Jerome

Reader

Read texts in the original and in translation.
Settings
Not signed in
Find in Jerome
You can also type short locations such as 1, 1.1, 1:2, or 1-3 inside the current work.
Divus Claudius
Choose a text id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/scriptores-historiae-augustae" aria-label="More works by Scriptores Historiae Augustae"> —
⋯
More

Original: Perseus Lat2

Ventum est ad principem Claudium, qui nobis intuitu Constantii Caesaris cum cura in litteras digerendus est. de quo ego idcirco recusare non potui quod alios, tumultuarios videlicet imperatores ac regulos, scripseram eo libro quem de triginta tyrannis edidi, qui Cleopatranam etiam stirpem Victoriamque 1 nunc detinet; si quidem eo res processit ut mulierum etiam vitas scribi Gallieni comparatio effecerit. neque enim fas erat eum tacere principem, qui tantam generis sui prolem reliquit, 2 qui bellum Gothicum sua virtute 3 4 confecit, qui manum publicis cladibus victor imposuit, qui Gallienum, prodigiosum imperatorem, etiamsi non auctor consilii fuit, tamen ipse imperaturus bono generis humani, a gubernaculis publicis depulit, qui, si diutius in hac esset commoratus re publica, Scipiones nobis 5 et Camillos omnesque illos veteres suis viribus, suis consiliis, sua providentia reddidisset

Spanish Gemini
1
Llegamos al príncipe Claudio, a quien, por consideración a Constancio César, debemos dedicar con esmero nuestra pluma. No pude negarme a escribir sobre él, pues ya había escrito sobre otros, a saber, emperadores tumultuarios y reyezuelos, en el libro que publiqué sobre los treinta tiranos, el cual contiene incluso a la estirpe de Cleopatra y a Victoria; pues la situación llegó a tal punto que la comparación con Galieno hizo que se escribieran incluso las vidas de mujeres. No era lícito callar sobre aquel príncipe que dejó una descendencia tan numerosa, que concluyó la guerra gótica con su valor, que puso fin a los desastres públicos como vencedor, que apartó del timón del Estado a Galieno, ese emperador prodigioso— aunque él no fuera el autor del plan, sino que, al haber de ser emperador por el bien del género humano, lo hizo por sí mismo—, y que, si hubiera permanecido más tiempo en esta república, nos habría devuelto a los Escipiones, a los Camilos y a todos aquellos antiguos con sus fuerzas, sus consejos y su providencia.
2
Su tiempo en el imperio fue breve, no puedo negarlo, pero habría sido breve aunque un hombre de tal talla hubiera podido gobernar tanto como permite la vida humana.¿ Qué no era admirable en él?¿ Qué no era conspicuo?¿ Qué no era preferible a los triunfos más antiguos? En él, la virtud de Trajano, la piedad de Antonino, la moderación de Augusto y las virtudes de los grandes príncipes existieron de tal modo que no es que él tomara ejemplo de otros, sino que, aunque ellos no hubieran existido, él habría dejado ejemplo a los demás. Los más doctos matemáticos juzgan que a los hombres se les han dado ciento veinte años para vivir y se jactan de que a nadie se le han concedido más, añadiendo incluso que solo Moisés, el familiar de Dios, como dicen los libros de los judíos, vivió ciento veinticinco años; y cuando él se quejaba de morir joven, cuentan que una divinidad incierta le respondió que nadie viviría más, por lo que, aunque Claudio hubiera vivido ciento veinticinco años, no habría que esperar a su muerte necesaria, como dice Tulio sobre Escipión, pues su vida enseña cosas asombrosas y admirables.¿ Qué gran cosa no tuvo aquel hombre, tanto en casa como fuera de ella? Amó a sus padres;¿ qué tiene eso de extraño? Amó también a sus hermanos; esto ya puede ser digno de milagro. Amó a sus parientes; algo que en nuestros tiempos debe compararse con un milagro. No envidió a nadie, persiguió a los malvados, condenó pública y abiertamente a los jueces ladrones; a los necios los toleró con cierta negligencia. Dictó leyes óptimas; fue tal en la república que los más altos príncipes elegían su estirpe para el imperio y el senado, más reformado, lo deseaba.
