De Anima
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Original / primary: Spanish Gemini
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Tras haber tratado con Hermógenes solo sobre el origen del alma, en la medida en que él supuso que esta consistía más bien en una derivación de la materia que en el soplo de Dios, ahora, al volverme a las cuestiones restantes, parecerá que voy a luchar en gran medida contra los filósofos. Incluso en la cárcel de Sócrates se discutió sobre el estado del alma. No sé si esto fue lo primero, o si ocurrió en un momento oportuno de su magisterio, aunque nada importa respecto al lugar. Pues,¿ qué podía sentir lúcidamente el alma de Sócrates en aquel momento, cuando ya había regresado de su sagrada navegación, cuando ya había agotado la cicuta de su condena, cuando la muerte estaba presente y, por tanto, consternada ante cualquier movimiento, según la naturaleza, o alienada, si no era según la naturaleza? Pues aunque estaba plácida y tranquila, a la cual ni el llanto de su esposa, ya viuda, ni la visión de sus hijos, desde entonces huérfanos, habían doblegado por ley de piedad, sin embargo, incluso en esto se vio movida, para no ser movida, su misma constancia se vio sacudida ante la conmoción de la inconstancia.¿ Qué otra cosa podía sentir cualquier hombre condenado injustamente, sino el consuelo de la injusticia? Y menos aún un filósofo, animal de gloria, para quien la injusticia no debe ser consolada, sino más bien insultada. Finalmente, tras la sentencia, ante su esposa que se le acercaba y gritaba como mujer:¡ Injustamente has sido condenado, Sócrates!, él ya había respondido con gratulación:¿ Acaso querías que fuera justamente? De lo cual no hay que extrañarse si, incluso en la cárcel, se deleita en romper las manos pegajosas de Ánito y Melito, reivindicando ante la misma muerte la inmortalidad del alma con la necesaria presunción para la frustración de la injusticia. Hasta tal punto toda aquella sabiduría de Sócrates de entonces provenía de la industria de una ecuanimidad consultada, no de la confianza de una verdad descubierta. Pues,¿ para quién está descubierta la verdad sin Dios?¿ Para quién es conocido Dios sin Cristo?¿ Para quién es explorado Cristo sin el Espíritu Santo?¿ Para quién es acomodado el Espíritu Santo sin el sacramento de la fe? Ciertamente, Sócrates era movido más fácilmente por un espíritu diferente. Puesto que dicen que un demonio se le había adherido desde niño, un pésimo pedagogo, aunque después de los dioses y con los dioses los demonios son contados entre los poetas y filósofos. Pues aún no habían avanzado los documentos de la potestad cristiana, que sola desenmascara esta fuerza perniciosísima y nunca buena, y, sin embargo, artífice de todo error, abogada de toda verdad. Pero si por eso Sócrates es el más sabio, según el sufragio del demonio pitio que, por supuesto, hacía negocios con su socio,¡ cuánto más digna y constante es la aserción de la sabiduría cristiana, ante cuyo soplo cede toda la fuerza de los demonios! Esta sabiduría, de la escuela del cielo, es más libre para negar los dioses del siglo, la cual, al ordenar que no se devuelva ningún gallo a Esculapio, no prevarica, ni introduce nuevos demonios, sino que expulsa a los viejos, ni corrompe la juventud, sino que la informa con todo bien de pudor, y por eso, no soportando la sentencia inicua de una sola ciudad, sino de todo el orbe, por el nombre de la verdad, tanto más odiosa cuanto más plena, de modo que no absorba la muerte de la copa mediante un hábito de alegría, sino que la agote desde el patíbulo y la hoguera mediante todo ingenio de crueldad: mientras tanto, en esta cárcel más tenebrosa del siglo, entre sus Cebes y sus Fedones, si hay que examinar algo sobre el alma, lo dirigirá a las reglas de Dios. Ciertamente no tenemos otro demostrador del alma más importante que su autor. Aprende de Dios lo que tienes de Dios, o no lo aprendas de nadie, si no es de Dios. Pues,¿ quién revelará lo que Dios ha ocultado?¿ De dónde hay que preguntar? De donde también es más seguro ignorar. Es preferible no saber por Dios, porque no lo ha revelado, que saber por el hombre, porque él mismo lo ha presumido.
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Claramente no negaremos que a veces los filósofos han sentido lo mismo que nosotros. El testimonio de la verdad es el acontecimiento mismo. A veces, incluso en la tormenta, con las huellas del cielo y del mar confundidas, se encuentra algún puerto por un error afortunado, a veces también en las tinieblas se descubren ciertas entradas y salidas por una felicidad ciega. Pero también muchas cosas son sugeridas por la naturaleza, como por un sentido público con el que Dios se dignó dotar al alma. Habiendo obtenido esto, la filosofía lo infló para gloria de su propio arte, por afán( no es extraño si he dicho esto así) de elocuencia, construyendo y destruyendo cualquier cosa, siendo más erudita y persuadiendo más al hablar que al enseñar. Impone formas a las cosas, unas veces las iguala, otras las priva, prejuzga lo incierto a partir de lo cierto, provoca a ejemplos, como si todo fuera comparable, prescribe todo, incluso con propiedades diversas entre cosas similares, no guarda nada de la licencia divina, hace de sus opiniones leyes de la naturaleza: lo toleraría si la naturaleza misma fuera probada como dueña de la naturaleza por la comunión de su condición. Ciertamente le pareció a ella haber extraído también de las sagradas letras, como piensan, porque la antigüedad consideró a muchos autores incluso como dioses, y no digamos como divinos, como Mercurio el Egipcio, a quien Platón se acostumbró especialmente, como Sileno el Frigio, a quien Midas entregó sus enormes orejas tras ser traído por los pastores, como Hermótimo, a quien los clazomenios dedicaron un templo tras su muerte, como Orfeo, como Museo, como Ferecides, maestro de Pitágoras. Pero,¿ qué pasa si los filósofos también han incursionado en aquellas cosas que entre nosotros son condenadas por la confesión de los apócrifos, siendo cierto que no debe recibirse nada que no concuerde con la preparación profética genuina y nacida en su propio tiempo, cuando recordamos también a los falsos profetas y, mucho antes, a los espíritus apóstatas, que con la astucia de ingenios de este tipo han instruido toda la faz del siglo? Finalmente, si es creíble que incluso cualquier indagador de la sabiduría se haya acercado a los mismos profetas por motivo de curiosidad, sin embargo, encontrarías más diversidad entre los filósofos que sociedad, cuando incluso en la misma sociedad se descubre su diversidad. Puesto que todo lo verdadero y consonante con los profetas lo recomiendan desde otro lugar o lo adornan hacia otro lado con la mayor injuria de la verdad, a la cual hacen que sea ayudada por falsedades o patrocinada. Por tanto, esto nos ha enfrentado a nosotros y a los filósofos, especialmente en esta materia, que a veces visten sentencias comunes con sus propias argumentaciones, contrarias en algún lugar a nuestra regla, a veces fortifican sus propias sentencias con argumentaciones comunes, consentáneas en algún lugar a la regla de ellos, de modo que la verdad ha quedado casi excluida de la filosofía por los venenos en esa suya, y por eso, por ambos títulos de sociedad, somos urgidos por el adversario de la verdad a liberar tanto las sentencias comunes de las argumentaciones de los filósofos como a separar las argumentaciones comunes de sus sentencias, revocando las cuestiones a las letras de Dios, exceptuando claramente lo que sin el lazo de algún prejuicio será lícito asumir para un testimonio simple, porque también de los rivales a veces el testimonio es necesario, si no aprovecha a los rivales. Y no ignoro cuán grande es la selva de esta materia entre los filósofos, según el número también de sus comentaristas, cuántas variedades de sentencias, cuántas palestras de opiniones, cuántas propagaciones de cuestiones, cuántas implicaciones de expediciones. Pero también he inspeccionado la medicina, hermana, como dicen, de la filosofía, que también reclama para sí este negocio, puesto que a ella parece pertenecer más la razón del alma a través del cuidado del cuerpo. De donde también se opone mucho a su hermana, porque conoce mejor el alma al tratarla como si estuviera presente en su domicilio. Pero que se ocupe de la ambición de la excelencia de ambas. También la filosofía tuvo la libertad del ingenio y la medicina la necesidad del artificio para extender los retractados sobre el alma; se buscan ampliamente las cosas inciertas, se disputan más ampliamente las presumidas. Cuánta dificultad de probar, tanta laboriosidad de persuadir, que merecidamente aquel Heráclito tenebroso, observando las tinieblas más vastas entre los examinadores del alma, pronunció por tedio de las cuestiones: no encontrarás los límites del alma recorriendo todo el camino. Para el cristiano, sin embargo, basta poco para la ciencia de esta cosa. Pues lo cierto siempre está en lo poco, y no le es lícito buscar más de lo que es lícito encontrar; pues el apóstol prohíbe las cuestiones infinitas. Además, no es lícito encontrar más de lo que se aprende de Dios; lo que, sin embargo, se aprende de Dios, es todo.
3
Y ojalá no hubiera sido necesario que existieran herejías, para que brillaran los que son probables. Nada en absoluto con los filósofos: experimentaríamos también sobre el alma, los patriarcas, por así decirlo, de los herejes. Puesto que también por el apóstol ya entonces se preveía la filosofía como una conmoción de la verdad; pues en Atenas, habiendo experimentado la ciudad lenguaraz, cuando hubo degustado a todos los mercaderes de sabiduría y elocuencia de allí, concibió desde allí aquel edicto premonitorio. Pues de igual modo también la razón del alma a través de las doctrinas filosofadas. Mezclando las aguas de los hombres con el vino. Unos niegan que el alma sea inmortal, otros afirman que es más que inmortal, otros discuten sobre la sustancia, otros sobre la forma, otros sobre cada disposición, estos derivan su estado de otro lugar, aquellos lo llevan a otro lado, según lo que hayan persuadido el honor de Platón o el vigor de Zenón o el tenor de Aristóteles o el estupor de Epicuro o la tristeza de Heráclito o el furor de Empédocles. Ha delinquido, creo, la doctrina divina al originarse de Judea más bien que de Grecia. También erró Cristo al enviar pescadores más pronto que a un sofista para el pregón. Si, por tanto, algo de este modo sobre los olores de la filosofía oscurece el aire blanco y puro de la verdad, eso será lo que los cristianos deberán aclarar, golpeando las argumentaciones originales, es decir, las filosóficas, y oponiendo las definiciones celestiales, es decir, las dominicales, para que tanto aquellas, por las cuales los étnicos son capturados por la filosofía, sean destruidas, como estas, por las cuales los fieles son sacudidos por la herejía, sean rechazadas. Decidida ya en una sola lucha contra Hermógenes, como hemos dicho antes, porque reivindicamos que el alma es del soplo de Dios, no de la materia, fortificados también allí por la regla inobscurable de la determinación divina— y sopló, dice, Dios el soplo de vida en el rostro del hombre, y fue hecho el hombre en alma viva, ciertamente del soplo de Dios, sobre esto nada más hay que revolver. Tiene su título y su hereje. De aquí introduciré el comienzo para los demás.
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Tras la definición del origen, sufre la cuestión del estado. Pues es consecuente que, habiendo profesado que el alma es del soplo de Dios, le asignemos un comienzo. Esto lo excluye Platón, queriendo que el alma sea innata e ingénita. Pero nosotros enseñamos que es nacida y hecha desde la constitución del comienzo. Y no hemos errado en el estado al decir ambas cosas, porque ciertamente una cosa es nacida, otra hecha, como aquello que compete a los animales. Pero las diferencias, al tener sus lugares y tiempos, tienen a veces también comercios de pasividad. Por tanto, admite también que se ponga que la hechura ha sobrevenido, puesto que todo lo que de algún modo recibe el ser es generado. Pues también el hacedor mismo puede ser llamado padre de lo hecho; así también lo usa Platón. Por tanto, en cuanto a nuestra fe, el alma es hecha o nacida. La opinión del filósofo ha sido rechazada también por la autoridad de la profecía.
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Que llamen a algún Eubulo y Critolao y Jenócrates y, en este lugar, al amigo de Platón, Aristóteles. Quizás se esfuercen más por quitar la corpulencia del alma, si no observan a otros por el contrario, y ciertamente a más, que reivindican que el alma es cuerpo. Y no digo solo a aquellos que la forman de manifiestos corporales, como Hiparco y Heráclito del fuego, como Hipón y Tales del agua, como Empédocles y Critias de la sangre, como Epicuro de los átomos, si también los átomos reúnen corpulencias de su coito, como Critolao y sus peripatéticos de una quinta sustancia no sé cuál, si también esa es cuerpo, porque incluye cuerpos— sino que también alego a los estoicos, quienes, predicando que el alma es espíritu, casi con nosotros, por lo cual el soplo y el espíritu son cercanos entre sí, sin embargo, persuadirán fácilmente que el alma es cuerpo. Finalmente, Zenón, definiendo que el alma es espíritu consito, instruye de este modo. Lo que, dice, al partirse el animal muere, es cuerpo: pero al partirse el espíritu consito el animal muere, luego el espíritu consito es cuerpo; pero el espíritu consito es alma, luego el alma es cuerpo. También Cleantes quiere que la semejanza responda a los padres en los hijos no solo en los lineamientos del cuerpo, sino también en las notas del alma, es decir, del espejo de las costumbres y de los ingenios y de los afectos, y que el alma capte la semejanza y disemejanza del cuerpo. Por tanto, está expuesta a la semejanza o disemejanza del cuerpo. Mientras tanto, las pasiones de los corporales y los incorporales no se comunican entre sí. Además, el alma se compadece del cuerpo, al cual, herido por golpes, heridas, úlceras, se conduele, y el cuerpo del alma, a la cual, afligida por cuidado, angustia, amor, se enferma juntamente, por el detrimento ciertamente del vigor de cada uno, testificando el pudor y el pavor con rubor y palidez. Por tanto, el alma es cuerpo por la comunión de las pasiones corporales. Pero también Crisipo le tiende la mano, estableciendo que los corporales no pueden ser abandonados en absoluto por los incorporales, porque ni siquiera son tocados por ellos( de donde también Lucrecio: pues ninguna cosa puede tocar y ser tocada si no es cuerpo), pero al ser abandonado el cuerpo por el alma, el hombre es afectado por la muerte. Por tanto, el alma es cuerpo, la cual, si no fuera corporal, no abandonaría el cuerpo, parece.
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Estos confunden a los platónicos con sutileza más que con verdad. Todo cuerpo, dicen, es necesario que sea animal o inanimado. Y si ciertamente es inanimado, será movido extrínsecamente, pero si es animal, intrínsecamente. Pero el alma no será movida extrínsecamente, como la que no es inanimada, ni intrínsecamente, como la que más bien mueve ella misma al cuerpo. Por tanto, no parece que ella sea cuerpo, la cual no sea movida por alguna región por la forma de los no corporales. Ante esto nos maravillaremos de la incongruencia primero de la definición que provoca a aquellas cosas que no convienen al alma. Pues el alma no puede ser llamada cuerpo animal o inanimado, puesto que ella misma es la que o hace al cuerpo animal, si está presente, o inanimado, si está ausente de él. Por tanto, lo que hace no puede ser ella misma, para que sea llamada animal o inanimada. Pues el alma es llamada por el nombre de su sustancia. Pero si no admite ser llamada cuerpo animal o inanimado, lo que es el alma,¿ cómo será provocada a la forma de los cuerpos animales e inanimados? Después, si es propio del cuerpo ser movido extrínsecamente por algo, hemos mostrado arriba que el alma también es movida por otro, cuando profetiza, cuando se enfurece, ciertamente extrínsecamente, porque por otro, merecidamente reconoceré como cuerpo lo que será movido extrínsecamente por otro según la proposición del ejemplo. Ahora bien, si ser movido por otro es propio del cuerpo,¿ cuánto más mover a otro? Pero el alma mueve al cuerpo, y sus esfuerzos aparecen extrínsecamente fuera. Pues de ella es que los pies sean impulsados al caminar y las manos al contacto y los ojos a la visión y la lengua a la palabra, como si el movimiento de las figurillas agitara la superficie desde dentro.¿ De dónde esta fuerza para el alma incorporal, de dónde para una cosa vacía empujar cosas sólidas? Pero,¿ cómo parecen divididos en el hombre los sentidos corporales e intelectuales? Dicen que las cualidades de las cosas corporales, como la tierra, como el fuego, son reportadas a los sentidos corporales, como al tacto, como a la vista, pero que las de los incorporales convienen a los intelectuales, como la benignidad, como la malignidad. Por tanto, consta que el alma es incorporal, cuyas cualidades no son comprendidas por los sentidos corporales, sino por los intelectuales. Claramente, si no excluyera el grado de esta definición. Pues he aquí que muestro que los incorporales están sujetos a los sentidos corporales, el sonido al oído, el color a la vista, el olor al olfato, por cuyo ejemplo también el alma accede al cuerpo, para que no digas que por eso son reportados por los sentidos corporales porque acceden a los corporales. Por tanto, si consta que los incorporales también son comprendidos por los corporales,¿ por qué no también el alma, que es corporal, es reportada por los incorporales? Ciertamente la definición ha sido excluida. De las argumentaciones más insignes será también aquella de que todo cuerpo juzgan que es alimentado por corporales, pero el alma, como incorporal, por incorporales, es decir, por estudios de sabiduría. Pero ni este grado se mantendrá, respondiendo Sorano, autor muy instruido de la medicina metódica, que el alma es alimentada también por corporales, finalmente, que al faltar, ella es sostenida por comida la mayoría de las veces.¿ Cómo no? Al ser quitada la cual, se deshace totalmente del cuerpo. Así también el mismo Sorano, habiendo comentado plenamente sobre el alma en cuatro volúmenes y habiendo experimentado con todas las sentencias de los filósofos, reivindica la sustancia corporal del alma, aunque la defraudó de la inmortalidad. Pues no es de todos creer lo que es de los cristianos. Como, por tanto, el mismo Sorano muestra con las cosas que el alma es alimentada por corporales, de igual modo que el filósofo exhiba que ella es alimentada por incorporales. Pero,¿ nadie ha vertido jamás agua con miel del elocuencia de Platón o ha insertado migajas del minutiloquio de Aristóteles a alguien que duda sobre la salida del alma? Pero,¿ qué harán tantas y tan grandes almas de los habitantes de las rocas y de los bárbaros, a quienes faltan los alimentos de la sabiduría, y sin embargo poseen una prudencia indocta y viven sin academias y pórticos áticos y cárceles de Sócrates, finalmente, ayunando de la filosofía, viven no obstante? Pues los alimentos de los estudios o de la disciplina no aprovechan a la sustancia misma, porque no hacen un alma más opulenta, sino más adornada. Pero bien que también los estoicos afirman que las artes son corporales. Hasta tal punto también así el alma es corporal, si se cree que es alimentada por las artes. Pero la enorme intención de la filosofía suele la mayoría de las veces ni siquiera mirar ante sus pies. Así Tales en el pozo. Suele también, al no entender sus sentencias, sospechar una corrupción de la salud. Así Crisipo hacia el eléboro. Algo así creo que le sucedió, cuando negó dos cuerpos en uno, alienado de la perspectiva y del recogimiento de las embarazadas, que no llevan cada día cuerpos singulares, sino también dobles y triples en el ámbito de un solo útero. Se encuentra también en el derecho civil una griega que dio a luz un quinteto de hijos, madre de todos a la vez, padre múltiple de un único feto, parturienta numerosa de un único útero, la cual, apiñada por tantos cuerpos, casi diría por un pueblo, ella misma fue el sexto cuerpo. La condición universal testificará que los cuerpos que van a proceder de los cuerpos ya están allí de donde proceden. Es necesario que sea segundo lo que es de otro. Además, nada es de otro sino mientras es engendrado; pero entonces son dos.
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En cuanto a los filósofos, esto es suficiente, porque en cuanto a los nuestros es abundante; para quienes la corporalidad del alma brillará en el mismo evangelio. El alma de cierto hombre sufre en el infierno y es castigada en la llama y atormentada en la lengua y suplica el consuelo del rocío del dedo del alma más feliz.¿ Crees que aquella salida del pobre que se alegra y del rico que se lamenta es una imagen?¿ Y qué hace allí el nombre de Lázaro, si no es una cosa en verdad? Pero incluso si se debe creer que es una imagen, será testimonio de la verdad. Pues si el alma no tuviera cuerpo, la imagen del alma no captaría la imagen del cuerpo, ni la escritura mentiría sobre los miembros corporales, si no existieran. Pero,¿ qué es eso que es trasladado a los infiernos tras el divorcio del cuerpo, que es detenido allí, que es reservado para el día del juicio, al cual también Cristo descendió al morir? Creo que a las almas de los patriarcas. Pero,¿ por qué, si el alma no es nada bajo tierra? Pues nada, si no es cuerpo. Pues la incorporalidad es libre de todo género de custodia, inmune tanto de la pena como del consuelo. Pues por lo que es castigada o consolada, esto será cuerpo. Rendiré cuenta de esto más plenamente y más oportunamente. Por tanto, si el alma percibe algún tormento o consuelo en la cárcel o en el alojamiento de los infiernos, en el fuego o en el seno de Abraham, habrá sido probada la corporalidad del alma. Pues la incorporalidad no sufre nada al no tener por lo que pueda sufrir, o si lo tiene, esto será cuerpo. Pues en cuanto todo lo corporal es pasible, en tanto lo que es pasible es corporal.
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Por lo demás, es abrupto y absurdo excluir algo del censo de los corporales porque no iguale a los demás ejemplos corporales.¿ Y dónde están las discriminaciones privadas de las propiedades, por las cuales la magnificencia del autor es señalada por la diversidad de las mismas obras, para que sean tan discretas como iguales, tan amigas como rivales? Puesto que también los mismos filósofos dictaminan que el universo consiste de contrarios según la amistad y la enemistad de Empédocles. Así, por tanto, aunque los corporales yacen ante los incorporales, ellos mismos también difieren tanto entre sí, que la diferencia amplía sus especies, no cambia el género, para que sean corporales, así muchos para la gloria de Dios, mientras son varios, así varios, mientras son diversos, así diversos, mientras para estos hay otros sentidos de cualidades, otros para aquellos, mientras para estos hay otros alimentos, otros para aquellos, mientras estos son invisibles, aquellos visibles, mientras estos son graves, aquellos leves. Pues dicen que por eso el alma debe ser reportada como incorporal, porque al partirse ella, los cuerpos de los difuntos se hacen más graves, cuando deberían ser más leves, al ser eximido el peso de un solo cuerpo, si el alma fuera cuerpo. Pues,¿ qué, dice Sorano, si niegan que el mar sea cuerpo, porque fuera del mar la nave se hace inmóvil y grave?¿ Cuánto más válido, por tanto, el cuerpo del alma, que transporta un cuerpo de tanto peso después con la más leve movilidad? Por lo demás, el alma es invisible tanto por la condición de su cuerpo como por la propiedad de su sustancia y por la naturaleza también de aquellos para quienes le ha tocado ser invisible. Los búhos no conocen el sol con los ojos: las águilas lo soportan de tal modo que juzgan la generosidad de sus nacidos por la audacia de sus pupilas; de lo contrario, no educarán como degenerado a quien el rayo del sol haya apartado. Es, por tanto, algo invisible para uno, para otro no, lo cual no es por eso incorporal porque la fuerza no vale por igual. Pues el sol es cuerpo, puesto que es fuego, pero lo que el águila confiese, que lo niegue el búho, no prejuzgando sin embargo al águila. Tanto y el cuerpo del alma es invisible a la carne, si acaso, pero es visible al espíritu. Así Juan, hecho en el espíritu de Dios, contempla las almas de los mártires.
