1
La muerte de Probo dejó suficientemente claro que el destino gobierna la república y que esta es elevada a la cumbre o reducida a la mínima expresión; pues, tras haber sido arrastrada a través de los tiempos por diversos vaivenes, ya sea erigida o abatida, y tras haber sufrido casi todo lo que la mortalidad padece en un solo hombre, variando entre alguna tempestad y alguna felicidad, parecía que, después de la diversidad de males, iba a permanecer segura en una felicidad continua tras Aureliano, un príncipe vehemente, y Probo, que moderaba las leyes y el timón del Estado según el parecer del senado y del pueblo. Pero una ruina inmensa, a modo de naufragio o incendio, al ser asesinados fatalmente los soldados y eliminado de en medio tal príncipe, redujo la esperanza pública a tal desesperación que todos temían a los Domicianos, Vitelios y Nerones. Pues se teme más por las inciertas costumbres de un príncipe de lo que se espera, especialmente en una república que, acribillada por heridas recientes, había sufrido la cautividad de Valeriano, la lujuria de Galieno y los miembros de ciudadanos despedazados por casi treinta tiranos que reclamaban el imperio para sí.
2
Pues si quisiéramos repasar desde el nacimiento de la ciudad qué variedades ha sufrido la república romana, encontraremos que ninguna ha florecido más en bienes ni ha sufrido más en males. Y, para empezar por Rómulo, verdadero padre y progenitor de la república,¡ qué felicidad fue la suya, que fundó, constituyó y fortaleció la república y, único entre todos los fundadores, dejó una ciudad perfecta!¿ Qué diré entonces de Numa, que protegió con la religión a una ciudad que bramaba por las guerras y estaba preñada de triunfos? Nuestra república floreció, pues, hasta los tiempos de Tarquinio el Soberbio, pero, tras sufrir una tempestad por las costumbres reales, se vengó no sin grave destrucción. Creció después hasta los tiempos de la guerra gálica, pero, sumergida como en un naufragio al ser capturada la ciudad salvo la ciudadela, sintió casi más mal del que hinchaba sus bienes. Se restituyó después a la integridad, pero fue tan gravada por las guerras púnicas y el terror de Pirro que sintió los males de la mortalidad con el miedo de sus entrañas.
3
Creció después, vencida Cartago, con imperios enviados a través de los mares, pero, afectada por discordias entre compañeros, con el sentido de la felicidad atenuado, envejeció afectada por guerras civiles hasta Augusto. Reparada después por Augusto, si es que puede decirse reparada tras haber depuesto la libertad, sin embargo, de alguna manera, aunque fue triste en casa, floreció ante las naciones extranjeras. Tras sufrir después tantos Nerones, levantó la cabeza gracias a Vespasiano, y aunque no se alegró con toda la felicidad de Tito, herida por la inhumanidad de Domiciano, a través de Nerva y Trajano hasta Marco fue mejor de lo habitual, para ser desgarrada por la locura y crueldad de Cómodo. Nada bueno sintió después de esto, salvo la diligencia de Severo hasta Alejandro, hijo de Mamea; sería largo conectar todo lo que sigue; pues no pudo disfrutar del príncipe Valeriano y sufrió a Galieno durante quince años. La fortuna envidió a Claudio la longevidad del imperio, amante de las variedades y casi siempre enemiga de la justicia; así, en efecto, fue asesinado Aureliano, así consumido Tácito, así masacrado Probo, de modo que parece que nada es tan grato a la fortuna como que las cosas que están en los actos públicos cambien por la variedad de los sucesos. Pero¿ a qué detenernos con tales quejas y azares de los tiempos? Vengamos a Caro, un hombre medio, por así decirlo, y que debe ser colocado más entre los buenos que entre los malos príncipes, y mucho mejor si no hubiera dejado a Carino como heredero.
