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Se dice que Avidio Casio, según algunos, procedía de la familia de los Casios, aunque por parte de madre; nacido de un hombre nuevo, Avidio Severo, quien había alcanzado el rango de senador y llegado a las más altas dignidades, a quien Cuadrato menciona en sus historias, y ciertamente con gravedad, al afirmar que era un hombre excelso y necesario para la República, y muy influyente ante el propio Marco. Pues se sostiene que murió por destino fatal ya durante el reinado de este. Este Casio, pues, proveniente de la familia, como hemos dicho, de los Casios que habían conspirado en la curia contra Cayo Julio, odiaba en silencio el principado y no podía soportar el nombre de emperador, y decía que el nombre de imperio era tanto más grave cuanto que no podía ser eliminado de la República sino por otro emperador; finalmente, se dice que en su juventud intentó arrebatarle el principado incluso a Pío, pero que, gracias a su padre, un hombre santo y serio, ocultó su afán de tiranía, aunque siempre fue visto con sospecha por los generales. Que había preparado una emboscada contra Vero, lo indica una carta del propio Vero, que he insertado. De la carta de Vero:« Avidio Casio es ávido de poder, tanto como a mí me parece y como ya se hizo notar bajo mi abuelo, tu padre; te pediría que ordenes vigilarlo, todo lo nuestro le desagrada, acumula riquezas no mediocres, se burla de nuestras cartas, te llama anciana filósofa y a mí, bufón lujurioso. Mira qué debe hacerse. Yo no odio al hombre, pero mira no sea que no te aconsejes bien a ti y a tus hijos, cuando tienes entre los hombres de armas a alguien a quien los soldados escuchan de buena gana y ven con gusto».
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Rescripto de Marco sobre Avidio Casio:« He leído tu carta, más llena de inquietud que de espíritu imperial y no propia de nuestro tiempo. Pues si el imperio le es debido por designio divino, no podremos matarlo, aunque quisiéramos, pues conoces el dicho de tu bisabuelo:' nadie mata a su sucesor'. Pero si no es así, él mismo caerá por su propia voluntad en los lazos del destino sin necesidad de nuestra crueldad. Añade que no podemos acusar a quien nadie denuncia y a quien, como tú mismo dices, los soldados aman. Además, en los casos de lesa majestad, la naturaleza es tal que parecen sufrir violencia incluso aquellos a quienes se les prueba; pues tú mismo sabes lo que dijo tu abuelo Adriano:' miserable condición la de los emperadores, a quienes no se les puede creer sobre la tiranía pretendida a menos que sean asesinados'. He preferido poner su ejemplo antes que el de Domiciano, de quien se dice que fue el primero en decir esto, pues los dichos de los tiranos, incluso los buenos, no tienen tanta autoridad como deberían. Que se quede, pues, con sus costumbres, sobre todo siendo un buen general, severo, fuerte y necesario para la República. Pues lo que dices, que debo cuidarme por mis hijos ante su muerte; que perezcan mis hijos si Avidio merece ser más amado que ellos, y si a la República le conviene más que viva Casio que los hijos de Marco». Esto dijo Vero sobre Casio, esto dijo Marco.
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Pero nosotros explicaremos brevemente la naturaleza y las costumbres del hombre. Pues no se puede saber más sobre aquellos cuya vida nadie se atreve a ilustrar por causa de aquellos por quienes fueron oprimidos; añadiremos, sin embargo, cómo llegó al poder, cómo fue asesinado y dónde fue vencido. Pues me he propuesto, Diocleciano Augusto, poner por escrito a todos los que tuvieron el nombre de emperadores, ya sea por causa justa o injusta, para que conozcas a todos los Augustos vestidos de púrpura. Tenía tales costumbres que a veces parecía cruel y áspero, otras veces amable y suave, a menudo religioso, otras veces despreciador de los ritos sagrados, ávido de vino y a la vez abstemio, amante de la comida y paciente con la moderación, deseoso de Venus y amante de la castidad; y no faltaron quienes lo llamaran Catilina, ya que él mismo se alegraba de ser llamado así, añadiendo que sería un Sergio si hubiera matado al dialoguista. Significando con este nombre a Antonino, quien destacó tanto en filosofía que, al ir a la guerra marcomana, temiendo todos que ocurriera algo fatal, se le pidió, no por adulación sino seriamente, que expusiera los preceptos de la filosofía, y él no temió, sino que durante tres días disputó siguiendo el orden de la parenesis. Además, Avidio Casio era tenaz en la disciplina militar y quería que lo llamaran Mario.
