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Quomodo adulator ab amico internoscatur
Plutarch (plutarch)Inte 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Platón dice que todos perdonan a quien confiesa que se ama excesivamente a sí mismo, oh Antíoco Filopapo, pero que en él se engendra, junto con otros muchos, el mayor de los vicios, por el cual no es posible ser un juez justo e imparcial de sí mismo; pues el que ama queda cegado respecto a lo amado, a menos que, habiendo aprendido, se habitúe a honrar y perseguir lo noble más que lo afín y lo propio. Esto le da al adulador un gran espacio intermedio respecto a la amistad, al tener como base de operaciones contra nosotros la filautía, por la cual cada uno, siendo el primero y mayor adulador de sí mismo, admite sin dificultad al de fuera como testigo y confirmador de lo que piensa y desea. Pues el que se ofende por ser llamado adulador es un gran amante de sí mismo, queriendo por benevolencia hacia sí que todo le pertenezca y creyendo que todo es suyo, deseos que no son absurdos, pero cuya presunción es peligrosa y requiere mucha cautela. Y si la verdad es algo divino y, según Platón, el principio de todos los bienes para los dioses y para los hombres, el adulador corre el riesgo de ser enemigo de los dioses, y especialmente del Pitio. Pues se opone siempre al' conócete a ti mismo', produciendo en cada uno engaño respecto a sí mismo e ignorancia de sí mismo y de los bienes y males que le rodean, haciendo que unos sean deficientes e incompletos y otros totalmente irremediables.
2
Si, pues, el adulador, como la mayoría de los otros males, atacara solo o principalmente a los innobles y viles, no sería algo tan terrible ni difícil de evitar; pero puesto que, al igual que las polillas se introducen sobre todo en las maderas tiernas y dulces, así los caracteres ambiciosos, honestos y moderados aceptan y alimentan al adulador que se les adhiere, y además, como dice Simónides que la cría de caballos no sigue a Zacinto sino a los campos trigueros, así vemos que la adulación no sigue a los pobres, ni a los oscuros, ni a los impotentes, sino que se convierte en el desliz y la enfermedad de casas y asuntos grandes, y a menudo derriba también reinos y hegemonías; no es una tarea pequeña ni que requiera una previsión trivial el examen sobre ella, para que, siendo tan escurridiza, no dañe ni calumnie la amistad. Pues los piojos se alejan de los que mueren y abandonan los cuerpos al extinguirse la sangre de la que se alimentan, pero a los aduladores no es posible verlos acercarse en absoluto a asuntos secos y fríos, sino que atacan y crecen con las glorias y los poderes, y en los cambios se deslizan rápidamente; pero no hay que esperar a esa prueba, que es inútil, o más bien perjudicial y no exenta de peligro. Pues es difícil en el momento en que se necesitan amigos la percepción de los que no lo son, al no tener un intercambio de algo honesto y seguro por algo incierto y falso. Sino que, como una moneda, hay que tener al amigo probado antes de la necesidad, no puesto a prueba por la necesidad. Pues no hay que darse cuenta una vez dañados, sino adquirir experiencia y comprensión del adulador para no ser dañados; de lo contrario, sufriremos lo mismo que los que se dan cuenta al haber probado venenos mortales, destruyéndose y corrompiéndose a sí mismos en el juicio. Pues ni elogiamos a estos, ni a quienes, poniendo al amigo en lo noble y útil, creen tener a los que se relacionan de forma complaciente inmediatamente atrapados in fraganti como aduladores. Pues el amigo no es desagradable ni puro, ni la amistad es solemne por lo amargo y austero, sino que esto mismo, lo noble y solemne de ella, es dulce y deseado, y junto a ella las Gracias y el Deseo establecieron su morada, y no solo es dulce, según Eurípides, mirar a los ojos de un hombre benevolente cuando uno es desgraciado, sino que no menos aporta placer y gracia a los buenos, o acompaña quitando las penas y las dificultades de los males. Y tal como dijo Eveno, que el fuego es el mejor de los condimentos, así Dios, al mezclar la amistad con la vida, hizo todo brillante, dulce y amable estando esta presente y disfrutándose conjuntamente. Pues,¿ cómo se habría infiltrado el adulador en los placeres si viera que la amistad no admite lo dulce en ninguna parte? No se puede decir. Pero así como el oro falso y lo espurio imita solo el brillo y el lustre del oro, así parece que el adulador, imitando lo dulce y complaciente del amigo, se muestra siempre alegre, floreciente y sin oponerse ni contradecir en nada, de donde tampoco hay que sospechar simplemente de los que elogian como si estuvieran adulando; pues el elogio, no menos que la censura, conviene a la amistad en el momento oportuno, o más bien, lo que es totalmente difícil y quejumbroso es ajeno a la amistad y a la convivencia, mientras que soportamos con ligereza y sin dolor la benevolencia que otorga abundante y prontamente el elogio por las cosas nobles, y a su vez la que amonesta y habla con franqueza, creyendo y amando como a quien censura necesariamente al que elogia de forma agradable.
3
Difícil, pues, diría alguien que es distinguir al adulador y al amigo, si no se diferencian ni en el placer ni en el elogio; pues también en los servicios y atenciones a menudo es posible ver la amistad superada por la adulación.¿ Y cómo no va a ser así, diremos, si perseguimos al verdadero adulador que aborda el asunto con destreza y arte, y no, como la mayoría, consideramos aduladores a estos llamados' autolécitos', comensales y a los que se escuchan después de lavarse las manos, como dijo alguien, cuya falta de libertad se hace evidente en un solo plato y copa junto con la bufonería y la vileza? Pues no había que desenmascarar a Melantio, el parásito de Alejandro de Feras, quien a los que preguntaban cómo fue degollado Alejandro, decía:' a través del costado, hacia mi vientre', ni a los que se arremolinan alrededor de una mesa rica, a quienes ni el fuego, ni el hierro, ni el bronce impiden acudir a cenar, ni a las aduladoras de Chipre, que, desde que pasaron a Siria, fueron llamadas' escaleras', porque se inclinaban para que las mujeres de los reyes subieran a los carros por ellas mismas.
4
¿ A quién, pues, hay que protegerse? Al que no parece ni confiesa adular, al que no se puede atrapar cerca de la cocina, ni se le captura midiendo su sombra para ir a cenar, ni está tirado borracho como sea, sino que está sobrio la mayor parte del tiempo, es entrometido, cree que debe participar en las acciones y quiere ser partícipe de palabras secretas, y en general es un actor trágico de la amistad, no satírico ni cómico. Pues como dice Platón que es la injusticia extrema parecer justo sin serlo, también hay que considerar una adulación difícil la que pasa desapercibida, no la que confiesa, ni la que bromea, sino la que se toma en serio; pues esta llena de desconfianza incluso a la verdadera amistad, al coincidir a menudo con ella, si no prestamos atención. Gobrias, pues, al caer en una habitación oscura junto al mago que huía y al estar en forcejeos, ordenó a Darío, que estaba de pie y dudando, que empujara a través de ambos; nosotros, si de ninguna manera elogiamos el' que perezca el amigo con el enemigo', al buscar arrancar al adulador entrelazado con el amigo a través de muchas semejanzas, debemos temer mucho no sea que expulsemos lo útil junto con lo malo o, ahorrando lo propio, caigamos en lo que daña. Pues así como creo que de las semillas silvestres, cuantas se han mezclado con el trigo teniendo forma y tamaño similares, tienen una limpieza difícil, pues no pasan por los poros más estrechos ni salen por los abiertos, así la adulación, al mezclarse en cada pasión, cada movimiento, necesidad y costumbre de la amistad, es difícil de separar.
5
Que, sin embargo, la amistad es lo más dulce de todo y nada más alegra, por esto también el adulador se deja llevar por los placeres y está alrededor de los placeres. Y que la gracia y la utilidad acompañan a la amistad, según lo cual se dice que el amigo es más necesario que el fuego y el agua, por esto el adulador, arrojándose a los servicios, compite por parecer siempre diligente, incansable y dispuesto. Y puesto que lo que más mantiene el principio de la amistad es la semejanza de ocupaciones y caracteres, y en general el alegrarse de lo mismo y el huir de lo mismo es lo primero que reúne y constituye en lo mismo a través de la simpatía, al ver esto el adulador se regula y configura a sí mismo como una especie de materia, buscando adaptarse y amoldarse a aquellos a quienes intenta abordar a través de la imitación, siendo fluido para transformarse y persuasivo para las asimilaciones, hasta el punto de decir:' no eres hijo de Aquiles, sino él mismo'. Pero lo que es más astuto de todo en él, al percibir que la franqueza es la voz propia y considerada de la amistad, como de cierto animal, y que la falta de franqueza es ajena a la amistad e innoble, tampoco ha dejado esta sin imitar, sino que, como los hábiles cocineros usan condimentos amargos y austeros, quitando lo empalagoso de los dulces, así los aduladores ofrecen una franqueza no verdadera ni útil, sino una que guiña desde la ceja y hace cosquillas sin arte. Es, pues, por estas razones difícil de detectar el hombre, como aquellos animales que, por naturaleza, al poder cambiar su color, se asimilan a los colores y lugares subyacentes; pero puesto que aquel engaña y se cubre con las semejanzas, es tarea nuestra descubrirlo con las diferencias y desnudarlo, adornado, como dice Platón, con colores y formas ajenas por falta de los propios.
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Examinemos, pues, desde el principio. Dijimos que el principio de la amistad para la mayoría es la disposición y naturaleza simpática que abraza costumbres y caracteres razonablemente iguales y se alegra de las mismas ocupaciones, asuntos y pasatiempos, sobre lo cual también se ha dicho:' el anciano tiene la lengua más dulce para el anciano, el niño para el niño, la mujer es adecuada para la mujer, el hombre enfermo para el enfermo, y el que está atrapado en la desgracia es un encantamiento para el que lo intenta'. Sabiendo, pues, el adulador que alegrarse de lo semejante, usarlo y amarlo es innato, intenta acercarse primero a cada uno y acampar cerca, como en ciertos pastos, comparándose y mezclándose poco a poco en las mismas ocupaciones, pasatiempos, afanes y dietas, hasta que dé una oportunidad y, al tocarlo, se vuelva manso y habitual, censurando las cosas, vidas y personas que siente que molestan a aquel, y siendo elogiador de las que le agradan. No moderadamente, sino hasta excederse con asombro y admiración, pareciendo confirmar el amar y el odiar como si ocurriera más por juicio que por pasión.
