Mulierum virtutes
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sobre las virtudes de las mujeres. Clea, no compartimos con Tucídides la misma opinión sobre la virtud de las mujeres. Pues él declara que es excelente aquella de quien menos se habla entre los de fuera, ya sea para bien o para mal, pensando que el cuerpo y el nombre de la mujer virtuosa deben estar encerrados y no salir de casa. A nosotros, en cambio, nos parece más elegante Gorgias, quien aconseja que no sea el aspecto, sino la reputación de la mujer lo que sea conocido por muchos; pero la ley de los romanos parece ser la mejor, al otorgar públicamente, igual que a los hombres, los elogios correspondientes a las mujeres tras su muerte. Por eso, cuando murió la excelente Leóntide, inmediatamente tuvimos contigo entonces un largo discurso que no carecía de consuelo filosófico, y ahora, como deseaste, he añadido para ti el resto de lo que se dice sobre que la virtud del hombre y de la mujer es una y la misma, conteniendo el relato histórico una demostración y no estando compuesto para el placer del oído. Pero si en el ejemplo hay por naturaleza algo que convence y delega, el discurso no rehúye la ayuda de la gracia para la demostración, ni se avergüenza de mezclar las Gracias con las Musas, como dice Eurípides, vinculando la convicción sobre todo a partir de lo que es amante de la belleza en el alma. Pues, vamos, si al decir que la pintura de hombres y mujeres es la misma, presentáramos tales pinturas de mujeres como las que han dejado Apeles, Zeuxis o Nicómaco,¿ acaso alguien nos reprocharía que apuntamos más a complacer y cautivar que a convencer? Yo creo que no.¿ Y qué? Si, al declarar que la poesía o la adivinación no son una cosa en los hombres y otra en las mujeres, sino la misma, comparáramos los poemas de Safo con los de Anacreonte o los oráculos de la Sibila con los de Baquis,¿ podría alguien censurar justamente la demostración porque conduce al oyente a la convicción a través del gozo y el deleite? Tampoco podrías decir esto. Y, ciertamente, no es posible conocer mejor la semejanza y diferencia de la virtud femenina y masculina de otra manera que comparando vidas con vidas y acciones con acciones, como obras de gran arte, y observando al mismo tiempo si la magnanimidad de Semíramis tiene el mismo carácter y tipo que la de Sesostris, o la prudencia de Tanaquila que la de Servio el rey, o el espíritu de Porcia que el de Bruto, y el de Pelópidas que el de Timoclea, según la comunidad y potencia más importantes; puesto que las virtudes adquieren algunas diferencias, como colores propios, debido a las naturalezas y se asimilan a las costumbres, temperamentos corporales, crianzas y dietas subyacentes; pues de una manera es valiente Aquiles y de otra Áyax; y la prudencia de Odiseo no es igual a la de Néstor, ni Catón y Agesilao son justos de la misma manera, ni Irene es amante de su marido como Alcestis, ni Cornelia es magnánima como Olimpia. Pero no hagamos por ello muchas y diferentes valentías, prudencias y justicias, si las desemejanzas de cada caso no nos obligan a abandonar el discurso propio. Por tanto, dejaré de lado lo que es demasiado famoso y lo que creo que ya conoces por haber encontrado la historia en libros seguros; a menos que algo digno de ser escuchado haya escapado a quienes registraron antes que nosotros los hechos comunes y públicos. Pero puesto que muchas cosas dignas de mención han sido hechas por mujeres, tanto en común como en privado, no está de más relatar brevemente algunas de las comunes.
1
Troyanas. La mayoría de los que huyeron de Ilión tras la toma de la ciudad sufrieron tormentas y, por inexperiencia en la navegación y desconocimiento del mar, fueron arrastrados a Italia y, tras refugiarse apenas en los fondeaderos y puertos necesarios junto al río Tíber, ellos vagaban por la región buscando guías, pero a las mujeres les sobrevino la reflexión de que cualquier asentamiento en tierra es mejor que toda la errancia y navegación para los hombres que viven bien y correctamente, y que debían hacer de ellos una patria, al no poder recuperar la que habían perdido. A raíz de esto, puestas de acuerdo, quemaron las naves, siendo una la que dio inicio, según dicen, a Roma. Tras hacer esto, salieron al encuentro de sus hombres que acudían al mar y, temiendo su ira, unas agarrando a sus maridos y otras a sus parientes y besándolos insistentemente, los aplacaron con su forma de afecto. Por eso ha sucedido y permanece en las mujeres romanas hasta hoy la costumbre de saludar besando a los parientes por linaje. Pues los troyanos, al comprender, al parecer, la necesidad y al mismo tiempo al probar a los nativos, que los recibían con benevolencia y humanidad, aceptaron lo hecho por las mujeres y convivieron allí con los latinos.
2
Fócides. El caso de las mujeres de Fócida no ha tenido un escritor ilustre, pero no es inferior a ninguna de las virtudes femeninas, siendo atestiguado tanto por los grandes ritos que los focenses celebran hasta hoy en torno a Hiámpolis, como por antiguos decretos, de los cuales el detalle de la acción está escrito en la vida de Daifanto, y el de las mujeres es el siguiente. Había una guerra implacable entre tesalios y focenses; pues los unos mataron a todos sus gobernantes y tiranos en las ciudades focenses en un solo día, y los otros masacraron a doscientos cincuenta de sus rehenes y luego invadieron con todo su ejército a través de Lócrida, habiendo decretado no perdonar a nadie en edad de combatir y esclavizar a niños y mujeres. Daifanto, hijo de Batilio, siendo él mismo el tercero en el mando, convenció a los focenses de que ellos mismos salieran al encuentro de los tesalios para luchar, y que reunieran a las mujeres junto con los niños en un lugar de toda la Fócida, amontonaran leña y dejaran guardias, dándoles la orden de que, si se enteraban de que eran derrotados, encendieran rápidamente la leña y quemaran los cuerpos. Habiendo votado esto los demás, uno se levantó y dijo que era justo que esto también fuera aprobado por las mujeres; si no, que las dejaran en paz y no las forzaran. Al llegar este discurso a las mujeres, ellas mismas se reunieron y votaron lo mismo y coronaron a Daifanto, por haber deliberado lo mejor para la Fócida; y dicen que los niños, reunidos aparte, votaron lo mismo. Tras realizarse esto, los focenses, al enfrentarse cerca de Cleonas de Hiámpolis, vencieron. El decreto de los focenses fue llamado por los griegos' Desesperación', y hasta hoy celebran en Hiámpolis la mayor de todas las fiestas, las Elafebolias, a Artemisa por aquella victoria.
3
Quías. Los quíos colonizaron Leuconia por esta causa. Se casaba uno en Quíos de los que parecían ser notables y, mientras la novia era llevada en un carro, el rey Hipoclo, siendo amigo del novio y estando presente como los demás, en medio de la embriaguez y la risa, saltó al carro, sin intención de hacer nada insultante, sino usando la costumbre común y el juego; pero los amigos del novio lo mataron. Como aparecían presagios a los quíos y el dios ordenaba matar a los que habían matado a Hipoclo, todos dijeron haber matado a Hipoclo. Entonces el dios ordenó de nuevo a la ciudad que se marchara, si todos participaban de la mancha. Así pues, a los culpables y a los que participaron del asesinato y lo aprobaron de alguna manera, que no fueron pocos ni débiles, los enviaron a Leuconia, que los coroneos habían arrebatado antes y poseían junto con los eritreos. Más tarde, al producirse una guerra contra los eritreos, que eran los más poderosos de los jonios entonces, y al marchar ellos contra Leuconia, no pudiendo resistir, aceptaron salir bajo tregua, teniendo cada uno solo una capa y un manto y nada más. Las mujeres los reprendían por abandonar las armas y salir desnudos ante los enemigos; y al decir ellos que habían jurado, les ordenaban no abandonar las armas, sino decir a los enemigos que la capa es la lanza y la túnica el escudo, para un hombre que tiene coraje. Al convencerse los quíos de esto y hablar con franqueza ante los eritreos y mostrar las armas, los eritreos temieron su audacia y nadie se acercó ni los impidió, sino que se alegraron de que se fueran. Estos, pues, enseñados por las mujeres a tener valor, se salvaron así. Una acción no inferior a esta en virtud fue realizada mucho tiempo después por las mujeres de Quíos, cuando Filipo, hijo de Demetrio, sitiando la ciudad, proclamó un bando bárbaro y arrogante, que los esclavos desertaran hacia él con la promesa de libertad y matrimonio con su dueña, para casarlos con las mujeres de sus amos. Las mujeres, al sentir una ira terrible y salvaje, junto con los esclavos que también se indignaban y estaban presentes, se apresuraron a subir a las murallas, y llevando piedras y proyectiles, animando y suplicando a los que luchaban, y finalmente defendiéndose y lanzando proyectiles contra los enemigos, rechazaron a Filipo, sin que ningún esclavo desertara hacia él en absoluto.
