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Plutarch (plutarch)Laud 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Hablar de uno mismo como si uno fuera alguien o fuera capaz de algo ante los demás, Herclano, es algo que todos declaran, de palabra, como odioso y servil, pero, en la práctica, no muchos, ni siquiera quienes lo censuran, han escapado a su desagrado. Eurípides, al menos, al decir:« Si los discursos fueran comprables para los hombres, nadie querría hablar bien de sí mismo; pero ahora, puesto que es posible obtenerlos gratis desde el profundo éter, todo el mundo se complace en decir lo que es y lo que no es; pues no conlleva perjuicio», ha empleado una jactancia de lo más vulgar al entretejer con los sufrimientos y asuntos trágicos un discurso sobre sí mismo que no viene a cuento. Del mismo modo, Píndaro, al decir que« también el jactarse a destiempo resuena con locuras», no cesa de hablar con grandilocuencia sobre su propia capacidad, que, ciertamente, es digna de elogios— pues,¿ quién no lo dice?—, pero incluso a los que son coronados en los certámenes, otros son quienes los proclaman vencedores, eliminando así el desagrado de la autoalabanza.¿ Y acaso no nos sentimos justamente molestos con Timoteo cuando, al escribir sobre su victoria contra Frinis:« Eras dichoso, Timoteo, cuando el heraldo dijo: vence Timoteo de Mileto al hijo de Camón, el que curva los modos jónicos», nos sentimos molestos, digo, como si fuera algo falto de cultura y contrario a la ley, al proclamar su propia victoria? Pues para él, el elogio que viene de otros es lo más dulce de lo que se puede escuchar, como ha dicho Jenófonte; pero para los demás, el que uno hace de sí mismo es lo más penoso. En primer lugar, consideramos desvergonzados a quienes se alaban a sí mismos, pues les correspondería sentir pudor incluso si fueran alabados por otros; en segundo lugar, los consideramos injustos, al otorgarse a sí mismos lo que deberían recibir de los demás; en tercer lugar, o bien parecemos molestos y envidiosos si guardamos silencio, o bien, temiendo esto, nos vemos obligados a participar contra nuestra voluntad en los elogios y a dar testimonio, algo que corresponde más a una adulación servil que a un honor, al soportar el elogio de quienes están presentes.
2
Sin embargo, a pesar de que las cosas son así, hay ocasiones en las que el hombre político podría arriesgarse a tocar la llamada autoalabanza, no por ninguna gloria o favor personal, sino cuando el momento y la acción lo exigen, para que se diga algo verdadero sobre sí mismo como si fuera de otro, y sobre todo cuando, al no escatimar en contar los hechos realizados y las virtudes que posee, logra llevar a cabo algo similar. Pues tal elogio produce un buen fruto, como si de una semilla nacieran de él otros elogios más numerosos y mejores. Pues el hombre político no exige la gloria como si fuera una recompensa o un consuelo de la virtud, ni la ama por estar presente en sus acciones, sino porque el ser digno de confianza y parecer un hombre de bien proporciona motivos para más y mejores acciones. Pues es dulce y fácil beneficiar a quienes a la vez confían y aman; en cambio, no es posible emplear la virtud frente a la sospecha y la calumnia, forzando a quienes huyen de ser beneficiados. Y si el político se alabara a sí mismo por otras causas, hay que examinar cuáles son, para que, evitando lo vacío y lo que causa desagrado, no pasemos por alto si contiene algo útil.
