez, Pródico se rió y dijo que él solo había descubierto el arte de los discursos que se necesita; que no deben ser ni largos ni cortos, sino moderados. FEDRO: Muy sabiamente, Pródico. SÓCRATES:¿ Y no mencionamos a Hipias? Pues creo que el extranjero de Élide estaría de acuerdo con él. FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES:¿ Y qué diremos de los museos de discursos de Polo— como la duplicación de palabras, la sentenciosidad y la imaginería— y los nombres licimnios que le regaló para la poesía de la elocuencia? FEDRO:¿ Y las cosas de Protágoras, Sócrates, no eran tales? SÓCRATES: Una cierta corrección en el hablar, hijo, y muchas otras cosas hermosas. Pero me parece que la fuerza del de Calcedonia ha superado con arte a los discursos que arrastran a la vejez y a la pobreza, y el hombre ha sido hábil para enfurecer a muchos a la vez, y de nuevo, a los enfurecidos, encantarlos con sus conjuros, como decía; y para calumniar y disipar calumnias de donde sea, es el mejor. Y el final de los discursos parece ser algo acordado por todos, al que algunos llaman recapitulación, y otros le ponen otro nombre. FEDRO:¿ Te refieres a recordar en resumen cada cosa al final a los oyentes sobre lo dicho? SÓCRATES: Eso digo, y si tienes algo más que decir sobre el arte de los discursos. FEDRO: Cosas pequeñas y no dignas de mención.
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SÓCRATES: Dejemos, pues, las cosas pequeñas; veamos más bien bajo la luz qué fuerza tiene el arte. FEDRO: Una muy vigorosa, Sócrates, al menos en las asambleas de la multitud. SÓCRATES: La tiene, en efecto. Pero, hombre divino, mira también tú si te parece que su estructura está separada de ellas como a mí. FEDRO: Muéstramelo solamente. SÓCRATES: Dime, pues: si alguien se acercara a tu compañero Erixímaco o a su padre Acumeno y dijera:« Yo sé cómo aplicar a los cuerpos tales cosas, de modo que, si quiero, los caliento y, si quiero, los enfrío, y si me parece, hago vomitar, y si, por el contrario, hago evacuar, y otras muchas cosas tales; y, sabiendo esto, pretendo ser médico y hacer médico a otro a quien le transmita el conocimiento de esto»,¿ qué crees que dirían al escucharlo? FEDRO:¿ Qué otra cosa sino preguntar si sabe además a quiénes y cuándo debe hacer cada una de estas cosas, y hasta qué punto? SÓCRATES:¿ Y si dijera que de ninguna manera, sino que pretendo que quien aprenda esto de mí sea capaz por sí mismo de hacer lo que preguntas? FEDRO: Creo que dirían que el hombre está loco, y que por haber escuchado algo de un libro o haberse encontrado con fármacos, cree haberse vuelto médico, sin entender nada del arte. SÓCRATES:¿ Y qué si alguien se acercara a Sófocles y a Eurípides y dijera que sabe cómo hacer discursos larguísimos sobre un asunto pequeño y brevísimos sobre uno muy grande, y cuando quiere, lastimeros, y, por el contrario, temibles y amenazantes, y otras cosas tales, y enseñando esto cree transmitir la composición de tragedias? FEDRO: También estos, Sócrates, creo que se reirían si alguien cree que la tragedia es otra cosa que la composición de estos elementos, apropiados entre sí y constituidos para el conjunto. SÓCRATES: Pero no creo que los insultarían groseramente, sino como un músico que se encuentra con un hombre que cree ser armónico, porque resulta que sabe cómo hacer la cuerda más aguda y la más grave, no diría salvajemente:«¡ Oh, miserable, estás loco!», sino que, siendo músico, más suavemente:« Oh, excelente, es necesario que también esto lo sepa quien pretenda ser armónico, pero nada impide que quien tiene tu disposición no entienda nada de armonía; pues sabes las lecciones necesarias antes de la armonía, pero no las armónicas». FEDRO: Muy correctamente.