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Cuando afirmamos que el cuerpo del alma es de cualidad propia y de su propio género, ya esta condición de propiedad prejuzgará sobre los demás accidentes de la corpulencia, o que estos están presentes en ella, a la cual mostramos que es cuerpo, pero también ella misma de su propio género por la propiedad del cuerpo, o aunque no estén presentes, que esto es de la propiedad, que no estén presentes en el cuerpo del alma los que están presentes en los demás cuerpos. Y sin embargo, no profesaremos inconstantemente que las cosas más solemnes y de todo modo debidas a la corpulencia están presentes también en el alma, como el hábito, como el término, como aquello que dista de tres maneras, digo la longitud y la anchura y la sublimidad, con las cuales los filósofos miden los cuerpos.¿ Qué ahora que también damos una efigie al alma? No queriéndolo Platón, como si peligrara sobre la inmortalidad del alma. Pues afirma que todo lo efigiado es compuesto y estructurable: pero que todo lo compositicio y estructurable es disoluble; pero que el alma es inmortal, luego indisoluble, en cuanto inmortal y no efigiada, en cuanto indisoluble. Por lo demás, compositicia y estructurable, si fuera efigiada; como si la efigiara de otro modo con formas intelectuales, hermosa por la justicia y las disciplinas de la filosofía, pero deforme por las artes contrarias. Pero nosotros le inscribimos también líneas corporales, no solo por confianza de la corporalidad mediante la estimación, sino también por la constancia de la gracia mediante la revelación. Pues porque reconocemos los carismas espirituales, después de Juan también merecimos conseguir la profecía. Hay hoy una hermana entre nosotros que ha obtenido los carismas de las revelaciones, los cuales sufre en la iglesia entre las solemnidades dominicales mediante el éxtasis en el espíritu; conversa con los ángeles, a veces también con el Señor, y ve y oye sacramentos, y conoce los corazones de algunos y somete medicinas a los que las desean. Ahora bien, según se leen las escrituras o se cantan los salmos o se pronuncian las alocuciones o se delegan las peticiones, así desde allí se suministran materias para las visiones. Quizás habíamos discutido no sé qué sobre el alma, cuando esa hermana estaba en el espíritu. Tras transcurridas las solemnidades, despedida la plebe, según el uso que suele tener de anunciarnos lo que ha visto( pues también se digieren diligentísimamente, para que también sean probadas), entre otras cosas, dijo, me fue mostrada el alma corporalmente, y parecía espíritu, pero no de cualidad vana y vacía, sino que incluso prometía que podía ser tenida, tierna y lúcida y de color aéreo y forma humana en todo. Esta visión es, Dios es testigo y el apóstol, idóneo patrocinador de los carismas que habrán de ser en la iglesia:¿ tú ni siquiera si la cosa misma te ha persuadido sobre cada uno, creerás? Pues si el alma es cuerpo, sin duda** entre aquellas que hemos profesado arriba. De igual modo también la propiedad del color se adhiere a todo cuerpo.¿ Qué otro color, por tanto, estimarás para el alma que el aéreo y lúcido? No para que el aire sea ella misma su sustancia, aunque esto le pareció a Enesidemo y a Anaxímenes, creo que según algunos también a Heráclito, ni para que sea luz, aunque esto le agradó a Heráclides Póntico. Pues también las gemas ceraunias no por eso tienen sustancia ígnea porque resplandezcan con rubor rutilante, ni las berilos por eso tienen materia acuosa porque fluctúen con brillo colado. Pues,¿ cuántas otras cosas asocia el color, la naturaleza disocia? Pero puesto que todo lo tenue y translúcido es émulo del aire, esto será el alma, en cuanto es soplo y traduz de espíritu, puesto que por la misma sutileza de la tenacidad peligra sobre la fe de la corporalidad. Así también concibe la efigie desde tu sentido, que no debe asignarse otra al alma humana más que la humana, y ciertamente la de aquel cuerpo que cada una llevó consigo. Que esto nos induzca a sentir mientras tanto la contemplación del primordio. Pues recapacita, cuando Dios hubo soplado en el rostro del hombre el soplo de vida, y el hombre hubo sido hecho en alma viva, todo ciertamente a través del rostro aquel soplo fue transmitido inmediatamente a los interiores y difundido por todos los espacios del cuerpo y al mismo tiempo densado por la aspiración divina, expresado por toda línea interior, la cual, densada, había llenado, y como en forma se había helado. Desde allí, por tanto, también la corpulencia del alma fue solidada por la densación y la efigie formada por la expresión. Este será el hombre interior, otro el exterior, doblemente uno; teniendo también aquel sus ojos y sus oídos, con los cuales Pablo debía oír y ver al Señor, teniendo también los demás miembros, a través de los cuales usa tanto en los pensamientos como en los sueños. Así también el rico en los infiernos tiene lengua, y el pobre dedo, y el seno de Abraham. Por estas líneas también las almas de los mártires son entendidas bajo el altar. Pues desde el primordio, concretada y configurada al cuerpo en Adán el alma, como de toda la sustancia, así también hizo la semilla de esta condición.
10
Pertenece al estado de la fe determinar el alma simple según Platón, es decir, uniforme, al menos en lo que respecta al nombre de sustancia. Allá ellos con sus artes y disciplinas, allá ellos con sus herejías. Algunos, en efecto, quieren que en ella resida otra sustancia natural, el espíritu, como si una cosa fuera vivir, que proviene del alma, y otra respirar, que se produce por el espíritu. Pues no en todos los animales están presentes ambas cosas. Muchos, en efecto, solo viven, pero no respiran, por el hecho de no tener órganos para el espíritu, pulmones y arterias. Pero¿ qué sentido tiene, en el examen del alma humana, fijarse en los argumentos sobre el mosquito y la hormiga, cuando el Dios artífice ha proporcionado a todos los animales los elementos vitales propios según la disposición de cada género, de modo que no se puede extraer ninguna conjetura de ahí? Pues ni el hombre, si está constituido con pulmones y arterias, por eso respirará de una fuente y vivirá de otra, ni la hormiga, si carece de tales miembros, por eso se negará que respira, como si solo viviera.¿ A quién, en verdad, se le ha revelado tanto en las obras de Dios como para presumir que a alguien le faltan estas cosas? Aquel Herófilo, médico o carnicero, que diseccionó a seiscientos para escrutar la naturaleza, que odió al hombre para conocerlo, no sé si exploró con claridad todas sus entrañas, pues la misma muerte altera lo que había vivido, y una muerte no simple, sino que yerra entre los mismos artificios de la disección. Los filósofos han declarado con certeza que a los mosquitos, hormigas y polillas les faltan pulmones y arterias. Dime, inspector curiosísimo,¿ tienen ojos para ver? Y, sin embargo, van a donde quieren y evitan y buscan lo que saben al ver: señala los ojos, denota las pupilas. Pero también las polillas devoran: demuestra las mandíbulas, saca a relucir los molares. Pero también los mosquitos zumban, sin ser ciegos ni siquiera en las tinieblas de los oídos: muestra a la vez la trompa y la abertura de su boca. Cualquier animal, aunque sea de un solo punto, es necesario que se alimente de algo: exhibe los miembros para transmitir, digerir y defecar el alimento.¿ Qué diremos entonces? Si se vive mediante estas cosas, estas existirán ciertamente en todos los seres que viven, aunque no se vean, aunque no se capten por su pequeñez. Esto lo creerías más si consideraras a Dios tan artífice en lo pequeño como en lo grande. Pero si no crees que el ingenio de Dios pueda abarcar cuerpos tan diminutos, reconoce aun así su magnificencia, en que ha instruido a los animales pequeños para que vivan sin los miembros necesarios, salvando incluso la visión sin ojos, la alimentación sin dientes y la digestión sin conductos, del mismo modo que algunos se desplazan sin pies mediante un impulso fluido, como las serpientes, o mediante un esfuerzo que se levanta, como los gusanos, o mediante un reptar espumoso, como las babosas. Así pues,¿ por qué no piensas que se puede respirar sin los fuelles de los pulmones y sin los conductos de las arterias, para que aceptes como gran argumento que el espíritu se añade al alma humana porque hay seres que carecen de espíritu, y que por eso carecen de espíritu porque no están construidos a partir de artes neumáticas?¿ Crees que algo vive sin espíritu, pero no crees que respira sin pulmones?¿ Qué es, te ruego, respirar? Es, creo, emitir un soplo de sí mismo.¿ Qué es no vivir? Es, creo, no emitir un soplo de sí mismo. Pues esto tendré que responder si respirar no es lo mismo que vivir. Pero será propio del muerto no emitir un soplo: por tanto, es propio del que vive emitir un soplo. Pero también es propio del que respira emitir un soplo: por tanto, respirar también es propio del que vive. Si ambas cosas hubieran podido transcurrir sin el alma, respirar no habría sido del alma, sino solo vivir. Pero, en realidad, vivir es respirar y respirar es vivir. Por tanto, todo esto, tanto respirar como vivir, es de aquello a lo que pertenece vivir, es decir, del alma. En fin, si separas el espíritu y el alma, separa también sus obras. Que ambos actúen en algo separado, el alma por un lado, el espíritu por otro; que el alma viva sin el espíritu, que el espíritu respire sin el alma; que uno abandone los cuerpos, que el otro permanezca, que la muerte y la vida se encuentren. Pues si el alma y el espíritu son dos, pueden dividirse, de modo que, por la división de ellos, al partir uno y permanecer el otro, ocurra el encuentro de la muerte y la vida. Pero de ninguna manera ocurrirá: por tanto, no serán dos, pues no pueden dividirse, lo cual podrían hacer si hubieran sido dos. Pero se permite que sean dos cosas concretas. Pero no serán concretas si vivir es una cosa y respirar otra. Las obras distinguen las sustancias. Y cuánto más firme es ahora creer que son uno, cuando no das distancia para que el alma misma sea el espíritu, puesto que respirar pertenece a lo mismo a lo que pertenece vivir.¿ Qué pasaría, si quisieras que el día se considerara una cosa y la luz otra, que se añade al día, cuando el día mismo es luz? Claramente habrá también otros géneros de luz, como por el ministerio de los fuegos. Pues habrá también otras especies de espíritu, como por Dios, como por el diablo. Así, cuando se trata del alma y el espíritu, el alma misma será el espíritu, tal como el día mismo es luz. Pues lo mismo es aquello por lo que es algo.
11
Pero que yo llame al alma espíritu, lo exige la razón de la presente cuestión, porque respirar se atribuye a otra sustancia. Mientras reivindicamos esto para el alma, a la que reconocemos uniforme y simple, es necesario que digamos que el espíritu es tal bajo una condición determinada, no por nombre de estado, sino de acto, ni por título de sustancia, sino de obra, porque respira, no porque sea espíritu propiamente. Pues también soplar es respirar. Así también al alma, a la que defendemos como soplo por propiedad, la pronunciamos ahora espíritu por necesidad. Por lo demás, contra Hermógenes, quien sostiene que ella proviene de la materia y no del soplo de Dios, defendemos el soplo propiamente. Él, en efecto, contra la fe de la misma Escritura, convierte el soplo en espíritu, para que, siendo increíble que el espíritu de Dios llegue al pecado y luego al juicio, se crea que el alma proviene de la materia más que del espíritu de Dios. Por eso nosotros defendemos allí que ella es soplo, no espíritu, según la Escritura y según la distinción del espíritu, y aquí la pronunciamos espíritu a la fuerza, según la comunión de respirar y soplar. Allí la cuestión es sobre la sustancia; pues respirar es un acto de la sustancia. Y no más sobre esto, sino por causa de los herejes, que introducen no sé qué semilla espiritual en el alma, conferida por la oculta liberalidad de la madre Sofía sin que el creador lo sepa; cuando la Escritura, más consciente de su Dios creador, no ha promulgado nada más que a Dios soplando en el rostro del hombre el soplo de vida y al hombre hecho en alma viviente, por la cual desde entonces vive y respira, declarada suficientemente la diferencia entre espíritu y alma en los instrumentos siguientes, pronunciando el mismo Dios: el espíritu salió de mí, y todo soplo yo lo hice. Pues también el alma es un soplo hecho a partir del espíritu. Y de nuevo: quien dio soplo al pueblo sobre la tierra y espíritu a los que la pisan. Primero, en efecto, el alma, es decir, el soplo, al pueblo que camina en la tierra, es decir, que actúa carnalmente en la carne, después el espíritu a los que pisan la tierra, es decir, que someten las obras de la carne, porque también el apóstol dice: no primero lo que es espiritual, sino lo que es animal, después lo espiritual. Pues incluso si Adán profetizó inmediatamente aquel gran sacramento sobre Cristo y la Iglesia: esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne, sufrió la incidencia del espíritu. Pues cayó sobre él un éxtasis, fuerza operadora del Espíritu Santo para la profecía. Pues también el espíritu malo es una cosa que incide. En fin, el espíritu de Dios transformó después a Saúl en otro hombre, es decir, en profeta, cuando se dijo:¿ qué es esto del hijo de Cis?¿ Acaso también Saúl entre los profetas?, al cual el espíritu malo transformó después en otro hombre, es decir, en apóstata. A Judas también, contado durante algún tiempo con los elegidos hasta el oficio de la bolsa, aunque ya defraudador, pero todavía no traidor, después entró el diablo. Por tanto, si ni el espíritu de Dios ni el del diablo se siembra en el alma desde el nacimiento, consta que ella está sola antes del evento de ambos espíritus; si está sola, es también simple y uniforme por nombre de sustancia, y así no respira de otra fuente que de la suerte de su propia sustancia.
12
Por consiguiente, también el ánimo, o si es la mente, el nous entre los griegos, no entendemos otra cosa que el sustrato del alma, innato e inserto y propio por nacimiento, con el cual actúa, con el cual piensa, el cual, teniéndolo consigo, se mueve a sí misma desde sí misma, y así parece ser movida por él como por otra sustancia, como quieren los que también deciden que el ánimo es el motor del universo, aquel Dios de Sócrates, aquel Monógenes de Valentín del padre Bythos y la madre Sige.¡ Aunque la opinión de Anaxágoras es confusa! Pues, habiendo comentado que el ánimo es el principio de todas las cosas y suspendiendo el oscilo del universo de su eje, y afirmando que es puro, simple e inmezclable, con este título lo separa sobremanera de la mezcla del alma y, sin embargo, en otro lugar lo adjudica al alma. Esto también lo señaló Aristóteles, no sé si más preparado para llenar lo suyo que para vaciar lo ajeno. En fin, él mismo, al diferenciar la definición del ánimo, pronunció entretanto otro género de ánimo, aquel divino, al cual, mostrando de nuevo que es impasible, lo sustrajo también de la compañía del alma. Pues, siendo constante que el alma es pasible de las cosas que ha recibido por suerte, o padecerá a través del ánimo y con el ánimo, si es concreta con el ánimo: no podrá introducirse un ánimo impasible: o si no padece a través del ánimo ni con el ánimo, el alma no será concreta con él, con quien no tiene nada y quien no padece nada. Además, si el alma no padecerá nada a través de él y con él, ya no sentirá ni pensará ni será movida a través de él, como quieren. Pues también Aristóteles hace que los sentidos sean pasiones.¿ Cómo no? Pues sentir es padecer, porque padecer es sentir. Por consiguiente, también pensar es sentir y ser movido es sentir, así que todo es padecer. Vemos, sin embargo, que el alma no experimenta nada de esto sin que también se atribuya al ánimo, porque se realiza a través de él y con él. Ya, por tanto, el ánimo es también mezclable contra Anaxágoras y pasible contra Aristóteles. Por lo demás, si se admite la distinción, de modo que el ánimo y el alma sean dos cosas como sustancia, de una será la pasión y el sentido y todo pensamiento y acto y movimiento, mientras que de la otra será el ocio y la quietud y el estupor y ya ninguna causa, y o el ánimo estará ocioso o el alma. Pero si consta que todas estas cosas se reputan a ambos, por tanto ambos serán uno, y Demócrito obtendrá la victoria al eliminar la diferencia, y se buscará cómo ambos son uno, si por la confusión de dos sustancias o por la disposición de una sola. Nosotros, sin embargo, decimos que el ánimo es concreto al alma, no como otra sustancia, sino como el oficio de la sustancia.
13
Para esto queda por ver dónde está la principalidad, es decir, qué manda sobre qué, de modo que, cuya principalidad aparezca, esa sea la masa de la sustancia, y aquello sobre lo que la masa de la sustancia mandará, se atribuya al oficio natural de la sustancia. En verdad,¿ quién no dará al alma toda la suma, en cuyo nombre se ha titulado la mención de todo el hombre?¡ Cuántas almas alimento, dice el rico, no dice ánimos, y el gobernador desea salvar almas, no ánimos, y el campesino en el trabajo, y el soldado en la batalla, afirma que pone su alma, no su ánimo.¿ De quién son más nombrados los peligros o los votos, del ánimo o del alma?¿ Qué se dice, además, que hacen los moribundos, el ánimo o el alma? Finalmente, los mismos filósofos y los mismos médicos, aunque vayan a discutir también sobre el ánimo, sin embargo, cada uno ha prescrito la cara de la obra y la frente de la materia sobre el alma. Pero para que aprendas también de Dios, Dios siempre se dirige al alma, interpela y convoca al alma, para que dirija el ánimo hacia él. Cristo vino a salvar a aquella, amenaza con perderla en el infierno, prohíbe que se valore más que ella, y él mismo, el buen pastor, la pone por sus ovejas. Tienes la principalidad del alma, tienes en ella también la unión de la sustancia, de la cual entiendas que el ánimo es el instrumento, no el patrocinio.
14
Por lo demás, es singular y simple y toda ella es de sí misma, no más construible desde otra parte que divisible desde sí misma, porque tampoco es disoluble. Pues si es construible y disoluble, ya no es inmortal. Por tanto, porque ya no es mortal, ni es disoluble ni divisible. Pues también dividirse es disolverse y disolverse es morir. Se divide, sin embargo, en partes, ahora en dos por Platón, ahora en tres por Zenón, ahora en cinco y en seis por Panecio, en siete por Sorano, incluso en ocho según Crisipo, incluso en nueve según Apolófanes, pero también en doce entre algunos estoicos, y en dos más según Posidonio, quien, habiendo comenzado por dos títulos, el principal, lo que llaman hegemonikon, y el racional, lo que llaman logikon, prosiguió desde allí en diecisiete; así dividen el alma en especies de otras especies. Sin embargo, las partes del alma de este tipo no se considerarán tanto partes como fuerzas y eficacias y obras, tal como Aristóteles juzgó sobre algunas. Pues no son miembros de la sustancia animal, sino ingenios, como el motor, el actor, el pensador, y si distinguen otros de este modo, como también esos cinco sentidos conocidísimos, vista, oído, gusto, tacto, olfato. Aunque para todos ellos determinaron domicilios ciertos y singulares en el cuerpo, no por eso esta distribución del alma pertenecerá a las secciones del alma, cuando ni siquiera el cuerpo mismo se divide en miembros como ellos quieren que se divida el alma. Y, sin embargo, de la multitud de miembros se hace un cuerpo único, de modo que la división misma es más bien una concreción. Observa la prodigiosísima magnificencia de Arquímedes, hablo del órgano hidráulico, tantos miembros, tantas partes, tantas uniones, tantos caminos de voces, tantos compendios de sonidos, tantos comercios de modos, tantas filas de flautas, y todas serán una sola mole. Así también el espíritu, que allí exhala desde el tormento del agua, no por eso se separará en partes porque se administra a través de las partes, sólido en sustancia, pero dividido en obra. Este ejemplo no está lejos de Estratón y Enesidemo y Heráclito; pues ellos también defienden la unidad del alma, la cual, difundida por todo el cuerpo y en todas partes ella misma, como el soplo en la caña a través de las cavidades, así brilla a través de los sentidos de diversas maneras, no tanto cortada como dispensada. Estos títulos con los que se nombran todas estas cosas y de qué divisiones desde sí mismas se derivan y en qué lugares del cuerpo se secuestran, los médicos lo considerarán mejor con los filósofos; a nosotros nos convendrán pocas cosas.
15
En primer lugar, si existe algún grado supremo en el alma, vital y sapiencial, lo que llaman hegemonikon, es decir, principal, porque si se niega, todo el estado del alma peligra. En fin, los que niegan el principal, primero juzgaron que el alma misma no es nada. Algún Dicearco de Mesenia, y entre los médicos Andrés y Asclepiades, eliminaron así el principal, mientras quieren que los sentidos, de los cuales se reivindica el principal, estén en el ánimo mismo. Asclepiades también se mueve por aquel argumento de que muchos animales, habiendo sido eliminadas aquellas partes del cuerpo en las que se considera que consiste principalmente el principal, viven además hasta cierto punto y piensan no obstante, como las moscas y avispas y langostas, si les cortas la cabeza, como las cabras y tortugas y anguilas, si les extraes el corazón; por tanto, que no existe el principal, pues si hubiera existido, perdido el vigor del alma con sus sedes, no perseveraría. Pero más filósofos contra Dicearco, Platón, Estratón, Epicuro, Demócrito, Empédocles, Sócrates, Aristóteles, y médicos contra Andrés y Asclepiades, Herófilo, Erasístrato, Diocles, Hipócrates y el mismo Sorano, y ya más que todos los cristianos, que somos enseñados por Dios sobre ambas cosas, que existe el principal en el alma y que está consagrado ciertamente en un receso del cuerpo. Pues si leemos que Dios es escrutador y examinador del corazón, si también su profeta es probado al traducir los ocultos del corazón, si el Señor mismo, al considerar el pensamiento del corazón en el pueblo, se adelanta:¿ qué pensáis en vuestros corazones, malvados? Si también David: crea en mí un corazón puro, oh Dios, y Pablo dice que con el corazón se cree para la justicia, y Juan dice que cada uno es reprendido por su corazón, si finalmente el que vio a una mujer para codiciarla, ya adulteró en el corazón, al mismo tiempo ambas cosas brillan, que existe el principal en el alma, al cual la intención divina se dirige, es decir, la fuerza sapiencial y vital( pues lo que piensa, es vivaz) y que se tiene en ese tesoro del cuerpo al que Dios mira, para que no pienses que este principal es agitado desde fuera según Heráclito, ni ventilado por todo el cuerpo según Mosquión, ni concluido en la cabeza según Platón, ni que preside más bien en el vértice según Jenócrates, ni que yace en el cerebro según Hipócrates, pero tampoco alrededor del fundamento del cerebro, como Herófilo, ni en las membranitas, como Estratón y Erasístrato, ni en el centro de las cejas, como Estratón el físico, ni en toda la coraza del pecho, como Epicuro, sino lo que también los egipcios declararon, y los que parecían ser comentadores de las letras divinas, como también aquel verso de Orfeo o Empédocles: pues para el hombre la sangre circumcordial es el sentido. También Protágoras, también Apolodoro y Crisipo piensan esto, para que incluso por estos sea rechazado Asclepiades y busque a sus cabras balando sin corazón y ahuyente a sus moscas volando sin cabeza, y todos sepan ya que viven más bien sin corazón y cerebro quienes prejuzgaron la disposición del alma humana a partir de la condición de las bestias.
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Existe también aquello que pertenece a la fe, que Platón divide el alma de forma doble mediante lo racional y lo irracional. A cuya definición nosotros también aplaudimos, pero no para que ambas se atribuyan a la naturaleza. Pues lo racional debe creerse natural, lo que desde el principio es innato al alma, por parte del autor racional, evidentemente. Pues¿ qué no es racional, lo que Dios también ha emitido por orden, y mucho menos lo que ha emitido propiamente por su soplo? Lo irracional, sin embargo, debe entenderse como posterior, como lo que ocurrió por el instinto de la serpiente, ese mismo admitido de la transgresión, y desde entonces arraigó y creció en el alma a modo de naturalidad, porque ocurrió inmediatamente en el principio de la naturaleza. Por lo demás, cuando el mismo Platón dice que solo lo racional está en el alma como en Dios mismo, si nosotros también hubiéramos atribuido lo irracional a la naturaleza, que nuestra alma recibió por suerte de Dios, igualmente lo irracional será de Dios, en tanto que natural, porque Dios es el autor de la naturaleza. Pero, en realidad, la inyección del pecado proviene del diablo, y todo pecado es irracional, por tanto, lo irracional proviene del diablo, de quien también proviene el pecado, extraño a Dios, de quien lo irracional es ajeno. Por consiguiente, la diversidad del pecado proviene de la distancia de los autores. Por consiguiente, cuando Platón, segregando lo racional solo para Dios, subdivide dos géneros a partir de lo irracional, el indignativo, que llaman thymikon, y el concupiscible, que llaman epithymetikon, de modo que aquel sea común a nosotros y a los leones, este, en cambio, con las moscas, lo racional, además, con Dios, veo que también sobre esto debo retractarme por las cosas que se encuentran en Cristo. He aquí, en efecto, toda esta trinidad también en el Señor: lo racional, con lo que enseña, con lo que diserta, con lo que allana los caminos de la salvación; y lo indignativo, con lo que arremete contra los escribas y fariseos; y lo concupiscible, con lo que desea comer la pascua con sus discípulos. Por tanto, entre nosotros no siempre deben considerarse como provenientes de lo irracional lo indignativo y lo concupiscible, que estamos seguros de que en el Señor transcurrieron racionalmente. Dios se indignará racionalmente, contra quienes ciertamente debe, y Dios deseará racionalmente, lo que es digno de él. Pues también se indignará contra el mal y deseará la salvación para el bien. También el apóstol nos da la concupiscencia. Si alguien desea el episcopado, desea una buena obra. Pero al decir buena obra, muestra la concupiscencia racional. Concede también la indignación.¿ Cómo no, la cual él mismo asumió? Ojalá sean cortados, dice, los que os subvierten. Racional es la indignación que proviene del afecto de la disciplina. Pero cuando dice: fuimos alguna vez por naturaleza hijos de la ira, señala el indignativo irracional, que no proviene de esa naturaleza que es de Dios, sino de aquella que el diablo introdujo, el Señor mismo también llamado de su orden: no podéis servir a dos señores, padre y él mismo llamado: vosotros sois del diablo padre. No temas atribuirle también a él la propiedad de otra naturaleza, posterior y adúltera, a quien lees como el sobresembrador de la cizaña adúltera y el interpolador nocturno de la mies de trigo.
