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Nunca habría puesto por escrito la vida de Heliogábalo Antonino, también llamado Vario, para que nadie supiera que hubo un príncipe romano así, si antes no hubieran ocupado este mismo imperio Calígula, Nerón y Vitelio. Pero, dado que la misma tierra produce venenos y trigo, así como otras cosas saludables, y que la misma tierra cría serpientes y animales mansos, el lector diligente hará su propia compensación cuando lea sobre Augusto, Trajano, Vespasiano, Adriano, Pío, Tito y Marco en contraste con estos monstruosos tiranos. Al mismo tiempo, comprenderá el juicio de los romanos, pues aquellos imperaron durante mucho tiempo y tuvieron un fin natural, mientras que estos fueron asesinados, arrastrados y llamados tiranos, cuyos nombres ni siquiera apetece mencionar. Por tanto, tras el asesinato de Macrino y de su hijo Diadumeno, quien con igual poder imperial había recibido también el nombre de Antonino, el imperio fue conferido a Vario Heliogábalo, debido a que se decía que era hijo de Basiano; fue, además, sacerdote de Heliogábalo, ya sea de Júpiter o del Sol, y se había apropiado del nombre de Antonino, bien como prueba de su linaje, bien porque sabía que ese nombre era tan querido por las gentes que incluso el parricida Basiano era amado por causa de él. Y este, en efecto, fue llamado primero Vario, y después Heliogábalo por el sacerdocio del dios Heliogábalo, a quien erigió un templo en Roma en el lugar donde antes estuvo el santuario de Orco, dios al que trajo consigo desde Siria. Finalmente, cuando recibió el imperio, fue llamado Antonino y él mismo fue el último de los Antoninos en el imperio romano.
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Este fue tan devoto de su madre Simiamira que no hacía nada en la cosa pública sin su voluntad, mientras ella, viviendo al estilo de una prostituta en el palacio, ejercía toda clase de actos vergonzosos, habiendo sido conocida carnalmente por Antonino Caracalla, de tal modo que de ahí se pensaba vulgarmente que había sido concebido Vario o Heliogábalo. Y algunos dicen que el nombre de Vario le fue impuesto por sus condiscípulos precisamente porque parecía haber sido concebido de semilla variada, como hijo de una prostituta. Se cuenta que este, tras el asesinato de su padre Antonino por la facción de Macrino, según se decía, se refugió en el templo del dios Heliogábalo como en un asilo, para no ser asesinado por Macrino, quien ejerció el imperio de forma muy cruel junto con su hijo lujurioso y sanguinario. Pero baste con esto sobre su nombre, aunque haya mancillado ese santo nombre de los Antoninos, que tú, Constantino sacratísimo, veneras de tal modo que has hecho áureas las figuras de Marco y Pío entre los Constantios y Claudios, como si fueran tus antepasados, adoptando las virtudes de los antiguos que son conformes a tus costumbres y te son amigas y queridas.
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Pero, para volver a Antonino Vario, una vez obtenido el imperio envió mensajeros a Roma y, habiendo excitado a todos los órdenes e incluso a todo el pueblo ante el nombre de Antonino, que parecía haber sido restituido no solo en el título, como había ocurrido con Diadumeno, sino también en la sangre, al haberse escrito como hijo de Antonino Basiano, se despertó un enorme deseo por él. Existía además un rumor, que suele concederse a los nuevos príncipes tras los tiranos, el cual no perdura si no es por las más altas virtudes, y que muchos príncipes mediocres han perdido. En fin, cuando se leyeron las cartas de Heliogábalo en el senado, al instante se pronunciaron votos favorables a Antonino y maldiciones contra Macrino y su hijo, y Antonino fue llamado príncipe con el consentimiento de todos y creyendo con entusiasmo, tal como son los deseos de los hombres que se apresuran a la credulidad, cuando desean que sea verdad lo que anhelan. Pero apenas entró en la ciudad, dejando de lado lo que se hacía en la provincia, consagró a Heliogábalo en el monte Palatino junto a las dependencias imperiales y le construyó un templo, esforzándose por trasladar a él tanto la imagen de la Madre como el fuego de Vesta, el Paladio, los ancilia y todo lo que era venerable para los romanos, y actuando de tal modo que nadie fuera adorado en Roma sino Heliogábalo; decía además que las religiones de los judíos y samaritanos y la devoción cristiana debían ser trasladadas allí, para que el sacerdocio de Heliogábalo poseyera el secreto de todos los cultos.
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Después, cuando celebró el primer día del senado, ordenó que su madre fuera convocada al senado, la cual, al llegar, fue llamada a los escaños de los cónsules y asistió a la redacción, es decir, como testigo de la elaboración del senadoconsulto, y fue el único de todos los emperadores bajo el cual una mujer entró en el senado en lugar de un hombre, como si fuera una clarísima. También hizo en el monte Quirinal un senáculo, es decir, un senado de mujeres, donde antes había habido una asamblea matronal, solo en días solemnes y si alguna matrona había sido honrada con los ornamentos del matrimonio consular, lo cual los antiguos emperadores concedían a sus parientes y especialmente a aquellas que no habían tenido maridos ennoblecidos, para que no permanecieran sin nobleza; pero con Simiamira se hicieron senadoconsultos ridículos sobre las leyes matronales: qué vestimenta debía llevar cada una, a quién debía ceder el paso, a quién debía acercarse para besarla, en qué vehículo debía ser transportada— si en litera, a caballo, en mula, en asno, en carro de mulas, en carro de bueyes o en silla—, y si esta debía ser de piel, de hueso, de marfil o de plata, y cuáles debían llevar oro o gemas en el calzado.