4
Argivas. No menos gloriosa que las acciones realizadas en común por mujeres es la lucha contra Cleómenes por Argos, que libraron tras ser instigadas por la poetisa Telesila. Dicen que ella, siendo de una casa ilustre pero enfermiza de cuerpo, envió a consultar al dios sobre la salud; y al serle vaticinado que sirviera a las Musas, obedeciendo al dios y dedicándose al canto y la armonía, se libró rápidamente de la dolencia y fue admirada por las mujeres debido a su poesía. Cuando Cleómenes, el rey de los espartanos, tras matar a muchos— aunque no, como algunos cuentan, siete mil setecientos setenta y siete— marchaba hacia la ciudad, un impulso y audacia divina sobrevino a las mujeres en la flor de la edad para defender a los enemigos por la patria. Lideradas por Telesila, toman las armas y, situándose junto a las almenas, rodearon las murallas, de modo que los enemigos se asombraron. Rechazaron a Cleómenes tras caer muchos; y al otro rey, Demarato, como dice Sócrates, que había entrado y ocupado el Pamfilio, lo expulsaron. Al prevalecer así la ciudad, enterraron a las mujeres que cayeron en la batalla en el camino de la Argiva, y a las que se salvaron les dieron como recuerdo de su valentía erigir el templo de Enialio. Algunos dicen que la batalla ocurrió el día siete del mes, otros que en la luna nueva del que ahora es el cuarto, pero antiguamente el Hermaeo entre los argivos, en el cual hasta hoy celebran las Hibrísticas, vistiendo a las mujeres con túnicas y clámides de hombres, y a los hombres con peplos y velos de mujeres. Al corregir la escasez de hombres, no como relata Heródoto con los esclavos, sino haciendo ciudadanos a los mejores de los periecos, casaron a las mujeres; pero parecía que también los deshonraban y despreciaban al dormir con ellos por ser inferiores. De ahí que establecieron la ley que ordena que las casadas deben dormir con sus maridos teniendo barba.
5
Persas. Ciro, tras rebelarse contra el rey Astiages y los medos, fue derrotado en batalla. Mientras los persas huían a la ciudad y los enemigos estaban a punto de entrar con ellos, las mujeres salieron al encuentro ante la ciudad y, levantándose los peplos desde las partes inferiores, dijeron:¿ A dónde huís, los más cobardes de todos los hombres? Pues no podéis esconderos aquí huyendo, de donde salisteis. Avergonzados los persas por esta visión y a la vez por la voz, y tras reprocharse a sí mismos, dieron media vuelta y, enfrentándose de nuevo, pusieron en fuga a los enemigos. A partir de esto se estableció la ley, tras legislarlo Ciro, de que cada vez que el rey entra en la ciudad, cada mujer reciba una pieza de oro. Dicen que Oco, siendo en lo demás malvado y el más codicioso de los reyes, siempre rodeaba la ciudad y no pasaba por ella para privar a las mujeres del regalo. Alejandro, en cambio, entró dos veces y dio el doble a las embarazadas.
6
Celtas. Antes de cruzar los Alpes y habitar la región de Italia que ahora ocupan, una sedición terrible y difícil de detener surgió entre los celtas y derivó en guerra civil. Las mujeres, al situarse en medio de las armas y tomar las disputas, mediaron de manera tan irreprochable y juzgaron, que surgió una amistad admirable entre todos, tanto en las ciudades como en los hogares. A partir de esto, continuaron deliberando sobre la guerra y la paz con las mujeres y resolviendo a través de ellas los asuntos dudosos con los aliados. En los tratados con Aníbal, por ejemplo, escribieron que, si los celtas acusaban a los cartagineses, los gobernadores y generales cartagineses en Iberia serían los jueces; pero si los cartagineses acusaban a los celtas, lo serían las mujeres de los celtas.
7
Melios. Necesitados de tierra fértil, los melios hicieron a Ninfayo jefe de la colonia, un hombre joven y de belleza sobresaliente; al ordenarles el dios navegar y habitar donde perdieran a los portadores, sucedió que al llegar a Caria y desembarcar, sus naves fueron destruidas por una tormenta. Los carios que habitaban Criaso, ya sea por compadecerse de su necesidad o por temer su audacia, les ordenaron habitar con ellos y les dieron parte de la tierra; luego, al ver que obtenían un gran crecimiento en poco tiempo, conspiraron para matarlos preparando un banquete y una fiesta. Sucedió que una virgen caria amaba a Ninfayo sin que los demás lo supieran; se llamaba Cafene; y al realizarse esto, no pudiendo permitir que Ninfayo pereciera, le anunció la intención de los ciudadanos. Así pues, cuando llegaron los criaseos llamándolos, Ninfayo dijo que no era costumbre entre los griegos ir a cenar sin las mujeres; al oír esto, los carios ordenaron traer también a las mujeres. Así pues, tras contar lo sucedido a los melios, les ordenó que ellos fueran desarmados con mantos, pero que cada una de las mujeres llevara una espada en el seno y se sentara junto al suyo. Cuando, en medio de la cena, se dio la señal a los carios y los griegos comprendieron el momento, las mujeres abrieron todas al mismo tiempo sus senos, y ellos, tomando las espadas, atacaron a los bárbaros y los mataron a todos juntos; tras ganar la tierra y destruir aquella ciudad, fundaron otra, a la que llamaron Nueva Criaso. Cafene, al casarse con Ninfayo, tuvo el honor y el agradecimiento dignos de sus beneficios. Es digno, pues, admirar de las mujeres tanto el silencio como el valor, y el hecho de que ninguna entre muchas se volviera malvada por cobardía, ni siquiera contra su voluntad.
8
Tirrenas. De los tirrenos que ocuparon Lemnos e Imbros, y que arrebataron a las mujeres atenienses de Braurón, nacieron hijos, a quienes los atenienses expulsaron de las islas por ser mestizos. Estos, al desembarcar en Ténaro, fueron útiles a los espartanos en la guerra contra los ilotas, y por esto, al obtener ciudadanía y matrimonios, pero no ser considerados dignos de magistraturas y consejo, tuvieron sospechas de que se reunían para una revolución y planeaban cambiar lo establecido. Los lacedemonios, pues, los capturaron y, tras encerrarlos, los custodiaban fuertemente, buscando atraparlos con pruebas claras y seguras; las mujeres de los encarcelados, al llegar a la prisión, fueron permitidas por los guardias, con muchas súplicas y ruegos, solo para saludar y hablar con sus maridos. Cuando entraron, les ordenaron cambiarse rápidamente las ropas y dejar las suyas a ellas, y ponerse las de ellas y salir cubiertos. Al suceder esto, ellas permanecieron allí preparadas para todos los peligros, y los guardias, engañados, dejaron salir a los hombres como si fueran mujeres. A partir de esto, al ocupar ellos el Taigeto y sublevar a los ilotas y esperarlos, los espartanos, al caer en gran miedo, enviaron heraldos y pactaron con la condición de que recuperaran a las mujeres, y que, tras recibir dinero y naves, zarparan y, al obtener tierra y ciudad en otro lugar, fueran considerados colonos y parientes de los lacedemonios. Esto hicieron los pelasgos tras tomar a Polis como jefe y a Delfo y Crataidas como lacedemonios; y una parte de ellos habitó en Milo, pero la mayoría, los que estaban con Polis, navegaron a Creta, probando los oráculos. Pues se les había vaticinado que, cuando perdieran a la diosa y el ancla, cesarían de errar y fundarían allí una ciudad. Al fondear en la llamada Quersoneso, ruidos de pánico sobrevinieron de noche, por los cuales, aterrorizados, saltaron a las naves desordenadamente, dejando en tierra una estatua de Artemisa, que era ancestral para ellos, traída de Braurón a Lemnos, y desde Lemnos llevada a todas partes. Cuando, al cesar el ruido, la echaron de menos durante la navegación, y al mismo tiempo Polis notó que a la ancla le faltaba la uña— pues al ser arrastrada con fuerza, al parecer, en lugares pedregosos, se desprendió sin que se dieran cuenta—, dijo que se cumplían los vaticinios de Pitia y señaló regresar, y ocupó la región, y tras prevalecer en muchas batallas contra los que se le opusieron, habitó Licto y tomó otras ciudades bajo su mando. Por eso consideran que ellos mismos pertenecen por linaje a los atenienses debido a sus madres y que son colonos de los espartanos.