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Nos alcanza también la cuestión de esos cinco sentidos, que aprendemos en las primeras letras, puesto que también de aquí se procura algo a los herejes. La vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. La fe de estos la condenan duramente los académicos, según algunos también Heráclito y Diocles y Empédocles; ciertamente Platón en el Timeo, pronunciando que la sensualidad es irracional y complicada con la opinión. Por tanto, se objeta la mentira a la vista, porque asegura que los remos en el agua están doblados o quebrados contra la conciencia de su integridad, porque persuade que una torre cuadrangular desde lejos es redonda, porque difama que un pórtico muy igual es más estrecho en el extremo, porque une el cielo con tanta sublimidad al mar. Igualmente el oído es reo de falacia, como cuando pensamos que es un murmullo celestial y es un carro, o cuando, meditando el trueno, creemos con certeza que el sonido es de un carro. Así también el olfato y el gusto son argüidos, puesto que los mismos ungüentos y los mismos vinos se deprecian también con el uso posterior. Así también el tacto es reprendido, puesto que los mismos pavimentos se creen más ásperos para las manos y más suaves para los pies, y en los baños el mismo lago de agua caliente se declara primero fervientísimo, después templadísimo. Hasta tal punto, dicen, también nos engañamos con los sentidos, mientras cambiamos las sentencias. Más moderadamente los estoicos no cargan a todo sentido ni siempre con la mentira. Los epicúreos defienden más constantemente la verdad igual para todos y perpetua, pero por otro camino. Pues no que el sentido mienta, sino la opinión. Pues el sentido padece, no opina; pues el alma opina. Cortaron también la opinión del sentido y el sentido del alma.¿ Y de dónde la opinión, si no del sentido? En fin, a menos que la vista haya sentido la torre redonda, ninguna opinión de redondez.¿ Y de dónde el sentido, si no del alma? En fin, el cuerpo sin alma carecerá de cuerpo y de sentido. Así también el sentido es del alma y la opinión del sentido y el alma todo. Por lo demás, se propondrá excelentemente que existe ciertamente algo que hace que algo se declare de forma distinta por los sentidos de lo que es en las cosas. Además, si puede declararse lo que no está en las cosas,¿ por qué no puede declararse igualmente a través de ello lo que no está en los sentidos, sino en esas razones que intervienen en su nombre? Y así será lícito reconocerlas. Pues para que en el agua el remo aparezca doblado o quebrado, el agua es la causa; en fin, fuera del agua el remo está íntegro para la vista. La terneza, sin embargo, de esa sustancia, por la cual el espejo se hace a partir de la luz, según es golpeada o movida, así también vibrando la imagen invierte la línea de lo recto. Asimismo, para que el hábito de la torre engañe, la condición del intervalo lo obliga en campo abierto; pues la igualdad del aire circundante, vistiendo con luz igual, borra los ángulos de las líneas. Así también la uniformidad del pórtico se agudiza al final, mientras la mirada, apiñada en lo cerrado, se atenúa allí donde también se extiende. Así también el cielo se une al mar, donde la visión se consume, la cual, mientras vive, divide.¿ Pero qué otra cosa engañará al oído que la semejanza de los sonidos? Y si después el ungüento huele menos y el vino sabe menos y el lago hierve menos, en casi todas las cosas la primera fuerza es total. Por lo demás, sobre lo áspero y lo suave, merecidamente las manos y los pies, miembros tiernos y callosos, respectivamente, disienten. Por tanto, de este modo ninguna frustración de los sentidos carecerá de causa. Pero si las causas engañan a los sentidos y a través de los sentidos a las opiniones, ya no debe establecerse la falacia en los sentidos, que siguen a las causas, ni en las opiniones, que son dirigidas por los sentidos que siguen a las causas. Los que enloquecen, ven a unos en otros, como Orestes a la madre en la hermana, y Áyax a Ulises en el rebaño, como Atamante y Ágave a las bestias en sus hijos.¿ Le reprocharás esta mentira a los ojos o a las furias? Los que por redundancia de hiel son amargos, todo es amargo.¿ Le reprocharás, pues, al gusto la prevaricación o a la salud? Todos los sentidos, por tanto, son derribados o circunvenidos por un tiempo, para que carezcan de la propiedad de la falacia. Es más, ya ni siquiera a las mismas causas debe atribuirse el elogio de la falacia. Pues si estas cosas ocurren por razón, la razón no merece ser tenida por falacia. Que esto deba ocurrir así, no es mentira. Por tanto, si también las mismas causas son liberadas de la infamia, cuánto más los sentidos, a los cuales ya las causas les preceden libremente, cuando de aquí sobre todo la verdad y la fe y la integridad deben reivindicarse para los sentidos, porque no declaran de otra forma que lo que aquella razón mandó, la cual hace que algo se declare de forma distinta por los sentidos de lo que es en las cosas.¿ Qué haces, Academia procaz? Derribas todo el estado de la vida, turbas todo el orden de la naturaleza, ciegas la providencia de Dios mismo, quien para todas sus obras, para ser entendidas, cultivadas, dispensadas y disfrutadas, puso al frente sentidos como señores falaces y mentirosos.¿ O no es mediante estos que se suministra toda la condición?¿ O no es mediante estos que accedió también la segunda instrucción al mundo, tantas artes, tantos ingenios, tantos estudios, negocios, oficios, comercios, remedios, consejos, consuelos, sustento, cultivo y adornos, todo? Condimentaron todo el sabor de la vida, mientras que a través de estos sentidos el hombre, solo entre todos, es distinguido como animal racional capaz de inteligencia y ciencia, y de la misma Academia. Pero, en realidad, Platón, para no firmar ningún testimonio a los sentidos, por eso también en el Fedro, desde la persona de Sócrates, niega que pueda conocerse a sí mismo, como aconseja la inscripción délfica, y en el Teeteto se quita a sí mismo saber y sentir, y en el Fedro difiere la sentencia después de la muerte, la póstuma de la verdad, ciertamente; y sin embargo, no muerto todavía, filosofaba. No es lícito, no es lícito para nosotros llamar a duda a estos sentidos, no sea que también en Cristo se delibere sobre la fe de ellos, no sea que tal vez se diga que vio falsamente a Satanás precipitado del cielo o escuchó falsamente la voz del Padre testificando sobre él o fue engañado cuando tocó a la suegra de Pedro o sintió después otro espíritu de ungüento, que aceptó para su sepultura, otro sabor de vino después, que consagró en memoria de su sangre. Así, en efecto, también Marción prefirió creer que él era un fantasma, desdeñando en él la verdad de todo el cuerpo. Y, sin embargo, ni siquiera en sus apóstoles fue burlada la naturaleza. Fiel fue la vista y el oído en el monte, fiel también el gusto de aquel vino, aunque antes de agua, en las bodas de Galilea, fiel también el tacto desde entonces para el incrédulo Tomás. Recita la testificación de Juan: lo que vimos, dice, lo que oímos, con nuestros ojos vimos, y nuestras manos tocaron, sobre el sermón de la vida. Falsa, ciertamente, la testificación, si la naturaleza de los ojos y de los oídos y de las manos miente.
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Paso a la parte de los intelectuales, a cómo Platón, tras haber alcanzado el conocimiento antes de la muerte, recomendó a los herejes esa parte separada de lo corporal. Dice, en efecto, en el Fedón:¿ qué sucederá entonces con la posesión misma de la prudencia?¿ Será el cuerpo un impedimento o no, si alguien lo toma como compañero en la investigación? Digo algo así:¿ tienen alguna verdad la visión y la audición para los hombres, o no?¿ Acaso no nos murmuran siempre esto mismo los poetas, que ni oímos ni vemos nada cierto? Se acordaba, por supuesto, también del cómico Epicarmo: el espíritu ve, el espíritu oye; lo demás es sordo y ciego. Por tanto, dice de nuevo que sobre- sabe aquel que sabe mayormente con la mente, sin proponerse la visión ni arrastrar al espíritu ningún sentido de esa clase, sino usando la mente misma sincera en el acto de reflexionar para captar lo sincero de cada cosa, retirado sobre todo de los ojos y los oídos y, lo que debe decirse, de todo el cuerpo, como algo que perturba y no permite al alma poseer la verdad y la prudencia cuando se comunica. Vemos, pues, que se pretende otra preparación frente a los sentidos corporales, como mucho más idónea: las fuerzas del alma, que operan el intelecto de aquella verdad cuyas cosas no están presentes ni subyacen a los sentidos corporales, sino que están lejos de la conciencia común, en lo arcano, en lo superior y junto a Dios mismo. Pues Platón quiere que existan ciertas sustancias invisibles, incorpóreas, supramundanas, divinas y eternas, a las que llama ideas, es decir, formas, modelos y causas de estas cosas naturales manifiestas y que subyacen a los sentidos corporales, y que aquellas son las verdades, mientras que estas son sus imágenes.¿ Resplandecen ya las semillas heréticas de los gnósticos y valentinianos? De aquí arrebatan la diferencia entre los sentidos corporales y las fuerzas intelectuales, que incluso la parábola de las diez vírgenes adapta, de modo que las cinco necias habrían figurado los sentidos corporales, necios, ciertamente, porque son fáciles de engañar, mientras que las sabias habrían expresado la nota de las fuerzas intelectuales, sabias, ciertamente, porque alcanzan aquella verdad arcana y suprema, constituida junto al Pleroma, los sacramentos de las ideas heréticas. Pues esto son también sus Eones y genealogías. Por tanto, también dividen el sentido, a partir de los intelectuales, ciertamente, desde su semilla espiritual, y a partir de los sensoriales, desde la animal, porque lo espiritual no lo capta de ningún modo, y que de aquel son las cosas invisibles, mientras que de este son las visibles, humildes y temporales, que se encuentran por el sentido constituidas en imágenes. Por esto, pues, hemos preestablecido que el espíritu no es otra cosa que el sustrato y la estructura del alma, y que el espíritu no es algo extraño a lo que ella misma es por el soplo, sino que debe considerarse como una adición que Dios o el diablo insuflaron después. Y ahora, respecto a la diferencia entre lo sensorial y lo intelectual, no admitimos otra cosa que las diversidades de las cosas, corporales y espirituales, visibles e invisibles, públicas y arcanas, de modo que aquellas se atribuyan al sentido y estas al intelecto, aunque en el alma, estando tanto unas como otras supeditadas a su obediencia, la cual siente las cosas corporales a través del cuerpo del mismo modo que entiende las incorporales a través del espíritu, quedando a salvo que también siente mientras entiende.¿ Pues acaso no es sentir entender y entender sentir?¿ O qué será el sentido, sino el intelecto de la cosa que se siente?¿ Qué será el intelecto, sino el sentido de la cosa que se entiende?¿ De dónde vienen estos tormentos para torturar la simplicidad y suspender la verdad?¿ Quién me mostrará un sentido que no entienda lo que siente, o un intelecto que no sienta lo que entiende, para probar que uno puede existir sin el otro? Si las cosas corporales se sienten y las incorporales se entienden, los géneros de las cosas son diversos, no los domicilios del sentido y del intelecto, es decir, no el alma y el espíritu. En fin,¿ por quién son sentidas las cosas corporales? Si por el espíritu, entonces el espíritu ya es también sensorial, no solo intelectual, pues mientras entiende, siente, porque si no siente, tampoco entiende; si, en cambio, las cosas corporales son sentidas por el alma, entonces la fuerza del alma es también intelectual, no solo sensorial, pues mientras siente, entiende, porque si no entiende, tampoco siente. Del mismo modo,¿ por quién son entendidas las cosas incorporales? Si por el espíritu,¿ dónde estará el alma? Si por el alma,¿ dónde estará el espíritu? Pues las cosas que distan deben estar ausentes entre sí cuando operan con sus funciones. Pensarás, ciertamente, que el espíritu está ausente del alma si alguna vez nos vemos afectados por el espíritu de tal modo que no sepamos qué hemos visto o qué hemos oído, porque el espíritu estuvo en otra parte. Hasta tal punto sostendré que el alma misma ni vio ni oyó, porque estuvo en otra parte con su fuerza, es decir, con el espíritu. Pues incluso cuando el hombre delira, el alma delira, no porque peregrine, sino porque entonces el espíritu padece con ella. Por lo demás, el caso es principalmente del alma. Esto se confirma por el hecho de que, si el alma se marcha, tampoco el espíritu se encuentra en el hombre; así, aquel sigue a esta a todas partes, de la cual ni siquiera al final se separa. Pero cuando sigue, también se le añade; por consiguiente, el intelecto se añade al alma a la que sigue el espíritu, al cual se añade el intelecto. Sea ahora el intelecto superior al sentido y mejor conocedor de los sacramentos, siempre que él mismo sea también una fuerza propia del alma, lo cual es también el sentido. Nada me importa, a menos que el intelecto sea preferido al sentido por esta razón, para que sea tenido por más separado cuanto más poderoso se afirma. Entonces, después de la diferencia, debo refutar también la preferencia, pues llegaré hasta la persuasión de un Dios más poderoso. Pero sobre su Dios también experimentaremos en nuestro propio campo con los herejes. Ahora, el título es sobre el alma y el lugar sobre el intelecto, que no debe ser preferido insidiosamente. Pues aunque las cosas que se alcanzan por el intelecto, como las espirituales, son más poderosas que las que se alcanzan por el sentido, como las corporales, la preferencia será de las cosas, es decir, de las más sublimes frente a las más humildes, no del intelecto frente al sentido.¿ Pues cómo habría de preferirse al sentido el intelecto, por el cual es formado para el conocimiento de las verdades? Si, en efecto, las verdades se aprehenden a través de imágenes, es decir, lo invisible se conoce a través de lo visible, porque también el apóstol nos escribe: pues lo invisible de él, desde la creación del mundo, se ve entendido por las cosas hechas, y Platón a los herejes: las cosas que aparecen son el rostro de las ocultas, y es necesario en absoluto que este mundo sea una imagen de algún otro,¿ acaso no se ve allí que el intelecto usa al sentido como guía, autor y fundamento principal, y que sin él no se pueden alcanzar las verdades?¿ Cómo, pues, será más poderoso que aquel por quien es, del cual necesita, al cual debe todo lo que alcanza? Así, ambos quedan concluidos: ni el intelecto debe ser preferido al sentido, pues aquello por lo que algo consta es inferior a ello, ni debe ser separado del sentido, pues aquello por lo que algo es, está con ello.
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Pero tampoco hay que pasar por alto a aquellos que privan al alma del intelecto durante un breve tiempo. Pues del mismo modo allanan el camino para introducirlo después, así como al espíritu, del cual, ciertamente, provendría el intelecto. Quieren que la infancia esté contenida solo por el alma, con la que solo viva, no que sepa al mismo tiempo, porque no todo lo que vive sabe. En fin, los árboles viven y, sin embargo, no saben, según Aristóteles y cualquier otro que comunique la sustancia animal al universo. Lo cual, entre nosotros, en el hombre es una cosa privada, no solo como obra de Dios, que también lo es el resto, sino como soplo de Dios, porque esta sola es la que decimos que nace con todo su equipamiento. Y si se nos provoca con los árboles, aceptaremos el ejemplo, puesto que también en ellos, no ya en los arbolitos, sino en los troncos y brotes todavía, en cuanto surgen de los surcos, existe una fuerza propia del alma. Pero, según la razón del tiempo, se demora coalesciendo y coadolesciendo con su vigor, hasta que la edad complete el hábito con el que la naturaleza funcione.¿ O de dónde les vienen pronto los injertos, se forman las hojas, se inflan los gérmenes, se adornan las florecillas y se condicen los jugos, si no es porque en ellos descansa todo el equipamiento del género y, promovido por las partes, crece? De ahí, pues, saben de donde viven, por la propiedad tanto de vivir como de saber, y ciertamente desde la infancia, también ellas la suya. Veo, en efecto, incluso a la vid, todavía tierna e impúber, entendiendo sin embargo ya sus obras y queriendo adherirse a algo, en lo cual, apoyada y entrelazada, prospere. En fin, sin esperar la disciplina rústica, sin caña, sin apoyo, si toca algo, lo rodeará voluntariamente, y ciertamente se abrazará con más fuerza por su propio ingenio que por tu arbitrio. Se apresura a estar segura. Veo también las hiedras, por mucho que las presiones, esforzarse de inmediato hacia lo alto y suspenderse sin que nadie las guíe, porque prefieren ser llevadas por los muros como un bosque tejido antes que ser pisoteadas en el suelo por una injuria voluntaria. Por el contrario,¿ a quiénes les va mal con el edificio, de modo que al crecer se alejan, de modo que huyen? Sientes las ramas destinadas a otra parte y entiendes la animación del árbol por el divorcio de la pared; está contenta con su pequeñez, que aprendió desde el principio del árbol más previsor, temiendo incluso la ruina.¿ Por qué no he de sostener estas sabidurías y ciencias de los árboles? Que vivan como quieren los filósofos, que sepan como no quieren los filósofos; si la infancia de la madera entiende,¿ cuánto más la del hombre?¿ Cuya alma, como un brote derivado de la matriz de Adán hacia la propagación y confiado a los surcos genitales de la mujer, ha brotado con todo su equipamiento, tanto con intelecto como con sentido? Miento si el infante, tan pronto como saludó a la vida con el llanto, no se testifica a sí mismo haber sentido y entendido esto mismo, que ha nacido, dedicando todos los sentidos al mismo tiempo allí mismo: la vista a la luz, el oído al sonido, el gusto al humor, el olfato al aire y el tacto a la tierra. Así, esa primera voz es forzada a partir de las primeras voces de los sentidos y de los primeros impulsos de los intelectos. Es más, algunos interpretan esa voz lastimera como un augurio de las incomodidades de la vida que se prospecta, por lo cual debe considerarse que incluso presiente desde el ingreso de la natividad, y mucho menos que entiende. Desde entonces, prueba a la madre con el espíritu, examina a la nodriza con el espíritu y reconoce a la que lo lleva con el espíritu, huyendo de pechos extraños y rechazando lechos desconocidos, no apeteciendo a nadie sino por el uso.¿ De dónde le viene el juicio de la novedad y de la costumbre, si no sabe?¿ De dónde le viene ofenderse y ser acariciado, si no entiende? Es bastante extraño que la infancia sea naturalmente animosa sin tener espíritu y sea naturalmente afectuosa sin tener intelecto. Pero, en efecto, Cristo, al experimentar la alabanza de la boca de los lactantes y de los niños, no pronunció que ni la niñez ni la infancia fueran torpes, de las cuales una, al acudir con su sufragio, pudo ofrecerle testimonio, y la otra, al ser sacrificada por él, ciertamente lo sintió.
20
Y aquí, por tanto, concluimos que todas las cosas naturales del alma, como sustancias suyas, le son inherentes y proceden y prosperan con ella, desde lo cual ella misma se tasa. Como también nuestro Séneca a menudo: están insertas en nosotros las semillas de todas las artes y edades, y Dios, maestro desde lo oculto, produce los ingenios, a partir de las semillas, ciertamente, insertas y ocultas a través de la infancia, que son también el intelecto. Pues de estas se producen los ingenios. Además, también en las semillas de los frutos hay una sola forma de cada género, pero los procesos son variados. Unas salen en estado íntegro, otras responden incluso mejor, otras degeneran según la condición del cielo y del suelo, según la razón del trabajo y del cuidado, según el evento de los tiempos, según la licencia de los azares: así también será lícito considerar al alma uniforme por la semilla, multiforme por el fruto. Pues también aquí importa el lugar. Se ha relatado que en Tebas nacen torpes y brutos, y en Atenas, agudísimos para saber y hablar; donde, cerca de Colito, los niños hablan un mes antes con lengua precoz. Puesto que también Platón, en el Timeo, afirma que Minerva, cuando planeaba aquella ciudad, no previó otra cosa que la naturaleza de la región, que prometía tales ingenios, de donde también él, en las Leyes, ordena a Megilo y a Clinias procurar el lugar para la ciudad que se va a fundar. Pero Empédocles constituyó la causa de la índole aguda y obtusa en la cualidad de la sangre; lo perfecto y lo aprovechado lo deduce de la doctrina y la disciplina. Sin embargo, ya es cosa vulgar la de las propiedades de los gentiles. Los cómicos se burlan de los frigios, Salustio golpea a los vanos moros y a los feroces dálmatas, el apóstol marca incluso a los cretenses como mentirosos. Quizás algo se añada también del cuerpo y de la salud. La gordura impide la sabiduría, la delgadez la facilita, la parálisis prodiga la mente, la tisis la conserva. Cuánto más se considerarán sobre los accidentes aquellas cosas que, más allá de la corpulencia y la salud, agudizan o embotan. Agudizan las doctrinas, las disciplinas, las artes, las experiencias, los negocios, los estudios; embotan las ignorancias, las perezas, las desidias, las libidines, las inexperiencias, los ocios, los vicios; sobre esto, si también presiden algunas potestades. En verdad presiden; según nosotros, ciertamente, Dios, el Señor, y el diablo, el rival; según la opinión común, sin embargo, tanto el hado de la providencia como la necesidad, la fortuna y la libertad del arbitrio. Pues esto también lo distinguen los filósofos, y nosotros, según la fe, hemos prometido tratarlo ya bajo su propio título. Aparece cuán grandes son las cosas que han colocado de modo variado una sola naturaleza del alma, de modo que se atribuyan vulgarmente a la naturaleza, cuando no son especies, sino suertes de la naturaleza y de una sola sustancia, aquella, ciertamente, que Dios confirió a Adán y la hizo matriz de todos; y así serán suertes, no especies de una sola sustancia, de modo que también esa variedad moral, cuán grande es ahora, no lo habría sido en el mismo príncipe del género, Adán. Pues todas estas cosas deberían haber estado en él como en la fuente de la naturaleza y de ahí haber manado con toda la variedad, si la variedad hubiera sido de la naturaleza.
21
Pero si la naturaleza del alma fue uniforme desde el principio en Adán antes de tantos ingenios, entonces no es multiforme porque es uniforme a través de tantos ingenios, ni triforme, para que todavía sea abatida la trinidad valentiniana, que ni siquiera ella se reconoce en Adán.¿ Pues qué había de espiritual en él? Si porque profetizó aquel gran sacramento sobre Cristo y la Iglesia: este hueso de mis huesos y carne de mi carne será llamada mujer; por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán dos en una sola carne, esto sobrevino después, cuando Dios envió sobre él el éxtasis, la fuerza espiritual, por la cual consta la profecía. Si también apareció en él el mal de la transgresión admitida, tampoco esto debe considerarse natural, lo que obró por instinto de la serpiente, tan poco natural como tampoco material, porque ya hemos excluido la fe en la materia. Pero si ni lo espiritual ni lo que se llama material fue propio en él, y si fuera de la materia, habría sido semilla del mal, resta que solo en él y único fue lo natural que se tasa como animal, que defendemos como simple y uniforme en su estado. Sobre esto, claramente, queda por preguntar si debe creerse mudable lo que se dice natural. Pues los mismos niegan que la naturaleza sea convertible, para fijar su trinidad en las propiedades singulares; porque el árbol bueno no da frutos malos ni el malo buenos, y nadie cosecha higos de los espinos ni uvas de los abrojos. Por tanto, si es así, Dios no podrá suscitar hijos de Abraham de las piedras ni hacer que los linajes de las víboras hagan frutos de penitencia. Y erró el apóstol al escribir: erais también vosotros alguna vez tinieblas, y: fuimos también nosotros alguna vez por naturaleza hijos de la ira y en esto estabais también vosotros, pero habéis sido lavados. Pero nunca discordarán las sentencias santas. Pues el árbol malo no dará frutos buenos si no se injerta, y el bueno dará malos si no se cultiva. Y las piedras se harán hijos de Abraham si se forman en la fe de Abraham. Y los linajes de las víboras harán fruto de penitencia si escupen los venenos de la malignidad. Esta será la fuerza de la divina gracia, más poderosa, ciertamente, que la naturaleza, teniendo en nosotros supeditada a sí la libre potestad del arbitrio, lo que se llama αὐτεξούσιον; la cual, siendo ella misma también natural y mudable, hacia donde se vuelve, la naturaleza se convierte. Que en nosotros existe el αὐτεξούσιον naturalmente, ya lo hemos mostrado tanto a Marción como a Hermógenes.¿ Qué ahora, si la condición de la naturaleza ha de definirse de tal modo que se determine doble, de los nacidos y de los no nacidos, de los hechos y de los no hechos? Y así, lo que conste como nacido y hecho, su naturaleza captará la mutación; pues también podrá renacer y rehacerse. Lo no nacido y no hecho, en cambio, permanecerá inmóvil. Lo cual, como compete solo a Dios, como solo al no nacido y no hecho y, por tanto, inmortal e inconvertible, es absoluto que la naturaleza de todos los demás nacidos y hechos es convertible y mudable, de modo que, si la trinidad del alma debiera adscribirse, se consideraría por la mutación de la accidentia, no por la institución de la naturaleza.
