Non Posse Suaviter Vivi Secundum Epicurum
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Original / primary: Spanish Gemini
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Colotes, un conocido de Epicuro, publicó un libro bajo el título de que, según las doctrinas de los otros filósofos, ni siquiera es posible vivir. Por tanto, todo lo que se me ocurrió decir contra él en defensa de los filósofos ya fue escrito anteriormente. Pero como, una vez disuelta la escuela, surgieron más conversaciones en el paseo contra esta secta, me pareció bien recogerlas también, aunque no fuera por otra razón, al menos para mostrar a quienes juzgan a otros que cada uno debe examinar los argumentos y los escritos de aquellos a quienes refuta sin superficialidad, y no desgarrar frases de aquí y de allá para engañar a los ignorantes atacando palabras sin contenido.
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Pues, al salir nosotros al gimnasio como solíamos hacer tras la lección, Zeuxipo dijo:« Me parece, por mi parte, que el discurso se ha dicho con mucha menos franqueza de la debida; y los partidarios de Heráclides, de Epicuro y de Metrodoro, se van reprochándonos, sin que nosotros tengamos culpa alguna, el haberlos atacado con demasiada audacia». Y Teón dijo:«¿ Acaso no decías que Colotes, al ser comparado con ellos, parece el más elocuente de los hombres? Pues han reunido las palabras más vergonzosas que existen entre los hombres— bufonerías, fanfarronadas, arrogancias, prostituciones, asesinatos, lamentos, ruinas, mentes obtusas— y las han derramado sobre Aristóteles, Sócrates, Pitágoras, Protágoras, Teofrasto, Heráclides, Hiparco y,¿ quién no, de entre los ilustres? De modo que, incluso si todo lo demás lo tuvieran sabiamente, por estas blasfemias y acusaciones estarían lejísimos de la sabiduría; pues la envidia y los celos, al no poder ocultar el dolor por debilidad, están fuera del coro divino». Aristodemo, tomando la palabra, dijo:« Heráclides, siendo gramático, en lugar de la confusión poética, como ellos dicen, y de las necedades de Homero, paga estos favores a Epicuro, o es que Metrodoro ha injuriado al poeta en tantos escritos. Pero dejemos a esos, Zeuxipo; lo que se dijo al principio de las conversaciones contra estos hombres, que según ellos no es posible vivir,¿ por qué no lo terminamos nosotros mismos, ya que él está cansado, tomando también a Teón?». Y Teón le dijo:« Ese esfuerzo ya ha sido realizado por otros antes que nosotros. Ahora, si os parece, propongámonos otro objetivo y persigamos a estos hombres con un juicio de este tipo: intentemos demostrar, si es posible, que según ellos ni siquiera es posible vivir placenteramente».«¡ Vaya!», dije yo riendo,« parece que quieres saltar sobre el vientre de estos hombres y traer a colación el tema de las carnes, privando del placer a quienes gritan:' No somos púgiles intachables, ni oradores, ni líderes de pueblos, ni gobernantes, sino que siempre nos es grata la comida y todo movimiento placentero a través de la carne que se eleva hacia algún placer y alegría del alma'. Me parece, pues, que no quieres quitar la primavera, como dicen, sino quitarles la vida a estos hombres, si no les dejas el vivir placenteramente».«¿ Qué pues?», dijo Teón,« si apruebas el argumento,¿ no lo usarás tú mismo estando presente?».« Lo usaré», dije,« escuchando y respondiendo, si lo necesitáis; pero os cedo el liderazgo». Tras una pequeña excusa de Teón, Aristodemo dijo:« Has trazado para nosotros un camino corto y llano hacia el argumento, sin dejar que la secta rinda cuentas primero sobre lo noble. Pues a hombres que proponen el placer como fin no es fácil expulsarlos del vivir placenteramente; pero al caer de lo noble, al mismo tiempo caían también de lo placentero; puesto que el vivir placenteramente sin lo noble es inexistente, como ellos mismos dicen».
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Y Teón dijo:« Pero esto, si parece bien, lo pospondremos a medida que avance el discurso; ahora usaremos lo que ellos conceden. Creen que el bien está en el vientre y en todos los demás conductos de la carne, a través de los cuales entra el placer y no el dolor; y que todos los descubrimientos bellos y sabios han ocurrido por causa del placer del vientre y de la buena esperanza sobre este, como ha dicho el sabio Metrodoro».« Desde luego, compañero, parecen tomar una causa del bien viscosa, podrida e inestable, sino que está perforada hacia estos conductos a través de los cuales se introducen los placeres, y de igual modo hacia los dolores, o más bien, recibiendo el placer en pocos miembros y el dolor en todos. Pues todo placer está alrededor de las articulaciones, los nervios, los pies y las manos, donde se alojan las terribles y crueles afecciones: gotosas, reumáticas, fagedénicas, corrosiones y putrefacciones; y si acercas al cuerpo los olores y sabores más placenteros, encontrarás en él un pequeño espacio que se mueve suave y agradablemente, mientras que el resto a menudo se siente molesto y se indigna; y ante el fuego, el hierro, la mordedura y las espinas, nada es impasible ni insensible al dolor, sino que el calor, el frío y la fiebre penetran en todo; los placeres, en cambio, como brisas, se disipan sonriendo en otras extremidades del cuerpo, y el tiempo de estos no es mucho, sino que, como los meteoros, tienen encendido y apagado a la vez en la carne; pero un testigo del dolor es suficiente el Filoctetes de Esquilo; pues no dejó al dragón, dice, sino que le instaló una terrible excrecencia en la boca, para tomar el pie. El dolor no se deslizaría moviendo y haciendo cosquillas en otras partes del cuerpo; sino que, como la semilla de la alfalfa, que es muy curvada y desigual, se arraiga en la tierra y permanece mucho tiempo por su aspereza, así el dolor, esparciendo anzuelos y raíces y enredándose en la carne, permanece no solo días o noches, sino también estaciones de años para algunos y periodos olímpicos, y apenas se libera al ser expulsado por otros dolores como por clavos más fuertes. Pues,¿ quién bebió o comió tanto tiempo como tienen sed los febriles y hambre los sitiados?¿ Y dónde está el descanso y la compañía con amigos, mientras los tiranos castigan y torturan? Pues esto también es parte de la vileza e ineptitud del cuerpo para vivir placenteramente, que soporta más los dolores que los placeres y tiene fuerza y poder para aquellos, mientras que en estos es débil y voluble. Y si tocan el vivir placenteramente, no nos permiten decir más sobre esto, admitiendo ellos mismos que lo placentero de la carne es pequeño, o más bien, un instante, si es que no hablan en vano ni fanfarronean, diciendo Metrodoro que a menudo hemos escupido a los placeres del cuerpo, y Epicuro dice que el sabio a menudo se ríe de las exageraciones de la enfermedad del cuerpo. Por tanto, si los dolores del cuerpo son tan ligeros y fáciles,¿ cómo puede haber algo digno de mención en los placeres? Pues incluso si no se quedan atrás en tiempo ni en magnitud de los dolores, sino que están alrededor de los dolores, y Epicuro ha puesto como límite común para ellos la eliminación de todo lo que duele, como si la naturaleza aumentara lo placentero hasta disolver lo doloroso, pero no permitiera avanzar más en magnitud, sino que recibiera ciertas variaciones innecesarias cuando se encuentra en el no doler; y el camino hacia esto con deseo, siendo medida del placer, es sumamente breve y corto. De donde, al darse cuenta de la viscosidad aquí, como si fuera de un lugar miserable del cuerpo, trasladan el fin al alma, como si allí fueran a tener pastos y prados abundantes de placeres; pero en Ítaca no hay caminos anchos ni prado, ni el disfrute alrededor del cuerpecito es suave, sino áspero, mezclado con mucho de lo ajeno y pulsátil».
