De curiositate
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Original / primary: Spanish Gemini
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Huir de una casa sin ventilación, oscura, sombría o insalubre es, tal vez, lo mejor; pero si uno se encariña con ella por costumbre, es posible, cambiando de lugar las luces, modificando la escalera y abriendo algunas puertas mientras se cierran otras, hacerla más luminosa, más ventilada y más saludable. Algunas ciudades fueron beneficiadas al ser trasladadas de este modo, como mi propia patria, que, al estar orientada hacia el viento céfiro y recibir el sol que se apoya desde el Parnaso al atardecer, dicen que fue girada hacia los levantes por Queron. El físico Empédocles, al cerrar una brecha de montaña que soplaba un viento sur pesado y malsano sobre las llanuras, pareció excluir la peste de la región. Puesto que existen, pues, ciertas afecciones malsanas y dañinas que proporcionan invierno y oscuridad al alma, lo mejor es expulsarlas y derribarlas hasta los cimientos, otorgándonos aire puro, luz y aliento; si no, al menos cambiarlas y reajustarlas de alguna manera, girándolas o dándoles la vuelta. Por ejemplo, la curiosidad es una especie de afición por los males ajenos, una enfermedad que no parece estar libre ni de envidia ni de malicia.¿ Por qué, hombre envidiosísimo, escudriñas el mal ajeno y pasas por alto el propio? Traslada hacia afuera y vuelve hacia adentro la curiosidad; si te alegras de manejar la historia de los males, tienes en casa mucha ocupación: tanta agua como corre bajo el Alizonte o alrededor de las hojas de una encina, tal cantidad de errores encontrarás en tu vida, de pasiones en tu alma y de descuidos en tus deberes. Pues, como dice Jenofonte, es propio de los asuntos domésticos que los utensilios para el sacrificio estén en un lugar, los de las comidas en otro, los aperos de labranza en otro sitio y los de la guerra aparte; así, para ti, unos males provienen de la envidia, otros de los celos, otros de la cobardía y otros de la tacañería. Examina esto, revisa esto; cierra las ventanas hacia los vecinos y los pasadizos de la curiosidad, y abre otras que conduzcan hacia tu propio andronitis, hacia el gineceo, hacia los aposentos de los sirvientes; allí tiene este afán de saber y esta curiosidad ocupaciones no inútiles ni malintencionadas, sino provechosas y salvadoras, diciendo cada uno para sí:¿ en qué he faltado?¿ qué he hecho?¿ qué deber mío no se ha cumplido?
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Ahora bien, como en el mito dicen que Lamia duerme en casa ciega, teniendo los ojos guardados en un recipiente, pero que al salir afuera se los pone y ve; así cada uno de nosotros inserta su curiosidad como un ojo hacia afuera y hacia los demás por malicia; pero tropezamos a menudo por ignorancia con nuestros propios errores y males, al no proveernos de visión y luz para ellos. Por eso, el curioso es más útil incluso para sus enemigos; pues examina los asuntos de aquellos, los expone y les muestra lo que deben evitar y corregir, mientras que pasa por alto la mayoría de los asuntos de casa debido a su agitación por lo externo. Pues Odiseo no soportó hablar ni siquiera con su madre antes de preguntar al adivino por qué había venido al Hades; y, tras saberlo, se dirigió hacia ella e interrogó a las otras mujeres: quién era Tiro, quién la bella Cloris y por qué Epicasta se puso un lazo escarpado desde el alto techo. Nosotros, en cambio, dejando nuestros propios asuntos en gran desidia e ignorancia y descuidándolos, hacemos la genealogía de otros: que el abuelo del vecino era sirio, que la abuela era tracia; que fulano debe tres talentos y no ha pagado los intereses. Investigamos también cosas como de dónde regresaba la mujer de tal, y qué hablaban tal y tal entre ellos en un rincón. Sócrates, en cambio, iba por ahí preguntándose qué decía Pitágoras para convencer; y Aristipo, al encontrarse en Olimpia con Isómaco, preguntaba qué decía Sócrates para disponer así a los atenienses; y, al tomar algunas pequeñas semillas y muestras de sus palabras, se sintió tan apasionado que cayó físicamente, volviéndose totalmente pálido y delgado, hasta que, navegando hacia Atenas, sediento y abrasado, bebió de la fuente e investigó al hombre, sus palabras y la filosofía, cuyo fin era reconocer los propios males y liberarse de ellos.