22
Las demás cosas naturales del alma ya las ha oído de nosotros Hermógenes con su defensa y prueba, por las cuales se conoce que es más cercana a Dios que a la materia. Aquí solo se nombrarán, para que no parezca que se han omitido. Pues le hemos dado también la libertad del arbitrio, como escribimos arriba, y la dominación de las cosas y la adivinación a veces, dejando aparte lo que sobreviene por la gracia de Dios a partir de la profecía. Por tanto, ya me retiraré de este examen de la disposición, para exponer su orden. Definimos que el alma ha nacido del soplo de Dios, es inmortal, corporal, figurada, simple en sustancia, sabia por sí misma, que procede de modo variado, libre en su arbitrio, expuesta a los accidentes, mudable por los ingenios, racional, dominadora, adivinadora, que redunda de una sola. Sigue ahora que consideremos cómo redunda de una sola, es decir, de dónde, cuándo y por qué razón se toma.
23
Algunos creen que han descendido de los cielos con tanta persuasión como la que prometen que regresarán allí indudablemente, como introdujo Saturnino, discípulo de Menandro el simoniano, afirmando que el hombre fue hecho por los ángeles y que primero, como obra fútil, inválida e inestable, palpitó en la tierra a modo de gusano, porque le faltaban las fuerzas para consistir, y que después, por misericordia de la suma potestad, a cuya imagen, aunque no plenamente vista, había sido construido temerariamente, alcanzó una chispita de vida, la cual lo despertó, lo erigió, lo animó más constantemente y, tras el fallecimiento de la vida, la llevará de vuelta a la matriz. Pero también Carpócrates se arroga tanto para sí de las cosas superiores, que sus discípulos igualan ya sus almas incluso a Cristo, y no digamos a los apóstoles, y cuando quieren las prefieren, las cuales habrían concebido del mismo modo de una virtud sublime, despreciadora de los principados potentes del mundo. Apeles refiere que las almas fueron solicitadas por los alimentos terrenales desde las sedes supercelestiales por un ángel ígneo, el Dios de Israel y nuestro, que desde entonces les habría circundado una carne pecadora. El examen de Valentín inserta en el alma la semilla de Sofía, por la cual reconocen las historias y las milesias de sus Eones a partir de las imágenes de las cosas visibles. Me duele de buena fe que Platón se haya convertido en el condimentador de todos los herejes. Pues de él es también, en el Fedón, que las almas que van de aquí están allí, y de allí aquí. Asimismo, en el Timeo, que los linajes de Dios, delegados a sí mismos, habiendo aceptado el inicio de la inmortal alma mortal, le habrían circundado un cuerpo mortal; luego, que este mundo es imagen de algún otro. Todas estas cosas, para recomendarlas a la fe, y que el alma antes en las cosas superiores con Dios trató en el comercio de las ideas y de allí transviene aquí y aquí revisa de los modelos lo que antes conoció, elaboró un nuevo argumento, las discentias son reminiscencias. Pues las almas que vienen de allí aquí olvidan aquellas cosas en las que antes estuvieron, luego, enseñadas por estas cosas visibles, recuerdan. Cuando, por tanto, por un argumento de esta clase se insinúan por Platón aquellas cosas que los herejes toman prestadas, refutaré suficientemente a los herejes si destruyo el argumento de Platón.
24
En primer lugar, ciertamente, no cederé que el alma sea capaz de olvido, porque le concedió tanta divinidad que se iguala a Dios. La hace no nacida, lo que también solo yo podría haber armado para testimonio de la plena divinidad; añade que es inmortal, incorruptible, incorporal, porque creyó que esto también es Dios, invisible, infigurable, uniforme, principal, racional, intelectual;¿ qué más proscribiría para el alma si la llamara Dios? Nosotros, en cambio, que no añadimos nada a Dios, por esto mismo valoramos al alma muy por debajo de Dios, porque reconocemos que ha nacido y, por esto, de una divinidad más diluida y de una felicidad más exigua, como un soplo, no como un espíritu, y si inmortal, para que esto sea de la divinidad, sin embargo, pasible, para que esto sea de la natividad, y por tanto también capaz de exorbitación desde el principio y, de ahí, también afín al olvido. Suficiente sobre esto con Hermógenes. Por lo demás, la que, para que pueda ser tenida merecidamente como Dios por la igualación de todas las propiedades, no estará sujeta a ninguna pasión, así tampoco al olvido, cuando el olvido es una injuria tan grande como es la gloria de aquel cuya injuria es, es decir, la memoria, que también el mismo Platón proclamó como la salvación de los sentidos y de los intelectos, y Cicerón como el tesoro de todos los estudios. Ni esto se pondrá ya en duda, si un alma tan divina pudo perder la memoria, sino si, la que perdió, puede recuperarla de nuevo. Pues la que no debió olvidar, si ha olvidado, no sé si puede recordar. Así, ambas cosas convendrán a mi alma, no a la platónica. En segundo grado opondré:¿ haces al alma dueña por naturaleza de aquellas ideas, o no? Más bien por naturaleza, dices. Nadie, pues, concederá que la ciencia natural de las artes naturales se pierda. Se perderá la de los estudios, se perderá la de las doctrinas, de las disciplinas; se perderá quizás la de los ingenios y de los afectos, que parecen de la naturaleza, no lo son, porque, como hemos preestablecido, constan de los accidentes tanto por los lugares como por las instituciones, por las corpulencias y las saluds, por las potestades dominadoras y por las libertades del arbitrio. La ciencia de las cosas naturales, en cambio, no falta ni siquiera en las bestias. Claramente, el león olvidará la ferocidad, prevenido por la educación de la mansedumbre, y con todo el sustrato de las crines se hará el deleite de alguna reina Berenice, lamiéndole las mejillas con la lengua. Las costumbres dejarán a la bestia, la ciencia de las cosas naturales permanecerá. El mismo no olvidará los pastos naturales, los remedios naturales, los terrores naturales; y si la reina le ofreciera de los pescados y de los pasteles, deseará la carne, y si le hubiera compuesto triaca al enfermo, el león buscará al mono, y si ningún venablo lo detuviera, temerá, sin embargo, al gallo. Del mismo modo, también al hombre, quizás el más olvidadizo de todos, le permanecerá inalterada la sola ciencia de las cosas naturales, como sola, ciertamente, natural, siempre recordando comer en el hambre y beber en la sed, y ver con los ojos, y oír con los oídos, y oler con las narices, y gustar con la boca, y tocar con la mano. Estos son ciertamente los sentidos que la filosofía desprecia por la preferencia de los intelectuales. Por tanto, si la ciencia natural de las cosas sensoriales permanece,¿ cómo perece la de las intelectuales, que se tiene por más poderosa?¿ De dónde ahora la fuerza misma del olvido de la recordación precedente? Por la multitud, dice, del tiempo. Bastante imprevisoramente. Pues la cantidad de tiempo no pertenecerá a aquella cosa que se diga no nacida y, por esto, se crea sobre todo eterna. Pues lo que es eterno, por ello, porque también es no nacido, al no admitir ni inicio ni fin del tiempo, no sufre ningún modo de tiempo. Para quien no hay modo de tiempo, no está sujeto a ninguna mutación del tiempo ni tiene fuerza sobre él la multitud del tiempo. Si el tiempo es la causa del olvido,¿ por qué desde que el alma es introducida en el cuerpo, la memoria se desliza, como si desde entonces el alma soportara el tiempo, la cual sin duda no fue anterior al cuerpo, ciertamente sin tiempo? Pero al entrar en el cuerpo,¿ olvida de inmediato o algún tiempo después? Si de inmediato,¿ cuál será la multitud del tiempo que aún no se computa? La infancia, ciertamente. Si algún tiempo después,¿ entonces en ese espacio antes de los tiempos del olvido el alma actuará todavía recordando?¿ Y qué es que después olvide y de nuevo después recuerde? Pero en cualquier tiempo que el olvido la haya invadido,¿ cuánto modo de tiempo se tendrá aquí también? Todo el transcurso de la vida, opino, no será suficiente para derribar la memoria de tanto tiempo antes del cuerpo. Pero de nuevo Platón traslada la causa al cuerpo, como si esto fuera digno de fe, que una sustancia nacida extinga la fuerza de la no nacida. Pero grandes y muchas son las diferencias de los cuerpos por la gentilidad, por la magnitud, por la costumbre, por la edad, por la salud.¿ Acaso, pues, se estimarán también las diferencias de los olvidos? Pero el olvido es uniforme; por tanto, la corporalidad multiforme no será la causa de un resultado uniforme. Muchos documentos, asimismo, siendo testigo el mismo Platón, han probado la adivinación del alma, que ya hemos propuesto a Hermógenes. Pero tampoco hay ningún hombre que no sienta también él mismo alguna vez su alma presagiadora, augur de un presagio, de un peligro o de un gozo. Si el cuerpo no se opone a la adivinación, opino que tampoco obstaculizará a la memoria. En el mismo cuerpo, ciertamente, las almas olvidan y recuerdan. Si alguna razón del cuerpo infunde el olvido,¿ cómo admitirá la recordación contraria a él?¿ Porque también la recordación después del olvido es una memoria recidiva? Lo que se opone a la primera memoria,¿ por qué no se opondría también a la segunda? Por último,¿ quiénes recordarían más que los niños, como almas más recientes, como no sumergidas todavía en los cuidados domésticos y públicos, como dedicadas a los estudios de los dioses, de los cuales se hacen las discentias reminiscencias? Más bien,¿ por qué no recordamos todos por igual, cuando todos olvidamos por igual? Pero solo los filósofos. Ni siquiera todos estos. Platón, ciertamente, solo en tan gran selva de gentes, en tan gran prado de sabios, olvidó y recordó las ideas. Por tanto, si de ningún modo consiste esta argumentación principal, todo aquello ha sido derribado por igual, a lo cual se ha acomodado, para que se creyera que las almas son no nacidas, que han conversado en las cosas celestiales, que han sido conscientes de las cosas divinas allí, que de allí han sido trasladadas y aquí han recordado, para suministrar ocasiones claramente a los herejes.
25
Ahora volveré a la causa de esta digresión, para explicar cómo las almas redundan de una sola, cuándo, dónde y de qué manera son tomadas. Sobre este punto, no importa si la cuestión surge de un filósofo, de un hereje o del vulgo. A los profesores de la verdad no les interesan sus adversarios, especialmente aquellos tan audaces como los primeros, que presumen que el alma no es concebida en el útero ni formada y producida junto con la configuración de la carne, sino que es impresa desde fuera en el infante ya nacido pero aún no vivo. Por lo demás, dicen que el semen, segregado en los lugares femeninos tras el coito y vivificado por un movimiento natural, se coagula solo en la sustancia de la carne; y que esta, al ser expulsada y humeante del horno del útero, disuelta por el calor como hierro candente sumergido en agua fría, es golpeada por el rigor del aire, captando así la fuerza animal y emitiendo un sonido vocal. Esto lo sostienen los estoicos con Enesidemo y, a veces, el propio Platón, cuando dice que el alma, extraña y ajena al útero, es atraída por la primera aspiración del infante que nace, tal como es expulsada por la última exhalación. Veremos si lo inventó según su propia opinión. Ni siquiera entre los médicos faltó Hicesio, prevaricador tanto de la naturaleza como de su propio arte. Les dio vergüenza, supongo, establecer esto que las mujeres reconocerían. Pero,¿ cuánto más vergonzoso es el resultado de ser refutados por las mujeres que de ser probados? Pues en esta materia, nadie es un maestro, árbitro o testigo tan idóneo como el sentido del propio sexo. Responded, madres, y vosotras, embarazadas, y vosotras, parturientas; que callen los estériles y los varones. Se busca la verdad de vuestra naturaleza, se apela a la fe de vuestra experiencia:¿ sentís en el feto alguna vivacidad ajena a la vuestra, por la cual palpitan las entrañas, brillan los costados, toda la extensión del vientre es golpeada y la región del peso cambia por todas partes?¿ O son estos movimientos vuestras alegrías y una certeza segura de que confiáis en que el infante vive y juega?¿ O si cesa su inquietud, teméis primero por él?¿ O acaso escucha ya en vosotras cuando se sobresalta ante un sonido nuevo?¿ O deseáis para él los antojos de comida, o incluso sentís asco por ellos?¿ O compartís incluso las enfermedades, él ciertamente hasta por vuestras contusiones, por las cuales él mismo es marcado interiormente a través de los mismos miembros, arrebatando para sí las injurias de la madre? Si el cardenal y el rubor son una pasión de la sangre, la sangre no existirá sin alma; si la salud es una accesión del alma, la salud no existirá sin alma; si el alimento, el hambre, los crecimientos, los decrecimientos, el temor, el movimiento y el tacto son del alma, quien los ejerce vivirá. En fin, deja de vivir quien deja de ejercerlos. En fin, también los muertos son expulsados;¿ cómo, si no fueran también vivos?¿ Y quiénes son los muertos, sino los que antes fueron vivos? Y, sin embargo, incluso en el útero el infante es asesinado con necesaria crueldad, cuando, al estar atravesado en la salida, el matricida niega el parto, a menos que muera. Por tanto, está entre las armas de los médicos el instrumento, por el cual primero se obliga a abrir los secretos con un temperamento retorcido, con el anulocultro, con el cual se cortan los miembros en el interior con ansioso arbitrio, con el gancho romo, con el cual todo el crimen es extraído en un parto violento. Existe también un aguijón de bronce, con el cual se dirige la degollación misma con ciego latrocinio: lo llaman embriosfactes por el oficio del infanticidio, es decir, el verdugo del infante vivo. Esto lo tuvieron Hipócrates, Asclepiades, Erasístrato, Herófilo, el prosector de los antiguos, y el mismo Sorano, más moderado, seguros de que el animal concebido era tal y compadeciéndose de esta infelicísima infancia, para que sea muerto antes de ser despedazado vivo. De esta necesidad de crimen ni siquiera dudaba, creo, Hicesio, al sobreponer el alma a los ya nacidos por el golpe del aire frío, porque incluso el vocablo alma entre los griegos proviene de la refrigeración. Responderías:¿ acaso las naciones bárbaras y romanas se animan de otra manera porque llamaron al alma con otro nombre que no fuera psyché?¿ Cuántas naciones son juzgadas bajo el eje más ardiente, habiendo sido cocidas incluso en su color?¿ De dónde les viene el alma a aquellos para quienes no hay rigor de aire? Callo los calores de las alcobas y toda la preparación de calor necesaria allí para las que dan a luz, a quienes es peligroso ser sopladas. Casi en los mismos baños el feto se desliza, y de inmediato se escucha el vagido. Por lo demás, si el rigor del aire es el tesoro del alma, nadie debería haber nacido fuera de las Germanias, las Escitias, los Alpes y los Argeos. Y, sin embargo, los pueblos son más frecuentes en la temperatura oriental y meridional y sus ingenios más expeditos, mientras que todos los sármatas están incluso torpes de mente. Y es que los ánimos resultarían más conocedores de los rigores si las almas provinieran de los fríos; pues con la sustancia viene también la fuerza. Con esto así preestablecido, podemos reconsiderar también a aquellos que, habiendo sido extraído el útero de la madre, respiraron aire vivos, algunos Líberos y Escipiones. Pero si alguien, como Platón, no piensa que dos almas pueden unirse en una, al igual que los cuerpos, yo no solo le habría mostrado dos almas congregadas en una, al igual que los cuerpos, en los fetos, sino también muchas otras cosas unidas con el alma: el demonio, ciertamente, y no uno, como en el mismo Sócrates, sino también el espíritu septenario, como en la Magdalena, y el número legionario, como en el geraseno, para que el alma se una más fácilmente con el alma por la sociedad de la sustancia que el espíritu maligno por la diversidad de la naturaleza. Pero el mismo, en el sexto libro de las Leyes, advirtiendo que se debe evitar que la viciación del semen por alguna vileza del coito supure una mancha para el cuerpo y el alma, no sé si se le escapó más de su antigua opinión o de esta. Pues muestra que el alma es inducida por el semen, lo cual aconseja cuidar, no por la primera aspiración del que nace.¿ De dónde, te ruego, respondemos con semejanza de alma también a los padres por los ingenios según el testimonio de Cleantes, si no somos educados también del semen del alma?¿ Por qué, además, los antiguos astrólogos dirigían la genitura del hombre desde el inicio de la concepción, si el alma no está desde entonces? A la cual pertenece igualmente, si es algo, el soplo.
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Pero toda desigualdad del juicio humano llega hasta los límites de Dios. Ahora recogeré el paso hacia nuestras líneas, para probar a un cristiano lo que respondí a los filósofos y médicos. Edifica tu fe, hermano, sobre tu fundamento. Mira los úteros vivientes de las santísimas mujeres y no solo los infantes que ya respiran allí, sino que incluso profetizan. He aquí que las entrañas de Rebeca son inquietadas, y el parto está aún lejos y no hay impulso de aire. He aquí que un doble feto se alborota en los lugares de la madre, y aún no hay dos pueblos. Quizás una petulancia portentosa de una infancia que compite antes de vivir, animosa antes de ser animada, si solo hubiera turbado a la madre saltando. Pero cuando el parto se abre y se inspecciona el número y se reconoce el augurio, creo que ya no solo se prueban las almas de los infantes, sino también las luchas. El que se había adelantado a nacer era retenido por el que había sido adelantado y aún no plenamente expulsado, nacido solo por la mano. Y si él mismo bebía el alma de la primera aspiración al modo platónico o la tomaba del rigor del aire a la forma estoica,¿ qué decir del que era esperado, que aún era retenido dentro y ya retenía desde fuera? Aún no respirando, supongo, había invadido la planta de su hermano, deseando aún caliente salir antes que su madre. Oh infante, emulador, fuerte y desde hace mucho contencioso, creo, porque vivo. Mira también los conceptos singulares y, de hecho, más monstruosos, de la estéril y de la virgen, que incluso por esto mismo podrían haber dado a luz imperfectos por la inversión de la naturaleza, una estúpida para el semen, la otra intacta. Convenía, si acaso, nacer sin alma a quienes no habían sido concebidos rectamente, pero también ellos viven cada uno en su útero. Exulta Isabel, Juan había empujado dentro; María glorifica al Señor, Cristo había instigado dentro. Las madres reconocen sus fetos recíprocamente, reconocidos mutuamente por ellos mismos, ciertamente vivos, que no solo eran almas, sino también espíritus. Así también a Jeremías la voz de la ley de Dios: antes de que te formara en el útero, te conocí. Si Dios forma en el útero, también sopla desde la forma del principio: y formó Dios al hombre y sopló en él aliento de vida. Y Dios no conocería al hombre en el útero si no fuera todo: y antes de que salieras del vientre, te santifiqué.¿ Y el cuerpo aún muerto? De ninguna manera. Pues Dios es de los vivos, no de los muertos.
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¿ Cómo, pues, es concebido el animal?¿ Se funden simultáneamente ambas sustancias, cuerpo y alma, o una de ellas precede? Más bien, decimos que ambas son concebidas, hechas y perfeccionadas simultáneamente, así como son producidas, y que no interviene ningún momento en la concepción en el que se ordene el lugar. Reflexiona, pues, primero sobre lo último. Si la muerte no se determina de otra manera que como la disociación del cuerpo y el alma, lo contrario a la muerte, la vida, no se definirá de otra manera que como la conjunción del cuerpo y el alma. Si la disociación ocurre simultáneamente para ambas sustancias por la muerte, esto debe haber mandado la forma de la conjunción que ocurre igualmente por la vida para ambas sustancias. Además, reconocemos la vida desde la concepción, porque reivindicamos el alma desde la concepción; pues desde entonces hay vida, desde donde hay alma. Por tanto, se ensamblan igualmente en la vida aquellas que se separan igualmente en la muerte. Entonces, si damos el primado a una y el segundado a la otra, también deben distinguirse los tiempos del semen según el estado del orden.¿ Y cuándo se colocará el semen del cuerpo, cuándo el del alma? Más bien, si se dividen los tiempos de los semenes, también se tendrán materias diversas por la distancia de los tiempos. Pues aunque confesemos dos especies de semen, corporal y animal, sin embargo, las reivindicamos indiscretas y de este modo contemporáneas y del mismo momento. Por tanto, que no haya vergüenza en la interpretación necesaria. La naturaleza debe ser venerada, no avergonzada. La libido, no la condición, ensució el coito. El exceso, no el estado, es impúdico, puesto que el estado es bendecido ante Dios: creced y multiplicaos. El exceso, en cambio, es maldito: adulterios, estupros y lupanares. En este solemne oficio de los sexos, que mezcla al varón y a la hembra, en el coito común, digo, sabemos que tanto el alma como la carne actúan simultáneamente, el alma por concupiscencia, la carne por obra, el alma por instinto, la carne por acto. Por un único ímpetu, pues, sacudido todo el hombre, se despuma el semen que tiene de la sustancia corporal el humor, del alma el calor. Y si el nombre de alma de los griegos es frío,¿ por qué el cuerpo se enfría al serle extraída? En fin, para que aún peligre más por la vergüenza que por la prueba, en ese mismo ardor del placer último, por el cual se expulsa el virus genital,¿ no sentimos que sale también algo del alma?¿ Y por eso nos marchitamos y desfallecemos con detrimento de la luz? Este será el semen animal inmediatamente de la destilación del alma, así como ese virus corporal es el semen de la defecación de la carne. Ejemplos fidelísimos del principio. Del limo la carne en Adán.¿ Qué otra cosa es el limo sino licor opimo? De ahí será el virus genital. Del soplo de Dios el alma.¿ Qué otra cosa es el soplo de Dios sino vapor de espíritu? De ahí será lo que exhalamos a través de ese virus. Cuando, pues, en el principio dos cosas diversas y divididas, limo y soplo, hubieron unido a un solo hombre, ambas sustancias confundidas ya en uno mezclaron también sus semenes y desde entonces transmitieron la forma para propagar el género, de modo que también ahora dos, aunque diversos, incluso unidos, fluyan igualmente e igualmente insinuados en su surco y campo, fructifiquen igualmente al hombre de ambas sustancias, en el cual de nuevo su semen esté presente según su género, tal como ha sido preestablecido para toda condición genital. Por tanto, de un solo hombre toda esta redundancia de almas, observando ciertamente la naturaleza el edicto de Dios: creced y multiplicaos. Pues también en el mismo prefacio de la obra, hagamos al hombre, toda la posteridad fue predicada pluralmente: y dominen sobre los peces del mar. Nada extraño; la promesa de la cosecha está en la semilla.
