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Tras el asesinato de Vario Heliogábalo— pues preferimos llamarlo así antes que Antonino, ya que esa plaga no mostró nada de los Antoninos y este nombre fue borrado de los anales por autoridad del senado—, Aurelio Alejandro, nacido en la ciudad de Arca, hijo de Vario, nieto de Varia y primo hermano del propio Heliogábalo, recibió el imperio como remedio para el género humano, habiendo sido llamado César por el senado con anterioridad, tras la muerte de Macrino, por supuesto; y recibió el nombre de Augusto, añadiéndose que el senado le confiriera en un solo día el título de padre de la patria, el derecho proconsular, la potestad tribunicia y el derecho de la quinta relación. Y para que esta acumulación de honores no parezca precipitada, expondré las razones por las que el senado se vio obligado a hacerlo y él a soportarlo, pues no era conforme a la gravedad del senado conferir todo a la vez, ni a un buen príncipe arrebatarle tantas dignidades juntas. Los soldados ya se habían acostumbrado a nombrar emperadores por su propia cuenta y juicio tumultuario, y a cambiarlos con la misma facilidad, alegando a veces en su defensa que lo habían hecho porque no sabían que el senado había nombrado al príncipe. Pues habían hecho emperadores a Pescenio Níger, a Clodio Albino, a Avidio Casio y, anteriormente, a Lucio Víndice, a L. Antonio y al propio Severo, cuando el senado ya había proclamado príncipe a Juliano, y este hecho había sembrado guerras civiles en las que fue necesario que el soldado, preparado contra el enemigo, pereciera de forma parricida.
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Por esta razón, pues, se apresuró todo para que Alejandro recibiera todo a la vez, como si ya fuera un emperador veterano. A esto se añadió la excesiva inclinación tanto del senado como del pueblo tras aquella calamidad que no solo deshonró el nombre de los Antoninos, sino que también envileció al imperio romano; finalmente, se decretaron con entusiasmo todos los tipos de nombres y potestades. En resumen, fue el primero de todos en recibir simultáneamente todas las insignias y tipos de honores, apoyado por el nombre de César, que ya había merecido años atrás, y más aún por su vida y costumbres, pues le había granjeado un gran favor el hecho de que Heliogábalo intentara matarlo y no pudiera, debido a la resistencia de los soldados y la oposición del senado. Y esto es poco, salvo que se mostró digno de ser salvado por el senado, de ser deseado a salvo por los soldados y de ser llamado príncipe por el juicio de todos los hombres de bien.
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Alejandro, pues, cuya madre fue Mamea( pues así es llamado por la mayoría), desde su primera infancia fue imbuido en artes nobles, tanto civiles como militares, y no permitió que pasara ni un solo día sin ejercitarse por voluntad propia tanto en las letras como en la milicia. En su primera infancia tuvo como preceptores a Valerio Cordo, a Tito Veturio y a Aurelio Filipo, liberto de su padre, quien más tarde puso su vida por escrito; como gramático en su patria tuvo al griego Nehón, como retórico a Serapión, como filósofo a Estilión; en Roma, a los gramáticos Escaurino, hijo de Escaurino, un maestro celebérrimo, a los retóricos Julio Frontino, Bebio Macriano y Julio Graniano, cuyas declamaciones se conservan aún hoy. Sin embargo, no progresó mucho en latín, como se desprende de las mismas oraciones que pronunció en el senado o de las arengas que dirigió a los soldados o al pueblo. Tampoco amó mucho la elocuencia latina, pero amó vehementemente a los hombres cultos, temiéndolos incluso, no fuera que escribieran algo áspero sobre él. Finalmente, a quienes veía dignos de ello, quería aprender de ellos mismos cada una de las cosas que hacía pública y privadamente, y si por casualidad no habían estado presentes, les pedía que, si eran ciertas, las pusieran por escrito.
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Prohibió que se le llamara señor y ordenó que las cartas se le escribieran como a un particular, conservando solo el nombre de emperador. Quitó las gemas de los calzados y vestidos que había usado Heliogábalo. Usó vestimenta blanca, como se le representa, y no dorada, así como paénulas y togas comunes; vivió con sus amigos con tanta familiaridad que a menudo se sentaba con ellos, iba a sus banquetes y tenía a algunos como invitados cotidianos incluso sin ser llamados. Era saludado como uno más de los senadores, con el velo abierto y sin los encargados de las admisiones, o solo con aquellos que habían sido servidores en las puertas, cuando antes no estaba permitido saludar al príncipe porque no podía verlos. Y su cuerpo tenía, además de la gracia y el decoro varonil que vemos hoy tanto en pinturas como en estatuas, el vigor de una estatura militar, la salud de un soldado que conocía la fuerza de su cuerpo y siempre la cuidaba. Era, además, amable con todos los hombres y por otros era llamado Pío, y por todos, ciertamente, santo y útil a la república. A este le surgió tal suerte en el templo de la Prenestina, cuando Heliogábalo conspiraba contra él: Si logras romper los hados adversos, serás Marcelo.
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Recibió el nombre de Alejandro porque nació en un templo dedicado a Alejandro Magno cerca de la ciudad de Arca, pues su padre había ido allí por casualidad con su esposa en el día festivo de Alejandro para cumplir con la solemnidad; prueba de ello es que este Alejandro, hijo de Mamea, tiene su cumpleaños el mismo día en que aquel Magno partió de la vida. Rechazó el nombre de Antonino que le había sido ofrecido por el senado, ya que este estaba más unido por afinidad a Caracalla que aquel supuesto hijo; pues, como dijo Mario Máximo en la Vida de Severo, Severo, siendo aún particular y de no muy alta posición, tomó por esposa a una noble mujer de oriente, de quien había averiguado que su nacimiento era tal que sería esposa de un emperador, y de esta afinidad fue este Alejandro, para quien Vario Heliogábalo fue verdaderamente primo hermano por parte de su madre. Rechazó también el nombre de Magno que le fue ofrecido como si fuera Alejandro por juicio del senado.
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Interesa releer la oración con la que rechazó el nombre de Antonino y de Magno que le había sido ofrecido por el senado. Antes de presentarla, añadiré las aclamaciones del senado con las que se decretó. De las actas de la ciudad: El día anterior a las nonas de marzo, habiéndose reunido el senado en gran número en la curia, esto es, en el templo de la Concordia, templo inaugurado, y habiendo sido rogado Aurelio Alejandro César Augusto que viniera, y habiendo rechazado al principio por saber que se trataría de sus honores, y habiendo venido después, se aclamó: Augusto inocente, que los dioses te salven. Alejandro emperador, que los dioses te salven. Los dioses nos dieron, que los dioses te conserven. Los dioses te arrebataron de las manos del impuro, que los dioses te perpetúen. Tú también soportaste al impuro tirano, tú también sufriste vivir con el impuro y obsceno. Los dioses lo erradicaron, los dioses te salvaron. El infame emperador fue justamente condenado, felices nosotros con tu imperio, feliz la república, el infame fue arrastrado con el garfio como ejemplo de temor. El lujurioso emperador fue justamente castigado, el contaminador de los honores fue justamente castigado. Los dioses inmortales dan vida a Alejandro, los juicios de los dioses aparecen desde aquí.
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Y cuando Alejandro hubo dado las gracias, se aclamó: Antonino Alejandro, que los dioses te salven. Antonino Aurelio, que los dioses te salven. Antonino Pío, que los dioses te salven. Te rogamos que asumas el nombre de Antonino, concede a los buenos emperadores que seas llamado Antonino. Purifica tú el nombre de los Antoninos. Lo que él infamó, purifícalo tú. Restituye íntegro el nombre de los Antoninos. Que la sangre de los Antoninos se reconozca, venga tú la injuria de Marco, venga tú la injuria de Vero, venga tú la injuria de Basiano, solo Heliogábalo es peor que Cómodo, ni emperador ni Antonino ni ciudadano ni senador ni noble ni romano, en ti la salvación, en ti la vida. Para que deleite vivir, vida a Alejandro de los Antoninos, para que deleite vivir, que sea llamado Antonino. Que Antonino dedique los templos de los Antoninos. Que Antonino venza a los partos y a los persas, que el consagrado reciba el nombre sagrado, que el casto reciba el nombre sagrado. Que los dioses reconozcan el nombre de Antonino, que los dioses conserven el honor de los Antoninos. En ti todo, por ti todo. Antonino, sé bienvenido.
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Y tras las aclamaciones, Aurelio Alejandro César Augusto: Gracias a vosotros, padres conscriptos, no ahora por primera vez, sino también por el nombre de César y por la vida salvada y por el nombre de Augusto añadido y por el pontificado máximo y por la potestad tribunicia y el imperio proconsular, que todo ello me habéis conferido en un solo día con un ejemplo nuevo. Y mientras decía, se aclamó: Has recibido esto, recibe el nombre de Antonino, que el senado lo merezca, que los Antoninos lo merezcan. Antonino Augusto, que los dioses te salven, que los dioses te conserven Antonino. Que se devuelva el nombre de Antonino a la moneda, que Antonino consagre los templos de los Antoninos. Aurelio Alejandro Augusto: No os ruego, padres conscriptos, no me llaméis a esta necesidad de lucha, para que yo me vea obligado a estar a la altura de tan gran nombre, cuando incluso este mismo nombre, aunque extranjero, parece sin embargo ser una carga, pues estos nombres insignes son onerosos.¿ Quién llamaría mudo a Cicerón?¿ Quién inculto a Varrón?¿ Quién impío a Metelo? Y, que los dioses lo eviten,¿ quién no soportaría a quien iguala los nombres viviendo en la más ilustre apariencia de dignidades?
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Asimismo se aclamó lo de arriba, asimismo el emperador dijo: Vuestra clemencia recuerda cuánto fue el nombre de los Antoninos o más bien su numen; si la piedad,¿ qué más santo que Pío? Si la doctrina,¿ qué más prudente que Marco? Si la inocencia,¿ qué más sencillo que Vero? Si la fortaleza,¿ qué más fuerte que Basiano? Pues no quiero recordar a Cómodo, quien fue peor por esto mismo, porque con esas costumbres obtuvo el nombre de Antonino. Diadumeno, en cambio, no tuvo ni tiempo ni edad y por el arte de su padre incurrió en este nombre. Asimismo se aclamó como arriba, asimismo el emperador dijo: Hace poco, ciertamente, padres conscriptos, recordáis, cuando aquel, el más sucio de todos los bípedos y también de los cuadrúpedos, ostentaba el nombre de Antonino y en torpeza y lujo superaba a los Nerones, Vitelios y Cómodos, cuál fue el gemido de todos, cuando por las coronas del pueblo y de los honestos una sola voz era que este era llamado impíamente Antonino, que por esta plaga se violaba tanto nombre. Y mientras decía, se aclamó: Que los dioses prohíban los males. Bajo tu mando no tememos esto, bajo tu guía estamos seguros de esto, venciste los vicios, venciste los crímenes, venciste los deshonores. Adornarás el nombre de Antonino. Eso ciertamente lo sabemos, bien lo presumimos. Nosotros te hemos aprobado desde la infancia y ahora te aprobamos. Asimismo el emperador: Ni yo, padres conscriptos, temo por eso recibir este nombre venerable para todos, porque tema que la vida caiga en estos vicios, de modo que nos avergoncemos del nombre, sino que primero me disgusta asumir el nombre de una familia ajena, y después porque creo que me veo cargado.
