Jerome

Reader

Read texts in the original and in translation.
Settings
Not signed in
Find in Jerome
You can also type short locations such as 1, 1.1, 1:2, or 1-3 inside the current work.
Praecepta gerendae reipublicae
Plutarch (plutarch)Reip 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
Choose a text id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/plutarch" aria-label="More works by Plutarch (plutarch)"> —
⋯
More
Original / primary: Spanish Gemini
1
Si es apropiado, Menemaco, hacer un buen uso de cualquier otra cosa, también lo es de aquel verso:' nadie, entre cuantos aqueos hay, censurará tu discurso, ni volverá a decir: pero no has llegado al fin de tus palabras'; y esto se aplica a aquellos filósofos que exhortan pero no enseñan nada ni dan ninguna instrucción; pues son como quienes preparan las lámparas pero no vierten aceite en ellas. Viéndote, pues, impulsado, de manera digna de tu noble linaje, a ser en tu patria' orador de palabras y hacedor de obras', y dado que no tienes tiempo para observar la vida de un hombre filósofo al aire libre en las acciones políticas y en las asambleas públicas, y para convertirte en espectador de ejemplos que se consuman en la acción y no en la palabra, sino que deseas recibir preceptos políticos, no considero que la negativa sea en absoluto apropiada para mí, y ruego que la obra sea digna tanto de tu celo como de mi buena voluntad; y he utilizado ejemplos más variados, tal como solicitaste.
2
En primer lugar, pues, que la base de la política sea, como si fuera el fundamento de una república, una decisión firme y sólida que tenga por principio el juicio y la razón, y no una agitación provocada por una gloria vana, por alguna rivalidad o por la falta de otras ocupaciones. Pues, al igual que aquellos que no tienen nada bueno en casa pasan la mayor parte del tiempo en el ágora, aunque no lo necesiten, así algunos, por no tener otra ocupación privada digna de celo, se lanzan a los asuntos públicos, utilizando la política como un pasatiempo. Muchos, además, al tocar los asuntos comunes por azar y quedar impregnados de ellos, ya no pueden retirarse fácilmente, habiendo sufrido lo mismo que quienes suben a un barco por diversión y luego son arrastrados a alta mar; miran hacia afuera mareados y perturbados, pero obligados a permanecer y a hacer uso de lo que tienen presente. Estos son los que más desacreditan el asunto al arrepentirse y afligirse cuando, tras esperar gloria, caen en el descrédito, o cuando, tras esperar ser temibles para otros gracias al poder, son arrastrados a asuntos que conllevan peligros y perturbaciones. Pero aquel que, considerando que es la tarea más apropiada para sí mismo y la más hermosa, comienza a realizar los asuntos comunes por juicio y cálculo, no se deja aturdir por nada de esto ni cambia de opinión. Pues no hay que acercarse a los asuntos comunes por lucro y enriquecimiento, como los que rodeaban a Estrocles y Dromoclides, quienes llamaban al estrado' la cosecha de oro' mientras se animaban unos a otros, ni como aquellos que, habiéndose vuelto de repente susceptibles por una pasión, como Cayo Graco, tras las recientes desgracias de su hermano, situó su vida lo más lejos posible de los asuntos comunes, y luego, inflamado por la ira ante la insolencia y los insultos de algunos, cayó en los asuntos comunes; y rápidamente se llenó de asuntos y de gloria, pero buscando cesar y necesitando un cambio y tranquilidad, no encontró cómo deponer su poder debido a su magnitud, sino que pereció antes. Y aquellos que se moldean para la competencia o la gloria como actores en un teatro, necesariamente se arrepienten, ya sea esclavizándose a aquellos a quienes pretenden gobernar o chocando con aquellos a quienes desean agradar. Pero, como si fuera un pozo, creo que los que caen en la política de forma automática e irracional se perturban y se arrepienten, mientras que los que descienden por preparación y cálculo, hacen uso de los asuntos con moderación y no se disgustan por nada, ya que tienen el bien mismo, y nada más, como fin de sus acciones.
3
Así pues, una vez que hayamos asentado la decisión en nosotros mismos y la hayamos hecho inmutable e inalterable, debemos dirigirnos a la comprensión del carácter de los ciudadanos, que es lo que, al estar mezclado de todo, más se manifiesta y tiene fuerza. Pues intentar de inmediato moldear y transformar la naturaleza del pueblo no es fácil ni seguro, sino que requiere mucho tiempo y gran poder. Pero es necesario que, al igual que el vino al principio es dominado por los hábitos del que bebe, pero al calentar y mezclarse suavemente él mismo moldea al que bebe y lo transforma, así el político, hasta que se haya construido una fuerza conductora a partir de la gloria y la confianza, debe ser adaptable a los caracteres subyacentes y apuntar a ellos, sabiendo qué es lo que alegra al pueblo y por qué es natural que sea conducido; por ejemplo, el pueblo de los atenienses es fácil de mover hacia la ira, fácil de cambiar hacia la compasión, deseando más sospechar rápidamente que ser enseñado con tranquilidad; al igual que es más propenso a ayudar a los hombres desconocidos y humildes, así acoge y prefiere los discursos juguetones y ridículos; se alegra sobremanera de quienes lo alaban, pero no se disgusta en absoluto de quienes lo ridiculizan; es temible hasta con los gobernantes, y luego filántropo hasta con los enemigos. Otro es el carácter del pueblo de los cartagineses: amargo, sombrío, obediente a los gobernantes, pesado para los súbditos, muy innoble en los temores, muy salvaje en las iras, persistente en lo decidido, sin dulzura ni gracia para el juego; estos no habrían levantado la asamblea riendo y aplaudiendo cuando Cleón, tras haber sacrificado y estando a punto de agasajar a unos extranjeros, les pedía posponerla, ni habrían devuelto con espíritu competitivo a Alcibíades cuando se le escapó una codorniz de la túnica mientras hablaba; sino que incluso lo habrían matado, como si estuvieran siendo insultados y tratados con desdén; donde incluso a Hannón, por usar un león como animal de carga durante las expediciones, lo acusaron de tener pensamientos tiránicos y lo desterraron. Y yo creo que ni siquiera los tebanos se habrían abstenido de abrir cartas enemigas si hubieran sido sus dueños, como los atenienses, que al capturar a los portadores de cartas de Filipo que llevaban una carta dirigida a Olimpia, no la abrieron ni revelaron la confidencia de un hombre ausente hacia su mujer; ni tampoco, a su vez, los atenienses habrían soportado fácilmente la arrogancia y el orgullo de Epaminondas cuando, no queriendo defenderse ante la acusación, se levantó del teatro y se fue a través de la asamblea hacia el gimnasio; y mucho menos habrían necesitado los espartanos soportar la insolencia y la bufonería de Estrocles, quien, tras convencerlos de sacrificar por las buenas noticias como si hubieran vencido, cuando se anunció la derrota real y ellos se indignaron, preguntó al pueblo qué daño había sufrido, habiendo estado alegre durante tres días gracias a él. Los cortesanos aduladores, pues, como los cazadores de aves, imitando la voz y asimilándose a sí mismos, se introducen y atraen a los reyes mediante el engaño; pero al político no le corresponde imitar el modo de ser del pueblo, sino conocerlo y usar con cada uno aquello por lo que es capturable; pues el desconocimiento de los caracteres conlleva errores y caídas no menores en la política que en las amistades de los reyes.
4
Por tanto, una vez que el carácter de los ciudadanos sea fuerte y ya se tenga confianza, hay que intentar regularlo poco a poco, conduciéndolo hacia lo mejor y tratándolo con suavidad; pues la transformación de la multitud es trabajosa. Tú, en cambio, como si fueras a vivir el resto de tu vida en un teatro abierto, ejercita y adorna tu modo de ser; y si no es fácil eliminar por completo la maldad del alma, al menos elimina y corta aquellos errores que más florecen y se precipitan. Pues oyes que incluso Temístocles, al decidir dedicarse a la política, se apartó de las bebidas y de las fiestas, y estando despierto, sobrio y preocupado, decía a sus conocidos que el trofeo de Milcíades no le dejaba dormir; y Pericles cambió incluso su cuerpo y su dieta, caminando despacio, hablando con suavidad, mostrando siempre un rostro compuesto, manteniendo la mano dentro de la túnica y recorriendo un solo camino, el que lleva al estrado y al consejo. Pues no es fácil de manejar ni fácil de capturar la salvadora captura por parte de la multitud casual, sino que es de agradecer si, sin asustarse ni por la vista ni por la voz como una fiera sospechosa y variada, aceptara la supervisión. Por tanto, si ni siquiera de esto hay que ocuparse de forma secundaria,¿ cómo no habría que ocuparse de la vida y el carácter para que estén limpios de toda censura y calumnia? Pues los que se dedican a la política no solo dan cuentas de lo que dicen y hacen en público, sino que también se escudriña su cena, su lecho, su matrimonio, su juego y todo su celo. Pues,¿ qué necesidad hay de hablar de Alcibíades? A quien, siendo el más activo de todos en los asuntos comunes y un estratega invicto, lo perdió la falta de disciplina y la audacia en su dieta, y convirtió a la ciudad en inútil respecto a sus otros bienes debido a su lujo y desenfreno; donde incluso a Cimón lo acusaban por el vino, y los romanos a Escipión, no teniendo otra cosa que decir, lo acusaban por el sueño; y a Pompeyo el Grande lo insultaban sus enemigos, habiendo observado que se rascaba la cabeza con un solo dedo. Pues, al igual que en el rostro una peca o una verruga disgusta más que las manchas, las deformidades y las cicatrices del resto del cuerpo, así los pequeños errores parecen grandes cuando se ven en vidas de líderes y políticos debido a la gloria que la mayoría tiene sobre el mando y la política, como si fuera un asunto grande y digno de estar limpio de toda extrañeza y falta. Con razón, pues, Livio Druso, el demagogo, gozó de buena reputación porque, teniendo su casa muchas partes visibles para los vecinos y prometiendo uno de los artesanos que las ocultaría y cambiaría por solo cinco talentos, dijo:' toma diez y haz toda mi casa visible, para que todos los ciudadanos vean cómo vivo'; pues era un hombre sensato y ordenado. Pero quizás no necesitaba de esta visibilidad; pues la mayoría ve incluso lo que parece estar profundamente oculto de los caracteres, planes, acciones y vidas de los políticos, amando y admirando a uno, y disgustándose y despreciando a otro, no menos por sus ocupaciones privadas que por las públicas.¿ Qué entonces?¿ Acaso las ciudades no utilizan también a los que viven de forma licenciosa y delicada? Pues a menudo los que tienen antojos de hiedra buscan salmueras y alimentos similares, y luego, poco después, los escupen y los rechazan; así también los pueblos, debido al lujo y la insolencia, por falta de mejores demagogos, utilizan a los que encuentran, disgustándose y despreciándolos, y luego se alegran de que se digan tales cosas sobre ellos, como hace Platón el cómico al hacer decir al propio Pueblo:' toma, toma mi mano lo más rápido posible, estoy a punto de elegir como estratega a Agirio', y de nuevo pidiendo una palangana y una pluma para vomitar, diciendo:' se me acerca al estrado Mantias y alimenta al maloliente Céfalo, la enfermedad más odiosa'. El pueblo de los romanos, cuando Carbón prometía algo y añadía un juramento y una maldición, juró a su vez no creerle. Y en Lacedemonia, cuando un tal Demóstenes, un hombre licencioso, dijo una opinión apropiada, el pueblo la rechazó, y los Éforos, tras sortear a uno de los ancianos, le ordenaron decir el mismo discurso, como si lo hubieran trasladado de un recipiente sucio a uno limpio, para que fuera aceptable para la mayoría. Tan grande es el peso que tiene en la política la confianza en el carácter y lo contrario.
