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Theaetetus
Plato (plato)Thea 142 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
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EU.¿ Acabas de llegar del campo, Terpsión, o hace ya tiempo? TER. Hace bastante tiempo. Te buscaba por el ágora y me extrañaba no poder encontrarte. EU. Es que no estaba en la ciudad. TER.¿ Dónde, entonces? EU. Bajando al puerto me encontré con Teeteto, que venía de Corinto, del campamento, hacia Atenas. TER.¿ Vivo o muerto? EU. Vivo, pero con mucha dificultad; pues se encuentra mal por algunas heridas, aunque más lo abate la enfermedad que ha surgido en el ejército. TER.¿ Acaso la disentería? EU. Sí. TER.¡ Qué hombre dices que está en peligro! EU. Un hombre noble y bueno, Terpsión, pues incluso ahora oía a algunos elogiarlo mucho por su actuación en la batalla. TER. Y no es nada extraño, sino que sería mucho más sorprendente si no fuera así. Pero,¿ por qué no se alojó allí en Mégara? EU. Tenía prisa por llegar a casa; aunque yo se lo pedí y se lo aconsejé, no quiso. Y, ciertamente, al despedirlo, mientras me iba, recordé y me admiré de cuán proféticamente habló Sócrates sobre él, entre otras cosas. Pues me parece que, poco antes de su muerte, se encontró con él cuando era un muchacho, y al tratarlo y conversar con él, quedó muy admirado de su naturaleza. Y cuando fui a Atenas, me relató las conversaciones que tuvo con él, muy dignas de ser escuchadas, y dijo que era absolutamente necesario que este llegara a ser ilustre, si es que alcanzaba la edad adulta. TER. Y dijo la verdad, al parecer. Pero,¿ cuáles eran esas conversaciones?¿ Podrías relatarlas?
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EU.¡ Por Zeus que no, al menos no de memoria! Pero escribí notas inmediatamente al llegar a casa entonces, y más tarde, con calma, las fui redactando, y cada vez que iba a Atenas, le preguntaba a Sócrates lo que no recordaba, y al volver aquí, lo corregía; de modo que casi todo el diálogo está escrito. TER. Es verdad; ya te había oído antes, y, sin embargo, siempre que pensaba pedirte que me lo mostraras, lo he ido posponiendo hasta ahora. Pero,¿ qué nos impide repasarlo ahora? De todos modos, yo también necesito descansar, ya que vengo del campo. EU. Pues, ciertamente, yo también acompañé a Teeteto hasta Erino, así que no me vendría mal descansar. Vamos, pues, y mientras descansamos, el esclavo nos lo leerá. TER. Tienes razón. EU. El libro es este, Terpsión; y he redactado el diálogo de esta manera: no haciendo que Sócrates me lo cuente como él lo contaba, sino conversando con aquellos con quienes dijo haber conversado. Dijo que conversó con el geómetra Teodoro y con Teeteto. Para que, por tanto, en la escritura no causaran molestias las narraciones entre los diálogos cuando Sócrates hablaba de sí mismo, como« yo dije» o« yo respondí», o bien sobre el interlocutor, que« estuvo de acuerdo» o« no admitió», por eso lo escribí como si conversara directamente con ellos, eliminando tales cosas. TER. Y no está nada fuera de lugar, Euclides. EU. Vamos, muchacho, toma el libro y lee. SÓ. Si me preocupara más lo de Cirene, Teodoro, te preguntaría por lo de allí, si hay entre los jóvenes de aquel lugar algunos que se ocupen de la geometría o de alguna otra filosofía; pero ahora, como quiero a estos menos que a aquellos, deseo más saber quiénes de nuestros jóvenes prometen llegar a ser hombres de bien. Esto lo observo yo mismo tanto como puedo, y pregunto a los demás con quienes veo que los jóvenes desean tratar. A ti, ciertamente, se te acercan no pocos, y con razón; pues eres digno de ello, tanto por otras cosas como por la geometría. Si, pues, te has encontrado con alguien digno de mención, me gustaría saberlo.
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TEO. Y, ciertamente, Sócrates, es muy digno tanto de que yo lo diga como de que tú lo escuches, el joven ciudadano con el que me he encontrado. Y si fuera hermoso, tendría mucho miedo de decirlo, no sea que alguien piense que estoy enamorado de él. Pero ahora— y no te molestes conmigo— no es hermoso, sino que se parece a ti en la nariz chata y en los ojos saltones; aunque los tiene menos que tú. Así que hablo sin miedo. Pues has de saber bien que, de todos con los que me he encontrado— y he tratado con muchísimos—, no he conocido a nadie con una naturaleza tan maravillosamente buena. Pues el ser capaz de aprender con facilidad, algo que para otro es difícil, y ser a la vez extraordinariamente apacible, y además de esto, valiente por encima de cualquiera, yo ni creía que pudiera existir ni veo que exista; sino que los que son agudos como este, de ingenio rápido y buena memoria, en su mayoría son también propensos a la ira, y se lanzan y se dejan llevar como barcos sin lastre, y resultan más locos que valientes, mientras que los más serios resultan algo lentos para el aprendizaje y llenos de olvido. Pero él avanza hacia los aprendizajes y las investigaciones de manera tan suave, sin tropiezos y con eficacia, con mucha mansedumbre, como un chorro de aceite que fluye sin ruido, de modo que es de admirar que, siendo tan joven, realice tales cosas. SÓ. Buenas noticias traes.¿ Y de quién de los ciudadanos es hijo? TEO. He oído el nombre, pero no lo recuerdo. Pero es uno de estos que se acercan, el que está en medio; pues hace poco estaban untándose con aceite en la pista exterior, él y algunos compañeros suyos, y ahora me parece que, tras haberse untado, vienen hacia aquí. Pero mira si lo conoces. SÓ. Lo conozco; es hijo de Eufronio de Sunio, un hombre, querido amigo, tal como tú describes a este, y además muy reputado, y que, por cierto, dejó una fortuna muy grande. Pero no sé el nombre del joven. TEO. Teeteto, Sócrates, ese es el nombre; aunque su fortuna me parece que la han dilapidado algunos tutores. Pero, aun así, es admirable incluso por su generosidad con el dinero, Sócrates. SÓ. Dices que es un hombre de noble linaje. Mándale que se siente aquí a mi lado. TEO. Así se hará. Teeteto, ven aquí junto a Sócrates. SÓ. Por supuesto, Teeteto, para que yo también pueda examinar qué clase de rostro tengo; pues Teodoro dice que me parezco a ti. Pero si, teniendo ambos una lira, dijera que están afinadas de igual modo,¿ creeríamos inmediatamente o examinaríamos si quien lo dice es músico? TEE. Examinaríamos. SÓ. Entonces, si encontráramos que lo es,¿ le creeríamos, pero si fuera ignorante en música, desconfiaríamos? TEE. Es verdad.
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SÓ. Pero ahora, creo, si nos importa la semejanza de los rostros, debemos considerar si quien lo dice es pintor o no. TEE. Me parece que sí. SÓ.¿ Es, pues, pintor Teodoro? TEE. No, que yo sepa. SÓ.¿ Acaso tampoco geómetra? TEE. Por supuesto que sí, Sócrates. SÓ.¿ Y también astrónomo, calculador, músico y todo lo que conlleva la educación? TEE. Eso me parece. SÓ. Si, pues, dice que somos semejantes en el cuerpo, ya sea alabando o censurando, no vale mucho la pena prestarle atención. TEE. Quizás no. SÓ.¿ Y qué si alabara el alma de alguno de nosotros por su virtud y sabiduría?¿ No sería digno que el que escucha se esforzara por examinar al alabado, y que este se mostrara con entusiasmo? TEE. Por supuesto, Sócrates. SÓ. Es hora, pues, querido Teeteto, de que tú te muestres y yo examine; pues has de saber bien que Teodoro, habiendo alabado a muchos extranjeros y ciudadanos ante mí, a nadie ha alabado nunca como a ti hace un momento. TEE. Ojalá sea así, Sócrates; pero mira si no lo decía en broma. SÓ. Ese no es el modo de Teodoro; pero no te retractes de lo acordado fingiendo que este habla en broma, para que no se vea obligado a testificar— pues, en cualquier caso, nadie lo denunciará por falso testimonio—, sino mantente firme en el acuerdo con confianza. TEE. Pues hay que hacer eso, si a ti te parece. SÓ. Dime, pues:¿ aprendes algo de geometría de Teodoro? TEE. Sí. SÓ.¿ Y de lo relativo a la astronomía, la armonía y los cálculos? TEE. Me esfuerzo por ello, ciertamente. SÓ. Pues yo también, hijo, tanto de él como de otros que crea que entienden algo de esto. Pero, aun así, aunque en lo demás me defiendo más o menos, tengo una pequeña duda que debo examinar contigo y con estos. Y dime:¿ acaso aprender no es llegar a ser más sabio en aquello que uno aprende? TEE.¿ Cómo no? SÓ. Y los sabios, creo, lo son por la sabiduría. TEE. Sí. SÓ.¿ Y esto difiere en algo de la ciencia? TEE.¿ Qué cosa? SÓ. La sabiduría.¿ O acaso no son sabios en aquello en lo que son científicos? TEE.¿ Cómo no? SÓ.¿ Es, pues, lo mismo ciencia y sabiduría? TEE. Sí.
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SÓ. Esto mismo es, pues, lo que me causa duda y no puedo captar suficientemente por mí mismo: qué es la ciencia.¿ Podemos, entonces, decir qué es?¿ Qué decís?¿ Quién de nosotros podría decirlo primero? El que se equivoque, y el que siempre se equivoque, se sentará, como dicen los niños que juegan a la pelota, como un« asno»; pero el que resulte sin error, será nuestro rey y ordenará lo que quiera que se responda.¿ Por qué calláis?¿ Acaso, Teodoro, no será que por mi afición a la dialéctica me estoy volviendo rústico, al esforzarme por hacernos conversar y llegar a ser amigos y afables unos con otros? TEO. En absoluto, Sócrates, tal cosa sería rústica, sino que manda a uno de los jóvenes que te responda; pues yo no estoy acostumbrado a tal tipo de diálogo, y tampoco tengo edad para acostumbrarme. A estos, en cambio, les convendría y progresarían mucho más; pues, en verdad, la juventud tiene capacidad de progreso en todo. Pero, como empezaste, no sueltes a Teeteto, sino pregúntale. SÓ. Escuchas, pues, Teeteto, lo que dice Teodoro, a quien, según creo, ni tú querrás desobedecer, ni es justo que un joven desobedezca a un hombre sabio que ordena tales cosas. Pero responde bien y noblemente:¿ qué te parece que es la ciencia? TEE. Pues hay que hacerlo, Sócrates, ya que vosotros lo ordenáis. Pues, en cualquier caso, si me equivoco en algo, vosotros me corregiréis. SÓ. Por supuesto, si es que somos capaces. TEE. Me parece, pues, que las cosas que uno podría aprender de Teodoro son ciencias: la geometría y las que tú acabas de enumerar, y también el arte de los zapateros y las artes de los demás artesanos, todas y cada una de ellas, no son otra cosa que ciencia. SÓ. Noble y generosamente, amigo, habiendo pedido una sola cosa, das muchas y variadas en lugar de una simple. TEE.¿ Cómo dices eso, Sócrates? SÓ. Quizás nada; pero diré lo que pienso. Cuando dices« zapatería»,¿ acaso indicas otra cosa que la ciencia de la fabricación de calzado? TEE. Nada más. SÓ.¿ Y qué cuando dices« carpintería»?¿ Acaso otra cosa que la ciencia de la fabricación de utensilios de madera? TEE. Tampoco eso. SÓ. Entonces, en ambos casos, donde cada una es ciencia,¿ eso es lo que defines? TEE. Sí. SÓ. Pero lo que se preguntaba, Teeteto, no era esto, de qué cosas es la ciencia, ni cuántas son; pues no preguntamos queriendo enumerarlas, sino conocer qué es la ciencia misma.¿ O no digo nada? TEE. Por supuesto, muy correctamente.
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SÓ. Considera, pues, también esto. Si alguien nos preguntara algo trivial y sencillo, como qué es el barro, si le respondiéramos que el barro de los alfareros, el de los fabricantes de hornos y el de los ladrilleros,¿ no seríamos ridículos? TEE. Quizás. SÓ. Primero, porque creeríamos que el que pregunta entiende por nuestra respuesta, cuando decimos« barro», tanto si añadimos el de los modeladores de figuras como el de cualquier otro artesano.¿ O crees que alguien entiende el nombre de algo si no sabe qué es? TEE. De ninguna manera. SÓ. Tampoco, pues, entiende la ciencia del calzado quien no conoce la ciencia. TEE. No, en efecto. SÓ. No entiende, pues, la zapatería quien ignora la ciencia, ni ninguna otra arte. TEE. Así es. SÓ. Ridícula es, pues, la respuesta para quien es preguntado qué es la ciencia, cuando responde con el nombre de un arte. Pues responde sobre la ciencia de algo, no habiéndosele preguntado eso. TEE. Parece que sí. SÓ. Además, pudiendo responder de forma sencilla y breve, se da un rodeo por un camino interminable. Como en la pregunta sobre el barro, sería sencillo y simple decir que el barro sería tierra mezclada con líquido, dejando de lado de quién es. TEE. Es fácil, Sócrates, ahora parece así; pero te arriesgas a preguntar algo como lo que hace poco nos ocurrió a nosotros conversando, a mí y a este Sócrates, tu homónimo. SÓ.¿ Qué es eso, Teeteto? TEE. Teodoro aquí presente nos escribía sobre las potencias, demostrando que las de tres pies y las de cinco pies no son conmensurables en longitud con la de un pie, y así, eligiendo una por una, hasta la de diecisiete pies; y en esta, de alguna manera, se detuvo. A nosotros, pues, se nos ocurrió algo así, puesto que las potencias parecían ser infinitas en número, intentar reunirlas en una sola, con la cual llamaremos a todas estas potencias. SÓ.¿ Y encontrasteis algo así? TEE. Me parece que sí; pero considera tú también. SÓ. Habla. TEE. Dividimos todo número en dos: al que puede formarse multiplicando un número igual por sí mismo, comparándolo con la figura cuadrada, lo llamamos cuadrado y equilátero. SÓ. Muy bien.
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TEE. Al que está entre estos, como el tres, el cinco y todo el que es imposible de formar multiplicando un número igual por sí mismo, sino que resulta de multiplicar un número mayor por uno menor o uno menor por uno mayor, y siempre lo abarca un lado mayor y uno menor, comparándolo con la figura oblonga, lo llamamos número oblongo. SÓ. Muy bien. Pero,¿ qué sigue después? TEE. Todas las líneas que cuadran el número equilátero y plano, las definimos como longitud, y las que cuadran el oblongo, como potencias, como si no fueran conmensurables en longitud con aquellas, sino con los planos que pueden formar. Y sobre los sólidos, otra cosa similar. SÓ. Excelente, muchachos; de modo que me parece que Teodoro no será culpable de falso testimonio. TEE. Y, sin embargo, Sócrates, lo que preguntas sobre la ciencia no podría responderlo como sobre la longitud y la potencia. Aunque a ti te parece que busco algo así; de modo que, de nuevo, Teodoro parece falso. SÓ.¿ Y qué? Si alabándote por la carrera dijera que no ha encontrado a nadie entre los jóvenes tan corredor, y luego, al competir con el que está en su plenitud y es el más rápido, fueras derrotado,¿ crees que por eso habría alabado menos la verdad? TEE. Yo no. SÓ. Pero,¿ crees que la ciencia, como decía hace poco, es algo pequeño de encontrar y no una de las cosas más elevadas? TEE.¡ Por Zeus que sí, y de las más elevadas! SÓ. Ten confianza, pues, en ti mismo y cree que Teodoro dice algo, y esfuérzate por todos los medios por captar un razonamiento sobre las demás cosas y sobre la ciencia, qué es lo que resulta ser. TEE. Por esfuerzo, Sócrates, no quedará. SÓ. Vamos, pues— ya que hace poco te has guiado bien—, intenta imitando la respuesta sobre las potencias, así como a estas, siendo muchas, las abarcaste en una sola forma, intenta también llamar a las muchas ciencias con un solo razonamiento. TEE. Pero has de saber bien, Sócrates, que muchas veces he intentado examinarlo, al oír las preguntas que vienen de ti. Pero ni yo mismo puedo convencerme de que digo algo suficiente, ni oír a otro que lo diga como tú exhortas, pero tampoco, a su vez, puedo dejar de preocuparme. SÓ. Es que tienes dolores de parto, querido Teeteto, debido a que no estás vacío, sino encinta. TEE. No lo sé, Sócrates; pero digo lo que siento.
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SÓ. Entonces,¿ no has oído, criatura ridícula, que soy hijo de una partera muy noble y severa, Fenareta? TEE. Ya he oído eso. SÓ.¿ Y has oído también que practico el mismo arte? TEE. De ninguna manera. SÓ. Pues has de saber que sí; pero no me delates ante los demás. Pues he ocultado, compañero, que poseo este arte; y los demás, como no lo saben, no dicen esto de mí, sino que soy de lo más extraño y que hago que los hombres se sientan en apuros.¿ Has oído también eso? TEE. Sí. SÓ.¿ Te digo, pues, la causa? TEE. Por supuesto. SÓ. Considera, pues, todo lo relativo a las parteras como es, y aprenderás más fácilmente lo que quiero. Pues sabes, supongo, que ninguna de ellas, mientras ella misma está encinta y da a luz, hace de partera a otras, sino las que ya no pueden dar a luz. TEE. Por supuesto. SÓ. Dicen que la causa de esto es Ártemis, porque, siendo ella misma sin parto, se encargó del parto. A las estériles, pues, no les permitió hacer de parteras, porque la naturaleza humana es demasiado débil para adquirir un arte de lo que es inexperta; pero a las que por edad no dan a luz, les ordenó esto, honrando su propia semejanza. TEE. Es verosímil. SÓ.¿ No es, pues, también verosímil y necesario que las que están encinta sean conocidas mejor por las parteras que por las demás? TEE. Por supuesto. SÓ. Y, ciertamente, las parteras, dando fármacos y mediante encantamientos,¿ pueden despertar los dolores de parto y hacerlos más suaves si quieren, y hacer dar a luz a las que tienen parto difícil, y si parece que es joven, provocar el aborto, y abortan? TEE. Así es. SÓ.¿ Has notado también esto de ellas, que son también casamenteras muy hábiles, por ser sabias en conocer qué mujer debe unirse a qué hombre para dar a luz a los mejores hijos? TEE. No sé mucho de eso. SÓ. Pues has de saber que en esto se enorgullecen más que en cortar el cordón umbilical. Pues considera:¿ crees que es de la misma o de otra arte el cuidado y la recolección de los frutos de la tierra y, a su vez, el saber en qué tierra debe plantarse qué planta y semilla? TEE. No, sino de la misma. SÓ.¿ Y en cuanto a la mujer, amigo, crees que una es para tal cosa y otra para la recolección? TEE. No es verosímil.
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SÓ. No, en efecto. Pero debido a la unión injusta y sin arte de hombre y mujer, a la que se llama alcahuetería, las parteras evitan también la casamentera, por ser dignas, temiendo no caer en esa acusación por causa de esta; pues a las verdaderas parteras, supongo, es a las únicas a quienes corresponde también casar correctamente. TEE. Parece que sí. SÓ. Lo de las parteras, pues, es hasta ahí, pero es menor que mi drama. Pues no les sucede a las mujeres que a veces den a luz imágenes, y otras veces verdades, y que esto no sea fácil de distinguir. Pues si así fuera, sería la mayor y más hermosa obra de las parteras el distinguir lo verdadero de lo que no lo es;¿ o no lo crees? TEE. Yo sí. SÓ. En mi arte de la partería, lo demás es igual que en las de ellas, pero difiere en que hago de partero a hombres y no a mujeres, y en que observo sus almas dando a luz, y no sus cuerpos. Lo más grande que hay en mi arte es que es posible examinar por todos los medios si la mente del joven da a luz una imagen y una falsedad, o algo fértil y verdadero. Pues esto también me sucede a mí, lo mismo que a las parteras: soy estéril en sabiduría, y lo que muchos ya me han reprochado, que pregunto a los demás, pero yo mismo no declaro nada sobre nada por no tener nada sabio, me reprochan la verdad. La causa de esto es esta: el dios me obliga a hacer de partero, pero me ha impedido engendrar. No soy, pues, yo mismo nada sabio, ni tengo ningún hallazgo tal que sea hijo de mi propia alma; pero los que tratan conmigo, al principio algunos parecen incluso muy ignorantes, pero todos, al avanzar la relación, a quienes el dios permite, progresan de manera maravillosa, como les parece a ellos mismos y a los demás; y esto es evidente, que nunca han aprendido nada de mí, sino que ellos mismos han hallado y dado a luz muchas cosas hermosas por sí mismos. De la partería, sin embargo, el dios y yo somos los causantes. Y es evidente de esta manera: muchos que ya han ignorado esto y se han culpado a sí mismos, y me han despreciado, ya sea por sí mismos o persuadidos por otros, se han ido antes de tiempo de lo debido, y al irse, han abortado lo restante por una mala relación, y han perdido lo que fue dado a luz por mí al criarlo mal, valorando más las falsedades y las imágenes que la verdad, y al final les pareció a ellos mismos y a los demás que eran ignorantes.