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Por tanto, cuando hubo pasado el invierno en Nicomedia y actuaba de forma sórdida, siendo penetrado por hombres y sometiéndose, los soldados se arrepintieron inmediatamente de su acción, pues habían conspirado contra Macrino para hacer a este príncipe, y empezaron a inclinar sus ánimos hacia su primo Alejandro, a quien el senado había llamado César tras la muerte de Macrino; pues,¿ quién podría soportar a un príncipe que recibía la lujuria por todos los orificios de su cuerpo, cuando nadie soportaría ni siquiera a una bestia así? En Roma, finalmente, no hizo otra cosa que tener emisarios que buscaran para él hombres bien dotados y los llevaran al palacio para poder disfrutar de sus condiciones; además, representaba en su casa la fábula de Paris, asumiendo él mismo el papel de Venus, de tal modo que, de repente, las vestiduras caían a sus pies y, desnudo, con una mano en el pecho y la otra en sus partes pudendas, se arrodillaba con las nalgas prominentes, echadas hacia atrás y ofrecidas al penetrador, y además configuraba su rostro con el mismo gesto con que se representa a Venus, con todo el cuerpo depilado, considerando que el fruto principal de la vida era parecer digno y apto para la lujuria de muchos.
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Vendió honores, dignidades y poderes tanto por sí mismo como a través de todos sus esclavos y ministros de sus lujurias. Nombró senadores sin distinción de edad, censo o linaje, por mérito de dinero, vendiendo incluso mandos militares, tribunados, legaciones y ducados, así como procuraciones y cargos palatinos. Tuvo a los aurigas Protógenes y Cordio como socios primero en la competición de carros y después en toda su vida y actos. A muchos, cuyos cuerpos le habían gustado, los trasladó desde la escena, el Circo y la arena al palacio. A Hierocles, en cambio, lo amó de tal modo que le besaba las ingles, lo cual es un dicho incluso impúdico, alegando que celebraba los juegos Florales. Cometió incesto con una virgen vestal. Profanó los ritos sagrados del pueblo romano retirando los objetos sagrados. Quiso extinguir el fuego perpetuo y no solo quiso extinguir las religiones romanas, sino las de todo el orbe terrestre, con el único afán de que el dios Heliogábalo fuera adorado en todas partes; irrumpió en el santuario de Vesta, al que solo acceden las vírgenes y los pontífices, contaminado él mismo por todo contagio de costumbres junto con aquellos que se habían contaminado con él. Intentó llevarse el santuario sagrado y, habiendo arrebatado una vasija como si fuera la verdadera, que la virgen máxima le había mostrado como falsa, y al no haber encontrado nada en ella, la arrojó y rompió, sin que por ello restara nada a la religión, porque se dice que se hicieron muchas similares para que nadie pudiera llevarse nunca la verdadera; aun siendo esto así, se llevó, sin embargo, la estatua que creía que era el Paladio y, bañada en oro, la colocó en el templo de su dios.
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También aceptó los ritos de la Madre de los dioses y se sometió al taurobolio para arrebatar la imagen y otros objetos sagrados que se guardan profundamente ocultos; además, sacudió la cabeza entre los fanáticos castrados, se ató los genitales e hizo todo lo que los galos suelen hacer, y trasladó lo sagrado arrebatado al santuario de su dios. También exhibió a Salambó con todo el llanto y la agitación del culto siríaco, presagiándose a sí mismo un destino inminente; ciertamente decía que todos los dioses eran ministros de su dios, llamando a unos sus camareros, a otros sus esclavos y a otros ministros de diversas cosas. Quiso traer las piedras que se llaman divinas desde su propio templo, y el simulacro de Diana de Laodicea desde su adyton, en el que Orestes lo había colocado. Y cuentan que Orestes no colocó un solo simulacro de Diana ni en un solo lugar, sino muchos en muchos lugares. Después de que se purificó a sí mismo en Tria Flumina, cerca del río Hebro, según el oráculo, fundó también la ciudad de Oresta, que a menudo es necesario que se tiña con sangre humana. Y Adriano ordenó que la ciudad de Oresta fuera reclamada para su nombre en el tiempo en que había empezado a sufrir de locura, por un oráculo, cuando se le dijo que se introdujera en la casa o en el nombre de algún furioso. Pues cuentan que a partir de ahí se suavizó la locura por la que había ordenado matar a muchos senadores, a quienes, al ser salvados, Antonino mereció el nombre de Pío, porque los llevó después ante el senado, a quienes todos creían que habían sido asesinados por orden del príncipe.
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También sacrificó víctimas humanas, habiendo elegido para ello a niños nobles y hermosos por toda Italia, que tenían a ambos padres vivos, creo que para que el dolor fuera mayor para ambos progenitores; finalmente, todo tipo de magos estaba presente junto a él y trabajaba diariamente, mientras él los animaba y daba gracias a los dioses por haber encontrado a sus amigos, mientras el niño examinaba las entrañas y atormentaba a las víctimas según su rito gentil. Cuando asumió el consulado, no arrojó al pueblo monedas de plata u oro, ni dulces ni animales pequeños, sino bueyes cebados, camellos, asnos y esclavos para que el pueblo los saqueara, diciendo que eso era propio de un emperador. Persiguió cruelmente la fama de Macrino, pero mucho más la de Diadumeno, porque fue llamado Antonino, llamándolo Pseudo- Antonino, al mismo tiempo que se decía que de un hombre sumamente lujurioso había surgido un hombre valiente, excelente, grave y severísimo. Finalmente, obligó a algunos escritores a discutir sobre cosas nefandas, o más bien imposibles de decir, acerca de la lujuria del mismo, como en su vida. Hizo un baño público en las dependencias palaciegas y al mismo tiempo lo exhibió al pueblo de Plautino, para obtener de él condiciones de hombres bien dotados. Y esto se cuidó diligentemente, para que de toda la ciudad y de los marineros se buscaran los onobeli; así llamaban a los que parecían más viriles.
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Cuando quiso hacer la guerra a los marcomanos, a quienes Antonino había derrotado brillantemente, algunos dijeron a través de caldeos y magos que Antonino Marco había hecho aquello para que los marcomanos estuvieran siempre devotos y amigos del pueblo romano, y que eso se había hecho mediante encantamientos y consagración. Y cuando preguntaba qué era aquello o dónde estaba, fue suprimido. Pues constaba que él buscaba la consagración por esto, para disiparla con la esperanza de incitar a la guerra, y sobre todo porque había oído que el oráculo había dicho que la guerra marcománica debía ser terminada por Antonino, mientras que a este lo llamaban Vario, Heliogábalo y hazmerreír público, y mancillaba el nombre de Antonino, en el que había invadido; pero era traicionado sobre todo por aquellos que se dolían de que se les opusieran hombres bien dotados y de mayor peculio para ejercer sus lujurias. De ahí que también se empezara a pensar en su muerte, y esto, en efecto, en casa.