3
Alguien podría pensar que hablo en favor de Constancio César, pero tanto tu conciencia como mi vida son testigos de que nunca he pensado, dicho ni hecho nada por interés. Hablo del príncipe Claudio, cuya vida, probidad y todo lo que hizo en la república dieron a la posteridad una fama tan grande que el senado y el pueblo romano le otorgaron nuevos honores después de su muerte: se colocó en la Curia Romana, por decisión de todo el senado, un escudo de oro, o, como dicen los gramáticos, un clípeo de oro, y todavía hoy se ve su rostro en el tórax grabado. A él, lo que a nadie antes, el pueblo romano le colocó a su costa en el Capitolio, ante el templo de Júpiter Óptimo Máximo, una estatua de oro de diez pies; a él, por juicio de todo el orbe, se le puso en los Rostros una columna con una estatua palmada encima de mil quinientas libras de plata. Él, como si fuera consciente de lo venidero, propagó las Gentes Flavias, que habían sido también las de Vespasiano y Tito, aunque no quiero mencionar a Domiciano. Él terminó la guerra gótica en poco tiempo; adulador, pues, el senado, adulador el pueblo romano, aduladoras las naciones extranjeras, aduladoras las provincias, ya que todos los órdenes, todas las edades, toda ciudad honró al buen príncipe con estatuas, estandartes, coronas, santuarios, arcos, altares y templos.
4
Interesa tanto a quienes imitan a los buenos príncipes como a todo el orbe humano conocer qué senadoconsultos se dictaron sobre aquel hombre, para que todos reconozcan el juicio de la mente pública. Pues cuando se anunció el 24 de marzo, en el mismo día de la sangre en el Sagrario de la Madre, que Claudio había sido hecho emperador, y el senado no podía ser convocado para la celebración de los ritos, se vistieron las togas y se fue al Templo de Apolo, y, leídas las cartas del príncipe Claudio, se dijo lo siguiente sobre Claudio: Augusto Claudio, que los dioses te protejan, dicho sesenta veces. Claudio Augusto, te deseamos como príncipe o tal como eres siempre, dicho cuarenta veces. Claudio Augusto, la república te reclamaba, dicho cuarenta veces. Claudio Augusto, tú eres hermano, tú padre, tú amigo, tú buen senador, tú verdaderamente príncipe, dicho ochenta veces. Claudio Augusto, líbranos de Aureolo, dicho cinco veces. Claudio Augusto, líbranos de los palmirenos, dicho cinco veces. Claudio Augusto, líbranos de Zenobia y de Vitruvia, dicho siete veces. Claudio Augusto, Tétrico no hizo nada, dicho siete veces.
5
Quien, apenas hecho emperador, tras entablar combate, apartó del timón de la república a Aureolo, que había sido más grave para el Estado porque agradaba mucho a Galieno, y lo juzgó tirano enviando edictos al pueblo y dando discursos al senado; a esto se añade que el emperador, grave y serio, no escuchó a Aureolo cuando este pedía y solicitaba un pacto, rechazándolo con esta respuesta: Esto debió pedirse a Galieno; quien consentía con sus costumbres, podía también temer. Finalmente, por juicio de sus propios soldados en Milán, Aureolo tuvo el fin digno de su vida y sus costumbres, y sin embargo algunos historiadores intentaron alabarlo, y de forma ridícula, pues Galo Antípatro, sierva de los honores y deshonra de las historias, tuvo el principio sobre Aureolo: Llegamos al emperador de su propio nombre. Gran virtud, sin duda, recibir el nombre del oro, pero yo sé que este nombre se ha aplicado más a menudo entre los gladiadores a buenos luchadores; tu librito de juegos tuvo recientemente este nombre en el índice de los espectáculos.
6
Pero volvamos a Claudio, pues, como dijimos arriba, aquellos godos que habían escapado en el tiempo en que Marciano los persiguió, y a quienes Claudio no había permitido salir para que no ocurriera lo que sucedió, incitaron a todas las naciones de los suyos a las rapiñas romanas. Finalmente, diversos pueblos de los escitas, peucinos, greutungos, austrogodos, tervingios, visigodos, gépidos, incluso celtas y hérulos, irrumpieron en suelo romano por deseo de botín y devastaron allí muchas cosas, mientras Claudio estaba ocupado en otras cosas y mientras se preparaba imperialmente para esa guerra que concluyó, de modo que los hados romanos parecen haberse ralentizado por la ocupación de un buen príncipe, pero creo que fue para que la gloria de Claudio creciera y su victoria se hiciera más gloriosa en todo el orbe. En fin, trescientos veinte mil fueron entonces los hombres de las naciones armadas; que diga ahora quien nos acusa de adulación que Claudio es menos amable, trescientos veinte mil armados.¿ Qué Jerjes tuvo esto?¿ Qué fábula inventó este número?¿ Qué poeta lo compuso? Trescientos veinte mil armados fueron; añade los siervos, añade las familias, añade el bagaje y los ríos agotados y los bosques consumidos; en fin, que la tierra misma trabajó, la cual recibió tanto tumor bárbaro.
