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Original: Perseus Lat2

Scr. in. anno 690 (64). QVINTVS MARCO FRATRI S. D.

Spanish Gemini
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Escrito a principios del año 690( 64 a. C.). Quinto a su hermano Marco, saludos.
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Aunque posees todos los recursos que los hombres pueden alcanzar mediante el talento, la experiencia o la inteligencia, no he considerado ajeno a nuestra amistad escribirte detalladamente lo que me venía a la mente mientras pensaba día y noche en tu candidatura; no para que aprendas algo nuevo de ello, sino para que lo que parece disperso e infinito en este asunto sea puesto bajo una sola mirada mediante la razón y la distribución. Piensa qué ciudad es esta, qué buscas y quién eres. Casi a diario, al bajar al foro, debes meditar esto:' Soy un hombre nuevo, aspiro al consulado, esto es Roma'. La novedad de tu nombre la compensarás sobre todo con la gloria de tu elocuencia. Ese aspecto siempre ha tenido la mayor dignidad. No puede considerarse indigno del consulado quien es tenido por digno de ser el defensor de los cónsules. Por tanto, puesto que partes de este mérito y todo lo que eres proviene de él, preséntate a hablar como si en cada causa fuera a emitirse un juicio sobre todo tu talento. Cuida de que los apoyos de esa facultad, que sé que tienes reservados, estén listos y a mano, y recuerda a menudo lo que Demetrio escribió sobre el estudio y el ejercicio de Demóstenes; luego, haz que la multitud y los tipos de tus amigos sean evidentes. Pues posees lo que no muchos hombres nuevos han tenido: todos los publicanos, casi todo el orden ecuestre, muchos municipios propios, muchos hombres de cada orden defendidos por ti, varios colegios y, además, muchísimos jóvenes atraídos por tu estudio de la elocuencia, y la asiduidad y frecuencia diaria de tus amigos. Asegúrate de mantener esto recordándoles y pidiéndoles, y logrando por todos los medios que aquellos que te deben gratitud por tu causa, y aquellos que desean obligarte, entiendan que no tendrán otro momento para devolverte el favor. También parece que esto puede ayudar mucho a un hombre nuevo: la voluntad de los hombres nobles y, sobre todo, de los consulares. Es provechoso que aquellos a cuyo lugar y número deseas llegar te consideren digno de ese lugar y número. A todos ellos hay que pedirles diligentemente y hay que enviarles emisarios para persuadirles de que siempre hemos sentido lo mismo que los optimates sobre la república y que no hemos sido nada populares; si parecemos haber hablado de forma popular, lo hicimos con el propósito de unir a Cneo Pompeyo a nosotros, para tener como amigo en nuestra candidatura, o al menos no como adversario, a quien más podía. Además, esfuérzate por tener o mantener a los jóvenes nobles que ya tienes. Aportarán mucha dignidad. Tienes muchísimos; haz que sepan cuánto valoras a cada uno de ellos. Si logras que quienes te quieren deseen tu éxito, te serán de gran ayuda.
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Y también ayuda mucho a tu novedad el hecho de que los nobles que compiten contigo son de tal clase que nadie se atreve a decir que su nobleza deba ser más provechosa que tu virtud. Pues,¿ quién considera que P. Galba y L. Casio, nacidos en la posición más alta, aspiran al consulado? Ves, por tanto, que hombres de las familias más ilustres, al carecer de fuerza, no están a tu altura. Pero Antonio y Catilina son molestos. Al contrario, para un hombre activo, industrioso, honesto, elocuente y apreciado por quienes juzgan los asuntos, ambos son competidores deseables: sicarios desde la juventud, ambos libertinos, ambos necesitados. Vimos los bienes de uno de ellos proscritos, y finalmente escuchamos su voz jurando que no podía competir en Roma en un juicio justo contra un griego; sabemos que fue expulsado del senado con la mejor opinión de los censores más rectos; en la pretura tuvimos como competidor al amigo Sabidio y a Pantera, cuando no tenía a quién poner en la lista; sin embargo, en esa magistratura compró a una amante que tenía abiertamente en casa mediante artimañas. En la candidatura al consulado, prefirió despojar a todos los capadocios mediante una legación vergonzosa antes que estar presente y suplicar al pueblo romano.
