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De capienda ex inimicis utilitate
Plutarch (plutarch)Util 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Veo, Cornelio Pulcro, que has elegido el modo de vida más apacible, en el cual, siendo sumamente útil a los asuntos públicos, te muestras de lo más inofensivo en privado para quienes te tratan. Pero dado que, si bien es posible encontrar una tierra sin fieras, como cuentan de Creta, nunca ha existido hasta ahora una constitución que no haya engendrado envidia, celos o rivalidad— pasiones muy fértiles en enemistades—, y que, si no por otra cosa, las amistades nos entrelazan mediante las enemistades; esto, que comprendió el sabio Quilón al preguntar a quien decía no tener ningún enemigo si acaso tampoco tenía ningún amigo, me parece que es algo que el hombre político debe considerar respecto a los enemigos, y que debe haber escuchado a Jenofonte, quien dijo no de pasada que es propio del hombre sensato obtener provecho incluso de los enemigos. Por tanto, lo que se me ocurrió decirte hace poco sobre esto, lo he reunido casi con las mismas palabras y te lo he enviado, habiendo ahorrado tanto como pude lo que ya estaba escrito en los Consejos Políticos, pues veo que también tienes ese libro a mano con frecuencia.
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A los antiguos les bastaba con no ser perjudicados por los animales extranjeros y salvajes, y ese era para ellos el fin de sus luchas contra las fieras; pero los posteriores, habiendo aprendido ya a servirse de ellas, se benefician alimentándose de sus carnes, vistiéndose con sus pieles, curándose con sus bilis y cuajos, y armándose con sus cueros, de modo que es digno de temer que, si las fieras faltaran, la vida del hombre se volviera salvaje, desamparada y feroz. Puesto que, por tanto, para los demás es suficiente no sufrir daño de los enemigos, pero Jenofonte dice que los sensatos también obtienen provecho de sus adversarios, no hay que desconfiar, sino buscar el método y el arte mediante el cual se logre este bien para aquellos a quienes les es imposible vivir sin un enemigo. El agricultor no puede domesticar todo árbol, ni el cazador toda fiera; por eso buscaron, según otras necesidades, obtener provecho, uno de los árboles estériles y el otro de los animales salvajes. El agua del mar es imbebible y nociva, pero cría peces y es un vehículo transitable y navegable para quienes son transportados; y cuando el fuego del sátiro fue visto por primera vez, queriendo besarlo y abrazarlo, Prometeo dijo:« Cabra, llorarás tu barba, pues quema al que lo toca», pero proporciona luz y calor y es instrumento de todo arte para quienes han aprendido a usarlo. Considera, pues, también al enemigo: si, siendo dañino en lo demás y difícil de manejar, de algún modo ofrece un asidero y un uso propio, y es provechoso. Y muchas cosas son inamistosas, odiosas y contrarias a quienes las encuentran, pero ves que algunos se han servido incluso de enfermedades del cuerpo para alcanzar la tranquilidad, y que los trabajos, al sobrevenir a muchos, los fortalecieron y ejercitaron. Algunos incluso hicieron de la privación de la patria y la pérdida de bienes un viático para el ocio y la filosofía, como Diógenes y Crates; y Zenón, al enterarse de que su navío se había hundido, dijo:« Bien haces, oh Fortuna, al empujarnos hacia el manto de filósofo». Pues así como los estómagos más robustos y los animales más saludables digieren serpientes y escorpiones al comerlos, y algunos se alimentan incluso de piedras y conchas, transformándolos gracias a la fortaleza y el calor de su espíritu, mientras que los delicados y enfermizos sienten náuseas al ingerir pan y vino, así los insensatos destruyen incluso las amistades, mientras que los prudentes pueden servirse armoniosamente incluso de las enemistades.