4
La patria de Caro es transmitida de forma tan ambigua por la mayoría que, ante tal variedad, no puedo decir cuál es la verdadera. Onesimo, quien escribió con suma diligencia la vida de Probo, sostiene que nació y se educó en Roma, pero de padres ilirios; sin embargo, Fabio Ceriliano, que siguió con suma destreza los tiempos de Caro, Carino y Numeriano, afirma que no nació en Roma sino en Iliria, y no de padres panonios sino púnicos. Recuerdo haber leído en cierto efemérides que Caro era milanés, pero inscrito en el registro de la curia de la ciudad de Aquilea. Él mismo, lo cual no puede negarse, como indica su carta que escribió como procónsul a su legado cuando lo exhortaba a buenos oficios, quiere parecer romano. Carta de Caro: Marco Aurelio Caro, procónsul de Cilicia, a su legado Junio. Nuestros antepasados, aquellos príncipes romanos, usaron esta costumbre al crear legados: mostrar a través de ellos una muestra de sus costumbres a quienes delegaban la república. Yo, en verdad, si no fuera así, no habría hecho de otro modo; ni hice de otro modo, si no me equivoco con tu ayuda. Haz, pues, que no discrepemos de nuestros antepasados, es decir, de los hombres romanos. Ves que en toda la carta quiere que se entienda que sus antepasados son romanos.
5
Su discurso dado al senado indica también esa prerrogativa de linaje. Pues, apenas fue creado emperador, escribió así al orden senatorial. Entre otras cosas: Debemos alegrarnos, padres conscriptos, de que uno de vuestro orden, y también de vuestro linaje, haya sido hecho emperador; por lo cual nos esforzaremos para que los extranjeros no parezcan mejores que los vuestros. También en este lugar es bastante claro que él quiso que se entendiera que era romano, es decir, oriundo de Roma. Este, pues, a través de los grados civiles y militares, como indican los títulos de sus estatuas, hecho prefecto del pretorio por Probo, se ganó tanto amor entre los soldados que, asesinado Probo, tan gran príncipe, parecía el único dignísimo del imperio.
6
No se me escapa que muchos sospecharon, y así lo registraron en los fastos, que Probo fue asesinado por la facción de Caro, pero ni el mérito de Probo hacia Caro ni las costumbres de Caro permiten creerlo, a la vez que vengó la muerte de Probo con suma acritud y constancia. Qué pensó Probo de él lo indican las letras dadas al senado sobre sus honores: Probo Augusto saluda a su amantísimo senado. Entre otras cosas: Feliz sería nuestra república si tuviera más hombres como Caro, o como la mayoría de vosotros, colocados en los cargos. Por lo cual, opino que se debe decretar una estatua ecuestre al hombre de costumbres antiguas, si os place, añadiendo que se le construya a costa pública una casa con mármoles traídos por mí. Pues nos conviene remunerar la integridad de tal hombre, y el resto.
7
Y para no conectar hasta lo más mínimo y lo que podrá encontrarse en otros, apenas recibió el imperio, con el consentimiento de todos los soldados, emprendió la guerra pérsica que Probo preparaba, habiendo nombrado césares a sus hijos, y de tal modo que destinó a Carino a proteger las Galias con hombres selectísimos, mientras que consigo llevaba a Numeriano, un joven tan selecto como elocuente. Y se dice, en efecto, que dijo a menudo que era un desdichado por enviar a Carino como príncipe a las Galias, y que la edad de Numeriano no era tal como para confiarle el imperio galicano, que busca un príncipe sumamente constante, pero esto en otro momento; pues existen también cartas de Caro en las que se queja ante su prefecto sobre las costumbres de Carino, de modo que parece ser verdad lo que dice Onesimo: que Caro tenía en mente abrogar el imperio cesareano a Carino. Pero esto, como dijimos, debe decirse en otro momento en la vida del propio Carino. Ahora volveremos al orden.
8
Con gran aparato y todas sus fuerzas, tras haber derrotado en gran parte la guerra sármata que Probo libraba, Caro partió contra los persas y, sin que nadie se le opusiera, tomó Mesopotamia y llegó hasta Ctesifonte y, ocupados los persas por una sedición doméstica, mereció el nombre de emperador persa. Pero, como era ávido de gloria, urgido sobremanera por su prefecto, que buscaba la ruina tanto de él como de sus hijos deseando imperar, habiendo avanzado demasiado, fue asesinado, según unos por enfermedad, según la mayoría por un rayo. No se puede negar que en el tiempo en que murió hubo un trueno tan repentino que muchos dicen que murieron por el terror mismo. Cuando, pues, estaba enfermo y yacía en su tienda, tras surgir una inmensa tempestad con un relámpago inmenso, fue asesinado por un trueno aún más inmenso, como dijimos. Julio Calpurnio, que dictaba para la memoria, dio tal carta al prefecto de la ciudad sobre la muerte de Caro: Entre otras cosas: Cuando, dice, Caro, nuestro príncipe verdaderamente caro, estaba enfermo, surgió una tempestad de tal torbellino que todo se oscureció y no se distinguía nada; la vibración continuada de relámpagos y truenos a modo de rayos de un astro ígneo nos quitó a todos el conocimiento de la verdad. Pues de repente se gritó que el emperador había muerto, y después de aquel trueno principal que a todos había aterrorizado. A esto se añadió que los cubicularios, lamentando la muerte del príncipe, incendiaron la tienda, de donde surgió la fama de que fue asesinado por un rayo, cuando, hasta donde podemos saber, consta que fue consumido por enfermedad.
