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De Invidia et Odio
Plutarch (plutarch)Odio 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Así pues, parece que la envidia no difiere en nada del odio, sino que es lo mismo. En términos generales, la maldad es como un garfio de múltiples puntas que, al moverse con las pasiones que de ella dependen, produce aquí y allá múltiples conexiones y enredos entre sí; y estas, como si fueran enfermedades, simpatizan con las inflamaciones de las otras. Pues quien tiene éxito aflige por igual al que lo odia y al que lo envidia. Por eso consideramos que la benevolencia se opone a ambos, al ser un deseo de bienes para el prójimo; y que envidiar es lo mismo que odiar, porque tiene una disposición contraria a la de amar. Pero dado que las semejanzas no hacen que algo sea lo mismo tanto como las diferencias hacen que sea distinto, buscaremos a partir de estas, si las rastreamos, comenzando por el origen de las pasiones.
2
El odio, por tanto, nace de la representación de que el odiado es malvado, ya sea en general o respecto a uno mismo; pues los hombres, al creer que han sido tratados injustamente, son proclives a odiar, y señalan y se molestan con aquellos que son injustos o malvados de otras maneras. En cambio, envidian simplemente a quienes parecen tener éxito. De ahí que la envidia parezca ser indeterminada, como una oftalmía que se agita ante todo lo brillante; mientras que el odio está determinado, apoyándose siempre en ciertos sujetos respecto a ellos mismos.
3
En segundo lugar, el odio también se produce hacia los animales irracionales; pues algunos odian a las comadrejas, a los escarabajos, a los sapos y a las serpientes. Germánico no soportaba ni la voz ni la vista de un gallo; los magos de los persas mataban a los ratones, como si ellos mismos los odiaran y el dios se molestara con el animal; pues casi todos los árabes y etíopes sienten repugnancia por ellos. Sin embargo, la envidia solo ocurre de hombre a hombre.
4
Incluso entre las fieras, no es razonable que surja envidia entre ellas; pues no reciben la representación de que otra tiene éxito o fracasa, ni les afecta la gloria o la falta de ella, cosas por las que la envidia se irrita especialmente. Pero se odian, se tienen aversión y libran guerras, como guerras implacables, las águilas y las serpientes, las cornejas y las lechuzas, los herrerillos y las currucas; hasta el punto de que dicen que ni siquiera su sangre se mezcla al ser degollados, sino que, aunque la mezcles, fluye por separado al separarse. Y es razonable que el león tenga un odio fuerte hacia el gallo y el elefante hacia el cerdo, nacido del miedo; pues lo que temen, también son proclives a odiarlo, de modo que también en esto parece que la envidia difiere del odio, al admitirlo la naturaleza de las fieras en un caso y no en el otro.
5
Además, la envidia no se produce justamente hacia nadie; pues nadie comete una injusticia por tener éxito, y sin embargo, por esto son envidiados. En cambio, muchos son odiados justamente, como aquellos a quienes llamamos dignos de odio, si no evitan a tales personas, ni sienten repugnancia y molestia. Una gran prueba de esto es que algunos confiesan odiar a muchos, pero dicen no envidiar a nadie. Pues el odio a la maldad es propio de los que son elogiados; y cuando algunos elogiaban a Carilo, el sobrino de Licurgo, rey de Esparta, por ser amable y manso, su corregente dijo:¿ Cómo puede ser bueno Carilo, que ni siquiera es severo con los malvados? Y el poeta describió la maldad corporal de Tersites de manera múltiple y detallada, pero la perversidad de su carácter la expresó de la forma más breve y con una sola frase: era el más odioso para Aquiles y para Odiseo; pues es una forma de vileza ser enemigo de los mejores. Y niegan envidiar incluso si son descubiertos, presentando miles de excusas, diciendo que están enfadados o que temen a la persona, o que la odian, o cualquier otra cosa que se les ocurra, revistiendo y ocultando el nombre de la pasión con la envidia, como si esta fuera la única de las enfermedades del alma que es secreta.
