De Carnis Resurrectione
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Original / primary: Spanish Gemini
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La confianza de los cristianos es la resurrección de los muertos. Creemos en ella; la verdad nos obliga a creer esto; Dios revela la verdad. Pero el vulgo se burla, pensando que nada sobrevive después de la muerte. Y, sin embargo, rinde culto a los difuntos, y ciertamente con un celo extremado, según las costumbres de los sepultados y los tiempos de los alimentos, de modo que presume que aquellos a quienes niega sentir algo, también desean algo. Pero yo me reiré más del vulgo cuando quema atrozmente a los mismos difuntos a quienes después alimenta con glotonería, ganándose su favor y ofendiéndolos con los mismos fuegos.¡ Oh, piedad que juega con la crueldad!¿ Sacrifica o insulta cuando quema a los cremados? Claramente, a veces los sabios también unen su opinión a la del vulgo. Que no hay nada después de la muerte es la escuela de Epicuro. Séneca también dice que todo termina después de la muerte, incluso ella misma. Sin embargo, es suficiente si la filosofía no menor de Pitágoras, Empédocles y Platón proclaman, por el contrario, que el alma es inmortal, es más, que incluso puede regresar a los cuerpos en un futuro próximo. Aunque no consideren que regresan a los mismos, ni solo a los humanos, como Euforbo en Pitágoras o Homero en un pavo, ciertamente han proclamado la reencarnación corporal del alma, cambiando la cualidad de manera más tolerable que negándola, al menos golpeando la verdad, aunque no accediendo a ella. Así, el siglo no ignora la resurrección de los muertos ni siquiera cuando yerra.
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Si, en verdad, existe alguna secta ante Dios más afín a los epicúreos que a los profetas, sabremos qué escuchan los saduceos de Cristo. Pues a Cristo le estaba reservado desvelar todo lo oculto anteriormente, dirigir lo dudoso, completar lo preanunciado, representar lo predicho y, ciertamente, probar la resurrección de los muertos no solo por sí mismo, sino también en sí mismo. Ahora, sin embargo, nos preparamos contra otros saduceos, partícipes de su opinión: reconocen una resurrección a medias, es decir, solo la del alma, despreciando la carne tanto como al mismo Señor de la carne. En definitiva, nadie más envidia la salvación a la sustancia corporal que los herejes de otra divinidad. Y por eso, obligados a disponer a Cristo de otra manera para que no sea tenido por el del Creador, erraron primero en su misma carne, sosteniendo, según Marción y Basilides, que no tenía ninguna verdad, o, según las herejías de Valentín y Apeles, que era de una cualidad propia. Y así sucede que excluyen la salvación de esa sustancia de la cual niegan que Cristo sea partícipe, estando ella ciertamente instruida por el supremo prejuicio de la resurrección, si la carne ya resucitó en Cristo. Por eso también publicamos un volumen sobre la carne de Cristo, en el cual probamos que es sólida contra la vanidad del fantasma y la reivindicamos como humana contra la propiedad de su cualidad, cuya condición inscribió a Cristo como hombre e hijo del hombre. Probándolo como carnal y corpóreo, también lo protegemos prescribiendo que no debe creerse en ningún otro Dios fuera del Creador, mientras mostramos a tal Cristo en quien se reconoce al Dios tal como es prometido por el Creador. Protegidos luego respecto al Dios autor de la carne y a Cristo redentor de la carne, serán vencidos también respecto a la resurrección de la carne. Ciertamente, decimos que la discusión con los herejes debe iniciarse de esta manera— pues el orden exige siempre deducir desde los principios—, de modo que primero conste de quién se dice que ha dispuesto lo que se busca, y por eso los herejes, por conciencia de su debilidad, nunca intentan ordenar el debate. Pues, seguros de cuánto sufren al insinuar otra divinidad contra el Dios del mundo, conocido naturalmente por todos a través del testimonio de sus obras, y ciertamente más manifiesto en los sacramentos y en las predicaciones, bajo el pretexto de una causa supuestamente más urgente, es decir, la propia salvación humana, comienzan antes de todo por las cuestiones de la resurrección, porque se cree más difícilmente la resurrección de la carne que la unidad de la divinidad; y así, el tratado, despojado de las fuerzas de su orden y cargado de escrúpulos que deprecian la carne, se inclina poco a poco hacia el sentido de otra divinidad a partir de la misma conmoción y demutación de la esperanza. Pues cualquiera que es derribado o movido del grado de esperanza que había recibido ante el Creador, es fácilmente desviado hacia el autor de otra esperanza, incluso sospechándola voluntariamente. Pues a través de la diversidad de las promesas se insinúa la diversidad de los dioses. Así vemos a muchos atrapados, mientras son eliminados respecto a la resurrección de la carne antes que respecto a la unión de la divinidad. Por tanto, hemos demostrado en cuanto a los herejes cómo debemos enfrentarlos. Y ya se ha enfrentado también bajo este título: sobre el Dios único y su Cristo contra Marción, y sobre la carne del Señor también contra las cuatro herejías, para preparar esta cuestión principal; de modo que ahora, sobre la sola resurrección de la carne, se debe tratar como si fuera incierta también entre nosotros, es decir, entre los del Creador— pues muchos son rudos, otros dudan de su propia fe y muchos son simples, a quienes habrá que instruir, dirigir y fortalecer—, porque también por este lado se defenderá la unión de la divinidad. Pues así como al negar la resurrección de la carne esta se tambalea, así al reivindicarla se estabiliza. Sin embargo, creo que la salvación del alma carece de retractación. Pues casi todos los herejes, de cualquier modo que quieran, no la niegan. Que se vea un tal Lucano, que ni siquiera perdona a esta sustancia, la cual, disolviéndola según Aristóteles, sustituye otra cosa por ella, algo tercero que resucitará, ni alma ni carne, es decir, no hombre, sino quizás un oso, según Lucano. Este también tiene de nuestra parte un tratado completísimo sobre todo el estado del alma. Defendiéndola ante todo como inmortal, reconocemos la deficiencia de la sola carne y afirmamos su refracción, reduciendo al orden ordinario de la materia el cuerpo, si es que hemos dejado algo pendiente en otro lugar por la incursión de las causas. Pues así como es costumbre preanunciar ciertas cosas, también es necesario diferirlas, siempre que lo preanunciado se complete con su cuerpo y lo diferido se devuelva con su nombre.
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Es cierto que se puede saber de las cosas de Dios a partir de los sentidos comunes, pero para testimonio de la verdad, no para ayuda de la falsedad, lo cual debe ser según la disposición divina, no contra ella. Pues algunas cosas son conocidas por la naturaleza, como la inmortalidad del alma para muchos, como nuestro Dios para todos. Usaré, pues, también la sentencia de algún Platón que proclama: toda alma es inmortal; usaré también la conciencia del pueblo que atestigua al Dios de los dioses; usaré también los demás sentidos comunes que proclaman a Dios como juez: Dios ve y a Dios me encomiendo. Pero cuando dicen: lo que está muerto, muerto está y vive mientras vives y después de la muerte todo termina, incluso ella misma, entonces recordaré que el corazón del vulgo es considerado ceniza por Dios y que la misma sabiduría del siglo es declarada necedad; entonces, si el hereje se refugia en los vicios del vulgo o en los ingenios del siglo, diré: apártate del pagano, hereje; aunque todos sois uno los que fingís a Dios, mientras haces esto en nombre de Cristo, mientras te consideras cristiano, eres otro distinto al pagano; devuélvele sus sentidos, porque ni él es instruido por los tuyos.¿ Por qué te apoyas en un guía ciego si ves?¿ Por qué te vistes de un desnudo si te has revestido de Cristo?¿ Por qué usas un escudo ajeno si has sido armado por el apóstol? Que él aprenda más bien de ti a confesar la resurrección de la carne que tú de él a negarla; porque si también debiera ser negada por los cristianos, les bastaría ser instruidos por su propia ciencia, no por la ignorancia del vulgo. Por tanto, no será cristiano quien la niegue, la cual confiesan los cristianos, y la negará con argumentos que usa quien no es cristiano. En definitiva, quita a los herejes lo que saben junto con los paganos, para que basen sus cuestiones solo en las Escrituras, y no podrán sostenerse. Pues la sencillez misma recomienda los sentidos comunes, así como la compasión de las sentencias y la familiaridad de las opiniones. Y por eso se consideran más fieles, porque definen cosas desnudas, abiertas y conocidas por todos; la razón divina, en cambio, está en la médula, no en la superficie, y a menudo es rival de lo manifiesto.
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Por tanto, los herejes comienzan inmediatamente y luego continúan desde allí, donde saben que las mentes son fácilmente capturadas, a partir de la comunión favorable de los sentidos.¿ Acaso escuchas algo primero o más de un hereje que de un pagano?¿ Y no es de inmediato y en todas partes el vituperio de la carne, sobre su origen, sobre su materia, sobre su caída, sobre todo su final, inmunda desde el principio por las heces de la tierra, más inmunda después por el cieno de su propia semilla? Frívola, débil, criminal, onerosa, molesta y, después de todo el elogio de su ignominia, caduca hacia su origen, la tierra, y el nombre de cadáver, y destinada a perecer incluso de ese nombre hacia ningún nombre,¿ hacia la muerte de todo vocabulario?¿ A esta, pues— dice el hombre sabio—, arrebatada de tu vista, de tu contacto y de tu recuerdo, quieres persuadirme de que se recuperará alguna vez en su integridad a partir de lo corrompido, en solidez a partir de lo vacío, en plenitud a partir de lo inanido; en algo totalmente a partir de la nada, y ciertamente con los fuegos, las olas, las entrañas de las fieras, los estómagos de las aves, los intestinos de los peces y la propia gula de los tiempos reclamándola?¿ Acaso se esperará que sea la misma la que pereció, de modo que el cojo, el tuerto, el ciego, el leproso y el paralítico regresen, de modo que no sea agradable haber regresado a lo anterior?¿ O íntegros, para que teman volver a sufrir tales cosas?¿ Qué hay entonces de las consecuencias de la carne?¿ Acaso de nuevo todas las cosas necesarias para ella y, en primer lugar, alimentos y bebidas?¿ Y respirar con los pulmones, y arder con los intestinos, y no avergonzarse de las partes pudendas, y trabajar con todos los miembros?¿ De nuevo úlceras, heridas, fiebre y gota?¿ Y la muerte que debe ser deseada de nuevo? Sin duda, estas serán las marcas de la carne que se recuperará. Volver a desear escapar de ella. Y nosotros, ciertamente, decimos estas cosas con algo más de honestidad por pudor del estilo. Por lo demás, hasta dónde llega incluso el lenguaje obsceno de ellos, es posible experimentarlo en los encuentros tanto de los paganos como de los herejes.
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Por tanto, puesto que tanto los rudos que aún piensan según los sentidos comunes, como los dudosos y los simples son inquietados de nuevo por los mismos sentidos, y en todas partes se templa primero contra nosotros este ariete con el que se sacude la condición de la carne, necesariamente también por nuestra parte se protegerá primero la condición de la carne, rechazando su vituperio con alabanza. Así, los herejes nos provocan también a retorizar, al igual que a filosofar. Ese corpúsculo fútil y frívolo, al que finalmente no temen llamar mal, aunque hubiera sido obra de ángeles, como les place a Menandro y a Marcos, aunque fuera la construcción de algún ángel ígneo, como enseña Apeles, bastaría para la autoridad de la carne el patrocinio de la segunda divinidad. Conocemos a los ángeles después de Dios. Ahora bien, quienquiera que sea ese Dios supremo de cada hereje, no sin mérito deduciría también de él la dignidad de la carne, de quien habría tenido la voluntad de producirla; pues ciertamente habría prohibido que se hiciera lo que habría sabido que se haría, si no hubiera querido que se hiciera. Así, también según ellos, la carne es igualmente cosa de Dios. No hay nada de obra que no sea de aquel que permitió que existiera. Pero es bueno que tanto las doctrinas más numerosas como las más claras cedan toda la formación del hombre a nuestro Dios. Cuán grande sea este, lo sabes suficientemente tú que has creído en el único. Empiece ya a agradarte la carne, cuyo artífice es tan grande. Pero también el mundo— dices— es obra de Dios, y sin embargo el aspecto de este mundo pasa, siendo también el apóstol autor, y no por ello se prejuzgará la restitución del mundo porque sea obra de Dios. Y ciertamente, si el universo es irreformable después de su partida,¿ qué será la porción? Claramente, si la porción se iguala al universo. Pues apelamos a la distancia: primero, ciertamente, todas las cosas que fueron hechas por la palabra de Dios y sin él nada, y la carne consistió por la palabra de Dios para su forma, para que nada se hiciera sin la palabra— pues antepuso: hagamos al hombre— y más aún con la mano por su preeminencia, para que no fuera comparada con el universo: y formó, dice, Dios al hombre. Sin duda, una razón de grandes diferencias, ciertamente por la condición de las cosas. Pues menores eran las cosas que se hacían para aquel para quien se hacían, si es que se hacían para el hombre, a quien pronto fueron adjudicadas por Dios. Con razón, pues, como sierva, todas las cosas habían procedido por orden, imperio y solo poder vocal, mientras que el hombre, como señor de ellas, fue construido por el mismo Dios para esto. Pero recuerda que el hombre se dice propiamente carne, la cual ocupó primero el vocabulario del hombre: y formó Dios al hombre, limo de la tierra— ya hombre, que aún era limo— y sopló en su rostro el aliento de vida, y fue hecho hombre, es decir, limo, en alma viva, y puso Dios al hombre, a quien formó, en el paraíso. Así, el hombre fue primero un figurado, después todo. Esto lo recomendaría para que sepas que todo lo que ha sido previsto y prometido por Dios al hombre no es debido solo al alma, sino también a la carne, si no por consorcio de género, ciertamente por privilegio de nombre.
