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Contra Orationem Symmachia
Prudentius (IV)Symm 1.pr · spanish-geminiMore by Prudentius (IV)
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Original: Perseus Lat2

Paulus, praeco Dei, qui fera gentium primus corda sacro perdomuit stilo, Christum per populos ritibus asperis inmanes placido dogmate seminans, inmansueta suas ut cerimonias gens pagana Deo sperneret agnito, actus turbinibus forte nigerrimis hibernum pelagus iam rate debili et vim navifragi pertulerat noti. sed cum caerulei proelia gurgitis iussisset Domini dextra quiescere, ad portum fluitans cumba relabitur exponitque solo litoris uvidi contractos pluvio frigore remiges, tunc de litoreis saepibus algidi arentum propere bracchia palmitum convectant rapidos unde focos struant: fascem quisque suum congerit ignibus expectans calidi luxuriam rogi. Paulus, dum fragiles cogere surculos et densere foci congeriem studet, incautam cumulis inseruit manum, torpebat glacie pigra ubi vipera sarmentis laqueos corporis inplicans. quae postquam intepuit fomite fumeo laxavitque ferox colla rigentia, iam flecti facilis, rettulit ad manum vibrato capite spicula dentium. haerentem digiti vulnere mordicus pendentemque gerens Paulus inhorruit. exclamant alii, quod cute livida virus mortiferum serpere crederent. at non intrepidum terret apostolum tristis tam subiti forma periculi. adtollens oculos sidera suspicit Christum sub tacito pectore murmurans, excussumque procul discutit aspidem, abiectus coluber verberat aëra atque oris patuli solvit acumina. mox omnis sanies deserit et dolor ceu nullo laceram vulnere dexteram, siccatusque perit vipereus liquor, hydrum praecipitem dum rotat inpetus, arsurum mediis intulit ignibus. sic nunc post hiemem vimque trucis freti, quo iactata ratis tunc Sapientiae est, cum sub sacricolis territa regibus vix panso poterat currere carbaso adflictosque suos turbine saeculi vectarat rabidis fluctibus innatans, morsum vulnificum lex pia pertulit. occultabat enim se prius abditum virus nec gravidum protulerat caput, contentum involucris atque cubilibus subter conprimere clausa silentia. sed, dum forte latens inpietas riget, dextram Iustitiae pigra momorderat succensi stomacho fellis inaestuans. heu, quam catholicam nil prope profuit puppem nasse sacri remigio stili quem Paulus variis gentibus edidit! vix portu placido tuta quieverat victrix edomitis mille furoribus, vix adstricta suis iam retinaculis vectores stabili condiderat solo: erumpit subito triste periculum, nam dum praecalidos igniculos sibi solvendis adolent et senio et gelu, dum virgas steriles atque superfluas flammis de fidei palmite concremant, ut concreta vagis vinea crinibus silvosi inluviem poneret idoli, palpavit nimius perniciem tepor. seps insueta subit serpere flexibus et vibrare sagax eloquii caput: sed dextra inpatiens vulneris inritos oris rhetorici depulit halitus; effusum ingenii virus inaniter summa Christicolis in cute substitit. Salvator generis Romulei, precor, qui cunctis veniam das pereuntibus, qui nullum statuis non operis tui mortalem, facili quem releves manu, huius, si potis est, iam miserescito praeruptam in foveam praecipitis viri. spirat sacrilegis flatibus inscius erroresque suos indocilis fovet, obtestor, iubeas ne citus inpetus arsurum mediis inferat ignibus.

Spanish Gemini
1.pr
Pablo, heraldo de Dios, quien primero domó con su pluma sagrada los corazones feroces de las naciones, sembrando a Cristo entre los pueblos de ritos ásperos con una doctrina pacífica, para que la gente pagana, una vez conocido Dios, despreciara sus propias ceremonias salvajes, por azar, entre los torbellinos más negros, ya había soportado en una nave débil el mar invernal y la fuerza del noto destructor de naves. Pero cuando la diestra del Señor ordenó que las batallas del abismo azul se calmaran, la barca, flotando, regresó al puerto y expuso en el suelo de la orilla húmeda a los remeros contraídos por el frío lluvioso; entonces, desde los setos de la orilla, rápidamente acarrean ramas de sarmientos secos y fríos para construir hogueras rápidas; cada uno amontona su haz para el fuego, esperando el lujo de la pira cálida. Pablo, mientras se esfuerza por recoger ramas frágiles y densificar el montón de la hoguera, introdujo su mano desprevenida en los cúmulos, donde una víbora, entumecida por el hielo perezoso, enredaba los lazos de su cuerpo en los sarmientos. Esta, después de entibiarse con el rescoldo humeante y relajar sus cuellos feroces y rígidos, ya fácil de doblar, dirigió hacia la mano las puntas de sus dientes con la cabeza vibrante. Pablo, llevando al animal adherido a la herida del dedo y colgando, se estremeció. Otros exclaman, pues creían que un veneno mortífero se arrastraba por la piel lívida. Pero la triste forma de un peligro tan repentino no aterroriza al intrépido apóstol. Alzando los ojos, mira a las estrellas, murmurando a Cristo bajo su pecho silencioso, y sacude lejos al áspid sacudido; la serpiente arrojada golpea el aire y libera las puntas de su boca abierta. Pronto, toda la podredumbre y el dolor abandonan la mano lacerada como si no hubiera herida, y el líquido viperino, secado, perece, mientras el ímpetu hace girar a la hidra precipitada y la arroja a las hogueras encendidas. Así ahora, después del invierno y la fuerza del mar cruel, por el cual la nave de la Sabiduría fue entonces zarandeada, cuando, aterrorizada bajo reyes idólatras, apenas podía correr con la vela desplegada y había transportado a los suyos, afligidos por el torbellino del siglo, nadando sobre olas rabiosas, la ley piadosa soportó la mordedura que causa heridas. Pues el veneno se ocultaba antes, escondido, y no había sacado su cabeza preñada, contento con oprimir silencios cerrados bajo envoltorios y lechos. Pero, mientras la impiedad latente se entumece por azar, había mordido la diestra de la Justicia, entumecida, ardiendo con el estómago de una hiel encendida.