6
Es necesario, por tanto, que estas pasiones, al igual que las plantas, tengan por naturaleza alimentarse, crecer y surgir unas de otras. Odiamos más a los que más progresan en la maldad, pero envidian más a los que parecen avanzar más en la virtud. Por eso Temístocles, siendo aún un joven, decía que no había hecho nada brillante; pues aún no era envidiado. Pues, al igual que los escarabajos se instalan sobre todo en el trigo que está en su apogeo y en las rosas florecientes, así la envidia se adhiere sobre todo a los caracteres y personas que son buenos y que crecen en virtud y gloria. Y, a la inversa, las maldades extremas intensifican el odio. Por ejemplo, los ciudadanos odiaron y rechazaron tanto a los que calumniaron a Sócrates, por haber llegado al extremo de la maldad, que ni les encendían fuego, ni les respondían cuando preguntaban, ni compartían el agua con ellos cuando se bañaban, sino que obligaban a los que la habían vertido a tirarla por estar contaminada, hasta que se ahorcaron al no soportar el odio. Pero la superioridad y el brillo de los éxitos a menudo extinguen la envidia. Pues no es razonable que alguien envidie a Alejandro o a Ciro, al haber vencido y haberse convertido en señores de todo. Sino que, al igual que el sol, cuando se sitúa sobre la cabeza de alguien, al derramar su luz, o elimina por completo la sombra o la hace pequeña, así, ante los que han alcanzado la altura y se han situado sobre la cabeza de la envidia, esta se contrae y se retira al ser iluminada. Sin embargo, la superioridad y el poder de los enemigos no alivian el odio. Alejandro, por ejemplo, no tenía a nadie que lo envidiara, pero sí muchos que lo odiaban, por quienes finalmente fue traicionado y murió. Por tanto, de manera similar, las desgracias detienen a los que envidian, pero no eliminan las enemistades; pues odian a los enemigos incluso cuando se vuelven humildes, pero nadie envidia al que está en desgracia. Pero incluso lo dicho por uno de los sofistas de nuestro tiempo, que los que envidian se compadecen con mucho gusto, es cierto; de modo que también en esto hay una gran diferencia entre las pasiones, ya que el odio no es proclive a apartarse ni de los que tienen éxito ni de los que están en desgracia, mientras que la envidia se rinde ante el exceso de ambos.
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Además, consideremos esto mismo aún más a partir de los contrarios. Pues las enemistades y el odio se disuelven o bien al convencerse de que no se ha recibido ninguna injusticia, o bien al recibir la opinión de que son buenos aquellos a quienes odiaban por considerarlos malvados, o, en tercer lugar, al recibir un beneficio; pues el último favor, como dice Tucídides, aunque sea menor, si llega en el momento oportuno, puede disolver una acusación mayor. Pero de estos, el primero no disuelve la envidia; pues, convencidos desde el principio de que no han recibido ninguna injusticia, envidian. Y los restantes incluso los irritan; pues envidian más a los que parecen buenos, como si poseyeran el mayor bien, la virtud, e incluso si reciben beneficios de los que tienen éxito, se afligen, envidiándoles tanto la disposición como el poder; pues lo primero es propio de la virtud y lo segundo de la fortuna, y ambos son bienes; por eso la envidia es una pasión completamente distinta del odio, si aquello por lo que este se calma, aquella se aflige y se irrita.
8
Consideremos ya también la disposición misma de cada pasión. La disposición del que odia es hacer daño según sus posibilidades; y así lo definen, como una cierta disposición y voluntad vigilante para hacer daño. Pero en la envidia esto falta; pues muchos de los que envidian a sus conocidos y allegados no desearían que perecieran ni que sufrieran desgracias, pero les molesta que tengan éxito; y, si pueden, impiden su gloria y brillo, pero no les causarían desgracias irreparables; sino que, como si derribaran lo que les hace sombra en una casa que sobresale, se dan por satisfechos.

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