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Quomodo quis suos in virtute sentiat profectus
Plutarch (plutarch)Prof 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
¿ Qué clase de discursos, Sossio Seneción, salvarán la conciencia de uno mismo que mejora hacia la virtud, si los progresos no producen ningún alivio de la insensatez, sino que la maldad, como una plomada que se añade a todo con igual peso, arrastra hacia abajo como una red? Pues ni en la música ni en la gramática alguien que progresa podría saber que no está eliminando nada de su ignorancia en estas materias, sino que su falta de técnica le acompaña siempre igual, ni un enfermo al que un tratamiento no le produce alivio ni le proporciona de algún modo una sensación de que la enfermedad cede y se relaja, podría notar diferencia alguna antes de que, una vez restablecido el cuerpo por completo, se genere en él la disposición contraria pura. Pero así como en estos casos no progresan si, al progresar, no reconocen el cambio al ser elevados hacia lo contrario, como en una balanza, por el alivio de lo que los oprimía, así en la filosofía no debe suponerse ni progreso ni sensación alguna de progreso si el alma no abandona nada ni se purifica de su necedad, y hasta el momento de recibir el bien puro y perfecto, utiliza el mal puro. Pues el sabio, habiendo cambiado en un instante de tiempo y de hora desde la mayor vileza posible hasta una disposición de virtud que no admite exceso, de la cual ni siquiera en mucho tiempo eliminó una parte de maldad, de repente ha escapado de toda ella a la vez. Y sin embargo, ya sabes que quienes dicen esto se causan a sí mismos muchas y grandes dificultades sobre el que ha pasado inadvertido, quien aún no se ha captado a sí mismo como sabio, sino que lo ignora y duda sobre el progreso que se produce poco a poco en mucho tiempo, al quitar unas cosas y añadir otras, como un camino que, al acercarse a la virtud, ha pasado inadvertido silenciosamente. Pero si hubiera tal rapidez y magnitud en el cambio, de modo que el que por la mañana era el peor se hubiera convertido por la tarde en el mejor, o si a alguien le sucediera tal cambio, que al dormirse vil se despertara sabio y saludara desde el alma habiendo abandonado las necedades de ayer y las falsas ilusiones,¡ salud!,¿ quién podría ignorar una diferencia en sí mismo tan grande que ha ocurrido y una prudencia que ha brillado de repente? Pues a mí me parece que uno podría, como Céneo, convertido por deseo en hombre desde mujer, ignorar la transformación, antes que alguien que, habiendo sido formado como sensato, prudente y valiente desde cobarde, insensato e incontinente, y habiendo cambiado hacia una vida divina desde una bestial, pasara inadvertido para sí mismo en un instante.
2
Pero se ha dicho correctamente que la plomada debe ponerse junto a la piedra, y no la piedra junto a la plomada; y aquellos que no ajustan sus doctrinas a los hechos, sino que fuerzan los hechos, que no han nacido para estar de acuerdo, a sus propias hipótesis, han llenado la filosofía de muchas dificultades, y la mayor de ellas es la que coloca a todos los hombres, excepto a uno, el perfecto, en una sola maldad común, por la cual el llamado progreso se ha convertido en un enigma, dejando poco para la insensatez extrema, y haciendo que los que aún no han sido liberados por ella de todas las pasiones y enfermedades sufran igualmente que los que no han sido liberados de ninguna de las peores. Estos, pues, se refutan a sí mismos, al establecer en las escuelas que la injusticia de Arístides es igual a la de Falaris, y la cobardía de Brásidas a la de Dolón, y, por Zeus, que la falta de juicio de Meleto no difiere en nada de la de Platón, pero en la vida y en los hechos evitan y huyen de aquellos como implacables, mientras que a estos, como dignos de mucho, los utilizan y confían en ellos para las cosas más importantes.