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Seguiré, pues, mi propósito, si es que puedo reivindicar para la carne tanto como le confirió quien la hizo, ya entonces gloriándose de que esa pequeñez, el limo, llegara a las manos de Dios, cualesquiera que sean, suficientemente dichosa aunque solo fuera por el contacto.¿ Qué, pues, si no hubiera consistido el figurado inmediatamente del contacto de Dios por ninguna otra obra? No se trataba de una cosa tan grande la que se construía con esa materia. Por tanto, es honrada tantas veces cuantas padece la mano de Dios, mientras es tocada, mientras es arrancada, mientras es conducida, mientras es formada. Recapacita en todo el Dios ocupado y dedicado a ella, con mano, sentido, obra, consejo, sabiduría, providencia y, sobre todo, con el afecto mismo que guiaba los rasgos. Pues cualquier cosa que se expresaba del limo, se pensaba en Cristo, el hombre futuro, que también era limo, y la carne era la palabra, que también era tierra entonces. Pues así fue el prefacio del Padre al Hijo: hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra. Y Dios hizo al hombre, ciertamente lo que fue hecho, a imagen de Dios lo hizo, es decir, de Cristo. Pues también la palabra es Dios, quien, constituido en la efigie de Dios, no consideró un robo ser igualado a Dios. Así, aquel limo, revistiéndose ya entonces de la imagen de Cristo futuro en la carne, no solo era obra de Dios, sino también prenda.¿ Qué aporta ahora para oscurecer el origen de la carne ventilar el nombre de tierra, como elemento que ensucia, que yace? Cuando, incluso si otra materia hubiera sido adecuada para forjar al hombre, habría que recapacitar en la cumbre del artífice, quien al elegirla la habría juzgado digna y al tratarla la habría hecho. La mano de Fidias moldea al Júpiter Olímpico de marfil, y es adorado, y no es ya un diente de bestia, y ciertamente de una muy insulsa, sino el supremo numen del siglo, no porque sea elefante, sino porque Fidias es tan grande:¿ el Dios vivo, el Dios verdadero no habría purificado cualquier vileza de materia de su operación y la habría sanado de toda debilidad?¿ O sobrará esto, que el hombre haya formado a Dios más honestamente que Dios al hombre? Ahora, aunque el limo sea un escándalo, ya es otra cosa. Ya tengo la carne, no la tierra, aunque también la carne escuche: tierra eres y a la tierra irás. Se recuenta el origen, no la sustancia. Se revoca lo dado; es algo más generoso por su origen y más feliz por su mutación. Pues también el oro es tierra, porque es de la tierra, sin embargo, hasta ahí es tierra; desde que es oro, es una materia muy distinta, más espléndida y más noble, de una matriz más obsoleta. Así también le fue permitido a Dios haber refinado el oro de la carne de las suciedades del limo, que tú piensas, con un censo excusado.
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Pero que parezca más diluida la autoridad de la carne porque la mano divina no trató también a ella propiamente, así como al limo... cuando en esto trató el limo, para que después la carne se hiciera del limo, ciertamente realizó el negocio para la carne. Pero aún querría que aprendieras cuándo y cómo la carne floreció del limo. Pues ni, como algunos quieren, aquellas túnicas de piel, que Adán y Eva se pusieron al ser despojados del paraíso, serán ellas mismas la reformación de la carne a partir del limo, cuando bastante antes Adán ya reconoció el vástago de su sustancia en la carne de la mujer— esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne— y la misma libación del varón fue suplida en la mujer con carne, debiendo ser suplida, creo, con limo, si Adán aún era limo. Por tanto, el limo fue obliterado y devorado en la carne.¿ Cuándo? Cuando el hombre fue hecho en alma viva del aliento de Dios, vaporoso ciertamente e idóneo para tostar de algún modo el limo en otra cualidad, casi en arcilla, así en carne. Así también al alfarero le es permitido recorporar la arcilla con el aliento templado del fuego en una materia más robusta y estrechar una especie de otra, más apta que la anterior y ya de su propio género y nombre. Pues también si está escrito:¿ acaso dirá la arcilla al alfarero?, es decir, el hombre a Dios, y si el apóstol dice: en vasos de arcilla, sin embargo, también el hombre es arcilla, porque antes era limo, y la carne es arcilla, porque es del limo por el vapor del aliento divino. A la cual después las túnicas de piel, es decir, las pieles sobrepuestas, vistieron. Hasta tal punto que, si quitas la piel, desnudarás la carne. Así, lo que hoy se convierte en despojo, si se quita, esto fue el vestido cuando se sobreponía. De aquí también el apóstol, llamando a la circuncisión despojo de la carne, afirmó que la túnica era la piel. Siendo esto así, tienes tanto el limo glorioso por la mano de Dios como la carne más gloriosa por el aliento de Dios, por lo cual la carne depuso igualmente los rudimentos del limo y recibió los ornamentos del alma.¿ Acaso eres más diligente que Dios, de modo que tú ciertamente no engarzas las gemas escíticas e índicas y los granos candentes del Mar Rojo con plomo, ni con bronce, ni con hierro, ni siquiera con plata, sino que los describes con el oro más selecto y además más laborioso, y cuidas primero la congruencia de los vasos con los ungüentos más preciosos, e igualmente igualas la dignidad de las vainas a las espadas de hierro probado, mientras que Dios habría confiado la sombra de su alma, el aura de su espíritu, la obra de su boca a un mango vil y, al colocarla indignamente, la habría condenado?¿ La colocó, o más bien la insertó y mezcló con la carne? Con tal concreción, que puede considerarse incierto si la carne lleva al alma o el alma a la carne, si la carne obedece al alma o el alma a la carne. Pero aunque debe creerse que el alma es más bien llevada y domina, como más cercana a Dios, esto también exubera en gloria de la carne, que contiene a la que es cercana a Dios y la hace dueña de su propia dominación. Pues,¿ qué uso de la naturaleza, qué fruto del mundo, qué sabor de los elementos no disfruta el alma a través de la carne?¿ Cómo no?¿ A través de la cual es apoyada por todo instrumento de los sentidos, vista, oído, gusto, olfato, contacto? A través de la cual ha sido rociada por el poder divino, realizando todo con la palabra, o tácitamente antepuesta; pues también la palabra es del órgano de la carne. Las artes son a través de la carne, los estudios y los ingenios a través de la carne, las obras, los negocios y los oficios a través de la carne, y así todo el vivir del alma es de la carne, de modo que no vivir para el alma no es otra cosa que apartarse de la carne. Así también el morir mismo es de la carne, de la cual también es el vivir. Además, si todas las cosas subyacen al alma a través de la carne, también subyacen a la carne. Por lo que usas, es necesario que uses con ello; así la carne, mientras es considerada ministra y sierva del alma, se encuentra consorte y coheredera. Si de las temporales,¿ por qué no también de las eternas?
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Y esto, ciertamente, lo habría procurado para la carne como un sufragio de la forma pública de la condición humana. Veamos ahora también sobre la forma propia del nombre cristiano, cuánta prerrogativa tiene esta sustancia frívola y sórdida ante Dios, aunque le bastaría que ninguna alma pueda alcanzar la salvación si no ha creído mientras está en la carne; hasta tal punto la carne es el quicio de la salvación. Con la cual, cuando el alma es ligada a Dios, es ella la que hace que el alma pueda ser ligada. Ciertamente, la carne es lavada para que el alma sea limpiada; la carne es ungida para que el alma sea consagrada; la carne es signada para que también el alma sea protegida; la carne es ensombrecida por la imposición de manos para que también el alma sea iluminada por el espíritu; la carne es alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo para que también el alma sea cebada de Dios. Por tanto, no pueden ser separadas en la recompensa las que la obra une. Pues también los sacrificios gratos a Dios, digo las luchas del alma, los ayunos y las comidas tardías y secas y las suciedades añadidas a este oficio, la carne los instaura desde su propio incomodo. La virginidad también y la viudez y la modesta disimulación del matrimonio en lo oculto y el único conocimiento de él son ofrecidos a Dios de los bienes de la carne. Vamos ya,¿ qué sientes de ella cuando, extraída al medio por la fe del nombre y expuesta al odio público, lucha, cuando es macerada en las cárceles con el terrible exilio de la luz, la penuria del mundo, la suciedad, el hedor, la contumelia, sin libertad ni siquiera para el sueño, puesto que es lacerada incluso en los mismos lechos y en los mismos jergones, cuando ya a la luz es desgarrada con toda la maquinaria de los tormentos, cuando finalmente es entregada a los suplicios, esforzándose por devolver a Cristo el favor muriendo por él, y ciertamente a menudo por la misma cruz, por no hablar de ingenios de penas aún más atroces?¡ No es ella la más dichosa y gloriosa, que puede ante Cristo Señor pagar una deuda tan grande, que solo le debe esto, que ha dejado de deberle, más atada cuanto más absoluta!
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Por tanto, para tejer de nuevo: la que Dios construyó con sus manos a imagen de Dios, la que animó con su aliento a semejanza de su vivacidad, la que antepuso como habitante y fruto al dominio de toda su operación, la que vistió con sus sacramentos y disciplinas, cuyas limpiezas ama, cuyas castigaciones aprueba, cuyas pasiones valora para sí,¿ esta no resucitará, tantas veces de Dios? Lejos, lejos esté que Dios abandone al eterno interito la obra de sus manos, el cuidado de su ingenio, la vaina de su aliento, la reina de su construcción, la heredera de su liberalidad, la sacerdotisa de su religión, el soldado de su testimonio, la hermana de su Cristo. Conocemos a un Dios bueno: solo aprendemos del mejor de su Cristo. Quien, mandando el amor al prójimo después del suyo, hará también él lo que mandó. Amará a la carne tan cercana a sí por tantos modos: aunque sea débil, pero la virtud se perfecciona en la debilidad: aunque sea imbecil, pero no desean médico sino los que están mal: aunque sea deshonesta, pero a las más deshonestas las rodeamos de mayor honor: aunque sea perdida, pero yo, dice, vine para que lo que pereció lo haga salvo: aunque sea pecadora, pero prefiero, dice, la salvación del pecador que su muerte: aunque sea condenada, pero yo, dice, heriré y sanaré.¿ Qué le reprochas a la carne esas cosas que esperan a Dios, que esperan en Dios? Son honradas por aquel a quien socorren. Me atrevería a decir: si estas cosas no hubieran sucedido a la carne, la benignidad, la gracia, la misericordia, todo el poder benéfico de Dios habría estado vacío.
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Tienes las Escrituras por las que la carne es oscurecida: ten también por las que es ilustrada; lees cuándo es deprimida, dirige los ojos también cuando es elevada. Toda carne es heno. No solo esto proclamó Isaías, sino también: toda carne verá la salvación de Dios. Se nota en el Génesis diciendo Dios: no permanecerá mi espíritu en estos hombres, porque son carne. Pero también se escucha a través de Joel: derramaré de mi espíritu sobre toda carne. También al apóstol, para que no lo conozcas por un solo estilo, con el que a menudo punza a la carne. Pues aunque niega que habite algo bueno en su carne, aunque afirma que los que están en la carne no pueden agradar a Dios, porque codicia contra el espíritu, y si pone otras cosas de tal modo que no se deshonra tanto el acto de la carne sino su sustancia, diremos ciertamente en otro lugar que nada debe ser reprochado propiamente a la carne sino en la sugestión del alma, que somete la carne a sí por ministerio, pero mientras tanto también en esas letras está Pablo, cuando lleva los estigmas de Cristo en su cuerpo, cuando prohíbe que nuestro cuerpo sea viciado como templo de Dios, cuando hace de nuestros cuerpos miembros de Cristo, cuando aconseja tomar y magnificar a Dios en nuestro cuerpo. Por tanto, si las ignominias de la carne expulsan su resurrección,¿ por qué no inducirán más bien las dignidades? Puesto que a Dios le conviene más reducir a la salvación lo que a veces reprobó, que entregar a la perdición lo que también probó.
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Hasta aquí sobre el pregón de la carne contra sus enemigos y, sin embargo, sus más amigos. Pues nadie vive tan carnalmente como los que niegan la resurrección de la carne. Pues negándola, desprecian la pena y la disciplina. Sobre los cuales, de manera brillante, también el Paráclito a través de la profetisa Prisca: son carnes, y odian la carne. A la cual, si tanta autoridad protege, cuanta pueda patrocinar para el mérito de la salvación,¿ acaso debemos también recensar la potencia, el poder y la licencia de Dios mismo, si es tan grande que pueda reedificar y restituir el tabernáculo de la carne caído, devorado y arrebatado por cualquier modo?¿ O acaso nos ha promulgado también algunos ejemplos de este su derecho en el público de la naturaleza? No sea que alguien por casualidad aún sepa conocer a Dios, quien no debe ser creído por otra ley que la de creer que todo lo puede; claramente entre los filósofos tienes quienes defienden que este mundo es innato e infecto. Pero mucho mejor, que casi todas las herejías, admitiendo que el mundo es nacido y hecho, adscriben la condición a nuestro Dios. Por tanto, confía en que él produjo todo esto de la nada y conoces a Dios confiando en que Dios tanto puede. Pues también algunos, más débiles para creer esto primero, quieren que el universo haya sido dedicado por él más bien de la materia subyacente según los filósofos. Además, incluso si así fuera en la verdad, cuando sin embargo se diría que produjo sustancias y especies muy distintas por la reformación de la materia de lo que había sido la materia misma, no menos defendería que él lo produjo de la nada, si había producido las cosas que no habían sido en absoluto; pues¿ qué importa que algo sea producido de la nada o de algo, mientras lo que no fue llegue a ser, cuando también no haber sido nada es haber sido? Así también haber sido, por el contrario, no es nada haber sido. Ahora, aunque importa, sin embargo ambos me aplauden. Pues si Dios moldeó todas las cosas de la nada, podrá también expresar de la nada la carne llevada a la nada: si moduló otras cosas de la materia, podrá también evocar de otro la carne agotada de cualquier modo. Y ciertamente es idóneo para rehacer quien hizo: cuánto más es haber hecho que haber rehecho, haber dado el inicio que haber devuelto, así creerás la restitución de la carne más fácil que la institución.