5
No obstante, no hay que descuidar por ello la gracia y la fuerza en el discurso, situando el conjunto en la virtud, sino considerando que la retórica no es la creadora, sino la colaboradora de la persuasión, hay que corregir lo de Menandro:' el carácter es lo que persuade al que habla, no el discurso'; pues el carácter y el discurso, a menos que alguien diga, por Zeus, que el timonel conduce el barco y no el timón, y el jinete gira al caballo y no la brida, así la ciudad no se persuade por el discurso, sino que utiliza la virtud política como timón y brida, que es el animal más flexible, como dice Platón, agarrándolo desde la popa y dirigiéndolo. Pues donde aquellos grandes reyes y nacidos de dioses, como dice Homero, se engrandecen con púrpuras, cetros, guardaespaldas y oráculos de los dioses, y esclavizando a la mayoría por su dignidad como si fueran superiores, aun así querían ser oradores de palabras y no descuidaban la gracia de hablar ni las asambleas, para que' los hombres sean ilustres', y no necesitaban solo a Zeus Consejero ni a Ares Enialio y a Atenea Estratia, sino que también invocaban a Calíope,' que acompaña a los reyes venerables', suavizando con la persuasión y encantando la obstinación y la violencia de los pueblos;¿ cómo es posible que un hombre particular, desde una túnica y un aspecto popular, queriendo conducir una ciudad, tenga fuerza y domine a la mayoría, si no tiene un discurso que persuada y atraiga? Los que gobiernan los barcos utilizan a otros contramaestres, pero el político debe tener en sí mismo la mente que gobierna y en sí mismo el discurso que ordena, para que no necesite una voz ajena ni, como Ifícrates, siendo superado en retórica por los que rodeaban a Aristofonte, diga:' el actor de los adversarios es mejor, pero mi drama es mejor', ni necesite a menudo aquellos versos de Eurípides:'¡ ay, ay, que las cosas no tengan voz para los hombres, para que no fueran nada los hábiles en hablar!'. Pues esto quizás debe concederse a Alcamenes, a Nisiotes, a Ictino y a todos los artesanos y trabajadores manuales que reniegan de poder hablar; como cuando en Atenas, al ser examinados dos arquitectos para una obra pública, el astuto y elegante, tras exponer un discurso preparado sobre la construcción, conmovió al pueblo, y el mejor en el arte, pero incapaz de hablar, al pasar al centro dijo:' hombres atenienses, lo que este ha dicho, yo lo haré'; pues a la Ergane solo la sirven estos, como dice Sofes, los que trabajan la materia inanimada ante el yunque con un pesado martillo y obedeciendo a los golpes; pero el profeta de Atenea Políade y de Temis Consejera, que' disuelve y convoca las asambleas de los hombres', utilizando un solo instrumento, el discurso, moldeando y ajustando unas cosas, y suavizando y alisando las que se oponen a la obra como nudos en la madera y dobleces en el hierro, adorna la ciudad. Por eso la política bajo Pericles era, en discurso, como dice Tucídides, una democracia, pero en obra, un mando bajo el primer hombre debido a la fuerza del discurso. Pues también Cimón era bueno, y Efialtes y Tucídides, pero este último, al ser preguntado por Arquidamo, el rey de los espartanos, si él o Pericles luchaba mejor, dijo:' no podría saberlo; pues cuando yo derribo luchando, él dice que no ha caído, vence y persuade a los espectadores'. Y esto no solo le trajo gloria a él mismo, sino también salvación a la ciudad; pues, persuadida por él, conservaba la felicidad existente y se abstenía de lo exterior. Nicias, teniendo la misma decisión, pero careciendo de tal persuasión y tratando de apartar al pueblo con el discurso como con una brida roma, no contuvo ni dominó, sino que fue arrastrado por la fuerza hacia Sicilia y se precipitó con ella. Pues dicen que no se puede sujetar al lobo por las orejas, pero al pueblo y a la ciudad hay que conducirlos sobre todo por las orejas, para que, como algunos de los no ejercitados en el discurso que buscan agarres incultos y sin arte en la multitud, no los atraigan por el vientre agasajándolos o dándoles dinero, o preparando danzas pírricas o espectáculos de gladiadores, demagogeando siempre, o mejor dicho, democopeando. Pues la demagogia es la que se realiza mediante la persuasión del discurso, mientras que tales domesticaciones de las multitudes no se diferencian en nada de la caza y el pastoreo de animales irracionales.
6
Sin embargo, que el discurso del político no sea joven y teatral, como si estuviera celebrando una fiesta y tejiendo coronas con nombres tiernos y floridos, ni tampoco, como decía Piteas del de Demóstenes, que huela a lámparas y a curiosidad sofística con pensamientos amargos y periodos precisados a regla y compás; sino que, al igual que los músicos exigen que el toque de las cuerdas parezca ético y no percusivo, así en el discurso del que se dedica a la política, aconseja y gobierna, que no aparezca destreza ni astucia, y que no se ponga como elogio suyo el que sea hábil, técnico o divisivo, sino que el discurso esté lleno de un carácter sin artificios, de un pensamiento verdadero, de una franqueza paternal, de previsión y de una inteligencia que se preocupa, teniendo lo agradable sobre lo bueno y siendo conductor a partir de nombres venerables y pensamientos propios y persuasivos. El discurso político admite más que el judicial la sentenciosidad, la historia, los mitos y las metáforas, con las que más conmueven los que las usan con moderación y a tiempo; como el que dijo:' no hagáis tuerta a Grecia', y Demades diciendo que los naufragios de la ciudad son los que gobiernan, y Arquíloco:' que ni la piedra de Tántalo cuelgue sobre esta isla', y Pericles ordenando quitar la legaña del Pireo; y Foción, tras la victoria de Leóstenes, diciendo que el estadio es hermoso, pero que teme el dolicodromo de la guerra. En general, la masa y la magnitud convienen más al político, y como ejemplo están los Filípicos y, de las arengas de Tucídides, la de Estenelaidas de Éforo y la del rey Arquidamo en Platea y la de Pericles tras la peste; pero sobre las retóricas y periodos de Éforo, Teopompo y Anaxímenes, que terminan tras equipar a los ejércitos y formarlos, se puede decir:' nadie se vuelve loco cerca de este hierro'.
7
No obstante, también la burla y lo ridículo son a veces parte del discurso político, si no se dicen para insultar o por bufonería, sino para reprender o ridiculizar de forma útil. Sobre todo gozan de buena reputación tales cosas en los intercambios y en las respuestas; pues lo que es preparado y comienza el que hace de bufón, tiene una gloria de maldad, como la tenían las burlas de Cicerón, las de Catón el Viejo y las de Euxiteo, el conocido de Aristóteles; pues estos solían burlarse al comenzar. Pero al que se defiende, el momento le da a la vez perdón y gracia, como a Demóstenes ante el que lo acusaba de robar y se burlaba de sus escritos nocturnos:' sé que te molesto encendiendo la lámpara'; y ante Demades que gritaba:'¿ quiere corregirme a mí la cerda a Atenea?',' esta misma Atenea, sin embargo, fue sorprendida el año pasado cometiendo adulterio'. Y es gracioso también lo de Xenaineto ante los ciudadanos que lo insultaban porque, siendo estratega, había huido:' con vosotros, al menos, queridas cabezas'. Pero hay que evitar en lo ridículo lo que molesta inoportunamente a los oyentes o hace al que habla innoble y humilde, como las de Demócrates; pues al subir a la asamblea decía:' al igual que la ciudad, tengo poca fuerza y respiro mucho', y en los asuntos de Queronea, al pasar ante el pueblo:' no habría querido que la ciudad hubiera actuado tan mal, de modo que, incluso aconsejando yo, me escuchéis'; pues esto es de poco y aquello de loco, y a un político no le conviene ninguno. Y admiraban la brevedad de Foción; al menos Polieucto declaraba que Demóstenes era el mayor orador, pero Foción el más hábil para hablar, pues la mayor parte de su discurso contenía pensamiento en la expresión más breve. Y el que despreciaba a Demóstenes ante los demás solía decir, cuando Foción se levantaba:' se levanta la podadera de mis discursos'.
8
Sobre todo, pues, intenta usar un discurso reflexionado y no vacío ante la multitud con seguridad, sabiendo que aquel Pericles rezaba antes de arengar para que no le viniera a la mente ni una palabra ajena a los asuntos. Pero es necesario también tener el discurso flexible y ejercitado para las respuestas; pues los momentos son agudos y traen muchas cosas repentinas en la política. Por eso también Demóstenes era superado por muchos, como dicen, al retirarse y dudar ante el momento; y Teofrasto cuenta que Alcibíades, deliberando no solo sobre lo que debe decir sino también sobre cómo debe decirlo, a menudo se detenía y fallaba en el mismo acto de hablar al buscar y componer las palabras. Pero el que se levanta por los asuntos mismos y por los momentos, es el que más aturde, atrae y transforma a la multitud; como León de Bizancio, que vino una vez a hablar a los atenienses que estaban en facciones; y al ser visto pequeño y ser objeto de risa, dijo:'¿ qué diríais si vierais a mi mujer, que apenas llega a mi rodilla?'. Hubo entonces más risa; pero dijo:' a nosotros, siendo tan pequeños, cuando nos peleamos entre nosotros, la ciudad de los bizantinos no nos contiene'. Y Piteas, el orador, cuando se oponía a los honores de Alejandro, al decir alguien:'¿ tú, siendo tan joven, te atreves a hablar de asuntos tan grandes?',' y, sin embargo', dijo,' Alejandro es más joven que yo, a quien votáis que sea un dios'.
9
Es necesario también llevar el discurso con una buena disposición de la voz y fuerza del aliento, habiendo entrenado para la lucha de la política, que no es trivial sino de todos contra todos, para que, al desfallecer y apagarse a menudo, no lo supere algún ladrón gritón, que tiene voz de torrente. Catón, en cambio, sobre asuntos en los que no esperaba persuadir por estar el pueblo o el consejo ocupado de antemano con favores y celos, hablaba todo el día al levantarse y así hacía fracasar el momento. Sobre la preparación y el uso del discurso, pues, esto es suficiente para el que puede encontrar por sí mismo lo que sigue.