3
Es, pues, un elogio vacío aquel de quienes parecen alabarse a sí mismos para ser alabados, y es despreciado sobre todo al parecer que ocurre por ambición y gloria inoportuna. Pues, al igual que los que carecen de alimento se ven obligados a nutrirse del propio cuerpo, y este es el fin del hambre, así los que están hambrientos de elogios, si no obtienen los de otros, se comportan de manera indecorosa al querer, por ambición, proveer y contribuir algo desde sí mismos. Y cuando ni siquiera buscan ser alabados de forma sencilla y por sí mismos, sino que, compitiendo con los elogios ajenos, contraponen sus propias obras y acciones como para oscurecer a los demás, además de vacío, hacen algo envidioso y malintencionado. Pues el proverbio demuestra que es curioso y ridículo quien pone el pie en un coro ajeno; y la autoalabanza que, por envidia y celos, se empuja al centro en medio de los elogios ajenos debe ser evitada con mucho cuidado, y no debemos soportar ni siquiera que otros nos alaben, sino ceder ante los que son honrados, si es que son dignos; pero si parecen indignos y viles, no debemos quitarles los suyos con nuestros propios elogios, sino refutándolos directamente y demostrando que no gozan de buena reputación de manera apropiada. Es evidente, pues, que esto debe evitarse.
4
Es posible alabarse a sí mismo sin reproche, en primer lugar, si haces esto defendiéndote ante una calumnia o acusación, como Pericles:« Y, sin embargo, os enfadáis con un hombre como yo, que creo no ser inferior a nadie en conocer lo que es necesario y en explicarlo, amante de la ciudad y superior al dinero». Pues no solo ha evitado la arrogancia, la vacuidad y la ambición al decir entonces algo solemne sobre sí mismo, sino que también demuestra su temple y la grandeza de su virtud al no humillarse ante lo que humilla y vence a la envidia. Pues ya ni siquiera consideran juzgar a tales hombres, sino que se exaltan, se alegran y se entusiasman con las jactancias, siempre que sean firmes y verdaderas, como atestiguan los hechos. Los tebanos, al menos, cuando sus generales fueron acusados porque, habiendo terminado el tiempo de su beotarquía, no regresaron inmediatamente, sino que invadieron Laconia y administraron los asuntos de Mesene, apenas liberaron a Pelópidas, que se postraba y suplicaba; pero cuando Epaminondas habló con grandilocuencia sobre lo realizado y, finalmente, dijo que estaba dispuesto a morir si reconocían que él había fundado Mesene, devastado Laconia y unido Arcadia, contra su voluntad, ni siquiera soportaron recoger los votos contra él, sino que, admirando al hombre y alegrándose a la vez, se marcharon riendo. De donde tampoco debe ser censurado en absoluto el Esténelo homérico:« Nosotros, en verdad, nos jactamos de ser mucho mejores que nuestros padres», recordando el:«¡ Ay de mí, hijo de Tideo, de ánimo audaz y domador de caballos!¿ Por qué te acobardas?¿ Por qué observas los puentes de la guerra?». Pues ni siquiera él, al ser insultado, se defendió, sino que lo hizo en favor de su amigo, dándole la autoalabanza una franqueza comprensible por la causa. Pero, además, los romanos se molestaban con Cicerón cuando elogiaba a menudo sus propias acciones contra Catilina, pero cuando Escipión dijo que no les convenía juzgar sobre Escipión, gracias a quien tienen el poder de juzgar a todos los hombres, se coronaron, subieron al Capitolio y sacrificaron juntos. Pues el primero usaba los elogios no por necesidad, sino por gloria, mientras que al segundo el peligro le quitaba la envidia.
5
Y no solo a los que son juzgados y están en peligro, sino también a los que son desgraciados les conviene más la jactancia y el alarde que a los afortunados. Pues los primeros parecen querer apoderarse de la gloria y disfrutarla, complaciendo su ambición, mientras que los segundos, estando lejos de la ambición debido a la ocasión, parecen elevarse frente a la fortuna, sostener su temple y evitar por completo lo lastimero y lo que se lamenta junto con lo indeseado y lo que se humilla. Así pues, al igual que consideramos insensatos y vacíos a los que se exaltan y caminan con la cabeza erguida al pasear, pero si al boxear o luchar se animan y se levantan a sí mismos, los elogiamos; así, un hombre que es derribado por la fortuna, al establecerse a sí mismo en posición erguida y como un púgil frente a frente, trasladándose desde lo humilde y lastimero mediante la jactancia hacia lo orgulloso y elevado, no parece odioso ni audaz, sino grande e invicto, como el poeta ha hecho a Patroclo, moderado y libre de envidia al tener éxito, pero grandilocuente al morir, diciendo:« Si veinte como estos se hubieran enfrentado a mí». Y Foción, que en lo demás era apacible, tras la condena demostró su grandeza de ánimo con muchas otras cosas, y a uno de los que morían con él, que se lamentaba y se mostraba indignado, le dijo:«¿ Qué dices, hombre?¿ No te alegras de morir junto a Foción?».
