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De recta ratione audiendi
Plutarch (plutarch)Audi 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Te he enviado por escrito, Nicandro, el tiempo libre que he tenido para escuchar, a fin de que sepas qué es lo que persuade a escuchar correctamente, una vez que te has librado de quienes te daban órdenes y has asumido la toga viril. Pues la anarquía, que algunos jóvenes confunden con la libertad por falta de educación, impone a los deseos, como si se hubieran soltado de sus cadenas, unos amos más crueles que aquellos maestros y pedagogos de la infancia. Y, tal como dice Heródoto que las mujeres se despojan de su pudor al mismo tiempo que de su túnica, así algunos jóvenes, al dejar la toga infantil, se despojan también del pudor y del temor, y, al soltarse de la vestimenta que los contenía, se llenan inmediatamente de desenfreno. Pero tú, que has oído muchas veces que seguir a Dios es lo mismo que obedecer a la razón, considera que el paso de la infancia a la edad adulta no es para los sensatos una pérdida de autoridad, sino un cambio de gobernante: en lugar de un asalariado o un esclavo comprado, toman como guía divino de su vida a la razón, a la cual solo es justo considerar libres a quienes la siguen. Pues solo ellos, al haber aprendido lo que deben querer, viven como quieren; mientras que en los impulsos y acciones de los ignorantes e irracionales, hay algo innoble y mezquino en el hecho de que su voluntad esté sujeta a un arrepentimiento constante.
2
Y puesto que, al igual que entre los que se inscriben en las ciudades, los extranjeros y forasteros critican mucho y se quejan de lo que sucede, mientras que los que han crecido como metecos y están familiarizados con las leyes aceptan sin dificultad lo que les corresponde y se conforman, así tú, habiendo sido criado durante mucho tiempo en la filosofía y acostumbrado desde el principio a recibir todo aprendizaje y enseñanza mezclado con el discurso filosófico, debes llegar a la filosofía— que es la única que reviste al joven de un adorno verdaderamente varonil y perfecto a través de la razón— con una disposición benévola y familiar. No creo que te sea desagradable escuchar de antemano sobre la facultad auditiva, que Teofrasto dice que es la más pasiva de todas. Pues ni lo visible, ni lo gustable, ni lo tangible provocan éxtasis, perturbaciones y sobresaltos tan grandes como los que se apoderan del alma cuando ciertos estruendos, golpes y sonidos llegan al oído. Pero es más lógica que pasiva. Pues, mientras que la maldad ofrece muchos lugares y partes del cuerpo para que, a través de ellos, se introduzca y toque el alma, para la virtud el único asidero son los oídos de los jóvenes, si estos se mantienen puros, no corrompidos por la adulación y protegidos desde el principio contra los discursos viles. Por eso Jenócrates aconsejaba a los niños, más que a los atletas, llevar orejeras, ya que los oídos de aquellos se deforman por los golpes, mientras que los de estos se corrompen por los discursos; no es que recomendara la sordera, sino que aconsejaba protegerse de los discursos viles antes de que otros, los nobles, como guardianes educados por la filosofía, ocupen el lugar más propenso a ser movido y persuadido en su carácter. Y Bías, el antiguo, cuando Amasis le pidió que enviara la parte más noble y a la vez la más vil de la carne del animal sacrificado, envió la lengua, ya que el hablar tiene tanto los mayores daños como los mayores beneficios. Y la mayoría de la gente, al besar a los niños pequeños, les toca las orejas y les pide que hagan lo mismo, aludiendo en broma a que se debe amar sobre todo a quienes nos benefician a través de los oídos. Pues es evidente que el joven que se priva de toda escucha y no prueba ningún discurso no solo permanece totalmente estéril e incapaz de virtud, sino que también podría corromperse hacia la maldad, produciendo en su alma muchas cosas salvajes, como de una tierra inactiva y baldía. Pues los impulsos hacia el placer y las sospechas ante el esfuerzo no son externos ni introducidos por discursos, sino que, al ser como autóctonos, fuentes de innumerables pasiones y enfermedades, si uno los deja libres para que sigan su naturaleza y no los corrige o desvía mediante buenos discursos, no hay animal que no parezca más manso que el hombre.