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SÓCRATES:¿ No diría entonces también Sófocles que quien les muestra las cosas previas a la tragedia no muestra las cosas trágicas, y Acumeno las previas a la medicina y no las médicas? FEDRO: Completamente. SÓCRATES:¿ Y qué pensamos del melifluo Adrasto o de Pericles, si escucharan lo que hace un momento repasamos de las bellísimas artes— las brevedades, las imaginerías y todo lo demás que, tras haberlo repasado, dijimos que debía ser examinado—, si se enfadarían, como tú y yo, por grosería, al decir una palabra inculta contra quienes han escrito y enseñado esto como arte retórica, o si, siendo más sabios que nosotros, nos reprenderían diciendo:« Oh, Fedro y Sócrates, no hay que enfadarse, sino comprender, si algunos, no sabiendo dialogar, fueron incapaces de definir qué es la retórica, y a partir de este error, teniendo las lecciones necesarias previas al arte, creyeron haber encontrado la retórica, y enseñando esto a otros, creen haberles enseñado la retórica perfectamente, siendo que el decir cada una de estas cosas de manera persuasiva y el constituir el conjunto no es ningún trabajo, y que los alumnos deben procurárselo por sí mismos en los discursos»? FEDRO: Pero, Sócrates, corre el riesgo de ser algo así el arte que estos hombres enseñan y escriben como retórica, y me parece que has dicho la verdad; pero,¿ cómo y de dónde podría uno procurarse el arte del verdadero retórico y persuasivo? SÓCRATES: El poder, Fedro, para llegar a ser un competidor perfecto, es probable— y quizás también necesario— que se tenga como las demás cosas: si te es natural ser retórico, serás un orador ilustre, habiendo añadido conocimiento y práctica, pero en lo que te falte de esto, en eso serás incompleto. Pero en cuanto a lo que es arte, no me parece que el método sea el que siguen Lisias y Trasímaco. FEDRO:¿ Pero cómo, pues? SÓCRATES: Corre el riesgo, excelente amigo, de que Pericles haya llegado a ser el más perfecto de todos en la retórica. FEDRO:¿ Por qué?
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SÓCRATES: Todas las grandes artes necesitan de una charla y una especulación sobre la naturaleza; pues este pensamiento elevado y que todo lo perfecciona parece venir de algún lugar así. Lo cual Pericles adquirió además de ser bien dotado; pues habiéndose acercado a un Anaxágoras tal, lleno de especulación y habiendo llegado a la naturaleza de la inteligencia y del pensamiento, sobre lo cual Anaxágoras hacía el gran discurso, de ahí arrastró hacia el arte de los discursos lo que le era apropiado. FEDRO:¿ Cómo dices esto? SÓCRATES: El modo de arte de la medicina es el mismo que el de la retórica. FEDRO:¿ Cómo? SÓCRATES: En ambas es necesario distinguir una naturaleza, la del cuerpo en una, y la del alma en la otra, si pretendes, no solo por rutina y experiencia, sino por arte, al aplicar fármacos y alimento en una, producir salud y fuerza, y en la otra, mediante discursos y costumbres legales, transmitir la persuasión que desees y la virtud. FEDRO: Lo probable, Sócrates, es así. SÓCRATES:¿ Crees, pues, que es posible comprender la naturaleza del alma dignamente si no es mediante la naturaleza del todo? FEDRO: Si hay que creer algo a Hipócrates, el de los Asclepíadas, ni siquiera la del cuerpo sin este método. SÓCRATES: Habla bien, compañero; sin embargo, al examinar el discurso junto a Hipócrates, hay que ver si está de acuerdo. FEDRO: Lo digo. SÓCRATES: Considera, pues, sobre la naturaleza qué es lo que dicen Hipócrates y el verdadero discurso.¿ Acaso no hay que pensar así sobre la naturaleza de cualquier cosa: primero, si es simple o multiforme aquello sobre lo que querremos ser nosotros mismos técnicos y capaces de hacer a otro, y después, si es simple, considerar su fuerza, qué es naturalmente capaz de hacer hacia qué o qué de sufrir por qué, y si tiene más especies, habiéndolas contado, ver esto mismo que en una, en cada una, por qué es naturalmente capaz de hacer o por qué de sufrir por qué? FEDRO: Corre el riesgo, Sócrates. SÓCRATES: El método sin esto se parecería al caminar de un ciego. Pero no hay que comparar a quien se dedica a cualquier cosa con arte con un ciego ni con un sordo, sino que es evidente que, si alguien enseña discursos con arte, mostrará con precisión la esencia de la naturaleza de aquello sobre lo que aplicará los discursos; y esto será, supongo, el alma. FEDRO:¿ Cómo no?
