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Ad Martyras
TertullianMart 1 · spanish-geminiMore by Tertullian
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO
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ARGUMENTO.— Estando ya inminente la quinta persecución bajo Severo, Septimio escribió este opúsculo, en el cual exhorta a los mártires a la constancia en la fe y a la presteza en sobrellevar la sordidez de la cárcel y los decretos de los jueces. Los invita, sobre todo, a la paz, la cual quienes no poseían en la Iglesia, la solicitaban de los mártires.
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CAPÍTULO PRIMERO.
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Entre los alimentos del cuerpo, benditos mártires designados, que tanto la señora madre Iglesia de sus pechos como los hermanos individualmente de sus propios recursos les suministran en la cárcel, reciban también algo de nuestra parte que sirva para educar igualmente al espíritu. Pues no aprovecha que la carne sea cebada y el espíritu pase hambre. Es más, si se cura lo que está enfermo, no debe descuidarse lo que está más enfermo. No soy yo tan importante como para dirigirme a ustedes; sin embargo, incluso a los gladiadores más perfectos no solo sus maestros y supervisores, sino también personas ignorantes y cualquiera que esté de sobra los exhortan desde lejos, de modo que a menudo las sugerencias dictadas por el mismo pueblo han sido provechosas. En primer lugar, pues, benditos, no entristezcan al Espíritu Santo, que entró con ustedes en la cárcel. Pues si no hubiera entrado ahora con ustedes, ustedes no habrían estado allí hoy. Y por tanto, esfuércense para que permanezca allí con ustedes: de ese modo los conducirá desde allí hacia el Señor. La cárcel es, ciertamente, la casa del diablo, en la que mantiene a su familia. Pero ustedes llegaron a la cárcel precisamente para pisotearlo incluso en su propia casa. Pues ya habiendo luchado fuera, lo habían pisoteado. Por tanto, que no diga: "Están en mi dominio, los tentaré con viles estratagemas, afectos o disensiones entre ellos". Que huya de su presencia y se esconda en sus profundidades, contraído y entumecido, como una serpiente encantada o ahuyentada por el humo. Y que no le vaya tan bien en su reino como para que los enfrente, sino que los encuentre protegidos y armados con la concordia: porque la paz de ustedes es la guerra para él. Paz que algunos, al no tenerla en la Iglesia, acostumbraban rogar a los mártires en la cárcel. Y por eso, también por esta razón, deben tenerla, fomentarla y custodiarla en ustedes, para que, si acaso, puedan también ofrecerla a otros.
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CAPÍTULO II.
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Los demás impedimentos del ánimo los habrán conducido hasta el umbral de la cárcel, hasta donde llegaron también sus padres. Desde entonces, ¿han sido segregados del mundo mismo, cuánto más del siglo y de sus asuntos? Y que esto no los consterne, el hecho de que hayan sido segregados del mundo. Pues si reflexionamos que el mundo mismo es más bien una cárcel, entenderemos que ustedes han salido de la cárcel más que haber entrado en ella. El mundo tiene tinieblas mayores, que ciegan los corazones de los hombres. El mundo impone cadenas más pesadas, que constriñen las almas mismas de los hombres. El mundo exhala inmundicias peores: las pasiones de los hombres. Por último, el mundo contiene más reos, a saber, el género humano entero. En fin, soporta juicios no de un procónsul, sino de Dios. Por lo cual, benditos, consideren si acaso han sido trasladados de la cárcel a un lugar de custodia. Tiene tinieblas, pero ustedes mismos son luz; tiene cadenas, pero ustedes están libres para Dios. Allí se exhala tristeza, pero ustedes son olor de suavidad; se espera al Juez, pero ustedes son quienes han de juzgar a los jueces mismos. Que se entristezca allí quien suspira por el fruto del siglo. El cristiano ha renunciado al siglo incluso fuera de la cárcel, pero en la cárcel, incluso a la cárcel. Nada importa dónde estén en el siglo, ustedes que están fuera del siglo; y si han perdido algunos goces de la vida, es un buen negocio perder algo para ganar cosas mayores. Aún no digo nada sobre el premio al que Dios invita a los mártires. Comparemos, entretanto, la vida misma del siglo y la de la cárcel, para ver si el espíritu no adquiere más en la cárcel de lo que la carne pierde; es más, lo que es justo, la carne no lo pierde gracias al cuidado de la Iglesia y al ágape de los hermanos: y, además, el espíritu adquiere lo que siempre es útil para la fe. No ves dioses ajenos, no te topas con sus imágenes, no participas en los días solemnes de las naciones mediante la mezcla misma, no eres golpeado por olores inmundos, no eres herido por los clamores de los espectáculos, por la atrocidad, o por el furor, o por la impudicia de quienes los celebran: tus ojos no se topan con lugares de pasiones públicas: estás libre de escándalos, de tentaciones, de malos recuerdos, y ahora también de la persecución. Esto es lo que la cárcel ofrece al cristiano, lo que el desierto a los profetas. El mismo Señor pasaba el tiempo más frecuentemente en el retiro, para orar con mayor libertad, para retirarse del siglo. En fin, mostró su gloria a los discípulos en la soledad. Quitemos el nombre de cárcel, llamémoslo retiro. Aunque el cuerpo esté encerrado, aunque la carne esté detenida, todo está abierto para el espíritu. Vaga con el espíritu, pasea con el espíritu, y no anteponiendo ante ti estadios oscuros o pórticos largos, sino aquel camino que conduce a Dios. Cuantas veces lo recorras con el espíritu, otras tantas no estarás en la cárcel. La pierna no siente nada en el cepo cuando el ánimo está en el cielo. El ánimo lleva consigo a todo el hombre y lo traslada a donde quiera: "Donde esté tu corazón, allí estará también tu tesoro". Que esté, pues, nuestro corazón allí donde queremos tener nuestro tesoro.