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Pero algunos no soportan contemplar su propia vida como un espectáculo de lo más desagradable, ni reflejar la razón como una luz sobre sí mismos y hacerla girar, sino que el alma, llena de males de toda clase, estremecida y temerosa de lo que hay dentro, salta hacia afuera y vaga por lo ajeno, alimentando y engordando su malicia. Pues, como una gallina en una casa, habiendo mucha comida delante, se mete en un rincón y escarba dondequiera que brilla un solo grano de cebada en el estiércol; de manera similar, los curiosos, saltándose los discursos y relatos que están en medio y los que nadie impide preguntar ni se molesta porque se pregunten, eligen los males ocultos y escondidos de cada casa. Y, sin embargo, es ingeniosa la respuesta del egipcio al que le preguntaba qué llevaba cubierto: por eso está cubierto,¿ y tú por qué curioseas lo que se oculta? Si no fuera algo malo, no se ocultaría. Y, sin embargo, no se considera que uno pueda entrar en una casa ajena sin llamar a la puerta; pero ahora hay porteros, y antiguamente los aldabones golpeados en las puertas daban aviso, para que el extraño no sorprendiera a la dueña de casa en medio de algo, o a la doncella, o a un sirviente siendo castigado, o a las criadas gritando; el curioso, en cambio, se desliza precisamente para eso, siendo un espectador que se complace incluso en una casa sensata y ordenada, aunque nadie lo invite; y lo que está bajo llave, cerrojo y puerta, eso lo descubre y lo saca a la luz para otros. Y, sin embargo, de los vientos nos molestamos especialmente, como dice Aristón, los que levantan nuestras vestiduras; el curioso, en cambio, no desviste los mantos ni las túnicas de los demás, sino los muros, abre de par en par las puertas y, como un soplo, se desliza y se arrastra a través de la suavidad de la piel de una doncella, examinando y calumniando bacanales, coros y vigilias.
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Y, al igual que el Cleón de la comedia, tiene las manos en Etolia, pero la mente en el barrio de los ladrones. Así, la mente del curioso está a la vez en las casas de los ricos, en los aposentos de los pobres, en los patios de los reyes, en las alcobas de los recién casados; busca todos los asuntos, los de los extranjeros, los de los gobernantes; y no busca esto sin peligro; sino que, como si alguien probara el acónito curioseando su cualidad, se adelantará a la sensación destruyendo al que la percibe; así, los que buscan los males de los más grandes consumen su conocimiento antes de tiempo. Pues, en efecto, los que pasan por alto este rayo del sol, abundante y derramado sobre todos, y se atreven a mirar descaradamente el círculo mismo y a forzar la luz hacia adentro, se quedan ciegos. Por eso, Filípides, el comediógrafo, respondió bien cuando el rey Lisímaco le preguntó alguna vez:¿ de qué parte de mis cosas quieres que te haga partícipe? Solo, dijo, oh rey, no de los secretos; pues lo más agradable y hermoso de los reyes está expuesto afuera: los banquetes, las riquezas, las fiestas, las gracias; pero si algo es secreto, no te acerques ni lo muevas. No se oculta la alegría de un rey que tiene éxito, ni la risa cuando juega, ni la preparación de la filantropía y la gracia; lo que se oculta es temible, sombrío, sin risa, inaccesible, un tesoro de alguna ira solapada, o la consideración de un castigo pesado, o los celos de una mujer, o alguna sospecha hacia un hijo, o la desconfianza hacia un amigo. Huye de esta nube que se oscurece y se condensa; no dejará de tronar ni de lanzar rayos cuando estalle lo que ahora está oculto.