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SÓCRATES:¿ No está, pues, toda su lucha dirigida hacia esto? Pues intenta producir persuasión en ella.¿ No es así? FEDRO: Sí. SÓCRATES: Es evidente, pues, que Trasímaco y quienquiera que enseñe con seriedad el arte retórica, escribirá y hará con toda precisión ver el alma, si es naturalmente una y semejante o multiforme según la forma del cuerpo; pues esto es lo que decimos que es mostrar la naturaleza. FEDRO: Completamente. SÓCRATES: Y segundo, por qué es naturalmente capaz de hacer o sufrir por qué. FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES: Y tercero, habiendo ordenado los géneros de los discursos y del alma y sus afecciones, recorrerá todas las causas, adaptando cada una a cada una y enseñando qué clase de alma es, por qué clase de discursos y por qué causa, por necesidad, una es persuadida y otra no. FEDRO: Hermosamente, al parecer, sería así. SÓCRATES: De ninguna otra manera, amigo, se dirá o escribirá esto con arte, ni ninguna otra cosa. Pero los que escriben ahora, de quienes has escuchado, son unos pícaros en el arte de los discursos y se ocultan, conociendo el alma hermosamente; por tanto, hasta que no hablen y escriban de este modo, no les creamos que escriben con arte. FEDRO:¿ Qué modo es este? SÓCRATES: Decir las palabras mismas no es fácil; pero cómo debe escribirse, si ha de ser técnico en la medida de lo posible, deseo decirlo. FEDRO: Dilo, pues. SÓCRATES: Puesto que la fuerza del discurso resulta ser la conducción del alma, quien pretenda ser retórico necesita saber cuántas especies tiene el alma. Son, pues, tantas y tantas, y tales y tales, de donde unos resultan de una manera y otros de otra; habiendo sido divididas estas así, hay a su vez tantas y tantas especies de discursos, cada una de tal clase. Los de tal clase, pues, son fácilmente persuadibles por tales discursos por esta causa hacia tales cosas, y los de tal clase son difíciles de persuadir por estas causas; habiendo comprendido esto suficientemente, y después observándolos en las acciones, siendo y realizándose, debe ser capaz de seguir con agudeza con la percepción, o no tendrá todavía nada más que los discursos que escuchaba entonces.
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SÓCRATES: Y cuando sea capaz de decir suficientemente qué clase de persona es persuadida por qué clase de discursos, y sea capaz de percibir y mostrarse a sí mismo que esta es la persona y esta la naturaleza sobre la que eran los discursos, ahora presente en la realidad, a la que hay que aplicar estos discursos de esta manera para la persuasión de estos, y habiendo ya obtenido todo esto, habiendo añadido los momentos de cuándo debe hablarse y cuándo abstenerse, y de la brevedad, de la lastimería, de la intensificación y de todas las especies de discursos que aprenda, habiendo discernido la oportunidad y la inoportunidad de ellos, entonces el arte está realizada hermosa y perfectamente, pero antes no; sino que, cualquier cosa que uno de ellos omita al hablar, enseñar o escribir, y diga que habla con arte, el que no se deja persuadir vence.¿ Qué pues? Dirá quizás el autor:« Oh, Fedro y Sócrates,¿ les parece así?¿ No debe aceptarse de otra manera lo que se llama arte de los discursos?». FEDRO: Es imposible, Sócrates, de otra manera; aunque no parece un trabajo pequeño. SÓCRATES: Dices la verdad. Por eso hay que examinar todos los discursos, dándoles vueltas arriba y abajo, por si aparece algún camino más fácil y breve hacia él, para no recorrer mucho y áspero en vano, pudiendo recorrer poco y llano. Pero si tienes alguna ayuda por haber escuchado a Lisias o a algún otro, intenta decirla recordándola. FEDRO: Por probar, podría tenerla, pero no estoy ahora así. SÓCRATES:¿ Quieres, pues, que diga un discurso que he escuchado de algunos que se ocupan de esto? FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES: Se dice, pues, Fedro, que es justo decir también lo del lobo. FEDRO: Hazlo tú así. SÓCRATES: Dicen, pues, que no hay que solemnizar tanto estas cosas ni elevarlas lejos rodeándolas mucho; pues, en absoluto, lo que dijimos al principio de este discurso, que no hace falta que nada participe de la verdad sobre asuntos justos o buenos, o sobre hombres que sean tales por naturaleza o crianza, para quien pretenda ser suficientemente retórico. Pues en los tribunales no importa a nadie la verdad de esto, sino lo persuasivo; y que esto es lo verosímil, a lo que debe prestar atención quien pretenda hablar con arte. Pues ni siquiera hay que decir las cosas que han sucedido a veces, si no han sucedido verosímilmente, sino las verosímiles, tanto en la acusación como en la defensa, y al hablar, hay que perseguir siempre lo verosímil, dejando de lado muchas veces la verdad; pues esto, al realizarse a través de todo el discurso, procura todo el arte.
