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Original: Perseus Lat2
In animo mihi est, Diocletiane Auguste, tot principum maxime, non solum eos qui principum locum in hac statione quam temperas retentarunt, ut usque ad divum Hadrianum feci, sed illos etiam qui vel Caesarum nomine appellati sunt nec principes aut Augusti fuerunt vel quolibet alio genere aut in famam aut in spem principatus venerunt, cognitioni numinis tui sternere, quorum praecipue de Helio Vero dicendum est, qui primus tantum Caesaris nomen accepit, adoptione Hadriani familiae principum adscitus, et quoniam nimis pauca dicenda sunt, nec debet prologus inormior 1 esse quam fabula, de ipso iam loquar.
Spanish Gemini
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Tengo la intención, Diocleciano Augusto, el más grande de tantos príncipes, de exponer ante tu numen no solo a aquellos que retuvieron el lugar de príncipes en esta posición que tú gobiernas, como hice hasta el divino Adriano, sino también a aquellos que fueron llamados con el nombre de césares sin haber sido príncipes o augustos, o que por cualquier otro medio llegaron a la fama o a la esperanza del principado; entre ellos, debe hablarse principalmente de Elio Vero, quien fue el primero en recibir solo el nombre de César, al ser incorporado a la familia de los príncipes por adopción de Adriano, y puesto que hay que decir muy poco, y el prólogo no debe ser más extenso que la fábula, hablaré ya de él mismo.
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Ceionio Cómodo, que también fue llamado Elio Vero, a quien Adriano adoptó cuando su edad se agravaba y estaba oprimido por enfermedades más penosas, tras haber recorrido ya el orbe de la tierra, no tiene nada memorable en su vida, salvo que fue el primero en ser llamado solo César, no por testamento, como solía hacerse antes, ni del modo en que fue adoptado Trajano, sino casi del mismo género con que en nuestros tiempos, por vuestra clemencia, Maximiano y Constancio fueron llamados césares, como si fueran verdaderos hijos de los príncipes y herederos designados de la majestad augusta. Y puesto que en la vida de este, en particular, hay que discutir algo sobre el nombre de César, ya que obtuvo solo este nombre, los hombres más doctos y eruditos piensan que César se dice o bien por el elefante, que en lengua de los moros se llama' caesai', al ser abatido en batalla, aquel que fue el primero en ser llamado así, o porque nació con la madre muerta y el vientre cortado, o porque salió del útero de su madre con grandes cabellos, o porque tenía los ojos brillantes y más allá de la costumbre humana. Ciertamente, cualquiera que fuera el caso, fue una feliz necesidad de donde floreció un nombre tan ilustre y duradero con la eternidad del mundo. Este, pues, de quien se trata, fue llamado primero Lucio Aurelio Vero, pero al ser incorporado por Adriano a la familia de los Elios, esto es, a la de Adriano, fue transcrito y llamado César; su padre fue Ceionio Cómodo, a quien otros llamaron Vero, otros Lucio Aurelio, y muchos Anio. Todos sus antepasados fueron nobilísimos, cuyo origen en su mayor parte fue de Etruria o de Faventia. Y sobre la familia de este hablaremos más plenamente en la vida de Lucio Aurelio Ceionio Cómodo Vero Antonino, hijo de este, a quien Antonino fue ordenado adoptar. Pues ese libro debe contener todo lo que pertenece al linaje de la familia, ya que trata del príncipe sobre el cual hay que decir más cosas.