3
Por eso, dado que el escuchar conlleva un gran beneficio pero no menor peligro para los jóvenes, creo que es bueno conversar siempre, tanto con uno mismo como con otro, sobre cómo escuchar. Pues vemos que la mayoría de la gente hace un mal uso de esto; se ejercitan en hablar antes de acostumbrarse a escuchar; y creen que el aprendizaje y la práctica consisten en los discursos, y que cualquiera que los use de cualquier manera se beneficia. Sin embargo, para los que juegan a la pelota, el aprendizaje consiste en lanzar y recibir la pelota al mismo tiempo; pero en el uso de la razón, recibir bien es anterior a emitir, al igual que la concepción y la retención de algo de lo que engendra es anterior al parto. Dicen que, en las aves, los huevos sin fecundar son el principio de ciertas gestaciones y dolores de parto de restos incompletos e inanimados; así, para los jóvenes que no son capaces de escuchar ni se han acostumbrado a beneficiarse a través del oído, el discurso es verdaderamente infecundo, pues al caer, sin gloria y sin ser visto, se dispersa bajo las nubes. Pues, mientras que los recipientes se inclinan y se giran para recibir lo que se vierte, a fin de que la infusión sea verdadera y no un derrame, ellos no aprenden a entregarse al que habla y a ajustar la escucha con la atención, para que nada de lo que se dice útilmente se escape; sino que, lo que es más ridículo de todo, si se encuentran con alguien que les cuenta una cena, una procesión, un sueño o una disputa que tuvo con otro, escuchan en silencio y se muestran solícitos; pero si alguien los atrae para enseñarles algo útil, aconsejarles lo que deben hacer, amonestarlos por sus errores o calmarlos cuando están irritados, no lo soportan, sino que, si pueden, se esfuerzan por superar al discurso, compitiendo contra él; y si no, huyen hacia otros discursos y tonterías, llenando sus oídos, como recipientes viles y podridos, de cualquier cosa menos de lo necesario. Por tanto, los que crían bien a los caballos los hacen dóciles al freno, y a los niños los hacen dóciles a la razón, enseñándoles a escuchar mucho pero a hablar poco. Pues Espintaro, al elogiar a Epaminondas, decía que no había conocido a nadie que supiera más y hablara menos. Y dicen que la naturaleza nos dio a cada uno dos oídos y una sola lengua, como si debiéramos hablar menos de lo que escuchamos.
4
En todas partes, pues, el silencio es un adorno seguro para el joven, pero sobre todo cuando, al escuchar a otro, no se perturba ni ladra ante cada cosa, sino que, aunque el discurso no sea muy de su agrado, lo soporta y espera a que el que habla termine, y, una vez terminado, no lanza inmediatamente la réplica, sino que, como dice Esquines, deja pasar un tiempo, por si el que ha hablado quisiera añadir algo a lo dicho, o cambiarlo y quitarlo. Pero los que interrumpen inmediatamente, sin escuchar ni ser escuchados, y hablando mientras otros hablan, se comportan de manera indecorosa; en cambio, el que se ha acostumbrado a escuchar con dominio de sí y con pudor, recibe y retiene el discurso útil, y distingue y descubre mejor el inútil o falso, mostrándose amante de la verdad, no contencioso, ni precipitado, ni pendenciero. De ahí que algunos digan no sin razón que es necesario extraer de los jóvenes la presunción y la arrogancia, más que el aire de los odres para quienes quieren verter algo útil; de lo contrario, llenos de hinchazón y vanidad, no aceptan nada.
5
La envidia, pues, junto con la malevolencia y la mala voluntad, no está presente en ninguna obra buena, sino que es un obstáculo para todo lo noble, y es la peor compañera y consejera para quien escucha, haciendo que lo útil sea penoso, desagradable y difícil de aceptar, debido a que los envidiosos se complacen más en cualquier otra cosa que en lo que se dice bien. Y, sin embargo, la riqueza, la gloria y la belleza, cuando pertenecen a otros, solo muerden al envidioso; pues se aflige cuando otros tienen éxito; pero el que se molesta ante un discurso bien dicho se aflige por sus propios bienes. Pues, al igual que la luz es un bien para los que ven, el discurso lo es para los que escuchan, si quieren recibirlo. La envidia hacia los demás es provocada por otras disposiciones ignorantes y malas, pero la que nace hacia los que hablan, por una ambición inoportuna y una rivalidad injusta, no permite que quien está así dispuesto preste atención a lo que se dice, sino que perturba y distrae su mente, mientras observa su propia condición para ver si se queda atrás respecto a la del que habla, y al mismo tiempo observa a los demás para ver si se asombran y admiran, quedando atónito por los elogios y enfureciéndose contra los presentes si aceptan al que habla, dejando pasar y perdiendo los discursos ya dichos porque le duele recordarlos, y perturbándose y temblando ante los que faltan por miedo a que sean mejores que los anteriores, apresurándose a que los que hablan se callen cuando hablan mejor, y, una vez terminada la escucha, no pensando en nada de lo dicho, sino juzgando las voces y disposiciones de los presentes, huyendo y apartándose de los que elogian como si estuvieran locos, y corriendo a mezclarse con los que critican y distorsionan lo dicho; y si no pueden distorsionar nada, comparan a otros como si hubieran dicho lo mismo mejor y con más fuerza, hasta que, habiendo corrompido y arruinado la escucha, se la hace inútil y sin provecho para sí mismo.