10
Hay dos entradas y caminos en la política: uno rápido y brillante hacia la gloria, aunque no exento de peligro, y otro más a pie y más lento, pero que tiene más seguridad. Pues algunos, inmediatamente, como si hubieran zarpado desde una acción marina desde la punta, brillante y grande, pero que conlleva audacia, se lanzaron a la política, creyendo que Píndaro decía bien que' al comenzar una obra, hay que poner un rostro que brille de lejos'; pues la multitud acoge con más celo, por una cierta saciedad y plenitud de lo habitual, al que comienza, como los espectadores a un atleta, y los comienzos y poderes que tienen un crecimiento brillante y rápido aturden la envidia. Pues ni el fuego, dice Aristón, hace humo, ni la gloria envidia, si brilla de inmediato y rápidamente, sino los que crecen poco a poco y lentamente, de modo que uno se apodera de otro desde diferentes lugares; por eso muchos se marchitaron antes de florecer ante el estrado. Pero donde, como dicen de Ladas, el sonido estaba en los oídos, allí donde se coronaba embajando, triunfando o siendo estratega brillantemente, ni los que envidian ni los que desprecian tienen fuerza de igual manera sobre tales personas. Así pasó a la gloria Arato, haciendo como comienzo de su política la disolución del tirano Nicocles; así Alcibíades, al organizar los asuntos de Mantinea contra los lacedemonios. Y Pompeyo pretendía triunfar sin haber pasado aún al senado, y al no permitirlo Sila, dijo:' más gente adora al sol que sale que al que se pone'; y Sila cedió al oír esto. Y al Escipión Cornelio, el pueblo de los romanos no lo designó cónsul de repente, contra la ley, desde el cargo que le tocó al buscar la edilidad, sino tras admirar, siendo él un joven, su lucha y victoria en Iberia, y poco después sus obras como tribuno militar ante Cartago, sobre las cuales incluso Catón el Viejo exclamó:' él solo es sensato, los demás son sombras que revolotean'. Ahora, pues, cuando los asuntos de las ciudades no tienen mandos de guerras, ni disoluciones de tiranías, ni acciones de alianzas,¿ qué comienzo de una política brillante y famosa podría tomar alguien? Quedan los juicios públicos y las embajadas ante el emperador, que requieren de un hombre ardiente y que tenga a la vez audacia y mente. Y hay muchas cosas de las bellas que han sido descuidadas en las ciudades que, al retomarlas, y las que se deslizan por costumbre vil para vergüenza o daño de la ciudad, al cambiarlas, uno puede atraerlas hacia sí. Y ya un gran juicio juzgado bellamente, y la confianza en la defensa ante un adversario fuerte en favor de uno débil, y la franqueza ante un líder malvado en favor de lo justo, han establecido a algunos en un cargo político glorioso. Y no pocos han crecido también a través de la enemistad, al intentar atacar a hombres que tienen una dignidad envidiable y temible; pues de inmediato la fuerza del que ha sido disuelto pasa al que ha vencido con una gloria mejor. Pues luchar contra un hombre bueno que es el primero por virtud, por envidia, como Simias contra Pericles, Alcmeón contra Temístocles, Clodio contra Pompeyo, Menecleides el orador contra Epaminondas, no es bueno para la gloria ni ventajoso de otra manera; pues cuando la multitud comete un error contra un hombre bueno, y luego, lo que sucede rápidamente, se arrepiente por ira, consideran que la defensa más fácil y justa para esto es destruir al que los convenció y comenzó. Pero derribar y humillar a un hombre vil, que se ha hecho con la ciudad por desesperación y destreza, como era Cleón en Atenas y Cleofón, hace brillante la entrada, como si fuera un drama de la política. Y no ignoro que algunos, al cortar un consejo gravoso y oligárquico, como Efialtes en Atenas y Formión entre los eleos, tuvieron a la vez poder y gloria; pero este es un gran peligro para el que comienza en la política. Por eso Solón tomó un mejor comienzo, estando la ciudad dividida en tres partes, la de los llamados Diacrios, la de los Pedieos y la de los Paralios; pues al no mezclarse con nadie, sino siendo común para todos y diciendo y haciendo todo por la concordia, fue elegido legislador para las disoluciones y así estableció el mando. La entrada más brillante en la política, pues, tiene tantos y tales comienzos.
11
Pero el camino seguro y lento lo eligieron muchos de los ilustres: Arístides, Foción, Pamenes el tebano, Lúculo en Roma, Catón, Agesilao el lacedemonio; pues cada uno de estos, al igual que las hiedras que se entrelazan con los árboles fuertes se levantan con ellos, habiendo corrido hacia un hombre mayor siendo aún joven y desconocido, siendo ilustre, al ser levantado poco a poco por el poder de aquel y creciendo juntos, se apoyó y se arraigó en la política. Pues a Arístides lo hizo crecer Clístenes, a Foción Cabrias, a Lúculo Sila, a Catón Máximo, a Pamenes Epaminondas y a Agesilao Lisandro; pero este, por una ambición inoportuna y celos, tras insultar por la gloria, arrojó rápidamente al guía de sus acciones; los otros, en cambio, sirvieron bien y políticamente y hasta el final, y adornaron juntos, como los cuerpos que se sitúan ante el sol, aumentando y alumbrando a la vez desde sí mismos al que los hace brillar. Al menos los que envidiaban a Escipión lo declaraban actor de las acciones y a Lelio, el amigo, el poeta, pero Lelio no fue levantado por nada de esto, sino que siempre continuó compitiendo en amistad con la virtud y la gloria de Escipión. Y Afranio, amigo de Pompeyo, aunque era muy humilde, sin embargo, siendo ilustre por ser elegido cónsul, al esforzarse Pompeyo por otros, se apartó de la ambición diciendo que no le sería tan brillante obtener el consulado como doloroso y difícil si Pompeyo no quería ni colaboraba; por tanto, tras soportar solo un año, no fracasó en el cargo y mantuvo la amistad. A los que son guiados así por otros hacia la gloria les sucede a la vez agradar a muchos, y si sucede algo difícil, ser menos odiados; por eso Filipo aconsejaba a Alejandro ganar amigos, mientras sea posible, tratando con gracia y siendo amable mientras otro sea rey.
12
Y hay que elegir como guía de la política no simplemente al ilustre y poderoso, sino también al que lo es por virtud. Pues, al igual que no todo árbol quiere aceptar y llevar la vid que se entrelaza, sino que algunos la ahogan y destruyen su crecimiento, así en las ciudades los que no aman lo bello, sino que son solo ambiciosos y amantes del mando, no ceden a los jóvenes los comienzos de las acciones, sino que, como si estuvieran quitándoles la gloria como su propio alimento, los presionan por envidia y los marchitan, como Mario en Libia y de nuevo en Galia, tras lograr muchas cosas gracias a Sila, dejó de usarlo, disgustado por su crecimiento, y tomando como pretexto el sello, lo arrojó; pues Sila, cuando acompañaba a Mario que era estratega como tesorero en Libia, enviado por él ante Boco, trajo a Yugurta prisionero; y como joven ambicioso, que acababa de probar la gloria, no soportó con moderación el éxito, y tras grabar en un sello una imagen de la acción de Yugurta entregándosele, lo llevaba, y al reprocharle esto Mario, lo arrojó; pero él, tras pasarse a Catulo y Metelo, hombres buenos y enemigos de Mario, rápidamente expulsó a Mario y lo destruyó en la guerra civil, habiendo estado a punto de derribar a Roma. Sila, sin embargo, levantó a Pompeyo desde joven, apartándose ante él y descubriéndose la cabeza cuando se acercaba, y compartiendo con otros jóvenes los comienzos de las acciones de mando, y a algunos incluso incitándolos aunque no querían, llenó de ambición y celo a los ejércitos; y venció a todos queriendo ser no el único, sino el primero y el más grande entre muchos y grandes. De estos hombres, pues, hay que agarrarse y a estos hay que arraigarse, para que, como el reyezuelo de Esopo que fue llevado sobre los hombros del águila, no vuele de repente y se adelante, arrebatando así la gloria de aquellos, sino tomándola de ellos a la vez con benevolencia y amistad, como que no pueden gobernar bien los que no han servido antes correctamente, como dice Platón.
13
A esto sigue el juicio sobre los amigos, que no alaba ni la mentalidad de Temístocles ni la de Cleón. Pues Cleón, cuando decidió por primera vez dedicarse a la política, reunió a sus amigos y disolvió su amistad con ellos, bajo el pretexto de que esta ablanda y desvía mucho de la recta y justa elección en la política; pero habría hecho mejor en expulsar de su alma la codicia y la ambición, y en purificarse de la envidia y la maldad; pues las ciudades no necesitan hombres sin amigos ni sin compañeros, sino hombres honestos y sensatos. Pero, en realidad, expulsó a sus amigos y, como dicen los poetas cómicos, cien cabezas de aduladores destinados a la desgracia se arrastraban a su alrededor; y, siendo áspero con los hombres de bien y pesado, se sometía a la mayoría para ganar su favor, comportándose como un guía de ancianos, repartiendo sobornos y atrayéndose a lo más vil y enfermo del pueblo contra los mejores. Por otra parte, Temístocles, ante quien afirmaba que gobernaría bien si se entregaba a todos por igual, dijo:« Jamás me siente yo en un trono en el que mis amigos no tengan más ventaja que los que no lo son».¿ Acaso no se equivoca también este al subordinar la política a la amistad y al ceder los asuntos comunes y públicos a sus favores e intereses privados? Y, sin embargo, ante Simónides, que le pedía algo injusto, dijo que no es un buen poeta el que canta fuera de tono, ni un magistrado equitativo el que favorece fuera de la ley. Pues es verdaderamente terrible y cruel que un capitán de barco elija a sus marineros y un armador a su capitán, sabiendo quién es bueno en el timón y quién en tensar la verga cuando se levanta el viento; y que un arquitecto elija a sus ayudantes y artesanos, que no arruinarán su obra sino que la completarán de la mejor manera; pero que el político, siendo un maestro artesano según Píndaro y artífice de la buena ley y la justicia, no elija de inmediato amigos que compartan sus sentimientos, que sean sus servidores y que se entusiasmen con él por el bien, sino a otros que lo inclinan injustamente y por la fuerza hacia necesidades ajenas. Y no se verá que difiere en nada de un constructor o carpintero que, por inexperiencia o negligencia, utiliza ángulos, reglas y niveles que solo sirven para deformar la obra. Pues los amigos son instrumentos vivos y pensantes de los hombres políticos, y no se debe deslizarse junto con ellos cuando transgreden, sino prestar atención para que no cometan errores ni siquiera por ignorancia. Esto fue lo que avergonzó a Solón y lo desacreditó ante los ciudadanos; pues, cuando tomó la decisión de aliviar las deudas y presentar la« sacudida de cargas»( que era un eufemismo para la condonación de deudas), lo compartió con sus amigos; pero ellos hicieron una obra de lo más injusta: se adelantaron a pedir prestado mucho dinero y, poco tiempo después, cuando se promulgó la ley, aparecieron habiendo comprado casas brillantes y mucha tierra con el dinero que habían pedido prestado, y Solón recibió la acusación de ser cómplice de la injusticia habiendo sido él mismo perjudicado. Agesilao, en cuanto a los intereses de sus amigos, se volvía el más débil y humilde de sí mismo, como el Pegaso de Eurípides,« se encogía cediendo más si más quería», y al ayudar a sus desgracias con más entusiasmo de lo debido, parecía asimilarse a sus injusticias; pues, en efecto, salvó a Fébidas cuando era juzgado por haber tomado la Cadmea sin órdenes, diciendo que tales cosas deben suceder espontáneamente, y logró que se absolviera a Esfodrias, que huía de un juicio por un acto ilegal y terrible( pues había invadido el Ática siendo amigos y aliados), ablandado por las súplicas amorosas de su hijo; y se conserva una carta suya a un potentado:« Nicias, si no es culpable, suéltalo; si es culpable, suéltalo por mí; pero, en cualquier caso, suéltalo». Pero Foción no acompañó ni siquiera a su yerno Caricles cuando tenía un juicio por los asuntos de Hárpalo, sino que, diciendo« te hice mi pariente para todas las cosas justas», se marchó. Y Timoleón el Corintio, cuando no pudo apartar a su hermano de la tiranía a pesar de sus enseñanzas y súplicas, colaboró con quienes lo eliminaron. Pues no se debe ser amigo hasta el altar para no ser cómplice de perjurio, como dijo una vez Pericles, sino hasta el límite de toda ley, justicia y conveniencia, lo cual, si se descuida, conduce a un gran daño común, como condujo el no castigar a Esfodrias ni a Fébidas; pues estos no fueron los que menos empujaron a Esparta a la guerra de Leuctra. Pues el discurso político no obliga al político a ser pesado al intervenir en las faltas moderadas de los amigos, sino que incluso le permite, una vez asegurados los asuntos públicos más importantes, ayudar a los amigos desde su posición de ventaja y estar a su lado y colaborar por ellos. Y hay también favores que no suscitan envidia: ayudar al amigo a obtener un cargo, confiarle una administración honorable o una embajada filantrópica, como la que tiene honores de jefe, o una gestión ante una ciudad en favor de la amistad y la concordia; pero si se trata de una tarea laboriosa, brillante y grande, debe asignarse él mismo a ella primero y luego elegir al amigo, como Diomedes:« Si me ordenas elegir a un compañero,¿ cómo podría entonces olvidarme del divino Odiseo?». Y aquel, a su vez, devuelve el elogio de manera apropiada:« Estos caballos, anciano, son recién llegados, los que preguntas, tracios; su señor lo mató el buen Diomedes, y a sus doce compañeros, todos los mejores». Pues esta cesión ante los amigos no adorna menos a los que elogian que a los elogiados; y la obstinación, dice Platón, es compañera de la soledad. Además, hay que hacer que los amigos participen en los favores bellos y filantrópicos y ordenar a los beneficiados que elogien y amen a aquellos, como si hubieran sido a la vez causa y consejeros; y rechazar las pretensiones viles y absurdas no con amargura, sino con suavidad, enseñando y consolando que no son dignas de su virtud y gloria. El mejor de los hombres, Epaminondas, al negarse a Pelópidas cuando le pidió liberar a un tabernero de la cárcel y, poco después, al liberarlo cuando se lo pidió su amante, dijo que tales favores, Pelópidas, es propio de cortesanas, no de generales, recibirlos. Catón, en cambio, de manera pesada y obstinada, cuando Catulo el censor, siendo uno de sus amigos más íntimos y cercanos, le pedía por uno de los juzgados por él mientras era cuestor, dijo:« Es vergonzoso que tú, que deberías educarnos a los jóvenes, seas expulsado por nuestros subordinados». Pues, de hecho, era posible rechazar el favor y quitar la aspereza y amargura de la palabra, de modo que no se infligiera el dolor por voluntad propia, sino por necesidad debido a la ley y la justicia. Y también hay formas no innobles en la política de ayudar a los amigos en sus asuntos financieros, como Temístocles, quien, después de la batalla, al ver a un muerto con collares de oro y un torque, él mismo pasó de largo, pero volviéndose hacia su amigo dijo:« Toma esto, pues tú no has llegado a ser Temístocles». Pues los asuntos dan a menudo al político esta oportunidad para con los amigos. Pues no todos son Menémacos; a uno, pues, encárgale una defensa remunerada en favor de la justicia; a otro, preséntale a un rico que necesite cuidado y protección; y a otro, ayúdale en algún contrato o arrendamiento que tenga beneficio. Epaminondas, incluso, pidió a un amigo que se acercara a un rico y le pidiera un talento, como si él mismo hubiera ordenado darlo; y cuando el solicitado vino a preguntar la razón, dijo:« Porque este, siendo un hombre honesto, es pobre, y tú eres rico habiendo robado mucho de la ciudad». Y Jenofonte dice que Agesilao se enorgullecía de enriquecer a sus amigos, siendo él mismo superior a las riquezas.