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FEDRO: Has expuesto, Sócrates, las mismas cosas que dicen los que pretenden ser técnicos en los discursos; pues recordé que en lo anterior tocamos brevemente algo así, y esto parece ser algo grandísimo para los que se ocupan de esto. SÓCRATES: Pero has pisado con precisión al mismo Tisias; que diga, pues, también esto a nosotros Tisias, si dice otra cosa por lo verosímil que lo que parece a la multitud. FEDRO:¿ Qué otra cosa? SÓCRATES: Esto, pues, al parecer, habiendo encontrado algo sabio y técnico, escribió que si un hombre débil y valiente golpea a uno fuerte y cobarde, quitándole el manto o alguna otra cosa, y es llevado a juicio, ninguno de los dos debe decir la verdad, sino que el cobarde debe decir que no fue golpeado solo por el valiente, y el otro debe refutar esto diciendo que estaban solos, y usar contra aquel el«¿ cómo habría yo, siendo así, intentado contra alguien así?». Y aquel no dirá su propia cobardía, sino que, intentando mentir sobre otra cosa, tal vez daría una refutación al adversario. Y sobre las demás cosas tales son las que se dicen con arte.¿ No es así, Fedro? FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES:¡ Ay!, parece que Tisias ha encontrado un arte terriblemente oculto, o quienquiera que sea y de donde sea que le guste ser llamado. Pero, compañero,¿ decimos a este o no? FEDRO:¿ Qué cosa? SÓCRATES: Que, Tisias, nosotros hace tiempo, antes incluso de que tú llegaras, estábamos diciendo que este verosímil resulta nacer en la mayoría por semejanza con lo verdadero; y las semejanzas acabamos de recorrer que en todas partes quien conoce la verdad sabe encontrarlas mejor. De modo que si dices otra cosa sobre el arte de los discursos, podríamos escucharla; pero si no, nos dejaremos persuadir por lo que acabamos de recorrer, que si alguien no enumera las naturalezas de los que van a escuchar, y no es capaz de dividir las cosas según especies y de comprender cada una en una sola idea, nunca será técnico sobre los discursos en la medida en que es posible para un hombre. Y esto nunca lo obtendrá sin mucha ocupación; la cual no debe esforzarse el hombre sensato por causa de hablar y actuar ante los hombres, sino por ser capaz de decir cosas gratas a los dioses y de actuar gratamente en todo, en la medida de lo posible.
