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Una vez concluidas las solemnidades de las Hilaria, durante las cuales sabemos que todo debe ser festivo tanto en palabras como en hechos, el prefecto de la ciudad, Junio Tiberiano, varón ilustre a quien debo nombrar con la reverencia debida, me acogió en su carruaje y en su carro judicial. Allí, mientras mi espíritu, libre y desahogado de causas y asuntos públicos, descansaba, entabló una larga conversación desde el Palatino hasta los Jardines Varianos, centrada principalmente en la vida de los príncipes. Cuando llegamos al Templo del Sol, consagrado por el príncipe Aureliano— de cuyo linaje él mismo descendía en cierta medida—, me preguntó quién había puesto por escrito la vida de aquel. Al responderle yo que ningún autor latino lo había hecho, aunque sí había leído a algunos griegos, el santo varón dejó escapar un gemido de dolor con estas palabras:«¿ Así que a Tersites, a Sinón y a todos esos prodigios de la antigüedad los conocemos bien nosotros y los conocerá la posteridad, pero al divino Aureliano, príncipe clarísimo y emperador severísimo, por quien todo el orbe fue restituido al nombre romano, la posteridad lo ignorará? Dios aparte tal locura. Y, sin embargo, si bien recuerdo, tenemos los diarios de aquel hombre escritos, e incluso sus guerras dispuestas con estilo histórico; quisiera que los tomes y los escribas en orden, añadiendo lo que atañe a su vida. Todo esto lo aprenderás por tu diligencia a partir de los libros de lino en los que él mismo ordenó que se escribieran sus asuntos cotidianos. Yo me encargaré de que te sean facilitados desde la Biblioteca Ulpia. Quisiera que pongas por escrito a Aureliano tal como es, en la medida de tus posibilidades». Obedecí, mi querido Ulpiano, a sus preceptos; recibí los libros griegos y tomé en mis manos todo lo necesario, de lo cual reuní en un solo librito lo que era digno de memoria. Quisiera que valores mi esfuerzo y, si no te sientes satisfecho con esto, que leas a los griegos y busques también los libros de lino, que la Biblioteca Ulpia te facilitará cuando lo desees.
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Y puesto que en el mismo carruaje hablamos de Trebelio Polión, quien dio a conocer a la memoria tanto a emperadores ilustres como oscuros, desde los dos Filipos hasta el divino Claudio y su hermano Quintilio, Tiberiano sostenía que Polión había escrito muchas cosas sin cuidado y otras de forma demasiado breve. Yo, por el contrario, argumentaba que no hay escritor que, en lo que a la historia respecta, no haya mentido en algo, señalando incluso en qué puntos Tito Livio, Salustio, Cornelio Tácito y, finalmente, Trogo, quedarían refutados por testigos evidentes. Él, adhiriéndose a mi opinión y tendiéndome la mano, añadió bromeando:« Escribe como quieras; dirás con seguridad lo que desees, pues tendrás como compañeros de mentiras a aquellos a quienes admiramos como autores de la elocuencia histórica».
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Y para no aburrirte con proemios largos y frívolos, el divino Aureliano nació, según dicen la mayoría, en Sirmio, en una familia más bien oscura, o, según otros, en la Dacia Ripense. Yo, por mi parte, recuerdo haber leído a un autor que afirmaba que nació en Mesia. Y sucede, en efecto, que se desconoce el suelo natal de aquellos hombres que, habiendo nacido en lugares humildes, tocan ellos mismos el suelo natal para dar a la posteridad el brillo de la gloria de sus lugares. No obstante, en los grandes príncipes lo más importante no es saber dónde nació cada uno, sino cómo fue en la república.¿ Acaso a Platón lo recomienda más el hecho de ser ateniense que el haber sido el único en iluminar el don de la sabiduría?¿ O acaso Aristóteles de Estagira, Zenón de Elea o Anacarsis el Escita serán considerados menores por haber nacido en aldeas insignificantes, cuando la virtud de toda su filosofía los elevó hasta el cielo?
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Y, para volver al orden, Aureliano, nacido de padres modestos, fue desde su primera edad de ingenio vivísimo y de fuerzas notables; nunca dejó pasar un día, ni siquiera festivo o libre, sin ejercitarse en el lanzamiento de jabalina, el tiro con arco y otros ejercicios de las armas. Calícrates de Tiro, escritor griego muy docto, dice que su madre fue sacerdotisa del templo del Sol en el barrio donde vivían sus padres; afirma incluso que poseía cierto don de adivinación, hasta el punto de que, discutiendo una vez con su marido, le reprochó su estupidez y su bajeza diciéndole:« He aquí al padre de un emperador». De lo cual consta que aquella mujer conocía los destinos. El mismo autor dice que estos fueron los auspicios del imperio de Aureliano: primero, que una serpiente rodeó a menudo la cuna del niño sin que pudiera ser matada y, finalmente, que la propia madre, al ver esto, no quiso matar a la serpiente, considerándola casi familiar. A esto se añade que, de un manto púrpura que el emperador de su tiempo había ofrecido al Sol, la madre, siendo sacerdotisa, habría hecho unos amuletos para su hijo. Añade también que un águila levantó a Aureliano de la cuna, envuelto en una faja, sin hacerle daño, y lo depositó sobre un altar que, por casualidad, estaba sin fuego junto a una capilla. El mismo autor afirma que nació para su madre un ternero de tamaño prodigioso, blanco pero con manchas purpúreas, de tal modo que tenía
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en un costado« ave» y en el otro una corona. Recuerdo haber leído muchas cosas superfluas en el mismo autor, pues asegura incluso que, al nacer Aureliano, brotaron en el patio de la misma mujer rosas de color púrpura, de aroma rosado y flor dorada. Hubo también después muchos presagios de su futuro imperio mientras ya servía en el ejército, como demostraron los hechos: pues al entrar él en Antioquía en un carruaje, ya que por una herida no podía montar a caballo, el manto púrpura que se había extendido en su honor cayó de tal manera que cubrió sus hombros. Y cuando quiso pasar al caballo, porque entonces estaba mal visto usar carruajes en la ciudad, se le acercó el caballo del emperador, al cual montó por la prisa, pero al darse cuenta, se pasó al suyo. Además, cuando fue enviado como legado ante los persas, se le entregó una pátera, como las que el rey de los persas suele dar al emperador, en la que estaba esculpido el Sol con el atuendo con que era venerado en el templo donde su madre había sido sacerdotisa; se le regaló también un elefante extraordinario, que él ofreció al emperador, y Aureliano fue el único de todos los particulares que tuvo un elefante.
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Pero, omitiendo estas y otras cosas similares, era un hombre decoroso y de una belleza varonil, de estatura más bien alta, de nervios muy fuertes, algo aficionado al vino y a la comida, de rara libido, de inmensa severidad, de disciplina singular y deseoso de desenvainar la espada. Pues, como había en el ejército dos tribunos llamados Aureliano, este y otro que fue capturado con Valeriano, a este le habían puesto el sobrenombre de« Aureliano mano al hierro», de modo que si por casualidad se preguntaba qué Aureliano había hecho o realizado algo, se sugería« Aureliano mano al hierro» y así se le reconocía. De este, cuando era particular, existen muchas hazañas egregias; pues, según refiere Teoclio, escritor de los tiempos de los césares, Aureliano, con solo trescientos soldados de guarnición, derrotó a los sármatas que irrumpían en Iliria, y en la guerra sármata mató con su propia mano a cuarenta y ocho hombres en un solo día, y en muchos días diversos, a más de novecientos cincuenta, hasta el punto de que los muchachos componían baladas y bailes sobre Aureliano, que bailaban militarmente en los días festivos:« Mil, mil, mil hemos degollado. Un solo hombre, mil hemos degollado. Que beba mil quien mató a mil; nadie tiene tanto vino como sangre derramó». Veo que esto es muy frívolo, pero como el autor arriba mencionado insertó en sus escritos estas mismas cosas tal como son en latín,
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creí que no debían callarse. El mismo, siendo tribuno de la sexta legión Galicana cerca de Maguncia, castigó de tal modo a los francos que irrumpían y vagaban por toda la Galia, que, tras capturar a trescientos de ellos y matar a setecientos, los vendió como esclavos. De ahí que se hiciera otra canción sobre él:« Mil sármatas, mil francos una y otra vez matamos, mil persas buscamos». Este, como dijimos arriba, fue tal motivo de temor para los soldados que, bajo su mando, después de que corrigió con gran severidad las faltas militares, nadie volvió a pecar. Finalmente, fue el único de todos que castigó a un soldado que había cometido adulterio con la mujer de su hospedador doblando las copas de dos árboles, atando a ellas los pies del soldado y soltándolas de repente, de modo que el hombre quedaba desgarrado al ser tirado hacia ambos lados. Esto causó un gran temor en todos. Existe una carta militar suya dirigida a su vicario de este tenor:« Si quieres ser tribuno, o mejor dicho, si quieres vivir, mantén las manos de los soldados quietas. Que nadie robe el pollo ajeno, que nadie toque una oveja, que nadie quite una uva, que nadie se lleve una cosecha, que nadie exija aceite, sal o leña; que se contenten con su ración. Que obtengan su sustento del botín del enemigo, no de las lágrimas de los provinciales. Que las armas estén limpias, los hierros afilados, el calzado fuerte, que la ropa nueva sustituya a la vieja. Que tengan el estipendio en el cinturón, no en la taberna; que lleven el collar, el brazalete y el anillo. Que limpien su caballo y su acémila, que no vendan la ración del animal, que cuiden en común la mula de la centuria. Que uno obedezca a otro como soldado, no como esclavo; que sean curados gratuitamente por los médicos, que no den nada a los adivinos, que se comporten castamente en los alojamientos; quien cause una disputa, que sea azotado».