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SÓ. Uno de ellos ha sido Arístides, hijo de Lisímaco, y otros muchísimos; a quienes, cuando vuelven de nuevo necesitando mi relación y haciendo cosas maravillosas, a algunos el espíritu que me acompaña les impide relacionarse, y a otros les permite, y estos vuelven a progresar. Pero los que tratan conmigo sufren también esto, lo mismo que las que dan a luz: tienen dolores de parto y se llenan de apuros noches y días, mucho más que aquellas; y mi arte puede despertar y calmar este dolor de parto. Y estos, pues, así. Pero a algunos, Teeteto, que no me parecen estar encinta de ninguna manera, sabiendo que no necesitan nada de mí, los caso muy amablemente y, por decirlo con la ayuda de un dios, conjeturo muy suficientemente con quiénes, al relacionarse, se beneficiarían; a muchos de ellos los he entregado a Pródico, y a muchos a otros hombres sabios y divinos. Esto, pues, excelente amigo, lo he alargado por esto: sospecho que tú, como tú mismo crees, tienes dolores de parto por estar encinta de algo dentro. Acércate, pues, a mí como al hijo de una partera y partero yo mismo, y lo que te pregunte, esfuérzate por responder como seas capaz; y si al examinar algo de lo que digas, considero que es una imagen y no verdadero, y luego lo retiro y lo desecho, no te enfades como las primerizas con sus hijos. Pues muchos ya, admirable amigo, se han comportado así conmigo, hasta el punto de estar dispuestos a morder, cuando les quito alguna tontería, y no creen que hago esto por benevolencia, estando lejos de saber que ningún dios es malintencionado con los hombres, ni yo hago tal cosa por malicia, sino que no me es lícito de ninguna manera admitir la falsedad y ocultar la verdad. De nuevo, pues, desde el principio, Teeteto, intenta decir qué es la ciencia; y no digas nunca que no eres capaz. Pues si un dios quiere y te haces hombre, serás capaz. TEE. Pero, ciertamente, Sócrates, exhortándome tú así, sería vergonzoso no esforzarse por todos los medios por decir lo que uno tiene. Me parece, pues, que el que sabe algo percibe eso que sabe, y, tal como parece ahora, la ciencia no es otra cosa que percepción. SÓ. Bien y noblemente, hijo; pues así hay que hablar al declarar. Pero vamos, examinémoslo juntos, si resulta ser fértil o vano.¿ Percepción, dices, es ciencia? TEE. Sí.
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SÓ. Te arriesgas, sin embargo, a haber dicho un razonamiento no trivial sobre la ciencia, sino el que decía también Protágoras. Pero de otra manera ha dicho estas mismas cosas. Pues dice, supongo, que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son.¿ Lo has leído, supongo? TEE. Lo he leído y muchas veces. SÓ.¿ No dice, pues, de alguna manera, que tal como me parece a mí cada cosa, tal es para mí, y tal como a ti, tal es a su vez para ti; y hombre somos tú y yo? TEE. Dice, en efecto, así. SÓ. Es verosímil, sin embargo, que un hombre sabio no diga tonterías; sigámosle, pues.¿ Acaso no ocurre a veces que, soplando el mismo viento, uno de nosotros siente frío y otro no?¿ Y uno levemente, otro fuertemente? TEE. Y mucho. SÓ.¿ Diremos, pues, entonces que el viento en sí mismo es frío o no frío?¿ O creeremos a Protágoras que para el que siente frío es frío, y para el que no, no? TEE. Parece que sí. SÓ.¿ No parece, pues, así a cada uno? TEE. Sí. SÓ.¿ Y el parecer es percibir? TEE. Es, en efecto. SÓ. Fantasía, pues, y percepción son lo mismo en lo caliente y en todas las cosas similares. Pues tal como percibe cada uno, tal resulta ser para cada uno. TEE. Parece que sí. SÓ. La percepción, pues, es siempre de lo que es y es infalible, como siendo ciencia. TEE. Parece que sí. SÓ.¿ Acaso, pues, Protágoras era un sabio de las Gracias, y nos dio a entender esto a nosotros, la gran chusma, mientras que a sus discípulos les decía la verdad en secreto? TEE.¿ Cómo dices esto, Sócrates? SÓ. Yo lo diré, y es un razonamiento nada trivial, que nada es una sola cosa por sí misma, ni podrías llamar correctamente a nada de ninguna manera, sino que si lo llamas grande, aparecerá pequeño, y si pesado, ligero, y todo así, como si nada fuera uno, ni algo, ni de ninguna manera; sino que de la traslación, el movimiento y la mezcla unos con otros, llegan a ser todas las cosas que decimos que son, llamándolas incorrectamente; pues nada es nunca, sino que siempre llega a ser. Y sobre esto, que todos los sabios a continuación, excepto Parménides, estén de acuerdo: Protágoras, Heráclito y Empédocles, y los poetas más destacados de cada poesía, Epicarmo en la comedia y Homero en la tragedia, quien al decir:« Océano, origen de los dioses, y Tetis, la madre», ha dicho que todas las cosas son descendientes del flujo y el movimiento;¿ o no te parece que dice esto? TEE. A mí sí.
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SÓ.¿ Quién, pues, podría aún disputar contra un ejército tan grande y contra el general Homero sin resultar ridículo? TEE. No es fácil, Sócrates. SÓ. No, en efecto, Teeteto. Pues también estas son señales suficientes para el razonamiento, de que el movimiento proporciona lo que parece ser y llegar a ser, mientras que la quietud proporciona lo que no es y perecer; pues lo caliente y el fuego, que engendra y gobierna a los demás, él mismo nace del movimiento y la fricción; y estos son movimientos.¿ O no son estas las generaciones del fuego? TEE. Estas, en efecto. SÓ. Y, ciertamente, el género de los animales nace de estas mismas cosas. TEE.¿ Cómo no? SÓ.¿ Y qué?¿ La condición de los cuerpos no se destruye por la quietud y la pereza, y se conserva en gran medida por los ejercicios y el movimiento? TEE. Sí. SÓ.¿ Y la condición en el alma no se adquiere mediante el aprendizaje y el ejercicio, que son movimientos, y se conservan y llegan a ser mejores, mientras que por la quietud, al haber falta de ejercicio e ignorancia, no aprende nada y olvida lo que haya aprendido? TEE. Y mucho. SÓ. Lo bueno, pues, es movimiento tanto en el alma como en el cuerpo,¿ y lo contrario es lo otro? TEE. Parece que sí. SÓ.¿ Te hablo aún de las calmas, las bonanzas y todas esas cosas, que las quietudes pudren y destruyen, y las otras cosas conservan? Y además de esto, el colofón, obligo y acerco la cadena de oro, que Homero no dice otra cosa que el sol, y demuestra que mientras la rotación esté en movimiento y el sol, todas las cosas que hay entre dioses y hombres existen y se conservan, pero si esto se detuviera como si estuviera atado, todas las cosas perecerían y ocurriría lo que se dice, todo patas arriba. TEE. Pero a mí me parece, Sócrates, que esto demuestra lo que dices. SÓ. Supón, pues, excelente amigo, así: respecto a los ojos primero, lo que llamas color blanco, que no sea otra cosa fuera de tus ojos, ni en los ojos, ni le asignes a él ningún lugar; pues ya estaría en orden y permaneciendo, y no llegaría a ser en el devenir. TEE. Pero,¿ cómo?
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SÓC. Sigamos el argumento anterior, sin establecer nada como uno en sí mismo; y así, para nosotros, el negro, el blanco y cualquier otro color parecerán haber surgido de la incidencia de los ojos sobre el movimiento correspondiente, y lo que llamamos cada color no será ni lo que incide ni lo que recibe la incidencia, sino algo intermedio que ha surgido como propio para cada uno.¿ O sostendrías tú que, tal como te parece a ti cada color, así le parece también a un perro o a cualquier otro animal? TEET.¡ Por Zeus, yo no! SÓC.¿ Y qué?¿ A otro hombre le parece cualquier cosa igual que a ti?¿ Tienes esto por seguro, o mucho más bien que ni siquiera a ti mismo te parece lo mismo, debido a que nunca te encuentras igual a ti mismo? TEET. Esto último me parece más probable que lo primero. SÓC. Por tanto, si aquello con lo que medimos o lo que tocamos fuera grande, blanco o caliente, nunca, al incidir sobre otra cosa, se habría convertido en otra cosa, sin cambiar nada en sí mismo; pero si, por otra parte, lo que mide o toca fuera cada una de estas cosas, al acercarse otra cosa o al sufrir algo, no se habría convertido en otra cosa sin sufrir nada. Pues ahora, amigo mío, nos vemos obligados a decir cosas asombrosas y ridículas, como dirían Protágoras y cualquiera que intente decir lo mismo que él. TEET.¿ Cómo y qué es lo que dices? SÓC. Toma un pequeño ejemplo y entenderás todo lo que quiero decir. Pues si a seis tabas les añades cuatro, decimos que son más que cuatro y una vez y media, pero si les añades doce, decimos que son menos y la mitad, y no es tolerable decirlo de otra manera.¿ O tú lo tolerarías? TEET. Yo no. SÓC.¿ Entonces qué? Si Protágoras o cualquier otro te preguntara:« Teeteto,¿ es posible que algo llegue a ser mayor o más grande de otra manera que no sea aumentando?»,¿ qué responderías? TEET. Si respondo, Sócrates, según lo que parece ante la pregunta actual, diría que no; pero si respondo según la anterior, cuidando de no decir lo contrario, diría que sí. SÓC.¡ Bien, por Hera, amigo mío, y divinamente! Pero, al parecer, si respondes que sí, sucederá algo euripideo: nuestra lengua será irrefutable, pero nuestra mente no lo será. TEET. Es verdad. SÓC. Por tanto, si tú y yo fuéramos hábiles y sabios, habiendo examinado todo lo de la mente, ya estaríamos, con tiempo de sobra, probándonos mutuamente, reunidos sofísticamente en tal combate, chocando nuestros argumentos con argumentos; pero ahora, como profanos, primero querremos observar qué son en sí mismas estas cosas que pensamos, si concuerdan entre nosotros o si no lo hacen en absoluto. TEET. Ciertamente, eso es lo que yo querría.
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SÓC. Y yo también. Y cuando así sea,¿ qué otra cosa haremos sino, con calma, como si tuviéramos mucho tiempo libre, volver a examinar, sin molestarnos, sino examinándonos verdaderamente a nosotros mismos, qué son estos fantasmas que hay en nosotros? Al examinarlos primero, diremos, según creo, que nada podría llegar a ser nunca mayor ni menor, ni en volumen ni en número, mientras sea igual a sí mismo.¿ No es así? TEET. Sí. SÓC. Y en segundo lugar, que aquello a lo que no se le añade ni se le quita nada, nunca aumenta ni disminuye, sino que siempre es igual. TEET. Ciertamente. SÓC.¿ Y no es acaso un tercer punto que aquello que no era antes, pero que es después, es imposible que sea sin haber llegado a ser y estar llegando a ser? TEET. Eso parece, ciertamente. SÓC. Estos tres acuerdos, creo, luchan entre sí en nuestra alma cuando hablamos de las tabas, o cuando decimos que yo, siendo de este tamaño, sin haber aumentado ni sufrido lo contrario, en un año, siendo tú joven, ahora soy mayor y después menor, sin que se me haya quitado nada de mi volumen, sino habiendo aumentado tú. Pues soy después lo que antes no era, sin haber llegado a ser; porque sin llegar a ser es imposible haber llegado a ser, y sin perder nada de volumen nunca me habría vuelto menor. Y hay otros diez mil casos así, si aceptamos estos. Pues me sigues, Teeteto; al menos me pareces no ser inexperto en tales cosas. TEET. Y por los dioses, Sócrates, me asombra extraordinariamente qué son estas cosas, y a veces, al mirarlas, verdaderamente me mareo. SÓC. Pues Teodoro, amigo mío, parece no conjeturar mal sobre tu naturaleza. Porque este sentimiento, el asombro, es muy propio del filósofo; pues no hay otro principio de la filosofía que este, y parece que quien dijo que Iris es hija de Taumante no genealogizó mal. Pero,¿ entiendes ya por qué estas cosas son así, a partir de lo cual decimos que Protágoras habla, o aún no? TEET. Aún no, me parece. SÓC.¿ Me agradecerás entonces si investigo contigo la verdad oculta de la inteligencia de un hombre, o mejor dicho, de hombres ilustres? TEET.¿ Cómo no voy a agradecértelo, y mucho? SÓC. Observa entonces, mirando a tu alrededor, que no nos escuche alguno de los no iniciados. Estos son los que no creen que sea nada más que aquello que pueden agarrar firmemente con las manos, y no aceptan las acciones, los procesos y todo lo invisible como parte de la realidad.
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TEET. Ciertamente, Sócrates, hablas de hombres duros y resistentes. SÓC. Lo son, hijo, muy poco refinados; pero hay otros mucho más elegantes, cuyos misterios voy a contarte. El principio, del cual dependen todas las cosas que decíamos hace un momento, es este: que el todo es movimiento y nada más fuera de esto, y que del movimiento hay dos tipos, infinitos en número cada uno, pero con el poder, uno de actuar y el otro de padecer. De la unión y el roce de estos entre sí surgen vástagos infinitos en número, pero gemelos: uno, lo sensible, y el otro, la sensación, que siempre surge y nace junto con lo sensible. Las sensaciones, pues, tienen nombres como estos: visiones, audiciones, olfatos, sensaciones de frío y calor, y también placeres, dolores, deseos, miedos, llamados así, y otros innumerables sin nombre, pero muchísimos los que tienen nombre; y el género sensible, por su parte, es congénito a cada una de estas, colores de todo tipo para las visiones, sonidos para las audiciones, y para las otras sensaciones los otros sensibles que nacen emparentados.¿ Qué quiere decirnos, pues, este mito, Teeteto, respecto a lo anterior?¿ Lo entiendes? TEET. No del todo, Sócrates. SÓC. Pero observa si se puede completar. Pues quiere decir que todas estas cosas, como decimos, se mueven, y que hay rapidez y lentitud en su movimiento. Lo que es lento, mantiene el movimiento en el mismo lugar y hacia lo que se le acerca, y así engendra, y lo engendrado es más rápido. Pues se desplaza y su movimiento es natural en el desplazamiento. Cuando, pues, el ojo y alguna otra cosa de las que le son conmensurables se acercan y engendran la blancura y la sensación congénita a ella, que nunca habrían surgido si cada uno de ellos hubiera ido hacia otra cosa, entonces, mientras se desplazan entre la visión hacia los ojos y la blancura hacia lo que co- engendra el color, el ojo se llena de visión y entonces ve, y se convierte no en visión, sino en ojo que ve, y lo que co- engendró el color se llena de blancura y se convierte no en blancura, sino en blanco, ya sea madera, piedra o cualquier otra cosa que haya resultado teñida con tal color.
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SÓC. Y las demás cosas, lo duro, lo caliente y todo lo demás, deben entenderse de la misma manera: que nada es en sí mismo, como decíamos entonces, sino que en la interacción entre sí todas las cosas llegan a ser y son de todo tipo a partir del movimiento, ya que incluso decir que lo que actúa y lo que padece son algo fijo, según dicen, no es posible. Pues no hay nada que actúe antes de unirse a lo que padece, ni nada que padezca antes de unirse a lo que actúa; y lo que al unirse a algo actúa, al incidir sobre otra cosa aparece padeciendo. De modo que, de todo esto, lo que decíamos desde el principio, que nada es uno en sí mismo, sino que siempre llega a ser para alguien, y el« ser» debe eliminarse de todas partes, aunque nosotros, por costumbre e ignorancia, nos hayamos visto obligados a usarlo hace un momento. Pero no se debe, como dice el discurso de los sabios, conceder nada, ni« de algo», ni« mío», ni« esto», ni« aquello», ni ningún otro nombre que establezca algo, sino hablar según la naturaleza, diciendo que las cosas llegan a ser, son producidas, perecen y se alteran; pues si alguien establece algo con el lenguaje, es fácil de refutar. Y hay que hablar así tanto en particular como sobre muchas cosas reunidas, conjunto al cual llaman hombre, piedra, cada animal y especie.¿ Te parecen agradables estas cosas, Teeteto, y las probarías como si fueran satisfactorias? TEET. No lo sé, Sócrates; pues ni siquiera puedo comprender si dices estas cosas porque te parecen bien a ti o si me estás poniendo a prueba. SÓC.¿ No recuerdas, amigo, que yo no sé nada de estas cosas ni las considero mías, sino que soy estéril en ellas, y que te ayudo a dar a luz y por eso te encanto y te ofrezco probar cada una de las opiniones de los sabios, hasta que saque a la luz tu propia opinión? Y una vez sacada, veré si resulta ser un aborto o un fruto legítimo. Pero responde con confianza, perseverancia, bien y valientemente lo que te parezca sobre lo que te pregunte. TEET. Pregunta, pues. SÓC. Di entonces de nuevo si te parece bien que nada es, sino que siempre llega a ser bueno, bello y todo lo que acabamos de enumerar. TEET. Pues a mí, desde que te escucho exponerlo así, me parece asombrosamente razonable y que debe entenderse tal como lo has expuesto. SÓC. No dejemos entonces lo que falta de ello. Queda lo relativo a los sueños, las enfermedades, las demás cosas y la locura, y todo lo que se dice que es oír mal, ver mal o percibir erróneamente de cualquier otra forma. Pues sabes, supongo, que en todos estos casos parece refutarse, por consenso, el argumento que acabamos de exponer, ya que en ellos nos ocurren sensaciones falsas más que en cualquier otra cosa, y lejos de que lo que parece a cada uno sea, ocurre todo lo contrario: que nada de lo que parece es.
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TEET. Dices la verdad, Sócrates. SÓC.¿ Qué argumento le queda, pues, hijo, a quien establece que la sensación es conocimiento y que lo que parece a cada uno es para aquel a quien le parece? TEET. Yo, Sócrates, dudo en decir que no tengo qué decir, porque hace un momento me reprendiste por decirlo. Pues, en verdad, no podría disputar que los locos o los que sueñan no tienen opiniones falsas, cuando unos creen que son dioses y otros, en sueños, imaginan que tienen alas y que vuelan. SÓC.¿ Y no consideras entonces la disputa sobre esto, especialmente sobre el sueño y la vigilia? TEET.¿ Cuál? SÓC. Aquella que supongo que has oído preguntar muchas veces: qué prueba podría tener alguien para demostrar, si alguien preguntara ahora, en el presente, si dormimos y todo lo que pensamos lo soñamos, o si estamos despiertos y conversamos entre nosotros en la vigilia. TEET. Ciertamente, Sócrates, es difícil mostrar qué prueba se debe usar; pues todo sigue igual, como si fuera recíproco. Pues nada impide que lo que ahora hemos conversado nos parezca también conversarlo en sueños; y cuando soñamos que contamos sueños, la semejanza de estos con aquellos es extraña. SÓC.¿ Ves entonces que disputar no es difícil, cuando se disputa incluso si es vigilia o sueño, y siendo igual el tiempo que dormimos al que estamos despiertos, en cada uno nuestra alma lucha por afirmar que las opiniones presentes son, más que nada, verdaderas, de modo que decimos que estas son durante un tiempo igual, y aquellas durante otro, y con igual fuerza insistimos en ambas? TEET. Ciertamente. SÓC.¿ Y no ocurre lo mismo con las enfermedades y las locuras, salvo que el tiempo no es igual? TEET. Correcto. SÓC.¿ Entonces qué?¿ Se definirá lo verdadero por la cantidad o escasez de tiempo? TEET. Sería ridículo en muchos sentidos. SÓC.¿ Pero tienes alguna otra cosa clara para indicar cuáles de estas opiniones son verdaderas? TEET. No me parece. SÓC. Escucha entonces de mí lo que dirían sobre ellas quienes definen lo que siempre parece como verdadero. Dicen, según creo, preguntando así:« Teeteto, lo que es totalmente diferente,¿ tendrá de alguna manera el mismo poder que lo otro?». Y no supongamos que lo que preguntamos es lo mismo en un aspecto y diferente en otro, sino totalmente diferente.
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TEET. Es imposible, pues, que algo tenga lo mismo, ya sea en poder o en cualquier otra cosa, cuando es totalmente diferente. SÓC.¿ Y no es necesario, entonces, admitir que tal cosa es también diferente? TEET. Eso me parece. SÓC. Si, por tanto, sucede que algo llega a ser semejante o diferente a algo, ya sea a sí mismo o a otro, al hacerse semejante,¿ diremos que llega a ser lo mismo, y al hacerse diferente, que llega a ser otro? TEET. Es necesario. SÓC.¿ No decíamos antes que los agentes son muchos e infinitos, y de igual manera los pacientes? TEET. Sí. SÓC.¿ Y que algo, al mezclarse con una cosa y con otra, engendrará no las mismas cosas, sino diferentes? TEET. Ciertamente. SÓC. Hablemos entonces de mí, de ti y de las demás cosas según el mismo argumento: Sócrates sano y Sócrates enfermo.¿ Diremos que esto es semejante o diferente a aquello? TEET.¿ Te refieres a Sócrates enfermo, todo él, comparado con todo aquel Sócrates sano? SÓC. Muy bien comprendido; a eso mismo me refiero. TEET. Diferente, por supuesto. SÓC.¿ Y por tanto otro, tal como es diferente? TEET. Es necesario. SÓC.¿ Y dirás lo mismo del que duerme y de todo lo que hemos expuesto hace un momento? TEET. Yo sí. SÓC. Cada una de las cosas que tienen naturaleza para actuar,¿ no usará a Sócrates sano como a otro, y a Sócrates enfermo como a otro? TEET.¿ Cómo no? SÓC.¿ Y engendrarán cosas diferentes en cada caso, yo, el que padece, y aquello, el agente? TEET.¿ Cómo no? SÓC. Cuando bebo vino estando sano,¿ me parece dulce y agradable? TEET. Sí. SÓC. Pues engendró, según lo acordado, tanto el agente como el paciente, dulzura y sensación, desplazándose ambos a la vez, y la sensación, al estar del lado del paciente, hizo que la lengua sintiera, y la dulzura, al desplazarse del lado del vino alrededor de él, hizo que el vino fuera y pareciera dulce a la lengua sana. TEET. Ciertamente, así habíamos acordado lo anterior. SÓC. Pero cuando estoy enfermo,¿ no tomó primero, en verdad, a otro? Pues se acercó a algo diferente. TEET. Sí. SÓC.¿ Y engendraron de nuevo cosas diferentes aquel Sócrates y la bebida del vino: alrededor de la lengua, una sensación de amargura, y alrededor del vino, una amargura que nace y se desplaza, y el vino no se convirtió en amargura, sino en amargo, y yo no en sensación, sino en alguien que siente? TEET. Ciertamente.