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Y mientras decía, se aclamó como arriba, asimismo dijo: Pues si acepto el nombre de Antonino, puedo también el de Trajano, puedo también el de Tito, puedo también el de Vespasiano. Y mientras decía, se aclamó: Como Augusto, así también Antonino. Y el emperador: Veo, padres conscriptos, qué os mueve a que se nos añada este nombre. Augusto es el primero y el primero es el autor de este imperio, y en su nombre todos sucedemos como por una cierta adopción o derecho hereditario. Los mismos Antoninos fueron llamados Augustos. Antonino, asimismo, el primero llamó a Marco y asimismo a Vero por derecho de adopción; el de Cómodo, en cambio, fue hereditario, asumido en Diadumeno, pretendido en Basiano, ridículo en Aurelio. Y mientras decía, se aclamó: Alejandro Augusto, que los dioses te salven. Que los dioses inmortales favorezcan tu modestia, tu prudencia, tu inocencia, tu castidad. De aquí entendemos cómo serás, de aquí te aprobamos. Tú harás que el senado elija bien a los príncipes. Tú harás que el juicio del senado sea óptimo. Alejandro Augusto, que los dioses te salven. Que Alejandro Augusto dedique los templos de los Antoninos. Nuestro César, nuestro Augusto, nuestro emperador, que los dioses te salven. Que venzas, que estés bien, que imperes por muchos años.
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El emperador Alejandro dijo: Entiendo, padres conscriptos, que he obtenido lo que quería y lo doy por aceptado, dando y teniendo muchísimas gracias, esforzándome para que también este nombre, que hemos traído al imperio, sea tal que sea deseado por otros y ofrecido por los buenos juicios de vuestra piedad. Tras esto se aclamó: Magno Alejandro, que los dioses te salven. Si rechazaste el nombre de Antonino, asume el sobrenombre de Magno. Magno Alejandro, que los dioses te salven. Y mientras decían más a menudo, Alejandro Augusto: Fue más fácil, padres conscriptos, que aceptara el nombre de los Antoninos, pues algo concedería a la afinidad o a la consorción del nombre imperial. Pero el nombre de Magno,¿ por qué habría de aceptarlo?¿ Qué he hecho ya de grande? Cuando Alejandro lo recibió tras grandes gestas, y Pompeyo tras grandes triunfos, descansad, pues, padres venerables, y vosotros mismos, magníficos, consideradme uno de vosotros, antes que imponerme el nombre de Magno.
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Tras esto se aclamó: Aurelio Alejandro Augusto, que los dioses te salven, y el resto según la costumbre. Despedido el senado, habiéndose hecho muchas otras cosas ese día, se retiró a casa como si triunfara, pareció mucho más ilustre al no haber recibido nombres ajenos que si los hubiera recibido, y desde entonces obtuvo fama de constancia y plena gravedad, pues el senado entero no pudo persuadir a un solo hombre, o más bien a un joven. Pero aunque no pudo ser persuadido, a pesar de que el senado lo pedía, para que asumiera los nombres de Antonino o de Magno, sin embargo, por el enorme vigor de ánimo y la admirable y singular constancia contra la insolencia de los soldados, el nombre de Severo le fue impuesto por los soldados. Lo cual le produjo en el presente una enorme reverencia y una gran gloria ante la posteridad, cuando se añadió que recibió el nombre por la virtud de su ánimo, pues fue el único que se encontró que licenciara a las legiones tumultuosas, como se mostrará en su lugar, y que castigara muy gravemente a los soldados que por casualidad incurrieron en algo que pareciera injusto, como también declararemos en sus lugares.
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Tuvo estos presagios del imperio: primero, que nació el día en que se dice que Alejandro Magno falleció; segundo, que su madre dio a luz en su templo; tercero, que recibió su mismo nombre; además, que una anciana ofreció a su madre un huevo de color púrpura el mismo día en que él nació; de lo cual los arúspices dijeron que sería emperador, pero que no lo sería por mucho tiempo y que llegaría pronto al imperio. Además, que la tabla del emperador Trajano, que estaba sobre el lecho nupcial de su padre, mientras él nacía en el templo, cayó sobre su lecho; a esto se añadió que se le dio como nodriza a Olimpia, nombre con el que fue llamada la madre de Alejandro. Su tutor resultó ser, por casualidad, uno de los campesinos llamado Filipo, nombre que fue el del padre de Alejandro Magno. Se dice que el primer día de su nacimiento, durante todo el día, se vio en el Arco Cesáreo una estrella de primera magnitud y el sol coronó la casa de su padre con un fulgurante círculo. Cuando los arúspices elogiaron su nacimiento, dijeron que alcanzaría la suma del poder, debido a que las víctimas habían sido traídas de la villa que era del emperador Severo y que los colonos habían preparado en su honor. Un laurel nacido en la casa junto a un árbol de durazno superó al árbol de durazno en un año, de donde los adivinos dijeron que los persas debían ser vencidos por él.
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Su madre, el día antes de dar a luz, soñó que daba a luz a un pequeño dragón púrpura; el padre, esa misma noche, vio en sueños que era llevado al cielo por las alas de la Victoria Romana, que está en el senado. Él mismo, cuando consultaba al adivino sobre el futuro, se dice que recibió estos versos siendo aún pequeño; y primero, por los oráculos: Te espera el imperio del cielo y de la tierra, se entendió que sería contado incluso entre los dioses; Te espera el imperio que tiene el imperio. De lo cual se entendió que sería príncipe del imperio romano, pues¿ dónde está el imperio sino entre los romanos que tienen el imperio? Y esto es lo que se ha transmitido sobre los versos griegos. Él mismo, sin embargo, cuando por exhortación de su madre trasladaba su ánimo de la filosofía y la música a otras artes, fue ilustrado por los oráculos de Virgilio de este tipo: Otros forjarán con más suavidad el bronce que respira, creo ciertamente, sacarán rostros vivos del mármol, abogarán mejor las causas y describirán con el compás los movimientos del cielo y dirán las estrellas que surgen; tú, romano, recuerda regir los pueblos con imperio, estas serán tus artes y poner la costumbre de la paz, perdonar a los sometidos y debelar a los soberbios. Hubo muchas otras señales por las que constaba que era el príncipe del género humano. Excesivo ardor de los ojos y grave para quienes lo miraban durante mucho tiempo, adivinación de la mente muy frecuente, memoria singular de las cosas, que Acolio decía que era ayudada por la mnemotecnia. Y cuando el niño llegó al imperio, hizo todo con su madre, de modo que ella también parecía imperar por igual, mujer santa pero avara y codiciosa de oro y plata.
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Por tanto, cuando comenzó a ejercer como Augusto, primero eliminó de la república y de los ministerios y cargos a todos los jueces a quienes aquel impuro había promovido de entre el género de hombres más vil; después purgó al senado y al orden ecuestre, luego a las mismas tribus y a aquellos que se apoyaban en prerrogativas militares, y purgó su palacio y todo su séquito, expulsando del ministerio áulico a todos los obscenos e infames; y no permitió que nadie estuviera entre los palatinos sino el hombre necesario; luego se obligó con juramento a no tener a nadie adscrito, es decir, vacante, para no gravar a la república con raciones, diciendo que es un mal público el emperador que alimenta con las entrañas de los provinciales a hombres no necesarios ni útiles a la república. Ordenó que los jueces ladrones nunca fueran vistos en ninguna ciudad y, si eran vistos, que fueran deportados por los gobernadores de las provincias; inspeccionó diligentemente la ración de los soldados, castigó con pena capital a los tribunos que hubieran quitado algo a los soldados mediante estelionatos; ordenó que los negocios y causas fueran tratados y ordenados primero por los jefes de las oficinas y por los más doctos expertos en derecho y fieles a él, cuyo primero entonces fue Ulpiano, y así referidos a él.
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Promulgó leyes moderadas e infinitas sobre el derecho del pueblo y del fisco, y no consagró ninguna constitución sin veinte expertos en derecho y hombres doctísimos y sabios, y además elocuentísimos, no menos de cincuenta, para que no hubiera menos sentencias en el consejo de las que formaban un senadoconsulto, y esto ciertamente de tal manera que se fuera por las sentencias de cada uno y se escribiera lo que cada cual había dicho, dado sin embargo espacio para investigar y pensar antes de que hablaran, para que no fueran obligados a hablar sin pensar sobre asuntos ingentes. Tenía además la costumbre de que, si trataba sobre derecho o negocios, empleaba solo a doctos y elocuentes, pero si sobre asuntos militares, a militares veteranos y ancianos bien merecidos y conocedores de los lugares, de las guerras y de los campamentos, y a todos los letrados y especialmente a aquellos que conocían la historia, preguntando qué habían hecho en tales causas, como las que estaban en discusión, los antiguos emperadores, ya fueran romanos o de naciones extranjeras.
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Refería Encolpio, de quien él se sirvió como el más familiar, que él, si alguna vez veía a un juez ladrón, tenía preparado el dedo para sacarle el ojo; tanto odio les tenía a aquellos de quienes se había probado ante él que habían sido ladrones. Añade Septimio, quien siguió su vida no mediocremente, que Alejandro era de tal estómago contra aquellos jueces que habían sufrido fama de hurtos, aunque no hubieran sido condenados, que, si los veía por alguna casualidad, por la conmoción de ánimo vomitaba cólera del estómago con todo el rostro encendido, de tal manera que no podía hablar nada. Pues cuando cierto Septimio Arabiano, famoso por el crimen de hurtos y ya liberado bajo Heliogábalo, había venido entre los senadores a saludar al príncipe, exclamó:¡ Oh Marna, oh Júpiter, oh dioses inmortales, Arabiano no solo vive, sino que también viene al senado, quizás también espera algo de mí; tan fatuo, tan estúpido me juzga! Era saludado, sin embargo, por su nombre, esto es, Ave, Alejandro.