6
Por eso es necesario, habiendo hecho las paces con la ambición, escuchar al que habla con benevolencia y mansedumbre, como si se hubiera sido invitado a un banquete sagrado y a una ofrenda de sacrificios, elogiando la capacidad en lo que tiene éxito, y amando la disposición misma del que trae a la luz lo que sabe y persuade a otros a través de lo que él mismo ha sido persuadido. Por tanto, en lo que se logra con éxito, hay que reflexionar que no se logra por azar ni automáticamente, sino con cuidado, esfuerzo y aprendizaje, y hay que imitar esto, admirándolo y emulándolo; pero en lo que se yerra, es necesario dirigir la mente hacia las causas y el origen de la desviación. Pues, como dice Jenofonte que los administradores se benefician tanto de los amigos como de los enemigos, así, para los que están despiertos y atentos, los que hablan benefician no solo cuando tienen éxito, sino también cuando se equivocan; pues la mezquindad del pensamiento, la vacuidad de la palabra, la postura vulgar, el sobresalto con una alegría carente de buen gusto ante el elogio y todo lo semejante, se manifiestan más a quienes escuchan a otros que a quienes hablan por sí mismos. Por eso es necesario trasladar la responsabilidad del que habla hacia uno mismo, examinando si nosotros mismos cometemos errores similares sin darnos cuenta, pues es lo más fácil del mundo criticar al prójimo, lo cual resulta inútil y vacío si no se refiere a alguna corrección o precaución de cosas similares. Y no hay que dudar en repetir siempre para uno mismo, ante los que se equivocan, lo de Platón:¿ acaso no soy yo así? Pues, al igual que vemos nuestros propios defectos reflejados en los ojos del prójimo, así en los discursos debemos ver reflejados los nuestros en los de los demás, para no despreciar a los otros con demasiada audacia y para prestar más atención a nosotros mismos al hablar. Es útil para esto también el ejercicio de la comparación, cuando, al estar solos después de la escucha y habiendo tomado algo de lo que parece no haber sido dicho bien o suficientemente, intentamos llevarlo al mismo punto y nos adelantamos a nosotros mismos, tratando de completar unas cosas, corregir otras, expresar otras de manera diferente, e introducir otras desde el principio para el tema. Lo cual también hizo Platón con el discurso de Lisias. Pues refutar un discurso ya dicho no es difícil, sino muy fácil; pero levantar otro mejor es algo totalmente laborioso. Como el lacedemonio que, al oír que Filipo había arrasado Olinto, dijo: pero él no podría levantar una ciudad así. Por tanto, cuando al conversar sobre tal tema no parecemos diferir mucho de los que han hablado, eliminamos mucho del desprecio, y nuestra arrogancia y amor propio se cortan rápidamente al ser puestos a prueba en tales comparaciones.
7
Por tanto, el admirar, que es lo opuesto al despreciar, es ciertamente propio de una naturaleza más sensata y mansa, pero tampoco carece de necesidad de una pequeña precaución, y tal vez incluso de una mayor; pues los que son desdeñosos y audaces se benefician menos de los que hablan, pero los que son admiradores e ingenuos se perjudican más, y no refutan a Heráclito cuando dice que el hombre necio suele entusiasmarse ante cualquier discurso. Es necesario, pues, ofrecer el elogio con sencillez a los que hablan, pero la confianza con precaución a los discursos, y ser un espectador benévolo y sencillo de la dicción y la pronunciación de los que compiten, pero un examinador preciso y severo del uso y la verdad de lo que se dice, para que los que hablan no odien y los discursos no dañen; pues a menudo aceptamos doctrinas falsas y malvadas sin darnos cuenta, por la benevolencia y la confianza hacia los que hablan. Los magistrados de los lacedemonios, tras examinar la opinión de un hombre que no había vivido bien, ordenaron que la dijera otro que gozaba de buena reputación por su vida y su carácter, acostumbrando al pueblo, muy correcta y políticamente, a ser guiado más por el modo de ser que por el discurso de los que aconsejan. Pero, al quitar los discursos de la filosofía, es necesario examinarlos por sí mismos, independientemente de la reputación del que habla. Pues, al igual que la guerra, la escucha tiene muchas cosas vacías. Pues las canas del que habla, su fingimiento, sus cejas, su autoglorificación, y sobre todo los gritos, los ruidos y los saltos de los presentes, aturden al oyente inexperto y joven, arrastrándolo como una corriente. Y la dicción también tiene algo engañoso, cuando se presenta agradable, abundante y con cierta hinchazón y artificio ante los hechos. Pues, al igual que en los que cantan con flautas, muchos errores escapan a los que escuchan, así una dicción excesiva y arrogante deslumbra al oyente frente a lo que se manifiesta. Pues Melantio, al parecer, cuando se le preguntó sobre la tragedia de Diógenes, dijo que no pudo verla porque estaba oculta por los nombres. Pero las conversaciones y ejercicios de la mayoría de los sofistas no solo usan los nombres como velos de los pensamientos, sino que, endulzando la voz con ciertas melodías, suavidades y paralelismos, enloquecen y arrastran a los oyentes, dando un placer vacío y recibiendo a cambio una gloria más vacía. De modo que les sucede lo que dijo Dionisio. Pues él, al parecer, habiendo prometido ciertas grandes recompensas a un citaredo que gozaba de buena reputación ante el público, después no le dio nada, alegando que ya había pagado el favor; pues dijo que, durante el tiempo que deleitaste cantando, tanto te alegraste esperando. Este es el pago que tales escuchas llenan a los que hablan; pues son admirados mientras deleitan, luego, tan pronto como lo agradable se escurre del oído, la gloria también los ha abandonado, y en vano, para unos el tiempo y para otros incluso la vida, se ha consumido.