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SÓCRATES: Pues no es, Tisias, dicen los más sabios que nosotros, que el hombre que tiene inteligencia deba practicar complacer a sus compañeros de esclavitud, a menos que sea como algo secundario, sino a amos buenos y nacidos de buenos. Así que, si el camino es largo, no te sorprendas; pues hay que recorrerlo por causa de cosas grandes, no como tú crees. Será, sin embargo, como dice el discurso, si alguien quiere, y esto lo mejor que nace de aquello. FEDRO: Me parece que se dice hermosamente, Sócrates, si uno fuera capaz. SÓCRATES: Pero al intentar cosas hermosas, es hermoso también sufrir lo que a uno le toque sufrir. FEDRO: Ciertamente. SÓCRATES:¿ No sea, pues, suficiente lo relativo al arte y la falta de arte de los discursos? FEDRO:¿ Cómo no? SÓCRATES: Queda, pues, lo relativo a la propiedad y la impropiedad de la escritura, dónde sucediendo estaría bien y dónde impropiamente.¿ No es así? FEDRO: Sí. SÓCRATES:¿ Sabes, pues, dónde complacerás más a Dios al actuar o hablar sobre discursos? FEDRO: De ninguna manera;¿ tú sí? SÓCRATES: Puedo decir lo que escuché de los antiguos, pero la verdad la saben ellos mismos. Si encontráramos esto nosotros mismos,¿ nos importaría todavía algo de las opiniones humanas? FEDRO: Preguntaste algo ridículo; pero di lo que dices haber escuchado. SÓCRATES: Escuché, pues, que cerca de Naucratis, en Egipto, hubo uno de los antiguos dioses de allí, cuyo pájaro sagrado es el que llaman ibis; y el nombre del demonio era Theuth. Este fue quien primero descubrió el número y el cálculo, la geometría y la astronomía, y además el juego de mesa y los dados, y también las letras. Siendo entonces rey de todo Egipto Thamus, cerca de la gran ciudad de la parte alta que los griegos llaman Tebas egipcia, y el dios Ammón, vino a él Theuth y le mostró las artes, y dijo que debían difundirse a los demás egipcios; y él preguntó qué utilidad tenía cada una, y mientras las exponía, según le parecían bien o no, censuraba unas y elogiaba otras. Se dice que Thamus manifestó muchas cosas a Theuth sobre cada arte, tanto a favor como en contra, lo cual sería un largo discurso recorrer; pero cuando llegó a las letras,« este conocimiento, oh rey», dijo Theuth,« hará a los egipcios más sabios y más memoriosos; pues se ha descubierto un fármaco para la memoria y la sabiduría».
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SÓC. Y él dijo:«¡ Oh, habilísimo Theuth!, uno es capaz de engendrar los elementos de un arte, y otro de juzgar qué parte de daño y de utilidad tiene para quienes han de usarlo. Y ahora tú, siendo padre de las letras, por benevolencia has dicho lo contrario de lo que pueden. Pues esto producirá olvido en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, por confiar en la escritura, recordarán desde fuera a través de caracteres ajenos, no desde dentro por sí mismos. Por tanto, no has hallado un fármaco para la memoria, sino para el recuerdo. Ofreces a tus discípulos la apariencia de sabiduría, no la verdad; pues, habiéndose convertido en oidores de muchas cosas sin enseñanza, parecerán conocedores de muchas cosas, siendo en su mayoría ignorantes y difíciles de tratar, al haberse convertido en sabios aparentes en lugar de sabios». FED.«¡ Oh, Sócrates!, haces fácilmente discursos egipcios y de cualquier clase que desees». SÓC.« Pero, amigo mío, en el santuario de Zeus Dodoneo decían que los primeros discursos proféticos procedieron de una encina. A los de entonces, como no eran sabios como vosotros los jóvenes, les bastaba por su sencillez escuchar a una encina o a una piedra, con tal de que dijeran la verdad; pero a ti, tal vez, te importa quién es el que habla y de dónde es.¿ Pues no examinas acaso si es así o de otro modo?». FED.« Me has reprendido con razón, y me parece que respecto a las letras ocurre tal como dice el tebano». SÓC.«¿ No es, pues, el que cree dejar un arte en las letras, y a su vez el que lo recibe como si fuera a resultar algo claro y seguro a partir de las letras, alguien lleno de mucha sencillez y que, en verdad, desconoce el vaticinio de Amón, al creer que los discursos escritos son algo más que un recordatorio para el que ya sabe sobre aquello de lo que tratan los escritos?». FED.« Muy correctamente». SÓC.« Pues es algo terrible, Fedro, lo que tiene la escritura, y es verdaderamente semejante a la pintura. Pues los vástagos de esta están ahí como si vivieran, pero si les preguntas algo, guardan un silencio muy solemne. Lo mismo ocurre con los discursos: podrías pensar que hablan como si tuvieran algún juicio, pero si les preguntas algo de lo que dicen queriendo aprender, significan una sola cosa, siempre la misma. Y cuando una vez ha sido escrito, todo discurso rueda por todas partes, igual entre los que entienden que entre aquellos a quienes no les incumbe, y no sabe a quién debe hablar y a quién no. Y cuando es maltratado e injuriado injustamente, siempre necesita la ayuda de su padre; pues él mismo no es capaz de defenderse ni de ayudarse a sí mismo». FED.« Y esto que has dicho es muy correcto».