9
Licias. Lo que se dice que sucedió en Licia es mítico, pero tiene cierta fama que lo atestigua. Pues Amisádaro, como dicen, a quien los licios llaman Isara, vino de la colonia de los licios cerca de Zelea, trayendo naves piratas, que comandaba Quimarro, un hombre guerrero pero cruel y bestial. Navegaba en una nave que tenía un león como emblema en la proa y un dragón en la popa, y causaba muchos males a los licios, y no era posible navegar el mar ni habitar las ciudades cercanas al mar. A este, pues, tras matarlo Belerofonte, persiguiéndolo en Pegaso, y tras expulsar también a las amazonas, no obtuvo ninguno de los derechos, sino que Ióbates fue el más injusto con él; de ahí que, al entrar en el mar, rogó a Poseidón contra él que la región se volviera infértil e inútil. Luego él se marchó tras haber rogado, y una ola, al abrirse, inundó la tierra; y era un espectáculo terrible, siguiendo el mar en alto y ocultando la llanura. Cuando, al pedir los hombres a Belerofonte que se detuviera, no convencían en nada, las mujeres, levantándose las túnicas, salieron a su encuentro; de nuevo, pues, al retirarse él hacia atrás por vergüenza, se dice que la ola también retrocedió. Algunos, al suavizar lo mítico de este relato, dicen que él no atrajo el mar con maldiciones, sino que la parte más fértil de la llanura estaba situada más baja que el mar; y que Belerofonte rompió una ceja de costa que se extendía y separaba el mar, y al entrar el mar con fuerza e inundar la llanura, los hombres no lograban nada pidiéndole, pero las mujeres, al rodearlo en masa, obtuvieron piedad y detuvieron la ira. Otros dicen que la llamada Quimera fue un monte orientado al sol y que causaba reflejos difíciles y ardientes en verano, por los cuales, al dispersarse por la llanura, se marchitaban los frutos. Y que Belerofonte, al ponerse de acuerdo, cortó la parte más lisa del precipicio y, al no obtener agradecimiento, se volvió con ira a la defensa de los licios, pero fue convencido por las mujeres. La causa que Ninfis ha dicho en el cuarto libro sobre Heraclea es la menos mítica; pues dice que, tras matar Belerofonte a un jabalí salvaje en la región de los jantios que dañaba tanto a los animales como a los frutos, no obtuvo ninguna recompensa; y al maldecir él a los jantios ante Poseidón, toda la llanura floreció con salitre y quedó destruida por completo, al volverse la tierra amarga; hasta que, avergonzado por las mujeres que le suplicaban, rogó a Poseidón que depusiera su ira. Por eso era ley entre los jantios no usar el nombre del padre, sino el de las madres.
10
Aníbal, hijo de Barca, antes de marchar contra los romanos, mientras luchaba en Iberia en la gran ciudad de Salmática, al principio los sitiados temieron y acordaron hacer lo ordenado, dando a Aníbal trescientos talentos de plata y trescientos rehenes. Al levantar él el sitio, cambiaron de opinión y no hicieron nada de lo que acordaron. Al regresar él de nuevo y ordenar a los soldados que atacaran la ciudad para el saqueo de bienes, los bárbaros, totalmente aterrorizados, aceptaron salir los libres con un manto, dejando armas, bienes, esclavos y la ciudad; las mujeres, pensando que los enemigos registrarían a cada hombre al salir, pero que no tocarían a ellas, tomaron espadas y, tras esconderlas, salieron junto con los hombres. Al salir todos, Aníbal, tras poner una guardia de masaisilios en el suburbio, los retenía, y los otros, al entrar desordenadamente en la ciudad, la saqueaban. Al ser llevados muchos, los masaisilios no podían resistir al verlos ni prestaban atención a la guardia, sino que se indignaban y se retiraban como para participar del beneficio. En esto, las mujeres, tras gritar a los hombres, les entregaron las espadas, y algunas incluso atacaron ellas mismas a los guardias; una incluso, tras arrebatar una lanza a Banón el intérprete, golpeó a él mismo, pero resultó que estaba acorazado; tras derribar a algunos de los otros y poner en fuga a otros, salieron en masa junto con las mujeres. Al enterarse Aníbal y perseguirlos, capturó a los que quedaron; pero los que tomaron las montañas escaparon inmediatamente, y más tarde, tras enviar una súplica a la ciudad, fueron traídos por él, obteniendo seguridad y humanidad.
11
A las vírgenes de Mileto les sobrevino una vez una afección terrible y extraña, por alguna causa desconocida; pero se conjeturaba sobre todo que el aire, al adquirir un temperamento extático y venenoso, les produjo una alteración y desvarío de la mente. Pues a todas les sobrevino de repente un deseo de muerte y un impulso frenético hacia el ahorcamiento, y muchas se ahorcaban sin que nadie lo notara; los discursos y lágrimas de los padres y los consuelos de los amigos no lograban nada, sino que superaban toda invención y astucia de los que las custodiaban, quitándose la vida. Y el mal parecía ser divino y superior a la ayuda humana, hasta que, por consejo de un hombre sensato, se escribió un decreto de que las que se ahorcaban fueran sacadas desnudas a través del ágora; y esto, al ser ratificado, no solo detuvo, sino que acabó por completo con la muerte de las vírgenes. Gran prueba, pues, de nobleza y virtud es la cautela ante la deshonra y el hecho de que, estando sin miedo ante lo más terrible de las cosas, la muerte y el dolor, no soportaran ni toleraran la idea de algo vergonzoso, al haber vergüenza tras la muerte.
12
A las vírgenes de Ceos les era costumbre ir juntas a los santuarios públicos y pasar el día unas con otras, y los pretendientes las observaban jugando y bailando; por la tarde, al ir una por una a cada casa, servían a los padres y hermanos de las otras hasta el punto de lavarles los pies. A menudo, varios amaban a una sola con un amor tan ordenado y legítimo, que, al ser prometida la joven a uno, los demás cesaban inmediatamente. El punto principal de la buena conducta de las mujeres es que no se recuerda que haya ocurrido entre ellos ni adulterio ni corrupción sin compromiso durante setecientos años.
13
Al haber ocupado los tiranos de los focenses Delfos y al luchar los tebanos contra ellos en la llamada guerra sagrada, las mujeres dedicadas a Dioniso, a quienes llaman Tíades, al enloquecer y vagar de noche, llegaron sin darse cuenta a Anfisa; y estando agotadas y sin haber recuperado aún la razón, se dejaron caer en el ágora y yacían durmiendo dispersas. Las mujeres de Anfisa, temiendo que, debido a que la ciudad se había vuelto aliada de los focenses y había muchos soldados de los tiranos, las Tíades fueran maltratadas, salieron todas al ágora y, situándose en círculo en silencio, no se acercaron a las que dormían, pero cuando se levantaron, unas se ocupaban de otras, cuidándolas y ofreciéndoles alimento; finalmente, tras convencer a sus maridos, las acompañaron hasta los límites, siendo escoltadas con seguridad.
14
Valeria y Clelia. A Tarquinio el Soberbio, séptimo rey de los romanos desde Rómulo, lo expulsó la insolencia y la virtud de Lucrecia, una mujer casada con un hombre brillante y pariente por linaje de los reyes. Pues fue forzada por uno de los hijos de Tarquinio, que se hospedaba con ella; tras contar el suceso a sus amigos y parientes, se suicidó inmediatamente. Al ser expulsado del poder, Tarquinio luchó muchas otras guerras, intentando recuperar el mando; y finalmente convenció al jefe de los tirrenos, Porsena, de marchar contra Roma con una gran fuerza. Al añadirse al mismo tiempo el hambre a la guerra contra los romanos, al enterarse de que Porsena no era solo un hombre guerrero, sino también justo y bueno, querían usarlo como juez contra Tarquinio. Al mostrarse obstinado Tarquinio y decir que Porsena, si no permanecía como aliado firme, tampoco sería juez justo, Porsena, tras dejarlo, actuaba para irse como amigo de los romanos, tras recuperar tanto la tierra que habían recortado los tirrenos como a los prisioneros. Al dársele rehenes por esto, diez niños varones y diez niñas, entre las cuales estaba Valeria, hija del cónsul Publícola, levantó inmediatamente toda la preparación para la guerra, aunque el acuerdo aún no tenía fin. Las vírgenes bajaron al río como para bañarse un poco más lejos del campamento; al instigarlas una de ellas, llamada Clelia, tras atarse las túnicas alrededor de la cabeza, se lanzaron contra la corriente fuerte y los remolinos profundos, nadando y cruzando agarradas unas de otras con mucho esfuerzo y apenas. Hay quienes dicen que Clelia, al conseguir un caballo, se montó ella misma y cruzaba suavemente, y guiaba a las otras animándolas mientras nadaban y ayudándolas. Qué prueba usan, lo diremos en poco tiempo. Cuando los romanos vieron que se salvaron, admiraron la virtud y la audacia, pero no aceptaron la recuperación ni soportaron quedar peor en la fe que un solo hombre. De nuevo, pues, ordenaron que las jóvenes se fueran y enviaron con ellas guías, a quienes, al cruzar el río, Tarquinio, tras tender una emboscada, estuvo a punto de apoderarse de las vírgenes. La hija del cónsul Publícola, Valeria, huyó con tres esclavos al campamento de Porsena, y a las otras, el hijo de Porsena, Arrunte, tras acudir rápidamente en ayuda, las rescató de los enemigos. Cuando fueron llevadas, Porsena, al verlas, ordenó decir quién es la que instigó y dio inicio al plan. Las otras, pues, temiendo por Clelia, callaron; al decir la propia Clelia que era ella, Porsena, admirado, ordenó traer un caballo adornado decorosamente, y tras regalárselo a Clelia, las envió a todas con benevolencia y humanidad. Esto lo toman muchos como señal de que Clelia cruzó el río a caballo; otros dicen que no, sino que, al admirar su fuerza y audacia como superior a la de una mujer, la consideró digna de un regalo apropiado para un hombre guerrero. En cualquier caso, estaba erigida una imagen de una mujer a caballo en la llamada Vía Sacra, que algunos dicen que es de Clelia y otros de Valeria.
