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Maximus et Balbinus
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Original: Perseus Lat2

Interemptis in Africa Gordiano seniore cum filio, cum Maximinus ad urbem furens veniret, ut quod Gordiani Augusti appellati fuerant vindicaret, senatus praetrepidus in aedem Concordiae VII idus Iulias 1 concurrit, Ludis Apollinaribus, remedium contra furorem hominis improbissimi requirens, cum igitur duo consulares, et eminentes quidem viri, Maximus et Balbinus (quorum Maximus a plerisque in historia reticetur et loco eius Pupieni nomen infertur, cum et Dexippus et Arrianus Maximum et Balbinum dicant electos contra Maximinum post Gordianos), quorum alter bonitate, virtute alter ac severitate clari habebantur, ingressi essent Curiam ac praecipue timorem Maximini adventu fronte ostenderent, referente con- 2 sule de aliis rebus, qui primam sententiam erat dicturus sic exorsus est: Minora vos sollicitant, et prope aniles res ferventissimo tempore tractamus in Curia. quid enim opus de restitutione templorum, de basilicae ornatu, de thermis Titianis, de exaedificatione Amphitheatri agere, cum inmineat Maximinus, quem hostem mecum ante dixistis, Gordiani duo, in quibus praesidium fuerat, interempti sint, neque in praesenti ullum sit auxilium, quo respirare possimus? agite igitur, patres conscripti, principes dicite, quid moramini? ne, dum singulatim pertimescitis, in timore potius quam in virtute opprimamini.

Spanish Gemini
1
Tras la muerte de Gordiano el Viejo y su hijo en África, y mientras Maximino avanzaba furioso hacia la ciudad para vengar el hecho de que los Gordianos hubieran sido llamados Augustos, el Senado, presa del pánico, se reunió en el templo de la Concordia el 7 de julio, durante los Juegos Apolinares, buscando un remedio contra la furia de aquel hombre malvadísimo. Por tanto, cuando dos consulares, hombres eminentes, Máximo y Balbino( a quienes Máximo muchos historiadores omiten, sustituyendo su nombre por el de Pupieno, aunque tanto Dexipo como Arriano afirman que Máximo y Balbino fueron los elegidos contra Maximino después de los Gordianos), uno de ellos célebre por su bondad y virtud, y el otro por su severidad, hubieron entrado en la Curia y mostrado en sus rostros el temor ante la llegada de Maximino, el cónsul, al tratar otros asuntos, dio la palabra a quien debía pronunciar el primer discurso, quien comenzó así:« Asuntos menores os preocupan, y tratamos en la Curia cuestiones casi triviales en un momento tan crítico.¿ Qué necesidad hay de hablar de la restauración de templos, del ornato de la basílica, de las termas ticianas o de la edificación del anfiteatro, cuando nos amenaza Maximino, a quien conmigo ya habéis declarado enemigo, cuando los dos Gordianos, en quienes residía nuestra protección, han sido asesinados y no hay en el presente auxilio alguno con el que podamos respirar? Actuad, pues, padres conscriptos, proclamad a los príncipes,¿ qué esperáis? No sea que, mientras teméis individualmente, seáis oprimidos en el miedo más que en la virtud».