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Zeuxipo, tomando la palabra, dijo:«¿ Entonces no te parece que hacen bien los hombres, comenzando por el cuerpo, en el que primero apareció la génesis, y luego yendo al alma como más estable y perfeccionando el todo en ella?».« Bien, por Zeus», dije yo,« y conforme a la naturaleza, si persiguen algo mejor y más perfecto allí, como los hombres teóricos y políticos. Pero si los escuchas testificar y gritar que por naturaleza no es posible alegrarse ni estar en calma en nada de lo que existe, excepto en los placeres del cuerpo presentes o esperados, y que esto es el bien de ella,¿ no te parece que usan el alma como un colador del cuerpo, y como si estuvieran añejando vino de un recipiente malo y que no retiene, disipando el placer allí? Y, sin embargo, el tiempo conserva y endulza el vino disipado; pero el alma, al recibir el recuerdo del placer, como un olor, y nada más, lo guarda; pues al hervir sobre la carne se extingue, y lo que se recuerda de él es tenue y grasiento, como si alguien pusiera y almacenara en sí mismo pensamientos de lo que comió o bebió, y usara estos, evidentemente, al no estar presentes los frescos. Mira cuánto más moderados son los cirenaicos, aunque hayan bebido de la misma jarra que Epicuro, pues ni siquiera creen que deban tener relaciones sexuales con luz, sino prefiriendo la oscuridad, para que la mente, al recibir vívidamente las imágenes de la acción a través de la vista, no se encienda a menudo en el deseo. Pero aquellos que consideran que el sabio se diferencia principalmente en esto, en recordar vívidamente y retener en sí mismo las visiones, afecciones y movimientos alrededor de los placeres, si no recomiendan nada digno de sabiduría, dejando que los residuos del placer permanezcan en el alma del sabio como en una casa de cuerpos, no lo digamos; pero que no es posible vivir placenteramente a partir de esto, es evidente desde el principio. Pues no es probable que sea grande lo que se recuerda del placer, si lo presente parecía pequeño; ni que se alegren excesivamente de lo que les alegraba moderadamente al suceder, donde ni siquiera a los que están asombrados por las cosas corporales y las admiran les permanece la alegría al cesar, sino que queda una sombra y un sueño en el alma del placer que se aleja, como un rescoldo de los deseos, tal como en los sueños el sediento o el enamorado tienen placeres y disfrutes incompletos que despiertan más agudamente el desenfreno. Por tanto, ni para estos es placentero el recuerdo de lo disfrutado, sino que, a partir de un residuo de placer tenue y vacío, trae mucho de lo excitante y punzante de la apetencia evidente; ni es probable que los moderados y sensatos se detengan en el pensamiento de tales cosas, ni en lo que se burlaban de Carnéades por hacer, como recoger de diarios cuántas veces se reunió con Hedia y Leoncio, o dónde bebieron vino de Tasos o en qué día veinte cenaron más lujosamente. Pues tal bacanal del alma misma hacia los recuerdos manifiesta una terrible y bestial confusión y locura alrededor de los hechos y esperados placeres. De donde me parecen ellos mismos, al darse cuenta de estas extrañezas, huir hacia la ausencia de dolor y la estabilidad de la carne, como si en pensar que esta estará o ha estado alrededor de alguien consistiera el vivir placenteramente; pues el estado estable de la carne y la esperanza confiada sobre esta tienen la alegría más alta y segura para quienes pueden calcular».
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Mira, pues, primero lo que hacen, moviendo arriba y abajo este placer, o ausencia de dolor, o estabilidad, desde el cuerpo hacia el alma, y luego de nuevo desde esta hacia aquel, al no retener, fluyendo y deslizándose, obligados a unirlo al principio, y apoyando lo que se complace, como dice, de la carne en lo que se alegra del alma, y de nuevo terminando desde lo que se alegra en lo que se complace con la esperanza. Y¿ cómo es posible, al tambalearse la base, que no se tambalee lo que se apoya; o que una esperanza segura y una alegría inamovible existan sobre un asunto que tiene tanto oleaje y cambios, a los que están sujetos, estando expuestos a muchas necesidades externas y golpes, y teniendo en sí mismos principios de males, que el razonamiento no evita? Pues ni siquiera les ocurrirían a hombres que tienen juicio afecciones estrangúricas, disentéricas, tisis e hidropesías, de las cuales a unas se vio afectado el propio Epicuro, a otras Polieno, y otras llevaron a la muerte a Neocles y Agabulo. Y esto no lo reprochamos, sabiendo que Ferécides y Heráclito estuvieron en enfermedades graves; pero les exigimos, si quieren ser coherentes con sus propias afecciones y no incurrir en arrogancia fanfarroneando con palabras vacías y demagogia, o no tomar como principio de toda alegría la estabilidad de la carne, o no decir que se alegran y se jactan quienes están en dolores y enfermedades sobrepasantes. Pues un estado estable de la carne ocurre a menudo, pero una esperanza confiada y segura sobre la carne no es posible que nazca en un alma que tiene juicio; sino que, como en el mar según Esquilo, la noche engendra dolor para un piloto sabio y calma; pues el futuro es incierto; así, en un cuerpo que está estable y pone el bien en las esperanzas sobre el cuerpo, no es posible pasar sin miedo y sin olas. Pues no solo desde fuera, como el mar, tiene el cuerpo tormentas y vendavales, sino que desde sí mismo emite más y mayores confusiones; y uno esperaría más que una calma invernal que una ausencia de daño de la carne le permanezca con seguridad. Pues llamar efímeras, inciertas e inestables a las cosas y comparar la vida con las hojas que nacen y caen en la estación del año,¿ qué otra cosa ha proporcionado a los poetas sino lo perecedero, dañino y enfermizo de la carne, de la cual, precisamente, recomiendan temer y recortar el bien supremo? Pues las condiciones físicas extremas son peligrosas, dice Hipócrates; y el que florece apenas en la carne se extinguió como estrella caída del cielo, según Eurípides, y creen que los bellos son dañados por envidia y celos, porque la carne que está en su apogeo tiene rápidamente un cambio por debilidad.
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Y que en general las cosas son penosas para una vida sin dolor para ellos, observa también por lo que dicen a otros. Pues dicen que los que cometen injusticias y violan las leyes viven miserablemente y con miedo todo el tiempo; porque, aunque puedan ocultarse, es imposible obtener certeza sobre el ocultarse; de donde el miedo al futuro, siempre presente, no permite alegrarse ni confiar en los presentes. Y esto, al haberlo dicho también sobre sí mismos, no se han dado cuenta. Pues es posible estar estable y sano en el cuerpo a menudo, pero obtener certeza sobre el permanecer es imposible; es necesario, pues, estar confundido y sufrir siempre por el futuro sobre el cuerpo, esperanza confiada y segura de la cual esperan no haber podido adquirir todavía. Y el no cometer ninguna injusticia no es nada para confiar; pues no es lo que se sufre justamente, sino el sufrir lo que es temible; ni es doloroso estar él mismo en injusticias, pero no es difícil caer en las de otros; pero si no mayor, no menor era el mal para los atenienses la crueldad de Lacares y para los siracusanos la de Dionisio que para ellos mismos; pues al confundir, se confundían y esperaban sufrir mal por el hecho de cometer injusticias y dañar primero a los que encontraban. Y de los ánimos de las multitudes, las crueldades de los piratas, las injusticias de los herederos, y además las pestes de los aires y el mar tormentoso, bajo las cuales Epicuro estuvo a punto de ser tragado navegando hacia Lámpsaco, como escribe,¿ qué podría decir uno? Pues basta la naturaleza de la carne, teniendo materia de enfermedades en sí misma y, esto que se dice en broma, tomando las correas del buey, tomando los dolores del cuerpo, hacer la vida precaria y temible, tanto para los viles como para los decentes, si aprenden a alegrarse y confiar solo en la carne y en la esperanza sobre la carne, y en ninguna otra cosa, como Epicuro ha escrito en otras muchas cosas y en estas, que son sobre el Fin.
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No solo, pues, toman un principio increíble e inestable del vivir placenteramente, sino también totalmente despreciable y pequeño, si es que para ellos el bien es la huida de los males y dicen no pensar en otra cosa, ni tener la naturaleza en absoluto dónde poner el bien, si no es solo de donde se expulsa el mal de ella, como dice Metrodoro en los escritos contra los sofistas; de modo que esto mismo es el bien, el huir del mal; pues donde se pondrá el bien, no existe, cuando ya no queda nada ni doloroso ni penoso. Y similares son las de Epicuro, diciendo que la naturaleza del bien nace de la huida misma del mal y del recuerdo, el cálculo y el agradecimiento de que esto le ha sucedido; pues lo que causa, dice, un gozo insuperable es el gran mal huido de sí mismo; y esta es la naturaleza del bien, si uno se aplica correctamente, y luego se detiene y no camina en vano parloteando sobre el bien.¡ Ay de la gran alegría de los hombres y bienaventuranza, que cosechan alegrándose de no sufrir mal, ni estar penosos, ni doler!¿ Acaso no es digno de esto tanto pensar como decir lo que dicen, llamándose a sí mismos incorruptibles e iguales a los dioses y, por exageraciones y extremos de bienes, desbocándose en gritos y alaridos por el placer, porque despreciando a los demás han descubierto solos un bien divino y grande: el no tener ningún mal? De modo que ni siquiera se quedan atrás de los cerdos ni de las ovejas en felicidad, al poner como bienaventurado el tener suficiente para la carne y para el alma sobre la carne. Puesto que para los animales más elegantes y refinados no es el fin la huida del mal; sino que también se vuelven hacia cantos por saciedad y se alegran en nadas y vuelos, e intentan imitar jugando voces de todo tipo y ruidos por placer y arrogancia; y usan entre sí muestras de afecto y saltos, cuando huyen del mal, siendo por naturaleza buscadores del bien; o más bien, en general, expulsan de la naturaleza todo lo doloroso y ajeno como obstáculo para la persecución de lo propio y mejor.