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CAPÍTULO III.
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¿Ha de ser ahora, benditos, la cárcel molesta incluso para los cristianos? Fuimos llamados a la milicia del Dios vivo ya desde entonces, cuando respondimos a las palabras del sacramento. Ningún soldado va a la guerra con delicias; ni procede del dormitorio a la línea de batalla, sino de tiendas de campaña, expedito y ceñido, donde consiste toda dureza, aspereza e incomodidad. Incluso en tiempo de paz, ya aprenden a soportar la guerra con trabajo e incomodidades, caminando con armas, recorriendo el campo, cavando la fosa, cerrando la formación en tortuga. Todo consiste en sudor, para que los cuerpos y los ánimos no se acobarden: de la sombra al sol, del sol al cielo, de la túnica a la coraza, del silencio al clamor, de la quietud al tumulto. Por tanto, benditos, consideren cualquier dureza que esto tenga como un ejercicio de las virtudes del ánimo y del cuerpo. Están a punto de emprender un buen combate en el cual el agonoteta es el Dios vivo; el xistarca, el Espíritu Santo; la corona, la eternidad; el premio, las sustancias angélicas, la ciudadanía en los cielos, la gloria por los siglos de los siglos. Así pues, su Epístata, Cristo Jesús, que los ungió con el espíritu y los llevó a este terreno de lucha, quiso separarlos de una condición más libre a un trato más duro antes del día del combate, para que las fuerzas se corroboraran en ustedes. Pues, ciertamente, también los atletas son segregados a una disciplina más estricta, para que se dediquen a edificar su fortaleza: se abstienen de la lujuria, de comidas más suculentas, de bebidas más agradables. Son forzados, atormentados, fatigados: cuanto más hayan trabajado en los ejercicios, tanto más esperan de la victoria. Y ellos, dice el Apóstol, para conseguir una corona corruptible; nosotros, para conseguir una eterna. Interpretemos la cárcel como una palestra para nosotros, para que seamos conducidos al estadio del tribunal bien ejercitados en todas las incomodidades: porque la virtud se construye con la dureza, mientras que la molicie se destruye.
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CAPÍTULO IV.