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SÓC. Por tanto, yo nunca llegaré a ser de otra manera sintiendo así; pues de otra cosa es otra sensación, y hace al que siente diferente y otro; ni aquel agente, al unirse a otra cosa, engendrará lo mismo, sino que llegará a ser de tal manera; pues al engendrar otra cosa a partir de otra, llegará a ser diferente. TEET. Así es. SÓC. Ni yo mismo llegaré a ser tal para mí, ni aquello llegará a ser tal para sí mismo. TEET. Pues no. SÓC. Es necesario, pues, que yo llegue a ser de alguien cuando llego a ser sintiendo; pues es imposible llegar a ser sintiendo sin sentir nada; y que aquello llegue a ser de alguien cuando llega a ser dulce, amargo o algo así; pues es imposible llegar a ser dulce sin ser dulce para nadie. TEET. Ciertamente. SÓC. Queda, pues, creo, que si somos, somos para los demás, o si llegamos a ser, llegamos a ser para los demás, ya que nuestra necesidad vincula nuestra esencia, pero no la vincula a ninguna de las otras cosas ni a nosotros mismos. Queda, pues, que estemos vinculados entre nosotros. De modo que, si alguien nombra que algo es, debe decir que es para alguien, de algo o hacia algo, o que llega a ser; pero no debe decir, ni aceptar que otro diga, que algo es o llega a ser por sí mismo, como indica el argumento que hemos expuesto. TEET. Ciertamente, Sócrates. SÓC. Por tanto, cuando lo que me hace actuar es para mí y no para otro,¿ yo siento eso, y otro no? TEET.¿ Cómo no? SÓC. Mi sensación es, pues, verdadera para mí— pues siempre es de mi esencia— y yo soy, según Protágoras, juez de las cosas que son para mí, de que son, y de las que no son, de que no son. TEET. Parece. SÓC.¿ Cómo, pues, siendo infalible y no tropezando en la mente sobre las cosas que son o llegan a ser, no sería conocedor de aquellas de las que soy sensible? TEET. De ninguna manera podría no serlo. SÓC. Muy bien dicho, pues, que el conocimiento no es otra cosa que sensación, y ha coincidido en lo mismo: según Homero, Heráclito y todo ese linaje, que todas las cosas se mueven como corrientes; según Protágoras, el más sabio de todos, que el hombre es la medida de todas las cosas; y según Teeteto, que, siendo así estas cosas, la sensación llega a ser conocimiento.¿ No es así, Teeteto?¿ Diremos que esto es tuyo, como un niño recién nacido, y mío, como mi labor de partero?¿ O qué dices? TEET. Es necesario que sea así, Sócrates.
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SÓC. Esto, pues, al parecer, apenas lo hemos engendrado, sea lo que sea que resulte ser. Después del parto, debemos, en verdad, dar vueltas alrededor de él con el argumento, observando que no nos pase inadvertido que lo que ha nacido no es digno de ser alimentado, sino que es un aborto y falso.¿ O crees que debes alimentar a toda costa lo tuyo y no desecharlo, o tolerarás verlo refutado y no te enfadarás mucho si alguien te lo arrebata como si fuera tu primogénito? TEO. Teeteto lo tolerará, Sócrates; pues no es nada difícil. Pero, por los dioses, di,¿ en qué sentido no es así? SÓC. Eres un verdadero amante de los discursos y un hombre bueno, Teodoro, al creer que yo soy una bolsa de argumentos y que puedo extraer fácilmente uno para decir que las cosas no son así; pero no comprendes lo que ocurre, que ningún argumento sale de mí, sino siempre del que conversa conmigo, y yo no sé nada más que un poco, lo suficiente para recibir un argumento de otro sabio y aceptarlo moderadamente. Y ahora intentaré esto con él, no decirlo yo mismo. TEO. Dices mejor, Sócrates; hazlo así. SÓC.¿ Sabes entonces, Teodoro, qué me asombra de tu compañero Protágoras? TEO.¿ Qué? SÓC. Las demás cosas me las ha dicho muy agradablemente, que lo que parece a cada uno, eso es; pero me he asombrado del principio del argumento, de que no dijera al comenzar su Verdad que el hombre es la medida de todas las cosas, sino que dijera que un cerdo, un cinocéfalo o cualquier otra cosa más extraña que tenga sensación es la medida, para que comenzara a hablarnos de manera grandilocuente y muy desdeñosa, mostrándonos que nosotros lo admirábamos como a un dios por su sabiduría, mientras que él, en cuanto a inteligencia, no era mejor que un renacuajo, por no decir que cualquier otro hombre.¿ O cómo decimos, Teodoro? Pues si para cada uno es verdadero lo que opine a través de la sensación, y nadie juzgará mejor la experiencia de otro, ni otro será más capaz de examinar si la opinión de uno es correcta o falsa, sino que, como se ha dicho muchas veces, cada uno opinará solo sobre lo suyo, y todas estas cosas serán correctas y verdaderas,¿ por qué, amigo, Protágoras es sabio, hasta el punto de ser considerado digno de ser maestro de otros con grandes salarios, y nosotros somos más ignorantes y teníamos que ir a aprender de él, siendo cada uno medida de su propia sabiduría?¿ Cómo no decir que Protágoras habla para la multitud? Y sobre lo mío y mi arte de la partería, callo cuánto ridículo hacemos, y creo que toda la actividad de conversar también. Pues examinar e intentar refutar las fantasías y opiniones de los demás, siendo cada una correcta,¿ no es una tontería larga y sin fin, si la Verdad de Protágoras es verdadera y no habló en broma desde el santuario de su libro?
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TEO. Sócrates, es un amigo, como acabas de decir. No aceptaría, pues, que Protágoras fuera refutado por mi consentimiento, ni tampoco oponerme a ti contra mi opinión. Toma, pues, de nuevo a Teeteto; en cualquier caso, hace un momento parecía escucharte muy dócilmente. SÓC.¿ Acaso si fueras a Lacedemonia, Teodoro, viendo a otros desnudos en las palestras, algunos de ellos mediocres, te atreverías a no mostrar tu propia forma desnudándote? TEO.¿ Pero qué crees, si estuvieran dispuestos a permitírmelo y a convencerme? Como ahora creo que os convenceré de que me dejéis mirar y no arrastrarme al gimnasio, siendo ya duro, sino que luchéis con el más joven y más flexible. SÓC. Pero si así te place, Teodoro, tampoco a mí me es desagradable, como dicen los que usan proverbios. Hay que ir, pues, de nuevo hacia el sabio Teeteto. Di, pues, Teeteto, primero lo que acabamos de exponer:¿ no te asombra si de repente apareces no siendo inferior en sabiduría a ningún hombre ni a ningún dios?¿ O crees que la medida de Protágoras se dice menos para los dioses que para los hombres? TEET.¡ Por Zeus, yo no! Y lo que preguntas, me asombra mucho. Pues cuando exponíamos de qué manera decían que lo que parece a cada uno, eso es para quien le parece, me parecía que se decía muy bien; pero ahora, de repente, ha cambiado a lo contrario. SÓC. Eres joven, querido hijo; por eso escuchas y te dejas convencer rápidamente por la demagogia. Pues a esto dirá Protágoras o cualquier otro en su nombre:« Nobles jóvenes y ancianos, hacéis demagogia sentados juntos, trayendo al medio a los dioses, a quienes yo excluyo de hablar y escribir sobre si existen o no existen, y decís lo que la mayoría aceptaría al escuchar, que es terrible si cada uno de los hombres no difiere en nada en sabiduría de cualquier animal; pero no decís ninguna prueba ni necesidad, sino que usáis lo verosímil, que si Teodoro u otro de los geómetras quisiera usarlo para hacer geometría, no valdría ni para una sola cosa». Considerad, pues, tú y Teodoro, si aceptaréis argumentos sobre cosas tan importantes dichos con persuasión y verosimilitud.
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TEET. Pero no es justo, Sócrates, ni tú ni nosotros diríamos que lo es. SÓC. Hay que investigar de otra manera, al parecer, como el argumento tuyo y el de Teodoro. TEET. Ciertamente, de otra manera. SÓC. Investiguemos, pues, si el conocimiento y la sensación son lo mismo o algo diferente. Pues hacia esto tendía todo nuestro argumento, y por esto movimos estas muchas y extrañas cosas.¿ No es así? TEET. Ciertamente. SÓC.¿ Admitiremos, pues, que las cosas que percibimos al ver o al oír, todas ellas las conocemos también a la vez? Por ejemplo, de los bárbaros, antes de aprender su lengua,¿ diremos que no oímos cuando hablan, o que oímos y conocemos lo que dicen? Y, por otra parte, los que no conocen las letras, al mirarlas,¿ insistiremos en que no las vemos o que las conocemos si es que las vemos? TEET. Eso mismo, Sócrates, de ellas, lo que vemos y oímos, diremos que lo conocemos; pues de unas, la forma y el color, diremos que vemos y conocemos, y de otras, la agudeza y la gravedad, que oímos y conocemos a la vez; pero lo que los maestros de letras y los intérpretes enseñan sobre ellas, ni lo percibimos al ver o al oír, ni lo conocemos. SÓC. Muy bien, Teeteto, y no vale la pena que disputes sobre esto, para que también crezcas. Pero mira también esto otro que se acerca, y observa cómo lo resolveremos. TEET.¿ Cuál? SÓC. Esto: si alguien preguntara:«¿ Es posible que alguien, habiendo llegado a ser conocedor de algo, conservando aún la memoria de ello, en el momento en que recuerda, no conozca eso mismo que recuerda?». Hablo mucho, al parecer, queriendo preguntar si alguien que ha aprendido algo y lo recuerda, no lo sabe. TEET.¿ Y cómo, Sócrates? Pues sería un monstruo lo que dices. SÓC.¿ No estaré diciendo tonterías? Pero observa.¿ No dices que ver es percibir y que la visión es sensación? TEET. Yo sí. SÓC. Por tanto, el que ha visto algo,¿ se ha convertido en conocedor de aquello que vio, según el argumento anterior? TEET. Sí. SÓC.¿ Y qué?¿ No dices que la memoria es algo? TEET. Sí. SÓC.¿ De nada o de algo? TEET. De algo, por supuesto. SÓC. Por tanto, de lo que aprendió y de lo que percibió,¿ de tales cosas? TEET.¿ Cómo no? SÓC. Lo que alguien vio,¿ lo recuerda a veces? TEET. Lo recuerda. SÓC.¿ Incluso cerrando los ojos?¿ O al hacer esto se olvidó? TEET. Pero es terrible, Sócrates, decir eso.
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SÓC. Es necesario, sin embargo, si queremos salvar el argumento anterior; si no, se pierde. TEET. Y yo, por Zeus, lo sospecho, aunque no lo comprendo suficientemente; pero dime cómo. SÓC. De esta manera: el que ve, decimos, se ha convertido en conocedor de aquello que ve; pues se ha acordado que visión, sensación y conocimiento son lo mismo. TEET. Ciertamente. SÓC. Y el que ve y se ha convertido en conocedor de lo que veía, si cierra los ojos, recuerda, pero no ve aquello.¿ No es así? TEET. Sí. SÓC. Y el« no ve» es« no conoce», si es que« ve» es« conoce». TEET. Es verdad. SÓC. Sucede, pues, que de lo que alguien se convirtió en conocedor, recordándolo aún, no lo conoce, puesto que no ve; lo cual dijimos que sería un monstruo si ocurriera. TEET. Dices la verdad. SÓC. Parece suceder algo imposible si alguien afirma que el conocimiento y la sensación son lo mismo. TEET. Parece. SÓC. Hay que decir, pues, que cada uno es otra cosa. TEET. Es probable. SÓC.¿ Qué sería, pues, el conocimiento? Hay que decirlo de nuevo desde el principio, al parecer. Pero,¿ qué vamos a hacer, Teeteto? TEET.¿ Sobre qué? SÓC. Me parecemos, como un gallo innoble, haber saltado del argumento antes de haber vencido, para cantar. TEET.¿ Cómo? SÓC. Parecemos haber acordado en contra de los acuerdos de los nombres y, habiendo superado el argumento con algo así, estar satisfechos, y sin decir que somos competidores, sino filósofos, sin darnos cuenta hacemos lo mismo que esos hombres hábiles. TEET. Aún no entiendo cómo lo dices. SÓC. Pero intentaré aclarar lo que pienso sobre ello. Pues preguntamos si alguien que ha aprendido y recuerda algo no lo conoce, y al demostrar que el que vio y cerró los ojos recuerda pero no ve, demostramos que no conoce y a la vez recuerda; y esto es imposible. Y así, el mito de Protágoras se perdió, y el tuyo a la vez, el de que el conocimiento y la sensación son lo mismo. TEET. Parece. SÓC. No creo, amigo, que si el padre del otro mito viviera, no lo defendería mucho; pero ahora nosotros lo maltratamos siendo huérfano. Pues ni siquiera los tutores que Protágoras dejó quieren ayudar, de los cuales Teodoro es uno. Pero nosotros mismos nos arriesgaremos a ayudarlo por justicia.
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TEOD. No soy yo, Sócrates, sino más bien Calias, hijo de Hipónico, el tutor de sus asuntos; nosotros, de algún modo, nos hemos desviado más pronto de los discursos abstractos hacia la geometría. Sin embargo, te estaremos agradecidos si le ayudas. SÓC. Hablas bien, Teodoro. Considera, pues, mi ayuda. Pues uno podría admitir cosas más terribles que las de hace un momento si no presta atención al sentido de las palabras, en la forma en que estamos acostumbrados a afirmar y negar. Me refiero a cómo, o a Teeteto. TEOD. En común, ciertamente, pero que responda el más joven; pues si se equivoca, menos deshonroso será. SÓC. Digo, pues, la pregunta más terrible, y creo que es algo así:¿ es posible que el mismo que sabe algo, esto que sabe, no lo sepa? TEOD.¿ Qué responderemos, pues, Teeteto? TEET. Es imposible, creo yo. SÓC. No, si estableces que ver es saber. Pues,¿ qué harás con una pregunta ineludible, atrapado, como se dice, en un pozo, cuando un hombre imperturbable te pregunte, habiéndote tapado con la mano un ojo, si ves el manto con el ojo tapado? TEET. No diré que con ese, ciertamente, pero sí con el otro. SÓC.¿ Entonces ves y no ves a la vez lo mismo? TEET. De algún modo, sí. SÓC. Nada de eso, dirá, ni lo establezco ni pregunté cómo, sino si lo que sabes, esto también no lo sabes. Ahora, lo que no ves, pareces verlo. Y resulta que has admitido que ver es saber y no ver es no saber. De esto, pues, calcula qué te sucede. TEET. Pues calculo que lo contrario de lo que supuse. SÓC. Quizás, admirable joven, habrías sufrido más cosas así si alguien te preguntara si saber es a veces agudo y a veces obtuso, y saber de cerca y no de lejos, y lo mismo intensamente y suavemente, y otras mil cosas que un hombre mercenario, experto en esgrima verbal, al acecho, te preguntaría cuando estableciste que conocimiento y percepción son lo mismo, lanzándote al oído, al olfato y a tales percepciones, te refutaría, insistiendo y sin soltarte hasta que, maravillado por la tan celebrada sabiduría, fueras atrapado por él, quien, habiéndote vencido y atado, te rescataría entonces por el dinero que a ti y a él les pareciera.¿ Qué discurso, pues, dirías quizás, ofrecería Protágoras como auxilio a los suyos?¿ Intentamos decir otra cosa? TEET. Por supuesto.
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SÓC. Todas estas cosas que decimos en su defensa, y creo que él arremeterá contra nosotros despreciándonos y diciendo: Este buen Sócrates, puesto que un niño al ser interrogado se asustó de si es posible que el mismo recuerde a la vez y no sepa lo mismo, y por miedo lo negó al no poder prever, me convirtió en objeto de burla en los discursos. Pero la cosa es así, oh, el más indolente Sócrates: cuando examinas algo de lo mío mediante preguntas, si el interrogado se equivoca al responder como yo respondería, yo soy refutado, pero si responde de otra manera, el interrogado mismo. Pues,¿ crees acaso que alguien te concederá que la memoria de lo que alguien sufrió está presente en él, siendo tal afección como cuando sufría, cuando ya no sufre? Dista mucho de eso.¿ O acaso dudará en admitir que es posible que el mismo sepa y no sepa lo mismo?¿ O si teme esto, concederá alguna vez que el mismo es el que cambia antes de cambiar? O más bien,¿ que es alguien, y no los que son, y que estos se vuelven infinitos, si es que ocurre un cambio, si es que hay que tener cuidado con la caza de nombres entre sí? Pero, bienaventurado, dirá, ven más noblemente a lo que digo, si puedes, refuta que no se producen percepciones propias para cada uno de nosotros, o que, produciéndose como propias, lo que aparece no se produciría más para aquel solo, o si hay que llamarlo ser, que sea para quien aparece; pero al decir cerdos y cinocéfalos no solo tú mismo gruñes, sino que persuades a los que escuchan a hacer esto en mis escritos, no haciendo bien. Pues yo afirmo que la verdad es como he escrito: que cada uno de nosotros es medida de las cosas que son y de las que no son, pero que difiere infinitamente uno de otro en esto mismo, en que para uno unas cosas son y aparecen, y para otro otras. Y disto mucho de decir que no hay sabiduría ni hombre sabio, sino que llamo sabio precisamente a aquel que, para alguno de nosotros, para quien las cosas aparecen y son malas, cambiándolas, hace que aparezcan y sean buenas. Pero no persigas mi discurso por la palabra, sino aprende aún más claramente lo que digo. Pues recuerda lo que se decía antes, que para el que enferma lo que come parece amargo y es amargo, mientras que para el que está sano lo contrario es y parece.
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SÓC. No hay que hacer a ninguno de estos más sabio— pues tampoco es posible— ni hay que acusar al que enferma de ignorante porque opina tales cosas, ni al que está sano de sabio porque opina otras, sino que hay que cambiar hacia el otro estado; pues el otro estado es mejor. Y así también en la educación hay que cambiar de un estado a otro mejor; pero el médico cambia con fármacos, y el sofista con discursos. Pues nadie ha hecho que alguien que opina cosas falsas opine después cosas verdaderas; pues ni es posible opinar lo que no es, ni otras cosas fuera de las que uno experimenta, y estas son siempre verdaderas. Pero creo que al que opina cosas afines a un alma en mal estado, la hizo opinar otras cosas buenas, que algunos por inexperiencia llaman verdaderas, pero yo digo que unas son mejores que otras, pero ninguna más verdadera. Y a los sabios, querido Sócrates, disto mucho de llamarlos ranas, sino que respecto a los cuerpos los llamo médicos, y respecto a las plantas, agricultores. Pues afirmo que también estos, cuando alguna de las plantas enferma, en lugar de percepciones malas, les infunden percepciones buenas, saludables y verdaderas, y que los sabios y buenos oradores hacen que a las ciudades les parezcan justas las cosas buenas en lugar de las malas. Pues cualesquiera que sean las cosas que a cada ciudad le parezcan justas y bellas, estas también lo son para ella, mientras las considere así; pero el sabio, en lugar de las cosas que son malas para ellos, hizo que cada una sea y parezca buena. Y según el mismo razonamiento, también el sofista, capaz de educar así a los educandos, es sabio y digno de mucho dinero para los educados. Y así unos son más sabios que otros y nadie opina cosas falsas, y tú, quieras o no, debes soportar ser medida; pues en esto se salva este discurso. Si tienes desde el principio para disputar, disputa exponiendo el razonamiento; si quieres mediante preguntas, mediante preguntas; pues tampoco esto hay que evitar, sino que sobre todo hay que perseguirlo para quien tiene sentido. Haz, sin embargo, esto: no seas injusto al preguntar. Pues es una gran falta de razón, al afirmar que te preocupas por la virtud, no hacer otra cosa que ser injusto en los discursos.