15
Mikka y Megisto. Aristótimo, tras sublevarse contra los eleos, se hizo tirano gracias al rey Antígono, pero no empleó su poder para nada equitativo ni moderado; pues él mismo era por naturaleza bestial y, como servía por miedo a los bárbaros mezclados que custodiaban su poder y su persona, toleraba que estos infligieran a los ciudadanos muchas acciones insolentes y crueles. Tal fue el caso de Filodemo. Como este tenía una hija hermosa llamada Mikka, uno de los mercenarios del tirano, llamado Leucio, intentó poseerla más por insolencia que por amor, y enviando a buscarla, la llamó. Los padres, viendo la necesidad, le ordenaban ir; pero la joven, siendo noble y de gran espíritu, abrazaba a su padre y le suplicaba que prefiriera verla muerta antes que despojada de su virginidad de manera vergonzosa e ilegal. Y al producirse una demora, Leucio, hinchado y borracho, se levantó él mismo en medio de su bebida, lleno de ira, y al encontrar a Mikka con la cabeza en el regazo de su padre, le ordenó que lo siguiera; como ella no quería, le desgarró la túnica y la azotó estando desnuda, mientras ella soportaba los dolores en silencio, pero su padre y su madre, al ver que sus súplicas y lágrimas no lograban nada, se volvieron hacia la invocación de dioses y hombres, al sufrir cosas terribles e ilegales. El bárbaro, enfurecido por completo por la ira y la embriaguez, degolló a la joven mientras, por casualidad, tenía el rostro en el regazo de su padre. Pero ni siquiera ante esto se doblegó el tirano, sino que mató a muchos y desterró a más; se dice, al menos, que ochocientos huyeron hacia los etolios, suplicando recuperar a sus mujeres y a sus hijos pequeños de manos del tirano. Poco después, él mismo pregonó que las mujeres que quisieran se fueran con sus maridos, llevándose tanto de sus bienes femeninos como desearan. Cuando se enteró de que todas habían recibido el pregón con alegría— pues el número superaba las seiscientas—, les ordenó marchar todas juntas en un día señalado, bajo el pretexto de que él mismo les proporcionaría seguridad. Al llegar el día, ellas se reunieron en las puertas tras haber empaquetado sus bienes, llevando a algunos de sus hijos en brazos y a otros en carros, y se esperaban unas a otras; pero de repente, muchos de los hombres del tirano se abalanzaron sobre ellas, gritando desde lejos que se detuvieran. Cuando estuvieron cerca, ordenaron a las mujeres retroceder, y dando la vuelta a las yuntas y a los carros, los empujaron contra ellas y los condujeron sin miramientos a través de ellas, sin permitirles seguir ni quedarse, ni ayudar a los niños que perecían; pues los que caían de los carros y los que quedaban debajo eran destruidos, mientras los mercenarios, con gritos y látigos, las apresuraban como a ovejas, haciendo que se atropellaran unas a otras, hasta que las encerraron a todas en la prisión, y los bienes fueron llevados ante Aristótimo. Como los eleos estaban muy indignados por esto, las mujeres consagradas a Dioniso, a quienes llaman las dieciséis, tomando las súplicas y las guirnaldas del dios, salieron al encuentro de Aristótimo en el ágora, y al apartarse los guardaespaldas por respeto, se detuvieron primero en silencio, extendiendo piadosamente las súplicas. Pero cuando se hizo evidente que pedían y suplicaban por la ira contra las mujeres, él, irritado contra los guardaespaldas y gritando porque las habían dejado acercarse, hizo que las expulsaran del ágora empujándolas y golpeándolas, y multó a cada una con dos talentos. Tras estos hechos, Helánico, un hombre ya anciano y que había sufrido la muerte de dos hijos, organizó en la ciudad una acción contra el tirano, al no tener nada que perder, pues el tirano lo despreciaba. Desde Etolia, los exiliados cruzaron y tomaron Amimone, una fortaleza adecuada para hacer la guerra, y recibían a muchos de los ciudadanos que huían de Élide. Temiendo esto, Aristótimo se presentó ante las mujeres y, pensando que lograría más por miedo que por favor, les ordenó que escribieran a sus maridos para que abandonaran el país; si no, amenazaba con degollarlas a todas tras torturarlas y matar primero a sus hijos. Las demás, durante mucho tiempo mientras él estaba allí y les ordenaba decir si harían algo de esto, no le respondieron nada, sino que se miraron entre sí en silencio y asintieron, confirmándose mutuamente el no temer ni estar aterrorizadas por la amenaza. Pero Megisto, la mujer de Timoleón, que por su marido y su virtud ocupaba un rango de liderazgo, no consideró digno levantarse ni permitió que las otras lo hicieran; sentada, le respondió: si fueras un hombre sensato, no estarías hablando con mujeres sobre hombres, sino que habrías enviado a ellos como nuestros señores, habiendo encontrado mejores argumentos que aquellos con los que nos engañaste; pero si tú mismo, habiendo renunciado a convencerlos, intentas engañarnos a través de nosotras, no esperes engañarnos de nuevo, ni que ellos piensen tan mal como para abandonar la libertad de la patria por ahorrar niños y mujeres; pues no es un mal tan grande para ellos perdernos, incluso ahora que nos tienen, como un bien liberar a los ciudadanos de tu crueldad e insolencia. Al decir esto Megisto, Aristótimo, sin soportarlo, ordenó que trajeran a su hijo pequeño para matarlo a la vista. Mientras los sirvientes lo buscaban mezclado entre otros niños que jugaban y luchaban, la madre, llamándolo por su nombre, dijo: ven aquí, hijo, antes de que sientas y comprendas, líbrate de la amarga tiranía; pues para mí es más pesado verte servir indignamente que verte morir. Cuando Aristótimo desenvainó la espada contra ella misma y se abalanzó con ira, uno de sus conocidos, llamado Cilón, que parecía ser fiel pero que odiaba al tirano y participaba en la conspiración de Helánico, se opuso y lo desvió, suplicándole y diciéndole que era innoble y afeminado, no propio de un hombre de mando y acostumbrado a manejar asuntos, realizar tal acto, de modo que Aristótimo, apenas recuperando el juicio, se retiró. Se le presenta un gran presagio: era mediodía y descansaba con su mujer; mientras los sirvientes preparaban la cena, se vio un águila suspendida girando sobre la casa, y luego, como por providencia y puntería, soltó una piedra de gran tamaño sobre aquella parte del techo donde se encontraba la habitación en la que yacía Aristótimo. Al mismo tiempo, tras un gran estruendo desde arriba y un grito desde fuera de los que vieron al ave, él, atónito y preguntando lo sucedido, hizo llamar a un adivino, a quien solía consultar en el ágora, y le preguntó sobre el presagio, turbado. Este lo animaba diciendo que Zeus lo estaba despertando y ayudando, pero a aquellos de los ciudadanos en quienes confiaba les dijo que el castigo, suspendido sobre la cabeza del tirano, estaba a punto de caer. Por ello, los hombres de Helánico decidieron no demorarse, sino atacar al día siguiente. Durante la noche, a Helánico le pareció en sueños que uno de sus hijos muertos se le acercaba y le decía:¿ qué te pasa, padre, que duermes? Mañana debes dirigir la ciudad. Este, habiéndose vuelto valiente por la visión, animó a sus compañeros, y Aristótimo, al enterarse de que Crátero lo ayudaba con muchas fuerzas acampando en Olimpia, se animó tanto que salió al ágora sin guardaespaldas junto con Cilón. Así pues, cuando Helánico vio la ocasión, no dio la señal que había acordado con los que iban a atacar, sino que con voz clara y extendiendo ambas manos, dijo:¿ qué esperáis, hombres valientes? Es un hermoso teatro para luchar en medio de la patria. El primero, pues, Cilón, desenvainando la espada, golpeó a uno de los que seguían a Aristótimo; y aunque Trasíbulo y Lampis se abalanzaron desde el lado opuesto, Aristótimo se adelantó refugiándose en el templo de Zeus; allí lo mataron y, arrojando su cuerpo al ágora, llamaron a los ciudadanos a la libertad. Sin embargo, no se adelantaron mucho a las mujeres; pues inmediatamente salieron corriendo con alegría y gritos, y rodeando a los hombres, los coronaban y les ponían guirnaldas. Luego, al fluir la multitud hacia la casa del tirano, su mujer, tras cerrar la cámara, se ahorcó. Tenía dos hijas, aún vírgenes, hermosísimas de aspecto y ya en edad de casarse; a estas las atraparon y arrastraron fuera, habiendo decidido matarlas a toda costa, pero tras torturarlas y ultrajarlas primero. Megisto, al salir al encuentro con las otras, gritaba que hacían cosas terribles si, pretendiendo ser un pueblo, se atrevían a hacer esto y se comportaban de forma similar a los tiranos. Al avergonzarse muchos por la dignidad de la mujer, que hablaba con franqueza y lloraba, decidieron evitar la insolencia y dejar que ellas mismas murieran por su propia mano. Así pues, al regresar dentro y ordenar que las vírgenes murieran inmediatamente, la mayor, Miro, tras soltarse el cinturón y hacer un nudo corredizo, besaba a su hermana y le pedía que prestara atención y hiciera lo mismo que la viera hacer, para que, dijo, no terminemos de forma humilde ni indigna de nosotras mismas. Como la menor le suplicaba que estuviera con ella para morir primero y se agarraba del cinturón, dijo: nunca antes te he negado nada, ni una sola cosa, así que acepta también este favor; yo soportaré y sufriré algo más pesado que la muerte: verte a ti, queridísima, morir primero. Después de esto, tras enseñarle a su hermana a ponerse el nudo corredizo en el cuello, al sentir que había muerto, la bajó y la cubrió; ella misma pidió a Megisto que se encargara de ella y que no permitiera que, una vez muerta, fuera expuesta vergonzosamente, de modo que no hubo nadie entre los presentes, por amargo o antitiánico que fuera, que no llorara y se compadeciera de la nobleza de las vírgenes. Siendo innumerables las acciones realizadas en común por las mujeres, estos ejemplos son suficientes; las virtudes de cada una, según se presenten, las iremos registrando de forma dispersa, sin creer que la historia subyacente necesite el orden cronológico.