6
Además, no menos, sino incluso más, se le permite al hombre político que es tratado injustamente decir algo sobre sí mismo ante los que no tienen buen juicio; como Aquiles, que por lo demás cedía ante el divino en cuanto a la gloria y era moderado al decir:« Si Zeus nos diera alguna vez saquear la ciudad de Troya de hermosos muros», pero al ser insultado injustamente y ultrajado, da rienda suelta a la jactancia por la ira:« Pues doce ciudades de hombres he saqueado con mis naves», y« pues no ven el frente de mi yelmo brillando de cerca». Pues la franqueza, al ser parte de la defensa justa, admite la grandilocuencia. Sin duda, también Temístocles, sin haber dicho ni hecho nada odioso en sus acciones, cuando veía que los atenienses estaban hartos de él y lo descuidaban, no se privaba de decir:«¿ Por qué, dichosos, os cansáis de recibir beneficios a menudo de los mismos?», y« mientras hay tormenta, os refugiáis bajo el árbol, pero cuando llega la calma, lo arrancáis al pasar».
7
Estos, pues, al ser tratados injustamente, recordaban sus logros ante los que no tenían buen juicio. Pero el que es censurado por aquello que ha logrado es totalmente perdonable e irreprochable al elogiar sus acciones; pues parece que no reprocha, sino que se defiende. Esto, al menos, le daba a Demóstenes una franqueza brillante y eliminaba el hartazgo de los elogios que ha empleado a lo largo de todo el discurso, casi en su totalidad, en el discurso sobre la corona, enorgulleciéndose de las embajadas y decretos sobre la guerra por los que era acusado.
8
No lejos de esto tiene cierto encanto la antítesis, cuando, por aquello de lo que uno es acusado, demuestra que lo contrario es vergonzoso y vil. Como Licurgo en Atenas, al ser insultado por haber convencido al sicofante con dinero, dijo entonces:«¿ Qué clase de ciudadano os parezco ser, yo que, habiendo gestionado los asuntos públicos entre vosotros durante tanto tiempo, he sido sorprendido dando más injustamente que recibiendo?». Y Cicerón, cuando Metelo le dijo que había eliminado a más personas testificando que las que había salvado defendiéndolas, dijo:«¿ Quién no dice que en mí hay más confianza que habilidad?». Y los de Demóstenes son tales:«¿ Y quién no me habría matado justamente si hubiera intentado deshonrar con palabras solo una de las cosas bellas que posee la ciudad?», y«¿ qué creéis que dirían estos hombres inmundos si entonces, cuando yo escudriñaba sobre estos asuntos, las ciudades se hubieran ido?». Y, en general, el discurso sobre la corona introduce los elogios de manera muy ingeniosa mediante las antítesis y las soluciones a las acusaciones.
9
Sin embargo, también es útil aprender en ese discurso que, al mezclar de la manera más armoniosa el elogio de los oyentes con el discurso sobre sí mismo, lo hacía libre de envidia y desinteresado: qué clase de personas se mostraron los atenienses con los eubeos y qué clase con los tebanos, y cuántos bienes hicieron a los bizantinos y a los habitantes del Quersoneso; afirmando que él participó en el servicio. Pues así pasa inadvertido para el oyente al deslizarse con sus propios elogios, quien se complace en lo que se dice sobre él y siente gratitud por lo que logró, y al alegrarse le sigue inmediatamente el admirar y amar a aquel por quien lo logró. De donde también Epaminondas, cuando Meneclides se burlaba de él por pensar que era mayor que Agamenón, dijo:« Por vosotros, hombres de Tebas, con quienes solo yo en un día disolví el imperio de los lacedemonios».