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Encontré hace poco en la Biblioteca Ulpia, entre los libros de lino, una carta del divino Valeriano escrita sobre el príncipe Aureliano, la cual he insertado palabra por palabra, como era debido.« Valeriano Augusto al cónsul Antonino Galo: Me reprochas en tus cartas familiares que haya confiado a mi hijo Galieno más a Póstumo que a Aureliano, cuando, sin duda, el niño y el ejército debían ser confiados a alguien más severo. No juzgarás eso por mucho tiempo si sabes bien cuánta es la severidad de Aureliano; es excesivo, es intenso, es grave y ya no se ajusta a nuestros tiempos. Testifico ante todos que incluso yo he temido que pudiera ser demasiado severo con mi hijo si este hubiera hecho algo, dado que— como es por naturaleza propenso a las diversiones— pensaba con demasiada ligereza». Esta carta indica cuán grande era su severidad, hasta el punto de que Valeriano dice que incluso él le temía.
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Existe otra carta del mismo Valeriano que contiene sus alabanzas, la cual extraje de los archivos de la prefectura urbana. Pues, al llegar él a Roma, se le decretaron los salarios de su rango. Ejemplo de la carta:« Valeriano Augusto a Ceyonio Albino, prefecto de la ciudad. Quisiéramos, en verdad, conceder a cada uno de los hombres más devotos de la república beneficios mucho mayores de lo que su dignidad exige, especialmente cuando la vida recomienda el honor— pues,¿ qué precio debe haber para los méritos más allá de la dignidad?—, pero el rigor público hace que nadie pueda recibir de las contribuciones de las provincias más allá del grado de su rango. Hemos destinado a Aureliano, varón fortísimo, a inspeccionar y organizar todos los campamentos, a quien tanto se le debe por parte nuestra y de toda la república, por confesión común de todo el ejército, que apenas existen recompensas dignas de él o demasiado grandes. Pues,¿ qué no es ilustre en él?¿ Qué no es comparable a los Corvinios y a los Escipiones? Él es el libertador de Iliria, él el restituidor de las Galias, él el caudillo de un gran ejemplo para todos; y, sin embargo, no puedo añadir nada más a tan gran varón para gracia de su recompensa; no lo permite el gobierno sobrio y correcto de la república. Por tanto, tu Sinceridad, mi pariente queridísimo, añadirá al varón arriba mencionado, mientras esté en Roma, dieciséis panes militares limpios, cuarenta panes militares de campamento, cuarenta sextarios de vino de mesa, medio lechón, dos gallinas, treinta libras de carne de cerdo, cuarenta libras de carne de vaca, un sextario de aceite y, asimismo, un sextario de salsa de pescado, un sextario de sal y tantas hierbas y verduras como sea suficiente. Ciertamente, puesto que se le debe decretar algo especial mientras esté en Roma, decretarás raciones de forraje fuera de lo ordinario; para sus gastos, dos áureos antoninianos diarios, cincuenta denarios de plata filipeos pequeños y cien denarios de bronce. El resto será provisto por los prefectos del erario».
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Quizás esto parezca a alguien frívolo y demasiado ligero, pero la curiosidad no rechaza nada. Tuvo, pues, muchos ducados, muchísimos tribunados, vicariatos de duques y tribunos en diversos tiempos, cerca de cuarenta, hasta el punto de que incluso sustituyó a Ulpio Crinito, quien se decía descendiente de Trajano, varón fortísimo en verdad y muy parecido a Trajano, quien está pintado con el mismo Aureliano en el Templo del Sol, a quien Valeriano había decidido tener en lugar de César, dirigiendo el ejército, restaurando las fronteras, dando botín a los soldados, enriqueciendo las Tracias con bueyes, caballos y esclavos cautivos, colocando el botín en el Palatino, acumulando quinientos esclavos, dos mil vacas, mil yeguas, diez mil ovejas y quince mil cabras en la villa privada de Valeriano. Pues entonces Ulpio Crinito, ante Valeriano que estaba sentado públicamente en las termas de Bizancio, le dio las gracias, diciendo que se había formado un gran juicio sobre él al haberle dado a Aureliano como vicario, por lo cual decidió adoptarlo.
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Es interesante conocer las cartas escritas sobre Aureliano y la propia adopción. Carta de Valeriano a Aureliano:« Si hubiera otro, queridísimo Aureliano, que pudiera cumplir el papel de Ulpio Crinito, hablaría contigo sobre su virtud y diligencia. Ahora tú— puesto que no podría buscar a otro— emprende la guerra desde la parte de Nicópolis, para que la enfermedad de Crinito no nos perjudique. Haz lo que puedas, no digo mucho. En tu poder estará el mando de la milicia. Tienes trescientos arqueros itureos, seiscientos armenios, ciento cincuenta árabes, doscientos sarracenos, cuatrocientos auxiliares mesopotamios; tienes la tercera legión Félix y ochocientos jinetes catafractos. Contigo estarán Hariomundo, Haldagates, Hildomundo, Chariovisco. El abastecimiento necesario ha sido establecido por los prefectos en todos los campamentos; es tu deber, según tus virtudes y destreza, disponer allí los cuarteles de invierno y verano donde nada te faltará; buscar, además, dónde está el bagaje de los enemigos y saber verdaderamente cuántos y cuáles son, para que no se consuma en vano el grano ni se lancen flechas, en lo cual consiste la guerra. Yo espero de ti, con el favor de Dios, tanto como la república podría esperar de Trajano si viviera, pues no es menor aquel en cuyo lugar y papel te he elegido. Te conviene esperar el consulado con el mismo Ulpio Crinito para el año siguiente, a partir del día once antes de las calendas de junio, en lugar de Galieno y Valeriano, a costa del erario público. Pues hay que aliviar la pobreza de aquellos hombres que, viviendo mucho tiempo en la república, son pobres, y de nadie más que de ellos». Estas cartas también indican cuán grande fue Aureliano; y, en verdad, nadie llegó jamás a la cumbre de los asuntos que no hubiera ascendido desde su primera edad por los grados de la virtud.