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SÓC. Y es injusto en tal caso cuando alguien no hace las discusiones por separado como quien compite, y por separado como quien dialoga, y en una parte bromea y refuta tanto como puede, y en la otra dialoga seriamente y corrige al interlocutor, mostrándole solo aquellos errores que él mismo se ha causado por sí mismo y por sus anteriores convivencias. Pues si haces así, los que conviven contigo se culparán a sí mismos de su propia confusión y perplejidad, y no a ti, y te seguirán y amarán, mientras que se odiarán a sí mismos y huirán de sí mismos hacia la filosofía, para que, convertidos en otros, se liberen de quienes eran antes; pero si haces lo contrario de esto, como la mayoría, te sucederá lo contrario y harás que los que conviven contigo, en lugar de filósofos, odien este asunto cuando sean mayores. Si, pues, me haces caso, lo que se dijo antes, no con mala voluntad ni de forma combativa, sino con el ánimo sereno, examinarás qué es lo que decimos, al afirmar que todas las cosas se mueven, y que lo que parece a cada uno, esto también es, tanto para el individuo como para la ciudad. Y a partir de esto examinarás si conocimiento y percepción son lo mismo o algo distinto, pero no como hace un momento, por costumbre de palabras y nombres, que la mayoría, arrastrándolos por donde sea, se proporcionan perplejidades de todo tipo unos a otros. Esto, Teodoro, he comenzado para ayuda de tu compañero según mi capacidad, poco a poco; si él mismo viviera, habría ayudado más grandiosamente a lo suyo. TEOD. Bromeas, Sócrates; pues muy juvenilmente has ayudado al hombre. SÓC. Hablas bien, compañero. Y dime:¿ notaste acaso que hace un momento Protágoras hablaba y nos reprochaba que, haciendo los discursos ante un niño, competíamos por miedo del niño hacia lo suyo, y llamándolo una especie de gracia, pero dignificando lo de que el hombre es medida de todas las cosas, nos exhortó a tomarnos en serio su discurso? TEOD.¿ Cómo no iba a notarlo, Sócrates? SÓC.¿ Qué pues?¿ Me ordenas hacerle caso? TEOD. Mucho. SÓC.¿ Ves, pues, que todos estos, excepto tú, son niños? Si, pues, vamos a hacer caso al hombre, tú y yo debemos, preguntando y respondiendo el uno al otro, tomarnos en serio su discurso, para que no tenga esto que reprochar, que bromeando ante jovencitos examinamos su discurso. TEOD.¿ Qué más?¿ Acaso Teeteto no seguiría mejor un discurso investigado que muchos que tienen grandes barbas?
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SÓC. Pero no mejor que tú, Teodoro. No creas, pues, que yo debo ayudar de todas formas a tu compañero fallecido, y tú a nadie. Pero vamos, excelente amigo, sígueme un poco, hasta esto mismo, hasta que sepamos si acaso tú debes ser medida respecto a los diagramas, o si todos son igualmente capaces como tú en astronomía y en las otras cosas sobre las que tienes fama de sobresalir. TEOD. No es fácil, Sócrates, sentado junto a ti, no dar razón, sino que hace un momento desvarié al decir que me permitirías no desvestirme, y no obligarme como los lacedemonios; pero tú me pareces tender más hacia Escirón. Pues los lacedemonios ordenan irse o desvestirse, pero tú me pareces hacer la acción más bien al estilo de Anteo; pues al que se acerca no lo sueltas hasta que lo obligas, habiéndolo desvestido en los discursos, a luchar. SÓC. Excelente, Teodoro, has comparado mi enfermedad; sin embargo, yo soy más fuerte que aquellos. Pues miles de Heracles y Teseos que me han encontrado, fuertes para hablar, me han golpeado muy bien, pero yo no me aparto en absoluto; tal es el amor terrible que se ha infiltrado en mí por el ejercicio sobre estas cosas. No me envidies, pues, tú tampoco, frotándote, beneficiarte a ti mismo y a la vez a mí. TEOD. Ya no contradigo nada, sino guía por donde quieras; de todos modos, el destino sobre estas cosas que tú hiles, hay que soportarlo siendo refutado. Sin embargo, no seré capaz de ofrecerme a ti más allá de lo que propones. SÓC. Pero basta incluso hasta esto. Y guárdame mucho lo siguiente, no sea que sin darnos cuenta hagamos una especie de discurso infantil, y alguien nos lo reproche de nuevo. TEOD. Pero ciertamente lo intentaré tanto como pueda. SÓC. Tomemos, pues, primero de nuevo esto mismo que antes, y veamos si con razón o sin razón nos molestábamos criticando el discurso de que hacía a cada uno autosuficiente para la sabiduría, y Protágoras nos concedió que respecto a lo mejor y lo peor difieren algunos, a quienes llama sabios.¿ No es así? TEOD. Sí. SÓC. Si, pues, él mismo presente lo hubiera admitido y no nosotros ayudando en su nombre lo hubiéramos concedido, no habría necesidad de volver a tomarlo para asegurarlo; pero ahora quizás alguien nos invalidaría la concesión hecha en su nombre. Por lo cual es más hermoso ponerse de acuerdo más claramente sobre esto mismo; pues no es poco lo que difiere si es así o de otra manera. TEOD. Dices verdades.
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SÓC. No tomemos, pues, la concesión a través de otros, sino del discurso de él mismo, de la manera más breve posible. TEOD.¿ Cómo? SÓC. Así:¿ dice acaso que lo que parece a cada uno, esto también es para quien le parece? TEOD. Lo dice, ciertamente. SÓC.¿ Entonces, Protágoras, también nosotros hablamos de las opiniones del hombre, o más bien de todos los hombres, y decimos que no hay nadie que no crea que él mismo es más sabio que otros en unas cosas, y otros más sabios que él en otras, y en los mayores peligros, cuando se ven azotados por tormentas en expediciones, enfermedades o en el mar, como si fueran dioses tienen a los que mandan en cada caso, esperando que sean sus salvadores, no difiriendo en otra cosa que en el saber; y todo lo humano está lleno de personas que buscan maestros y gobernantes para sí mismos y para los otros animales y para las tareas, creyéndose capaces de enseñar y capaces de mandar? Y en todo esto,¿ qué otra cosa diremos sino que los hombres mismos creen que la sabiduría y la ignorancia existen entre ellos? TEOD. Nada más. SÓC.¿ Entonces consideran la sabiduría como pensamiento verdadero, y la ignorancia como opinión falsa? TEOD.¿ Cómo no? SÓC.¿ Qué haremos, pues, Protágoras, con el discurso?¿ Diremos que los hombres opinan siempre cosas verdaderas, o a veces verdaderas y a veces falsas? Pues de ambos casos resulta que no siempre opinan cosas verdaderas, sino ambas. Considera, pues, Teodoro, si alguno de los que rodean a Protágoras o tú mismo querría luchar afirmando que nadie cree que otro sea ignorante y opine cosas falsas. TEOD. Es increíble, Sócrates. SÓC. Y sin embargo, a esto llega la necesidad del discurso que dice que el hombre es medida de todas las cosas. TEOD.¿ Cómo es eso? SÓC. Cuando tú, habiendo juzgado algo por ti mismo, me expones una opinión sobre algo, para ti, según el discurso de él, esto sea verdadero, pero para nosotros, los demás,¿ no es posible convertirnos en jueces sobre tu juicio, o siempre juzgamos que opinas cosas verdaderas?¿ O miles te combaten cada vez opinando lo contrario, creyendo que juzgas y opinas cosas falsas? TEOD. Por Zeus, Sócrates, ciertamente miles, como dice Homero, los que me causan problemas con las cosas de los hombres. SÓC.¿ Qué pues?¿ Quieres que digamos que tú entonces opinas cosas verdaderas para ti mismo, pero falsas para los miles? TEOD. Parece que por el discurso es necesario que sea así.
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SÓC.¿ Y qué pasa con el mismo Protágoras?¿ No es necesario, si ni él mismo creía que el hombre es medida ni la mayoría lo cree, como tampoco lo creen, que para nadie existe esta verdad que él escribió? Pero si él mismo lo creía, pero la multitud no está de acuerdo,¿ sabes que primero, cuanto más son aquellos a quienes no les parece que a quienes les parece, tanto más no es que es? TEOD. Es necesario, si es que según cada opinión será y no será. SÓC. Luego, esto tiene lo más elegante: él mismo, respecto a su propia opinión, concede que la opinión de los que opinan lo contrario, por la cual creen que él miente, es verdadera, admitiendo que todos opinan las cosas que son. TEOD. Por supuesto. SÓC.¿ Entonces admitiría que la suya es falsa, si admite que es verdadera la de los que creen que él miente? TEOD. Es necesario. SÓC.¿ Y los otros no admiten que ellos mismos mienten? TEOD. Pues no. SÓC. Y él, a su vez, admite también esta opinión como verdadera por lo que ha escrito. TEOD. Parece. SÓC. De todos, pues, empezando por Protágoras, se disputará, o más bien será admitido por él mismo, cuando concede al que dice lo contrario que él opina cosas verdaderas, entonces también el mismo Protágoras admitirá que ni un perro ni el primer hombre que pase es medida de nada de lo que no aprenda.¿ No es así? TEOD. Así es. SÓC. Entonces, puesto que es disputado por todos, la Verdad de Protágoras no sería verdadera para nadie, ni para otro ni para él mismo. TEOD. Demasiado, Sócrates, atropellamos a mi compañero. SÓC. Pero, amigo, es incierto si también atropellamos lo correcto. Es probable, pues, que él, siendo mayor, sea más sabio que nosotros; y si ahora mismo surgiera de aquí hasta el cuello, habiéndome refutado muchas cosas como un charlatán, como es probable, y a ti habiéndote hecho admitir, se iría sumergiéndose y huyendo. Pero nosotros, creo, debemos usar lo que somos, y decir siempre lo que nos parece. Y ciertamente, incluso ahora,¿ diremos que cualquiera admitiría esto, que uno es más sabio que otro, y que otro es más ignorante? TEOD. A mí, al menos, me parece. SÓC.¿ Y acaso en esto se mantendría más el discurso, en la forma en que nosotros esbozamos ayudando a Protágoras, que las cosas, en su mayoría, tal como parecen, así son para cada uno, calientes, secas, dulces, todas las cosas de este tipo; pero si en algo se concediera que unos difieren de otros, respecto a lo saludable y lo enfermizo, querría decir que no toda mujer y niño, e incluso animal, es capaz de curarse a sí mismo conociendo lo que es saludable para él, sino que ahí sí unos difieren de otros, si es que en algún lugar? TEOD. A mí me parece así.
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SÓC.¿ Entonces también sobre asuntos políticos, cosas bellas y feas, justas e injustas, santas y no santas, cualesquiera que cada ciudad, habiéndolo pensado, establezca como leyes para sí misma, estas también son en verdad para cada una, y en esto no hay nadie más sabio ni individuo que individuo ni ciudad que ciudad; pero en establecer lo que es ventajoso para sí misma o no, ahí, si es que en algún lugar, a su vez admitirá que un consejero difiere de otro y la opinión de una ciudad de otra respecto a la verdad, y no se atrevería en absoluto a afirmar que las cosas que una ciudad establezca, habiendo pensado que son ventajosas para sí misma, serán más que nada ventajosas; pero allí donde digo, en lo justo y lo injusto, lo santo y lo no santo, quieren insistir en que no hay nada de ellos que tenga esencia por naturaleza, sino que lo que parece en común, esto se vuelve verdadero entonces, cuando parece y por el tiempo que parezca. Y cuantos no dicen del todo el discurso de Protágoras, llevan así la sabiduría. Pero un discurso nos atrapa, Teodoro, de otro discurso, uno mayor de uno menor. TEOD.¿ Entonces tenemos tiempo libre, Sócrates? SÓC. Parece. Y muchas veces, ciertamente, oh divino amigo, y en otras ocasiones lo noté, pero también ahora, cuán razonablemente los que han pasado mucho tiempo en las filosofías parecen oradores ridículos cuando van a los tribunales. TEOD.¿ Cómo dices, pues? SÓC. Corren el riesgo los que desde jóvenes se revuelcan en los tribunales y cosas similares, frente a los criados en la filosofía y en tal ocupación, de haber sido criados como esclavos frente a libres. TEOD.¿ Cómo es eso? SÓC. En que a los unos les acompaña siempre esto que dijiste, tiempo libre, y hacen los discursos en paz con tiempo libre; como nosotros ahora, que ya por tercera vez cambiamos un discurso por otro, así también ellos, si el que sobreviene les agrada más que el propuesto, como a nosotros; y no les importa hablar largo o breve, si solo alcanzan lo que es; pero los otros hablan siempre con falta de tiempo— pues apremia el agua que fluye— y no es posible hacer los discursos sobre lo que deseen, sino que el adversario está de pie teniendo necesidad y una demanda leída al lado de la cual no se debe hablar, a la que llaman juramento previo; y los discursos son siempre sobre un compañero de esclavitud ante un señor sentado, teniendo en la mano un juicio, y las luchas nunca son de otra manera, sino siempre sobre sí mismo, y muchas veces también la carrera es por la vida; de modo que de todo esto se vuelven tensos y agudos, sabiendo adular al señor con el discurso y ganárselo con la acción, pero pequeños y no rectos en sus almas.
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SÓC. Pues la grandeza, la rectitud y la libertad se las ha quitado la esclavitud desde jóvenes, obligándoles a hacer cosas tortuosas, imponiendo grandes peligros y miedos a almas aún tiernas, los cuales, no pudiendo soportarlos con justicia y verdad, se vuelven inmediatamente hacia la mentira y a cometer injusticias unos contra otros, se doblan y se quiebran mucho, de modo que terminan de jóvenes a hombres sin tener nada sano en el pensamiento, habiéndose vuelto terribles y sabios, como creen. Y estos son, pues, tales, Teodoro; pero¿ quieres que pasemos a los de nuestro coro o que, dejándolos, volvamos al discurso, para no abusar, como decíamos hace un momento, demasiado de la libertad y el intercambio de discursos? TEOD. De ninguna manera, Sócrates, sino pasemos. Pues muy bien has dicho esto, que no somos nosotros los que danzamos en tal coro los sirvientes de los discursos, sino que los discursos son nuestros como esclavos, y cada uno de ellos espera ser completado cuando nos parezca; pues ni juez ni espectador, como a los poetas, supervisa entre nosotros para criticar y mandar. SÓC. Hablemos, pues, como parece, ya que a ti te parece, sobre los corifeos; pues¿ qué diría uno de los que pasan el tiempo trivialmente en la filosofía? Estos, creo, desde jóvenes, primero, no saben el camino al ágora, ni dónde está el tribunal o el consejo o cualquier otra asamblea común de la ciudad; leyes y decretos, hablados o escritos, ni los ven ni los escuchan; y los afanes de las facciones por cargos, reuniones, banquetes y festines con flautistas, ni en sueños se les ocurre hacer. Si alguien ha nacido bien o mal en la ciudad, o qué mal le ha ocurrido a alguien por antepasados, de hombres o mujeres, le es más desconocido que los llamados cántaros del mar. Y todo esto ni siquiera sabe que no lo sabe; pues ni se abstiene de ellos por ganar buena fama, sino que en realidad su cuerpo solo yace en la ciudad y reside, pero su pensamiento, habiendo considerado todo esto pequeño y nada, despreciándolo, vuela por todas partes según Píndaro, midiendo las profundidades de la tierra y las superficies, astronomizando sobre el cielo, e investigando toda la naturaleza por todas partes de cada uno de los seres en su totalidad, sin bajar a nada de lo que está cerca.
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TEOD.¿ Cómo dices esto, Sócrates? SÓC. Como se dice que Tales, mientras astronomizaba, Teodoro, y miraba hacia arriba, al caer en un pozo, una sirvienta tracia, ingeniosa y graciosa, se burló diciendo que estaba ansioso por saber las cosas del cielo, pero que las que estaban delante de él y a sus pies le pasaban desapercibidas. La misma burla basta para todos los que pasan el tiempo en la filosofía. Pues, en verdad, a tal persona le pasa desapercibido el vecino y el prójimo, no solo lo que hace, sino casi si es un hombre o algún otro animal; pero qué es el hombre y qué corresponde a tal naturaleza hacer o sufrir, distinto de los demás, lo busca y tiene problemas investigándolo. Pues entiendes, Teodoro,¿ o no? TEOD. Yo sí; y dices verdades. SÓC. Por tanto, amigo, cuando tal persona se encuentra en privado con cada uno y en público, lo que decía al comenzar, cuando en un tribunal o en otro lugar se ve obligado a hablar sobre las cosas que están a los pies y ante los ojos, provoca risa no solo a las tracias sino a la otra multitud, al caer en pozos y en toda perplejidad por inexperiencia, y la deshonra es terrible, provocando opinión de estupidez; pues en las injurias no tiene nada propio para injuriar a nadie, al no saber nada malo de nadie por no haberlo practicado; por tanto, al estar perplejo, parece ridículo. Y en los elogios y en las grandes jactancias de los otros, al reírse no por fingimiento sino en realidad, volviéndose evidente, parece un charlatán. Pues al tirano o al rey elogiado, cree escuchar que se felicita a un pastor, como un porquerizo o un pastor de ovejas o algún boyero, que ordeña mucho; pero cree que ellos pastorean y ordeñan un animal más difícil que aquellos y más traicionero, y que tal persona, por falta de tiempo, es necesariamente tan rústica y sin educación como los pastores, encerrado en un redil en la montaña como en un muro. Y cuando escucha que alguien posee diez mil pletros de tierra o aún más, como algo maravilloso por su cantidad, le parece escuchar cosas pequeñísimas, acostumbrado a mirar toda la tierra.
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SÓC. Y cuando otros celebran los linajes, como que alguien es noble por tener siete antepasados ricos que mostrar, le parece que el elogio es totalmente obtuso y que miran a lo pequeño, por falta de educación al no ser capaces de mirar siempre al todo ni calcular que cada uno ha tenido innumerables miríadas de antepasados y ancestros, en las cuales han existido muchas veces miles de ricos y pobres, reyes y esclavos, bárbaros y griegos para cualquiera; pero al enorgullecerse por un catálogo de veinticinco antepasados y referirse a Heracles, hijo de Anfitrión, le parecen extrañas las cosas por la pequeñez de miras, porque el que desde Anfitrión hacia arriba es el vigésimo quinto era tal como le tocó en suerte, y el quincuagésimo desde él, se ríe de los que no son capaces de calcular y liberar la vanidad de un alma insensata. En todo esto, pues, tal persona es objeto de burla por la mayoría, pareciendo altanero, como creen, y desconociendo las cosas a los pies y estando perplejo en cada caso. TEOD. Dices totalmente lo que sucede, Sócrates. SÓC. Pero cuando, amigo, arrastra a alguien hacia arriba, y alguien quiere salir con él de¿ en qué te soy injusto o tú a mí? hacia el examen de la justicia misma y la injusticia, qué es cada una de ellas y en qué difieren de todas o entre sí, o de si un rey es feliz, poseyendo oro, hacia el examen sobre la realeza y la felicidad y miseria humana en general, qué son y de qué manera corresponde a la naturaleza humana poseer una de ellas y evitar la otra— sobre todas estas cosas, cuando a su vez debe dar razón aquel pequeño de alma, agudo y judicial, a su vez devuelve lo contrario; al marearse por estar colgado desde lo alto y mirando suspendido desde arriba por falta de costumbre, angustiado y perplejo y balbuceando, no provoca risa a las tracias ni a ningún otro sin educación, pues no se dan cuenta, sino a todos los que han sido criados de forma contraria a como esclavos. Este es, pues, el modo de cada uno, Teodoro, el del que en verdad ha sido criado en libertad y tiempo libre, a quien llamas filósofo, a quien le parece disculpable parecer ingenuo y no ser nada cuando cae en tareas serviles, como no saber hacer un fardo de ropa ni condimentar un guiso ni palabras halagadoras; el otro, a su vez, capaz de hacer todas esas cosas de forma clara y aguda, pero no sabiendo cómo ponerse el manto con elegancia de forma libre, ni habiendo captado la armonía de los discursos para cantar rectamente la vida verdadera de los dioses y de los hombres felices.
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TEODORO: Si pudieras convencer a todos, Sócrates, de lo que dices, tal como me has convencido a mí, habría más paz y menos males entre los hombres. SÓCRATES: Pero no es posible que los males desaparezcan, Teodoro— pues es necesario que siempre haya algo opuesto al bien—, ni que se establezcan entre los dioses, sino que, por necesidad, rondan la naturaleza mortal y este lugar. Por eso, hay que intentar huir de aquí hacia allá lo más pronto posible. Y la huida consiste en hacerse semejante a Dios en la medida de lo posible; y hacerse semejante a Dios es volverse justo y santo con prudencia. Pero, mi buen amigo, no es nada fácil convencer a la gente de que no es por los motivos que la mayoría dice— para evitar la maldad y perseguir la virtud— por lo que se debe practicar lo uno y no lo otro, a fin de no parecer malo y parecer bueno; pues eso es, a mi parecer, lo que se llama un cuento de viejas. Digamos, en cambio, la verdad: Dios no es de ninguna manera injusto, sino lo más justo posible, y no hay nada más semejante a él que aquel de nosotros que llegue a ser lo más justo posible. En esto reside la verdadera destreza de un hombre, y también su nulidad y cobardía. Pues el conocimiento de esto es sabiduría y virtud verdadera, mientras que su ignorancia es necedad y maldad manifiesta; las otras destrezas y sabidurías, cuando se dan en el ejercicio del poder político, son vulgares, y en las artes, son propias de artesanos. Por tanto, para quien comete injusticias y dice o hace cosas impías, lo mejor, con mucho, es no concederle que es un hombre astuto por su malicia; pues se enorgullecen de ese reproche y creen oír que no son unos necios, cargas inútiles para la tierra, sino hombres como deben ser los que han de salvarse en la ciudad. Hay que decirles, pues, la verdad: que son tanto más lo que no creen ser, cuanto más creen no serlo; pues ignoran el castigo de la injusticia, que es lo que menos se debe ignorar. Pues no es el que ellos creen, el de los golpes y la muerte, que a veces sufren sin cometer injusticia, sino uno que es imposible evitar. TEODORO:¿ A cuál te refieres?