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El otro, en cambio,¡ dioses buenos!,¿ qué esplendor tiene? Primero, la misma nobleza que Catilina.¿ Acaso mayor? No.¿ Pero virtud?¿ Por qué? Porque Antonio teme a su propia sombra, mientras que este nació en la indigencia de su padre, se educó en los estupros de su hermana, se fortaleció en la matanza de ciudadanos, cuyo primer acceso a la república fue en la matanza de caballeros romanos( pues de aquellos galos que recordamos, que entonces cortaban las cabezas de los Titinios, los Nannios y los Tanusios, Sila había puesto a Catilina al mando); entre ellos, él mató con sus propias manos al excelente hombre Q. Cecilio, marido de su hermana, caballero romano, sin partido, tranquilo tanto por naturaleza como por edad.
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¿ Qué diré ahora de que aspira al consulado quien, ante la mirada del pueblo romano, azotó con varas por toda la ciudad a M. Mario, hombre queridísimo para el pueblo romano, lo llevó hasta el sepulcro, allí lo laceró con todo tipo de torturas, le cortó el cuello con su propia mano derecha mientras estaba vivo y de pie, mientras con la izquierda le sujetaba el cabello desde la coronilla, y llevó la cabeza con su propia mano mientras los ríos de sangre fluían entre sus dedos? Quien después vivió con histriones y gladiadores de tal manera que tenía a unos como ayudantes de su lascivia y a otros de sus crímenes, quien no accedió a ningún lugar tan sagrado y religioso en el que no dejara, incluso si no había culpa en otros, la sospecha de deshonor por su propia maldad, quien se ganó como amigos íntimos a Curios y Annios de la curia, a Sapalas y Carvilios de los atrios, a Pompilios y Vettios del orden ecuestre, quien tiene tanta audacia, tanta maldad y, finalmente, tanta destreza y eficacia en la lascivia, que casi ha estuprado a niños con toga pretexta en el regazo de sus padres?¿ Qué te escribiré ahora sobre África, qué sobre las declaraciones de los testigos? Son hechos conocidos, y léelos tú más a menudo; pero, sin embargo, no me parece que deba omitir esto: que primero salió de aquel juicio tan necesitado como algunos de sus jueces lo fueron antes de ese juicio contra él, y luego tan odiado que se exige otro juicio contra él cada día. Su situación es tal que temen más incluso si se mantiene tranquilo que lo que desprecian si mueve algo.¡ Cuánta mejor fortuna se te ha dado en la candidatura que hace poco al hombre nuevo C. Celio! Él competía con dos hombres tan nobles que, sin embargo, en ellos todo valía más que la nobleza misma: sumos talentos, suma honestidad, muchísimos beneficios, suma razón y diligencia en la candidatura. Y, sin embargo, Celio, aunque era muy inferior en linaje y superior en nada, superó a uno de ellos casi por sí solo.
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Por lo cual, si haces lo que la naturaleza y los estudios que siempre has practicado te otorgan, lo que la razón de tu tiempo exige, lo que puedes y lo que debes, no será difícil la contienda con esos competidores que de ninguna manera son tan insignes por su linaje como nobles por sus vicios. Pues,¿ quién puede encontrarse tan malvado ciudadano que quiera desenvainar dos dagas contra la república con un solo voto? Puesto que he expuesto qué subsidios de novedad tenías y podías tener, ahora parece que debo hablar de la magnitud de la candidatura. Aspiras al consulado, honor del que nadie duda que eres digno, pero muchos envidian; pues aspiras, siendo un hombre del orden ecuestre, al lugar más alto de la ciudad, y tan alto que, para un hombre fuerte, elocuente y honesto, ese mismo honor aporta mucha más amplitud que a los demás. No creas que quienes han disfrutado de ese honor no ven qué dignidad tendrás tú cuando hayas alcanzado lo mismo. Sospecho, en verdad, que aquellos que, nacidos en familias consulares, no han alcanzado el lugar de sus antepasados, te envidian, a menos que alguno te quiera mucho. También creo que los hombres nuevos pretorios, a menos que estén atados por tu beneficio, no quieren ser superados por ti en honor. Ya sé que te viene a la mente cuántos envidiosos hay en el pueblo, cuán alienados están por la costumbre de estos años respecto a los hombres nuevos; es necesario también que haya algunos enfadados contigo por las causas que has defendido. Ahora, examina tú mismo si, dado que te has dedicado con tanto entusiasmo a aumentar la gloria de Cneo Pompeyo, crees que hay algunos que sean tus amigos por esa razón.