3
Nosotros, en cambio, al ver que el más y el menos se añaden a todo género de mal, y especialmente al desordenado e indefinido del alma, y que los progresos difieren, como si el discurso, al aliviar la sombra de la maldad, iluminara silenciosamente el alma y la purificara, no creemos que la conciencia del cambio sea irracional, como para los que son elevados desde algún abismo, sino que tiene razonamientos. Considera el primero de ellos inmediatamente. Si, al igual que los que corren con velas hacia un mar inmenso miden el camino con el tiempo según la fuerza del viento, cuánto es razonable haber recorrido en tanto tiempo siendo llevados por tal fuerza, así alguien en la filosofía podría hacer de lo constante y continuo del camino, y de no hacer muchas paradas en medio, y luego de nuevo impulsos y saltos, sino de captar suave y uniformemente lo que está delante y atravesarlo sin tropiezos mediante el discurso, un testimonio para sí mismo de progreso. Pues el dicho« si añades poco a poco y lo haces a menudo» no se ha dicho bien solo para el aumento de dinero, sino que sirve para todo, y especialmente para el progreso de la virtud, al añadir mucho y perfeccionador hábito del discurso; pero las irregularidades y torpezas de los que filosofan no solo causan pausas, como en un camino, del progreso, sino también retrocesos, al atacar siempre la maldad en el momento en que se cede y al arrastrar hacia lo contrario. Pues los matemáticos dicen que los planetas se detienen cuando cesa su movimiento hacia adelante, pero en la filosofía no hay pausa ni detención del progreso que cesa, sino que la naturaleza, al tener siempre algunos movimientos, quiere inclinarse como en una balanza y tensarse hacia los mejores, o se va arrastrada hacia los peores. Si, pues, según el oráculo dado por el dios a los cirreos de guerrear todos los días y todas las noches, te ves a ti mismo luchando siempre día y noche contra la maldad, o no habiendo bajado la guardia muchas veces ni habiendo aceptado continuamente de ella, como si fueran heraldos, algunos placeres o alivios o distracciones en treguas, razonablemente podrías caminar valiente y entusiasta hacia lo que queda.
4
No obstante, incluso si ocurren pausas en el filosofar, y las posteriores son más firmes y largas que las anteriores, no es una mala señal de que la pereza está siendo expulsada por el esfuerzo y el ejercicio; lo contrario es perverso: las muchas y continuas interrupciones después de poco tiempo, como si el entusiasmo se marchitara. Pues así como el crecimiento de la caña, que tiene un impulso máximo desde el principio hacia una longitud uniforme y continua, al principio recibe pocas sacudidas y contragolpes en grandes intervalos, luego, como si se quedara sin aliento hacia arriba por debilidad, se atasca en muchos y densos nudos, al recibir el espíritu golpes y temblores, así los que al principio utilizaron grandes excursiones hacia la filosofía, luego reciben muchos y continuos tropiezos y desgarros sin sentir nada diferente hacia lo mejor, terminan agotándose y rindiéndose. Pero al que, en cambio, le crecían alas por el beneficio, se llevaba y cortaba las excusas como si fueran una multitud que estorba a la fuerza y al entusiasmo del avance. Así pues, como señal de que el amor comienza no es el alegrarse con el bello presente— pues esto es común—, sino el ser mordido y doler al ser arrancado, así muchos son llevados por la filosofía y parecen esforzarse con mucha ambición por aprender, pero si se alejan por otros asuntos y distracciones, esa pasión de ellos se ha escurrido y lo llevan fácilmente. Pero aquel en quien existe la mordedura del amor por los muchachos, te parecería moderado y suave en el estar presente y filosofar juntos, pero cuando es arrancado y se encuentra solo, obsérvalo ardiendo y angustiado y disgustado con todos los asuntos y distracciones, y por memoria, amando, es conducido como un irracional por el deseo hacia la filosofía. Pues no hay que alegrarse con los discursos cuando están presentes como con los perfumes, y al alejarse no buscarlos ni afligirse, sino que, padeciendo una pasión similar al hambre y la sed en los desgarros, hay que aferrarse al que progresa verdaderamente, ya sea que el matrimonio, la riqueza, una amistad o una campaña militar que sobrevenga cause la separación. Pues cuanto más es lo que se ha añadido de la filosofía, tanto más molesta lo que se deja atrás.
5
Con esto es casi lo mismo o cercano la señal más antigua de progreso de Hesíodo, que el camino ya no sea cuesta arriba ni demasiado empinado, sino fácil y suave y a través de la comodidad, como si se alisara con el ejercicio y produjera luz en el filosofar y claridad a partir de la dificultad, el error y los arrepentimientos, con los que se encuentran los que filosofan al principio, como los que abandonan la tierra que conocen, pero aún no ven hacia la que navegan. Pues al abandonar lo común y habitual antes de conocer y obtener lo mejor, se mueven en medio, retrocediendo a menudo. Como dicen que Sextio el romano, habiendo abandonado los honores y cargos en la ciudad por la filosofía, y al filosofar a su vez sufriendo y utilizando el discurso difícil al principio, estuvo a punto de arrojarse desde un precipicio. Y sobre Diógenes el sinopeo cuentan cosas similares cuando comenzaba a filosofar, como que los atenienses tenían una fiesta y cenas públicas y teatros, y teniendo relaciones entre ellos, utilizaban festines y veladas, y él, acurrucado en un rincón como para dormir, caía en razonamientos que lo volvían no silenciosamente y lo quebrantaban, como que sin ninguna necesidad, al haber llegado a una vida penosa y extraña, se sienta privado de todos los bienes. Luego, sin embargo, se dice que un ratón se acercó a las migajas de él y se puso a dar vueltas, y él, de nuevo, se eleva con el ánimo y dice para sí mismo, como reprendiéndose y vituperándose:«¿ Qué dices, Diógenes? A este lo alimentan tus sobras,¿ y tú, el noble, porque no te emborrachas allí acostado en lechos suaves y floridos, te lamentas a ti mismo?». Cuando, pues, tales desgarros ocurran no muchas veces, y las expulsiones y rechazos del ánimo hacia ellos, como desde un giro, sean rápidos y disuelvan fácilmente el dolor y la angustia, hay que considerar que el progreso está en algo firme.
