Protagoras
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/plato" aria-label="More works by Plato (plato)">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
309
ET.¿ De dónde vienes, Sócrates?¿ O es evidente que vienes de cazar la belleza de Alcibíades? Y, sin embargo, cuando lo vi hace poco, me pareció un hombre hermoso, pero un hombre al fin y al cabo, Sócrates, dicho sea entre nosotros, y ya empezando a cubrirse de barba. SO.¿ Y qué tiene eso de malo?¿ Acaso no eres tú un admirador de Homero, quien dijo que la juventud más encantadora es la del que empieza a tener barba, la que ahora tiene Alcibíades? ET.¿ Y qué hay de nuevo?¿ Vienes de estar con él?¿ Y cómo se comporta el joven contigo? SO. Bien, me pareció, y no menos en el día de hoy; pues dijo muchas cosas en mi favor, defendiéndome, y precisamente vengo de estar con él. Sin embargo, quiero contarte algo extraño: mientras él estaba presente, no le prestaba atención y me olvidaba de él a menudo. ET.¿ Y qué podría haber sucedido entre tú y él de tanta importancia? Pues no creo que hayas encontrado a nadie más hermoso en esta ciudad. SO. Y mucho más, ciertamente. ET.¿ Qué dices?¿ Un ciudadano o un extranjero? SO. Un extranjero. ET.¿ De dónde? SO. De Abdera. ET.¿ Y tan hermoso te pareció el extranjero como para que te resultara más bello que el hijo de Clinias? SO.¿ Y cómo no va a parecer más bello lo más sabio, mi buen amigo? ET.¿ Acaso vienes de encontrarte con algún sabio? SO. Con el más sabio, sin duda, de los de ahora, si es que consideras a Protágoras el más sabio. ET.¿ Qué dices?¿ Ha llegado Protágoras? SO. Hace ya tres días. ET.¿ Y vienes de estar con él hace poco?
310
SO. Así es, habiendo dicho y escuchado muchas cosas. ET.¿ Por qué no nos relatas el encuentro, si nada te lo impide, sentándote aquí y haciendo que se levante este muchacho? SO. Por supuesto; y te estaré agradecido si escucháis. ET. Y nosotros a ti, si hablas. SO. La gratitud sería doble. Pero escuchad. La noche pasada, todavía en la madrugada profunda, Hipócrates, el hijo de Apolodoro y hermano de Fasón, golpeaba la puerta con su bastón con mucha fuerza, y cuando alguien le abrió, entró de inmediato apresurado y, diciendo en voz alta:« Sócrates,¿ estás despierto o duermes?». Y yo, reconociendo su voz, dije:« Hipócrates,¿ eres tú?¿ Traes alguna noticia nueva?».« Ninguna, dijo, salvo que son buenas».« Harías bien, dije; pero¿ qué pasa y por qué has venido a estas horas?».« Protágoras ha llegado», dijo, deteniéndose a mi lado.« Hace poco, dije;¿ te has enterado ahora?».« Por los dioses, dijo, ayer por la tarde». Y al mismo tiempo, palpando el catre, se sentó a mis pies y dijo:« Sí, ayer por la tarde, llegando muy tarde de Enoé. Pues mi esclavo, Sátiro, se me escapó; y, en efecto, cuando iba a decirte que saldría a perseguirlo, me olvidé por otra cosa. Cuando llegué, habíamos cenado y nos disponíamos a descansar, entonces mi hermano me dice que ha llegado Protágoras. Y aún intenté ir inmediatamente a verte, pero luego me pareció que era demasiado tarde en la noche; pero tan pronto como el sueño me abandonó tras el cansancio, me levanté y vine directamente aquí». Y yo, conociendo su valentía y su agitación, dije:«¿ Y qué te importa esto?¿ Acaso Protágoras te ha hecho algún daño?». Y él, riendo, dijo:«¡ Por los dioses, Sócrates!, porque él es el único sabio y a mí no me hace tal».« Pero, por Zeus, dije, si le das dinero y lo persuades, te hará sabio a ti también».«¡ Ojalá, dijo, por Zeus y los dioses, que dependiera de eso! Pues no dejaría nada de lo mío ni de mis amigos; pero precisamente por esto he venido ahora a ti, para que hables por mí con él. Pues yo, por una parte, soy más joven, y por otra, nunca he visto a Protágoras ni he oído nada de él; pues aún era un niño cuando estuvo aquí la vez anterior».
311
SO.« Pero, Sócrates, todos elogian al hombre y dicen que es el más sabio al hablar;¿ por qué no vamos a verlo para encontrarlo dentro? Se aloja, según he oído, en casa de Calias, el hijo de Hipónico; vamos, pues». Y yo dije:« No vayamos todavía allí, buen amigo— pues es temprano—, sino levantémonos y vayamos al patio, y paseando por allí pasemos el tiempo hasta que aclare; luego iremos. Pues Protágoras pasa la mayor parte del tiempo dentro, así que, ten confianza, lo encontraremos dentro, como es probable». Después de esto, nos levantamos y paseamos por el patio; y yo, poniendo a prueba la fuerza de Hipócrates, lo examinaba y le preguntaba:« Dime, Hipócrates, te dispones ahora a ir a ver a Protágoras, pagándole dinero como salario por ti mismo,¿ como a quién vas a acudir y en qué te vas a convertir? Como si pensaras ir a ver a tu homónimo, Hipócrates de Cos, el de los Asclepíadas, para pagarle dinero como salario por ti mismo, si alguien te preguntara:' Dime, Hipócrates,¿ vas a pagarle a Hipócrates un salario como a quién?',¿ qué responderías?».« Respondería, dijo, que como a un médico».«¿ En qué te convertirías?».« En médico, dijo».« Y si pensaras ir a ver a Policleto el argivo o a Fidias el ateniense para pagarles un salario por ti mismo, si alguien te preguntara:'¿ Tienes la intención de pagar este dinero como a quién?',¿ qué responderías?».« Respondería que como a escultores».«¿ En qué te convertirías tú mismo?».« Es evidente que en escultor».« Está bien, dije; pero ahora que vamos a ver a Protágoras, tú y yo estaremos dispuestos a pagarle dinero como salario por ti, si nuestros recursos son suficientes y lo persuadimos con ellos, y si no, gastando también los de nuestros amigos. Si alguien, al vernos tan afanados en esto, nos preguntara:' Dime, Sócrates e Hipócrates,¿ como a quién tenéis la intención de pagarle dinero a Protágoras?',¿ qué le responderíamos?¿ Qué otro nombre oímos decir sobre Protágoras? Como sobre Fidias, escultor, y sobre Homero, poeta,¿ qué oímos decir así sobre Protágoras?».« Lo llaman sofista, Sócrates, al hombre», dijo.«¿ Entonces vamos a pagarle el dinero como a un sofista?».« Ciertamente».
312
SO.« Si alguien te preguntara también esto:¿ Y tú mismo, como qué vas a convertirte al ir a ver a Protágoras?». Y él respondió, sonrojándose— pues ya empezaba a clarear el día, de modo que se le veía claramente—:« Si se parece en algo a lo anterior, es evidente que para convertirme en sofista».«¿ Y tú, dije, por los dioses, no te avergonzarías de presentarte ante los griegos como sofista?».«¡ Por Zeus, Sócrates, si es que hay que decir lo que pienso!».« Pero, Hipócrates,¿ no será que supones que el aprendizaje que recibirás de Protágoras no será de ese tipo, sino como el que recibiste del maestro de letras, del citarista y del maestro de gimnasia? Pues de cada uno de ellos aprendiste no para ejercer un oficio, como si fueras a ser un profesional, sino para tu educación, como conviene a un particular y a un hombre libre».« Me parece, dijo, que el aprendizaje de Protágoras es más bien de ese tipo».«¿ Sabes entonces lo que vas a hacer ahora, o se te escapa?», dije.«¿ Respecto a qué?».« Que vas a confiar tu propia alma para ser tratada por un hombre, como dices, sofista; pero me extrañaría que supieras qué es un sofista. Y, sin embargo, si ignoras esto, tampoco sabes a quién entregas tu alma, ni si es a algo bueno o malo».« Creo saberlo, dijo».« Dime, pues,¿ qué consideras que es el sofista?».« Yo, dijo, tal como indica el nombre, considero que es el que sabe de las cosas sabias».«¿ No es posible, dije, decir esto también de los pintores y de los carpinteros, que ellos son los que saben de las cosas sabias? Pero si alguien nos preguntara:'¿ De qué cosas sabias son expertos los pintores?', le diríamos, supongo, que de las relativas a la ejecución de las imágenes, y así con los demás. Pero si alguien preguntara:'¿ El sofista de qué cosas sabias es experto?',¿ qué le responderíamos?¿ De qué oficio es maestro?».«¿ Qué podríamos decir que es, Sócrates, sino maestro en hacer a uno hábil para hablar?».« Quizás, dije, diríamos la verdad, pero no lo suficiente; pues la respuesta aún necesita que preguntemos sobre qué hace el sofista a uno hábil para hablar; como el citarista, supongo, hace a uno hábil para hablar sobre lo mismo de lo que es experto, sobre el arte de la cítara;¿ no es así?».« Sí».« Está bien;¿ y el sofista sobre qué hace a uno hábil para hablar?».« Es evidente que sobre lo mismo de lo que él es experto».« Es probable.¿ Qué es esto sobre lo que el propio sofista es experto y hace experto al discípulo?».«¡ Por Zeus!, dijo, ya no puedo decírtelo».
313
SO. Y yo dije después de esto:«¿ Entonces qué?¿ Sabes a qué tipo de peligro te expones al confiar tu alma? Si tuvieras que confiar tu cuerpo a alguien, arriesgándote a que se volviera bueno o malo, habrías reflexionado mucho sobre si debías confiarlo o no, y habrías convocado a tus amigos y familiares para deliberar durante muchos días; pero sobre aquello que consideras más valioso que el cuerpo, el alma, y en lo que consiste todo tu bienestar o malestar, según se vuelva buena o mala, sobre esto no has consultado ni a tu padre, ni a tu hermano, ni a ninguno de nosotros, tus compañeros, sobre si debes confiar tu alma a este extranjero que ha llegado, sino que, habiéndolo oído por la tarde, como dices, vienes al amanecer sin hacer ninguna reflexión ni consulta sobre si debes confiarte a él o no, y estás dispuesto a gastar tus bienes y los de tus amigos, como si ya hubieras decidido que debes unirte a Protágoras, a quien no conoces, como dices, ni has hablado nunca con él, y lo llamas sofista, pero pareces ignorar qué es un sofista,¿ a quien vas a confiarte?». Y él, al oír esto, dijo:« Parece, Sócrates, por lo que dices».«¿ Acaso, Hipócrates, el sofista resulta ser un comerciante o un vendedor de las mercancías de las que se alimenta el alma? Pues a mí me parece alguien así».«¿ Y de qué se alimenta el alma, Sócrates?».« De conocimientos, supongo, dije. Y cuida, compañero, que el sofista, al elogiar lo que vende, no nos engañe, como los que se ocupan de la alimentación del cuerpo, el comerciante y el vendedor. Pues estos, supongo, de las mercancías que llevan, ni ellos mismos saben qué es bueno o malo para el cuerpo, sino que elogian todo lo que venden, ni los que las compran a ellos, a menos que uno sea gimnasta o médico. Así también los que llevan los conocimientos por las ciudades y los venden y comercian con quien desea, elogian todo lo que venden, y tal vez algunos de ellos, excelente amigo, ignoren qué es bueno o malo para el alma; y del mismo modo los que los compran, a menos que uno sea médico del alma. Si tú eres experto en qué es bueno y malo de esto, es seguro para ti comprar conocimientos tanto a Protágoras como a cualquier otro; pero si no, mira, mi buen amigo, no sea que te juegues y te arriesgues en lo más querido».
314
SO.« Porque, en efecto, hay un peligro mucho mayor en la compra de conocimientos que en la de alimentos. Pues los alimentos y bebidas, al comprarlos al vendedor y al comerciante, es posible llevarlos en otros recipientes, y antes de recibirlos en el cuerpo, al beber o comer, es posible, tras dejarlos en casa, consultar, llamando al experto, qué se debe comer o beber y qué no, y cuánto y cuándo; de modo que en la compra el peligro no es grande. Pero los conocimientos no es posible llevarlos en otro recipiente, sino que es necesario, tras pagar el precio, recibir el conocimiento en la propia alma y, habiéndolo aprendido, irse ya sea dañado o beneficiado. Reflexionemos, pues, sobre esto también con nuestros mayores; pues somos aún jóvenes para discernir un asunto de tal magnitud. Ahora, sin embargo, tal como nos propusimos, vayamos y escuchemos al hombre, y luego, tras escuchar, consultemos con otros; pues no solo Protágoras está allí, sino también Hipias de Élide— y creo que también Pródico de Ceos— y otros muchos y sabios». Habiendo decidido esto, nos pusimos en camino; y cuando llegamos al pórtico, deteniéndonos, discutíamos sobre cierto argumento que nos había surgido por el camino; para que no quedara incompleto, sino que, habiéndolo terminado, entráramos, nos detuvimos en el pórtico discutiendo hasta que estuvimos de acuerdo. Me parece, pues, que el portero, un eunuco, nos escuchaba, y es probable que, debido a la multitud de sofistas, estuviera molesto con los que frecuentaban la casa; al menos, cuando golpeamos la puerta, al abrir y vernos, dijo:«¡ Vaya, sofistas! No tiene tiempo». Y al mismo tiempo, con ambas manos, cerró la puerta con tanta energía como pudo. Y nosotros volvimos a golpear, y él, con la puerta cerrada, respondiendo dijo:« Hombres,¿ no habéis oído que no tiene tiempo?».« Pero, buen hombre, dije, no hemos venido a ver a Calias ni somos sofistas. Pero ten confianza; pues hemos venido deseando ver a Protágoras; anúncianos, pues». Con dificultad, al fin, el hombre nos abrió la puerta.
315
SO. Cuando entramos, encontramos a Protágoras paseando por el pórtico, y a continuación paseaban con él, por un lado, Calias, el hijo de Hipónico, y su hermano de madre, Páralo, hijo de Pericles, y Cármides, hijo de Glaucón; y por el otro lado, el otro hijo de Pericles, Jantipo, y Filípides, hijo de Filomelo, y Antimoro de Mende, quien es el que más destaca entre los discípulos de Protágoras y aprende el arte para ser sofista. De los que seguían detrás escuchando lo que se decía, la mayoría parecían extranjeros— a quienes Protágoras trae de cada una de las ciudades por las que pasa, encantándolos con su voz como Orfeo, y ellos siguen la voz encantados—, pero había también algunos de los ciudadanos en el coro. Este coro, al verlo, me complació sobremanera, por cómo se cuidaban de no estar nunca en el camino de Protágoras, sino que, cuando él mismo daba la vuelta y los que estaban con él, estos oyentes se separaban bien y con orden a ambos lados, y dando vueltas en círculo, siempre se colocaban detrás de la forma más bella. Después, vi a Hipias de Élide, como dijo Homero, sentado en el pórtico de enfrente en un trono; y a su alrededor estaban sentados en bancos Erixímaco, hijo de Acumeno, y Fedro de Mirrinunte, y Andrón, hijo de Androtión, y otros, tanto ciudadanos suyos como extranjeros. Parecían estar preguntando a Hipias sobre la naturaleza y sobre los fenómenos celestes, cuestiones astronómicas, y él, sentado en el trono, resolvía y explicaba a cada uno de ellos lo que preguntaban. Y también vi a Pródico de Ceos— pues también estaba de visita—; estaba en una habitación que Hipónico usaba antes como almacén, pero ahora, debido a la multitud de los que se alojaban, Calias la había vaciado y convertido en alojamiento para extranjeros. Pródico estaba todavía acostado, envuelto en pieles y mantas, y muchas, según parecía; se sentaban a su lado en las camas cercanas Pausanias, de los Cerameos, y con Pausanias un joven aún, según creo, noble y bueno por naturaleza, y de aspecto muy hermoso. Me pareció oír que su nombre era Agatón, y no me extrañaría si resulta ser el amado de Pausanias.
