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Original: Perseus Lat2

Capto Valeriano (enimvero unde incipienda est Gallieni vita, nisi ab eo praecipue malo, quo eius vita depressa est?), nutante re publica, cum Odaenathus iam orientis cepisset imperium, Gallienus comperta patris captivitate gauderet, vagabantur ubique exercitus, murmurabant omnibus in provinciis duces, erat omnium ingens maeror, quod Valerianus imperator Romanus in Perside serviliter teneretur, sed erat etiam maior omnium maestitia quod Gallienus nanctus imperium ut pater fato sic ipse moribus rem publicam perdiderat. 1 2 Gallieno igitur et Volusiano consulibus Macrianus et Ballista in unum coeunt, exercitus reliquias convocant et, cum Romanum in oriente nutaret imperium, quem facerent imperatorem requirunt, Gallieno tam neglegenter se agente ut eius ne mentio quidem apud exercitum fieret, placuit denique ut Macrianum cum filiis suis imperatores dicerent ac rem publicam defensendam.. capesserent sic igitur imperium delatum est Macriano causae Macriano imperandi 3 cum filiis haec fuerunt: primum quod nemo eo tempore sapientior ducum habebatur, nemo ad res regendas aptior ; deinde ditissimus et qui privatis posset fortunis publica explere dispendia, huc accedebat quod liberi eius, fortissimi iuvenes, tota mente in bellum ruebant, ut essent legionibus exemplo ad omnia munera 4 militaria.

Spanish Gemini
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Tras la captura de Valeriano(¿ por dónde empezar la vida de Galieno, sino por ese mal principal que abatió su existencia?), con la república tambaleándose y Odenato habiéndose apoderado ya del imperio de Oriente, Galieno, al enterarse del cautiverio de su padre, se alegró; los ejércitos vagaban por todas partes, los jefes murmuraban en todas las provincias, reinaba un inmenso pesar en todos porque el emperador romano Valeriano estaba retenido servilmente en Persia, pero era aún mayor la tristeza de todos porque Galieno, al obtener el imperio, había arruinado la república tanto por sus costumbres como su padre por el destino. Siendo, pues, cónsules Galieno y Volusiano, Macriano y Balista se unieron, convocaron a los restos del ejército y, como el imperio romano en Oriente vacilaba, se preguntaron a quién nombrar emperador, actuando Galieno con tal negligencia que ni siquiera se le mencionaba en el ejército; finalmente, decidieron proclamar emperadores a Macriano y a sus hijos y que se encargaran de defender la república. Así, pues, el imperio fue conferido a Macriano. Las razones para que Macriano imperara con sus hijos fueron estas: primero, que en aquel tiempo no se consideraba a ningún jefe más sabio ni más apto para gobernar los asuntos; segundo, que era riquísimo y podía sufragar los gastos públicos con su fortuna privada; a esto se añadía que sus hijos, jóvenes valerosísimos, se lanzaban con toda su alma a la guerra, para servir de ejemplo a las legiones en todas las tareas militares.
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Por tanto, Macriano solicitó auxilios por todas partes, ocupando las regiones que él mismo había dispuesto para fortalecer el imperio, y luego organizó la guerra de tal modo que estuviera preparado para todo lo que pudiera pensarse contra él. El mismo Macriano destinó a Pisón, uno de los nobles y principales del senado, a Acaya con el fin de que eliminara a Valente, quien gobernaba allí la república con poder proconsular. Pero Valente, al enterarse de que Pisón venía contra él, asumió el imperio. Pisón, pues, se retiró a Tesalia, donde fue asesinado junto con muchos otros por los soldados enviados por Valente. Él mismo también fue llamado emperador con el sobrenombre de Tesálico. Y Macriano, tras retener a uno de sus hijos en Oriente y pacificados ya los asuntos, llegó primero a Asia y se dirigió a Iliria; en Iliria trabó combate con el jefe del emperador Aureolo, que había asumido el imperio contra Galieno, llamado Domiciano, llevando consigo a uno de sus hijos y dirigiendo a treinta mil soldados, pero Macriano fue vencido junto con su hijo, llamado Macriano, y todo el ejército se entregó al emperador Aureolo.