7
¿ Cómo, pues, se desenmascara y con qué diferencias se captura, no siendo semejante ni volviéndose semejante, sino imitando lo semejante? Primero, hay que ver la regularidad de la intención y la constancia, si se alegra siempre de lo mismo, elogia lo mismo y dirige y establece su propia vida hacia un solo ejemplo, como conviene a un amante libre de una amistad y costumbre de carácter semejante. Pues tal es el amigo. Pero el adulador, como no tiene un hogar de carácter permanente ni vive una vida elegible para sí mismo, sino que se moldea y adapta a otro y hacia otro, no es simple ni uno, sino que es de toda clase y variado, fluyendo siempre de un lugar a otro como el agua que se mueve y configurándose a los que lo reciben. Pues el mono, al parecer, al intentar imitar al hombre, es capturado moviéndose y bailando junto con él, pero el adulador atrae y pesca a otros, imitando no a todos por igual, sino bailando y cantando con uno, luchando y revolcándose en el polvo con otro; y al tomar a uno aficionado a la caza y a la montería, sigue casi gritando las palabras de Fedra:' por los dioses, deseo gritar a los perros, acercándome a los ciervos moteados', y no tiene ningún asunto con la fiera, sino que arrastra y envuelve al cazador mismo. Y si caza a un joven amante de las letras y del aprendizaje, de nuevo está entre libros, y se deja caer una barba hasta los pies, y el asunto es el uso de la capa y la indiferencia, y a través de su boca están los números y los triángulos rectángulos de Platón. Y si ha caído en él alguien ocioso, amante de la bebida y rico,' entonces él se desnudó de harapos, el astuto Odiseo', se tira la capa, se corta la barba como una cosecha sin fruto, y hay enfriadores, copas, risas en los paseos y burlas contra los que filosofan, como dicen que ocurrió en Siracusa cuando llegó Platón y a Dionisio le entró un celo frenético por la filosofía, que los palacios estaban llenos de polvo por la multitud de los que hacían geometría; pero cuando Platón chocó, también Dionisio, al caer de la filosofía, volvió a ser arrastrado a las bebidas, mujeres, tonterías y desenfreno, y de repente a todos, como transformados en los de Circe, los invadió la falta de cultura, el olvido y la simpleza. Testimonia también esto las obras de los grandes aduladores y de los demagogos, cuyo mayor es Alcibíades, que en Atenas bromeaba, criaba caballos y vivía con elegancia y gracia, pero en Lacedemonia, cortándose el pelo al ras, usando capa y bañándose en agua fría, y en Tracia guerreando y bebiendo, y cuando llegó a Tisafernes, usando lujo, delicadeza y arrogancia, demagogeaba y se relacionaba asimilándose y apropiándose a todos. No es así Epaminondas ni Agesilao, sino que, habiéndose relacionado con la mayoría de las personas, ciudades y vidas, conservaban el carácter adecuado para ellos en todas partes, en el vestido, la dieta, la palabra y la vida. Así también Platón en Siracusa era como en la Academia, y ante Dionisio como ante Dión.
8
Las vueltas del adulador, como las de un pulpo, las detectaría más fácilmente alguien que parece volverse hacia muchas cosas, censurando la vida que elogiaba antes y aceptando de repente las cosas, dietas o palabras que le molestaban como si le agradaran. Pues lo verá en ninguna parte firme, ni propio, ni amando, odiando, alegrándose y entristeciéndose por una pasión propia, sino recibiendo imágenes de pasiones, vidas y movimientos ajenos a modo de espejo. Pues es tal que, si censuras a alguno de los amigos ante él, dirá:' tardíamente has detectado al hombre; pues a mí ni antes me agradaba'. Y si, por el contrario, lo elogias al cambiar, dirá:'¡ por Zeus!, me alegro y agradezco yo mismo por el hombre y confío'. Y si dices que hay que cambiar de vida, por ejemplo, al cambiar hacia la falta de acción y la tranquilidad desde la política, dirá:' hace tiempo que debíamos habernos librado de los tumultos y envidias'. Y si de nuevo parece que te lanzas a actuar y hablar, dirá:' piensas cosas dignas de ti; la falta de acción es dulce, pero sin gloria y humilde'. Inmediatamente, pues, hay que decir a tal persona:' diferente, extranjero, me pareces ahora que antes'. No necesito un amigo que se mueva conmigo y asienta, pues eso lo hace más una sombra, sino uno que diga la verdad conmigo y juzgue conmigo. Un modo de desenmascarar, pues, es tal.
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Otra diferencia tal hay que observar en las semejanzas: el verdadero amigo no es imitador de todo ni elogiador dispuesto, sino solo de lo mejor; pues no nació para odiar junto, sino para amar junto, según Sófocles, y, por Zeus, para tener éxito junto y amar lo bello junto, no para errar junto ni para ser negligente junto, a menos que algo, como una efusión y coloración de oftalmía, llene a uno contra su voluntad de vileza o de alguna falta por la convivencia y la costumbre. Como dicen que los allegados a Platón imitaban su encorvamiento, los de Aristóteles su ceceo, y los del rey Alejandro la inclinación del cuello y la aspereza de la voz al hablar; pues muchos pasan desapercibidos al adoptar cosas de los caracteres y de las vidas. Pero el adulador padece exactamente lo del camaleón. Pues aquel se asimila a todo color excepto al blanco, y el adulador, al no poder mostrarse semejante en las cosas dignas de afán, no deja nada de lo vergonzoso sin imitar, sino que, como los malos pintores, al no poder alcanzar lo bello por debilidad, llevan las semejanzas a las arrugas, pecas y cicatrices, así aquel se vuelve imitador de la incontinencia, de la superstición, de la irascibilidad, de la amargura hacia los sirvientes, de la desconfianza hacia los allegados y parientes. Pues por naturaleza es inclinado desde sí mismo hacia lo peor, y parece estar lo más lejos posible de censurar lo vergonzoso al imitarlo. Pues son sospechosos los que aspiran a lo mejor y parecen molestarse y disgustarse por los errores de los amigos; lo cual, de hecho, calumnió y destruyó a Dión ante Dionisio, a Samio ante Filipo y a Cleómenes ante Ptolomeo. Pero el que quiere ser y parecer igualmente dulce y fiel, finge alegrarse más con los peores, como si por amar excesivamente no se disgustara ni por las cosas viles, sino volviéndose compasivo y connatural a todos. De donde tampoco consideran que deban carecer de las cosas involuntarias y fortuitas, sino que fingen enfermar de forma semejante, adulando a los enfermos, y ni ver con agudeza ni oír, si están con los casi ciegos o casi sordos, como los aduladores de Dionisio, que, al tener la vista nublada, chocaban entre sí y tiraban los platos al cenar. Algunos, incluso, al tocar más las pasiones, se hacen más internos y mezclan las simpatías hasta los secretos. Pues al percibir que están desgraciados respecto al matrimonio o que tienen sospechas hacia los hijos o parientes, ellos mismos se desentienden de sí mismos y se lamentan por sus propios hijos, mujer, parientes o allegados, declarando algunas causas secretas; pues la semejanza hace más compasivos, y, al haber recibido como rehenes, por así decirlo, algo de lo secreto para ellos, al haberlo entregado, lo usan y temen abandonar la confianza. Y yo sé de alguien que expulsó a su esposa, como el amigo despidió a la suya; pero fue detectado visitándola a escondidas y enviándole mensajes, al darse cuenta la mujer del amigo. Tan inexperto era del adulador el que cree que estos yambos:' al cangrejo más que al adulador le conviene el vientre como todo el cuerpo, ojo que mira a todas partes, fiera que se arrastra con los dientes', pues tal es la representación del parásito de los amigos de sartén y de después del almuerzo, como dice Éupolis.
10
No obstante, dejemos esto para el lugar propio del discurso; pero no pasemos por alto en las imitaciones el sofisma del adulador, que, aunque imite algo de lo bello del adulado, le guarda la superioridad a aquel. Pues para los verdaderos amigos no hay celo ni envidia entre ellos, sino que, aunque tengan lo mismo en el éxito o menos, lo llevan sin carga y moderadamente. Pero el adulador, recordando siempre decir lo segundo, cede en la semejanza de la igualdad, confesando ser derrotado y quedar atrás en todas partes excepto en las cosas viles. Pero en las cosas viles no cede el primer puesto, sino que dice, si aquel es difícil, que él mismo es melancólico; si aquel es supersticioso, que él mismo está poseído por un dios; si aquel ama, que él mismo está loco. Dice:' inoportunamente te reías, yo me moría de risa'. Pero en las cosas honestas, lo contrario. Él mismo dice correr rápido, pero que aquel vuela; él mismo montar a caballo razonablemente, pero¿ qué es eso ante este hipocentauro?' Soy un poeta talentoso y escribo un verso no despreciable, pero tronar no es mío, sino de Zeus'. Pues a la vez parece declarar su intención como bella al imitar y su poder como inalcanzable al ser derrotado. En las asimilaciones, pues, tales son algunas de las diferencias del adulador respecto al amigo.
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Puesto que, como se ha dicho, también lo del placer es común( pues el honesto se alegra no menos de los amigos que el vil de los aduladores), vamos a definir también esto. Y la definición es la referencia del placer hacia el fin. Observa de esta manera. Hay en el perfume algo fragante, y hay en un antídoto. Pero se diferencia en que esto último ha sido hecho para el placer y para ninguna otra cosa, mientras que allí lo que limpia, calienta o nutre es fragante de otra manera por su poder. De nuevo, los pintores mezclan colores y tintes brillantes, y hay algunos medicamentos médicos que tienen la vista brillante y no tienen un color inhumano.¿ En qué, pues, se diferencia?¿ No es evidente que distinguiremos por el fin de la utilidad? Por tanto, de igual manera, las gracias de los amigos tienen lo que alegra como floreciendo sobre algo noble y útil, y hay veces que también en el juego, la mesa, el vino y, por Zeus, en la risa y la tontería, usaron entre sí como condimentos de las cosas nobles y serias. Para lo cual, de hecho, se ha dicho:' se deleitaban contándose cuentos entre sí' y' nada más nos separaría amándonos y deleitándonos'. Pero del adulador este es el trabajo y el fin, cocinar y condimentar siempre algún juego, acción o palabra para el placer y hacia el placer. Y para decirlo brevemente, el uno cree que debe hacer todo para ser dulce, mientras que el otro, haciendo siempre lo que debe, a menudo es dulce y a menudo es desagradable, no queriendo esto, pero si fuera mejor, tampoco huyendo de esto. Pues como un médico, si conviene, aplicó azafrán o nardo y, por Zeus, a menudo bañó agradablemente y alimentó humanamente, y hay donde, dejando esto, lanzó castóreo o poleo de olor pesado que huele terriblemente, o forzó a beber algún eléboro al triturarlo, no haciendo allí lo desagradable ni allí lo dulce el fin, sino llevando al tratado hacia un solo fin a través de ambos, hacia lo conveniente, así el amigo hay veces que, con elogio y gracia, engrandeciendo y alegrando, lleva hacia lo noble, como este:' Teucro, cabeza querida, Telamonio, caudillo de pueblos, lanza así';'¿ cómo podría entonces olvidarme del divino Odiseo?'. Donde, a su vez, necesita corrección, atacando con palabra mordaz y franqueza protectora:' desvarías, Menelao, hijo de Zeus, y no te conviene en nada esta insensatez'. Y hay donde también unió la acción junto con la palabra, como Menedemo, al excluir y no saludar al hijo de su amigo Asclepíades, que era un derrochador y desordenado, lo hizo sensato, y Arcesilao prohibió la escuela a Batón cuando hizo un verso contra Cleantes en una comedia, y al convencer a Cleantes y arrepentirse, se reconcilió. Pues hay que entristecer al amigo al beneficiarlo, pero no hay que destruir la amistad al entristecerlo, sino usarlo como un medicamento que muerde, salvando y protegiendo lo que se trata. De donde, como un músico, el amigo, con el cambio hacia lo noble y conveniente, cediendo unas cosas y tensando otras, a menudo es dulce y siempre es útil. Pero el adulador, acostumbrado a tocar siempre lo dulce y lo que es para la gracia desde un solo diagrama, no conoce ni acción que se oponga ni palabra que entristezca, sino que sigue solo al que quiere, cantando siempre y hablando junto, como, pues, Jenofonte dice que Agesilao se alegraba de ser elogiado por los que también querían censurar, así hay que considerar lo que alegra y complace como amistoso, aunque pueda entristecer alguna vez y oponerse, y sospechar de la convivencia continua con los placeres y la que tiene lo que es para la gracia, siempre pura y sin mordedura, y, por Zeus, tener a mano lo del lacedemonio, quien, al ser elogiado el rey Carilo, dijo:'¿ cómo es este honesto, que ni siquiera es amargo para los malvados?'