316
SO. Este era el joven, y los dos Adimantos, el de Cépis y el de Leucolófides, y otros parecían estar allí; pero sobre lo que discutían no pude enterarme desde fuera, a pesar de mi gran deseo de escuchar a Pródico— pues me parece un hombre sapientísimo y divino—, pero debido a la gravedad de su voz, un zumbido en la habitación hacía ininteligibles las palabras. Nosotros acabábamos de entrar, y detrás de nosotros entraron Alcibíades el hermoso, como tú dices y yo creo, y Critias, hijo de Calaiscro. Nosotros, al entrar, tras pasar un poco de tiempo observando esto, nos acercamos a Protágoras, y yo dije:« Protágoras, hemos venido a verte Hipócrates y yo».«¿ Deseando hablar conmigo a solas o también con los demás?», dijo.« A nosotros, dije, no nos importa; pero tras escuchar el motivo por el que hemos venido, decide tú mismo».«¿ Qué es, pues, por lo que habéis venido?».« Este Hipócrates es de los ciudadanos, hijo de Apolodoro, de una familia grande y próspera, y él mismo parece ser, por naturaleza, igual a sus coetáneos. Desea, me parece, llegar a ser ilustre en la ciudad, y cree que esto lo conseguiría mejor si se relacionara contigo; reflexiona, pues, tú mismo sobre esto, si crees que debes hablar sobre ello a solas o con otros».« Razonablemente, dijo, te preocupas por mí, Sócrates. Pues a un hombre extranjero que va a grandes ciudades, y en ellas convence a los mejores de los jóvenes para que abandonen las relaciones con los demás, tanto familiares como extraños, tanto mayores como jóvenes, y se relacionen con él para ser mejores gracias a su relación, debe tener cuidado quien hace esto; pues no son pequeños los envidios y otras enemistades y conspiraciones que surgen por ello. Yo digo que el arte sofístico es antiguo, pero que los antiguos que lo practicaban, temiendo su carga, lo ocultaban y se cubrían, unos con la poesía, como Homero, Hesíodo y Simónides, otros con ritos y oráculos, los que rodean a Orfeo y Museo; y he notado que algunos incluso con la gimnasia, como Ícco de Tarento y el que aún hoy es un sofista no inferior a nadie, Herodico de Selimbria, que antiguamente era de Mégara; y la música la usó como pretexto vuestro Agatocles, siendo un gran sofista, y Pitoclides de Ceos y otros muchos. Todos estos, como digo, temiendo la envidia, usaron estas artes como pantallas».
317
SO.« Yo, en cambio, no estoy de acuerdo con todos ellos en esto; pues creo que no consiguieron lo que pretendían— pues no pudieron ocultarse de los hombres que tienen poder en las ciudades, por cuya causa existen estos pretextos; puesto que la mayoría, por así decirlo, no se da cuenta de nada, sino que lo que estos proclaman, eso celebran—; por tanto, huir y no poder huir, sino ser evidente, es una gran necedad y del intento, y es necesario que los hombres se vuelvan mucho más hostiles; pues consideran a tal persona, además de todo lo demás, un malvado. Yo, por tanto, he seguido el camino totalmente opuesto a estos, y confieso ser sofista y educar a los hombres, y creo que esta precaución es mejor que la otra, el confesar en lugar de negarlo; y he pensado en otras además de esta, de modo que, con la ayuda de Dios, no sufro ningún mal por confesar ser sofista. Y, sin embargo, hace ya muchos años que estoy en el oficio; pues el total es mucho— no hay nadie de entre todos vosotros de quien no podría ser padre por edad—, de modo que me es muy grato, si queréis, hablar de todo esto delante de los que están dentro». Y yo— pues sospeché que quería mostrarse ante Pródico y ante Hipias y presumir de que éramos sus amantes— dije:«¿ Por qué, pues, no llamamos también a Pródico y a Hipias y a los que están con ellos, para que nos escuchen?».« Por supuesto», dijo Protágoras.«¿ Queréis, pues, dijo Calias, que preparemos una asamblea, para que, sentados, habléis?». Nos pareció bien; y todos nosotros, alegres por escuchar a hombres sabios, tomamos los bancos y las camas y los preparamos junto a Hipias— pues allí ya estaban los bancos—; y en esto llegaron Calias y Alcibíades trayendo a Pródico, levantándolo de la cama, y a los que estaban con Pródico. Cuando todos estuvimos sentados, Protágoras dijo:« Ahora sí, Sócrates, podrías hablar, ya que estos también están presentes, sobre lo que mencionabas hace poco ante mí en favor del joven».
318
SO. Y yo dije que mi punto de partida es el mismo, Protágoras, que hace poco, sobre lo que vine. Este Hipócrates desea tu relación; por tanto, dice que le gustaría saber qué le sucederá si se relaciona contigo. Ese es nuestro argumento. Protágoras, tomando la palabra, dijo:« Joven, te sucederá, si te relacionas conmigo, el día que te reúnas conmigo, que volverás a casa habiéndote vuelto mejor, y al día siguiente lo mismo; y cada día progresarás siempre hacia lo mejor». Y yo, al oír esto, dije:« Protágoras, no dices nada sorprendente, sino que es natural, puesto que incluso tú, a pesar de tener tu edad y ser tan sabio, si alguien te enseñara lo que no sabes, te volverías mejor. Pero no así, sino como si de repente, cambiando su deseo, este Hipócrates deseara la relación de este joven que acaba de llegar, Zeuxipo de Heraclea, y al acudir a él, como ahora a ti, escuchara de él lo mismo que de ti, que cada día que se relacione con él será mejor y progresará, si le preguntara:'¿ Qué dices que será mejor y en qué progresará?', Zeuxipo le diría que en la pintura; y si al relacionarse con Ortagoras de Tebas, tras escuchar de él lo mismo que de ti, le preguntara en qué será mejor cada día al relacionarse con él, diría que en el arte de la flauta; así pues, dime tú también al joven y a mí que pregunto por él: este Hipócrates, al relacionarse con Protágoras, el día que se relacione con él,¿ se irá habiendo sido mejor y cada uno de los otros días progresará en qué, Protágoras, y sobre qué?». Y Protágoras, al oírme esto, dijo:« Preguntas bien, Sócrates, y yo me alegro de responder a los que preguntan bien. Pues Hipócrates, al acudir a mí, no sufrirá lo que habría sufrido al relacionarse con cualquier otro de los sofistas. Pues los otros corrompen a los jóvenes; pues, habiendo huido de las artes, los llevan de nuevo y los meten en artes, enseñándoles cálculo, astronomía, geometría y música— y al mismo tiempo miró a Hipias—, pero al acudir a mí, aprenderá no sobre otra cosa que sobre lo que viene. El aprendizaje es la prudencia sobre los asuntos privados, sobre cómo administrar mejor su propia casa, y sobre los de la ciudad, sobre cómo ser el más capaz de actuar y hablar en los asuntos de la ciudad».
319
SO.«¿ Acaso, dije, sigo tu argumento? Pues me parece que hablas del arte político y prometes hacer a los hombres buenos ciudadanos».« Eso mismo es, dijo, Sócrates, la profesión que profeso».«¡ Qué hermoso arte posees, dije, si es que lo posees! Pues no se dirá nada más ante ti que lo que pienso. Pues yo, Protágoras, no creía que esto fuera enseñable, pero al decirlo tú, no tengo cómo desconfiar. Pero de dónde creo que no es enseñable ni puede ser preparado por los hombres para los hombres, tengo derecho a decirlo. Pues yo digo que los atenienses, al igual que los demás griegos, son sabios. Veo, pues, que cuando nos reunimos en la asamblea, cuando hay que hacer algo en la ciudad sobre la construcción, llaman a los constructores como consejeros sobre las construcciones, cuando sobre la construcción naval, a los constructores navales, y así con todo lo demás, lo que consideran que es aprendible y enseñable; pero si alguien más intenta aconsejarles a quien ellos no consideran profesional, aunque sea muy hermoso y rico y de los nobles, no lo aceptan en absoluto, sino que se ríen y alborotan, hasta que el que intenta hablar, alborotado, se retira, o los arqueros lo arrastran o lo sacan por orden de los pritanos. Sobre lo que consideran que es un arte, actúan así; pero cuando hay que deliberar sobre la administración de los asuntos de la ciudad, se levanta a aconsejarles sobre esto por igual el carpintero, por igual el herrero, el zapatero, el comerciante, el armador, el rico, el pobre, el noble, el plebeyo, y nadie les reprocha esto como a los anteriores, que sin haber aprendido en ninguna parte, ni habiendo maestro alguno para él, intenta aconsejar; pues es evidente que no consideran que sea enseñable. No solo que el común de la ciudad sea así, sino que, en privado, los más sabios y mejores de los ciudadanos no son capaces de transmitir a otros esta virtud que poseen».
320
SO.« Puesto que Pericles, el padre de estos jóvenes, los educó bien y bellamente en lo que dependía de maestros, pero en lo que él mismo es sabio, ni él mismo los educa ni los entrega a otro, sino que ellos mismos andan sueltos como si fueran libres, por si acaso se encuentran con la virtud por casualidad. Si quieres, a Clinias, el hermano menor de este Alcibíades, este mismo Pericles, siendo su tutor, temiendo que fuera corrompido por Alcibíades, lo separó de él y lo puso bajo el cuidado de Arifrón para educarlo; y antes de que pasaran seis meses, se lo devolvió sin saber qué hacer con él. Y puedo decirte otros muchos, que siendo ellos mismos buenos, nunca hicieron mejor a nadie, ni de los suyos ni de los ajenos. Yo, pues, Protágoras, al mirar esto, no creo que la virtud sea enseñable; pero al oírte decir esto, me inclino y creo que dices algo, debido a que te considero experto en muchas cosas, y que has aprendido muchas, y otras las has descubierto tú mismo. Si puedes demostrarnos más claramente que la virtud es enseñable, no seas envidioso, sino demuéstralo».« Pero, Sócrates, dijo, no seré envidioso; pero¿ prefieres que os demuestre contando un mito, como un mayor a unos más jóvenes, o exponiéndolo con un argumento?». Muchos de los que estaban sentados le pidieron que lo expusiera como quisiera.« Me parece, pues, dijo, que es más encantador contaros un mito. Pues hubo un tiempo en que existían los dioses, pero no existían los seres mortales. Cuando llegó el tiempo señalado para que estos también nacieran, los dioses los modelan dentro de la tierra, mezclando tierra y fuego y todo lo que se mezcla con fuego y tierra. Cuando iban a llevarlos a la luz, ordenaron a Prometeo y a Epimeteo que los adornaran y distribuyeran las facultades a cada uno como corresponde. Epimeteo pide a Prometeo que él mismo haga la distribución,' y una vez que yo haya distribuido, dijo, examínalo'; y así, tras persuadirlo, distribuye. Al distribuir, a unos les otorgaba fuerza sin rapidez, a los más débiles los adornaba con rapidez; a unos los armaba, y a otros, al darles una naturaleza desarmada, les ideaba alguna otra facultad para su salvación».
321
SÓC. Pues a los que revestía de pequeñez, les asignó una huida alada o una morada subterránea; a los que hizo crecer en tamaño, los salvaba mediante esta misma cualidad; y de igual modo distribuía las demás cosas, equilibrándolas. Ideaba esto con la precaución de que ninguna especie fuera aniquilada; y una vez que les hubo proporcionado medios para evitar la mutua destrucción, ideó una comodidad frente a las estaciones de Zeus, revistiéndolos de densos pelos y pieles sólidas, suficientes para protegerse del invierno y capaces también de resistir los calores, y para que, al ir a dormir, estos mismos elementos fueran para cada uno un lecho propio y natural; y calzándolos a unos con pezuñas, y a otros con pelos y pieles sólidas y exangües. A partir de ahí, les procuró diversos alimentos para unos y otros: a unos, hierba de la tierra; a otros, frutos de los árboles; a otros, raíces; y a algunos les concedió que su alimento fuera la carne de otros animales. A unos les asignó una procreación escasa, y a los que eran consumidos por estos, una procreación abundante, procurando así la salvación de la especie. Como Epimeteo no era del todo sabio, se le pasó por alto haber consumido las facultades en los animales irracionales; por tanto, le quedaba aún sin adornar el género humano, y estaba en un apuro sobre qué hacer. Mientras estaba en este apuro, llega Prometeo para inspeccionar el reparto y ve a los demás animales provistos armoniosamente de todo, pero al hombre desnudo, descalzo, sin lecho y sin armas; y ya estaba presente el día señalado en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz. Entonces, Prometeo, presa de la perplejidad sobre qué salvación encontrar para el hombre, roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría técnica junto con el fuego— pues era imposible que alguien la poseyera o le fuera útil sin el fuego— y así es como se la regala al hombre. El hombre obtuvo, pues, la sabiduría para la vida, pero no poseía la política; pues estaba junto a Zeus. A Prometeo ya no le estaba permitido entrar en la acrópolis, la morada de Zeus— además, las guardias de Zeus eran temibles—, pero entra a hurtadillas en el taller común de Atenea y Hefesto, donde practicaban sus artes, y tras robar el arte del fuego de Hefesto y la otra de Atenea, se la da al hombre, y de esto resulta para el hombre la facilidad de vida, mientras que a Prometeo, por causa de Epimeteo, le sobrevino después, como se dice, el castigo por el robo.
322
SÓC. Y puesto que el hombre participó de una porción divina, en primer lugar, debido a su parentesco con el dios, fue el único de los animales que creyó en los dioses e intentó erigir altares y estatuas de los dioses; después, articuló rápidamente la voz y los nombres mediante el arte, e inventó moradas, vestidos, calzado, lechos y alimentos de la tierra. Así preparados, los hombres vivían al principio dispersos, y no había ciudades; por tanto, perecían a manos de las fieras por ser en todas partes más débiles que ellas, y el arte creador les era un auxilio suficiente para el alimento, pero insuficiente para la guerra contra las fieras— pues aún no poseían el arte político, del cual la guerra es una parte—; buscaban, pues, reunirse y salvarse fundando ciudades; cuando, por tanto, se reunían, se cometían injusticias unos a otros por no poseer el arte político, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. Zeus, pues, temiendo por nuestra especie, no fuera a perecer toda, envía a Hermes a llevar a los hombres el pudor y la justicia, para que fueran ordenadores de las ciudades y vínculos de amistad que las unieran. Pregunta, pues, Hermes a Zeus de qué modo daría la justicia y el pudor a los hombres:¿ debo distribuirlos como se han distribuido las artes? Y se han distribuido así: uno que posee la medicina es suficiente para muchos particulares, y así los demás artesanos;¿ debo poner así la justicia y el pudor en los hombres, o distribuirlos entre todos? Entre todos, dijo Zeus, y que todos participen; pues no habría ciudades si pocos de ellos participaran, como ocurre con las otras artes; y establece además una ley de mi parte: al que no sea capaz de participar del pudor y la justicia, matarlo como a una enfermedad de la ciudad. Así pues, Sócrates, y por estas razones, los demás y los atenienses, cuando se trata de una deliberación sobre la excelencia de un arquitecto o de cualquier otra artesanal, creen que pocos tienen capacidad de consejo, y si alguien que está fuera de los pocos aconseja, no lo toleran, como tú dices— con razón, según afirmo yo—.