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Entretanto, perturbada la república en todo el orbe terrestre, cuando Odenato supo que Macriano había sido asesinado con su hijo, que Aureolo reinaba y que Galieno gestionaba los asuntos con laxitud, se apresuró a capturar al otro hijo de Macriano, llamado Quieto, con su ejército, si la fortuna se lo permitía. Pero aquellos que estaban con el hijo de Macriano, Quieto, poniéndose de acuerdo con Odenato, mataron al joven por instigación de Balista, prefecto de Macriano, y tras arrojar el cuerpo por encima del muro, se entregaron todos incondicionalmente a Odenato; así, pues, Odenato se convirtió en emperador de casi todo Oriente, mientras Aureolo poseía Iliria y Galieno Roma. El mismo Balista mató a muchos emesenios, a quienes habían huido los soldados de Macriano, junto con Quieto y el custodio de los tesoros, de tal modo que la ciudad quedó casi destruida. Odenato, entretanto, como si actuara en nombre de Galieno, hacía que todo le fuera comunicado con veracidad. Pero Galieno, al saber que Macriano había sido asesinado con sus hijos, como si estuviera seguro de la situación y habiendo recuperado ya a su padre, se entregó a la lujuria y al placer. Ofreció juegos circenses, escénicos, gimnásticos, además de cacerías y juegos de gladiadores, y convocó al pueblo a la festividad y al aplauso como si fueran días de victoria; y mientras muchos lloraban el cautiverio de su padre, él se alegró sobremanera bajo la apariencia de decoro, porque su padre parecía haber sido engañado por su afán de virtud. Constaba, sin embargo, que no había podido soportar la censura de su progenitor y que para él había sido un deseo que su padre no tuviera la gravedad que pesaba sobre su cuello.
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Durante el mismo tiempo, Emiliano asumió el imperio en Egipto y, tras ocupar los graneros, oprimió a muchas ciudades con el mal del hambre, pero Teodoto, jefe de Galieno, tras trabar combate, lo capturó y lo envió vivo al emperador Galieno, despojado de sus ornamentos. Después de esto, Egipto fue entregado a Teodoto; Emiliano fue estrangulado en la cárcel; también se ensañaron con los soldados tebanos, matando a muchos. Como Galieno persistía en el lujo y la maldad, y se dedicaba a las burlas y a la glotonería, y no gestionaba la república de otra manera que como los niños fingen poderes mediante juegos, los galos, a quienes les es innato no poder soportar príncipes frívolos, degenerados de la virtud romana y lujuriosos, llamaron a Póstumo al imperio, consintiendo también los ejércitos, porque buscaban a un emperador que no estuviera ocupado en sus libidinosas pasiones. Contra él, el propio Galieno condujo al ejército; y cuando comenzó a sitiar la ciudad en la que estaba Póstumo, defendiéndola los galos con ardor, Galieno fue herido por una flecha mientras rodeaba los muros. Pues Póstumo imperó durante siete años y defendió vigorosamente a las Galias de todos los bárbaros que las rodeaban; obligado por estos males, Galieno hizo la paz con Aureolo por el afán de atacar a Póstumo, y tras prolongarse la guerra durante mucho tiempo mediante diversos asedios y batallas, gestionó los asuntos unas veces con éxito y otras sin él; a estos males se había añadido, además, que los escitas habían invadido Bitinia y destruido las ciudades. Finalmente, Astaco, que después fue llamada Nicomedia, fue incendiada y gravemente devastada. Por último, como si fuera una conjura de todo el mundo, al estar sacudidas las partes del orbe, también en Sicilia surgió una especie de guerra servil con bandidos que vagaban, los cuales apenas fueron reprimidos. Y todo esto sucedía por el desprecio hacia Galieno, pues nada es más pronto para la audacia de los malvados y para la esperanza de los buenos que cuando un emperador es temido por ser malvado o despreciado por ser disoluto.
