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El padre de Publio Helvio Pertinax fue el liberto Helvio Successus, quien confiesa haberle dado a su hijo ese nombre debido a la continuidad de su negocio de madera, ya que se dedicaba a ello con pertinacia. Pertinax nació en los Apeninos, en la villa de su madre; en la hora de su nacimiento, un potro subió a las tejas, permaneció allí un breve tiempo, cayó y murió. Movido por este hecho, su padre acudió a un caldeo, quien, tras predecirle un futuro grandioso, le dijo que había perdido a su estirpe. El niño, instruido en las letras elementales y en el cálculo, fue puesto bajo la tutela de un gramático griego y, posteriormente, de Sulpicio Apolinar, tras lo cual el propio Pertinax ejerció como profesor de gramática. Pero como en esta profesión obtenía escasas ganancias, solicitó, a través de Loliano Avito, varón consular y patrón de su padre, la dignidad del orden ecuestre; después, habiendo partido hacia Siria como prefecto de cohorte bajo el emperador Tito Aurelio, fue obligado por el gobernador de Siria a realizar el viaje a pie desde Antioquía hasta su legación, debido a que había utilizado el servicio de correos sin los salvoconductos correspondientes.
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Durante la guerra pártica, gracias a su diligencia, fue trasladado a Britania y retenido allí; más tarde, mandó un ala en Mesia. Después, se encargó de la distribución de alimentos en la Vía Emilia. A continuación, dirigió la flota germánica; su madre lo siguió hasta Germania y allí murió, y se dice que su sepulcro aún permanece en pie. Luego fue trasladado a Dacia con un estipendio de doscientos mil sestercios, pero, sospechoso para Marco debido a las intrigas de algunos, fue apartado; más tarde, a través de Claudio Pompeiano, yerno de Marco, fue admitido como su ayudante para dirigir los vexilla. En este cargo, tras ser aprobado, fue elegido para el senado. Posteriormente, tras haber realizado bien su labor una vez más, se descubrió la facción que se había urdido contra él, y el emperador Marco, para compensar la injusticia, lo hizo pretor y le puso al mando de la primera legión. Inmediatamente liberó a Recia y Nórico de los enemigos, por lo cual, debido a su destacada diligencia y al aprecio del emperador Marco, fue designado cónsul. Existe una oración en Mario Máximo que contiene sus alabanzas y todo lo que hizo o padeció. Y además de esa oración, que sería largo incluir, Pertinax fue elogiado frecuentísimamente por Marco tanto en la asamblea militar como en el senado, y Marco lamentó abiertamente que, siendo senador, no pudiera ser nombrado prefecto del pretorio por él. Tras sofocar el movimiento de Casio, partió de Siria hacia la defensa del Danubio y, desde allí, recibió el gobierno de ambas Mesias y, poco después, el de Dacia; tras gestionar bien estas provincias, se hizo merecedor de Siria.
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Pertinax se mantuvo íntegro hasta el gobierno de Siria, pero tras la muerte de Marco se volvió codicioso; por ello, fue blanco de dichos populares. Entró en la curia romana ya rico, después de haber gobernado cuatro provincias consulares, pues había ejercido el consulado estando ausente, sin haber visto antes la curia. Además, fue ordenado inmediatamente por Perennis retirarse a Liguria, a la villa paterna; pues su padre había regentado allí una tienda de fieltro. Pero después de llegar a Liguria, tras comprar muchas tierras, rodeó la tienda paterna con infinitas construcciones, manteniendo su forma original, y permaneció allí durante tres años comerciando a través de sus esclavos. Muerto Perennis, Cómodo satisfizo a Pertinax y le pidió por carta que partiera hacia Britania. Una vez allí, disuadió a los soldados de toda sedición, a pesar de que ellos querían tener a cualquier emperador y, especialmente, a Pertinax. Entonces, Pertinax sufrió la mancha de la malevolencia, pues se dijo que había denunciado ante Cómodo a Antistio Burro y a Arrio Antonino por aspirar al imperio. Y, ciertamente, él mismo sofocó las sediciones contra su persona en Britania, aunque corrió un gran peligro al ser casi asesinado en una sedición de la legión, o al menos dado por muerto entre los asesinados; hecho que el mismo Pertinax castigó con gran severidad. Finalmente, solicitó después el permiso para dejar su legación, diciendo que las legiones le eran hostiles por haber defendido la disciplina.