323
SÓC. Pero cuando van a deliberar sobre la excelencia política, que debe recorrerse toda ella mediante la justicia y la sensatez, con razón toleran a todo hombre, como si a todos les correspondiera participar de esta excelencia o no existir las ciudades. Esta es, Sócrates, la causa de ello. Y para que no creas que te engañas al pensar que todos los hombres consideran realmente que todo hombre participa de la justicia y de la otra excelencia política, toma también esta prueba. Pues en las otras excelencias, como tú dices, si alguien afirma ser un buen flautista, o cualquier otra arte que no es, o se ríen o se irritan, y sus allegados se acercan a amonestarlo como a un loco; pero en la justicia y en la otra excelencia política, si saben que alguien es injusto, si este mismo dice la verdad sobre sí mismo ante muchos— lo que allí consideraban sensatez, decir la verdad—, aquí lo consideran locura, y dicen que todos deben afirmar ser justos, sean o no, o que está loco el que no finge justicia; pues es necesario que nadie deje de participar de ella de algún modo, o que no esté entre los hombres. Que aceptan, pues, con razón a todo hombre como consejero sobre esta excelencia por considerar que todos participan de ella, esto es lo que digo; pero que no consideran que ella sea por naturaleza ni por azar, sino que es enseñable y que proviene del cuidado a quienquiera que le llegue, esto intentaré demostrártelo a continuación. Pues de todo lo que los hombres consideran que otros poseen como males por naturaleza o por azar, nadie se irrita, ni amonesta, ni enseña, ni castiga a quienes poseen esto para que no sean así, sino que los compadecen; por ejemplo, a los feos, a los pequeños o a los débiles,¿ quién es tan insensato como para intentar hacer algo al respecto? Pues creo que saben que esto les sucede a los hombres por naturaleza y por azar, lo bello y lo contrario a ello; pero todo lo que consideran que se convierte en bienes para los hombres por cuidado, ejercicio y enseñanza, si alguien no posee esto, sino los males contrarios a ello, sobre esto es donde surgen las irritaciones, los castigos y las amonestaciones.
324
SÓC. Entre los cuales están también la injusticia, la impiedad y, en resumen, todo lo contrario a la excelencia política; ahí es donde todos se irritan con todos y amonestan, es evidente que por ser algo que se adquiere mediante el cuidado y el aprendizaje. Pues si quieres reflexionar sobre qué significa castigar a los que cometen injusticias, esto mismo te enseñará que los hombres consideran que la excelencia es algo que se puede preparar. Pues nadie castiga a los que cometen injusticias teniendo la mente puesta en esto y por este motivo, porque cometió una injusticia, a menos que se vengue irracionalmente como una fiera; pero el que intenta castigar con razón no se venga por causa de la injusticia pasada— pues no podría hacer que lo sucedido no hubiera ocurrido—, sino por causa de la futura, para que no vuelva a cometer injusticia ni él mismo ni otro que vea a este castigado. Y al tener tal pensamiento, piensa que la excelencia es educable; al menos, castiga con el fin de disuadir. Esta opinión, pues, la tienen todos los que se vengan, tanto en privado como en público. Y se vengan y castigan a los demás hombres a quienes creen que cometen injusticias, y no menos los atenienses, tus conciudadanos; de modo que, según este razonamiento, también los atenienses son de los que consideran que la excelencia es algo que se puede preparar y enseñar. Que tus conciudadanos aceptan con razón que un calderero o un zapatero aconsejen sobre asuntos políticos, y que consideran que la excelencia es enseñable y preparable, te ha sido demostrado, Sócrates, suficientemente, al menos según me parece. Aún queda una perplejidad, la que planteas sobre los hombres buenos, por qué razón los hombres buenos enseñan a sus hijos las otras cosas que dependen de maestros y los hacen sabios, pero la excelencia en la que ellos mismos son buenos no hacen a nadie mejor. Sobre esto, Sócrates, ya no te contaré un mito, sino un razonamiento. Pues reflexiona así:¿ existe algo único o no existe de lo cual sea necesario que todos los ciudadanos participen, si es que ha de haber una ciudad? Pues en esto se resuelve esta perplejidad que tú planteas, o en ninguna otra parte.
325
SÓC. Pues si existe, y esto único no es la arquitectura, ni la calderería, ni la alfarería, sino la justicia, la sensatez y el ser piadoso, y en resumen lo llamo único como la excelencia del hombre— si esto es de lo que todos deben participar y con esto actuar todo hombre, si quiere aprender o hacer cualquier otra cosa, y sin esto no—, o al que no participa, enseñarle, castigarle, sea niño, hombre o mujer, hasta que, siendo castigado, se vuelva mejor, y al que no obedezca siendo castigado y enseñado, expulsarlo de las ciudades o matarlo como a alguien incurable— si esto es así, y siendo esto así, si los hombres buenos enseñan a sus hijos las otras cosas, pero esto no, reflexiona cuán admirablemente se vuelven los buenos. Pues que consideran que es enseñable tanto en privado como en público, lo hemos demostrado; y siendo enseñable y cultivable,¿ enseñan a sus hijos las otras cosas, en las que no es la muerte el castigo si no las saben, pero en aquello en lo que el castigo para sus hijos es la muerte, el destierro si no aprenden ni son cultivados en la excelencia, y además de la muerte, la confiscación de bienes y, por así decirlo, en resumen, la ruina de las casas,¿ acaso no enseñan esto ni ponen todo el cuidado? Hay que creer que sí, Sócrates. Comenzando desde niños pequeños, hasta que viven, enseñan y amonestan. Tan pronto como alguien comprende lo que se dice, la nodriza, la madre, el pedagogo y el propio padre se esfuerzan por esto, para que el niño sea lo mejor posible, enseñándole en cada acción y palabra y mostrándole que esto es justo, aquello injusto, esto bello, aquello feo, esto piadoso, aquello impío, y que haga esto y no haga aquello. Y si obedece voluntariamente, bien; si no, como a un leño que se tuerce y se dobla, lo enderezan con amenazas y golpes. Después de esto, enviándolos a los maestros, les encargan mucho más que se cuiden de la buena conducta de los niños que de las letras y de tocar la cítara;
326
SÓC. Y los maestros se cuidan de esto, y cuando aprenden las letras y están a punto de comprender lo escrito igual que entonces la voz, les ponen en los bancos poemas de buenos poetas para leer y los obligan a aprenderlos de memoria, en los cuales hay muchas amonestaciones y muchas descripciones, alabanzas y encomios de antiguos hombres buenos, para que el niño, emulando, imite y se esfuerce por llegar a ser tal. Y a su vez los citaristas, otras cosas similares, se cuidan de la sensatez y de que los jóvenes no hagan nada malo; además de esto, cuando aprenden a tocar la cítara, enseñan poemas de otros buenos poetas líricos, adaptándolos a los toques de cítara, y obligan a que los ritmos y las armonías se familiaricen con las almas de los niños, para que sean más mansos, y al volverse más rítmicos y armoniosos, sean útiles para hablar y actuar; pues toda la vida del hombre necesita de buena rítmica y buena armonía. Además, después de esto, los envían al maestro de gimnasia, para que, teniendo cuerpos mejores, sirvan a su pensamiento, que es bueno, y no se vean obligados a acobardarse por la maldad de los cuerpos tanto en las guerras como en las otras acciones. Y esto lo hacen los que más pueden, más— y los más ricos son los que más pueden—, y sus hijos, comenzando a ir a los maestros lo más pronto posible de su edad, se retiran lo más tarde. Y cuando se retiran de los maestros, la ciudad a su vez obliga a aprender las leyes y a vivir según ellas como modelo, para que no actúen al azar por sí mismos, sino que, exactamente como los maestros de letras, a los niños que aún no son hábiles en escribir, tras trazarles líneas con el estilo, les dan la tablilla y los obligan a escribir según la guía de las líneas, así también la ciudad, tras haber trazado leyes, hallazgos de buenos y antiguos legisladores, obliga a gobernar y ser gobernado según ellas, y al que se sale de esto, lo castiga; y el nombre de este castigo, tanto entre vosotros como en otros muchos lugares, como si la justicia enderezara, es corrección. Siendo tanta, pues, la atención sobre la excelencia en privado y en público,¿ te admiras, Sócrates, y te preguntas si la excelencia es enseñable? Pues no hay que admirarse, sino mucho más si no fuera enseñable.
327
SÓC.¿ Por qué, pues, de padres buenos nacen muchos hijos viles? Aprende esto también: pues no hay nada sorprendente, si es que yo decía verdades anteriormente, que de esta cosa, la excelencia, si ha de haber una ciudad, nadie debe ser un particular. Pues si lo que digo es así— y es así sobre todas las cosas—, reflexiona eligiendo cualquier otra de las ocupaciones y aprendizajes. Si no fuera posible que hubiera una ciudad si no fuéramos todos flautistas, cada uno como pudiera, y esto, tanto en privado como en público, todos enseñaran a todos y reprendieran al que no toca bien la flauta, y no envidiaran esto, como ahora nadie envidia ni oculta lo justo y lo legal como las otras artes— pues nos beneficia, creo, la justicia y la excelencia mutuas; por esto todos hablan y enseñan con entusiasmo a todos lo justo y lo legal—, si, pues, así también en el toque de flauta tuviéramos todo entusiasmo y generosidad para enseñarnos unos a otros,¿ crees, dijo, que los hijos de los buenos flautistas se volverían más buenos flautistas que los de los viles? Creo que no, sino que aquel cuyo hijo resultara ser el más dotado por naturaleza para el toque de flauta, este crecería ilustre, y el que no, oscuro; y muchas veces de un buen flautista habría resultado uno vil, y muchas veces de uno vil, uno bueno; pero, en cualquier caso, todos habrían sido flautistas capaces en comparación con los particulares y los que no entienden nada de flauta. Así piensa también ahora, que el que te parece el hombre más injusto de los criados entre leyes y hombres, es justo y artesano de esta cosa, si tuviera que ser juzgado frente a hombres que no tienen ni educación, ni tribunales, ni leyes, ni ninguna necesidad que obligue a través de todo a cuidar la excelencia, sino que fueran unos salvajes como los que el año pasado el poeta Ferécrates enseñó en el Leneo. Si te encontraras entre tales hombres, como los misántropos en aquel coro, te alegrarías si te toparas con Euríbato y Frinondas, y te lamentarías añorando la maldad de los hombres de aquí. Pero ahora te das aires, Sócrates, porque todos son maestros de excelencia en la medida en que cada uno puede, y a ti no te parece ninguno;
328
SÓC. Y luego, como si buscaras quién es el maestro de hablar griego, no aparecería ni uno, ni creo tampoco si buscaras quién nos enseñaría a los hijos de los artesanos esta misma arte que han aprendido del padre, en la medida en que el padre y los amigos del padre, siendo del mismo oficio, podían, a estos,¿ quién más podría enseñarles? No creo que sea fácil, Sócrates, que aparezca un maestro de esto, pero de los que son totalmente ignorantes es fácil, y así de la excelencia y de todas las demás cosas; pero incluso si hay alguien que sobresale un poco en hacernos avanzar hacia la excelencia, es de agradecer. De los cuales yo creo ser uno, y que puedo, más que los otros hombres, ayudar a alguien a llegar a ser bello y bueno, y dignamente por el salario que cobro y aún más, de modo que al propio alumno le parece. Por esto he hecho también el modo de cobrar el salario de tal manera: pues cuando alguien aprende de mí, si quiere, ha pagado el dinero que cobro; si no, yendo a un templo, tras jurar cuánto dice que valen las enseñanzas, ha depositado esa cantidad. Tal es, dijo, Sócrates, el mito y el razonamiento que te he contado, de que la excelencia es enseñable y que los atenienses así lo consideran, y que no es nada sorprendente que de padres buenos nazcan hijos viles y de los viles, buenos, puesto que también los hijos de Policleto, coetáneos de Párale y Jantipo, no son nada comparados con el padre, y otros de otros artesanos. Pero de estos aún no es digno reprochar esto; pues aún hay esperanzas en ellos; pues son jóvenes. Protágoras, tras haber expuesto tantas y tales cosas, cesó en su discurso. Y yo, durante mucho tiempo hechizado, aún miraba hacia él como si fuera a decir algo, deseando escuchar; pero cuando me di cuenta de que realmente había terminado, apenas logré reunirme a mí mismo y dije, mirando a Hipócrates: Oh hijo de Apolodoro, qué agradecido te estoy por haberme incitado a venir aquí; pues valoro mucho haber escuchado lo que he escuchado de Protágoras. Pues yo, en el tiempo anterior, pensaba que no había cuidado humano por el cual los buenos llegan a ser buenos; ahora estoy convencido. Salvo que algo pequeño me estorba, que es evidente que Protágoras fácilmente me explicará, puesto que ya ha explicado estas muchas cosas.
329
SÓC. Pues, en efecto, si alguien se reuniera sobre estos mismos temas con cualquiera de los oradores, tal vez escucharía discursos tales como los de Pericles o de cualquier otro de los capaces de hablar; pero si alguien les repreguntara algo, como los libros, no tienen nada que responder ni que preguntar ellos mismos, sino que si alguien pregunta algo pequeño de lo dicho, como los calderos golpeados resuenan largamente y se prolongan si alguien no los detiene, así también los oradores, al ser preguntados por poco, extienden un dolicodromo de discurso. Pero este Protágoras es capaz de decir discursos largos y bellos, como ellos mismos demuestran, y es capaz también, al ser preguntado, de responder brevemente y, al preguntar, de esperar y aceptar la respuesta, lo cual pocos están preparados para hacer. Ahora, pues, Protágoras, me falta algo pequeño para tenerlo todo, si me respondieras esto. Dices que la excelencia es enseñable, y yo, si a algún otro hombre creería, también a ti te creo; pero lo que me admiró de lo que dijiste, lléname de ello mi alma. Pues decías que Zeus envió la justicia y el pudor a los hombres, y a su vez, en muchos lugares de los discursos, se decía por ti que la justicia, la sensatez, la piedad y todas estas cosas son una sola cosa en resumen, la excelencia; desglósame, pues, esto mismo con precisión en el razonamiento, si la excelencia es una sola cosa, y partes de ella son la justicia, la sensatez y la piedad, o si estas son las que yo decía hace poco, todos nombres de una misma cosa que es una. Esto es lo que aún deseo. Pero esto es fácil, dijo, Sócrates, de responder, que siendo una la excelencia, son partes de ella las que preguntas.¿ Son, dije, partes como las del rostro son partes, boca, nariz, ojos y oídos, o como las partes del oro no difieren unas de otras, ni entre sí ni del todo, sino en tamaño y pequeñez? De aquella manera me parece, Sócrates, como las partes del rostro tienen respecto al rostro entero.¿ Participan, pues, dije, los hombres de estas partes de la excelencia, unos de una y otros de otra, o es necesario, si alguien toma una, tenerlas todas? De ninguna manera, dijo, puesto que muchos son valientes, pero injustos, y a su vez justos, pero no sabios.
