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Las vidas de aquellos príncipes, tiranos o césares que no reinaron por mucho tiempo permanecen en la oscuridad, debido a que no hay nada digno que decir sobre su vida privada, pues ni siquiera se conocerían si no hubieran aspirado al imperio, y sobre el imperio, que no retuvieron por mucho tiempo, no se puede decir mucho. Sin embargo, sacaremos a la luz lo que hemos extraído de diversos historiadores, y ciertamente aquello que sea digno de memoria; pues no hay nadie que en su vida no haya hecho algo cada día, pero el deber de quien comienza a escribir las vidas de otros es consignar lo que es digno de conocimiento. Y, en efecto, para Junio Cordo fue un empeño publicar las vidas de aquellos emperadores que veía más oscuros, lo cual no le sirvió de mucho; pues encontró pocas cosas y dignas de olvido, afirmando que seguiría hasta los detalles más mínimos, como si hubiera que saber, incluso sobre Trajano, Pío o Marco, cuántas veces salió, cuándo cambió de comida, cuándo cambió de ropa y a quiénes promovió y cuándo. Al seguir todo esto, llenó sus libros con historias novelescas escribiendo tales cosas, cuando, en absoluto, o no se debe escribir nada sobre asuntos viles, o muy poco, si es que a partir de ellos se pueden observar las costumbres, que en verdad deben conocerse, pero en parte, para que de ella se deduzcan las demás.
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Muerto, pues, Antonino Basiano, Macrino, su prefecto del pretorio, quien anteriormente se había ocupado de los asuntos privados, se apoderó del imperio, nacido de lugar humilde y de ánimo y boca desvergonzada, y se hizo llamar a veces Severo y a veces Antonino, cuando era odiado por todos, tanto por los hombres como por los soldados. E inmediatamente, habiendo partido a la guerra pártica, privó a los soldados de la capacidad de juzgarlo y de los rumores por los que estaba oprimido; aunque el senado lo aceptó gustosamente como emperador por el odio a Antonino Basiano, cuando en el senado todos tenían una sola voz:« A cualquiera antes que al parricida, a cualquiera antes que al incestuoso, a cualquiera antes que al impuro, a cualquiera antes que al asesino del senado y del pueblo». Y quizás a todos les parezca extraño por qué Macrino quiso que su hijo Diadumeno fuera llamado Antonino,
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puesto que se dice que fue el autor de la muerte de Antonino, expondré lo que se ha registrado en los anales sobre él mismo: la vidente Caelestis en Cartago, que suele profetizar la verdad cuando está llena de la diosa, bajo Antonino Pío, cuando el procónsul preguntaba, como solía, sobre el estado público y sobre su propio imperio, al llegar a los príncipes, ordenó con voz clara contar cuántas veces decía Antonino, y entonces, estando todos atónitos, pronunció el nombre de Antonino por octava vez. Pero creyendo todos que Antonino Pío reinaría ocho años, y él superó este número de años, y quedó establecido entre los creyentes, ya sea entonces o después, que la vidente había designado otra cosa. Finalmente, contados todos los que fueron llamados Antoninos, se encuentra ese número de Antoninos; en verdad, Pío fue el primero, Marco el segundo, Vero el tercero, Cómodo el cuarto, Caracalla el quinto, Geta el sexto, Diadumeno el séptimo, Heliogábalo el octavo Antonino, y no deben contarse entre los Antoninos los dos Gordianos, quienes o solo tuvieron el nombre de pila de los Antoninos o incluso fueron llamados Antonios, no Antoninos. De ahí es que también Severo se llamó a sí mismo Antonino, como dicen la mayoría, y Pertinax y Juliano y el mismo Macrino; y por los mismos Antoninos, que fueron verdaderos sucesores de Antonino, este nombre fue retenido más que el propio. Esto dicen otros. Pero otros dicen que Diadumeno fue llamado Antonino por su padre Macrino para que la sospecha de que Macrino había matado a Antonino fuera eliminada de los soldados, mientras que otros dicen que el deseo por este nombre era tal que, si el pueblo y los soldados no oían el nombre de Antonino, no lo consideraban imperial.