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Pues lo necesario no es el bien, sino que más allá de la huida de los males yace lo deseable, lo elegible y, por Zeus, lo placentero y propio, como decía Platón, y prohibía considerar placeres a las liberaciones de penas y dolores, sino como una especie de dibujo de sombras o mezcla de lo propio y lo ajeno, como de blanco y negro que se elevan desde abajo hacia el medio, y por inexperiencia de lo de abajo y de arriba y por ignorancia consideran que el medio es el extremo y el límite; como Epicuro y Metrodoro consideran, poniendo la esencia del bien y el extremo en la huida del mal y alegrándose con una alegría de esclavos o de prisioneros liberados de la cárcel que se ungen y se bañan gustosamente después de los tormentos y los azotes, pero sin haber probado ni visto una alegría libre, pura, sin mezcla y sin marcas. Pues no porque sea ajeno tener sarna en la carne y legañas en el ojo, ya es maravilloso rascarse y limpiarse; ni si es un mal doler, temer a los dioses y estar confundido por las cosas en el Hades, la huida de estos es bienaventurada y envidiable; sino que muestran un lugar pequeño y viscoso de la alegría, en el que gira y se revuelca hasta no ser confundido por las cosas en el Hades, avanzando más allá de las opiniones vacías y haciendo de esto el fin de la sabiduría, lo cual parecería existir desde el principio para los irracionales. Pues si para la ausencia de dolor del cuerpo no importa si es por sí mismo o por naturaleza que está fuera de doler, tampoco para la imperturbabilidad del alma es mayor el que sea por sí misma o por naturaleza que está así de modo que no se confunda. Y, sin embargo, alguien podría decir, no sin razón, que es una disposición más fuerte la que por naturaleza no recibe lo que confunde que la que escapa por cuidado y razonamiento. Pero supongamos que es igual; pues así parecerán no tener nada más que las bestias en el no confundirse por las cosas dichas en el Hades y sobre los dioses, ni esperar penas ni dolores teniendo límites. Al menos el propio Epicuro, al decir que si las sospechas sobre los fenómenos celestes y las relativas a la muerte y los dolores no nos molestaran, nunca habríamos necesitado la fisiología, cree que esto lleva el argumento a donde las bestias se han establecido por naturaleza; pues ni tiene sospechas viles sobre los dioses ni es molestado por opiniones vacías sobre lo que hay después de la muerte, ni en absoluto piensa en nada terrible en esto ni lo conoce. Y, sin embargo, si en la prenoción del dios hubieran dejado la providencia, parecerían tener más los prudentes que las bestias en esperanzas buenas para vivir placenteramente; puesto que el fin del discurso sobre los dioses era no temer a dios sino dejar de estar confundidos, creo que esto es más seguro para quienes no conciben a dios en absoluto que para quienes han aprendido a concebirlo sin que dañe; pues no se ha librado de la superstición, sino que ni siquiera ha caído en ella, ni ha dejado de lado la noción que confunde sobre los dioses, sino que ni siquiera la ha tomado. Lo mismo debe decirse sobre las cosas en el Hades; pues esperar algo bueno de allí no existe para ninguno de los dos, pero el sospechar y temer lo que hay después de la muerte pertenece menos a quienes no les ocurre la prenoción de la muerte que a quienes la preconciben como que la muerte no es nada para nosotros; pues para estos sí lo es, en la medida en que razonan y consideran algo sobre ella; pero las bestias están totalmente libres de preocuparse por lo que no es para ellas, y al huir de golpes, heridas y asesinatos, esto temen de la muerte, lo cual también es temible para estos.
9
Lo que dicen que está preparado para ellos por la sabiduría es, pues, de este tipo; veamos ahora de qué se privan y se expulsan a sí mismos. Pues las efusiones del alma por el bienestar de la carne, si son moderadas, no tienen nada grande ni digno de mención; y si sobrepasan, además de ser vacías e inestables, pareciendo vulgares y audaces, uno no llamaría ni anímicas ni alegrías, sino placeres corporales y una especie de sonrisas y caricias del alma. Pero las que es digno y justo considerar alegrías y gozos, son puras de lo contrario y no tienen ningún pulso mezclado ni mordedura ni arrepentimiento, y el bien de ellas es propio del alma y verdaderamente anímico y genuino y no introducido, ni irracional, sino muy razonable, naciendo de lo teórico y amante del aprendizaje o de lo práctico y amante de lo bello de la mente. Cuántas y cuán grandes alegrías produce cada uno de estos, uno no podría terminar de recorrerlo aunque se esforzara; pero recordar brevemente que las historias están presentes, teniendo muchas ocupaciones placenteras, y dejando al que desea siempre la verdad insaciable y hambriento de placer; por lo cual ni siquiera la mentira carece de gracia, sino que también en ficciones y poemas, sin tener la creencia, existe sin embargo lo que persuade.
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Pues piensa cómo, mordiéndonos, leemos el Atlántico de Platón y los finales de la Ilíada, deseando el resto del mito como si se cerraran templos o teatros. Pero el aprendizaje de la verdad misma es tan amable y deseable, como el vivir y el ser por el conocer; y lo más sombrío de la muerte es el olvido, la ignorancia y la oscuridad. Y, por Zeus, luchan contra quienes destruyen la percepción de los muertos casi todos, como si pusieran el vivir, el ser y el alegrarse solo en lo que percibe y conoce del alma. Pues existe también para los que sufren el ser escuchados con algún placer; y aunque a menudo confundidos por lo que se dice y llorando, sin embargo ordenamos decir, como este:' Pero esto parece ser una cierta incontinencia del placer de conocerlo todo y un flujo que fuerza el razonamiento'. Pero cuando una historia y narración, sin tener nada dañino o penoso, sobre acciones bellas y grandes, adquiere un discurso que tiene poder y gracia, como las cosas griegas de Heródoto y las persas de Jenofonte, y todo lo que Homero profetizó sabiendo cosas divinas, o las Periegesis de la tierra que escribió Eudoxo, o las Fundaciones y Constituciones Aristóteles, o las Vidas de hombres Aristóxeno, no solo es grande y mucho lo que alegra, sino también puro y sin arrepentimiento.¿ Y quién comería teniendo hambre y bebería teniendo sed más placenteramente que las cosas de los feacios o recorrería el relato de la errancia de Odiseo?¿ Y quién se alegraría más descansando con la mujer más bella que trasnochando con lo que escribió Jenofonte sobre Pantea, o Aristóbulo sobre Timoclea, o Teopompo sobre Tebas?
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Pero estas son del alma, y expulsan también las de las disciplinas. Y, sin embargo, las historias tienen algo simple y llano, pero las de la geometría, la astrología y la armónica, teniendo el cebo agudo y variado, no se quedan atrás de ninguno de los atractivos, atrayendo como con imanes con los diagramas, de los cuales quien los ha probado, si es experto, recorre cantando los de Sófocles:' La mente se agita con un aguijón hacia la nuca, y rezo tanto de la lira como de las leyes, que Tamiras compone música sobremanera', y, por Zeus, Eudoxo, Aristarco y Arquímedes. Pues donde los que aman escribir son llevados de tal manera por la persuasión de las obras, que Nicias, pintando la Necyia, preguntaba a menudo a los sirvientes si había almorzado, y Ptolomeo el rey, habiendo enviado sesenta talentos al terminarse la pintura, no la tomó ni vendió la obra;¿ qué placeres y cuán grandes creemos que cosechan de la geometría y la astrología Euclides escribiendo las Dióptricas, y Filipo demostrando sobre la forma de la luna, y Arquímedes encontrando con el ángulo el diámetro del sol, siendo tal parte del círculo mayor como el ángulo de los cuatro rectos; y Apolonio y Aristarco, habiéndose convertido en descubridores de otras cosas tales, cuya visión y comprensión ahora produce grandes placeres y un orgullo maravilloso a los que aprenden? Y no es digno en absoluto comparar los placeres de las cocinas y los guisos con estos, avergonzando al Helicón y a las Musas, donde ni el pastor se digna alimentar rebaños ni ha llegado nunca el hierro; sino que estas son verdaderamente pastos inmaculados de abejas, mientras que aquellos se parecen a las caricias de cerdos y cabras, llenando de nuevo lo más pasional del alma. Es, pues, variado y audaz lo que ama el placer; pero nunca nadie, al acercarse a una amada, ha sacrificado un buey por alegría, ni nadie, al llenarse de manjares o pasteles reales, ha deseado morir inmediatamente. Eudoxo, en cambio, deseaba, estando junto al sol y habiendo comprendido la forma del astro, su magnitud y su aspecto, quemarse como Faetón; y Pitágoras sacrificó un buey por el diagrama, como dice Apolodoro:' Cuando Pitágoras descubrió el diagrama glorioso, aquel por el cual celebraba un brillante sacrificio de bueyes'. Ya sea sobre la hipotenusa, que tiene tanta potencia como los que contienen el ángulo recto, ya sea un problema sobre el área de la parábola. Y a Arquímedes, los sirvientes lo apartaban por la fuerza de los diagramas; él, en cambio, escribía las figuras en el vientre con el estrigilo, y bañándose, como dicen, al darse cuenta por el desbordamiento de la medición de la corona, saltó como por una posesión o inspiración gritando'¡ Lo he encontrado!', y caminando decía esto a menudo. Y no hemos oído a ningún glotón gritando apasionadamente'¡ He comido!', ni a ningún amante'¡ He amado!', habiendo existido y existiendo miríadas de miríadas de desenfrenados; sino que incluso aborrecemos a los que recuerdan cenas más apasionadamente, como si se alegraran excesivamente por placeres pequeños y que no valen nada; pero con Eudoxo, Arquímedes e Hiparco nos entusiasmamos y a Platón le creemos sobre las disciplinas, que, aunque descuidadas por ignorancia e inexperiencia, sin embargo, por la fuerza de la gracia, aumentan.