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Entonces,¿ cuál es la huida? La distracción, como se ha dicho, y el desvío de la curiosidad, preferiblemente hacia lo mejor y lo más agradable, volviendo el alma hacia ello. Curiosea lo que hay en el cielo, lo que hay en la tierra, lo que hay en el aire, lo que hay en el mar.¿ Has nacido para ser espectador de cosas pequeñas o grandes? Si de las grandes, curiosea el sol, dónde se pone y de dónde sale; busca los cambios en la luna como en el hombre, dónde consumió tanta luz, de dónde la adquirió de nuevo, cómo desde lo invisible llega primero embelleciendo nuevos rostros y llenándose; y cuando parece más hermosa, de nuevo se disipa y llega a la nada. Y estos son secretos de la naturaleza, pero no se molesta con quienes los examinan.¿ Pero has renunciado a las grandes? Curiosea las más pequeñas: cómo de las plantas unas siempre florecen, reverdecen y se regocijan en todo tiempo mostrando su propia riqueza, mientras que otras ahora son iguales a estas, y ahora, como un hombre sin administración, derraman de golpe su abundancia y quedan desnudas y pobres; y por qué unas dan frutos alargados, otras angulosos, otras redondos y esféricos. Quizás no curiosees esto, porque en estas no hay nada malo. Pero si es necesario que lo curioso se alimente y pase el tiempo siempre en cosas viles, como un reptil en selvas mortales, llevémoslo a las historias y comparemos la abundancia de males y el exceso; pues allí hay caídas de hombres y rechazos de vidas; corrupciones de mujeres, ataques de sirvientes, calumnias de amigos, preparativos de venenos, envidias, celos, naufragios de casas, pérdidas de gobiernos; llénate y deléitate, sin molestar a ninguno de los que están contigo ni afligirlos.
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Pero parece que la curiosidad no se alegra con los males pasados, sino con los calientes y recientes; y que le gusta ver nuevas tragedias, pero no se ocupa con mucho entusiasmo de las cosas cómicas y más alegres. Por eso, cuando alguien relata una boda, un sacrificio o una procesión, el curioso es un oyente descuidado y perezoso, y dice haber oído ya la mayoría de las cosas y pide al que narra que abrevie y pase de largo; pero si alguien, sentado a su lado, narra la corrupción de una doncella, el adulterio de una mujer, la preparación de un juicio o la sedición de unos hermanos, ni cabecea ni se distrae, sino que busca otras palabras y las echa a sus oídos. Y el ay, el mal de la felicidad, cómo se lleva más a los oídos de los mortales, es algo dicho verdaderamente sobre los curiosos. Pues, como las ventosas extraen lo peor de la carne, así los oídos de los curiosos atraen los discursos más viles; o mejor, como las ciudades tienen algunas puertas nefastas y sombrías, por las que sacan a los condenados a muerte, los desechos y las purificaciones, y nada sagrado ni puro entra ni sale por ellas; así también, por los oídos de los curiosos no pasa nada bueno ni elegante, sino que los discursos sangrientos los atraviesan y desgastan, transportando relatos execrables y contaminados; y siempre, de los cantores, solo en mis techos ha caído el lamento; esta es para los curiosos la musa y la sirena única, esto es lo más dulce de las audiciones para ellos. Pues la curiosidad es el afán de saber lo que está oculto y escondido, y nadie oculta lo que posee de bueno, donde incluso fingen lo que no existe. Por tanto, el curioso, al desear historias de males, es presa de la complacencia en el mal, una pasión hermana de la envidia y la malicia. Pues la envidia es dolor por los bienes ajenos, y la complacencia en el mal es placer por los males ajenos; y ambos han nacido de una pasión indómita y bestial: la malicia.