3
En primer lugar, pues, me parece que lo más dañino de la enemistad podría llegar a ser lo más provechoso para quienes prestan atención.¿ Y qué es esto? El enemigo acecha tus asuntos, siempre vigilante, y buscando un asidero recorre tu vida por todas partes, no mirando solo a través de un roble como Linceo, ni a través de piedras y conchas, sino también a través de amigos, sirvientes y cualquier conocido, rastreando tanto como es posible lo que se hace, y escudriñando y examinando lo que se planea. Pues los amigos, incluso cuando enfermamos y morimos, a menudo pasan por alto nuestra negligencia y descuido, mientras que de los enemigos escudriñamos casi hasta los sueños; y las enfermedades, los préstamos y las disputas con las mujeres pasan desapercibidas para ellos mismos más que para el enemigo. Y sobre todo se aferra a los errores y los rastrea. Y así como los buitres se dirigen hacia los olores de los cuerpos corrompidos, pero no tienen percepción de los limpios y saludables, así lo enfermizo, lo vil y lo que ha sufrido en la vida mueve al enemigo, y hacia esto se lanzan los que odian, y esto tocan y desgarran.¿ Es esto, pues, provechoso? Ciertamente, vivir con cautela, prestar atención a uno mismo y no hacer ni decir nada con negligencia e irreflexión, sino mantener siempre la vida irreprochable, como en una dieta estricta; pues la cautela que así restringe las pasiones y mantiene el razonamiento produce ejercicio y determinación de vivir decente e irreprochablemente. Pues así como las ciudades que se ven moderadas por guerras vecinales y expediciones constantes han amado la buena administración y una constitución saludable, así los que, a través de ciertas enemistades, se ven obligados a estar sobrios en su vida, a evitar la pereza y el desprecio, y a hacer cada cosa con utilidad, se ven llevados inadvertidamente a la ausencia de error por la costumbre y a adornar su carácter, si es que la razón ayuda un poco. Pues el«¡ Ojalá se alegrara Príamo y los hijos de Príamo!», que siempre tienen a mano, los hace volver en sí, los perturba y los aparta de aquellas cosas por las que los enemigos se alegran y se burlan. Y ciertamente vemos a los artistas de Dioniso relajados, sin entusiasmo y a menudo compitiendo sin precisión cuando están solos; pero cuando hay rivalidad y competencia contra otros, no solo se esfuerzan más ellos mismos, sino que también ajustan mejor sus instrumentos, afinando las cuerdas con mayor precisión y tocando la flauta con más cuidado. Quien, por tanto, sabe que el enemigo es un competidor de su vida y de su reputación, se presta más atención a sí mismo, observa sus asuntos y ajusta su vida. Pues también esto es propio de la maldad: avergonzarse más ante los enemigos que ante los amigos por aquello en lo que erramos. De ahí que Nasica, cuando algunos pensaban y decían que los asuntos de los romanos estaban a salvo porque los cartagineses habían sido destruidos y los aqueos esclavizados, dijo:« Ahora sí que estamos en peligro, pues no nos queda a quién temer ni a quién avergonzarnos».
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Además, pues, añade la máxima de Diógenes, que es muy filosófica y política:«¿ Cómo me vengaré del enemigo? Volviéndome yo mismo un hombre noble y bueno». Al ver que los caballos de sus enemigos son elogiados, se afligen, y también cuando sus perros son alabados. Si ven un campo bien trabajado, si ven un jardín floreciente, gimen.¿ Qué piensas, pues? Mostrándote a ti mismo como un hombre justo, sensato, bueno, de buena reputación en sus palabras, puro en sus acciones, moderado en su dieta, cultivando un surco profundo a través de la mente, del cual brotan nobles consejos; pues, como dice Píndaro,« los hombres vencidos están atados por la angustia», no simplemente ni todos, sino aquellos que se ven vencidos por sus enemigos en diligencia, bondad, magnanimidad, filantropía y beneficios; esto desvía la lengua, como dice Demóstenes, cierra la boca, ahoga, hace callar. Tú, pues, diferénciate de los malos; pues es posible. Si quieres afligir al que te odia, no injuries a un libertino, ni a un afeminado, ni a un desenfrenado, ni a un bufón, ni a un hombre innoble, sino sé tú mismo un hombre, sé moderado, di la verdad y trata con filantropía y justicia a quienes encuentres. Y si te dejas llevar a injuriar, aléjate lo más posible de aquello que le injurias. Examínate en el alma, observa lo que está podrido, no sea que alguna maldad te susurre desde algún lugar, lo del trágico:« médico de otros, tú mismo lleno de llagas». Si lo llamas ignorante, intensifica en ti el amor por el aprendizaje y el trabajo; si cobarde, despierta más el valor y la hombría; y si desenfrenado y libertino, borra de tu alma si hay algún rastro oculto de amor al placer. Pues nada es más vergonzoso, y cuando la blasfemia rebota, nada es más doloroso; sino que parece que incluso la luz, al reflejarse, molesta más a las vistas débiles, y las críticas que se refieren a ellos mismos, a los que critican, por la verdad. Pues así como el viento caicias atrae las nubes, así la vida vil atrae hacia sí misma las injurias.
