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He decidido dedicarte, mi queridísimo Emperador, los libros de la Historia Natural, una obra nueva escrita para tus Quirites, que han nacido bajo mi reciente y más libre pluma; que este sea, pues, tu prefacio, el más veraz, mientras madura en el padre de la patria. Pues tú solías considerar mis bagatelas como algo de valor, para suavizar de paso a mi paisano Catulo( reconoces también este término castrense): él, como sabes, al cambiar las sílabas iniciales, se hizo más duro de lo que quería que pensaran sus Veraniolos y Fabullos. Al mismo tiempo, para que con esta audacia mía se logre lo que hace poco te quejaste en otra carta descarada nuestra que no se hacía, a saber, que se publique en ciertos actos y que todos sepan cuán equitativamente vive el imperio contigo. Tú, triunfal y censor, seis veces cónsul y partícipe de la potestad tribunicia y, lo que hiciste más noble que esto, mientras otorgas ese honor al padre y al orden ecuestre por igual, prefecto del pretorio, y todo esto eres para la república: para nosotros, ciertamente, sigues siendo el mismo que en el contubernio castrense, y la amplitud de la fortuna no ha cambiado nada en ti, salvo que ahora puedes y quieres ser igual de útil. Por tanto, aunque para los demás, en su veneración hacia ti, todo lo demás está abierto, a nosotros solo nos queda la audacia para honrarte más familiarmente: esto, pues, te lo atribuirás a ti mismo y en nuestra culpa nos perdonarás. Me he frotado la cara, pero no he logrado nada, ya que te presentas de otra manera, inmenso, y me alejas aún más con los haces de tu ingenio.¡ En nadie se ha dicho nunca con más verdad que brilla la fuerza de la elocuencia, la potestad tribunicia de la facundia!¡ Con qué boca pregonas las alabanzas de tu padre!¡ Cuánto amas a tu hermano!¡ Qué grande eres en la poesía!¡ Oh, gran fecundidad de espíritu!¡ Cómo ideaste imitar también a tu hermano!
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Pero,¿ quién podría evaluar esto sin temor, estando a punto de someterse al juicio de tu ingenio, especialmente cuando ha sido provocado? Pues no es igual la condición de quienes publican para el público que la de quienes te dedican la obra nominalmente. Entonces podría decir:'¿ Por qué lees esto, Emperador? Está escrito para el vulgo humilde, para la multitud de agricultores, de artesanos, en fin, para los ociosos de los estudios.¿ Por qué te haces juez? Cuando concertaba este trabajo, no estabas en esta lista. Te sabía demasiado grande como para pensar que descenderías hasta aquí'. Además, existe un cierto rechazo público incluso de los eruditos. M. Tulio, situado fuera de toda apuesta de ingenio, lo utiliza y, lo que es de admirar, se defiende mediante un abogado: y no ante los más doctos. No quiero que Manio Persio lea esto, quiero a Junio Congio. Pero si Lucilio, quien primero estableció el olfato del estilo, pensó que debía decir esto, y Cicerón que debía tomarlo prestado, especialmente cuando escribía sobre la república,¿ con cuánta más razón nos defendemos nosotros ante cualquier juez? Pero yo me he quitado estos patrocinios con la dedicatoria, ya que importa mucho si uno sortea a un juez o lo elige, y hay mucha diferencia en el aparato entre un huésped invitado y uno ofrecido. Cuando ante Catón, aquel enemigo del soborno y que se alegraba de las derrotas electorales como si fueran honores no comprados, los candidatos depositaban dinero en comicios ardientes, profesaban hacer esto, lo cual entonces era lo máximo que se podía hacer por la inocencia en los asuntos humanos. De ahí aquel noble suspiro de M. Cicerón:¡ Oh, feliz tú, M. Porcio, a quien nadie se atreve a pedir una cosa deshonesta! Cuando L. Escipión Asiático apelaba a los tribunos, entre los cuales estaba Graco, atestiguaba que podía ser aprobado incluso ante un juez enemigo. Hasta tal punto cada uno hace de cualquiera el juez supremo de su causa cuando lo elige. De ahí que se llame provocación. Sé que tú, situado en la cima más alta del género humano, dotado de la máxima elocuencia y de la máxima erudición, eres abordado religiosamente incluso por quienes te saludan, y por eso se cuidan de que lo que se te dice sea digno. Pero los rústicos y muchas naciones ofrecen a los dioses leche y harina salada cuando no tienen incienso, y para nadie fue un vicio honrar a los dioses de la manera que pudiera.