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Y es tan doloroso para cada uno el descubrimiento de los males que le rodean, que muchos morirían antes que mostrar alguna de sus enfermedades secretas a los médicos. Pues supón que Herófilo, Erasístrato o el mismo Asclepio, cuando era hombre, teniendo los medicamentos y los instrumentos, se presentara en cada casa preguntando si alguien tiene una fístula alrededor del ano o una mujer cáncer en el útero; y, sin embargo, es salvador de este arte el ser curioso; pero todos, creo, habrían expulsado a tal persona, porque, sin esperar la necesidad, viene sin ser llamado a la comprensión de los males ajenos. Los curiosos, en cambio, buscan precisamente esto y cosas aún peores, no curando, sino solo descubriendo; de donde son odiados justamente. Pues nos molestamos y nos desagradan los recaudadores de impuestos, no cuando cobran lo evidente de las mercancías importadas, sino cuando, buscando lo oculto, se revuelven en los equipajes y cargas ajenas; y, sin embargo, la ley les permite hacer esto, y se perjudican si no lo hacen. Los curiosos, en cambio, pierden y descuidan lo suyo ocupándose de lo ajeno, y raramente van al campo, no soportando lo tranquilo y silencioso de la soledad; y si van de vez en cuando, miran las viñas de los vecinos más que las propias; y preguntan cuántas vacas del vecino han muerto o cuánto vino se ha vuelto agrio; y, rápidamente hartos de esto, se van. Pues aquel verdadero agricultor no recibe con agrado ni siquiera el discurso que viene espontáneamente de la ciudad, diciendo: luego, cavando, me dirá sobre qué han sido las disoluciones; pues curioseando esto ahora camina el maldito.
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Los curiosos, en cambio, huyendo de la rusticidad como algo pasado, frío y sin tragedia, se empujan hacia el mercado, la plaza y los puertos:¿ hay algo nuevo?¿ Pues no estabas temprano en el mercado?¿ Qué entonces?¿ Crees que en tres horas la ciudad ha cambiado de aspecto? No obstante, si alguien tiene algo así que decir, bajando del caballo, saludando y besando, se queda escuchando. Pero si, al encontrarse, alguien dice que no hay nada nuevo, como si se molestara, dice:¿ qué dices?¿ No has estado en el mercado?¿ No has pasado por el pretorio?¿ Ni te has encontrado con los que vienen de Italia? Por eso, los magistrados de los locrios hicieron bien al multar a alguien que, al llegar de un viaje, preguntó si había algo nuevo. Pues, como los cocineros desean una abundancia de ganado y los pescadores de peces, así los curiosos desean una abundancia de males, una multitud de asuntos, novedades y cambios, para tener siempre algo que cazar y despedazar. Y bien también el legislador de los turios: prohibió que se hiciera comedia de los ciudadanos, excepto de los adúlteros y los curiosos. Pues parece que el adulterio es una especie de curiosidad por el placer ajeno y una búsqueda e investigación de lo que se guarda y se oculta a la mayoría; y la curiosidad es una parálisis, una corrupción y un desnudamiento de los secretos.
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A la polimatía le sigue la locuacidad; por eso Pitágoras ordenó a los jóvenes un silencio de cinco años, llamándolo echemithia. A la curiosidad, en cambio, le sigue necesariamente la maledicencia; pues lo que escuchan con gusto, lo hablan con gusto, y lo que recogen con afán de otros, lo llevan a otros con alegría. De donde, junto con los otros males, la enfermedad les es un obstáculo incluso para el deseo; pues todos los vigilan y se ocultan de ellos, y no tienen gusto en hacer nada ni en decir nada cuando el curioso está mirando; sino que posponen los consejos y dejan de lado las deliberaciones de asuntos hasta que tal persona esté fuera de camino; y si, estando presente algún discurso secreto o realizándose una acción importante, aparece un hombre curioso, como si pasara una comadreja, lo sacan de en medio y lo ocultan; de modo que, a menudo, lo que para otros es decible y visible, para estos solo se vuelve indecible e invisible. Por eso el curioso está desprovisto de toda confianza; pues confiamos más en sirvientes y extranjeros para cartas, escritos y sellos que en amigos y parientes curiosos. Aquel Belerofonte no abrió ni siquiera los escritos que llevaba sobre sí mismo, sino que se abstuvo de la carta del rey como de la mujer por la misma continencia. Pues el curiosear es propio de la incontinencia, como el adulterar, y, junto a la incontinencia, de una terrible insensatez y necedad; pues el hecho de que, habiendo pasado por tantas mujeres comunes y públicas, uno se empuje hacia la que está encerrada y es costosa, siendo a menudo, si así sucede, incluso deforme, es un exceso de locura y desvarío. Lo mismo hacen los curiosos: pasando por alto muchos y hermosos espectáculos, audiciones, escuelas y ocupaciones, perforan cartas ajenas, acercan los oídos a los muros de los vecinos y cuchichean con sirvientes y mujercillas, a menudo no sin peligro y siempre sin gloria.