¡ Ay, qué poco aprovechó a la nave católica haber nadado con el remo de la pluma sagrada que Pablo editó para diversas naciones! Apenas había descansado segura en el puerto pacífico, victoriosa tras haber domado mil furores, apenas, atada ya a sus amarras, había depositado a sus pasajeros en suelo estable: estalla de repente un triste peligro, pues mientras calientan para sí fuegos demasiado calientes para disolver la vejez y el hielo, mientras queman con las llamas del sarmiento de la fe las varas estériles y superfluas, para que la viña, concretada con cabellos errantes, depusiera la inmundicia del ídolo selvático, un calor excesivo acarició la perdición. Una seps inusual comienza a arrastrarse con flexiones y a vibrar la cabeza sabia de la elocuencia: pero la diestra, impaciente por la herida, rechazó los alientos inútiles de la boca retórica; el veneno del ingenio, derramado en vano, se detuvo en la superficie de la piel de los cristianos. Salvador del linaje de Rómulo, te ruego, tú que das perdón a todos los que perecen, tú que no estableces a ningún mortal fuera de tu obra, a quien alivias con mano fácil, ten piedad ya, si es posible, de este hombre que se precipita en la fosa escarpada. Respira con alientos sacrílegos, ignorante, y alimenta sus errores sin ser enseñado; te imploro, ordena que su ímpetu apresurado no lo lleve a las hogueras encendidas.
1.1
Creía que la ciudad, enferma por vicios gentiles, ya había expulsado suficientemente los peligros de la antigua enfermedad y que no restaba mal alguno, después de que la medicina del príncipe hubiera calmado los dolores inmoderados en la ciudadela, pero puesto que la plaga renovada intenta perturbar la salud de los romúlidas, debe implorarse el remedio del padre, para que no permita que Roma se ensucie con el antiguo letargo ni que las togas de los nobles se tiñan de humo y sangre. Por tanto, el ínclito padre de la patria, moderador del orbe, no hizo nada prohibiendo que el error antiguo creyera que bajo el aire oscurecido había formas de dios, o que consagrara la naturaleza de los elementos, que es arte del Padre omnigénito, por encima de la suma majestad; el único hombre que tuvo el cuidado de que la plaga pública de las costumbres no formara una cicatriz cerrada ligeramente sobre la piel superior, y que la superficie unida, engañando al médico, no alimentara el escondite de una herida podrida, profundamente impresa y consumida hasta el fondo por pus pútrido, sino que se esforzó para que la parte más noble del hombre viviera por dentro y supiera conservar el alma, purificada de la peste letal, a salvo del veneno interno. Esa había sido la medicina de los tiranos: ver qué estado convenía ante los ojos a las cosas presentes y perecederas, y no aplicar cuidado a las futuras.¡ Ay, mal merecieron del pueblo, mal halagaron a los mismos padres, a quienes permitieron ser sumergidos precipitados en el Tártaro con Júpiter y con la plebe de los dioses! Pero este extiende el imperio más ampliamente, deseando sancionar la salud para los suyos en la edad posterior. Sin duda, alguien muy docto dijo bellamente:' La cosa pública sería entonces suficientemente afortunada si los reyes fueran sabios o los sabios reinaran'.¿ Es él del número de los pocos que, habiendo obtenido la diadema, cultivaron el dogma de la sabiduría etérea? He aquí que ha llegado al género humano y a la gente togada un guía sabio, la república de nuestra Roma florece bajo el reinado de la justicia. Obedeced al maestro que gobierna los cetros. Advierte que el error más vil y la superstición de los antiguos abuelos estén lejos, y que no se piense que hay dios, sino el que sobresale por encima de todo y ha creado la inmensidad del gran orbe.¿ Se cree acaso que Saturno gobernó mejor a los abuelos latinos, quien informó a los ánimos agrestes y a los corazones bárbaros de los hombres con tales edictos?' Soy un dios. Llego huyendo, ofrecedme refugios, ocultad al anciano derribado del trono por la ferocidad de su hijo tirano; me place que este fugitivo y exiliado se esconda aquí, daré el nombre de Lacio a la gente y al lugar; forjaré el hierro para podar las vides encorvadas, si es que hay tal cuidado, y además estableceré para vosotros murallas saturnias en la orilla de vuestro río. Vosotros, consagrando el bosque y los altares puestos bajo mi honor( puesto que he nacido del Cielo), me celebraréis'. De ahí que los hombres, cuyas tumbas patrias conocemos, formaron dioses menores, torpes en el bronce, a quienes el advenedizo fugitivo y la libido equina trajeron a Italia: pues él, adúltero, fue el primero en relinchar a las jóvenes toscanas con una divinidad simulada. Pronto, peor que su padre, el habitante del Olimpo selvático, Júpiter, ensució a las lacedemonias con una mancha incestuosa, ya raptando a la amada transportada bajo un buey para el crimen, ya tierno y más ligero que una pluma, cantando susurros halagadores a la manera de un cisne que muere suavemente, por los cuales la joven cautiva llevara amor al ave, ya ante puertas sordas, que el cerrojo