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Puesto que hemos comenzado a hablar de su severidad, existen muchos indicios de su crueldad más que de su severidad; pues, en primer lugar, a los soldados que habían tomado algo de los provinciales por la fuerza, los crucificó en los mismos lugares donde habían pecado; fue también el primero en inventar ese tipo de suplicio, consistente en colocar un poste grande de ciento ochenta pies y atar a los condenados desde la cima hasta la base, y poner fuego desde abajo, matando a unos tras otros con el humo, la tortura y el miedo. Ordenaba también que diez hombres encadenados fueran sumergidos en el río o en el mar. A muchos desertores les cortó las manos, a otros les cortó las piernas y los tendones, diciendo que es un ejemplo mayor el de un criminal que vive miserablemente que el de uno muerto. Mientras dirigía el ejército, y sin que él lo supiera, las tropas auxiliares, instigadas por sus centuriones, mataron a tres mil sármatas que actuaban con negligencia en las riberas del Danubio y regresaron ante él con un botín inmenso, esperando los centuriones una recompensa por haber matado con un grupo muy pequeño a tantos enemigos que actuaban con lentitud y sin saberlo los tribunos; él ordenó que fueran apresados y crucificados, siendo sometidos a un suplicio servil, un ejemplo que no existía, diciendo que podría haber ocurrido que fueran emboscadas y que la reverencia por el imperio romano pereciera. Y cuando surgió una gran sedición en el ejército, salió desnudo, cubierto solo con un taparrabos, y dijo:« Golpeadme, si os atrevéis, y añadid el crimen de la disciplina corrompida». Entonces, al callar todos, mereció ser temido porque él mismo no tuvo miedo, lo cual añadió tanto a la disciplina de los romanos y tanto terror infundió a los bárbaros que pidieron la paz por cien años a un Antonino ausente; pues habían visto condenados por el juicio del general romano incluso a aquellos que habían vencido contra lo justo.
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Sobre esto se encuentran muchas cosas graves contra la licencia de los soldados en Emilio Parteniano, quien relató a los aspirantes a la tiranía desde los antiguos de la historia; pues azotó con varas en el foro y decapitó con el hacha en medio del campamento a quienes lo merecieron, y cortó las manos a muchos, y prohibió al soldado llevar en expedición otra cosa que tocino, pan duro y vinagre, y si encontraba cualquier otra cosa, castigaba el lujo con un suplicio no leve. Existe sobre esto una carta del divino Marco a su prefecto como esta:« He entregado a Avidio Casio las legiones sirias, que se deshacían en el lujo y actuaban con las costumbres de Dafne, las cuales, según escribió Cesonio Vectiliano, encontró totalmente afeminadas; y creo que no me he equivocado, puesto que tú también conoces a Casio, un hombre de la severidad y disciplina casiana; pues los soldados no pueden ser gobernados sino con la antigua disciplina. Pues conoces el verso dicho por un buen poeta y frecuentado por todos:' La cosa romana se sostiene por las antiguas costumbres y por los hombres'. Tú solo haz que abunden los suministros para las legiones, los cuales, si conozco bien a Avidio, sé que no se perderán». El prefecto a Marco:« Has aconsejado bien, mi señor, al poner a Casio al frente de las legiones sirias, pues nada es tan eficaz como un hombre más severo para los soldados griegos; él ciertamente quitará todos los afeminamientos, todas las flores de la cabeza, el cuello y el pecho del soldado. Toda la provisión militar está lista, y nada falta bajo un buen general; pues no se busca ni se gasta mucho».
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Y no se equivocó en el juicio que se tenía de él. Pues inmediatamente ordenó que se hiciera pregón ante las enseñas y fijó un programa en las paredes para que, si alguien era encontrado ceñido cerca de Dafne, regresara desceñido; siempre inspeccionaba las armas de los soldados el séptimo día, incluso las vestimentas, el calzado y las grebas; eliminó todos los deleites del campamento y les ordenó pasar el invierno bajo tiendas de cuero a menos que corrigieran sus costumbres; y lo habrían hecho, si hubieran vivido más honestamente. El ejercicio del séptimo día era para todos los soldados, de modo que lanzaran flechas y jugaran con las armas. Pues decía que era miserable que, mientras los atletas, cazadores y gladiadores se ejercitaban, los soldados no lo hicieran; para quienes el trabajo futuro sería menor si estuvieran acostumbrados. Por tanto, corregida la disciplina, realizó las cosas de la mejor manera en Armenia, en Arabia y en Egipto, y fue amado por todos los orientales y especialmente por los antioquenos, quienes incluso consintieron con su imperio, como enseña Mario Máximo en la vida del divino Marco; pues incluso cuando los soldados bucólicos cometían muchas cosas graves por Egipto, fueron rechazados por él, como también refiere Mario Máximo en el libro que publicó como segundo sobre la vida de Marco Antonino.
