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Pescennius Niger
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Original: Perseus Lat2

Rarum atque difficile est ut, quos tyrannos aliorum victoria fecerit, bene mittantur in litteras, atque ideo vix omnia de his plene in monumentis atque annalibus habentur, primum enim, quae magna sunt in eorum honorem ab scriptoribus depravantur, deinde alia supprimuntur, postremo non magna diligentia in eorum genere ac vita requiritur, cum satis sit audaciam eorum et bellum, in quo victi fuerint, ac poenam proferre. Pescennius ergo Niger, ut alii tradunt, modicis parentibus, ut alii, nobilibus fuisse dicitur, patre Annio Fusco, matre Lampridia, avo curatore Aquini, ex quo 1 familia originem ducebat; quod quidem dubium etiam nunc habetur. hic eruditus mediocriter litteris, 2 moribus ferox, divitiis inmodicus, vita parcus. libidinis effrenatae ad omne genus cupiditatum. or- 3 4 5 dines diu duxit multisque ducatibus pervenit, ut exercitus Syriacos iussu Commodi regeret, suffragio maxime athletae qui Commodum strangulavit, ut omnia tunc fiebant.

Spanish Gemini
1
Es raro y difícil que aquellos a quienes la victoria de otros convirtió en tiranos sean bien tratados en los escritos, y por ello apenas se encuentra todo sobre ellos de manera completa en los monumentos y anales; en primer lugar, porque lo que es grande en su honor es desvirtuado por los escritores, luego otras cosas son suprimidas, y finalmente no se requiere gran diligencia en lo que respecta a su linaje y vida, pues basta con exponer su audacia, la guerra en la que fueron vencidos y su castigo. Pescenio Níger, pues, según unos, se dice que fue de padres modestos; según otros, de nobles, siendo su padre Annio Fusco, su madre Lampridia y su abuelo curador de Aquino, de donde la familia derivaba su origen; lo cual, ciertamente, se considera dudoso incluso ahora. Este era medianamente culto en letras, de costumbres feroces, inmoderado en riquezas y parco en su vida. De desenfrenada libido para todo tipo de deseos. Ocupó cargos durante mucho tiempo y llegó a diversos mandos, de modo que gobernaba los ejércitos sirios por orden de Cómodo, gracias sobre todo al apoyo del atleta que estranguló a Cómodo, como todo se hacía entonces.
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Este, después de enterarse de que Cómodo había sido asesinado, que Juliano había sido nombrado emperador y que este mismo había sido ejecutado por orden de Severo y del senado, y que Albino también en la Galia había asumido el nombre y el derecho de emperador, fue proclamado emperador por los ejércitos sirios que él mandaba, según dicen algunos, más por odio a Juliano que por emulación de Severo. A este, debido a la detestación hacia Juliano, se le favoreció en Roma durante los primeros días del imperio, al menos por parte de los senadores, que también odiaban a Severo, hasta el punto de que, entre lapidaciones y execraciones de todos, se le deseaba felizmente a él, y el pueblo aclamaba a aquel como príncipe y a aquel otro como Augusto. Sin embargo, los populares odiaban a Juliano porque los soldados habían asesinado a Pertinax y lo habían nombrado emperador contra la voluntad del pueblo. En fin, hubo enormes sediciones por esto, pero Juliano había enviado a un primipilo para asesinar a Níger, estúpidamente contra alguien que tenía ejércitos y podía defenderse; como si cualquier emperador pudiera ser asesinado por un primipilo. La misma demencia tuvo Juliano al enviar un sucesor a Severo, que ya era príncipe; finalmente, envió también al centurión Aquilio, conocido por el asesinato de jefes, como si un emperador tan grande pudiera ser asesinado por un centurión. Fue, en fin, una locura igual el hecho de que se dice que trató con Severo sobre el imperio mediante un interdicto, para que pareciera que se había adelantado al principado por derecho.