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¿ Qué es ahora ese viejo discurso en la memoria de Platón sobre el discurso recíproco de las almas, que partiendo de aquí van allí y de nuevo vienen aquí y viven y desde allí parten de la vida, de nuevo de los muertos se hacen vivos? Pitagórico, como quieren algunos; Albino lo considera divino, quizás de Mercurio Egipcio. Pero ningún discurso es divino sino el del único Dios, por el cual tronaron los profetas, los apóstoles, el mismo Cristo. Moisés es mucho más antiguo incluso que Saturno por unos novecientos años, y mucho menos sus bisnietos, ciertamente mucho más divino, quien digirió los decursos del género humano desde el inicio del mundo también por cada nacimiento, nominal y temporalmente, suficientemente probado la divinidad de la obra por la adivinación de la voz. Pero si el sofista samio es el autor para Platón sobre el recidivato de las almas, siempre revoluble por la alternancia de la sustitución de muertos y vivos, ciertamente aquel Pitágoras, aunque bueno en lo demás, sin embargo, para construir esta opinión, no solo se apoyó en una mentira vergonzosa, sino también temeraria. Conoce, tú que no sabes, y cree con nosotros. Simula la muerte, se esconde en un subterráneo, se condena allí a una paciencia de siete años, mientras tanto conoce de los difuntos posteriores lo que iba a relatar para la fe de las cosas por su única madre consciente y ministra; para parecerse suficientemente a sí mismo que había interpolado la corpulencia ante todo horror del muerto antiguo, emerge de los adytos de la falacia como devuelto de los infiernos.¿ Quién no creería que ha revivido aquel a quien había creído muerto, escuchando especialmente de él cosas sobre los muertos posteriores que no podría haber conocido sino entre los infiernos? Así, el discurso más antiguo es que los vivos se hacen de los muertos.¿ Qué, pues, si también es más joven? Ni la verdad desea la antigüedad ni la mentira evita la novedad. Mantengo claramente lo falso, noble por su antigüedad;¿ por qué no lo falso, cuyo testimonio también es de lo falso?¿ Cómo creeré que Pitágoras no miente, quien miente para que yo crea?¿ Cómo me persuadirá de que él fue Etálides y Euforbo y Pirro el pescador y Hermótimo antes de Pitágoras, para persuadirme de que los vivos se hacen de los muertos, quien de nuevo se perjuró a sí mismo como Pitágoras? Pues cuanto más creíble es que él mismo hubiera vuelto una vez a la vida desde sí mismo que tantas veces otro y otro, tanto más engañó en cosas más difíciles, quien mintió cosas más suaves. Pero el escudo de Euforbo, consagrado hace tiempo en Delfos. Lo reconoció y dijo que era suyo y lo probó por signos comúnmente desconocidos. Mira hacia su hipogeo y, si puedes, cree. Pues quien inventó tal estratagema, con injuria de la buena salud, con fraude de la vida atormentada por siete años bajo tierra por inanición, ignavia, sombra, a quien tanto le costó el fastidio del cielo, qué temeridad no habrá abordado, qué curiosidad no habrá tentado para llegar a la marca de aquel escudo?¿ Qué, pues, si lo encontró en algunas historias más ocultas?¿ Qué, si absorbió algunas brisas de fama de una tradición ya agotada?¿ Qué si lo conoció por una inspección secreta comprada al guardián? Sabemos que también la magia dice que los espíritus pericatabólicos, paredros y pitónicos exploran lo oculto.¿ Pues no adivinaba, por no decir soñaba, Ferécides, maestro de Pitágoras, quizás con estas artes?¿ Qué, si el mismo demonio estaba en él que también en Euforbo realizó las cosas de sangre? En fin, quien se había probado a sí mismo como Euforbo por el argumento del escudo,¿ por qué no reconoció igualmente a ninguno de los compañeros troyanos? Pues también ellos habrían revivido, si los vivos se hicieran de los muertos.
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Ciertamente consta que los muertos se hacen de los vivos, no por ello, sin embargo, los vivos de los muertos. Pues desde el principio los vivos fueron anteriores, de donde desde el principio igualmente los muertos fueron posteriores. No de otra parte que de los vivos. Aquellos tuvieron de dónde más bien originarse, mientras no fuera de los muertos. Estos no tuvieron de dónde más ser deducidos, sino de los vivos. Por tanto, si desde el principio los vivos no fueron de los muertos,¿ por qué después de los muertos?¿ Había desfallecido aquel, quienquiera que sea, fuente del origen?¿ O se arrepintió de la forma?¿ Y cómo en los muertos está a salvo?¿ No porque desde el principio los muertos fueron de los vivos, por eso siempre son de los vivos? O bien la forma del inicio habría perseverado en ambas partes, o en ambas habría cambiado, de modo que si hubiera sido necesario que los vivos se hicieran después de los muertos, igualmente sería necesario que los muertos no se hicieran de los vivos. Si la fe de la institución no debiera igualar, no siempre los contrarios se reforman alternativamente de los contrarios. Y nosotros también opondremos las contrariedades de nacido e innato, de visualidad y ceguera, de juventud y vejez, de sabiduría e insipiencia; y, sin embargo, no por ello lo innato proviene de lo nacido, porque lo contrario se haga de lo contrario, ni la visualidad de nuevo de la ceguera, porque de la visualidad ocurra la ceguera, ni la juventud de nuevo revivir de la vejez, porque de la juventud la vejez se marchita, ni la insipiencia de nuevo embotarse de la sabiduría, porque de la insipiencia la sabiduría se agudiza. Aquí también Albino, temiendo por su Platón, busca sutilmente distinguir los géneros de contrariedades. Como si estas no estuvieran tan absolutamente puestas en contrariedades como aquellas que interpreta según la opinión de su maestro, digo la vida y la muerte. Y, sin embargo, no se devuelve la vida de la muerte porque la muerte se difiera de la vida.
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¿ Qué responderemos, pues, a lo demás? Primero, si los vivos fueran de los muertos, así como los muertos de los vivos, un solo y mismo número de todos los hombres habría permanecido siempre, aquel ciertamente que primero hubiera entrado en la vida. Pues los vivos son anteriores a los muertos, después los muertos de los vivos y de nuevo los vivos de los muertos. Y mientras esto es siempre de los mismos, así siempre tantos, que son de los mismos. Pues ni más ni menos habrían salido que los que hubieran vuelto. Sin embargo, encontramos en los comentarios incluso de las antigüedades humanas que el género humano ha rebosado poco a poco, mientras los aborígenes, ya errantes, ya desterrados, ya gloriosos, ocupan tierras, como los escitas las párticas, como los teménidas el Peloponeso, como los atenienses Asia, como los frigios Italia, como los fenicios África, mientras incluso las migraciones solemnes, que llaman axotxta, por consejo de exonerar la popularidad, eructan enjambres de gente a otros fines. Pues también los aborígenes permanecen ahora en sus sedes y en otros lugares han prestado más su gentilicio. Ciertamente, el orbe mismo está a la vista más cultivado de día en día y más instruido que el anterior. Todo es ya transitable, todo conocido, todo negociable; los desiertos famosos atrás han sido obliterados por campos amenísimos, han domado los bosques, han ahuyentado las fieras, las arenas se siembran, las rocas se abren, las marismas se limpian, tantas ciudades cuantas no fueron chozas antaño. Ya ni las islas horrorizan ni los escollos aterrorizan; en todas partes casas, en todas partes pueblo, en todas partes república, en todas partes vida. Suma prueba de la frecuencia humana. Somos onerosos para el mundo, apenas nos bastan los elementos, y las necesidades son más estrechas, y las querellas entre todos, mientras ya la naturaleza no nos sostiene. En verdad, la peste, el hambre, las guerras y las vorágines de las ciudades deben ser consideradas como remedio, como una tonsura del género humano que se insolenta; y, sin embargo, cuando segures de este tipo cortan una vez la mayor fuerza de los mortales, el orbe nunca ha temido una restitución que reduzca los vivos de los muertos después de mil años una vez. Y esto lo habría hecho sensible una fuerza igual de pérdida y restitución, si los vivos se hicieran de los muertos.¿ Por qué, además, mil años después y no inmediatamente los vivos de los muertos, cuando, si no se supliera inmediatamente lo que se ha erogado, se arriesga a ser consumido por completo por la deficiencia que se adelanta a la restitución, porque este suministro de vida no habría igualado el milenario de tiempo, ciertamente mucho más breve y por tanto más fácil de extinguirse antes que de reencenderse? Por tanto, lo que de este modo habría perecido, si los vivos se hicieran de los muertos, cuando no pereció, no será de creer que los vivos se hacen de los muertos.
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Ahora bien, si los vivos son de los muertos, ciertamente cada uno de cada uno. Por tanto, las almas de los cuerpos individuales deberían haber vuelto como individuales a cuerpos individuales. Además, si incluso dos, tres y cinco son resumidos hasta en un solo útero, no serán vivos de los muertos, porque no son individuales de individuales. Y esto, además, se señala de la forma del principio, cuando incluso ahora muchas almas son producidas de una. Asimismo, cuando las almas parten a edad variada,¿ por qué vuelven una? Pues todas son imbuidas desde la infancia.¿ Qué clase de cosa es que un anciano difunto vuelva infante? Si el alma decrece fuera con edad retrógrada,¿ cuánto más era que volviera más progresada mil años después? Ciertamente o coetánea de su muerte, para que hubiera recibido de nuevo el tiempo que hubiera dejado. Pero incluso si siempre se revolvieran las mismas, aunque no las formas de los cuerpos también, sin embargo, deberían traer consigo las antiguas propiedades de los ingenios, estudios y afectos, puesto que temerariamente se tendrían por las mismas careciendo de estas por las cuales se probarían las mismas.¿ De dónde sabes, dices, si ocurre así ocultamente, pero la condición del milenario de tiempo destruye la facultad de revisar, porque vuelven allí desconocidas? Y, sin embargo, sé que no ocurre así, cuando me opones a Pitágoras como Euforbo. He aquí, pues, a Euforbo, un alma militar y bélica, suficientemente consta incluso por la misma gloria de los escudos consagrados; Pitágoras, en cambio, tan ocioso y sin guerra, que evitando entonces las batallas de Grecia, prefirió la quietud de Italia, devoto de la geometría, la astrología y la música, ajeno al estudio y afecto de Euforbo. Pero también aquel Pirro se ocupaba en engañar peces, Pitágoras, en cambio, ni siquiera en comerlos, absteniéndose de los animales. Etálides, en cambio, y Hermótimo habían entrado incluso en las habas en los pastos comunes, Pitágoras, en cambio, transmitió a sus discípulos que ni siquiera se debía pasar por los habares.¿ Cómo, pues, se recuperan las mismas almas, que ya no se probarán las mismas ni por ingenios ni por institutos ni por dietas? Ahora bien, de tanto censo de Grecia, solo cuatro almas son revisadas. Pero,¿ qué, además, sobre el solo censo de Grecia, para que no de toda nación y de toda edad y dignidad, en fin, de todo sexo y...?¿ Por qué diariamente existen, por qué solo Pitágoras se reconoce a sí mismo otro y otro, y yo no? O si es privilegio de los filósofos, y ciertamente de los griegos, como si no filosofaran también los escitas y los indios,¿ por qué Epicuro no recuerda a nadie atrás, nadie Crisipo, nadie Zenón, ni siquiera el mismo Platón, a quien quizás habríamos creído Néstor por la miel de su elocuencia?
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Pero Empédocles, que se había delirado dios, por eso, supongo, desdeñó recordarse a sí mismo como algún héroe: fui arbusto y pez, dijo.¿ Por qué no más bien también calabaza, tan insípida, y camaleón, tan inflado? Claramente, como pez, para que no se pudriera en alguna sepultura más refinada, prefirió ser asado precipitándose en el Etna. Y desde entonces que termine en él la metensomatosis, como una cena de verano después de asado. Por tanto, pues, también aquí es necesario que luchemos contra la presunción más portentosa que revuelve bestias de hombres y hombres de bestias. Que se vean los arbustos. Será lícito también rápidamente; para que no seamos obligados a reír más que a enseñar. Decimos que el alma humana de ninguna manera puede ser transferida a las bestias, aunque según los filósofos fuera juzgada de sustancias elementales. Pues ya sea el alma fuego, agua, sangre, espíritu, aire o luz, debemos reconsiderar cada una de las contrariedades. Animales para especies individuales: al fuego ciertamente aquellos que se congelan, culebras, lagartijas, salamandras, incluso cualesquiera que sean producidos del elemento rival, es decir, del agua: igualmente contrarios al agua aquellos que son áridos y exsucios; en fin, las langostas, mariposillas, camaleones se gozan en las sequedades: asimismo contrarios a la sangre aquellos que carecen de su púrpura, caracoles, gusanillos y el mayor censo de peces; al espíritu, en cambio, los contrarios que no parecen respirar, carentes de pulmones y arterias, mosquitos, hormigas, polillas y esta clase de minucias; asimismo contrarios al aire, aquellos que viviendo siempre subterráneos y subacuáticos carecen de su aliento; conocerás más la cosa que los nombres: asimismo contrarios a la luz aquellos que tienen ojos ciegos en total o en las tinieblas del sol, topos, murciélagos, lechuzas. Esto para enseñarlo de sustancias aparentes y manifiestas. Por lo demás, si tuviera también los átomos de Epicuro y viera los números de Pitágoras y encontrara las ideas de Platón y ocupara las entelequias de Aristóteles, encontraría quizás para estas especies también animales que opondría en nombre de contrariedad. Pues sostengo que, de cualquier sustancia dicha arriba que hubiera consistido el alma humana, no podría haber sido reformada en animales tan contrarios a cada sustancia y conferirles el censo de su traslación, de los cuales tendría más que ser excluida y rechazada que admitida y captada en nombre de esta primera contrariedad, que comete la diversidad del estado sustantivo, entonces también las restantes por el orden consecuente de cada naturaleza. Pues el alma humana obtuvo también otras sedes, dietas, instrucciones, sentidos, afectos, coitos y fetos; asimismo ingenios, luego obras, alegrías, tedios, vicios, cupidicias, voluptades, enfermedades, medicinas, finalmente sus propios modos de vida y salidas de muerte.¿ Cómo, pues, aquella alma que se adhería a las tierras, de ninguna sublimidad, de ninguna profundidad, intrépida, fatigable incluso por el ascenso de escaleras, estrangulable incluso por el sumergimiento de piscinas, insultará después al aire en el águila o saltará después en el mar en la anguila?¿ Cómo, asimismo, educada con pastos liberales, delicados y cuidados, no digo pajas, sino espinas y amarguras agrestes de frondas y bestias de estercoleros, rumiará incluso venenos de gusanos, si pasara a la cabra o a la codorniz, más aún, incluso carroña, más aún, humana, recordando ciertamente a sí misma en el oso y el león? Así también reducirás lo demás a la incongruencia, para que no nos detengamos en perorar cada uno.¿ Cualquier modo, cualquier medida de la propia alma humana, qué hará en animales mucho más amplios o más diminutos? Pues es necesario que todo cuerpo sea completado por el alma y toda alma sea recubierta por el cuerpo.¿ Cómo, pues, el alma del hombre completará al elefante?¿ Cómo, asimismo, será recubierta en el mosquito? Si tanto se extenderá o contraerá, ciertamente peligrará. Y por eso añado: si por ninguna razón es capaz de este tipo de traslación a los animales ni por módulos de cuerpos ni por otras leyes de su naturaleza que igualen,¿ acaso, pues, será demutada según las cualidades de los géneros y su vida contraria a la vida humana, hecha ella misma contraria a la humana por demutación? En verdad, si toma demutación perdiendo lo que fue, no será la que fue, y si la que fue no será, la metensomatosis está disuelta, no debiendo ser adscrita ciertamente a aquella alma que si será demutada no será la que fue. Pues de aquella se dirá metensomatosis la que la sufriera permaneciendo en su estado. Por tanto, si ni puede ser cambiada, para no ser ella misma, ni permanecer en estado, porque no toma contrarios, busco aún alguna causa digna de fe de este tipo de traslación. Pues aunque algunos hombres sean igualados a las bestias por cualidades de costumbres, ingenios y afectos, porque también Dios, el hombre, dice, ha sido asimilado a los jumentos irracionales, no por ello los milanos se harán de los rapaces y los perros de los sucios y las panteras de los acerbos o las ovejas de los probos y las golondrinas de los charlatanes y las palomas de los pudicos, como si la misma sustancia del alma repitiera en todas partes su naturaleza en las propiedades de los animales. Pero otra cosa es la sustancia, otra la naturaleza de la sustancia; puesto que la sustancia es propia de cada cosa, la naturaleza, en cambio, puede ser común. Toma el ejemplo. Sustancia es piedra, hierro: la dureza de la piedra y del hierro es naturaleza de la sustancia. La dureza comunica, la sustancia discorda. La blandura de la lana, la blandura de la pluma: que produzcan sus naturales, no produzcan sustantivos. Así también, si se llama al hombre bestia salvaje o proba, pero no la misma alma. Pues también entonces se nota la semejanza de naturaleza, cuando se observa la disimilitud de sustancia. Pues el hecho mismo de que juzgas al hombre semejante a la bestia, confiesas que el alma no es la misma al decir semejante, no ella misma. Así también la pronunciación divina sabe igualando al hombre a las bestias por naturaleza, no por sustancia. Por lo demás, ni Dios habría notado al hombre de este modo, si conociera a la bestia por sustancia.
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Incluso cuando se invoca este dogma en nombre de la justicia, según el cual las almas humanas, en función de su vida y sus méritos, son asignadas a géneros de animales— aquellas que deben ser degolladas en los mataderos, las que deben ser sometidas en los servicios domésticos, las que deben ser fatigadas en los trabajos pesados y las que deben ser envilecidas en los animales inmundos, y, del mismo modo, aquellas que deben ser honradas, amadas, cuidadas y buscadas en los más hermosos, probos, útiles y delicados—, diré también esto: si se transforman, no serán ellas mismas las que paguen lo que merecen, y la razón del juicio quedará vacía si falta la conciencia de los méritos. Pero faltará la conciencia de los méritos si el estado de las almas cambia; y el estado de las almas cambia si no permanecen las mismas para el juicio. Esto lo sabe también el Mercurio egipcio, al decir que el alma, una vez separada del cuerpo, no se refunde en el alma del universo, sino que permanece determinada para, dice, rendir cuentas al Padre de lo que hizo en el cuerpo. Quiero, ciertamente, repasar la justicia, la gravedad, la majestad y la dignidad del juicio divino, si es que la censura humana no preside desde una altura más sublime, siendo más plena en el honor de las penas y las gracias para ambos casos, más severa en el castigo y más liberal en la recompensa.¿ Qué crees que será el alma de un homicida? Alguna bestia, supongo, destinada al matadero y a la carnicería, para que sea degollada del mismo modo, puesto que ella misma degolló; para que sea desollada del mismo modo, puesto que ella misma despojó; para que sea propuesta como alimento, puesto que ella misma hizo alimento de las bestias a aquellos a quienes masacró en los bosques y lugares desiertos. Si se juzga así,¿ no obtendrá esa alma más consuelo que castigo al encontrar su fin entre los cocineros más preciados, al ser enterrada con condimentos apicianos y lurconianos, al ser servida en mesas ciceronianas, al ser presentada en las fuentes más espléndidas de Sila, al sufrir un banquete como exequias, al ser devorada por sus iguales antes que por milanos y lobos, de modo que, sepultada en el cuerpo de un hombre y habiendo regresado a su propio género, parezca haber resucitado, exultando contra los juicios humanos si es que los ha experimentado? Pues a los sicarios los despedazan fieras variadas, exquisitas y ya adiestradas contra la naturaleza, y ciertamente estando vivos, o mejor dicho, no muriendo fácilmente, con una demora calculada del fin para la plenitud de la pena. Pero incluso si el alma se escapa de la última espada, que el cuerpo no escape tampoco del hierro; no obstante, con la garganta y el costado atravesados y las costillas traspasadas, se exige la compensación del propio crimen. Luego es entregada al fuego, para que sea castigada también con la sepultura. De otro modo, en fin, no está permitido. Y, sin embargo, no es tan grande el cuidado de la pira como para que otras bestias encuentren los restos; ciertamente, no se perdonan los huesos ni se es indulgente con las cenizas, que son castigadas con la desnudez. Tan grande es entre los hombres la venganza del homicidio como la naturaleza misma que es vengada.¿ Quién no preferiría la justicia del siglo, que el apóstol no en vano atestigua que está armada con la espada, la cual es religiosa al enfurecerse por el hombre? Si pensamos también en la recompensa de los otros crímenes— patíbulos, hogueras, sacos, garfios y rocas—,¿ a quién no le convendría sufrir la sentencia de Pitágoras y Empédocles? Pues incluso aquellos que deben ser castigados con trabajos y servidumbres, si han de ser reencarnados en asnos y mulos,¡ cuánto se felicitarán por las tahonas y las ruedas hidráulicas si recuerdan las minas, los ergástulos, las obras públicas y las cárceles mismas, aunque estén ociosas! Del mismo modo, aquellos que, habiendo vivido íntegramente, han encomendado su vida al juez, busco premios, pero encuentro más bien castigos. Sin duda, una gran recompensa para los buenos ser restituidos en cualquier animal. Homero se recuerda a sí mismo como pavo en el sueño de Ennio: pero no creería a los poetas ni siquiera estando despiertos.¿ Y si el pavo es hermosísimo y el más culto en el color que desee? Pero las plumas callan, la voz desagrada, y los poetas prefieren no hacer otra cosa que cantar. Homero fue condenado, pues, a ser pavo, no honrado. Se alegrará más de la remuneración del siglo, al ser considerado padre de las disciplinas liberales, prefiriendo los ornamentos de su fama a los de su cola. Vamos ahora, si los poetas pasan a ser pavos o cisnes, si es que los cisnes tienen una voz decorosa,¿ qué animal le asignarás al justo Eaco?¿ Qué bestia a la íntegra Didón?¿ Qué ave obtendrán por su paciencia, qué ganado por su santidad, qué pez por su inocencia? Todas las cosas son siervas del hombre, todas están sometidas, todas están esclavizadas. Si ha de ser algo de esto, se empequeñece aquel a quien, por los méritos de su vida, se le retribuyen imágenes, estatuas y títulos, honores públicos, privilegios, a quien la curia y el pueblo inmolan con sus votos.¡ Oh juicios divinos después de la muerte, más mentirosos que los humanos, despreciables en cuanto a las penas, fastidiosos en cuanto a las gracias, que ni los peores temerán ni los mejores desearán, hacia los cuales correrán más los malvados que los santos, aquellos para escapar más pronto de la justicia del siglo, estos para alcanzarla más tarde! Bien enseñáis, filósofos, útilmente persuadís, que hay penas o premios más leves después de la muerte, cuando, si algún juicio espera a las almas, debe creerse que es más grave en la distribución de la vida que en su administración, porque nada es más pleno que lo que es último, y nada es más pleno que lo que es divino. Dios, por tanto, juzgará más plenamente, porque es último mediante una sentencia eterna, tanto de castigo como de refrigerio, no volviendo las almas a las bestias, sino a sus propios cuerpos, y esto una sola vez y en aquel día que solo el Padre conoce, para que, en una expectativa pendular, la solicitud de la fe sea probada observando siempre el día, mientras siempre lo ignora, temiendo diariamente lo que diariamente espera.
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Ninguna sentencia de este tipo de demencia ha surgido hasta el día de hoy bajo un nombre herético que transforme las almas humanas en bestias. Pero hemos introducido y excluido esta especie también por necesidad, como algo coherente con lo anterior, para que del mismo modo Homero fuera refutado en el pavo, así como Euforbo en Pitágoras, y así, al rechazar esta metempsicosis o metensomatosis, fuera derrotada de nuevo aquella que suministró algo a los herejes. Pues también Simón el samaritano, en los Hechos de los Apóstoles, redentor del Espíritu Santo, después de que, condenado por el apóstol, lloró en vano su perdición junto con su dinero, convertido a la impugnación de la verdad como por consuelo de venganza, apoyado también en las fuerzas de su arte, para los prestigios de alguna virtud, redimió con ese mismo dinero a una tal Helena, tiria, de un lugar de prostitución pública, digna de él como recompensa por el Espíritu Santo. Y él mismo se finge el Padre supremo, mientras que a ella la considera su primera inyección, la que había proyectado para crear a los ángeles y arcángeles: que ella, dueña de este propósito, había salido del Padre y descendido a las regiones inferiores y allí, habiendo prevenido el propósito del Padre, había engendrado a las potestades angélicas, ignorantes del Padre, artífice de este mundo; que estas, no retenida por ellas con el mismo ánimo, para que, al haberse marchado, no parecieran engendros de otro, y por ello entregada a toda ignominia, para que, despreciada, no pudiera marcharse a ninguna parte, había caído también en la forma humana para ser contenida como por cadenas de carne; así, durante muchos siglos, habiendo sido agitada a través de otros y otros hábitos femeninos, también aquella Helena había sido la más funesta para Príamo y después para los ojos de Estesícoro, a quien había cegado por el insulto de un poema, y luego devuelto la vista por la satisfacción de una alabanza; por consiguiente, migrando ella de cuerpos en cuerpos, bajo el título de la última deshonra, se había prostituido como una Helena más vil. Esta es, pues, la oveja perdida, a la que descendió el Padre supremo, es decir, Simón, y, tras haberla recuperado y traído de vuelta, no sé si sobre sus hombros o sus muslos, desde entonces miró por la salvación de los hombres como por una venganza de los que debían ser liberados de aquellas potestades angélicas, para engañar a las cuales él mismo se configuró igualmente como hombre y, fingiéndose hombre en Judea, se comportó como hijo, pero en Samaria como Padre.¡ Oh Helena, que trabajas entre poetas y herejes, infame unas veces por adulterio, otras por estupro! A menos que de Troya sea rescatada más gloriosamente que de un lupanar; con mil naves de Troya, y quizás no con mil denarios de un lupanar. Ruborízate, Simón, más lento en buscar, más inconstante en retirar. Pero Menelao persigue inmediatamente a la perdida, reclama inmediatamente a la arrebatada, la arranca tras una guerra de diez años, no escondiéndose, no engañando, no cavilando. Temo que haya sido más padre aquel que trabajó más vigilante, más audaz y más largamente en la recuperación de Helena.