7
Existe una carta suya enviada al senado para ser leída al pueblo, en la que indica el número de los bárbaros, que es la siguiente: El príncipe Claudio al senado y al pueblo romano.( Se dice que él mismo la dictó, yo no requiero las palabras del maestro de memoria.) Padres conscriptos, escuchad asombrados lo que es verdad. Trescientos veinte mil bárbaros vinieron armados a suelo romano; si venzo a estos, vosotros devolved el favor a mis méritos; si no venzo, sabed que quiero luchar después de Galieno; toda la república está fatigada, luchamos después de Valeriano, después de Ingenuo, después de Regaliano, después de Loliano, después de Póstumo, después de Celso, después de otros mil que, por desprecio a un mal príncipe, desertaron de la república; ya no quedan escudos, ni espadas, ni jabalinas. Tétrico tiene las Galias y las Hispanias, fuerzas de la república, y Zenobia posee todos los arqueros, lo cual da vergüenza decir; cualquier cosa que hayamos hecho es suficientemente grande. A estos, pues, los superó Claudio con esa virtud innata, a estos los destruyó en poco tiempo, de estos apenas permitió que algunos regresaran a su suelo patrio. Pregunto,¿ cuánto precio tiene un escudo en la Curia por tan gran victoria?¿ Cuánto una estatua de oro? Dice Ennio sobre Escipión:¿ Qué estatua hará el pueblo romano, qué columna, que cuente tus gestas? Podemos decir que Flavio Claudio, único príncipe en la tierra, no es ayudado por columnas ni estatuas, sino por las fuerzas de la fama.
8
Tuvieron además dos mil naves, el doble, ciertamente, del número con el que toda Grecia junto con toda Tesalia intentó antaño conquistar las ciudades de Asia. Pero eso lo finge el estilo poético, esto lo contiene la verdadera historia. Adulamos, pues, a Claudio, los escritores, que destruyó, oprimió y aniquiló dos mil naves bárbaras y trescientos veinte mil armados, que hizo incendiar un bagaje tan grande como el que este número de armados pudo prepararse y disponer, y que ahora destinó a servidumbre romana junto con todas las familias. Como se enseña en la carta del mismo, que escribió a Junio Brocco, que protegía el Ilírico: Claudio a Brocco. Hemos destruido trescientos veinte mil godos, hemos hundido dos mil naves. Los ríos están cubiertos de escudos, todas las orillas están cubiertas de espadas y lanzas. Los campos yacen cubiertos de huesos, ningún camino está limpio, el inmenso bagaje ha sido abandonado. Hemos capturado tantas mujeres que el soldado vencedor puede añadir a sí mismo dos o tres mujeres.
9
¡ Y ojalá la república no hubiera soportado a Galieno!¡ Ojalá no hubiera tolerado seiscientos tiranos! A salvo los soldados, a quienes las diversas batallas se llevaron, a salvo las legiones que Galieno mató siendo un mal vencedor,¡ cuánto se habría añadido a la república! Si es que ahora nuestra diligencia recoge los miembros del naufragio público para la salud de la república romana. Pues se luchó junto a los mesios, y hubo muchas batallas junto a Marcianópolis. Muchos perecieron en el naufragio, la mayoría de los reyes fueron capturados, capturadas nobles mujeres de diversas naciones, llenas las provincias romanas de siervos bárbaros y cultivadores escíticos, hecho el godo colono del límite bárbaro. Y no hubo región que no tuviera al godo siervo en una especie de servidumbre triunfal.¿ Qué bueyes bárbaros vieron nuestros mayores?¿ Qué ovejas?¿ Qué yeguas, que la fama hace nobles, celtas? Todo esto pertenece a la gloria de Claudio. Claudio dotó a la república tanto de seguridad como de exceso de opulencia. Se luchó además junto a los bizantinos, haciendo frente valientemente los mismos bizantinos que habían sobrevivido, se luchó junto a los tesalonicenses, a quienes los bárbaros habían sitiado en ausencia de Claudio, se luchó en diversas regiones, y en todas partes los godos fueron vencidos bajo los auspicios claudianos, de modo que ya entonces parecía que Claudio preparaba una república segura para Constancio César, su futuro nieto.