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A mi temeridad se añadió también esto, que te dediqué estos libritos de trabajo más ligero. Pues ni son capaces de ingenio, que por lo demás era muy mediocre en nosotros, ni admiten excesos, discursos o conversaciones, o sucesos maravillosos o eventos variados, materia estéril y poco agradable de decir o de leer para los lectores: se narra la naturaleza de las cosas, es decir, la vida, y esto en su parte más sórdida y con la mayoría de las cosas que deben ponerse con un prefacio de honor, ya sea con términos rústicos o extranjeros, o incluso bárbaros. Además, el camino no es una vía trillada por autores ni por la que el espíritu desee viajar. Nadie entre nosotros que lo haya intentado, nadie entre los griegos que haya tratado todas estas cosas por sí solo. La mayor parte de los estudios busca amenidades; las cosas que, en cambio, son tratadas por otros y se dicen de inmensa sutileza, están oprimidas por las oscuras tinieblas de las cosas. Ante todo, hay que tocar lo que los griegos llaman enciclopedia, y sin embargo, se ha hecho desconocida o incierta para los ingenios; otras cosas, en cambio, han sido expuestas por tantos que han llegado a causar hastío. Es una tarea ardua dar novedad a lo antiguo, autoridad a lo nuevo, brillo a lo obsoleto, luz a lo oscuro, gracia a lo despreciado, fe a lo dudoso, pero a todas, la naturaleza y todo lo propio de la naturaleza. Por tanto, incluso para quienes no lo han logrado, haber querido es algo sumamente hermoso y magnífico.
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Por mi parte, opino que la causa de quienes, vencidas las dificultades, han preferido la utilidad de ayudar a la gracia de agradar, es peculiar en los estudios, y esto mismo ya lo he hecho en otras obras y confieso que admiro a T. Livio, autor celebérrimo, en cierto volumen de sus historias, que comienza desde el origen de la ciudad, diciendo: que ya se había buscado suficiente gloria para sí mismo y que podría haber descansado, si su espíritu inquieto no se alimentara con el trabajo. Pues, ciertamente, le correspondía haber compuesto aquellas cosas para la gloria del pueblo vencedor de naciones y del nombre romano, no para la suya. Habría sido un mérito mayor haber perseverado por amor a la obra, no por causa del espíritu, y haber prestado esto al pueblo romano, no a sí mismo. De la atención a veinte mil cosas dignas— ya que, como dice Domicio Pisón, los libros deben ser tesoros, no libros—, mediante la lectura de unos dos mil volúmenes, de los cuales pocos tocan los estudiosos debido a lo secreto de la materia, hemos incluido en treinta y seis volúmenes de autores exquisitos, añadiendo muchísimas cosas que o bien los anteriores habían ignorado o bien la vida había descubierto después. Y no dudamos que hay muchas cosas que también nos han pasado por alto. Pues somos hombres y estamos ocupados con deberes y cuidamos de estas cosas en los tiempos libres, es decir, en los nocturnos, para que nadie de ustedes piense que se ha estado ocioso en estas horas. Les dedicamos el día, calculamos la salud con el sueño, contentos solo con este premio, que, mientras hacemos esto, como dice M. Varrón, musitamos, vivimos más horas. Pues, ciertamente, la vida es vigilia. Por estas razones y dificultades, no atreviéndome a prometer nada, esto mismo lo prestas tú, porque escribimos para ti. Esta es la confianza de la obra, esta es la indicatura. Muchas cosas parecen muy valiosas porque están dedicadas a los templos.
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A todos ustedes, ciertamente, al padre, a ti y al hermano, los hemos mencionado en la obra justa, la historia de nuestros tiempos comenzada desde el final de Aufidio. Preguntarás dónde está. Hace tiempo que está terminada y sancionada, y por lo demás se había decidido encomendarla al heredero, para que no se juzgara que la vida había cedido algo a la ambición. Por lo tanto, favorezco a quienes ocupan el lugar, pero yo, ciertamente, a los posterios, de quienes sé que competirán con nosotros, tal como nosotros mismos hicimos con los anteriores. Tendrás una prueba de este mi malestar el hecho de que en estos volúmenes he antepuesto los nombres de los autores. Pues es generoso, a mi juicio, y lleno de ingenuo pudor confesar a través de quiénes has progresado, no como hicieron la mayoría de los que he tocado. Pues sabe que, al comparar a los autores, he descubierto que los antiguos fueron transcritos palabra por palabra por los más jurados de los cercanos y no fueron nombrados, no con aquella virtud virgiliana, para competir, no con la sencillez tuliana, quien se profesa compañero de Platón sobre la república, en la consolación de la hija dice: sigo a Crantor, asimismo a Panecio sobre los deberes, cuyos volúmenes sabes que deben ser aprendidos de memoria, no solo tenidos en las manos diariamente. Es, ciertamente, de un espíritu servil y de un ingenio infeliz preferir ser descubierto en un robo que devolver el préstamo, especialmente cuando la suerte se hace de la usura.