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Cartas sobre el consulado:« Valeriano Augusto a Elio Xifidio, prefecto del erario. A Aureliano, a quien hemos otorgado el consulado, debido a su pobreza, por la cual él es grande y mayor que los demás, le darás para la edición de los juegos del circo trescientos áureos antoninianos, tres mil denarios de plata filipeos pequeños, cinco millones de sestercios en bronce, diez túnicas masculinas de seda, veinte telas de lino egipcio, dos pares de manteles chipriotas, diez tapices de Atra, diez colchas moras, cien cerdos, cien ovejas; y ordenarás que se ofrezca un banquete público a los senadores y caballeros romanos, dos víctimas mayores y cuatro menores». Y puesto que también dije que expondría algo sobre la adopción que atañera a tan gran príncipe, ruego no parecer demasiado odioso o verboso en ese asunto, el cual creí que debía insertarse por causa de la fidelidad, a partir de los libros de Acolio, quien fue maestro de admisiones del príncipe Valeriano, en el libro noveno de sus actas:
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« Cuando Valeriano Augusto se hubo sentado en las termas de Bizancio, presente el ejército, presente también la oficina palatina, y sentados Numio Tusco, cónsul ordinario, Bebio Macro, prefecto del pretorio, Quinto Anchario, gobernador de Oriente, y sentados también a la izquierda Avulnio Saturnino, duque de la frontera escítica, Murentio Mauricio, destinado a Egipto, Julio Trifón, duque de la frontera oriental, Mecio Brundisino, prefecto de la annona de Oriente, Ulpio Crinito, duque de la frontera iliria y tracia, y Fulvio Boio, duque de la frontera rética, Valeriano Augusto dijo: La república te da las gracias, Aureliano, porque la liberaste del poder de los godos; abundamos gracias a ti en botín, abundamos en gloria y en todas aquellas cosas por las que crece la felicidad romana. Toma, pues, para ti por tus hazañas cuatro coronas murales, cinco coronas vallares, dos coronas navales, dos coronas cívicas, diez lanzas puras, cuatro estandartes bicolores, cuatro túnicas rojas ducales, dos mantos proconsulares, la toga pretexta, la túnica palmada, la toga picta, el subarmal profundo, la silla de marfil. Pues te designo cónsul hoy, y escribiré al senado para que te asigne el cetro y también los fasces; pues esto el emperador no suele darlo, sino recibirlo del senado cuando se hace cónsul».
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Tras estas palabras de Valeriano, Aureliano se levantó y se acercó a sus manos, dando las gracias con palabras militares, que he decidido incluir por ser propias. Aureliano dijo:« Y yo, señor Valeriano, emperador Augusto, por eso hice todo, por eso soporté pacientemente las heridas, por eso cansé a mis caballos y a mis conjurados, para que la república y mi conciencia me dieran las gracias. Pero tú has hecho más; doy, pues, gracias a tu bondad y acepto el consulado que me das. Que Dios haga, y Dios es seguro, que también el senado juzgue así sobre mí». Dando, pues, las gracias todos los presentes, Ulpio Crinito se levantó y usó este discurso:« Entre nuestros antepasados, Valeriano Augusto, lo cual fue también amistoso y propio de mi familia, los varones más fuertes fueron siempre elegidos por los mejores para ocupar el lugar de los hijos, para que la fecundidad de la prole sustituida adornara tanto a las familias que envejecían como a los vástagos ya caducos por los matrimonios. Esto, pues, que Cocceyo Nerva hizo al adoptar a Trajano, que Ulpio Trajano hizo en Adriano, que Adriano hizo en Antonino y los demás sucesivamente mediante la propuesta sugerida, he considerado que debe referirse a la adopción de Aureliano, a quien hiciste vicario mío por autoridad de tu juicio. Ordena, pues, que se actúe por ley, y que Aureliano sea heredero de los ritos sagrados, del nombre y de los bienes y de todo el derecho de Ulpio Crinito, ya varón consular, y que él mismo sea al instante, bajo tu juicio, consular».
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Sería largo exponerlo todo. Pues se dieron las gracias a Crinito por parte de Valeriano y se cumplió la adopción, como era costumbre. Recuerdo haber leído en cierto libro griego, lo cual creí que no debía callarse, que Valeriano ordenó a Crinito que Aureliano fuera adoptado, principalmente porque era pobre; pero creo que esto debe dejarse en medio. Y puesto que puse arriba la carta por la cual se otorgaron los gastos a Aureliano para el consulado, pensé que debía explicar por qué puse un asunto tan frívolo: vimos recientemente el consulado de Furio Plácido editado en el Circo con tal boato que parecía que no se daban premios a los aurigas, sino patrimonios, cuando se daban túnicas de seda, telas de lino con franjas, e incluso caballos, ante el lamento de los hombres frugales. Pues ha sucedido que el consulado es ya de las riquezas, no de los hombres, porque, sin duda, si se otorga por las virtudes, no debe despojar al editor. Perecieron aquellos tiempos castos y perecerán más por la ambición popular. Pero nosotros, como solemos, dejaremos también este asunto en medio.
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Apoyado, pues, por tantos y tales juicios previos y recompensas, brilló tanto en los tiempos de Claudio que, tras la muerte de este y de su hermano Quintilio, él solo mantuvo el imperio tras matar a Aureolo, con quien Galieno había hecho la paz. En este punto, la diversidad de los historiadores, y ciertamente de los griegos, es tan grande que unos dicen que Aureolo fue muerto por Aureliano contra la voluntad de Claudio, otros que por orden y voluntad suya, otros que fue muerto por el mismo Aureliano cuando ya era emperador, y otros que cuando aún era particular. Pero también dejaremos esto en medio, pues debe pedirse a aquellos mismos por quienes fue puesto por escrito. Sin embargo, consta que el divino Claudio no confió toda la guerra contra los meótidas a nadie más que a Aureliano.
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Existe una carta que, como suelo hacer por causa de la fidelidad, o mejor dicho, como veo que han hecho otros escritores de anales, creí que debía insertar:« Flavio Claudio saluda a su Valerio Aureliano. Nuestra república te pide el servicio acostumbrado; adelante.¿ Por qué dudas? Quiero que los soldados usen tu mando, los tribunos tu guía. Hay que atacar a los godos, hay que apartar a los godos de las Tracias. Pues la mayoría de ellos, que huyeron cuando tú luchabas, hostigan el Hemimonto y Europa. Pongo bajo tu poder a todos los ejércitos tracios, a todos los ilirios y a toda la frontera; muestra la virtud que nos es habitual. Contigo estará también tu hermano Quintilo cuando se encuentre contigo. Yo, ocupado en otros asuntos, confío la suma de aquella guerra a tus virtudes. He enviado, ciertamente, diez caballos, dos corazas y el resto de lo que la necesidad obliga a proveer a quien va a la guerra». Tras obtener, pues, victorias bajo los auspicios de Claudio, devolvió la república a su integridad y él mismo, inmediatamente, como dijimos arriba, fue hecho emperador por consentimiento de todas las legiones.
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Aureliano gobernó, ciertamente, a todos los jinetes antes del imperio bajo Claudio, cuando habían incurrido en la ofensa de su maestro por haber luchado temerariamente sin que Claudio lo ordenara. Asimismo, Aureliano luchó vehementemente contra los suevos y sármatas en los mismos tiempos y obtuvo una victoria floreciente. Se sufrió, ciertamente, una derrota bajo Aureliano por parte de los marcomanos debido a un error, pues mientras no se preocupó de enfrentarlos de frente cuando irrumpían de repente, y mientras se preparaba para perseguirlos por la espalda, todo alrededor de Milán fue gravemente devastado. Sin embargo, después, los mismos marcomanos fueron también superados. Pero en aquel temor, en el que los marcomanos devastaban todo, se movieron grandes sediciones en Roma, temiendo todos que sucediera lo mismo que bajo Galieno. Por lo cual, incluso los Libros Sibilinos, conocidos por sus beneficios públicos, fueron inspeccionados, y se encontró que debían hacerse sacrificios en ciertos lugares, los cuales los bárbaros no podrían cruzar. Finalmente, se hicieron las cosas que se habían ordenado en el diverso género de ceremonias, y así se detuvo a los bárbaros, a quienes Aureliano mató mientras vagaban dispersos. Me place exponer la forma del propio senadoconsulto por el cual la autoridad del clarísimo orden ordenó inspeccionar los libros:
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« El tercer día antes de los idus de enero, Fulvio Sabino, pretor urbano, dijo: Referimos a vosotros, padres conscriptos, la sugerencia de los pontífices y las cartas del príncipe Aureliano, por las cuales se ordena que se inspeccionen los libros fatales, en los cuales se contiene la esperanza de terminar la guerra por el imperio sagrado de los dioses. Sabéis vosotros mismos cuántas veces ha surgido algún movimiento más grave, siempre han sido inspeccionados, y los males públicos no han terminado antes de que de ellos procediera la autoridad de los sacrificios. Entonces se levantó Ulpio Silano, de la primera sentencia, y habló así: Demasiado tarde, padres conscriptos, se nos consulta sobre la salud de la república, demasiado tarde miramos a los mandatos fatales al modo de los languidecientes, que no envían a los mejores médicos sino en la suma desesperación, como si hubiera que hacer mayor cuidado por parte de hombres más expertos, cuando es mejor prevenir todas las enfermedades. Recordáis, padres conscriptos, que yo he dicho a menudo en este orden, ya desde que se anunció por primera vez que los marcomanos habían irrumpido, que debían consultarse los decretos de la Sibila, usarse los beneficios de Apolo, seguirse los preceptos de los dioses inmortales. Pero algunos se negaron, y se negaron con gran calumnia, al decir adulando que la virtud del príncipe Aureliano es tan grande que no hay necesidad de consultar a los dioses, como si él mismo, varón grande, no venerara a los dioses, no esperara de los dioses inmortales.¿ Qué más? Hemos escuchado las cartas en las que pidió la ayuda de los dioses, lo cual nunca es vergonzoso para nadie, para que el varón fortísimo sea ayudado. Actuad, pues, pontífices, los que sois puros, los que sois limpios, los que sois santos, los que sois aptos por vestimenta y mentes sagradas, subid al templo, construid los escaños laureados, desenrollad los libros con manos veladas, buscad los destinos de la república, que son eternos, que se indique el canto a los niños de padres y madres vivos. Nosotros indiquemos el gasto para los ritos, nosotros el aparato para los sacrificios, nosotros las Ambarvalias para los campos».