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Mira ahora también a los mismos ejemplos del poder divino. El día muere en la noche y es sepultado por todas partes en las tinieblas. El honor del mundo es funestado, toda sustancia es denigrada. Todo está sucio, en silencio, estupefacto, en todas partes hay un cese de actividades. Así la luz perdida es llorada. Y sin embargo, de nuevo con su culto, con su dote, con el sol, la misma e íntegra y toda revive para todo el orbe, matando su muerte, la noche, rescindiendo su sepultura, las tinieblas, existiendo como heredera de sí misma, hasta que también la noche reviva, con su propio sugesto. Pues se vuelven a encender los rayos de las estrellas, que la sucesión matutina había extinguido; se reducen también las ausencias de los astros, que la distinción temporal había eximido; se redecoran también los espejos de la luna, que el número mensual había desgastado; se revuelven los inviernos y los veranos, las primaveras y los otoños con sus fuerzas, costumbres y frutos. Ciertamente también la tierra tiene disciplina del cielo: vestir los árboles después de los despojos, colorear de nuevo las flores, imponer de nuevo las hierbas, exhibir las mismas semillas que habían sido consumidas, y no exhibirlas antes de que hayan sido consumidas. Mira la razón: de la defraudadora, salvadora; para devolver, intercepta; para custodiar, pierde; para integrar, vicia; para incluso ampliar, primero cuece. Si es que restituye cosas más ubérrimas y cultivadas que las que exterminó, verdaderamente con usura de interito e injuria, con ganancia de daño. Una vez diré: toda la condición es recidiva. Cualquier cosa que encuentres, fue; cualquier cosa que pierdas, será. Nada no es de nuevo; todas las cosas regresan al estado cuando se han ido, todas las cosas comienzan cuando han terminado. Por eso terminan, para que lleguen a ser; nada perece sino para la salvación. Todo este orden revoluble de las cosas es, pues, testimonio de la resurrección de los muertos. Con obras la prescribió Dios antes que con letras, con fuerzas la predicó antes que con voces. Te antepuso la naturaleza como maestra, para que, habiendo de sumir también la profecía, creas más fácilmente a la profecía como discípulo de la naturaleza, para que admitas de inmediato, cuando escuches lo que ya has visto en todas partes, y no dudes de que Dios es también resucitador de la carne, a quien conoces como restituidor de todas las cosas. Y ciertamente, si todas las cosas resucitan para el hombre, para quien fueron procuradas, además no para el hombre si no también para la carne,¿ qué es que ella perezca en total, por la cual y para la cual nada perece?
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Si la universidad figura poco la resurrección, si la condición no señala nada tal, porque sus elementos no se dicen tanto morir como terminar ni se cree que sean reanimados sino reformados, acepta el espécimen más pleno y firme de esta esperanza, si es que es una cosa animal, y expuesta a la vida y a la muerte: digo aquel ave peculiar del oriente, famoso por su singularidad, monstruoso por su posteridad, que renovándose voluntariamente a sí mismo, muriendo con un fin natal y sucediéndose, de nuevo el fénix donde ya nadie, de nuevo él mismo que ya no, otro el mismo.¿ Qué hay más expresivo y señalado para esta causa?¿ O para qué otra cosa tal documento? Dios también en sus Escrituras: y florecerás, dice, como el fénix, es decir, de la muerte, del funeral, para que creas que de los fuegos también puede ser exigida la sustancia del cuerpo. El Señor proclamó que valemos más que muchos gorriones: si no también que los fénix, nada grande.¿ Pero los hombres perecerán una vez, las aves de Arabia seguras sobre la resurrección?
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Mientras tanto, habiendo expuesto tales rasgos de las fuerzas divinas, no menos mediante parábolas que mediante la palabra de Dios, lleguemos también a sus propios edictos y decretos, con los cuales ordenamos precisamente la justa división de la materia: pues hemos comenzado por la autoridad de la carne, si es ella la que, una vez disuelta, puede alcanzar la salvación; luego, hemos proseguido sobre el poder de Dios, si es tan grande que puede conferir la salvación a algo disuelto; ahora, si hemos probado ambas cosas, quisiera que indagues también sobre la causa, si hay alguna tan digna que justifique la resurrección de la carne, necesaria y ciertamente debida a la razón en todo sentido, porque subyace el decir: aunque la carne sea capaz de ser restaurada, aunque la divinidad sea idónea para restaurar, también deberá prevalecer la causa de la restauración. Recibe, pues, la causa, tú que aprendes ante Dios tanto lo óptimo como lo justo: lo óptimo por parte de él, lo justo por parte nuestra. Pues si el hombre no hubiera pecado, habría conocido a Dios solo como óptimo por la propiedad de su naturaleza. Pero ahora, por la necesidad de la causa, experimenta también que es justo, aunque en esto mismo es óptimo, mientras es también justo. Pues al exhibir justicia ayudando al bueno y castigando al malo, presta ambas sentencias al bien, reivindicando esto por un lado y remunerando aquello por otro. Pero con Marción aprenderás más plenamente si esto es todo lo que es Dios. Mientras tanto, es nuestro juez por mérito, porque es Señor; por mérito es Señor, porque es autor; por mérito es autor, porque es Dios. De aquí también aquel no sé quién de los herejes: por mérito no es juez, pues no es Señor; por mérito no es Señor, pues no es autor. Ya no sé si es Dios quien no es ni autor, lo cual es Dios, ni Señor, lo cual es autor. Por tanto, si es sumamente congruente para Dios, Señor y autor, destinar un juicio sobre el hombre acerca de esto mismo, si se ha preocupado por reconocer y observar a su Señor y autor o no, ese juicio ciertamente lo cumplirá la resurrección. Esta será toda la causa, o mejor dicho, la necesidad de la resurrección, sumamente congruente, por supuesto, con Dios, el destinador del juicio. Sobre cuya disposición deberías considerar si la censura divina preside sobre ambas sustancias humanas que han de ser juzgadas, tanto sobre el alma como sobre la carne. Pues lo que sea congruente que sea juzgado, eso mismo será adecuado que sea resucitado. Decimos que el juicio de Dios debe creerse primero pleno y perfecto, para que sea ya definitivo y desde entonces perpetuo, para que así también sea justo, al no ser menos en nada, y para que así también sea digno de Dios, al ser pleno y perfecto ante su tanta paciencia. Y, sin embargo, la plenitud y perfección del juicio no consiste sino en la representación de todo el hombre. Por lo demás, todo el hombre nace de la concreción de ambas sustancias, y por eso debe ser exhibido en ambas aquel que debe ser juzgado como un todo, quien si no hubiera sido un todo, ciertamente no habría vivido. Por tanto, tal como haya vivido, así será juzgado, porque debe ser juzgado por lo que haya vivido. Pues la vida es la causa del juicio, que debe ser examinada a través de tantas sustancias como aquellas por las que ha transcurrido.
15
Que nuestros adversarios separen ahora el contexto de la carne y el alma primero en la administración de la vida, para que así se atrevan a separar eso también en la remuneración de la vida. Que nieguen la sociedad de las obras, para que puedan merecidamente negar también la de las recompensas. Que la carne no sea partícipe en la sentencia si no lo fue en la causa. Que solo el alma sea llamada a juicio si solo ella fallece. Pero, en realidad, no fallece más sola de lo que recorre sola aquello de donde fallece, me refiero a esta vida. Y hasta tal punto el alma no transcurre la vida sola, que ni siquiera los pensamientos, aunque sean solo pensamientos, aunque no hayan sido llevados a efecto por la carne, los apartamos del colegio de la carne, puesto que en la carne, con la carne y por la carne es realizado por el alma lo que se realiza en el corazón. Finalmente, el Señor mismo señala esta especie de carne, fortaleza del alma, en la reprensión de los pensamientos:¿ Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Y: El que haya mirado para codiciar, ya adulteró en su corazón. Hasta tal punto, incluso sin obra y sin efecto, el pensamiento es un acto de la carne. Pero incluso si en el cerebro o en medio del entrecejo o donde sea que a los filósofos les plazca que esté consagrada la principalidad de los sentidos, lo que se llama hegemonikon, la carne será todo el lugar de pensamiento del alma. El alma nunca está sin la carne, mientras está en la carne. No hace nada sin ella, sin la cual no es. Pregunta aún si los pensamientos también son administrados por la carne, los cuales son discernidos externamente por la carne. Que el alma medite algo: el rostro obra el indicio, el semblante es el espejo de todas las intenciones. Que nieguen la sociedad de los hechos a quien no pueden negar la de los pensamientos. Y ellos, ciertamente, enumeran las delincuencias de la carne: por tanto, la pecadora será retenida para el suplicio. Nosotros, en verdad, oponemos también las virtudes de la carne: por tanto, también la que obró bien será retenida para el premio. Y si es el alma la que actúa e impulsa a todo, es el obsequio de la carne. No es lícito creer que Dios sea un juez injusto o inerte; injusto, si apartara de los premios a la socia de las buenas obras; inerte, si separara de los suplicios a la socia de las malas, cuando la censura humana se considera tanto más perfecta cuanto más exige también a los ministros de cada hecho, sin perdonar ni envidiarles, para que no compartan con los autores el fruto, ya sea del castigo o de la gratitud.
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Pero cuando distribuimos el imperio al alma y el obsequio a la carne, hay que cuidar que no subviertan esto también con otra argumentación, para que quieran colocar a la carne de otro modo en el oficio del alma, no como ministra, para que no se vean obligados a reconocerla como socia. Dirán, en efecto, que los ministros y socios tienen el arbitrio de ministrar y asociarse y el poder de su voluntad en ambos, es decir, los hombres mismos; por eso comparten los méritos con los autores, a quienes acomodaron su obra voluntariamente: pero que la carne, no sabiendo nada, no sintiendo nada por sí misma, no teniendo nada de suyo ni querer ni no querer, aparece más bien en lugar de un vaso para el alma, como un instrumento, no como un ministerio. Por tanto, que el juicio preside solo sobre el alma, sobre cómo usó el vaso de la carne, pero que el vaso mismo no está sujeto a sentencia, porque ni la copa es condenada si alguien la mezcló con veneno, ni la espada es sentenciada a las bestias si alguien la usó para un latrocinio. Ya, pues, la carne es inocente por la parte en que no se le imputarán las malas obras, y nada impide que sea salvada en nombre de la inocencia. Pues aunque ni las buenas obras se le imputen, como tampoco las malas, a la benignidad divina le compete más liberar a los inocentes. Pues debe ser benéfica; y es propio de lo óptimo ofrecer incluso lo que no se debe. Y, sin embargo, pregunto:¿ acaso condenas menos la copa, no digo la venenosa, en la que alguna muerte haya vomitado, sino la infectada por el aliento de una prostituta, de un archigalo, de un gladiador o de un verdugo, que sus propios besos? Solemos rechazar incluso lo que está nublado por nuestras propias suciedades o no templado según el ánimo, para enfadarnos más con el muchacho. Pero la espada, ebria de latrocinios,¿ quién no la atará lejos de toda la casa, y mucho más del dormitorio, y mucho más del oficio de su propia cabeza, presumiendo, por supuesto, que no soñará otra cosa que las envidias de las almas que presionan e inquietan a la concubina de su sangre? Pero, en realidad, también la copa, bien consciente de sí misma y elogiada por la diligencia de su ministerio, será adornada también con las coronas de su bebedor o será honrada con el esparcimiento de flores, y la espada, bien ensangrentada por la guerra y mejor homicida, compensará su alabanza con la consagración. Por tanto, es necesario fijar la sentencia también sobre los vasos y los instrumentos, para que compartan los méritos de sus dueños y autores; para haber satisfecho también esta argumentación, aunque la diversidad de las cosas carezca de ejemplo. Pues todo vaso o instrumento viene de otra parte para los usos, materia totalmente ajena a la sustancia del hombre; pero la carne, desde el inicio del útero, sembrada, conformada y congénita al alma, se mezcla con ella incluso en toda operación. Pues aunque es llamada vaso por el apóstol, al que ordena tratar con honor, sin embargo, por el mismo es llamada hombre exterior, es decir, aquel barro que fue grabado primero con el título de hombre, no de copa, de espada o de vaso alguno. Pues vaso se dice en nombre de la capacidad, por la cual capta y contiene al alma, pero hombre por la comunión de la naturaleza, la cual no la presta como instrumento en las operaciones, sino como ministerio. Así también el ministerio será retenido para el juicio, para que no sepa nada de suyo, porque es porción de aquel que sabe, no mobiliario. Esto también el apóstol, sabiendo que la carne no hace nada por sí misma que no se impute al alma, no obstante juzga pecadora a la carne, para que no se crea que, por el hecho de que parece ser impulsada por el alma, está liberada del juicio. Así también cuando impone a la carne algunas obras de alabanza: glorificad, llevad a Dios en vuestro cuerpo, está seguro de que también estos esfuerzos son realizados por el alma, pero por eso mismo se los manda también a la carne, porque también a ella le promete el fruto. De lo contrario, ni la reprobación habría competido a una culpa ajena, ni la exhortación a una gloria extraña; pues tanto la reprobación como la exhortación carecerían de sentido respecto a la carne, si careciera también la recompensa, que se busca en la resurrección.