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La felicidad de las inscripciones entre los griegos es admirable: inscribieron' panal', lo que querían que se entendiera como panal, otros' cuerno de Amaltea', lo que significa cuerno de la abundancia, de modo que podrías esperar incluso un trago de leche de gallina en el volumen; ya' violetas',' musas',' pan- lecturas',' manuales',' prado',' tabla',' esbozos': inscripciones por las cuales se podría abandonar una fianza; pero cuando entras, dioses y diosas,¡ qué nada encontrarás en medio! Los nuestros, más graves,' de Antigüedades',' de Ejemplos y Artes', los más ingeniosos' de Lucubraciones', creo porque Bibáculo era y se llamaba un poco menos, afirma Varrón en sus sátiras' Sesculixe' y' Flextabula'. Entre los griegos, Diodoro dejó de bromear e inscribió su historia' de biblioteca'. Apión, el gramático— este a quien Tiberio César llamaba el címbalo del mundo, cuando podría parecer más bien el tambor de su propia fama—, escribió a aquellos para quienes componía algo que él les otorgaba la inmortalidad. No me arrepiento de no haber ideado ningún título más festivo y, para no parecer que ataco a los griegos por completo, de ellos quisiera que se entendiera pronto, de los fundadores de la pintura y la escultura, que encontrarás en estos libritos, que inscribieron sus obras terminadas y también aquellas que no nos saciamos de admirar, con un título pendiente, como' Apeles hacía' o' Policleto', como si el arte estuviera siempre comenzado e imperfecto, para que, frente a la variedad de los juicios, quedara al artista un regreso a la indulgencia, como si fuera a enmendar lo que se echara de menos, si no hubiera sido interceptado. Por lo cual, es lleno de modestia aquello de que inscribieron todas las obras como si fueran las más recientes y como si hubieran sido arrebatadas por el destino una a una. No más de tres, en mi opinión, se transmiten inscritas absolutamente como' Él lo hizo', las cuales devolveré en sus lugares. Por lo que apareció que al autor le agradaba la máxima seguridad del arte, y por eso todas ellas fueron objeto de gran envidia.
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Confieso claramente que se pueden añadir muchas cosas a las mías, y no solo a estas, sino a todas las que he publicado, para evitar de paso a esos' homero- mastigas'( así diría más verdaderamente), ya que oigo que tanto los estoicos como los dialécticos y epicúreos— pues de los gramáticos siempre lo esperé— están de parto contra los libritos que publiqué sobre gramática, y que desde hace diez años tienen abortos, cuando los elefantes paren incluso más rápido. Como si yo no supiera que contra Teofrasto, un hombre tan elocuente que de ahí obtuvo un nombre divino, escribió incluso una mujer, y de ahí nació el proverbio de elegir un árbol para ahorcarse. No puedo contenerme de poner las palabras mismas del censor Catón pertinentes a esto, para que aparezca que incluso para Catón, que comentaba sobre la disciplina militar, quien había aprendido a militar bajo Africano, es más, incluso bajo Aníbal, y que ni siquiera podría haber soportado a Africano, quien como general había traído un triunfo, estaban preparados esos que acechan la fama para sí mismos mediante la difamación de la ciencia ajena:'¿ Qué pues?', dice en ese volumen,' sé yo que, si lo que está escrito se presenta abiertamente, habrá muchos que critiquen, pero sobre todo aquellos que carecen de verdadera alabanza'. He dejado pasar sus discursos. Tampoco Planco sin ingenio, cuando se decía que Asinio Polión preparaba discursos contra él, que serían publicados por él mismo o por sus libertos después de la muerte de Planco, para que no pudiera responder:' con los muertos no luchan más que las máscaras'. Con lo cual, rechazó aquellos de tal manera que entre los eruditos nada se juzga más impudente. Por tanto, seguros incluso contra los críticos— a quienes Catón compuso elegantemente de vicios y litigantes—,¿ qué otra cosa hacen ellos sino litigar o buscar litigio?, ejecutaremos el resto de lo propuesto. Porque había que ahorrar tus ocupaciones por el bien público, he añadido a esta carta lo que contenía cada libro y me he esforzado con el mayor cuidado para que no tuvieras que leerlos. Tú, mediante esto, también evitarás a otros que los lean por completo, sino que, como cada uno desee algo, solo busque eso y sepa en qué lugar encontrarlo. Esto lo hizo antes que yo en nuestras letras Valerio Sorano en los libros que inscribió' de epóptidas'.