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Sin embargo, estos hombres, al desviar y apartar tales y tan grandes placeres, como si fueran fuentes inagotables, no permiten que quienes se les acercan los prueben; al contrario, ordenan a quienes levantan sus barquichuelos que huyan de ellos. Todos, hombres y mujeres, ruegan e imploran a Pitocles, por medio de Epicuro, que no se deje seducir por la llamada educación liberal. Admirando y celebrando excesivamente a cierto Apeles, escriben que, al abstenerse de las disciplinas desde el principio, se mantuvo puro. En cuanto a la historia, para dejar de lado la otra ignorancia, citaré solo lo que dice Metrodoro en sus escritos sobre los Poemas, donde, al afirmar que ni siquiera sabe con quién estaba Héctor, o los primeros versos de la obra de Homero, o incluso los pasajes intermedios, no te asustes. Que los placeres del cuerpo, al igual que los vientos etesios, se marchitan después de su apogeo y declinan, no se le escapa a Epicuro; al menos, se plantea si el sabio, al ser anciano y no poder ya disfrutar de los contactos y caricias de los bellos, se alegra, aunque no piense lo mismo que Sófocles, quien escapó gustosamente de este placer como de un amo salvaje y rabioso. Pero los hombres entregados al disfrute, al ver que la vejez marchita muchos de los placeres y que Afrodita, según Eurípides, se molesta con los ancianos, deberían acumular estos placeres, como si estuvieran almacenando alimentos incorruptibles y duraderos para un asedio; y luego, pasar los placeres de la vida y los días festivos dedicándose a historias y poemas, o a problemas musicales y geométricos. Pues no se les habría ocurrido recurrir a esos tocamientos ciegos y desdentados del libertino, habiendo aprendido, si no otra cosa, a escribir sobre Homero y Eurípides, como Aristóteles, Heráclides y Dicearco. Pero creo que, al no preocuparse por tales provisiones, y siendo su otra ocupación insípida y seca, como ellos mismos dicen de la virtud, deseando a toda costa sentir placer, pero con el cuerpo negándose, confiesan hacer cosas vergonzosas e inoportunas, recordándose a sí mismos los placeres anteriores y usando los antiguos, por falta de otros recientes, como si estuvieran embalsamados, y moviendo, contra natura, otros placeres muertos y fallecidos, como si fuera en ceniza fría, la carne, y reavivándolos, ya que no tienen nada propio, dulce o digno de alegría preparado en el alma.
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Aunque ya hemos dicho lo que se nos ocurrió sobre las demás cosas, nadie que quiera ser exhaustivo olvidaría cuántos placeres y encantos aporta la música, de los cuales ellos se apartan y huyen, debido a lo absurdo de lo que dice Epicuro al declarar en sus' Disputas' que el sabio es amante de la contemplación y que se alegra más que cualquier otro con las audiciones y espectáculos dionisíacos, pero no dando lugar ni siquiera durante la bebida a problemas musicales y cuestiones filológicas de los críticos, sino aconsejando incluso a los reyes amantes de las musas que soporten relatos militares y bufonadas vulgares en los banquetes antes que discursos sobre problemas musicales y poéticos. Pues se atrevió a escribir esto en su obra' Sobre la Realeza', como si escribiera para Sardanápalo o para Nánaro, el sátrapa de Babilonia. Pues ni Hierón, ni Átalo, ni Arquelao se habrían dejado convencer para levantar de los banquetes a Eurípides, Simónides, Melanippides, Crates y Diodoto y hacer que se recostaran con ellos los cardaces, agrianos, bufones como Callias, y ciertos Trasónidas y Trasuleontes, que provocan alaridos y estrépitos. Y si Ptolomeo I, al reunir el Museo, se hubiera topado con estos bellos y reales preceptos,¿ acaso no habría dicho a los samios:'¡ Oh Musa, qué envidia es esta?'? Pues a ningún ateniense le conviene ser tan hostil y estar en guerra con las Musas, y todo lo que Zeus no ha amado, se estremece al oír el grito de las Piérides.¿ Qué dices, Epicuro?¿ Vas al teatro desde la mañana para escuchar a citaredos y flautistas, y en el banquete, mientras Teofrasto diserta sobre las consonancias, Aristóxeno sobre las modulaciones y Aristóteles sobre Homero, te taparás los oídos con las manos, disgustado y asqueado?¿ Acaso no declaran más sensato al escita Ateas, quien, al ser capturado Ismenias el flautista y tocar durante la bebida, juró que prefería escuchar el relincho de su caballo?¿ No confiesan estar en guerra con lo bello, una guerra sin tregua ni heraldo? Y si no hay placer en ello,¿ qué es lo santo y puro que, por Zeus, abrazan y aman?¿ No sería más razonable para vivir placenteramente despreciar los perfumes e inciensos como los escarabajos y los buitres, que aborrecer y huir de la charla de los críticos y músicos? Pues,¿ qué flauta o cítara armonizada para el canto, o qué coro que profiera un sonoro clamor que brota a través de las bocas, alegró tanto a Epicuro y Metrodoro como a Aristóteles, Teofrasto, Dicearco y Jerónimo los discursos sobre los coros, las enseñanzas y los problemas sobre las flautas, los ritmos y las armonías? Como por qué de dos flautas iguales la más estrecha suena más grave; y por qué, al retirar la siringa, se agudiza en todos los tonos, y al inclinarla, vuelve a ser grave, y al acercarla a la otra suena más grave, y al alejarla más aguda; y por qué, si esparces paja o tierra en la orquesta de los teatros, el pueblo se queda ciego; y por qué el artesano no permitió que Alejandro hiciera el proscenio en Pella, alegando que arruinaría la voz de los actores; y por qué el género cromático disuelve, mientras que la armonía lo constituye. Y los caracteres de los poetas, las ficciones, las diferencias de los personajes y las soluciones a las aporías, que tienen a la vez lo propio y lo verosímil en lo decoroso y elegante, me parecen como aquel pasaje de Jenofonte, que domina tanto con el placer que hace que el amante se olvide.
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De lo cual no participan estos, como dicen, ni quieren participar; al tensar lo teórico hacia el cuerpo y arrastrarlo hacia abajo como con plomos por los deseos de la carne, no dejan nada que envidiar a los mozos de cuadra o pastores que arrojan heno, paja o alguna hierba, como si fuera apropiado que sus rebaños se alimentaran y comieran esto.¿ Acaso no pretenden así que el alma se revuelque en los placeres del cuerpo, tanto como para esperar algo sobre la carne, o sufrir, o recordar con alegría, sin permitirle tomar ni buscar nada propio, dulce o deleitable por sí misma? Y sin embargo,¿ qué podría ser más irracional que, siendo dos las cosas de las que el hombre está compuesto, cuerpo y alma, y teniendo el alma un orden más dirigente, que el cuerpo tenga algo propio, natural y un bien afín, y el alma nada, sino que esté sentada mirando al cuerpo y sonriendo y alegrándose y regocijándose con las afecciones del cuerpo, mientras ella misma permanece inmóvil desde el principio, impasible y sin tener nada elegible, ni deseable en absoluto, ni alegre? Pues o bien deberían haberse desnudado simplemente para hacer al hombre todo carne, como hacen algunos al anular la esencia del alma, o bien, dejando dos naturalezas diferentes en nosotros, dejar un bien y un mal, y algo propio y ajeno para cada una, como, por supuesto, cada uno de los sentidos ha nacido para algo sensible propio, aunque se compadezcan mucho entre sí. Pero que el intelecto sea el órgano sensorial propio del alma, al cual no subyace nada propio, ni espectáculo, ni movimiento, ni afección afín de la cual, al alcanzarla, haya nacido para alegrarse, es lo más irracional de todo; a menos que, por Zeus, no me haya dado cuenta de que estoy calumniando junto con ellos a estos hombres.