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Si alguien hubiera inclinado la cabeza o hubiera dicho algo más halagador, como un adulador, o era expulsado, si la calidad de su lugar lo permitía, o era objeto de una risa con enorme carcajada, si su dignidad no podía estar sujeta a una injuria más grave. Saludado, ofreció asiento a todos los senadores y, por tanto, no admitió al saludo sino a hombres honestos y de buena fama, y ordenó— como se dice en los sagrados eleusinos, que nadie entre si no sabe que es inocente— que se proclamara por el pregonero que nadie saludara al príncipe que supiera que era ladrón, para que no fuera detectado alguna vez y sometido a suplicio capital. El mismo prohibió ser adorado, cuando ya Heliogábalo había comenzado a ser adorado al modo de los reyes de los persas. Era, además, esta su sentencia: solo los ladrones se quejan de la pobreza, mientras quieren ocultar los crímenes de su vida; asimismo añadía una sentencia conocida sobre los ladrones, incluso en griego, que en latín significa esto: Quien haya robado mucho, haya dado poco a los defensores, estará a salvo. Que en griego es tal: o( polla\ kle/ yas o) li/ ga dou\ s e) kfeu/ cetai.
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Constituyó para sí un prefecto del pretorio por autoridad del senado, recibió un prefecto de la ciudad del senado, hizo otro prefecto del pretorio, quien incluso había huido para no serlo, diciendo que los que no quieren y no aspiran no deben ser colocados en la república. Nunca hizo a un senador sin el consejo de todos los senadores que estaban presentes, de modo que fuera creado por las sentencias de todos; los hombres más altos decían testimonios, y si hubieran engañado, tanto los testigos como los que decían las sentencias eran arrojados después al último lugar con la aplicación de la condena de los ciudadanos, como si hubieran sido probados reos de falsedad, sin propósito de indulgencia alguna. El mismo no hizo senadores sino por el sufragio de los hombres más altos en el palacio, diciendo que debe ser un gran hombre quien haga a un senador. El mismo nunca redujo a los libertinos al lugar ecuestre, afirmando que el lugar ecuestre es el seminario de los senadores.
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Fue de tanta moderación que nadie era apartado de su lado, que se mostraba amable y afable con todos, que visitaba a los amigos enfermos no solo de primer o segundo lugar sino también a los inferiores, que deseaba que le fuera dicho libremente por todos lo que sentían y, cuando se había dicho, escuchaba y, cuando había escuchado, enmendaba y corregía como la cosa pedía; si no se había hecho bien algo, incluso él mismo convencía, y eso sin soberbia y sin amargura de pecho; ofrecía siempre asiento a todos, excepto a aquellos a quienes la fama más densa de hurtos había marcado; siempre preguntaba por los ausentes. Finalmente, cuando su madre Mamea y su esposa Memmia, hija del varón consular Sulpicio, nieta de Cátulo, le reprochaban a menudo su excesiva civilidad y decían: Te has hecho una potestad más blanda y más despreciable del imperio, él respondió: Pero más segura y más duradera. Finalmente, nunca pasó un día en que no hiciera algo manso, civil, piadoso, pero de tal manera que no arruinara el erario.
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Ordenó que las condenas fueran muy raras, pero no indultó las que se habían hecho; destinó los impuestos de las ciudades a sus propias fábricas. Ejerció el préstamo público al tres por ciento, de modo que dio dinero a muchos pobres sin intereses para comprar campos, a devolver de los frutos. Añadió la dignidad senatorial a sus prefectos del pretorio, para que fueran y fueran llamados Varones Clarísimos. Lo cual antes había sido raro o no había sido en absoluto durante mucho tiempo, hasta el punto de que si alguno de los emperadores quería dar un sucesor al prefecto del pretorio, le enviaba la laticlavia por medio de un liberto, como dijo Mario Máximo en la vida de muchos. Alejandro, sin embargo, quiso que los prefectos del pretorio fueran senadores para que nadie que no fuera senador juzgara a un senador romano. Conoció a sus soldados en todas partes de tal manera que tenía en su dormitorio resúmenes que contenían el número y los tiempos de los que militaban, y siempre, cuando estaba solo, revisaba sus cuentas, el número, las dignidades y los estipendios, para estar instruido en todo. Finalmente, cuando se hacía algo entre los militares, decía los nombres de muchos, anotaba también para sí sobre los ascensos y leía todas las tablillas, y así lo hacía anotando también los días por igual y quién había sido promovido por quién.
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Ayudó al abastecimiento del pueblo romano de tal manera que, cuando Heliogábalo había arruinado los granos, este, comprados con su propio dinero, los reponía en su lugar. Dio la máxima inmunidad a los negociantes para que quisieran acudir a Roma; restituyó íntegro el aceite que Severo había dado al pueblo y que Heliogábalo había disminuido al atribuir la prefectura de la annona a hombres muy viles. El derecho de conferir acciones, que aquel impuro había quitado, este lo devolvió a todos; instituyó muchas obras mecánicas en Roma. Reservó los privilegios a los judíos. Permitió que hubiera cristianos. Dio tanto a los pontífices y a los quindecenviros y a los augures que permitió que ciertas causas de los sagrados, terminadas por él, fueran repetidas y distinguidas de otra manera. A los gobernadores de las provincias, a quienes comprobó que eran alabados verdaderamente y no por facciones, los tuvo siempre consigo en el vehículo en los viajes y los ayudó con regalos, diciendo que tanto los ladrones debían ser expulsados de la república y empobrecidos, como los íntegros debían ser retenidos y enriquecidos. Cuando el pueblo romano le pedía la baratura, preguntó por el curión qué especie consideraban cara; ellos gritaron inmediatamente la carne de buey y de cerdo. Entonces él no propuso la baratura, pero ordenó que nadie matara a un lechón, que nadie a un lactante, que nadie a una vaca, que nadie a un ternero, y tanto fue el precio de la carne de cerdo y de buey dentro de dos años o casi un año, que, cuando había estado a ocho minúsculas la libra, se redujo a dos y una la libra de ambas carnes.
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Escuchó las causas de los soldados contra los tribunos de tal manera que, si encontraba a alguno de los tribunos en crimen, lo castigaba según la calidad del hecho sin propósito de indulgencia. Siempre preguntó por todos los hombres a través de sus hombres fieles, y hacía esto a través de aquellos a quienes nadie conocía, diciendo que todos pueden ser corrompidos por el botín. Siempre tuvo a sus esclavos con vestimenta servil, a los libertos con la de los ingenuos. Expulsó a los eunucos de su ministerio y ordenó que sirvieran a su esposa como esclavos, y cuando Heliogábalo había sido esclavo de los eunucos, los redujo a un número determinado y no hizo que cuidaran nada en el palacio sino los baños de las mujeres, cuando Heliogábalo había puesto a la mayoría de los eunucos al frente de las cuentas y procuraciones; este les quitó a ellos también las antiguas dignidades. El mismo decía que los eunucos eran un tercer género de hombres y que no debían ser vistos ni tenidos en uso por los varones, sino apenas por las mujeres nobles; a quien le había vendido humo sobre él y había recibido cien áureos de un militar, ordenó que fuera crucificado por el camino por el que era el tránsito más frecuente de sus esclavos a las casas de campo imperiales.
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Hizo muchas provincias legatorias y presidiales, ordenó las proconsulares por voluntad del senado. Prohibió que se exhibieran baños mixtos en Roma, lo cual, de hecho, ya prohibido antes, Heliogábalo había permitido que se hiciera. Prohibió que el impuesto de los alcahuetes y de las prostitutas y de los exsoletos fuera ingresado en el erario sagrado, sino que lo destinó a los gastos públicos para la restauración del teatro, del circo, del anfiteatro, del estadio. Tuvo en mente prohibir a los exsoletos, lo que después hizo Filipo, pero temió que, al prohibir el deshonor público, lo convirtiera en codicias privadas, cuando los hombres piden más las cosas prohibidas agitados por el furor; instituyó un hermosísimo impuesto de los bracarios, lenceros, vidrieros, peleteros, cerrajeros, plateros, orfebres y de las demás artes, y de él ordenó que se exhibieran para uso del pueblo las termas que él mismo había fundado y las anteriores; destinó también bosques a las termas públicas. Añadió también aceite para las luces de las termas, cuando antes no abrían antes de la aurora y se cerraban antes de la puesta del sol.
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Algunos han transmitido por escrito que su imperio fue incruento, lo cual es contrario. Pues también fue llamado Severo por los soldados debido a su austeridad y fue más áspero en los castigos en ciertos casos. Restauró las obras de los antiguos príncipes, él mismo constituyó muchas nuevas, entre ellas las termas de su nombre junto a las que fueron las Neronianas, con agua conducida que ahora se llama Alejandrina; hizo un bosque para sus termas de sus casas privadas, que había comprado, derribadas las edificaciones. Fue el primero entre los príncipes en llamar al solio del Océano, cuando Trajano no lo había hecho, sino que había destinado los solios a los días. Terminó y adornó las termas de Antonino Caracalla añadiendo pórticos. Fue el primero en instituir la obra alejandrina de mármol de dos mármoles, esto es, pórfido y lacedemonio, en el palacio con plazas adornadas con este tipo de marmolado. Colocó muchas estatuas colosales en la ciudad con artistas buscados de todas partes. Figuró muchísimas monedas con el hábito de Alejandro, y ciertamente algunas de electro pero muchísimas sin embargo de oro. Prohibió que su madre y su esposa fueran saludadas por mujeres famosas. Tuvo muchas arengas en la ciudad
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al modo de los antiguos tribunos y cónsules, dio tres veces congiario al pueblo, tres veces donativo, añadió carne al pueblo. Redujo los intereses de los prestamistas a pensiones de un tercio, consultando también a los pobres; si los senadores prestaban dinero, prohibió al principio que recibieran intereses, a menos que recibieran algo por causa de regalo; después, sin embargo, ordenó que recibieran la mitad, pero eliminó el donativo; colocó estatuas de los hombres más altos en el foro de Trajano trasladadas de todas partes. Tuvo en gran honor a Paulo y a Ulpiano, a quienes otros dicen que fueron hechos prefectos por Heliogábalo, otros por él mismo. Pues se dice que Ulpiano fue consejero de Alejandro y maestro de la oficina, quienes sin embargo se dice que ambos fueron asesores de Papiniano. Había instituido la Basílica Alejandrina entre el Campo de Marte y los Saepta Agripiana, de cien pies de ancho y mil pies de largo, de modo que toda pendiera de columnas. La cual no pudo terminar, prevenido por la muerte. Adornó decentemente el Iseo y el Serapeo añadiendo estatuas deliacas y todas las místicas. Fue unigénitamente piadoso con su madre Mamea, de modo que hizo en el palacio en Roma estancias con el nombre de Mamea, que el vulgo ignorante llama hoy" a la Mamma", y en Bayas un palacio con un estanque, que se cuenta hoy día con el nombre de Mamea. Hizo también otras obras magníficas en Bayas en honor a sus fines y estanques estupendos admitiendo el mar. Restauró los puentes que Trajano había hecho en casi todos los lugares, hizo también algunos nuevos, pero en los restaurados reservó el nombre de Trajano.