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Y sobre Macrino, en el senado, cuando se anunció que Vario Heliogábalo reinaba, habiendo ya el senado nombrado césar a Alejandro, se dijeron tantas cosas que parece que fue innoble, sórdido y sucio. En fin, las palabras de Aurelio Víctor, quien tenía el sobrenombre de Pinio, fueron estas: Macrino, liberto, hombre prostibulario, ocupado en oficios serviles en la casa imperial, de fe venal, de vida sórdida bajo Cómodo, alejado por Severo incluso de los oficios más miserables y relegado a África, donde, para cubrir la infamia de su condena, se dedicó a la lectura, llevó pequeños pleitos, declamó y, finalmente, administró justicia; habiendo sido honrado con anillos de oro, bajo el patrocinio de su co- liberto Festo, se convirtió en abogado del fisco bajo Vero Antonino. Pero también estas cosas se plantean como dudosas, y otras son dichas por otros, las cuales tampoco callaremos. Pues muchos dijeron que había exhibido un combate de gladiadores y que, habiendo recibido la espada de madera, se fue a África; que fue primero cazador, después también escribano, y seguidamente abogado del fisco. Desde este cargo llegó a los más altos puestos, luego, siendo prefecto del pretorio tras el destierro de su colega, mató a su emperador Antonino Caracalla con tal facción que no parecía haber sido asesinado por él, pues, habiendo sobornado a su escudero y habiendo propuesto una gran esperanza, hizo que se dijera que había sido asesinado como por una emboscada militar, porque desagradaba ya sea por parricidio o por incesto.
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Inmediatamente, pues, se apoderó del imperio, habiendo asociado a su hijo Diadumeno en la participación, a quien, como dijimos, ordenó inmediatamente que fuera llamado Antonino por los soldados, luego envió el cuerpo de Antonino a Roma para ser depositado en los sepulcros de sus antepasados. Ordenó a su antiguo colega, el prefecto del pretorio, que se ocupara de su deber y especialmente que enterrara a Antonino honorablemente con un funeral real, pues sabía que Antonino era muy amado por la plebe debido a las dádivas de ropa dadas al pueblo; a esto se añadía también que temía un movimiento militar, no fuera que, interviniendo este, se obstaculizara su imperio, que había ido a arrebatar, pero que había aceptado como si fuera contra su voluntad; como son los hombres, que dicen ser obligados a aquello que consiguen incluso mediante crímenes. Temió, además, también a su colega, no fuera que él mismo deseara reinar, esperando todos que, si se concedía el acceso a un número, ni él se negaría, y todos lo harían con mucho entusiasmo por el odio a Macrino, ya sea por su vida depravada o por su innobleza, cuando todos los emperadores anteriores habían sido nobles; se inmiscuyó, además, en el nombre de Severo, aunque no le unía ningún parentesco con él. De donde surgió la broma:« Macrino es Severo de la misma manera que Diadumeno es Antonino». Sin embargo, inmediatamente, para eliminar el movimiento de los soldados, dio un estipendio a los legionarios y a los pretorianos más generoso de lo habitual, como quien deseaba atenuar el crimen del emperador asesinado, y el dinero sirvió, como suele suceder, para lo que la inocencia no podía servir, pues el hombre de todos los vicios fue retenido durante algún tiempo en el imperio. Luego envió cartas al senado sobre la muerte de Antonino, llamándolo divino y excusándose y jurando que no sabía nada de su asesinato. Así, a su crimen, al modo de los hombres perdidos, unió el perjurio, por el cual convenía que el hombre malvado comenzara.