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Por lo tanto, como aspiras al lugar más alto de la ciudad y ves que hay entusiasmos que se oponen, es necesario que emplees toda la razón, el cuidado, el trabajo y la diligencia.
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La candidatura a una magistratura se divide en la diligencia de dos métodos, de los cuales uno debe ponerse en el entusiasmo de los amigos y el otro en la voluntad popular. El entusiasmo de los amigos debe ser ganado mediante beneficios, servicios, antigüedad, facilidad y amabilidad de carácter. Pero este nombre de amigos en la candidatura se extiende más ampliamente que en el resto de la vida. Pues cualquiera que muestre algo de voluntad hacia ti, que te cultive, que visite tu casa, debe ser tenido en el número de amigos. Sin embargo, es muy provechoso ser querido y agradable para aquellos que son amigos por una causa más justa de parentesco, afinidad o alguna relación de camaradería.
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Luego, hay que esforzarse mucho para que cada uno, cuanto más íntimo y doméstico sea, más te quiera y desee que seas lo más ilustre posible; luego, que tus miembros de tribu, vecinos, clientes y, finalmente, tus libertos, y por último también tus esclavos; pues casi todo discurso sobre la fama forense emana de fuentes domésticas. Finalmente, hay que organizar amigos de todo tipo: para la apariencia, hombres ilustres por su honor y nombre, quienes, aunque no se dediquen a hacer campaña, aportan al candidato algo de dignidad; para obtener el derecho, magistrados, de los cuales sobre todo los cónsules, luego los tribunos de la plebe; para completar las centurias, hombres de excelente influencia. A quienes tienen o esperan de ti una tribu, una centuria o algún beneficio, recógelos y confírmalos de nuevo con gran esfuerzo. Pues durante estos años, los hombres ambiciosos se esfuerzan vehementemente con todo entusiasmo y trabajo para poder obtener de sus miembros de tribu lo que han pedido. Esfuérzate por que estos hombres, por todos los medios que puedas, sean entusiastas tuyos desde el corazón y con esa suma voluntad.
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Si los hombres fueran lo suficientemente agradecidos, todas estas cosas deberían estar listas para ti, tal como confío en que lo están. Pues en este bienio has obligado a cuatro grupos de hombres muy influyentes para la ambición: C. Fundanio, Q. Galo, C. Cornelio, C. Orcivio. Sé lo que sus miembros de grupo aceptaron y confirmaron al confiarte sus causas, pues estuve presente. Por lo cual, debes hacer esto en este momento: exigirles lo que deben recordándoles a menudo, pidiéndoles, confirmándoles, cuidando de que entiendan que nunca tendrán otro momento para devolver el favor. Sin duda, los hombres serán excitados a dedicar su entusiasmo tanto por la esperanza de tus servicios futuros como por los beneficios recientes.
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Y, en general, puesto que tu candidatura está muy protegida por ese tipo de amistades que has obtenido de la defensa de causas, haz que todos aquellos a quienes tienes atados tengan su tarea descrita y dispuesta; y así como nunca fuiste molesto para ninguno de ellos en nada, cuida de que entiendan que has reservado para este momento todo lo que creías que te debían.