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Y puesto que no solo desde ellos mismos surgen los que sacuden y giran hacia lo contrario por debilidad a los que filosofan, sino que también los consejos de los amigos con entusiasmo y las percepciones de los diferentes, que ocurren entre risas y juegos, doblan y suavizan, y a algunos incluso los han sacudido completamente de la filosofía, no sería una mala señal de progreso la mansedumbre de cada uno hacia esto y el no ser perturbado ni irritado por los que dicen y nombran a algunos iguales prosperando en las cortes de los reyes o recibiendo dotes en matrimonios o bajando por la multitud al ágora para algún cargo o defensa. Pues el que no se asusta en esto y es impasible ya está claro que ha sido captado por la filosofía de la manera que conviene. Pues no es posible dejar de envidiar lo que la mayoría admira, a menos que en uno se haya generado la virtud de admirar. Pues para ser audaz contra los hombres, a algunos les ha ocurrido por ira y por locura; pero de las cosas que los hombres admiran no es posible despreciarse sin un ánimo verdadero y firme. Por eso, al comparar estas cosas con aquellas, se enorgullecen a sí mismos, como Solón:« Pero nosotros no cambiaremos con ellos la riqueza por la virtud, puesto que esta es firme siempre, mientras que el dinero de los hombres lo tiene uno en otro momento otro», y Diógenes comparaba su traslado a Atenas desde Corinto y de nuevo a Corinto desde Atenas con las estancias del rey en Susa en primavera, en Babilonia en invierno y en Media en verano. Y Agesilao sobre el gran rey:«¿ Pues en qué es mayor que yo, si no es también más justo?». Y Aristóteles, escribiendo a Antípatro sobre Alejandro, dijo que no solo le corresponde a él estar orgulloso porque domina a muchos, sino que no menos si alguien conoce correctamente sobre los dioses. Y Zenón, viendo a Teofrasto admirado por tener muchos discípulos, dijo:« El coro de aquel es mayor, pero el mío es más armonioso».
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Cuando, pues, al comparar así las cosas de la virtud con las externas, derrames las envidias y celos y las cosas que irritan y humillan a muchos de los que comienzan a filosofar, es algo grande; y esto lo haces como señal para ti mismo de que progresas. Y no es pequeño tampoco el cambio respecto a los discursos. Pues todos, por así decirlo, los que comienzan a filosofar persiguen más los que son para la gloria, unos como pájaros que se lanzan hacia el brillo de los físicos y la altura por ligereza y ambición, otros como los perritos, dice Platón, que se alegran al tirar y desgarrar, se dirigen hacia las disputas y las dificultades y los sofismas, y la mayoría, al entrar en los dialécticos, se alimentan inmediatamente para la sofistería, y algunos, al recopilar necesidades e historias, van por ahí, como Anacarsis decía que veía a los griegos utilizando la moneda para nada más que para contar, así enumerando y midiendo los discursos, y no poniendo nada más para su propio beneficio. Sucede, pues, lo de Antífanes, lo que alguien dijo sobre los conocidos de Platón, pues Antífanes decía bromeando que en cierta ciudad las voces, al ser dichas inmediatamente, se congelaban por el frío, y luego, al soltarse en verano, se escuchaban las que se discutieron en invierno; así, pues, decía que las cosas dichas por Platón cuando aún eran jóvenes, la mayoría apenas las percibía tarde, cuando se hacían viejos. Y esto lo han padecido respecto a toda la filosofía, hasta que el juicio, al tomar una posición, comience a armonizarse con los que producen carácter y grandeza y a buscar discursos cuyas huellas, según Esopo, estén vueltas más hacia adentro que hacia afuera. Pues así como Sófocles decía que, tras haber jugado con la hinchazón de Esquilo, luego el amargo y artificioso de su propia construcción, tercero ya, cambiaba el tipo de dicción, que es lo más ético y mejor, así los que filosofan, cuando pasan de los panegíricos y artificiosos al discurso que toca el carácter y la pasión, comienzan a progresar el verdadero progreso y sin vanidad.