14
Y puesto que, según Simónides, toda alondra debe tener su cresta y toda política conlleva algunas enemistades y diferencias, no es menos apropiado que el político reflexione también sobre esto. La mayoría elogia a Temístocles y a Arístides por dejar de lado su enemistad en las fronteras, cada vez que salían a una embajada o a una expedición, y luego volver a retomarla. A algunos les agrada sobremanera lo de Cretinas de Magnesia; pues, oponiéndose políticamente a Hermias, un hombre sin poder pero ambicioso y brillante de alma, cuando estalló la guerra mitridática, al ver que la ciudad corría peligro, ordenó a Hermias que tomara el mando y se hiciera cargo de los asuntos, retirándose él mismo; y si aquel quería dirigir la guerra, que él se apartara del camino, para que, compitiendo entre sí, no destruyeran la ciudad. La propuesta agradó a Hermias, y diciendo que Cretinas era más apto para la guerra que él, se retiró con sus hijos y su mujer. Y Cretinas lo despidió, entregándole de sus propios bienes lo que era más útil para los que huyen o están sitiados, y habiendo dirigido la ciudad de la mejor manera, la salvó inesperadamente cuando estaba a punto de perecer. Pues si es noble y de gran espíritu exclamar:« Amo a mis hijos, pero amo más a mi patria»,¿ cómo no es más fácil para cada uno decir:« Odio a fulano y quiero hacerle daño, pero amo más a mi patria»? Pues no querer reconciliarse con un enemigo, por cuya causa hay que sacrificar incluso a un amigo, es terriblemente salvaje y bestial. Sin embargo, son mejores los que, como Foción y Catón, no establecen ninguna enemistad hacia las diferencias políticas, sino que son terribles e implacables solo en las contiendas públicas para no sacrificar el interés común, mientras que en los asuntos privados tratan sin rencor y con filantropía a los que discrepan allí. Pues no se debe considerar a ningún ciudadano como enemigo, a menos que alguien, como Aristión, Nabis o Catilina, se convierta en una enfermedad y un absceso de la ciudad; a los demás que disienten, hay que llevarlos a la armonía con suavidad, como quien tensa y afloja una cuerda, sin atacar a los que se equivocan con ira y con insolencia, sino, como Homero de manera más ética:« Querido, pensé que eras más sensato que los demás, y sabes y puedes pensar en un consejo mejor que este». Y si dicen o hacen algo bueno, no hay que molestarse por sus honores ni escatimar palabras elogiosas por sus buenas obras; pues así el reproche, donde sea necesario, tendrá crédito, y desacreditaremos su maldad aumentando la virtud y comparando estas cosas con aquellas como más dignas y apropiadas. Yo también considero que el político debe testificar lo justo incluso a favor de sus adversarios y ayudar a los que son juzgados contra los sicofantes y desconfiar de las calumnias, si son ajenas a su elección; como aquel Nerón, poco antes de matar a Traseas, a quien odiaba y temía sobremanera, sin embargo, cuando alguien lo acusaba de haber sido juzgado mal e injustamente, dijo:« Hubiera querido que Traseas me amara tanto como es un excelente juez». No es peor, al reprender a otros que por naturaleza son más malvados, mencionar a un enemigo de carácter más elegante y decir:« Pero aquel no habría dicho ni hecho esto». También hay que recordar a algunos padres buenos cuando se equivocan, como Homero:«¡ Qué hijo tan poco parecido engendró Tideo!». Y Apio, compitiendo en las elecciones contra Escipión el Africano, dijo:«¡ Qué grande sería tu lamento, Paulo, bajo tierra, al saber que tu hijo, que desciende a un cargo honorífico, es escoltado por Filonico el recaudador!». Pues tales cosas amonestan a los que se equivocan y al mismo tiempo adornan a los que amonestan. Políticamente responde también el Néstor de Sófocles al ser insultado por Áyax:« No te culpo; pues al obrar bien, hablas mal». Y Catón, habiendo discrepado con Pompeyo en lo que forzaba a la ciudad junto con César, cuando llegaron a la guerra, ordenó a Pompeyo entregar el mando, añadiendo que es propio de los mismos hacer los grandes males y detenerlos. Pues el reproche mezclado con elogio, que no tiene insolencia sino franqueza, y que no produce ira sino mordacidad y arrepentimiento, parece benevolente y terapéutico; pero los insultos son los que menos convienen a los políticos. Mira lo que dijo Demóstenes a Esquines y lo que dijo Esquines a este, y de nuevo lo que escribió Hipérides a Demades, si lo habrían dicho Solón, Pericles, Licurgo el lacedemonio o Pítaco el lesbio. Y, sin embargo, Demóstenes en sus discursos judiciales tiene solo el insulto, pero los Filípicos están limpios de toda burla y bufonería; pues tales cosas avergüenzan más a los que hablan que a los que escuchan, y además producen confusión en los asuntos y perturban los consejos y las asambleas. De donde Foción, apartándose del que lo insultaba y dejando de hablar, cuando el hombre apenas se calló, volvió a salir y dijo:« Por tanto, habéis oído sobre los jinetes y los hoplitas, me queda hablar sobre los infantes ligeros y los peltastas». Pero puesto que para muchos el asunto es difícil de contener y a menudo los que insultan no son inútilmente amordazados con las respuestas, que sea breve en la palabra y que no muestre ira ni mal genio, sino mansedumbre con juego y gracia que muerda de alguna manera; y las que devuelven el golpe son sobre todo de este tipo. Pues, al igual que las flechas que vuelven hacia el que las lanzó parecen sufrir esto por cierta fuerza y solidez del que fue golpeado, así lo dicho por la fuerza y la inteligencia del insultado parece volverse contra los que insultaron; como lo de Epaminondas a Calístrato, que reprochaba a los tebanos y argivos el parricidio de Edipo y el matricidio de Orestes, diciendo:« Que a los que hicieron esto, habiéndolos nosotros expulsado, vosotros los recibisteis»; y lo de Antálcidas el espartano al ateniense que dijo:« Muchas veces os expulsamos del Cefiso»,« pero nosotros a vosotros del Eurotas nunca». Con gracia también Foción, cuando Demades gritaba:« Los atenienses te matarán», dijo:« Si se vuelven locos; a ti, si son sensatos». Y Craso el orador, cuando Domicio le dijo:«¿ No lloraste cuando murió tu morena que se criaba en tu estanque?», le preguntó a su vez:«¿ No enterraste tú a tres mujeres y no lloraste?». Estas cosas, pues, tienen alguna utilidad también para la vida cotidiana.