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Como escribía al senado, interesa saber qué clase de discurso fue con el que se excusó, para que se conozca tanto la impudicia del hombre como el sacrilegio, por el cual comenzó el malvado emperador; capítulos del discurso de los emperadores Macrino y Diadumeno:« Quisiéramos, padres conscriptos, ver vuestra clemencia tanto con nuestro Antonino a salvo como regresando con el triunfo, pues solo entonces, floreciendo la república, seríamos todos felices y viviríamos bajo aquel príncipe que los dioses nos habían dado en lugar de los Antoninos; pero como eso no pudo suceder debido al tumulto militar, anunciamos primero lo que el ejército ha hecho de nosotros, luego decretamos honores divinos, lo cual es lo primero que debe hacerse, a aquel hombre en cuyas palabras juramos, cuando el ejército no consideró a nadie más digno vengador del asesinato de Basiano que su prefecto, a quien él mismo, sin duda, habría encargado vengar la facción si hubiera podido atraparlo vivo». Y más abajo:« Me han conferido el imperio, cuya tutela he recibido, padres conscriptos, mientras tanto; mantendré el gobierno si también a vosotros os place lo que les plació a los soldados, a quienes ya he ordenado dar tanto el estipendio como todo lo demás al modo imperial». Asimismo, más abajo:« El ejército ha donado a mi hijo Diadumeno, conocido por vosotros, tanto el imperio como el nombre, llamándolo Antonino, para que sea honrado primero con el nombre y así también con el honor del reino, lo cual pedimos que vosotros, padres conscriptos, aprobéis con buen y fausto augurio, para que no os falte el nombre de los Antoninos, que tanto amáis». Asimismo, más abajo:« El soldado ha decretado honores divinos para Antonino, y nosotros los decretamos, y vosotros, padres conscriptos, para que los decretéis, aunque podemos ordenar por derecho imperial, sin embargo, os lo pedimos, dedicándole dos estatuas ecuestres, dos pedestres con atuendo militar, dos sentadas con atuendo civil, asimismo dos triunfales al Divino Severo, todo lo cual, padres conscriptos, ordenaréis que se cumpla para nosotros, que lo solicitamos religiosamente en lugar de los anteriores».
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Leídas, pues, las cartas en el senado, contra la opinión de todos, el senado recibió gratamente la muerte de Antonino y, esperando que Opilio Macrino cuidara la libertad pública, primero lo eligió entre los patricios, hombre nuevo y que poco antes había sido procurador de los asuntos privados; al mismo, siendo escriba pontificio, a quienes hoy llaman pontífices menores, lo llamó pontífice máximo por decreto con el nombre de Pío; sin embargo, tras leer las cartas, como nadie creía en absoluto la muerte de Antonino, hubo silencio. Pero después de que se confirmó que había sido asesinado, el senado arremetió contra él como contra un tirano. En fin, inmediatamente le confirieron a Macrino tanto el poder proconsular como la potestad tribunicia. A su hijo, ciertamente, habiendo él mismo recibido el nombre de Félix para eliminar la sospecha de haber matado a Antonino, lo llamó Antonino, anteriormente llamado Diadumeno, nombre que también recibió después Vario Heliogábalo, quien decía ser hijo de Basiano, hombre muy sórdido y concebido de una prostituta; en fin, existen versos de cierto poeta en los que se mostrará que el nombre de Antonino comenzó con Pío y poco a poco llegó a través de los Antoninos hasta las últimas suciedades, si es que solo Marco parece haber aumentado ese nombre sagrado con su género de vida, Vero haber degenerado, Cómodo haber incluso mancillado la reverencia del nombre sagrado; ahora,¿ qué se puede decir de Caracalla Antonino, o de este? Finalmente,¿ qué de Heliogábalo, quien es recordado como el último de los Antoninos por haber vivido en la mayor impureza?
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Llamado, pues, emperador, tras asumir el imperio, partió contra los partos con gran aparato, esforzándose por borrar la suciedad de su linaje y la infamia de su vida anterior con la magnitud de la victoria, pero, habiendo tenido un conflicto contra los partos, fue asesinado por la deserción de las legiones, que habían huido hacia Vario Heliogábalo. Pero reinó más de un año. Ciertamente, como era inferior en esa guerra que Antonino había llevado, vengando Artabano gravemente la muerte de los suyos, al principio Macrino resistió; pero después, habiendo enviado legados, pidió la paz, que el parto concedió con gusto tras el asesinato de Antonino. De allí, cuando se hubo retirado a Antioquía y se dedicaba al lujo, dio una causa justa al ejército para matarlo y para seguir al hijo de Basiano, como se creía, es decir, a Heliogábalo Basiano Vario, quien después fue llamado tanto Basiano como Antonino.