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Observa, pues, no solo al recorrer escritos de filósofos y escuchar discursos si no prestas más atención a los nombres que a los hechos, ni te lanzas más a los que tienen lo difícil y superfluo que a los que tienen lo útil, carnoso y provechoso, sino que también al tratar con poemas e historia, vigila a ti mismo si no se te escapa nada de lo que se dice armoniosamente para la corrección del carácter o el alivio de la pasión. Pues así como Simónides dice que la abeja trata con las flores buscando la miel rubia, mientras que los otros aman y no toman nada más que su color y olor, así el que, mientras los otros se mueven en los poemas por placer y juego, encuentra él mismo algo y reúne algo digno de estudio, parece que ya se ha vuelto conocedor por hábito y amistad de lo bello y lo propio. Pues a los que utilizan a Platón y Jenofonte por la dicción, y no toman nada más que lo puro y ático como rocío y pelusa,¿ qué otra cosa podrías decir sino que aman de las medicinas lo fragante y florido, pero no aceptan ni distinguen lo que es indoloro y purgante? Pero los que progresan aún más pueden beneficiarse no solo de los discursos, sino también de los espectáculos y de todos los hechos, y reunir lo propio y útil, como dicen también sobre Esquilo y sobre otros similares. Esquilo, pues, viendo en el Istmo un combate de boxeadores, cuando al ser golpeado el otro el teatro gritó, dando un codazo a Ion de Quíos, dijo:«¿ Ves cómo es el ejercicio? El golpeado calla, pero los que miran gritan». Brásidas, habiendo capturado un ratón en higos secos y siendo mordido, lo soltó; luego, para sí mismo, dijo:«¡ Por Hércules!, qué no hay nada pequeño ni débil que no vivirá atreviéndose a defenderse». Diógenes, al ver al que bebía con las manos, arrojó el vaso de su zurrón. Así, el prestar atención y tener el ejercicio tenso hace a uno perceptivo y receptivo de las cosas que llevan a la virtud desde todas partes. Y esto ocurre más si mezclan los discursos con las acciones, no solo, como decía Tucídides, haciendo los ejercicios con peligros, sino también ante placeres y ante disputas y sobre juicios y defensas y cargos, como dándose a sí mismos prueba de las doctrinas, o más bien haciendo las doctrinas mediante el uso. Pues a los que aún aprenden y se ocupan y observan lo que, al tomarlo de la filosofía, inmediatamente sacarán al ágora o a la tertulia de jóvenes o al banquete real, no hay que pensar que filosofan más que los que venden medicinas que curan; más bien, tal sofista no difiere en nada de la pájara homérica, que lo que toma lo ofrece a los discípulos como a polluelos sin alas a través de la boca. Y mal le va a él al no devolver nada para beneficio propio ni digerir de lo que toma.
9
De donde es necesario observar si utilizamos el discurso útilmente hacia nosotros mismos, y hacia otros no por una gloria vana ni por ambición, sino queriendo más bien escuchar algo y enseñar, y sobre todo si lo contencioso y pendenciero sobre las investigaciones ha disminuido y hemos dejado de usar los discursos como correas o pelotas, lanzándonos unos a otros y alegrándonos más por golpear y derribar que por aprender algo y enseñar; pues la equidad y mansedumbre en esto y el no constituirse con lucha ni disolverse con ira las conversaciones, ni como insultar al haber refutado o enfadarse al ser refutado, es suficientemente de alguien que progresa. Y lo demostró Aristipo en cierto discurso al ser sofocado por un hombre que tenía audacia, pero que por lo demás era insensato y loco. Pues al verlo alegrarse y estar vanidoso, dijo:« Yo, pues, el refutado, me voy más contento que tú, el que ha refutado». Es posible también que los que se prueban a sí mismos si, ante la inesperada reunión de muchos, no nos retraemos por cobardía, ni nos desanimamos al luchar ante pocos, ni al tener que hablar ante el pueblo o ante una autoridad, por falta de preparación en la dicción, dejamos pasar la ocasión, como dicen sobre Demóstenes y Alcibíades. Pues también este, siendo muy hábil para concebir asuntos, al ser más tímido en la dicción, se frustraba a sí mismo en los hechos, y a menudo, al buscar y perseguir en el mismo hablar un nombre y una palabra que se escapaba, caía. Homero, en cambio, no se diferenció por haber sacado el primer verso sin medida; tanto le sobraba de ánimo para lo demás por su fuerza. Por tanto, es más razonable que aquellos cuya lucha es hacia la virtud y lo bello, utilicen la ocasión y los hechos, preocupándose lo menos posible de los ruidos y aplausos sobre las palabras.