330
SÓC. Pues existen, pues, también estas partes de la excelencia, dije yo,¿ la sabiduría y la valentía? De todas todas, supongo, dijo; y la sabiduría es la mayor de las partes.¿ Y cada una de ellas es, dije yo, una distinta de la otra? Sí.¿ Y tiene cada una de ellas una facultad propia? Como las del rostro, el ojo no es como los oídos, ni su facultad es la misma; ni ninguna de las otras es como la otra, ni en cuanto a la facultad ni en cuanto a las otras cosas;¿ es, pues, así también que las partes de la excelencia no es la una como la otra, ni ella misma ni su facultad?¿ O es evidente que es así, si es que se parece al ejemplo? Pero es así, dijo, Sócrates. Y yo dije:¿ No es, pues, ninguna de las partes de la excelencia otra como la ciencia, ni como la justicia, ni como la valentía, ni como la sensatez, ni como la piedad? No, dijo. Vamos, pues, dije yo, examinemos en común qué clase de cosa es cada una de ellas. Primero, lo siguiente:¿ la justicia es una cosa o ninguna cosa? Pues a mí me parece que sí;¿ qué te parece a ti? Y a mí, dijo.¿ Qué, pues? Si alguien nos preguntara a mí y a ti: Oh Protágoras y Sócrates, decidme, esta cosa que habéis nombrado hace poco, la justicia,¿ es ella misma justa o injusta? Yo le respondería que justa;¿ y tú qué voto emitirías?¿ El mismo que yo u otro? El mismo, dijo.¿ Es, pues, la justicia tal como ser justa, diría yo respondiendo al que pregunta;¿ no es así también tú? Sí, dijo. Si, pues, después de esto nos preguntara:¿ no decís también que existe una piedad? Diríamos, según creo. Sí, dijo.¿ No decís también que esto es una cosa? Diríamos;¿ o no? Y esto lo aceptó.¿ Y decís que esta misma cosa ha nacido tal como para ser impía o tal como para ser piadosa? Me indignaría, dije, ante la pregunta, y diría: Habla bien, hombre; difícilmente sería otra cosa piadosa si la propia piedad no fuera piadosa.¿ Y tú?¿ No responderías así? De todas todas, dijo. Si, pues, después de esto dijera preguntándonos:¿ cómo, pues, hace poco decíais?¿ Acaso no os escuché correctamente? Me pareció que decíais que las partes de la excelencia son tales entre sí, que la una de ellas no es como la otra;
331
SÓC. Diría yo que las otras cosas las escuchaste correctamente, pero que crees que yo dije esto, escuchaste mal; pues este Protágoras respondió esto, y yo preguntaba. Si, pues, dijera:¿ Dice la verdad este, Protágoras?¿ Dices que una parte de la excelencia no es como la otra?¿ Es este tu razonamiento?¿ Qué le responderías? Es necesario, dijo, Sócrates, estar de acuerdo.¿ Qué, pues, Protágoras, responderemos a él, habiendo aceptado esto, si nos repregunta:¿ no es, pues, la piedad una cosa tal como ser justa, ni la justicia tal como ser piadosa, sino tal como no piadosa; y la piedad tal como no justa, sino injusta, y lo impío?¿ Qué le responderemos? Pues yo mismo, por mi parte, diría que tanto la justicia es piadosa como la piedad es justa; y también por ti, si me dejaras, respondería estas mismas cosas, que o bien es lo mismo la justicia que la piedad o que es lo más parecido, y sobre todas las cosas, tanto la justicia es como la piedad y la piedad como la justicia. Pero mira si me impides responder, o si también a ti te parece así. No me parece del todo, dijo, Sócrates, que sea tan sencillo como para conceder que la justicia es piadosa y la piedad justa, sino que me parece que hay algo diferente en ello. Pero,¿ qué importa esto?, dijo; pues si quieres, que sea para nosotros también la justicia piadosa y la piedad justa. No, dije yo; pues no necesito que este" si quieres" y" si te parece" sea refutado, sino a mí y a ti; y digo esto de" a mí y a ti", pensando que así el razonamiento sería mejor refutado si alguien quitara el" si" de él. Pero, sin embargo, dijo, se parece en algo la justicia a la piedad; pues cualquier cosa se parece de algún modo a cualquier otra. Pues lo blanco se parece en algo a lo negro, y lo duro a lo blando, y las otras cosas que parecen ser más contrarias entre sí; y las que entonces dijimos que tienen otra facultad y que no es la una como la otra, las partes del rostro, se parecen de algún modo y es la una como la otra. De modo que de esta manera podrías refutar también estas cosas, si quisieras, que todas son iguales entre sí. Pero no es correcto llamar iguales a las que tienen algo igual, ni desiguales a las que tienen algo desigual, aunque tengan muy pequeña la parte igual. Y yo, admirado, le dije:¿ Es que así te parece que el justo y el piadoso son entre sí, que tienen algo pequeño igual entre sí?
332
SÓC. No del todo, dijo, así, pero tampoco, a su vez, como te parece a ti que pienso. Pero, sin embargo, dije yo, puesto que me parece que tienes dificultades con esto, dejaré esto, pero examinemos esto otro de lo que decías.¿ Llamas a algo insensatez? Dijo.¿ No es la sabiduría todo lo contrario a esta cosa? Me parece, dijo.¿ Y acaso cuando los hombres actúan correcta y provechosamente, te parece que actúan sensatamente al actuar así, o si actuaran de lo contrario? Sensatamente, dijo.¿ No actúan sensatamente con la sensatez? Es necesario.¿ No actúan insensatamente los que no actúan correctamente y no actúan sensatamente al actuar así? Me parece, dijo.¿ Es, pues, lo contrario actuar insensatamente a actuar sensatamente? Dijo.¿ No es, pues, lo que se actúa insensatamente, se actúa por insensatez, y lo que sensatamente, por sensatez? Estaba de acuerdo.¿ No es, pues, si algo se actúa por fuerza, se actúa fuertemente, y si algo por debilidad, débilmente? Parecía.¿ Y si algo con rapidez, rápidamente, y si algo con lentitud, lentamente? Dijo.¿ Y si algo se actúa de la misma manera, se actúa por la misma cosa, y si algo de manera contraria, por la contraria? Estaba de acuerdo. Vamos, pues, dije yo,¿ existe algo bello? Estaba de acuerdo.¿ Existe algo contrario a esto salvo lo feo? No existe.¿ Qué más?¿ Existe algo bueno? Existe.¿ Existe algo contrario a esto salvo lo malo? No existe.¿ Qué más?¿ Existe algo agudo en la voz? Dijo.¿ No existe algo contrario a esto salvo lo grave? No, dijo.¿ No es, pues, dije yo, para cada una de las cosas contrarias una sola cosa contraria y no muchas? Estaba de acuerdo. Vamos, pues, dije yo, recapitulemos lo que hemos aceptado.¿ Hemos aceptado que una cosa es contraria a una sola, y no más? Hemos aceptado.¿ Y que lo que se actúa de manera contraria se actúa por cosas contrarias? Dijo.¿ Y hemos aceptado que se actúa de manera contraria lo que se actúa insensatamente a lo que se actúa sensatamente? Dijo.¿ Y que lo que se actúa sensatamente se actúa por la sensatez, y lo que insensatamente por la insensatez? Estaba de acuerdo.¿ No es, pues, si se actúa de manera contraria, se actuaría por algo contrario? Sí.¿ Y se actúa lo uno por la sensatez, lo otro por la insensatez? Sí.¿ De manera contraria? De todas todas.¿ No es, pues, por cosas que son contrarias? Sí.¿ Es, pues, la insensatez contraria a la sensatez? Parece.¿ Recuerdas, pues, que anteriormente hemos aceptado que la insensatez es contraria a la sabiduría? Estaba de acuerdo.
333
SÓC.¿ Que una cosa es contraria a una sola cosa?— Lo afirmo.— Entonces, Protágoras,¿ cuál de los dos argumentos debemos disolver?¿ Que una cosa es contraria a una sola, o aquel en el que se decía que la sabiduría es distinta de la templanza, siendo cada una parte de la virtud, y que, además de ser distintas, son desemejantes tanto ellas mismas como sus facultades, al igual que las partes del rostro?¿ Cuál de los dos debemos disolver? Pues ambos argumentos no se dicen de manera muy armoniosa; no concuerdan ni encajan entre sí.¿ Cómo podrían concordar, si es necesario que una cosa tenga un solo contrario y no varios, y, sin embargo, a la insensatez, siendo una sola, se le oponen tanto la sabiduría como la templanza?¿ No es así, Protágoras?— dije yo—.¿ O de algún otro modo?— Asintió, aunque muy a regañadientes.—¿ Entonces la templanza y la sabiduría serían una sola cosa? Y, por otra parte, anteriormente nos pareció que la justicia y la piedad eran casi lo mismo. Vamos, pues— dije yo—, Protágoras, no nos cansemos, sino examinemos también lo que queda.¿ Te parece que alguien que obra injustamente es sensato por el hecho de que obra injustamente?— Me avergonzaría— dijo— admitir eso, Sócrates, aunque muchos hombres lo afirman.—¿ Debo, pues, dirigir el argumento a ellos— dije— o a ti?— Si quieres— dijo—, discute primero este argumento de la mayoría.— A mí no me importa, con tal de que tú respondas, ya sea que te parezca así o no; pues yo examino sobre todo el argumento, aunque quizás resulte que tanto yo, el que pregunta, como el que responde, seamos examinados. Al principio, Protágoras se mostraba remilgado— pues se quejaba de que el argumento era difícil—, pero luego accedió a responder.— Vamos, pues— dije yo—, respóndeme desde el principio.¿ Te parece que algunos son sensatos al obrar injustamente?— Que así sea— dijo.—¿ Y llamas sensato a pensar bien?— Dijo que sí.—¿ Y pensar bien es deliberar bien, puesto que obran injustamente?— Que así sea— dijo.—¿ Si obran bien al obrar injustamente o si obran mal?— dije yo.— Si obran bien.—¿ Dices entonces que hay ciertos bienes?— Lo digo.—¿ Son entonces— dije yo— esos bienes los que son útiles para los hombres?—¡ Sí, por Zeus!— dijo—, e incluso si no fueran útiles para los hombres, yo los llamo bienes.— Y me pareció que Protágoras ya se había irritado, estaba angustiado y se preparaba para responder; así que, al verlo en ese estado, con cautela le pregunté suavemente.
334
SÓC.¿ Dices, Protágoras— dije yo—, que son bienes los que no son útiles para ningún hombre, o los que no son útiles en absoluto?¿ Y llamas bienes a tales cosas?— De ninguna manera— dijo—; al contrario, conozco muchas cosas que son inútiles para los hombres, tanto alimentos como bebidas, fármacos y otras diez mil, pero que son útiles para otras cosas; y otras que no son ni lo uno ni lo otro para los hombres, pero sí para los caballos; otras solo para los bueyes, otras para los perros; otras para ninguna de estas, pero sí para los árboles; y otras que son buenas para las raíces de un árbol, pero perjudiciales para sus brotes, como el estiércol, que es bueno para las raíces de todas las plantas al aplicárselo, pero si quisieras echarlo sobre los vástagos y los brotes nuevos, lo destruye todo. E incluso el aceite es sumamente perjudicial para todas las plantas y muy enemigo de los pelos de los demás animales, excepto los del hombre, pero para los del hombre y para el resto del cuerpo es beneficioso. Tan variado y multiforme es el bien, que incluso en este caso, para el hombre, es un bien para las partes externas del cuerpo, mientras que para las internas es lo peor; y por eso todos los médicos prohíben a los enfermos usar aceite, salvo en la mínima cantidad posible en aquello que van a comer, solo lo suficiente para apagar la repugnancia que se produce en las sensaciones a través de la nariz tanto en los alimentos como en los condimentos. Cuando dijo esto, los presentes prorrumpieron en aplausos diciendo que hablaba bien, y yo dije: Protágoras, soy un hombre algo olvidadizo, y si alguien me habla largo, me olvido de qué trata el argumento. Así pues, si yo fuera sordo, pensarías que deberías, si ibas a conversar conmigo, hablar más fuerte que a los demás; así también ahora, puesto que te has topado con un olvidadizo, abrevia tus respuestas y hazlas más cortas, si he de seguirte.¿ Cómo me ordenas que responda brevemente?¿ Que te responda más brevemente de lo necesario?— De ninguna manera— dije yo.—¿ Sino lo necesario?— dijo.— Sí— dije yo.—¿ Entonces debo responderte tanto como me parece necesario, o tanto como a ti?
335
SÓC. He oído decir— dije yo— que tú eres capaz, tanto tú mismo como de enseñar a otro, de hablar sobre las mismas cosas tanto largo, si quieres, de modo que el argumento nunca se agote, como breve, de modo que nadie pueda decir las cosas en menos palabras; si, pues, vas a conversar conmigo, usa conmigo el otro método, el de la brevedad. Sócrates— dijo—, ya he llegado a concursos de argumentos con muchos hombres, y si hiciera lo que tú ordenas, tal como el que me contradice me ordenaba conversar, así conversaba, no parecería mejor que nadie ni existiría el nombre de Protágoras entre los griegos. Y yo— pues me di cuenta de que él mismo no estaba satisfecho con sus respuestas anteriores y que no querría, por voluntad propia, conversar respondiendo—, considerando que ya no era mi tarea estar presente en las reuniones, dije: Pero, Protágoras, tampoco yo me empeño en que nuestra reunión sea contraria a lo que a ti te parece, sino que, cuando tú quieras conversar de modo que yo pueda seguirte, entonces conversaré contigo. Pues tú, como se dice de ti, y tú mismo lo afirmas, eres capaz de hacer reuniones tanto en macrología como en braquilogía— ya que eres sabio—, pero yo soy incapaz de esas cosas largas, aunque desearía ser capaz. Pero tú debías concedernos, al que puede ambas cosas, que la reunión se llevara a cabo; ahora, puesto que no quieres y yo tengo una ocupación y no podría quedarme contigo extendiendo largos discursos— pues debo ir a alguna parte—, me voy; aunque quizás tampoco habría escuchado esto sin agrado. Y al decir esto, me levantaba para irme; y mientras me levantaba, Calias me toma de la mano con la derecha, y con la izquierda se agarró de este manto mío, y dijo: No te dejaremos ir, Sócrates; pues si tú te vas, los diálogos no serán iguales para nosotros. Te pido, pues, que te quedes con nosotros; pues yo no escucharía con más gusto a nadie que a ustedes dos, Sócrates y Protágoras, conversando. Pero complácenos a todos. Y yo dije— ya me había levantado para salir—: Hijo de Hipónico, siempre admiro tu filosofía, pero también ahora la alabo y la amo, de modo que desearía complacerte, si me pidieras cosas posibles;
336
SÓC. pero ahora es como si me pidieras que siguiera a Crisón de Hímera, el corredor en su apogeo, o a alguno de los corredores de fondo o de los mensajeros, que corriera y los siguiera; te diría que yo necesito mucho más de mí mismo para seguir a estos que corren, pero no puedo; si quieres ver en el mismo lugar a mí y a Crisón corriendo, pídele a él que disminuya el paso; pues yo no puedo correr rápido, pero él puede correr despacio. Si, pues, deseas escuchar a mí y a Protágoras, pídele a él que, tal como me respondió al principio de manera breve y sobre las mismas cosas preguntadas, así responda también ahora; si no,¿ cuál será el modo de los diálogos? Pues yo pensaba que una cosa es estar juntos conversando y otra es arengar. Pero— dijo—,¿ ves, Sócrates, que Protágoras parece decir cosas justas al exigir que le sea permitido conversar como él quiera, y a ti como tú quieras? Interviniendo entonces Alcibíades, dijo: No hablas bien, Calias; pues este Sócrates admite que no posee la macrología y cede ante Protágoras, pero que es capaz de conversar y sabe dar y recibir razón, me asombraría si se lo cede a algún hombre. Si, pues, también Protágoras admite ser inferior a Sócrates para conversar, le basta a Sócrates; pero si disputa, que converse preguntando y respondiendo, no extendiendo un largo discurso en cada pregunta, echando por tierra los argumentos y no queriendo dar razón, sino alargando hasta que la mayoría de los que escuchan se olviden de cuál era la pregunta; pues yo respondo por Sócrates de que no se olvidará, no porque juegue y diga que es olvidadizo. A mí, pues, me parece que Sócrates dice cosas más razonables; pues cada uno debe exponer su propia opinión. Después de Alcibíades, según creo, fue Critias quien dijo: Pródico e Hipias, Calias me parece que está muy a favor de Protágoras, y Alcibíades siempre es competitivo hacia lo que se lanza; pero nosotros no debemos competir ni con Sócrates ni con Protágoras, sino pedirles en común que no disuelvan la reunión antes de tiempo.