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Elio Vero fue adoptado por Adriano en el tiempo en que ya, como dijimos antes, no gozaba de buena salud y pensaba en un sucesor necesario; inmediatamente fue hecho pretor y nombrado jefe y rector de los panonios, pronto creado cónsul y, debido a que estaba destinado al imperio, designado cónsul por segunda vez. También se dio al pueblo un donativo con motivo de su adopción y se entregaron a los soldados trescientos millones de sestercios, se celebraron juegos circenses y no se omitió nada que pudiera fomentar la alegría pública. Y tuvo tanto peso ante el príncipe Adriano que, además del afecto de la adopción, por el cual parecía estar unido a él, obtenía por sí solo todo lo que deseaba, incluso por carta. Tampoco faltó a la provincia que le había sido encomendada; pues, habiendo gestionado los asuntos bien, o más bien felizmente, obtuvo la fama de un jefe, si no supremo, al menos mediano. Sin embargo, su salud era tan miserable que Adriano se arrepintió inmediatamente de la adopción y pudo haberlo apartado de la familia imperial, pues a menudo pensaba en otros, si acaso hubiera vivido. Finalmente, cuentan quienes registraron la vida de Adriano con mayor diligencia que Adriano conocía la genitura de Vero y que, a quien no había aprobado mucho para gobernar la república, lo adoptó solo para satisfacer su propio placer y, como dicen algunos, por un juramento que se decía había mediado entre él y Vero bajo condiciones secretas. Pues Mario Máximo demuestra que Adriano era tan experto en matemáticas que dice que sabía todo sobre sí mismo, de tal modo que escribió de antemano los actos futuros de todos los días hasta la
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hora de su muerte. Además, consta suficientemente que a menudo dijo sobre Vero:' Los hados mostrarán este a las tierras y no permitirán que exista más allá'. Cuando canturreaba estos versos mientras paseaba por su jardín y estaba presente uno de los literatos, de cuya elegante compañía Adriano disfrutaba, y quiso añadir:' Demasiado poderosa os pareció, oh dioses, la estirpe romana, si estos hubieran sido dones propios', se dice que Adriano dijo estos versos:' La vida de Vero no los contiene', añadiendo aquello:' Dad lirios a manos llenas; esparciré flores purpúreas y colmaré el alma de mi nieto al menos con estos dones y cumpliré un deber vano', cuando incluso se dice que dijo con risa:' He adoptado para mí un dios, no un hijo'. Sin embargo, cuando uno de los literatos que estaba presente lo consolaba y decía:'¿ Qué importa?¿ Si no se ha calculado correctamente su constelación, a quien creemos que vivirá?', se dice que Adriano respondió:' Dices eso fácilmente tú, que buscas un heredero para tu patrimonio, no para la república'. De donde aparece que tenía en mente elegir a otro y apartar a este de la república en el último tiempo de su vida. Pero el resultado ayudó a sus planes, pues cuando Elio regresó de la provincia y hubo pronunciado un discurso hermosísimo, que se lee todavía hoy, ya fuera preparado por él mismo o por los maestros de las oficinas o de elocuencia, con el cual agradecía al padre Adriano en las calendas de enero, tras haber tomado una poción que creía que le ayudaba, murió en las mismas calendas de enero. Y fue ordenado por Adriano, debido a que intervenían los votos, que no se le llorara.
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Este fue de vida muy alegre, erudito en las letras, más aceptable para Adriano, como dicen los malintencionados, por su forma que por sus costumbres; no estuvo mucho tiempo en la corte, en la vida privada, aunque menos aprobable, era sin embargo menos reprensible y recordaba a su familia, pulcro, decoroso, de belleza regia, de rostro venerable, de elocuencia elevada, fácil para el verso, incluso no inútil en la república. Sus placeres son relatados como muchos por quienes escribieron su vida, y ciertamente no infames, pero sí algo disolutos. Pues se dice que él mismo descubrió el tetrafármaco, o más bien pentafármaco, que Adriano usó después siempre, esto es: ubre, faisán, pavo, jamón con costra y carne de jabalí. Sobre este tipo de comida, Mario Máximo relata de otra manera, llamándolo no pentafármaco sino tetrafármaco, como nosotros mismos hemos expuesto en su vida. Se cuenta también otro género de placer que Vero había inventado. Pues había hecho un lecho con cuatro cabezales prominentes, encerrado por todas partes con una red fina, y lo llenaba con hojas de rosa a las que se les había quitado la parte blanca, y acostado con sus concubinas se cubría con un velo hecho de lirios, ungido con perfumes persas. Ya son frecuentes por algunos los relatos de que hizo también banquetes y mesas de rosas y lirios, y ciertamente limpios, los cuales, aunque no decorosos, no están encaminados a la ruina pública. Y el mismo, según los relatos de Apicio Celio, tenía siempre en su lecho los libros de los Amores de Ovidio, el mismo llamaba a Marcial, el poeta epigramático, su Virgilio; ya son cosas más leves que frecuentemente puso alas a sus corredores a ejemplo de los cupidos y los llamaba a menudo con nombres de vientos, llamando a uno Bóreas, a otro Noto, y asimismo Aquilón o Circo, y llamándolos con otros nombres, haciéndolos correr incansable e inhumanamente. Se dice que el mismo, ante su esposa que se quejaba de sus placeres ajenos, dijo:' Permíteme ejercer mis deseos a través de otras; pues esposa es un nombre de dignidad, no de placer'. Su hijo es Antonino Vero, quien fue adoptado por Marco, o ciertamente con Marco, y ejerció el imperio con el mismo en igualdad, pues ellos son los primeros que fueron llamados dos augustos, y cuyos nombres se escriben en los fastos consulares de tal modo que se dice que no son dos Antoninos sino dos augustos. Y tanto valió la novedad y la dignidad de este hecho que algunos fastos consulares tomaron de ellos el orden de los cónsules.