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Este se llamó a sí mismo emperador en Oriente, como dicen algunos, por voluntad de Faustina, quien ya desconfiaba de la salud de Marco y temía no poder proteger sola a sus hijos pequeños, y que surgiera alguien que, tomada la posición real, eliminara a los niños; otros, sin embargo, dicen que Casio utilizó este arte con los soldados y provinciales contra el amor de Marco, para que pudiera consentir con él, al decir que Marco había muerto. Pues se dice que incluso lo llamó divino para suavizar el deseo por él. Con ánimo imperial, cuando hubo avanzado, hizo prefecto del pretorio a quien le había adaptado los ornamentos reales; quien también fue asesinado, contra la voluntad de Antonino, por el ejército, el cual también mató a Meciano, a quien se le había confiado Alejandría y quien había consentido con Casio con la esperanza de participar, sin que Antonino lo supiera ni lo quisiera. Sin embargo, Antonino no se enfureció gravemente al conocer la rebelión ni actuó contra sus hijos o allegados. El senado lo llamó enemigo y proscribió sus bienes. Los cuales Antonino no quiso que se acumularan en el tesoro privado, por lo que, por orden del senado, fueron devueltos al tesoro público; y no faltó el terror en Roma, cuando algunos decían que Avidio Casio, en ausencia de Antonino, quien solo era amado por los voluptuosos, vendría a Roma y saquearía la ciudad tiránicamente, especialmente por causa de los senadores, quienes lo habían juzgado enemigo con sus bienes proscritos. Y el amor de Antonino brilló sobre todo en esto, que con el consentimiento de todos, excepto los antioquenos, Avidio fue asesinado; a quien, ciertamente, no ordenó matar, sino que lo permitió, siendo evidente para todos que, si hubiera estado en su poder,
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habría perdonado a aquel. Cuando su cabeza fue llevada ante Antonino, él no se alegró, no se exaltó, sino que incluso se dolió de que se le hubiera arrebatado la ocasión de la misericordia, diciendo que él quería capturarlo vivo para reprocharle sus beneficios y salvarlo. Finalmente, cuando alguien decía que se debía reprender a Antonino por ser tan suave con su enemigo, sus hijos, sus allegados y todos los que había encontrado cómplices de la tiranía, añadiendo aquel que reprendía:«¿ Qué si él hubiera vencido?», se dice que respondió:« No hemos honrado a los dioses ni vivimos de tal manera que él pudiera vencernos». Enumeró luego a todos los príncipes que habían sido asesinados y que habían tenido causas por las que merecían ser asesinados, y que nadie bueno fue fácilmente vencido por un tirano ni asesinado, diciendo que Nerón lo merecía, que Calígula lo debía, y que Otón y Vitelio ni siquiera quisieron gobernar. También sentía lo mismo sobre Galba, al decir que en un emperador la avaricia es el mal más amargo. Finalmente, que ni Augusto, ni Trajano, ni Adriano, ni su padre pudieron ser superados por rebeldes, aunque fueron muchos y, aun contra su voluntad o sin saberlo, fueron extinguidos. Él mismo, Antonino, pidió al senado que no se procediera gravemente contra los cómplices de la deserción, en el mismo momento en que pidió que ningún senador fuera sometido a suplicio capital en sus tiempos, lo cual le granjeó el mayor amor. Finalmente, castigados muy pocos centuriones, ordenó que los deportados fueran revocados.