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SÓCRATES: De los modelos, amigo mío, que existen en la realidad: uno divino, el más dichoso, y otro ateo, el más desdichado; al no ver que esto es así, por su estupidez y su extrema insensatez, pasan inadvertidos al hacerse semejantes a uno por sus acciones injustas y al desemejarse del otro. Por lo cual pagan la pena viviendo la vida que se asemeja a aquello a lo que se vuelven. Y si les dijéramos que, si no se despojan de esa astucia, al morir, aquel lugar libre de males no los recibirá, y aquí siempre tendrán la semejanza de su conducta, conviviendo malvados con malvados, escucharán esto como si fueran hombres astutos y hábiles, de parte de algunos insensatos. TEODORO: Ciertamente, Sócrates. SÓCRATES: Lo sé, compañero. Sin embargo, les sucede una cosa: cuando tienen que dar y recibir razones en privado sobre aquello que critican, y están dispuestos a soportar con valentía durante mucho tiempo y no huir cobardemente, entonces, mi buen amigo, terminan extrañamente por no estar satisfechos consigo mismos respecto a lo que dicen, y aquella retórica suya se marchita de tal modo que parecen no diferenciarse de los niños. Pero dejemos esto, ya que resulta ser algo secundario— si no, al fluir más y más, sepultará nuestro argumento inicial— y pasemos a lo anterior, si a ti también te parece bien. TEODORO: A mí, Sócrates, no me resulta desagradable escuchar tales cosas; pues es más fácil seguir el hilo a mi edad. Pero si te parece, volvamos atrás. SÓCRATES:¿ No estábamos en aquel punto del argumento en el que decíamos que quienes sostienen la existencia en flujo, y que lo que a cada uno le parece, eso mismo es para aquel a quien le parece, se empeñan en sostenerlo en los demás asuntos, y no menos en lo referente a lo justo, a saber, que todo lo que una ciudad establece como opinión propia, eso mismo es justo para la que lo establece, mientras dure vigente; pero que, respecto a lo bueno, ya no hay nadie tan valiente como para atreverse a luchar sosteniendo que lo que una ciudad, al considerarlo beneficioso para sí, establece, eso mismo es beneficioso durante el tiempo que dure vigente, a menos que uno se refiera solo al nombre? Pero esto último sería, supongo, una burla respecto a lo que decimos.¿ O no? TEODORO: Ciertamente. SÓCRATES: Pues que no diga el nombre, sino que contemple la cosa nombrada. TEODORO: Ciertamente. SÓCRATES: Pero aquello que nombra así, a eso es a lo que apunta al legislar, y establece todas las leyes, en la medida en que cree y puede, como lo más beneficiosas posible para sí misma;¿ o acaso legisla mirando a otra cosa?
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TEODORO: De ninguna manera. SÓCRATES:¿ Y acierta siempre, o cada una se equivoca muchas veces? TEODORO: Yo creo que también se equivoca. SÓCRATES: Aún más desde aquí cualquiera estaría de acuerdo en esto mismo, si alguien preguntara sobre todo el género en el que también se encuentra lo beneficioso; y esto se refiere, supongo, al tiempo futuro. Pues cuando legislamos, establecemos las leyes como si fueran a ser beneficiosas para el tiempo venidero; y a esto lo llamaríamos correctamente futuro. TEODORO: Ciertamente. SÓCRATES: Vamos, pues, preguntemos así a Protágoras o a cualquier otro de los que dicen lo mismo que él: el hombre es medida de todas las cosas, como decís, Protágoras, de lo blanco, de lo pesado, de lo ligero, de todo lo de este tipo; pues teniendo en sí mismo el criterio de ellas, al creer tal como experimenta, cree que son verdaderas y reales para él.¿ No es así? TEODORO: Así es. SÓCRATES:¿ Diremos también, Protágoras, que tiene en sí mismo el criterio de las cosas que van a suceder, y que lo que crea que va a suceder, eso mismo sucede para aquel que lo ha creído? Por ejemplo, el calor: cuando un profano cree que va a contraer fiebre y que tendrá ese calor, y otro, un médico, opina lo contrario,¿ diremos que el futuro resultará según la opinión de cuál de los dos, o según la de ambos, y que para el médico no se volverá caliente ni tendrá fiebre, pero para sí mismo sí? TEODORO: Sería ridículo. SÓCRATES: Pero supongo que, respecto a la dulzura o aspereza del vino que va a haber, la opinión del agricultor es la que manda, no la del citarista. TEODORO:¿ Cómo no? SÓCRATES: Y tampoco sobre si algo va a ser desafinado o afinado, el profesor de gimnasia opinaría mejor que el músico, lo cual luego le parecerá afinado al propio profesor de gimnasia. TEODORO: De ninguna manera. SÓCRATES: Por tanto, la opinión de quien no sabe de cocina, al prepararse un banquete, es menos válida que la del cocinero sobre el placer que va a haber. Pues sobre lo que ya es agradable para cada uno o lo que ha sucedido, no discutamos todavía en el argumento, sino sobre lo que va a parecer y a ser para cada uno en el futuro:¿ es él mismo el mejor juez para sí mismo, o tú, Protágoras, podrías predecir mejor que cualquiera de los profanos lo que va a ser persuasivo en los discursos para cada uno de nosotros en un tribunal? TEODORO: Ciertamente, Sócrates, esto es lo que él prometía con insistencia: diferenciarse de todos.
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SÓCRATES: Por Zeus, amigo mío; pues nadie le habría hablado dándole mucho dinero si no hubiera convencido a sus compañeros de que, sobre lo que va a suceder y a parecer, ni un adivino ni nadie más podría juzgar mejor que uno mismo. TEODORO: Muy cierto. SÓCRATES:¿ Y no es cierto que también las legislaciones y lo beneficioso se refieren al futuro, y que cualquiera admitiría que una ciudad que legisla tiene a menudo la necesidad de fallar en lo más beneficioso? TEODORO: Ciertamente. SÓCRATES: Entonces, le diremos moderadamente a tu maestro que es necesario que admita que un hombre es más sabio que otro y que tal hombre es medida, pero que para mí, el ignorante, no hay ninguna necesidad de convertirme en medida, como me obligaba hace poco el argumento en su favor, quisiera yo o no. TEODORO: Me parece, Sócrates, que por ahí es por donde más se refuta el argumento, refutándose también por el hecho de que hace soberanas las opiniones de los demás, y estas resultaron no considerar en absoluto verdaderos los argumentos de él. SÓCRATES: De muchas otras maneras, Teodoro, podría refutarse que toda opinión de cualquiera sea verdadera; pero sobre la afección presente de cada uno, de la cual surgen las sensaciones y las opiniones basadas en ellas, es más difícil demostrar que no son verdaderas. Quizás no digo nada; pues son inexpugnables, si es que existen, y quienes afirman que son evidentes y conocimientos tal vez digan cosas reales, y este Teeteto no ha hablado sin sentido al establecer que la sensación y el conocimiento son lo mismo. Hay que acercarse, pues, más, como ordenaba el argumento en favor de Protágoras, y hay que examinar esta existencia en flujo, golpeándola para ver si suena sana o hueca; pues la batalla sobre ella no ha sido pequeña ni entre pocos. TEODORO: Le falta mucho para ser pequeña, sino que en Jonia se extiende muchísimo. Pues los seguidores de Heráclito promueven este argumento con mucha fuerza. SÓCRATES: Por eso, amigo Teodoro, hay que examinarlo más y desde el principio, tal como ellos mismos proponen.
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TEODORO: Sin duda alguna. Pues, Sócrates, sobre estos heracliteanos o, como tú dices, homéricos y aún más antiguos, no es más posible dialogar con los que están en Éfeso, los que pretenden ser expertos, que con los que están poseídos por el tábano. Pues se mueven exactamente según sus escritos, y el detenerse en un argumento y una pregunta, y responder y preguntar tranquilamente por turno, es algo que les resulta menos que nada; o mejor dicho, supera el nada el hecho de que no haya en estos hombres ni la más mínima tranquilidad. Sino que, si preguntas algo a alguien, como de un carcaj sacan pequeñas frases enigmáticas y las disparan, y si intentas pedir razón de lo que ha dicho, te golpea con otra cosa recién renombrada. Y no terminarás nunca nada con ninguno de ellos; ni siquiera ellos mismos entre sí, sino que cuidan muy bien de no dejar nada firme ni en el discurso ni en sus propias almas, creyendo, según me parece, que eso es estar estático; y contra esto luchan mucho, y en la medida en que pueden, lo expulsan de todas partes. SÓCRATES: Quizás, Teodoro, has visto a los hombres luchando, pero no has convivido con ellos en paz; pues no son tus compañeros. Pero supongo que cuentan tales cosas a sus discípulos en sus ratos libres, a quienes quieren hacer semejantes a ellos. TEODORO:¿ Qué discípulos, mi buen amigo? Pues no sucede que uno sea discípulo de otro de tales hombres, sino que surgen espontáneamente, cada uno de donde le toca, habiendo entrado en entusiasmo, y el uno no cree que el otro sepa nada. De estos, pues, lo que iba diciendo, no podrías obtener nunca una razón, ni queriendo ni sin querer; sino que hay que tomarlos a ellos mismos como un problema y examinarlos. SÓCRATES: Y hablas con moderación. Pero el problema que hemos recibido de los antiguos, que ocultaban a la mayoría mediante la poesía, que la generación de todas las demás cosas son corrientes, Océano y Tetis, y que nada está quieto, y de los posteriores, que por ser más sabios lo demuestran abiertamente, para que también sus zapateros aprendan su sabiduría al oírla y dejen de creer estúpidamente que unas cosas de los seres están quietas y otras se mueven, y habiendo aprendido que todo se mueve, los honren; pero casi me olvido, Teodoro, de que otros, a su vez, declararon lo contrario, como que lo inmóvil es el nombre del todo, Parménides, y todo lo demás que Meliso y Parménides, oponiéndose a todos estos, sostienen, que todo es uno y que está quieto en sí mismo, sin tener lugar en el que moverse.
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SÓCRATES:¿ Qué haremos, pues, compañero, con todos estos? Pues avanzando poco a poco, sin darnos cuenta, hemos caído en medio de ambos, y si no nos defendemos de alguna manera para escapar, pagaremos la pena como los que juegan en las palestras a través de una línea, cuando, atrapados por ambos, son arrastrados en direcciones opuestas. Me parece, pues, que primero debemos examinar a los otros, a los que nos lanzamos, los que fluyen, y si parece que dicen algo, nos arrastraremos con ellos, intentando escapar de los otros; pero si los que sostienen que el todo está estático parecen decir cosas más verdaderas, huiremos hacia ellos desde los que mueven lo inmóvil. Pero si ambos parecen no decir nada moderado, seremos ridículos al creer que nosotros decimos algo siendo insignificantes, habiendo desestimado a hombres antiquísimos y sapientísimos. Mira, pues, Teodoro, si vale la pena avanzar hacia tal peligro. TEODORO: No es nada tolerable, Sócrates, no examinar qué dicen cada uno de los hombres. SÓCRATES: Habrá que examinarlo, ya que tú estás tan dispuesto. Me parece, pues, que el principio de la investigación debe ser sobre el movimiento, qué es lo que quieren decir cuando afirman que todo se mueve. Quiero decir lo siguiente:¿ hablan de un solo tipo de él o, como me parece a mí, de dos? Pero que no me parezca solo a mí, sino participa tú también, para que suframos juntos si es necesario. Y dime:¿ llamas movimiento cuando algo cambia de lugar a lugar o también cuando gira en el mismo sitio? TEODORO: Yo sí. SÓCRATES: Que este, pues, sea un tipo. Pero cuando algo permanece en el mismo sitio, pero envejece, o se vuelve negro de blanco o duro de blando, o sufre alguna otra alteración,¿ no es digno de decir que es otro tipo de movimiento? TEODORO: A mí me parece necesario, ciertamente. SÓCRATES: Digo, pues, que estos dos son tipos de movimiento: la alteración y la traslación. TEODORO: Hablas correctamente. SÓCRATES: Habiendo distinguido esto así, dialoguemos ya con los que afirman que todo se mueve y preguntemos:¿ decís que todo se mueve de ambas maneras, siendo trasladado y alterado, o que una parte se mueve de ambas maneras y otra de una sola? TEODORO: Pues, por Zeus, yo no sabría decir; pero creo que dirían que de ambas maneras. SÓCRATES: Si no, compañero, les parecerá que las cosas se mueven y están quietas, y no tendrán más razón para decir que todo se mueve que para decir que todo está quieto. TEODORO: Dices muy cierto.
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SÓCRATES: Por tanto, puesto que las cosas deben moverse, y el no moverse no debe estar en ninguna, todo se mueve siempre con todo movimiento. TEODORO: Es necesario. SÓCRATES: Considera, pues, esto de ellos:¿ no decíamos que ellos afirman que la generación del calor o de la blancura o de cualquier otra cosa es de esta manera, que cada una de estas cosas es trasladada junto con la sensación entre el agente y el paciente, y que el paciente se vuelve sensible, pero ya no sensación, y el agente se vuelve de cierta cualidad, pero no cualidad? Quizás, pues, la cualidad parece un nombre extraño y no entiendes lo que se dice en conjunto; escúchalo, pues, por partes. Pues el agente no es ni calor ni blancura, sino que se vuelve caliente y blanco, y así las demás cosas; pues recuerdas, supongo, en lo anterior, que decíamos que nada es algo por sí mismo, ni tampoco el agente o el paciente, sino que de ambos, al unirse entre sí, nacen las sensaciones y los sensibles, de modo que unos se vuelven de cierta cualidad y otros, los que sienten. TEODORO: Lo recuerdo;¿ cómo no? SÓCRATES: Dejemos, pues, las otras cosas, digan lo que digan de una u otra manera; pero guardemos solo aquello por lo que lo decimos, preguntando:¿ se mueve y fluye, como decís, todo?¿ Es así? TEODORO: Sí. SÓCRATES:¿ No es cierto que ambos movimientos que distinguimos, siendo trasladados y alterados? TEODORO:¿ Cómo no? Si es que realmente se va a mover completamente. SÓCRATES: Si, pues, solo fuera trasladado, pero no alterado, podríamos decir qué clase de cosas fluyen las que son trasladadas;¿ o cómo decimos? TEODORO: Así es. SÓCRATES: Pero puesto que ni esto permanece, que lo blanco fluya, lo que fluye, sino que cambia, de modo que también de esto mismo hay flujo, de la blancura, y cambio hacia otro color, para no ser atrapado permaneciendo en esto,¿ es posible llamar a algún color de modo que se le nombre correctamente? TEODORO:¿ Y qué mecanismo hay, Sócrates?¿ O de cualquier otra cosa de este tipo, si siempre se escapa al hablar, ya que fluye? SÓCRATES:¿ Y qué diremos sobre la sensación de cualquier tipo, como la de ver o la de oír?¿ Permanece alguna vez en el mismo ver o oír? TEODORO: No debe, si es que todo se mueve. SÓCRATES: Entonces, no hay que llamar más a ver que a no ver, ni a ninguna otra sensación más que a no, moviéndose todo de todas maneras. TEODORO: Pues no, en efecto. SÓCRATES: Y, sin embargo, la sensación es conocimiento, como decíamos yo y Teeteto. TEODORO: Eso fue. SÓCRATES: Entonces, no respondimos que el conocimiento es más que no conocimiento al ser preguntados qué es el conocimiento.
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TEODORO: Parece. SÓCRATES: Nos resultaría hermoso el arreglo de la respuesta, al habernos esforzado en demostrar que todo se mueve, para que aquella respuesta parezca correcta. Pero, al parecer, resultó que, si todo se mueve, toda respuesta, sobre lo que sea que uno responda, es igualmente correcta, y decir que es así y que no es así, o si quieres, que se vuelve, para no detenerlos con el argumento. TEODORO: Dices correctamente. SÓCRATES: Salvo, Teodoro, que dije así y no así. Pero no hay que decir ni siquiera este así— pues ya no se movería el así— ni tampoco no así— pues tampoco esto es movimiento—, sino que hay que establecer otra voz para los que dicen este argumento, ya que ahora no tienen palabras para su propia hipótesis, a menos que sea el ni así, sino más bien así, lo que mejor les encajaría, dicho de forma infinita. TEODORO: Es, al menos, el lenguaje más propio para ellos. SÓCRATES: Entonces, Teodoro, nos hemos librado de tu compañero, y todavía no le concedemos que todo hombre sea medida de todas las cosas, a menos que sea alguien prudente; y no concederemos que el conocimiento sea sensación según el método de que todo se mueve, a menos que este Teeteto diga algo de otra manera. TEODORO: Has hablado excelentemente, Sócrates; pues terminadas estas cosas, también yo debía librarme de responderte según los acuerdos, una vez que el argumento sobre Protágoras tuviera su fin. TEETETO: No antes, Teodoro, de que Sócrates y tú tratéis a los que afirman que el todo está estático, tal como propusisteis hace poco. TEODORO: Siendo joven, Teeteto,¿ enseñas a los mayores a cometer injusticias rompiendo acuerdos? Pero prepárate para dar razón a Sócrates de lo que queda. TEETETO: Si él quiere. Me gustaría mucho escuchar sobre lo que digo. TEODORO: Desafías a Sócrates a un combate en el campo de los discursos; pregunta, pues, y escucharás. SÓCRATES: Pero me parece, Teodoro, que sobre lo que pide Teeteto no le voy a obedecer. TEODORO:¿ Por qué no vas a obedecer?
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SÓCRATES: A Meliso y a los demás, que dicen que el todo es uno y estático, me avergüenza no examinarlos de forma vulgar, pero me avergüenzo menos que de Parménides, que es uno solo. Parménides me parece, como dice Homero, venerable y a la vez terrible. Pues me encontré con el hombre siendo yo muy joven y él muy anciano, y me pareció que tenía una profundidad totalmente noble. Temo, pues, que no entendamos lo que dice, y que estemos mucho más lejos de lo que pensaba al decirlo, y lo más importante, aquello por lo que el argumento se ha puesto en marcha, sobre qué es el conocimiento, quede sin examinar por los argumentos que se entrometen, si alguien les hace caso; además, el que ahora levantamos es inmenso en cantidad, y si alguien lo examina de pasada, sufriría algo indigno, o si lo hace suficientemente, al alargarse, hará desaparecer el tema del conocimiento. Pero no debe ocurrir ninguna de las dos cosas, sino que debemos intentar, con el arte de la partería, liberar a Teeteto de lo que lleva dentro sobre el conocimiento. TEODORO: Pero hay que hacerlo así, si te parece. SÓCRATES: Considera, pues, todavía, Teeteto, esto sobre lo dicho. Pues respondiste que el conocimiento es sensación;¿ es así? TEETETO: Sí. SÓCRATES: Si, pues, alguien te preguntara así:¿ con qué ve el hombre lo blanco y lo negro, y con qué oye lo agudo y lo grave? Dirías, supongo, que con los ojos y con los oídos. TEETETO: Yo sí. SÓCRATES: El uso fácil de los nombres y verbos, y no examinado con precisión, en la mayoría de los casos no es innoble, sino que lo contrario es más bien servil, pero hay veces que es necesario, como ahora es necesario tomar la respuesta que das, en la que no es correcta. Pues considera:¿ qué respuesta es más correcta, que aquello con lo que vemos son los ojos, o a través de lo cual vemos, y aquello con lo que oímos son los oídos, o a través de lo cual oímos? TEETETO: A través de lo cual percibimos cada cosa, me parece a mí, Sócrates, más que con lo que. SÓCRATES: Pues es terrible, hijo, si muchas sensaciones están sentadas en nosotros como en caballos de madera, y no todas convergen en una sola idea, ya sea el alma o como deba llamarse, con la cual, a través de estos como instrumentos, percibimos todo lo que es sensible. TEETETO: Pero me parece así más que de la otra manera. SÓCRATES: Por esto mismo te lo examino con precisión, si con alguno de nosotros, con el mismo, alcanzamos a través de los ojos lo blanco y lo negro, y a través de los otros, otros distintos;¿ y serás capaz, al ser preguntado, de referir todas estas cosas al cuerpo? Pero quizás sea mejor que tú mismo lo digas respondiendo, en lugar de que yo me preocupe por ti. Y dime: lo caliente, lo duro, lo ligero y lo dulce, a través de lo cual percibes,¿ no estableces que cada una es del cuerpo?¿ O de alguna otra cosa? TEETETO: De ninguna otra.