16
De los jonios que llegaron a Mileto, algunos se enemistaron con los hijos de Neleo, se retiraron a Mios y allí vivían, sufriendo muchos males por parte de los milesios; pues les hacían la guerra debido a la deserción. Sin embargo, la guerra no era sin tregua ni sin contacto, sino que en ciertas fiestas las mujeres iban de Mios a Mileto. Había entre ellos un hombre destacado, Pites, que tenía por mujer a Iapigia y por hija a Pieria. Así pues, habiendo una fiesta en honor a Artemisa y un sacrificio entre los milesios, al que llaman Neleida, envió a su mujer y a su hija, tras haber suplicado que pudieran participar en la fiesta; el más poderoso de los hijos de Neleo, llamado Frigio, enamorado de Pieria, pensaba qué podría ser lo más agradable para ella de su parte. Al decir ella: si lograras para mí lo que a menudo vengo aquí a hacer con muchos, Frigio, comprendiendo que ella pedía amistad y paz para sus ciudadanos, puso fin a la guerra. Por tanto, hubo en ambas ciudades gloria y honor para Pieria, de modo que incluso las mujeres de los milesios rezan hasta hoy para que sus maridos las amen como Frigio amó a Pieria.
17
Se produjo una guerra entre los naxios y los milesios por causa de Neaira, la mujer de Hipsicreonte el milesio. Pues ella se enamoró de Promedonte el naxio y se embarcó con él, quien era huésped de Hipsicreonte, pero se unió a Neaira al enamorarse ella, y temiendo al marido, la llevó a Naxos y la sentó como suplicante de Hestia. Como los naxios no la entregaban por causa de Promedonte, y por otro lado ponían como pretexto la suplicación, se produjo la guerra. A los milesios les ayudaban muchos otros, y muy entusiastamente los eritreos de entre los jonios, y la guerra tuvo larga duración y trajo grandes desgracias; luego cesó por la virtud de una mujer, como se había producido por la maldad. Pues Diogneto, el estratego de los eritreos, que tenía y se le había confiado una fortaleza contra la ciudad de los naxios, bien situada y equipada, arrebató un gran botín de los naxios y tomó mujeres libres y vírgenes, de una de las cuales, Policrite, se enamoró y la tuvo no como cautiva, sino en rango de esposa legítima. Al llegar una fiesta para los milesios en el ejército y volcarse todos a la bebida y a la convivencia, Policrite preguntó a Diogneto si le impedía enviar porciones de pasteles a sus hermanos. Al permitirlo y ordenarlo él, ella introdujo una tablilla de plomo en un pastel, ordenando al que lo llevaba que dijera a sus hermanos que consumieran ellos solos lo que ella enviaba. Ellos, al encontrar el plomo y leer las letras de Policrite, que ordenaba atacar a los enemigos de noche, ya que todos estaban descuidados por la embriaguez debido a la fiesta, avisaron a los estrategos y los instaron a salir con ellos. Al ser tomada la plaza y haber perecido muchos, Policrite pidió a Diogneto ante los ciudadanos y lo salvó. Ella misma, al llegar a las puertas ante los ciudadanos que salían a su encuentro, recibiéndola con alegría y coronas y admirándola, no soportó la magnitud de la alegría, sino que murió allí mismo al caer junto a la puerta; donde está enterrada, y se llama la tumba de la envidiada, como si Policrite hubiera sido envidiada por alguna fortuna maligna al disfrutar de los honores. Así lo cuentan los historiadores de los naxios; pero Aristóteles dice que Policrite ni siquiera fue capturada, sino que Diogneto, al verla de otra manera, se enamoró y estaba dispuesto a dar y hacer todo; ella aceptó ir a él, tras obtener una sola cosa, sobre la cual, según dice el filósofo, pidió a Diogneto un juramento; y cuando juró, exigió que se le entregara el Delio— pues Delio se llamaba el lugar—, y dijo que de otro modo no se uniría a él. Él, tanto por el deseo como por el juramento, cedió y entregó el lugar a Policrite, y ella a los ciudadanos. Y a partir de esto, habiendo vuelto a la igualdad, se reconciliaron con los milesios en los términos que quisieron.
18
De Focea, del linaje de los Codridas, eran hermanos gemelos Fobo y Bleso; de los cuales Fobo fue el primero en lanzarse al mar desde las rocas de Léucade, como ha relatado Carón de Lámpsaco. Teniendo poder y rango real, navegó hacia Pario por asuntos propios; y habiéndose hecho amigo y huésped de Mandrón, rey de los bebricios llamados Pitiuesenos, ayudó y luchó junto a ellos al ser molestados por los vecinos. Mandrón mostró a Fobo, al zarpar, mucha otra amabilidad y prometió darle parte de la tierra y de la ciudad, si quería llegar a Pitiuesa con focenses como colonos. Fobo, pues, tras convencer a los ciudadanos, envió a su hermano al frente de los colonos. Y lo que venía de Mandrón estaba a su disposición, como esperaban; pero al obtener grandes beneficios, botines y saqueos de los bárbaros vecinos, fueron al principio envidiados y luego temidos por los bebricios. Deseando, pues, librarse de ellos, no convencieron a Mandrón, que era un hombre bueno y justo con los griegos, pero al estar él ausente, se prepararon para destruir a los focenses con engaño. La hija de Mandrón, Lampsace, siendo virgen, previó la conspiración y primero intentó disuadir a sus amigos y familiares, enseñándoles que se disponían a realizar una acción terrible e impía, matando a hombres que eran benefactores y aliados, y ahora también ciudadanos. Como no los convencía, contó en secreto a los griegos lo que se tramaba y les instó a protegerse. Ellos, tras preparar un sacrificio y un banquete, invitaron a los pitiuesenos a las afueras, y dividiéndose en dos, con unos tomaron las murallas y con otros mataron a los hombres. Habiendo tomado así la ciudad, llamaron a Mandrón, ordenándole reinar junto con ellos; y a Lampsace, que murió de enfermedad, la enterraron en la ciudad magníficamente, y llamaron a la ciudad Lámpsaco en su honor. Como Mandrón, huyendo de la sospecha de traición, rechazó vivir con ellos, pero pidió recuperar a los hijos y mujeres de los muertos, ellos los enviaron con entusiasmo sin haberles hecho daño alguno; y a Lampsace, rindiéndole primero honores heroicos, más tarde votaron sacrificarle como a una diosa y continúan sacrificándole así.
