De unius in republica dominatione, populari statu, et paucorum imperio
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Original / primary: Spanish Gemini
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Al introducir en este tribunal la conversación que tuve ayer con ustedes, pensé que no había escuchado en sueños, sino en realidad, aquella máxima de la virtud política:« se ha erigido un cimiento de oro para los cantos sagrados», pues el discurso que exhorta y guía hacia la vida política ha sido ya lanzado. Debemos, pues, pagar la deuda que contrajimos, construyendo sobre la exhortación la enseñanza; y es que a quien ha aceptado la exhortación y el impulso hacia la gestión de los asuntos públicos, le corresponde escuchar y recibir a continuación los preceptos de la política, mediante los cuales, en la medida en que es posible para un ser humano, será útil al pueblo, gestionando sus propios asuntos con seguridad y con una justicia digna. Lo que es útil para el futuro y sigue a lo ya expuesto es considerar cuál es la mejor forma de gobierno. Pues, al igual que existen diversas vidas para el hombre, la forma de gobierno es también la vida de un pueblo; por tanto, es necesario elegir la mejor; pues el político elegirá esta de entre todas, o bien la más semejante a ella, si aquella fuera imposible.
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Se llama« politeia» a la participación en los derechos de la ciudad; como cuando decimos que los megarenses votaron conceder la ciudadanía a Alejandro. Y cuando él se tomó a broma su entusiasmo, ellos le dijeron que antes solo se la habían concedido a Heracles y, después de él, a él mismo; y él, admirado, aceptó el honor, valorando su rareza. También se llama« politeia» a la vida de un hombre político que gestiona los asuntos comunes; por lo cual elogiamos la gestión de Pericles y la de Biante, pero censuramos la de Hipérbolo y Cleón. Algunos llaman incluso« politeia» a una sola acción acertada y brillante en los asuntos públicos, como una donación de dinero, la resolución de una guerra o la presentación de un decreto; por lo cual decimos que tal persona« ha ejercido la política» hoy, si por casualidad ha realizado algo necesario en el ámbito público.
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Más allá de todo esto, se llama« politeia» al orden y constitución de una ciudad que dirige sus acciones; como cuando dicen que hay tres formas de gobierno: monarquía, oligarquía y democracia, de las cuales Heródoto también hace una comparación en su tercer libro; y parecen ser las más generales. Pues las otras, al igual que en las escalas musicales cuando los primeros modos se relajan o se tensan, resultan ser desviaciones y corrupciones por defecto o por exceso. Las naciones han asignado como sus formas de gobierno aquellas que han tenido mayor y más amplio poder en sus hegemonías: los persas, la monarquía autocrática e irresponsable; los espartanos, la oligarquía aristocrática y autónoma; y los atenienses, la democracia autónoma y sin restricciones. De estas, cuando se corrompen, surgen las desviaciones y excesos llamados tiranías, dinastías y oclocracias; cuando la monarquía engendra soberbia y falta de responsabilidad; la oligarquía, arrogancia y obstinación; la democracia, anarquía; la igualdad, desmesura; y todas ellas, la insensatez.
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Así pues, al igual que el músico y experto en armonía utilizará todo instrumento, afinándolo técnicamente y pulsando cada uno con razón para que resuene de forma melodiosa según su naturaleza, aunque, siguiendo el consejo de Platón, dejará de lado las péctides, sambucas, salterios polifónicos, bárbitos y trígonos, prefiriendo la lira y la cítara; del mismo modo, el hombre político manejará bien la oligarquía laconia y licúrguica, armonizándose con hombres de igual poder y honor, presionando con suavidad; y se adaptará bien a una democracia polifónica y de muchas cuerdas, relajando unas partes de la política y tensando otras, aflojando en el momento oportuno y volviendo a apretar con firmeza, sabiendo resistir y sostenerse. Pero si se le diera a elegir, al igual que entre los instrumentos de las formas de gobierno, no elegiría otra que la monarquía, siguiendo a Platón, la única capaz de sostener aquel tono de virtud completo y verdaderamente recto, sin ajustarlo ni por necesidad ni por favor al interés propio. Pues las otras formas de gobierno, en cierto modo, al ser dominadas, dominan, y al ser llevadas, llevan al político, que no tiene una fuerza firme sobre aquellos de quienes obtiene su poder, sino que a menudo se ve obligado a exclamar el verso de Esquilo que Demetrio Poliorcetes usó ante la fortuna al perder su hegemonía:« tú me inflas, tú me pareces abrasar».