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Siendo cónsules Galieno y Fausiano, entre tantas calamidades bélicas hubo también un terremoto gravísimo y tinieblas durante muchos días; se escuchó, además, un trueno mientras la tierra rugía, no tronando Júpiter. Por este movimiento, muchas fábricas fueron devoradas con sus habitantes, muchos murieron de terror; mal que fue más triste en las ciudades de Asia. También se movió Roma, se movió Libia, hubo grietas en la tierra en muchos lugares, apareciendo agua salada en las fosas; los mares también ocuparon muchas ciudades. Se buscó, pues, la paz de los dioses tras consultar los libros de la Sibila, y se hizo el sacrificio a Júpiter Salutaris, como se había ordenado, pues también había surgido una peste tan grande tanto en Roma como en las ciudades acayas, que en un solo día morían cinco mil hombres por la misma enfermedad. Saqueando la fortuna, cuando por un lado el terremoto, por otro las grietas del suelo, y desde diversas partes la peste devastaban el orbe romano, con Valeriano capturado, las Galias en gran parte asediadas, con Odenato haciendo la guerra, con Aureolo presionando Iliria, con Emiliano habiendo ocupado Egipto, una parte de los godos, nombre que, como se dijo anteriormente, fue dado a los godos, tras ocupar Tracia, devastaron Macedonia, sitiaron Tesalónica, y en ninguna parte se mostró tranquilidad, al menos moderada. Todo lo cual sucedía por el desprecio, como hemos dicho a menudo, hacia Galieno, hombre muy lujurioso y, si estaba seguro, muy dispuesto a toda deshonra.
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Se luchó en Acaya bajo el mando de Marciano contra los mismos godos, de donde, vencidos por los aqueos, se retiraron. Los escitas, sin embargo, es decir, una parte de los godos, devastaban Asia; incluso el templo de Diana de Éfeso fue despojado e incendiado, cuya fama de la obra es bastante conocida entre los pueblos. Da vergüenza revelar, entre estos tiempos, mientras esto sucedía, lo que Galieno dijo a menudo como por broma, para mal del género humano; pues cuando se le anunció que Egipto se había rebelado, se dice que dijo:¿ Qué?¿ No podemos estar sin lino egipcio? Cuando supo que Asia había sido devastada tanto por las conmociones de los elementos como por las incursiones de los escitas, dijo:¿ Qué?¿ No podemos estar sin natrón? Se dice que, al perderse la Galia, se rió y dijo:¿ Acaso la república no está segura sin las capas atrebáticas? Así, finalmente, bromeaba sobre todas las partes del mundo, cuando las perdía, como si se viera afectado por la pérdida de viles sirvientes. Y para que no faltara ningún mal en los tiempos de Galieno, la ciudad de los bizantinos, famosa por sus guerras navales, cerrojo del Ponto, fue devastada por los soldados del mismo Galieno de tal manera que no quedó absolutamente nadie; finalmente, no se encuentra ninguna familia antigua entre los bizantinos, a menos que alguien haya escapado por estar ocupado en un viaje o en el servicio militar, que represente la antigüedad y nobleza de su linaje.
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Contra Póstumo, pues, Galieno inició la guerra con Aureolo y el jefe Claudio, quien después obtuvo el imperio, príncipe del linaje de nuestro César Constancio, y como Póstumo era ayudado por muchos auxilios celtas y francos, marchó a la guerra con Victorino, con quien había compartido el imperio. La parte de Galieno resultó victoriosa tras varias batallas con resultados variables. Había en Galieno una audacia de virtud repentina, pues a veces se sentía gravemente afectado por las injurias; finalmente, procedió a la venganza de los bizantinos, y como no pensaba que pudiera ser recibido tras los muros, al ser recibido al día siguiente, mató a todos los soldados desarmados rodeados por un círculo de armados, rompiendo el pacto que había prometido; durante los mismos tiempos, también los escitas en Asia, devastados por la virtud y el mando de los jefes romanos, se retiraron a sus tierras. Tras matar a los soldados en Bizancio, Galieno, como si hubiera hecho algo grande, voló a Roma a toda prisa y, convocados los padres, celebró los decenales con un nuevo género de juegos, una nueva especie de pompas, un
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exquisito género de placeres; ya primero entre los padres togados y el orden ecuestre, con el soldado vestido de blanco y todo el pueblo precediendo, incluso con los esclavos de casi todos y las mujeres precediendo con antorchas de cera y lámparas, se dirigió al Capitolio. Precedieron también a ambos lados cien bueyes blancos con los cuernos unidos por oro y brillantes con dorsales de seda de diversos colores; doscientas corderas blancas precedieron por ambos lados y diez elefantes, que entonces había en Roma, mil doscientos gladiadores adornados pomposamente con vestiduras doradas de matronas, doscientas fieras mansas de diverso género afectadas con el mayor adorno, carros con mimos y todo género de histriones, púgiles luchando con floretes, no con verdad. Todos los bufones también representaron escenas ciclópeas, de modo que mostraban cosas admirables y estupendas. Todos los caminos resonaban con juegos, estruendo y aplausos. Él mismo, en medio, con toga picta y túnica palmada, entre los padres, como hemos dicho, con todos los sacerdotes pretextados, se dirigió al Capitolio; quinientas lanzas doradas a ambos lados, cien estandartes además de los que eran de los colegios, dragones y enseñas de los templos y de todas las legiones iban; iban además pueblos simulados, como godos, sármatas, francos, persas, de modo que no menos de doscientos eran llevados en grupos individuales.