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Tras esto, interrogados muchos senadores, dijeron sus sentencias, las cuales sería largo insertar. Luego, unos tendiendo las manos, otros yendo con los pies a las sentencias, y la mayoría consintiendo de palabra, se estableció el senadoconsulto. Luego se fue al templo, se inspeccionó el Libro, se produjeron los versos, se lustró la ciudad, se cantaron los cantos, se celebró el Amburbio, se prometieron las Ambarvalias, y así se cumplió la solemnidad que se ordenaba. Carta de Aureliano sobre los Libros Sibilinos— pues la he incluido también para fidelidad de los hechos—:« Me asombra, padres santos, que hayáis dudado tanto tiempo sobre abrir los Libros Sibilinos, como si tratarais en la iglesia de los cristianos y no en el templo de todos los dioses. Actuad, pues, y con la castidad de los pontífices y las ceremonias solemnes ayudad al príncipe que trabaja por la necesidad pública. Que se inspeccionen los Libros; si hay que hacer algo, que se celebre; cualquier gasto, los cautivos de cualquier nación, cualquier animal real, no lo rehúso, sino que lo ofrezco gustoso, pues no es indecoroso vencer con la ayuda de los dioses. Así se terminaron muchas guerras entre nuestros antepasados, así se comenzaron. Si hay algún gasto, he ordenado que se decrete dando cartas al prefecto del erario; existe, además, de vuestra autoridad el arca pública, la cual encuentro más llena de lo que deseo».
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Cuando Aureliano quiso enfrentarse a todos a la vez con la concentración de su ejército, se sufrió tal derrota cerca de Plasencia que el imperio romano casi se disolvió, y la causa de este peligro fue la perfidia y la astucia del movimiento bárbaro. Pues, como no podían enfrentarse en Marte abierto, se refugiaron en los bosques más densos y así turbaron a los nuestros al caer la tarde. Finalmente, si no hubieran estado implicados los bárbaros por ayuda divina, tras la inspección de los Libros y los cuidados de los sacrificios, en ciertos monstruos y apariciones divinas, la victoria romana no habría existido. Terminada la batalla marcomana, Aureliano, como era por naturaleza más feroz, lleno de iras, se dirigió a Roma deseoso de venganza, que la aspereza de las sediciones sugería. Usó, finalmente, del imperio de forma menos civil, siendo por lo demás un varón óptimo, pero, muertos los autores de las sediciones, reprimió más cruelmente aquellas cosas que debían haberse cuidado con más suavidad. Pues fueron muertos algunos senadores incluso nobles, cuando un testigo leve o vil, o que podría haber sido despreciado por un príncipe más clemente, les imputaba algo leve.¿ Qué más? Aquel gran hecho, que ya había sido y que no en vano se esperaba, contaminó el imperio con el golpe de una infamia más triste; el príncipe óptimo empezó a ser temido, no amado, mientras unos decían que tal príncipe debía ser detestado, no deseado, otros que era un buen médico, pero que curaba con mala razón. Hecho esto, al ver que podía suceder que ocurriera algo tal como lo que había sucedido bajo Galieno, con el consejo del senado amplió los muros de la ciudad de Roma, aunque no añadió al pomerio en aquel tiempo, sino después; pues a nadie de los príncipes le es lícito añadir al pomerio sino a aquel que haya enriquecido la república romana con alguna parte de tierra bárbara. Añadió, sin embargo, Augusto, añadió Trajano, añadió Nerón, bajo quien el Ponto Polemoníaco y los Alpes Cotios fueron tributados al nombre romano.
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Transcurridas, pues, las cosas que atañían a las defensas y al estado de la ciudad y a los asuntos civiles, giró su camino contra los palmirenos, es decir, contra Zenobia, que en nombre de sus hijos mantenía el imperio oriental. Realizó muchos y grandes géneros de guerras en el camino, pues venció a los bárbaros que se le enfrentaban en las Tracias y en Iliria; mató incluso al caudillo de los godos, Cannaba o Cannabaudes, con cinco mil hombres al otro lado del Danubio. Y desde allí hizo el paso por Bizancio hacia Bitinia y la obtuvo sin lucha. Muchos son sus hechos y dichos grandes y preclaros, pero no podemos insertar todo en el libro por evitar el fastidio, ni queremos, pero para entender sus costumbres y virtud hay que tomar pocas cosas. Pues cuando llegó a Tiana y la encontró cerrada, se dice que dijo irritado:« No dejaré un perro en esta ciudad». Entonces, al insistir los soldados con más fuerza por la esperanza de botín, y al traicionar la ciudad un tal Heraclamón por temor a ser muerto entre los demás,
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la ciudad fue tomada. Pero Aureliano mostró inmediatamente dos cosas principales, una para mostrar severidad y otra para mostrar clemencia, desde su mente imperial. Pues el sabio vencedor mató a Heraclamón, traidor de su patria, y, cuando los soldados, siguiendo aquel dicho por el cual había negado que dejaría un perro en Tiana, exigían la destrucción de la ciudad, les respondió:« Dije que no dejaría un perro en esta ciudad; matad a todos los perros». Gran dicho del príncipe, más grande el hecho de los soldados; pues con la broma del príncipe, por la cual se negaba el botín, se salvaba la ciudad, y todo el ejército lo aceptó como si fuera enriquecido. Carta sobre Heraclamón:« Aureliano Augusto a Malio Chilón. He permitido que sea muerto aquel por cuyo beneficio, por así decirlo, recibí Tiana; yo, en verdad, no pude amar a un traidor, y llevé de buen grado que los soldados lo mataran; pues no podría haberme guardado fidelidad quien no perdonó a su patria. Finalmente, de todos los que eran atacados, solo el campo recibió al hombre rico; no puedo negar que era un hombre rico, pero cuyos bienes devolví a sus hijos, para que nadie me acusara de haber permitido que fuera muerto un hombre rico por causa del dinero».
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La ciudad fue tomada de una manera asombrosa. Pues, cuando Heraclamón hubo mostrado un lugar del terraplén que se elevaba por su propia naturaleza, por donde Aureliano podría ascender con sus tropas, este subió y, alzando su clámide púrpura, se mostró a los ciudadanos desde dentro y a los soldados desde fuera, y así la ciudad fue tomada, como si todo el ejército de Aureliano hubiera estado sobre los muros. No debe silenciarse un hecho que pertenece a la fama de un hombre venerable. Se cuenta, en efecto, que Aureliano habló y pensó con sinceridad sobre la destrucción de la ciudad de Tiana; pero que Apolonio de Tiana, sabio de fama y autoridad celebérrimas, antiguo filósofo, verdadero amigo de los dioses y a quien incluso se debe venerar como a una divinidad, se le apareció de repente mientras se retiraba a su tienda, bajo la forma en que se le ve, y le dijo estas palabras en latín, para que el hombre panonio las entendiera:« Aureliano, si quieres vencer, no hay razón para que pienses en la muerte de mis conciudadanos. Aureliano, si quieres imperar, abstente de la sangre de los inocentes. Aureliano, actúa con clemencia si quieres vivir». Aureliano conocía el rostro del venerable filósofo y había visto su imagen en muchos templos; finalmente, atónito, le prometió de inmediato una imagen, estatuas y un templo, y cambió a mejores sentimientos. Yo he sabido esto de hombres serios, lo he vuelto a leer en los libros de la Biblioteca Ulpia y lo he creído más por la majestad de Apolonio, pues¿ qué hubo entre los hombres más santo, más venerable, más antiguo y más divino que aquel hombre? Él devolvió la vida a los muertos, él hizo y dijo muchas cosas más allá de lo humano, las cuales, quien desee conocerlas, que lea los libros griegos que fueron escritos sobre su vida. Yo mismo, si la vida me alcanza y el favor del propio varón me es propicio, pondré por escrito, al menos brevemente, las hazañas de tan gran hombre, no porque sus gestas necesiten del don de mi palabra, sino para que aquellas cosas que son admirables sean proclamadas por la voz de todos.