17
Cualquier partidario más sencillo de nuestra sentencia pensará que la carne debe ser presentada al juicio también por esto, porque de otro modo el alma no podría captar la pasión del tormento o del refrigerio, por ser incorporal. Pues esto es lo que piensa el vulgo. Nosotros, en cambio, profesamos aquí y hemos probado en su propio volumen que el alma es corporal, teniendo un género propio de solidez, mediante el cual puede sentir y padecer. Pues también ahora, que las almas son atormentadas y reconfortadas en los infiernos, aunque desnudas, aunque todavía exiliadas de la carne, lo probará el ejemplo de Lázaro. He dado, pues, al adversario que decir: por tanto, la que tiene corpulentidad propia de suyo bastará para la facultad de la pasión y del sentido, de modo que no necesite la representación de la carne. Al contrario, la necesitará hasta ese punto, no porque no pueda sentir algo sin la carne, sino porque es necesario que sienta también con la carne. Pues tanto como basta de suyo para actuar, tanto basta también para padecer. Pero para actuar, basta menos de suyo. Pues tiene de suyo solo pensar, querer, desear, disponer, pero para perfeccionar espera la obra de la carne. Así, pues, también para padecer exige la sociedad de la carne, para que pueda padecer tan plenamente a través de ella como no pudo actuar plenamente sin ella. Y por eso, en lo que basta de suyo, pende mientras tanto su sentencia, de la concupiscencia, del pensamiento y de la voluntad. Además, si esto fuera suficiente para la plenitud de los méritos, de modo que no se requirieran también los hechos, el alma bastaría por completo para la perfección del juicio, debiendo ser juzgada por aquellas cosas para cuya realización sola había bastado. Pero cuando también los hechos están vinculados a los méritos, y los hechos son administrados por la carne, ya no basta que el alma sea reconfortada o atormentada sin la carne por las obras también de la carne. Aunque tiene cuerpo, aunque tiene miembros, por consiguiente no le bastan para sentir, como tampoco para actuar perfectamente. Por eso, por el modo en que actuó, por ese mismo padece en los infiernos, degustando primero el juicio, así como introdujo primero la falta, esperando sin embargo también a la carne, para que a través de ella compense también los hechos, a cuya carne mandó los pensamientos. Finalmente, esta será la razón del juicio destinado al fin último, para que mediante la exhibición de la carne toda la censura divina pueda ser perfeccionada. De lo contrario, no se sostendría hasta el fin lo que ahora también las almas son arrancadas en los infiernos, si estuviera destinado solo a las almas.
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Hasta aquí he actuado con preconstrucciones para fortalecer los sentidos de todas las escrituras que prometen la recidiva de la carne. A la cual, cuando tantas autoridades de justos patrocinios la procuran, digo los honores de la sustancia misma, luego las fuerzas de Dios, luego los ejemplos de ellas, luego las razones del juicio y las necesidades del mismo, ciertamente será necesario entender las escrituras según los prejuicios de tantas autoridades, no según los ingenios de los herejes, que provienen de la sola incredulidad, porque se considera increíble que sea restaurada una sustancia sustraída por la muerte, no porque sea inmerecible para la sustancia misma o imposible para Dios o inhábil para el juicio. Claramente increíble, si no hubiera sido predicado divinamente; a menos que, aunque eso no hubiera sido predicado por Dios, debería haberse presumido espontáneamente, para que por eso no fuera predicado, porque estaba prejuzgado por tantas autoridades. Pero cuando resuena también con voces divinas, tanto falta para que se entienda de otro modo que como desean aquellas, por las cuales incluso sin voces divinas se persuade. Veamos, pues, esto primero, bajo qué título ha sido proscrita esta esperanza. Un solo edicto de Dios, creo, pende ante todos: la resurrección de los muertos. Dos palabras expeditas, decididas, limpias. Me encontraré con ellas, las discutiré, a qué sustancia se adjudican. Cuando oigo que la resurrección es inminente para el hombre, buscaré necesariamente qué parte de él ha sido sorteada para caer, puesto que nada esperará resucitar sino lo que antes haya caído. Quien ignora que la carne cae por la muerte, puede no conocerla ni siquiera estando en pie por la vida. La naturaleza pronuncia la sentencia de Dios: tierra eres y a la tierra irás, y quien no escucha, ve: no hay muerte que no sea ruina de los miembros. Esta suerte del cuerpo la expresó también el Señor, cuando él mismo, revestido de sustancia, dijo: destruid este templo, y yo lo resucitaré en tres días. Pues mostró de quién es ser destruido, de quién ser abatido, de quién yacer, de quién ser levantado y resucitado— aunque también llevaba consigo al alma temblorosa hasta la muerte, pero no cayendo por la muerte—, porque también la escritura había dicho sobre su cuerpo. Y así, es la carne la que es derribada por la muerte, de modo que desde entonces se anuncia cadáver por el caer. Por lo demás, el alma ni siquiera cae por el vocablo, porque ni siquiera cae por el hábito. Y, sin embargo, es ella la que inflige la ruina al cuerpo cuando ha sido exhalada, así como es ella la que lo suscitó de la tierra al entrar. No puede caer la que suscitó al entrar; no puede ruir la que abatió al salir. Lo diré más estrechamente: ni siquiera cae en el sueño el alma con el cuerpo, ni siquiera entonces se tiende con la carne, sino que es agitada en los sueños y es zarandeada; pero descansaría si yaciera. Así, tampoco en la verdad de la muerte cae la que ni siquiera en su imagen ruina. Examina ahora el siguiente vocablo de los muertos, en qué sustancia se asienta. Aunque en esta materia admitamos a veces que la mortalidad del alma es asignada por los herejes, para que, si el alma mortal va a conseguir la resurrección, sea un prejuicio también para la carne, no menos mortal, que va a comunicar la resurrección, pero ahora la propiedad del vocablo debe ser reivindicada para su suerte. Ya, ciertamente, por el hecho mismo de que la resurrección es de una cosa caduca, es decir, de la carne, la misma será también en el nombre de muerto. Así también aprendemos a través de Abraham, padre de la fe, hombre de la familiaridad divina. Pues pidiendo el lugar para enterrar a Sara de los hijos de Het: dadme, pues, dijo, posesión de sepulcro con vosotros, y enterraré a mi muerto, es decir, la carne. Pues no habría deseado espacio para enterrar al alma. Y si el alma fuera creída mortal, y si mereciera ser llamada muerta. Pero si el muerto es el cuerpo, será la resurrección de los cuerpos, cuando se dice de los muertos.
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Y esta distinción del título y del pregón mismo, defendiendo ciertamente la fe de los vocablos, deberá aprovechar para que, si la parte contraria perturba algo con el pretexto de figuras y enigmas, las cosas más manifiestas prevalezcan y prescriban las más ciertas sobre las inciertas. Pues habiendo encontrado algunos la forma más solemne del lenguaje profético, alegórico y figurado la mayoría de las veces, aunque no siempre, distorsionan también la resurrección de los muertos manifiestamente anunciada hacia una significación imaginaria, aseverando que incluso la muerte misma debe entenderse espiritualmente. Pues que no es esta la que está en la verdad, la que está en medio, la separación de la carne y el alma, sino la ignorancia de Dios, por la cual el hombre muerto para Dios habría yacido no menos en el sepulcro que en el error. Por tanto, que también debe reivindicarse aquella resurrección por la cual alguien, habiendo accedido a la verdad, reanimado y revivificado para Dios, disipada la muerte de la ignorancia, habría brotado como del sepulcro del viejo hombre, porque también el Señor equiparó a los escribas y fariseos con sepulcros blanqueados. Desde entonces, pues, los que han conseguido la resurrección por la fe están con el Señor, cuando lo han revestido en el bautismo. Con este ingenio, finalmente, también en las conversaciones suelen engañar a menudo a los nuestros, como si ellos mismos admitieran la resurrección de la carne.¡ Ay!, dicen, de los que no resuciten en esta carne; para no golpearlos inmediatamente si negaran la resurrección de inmediato. Pero tácitamente, según su conciencia, sienten esto:¡ Ay de los que no hayan conocido los arcanos heréticos mientras están en esta carne!; pues esto es para ellos la resurrección. Pero también muchos, reivindicando la resurrección desde la salida del alma, interpretan que salir del sepulcro es evadirse del siglo, porque también el siglo sería morada de muertos, es decir, de los que ignoran a Dios, o incluso del cuerpo mismo, porque también el cuerpo, en lugar de sepulcro, detendría al alma encerrada en la muerte de la vida secular.
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Por tales conjeturas, pues, rechazaré su primera preconstrucción, por la cual quieren que todos los profetas hayan hablado mediante imágenes; cuando, si así fuera, ni siquiera las imágenes mismas habrían podido ser distinguidas si no se hubieran predicado también las verdades, a partir de las cuales se delinearían las imágenes. Y así, si todo son figuras,¿ qué será aquello de lo cual son figuras?¿ Cómo presentarás un espejo si no hay rostro en ninguna parte? Y hasta tal punto no todo son imágenes, sino también verdades, ni todo sombras, sino también cuerpos, que incluso sobre el Señor mismo las cosas más insignes se predicaban más claras que la luz. Pues también la virgen concibió en el vientre no figuradamente, y dio a luz a Emmanuel, Dios con nosotros, no oblicuamente; y si oblicuamente, que recibiría el poder de Damasco y los despojos de Samaria, pero manifiestamente que vendría al juicio con los presbíteros y los príncipes del pueblo. Pues también las gentes se tumultuaron en la persona de Pilato, y los pueblos meditaron vanidades en la persona de Israel; se levantaron los reyes de la tierra, Herodes. Y los arcontes se congregaron en uno, Anás y Caifás, contra el Señor y contra su Cristo. Quien también fue llevado como oveja al degüello, y como cordero ante el que trasquila, es decir, Herodes. Sin voz— así no abrió su boca—, poniendo su espalda a los azotes y las mejillas a las palmas y no apartando su rostro de los dardos de los esputos; contado también entre los inicuos, traspasado de manos y pies, sufriendo suerte en su vestidura y bebidas amargas y los gestos de las cabezas que se burlaban, valorado en treinta monedas por el traidor.¿ Qué figuras son estas en Isaías, qué imágenes en David, qué enigmas en Jeremías, que no hayan profetizado incluso sus virtudes mediante parábolas?¿ O acaso no se abrieron los ojos de los ciegos, ni brilló la lengua de los mudos, ni las manos áridas y las rodillas disueltas se reavivaron, ni los cojos saltaron como ciervos? Las cuales, si solemos interpretarlas también espiritualmente según la comparación de los vicios animales remediados por el Señor, cuando sin embargo también se cumplieron carnalmente, muestran que los profetas predicaron en ambas especies, a salvo de que muchas de sus voces pueden defenderse como desnudas y simples y puras de toda nube de alegoría: como cuando resuenan las salidas de las gentes y de las ciudades, de Tiro y de Egipto y de Babilonia y de Idumea y de las naves de los cartagineses, como cuando peroran las plagas o perdones del mismo Israel, las cautividades, las restituciones y el fin de la última dispersión.¿ Quién interpretará esto más que reconocerlo? Las cosas se mantienen en las letras, como las letras se leen en las cosas. Así, no siempre ni en todo hay forma alegórica del lenguaje profético, sino a veces y en ciertas cosas.
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Si, pues, a veces y en ciertas cosas, dices,¿ por qué no también en el edicto de la resurrección debe entenderse espiritualmente? Puesto que, ciertamente, intercede una razón muy grande. Primero,¿ qué harán tantos otros instrumentos divinos, que atestiguan tan abiertamente una resurrección corporal, que no admiten ninguna sospecha de significación figurada? Y, ciertamente, sería justo, lo que también hemos demandado arriba, que las cosas inciertas sean prejuzgadas por las ciertas y las oscuras por las manifiestas, o no sea que entre la discordia de lo cierto y lo incierto, de lo manifiesto y lo oscuro, la fe se disipe, la verdad se ponga en peligro, la divinidad misma sea denotada como inconstante. Entonces, lo que no es verosímil, que esa especie de sacramento, en la cual se confía toda la fe, en la cual se apoya toda la disciplina, parezca anunciada ambiguamente y propuesta oscuramente, cuando la esperanza de la resurrección, si no fuera manifiesta sobre el peligro y el premio, no persuadiría a nadie a una religión de este tipo, especialmente expuesta al odio público y al elogio hostil. Ninguna obra es cierta con una recompensa incierta, ningún temor es justo con un peligro dudoso. Y tanto la recompensa como el peligro penden del evento de la resurrección. Y si la profecía lanzó tan abiertamente los decretos y juicios temporales, locales y personales de Dios sobre ciudades, gentes y reyes,¿ cómo es que sus disposiciones eternas y universales sobre todo el género humano hayan huido de la luz de sí mismas? Las cuales, cuanto mayores, tanto más claras deberían ser, para que fueran creídas como mayores. Y creo que a Dios no se le puede atribuir ni envidia ni dolo ni inconstancia ni halago, por los cuales generalmente se cavila la promulgación de las cosas mayores.