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Tuvo la intención de asignar a todos los cargos un tipo de vestimenta propia y a todas las dignidades, para que se distinguieran por el vestido, y a todos los esclavos, para que pudieran ser reconocidos entre el pueblo, a fin de que nadie fuera sedicioso y, al mismo tiempo, para que los esclavos no se mezclaran con los libres; pero esto desagradó a Ulpiano y a Paulo, quienes argumentaron que habría muchas riñas si los hombres fueran propensos a las injurias; entonces, decidió que bastaba con que los caballeros romanos se distinguieran de los senadores por la calidad de los clavos. Permitió que los ancianos usaran paenulae dentro de la ciudad por causa del frío, aunque ese tipo de vestimenta siempre había sido de viaje o para la lluvia; sin embargo, prohibió a las matronas usar paenulae dentro de la ciudad, aunque lo permitió durante los viajes. Era más versado en la elocuencia griega que en la latina, no carecía de gracia en el verso, era inclinado a la música y experto en matemáticas, tanto que, por orden suya, los matemáticos expusieron públicamente en Roma y enseñaron. Fue también muy experto en el arte de los arúspices y un gran ornitoscopio, de modo que superó a los Vascones de los hispanos y a los augures de los panonios. Practicó la geometría. Pintó admirablemente, cantó con nobleza, pero nunca ante nadie más que sus propios muchachos como testigos; escribió las vidas de los príncipes buenos en verso, tocó la lira, la flauta, el órgano e incluso la trompeta, lo cual, en verdad, el emperador nunca mostró; fue el primero en la lucha. Fue grande en las armas, tanto que llevó a cabo muchas guerras gloriosamente.
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Ejerció el consulado ordinario solo tres veces y, en el primer turno, siempre se hizo sustituir por otros; fue un juez severísimo contra los ladrones, llamándolos reos de crímenes cotidianos y condenándolos con gran rigor, calificándolos como los únicos enemigos y adversarios de la república. A un notario que había presentado un falso resumen de un caso en el consejo imperial, le hizo cortar los nervios de los dedos, de modo que nunca pudiera escribir, y lo deportó. Cuando cierto hombre de rango, de vida sórdida y alguna vez acusado de robos, aspiró a la milicia por excesiva ambición, y fue admitido porque había intercedido a través de reyes amigos, fue descubierto inmediatamente en el robo ante sus patronos; ordenó que fuera escuchado por los reyes y, probada la culpa, fue condenado. Y cuando los reyes preguntaron qué sufrían los ladrones entre ellos, respondieron que la cruz. Ante su respuesta, fue subido a la cruz. Así, el ambicioso fue condenado por sus propios patronos y se preservó la clemencia de Alejandro, que él protegía especialmente. Colocó estatuas colosales, pedestres desnudas o ecuestres de los emperadores divinizados en el foro del Divino Nerva, que se llama Transitorio, con todas las inscripciones y columnas de bronce que contenían el orden de sus gestas, siguiendo el ejemplo de Augusto, quien colocó estatuas de mármol de los hombres más ilustres en su foro añadiendo sus gestas; quería parecer que traía su origen del pueblo romano, porque le avergonzaba ser llamado sirio, especialmente porque en cierto tiempo festivo, como suelen hacer, los antioquenos, egipcios y alejandrinos lo habían provocado con insultos, llamándolo archisinagogo sirio y archisacerdote.
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Antes de hablar de sus guerras, expediciones y victorias, disertaré un poco sobre su vida cotidiana y doméstica. Su modo de vivir era este: primero, si tenía oportunidad, es decir, si no había dormido con su esposa, realizaba un acto divino en su larario, en el cual tenía a los príncipes divinizados, pero solo a los mejores elegidos, y a las almas más santas, entre las cuales estaban Apolonio y, según dice el escritor de sus tiempos, Cristo, Abraham, Orfeo y otros semejantes, además de las efigies de sus antepasados; si no podía hacer esto, según la calidad del lugar, se paseaba en vehículo, pescaba, caminaba o cazaba. Después, si la hora lo permitía, dedicaba mucho esfuerzo a los actos públicos, debido a que tanto los asuntos bélicos como los civiles, como se dijo anteriormente, eran tratados por amigos, pero santos, fieles y nunca venales, y eran confirmados una vez tratados, a menos que a él mismo le agradara algo nuevo. Ciertamente, si la necesidad lo obligaba, dedicaba esfuerzo a los actos antes del amanecer y lo prolongaba hasta una hora avanzada, y nunca se sentaba cansado, malhumorado o enojado, siempre con el mismo semblante y alegre ante todo; pues era de una prudencia inmensa, a quien nadie podía engañar y a quien, si alguien intentaba tratar con astucia, una vez comprendido, pagaba las penas.
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Después de los actos públicos, ya fueran bélicos o civiles, dedicaba mayor esfuerzo a la lectura griega, leyendo los libros de la República de Platón. Cuando leía en latín, no leía nada más que el De Officiis y el De Re Publica de Cicerón, a veces también oraciones y poetas, entre ellos a Sereno Samónico, a quien conocía y apreciaba, y a Horacio; leyó la vida de Alejandro, a quien imitó especialmente, aunque condenaba en él la embriaguez y la crueldad hacia los amigos, aunque ambos aspectos son defendidos por buenos escritores, en quienes él confiaba más a menudo. Después de la lectura, dedicaba esfuerzo a la palestra, al juego de pelota, a la carrera o a luchas más suaves, y luego, ungido, se bañaba, de tal manera que nunca o rara vez usaba las calderas, siempre la piscina, y permanecía en ella casi una hora; bebía también agua fría Claudia en ayunas, casi hasta un sextario; al salir de los baños, tomaba mucha leche y pan, luego huevos y vino con miel, y, reconfortado con esto, a veces almorzaba, a veces difería la comida hasta la cena; sin embargo, almorzaba más a menudo y usó frecuentemente el tetrafármaco de Adriano, del cual habla Mario Máximo en sus libros cuando trata la vida de Adriano.
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Dedicaba siempre las horas de la tarde a la suscripción y lectura de epístolas, de modo que siempre estaban presentes los encargados de las epístolas, de las peticiones y de la memoria; a veces, incluso, si no podían estar de pie por su salud, se sentaban, mientras los secretarios y los que llevaban el archivo releían todo, de modo que Alejandro añadía de su propia mano si había algo que añadir, pero según el parecer de aquel que era considerado más elocuente. Después de las epístolas, admitía a todos los amigos a la vez, hablaba con todos por igual y nunca vio a nadie a solas, excepto a su prefecto, y ciertamente a Ulpiano, siempre por su causa de justicia singular, pues cuando llamaba a otro, ordenaba que también se preguntara a Ulpiano. Llamaba a Virgilio el Platón de los poetas y tenía su imagen junto al simulacro de Cicerón en el segundo larario, donde también estaban los de Aquiles y de grandes hombres. A Alejandro Magno, en cambio, lo consagró entre los mejores y los divinizados en el larario mayor.
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Nunca hizo injuria a ninguno de sus amigos o compañeros, ni siquiera a sus maestros o a los jefes de las oficinas; a los prefectos, sin embargo, siempre los respetó, afirmando que aquel que mereciera sufrir una injuria por parte del emperador debía ser condenado, no despedido. Si alguna vez daba un sucesor a alguno de los presentes, siempre añadía esto: La república te da las gracias, y lo recompensaba de tal manera que, como particular, pudiera vivir honestamente en su lugar, con estos regalos: campos, bueyes, caballos, grano, hierro, gastos para construir una casa, mármoles para adornarla y las obras que la razón de la construcción requería. Rara vez repartía oro y plata a nadie, excepto al soldado, diciendo que era un sacrilegio que el administrador público convirtiera en sus placeres y los de los suyos lo que los provinciales habían dado. Remitió el oro de los comerciantes y el coronario en Roma.
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Estableció en Roma catorce curadores de la ciudad, pero hombres de rango consular, a quienes ordenó escuchar los asuntos urbanos junto con el prefecto de la ciudad, de modo que todos o la mayor parte estuvieran presentes cuando se realizaran los actos; constituyó corporaciones de todos los vinateros, lupinarios, zapateros y, en general, de todas las artes, y les dio defensores de entre ellos mismos y ordenó a qué jueces pertenecían. Nunca dio oro ni plata a los actores, apenas dinero; retiró las vestiduras preciosas que Heliogábalo había dado, y a los soldados, a quienes llaman ostensionales, los adornaba no con vestiduras preciosas, sino con vestiduras vistosas y claras. Tampoco destinaba mucho oro o seda a los estandartes o al aparato real, diciendo que el imperio estaba en la virtud, no en el decoro; las clámides ásperas de Severo y las túnicas sin adornos o de mangas largas y púrpuras no
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grandes las volvió a poner en uso para sí mismo. En el banquete no conocía el oro, siempre tuvo copas medianas pero brillantes; el peso de plata de su servicio nunca superó las doscientas libras. Regaló al pueblo enanos, enanas, bufones, cantores, todos los espectáculos y pantomimos; a los que no eran de utilidad, pensó que debían ser alimentados individualmente en cada ciudad, para que no fueran gravados con la apariencia de mendigos. A los eunucos, a quienes Heliogábalo tenía en consejos vergonzosos y promovía, los regaló a sus amigos añadiendo el elogio de que, si no volvían a las buenas costumbres, se les permitiera matarlos sin autoridad judicial. Ordenó que las mujeres infames, de las cuales había encontrado un número infinito, fueran hechas públicas, deportando a todos los corrompidos, algunos incluso ahogados en naufragio, con quienes aquella plaga había tenido una costumbre funestísima. Ninguno tuvo vestidura dorada de los ministros ni siquiera en el banquete público. Cuando banqueteaba entre los suyos, invitaba a Ulpiano o a hombres doctos, para tener conversaciones literarias, con las cuales decía recrearse y alimentarse. Tenía, cuando banqueteaba en privado, un libro en la mesa y leía, pero más en griego; leía, sin embargo, a los poetas latinos. Realizó los banquetes públicos con la misma simplicidad que los privados, excepto que el número de lechos aumentaba y la multitud de invitados, por lo cual él se ofendía, diciendo que comía en el teatro y en el circo.