o el pestillo de arte había fijado con cuñas, a través del techo, rico amante, vertiendo lluvia de oro ondulante desde arriba sobre el regazo de la amiga que la recibía, ya cuidando la rapiña sucia con el escudero, afectando al miserable catamita con un abrazo inmundo, indignándose la hermana más que el niño concubina; esta es la causa y el origen del mal, que los siglos, reinando el antiguo huésped, inventaron un estupor crudo y dorado, y que Júpiter, astuto con nuevo ingenio, tejía astucias múltiples y variados engaños, para que, cuando quisiera cambiar su piel y su rostro, pensaran que era un buey, un águila que rapiña, un cisne que yace, y que se convertía en monedas y penetraba el regazo de la joven; pues,¿ qué no creería la estupidez de los hombres indómitos, acostumbrados a dar su ánimo, falto de razón divina, entre el ganado y los ritos ferinos? A cualquier fe que la astuta maldad del bribón arrastró, la gente infeliz ofreció un oído fácil. Sucedió al imperio de Júpiter una edad más corrupta, que enseñó a los rígidos colonos a servir a los vicios. Mercurio, nacido de Maia, imbuyó a los hombres, expertos en robar, con este arte; ahora es tenido por gran dios aquel cuya experiencia dio ladrones, y además se dice que aquel doctísimo en la magia tesalia, con el manejo de la vara tomada, revocó a la luz las almas extintas, y que resignó las leyes de la muerte cocicia a las sombras que volaban hacia arriba, pero condenó a otras a la muerte y las sumergió profundamente en el caos latente. Esto lo hace experto en ambos sentidos, y armó la vida con un doble crimen; pues el arte dañino sabe tanto excitar figuras tenues con murmullo mágico y encantar hábilmente las cenizas sepulcrales, como despojar a otros de la vida; la antigüedad simple, admirando al artífice de crímenes, lo adoró por encima del hombre, simulando que era llevado a través de las nubes y que atravesaba los vientos ligeros con pies alados. He aquí que, formado y de bronce, el hombre griego está entre el número de los dioses y resplandece en la augusta ciudadela de Numa. Un señor vigoroso de un campo cultivado fue memorable por la riqueza de sus jardines; sin embargo, este mismo era un excesivo fornicador y acostumbrado por mucha libido a molestar a las lobas rústicas y a entrar en lechos obscenos entre los sauces y los setos densos; dirigiendo su ánimo indómito y siempre preparado para el crimen, nunca daba descanso a sus venas calientes. Este dios vino desde el prenoble Helesponto patrio hasta los jardines itálicos con ritos vergonzosos; recibe anualmente un seno de leche y estas tortas de votos, y guarda los viñedos del campo sabino, a quien debería dar vergüenza visitar con la rama vergonzosamente fijada. El ardor famoso de Hércules por el amor del tierno niño hirvió en los bancos de la Argo, ni se avergonzó de acariciar concubitos bajo la piel nemea y de buscar, célibe, a Hilas que perecía. Ahora la casa Pinaria, con los salios y el canto, frecuenta el templo en la sede convexa del monte Aventino. El joven tebano se convierte en dios tras superar a los indios, mientras triunfante y exultante por el éxito se entrega al libertinaje y trae de vuelta el oro de la gente cautiva y, orgulloso por los despojos, se disuelve en el lujo con un séquito semiviril y, ávido de vino, se baña con abundante trago, derramando sobre los lomos rociados de las fieras de tiro las espumas de la copa enjoyada y el mosto falerno; por estos méritos, ahora se sacrifica un macho cabrío a Baco en todos los altares, y quienes quieren aplacar a Bromio desgarran con la boca serpientes verdes, lo que la embriaguez de los sátiros ya entonces hizo ante los ojos del rey, y creo que las mismas ménades, rotadas hacia todo crimen por el vino que inflamaba, lo hicieron con aguijones furiales. En torno a este coro que salta, el adúltero embriagado encontró en la playa de la costa secreta a una prostituta de cuerpo egregio, que el joven pérfido había dejado allí, saciado de amor incesto. Ordena que esta Neera, ardiente tras el vino, sea tomada y permanezca con él en los deleites del triunfo que flota, y que lleve la corona real, honor de su cabeza. Pronto el fuego de Ariadna es añadido a las estrellas celestiales: este precio de la noche paga Liber con honor, para que la meretriz ilumine el eje etéreo. La ineptitud del vulgo ignorante y necio creía que todos los reyes de aquel tiempo podían tanto, que el emperador podía pasar con sus suciedades al eterno reino de las alturas del cielo; entonces se creyó que toda la potestad real y toda la fuerza de la majestad, aunque pequeña, retenía el imperio del cielo: incluso se impartió honor a los líderes con incienso y un pequeño santuario, el cual, mientras el miedo o el amor o la esperanza lo acumulan, la costumbre patria procedió a los miserables por largo tiempo: la imagen de la falsa piedad comenzó a ir a través de los nietos ignorantes en un error nublado; entonces porque la veneración que antes había correspondido a los reyes vivos, la misma, cumplido ya el deber de la luz, cedió a los muertos y trasladó los altares a las urnas negras. De ahí las burlas de las jóvenes, las prendas, los partos, y el amor furtivo de los jóvenes y la corrupción del lecho conyugal descubierta, puesto que la corte solía arder entonces en vicios reales, y la descendencia de los dioses, perdida en el lujo, no recordaba el pudor santo. Y para que, Roma, resuma brevemente a tus padres desde la sede celestial, de quienes te jactas de haber nacido con ellos