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Pero los soldados no pudieron soportar que aquella peste de emperador se ocultara bajo ese nombre y primero entre ellos y luego por grupos lanzaron discursos, inclinándose todos hacia Alejandro, quien ya había sido llamado César por el senado en el tiempo en que Macrino fue asesinado, primo de este Antonino, pues Varia era la abuela común de ambos, de donde Heliogábalo era llamado Vario. Zótico tuvo tanto poder bajo él que era considerado por todos los jefes de las oficinas como si fuera el marido del señor. Además, este mismo Zótico, abusando de este tipo de familiaridad, vendía todas las palabras y hechos de Heliogábalo con engaños, obteniendo riquezas enormes, mientras amenazaba a unos y prometía a otros. Engañaba a todos y, al salir de su presencia, se acercaba a cada uno diciendo:' He hablado de ti, he oído esto de ti, esto sucederá sobre ti'. Como son los hombres de este tipo, que, si son admitidos a una familiaridad excesiva de los príncipes, venden la fama no solo de los malos sino también de los buenos príncipes, y que se alimentan de la infame rumorología por la estupidez o inocencia de los emperadores, que no perciben esto. Se casó y tuvo relaciones, de tal modo que incluso tenía una madrina y gritaba:'¡ Concide, Magire!', y en el tiempo en que Zótico estaba enfermo, preguntaba después a los filósofos y hombres más graves si ellos también habían sufrido en su juventud lo que él padecía, y ciertamente con la mayor impudicia; pues nunca ahorró palabras infames, mientras mostraba su impudicia con los dedos, y no había pudor alguno en la asamblea y ante el pueblo que escuchaba.
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Hizo a libertos presidentes, legados, cónsules, duques, y mancilló todas las dignidades con la ignominia de hombres perdidos; cuando había invitado a amigos nobles a la vendimia y se había sentado junto a los cestos, empezó a preguntar a cada uno de los más graves si estaba dispuesto para Venus, y ante el sonrojo de los ancianos exclamaba:' Se ha sonrojado, la cosa está a salvo', tomando el silencio y el rubor como consentimiento. Añadió además él mismo lo que hacía, sin velo alguno de pudor. Después de que vio a los ancianos sonrojarse y callar, ya sea porque la edad o la dignidad rechazaban tales cosas, se dirigió a los jóvenes y empezó a inquirir todo de ellos, de quienes, al oír cosas congruentes con su edad, empezó a alegrarse, diciendo que la vendimia era verdaderamente libre si la celebraba así. Muchos cuentan que fue inventado por él mismo que en la fiesta de la vendimia se dijeran muchas bromas a los dueños, incluso ante los dueños, las cuales él mismo había compuesto, y sobre todo en griego; de la mayoría de estas habla Mario Máximo en la vida del mismo Heliogábalo. Había amigos impíos y algunos ancianos y filósofos en apariencia que se arreglaban la cabeza con una redecilla, que decían que sufrían cosas impías y que se jactaban de tener maridos. Algunos dicen que estos fingían, para hacerse más queridos mediante la imitación de los vicios.
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Para la prefectura del pretorio admitió a un bailarín que había hecho teatro en Roma, hizo prefecto de los vigiles a Cordio, un auriga, y prefecto de la annona a Claudio, un barbero. Promovió a los demás honores a los que le fueron recomendados por la enormidad de sus partes pudendas; ordenó que un mulero se encargara de la vigésima de las herencias, y ordenó también a un corredor, a un cocinero y a un cerrajero. Cuando entró en el campamento o en la Curia, trajo consigo a su abuela, llamada Varia, de la que se ha hablado anteriormente, para que por su autoridad se hiciera más honesto, porque por sí mismo no podía; y antes de él, como ya hemos dicho, ninguna mujer había entrado en el senado de tal modo que fuera llamada a escribir y a dar su opinión. En los banquetes ponía a los exsoletos principalmente junto a él y se alegraba especialmente de su caricia y tacto, y a nadie daba más la copa después de haber bebido.