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Tras recibir a su sucesor, se le encomendó el cuidado de los alimentos. Después fue nombrado procónsul de África. En este proconsulado, se dice que sufrió muchas sediciones debido a las profecías de los cantos que surgen del templo de la Celestial. Tras esto, fue nombrado prefecto de la ciudad, cargo en el que, después de Fusciano, un hombre severo, Pertinax fue sumamente amable y humano, y agradó mucho al propio Cómodo, porque era la segunda vez que Pertinax ocupaba el cargo. Entonces, Pertinax no rehuyó la complicidad en el asesinato de Cómodo que le fue ofrecida por otros. Una vez muerto Cómodo, Laeto, prefecto del pretorio, y Eclecto, el chambelán, acudieron a él, le confirmaron y lo llevaron al campamento. Allí, Pertinax se dirigió a los soldados, prometió un donativo y dijo que el imperio le era impuesto por Laeto y Eclecto. Se fingió, sin embargo, que Cómodo había muerto por enfermedad, porque los soldados temían ser puestos a prueba. Finalmente, Pertinax fue aclamado emperador por unos pocos al principio; se convirtió en emperador, siendo ya mayor de sesenta años, el día anterior a las calendas de enero. Como al llegar de noche desde el campamento al senado hubiera ordenado abrir la puerta de la curia y no se encontrara al sacristán, se sentó en el Templo de la Concordia. Cuando Claudio Pompeiano, yerno de Marco, acudió a él y lloró la suerte de Cómodo, Pertinax le instó a que asumiera el imperio, pero él se negó, pues ya veía a Pertinax como emperador. Inmediatamente, pues, todos los magistrados acudieron con el cónsul a la curia y, al entrar Pertinax por la noche,
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lo aclamaron emperador. El propio Pertinax, tras las alabanzas pronunciadas por los cónsules y tras la vituperación de Cómodo mostrada por las aclamaciones del senado, dio las gracias al senado y, especialmente, a Laeto, prefecto del pretorio, bajo cuya instigación tanto Cómodo fue asesinado como él mismo fue hecho emperador. Pero cuando Pertinax hubo dado las gracias a Laeto, el cónsul Falco dijo:« Por esto entendemos qué clase de emperador vas a ser, al ver que Laeto y Marcia, ministros de los crímenes de Cómodo, están detrás de ti». A lo que Pertinax respondió:« Eres un cónsul joven y no conoces las necesidades de la obediencia; obedecieron a Cómodo contra su voluntad, pero cuando tuvieron la oportunidad, mostraron lo que siempre habían deseado». El mismo día en que fue aclamado Augusto, también Flavia Ticiana, su esposa, fue llamada Augusta, en las horas en que él cumplía sus votos en el Capitolio. Ciertamente, fue el primero de todos en recibir, el mismo día en que fue aclamado Augusto, el nombre de padre de la patria, así como también el imperio proconsular y el derecho de la cuarta relación. Lo cual fue tomado como un presagio por Pertinax. Por tanto, Pertinax se dirigió al Palatino, que entonces estaba vacío porque Cómodo había sido asesinado en la casa de los Vectilianos, y al pedirle el tribuno la contraseña el primer día, le dio« militemos», reprochando sin duda la desidia de los tiempos anteriores, lo cual, ciertamente, ya antes en todos los mandos
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había dado; pero los soldados no soportaron ese reproche e inmediatamente pensaron en cambiar de emperador. Ese día también invitó a un banquete a los magistrados y a los notables del senado, costumbre que Cómodo había omitido. Ciertamente, al día siguiente de las calendas, cuando las estatuas de Cómodo eran derribadas, los soldados gimieron, a la vez porque el emperador había dado de nuevo la misma contraseña. Se temía, además, la disciplina militar bajo un emperador anciano; finalmente, el tercer día antes de las nonas, durante los mismos votos, los soldados quisieron llevar al campamento a Triario Materno Lascivio, un senador noble, para imponerlo sobre los asuntos romanos. Pero él huyó desnudo y acudió a Pertinax al Palatino, y después salió de la ciudad. Pertinax, forzado por el miedo, confirmó todo lo que Cómodo había dado a los soldados y veteranos, dijo que también recibía el imperio del senado, al cual ya se había entregado por voluntad propia, abolió por completo la cuestión de lesa majestad con juramento, revocó también a aquellos que habían sido deportados por el crimen de majestad y restituyó la memoria de los que habían sido asesinados. El senado llamó César a su hijo, pero Pertinax no aceptó ni siquiera el título de Augusta para su esposa y, sobre su hijo, dijo:« Cuando lo merezca». Y como Cómodo hubiera mezclado a los pretorianos con innumerables adlectiones, Pertinax hizo un senadoconsulto y ordenó que aquellos que no hubieran ejercido la pretura, sino que la hubieran recibido por adlectio, estuvieran después de aquellos que verdaderamente habían sido pretores. Pero también por esto se granjeó un gran odio de muchos.