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Después de esto, hay que mirar también a aquellas escrituras que no permiten que la resurrección, según estos animales, por no decir espirituales, sea presumida aquí ya en el reconocimiento de la verdad o sea reivindicada inmediatamente desde la salida de la vida. Pues cuando también los tiempos de toda la esperanza están fijados por el estilo sacrosanto— en el advenimiento, creo, de Cristo—, y no es lícito que sea constituida antes, nuestros votos suspiran por el ocaso de este siglo, por el tránsito también del mundo, hacia el gran día del Señor, día de ira y de retribución, día último y oculto y no conocido por nadie excepto por el Padre, y sin embargo preanunciado por señales y portentos y conmociones de los elementos y conflictos de las naciones. Desenrollaría las profecías, si el Señor mismo hubiera callado— a menos que también las profecías fueran voz del Señor—, pero es más que las consigne con su propia boca. Interrogado por los discípulos sobre cuándo sucederían las cosas que mientras tanto habían brotado sobre la salida del templo, digiere el orden de los tiempos, primero los judaicos hasta el exterminio de Jerusalén, luego los comunes hasta la conclusión del siglo. Pues después de que edicta: y entonces Jerusalén será hollada por las naciones, hasta que se cumplan los tiempos de las naciones, que deben ser llamadas por Dios y congregadas con los restos de Israel, desde allí ya predica hacia el orbe y hacia el siglo, según Joel y Daniel y todo el concilio de los profetas, las señales futuras en el sol y en la luna y en las estrellas, la conclusión de las naciones, con el estupor del sonido del mar y el movimiento de los hombres que desfallecen por el miedo y la expectación de las cosas que amenazan al orbe de la tierra. Pues las virtudes de los cielos, dice, serán conmovidas, y entonces verán al hijo del hombre viniendo en las nubes con mucho poder y gloria. Cuando, sin embargo, comiencen a suceder estas cosas, emergeréis y levantaréis vuestras cabezas, porque vuestra redención se habrá acercado. Y, sin embargo, dijo que se acercaba, no que ya estaba presente, y cuando comiencen a suceder estas cosas, no cuando hayan sucedido, porque cuando hayan sucedido, entonces estará presente nuestra redención, que hasta ese punto se dice que se acerca, levantando mientras tanto y excitando los ánimos hacia el fruto de la esperanza ya próximo, cuya parábola también se subraya de los árboles que se vuelven tiernos hacia el tallo, precursor de la flor y luego del fruto. Así también vosotros, cuando veáis que todas estas cosas suceden, sabed que el reino de Dios está cerca. Velad, pues, en todo tiempo, para que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas y estéis ante el hijo del hombre, ciertamente mediante la resurrección, habiendo pasado todo lo anterior. Así, aunque en el reconocimiento del sacramento brota, pero en la representación del Señor florece y fructifica.¿ Quién, pues, excitó al Señor tan intempestivamente, tan amargamente, ya desde la diestra de Dios para quebrantar la tierra según Isaías, que, creo, todavía está íntegra?¿ Quién sometió ya a los enemigos de Cristo bajo sus pies según David, como si fuera más veloz que el Padre, mientras todo el conjunto de los populares todavía reclama a los cristianos para el león?¿ Quién contempló al que descendía del cielo tal como los apóstoles lo habían visto ascender según el constituto de los ángeles? Ninguna tribu ha golpeado su pecho ante otra hasta el día de hoy, reconociendo a quien traspasaron, nadie ha recibido todavía a Elías, nadie ha huido todavía del anticristo, nadie ha llorado todavía la salida de Babilonia: ya hay quien haya resucitado, a menos que sea el hereje. Salió claramente ya del sepulcro del cuerpo, todavía sujeto a fiebres y úlceras, y ya holló a los enemigos, todavía teniendo que luchar con los poderosos del mundo, y ciertamente ya reina, todavía debiendo al César lo que es del César.
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Enseña, ciertamente, el apóstol escribiendo a los colosenses que fuimos muertos alguna vez, alienados y enemigos del sentido del Señor, cuando actuábamos en obras pésimas, luego sepultados con Cristo en el bautismo y resucitados con él por la fe en la eficacia de Dios, que lo resucitó de entre los muertos: y a vosotros, cuando estabais muertos por los delitos y la incircuncisión de vuestra carne, vivificó con él, habiéndoos perdonado todos los delitos, y de nuevo: si con Cristo habéis muerto a los elementos del mundo,¿ cómo, como si vivierais en el mundo, dictáis sentencia? Pero cuando así nos hace muertos espiritualmente, para que sin embargo reconozca que corporalmente moriremos alguna vez, ciertamente, al considerarnos resucitados por consiguiente espiritualmente, no niega igualmente que resucitaremos corporalmente. Finalmente: si habéis resucitado, dice, con Cristo, buscad las cosas que están arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas que están arriba, no en las que están abajo. Así muestra que resucitamos con el ánimo, con el cual solo todavía podemos alcanzar las cosas celestiales. Las cuales no buscaríamos ni pensaríamos si las poseyéramos. Añade también: pues habéis muerto— ciertamente por los delitos, no para vosotros— y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Todavía, pues, no ha sido alcanzada la que está escondida. Así también Juan: y todavía, dice, no ha sido manifestado lo que seremos. Sabemos que, si se manifestara, seremos semejantes a él. Tanto falta para que seamos ya lo que no sabemos, que ciertamente lo sabríamos si ya lo fuéramos. Hasta tal punto la contemplación es de la esperanza en este espacio mediante la fe, no representación, ni posesión, sino expectación. Sobre cuya esperanza y expectación Pablo a los gálatas: pues nosotros por el espíritu, por la fe, esperamos la esperanza de la justicia. No dice' tenemos'; pero dice' de la justicia' de Dios por el juicio, por el cual se juzgará sobre la recompensa. De la cual, pendiendo él mismo también, cuando escribe a los filipenses: si de alguna manera, dice, concurriera a la resucitación, la que es de entre los muertos, no porque ya haya recibido o haya sido consumado. Y ciertamente había creído y había conocido todos los sacramentos, vaso de elección, doctor de las naciones, y sin embargo añade: prosigo, pues, si alcanzara, en lo cual he sido alcanzado por Cristo. Y más: yo, hermanos, no pienso haber alcanzado: una cosa claramente, olvidando lo posterior, extendiéndome hacia lo anterior, según el blanco, prosigo hacia la palma de la incriminación, por la cual concurriría; ciertamente a la resucitación de entre los muertos, en su tiempo, sin embargo, como a los gálatas: pero haciendo el bien no nos cansemos, pues a su tiempo segaremos, como también a Timoteo sobre Onesíforo: que le dé el Señor encontrar misericordia en aquel día. En cuyo día y tiempo también a él mismo le ordena guardar el mandato inmaculado, irreprensible, en la aparición del Señor Jesucristo. La cual en sus tiempos mostrará el bienaventurado y solo potentado y rey de los que reinan, diciendo sobre Dios. Sobre cuyos tiempos también Pedro en los Hechos: arrepentíos, pues, y volveos para que sean abolidos vuestros delitos, para que nos sobrevengan tiempos de refrigerio de parte de Dios, y envíe al Cristo predesignado para nosotros, a quien es necesario que reciban los cielos hasta los tiempos de la exhibición de todas las cosas que Dios habló por boca de sus santos profetas.
24
Qué sean estos tiempos, apréndelo con los tesalonicenses. Pues leemos: cómo os convertisteis de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero y para esperar de los cielos a su Hijo, a quien resucitó de entre los muertos, a Jesús. Y de nuevo: pues¿ cuál es nuestra esperanza, o alegría, o corona de exultación, sino vosotros ante nuestro Señor Jesucristo en su venida? Asimismo: ante Dios y nuestro Padre en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos. Enseñando que sobre el sueño de ellos no se debe llorar menos, expone al mismo tiempo los tiempos de la resurrección: pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con él a los que durmieron por Jesús. Pues esto os decimos en palabra del Señor, que nosotros, los que vivimos, los que permanecemos hasta la venida de nuestro Señor, no aventajaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, con orden, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero, luego nosotros, los que vivimos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro de Cristo en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.¿ Qué voz de arcángel, qué trompeta de Dios ha sido ya oída, a no ser quizás en los cubículos de los herejes? Pues aunque la trompeta de Dios pueda decirse que es el discurso evangélico, que ya los ha llamado, pero¿ o estarán ya muertos corporalmente para haber resucitado, y cómo viven?¿ O arrebatados a las nubes, y cómo están aquí? Verdaderamente miserables, como pronunció el apóstol, los que serán tenidos por quienes esperan solo en esta vida, excluyendo, al adelantarse, lo que se promete después de ella, frustrados respecto a la verdad no menos que Figelo y Hermógenes. Y por eso la majestad del Espíritu Santo, perspicaz ante tales sentidos, sugiere en la misma epístola a los tesalonicenses: pero acerca de los tiempos y los espacios de los tiempos, hermanos, no hay necesidad de escribiros. Pues vosotros mismos sabéis con toda certeza que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Cuando digan' paz' y' todo está seguro', entonces les sobrevendrá una ruina repentina. Y en la segunda, con más plena solicitud a los mismos: os ruego, hermanos, por la venida de nuestro Señor y nuestra congregación hacia él, que no os mováis pronto de ánimo ni os turbéis, ni por espíritu ni por palabra, a saber, de pseudoprofetas, ni por epístola, a saber, de pseudoapóstoles, como si fuera nuestra, como si el día del Señor estuviera encima. Que nadie os seduzca de ningún modo, porque si no viene primero la apostasía, de este reino ciertamente, y se revela el hombre de la delincuencia, es decir, el anticristo, el hijo de la perdición, que se opone y se sobrepone a todo lo que se llama Dios o religión, de modo que se siente en el templo de Dios, afirmando que él es Dios.¿ No os acordáis de que cuando estaba entre vosotros os decía esto? Y ahora sabéis qué lo retiene, para ser revelado en su tiempo. Pues ya el arcano de la iniquidad se agita; solo el que ahora retiene, hasta que sea quitado de en medio.¿ Quién, sino el Estado romano, cuya apostasía dispersa en diez reyes traerá al anticristo? Y entonces será revelado el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el espíritu de su boca y anulará con la apariencia de su venida, cuya venida es según la operación de Satanás en todo poder y señales y prodigios de mentira y en toda seducción de injusticia para los que perecen.
25
También en el Apocalipsis se ordena el tiempo, el cual las almas de los mártires también, bajo el altar, exigiendo venganza y juicio, aprendieron a soportar, para que primero el orbe beba sus plagas de las copas de los ángeles, y aquella ciudad prostituida reciba de los diez reyes los finales merecidos. Y la bestia, el anticristo, con su pseudoprofeta, inflija combate a la iglesia, y así, relegado entretanto el diablo al abismo, se ordene la prerrogativa de la primera resurrección desde los tronos, después, dado el fuego, se juzgue la censura de la resurrección universal desde los libros. Por tanto, puesto que las Escrituras señalan el estado de los tiempos últimos y colocan todo el fruto de la esperanza cristiana en el exordio del siglo, resulta evidente que o bien entonces se cumple todo lo que por Dios se nos promete— y es vano lo que aquí ya es reivindicado por los herejes— o, si la resurrección es también el reconocimiento del sacramento, se cree a salvo aquella que se predica en el último momento; y se sigue que, por el mismo hecho de que esta se reivindica como espiritual, aquella corporal queda prejuzgada; porque, si no se anunciara ninguna entonces, merecidamente esta sola y únicamente espiritual se reivindicaría, pero cuando se anuncia también para el tiempo último, se reconoce la corporal, porque no se anunciaría entonces una resurrección de la misma condición, es decir, espiritual, cuando o bien ahora convendría despacharla sin ninguna diferencia de tiempos o bien entonces bajo toda clausura de tiempos. Así, nos conviene más defender también la resurrección espiritual desde el inicio de la fe, nosotros que reconocemos su plenitud en el final del siglo.