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Por eso es útil, tanto como sea posible, para la disuasión de los curiosos, el recuerdo de lo ya conocido. Pues si, como decía Simónides que al abrir los cofres después de un tiempo encontraba el de las recompensas siempre lleno y el de las gracias siempre vacío, así alguien abre el almacén de la curiosidad después de un tiempo y lo examina, lleno de muchas cosas inútiles, vanas y desagradables, tal vez el asunto le causaría rechazo, pareciéndole del todo desagradable y frívolo. Pues supón que alguien, recorriendo los escritos de los antiguos, tomara lo peor de lo que hay en ellos y tuviera un libro compuesto, como de versos homéricos acéfalos, solecismos trágicos y lo dicho por Arquíloco hacia las mujeres de manera indecorosa y desenfrenada, tomándose a sí mismo como ejemplo;¿ acaso no es digno de la maldición trágica: perece tú, que eliges las desgracias de los mortales? Y, aun sin la maldición, su tesoro de errores ajenos es indecoroso e inútil, como la ciudad que Filipo, al poblarla de los más viles y descarriados, llamó Ponerópolis. Los curiosos, pues, no versos ni poemas, sino errores de vida, faltas y solecismos, recogiendo y reuniendo, llevan consigo en su memoria un archivo de males de lo más inculto y desagradable. Así pues, como en Roma algunos, no teniendo en cuenta las pinturas, las estatuas y, por Zeus, la belleza de los niños y mujeres en venta, se revuelven alrededor del mercado de los monstruos, estudiando a los que no tienen piernas, a los de brazos torcidos, a los de tres ojos y a los de cabeza de avestruz, buscando si ha nacido alguna especie mixta y monstruo abominable; pero si alguien les presenta continuamente tales espectáculos, el asunto pronto causará hartazgo y náuseas; así, los que curiosean los errores de la vida, las vergüenzas de los linajes, ciertas desviaciones en casas ajenas y faltas, que se recuerden a sí mismos que no trajo ninguna gracia ni provecho.
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El mayor remedio, sin embargo, para la disuasión de la pasión es el hábito, si empezamos desde lejos a ejercitarnos y enseñarnos esta continencia; pues también el crecimiento se ha hecho por hábito, avanzando la enfermedad poco a poco hacia adelante; y de qué manera, lo sabremos discutiendo juntos sobre el ejercicio. Primero, pues, empecemos por lo más breve y vil. Pues,¿ qué es difícil en los caminos no leer las inscripciones de las tumbas, o qué es molesto en los paseos pasar de largo con la vista las letras de los muros, sugiriéndonos a nosotros mismos que no se ha escrito nada útil ni agradable en ellas; sino que fulano se acordó de fulano para bien y que este es el mejor de los amigos, y muchas cosas llenas de tal frivolidad; que parece que no dañan al ser leídas, pero dañan ocultamente al producir el hábito de buscar lo que no corresponde? Y, como los cazadores no permiten a los perros desviarse y seguir todo rastro, sino que los tiran con las correas y los hacen retroceder, manteniendo puro e incontaminado su sentido para el trabajo propio, para que se adhiera con más fuerza a las huellas de las plantas de las bestias buscando con el hocico; así hay que quitar y retraer las excursiones y vagabundeos del curioso hacia todo espectáculo y toda audición, manteniéndolos hacia lo útil. Pues, como las águilas y los leones al caminar recogen hacia adentro las garras, para no desgastar su punta y su agudeza, así, considerando que lo curioso tiene una especie de punta y filo del afán de saber, consumámoslo en lo útil y no lo embotemos.