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SÓCRATES:¿ Y estarás dispuesto a admitir que lo que percibes a través de una facultad, es imposible percibirlo a través de otra, como lo que es a través del oído, a través de la vista, o lo que es a través de la vista, a través del oído? TEETETO:¿ Cómo no voy a estar dispuesto? SÓCRATES: Si, pues, piensas algo sobre ambos, no podrías percibirlo a través del otro instrumento, ni tampoco a través del otro sobre ambos. TEETETO: Pues no, en efecto. SÓCRATES: Sobre la voz y sobre el color, primero,¿ piensas sobre ambos esto mismo, que ambos son? TEETETO: Yo sí. SÓCRATES:¿ Y que cada uno es distinto del otro, pero idéntico a sí mismo? TEETETO:¿ Cómo no? SÓCRATES:¿ Y que ambos son dos, y cada uno es uno? TEETETO: También esto. SÓCRATES:¿ Y no eres capaz de examinar si son diferentes o semejantes entre sí? TEETETO: Quizás. SÓCRATES:¿ A través de qué piensas sobre ellos todas estas cosas? Pues no es posible captar lo común sobre ellos ni a través del oído ni a través de la vista. Y además, esto es prueba de lo que decimos: pues si fuera posible examinar si ambos son salados o no, sabes que podrías decir con qué lo examinarás, y esto no parece ser ni vista ni oído, sino alguna otra cosa. TEETETO:¿ Cómo no, la facultad a través de la lengua? SÓCRATES: Hablas bien. Pero la facultad a través de la cual se manifiesta lo común en todos y en estos, con la cual nombras el es y el no es y lo que preguntábamos hace poco sobre ellos;¿ qué instrumentos asignarás a todos estos a través de los cuales percibe lo que siente en nosotros cada cosa? TEETETO: Hablas de la existencia y del no ser, y de la semejanza y la desemejanza, y de lo mismo y lo otro, y además de uno y del otro número sobre ellos. Y es evidente que preguntas también por lo par y lo impar, y todo lo demás que sigue a esto, a través de qué de las cosas del cuerpo percibimos con el alma. SÓCRATES: Sigues excelentemente, Teeteto, y esto es lo que pregunto, exactamente esto. TEETETO: Pero, por Zeus, Sócrates, yo no sabría decir, salvo que me parece que desde el principio no hay ningún instrumento propio para estas cosas como para aquellas, sino que el alma misma, a través de sí misma, me parece que examina lo común sobre todas las cosas. SÓCRATES: Pues eres hermoso, Teeteto, y no, como decía Teodoro, feo; pues quien habla bien es hermoso y bueno. Y además de hermoso, has hecho bien en librarme de un discurso muy largo, si te parece que unas cosas las examina el alma misma a través de sí misma, y otras a través de las facultades del cuerpo. Pues esto era lo que a mí mismo me parecía, pero quería que a ti también te pareciera.
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TEETETO: Pero ciertamente me parece. SÓCRATES:¿ De cuáles, pues, estableces la existencia? Pues esto es lo que más acompaña a todas las cosas. TEETETO: De aquellas a las que el alma misma se dirige por sí sola. SÓCRATES:¿ Y lo semejante y lo desemejante, y lo mismo y lo otro? TEETETO: Sí. SÓCRATES:¿ Y qué hay de lo bello y lo feo, y lo bueno y lo malo? TEETETO: También de estas me parece que examina sobre todo la existencia en relación unas con otras, calculando en sí misma lo sucedido y lo presente en relación con lo futuro. SÓCRATES: Espera, pues:¿ percibirá la dureza de lo duro a través del contacto, y la blandura de lo blando de la misma manera? TEETETO: Sí. SÓCRATES: Pero la existencia, y que son, y la contrariedad entre sí, y la existencia a su vez de la contrariedad, el alma misma, al volver sobre ellas y compararlas entre sí, intenta juzgarlas para nosotros. TEETETO: Ciertamente. SÓCRATES:¿ No es cierto que las cosas que están presentes desde que nacen, tanto para los hombres como para los animales, son las que se perciben por naturaleza, todas las afecciones que a través del cuerpo se extienden hasta el alma; pero los cálculos sobre ellas respecto a la existencia y al beneficio, llegan difícilmente y con el tiempo, a través de muchas cosas y de la educación, a aquellos a quienes llegan? TEETETO: Ciertamente. SÓCRATES:¿ Es posible, pues, alcanzar la verdad para quien no alcanza ni la existencia? TEETETO: Es imposible. SÓCRATES: Y quien no alcanza la verdad de algo,¿ será alguna vez conocedor de ello? TEETETO:¿ Y cómo podría, Sócrates? SÓCRATES: En las afecciones, pues, no hay conocimiento, sino en el razonamiento sobre ellas; pues ahí, al parecer, es posible alcanzar la existencia y la verdad, pero allí es imposible. TEETETO: Parece. SÓCRATES:¿ Llamas, pues, a aquello y a esto lo mismo, teniendo tantas diferencias? TEETETO: No sería justo, ciertamente. SÓCRATES:¿ Qué nombre le das, pues, a aquello: ver, oír, oler, enfriarse, calentarse? TEETETO: Percibir, yo;¿ pues qué otra cosa? SÓCRATES:¿ Llamas, pues, a todo ello sensación? TEETETO: Es necesario. SÓCRATES: Aquello a lo que, decimos, no le es posible alcanzar la verdad; pues tampoco la existencia. TEETETO: Pues no, en efecto. SÓCRATES:¿ Tampoco, pues, el conocimiento? TEETETO: Pues no. SÓCRATES: No podría ser, pues, nunca, Teeteto, que la sensación y el conocimiento sean lo mismo. TEETETO: No parece, Sócrates. Y sobre todo ahora ha quedado clarísimo que el conocimiento es algo distinto de la sensación.
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SÓC. Pero ciertamente no comenzamos a dialogar por este motivo, para descubrir qué es lo que no es el conocimiento, sino qué es. Sin embargo, hemos avanzado tanto que ya no buscamos el conocimiento en la sensación en absoluto, sino en aquel nombre que sea que tiene el alma cuando se ocupa por sí misma de los seres. TEET. Pero, Sócrates, eso se llama, según creo, opinar. SÓC. Opinas correctamente, amigo mío. Y mira ahora de nuevo desde el principio, habiendo borrado todo lo anterior, si ves algo más claramente, ya que has llegado hasta aquí. Y dime de nuevo qué es el conocimiento. TEET. Decir que es toda opinión, Sócrates, es imposible, puesto que también existe la opinión falsa; pero es probable que la opinión verdadera sea conocimiento, y que esto me sirva de respuesta. Pues si no resulta así al avanzar, como ahora, intentaremos decir otra cosa. SÓC. Así es, en efecto, Teeteto, como hay que hablar con más entusiasmo que como al principio, cuando dudabas en responder. Pues si actuamos así, ocurrirá una de dos cosas: o encontraremos lo que buscamos, o creeremos menos saber lo que en absoluto sabemos; y, sin embargo, tal recompensa no sería despreciable. Y ahora,¿ qué dices? Siendo dos las formas de opinión, la verdadera y la falsa,¿ defines la opinión verdadera como conocimiento? TEET. Yo sí; pues esto es lo que ahora me parece. SÓC.¿ Es entonces todavía digno de retomar el tema de la opinión? TEET.¿ A qué te refieres? SÓC. Me perturba de algún modo ahora y muchas otras veces, de modo que me encuentro en gran perplejidad conmigo mismo y con otro, al no poder decir qué es este padecimiento en nosotros y de qué manera se produce. TEET.¿ A qué te refieres? SÓC. A opinar algo falso. Observo, pues, incluso ahora, dudando todavía, si debemos dejarlo pasar o examinarlo de otra manera que hace poco. TEET.¿ Por qué no, Sócrates, si es que parece necesario de cualquier modo? Pues hace poco tú y Teodoro hablabais bien sobre el ocio, diciendo que en tales asuntos nada urge. SÓC. Has recordado bien; pues quizás no sea inoportuno seguir el rastro de nuevo. Pues es mejor, sin duda, recorrer poco bien que mucho insuficientemente. TEET.¿ Cómo no? SÓC.¿ Cómo, pues?¿ Qué decimos entonces?¿ Decimos que la opinión es siempre falsa, y que algunos de nosotros opinan falsamente, mientras que otros lo hacen de forma verdadera, como si fuera algo natural? TEET. Pues sí, lo decimos.
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SÓC.¿ No es cierto que esto es para nosotros respecto a todo y a cada cosa, o bien saber o bien no saber? Pues dejar de lado el aprender y el olvidar como si fueran algo intermedio, lo digo por el momento; pues ahora no nos sirve para el argumento. TEET. Pero, Sócrates, no queda nada más respecto a cada cosa que saber o no saber. SÓC.¿ No es entonces necesario que el que opina, opine sobre cosas que sabe o que no sabe? TEET. Es necesario. SÓC. Y, ciertamente, es imposible saber y no saber lo mismo, o no saber y saber. TEET.¿ Cómo no? SÓC.¿ Acaso el que opina falsamente cree que las cosas que sabe no son esas, sino otras distintas que también sabe, y conociendo ambas, ignora a su vez ambas? TEET. Pero eso es imposible, Sócrates. SÓC.¿ O acaso cree que las cosas que no sabe son otras distintas de las que no sabe, y esto es lo que le ocurre al que no conoce ni a Teeteto ni a Sócrates, al concebir en su pensamiento que Sócrates es Teeteto o Teeteto es Sócrates? TEET.¿ Y cómo podría ser? SÓC. Pero, ciertamente, nadie cree que las cosas que sabe son las que no sabe, ni a la inversa, que las que no sabe son las que sabe. TEET. Pues sería un prodigio. SÓC.¿ Cómo, entonces, podría opinar falsamente? Pues fuera de esto es imposible opinar, puesto que todo o lo sabemos o no lo sabemos, y en estos casos no parece posible opinar falsamente. TEET. Muy cierto. SÓC.¿ No debemos, pues, examinar lo que buscamos no yendo por el camino del saber y no saber, sino por el del ser y no ser? TEET.¿ Qué quieres decir? SÓC. Que quizás no sea sencillo decir que el que opina sobre cualquier cosa lo que no es, no opinará falsamente, sin importar cómo se encuentre su pensamiento. TEET. Es probable, Sócrates. SÓC.¿ Cómo, pues?¿ Qué diremos, Teeteto, si alguien nos interroga: es posible para cualquiera lo que se dice, y alguien de los hombres opinará lo que no es, ya sea sobre alguno de los seres o por sí mismo? Y nosotros, al parecer, diremos a esto: cuando cree cosas que no son verdaderas al opinar;¿ o cómo diremos? TEET. Así. SÓC.¿ Existe, pues, en algún otro lugar algo así? TEET.¿ Qué cosa? SÓC. Si alguien ve algo, pero no ve nada. TEET.¿ Y cómo? SÓC. Pero, ciertamente, si ve algo, ve algo que es.¿ O crees alguna vez que lo uno está entre lo que no es? TEET. Yo no. SÓC. El que ve algo, pues, ve algo que es. TEET. Parece.
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SÓC. Y el que oye algo, oye algo uno y oye algo que es. TEET. Sí. SÓC. Y el que toca algo, toca algo uno y que es, si es que es uno. TEET. También esto. SÓC. Y el que opina,¿ no opina algo uno? TEET. Es necesario. SÓC.¿ Y el que opina algo uno, no opina algo que es? TEET. Lo concedo. SÓC. El que opina lo que no es, pues, no opina nada. TEET. No lo parece. SÓC. Pero, ciertamente, el que no opina nada en absoluto, tampoco opina. TEET. Es evidente, al parecer. SÓC. No es posible, pues, opinar lo que no es, ni sobre los seres ni por sí mismo. TEET. No lo parece. SÓC. Otra cosa es, pues, opinar falsamente que opinar lo que no es. TEET. Parece otra cosa. SÓC. Ni de esta manera ni como examinábamos hace poco, existe la opinión falsa en nosotros. TEET. Pues no, ciertamente. SÓC.¿ Pero acaso llamamos así a esto cuando sucede? TEET.¿ Cómo? SÓC. Decimos que la opinión falsa es una cierta alodoxia, cuando alguien, habiendo intercambiado en su pensamiento algo de los seres por otra cosa de los seres, dice que es eso. Pues así opina siempre algo que es, pero una cosa en lugar de otra, y al errar sobre lo que buscaba, podría llamarse justamente que opina falsamente. TEET. Me parece que has hablado muy correctamente ahora. Pues cuando alguien opina lo feo en lugar de lo bello o lo bello en lugar de lo feo, entonces opina verdaderamente lo falso. SÓC. Eres evidente, Teeteto, que me desprecias y no me temes. TEET.¿ Por qué especialmente? SÓC. No creo que te parezca que me he apoderado de lo verdaderamente falso, al preguntar si es posible que lo rápido sea lento, o lo ligero pesado, o cualquier otro contrario, no según su propia naturaleza, sino según la del contrario, volviéndose contrario a sí mismo. Esto, pues, para que no te confíes en vano, lo dejo.¿ Te agrada, como dices, que opinar falsamente sea opinar otra cosa? TEET. A mí sí. SÓC. Existe, pues, según tu opinión, el poner en el pensamiento algo como otra cosa y no como aquello. TEET. Así es, en efecto. SÓC. Cuando, pues, el pensamiento de alguien hace esto,¿ no es necesario que piense o ambas cosas o una de las dos? TEET. Es necesario, en efecto; o a la vez o por partes. SÓC. Muy bien.¿ Y llamas al pensar lo mismo que yo? TEET.¿ Qué llamas?
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SÓC. Un discurso que el alma misma recorre consigo misma sobre lo que examina. Te lo expongo como alguien que no sabe. Pues esto es lo que me parece: que al pensar no hace otra cosa que dialogar, preguntándose y respondiéndose a sí misma, afirmando y negando. Y cuando, tras haber definido, ya sea más lentamente o más rápidamente, afirma lo mismo y no duda, establecemos que esta es su opinión. De modo que yo llamo al opinar decir, y a la opinión un discurso dicho, no sin embargo a otro ni con la voz, sino en silencio consigo mismo;¿ y tú? TEET. Yo también. SÓC. Cuando, pues, alguien opina que una cosa es otra, dice, al parecer, consigo mismo que la otra cosa es la otra. TEET.¿ Cómo no? SÓC. Recuerda, pues, si alguna vez te has dicho a ti mismo que, más que nada, lo bello es feo o lo injusto justo. O, lo que es el colmo de todo, considera si alguna vez has intentado convencerte a ti mismo de que, más que nada, lo otro es lo otro, o todo lo contrario, ni siquiera en sueños te has atrevido a decirte a ti mismo que, en absoluto, los impares son pares o cualquier otra cosa semejante. TEET. Dices la verdad. SÓC.¿ Y crees que algún otro, sano o loco, se atrevería seriamente a decirse a sí mismo, convenciéndose, que es necesario que el buey sea caballo o que dos sea uno? TEET. Por Zeus, yo no. SÓC. Por tanto, si decirse a sí mismo es opinar, nadie que diga y opine ambas cosas y toque ambas con el alma diría y opinaría que lo otro es lo otro. Y hay que dejarte también a ti el término sobre lo otro; pues lo digo así: que nadie opina que lo feo es bello o cualquier otra cosa de ese tipo. TEET. Pero, Sócrates, lo dejo y me parece como dices. SÓC. Es imposible, pues, que el que opina ambas cosas opine que lo otro es lo otro. TEET. Parece. SÓC. Pero, ciertamente, el que opina solo lo otro, y lo otro de ninguna manera, nunca opinará que lo otro es lo otro. TEET. Dices la verdad; pues se vería obligado a tocar también lo que no opina. SÓC. Ni al que opina ambas cosas ni al que opina una le es posible opinar otra cosa. De modo que si alguien define la opinión falsa como opinar otra cosa, no diría nada; pues ni de esta manera ni según las anteriores parece que la opinión falsa exista en nosotros. TEET. No lo parece. SÓC. Pero, sin embargo, Teeteto, si esto no resulta ser, nos veremos obligados a admitir muchas cosas absurdas. TEET.¿ Cuáles, pues?
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SÓC. No te lo diré hasta que intente examinarlo por todas partes. Pues me avergonzaría por nosotros, en nuestra perplejidad, vernos obligados a admitir lo que digo. Pero si lo encontramos y nos liberamos, entonces hablaremos sobre los demás como si estuviéramos fuera de lo ridículo; pero si estamos perplejos en todo, humillados por el argumento, creo que nos dejaremos pisotear y usar como queramos, como mareados. Por tanto, escucha cómo encuentro todavía un camino para nuestra investigación. TEET. Habla solamente. SÓC. No diré que admitimos correctamente cuando admitimos que es imposible que lo que alguien sabe, opine que es lo que no sabe y se equivoque; sino que de alguna manera es posible. TEET.¿ Te refieres a lo que yo también sospeché entonces, cuando decíamos que era así, que a veces, conociendo a Sócrates, pero viendo de lejos a otro al que no conozco, creí que era Sócrates a quien conozco? Pues sucede en tal caso lo que dices. SÓC.¿ No nos alejamos de ello porque hacía que lo que sabemos, lo supiéramos sin saberlo? TEET. Ciertamente. SÓC. No lo establezcamos así, sino de esta manera: quizás de alguna forma se nos conceda, y quizás se nos oponga. Pero estamos en tal situación que es necesario examinar todo argumento dándole la vuelta. Considera, pues, si digo algo.¿ Es posible que el que no sabe algo, lo aprenda después? TEET. Es posible, ciertamente. SÓC.¿ Y a su vez otra cosa y otra? TEET.¿ Cómo no? SÓC. Ponme, pues, por mor del argumento, que en nuestras almas hay un bloque de cera, en uno mayor, en otro menor, y en uno de cera más pura, en otro más sucia, y más dura, y en algunos más húmeda, y en otros que está en su punto. TEET. Lo pongo. SÓC. Digamos, pues, que es un regalo de la madre de las Musas, Mnemósine, y que, para lo que queramos recordar de lo que veamos, oigamos o pensemos nosotros mismos, exponiéndolo a las sensaciones y pensamientos, lo imprimimos, como si selláramos marcas de anillos; y lo que se imprime, lo recordamos y sabemos mientras la imagen esté en él; y lo que se borra o no es posible que se imprima, lo olvidamos y no lo sabemos. TEET. Que sea así. SÓC. El que, pues, sabe estas cosas, pero examina algo de lo que ve u oye, observa si de tal manera podría opinar falsamente. TEET.¿ De qué manera? SÓC. Creyendo que lo que sabe es a veces lo que sabe, y a veces lo que no. Pues esto no lo admitimos correctamente en lo anterior al admitir que era imposible. TEET.¿ Pero ahora cómo lo dices?
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SÓC. Hay que hablar de ello desde el principio, definiendo que lo que alguien sabe, teniendo su recuerdo en el alma, pero no lo percibe, es imposible que crea que es otra cosa de las que sabe, teniendo también el sello de aquella, pero no percibiéndola. Y lo que sabe, creer que es lo que no sabe ni tiene su sello; y lo que no sabe, lo que no sabe; y lo que no sabe, lo que sabe; y lo que percibe, creer que es otra cosa de las que percibe; y lo que percibe, de las que no percibe; y lo que no percibe, de las que no percibe; y lo que no percibe, de las que percibe. Y además, lo que sabe y percibe y tiene la marca según la sensación, creer que es otra cosa de las que sabe y percibe y tiene también la marca de aquella según la sensación, es aún más imposible que lo anterior, si es posible. Y lo que sabe y percibe teniendo el recuerdo correctamente, es imposible que crea que es lo que sabe; y lo que sabe y percibe teniendo lo mismo, lo que percibe; y lo que a su vez no sabe ni percibe, lo que no sabe ni percibe; y lo que no sabe ni percibe, lo que no sabe; y lo que no sabe ni percibe, lo que no percibe; todo esto supera en imposibilidad el opinar falsamente algo en ellos. Queda, pues, en tales casos, si es que en algún otro, que suceda tal cosa. TEET.¿ En cuáles, pues? Por si aprendo algo más de ellos; pues ahora no sigo. SÓC. En los que sabe, creer que son otras cosas de las que sabe y percibe; o de las que no sabe, pero percibe; o de las que sabe y percibe, de las que sabe a su vez y percibe. TEET. Ahora me he quedado mucho más atrás que antes. SÓC. Escucha, pues, al revés. Yo, conociendo a Teodoro y recordando en mí mismo cómo es, y a Teeteto de la misma manera, a veces los veo y a veces no, y a veces los toco y a veces no, y oigo o percibo alguna otra sensación, y a veces no tengo ninguna sensación sobre vosotros, pero os recuerdo no menos y os conozco en mí mismo. TEET. Ciertamente. SÓC. Aprende, pues, primero esto de lo que quiero aclarar, que hay cosas que sabe y no percibe, y hay cosas que percibe. TEET. Verdadero. SÓC.¿ No es cierto que también lo que no sabe, muchas veces no lo percibe, y muchas veces lo percibe solamente? TEET. También esto es así.
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SÓC. Mira, pues, si ahora sigues algo más. Si Sócrates conoce a Teodoro y a Teeteto, pero no ve a ninguno, ni tiene otra sensación sobre ellos, nunca opinaría en sí mismo que Teeteto es Teodoro.¿ Digo algo o nada? TEET. Sí, algo verdadero. SÓC. Esto, pues, era lo primero de lo que decía. TEET. Lo era. SÓC. En segundo lugar, pues, que conociendo a uno de vosotros, pero no al otro, y no percibiendo a ninguno, nunca creería que el que conozco es el que no conozco. TEET. Correctamente. SÓC. Y en tercer lugar, no conociendo ni percibiendo a ninguno, no creería que el que no conozco es otro de los que no conozco. Y considera que has oído de nuevo todos los demás anteriores, en los que nunca opinaré falsamente sobre ti y Teodoro, ni conociendo ni ignorando a ambos, ni conociendo a uno y no al otro; y sobre las sensaciones de la misma manera, si es que me sigues. TEET. Te sigo. SÓC. Queda, pues, opinar falsamente en esto: cuando, conociéndote a ti y a Teodoro, y teniendo en aquel bloque de cera las marcas de ambos como anillos, viéndoos a ambos desde lejos y no suficientemente, me apresuro a asignar la marca propia de cada uno a la visión propia, intentando ajustarla a su propia huella para que se produzca el reconocimiento, y luego, fallando en esto y, como los que se calzan al revés, intercambiándolas, aplico la visión de cada uno a la marca ajena, o como los efectos de la visión en los espejos, donde la derecha se desplaza a la izquierda, sufriendo lo mismo, me equivoco; entonces sucede la alodoxia y el opinar falsamente. TEET. Pues parece, Sócrates. Es maravilloso cómo describes el padecimiento de la opinión. SÓC. Todavía, pues, cuando conociendo a ambos, percibo a uno junto con el conocimiento, pero al otro no, y no tengo el conocimiento del otro según la sensación, lo que decía antes de esta manera y no me entendías entonces. TEET. Pues no, ciertamente. SÓC. Decía esto, que conociendo al otro y percibiéndolo, y teniendo el conocimiento según su sensación, nunca creerá que es otro al que conoce y percibe y tiene a su vez el conocimiento de aquel según la sensación.¿ Era esto? TEET. Sí.