10
Puesto que la mayoría lucha enérgicamente y se molesta con quien se alaba a sí mismo, pero no de igual modo con quien alaba a otros, sino que a menudo se alegran y dan testimonio con entusiasmo, algunos acostumbran, al elogiar a quienes tienen las mismas preferencias y acciones que ellos y son, en general, de costumbres similares, a atraer y volver hacia sí mismos al oyente en el momento oportuno; pues reconoce inmediatamente en el que habla, incluso si se habla de otro, la semejanza de la virtud que es digna de los mismos elogios. Pues, al igual que quien insulta a otro por aquello de lo que él mismo es culpable, pasa inadvertido al insultarse más a sí mismo que a aquel, así los buenos, al honrar a los buenos, recuerdan a quienes los conocen; de modo que inmediatamente exclaman:«¿ Pues no eres tú así?». Alejandro, pues, al honrar a Heracles, y a su vez Androcoto a Alejandro, se llevaban a sí mismos a ser honrados a partir de los semejantes. Dionisio, al denigrar a Gelón y llamarlo el hazmerreír de Sicilia, pasaba inadvertido al destruir por envidia la grandeza y la dignidad del poder que lo rodeaba.
11
Estas cosas, pues, conviene que el hombre político las sepa y las observe de otras maneras. Y a los que se ven obligados a alabarse a sí mismos los hace más ligeros el no pretender que todo es suyo, sino, como si fuera una carga de la gloria, depositar una parte en la fortuna y otra en el dios. Por eso, bien Aquiles:« Puesto que los dioses han permitido que este hombre sea vencido»; bien Timoleón, al erigir un altar a Automatia en Siracusa por sus acciones y consagrar su casa al Buen Demonio; y mejor Pitón el enio, cuando, tras matar a Cotis, llegó a Atenas y, al darse cuenta de que algunos de los demagogos competían con sus elogios ante el pueblo y sentían envidia y se molestaban, se adelantó y dijo:« Esto, hombres de Atenas, lo hizo un dios, nosotros solo prestamos las manos». Y Sila también eliminaba la envidia al elogiar siempre a la Fortuna, y finalmente se hizo llamar a sí mismo Epafrodito. Pues prefieren ser vencidos por la buena fortuna que por la virtud, considerando lo primero un bien ajeno, y lo segundo una carencia propia y que ha surgido de ellos mismos. No en menor medida, al menos, dicen que la legislación de Zaleuco agradó a los locrios porque decía que Atenea se le aparecía cada vez para sugerirle las leyes y enseñarle, y que no era invención ni consejo suyo nada de lo que se presentaba.