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Escuchaba de buena gana a los oradores y poetas que no le decían panegíricos, lo cual consideraba estúpido siguiendo el ejemplo de Níger Pescenio, sino que recitaban oraciones o hechos de los antiguos que eran eminentes; más de buena gana, sin embargo, si alguien le recitaba las alabanzas de Alejandro Magno o de los mejores príncipes anteriores o de los grandes hombres de la ciudad de Roma. Iba frecuentemente al Ateneo para escuchar a los retóricos o poetas griegos y latinos; escuchaba también a los oradores forenses recitando causas que habían llevado ante él o ante los prefectos de la ciudad; presidió los juegos, especialmente el Hercúleo en honor de Alejandro Magno. Por eso nunca veía a nadie a solas después del mediodía o en las horas de la mañana, porque había sabido que muchos habían mentido sobre él, especialmente Verconio Turino. A quien, habiéndolo tenido como familiar, él había vendido todo, incluso fingiendo, de tal manera que difamaba el imperio de Alejandro como si fuera un hombre estúpido a quien él tenía en su poder y a quien persuadía de muchas cosas; y así había persuadido a todos
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de que hacía todo a su antojo; finalmente, fue descubierto en este arte al enviar a alguien que le pidiera algo públicamente, pero que secretamente le solicitara protección, para que sugiriera en secreto a Alejandro en su favor. Cuando esto se hizo y Turino prometió el favor y dijo que había dicho ciertas cosas al emperador, cuando no había dicho nada, sino que dependía de ello para obtenerlo, vendiendo el resultado, y cuando Alejandro ordenó que fuera interpelado de nuevo y Turino, como si hiciera otra cosa, asintió con gestos sin haber dicho nada dentro, y sin embargo se había obtenido lo que se pedía, y Turino había recibido enormes recompensas de aquel que lo había merecido, vendiendo humo; Alejandro ordenó que fuera acusado y, probadas todas las cosas por testigos, tanto ante quiénes había recibido qué y ante quiénes había prometido qué, ordenó que fuera atado a un poste en el foro Transitorio y, puesto humo, que había ordenado hacer con paja y leña húmeda, lo mató mientras el pregonero decía: Con humo es castigado quien vendió humo. Y para que no pareciera más cruel por una sola causa, investigó diligentemente antes de condenarlo y encontró que Turino a menudo había recibido de ambas partes en los juicios, cuando vendía el resultado, y de todos los que habían recibido prefecturas o provincias.
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Frecuentaba los espectáculos con suma parsimonia al dar, diciendo que los actores, cazadores y aurigas debían ser alimentados como nuestros esclavos, cazadores, muleros o gente de placer. El banquete no fue ni opíparo ni demasiado parco, sino de suma limpieza, de tal manera que se enviaban manteles puros, más a menudo con clavos de grana, pero nunca dorados, aunque Heliogábalo ya había empezado a tenerlos, y antes, como algunos predican, Adriano los había tenido. El uso diario del banquete fue este: treinta sextarios de vino para todo el día, treinta libras de pan puro, cincuenta libras de pan secundario para regalar, pues siempre daba de su mano a los ministros del banquete tanto el pan como porciones de legumbres, carne o legumbres, actuando como un padre de familia con madurez senil. Había decretos y treinta libras de carne diversa, había también dos gallinas. Se servía ganso en los días festivos, pero en las calendas de enero, en las Hilarias de la Madre de los Dioses, en los Juegos Apolinares, en el Banquete de Júpiter, en las Saturnales y en días festivos de este tipo, faisán, de modo que a veces se ponían dos añadiendo dos gallinas; tenía liebre todos los días, caza frecuente, pero la dividía con los amigos y especialmente con aquellos que sabía que no la tenían por sí mismos. No enviaba nada de tales regalos a los ricos, sino que siempre recibía de ellos; tenía diariamente cuatro sextarios de vino con miel sin pimienta, dos con pimienta, y, para no alargar insertando todo lo que Gargilio, escritor de su tiempo, persiguió detalladamente, todo le era proporcionado según medida y razón; se entregó vehementemente a las frutas, de modo que a menudo se le ponían en el segundo plato, de donde surgió también la broma de que Alejandro no tenía un segundo plato, sino un segundo, él mismo se llenaba con mucha comida, vino ni poco ni mucho, pero sí lo suficiente, siempre usando agua fría pura, y en verano con vino condimentado con rosas. Lo cual, ciertamente, fue lo único que había conservado del género diverso de condimentos de Heliogábalo.
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Y puesto que se hizo mención de las liebres, porque él tenía liebre todos los días, surgió una broma poética, debido a que muchos dicen que los que han comido liebre son hermosos durante siete días, como también el epigrama de Marcial significa, que escribió contra cierta Gelia de este tipo: Cuando envías una liebre, siempre me mandas, Gelia:' serás hermoso, Marco, durante siete días'. Si dices la verdad, si dices la verdad, Gelia, nunca has comido liebre, Gelia. Pero Marcial compuso estos versos contra una que era deforme, pero el poeta de los tiempos de Alejandro dijo esto sobre él: Que nuestro rey sea hermoso, lo que ves, que sea hermoso lo que la estirpe siria trajo, lo hace la caza y la liebre comida, de la cual toma una liebre continua. Cuando uno de los amigos le llevó estos versos, se dice que él respondió con versos griegos en este sentido: Si crees, miserable, por una fábula vulgar, que vuestro rey es hermoso, si crees que es verdad, no me enojo, solo quisiera que tú comieras liebres, para que te conviertas, rechazados los males del ánimo, y no envidies a los hermosos con la envidia de la mente.
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Habiendo tenido amigos militares, para reservar el uso de Trajano, que él había instituido después del segundo plato de beber hasta cinco copas, exhibía una sola copa a los amigos en honor de Alejandro Magno, y esa más breve, a menos que alguien, lo cual estaba permitido, pidiera libremente una mayor; el uso de Venus en él fue moderado, tan exento de corrompidos que, como dijimos arriba, quiso promulgar una ley sobre su eliminación. Hizo graneros públicos en todas las regiones, a los cuales conferían bienes aquellos que no tenían custodias privadas; añadió baños a todas las regiones que por casualidad no los tenían, pues todavía hoy muchos son llamados de Alejandro. Hizo también casas hermosísimas y las regaló a sus amigos, hombres muy íntegros. Redujo los impuestos públicos de tal manera que los que habían pagado diez áureos bajo Heliogábalo pagaran la tercera parte de un áureo, esto es, la trigésima parte. Y entonces por primera vez se formaron las mitades de áureos, entonces también, cuando el impuesto había descendido a la tercera parte del áureo, los tercios, diciendo Alejandro que también habría cuartos, porque no podía ser menos, los cuales, ya formados, retuvo en la moneda, esperando que, si pudiera reducir el impuesto, también los emitiera; pero como no pudo por las necesidades públicas, ordenó fundirlos y que solo se formaran tercios y sólidos. Ordenó que las formas binarias, ternarias y cuaternarias, e incluso denarias y más, hasta las de una libra y centenarias, que Heliogábalo había inventado, fueran disueltas y no estuvieran en uso de nadie; y de ahí se le dio el nombre de materia a estas, diciendo que esta era la causa de que el emperador diera más, si, pudiendo dar muchos sólidos menores, al dar diez o más en una forma, se viera obligado a dar treinta, cincuenta y cien.
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Él mismo tuvo raras vestiduras de seda; nunca se puso una de seda pura, nunca regaló una subserica. No envidió las riquezas de nadie, ayudó a los pobres, a los hombres de rango, a quienes vio verdaderamente pobres no por lujo o simulación, siempre los aumentó con muchos beneficios, campos, esclavos, animales, rebaños, herramientas rústicas. En los tesoros nunca permitió que una vestidura estuviera más de un año y ordenó que se gastara inmediatamente; él mismo inspeccionó toda vestidura que regaló. Pesó frecuentemente todo el oro, toda la plata; regaló también polainas, pantalones y calzado entre las vestimentas militares. De la púrpura clarísima, no para su uso sino para el de las matronas, si alguna podía o quería, ciertamente para vender, fue un exigente muy severo, de modo que todavía hoy se llama púrpura alejandrina la que vulgarmente se llama probiana, debido a que Aurelio Probo, encargado de los tintes, había encontrado ese tipo de múrice. Él mismo usó a menudo una clámide de grana, sin embargo, en la ciudad siempre estuvo vestido con toga y en las ciudades de Italia; nunca recibió la toga pretexta y picta a menos que fuera cónsul, y esa misma que otros también recibían, tomada del templo de Júpiter, ya fueran pretores o cónsules; recibió la pretexta también cuando realizaba sacrificios, pero en lugar de pontífice máximo, no de emperador. Fue buscador de buen lino, y ciertamente puro, diciendo: Si las líneas son para que no tengan nada áspero,¿ qué necesidad hay de púrpura en el lino? Juzgaba que el oro enviado era locura, cuando a la aspereza se añadía rigor; siempre usó vendas. Tuvo pantalones blancos, no de grana, como solían ser antes.
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Vendió lo que hubo de gemas y depositó el oro en el erario, diciendo que las gemas no eran de utilidad para los hombres, pero que las matronas reales debían estar contentas con una redecilla, pendientes, un collar de perlas, una corona con la que hicieran el sacrificio, un único manto esparcido de oro y una cíclada que no tuviera más de seis onzas de oro; ejerció una censura en sus tiempos sobre las costumbres propias, lo imitaron grandes hombres y las matronas muy nobles a su esposa. Redujo el servicio áulico de tal manera que hubiera tantos hombres en cada oficio como la necesidad lo requiriera, de modo que los bataneros, vestidores, panaderos, coperos y todos los ministros castrenses no recibieran raciones, no dignidad, como aquella plaga había instituido, sino raciones individuales, apenas dos; y como no tenía más de doscientas libras de plata en el servicio ni más ministros, recibía la plata, los ministros y los tapices, cuando banqueteaba, de sus amigos, lo cual se hace todavía hoy si banquetea por los prefectos estando ausente el emperador. Nunca tuvo placeres escénicos en el banquete, sino que su mayor deleite era que los cachorros jugaran con los cerditos, o que las perdices pelearan entre sí, o que las pequeñas oropéndolas volaran arriba y abajo. Tenía, ciertamente, en el Palacio un tipo de placer con el que se deleitaba más y con el que aliviaba las preocupaciones públicas. Pues había instituido aviarios de pavos reales, faisanes, gallinas, patos, incluso perdices, y se deleitaba vehementemente con ellos, especialmente con las palomas, de las cuales se dice que tuvo hasta veinte mil, y para que su alimentación no gravara la ración, tuvo esclavos tributarios que los alimentaran de huevos, polluelos y pichones.
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Usó frecuentemente tanto sus termas como las de los antiguos con el pueblo, y especialmente en verano, regresando al Palacio con vestimenta de baño, teniendo solo esto de imperial: que recibía una lacerna de grana; nunca tuvo un cursor que no fuera su esclavo, diciendo que los de gran tamaño no debían correr a menos que fuera en un certamen sagrado; tuvo cocineros, panaderos, bataneros y bañeros que no fueran más que sus esclavos, de modo que, si faltaba alguno, lo compraba. Bajo él, un solo médico palatino recibía salario, y todos los demás fueron hasta seis, quienes recibían dos o tres raciones, de modo que conseguían una limpia, otros de otra manera. Cuando promovía a los jueces, siguiendo el ejemplo de los antiguos, como también enseña Cicerón, los equipaba tanto con plata como con lo necesario, de modo que los gobernadores de provincias recibieran veinte libras de plata, seis mulas, dos mulos, dos caballos, dos vestimentas forenses, dos domésticas, una de baño, cien áureos, un cocinero, un mulero y, si no tenían esposas, una concubina, cuantos no pudieran estar sin ellas, debiendo devolver, al terminar la administración, las mulas, mulos, caballos, muleros y cocineros, quedándose con lo demás si habían actuado bien, devolviendo el cuádruple si mal, además de la condena por concusión o malversación.