26
Responderé aún una cosa a la proposición anterior de las Escrituras alegóricas, que también a nosotros nos es lícito reivindicar la resurrección corporal bajo el patrocinio de un lenguaje profético igualmente figurado. He aquí, en efecto, la sentencia divina en el principio al pronunciar al hombre tierra: tierra eres y a la tierra irás, según la sustancia ciertamente de la carne, que había sido tomada de la tierra y que había sido llamada el primer hombre, como hemos mostrado, me da disciplina para interpretar también hacia la carne. Si Dios estableció alguna ira o gracia sobre la tierra, puesto que ni la tierra propiamente está sujeta a su juicio, la cual no admitió nada bueno ni malo. Maldita ciertamente, porque absorbió sangre. Pero incluso esto mismo en figura de la carne homicida. Ahora bien, si la tierra también ha de ser ayudada o dañada a causa del hombre, para que aquel sea ayudado o dañado a través de los resultados de su consistorio:¿ cuánto más él mismo sopesará lo que también la tierra sufrirá a causa de él? Por tanto, también cuando Dios amenaza a la tierra, diré que amenaza más bien a la carne, y cuando promete algo a la tierra, entenderé que se lo promete más bien a la carne. Como en David: el Señor reinó, exultará la tierra, es decir, la carne de los santos, a la cual pertenece el fruto del reino divino: después añade: vio y fue sacudida la tierra; los montes como cera se derritieron ante la faz del Señor, es decir, la carne de los profanos. Y verán en aquel a quien traspasaron. De lo contrario, si se considerará que ambos fueron pronunciados simplemente sobre el elemento de la tierra,¿ cómo encajará que sea sacudida y derretida ante la faz del Señor, ante quien reinando arriba exultó? Así también en Isaías: comeréis los bienes de la tierra, se entenderán los bienes de la carne, que la esperan en el reino de Dios reformada y angelificada y que alcanzará lo que ni ojo vio ni oído oyó ni subió al corazón del hombre. De lo contrario, es bastante vano que Dios invite al obsequio con los frutos del campo y los alimentos de esta vida, los cuales comunica incluso a los irreligiosos y blasfemos una vez que han sido añadidos a la condición humana, haciendo llover sobre buenos y malos y enviando su sol sobre justos e injustos. Feliz, sin duda, la fe, si va a alcanzar aquello de lo que los enemigos de Dios y de Cristo no solo usan sino que también abusan, cultivando la misma condición contra el creador.¿ Contarás los bulbos y tubérculos entre los bienes de la tierra, cuando el Señor pronuncia que el hombre no vivirá ni siquiera de pan? Así los judíos, esperando solo cosas terrenales, pierden las celestiales, ignorando tanto el pan prometido desde el cielo como el aceite de la unción divina y el agua del espíritu y el vino del alma que vigoriza la vida de Cristo. Así como también la misma tierra santa la reputan propiamente suelo judío, debiendo interpretarse más bien como la carne del Señor, que desde entonces y en todos los que se han revestido de Cristo es tierra santa, verdaderamente santa por la morada del Espíritu Santo, verdaderamente manando leche y miel por la suavidad de su misma esperanza, verdaderamente Judea por la familiaridad de Dios— pues no es judío el que lo es en lo manifiesto, sino el que lo es en lo oculto— de modo que también sea el templo de Dios y Jerusalén, oyendo de Isaías: levántate, levántate Jerusalén, vístete de la fortaleza de tu brazo, levántate, como en el día del principio, es decir, en aquella integridad en la que había estado antes del delito de la transgresión. Pues¿ a qué Jerusalén competirán voces de exhortación y abogacía de este tipo, la que mató a los profetas y apedreó a los enviados a ella y finalmente acabó con su mismo Señor? Pero ni a tierra alguna se promete en absoluto la salvación, la cual debe pasar junto con el hábito de todo el mundo. Incluso si alguien se atreviera a argumentar que la tierra santa es más bien el paraíso, que también se toma por el de los padres, es decir, de Adán y Eva, igualmente también parecerá prometida a la carne la restitución al paraíso, la cual tuvo la suerte de habitarlo y custodiarlo, para que sea llamado allí un hombre tal cual fue expulsado de allí.
27
Tenemos también mención de vestiduras en las Escrituras para alegorizar la esperanza de la carne, porque también el Apocalipsis de Juan dice: estos son los que no contaminaron sus vestiduras con mujeres, significando ciertamente a los vírgenes y a los que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos. Por tanto, estarán con vestiduras blancas, es decir, en la claridad de la carne sin nupcias. Y en el Evangelio el vestido nupcial puede reconocerse como la santidad de la carne. Por tanto, Isaías, enseñando qué ayuno eligió el Señor, cuando añade sobre la recompensa de la bondad: entonces, dice, tu luz temporal irrumpirá y tus vestiduras nacerán más pronto, queriendo que se acepte no seda ni manto, sino carne, predicó el nacimiento de la carne que ha de resucitar del ocaso de la muerte. Hasta tal punto nos basta también a nosotros la defensa alegórica de la resurrección corporal. Pues también cuando leemos: pueblo mío, entrad en las celdas de provisión un poco, hasta que pase mi ira, los sepulcros serán las celdas de provisión, en las cuales tendrán que descansar por poco tiempo los que en los fines del siglo bajo la última ira hayan perecido por la fuerza del anticristo.¿ O por qué usó el nombre de celdas de provisión y no de algún lugar receptor, sino porque en las celdas de provisión la carne salada y guardada para el uso se conserva, para ser sacada de allí en su tiempo? Pues igualmente los cuerpos tratados con condimentos de sepultura son apartados en mausoleos y monumentos, para salir de allí cuando el Señor lo ordene. Lo cual, siendo congruente entenderlo así— pues¿ qué refugios de despensas nos salvarán de la ira de Dios?— por esto mismo que dice: hasta que pase la ira, que extinguirá al anticristo, muestra que después de la ira saldrá la carne del sepulcro en el que antes de la ira fue introducida. Pues también de las despensas no se saca otra cosa que lo que se introduce. Y después de la erradicación del anticristo se agitará la resurrección.
28
Sabemos, sin embargo, que se ha profetizado tanto con voces como con hechos; tanto con dichos como con hechos se predica la resurrección. Cuando Moisés mete la mano en el seno y la saca muerta y de nuevo la introduce y la despliega viva,¿ no presagia esto sobre todo el hombre? Puesto que el triple poder de Dios era denotado a través de aquellos tres signos con su orden, primero para someter al hombre al diablo serpiente aunque temible, después para retirar la carne del seno de la muerte, y así para ejecutar toda sangre con juicio. Sobre lo cual, en el mismo profeta: porque también vuestra sangre, dice Dios, buscaré de todas las bestias. Y de la mano del hombre y de la mano del hermano la buscaré. Además, nada se busca sino lo que se reclama, nada se reclama sino lo que también será devuelto, y ciertamente será devuelto lo que en nombre de venganza se reclamará y buscará. Pues no podrá ser vengado lo que no haya existido en absoluto. Pero existirá, mientras es restituido, para ser vengado. Por tanto, hacia la carne se dirige todo lo que se predica sobre la sangre, sin la cual no habrá sangre. La carne será resucitada para que la sangre sea vengada. Hay también algunas cosas pronunciadas de tal modo que, aunque carezcan de la nube de las alegorías, sin embargo, anhelan la interpretación de su propia simplicidad, como es en Isaías: yo mataré y daré vida. Ciertamente, después de que haya matado, dará vida. Por tanto, matando a través de la muerte, dará vida a través de la resurrección. Pero es la carne la que es matada a través de la muerte, por tanto, la carne también será vivificada a través de la resurrección. Ciertamente, si matar es arrebatar el alma a la carne, vivificar, su contrario, es devolver el alma a la carne, es necesario que resucite la carne, a la cual el alma arrebatada por la matanza debe ser devuelta por la vivificación.
29
Por tanto, si tanto las Escrituras alegóricas como los argumentos de las cosas y las voces simples irradian la resurrección de la carne, aunque sin la nominación de la sustancia misma,¿ cuánto más aquellas que determinan esta esperanza en las mismas sustancias corporales con mención especial no serán llevadas a cuestión? Recibe a Ezequiel: y fue, dice, sobre mí la mano del Señor y me llevó el Señor en espíritu y me puso en medio del campo; este estaba lleno de huesos. Y me hizo rodear sobre ellos en derredor y he aquí muchos sobre la faz del campo y he aquí bastante secos. Y me dijo: hijo de hombre,¿ vivirán estos huesos? Y dije: Adonai Señor, tú lo sabes. Y me dijo: profetiza sobre estos huesos y dirás: huesos secos, oíd la palabra del Señor: esto dice el Señor Adonai a estos huesos: he aquí que yo traigo sobre vosotros espíritu, y viviréis, y daré sobre vosotros nervios y reduciré sobre vosotros carnes y os rodearé de piel y daré en vosotros espíritu, y viviréis y conoceréis que yo soy el Señor. Y profeticé según el precepto, y he aquí una voz, mientras profetizo, y he aquí un movimiento: y se acercaban los huesos a los huesos, y vi y he aquí sobre los huesos nervios y la carne subió y fueron puestas sobre ellos carnes y espíritu no había en ellos. Y me dijo: profetiza al espíritu, hijo de hombre, profetiza y dirás al espíritu: esto dice el Señor Adonai: de los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla en estos muertos, y vivan. Y profeticé al espíritu, como me mandó, y entró en ellos el espíritu y vivieron y se pusieron sobre sus pies con gran fuerza bastante. Y me dijo: hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: se secaron nuestros huesos y pereció nuestra esperanza, hemos sido arrancados en ellos. Por tanto, profetiza a ellos: he aquí que yo abro vuestros sepulcros y os llevaré de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os introduciré en la tierra de Israel y conoceréis que yo, el Señor, abrí vuestros sepulcros y os saqué de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os daré espíritu y viviréis y descansaréis en vuestra tierra y conoceréis que yo, el Señor, hablé y lo hice, dice el Señor.
30
Sé también cómo sacuden esta predicación hacia el argumento de la alegoría, porque al decir que estos huesos son toda la casa de Israel, hizo de ellos una imagen de Israel y los trasladó de su propia condición; y así que ha sido figurada, no una verdadera predicación de la resurrección. Pues el estado de los judíos es deformado de algún modo como muerto y seco y disperso en el campo del orbe. Por tanto, también la imagen de la resurrección es alegorizada en él, porque ha de ser recogido y recompuesto hueso a hueso, es decir, tribu a tribu y pueblo a pueblo, y recorporado con carnes de facultades y nervios de reino y así de los sepulcros, es decir, de los habitáculos de cautividad más tristes y terribles, ser sacado y respirar en nombre de refrigerio y vivir desde entonces en su tierra, Judea.¿ Y qué después de esto? Morirán sin duda.¿ Y qué después de la muerte? Ninguna, opino, resucitación, si no será esta misma que se revela a Ezequiel. Pero, en efecto, se predica la resurrección de otra manera. Por tanto, también esta será, y temerariamente la convierten al estado de las cosas judías. O si es otra que la que defendemos, nada me interesa, mientras sea también la resurrección de los cuerpos, así como de las cosas judías. Finalmente, por esto mismo, porque el estado judío recidivado se figura a partir de la recorporación y reanimación de los huesos, eso también se prueba que sucederá a los huesos. Pues no podría componerse una figura de los huesos si no fuera a suceder eso mismo también a los huesos. Pues aunque el fingimiento de la verdad está en la imagen, la imagen misma está en la verdad de sí misma. Es necesario que sea primero para sí, a lo cual otra cosa se configure. De la nada no conviene la semejanza, de la nada no conviene la parábola. Así será necesario creer también la revivificación y respiración de los huesos, tal como se dice, de la cual pueda expresarse la reforma de las cosas judías, tal como se finge. Pero es más religioso que la verdad sea defendida desde la verdad de su simplicidad, que el sentido de la proposición divina exige. Pues si esta visión mirara a las cosas judías, inmediatamente revelada la situación de los huesos, habría añadido: estos huesos son toda la casa de Israel, y lo demás sucesivamente. Pero cuando, mostrados los huesos, sobre su propia esperanza de ellos,¿ qué objeta? Aún no nombrado Israel, y tienta la fe del profeta: hijo de hombre,¿ vivirán estos huesos? Para que también aquel respondiera: Señor, tú lo sabes. No habría tentado Dios la fe del profeta sobre aquella cosa que no fuera a suceder, que nunca Israel hubiera oído, que no debiera creerse. Pero puesto que se predicaba ciertamente la resurrección de los muertos, Israel, en cambio, por su incredulidad, desconfiando, se escandalizaba y, mirando el hábito de la sepultura envejecida, desesperaba de la resurrección o no dirigía el ánimo hacia ella, sino hacia sus circunstancias, por eso Dios también al profeta, en cuanto él mismo dudaba, lo preparó para la constancia de la predicación revelado el orden de la resurrección y mandó al pueblo creer lo que reveló al profeta. Diciendo que ellos mismos eran los huesos que iban a resucitar, los que no creían que fueran a resucitar. Finalmente, en la conclusión: y conoceréis, dice, que yo, el Señor, hablé y lo hice, ciertamente haciendo lo que había hablado; por lo demás, no haciendo lo que habló, si fuera a hacer de otro modo que como habló.
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Claramente, si también el pueblo murmurara alegóricamente que sus huesos estaban secos y su esperanza perdida, querelloso por el resultado de la dispersión, merecidamente parecería que Dios consoló la desesperación figurada con una promesa figurada. Pero cuando la injuria de la dispersión aún no había ocurrido al pueblo, mientras que la esperanza de la resurrección había cantado muy a menudo entre él, es manifiesto que, desde la muerte de los cuerpos, debilita la confianza de la resurrección. Así también Dios restauraba aquella fe que el pueblo destruía. Aunque, incluso si Israel se detenía por alguna conflictividad de las cosas presentes entonces, no por ello la intención de la revelación debía tomarse en parábola, sino en testimonio de la resurrección, para que los levantara hacia aquella esperanza, es decir, de la salvación eterna y de la restitución más necesaria, y los apartara del respeto a las cosas presentes. Pues para esto también otros profetas: saldréis— de los sepulcros— como becerros sueltos de sus ataduras y hollaréis a los enemigos, y de nuevo: se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos nacerán como hierba, porque también la hierba se reforma de la disolución y corrupción de la semilla. En resumen: si se sostiene que la imagen de los huesos que resucitan es propiamente sobre el estado de Israel,¿ por qué no se anuncia la misma esperanza no solo a Israel, sino también a todas las naciones, de que los restos sean recorporados y reanimados y los muertos resucitados de los sepulcros? Pues de todos se ha dicho: vivirán los muertos, resucitarán de los sepulcros: pues el rocío, que viene de ti, es medicina para sus huesos. Asimismo en otro lugar: vendrá a adorar toda carne en mi presencia, dice el Señor.¿ Cuándo? Cuando el hábito de este mundo comience a pasar. Pues arriba: así como el cielo nuevo y la tierra nueva, que yo hago, estarán en mi presencia, dice el Señor, así estará vuestra semilla. Entonces, pues, también se cumplirá lo que añade: y saldrán, ciertamente de los sepulcros, y verán los miembros de aquellos que obraron impíamente, porque su gusano no morirá y su fuego no se extinguirá, y será suficiente para la vista de toda carne, es decir, la que resucitada y salida de los sepulcros adorará al Señor por esta gracia.