12
Pero quizás sea necesario idear estos remedios y consuelos frente a los que son totalmente duros y envidiosos; pero frente a los moderados no es absurdo emplear también las correcciones de los elogios; si alguien lo elogiara como elocuente, rico o poderoso, instándole a no decir eso sobre él, sino más bien si es un hombre de bien, inofensivo y útil, pues quien hace esto no introduce el elogio, sino que lo traslada, y no parece alegrarse con quienes lo elogian, sino más bien molestarse porque no lo hacen de manera apropiada ni por lo que deben, y ocultar lo más vil con lo mejor, no queriendo ser elogiado, sino enseñando cómo se debe elogiar. Pues el« no fortifiqué la ciudad con piedras ni con ladrillos, sino que, si quieres observar mi fortificación, encontrarás armas, caballos y aliados» parece tocar algo de esto. Y el de Pericles aún más: pues sus allegados, lamentándose, al parecer, cuando ya estaba muriendo, e indignados, recordaban sus estrategias y su poder, y cuántos trofeos, victorias y ciudades había dejado ganadas para los atenienses; pero él, levantándose un poco, los reprendió por decir elogios que eran comunes a muchos y algunos más de la fortuna que de la virtud; y por omitir lo más bello, grande y propio de él, que por su causa ningún ateniense había vestido un manto negro. Este ejemplo, pues, también le da al orador, si es un hombre de bien, al ser elogiado por su habilidad oratoria, trasladar el elogio a su vida y a su carácter; y al estratega admirado por su experiencia militar o su buena fortuna, hablar con franqueza sobre su mansedumbre y justicia; y, a la inversa, al decirse elogios extraordinarios, como los que muchos dicen por adulación y que causan envidia, decir:« No soy ningún dios;¿ por qué me comparas con los inmortales? Pero si me conoces verdaderamente, elogia mi incorruptibilidad, mi templanza, mi buen juicio o mi filantropía». Pues la envidia no da de mala gana los elogios más moderados a quien rechaza los mayores, y el elogio verdadero no se quita a quienes no aceptan los falsos y vacíos. Por eso, incluso de los reyes, a los que no querían ser proclamados dioses ni hijos de dioses, sino Filadelfos, Filómetores, Evergetes o Teófilos, no se molestaban al honrarlos con estos títulos bellos pero humanos. Así también, los que escriben y hablan, al molestarse con los que se atribuyen el nombre de sabiduría, se alegran con los que dicen sobre sí mismos algo libre de envidia y moderado, como que filosofan o progresan o algo similar. Pero los oradores y sofistas, al aceptar lo divino, lo demoníaco y lo grande en sus demostraciones, pierden también lo moderado y lo humano.
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Y, ciertamente, al igual que los que evitan molestar a los que tienen los ojos inflamados mezclan algo de sombra con lo demasiado brillante, así algunos, al no ofrecer sus propios elogios totalmente brillantes ni puros, sino al introducir algunas carencias, fracasos o faltas leves, eliminan lo odioso y lo que causa indignación de ellos; como Epeo, al decir cosas no moderadas sobre el boxeo y al jactarse de que« romperá la piel y triturará los huesos», dice:«¿ Acaso no es suficiente que carezca de combate?». Pero este, quizás, sea ridículo, al consolar la arrogancia atlética con la confesión de cobardía y falta de hombría; pero es armonioso y encantador quien dice algún olvido sobre sí mismo, o ignorancia, o ambición, o descuido hacia ciertos aprendizajes y escucha de discursos, como Odiseo:« Pero mi corazón quería escuchar, y ordenaba a mis compañeros que me soltaran, asintiendo con las cejas». Y de nuevo:« Pero yo no obedecí;¡ ojalá hubiera sido mucho mejor!, para que pudiera verlo a él mismo, y si me diera regalos de hospitalidad». Y, en general, todas las faltas que no son totalmente vergonzosas ni innobles, al ser puestas junto a los elogios, eliminan la envidia. Muchos, incluso, al insertar a veces en los elogios la confesión de pobreza, carencia y, por Zeus, de linaje humilde, usan una envidia más embotada; tal como Agatocles, al servir copas de oro y cinceladas a los jóvenes, ordenó que trajeran también unas de arcilla y dijo:« Tal es lo constante, lo trabajador y lo valiente; nosotros hacíamos esto hace tiempo, y ahora hacemos aquello»; pues parecía que Agatocles se había criado en un taller de alfarería debido a su linaje humilde y pobreza, y luego llegó a reinar sobre casi toda Sicilia.
14
Y estos son remedios de la autoalabanza que se pueden introducir desde fuera. Otros, en cierto modo, están en los mismos que son elogiados; los cuales también usaba Catón al decir que era envidiado porque descuida sus asuntos propios y pasa las noches en vela por la patria, y«¿ cómo podría tener buen juicio, yo a quien le era posible, estando contado sin complicaciones entre la multitud, participar de la fortuna igual que el más sabio?». Y el« vacilando en derramar la gracia de los trabajos anteriores, no rechazo los trabajos presentes». Pues, al igual que una casa y una propiedad, la mayoría envidia la gloria y la virtud a quienes parecen tenerlas gratis y fácilmente, no a quienes las han comprado con muchos trabajos y peligros.