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Con esta pompa, el hombre inepto creyó burlarse del pueblo romano, pero, como son las agudezas de los romanos, uno favorecía a Póstumo, otro a Regaliano, otro a Aureolo o a Emiliano, otro a Saturnino, pues también se decía que él mismo ya imperaba; entre esto, una inmensa queja sobre el padre, a quien el hijo había dejado sin vengar, y a quien los extranjeros habían vengado de alguna manera. Sin embargo, Galieno no se movía ante tales cosas, con el corazón aturdido por los placeres, sino que preguntaba a los que estaban a su alrededor:¿ Qué tenemos para el almuerzo?¿ Qué placeres están preparados?¿ Y cómo será mañana la escena y cómo los juegos circenses? Así, terminado el viaje y celebradas las hecatombes, regresó a la casa real y, terminados los banquetes y festines, dedicaba otros días a los placeres públicos. No debe pasarse por alto un género de agudezas nada innoble, pues cuando un grupo de persas era llevado como cautivos por la pompa( cosa ridícula), ciertos bufones se mezclaron con los persas, escudriñando diligentemente todo y examinando el rostro de cada uno con una admiración maravillosa. Cuando se les preguntaba qué hacían con tal destreza, ellos respondieron: Buscamos al padre del príncipe. Cuando esto llegó a oídos de Galieno, no se conmovió por la vergüenza, ni por el pesar, ni por la piedad, y ordenó que los bufones fueran quemados vivos. Lo cual el pueblo tomó como un hecho más triste de lo que cualquiera pueda estimar, pero los soldados se dolieron tanto que poco después se tomaron la revancha.
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Siendo cónsules Galieno y Saturnino, Odenato, rey de los palmirenos, obtuvo el imperio de todo Oriente, principalmente porque se declaró digno de tal majestad con hechos valerosos, mientras Galieno hacía cosas nulas, lujuriosas, ineptas y ridículas; finalmente, declaró inmediatamente la guerra a los persas en venganza de Valeriano, que su hijo descuidaba. Ocupó inmediatamente Nísibis y Carras, entregándose los nisibenos y carrhenos y criticando a Galieno. No faltó, sin embargo, la reverencia de Odenato hacia Galieno. Pues envió a los sátrapas capturados casi por gratitud de insultar y de mostrarse a sí mismo, los cuales, al ser llevados a Roma, Galieno triunfó con la victoria de Odenato sin hacer mención alguna de su padre, a quien ni siquiera contó entre los dioses a menos que fuera obligado, cuando oyó que había muerto, pero aún vivo, pues había sabido falsamente sobre su muerte. Odenato, por su parte, sitió a la multitud de los partos ante Ctesifonte y, devastados todos los lugares alrededor, mató a innumerables hombres. Pero como todos los sátrapas de todas las regiones habían acudido allí por causa de la defensa común, hubo batallas largas y variadas, aunque más larga fue la victoria romana, y como Odenato no hacía otra cosa que liberar a Valeriano, insistía diariamente, pero el mejor emperador sufría por las dificultades de los lugares en suelo ajeno.