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Pero para que no parezca que se predica solo la resurrección de aquellos cuerpos que se encomiendan a los sepulcros, tienes escrito: y mandaré a los peces del mar y eructarán los huesos que fueron comidos, y haré compaginación a compaginación y hueso a hueso. Por tanto, dices, también los peces resucitarán y las demás bestias y aves carnívoras, para que vomiten a los que comieron,¿ porque también en Moisés lees que se busca la sangre de todas las bestias? No ciertamente. Pero por eso se nombran las bestias y los peces, en la devolución de la carne y la sangre, para que se exprese más la resurrección incluso de los cuerpos devorados, cuando se dicta la exigencia de los mismos devoradores. Pienso, sin embargo, que un documento idóneo de este poder divino es Jonás, cuando incorrupto, ambas sustancias, carne y alma, es sacado del vientre del pez— y ciertamente tres días habrían bastado para digerir la carne tanto las vísceras del cetáceo como un ataúd, como un sepulcro, como la vejez de alguna sepultura tranquila y preparada— a salvo de que también la bestia figuró a los hombres feroces, sobre todo hacia el nombre cristiano, o incluso a los mismos ángeles de la iniquidad, de quienes se exigirá la sangre a través de la venganza que ha de ser sopesada.¿ Quién, pues, es más afín a aprender que más diligente en presumir y creer que en contender, y más religioso hacia la sabiduría divina que libidinoso hacia la suya, oyendo algo destinado por Dios a carnes y pieles y nervios y huesos, imaginará otra cosa, como si no estuviera destinado al hombre lo que se predica sobre estas sustancias? O bien nada se destina al hombre, ni la liberalidad del reino, ni la severidad del juicio, ni lo que sea la resurrección, o si se destina al hombre, es necesario que se destine a aquellas sustancias de las cuales el hombre está construido, en quien se destina. Pregunto también a estos agudísimos demudadores de huesos y carnes y nervios y sepulcros,¿ por qué, si alguna vez se pronuncia algo sobre el alma, no interpretan otra cosa el alma ni la transfiguran en argumento de otra cosa, cuando, en cambio, se dicta algo sobre alguna especie corporal, aseguran todo más bien que lo que se nombra? Si las cosas corporales son parábolas, por tanto también las animales, si no también las animales, por tanto tampoco las corporales. Pues tanto cuerpo es el hombre como alma; de modo que no puede una especie admitir enigmas y la otra excluirlos.
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Bastante sobre el instrumento profético. Ahora provoco a los Evangelios, aquí también encontrándome primero con la misma astucia de ellos, que sostienen que también el Señor pronunció todo en parábolas, porque está escrito: todo esto habló Jesús en parábolas y sin parábola no hablaba a ellos, es decir, a los judíos. Pues también los discípulos:¿ por qué, dicen, hablas en parábolas? Y el Señor: por eso hablo en parábolas a ellos, para que viendo no vean y oyendo no oigan, según Isaías. Pero si a los judíos en parábolas, ya no a todos; si no a todos en parábolas, ya no siempre ni todo son parábolas, sino algunas, cuando a algunos, pero a algunos, mientras a los judíos; a veces claramente también a los discípulos. Pero considera cómo refiere la Escritura: decía, sin embargo, también una parábola a ellos. Por tanto, también no decía una parábola, porque no se notaría, cuando hablaba una parábola, si siempre hablaba así. Y sin embargo, no encontrarás ninguna parábola que no haya sido explicada por él mismo, como la del sembrador sobre la administración de la palabra, o preiluminada por el comentador del Evangelio, como la del juez soberbio y la viuda insistente para la perseverancia de la oración, o que ha de ser conjeturada voluntariamente, como la de la higuera dilatada en esperanza a semejanza de la infructuosidad judía. Pero si ni las parábolas oscurecen la luz del Evangelio, tanto más lejos está que las sentencias y definiciones, cuya naturaleza es abierta, sepan de otro modo de lo que suenan. Con definiciones, sin embargo, y sentencias el Señor dicta o el juicio o el reino de Dios sin la resurrección. Más tolerable será, dice, para Tiro y Sidón en el día del juicio, y: decidles que se ha acercado el reino de Dios, y: te será retribuido en la resurrección de los justos. Si los nombres son absolutamente de las cosas, es decir, del juicio y del reino de Dios y de la resurrección, de modo que nada de ellos pueda comprimirse en parábola, tampoco se compelan a parábolas aquellas cosas que se predican sobre la disposición y transacción del reino y la pasión del juicio y la resurrección; y así las cosas corporales serán defendidas como destinadas a corporales, es decir, no espirituales, porque no figuradas. Pues también por eso preparamos que tanto el cuerpo como el alma está sujeto a recompensas que han de ser sopesadas por la operación común, para que la corporalidad no suministre al alma ocasión de figuras que excluyan la corporalidad de la carne, cuando conviene creer que ambas son partícipes tanto del reino como del juicio y de la resurrección. Y ahora nos dirigimos a esto, para demostrar que la corporalidad carnal es significada propiamente por el Señor en toda mención de la resurrección, a salvo la animal, que también ella pocos recibieron.
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En primer lugar, cuando dice que ha venido para esto, para que lo que pereció lo haga salvo,¿ qué dices que pereció? El hombre sin duda.¿ Todo o en parte? Ciertamente todo, puesto que la transgresión, que es causa de la perdición humana, cometida tanto por instinto del alma desde la concupiscencia como por acto de la carne desde la degustación, inscribió a todo el hombre en el elogio de la transgresión y desde entonces lo llenó merecidamente de perdición. Todo, por tanto, será salvo el que perece todo delinquiendo. A no ser que también aquella oveja se pierda sin cuerpo y se recupere sin cuerpo. Pues si también su carne con el alma, que es todo el ganado, es llevada sobre los hombros del buen pastor, es ciertamente ejemplo de la restitución del hombre desde ambas sustancias.¿ O qué indigno para Dios, reducir a la mitad del hombre a la salvación, casi hacer menos, cuando también la plena indulgencia de los príncipes seculares siempre se reivindica?¿ Se entenderá que el diablo es más fuerte en la injuria del hombre, destruyéndolo todo?¿ Se anunciará que Dios es más débil, no aliviándolo todo? Pero también el apóstol sugiere: donde abundó el delito, allí sobreabundó la gracia.¿ Cómo, finalmente, será tenido por salvo el que podrá decirse también perdido? Ciertamente perdido por la carne; a no ser que ya también el alma sea necesario que se constituya en perdida, para que pueda ser hecha salva; pues eso será necesario que sea hecho salvo, lo que haya sido perdido. Además, recibimos la inmortalidad del alma, para que no se crea que la perdida es para la interrupción, sino para el suplicio, es decir, para la gehenna. Y si es así, ya la salvación no mirará al alma, salva ciertamente por su naturaleza a través de la inmortalidad, sino más bien a la carne, que consta entre todos que es interible. O si también el alma es interible, es decir, no inmortal, lo que también la carne, ya también a la carne aquella forma deberá aprovechar por igual, siendo igualmente mortal e interible, por la cual el Señor va a hacer salvo lo que perece. No quiero ahora deducir con cuerda contenciosa si la perdición reclama al hombre por aquí o por allá, mientras la salvación lo destine por ambos lados igualado en ambas sustancias. He aquí, en efecto, desde cualquier sustancia que hayas presumido que el hombre pereció, desde la otra no perece. Salvo, por tanto, será ya desde la que no perece y salvo no obstante será hecho desde la que perece, tienes la restitución de todo el hombre, mientras el Señor va a hacer salvo todo lo que de él perece y lo que no perece ciertamente no lo va a perder.¿ Porque dudará más sobre la seguridad de ambas sustancias, cuando una va a alcanzar la salvación y la otra no va a perderla? Y sin embargo, aún con sentido expresa el Señor diciendo que vine. No para hacer mi voluntad, sino la del Padre, que me envió.¿ Cuál? Te ruego. Que todo lo que me dio, no pierda de ello nada, sino que lo resucite en el día novísimo.¿ Qué había recibido Cristo del Padre, sino lo que también se había revestido? El hombre sin duda, la textura de carne y alma. Ninguno, por tanto, de ellos, que recibió, permitirá que perezca, es más, ni nada de ambos, es más, ni un poco. Pero si un poco es carne, por tanto tampoco la carne, porque ni un poco. Pero si no resucitará también la carne en el día novísimo, ya no sufrirá que perezca un poco del hombre, sino que diría que casi todo por tan gran parte. Ingeriendo más: esta es la voluntad del Padre, que todo el que mira al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el día novísimo, construye la plenitud de la resurrección. Pues distribuye a ambas sustancias por oficios propios la recompensa de la salvación, tanto a la carne, por la cual el Hijo era mirado, como al alma, por la cual se creía. Por tanto, dirás, a aquellos les será prometida la cosa, por quienes Cristo era visto. Sea claramente así, para que también hacia nosotros la misma esperanza haya manado desde allí. Pues si para los que veían y por ello creían fueron fructuosas entonces las obras de la carne y del alma, mucho más para nosotros. Pues más felices los que no ven y creen; cuando, incluso si a ellos se les negara la resurrección de la carne, ciertamente a los más felices les habría competido.¿ Cómo, sin embargo, felices, si van a perecer en parte?
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Pero también nos ordena temer más bien a aquel que puede destruir tanto el cuerpo como el alma en el infierno, es decir, al Señor únicamente, y no a quienes pueden matar el cuerpo pero no pueden dañar en nada al alma, es decir, a las potestades humanas. Por tanto, aquí se reconoce tanto que el alma es de naturaleza inmortal, pues no puede ser matada por los hombres, como que la carne es mortal, pues es ella la que puede ser matada, y que, por consiguiente, existe también una resurrección de la carne de los muertos, la cual, a menos que sea resucitada, no podrá ser matada en el infierno. Pero puesto que también aquí la cuestión se enreda en la interpretación del cuerpo, yo no entiendo por cuerpo del hombre otra cosa que toda esta estructura de carne, sea cual sea el género de materias de que esté compuesta y variada, lo que se ve, lo que se toca y, en fin, lo que es matado por los hombres. Así, tampoco admitiré que el cuerpo de una pared sea otra cosa que los materiales, las piedras, los ladrillos. Si alguien introduce algún cuerpo arcano, que lo muestre, lo revele y pruebe que es él mismo el que es matado por el hombre. Y de ese se habrá dicho lo mismo. Asimismo, si se opone el cuerpo del alma, la astucia carecerá de valor. Pues cuando se propone que ambos, cuerpo y alma, sean matados en el infierno, se distingue el cuerpo del alma, y se deja que se entienda por cuerpo aquello que está a mano, es decir, la carne, la cual, así como será matada en el infierno si no se ha temido más a Dios que a ser matado por los hombres, así también será vivificada para la vida eterna si ha preferido ser muerta por los hombres. Por lo tanto, si alguien toma la matanza del cuerpo y del alma en el infierno como la destrucción y el fin de ambas sustancias, y no como un suplicio, como si fueran a ser consumidas y no castigadas, que recuerde que el fuego del infierno es proclamado eterno para un castigo eterno, y que reconozca de ahí la eternidad de la matanza, que por ello debe ser temida más que la humana, que es temporal. Entonces creerá también en sustancias eternas, cuya matanza es eterna como castigo. Ciertamente, cuando después de la resurrección el cuerpo junto con el alma deba ser matado en el infierno, bastará para probar ambas cosas: tanto la resurrección carnal como la matanza eterna. De otro modo, sería sumamente absurdo que la carne resucitada fuera matada en el infierno para que termine, lo cual ya sufriría si no resucitara. En esto, ciertamente, será restaurada, para que no sea aquella a la que ya le ha sucedido el no ser. Apoyándonos en la misma esperanza, añade también el ejemplo de los gorriones, de los cuales ni uno de los dos cae a tierra sin la voluntad de Dios, para que creas que la carne, que ha caído a tierra, puede igualmente resucitar por la voluntad del mismo Dios. Pues aunque esto no se permite a los gorriones, nosotros valemos más que muchos gorriones por el hecho de que, al caer, resucitamos, cuyos cabellos de la cabeza, en fin, afirma que están todos contados, prometiendo ciertamente que están a salvo.¿ Qué razón habría para reducir a número a los que van a perecer? A menos que sea esto: que todo lo que el Padre me ha dado, no lo pierda de ello en nada, es decir, ni un cabello, así como tampoco un ojo ni un diente. Por lo demás,¿ de dónde vendrá el llanto y el crujir de dientes, sino de los ojos y de los dientes? Matado, ciertamente, también el cuerpo en el infierno y arrojado a las tinieblas exteriores, que son propiamente los tormentos de los ojos. Si alguien en las bodas ha sido hallado vestido con obras menos dignas, será atado inmediatamente de manos y pies, como quien ha resucitado con el cuerpo; así, pues, el recostarse él mismo en el reino de Dios, el sentarse en los tronos de Cristo, el estar a la derecha o a la izquierda, y el comer del árbol de la vida, son testimonios fidelísimos de la disposición corporal.