como autores semidioses, Gradivo o Citerea, aquel viola a la sacerdotisa, en cambio ella sucumbe al marido frigio, el coito fue desigual para ambos: ni convenía a la diosa realizar un matrimonio mortal terrestre, ni al habitante del cielo descender al vicio de la virgen como efebo y arder con fuego furtivo, sino que Venus se adhirió a un hombre privado, mujer de sangre augusta, a través de una deshonra prohibida; y, si Rea, engañada por el amor del lascivo Marte, perdió su pudor en el junco fluvial, creería que alguien de estirpe generosa, pero infame por sus costumbres, habiendo forzado a la virgen, se dijo dios, para que nadie se atreviera a reprochar el estupro de la divinidad a la pobre y miserable joven; esto indujo a los abuelos itálicos, ya sea por fama o por error, a celebrar los ritos marciales en el campo romúleo, y a que los Capitolios fundados sobre las rocas palatinas señalaran con el título del abuelo Júpiter y llamaran a Juno desde la ciudadela libia y a la Palas pelasga, dioses parientes de Marte, y a que convocaran a los próceres de Venus desde la cumbre ericina, y a que la madre de los dioses fuera traída desde la Ida frigia, a que las orgías báquicas fueran buscadas desde la verde Naxos. Se hizo la casa única de la majestad nacida de la tierra, y hay tantos templos de dioses en Roma como tumbas de héroes se pueden contar en el orbe; a quienes la fábula ennoblece como manes, nuestro pueblo venerado adora. Estos dioses tuvieron Anco, Numitor, Numa, Tulio, tales divinidades huyeron de las llamas de Pérgamo, así es Vesta, así el Paladio, así la sombra de los penates, y tal terror conservó el antiguo asilo. Una vez que la vana superstición ocupó los corazones gentiles de los padres, corrió ininterrumpida a través de mil grados de edades, el heredero tierno se horrorizó y cultivó lo que los abuelos canosos le habían mostrado como venerable; la infancia de los niños bebe el error primero con la leche, había gustado entre los vagidos de la harina de la mola, había visto las rocas untadas con ceras y los lares negros humedecerse con ungüento. El niño, habiendo visto el hábito formado de la Fortuna con el cuerno rico y la piedra consagrada en casa, y a la madre allí pálida rezando, pronto, puesto sobre los hombros de la nodriza, frotó él mismo el sílex con los labios presionados, derramó votos pueriles y pidió riquezas para sí desde la roca ciega, y tuvo persuadido que lo que uno quiera debe pedirse de allí. Nunca alzando los ojos y el ánimo, los llevó a la ciudadela de la razón, sino que, crédulo, mantuvo el uso insulso, celebrando a los dioses privados con sangre de corderos, y ya saliendo de casa, como se asombró de las fiestas públicas y los días y los juegos y vio los Capitolios y a los ministros de los dioses con laureles estar en los templos y a la Vía Sacra resonar con mugidos ante el santuario de Roma( pues ella misma es adorada con sangre a la manera de una diosa, y el nombre del lugar es tenido como divinidad, y los templos de la ciudad y de Venus se alzan en igual cumbre, al mismo tiempo se ofrecen inciensos a las dos diosas), creyendo verdadero todo lo que se haga bajo la autoridad del senado, confirió fe a los simulacros y pensó que eran señores del éter, los que están de pie con rostro horroroso en orden. Allí Alcides, huésped de Arcadia tras despojar a Cádiz, está rígido en bronce fulvo, también los hermanos gemelos, bastardos de madre corrompida, la prole de Leda y caballeros nocturnos, dos divinidades de la alta Roma, penden con el dardo que retiene, y fijan sus huellas con plomo derramado, mensajeros del gran triunfo, asisten también las insignias de los antiguos reyes, Rómulo, Ítalo, Jano bifronte, y el padre Sabino, Saturno anciano, y Pico de cuerpo manchado, esparcido por los miembros el veneno bebido de la cónyuge. Ante los pies de todos está puesto su pequeño altar antiguo para cada uno. También se sacrifica a Jano en el mes célebre con auspicios y banquetes sagrados, que,¡ ay, miserables!, celebran bajo un honor inveterado, y llevan las alegrías festivas de las Calendas, así la observación creció desde los abuelos, mal comenzada en otro tiempo, luego entregada a los tiempos siguientes y aumentada por los nietos tardíos, los corazones incultos arrastraron una larga cadena, y la costumbre tenebrosa fluyó hacia los siglos viciosos. Esta costumbre de los antiguos, seguida ya en edad dócil, la posteridad en el mes y en los adytos y con el flamen y en los altares adoró a Augusto, lo aplacó con un becerro y un cordero, yacía tendida ante el pulvinar, pidió respuestas. Los títulos testifican, las consultas del senado revelan, estableciendo el templo cesáreo a semejanza de Júpiter. Añadieron que Livia se hiciera Juno sagrada, no menos infame por haber obtenido el lecho del tálamo que cuando la saturnia ardió con el lecho fraternal, aún no había vaciado el vientre materno del parto y llevaba la prole concebida del marido que iba a parir. Ya se preparan la pronuba y el lecho nupcial para la embarazada; ya el esposo, con el vientre de la que se casa saltando, convoca a los amigos, seguro de que la pactada ya no sería estéril para él. El padrastro se adelanta al nacimiento tardío y ferviente del hijastro aún no nacido; pronto la prole ajena es editada entre cantos fesceninos para el nuevo marido, y eso dieron como consejo los oráculos de los dioses, las cuevas de Apolo: pues nunca se respondió que las antorchas cedieran mejor que cuando la nueva novia embarazada es unida.