2
Tras esto, en medio del silencio general, cuando Máximo, que era de mayor edad y más célebre por sus méritos, virtud y severidad, comenzó a exponer su parecer, el cual indicaba que debían nombrarse dos príncipes, Vettio Sabino, de la familia de los Ulpios, pidió al cónsul permiso para hablar e intervenir, y comenzó así:« Sé, padres conscriptos, que en estas situaciones nuevas debe haber tal firmeza que las decisiones deben tomarse al vuelo, no buscarse, y que incluso debe prescindirse de muchas palabras y discursos cuando las circunstancias apremian. Que cada uno mire por su propio cuello, piense en su esposa, en sus hijos y en el patrimonio de sus antepasados; sobre todo ello se cierne Maximino, por naturaleza furioso, truculento, inhumano, y más truculento aún por una causa que él considera justa. Él avanza hacia la ciudad con sus tropas en formación cuadrada y campamentos establecidos en todas partes, mientras vosotros perdéis el día sentados y deliberando. No hace falta un largo discurso; hay que nombrar un emperador, o mejor dicho, hay que nombrar príncipes: uno que se ocupe de los asuntos internos y otro de los bélicos, uno que resida en la ciudad y otro que marche con el ejército al encuentro de los bandidos. Yo propongo a los príncipes, vosotros armadlos si os parece bien; si no, mostrad otros mejores. Por tanto, tenéis mi propuesta: Máximo y Balbino, de los cuales uno es tan grande en el arte militar que ha cubierto la ignominia de su origen con el esplendor de su virtud, y el otro es tan célebre por su nobleza que, por la suavidad de sus costumbres y la santidad de su vida, que desde su juventud ha mantenido siempre en el estudio y las letras, es necesario para la República. Esta propuesta es quizás más peligrosa para mí que para vosotros, pero tampoco es segura para vosotros si no nombráis a estos u otros príncipes». Tras esto, se aclamó con un solo consentimiento:« Es justo, es equitativo. Estamos todos de acuerdo con la propuesta de Sabino. Máximo y Balbino, Augustos, que los dioses os protejan. Los dioses os hicieron príncipes, que los dioses os conserven. Defended al Senado de los bandidos, os encomendamos la guerra contra los bandidos, que el enemigo público Maximino perezca con su hijo, perseguid al enemigo público, sed felices por el juicio del Senado, que la República sea feliz bajo vuestro mando, lo que el Senado os ha conferido, hacedlo con valentía; lo que el Senado os ha conferido, aceptadlo de buen grado».
3
Con estas y otras aclamaciones fueron hechos emperadores Máximo y Balbino. Salieron, pues, del Senado, subieron primero al Capitolio y realizaron el sacrificio, luego convocaron al pueblo ante los Rostra. Allí, tras haber pronunciado un discurso sobre la decisión del Senado y su propia elección, el pueblo romano, junto con los soldados que casualmente se habían reunido, aclamó:« Pedimos a todos que Gordiano sea César»( este era nieto de Gordiano por parte de hija, de catorce años de edad, según dicen la mayoría), quien fue inmediatamente tomado y, mediante un nuevo tipo de senadoconsulto, pues el senadoconsulto se hizo el mismo día, fue conducido a la Curia y llamado César.
4
La primera propuesta de los príncipes fue que los dos Gordianos fueran llamados divinos. Algunos, sin embargo, piensan que solo uno fue llamado así, el mayor, pero recuerdo haber leído en los libros que Junio Cordo escribió con profusión que ambos fueron elevados a la categoría de dioses; pues, si bien el mayor terminó su vida ahorcándose, el menor pereció en la guerra, quien ciertamente merece mayor reverencia porque la guerra se lo llevó. Tras estas propuestas, la prefectura de la ciudad fue conferida a Sabino, hombre grave y acorde a las costumbres de Máximo, y la prefectura del pretorio a Pinario Valente. Pero antes de hablar de sus actos, conviene decir algo sobre sus costumbres y linaje, no de la manera en que Junio Cordo lo ha perseguido todo, sino como lo hicieron Suetonio Tranquilo y Valerio Marcelino, aunque Curio Fortunaciano, quien escribió toda esta historia, apenas tocó pocos puntos, mientras que Cordo escribió tantas cosas que incluso incluyó muchas que eran poco honestas.