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Hubo una mujer, Maesa o Varia, de la ciudad de Emesa, hermana de Julia, esposa de Severo Pertinax el Africano, que tras la muerte de Antonino Basiano había sido expulsada de la casa áulica por la soberbia de Macrino; a esta, ciertamente, Macrino le concedió todo lo que ella había reunido durante mucho tiempo. Esta tenía dos hijas, Simiamira y Mamea, de cuya mayor era hijo Heliogábalo, quien recibió el nombre tanto de Basiano como de Antonino; pues los fenicios llaman Heliogábalo al sol, pero Heliogábalo era conspicuo por su belleza, estatura y sacerdocio, y conocido por todos los hombres que venían al templo, especialmente por los soldados; a estos, Maesa o Varia les dijo que Basiano era hijo de Antonino, lo cual poco a poco llegó a conocimiento de todos los soldados; además, la misma Maesa era riquísima, de donde también Heliogábalo era muy lujurioso. Prometiendo ella a los soldados, las legiones fueron apartadas de Macrino. Pues, habiendo sido recibida ella de noche en la ciudad con los suyos, su nieto fue llamado Antonino, habiéndosele conferido las insignias del imperio.
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Cuando esto fue anunciado a Macrino, que estaba en Antioquía, admirando la audacia femenina, y al mismo tiempo despreciándola, envió al prefecto Juliano a sitiarlos con las legiones, a quienes, al mostrarles a Antonino, inclinándose todos hacia él con un amor maravilloso, tras el asesinato del prefecto Juliano, todos se pasaron a él; luego, unida una parte del ejército, Antonino vino contra Macrino, que se apresuraba contra él, y, trabada la batalla, Macrino fue vencido por la traición de sus soldados y el amor a Antonino. Huyendo, ciertamente, Macrino con pocos y con su hijo, fue asesinado en un pueblo de Bitinia con Diadumeno, y su cabeza fue cortada y llevada a Antonino. Debe saberse, además, que se dice que Diadumeno fue césar, no augusto, el niño a quien muchos han transmitido que tuvo el mismo imperio que su padre; también fue asesinado el hijo, a quien el imperio solo le trajo esto: ser asesinado por un soldado, pues no habrá nada digno en su vida que decir, excepto esto: que fue añadido al nombre de los Antoninos como un bastardo.
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Fue, sin embargo, en su vida imperial un poco más rígido y austero, esperando poder dar al olvido todo lo anterior, cuando su misma severidad abría la ocasión de reprenderlo y despedazarlo; pues también había querido ser llamado Severo y Pertinax, que le parecían nombres de aspereza, y cuando el senado lo había llamado Pío y Félix, recibió el nombre de Félix, no quiso tener el de Pío, de donde parece existir un epigrama no poco elegante de cierto poeta griego contra él, que en latín se contiene en este sentido:« El histrión ya mayor, sucio, grave, áspero, inicuo, impío y feliz, desea ser así al mismo tiempo, de modo que no quiere ser piadoso, pero desea ser dichoso, lo que la naturaleza niega, ni la razón lo admite, pues podía ser y parecer piadoso y feliz, impío es infeliz, lo será para sí mismo». Estos versos, no sé quién de los latinos, junto a los que eran griegos, los puso en el foro, y habiéndolos recibido, se dice que Macrino respondió con estos versos:« Si los hados hubieran traído un poeta griego tal, cual fue este gabalo latino, el pueblo no sabría nada, la curia no sabría nada, ningún mercader habría escrito versos tan inmundos para mí». Con estos versos, mucho peores que los latinos, Macrino creyó haber respondido, pero no fue menos objeto de risa que aquel poeta que intentó escribir en latín sobre el griego.