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Pero puesto que los hombres son llevados a la benevolencia y a estos entusiasmos de campaña principalmente por tres cosas: beneficio, esperanza y unión de ánimo y voluntad, hay que observar cómo se debe servir a cada uno de estos tipos. Los hombres son llevados por beneficios mínimos a pensar que hay causa suficiente para el entusiasmo de la campaña, y mucho más aquellos a quienes has salvado, a quienes tienes muchísimos, no entenderán que, si no cumplen contigo en este momento tuyo, nunca serán aprobados por nadie. Siendo esto así, sin embargo, hay que pedirles e incluso llevarlos a esta opinión: que parezca que nosotros podemos obligar a nuestro turno a aquellos que hasta ahora han estado obligados con nosotros. A los que están sujetos por la esperanza, que es un tipo de hombres mucho más diligente y servicial, haz que tu ayuda parezca propuesta y lista; finalmente, que entiendan que eres un observador diligente de los servicios, para que aparezca que ves claramente y notas cuánto proviene de cada uno. El tercer tipo es el de los entusiasmos voluntarios, que habrá que confirmar agradeciendo, adaptando los discursos a las razones por las que cada uno parezca ser entusiasta tuyo, significando igual voluntad hacia ellos, llevando la amistad a la esperanza de familiaridad y costumbre. Y en todos estos tipos, juzga y sopesa cuánto puede cada uno, para que sepas cómo servir a cada uno y qué esperar y pedir de cada uno.
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Pues hay algunos hombres influyentes en sus vecindades y municipios, diligentes y ricos, que, aunque antes no hayan dedicado este favor, pueden fácilmente esforzarse en el momento por causa de aquel a quien deben o quieren. A estos tipos de hombres hay que servirles de tal manera que ellos mismos entiendan que tú ves qué esperas de cada uno, sientes qué recibes, recuerdas qué has recibido. Hay otros, sin embargo, que no pueden nada o incluso son odiados por sus miembros de tribu, ni tienen tanto ánimo y facultad como para esforzarse en el momento. Esfuérzate por distinguir a estos, para que no se comparezca poca protección al haber puesto la esperanza en alguien mayor.
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Y aunque conviene estar confiado y protegido por amistades divididas y fundadas, sin embargo, en la candidatura misma se comparan muchísimas y muy útiles amistades; pues en las demás molestias, la candidatura tiene, sin embargo, esta ventaja: puedes honestamente, lo que no podrías en el resto de la vida, unir a la amistad a quien quieras, con quien, si trataras en otro momento, parecerías hacer algo absurdo; en la candidatura, sin embargo, si no haces eso con muchos y diligentemente, parecerías no ser candidato. Yo, por mi parte, te confirmo esto: no hay nadie, a menos que esté unido por alguna relación con alguno de tus competidores, de quien no puedas obtener fácilmente, si te esfuerzas, que se merezca por su beneficio que le ames y que te deba, siempre que entienda que valoras mucho actuar desde el corazón, que se posiciona bien, y que de ello no resultará una amistad breve y de campaña, sino firme y perpetua. No habrá nadie, créeme, en quien haya algo de valor, que deje pasar este momento ofrecido para establecer una amistad contigo, especialmente cuando el azar te trae que compiten contigo aquellos cuya amistad debe ser despreciada o evitada, y que no solo no pueden alcanzar esto que te exhorto, sino que ni siquiera pueden empezarlo. Pues,¿ quién empezaría Antonio a unir e invitar a la amistad a hombres a quienes no puede llamar por su propio nombre? A mí, ciertamente, nada me parece más estúpido que pensar que es entusiasta tuyo quien no te conoce. Debe haber una gloria, dignidad y magnitud de hechos realizados excepcionales en aquel a quien hombres desconocidos, sin que nadie haga campaña, otorguen honor; que un hombre vil, inerte, sin servicio, sin talento, con infamia, sin amigos, supere a un hombre protegido por el entusiasmo de muchos y por la buena opinión de todos, no puede suceder sin una gran culpa de negligencia.
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Por lo tanto, cuida de tener todas las centurias confirmadas con muchas y variadas amistades. Y primero, lo que está ante los ojos, abraza a los senadores y caballeros romanos, y a los hombres activos y influyentes de los demás órdenes. Muchos hombres urbanos industriosos, muchos libertos influyentes y activos se mueven en el foro. Esfuérzate con suma diligencia, a través de ti mismo y de amigos comunes, para que sean entusiastas tuyos, búscalos, llámalos, muestra que te sientes afectado por un sumo beneficio.