5
El padre de Máximo fue Máximo, uno del pueblo, según dicen algunos, herrero; según otros, carretero o fabricante de vehículos. Lo tuvo de su esposa llamada Prima, quien tuvo cuatro hijos varones y cuatro mujeres, todos los cuales murieron antes de la pubertad. Se cuenta que, al nacer Máximo, un águila arrojó carne de buey, y mucha, en su celda, que daba a un impluvio estrecho, y que la misma águila, al quedar allí la carne y no atreverse nadie a tocarla por temor religioso, la volvió a tomar y la llevó al santuario vecino, que era de Júpiter Prestigioso. En aquel momento no pareció tener ningún significado de presagio, pero el imperio demostró que no ocurrió sin causa. Pasó toda su infancia en la casa de su pariente Pinario, a quien elevó inmediatamente a la prefectura del pretorio cuando se convirtió en emperador. No dedicó mucho tiempo a gramáticos y retóricos, pues siempre se consagró a la virtud militar y a la severidad. Finalmente fue tribuno militar, desempeñó muchos cargos y después la pretura, con los gastos sufragados por Pescennia Marcelina, quien lo acogió y alimentó como a un hijo. Luego ejerció el proconsulado de Bitinia, después el de Grecia y, por tercera vez, el de Narbona. Enviado además como legado, derrotó a los sármatas en Iliria y, trasladado desde allí al Rin, llevó a cabo una campaña contra los germanos con bastante éxito. Después de esto, fue aprobado como prefecto de la ciudad, siendo prudentísimo, ingeniosísimo y severísimo. Por ello, el Senado le confirió el imperio a un hombre de familia nueva, lo cual no estaba permitido, reconociendo todos en aquel momento en el Senado que no había nadie más apto para recibir el nombre de príncipe.
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Y puesto que muchos desean conocer incluso los detalles menores, era ávido de comida, muy parco en vino, muy poco dado a los placeres de Venus, siempre severo tanto en casa como fuera, hasta el punto de recibir el apodo de« el triste», de rostro muy grave y curtido, de estatura alta, de constitución física muy sana, de costumbres ásperas, y sin embargo justo, y nunca, hasta el final de sus asuntos, inhumano o inclemente. Siempre perdonó cuando se le pidió y nunca se enfureció, salvo cuando convenía enfurecerse. Nunca se prestó a facciones, fue tenaz en sus juicios y no confió en otros más que en sí mismo; por ello fue muy amado por el Senado y tenido por temible por el pueblo, pues el pueblo sabía que su prefectura censoria podía fortalecerse con vehemencia en el imperio.
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Balbino era nobilísimo, cónsul por segunda vez y gobernador de infinitas provincias. Pues había regido con administraciones civiles Asia, África, Bitinia, Galacia, el Ponto, Tracia y las Galias, dirigiendo a veces el ejército, aunque en asuntos bélicos era menor que en los civiles; sin embargo, por su bondad, excesiva santidad y modestia, se había granjeado un inmenso amor. De familia antiquísima, como él mismo decía, derivaba su origen de Balbo Cornelio Teófanes, quien había merecido la ciudadanía a través de Cneo Pompeyo, siendo él mismo el más noble de su patria y también escritor de historia. De estatura igualmente alta, de aspecto físico distinguido, excesivo en los placeres, a lo cual ayudaba la abundancia de sus riquezas, pues era rico por sus antepasados y él mismo había acumulado mucho mediante herencias. Célebre por su elocuencia, destacado entre los poetas de su tiempo, ávido de vino, comida y placeres, elegante en el vestir, no le faltó nada que no lo hiciera recomendable al pueblo; fue también amable para el Senado. Esto es lo que hemos averiguado sobre la vida de ambos. Finalmente, algunos pensaron que debían ser comparados tal como Salustio compara a Catón y a César, diciendo que uno era severo y el otro clemente, aquel bueno y este constante, aquel que no daba nada y este que rebosaba con todas sus riquezas; esto sobre sus costumbres y linaje.