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Pero no solo a ti te ha preparado esta fábula la metempsicosis. De ahí también Carpócrates, mago y fornicario a la vez, aunque menos que Helena, la utiliza.¿ Cómo no? Cuando, para establecer la subversión total de la disciplina divina y humana, afirmó que las almas son reencarnadas. Pues para nadie se considera que esta vida sea recta a menos que se hayan saldado todas las cosas que la acusan, porque lo que se considera mal no lo es por naturaleza, sino por opinión. Por tanto, que la metempsicosis es necesaria si no se satisface todo lo ilícito en el primer recorrido de esta vida. Ciertamente, los crímenes son tributos de la vida. Por lo demás, que el alma es llamada tantas veces cuantas menos cosas haya aportado, como deudora de delitos, hasta que pague el último cuadrante, empujada una y otra vez a la cárcel del cuerpo. Pues a esto ajusta toda aquella alegoría del Señor que resplandece con interpretaciones precisas y que, en primer lugar, debe entenderse simplemente. Pues también el hombre pagano es nuestro adversario que camina por el mismo camino de la vida común. Por lo demás, tendríamos que salir del mundo si no fuera lícito convivir con ellos. Por tanto, ordena que prestes el bien del alma a este— pues dice: amad a vuestros enemigos y orad por los que os maldicen— para que, provocado por alguna injuria en el comercio de los negocios, no te arrastre ante su juez y, entregado a la custodia, no seas arrojado a la solución de toda la deuda. Luego, si la mención del adversario se traslada al diablo, por la observación que te acompaña, eres advertido de entrar en concordia también con él, la cual se computa por la convención de la fe; pues has pactado renunciar a él, a su pompa y a sus ángeles. Se ha convenido entre vosotros sobre esto. Esta será la amistad por la observación de la promesa, para que no tomes después nada de lo que abjuraste, de lo que le devolviste, para que no te presente ante Dios, el juez, como un defraudador, como un transgresor del pacto, tal como leemos en otro lugar que es el acusador de los santos y, por el nombre mismo de diablo, un delator, y el juez te entregue al ángel de la ejecución, y él te mande a la cárcel del infierno, de donde no seas liberado, a menos que incluso el pequeño delito sea pagado con la demora de la resurrección.¿ Qué hay más apto que estos sentidos?¿ Qué más verdadero que estas interpretaciones? Por lo demás, en Carpócrates, si el alma es deudora de todos los crímenes,¿ quién será el enemigo y adversario que debe entenderse? Creo que una mente mejor, que la haya empujado a algo de inocencia para ser obligada una y otra vez a entrar en un cuerpo, hasta que en nada sea hallada rea de una buena vida. Esto es que del mal fruto se entienda el buen árbol, es decir, que de los pésimos preceptos se reconozca la doctrina de la verdad. Espero que los herejes de este tipo invadan también el ejemplo de Elías, como si estuviera representado en Juan, de modo que la declaración del Señor patrocine la metempsicosis: Elías ya vino, y no lo reconocieron, y en otro lugar: y si queréis oír, este es Elías, que ha de venir.¿ Acaso, pues, también los judíos consultaban a Juan por opinión pitagórica: eres tú Elías?¿ Y no por la predicación divina: y he aquí que os enviaré a Elías el Tesbita? Pero, en efecto, la metempsicosis de ellos es la revocación de un alma que ya hace tiempo cumplió con la muerte y fue iterada en otro cuerpo. Elías, en cambio, no vendrá por el fallecimiento de la vida, sino por traslación, y no ha de ser restituido al cuerpo del que no fue eximido, sino devuelto al mundo del que fue trasladado, no por el postliminio de la vida, sino por el suplemento de la profecía, siendo él mismo, tanto de su nombre como de su hombre. Pero¿ cómo es Elías Juan? Tienes la voz del ángel: y él mismo, dice, precederá ante el pueblo en la virtud y en el espíritu de Elías, no en su alma ni en su carne. Pues estas sustancias son propias de cada hombre. El espíritu, en cambio, y la virtud se confieren extrínsecamente por la gracia de Dios; así también pueden ser trasladados a otro por la voluntad de Dios, como se hizo antiguamente con el espíritu de Moisés.
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En estas cuestiones creo que nos hemos excedido, a las cuales ahora hay que volver. Habíamos establecido que el alma es sembrada en el hombre mismo y a partir de él, y que es una sola semilla desde el principio, al igual que el examen de toda la carne: debido, ciertamente, a las opiniones rivales de los filósofos y de los herejes y a aquel discurso vetusto de Platón. Ahora tejemos el orden de los tratados que siguen a partir de ahí. El alma, sembrada en el útero junto con la carne, obtiene al mismo tiempo que ella también el sexo, de tal modo que, en la causa del sexo, ninguna de las dos sustancias sea tenida por anterior. Pues si en las semillas de ambas sustancias el concepto admitiera algún intervalo, de modo que o la carne o el alma fuera sembrada primero, sería también atribuir la propiedad del sexo a una sola sustancia mediante un intervalo temporal de las semillas, de modo que o la carne imprimiera el sexo al alma o el alma a la carne, puesto que también Apeles, no el pintor, sino el hereje, constituyendo las almas masculinas y femeninas antes que los cuerpos, tal como aprendió de Filumena, hace que la carne, como posterior, reciba el sexo del alma. Y los que sobreponen el alma a la carne después del parto, ciertamente, antes de que estén formadas, prejuzgan el sexo masculino o femenino de la carne sobre el alma. Pero las semillas de ambas sustancias y la infusión unida de ellas sufren el evento común del género, por dondequiera que haya trazado las líneas esa razón de la naturaleza, sea cual sea. Ciertamente, también aquí la forma de los primordios se atestigua a sí misma, cuando el varón es formado más temprano, pues Adán es anterior; la mujer algo más tarde, pues Eva es posterior. Así, mientras la carne es informe, tal como fue arrancada del costado de Adán, es sin embargo ya animal, porque reconoceré que también aquella porción de Adán estaba animada. Por lo demás, el soplo de Dios habría animado también a la misma, si no hubiera habido en la mujer una transmisión de Adán, tanto de la carne como del alma.
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Toda la preparación para sembrar, construir y formar al hombre en el útero es modulada, ciertamente, por alguna potestad ministra de la voluntad divina, a la que le ha tocado agitar esa razón, sea cual sea. Al estimar esto, también la superstición romana inventó a la diosa Alemona para alimentar al feto en el útero, y a Nona y Décima para los meses más preocupantes, y a Pártula, que gobierne el parto, y a Lucina, que lo saque a la luz. Nosotros creemos que los ángeles son los oficios divinos. Por tanto, el feto es hombre en el útero desde que la forma está completa. Pues también la ley de Moisés juzga al aborto reo de taliones cuando ya es causa de hombre, cuando ya se le asigna un estado de vida y de muerte, cuando ya está inscrito en el destino, aunque todavía viviendo en la madre comparta en gran medida la suerte con la madre. Diré algo también sobre los tiempos del alma naciente, para recorrer el orden. El nacimiento legítimo es casi el ingreso del décimo mes. Los que razonan los números, honran también el número decurial como padre de los restantes, en fin, como perfeccionador del nacimiento humano. Yo argumentaré más bien hacia Dios este modo de tiempo, para que diez meses inauguren al hombre más según el decálogo, para que nazcamos con tanto número de tiempo como número de disciplina con el que renacemos. Pero también, cuando el nacimiento es pleno en el séptimo mes más fácilmente que en el octavo, reconoceré el honor del sábado, para que, en el día en que fue dedicada la condición de Dios, la imagen de Dios sea producida a veces durante todo el mes. Se concede apresurar el nacimiento y, sin embargo, ocurrir adecuadamente en la semana, en los auspicios de la resurrección, del descanso y del reino. Por eso la ogdoada no nos crea; pues entonces no habrá nupcias. Hemos encomendado ya hace tiempo la sociedad de la carne y el alma desde la concreción de las semillas mismas hasta la perfección del figmento. Del mismo modo, ahora defendemos también desde el nacimiento, principalmente porque crecen juntas, pero con distinta razón según la condición de los géneros: la carne por módulo, el alma por ingenio; la carne por hábito, el alma por sentido. Por lo demás, debe negarse que el alma crezca en sustancia, para que no se diga también que la sustancia decrece y así se crea que va a faltar; pero su fuerza, en la que se retienen los peculios naturales, a salvo el módulo de la sustancia con el que fue inflada desde el principio, se produce poco a poco con la carne. Constituye un peso cierto de oro o plata, una masa todavía ruda: el hábito recogido es para ella y, por el momento, menor que el futuro, sin embargo, contiene dentro de la línea del módulo todo lo que es por naturaleza oro o plata. Luego, cuando la masa se relaja en una lámina, se hace mayor que su inicio por la dilatación del peso cierto, no por adición, mientras se extiende, no mientras aumenta. Aunque así también aumenta, mientras se extiende; pues es lícito aumentar en hábito, cuando no es lícito en estado. Entonces también el esplendor mismo del oro o la plata es promovido, el cual ciertamente había estado también en la masa, pero más oscuro, aunque no nulo. Entonces también otros y otros hábitos se añaden según la facilidad de la materia, por donde la haya llevado quien la maneje, sin conferir nada al módulo sino la efigie. Así también deben reputarse los crecimientos del alma, no sustanciales, sino de promoción.
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Aunque también hemos preconstruido anteriormente que todos los elementos naturales pertenecen a la sustancia misma del alma en cuanto al sentido y al intelecto por el censo innato del alma, pero que proceden poco a poco a través de los espacios de la edad y se manifiestan variadamente por los accidentes según las artes, las instituciones, los lugares y las potestades dominantes, lo cual, sin embargo, contribuye a la sociedad propuesta de la carne y el alma, decimos también que la pubertad animal coincide con la carnal y que ambas surgen por igual, aquella por el aumento de los sentidos y esta por el proceso de los miembros, desde el año decimocuarto aproximadamente, no porque Asclepiades calcule la sabiduría desde ahí, ni porque las leyes civiles se adapten a partir de ahí para realizar los asuntos, sino porque esta es también la razón desde el principio. Pues si Adán y Eva sintieron que debían cubrir sus partes pudendas a partir del conocimiento del bien y del mal, desde que sentimos eso mismo, profesamos el conocimiento del bien y del mal. A partir de estos años, además, el sexo es más sonrojado y más vestido, y la concupiscencia usa a los ojos como testigos y comunica el placer y entiende cuáles son y ciñe sus fines con la picazón del contagio a semejanza de la higuera y saca al hombre del paraíso de la integridad, desde entonces escabrosa también hacia las demás culpas y no naturales al delinquir, cuando ya no es por instituto de la naturaleza, sino por vicio. Por lo demás, propiamente la concupiscencia natural es única, solo la de los alimentos, que Dios confirió también en el principio: de todo árbol, dice, comeréis, y para la segunda generación después del diluvio sobremidió: he aquí que os he dado todo como alimento, como las hierbas del campo, mirando no tanto al alma como a la carne, aunque por causa del alma. Pues debe quitarse la ocasión al argumentador, que desea que se entienda que el alma es mortal porque parece desear alimentos, que se sustenta con comidas, en fin, que al quitárselas languidece, y finalmente, al sustraérselas, perece. Además, no solo debe proponerse quién los desea, sino también a quién; y si por sí misma, pero también por qué, cuándo y hasta dónde; luego, que la naturaleza desea una cosa por necesidad, otra por propiedad, otra por causa. Deseará, pues, el alma alimentos para sí misma por causa de necesidad, pero para la carne por naturaleza de propiedad. Ciertamente, la carne es la casa del alma, y el alma es el inquilino de la carne. Deseará, pues, el inquilino por causa y necesidad de este nombre lo que será provechoso para la casa durante todo el tiempo de su inquilinato, no para ser él mismo apuntalado, ni para ser él mismo acorazado, ni para ser él mismo sostenido por columnas, sino solo para ser contenido, porque no puede ser contenido de otro modo que con la casa apuntalada. De lo contrario, será lícito al alma, una vez caída la casa por la destitución de los subsidios anteriores, partir indemne, teniendo sus propios fundamentos y los alimentos de su propia condición: la inmortalidad, la racionalidad, la sensualidad, la intelectualidad, la libertad de arbitrio.
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Todas estas cosas, conferidas al nacimiento del alma, aquel que envidió en el principio, ahora también las oscurece y deprava, para que no sean previstas voluntariamente ni administradas como es debido. Pues¿ a qué hombre no se le pegará un espíritu maligno, acechando a las almas desde la misma puerta del nacimiento o por donde sea invitado en toda esa superstición del puerperio? Así, todos nacen con la idolatría como partera, mientras todavía están ceñidos con las ínfulas del útero hechas ante los ídolos, profesan que sus engendros son candidatos de los demonios, mientras en el parto se grita a Lucina y a Diana, mientras durante toda la semana se propone una mesa a Juno, mientras en el último día se invocan a las Parcas Escribas, mientras la primera constitución del infante sobre la tierra es un sacrificio a la diosa Statina.¿ Quién no dedica desde entonces toda la cabeza del hijo al reato, o reserva algún mechón, o lo corta todo con la navaja, o lo obliga con un sacrificio, o lo sella con un rito sagrado, por devoción genética, abuela, pública o privada? Así, pues, también el espíritu demoníaco encontró a Sócrates siendo todavía niño. Así también se asignan genios a todos, que es el nombre de los demonios. Hasta tal punto casi ningún nacimiento es limpio, ciertamente el de los paganos. Pues de aquí dice el apóstol que los hijos son engendrados santos por el sexo santificado del otro, tanto por la prerrogativa de la semilla como por la disciplina de la institución. De lo contrario, dice, nacerían inmundos, queriendo que se entienda que los hijos de los fieles están, sin embargo, designados para la santidad y, por ello, también para la salvación, para que con la prenda de esta esperanza patrocinara los matrimonios que había juzgado que debían retenerse. De lo contrario, recordaba la definición del Señor: si alguien no nace del agua y del espíritu, no entrará en el reino de Dios, es decir, no será santo.
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Así, toda alma es censada en Adán hasta que es recensada en Cristo, tan inmunda mientras no sea recensada; pecadora, sin embargo, porque es inmunda, y no recibiendo la ignominia de la sociedad de la carne. Pues aunque la carne sea pecadora, según la cual se nos prohíbe caminar, cuyas obras son condenadas al concupiscente contra el espíritu, por la cual son marcados los carnales, no obstante, la carne no es infame por su propio nombre. Pues no piensa ni siente nada por sí misma para persuadir o mandar el pecado.¿ Cómo no? Si es un ministerio, y un ministerio no como un siervo o un amigo menor, nombres animales, sino como un cáliz o cualquier otra cosa de ese tipo, cuerpo, no alma. Pues también el cáliz es el ministerio del que tiene sed; sin embargo, si el que tiene sed no se acomoda el cáliz, el cáliz no ministrará nada. Hasta tal punto no hay propiedad del hombre en lo terrenal, y la carne no es hombre de tal modo como si fuera otra fuerza del alma y otra persona, sino que es una cosa de sustancia y condición claramente distinta, aunque adicta al alma como un ajuar, como un instrumento en los oficios de la vida. La carne, pues, es reprendida en las Escrituras, porque el alma no es nada sin la carne en la operación de la libido, la gula, la embriaguez, la crueldad, la idolatría y los demás sentidos no carnales, sino efectos. En fin, los sentidos de los delitos suelen imputarse al alma incluso sin los efectos. El que haya mirado a una mujer para codiciarla, ya adulteró en su corazón. Por lo demás,¿ qué es la carne sin el alma del mismo modo en la operación de la probidad, la justicia, la tolerancia, la pudicia? Además,¿ qué clase de cosa es que, a quien no le atribuyes buenos documentos propios, le pintes crímenes? Pero aquella por la que se delinque es convocada para que aquella de la que se delinque sea cargada, incluso en la acusación del ministerio. Más grave es la envidia hacia el presidente cuando los oficios son golpeados. Se castiga más al que manda, cuando ni siquiera el que obedece es excusado.
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El mal, pues, del alma, además del que se sobreedifica por el encuentro del espíritu maligno, antecede por el vicio del origen, natural en cierto modo. Pues, como hemos dicho, la corrupción de la naturaleza es otra naturaleza, que tiene su señor y padre, es decir, el mismo autor de la corrupción, de modo que, sin embargo, esté presente también el bien del alma, aquel principal, aquel divino y germano y propiamente natural. Pues lo que es de Dios no se extingue tanto como se oscurece. Pues puede ser oscurecido, porque no es Dios; no puede ser extinguido, porque es de Dios. Por tanto, así como la luz impedida por algún obstáculo permanece, pero no aparece si la densidad del obstáculo es tan grande, así también el bien en el alma, oprimido por el mal, según la cualidad de este, o queda totalmente vacante con la luz oculta, o, donde se da, irradia al encontrar la libertad. Así, los peores y los mejores, y, sin embargo, todos son un solo género de almas. Así también en los peores hay algo de bien y en los mejores no poco de peor. Pues solo Dios es sin pecado y solo el hombre sin pecado es Cristo, porque también Dios es Cristo. Así también la divinidad del alma irrumpe en presagios a partir del bien anterior y la conciencia de Dios sale en testimonio:' Dios es bueno', y' Dios ve', y' a Dios me encomiendo'. Por eso ninguna alma es sin crimen, porque ninguna es sin la semilla del bien. Por consiguiente, cuando llega al fin, reformada por el segundo nacimiento del agua y la virtud superior, quitado el velo de la corrupción pristina, contempla toda su luz. Es acogida también por el Espíritu Santo, así como en el nacimiento pristino por el espíritu profano. Sigue al alma que se casa con el espíritu la carne, como dote de mancipio, y ya no es sierva del alma, sino del espíritu.¡ Oh, dichoso connubio, si no admitiera adulterio!
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Sobre la muerte ya resta que se ponga la materia allí donde el alma misma se consume. Aunque Epicuro, con opinión bastante vulgar, negó que la muerte nos pertenezca. Pues lo que se disuelve, dice, carece de sentido, y lo que carece de sentido, nada es para nosotros. Se disuelve, sin embargo, y carece de sentido no la muerte misma, sino el hombre que la padece. Pero él le dio la pasión a quien es la acción. Pero si es del hombre padecer la muerte disolutora del cuerpo y perentoria del sentido, qué inepto es decir que una fuerza tan grande no pertenece al hombre. Mucho más forzadamente Séneca dice: después de la muerte todo termina, incluso ella misma. Si esto es así, ya también la muerte pertenecerá a sí misma, si también ella termina; tanto más al hombre, en quien, al terminar entre todas las cosas, también ella termina. La muerte nada es para nosotros, por tanto, tampoco la vida es nada para nosotros. Pues si aquello por lo que nos disolvemos está fuera de nosotros, también aquello por lo que nos componemos está fuera de nosotros. Si la adención del sentido nada es para nosotros, tampoco la adepción del sentido es nada para nosotros. Pero que también la muerte sea destruida por quien destruye el alma. Por nosotros, como de la vida póstuma y de otra provincia del alma, así se tratará de la muerte, a la cual incluso nosotros pertenecemos, si ella no pertenece a nosotros. En fin, ni siquiera su espejo, el sueño, es materia ajena.
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Discutamos primero sobre el sueño y, después, sobre cómo la muerte afecta al alma. El sueño no es, en absoluto, algo extranatural, como sostienen algunos filósofos, al clasificarlo entre aquellas causas que parecen ser contrarias a la naturaleza. Los estoicos afirman que el sueño es una disolución del vigor sensorial; los epicúreos, una disminución del espíritu animal; Anaxágoras y Jenófanes, un desfallecimiento; Empédocles y Parménides, un enfriamiento; Estratón, una segregación del espíritu vital; Demócrito, una indigencia de espíritu; Aristóteles, un entorpecimiento del calor que rodea al corazón. Yo nunca presumo haber dormido de tal manera que reconozca algo de esto. Pues no debe creerse que el sueño sea un desfallecimiento, sino más bien lo contrario, pues el sueño elimina el desfallecimiento, ya que el hombre se repara más con el sueño de lo que se fatiga. Además, el sueño no siempre se origina por la fatiga y, sin embargo, cuando proviene de ella, esta ya no existe. Pero tampoco admitiré un enfriamiento o un entorpecimiento del calor, puesto que los cuerpos se calientan tanto durante el sueño, y la distribución de los alimentos no procedería fácilmente durante el sueño con un calor que se acelera y un frío que se retarda, si nos enfriáramos al dormir. Es más, el sudor es también un indicio de la digestión que hierve. En definitiva, decimos que digerimos, lo cual es una operación del calor, no del frío. Del mismo modo, la inmortalidad del alma no permite creer en la disminución del espíritu animal, ni en la indigencia de espíritu, ni en la segregación del espíritu vital. El alma perece si disminuye. Queda, si acaso, que definamos el sueño con los estoicos como una disolución del vigor sensorial, porque procura el descanso solo del cuerpo, no también del alma. Pues el alma, al ser siempre móvil y siempre ejercitada, nunca sucumbe al descanso, ajeno, por supuesto, a su estado de inmortalidad; nada inmortal admite el fin de su operación, y el sueño es el fin de la operación. En definitiva, para el cuerpo, al que le corresponde la mortalidad, solo a él el descanso le traerá el fin de la operación. Por tanto, quien dude sobre la naturalidad del sueño, tiene ciertamente a los dialécticos que ponen en duda toda la distinción entre lo natural y lo extranatural, de modo que sepa que lo que se pensaba que estaba fuera de la naturaleza puede ser reivindicado para la naturaleza, de la cual ha sido sorteado de tal manera que parece estar fuera de ella, y, en cualquier caso, o todo es naturaleza o nada lo es. Entre nosotros, sin embargo, podrá escucharse lo que sugiere la contemplación de Dios, el autor de todas las cosas sobre las que se pregunta. Creemos, en efecto, que si algo es naturaleza, es una obra racional de Dios. Además, la razón precede al sueño, tan apto, tan útil, tan necesario, que sin él ninguna alma bastaría; es el recreador de los cuerpos, el reintegrador de las fuerzas, el probador de la salud, el pacificador de las obras, el médico de los trabajos, para cuyo disfrute legítimo cede el día y la noche dicta su ley, eliminando incluso el color de las cosas. Y si el sueño es vital, saludable y auxiliar, nada de esto es irracional, nada es antinatural. Así también los médicos relegan fuera de los marcos naturales todo lo que es contrario a lo vital, saludable y auxiliar. Pues al juzgar como antinaturales las enfermedades rivales del sueño, la frenética y la cardíaca, han prejuzgado que el sueño es natural; incluso al señalar como no natural el letargo, responden con un testimonio natural, cuando está en su temperamento. Pues toda naturaleza se rescinde por carencia o por enormidad, y se conserva por la propiedad de la medida. Así, será natural en su estado lo que puede volverse no natural por defecto o exceso.¿ Qué pasaría si también excluyeras el comer y el beber de las suertes de la naturaleza? Pues también en esto se preparará mucho del sueño. Ciertamente, el hombre ha estado imbuido de esto desde el principio de su naturaleza. Si aprendes de Dios, aquel manantial del género humano, Adán, bebió el sopor antes de sentir sed de descanso, durmió antes de trabajar, es más, antes de comer, es más, antes de hablar, para que vean que el sueño es un índice natural, más principal que todos los naturales. De ahí somos conducidos a que él ya entonces repasaba la imagen de la muerte. Pues si Adán daba una figura de Cristo, el sueño de Adán era la muerte de Cristo que iba a dormir en la muerte, para que de la herida de su costado se figurara la verdadera madre de los vivientes, la Iglesia. Por eso el sueño, tan saludable, tan racional, es modelado incluso como ejemplo de la muerte pública y común. Pues Dios quiso, y por lo demás no hizo nada sin ejemplos en su disposición, actuar diariamente con nosotros, siguiendo el paradigma platónico, las líneas del inicio y del fin humano, extendiendo la mano a la fe para que sea ayudada más fácilmente a través de imágenes y parábolas, tanto de palabras como de cosas. Por tanto, te propone el cuerpo abatido por la fuerza amiga del sopor, postrado por la blanda necesidad del descanso, inmóvil en su posición, tal como yacía antes de la vida y tal como yacerá después de la vida, como testimonio de la creación y de la sepultura, esperando al alma como si aún no hubiera sido conferida y como si ya hubiera sido arrebatada. Pero también ella sufre de tal manera que parece actuar en otro lugar, aprendiendo la futura ausencia mediante la disimulación de la presencia. Sabremos sobre Hermótimo. Y, sin embargo, mientras tanto sueña:¿ de dónde entonces los sueños? Ni descansa ni se vuelve perezosa en absoluto, ni entrega la naturaleza de la inmortalidad, esclava del sopor. Se prueba a sí misma siempre móvil: viaja por tierra y mar, negocia, se agita, trabaja, juega, sufre, se alegra, persigue lo lícito y lo ilícito, demuestra que sin el cuerpo también puede mucho, que está dotada de sus propios miembros, pero que, no obstante, tiene la necesidad de volver a agitar el cuerpo. Así, cuando el cuerpo se haya despertado, devuelto a sus funciones, te afirma la resurrección de los muertos. Esta será tanto la razón natural del sueño como la naturaleza racional. También a través de la imagen de la muerte eres iniciado en la fe, meditas la esperanza, aprendes a morir y a vivir, aprendes a velar mientras duermes.