8
Por eso es necesario, eliminando lo abundante y vacío de la dicción, perseguir el fruto mismo e imitar no a las tejedoras de coronas, sino a las abejas. Pues aquellas, al posarse sobre las hojas floridas y fragantes, las entrelazan y tejen, una obra agradable pero efímera y sin fruto; pero estas, habiendo volado muchas veces por prados de violetas, rosas y jacintos, se posan sobre el tomillo más áspero y amargo, y se quedan sobre él buscando la miel dorada, y habiendo tomado algo de lo útil, vuelan hacia su propia obra. Así, pues, el oyente amante de la técnica y puro debe dejar lo florido y delicado de los nombres y lo dramático y panegírico de los hechos, considerándolo hierba de zánganos que se creen sabios, y él mismo, sumergiéndose con atención en la mente del discurso y en la disposición del que habla, extraer de ella lo útil y beneficioso, recordando que no ha llegado a un teatro ni a un odeón, sino a una escuela y a un lugar de enseñanza, para corregir su vida con el discurso. De ahí que también deba hacerse un examen y juicio de la escucha desde uno mismo y desde la disposición que uno tiene, reflexionando si alguna de las pasiones se ha vuelto más suave, si alguna de las cosas penosas es más ligera, si hay valor, si hay un ánimo firme, si hay entusiasmo hacia la virtud y lo noble. Pues no es necesario que, al levantarse de la barbería, uno se ponga ante el espejo y se toque la cabeza, examinando el corte del cabello y la diferencia del peinado, y que, al salir de una escucha y de una escuela, no deba uno mirar inmediatamente hacia sí mismo, observando si el alma se ha vuelto más ligera y agradable al haberse despojado de algo de lo molesto y superfluo. Pues, como dice Aristón, no hay beneficio ni del baño ni del discurso que no purifica.
9
Que el joven se complazca, pues, al ser beneficiado por los discursos; pero no debe hacer del placer de la escucha un fin, ni pensar que debe salir de la escuela del filósofo gorjeando y radiante, ni buscar ser ungido necesitando una compresa y un emplasto, sino estar agradecido si alguien, como con humo a un enjambre, limpia con un discurso agudo la mente llena de mucha bruma y embotamiento. Pues, incluso si a los que hablan les conviene no descuidar del todo el placer y la persuasión de la dicción, el joven debe preocuparse lo menos posible de esto, al menos al principio. Pero después, en algún momento, al igual que los que beben, cuando dejan de tener sed, entonces observan y examinan los grabados de las copas, así, una vez lleno de doctrinas y habiendo tomado aliento, se le debe permitir observar si la dicción tiene algo elegante y superfluo. Pero el que desde el principio no se adhiere a los hechos, sino que exige que la dicción sea ática y sencilla, es como alguien que no quiere beber un antídoto si el recipiente no ha sido fabricado en la colíada ática, ni ponerse una túnica en invierno si la lana no fuera de ovejas áticas, sino que, sentado con un manto de discurso lisíaco, delgado y escueto, permanece inactivo e inmóvil. Pues estas enfermedades han causado una gran desolación de mente y buenos pensamientos, y mucha charlatanería y palabrería en las escuelas, al no cuidar los jóvenes ni la vida, ni la acción, ni la política de un hombre filósofo, sino poniendo en el elogio las dicciones, las palabras y el decir bien, y no sabiendo ni queriendo examinar si lo que se dice es útil, inútil, necesario, vacío o superfluo.