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Entre estos males de una vida impudiquísima, ordenó que Alejandro, a quien había adoptado, fuera alejado de él, diciendo que se arrepentía de la adopción, y ordenó al senado que se le abrogara el nombre de César. Pero en el senado, al ser esto propuesto, hubo un silencio enorme; pues Alejandro era un joven excelente, como se comprobó después por el género de su imperio, ya que desagradaba a su padre porque no era impúdico. Era, además, primo suyo, como dicen algunos, era amado también por los soldados y era aceptado por el senado y el orden ecuestre, y sin embargo no faltó la furia hasta el fin del peor deseo, pues envió asesinos contra él, y de este modo: él mismo se retiró a los jardines de Spes Vetus, como si concibiera votos contra el joven nuevo, dejando en el Palatino a su madre, a su abuela y a su primo, y ordenó que el joven excelente y necesario para la cosa pública fuera asesinado; envió también cartas a los soldados, en las que ordenó que se abrogara el nombre de César a Alejandro, envió a quienes cubrieran con barro los títulos de sus estatuas en el campamento, como suele hacerse con los tiranos, y envió también a sus tutores, a quienes ordenó, bajo la esperanza de premios y honores, que lo mataran donde quisieran
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de cualquier modo, ya fuera en los baños, con veneno o con hierro, pero los impíos no hacen nada contra los inocentes, pues nadie pudo ser llevado por ninguna fuerza a cumplir tal crimen, ya que las armas que preparaba para otros se volvieron más bien contra él mismo, y fue asesinado por aquellos a quienes incitaba contra otros. Pero apenas fueron cubiertos los títulos de las estatuas, todos los soldados se encendieron, y una parte se dirige al Palatino, otra a los jardines en los que estaba Vario, para vengar a Alejandro y finalmente expulsar de la cosa pública al hombre impuro y de ánimo parricida. Y cuando llegaron al Palatino, llevaron a Alejandro, custodiado diligentemente con su madre y su abuela, al campamento; Simiamira, la madre de Heliogábalo, los había seguido a pie, preocupada por su hijo. De allí se fue a los jardines, donde se encuentra a Vario preparando una competición de aurigas, esperando sin embargo intensamente cuándo se le anunciaría que su primo había sido asesinado, quien, aterrorizado de repente por el estruendo de los soldados, se esconde en un rincón y se cubre con la cortina del dormitorio que estaba en la entrada, habiendo enviado a los prefectos, a uno a apaciguar a los soldados en el campamento, y al otro a calmar a los que ya habían llegado a los jardines. Antioquiano, por tanto, uno de los prefectos, suplicó a los soldados que habían llegado a los jardines mediante la advertencia del juramento que no lo mataran, porque no habían llegado muchos y la mayoría se habían quedado con el estandarte que Aristómaco, el tribuno,
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había retenido. Esto en los jardines; en el campamento, en cambio, los soldados dijeron al prefecto que suplicaba que perdonarían a Heliogábalo si alejaba de sí a los hombres impuros, a los aurigas y a los actores, y si volvía a la buena senda, apartando sobre todo a aquellos que, con dolor de todos, tenían mucho poder junto a él y que vendían todas sus cosas, ya fuera con verdad o con engaños. Finalmente fueron apartados de él Hierocles, Cordio, Mirísimo y dos familiares impíos, que lo hacían más estúpido de lo que era; además, los soldados ordenaron a los prefectos que no permitieran que viviera así por más tiempo, y que Alejandro fuera custodiado y que no se le hiciera ninguna violencia, y al mismo tiempo que el César no viera a ningún amigo del Augusto para que no se hiciera ninguna imitación de la torpeza. Pero Heliogábalo pedía con gran ruego a Hierocles, el hombre más impúdico, y propagaba las insidias contra el César día a día. Finalmente, en las calendas de enero, cuando al mismo tiempo habían sido designados cónsules, no quiso proceder con su primo; al final, cuando su abuela y su madre le dijeron que los soldados amenazaban con su muerte si no veían concordia entre los primos, tomó la pretexta y a la sexta hora del día procedió al senado, habiendo sido llamada su abuela al senado y conducida a la silla. Después no quiso ir al Capitolio para concebir los votos y realizar los ritos solemnes, y todo fue hecho por el pretor urbano, como si los cónsules no estuvieran allí.
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No difirió la matanza de su primo, sino que, temiendo que el senado se inclinara hacia otro si él mataba a su primo, ordenó de repente que el senado saliera de la ciudad, y todos aquellos a quienes faltaban vehículos o esclavos fueron ordenados a partir de repente, mientras unos eran transportados por porteadores, otros por animales fortuitos y alquilados. A Sabino, varón consular, a quien Ulpiano escribió libros, porque se había quedado en la ciudad, lo mandó matar llamando a un centurión con palabras más suaves, pero el centurión, con el oído más sordo, creyó que se le ordenaba que fuera expulsado de la ciudad, y así lo hizo; así, el defecto del centurión fue la salvación de Sabino. También apartó a Ulpiano, el jurisconsulto, por ser un buen hombre, y al retórico Silvino, a quien había hecho maestro del César; y Silvino, en efecto, fue asesinado, pero Ulpiano fue reservado. Pero los soldados, y especialmente los pretorianos, ya sea sabiendo qué males se preparaban contra Heliogábalo, o porque veían que se les tenía envidia, tras conspirar para liberar la cosa pública, primero mataron a los cómplices con un género de muerte tal que, mientras a unos les sacaban las entrañas, a otros los atravesaban por la parte inferior, para que la muerte fuera acorde a la vida.
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Después de esto se hizo un ataque contra él y fue asesinado en la letrina a la que había huido. Luego fue arrastrado por la vía pública; se añadió una injuria al cadáver, pues los soldados lo arrojaron a la cloaca. Pero como la cloaca no lo recibió por casualidad, fue arrojado al Tíber por el puente Emilio, habiéndosele atado un peso para que no flotara, para que nunca pudiera ser enterrado; su cadáver fue arrastrado incluso por los espacios del Circo antes de ser precipitado al Tíber. Su nombre, es decir, el de Antonino, fue borrado por orden del senado y permaneció el de Vario Heliogábalo, si es que había retenido aquel por afectación, cuando quiere parecer hijo de Antonino. Fue llamado después de su muerte Tiberino, Tractaticio, Impuro y muchas cosas más, si alguna vez había que designar las cosas que parecían haberse hecho bajo él, y fue el único de todos los príncipes que fue arrastrado, arrojado a la cloaca y precipitado al Tíber. Lo cual ocurrió por el odio común de todos, de lo cual deben guardarse especialmente los emperadores, pues ni siquiera merecen sepulcros quienes no merecen el amor del senado, del pueblo y de los soldados. De sus obras públicas, aparte del templo del dios Heliogábalo, a quien unos llaman Sol y otros Júpiter, la restauración del Anfiteatro tras el incendio y el baño en el barrio Sulpicio, que Antonino, hijo de Severo, había comenzado, no existe ninguna; y el baño, en efecto, lo había dedicado Antonino Caracalla bañándose y admitiendo al pueblo, pero habían faltado los pórticos, que fueron construidos después por este Antonino supositorio y terminados por Alejandro.