15
En la política, algunos se involucran en todas las partes, como Catón, sin considerar que el buen ciudadano deba dejar de lado ningún cuidado ni atención en la medida de sus fuerzas; y elogian a Epaminondas porque, habiendo sido designado telearca por los tebanos por envidia y para insultarlo, no lo descuidó, sino que, diciendo que no solo el cargo muestra al hombre, sino también el hombre al cargo, elevó la telearquía a una dignidad grande y solemne, no siendo antes nada más que un cuidado sobre la limpieza de las calles y la desviación de las corrientes. Y yo, sin duda, provoco risa a los visitantes, al ser visto en público ocupándome de tales cosas a menudo; pero me ayuda lo que se recuerda de Antístenes; pues, habiendo alguien mostrado asombro de que él mismo llevara pescado salado por el mercado, dijo:« Para mí mismo». Yo, por el contrario, a los que me acusan de estar presente cuando se mide la cerámica, se amasan las mezclas y se transportan las piedras, digo que no gestiono estas cosas para mí mismo, sino para la patria. Pues en muchas otras cosas uno podría ser pequeño y mezquino gestionando para sí mismo y trabajando por sí mismo; pero si es públicamente y por la ciudad, no es innoble, sino que es mayor el cuidado y el entusiasmo hasta en las cosas pequeñas. Otros piensan que es más solemne y magnífico lo de Pericles; entre ellos está Critolao el peripatético, que considera que, así como la nave Salaminia en Atenas y la Páralo no se botaban para cualquier tarea, sino para las acciones necesarias y grandes, así debe uno usarse a sí mismo para los asuntos más importantes y grandes, como el rey del mundo, pues« Dios toca las cosas grandes, pero deja las pequeñas a la fortuna», según Eurípides. Pues tampoco elogiamos el afán de gloria y la competitividad excesiva de Teágenes, quien, habiendo ganado no solo el circuito sino también muchas competiciones, no solo en pancracio sino también en pugilato y en la carrera de fondo, finalmente, cenando en un banquete heroico de algún funeral, como solía, habiendo sido servida la porción para todos, saltó y se puso a practicar pancracio, como si nadie debiera ganar estando él presente; de donde reunió mil doscientos premios, de los cuales uno consideraría la mayoría como basura. En nada, pues, difieren de este los que se desnudan para toda acción política, sino que rápidamente se hacen reprobables ante la mayoría, se vuelven molestos y, aun teniendo éxito, envidiados, y si fallan, objeto de burla, y lo que se admiraba de ellos al principio de su diligencia se desliza hacia el escarnio y la risa. Tal es el caso:« Metíoco dirige la guerra, Metíoco las calles, Metíoco vigila los panes, Metíoco la harina, Metíoco cura todo, Metíoco se lamentará». Este era uno de los compañeros de Pericles, usando el poder que tenía gracias a él, al parecer, de manera envidiable y excesiva. Pero se debe, como dicen, comportarse con el pueblo como un amante y no dejar nostalgia de uno mismo cuando no está presente; lo que también hacía Escipión el Africano viviendo mucho tiempo en el campo, quitando a la vez el peso de la envidia y dando un respiro a los que parecían estar oprimidos por la gloria de aquel. Timesias de Clazómenas era en otros aspectos un buen hombre para la ciudad, pero por hacer todo a través de sí mismo era envidiado y odiado sin saberlo, hasta que le sucedió algo así: unos niños estaban sacando un astrágalo de un pozo en el camino, mientras él pasaba; algunos decían que se quedara, pero uno, golpeándolo, dijo:« Ojalá pudiera sacar el cerebro de Timesias, como este ha sido sacado». Timesias, al oír esto y comprender la envidia que lo perseguía a través de todos, al volver contó el asunto a su mujer y, ordenándole que se preparara, se marchó inmediatamente de la ciudad desde las puertas. Y parece que Temístocles, ante algo así que le ocurría por parte de los atenienses, dijo:«¿ Por qué, dichosos, os cansáis de recibir beneficios a menudo?». De tales cosas, unas han sido dichas correctamente y otras no bien. Pues con benevolencia y cuidado no se debe apartar de ninguno de los asuntos comunes, sino prestar atención a todos y conocer cada cosa, no como un objeto sagrado en un barco que espera los últimos apuros y fortunas de la ciudad, sino como los capitanes que hacen unas cosas con sus manos por sí mismos, y otras las mueven y giran desde lejos mediante otros instrumentos, y usan también marineros, proeles y jefes de remeros, y a algunos de estos, llamándolos a menudo a la popa, les confían el timón; así al político le conviene ceder a otros el mando y llamarlos a la tribuna con benevolencia y filantropía, y no mover todos los asuntos de la ciudad con sus propios discursos, decretos o acciones, sino, teniendo hombres fieles y buenos, adaptar cada uno a cada necesidad según lo propio, como Pericles usaba a Menipo para las estrategias, mediante Efialtes humilló al consejo del Areópago, mediante Carino ratificó el decreto contra los megarenses, y envió a Lampon como fundador de Turios. Pues no solo, al parecer distribuido el poder entre muchos, molesta menos la magnitud de las envidias, sino que también se realizan mejor las necesidades. Pues, al igual que la división de la mano en los dedos no la ha hecho débil, sino técnica y orgánica en su uso, así el que comparte los asuntos en la política hace más activa la acción para la comunidad; pero el que por insaciabilidad de gloria o poder se atribuye toda la ciudad y se aplica a lo que no ha nacido ni ha sido entrenado, como Cleón para dirigir la guerra, Filopemen para el mando naval, Aníbal para hablar en la asamblea, no tiene excusa al equivocarse, sino que escucha lo de Eurípides:« Siendo carpintero, hacías cosas que no eran de carpintería»,« siendo incapaz de hablar, eras embajador», o« siendo perezoso, administrabas»,« inexperto en votos, eras tesorero», o« siendo viejo y débil, dirigías la guerra». Pericles se repartió el poder con Cimón, él mismo para mandar en la ciudad, y el otro, habiendo llenado las naves, para luchar contra los bárbaros; pues uno era más apto para la política y el otro para la guerra. Elogian también a Eubulo de Anaflisto, porque teniendo mucha confianza y poder, no hizo nada de los asuntos griegos ni llegó a la estrategia, sino que, dedicándose a las finanzas, aumentó los ingresos comunes y benefició grandemente a la ciudad de ellos. Ifícrates, al practicar discursos en casa con muchos presentes, era objeto de burla; pues si era un buen orador, pero no malo, debía, amando la gloria en las armas, dejar el ocio a los sofistas.
16
Y puesto que en todo pueblo hay malicia y tendencia a la culpa hacia los que se dedican a la política, y muchas de las cosas útiles, si no tienen facción ni contradicción, sospechan que se hacen de forma conspirativa, y esto desacredita sobre todo a las asociaciones y amistades; no hay que dejarse ninguna enemistad o diferencia verdadera, como el demagogo de los quiotas, Onomademo, no permitía, tras haber vencido en la facción, expulsar a todos los adversarios, para que, dijo, no empezáramos a discrepar con los amigos, habiendo eliminado por completo a los enemigos. Esto, en efecto, es ingenuo; pero, cuando la mayoría sospecha de algún asunto grande y salvador, no todos deben decir la misma opinión como si vinieran de un acuerdo, sino que dos o tres, distanciándose, deben contradecir suavemente a los amigos, y luego, como si fueran refutados, cambiar; pues así arrastran al pueblo, al parecer guiados por la conveniencia. Sin embargo, en los asuntos menores y que no conducen a nada grande, no es peor dejar que los amigos discrepen verdaderamente, usando cada uno su propio razonamiento, para que en los asuntos más importantes y grandes parezcan estar de acuerdo con lo mejor, no por preparación.
17
Por naturaleza, el político es siempre gobernante de la ciudad como un jefe entre las abejas, y debe tener esto en mente para llevar los asuntos públicos con sus manos; pero las magistraturas que llaman poderes y que se eligen, no hay que perseguirlas demasiado ni a menudo, pues la ambición de poder no es solemne ni democrática; ni rechazarlas, si el pueblo las da y llama según la ley, sino que, aunque sean más humildes que su gloria, es justo aceptarlas y competir con entusiasmo; pues es justo, al ser adornados por las magistraturas mayores, adornar a su vez las menores, y de las más pesadas, como las estrategias en Atenas, las pritanías en Rodas y las beotarquías entre nosotros, ceder algo y dejar pasar siendo moderado, y a las más pequeñas añadir dignidad y peso, para que no seamos despreciables en estas ni envidiados en aquellas. Al entrar en cualquier magistratura, no solo hay que tener presentes los razonamientos que Pericles se recordaba a sí mismo al tomar la clámide:« Presta atención, Pericles, gobiernas a hombres libres, gobiernas a griegos, ciudadanos atenienses»; sino también decirse a sí mismo al comenzar:« Gobiernas, siendo gobernado, una ciudad sometida a procónsules, a procuradores de César; no son estas lanzas de llanura, ni las antiguas Sardes, ni aquel poder de los lidios». Hay que hacer la clámide más sencilla, y mirar desde el edificio del estratego hacia la tribuna, y no enorgullecerse ni confiar mucho en la corona, viendo los calcios sobre la cabeza; sino imitar a los actores, añadiendo al combate pasión, carácter y dignidad propios, pero escuchando al apuntador y no saliéndose de los ritmos y las medidas del poder dado por los que mandan. Pues la caída no trae silbidos ni escarnio ni graznidos, sino que a muchos les ha caído encima un terrible verdugo, el hacha cortadora de cuellos, como a los de Pardalas; a los que olvidan los límites, otro es arrojado a una isla y se convierte, según Solón, en Folegandrio o Sicinita, en lugar de ateniense, cambiando de patria. Pues a los niños pequeños que vemos intentar ponerse las sandalias de sus padres y ponerse las coronas, nos reímos con juego, pero los gobernantes en las ciudades que insensatamente ordenan imitar las obras, pensamientos y acciones de los antepasados, que no son proporcionales a los tiempos y asuntos presentes, exaltan a las multitudes, y provocan risa y sufren cosas que ya no son dignas de risa, a menos que sean totalmente despreciados. Pues hay muchas otras cosas de los antiguos griegos que, al exponerlas, pueden educar y hacer sensatos a los de ahora, como recordar en Atenas no las cosas de la guerra, sino cómo es el decreto de la amnistía tras los Treinta; y el castigar a Frínico por enseñar en una tragedia la toma de Mileto; y que, cuando Casandro fundaba Tebas, se pusieron coronas; y al enterarse del escitalismo en Argos, en el que los argivos habían matado a mil quinientos de los suyos, ordenaron llevar un purificador alrededor de la asamblea; y en los asuntos de Hárpalo, al registrar las casas, pasaron por alto solo la del que se había casado recientemente. Pues estas cosas se pueden imitar incluso ahora para asemejarse a los antepasados; pero Maratón, Eurimedonte, Platea y todos los ejemplos que hacen que la multitud se hinche y se enorgullezca en vano, hay que dejarlos en las escuelas de los sofistas.
18
No solo debe mostrarse a sí mismo y a la patria irreprochables ante los gobernantes, sino también tener siempre a algún amigo entre los más poderosos de arriba, como un lastre firme de la política; pues los mismos romanos son muy entusiastas en los intereses políticos para con sus amigos y obtienen fruto de una amistad de mando, como obtuvieron Polibio y Panecio con la benevolencia de Escipión hacia ellos, habiendo beneficiado grandemente a sus patrias, es hermoso llevarlo a la felicidad pública. César, cuando tomó Alejandría, llevaba a Arrio de la mano y, conversando solo con él de sus conocidos, entró con él, y luego, a los alejandrinos que esperaban lo peor y suplicaban, dijo que se reconciliaba tanto por la magnitud de la ciudad como por su fundador Alejandro, y tercero, dijo, por complacer a este amigo mío.¿ Acaso es digno comparar con este favor las administraciones y gestiones de provincias de muchos talentos, que persiguiendo la mayoría envejece ante puertas ajenas, dejando atrás las de casa?¿ O hay que corregir a Eurípides que canta y dice que, si hay que desvelarse e ir al atrio de otro y someterse a una familiaridad de mando, es hermoso ir a esto por la patria, y las demás amistades basadas en la igualdad y la justicia abrazarlas y guardarlas?