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Y yo le dije:' No ante nosotros, sino que se libere de toda ofensa, así que, con confianza, termina el resto del discurso'.'¿ Cómo?', dijo.'¿ Acaso Aristodemo no nos sucederá, si tú has renunciado por completo?'.' Por supuesto', dijo Aristodemo,' cuando te canses, como este; pero mientras aún estás en tu apogeo, bienaventurado, úsate a ti mismo, para que no parezca que te ablandas'. Y, sin embargo, dijo Teón,' es muy fácil lo que queda; queda recorrer cuántos placeres tiene el actuar'. Ellos mismos, supongo, dicen que hacer el bien es más placentero que recibirlo; y hacer el bien es, sin duda, también mediante palabras, pero lo más importante y grande es en la acción, como sugiere el nombre de beneficencia y ellos mismos atestiguan. Pues hace poco escuchábamos, dijo, a este decir qué voces lanzó Epicuro, y qué cartas envió a sus amigos, alabando y engrandeciendo a Metrodoro, por cómo' bajó bien y vigorosamente de la ciudad al mar para ayudar a Mitra el sirio', y esto, sin que Metrodoro hubiera hecho nada entonces.¿ Qué placeres, pues, creemos que son los de Platón, cuando Dión, habiendo partido de él, derrocó a Dionisio y liberó a Sicilia?¿ Y cuáles los de Aristóteles, cuando levantó de nuevo a su patria que yacía en el suelo y trajo de vuelta a los ciudadanos?¿ Y cuáles los de Teofrasto y Fanio, que expulsaron a los tiranos de su patria? Pues en privado, a cuántos hombres ayudaron, no enviando trigo ni una medida de cebada, como Epicuro envió a algunos, sino logrando que los exiliados regresaran, que los encadenados fueran liberados y que los privados de hijos y esposas los recuperaran,¿ qué podría decirles a ustedes que lo saben con precisión? Pero no es posible pasar por alto lo absurdo del hombre, que pone bajo sus pies las acciones de Temístocles y Milcíades y las menosprecia, mientras que para sí mismo escribe esto a sus amigos:' Habéis cuidado divinamente y magníficamente de nosotros en cuanto al transporte del trigo y habéis mostrado señales que llegan al cielo de vuestra benevolencia hacia mí'. De modo que, si alguien quitara el trigo de la carta del filósofo, las palabras de gratitud darían la impresión de haber sido escritas por toda Grecia o por el pueblo de los atenienses liberado o salvado.
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Que la naturaleza necesita una provisión costosa para los placeres del cuerpo y que lo más dulce no está en la masa y las lentejas, sino que los apetitos de los que disfrutan buscan manjares, vino de Tasos, perfumes, y cosas cocidas y crujientes abundantemente bañadas en la torta de la abeja de alas oscuras, y además de esto, mujeres hermosas y jóvenes como las que Leontion, Boidion, Hedeia y Nicidion frecuentaban en el jardín, dejémoslo; sin embargo, para las alegrías del alma, se admite que debe subyacer una magnitud de acciones y una belleza de obras dignas de mención, si han de ser no vacías, innobles y pueriles, sino graves, firmes y magníficas. Pero lo de elevarse hacia el bienestar como marineros que celebran placeres y enorgullecerse de que, estando enfermo de una enfermedad ascítica, reunía banquetes de amigos y no envidiaba la extracción del líquido de la hidropesía, y recordando las últimas palabras de Neocles, se consumía con el placer peculiar de las lágrimas, nadie que esté sano llamaría a esto verdaderas alegrías o regocijos; sino que, si existe una risa sardónica del alma, está en estos forcejeos y llantos risueños. Y si alguien dijera que esto son alegrías y regocijos, observa las exageraciones de aquellos placeres con nuestras decisiones:' Esparta se cortó la gloria' y' Este es, extranjero, el gran astro de la patria de Roma' y' Te adivinaré, si eres dios o hombre'. Cuando tomo ante mis ojos los logros de Trasíbulo y Pelópidas, y a Arístides en Platea o a Milcíades en Maratón, ahí, según Heródoto, me veo impedido de decir mi opinión, de que en la vida práctica hay más placer que bien. Y me da testimonio Epaminondas al decir, según dicen, que lo más dulce para él fue ver a sus padres vivos contemplar el trofeo de Leuctra bajo su mando. Comparemos, pues, a la madre de Epaminondas con la de Epicuro, alegrándose de haber visto a su hijo metido en el jardincito y engendrando hijos en común con el Polieno de la cortesana de Cícico. Pues que la madre y la hermana de Metrodoro se alegraban excesivamente por sus bodas y por las respuestas al hermano, es evidente por los libros, supongo. Pero dicen que han vivido placenteramente, rebosando y celebrando su propia vida gritando. Pues también los sirvientes, cuando celebran las Cronias o las Dionisias por el campo, no soportarías su alarido y su ruido, haciendo y diciendo tales cosas por alegría y falta de gusto:'¡ Inclínate y bebamos!¿ No hay comida, desdichado? No te envidies a ti mismo'. Y ellos gritaban inmediatamente, y se mezclaba el vino; y alguien, trayendo una corona, se la puso; y se cantaba vergonzosamente, a una rama de laurel,'¡ Febo, no cantes!' y alguien gritaba a la amante ilegítima que dormía en el patio.¿ Pues no se parece esto a lo que Metrodoro escribe al hermano?' No hay necesidad de salvar a los griegos ni de obtener coronas de ellos por sabiduría, sino de comer y beber vino, Timócrates, sin daño para el vientre y de manera agradable'. Y en otra parte dice en las mismas cartas cómo' me alegré y me envalentoné, porque aprendí de Epicuro a complacer correctamente al vientre'. Pues también sobre el vientre, oh fisiólogo Timócrates, está el bien.
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Y, en general, los hombres circunscriben la magnitud del placer, como con un centro y un intervalo, al vientre; pero no es posible participar de una alegría brillante, real, que produce un gran ánimo, luz y serenidad verdaderamente derramada sobre todos, habiendo elegido una vida sin gastos, sin vida política, sin filantropía y sin entusiasmo por el honor y la gratitud. Pues el alma no es algo vil, pequeño o innoble, ni extiende sus deseos hasta los alimentos como los pulpos, sino que a esto lo corta una saciedad agudísima tras haber florecido una pequeña parte de tiempo, pero de los impulsos hacia lo bello y del honor y la gratitud por lo bello, no es el tiempo de la vida su medida, sino que lo ambicioso y filántropo, aferrándose a todo el tiempo, compite con acciones y gratitudes que tienen placeres inmensos, que ni siquiera los hombres buenos pueden evitar al huir, encontrándolos y rodeándolos por todas partes, cuando alegran a muchos al hacer el bien;' lo ven venir por la ciudad como a un dios'. Pues quien ha dispuesto a otros de tal manera que se alegren, se regocijen y deseen tocarlo y saludarlo, es evidente incluso para un ciego que tiene grandes placeres en sí mismo y los disfruta, de donde no se cansan al beneficiar ni renuncian, sino que escuchamos tales voces de ellos:' Te engendró un padre digno de mucho para los mortales' y'¡ Que nunca dejemos de hacer el bien a los mortales!'. Y,¿ qué necesidad hay de hablar de los bienes supremos? Pues si a alguien de los medianamente viles que está a punto de morir, el señor, ya sea dios o rey, le concediera una hora, para que, usándola para alguna acción bella o para un disfrute, muriera inmediatamente,¿ quién en ese tiempo querría más estar con Laís y beber vino de Ariusia, que matar a Arquias y liberar a Tebas? Yo, al menos, no creo que nadie. Pues también de los gladiadores veo a los que no son del todo bestiales, sino griegos, cuando están a punto de entrar, habiendo muchos manjares y costosos, que prefieren confiar sus mujeres a los amigos en ese tiempo y liberar a sus sirvientes antes que complacer al vientre. Pero incluso, si algo es grande respecto a los placeres del cuerpo, es común, supongo, a las cosas prácticas; pues también comen pan y beben vino brillante y banquetean con amigos, mucho más voluntariamente, creo, después de las competiciones y las obras, como Alejandro, Agesilao y, por Zeus, Foción y Epaminondas, que como estos, habiéndose ungido junto al fuego y siendo sacudidos suavemente en las literas; pero desprecian esto al estar en aquellas cosas mayores. Pues,¿ qué podría decir uno de Epaminondas, que no quiso cenar al ver que la cena era más costosa que su patrimonio, sino que dijo al amigo:' Pensé que estabas sacrificando, no ultrajando'? Donde incluso Alejandro rechazó a los cocineros de Ada, diciendo él mismo que tenía mejores cocineros, para el almuerzo la caminata nocturna y para la cena la poca comida;¿ y a Filóxeno, que escribió sobre niños bellos, si lo compra, le faltó poco para alejarlo de la tutela? Aunque,¿ a quién más le estaba permitido? Pero, como dice Hipócrates, de dos dolores el menor es oscurecido por el mayor, y las acciones prácticas y ambiciosas, por el exceso y la magnitud del placer del alma, hacen desaparecer y extinguen los placeres corporales para quien se alegra.