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¿ SÓC.¿ Y qué?¿ Vemos otro discurso hermano legítimo de este, que nace de la misma manera, y cuánto mejor y más poderoso que este resulta? FED.¿ A qué te refieres con este y cómo dices que nace? SÓC. El que se escribe con conocimiento en el alma del que aprende, capaz de defenderse a sí mismo y que sabe hablar y callar ante quienes debe. FED.¿ Te refieres al discurso vivo y animado del que sabe, del cual el escrito podría llamarse justamente una imagen? SÓC. Ciertamente. Dime esto: el agricultor que tiene juicio, de cuyas semillas se preocupa y desea que den fruto,¿ se alegraría con seriedad de verlas crecer hermosas en ocho días sembrándolas en los jardines de Adonis durante el verano, o haría esto por juego y por causa de una fiesta, cuando lo hiciera; pero en aquello en lo que se ha esforzado, usando el arte de la agricultura, habiendo sembrado en el lugar adecuado, se alegraría de que en el octavo mes lo que sembró alcanzara su fin? FED. Así, Sócrates, haría unas cosas con seriedad y otras como dices, de otra manera. SÓC.¿ Diremos que el que posee conocimientos de lo justo, lo bello y lo bueno tiene menos juicio respecto a sus propias semillas que el agricultor? FED. De ninguna manera. SÓC. Entonces no las escribirá con seriedad en agua con tinta, sembrando mediante una caña con discursos incapaces de ayudarse a sí mismos mediante el discurso, e incapaces de enseñar suficientemente la verdad. FED. No es lo verosímil. SÓC. No, en efecto; sino que sembrará y escribirá los jardines en letras, al parecer, por causa de juego, y cuando escriba, atesorando recordatorios para sí mismo, si llega a la vejez del olvido, y para todo aquel que siga el mismo rastro, se alegrará viéndolos crecer tiernos; pero cuando otros usen otros juegos, regándose con banquetes y otras cosas hermanas de estas, entonces él, al parecer, pasará el tiempo jugando en lugar de con estas cosas que digo. FED. Dices un juego muy hermoso frente a uno trivial, Sócrates, el del que es capaz de jugar con discursos, fabulando sobre la justicia y otras cosas de las que hablas.
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SÓC. Así es, amigo Fedro; pero creo que un esfuerzo mucho más hermoso se realiza respecto a ellas cuando alguien, usando el arte dialéctico, habiendo tomado un alma adecuada, planta y siembra con conocimiento discursos que son capaces de ayudarse a sí mismos y al que los plantó, y no son infructuosos, sino que tienen semilla, de donde otros, creciendo en otros caracteres, son capaces de hacer esto siempre inmortal, y hacen al que los posee ser feliz en la medida en que es posible para un hombre. FED. Dices que esto es aún mucho más hermoso. SÓC. Ahora ya podemos juzgar aquello, Fedro, una vez acordado esto. FED.¿ Qué cosas? SÓC. Aquellas sobre las que llegamos aquí queriendo ver, para examinar el reproche de Lisias sobre la escritura de los discursos, y los discursos mismos que se escriben con arte y sin arte. Lo que es artístico y lo que no, me parece que ha quedado suficientemente aclarado. FED. Ciertamente ha parecido así; pero recuérdame de nuevo cómo. SÓC. Antes de que alguien sepa la verdad sobre cada cosa de la que habla o escribe, y sea capaz de definir todo por sí mismo, y una vez definido, aprenda a cortar de nuevo por especies hasta lo indivisible, y habiendo visto la naturaleza del alma de la misma manera, encontrando la especie que se adapta a cada naturaleza, así disponga y ordene el discurso, dando a un alma compleja discursos complejos y perfectamente armonizados, y a una simple, simples, no es posible que el género de los discursos sea manejado con arte en la medida en que su naturaleza lo permite, ni para enseñar ni para persuadir, como todo el discurso anterior nos ha indicado. FED. Ciertamente esto ha parecido ser así. SÓC.¿ Y qué hay, a su vez, sobre si es bello o vergonzoso hablar y escribir discursos, y en qué caso podría decirse justamente que es un reproche o no, acaso no lo han aclarado las cosas dichas hace poco? FED.¿ Qué cosas? SÓC. Que si Lisias o cualquier otro ha escrito o escribirá, en privado o en público, estableciendo leyes, escribiendo un escrito político y creyendo que hay en él una gran certeza y claridad, así es un reproche para el que escribe, lo diga alguien o no; pues el desconocer, despierto o dormido, sobre lo justo y lo injusto, y lo malo y lo bueno, no escapa a la verdad de ser reprochable, ni aunque toda la multitud lo alabe. FED. En efecto, no.