19
Sin embargo, al hacer que la patria sea obediente y sumisa a quienes detentan el poder, no se debe humillarla aún más, ni, estando ya encadenada por las piernas, ofrecer también el cuello, como hacen algunos, quienes, al llevar asuntos pequeños y grandes ante los gobernantes, no solo denigran la servidumbre, sino que destruyen por completo la vida política, volviéndola atemorizada, medrosa y carente de autoridad en todo. Pues, al igual que aquellos que, acostumbrados a no cenar ni bañarse sin un médico, no disfrutan ni siquiera de la salud que la naturaleza les otorga, así también quienes someten al juicio de los gobernantes todo decreto, asamblea, favor y administración, obligan a que sus dirigentes sean sus amos más de lo que ellos mismos desean. La causa de esto es, sobre todo, la codicia y la rivalidad de los principales; pues, o bien en lo que perjudican a los más débiles los obligan a huir de la ciudad, o bien, en los asuntos en que discrepan entre sí, al no querer ceder ante los ciudadanos, atraen a los más poderosos; y de esto resulta que el consejo, el pueblo, los tribunales y toda magistratura pierden su autoridad. Es necesario que el político mantenga a los ciudadanos en la vida pública mediante la igualdad, y a los poderosos mediante la moderación, apaciguándolos y resolviendo los conflictos, aplicando una especie de tratamiento secreto a sus males, como si fueran enfermedades, deseando él mismo ser derrotado entre los ciudadanos antes que vencer mediante la insolencia y la destrucción de los derechos domésticos, necesitando de cada uno de los demás y enseñando cuán gran mal es la rivalidad. Pero ahora, para no ceder con honor y gratitud ante ciudadanos, miembros de la misma tribu, vecinos y colegas, llevan sus diferencias ante las puertas de los oradores y las manos de los intrigantes, con gran daño y vergüenza. Pues los médicos, las enfermedades que no pueden eliminar por completo, las dirigen hacia el exterior, a la superficie del cuerpo; pero el político, si no puede mantener a la ciudad completamente libre de problemas, intentará al menos curar y administrar lo que en ella está perturbado y sedicioso, de modo que necesite lo menos posible de médicos y remedios externos. Que la intención del político esté, pues, apegada a la seguridad y huya de lo perturbador, de la vana gloria y de la locura, como se ha dicho; pero que en su disposición haya un ánimo y un espíritu valeroso e intrépido, tal como el que invade a los hombres que, por la patria, se enfrentan y luchan contra enemigos hostiles, asuntos difíciles y tiempos adversos. Pues no debe él provocar tormentas, sino no abandonar la nave cuando estas sobrevienen, ni agitar la ciudad peligrosamente, sino socorrerla cuando vacila y está en peligro, levantando como un ancla sagrada su propia franqueza en los momentos más críticos; como los asuntos que afectaron a los de Pérgamo bajo Nerón, y a los rodios recientemente bajo Domiciano, y a los tesalios anteriormente bajo Augusto, cuando quemaron vivo a Petraeo. Allí no verías al verdadero político dormitando, ni acobardándose, ni culpando a otros mientras se pone a sí mismo a salvo de los peligros, sino embajando, navegando y diciendo primero:« No hemos venido nosotros los que matamos, aparta la plaga, Apolo»; sino que, aunque no participe de la culpa de la mayoría, asume los peligros en su nombre. Pues esto es noble, y junto a lo noble, muchas veces la virtud y el ánimo admirado de un solo hombre han oscurecido la ira contra todos y disipado lo temible y amargo de la amenaza, tal como parece que le sucedió al persa con Bulis y Esperquias los espartanos, y lo que Pompeyo experimentó con Esténon, cuando, estando a punto de castigar a los mamertinos por su deserción, Esténon le dijo que no actuaría con justicia si destruía a muchos inocentes por causa de uno solo; pues el que hizo desertar a la ciudad fue él mismo, habiendo persuadido a unos amigos y forzado a otros. Esto dispuso a Pompeyo de tal manera que perdonó a la ciudad y trató a Esténon con humanidad. El huésped de Sila, habiendo usado una virtud similar pero no recibiendo un trato similar, murió noblemente; pues, cuando Sila, tras tomar Preneste, estaba a punto de degollar a todos los demás, pero a aquel lo dejaba libre por la hospitalidad, diciendo que no quería deber gratitud por su salvación al asesino de la patria, se mezcló con los demás y fue masacrado junto a los ciudadanos. Por tanto, hay que rogar para que no ocurran tales tiempos y esperar lo mejor.
20
Toda magistratura y todo magistrado son algo sagrado y grande que se debe honrar sobremanera, y el honor de una magistratura es la concordia y la amistad con los colegas, mucho más que las coronas y la clámide de púrpura. Pero aquellos que consideran el haber servido juntos en la guerra o en la efebía como el comienzo de la amistad, y el haber sido colegas en el mando como causa de enemistad, no han escapado a uno de estos tres males: o bien, considerándose iguales a sus colegas, entran en conflicto, o bien envidian a los superiores, o bien desprecian a los inferiores. Es necesario cuidar al superior, adornar al inferior y honrar al igual, y abrazar y amar a todos, como si se hubieran hecho amigos no por la mesa, ni por la copa, ni por el hogar, sino por el voto común y público, y como si tuvieran, en cierto modo, la benevolencia de la patria como algo heredado. Escipión, al menos, fue mal visto en Roma porque, al agasajar a sus amigos en la consagración del templo de Hércules, no invitó a su colega Mumio; pues, incluso si en otros aspectos no se consideraban amigos, en tales ocasiones consideraban necesario honrarse y mostrarse afecto debido a la magistratura. Por tanto, donde a un hombre admirable en todo como Escipión un gesto de humanidad tan pequeño omitido le trajo fama de arrogancia,¿ cómo podría parecer equitativo y moderado alguien que reduce la dignidad de un colega, o que injuria sus acciones que tienen ambición, o que, resumiéndolo todo, se lo atribuye todo a sí mismo por obstinación, arrebatándoselo a aquel? Recuerdo que, siendo yo aún joven y enviado como embajador junto a otro ante un procónsul, habiendo quedado aquel atrás por alguna razón, me encontré solo con él y resolví el asunto; así que, cuando estaba a punto de regresar para informar de la embajada, mi padre se levantó y me ordenó en privado que no dijera« fui», sino« fuimos», ni« dije», sino« dijimos», y que informara compartiendo y atribuyendo de esa manera los demás asuntos. Pues tal conducta no solo es equitativa y humana, sino que también elimina de la gloria lo que causa envidia. De ahí que los grandes atribuyan sus éxitos también a la divinidad y a la fortuna, como Timoleón, quien, tras disolver las tiranías en Sicilia, fundó un templo a la Automatia; y Pitón, siendo admirado y honrado por los atenienses por matar a Cotis, dijo:« El dios hizo esto, usando mi mano». Y Teopompo, el rey de los lacedemonios, ante quien dijo que Esparta se salvaba gracias a que los reyes eran buenos gobernantes, dijo que se salvaba más bien gracias a que los ciudadanos eran buenos súbditos.
21
Ambas cosas, pues, se producen a través de la otra. La mayoría dice y considera que es tarea de la educación política saber ser bien gobernado; pues, en cada ciudad, es mayor la parte de los gobernados que la de los gobernantes; y cada uno gobierna por poco tiempo, pero es gobernado durante todo el tiempo que vive políticamente en una democracia; de modo que la lección más bella y útil es obedecer a los dirigentes, incluso si resultan ser inferiores en poder y fama. Pues es absurdo que el protagonista en la tragedia, siendo Teodoro o Polo, siga a menudo al que dice los terceros versos y converse con él humildemente si aquel tiene la diadema y el cetro; pero que en las acciones reales y en la vida política el rico y famoso desprecie y menosprecie a un magistrado, ciudadano privado y pobre, insultándolo y rebajando con su propia dignidad la de la ciudad, en lugar de aumentar y añadir su propia fama y poder a la magistratura. Como en Esparta, donde los reyes se levantaban ante los éforos, y el llamado por los demás no obedecía caminando, sino que, corriendo por el ágora con premura, demostraban su obediencia a los ciudadanos, regocijándose de honrar a los magistrados; no como algunos de los que carecen de buen gusto y son incultos, quienes, como si se engalanaran con la abundancia de su propio poder, ultrajan a los jueces en los certámenes, insultan a los coregos en las Dionisias y se burlan de los estrategos y gimnasiarcas, sin saber ni aprender que, a menudo, honrar es más glorioso que ser honrado. Pues a un hombre poderoso en la ciudad le trae mayor adorno un magistrado escoltado por él y acompañado, que escoltar y acompañar; o mejor dicho, esto último trae desagrado y envidia, mientras que aquello trae la verdadera gloria, la que proviene de la benevolencia; y al ser visto alguna vez en las puertas, saludando primero y tomando del brazo en el paseo, sin quitarse nada a sí mismo, adorna a la ciudad.
22
Es propio del pueblo soportar también la blasfemia y la ira de un magistrado, o citando lo de Diomedes, pues a este le seguirá la gloria, o lo de Demóstenes, que ahora no es solo Demóstenes, sino también tesmótetas, corego o estefanóforo. Por tanto, hay que posponer la defensa para el tiempo oportuno; pues o bien actuaremos cuando haya dejado la magistratura, o ganaremos al esperar a que cese su ira.
23
Sin embargo, siempre se debe competir con celo y previsión en los asuntos comunes y con cuidado ante toda magistratura; si son personas agradables, guiándolas uno mismo en lo que es necesario, aconsejando y permitiendo que utilicen lo bien deliberado, beneficiando así a la comunidad para que tenga buena reputación; pero si hay en ellos alguna vacilación, demora o mala intención hacia la acción, entonces es necesario estar presente y hablar ante la multitud, y no descuidar ni abandonar los asuntos comunes bajo el pretexto de que, al haber otro magistrado, no corresponde entrometerse ni administrar paralelamente. Pues la ley siempre otorga el primer lugar en la vida política a quien hace lo justo y conoce lo conveniente. Se dice que había alguien en el ejército, Jenofonte, que no era estratego ni lojago, pero que, por pensar lo necesario y atreverse, se puso a sí mismo al mando y salvó a los griegos. Y de las acciones de Filopemen, la más notable es la de cuando Nabis tomó Mesene; no queriendo el estratego de los aqueos socorrer, sino acobardándose, él mismo, lanzándose con los más decididos sin decreto, liberó la ciudad. No obstante, no se debe innovar por cosas pequeñas y triviales, sino en las necesarias como Filopemen, o en las nobles como Epaminondas, al añadir cuatro meses a la beotarquía contra la ley, en los cuales invadió Laconia e hizo lo relativo a Mesene; para que, incluso si alguien se enfrenta a esto con acusación y reproche, tengamos como defensa de la causa la necesidad, o como consuelo del peligro la magnitud y la belleza de la acción.
24
Recuerdan la máxima de Jasón, el monarca de los tesalios, que decía siempre respecto a lo que forzaba y molestaba a algunos, que es necesario cometer injusticias en las cosas pequeñas quienes desean actuar con justicia en las grandes. A este razonamiento se le podría reconocer de inmediato que es propio de un tirano; pero es un precepto más político el ceder en las cosas pequeñas a la mayoría, concediéndolas, para poder oponerse y evitar que cometan errores en las mayores. Pues quien es demasiado preciso y severo en todo, sin ceder ni retroceder, sino que es siempre áspero e inflexible, acostumbra al pueblo a rivalizar con él y a mostrarse difícil, sin aflojar ni un poco el pie ante la gran fuerza de la ola; mientras que quien cede y juega con ellos, de manera agradable, por ejemplo en sacrificios, certámenes y teatros, y finge pasar por alto y no escuchar las faltas de los jóvenes como si fueran en casa, hace que el poder de amonestar y hablar con franqueza, como un medicamento, no se agote ni se vuelva rancio, sino que, conservando su vigor y credibilidad, se adhiera y muerda más a la multitud en los asuntos mayores. Alejandro, al oír que su hermana había conocido a uno de los bellos y jóvenes, no se indignó, diciendo que también a ella se le debía dar algo para disfrutar de la realeza; no concediendo correctamente tales cosas ni dignamente de sí mismo; pues no se debe considerar la disolución de la magistratura y la insolencia como un disfrute. Pero el político, en la medida de lo posible, no permitirá al pueblo ninguna insolencia contra los ciudadanos, ni confiscación de bienes ajenos, ni reparto de los comunes, sino que, persuadiendo, enseñando y atemorizando, luchará contra tales deseos, como los que los seguidores de Cleón, alimentando y aumentando, como dice Platón, crearon un zángano aguijoneado en la ciudad. Pero si la multitud, tomando como pretexto una fiesta patria y el honor de un dios, se lanza a algún espectáculo, reparto ligero, favor humano o ambición, que sea para ellos el disfrute de la libertad y de la prosperidad en tales cosas. Pues en las políticas de Pericles y en las de Demetrio hay muchas cosas así, y Cimón adornó el ágora con plantaciones de plátanos y paseos; y Catón, viendo al pueblo perturbado por César en los asuntos de Catilina y en una situación peligrosa para un cambio de régimen, persuadió al senado a decretar repartos para los pobres, y esto, al ser concedido, detuvo el tumulto y calmó la insurrección. Pues como un médico, tras extraer mucha sangre corrompida, ofreció un poco de alimento inofensivo, así el hombre político, tras eliminar algo grande de lo vergonzoso o dañino, consoló con un favor ligero y humano lo que estaba difícil y descontento.