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Este fue el último de los Antoninos( aunque muchos piensen que los Gordianos fueron Antoninos después, quienes fueron llamados Antonios, no Antoninos), tan odioso por su vida, costumbres e impiedad que el senado borró su nombre. A quien ni yo habría llamado Antonino si no fuera por causa del conocimiento, que obliga a menudo a decir incluso aquellos nombres que han sido abolidos. Fue asesinada con él también su madre Simiamira, mujer sumamente vergonzosa y digna de su hijo, y se tomó la precaución ante todo, después de Antonino Heliogábalo, de que nunca una mujer entrara en el senado, y que su cabeza fuera dedicada a los infiernos y maldecida por aquel por quien eso hubiera sido hecho. Sobre la vida de este se han puesto por escrito muchas cosas obscenas, las cuales, porque no son dignas de memoria, he considerado que debían ser divulgadas aquellas que pertenecían a la lujuria, de las cuales se dice que hizo algunas como particular y otras ya como emperador, cuando él mismo decía que como particular imitaba a Apicio, pero como emperador
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a Otón y a Vitelio; pues fue el primero de todos los particulares en cubrir los lechos con colchas de oro, porque entonces, por autoridad de Antonino Marco, estaba permitido hacerlo, quien había vendido públicamente todo el ajuar imperial; después exhibió banquetes de verano con colores, de modo que un día exhibía el verde, otro día el de vidrio, al siguiente el azul, siempre variando durante todos los días de verano. Fue el primero en tener authepsas de plata, y el primero también en tener cacerolas. Después, vasijas de plata de cien libras grabadas y algunas manchadas con esquemas sumamente libidinosos. Y fue el primero en inventar el vino con mástique, con poleo y todas estas cosas que ahora retiene la lujuria. Pues el vino rosado, aceptado de otros, lo hizo más oloroso con la trituración de piñones; en fin, estos tipos de copas no se leen antes de Heliogábalo. Y no tenía otra vida que buscar placeres; fue el primero en hacer embutidos de pescado, el primero de ostras, de ostras lisas y otras conchas marinas de este tipo, y de langostas, cangrejos y quisquillas. Extendió también triclinios de rosas, lechos y pórticos, y así paseaba, y esto con todo tipo de flores, lirios, violetas, jacintos y narcisos. Este no nadó sino en piscinas infectadas con ungüento noble o azafrán. Y no se acostó fácilmente en lechos si no tenían pelo de liebre o plumas de las axilas de perdices, cambiando a menudo los colchones.
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Despreció al senado a veces hasta el punto de llamarlos esclavos togados, al pueblo romano cultivador de una sola finca, sin tener en ningún lugar al orden ecuestre, llamando a menudo al prefecto urbano después de la cena para beber, junto con los prefectos del pretorio, de tal modo que, si se negaban, los maestros de los oficios los obligaban. Quiso también hacer prefectos urbanos por cada una de las regiones de la ciudad, para que hubiera catorce en la ciudad, y lo habría hecho si hubiera vivido, promoviendo a todos los hombres más vergonzosos y de la última profesión. Este tuvo lechos, triclinios y camas hechos de plata sólida. Comía a menudo, a imitación de Apicio, talones de camellos y crestas arrancadas de gallos vivos, lenguas de pavos reales y ruiseñores, porque se decía que quien comía esto estaba a salvo de la peste; exhibió también en el Palatino fuentes enormes llenas de entrañas de salmonetes y cerebros de flamencos, huevos de perdices, cerebros de tordos y cabezas de loros, faisanes y pavos reales. Ordenaba exhibir barbas de salmonetes tan grandes que, en lugar de berros, alcaparras, judías y alholva, las exhibía en platos y fuentes llenas. Lo cual es especialmente asombroso.
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Alimentó a los perros con hígados de gansos. Tuvo leones y leopardos desarmados como delicias, a los que, enseñados por los domadores, ordenaba de repente que se acostaran en la segunda y tercera mesa, ignorando todos que estaban desarmados, para provocar un miedo ridículo. Envió también uvas de Apamea a los pesebres de sus caballos y alimentó a sus leones y otros animales con loros y faisanes; exhibió también ubres de jabalí durante diez días, treinta cada día con sus matrices, exhibiendo guisantes con oro, lentejas con piedras preciosas, habas con electro, arroz con perlas. Además, esparció perlas en lugar de pimienta sobre pescados y trufas. Aplastó en los triclinios giratorios a sus parásitos con violetas y flores, de tal modo que algunos exhalaron el alma al no poder trepar a la superficie; templó las piscinas y bañeras con vino especiado, rosado y de ajenjo. Invitó al vulgo a beber y él mismo bebió tanto con el pueblo que se entendía que había bebido en la piscina, al verse que uno había bebido. Dio eunucos como regalos, dio cuadrigas, caballos enjaezados, mulos, literas y carros, dio también
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mil áureos y cien libras de plata; tenía ciertamente suertes de banquete escritas en cucharas tales que a uno le salían diez camellos, a otro diez moscas, a otro diez libras de oro, a otro diez de plomo, a otro diez avestruces, a otro diez huevos de gallina, para que fueran verdaderamente suertes y se tentara al destino. Lo cual exhibió también en sus juegos, cuando tenía en la suerte diez osos, diez lirones, diez lechugas y diez libras de oro, y fue el primero en instituir esta costumbre de la suerte que ahora vemos. Pero llamó a los actores a la suerte, cuando tenía también perros muertos y una libra de carne de buey en la suerte, y asimismo cien áureos, mil de plata, cien fuelles de bronce y otras cosas tales, que el pueblo recibió tan gustosamente que después lo felicitaban por imperar.
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Se cuenta que exhibió juegos navales en canales llenos de vino, que derramó mantos de esencia de flores y que hizo correr cuatro cuadrigas de elefantes en el Vaticano, derribando los sepulcros que estorbaban, y que unió también cuatro camellos a los carros en un espectáculo privado en el Circo. Se cuenta que reunió serpientes a través de los sacerdotes de la gente de los marsos y que las soltó de repente antes del amanecer, como suele reunirse el pueblo para los juegos célebres, y que muchos fueron afligidos por mordeduras y huida. Usó una túnica toda de oro, usó también una de púrpura, usó una persa de gemas, cuando decía que se sentía agobiado por el peso del placer; tuvo también gemas en el calzado, y ciertamente grabadas. Lo cual movió a risa a todos, como si pudieran verse los grabados de nobles artistas en las gemas que se adherían a los pies. Quiso usar también una diadema con gemas, para ser más hermoso y más apto para el rostro de las mujeres. Lo cual usó también en casa. Se cuenta también que prometió un fénix a los invitados o mil libras de oro por él, de tal modo que las soltara en el pretorio. Exhibió piscinas de agua marina, sobre todo en lugares mediterráneos, y las soltó para cada uno de los amigos que nadaban y las llenó de nuevo con peces; hizo una montaña de nieve en el jardín de la casa en verano, habiendo traído nieves; nunca comió pescado del mar, en los lugares más alejados del mar exhibió siempre todas las cosas marinas, alimentó a los campesinos en lugares mediterráneos con leches de morenas y de lubinas.