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Ordenó revisar el censo, ordenó castigar gravemente a los delatores convictos, y sin embargo con más suavidad que los emperadores anteriores, estableciendo una pena para cada dignidad si incurría en el crimen de delación. Ciertamente, promulgó una ley para que los testamentos anteriores no fueran anulados antes de que otros fueran perfeccionados, y para que el fisco no se beneficiara por ello en ningún momento. Él mismo profesó que no aceptaría la herencia de nadie que hubiera sido legada por adulación de alguien o que estuviera enredada en litigios, para que los herederos legítimos y necesarios no fueran privados de ella. Y añadió estas palabras al senadoconsulto:« Es preferible, padres conscriptos, mantener una república pobre que llegar al cúmulo de riquezas a través de las huellas de los peligros y las deshonras». Pagó los donativos y congiarios que Cómodo había prometido, proveyó con gran prudencia la annona, y como tuviera tal escasez en el erario que confesaba no haber encontrado más que diez millones de sestercios, se vio obligado a exigir aquello que Cómodo había decretado, en contra de lo que había profesado; finalmente, al ser abordado por el consular Loliano Gentiano porque actuaba contra lo prometido, este aceptó la razón de la necesidad. Realizó una subasta de los bienes de Cómodo, de tal manera que ordenó vender incluso a los muchachos y concubinas, excepto a aquellos que parecían haber sido introducidos en el Palatino por la fuerza. Y de aquellos que ordenó vender, muchos fueron devueltos después al servicio y deleitaron al anciano, quienes, de hecho, bajo otros príncipes llegaron hasta la dignidad senatorial; proscribió y vendió a los bufones de nombres vergonzosos que ostentaban sus deshonras. El dinero de esta venta, que
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fue inmenso, lo dio a los soldados como donativo; exigió también a los libertos aquello con lo que se habían enriquecido cuando Cómodo lo vendía. Ciertamente, la subasta de los bienes de Cómodo fue notable en estos aspectos: vestimentas con trama de seda e hilos de oro de magnífica factura, túnicas, paenulae, lacernas, túnicas con mangas de los dálmatas, clámides militares y púrpuras al estilo griego y castrense, y cucullos. También bardaios, togas, armas de gladiador adornadas con gemas y oro, espadas herculeas, collares de gladiador y vasijas de barro, oro, marfil, plata y madera de cidro. E incluso falos de los mismos materiales y vasijas samníticas para calentar resina y pez para depilar y suavizar a los hombres. Además, vehículos de nueva invención con ruedas de radios complejos y divididos, y asientos exquisitos que se movían mediante un mecanismo giratorio para protegerse del sol o para aprovechar la brisa; y otros que medían el camino y marcaban las horas, y el resto de cosas que convenían a sus vicios. Devolvió, además, a sus dueños a aquellos que se habían trasladado desde casas privadas al palacio, redujo el banquete imperial de una inmensidad a un límite determinado. Recortó también todos los gastos de Cómodo. Por el ejemplo del emperador, al comportarse él con más parsimonia, nació la frugalidad de la moderación de todos. Pues redujo el gasto imperial a la mitad del habitual, tras expulsar lo innecesario.
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Estableció premios para los militares. Pagó las deudas que había contraído en el primer tiempo de su imperio, restituyó el erario a su estado, estableció un gasto fijo para las obras públicas. Contribuyó con dinero para la reforma de las vías. Pagó los estipendios debidos a muchos desde tiempo atrás. Finalmente, igualó el fisco para el cumplimiento de todas las obligaciones, y eliminó, con una vergüenza contenida, las cargas alimentarias que se debían desde hacía nueve años según la institución de Trajano. No estuvo libre de la sospecha de avaricia cuando, en Vada Sabatia, extendía sus límites más allá al oprimir a los propietarios con intereses usurarios; finalmente, por un verso de Lucilio, fue llamado« el cormorán agrario». Muchos, además, registraron por escrito que se había comportado de forma sórdida en las provincias que gobernó como consular, pues se dice que vendió las licencias y las legaciones militares. Finalmente, aunque el patrimonio de sus padres era mínimo y no le había llegado ninguna herencia, se hizo rico de repente. Ciertamente, devolvió a todos sus posesiones que Cómodo les había arrebatado, pero no sin precio. Asistió siempre al senado legítimo y siempre presentó algo; se mostró siempre civil con quienes lo saludaban y lo interpelaban. Liberó a aquellos que habían sido condenados por calumnias instigadas por esclavos, castigando más severamente a los delatores y enviando a la cruz a tales esclavos; incluso reivindicó a algunos que ya habían muerto.