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A los antioquenos, que habían consentido con Avidio Casio, y a estas y otras ciudades que lo habían ayudado, los perdonó, aunque al principio estaba gravemente enfurecido con los antioquenos y les había quitado los espectáculos y muchos otros ornamentos de la ciudad, que después devolvió. Marco Antonino donó a los hijos de Avidio Casio la mitad del patrimonio paterno, de modo que honró a sus hijas con oro, plata y gemas. Pues incluso a Alejandría, hija de Casio, y a su yerno Drunciano les dio libre potestad de vagar donde quisieran, y vivieron no como prendas de un tirano, sino como del orden senatorial en la mayor seguridad, habiendo prohibido incluso que en los litigios se les opusiera la fortuna de su propia casa, condenando a algunos por injurias que habían sido insolentes con ellos, a quienes, por cierto, encomendó al marido de su tía. Si alguien desea saber toda esta historia, que lea el segundo libro de Mario Máximo sobre la vida de Marco, en el que dice aquellas cosas que solo Marco hizo una vez muerto Vero. Pues entonces Casio se rebeló, como prueba la carta enviada a Faustina, cuyo ejemplo es este:« Vero me había escrito la verdad sobre Avidio, que deseaba gobernar, pues creo que has oído lo que los estatores de Vero anunciaban sobre él. Ven, pues, a Albano, para que tratemos todo con la ayuda de los dioses, sin temer nada». De aquí, sin embargo, aparece que Faustina no sabía estas cosas, cuando Mario dice que se la quería difamar como si ella hubiera sido cómplice de que Casio asumiera el imperio, pues existe también una carta suya al marido, en la que insta a Marco a que proceda gravemente contra él. Ejemplo de la carta de Faustina a Marco:« Yo misma vendré a Albano mañana, como ordenas; sin embargo, ya te exhorto a que, si amas a tus hijos, persigas con la mayor severidad a estos rebeldes. Pues se han acostumbrado mal los generales y los soldados, que si no son oprimidos, oprimirán».
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También otra carta de la misma Faustina a Marco:« Mi madre Faustina exhortó a tu padre Pío en la deserción de Celso a que guardara la piedad primero hacia los suyos, así hacia los ajenos, pues no es piadoso el emperador que no piensa en su esposa y sus hijos. Ves en qué edad está nuestro Cómodo, Pompeyano, el yerno, es mayor y extranjero; mira qué haces sobre Avidio Casio y sus cómplices, no perdones a los hombres que no te perdonaron a ti y que no nos perdonarían ni a mí ni a nuestros hijos si hubieran vencido. Yo misma seguiré pronto tu camino; porque nuestra Fadila estaba enferma, no pude ir a Formia, pero si no puedo encontrarte en Formia, te alcanzaré en Capua, ciudad que podrá ayudar a mi enfermedad y a la de nuestros hijos. Te ruego que envíes al médico Soteridas a Formia. Yo, sin embargo, no creo nada en Pisiteo, que no sabe aplicar curación a una joven virgen. Calpurnio me dio cartas selladas; a las cuales responderé, si tardo, a través de Cecilio, el viejo eunuco, hombre, como sabes, fiel, a quien mandaré de palabra qué se dice que la esposa de Avidio Casio, sus hijos y su yerno están pregonando sobre ti».
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De estas cartas se entiende que Faustina no fue cómplice de Casio, es más, que exigió gravemente su suplicio, si es que impulsó a un Antonino tranquilo y que pensaba en cosas más clementes a la necesidad de la venganza, a lo cual Antonino respondió, como la carta adjunta demostrará:« Tú, ciertamente, mi Faustina, actúas religiosamente por tu marido y por nuestros hijos. Pues he releído tu carta en Formia, en la que me exhortas a que castigue a los cómplices de Avidio; yo, en verdad, perdonaré incluso a sus hijos, a su yerno y a su esposa, y escribiré al senado para que ni la proscripción sea más grave ni el castigo más cruel. Pues no hay nada que recomiende mejor a un emperador romano ante las gentes que la clemencia. Esto hizo dios a César, esto consagró a Augusto, esto adornó a tu padre especialmente con el nombre de Pío; finalmente, si se hubiera juzgado sobre la guerra según mi parecer, ni siquiera Avidio habría sido asesinado. Estate, pues, tranquila;' los dioses me protegen, a los dioses les es grata mi piedad'. He nombrado a nuestro Pompeyano cónsul para el año siguiente». Esto dijo Antonino a su esposa.