9
He incluido esta carta porque muchos dicen que hay una fuerza del destino tal que un príncipe romano no puede cruzar Ctesifonte, y por eso Caro fue consumido por un rayo porque deseaba transgredir aquellos límites que están fatalmente establecidos. Pero que la timidez se guarde sus artes, que deben ser pisoteadas por las virtudes; es posible y será posible, como quedó claro a través del sacratísimo César Maximiano, vencer a los persas y avanzar más allá de ellos, y creo que sucederá si no se abandona por los nuestros el prometido favor de los númenes. Que Caro fue un buen príncipe lo indican muchas cosas, y también el hecho de que, apenas obtuvo el imperio, aplastó a los sármatas, tan feroces tras la muerte de Probo que amenazaban con invadir no solo Iliria sino también Tracia e Italia, repartiendo las guerras con tal pericia que en poquísimos días otorgó seguridad a Panonia, tras matar a dieciséis mil sármatas y capturar a veinte mil de diverso sexo.
10
Creo que esto es suficiente sobre Caro, vengamos a Numeriano. Su historia parece más unida a su padre y más admirable por su suegro, y aunque Carino fue mayor de edad y fue nombrado César antes que este, sin embargo es necesario que hablemos primero de Numeriano, que siguió a la muerte de su padre, y después de Carino, a quien el Augusto Diocleciano, hombre necesario para la república, eliminó tras haber tenido conflictos.
11
Numeriano, hijo de Caro, de costumbres egregias y verdaderamente digno del imperio, predominante también en elocuencia, hasta el punto de que declamó públicamente de niño y se dice que sus escritos son nobles, aunque más adecuados para la declamación que para el estilo tuliano; en verso, sin embargo, se predica que fue tal que venció a todos los poetas de su tiempo, pues compitió con Olimpio Nemesiano, quien escribió los Halieutica, Cynegetica y Nautica y quien brilló ilustrado en todas las colonias, y con Aurelio Apolinar, escritor de yambos, quien puso por escrito las gestas de su padre. Al publicarse los mismos que había recitado, se dice que su discurso enviado al senado tuvo tanta elocuencia que se le decretó una estatua no como a un César sino como a un retórico, para ser colocada en la Biblioteca Ulpia, con la inscripción: A Numeriano César, orador potentísimo en sus tiempos.
12
Este fue compañero de su padre en la guerra pérsica. Muerto este, cuando empezó a dolerle los ojos, pues ese tipo de enfermedad era muy familiar para él, agotado por el exceso de vigilia, y era llevado en litera, fue asesinado por la facción de Aper, su suegro, que intentaba invadir el imperio. Pero cuando durante muchos días se preguntaba al soldado por la salud del emperador, y Aper arengaba que no podía ser visto porque protegía sus ojos inválidos del viento y del sol, sin embargo, por el hedor del cadáver, el asunto fue descubierto; todos invadieron a Aper, cuya facción no pudo ocultarse, y lo arrastraron ante las insignias y los principios. Entonces se celebró una gran asamblea,
13
se hizo también un tribunal. Y cuando se preguntaba quién sería el vengador más justo de Numeriano, quién sería dado a la república como buen príncipe, todos, con consentimiento divino, llamaron Augusto a Diocleciano, de quien se decía que ya se habían hecho muchas señales de imperio, que entonces gobernaba a los domésticos, hombre insigne, astuto, amante de la república, amante de los suyos y moderado para todo lo que el tiempo había requerido, de consejo siempre profundo, a veces sin embargo descarado, pero que reprimía los movimientos de su pecho inquieto con prudencia y excesiva tenacidad. Este, cuando hubo subido al tribunal y fue llamado Augusto, y se preguntaba cómo había sido asesinado Numeriano, sacando la espada, golpeó a Aper, prefecto del pretorio, añadiendo a sus palabras: Este es el autor de la muerte de Numeriano. Así, Aper, que vivía una vida infame y con consejos deformes, dio un fin digno de sus costumbres. Mi abuelo relató haber estado presente en la asamblea cuando Aper fue asesinado por la mano de Diocleciano; y decía que Diocleciano, al golpear a Aper, había dicho: Gloríate, Aper, caes por la diestra del gran Eneas. Lo cual me asombra de un hombre militar, aunque sé claramente que muchísimos militares usan dichos de los cómicos o de tales poetas, ya sea en griego o en latín; finalmente, los mismos cómicos introducen a menudo a los soldados de tal manera que les hacen usar dichos antiguos. Pues también:¿ Eres tú una liebre y buscas manjar? es un dicho de Livio Andrónico, y Plauto y Cecilio pusieron muchos otros.