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SÓC. Pero el que, en el discurso escrito, considera que hay mucho juego sobre cada cosa, y que ningún discurso, ni en verso ni sin verso, ha sido escrito jamás digno de gran seriedad, ni dicho como los que se recitan sin examen ni enseñanza con el fin de persuadir, sino que en realidad han sido un recordatorio para los que conocen los mejores, y que considera que solo en los que se enseñan y se dicen por causa de aprendizaje y se escriben realmente en el alma sobre lo justo, lo bello y lo bueno, está lo evidente, lo perfecto y lo digno de seriedad; y que tales discursos deben decirse que son suyos, como hijos legítimos, primero el que está en él mismo, si se encuentra en él, luego si algunos vástagos y hermanos de este han brotado a la vez en las almas de otros según su mérito; y dejando a los demás que se despidan: este hombre, Fedro, corre el riesgo de ser como tú y yo desearíamos que tú y yo llegáramos a ser. FED. Ciertamente yo deseo y pido lo que dices. SÓC.¿ No es, pues, momento de que hayamos jugado moderadamente con lo referente a los discursos? Y tú, ve y dile a Lisias que nosotros, al bajar a la fuente y al museo de las Ninfas, escuchamos discursos que nos encargaban decir a Lisias y a cualquiera que componga discursos, y a Homero y a cualquiera que haya compuesto poesía pura o en canto, y en tercer lugar a Solón y a quienquiera que, en discursos políticos, llamando leyes a sus escritos, los haya escrito: si compuso esto sabiendo cómo es la verdad, y siendo capaz de ayudar, yendo al examen sobre lo que escribió, y siendo él mismo capaz de demostrar que lo escrito es trivial, no debe llamarse a tal hombre con el nombre de estos, sino por aquello en lo que se ha esforzado. FED.¿ Qué nombres, pues, le atribuyes? SÓC. El de sabio, Fedro, me parece que es grande y que solo conviene a un dios; el de filósofo, o algo así, le convendría más y sería más apropiado. FED. Y no está nada fuera de lugar. SÓC.¿ No llamarás, pues, a su vez, al que no tiene nada más valioso que lo que compuso o escribió, revolviéndolo arriba y abajo en el tiempo, pegando y quitando, justamente poeta o escritor de discursos o legislador? FED.¿ Cómo no? SÓC. Dile, pues, esto a tu compañero. FED.¿ Y tú?¿ Qué harás? Pues tampoco hay que dejar pasar a tu compañero. SÓC.¿ A quién? FED. A Isócrates, el bello;¿ qué le anunciarás, Sócrates?¿ Qué diremos que es?
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SÓC. Isócrates es aún joven, Fedro; pero quiero decir lo que presagio sobre él. FED.¿ Qué cosa? SÓC. Me parece que es mejor que los discursos de los que rodean a Lisias en cuanto a la naturaleza, y además que está mezclado con un carácter más noble; de modo que no sería extraño que, al avanzar su edad, si se dedica a los discursos mismos a los que ahora se dedica, aventajara más que a unos niños a todos los que alguna vez se han ocupado de discursos, y además, si esto no le bastara, que un impulso más divino lo llevara a cosas mayores; pues por naturaleza, amigo, hay cierta filosofía en el pensamiento del hombre. Esto, pues, yo se lo anuncio a Isócrates, como mi favorito, de parte de estos dioses, y tú anúncialo a Lisias como el tuyo. FED. Así será; pero vámonos, ya que el bochorno se ha vuelto más suave. SÓC.¿ No es, pues, apropiado rezar antes de partir? FED.¿ Cómo no? SÓC.¡ Oh, querido Pan y demás dioses que estáis aquí, concededme que sea bello por dentro; y que lo que tengo por fuera sea amigo de lo que tengo por dentro! Que considere rico al sabio; y que la cantidad de oro sea para mí la que no pueda llevar ni conducir nadie más que el sensato.¿ Necesitamos algo más, Fedro? Pues para mí se ha rezado moderadamente. FED. Reza también esto conmigo; pues las cosas de los amigos son comunes. SÓC. Vámonos.

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