337
SÓC. Al decir él esto, Pródico dijo: Me parece que hablas bien, Critias; pues los que están presentes en tales discursos deben ser oyentes comunes de ambos conversadores, pero no iguales— pues no es lo mismo—; pues en común deben escuchar a ambos, pero no asignar lo mismo a cada uno, sino más al más sabio y menos al más ignorante. Yo mismo, Protágoras y Sócrates, les pido que accedan a disputar entre ustedes sobre los argumentos, pero no a contender— pues los amigos disputan con los amigos incluso por benevolencia, pero los que son diferentes y enemigos contienden entre sí— y así nuestra reunión sería la más hermosa; pues ustedes, los que hablan, así tendrían la mejor reputación entre nosotros los que escuchamos y no serían alabados— pues tener reputación es posible ante las almas de los oyentes sin engaño, pero ser alabado en un discurso es a menudo contra la opinión de los que mienten— y nosotros, los que escuchamos, así nos alegraríamos más, no nos deleitaríamos— pues alegrarse es posible aprendiendo algo y participando de la sabiduría con la inteligencia misma, mientras que deleitarse es comiendo algo o experimentando otro placer con el cuerpo mismo. Al decir esto Pródico, muchos de los presentes lo aprobaron; después de Pródico, Hipias el sabio dijo: Hombres presentes, considero que todos ustedes son parientes, allegados y conciudadanos por naturaleza, no por ley; pues lo semejante es por naturaleza pariente de lo semejante, pero la ley, siendo tirana de los hombres, violenta muchas cosas contra la naturaleza; es vergonzoso, pues, que nosotros conozcamos la naturaleza de las cosas, siendo los más sabios de los griegos, y por esto mismo ahora reunidos en el mismo pritaneo de la sabiduría de Grecia y en esta casa, la más grande y afortunada, no mostremos nada digno de este prestigio, sino que, como los más viles de los hombres, discrepemos entre nosotros.
338
SÓC. Yo, pues, pido y aconsejo, Protágoras y Sócrates, que se pongan de acuerdo como si nosotros, los árbitros, los reconciliáramos en medio, y que ni tú busques esa forma precisa de diálogos que es demasiado breve, si no es agradable a Protágoras, sino que permitas y aflojes las riendas a los discursos, para que nos parezcan más magníficos y decorosos, ni tampoco que Protágoras, extendiendo todas las velas, soltando a favor del viento, huya al mar de los discursos ocultando la tierra, sino que ambos corten algo intermedio. Así, pues, háganlo, y obedézcanme al elegir un árbitro, supervisor y presidente que les guarde la longitud moderada de los discursos de cada uno. Esto agradó a los presentes, y todos lo alabaron, y Calias dijo que no me dejaría ir y me pedían que eligiera un supervisor. Dije entonces que sería vergonzoso elegir un juez de los discursos. Pues si el elegido es peor que nosotros, no sería correcto que el peor supervise a los mejores, y si es igual, tampoco sería correcto; pues el que es igual a nosotros hará cosas iguales, de modo que habrá sido elegido en vano. Pero elegirán a uno mejor que nosotros. En verdad, según creo, es imposible que elijan a alguien más sabio que este Protágoras; pero si eligen a alguien que no es mejor, pero dicen que lo es, esto también resulta vergonzoso para él, como elegir un supervisor para un hombre vil, ya que a mí no me importa en absoluto. Pero quiero hacer esto, para que la reunión y los diálogos que desean se lleven a cabo: si Protágoras no quiere responder, que él pregunte y yo responderé, y al mismo tiempo intentaré mostrarle cómo digo que debe responder el que responde; y cuando yo responda todo lo que él quiera preguntar, que él a su vez me dé razón de la misma manera. Si, pues, no parece dispuesto a responder a lo que se pregunta, yo y ustedes en común le pediremos lo mismo que ustedes a mí, que no destruya la reunión; y no hace falta por esto que haya un solo supervisor, sino que todos en común supervisarán. A todos les pareció que debía hacerse así; y Protágoras, aunque no quería en absoluto, sin embargo fue obligado a aceptar preguntar, y cuando pregunte lo suficiente, a su vez dará razón respondiendo poco a poco.
339
SÓC. Comenzó, pues, a preguntar más o menos así: Considero, dijo, Sócrates, que la mayor parte de la educación de un hombre es ser experto en poesía; esto es ser capaz de comprender lo que dicen los poetas, qué está bien compuesto y qué no, y saber distinguir y, al ser preguntado, dar razón. Y ahora también la pregunta será sobre lo mismo de lo que tú y yo estamos conversando ahora, sobre la virtud, pero trasladada a la poesía; solo en eso diferirá. Pues Simónides dice en alguna parte a Scopas, hijo de Creonte el tesalio, que: Es difícil llegar a ser un hombre verdaderamente bueno, cuadrado en manos, pies y mente, labrado sin reproche.¿ Conoces este poema, o te lo recito todo? Y yo dije que no hacía falta; pues lo conozco y me he preocupado mucho por el poema. Dices bien, dijo.¿ Te parece, pues, que está bien y correctamente compuesto, o no?— Muy bien y correctamente— dije yo—.¿ Y te parece que está bien compuesto si el poeta se contradice a sí mismo?— No está bien— dije yo—. Mira, pues, dijo, mejor.— Pero, buen hombre, ya lo he examinado suficientemente.—¿ Sabes, pues, dijo, que al avanzar el poema dice en alguna parte: Tampoco me parece armonioso el dicho de Pítaco, aunque dicho por un hombre sabio: es difícil ser noble.¿ Te das cuenta de que este mismo dice esto y aquello anterior?— Lo sé— dije yo—.¿ Te parece, pues, dijo, que esto concuerda con aquello?— A mí me lo parece( y al mismo tiempo temía que dijera algo) pero, dije yo,¿ a ti no te parece?— Pues¿ cómo podría parecer que concuerda consigo mismo el que dice ambas cosas, quien primero supuso él mismo que es difícil llegar a ser un hombre verdaderamente bueno, y al avanzar un poco en el poema se olvidó, y a Pítaco, que dice lo mismo que él, que es difícil ser noble, lo censura y dice que no acepta que diga lo mismo que él? Y sin embargo, cuando censura al que dice lo mismo que él, es evidente que también se censura a sí mismo, de modo que o lo primero o lo segundo no lo dice correctamente. Al decir esto, causó mucho alboroto y alabanza de los oyentes; y yo, al principio, como si hubiera sido golpeado por un buen boxeador, me quedé a oscuras y mareado al decir él esto y los demás alborotar; después— para decirte la verdad, para que tuviera tiempo para la reflexión sobre qué decía el poeta— me dirijo a Pródico, y llamándolo, dije: Pródico, tu conciudadano es Simónides; es justo que ayudes al hombre.
340
SÓC. Creo, pues, que debo invocarte; como dijo Homero que Escamandro, sitiado por Aquiles, invocaba a Simois, diciendo: Querido hermano, detengamos ambos el vigor del hombre, pero también yo te invoco, para que Protágoras no destruya a Simónides. Pues, en efecto, la enmienda de tu música, con la que distingues el querer y el desear como si no fueran lo mismo, y las cosas que dijiste hace poco, muchas y hermosas, es necesaria para Simónides. Y ahora considera si te parece lo mismo que a mí. Pues no parece que Simónides se contradiga a sí mismo. Pues tú, Pródico, declara primero tu opinión:¿ te parece que ser y llegar a ser es lo mismo, o algo distinto?— Algo distinto, por Zeus— dijo Pródico—.—¿ Entonces— dije yo—, en los primeros versos el propio Simónides declaró su opinión, de que es difícil llegar a ser un hombre verdaderamente bueno?— Dices la verdad— dijo Pródico—.— Y a Pítaco— dije yo— lo censura, no como cree Protágoras, por decir lo mismo que él, sino algo distinto. Pues Pítaco no decía esto, que es difícil llegar a ser noble, como Simónides, sino ser; y no es lo mismo, Protágoras, como dice este Pródico, el ser y el llegar a ser. Y si no es lo mismo el ser que el llegar a ser, Simónides no se contradice a sí mismo. Y quizás Pródico y muchos otros dirían, según Hesíodo, que llegar a ser bueno es difícil— pues ante la virtud los dioses pusieron el sudor— pero cuando alguien llega a la cima de ella, entonces es fácil, aunque sea difícil, poseerla. Pródico, al escuchar esto, me alabó; pero Protágoras dijo: Tu enmienda, Sócrates, tiene un error mayor que el que enmiendas. Y yo dije: Mal trabajo he hecho, al parecer, Protágoras, y soy un médico ridículo: al curar, hago mayor la enfermedad. Pero así es, dijo.¿ Cómo es eso?— dije yo.— Habría mucha ignorancia del poeta, dijo, si dice que es algo tan fácil poseer la virtud, lo cual es lo más difícil de todo, como a todos los hombres les parece.
341
SÓC. Y yo dije: Por Zeus, ha llegado a tiempo para nosotros en los discursos este Pródico. Pues corre el riesgo, Protágoras, de que la sabiduría de Pródico sea algo divino desde hace mucho, ya sea que comenzara con Simónides o sea aún más antigua. Y tú, siendo experto en muchas otras cosas, pareces ser inexperto en esta, no como yo, que soy experto por ser discípulo de este Pródico; y ahora me parece que no comprendes que quizás Simónides no suponía este' difícil' como tú supones, sino como este Pródico me amonesta cada vez sobre lo' terrible', cuando yo, al alabar a ti o a otro, digo que Protágoras es un hombre sabio y terrible, me pregunta si no me avergüenzo de llamar terribles a las cosas buenas. Pues lo terrible, dice, es malo; nadie, en efecto, dice nunca' terrible riqueza' ni' terrible paz' ni' terrible salud', sino' terrible enfermedad',' terrible guerra' y' terrible pobreza', como si lo terrible fuera malo. Quizás, pues, también lo' difícil' los ceos y Simónides lo suponen como malo o alguna otra cosa que tú no comprendes; preguntemos, pues, a Pródico— pues es justo preguntar a este sobre la voz de Simónides—:¿ qué decía Simónides que era lo difícil, Pródico?— Malo— dijo.— Por esto, pues, también censura— dije yo—, Pródico, a Pítaco por decir que es difícil ser noble, como si lo oyera decir que es malo ser noble. Pero¿ qué crees, dijo, que dice Simónides, Sócrates, sino esto, y reprochar a Pítaco que no sabía distinguir correctamente los nombres, siendo lesbio y criado en una lengua bárbara? Oyes, pues— dije yo—, Protágoras, a este Pródico.¿ Tienes algo que decir a esto? Y Protágoras dijo: Falta mucho para que sea así, Pródico; pues yo sé bien que también Simónides decía lo' difícil' como nosotros los demás, no lo malo, sino lo que no es fácil, sino que se logra a través de muchas dificultades. Pero yo también creo— dije yo—, Protágoras, que Simónides dice esto, y que este Pródico lo sabe, pero que juega y parece querer probar si serás capaz de ayudar a tu propio argumento. Pues que Simónides no llama malo a lo difícil, es un gran indicio inmediatamente la frase siguiente; pues dice que: Solo un dios podría tener este privilegio, no diciendo, supongo, que es malo ser noble, y luego dice que solo el dios podría tener esto y le asignó este privilegio solo al dios; pues Pródico diría que Simónides es un libertino y de ninguna manera un ceo.
342
SÓC. Pero lo que me parece que piensa Simónides en este poema, quiero decírtelo, si quieres probarme cómo estoy, lo que tú dices, sobre los poemas; si quieres, te escucharé. Protágoras, al escucharme decir esto, dijo: Si tú quieres, Sócrates; y Pródico e Hipias lo pedían encarecidamente, y los demás. Yo, pues— dije yo—, lo que me parece sobre este poema, intentaré exponerles. Pues la filosofía es la más antigua y abundante de los griegos en Creta y en Lacedemonia, y hay allí más sofistas que en cualquier parte de la tierra; pero lo niegan y se hacen pasar por ignorantes, para que no sea evidente que superan a los griegos en sabiduría, como los sofistas que Protágoras decía, sino que parecen superar por el combate y la valentía, pensando que, si se supiera en qué superan, todos practicarían esto, la sabiduría. Ahora, ocultando aquello, han engañado a los que en las ciudades se hacen los lacedemonios, y unos se rompen las orejas imitándolos, se envuelven en correas, son aficionados a la gimnasia y usan mantos cortos, como si los lacedemonios vencieran a los griegos por estas cosas; los lacedemonios, cuando quieren reunirse sin restricciones con los sofistas que hay entre ellos y ya se cansan de reunirse a escondidas, expulsan a estos que se hacen los lacedemonios y si algún otro extranjero se queda, se reúnen con los sofistas ocultándose de los extranjeros, y ellos mismos no permiten que ninguno de los jóvenes salga a las otras ciudades, como tampoco los cretenses, para que no desaprendan lo que ellos enseñan. Hay en estas ciudades no solo hombres que se enorgullecen de su educación, sino también mujeres. Y sabrían que digo la verdad y que los lacedemonios están educados de la mejor manera para la filosofía y los discursos, por esto: pues si alguien quiere reunirse con el más vil de los lacedemonios, en la mayoría de los discursos lo encontrará pareciendo un hombre vil, pero luego, dondequiera que surja lo que se dice, lanza una frase digna de mención, corta y concentrada, como un hábil lanzador de jabalina, de modo que el que conversa con él parece no ser mejor que un niño.