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Por lo demás, sobre Hermótimo. El alma, según dicen, carecía de él en el sueño, partiendo del cuerpo como por la ocasión de un hombre que iba a estar ocioso. Su esposa lo reveló. Sus enemigos, encontrándolo dormido, lo quemaron como si estuviera muerto. El alma, al regresar más tarde, creo que se imputó a sí misma el homicidio. Los ciudadanos de Clazómenas consuelan a Hermótimo en el templo. La mujer no se acerca debido a la nota de la esposa.¿ A qué viene esto?¿ Acaso para que, porque es fácil para el vulgo imaginar que el sueño es una separación del alma, esta credulidad sea apoyada también por este argumento de Hermótimo? Había sido un tipo de sopor algo más grave, como es la presunción sobre el íncubo o sobre esa dolencia de salud que Sorano opone excluyendo al íncubo, o tal tipo de defecto que incluso arrastró a Epiménides a la leyenda, siendo somnoliento casi cincuenta años. Pero también Suetonio niega que Nerón y Teopompo que Trasimedes hayan soñado jamás, a menos que apenas Nerón en su último final después de sus temores.¿ Qué pasaría si Hermótimo también fue así, de modo que el ocio del alma que no trabaja en sueños fuera creído un divorcio? Conjeturarías todo antes que esa licencia del alma que huye sin la muerte, y ciertamente de forma continua. Pues si se dijera que tal cosa sucede una vez, como un eclipse de sol o de luna, así también del alma, ciertamente me persuadiría de que fue hecho divinamente; pues el hombre conviene que sea advertido o aterrorizado por Dios, como por un rayo rápido, con el golpe de una muerte momentánea: si no fuera más cercano creer que es un sueño lo que debería sucederle más bien al que está despierto, si no fuera más apropiado creer que es un sueño.
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Estamos obligados aquí a exponer también la opinión cristiana sobre los sueños, como accidentes del sueño, y no pequeñas agitaciones del alma, la cual hemos declarado laboriosa y ejercitada siempre por su perpetuidad de movimiento, lo cual es la razón de la divinidad y de la inmortalidad. Por tanto, cuando el descanso llega a los cuerpos, cuyo consuelo es propio, aquella, libre del consuelo ajeno, no descansa y, si carece de la obra de los miembros corporales, usa los suyos. Concibe a un gladiador sin armas o a un auriga sin carros, gesticulando todo el hábito de su arte y su esfuerzo: se lucha, se compite, pero es una agitación vacía. Sin embargo, parecen suceder cosas que, no obstante, no parecen suceder; pues ocurren en acto, pero no ocurren en efecto. A esta fuerza la llamamos éxtasis, un exceso del sentido y a semejanza de la demencia. Así también en el principio el sueño fue dedicado con el éxtasis: y Dios envió un éxtasis sobre Adán y durmió. Pues el sueño sobrevino al cuerpo para el descanso, el éxtasis se añadió al alma contra el descanso, y de ahí ya la forma mezclando el sueño con el éxtasis y la naturaleza a partir de la forma. En definitiva, nos deleitamos, nos entristecemos y nos aterrorizamos en los sueños,¡ qué afectiva, ansiosa y pasiblemente!, cuando no nos conmoveríamos en nada, por imágenes vacías, si soñáramos estando en nuestro juicio. En definitiva, también las buenas acciones son gratuitas en los sueños y los delitos son seguros; pues no seremos condenados más por la visión de un estupro que seremos coronados por la de un martirio. Y¿ cómo, preguntas, el alma es consciente de los sueños, si es que no se le permite estar en su juicio? Esta será la propiedad de esta demencia, porque no ocurre por la corrupción de una buena salud, sino por la razón de la naturaleza; pues no extermina, sino que aparta la mente. Una cosa es sacudir, otra mover, otra derribar, otra agitar. Por tanto, que la memoria esté presente es salud de la mente, que la salud de la mente, estando a salvo la memoria, esté aturdida, es un género de demencia. Y por eso no se dice que deliramos, sino que soñamos; por eso también somos prudentes, si alguna vez lo somos. Pues nuestro saber, aunque sea ensombrecido, no se extingue, sin embargo; a menos que esto mismo pueda parecer estar ocioso entonces, y que el éxtasis obre esto también por su propia cuenta, para traernos así imágenes de sabiduría, del mismo modo que también de error.
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He aquí que de nuevo somos urgidos a expresar la opinión sobre el examen de los sueños mismos, con los que el alma es agitada.¿ Y cuándo llegaremos a la muerte? Y aquí diría: cuando Dios lo haya dado, no hay largas demoras para lo que sucederá. Epicuro juzgó que los sueños son totalmente vanos, liberando a la divinidad de los negocios y disolviendo el orden de las cosas y esparciendo todo en la pasividad como expuesto al evento y fortuito. Además, si es así, entonces habrá también algún evento de verdad, porque no admite que solo ella sea excluida del evento debido a todos. Homero dividió dos puertas para los sueños, la de cuerno para la verdad, la de marfil para la falacia. Pues es posible ver a través del cuerno, mientras que el marfil es ciego. Aristóteles, citando la opinión con mayor mentira, reconoce también la verdadera. Los telmesenses no anulan ningún sueño, culpan a la debilidad de la conjetura. Pero¿ quién es tan ajeno a la humanidad que no haya sentido alguna vez una visión fiel? Resumiendo pocas de las más insignes, impondré vergüenza a Epicuro. Heródoto refiere que Astiages, rey de los medos, vio en sueños que de su hija Mandana, aún virgen, fluía una vejiga que inundaba Asia; asimismo, un año después de sus nupcias, que de los mismos lugares brotó una vid que cubrió toda Asia. Esto también lo transmite Carón de Lámpsaco, anterior a Heródoto. Quienes interpretaron a su hijo para tan gran obra, no se engañaron; pues Ciro ciertamente sumergió y oprimió a Asia. Filipo de Macedonia, aún no padre, había visto que la naturaleza de su esposa Olimpia estaba sellada con un anillo; el león era el sello. Había creído que la procreación estaba cerrada( supongo, porque el león es padre una sola vez): Aristodemo o Aristofonte, conjeturando, más bien, que nada vacío estaba sellado, sino que se presagiaba un hijo y, ciertamente, de gran ímpetu. Quienes conocen a Alejandro, reconocen al león del anillo. Éforo lo escribe. Pero también cierta mujer de Hímera soñó la tiranía de Dionisio en Sicilia. Heráclides lo reveló. Y Laódice, la madre, previó el reino de Asia para Seleuco antes de haberlo dado a luz. Euforión lo publicó. También me entero por Estrabón de que Mitrídates se apoderó del Ponto por un sueño, y por Calístenes aprendo que Baraliris, el ilirio, dominó desde los molosos hasta Macedonia por un sueño. También los romanos conocen sueños de este tipo de verdad. Marco Tulio ya conocía a Julio Octavio, reformador del imperio, siendo aún un niño y privado de posición, y desconocido para sí mismo, como Augusto y sepulturero de las turbulencias civiles, por un sueño. Está guardado en los comentarios de Vitelio. Y esta no será la única especie pregonera de los sumos poderes, sino también de los peligros y destrucciones: como cuando César, en la batalla de los rebeldes Bruto y Casio en Filipos, estando enfermo por lo demás, pero a punto de sufrir un mayor peligro por parte de los enemigos, escapa al abandonar la tienda por la visión de Artorio: como cuando la hija de Polícrates de Samos prevé la cruz por el ungüento del sol y el baño de Júpiter. Se revelan también los honores y los ingenios durante el descanso, se prestan también remedios, se descubren también hurtos, se confieren también tesoros. En definitiva, la nodriza de Cicerón ya había visto su dignidad cuando aún era un niño. El cisne que acaricia a los hombres desde el regazo de Sócrates es el discípulo Platón. Leónimo, el pugilista, es curado por Aquiles en sueños. Cuando habían perdido la corona de oro de la ciudadela de Atenea, el trágico Sófocles la encontró de nuevo soñando. Neoptólemo, el actor trágico, cerca de Roeteo de Troya, advertido en sueños por el mismo Áyax, es liberado de la ruina de su sepulcro, y al deponer la senia de piedras, regresa rico en oro.¿ Pero cuántos comentaristas y afirmadores hay sobre este asunto? Artemón, Antifón, Estratón, Filócoro, Epicarmo, Serapión, Cratipo, Dionisio de Rodas, Hermipo, toda la literatura del siglo. Solo me reiré, si acaso, de quien pensó que persuadiría que Saturno soñó antes que todos; a menos que Aristóteles haya vivido antes que todos. Perdona al que se ríe. Por lo demás, Epicarmo también elevó el punto más alto entre las adivinaciones a los sueños junto con Filócoro de Atenas. Pues el orbe también está lleno de este género de oráculos, como el de Anfiarao en Oropo, el de Anfíloco en Malo, el de Sarpedón en la Tróade, el de Trofonio en Beocia, el de Mopso en Cilicia, el de Hermíone en Macedonia, el de Pasífae en Laconia. El resto, con sus orígenes, ritos y relatores, con toda la historia de los sueños a continuación, Hermipo de Berito la exhibirá saciadísimamente en cinco volúmenes. Pero también los estoicos prefieren que Dios, providencialísimo para la institución humana, entre otros apoyos de las artes y disciplinas adivinatorias, nos haya dado también los sueños, un consuelo peculiar de oráculo natural. Esto en cuanto a la fe de los sueños que también nosotros debemos consignar e interpretar de otra manera. Pues sobre los demás oráculos, ante los cuales nadie duerme,¿ qué otra cosa pronunciaremos sino que es la razón demoníaca de aquellos espíritus que ya entonces habrán habitado en los mismos hombres o habrán afectado sus memorias para toda la escena de su malicia, fingiendo divinidad en esta misma especie y engañando con la misma industria incluso a través de los beneficios de medicinas, advertencias y predicciones, para dañar más ayudando, mientras que a través de las cosas que ayudan apartan de la búsqueda de la verdadera divinidad por la insinuación de la falsa? Y, en cualquier caso, la fuerza no está cerrada ni está circunscrita por los límites de los santuarios; es errante, volátil y, a veces, libre. Por lo que nadie dudará de que las casas también están abiertas a los demonios y que no solo en los aditos, sino en los dormitorios, circundan a los hombres con imágenes.
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Definimos, en efecto, que los sueños son provocados en gran medida por los demonios, aunque a veces sean verdaderos y graciosos, pero, de la industria de la que hablamos, afectando y captando, cuánto más los vanos, frustratorios, turbios, ludibriosos e inmundos. Y no es de extrañar si las imágenes son de ellos, de quienes también son las cosas. Pero habiendo prometido Dios, ciertamente, tanto la gracia del Espíritu Santo sobre toda carne y que sus siervos y sus siervas, así como profetizarán, también soñarán, se computarán aquellas cosas que se compararán con la misma gracia, si alguna es honesta, santa, profética, revelatoria, edificatoria, vocatoria, cuya liberalidad suele destilar también sobre los profanos, igualando Dios también sus lluvias y sus soles para justos e injustos, puesto que también Nabucodonosor sueña divinamente y casi la mayor fuerza de los hombres aprende de Dios a través de las visiones. Así pues, como la dignación de Dios también hacia los gentiles, así también la tentación del mal hacia los santos, de los cuales no se aparta ni de día, para que se insinúe incluso a los que duermen donde puede, si no puede a los que velan. La tercera especie serán los sueños que el alma misma parece inducirse a sí misma por la intención de las circunstancias. Además, porque no es por arbitrio soñar( pues también Epicarmo piensa así),¿ cómo ella misma será para sí misma causa de alguna visión?¿ Acaso, pues, esta especie debe dejarse a la forma natural, conservando para el alma incluso en el éxtasis sus cosas que padece? Aquellas cosas, sin embargo, que no parecerán suceder ni por Dios ni por el demonio ni por el alma, y fuera de la opinión y fuera de la interpretación y fuera de la narración de la facultad, se separarán propiamente al éxtasis mismo y a su razón.
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Afirman que se sueña con mayor certeza y claridad bajo las últimas noches, como si el vigor de las almas emergiera ya al prolongarse el sopor. Por los tiempos del año, en primavera es más tranquilo, porque el verano disuelve las almas y el invierno de alguna manera endurece y el otoño, tentador de enfermedades, diluye con los jugos vinosos de los frutos. Asimismo, por la posición del mismo descanso, si no se acuesta ni boca arriba ni sobre el lado derecho, ni la estación de los sentidos fluctúa como si los órganos internos estuvieran derramados, o si no hay opresión de la mente por la compresión del hígado. Pero creo que esto debe ser estimado ingeniosamente más que probado constantemente, aunque es Platón quien lo estimó; y tal vez procedan por azar. De lo contrario, los sueños serán por arbitrio, si pudieran ser dirigidos. Pues lo que la presunción o la superstición prescribe ahora sobre la disciplina de los sueños, distinguiendo o derogando alimentos, debe ser examinado. Superstición, como cuando se indica el ayuno o se induce la castidad ante los oráculos para los que van a incubar; presunción, como cuando los pitagóricos rechazan las habas también por esta especie, alimento oneroso y para la flatulencia. Y, sin embargo, aquella triple fraternidad con Daniel, contentos solo con legumbres, para no ser contaminados por los manjares reales, redimieron de Dios, además de la sabiduría restante, la gracia de los sueños, tanto de obtenerlos como de explicarlos. Yo, en ayunas, no sé si soy el único que sueño tanto que no siento que he soñado.¿ Nada, pues, la sobriedad, preguntas, para esta parte? Es más, tanto más para esta, cuanto para toda; si también para la superstición, mucho más para la religión. Pues así también los demonios la exigen de sus soñadores para el lenocinio de la divinidad, ciertamente, porque conocen la familiaridad de Dios, porque también Daniel, de nuevo, careció de alimento en la estación de tres semanas, pero para atraer a Dios con los oficios de la humillación, no para construir el sentido y la sabiduría del alma que iba a soñar, como si no fuera a actuar en éxtasis. Así, la sobriedad no servirá para eliminar el éxtasis, sino para recomendar el éxtasis mismo, para que se haga en Dios.
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Los que no creen que los infantes sueñan, cuando todas las cosas del alma se cumplen según el modo de la edad en la vida, observen sus sacudidas, gestos y sonrisas durante el descanso, para que comprendan por el hecho de que los movimientos del alma que sueña irrumpen fácilmente en la superficie a través de la ternura de la carne. Pero también que se dice que la gente libia de los atlantes pasa la noche en un sueño ciego, la naturaleza del alma ciertamente no se tasa. Además, o la fama ha mentido a Heródoto, a veces calumniosa contra los bárbaros, o una gran fuerza de tales demonios domina en aquel clima. Pues si también Aristóteles nota a cierto héroe de Cerdeña que priva a los incubadores de su templo de sus visiones, esto también estará en las libidinosas de los demonios, tanto quitar los sueños como inferirlos, de modo que también el insigne soñador tardío Nerón y Trasimedes procedieran de ahí. Pero también deducimos los sueños de Dios.¿ Qué, pues, ni los atlantes soñarían de Dios, o porque ya ninguna nación es ajena a Dios, resplandeciendo el evangelio en toda la tierra y en los confines del orbe?¿ Acaso, pues, o la fama ha mentido a Aristóteles o la razón de los demonios es para esto, mientras no se crea que ninguna naturaleza del alma es inmune a los sueños?
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Suficiente sobre el espejo de la muerte, es decir, sobre el sueño, y también sobre los negocios del sueño, es decir, sobre los sueños. Ahora al origen de este exceso, es decir, al orden de la muerte, porque ni ella misma está sin cuestiones, aunque sea el fin de todas las cuestiones. Pronunciamos la muerte como una deuda de la naturaleza por la sentencia pública de todo el género humano. Esto lo estipuló la voz de Dios, esto lo prometió todo lo que nace; para que ya desde aquí no se sonroje el estupor de Epicuro, que niega que esta deuda nos pertenezca, sino que sea escupido el furor del mago herético Menandro el samaritano, que dice que la muerte no solo no pertenece a los suyos, sino que ni siquiera llega a ellos. En esto, ciertamente, se dice enviado por una potestad suprema y arcana, para que se vuelvan inmortales e incorruptibles y de inmediato partícipes de la resurrección quienes se hayan revestido de su bautismo. Leemos, ciertamente, muchos géneros de aguas admirables, pero o la vena vinososa de los lincestos vuelve ebrios, o el manantial demoníaco de Colofón hace linfáticos, o( como le sucedió a Alejandro) la envenenada Nonacris de Arcadia. Hubo también un lago médico en Judea antes de Cristo. Claramente, el poeta transmitió que las ciénagas estigias disuelven la muerte. Pero también Tetis lloró a su hijo. Aunque si también Menandro se sumerge en el Estigia, habrá que morir de todos modos para llegar al Estigia; pues se dice que está entre los infiernos.¿ Qué y dónde es esa felicidad de las aguas, que ni Juan el bautista suministró ni Cristo mismo demostró a sus discípulos?¿ Qué baño es este de Menandro? Cómico, creo. Pero¿ por qué tan infrecuente, tan oculto, donde muy pocos se lavan? Pues haré sospechosa tanta rareza de un sacramento tan seguro y protegido, ante el cual ni siquiera es ley morir por el mismo Dios, cuando, por el contrario, todas las naciones ya ascienden al monte del Señor y a la casa del Dios de Jacob, que exige la muerte también a través del martirio,¿ la cual exigió también de su Cristo? Ni nadie dará tanto a la magia como para eximir la muerte o replantar la vida al modo de la vid con la edad renovada. Pues esto ni siquiera le fue permitido a Medea sobre un hombre, aunque le fue permitido sobre un carnero. Enoc y Elías fueron trasladados y no se encontró su muerte, ciertamente postergada. Por lo demás, se reservan para morir, para que extingan al anticristo con su sangre. Murió también Juan, de quien había sido vana la esperanza de que permanecería hasta el advenimiento del Señor. Pues casi las herejías saltan hacia nuestros ejemplos, tomando de ahí los apoyos con los que luchan. Por último, es un compendio:¿ dónde están aquellos a quienes el mismo Menandro bañó, a quienes sumergió en su Estigia? Que vengan los apóstoles perennes y asistan. Que mi Tomás los vea, los escuche, los toque y habrá creído.
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La obra de la muerte, sin embargo, está en medio, la distinción del cuerpo y el alma. Pero algunos, para la inmortalidad del alma, que ciertamente no enseñados por Dios defienden débilmente, mendigan argumentos de tal manera que quieren que se crea que incluso después de la muerte ciertas almas se adhieren a los cuerpos. Pues para esto también Platón, aunque expide de inmediato al cielo las almas que quiere, en la República, sin embargo, opone el cadáver de cierto insepulto conservado por largo tiempo sin ninguna corrupción por la indivisibilidad del alma, ciertamente. Para esto también Demócrito nota el crecimiento de las uñas y los cabellos en los sepulcros durante algún tiempo. Además, la cualidad del aire pudo haber sido protección para aquel cuerpo.¿ Qué, pues, si el aire es más seco y el suelo más salino?¿ Qué, si la sustancia misma del cuerpo es más seca?¿ Qué, si el género de muerte ya había agotado las materias corruptoras antes? Las uñas, sin embargo, como son los inicios de los nervios, merecidamente, al extenderse los nervios por la resolución, parecen más avanzadas y ser expulsadas diariamente al faltar la carne. Los cabellos también tienen alimento del cerebro, que una protección secreta permite que dure algún tiempo. En definitiva, en los vivientes también, según la abundancia del cerebro, el cabello afluye o abandona. Tienes médicos. Pero tampoco es que una pequeña parte del alma subsista en el cuerpo, que también ella misma ha de morir alguna vez, cuando el tiempo haya abolido toda la escena del cuerpo. Y esto, en efecto, está en la opinión de algunos. Por eso dicen que tampoco debe ser incinerado, ahorrando lo superfluo del alma. Otra es, sin embargo, la razón de esta piedad, no aduladora de los restos del alma, sino adversaria incluso en nombre de la crueldad del cuerpo, que el hombre mismo ciertamente no merece ser gastado en un final penal. Por lo demás, el alma indivisible, como inmortal, exige también que se crea que la muerte es indivisible, no como si le ocurriera indivisiblemente a un alma inmortal, sino como a un alma indivisible. Se dividirá, sin embargo, también la muerte, si también el alma, ciertamente de forma superflua para el alma que ha de morir alguna vez. Así, la porción de la muerte permanecerá con la porción del alma. Ni ignoro que existe algún rastro de esta opinión. Lo aprendí de lo mío. Sé que cierta mujer, sierva de la iglesia, habiendo fallecido en forma y edad íntegra después de un único y breve matrimonio, cuando hubo dormido en paz y, mientras se preparaba la sepultura, era compuesta por la oración del presbítero, al primer aliento de la oración conformó las manos apartadas de los costados en hábito suplicante y, una vez cumplida la paz, las devolvió a su posición. Existe también aquel relato entre los nuestros, en el cementerio, de que un cuerpo comunicó espacio en el retiro al colocar otro cuerpo al lado. Si también entre los gentiles se transmite tal cosa, Dios propone en todas partes señales de su potestad a los suyos como consuelo, a los extraños como testimonio. Pues más bien creeré que fue hecho por Dios como testimonio que por cualesquiera restos del alma, los cuales, si estuvieran presentes, habrían movido también otros miembros, y si solo las manos, pero no por causa de la oración. Aquel cuerpo también no solo habría cedido al hermano, sino que también habría refrescado a sí mismo por el cambio de posición. Ciertamente, de dondequiera que sean estas cosas, deben ser atribuidas a señales y prodigios, no pueden hacer naturaleza. La muerte, si no es toda de una vez, no es. Si algo del alma ha permanecido, es vida. La muerte no se mezclará más con la vida que el día con la noche.