15
Puesto que no solo sin dolor y sin envidia, sino también de manera útil y provechosa, deben presentarse los elogios, para que no parezca que hacemos esto, sino otra cosa a través de ello, mira primero si uno podría alabarse a sí mismo por causa de exhortación, celo y ambición de los que escuchan. Como Néstor, al narrar sus propias proezas y combates, impulsó a Patroclo y levantó a los nueve para el combate singular. Pues la exhortación que tiene a la vez obra y discurso, y el ejemplo y el celo propio, es animada y mueve y estimula, y con impulso y preferencia presenta esperanzas como alcanzables y no imposibles. Por eso, incluso de los coros en Lacedemonia, cantan los ancianos:« Nosotros fuimos en otro tiempo jóvenes valientes»; los niños:« Nosotros lo seremos mucho mejores»; y los jóvenes:« Nosotros lo somos; si quieres, obsérvalo»; el legislador, de manera bella y política, puso los ejemplos cercanos y propios ante los jóvenes a través de los mismos que los habían realizado.
16
Sin embargo, también en algunos lugares, por causa de asombro y contención, y para humillar y tomar bajo control al obstinado y audaz, no es peor jactarse algo sobre sí mismo y hablar con grandilocuencia. Tal como, de nuevo, Néstor:« Pues ya en otro tiempo me relacioné con hombres mejores que vosotros, y nunca me despreciaban». Así también, Aristóteles dijo a Alejandro que no solo a los que dominan a muchos les está permitido pensar en grande, sino también a los que tienen opiniones verdaderas sobre los dioses. Son útiles también frente a enemigos y adversarios tales cosas:« Los hijos de los desgraciados se enfrentan a mi fuerza». Y sobre el rey de los persas, llamado el Grande, Agesilao:«¿ Y qué es él mayor que yo, si no es también más justo?». Y frente a los lacedemonios que acusaban a los tebanos, Epaminondas:« Nosotros, en verdad, os hicimos dejar de hablar brevemente». Pero esto es frente a enemigos y adversarios; de los amigos y ciudadanos, no solo es posible aplacar a los que se envalentonan y hacerlos más humildes, sino también levantar de nuevo y estimular a los que están llenos de miedo y asombro, usando la jactancia en el momento oportuno. Pues también Ciro, ante los peligros y las batallas, hablaba con grandilocuencia, y en otras ocasiones no era grandilocuente. Y Antígono el Segundo, por lo demás, era sin vanidad y moderado, pero en la batalla naval de Cos, al decir uno de sus amigos:«¿ No ves cuántos más son los barcos enemigos?», dijo:«¿ Y contra cuántos me enfrentas a mí mismo?». Y esto parece haberlo comprendido Homero; pues ha hecho a Odiseo, al acobardarse sus compañeros ante el ruido y el oleaje alrededor de Caribdis, recordar su propia habilidad y valentía:« Ciertamente, no hay mayor mal que este que cuando el Cíclope nos encerraba en la cueva hueca con fuerza poderosa; pero incluso de allí, por mi virtud, consejo y juicio, escapamos». Pues tal elogio no es de quien hace demagogia ni de quien hace sofistería, ni de quien pide aplausos ni chasquidos, sino de quien da la virtud y la ciencia como prenda de confianza a los amigos. Pues es grande en momentos peligrosos para la salvación la gloria y la confianza de un hombre que tiene experiencia y poder de mando.