10
Y me viene bien a la mente, debe expresarse el oráculo que se dice fue dado a Claudio en Comana, para que todos entiendan que el linaje de Claudio fue constituido divinamente para la felicidad de la república, pues cuando, hecho emperador, consultaba cuánto tiempo iba a reinar, surgió tal oráculo: Tú, que ahora gobiernas las costas patrias y riges el mundo, árbitro de los dioses, tú vencerás a los antiguos con tus nuevos; pues reinarán tus menores y harán reyes a sus menores. Asimismo, cuando consultaba sobre sí mismo en los Apeninos, recibió una respuesta de este tipo: Mientras la tercera estación vea reinando en el Lacio. Asimismo, cuando sobre sus descendientes: A estos no les pondré límites de cosas ni de tiempos. Asimismo, cuando sobre su hermano Quintilo, a quien quería tener como consorte del imperio, se le respondió: Los hados mostrarán a este solo a las tierras. He puesto esto para que sea claro para todos que Constancio, hombre de linaje divino, santísimo César, es de la familia Augusta y que dará muchos Augustos de sí mismo, a salvo Diocleciano y Maximiano Augustos y su hermano Galerio.
11
Pero mientras estas cosas son hechas por el divino Claudio, los palmirenos, bajo los líderes Saba y Timágenes, emprenden la guerra contra los egipcios y son vencidos por estos con la tenacidad egipcia y la incesante continuación de la lucha. Sin embargo, el líder de los egipcios, Probato, fue muerto por las insidias de Timágenes. Los egipcios, en verdad, se entregaron todos al emperador romano jurando en palabras del ausente Claudio. Siendo cónsules Antoniano y Orfito, el favor divino ayudó a los auspicios claudianos, pues cuando la multitud de naciones bárbaras que habían sobrevivido se hubo refugiado en Haemimontum, allí sufrieron tanto por el hambre y la peste que Claudio ya desdeñaba incluso vencer; finalmente, terminó la durísima guerra y los terrores del nombre romano fueron repelidos. La fe obliga a decir la verdad, para que sepan también aquellos que desean que se nos considere aduladores, aquello que la historia exige que se diga y que no debemos callar: en el tiempo en que se obtuvo la plena victoria, muchos soldados de Claudio, exaltados por los éxitos,« que fatigan también las almas de los sabios», se volcaron tanto al botín que no pensaron que podían ser puestos en fuga por muy pocos, mientras, ocupados de mente y cuerpo, se dedicaban a desviar los botines. Finalmente, en la misma victoria, cerca de dos mil soldados fueron muertos por unos pocos bárbaros y por aquellos que habían huido. Pero cuando Claudio se enteró de esto, toma a todos los que habían alzado ánimos rebeldes con el ejército reunido y los envía a Roma encadenados para ser destinados al juego público. Así, aquello que la fortuna o el soldado había hecho, fue anulado por la virtud del buen príncipe. Y no solo se obtuvo la victoria sobre el enemigo, sino también la venganza. En cuya guerra, mientras se llevó a cabo, surgió la inmensa virtud de los jinetes dálmatas, porque Claudio parecía mostrar su origen de esa provincia, aunque otros decían que traía la sangre de Dárdano y de Ilo, rey de los troyanos, y del mismo Dárdano.
12
Hubo por aquellos tiempos también escitas en Creta e intentaron devastar Chipre, pero en todas partes fueron superados, sufriendo el ejército tanto como la enfermedad. Terminada ciertamente la guerra gótica, una gravísima enfermedad se extendió; entonces, cuando también Claudio, afectado por la enfermedad mortal, dejó el mundo y buscó el cielo familiar a sus virtudes, al emigrar él hacia los dioses y los astros, Quintilo, hermano del mismo, hombre santo y, para decir verdad, hermano de su hermano, asumió el imperio que le fue conferido por juicio de todos, no hereditario sino por mérito de sus virtudes, quien habría sido hecho emperador aunque no hubiera sido hermano del príncipe Claudio; bajo él, los bárbaros que habían sobrevivido intentaron devastar Anquialo, obtener también Nicópolis, pero fueron aplastados por la virtud de los provinciales. Quintilo, sin embargo, por la brevedad del tiempo, no pudo hacer nada digno del imperio, pues al decimoséptimo día, porque se había mostrado grave y serio contra los soldados y prometía ser un verdadero príncipe, fue muerto del mismo género que Galba, que Pertinax. Y Dexipo, ciertamente, no dice que Quintilo fuera asesinado, sino solo muerto, sin añadir, sin embargo, por enfermedad, de modo que parece sentir duda.