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Y no solo hay que observar los discursos, sino también las acciones de cada uno, si en ellas hay más de lo necesario que de lo panegírico y de lo que es para exhibición, y más de lo que es hacia la verdad. Pues si el amor verdadero de un niño o de una mujer no busca testigos, sino que disfruta lo agradable aunque realice el deseo en secreto, aún más razonable es que el amante de lo bello y filósofo, al estar junto a la virtud mediante las acciones y utilizarla él mismo en sí mismo en silencio, se sienta orgulloso, sin necesitar nada de alabadores ni oyentes. Como, pues, aquel que llama a casa a la criada y grita:« Mira, Dionisia, he dejado de ser vanidoso», así el que ha hecho algo gracioso y elegante y luego cuenta esto y lo lleva por todas partes, está claro que mira hacia afuera todavía y es arrastrado hacia la gloria, y aún no se ha convertido en espectador de la virtud, ni en realidad, sino en sueño, vagando en sombras e imágenes de ella, y luego, como si pusiera una pintura para la vista, lo realizado. Es, pues, propio del que progresa no solo, al haber dado al amigo y haber beneficiado al conocido, no contarlo a otros, sino también, al haber puesto un voto justo entre muchos injustos y al haberse resistido a una petición vergonzosa de algún rico o autoridad y al haber despreciado regalos y, por Zeus, al haber tenido sed de noche y no haber bebido o al haberse resistido ante el beso de una bella o un bello, como Agesilao, retenerlo en sí mismo y callar. Pues así, al ser estimado por sí mismo, no despreciando sino alegrándose y amando como capaz de ser testigo y espectador a la vez de las cosas bellas, muestra el discurso ya alimentándose por dentro y enraizándose en sí mismo y, según Demócrito, acostumbrándose a tomar los placeres de sí mismo. Los agricultores, pues, ven con más gusto las espigas que están inclinadas y se inclinan hacia la tierra, mientras que las que por ligereza se levantan hacia arriba las consideran vacías y fanfarronas; así también, de los jóvenes que quieren filosofar, los más vacíos y que no tienen peso tienen audacia y forma y caminar y rostro lleno de desprecio y negligencia que no perdona a nadie, pero al comenzar a llenarse y recoger fruto de los discursos, se despojan de lo arrogante y superficial. Y como en los vasos vacíos que reciben líquido el aire interior sale al ser exprimido, así a los hombres que se llenan de los verdaderos bienes les cede la vanidad y el orgullo se vuelve más suave, y al dejar de estar orgullosos por la barba y el manto, trasladan el ejercicio hacia el alma, y utilizan lo mordaz y amargo más hacia sí mismos, y tratan a los demás más suavemente. Y el nombre de filosofía y la gloria de filosofar no los arrebatan para sí mismos como antes ni los añaden, sino que, incluso al ser llamados por otro con este nombre, un joven bien nacido se adelantaría a decir con rubor:« No soy ningún dios;¿ por qué me comparas con los inmortales?». Pues de una mujer joven, como dice Esquilo,« no escapa el ojo que arde, si ha probado a un hombre», y a un joven que ha probado el progreso verdadero en la filosofía le siguen estos versos de Safo:« y la lengua se me ha roto, y un fuego sutil ha corrido bajo la piel al instante», y verás un ojo sin ruido y suave, y desearías escuchar cuando habla. Pues así como los que se inician al principio se reúnen en ruido y grito empujándose unos a otros, pero al ser hechas y mostradas las cosas sagradas prestan atención ya con miedo y silencio, así también en la filosofía, al principio y ante las puertas, verás mucho ruido y charla y audacia, al empujarse algunos hacia la gloria de manera rústica y violenta; pero el que ha llegado adentro y ha visto una gran luz, como si se abrieran los santuarios, al haber tomado otra forma, y en silencio y asombro, como ante un dios, el discurso lo sigue humilde y adornado. Y a estos parece que se refiere bien lo que bromeó Menedemo: decía que la mayoría navega hacia Atenas para la escuela, primero como sabios, luego se vuelven filósofos, luego retóricos, y al pasar el tiempo, ignorantes, cuanto más tocan el discurso, más dejan de lado el orgullo y la vanidad.