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El cónsul Falco le preparó una emboscada, quien se quejó en el senado deseando imperar; el senado le creyó cuando un esclavo, fingiendo ser hijo de Fabia y de Seto, de la familia de Ceionio Cómodo, reclamó ridículamente la casa palatina, y al ser reconocido, se ordenó que fuera azotado y devuelto a su dueño. En esta vindicta, se dice que aquellos que odiaban a Pertinax encontraron la ocasión para la sedición. Sin embargo, perdonó a Falco y solicitó al senado su impunidad; finalmente, Falco vivió seguro en sus asuntos y murió dejando a su hijo como heredero. Aunque muchos dijeron que Falco no sabía que se estaba preparando el imperio para él, otros dijeron que fue atacado por falsos testimonios de esclavos que habían malversado las cuentas. Pero la facción contra Pertinax fue preparada por Laeto, prefecto del pretorio, y por aquellos a quienes la santidad de Pertinax había ofendido. Pues Laeto se había arrepentido de haber hecho emperador a Pertinax, debido a que este lo reprendía como a un estúpido instigador de ciertas cosas. Además, pareció grave a los soldados que, en el caso de Falco, hubiera ordenado ejecutar a muchos soldados por el testimonio de un solo esclavo.
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Por tanto, trescientos soldados armados del campamento llegaron a la casa imperial formando una cuña. Ese mismo día, mientras Pertinax sacrificaba, se dice que no se encontró el corazón en la víctima; y cuando quiso realizar la expiación, no encontró la cabeza de las entrañas. Y entonces, todos los soldados permanecían en el campamento; cuando estos, que habían acudido desde el campamento para el servicio del príncipe, y Pertinax, debido al presagio del sacrificio, había pospuesto la procesión que había preparado al Ateneo para escuchar a un poeta, aquellos que habían venido para el servicio comenzaron a regresar al campamento, pero de repente aquel grupo llegó al Palatino y no pudo ser contenido ni anunciado al emperador. En verdad, el odio de todos los cortesanos hacia Pertinax era tal que incitaban a los soldados al crimen. Llegaron hasta Pertinax mientras él organizaba el servicio palatino, y entraron por los pórticos del Palatino hasta el lugar llamado Sicilia y el comedor de Júpiter. Al saber esto, Pertinax envió a Laeto, prefecto del pretorio, hacia ellos, pero este, evitando a los soldados, salió por los pórticos con la cabeza cubierta y se retiró a su casa. Pero cuando irrumpieron hacia el interior, Pertinax salió hacia ellos y los calmó con una larga y grave oración; pero cuando un tal Tausio, uno de los tungros, llevó a los soldados a la ira y al miedo hablando, lanzó una lanza al pecho de Pertinax. Entonces, él, tras rogar a Júpiter Vengador, se cubrió la cabeza con la toga y fue atravesado por los demás. Y Eclecto, tras ser atravesados ambos, murió con él; los demás chambelanes palatinos( pues él, inmediatamente, tan pronto como el emperador fue derribado, había entregado a los suyos a sus hijos emancipados) huyeron. Muchos, ciertamente, dicen que los soldados irrumpieron incluso en el dormitorio y allí, alrededor del lecho, mataron a Pertinax mientras huía.
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Era un anciano venerable, de barba descuidada, cabello hacia atrás, complexión física más bien gruesa, vientre prominente, estatura imperial, elocuencia mediocre, más amable que bondadoso, y nunca considerado sencillo. Aunque era afable en sus palabras, en la realidad era poco generoso y casi sórdido, hasta el punto de que en su vida privada servía en los banquetes lechugas y cardos partidos por la mitad. Y si no se enviaba algún alimento, por muchos que fueran los amigos, ponía nueve libras de carne en tres platos; si, en cambio, se enviaba algo más, lo reservaba incluso para otro día, a pesar de que siempre invitaba a muchos al banquete. Incluso como emperador, si estaba sin invitados, cenaba con la misma costumbre. Si alguna vez quería enviar algo de su comida a sus amigos, enviaba dos trozos de carne o una parte de callos, a veces lomos de gallina; nunca comió faisán en un banquete privado ni lo envió a nadie. Cuando cenaba sin amigos, invitaba a su esposa y a Valeriano, que había estudiado con él, para tener conversaciones literarias. Ciertamente, no cambió a ninguno de los que Cómodo había puesto al mando de los asuntos, esperando el aniversario de la ciudad, pues quería que ese día fuera el principio de su gobierno, y por eso se dice que incluso en los baños los ministros de Cómodo le prepararon la muerte.