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Recuperada Tiana, obtuvo Antioquía tras un breve combate cerca de Dafne, habiendo ofrecido impunidad a todos, y desde entonces, obedeciendo los preceptos del venerable Apolonio— en la medida en que esto es creíble—, fue más humano y clemente. Después de esto, se luchó por la supremacía contra Zenobia y su aliado Zaba cerca de Emesa en un gran combate, y cuando los jinetes de Aureliano, fatigados, estaban ya casi retirándose y dando la espalda, de repente, por la fuerza de una divinidad— como se reveló después—, al ser exhortados por una forma divina, los jinetes fueron restablecidos incluso a través de los infantes. Zenobia fue puesta en fuga junto con Zaba y, obtenida la victoria de manera plena, una vez recuperado el estado de Oriente, Aureliano entró victorioso en Emesa y se dirigió de inmediato al Templo de Heliogábalo, como si fuera a cumplir sus votos por un deber común. Pero allí encontró la misma forma de la divinidad que vio favoreciéndole en la guerra. Por ello, también allí fundó templos, depositando enormes ofrendas, y en Roma erigió un templo al Sol, consagrado con mayor magnificencia, como diremos en su lugar.
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Después de esto, dirigió su marcha hacia Palmira, para que, una vez asediada, fuera el fin de sus fatigas. Pero en el camino sufrió mucho, siendo maltratado frecuentemente por los bandidos sirios, y en el asedio estuvo en peligro hasta el alcance de una flecha. Existe una carta suya enviada a Mucapor, en la que confiesa, más allá del pudor imperial, la dificultad de esta guerra:« Los romanos dicen que solo estoy librando una guerra contra una mujer, como si Zenobia luchara sola conmigo y con sus propias fuerzas, y con una cantidad de enemigos que, si tuviera que luchar contra un hombre, sería mucho peor por esa conciencia y ese temor. No se puede decir cuántas flechas hay aquí, qué aparato de guerra, cuántos proyectiles, cuántas piedras; no hay parte del muro que no esté ocupada por dos o tres balistas; incluso se lanzan fuegos con máquinas.¿ Qué más? Teme como mujer, lucha como quien teme el castigo, pero creo que los dioses, que nunca faltaron a nuestros esfuerzos, ayudarán a la República romana». Finalmente, fatigado y agotado por las dificultades, envió una carta a Zenobia pidiendo su rendición y prometiéndole la vida, de la cual he incluido una copia:« Aureliano, emperador del orbe romano y recuperador de Oriente, a Zenobia y a los demás que están unidos por la alianza bélica. Deberíais haber hecho voluntariamente lo que ahora se exige en mis cartas; pues ordeno la rendición, ofreciendo la impunidad de la vida, de modo que tú, Zenobia, pases tu vida con los tuyos donde yo te haya establecido según el parecer del amplísimo senado. Entregad al tesoro romano gemas, oro, plata, seda, caballos y camellos. A los palmirenos se les conservará su derecho».
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Recibida esta carta, Zenobia respondió con más soberbia y arrogancia de lo que su fortuna exigía, creo que para infundir terror; pues también he incluido una copia de su carta:« Zenobia, reina de Oriente, a Aureliano Augusto. Nadie hasta ahora, salvo tú, ha pedido por carta lo que tú exiges. Todo lo que se ha de hacer en asuntos bélicos debe hacerse con valor. Pides mi rendición como si no supieras que la reina Cleopatra prefirió morir antes que vivir en cualquier dignidad. No nos faltan los auxilios de los persas, que ya esperamos; están de nuestra parte los sarracenos, están de nuestra parte los armenios. Los bandidos sirios han vencido a tu ejército, Aureliano;¿ qué pasará, pues, si llega esa mano que se espera de todas partes? Sin duda depondrás esa altivez con la que ahora me ordenas la rendición, como si fueras vencedor en todos los aspectos». Nicómaco dice que él tradujo esta carta al griego desde la lengua de los sirios, dictada por la propia Zenobia. Pues la anterior de Aureliano fue enviada en griego.
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Recibidas estas cartas, Aureliano no se sonrojó, sino que se enfureció y, habiendo reunido de inmediato a su ejército y a sus generales, asedió Palmira por todas partes; y el valiente varón no dejó nada que pareciera imperfecto o desatendido. Pues interceptó los auxilios que habían sido enviados por los persas y corrompió las alas sarracenas y armenias, atrayéndolas hacia sí, unas veces con ferocidad y otras con astucia; finalmente, venció con gran fuerza a la poderosísima mujer. Vencida, pues, Zenobia, mientras huía en los camellos que llaman dromedarios y se dirigía hacia los persas, fue capturada por los jinetes enviados y llevada al poder de Aureliano. Victorioso, pues, Aureliano y ya poseedor de todo Oriente, mientras tenía a Zenobia encadenada, actuó con más soberbia y arrogancia con los persas, armenios y sarracenos de lo que la razón del momento exigía; entonces fueron traídas aquellas vestiduras que vemos en el Templo del Sol, entretejidas con gemas, entonces los dragones y tiaras persas, entonces aquel tipo de púrpura que después ni ninguna nación produjo ni el orbe romano vio.
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Sobre la cual place decir al menos unas pocas cosas, pues recordáis que en el Templo de Júpiter Óptimo Máximo Capitolino hubo un manto corto de lana púrpura, al cual, cuando las matronas y el propio Aureliano unían sus púrpuras, las demás parecían descoloridas como ceniza en comparación con aquel fulgor divino. Se dice que este regalo, tomado de los indios interiores, lo dio el rey de los persas a Aureliano, escribiendo:« Toma la púrpura, tal como es entre nosotros». Pero esto fue falso. Pues después, Aureliano, Probo y, más recientemente, Diocleciano, enviando a los más diligentes artesanos, buscaron tal tipo de púrpura y, sin embargo, no pudieron encontrarlo; pues se dice que el sandix índico produce tal púrpura, si se cuida.
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Pero para volver a lo comenzado: hubo, sin embargo, un enorme clamor de los soldados que pedían a Zenobia para el castigo. Pero Aureliano, considerando indigno matar a una mujer, tras haber ejecutado a la mayoría de aquellos por cuya instigación ella había movido, preparado y librado la guerra, reservó a la mujer para el triunfo, para que fuera exhibida ante los ojos del pueblo romano. Se dice que entre los que fueron ejecutados fue grave el caso del filósofo Longino, de quien se dice que ella se sirvió como maestro para las letras griegas, a quien, en efecto, se dice que Aureliano mató porque se decía que aquella carta tan soberbia había sido dictada bajo su consejo, aunque estuviera redactada en lengua siria. Pacificado, pues, Oriente, Aureliano regresó victorioso a Europa y allí aplastó a las tropas de los carpos y, cuando el senado lo llamó« Carpico» en su ausencia, se cuenta que envió este mensaje en broma:« Solo falta, padres conscriptos, que me llaméis también Carpisculo». Pues es bien sabido que el carpisculo es un tipo de calzado. Este sobrenombre parecía deforme, cuando ya se le llamaba Gótico, Sarmático, Armeniaco, Pártico y Adiabénico.