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De los que necesitan tratamiento, pues, los que sufren de un diente o un dedo van directamente a los que curan, los que tienen fiebre llaman a casa y piden ayuda, pero los que han llegado a la melancolía o frenesí o locura ni siquiera soportan que los visiten en algunos lugares, sino que los expulsan o huyen, sin darse cuenta de que están enfermos por estar demasiado enfermos. Así pues, también de los que cometen errores, son incurables los que se disponen hostil y salvajemente hacia los que refutan y aconsejan y se enfadan; los que soportan y aceptan están más suaves. El ofrecerse a sí mismo al cometer errores a los que refutan y decir la pasión y descubrir la maldad y no alegrarse al pasar inadvertido ni amar ser ignorado, sino confesar y pedir al que toca y aconseja, no sería una mala señal de progreso. Como decía Diógenes al que necesitaba salvación, que conviene buscar o un amigo serio o un enemigo ardiente, para que, al ser refutado o curado, escape de la maldad. Hasta que alguien, al mostrar suciedad o mancha de la túnica o calzado roto, se engalana ante los de afuera con vanidad vacía y, por Zeus, burlándose de sí mismo como si fuera pequeño o jorobado, cree que se comporta como un joven, mientras que las vergüenzas interiores del alma y las faltas en la vida y las mezquindades y el amor al placer y la malicia y las envidias, como heridas, envolviéndolas y ocultándolas, no deja que nadie las toque ni las vea por miedo a la refutación, poco progreso le corresponde, o más bien ninguno. Pero el que va al encuentro de esto y, sobre todo, se duele a sí mismo al cometer errores y se vitupera, y en segundo lugar, se ofrece al ser aconsejado por otro, resistiendo y siendo purificado por las refutaciones, y pudiendo y queriendo, este se parece al que realmente se frota y abomina la maldad. Pues hay que, sin duda, avergonzarse y huir incluso de parecer perverso; pero el que se disgusta más con la esencia de la maldad que con la mala fama no huye de ser mal hablado y de hablar para llegar a ser mejor. Pues es gracioso lo de Diógenes hacia cierto joven visto en una taberna, y que huyó a la taberna:« Cuanto más adentro huyes», dijo,« más estás en la taberna». Y cada uno de los viles, cuanto más lo niega, tanto más se mete y se encierra en la maldad a sí mismo. Sin duda, los que fingen ser ricos entre los pobres son aún más pobres por la arrogancia; pero el que progresa realmente toma a Hipócrates como ejemplo, al haber confesado y escrito sobre lo que se le pasó por alto en las suturas de la cabeza, razonando que es terrible que aquel, para que otros no sufran lo mismo, haya confesado su error, y él mismo, que va a salvarse, no se atreva a ser refutado ni a confesar la necedad y la ignorancia. Y ciertamente, las cosas de Biante y Pirrón uno no las pondría como señales de progreso, sino de una disposición mayor y más perfecta. Pues uno, al pensar que los conocidos progresan cuando escuchan de los que insultan como diciendo:« Extranjero, puesto que no pareces un hombre malo ni insensato,¡ salud y alégrate mucho, y que los dioses te den bienes!», y dicen que Pirrón, navegando y estando en peligro en invierno, mostró un cerdito comiendo alegremente cebada mezclada, y dijo a los compañeros que tal impasibilidad debe prepararse mediante el discurso y la filosofía al que no quiere ser perturbado por los que se encuentran.
12
Observa, pues, también cómo es lo de Zenón. Pues exigía que cada uno se diera cuenta de que progresa a partir de los sueños, si no se ve a sí mismo ni alegrándose con algo vergonzoso ni aceptando o haciendo algo de las cosas terribles y extrañas durante el sueño, sino como en un abismo de calma sin olas, brilla claro lo imaginativo y pasional del alma, difundido por el discurso. Y esto también Platón, como parece, al darse cuenta antes, formó y delineó lo que hace durante el sueño lo imaginativo e irracional del alma de naturaleza tiránica. Pues intenta unirse a su madre y se lanza a comidas de todo tipo, transgrediendo la ley y utilizando sus deseos como si estuvieran sueltos, los cuales durante el día la ley encierra con vergüenza y miedo. Así pues, como los animales de carga bien educados, ni siquiera si el conductor suelta las riendas, intentan desviarse y abandonar el camino, sino que avanzan como están acostumbrados en orden, manteniendo el camino sin tropiezos, así a quienes el irracional ya se ha vuelto obediente y suave por el discurso y castigado, ni durante el sueño ni por enfermedades quiere ya fácilmente desmandarse o transgredir la ley con los deseos, sino que guarda y recuerda el hábito, que produce fuerza y tensión a la atención. Pues si incluso el cuerpo, por el ejercicio de la impasibilidad, ha nacido para ofrecerse obediente a sí mismo y a sus partes, como retener los ojos de lágrimas ante la compasión y el corazón de saltar ante los miedos, y tener los genitales con sensatez en silencio y no molestar ante bellos o bellas,¿ cómo no es más razonable que el alma, al haber tomado el ejercicio de lo pasional, alise y dé forma a las imágenes y los movimientos hasta presionar los sueños? Como se dice también sobre el filósofo Estilpón, quien pareció ver durante el sueño a Poseidón enfadado con él por no haber sacrificado un buey, como era costumbre entre los megarenses; y él, sin haberse asombrado en nada, dijo:«¿ Qué dices, Poseidón?¿ Vienes como un niño quejándote de que no he llenado la ciudad de grasa al no haber pedido prestado, sino que de lo que tenía te sacrifiqué moderadamente desde casa?». Y, sin embargo, le pareció que Poseidón, sonriendo, extendía la mano derecha y decía que hará una abundancia de boquerones para los megarenses por él. A los que, pues, tienen sueños así, claros y sin dolor, y no se trae de los sueños nada terrible o áspero o malicioso o torcido, dicen que estos son algunos resplandores del progreso, mientras que los impulsos y sobresaltos y huidas innobles y alegrías infantiles y lamentos de sueños lastimeros y extraños se parecen a rompientes y oleajes, de un alma que aún no tiene lo que la adorna como propio, sino que todavía es moldeada por opiniones y leyes, de las cuales, al alejarse mucho durante el sueño, se disuelve y desenrolla de nuevo por las pasiones. Estas cosas, pues, obsérvalas también tú mismo, si son de progreso o de alguna disposición que ya tiene firmeza y poder inamovible sobre los discursos.