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Si, pues, como dicen, recordar los bienes anteriores es lo más grande para vivir placenteramente, nadie de nosotros creería a Epicuro que, al morir entre los mayores dolores y enfermedades, se acompañaba con el recuerdo de los placeres disfrutados anteriormente; pues uno imaginaría más bien una imagen de visión en un abismo revuelto y tormentoso que un recuerdo de placer sonriendo en tal pulso y desgarro del cuerpo. Pero los recuerdos de las acciones nadie, ni queriendo, podría apartarlos de sí mismo. Pues,¿ cómo o de qué manera era posible olvidar las Arbelas para Alejandro, o las de Leontiades para Pelópidas, o las de Salamina para Temístocles? Pues la batalla de Maratón hasta ahora los atenienses, y la de Leuctra los tebanos, y, por Zeus, nosotros celebramos la de Daifanto en Yámpolis, como saben, y la Fócide está llena de sacrificios y honores; y no hay nadie de nosotros que se alegre tanto por lo que él mismo ha comido o bebido como por lo que aquellos lograron. Por tanto, es posible comprender cuánta alegría, regocijo y júbilo convivió con los autores mismos de esto, cuya memoria no ha perdido lo que alegra en quinientos años y más. Y, sin embargo, Epicuro admitía que algunos placeres provienen de la gloria.¿ Y por qué no iba a estar él mismo tan hinchado, locamente y agitándose por la gloria, hasta el punto de no solo elegir a los maestros, ni luchar con Demócrito, que le quitaba los dogmas con las mismas palabras, por sílabas y tildes, y decir que ningún sabio ha existido excepto él y sus discípulos; sino también escribir que Colotes lo adoraría al verlo filosofar, tocándole las rodillas, y que Neocles, el hermano, declararía desde niño que nadie ha sido ni es más sabio que Epicuro; y que la madre tenía en sí misma tantos átomos que, al unirse, habrían engendrado a un sabio?¿ Entonces, no se podría decir de Epicuro, como decía Calicrátidas que Conón adulteraba el mar, que intenta vergonzosa y secretamente y fuerza la gloria, no alcanzándola abiertamente, sino amándola y tensándose? Pues, al igual que los cuerpos, por hambre, cuando no hay alimento, se ven obligados a alimentarse de sí mismos contra natura, tal mal hace la ambición en las almas, cuando, hambrientos de elogios, no los obtienen de otros, se elogian a sí mismos.
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Pero los que tienen tal disposición hacia el elogio y la gloria,¿ acaso no confiesan que dejan pasar grandes placeres por debilidad o molicie al huir de los cargos, la política o las amistades de los reyes, de las cuales Demócrito decía que provienen las cosas grandes y brillantes para la vida? Pues no convencería a ningún hombre aquel que pone y ama tanto el testimonio de Neocles y la adoración de Colotes, de que, si no hubiera sido aplaudido por los griegos en Olimpia, se habría vuelto loco y gritado, o más bien, se habría levantado por completo de alegría, como dice Sófocles,' como un abuelo de una vieja espina hinchándose'. Si, pues, tener buena fama es dulce, tener mala fama es, supongo, doloroso; y no hay nada con peor fama que la falta de amistad, la inactividad, la impiedad, la vida de placer y el desprecio. Y todos los hombres, excepto ellos mismos, consideran que esto acompaña a su elección. Injustamente, dirá alguien. Pero no estamos considerando la gloria, sino la verdad. Y no hablemos de libros ni de decretos blasfemos de las ciudades, que han sido escritos contra ellos; pues es contencioso; pero si los oráculos, la adivinación, la providencia de los dioses, el afecto y amor de los padres hacia los hijos, la política, el mando y el gobernar son algo glorioso y de buena fama, es necesario que los que dicen que' no hay que salvar a los griegos, sino comer y beber sin daño para el vientre y de manera agradable', tengan mala fama y sean considerados malos; y al ser considerados tales, se afligen y viven sin alegría, si es que consideran que lo bello es dulce y la buena fama.
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Dicho esto por Teón, pareció terminar el paseo, y como solíamos hacer, sentándonos en los bancos, estuvimos en silencio sobre lo dicho durante no mucho tiempo. Pues Zeuxipo, habiendo reflexionado sobre lo dicho, dijo:'¿ Quién añade lo que falta al discurso? Pues aún no tiene el fin apropiado lo que él mismo acaba de sugerir al mencionar la adivinación y la providencia; pues dicen que esto no es lo que menos les proporciona placer, serenidad y confianza para la vida; de modo que debe decirse algo también sobre esto'. Aristodemo, tomando la palabra, dijo:' Pero sobre el placer ya se ha dicho casi todo, que el éxito y el logro de su discurso elimina cierto miedo y superstición, pero no otorga alegría y regocijo de los dioses, sino que hace que se esté ante ellos, por no perturbarse ni alegrarse, como estamos ante los hircanos o los escitas, sin esperar nada bueno ni malo de ellos. Pero si hay que añadir algo a lo dicho, creo que tomaré eso de ellos primero, que luchan contra los que eliminan los dolores, lágrimas y lamentos por la muerte de los amigos y dicen que la ausencia de dolor que se establece en la impasibilidad existe por otro mal mayor, la crueldad o la vanidad desenfrenada y la locura; por lo cual es mejor sufrir algo, afligirse y, por Zeus, humedecer los ojos y consumirse, y todo lo que, al padecer y escribir, parecen ser hombres tiernos y amistosos. Pues esto lo ha dicho Epicuro en otros muchos lugares y al escribir sobre la muerte de Hegesianacte a Sositeo, el padre, y a Pirson, el hermano del fallecido; pues hace poco, por casualidad, revisé sus cartas. Y digo, imitando,¿ acaso no es la impiedad un mal no menor que la crueldad y la vanidad, hacia la cual nos llevan los que eliminan la gratitud de Dios junto con la ira? Pues es mejor que exista algo y esté mezclado con la opinión sobre los dioses, un sentimiento común de respeto y miedo, que, al huir de esto, no dejar para sí mismos ni esperanza, ni gratitud, ni confianza en los bienes presentes, ni ningún refugio ante la divinidad cuando se es desgraciado'.
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Pues es necesario, sin duda, eliminar la superstición de la opinión sobre los dioses como una legaña de la vista; pero si esto es imposible, no extirpar ni cegar la fe que la mayoría tiene sobre los dioses. Y esta no es algo temible ni sombrío como estos fingen, calumniando la providencia, como si fuera una Empusa para los niños o una Venganza funesta y trágica encargada. Pero pocos hombres temen a Dios, a quienes no sería mejor no temer, pues al temerlo como a un gobernante amable con los buenos pero gravoso con los viles, por un solo miedo, por el cual no cometen injusticias, se liberan de muchos otros al cometer injusticias y, al tener la maldad en sí mismos en calma, como si se marchitara, se perturban menos que los que la usan y se atreven, y luego inmediatamente temen y cambian. Pero la disposición de la mayoría, ignorante y no del todo malvada, hacia Dios tiene, sin duda, mezclado con el que venera y honra cierto pulso y miedo, y se llama superstición; pero mil veces más que esto es en ella lo esperanzado y alegre, y el orar y recibir todo beneficio de la prosperidad como si viniera de los dioses. Y es evidente por los mayores testimonios; pues ni las ocupaciones de los que están en los templos, ni los tiempos de las fiestas, ni las acciones, ni otros espectáculos alegran más que los que vemos o hacemos nosotros mismos ante los dioses, celebrando orgías, bailando o estando presentes en sacrificios o iniciaciones. Pues no es como si tratara con tiranos o terribles castigadores que el alma está en ese momento triste, humilde y desanimada, lo cual sería lo natural; sino que donde más cree y piensa que Dios está presente, allí más aleja los dolores, los miedos y la preocupación, y se entrega a sí misma a lo que alegra hasta la embriaguez, la risa y el juego: en los asuntos amorosos, como ha dicho el poeta,' y el anciano y la anciana, cuando recuerdan a la dorada Afrodita, se les eleva el corazón'; y en las procesiones y sacrificios, no solo el anciano y la anciana, ni el pobre y el particular, sino también la molinera de piernas gruesas que se mueve hacia el molino, y los criados y jornaleros se elevan por el júbilo y la alegría, y para los ricos y reyes siempre hay banquetes y festines; pero los que son en los templos y sacrificios, y cuando creen tocar lo divino con el pensamiento con honor y respeto, tienen un placer y una gratitud muy diferentes. De esto no participa nada el hombre que ha renunciado a la providencia. Pues no es la abundancia de vino ni el asado de carnes lo que alegra en las fiestas, sino también la buena esperanza y la opinión de que Dios está presente, es benevolente y recibe lo que se hace de manera agradable; pues quitamos la flauta y la corona de otras fiestas, pero si no está presente el sacrificio a Dios, como si fuera un templo de recepción, lo que queda es ateo, sin fiesta y sin entusiasmo, o más bien, todo es insípido y doloroso para él; pues finge oraciones y adoraciones, sin necesitar nada, por miedo a la mayoría, y profiere voces contrarias a lo que filosofa; y al sacrificar, está junto al sacerdote que degüella como junto a un cocinero, y tras sacrificar se va diciendo lo de Menandro:' Sacrifiqué, no prestan atención a nada los dioses'. Pues así cree Epicuro que hay que fingir y no envidiar ni ser hostil a la mayoría, a quienes otros se alegran al hacer cosas, mientras ellos se disgustan;' pues toda acción necesaria nació dolorosa', según Evino. Por lo cual también creen que los supersticiosos no se alegran, sino que temen al tratar con sacrificios e iniciaciones, no siendo ellos mismos diferentes de aquellos, si es que hacen lo mismo por miedo, y no participando de la buena esperanza tanto como aquellos, sino solo temiendo y perturbándose de no ser descubiertos engañando y embaucando a la mayoría; para quienes también han sido compuestos sus libros sobre los dioses y la Piedad, retorcidos y sin nada sano, sino todo envuelto y oculto por miedo a las opiniones que tienen.