12
A los toros, pues, dicen que se les mete el tábano junto a la oreja, y a los perros la garrapata; pero el adulador, al tener los oídos de los ambiciosos con los elogios y estar adherido, es difícil de quitar. De donde aquí hay que tener el juicio más despierto y observando si el elogio es del asunto o del hombre. Y es del asunto si elogian más a los ausentes que a los presentes, si ellos mismos, queriendo y deseando lo mismo, no nos elogian solo a nosotros sino a todos por cosas semejantes, si no parecen hacer y decir ahora estas cosas y ahora las contrarias; y lo más importante, si nosotros mismos nos conocemos no arrepintiéndonos de aquello por lo que somos elogiados, ni avergonzándonos, ni deseando más haber hecho y dicho lo contrario de esto. Pues el juicio desde dentro, que testifica en contra y no admite el elogio, es impasible, intocable e inexpugnable por el que adula. Pero no sé cómo la mayoría no soporta los consuelos en las desgracias, sino que son más llevados por los que se lamentan junto y se afligen junto; pero cuando erran y cometen faltas, el que produce mordedura con el examen y la censura y arrepentimiento parece enemigo y acusador, mientras que al que elogia y bendice lo hecho lo abrazan y consideran benevolente y amigo. Cuantos, pues, elogian y aplauden fácilmente cualquier acción o palabra, ya sea de alguien que se esforzó o que bromeó, estos son perjudiciales solo para el presente y para lo que está a mano; pero cuantos llegan hasta el carácter con los elogios y, por Zeus, tocan el modo de ser con la adulación, hacen lo mismo que los sirvientes que no roban del montón sino de la semilla; pues al ser la disposición y el carácter la semilla de las acciones, el principio y la fuente de la vida, los distorsionan, poniendo los nombres de la virtud a la maldad. Pues en las sediciones y las guerras, Tucídides dice que cambiaron la valoración habitual de los nombres hacia las obras por la justificación. Pues la audacia irreflexiva fue considerada valentía leal al amigo, la demora prudente cobardía decorosa, lo sensato pretexto de cobarde, y el ser inteligente para todo, inútil para todo; pero en las adulaciones hay que ver y observar el desenfreno llamado liberalidad, la cobardía seguridad, la insensatez rapidez, la tacañería sensatez, al amante de los placeres amante de la convivencia y afectuoso, al irascible y arrogante valiente, y al mezquino y humilde filántropo. Como, pues, Platón dice que el amante, siendo adulador de los amados, llama al de nariz chata encantador, al aguileño real, a los morenos varoniles, a los blancos hijos de dioses; y que el color de miel es en general un poema del amante que usa diminutivos y lleva fácilmente la palidez. Y sin embargo, el feo convencido de ser bello o el pequeño de ser grande no convive mucho tiempo con el engaño y es dañado con un daño leve y no irreparable. Pero el elogio que habitúa a las maldades como si fueran virtudes, para no disgustarse sino alegrarse al usarlas, y que quita el avergonzarse de los errores, este destruyó a los sicilianos, llamando al odio a la maldad a la crueldad de Dionisio y Fálaris, este destruyó a Egipto, llamando piedad y culto a los dioses a la feminidad, posesión divina, alaridos y grabados de tambores de Ptolomeo, este estuvo a punto de destruir los caracteres de los romanos en aquel entonces, llamando cosas alegres y filantrópicas a los lujos, desenfrenos y celebraciones de Antonio, usando abundantemente de su poder y fortuna.¿ Y qué otra cosa le puso a Ptolomeo sino una correa y flautas, y qué le erigió a Nerón sino un escenario trágico, máscaras y le puso coturnos?¿ No fue el elogio de los que adulan?¿ Y la mayoría de los reyes, no son llamados Apolo si canturrean, Dionisos si se emborrachan, Heracles si luchan, y alegrándose son llevados a toda vergüenza por la adulación?
13
Por lo cual hay que protegerse sobre todo del adulador respecto a los elogios. Lo cual tampoco se le ha escapado a aquel mismo, sino que, siendo hábil en protegerse de lo sospechoso, si atrapa a alguien de clase baja o rústico que lleva una piel gruesa, usa toda la nariz, como Estrutias paseándose ante Biante y bailando sobre su insensibilidad con los elogios:' has bebido más que el rey Alejandro', y me río pensando en lo del chipriota. Pero al ver a los más elegantes, que aquí prestan más atención y se protegen, no introduce el elogio directamente, sino que, al llevarlo lejos, da rodeos y se acerca, como tocando sin ruido a un animal y probando. Pues ahora anuncia elogios de otros sobre él, como los oradores, usando una persona ajena, diciendo que extranjeros o ancianos en el ágora estuvieron muy alegremente presentes, recordando muchas cosas buenas de él y admirándolo; ahora, a su vez, al inventar y componer causas leves y falsas sobre él, como si hubiera escuchado de otros, llega con afán, preguntando dónde dijo esto o dónde hizo esto. Y al negarlo, como es natural, habiéndolo atrapado desde allí, lo ha arrojado a los elogios:' yo me admiraba si tú hablabas mal de alguno de los allegados, tú que no has nacido ni para los enemigos, si tú intentaste cosas ajenas, tú que regalas tanto de las propias'.
14
Otros, pues, al igual que los pintores realzan las partes luminosas y brillantes colocándolas cerca de las sombrías y oscuras, así, al censurar, vituperar, denigrar o ridiculizar lo contrario, pasan inadvertidos mientras elogian y alimentan los vicios inherentes a quienes adulan. En efecto, censuran la templanza como rusticidad en los libertinos, y en los codiciosos, malvados y enriquecidos por asuntos vergonzosos y viles, censuran la autosuficiencia y la justicia como falta de audacia y debilidad para actuar; y cuando tratan con ociosos académicos que huyen de los asuntos públicos, no se avergüenzan de llamar a la vida política una intromisión penosa, y a la ambición, vanidad estéril. A veces, incluso la adulación de un orador denigra a un filósofo, y entre mujeres licenciosas gozan de buena reputación quienes llaman a las monógamas y amantes de sus esposos poco atractivas y rústicas. Pero la maldad llega al extremo de que los aduladores no se abstienen ni siquiera de sí mismos. Pues, al igual que los luchadores hacen su cuerpo humilde para derribar a otros, así, al censurarse a sí mismos, se deslizan hacia la admiración de sus prójimos.' Soy un esclavo cobarde en el mar, desfallezco ante los trabajos, me enfurezco cuando se habla mal de mí por ira', pero de este, dice, no hay nada terrible, nada malo, sino que es un hombre peculiar, todo lo lleva con suavidad, todo sin dolor. Y si alguien se cree muy inteligente y desea ser austero y franco, y se presenta siempre bajo cierta rectitud con el verso:' No me alabes mucho ni me reprendas', el adulador técnico no se acerca por ahí, sino que hay otra estratagema para tal persona. Pues se le acerca para pedirle consejo sobre asuntos privados como si fuera alguien de superior juicio, y dice que tiene otros conocidos, pero que necesariamente molesta a aquel; pues,¿ a dónde huiremos los que necesitamos consejo, y en quién confiaremos? Luego, tras escuchar lo que sea que diga, se marcha diciendo que ha recibido un oráculo, no un consejo. Y si ve que alguien pretende tener experiencia en discursos, le entrega algo de lo que él mismo ha escrito, pidiéndole que lo lea y corrija. A Mitrídates, el rey, que era aficionado a la medicina, algunos de sus compañeros se ofrecieron para ser cortados y cauterizados, adulando con hechos, no con palabras; pues parecía que se le acreditaba experiencia al ser confiado por ellos. Muchas son las formas de los demonios, pero este género de los que niegan las alabanzas, que requiere una cautela más astuta, debe ser puesto a prueba proponiendo deliberadamente consejos y sugerencias absurdas, y haciendo correcciones irracionales. Pues al no contradecir nada, sino asentir a todo, aceptarlo todo y gritar a cada paso qué bien y qué hermoso, se vuelve evidente que busca una consigna, buscando otra deuda, deseando alabar y adular conjuntamente.
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Además, al igual que algunos declararon que la pintura es poesía silenciosa, así existe una forma de adulación silenciosa. Pues, al igual que los cazadores, si no parecen hacer esto, sino viajar, pastorear o cultivar, pasan más inadvertidos para sus presas, así los aduladores se aferran más a los elogios cuando no parecen elogiar, sino hacer otra cosa. Pues el que cede su asiento y lugar al que llega, y al hablar ante el pueblo o el consejo, si percibe que alguno de los ricos desea hablar, calla en medio y cede la tribuna y la palabra, demuestra, al callar, más que el que grita, que considera a aquel superior y distinguido por su juicio. De ahí que se les pueda ver ocupando los primeros asientos en audiciones y teatros, no porque se consideren dignos de ellos, sino para adular cediendo el paso a los ricos; y comenzando un discurso en reuniones y asambleas, luego ceden como a superiores y se trasladan fácilmente a lo contrario, si el que contradice es poderoso, rico o ilustre. A quien, sobre todo, hay que poner a prueba tales inclinaciones y retiradas, no cediendo ante experiencias, virtudes o edades, sino ante riquezas y glorias. Pues Apeles, el pintor, cuando Megabizo se sentó a su lado y quiso hablar sobre una línea o una sombra, dijo:'¿ Ves a estos niños que frotan el pigmento? Hace un momento te prestaban mucha atención mientras callabas, y admiraban tu púrpura y tus joyas; pero ahora se ríen de ti porque has empezado a hablar de lo que no has aprendido'. Y Solón, cuando Creso le preguntaba sobre la felicidad, declaró que un tal Telos, de los no ilustres en Atenas, y Cleobis y Bitón, eran más afortunados. Pero los aduladores proclaman a los reyes, ricos y gobernantes no solo felices y bienaventurados, sino también superiores en juicio, técnica y toda virtud.