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Mientras esto sucede entre los persas, los escitas invadieron Capadocia. Allí, tras capturar ciudades y librar también una guerra variada durante mucho tiempo, se dirigieron a Bitinia. Por lo cual los soldados pensaron de nuevo en hacer un nuevo emperador. A todos ellos Galieno, a su manera, como no pudo calmarlos y atraerlos a su favor, los mató. Sin embargo, cuando los soldados buscaban un príncipe digno para sí, Galieno era arconte en Atenas, es decir, el magistrado supremo, con aquella vanidad con la que deseaba ser inscrito como ciudadano y participar en todos los ritos sagrados, lo que ni Adriano en la suma felicidad ni Antonino en la paz adulta habían hecho, aunque tanto se instruyeron en el estudio de las letras griegas que rara vez cedieron ante algunos doctísimos hombres de gran juicio. Deseaba, además, ser introducido en el número de los areopagitas, despreciando casi la república; pues Galieno fue, lo que no se puede negar, famoso en oratoria, poesía y todas las artes. Suyo es aquel epitalamio, que fue el principal entre cien poetas. Pues cuando unía a los hijos de sus hermanos, y todos los poetas griegos y latinos habían dicho epitalamios, y eso durante muchos días, él, mientras sostenía las manos de los esposos, como dicen algunos, se dice que dijo a menudo: Id, actuad, oh jóvenes, sudad igualmente con todas vuestras médulas entre vosotros, que vuestros murmullos no los venzan las palomas, ni los brazos las hiedras, ni los besos las conchas. Es largo conectar sus versos y oraciones, con los que en su tiempo brilló tanto entre los poetas como entre los retóricos, pero otra cosa se busca en un emperador, otra se exige en un orador o poeta.
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Se alaba, ciertamente, su mejor hecho, pues en el consulado de Valeriano su hermano y de Lucilo su pariente, cuando supo que los persas habían sido devastados por Odenato, que Nísibis y Carras habían sido reducidas a la potestad romana, toda nuestra Mesopotamia, finalmente que se había llegado a Ctesifonte, que el rey había huido, que los sátrapas habían sido capturados, que muchísimos persas habían sido muertos, llamó a Odenato Augusto, compartiendo el imperio, y ordenó acuñar su moneda, con la que arrastraba a los persas capturados, lo cual el senado, la ciudad y toda edad aceptaron con gratitud. Fue, además, el mismo ingeniosísimo, de cuya agudeza, ciertamente, place poner pocas cosas: pues cuando hubo enviado un toro inmenso a la arena, y el venador hubiera salido a herirlo y no hubiera podido matarlo tras haberlo producido diez veces, envió una corona al venador, y murmurando todos qué era el asunto de que un hombre tan inepto fuera coronado, él ordenó decir por el curión: Es difícil no herir al toro tantas veces. El mismo, cuando alguien había vendido gemas de vidrio como verdaderas a su esposa, y ella, revelado el asunto, quería vengarse, ordenó que el vendedor fuera llevado como ante un león, luego que un capón fuera soltado de la jaula, y maravillándose todos por un asunto tan ridículo, ordenó decir por el curión: Hizo una impostura y la ha sufrido, luego despidió al negociante. Ocupado, sin embargo, Odenato en la guerra pérsica, y Galieno incubando asuntos muy ineptos, como solía, los escitas, hechas naves, llegaron a Heraclea y de allí regresaron con el botín a su propio suelo, aunque muchos perecieron en el naufragio o fueron vencidos en la guerra naval.