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Y el juicio del pueblo sobre Pescenio Níger quedó patente en el hecho de que, cuando Juliano daba juegos circenses en Roma y los asientos del Circo Máximo estaban llenos sin distinción, y el pueblo se había visto afectado por una enorme injuria, por consenso unánime de todos se reclamó a Pescenio Níger para la protección de la ciudad, por el odio, como dijimos, a Juliano y el amor al asesinado Pertinax; cuando, ciertamente, se dice que Juliano afirmó que ni a él ni a Pescenio les correspondía un largo imperio, sino a Severo, quien debía ser más odiado por los senadores, soldados, provinciales y populares. Lo cual fue probado por el resultado de los hechos. Y Pescenio, ciertamente, fue muy amigo de Severo en el tiempo en que gobernaba la provincia de Lugdunense; pues él mismo había sido enviado a capturar a los desertores, que innumerables entonces hostigaban las Galias, en cuyo cargo, al comportarse honestamente, fue muy grato a Severo, de tal modo que Septimio informaba sobre él a Cómodo, afirmando que era un hombre necesario para la república, y en verdad fue vehemente en la vida militar. Nunca bajo su mando un soldado extorsionó leña, aceite o trabajo a un provincial. Él mismo no aceptó nada del soldado, y cuando ejercía el tribunado, no permitió que se aceptara nada. Pues incluso siendo ya emperador, ordenó que dos tribunos, de quienes constaba que habían aceptado sobornos, fueran lapidados por los auxiliares. Existe una carta de Severo en la que escribe a Ragonio Celso, gobernador de las Galias: Es lamentable que no podamos imitar la disciplina militar de aquel a quien vencimos en la guerra; tus soldados vagan, los tribunos se bañan a mediodía, tienen tabernas en lugar de comedores, lupanares en lugar de dormitorios; bailan, beben, cantan, y llaman a esto medida de los banquetes cuando han bebido sin medida.¿ Sucederían estas cosas si viviera alguna vena de la disciplina paterna? Corrige, pues, primero a los tribunos, luego al soldado, a quien mantendrás bajo control mientras te tema. Pero debes saber, y esto respecto a Níger, que el soldado no puede temer si los tribunos y los jefes militares no son íntegros.
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Esto dijo Severo Augusto sobre Pescenio. Sobre este mismo, cuando aún era soldado, Marco Antonino escribió a Cornelio Balbo: Me alabas a Pescenio, lo reconozco; pues también tu predecesor dijo que era esforzado en la acción, grave en su vida, y ya entonces más que un soldado; por tanto, envié cartas para ser leídas ante las enseñas, en las que ordené que estuviera al mando de trescientos armenios, cien sármatas y mil de los nuestros; es tu deber demostrar que el hombre no llegó a ese puesto por ambición, lo cual no conviene a nuestras costumbres, sino por virtud, puesto que mi abuelo Adriano y mi bisabuelo Trajano no daban sino a los más probados. Sobre este mismo, Cómodo dijo: Conozco a Pescenio como un hombre fuerte y ya le he dado dos tribunados; pronto le daré un mando, cuando Elio Cordueno rechace la república por su vejez. Estos fueron los juicios de todos sobre él, pero también el propio Severo dijo a menudo que habría perdonado a Pescenio si no hubiera perseverado. Finalmente, Pescenio fue declarado cónsul por Cómodo y puesto por encima de Severo, y ciertamente enfadado, porque Níger merecía el consulado por recomendación de los primipilos. En su propia vida, Severo dice que, antes de que sus hijos tuvieran la edad para poder gobernar, estando enfermo, tuvo en mente que, si algo le sucedía, le sucedieran Pescenio Níger y Clodio Albino, quienes ambos resultaron ser los enemigos más graves de Severo. De donde aparece cuál fue también el juicio de Severo sobre Pescenio.