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Es raro que los sirios guarden fidelidad, más bien es difícil, pues los palmirenos, que ya habían sido vencidos y aplastados, se rebelaron no poco mientras Aureliano estaba ocupado en los asuntos europeos. Pues mataron a Sandarión, a quien Aureliano había puesto allí en guarnición, junto con seiscientos arqueros, preparando el imperio para un tal Aquileo, pariente de Zenobia. Pero Aureliano, tan preparado como estaba, regresó desde Ródope y destruyó la ciudad, porque así lo merecía; la crueldad de Aureliano, en fin, o, como dicen algunos, su severidad, llegó a tal punto que circula una carta suya que muestra la confesión de un furor inmenso, cuyo ejemplo es este:« Aureliano Augusto a Cerronio Baso. No es necesario seguir adelante con las espadas de los soldados; ya se ha matado y degollado a suficientes palmirenos. No hemos perdonado a las mujeres, hemos matado a los niños, hemos degollado a los ancianos, hemos exterminado a los campesinos.¿ A quién dejaremos las tierras, a quién la ciudad en adelante? Hay que perdonar a los que han quedado, pues creemos que tan pocos han sido corregidos por el castigo de tantos. El Templo del Sol, que en Palmira saquearon los portaestandartes de la tercera legión junto con los abanderados, el draconario, los cornicines y los liticines, quiero que sea devuelto a la forma que tuvo. Tienes trescientas libras de oro de los cofres de Zenobia, tienes mil ochocientas libras de plata de los bienes de los palmirenos, tienes gemas reales. Con todo esto, haz que el templo sea embellecido; habrás hecho algo gratísimo para mí y para los dioses inmortales; yo escribiré al senado pidiendo que envíe un pontífice que dedique el templo». Estas letras, como vemos, indican que la inmanidad del duro príncipe se había saciado.
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Finalmente, más seguro, regresó de nuevo a Europa y allí aplastó con su conocida virtud a todos los enemigos que vagaban. Mientras Aureliano realizaba grandes cosas por Tracia y toda Europa, surgió un tal Firmo, que se arrogó Egipto sin las insignias del imperio, como si fuera una ciudad libre. Contra él regresó Aureliano de inmediato, y allí no le faltó su felicidad habitual, pues recuperó Egipto al instante y, como era feroz de ánimo, vengó su pensamiento; enfurecido vehementemente porque Tétrico aún poseía las Galias, se dirigió a Occidente y, traicionando Tétrico a su propio ejército porque no podía soportar sus crímenes, obtuvo las legiones que se le entregaron. Aureliano, pues, príncipe de todo el orbe, pacificadas Oriente y las Galias y victorioso en todas partes de la tierra, dirigió su marcha a Roma para exhibir ante los ojos romanos el triunfo sobre Zenobia y Tétrico, esto es, sobre Oriente y Occidente.
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No es irrelevante conocer cómo fue el triunfo de Aureliano, pues fue hermosísimo. Hubo tres carros reales; entre ellos, uno de Odenato, laborioso y distinguido con plata, oro y gemas; otro, que el rey de los persas dio a Aureliano como regalo, fabricado también con igual labor; el tercero, que Zenobia había preparado para sí, esperando ver con él la ciudad romana. Lo cual no le falló, pues entró en la ciudad con él, vencida y triunfada. Hubo otro carro unido a cuatro ciervos, que se dice que fue del rey de los godos. En él, como muchos han transmitido a la memoria, Aureliano entró en el Capitolio para sacrificar allí los ciervos, que se decía que había prometido a Júpiter Óptimo Máximo al capturarlos con el mismo carro. Precedieron veinte elefantes, doscientas fieras mansas de Libia y Palestina, que Aureliano donó de inmediato a particulares para no gravar al fisco con las raciones; cuatro tigres, jirafas, alces y otras cosas similares fueron conducidas en orden, ochocientas parejas de gladiadores, además de los cautivos de las naciones bárbaras. Blemios, axomitas, árabes felices, indios, bactrianos, iberos, sarracenos, persas con sus respectivos regalos; godos, alanos, roxolanos, sármatas, francos, suevos, vándalos, germanos, cautivos con las manos atadas, precedieron; entre ellos también los palmirenos que habían sobrevivido.
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príncipes de la ciudad y egipcios por la rebelión; fueron conducidas también diez mujeres que había capturado luchando con hábito varonil entre los godos, aunque muchas habían sido muertas, las cuales un título indicaba que eran del género de las amazonas. Fueron llevados delante títulos que contenían los nombres de las naciones; entre ellos estaba Tétrico, adornado con clámide púrpura, túnica amarilla y bragas galas, con su hijo al lado, a quien había nombrado emperador en la Galia. Marchaba también Zenobia, adornada con gemas y cadenas de oro, que otros sostenían; se llevaban delante coronas de todas las ciudades, presentadas con títulos eminentes. Ya el propio pueblo romano, ya los estandartes de los colegios y de los campamentos, los soldados catafractos, las riquezas reales, todo el ejército y el senado( aunque algo triste porque veían a senadores triunfados) habían añadido mucho a la pompa. Finalmente, apenas llegó al Capitolio a la hora novena, y tarde al Palatino. En los días siguientes se dieron al pueblo diversiones de juegos escénicos, juegos circenses, cacerías, gladiadores y naumaquias.
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No parece que deba pasarse por alto lo que el pueblo recuerda y la fe histórica ha frecuentado: que Aureliano, en el tiempo en que partía hacia Oriente, prometió al pueblo coronas de dos libras si regresaba victorioso, y, como el pueblo esperaba coronas de oro y Aureliano ni podía ni quería, las hizo de panes, que ahora se llaman siligíneos, y los donó a cada uno, de modo que cada cual recibiera su siligíneo diariamente durante toda su vida y lo dejara a sus descendientes; pues el mismo Aureliano distribuyó también carne de cerdo al pueblo romano, que todavía hoy se reparte. Promulgó muchísimas leyes, y ciertamente saludables. Organizó los sacerdocios, fundó el Templo del Sol y fortaleció a los pontífices; decretó también emolumentos para las reparaciones y los ministros. Hecho esto, partió hacia las Galias y liberó a los vindélicos del asedio bárbaro; después regresó al Ilírico y, habiendo preparado un ejército grande, más que inmenso, declaró la guerra a los persas, a quienes ya había vencido gloriosamente en el mismo tiempo en que superó a Zenobia; pero mientras realizaba el viaje, en Caenophrurium, una mansión que está entre Heraclea y Bizancio, fue asesinado por la malicia de su notario y la mano de Mucapor.
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Y cuál fue la causa de su asesinato y de qué modo fue asesinado, para que tan gran asunto no permanezca oculto, lo explicaré brevemente. Aureliano, lo que no se puede negar, fue un príncipe severo, truculento y sanguinario; este, habiendo llevado la severidad hasta el punto de matar incluso a la hija de su hermana por una causa no grande ni suficientemente adecuada, cayó primero en el odio de los suyos. Ocurrió, sin embargo, como las cosas suceden fatalmente, que hizo a un tal Mnestheo, a quien había tenido como notario de los secretos— liberto suyo, según dicen algunos—, más hostil hacia sí mediante amenazas, porque sospechaba no sé qué de él. Mnestheo, que sabía que Aureliano no solía amenazar en vano ni, si amenazaba, perdonar, redactó una breve lista de nombres mezclando a aquellos a quienes Aureliano verdaderamente se enfurecía con aquellos sobre quienes no pensaba nada áspero, añadiendo también su propio nombre para dar más fe a la preocupación fingida, y leyó la lista a cada uno de los que contenían los nombres, añadiendo que Aureliano había dispuesto matarlos a todos, pero que ellos debían socorrer su propia vida si eran hombres. Estos, al inflamarse, por temor los que merecían la ofensa, por dolor los inocentes, porque Aureliano parecía ingrato a los beneficios y servicios, atacaron de repente al príncipe mientras viajaba en el lugar arriba mencionado y lo mataron.