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Decretados, pues, todos los honores e insignias imperiales, y recibida la potestad tribunicia, el derecho proconsular, el pontificado máximo y el nombre de padre de la patria, iniciaron el imperio. Pero mientras realizaban el sacrificio en el Capitolio, el pueblo romano se opuso al mando de Máximo, pues la gente común temía su severidad, la cual creían que era muy aceptable para el Senado pero muy adversa para ellos; por ello ocurrió, como dijimos, que pidieron al joven Gordiano como príncipe, quien fue nombrado inmediatamente. Y no se les permitió ir al Palatino con escolta armada hasta que nombraron al nieto de Gordiano con el nombre de César. Hecho esto y celebrados los sacrificios, dados los juegos escénicos y circenses, e incluso un combate de gladiadores, Máximo, tras cumplir sus votos en el Capitolio, fue enviado a la guerra contra Maximino con un ejército inmenso, permaneciendo los pretorianos en Roma. De dónde proviene la costumbre de que los emperadores que parten a la guerra den un combate de gladiadores y cacerías, debe decirse brevemente. Muchos dicen que entre los antiguos esta devoción se hacía contra los enemigos para que, sacrificada sangre de ciudadanos bajo la apariencia de combates, Némesis( es decir, una fuerza de la Fortuna) se saciara. Otros transmiten por escrito, lo cual creo más verosímil, que los romanos que iban a la guerra debían ver combates, heridas y hierro, y hombres desnudos enfrentándose, para no temer a los enemigos armados en la guerra ni horrorizarse ante las heridas y la sangre.
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Y mientras Máximo partía a la guerra, los pretorianos permanecieron en Roma, y entre ellos y el pueblo hubo tal sedición que se llegó a una guerra intestina, la mayor parte de la ciudad de Roma fue incendiada, los templos profanados, todas las calles manchadas de sangre, sin que Balbino, hombre más suave, pudiera sofocar la sedición. Pues cuando salió a la plaza pública, tendió las manos a cada uno y casi sufrió el impacto de una piedra; según otros, incluso fue golpeado con un palo. Y no habría calmado el tumulto si no hubiera sacado al niño Gordiano vestido de púrpura ante el pueblo, colocado sobre el cuello de un hombre altísimo. Al verlo, el pueblo y los soldados se aplacaron hasta tal punto que, por amor a él, volvieron a la concordia, y nunca nadie en aquella época fue tan amado por el mérito de su abuelo y su tío, quienes habían terminado su vida en África contra Maximino por el pueblo romano. Tanto vale en los romanos el recuerdo de las buenas acciones.
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Partiendo, pues, Máximo a la guerra, el Senado envió por todas las regiones a hombres consulares, pretorios, cuestorios y edilicios, de modo que cada ciudad preparara grano, armas, defensas y muros, para que Maximino fuera fatigado por cada ciudad. Se ordenó entonces, sin embargo, que todo fuera recogido de los campos a las ciudades, para que el enemigo público no encontrara nada; se escribió además a todas las provincias enviando frumentarios y se ordenó que quien hubiera ayudado a Maximino fuera contado en el número de los enemigos. Entre tanto, en Roma surgieron de nuevo sediciones entre el pueblo y los soldados. Y aunque Balbino proponía mil edictos y no era escuchado, los veteranos se refugiaron en el Campamento Pretoriano con los mismos pretorianos, a quienes el pueblo comenzó a sitiar, y nunca habrían vuelto a la amistad si el pueblo no hubiera cortado las tuberías de agua. En la ciudad, antes de que se dijera que los soldados venían pacificados, se arrojaron tejas desde los tejados y se lanzaron todos los vasos que había en las casas, y por ello pereció la mayor parte de la ciudad y las riquezas de muchos, pues los bandidos se mezclaron con los soldados para saquear lo que sabían dónde encontrar.
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Mientras esto ocurría en Roma, Máximo, o Pupieno, preparaba la guerra cerca de Rávena con un despliegue inmenso, temiendo vehementemente a Maximino, de quien decía muy a menudo que no libraba una guerra contra un hombre, sino contra un Cíclope. Y Maximino fue vencido cerca de Aquilea de tal modo que fue asesinado por los suyos, y su cabeza y la de su hijo fueron llevadas a Rávena, lo cual fue transmitido por Máximo a Roma. No debe callarse en este lugar la devoción de los aquileienses por los romanos, de quienes se dice que incluso cortaron los cabellos de sus mujeres para hacer cuerdas para lanzar flechas. Hubo tanta alegría en Balbino, que temía más, que hizo una hecatombe tan pronto como llegó la cabeza de Maximino. La hecatombe es un sacrificio tal: se construyen cien altares de césped en un mismo lugar, y ante ellos se sacrifican cien cerdos y cien ovejas. Ya, si fuera un sacrificio imperial, se matan cien leones, cien águilas y otros cien animales de este tipo. Se dice que esto lo hicieron también los griegos antiguamente cuando sufrían una peste, y consta que fue celebrado por muchos emperadores.