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Si creemos a Severo, Níger fue ambicioso de gloria, fingido en su vida, de costumbres viles, de edad avanzada, cuando invadió el imperio, por lo cual acusa sus deseos, como si Severo hubiera llegado al imperio siendo más joven, él que contrae sus años, cuando gobernó durante dieciocho años y murió a los ochenta y nueve. Ciertamente, Severo envió a Heráclito para obtener Bitinia, y a Fulvio para capturar a los hijos adultos de Níger, y sin embargo Severo no dijo nada en el senado sobre Níger, aunque ya había oído hablar de su imperio, y él mismo partía para componer el estado de oriente; ciertamente hizo esto al partir, enviar legiones a África para que Pescenio no la ocupara y oprimiera por hambre al pueblo romano. Parecía, sin embargo, que podía hacerlo a través de Libia y Egipto, vecinos de África, aunque por un camino y navegación difíciles. Y Pescenio, ciertamente, al venir Severo a oriente, retenía Grecia, Tracia y Macedonia, habiendo matado a muchos hombres ilustres, llamando a Severo a participar del imperio, de quien, por causa de aquellos a quienes había matado, fue llamado enemigo junto con Emiliano, luego fue vencido luchando a través de Emiliano por los jefes de Severo. Y cuando este le prometía un exilio seguro si abandonaba las armas, persistiendo, luchó de nuevo y fue vencido, y huyendo cerca de un pantano junto a Cícico fue herido, y así llevado ante Severo e inmediatamente
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murió; su cabeza fue paseada en una pica y enviada a Roma, sus hijos fueron asesinados, su esposa ejecutada, su patrimonio confiscado, toda su familia extinguida; pero todas estas cosas se hicieron después de que se supo de la rebelión de Albino; pues antes había enviado al exilio tanto a los hijos de Níger como a su madre, pero estalló la segunda guerra civil, o mejor dicho la tercera, y se volvió más duro; entonces, cuando Severo eliminó a innumerables senadores, recibió de unos el nombre de Sila Púnico, de otros el de Mario. Fue de estatura alta, de forma decorosa, con el cabello reflejado hacia la coronilla para mayor gracia, de voz sonora, de modo que hablando en el campo se le oía a mil pasos, a menos que el viento fuera contrario, de rostro pudoroso y siempre rubicundo, con el cuello tan negro que, como dicen muchos, de él recibió el nombre de Níger, siendo el resto de su cuerpo blanco y más bien gordo, ávido de vino, parco en comida, totalmente ignorante de la vida venérea salvo para engendrar hijos; finalmente, incluso asumió ciertos ritos en la Galia, que siempre se decretan por consenso público para ser celebrados por los más castos. A este lo vemos en los jardines Comodianos, en un pórtico curvo, pintado en mosaico entre los amigos de Cómodo, portando los ritos de Isis; a los cuales Cómodo estaba tan dedicado que incluso se rapaba la cabeza, portaba a Anubis y cumplía todas las pausas. Fue, pues, un soldado óptimo, un tribuno singular, un jefe principal, un legado severísimo, un cónsul insigne, un hombre conspicuo dentro y fuera de casa, un emperador infeliz; finalmente, podría haber sido útil a la república bajo Severo, hombre sombrío,
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si hubiera querido estar con él, pero fue engañado por los consejos crueles de Aureliano, quien, prometiendo a sus hijas con sus hijos, le hizo persistir en el imperio. Este fue de tal autoridad que escribió a Marco primero y luego a Cómodo, cuando veía que las provincias eran subvertidas por el fácil cambio de administraciones, primero que a ningún gobernador, legado o procónsul de provincia se le sucediera antes de cinco años, porque deponían el poder antes de saber administrar. Luego, indicó que nadie nuevo accediera a gobernar la república salvo las administraciones militares, y que los asesores administraran en las provincias en las que se habían sentado. Lo cual después Severo y muchos otros mantuvieron, como prueban las prefecturas de Paulo y Ulpiano, quienes estuvieron en el consejo de Papiniano y después, cuando uno sirvió a la memoria y el otro a los libelos, fueron hechos prefectos inmediatamente. De este también fue aquello de que nadie se sentara en su propia provincia, nadie administrara a menos que fuera romano en Roma, esto es, oriundo de la ciudad. Añadió además salarios a los consejeros para que no gravaran a aquellos a quienes asesoraban, diciendo que el juez no debía dar ni recibir. Este tuvo tal censura hacia los soldados que, cuando en Egipto los soldados fronterizos le pedían vino, respondió:¿ Tenéis el Nilo y pedís vino?; si es que la dulzura de ese río es tal que los habitantes no buscan vinos; el mismo, ante los tumultos de aquellos que habían sido vencidos por los sarracenos y decían: No hemos recibido vino, no podemos luchar, dijo: Avergonzaos, aquellos que os vencen beben agua. El mismo, ante la petición de los palestinos de que su censo fuera aliviado porque estaba gravado, respondió: Vosotros queréis que vuestras tierras sean aliviadas de censo; yo, en verdad, querría tasar incluso vuestro aire.