17
Que el contraponerse a sí mismo ante el elogio ajeno y la gloria es lo menos político, se ha dicho antes; sin embargo, donde el elogio errado daña y corrompe al infundir celo por lo vil y una preferencia malvada en asuntos grandes, no es inútil rechazarlo, o más bien desviar al oyente hacia lo mejor, demostrando la diferencia. Pues uno podría alegrarse, creo, al ver que la mayoría desea abstenerse de la maldad que es insultada y censurada; pero si la maldad obtuviera gloria, y al que se deja llevar por sus placeres y codicia le sobreviniera honor y el gozar de buena reputación, no hay naturaleza tan afortunada ni fuerte que no pudiera ser vencida. Por eso, el político debe luchar no contra los elogios de los hombres, sino contra los de las cosas, si son viles; pues estos distorsionan, y con ellos entra el imitar lo vergonzoso y desearlo como si fuera bello. Y se refutan sobre todo al ser comparados con los verdaderos; como el actor de tragedias Teodoro, que se dice que dijo una vez al cómico Sátiro que no es admirable hacer reír a los espectadores, sino hacerlos llorar y sollozar. Pero creo que un hombre filósofo le diría mejor a este mismo:« Pero no es lo hacer, el mejor, llorar y sollozar, sino que lo solemne es detener a los que sufren y lloran». Pues al elogiarse a sí mismo, beneficia al que escucha y traslada el juicio. Así también Zenón, ante la multitud de discípulos de Teofrasto:« El coro de aquel», dijo,« es mayor, pero el mío es más armonioso». Y Foción, cuando Leóstenes aún tenía éxito, al ser preguntado por los oradores qué bien había hecho él mismo a la ciudad, dijo:« Nada, sino que vosotros, siendo yo estratega, no habéis dicho discurso fúnebre, sino que todos los que mueren son enterrados en los sepulcros paternos». Y muy encantadoramente también Crates, ante el« tengo esto, lo que comí y ultrajé y me deleité con el amor», escribió en contra:« Tengo esto, lo que aprendí y reflexioné y aprendí cosas solemnes con las Musas». Pues tal elogio es bello y útil, y enseña a admirar y amar lo útil y lo conveniente en lugar de lo vacío y superfluo. Por eso, que esto sea clasificado junto con lo dicho en el problema.
18
Queda para nosotros, al exigirlo y pedirlo el curso del discurso, decir cómo cada uno podría evitar el alabarse a sí mismo inoportunamente. Pues la autoalabanza tiene como punto de partida la vanidad, y a menudo se adhiere incluso a los que parecen ser muy moderados respecto a la gloria, atacándolos. Pues, al igual que uno de los preceptos de salud es evitar por completo los lugares insalubres o prestar más atención a uno mismo al estar en ellos, así la autoalabanza tiene ciertos momentos y lugares resbaladizos que llevan a ella por cualquier pretexto. En primer lugar, en los elogios ajenos, como se ha dicho, la ambición hace florecer la autoalabanza, y alguien la atrapa, sintiéndose mordido y cosquilleado como por una picazón, con un deseo y un impulso hacia la gloria difíciles de soportar, sobre todo si otro es elogiado por cosas iguales o menores. Pues, al igual que los que tienen hambre se irritan y se estimulan más el apetito al ver comer a otros, así el elogio de los cercanos enciende con celos a los que no tienen control respecto a la gloria.
19
En segundo lugar, los relatos de las cosas realizadas con éxito y según el deseo pasan inadvertidos al llevar a muchos a la jactancia y al alarde por la alegría; pues, al caer en el hablar de victorias propias o logros en la política o acciones y discursos que han tenido éxito ante los líderes, no se controlan ni son moderados. Género de autoalabanza en el que se puede ver que caen sobre todo los marinos y los soldados, y sucede que también los que regresan de banquetes de líderes y grandes asuntos sufren esto de manera moderada; pues, al recordar a hombres ilustres y reales, entretejen sobre sí mismos algunas alabanzas dichas por ellos, y piensan que no se elogian a sí mismos, sino que relatan elogios de otros que han ocurrido sobre ellos. Pero otros piensan totalmente que pasan inadvertidos para los que escuchan cuando anuncian recepciones, saludos y amabilidades de reyes y emperadores, como si no estuvieran contando elogios propios, sino demostraciones de la amabilidad y filantropía de aquellos. De donde hay que prestar mucha atención a uno mismo respecto a los elogios de otros, para que sean puros y libres de sospecha de vanidad y autoalabanza, y no parezcamos usar a Patroclo como pretexto para elogiarnos a nosotros mismos a través de ellos.