¡ A ti, Roma, te creaste esta diosa, consagrada con títulos y honor perpetuo, entre las Floras y las Veneres! Y no es de extrañar: pues,¿ quién sabio habría dudado que aquellas, nacidas de estirpe mortal, habían vivido, y que las mismas, claras por la alabanza de la belleza, habían brillado hasta la ruina de la fama por el decoro de la forma?¿ Qué hablaré de Antinoo colocado en la sede celestial, aquel deleite ahora del divino príncipe, aquel despojado de la suerte viril en el regazo púrpura, el Ganimedes del dios Adriano, no para servir copas a los dioses, sino recostado en medio con Júpiter en el lecho para beber el sagrado Lieo de néctar ambrosiano, y para escuchar los votos en los templos con su marido? Por tanto, bajo estos auspicios, Trajano, Nerva, Severo y Tito y los fuertes Nerones llevaron guerras, hombres a quienes la gloria terrenal hizo ilustres y la virtud frágil llevó a las arduas cumbres de la fama,¡ yaciendo bajo la religión adoptada desde la tierra!¡ Qué vergüenza que a tales hombres se les persuadiera esto, que pensaran que ellos y las legiones romanas podían ser regidas por el amor de Marte, mientras el adúltero, mal halagador de Pafos, se vende y aumenta a sus Eneadas con éxitos!¡ Felices, si hubieran sabido que todas sus cosas prósperas estaban dispuestas por Dios bajo el príncipe Cristo, quien quiso que los reinos corrieran guiados por modos ciertos y que los triunfos de los romanos crecieran y se infundieran en los siglos cumplidos! Pero a las almas oscurecidas y faltas de luz, en los adytos de Júpiter y Augusto y en los templos de las dos Junones y en los sacelos de Marte y también de Venus, las sumergieron, sacrificadas, en el fétido baratro de la muerte, creyendo que el régimen supremo estaba en las partes crasas del orbe y que consistía en el fondo sumergido del polo. Todo lo que el suelo, todo lo que el mar produce admirable, lo consideraron dioses. Colinas, mares, ríos, llamas, estos elementos formados para sí a través de varias figuras constituyeron los padres, y escribieron los nombres de los hombres en estatuas mudas, llamando al océano Neptuno, o a los ríos cóncavos Ninfas Cianeas, o a los bosques Dríadas, o a los campos apartados Napeas. El mismo fuego, que hecho sirve para nuestro uso, es tenido por Vulcano y es fingido en la virtud suprema y en los templos, dios tanto por nombre como por rostro, y además se dice que reina en las chimeneas y que es el sumo artífice de Eolia o del Etna; es quien buscó a los dioses en los astros conspicuos, osando tener al sol como dios; a quien se le impuso la condición por camino cierto de tolerar el trabajo vigilante expuesto a las visiones mortales, volando por el vacío en orbe redondo y globo terso y, lo que nadie niega, menor que el mundo y el cielo, pues el área es mayor que quien corre por ella, y el espacio del campo es mucho más difuso en el que brilla y la rueda ferviente gira sobre el eje volador. Aunque a algunos les plazca decir que la tierra es más corta en circuito de lo que es ese círculo hermosísimo, y extender las llamas del astro inmenso más allá de la norma de la tierra en un giro extendido,¿ acaso no es también menor y más contraído el orbe del cielo, cuya planicie el compás que corre intenta transmitir con largo tracto en una meta interior? Aquel Dios verdadero, del cual no hay materia más grande, que carece de fin, que preside toda la naturaleza, que concluye y llena todas las cosas a la vez. El sol tiene una región cierta, una plaga cierta lo coarta, se distingue por tiempos variados: o sube en el orto o cae en el ocaso, o se oculta volviendo bajo la noche; ni puede torcer la antorcha hacia los signos de los triones ni acercarse a las puertas del aquilón por orbe oblicuo ni revocar el camino acostumbrado convertido hacia atrás,¿ será este, por tanto, dios, dedicado a oficios prescritos bajo una sola ley? Una libertad más laxa le fue concedida al mismo hombre, a quien le es lícito doblar la forma de la vida y de la voluntad, ya prefiera subir por el camino derecho o correr por el campo izquierdo, tomar descanso o continuar el trabajo, obedecer a Dios o volverse a lo contrario. Esa potestad de los días solemnes que ministra el régimen no se da en absoluto al sol por el hacedor, sino que el siervo sometido hace todo lo que es necesario. Inventaron que este astro agitara el carro y las rápidas cuadrigas y los rayos de la cabeza y los azotes de la diestra, y ordenaron que los frenos y las faleras y los pechos jadeantes de los caballos brillaran pulidos con metal nítido de bronce dorado o mármol u oricalco. Después de las trabeas y el águila de marfil y la silla curul, el anciano barbudo inclina el rostro y fija besos en las piernas de los caballos de pies de bronce, si es lícito creerlo, y adorna con rosas o vaporiza con incienso las ruedas inmóviles y las riendas que no saben doblarse. Esto, sin embargo, como sea, es tolerable,¿ qué, que también las mismas sombras del abismo infernal te dan dioses, Roma? La dueña de las Euménides saca la cabeza del antro estigio, Proserpina raptada al tálamo del rey tartáreo, y, si alguna vez se digna acercarse a sus quirites, es aplacada con el cuello cortado de una vaca estéril, y se piensa que reina a la vez en el cielo y en el Érebo, ahora frenando los bueyes de la biga, ahora enviando a los superiores las feroces huestes de las hermanas con el azote viperino, ahora también esparciendo flechas voladoras sobre los lomos de las cabras, y tres veces variando las mismas figuras, finalmente cuando