13
Puesto que hemos hablado de las cosas bélicas, sobre el linaje y la familia de Claudio al menos deben decirse pocas cosas, para que no parezca que hemos pasado por alto lo que debe saberse: Claudio, Quintilo y Crispo fueron hermanos. Hija de Crispo, Claudia; de ella y de Eutropio, hombre nobilísimo del linaje dárdano, fue engendrado Constancio César; hubo también hermanas, de las cuales una, de nombre Constantina, casada con un tribuno de los asirios, murió en los primeros años; sobre los abuelos sabemos poco; pues muchos han transmitido cosas diversas. El mismo Claudio, insigne por la gravedad de sus costumbres, insigne por una vida de singular y única castidad, parco en el vino, pronto para la comida, de estatura alta, ojos ardientes, rostro ancho y lleno, dedos tan fuertes que a menudo sacó los dientes a caballos y mulas de un golpe de puño. Había hecho esto también de joven en la milicia, cuando en el juego marcial en el Campo mostraba su lucha entre los más fuertes. Pues, irritado con aquel que no le había ceñido el cinturón sino los genitales, le sacó todos los dientes de un solo puño, cosa que mereció la indulgencia de la venganza por pudor, si es que entonces el emperador Decio, en cuya presencia se había perpetrado, proclamó públicamente tanto la virtud como la vergüenza de Claudio y, donado con brazaletes y collares, le ordenó alejarse del encuentro de los soldados, para que no hiciera algo más atroz de lo que exige la lucha. El mismo Claudio no tuvo hijos, Quintilo dejó dos, Crispo, como dijimos, una hija.
14
Ahora vengamos a los juicios de los príncipes, que fueron emitidos sobre él por diversos, y hasta tal punto que aparecía que Claudio sería emperador en cualquier momento. Carta de Valeriano a Zosimión, procurador de Siria: A Claudio, hombre de la nación ilírica, lo hemos dado como tribuno a la quinta legión Marcia, fortísima y devotísima, hombre preferible a todos los más devotos y fortísimos de los antiguos. A este le darás de nuestro tesoro privado un salario anual de tres mil modios de trigo, seis mil de cebada, dos mil libras de tocino, tres mil quinientos sextarios de vino viejo, ciento cincuenta sextarios de buen aceite, seiscientos sextarios de aceite de segunda, veinte modios de sal, ciento cincuenta libras de cera, heno, paja, vinagre, legumbres, hierbas, cuanto sea suficiente, treinta decenas de pieles de tienda, seis mulos anuales, tres caballos anuales, diez camellas anuales, nueve mulas anuales, cincuenta libras de plata en obra anuales, ciento cincuenta filipeos de nuestro rostro anuales y en aguinaldos cuarenta y siete y ciento sesenta trientes, asimismo en copa, cuenco y jarra once libras, dos túnicas militares rojas anuales, dos capas anuales, dos fíbulas de plata doradas, una fíbula de oro con aguja chipriota. Un cinturón de plata dorado, un anillo de dos gemas de una onza, un brazalete de siete onzas, un collar de una libra, un casco dorado, dos escudos con letras de oro, una coraza, que devuelva. Dos lanzas herculianas, dos aclides, dos hoces, cuatro hoces de heno, un cocinero, que devuelva. Un mulero, que devuelva, dos mujeres hermosas de entre las cautivas. Una túnica blanca de seda con púrpura girbitana, una subarmal con púrpura mora, un notario, que devuelva, un constructor, que devuelva. Dos pares de cojines chipriotas, dos túnicas interiores limpias, dos vendas varoniles, una toga, que devuelva, un laticlavo, que devuelva. Dos cazadores, que obedezcan, un carpintero, un encargado del pretorio, un acuario, un pescador, un dulcero. Mil libras de leña diaria, si hay abundancia, si no, cuanto haya y donde haya; cuatro braseros diarios de cocción. Un bañero y leña para los baños, si no, que se lave en público. Ya lo demás, que por sus minucias no puede escribirse, lo prestarás según la moderación, pero de tal modo que nada falte, y si en algún lugar faltara algo, no se preste ni se exija en dinero. Todas estas cosas, pues, las he conferido específicamente no como a un tribuno sino como a un duque, porque es un hombre tal que a él deben conferírsele incluso más cosas.