19
Aretafila la cirenaica no fue antigua, sino de los tiempos mitridáticos, pero mostró una virtud y una acción rival de la de las heroínas. Era hija de Eglátor y mujer de Fedimo, hombres notables; siendo hermosa de aspecto, parecía ser también excepcional en su pensamiento y no carente de habilidad política; pero las fortunas comunes de la patria la hicieron ilustre. Pues Nicócrates, tirano que se sublevó contra los cirenaicos, mató a muchos otros ciudadanos y, habiendo matado con sus propias manos al sacerdote de Apolo, Melanipo, tomó el sacerdocio; también mató a Fedimo, el marido de Aretafila, y se casó con ella contra su voluntad. Además de innumerables otras ilegalidades, estableció guardias en las puertas, que maltrataban a los muertos que eran sacados, pinchándolos con dagas y aplicándoles cauterios para que nadie de los ciudadanos escapara siendo sacado como muerto. Eran, pues, insoportables para Aretafila sus males domésticos, a pesar de que el tirano, por amor, le permitía disfrutar al máximo del poder; pues estaba vencido por ella y se mostraba dócil solo ante ella, siendo implacable y bestial en lo demás; pero le dolía más su patria, que sufría lastimosamente sin merecerlo. Pues uno tras otro de los ciudadanos era degollado, y no se esperaba castigo de nadie; pues incluso los exiliados, siendo totalmente débiles y aterrorizados, estaban dispersos. Aretafila, pues, habiéndose propuesto como única esperanza para los asuntos comunes, y emulando las hermosas y célebres audacias de Tebas la de Feras, estando desprovista de aliados fieles y familiares, como los que a aquella le proporcionaron los asuntos, intentó acabar con su marido mediante venenos. Preparándose, proporcionándose y probando muchas fuerzas, no pasó inadvertida, sino que fue denunciada; y al realizarse los interrogatorios, Calbia, la madre de Nicócrates, mujer por naturaleza asesina e implacable, pensó inmediatamente que debía matar a Aretafila tras torturarla; pero el amor de Nicócrates le infundía demora a su ira y debilidad, y el hecho de que Aretafila se enfrentara vigorosamente a las acusaciones defendiéndose a sí misma le proporcionaba algún pretexto para su pasión. Cuando fue sorprendida por las pruebas y vio que la preparación del veneno no admitía negación, confesó, pero dijo: no he preparado un veneno mortal, sino que lucho por grandes cosas, marido, por tu benevolencia hacia mí y por la gloria y el poder que disfruto gracias a ti, siendo envidiada por muchas mujeres malvadas, de cuyas drogas y maquinaciones me convencieron de contra- maquinar, quizás cosas tontas y femeninas, pero no dignas de muerte; a menos que a ti, como juez, te parezca bien matar por causa de filtros y hechizos a una mujer que suplica ser amada más de lo que tú quieres. Al defenderse Aretafila de tal manera, a Nicócrates le pareció bien torturarla, y estando Calbia presente, implacable e inexorable, la interrogó con torturas; y ella se mantuvo invicta en las necesidades hasta que incluso Calbia se cansó contra su voluntad. Nicócrates la soltó, convencido, y se arrepintió de haberla torturado; y tras dejar pasar poco tiempo, volvió a ser arrastrado hacia ella por su pasión, y convivió de nuevo recuperando su benevolencia con honores y amabilidades. Ella no iba a ser vencida por el favor tras haber superado torturas y dolores, sino que, al añadirse la rivalidad al amor por lo bello, emprendió otra maquinación. Pues tenía una hija de un hombre, en edad de casarse y de aspecto suficiente; a esta la ofreció como cebo al hermano del tirano, que era un joven fácil de conquistar para los placeres. Hay mucho discurso sobre que Aretafila, habiendo usado hechizos y venenos con la joven, dominó y corrompió el juicio del joven; se llamaba Leandro. Cuando este fue capturado y, tras insistir ante su hermano, obtuvo el matrimonio, la joven lo guiaba, instruida por su madre, y lo persuadía de liberar la ciudad, ya que ni él mismo vivía libre en la tiranía ni era dueño de tomar matrimonio o conservarlo; y los amigos, favoreciendo a Aretafila, le preparaban siempre calumnias y sospechas contra su hermano. Cuando se enteró de que Aretafila también planeaba y se esforzaba por lo mismo, emprendió la obra y, habiendo instigado al sirviente Dafnis, mató a Nicócrates a través de él. Pero ya no prestó atención a Aretafila en lo demás, sino que inmediatamente mostró con sus obras que se había convertido en fratricida, no en tiranicida; pues gobernaba de forma impulsiva y sin sentido. Sin embargo, había cierto honor para Aretafila ante él y poder, no odiándolo ni luchando abiertamente, sino disponiendo los asuntos de forma oculta. Primero, le provocó una guerra libia, persuadiendo a un tal Anabo, un dinasta, a invadir el país y avanzar contra la ciudad; luego calumnió a los amigos y a los estrategos ante Leandro, diciendo que no estaban dispuestos a luchar, sino que deseaban más la paz y la tranquilidad, que sus asuntos y la tiranía anhelaban, queriendo él gobernar firmemente a los ciudadanos; ella misma dijo que realizaría las disoluciones y lo reuniría con Anabo para hablar, si él lo ordenaba, antes de que la guerra causara algo irreparable. Al ordenarlo Leandro, ella habló primero con el libio, suplicándole capturar al tirano a cambio de grandes dones y dinero, cuando se presentara ante él para hablar. Al ser persuadido el libio, Leandro dudaba, pero al avergonzarse de que Aretafila misma estuviera presente afirmándolo, salió sin armas y sin guardias. Cuando estuvo cerca y vio a Anabo, volvió a dudar y quiso esperar a los guardaespaldas; Aretafila, presente, lo animaba y lo reprendía; al final, tras una demora, tirando de su mano con mucha audacia y confianza, lo llevó ante el bárbaro y lo entregó. Inmediatamente fue arrebatado, capturado y, encadenado por los libios, fue custodiado hasta que los amigos, llevando el dinero a Aretafila, llegaron con los demás ciudadanos. Pues la mayoría, al enterarse, salieron corriendo ante la llamada; al ver a Aretafila, poco faltó para que se olvidaran de la ira contra el tirano, y consideraban el castigo de este como algo secundario; su primera obra y disfrute de la libertad fue abrazarla con alegría y lágrimas, cayendo ante ella como ante la estatua de un dios. Al fluir otros tras otros, apenas al atardecer, tras recoger a Leandro, regresaron a la ciudad. Cuando se saciaron de los honores y elogios a Aretafila, se volvieron hacia los tiranos: quemaron viva a Calbia y, cosiendo a Leandro en un cuero, lo arrojaron al mar. Querían que Aretafila gobernara y administrara la política junto con los mejores hombres. Ella, habiendo luchado como en un drama complejo y de muchas partes hasta la entrega de la corona, al ver la ciudad libre, inmediatamente se retiró al gineceo y, renunciando a entrometerse en nada, pasó el resto del tiempo en los telares, viviendo en paz con sus amigos y familiares.
20
Camma. Eran en Galacia los más poderosos de los tetrarcas y parientes por linaje entre sí Sinato y Sinorix; de los cuales Sinato tenía por mujer a una virgen llamada Camma, notable por su aspecto corporal y su juventud, pero admirada más por su virtud; pues no solo era sensata y amante de su marido, sino también inteligente, de gran espíritu y deseada por sus súbditos, diferenciándose por su benevolencia y bondad; la hacía más ilustre el ser sacerdotisa de Artemisa, a quien los gálatas veneran sobremanera, viéndola siempre adornada magníficamente en procesiones y sacrificios. Enamorado, pues, de ella Sinorix, y no siendo capaz de convencerla ni de violentarla estando vivo el marido, realizó una obra terrible; mató con engaño a Sinato y, tras dejar pasar poco tiempo, cortejó a Camma, que pasaba sus días en el templo y no llevaba la ilegalidad de Sinorix de forma lastimera y humilde, sino con un espíritu que tenía juicio y esperaba el momento. Él era insistente en sus súplicas y parecía no carecer de argumentos que tuvieran apariencia, como si se hubiera mostrado mejor que Sinato en lo demás y lo hubiera matado solo por amor a Camma, no por otra maldad. Eran, pues, al principio rechazos no muy ásperos de la mujer, luego poco a poco parecía ablandarse; pues familiares y amigos insistían con atención y favor a Sinorix, que tenía el mayor poder, persuadiéndola y obligándola; al final cedió y lo hizo llamar ante sí, como si ante la diosa fuera a producirse el consentimiento y la garantía. Al llegar, tras recibirlo amablemente y llevarlo ante el altar, hizo una libación de una copa, y ella bebió una parte y le ordenó beber la otra; era hidromiel envenenado. Al ver que había bebido, lanzó un grito brillante y, tras adorar a la diosa, dijo: te invoco, oh divinidad muy honrada, porque por causa de este día sobreviví al asesinato de Sinato, sin disfrutar durante tanto tiempo de nada bueno de la vida sino de la esperanza de la justicia, que teniendo, desciendo hacia mi marido. A ti, oh el más impío de todos los hombres, que tus allegados te preparen una tumba en lugar de un tálamo y una boda. Al escuchar esto el gálata, y sintiendo que el veneno ya actuaba y perturbaba su cuerpo, subió a un carro como si fuera a usar el balanceo y la sacudida, pero se desmayó inmediatamente y, trasladado a una litera, murió al atardecer. Camma, tras pasar la noche y enterarse de que él había llegado a su fin, murió alegre y risueña.