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Luego, algunos ni siquiera soportan escuchar a los estoicos que llaman al sabio a la vez rico, hermoso, noble y rey, pero los aduladores declaran al rico a la vez orador y poeta, y si quiere, también pintor y flautista, y veloz y robusto, cayendo en la lucha y quedando atrás en las carreras, tal como Crisón de Hímera quedó atrás al correr contra Alejandro, quien al darse cuenta se indignó.¿ Y Carnéades decía que los hijos de los ricos y reyes solo aprenden a montar a caballo, y nada más bien y bellamente? Pues el maestro los adula en las lecciones elogiándolos, y el que lucha con ellos cede, pero el caballo, sin saber ni preocuparse quién es plebeyo, gobernante, rico o pobre, derriba a los que no pueden montar. Por tanto, son ingenuas y necias las palabras de Bión de que si alguien fuera a elogiar un campo para hacerlo fértil y productivo,¿ no parecería que no yerra al no hacer esto más que cavando y teniendo problemas? Por tanto, tampoco un hombre extraño erraría al elogiar, si es útil y fecundo para los elogiados. Pues el campo no se vuelve peor al ser elogiado, pero los que elogian falsa y desmerecidamente inflan y destruyen al hombre.
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Esto, pues, es suficiente sobre estos temas; a continuación veamos lo de la franqueza. Pues era necesario que, al igual que Patroclo, al ponerse las armas de Aquiles y sacar los caballos a la batalla, no se atrevió a tocar solo la lanza del Pelida, sino que la dejó, así el adulador, al equiparse y disfrazarse con los distintivos y símbolos del amigo, debería dejar intacta e inimitada solo la franqueza, como una carga exclusiva de la amistad, pesada, grande y robusta. Pero puesto que, huyendo de la prueba en la risa, el vino puro, las burlas y los juegos, elevan el asunto a la seriedad y adulan con semblante sombrío, mezclando alguna censura y amonestación, vamos, no dejemos esto sin examinar. Creo que, al igual que en la comedia de Menandro, el Pseudoheracles se acerca llevando una maza no robusta ni fuerte, sino una creación vana y hueca, así la franqueza del adulador parecerá a quienes la prueben blanda, ligera y sin tensión, sino haciendo lo mismo que las almohadas de las mujeres, que al parecer sostienen y resisten las cabezas, ceden y se rinden más, al igual que esta franqueza falsa, que tiene un volumen vacío, falso y traicionero, se levantó e hinchó para que, al contraerse y colapsar, reciba y arrastre consigo al que se apoya en ella. Pues la franqueza verdadera y amistosa se adhiere a los errores, teniendo lo que duele como algo salvador y protector, al igual que la miel que muerde y limpia las heridas, siendo en lo demás útil y dulce, sobre lo cual habrá un discurso propio. Pero el adulador, primero, demuestra ser amargo, impaciente e implacable en lo que respecta a otros; pues es duro con sus propios esclavos, terrible para pisotear los errores de parientes y allegados, y no admira ni venera a nadie de fuera, sino que los desprecia; es implacable y calumniador al incitar a otros a la ira, cazando la reputación de odiar la maldad, como si no hubiera cedido voluntariamente a la franqueza con ellos ni hecho ni dicho nada por complacer; luego, fingiendo no saber ni conocer nada de los errores verdaderos y grandes, es terrible para arremeter y atacar con tensión y vehemencia contra las pequeñas faltas externas, si ve un utensilio dejado descuidadamente, si vive mal, si descuida el corte de pelo, la vestimenta, algún perro o caballo que no cuida como es debido; pero el descuido de los padres, la negligencia de los hijos, la deshonra de la esposa, el desprecio por los allegados y la pérdida de dinero no son nada para él, sino que es mudo e inaudaz en esto, como un entrenador que deja que el atleta se emborrache y se entregue al libertinaje, y luego es duro con un frasco o un rascador, o un gramático que reprende a un niño por una tablilla y un estilete, pero no parece escuchar cuando soleciza y barbariza. Pues tal es el adulador, como el que no dice nada sobre el discurso de un orador vil y ridículo, sino que se queja de la voz y lo reprende duramente porque destruye la tráquea bebiendo cosas frías, y al ser ordenado revisar un escrito miserable, culpa al papel por ser áspero y llama al escriba impuro y descuidado. Y así también, mientras luchaban sobre la lengua, un verso y la historia hasta la medianoche con Ptolomeo, que parecía ser amante del aprendizaje, nadie se opuso a que usara crueldad, insolencia, que torturara y ejecutara. Por tanto, al igual que si alguien, teniendo un hombre tumores y fístulas, cortara con un bisturí médico los pelos y las uñas, así los aduladores aplican la franqueza a las partes que no duelen ni sufren.
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Además, otros de estos son más astutos y usan la franqueza y la censura para el placer. Tal como Agis el argivo, cuando Alejandro daba grandes regalos a un bufón, gritó por envidia y dolor:'¡ Oh, qué gran absurdo!', y al volverse el rey hacia él con ira y decir:'¿ Y tú qué dices?', respondió:' Admito que me molesto e indigno al ver que ustedes, que han nacido de Zeus, se alegran por igual con hombres aduladores y ridículos; pues Heracles se deleitaba con unos Cercopes, y Dioniso con Silenos, y junto a ti se pueden ver tales personas gozando de buena reputación'. Y cuando Tiberio César entró una vez en el senado, uno de los aduladores se levantó y dijo que, siendo libres, debían hablar con franqueza y no ocultar nada ni callar lo que conviene; y al haber levantado a todos así, habiéndose hecho silencio y prestando atención Tiberio, dijo:' Escucha, César, lo que todos te reprochamos, pero nadie se atreve a decir abiertamente: te descuidas a ti mismo y abandonas tu cuerpo, y te consumes siempre con preocupaciones y trabajos por nosotros, sin descansar ni de día ni de noche'. Y al encadenar muchas cosas así, dicen que el orador Casio Severo dijo:' Esta franqueza matará a este hombre'.
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Y esto es menor. Pero aquello es ya grave y dañino para los insensatos, cuando acusan hacia las pasiones y enfermedades contrarias, tal como Imerio, el adulador, vituperaba en Atenas a uno de los ricos, el más liberal y avaro, como libertino y descuidado que moriría de hambre con sus hijos, o cuando, a su vez, reprochan a los libertinos y lujosos por la mezquindad y la suciedad, como Tito Petronio a Nerón, o cuando ordenan a los gobernantes que se comportan cruel y salvajemente con sus súbditos que se despojen de la mucha benevolencia, la compasión inoportuna y desfavorable. Y es similar a estos el que finge que el ingenuo, el tonto y el necio es alguien terrible y astuto al que hay que proteger y temer, y el que, si alguna vez es inducido a elogiar a uno de los ilustres, ataca y contradice al envidioso y al que siempre se deleita en hablar mal y censurar, como si tuviera esta enfermedad, el elogiar a hombres que no son dignos de nada.'¿ Pues quién es este o qué ha dicho o hecho brillante?'. Pero sobre todo atacan y avivan los amores de los adulados. Pues al verlos enfrentados a sus hermanos, despreciando a sus padres o siendo desdeñosos con sus esposas, ni los amonestan ni los reprenden, sino que incluso aumentan sus iras.'¿ Pues no te das cuenta de ti mismo y tú también eres causa de esto, comportándote siempre de manera servil y humilde?'. Pero si surge algún picor de ira y celos hacia una cortesana o amante adúltera, la adulación está presente de inmediato con una franqueza brillante, trayendo fuego sobre fuego, justificándose y acusando al amante de hacer muchas cosas poco amorosas, duras y dignas de indignación:'¡ Oh, ingrato, de los frecuentes besos!'. Así, los amigos de Antonio, que amaba y ardía por la egipcia, lo persuadían de que era amado por ella, y al vituperarlo lo llamaban impasible y soberbio.' Pues la mujer, dejando un reino tan grande y una vida feliz, se corrompe contigo haciendo campaña, teniendo la figura de una concubina; y tú tienes en el pecho una mente insensible y la desprecias mientras sufre'. Y él, que se dejaba convencer alegremente de que era injusto y se alegraba con los que lo acusaban como no lo hacía con los que lo elogiaban, no se daba cuenta de que se distorsionaba aún más con lo que parecía ser una amonestación. Pues tal franqueza se parece a las mordeduras de las mujeres licenciosas, despertando y haciendo cosquillas con lo que parece doler a lo que se deleita. Y al igual que si mezclan el vino puro que ayuda contra la cicuta, lo hacen totalmente inútil, haciendo que la fuerza del fármaco sea irremediable, elevándose agudamente hacia el corazón por el calor, así los malvados, sabiendo que la franqueza es una gran ayuda para la adulación, adulan a través de la misma franqueza. De donde ni Bías respondió bien al que preguntaba qué animal es el más terrible, respondiendo que de los salvajes el tirano, y de los domésticos el adulador. Pues era más verdadero decir que de los aduladores, los que están alrededor del baño y la mesa son domésticos, pero el que extiende como tentáculos lo entrometido, calumniador y malintencionado hacia las habitaciones y el gineceo es salvaje, bestial y difícil de manejar.
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Y parece haber una forma de protección: conocer y recordar siempre que, teniendo el alma una parte verdadera, amante de la belleza y racional, y otra irracional, amante de la mentira y pasional, el amigo siempre está presente con la parte superior como consejero y defensor, al igual que un médico que aumenta y preserva lo que está sano, mientras que el adulador se sienta junto a la parte pasional e irracional, y la rasca, hace cosquillas y persuade, y la aparta del razonamiento, maquinando para ella algunas placeres malvados. Por tanto, al igual que hay alimentos que no se adhieren a la sangre ni al espíritu, ni añaden tensión a los nervios o médulas, sino que excitan los órganos genitales, despiertan el vientre y hacen la carne podrida y traicionera, así el discurso del adulador no añade nada al que piensa y razona, sino que, domesticando algún placer de amor, o tensando una ira insensata, o irritando la envidia, o infundiendo un volumen de orgullo pesado y vacío, o lamentándose junto con el dolor, o haciendo que lo malintencionado, servil y desconfiado sea siempre agudo, temeroso y sospechoso con algunas calumnias y premoniciones, no escapará a los que prestan atención. Pues siempre acecha alguna pasión y la engorda, y está presente como un bubón, apareciendo cada vez en las partes traicioneras e inflamadas del alma.'¿ Te enfureces? Castiga.¿ Deseas? Cómprate.¿ Temes? Huyamos.¿ Sospechas? Cree'. Y si las pasiones son difíciles de llevar en estos aspectos, por la vehemencia y magnitud del razonamiento que es expulsado, ofrecerá más bien un agarre en las pequeñas, siendo similar. Pues incluso en la sospecha de alguna resaca o hartazgo, y dudando sobre el baño y la comida, el amigo lo detendrá, aconsejándole que se cuide y preste atención, mientras que el adulador lo arrastra al baño y le ordena que le sirvan algo fresco y que no dañe el cuerpo con la tensión. Y al ver que se ablanda ante un viaje, navegación o alguna acción, no dirá que el momento apremia, sino que hará lo mismo posponiéndolo o enviando a otro. Y si, habiendo prometido prestar dinero a algún allegado o darlo, se arrepiente pero siente vergüenza, el adulador, añadiéndose a la inclinación peor, refuerza la decisión hacia la bolsa y corta lo que causa vergüenza, ordenándole que se ahorre, ya que gasta mucho y debe bastar a muchos. De donde, si no nos ocultamos a nosotros mismos deseando, siendo desvergonzados o cobardes, el adulador no nos pasará inadvertido. Pues siempre está defendiendo estas pasiones y hablando con franqueza sobre sus resultados. Esto, pues, es suficiente sobre estos temas.