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Sancionó leyes innumerables, permitió a todos los senadores tener carruajes y carros plateados en Roma, pensando que era de la dignidad romana que los senadores de una ciudad tan grande los usaran. A los cónsules que creó, ya fueran ordinarios o sufectos, los nombró según el parecer del senado, reduciendo sus gastos, e instituyó los turnos según el antiguo orden. Ordenó que los cuestores candidatos dieran regalos al pueblo de su propio dinero, pero de tal manera que después de la cuestura recibieran las preturas y luego gobernaran las provincias. Instituyó, en verdad, tesoreros que dieran los mismos regalos de la caja del fisco, y más parcos. Tuvo la intención de dispersar los regalos durante todo el año, para que durante treinta días se diera un regalo al pueblo, pero por qué no lo hizo se mantiene en secreto. Subía al Capitolio cada séptimo día, cuando estaba en la ciudad, frecuentaba los templos. Quiso hacer un templo a Cristo y recibirlo entre los dioses. Lo cual también se dice que pensó Adriano, quien había ordenado que se hicieran templos en todas las ciudades sin simulacros, los cuales todavía hoy, debido a que no tienen divinidades, se llaman de Adriano, los cuales se decía que él había preparado para esto, pero fue prohibido por aquellos que, consultando los sacrificios, habían descubierto que todos serían cristianos si hubiera hecho eso, y los templos restantes serían abandonados.
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Fue dulcísimo en las bromas, amable en las conversaciones, cortés en los banquetes, de modo que cada uno pedía lo que quería. Atento a recoger oro, cauto a guardarlo, solícito a encontrarlo, pero sin la destrucción de nadie. No quería ser llamado sirio, sino romano por sus antepasados, y había pintado el árbol genealógico de su linaje, por el cual se mostraba que su linaje descendía de los Metelos. Instituyó salarios para retóricos, gramáticos, médicos, arúspices, matemáticos, mecánicos, arquitectos, decretó auditorios y ordenó que se dieran alumnos, hijos de pobres, solo si eran libres, incluso en las provincias dio mucho a los oradores forenses, a muchos les dio incluso raciones, a quienes se había acordado que actuaran gratis. Firmó las leyes del certamen y él mismo las observó diligentemente, asistió a menudo a los espectáculos teatrales. Quiso reparar el Teatro de Marcelo, dio gastos de los impuestos para la restauración de obras tanto públicas como privadas a muchas ciudades que estaban deformes después de los terremotos; en los templos, ciertamente, nunca puso más de cuatro o cinco libras de plata, ni siquiera una gota de oro o una lámina, susurrando el verso de Flaco Persio:¿ Qué hace el oro en los santos?
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Tuvo expediciones bélicas, de las cuales disertaré en su orden. Primero, sin embargo, diré su costumbre sobre los asuntos que debían callarse o divulgarse. Se callaban los secretos de las guerras, pero los días de los viajes se proponían públicamente, de modo que un edicto colgaba antes de dos meses, en el cual estaba escrito: Tal día, a tal hora saldré de la ciudad y, si los dioses quieren, me quedaré en la primera mansión, luego por orden las mansiones, luego las estancias, luego dónde se debía recibir la ración, y eso ciertamente hasta que se llegara a las fronteras bárbaras. Pues ya desde allí se callaba, y todos se esforzaban para que los bárbaros no conocieran la disposición romana; es cierto, sin embargo, que nunca falló en lo que había propuesto, diciendo que no quería que sus disposiciones fueran vendidas por los cortesanos, lo cual había sucedido bajo Heliogábalo, cuando todo era vendido por los eunucos. Este tipo de hombres desea que todos los secretos estén en la corte, para que parezcan ser los únicos que saben algo y tengan de dónde buscar favor o dinero. Y porque ocurrió la mención de publicar las disposiciones: cuando quería dar gobernadores a las provincias o hacer prefectos o nombrar procuradores, es decir, racionales, proponía sus nombres, exhortando al pueblo a que, si alguien tenía algún crimen, lo probara con hechos manifiestos; si no lo probaba, sufría la pena capital, y decía que era grave que, cuando los cristianos y judíos hacían eso al proclamar a los sacerdotes que debían ser ordenados, no se hiciera en los gobernadores de provincias, a quienes se confiaban tanto las fortunas de los hombres como sus vidas.
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Instituyó salarios para los asesores, aunque a menudo dijo que debían ser promovidos aquellos que pudieran gestionar la república por sí mismos, no por asesores, añadiendo que los militares tenían sus administraciones, tenían letrados, y por eso cada uno debía hacer lo que sabía. Regaló los tesoros encontrados a aquellos que los habían encontrado y, si eran muchos, añadió a estos a aquellos que tenía en sus oficinas. Pensaba consigo mismo y tenía descrito a quién había dado qué, y si sabía de algunos que no habían pedido nada o no mucho, de donde aumentaran sus gastos, los llamaba y decía:¿ Qué es, por qué no pides nada?¿ Acaso quieres que me convierta en tu deudor? Pide, para que no te quejes de mí como particular. Daba, sin embargo, esto en beneficios que no dañaran su fama: bienes de los castigados, pero nunca con oro, plata o gemas, pues todo eso lo guardaba en el erario; daba prefecturas de lugares civiles, no militares, daba esas administraciones que pertenecían a las procuraciones, cambiaba pronto a los racionales, de modo que nadie cumpliera más de un año, y a ellos, incluso si eran buenos, los odiaba, llamándolos un mal necesario; a los gobernadores, procónsules y legados, nunca los hizo por beneficio, sino por juicio, ya fuera suyo o del senado.
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Dispuso a los soldados en tiempo de expedición de tal manera que recibieran raciones en las mansiones y no llevaran víveres para diecisiete días, como suelen hacer, a menos que fuera en territorio bárbaro, aunque incluso allí los ayudaba con mulos y camellos, diciendo que él cuidaba a los soldados más que a sí mismo, porque la salud pública estaba en ellos; visitaba él mismo a los soldados enfermos por las tiendas, incluso a los últimos, y los llevaba en carros y los ayudaba con todo lo necesario, y si por casualidad habían trabajado más gravemente, los distribuía por las ciudades y campos a padres de familia más honestos y santas matronas, devolviendo los gastos que habían hecho, ya sea que se hubieran recuperado o hubieran muerto.
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Cuando cierto Ovinio Camilo, senador de antigua familia, muy delicado, quiso rebelarse aspirando a la tiranía, y se le anunció y fue probado inmediatamente, lo invitó al Palacio y le dio las gracias porque asumía voluntariamente el cuidado de la república, que se imponía a los buenos que se negaban. Luego fue al senado y, al que temía y estaba consumido por el remordimiento de tal conciencia, lo llamó partícipe del imperio, lo recibió en el Palacio, lo invitó al banquete, lo adornó con ornamentos imperiales mejores que los que él mismo usaba, y cuando se anunció la expedición bárbara, lo exhortó a que fuera él mismo si quería o que partiera con él. Y cuando él mismo hacía el camino a pie, lo invitó al trabajo, a quien después de cinco millas, dudando, ordenó sentarse en un caballo, y cuando después de dos mansiones estaba fatigado incluso por el caballo, lo puso en un carro, rechazándolo este también por miedo o verdaderamente, y lo despidió abdicando incluso del imperio y preparado para morir, encomendado a los soldados, por quienes Alejandro era amado únicamente, ordenó que fuera seguro a sus villas, en las cuales vivió mucho tiempo, pero después fue muerto por orden del emperador, y porque él era militar, fue muerto por los soldados. Sé que el vulgo piensa que esta cosa que he tejido es de Trajano, pero ni Mario Máximo expuso eso así en su vida, ni Fabio Marcelino, ni Aurelio Vero, ni Estacio Valente, quienes pusieron toda su vida en letras. Por el contrario, Septimio, Acolio, Encolpio y los demás escritores de vidas declararon tales cosas sobre esto. Lo cual añadí por eso, para que nadie siguiera más la fama del vulgo que la historia, que se encuentra ciertamente más verdadera que el rumor del vulgo.
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Nunca permitió que se vendieran los honores del derecho de espada, diciendo: Es necesario que quien compra también venda. Yo no permito mercaderes de potestades y a aquellos a quienes, si robaran, no podría condenar, pues me avergüenzo de castigar a aquel hombre que compró y vendió. Hizo pontificados, quindecenviratos y auguratos por codicilo, de modo que fueran alegados en el senado. Dexipo dijo que se había casado con la hija de cierto Macrino, y que el mismo había sido llamado César por él. Pero cuando Macrino quiso matar a Alejandro con trampas, descubierta la facción, él mismo fue muerto y la esposa expulsada; el mismo dice que el tío de Alejandro fue Antonino Heliogábalo, no el hijo de la madre de la misma hermana; cuando los cristianos habían ocupado cierto lugar que había sido público, contra lo que los taberneros decían que les era debido, escribió que era mejor que de cualquier manera se adorara allí a un dios, a que fuera entregado a los taberneros.
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Puesto que, por tanto, era un emperador tan grande y de tal calidad tanto en la paz como en la guerra, emprendió la expedición pártica, la cual llevó a cabo con tal disciplina y tal respeto por sí mismo que se diría que no eran soldados, sino senadores los que marchaban; por dondequiera que las legiones hacían su camino, los tribunos eran silenciosos, los centuriones recatados y los soldados amables, y, de hecho, los provinciales lo veneraban como a un dios por todos estos y tan grandes bienes. Por su parte, los propios soldados amaban al joven emperador como a un hermano, como a un hijo, como a un padre; iban vestidos con decoro, calzados incluso con elegancia, armados noblemente, equipados además con caballos, sillas de montar y bridas apropiadas, de modo que cualquiera que hubiera visto el ejército de Alejandro habría comprendido lo que era la república romana. En fin, se esforzaba por parecer digno de aquel nombre, o mejor dicho, por superar a aquel macedonio, y decía que debía haber una gran diferencia entre un Alejandro romano y el macedonio. Finalmente, se había hecho escudos de plata y escudos de oro, y había formado también una falange de treinta mil hombres, a los que había ordenado llamar falangarios y con los cuales hizo mucho en Persia; esta, en efecto, estaba compuesta por seis legiones de armamento similar, pero con pagas mayores después de la guerra pérsica.