5
Platón, pues, cuantas veces se encontraba con hombres que se comportaban indecorosamente, solía decirse a sí mismo:«¿ Acaso no soy yo también así?». Pero el que ha injuriado la vida de otro, si inmediatamente examina la suya propia y la corrige, enderezándola y apartándola hacia lo contrario, obtendrá algo útil de la injuria, que de otro modo parece ser, y es, inútil y vacía. La mayoría, pues, se ríe si alguien, siendo calvo o jorobado, injuria y se burla de otros por esto; pero es totalmente ridículo injuriar y burlarse de cualquier cosa que pueda ser objeto de contra- injuria, como León de Bizancio, al ser injuriado por un jorobado por la debilidad de sus ojos, dijo:«¿ Me reprochas una afección humana, llevando tú mismo la némesis sobre tu espalda?». Por tanto, no injuries a un adúltero, siendo tú mismo un pederasta; ni a un derrochador, siendo tú mismo un tacaño.« Has nacido del mismo linaje que una mujer asesina de su marido», dijo Alcmeón a Adrasto.¿ Qué hizo entonces aquel? No le reprochó un vicio ajeno, sino uno propio:«¿ Y tú, que fuiste el asesino de la madre que te dio a luz?», dijo Domicio a Craso.«¿ No eres tú quien lloró cuando murió la morena que criabas en un estanque?». Y el otro:«¿ No eres tú quien enterró a tres mujeres y no lloraste?». No debe ser el que va a injuriar alguien ingenioso, de voz potente y descarado, sino alguien libre de injurias e irreprochable; pues a nadie parece ordenar Dios tanto, como al que va a criticar a otro, el« conócete a ti mismo», para que, al decir lo que quieren, no escuchen lo que no quieren; pues suele el tal, según Sófocles,« habiendo derramado su lengua en vano, escuchar contra su voluntad las palabras que él mismo dijo voluntariamente».