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Para su adopción, Adriano dio una cantidad infinita de dinero al pueblo y a los soldados, pero cuando un hombre un poco más agudo lo vio de salud tan miserable, de modo que no podía blandir un escudo con firmeza, se dice que dijo:' Hemos perdido trescientos millones que entregamos al ejército y al pueblo; pues ciertamente nos hemos apoyado en una pared quebradiza, que apenas puede sostenerse a sí misma, no digamos ya a la república'. Y esto lo habló Adriano con su prefecto. Cuando el prefecto lo hubo revelado, y por esto Elio César se agravaba día a día más y más por la preocupación, como hombre desesperado, Adriano dio un sucesor a su prefecto, que había revelado el asunto, queriendo parecer que había moderado sus palabras tristes. Pero nada aprovechó; pues, como dijimos, Lucio Ceionio Cómodo Vero Elio César( pues fue llamado con todos estos nombres) murió y fue enterrado con funeral imperial, y no tuvo nada de la dignidad regia salvo la muerte. Por tanto, lloró su muerte como un buen padre, no como un buen príncipe, pues cuando sus amigos preocupados preguntaban quién podía ser adoptado, se dice que Adriano les dijo:' Ya lo había decidido incluso viviendo aún Vero'. De lo cual muestra o su juicio o su conocimiento de las cosas futuras. Después de este, finalmente, Adriano, dudoso durante mucho tiempo sobre qué hacer, adoptó a Antonino, llamado con el sobrenombre de Pío, a quien añadió la condición de que el propio Antonino adoptara para sí a Marco y a Vero, y que diera su hija a Vero, no a Marco. Y no vivió mucho más, agobiado por la languidez y por un género diverso de enfermedades, diciendo a menudo que un príncipe sano debe morir, no uno débil.
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Ciertamente, ordenó que se pusieran estatuas colosales de Elio Vero por todo el orbe, que se hicieran templos también en algunas ciudades; finalmente, por mérito de aquel, dio a su hijo Vero, como nieto suyo, que al morir Elio había permanecido en la familia del propio Adriano, para ser adoptado por Antonino Pío junto con Marco, como ya hemos dicho, diciendo a menudo:' Que la república tenga todo lo que sea de Vero', lo cual es ciertamente contrario a lo que ha sido comunicado por muchísimos autores sobre el arrepentimiento de la adopción, puesto que Vero, siendo posterior, no tuvo en sus costumbres nada digno, salvo la clemencia, que aportara luz a la familia imperial. Estas son las cosas que debían ser confiadas a las letras sobre Vero César, de quien no callé por esta razón, porque me propuse exponer en libros separados a todos los que, después del dictador César, esto es, el divino Julio, fueron llamados césares o augustos o príncipes, y los que llegaron a la adopción, o fueron consagrados con el nombre de césares como hijos o parientes de los emperadores, satisfaciendo mi conciencia, aunque para muchos no haya necesidad de buscar tales cosas.