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Durante el mismo tiempo, Odenato fue asesinado por las insidias de su primo junto con su hijo Herodes, a quien él mismo también había llamado emperador. Entonces Zenobia, su esposa, porque sus hijos que sobrevivían, Hereniano y Timolao, eran pequeños, asumió ella misma el imperio y lo gobernó durante mucho tiempo no de manera femenina ni según la costumbre de las mujeres, sino más valiente y hábilmente no solo que Galieno, por quien cualquier virgen podría haber imperado mejor, sino incluso que muchos emperadores. Galieno, ciertamente, cuando se le anunció que Odenato había sido asesinado, preparó la guerra contra los persas para una venganza demasiado tardía de su padre y, reunidos los soldados por el jefe Heracliano, gestionaba los asuntos del hábil príncipe, quien, sin embargo, Heracliano, cuando hubo partido contra los persas, vencido por los palmirenos, perdió a todos los soldados que había preparado, gobernando Zenobia virilmente a los palmirenos y a la mayoría de los orientales. Entre esto, los escitas, navegando por el Euxino, entraron en el Istro e hicieron muchas cosas graves en suelo romano; al saber esto, Galieno puso a Cleodamo y a Ateneo al frente de los bizantinos para restaurar y fortificar las ciudades, y se luchó alrededor del Ponto, y los bárbaros fueron vencidos por los jefes bizantinos. Asimismo, bajo el mando de Veneriano, los godos fueron vencidos en la guerra naval, aunque el mismo Veneriano murió de muerte militar, y de allí devastaron Cícico y Asia, y después toda Acaya, y fueron vencidos por los atenienses bajo el mando de Dexipo, escritor de estos tiempos. De donde, expulsados, vagaron por el Epiro, Macedonia y Beocia. Galieno, entretanto, apenas despertado por los males públicos, se encontró con los godos que vagaban por Iliria y mató a muchísimos por casualidad. Al saber esto, los escitas, hecha una formación de carros, intentaron huir por el monte Gessace. Marciano, con diversa fortuna de guerras que excitaron a todos los escitas a la rebelión, los persiguió.
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Y esta fue la devoción del jefe Heracliano hacia la república. Pero como no podían soportar tanta maldad de Galieno, Marciano y Heracliano iniciaron un plan para que uno de ellos tomara el imperio, y Claudio, en efecto, como diremos en su lugar, el mejor hombre de todos, fue elegido, quien no había estado presente en el consejo, y con tal reverencia ante todos, que parecía justamente digno del imperio, como después fue comprobado. Pues él, Claudio, de quien desciende Constancio, el César más vigilante, fue socio de ellos en la búsqueda del imperio, un tal Ceronio o Cecropio, jefe de los dálmatas, quien los ayudó muy urbana y prudentemente, pero como no podían tomar el imperio vivo Galieno, consideraron que debía ser atacado con insidias de este modo, para que eliminaran del timón del género humano la mancha más malvada, fatigada la república por los males, para que la república, entregada durante más tiempo al teatro y al circo, no pereciera por los halagos de los placeres. El género de insidias fue tal: Galieno estaba en desacuerdo con Aureolo, quien había invadido el principado, esperando diariamente la llegada grave e intolerable del emperador tumultuario; sabiendo esto, Marciano y Cecropio ordenaron repentinamente que se anunciara a Galieno que Aureolo ya venía; él, pues, pensados los soldados, marchó como si fuera seguro a la batalla y así, enviados los asesinos, fue asesinado. Y, ciertamente, se dice que Galieno fue golpeado por el arma de Cecropio, jefe de los dálmatas, como dicen algunos, cerca de Milán, donde inmediatamente también fue asesinado su hermano Valeriano, a quien muchos dicen que fue Augusto, muchos César, muchos que no fue ninguno de los dos, lo cual no es verosímil, si es que, capturado ya Valeriano, encontramos escrito en los fastos: Siendo cónsul el emperador Valeriano.¿ Quién, pues, pudo ser Valeriano sino el hermano de Galieno? Consta sobre el linaje, no consta suficientemente, sin embargo, sobre la dignidad o, como empezaron a decir otros, sobre la majestad.
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Asesinado, pues, Galieno, hubo una gran sedición de los soldados, diciendo con esperanza de botín y de devastación pública que un emperador útil, necesario, valiente, eficaz para causar envidia, les había sido arrebatado; por lo cual el consejo de los príncipes fue que se entregaran a los soldados del género con que suelen ser calmados; prometidos, pues, por Marciano veinte áureos y aceptados( pues estaba a mano la copia de tesoros), registraron al tirano Galieno en los fastos públicos por juicio militar; así, calmados los soldados, Claudio, hombre santo y por derecho venerable y querido por todos los buenos, amigo de la patria, amigo de las leyes, aceptado por el senado, bien conocido por el pueblo, recibió el imperio.