es la Luna, brilla con vestido sublustre; cuando, ceñida, lanza flechas, es la virgen Latonia; cuando, apoyada, se sienta en el trono, la cónyuge plutonia impera sobre las Furias y dicta leyes a Megera. Si buscas la verdad, bajo el nombre de Trivia se adora al demonio tartáreo, que ahora te rapta al éter y te persuade de que el dios debe ser venerado en el astro sideral, ahora te obliga a correr a través de los bosques del mundo mortífero y a seguir errores y a pensar que es diosa de los bosques, la cual fije los corazones de los hombres que tiemblan y la cual mate a las fieras mentes con herida letal, ahora sumerge los sentidos deprimidos bajo el suelo con miedo, para que imploren a las divinidades faltas de luz y se entreguen a la potestad de la noche oculta. Mira los sacros criminales del terrorífico Dite, a quien cae el gladiador derramado en la arena infausta,¡ ay, víctima flegetóntica de una Roma mal lustrada! Pues,¿ qué quiere para sí el arte impío del juego loco?¿ Qué las muertes de los jóvenes?¿ Qué el placer alimentado con sangre?¿ Qué el polvo de la cávea siempre fúnebre, y esos espectáculos tristes de la pompa anfiteatral? Ciertamente Caronte recibe en las gargantas de los miserables las ofrendas dignas de su guía, aplacado por el crimen sagrado, estos son los deleites del Júpiter infernal, en estos descansa plácido el árbitro del oscuro Averno.¿ No da vergüenza al rey y al pueblo potente con cetros juzgar que tales cosas deben sacrificarse por la salud de la patria, pedir la ayuda de la religión desde los antros subterráneos? Evoca,¡ ay!, al ministro de la muerte desde la sede tenebrosa con penas, a quien dona los hermosos funerales de los hombres. En vano solemos argüir ya los ritos táuricos: se derrama sangre humana en el regalo latiar, y esa asamblea de espectadores resuelve ante el altar de Plutón sus votos feroces.¿ Qué hay más santo que el altar que bebe la sangre vertida a través de telas místicas?¿ Acaso es dudosa para ti la fe de que bajo la oscuridad ciega hay un dios, a quien tú escudriñas en las sombras silenciosas? He aquí,¿ por qué niegas que los dioses manes sean tenidos por tales? Los mismos monumentos de los padres lo prueban: leo allí mármoles cortados' A los Dioses Manes', dondequiera que la vía Salaria custodia las antiguas cenizas y con densos sepulcros. Di,¿ a quién escribes este título, sino a que adoras el imperio del cruel Orco como si fuera verdadera majestad? He aquí en qué estaba sucia la regia del sumo imperio, rotos los ritos desde el origen de los mayores, cuando el príncipe, dos veces vencedor por la matanza del doble tirano, miró las bellas murallas con rostro triunfal. Mira la ciudad obsesionada por nubes negras con la calígine de la noche ensombrecida; el aire turbio apartaba el sereno líquido desde la séptima ciudadela, gimió compadeciéndose y así dijo:'¡ Despoja, fiel madre, los hábitos tristes! Ciertamente, ilustrada por un culto predivino, te jactas y alzas la cabeza insignificante por despojos soberbios y fluyes alrededor con mucho oro; pero la cumbre del vértice alto se horroriza, cubierta por nubes que vuelan cerca, la luz lívida debilita también las mismas gemas y el día espeso, y el humo vertido ante los rostros retunde la diadema rutilante de la frente. Veo que sombras oscuras son llevadas alrededor de ti y almas cerúleas e ídolos negros volar, juzgo que alces el rostro sublime sobre el aire y dejes bajo tus pies los elementos nubosos, todo lo que es del mundo te subyace; esto lo constituyó Dios mismo, por cuyo gesto dominas y imperas sobre el orbe y, potente, pisoteas todas las cosas mortales. No conviene que, reina sumisa, contemples el suelo caduco y busques la majestad alrededor de las partes humildes de las cosas, sobre las cuales tú misma estás. No permitiré que bajo mi guía retengas las viejas nadas, que veneres los monstruos de los dioses carcomidos. Si es piedra, se disuelve por la vejez o se quiebra golpeada por un golpe tenue; si una lámina blanda había cubierto el yeso, se ralea poco a poco con pegamento infiel; si la lima que roe confió la forma de la estatua a láminas de bronce, o los miembros cóncavos se curvan hacia una parte por el peso gravado, o el cardenillo áspero termina la efigie consumida y la rompe con agujero frecuente. Ni la tierra sea para ti dios, ni el astro del cielo sea dios, ni el océano dios, ni la fuerza que está oculta debajo, condenada a las tinieblas tristes por mérito infernal, pero tampoco las virtudes de los hombres dios o las formas vagas de las almas o espíritus bajo imagen tenue, lejos que la sombra sea dios para ti o el genio o el lugar, o el fantasma que vuela a través de los aires aéreos, sean estos divinidades gentiles en los campos bárbaros, en cuyo poder está todo rito, todo lo que el miedo haya persuadido como tremendo; a quienes los monstruos prodigiosos obligan a creer que son dioses, a quienes agrada la costumbre sangrienta de comer, para que en el bosque alto sea destrozada la víctima gorda con muchas entrañas para ser devoradas entre muchos vinos. Pero para ti, que diste leyes y derechos a las naciones domadas, instituyendo, donde se extiende el gran orbe, que los ritos feroces de las armas y las costumbres se amansen, es indigno y miserable en la religión tenida saber esto, lo que los pueblos inmensos saben por costumbre ferina y siguen rudos sin ninguna razón. Ya sea que nos espere el apresto, o dictemos leyes quietas en paz, o pisemos en medio de la ciudad los cuellos de los dos tiranos