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Y, sin embargo, después de los malvados y la mayoría, consideremos ya en tercer lugar en qué placeres están el mejor y más amado por los dioses género de hombres, conviviendo con opiniones puras sobre Dios, que él es el guía de todos los bienes y padre de todo lo bello, y que no es lícito que haga nada vil, como tampoco sufrirlo. Pues es bueno, y en el bueno no nace envidia por nada, ni miedo, ni ira, ni odio; pues no es propio del calor enfriar, sino calentar, como tampoco del bueno dañar; la ira, la gratitud, el rencor, la benevolencia y lo hostil y perturbador del filántropo y del amistoso están situados muy lejos de la naturaleza; pues lo primero es de la virtud y el poder, lo segundo de la debilidad y la vileza. Por tanto, lo divino no está sujeto a iras y gratitudes a la vez, porque ha nacido para agradecer y ayudar, pero no ha nacido para enfadarse y hacer el mal; sino que el gran Zeus en el cielo, conduciendo su carro alado, marcha el primero, ordenando todo y cuidando, y de los otros dioses, uno es el Dador, otro el Benévolo, otro el que aleja el mal, y Apolo fue juzgado' ser el más amable con los mortales', como dice Píndaro. Todo es de los dioses, según Diógenes, y' comunes son las cosas de los amigos' y' amigos de los dioses son los buenos'; y es imposible que el amado por los dioses no haga bien o que el sensato y justo no sea amado por los dioses.¿ Acaso creen que los que eliminan la providencia necesitan otra justicia y no tienen suficiente al cortarse a sí mismos tanto placer y alegría, cuanta está presente para nosotros que estamos así dispuestos hacia la divinidad?¿ O para Epicuro, Metrodoro, Polieno y Aristóbulo eran un consuelo y un júbilo, a la mayoría de los cuales siguió cuidando mientras enfermaban o lamentando mientras morían?¿ Y Licurgo, al ser llamado por la Pitia' amigo de Zeus y de todos los que tienen moradas en el Olimpo', y Sócrates, al creer que la divinidad le hablaba por benevolencia, y Píndaro, al oír que Pan cantaba algún canto de los que él mismo había compuesto, se alegraban moderadamente?¿ O Formión, al creer que los Dioscuros o Asclepio lo hospedaban, y Sófocles, al creerlo él mismo y los demás estar así por la aparición que ocurrió? Y lo que Hermógenes pensaba sobre los dioses es digno de recordar con sus mismos nombres; pues dice:' Estos dioses, que todo lo saben y todo lo pueden, me son tan amigos que, por cuidarme, nunca me olvido de ellos, ni de noche ni de día, ni a donde quiera que me dirija, ni lo que sea que esté a punto de hacer; y por saber de antemano lo que resultará de cada cosa, me lo señalan, enviando mensajeros, rumores, sueños y presagios'.
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Es razonable, pues, que sean buenos también los acontecimientos que provienen de los dioses; pero el hecho de que estos mismos sucesos ocurran por medio de los dioses produce un gran placer, un valor inefable, una elevación de ánimo y una alegría que es como una luz que sonríe a los buenos. Quienes, en cambio, piensan de otro modo, cercenan lo más dulce de la felicidad y no dejan salida alguna ante las desgracias, sino que, al sufrir, miran hacia un único refugio y puerto: la disolución y la insensibilidad. Es como si alguien, estando en alta mar durante una tempestad, tratara de infundir ánimo diciendo que la nave no tiene timonel y que los Dioscuros no acudirán a ellos para calmar el mar violento y las rápidas ráfagas de viento que se avecinan; que, sin embargo, no hay nada que temer, pues la nave está a punto de ser engullida por el mar o de hacerse pedazos al chocar pronto contra las rocas. Este es, en efecto, el discurso epicúreo ante enfermedades terribles y dolores insoportables:¿ Esperas algo bueno de los dioses por tu piedad? Estás engañado; pues lo bienaventurado e incorruptible no se ve afectado ni por iras ni por favores.¿ Concibes algo mejor que lo que hay en la vida después de la vida? Te has dejado engañar; pues lo que se ha disuelto carece de sensibilidad, y lo que carece de sensibilidad no es nada para nosotros.¿ Cómo, pues, hombre, me ordenas comer y alegrarme? Porque, por Zeus, al que está en medio de la tempestad, el naufragio está cerca; pues el dolor insoportable lo unirá a la muerte. Y, sin embargo, el pasajero que cae de una nave que se deshace se aferra a alguna esperanza de llegar a tierra con su cuerpo y salvarse nadando, mientras que para la filosofía de estos no aparece salida alguna del mar encanecido para el alma, sino que esta ha desaparecido, se ha dispersado y ha perecido antes que el cuerpo; de modo que este dogma tan sabio y divino se regocija en exceso de que el fin de sufrir mal sea para ella perecer, corromperse y no ser nada.
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Pero él, mirándome, dijo: Es una necedad que hablemos también de esto, habiéndote escuchado hace poco discutir suficientemente ante quienes pretenden que el discurso de Epicuro sobre el alma nos hace más tranquilos y felices ante la muerte. Zeuxipo, interviniendo entonces, dijo:¿ Acaso por eso el discurso quedará incompleto y tendremos miedo de hablar en adelante contra Epicuro? De ninguna manera, dije yo, pues según Empédocles, es bueno escuchar dos veces lo que es necesario. Por tanto, debemos invocar de nuevo a Teón; pues no creo que él no esté presente ante lo que se dijo entonces, sino que además es joven y no teme tener que rendir cuentas de olvido ante los jóvenes.
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Y Teón, como si se viera obligado, dijo: Si parece bien hacer esto, no te imitaré, Aristodemo; pues tú tuviste miedo de decir lo que piensa este, pero yo usaré tus mismas palabras; pues me pareció que dividías correctamente a los hombres en tres géneros: el de los injustos y malvados, el segundo el de la mayoría y los profanos, y el tercero el de los sensatos y prudentes. Los injustos y malvados, pues, al temer los juicios y castigos del Hades, temen cometer actos malvados y, por ello, al mantenerse más tranquilos, vivirán de forma más agradable y sin perturbaciones. Pues Epicuro no cree que deba disuadirse a nadie de la injusticia más que por el miedo a los castigos, de modo que incluso hay que añadirles superstición y mover contra ellos al mismo tiempo los terrores del cielo y de la tierra, los abismos, los miedos y las sospechas, si es que han de estar más moderados y ser más apacibles al quedar atónitos por esto. Pues les resulta provechoso temer lo que hay después de la muerte para no cometer injusticias o para no vivir en la vida de forma insegura y llena de miedo.
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Para la mayoría, incluso sin miedo sobre lo que hay en el Hades, la esperanza de la eternidad, que es el más antiguo y grande de todos los deseos, supera en placer y dulzura a aquel miedo infantil. Por lo cual, al perder a sus hijos, esposas y amigos, prefieren que estén en algún lugar y sigan existiendo aunque sufran, a que sean eliminados por completo, destruidos y convertidos en nada; y escuchan con agrado los nombres que indican que el que muere se traslada, cambia, y todo lo que muestra que la muerte es un cambio del alma y no una destrucción, y dicen así:« Pero yo incluso allí me acordaré de mi querido compañero» y«¿ Qué te diré ante Héctor o ante el anciano esposo?». Y a partir de esto, al producirse un cambio, se sienten más a gusto enterrando con los muertos sus armas, utensilios y ropas habituales, y como Minos con Glauco, enterrando los huesos de una cierva moteada cuando el muerto ha fallecido. Y si creen que ellos piden y anhelan algo, se alegran de entregárselo, como Periandro, que quemó los adornos con su mujer, como si ella los necesitara y dijera que tenía frío. Los Éacos, Ascálafo y Aqueronte no los perturban demasiado, a quienes incluso les han dado coros, teatros y toda clase de música para que se alegren. Pero todos temen aquel rostro de la muerte, tan temible, sombrío y oscuro, el de la insensibilidad, el olvido y la ignorancia; y se perturban y se indignan cuando se dice que han perecido, que han sido eliminados y que no existen, como si« después yacerá en la tierra de profundos árboles, privado de banquetes, de liras y del sonido de las flautas que todo lo deleitan»; y« el alma del hombre no puede volver, ni ser capturada ni arrebatada, una vez que cruza la barrera de los dientes».