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Pasemos ya a las necesidades y servicios; pues también en estos el adulador produce mucha confusión y oscuridad en la diferencia con el amigo, pareciendo incansable, entusiasta en todo y sin excusas. Pues el modo del amigo, según Eurípides, es simple, ingenuo y sin disfraces, como el mito de la verdad, mientras que el del adulador, estando realmente enfermo en sí mismo, necesita fármacos sabios y muchos, por Zeus, y superfluos. Por tanto, al igual que en los encuentros, el amigo a veces, sin haber dicho ni escuchado nada, sino habiendo mirado y sonreído, dando desde dentro lo benevolente y familiar a las miradas y habiendo recibido, pasó de largo, mientras que el adulador corre, persigue, saluda desde lejos, y si es saludado primero al ser visto, se disculpa con testigos y juramentos muchas veces, así en las acciones los amigos omiten muchas de las pequeñas, no precisando ni siendo entrometidos en nada, ni arrojándose a todo servicio. Pero aquel es allí continuo, incesante e incansable, no dando a otro lugar ni espacio de servicio, sino deseando ser ordenado, y si no es ordenado, mordiéndose, o más bien desanimándose totalmente y lamentándose.
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Existen, pues, también estas muestras para los que tienen juicio de que no es una amistad verdadera ni sensata, sino una de camaradería y que se entrelaza más fácilmente de lo necesario. No obstante, hay que observar primero la diferencia en las promesas. Pues se ha dicho bien también por los anteriores a nosotros que la promesa del amigo es' si puedo realizarlo y si es realizable', y la del adulador' di lo que piensas'; pues los cómicos introducen a tales:' A mí, Nicómaco, ponedme junto al soldado, si no hago que se vuelva maduro azotándolo todo, si no hago que su rostro sea más blando que una esponja'. Luego, de los amigos, nadie se convierte en colaborador si no ha sido consejero antes, sino cuando prueba y establece la acción en lo conveniente o provechoso; pero el adulador, incluso si alguien le concede el probar y opinar conjuntamente sobre el asunto, no solo deseando ceder y complacer, sino también temiendo ofrecer sospecha de ser reacio y huir del trabajo, cede y empuja conjuntamente el deseo. Pues no hay nadie fácilmente rico ni rey capaz de decir:' Para mí, ojalá fuera pobre, o si quiere, peor que un pobre, quien siendo benevolente conmigo, superando el miedo, dirá lo que siente desde el corazón', sino que, al igual que los actores trágicos, necesitan un coro de amigos que canten conjuntamente o un teatro que aplauda conjuntamente. De donde la trágica Mérope aconseja:' Posee amigos que no cedan en los discursos, pero a los que por placer, con tu agrado, son malvados, que el cerrojo los mantenga fuera de la casa', pero los otros hacen lo contrario: a los que no ceden en los discursos, sino que se oponen por el bien, los descartan, y a los malvados, serviles y embaucadores que complacen, los toman no solo dentro de los cerrojos y la casa, sino también de las pasiones y asuntos secretos. De los cuales, el más simple no cree que deba ni se considera digno de ser consejero de asuntos tan grandes, sino servidor y diácono, mientras que el más astuto se detuvo en dudar conjuntamente, fruncir las cejas y asentir conjuntamente con el rostro, pero no dice nada; y si aquel dice lo que parece,'¡ Oh, Heracles!', dice,' te adelantaste a mí por poco, pues yo iba a decir esto mismo'. Pues al igual que los matemáticos dicen que las superficies y las líneas no se doblan ni se tensan ni se mueven por sí mismas, siendo inteligibles e incorpóreas, sino que se doblan, tensan y trasladan conjuntamente con los cuerpos de los que son límites, así descubrirás al adulador siempre afirmando conjuntamente, opinando conjuntamente y alegrándose conjuntamente, por Zeus, y enfureciéndose conjuntamente, de modo que es totalmente fácil descubrir la diferencia en estos aspectos. Además, aún más en el modo del servicio. Pues el favor del amigo, al igual que un animal, tiene las fuerzas más importantes en la profundidad, y no hay nada demostrativo ni panegírico, sino que muchas veces, al igual que un médico curó sin ser visto, y un amigo benefició al encontrarse o al resolver, cuidando sin que se sepa. Tal fue Arcesilao, que, entre otras cosas, al darse cuenta de la pobreza de Apelo de Quíos cuando estaba enfermo, regresó de nuevo teniendo veinte dracmas, y sentándose cerca, no dijo nada allí más que estos elementos de Empédocles:' fuego y agua y tierra y la suave altura del éter', pero' tampoco estás acostado correctamente', y al mismo tiempo, moviendo su almohada, sin ser visto, colocó la moneda. Así pues, cuando la anciana que servía la encontró y, maravillada, se lo anunció a Apelo, él, riendo, dijo:' Este es el robo de Arcesilao; y ciertamente hijos similares nacen de padres en la filosofía'. Lacides, al menos, el conocido de Arcesilao, estaba junto a los otros amigos cuando Cefisócrates huía de un juicio por denuncia. Y al pedir el acusador el anillo, él lo colocó silenciosamente, y al darse cuenta Lacides, lo pisó con el pie y lo ocultó; pues la prueba estaba en él. Tras la sentencia, cuando Cefisócrates saludaba a los jueces, uno, al parecer, habiendo visto lo sucedido, ordenó a Lacides tener gratitud y narró el asunto, sin que Lacides dijera nada a nadie. Así, creo, también los dioses benefician la mayoría de las veces sin ser vistos, teniendo la naturaleza de alegrarse al complacer y hacer el bien. Pero el trabajo del adulador no tiene nada justo ni verdadero ni simple ni libre, sino sudor, gritos, carreras y tensión del rostro que produce una impresión y apariencia de un servicio penoso y apresurado, al igual que una pintura curiosa que se aplica con fármacos desvergonzados, pliegues rotos, arrugas y ángulos, una fantasía de vivacidad. Y al narrar es pesado, cómo hizo algunas errancias por él y preocupaciones, luego enemistades hacia otros, luego narrando asuntos innumerables y grandes pasiones, de modo que decir:' No son dignos estos de aquellos'. Pues todo favor reprochado es pesado, desagradable e insoportable, y en los de los aduladores no después, sino al ser realizados, hay de inmediato lo ignominioso y vergonzoso. Pero el amigo, si debe decir el asunto, lo anunció moderadamente, y no dijo nada sobre sí mismo. Por eso, los lacedemonios, al enviar grano a los esmirneos que lo necesitaban, cuando ellos se maravillaban del favor, dijeron que nada grande; pues habiendo decretado una vez quitar el desayuno de nosotros mismos y de las bestias de carga, reunimos esto. Pues no solo es libre tal favor, sino también más agradable para los que reciben, porque no consideran que los que benefician sean muy dañados.
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Por tanto, no se podría conocer la naturaleza del adulador sobre todo por lo pesado en los servicios ni por la facilidad en las promesas, sino más bien en lo hermoso o vergonzoso del asunto y lo que difiere hacia el placer o el beneficio. Pues el amigo no, como declaraba Gorgias, se considerará digno de que el amigo le sirva lo justo, y él mismo le servirá muchas cosas incluso de las no justas; pues nació para ser sensato conjuntamente, no para enfermar conjuntamente. Por tanto, más bien también lo apartará de lo que no corresponde; y si no persuade, es hermoso lo de Foción a Antípatro:' No puedes usarme como amigo y como adulador', es decir, como amigo y no amigo. Pues es necesario colaborar con el amigo, no delinquir conjuntamente, y aconsejar, no conspirar conjuntamente, y testificar conjuntamente, no engañar conjuntamente, y tener infortunios conjuntamente, por Zeus, no cometer injusticias conjuntamente. Pues,¿ acaso es elegible conocer los errores de los amigos, y mucho menos actuar conjuntamente y deshonrarse conjuntamente? Al igual que los lacedemonios, al ser vencidos en batalla por Antípatro y hacer acuerdos, exigían lo que quisiera que fuera perjudicial, pero no ordenarles nada vergonzoso, así el amigo, si alguna necesidad que conlleva gasto, peligro o trabajo lo alcanza, es el primero en exigir ser llamado y participar sin excusas y entusiastamente, pero donde hay vergüenza, pide solo dejarlo y abstenerse. Pero la adulación, al contrario, desfallece en los servicios penosos y peligrosos, y si al probarlo golpeas, suena hueco por alguna excusa y es innoble; pero en los servicios vergonzosos, humildes y sin gloria,' úsame, písame', no considera nada terrible ni insultante.¿ Ves al mono? No puede proteger la casa como el perro, ni cargar como el caballo, ni arar la tierra como los bueyes; por tanto, soporta insolencia, bufonería y juegos, ofreciéndose a sí mismo como instrumento de risa. Así también el adulador, no pudiendo hablar conjuntamente, ni contribuir conjuntamente, ni luchar conjuntamente, quedando atrás de todo trabajo y entusiasmo, es sin excusas en las acciones bajo el brazo, y es fiel servidor del amor, preciso en la resolución de la prostituta, no descuidado en el gasto de la bebida para limpiar el razonamiento, ni ocioso en los preparativos de las cenas, servicial con las concubinas, pero al ser ordenado ser audaz contra los parientes políticos y expulsar conjuntamente a la esposa, es inflexible e implacable. De modo que ni siquiera en esto el hombre es difícil de descubrir; pues al ser ordenado lo que quieras de lo sin gloria y no hermoso, está listo para no escatimar de sí mismo, complaciendo al que ordena.