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Fue, pues, soberbio y sanguinario y deseoso de reinar militarmente, criticando incluso la disciplina de los tiempos anteriores y alabando solo a Severo por encima de los demás; pues llevó a los soldados a la cruz y siempre los sometió a suplicios serviles y, cuando sufría sediciones militares, diezmaba a los soldados con frecuencia, a veces incluso los centesimaba, palabra que es propia de él, cuando se decía clemente al centesimar a aquellos que eran dignos de diezmación y vicentésima. Es largo exponer todas sus crueldades, sin embargo, mostraré una, no grande, como él creía, pero más triste que todas las inhumanidades tiránicas: cuando ciertos soldados habían asediado a la esclava de un huésped, ya desde hace mucho tiempo de mala fama, y él lo había sabido por un cierto frumentario, ordenó que fueran traídos y preguntó si había sucedido; cuando se confirmó, ordenó que dos bueyes de maravillosa magnitud fueran abiertos vivos repentinamente y que los soldados fueran insertados en ellos, cada uno con la cabeza fuera, para que pudieran hablar entre sí; así los castigó con esta pena, cuando ni siquiera contra los adúlteros se habían establecido tales suplicios entre los antepasados o en su tiempo; luchó, sin embargo, tanto contra los partos como contra los armenios y contra los árabes, a quienes llaman Eudaimones, no menos valientemente que felizmente. Al tribuno que permitió que se abandonaran las guardias, lo ató debajo de un carro de ruedas y lo arrastró vivo por todo el camino hasta que exhaló el último aliento; devolvió también el suplicio de Mezencio, con el que él ataba a los vivos con los muertos y los obligaba a morir consumidos por una larga consunción. De donde también en el Circo, cuando el favor público se había volcado hacia Diadumeno, se aclamó:« Joven egregio en forma, a quien su padre no sería Mezencio». También encerró y construyó a hombres vivos en las paredes, siempre quemó vivos a los reos de adulterio con los cuerpos unidos, a los esclavos que habían huido de sus amos y fueron encontrados, los destinó a la espada del circo. A los delatores, si no probaban, los castigó con la cabeza, si probaban, tras haberles dado el premio del dinero, los despidió infames.
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Fue en el derecho no poco hábil, tanto que había decidido eliminar todos los rescriptos de los antiguos príncipes, para que se actuara por derecho, no por rescriptos, diciendo que era impío que las leyes parecieran ser las voluntades de Cómodo y Caracalla y de hombres ignorantes, cuando Trajano nunca respondió a las peticiones, para que no se prefirieran hechos que parecieran compuestos por favor a otras causas. En la distribución de raciones fue muy generoso, en el oro muy parco, pero en azotar a los áulicos tan impío, tan pertinaz, tan áspero, que sus propios esclavos no lo llamaban Macrino, sino Macelino, porque su casa se ensangrentaba con la sangre de los esclavos domésticos como si fuera una carnicería. Muy ávido de vino y comida, a veces hasta la embriaguez, pero en las horas vespertinas. Pues si había almorzado, o privadamente, era muy parco, en la cena muy derrochador. Invitó a literatos al banquete, para que, hablando de estudios liberales, fuera necesariamente abstemio.
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Pero cuando los hombres pensaban en su antigua vileza, veían la crueldad de sus costumbres, no podían soportar a un hombre tan despreciable en el imperio; y especialmente los soldados, que recordaban muchas cosas suyas funestísimas y a veces muy vergonzosas, iniciada una facción, lo mataron con su muchacho Diadumeno, es decir, Antonino por sobrenombre, de quien se dijo que había sido Antonino en sueños, de donde también existen versos de este tipo:« Vimos en sueños, ciudadanos, si no me equivoco, y esto: aquel niño llevaba el nombre de los Antoninos, quien nacido de padre venal pero de madre casta, pues cien adúlteros sufrió y cien pidió, él mismo también fue un adúltero calvo, de ahí marido; he aquí a Pío, he aquí a Marco, pues aquel no fue Vero». Y estos versos fueron traducidos del griego al latín, pues en griego son muy elocuentes, pero me parecen haber sido traducidos por algún poeta vulgar. Cuando Macrino oyó esto, hizo yambos que no existen. Se dice, sin embargo, que fueron muy agradables. Los cuales, ciertamente, perecieron en aquel tumulto en el que él mismo fue asesinado, cuando también todas sus cosas fueron saqueadas por los soldados.
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El género de muerte, como dijimos, fue tal: cuando el ejército se hubo inclinado hacia Antonino Heliogábalo, él huyó y fue vencido en la guerra y asesinado en un suburbio de Bitinia, habiendo sido los suyos en parte entregados, en parte asesinados, en parte ahuyentados; así Heliogábalo fue creído ilustre, porque parecía haber vengado la muerte de su padre; y de allí vino al imperio, que deshonró con vicios enormes, lujo, torpeza, glotonería, soberbia, inhumanidad. Quien también él mismo tuvo un final de vida similar. Esto es lo que hemos conocido sobre Macrino, variando algunos en muchas cosas, como es la historia del hombre, que, recogida de muchos, hemos traído a tu Serenidad, Diocleciano Augusto, porque hemos visto que eres deseoso de los antiguos emperadores.