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Esta fue la vida de Galieno, intimada brevemente por mí en letras, quien nacido para el vientre y los placeres, perdió los días y las noches en vino y estupros, hizo que el orbe terrestre fuera devastado casi durante veinte años por tiranos, de modo que incluso las mujeres imperaban mejor que él, y para que no se pase por alto su lamentable destreza, en tiempo de primavera hizo dormitorios de rosas, compuso castillos de manzanas, conservó uvas durante tres años, en invierno exhibió melones, enseñó cómo tener mosto durante todo el año, ofreció higos verdes y manzanas frescas de los árboles siempre en meses ajenos, siempre cubrió con manteles dorados. Hizo vasos geminados y los mismos dorados, esparció polvo de oro sobre sus cabellos. A menudo marchó radiado, visto en Roma con clámide púrpura y fíbulas gemadas y doradas, donde siempre se veían príncipes togados; tuvo túnica púrpura y viril dorada y la misma con mangas, usó balteo gemado. Añadió correas gemadas, cuando llamaba a los campagos retículos. Banqueteó en público. Ablandó al pueblo con congiarios. Distribuyó la espuerta al senado sentado. Invitó a las matronas a su consejo y a las mismas, besándole la mano, les dio cuatro áureos de su
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nombre; cuando supo de su padre Valeriano que había sido capturado, lo que se dice que dijo el mejor de los filósofos sobre el hijo perdido, Sabía que había engendrado a un mortal, él dijo así: Sabía que mi padre era mortal. No faltó Annius Cornicula, quien lo alabara falsamente con su voz como un príncipe constante, peor, sin embargo, aquel que lo creyó. A menudo marchó ante el tibicino, se retiró al órgano, cuando ordenaba que se tocara al marchar y al retirarse, se bañó al séptimo día en verano o al sexto, en invierno al segundo o tercero, bebió siempre en copas doradas despreciando el vidrio, de modo que decía que nada era más común. Siempre varió los vinos y nunca en un banquete bebió dos copas de un mismo vino, las concubinas a menudo se acostaron en sus triclinios. Siempre tuvo la segunda mesa cerca de los bufones y mimos. Cuando iba a los jardines de su nombre, todos los oficios palatinos lo seguían, iban también los prefectos y maestros de todos los oficios y eran invitados a los banquetes y se bañaban en las nataciones junto con el príncipe, a menudo eran admitidas también mujeres, con él muchachas hermosas, con ellas ancianas deformes, y decía que bromeaba, cuando el orbe
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terrestre había perdido por todas partes. Fue, sin embargo, de excesiva crueldad con los soldados; pues mató a tres y cuatro mil soldados en días individuales. Ordenó que se hiciera una estatua suya mayor que el Coloso con el hábito del Sol, pero esa pereció imperfecta, tan grande finalmente había comenzado a hacerse, que parecía doble al Coloso. Había querido, sin embargo, que fuera puesta en la cima del monte Esquilino, de modo que sostuviera una lanza, por cuyo astil un niño pudiera ascender hasta la cima, pero tanto a Claudio como a Aureliano después les pareció una cosa estúpida, si es que incluso había ordenado que se hicieran caballos y carro según la calidad de la estatua y se pusieran en una base altísima. También él mismo había preparado llevar el pórtico Flaminio hasta el Puente Milvio, de modo que se hicieran tetrásticos, o, como dicen otros, pentásticos, de modo que el primer orden tuviera pilares y ante sí columnas con estatuas, el segundo y el tercero y después columnas de cuatro. Es largo poner en letras todas sus cosas, las cuales quien quiera saber, lea a Palfurio Sura, quien compuso las efemérides de su vida. Volvamos a Salonino.