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Luego, ten en cuenta toda la ciudad, todos los colegios, distritos, vecindades. Si unes a los principales de estos a tu amistad, a través de ellos mantendrás fácilmente a la multitud restante. Después, haz que tengas toda Italia distribuida y comprendida en tu mente y memoria tribu por tribu, para que no permitas que haya ningún municipio, colonia, prefectura, ni siquiera lugar de Italia en el que no tengas un apoyo que pueda ser suficiente; busca e investiga hombres de toda región, conócelos, búscalos, confírmalos, cuida de que hagan campaña por ti en sus vecindades y que sean como candidatos por tu causa. Querrán ser tus amigos si ven que su amistad es buscada por ti. Logra que entiendan esto mediante el discurso que debe tenerse sobre ese método. Los hombres municipales y rurales, si nos conocen por nombre, se consideran en amistad; si, además, piensan que se están constituyendo algún apoyo, no pierden la ocasión de merecer. A estos, los demás y sobre todo tus competidores ni siquiera los conocen; tú los conoces y los conocerás fácilmente, sin lo cual no puede haber amistad. Y, sin embargo, eso no es suficiente, aunque es grande, sino que sigue la esperanza de utilidad y amistad, para que no parezcas solo un nomenclador, sino también un buen amigo. Así, cuando tengas como entusiastas en las centurias a estos mismos, que por su propia ambición pueden mucho en influencia entre sus miembros de tribu, y hayas constituido como entusiastas tuyos a los demás que valen ante alguna parte de los miembros de tribu por razón de municipio, vecindad o colegio, deberás estar en la mejor esperanza.
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Ya las centurias de los caballeros me parecen poder ser mantenidas mucho más fácilmente con diligencia. Primero, conoce a los caballeros( pues son pocos), luego búscalos( pues esa edad de los jóvenes se une mucho más fácilmente a la amistad); luego, tienes contigo a los mejores y más entusiastas de la humanidad de entre la juventud; luego, además, porque el orden ecuestre es el tuyo, ellos seguirán la autoridad del orden, si se emplea por tu parte esa diligencia de modo que tengas esas centurias confirmadas no solo por la voluntad del orden, sino también por las amistades de cada uno. Ya los entusiasmos de los jóvenes en hacer campaña, en acudir, en anunciar, en acompañar son admirablemente grandes y honestos. Y, puesto que se ha hecho mención de la compañía, también hay que cuidar de usar la diaria de todo tipo, orden y edad. Pues de esa misma abundancia se podrá hacer una conjetura de cuántas fuerzas y facultades vas a tener en el campo mismo. De este asunto hay tres partes: una de los que saludan cuando vienen a casa, otra de los que acompañan, la tercera de los que siguen.
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En los que saludan, que son más vulgares y vienen más por esta costumbre que existe ahora, hay que lograr que este mínimo servicio suyo parezca gratísimo para ti. A quienes vengan a tu casa, hazles saber que lo notas; a los amigos de ellos que les informen, muéstralo, díselo a menudo a ellos mismos. Así, los hombres a menudo, cuando visitan a varios competidores y ven que hay alguien que nota más estos servicios, se entregan a él, abandonan a los demás, poco a poco de comunes se vuelven propios, de fingidos se vuelven firmes partidarios. Ya mantén esto diligentemente: si escuchas que alguien que te ha prometido hace, como se dice, el fingido, o si lo sientes, disimula que has escuchado o sabes eso; si alguien quiere purgarse ante ti porque cree que es sospechoso, afirma que nunca has dudado de su voluntad ni debes dudar. Pues aquel que no cree que cumple lo suficiente no puede ser amigo de ninguna manera. Sin embargo, hay que saber qué ánimo tiene cada uno, para que puedas decidir cuánto confiar en cada uno. Ya el servicio de los que acompañan, cuanto mayor es que el de los que saludan, más gratificante debes significar y mostrar que es para ti y, en la medida de lo posible, baja en momentos determinados. La frecuencia diaria en acompañar aporta una gran opinión, una gran dignidad.
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La tercera es de este tipo: la abundancia asidua de los que siguen. En ella, a los que tengas como voluntarios, cuida de que entiendan que te obligas a ellos para siempre con un sumo beneficio; a los que te deben, exígeles claramente este deber, que los que puedan por edad y ocupación te sigan asiduamente, y los que no puedan seguir ellos mismos, constituyan a sus allegados en este deber. Yo quiero mucho y considero que es pertinente al asunto estar siempre con la multitud. Además, aportará gran alabanza y suma dignidad si están contigo aquellos a quienes has defendido y a quienes has salvado y liberado de juicios por tu medio. Exige esto claramente a ellos, para que, puesto que sin gasto alguno han obtenido unos bienes, otros honor, otros la salvación y todas sus fortunas por tu medio, y no habrá otro momento en el que puedan devolverte el favor, te recompensen con este servicio.