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Detestaba el imperio y todo lo imperial de tal manera que siempre mostraba que le desagradaba; finalmente, no quería parecer otro de lo que había sido. Fue muy respetuoso en la curia, hasta el punto de adorar al senado que lo favorecía y, como si fuera prefecto de la ciudad, compartía la conversación con todos. Quiso incluso deponer el imperio y volver a la vida privada; no quiso que sus hijos fueran criados en el Palatino. Pero fue tan parco y tan codicioso de ganancias que, siendo emperador, ejerció el comercio en Vada Sabatia a través de sus hombres, no de otra manera a como solía hacerlo como particular. Sin embargo, no fue muy amado; pues todos los que conversaban libremente hablaban mal de Pertinax, llamándolo« cristólogo», alguien que hablaba bien y actuaba mal; pues incluso sus conciudadanos, que habían acudido a él cuando ya era emperador y no habían merecido nada de él, lo llamaban así. También aceptaba gustosamente los regalos por deseo de lucro. Dejó supervivientes a un hijo, una hija y a su esposa, hija de Flavio Sulpiciano, a quien había hecho prefecto de la ciudad en su lugar. Fue poco curioso respecto a la castidad de su esposa, pues ella amaba abiertamente a un citaredo; él mismo, además, se dice que amó infamemente a Cornificia. Reprimió con vehemencia a los libertos palatinos, de donde también contrajo un gran odio.
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Estas fueron las señales de su muerte: él mismo, tres días antes de ser asesinado, creyó ver en la piscina a un hombre que lo amenazaba con una espada. Y el día en que fue asesinado, decían que en sus ojos no se veían las pupilas con las imágenes que devuelven a quienes las miran; y cuando sacrificaba ante los Lares, los carbones más vivos se apagaron, a pesar de que solían inflamarse; y, como se ha dicho arriba, no se encontró el corazón ni la cabeza en las víctimas. También se vieron estrellas muy brillantes junto al sol durante el día, el día anterior a su muerte. Y se dice que él mismo dio un presagio sobre Juliano, su sucesor, pues cuando Didio Juliano le presentó al hijo de su hermano, con quien desposaba a su hija, exhortó al joven a la observación de su tío y añadió:« Observa a mi colega y sucesor». Pues antes, Juliano había sido su colega en el consulado y le había sucedido en el proconsulado. Los soldados y los cortesanos lo odiaban, el pueblo tomó su muerte con gran indignación porque veía que a través de él podían restaurarse todas las cosas antiguas. Los soldados que lo habían matado llevaron su cabeza clavada en una lanza por la ciudad hasta el campamento. Sus restos, tras recuperar la cabeza, fueron depositados en el sepulcro del abuelo de su esposa. Y Juliano, su sucesor, enterró su cuerpo con todo el honor que pudo, al encontrarlo en el Palatino. Él nunca hizo mención alguna de Pertinax públicamente, ni ante el pueblo ni ante el senado, pero cuando él mismo fue abandonado por los soldados, Pertinax fue elevado a los dioses por el senado y el pueblo.
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Bajo el emperador Severo, cuando el senado hubo rendido un gran testimonio a Pertinax, se celebró un funeral imaginario y censorio para él, y fue honrado por el propio Severo con una oración fúnebre. El propio Severo, por amor a un buen príncipe, recibió el nombre de Pertinax del senado; el hijo de Pertinax fue hecho flamen de su padre. Los sodales marcianos, que cuidaban los ritos del divino Marco, fueron llamados helvianos por Helvio Pertinax. Se añadieron los juegos circenses y el aniversario del imperio, que fueron suprimidos después por Severo, y los natalicios, que permanecen. Nació en las calendas de agosto, siendo cónsules Vero y Ambibulo, y fue asesinado el quinto día antes de las calendas de abril, siendo cónsules Falco y Claro. Vivió sesenta años, siete meses y veintiséis días. Gobernó durante dos meses y veinticinco días. Dio un congiario al pueblo de cien denarios; a los pretorianos les prometió doce mil nummos, pero dio seis mil. Lo que se prometió a los ejércitos no se dio, porque la muerte se le adelantó. Que él detestaba el imperio lo enseña la carta que fue añadida a su vida por Mario Máximo, la cual no quise insertar por su excesiva longitud.