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Esta, pues, es la obra de la muerte, la separación de la carne y el alma, dejada de lado la cuestión de los hados y los fortuitos, el afecto humano la distinguió de dos maneras, en forma ordinaria y extraordinaria, atribuyendo la ordinaria ciertamente a la naturaleza de cualquier muerte pacífica, juzgando, sin embargo, la extraordinaria como contraria a la naturaleza de cualquier final violento. Pero nosotros, que conocemos los principios del hombre, determinamos audazmente que la muerte no siguió al hombre por naturaleza, sino por culpa, ni siquiera ella misma natural; es fácil, sin embargo, usurpar el nombre de naturaleza en aquellas cosas que parecen haberse adherido desde el nacimiento por accidente. Pues si el hombre hubiera sido instituido directamente para la muerte, entonces finalmente la muerte se atribuiría a la naturaleza. Además, que no fue instituido para la muerte lo prueba la misma ley, suspendiéndolo con una conminación condicional y entregando el evento de la muerte al arbitrio del hombre. En definitiva, si no hubiera delinquido, de ninguna manera habría muerto. Así, no será naturaleza lo que ocurrió por la potestad de la exorbitancia a través de la voluntad, no por la autoridad de la institución a través de la necesidad. Por consiguiente, aunque los finales de la muerte sean variados, como es la condición multiforme de las causas, no decimos que ninguno sea tan suave que no sea actuado por la fuerza. Esa misma razón operadora de la muerte, aunque simple, es fuerza.¿ Cómo no? La que desgarra y divide tal sociedad del alma y la carne, tal concreción de sustancias hermanas desde la concepción. Pues aunque alguien exhale el espíritu por alegría, como Quilón de Esparta, mientras abraza a su hijo vencedor en Olimpia, aunque por gloria, como Clidemo de Atenas, mientras es coronado con oro por la excelencia de sus historias, aunque por el sueño, como Platón, aunque por la risa, como P. Craso, mucho más violenta es la muerte que avanza a través de cosas ajenas, que expulsa al alma a través de las comodidades, que trae la muerte cuando es más placentero vivir en la exultación, en el honor, en el descanso, en el placer. Fuerza es también la inferida a las naves, cuando lejos de las rocas de Cafareo, sin ser combatidas por turbulencias, sin ser sacudidas por olas decumanas, con un soplo adulador, con un curso deslizante, con un acompañamiento alegre, con un golpe interno repentino, se hunden con toda seguridad. No de otra manera son los naufragios de la vida, incluso el evento de una muerte tranquila. Nada importa si la nave del cuerpo se va íntegra o disipada, cuando la navegación del alma es volcada.
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Pero¿ hacia dónde se dirige entonces el alma desnuda y expulsada? Sin duda, lo expondremos en orden. Primero, sin embargo, completaremos lo que pertenece a este lugar, para que, dado que hemos mencionado los diversos finales de la muerte, nadie espere de nosotros explicaciones sobre cada uno de ellos, las cuales deben dejarse más bien a los médicos, jueces propios de todas las cosas letales, de sus causas y de las mismas condiciones corporales. Ciertamente, para proteger también aquí la inmortalidad del alma al mencionar la muerte, expondré algo sobre este tipo de final, en el cual el alma se desliza poco a poco y minuciosamente; pues, al sostener el estado de deficiencia, es retirada mientras parece consumirse, y proporciona una conjetura de fallecimiento a partir de la alteración del exceso. Pero toda la razón está en el cuerpo y proviene del cuerpo. Pues, sea cual sea ese final de la muerte, sin duda es la destrucción de las materias, de las regiones o de las vías vitales: de las materias, como la bilis o la sangre; de las regiones, como el corazón o el hígado; de las vías, como las venas o las arterias. Por tanto, mientras estas son devastadas en el cuerpo por su propia causa de lesión hasta la última destrucción y rescisión de los fines, situaciones y funciones vitales, es decir, naturales, necesariamente el alma, al deslizarse poco a poco sus instrumentos, domicilios y espacios, es obligada a migrar ella misma poco a poco y es conducida a una imagen de disminución, no de otro modo a como se presume que el auriga mismo también ha desfallecido cuando el cansancio de los caballos ha negado sus fuerzas, en cuanto a la disposición del hombre despojado, no a la verdad de la pasión. Del mismo modo, el auriga del cuerpo, el espíritu animal, desfallece en nombre del vehículo que desfallece, no por el suyo propio, retirándose de la obra, no del vigor, languideciendo en el acto, no en el estado, consumiendo la constancia, no la sustancia, porque cesa de aparecer, no porque deje de ser. Así también toda muerte rápida, como la siega de los cuellos, abriendo de una vez una puerta tan grande, como la fuerza de una ruina que destruye de una vez todas las cosas vitales, como la apoplejía, una ruina interior, no proporciona ninguna demora al alma ni atormenta su partida en momentos. Pero donde la muerte es larga, así como el alma es abandonada, así también abandona; sin embargo, no es destruida con este aspecto, sino extraída, y mientras es extraída, hace que su parte final parezca ser una parte. Pero no toda parte es inmediatamente cortada, porque es posterior, ni porque sea pequeña, ha de perecer inmediatamente ella misma. Su fin sigue la serie y la mediocridad es arrastrada hacia lo más alto, y los restos que se adhieren a la totalidad son esperados por ella, no abandonados. Y así me atrevería a decir que el final del todo es el todo, porque, aunque sea menor y posterior, es suyo. De aquí, finalmente, sucede a menudo que el alma, en el mismo divorcio, es agitada más poderosamente con una mirada más solícita, con una locuacidad extraordinaria, mientras que, desde una mayor altura, ya constituida en libertad, anuncia a través de lo superfluo que aún vacila en el cuerpo lo que ve, lo que oye, lo que comienza a conocer. Pues si este cuerpo es, según la sentencia platónica, una cárcel, y según la apostólica, un templo de Dios cuando está en Cristo, pero mientras tanto obstruye y oscurece el alma en su recinto y la entorpece con la concreción de la carne, de donde para ella, como a través de un espejo de cuerno, la luz de las cosas es más obsoleta. Sin duda, cuando es expulsada por la fuerza de la muerte de la concreción de la carne, y es purificada por esa misma expresión; ciertamente, desde el cuerpo desplegado, irrumpe a lo abierto hacia su luz mera, pura y propia, reconoce inmediatamente a sí misma en la expedición de la sustancia y recobra el juicio hacia la divinidad por la misma libertad, como emergiendo de un sueño desde las imágenes hacia las verdades. Entonces anuncia y ve, entonces se exalta o se estremece, según siente que se prepara su posada, desde el rostro mismo del ángel, evocador de las almas, el Mercurio de los poetas.
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Hacia dónde será conducida el alma, ya lo exponemos desde aquí. Casi todos los filósofos que, de una manera u otra, defienden la inmortalidad del alma, como Pitágoras, Empédocles, Platón, y quienes le conceden algún tiempo desde el fallecimiento hasta la conflagración del universo, como los estoicos, colocan solo a las suyas, es decir, a las almas de los sabios, en las mansiones celestiales. Platón, ciertamente, no concede esto a las almas de los filósofos sin motivo, sino a las de aquellos que, por supuesto, han adornado la filosofía con el amor a los muchachos. Hasta tal punto tiene un gran privilegio la impureza incluso entre los filósofos. Por tanto, según él, las almas sabias son sublimadas al éter, según Ario al aire, según los estoicos bajo la luna. Me asombra, ciertamente, que postren a las almas imprudentes cerca de la tierra, cuando afirman que son instruidas por las sabias, que son mucho más superiores.¿ Dónde estará la región de la escuela en tanta distancia de las moradas?¿ Con qué razón las discípulas se reunirán con las maestras estando tan distantes entre sí?¿ Y qué uso y fruto tendrán para ellas de una instrucción póstuma, si ya están a punto de perecer en la conflagración? A las almas restantes las arrojan a los infiernos. Platón describe estos como el seno de la tierra en el Fedón, adonde todas las manchas de las inmundicias mundanas, al confluir y depositarse allí, exhalan y, como si fuera un fango de sus inmundicias, amontonan un aliento más grueso y un aire privado allí.
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Para nosotros, los infiernos no se creen una cavidad desnuda ni alguna cloaca del mundo bajo el cielo, sino una inmensidad en la fosa de la tierra y en lo profundo, y una profundidad oculta en las mismas entrañas de ella, puesto que leemos que Cristo cumplió el triduo de la muerte en el corazón de la tierra, es decir, en un retiro íntimo e interno, cubierto por la misma tierra, cerrado dentro de ella y construido sobre los abismos aún más inferiores. Y si Cristo, siendo Dios, porque también era hombre, murió según las Escrituras y fue sepultado según las mismas, satisfizo también esta ley de la forma de la muerte humana al cumplirla en los infiernos, y no ascendió a las alturas de los cielos antes de descender a las partes inferiores de la tierra, para hacer allí a los patriarcas y profetas partícipes de sí mismo, tienes también que creer en la región subterránea de los infiernos y rechazar con el codo a aquellos que, con bastante soberbia, no consideran a las almas de los fieles dignas de los infiernos. Los siervos no están por encima del señor ni los discípulos por encima del maestro, habiendo despreciado, si acaso, recibir en el seno de Abraham el consuelo de la resurrección esperada. Pero dicen:' En esto Cristo fue a los infiernos, para que nosotros no tuviéramos que ir; de lo contrario,¿ qué diferencia habría entre los paganos y los cristianos si la cárcel para los muertos fuera la misma?'.¿ Cómo, pues, el alma exhalará hacia el cielo, estando Cristo todavía allí sentado a la derecha del Padre, sin haber escuchado aún la orden de Dios a través de la trompeta del arcángel, sin que aún aquellos a quienes el advenimiento del Señor encuentre en el siglo hayan sido arrebatados a su encuentro en el aire, junto con aquellos que, muertos en Cristo, resucitarán primero? A nadie se le abre el cielo, estando la tierra aún a salvo, por no decir cerrada. Pues con la transacción del mundo se abrirán los reinos de los cielos. Pero en el éter está nuestro sueño con los muchachos de Platón, o en el aire con Ario, o cerca de la luna con los Endimiones de los estoicos.' Más bien', dices,' en el paraíso, adonde ya entonces los patriarcas y profetas, como apéndices de la resurrección del Señor, habrán migrado desde los infiernos'.¿ Y cómo es que a Juan, en espíritu, le fue revelada la región del paraíso, que se somete al altar, y no mostró otras almas consigo más que las de los mártires?¿ Cómo es que Perpetua, la fortísima mártir, en el día de su pasión, en la revelación del paraíso, vio allí solo a sus compañeros mártires, sino porque la espada, guardiana del paraíso, no cede ante nadie sino ante quienes han muerto en Cristo, no en Adán? Una muerte nueva por Dios y extraordinaria por Cristo es recibida en otro y privado hospedaje. Reconoce, pues, la diferencia entre el pagano y el fiel en la muerte, si mueres por Dios, como aconseja el Paráclito, no en fiebres blandas y en lechos, sino en martirios, si tomas tu cruz y sigues al Señor, como él mismo ordenó. Toda la llave del paraíso es tu sangre. Tienes también sobre el paraíso un librito nuestro, en el cual establecimos que toda alma es secuestrada en los infiernos hasta el día del Señor.
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Surge la discusión de si esto sucede inmediatamente después del fallecimiento, o si alguna razón detiene a ciertas almas aquí mientras tanto, o si incluso a las recibidas se les permite después intervenir desde los infiernos por arbitrio o por mandato. Pues no faltan argumentos persuasivos para estas opiniones. Se ha creído que los insepultos no son llevados a los infiernos antes de recibir los ritos, según el Patroclo homérico que reclama en sueños a Aquiles un funeral, porque de otro modo no podría llegar a las puertas de los infiernos, impidiéndoselo las almas de los sepultados desde lejos. Conocemos, sin embargo, además de las leyes de la poética, también la diligencia de la piedad homérica. Pues tanto más puso cuidado en la sepultura cuanto que también acusó su demora como injuriosa para las almas, al mismo tiempo para que nadie, reteniendo al difunto en casa, se consuma él mismo más con la enormidad del dolor nutrido por el consuelo. Así, fingió las quejas del alma insepulta para que, mediante la instancia del funeral, se conserve el honor de los cuerpos y se temple la memoria de los afectos. Por lo demás,¡ qué vano es que el alma soporte los ritos del cuerpo, como si se llevara algo de ellos a los infiernos! Mucho más vano si se considerará una injuria para el alma el cese de la sepultura, que debería abrazar como un favor. Pues, ciertamente, preferiría ser arrastrada más tarde a los infiernos, ella que ni siquiera quiso morir. Amará al heredero impío, por quien todavía se alimenta de luz. O si, por cierto, es una injuria ser empujada más tarde bajo tierra, y el título de la injuria es el cese de la sepultura, es sumamente injusto que sea afectada por una injuria a la cual no se le imputa el cese de la sepultura, que pertenece, por supuesto, a los allegados. Dicen también que las almas prevenidas por una muerte prematura vagan por aquí hasta que se complete el resto de la edad que habrían vivido si no hubieran muerto intempestivamente. Además, o los tiempos están establecidos para cada uno, y no creo que los establecidos puedan ser arrebatados, o si están establecidos, pero son mutilados por la voluntad de Dios o por alguna potestad, son mutilados en vano si ya soportan ser cumplidos. O si no están establecidos, no habrá resto de tiempos no establecidos. Añadiré aún más. He aquí que murió, por ejemplo, un infante bajo las fuentes de los pechos, supongamos ahora un niño impúber, supongamos uno que ya viste toga, que sin embargo habría vivido 80 años;¿ qué es esto de que su alma pase aquí después de la muerte estos años arrebatados? Pues no puede captar la edad sin el cuerpo, porque las edades operan a través de los cuerpos. Los nuestros, sin embargo, consideren también esto: que las almas recibirán en la resurrección los mismos cuerpos en los que murieron. Por tanto, se esperarán los mismos modos de los cuerpos y las mismas edades que hacen los modos de los cuerpos.¿ Cómo, pues, puede el alma del infante pasar aquí los tiempos arrebatados, para resucitar octogenaria en un cuerpo de un mes? O si aquí será necesario cumplir esos tiempos que habían sido destinados,¿ acaso el alma recorrerá aquí también el orden de la vida que los tiempos, junto con ellos, habían destinado, de modo que estudie desde la infancia delegada a la niñez, y milite desde la adolescencia excitada a la juventud, y sea censada desde la juventud ponderada a la vejez, y exprese intereses, y trabaje el campo, navegue, litigue, se case, trabaje, pase enfermedades y todo lo que le esperaba con los tiempos, tristezas y alegrías? Pero esto,¿ cómo se pasará sin cuerpo?¿ Vida sin vida? Pero serán tiempos vacíos que solo se cumplirán con el transcurso.¿ Qué impide, pues, cumplirlos en los infiernos, donde igualmente no hay uso de ellos? Así decimos que toda alma, a cualquier edad que haya muerto, permanece en ella hasta aquel día en que se promete aquel perfeccionamiento templado a la medida de la plenitud angélica. Igualmente, serán tenidas por desterradas de los infiernos aquellas que consideran arrebatadas por la fuerza, especialmente por las atrocidades de los suplicios, digo de la cruz, del hacha, de la espada y de la fiera; ni estos son, por lo demás, finales violentos que la justicia decreta, vengadora de la violencia. Y por eso, dirás, todas las almas malvadas están exiliadas de los infiernos. Te obligo, pues, a establecer lo otro: o buenos o malos. Los infiernos. Si te place los malos, también las almas pésimas deben ser precipitadas allí; si los buenos,¿ por qué juzgas indignas de los infiernos a las almas inmaduras e innuptas, y puras e inocuas según la condición de la edad?
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O es lo mejor ser retenido aquí según los aoros, o lo peor según los biaeothanatos, para usar los mismos vocablos con los que suena la magia, autora de estas opiniones: Ostanes, Tifón, Dárdano, Damígero, Nectabis y Berenice. Ya es literatura pública la que promete que evocará del habitáculo de los infiernos incluso a las almas dormidas a la edad justa, incluso a las separadas por una muerte honesta, incluso a las despachadas con un entierro pronto.¿ Qué diremos, pues, de la magia? Lo que casi todos: que es una falacia. Pero la razón de la falacia no escapa solo a los cristianos, que conocemos las espiritualidades de la maldad, no ciertamente por conciencia cómplice, sino por ciencia enemiga, y no tratamos con operación invitatoria, sino con dominación expugnatoria, la plaga multiforme de la mente humana, artífice de todo error, devastadora de la salud y del alma, la ciencia de la magia, es decir, la segunda idolatría, en la que los demonios se fingen muertos del mismo modo que en aquella se fingen dioses.¿ Y por qué no? Cuando también los dioses están muertos. Por tanto, son invocados, ciertamente, los aoros y los biaeothanatos bajo aquel argumento de fe, de que parece creíble que hagan fuerza e injuria precisamente aquellas almas que un fin cruel e inmaduro extorsionó por la fuerza y la injuria, como en compensación de la ofensa. Pero los demonios operan bajo el pretexto de ellas, y estos sobre todo los que estuvieron en ellas entonces, cuando vivían, y los que las habían empujado a tales finales. Pues también hemos sugerido que casi ningún hombre carece de demonio, y es conocido por muchos que las obras de los demonios también hacen muertes inmaduras y atroces, que atribuyen a incursiones. Esta falacia también del espíritu maligno que se esconde bajo las personas de los difuntos, si no me equivoco, la probamos también con los hechos, cuando en los exorcismos a veces alguien afirma ser uno de los padres de su hombre, a veces un gladiador o un bestiario, así como en otro lugar un dios, no cuidando nada más que excluir esto mismo que predicamos, para que no creamos fácilmente que todas las almas son conducidas a los infiernos, para que perturbe la fe del juicio y de la resurrección. Y, sin embargo, aquel demonio, después de haber intentado engañar a los que estaban alrededor, vencido por la instancia de la divina gracia, confiesa a su pesar lo que es verdad. Así también en aquella otra especie de magia, que se cree que arranca de los infiernos a las almas que ya descansan y las exhibe a la vista, no es otra la fuerza de la falacia, sino más operativa. Ciertamente, porque también se presenta un fantasma, porque también se finge un cuerpo; ni es gran cosa para él engañar los ojos exteriores, a quien es muy fácil cegar la mirada interior de la mente. Finalmente, los cuerpos de las varas mágicas de Faraón y de los egipcios parecían ser un dragón; pero la verdad de Moisés devoró la mentira. Ciertamente, Simón y Elimas los magos dieron muchas pruebas contra los apóstoles; pero la plaga de la ceguera no fue por prestigios.¿ Qué novedad tiene la emulación de la verdad por parte del espíritu inmundo? He aquí que hoy la presunción de la herejía de ese mismo Simón exalta tanto el arte, que prometen incluso mover de los infiernos las almas de los profetas. Y creo que pueden, por la mentira. Pues no le fue menos permitido entonces al espíritu pitónico fingir el alma de Samuel cuando Saúl consultaba a los muertos después de Dios. Lejos esté, por lo demás, que creamos que el alma de cualquier santo, y menos de un profeta, sea extraída por un demonio, instruidos como estamos en que el mismo Satanás se transfigura en ángel de luz, y menos en hombre de luz, incluso asegurando que él mismo es Dios al final y editando signos más portentosos para derribar, si fuera posible, a los elegidos. Dudó, si acaso, entonces de asegurarse ser el profeta de Dios y, ciertamente, ante Saúl, en quien él mismo ya habitaba. No pienses que fue otro el que administraba el fantasma y otro el que lo recomendaba, sino que el mismo espíritu, tanto en la pseudoprofetisa como en el apóstata, miente fácilmente lo que se creyó que había hecho, por quien el tesoro de Saúl estaba allí donde también su corazón, donde, por supuesto, Dios no estaba. Y por eso vio por quien creyó que vería, porque vio y creyó por quien vio. Si también se opone a menudo, no en vano, que los muertos son vistos en imágenes nocturnas( pues también los nasamones captan oráculos propios pernoctando en los sepulcros de los padres, como escribe Heráclides o Ninfodoro o Heródoto, y los celtas pernoctan por la misma causa en los túmulos de los hombres fuertes, como afirma Nicandro), no sufrimos más a los muertos verdaderamente en sueños que a los vivos, si por la misma razón a los muertos que a los vivos. Ni todo lo que se ve es verdadero. Pues no porque se ven son verdaderos, sino porque se cumplen. La fe de los sueños se anuncia por el efecto, no por la visión. Pero que los infiernos no están abiertos a ninguna alma en absoluto, el Señor lo sancionó suficientemente en aquel argumento del pobre que descansa y del rico que gime, desde la persona de Abraham, anunciando que no puede ser enviado desde allí un relator de la disposición infernal, lo cual incluso entonces podría haber sido permitido, para que se creyera a Moisés y a los profetas. Pero aunque la virtud de Dios revocó a algunas a los cuerpos como documentos de su derecho, no por ello se comunicará a la fe y a la audacia de los magos y a la falacia de los sueños y a la licencia de los poetas. Sin embargo, en los ejemplos de la resurrección, cuando la virtud de Dios, ya sea a través de los profetas, ya sea a través de Cristo, ya sea a través de los apóstoles, representa las almas en los cuerpos, con una verdad sólida, contable y saciada, se ha prejuzgado que esta es la forma de la verdad, de modo que juzgues toda exhibición de muertos incorporal como prestigios.
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¿ Toda alma, pues, está en los infiernos, dices? Quieras o no, ya hay allí tanto suplicios como refrigerios; tienes al pobre y al rico. Y porque diferí no sé qué para esta parte, ahora oportunamente lo devolveré en la conclusión.¿ Por qué, pues, no habrías de pensar que el alma es castigada y reconfortada en los infiernos mientras tanto, bajo la expectativa de ambos juicios, en una cierta usurpación y anticipación de él? Porque debe estar a salvo, dices, en el juicio divino su asunto sin ninguna prelibación de la sentencia; luego porque también debe esperarse la restitución de la carne como consorte de las obras y de las recompensas.¿ Qué sucederá, pues, en este tiempo?¿ Dormiremos? Pero las almas ni siquiera duermen en los vivientes; pues el sueño es de los cuerpos, de los cuales también la muerte misma, con su espejo, el sueño.¿ O quieres que no se haga nada allí, adonde es arrastrada toda la humanidad, adonde toda esperanza es secuestrada?¿ Crees que el juicio es saboreado o comenzado?¿ Precipitado o preministrado? Ahora bien,¡ qué ocio tan injusto en los infiernos, si también a los culpables les va bien allí todavía y a los inocentes aún no!¿ Qué, quieres que haya después de la muerte una esperanza confusa y que juega con una expectativa incierta, o un recuento de la vida y una ordenación del juicio que ya hace temblar?¿ Pero siempre espera el alma el cuerpo para dolerse o gozarse?¿ Acaso no le basta a sí misma, de lo suyo, para ambos títulos de pasión?¿ Cuántas veces, estando el cuerpo ileso, el alma sola es atormentada por la bilis, la ira, el tedio, a menudo ni siquiera conocido por ella misma?¿ Cuántas veces, asimismo, estando el cuerpo afligido, el alma busca para sí un gozo furtivo y se retira entonces de la inoportuna sociedad del cuerpo? Miento si no ha solido gloriarse y gozarse sola de los mismos tormentos del cuerpo. Mira el alma de Mucio, cuando libera su mano derecha de los fuegos; mira la de Zenón, cuando los tormentos de Dionisio la pasan por alto. Los mordiscos de las fieras son adornos de la juventud, como en Ciro las cicatrices de los osos. Hasta tal punto sabe el alma también en los infiernos gozarse y dolerse sin carne, porque también en la carne, y estando ilesa si quiere, se duele, y estando herida si quiere, se goza. Si esto es por su arbitrio en la vida,¡ cuánto más por el juicio de Dios después de la muerte! Pero ni todas las obras comparte el alma con el ministerio optativo de la carne; pues también los pensamientos solos y las voluntades desnudas persigue la censura divina. Quien haya mirado para codiciar, ya ha adulterado en el corazón. Por tanto, incluso por estas cosas, es muy congruente que el alma, aunque no se espere la carne, sea castigada, porque cometió sin la carne asociada. Así también, por los pensamientos piadosos y benévolos, en los cuales no necesitó de la carne, será recreada sin la carne.¿ Qué ahora, si también en las cosas carnales es anterior la que concibe, la que dispone, la que manda, la que impulsa? Y si alguna vez es contra su voluntad, es anterior, sin embargo, la que trata lo que va a hacer a través del cuerpo. Nunca, finalmente, la conciencia será posterior al hecho. Así, a este orden también le compete que ella, que es anterior, pague las recompensas a las que es anterior. En suma, cuando entendemos que aquella cárcel que el Evangelio demuestra son los infiernos, e interpretamos que el último cuadrante, incluso el pequeño delito, debe ser pagado allí por la demora de la resurrección, nadie dudará que el alma paga algo en los infiernos, a salvo la plenitud de la resurrección también a través de la carne. Esto también lo ha recomendado frecuentísimamente el Paráclito, si alguien admite sus discursos a partir del reconocimiento de los carismas prometidos. Hemos satisfecho, según creo, a toda opinión humana sobre el alma a partir de la doctrina de la fe, al menos a la curiosidad justa y necesaria. A la enorme y ociosa, solo le faltará aprender tanto como le haya placido investigar.