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Esto, pues, tiene de útil y provechoso el injuriar al enemigo, y no menos otro aspecto: el ser injuriado y escuchar cosas malas de los enemigos. De ahí que Antístenes dijera acertadamente que los que van a salvarse necesitan amigos genuinos o enemigos ardientes; pues unos, amonestando a los que erran, y otros, injuriando, los apartan. Y puesto que la amistad se ha vuelto ahora de voz débil en cuanto a hablar con franqueza, y lo que hay de adulador en ella es parlanchín, mientras que lo que amonesta es mudo, hay que escuchar la verdad de los enemigos. Pues así como Télefo, al no encontrar un médico amigo, puso su herida ante la lanza enemiga, así los que carecen de una benevolencia que amoneste deben soportar la palabra de un enemigo que odia, si es que este refuta y castiga la maldad, observando el hecho y no la intención del que habla mal; pues así como el que intentó matar al tesalio Prometeo golpeó con la espada el tumor y lo abrió de tal manera que el hombre se salvó y se libró del tumor al reventar, así a menudo una injuria que sobreviene por ira o enemistad ha curado un mal del alma que era desconocido o descuidado. Pero la mayoría, al ser injuriados, no observan si lo que se dice está presente en ellos, sino qué otra cosa está presente en el que injuria, y así como los que luchan no se limpian el polvo de sí mismos, sino que se lo esparcen unos a otros, luego se mezclan y se manchan al caer unos sobre otros. Pero es necesario, al ser maltratado por un enemigo, quitar de uno mismo lo que está presente, más que una mancha que está en la ropa y que ha sido señalada; y si alguien dice lo que no está presente, aun así buscar la causa de la que provino la blasfemia, y guardarse y temer no sea que estemos ocultando algo cercano o similar a lo que se dice. Por ejemplo, a Lacides, rey de los argivos, cierta disposición del cabello y un caminar demasiado delicado lo difamaron de afeminamiento, y a Pompeyo, el rascarse la cabeza con un solo dedo, estando muy lejos de la feminidad y el desenfreno. Craso tuvo la acusación de tener relaciones con una de las vírgenes sagradas, queriendo comprarle un terreno hermoso y por eso tratándola a menudo en privado y cortejándola. A Postumia la difamó el reírse con demasiada facilidad y usar un lenguaje demasiado audaz con los hombres, de modo que fue juzgada por corrupción; fue encontrada, pues, limpia de la acusación, pero el sumo sacerdote Espurio Minucio, al absolverla, le recordó que no usara palabras más indecorosas que su vida. Y a Temístocles, sin ser culpable de nada, Pausanias le adhirió la sospecha de traición por tratar con un amigo y escribir continuamente y enviarle mensajes.
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Cuando, pues, se dice algo que no es verdad, no hay que despreciarlo y descuidarlo porque sea falso, sino observar qué parte de lo que dices, haces, te apasiona o con quién te relacionas ha proporcionado semejanza a la calumnia, y guardarse de esto y evitarlo. Pues si otros, al caer en asuntos involuntarios, aprenden lo útil, como dice Mérope:« las desgracias, tomándome como salario lo más querido, me hicieron sabia»,¿ qué impide que, tomando al enemigo como maestro sin salario, uno se beneficie y aprenda algo de lo que estaba oculto? Pues el enemigo percibe muchas cosas mejor que el amigo( pues el que ama se ciega respecto a lo que ama, como dice Platón), mientras que en el odiar, junto con el escudriñar, está también el hablar. Hierón fue injuriado por uno de sus enemigos por el mal olor de su boca. Al llegar a casa, pues, dijo a su mujer:«¿ Qué dices?¿ Ni siquiera tú me dijiste esto?». Ella, siendo sensata e inocente, dijo:« Pensé que todos los hombres huelen así». Así, incluso las cosas perceptibles, corporales y evidentes para todos, es posible aprenderlas antes de los enemigos que de los amigos y conocidos.
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Sin esto, no es posible tener la templanza respecto a la lengua, que es una parte no pequeña de la virtud, siempre sumisa y obediente a la razón, a menos que uno, mediante el ejercicio, la práctica y el esfuerzo, domine las peores pasiones, como es la ira. Pues la voz que escapa involuntariamente, y« la palabra huyó de la barrera de los dientes», y el que algunas palabras se escapen automáticamente, ocurre sobre todo a los que no tienen entrenados los impulsos, como si resbalaran y se desbordaran por debilidad del ánimo, por una mente incontinente, por una dieta audaz. Pero para una cosa tan ligera como la palabra, sigue un castigo muy pesado, según el divino Platón, tanto de parte de los dioses como de los hombres. Y el silencio en todas partes es irresponsable, no solo« sin sed», como dice Hipócrates, sino que en las injurias es solemne y socrático, o más bien heracleo, si es que aquel« ni siquiera se preocupaba por historias odiosas ni del tamaño de una mosca». Pero no hay nada más solemne y hermoso que esto: mantener la calma ante el enemigo que injuria, como una roca lisa ante las olas que se burlan, ni hay otro ejercicio mayor. Pues si te acostumbras a soportar en silencio a un enemigo que injuria, soportarás muy fácilmente la ira de una mujer que habla mal, y escucharás sin alboroto las voces más amargas de un amigo y de un hermano; y al ser golpeado y apedreado por padre y madre, te mostrarás sin ánimo de venganza y sin ira. Pues Sócrates soportaba a Jantipa, que era irascible y difícil, para acostumbrarse a convivir fácilmente con otros si se acostumbraba a soportar a aquella; pero es mucho mejor, habiéndose ejercitado con las inmundicias, iras, burlas e injurias de enemigos y extraños, acostumbrar al ánimo a mantener la calma y no afligirse al ser injuriado.