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Estratónica. Galacia también proporcionó a Estratónica, la de Deiotaro, y a Xiomara, la de Ortiagón, mujeres dignas de memoria. Estratónica, pues, sabiendo que su marido deseaba hijos legítimos para la sucesión del reino, y no dando a luz ella misma, lo convenció de que, habiendo engendrado un hijo de otra mujer, lo criara como suyo, haciéndolo pasar por legítimo. Como Deiotaro admiró su juicio e hizo todo según ella, tras preparar a una virgen hermosa de entre las cautivas, llamada Electra, la unió a Deiotaro, y crió a los hijos nacidos como si fueran suyos, con afecto y magnificencia.
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Xiomara. A Xiomara, la de Ortiagón, le sucedió ser hecha cautiva junto con las otras mujeres, cuando los romanos y Cneo vencieron en batalla a los gálatas en Asia. El taxiarca que la tomó usó de su fortuna de forma militar y la deshonró; era, pues, un hombre ignorante e incontinente tanto para el placer como para el dinero; sin embargo, fue vencido por la avaricia, y tras acordarse una gran cantidad de oro por la mujer, la llevaba para liberarla, separándolos un río en medio. Cuando los gálatas cruzaron, le dieron el oro y recibían a Xiomara, ella, mediante una señal, ordenó a uno que matara al romano que la abrazaba y se mostraba amable; al ser persuadido este y cortarle la cabeza, ella, tomándola y envolviéndola en sus pliegues, se alejó. Cuando llegó ante su marido y le arrojó la cabeza, al admirarse él y decir: oh mujer, hermosa es la fidelidad, dijo: sí, pero más hermoso es que viva un solo hombre que se haya unido a mí. Con esta, dice Polibio, al encontrarse en Sardes, admiró tanto su espíritu como su inteligencia.
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Cuando Mitrídates hizo venir a Pérgamo a sesenta de los mejores gálatas como amigos, parecía tratarlos de manera arrogante y despótica, y todos estaban indignados. Poredórix, un hombre robusto de cuerpo y de espíritu distinguido, que era tetrarca de los tolistobogios, se comprometió a arrebatar a Mitrídates cuando este despachara asuntos en la tribuna del gimnasio y a precipitarlo junto con él por el barranco. Pero por alguna casualidad, aquel día él no subió al gimnasio y, al enviar a los gálatas a casa, les instó a tener ánimo y, cuando estuvieran juntos, a abalanzarse desde todas partes para despedazar su cuerpo y matarlo. Esto no pasó inadvertido para Mitrídates, sino que, tras producirse una delación, entregaba a los gálatas uno a uno para ser degollados. Entonces, recordando de algún modo a un joven que superaba con mucho a sus contemporáneos en edad y belleza, sintió lástima y se arrepintió; y era evidente que estaba afligido como si hubiera perecido uno de los principales, pero aun así envió a alguien ordenando que, si era hallado vivo, lo soltaran. El nombre del joven era Bepolitano. Y le ocurrió una suerte maravillosa: fue capturado vistiendo una ropa hermosa y costosa que el verdugo, deseando conservarla para sí sin sangre y limpia, mientras desnudaba al joven con calma, vio a los enviados del rey que corrían mientras gritaban el nombre del muchacho. Así pues, la avaricia, que había destruido a muchos, salvó inesperadamente a Bepolitano. Poredórix, en cambio, fue despedazado y arrojado sin sepultura, y ninguno de sus amigos se atrevió a acercarse; pero una mujer de Pérgamo, conocida por el joven gálata cuando vivía, se arriesgó a enterrar y amortajar el cadáver. Los guardias se dieron cuenta, lo capturaron y la llevaron ante el rey. Se dice que Mitrídates sintió algo ante su aspecto, al parecer la joven era totalmente inexperta e inocente; y aún más, al conocer que la causa era amorosa, se conmovió y le permitió recoger y enterrar el cadáver, habiendo tomado la ropa y los adornos de aquel.
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Teagénes el tebano, que había adoptado la misma disposición en favor de la ciudad que Epaminondas, Pelópidas y los mejores hombres, fracasó ante la suerte común de Grecia en Queronea, aunque ya estaba venciendo y persiguiendo a los que se le oponían. Pues él fue quien respondió a aquel que gritó:¿ Hasta dónde persigues?, diciendo: Hasta Macedonia. Al morir él, le sobrevivió una hermana que daba testimonio de que también él había llegado a ser un hombre grande y brillante por la virtud de su linaje y por su naturaleza; al menos, a ella le cupo la suerte de disfrutar algo de esa virtud, de modo que pudo sobrellevar más ligeramente, en la medida en que le afectaron, las desgracias comunes. Pues cuando Alejandro se apoderó de los tebanos y otros saqueaban partes de la ciudad al entrar, un hombre que no era ni decente ni amable, sino un insolente y necio, que mandaba una compañía tracia y era homónimo del rey pero en nada semejante, se apoderó de la casa de Timoclea. Pues, sin respetar ni el linaje ni la vida de la mujer, cuando se llenó de vino, después de la cena la llamó para que descansara con él. Y esto no fue el final, sino que también buscaba oro y plata, por si hubiera algo escondido por ella, parte como si fuera a destruirlo y parte como si fuera a poseerlo todo en calidad de marido. Ella, habiendo tomado una oportunidad que él le ofrecía, dijo: Ojalá hubiera muerto antes de esta noche en lugar de vivir, para haber conservado al menos el cuerpo libre de ultraje mientras todo perecía. Pero, habiendo sucedido así, si debo considerarte tutor, señor y marido, no te privaré de lo tuyo, pues me veo convertida en lo que tú quieras, dado que el destino lo ofrece. Tenía adornos corporales y plata en copas, y también algo de oro y moneda. Cuando la ciudad era tomada, ordené a las criadas que lo recogieran todo y lo arrojé, o más bien lo deposité, en un pozo que no tiene agua y que muchos desconocen; pues tiene una tapa encima y alrededor crece una espesa arboleda. Ojalá tú tengas suerte al tomar esto, y para mí serán testimonios y señales de la prosperidad y brillantez de la casa. Al oír esto, el macedonio no esperó al día, sino que caminó inmediatamente hacia el lugar, guiado por Timoclea; y tras ordenar cerrar el jardín para que nadie se diera cuenta, bajó con la túnica. Una odiosa Cloto vengadora guiaba mientras Timoclea estaba encima. Cuando se dio cuenta por la voz de que estaba abajo, ella misma le arrojó muchas piedras y las criadas hicieron rodar otras muchas y grandes, hasta que lo mataron y lo enterraron. Cuando los macedonios se enteraron y recogieron el cadáver, habiéndose hecho ya el pregón de no matar a ningún tebano, la llevaron capturada ante el rey y le anunciaron lo que se había atrevido a hacer. Él, al ver en la compostura de su rostro y en la calma de su caminar algo autoritario y noble, primero la interrogó sobre quién era entre las mujeres. Ella, sin inmutarse en absoluto y con mucha audacia, dijo: Mi hermano era Teagénes, quien cayó en Queronea siendo estratego y luchando contra vosotros por la libertad de los griegos, para que nosotros no sufriéramos nada semejante; y puesto que hemos sufrido cosas indignas de nuestro linaje, no rehuimos morir; pues quizás no sea mejor vivir para intentar otra noche, si tú no impides esto. Los más decentes de los presentes lloraron, pero a Alejandro no le vino a la mente compadecerse de la mujer por ser superior, sino que, admirando su virtud y el discurso que le había llegado muy bien, ordenó a los jefes que la atendieran y protegieran, para que no volviera a ocurrir tal ultraje contra una casa ilustre; y dejó libre a Timoclea, tanto a ella como a todos los que fueron hallados como parientes suyos.