343
SÓC. Esto, pues, es lo que algunos de los actuales y de los antiguos han notado, que el' hacerse el lacedemonio' es mucho más filosofar que ser aficionado a la gimnasia, sabiendo que ser capaz de pronunciar tales frases es propio de un hombre perfectamente educado. De estos eran Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, nuestro Solón, Cleóbulo de Lindos, Misón de Quena, y el séptimo entre ellos se decía que era el lacedemonio Quilón. Todos estos eran entusiastas, amantes y discípulos de la educación de los lacedemonios, y uno podría aprender que su sabiduría era tal, frases cortas dignas de memoria dichas por cada uno; estos también, reunidos en común, dedicaron una primicia de su sabiduría a Apolo en el templo de Delfos, escribiendo estas cosas que todos celebran:' conócete a ti mismo' y' nada en exceso'.¿ Por qué digo esto? Porque este era el modo de la filosofía de los antiguos, una cierta brevedad lacónica; y, en efecto, este dicho de Pítaco circulaba en privado, elogiado por los sabios:' es difícil ser noble'. Simónides, pues, siendo ambicioso de sabiduría, supo que si derribaba este dicho como a un atleta de buena reputación y lo superaba, él mismo tendría buena reputación entre los hombres de entonces. Hacia este dicho y por esta razón, conspirando contra él para truncarlo, ha compuesto todo el poema, como me parece. Examinémoslo, pues, todos en común, si es que digo la verdad. Pues inmediatamente el principio del poema parecería maníaco, si queriendo decir que es difícil llegar a ser un hombre bueno, luego insertó el' ciertamente'. Pues esto no parece insertado para ningún argumento, a menos que uno suponga que Simónides habla como disputando contra el dicho de Pítaco; diciendo Pítaco que es difícil ser noble, él, contradiciendo, dice que no, sino que es difícil llegar a ser un hombre bueno, Pítaco, en verdad— no' bueno en verdad', no dice la verdad sobre esto, como si hubiera algunos que son' en verdad buenos' y otros que son buenos, pero no en verdad— pues esto parecería una tontería y no de Simónides—
344
SÓC. sino que hay que poner el' verdaderamente' en el poema en hipérbaton, habiendo dicho antes el dicho de Pítaco, como si pusiéramos que él dice el dicho de Pítaco y Simónides responde diciendo:' Hombres, es difícil ser noble', y el que responde que:' Pítaco, no dices cosas verdaderas; pues no ser, sino llegar a ser un hombre bueno, cuadrado en manos, pies y mente, labrado sin reproche, es difícil verdaderamente'. Así parece que el' ciertamente' está insertado para el argumento y el' verdaderamente' está correctamente colocado al final; y todo lo que sigue da testimonio de esto, de que ha sido dicho así. Pues hay muchas cosas que demostrar sobre cada una de las cosas dichas en el poema, que está bien compuesto— pues es muy elegante y cuidadoso— pero sería largo exponerlo así; pero expongamos su forma general y su intención, que es más que nada una refutación del dicho de Pítaco a través de todo el poema. Pues dice después de esto, tras exponer poco, como si dijera un argumento, que llegar a ser un hombre bueno es difícil verdaderamente, pero es posible, al menos por algún tiempo; pero una vez llegado a ser, permanecer en este estado y ser un hombre bueno, como tú dices, Pítaco, es imposible y no humano, sino que solo un dios podría tener este privilegio, pero para un hombre no es posible no ser malo, a quien una desgracia insuperable derriba.¿ A quién, pues, derriba una desgracia insuperable en el mando de un barco? Es evidente que no al profano; pues el profano siempre está derribado. Como, pues, nadie derribaría al que está en el suelo, sino que uno podría derribar al que está de pie para que esté en el suelo, pero al que está en el suelo no, así también al que es capaz alguna vez una desgracia insuperable podría derribarlo, pero al que siempre es incapaz no, y a un piloto una gran tormenta que le sobrevenga podría hacerlo incapaz, y a un agricultor una estación difícil que le sobrevenga podría hacerlo incapaz, y a un médico estas mismas cosas. Pues al noble le es posible llegar a ser malo, como también es testificado por otro poeta que dijo:' pero el hombre bueno a veces es malo, otras veces noble', pero al malo no le es posible llegar a serlo, sino que es necesario que siempre lo sea. De modo que al que es capaz, sabio y bueno, cuando una desgracia insuperable lo derriba, no es posible que no sea malo; pero tú dices, Pítaco, que es difícil ser noble; pero es difícil llegar a serlo, aunque posible, noble, pero serlo es imposible; pues al obrar bien todo hombre es bueno, pero malo si obra mal.
345
SÓC.¿ Cuál es, pues, una buena acción en relación con las letras, y quién hace a un hombre bueno en relación con las letras? Es evidente que el aprendizaje de estas.¿ Y qué buena acción hace a un buen médico? Es evidente que el aprendizaje del tratamiento de los enfermos.¿ Y un mal médico, cómo se hace malo? Es evidente que aquel a quien primero le corresponde ser médico, y luego ser un buen médico— pues este podría llegar a ser malo—, mientras que nosotros, los profanos en medicina, nunca llegaríamos a ser, por haber actuado mal, ni médicos ni carpinteros ni nada semejante; y quien no llegaría a ser médico por haber actuado mal, es evidente que tampoco es un mal médico. Así también, el hombre bueno podría llegar a ser malo alguna vez, ya sea por el tiempo, por el esfuerzo, por la enfermedad o por algún otro contratiempo— pues esta es la única mala acción: verse privado de conocimiento—, pero el hombre malo nunca llegaría a ser malo— pues ya lo es siempre—, sino que, si ha de llegar a ser malo, necesita primero llegar a ser bueno. De modo que también esto del poema apunta a esto: que no es posible ser un hombre bueno, permaneciendo bueno, pero sí es posible llegar a ser bueno, y también malo, este mismo hombre; y son mejores en mayor medida aquellos a quienes los dioses aman. Por tanto, todo esto se ha dicho respecto a Pítaco, y lo que sigue del poema lo aclara aún más. Pues dice:« Por eso yo nunca, buscando lo imposible, lanzaré mi parte de vida a una esperanza vana e inútil, a un hombre sin tacha, de entre todos los que cosechamos el fruto de la tierra de ancha faz; y si lo encuentro, os lo anunciaré». Así, con tanta fuerza y a través de todo el poema, se enfrenta a la máxima de Pítaco:« A todos alabo y amo voluntariamente al que no hace nada vergonzoso; pues ni contra la necesidad luchan los dioses». Y esto está dicho respecto a esto mismo. Pues Simónides no era tan inculto como para decir que alaba a quienes no hacen nada malo voluntariamente, como si hubiera algunos que hacen el mal voluntariamente. Pues yo creo casi esto: que ninguno de los hombres sabios considera que nadie de los hombres yerra voluntariamente ni comete acciones vergonzosas y malas voluntariamente, sino que saben bien que todos los que hacen cosas vergonzosas y malas las hacen involuntariamente; y, en efecto, Simónides no dice ser alabador de aquellos que no hacen el mal voluntariamente, sino que dice esto sobre sí mismo, el voluntariamente.
346
SÓC. Pues consideraba que un hombre noble y bueno a menudo se ve obligado a hacerse amigo de alguien y a amar y alabar a un alabador, como a menudo le sucede a un hombre con una madre o un padre extraño, o con la patria o algo semejante. Así pues, los malvados, cuando les sucede algo así, parece que lo ven con agrado y lo muestran censurando y acusando la maldad de sus padres o de su patria, para que los hombres no les reprochen por descuidarlos ni les insulten por su descuido, de modo que los censuran aún más y añaden enemistades voluntarias a las necesarias; pero los buenos se ven obligados a ocultarlo y a alabarlos, y si alguna vez se enfadan con sus padres o con su patria por haber sido agraviados, se consuelan a sí mismos y se reconcilian, obligándose a amar y alabar a los suyos. Y a menudo, creo, Simónides consideró que él mismo también, ya sea a un tirano o a otro de los de esa clase, lo alabó y lo elogió no voluntariamente, sino obligado. Esto es lo que le dice a Pítaco:« Yo, Pítaco, no te censuro por esto, porque sea amigo de la censura, pues me basta el que no sea malo ni demasiado incapaz, sabiendo justicia que beneficia a la ciudad, un hombre sano; a ese yo no lo vituperaré». Pues no soy amigo de la censura; pues hay infinitas generaciones de necios, y todo es hermoso a lo que no se le ha mezclado lo vergonzoso. No dice esto como si dijera« todo es blanco a lo que no se le ha mezclado lo negro»— pues sería ridículo en muchos aspectos—, sino que él mismo acepta también los términos medios de modo que no los censura. Y no busco, dijo,« un hombre sin tacha, de entre todos los que cosechamos el fruto de la tierra de ancha faz; y si lo encuentro, os lo anunciaré»; de modo que, por esto, no alabaré a nadie, sino que me basta si es un hombre medio y no hace nada malo, como yo a todos amo y alabo— y aquí utiliza el dialecto de los mitileneos, como si le hablara a Pítaco:« a todos alabo y amo voluntariamente»—, aquí hay que distinguir en el« voluntariamente» al decir:« al que no hace nada vergonzoso, involuntariamente hay algunos a quienes alabo y amo».
347
SÓC. A ti, pues, incluso si hubieras dicho de manera moderada algo razonable y verdadero, Pítaco, nunca te habría censurado; pero ahora, puesto que mientes mucho incluso sobre las cosas más importantes y pareces decir la verdad, por esto te censuro. Esto me parece, Pródico y Protágoras, dije, que Simónides pensaba al haber compuesto este poema. E Hipias dijo:« Me parece, Sócrates, que tú también has expuesto bien el poema; sin embargo, yo también tengo un discurso sobre él que está bien, el cual os mostraré si queréis». Y Alcibíades dijo:« Sí, Hipias, para otra ocasión; ahora es justo lo que acordaron Protágoras y Sócrates: si Protágoras todavía quiere preguntar, que Sócrates responda, y si quiere responder a Sócrates, que el otro pregunte». Y yo dije:« Le cedo a Protágoras lo que le sea más agradable; pero si quiere, dejemos lo de los poemas y los versos, y sobre lo que te pregunté al principio, Protágoras, me gustaría llegar al final examinándolo contigo. Pues me parece que discutir sobre poesía es muy parecido a los banquetes de los hombres vulgares y de plaza. Pues estos, debido a que no pueden convivir entre sí por sí mismos en la bebida ni a través de su propia voz y de sus propios discursos por falta de educación, hacen que las flautistas sean valiosas, pagando mucho por una voz ajena, la de las flautas, y a través de la voz de aquellas conviven entre sí; pero donde hay convidados nobles y buenos y educados, no verías ni flautistas ni bailarinas ni arpistas, sino que ellos mismos son suficientes para convivir sin estas tonterías y juegos a través de su propia voz, hablando y escuchando por turnos de manera ordenada, incluso si beben mucho vino. Así también, las reuniones como esta, si toman a hombres como los que la mayoría dice que somos, no necesitan de una voz ajena ni de poetas, a quienes no es posible preguntar sobre lo que dicen, y al traerlos a los discursos, unos dicen que el poeta quiere decir esto, otros otra cosa, discutiendo sobre un asunto que son incapaces de refutar».
348
SÓC. Sino que dejan de lado tales reuniones y conviven entre sí por sí mismos, tomando y dando prueba de los demás en sus propios discursos. Me parece que a tales hombres debemos imitar más tú y yo, dejando de lado a los poetas, para realizar los discursos entre nosotros por nosotros mismos, tomando prueba de la verdad y de nosotros mismos. Y si quieres seguir preguntando, estoy dispuesto a ofrecerme respondiéndote; y si quieres, tú ofrécete a mí, para poner fin a los asuntos que dejamos a medias. Al decir yo esto y otras cosas semejantes, Protágoras no aclaraba qué haría. Entonces Alcibíades, mirando a Calias, dijo:« Calias,¿ te parece que Protágoras actúa bien ahora, al no querer aclarar si dará razón o no? A mí no me parece; sino que o bien discute o que diga que no quiere discutir, para que sepamos esto de él, y Sócrates discuta con otro o quien quiera con otro». Y Protágoras, avergonzado, según me pareció, tanto por lo que decía Alcibíades como por la petición de Calias y de casi todos los presentes, apenas se dejó convencer para discutir y ordenó que le preguntara como si fuera a responder. Dije entonces:« Protágoras, no creas que quiero discutir contigo por otra cosa que no sea examinar aquello sobre lo que yo mismo me quedo perplejo cada vez. Pues considero que Homero dice algo muy cierto:“ Cuando dos van juntos, uno antes que el otro reflexiona”. Pues todos los hombres somos de algún modo más capaces para toda obra, discurso y pensamiento; pero si uno solo reflexiona, inmediatamente va buscando a quién mostrárselo y con quién confirmarlo, hasta que lo encuentra. Como yo también, por esto discuto gustosamente contigo más que con cualquier otro, creyendo que tú examinarías mejor que nadie también los otros asuntos sobre los que es natural que examine un hombre razonable, y ciertamente también sobre la virtud.¿ Pues a quién otro sino a ti? Tú que no solo crees ser tú mismo noble y bueno, como otros que ellos mismos son razonables, pero no pueden hacer a otros».
349
SÓC. Sino que tú mismo eres bueno y eres capaz de hacer buenos a otros, y has confiado tanto en ti mismo que, mientras otros ocultan esta técnica, tú, habiéndote pregonado abiertamente ante todos los griegos, llamándote sofista, te has manifestado como maestro de educación y virtud, siendo el primero en considerar digno cobrar un salario por esto.¿ Cómo, pues, no habría que invitarte a la consideración de estos asuntos y preguntar y consultar? No hay forma de que no. Y ahora, ciertamente, deseo recordar de ti, desde el principio, aquello que preguntaba al principio sobre estos asuntos, y en parte examinarlo juntos. Era, según creo, la pregunta esta: la sabiduría, la templanza, la valentía, la justicia y la santidad,¿ son estas, siendo cinco nombres, sobre una sola cosa, o subyace a cada uno de estos nombres una esencia propia y una cosa que tiene su propia fuerza cada una, no siendo una como la otra de ellas? Tú decías entonces que no eran nombres sobre una sola cosa, sino que cada uno de los nombres se aplicaba a una cosa propia, y que todas estas eran partes de la virtud, no como las partes del oro son semejantes entre sí y al todo del que son partes, sino como las partes del rostro son respecto al todo del que son partes y entre sí desemejantes, teniendo cada una una fuerza propia. Si esto te parece todavía como entonces, dilo; si de otra manera, defínelo, pues yo no te tengo nada en cuenta si ahora dices que es de otra forma; pues no me extrañaría si entonces decías eso probándome.« Pero yo te digo, Sócrates», dijo,« que todas estas son partes de la virtud, y que cuatro de ellas son razonablemente parecidas entre sí, pero la valentía es muy diferente de todas estas. Y sabrás que digo la verdad de esta manera: pues encontrarás a muchos de los hombres siendo muy injustos, muy impíos, muy intemperantes y muy ignorantes, pero muy valientes de manera sobresaliente».« Espera, pues», dije,« pues vale la pena examinar lo que dices.¿ Llamas a los valientes audaces o de otra manera?»—« Y también impetuosos», dijo,« hacia lo que la mayoría teme ir».—« Vamos, pues,¿ dices que la virtud es algo hermoso, y que, siendo algo hermoso, tú te ofreces como maestro?»—« Lo más hermoso, ciertamente», dijo,« si no estoy loco».—«¿ Es, pues», dije,« una parte de ella vergonzosa y otra hermosa, o es toda hermosa?»—« Toda, supongo, hermosa, tanto como es posible».