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La mansedumbre y la paciencia, pues, se pueden demostrar así en las enemistades, pero la sencillez, la magnanimidad y la bondad, más bien en las amistades. Pues para un amigo no es tan hermoso hacer el bien como vergonzoso no hacerlo cuando lo necesita; pero para un enemigo, incluso dejar pasar la venganza cuando se presenta la ocasión es algo decente. Y a quien se compadece de quien ha caído, ayuda al que lo necesita, y muestra algún celo y entusiasmo por los hijos y los asuntos de un enemigo cuando se encuentran en necesidad,¿ quién no admira su benevolencia y no elogia su bondad? Ese ha sido forjado de diamante o hierro con un corazón negro. A César, que ordenó que se levantaran los honores de Pompeyo que habían sido derribados, Cicerón le dice:« Al levantar las estatuas de Pompeyo, has consolidado las tuyas». De ahí que tampoco haya que escatimar elogios ni honores respecto a un hombre enemigo que ha tenido éxito justamente. Pues aporta un elogio mayor a los que elogian, y tiene credibilidad al volver a acusar, como si no odiara al hombre, sino que desaprobara la acción. Y lo más hermoso y provechoso es que el que se ha acostumbrado a elogiar a los enemigos y a no sentirse mordido ni envidiar cuando les va bien, se sitúa lo más lejos posible de la envidia hacia los amigos que tienen éxito y hacia los conocidos que triunfan. Y sin embargo,¿ qué otro ejercicio produce mayor provecho en las almas que una disposición superior a la que nos quita el celo y la envidia? Pues así como en la guerra muchas de las cosas necesarias, aunque de otro modo viles, al tomar costumbre y fuerza de ley no es fácil apartarlas y ser perjudicados, así la enemistad, al introducir junto con el odio la envidia, los celos, la alegría por el mal ajeno y el rencor, los deja atrás. Además de esto, la astucia, el engaño y la intriga, al parecer no ser algo vil ni injusto contra un enemigo, si se arraigan, permanecen difíciles de abandonar; luego los usan contra los mismos amigos por costumbre, si no se guardan. Si, pues, Pitágoras tenía razón, al acostumbrarse a abstenerse de la crueldad y la codicia entre los animales irracionales, rechazaba a los cazadores de aves y ordenaba soltar las redes de peces, y prohibía la matanza de todo animal manso, mucho más solemne es, en las disputas y rivalidades entre hombres, siendo un enemigo noble, justo y veraz, castigar y humillar las pasiones viles, innobles y astutas, para que en los tratos con los amigos se esté completamente tranquilo y se abstenga de hacer el mal. Escauro era enemigo de Domicio; y acusador. Un sirviente de Domicio, pues, vino a él antes del juicio como si tuviera algo que denunciar de lo que aquel desconocía, pero él no le permitió hablar, sino que, habiendo apresado al hombre, lo llevó ante su amo. Y a Catón, cuando perseguía a Murena por demagogia y sobornos, lo seguían por costumbre los que vigilaban lo que se hacía. A menudo, pues, le preguntaban si iba a reunir o tratar algo hoy para la acusación; y si decía que no, creyéndole, se iban. Estas cosas, pues, tienen el mayor testimonio de su reputación; pero uno mayor y más hermoso es que, habiéndonos acostumbrado a usar la justicia incluso con los enemigos, nunca nos comportaremos injusta y astutamente con los conocidos y amigos.