15
Asimismo, de otra carta del mismo, entre otras, a Ablavio Murena, prefecto del pretorio: Deja, pues, de quejarte de que Claudio es todavía tribuno y no recibe el ejército en lugar de duque, de donde también te jactabas de que el senado y el pueblo se quejaban. Ha sido hecho duque y duque de todo el Ilírico, tiene bajo su poder los ejércitos tracios, mesios, dálmatas, panonios, dacios; que aquel hombre supremo espere también, a nuestro juicio, el consulado y, si es de su agrado, cuando quiera, acepte la prefectura pretoriana. Ciertamente, debes saber que se le ha decretado por nosotros tanto salario como tiene la prefectura de Egipto, tantas vestiduras como hemos conferido al proconsulado africano, tanta plata como recibe el curador de minas del Ilírico, tantos ministerios como nosotros mismos nos decretamos por cada una de las ciudades, para que todos entiendan cuál es nuestra opinión sobre tal hombre.
16
Asimismo, carta de Decio sobre el mismo Claudio: Decio a Mesala, gobernador de Acaya, salud. Entre otras: A nuestro tribuno Claudio, óptimo joven, fortísimo soldado, constantísimo ciudadano, necesario para los campamentos, el senado y la república, ordenamos que vaya a las Termópilas, encomendándole el cuidado de los peloponesios, sabiendo que nadie cuidará mejor todo lo que encargamos. A este le darás de la región dárdana doscientos soldados, cien catafractos, sesenta jinetes, sesenta arqueros cretenses, mil reclutas bien armados, pues los ejércitos se creen bien confiados a él; y es que no se encuentra nadie más devoto, más fuerte, más grave que él.
17
Asimismo, carta de Galieno, cuando se anunció por los frumentarios que Claudio estaba irritado porque él vivía más blandamente: Nada he recibido más grave que lo que tu notaría ha intimado, que Claudio, nuestro padre y amigo, estando al tanto de muchas cosas falsas, está gravemente irritado. Te ruego, pues, mi Venusto, si me muestras fidelidad, que hagas que sea aplacado por Grato y Herenniano, sin que lo sepan los soldados dacios, que ya están enfurecidos, para que las cosas no estallen gravemente. Yo mismo le he enviado regalos, que tú harás que acepte gustosamente; debe cuidarse, además, de que no se entere de que yo sé esto y juzgue que estoy enfadado con él y tome la última decisión por necesidad. He enviado, pues, a él dos páteras gemadas de tres libras, dos cuencos de oro gemados de tres libras, un disco de plata con corimbos de veinte libras, una lanza de plata con pámpanos de treinta libras, una patena de plata con hiedra de veintitrés libras, un boletar de plata para pescado de veinte libras, dos jarros de plata incrustados en oro de seis libras y en vasos menores veinticinco libras de plata, diez cálices egipcios y de diversa obra, dos clámides de verdadero brillo ribeteadas, dieciséis vestidos diversos, una túnica blanca de seda, una paragauda de tres onzas, tres pares de zanchas partas de las nuestras, diez singiliones dálmatas, una clámide dárdana mantuel, una paénula ilírica, un bardocucullo, dos cucutias velludas, cuatro orarios sarabdenos, ciento cincuenta áureos valerianos, trescientos trientes saloninianos.
18
Tuvo también el senado juicios, antes de que llegara al imperio, inmensos, pues cuando se anunció que él había luchado valientemente con Marciano contra las naciones en el Ilírico, aclamó el senado:¡ Claudio, duque fortísimo, salve!¡ A tus virtudes, a tu devoción! Todos decretamos una estatua a Claudio. Todos deseamos a Claudio cónsul, quien ama a la república actúa así, quien ama a los príncipes actúa así, los antiguos soldados actuaron así,¡ feliz tú, Claudio, por juicio de los príncipes, feliz tú por tus virtudes, cónsul tú, prefecto tú!¡ Vivas, Valerio, y seas amado por el príncipe! Es largo escribir tantas cosas como mereció aquel hombre; una, sin embargo, no debo callar, que tanto el senado como el pueblo, antes del imperio, en el imperio y después del imperio, lo amó de tal modo que es suficientemente constante que ni Trajano ni los Antoninos ni ningún otro príncipe fue amado así.

Intertext edge

Open linked passage

Note