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SÓC. Pero quedaba, supongo, lo que se dice ahora, en lo que decimos que la opinión falsa se produce cuando, conociendo a ambos y viendo a ambos o teniendo alguna otra sensación de ambos, no se tiene cada una de las dos marcas según su propia sensación, sino que, como un mal arquero que dispara y yerra el blanco, se equivoca, lo cual, pues, se ha llamado falso. TEET. Probablemente. SÓC. Y cuando, pues, a uno le acompaña la sensación de las marcas y al otro no, y ajusta la de la sensación ausente a la presente, en todo esto el pensamiento se equivoca. Y en una palabra, sobre lo que uno no sabe ni ha percibido nunca, no existe, al parecer, ni mentira ni opinión falsa, si es que decimos algo sano ahora; pero sobre lo que sabemos y percibimos, en estos mismos se gira y se enreda la opinión, volviéndose falsa y verdadera, verdadera cuando reúne los recuerdos y sellos propios de frente y en línea recta, y falsa cuando es hacia los lados y torcida. TEET.¿ No se dice bien, Sócrates? SÓC. Todavía, pues, al oír esto lo dirás más. Pues opinar lo verdadero es bello, y mentir es feo. TEET.¿ Cómo no? SÓC. Dicen, pues, que esto sucede de aquí. Cuando el bloque de cera de alguien en el alma es profundo y mucho y liso y moderadamente trabajado, lo que entra a través de las sensaciones, imprimiéndose en este corazón del alma, que Homero decía al insinuar la semejanza de la cera, entonces también las marcas que se producen en ellos son puras y, teniendo suficiente profundidad, se vuelven duraderas, y tales personas son primero fáciles de aprender, luego memoriosas, y luego no intercambian las marcas de las sensaciones, sino que opinan verdaderamente. Pues, siendo claras y estando en amplitud, las distribuyen rápidamente a sus propios moldes, que se llaman seres, y estos son llamados sabios.¿ O no te parece? TEET. Extraordinariamente, en efecto. SÓC. Cuando, pues, el corazón de alguien es velludo, lo que alabó el poeta sapientísimo, o cuando es sucio y de cera no pura, o muy húmedo o duro, los que lo tienen húmedo son fáciles de aprender, pero se vuelven olvidadizos, y los que lo tienen duro, lo contrario. Y los que tienen el corazón velludo y áspero, lleno de algo pedregoso o de tierra o de estiércol mezclado, tienen las marcas poco claras.
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SÓC. Poco claras también las de los que tienen cera dura; pues no hay profundidad. Poco claras también las de los que tienen cera húmeda; pues por mezclarse rápidamente se vuelven tenues. Y si, además de todo esto, están amontonadas unas sobre otras por falta de espacio, si el alma de alguien es pequeña, aún más poco claras que aquellas. Todos estos, pues, se vuelven tales que opinan falsamente. Pues cuando ven o oyen o piensan algo, no pudiendo asignar rápidamente cada cosa a cada una, son lentos y, al asignar lo ajeno, ven mal, oyen mal y piensan mal la mayoría de las cosas, y estos son llamados a su vez engañados sobre los seres e ignorantes. TEET. Dices lo más correcto de los hombres, Sócrates. SÓC.¿ Diremos, pues, que existen opiniones falsas en nosotros? TEET. Muy ciertamente. SÓC.¿ Y verdaderas también? TEET. Y verdaderas. SÓC.¿ Creemos ya que se ha admitido suficientemente que ambas opiniones existen más que nada? TEET. Extraordinariamente, en efecto. SÓC. Es terrible, Teeteto, cuán verdaderamente corre el riesgo de ser desagradable un hombre charlatán. TEET.¿ Por qué?¿ Por qué has dicho esto? SÓC. Por haberme disgustado de mi propia dificultad de aprendizaje y, verdaderamente, de mi charlatanería. Pues,¿ qué otro nombre podría poner uno cuando alguien arrastra los argumentos arriba y abajo por torpeza, no pudiendo ser convencido, y es difícil de separar de cada argumento? TEET.¿ Y tú qué te disgustas? SÓC. No solo me disgusto, sino que también temo qué responderé si alguien me pregunta: Sócrates,¿ has encontrado la opinión falsa, porque no está en las sensaciones entre sí ni en los pensamientos, sino en la conexión de la sensación con el pensamiento? Y diré, creo, engalanándome como si hubiéramos encontrado algo bello. TEET. Me parece, Sócrates, que no es feo lo que se ha demostrado ahora. SÓC.¿ No dice, pues, que a su vez al hombre que solo pensamos, pero no vemos, nunca creeríamos que es un caballo, al que a su vez ni vemos ni tocamos, sino que pensamos solo y no percibimos nada más sobre él? Creo que diré que hablo de esto. TEET. Y correctamente, en efecto. SÓC.¿ Qué, pues, dice, los once que uno solo piensa, no creería por este argumento que son doce, que a su vez solo piensa? Vamos, pues, responde tú. TEET. Pero responderé que, viendo o tocando, uno creería que once son doce, pero lo que tiene en el pensamiento, nunca opinaría sobre ello así.
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SÓC.¿ Qué, pues?¿ Crees que alguien alguna vez en sí mismo, cinco y siete, y digo no proponiéndose examinar siete y cinco hombres ni otra cosa semejante, sino cinco y siete mismos, que decimos que están allí como recuerdos en el bloque de cera y que no hay falsedad en ellos al opinar, si alguien de los hombres ha examinado alguna vez esto diciendo consigo mismo y preguntando cuántos son, y uno dijo creyendo que son once, otro doce, o todos dicen y creen que son doce? TEET. No, por Zeus, sino que muchos dicen once; y si alguien examina en un número mayor, más se equivoca. Creo que hablas sobre cualquier número más que nada. SÓC. Opinas correctamente; y considera si no sucede entonces otra cosa que creer que los doce mismos que están en el bloque de cera son once. TEET. Parece, en efecto. SÓC.¿ No vuelve, pues, a los primeros argumentos? Pues el que sufre esto, lo que sabe, cree que es otra cosa de las que a su vez sabe, lo que decíamos que es imposible, y con esto mismo obligábamos a que no exista la opinión falsa, para que el mismo no se viera obligado a saber y no saber a la vez las mismas cosas. TEET. Muy cierto. SÓC.¿ No hay, pues, que demostrar que opinar falsamente es cualquier otra cosa que el intercambio del pensamiento con la sensación? Pues si esto fuera así, nunca nos equivocaríamos en los pensamientos mismos. Pero ahora, o no existe la opinión falsa, o es posible no saber lo que uno sabe.¿ Y cuál de estas eliges? TEET. Propones una elección difícil, Sócrates. SÓC. Pero, sin embargo, el argumento corre el riesgo de no permitir ambas. Pero, sin embargo, pues hay que atreverse a todo,¿ qué si intentáramos ser desvergonzados? TEET.¿ Cómo? SÓC. Queriendo decir qué es el saber. TEET.¿ Y qué tiene esto de desvergonzado? SÓC. Parece que no te das cuenta de que todo nuestro argumento desde el principio ha sido una búsqueda del conocimiento como si no supiéramos qué es. TEET. Me doy cuenta, en efecto. SÓC.¿ Entonces no parece descarado, no sabiendo qué es el conocimiento, declarar qué es saber? Pero, Teeteto, hace tiempo que estamos llenos de no dialogar puramente. Pues mil veces hemos dicho conocemos y no conocemos, y sabemos y no sabemos, como si entendiéramos algo entre nosotros mientras todavía ignoramos el conocimiento; y si quieres, también ahora en el presente hemos usado a su vez el ignorar y entender, como si fuera apropiado usarlos si carecemos de conocimiento. TEET. Pero,¿ de qué manera dialogarás, Sócrates, absteniéndote de esto?
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SÓC. De ninguna, siendo quien soy, si fuera un antilógico; hombre que, si estuviera presente ahora, diría que hay que abstenerse de esto y nos reprocharía mucho lo que digo. Puesto que somos mediocres,¿ quieres que me atreva a decir qué es saber? Pues me parece que resultaría de alguna utilidad. TEET. Atrévete, pues, por Zeus. Y no absteniéndote de esto, tendrás mucho perdón. SÓC.¿ Has oído, pues, lo que dicen ahora que es saber? TEET. Quizás; pero no lo recuerdo en el presente. SÓC. Dicen que es, supongo, una posesión de conocimiento. TEET. Verdadero. SÓC. Nosotros, pues, cambiemos un poco y digamos posesión de conocimiento. TEET.¿ Qué dirás, pues, que diferencia esto de aquello? SÓC. Quizás nada; pero lo que me parece, tras oírlo, júzgalo conmigo. TEET. Si es que puedo. SÓC. No me parece, pues, lo mismo poseer que tener. Como si alguien comprara un vestido y, siendo dueño, no lo llevara puesto, no diríamos que lo tiene, pero sí que lo posee. TEET. Correctamente, en efecto. SÓC. Mira, pues, si es posible poseer conocimiento de esta manera y no tenerlo, sino como si alguien, habiendo cazado pájaros salvajes, palomas o cualquier otra cosa, los criara en casa habiendo preparado un palomar, pues de alguna manera diríamos que los tiene siempre, porque los posee.¿ No es así? TEET. Sí. SÓC. Pero de otra manera no tiene ninguno, sino que le ha sobrevenido una capacidad sobre ellos, puesto que los hizo manejables en su propio recinto, para tomar y tener cuando quiera, habiendo cazado el que quiera en cada momento, y soltarlo de nuevo, y que esto sea posible hacerlo cuantas veces le parezca. TEET. Es así. SÓC. De nuevo, pues, como en los anteriores construíamos en las almas no sé qué ficción de cera, hagamos ahora en cada alma un palomar de pájaros de todo tipo, unos en bandadas separados de los demás, otros en grupos pequeños, y algunos solos volando a través de todos por donde suceda. TEET. Que esté hecho, pues. Pero,¿ qué sigue? SÓC. Hay que decir que, siendo niños, este recipiente estaba vacío, y en lugar de los pájaros, pensar en conocimientos; y el conocimiento que uno, habiendo adquirido, encierra en el recinto, decir que ha aprendido o encontrado el asunto del cual era este conocimiento, y que esto es saber. TEET. Que sea así.
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SÓC. Considera, pues, de qué nombres necesita uno para cazar de nuevo la ciencia que desee, una vez capturada, retenerla y, a su vez, soltarla; si los mismos que cuando la adquirió por primera vez o si otros distintos. Aprenderás de esto más claramente lo que digo.¿ Llamas aritmética a una técnica? TEET. Sí. SÓC. Pues bien, considera esto como una caza de las ciencias de todo lo par y lo impar. TEET. Lo considero. SÓC. Con esta técnica, creo, el que la posee tiene bajo su control las ciencias de los números y se las transmite a otro, el que transmite. TEET. Sí. SÓC. Y llamamos enseñar al que transmite, aprender al que recibe, y saber, al que lo tiene por el hecho de poseerlo en aquel palomar. TEET. Ciertamente. SÓC. Pero presta atención a lo que sigue. Pues, siendo aritmético por completo,¿ acaso no sabe todos los números? Pues tiene en su alma las ciencias de todos los números. TEET.¿ Cómo no? SÓC.¿ Acaso tal persona contaría alguna vez algo, ya sea él mismo consigo mismo, ya sea alguna otra cosa externa que tenga número? TEET.¿ Cómo no iba a hacerlo? SÓC. Y no consideraremos que contar sea otra cosa que examinar qué número resulta ser algo. TEET. Así es. SÓC. Por tanto, al examinar lo que sabe, parece como si no lo supiera, a pesar de que hemos convenido que sabe todo número. Pues seguramente oyes tales controversias. TEET. Yo sí. SÓC. Entonces, nosotros, comparándolo con la posesión y caza de las palomas, diremos que la caza era doble: una, antes de poseer, con el fin de poseer; la otra, cuando ya se posee, con el fin de tomar y tener en las manos lo que se poseía desde hace tiempo. Así también, respecto a aquello de lo que uno tenía ciencias desde hace tiempo al haber aprendido y sabía esas cosas, es posible volver a aprender esas mismas cosas al recuperar la ciencia de cada una y retenerla, la cual poseía desde hace tiempo, pero no la tenía a mano en su pensamiento. TEET. Es verdad. SÓC. Esto es lo que preguntaba hace poco, cómo hay que usar los nombres para hablar de ello, cuando el aritmético va a contar o el gramático a leer algo:¿ es que, como si supiera, vuelve en tal caso a aprender de sí mismo lo que sabe? TEET. Pero es absurdo, Sócrates.
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SÓC.¿ O diremos que va a leer y a contar lo que no sabe, habiéndole concedido que sabe todas las letras y todos los números? TEET. Pero también esto es irracional. SÓC.¿ Quieres entonces que digamos que no nos importan los nombres, según cómo a uno le plazca usar' saber' y' aprender', puesto que hemos definido que una cosa es poseer la ciencia y otra tenerla, y decimos que es imposible no poseer lo que uno posee, de modo que nunca sucede que uno no sepa lo que sabe, aunque sí es posible tener una opinión falsa sobre ello? SÓC. Pues no es posible no tener la ciencia de esto, sino otra en lugar de aquella, cuando, al cazar alguna ciencia de entre las que vuelan, uno se equivoca y toma una por otra; entonces, por tanto, pensó que once eran doce, al tomar la ciencia de los once en lugar de la de los doce, como si en sí mismo tomara una paloma torcaz en lugar de una paloma. TEET. Eso tiene sentido. SÓC. Y cuando toma la que intenta tomar, entonces no se engaña y opina sobre las cosas como son, y así hay opinión verdadera y falsa, y nada de lo que nos molestaba antes se convierte en obstáculo. Quizás, pues, estarás de acuerdo conmigo;¿ o qué harás? TEET. Así es. SÓC. Pues ya nos hemos librado de que no sepan lo que saben; pues ya no sucede en ninguna parte que no poseamos lo que poseemos, ni al engañarse sobre algo ni al no hacerlo. Sin embargo, me parece que aparece otro problema más terrible. TEET.¿ Cuál? SÓC. Si el intercambio de las ciencias llegará a ser alguna vez una opinión falsa. TEET.¿ Cómo es eso? SÓC. Primero, que alguien que tiene la ciencia de algo ignore esto mismo, no por falta de conocimiento, sino por su propia ciencia; después, que opine que esto es otra cosa y lo otro esto,¿ cómo no es una gran falta de razón que, habiendo aparecido la ciencia, el alma no conozca nada e ignore todo? Pues, según este razonamiento, nada impide que, al aparecer la ignorancia, haga conocer algo y que la ceguera haga ver, si es que la ciencia también hará ignorar algo alguna vez. TEET. Quizás, Sócrates, no establecíamos bien las aves al establecer solo ciencias, sino que debíamos establecer también las ignorancias volando juntas en el alma, y que el que caza, al tomar a veces la ciencia y a veces la ignorancia sobre lo mismo, opina falsamente por la ignorancia y verdaderamente por la ciencia.
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SÓC. No es fácil, Teeteto, no alabarte; sin embargo, examina de nuevo lo que has dicho. Pues supongamos que es como dices; pero el que ha tomado la ignorancia, dices, opinará falsamente.¿ No es así? TEET. Sí. SÓC. Seguramente no pensará que opina falsamente. TEET.¿ Cómo iba a hacerlo? SÓC. Sino que pensará que opina verdaderamente, y se comportará como si supiera aquello sobre lo que se ha engañado. TEET.¿ Cómo no? SÓC. Por tanto, pensará que ha cazado y tiene ciencia y no ignorancia. TEET. Es evidente. SÓC. Entonces, tras haber dado un largo rodeo, estamos de nuevo en la primera dificultad. Pues aquel que refuta se reirá y dirá:'¿ Acaso, mis queridos amigos, alguien que conoce ambas cosas, ciencia e ignorancia, piensa que lo que sabe es otra cosa distinta de lo que sabe?¿ O, no conociendo ninguna de las dos, opina que lo que no sabe es otra cosa distinta de lo que no sabe?¿ O, conociendo una y la otra no, piensa que lo que sabe es lo que no sabe?¿ O que lo que no sabe es lo que sabe?¿ O volveréis a decirme que hay ciencias de las ciencias y de las ignorancias, que el que las posee las ha encerrado en otros palomares ridículos o moldes de cera, y mientras las posea las sabe, aunque no las tenga a mano en el alma?¿ Y así os veréis obligados a correr en círculos diez mil veces sin conseguir nada más?'.¿ Qué responderemos a esto, Teeteto? TEET. Pues, por Zeus, Sócrates, yo no sé qué hay que decir. SÓC.¿ Acaso, hijo mío, el razonamiento nos reprende justamente y nos indica que no buscamos correctamente la opinión falsa antes que la ciencia, dejando de lado esta última? Pues es imposible conocer qué es la ciencia antes de que uno la capte suficientemente. TEET. Es necesario, Sócrates, en el presente, pensar como dices. SÓC.¿ Qué dirá entonces uno de nuevo desde el principio sobre la ciencia? Pues no vamos a desistir todavía,¿ verdad? TEET. En absoluto, si tú no te rindes. SÓC. Di, pues,¿ qué podríamos decir sobre ella para contradecirnos lo menos posible? TEET. Lo que intentábamos, Sócrates, anteriormente; pues yo no tengo ninguna otra cosa. SÓC.¿ Cuál? TEET. Que la opinión verdadera es ciencia. Pues es infalible opinar lo verdadero, y todo lo que resulta de ello se vuelve bello y bueno.
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SÓC. El que guía a través del río, Teeteto, decía que lo mostraría; y si investigamos esto mientras avanzamos, tal vez el propio objeto buscado se manifieste al convertirse en obstáculo, pero permaneciendo quietos no es evidente nada. TEET. Dices bien; pero avancemos y examinemos. SÓC.¿ No es esto cuestión de un breve examen? Pues toda una técnica te indica que esto no es ciencia. TEET.¿ Cómo es eso?¿ Y cuál es esa? SÓC. La de los más grandes en cuanto a sabiduría, a quienes llaman oradores y abogados. Pues estos, con su propia técnica, persuaden no enseñando, sino haciendo opinar lo que ellos quieren.¿ O crees que hay maestros tan hábiles como para que, ante aquellos a quienes no estuvieron presentes cuando fueron despojados de dinero o de alguna otra cosa por la fuerza, puedan enseñar suficientemente en poco tiempo la verdad de lo sucedido? TEET. De ninguna manera creo, sino persuadir. SÓC.¿ Y no llamas persuadir a hacer opinar? TEET.¿ Cómo no? SÓC. Entonces, cuando los jueces son persuadidos justamente sobre cosas que solo es posible saber si uno las ha visto, y de otro modo no, al juzgar estas cosas de oídas, habiendo tomado una opinión verdadera,¿ juzgaron sin ciencia, habiendo sido persuadidos correctamente, si es que juzgaron bien? TEET. Ciertamente. SÓC. No podría, amigo mío, si opinión verdadera y tribunales y ciencia fueran lo mismo, un juez excelente opinar correctamente sin ciencia; pero ahora parece que cada una es una cosa distinta. TEET. Lo que yo, Sócrates, había oído decir a alguien y había olvidado, ahora lo recuerdo; decía que la opinión verdadera con razón es ciencia, y la que carece de razón está fuera de la ciencia; y que las cosas de las que no hay razón no son cognoscibles, llamándolas así, y las que la tienen, son cognoscibles. SÓC. Dices bien. Pero dime cómo distinguía estas cosas cognoscibles y no cognoscibles, por si acaso tú y yo hemos oído lo mismo. TEET. Pero no sé si lo encontraré; pero si otro lo dijera, como creo, podría seguirlo. SÓC. Escucha, pues, un sueño en lugar de otro sueño. Pues yo creía oír a algunos que las primeras cosas, como si fueran elementos, de los cuales estamos compuestos nosotros y las demás cosas, no tienen razón.