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Finalmente, el vate del Apolo Délfico, en el mayor movimiento de la república, cuando se anunciaba que había tres emperadores, Severo Septimio, Pescenio Níger y Clodio Albino, consultado sobre quién convenía que gobernara la república, se dice que profirió un verso griego de este tipo: El mejor es Fusco, bueno el Africano, pésimo el Blanco. De lo cual se entendió que Fusco era llamado Níger por la profecía, Severo el Africano, y Blanco, en verdad, Albino. Tampoco faltó otra curiosidad, por la cual se preguntó quién iba a obtener la república, a lo que él respondió con otro verso tal: Se derramará la sangre del Blanco y del Níger viviente, el imperio del mundo lo regirá quien partió de la ciudad púnica. Asimismo, cuando se preguntó quién le sucedería, se dice que respondió también con un verso griego: Aquel a quien los dioses hayan dado tener el nombre de Pío. Lo cual no se entendió en absoluto sino cuando Basiano recibió el nombre de Antonino, que fue el verdadero signo de Pío. Asimismo, cuando se preguntaba cuánto tiempo iba a gobernar, se dice que respondió en griego: Con veinte naves sube al mar itálico, si es que una sola nave cruzará el piélago. De lo cual se entendió que Severo cumpliría veinte años.
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Estas son, Diocleciano, el mayor de los Augustos, las cosas que hemos aprendido sobre Pescenio de muchos libros, pues no es fácil, como dijimos al principio del libro, que alguien ponga en libros las vidas de aquellos que o no fueron príncipes en la república, o no fueron llamados emperadores por el senado, o, asesinados rápidamente, no pudieron llegar a la fama. De ahí que Vindex permanezca oculto, que Pisón sea desconocido, que todos aquellos que o solo fueron adoptados o fueron llamados emperadores por los soldados, como Antonio bajo Domiciano, o rápidamente muertos pusieron fin a su vida con la usurpación del imperio; sigue ahora que hable de Clodio Albino, quien es tenido como socio de este, porque ambos se rebelaron contra Severo y fueron vencidos y asesinados por el mismo. Sobre el cual tampoco existen cosas suficientemente claras, porque su fortuna fue la misma que la de Pescenio, aunque su vida fue bastante dispar. Y para que no parezca que hemos omitido nada de lo que pertenece a Pescenio, aunque puedan conocerse por otros libros, sobre este Septimio Severo los vates dijeron que ni vivo ni muerto caería en poder de Severo, sino que debía morir junto a las aguas, lo cual algunos dicen que el propio Severo, por la matemática que dominaba, había dicho, y no faltó verdad a las respuestas, cuando aquel fue encontrado junto a un pantano medio vivo.