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Y puesto que todo este discurso gira en torno al entusiasmo de los amigos, no parece que deba omitirse qué lugar debe evitarse en este género. Todo está lleno de fraude, insidias y perfidia. No es momento para esa discusión perpetua sobre este género, sobre qué cosas puede distinguirse al benevolente del simulador; basta con advertir esto en este momento. Tu suma virtud ha obligado a los mismos hombres a fingir que son tus amigos y a envidiarte. Por lo cual, mantén aquel dicho de Epicarmo: que los nervios y las articulaciones de la sabiduría son no creer temerariamente.
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Y, cuando hayas constituido el entusiasmo de tus amigos, conoce también los métodos y tipos de tus detractores y adversarios. Estos son tres: uno, a quienes has dañado; otro, quienes no te aman sin causa; el tercero, quienes son muy amigos de tus competidores. A quienes has dañado al hablar contra ellos por un amigo, purgate claramente ante ellos, recuerda las relaciones, llévalos a la esperanza de que serás del mismo entusiasmo y servicio en sus asuntos si se inclinan a tu amistad. A quienes no te aman sin causa, intenta llevarlos a abandonar esa perversidad de ánimo mediante beneficio, esperanza o significando tu entusiasmo hacia ellos. A aquellos cuya voluntad sea más ajena a ti por las amistades de tus competidores, sírveles también con el mismo método que a los anteriores y, si puedes probarlo, muestra que eres de ánimo benevolente incluso hacia esos mismos competidores tuyos.
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Puesto que se ha hablado bastante sobre la constitución de amistades, hay que hablar de esa otra parte de la candidatura que gira en torno al método popular. Esta exige nomenclatura, adulación, asiduidad, benignidad, rumor, esperanza en la república. Primero, lo que haces, que es conocer a los hombres, significa que aparezca, y aumenta para que cada día sea mejor. Nada me parece tan popular ni tan grato. Luego, lo que no tienes por naturaleza, induce en tu ánimo que debe ser simulado de tal manera que parezca que lo haces por naturaleza. Aunque la naturaleza vale muchísimo, parece que en el asunto de pocos meses la simulación puede vencer a la naturaleza. Pues no te falta la cortesía, la que es digna de un hombre bueno y agradable, pero hace falta mucha adulación, que, aunque es viciosa y vergonzosa en el resto de la vida, sin embargo, en la candidatura es necesaria. Pues cuando hace a alguien peor mediante la adulación, entonces es malvada; cuando lo hace más amigo, no es tan censurable; para el candidato, en verdad, es necesaria, cuya frente, rostro y discurso deben ser cambiados y adaptados al sentido y voluntad de aquellos con quienes se encuentre. Ya de la asiduidad no hay precepto, la palabra misma enseña qué es. Es muy provechoso no alejarse nunca, pero, sin embargo, este es el fruto de la asiduidad: no solo estar en Roma y en el foro, sino hacer campaña asiduamente, llamar a menudo a los mismos, no permitir que nadie pueda decir:' lo que podrías haber conseguido, si no te lo hubiera pedido' y pedido mucho y diligentemente. La benignidad, sin embargo, se extiende ampliamente. Está en el patrimonio familiar, que aunque no puede llegar a la multitud, sin embargo, si es alabada por los amigos, es grata a la multitud; está en los banquetes, que haz que sean celebrados por ti y por tus amigos tanto en todas partes como tribu por tribu; está también en la ayuda, que difunde y comunica, y cuida de que los accesos a ti estén abiertos día y noche, y no solo por las puertas de tus casas, sino también por el rostro y la frente, que es la puerta del ánimo; la cual, si significa que la voluntad está oculta y retraída, poco importa que la puerta esté abierta. Pues los hombres no solo quieren que se les prometa, especialmente porque piden a un candidato, sino que se les prometa generosa y honorablemente.