10
A esto sigue el precepto sobre los problemas. Pues el que llega a una cena debe usar lo que se le sirve y no pedir otra cosa ni criticar; y el que ha llegado a un banquete de discursos, si es sobre temas establecidos, debe escuchar en silencio al que habla; pues los que desvían hacia otros temas, interponen preguntas y plantean dudas, al no ser agradables ni fáciles de tratar para la escucha, no se benefician en nada, sino que perturban al mismo tiempo al que habla y al discurso; pero cuando el que habla ordena a los que escuchan preguntar y proponer, debe parecer que siempre se propone algo útil y necesario. Pues Odiseo es ridiculizado ante los pretendientes por mendigar sobras, no lanzas ni calderos; pues consideran que el pedir, al igual que el dar algo de lo grande, es señal de magnanimidad. Pero más se podría ridiculizar a un oyente que mueve al que conversa hacia problemas pequeños y mezquinos, como los que algunos jóvenes, al hacer alarde de su habilidad dialéctica o matemática, suelen proponer sobre la división de los indefinidos, y cuál es el movimiento según el lado o según el diámetro. A quienes se les puede decir lo que dijo Filotimo al que estaba supurando y tísico. Pues, como le habló pidiendo un remedio para un uñero, al darse cuenta por su color y su respiración de su estado, le dijo: no es sobre el uñero, mi buen amigo, de lo que trata tu discurso. Tampoco para ti, joven, es momento de ocuparte de tales cuestiones, sino de cómo, liberado de la hinchazón, la arrogancia, los amores y la tontería, te establecerás en una vida sin vanidad y saludable.
11
Es necesario también, estando muy bien ajustado a la experiencia o a la fuerza natural del que habla, en aquello en lo que él mismo es más fuerte, hacer las preguntas, y no forzar al que filosofa más sobre la ética a que traiga aforismos físicos y matemáticos, ni al que se enorgullece de los temas físicos a que se arrastre hacia juicios de proposiciones conjuntivas y soluciones de falsedades. Pues, al igual que el que intenta cortar leña con una llave y abrir la puerta con un hacha no parecería estar insultando a esos objetos, sino privándose a sí mismo del uso y la fuerza de cada uno, así los que piden al que habla lo que no es su naturaleza ni su ejercicio, y no recogen ni toman lo que tiene y da, no solo se perjudican en esto, sino que también se ganan la fama de malicia y mala voluntad.
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Debe evitarse también proponer muchas cosas y muchas veces uno mismo; pues esto es también, de alguna manera, hacer alarde. Pero escuchar con facilidad cuando otro propone es propio de alguien amante de la palabra y sociable. A menos que alguna pasión propia moleste y apremie, necesitando contención, o una enfermedad que necesite consuelo. Pues tal vez ni siquiera sea mejor ocultar la ignorancia, como dice Heráclito, sino ponerla en medio y curarla. Pero si alguna ira, o un ataque de superstición, o una disputa intensa con los familiares, o un deseo frenético por amor, al mover las cuerdas inmóviles de la mente, perturba el pensamiento, no hay que huir hacia otros discursos escapando de la refutación, sino escuchar sobre estos mismos temas en las sesiones, y después de las sesiones acercarse a ellos en privado y preguntar más. Pero no lo contrario, como la mayoría que se alegra cuando los filósofos hablan de otros y los admiran; pero si el filósofo, dejando a los otros, les habla a ellos en privado con franqueza sobre sus diferencias y les recuerda, se molestan y lo consideran entrometido. Pues, razonablemente, al igual que de los actores en los teatros, creen que deben escuchar a los filósofos en las escuelas, pero en los asuntos externos no consideran que ellos difieran en nada de sí mismos, habiendo sufrido esto razonablemente ante los sofistas; pues al levantarse del trono y dejar los libros y las introducciones, en las partes verdaderas de la vida parecen pequeños y manejables ante la mayoría, pero ante los verdaderos filósofos no es correcto, ignorando que incluso su seriedad, su juego, su gesto, su sonrisa, su ceño fruncido, y sobre todo el discurso que se realiza con cada uno en privado, tiene algún fruto útil para los que se han acostumbrado a soportar y prestar atención.