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Depositó los regalos reales en los templos; vendió las gemas que le habían ofrecido, considerando que era propio de mujeres poseer gemas que no podían darse a un soldado ni ser tenidas por un hombre; cuando cierto legado le ofreció, por mediación suya, dos perlas de gran peso y tamaño inusual para su esposa, ordenó venderlas y, al no encontrar comprador, para que no surgiera un mal ejemplo de la reina si las usaba, pues no podían ser compradas, las dedicó a los pendientes de Venus. Tuvo a Ulpiano como tutor, primero con la oposición de su madre y después con su agradecimiento, a quien a menudo defendió de la ira de los soldados interponiendo su propia púrpura, y por ello fue un emperador supremo, porque gobernó la república principalmente según sus consejos. En campaña y en las expediciones, almorzaba y cenaba con las tiendas abiertas, tomando la comida militar a la vista de todos y para alegría de ellos; recorría casi todas las tiendas y no permitía que nadie se alejara de las enseñas; si alguien se desviaba del camino hacia la propiedad de alguien, según la calidad del lugar, era castigado ante sus ojos con palos, varas, condena o, si la dignidad del hombre superaba todo esto, con las más graves humillaciones, diciendo:¿ Quieres que se te haga en tu campo lo que tú haces a otro? Y gritaba a menudo, lo que había oído a algunos, ya fueran judíos o cristianos, y lo mantenía, y ordenaba que se dijera por medio de un pregonero cuando corregía a alguien: Lo que no quieras que se te haga a ti, no se lo hagas a otro. Sentencia que amó hasta tal punto que ordenó que se inscribiera tanto en el Palacio como en las obras públicas.
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El mismo, al oír que una anciana había sido víctima de las injusticias de un soldado, se lo entregó como esclavo tras expulsarlo del ejército, pues era carpintero de oficio, para que la mantuviera; y como los soldados se dolían de que esto se hubiera hecho, persuadió a todos para que lo soportaran con moderación y los atemorizó. Su gobierno, aunque fue duro y severo, se llamó así porque no mató a ningún senador, como refiere Herodiano, el escritor griego, en sus libros de historia; sin embargo, fue de tal severidad con los soldados que a menudo licenció legiones enteras, llamando a los soldados ciudadanos, y nunca temió al ejército, porque no se podía decir nada contra su vida, ya que nunca los tribunos o jefes habían aceptado nada de las pagas de los soldados, diciendo: El soldado no es temible si está vestido, armado, calzado, saciado y tiene algo en su cinturón, porque la mendicidad militar empuja al armado a toda desesperación. Finalmente, no permitió que los tribunos o jefes tuvieran asistentes militares y ordenó que cuatro soldados caminaran delante del tribuno, seis delante del jefe y diez delante del legado, y que estos se retiraran a sus casas.
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Y para que se pudiera reconocer su severidad, pensé que debía incluir una arenga militar que mostrara sus costumbres en la vida militar, pues cuando llegó a Antioquía y los soldados se entregaban a los baños femeninos y a los placeres, y se le informó de ello, ordenó que todos fueran capturados y arrojados a cadenas, lo cual, al saberse, provocó una sedición por parte de la legión cuyos compañeros habían sido encadenados. Entonces él subió al tribunal y, habiendo sido traídos todos los encadenados al tribunal, estando presentes también los soldados, incluso armados, comenzó así: Compañeros de armas, si es que les desagrada lo que han hecho los suyos, la disciplina de los antepasados sostiene la república, la cual, si se desmorona, perderemos tanto el nombre romano como el imperio. Pues no deben hacerse bajo nuestro mando aquellas cosas que se hicieron recientemente bajo aquella bestia impura. Los soldados romanos, sus compañeros, mis camaradas y compañeros de armas, aman, beben, se bañan y se educan al modo de los griegos.¿ Soportaré esto por más tiempo?¿ Y no los entregaré al suplicio capital? Tras esto surgió un tumulto. Y de nuevo:¿ Por qué no contienen la voz en la guerra contra el enemigo, que no es necesaria contra su emperador? Ciertamente sus instructores militares les enseñaron a lanzarla contra los sármatas, los germanos y los persas, no contra aquel que les distribuye el sustento recibido de los provinciales, la ropa y las pagas. Contengan, pues, su voz truculenta, necesaria en el campo y en las guerras, no sea que hoy los despida a todos con una sola boca y una sola voz como ciudadanos, y es incierto si como ciudadanos, pues no son dignos ni siquiera de ser parte de la plebe romana si no reconocen el derecho romano.
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Y como bramaran con más vehemencia y amenazaran incluso con el hierro, dijo: Depongan las manos derechas que deben levantarse contra el enemigo, si son valientes; pues a mí no me asustan esas cosas, ya que si matan a un solo hombre, no nos faltará república, ni senado, ni pueblo romano que me vengue de ustedes. Como a pesar de esto siguieran bramando, exclamó: Ciudadanos, retírense y depongan las armas. Con un ejemplo asombroso, tras deponer las armas y también las capas militares, todos se retiraron no a los campamentos, sino a diversas posadas. Y entonces se comprendió en privado cuánto podía su severidad; finalmente, incluso los guardias y aquellos que habían rodeado al emperador llevaron las enseñas al campamento, el pueblo llevó las armas recogidas al Palacio; sin embargo, a aquella legión que licenció, a petición de ellos, después de treinta días, antes de partir a la expedición pérsica, la restituyó a su lugar y, luchando ella, venció sobremanera, aunque castigó a sus tribunos con el suplicio capital, porque por negligencia de ellos los soldados se habían entregado al lujo en Dafne, o por su connivencia el ejército había hecho una sedición.
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Con gran aparato partió entonces contra los persas y venció al rey Artajerjes, el más poderoso, mientras él mismo recorría las alas, amonestaba a los soldados, se exponía a los proyectiles, actuaba mucho con su propia mano, incitaba a cada uno de los soldados a la gloria con sus palabras; finalmente, tras haber derrotado y puesto en fuga a tan gran rey, que había venido a la guerra con setecientos elefantes, mil ochocientos carros falcados y muchos miles de jinetes, regresó inmediatamente a Antioquía y enriqueció a su ejército con el botín que arrebató a los persas, habiendo ordenado que tanto los tribunos como los jefes y los propios soldados tuvieran lo que habían saqueado por las aldeas. Y entonces, por primera vez, hubo esclavos persas entre los romanos, a los cuales, porque los reyes de los persas llevan mal que alguno de los suyos sirva a alguien, devolvió tras recibir el precio, y el precio lo dio a quienes habían capturado a los esclavos con su mano o lo depositó en el erario.
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Después de esto vino a Roma y, tras celebrar un triunfo hermosísimo ante el senado, pronunció primero estas palabras: De las actas del senado del día 7 antes de las calendas de octubre: Hemos vencido a los persas, padres conscriptos, no hace falta una larga elocuencia, solo deben saber cuáles fueron sus armas, cuál su aparato; primero, setecientos elefantes, los mismos provistos de torres con arqueros y carga de flechas, de estos capturamos treinta, doscientos yacen muertos, dieciocho hemos traído. Mil ochocientos carros falcados, de estos pudimos traer doscientos carros de animales muertos, pero eso, porque también podía fingirse, lo omitimos. Pusimos en fuga a ciento veinte mil de sus jinetes, matamos en la guerra a diez mil catafractos, a los que ellos llaman clibanarios, con sus armas armamos a los nuestros. Capturamos a muchos persas y los vendimos. Recuperamos las tierras interamnianas, es decir, de Mesopotamia, descuidadas por aquella bestia impura. A Artajerjes, rey poderosísimo tanto en realidad como en nombre, lo pusimos en fuga, de tal manera que la tierra de los persas lo vio huyendo, y por donde habían sido llevadas antaño las enseñas de los nuestros, por allí el propio rey huyó dejando las enseñas. Estos son, padres conscriptos, los hechos, no hace falta elocuencia. Los soldados regresan ricos, nadie siente el esfuerzo en la victoria. Es deber de ustedes decretar una suplicación, para que no parezcamos ingratos a los dioses. Aclamación del senado: Alejandro Augusto, que los dioses te salven. Pérsico Máximo, que los dioses te salven. Verdaderamente Pártico, verdaderamente Pérsico. Tus trofeos vemos también nosotros, tus victorias vemos también nosotros, al joven emperador, al padre de la patria, al pontífice máximo. Por ti presumimos la victoria por todas partes. Vence aquel que dirige al soldado. Rico el senado, rico el soldado, rico el pueblo romano.
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Despedido el senado, subió al Capitolio y, tras realizar allí el sacrificio y colocar las túnicas persas en el templo, pronunció una arenga de este tipo: Ciudadanos, hemos vencido a los persas, hemos traído de vuelta a los soldados ricos. Les prometemos un donativo, mañana daremos juegos circenses pérsicos. Esto hemos encontrado tanto en los anales como en muchos autores. Pero algunos dicen que, traicionado por su esclavo, no venció al rey, sino que, para no ser vencido, huyó, lo cual, contra la opinión de muchos, no es dudoso para quienes hayan leído a la mayoría. Pues dicen también que perdió aquel ejército por hambre, frío y enfermedad, como es autor Herodiano, contra la opinión de muchos. Después de esto, con gran gloria, acompañado por el senado, el orden ecuestre y todo el pueblo, y rodeado por todas partes por mujeres y niños, especialmente por las esposas de los soldados, subió a pie al Palacio, mientras detrás era arrastrado el carro triunfal por cuatro elefantes. Alejandro era elevado por las manos de los hombres, y apenas se le permitió caminar durante cuatro horas, gritando todos por todas partes: Salva Roma, salva la república, porque Alejandro está a salvo. Al día siguiente, tras los juegos circenses y asimismo los juegos escénicos, dio un donativo al pueblo romano; a las niñas y niños, tal como Antonino había instituido las Faustinianas, instituyó las Mamaeanas y los Mamaeanos.
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Los asuntos se llevaron a cabo felizmente tanto en la Mauritania Tingitana por Furio Celso, como en el Ilírico por Vario Macrino, pariente suyo, y en Armenia por Junio Palmato, y de todos los lugares le fueron traídas tablillas laureadas, las cuales, leídas en el senado y ante el pueblo en diversas ocasiones, cuando también llegaron las deseadas de Isauria, fue honrado con todos los títulos; a aquellos, en cambio, que habían gestionado bien la república, se les decretaron ornamentos consulares, añadiendo además sacerdocios y posesiones de tierras a aquellos que eran pobres y ya de edad avanzada; regaló a sus amigos los cautivos de diversas naciones, si la edad infantil o juvenil lo permitía; si, sin embargo, alguno era real o más noble, los destinó al servicio militar, aunque no de gran importancia. Solo lo que fue capturado de los enemigos lo regaló a los jefes de frontera y a los soldados, de modo que fueran suyos si sus herederos servían en el ejército, y nunca pertenecieran a particulares, diciendo que servirían con más atención si defendieran también sus propios campos. Añadió, ciertamente, a esto animales y esclavos, para que pudieran cultivar lo que habían recibido, no fuera que por falta de hombres o por vejez los campos cercanos a la barbarie fueran abandonados, lo cual él consideraba vergonzosísimo.