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Terminado esto, Balbino esperaba con suma gratitud a Máximo, que regresaba de Rávena con el ejército intacto y sus tropas; pues Maximino fue vencido por los habitantes de Aquilea y los pocos soldados que allí había, y por Crispino y Menófilo, consulares que habían sido enviados por el Senado. Máximo, por su parte, había ido a Aquilea para dejar todo seguro e intacto hasta los Alpes y para reprimir cualquier resto de bárbaros que hubieran favorecido a Maximino. Finalmente, fueron enviados a él veinte legados senadores, cuyos nombres están en Cordo( entre ellos cuatro consulares, ocho pretorios, ocho cuestorios), con coronas y un senadoconsulto en el que se le decretaban estatuas ecuestres doradas. De esto se irritó Balbino, diciendo que Máximo había trabajado menos que él, pues él mismo había reprimido grandes guerras en casa, mientras aquel se había sentado ocioso en Rávena; pero tanto valió la voluntad que, porque Máximo partió contra Maximino, se le decretó incluso la victoria, la cual él no supo que se había cumplido. Por tanto, recibido el ejército de Maximino, Máximo llegó a la ciudad con gran pompa y multitud, mientras los soldados se lamentaban de haber perdido al emperador que ellos mismos habían deseado y tener a aquellos que el Senado había elegido. Y no se podía disimular el pesar, que aparecía en los rostros de cada uno; y ya ni siquiera se abstenían de palabras, aunque Máximo había dicho a menudo ante los soldados que debía haber olvido de lo pasado, les había dado grandes pagas y enviado auxiliares a los lugares que habían elegido; pero los ánimos de los soldados, una vez imbuidos de odio, no pueden ser refrenados. Finalmente, cuando escucharon las aclamaciones del Senado que afectaban a los soldados, se volvieron más feroces contra Máximo y Balbino, pensando cada día a qué emperadores debían nombrar.
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La forma del senadoconsulto por el que fueron movidos es esta: cuando Máximo entraba en la ciudad y Balbino, Gordiano, el Senado y el pueblo romano salieron a su encuentro, hubo primero aclamaciones públicas que afectaban a los soldados. Luego se fue al Senado, donde, después de lo que suele ser común en las fiestas, se dijo:« Los príncipes elegidos sabiamente actúan así, los príncipes elegidos por inexpertos perecen así»; al constar que Maximino había sido hecho por los soldados, pero Balbino y Máximo por los senadores, al oír esto los soldados comenzaron a enfurecerse más gravemente, especialmente contra el Senado, que parecía triunfar sobre los soldados. Y Balbino, con Máximo, gobernaban la ciudad con gran moderación, con el regocijo del Senado y del pueblo romano; se defería mucho al Senado; redactaban leyes óptimas, escuchaban las causas con moderación, disponían los asuntos bélicos de forma excelente. Y cuando ya estaba preparado que Máximo partiera contra los partos, Balbino contra los germanos, y el niño Gordiano permaneciera en Roma, los soldados, buscando la ocasión de matar a los príncipes, aunque al principio apenas podían encontrarla porque los germanos escoltaban a Máximo y
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a Balbino, se volvían cada día más graves. Y ciertamente había discordias entre Balbino y Máximo, pero tácitas y que se entendían más que se veían, pues Balbino despreciaba a Máximo como innoble, y Máximo pisoteaba a Balbino como débil. Por esta razón se dio la ocasión a los soldados, que entendían que los emperadores discordantes podían ser asesinados fácilmente. Finalmente, en los juegos escénicos, cuando muchos soldados y cortesanos estaban ocupados y los príncipes habían quedado solos en el Palatino con los germanos, hicieron un ataque contra ellos. Por tanto, al alborotar los soldados, cuando se anunció a Máximo que aquella multitud y tempestad apenas podía evitarse si no se enviaba a los germanos, y casualmente los germanos estaban en otra parte del Palatino con Balbino, Máximo envía a Balbino pidiendo que le enviara protección, pero este, sospechando que los pedía contra sí