13
El deber respecto a los elogios también necesita cierta precaución y moderación, debido a que ni su falta ni su exceso son propios de un hombre libre. Pues es un oyente pesado y vulgar el que es impasible y rígido ante todo lo que se dice, lleno de una presunción oculta y una autoglorificación interna, como si tuviera algo mejor que decir que lo que se dice, sin mover la ceja según el gesto ni emitir una voz que sea testigo de una benevolente afición por escuchar, sino que, con silencio y una pesadez fingida y una postura, busca la gloria de ser un hombre estable y profundo, como si, de la riqueza de los elogios, cuanto más comparte con otro, más pareciera quitarse a sí mismo. Pues son muchos los que malinterpretan y fuera de tono la voz de Pitágoras. Pues él decía que de la filosofía le había resultado el no admirar nada; pero estos, el no elogiar ni honrar nada, poniendo en el desprecio lo solemne y persiguiéndolo con arrogancia. Pues el discurso filosófico elimina el asombro y el pasmo que provienen de la inexperiencia y la ignorancia mediante el conocimiento y la historia de la causa de cada cosa, pero no destruye lo fácil, lo moderado y lo filantrópico. Pues para los que son verdadera y firmemente buenos, el honor más hermoso es honrar a alguien de los que son dignos, y el adorno más decoroso es adornar, lo cual sucede por abundancia de gloria y generosidad. Pero los mezquinos respecto a los elogios de los demás parecen estar todavía pobres y hambrientos de los propios. Y el contrario de estos, a su vez, no juzgando nada, sino deteniéndose en cada palabra y sílaba y gritando, siendo alguien ligero y como un pájaro, a menudo no agrada ni siquiera a los mismos que compiten, pero siempre molesta a los que escuchan, alborotando y levantando a los demás contra su voluntad, como si fueran arrastrados por la fuerza debido al pudor y coreando. Y no habiendo sido beneficiado en nada debido a que la escucha ha sido para él turbulenta y llena de sobresaltos respecto a los elogios, se marcha llevando una de estas tres cosas: pues pareció ser un hipócrita, un adulador o alguien carente de buen gusto respecto a los discursos. Por tanto, al juzgar un juicio, es necesario escuchar no por enemistad ni por favor, sino desde la opinión hacia lo justo; pero en las escuchas amantes de la palabra, ninguna ley ni juramento nos impide recibir al que conversa con benevolencia. Sino que incluso los antiguos colocaron a Hermes junto a las Gracias, como si el discurso exigiera sobre todo lo que es agradable y amable. Pues no es posible que el que habla sea tan totalmente desechable y errado como para no proporcionar ni una mente digna de elogio, ni un recuerdo de otros, ni la misma tesis del discurso y su propósito, sino ni siquiera una dicción o disposición de lo que se dice, pues como entre los erizos y entre la áspera gatuña crecen flores de alhelíes suaves, donde algunos, al exponer elogios del vómito, de la fiebre y, por Zeus, de una olla, no carecen de persuasión,¿ cómo es posible que un discurso realizado por un hombre que de alguna manera parece o es llamado filósofo no proporcione en absoluto algún respiro y oportunidad a los oyentes benévolos y filantrópicos para el elogio? Pues todos los que están en su momento, como dice Platón, de alguna manera muerden al amante, y llamando a los blancos hijos de los dioses, a los negros varoniles, y al aguileño real, al chato encantador, y al pálido llamándolo cariñosamente de color de miel, lo abraza y lo ama; pues el amor es terrible, como la hiedra, para atarse a sí mismo desde cualquier pretexto. Mucho más, pues, el que ama escuchar y ama la palabra será descubridor de alguna causa por la cual parecerá elogiar cada cosa no fuera de lugar de los que hablan. Pues incluso Platón, al no elogiar el discurso de Lisias por su invención y al culpar su desorden, sin embargo elogia su elocución, y que cada uno de los nombres está cincelado clara y redondamente. Pero uno podría criticar la tesis de Arquíloco, la versificación de Parménides, la mezquindad de Focílides, la palabrería de Eurípides, la irregularidad de Sófocles, como sin duda también de los oradores, uno no tiene carácter, otro es lento para la pasión, otro carece de gracias, pero cada uno, sin embargo, es elogiado según lo propio de su fuerza, con la cual es natural que mueva y arrastre. De modo que también para los que escuchan hay abundancia y riqueza de ser amables con los que hablan. Pues para algunos es suficiente, aunque no lo testifiquemos con la voz, proporcionar la suavidad de la mirada, la serenidad del rostro y una disposición benévola y no penosa. Pues aquello ya es, incluso hacia los que fracasan totalmente, como algo cíclico y común de toda escucha, una postura no corrompida y no inclinada en una forma recta, y una mirada hacia el que habla mismo, y un orden de atención activa, y una disposición del rostro pura y no manifiesta no solo de insolencia o dificultad, sino también de otras preocupaciones y ocupaciones; pues en toda obra lo bello se logra a partir de muchos números que llegan a un mismo tiempo por cierta simetría y armonía, pero lo feo, a partir de uno solo que falte o esté presente de manera extraña, tiene inmediatamente lista su génesis, como en la escucha misma, no solo la pesadez de la frente y la desagradabilidad del rostro y la mirada errante y la flexión del cuerpo y el cruce de los muslos indecoroso, sino también el gesto y el susurro hacia otro y la sonrisa y los bostezos somnolientos y las abatimientos y todo lo que se parece a esto es responsable y necesita mucha precaución.
14
Pero ellos creen que el que habla tiene alguna tarea, pero el que escucha ninguna, sino que exigen que aquel llegue preocupado y preparado, mientras que ellos mismos, sin reflexión y sin cuidado de sus deberes, se sientan como si hubieran llegado simplemente a una cena, para ser bien tratados mientras otros se esfuerzan. Y, sin embargo, también el comensal tiene alguna tarea elegante, pero mucho más el oyente. Pues es partícipe del discurso y colaborador del que habla, y no debe examinar amargamente los errores de aquel, aplicando la responsabilidad palabra por palabra y hecho por hecho, mientras él mismo, sin responsabilidad, se comporta de manera indecorosa y comete muchos solecismos respecto a la escucha, sino que, al igual que al jugar a la pelota, el que recibe debe moverse rítmicamente junto con el que lanza, así en los discursos hay cierta euritmia tanto para el que habla como para el que escucha, si cada uno guarda lo que le corresponde.