14
No considero curioso ni poco vulgar poner en este lugar conveniente la fábula sobre Diocleciano Augusto, que le fue dada como presagio del imperio, que mi abuelo me relató haber sido conocida por el propio Diocleciano. Cuando, dice, Diocleciano se alojaba en una posada en Tungros, en la Galia, militando aún en cargos menores, y hacía cuentas de su sustento diario con una mujer druida, y ella decía: Diocleciano, eres demasiado avaro, demasiado tacaño, se dice que Diocleciano respondió en broma, no en serio: Seré generoso cuando sea emperador. Tras lo cual se dice que la druida dijo: Diocleciano, no bromees, pues serás emperador cuando hayas matado a un jabalí( aper).
15
Diocleciano siempre tuvo en mente la codicia del imperio, y esto con el conocimiento de Maximiano y de mi abuelo, a quien él mismo le había relatado este dicho de la druida. Finalmente, como era profundo, se rió y calló, pero siempre mató jabalíes con su propia mano en las cacerías, donde hubo oportunidad; finalmente, cuando Aureliano recibió el imperio, cuando Probo, cuando Tácito, cuando el propio Caro, Diocleciano dijo: Yo siempre mato jabalíes, pero otro usa el manjar. Ya es conocido y vulgar que, cuando hubo asesinado a Aper, prefecto del pretorio, se dice que dijo: Por fin he matado al jabalí fatal. Mi abuelo decía que el propio Diocleciano había dicho que no tuvo otra causa para matarlo con su propia mano sino para cumplir el dicho de la druida y afirmar su imperio, pues no deseaba darse a conocer como tan cruel, especialmente en los primeros días del imperio, a menos que la necesidad lo arrastrara a esta atrocidad de asesinato. Se ha dicho de Caro, se ha dicho también de Numeriano,
16
nos queda Carino, el hombre más contaminado de todos, adúltero, frecuente corruptor de la juventud( da vergüenza decir lo que Onesimo puso por escrito), él mismo también abusó malamente del genio de su sexo. Este, cuando, decretadas para él las Galias e Italia, Iliria, Hispania, Britania y África, dejado por su padre, tenía el imperio cesareano, pero con la ley de que hiciera todo lo que hacen los Augustos, se manchó con vicios enormes y una inmensa suciedad, relegó a todos los mejores amigos, eligió o mantuvo a todos los peores, hizo prefecto de la ciudad a uno de sus escribientes, lo cual no pudo pensarse ni decirse nunca nada más sucio. Mató al prefecto del pretorio que tenía; en su lugar puso a Matroniano, un viejo alcahuete, uno de sus notarios, a quien siempre había tenido como cómplice y ayudante de sus estupros y libidinos; contra la voluntad de su padre, procedió como cónsul, dio cartas soberbias al senado. Prometió los bienes del senado al vulgo de la ciudad de Roma, como si fuera el pueblo romano. Casándose y rechazando esposas, se casó con nueve, expulsando a la mayoría estando embarazadas. Llenó el palacio de mimos, prostitutas, pantomimos, cantores y alcahuetes. Tuvo tal fastidio de suscribir que ponía a un impuro, con quien siempre bromeaba al mediodía, para suscribir, a quien reprendía a menudo
17
porque imitaba bien su mano; tuvo gemas en el calzado, no usó sino hebilla gemada, a menudo incluso con el cinturón gemado. Finalmente, muchos lo llamaron rey de Iliria. Nunca procedió al encuentro de los prefectos, nunca de los cónsules. Concedió muchísimo a hombres improbos y siempre los invitó al banquete. Exhibió frecuentemente en su banquete cien libras de aves, cien de pescados, mil de carne diversa, derramó muchísimo vino, nadó entre manzanas y melones. Cubrió los triclinios y dormitorios con rosas milanesas, usó baños tan fríos como suelen ser las celdas de supositorios, siempre con agua helada. Cuando en tiempo de invierno hubo llegado a cierto lugar en el que había una fuente tibia, como suele ser naturalmente durante el invierno, y la hubo usado en la piscina, se dice que dijo a los bañeros: Me habéis preparado agua de mujer. Y este es su dicho más célebre. Su padre oía lo que él hacía y gritaba: No es mi hijo. Finalmente había decidido sustituirlo por Constancio, quien después fue hecho César, pero entonces administraba el gobierno de Dalmacia, porque nadie parecía entonces mejor hombre, y a aquel, como dice Onesimo, matarlo. Sería largo si quisiera decir más sobre su lujuria; quien quiera conocerla puerta a puerta, lea también a Fulvio Aspriano, que dice todo hasta el tedio de sus gestas.