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Y no menos se podría descubrir que difiere mucho del amigo en la disposición hacia los otros amigos. Pues para aquel es muy agradable amar y ser amado con muchos, y al hacer esto siempre continúa alrededor del amigo para que sea muy amado y muy honrado; pues considerando comunes las cosas de los amigos, no cree que nada deba ser tan común como que los amigos existan; pero el falso, bastardo y de bronce, siendo como conoce sobre todo que se hace injusticia a sí misma la amistad al ser hecha por él como moneda falsa, es por naturaleza envidioso, pero usa la envidia contra los iguales, compitiendo por superar en bufonería y chismorreo, pero teme y se asusta del superior, no, por Zeus, caminando a pie junto al carro lidio, sino junto al oro puro, como dice Simónides, no teniendo ni plomo. Cuando, pues, siendo ligero, artificial y engañoso, es examinado de cerca frente a una amistad verdadera, pesada y forjada, no resistiendo, sino siendo descubierto, hace lo mismo que el que pintó los gallos miserablemente. Pues aquel ordenaba al niño espantar a los gallos verdaderos lo más lejos posible del cuadro, y este espanta a los amigos verdaderos y no permite que se acerquen; y si no puede, abiertamente adula, rodea y admira como superiores, pero en secreto suelta algunos y siembra calumnias. Y al picar la herida un discurso secreto, aunque no actúe totalmente de inmediato, guarda lo de Medio, recordando. Y Medio era del coro de los aduladores alrededor de Alejandro, como jefe y sofista corifeo, ordenado contra los mejores. Ordenaba, pues, que se atrevieran a tocar y morder con las calumnias, enseñando que, aunque el mordido cure la herida, la cicatriz de la calumnia permanecerá. Sin embargo, Alejandro, corroído por estas cicatrices, o más bien gangrenas y carcinomas, perdió a Calístenes, Parmenión y Filotas; y se entregó sin escatimar a Hagnones, Bagoas, Agesias y Demetrios para ser zancadilleado, siendo adorado, adornado y disfrazado por ellos como una estatua bárbara. Tan grande poder tiene lo que es por placer, y parece ser el mayor en los que parecen ser los mayores; pues el creer las cosas más hermosas junto con el deseo da al adulador fe y audacia a la vez. Pues de los lugares, los altos se vuelven de difícil acceso y difícil alcance para los que conspiran, pero lo que en el alma que no tiene juicio por fortuna o por talento natural, la altura y el orgullo es lo más transitable para los pequeños y humildes.
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Por ello, al comenzar nuestro discurso, exhortamos y ahora volvemos a exhortar a extirpar de nosotros mismos el amor propio y la presunción; pues esta, al adularnos de antemano, nos hace más blandos ante los aduladores externos, como si estuviéramos dispuestos a ello. Pero si, obedeciendo al dios y habiendo aprendido el' conócete a ti mismo' en la medida en que es valioso para cada uno, examinamos al mismo tiempo nuestra naturaleza, nuestra crianza y nuestra educación, descubriendo innumerables carencias de lo bueno y mucho de lo que está mezclado de manera vil y azarosa en nuestras acciones, palabras y pasiones, no nos ofreceremos tan fácilmente a los aduladores para que se paseen por nosotros. Pues Alejandro decía no creer a quienes lo proclamaban dios mientras dormía y mantenía relaciones sexuales, como si en esos aspectos se volviera más innoble y más pasional que él mismo; nosotros, en cambio, al observar constantemente en muchos lugares de nuestra vida privada cosas vergonzosas, dolorosas, imperfectas y erróneas, siempre nos descubriremos necesitados no de un amigo que nos alabe y nos colme de elogios, sino de uno que nos reprenda, que hable con franqueza y que, por Zeus, nos censure cuando actuamos mal. Pues pocos son, entre muchos, los que se atreven a hablar con franqueza antes que a complacer a sus amigos; y entre esos pocos, a su vez, no encontrarías fácilmente a quienes sepan hacerlo, sino que creen que, si injurian y censuran, están usando la franqueza. Y, sin embargo, al igual que con cualquier otro medicamento, si la franqueza no encuentra el momento oportuno, lo que resulta es un dolor inútil y una perturbación, produciendo de algún modo, con sufrimiento, lo que la adulación produce con placer. Pues se dañan no solo al ser alabados inoportunamente, sino también al ser censurados; y esto es lo que más los entrega a los aduladores, deslizándose como el agua desde los lugares muy escarpados y resistentes hacia los huecos y blandos. Por eso es necesario que la franqueza esté templada por el carácter y que tenga una razón que elimine su exceso y su falta de mezcla, como ocurre con la luz, para que, al no ser perturbados ni sufrir por parte de quienes se quejan de todo y acusan a todos, no se refugien en la sombra del adulador y se vuelvan hacia lo que no causa dolor. Pues toda maldad, Filopapo, debe ser evitada mediante la virtud, no mediante la maldad contraria, como algunos parecen evitar la timidez con la desvergüenza y la rusticidad con la bufonería, y colocar su modo de ser lo más lejos posible de la cobardía y la blandura si parecen estar muy cerca de la desfachatez y la audacia. Algunos incluso hacen de la impiedad una disculpa para la superstición y de la astucia para la necedad, como si torcieran el carácter como un leño desde la curvatura hacia lo contrario por inexperiencia en el acierto; pero la forma más vergonzosa de negar la adulación es ser inútilmente doloroso, y evitar lo innoble y humilde en la amistad con la aspereza y la dureza de una convivencia totalmente carente de tacto y de arte, considerando la acusación como un disfrute de la igualdad de palabra, como un liberto en la comedia. Puesto que, por tanto, es vergonzoso caer en la adulación persiguiendo lo que es agradable, y es vergonzoso, al huir de la adulación, corromper lo amistoso y protector con la falta de medida de la franqueza, y es necesario no sufrir ni lo uno ni lo otro, sino, como en cualquier otra cosa, obtener lo bueno de la franqueza a partir de la moderación, el propio discurso que exige lo que sigue parece poner el broche de oro al tratado.
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Por consiguiente, al ver que hay varias plagas que acechan a la franqueza, eliminemos primero de ella el amor propio, cuidándonos muy bien de no parecer que reprochamos algo como si estuviéramos agraviados y sufriéramos por algo propio. Pues no creen que el discurso que se hace en favor del propio hablante nazca de la benevolencia, sino de la ira, ni que sea una amonestación, sino una queja. Pues la franqueza es amistosa y venerable, mientras que la queja es egoísta y mezquina. Por eso respetan y admiran a quienes hablan con franqueza, mientras que a los que se quejan les responden con acusaciones y los desprecian. Como Agamenón, que no soportó a Aquiles cuando parecía hablar con franqueza moderada, pero ante Odiseo, que lo atacaba amargamente y decía'¡ maldito, ojalá tuvieras que mandar a otro ejército indigno!', cede y resiste, conteniéndose ante el carácter protector y sensato del discurso. Pues este, al no tener pretexto de ira personal, hablaba con franqueza ante él en favor de Grecia, mientras que aquel parecía enfurecerse principalmente por sí mismo. El propio Aquiles, aunque no era de carácter dulce ni amable, sino un hombre terrible, capaz de culpar incluso a quien no tenía culpa, permitía a Patroclo que soportara en silencio muchas cosas como:' despiadado, no fue tu padre el caballero Peleo ni Tetis tu madre; te engendró el mar glauco y las rocas escarpadas, porque tienes un ánimo inflexible'. Pues, al igual que el orador Hipérides pedía a los atenienses que observaran no solo si es amargo, sino si es amargo gratuitamente, así la amonestación del amigo, purificada de toda pasión personal, es digna de respeto, venerable y no se puede mirar de frente. Pero si alguien, al hablar con franqueza, es evidente que deja pasar y omite por completo las faltas del amigo contra sí mismo, pero reprende otras faltas suyas, mordiendo por unas y no perdonando por otras, este tono de franqueza es invencible y, con la dulzura del que amonesta, intensifica lo amargo y austero de la amonestación. Por eso se ha dicho bien que es necesario, en las iras y las diferencias con los amigos, hacer y observar algo de lo que les es provechoso o apropiado, pero no menos amistoso que esto es hablar con franqueza y recordar cuando parecen ser pasados por alto y descuidados en favor de otros que son descuidados. Como Platón, en las sospechas y diferencias con Dionisio, pidió una ocasión para entrevistarse; luego, aquel se la dio, pensando que Platón tenía algo que reprocharle y exponerle en su favor, pero Platón le habló más o menos así:' Si percibieras, Dionisio, que alguien que ha navegado a Sicilia es hostil, que desea hacerte algún mal pero no tiene ocasión,¿ lo dejarías zarpar y lo pasarías por alto, dejándolo ir impune?'.' Estoy muy lejos de eso', dijo Dionisio,' pues es necesario odiar y castigar no solo las obras de los enemigos, sino también su intención'.' Si, pues', dijo Platón,' alguien que ha llegado aquí con benevolencia hacia ti desea ser causa de algún bien para ti, y tú no le das ocasión,¿ es digno dejarlo ir con ingratitud y desprecio?'. Y al preguntar Dionisio quién es este, dijo:' Esquines, un hombre que en su carácter es más decente que cualquiera de los compañeros de Sócrates y capaz en su discurso de corregir a quienes convive; habiendo navegado hasta aquí a través de mucho mar para estar contigo a través de la filosofía, ha sido descuidado'. Esto conmovió tanto a Dionisio que inmediatamente rodeó a Platón con sus brazos y lo besó, admirando su benevolencia y magnanimidad, y se ocupó de Esquines de manera hermosa y espléndida.
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En segundo lugar, pues, como si estuviéramos limpiando toda insolencia, risa, burla y bufonería, eliminemos los malos condimentos de la franqueza. Pues, al igual que cuando un médico corta carne, debe haber cierta armonía y limpieza en las obras, y la ligereza danzante, arriesgada, errante y la curiosidad deben estar ausentes de la mano, así la franqueza admite lo hábil y lo ingenioso, si la gracia conserva la venerabilidad, pero la audacia, la vileza y la insolencia presentes la corrompen y destruyen por completo. Por eso el músico no de manera poco convincente ni carente de arte tapó la boca a Filipo, que intentaba discutir con él sobre el tañido de las cuerdas, diciendo:' No permita el cielo, rey, que te vaya tan mal que tú sepas esto mejor que yo'. Epicarmo, en cambio, no actuó correctamente cuando Hierón eliminó a algunos de sus conocidos y, pocos días después, lo invitó a cenar, diciendo:' Pero anteayer, al sacrificar, no invitaste a tus amigos'. Y Antifón, de manera malvada, cuando en casa de Dionisio había una investigación y un discurso sobre qué bronce era el mejor, dijo:' Aquel del que hicieron en Atenas las estatuas de Harmodio y Aristogitón'. Pues ni el dolor y la amargura de esto aprovechan, ni lo bufonesco y pueril deleita, sino que tal tipo de discurso es una forma de incontinencia mezclada con malicia e insolencia junto con enemistad, usando la cual se destruyen a sí mismos, bailando literalmente la danza alrededor del pozo. Pues Antifón murió a manos de Dionisio y Timágenes fue expulsado de la amistad de César, sin haber usado nunca una voz libre, sino en los banquetes y paseos, cada vez, no para ninguna seriedad, sino lo que se le ocurriera gracioso, presentando la causa de la amistad con los argivos como un sofisma de injuria. Puesto que también los cómicos habían hecho muchas cosas austeras y políticas para el teatro; pero lo ridículo y bufonesco mezclado en ellos, como un condimento miserable en los alimentos, hacía la franqueza caduca e inútil, de modo que a los que hablaban les quedaba la reputación de malicia y vileza, y a los que escuchaban no les resultaba útil nada de lo que se decía. De otro modo, pues, debe tratarse la broma y la risa con los amigos; pero que la franqueza tenga seriedad y carácter. Y si es por asuntos mayores, que el discurso sea digno de crédito y movilizador, tanto por la pasión como por la postura y el tono de voz. Pero el momento oportuno, cuando se descuida en todo, causa grandes daños, y sobre todo corrompe lo útil de la franqueza. Que tal cosa debe evitarse en el vino y la embriaguez, es evidente. Pues el que mueve un discurso en broma y benevolencia, levantando las cejas y frunciendo el rostro, trae una nube a la calma, como si se opusiera al dios Lyeo, que disuelve el ceño de las preocupaciones, según Píndaro. Y la inoportunidad tiene también un gran peligro. Pues las almas son inestables ante la ira debido al vino, y a menudo la embriaguez, al apoderarse de la franqueza, ha creado enemistad. Y, en general, no es noble ni valiente, sino cobarde, hablar con franqueza en la mesa cuando no se ha hablado con franqueza estando sobrio, como los perros cobardes. Por tanto, no hay necesidad de extenderse hablando sobre esto.