15
Tampoco se debe hacer uso de las expresiones de elogio de cualquier manera. Pues incluso Epicuro resulta desagradable cuando dice que los aplausos y gritos de sus amigos surgen a raíz de sus cartas. Aquellos que ahora introducen expresiones extrañas en las audiencias, pronunciándolas de manera divina, inspirada y distante, como si ya no bastara con lo que es bello, sabio y verdadero— criterios de elogio que utilizaban los círculos de Platón, Sócrates y Hipérides—, se comportan de forma indecorosa y calumnian a los oradores, como si estos necesitaran elogios arrogantes y superfluos. Son sumamente desagradables también aquellos que, como en un tribunal, prestan testimonio a los oradores bajo juramento. No menos que estos son los que fallan en cuanto a las cualidades, cuando aclaman a un filósofo con aspereza, o a un anciano con ingenio o florituras, trasladando a los filósofos las expresiones propias de quienes juegan o celebran fiestas en los ejercicios escolares, y ofreciendo a un discurso sobrio un elogio propio de compañeros de juerga, como si estuvieran ciñendo a un atleta una corona de rosas o de flores, y no de laurel o de acebuche. Eurípides, el poeta, cuando él mismo dictaba a los coreutas una oda compuesta en cierta armonía, uno se rió; si no fueras un insensible y un ignorante, dijo, no te habrías reído mientras yo cantaba en modo mixolidio. Un hombre filósofo y político, creo, cortaría la petulancia de un oyente distraído diciendo: me pareces un insensato y un maleducado; pues no estarías tarareando y bailando al compás de mis palabras mientras yo enseño, amonesto o diserto sobre los dioses, la política o el gobierno. Pues mira lo que es en realidad: cuando un filósofo habla, los de fuera se preguntan, ante los gritos y alaridos de los de dentro, si el elogio es para alguien que toca la flauta, la cítara o que baila.
16
Y, ciertamente, las amonestaciones y las reprensiones no deben escucharse ni con insensibilidad ni con cobardía. Pues aquellos que soportan con facilidad y desdén el ser reprendidos por los filósofos, hasta el punto de reírse al ser cuestionados y elogiar a quienes los cuestionan, como los parásitos a quienes los alimentan cuando son insultados por ellos, siendo en absoluto descarados y audaces, no ofrecen una prueba buena ni verdadera de valentía, sino de desvergüenza. Pues soportar sin ofenderse, con alegría y buen humor, una burla inofensiva lanzada en medio de un juego no es algo innoble ni inculto, sino muy libre y espartano; pero escuchar una crítica y una amonestación destinadas a la corrección del carácter, que utiliza un discurso que muerde como un medicamento, sin mostrarse encogido, ni lleno de sudor y vértigo, con el alma ardiendo de vergüenza, sino impasible, sonriendo y con ironía, es propio de alguien servil, terriblemente insensible a la vergüenza debido a la costumbre y continuidad de sus errores, como si el alma, al ser una carne dura y callosa, no recibiera el cardenal. Siendo esto así, los jóvenes que tienen la disposición contraria, si alguna vez escuchan una crítica, huyen sin mirar atrás y desertan de la filosofía, desperdiciando por molicie y debilidad el buen principio para salvarse que la naturaleza les dio al sentir vergüenza, al no perseverar en las correcciones ni aceptarlas con nobleza, sino volviendo sus oídos hacia conversaciones suaves y delicadas, de aduladores o sofistas que cantan voces inútiles, vanas y placenteras. Por tanto, así como el que huye del médico tras la incisión y no permite el vendaje ha aceptado el dolor pero no ha soportado el beneficio del tratamiento, así el que no se ha dejado cicatrizar ni sanar su necedad por el discurso que lo ha marcado y herido, se marchó de la filosofía habiendo sido mordido y dolorido, pero sin haber obtenido beneficio alguno. Pues no solo, como dice Eurípides, la herida de Télefo se calma con las limaduras de la lanza, sino que el mismo discurso que hiere cura la mordedura que se produce en los jóvenes de buen natural a causa de la filosofía. Por eso, el que es reprendido debe sufrir algo y sentirse mordido, pero no quebrantarse ni desanimarse, sino, como en una iniciación donde la filosofía ha sido consagrada, soportar los primeros ritos de purificación y los alborotos, esperando algo dulce y brillante tras la angustia y confusión presentes. Pues incluso si la reprensión parece injusta, es bueno soportarla y perseverar mientras el otro habla; y, una vez que haya terminado, acercarse a él para disculparse y pedirle que guarde esa franqueza y ese tono que ahora ha usado con él para alguna de las cosas en las que realmente se equivoca.