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Este fue el fin de Aureliano, un príncipe más necesario que bueno. Al ser asesinado y revelado el asunto, le dedicaron un sepulcro inmenso y un templo aquellos por quienes fue asesinado. Ciertamente, Mnestheo fue después capturado y arrojado a las fieras, lo que significan las estatuas de mármol colocadas en el mismo lugar a ambos lados, donde también se erigieron estatuas al divino Aureliano en las columnas. El senado tomó gravemente su muerte, pero más gravemente el pueblo romano, que decía vulgarmente que Aureliano era el pedagogo de los senadores. Imperó seis años menos pocos días, y tras grandes gestas fue contado entre los divinos. Como pertenece a Aureliano, no debí callar lo que se ha relatado en la historia, pues muchos cuentan que Quintilio, hermano de Claudio, cuando estaba en la guarnición itálica, al oír la muerte de Claudio, tomó el imperio. Pero después, cuando supo que Aureliano imperaba, al ser abandonado por todo el ejército, y al arengar contra él y no ser escuchado por los soldados, cortándose las venas, murió en el vigésimo día de su imperio. Cualquier crimen que hubo, cualquier mala conciencia o artes funestas, cualquier facción, en fin, Aureliano la purgó profundamente en todo el orbe; creo que esto también pertenece al asunto: que Zenobia mantuvo el imperio que tuvo en nombre de su hijo Vabalato, no de Timolao y Herenniano.
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Bajo Aureliano hubo también la guerra de los monetarios, instigada por Felicísimo, el racional, la cual reprimió con la mayor severidad, aunque perecieron siete mil de sus soldados, como enseña la carta enviada a Ulpio Crinito, tres veces cónsul, quien lo había adoptado antes:« Aureliano Augusto a Ulpio, padre. Como si fuera algo fatal para mí que todas las guerras que libro y todos los movimientos se agraven, así también la sedición intramuros me produjo una guerra gravísima; los monetarios, instigados por Felicísimo, el último de los esclavos, a quien había confiado la administración del fisco, levantaron espíritus rebeldes. Estos fueron reprimidos, pereciendo siete mil lembarios, riparienses, castrianos y dacios. De donde aparece que ninguna victoria me fue dada por los dioses inmortales sin dificultad».
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Al triunfado Tétrico lo hizo corrector de Lucania, permaneciendo su hijo en el senado. Construyó un magnífico Templo del Sol. Amplió los muros de la ciudad de Roma de tal modo que el perímetro de sus muros abarca casi cincuenta mil pasos. El mismo persiguió con enorme severidad a los delatores y denunciantes. Ordenó una vez quemar las tablas públicas en el Foro de Trajano para seguridad de los particulares; bajo él se decretó también una amnistía de los delitos públicos siguiendo el ejemplo de los atenienses, de cuya cosa también hace memoria Tulio en las Filípicas. Persiguió a los ladrones provinciales, reos de concusión y peculado, más allá de la medida militar, de modo que los castigó con enormes suplicios y tormentos. En el Templo del Sol estableció mucho oro y gemas. Al ver el Ilírico devastado y Mesia perdida, abandonó la provincia transdanubiana de Dacia, establecida por Trajano, retirando el ejército y los provinciales, desesperando de que pudiera ser retenida, y a los pueblos extraídos de ella los colocó en Mesia y la llamó Dacia, que ahora divide las dos Mesias. Se dice además que fue de tal crueldad que a muchos senadores les imputaba una fingida facción de conspiración y tiranía, para poder matarlos más fácilmente; añaden algunos que el hijo de su hermana, no la hija, fue asesinado por el mismo, aunque muchos dicen que también el hijo de la hermana.
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Cuán difícil sea elegir un emperador en lugar de un buen príncipe, lo prueba tanto la gravedad del senado más santo como la autoridad del ejército prudente; pues, asesinado el severísimo príncipe, el ejército remitió al senado la elección del emperador, por el hecho de que pensaba que no debía hacerse de ninguno de aquellos que habían asesinado a tan buen príncipe. Pero el senado devolvió esta misma elección al ejército, sabiendo que los soldados ya no aceptan de buen grado a los emperadores que el senado elige; finalmente, esto se hizo tres veces, de modo que durante seis meses el orbe romano no tuvo emperador, y permanecieron como jueces todos aquellos que el senado o Aureliano habían elegido, salvo que Faltonio Probo fue elegido procónsul de Asia en lugar de Arellio Fusco.
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No es desagradable insertar las cartas mismas que el ejército envió al senado:« Los felices y fuertes ejércitos al senado y al pueblo romano. Nuestro emperador Aureliano ha sido asesinado por el fraude de un solo hombre y por el error de buenos y malos. Contadlo entre los dioses, santos señores padres conscriptos, y enviadnos a alguien de entre vosotros, pero digno de vuestro juicio, como príncipe; pues nosotros no permitimos que nadie de entre los que erraron o hicieron mal nos mande». Rescripto según el senadoconsulto: cuando el día tercero de las nonas de febrero el amplísimo senado se hubo reunido en la Curia Pompiliana, el cónsul Aurelio Gordiano dijo:« Referimos a vosotros, padres conscriptos, las cartas del felicísimo ejército». Recitadas las cuales, Aurelio Tácito, senador de primera sentencia, habló así( este es quien después de Aureliano fue llamado emperador por sentencia de todos):« Correcta y ordenadamente habrían consultado los dioses inmortales, padres conscriptos, si los buenos príncipes hubieran sido inviolables al hierro, para que llevaran una vida más larga, y no hubiera contra ellos alguna potestad para aquellos que conciben muertes infames con mente tristísima. Pues viviría el príncipe Aureliano, de quien no hubo nadie más fuerte ni más útil. Ciertamente, nuestra República había comenzado a respirar después de la infelicidad de Valeriano, después de los males de Galieno, bajo el imperio de Claudio, pero la misma había sido devuelta a Aureliano, que vencía en todo el orbe. Él nos dio las Galias, él liberó Italia, él apartó de los vindélicos el yugo de la servidumbre bárbara; venciendo él, el Ilírico fue restituido, devueltas a las leyes romanas las Tracias. Él,¡ qué vergüenza!, restituyó a nuestros derechos el Oriente oprimido por un yugo femenino; él derrotó, puso en fuga y oprimió a los persas, que aún insultaban por la muerte de Valeriano; a él los sarracenos, blemios, axomitas, bactrianos, seres, iberos, albanos, armenios, incluso los pueblos de los indios, lo veneraron casi como a un dios presente. Con sus dones, que mereció de las naciones bárbaras, está lleno el Capitolio; quince mil libras de oro de su liberalidad tiene un solo templo, todos los templos de la ciudad brillan con sus dones. Por lo cual, padres conscriptos, incluso convoco con derecho a los dioses mismos, que permitieron que tal príncipe pereciera, a menos que tal vez prefirieran que estuviera con ellos. Decreto, pues, honores divinos y estimo que todos vosotros haréis lo mismo; pues sobre la elección del emperador opino que debe remitirse al mismo ejército, pues en tal género de sentencia, si no se hace lo que se dice, habrá peligro para el elegido y envidia para el que elige». La sentencia de Tácito fue aprobada, sin embargo, al ser enviado una y otra vez, por senadoconsulto, que diremos en la vida de Tácito, Tácito fue hecho emperador.
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Aureliano dejó solo una hija, cuyos descendientes están incluso ahora en Roma. Pues Aureliano, procónsul de Cilicia, senador óptimo, verdaderamente de su propio derecho y de vida venerable, que ahora vive en Sicilia, es su nieto.¿ Qué diré que es esto, que haya habido tan pocos buenos príncipes, cuando ya ha habido tantos césares? Pues el índice público contiene qué serie de purpurados ha habido desde Augusto hasta Diocleciano y Maximiano. Pero entre ellos, los mejores son el propio Augusto, Flavio Vespasiano, Flavio Tito, Cocceyo Nerva, el divino Trajano, el divino Adriano, Pío y Marco Antonino, Severo Africano, Alejandro de Mamea, el divino Claudio y el divino Aureliano. Pues a Valeriano, aunque fue óptimo, la infelicidad lo separó de todos. Mira, te ruego, cuán pocos son los príncipes buenos, de modo que bien dijo un bufón mímico en tiempos de este Claudio que en un solo anillo se podrían escribir y representar los buenos príncipes. Pero, por el contrario,¡ qué serie de malos! Pues, por omitir a los Vitelios, Calígulas y Nerones,¿ quién soportaría a los Maximinos y Felipes y a esa hez de multitud desordenada? Aunque debería exceptuar a los Decios, cuya vida y muerte deben compararse con los antiguos.