derrotados, reconozcas, reina, que es necesario que aceptes mis signos, en los cuales la efigie de la cruz o brilla enjoyada o es preferida en largas astas de oro sólido. Con este signo, el invicto vengador, tras cruzar los Alpes, resolvió la miserable servidumbre Constantino, cuando Majencio te oprimía con la corte pestífera. Llorabas a cien padres condenados en larga cárcel, como tú misma sabes, o el esposo gimiendo los pactos de la pactada interceptados y raptados por el satélite terrible, sumergido en tinieblas, sufría entre duros vínculos; o si la casada, mandada a subir al lecho del rey, había comenzado a objetar el furor impuro del señor, la indignación marital daba penas con la muerte, las ergástulas del cruel príncipe llenas de padres de jóvenes; si el progenitor, raptada la virgen, murmurando gimió más tristemente, no reveló impunemente el dolor ni arrastró suspiros demasiado confesados. Testigo el Mulvio, al acercarse el líder cristiano a la ciudad, precipitando al tirano capturado en los estanques del Tíber, con qué majestad vio que las armas victoriosas eran regidas, qué signo llevó la diestra vengadora, con qué estirpe radiaron los pilares. Cristo, tejido en oro enjoyado, señalaba el lábaro púrpura, Cristo había escrito las insignias de los escudos, ardía la cruz añadida en las cumbres, el mismo orden clarísimo de los senadores lo recuerda, que entonces procesó con el cabello concretado, sucio por las cadenas carcelarias o atado con vasta argolla, y abrazando los pies del vencedor, yacía llorando ante los ínclitos estandartes, entonces aquel senado adoró el título de la milicia vengadora y el nombre venerable de Cristo, que relucía en las armas. Por tanto, cuídate, egregia cabeza del orbe, de fingirte después de esto prodigios vanos y larvas con culto estúpido, y de despreciar la virtud del Dios verdadero tras haberla experimentado. Depón ya la infancia festiva, los ritos ridículos y los santuarios indignos de tan gran reino. Lavad los mármoles teñidos con la rociada podrida, oh próceres: sea lícito que las estatuas permanezcan puras, obras de grandes artífices: sean estos hermosísimos ornamentos de nuestra patria, y que el uso descolorido no contamine los monumentos del arte vuelto al vicio.' Con tales edictos, la ciudad informada huyó de los errores antiguos y disipó las nubes turbias de su rostro vencido, ya preparada por la nobleza para intentar los caminos eternos y seguir a Cristo llamando al guía magnánimo y poner la esperanza en el siglo. Entonces por primera vez Roma, dócil por la vejez, se sonrojó de sus siglos; se avergüenza del tiempo ya pasado, odia los años pretéritos con religiones inmundas, pronto cuando, recordando que los campos contiguos a los fosos murales se habían empapado con la sangre inocua de los justos, ve los miles de túmulos invidiosos alrededor, se arrepiente tristemente del juicio y de la dicción desenfrenada y de la ira excesiva por ritos vergonzosos. Desea compensar las heridas terribilísimas de la justicia lesionada con tardía obediencia y perdón a pedir; para que no permanezca en tan gran imperio el crimen de la crueldad con la piedad rechazada, busca los piáculos mostrados, y es trasladada a la fe de Cristo con pleno amor. La laurea del victorioso Mario fue menos útil a la ciudad, cuando arrastraba al númida Yugurta con el pueblo aplaudiendo, ni tanto el cónsul arpinas te aportó, Roma, remedios, extinguido Cetego entre vínculos justos, cuanto el príncipe principal en nuestro tiempo previó y atribuyó de bien. Aquel expulsó de casa a muchos Catilinas, no incendios salvajes para los techos o dagas para los padres, sino el Tártaro negro preparando tormentos para las almas y para el estado interno de los hombres. Los enemigos erraban por los templos, por los atrios por todas partes, y tenían el foro romano y los Capitolios altos, quienes, habiendo molido insidias conjuradas contra las mismas vitalidades de la plebe, habían acostumbrado a mezclar la peste en las médulas silenciosas con veneno que se arrastraba por dentro. Por tanto, el triunfador, togada desde el enemigo latente, trae claros trofeos sin sangre, y acostumbra a la cosa de Quirino a valer por el reino superior en los siglos. Finalmente, ni establece metas ni pone tiempos: enseña un imperio sin fin, para que la virtud romúlea ya no sea anciana, para que la gloria ganada no conozca la vejez. Podrías ver a los padres exultar, las luces hermosísimas del mundo y el concilio de los ancianos de Catón gestionar tomar el vestido níveo de la piedad con toga más cándida y deponer las exuvias pontificales. Y ya corre, dejados pocos en la roca tarpeya, hacia los penetrales sinceros de los hombres nazarenos y hacia las fuentes evandrias apostólicas, la descendencia de los Aníadas y las prendas claras de los Probos. Pues se dice que el generoso Anicio, antes que otros, ilustró la cabeza de la ciudad: así se jacta la ínclita Roma, y más aún, heredero del linaje y nombre olibríaco, añadido a los fastos, insignificante por la abolla palmada, ambiciona someter los haces ante las puertas del mártir Bruto e inclinar el hacha ausonia ante Cristo, la fe pronta de los Paulinos, de los Basos, no dudó en darse a Cristo y alzar la estirpe soberbia de la gente patricia al siglo que vendrá. Ya,¿ qué recorreré con el carmen a los Gracos plebeyos, apoyados por el derecho de la potestad y principales en la ciudadela del senado, haber ordenado que los simulacros de los dioses fueran arrancados y, junto con sus lictores, haberse consagrado