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Además, así como en las letras, en la lira y en la palestra los primeros aprendizajes conllevan mucho ruido, esfuerzo y oscuridad, y luego, al avanzar poco a poco, como ocurre con las personas, una gran familiaridad y conocimiento hace que todo sea amable, manejable y fácil de decir y hacer, así también, dado que la filosofía tiene algo pegajoso y, sin duda, poco familiar en los primeros términos y asuntos, no hay que abandonar por miedo, con timidez y cobardía, ante los comienzos, sino probando cada cosa, insistiendo y esforzándose por avanzar, esperar la familiaridad que hace que todo lo bello sea agradable. Pues llegará en poco tiempo, trayendo mucha luz al aprendizaje e infundiendo terribles deseos por la virtud, sin los cuales es propio de un hombre muy sufrido o cobarde soportar el resto de la vida tras haber abandonado la filosofía por cobardía. Quizás, ciertamente, las cosas tienen algo difícil de comprender para los inexpertos y jóvenes al principio; sin embargo, caen en la mayor parte de la oscuridad y la ignorancia por sí mismos, cometiendo el mismo error desde naturalezas opuestas. Pues unos, por cierta vergüenza y respeto al que habla, dudan en preguntar y confirmar el discurso, y asienten como si lo hubieran comprendido, mientras que otros, por una ambición inoportuna y vana de competir con los demás, demostrando rapidez y capacidad de aprendizaje, confiesan tenerlo antes de haberlo recibido, y no lo reciben. Luego sucede que aquellos que son vergonzosos y silenciosos, cuando se van, se atormentan y se quedan en la duda, y al final, impulsados por la necesidad, molestan a quienes hablaron con mayor vergüenza, preguntando y persiguiéndolos, mientras que los ambiciosos y audaces siempre ocultan y encubren la ignorancia que los acompaña.
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Por tanto, rechazando toda esa estupidez y arrogancia, y acercándonos al aprendizaje con la intención de captar con la mente lo que se dice de manera útil, soportemos las risas de los que parecen tener buen natural, tal como Cleantes y Jenócrates, que pareciendo más lentos que sus compañeros de estudio, no huían del aprendizaje ni se cansaban, sino que se adelantaban a reírse de sí mismos, comparándose con vasijas de boca estrecha y tablillas de bronce, como si recibieran los discursos con dificultad, pero los guardaran de forma segura y firme. Pues no solo, como dice Focílides, es necesario ser engañado muchas veces para llegar a ser noble, sino que también hay que ser objeto de risa y deshonra muchas veces, y tras aceptar burlas y bufonadas, rechazar con todo el ánimo y aplastar la ignorancia. Sin embargo, tampoco hay que descuidar el error contrario, que cometen los que, por pereza, resultan desagradables y pesados; pues no quieren tomarse molestias cuando están solos, sino que se las proporcionan al que habla, preguntando muchas veces sobre lo mismo, como polluelos sin alas que siempre están con la boca abierta hacia un pico ajeno, queriendo recibir todo ya listo y trabajado por otros. Otros, en cambio, buscando una reputación de atención y agudeza donde no es necesario, agotan a los oradores con palabrería y curiosidad, preguntando siempre por cosas innecesarias y buscando pruebas de lo que no las requiere; así, un camino corto se vuelve largo, como dice Sófocles, no solo para ellos, sino también para los demás. Pues al interrumpir al maestro en cada momento con preguntas vanas y superfluas, como en un viaje, obstaculizan la continuidad del aprendizaje, que requiere pausas y tiempo. Estos, pues, según Jerónimo, son como los perros cobardes y codiciosos que muerden las pieles en casa y arrancan los pelos, pero no tocan a las fieras mismas. A aquellos perezosos, en cambio, exhortémoslos a que, cuando comprendan los puntos principales con el pensamiento, ellos mismos compongan el resto por sí mismos, y guíen la invención con la memoria, y tomen el discurso ajeno como un principio y una semilla para alimentarlo y hacerlo crecer. Pues la mente no necesita ser llenada como una vasija, sino solo como leña que necesita una chispa, que infunda un impulso inventivo y un deseo hacia la verdad. Por tanto, así como si alguien necesitara fuego de los vecinos, y luego, al encontrarlo abundante y brillante, se quedara allí calentándose hasta el final, así si alguien que viene a participar de un discurso no cree necesario encender una luz propia y una mente propia, sino que se sienta disfrutando de la escucha, extrayendo de las palabras un rubor y un brillo como reputación, pero no ha calentado ni expulsado la podredumbre y la oscuridad del interior de su alma mediante la filosofía. Si es necesario, pues, algún consejo para la escucha de otro, es necesario recordar lo que se ha dicho ahora y practicar la invención junto con el aprendizaje, para que no adquiramos una disposición sofística ni histórica, sino una interiorizada y filosófica, considerando que el principio de vivir bien es escuchar bien.

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