25
No es peor también trasladar a otros asuntos necesarios lo que se está persiguiendo con afán, como hizo Demades cuando tenía bajo su control los ingresos de la ciudad; pues, estando ellos decididos a enviar trirremes de auxilio a los que se rebelaban contra Alejandro y ordenándole que proporcionara dinero, dijo:« Tenéis dinero; pues lo he preparado para las fiestas de las jarras, de modo que cada uno de vosotros reciba media mina; si preferís más esto, gastad vuestro propio dinero». Y de esta manera, para que no se vieran privados del reparto, abandonaron el envío, y así disolvió la acusación del pueblo contra Alejandro. Pues muchas cosas no se pueden expulsar directamente de lo que no es rentable, sino que se necesita de alguna manera un giro y una desviación, como la que usaba Foción; al ser ordenado a invadir Beocia fuera de tiempo, proclamó inmediatamente que siguieran todos los hombres desde la juventud hasta los sesenta años; y al producirse el tumulto de los mayores, dijo:«¿ Qué hay de terrible? Pues yo, el estratego, habiendo cumplido ochenta años, estaré con vosotros». De esta manera se deben interrumpir las embajadas inoportunas, incluyendo a muchos de los que no son adecuados, y las construcciones inútiles, ordenando contribuir, y los juicios impropios, exigiendo estar presentes y acompañar en el viaje. Pero a los primeros que escriben tales cosas y provocan, hay que arrastrarlos y tomarlos; pues o bien, al retraerse, parecerá que ellos mismos disuelven la acción, o bien participarán de las dificultades estando presentes.
26
Sin embargo, donde se debe realizar algo grande y útil que requiera mucho esfuerzo y celo, intenta elegir a los mejores de tus amigos o a los más mansos de los mejores; pues estos serán los que menos se opongan y más colaboren, al tener la capacidad de pensar sin rivalizar. No obstante, siendo también conocedor de tu propia naturaleza, debes elegir a los más capaces en lugar de a los iguales para aquello en lo que eres inferior a otro, como Diomedes eligió al prudente para el espionaje junto a él, dejando de lado a los valientes. Pues así las acciones se equilibran mejor y no surge la rivalidad entre quienes compiten por diferentes virtudes y capacidades. Toma, pues, como colaborador de justicia y compañero de embajada, si no eres capaz de hablar, al retórico, como Pelópidas a Epaminondas; y si eres poco persuasivo ante la multitud y altivo, como Calicrátidas, al amable y servicial; y si eres débil y lento de cuerpo, al trabajador y vigoroso, como Nicias a Lámaco. Pues así habría sido envidiable Geriones, teniendo muchas piernas, manos y ojos, si todo lo administrara con una sola alma. A los políticos les es posible no solo cuerpos y dinero, sino también fortunas, capacidades y virtudes, si están de acuerdo, combinándolos para una sola necesidad, tener mejor reputación por otro en la misma acción, no como los argonautas que, al abandonar a Heracles, se veían obligados a salvarse y robar el vellocino siendo cantados y hechizados a través de las habitaciones de las mujeres. Al entrar en algunos templos, dejan fuera el oro, y el hierro, por decirlo simplemente, no lo introducen en nada. Puesto que el estrado es un templo común de Zeus Bulaios, de Polieus, de Temis y de la Justicia, despojándote ya desde allí de la codicia y el amor al dinero, como si fuera hierro lleno de óxido y enfermedad del alma, arrójalo a los mercados de mercaderes o prestamistas, considerando que quien se enriquece de los fondos públicos es como si robara de los templos, de las tumbas, de los amigos, por traición, por falso testimonio, siendo un consejero infiel, un juez perjuro, un magistrado sobornable, no puro de ninguna injusticia. De ahí que no sea necesario decir mucho sobre esto.
27
La ambición, aunque es más altiva que la codicia, no tiene menores males en la vida política; pues también el atrevimiento le es inherente, ya que se arraiga no en propósitos ociosos ni humildes, sino en los más vigorosos y juveniles, y el clamor de las multitudes, al elevarla a menudo y empujarla con elogios, la hace incontrolable y difícil de manejar. Por tanto, así como Platón decía que se debe enseñar a los jóvenes desde niños que no es lícito que lleven oro externo ni que lo posean, teniéndolo mezclado en su propia alma, aludiendo creo a la virtud que se extiende desde el linaje hasta sus naturalezas; así debemos consolar la ambición, diciendo que tenemos en nosotros mismos un oro incorruptible, puro y sin mancha por la envidia y la censura, un honor que aumenta junto con el razonamiento y la consideración de lo que hemos hecho y administrado; por lo cual no necesitamos honores escritos, esculpidos o fundidos en bronce, en los cuales incluso el tener buena reputación es algo ajeno; pues se elogia no a quien ha sido hecho, sino a quien lo ha hecho, como al trompetista y al escolta. Catón, cuando Roma ya se llenaba de estatuas, al no permitir que se hiciera una suya, dijo:« Prefiero que algunos pregunten por qué no hay una estatua mía, a por qué la hay»; pues tales cosas conllevan envidia y la mayoría piensa que ellos mismos deben gratitud a quienes no la recibieron, y que los que la recibieron son pesados para ellos, como si exigieran los servicios como un salario. Por tanto, así como el que navegó pasando la Sirte y luego naufragó en el estrecho no ha hecho nada grande ni solemne, así el que guardó el tesoro y el erario público, pero fue atrapado en la presidencia o en el pritaneo, ha tropezado con un promontorio elevado y se hunde igualmente. El mejor es, pues, el que no necesita nada de tales cosas, sino que las huye y las rechaza; pero si no es fácil rechazar algún favor y muestra de afecto del pueblo que fluye hacia esto, como si no compitieran en un certamen de dinero o de regalos, sino en uno verdaderamente sagrado y coronado, basta una inscripción, una tablilla, un decreto y una rama de olivo, como Epiménides recibió de la acrópolis tras purificar la ciudad. Anaxágoras, al renunciar a los honores que se le daban, pidió que el día en que muriera, los niños pudieran jugar y descansar de las lecciones. A los siete persas que eliminaron a los magos, les dieron a ellos y a sus descendientes en el futuro el derecho de llevar la tiara uniendo las piernas con la cabeza; pues hicieron de esto un símbolo, al parecer, al avanzar hacia la acción. También el honor de Pítaco tiene algo de político; pues, de la tierra que adquirió para los ciudadanos, al ser ordenado a tomar tanta tierra como quisiera, tomó tanta como recorrió su jabalina al lanzarla; y el romano Cocles, tanta como un cojo pudo arar en un solo día. Pues el honor no debe ser un salario de la acción, sino un símbolo, para que permanezca mucho tiempo, como aquellas permanecieron. Pero de las trescientas estatuas de Demetrio de Falero, ninguna tuvo óxido ni bebió, sino que todas fueron derribadas estando él aún vivo; y las de Demades fueron fundidas para hacer orinales; y muchos tales honores han sufrido esto, no solo por la maldad del que los recibió, sino también por haber sido molestos por la magnitud de lo que se dio. Por eso, la frugalidad es el mejor y más firme guardián del honor, mientras que los grandes, desmesurados y que tienen peso, al igual que las estatuas desproporcionadas, se vuelven rápidamente.
28
Llamo ahora honores a lo que la mayoría, según Empédocles, no llama como es lícito, pero yo también los llamo por ley; pues el hombre político no despreciará el verdadero honor y favor, fundado en la benevolencia y disposición de quienes lo recuerdan, ni tampoco despreciará la gloria huyendo de agradar a los demás, como pretendía Demócrito. Pues ni el saludo de los perros ni la benevolencia de los caballos son despreciables para los cazadores y criadores de caballos, sino que es útil y agradable que los animales compañeros y habituados desarrollen tal disposición hacia uno, como el perro de Lisímaco demostraba y el poeta narra sobre los caballos de Aquiles respecto a Patroclo; y creo que también las abejas irían mejor si quisieran saludar y acercarse a quienes las crían y cuidan, en lugar de aguijonear y enfurecerse; pero ahora a estas las castigan con humo, y a los caballos insolentes y perros desertores los llevan obligados con collares y frenos; pero al hombre, nada más que la confianza de la benevolencia, la fama de la nobleza y la justicia lo hace dócil y manso voluntariamente ante otro. Y Demóstenes afirma correctamente que la mayor protección contra los tiranos es la desconfianza en las ciudades; pues esta es la parte del alma en la que confiamos, la que es vulnerable. Por tanto, así como la adivinación de Casandra era inútil para los ciudadanos al no tener buena reputación, pues dice:« El dios me hizo profetizar en vano, y ante los que sufren y yacen en desgracias soy llamada sabia, pero antes de sufrir estoy loca»; así la confianza hacia Arquitas y la benevolencia de los ciudadanos hacia Bato beneficiaron mucho a quienes los usaban debido a su fama. Y esto es lo primero y más grande que hay de bueno en la gloria de los políticos, la confianza que da paso a las acciones; y segundo, que la benevolencia de la mayoría es un arma para los buenos contra los envidiosos y malvados, como cuando una madre aleja una mosca del niño, cuando este va a dormir dulcemente, apartando la envidia y equiparando al innoble con los bien nacidos, al pobre con los ricos, al ciudadano privado con los magistrados y, en general, cuando la verdad y la virtud se añaden, es un viento favorable y firme para la vida política. Observa la disposición contraria estudiando los ejemplos. Pues los que estaban en Italia ultrajaron a los hijos y a la mujer de Dionisio, luego, tras quemar los cuerpos, esparcieron las cenizas desde un barco por el mar. Pero cuando un tal Menandro, que reinó con equidad en Bactria, murió en el campamento, las ciudades hicieron el funeral según la costumbre común, y al ponerse en disputa por sus restos, apenas llegaron a un acuerdo, de modo que, repartiéndose una parte igual de las cenizas, se marcharon, y se hicieron monumentos del hombre en todas partes. Por otra parte, los agrigentinos, tras librarse de Falaris, decretaron que nadie vistiera un manto de color azul grisáceo; pues los servidores del tirano usaban taparrabos de ese color. Y los persas, porque Ciro era aguileño, aún hoy aman a los aguileños y los consideran los más bellos.
29
Así, de todos los amores, el más fuerte y a la vez el más divino es el que nace en las ciudades y pueblos hacia uno por su virtud; pero los honores de nombre falso que provienen de teatros, repartos o gladiadores se parecen a las adulaciones de las cortesanas de las multitudes, que siempre sonríen al que da y favorece, una gloria efímera e inestable. Por tanto, quien dijo por primera vez que la democracia se disuelve por el primero que soborna, comprendió bien que la multitud pierde su fuerza al volverse inferior al recibir; pero también se debe pensar que los que sobornan se disuelven a sí mismos, cuando, comprando la gloria con grandes gastos, hacen fuertes y audaces a la multitud, como si fueran dueños de dar y quitar algo grande.
30
No obstante, por esto no se debe ser tacaño en los honores acostumbrados, si los asuntos proporcionan abundancia, de modo que la mayoría no tenga por enemigo al rico que no comparte de lo suyo, o al pobre que roba de lo público, considerando esto último como una necesidad y aquello como arrogancia y desprecio hacia ellos. Que las reparticiones se hagan, pues, primero sin pedir nada a cambio; pues así asombran y someten más a los que reciben; luego, en el momento oportuno y con un pretexto elegante y noble, que lleve a todos con el honor de un dios hacia la piedad; pues surge a la vez en la multitud una fuerte disposición y la idea de que la divinidad es grande y solemne, cuando ven a quienes ellos mismos honran y consideran grandes, esforzarse tan generosa y voluntariamente en torno a lo divino. Por tanto, así como Platón eliminó de los jóvenes que se educan la armonía lidia y la jónica, la una por despertar lo lamentable y propenso al dolor de nuestra alma, y la otra por aumentar lo resbaladizo hacia los placeres y lo desenfrenado; así tú, de las ambiciones, las que irritan y alimentan lo sanguinario y bestial o lo bufonesco y desenfrenado, elimínalas sobre todo de la ciudad, y si no, huye y lucha contra la multitud que pide tales espectáculos; pero haz siempre que los motivos de los gastos sean buenos y moderados, que tengan como fin lo noble o lo necesario, o al menos lo agradable y placentero sin que se añada daño e insolencia.