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Comía los pescados siempre como si estuvieran cocidos en agua marina con su color y con salsa azul, exhibió piscinas momentáneas de vino rosado y rosas, y se bañó con todos los suyos exhibiendo calderas de nardo. El mismo exhibió bálsamo en las lámparas, el mismo nunca repitió mujeres excepto a su esposa, exhibió lupanares en casa para sus amigos, clientes y esclavos, el mismo nunca cenó por menos de cien sestercios, esto es, treinta libras de plata, y a veces cenó por tres mil sestercios, calculando todo lo que gastaba. Superó, en efecto, las cenas de Vitelio y de Apicio, sacó pescados de sus viveros con bueyes, pasando por el mercado lloró la mendicidad pública, ataba a los parásitos a una rueda hidráulica y con el vértigo los metía bajo las aguas y los volvía a subir a la superficie, y los llamaba Ixiones fluviales. Pavimentó también las calles del Palatino con piedras lacedemonias y porfíricas, a las que llamó Antoninianas. Piedras que permanecieron hasta nuestra memoria, pero que recientemente han sido arrancadas y cortadas. Había decidido también dar una columna enorme, a la que se subiera por dentro, de tal modo que en la cima colocara al dios Heliogábalo, pero no encontró una piedra tan grande, cuando pensaba traerla desde la Tebaida.
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Solía encerrar a sus amigos ebrios y, de repente, por la noche, soltaba leones, leopardos y osos desprovistos de garras, de modo que, al despertar, encontraban en el mismo dormitorio leones, osos y panteras, ya fuera al amanecer o, lo que es más grave, durante la noche, lo cual causó la muerte de muchos. A sus amigos más humildes les colocaba fuelles en lugar de almohadas y los inflaba mientras comían, de tal manera que a menudo se les encontraba repentinamente bajo las mesas mientras cenaban. Finalmente, fue el primero en idear el uso de sigmas( sofás semicirculares) sobre el suelo, en lugar de lechos, para que los muchachos pudieran soltar los odres desde los pies y así liberar el aire. En las representaciones mímicas de adulterio, ordenó que lo que solía hacerse de forma simulada se llevara a cabo de verdad; a menudo rescataba a prostitutas de todos los proxenetas y les concedía la libertad. Cuando en las conversaciones privadas surgía el tema de cuántos hombres con hernia podía haber en la ciudad de Roma, ordenaba que todos fueran registrados y llevados a sus termas, y se bañaba con ellos, incluso con algunos hombres respetables; presenciaba combates de gladiadores antes de los banquetes y, con frecuencia, de púgiles. Preparó para sí un triclinio en lo alto de un anfiteatro y, mientras comía, ofrecía espectáculos de criminales y cacerías; a sus parásitos, en el segundo plato, les servía a menudo una cena de cera, a veces de madera, a veces de marfil, en ocasiones de arcilla y, otras veces, de mármol o piedra, de modo que se les presentaba a la vista todo aquello que él mismo comía, pero solo bebían durante cada plato y se lavaban las manos como si hubieran comido.
26
Se dice que fue el primero de los romanos en usar vestiduras de seda pura, cuando ya se usaban las de seda mezclada con lino; nunca tocó un lienzo lavado, diciendo que eran mendigos quienes usaban telas lavadas. A menudo se le vio en público después de cenar vestido con la dalmática, llamándose a sí mismo Gurgites Fabius y Escipión, porque llevaba la misma vestimenta con la que Fabio y Cornelio habían sido presentados en público por sus padres para corregir las costumbres de los jóvenes. Reunió a todas las prostitutas del Circo, del teatro, del Estadio y de todos los lugares y termas en edificios públicos y celebró ante ellas una asamblea como si fuera militar, llamándolas compañeras de armas, y discutió sobre los tipos de posturas y placeres; más tarde, hizo comparecer en tal asamblea a proxenetas, a hombres corrompidos de todas partes y a jovencitos y muchachos muy lujuriosos, y cuando se presentó ante las prostitutas con atuendo femenino y el pecho descubierto, lo hizo ante los corrompidos con el hábito de los muchachos que se prostituyen. Después de la asamblea, les anunció una gratificación de tres áureos a cada uno, como si fueran soldados, y les pidió que rogaran a los dioses para que les concedieran otros a quienes ellos pudieran recomendar. Ciertamente, bromeaba con sus esclavos de tal manera que les ordenaba traerle mil libras de telarañas, ofreciendo una recompensa, y se dice que llegó a reunir diez mil libras de telarañas, diciendo que de ahí se podía entender cuán grande era Roma. Enviaba a sus parásitos, en lugar de la provisión anual de víveres, vasijas con ranas, escorpiones, serpientes y monstruos de ese tipo, y encerraba en tales vasijas una cantidad infinita de moscas, llamándolas abejas domesticadas.