350
SÓC.¿ Sabes, pues, quiénes nadan audazmente en los pozos?—« Yo sí, que los nadadores».—«¿ Es porque saben o por otra cosa?»—« Porque saben».—«¿ Y quiénes son audaces para combatir a caballo?¿ Los jinetes o los que no lo son?»—« Los jinetes».—«¿ Y quiénes los que tienen escudos?¿ Los peltastas o los que no?»—« Los peltastas. Y en todas las demás cosas, si buscas esto», dijo,« los que saben son más audaces que los que no saben, y ellos mismos más que ellos mismos cuando han aprendido o antes de aprender».—«¿ Y has visto ya», dije,« a algunos que, siendo ignorantes de todas estas cosas, son audaces ante cada una de ellas?»—« Yo sí», dijo,« y demasiado audaces».—«¿ Acaso estos audaces son también valientes?»—« Sería vergonzoso, ciertamente», dijo,« la valentía; pues estos están locos».—«¿ Cómo, pues», dije,« llamas a los valientes?¿ No son los audaces?»—« Y ahora también», dijo.—«¿ Acaso estos», dije,« que son tan audaces, no parecen no ser valientes sino locos? Y allí, a su vez,¿ los más sabios son los más audaces, y siendo los más audaces son los más valientes?¿ Y según este razonamiento la sabiduría sería valentía?»—« No recuerdas bien, Sócrates», dijo,« lo que yo decía y te respondía. Yo, al ser preguntado por ti si los valientes son audaces, lo admití; pero si también los audaces son valientes, no fui preguntado— pues si me hubieras preguntado entonces, habría dicho que no todos—; pero que los valientes no son audaces, no demostraste en ninguna parte que mi acuerdo no fuera correcto. Luego, a los que saben los muestras más audaces que ellos mismos y que otros que no saben, y en esto crees que la valentía y la sabiduría son lo mismo; pero de esta manera, al proceder, también podrías pensar que la fuerza es sabiduría. Pues, primero, si procediendo así me preguntaras si los fuertes son capaces, diría que sí; luego, si los que saben luchar son más capaces que los que no saben luchar y ellos mismos más que ellos mismos cuando han aprendido o antes de aprender, diría que sí; y habiendo admitido esto, te sería posible, usando estos mismos argumentos, decir que, según mi acuerdo, la sabiduría es fuerza».
351
SÓC. Pero yo en ninguna parte admito que los capaces sean fuertes, aunque sí que los fuertes son capaces; pues no es lo mismo fuerza y potencia, sino que la potencia puede provenir también del conocimiento, y también de la locura y del ardor, mientras que la fuerza proviene de la naturaleza y del buen desarrollo de los cuerpos. Así también allí, no es lo mismo audacia y valentía; de modo que sucede que los valientes son audaces, pero no que todos los audaces sean valientes; pues la audacia proviene en los hombres también de la técnica y también del ardor y de la locura, como la potencia, pero la valentía proviene de la naturaleza y del buen desarrollo de las almas.«¿ Dices», dije,« Protágoras, que algunos de los hombres viven bien, y otros mal?»—« Dijo que sí».—«¿ Acaso te parece que un hombre viviría bien si viviera afligido y sufriendo?»—« Dijo que no».—«¿ Y qué si viviera agradablemente y terminara la vida?¿ No te parece que habría vivido bien así?»—« A mí sí», dijo.—« Vivir agradablemente, pues, es un bien, y vivir desagradablemente es un mal».—« Si viviera disfrutando de cosas hermosas», dijo.—«¿ Por qué, Protágoras?¿ Acaso tú también, como la mayoría, llamas a algunas cosas agradables malas y a las dolorosas buenas? Pues yo digo que, en cuanto son agradables,¿ acaso no son buenas, si no se deriva de ellas otra cosa? Y a su vez, las dolorosas, de la misma manera,¿ no son malas en cuanto son dolorosas?»—« No sé, Sócrates», dijo,« tan simplemente como tú preguntas, si debo responderte que todas las cosas agradables son buenas y las dolorosas malas; sino que me parece que no solo para la respuesta actual es más seguro para mí responder, sino también para toda mi otra vida, que hay algunas cosas agradables que no son buenas, y hay a su vez algunas dolorosas que no son malas, y hay algunas que lo son, y una tercera clase que son neutras, ni malas ni buenas».—«¿ Y llamas agradables», dije,« a las que participan de placer o producen placer?»—« Ciertamente», dijo.—« Esto, pues, digo: en cuanto son agradables, si no son buenas, preguntando si el placer mismo no es un bien».—« Como tú dices», dijo,« cada vez, Sócrates, examinémoslo, y si el examen parece ser conforme a la razón y lo mismo parece ser agradable y bueno, estaremos de acuerdo; si no, entonces ya discutiremos».—«¿ Quieres, pues», dije,« tú dirigir el examen, o dirijo yo?»—« Es justo», dijo,« que tú dirijas; pues tú eres quien inicia el discurso».
352
SÓC.¿ Acaso, pues, dije, nos resultaría claro de alguna manera? Como si alguien examinara a un hombre por su aspecto, ya sea para la salud o para cualquier otra de las funciones del cuerpo, viendo el rostro y las puntas de las manos dijera:« Vamos, descúbreme también el pecho y la espalda y muéstramelo, para que examine más claramente», y yo deseo algo semejante para el examen; habiendo visto que estás así respecto al bien y a lo agradable como dices, pido decir algo semejante:« Vamos, Protágoras, descúbreme también esto de tu pensamiento:¿ cómo estás respecto al conocimiento?¿ Acaso te parece también esto como a la mayoría de los hombres, o de otra manera?» A la mayoría les parece algo así sobre el conocimiento, que no es fuerte ni dominante ni dirigente; ni piensan que sea algo así, sino que, existiendo a menudo el conocimiento en un hombre, no es el conocimiento lo que lo gobierna, sino otra cosa, a veces el ardor, a veces el placer, a veces el dolor, a veces el amor, y a menudo el miedo, pensando simplemente sobre el conocimiento como sobre un esclavo, arrastrado por todas las demás cosas.¿ Acaso, pues, a ti también te parece algo así sobre él, o que el conocimiento es algo hermoso y capaz de gobernar al hombre, y que si alguien conoce los bienes y los males, no sería vencido por nada para hacer otras cosas que las que el conocimiento ordene, sino que la prudencia es suficiente para ayudar al hombre?»—« Me parece», dijo,« como tú dices, Sócrates, y al mismo tiempo, si a alguien más, es vergonzoso para mí no decir que la sabiduría y el conocimiento son lo más fuerte de todas las cosas humanas».—« Dices bien y con verdad», dije.«¿ Sabes, pues, que la mayoría de los hombres no nos creen a ti y a mí, sino que dicen que muchos, conociendo lo mejor, no quieren hacerlo, pudiendo, sino que hacen otras cosas; y a cuantos he preguntado qué es la causa de esto, dicen que, vencidos por el placer o el dolor o por lo que decía hace poco, vencidos por alguno de estos, hacen lo que hacen».—« Pues creo, Sócrates», dijo,« que los hombres dicen muchas otras cosas que no son correctas».
353
SÓC. Vamos, pues, intenta conmigo convencer a los hombres y enseñarles qué es este padecimiento suyo, que dicen ser vencidos por los placeres y no hacer por esto lo mejor, puesto que lo conocen. Pues quizás, si dijéramos:« No decís correctamente, hombres, sino que mentís», nos preguntarían:« Protágoras y Sócrates, si no existe este padecimiento de ser vencido por el placer,¿ qué es entonces, y qué decís vosotros que es? Decídnoslo».«¿ Por qué, Sócrates, debemos examinar la opinión de la mayoría de los hombres, que dicen lo que les ocurre?»—« Creo», dije,« que esto es algo para nosotros para descubrir sobre la valentía, respecto a las otras partes de la virtud, cómo se comporta. Si, pues, te parece mantener lo que hace poco nos pareció, sígueme, para que yo dirija hacia donde creo que podría quedar más claro; si no quieres, si te place, déjalo».—« Pero», dijo,« dices correctamente; y termina como empezaste».—« De nuevo, pues», dije,« si nos preguntaran:¿ qué decís, pues, que es esto que decíamos que es ser vencido por los placeres? Yo les diría así: Escuchad, pues; pues intentaremos, Protágoras y yo, decíroslo.¿ Acaso, hombres, no decís que esto os sucede en estos casos, como a menudo, vencidos por comidas y bebidas y placeres sexuales que son agradables, sabiendo que son malos, sin embargo los hacéis?»—« Dirían que sí».—«¿ Acaso no les preguntaríamos tú y yo de nuevo:¿ En qué decís que son malos?¿ Porque en el momento presente proporcionan este placer y cada uno de ellos es agradable, o porque en el tiempo posterior producen enfermedades y pobrezas y muchas otras cosas semejantes?¿ O incluso si alguna de estas cosas no produce nada en el tiempo posterior, sino que solo hace disfrutar, sin embargo, serían malas, porque hacen disfrutar y de cualquier modo?»¿ Creemos, Protágoras, que responderían otra cosa que no sea que no son malas por la producción del placer mismo en el momento presente, sino por lo que sucede después, enfermedades y lo demás?»—« Creo», dijo Protágoras,« que la mayoría respondería eso».—«¿ Acaso, pues, al producir enfermedades producen dolores, y al producir pobrezas producen dolores?»—« Lo admitirían, según creo».— Protágoras estuvo de acuerdo.
354
SÓC.¿ Acaso, pues, les parece, hombres, como decimos Protágoras y yo, que estas cosas son malas por ninguna otra razón sino porque terminan en dolores y privan de otros placeres?¿ Lo admitirían?»—« Estábamos de acuerdo ambos».—«¿ Acaso, pues, si les preguntáramos lo contrario: Hombres, vosotros que decís a su vez que las cosas dolorosas son buenas,¿ acaso no decís cosas como estas, como los ejercicios y las campañas y los tratamientos de los médicos que se producen a través de cauterizaciones y cortes y medicinas y hambrunas, que estas cosas son buenas, pero dolorosas?¿ Dirían que sí?»—« Estábamos de acuerdo».—«¿ Acaso, pues, las llamáis buenas por esto, porque en el momento presente proporcionan los dolores más extremos y sufrimientos, o porque en el tiempo posterior provienen de ellas salud y bienestar de los cuerpos y salvaciones de las ciudades y dominios de otros y riquezas?»—« Dirían, según creo».—« Estábamos de acuerdo».—«¿ Y estas cosas son buenas por otra razón sino porque terminan en placeres y en liberaciones y evitaciones de dolores?¿ O tenéis algún otro fin que decir, hacia el cual, mirando, las llamáis buenas, sino placeres y dolores?»—« No dirían, según creo».—« Tampoco a mí me parece», dijo Protágoras.—«¿ Acaso, pues, perseguís el placer como si fuera un bien, y huís del dolor como si fuera un mal?»—« Estábamos de acuerdo».—« Esto, pues, consideráis que es el mal, el dolor, y el bien el placer, puesto que también al disfrutar mismo lo llamáis malo entonces, cuando priva de placeres mayores que los que tiene, o proporciona dolores mayores que los placeres que hay en él; puesto que si llamáis malo al disfrutar mismo por otra razón y mirando hacia otro fin, podríais decirnos; pero no podréis».—« Tampoco a mí me parece», dijo Protágoras.—«¿ Acaso, pues, de nuevo, también sobre el sufrir mismo es el mismo modo?¿ Llamáis al sufrir mismo bueno, cuando libera de dolores mayores que los que hay en él o proporciona placeres mayores que los dolores? Puesto que si miráis hacia otro fin cuando llamáis al sufrir mismo bueno, que hacia el que yo digo, podéis decirnos; pero no podréis».—« Dices verdad», dijo Protágoras.—« De nuevo, pues», dije,« si me preguntarais: Hombres,¿ por qué razón decís mucho sobre esto y de muchas maneras? Perdonadme, diría yo. Pues, primero, no es fácil demostrar qué es esto que llamáis ser vencido por los placeres; luego, en esto están todas las demostraciones».
355
SÓC. Pero incluso ahora es posible retractarse, si de alguna manera podéis decir que el bien es otra cosa que el placer, o el mal otra cosa que el dolor;¿ o os basta vivir la vida agradablemente sin dolores? Y si basta y no podéis decir que sea bien o mal nada que no termine en esto, escuchad lo que sigue. Pues digo que, siendo esto así, vuestro razonamiento resulta ridículo, cuando decís que a menudo un hombre, conociendo que las cosas son malas, sin embargo las hace, pudiendo no hacerlas, llevado y aturdido por los placeres; y a su vez decís que un hombre, conociendo que las cosas son buenas, no quiere hacerlas debido a los placeres del momento, vencido por estos. Que esto es ridículo, quedará claro si no usamos muchos nombres a la vez, agradable y doloroso y bueno y malo, sino que, puesto que aparecieron dos, llamémoslas con dos nombres, primero bueno y malo, luego a su vez agradable y doloroso. Estableciendo esto, pues, digamos que: Un hombre, conociendo que las cosas son malas, sin embargo las hace. Si, pues, alguien nos pregunta:¿ por qué?« Vencido», diremos;«¿ por qué?», nos preguntará; y a nosotros ya no nos es posible decir« por el placer»— pues ha tomado otro nombre en lugar del placer: el bien—; respondamos a aquel y digamos que:« Vencido».«¿ Por quién?», dirá.« Por el bien», diremos, por Zeus. Si, pues, el que nos pregunta resulta ser insolente, se reirá y dirá:«¡ Qué cosa tan ridícula decís, si alguien hace cosas malas, conociendo que son malas, no debiendo hacerlas, vencido por los bienes!¿ Acaso», dirá,« no son dignos de vencer en vosotros los bienes a los males, o son dignos?». Diremos, es evidente, respondiendo, que no son dignos; pues no erraría aquel a quien decimos que es vencido por los placeres.«¿ En qué, pues», dirá quizás,« son indignos los bienes de los males o los males de los bienes?¿ O en otra cosa que cuando unos son mayores y otros menores?¿ O más, y otros menos?». No podremos decir otra cosa que esto.« Es evidente, pues», dirá,« que llamáis ser vencido a esto: en lugar de bienes menores, tomar males mayores». Esto, pues, es así.