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Puesto que muchos no consideran ni se atreven a regular a los amigos que tienen éxito en sus asuntos, sino que consideran que el que tiene éxito es totalmente inaccesible e inalcanzable para la amonestación, pero cuando fracasan y tropiezan, los atacan y los pisan bajo mano una vez que se han vuelto humildes, soltando de golpe la franqueza como una corriente contenida contra la naturaleza y disfrutando alegremente del cambio debido a la arrogancia anterior de aquellos y a su propia debilidad, no está de más tratar también sobre esto y responder a Eurípides, que dice:' Cuando el destino da bien,¿ qué necesidad hay de amigos?'. Que es cuando más necesitan los que tienen éxito amigos que hablen con franqueza y que rebajen el exceso de su orgullo. Pues pocos son aquellos a quienes, junto con el éxito, les acompaña la sensatez; la mayoría necesita sensatez importada y razonamientos que los presionen desde fuera, ya que son inflados y agitados por la fortuna. Pero cuando el destino los derriba y les quita la hinchazón, en los propios hechos está lo que amonesta y produce arrepentimiento. Por eso, entonces, no hay necesidad de franqueza amistosa ni de palabras que tengan peso y mordacidad, sino que, verdaderamente, en tales cambios es dulce mirar a los ojos de un amigo que consuela y anima, como Jenofonte dice que el rostro de Clearco, visto en las batallas y ante los peligros, amable y humano, hacía más valientes a los que estaban en peligro. Pero el que aplica franqueza y mordacidad a un hombre desafortunado, como un colirio a un ojo perturbado e inflamado, no cura nada ni elimina lo que causa dolor, sino que añade ira al dolor y exaspera al que sufre. Inmediatamente, pues, alguien que está sano no es difícil ni salvaje en absoluto con un amigo que censura sus relaciones y borracheras, y que censura su ocio, falta de ejercicio, baños continuos y hartazgos inoportunos; pero al que está enfermo no le es soportable, sino que es una enfermedad mayor escuchar que esto te ha sucedido por incontinencia, blandura y por manjares y mujeres.'¡ Oh, qué inoportunidad, hombre! Estoy escribiendo mi testamento y los médicos me preparan castóreo o escamonea, y tú me amonestas y filosofas'. Así, pues, también los asuntos de los desafortunados no admiten franqueza y sentencias, sino que necesitan decencia y ayuda. Pues también las nodrizas, cuando los niños se caen, no corren a insultarlos, sino que los levantan, los lavan y los calman, y luego, así, los reprenden y castigan. Se dice también que Demetrio de Falero, cuando fue expulsado de su patria y vivía en Tebas sin gloria y haciendo cosas humildes, no vio con agrado que Crates se acercara, esperando franqueza cínica y palabras ásperas; pero al encontrarse Crates con él suavemente y hablarle sobre el exilio, diciendo que no tenía ningún mal ni nada digno de llevar con pesadez, habiéndose librado de asuntos inestables e inseguros, y al mismo tiempo exhortándolo a confiar en sí mismo y en su disposición, se volvió más alegre y, recobrando el ánimo, dijo a sus amigos:'¡ Ay de aquellas acciones y ocupaciones por las que no conocimos a un hombre así!'. Pues para el que sufre, el relato amable de los amigos es dulce, pero para el que desvaría demasiado, las amonestaciones. Este es el modo de los amigos nobles; pero los aduladores innobles y humildes de los que tienen éxito, como dice Demóstenes que las fracturas y los esguinces se mueven cuando el cuerpo recibe algún mal, también estos se adhieren a los cambios, como si se alegraran y disfrutaran. Pues incluso si necesita algún recordatorio en lo que fracasó por sí mismo al haber deliberado mal, es suficiente el' no fue según nuestra mente; pues yo, ciertamente, te disuadía mucho'.
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¿ En qué casos, pues, debe ser vehemente el amigo y cuándo usar el tono de la franqueza? Cuando los momentos invitan a apoderarse del placer, la ira o la insolencia que se desbordan, o a recortar la avaricia o a contener una falta de atención insensata. Así hablaba con franqueza Solón ante Creso, que se había corrompido por un éxito inestable y vivía en el lujo, ordenándole mirar el fin; así Sócrates contenía a Alcibíades, y le sacaba una lágrima verdadera al ser examinado y le revolvía el corazón. Tales fueron las de Ciro ante Ciaxares y las de Platón ante Dión, cuando era más brillante y atraía a todos los hombres hacia sí por la belleza de sus acciones y su grandeza, exhortándolo a guardarse y temer la soberbia, como compañera de la soledad. También Espeusipo le escribía que no se enorgulleciera si se hablaba mucho de él entre muchachos y mujeres, sino que viera cómo, al adornar Sicilia con santidad, justicia y leyes excelentes, haría gloriosa a la Academia. Eucto y Euleo, compañeros de Perseo, mientras tenía éxito, siempre conversaban para complacerlo y asentían como los demás que lo seguían; pero cuando, al enfrentarse a los romanos cerca de Pidna, fracasó y huyó, al abalanzarse sobre él lo censuraban amargamente y le recordaban lo que había errado o pasado por alto, reprochándole cada cosa, hasta que el hombre, sufriendo por el dolor y la ira, mató a ambos con su daga.
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Que el momento común, pues, quede predeterminado así; pero los que ellos mismos ofrecen a menudo no debe dejarlos pasar el que se preocupa por sus amigos, sino usarlos; pues también la pregunta, la narración y la censura de otros similares sobre otros, o la alabanza, son como un preludio para la franqueza. Como dicen que Demarato llegó a Macedonia en el tiempo en que Filipo estaba en diferencia con su mujer y su hijo; y al saludarlo Filipo y preguntarle cómo están los griegos de concordia entre sí, Demarato, siendo benevolente y muy conocido, dijo:' Ciertamente, Filipo, es hermoso para ti preguntar sobre la concordia de los atenienses y los peloponesios, pero pasar por alto tu propia casa, que está llena de tanta sedición y discordia'. Bien también Diógenes, quien, al pasar al campamento de Filipo cuando marchaba a luchar contra los griegos, fue llevado ante él, y aquel, sin conocerlo, preguntó si era un espía;' Ciertamente', dijo,' espía de tu imprudencia y de tu insensatez, por las cuales, sin que nadie te obligue, vienes a jugarte en una hora el reino y el cuerpo'. Esto, pues, quizás sea más vehemente.
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Otro momento de amonestación es cuando, al ser injuriados por otros por lo que erran, se vuelven humildes y se encogen. A esto podría recurrir hábilmente un hombre elegante, deteniendo y rechazando a los que injurian, pero en privado él mismo tocando al amigo y recordándole que, si por nada más, debe prestar atención para que sus enemigos no sean audaces.'¿ Pues dónde está la boca de estos para abrirse, qué decir, si dejas pasar y arrojas aquello por lo que escuchas cosas malas?'. Pues así, lo doloroso es del que injuria, pero lo útil es del que amonesta. Algunos, de manera más refinada, al censurar a otros, hacen volver a sus conocidos; pues acusan a otros de lo que saben que ellos hacen. Nuestro maestro Amonio, en una lección vespertina, al notar que algunos de sus conocidos habían almorzado un almuerzo no sencillo, ordenó a su propio esclavo que golpeara al liberto, añadiendo que no puede almorzar sin vinagre. Y al mismo tiempo miró hacia nosotros, de modo que la censura tocara a los culpables.
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Además, pues, debe evitarse usar la franqueza ante muchos con un amigo, recordando lo de Platón. Pues como Sócrates tocó a uno de sus conocidos de manera más vehemente al hablar en las mesas, Platón dijo:'¿ No hubiera sido mejor que esto se hubiera dicho en privado?'. Y Sócrates dijo:'¿ Y tú no hubieras hecho mejor al decirme esto en privado?'. Y dicen que Pitágoras, al haberse comportado de manera más áspera con un conocido ante muchos, el joven se ahorcó, y a partir de esto Pitágoras nunca más amonestó a otro estando presente alguien más. Pues es necesario que la amonestación y el descubrimiento de la falta, como una enfermedad no decorosa, sean secretos y no públicos ni demostrativos ni que reúnan testigos y espectadores. Pues no es amistoso, sino sofístico, ganar reputación con las faltas ajenas, adornándose ante los presentes, como los médicos que operan en los teatros para ganar contratos. Sin la insolencia, que no es justo que esté presente en ninguna curación, también debe observarse lo competitivo y obstinado de la maldad, pues el amor no presiona más al ser amonestado simplemente, según Eurípides, sino que si alguien amonesta ante muchos y sin perdonar, hace que toda enfermedad y toda pasión se vuelva desvergonzada. Así pues, como Platón considera que los ancianos que preparan la vergüenza en los jóvenes deben ser los primeros en avergonzarse ante los jóvenes, así la franqueza que se siente cohibida cohíbe más, y acercarse con cautela y suavemente y tocar al que yerra, reprime y destruye la maldad que se contagia de avergonzarse de lo que se avergüenza. Por eso lo mejor es tener la cabeza cerca, para que los otros no se enteren, y lo menos apropiado es descubrirlo ante la esposa que escucha, ante los hijos a la vista del padre, ante el amante presente del amado o ante el maestro de los conocidos; pues se alejan por dolor e ira al ser examinados ante aquellos ante quienes consideran que deben ganar reputación. Creo que también Cleito no se exasperó tanto por el vino, como porque parecía contener a Alejandro ante muchos presentes. Y Aristómenes, el maestro de Ptolomeo, porque lo golpeó al despertar cuando cabeceaba ante una embajada, dio una oportunidad a los aduladores, que fingían indignarse en favor del rey y decían:' Si, al estar tan cansado y sin dormir, te has dejado vencer, debíamos amonestarte en privado, no ofrecer las manos ante tantos hombres'; y él, enviando una copa de veneno, ordenó al hombre que la bebiera. Aristófanes dice que también Cleón acusaba a esto, que ante extranjeros habla mal de la ciudad y exaspera a los atenienses. Por eso deben guardarse también de esto, junto con lo demás, los que no quieren exhibirse ni demagogizar, sino usar la franqueza de manera provechosa y curativa. Y, ciertamente, lo que Tucídides ha hecho decir a los corintios sobre sí mismos, que son dignos de llevar censura a otros, no dicho mal, debía estar presente en los que hablan con franqueza. Pues Lisandro, al parecer, ante el que hablaba con franqueza desde Mégara entre los aliados en favor de Grecia, dijo que sus palabras necesitaban una ciudad; pero la franqueza de todo hombre necesita quizás carácter, y esto es lo más verdadero dicho sobre los que amonestan y corrigen a otros. Platón, al menos, decía que amonestaba a Espeusipo con su vida, como, sin duda, Jenócrates a Polemón, al ser visto solo en la lección y al mirar hacia él, lo cambió y transformó. Al hombre de carácter ligero y vil que intenta usar la palabra de franqueza le queda escuchar:' médico de otros, tú mismo rebosante de llagas'.