27
Mientras comía y cenaba, siempre hacía que le exhibieran cuadrigas de carreras de circo en los triclinios y pórticos, obligando a los invitados ancianos, algunos de ellos hombres honrados, a conducirlas. Ya como emperador, ordenaba que le trajeran diez mil ratones, mil comadrejas y mil musarañas. Tenía pasteleros y lecheros tan hábiles que, cualquier cosa que los cocineros, los encargados de la mesa o los fruteros presentaran de diversos alimentos, ellos lo replicaban en dulces o en lácteos. Ofrecía a sus parásitos cenas servidas en vajillas de vidrio y, a veces, colocaba en la mesa tantos manteles pintados como platos iba a servir, de modo que los alimentos se presentaban mediante bordados o pinturas textiles. A veces, sin embargo, se les mostraban cuadros pintados, de tal manera que parecía que se les servía todo y, sin embargo, se consumían de hambre. Mezclaba gemas con frutas y flores, y arrojaba por la ventana tantos alimentos como los que servía a sus amigos; había ordenado que se entregara la ración de un año del pueblo romano a las prostitutas, proxenetas y hombres corrompidos que vivían dentro de las murallas, y otra cantidad prometida a los de fuera, cuando en aquel tiempo, según la previsión de Severo y Trajano, había en Roma una reserva de grano para siete años.
28
Unió cuatro perros enormes a su carro y así fue transportado dentro de la casa real, y lo mismo hizo en privado en sus campos; salió en público con cuatro ciervos enormes unidos, y unió también leones, llamándose a sí mismo la Gran Madre. Unió también tigres, llamándose a sí mismo Líber y actuando con el mismo hábito con el que se representan los dioses a los que imitaba. Tenía en Roma dragoncillos egipcios, a los que ellos llaman agathodaemones, y tenía hipopótamos, un cocodrilo, un rinoceronte y todo lo egipcio que por su naturaleza podía ser exhibido; en ocasiones servía avestruces en las cenas, diciendo que era un precepto para los judíos comerlos. Ciertamente, parece extraño lo que se dice que hizo, que cubrió un sigma con azafrán cuando invitó a hombres ilustres a comer, diciendo que, dada su dignidad, les servía heno; invirtió el curso de los días con las noches y el de las noches con los días, considerando esto como uno de los instrumentos del lujo, de modo que se levantaba tarde del sueño y comenzaba a ser saludado, mientras que empezaba a dormir por la mañana. Admitía a sus amigos diariamente y no dejaba fácilmente a nadie sin un regalo, a menos que hubiera descubierto que era un hombre frugal, al que consideraba un perdido.
29
Tenía vehículos dobles y dorados, despreciando los de plata, marfil o bronce. Unía también cuatro mujeres hermosísimas, o dos, o tres o más, para tirar del carro, y así era transportado, pero generalmente desnudo, mientras ellas, desnudas, lo arrastraban. Tenía también la costumbre de invitar a cenar a ocho calvos, y asimismo a ocho tuertos, ocho gotosos, ocho sordos, ocho negros, ocho altos y ocho gordos, ya que no podían caber en un solo sigma, para provocar la risa con todos ellos. Regalaba a los invitados toda la plata que había en el banquete y todo el servicio de copas, y esto lo hacía con frecuencia; fue el primero de los líderes romanos en servir públicamente hidromiel, cuando antes la mesa era militar, lo cual Alejandro corrigió inmediatamente después. Proponía además a sus invitados temas, como si fueran acertijos, para que inventaran nuevas leyes para condimentar los platos, y a aquel cuya invención le agradaba, le daba el mayor premio, llegando a regalarle una vestidura de seda, que entonces se consideraba rara y honorable; si el plato le disgustaba, ordenaba que lo comiera siempre hasta que encontrara uno mejor. Ciertamente, siempre se sentaba entre flores o perfumes preciosos, y amaba que le dijeran precios más altos de las cosas que se preparaban para la mesa, afirmando que esto era el apetito para el banquete.
30
Se pintó a sí mismo como vendedor de dulces, como perfumista, como tabernero, como posadero y como proxeneta, y todo esto lo practicó siempre en casa. En una sola cena, sirvió las cabezas de seiscientos avestruces para comer sus sesos en muchas mesas. Ofreció a veces un banquete tal que tenía veintidós platos de enormes manjares, pero en cada uno se lavaban, usaban mujeres, y tanto él como sus amigos juraban que aquello producía placer. Celebró también un banquete tal que en casa de cada amigo se preparaba un plato, y mientras uno permanecía en el Capitolio, otro en el Palatino, otro sobre el Agger, otro en el Celio y otro al otro lado del Tíber, y dondequiera que cada uno se hubiera quedado, sin embargo, se comían los platos uno a uno en orden en sus casas, y se iba a casa de todos; así, un solo banquete apenas terminaba en todo el día, mientras se lavaban y usaban mujeres en cada plato. Siempre servía un plato sibarita hecho de aceite y garum, el cual, el año en que los sibaritas lo descubrieron, perecieron. Se dice también que construyó termas en muchos lugares y que se bañó una sola vez y las destruyó inmediatamente, para no tener termas de uso común; se dice que hizo lo mismo con casas, palacios y estancias, pero creo que esto y otras cosas que superan la credibilidad fueron inventadas por aquellos que, para congraciarse con Alejandro, quisieron deformar la imagen de Heliogábalo.
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Se dice también que rescató a una prostituta muy conocida y hermosísima por cien mil sestercios y que la honró intacta como si fuera virgen. A este mismo, cuando en privado alguien le dijo:¿ No temes quedarte pobre?, se dice que respondió:¿ Qué hay mejor que ser yo mismo mi propio heredero y el de mi esposa? Había tenido además bienes dejados por muchos gracias a su padre; él mismo decía que no quería hijos, para que a nadie le tocara ser frugal. Ordenaba que se quemaran perfumes indios sin carbón para aromatizar las estancias; nunca viajó en privado con menos de sesenta vehículos, a pesar de las protestas de su abuela Varia, quien decía que lo iba a perder todo. Se dice que, como emperador, llegó a llevar seiscientos vehículos, afirmando que el rey de los persas viajaba con diez mil camellos y que Nerón había emprendido un viaje con quinientos carruajes. La causa de los vehículos era la multitud de proxenetas, alcahuetas, prostitutas, hombres corrompidos y también de hombres bien dotados. En las termas siempre estaba con mujeres, de modo que él mismo las depilaba con psilothrum, y él mismo también se depilaba la barba con psilothrum, y lo que es vergonzoso de decir, en el mismo lugar donde las mujeres eran depiladas y a la misma hora. También rasuraba con navaja, con su propia mano, el vello púbico de sus amantes, con la cual después se afeitaba la barba. Cubrió el pórtico con polvo de oro y plata, lamentando no poder hacerlo también con electro, y esto lo hacía con frecuencia, dondequiera que viajaba a pie hasta llegar al caballo o al carruaje, como se hace hoy con la arena dorada.