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Este fue hijo de Galieno, nieto de Valeriano, de quien ciertamente no hay casi nada digno que se ponga en letras, sino que nació noblemente, educado regiamente, asesinado después no por su causa sino por la de su padre; sobre el nombre de este hay una gran ambigüedad. Pues muchos lo han revelado en la historia como Galieno, muchos como Salonino. Y los que Salonino, porque dicen que nació en Salona; los que, sin embargo, Galieno, dicen que fue llamado con el nombre de su padre y de su abuelo Galieno, hombre que fue alguna vez supremo en la república. Fue, finalmente, hasta aquí la estatua al pie del Monte Romuleo, esto es, ante la Vía Sacra, entre el Templo de Faustina y Vesta en el Arco Fabiano, que tenía inscrito" Galieno el joven"" Salonino" añadido, por lo cual su nombre podrá entenderse. Que Galieno pasó el decenio del imperio es bastante claro. Lo cual añadí por eso, porque muchos dijeron que había perecido en el noveno año de su imperio. Que hubo también otras rebeliones bajo el mismo, lo diremos en su lugar, si es que ha placido incluir a veinte tiranos en un solo volumen, porque ni se pueden decir muchas cosas sobre ellos, y en la vida de Galieno ya se han dicho muchas cosas. Y esto, ciertamente, sobre Galieno bastará haberlo dicho en este libro por ahora. Pues ya se han dicho muchas cosas en la vida de Valeriano, otras hablaremos ya en el libro que debe inscribirse sobre los treinta tiranos, las cuales parecía menos útil repetir y decir más a menudo; a esto se añade que algunas cosas también las omití deliberadamente, para que sus descendientes no fueran dañados por muchas
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cosas publicadas. Pues sabes tú mismo qué guerra hacen tales hombres con aquellos que habían escrito algo sobre sus mayores, ni creo que sean desconocidas las cosas que dijo Marco Tulio en el Hortensio, que escribió a ejemplo del Protréptico; pondré, sin embargo, una, que tuvo cierta alegría pero vulgar, aunque hizo una costumbre nueva, pues cuando muchos de los militares, que habían venido al banquete, ponían sus cinturones a la hora del banquete, se dice que el niño Salonino o Galieno arrebató estos balteos dorados y costillados, y, como era difícil buscar en el aula palatina lo que se había perdido, y los hombres de los soldados habían soportado los daños en silencio, después, invitados al banquete, se acostaron ceñidos, y cuando se les preguntaba por qué no se soltaban el cinturón, se dice que respondieron: Nos sometemos a Salonino, y de aquí se trajo la costumbre, para que después se acostaran ceñidos con el emperador. No puedo negar que a muchos les parece que el origen de esta costumbre es de otra parte; dicen que el almuerzo militar, que se llamó parandium por el hecho de que prepara a los soldados para la guerra, comenzó por los ceñidos; argumento de cuya cosa es que se cena incluso con el emperador desceñidos. Lo cual puse por eso, porque parecían dignas tanto de ser recordadas como de ser conocidas.
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Ahora pasemos a los veinte tiranos, que surgieron en los tiempos de Galieno por el desprecio del mal príncipe. Sobre los cuales se deben decir brevemente y pocas cosas. Ni la mayoría de ellos son dignos de que el volumen de tales hombres sea ocupado al menos por sus nombres, aunque algunos parezcan haber tenido no poca virtud en sí, y haber aprovechado mucho a la república. Tan variadas son también las opiniones sobre el nombre de Salonino, que quien piensa que dice más verdaderamente, dice que fue llamado así por su madre Salonina, a quien amó perdidamente, y amó a una bárbara llamada Pipara, hija del rey. Por lo cual Galieno siempre esconde su cabello con los suyos con rubio. Sobre los años, sin embargo, de Galieno y Valeriano pertenecientes al imperio, se transmiten cosas tan inciertas que, aunque consta que imperaron quince años, esto es, que Galieno había llegado hasta el decimoquinto, Valeriano, sin embargo, fue capturado en el sexto, otros ponen en letras que Galieno imperó nueve años, apenas diez, aunque consta que los decenales fueron celebrados en Roma por el mismo y después de los decenales los godos fueron vencidos por él, que se hizo la paz con Odenato, que se inició la concordia con Aureolo, se luchó contra Póstumo, contra Loliano, muchas cosas también fueron hechas por él, que pertenecían a la virtud, más, sin embargo, que pertenecían a la deshonra, pues se dice que siempre frecuentó las tabernas por las noches y que vivió con alcahuetes, mimos y bufones.

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