mismo, a quien creía que aspiraba a la monarquía, primero se negó, luego se llegó a la disputa. Sin embargo, en esta sedición, mientras ellos contendían, llegaron los soldados y, despojándolos de sus vestiduras reales, los sacaron del Palatino con injurias y quisieron arrastrarlos por medio de la ciudad hasta el Campamento, habiéndolos desgarrado en gran parte. Pero cuando se enteraron de que los germanos venían en su defensa, los mataron a ambos y los dejaron en medio del camino. Entre tanto, Gordiano César fue levantado por los soldados y llamado emperador( es decir, Augusto), porque no había otro en el presente, mientras los soldados insultaban al Senado y al pueblo, que se retiraron inmediatamente al Campamento. Los germanos, ciertamente, para no luchar sin causa habiendo muerto ya sus emperadores, se retiraron fuera de la ciudad, donde tenían a los suyos.
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Este fin tuvieron los buenos emperadores, indigno de su vida y sus costumbres; pues no hubo nada más valiente que Máximo o Pupieno, ni más benigno que Balbino, lo cual puede entenderse en el hecho mismo, pues el Senado no elegiría a malos cuando tenía el poder. A esto se añade que fueron probados con muchos honores y potestades, pues uno llegó al imperio siendo dos veces cónsul y prefecto, y el otro cónsul y prefecto, siendo ya ancianos, amables para el Senado y también para el pueblo, que ya temía ligeramente a Máximo. Esto es lo que hemos recopilado en gran parte sobre Máximo a partir de Herodiano, escritor griego. Pero muchos dijeron que Maximino no fue vencido por Máximo, sino por el emperador Pupieno, y que este fue asesinado con Balbino, de modo que omiten el nombre de Máximo. Tal es la ignorancia o usurpación de los historiadores que compiten entre sí, que muchos quieren que el mismo Máximo sea llamado Pupieno, aunque Herodiano, escritor de los tiempos de su vida, dice Máximo, no Pupieno, y aunque Dexipo, escritor de los griegos, dice que Máximo y Balbino fueron hechos emperadores contra Maximino después de los dos Gordianos y que Maximino fue vencido por Máximo, no por Pupieno. A esto se añade la ignorancia de los escritores, por la cual dicen que el pequeño Gordiano fue prefecto del pretorio, ignorando muchos que a menudo era llevado al cuello para ser mostrado a los soldados. Máximo y Balbino imperaron un año, mientras que Maximino había imperado con su hijo, según dicen algunos, durante tres años, según otros, durante dos.
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La casa de Balbino se muestra aún hoy en Roma en las Carinas, grande y poderosa, y poseída por su familia hasta ahora. Máximo, a quien muchos consideran Pupieno, fue de suma austeridad pero de amplísima virtud. Bajo ellos se luchó por los Carpos contra los Mesios. Fue también el principio de la guerra escítica, y fue también el exterminio de Istria en aquel tiempo, o, como dice Dexipo, de la ciudad de Istria. Dexipo alaba bastante a Balbino y dice que se enfrentó a los soldados con ánimo valiente y que fue asesinado, de modo que no temió la muerte, y dice que fue instruido en todas las disciplinas. A Máximo, en cambio, niega que fuera un hombre del tipo que muchos griegos dijeron; añade además que el odio de los aquileienses contra Maximino fue tal que hicieron cuerdas para arcos con los cabellos de sus mujeres y así lanzaban flechas. Dexipo y Herodiano, que han perseguido esta historia de los príncipes, dicen que Máximo y Balbino fueron príncipes elegidos por el Senado contra Maximino después de la muerte de los dos Gordianos en África, con quienes también fue elegido el tercer Gordiano, el niño. Pero en la mayoría de los escritores latinos no encuentro el nombre de Máximo y encuentro al emperador Pupieno con Balbino, hasta el punto de que se dice que el mismo Pupieno luchó contra Maximino cerca de Aquilea, mientras que los historiadores mencionados afirman que ni siquiera Máximo luchó contra Maximino, sino que se quedó en Rávena y allí escuchó que la victoria se había logrado; de modo que me parece que Pupieno es el mismo que es llamado Máximo.