suplicantes al omnipotente Cristo para ser regidos? Se pueden contar seiscientas casas de noble sangre antigua que, habiéndose vuelto hacia los sellos de Cristo, han emergido de la vasta profundidad de la idolatría; si existe alguna persona o si existe un estado de la ciudad, está en ellos; si el orden más excelente constituye la forma de la patria, ellos la constituyen. Siempre que la opinión del pueblo se une y los muchos, junto con los más poderosos, piensan al unísono, dirige tu mirada a la ilustre celda donde la luz es pública: apenas encontrarás unos pocos ingenios cubiertos de bagatelas gentiles, que retienen a duras penas cultos ya desgastados, y a quienes place conservar las tinieblas consumadas y no ver el sol que resplandece en medio del día. Después, vuelve tus ojos al pueblo:¿ qué parte es la que no desprecia el altar de Júpiter, infectado de podredumbre? Todo el vulgo que sube a los altos cenáculos, el que gasta el empedrado negro con sus diversos ir y venir, y aquel a quien alimenta el pan distribuido desde las altas gradas, o frecuenta el túmulo bajo el monte Vaticano, donde yace oculta aquella ceniza del padre amable, rehén de la fe, o corre a las grandes asambleas en las casas lateranenses, de donde trae el sello sagrado con el crisma real.¿ Y dudamos aún de que Roma, dedicada a ti, Cristo, se haya pasado a tus leyes y, con todo el pueblo y con los ciudadanos más eminentes, desee extender su reino terrenal más allá de los arduos astros del gran cielo? No me conmueve que una parte rarísima de los hombres no abra sus ojos cerrados bajo la luz y vague con sus pasos. Por muy ilustres que sean por sus méritos y claros por su sangre, enriquecidos con premios a sus virtudes, títulos y honores, por muy arduos que hayan sido sus logros y, habiendo tomado la cima de los fastos, hayan marcado los anales con su propio nombre en los documentos, y sean contados entre los antiguos en cera y bronce, sin embargo, en unos pocos, ya que la multitud escasea, no reside la persona de la patria ni se constituye la curia; y cualquier cosa que fomenten la voluntad privada y el estudio, que ahora es raro, las peticiones públicas lo reclaman, condenando con un célebre disenso el murmullo temeroso. Si en el tiempo antiguo no era lícito que las consultas de los padres conscriptos subsistieran de otro modo que si se leía que trescientos senadores habían opinado al unísono, observemos las leyes patrias: que la voz débil del número menor ceda y enmudezca en la parte pequeña. Mira con qué pleno senado nuestros escaños decretan que el infame pulvinar de Júpiter y todo ídolo debe ser expulsado de la ciudad purificada desde hace mucho. Hacia donde llama la opinión del egregio príncipe, allí se dirige la multitud libre, tanto con los pies como con el corazón, y no hay lugar para la envidia, ninguna fuerza áspera aterroriza; así, ante los ojos, es evidente la voluntad y todos, cautivados solo por la razón, siguen lo que ha sido aprobado, no lo que ha sido ordenado. Finalmente, retribuyendo dones justos por los méritos terrenales, el buen guía imparte los más altos honores a los que rinden culto a lo sagrado y permite que compitan con la alabanza de los suyos, y no prohíbe que los hombres implicados en el campo lleguen a las cumbres del mundo a través de sus deberes, puesto que las cosas celestiales nunca se oponen a quienes caminan por el camino de las terrenales. Él mismo te ofreció la magistratura de cónsul, él mismo te ofreció el tribunal y te dio el vestido dorado de la toga, cuya religión te desagrada, oh defensor de los dioses perecederos, tú que eres el único que declama que deben ser restituidos los engaños de Vulcano, de Marte y de Venus, las piedras del viejo Saturno y los furores de Febo, las Megalesias de la madre ilíaca, las fiestas báquicas de Nisa, los ritos de Isis, que siempre llora al perdido Osiris, mímicos y dignos de risa por sus cabezas rapadas, y cualesquiera otros espectros que los Capitolios suelen encerrar.¡ Oh lengua que fluye de una fuente maravillosa de palabras, decoro de la elocuencia romana, a quien cedería incluso el mismo Tulio!¡ Qué gemas derrama esta rica elocuencia!¡ Una boca digna de brillar teñida de oro eterno si prefiriera alabar a Dios! A quien prefirió monstruos inmundos y profanó su voz límpida con el crimen, no de otro modo que si alguien intentara remover con rastrillos de marfil un suelo cenagoso, y si por casualidad intentara cultivar con azadones de oro los juncos húmedos de lodo, ensucia el esplendor del diente brillante con el surco negro, y el filo precioso se envilece en el campo sucio. No temo que alguien me acuse de confiar demasiado y piense que entro en una lucha de ingenio; yo mismo soy consciente de mí mismo y conozco bastante bien mis frivolidades; no me atrevería a medir mis fuerzas ni a desafiar los dardos lanzados por una lengua tan indócil para hablar. Que el libro permanezca incólume, libre y excelente, y obtenga la fama ganada por el rayo de su elocuencia, pero que me sea permitido proteger mi pecho oculto de la herida y, con el escudo interpuesto, rechazar el dardo que vuela; pues si nuestra fe, ya segura en un siglo tranquilo, es atacada por fuerzas hostiles y arte enemigo,¿ por qué no me sería lícito, con la curvatura de mi costado, esquivar las flechas ventosas con un lanzamiento inútil? Pero ya es hora de detener el camino del largo libro, no sea que el poema, arrastrado sin fin, provoque hastío.

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