18
Este, cuando supo que su padre había sido consumido por un rayo, su hermano asesinado por su suegro y Diocleciano llamado Augusto, cometió mayores vicios y crímenes, como si ya fuera libre y liberado de las riendas de la piedad doméstica por la muerte de los suyos; y sin embargo no le faltó vigor de mente para defenderse el imperio, pues luchó contra Diocleciano en muchas batallas, pero vencido en la última batalla librada en Margum, murió. Este fue el fin de los tres príncipes, Caro, Numeriano y Carino. Tras ellos, los dioses dieron a Diocleciano y Maximiano como príncipes, uniendo a tales hombres a Galerio y Constancio, de los cuales uno nació para borrar la ignominia recibida por la cautividad de Valeriano, el otro para devolver las Galias a las leyes romanas; ciertamente cuatro príncipes del mundo fuertes, sabios, benignos y sumamente liberales, que sentían lo mismo sobre la república, reverentes con el senado romano, moderados, amigos del pueblo, santísimos, graves, religiosos y tales como siempre hemos rogado que sean los príncipes. Claudio Eustenio, quien fue secretario de Diocleciano, escribió la vida de ellos en libros separados, lo cual he dicho para que nadie me requiera tal asunto, especialmente cuando la vida de los príncipes vivos no se dice sin reproche.
19
Este imperio de Caro, Carino y Numeriano tuvo esto de más memorable: que dieron al pueblo romano juegos adornados con nuevos espectáculos, que vimos pintados en el palacio alrededor del pórtico del establo; pues exhibió al neurobates, que era llevado calzado como si estuviera en los vientos, y al toichobates, que corrió por la pared tras burlarse de un oso, y osos haciendo mimos, y asimismo cien trompetistas tocando al unísono con un solo estruendo, y cien flautistas de cera, cien coristas, incluso cien pitautas, mil pantomimos y gimnastas, además un pegma, con cuyas llamas se incendió la escena, que Diocleciano hizo después más magnífica, además convocó mimos de todas partes. Exhibió también el juego sármata, del cual no hay nada más dulce. Exhibió los Cíclopes. Se dio oro y plata a los artistas griegos, gimnastas, histriones y músicos, y se dieron también vestiduras de seda.
20
Pero no sé cuánta gracia tengan todas estas cosas ante el pueblo; no son de ningún momento ante los buenos príncipes. Finalmente, se dice un dicho de Diocleciano cuando cierto encargado de sus larguezas le alababa la edición de Caro, diciendo que aquellos príncipes habían complacido mucho por causa de los juegos teatrales y circenses:" Entonces", dijo," bien se rió Caro en su imperio". Finalmente, cuando Diocleciano daba juegos con todas las naciones convocadas, usó su liberalidad con suma parsimonia, diciendo que los juegos debían ser más castos cuando el censor los observa. Lea este lugar Junio Mesala, a quien me atrevo a culpar libremente, pues él dio su patrimonio a los escénicos, lo negó a sus herederos, dio la túnica de su madre a una mima, la lacerna de su padre a un mimo, y con razón, si un tragediante usara el palio dorado y púrpura de su abuela como sirma; todavía está inscrito en el palio tirio de un corista, del cual él se jacta como de un botín de la nobleza, el nombre de la esposa de Mesala.¿ Qué diré ya de los linos buscados en Egipto?¿ Qué de los transparentes por su delgadez, brillantes de púrpura, nobilísimos por la dificultad del bordado, de Tiro y Sidón? Se dieron birros buscados de los atrebates, se dieron birros canusinos, africanos, riquezas en la escena no antes