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Y se pregunta, ciertamente, qué cosa hace a los malos príncipes; ya primero, amigo mío, la licencia, después la abundancia de cosas, además amigos improbos, satélites detestables, eunucos avarísimos, áulicos ya estúpidos o detestables y, lo que no se puede negar, la ignorancia de los asuntos públicos. Pero yo escuché de mi padre que el príncipe Diocleciano, ya privado, dijo que nada es más difícil que imperar bien. Se reúnen cuatro o cinco y toman un solo consejo para engañar al emperador, dicen lo que debe ser aprobado. El emperador, que está encerrado en casa, no conoce las verdades, es obligado a saber solo lo que ellos dicen, hace jueces a quienes no debería, aparta de la República a quienes debería mantener.¿ Qué más? Como decía el propio Diocleciano, bueno, cauto, óptimo, el emperador es vendido. Estas son las palabras de Diocleciano, que inserté para que tu prudencia supiera que nada es más difícil que un buen príncipe.
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Y a Aureliano, ciertamente, muchos no lo ponen ni entre los buenos ni entre los malos príncipes, por el hecho de que le faltó la clemencia, la primera dote de los emperadores. Verconio Herenniano, prefecto del pretorio de Diocleciano, decía a menudo, siendo testigo Asclepiodoto, que Diocleciano decía frecuentemente, al reprender la aspereza de Maximiano, que Aureliano debió ser más un caudillo que un príncipe, pues su excesiva ferocidad le desagradaba. Quizás parezca admirable lo que se dice que Asclepiodoto contó a su consejero Celsino sobre lo que Diocleciano descubrió, pero sobre esto juzgarán los posterios; pues decía que en cierto tiempo Aureliano consultó a las druidas galas, preguntando si el imperio permanecería entre sus descendientes, cuando dijo que ellas respondieron que el nombre de nadie sería más claro en la República que el de los descendientes de Claudio, y es ya, en efecto, Constancio emperador, hombre de la misma sangre, cuyos descendientes creo que llegarán a la gloria que fue pronunciada por las druidas, lo cual establecí en la vida de Aureliano porque estas respuestas fueron dadas al propio Aureliano cuando consultaba.
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Aureliano estableció el tributo de Egipto para la ciudad de Roma de vidrio, papel, lino, estopa y especies anabólicas eternas; Aureliano se preparó para hacer termas invernales en la región Transtiberina, porque faltaba allí copia de agua más fría; comenzó a fundar el foro de su nombre en la vía Ostiense junto al mar, en el cual después se constituyó el pretorio público. Enriqueció a sus amigos honesta y moderadamente, para que evitaran las miserias de la pobreza y evitaran la envidia de las riquezas con la moderación del patrimonio. Ni él mismo tuvo en su vestuario vestidura de seda pura ni la dio a usar a otro, y cuando su esposa le pidió que usara un único manto de púrpura, él respondió:« Lejos esté que los hilos se pesen con oro». Pues una libra
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de oro era entonces una libra de seda. Tuvo en mente que el oro no se pusiera ni en techos, ni en túnicas, ni en pieles, ni en plata, diciendo que hay más oro en la naturaleza de las cosas que plata, pero que el oro se pierde por los diversos usos de láminas, hilos y fundiciones, mientras que la plata permanece en su uso. El mismo dio facultad para que quienes quisieran usaran también vasos y copas de oro. Dio además potestad para que los particulares tuvieran carruajes plateados, cuando antes habían sido vehículos de bronce y marfil; el mismo concedió que las matronas tuvieran túnicas de púrpura y otras vestiduras, cuando antes las habían tenido de colores y, a lo sumo, de color de melocotón. El mismo fue el primero en conceder que los soldados rasos tuvieran fíbulas de oro, cuando antes las habían tenido de plata. Él mismo dio primero a los soldados vestiduras con franjas, cuando antes no habían recibido más que las púrpuras rectas, y ciertamente a unos de una franja, a otros de dos, a otros de tres y hasta de cinco, tales como son hoy las líneas.
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Aumentó en una onza la ración de pan de la ciudad de Roma del tributo egipcio, como él mismo se gloría en una carta dada al prefecto de la annona de la ciudad:« Aureliano Augusto a Flavio Arabiano, prefecto de la annona. Entre otras cosas con las que, favoreciendo los dioses, ayudamos a la República romana, nada me es más magnífico que el haber ayudado a todo género de annonas urbanas con el añadido de una onza. Para que esto fuera perpetuo, puse nuevos navicularios nilíacos en Egipto y fluviales en Roma, construí las riberas del Tíber, excavé el vado del cauce que se hinchaba, establecí votos a los dioses y a la Perennidad, consagré a la nutricia Ceres. Ahora es tu deber, Arabiano queridísimo, esforzarte para que mis disposiciones no sean en vano, pues nada puede ser más alegre para el pueblo romano que estar saciado».
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Había decidido también dar vino gratuito al pueblo romano, para que, del mismo modo que se ofrecen aceite, pan y carne de cerdo gratuitos, así también se diera vino, lo cual había concebido como perpetuo con esta disposición. Hay enormes campos en Etruria a través de la vía Aurelia hasta los Alpes marítimos, y son fértiles y boscosos. Había decidido, pues, dar precios a los dueños de los lugares incultos, que sin embargo quisieran, y establecer allí familias cautivas, plantar viñas en los montes y dar vino de esa obra, de modo que el fisco no recibiera nada de rentas, sino que todo lo concediera al pueblo romano. Se había hecho el cálculo de las cubas, toneles, naves y obras, pero muchos dicen que Aureliano fue impedido de hacerlo, otros que fue prohibido por su prefecto del pretorio, quien se dice que dijo:« Si damos también vino al pueblo romano, solo falta que demos también pollos y gansos». Es argumento de que Aureliano pensó verdaderamente esto, más aún, que dispuso hacerlo o que lo hizo en alguna parte, el hecho de que en los pórticos del Templo del Sol se ponen vinos fiscales, no para ser entregados gratuitamente al pueblo, sino a precio; debe saberse, sin embargo, que él dio tres veces congiarios, donó también al pueblo romano túnicas blancas con mangas de diversas provincias y líneas africanas y egipcias puras, y él mismo fue el primero en donar al pueblo romano pañuelos, que el pueblo usara para el aplauso.
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Le desagradaba, cuando estaba en Roma, habitar en el Palatino, y le placía más vivir en los Jardines de Salustio o en los de Domicia; finalmente, adornó un pórtico de mil pies en los Jardines de Salustio, en el cual se fatigaba diariamente tanto a los caballos como a sí mismo, aunque no estaba de buena salud. Ordenaba que los esclavos y ministros que pecaban fueran azotados ante él, como dicen muchos, por causa de mantener la severidad; como dicen otros, por estudio de crueldad, castigó con la muerte a su esclava, que había cometido adulterio con su consiervo. Entregó a muchos esclavos de su propia familia que habían pecado para ser oídos por las leyes en juicios públicos. Había querido que el senado o senáculo fuera devuelto a las matronas, de modo que las primeras allí que hubieran merecido sacerdocios por autoridad del senado, quitó a todos los hombres los calzados rojos, los cirios, los blancos y los de hiedra, y los dejó a las mujeres; concedió a los senadores cursores con el hábito con que él mismo tenía, prohibió que se tuvieran concubinas libres, estableció el número de eunucos según las profesiones senatoriales, por el hecho de que habían llegado a precios inmensos; su vajilla de plata nunca pasó de treinta libras, el banquete fue mayormente de asados. Se deleitó mayormente con vino tinto.
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Nunca llamó a un médico cuando estaba enfermo, sino que se curaba a sí mismo principalmente mediante el ayuno; a su esposa y a su hija les asignó una pensión anual de sigillaria como si fuera un ciudadano particular; a sus esclavos les dio las mismas vestiduras que un particular, a excepción de dos ancianos, Antistio y Gillón, a quienes, como si fueran libertos, les otorgó gran consideración y que, tras su muerte, fueron manumitidos por decreto del Senado. Era, ciertamente, poco dado a los placeres, pero se deleitaba de manera asombrosa con los mimos; sin embargo, disfrutaba sobremanera con Fagón, quien comía tanto que, en un solo día, ante su mesa, devoraba un jabalí entero, cien panes, un carnero y un lechón, y bebía, mediante un embudo aplicado a su boca, más de lo que su garganta podía contener. Tuvo un tiempo, a excepción de ciertas sediciones domésticas, sumamente afortunado. El pueblo romano lo amó, y el Senado, además, lo temió.