356
SÓC. Retomemos, pues, los términos« placentero» y« doloroso» respecto a estos mismos asuntos y digamos que un hombre actúa— antes decíamos« males», ahora digamos« dolores»— sabiendo que son dolorosos, pero vencido por los placeres, siendo evidente que estos no merecen vencer.¿ Y qué otra cosa es lo que no merece vencer en la relación entre placer y dolor, sino el exceso y el defecto recíprocos? Estos consisten en hacerse mayores y menores, más numerosos y menos, más y menos intensos, en relación unos con otros. Pues si alguien dijera:« Pero, Sócrates, hay una gran diferencia entre lo placentero inmediato y lo placentero o doloroso en el futuro»,¿ acaso diría yo que la diferencia reside en otra cosa que no sea el placer y el dolor? Pues no hay otra cosa. Más bien, como un hombre experto en pesar, pon juntos los placeres y los dolores, coloca lo cercano y lo lejano en la balanza y di qué es más numeroso. Pues si pesas placeres contra placeres, siempre hay que tomar los mayores y más numerosos; si dolores contra dolores, los menores y más pequeños; pero si pesas placeres contra dolores, si los dolores son superados por los placeres, ya sea que los cercanos sean superados por los lejanos o los lejanos por los cercanos, hay que realizar aquella acción en la que estos se encuentren; pero si los placeres son superados por los dolores, no hay que realizarla.¿ Acaso no es así, hombres?, diría yo. Sé que no podrían decir otra cosa.— Él también estaba de acuerdo. Puesto que esto es así, respondedme a esto, diré.¿ Os parece a la vista que las mismas magnitudes son mayores de cerca y menores de lejos, o no?— Dirán que sí.—¿ Y lo grueso y lo numeroso de igual manera?¿ Y que los sonidos iguales son mayores de cerca y menores de lejos?— Dirían que sí.— Si, por tanto, nuestro bienestar consistiera en realizar y tomar las grandes longitudes y en evitar y no realizar las pequeñas,¿ qué salvación nos habría parecido tener en la vida?¿ Acaso el arte de la medida o la fuerza de lo aparente?¿ O acaso esta última nos extraviaba y nos hacía cambiar de opinión muchas veces arriba y abajo sobre las mismas cosas, y arrepentirnos tanto en las acciones como en las elecciones de lo grande y lo pequeño, mientras que el arte de la medida habría invalidado este fantasma y, al mostrar la verdad, habría hecho que el alma permaneciera tranquila en la verdad y habría salvado la vida?¿ Acaso estarían de acuerdo los hombres en que ante esto nos salva el arte de la medida o algún otro?— El arte de la medida, admitió.
357
SÓC.¿ Y qué si la salvación de nuestra vida dependiera de la elección entre lo impar y lo par, sobre cuándo hay que elegir correctamente lo más y cuándo lo menos, ya sea en relación consigo mismo o lo uno con lo otro, ya sea que esté cerca o lejos?¿ Qué nos salvaría la vida?¿ Acaso no sería el conocimiento?¿ Y acaso no sería una especie de arte de la medida, puesto que es el arte del exceso y del defecto? Y puesto que se trata de lo impar y lo par,¿ acaso sería otra cosa que la aritmética?¿ Estarían de acuerdo con nosotros los hombres o no?— Parecían estar de acuerdo incluso con Protágoras.— Bien, hombres; puesto que nos ha parecido que la salvación de la vida consiste en la elección correcta del placer y del dolor, de lo más y lo menos, de lo mayor y lo menor, de lo más lejano y lo más cercano,¿ acaso no parece, en primer lugar, ser un arte de la medida, al ser una consideración del exceso, del defecto y de la igualdad recíproca?— Es necesario.— Y puesto que es un arte de la medida, es, por supuesto, necesariamente un arte y un conocimiento.— Estarán de acuerdo.— Qué arte y qué conocimiento es este, lo examinaremos más adelante; que es un conocimiento, eso basta para la demostración que yo y Protágoras debemos hacer sobre lo que nos preguntasteis. Y preguntasteis, si recordáis, cuando estábamos de acuerdo entre nosotros en que no hay nada más fuerte que el conocimiento, sino que este siempre prevalece, dondequiera que esté, sobre el placer y sobre todo lo demás; pero vosotros decíais que el placer a menudo prevalece incluso sobre el hombre que sabe, y como no estábamos de acuerdo con vosotros, después de esto nos preguntasteis:« Oh, Protágoras y Sócrates, si este padecimiento no es ser vencido por el placer,¿ qué es entonces y qué decís vosotros que es? Decídnoslo». Si entonces os hubiéramos dicho inmediatamente que es ignorancia, os habríais reído de nosotros; pero si ahora os reís de nosotros, también os reiréis de vosotros mismos. Pues también vosotros habéis admitido que quienes se equivocan en la elección de los placeres y los dolores— y estos son bienes y males— se equivocan por falta de conocimiento, y no solo de conocimiento, sino también de aquel que habéis admitido antes, el de la medida; y sabéis vosotros mismos que la acción que se realiza erróneamente sin conocimiento se realiza por ignorancia. De modo que esto es ser vencido por el placer: la mayor ignorancia, de la cual este Protágoras dice ser médico, así como Pródico e Hipias; pero vosotros, por creer que es otra cosa que la ignorancia, ni vosotros mismos ni vuestros hijos enviáis a los maestros de estas cosas, estos sofistas, como si no fuera algo enseñable, sino que, por cuidar el dinero y no dárselo a ellos, actuáis mal tanto en privado como en público.
358
SÓC. Esto habríamos respondido a la mayoría; pero a vosotros, junto con Protágoras, os pregunto, Hipias y Pródico( pues que el discurso sea común para vosotros):¿ os parece que digo la verdad o que miento?— A todos les pareció extraordinariamente verdadero lo dicho.— Admitís, pues, dije, que lo placentero es bueno y lo doloroso es malo. Y prescindo de la distinción de nombres de este Pródico; pues ya digas placentero, deleitable o gozoso, o de donde sea y como sea que te guste nombrar tales cosas, mi querido Pródico, respóndeme a esto que quiero.— Entonces Pródico, riendo, estuvo de acuerdo, y los demás también.—¿ Y qué hay de esto, hombres?, dije yo.¿ Acaso las acciones encaminadas a esto, a vivir sin dolor y placenteramente, no son bellas y útiles?¿ Y no es la acción bella algo bueno y útil?— Estaban de acuerdo.— Si, por tanto, dije yo, lo placentero es bueno, nadie que sepa o crea que hay cosas mejores que las que hace, y que son posibles, hace luego estas, pudiendo hacer las mejores; ni ser vencido por uno mismo es otra cosa que ignorancia, ni ser superior a uno mismo otra cosa que sabiduría.— Todos estaban de acuerdo.—¿ Y qué más?¿ Llamáis ignorancia a esto: tener una opinión falsa y estar equivocado sobre las cosas de gran valor?— Y esto también lo admitieron todos.—¿ Entonces, dije yo, nadie va voluntariamente hacia los males ni hacia lo que cree que son males, ni está esto, al parecer, en la naturaleza humana, querer ir hacia lo que cree que son males en lugar de hacia los bienes; y cuando uno es obligado a elegir entre dos males, nadie elegirá el mayor pudiendo elegir el menor?— Todo esto lo admitimos todos.—¿ Qué entonces?, dije yo,¿ llamáis a algo temor y miedo?¿ Y es lo mismo que yo?( te hablo a ti, Pródico). Llamo a esto una expectativa de un mal, ya sea que lo llaméis miedo o temor.— A Protágoras e Hipias les pareció que esto era temor y miedo, pero a Pródico, que era temor, pero no miedo.— Pero no importa, dije yo, Pródico; sino esto: si lo anterior es verdadero,¿ acaso alguien querrá ir hacia aquello que teme, pudiendo ir hacia lo que no teme?¿ O es imposible según lo admitido? Pues lo que teme, se ha admitido que lo considera un mal; y hacia lo que considera un mal, nadie va ni lo toma voluntariamente.— Esto también les pareció bien a todos.
359
SÓC. Así pues, sentadas estas bases, dije, Pródico e Hipias, que este Protágoras se defienda ante nosotros sobre lo que respondió al principio, cómo es correcto— no sobre lo que respondió al principio del todo; pues entonces, siendo cinco las partes de la virtud, decía que ninguna era como la otra, sino que cada una tenía su propia potencia; pero no hablo de eso, sino de lo que dijo después. Pues después dijo que las cuatro eran bastante parecidas entre sí, pero que una difería mucho de las demás, la valentía, y dijo que yo lo sabría por esta prueba: pues encontrarás, Sócrates, hombres que son los más impíos, los más injustos, los más desenfrenados y los más ignorantes, pero los más valientes; por lo cual sabrás que la valentía difiere mucho de las otras partes de la virtud. Y yo entonces me sorprendí mucho de la respuesta, y aún más después de haber discutido esto con vosotros. Le pregunté, pues, si llamaba a los valientes audaces; y él dijo que sí, e incluso temerarios.¿ Recuerdas, dije yo, Protágoras, haber respondido esto?— Lo admitió.— Vamos, pues, dije yo, dinos,¿ hacia qué dices que los valientes son temerarios?¿ Acaso hacia lo mismo que los cobardes?— Dijo que no.— Entonces, hacia otras cosas.— Sí, dijo.—¿ Acaso los cobardes van hacia las cosas audaces, y los valientes hacia las terribles?— Así se dice, Sócrates, por los hombres.— Dices la verdad, dije yo; pero no pregunto eso, sino hacia qué dices tú que los valientes son temerarios.¿ Acaso hacia las cosas terribles, creyendo que son terribles, o hacia las que no lo son?— Pero esto, dijo, en los discursos que tú decías, se demostró hace poco que es imposible.— Y esto, dije yo, lo dices con verdad; de modo que si esto se demostró correctamente, nadie va hacia lo que cree que es terrible, puesto que se descubrió que ser vencido por uno mismo es ignorancia.— Lo admitió.— Pero, ciertamente, todos van hacia lo que les da confianza, tanto los cobardes como los valientes, y en esto, al menos, los cobardes y los valientes van hacia lo mismo.— Pero, sin embargo, dijo, Sócrates, es todo lo contrario hacia lo que van los cobardes y los valientes. Por ejemplo, a la guerra, unos quieren ir y otros no quieren.—¿ Acaso, dije yo, porque es bello ir o porque es vergonzoso?— Bello, dijo.—¿ Entonces, si es bello, también es bueno, como admitimos antes? Pues admitimos que todas las acciones bellas son buenas.— Dices la verdad, y siempre me parece así.
360
SÓC. Correctamente, dije yo. Pero,¿ a quiénes dices que no quieren ir a la guerra, siendo algo bello y bueno?— A los cobardes, dijo.—¿ Entonces, dije yo, si es bello y bueno, también es placentero?— Al menos se ha admitido, dijo.—¿ Acaso los cobardes no quieren ir, sabiendo que es más bello, mejor y más placentero?— Pero si admitimos esto también, dijo, destruiremos las admisiones anteriores.—¿ Qué hay del valiente?¿ Acaso no va hacia lo más bello, mejor y más placentero?— Es necesario admitirlo, dijo.—¿ Entonces, en general, los valientes no temen temores vergonzosos cuando temen, ni tienen audacias vergonzosas cuando son audaces?— Es verdad, dijo.— Y si no son vergonzosas,¿ acaso no son bellas?— Lo admitió.— Y si son bellas,¿ son buenas?— Sí.—¿ Entonces, tanto los cobardes como los temerarios y los locos, por el contrario, temen temores vergonzosos y tienen audacias vergonzosas?— Lo admitió.—¿ Y son audaces en las cosas vergonzosas y malas por otra cosa que no sea por ignorancia y falta de conocimiento?— Así es, dijo.—¿ Qué entonces?¿ A esto por lo cual los cobardes son cobardes, lo llamas cobardía o valentía?— Cobardía, dijo.—¿ Y no resultaron ser cobardes por la ignorancia de las cosas terribles?— Ciertamente, dijo.—¿ Por esta ignorancia, pues, son cobardes?— Lo admitió.—¿ Y aquello por lo que son cobardes, es admitido por ti como cobardía?— Asintió.—¿ Entonces la ignorancia de las cosas terribles y no terribles sería la cobardía?— Asintió.— Pero, ciertamente, dije yo, la valentía es lo contrario a la cobardía.— Dijo que sí.—¿ Entonces la sabiduría de las cosas terribles y no terribles es contraria a la ignorancia de estas?— Y aquí también asintió.—¿ Y la ignorancia de estas es cobardía?— Asintió con mucha dificultad.—¿ La sabiduría, pues, de las cosas terribles y no terribles es la valentía, al ser contraria a la ignorancia de estas?— Ya no quiso asentir aquí y guardó silencio. Y yo dije:¿ Por qué, Protágoras, ni dices lo que pregunto ni lo niegas?— Termínalo tú mismo, dijo.— Solo una cosa más te pregunto, dije yo, si te sigue pareciendo, como al principio, que hay algunos hombres que son los más ignorantes pero los más valientes.— Me parece, dijo, que quieres polemizar, Sócrates, conmigo que soy el que responde; te complaceré, pues, y digo que, según lo admitido, me parece imposible.— No pregunto todo esto, dije yo, por otra razón que por querer examinar cómo es lo relativo a la virtud y qué es ella misma, la virtud.
361
SÓC. Pues sé que, una vez que esto se aclare, quedaría más patente aquello sobre lo que tú y yo hemos extendido un largo discurso, yo diciendo que la virtud no es enseñable, y tú que sí lo es. Y me parece que nuestra reciente salida de los discursos nos acusa y se ríe de nosotros, como si fuera un hombre, y si pudiera hablar, diría:« Sois absurdos, Sócrates y Protágoras; tú, diciendo que la virtud no es enseñable antes, ahora te apresuras a lo contrario, intentando demostrar que todas las cosas son conocimiento, tanto la justicia como la templanza y la valentía, de la manera en que la virtud parecería ser más enseñable. Pues si la virtud fuera otra cosa que conocimiento, como intentaba decir Protágoras, claramente no sería enseñable; pero ahora, si resulta ser conocimiento en su totalidad, como tú te apresuras, Sócrates, sería sorprendente que no fuera enseñable. Y Protágoras, habiendo supuesto entonces que es enseñable, ahora parece apresurarse a lo contrario, a que casi todo parezca ser otra cosa que conocimiento; y así sería lo menos enseñable posible». Yo, pues, Protágoras, viendo todo esto revuelto arriba y abajo de manera terrible, tengo todo el deseo de que se aclaren estas cosas, y querría que, después de haber discutido esto, pasáramos a qué es la virtud, y volviéramos a examinar sobre ella si es enseñable o no, no sea que aquel Epimeteo nos engañe y nos haga tropezar en el examen, tal como descuidó nuestra parte en el reparto, como tú dices. Por tanto, me gustó en el mito Prometeo más que Epimeteo; usándolo yo y previendo por toda mi vida, trato todos estos asuntos, y si tú quisieras, lo que decía al principio, con gusto lo examinaría contigo. Y Protágoras dijo: Yo, Sócrates, alabo tu entusiasmo y tu exposición de los discursos. Pues no creo ser un mal hombre en lo demás, y soy el menos envidioso de los hombres, ya que incluso sobre ti he dicho a muchos que, de todos con los que me encuentro, te admiro mucho más, y de los de tu edad, muchísimo; y digo que no me extrañaría que llegaras a ser uno de los hombres ilustres por tu sabiduría. Y sobre esto discutiremos más adelante, cuando quieras; ahora es hora de pasar a otra cosa.
362
SÓC. Pero, dije yo, así hay que hacerlo, si te parece bien. Pues también para mí es hora de ir a donde decía hace tiempo, pero me quedé por complacer al bello Calias. Habiendo dicho y escuchado esto, nos fuimos.