14
Sidonio a su Polemio, saludos.
14
Mientras, tras tu partida, mi Polemio, hermano queridísimo, reflexiono profundamente conmigo mismo sobre cómo podría cantar en tus votos los versos fescenninos de un filósofo, me ha asaltado una materia tras cuya exposición resulta fácil reconocer que he tenido más en cuenta la doctrina que tu causa. Así pues, omitida la ternura del epitalamio, he arrastrado mi pluma a través de las reglas más ásperas y escabrosas de la filosofía. El orden de estas es tal que, sin una multitud de términos nuevos que, con la venia de muchos elocuentes, son conocidos especialmente por ti y por tus compañeros platónicos, tales naderías no habrían podido ser expuestas. Verás si los oídos de algunos, por ignorancia, no consideran temerariamente que la mención del centro, la proporción, los intervalos, los climas o las maravillas sean apropiadas para un epitalamio. Ciertamente, afirmo con audacia ante el varón consular verdaderamente grande, el varón cuestorio Dómnulo y el varón espectable León, que la música y la astrología, que son miembros de la filosofía subordinados a la aritmética, de ninguna manera pueden ser indicadas sin estos nombres. Si alguien desprecia estos términos como griegos, que es lo que son, y extranjeros, sepa que debe abstenerse de mencionar tal arte o que no puede disertar sobre ello en lengua latina en absoluto, o al menos no con total precisión. Y si alguien considera que el asunto es distinto a como lo afirmo, ciertamente cedo mis manos a los detractores en mi ausencia; pero que sepan que mi opinión no puede ser condenada por quienes disienten sin Marco Varrón, sin Sereno —no Septimio, sino Samónico—, y sin Censorino, quien compuso un volumen ilustre sobre el día natal. Vas a leer aquí también un término nuevo, es decir, esencia: pero debes saber que el propio Cicerón lo utilizó. Pues denominó esencia, y también indolencia, añadiendo: «Es lícito imponer nombres nuevos a cosas nuevas»; y dijo bien. Pues así como de lo que es, por ejemplo, saber y entender, denominamos sabiduría e inteligencia, de manera regular no callamos la esencia a partir de lo que es ser. Por tanto, puesto que, inducido por el celo de tu amor, yo, un hombre galo, he introducido materia de la escuela sofística, te requiero a ti, sobre todo, como defensor de mi proceder. Que se atribuyan a Venus o a los pigmentos ficticios de los Amores a aquel a quien le falte la capacidad de ser alabado de este modo. Adiós.
23
388 Solio Apolinar Sidonio a Poncio Leoncio, saludos.
23
Mientras paso el tiempo en Narbona, llamada antaño la Marciana, pero hecha tal recientemente, me vino al ánimo componer unos hexámetros conforme a tu amor, tras cuya lectura sabrías de inmediato que, aunque el hogar familiar de cada uno de nosotros esté habitado en lugares más que distantes, no por ello nuestros ánimos están tan distanciados como nuestras patrias. Tienes, pues, aquí a Dionisio languideciendo entre los deleites del triunfo índico; tienes también a Febo, quien, por derecho poético, consta que se ha convertido en tu inquilino por su divinidad: aquel Febo, ciertamente, muy familiar de mi Antedio, en cuyo colegio el varón prefecto supera, con el arte de la disertación, no solo a todos los músicos, sino también a los geómetras, aritméticos y astrólogos. Pues no consideraría que nadie ha descubierto con mayor exactitud qué valen los astros oblicuos del zodiaco, qué los errantes de los planetas y qué los exóticos dispersos. Pues, por así decirlo, brilla de tal modo en estos miembros de la filosofía que me parece que ha aprendido a Julio Fírmico, a Samónico, a Juliano Vertaco y a Fulonio Saturnino, fundadores peritísimos en los libros de mathesis, sin intérprete, bastándole solo su ingenio. Nosotros, adorando las huellas de su doctrina, nos confesamos un ganso ronco ante un cisne canoro. ¿Por qué te detengo más? He hecho mío tu burgo, como correspondía por derecho a un amigo: sabiendo bien que la materia te agradará, aunque el poema en su conjunto te desagrade.
24
CARMEN XXII. EL BURGO DE PONCIO LEONCIO.
24
He aquí, cuantas veces te plazca alegrar el banquete con copas más espaciosas, te envío lo que puedas leer entre tus vasos y tus brindis. Socorrerás mi pudor si estas cosas no llegan a oídos sobrios; y no pido esto injustamente ni de forma contraria a lo que es equitativo: puesto que, al tener mi Baco que pasar por el juicio de los decenviros, se erige el tribunal más prematuramente de lo que conviene. Si alguien, sin embargo, considera que un poema es censurable por ser demasiado extenso, por haber excedido la brevedad de los epigramas, es evidente que tal persona no ha leído ni los baños de Etrusco, ni el Hércules de Sorrento, ni las cabelleras de Flavio Earino, ni el Tívoli de Vopisco, ni en absoluto nada de las silvas de nuestro Papinio: todas cuyas descripciones aquel varón, tan predispuesto a juzgar, no las restringe a la estrechez de dísticos o tetrásticos, sino más bien, como aconseja el lírico Flaco en su volumen de arte poética, extiende decentemente las materias una vez iniciadas con muchos y variados adornos comunes. Que baste con que haya puesto esto como ejemplo de defensa, para que esta misma súplica por la longitud no parezca larga. Adiós.