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En segundo lugar, pues, habituémonos, al pasar por una puerta ajena, a no mirar adentro ni a apoderarnos de lo de dentro con la vista como con la mano de la curiosidad, sino tengamos a mano lo de Jenócrates, quien decía que no hay diferencia entre poner los pies o los ojos en una casa ajena; pues ni es justo ni es hermoso, y ni siquiera es agradable el espectáculo. Sin embargo, es deforme ver lo de dentro, extranjero; pues la mayoría de las cosas en las casas son así, utensilios tirados y criadas sentadas, y nada importante ni agradable. Pero esta mirada de reojo y este disparo lateral que distorsiona el alma es vergonzoso y el hábito es perverso; pues Diógenes, al ver entrar al vencedor olímpico Dióxipo en un carro, y a una mujer hermosa que miraba la procesión sin poder apartar la vista, sino mirando de reojo y volviéndose, dijo: ved al atleta siendo llevado de la nariz por una muchachita; pero a los curiosos podrías verlos siendo llevados de la nariz y girados por todo espectáculo por igual, cuando se vuelve hábito y ejercicio de la vista el estar dispersa por todas partes. Y hay que, creo, no dejar que el sentido vague afuera como una sirvienta descarriada, sino que, enviado por el alma hacia los asuntos, se encuentre con ellos rápidamente y los informe; luego, de nuevo, estar ordenadamente dentro de la razón y prestarle atención. Ahora, en cambio, sucede lo de Sófocles: luego, potros sin boca de un hombre eniano, los que no han tenido educación, como decíamos, correcta ni ejercicio, los sentidos, adelantándose y arrastrándose, a menudo arrojan la mente hacia donde no deben. De donde aquello es falso, que Demócrito se cegó voluntariamente apoyándose en un espejo calentado y recibiendo la reflexión de él, para que no causaran ruido llamando a la mente afuera a menudo, sino que la dejaran quedarse dentro y pasar el tiempo con lo inteligible, como ventanas de paso cerradas; esto, sin embargo, es más cierto que todo, que los que más usan la mente mueven poco el sentido. Pues, en efecto, fundaron los museos muy lejos de las ciudades, y llamaron a la noche eufrene, considerando que el silencio y el no estar distraído son grandes para el hallazgo de lo que se busca y para la reflexión.
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Pero, además, no es difícil ni costoso no acercarse cuando los hombres se insultan en el mercado y hablan mal unos de otros; o, si se produce una reunión de más gente por algo, quedarse sentado; y si tienes incontinencia, levantarte e irte; pues no disfrutarás mezclándote con los curiosos en nada bueno, y te beneficiarás mucho al apartar la curiosidad por la fuerza y acostumbrándola a obedecer a la razón. Y a partir de esto, intensificando más el ejercicio, es correcto pasar de largo un teatro de una audición que tiene éxito, y rechazar a los amigos que te invitan a ver a algún bailarín o comediógrafo, y no volverse cuando hay gritos en el estadio o en el hipódromo. Pues, como Sócrates aconsejaba evitar de los alimentos los que no convencen a comer sin tener hambre, y de las bebidas las que no convencen a beber sin tener sed; así debemos también nosotros evitar y huir de los espectáculos y audiciones los que dominan y atraen a los que no tienen necesidad. Ciro no quería ver a Pantea, sino que, diciendo Araspes que la figura de la mujer era digna de verse, dijo: por eso mismo hay que abstenerse más de ella; pues si, persuadido por ti, llegara a ella, tal vez ella me persuadiría de nuevo a ir a verla y a sentarme a su lado, dejando pasar muchas cosas dignas de estudio. Del mismo modo, Alejandro no fue a ver a la mujer de Darío, de la que se decía que era de lo más distinguida; sino que, visitando a su madre, que era anciana, no soportó ver a la joven y hermosa. Nosotros, en cambio, poniendo los ojos bajo las literas de las mujeres y colgándonos de las ventanas, no parecemos cometer ningún error, haciendo la curiosidad tan resbaladiza y fluida hacia todo.