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Por lo cual, quienes dicen estas cosas añaden que una vez hemos nacido, no es posible nacer dos veces, y que es necesario no ser por toda la eternidad. Pues incluso desprecian lo presente como algo pequeño, o mejor dicho, como si no fuera nada en comparación con el todo, y lo dejan pasar sin disfrutarlo, y descuidan la virtud y la acción, como si se desanimaran y despreciaran a sí mismos, por ser efímeros, inestables y no haber nacido para nada digno de mención. Pues el hecho de que lo disuelto carezca de sensibilidad y que lo que carece de sensibilidad no sea nada para nosotros, no elimina el miedo a la muerte, sino que lo añade como una prueba de él; pues esto mismo es lo que teme la naturaleza.«¡ Ojalá todos ustedes se convirtieran en agua y tierra!», ante la disolución del alma en algo que no piensa ni siente, la cual Epicuro, al convertirla en una dispersión en el vacío y en átomos, corta aún más la esperanza de la incorruptibilidad; por la cual poco me falta para decir que todos y todas estarían dispuestos a ser mordidos por Cerbero y a cargar agua en el recipiente agujereado, con tal de que permanezcan en el ser y no sean eliminados. Y, sin embargo, esto, como dije, no lo temen muchos, pues son dogmas de madres y nodrizas y relatos míticos; pero los que temen, a su vez, creen que ciertas iniciaciones y purificaciones ayudan, con las cuales, al purificarse, creen que seguirán viviendo en el Hades jugando y bailando en lugares que tienen luz, aire puro y sonido. Pero la privación de la vida molesta tanto a jóvenes como a ancianos; pues parecemos estar enamorados de esto,« porque esto brilla sobre la tierra», como dice Eurípides; y no escuchamos fácilmente ni sin dolor que« así, tras decir esto, el rostro de la aurora, de hermosos caballos, lo abandonó, resplandeciente y ambrosíaco».
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Por ello, con la opinión de la inmortalidad, eliminan las esperanzas más dulces y grandes de la mayoría.¿ Qué pensamos entonces de los bienes de quienes han vivido santa y justamente, que no esperan ningún mal, sino las cosas más bellas y divinas? En primer lugar, los atletas no reciben la corona sin competir, sino después de haber competido y vencido; así, al considerar que los premios de la vida para los buenos existen después de la vida, sienten una admiración maravillosa por la virtud ante esas esperanzas; en las cuales está también ver que los que ahora se comportan con insolencia por su riqueza y poder, y se ríen insensatamente de los superiores, paguen un castigo merecido. Además, nadie de los que aman la verdad y la visión de lo que es se ha saciado suficientemente aquí, usando un razonamiento húmedo y perturbado, como a través de la niebla o la nube del cuerpo, sino que, como pájaros, mirando hacia arriba como si fueran a volar fuera del cuerpo hacia algo grande y brillante, hacen que el alma sea ágil y ligera, lejos de las cosas mortales, usando la filosofía como un ejercicio para morir. Consideran que el fin es algo tan grande y verdaderamente perfecto, que el alma vivirá allí una vida verdadera, no viviendo ahora como en la vigilia, sino sufriendo algo parecido a los sueños. Si, por tanto, el recuerdo de un amigo muerto es dulce por todas partes, como dijo Epicuro, ya es posible comprender de cuánta alegría se privan a sí mismos al creer que reciben y persiguen fantasmas e imágenes de amigos muertos, que no tienen ni mente ni sensibilidad, y al no esperar que volverán a estar verdaderamente con ellos, y que verán al amigo padre y a la querida madre y, tal vez, a una buena esposa, ni tener la esperanza de aquella compañía y afecto que tienen los que piensan lo mismo que Pitágoras, Platón y Homero sobre el alma. Y Homero ha indicado a qué se parece su padecimiento al arrojar una imagen de Eneas en medio de los combatientes como si hubiera muerto, y luego mostrarlo a él mismo vivo e intacto, acercándose y teniendo un noble valor para sus amigos;« y ellos se alegraron», dice, y soltando la imagen, lo rodearon. Por tanto, también nosotros, al mostrar el discurso que es posible encontrarse verdaderamente con los muertos y tocar y estar con el que piensa y ama, no podemos ni siquiera desechar todas las imágenes y las cortezas, en las que siguen lamentándose y sufriendo en vano.
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Sin esto, los que consideran la muerte como el comienzo de una vida mejor, si están en medio de bienes, se alegran más, esperando cosas mayores; y si no obtienen lo que desean de los que están aquí, no se disgustan demasiado, sino que las esperanzas de los bienes y cosas bellas después de la muerte, al tener placeres y expectativas inefables, borran y hacen desaparecer toda carencia y todo tropiezo del alma, como en un camino, o mejor dicho, en un breve desvío del camino, que soporta fácilmente y con moderación lo que sucede. Para aquellos cuyo fin de la vida termina en la insensibilidad y la disolución, la muerte, al traer no un cambio de males sino también una pérdida de bienes, es dolorosa para ambos, pero más para los que son afortunados que para los que viven con dificultades; pues a estos les corta la esperanza incierta de que les irá mejor, y a aquellos les quita un bien seguro: el vivir agradablemente. Y así como creo que los medicamentos que no son buenos sino necesarios, al no aliviar a los enfermos, desgastan y dañan a los sanos, así el discurso de Epicuro no promete una muerte feliz a los que viven miserablemente, sino la disolución y la eliminación del alma; y a los prudentes, sabios y rebosantes de bienes, les cercena por completo la alegría, al hacerlos pasar de vivir bienaventuradamente a no vivir ni ser. Por tanto, es evidente desde el principio que la idea de la pérdida de bienes tiende a causar dolor, tanto como las esperanzas seguras y los disfrutes alegran a los que están presentes.
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No obstante, dicen también que, al disolverse la sospecha de males incesantes e indefinidos, dejan como bien más seguro y dulce la idea de estar disueltos; y que esto hace el discurso de Epicuro, al detener el miedo a la muerte en la disolución del alma. Si, pues, es lo más dulce la liberación de la expectativa de males infinitos,¿ cómo no va a ser doloroso ser privado de la esperanza de bienes eternos y perder la suprema felicidad? Pues el no ser no es un bien para nadie, sino que es contrario a la naturaleza y ajeno a todos los seres; y aquellos a quienes los males de la vida les quitan el mal de la muerte, tienen la insensibilidad como consuelo, como si estuvieran huyendo; y, por el contrario, aquellos para quienes el cambio de los bienes a la nada es lo más temible, ven un fin en el que cesará lo bienaventurado. Pues la naturaleza no teme la insensibilidad como el comienzo de otra cosa, sino porque es una privación de los bienes presentes; pues lo que no es para nosotros, al ser una eliminación total de lo nuestro, ya es para nosotros por la idea; y la insensibilidad no duele entonces a los que no son, sino a los que son, al ser sumergidos por ella en el no ser y no poder ni siquiera así dejar de ser. De donde ni Cerbero ni el Cocito hicieron indefinido el miedo a la muerte, sino la amenaza del no ser, que no tiene un cambio para volver a ser para los que han perecido, pues no es posible nacer dos veces, y es necesario no ser por toda la eternidad según Epicuro. Pues si el fin del ser es el no ser, y esto es interminable e inmutable, se ha encontrado un mal eterno: la privación de los bienes, una insensibilidad que nunca cesará. Y más sabio fue Heródoto al decir que el dios, tras haber dado a probar una vida dulce, parece ser envidioso en ella; y sobre todo para los que parecen ser felices, para quienes lo dulce es un cebo de dolor, al probar lo que perderán. Pues,¿ qué alegría, disfrute o exuberancia no expulsaría y haría caer la idea que se presenta continuamente del alma, como si se derramara en un mar inmenso e infinito, de los que ponen lo bello y bienaventurado en el placer? Y si, además, ocurre, como cree Epicuro, que la mayoría perece con dolor, el miedo a la muerte es totalmente inconsolable, al llevar a la privación de los bienes a través de los males.
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Y ante esto no se cansarán de luchar y forzar a todos los hombres a considerar un bien la huida de los males, y a no considerar ya un mal la privación de los bienes; pero admiten aquello: que la muerte no tiene ninguna esperanza ni alegría, sino que todo lo dulce y lo bueno ha sido cortado; en cuyo tiempo esperan muchas cosas bellas, grandes y divinas quienes consideran que las almas son imperecederas e incorruptibles, o que recorren largos periodos de tiempo, ahora en la tierra y ahora en el cielo, hasta que se disuelvan junto con el cosmos, al encenderse junto con el sol y la luna en un fuego inteligente. Tal campo de tantos placeres corta Epicuro, y al ser eliminadas las esperanzas y favores de los dioses, como se ha dicho, al cegar el amor por el saber de lo teórico y el amor por la gloria de lo práctico, redujo y abatió la naturaleza del alma que se alegra en la carne a algo sumamente estrecho y ni siquiera puro, al no tener mayor bien que huir del mal.