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Por lo cual he añadido también la carta de felicitación, que fue escrita por un cónsul de su tiempo sobre Pupieno y Balbino. En ella se alegra de que la República haya sido devuelta por ellos tras los bandidos malvados:« A los Augustos Pupieno y Balbino, Claudio Juliano. Tan pronto como supe, por el juicio de Júpiter Óptimo Máximo y de los dioses inmortales y del Senado y por el consentimiento del género humano, que habéis asumido la República para ser salvada del crimen de un bandido nefario y para ser regida por las leyes romanas, señores santísimos e invictísimos Augustos, aunque todavía no por cartas divinas, sino por el senadoconsulto que el varón clarísimo Celso Eliano, mi colega, me había transmitido; me felicité por la ciudad de Roma, para cuya salud habéis sido elegidos, me felicité por el Senado, por cuyo juicio, que tuvo sobre vosotros, habéis devuelto la dignidad pristina, me felicité por Italia, a la que defendéis en gran medida de la devastación de los enemigos, me felicité por las provincias, que, laceradas por la avaricia insaciable de los tiranos, devolvéis a la esperanza de salud, finalmente por las legiones mismas y los auxiliares, que en todas partes de la tierra ya adoran vuestros rostros, porque, depuesto el oprobio pristino, ahora han recibido en vuestro nombre una digna apariencia del principado romano. Por lo cual, ninguna voz tan fuerte, ninguna oración tan feliz, ningún ingenio tan fecundo habrá jamás que pueda expresar dignamente la felicidad pública, la cual, cuán grande y de qué tipo sea, ya pudimos conocer en el mismo inicio de vuestro principado, que habéis devuelto las leyes romanas y la equidad abolida y la clemencia, que ya no existía, y la vida y las costumbres y la libertad y la esperanza de sucesiones y herederos. Enumerar esto es difícil, y mucho más proseguirlo con la dignidad de discurso que merece, pues,¿ cómo diré o proseguiré que la vida nos ha sido devuelta por vosotros, la cual el bandido malvado, habiendo despedido a los verdugos por todas las provincias, buscó de tal manera que se declaró enemigo del orden? Especialmente cuando mi mediocridad no solo no puede expresar la felicidad pública, sino ni siquiera el gozo particular de mi ánimo, al ver a aquellos Augustos y príncipes del género humano a quienes antes, con culto perpetuo, deseaba que mis costumbres y modestia fueran aprobadas como por mis antiguos censores, y aunque confío en que esto sea así en los testimonios de los príncipes anteriores, sin embargo, me gloriaría en vuestros juicios como más graves. Que los dioses concedan y concederán esta felicidad al orbe romano, pues cuando miro hacia vosotros, no puedo desear otra cosa que lo que se dice que el vencedor de Cartago pidió a los dioses, a saber, que conservaran la República en el estado en que estaba entonces, porque no se encontraría ninguno mejor. Así yo pido que conserven para vosotros la República en el estado en que vosotros la habéis colocado, que aún vacilaba».
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Esta carta prueba que Pupieno es el mismo que por la mayoría es llamado Máximo; pues durante estos tiempos no se encuentra fácilmente Pupieno entre los griegos, ni Máximo fácilmente entre los latinos, y los hechos que se realizaron contra Maximino se dicen realizados unas veces por Pupieno y otras por Máximo.

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