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No obstante, puesto que, siendo ellos mismos viles y tratando con otros tales, los asuntos a menudo los llevan a amonestar, el modo más decente sería el que entrelaza y comprende de alguna manera en la acusación al que habla con franqueza; sobre lo cual se ha dicho:' Tidida,¿ qué nos ha pasado para olvidar nuestra impetuosa fuerza? Y ahora ni siquiera somos dignos de Héctor'. Y Sócrates así examinaba suavemente a los jóvenes, como si él mismo no estuviera libre de ignorancia, sino que pensaba que debía ocuparse de la virtud y buscar la verdad junto con ellos. Pues tienen benevolencia y confianza los que parecen errar lo mismo, pero corregir a los amigos como a sí mismos. Pero el que se enaltece al contener a otro, como si fuera alguien puro y sin pasión, si no es muy avanzado en edad ni tiene una autoridad reconocida de virtud y reputación, al parecer odioso y pesado, no ayudó en nada. Por eso Fénix no introdujo simplemente sus propias desgracias, al haber intentado matar a su padre por ira y haberse arrepentido rápidamente, para' no ser llamado parricida entre los aqueos', para que no parezca amonestarlo como si él mismo estuviera libre de ira y sin faltas. Pues tales cosas se revisten moralmente, y ceden más a los que parecen sufrir lo mismo y no despreciar. Puesto que no debe ofrecerse luz brillante a un ojo inflamado, ni un alma apasionada admite franqueza y amonestación sin mezcla, entre los remedios más útiles está la ligera alabanza mezclada, como en esto:' Vosotros ya no dejáis de lado la impetuosa fuerza, siendo todos los mejores en el ejército. Ni yo, ciertamente, lucharía con un hombre que dejara la guerra siendo miserable; pero a vosotros os reprocho de corazón. Y Pándaro,¿ dónde está tu arco y tus flechas aladas y la gloria, con la que nadie aquí compite, hombre?'. Muy manifiestamente se invocan también tales cosas a los que se dejan llevar:'¿ Edipo, dónde están los famosos enigmas? Y el que mucho sufrió, Heracles, dice esto'. Pues no solo libera de lo áspero y punitivo de la censura, sino que también produce celo hacia sí mismo al avergonzarse de lo vergonzoso con el recuerdo de lo bueno y al tomarse a sí mismo como ejemplo de los mejores. Pero cuando comparamos a otros, como iguales o ciudadanos o parientes, se molesta y se enfurece lo competitivo de la maldad, y esto a menudo suele susurrar con ira:'¿ Por qué, pues, no te vas con los mejores que yo, y no me das problemas?'. Debe guardarse, pues, de alabar a otros al hablar con franqueza ante otros, a menos que, por Zeus, sean los padres. Como Agamenón:'¡ Qué poco parecido a él engendró Tideo!', y el Odiseo en los Escirios:'¿ Y tú, que deshonras la brillante luz del linaje, cardas, habiendo nacido del mejor padre de los griegos?'.
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Y lo que menos conviene es que el amonestado amoneste a su vez y oponga franqueza a la franqueza; pues rápidamente enciende y crea diferencia, y en general tal empujón parecería no ser de alguien que responde con franqueza, sino de alguien que no soporta la franqueza. Es mejor, pues, soportar al amigo que parece amonestar; pues si más tarde él mismo yerra y necesita amonestación, esto mismo da, de algún modo, franqueza a la franqueza. Pues al recordar sin rencor que él mismo solía no pasar por alto a los amigos que erraban, sino examinarlos y enseñarlos, cederá más y aceptará la corrección, como si fuera una devolución de benevolencia y gracia, no de queja ni de ira.
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Además, pues, Tucídides dice que quien asume la envidia por los asuntos más grandes, delibera correctamente; al amigo le conviene asumir lo odioso de la amonestación por asuntos grandes y muy importantes. Pero si se molesta por todo y ante todo, y no se comporta de manera amistosa sino pedagógica con sus conocidos, será obtuso al amonestar en lo más grande e ineficaz, como un médico que ha usado la franqueza dividiendo un medicamento fuerte o amargo, necesario y costoso, en muchas cosas pequeñas e innecesarias. Él mismo, pues, se guardará mucho de lo continuo y de buscar faltas; pero si otro es mezquino en todo y calumnia, tendrá como un preludio para los errores mayores. Pues también el médico Filótimo, al mostrarle un hombre el hígado purulento y el dedo ulcerado, dijo:' No es sobre el uñero, hombre, el discurso'. Por tanto, también al amigo le da ocasión el momento de decir al que acusa por cosas pequeñas y que no valen nada:'¿ Por qué hablamos de bromas, borracheras y tonterías? Este, hombre, que despida a la cortesana o deje de jugar a los dados, y lo demás es para nosotros un hombre admirable'. Pues el que ha recibido perdón por las cosas pequeñas, no de mala gana da franqueza al amigo por las mayores; pero el que insiste siempre y en todas partes, amargo y desagradable, y que todo lo sabe y es entrometido, no es soportable ni para los niños ni para los hermanos, sino que es insoportable incluso para los esclavos.
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Puesto que ni a la vejez le acompañan todos los males, según Eurípides, ni a la necedad de los amigos, es necesario observar a los amigos no solo cuando erran, sino también cuando aciertan, y, por Zeus, alabar con entusiasmo lo primero; luego, como el hierro se endurece con el enfriamiento y recibe el temple tras haber sido relajado primero por el calor y haberse vuelto blando, así, a los amigos que están distendidos y calientes por las alabanzas, aplicarles suavemente la franqueza como un temple. Pues el momento da ocasión de decir:'¿ Es digno comparar aquello con esto?¿ Ves qué frutos produce lo bueno? Esto exigimos los amigos, esto es lo propio, para esto has nacido; pero aquello debe ser expulsado a la montaña o a la ola del mar de mucho ruido'. Pues como un médico sensato querría curar la enfermedad del paciente más con sueño y alimento que con castóreo y escamonea, así un amigo decente y un buen padre y maestro se alegra más con la alabanza que con la censura al usarla para la corrección del carácter; pues nada más hace que el que habla con franqueza no cause dolor y cure más que el que, ahorrando ira, se comporta con carácter y benevolencia con los que erran. Por eso no hay que examinar amargamente a los que niegan ni impedir a los que se defienden, sino incluso proporcionar de alguna manera excusas decorosas y, al apartarlos de la causa peor, cederles una más moderada, como Héctor:'¡ Desdichado, no es bueno que pongas esta ira en tu ánimo!', ante el hermano, como si la retirada de la batalla no fuera huida ni cobardía, sino ira. Y ante Agamenón, Néstor:' Tú, cediendo a tu ánimo magnánimo'. Pues creo que es más moral que el' has cometido una injusticia y te has deshonrado', el' no te has detenido y has ignorado', y el' no compitas con el hermano' o el' no envidies al hermano', y el' huye de la mujer que corrompe' o el' deja de corromper a la mujer'. Pues tal modo busca la franqueza curativa, pero la práctica busca el contrario. Pues cuando sea necesario expulsar a los que están a punto de errar, al oponerse a algún impulso violento que se dirige desde lo contrario, o cuando queramos tensar y exhortar a los que están blandos y sin entusiasmo ante lo bueno, hay que llevar a causas extrañas y no apropiadas lo que sucede. Como el Odiseo que exaspera a Aquiles en Sófocles no dice que se enfurece por la cena, sino que dice:' Ya temes al ver las moradas de Troya', y ante esto, al enfurecerse de nuevo Aquiles y decir que se va a navegar:' Sé lo que huyes, no el no escuchar cosas malas, sino que Héctor está cerca; no es bueno quedarse'. Pues al vehemente y varonil, con la reputación de cobardía; al sensato y ordenado, con la de incontinencia; al liberal y magnífico, con la de mezquindad y avaricia, los asustan, los exhortan a lo bueno y los alejan de lo vergonzoso, siendo moderados al ser examinados en lo irreparable y teniendo más de lo que sufre y de lo que se compadece al hablar con franqueza que el que censura, pero en las prohibiciones de los que erran y en las luchas contra las pasiones, siendo vehementes, implacables y continuos; pues este momento es de benevolencia inquebrantable y de franqueza verdadera. Pero vemos que también los enemigos usan la censura de lo hecho unos contra otros, como decía Diógenes que el que va a salvarse necesita tener amigos buenos o enemigos ardientes; pues unos enseñan, otros examinan. Pero es mejor guardarse de las faltas obedeciendo a los que aconsejan que arrepentirse al errar por causa de los que hablan mal. Y por esto es necesario también ser experto en la franqueza, cuanto más es el medicamento más grande y excelente en la amistad, que siempre necesita de la puntería del momento y de la medida que tiene la mezcla.
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Puesto que, como se ha dicho, la franqueza suele ser a menudo dolorosa para quien es tratado, es necesario imitar a los médicos; pues ni ellos, al cortar, abandonan la parte afectada mientras causa dolor y sufrimiento, sino que la bañan suavemente y aplican fomentos, ni quienes amonestan con tacto se marchan tras haber aplicado lo amargo y punzante, sino que suavizan y disipan el efecto con otras conversaciones y palabras amables, tal como los escultores alisan y dan brillo a las partes de las estatuas que han sido golpeadas y talladas. Pero aquel que ha sido golpeado y marcado por la franqueza, si es abandonado áspero, hinchado e irregular por la ira, resulta difícil de recuperar y de consolar después. Por ello, quienes amonestan deben cuidar esto sobre todas las cosas y no retirarse antes de tiempo, ni hacer que el final de la conversación y el trato sea aquello que causa dolor e irrita a los allegados.

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