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Al senado, sin embargo, qué discurso envió, interesa saberlo, del discurso de Marco Antonino:« Tenéis, pues, padres conscriptos, por la gratulación de la victoria, a mi yerno como cónsul, digo a Pompeyano, cuya edad debió ser remunerada hace tiempo con el consulado, si no hubieran intervenido hombres fuertes, a quienes debió devolverse lo que se debía por la República. Ahora, en lo que respecta a la deserción casiana, os ruego y suplico, padres conscriptos, que, depuesta vuestra censura, guardéis mi piedad y clemencia, es más, la vuestra, y que el senado no mate a nadie, que ningún senador sea castigado, que no se derrame la sangre de ningún hombre noble, que los deportados regresen, que los proscritos recuperen sus bienes;¡ ojalá pudiera despertar a muchos incluso de los infiernos! Pues nunca agrada en un emperador la venganza de su propio dolor, la cual, si fuera más justa, parece más cruel; por lo cual daréis perdón a los hijos de Avidio Casio, a su yerno y a su esposa,¿ y qué digo perdón? cuando ellos no han hecho nada. Vivan, pues, seguros, sabiendo que viven bajo Marco, vivan en el patrimonio de sus padres donado en parte, disfruten del oro, la plata y las vestiduras, sean ricos, sean seguros, sean errantes y libres, y por boca de todos los pueblos en todas partes lleven mi ejemplo, lleven el ejemplo de vuestra piedad, y no es grande esta clemencia, padres conscriptos, que se dé perdón a los hijos y esposas de los proscritos. Yo, en verdad, os pido que a los cómplices del orden senatorial y ecuestre los libréis de la matanza, de la proscripción, del miedo, de la infamia, de la envidia y, finalmente, de toda injuria, y dad esto a mis tiempos, para que en la causa de la tiranía se apruebe que quien cayó en el tumulto fue asesinado».
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Esta clemencia suya fue seguida por el senado con estas aclamaciones:« Antonino pío, que los dioses te salven. Antonino clemente, que los dioses te salven. Antonino clemente, que los dioses te salven. Tú quisiste lo que era lícito, nosotros hicimos lo que era decoroso. Pedimos un imperio justo para Cómodo, fortalece a tu progenie, haz que nuestros hijos estén seguros. Ninguna fuerza daña a un buen imperio. Pedimos la potestad tribunicia para Cómodo Antonino, pedimos tu presencia, por tu filosofía, por tu paciencia, por tu doctrina, por tu nobleza, por tu inocencia. Vences a los enemigos, superas a los adversarios, los dioses te protegen, y lo demás». Vivieron, pues, los descendientes de Avidio Casio seguros y fueron admitidos a los honores. Pero Cómodo Antonino, tras el fallecimiento de su divino padre, ordenó que todos fueran quemados vivos, como si hubieran sido descubiertos en la facción. Estas son las cosas que hemos averiguado sobre Casio Avidio. Cuyas costumbres, como dijimos arriba, fueron siempre variadas pero más inclinadas a la censura y a la crueldad. Quien, si hubiera obtenido el imperio, habría sido no un emperador clemente y
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bueno, sino un emperador útil y óptimo; pues existe una carta suya a su yerno, ya siendo emperador, de este tipo:« Miserable República, que sufre a estos ávidos de riquezas y ricos, miserable. Marco es un hombre ciertamente óptimo, que mientras desea ser llamado clemente, permite vivir a aquellos cuya vida él mismo no aprueba.¿ Dónde está Lucio Casio, cuyo nombre nos retiene en vano?¿ Dónde aquel Marco Catón Censorio?¿ Dónde toda la disciplina de los mayores? Que antaño ciertamente pereció, ahora, en verdad, ni siquiera se busca. Marco Antonino filosofa y busca sobre los elementos, sobre las almas, sobre lo honesto y lo justo, y no siente por la República. Ves que se necesitan muchas espadas, muchos edictos, para que la forma pública sea devuelta al estado antiguo. Yo, en verdad, a estos gobernadores de provincias—¿ o debo considerar procónsules o gobernadores a quienes creen que las provincias les fueron dadas por el senado y por Antonino para que se den al lujo, para que se hagan ricos? Has oído que nuestro prefecto del pretorio era un mendigo y pobre tres días antes de serlo, pero de repente se hizo rico;¿ de dónde, pregunto, sino de las entrañas de la República y de las fortunas de los provinciales? Que sean ciertamente ricos, que sean opulentos, llenarán el tesoro público; solo que los dioses favorezcan a las buenas partes, que los casianos devuelvan el principado a la República». Esta carta suya indica cuán severo y cuán triste habría sido como emperador.