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Sabemos por el precepto del Señor que la carne es débil, pero el espíritu está pronto. No nos engañemos, pues, porque el Señor admitió que la carne es débil. Precisamente por eso predijo que el espíritu está pronto, para mostrar qué debe estar sujeto a qué, a saber, que la carne sirva al espíritu, lo más débil a lo más fuerte, para que de él asuma también la fortaleza misma. Que el espíritu converse con la carne sobre la salvación común, sin pensar ya en las incomodidades de la cárcel, sino en el combate y la batalla mismos. Quizás la carne temerá la espada grave, la cruz elevada, la rabia de las bestias, el castigo supremo del fuego y todo el ingenio del verdugo en los tormentos. Pero que el espíritu oponga para sí y para la carne que, aunque estas cosas sean amargas, han sido aceptadas por muchos con ánimo sereno, es más, incluso buscadas voluntariamente, por causa de la fama y la gloria; y no solo por hombres, sino también por mujeres, para que ustedes también, benditas, respondan a su sexo. Sería largo enumerar a cada uno de los que se dieron muerte con la espada, guiados por su propio ánimo. De las mujeres, tenemos a mano a Lucrecia, que, habiendo sufrido la violencia de la violación, se clavó un puñal a la vista de sus allegados para procurar gloria a su castidad; Mucio quemó su mano derecha en el altar para que la fama conservara este hecho suyo. Menos hicieron los filósofos: Heráclito, que se quemó cubierto de estiércol vacuno; asimismo Empédocles, que se lanzó a los fuegos del monte Etna; y Peregrino, que no hace mucho se arrojó a la hoguera: cuando también las mujeres han despreciado los fuegos: Dido, para no ser obligada a casarse después de su amadísimo esposo; asimismo la esposa de Asdrúbal, que, viendo ya a Cartago ardiendo y a su marido suplicante ante Escipión, se lanzó con sus hijos al incendio de la patria. Régulo, caudillo de los romanos, capturado por los cartagineses, al no querer ser compensado él solo por muchos cautivos cartagineses, prefirió ser entregado a los enemigos y, encerrado en un tipo de caja y atravesado por clavos desde el exterior, sintió tantas cruces. Una mujer buscó voluntariamente a las bestias, y ciertamente áspides, serpientes más horribles que un toro o un oso, las cuales Cleopatra se aplicó para no caer en manos del enemigo. Pero el miedo a la muerte no es tan grande como el de los tormentos. Por tanto, ¿cedió ante el verdugo la meretriz ateniense? La cual, consciente de la conjuración, al ser torturada por ello por el tirano, no solo no delató a los conjurados, sino que finalmente escupió su propia lengua comida en la cara del tirano, para que supieran que los tormentos no lograban nada, aunque perseveraran más allá. Pues no es desconocido lo que hoy es la máxima solemnidad entre los lacedemonios, la διαμαστίγωσις, es decir, la flagelación. En este rito sagrado, ante el altar, todos los jóvenes nobles son afligidos con azotes, mientras sus padres y parientes están presentes y los exhortan a perseverar. Pues se considerará un adorno y una gloria, con mayor título, si el alma cede ante los azotes antes que el cuerpo. Por tanto, si tanto se permite a la gloria terrenal respecto al vigor del cuerpo y del ánimo, que desprecian la espada, el fuego, la cruz, las bestias, los tormentos, bajo el premio de la alabanza humana, puedo decir que son pequeñas estas pasiones para la consecución de la gloria celestial y de la recompensa divina. ¿Si tanto vale el vidrio, cuánto valdrá la perla? ¿Quién, pues, no estaría dispuesto a entregar gustosamente tanto por la verdad, cuanto otros entregan por la falsedad?
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CAPÍTULO V.
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Omito ahora la causa de la gloria. La afectación y cierta enfermedad del ánimo han pisoteado ya entre los hombres todos estos mismos combates de crueldad y tormentos. ¿A cuántos ociosos la afectación por las armas los coloca ante la espada? Ciertamente, descienden ante las fieras mismas por afectación y se ven más hermosos a sí mismos por las mordeduras y las cicatrices. Incluso algunos se han entregado a los fuegos para completar un cierto espacio con la túnica ardiendo. Otros han caminado entre las correas de los cazadores con espaldas muy pacientes. Estas cosas, benditos, el Señor no las permitió en el siglo sin causa; sino para exhortarnos a nosotros ahora, y para confundirnos en aquel día, si temiéramos padecer por la verdad para la salvación, lo que otros han buscado por vanidad para la perdición.
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CAPÍTULO VI.
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Pero omitamos estos ejemplos de constancia que provienen de la afectación. Volvámonos a la contemplación misma de la condición humana, para que también ella nos instruya, si hay que afrontar con constancia cosas que suelen suceder incluso a quienes no las desean. ¡Cuántas veces los incendios han quemado a vivos! ¡Cuántas veces las fieras, tanto en sus bosques como en medio de las ciudades al escaparse de sus jaulas, han devorado a hombres! ¡Cuántos han sido exterminados por ladrones con el hierro, por enemigos incluso con la cruz, torturados antes, es más, marcados con toda clase de contumelia! Nadie hay que no pueda padecer incluso por causa de un hombre lo que duda en padecer por causa de Dios. Para esto, ciertamente, que los tiempos presentes nos sirvan de documento, de cuántas y cuáles personas, según sus nacimientos, dignidades, cuerpos y edades, sufren finales inesperados por causa de un hombre: ya sea por él mismo, si han actuado en su contra; o por sus adversarios, si han estado a su favor.

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