31
Si los medios de subsistencia, definidos por su centro y su alcance según la necesidad, no son ni innobles ni humildes, no hay nada que confiese pobreza al retirarse ante las ambiciones de quienes poseen más, ni que sea a la vez lastimoso y ridículo al endeudarse para cumplir con las liturgias; pues no pasa inadvertido cuando se debilitan, molestan a los amigos o adulan a los prestamistas, de modo que de tales gastos no les resulta ni gloria ni fuerza, sino más bien vergüenza y desprecio. Por ello, es útil recordar siempre en tales casos a Lámaco y a Foción. Este último, cuando los atenienses le exigían que contribuyera en un sacrificio y lo aclamaban repetidamente, dijo:« Me avergonzaría contribuir para ustedes y no pagar a este Calicles», señalando al prestamista. Lámaco, por su parte, siempre incluía en sus rendiciones de cuentas como estratega dinero para sus propias sandalias y su manto. A Hermón, en cambio, los tesalios, al ver que evitaba el cargo por pobreza, decretaron darle mensualmente un odre de vino y un medimno de cebada por cada tetrada. Así, no es innoble reconocer la pobreza, ni los pobres quedan atrás en cuanto a capacidad en las ciudades frente a quienes ofrecen banquetes y coros, si poseen franqueza nacida de la virtud y credibilidad. Es necesario, pues, sobre todo dominarse a sí mismo en tales situaciones y no descender a las llanuras para luchar a pie contra jinetes, ni competir en estadios de gloria y poder, sino intentar siempre conducir la ciudad mediante la razón, partiendo de la virtud y el carácter, en los cuales reside no solo lo noble y lo venerable, sino también lo agradable y lo persuasivo, más preferible que los estateros de Creso. Pues el hombre sensato no es obstinado, ni gravoso, ni egoísta, y no camina ante los ciudadanos con mirada amarga, sino que, ante todo, es afable y accesible para todos, ofreciendo su casa siempre abierta como un puerto seguro para quienes lo necesitan, y demostrando su solicitud y filantropía no solo en necesidades y acciones, sino también al compadecerse de quienes tropiezan y alegrarse con quienes tienen éxito. No es en absoluto molesto ni importuno por una multitud de sirvientes en los baños o por la ocupación de lugares en los teatros, ni se distingue por lo que despierta envidia en el lujo y la extravagancia; sino que es igual y equilibrado en su vestimenta, su dieta, la crianza de sus hijos y el trato a su esposa, como si deseara vivir en comunidad y convivir con la mayoría. Además, se ofrece como consejero benevolente, defensor sin paga y mediador amable entre esposas de hombres y amigos entre sí, sin dedicar una pequeña parte del día a la política en la tribuna o en la plataforma, para luego arrastrar toda la vida restante hacia sí mismo como nubes de viento del noroeste, con necesidades y gestiones por todas partes, sino haciendo siempre públicas sus preocupaciones, y considerando la política como vida y acción, no como una falta de tiempo o una liturgia, como hacen muchos. Con todo esto y cosas semejantes, atrae y se gana a la mayoría, al ver que las adulaciones y señuelos de los demás son falsos y espurios frente a su solicitud y prudencia. Pues los aduladores de Demetrio no consideraban digno llamar reyes a los demás, sino que llamaban a Seleuco jefe de elefantes, a Lisímaco guardián del tesoro, a Ptolomeo almirante y a Agatocles jefe de islas; pero la mayoría, aunque al principio rechacen al hombre bueno y prudente, más tarde, al comprender su verdad y su carácter, lo consideran el único político, demócrata y gobernante, mientras que a los otros los consideran y llaman corego, anfitrión o gimnasiarca. Y luego, como en los banquetes, cuando gasta Calias o Alcibíades, se escucha a Sócrates y todos miran hacia Sócrates, así en las ciudades sanas, Ismenias contribuye, Licas ofrece banquetes y Nicérato paga el coro, pero Epaminondas, Arístides y Lisandro gobiernan, hacen política y dirigen la estrategia. Mirando hacia esto, no hay que humillarse ni quedar deslumbrado por la gloria que se presenta a las masas desde los teatros, las cocinas y las multitudes, pues vive poco tiempo y se disuelve junto con los gladiadores y las escenas, sin poseer nada honorable ni venerable.
32
Quienes tienen experiencia en el cuidado y la alimentación de las abejas consideran que la colmena que más zumba y está llena de ruido es la que prospera y está sana. Pero aquel a quien el dios ha dado el cuidado del enjambre racional y político, juzgando la felicidad de un pueblo sobre todo por su tranquilidad y mansedumbre, aceptará las otras cosas de Solón y las imitará según su capacidad, pero se asombrará y preguntará qué le pasó a aquel hombre para escribir que es infame quien no se posiciona a favor de ninguno de los dos bandos en una sedición de la ciudad. Pues no ocurre que en un cuerpo enfermo el principio de cambio hacia la salud provenga de las partes que enferman junto con él, sino cuando la constitución que ha prevalecido en las partes sanas desplaza lo que es contrario a la naturaleza; y en un pueblo que ha entrado en sedición, no una sedición terrible o mortal, sino una que terminará algún día, es necesario que lo impasible y lo sano esté muy mezclado, permanezca y conviva; pues lo propio fluye hacia esto desde los que son sensatos y atraviesa al que ha enfermado. Las ciudades que se han perturbado por completo han perecido totalmente, a menos que, al encontrar alguna necesidad externa y castigo, se vuelvan sensatas por la fuerza de los males. Sin embargo, no conviene sentarse en una sedición sin sentir ni dolerse, celebrando la propia imperturbabilidad y la vida libre de preocupaciones y dichosa, complaciéndose en que otros sean insensatos, sino que aquí es donde más se debe calzar el coturno de Terámenes, tratando con ambos bandos y no posicionándose con ninguno; pues parecerás no ajeno por no participar en la injusticia, sino común a todos por ayudar, y el no compartir la desgracia no tendrá envidia, si pareces compadecerte de todos por igual. Lo mejor es prever que nunca entren en sedición, y considerar esto como lo más grande y hermoso del arte de la política. Pues mira que, de los mayores bienes para las ciudades— paz, libertad, prosperidad, buena población, concordia—, en cuanto a la paz, los pueblos no necesitan nada de los políticos en el tiempo presente, pues toda guerra, tanto griega como bárbara, ha huido de nosotros y ha desaparecido; de la libertad, los pueblos participan tanto como los que mandan les conceden, y quizás más no sería mejor; pero la abundancia de la tierra, una mezcla benigna de las estaciones, que las mujeres den hijos semejantes a sus padres y la salvación para los nacidos, eso es lo que el hombre sensato pedirá a los dioses para sus propios ciudadanos. Queda, pues, para el político solo, de las tareas que tiene ante sí, lo cual no es menor que ninguno de los bienes: producir concordia y amistad siempre entre los que conviven, y eliminar toda disputa, disensión y mala voluntad, como en las diferencias entre amigos, tratando primero con la parte que cree ser más perjudicada, compartiendo el parecer de que también es perjudicada y mostrando indignación, y luego, así, intentando calmar y enseñar que, de quienes compiten por forzar y vencer, los que ceden no solo superan en equidad y carácter, sino también en espíritu y grandeza de alma, y al ceder un poco, vencen en lo más hermoso y grande; luego, enseñando y explicando tanto individualmente como en común la debilidad de los asuntos griegos, de la cual es mejor para los que piensan bien disfrutar de una sola cosa: vivir con tranquilidad y concordia, sin haber dejado en medio ningún premio de la fortuna. Pues¿ qué hegemonía, qué gloria hay para los que prevalecen?¿ Qué poder, que un pequeño decreto de un procónsul no haya disuelto o trasladado a otro, sin que nada de lo que permanezca sea digno de esfuerzo? Y puesto que, al igual que un incendio no comienza a menudo en lugares sagrados y públicos, sino que una lámpara descuidada en una casa o basura encendida ha soltado una gran llama que ha causado una destrucción pública, así no siempre las rivalidades sobre los asuntos comunes encienden la sedición de una ciudad, sino que a menudo las diferencias, al pasar de asuntos y roces privados a lo público, han perturbado a toda la ciudad; no menos que a nadie, al político le corresponde sanar esto y prevenirlo, para que algunas cosas ni siquiera existan, otras cesen rápidamente y otras no adquieran magnitud ni toquen los asuntos públicos, sino que permanezcan en los mismos que discrepan, prestando atención él mismo y explicando a los demás cómo las causas privadas se convierten en causas de las comunes, y las pequeñas en causas de las grandes, si se pasan por alto y no reciben tratamiento ni consuelo al principio; como se dice que en Delfos el mayor levantamiento fue causado por Crates, cuando Orsílao, hijo de Fálides, iba a casarse con su hija, y luego, al romperse el cráter automáticamente durante las libaciones, presagiando un mal augurio y dejando a la novia, se marchó con su padre; Crates, poco después, mientras ellos sacrificaban, habiendo escondido algo de oro de los objetos sagrados, precipitó a Orsílao y a su hermano sin juicio, y de nuevo mató a algunos de sus amigos y parientes que suplicaban en el templo de Pronaia; habiendo ocurrido muchas cosas así, los delfios, tras matar a Crates y a los que se habían sediciado con él, reconstruyeron los templos inferiores con el dinero que fue declarado maldito. En Siracusa, de dos jóvenes conocidos, uno, habiendo tomado al amado del otro para guardarlo, lo corrompió mientras estaba fuera, y el otro, a su vez, como devolviendo el ultraje, adulteró a su esposa; uno de los ancianos, habiendo entrado en el consejo, ordenó expulsar a ambos antes de que la ciudad disfrutara y se llenara de odio por ellos; no convenció, sino que, a partir de esto, al sediciarse, destruyeron la mejor constitución con grandes desgracias. Tienes, supongo, también tú mismo ejemplos cercanos, la enemistad de Pardalas contra Tirreno, cómo estuvo a punto de destruir Sardes, al caer en deserción y guerra por causas pequeñas y privadas. Por ello, el político no debe despreciar, como en un cuerpo, los roces que tienen recorridos agudos, sino que debe intervenir, presionar y ayudar; pues con atención, como dice Catón, también lo grande se vuelve pequeño y lo pequeño se lleva a la nada. Y no hay mayor mecanismo de persuasión para esto que ofrecerse a sí mismo en las diferencias privadas como un mediador amable, sin ira, que permanece en las primeras causas y no añade a nadie rivalidad, ni ira, ni otra pasión que produzca aspereza y amargura en las disputas necesarias. A los que luchan en las palestras les envuelven las manos con guantes, para que la competencia no caiga en algo irreparable, teniendo el golpe suave e indoloro; pero en los juicios y pleitos contra los ciudadanos es mejor luchar usando las acusaciones limpias y desnudas, y no, como si fueran flechas, rasgando y envenenando los asuntos con blasfemias, malicia y amenazas, haciéndolos irreparables, grandes y públicos. Pues quien se comporta así tendrá como súbditos a los que están bajo él y a los demás; y las ambiciones sobre los asuntos públicos, al eliminarse las enemistades privadas, se vuelven insignificantes y no traen nada difícil ni irreparable.

Intertext edge

Open linked passage

Note