13
Dado que la impasibilidad absoluta es algo grande y divino, y el progreso, como dicen, se asemeja a una cierta cesión y suavización de las pasiones, es necesario juzgar las diferencias examinando las pasiones tanto en sí mismas como en relación unas con otras. En sí mismas, si ahora usamos deseos, miedos e iras más suaves que los de antaño, eliminando rápidamente con la razón lo que en ellos es irritante e inflamatorio; y en relación unas con otras, si ahora nos avergonzamos más de lo que tememos, y sentimos más emulación que envidia, y somos más ambiciosos que codiciosos, y, en general, si pecamos más al estilo dórico que al lidio, como los músicos en sus excesos, siendo más rigurosos o más laxos en nuestro modo de vida, más lentos o más precipitados en nuestras acciones, y más admiradores o desdeñosos de lo que es debido respecto a las palabras y a las personas. Pues, al igual que las desviaciones de las enfermedades hacia partes no vitales del cuerpo no son una mala señal, así la maldad de quienes progresan parece desvanecerse poco a poco al trasladarse a pasiones más moderadas. Pues los éforos, cuando Frinis añadió dos cuerdas a las siete, le preguntaron si prefería que le cortaran las de arriba o las de abajo; a nosotros, en cierto modo, las de arriba y las de abajo nos piden una poda si hemos de establecernos en el medio y en la moderación, pero el progreso alivia primero los excesos y la intensidad de las pasiones, hacia las cuales, según Sófocles, los que están fuera de sí son más vigorosos.
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Y, ciertamente, ya se ha dicho que trasladar los juicios a las obras y no dejar que las palabras sean solo palabras, sino convertirlas en acciones, es lo más propio del progreso. Una prueba de ello es, en primer lugar, el celo por lo que es elogiado y el estar dispuestos a realizar lo que admiramos, y no querer ni tolerar lo que censuramos. Pues, aunque era natural que todos los atenienses elogiaran la audacia y el valor de Milcíades, Temístocles, al decir que el trofeo de Milcíades no le dejaba dormir y lo levantaba del sueño, se mostraba claramente no solo elogiando y admirando, sino también emulando e imitando. Por tanto, hay que considerar que se progresa poco mientras mantengamos la admiración por los que triunfan inactiva e inmóvil hacia la imitación. Pues ni el amor corporal es activo si no va acompañado de celos, ni el elogio de la virtud es ardiente y operativo si no pincha, no aguijonea y no produce, en lugar de envidia, un celo por lo bello que anhela su plenitud. Pues no es solo por las palabras que el corazón del que filosofa debe ser conmovido y derramar lágrimas, como decía Alcibíades, sino que el que progresa verdaderamente, al compararse más con las obras y acciones de un hombre bueno y perfecto, sintiéndose mordido por la conciencia de su propia carencia y alegrándose por la esperanza y el deseo, y estando lleno de un impulso que no descansa, es capaz, según Simónides, de correr como un potro sin yegua, anhelando casi fusionarse con el bien. Pues este es también un rasgo propio del verdadero progreso: amar y querer la disposición de aquellos cuyas obras emulamos y, con benevolencia, esforzarse siempre por asimilarse a ellos rindiéndoles un honroso tributo. Pero quien tenga instilada rivalidad y envidia hacia los mejores, que sepa que está siendo aguijoneado por los celos de alguna gloria o poder, pero que no honra ni admira la virtud.