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Por lo tanto, este es un precepto sencillo: que, cuando vayas a hacer algo, manifiestes que lo harás con entusiasmo y de buena gana; lo otro es más difícil y se adapta más a la ocasión que a tu propia naturaleza: que, cuando no puedas hacer algo, lo niegues con amabilidad; lo primero es propio de un hombre de bien, lo segundo, de un buen candidato. Pues cuando se pide algo que no podemos prometer honestamente o sin perjuicio propio, como si alguien nos pidiera que aceptáramos un caso contra un amigo, hay que negarse con elegancia, mostrando la relación que te une a él, demostrando cuánto te duele y persuadiéndole de que compensarás esa negativa con otros asuntos. He oído decir a alguien sobre ciertos oradores a quienes había confiado su causa que le resultó más grato el discurso de aquel que se había negado que el de quien la había aceptado. Así, los hombres se dejan ganar más por el semblante y las palabras que por el beneficio y el hecho en sí. Ciertamente, esto es aceptable, pero lo otro es bastante duro de aconsejar a un hombre platónico como tú; sin embargo, me atendré a las circunstancias. Pues a aquellos a quienes niegues tu ayuda por algún deber de amistad, aun así pueden marcharse de tu lado apaciguados y conformes; pero a aquellos a quienes niegues tu ayuda diciendo que estás impedido por los asuntos de otros amigos, por causas más graves o por compromisos previos, se marchan como enemigos, y todos tienen la intención de preferir que les mientas a que les niegues. C. Cotta, un maestro en el arte de la ambición, solía decir que acostumbraba prometer su ayuda a todos, siempre que no se le pidiera algo contrario a su deber, y que la dedicaba a aquellos en quienes consideraba que estaba mejor empleada; decía que no se negaba a nadie porque a menudo sucedía que la causa por la que se le había pedido no llegaba a realizarse, o que él mismo quedaba más libre de lo que había pensado; y que no podía llenarse la casa de quien solo aceptara lo que viera que podía cumplir; que sucede por azar que se lleven a cabo asuntos que no habías previsto, y que aquellos que creías tener en tus manos no se realicen por alguna razón; y, finalmente, que el último recurso es que se enfade aquel a quien has mentido. Eso, si lo prometes, es incierto, a largo plazo y afecta a menos personas; pero si lo niegas, te ganas la enemistad de forma segura, inmediata y de más personas. Pues son muchos más los que piden poder usar la ayuda de otro que los que realmente la usan. Por tanto, es mejor que algunos de ellos se enfaden contigo alguna vez en el foro a que todos se enfaden continuamente en tu casa, especialmente cuando se enfadan mucho más con quienes se niegan que con aquel a quien ven impedido por una causa tal que desearía hacer lo que prometió si de algún modo pudiera. Y para que no parezca que me he desviado de mi distribución al discutir esto en esta parte popular de la campaña, mi intención es que todo esto no se refiere tanto al entusiasmo de los amigos como a la fama popular; y aunque hay algo de ese género en responder con benevolencia y servir con entusiasmo a los asuntos y peligros de los amigos, hablo aquí de aquello con lo que puedes captar a la multitud: que tu casa se llene desde la madrugada, que muchos se mantengan con la esperanza de tu protección, que se marchen más amigos tuyos de lo que llegaron, y que los oídos de tantos como sea posible se llenen con el mejor discurso. Pues sigue que debo hablar del rumor, al cual hay que servir sobremanera. Pero lo que se ha dicho en todo el discurso anterior sirve también para fomentar el rumor: la fama de orador, el entusiasmo de los publicanos y del orden ecuestre, la voluntad de los hombres nobles, la frecuencia de los jóvenes, la asiduidad de aquellos a quienes has defendido, la multitud de los que vienen de los municipios por tu causa, que los hombres hablen y piensen que conoces bien a la gente, que los saludas con cortesía, que los buscas con asiduidad y diligencia, que eres benigno y liberal, que tu casa se llene a altas horas de la noche, que haya una concurrencia de todos los géneros, que satisfagas a todos con palabras y a muchos con hechos y obras; que se logre lo que se puede mediante el trabajo, el arte y la diligencia, no para que la fama llegue al pueblo desde todos