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Este fue de tal severidad que, cuando vio a ciertos soldados beber en un cuenco de plata durante el tiempo de expedición, ordenó que toda la plata fuera retirada del uso expedicionario, añadiendo que usaran vasos de madera. Lo cual, ciertamente, le atrajo el odio militar. Decía, en efecto, que podía suceder que los equipajes militares cayeran en poder de los enemigos, y que las naciones bárbaras no se hicieran más gloriosas con nuestra plata, cuando otras cosas menos aptas parecían a la gloria enemiga; el mismo ordenó que nadie bebiera vino en la expedición, sino que todos se contentaran con vinagre; el mismo prohibió que los panaderos siguieran la expedición, ordenando que los soldados y todos se contentaran con bizcocho. El mismo, por el robo de un solo gallo, ordenó que diez compañeros de manípulo, que habían comido lo robado por uno, fueran golpeados con el hacha; y lo habría hecho, si no hubiera sido rogado por todo el ejército casi hasta el miedo a la sedición, y cuando hubo perdonado, ordenó que los diez, que habían convivido en el robo, devolvieran al provincial el precio de diez gallos, añadiendo que en toda la expedición nadie hiciera fuego en la compañía, para que nunca tomaran comida recién cocinada, sino que se alimentaran de pan y agua fría, con vigilantes puestos que cuidaran de ello. El mismo ordenó que los soldados que iban a la guerra no llevaran monedas de oro o plata en el cinturón, sino que las entregaran públicamente, para recibirlas después de las batallas, añadiendo que debían ser devueltas a sus hijos y esposas, o ciertamente a sus herederos, a quien le hubiera tocado, para que nada del botín llegara a los enemigos si la fortuna hubiera hecho algo adverso; pero todas estas cosas, como se había comportado la disolución de los tiempos de Cómodo, fueron adversas para él; finalmente, aunque no hubo quien pareciera un jefe más severo en sus tiempos, tales ejemplos valieron para su perdición más vivo que muerto, cuando ya la envidia y el odio habían sido depuestos.
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El mismo, en toda expedición, tomaba la comida militar antes que todos ante la tienda, y nunca buscó para sí el refugio de un techo ni contra el sol ni contra las lluvias, si el soldado no lo tenía; tanto, finalmente, en tiempo de guerra, demostrada la razón a los soldados, pensó para sí y sus siervos o compañeros tanto como se llevaba por los soldados, cuando cargaba a sus siervos con la ración para que ellos no caminaran seguros y los soldados cargados, y eso era visto por el ejército con suspiro; el mismo juró en la asamblea que, mientras hubiera estado en expediciones y aún lo estuviera, no había actuado ni actuaría de otra manera que como un soldado. Teniendo a Mario ante los ojos y a tales jefes, nunca tuvo otras historias sino sobre Aníbal y otros tales; finalmente, cuando alguien quiso recitarle un panegírico al ser hecho emperador, le dijo: Escribe las alabanzas de Mario o de Aníbal o de cualquier jefe óptimo que haya terminado su vida, y di qué hizo él, para que nosotros lo imitemos. Pues alabar a los vivos es una burla, especialmente a los emperadores, de quienes se espera, que son temidos, que pueden favorecer públicamente, que pueden matar, que pueden proscribir. Él, en cambio, quería agradar vivo, y ser alabado también muerto.
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Amó de los príncipes a Augusto, Vespasiano, Tito, Trajano, Pío, Marco, llamando a los demás de paja o venenosos; sin embargo, amó sobre todo en las historias a Mario, Camilo, Quincio y Marcio Coriolano; interrogado, además, qué pensaba de los Escipiones, se dice que dijo que aquellos fueron más felices que fuertes; y que esto lo probaba la vida doméstica y la juventud, que en ambos había sido menos hermosa en casa; entre todos consta que, si hubiera obtenido el poder, habría corregido todo lo que Severo o no pudo enmendar o no quiso, y ciertamente sin crueldad, es más, incluso con lenidad, pero militar, no relajada, inepta y ridícula. Su casa se visita hoy en Roma en el Campo de Júpiter, que es llamada Pesceniana. En ella su simulacro consiste en un tricoro, puesto de mármol tebano, que él había recibido hecho a su semejanza por un grupo de tebanos. Existe también un epigrama griego, que en latín tiene este sentido: El gran Níger, terror del soldado egipcio, está presente, socio de la Tebaida, deseando siglos de oro. A este aman los reyes, a este las gentes, a este la dorada Roma, este es caro a los Antoninos y al imperio. Tiene nombre negro, negro lo formamos nosotros mismos, para que la forma, metal, concordara contigo. Versos que Severo no quiso que fueran borrados, aunque se lo sugerían tanto los prefectos como los maestros de oficios, añadiendo: Si fue tal, que sepan todos a quién hemos vencido; si no fue tal, que piensen todos que hemos vencido a tal; es más, que sea así, porque fue tal.

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