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Cuando, pues, comencemos a amar los bienes de tal manera que, no solo según Platón, consideremos dichoso al hombre moderado y dichoso al que escucha las palabras que salen de la boca del moderado, sino que también, admirando y amando su porte, su caminar, su mirada y su sonrisa, estemos dispuestos a ajustarnos y adherirnos a él, entonces debemos considerar que progresamos verdaderamente. Y aún más, si no solo admiramos a los buenos cuando tienen éxito, sino que, al igual que los amantes aceptan incluso los ceceos y la palidez de los que están en su apogeo, y las lágrimas y el abatimiento de Pantea, cuando estaba de luto y afligida, asombraron a Araspes, así nosotros no temamos ni el destierro de Arístides, ni el encarcelamiento de Anaxágoras, ni la pobreza de Sócrates o la condena de Foción, sino que, considerando la virtud digna de ser amada incluso con estos infortunios, avancemos hacia ella, pronunciando en cada caso el verso de Eurípides:«¡ Ay, qué hermoso es todo en los nobles!». Pues a quien llega al punto de no disgustarse ni siquiera ante lo que parece terrible, sino de admirarlo y emularlo, ya nadie podrá apartarlo de los bienes. A tales personas les sigue el hecho de que, al emprender ciertas acciones, ya sea al asumir un cargo o al usar de la fortuna, se ponen ante los ojos a los que son o fueron buenos, y reflexionan:«¿ Qué habría hecho Platón en esta situación?¿ Qué habría dicho Epaminondas?¿ Cómo se habría mostrado Licurgo o Agesilao?», como si se estuvieran adornando y reformando ante espejos, corrigiendo una voz demasiado vulgar o resistiéndose a alguna pasión. Pues los que han aprendido los nombres de los Dáctilos ideos los usan contra los miedos como amuletos, recitando cada uno con calma; pero la idea y el recuerdo de los hombres buenos, al presentarse rápidamente y asistir a los que progresan en todas las pasiones y en todas las dificultades, los mantiene rectos e inquebrantables. Por tanto, que esto sea también para ti una señal de que estás avanzando hacia la virtud.
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Además de esto, el no turbarse ya excesivamente, ni ruborizarse, ni ocultar o cambiar nada de lo propio ante la aparición repentina de un hombre ilustre y moderado, sino tener la confianza de acercarse a tales personas, es una confirmación de la propia conciencia. Pues Alejandro, al parecer, al ver a un mensajero que corría hacia él lleno de alegría y le tendía la mano derecha, dijo:«¿ Qué vas a anunciarme, buen hombre?¿ Acaso que Homero ha resucitado?», pensando que a sus hazañas no les faltaba nada más que la fama póstuma. Pero a un joven que mejora su carácter no le nace amor por nada más que por lucirse ante hombres nobles y buenos, y por mostrarles su casa, su mesa, su esposa, sus juegos, sus asuntos serios, sus discursos pronunciados o escritos, de modo que incluso se siente mordido al recordar a un padre o a un maestro fallecido que no lo vio en tal disposición, y no desearía nada más de los dioses que el que ellos resucitaran para ser espectadores de su vida y de sus acciones. Como, por el contrario, los que se han descuidado y corrompido no ven a sus allegados ni siquiera en sueños con calma y sin miedo.
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Añade, pues, a lo dicho una señal no pequeña, si quieres: el no considerar ya pequeña ninguna de las faltas, sino ser precavido y prestar atención a todo. Pues, al igual que los que han perdido la esperanza de enriquecerse no valoran los pequeños gastos, pensando que nada grande se hará añadiendo algo pequeño, mientras que la esperanza, al acercarse más al fin, aumenta con la riqueza la codicia, así en los asuntos relacionados con la virtud, el que no concede mucho al«¿ qué importa esto?» y al« ahora así, pero después mejor», sino que presta atención a cada detalle, y se siente molesto e irritado si la maldad se infiltra alguna vez hasta en la más pequeña de las faltas buscando una disculpa, es evidente que ya está adquiriendo algo puro para sí mismo y no consiente ensuciarse en absoluto; mientras que el no considerar nada grande por vergüenza hace a los hombres descuidados y negligentes ante las cosas pequeñas. Pues, al construir un muro o una cornisa, no importa si se pone cualquier madera o piedra vulgar, o si se coloca una estela caída de una tumba, como hacen los mediocres, amontonando y acumulando toda labor y acción al azar; pero los que progresan, para quienes ya se ha forjado, como de un edificio sagrado y real, la base de oro de la vida, no admiten nada de lo que hacen al azar, sino que aplican y ajustan cada cosa como con la plomada de la razón. Sobre lo cual pensamos que Policleto decía que la obra es más difícil para aquellos a quienes el barro ha llegado hasta la uña.

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