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Nunca repitió el calzado, y se dice que tampoco repitió los anillos. A menudo rasgaba vestiduras preciosas. Capturó una ballena, la pesó y, según la estimación de su peso, sirvió pescado a sus amigos; hundió naves cargadas en el puerto, diciendo que esto era propio de la magnanimidad; recibió el peso del vientre en oro y orinó en vasos de murrina y ónice. Se dice que también dijo: Si tuviera un heredero, le daría un tutor que lo obligara a hacer estas cosas que yo he hecho y que voy a hacer. Tenía también la costumbre de servirse cenas tales que en un día no comía más que faisanes y componía todos los platos solo con carne de faisán; asimismo, otro día de pollos, otro de aquel pescado y de aquel otro, otro de cerdos, otro de avestruces, otro de verduras, otro de frutas, otro de dulces y otro de productos lácteos. A menudo encerraba a sus amigos con ancianas etíopes en habitaciones nocturnas y los retenía hasta el amanecer, diciendo que les había preparado a las más hermosas. Hizo lo mismo también con muchachos, y entonces, antes de Filipo, por supuesto, estaba permitido. Sin embargo, a veces se reía de tal manera que era el único que se escuchaba públicamente en el teatro. Él mismo cantó, bailó, tocó la flauta, tocó la trompeta, tocó la pandura y moduló el órgano. Se dice también que un día entró en todos los lugares de prostitución del Circo, del teatro, del anfiteatro y de toda la ciudad, cubierto con una capucha de mulero para no ser reconocido, y sin embargo, daba áureos a todas las prostitutas sin buscar el acto carnal, añadiendo: Que nadie lo sepa, esto lo regala Antonino.
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Inventó ciertos tipos de libertinajes para superar las infamias de los antiguos viciosos, y conocía todo el aparato de Tiberio, Calígula y Nerón. Y le había sido predicho por los sacerdotes sirios que moriría de muerte violenta; por tanto, había preparado cuerdas trenzadas con seda y púrpura, con las cuales, si fuera necesario, terminaría su vida ahorcándose. Había preparado también espadas de oro con las que matarse si alguna fuerza lo apremiaba. Había preparado también venenos en piedras ceraunias, jacintos y esmeraldas, con los que quitarse la vida si algo más grave se presentaba. Había hecho también una torre altísima con tablas doradas y adornadas con gemas ante sí, desde la cual arrojarse, diciendo que incluso su muerte debía ser preciosa y acorde a la apariencia del lujo, para que se dijera que nadie había muerto así. Pero nada de esto valió, pues, como hemos dicho, fue asesinado, arrastrado por las calles y los barrios, conducido de la manera más sórdida por las cloacas y arrojado al Tíber. Este fue el fin del nombre de los Antoninos en la república, sabiendo todos que este Antonino fue tan falso en su vida como en su nombre.
34
Quizás a alguien le parezca extraño, venerable Constantino, que esta plaga, de la que he dado cuenta, ocupara el lugar de los príncipes, y de hecho durante casi tres años; así, no hubo nadie en la república entonces que lo apartara de los timones de la majestad romana, cuando a Nerón, Vitelio, Calígula y otros de este tipo nunca les faltó un tiranicida. Pero, ante todo, pido perdón por haber puesto por escrito estas cosas que encontré en diversos autores, habiendo callado muchas cosas impropias y aquellas que ni siquiera pueden decirse sin la mayor vergüenza; aquellas que he dicho, las he cubierto tanto como he podido, usando un velo de palabras. Luego, creí que debía tenerse en cuenta lo que tu Clemencia suele decir: que ser emperador es cuestión de fortuna. Pues también hubo reyes menos buenos y otros pésimos; pero debe hacerse lo que tu Piedad suele decir, que sean dignos del imperio aquellos a quienes la fuerza del destino ha llevado a la necesidad de gobernar. Y puesto que este fue el último de los Antoninos, y después este nombre no fue frecuentado en la república en el lugar de los príncipes, también debe añadirse esto, para que no surja ningún error, cuando comience a narrar sobre los dos Gordianos, padre e hijo, que querían ser llamados del linaje de los Antoninos: que en ellos el nombre no fue el primero, sino el sobrenombre; además, como encuentro en la mayoría de los libros, fueron llamados Antonios, no Antoninos.
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Esto es lo que hay sobre Heliogábalo, cuya vida, recopilada de fuentes griegas y latinas, quisiste que escribiera y te ofreciera, a pesar de mi reticencia y resistencia, ya que antes habíamos presentado las de otros. Comenzaré a escribir sobre los que siguieron, de los cuales Alejandro es el mejor y debe ser tratado con cuidado, príncipe de trece años; otros, de seis meses, apenas un año o dos; Aureliano, el más destacado, y el adorno de todos ellos, Claudio, autor de tu linaje, sobre quien temo decir la verdad al escribir a tu Clemencia, no sea que parezca un adulador ante los malintencionados, pero me veré absuelto frente a la envidia de los malvados, ya que he comprobado que también entre otros es ilustre. A estos deben añadirse Diocleciano, padre de la edad de oro, y Maximiano, como se dice comúnmente, de la de hierro, y los demás hasta tu Piedad. A ti, venerable Augusto, te dedicarán muchas páginas más elocuentes aquellos que te sigan, a quienes una naturaleza más afortunada les haya concedido tal don; a estos deben añadirse Licinio y Majencio, cuyo derecho sobre todo vino a tu dominio, pero de tal manera que no se reste nada de su virtud. Pues yo no haré lo que suelen hacer la mayoría de los escritores, de denigrar a los que fueron vencidos, ya que entiendo que añade a tu gloria si proclamo como verdaderas todas las cosas buenas que ellos tuvieron en sí mismos.