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Después de esto, viviendo con gran amor ante el pueblo y el senado, y con todos esperando la victoria y despidiéndolo a regañadientes, partió a la guerra germánica, acompañándolo todos durante cien y ciento cincuenta millas; era, además, gravísimo para la república y para él mismo que la Galia fuera devastada por las incursiones de los germanos. Y aumentaba la vergüenza el hecho de que, habiendo sido ya vencidos los partos, aquella nación amenazara el cuello de la república, la cual siempre parecía estar sometida incluso a emperadores insignificantes. Por tanto, con grandes marchas, con los soldados alegres, se apresuró, pero al descubrir allí también legiones sediciosas, ordenó que fueran expulsadas. Pero las mentes galas, como son duras y secas y a menudo graves para los emperadores, no soportaron la severidad excesiva del hombre, mucho mayor después de Heliogábalo; finalmente, mientras estaba con pocos en Britania, según otros en la Galia, en una aldea que tiene por nombre Sicilia, no por opinión de todos, sino al modo de los bandidos, ciertos soldados, y especialmente aquellos que florecieron con los premios de Heliogábalo, al no poder soportar a un príncipe severo, lo mataron; muchos dicen que los reclutas enviados por Maximino, que le habían sido dados para entrenar, lo mataron, otros de otra manera; sin embargo, consta que fue por los soldados, después de haber dicho muchas cosas injuriosas como si fuera un niño y su madre avara y codiciosa.
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Gobernó durante trece años y nueve días. Vivió veintinueve años, tres meses y siete días. Hizo todo según el consejo de su madre, con la cual fue asesinado. Estos fueron los presagios de su muerte: mientras celebraba su cumpleaños, la víctima sangrienta huyó y, como se comportaba civilmente y estaba mezclado con el pueblo, manchó de sangre su vestidura blanca con la que estaba vestido. Un laurel en el Palacio de cierta ciudad, desde la cual partía a la guerra, enorme y antiguo, cayó todo de repente; tres higueras, que daban aquellos higos que tienen el nombre de alejandrinos, cayeron de repente ante su tienda, cuando las tiendas imperiales estaban unidas a ellas; una mujer druida le gritó al pasar en lengua gala: Vete y no esperes la victoria ni te confíes a tu soldado. Subió al tribunal para arengar y decir algo fausto, y comenzó así: Asesinado el emperador Heliogábalo. Esto, sin embargo, fue un presagio, porque al ir a la guerra había comenzado a dirigirse a los soldados con un discurso menos fausto.
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Pero despreció todas estas cosas vehementemente, y habiendo partido a la guerra, en el lugar arriba dicho fue asesinado de esta manera: por casualidad había almorzado en un banquete público, como solía, es decir, con las tiendas abiertas, habiendo tomado comida militar, pues no se encontró otra cosa en las tiendas por los soldados que registraban, y mientras descansaba después del banquete, cerca de la séptima hora del día, uno de los germanos, que desempeñaba el oficio de bufón, habiendo entrado mientras todos dormían, solo el emperador estaba medio despierto; al verlo, Alejandro dijo:¿ Qué es esto, camarada?¿ Acaso anuncias algo sobre los enemigos? Pero él, aterrorizado por el miedo y esperando no poder escapar, porque había irrumpido en la tienda del príncipe, fue a sus camaradas y los exhortó a asesinar al duro príncipe. Estos, habiendo entrado de repente más numerosos y armados, acuchillaron al desarmado y a los que se oponían, y lo atravesaron a él mismo con muchísimas heridas. Algunos dicen que no se dijo absolutamente nada, sino que solo fue gritado por los soldados: Sal, retírate, y así fue asesinado el excelente joven. Pero todo el aparato militar, que después fue llevado a Germania por Maximino, fue de Alejandro y, ciertamente, poderosísimo por los armenios, osroenos, partos y hombres de todo género.
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Que Alejandro despreció la muerte lo declaran tanto la ferocidad de su mente, con la que siempre fustigó al soldado, como también esto. Trasíbulo, el matemático, fue muy amigo suyo. Quien, al haberle dicho que era necesario que muriera por una espada bárbara, primero se alegró, porque creía que le sobrevenía una muerte bélica y propia de un emperador; después discutió y mostró que todos los mejores habían sido consumidos por una muerte violenta, diciendo que el propio Alejandro, cuyo nombre tenía, Pompeyo, César, Demóstenes, Tulio y los demás hombres insignes no habían tenido una muerte tranquila. Y tuvo tanto ánimo que pensaba que debía compararse con los dioses si moría en la guerra, pero el asunto le engañó; pues murió por una espada bárbara y por la mano de un bufón bárbaro, pero no en la guerra, sino en tiempo de guerra.
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Su muerte fue sentida gravísimamente por los soldados y por aquellos que habían sido licenciados por él antaño, y descuartizaron a los autores de la matanza. El pueblo romano y todo el senado, junto con todos los provinciales, no la recibieron nunca de forma más triste ni más áspera, a la vez porque la aspereza y rusticidad del sucesor Maximino, como hombre militar, a quien se le confirió el imperio con su hijo después de él, parecía mostrar una necesidad del destino más grave; el senado lo elevó a los dioses, mereció un cenotafio en la Galia y un sepulcro amplísimo en Roma; se dieron también sodales, que fueron llamados alejandrinos; se añadió también una festividad con el nombre de su madre y el suyo propio, que todavía hoy se celebra religiosamente en Roma en el día de su nacimiento. La causa de su asesinato es referida por otros como esta: que su madre, abandonada la guerra germánica, quería volver al oriente por jactancia propia, y por esto estaba irritado el ejército, pero esto fue inventado por los amantes de Maximino, que no quisieron que pareciera que el mejor emperador fue asesinado por su amigo contra las leyes humanas y divinas.
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Hasta aquí el imperio del pueblo romano tuvo a aquel príncipe que gobernara por más tiempo, después de él, compitiendo otros, unos por seis meses, otros por un año, la mayoría por dos años, como máximo por tres años, hasta aquellos príncipes que extendieron más ampliamente el imperio, digo Aureliano y los siguientes. Sobre los cuales, si la vida lo permite, publicaremos lo que se haya descubierto. Se reprocharon en Alejandro estas cosas: que no quería ser sirio, que amaba el oro, que era muy suspicaz, que inventaba muchos impuestos, que quería parecerse a Alejandro Magno, que era demasiado severo con los soldados, que trataba como asuntos privados todo lo que había instituido en la república. Sé, ciertamente, que muchos niegan que este fuera llamado César por el senado, sino por los soldados, los cuales ignoran absolutamente la verdad; dicen además que este no fue primo de Heliogábalo. Quienes, para seguirnos, lean a los historiadores de aquel tiempo y especialmente a Acolio, quien escribió también los viajes de este príncipe.
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Sueles preguntar, Constantino máximo, qué es lo que hizo que un hombre sirio y extranjero fuera tal príncipe, cuando tantos de origen romano, tantos de otras provincias se encuentran malvados, impuros, crueles, abyectos, injustos, libidinosos. Primero, puedo responder según la opinión de los hombres buenos que la naturaleza, que en todas partes es una sola madre, pudo hacer nacer a un buen príncipe; después, por el miedo, porque el peor había sido asesinado, este se hizo el mejor; pero porque debe sugerirse la verdad, revelaré a tu Clemencia y Piedad lo que he leído. Es conocido eso por tu Piedad, que leíste en Mario Máximo, que es mejor la república y casi más segura aquella en la que el príncipe es malo, que aquella en la que los amigos del príncipe son malos, si es que un solo malvado puede ser corregido por muchos buenos, pero muchos malvados no pueden ser superados por uno solo, por muy bueno que sea, de ninguna manera. Y eso, ciertamente, fue dicho por Homulo al propio Trajano, cuando este decía que Domiciano había sido el peor, pero que había tenido buenos amigos, y por eso había sido más odiado, por haber confiado la república a hombres de peor vida, porque es mejor sufrir a un solo malvado que a muchos.
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Pero para volver al asunto, Alejandro, ciertamente, fue él mismo el mejor y usó los consejos de una madre excelente. Pero, sin embargo, tuvo amigos santos y venerables, no maliciosos, no ladrones, no facciosos, no astutos, no consentidores del mal, no enemigos de los buenos, no libidinosos, no crueles, no engañadores de sí mismo, no burlones, no que lo rodearan como a un tonto, sino santos, venerables, continentes, religiosos, amantes de su príncipe, y que ni ellos mismos se rieran de él ni quisieran ser objeto de risa, que nada vendieran, nada mintieran, nada fingieran, nunca engañaran la estimación de su príncipe, sino que lo amaran. A esto se añade que no tuvo eunucos ni en los consejos ni en los ministerios, que son los únicos que pierden a los príncipes, mientras quieren que vivan al modo de las naciones o de los reyes de los persas, que los alejan del pueblo y de los amigos, que son intermediarios que a menudo refieren otra cosa de lo que se responde, cerrando a su príncipe y actuando ante todo para que no sepa nada; quienes, habiendo sido comprados y siendo esclavos,¿ qué pueden saber finalmente de bueno? Era, en fin, su propia opinión: Yo no permito juzgar sobre las cabezas de los prefectos, cónsules y senadores a esclavos comprados con dinero.
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Sé, emperador, que estas cosas se dicen con peligro ante un emperador que se sirvió de tales, pero, a salvo la república, después de que comprendiste qué mal tienen esas plagas y de qué manera engañan a los príncipes, tú los tienes en tal lugar que ni siquiera has ordenado que usen clámide, sino que los has delegado a las necesidades domésticas. Ya aquel hecho insigne, que solo dentro del Palacio, además del prefecto y Ulpiano, no vio a nadie ni dio a nadie la facultad ni de vender humos sobre sí ni de hablar mal de otros ante él, especialmente asesinado Turino, que a menudo lo había vendido como si fuera tonto y demente; a esto se añadió que, si Alejandro encontraba amigos y parientes malos, o los castigaba o, si la antigua amistad o necesidad no permitía castigarlos, los despedía de sí diciendo: Más querida me es la república que todos estos.
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Y para que sepas qué hombres estuvieron en su consejo: Fabio Sabino, hijo de Sabino, hombre insigne, Catón de su tiempo; Domicio Ulpiano, peritísimo en derecho; Elio Gordiano, pariente del emperador Gordiano, hombre insigne; Julio Paulo, peritísimo en derecho; Claudio Venaco, orador amplísimo; Catilio Severo, pariente suyo, hombre doctísimo entre todos; Elio Sereniano, el más santo de todos los hombres; Quintilio Marcelo, de quien ni siquiera la historia contiene a uno mejor; con tantos y otros tales hombres,¿ qué mal pudo pensarse o hacerse, cuando consentían en el bien? Y a estos, ciertamente, los había alejado la cohorte de malvados que había rodeado a Alejandro en los primeros días, pero con la prudencia del joven, habiendo sido asesinados y alejados, esta amistad santa se fortaleció; estos son los que hicieron al buen príncipe sirio, y asimismo los amigos malos, que entregaron a los romanos peores incluso a la posteridad, sufriendo por sus propios vicios.