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Y puesto que« a toda alondra debe nacerle un copete», según Simónides, y toda naturaleza humana conlleva rivalidad, celos y envidia,« compañera de hombres de mente vacía», como dice Píndaro, uno podría beneficiarse no poco haciendo de estas pasiones purificaciones hacia los enemigos y desviándolas como canales lo más lejos posible de los compañeros y conocidos. Y esto, al parecer, lo comprendió un hombre político, Onomademo, quien, al encontrarse en una facción en Quíos con el bando dominante, aconsejaba a sus compañeros no expulsar a todos los que se oponían a la facción, sino dejar a algunos, para que, decía, no empezáramos a disputar con los amigos, habiéndonos librado por completo de los enemigos. Por tanto, también para nosotros, al consumirse estas pasiones contra los enemigos, molestarán menos a los amigos. Pues no debe, según Hesíodo,« el alfarero envidiar al alfarero ni el cantor al cantor», ni envidiar al vecino, ni al primo, ni al hermano que se apresura hacia la riqueza y obtiene asuntos prósperos. Pero si no hay otro modo de librarse de disputas, envidias y rivalidades, acostúmbrate a sentirte mordido cuando a los enemigos les va bien, y aguza y graba la rivalidad siendo afilada en ellos. Pues así como los agricultores elegantes consideran que hacen mejores las rosas y las violetas plantando cerca ajos y cebollas— pues todo lo que hay en el alimento de agrio y maloliente se segrega hacia aquellos—, así también el enemigo, al recibir y tratar lo malintencionado y envidioso, te hará más benevolente y menos molesto con los amigos a los que les va bien. Por eso también hay que hacer las competencias contra ellos por la reputación, el poder o las ganancias justas, no solo sintiéndose mordido si tienen algo más que nosotros, sino observando también todo aquello por lo que tienen más, e intentando superarlos con diligencia, esfuerzo, moderación y atención a uno mismo, como decía Temístocles que« no le dejaba dormir la victoria de Milcíades en Maratón». Pues el que considera que el enemigo lo supera en fortuna en cargos, defensas, política o ante amigos y líderes, al hundirse por el hecho de actuar y rivalizar hasta la envidia y el desánimo, convive con una envidia ociosa e inactiva; pero el que no se ciega respecto a lo que odia, sino que se convierte en espectador de su vida, carácter, palabras y hechos, verá justamente la mayor parte de las cosas envidiadas, que provienen de la diligencia, la previsión y las acciones buenas que poseen los que las tienen, y, tendiendo hacia esto, ejercitará su amor por el honor y por lo bello, y eliminará lo que hay de bostezante y perezoso.
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Y si algunos, al ser adulados, astutos, sobornados o pagados por los enemigos, parecen cosechar poderes vergonzosos e innobles en las cortes o en la política, no nos molestarán, sino que más bien nos alegrarán, al contraponer nuestra propia libertad y la pureza de una vida libre de ultrajes; pues todo el oro que hay sobre la tierra y bajo la tierra no es equivalente a la virtud, según Platón, y lo de Solón siempre hay que tenerlo a mano. Pero nosotros no cambiaremos por ellos la riqueza de la virtud, ni los gritos de teatros llenos, ni los honores y asientos de honor ante eunucos, concubinas y sátrapas de reyes; pues nada es envidiable ni hermoso si nace de algo vergonzoso. Pero puesto que« el que ama se ciega respecto a lo que ama», como dice Platón, y los enemigos nos proporcionan más percepción al comportarse indecorosamente, no hay que dejar ocioso ni lo que se alegra por sus errores ni lo que se aflige por sus éxitos, sino calcular a través de ambos cómo, evitando unas cosas, seamos mejores que ellos, y, imitando otras, no seamos peores.

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