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Arcesilao era hijo de Bato, el llamado Afortunado; no era en nada semejante a su padre en sus costumbres, pues incluso viviendo aún su padre, fue multado con un talento por haber construido almenas alrededor de la casa; y al morir aquel, siendo por naturaleza cruel, como también fue llamado, y usando a un mal amigo, Learco, en lugar de rey se había convertido en tirano. Learco, conspirando contra la tiranía y expulsando o asesinando a los mejores de los cireneos, desviaba las acusaciones hacia Arcesilao; y al final, tras sumirlo en una enfermedad tísica y cruel, al beber liebre marina, lo destruyó, y él mismo tuvo el poder, como si lo guardara para el hijo de aquel, Bato. El niño, pues, era despreciado tanto por su cojera como por su edad, pero muchos prestaban atención a su madre; pues era sensata y filántropa, y tenía muchos parientes poderosos. Por ello, Learco, cortejándola, la pretendía y pedía que Bato lo adoptara como hijo al casarse con ella, y que lo nombrara partícipe del poder; pero Erixo, pues este era el nombre de la mujer, tras deliberar con sus hermanos, ordenaba a Learco que tratara con ellos, como si ella aceptara el matrimonio. Cuando Learco trataba con los hermanos, y ellos a propósito daban largas y posponían, Erixo le envía una criada de su parte anunciándole que ahora los hermanos se oponen, pero que, una vez realizada la reunión, dejarán de estar en desacuerdo y accederán; por tanto, debe, si quiere, llegar de noche hacia ella; pues estará bien, una vez que el resto del poder se haya consolidado. Esto, pues, era del agrado de Learco, y totalmente exaltado por la amabilidad de la mujer, aceptó ir cuando ella lo ordenara. Erixo hacía esto con Poliarco, el mayor de los hermanos. Definido el momento para la reunión, Poliarco fue introducido secretamente en la habitación de su hermana, teniendo consigo a dos jóvenes armados con espadas, que buscaban vengar la muerte de su padre, a quien Learco acababa de matar recientemente. Cuando Erixo lo hizo venir, entró sin guardaespaldas, y al abalanzarse sobre él los jóvenes, murió golpeado por las espadas. Arrojaron el cadáver por encima de la pared, sacaron a Bato y lo proclamaron rey según las costumbres patrias, y Poliarco devolvió a los cireneos la constitución desde el principio. Casualmente estaban presentes muchos soldados de Amasis, el rey de los egipcios, a quienes Learco usaba como fieles, y no era menos temible para los ciudadanos por causa de ellos. Estos enviaron a Egipto a quienes acusarían a Poliarco y a Erixo. Estando aquel indignado y pensando en hacer la guerra a los cireneos, sucedió que la madre murió, y al realizar sus funerales, al llegar los que anunciaban de parte de Amasis, a Poliarco le pareció bien ir a defenderse; y como Erixo no se quedaba atrás, sino que quería seguir y compartir el peligro, tampoco la madre Critola, a pesar de ser anciana, se quedó atrás. Su dignidad era muy grande, habiendo sido hermana de Bato el Afortunado. Así pues, cuando llegaron a Egipto, los demás acogieron admirablemente su acción, y Amasis no acogió moderadamente la sensatez y la valentía de la mujer; y tras honrar con regalos y trato real a Poliarco y a las mujeres, los envió a Cirene.
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No menos se podría admirar a la cumea Xenócrita por los hechos realizados en torno a Aristodemo el tirano, a quien algunos creen que tuvo el sobrenombre de Malaco, ignorando la verdad. Pues fue llamado Malaco por los bárbaros, que significa afeminado, porque siendo un muchacho totalmente, junto con sus coetáneos que aún llevaban el cabello largo, a quienes al parecer llamaban coronistas por la cabellera, fue ilustre y brillante en las guerras contra los bárbaros, no solo por audacia ni por obras de sus manos, sino también por haber mostrado una inteligencia y previsión extraordinarias. De ahí que ascendiera a las más altas magistraturas, siendo admirado por los ciudadanos, y fue enviado llevando auxilio a los romanos que eran combatidos por los tirrenos que traían a Tarquinio el Soberbio para el reino. En esta expedición, que se hizo larga, cediendo en todo para complacer a los ciudadanos que combatían y demagogizando más que dirigiendo, los convenció de atacar al consejo y expulsar a los mejores y más poderosos. A partir de esto, convertido en tirano, era en las injusticias contra mujeres y niños libres más malvado que él mismo. Pues se cuenta que obligaba a los niños varones a llevar el cabello largo y a usar oro, y a las hembras las obligaba a cortarse el cabello al rape y a usar clámides de efebos y túnicas cortas. Sin embargo, habiéndose enamorado especialmente de Xenócrita, la tenía siendo ella hija de un exiliado, sin haberlo traído ni convencido, sino pensando que de cualquier modo la joven se alegraba de estar con él, ya que era envidiada y considerada afortunada por los ciudadanos. A ella esto no la deslumbraba, pero, afligida por convivir sin estar casada ni prometida, no menos deseaba la libertad de la patria que los odiados por el tirano. Sucedió que en aquel tiempo Aristodemo estaba cavando una zanja alrededor del país, obra ni necesaria ni útil, sino queriendo desgastar y agotar a los ciudadanos con trabajos y ocupaciones; pues estaba ordenado a cada uno llevar una cantidad de medidas de tierra. Una mujer, al ver que se acercaba Aristodemo, se desvió y se cubrió el rostro con la túnica. Al marcharse Aristodemo, los jóvenes, bromeando y jugando, preguntaban por qué solo ella huía de Aristodemo por vergüenza, y ante los demás no sufría nada semejante; ella respondió con mucha seriedad: Pues solo Aristodemo, dijo, es hombre entre los cumeos. Esta palabra dicha tocó a todos, y a los nobles los incitó a aferrarse a la libertad por vergüenza. Se dice también que Xenócrita, al oírlo, dijo que ella misma habría querido llevar tierra por su padre si estuviera presente, en lugar de participar del lujo y de tanto poder de Aristodemo. Esto, pues, fortaleció a los que se conjuraban contra Aristodemo, a quienes dirigía Timoteles; y al proporcionarles la entrada Xenócrita seguridad y estar Aristodemo desarmado y sin guardia, tras irrumpir sin dificultad, lo mataron. Así pues, la ciudad de los cumeos fue liberada por la virtud de dos mujeres, una que les infundió la idea y el impulso de la obra, y la otra que ayudó para el final. Al proponérsele a Xenócrita honores y grandes regalos, tras dejarlos todos, pidió una sola cosa: enterrar el cuerpo de Aristodemo; y esto le concedieron y la eligieron sacerdotisa de Deméter, pensando que no sería menos grato a la diosa ni menos apropiado el honor para ella.
27
Se dice también que la mujer de Piteo, el de la época de Jerjes, fue sabia y buena. Pues el propio Piteo, al parecer, al encontrar minas de oro y amar la riqueza que provenía de ellas no moderadamente, sino insaciable y excesivamente, él mismo se ocupaba de esto y obligaba a todos los ciudadanos a cavar, transportar o limpiar el oro, sin trabajar ni hacer ninguna otra cosa en absoluto. Al morir muchos y estar todos agotados, las mujeres pusieron una súplica en las puertas al llegar a la mujer de Piteo. Ella les ordenó que se fueran y tuvieran ánimo, y ella misma, tras llamar y encerrar a los artesanos del oro en quienes más confiaba, ordenaba hacer panes de oro, pasteles de todo tipo y frutas, y todo aquello en lo que sabía que Piteo más se deleitaba en manjares y comidas. Hecho todo, Piteo llegó del extranjero; pues casualmente estaba fuera; y la mujer le presentó, al pedir la cena, una mesa de oro que no tenía nada comestible, sino todo de oro. Al principio, pues, Piteo se alegraba con las imitaciones, pero al saciarse de la vista, pedía comer; y ella le ofrecía oro lo que fuera que deseara. Al estar él disgustado y gritando que tenía hambre, ella dijo: Pero tú has hecho que tengamos abundancia de esto, y de ninguna otra cosa; pues toda experiencia y arte ha desaparecido, y nadie cultiva la tierra, sino que, dejando atrás lo que se siembra, se planta y alimenta, cavamos cosas inútiles y buscamos, agotándonos a nosotros mismos y a los ciudadanos. Esto conmovió a Piteo, y no disolvió toda la actividad sobre las minas, pero al ordenar trabajar a la quinta parte de los ciudadanos, volvió a los demás a la agricultura y a las artes. Al bajar Jerjes hacia Grecia, habiendo sido muy brillante en los recibimientos y los regalos, pidió un favor al rey: teniendo muchos hijos, que uno estuviera fuera de la expedición y dejárselo para que lo cuidara en la vejez. Jerjes, por ira, tras degollar y descuartizar solo a este, al que había pedido, ordenó al ejército pasar, y se llevó a los otros, y todos perecieron en las batallas. Ante esto, Piteo, desanimado, sufrió cosas semejantes a muchos de los malvados y necios; pues temía la muerte, pero estaba hastiado de la vida. Queriendo no vivir, pero no pudiendo renunciar a la vida, habiendo un gran túmulo en la ciudad y un río que fluía, al que llamaban Pitopolita, construyó un monumento en el túmulo, y tras desviar el cauce, de modo que el río fluyera a través del túmulo rozando la tumba, una vez terminadas estas cosas, él mismo bajó al monumento, y tras confiar a la mujer todo el poder y la ciudad, le ordenó no acercarse, sino enviarle la cena cada día introduciéndola en una barca, hasta que la barca pasara la tumba teniendo la cena intacta; entonces, dejar de enviarla, como si él hubiera muerto. Él, pues, pasaba así el resto de la vida, y la mujer se ocupó bien del poder y proporcionó un cambio de males a los hombres.