ellos, sino para que el pueblo mismo se vea envuelto en estos afanes. Ya has ganado a esa multitud urbana y al entusiasmo de quienes controlan las asambleas al apoyar a Pompeyo, al aceptar la causa de Manilio y al defender a Cornelio; debemos despertar lo que nadie ha tenido hasta ahora sin tener también la voluntad de los hombres ilustres. También hay que lograr que todos sepan que la voluntad de Cneo Pompeyo hacia ti es máxima y que, para sus planes, es muy importante que consigas lo que buscas. Por último, cuida de que toda la campaña esté llena de pompa, que sea ilustre, espléndida, popular, que tenga la máxima apariencia y dignidad, y que, si es posible, no surja contra tus competidores ninguna infamia de crimen, libertinaje o soborno que se ajuste a sus costumbres. Y también en esta campaña hay que cuidar sobremanera que la esperanza de la República respecto a ti sea buena y que tu opinión sea honesta; sin embargo, no hay que ocuparse de la República al pedir el cargo, ni en el senado ni en la asamblea, sino que debes mantener esto: que el senado piense, por tu forma de vivir, que serás un defensor de su autoridad; que los caballeros y los hombres de bien y ricos piensen, por tu vida pasada, que eres partidario de la paz y de la tranquilidad; y que la multitud piense, por el hecho de que al menos en tus discursos en las asambleas y en los juicios has sido popular, que no serás ajeno a sus intereses. Esto es lo que me venía a la mente sobre esas dos meditaciones matutinas que te dije que debías practicar cada día al bajar al foro: soy un hombre nuevo, busco el consulado. Queda lo tercero: Roma es una ciudad constituida por una reunión de naciones, en la que abundan muchas asechanzas, muchas falacias, muchos vicios de todo tipo; hay que soportar la arrogancia de muchos, la contumacia de muchos, la malevolencia de muchos, la soberbia de muchos, el odio y la molestia de muchos. Veo que requiere gran juicio y arte, al moverse entre los vicios de tantos hombres de toda clase, evitar la ofensa, evitar la habladuría, evitar las asechanzas, y ser un solo hombre adaptado a tal variedad de costumbres, discursos y voluntades. Por tanto, sigue una y otra vez por ese camino que has emprendido, sobresale en el hablar. Con esto se retiene a la gente en Roma, se les atrae y se les repele de obstaculizar y dañar. Y puesto que la ciudad es viciosa sobre todo en esto, que al interponerse el soborno suele olvidarse de la virtud y la dignidad, en esto haz que te conozcan bien, es decir, que entiendan que eres tú quien puede causar el mayor temor de juicio y peligro a tus competidores. Haz que sepan que son vigilados y observados por ti; cuando teman tu diligencia, tu autoridad y la fuerza de tu elocuencia, y ciertamente el entusiasmo del orden ecuestre hacia ti. Y no quiero que les propongas esto de tal manera que parezca que ya estás meditando una acusación, sino que, con este terror, consigas más fácilmente esto mismo que buscas. Y esfuérzate claramente con todos tus nervios y facultades para que alcancemos lo que buscamos. Veo que no hay comicios tan contaminados por el soborno en los que algunas centurias no declaren gratuitamente a sus candidatos, a quienes consideran muy necesarios.
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Por tanto, si estamos vigilantes por la dignidad del cargo, si despertamos a los nuestros hacia el máximo entusiasmo con benevolencia, si distribuimos a cada uno su tarea entre los hombres entusiastas e influyentes que nos apoyan, y si proponemos juicios a los competidores, infundimos miedo a los intermediarios y reprimimos a los repartidores de dinero mediante algún método, se puede lograr que el soborno no exista o que no valga nada. Estas son las cosas que he pensado, no porque yo sepa más que tú, sino porque, con estas ocupaciones tuyas, he podido reunirlas más fácilmente en un solo lugar y enviártelas por escrito. Aunque estas cosas están escritas de tal manera que no valen para todos los que buscan honores, sino específicamente para ti y para esta campaña tuya, sin embargo, si ves que algo debe cambiarse o eliminarse por completo, o si algo se ha pasado por alto, me gustaría que me lo dijeras; pues quiero que este pequeño comentario de campaña sea considerado perfecto en todos los aspectos.

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