20
Pero, además, el género respecto a las censuras y las acusaciones es peligroso y ofrece desviaciones a los que están enfermos respecto a la gloria. En esto caen sobre todo los ancianos, cuando son llevados a amonestar a otros y a censurar costumbres viles y acciones erradas, engrandeciéndose a sí mismos como si hubieran sido hombres admirables en las mismas cosas. A estos, pues, si no solo tienen edad, sino también gloria y virtud, hay que concedérselo; pues no es inútil, sino que infunde un gran celo y a la vez cierta ambición a los que son castigados así. Pero los demás debemos evitar y temer mucho esta desviación. Pues, siendo el reproche de los cercanos de por sí molesto y apenas soportable, y necesitando mucha precaución, quien mezcla su propio elogio con la censura ajena y busca gloria para sí mismo a través de la falta de gloria de otro, es totalmente odioso y vulgar, al querer gozar de buena reputación mientras otros se comportan de manera indecorosa.
21
Además, a los que son naturalmente propensos y prontos a la risa les conviene sobre todo evitar y guardarse de los cosquilleos y los tocamientos, en los cuales las partes más suaves del cuerpo, al resbalar y fluir juntas, mueven y estimulan el afecto; pero a los que se han dejado llevar más apasionadamente hacia la gloria, a estos uno no dejaría de aconsejarles que se abstengan de elogiarse a sí mismos cuando son elogiados por otros. Pues hay que sonrojarse al ser elogiado, no dejar de sonrojarse, y calmar a los que dicen algo grande sobre sí mismos, no refutarlos como si elogiaran de manera insuficiente; lo cual hace la mayoría, recordando ellos mismos y añadiendo otras acciones y virtudes, hasta que con el discurso sobre sí mismos destruyen incluso el elogio de los demás. Algunos, pues, al adularlos, los cosquillean y los inflan; otros, malintencionadamente, al poner como un pequeño cebo de elogio, provocan la autoalabanza; otros preguntan y cuestionan, como en Menandro el soldado, para que se rían, al subir a un muro:« Yo, en verdad, muestro que me he esforzado», y ellos, a su vez, se burlaron.
22
En todos estos casos, pues, hay que tener mucho cuidado de no caer junto con los elogios ni de entregarse a sí mismo ante las preguntas. La precaución y vigilancia más completa de estas es prestar atención a otros que se elogian a sí mismos y recordar que el asunto es desagradable y penoso para todos, y que ningún otro discurso es tan odioso ni pesado; pues ni siquiera teniendo que decir qué otro mal sufrimos por parte de los que se elogian a sí mismos, como si por naturaleza nos molestara el asunto y, al huir, nos apresuráramos a liberarnos y respirar, donde incluso para el adulador, el parásito y el necesitado, es insoportable en la necesidad y difícil de soportar un rico, un sátrapa o un rey que se elogia a sí mismo; y dicen que pagan estas contribuciones de la mayor manera, como el de Menandro:« Me mata, me vuelvo delgado al banquete», qué burlas tan sabias y estratégicas, y qué fanfarrón tan pernicioso es. Pues esto, no solo frente a soldados ni frente a los recién ricos que cuentan relatos con bordados y arrogantes, sino también frente a sofistas, filósofos y estrategas que se inflan y se jactan de sí mismos, acostumbramos a sufrir y decir, si recordamos, que al elogio propio le sigue siempre la censura ajena y resulta al final la falta de gloria de esta vanidad, y el molestar a los que escuchan, como dice Demóstenes, es lo que queda, no el parecer ser tales; nos abstendremos de hablar sobre nosotros mismos, a menos que vayamos a beneficiar mucho a nosotros mismos o a los que escuchan.

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