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SÓC. Pues cada una por sí misma solo podría ser nombrada, pero no es posible añadirle nada más, ni que es ni que no es; pues ya se le añadiría esencia o no esencia, y no hay que añadir nada, si es que uno va a decir eso mismo por sí solo. Pues ni siquiera' lo mismo', ni' aquello', ni' cada uno', ni' solo', ni' esto' debe añadirse, ni otras muchas cosas semejantes; pues estas, al correr, se añaden a todas, siendo distintas de aquellas a las que se añaden, pero debería, si fuera posible que se dijera y tuviera una razón propia, decirse sin todas las demás. Pero ahora es imposible que cualquiera de las primeras sea dicha por una razón; pues no es posible más que nombrarla— pues solo tiene nombre—, mientras que las cosas compuestas a partir de estas, tal como ellas están entrelazadas, así también sus nombres entrelazados han llegado a ser razón; pues la esencia de la razón es el entrelazamiento de los nombres. Así, pues, los elementos son irracionales e incognoscibles, pero perceptibles; mientras que las sílabas son cognoscibles y expresables y opinables mediante opinión verdadera. Por tanto, cuando alguien toma la opinión verdadera de algo sin razón, su alma opina verdaderamente sobre ello, pero no lo conoce; pues el que no es capaz de dar y recibir razón es ignorante sobre ello; pero al añadir la razón, es posible que todas estas cosas hayan llegado a ser y que esté perfectamente dispuesto hacia la ciencia.¿ Así has oído tú el sueño o de otra manera? TEET. De esa manera, ciertamente. SÓC.¿ Te agrada, pues, y estableces que la opinión verdadera con razón es ciencia? TEET. Ciertamente. SÓC.¿ Acaso, Teeteto, hemos captado hoy, en este día, lo que muchos de los sabios, buscando durante mucho tiempo, envejecieron antes de encontrar? TEET. A mí, al menos, me parece, Sócrates, que lo dicho ahora está bien dicho. SÓC. Y es natural que esto sea así; pues¿ qué otra ciencia podría haber sin razón y opinión recta? Sin embargo, una de las cosas dichas me desagrada. TEET.¿ Cuál? SÓC. Lo que parece decirse con mayor elegancia, que los elementos son incognoscibles, pero el género de las sílabas es cognoscible. TEET.¿ No es correcto? SÓC. Hay que saberlo; pues tenemos como rehenes de la razón los ejemplos que usó para decir todo esto. TEET.¿ Cuáles? SÓC. Los elementos de las letras y las sílabas.¿ O crees que el que dijo lo que decimos miraba a otra parte? TEET. No, sino a estas.
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SÓC. Examinémoslas, pues, retomándolas, o mejor dicho, examinémonos a nosotros mismos, si aprendimos las letras así o no. Vamos, primero:¿ acaso las sílabas tienen razón, pero los elementos son irracionales? TEET. Quizás. SÓC. Ciertamente, también a mí me lo parece. Pues si alguien preguntara a Sócrates la primera sílaba así:' Teeteto, dime qué es SO',¿ qué responderías? TEET. Que sigma y omega. SÓC.¿ No tienes, pues, esta razón de la sílaba? TEET. Yo sí. SÓC. Vamos, pues, di también la razón del sigma. TEET.¿ Y cómo dirá uno los elementos del elemento? Pues, en efecto, Sócrates, el sigma es de las mudas, solo un ruido, como si la lengua sisease; y el beta, a su vez, ni voz ni ruido, ni siquiera la mayoría de los elementos. De modo que está muy bien dicho que son irracionales, de los cuales los más claros, los siete, solo tienen voz, pero ninguna razón en absoluto. SÓC. Esto, pues, compañero, lo hemos resuelto correctamente sobre la ciencia. TEET. Parece. SÓC.¿ Y qué?¿ Hemos demostrado correctamente que el elemento no es cognoscible, pero la sílaba sí? TEET. Es probable. SÓC. Vamos, pues,¿ llamamos a la sílaba ambos elementos, y si son más de dos, todos, o una idea que ha llegado a ser al estar ellos compuestos? TEET. Me parece que todos ellos. SÓC. Mira, pues, en dos, sigma y omega. Ambos son la primera sílaba de mi nombre.¿ Acaso el que la conoce conoce ambos? TEET.¿ Cómo no? SÓC. Conoce, pues, el sigma y el omega. TEET. Sí. SÓC.¿ Y qué?¿ Acaso ignora cada uno y, sin conocer ninguno, conoce ambos? TEET. Pero eso es terrible y absurdo, Sócrates. SÓC. Pero, sin embargo, si es necesario conocer cada uno, si es que uno va a conocer ambos, es absolutamente necesario que el que va a conocer alguna vez una sílaba conozca antes los elementos, y así nuestro hermoso razonamiento se habrá escapado y se habrá ido. TEET. Y muy repentinamente, por cierto. SÓC. Pues no lo guardamos bien. Pues quizás debíamos establecer la sílaba no como los elementos, sino como una forma que ha llegado a ser una a partir de ellos, teniendo una idea única propia, distinta de los elementos. TEET. Ciertamente; y tal vez sería mejor así que de la otra manera. SÓC. Hay que examinarlo y no traicionar tan cobardemente un razonamiento grande y solemne. TEET. Pues no, ciertamente.
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SÓC. Que sea, pues, como decimos ahora: la sílaba es una idea que surge de cada uno de los elementos que se ensamblan, tanto en las letras como en todas las demás cosas. TEET. Ciertamente. SÓC. Entonces no debe tener partes. TEET.¿ Por qué? SÓC. Porque de lo que tiene partes, es necesario que el todo sea todas las partes.¿ O dices también que el todo es una forma distinta de todas las partes, surgida de las partes? TEET. Yo sí. SÓC.¿ Y llamas al' todo' y al' conjunto' lo mismo o algo distinto cada uno? TEET. No tengo nada claro, pero como me pides que responda con entusiasmo, me arriesgo a decir que es distinto. SÓC. El entusiasmo, Teeteto, es correcto; pero si también lo es la respuesta, hay que examinarlo. TEET. Es necesario, ciertamente. SÓC.¿ Entonces el todo diferiría del conjunto, según el razonamiento actual? TEET. Sí. SÓC.¿ Y qué?¿ Difieren en algo' todos' y' el conjunto'? Por ejemplo, cuando decimos uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, y si dos veces tres o tres veces dos o cuatro y dos o tres y dos y uno,¿ decimos lo mismo o algo distinto en todos estos casos? TEET. Lo mismo. SÓC.¿ Acaso algo distinto de seis? TEET. Nada. SÓC.¿ Entonces en cada expresión hemos dicho que todos son seis? TEET. Sí. SÓC.¿ Y no decimos nada al decir' el conjunto' al decir' todos'? TEET. Es necesario. SÓC.¿ Acaso algo distinto de los seis? TEET. Nada. SÓC.¿ Entonces llamamos' el conjunto' y' todos' a lo mismo en lo que es a partir de número? TEET. Parece. SÓC. Hablemos, pues, así sobre ellos. El número del pletro y el pletro son lo mismo;¿ no es así? TEET. Sí. SÓC. Y el del estadio, de la misma manera. TEET. Sí. SÓC. Y, ciertamente, el del ejército y el ejército,¿ y todas las cosas semejantes de igual modo? Pues todo el número es el ser todo, cada uno de ellos. TEET. Sí. SÓC.¿ Y el número de cada uno es acaso algo distinto de partes? TEET. Nada. SÓC.¿ Entonces todo lo que tiene partes, sería a partir de partes? TEET. Parece. SÓC. Y se ha convenido que todas las partes son el conjunto, si es que todo el número será el conjunto. TEET. Así es. SÓC. El todo, pues, no es a partir de partes. Pues el conjunto sería todas las partes siendo el todo. TEET. No lo parece. SÓC.¿ Y es parte de algo otro lo que es, o del todo? TEET. Del conjunto, ciertamente.
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SÓC. Varonilmente luchas, Teeteto. Pero el conjunto,¿ no es cuando no falta nada, eso mismo el conjunto? TEET. Es necesario. SÓC.¿ Y el todo no será esto mismo, del cual no falta nada en ninguna parte?¿ Y del cual falta algo, no es ni todo ni conjunto, al haber llegado a ser lo mismo a partir de lo mismo? TEET. Me parece ahora que no difiere en nada conjunto y todo. SÓC.¿ Entonces decíamos que de lo que hay partes, el todo y el conjunto serán todas las partes? TEET. Ciertamente. SÓC. De nuevo, pues, lo que intentaba hace poco,¿ no es necesario, si la sílaba no es los elementos, que no tenga los elementos como partes de sí misma, o que, siendo lo mismo que ellos, sea cognoscible igual que aquellos? TEET. Así es. SÓC.¿ Entonces, para que esto no suceda, la establecimos como algo distinto de ellos? TEET. Sí. SÓC.¿ Y qué? Si los elementos no son partes de la sílaba,¿ puedes decir otras cosas que sean partes de la sílaba, pero no elementos de ella? TEET. De ninguna manera. Pues si, Sócrates, admitiera algunas partes de ella, sería ridículo dejar los elementos e ir a otras. SÓC. Ciertamente, Teeteto, según el razonamiento actual, la sílaba sería una idea indivisible. TEET. Parece. SÓC.¿ Recuerdas, pues, amigo, que hace poco aceptábamos pensando que se decía bien que no habría razón de las primeras cosas de las cuales están compuestas las demás, porque cada una por sí misma sería incompuesta, y ni siquiera el' ser' sobre ella sería correcto decir al añadirlo, ni esto, como si se dijeran cosas distintas y ajenas, y esta causa la haría irracional e incognoscible? TEET. Lo recuerdo. SÓC.¿ Es, pues, otra causa que esta la de que sea de forma única e indivisible? Pues yo no veo otra. TEET. Pues no, ciertamente, no parece. SÓC.¿ Entonces la sílaba ha caído en la misma forma que aquella, si es que no tiene partes y es una idea única? TEET. Ciertamente. SÓC. Si, pues, la sílaba es muchos elementos y un todo, y estos son sus partes, las sílabas son cognoscibles y expresables igual que los elementos, puesto que todas las partes resultaron ser lo mismo que el todo. TEET. Y mucho. SÓC. Pero si es una e indivisible, la sílaba es igual que el elemento, irracional e incognoscible; pues la misma causa los hará tales. TEET. No puedo decir otra cosa. SÓC. Esto, pues, no lo aceptemos, quien diga que la sílaba es cognoscible y expresable, pero el elemento lo contrario. TEET. No, ciertamente, si es que obedecemos al razonamiento.
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SÓC.¿ Y qué, a su vez?¿ No aceptarías más bien lo contrario al que dice eso, a partir de lo que tú mismo sabes en el aprendizaje de las letras? TEET.¿ Cuál? SÓC. Que no te pasaste aprendiendo otra cosa que los elementos, intentando distinguirlos tanto en la vista como en el oído, cada uno por sí mismo, para que la posición no te confundiera al ser dichos y escritos. TEET. Dices lo más verdadero. SÓC.¿ Y en el aprendizaje del citarista, acaso era otra cosa que ser capaz de seguir cada sonido, de qué cuerda sería; lo cual todos estarían de acuerdo en llamar elementos de la música? TEET. Nada más. SÓC. De los elementos y sílabas de los que nosotros mismos somos expertos, si hay que conjeturar a partir de estos hacia los demás, diremos que el género de los elementos tiene un conocimiento mucho más claro y más importante que la sílaba para captar perfectamente cada aprendizaje, y si alguien dice que la sílaba es cognoscible, pero el elemento es incognoscible por naturaleza, pensaremos que juega, quiera o no. TEET. Ciertamente. SÓC. Pero, ciertamente, de esto podrían aparecer aún otras demostraciones, según me parece; pero no olvidemos, a causa de esto, ver qué es lo que se dice, que la opinión verdadera a la que se añade una razón ha llegado a ser la ciencia más completa. TEET. Entonces hay que verlo. SÓC. Vamos, pues,¿ qué quiere significar para nosotros la razón? Pues me parece que dice una de tres cosas. TEET.¿ De cuáles? SÓC. La primera sería hacer manifiesto el propio pensamiento a través de la voz con palabras y nombres, como si se imprimiera la opinión en el flujo a través de la boca, como en un espejo o en el agua.¿ O no te parece que tal cosa es razón? TEET. A mí sí. Al menos decimos que el que hace eso habla. SÓC.¿ Entonces esto es capaz de hacerlo todo el mundo, más rápido o más despacio, mostrar qué opina sobre cada cosa, el que no es mudo o sordo desde el principio; y así, todos los que opinan algo recto, parecerá que lo tienen con razón, y en ninguna parte habrá ya opinión recta sin ciencia. TEET. Es verdad.
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SÓC. No condenemos, pues, fácilmente al que ha declarado que la ciencia es lo que ahora examinamos, diciendo que no ha dicho nada. Pues quizás el que lo dice no decía esto, sino ser capaz de dar la respuesta al que pregunta qué es cada cosa a través de los elementos. TEET.¿ Cómo qué dices, Sócrates? SÓC. Como Hesíodo dice sobre el carro:' los cien maderos del carro'. Que yo no podría decir, pero creo que tú tampoco; sino que nos daríamos por satisfechos si, al ser preguntados qué es un carro, pudiéramos decir ruedas, eje, caja, bordes, yugo. TEET. Ciertamente. SÓC. Pero él quizás pensaría que nosotros, como si al ser preguntados por tu nombre y respondiéramos por sílabas, seríamos ridículos, opinando y diciendo correctamente lo que decimos, pero pensando que somos gramáticos y que tenemos y decimos gramaticalmente la razón del nombre de Teeteto; pero que no es decir nada con conocimiento, hasta que uno termine cada cosa a través de los elementos con la opinión verdadera, lo cual también se dijo en algún lugar anteriormente. TEET. Pues se dijo. SÓC. Así, pues, también sobre el carro, nosotros tenemos una opinión recta, pero el que es capaz de recorrer su esencia a través de esos cien, al haber añadido esto, ha añadido también una razón a la opinión verdadera y, en lugar de opinante, ha llegado a ser técnico y científico sobre la esencia del carro, al haber terminado el todo a través de los elementos. TEET.¿ Entonces te parece bien, Sócrates? SÓC. Si a ti, compañero, te parece, y aceptas que la exposición a través del elemento es razón sobre cada cosa, pero la que es por sílabas o por algo mayor aún es irracional, dime esto, para que lo examinemos. TEET. Pero acepto totalmente. SÓC.¿ Acaso pensando que es científico cualquiera de cualquier cosa, cuando lo mismo le parece a veces ser de lo mismo, y a veces de otro, o cuando opina que lo mismo es a veces una cosa y a veces otra? TEET. Por Zeus, yo no. SÓC. Entonces,¿ no recuerdas en el aprendizaje de las letras al principio, tú mismo y los demás haciendo eso? TEET.¿ Acaso dices que de la misma sílaba a veces consideran una letra y a veces otra, y ponen la misma a veces en la sílaba correspondiente y a veces en otra? SÓC. Eso digo. TEET. Por Zeus, entonces no lo recuerdo, ni considero todavía que sepan los que están así.
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SÓC.¿ Qué entonces? Cuando en tal momento alguien, al escribir Teeteto, piensa que debe escribir theta y epsilon y escribe, y a su vez, al intentar escribir Teodoro, piensa que debe escribir tau y epsilon y escribe,¿ diremos que sabe la primera sílaba de vuestros nombres? TEET. Pero hace poco convenimos que el que está así todavía no sabe. SÓC.¿ Impide, pues, algo que el mismo esté así también respecto a la segunda sílaba, y a la tercera y a la cuarta? TEET. Nada, ciertamente. SÓC.¿ Acaso entonces, al tener la exposición a través del elemento, escribirá Teeteto con opinión recta, cuando escribe en orden? TEET. Es evidente. SÓC.¿ Entonces, siendo todavía ignorante, pero opinando rectamente, como decimos? TEET. Sí. SÓC. Teniendo, al menos, razón con opinión recta. Pues escribía teniendo el camino a través del elemento, lo cual convenimos que es razón. TEET. Es verdad. SÓC. Existe, pues, compañero, opinión recta con razón, a la que todavía no hay que llamar ciencia. TEET. Es probable. SÓC. Hemos enriquecido, pues, como parece, un sueño al pensar que teníamos la razón más verdadera de la ciencia.¿ O no lo acusamos todavía? SÓC. Pues quizás alguien no definirá esto como ella, sino la forma restante de las tres, de las cuales dijimos que una de ellas la pondríamos como razón el que define la ciencia como opinión recta con razón. TEET. Recordaste correctamente; pues todavía queda una. Pues una era como una imagen del pensamiento en la voz, la otra, la recién dicha, el camino a través del elemento hacia el todo;¿ y la tercera, qué dices? SÓC. Lo que dirían muchos, tener alguna señal para decir en qué difiere lo preguntado de todas las cosas. TEET.¿ Como qué razón tienes para decirme de qué? SÓC. Como, si quieres, sobre el sol, creo que es suficiente para ti aceptar que es lo más brillante de lo que va por el cielo alrededor de la tierra. TEET. Ciertamente. SÓC. Toma, pues, por qué se ha dicho. Es lo que decíamos hace poco, que si captas la diferencia de cada cosa en la que difiere de las demás, captarás, como dicen algunos, la razón; pero mientras te aferres a algo común, la razón será sobre aquellas cosas de las que sea la comunidad. TEET. Entiendo; y me parece que tiene sentido llamar así a tal cosa. SÓC. Y el que, con opinión recta sobre cualquiera de las cosas que son, capte la diferencia de las demás, llegará a ser científico de aquello de lo que antes era opinante. TEET. Decimos, ciertamente, así. SÓC. Ahora, pues, Teeteto, yo, al menos, puesto que he llegado cerca de lo que se dice como de un boceto, no entiendo ni un poco; pero mientras estaba alejado, me parecía que se decía algo. TEET.¿ Cómo es eso?
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SÓC. Te lo diré, si soy capaz. Si tengo una opinión recta sobre ti y añado tu definición, entonces te conozco; si no, solo opino. TEET. Sí. SÓC. Y la definición era, en efecto, la interpretación de tu diferencia. TEET. Así es. SÓC. Cuando, pues, solo opinaba,¿ no estaba acaso tocando con el pensamiento nada de aquello en lo que te diferencias de los demás? TEET. No lo parece. SÓC. Entonces, pensaba en algo de lo común, que no posee más tú que cualquier otro. TEET. Es necesario. SÓC. Vamos, pues, por Zeus:¿ cómo es que en tal caso te opinaba a ti más que a cualquier otro? Supón que pienso que es Teeteto quien sea hombre y tenga nariz, ojos, boca y, así, cada uno de los miembros.¿ Acaso este pensamiento hará que piense más en Teeteto que en Teodoro, o que en el último de los llamados misios? TEET.¿ Cómo habría de hacerlo? SÓC. Pero si no pienso solo en el que tiene nariz y ojos, sino también en el que es chato y de ojos saltones,¿ acaso te opinaré más a ti que a mí mismo o a quienes son así? TEET. De ninguna manera. SÓC. Pero, creo, Teeteto no será opinado en mí antes de que esta chatura tuya haya grabado y depositado en mí un recuerdo distinto de las otras chaturas que he visto— y lo mismo con los demás rasgos que te constituyen—, el cual, incluso si te encuentro mañana, me hará recordar y me llevará a opinar rectamente sobre ti. TEET. Muy cierto. SÓC. Por tanto, la opinión recta sobre cada cosa versaría sobre la diferencia. TEET. Eso parece. SÓC.¿ Qué sería, entonces, añadir la definición a la opinión recta? Pues si dice añadir la opinión sobre en qué se diferencia de los demás, la orden resulta totalmente ridícula. TEET.¿ Cómo? SÓC. Nos ordena añadir una opinión recta sobre en qué se diferencia de los demás a aquello de lo que ya tenemos una opinión recta sobre en qué se diferencia de los demás. Y así, el giro de la vara, del mazo o de lo que sea que se diga, no diría nada ante esta orden, y más justamente se llamaría exhortación de un ciego; pues ordenar añadir lo que ya tenemos para aprender lo que opinamos parece propio de alguien que está totalmente a oscuras. TEET. Dime, pues,¿ qué es lo que preguntabas hace un momento como si lo supieras?
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SÓC. Si añadir la definición, hijo, ordena conocer la diferencia y no opinarla, sería una cosa encantadora la definición más hermosa sobre el conocimiento. Pues conocer es, supongo, adquirir conocimiento;¿ no es así? TEET. Sí. SÓC. Por tanto, al ser preguntado, al parecer, qué es el conocimiento, responderá que es opinión recta con conocimiento de la diferencia. Pues esto sería, según aquel, la adición de una definición. TEET. Lo parece. SÓC. Y es totalmente absurdo que, buscando nosotros qué es el conocimiento, digamos que es opinión recta con conocimiento, ya sea de la diferencia o de cualquier otra cosa. Por tanto, ni la sensación, Teeteto, ni la opinión verdadera, ni la definición que se añade a la opinión verdadera podrían ser conocimiento. TEET. No lo parece. SÓC.¿ Estamos, pues, todavía embarazados y con dolores de parto, amigo, respecto al conocimiento, o ya hemos dado a luz todo? TEET.¡ Por Zeus, sí! He dicho más cosas de las que tenía en mí gracias a ti. SÓC.¿ Acaso nuestra técnica obstétrica no dice que todo esto ha resultado ser viento y no digno de crianza? TEET. Totalmente. SÓC. Si, por tanto, después de esto intentas quedar encinta de otras cosas, Teeteto, y si lo logras, estarás lleno de cosas mejores gracias a este examen, y si permaneces vacío, serás menos pesado para quienes te rodean y más amable, al no creer con sensatez saber lo que no sabes. Pues solo hasta ahí llega mi arte, y nada más, ni sé nada de lo que saben otros, cuantos hombres grandes y admirables son y han sido; pero esta obstetricia la recibimos de un dios, mi madre la de las mujeres, y yo la de los jóvenes, los nobles y todos los que son bellos. Ahora, pues, debo acudir al Pórtico del Rey por la acusación de Meleto que se ha presentado contra mí; pero al amanecer, Teodoro, volvamos a encontrarnos aquí.

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