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Existe, pues, también un ejercicio para la justicia: pasar por alto alguna vez una ganancia justa, para que te acostumbres a estar lejos de las injustas; y para la templanza de igual modo, abstenerse alguna vez de una mujer propia, para que nunca seas movido por una ajena. Aplicando este hábito a la curiosidad, intenta también dejar de oír y pasar por alto algunas de las cosas propias, y, queriendo alguien anunciar algo de lo que hay en la casa, posponerlo, y rechazar discursos que parecen haber sido dichos sobre ti. Pues también a Edipo la curiosidad lo envolvió en los mayores males; pues, buscando a sí mismo como no siendo corintio sino extranjero, se encontró con Layo, y al matarlo y tomar a la madre como mujer por el reino, y pareciendo ser dichoso, de nuevo se buscaba a sí mismo. Y, no permitiéndolo la mujer, examinaba aún más al anciano que lo sabía, ofreciendo toda necesidad. Al final, ya que el asunto lo llevaba a él con la sospecha y el anciano gritaba: ay, estoy cerca del mismo horror al decirlo, aun así, encendido por la pasión y agitándose, responde: y yo también debo oír; pero aun así hay que oír. Así es de agridulce e incontenible el cosquilleo de la curiosidad, como una herida que sangra a sí misma cuando se rasca. El que se ha liberado de esta enfermedad y es manso por naturaleza, al ignorar algo de lo desagradable, podría decir: oh, señora olvido de los males, qué sabia eres.
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Por eso también hay que acostumbrarse a esto: no abrir una carta recibida rápida ni apresuradamente, como hacen muchos, si las manos se retrasan, royendo los lazos con los dientes; si un mensajero llega de alguna parte, no correr ni levantarse; si un amigo dice: tengo algo nuevo que decirte, mejor: si tienes algo útil, provechoso. Estando yo una vez en Roma discutiendo, aquel Rústico, a quien más tarde mató Domiciano por envidia de su gloria, escuchaba, y un soldado pasó por medio y le entregó una carta del César; al hacerse silencio y yo hacer una pausa para que leyera la carta, no quiso ni la abrió antes de que yo terminara el discurso y se disolviera la audiencia, por lo que todos admiraron la gravedad del hombre. Cuando alguien, alimentando lo curioso donde es posible, lo hace fuerte y violento, ya no es capaz de dominar fácilmente, por costumbre, lo que se dirige hacia lo que está prohibido; sino que estos desatan cartas de amigos, se insertan en consejos secretos, se vuelven espectadores de ritos sagrados que no es lícito ver, pisan lugares inaccesibles, investigan asuntos y discursos reales.
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Y, sin embargo, a los tiranos, a quienes es necesario conocer todo, los hace de lo más odiosos el género de los oídos y los informadores. El joven Darío fue el primero en tener oídos, desconfiando de sí mismo y sospechando y temiendo a todos; los Dionisios mezclaron a los informadores con los siracusanos; de donde, en el cambio de los asuntos, los siracusanos, capturando a estos primero, los azotaban hasta la muerte. Pues también el género de los sicofantes es de la fratría y el hogar de los curiosos. Pero los sicofantes buscan si alguien ha planeado o hecho algo malo; los curiosos, en cambio, examinan incluso las desgracias no planeadas de los demás y las sacan a la luz. Se dice también que el aliterio fue llamado así por primera vez por la curiosidad; pues, habiendo habido, al parecer, una fuerte hambruna para los atenienses, y los que tenían trigo no lo sacaban a la luz, sino que lo molían a escondidas y de noche en las casas, iban por ahí vigilando el ruido de los molinos; luego fueron llamados aliterios. De manera similar, el nombre de sicofante también se originó; pues, estando prohibido sacar higos, los que denunciaban y mostraban a los que los sacaban fueron llamados sicofantes. Y esto, pues, no es inútil que lo consideren los curiosos, para que se avergüencen de la semejanza y parentesco del ejercicio con los que son más odiados y desagradables.