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Veamos ahora si, al refutar la astucia de los saduceos, ha fortalecido más bien nuestra opinión. La causa de la cuestión, creo, fue la destrucción de la resurrección, puesto que los saduceos no admiten la salvación ni del alma ni de la carne y, por tanto, adaptaron a su problema un argumento basado en la especie de resurrección que más debilita la fe, a saber, el pretexto de la carne, si se casará o no después de la resurrección, bajo la persona de aquella mujer que, habiendo estado casada con siete hermanos, se ponía en duda a cuál de ellos sería restituida. Además, se mantienen los sentidos tanto de la cuestión como de la respuesta, y se ha hecho frente a la controversia. Pues si los saduceos rechazaban la resurrección, pero el Señor la confirmaba, reprendiendo a los ignorantes de las Escrituras, es decir, de aquellas que habían proclamado la resurrección, y a los incrédulos en el poder de Dios, idóneo ciertamente para resucitar a los muertos, finalmente añadiendo:« puesto que los muertos resucitan», sin duda confirmaba también lo que se negaba, es decir, la resurrección de los muertos ante el Dios de los vivos, y confirmaba que era tal como se negaba, es decir, de ambas sustancias humanas. Pues no porque negara que se casarían entonces, demostró por ello que no resucitarían. Al contrario, los llama hijos de la resurrección, como quienes han de nacer de algún modo a través de ella, después de la cual no se casarán, sino que resucitados serán semejantes a los ángeles, en cuanto que no se casarán, porque tampoco morirán, sino también en cuanto que pasarán al estado angélico a través de aquel revestimiento de incorruptibilidad, a través de la transformación de la sustancia, aunque resucitada. Por lo demás, ni siquiera se preguntaría si nos casaríamos o moriríamos de nuevo, si no se pusiera en duda la restitución de aquella sustancia que propiamente cumple tanto con la muerte como con las nupcias, es decir, la carne. Tienes, pues, al Señor confirmando contra los herejes de los judíos lo que hoy niegan los saduceos de los cristianos: la resurrección sólida.
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Así también, si dice que la carne no aprovecha nada, el sentido debe dirigirse a partir de la materia de lo dicho. Pues porque consideraron su discurso duro e intolerable, como si hubiera determinado que su carne debía ser comida por ellos, para disponer el estado de salvación hacia el espíritu, prefijó:« el espíritu es el que vivifica», y así añadió:« la carne no aprovecha nada», es decir, para vivificar. Ejecuta también lo que quiere que se entienda por espíritu:« las palabras que os he hablado son espíritu, son vida», así como también arriba:« quien escucha mis palabras y cree en aquel que me envió, tiene vida eterna y no vendrá a juicio, sino que pasará de la muerte a la vida». Por tanto, estableciendo que el discurso es vivificador, porque el discurso es espíritu y vida, dijo que el mismo era también su carne, porque el discurso también se había hecho carne, por consiguiente, debe ser buscado para la causa de la vida, devorado por el oído, rumiado por el intelecto y digerido por la fe. Pues también poco antes había proclamado que su carne era el pan celestial, urgiendo por doquier mediante la alegoría de los alimentos necesarios el recuerdo de los padres, que habían preferido los panes y las carnes de los egipcios a la vocación divina. Por tanto, vuelto hacia los pensamientos de ellos, porque había sentido que se dispersarían, dijo:« la carne no aprovecha nada».¿ Qué tiene esto que ver con destruir la resurrección de la carne, como si no pudiera haber algo que, aunque no aproveche nada, otra cosa pueda aprovecharle a ella? El espíritu aprovecha, pues vivifica. La carne no aprovecha nada, pues es mortificada. Por tanto, según nosotros, ha colocado mejor la proposición de ambos. Pues mostrando qué aprovecha y qué no aprovecha, iluminó igualmente qué aprovecha a qué, es decir, el espíritu a la carne, vivificador de la mortificada. Pues vendrá la hora, dice, en que los muertos escucharán la voz del Hijo de Dios y los que escuchen vivirán.¿ Qué es lo muerto sino la carne?¿ Y qué es la voz de Dios sino el discurso?¿ Y qué es el discurso sino el espíritu? Con razón resucitará la carne, lo que él mismo se hizo, y de la muerte que él mismo sufrió, y del sepulcro en el que él mismo fue depositado. Finalmente, cuando dice:« no os maravilléis de que vendrá la hora en la que todos los que están en los monumentos escucharán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hicieron el bien a la resurrección de la vida, los que hicieron el mal a la resurrección del juicio», nadie podrá ya interpretar a los muertos de otra manera.¿ Quiénes están en los monumentos sino los cuerpos y la carne, ya que los monumentos mismos no son otra cosa que establos de cadáveres? Puesto que incluso los mismos hombres antiguos, es decir, los pecadores, es decir, los muertos por la ignorancia de Dios, a quienes los herejes argumentan que deben entenderse como monumentos, son proclamados abiertamente que saldrán de los monumentos al juicio. Por lo demás,¿ cómo saldrán monumentos de monumentos?
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Después de las palabras del Señor,¿ qué debemos creer que significan también sus hechos, al resucitar a los muertos de los féretros y de los sepulcros?¿ Para qué sirve esto? Si para una simple ostentación de poder o para una gracia presente de reanimación, no es tan grande para él resucitar a quienes han de morir de nuevo. En verdad, si es más bien para asegurar la fe en la futura resurrección, entonces también aquella se prescribe como corporal por la forma de su documento. Y no soportaré a quienes dicen que por eso entonces la resurrección destinada solo al alma se adelantó también en la carne, porque no podría haberse mostrado de otra manera la resurrección del alma invisible sino mediante la resucitación de una sustancia visible. Conocen mal a Dios quienes no piensan que él puede lo que ellos no piensan; y sin embargo, saben que pudo, si conocen el instrumento de Juan. Pues quien sometió a la vista las almas de los mártires que aún descansaban solas bajo el altar, podría ciertamente exhibir a los que resucitan ante los ojos sin carne. Pero yo prefiero que Dios no pueda engañar, débil solo en la falacia, para que no parezca haber predispuesto los documentos de otra manera a como dispuso la realidad; más aún, para que, si no pudo inducir el ejemplo de la resurrección sin carne, mucho menos pueda exhibir la plenitud del ejemplo en la misma sustancia. Ningún ejemplo es mayor que aquello de lo cual es ejemplo. Pero es mayor si las almas resucitarán con el cuerpo como documento de resucitar sin cuerpo, para que toda la salvación del hombre patrocinara a la mitad, cuando la condición de los ejemplos buscaría más bien aquello que se tuviera menos, digo la resurrección del alma sola, como una muestra de la carne que también resucitará a su tiempo. Y así, según nuestra estimación, aquellos ejemplos de los muertos resucitados por el Señor recomendaban ciertamente la resurrección tanto de la carne como del alma, para que a ninguna sustancia se le negara este don, aunque, como ejemplos, daban algo menor. Pues no resucitaban para la gloria ni para la incorruptibilidad, sino para otra muerte.
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Qué resurrección haya proclamado Cristo, lo atestiguan también los instrumentos apostólicos. Pues también para los apóstoles no hubo otro negocio, al menos entre Israel, que el de resignar el Antiguo Testamento y consignar el nuevo, y más bien ya predicar a Dios en Cristo. Así también, sobre la resurrección no introdujeron nada nuevo, sino que la anunciaban a ella misma para la gloria de Cristo, por lo demás recibida con una fe simple y ya conocida sin ninguna cuestión de cualidad, oponiéndose solo los saduceos. Tanto es así que fue más fácil negar por completo la resurrección de los muertos que entenderla de otra manera. Tienes a Pablo ante los sumos sacerdotes bajo el tribuno, profesando su fe entre saduceos y fariseos:« varones hermanos», dice,« yo soy fariseo, hijo de fariseos, por la esperanza y por la resurrección soy juzgado ahora ante vosotros», ciertamente la común, para que, porque ya parecía transgresor de la ley, no se pensara que opinaba como los saduceos sobre el artículo principal de toda la fe, es decir, sobre la resurrección. Así, la fe en la resurrección que no quería parecer rescindir, la confirmaba ciertamente según los fariseos, rechazando a sus negadores, los saduceos. Por consiguiente, también ante Agripa dice que no presenta nada fuera de lo que los profetas habían anunciado. Por tanto, conservaba también la resurrección, tal como los profetas la habían anunciado. Pues también al conmemorar que sobre la resurrección de los muertos está escrito ante Moisés, conocía que era corporal, en la cual, ciertamente, la sangre del hombre habrá de ser reclamada. Por tanto, predicaba tal como los fariseos la habían recibido y el mismo Señor la había defendido y los saduceos, para no creer también en tal, no habían querido que existiera en absoluto. Pero ni siquiera los atenienses habían entendido que Pablo portara otra. Finalmente, habían preguntado, no para burlarse en absoluto, si hubieran escuchado de él la restitución del alma sola; pues habrían acogido la presunción más frecuente de su filosofía vernácula. Pero cuando ya las naciones, el anuncio de la resurrección inaudita anteriormente, las sacudió por la misma novedad y la incredulidad digna de tan gran asunto comenzó a torturar la fe con preguntas, entonces también el apóstol, a través de casi todo el instrumento, se preocupó de corroborar la fe de esta esperanza, mostrando que es, que aún no ha pasado y, sobre lo que más se preguntaba, que es corporal y, lo que además se dudaba, que no es de otra manera que corporal.
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No es de extrañar, sin embargo, si también de su propio instrumento se captan argumentos, puesto que es necesario que haya herejías; las cuales no podrían existir si no pudieran también entenderse erróneamente las Escrituras. Finalmente, las herejías, habiendo encontrado a los dos hombres expuestos por el apóstol, el interior, es decir, el alma, y el exterior, es decir, la carne, adjudicaron la salvación al alma, es decir, al hombre interior, pero la destrucción a la carne, es decir, al exterior, porque está escrito a los corintios:« pues aunque nuestro hombre exterior se corrompe, el interior se renueva día a día». Además, ni el alma es hombre por sí misma, la cual fue insertada después en el hombre ya llamado por el molde, ni la carne sin el alma es hombre, la cual después del exilio del alma se inscribe como cadáver. Así, el vocablo hombre es de algún modo el broche de dos sustancias unidas, bajo cuyo vocablo no pueden estar sino las que cohieren. Además, el apóstol prefiere que el hombre interior no se entienda tanto como el alma, sino como la mente y el ánimo, es decir, no la sustancia misma, sino el sabor de la sustancia. Puesto que, escribiendo a los efesios que Cristo habita en el hombre interior, significó que el Señor debe ser introducido ciertamente en los sentidos. Finalmente añadió:« por la fe y en vuestros corazones y en el amor», poniendo la fe y el amor no como sustantivos del alma, sino como conceptivos, y diciendo« en los corazones», que son sustantivos de la carne, ya ha atribuido también el mismo hombre interior a la carne, al cual constituyó en el corazón. Mira ahora cómo alegó que el hombre exterior se corrompe, pero el interior se renueva día a día, para que no afirmes aquella corrupción de la carne que sufre desde el día de la muerte hasta que va a faltar perpetuamente, sino la que en el espacio de esta vida, antes de la muerte y hasta la muerte, experimenta por vejaciones y presiones, tormentos y suplicios por causa del nombre. Pues también el hombre interior aquí habrá de renovarse, progresando por el apoyo del espíritu en la fe y la disciplina día a día, no allí, es decir, no después de la resurrección, donde no habremos de renovarnos día a día, sino de una vez por todas. Aprende de lo siguiente:« pues lo que es para el presente», dice,« temporal y leve de nuestra presión, nos perfecciona por el exceso en exceso un peso eterno de gloria, no mirando las que se ven, es decir, las pasiones, sino las que no se ven, es decir, las recompensas. Pues las que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas». Pues afirma que las presiones y las lesiones, por las cuales se corrompe el hombre exterior, como leves y temporales, deben ser despreciadas, prefiriendo el peso de las recompensas eternas invisibles y de la gloria en compensación de los trabajos, por los cuales la carne aquí se corrompe al sufrir. Tanto es así que no es aquella la corrupción que atribuyen al hombre exterior para la destrucción perpetua de la carne para la resurrección. Así también en otro lugar:« si es que padecemos juntos», dice,« para que también seamos glorificados juntos: pues reputo que las pasiones de este tiempo no son dignas ante la gloria futura, que ha de ser revelada en nosotros». Y aquí muestra que los inconvenientes son menores que sus premios. Además, si padecemos juntos a través de la carne, a la cual pertenece propiamente corromperse por las pasiones, de la misma será también lo que se promete por la compasión. Y así, al atribuir a la carne la propiedad de las presiones, como también arriba, dice:« cuando llegamos a Macedonia, nuestra carne no tuvo ningún descanso»; de ahí, para que también dé compasión al alma:« en todo», dice,« comprimidos: por fuera luchas», es decir, que combaten la carne,« por dentro temor», es decir, que aflige al alma. Tanto es así que, aunque el hombre exterior se corrompe, no se entiende que se corrompe como perdiendo la resurrección, sino como soportando la vejación, y esto no sin el interior. Así, de ambos será también ser glorificados juntos, así como padecer juntos. Según los colegios de los trabajos, es necesario que corran también las consorcios de los premios.
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Ejecuta todavía la misma opinión prefiriendo las remuneraciones a las vejaciones:« sabemos, pues», dice,« que aunque la casa terrenal de nuestro tabernáculo se disuelva, tenemos una casa no hecha por mano, eterna en los cielos», es decir: por esto, que nuestra carne se disolverá por las pasiones, vamos a conseguir un domicilio en los cielos. Recordaba la definición evangélica:« bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Sin embargo, no negó la restitución de la carne, si opuso la compensación de la recompensa, cuando la compensación se debe a la misma a la que se reputa la disolución, es decir, a la carne. Pero porque había llamado casa a la carne, quiso elegantemente usar también en la comparación de la recompensa el vocablo de casa, prometiendo a la misma casa, que se disolverá por la pasión, una casa mejor mediante la resurrección. Pues también el Señor promete muchas mansiones como casas junto al Padre. Aunque también puede entenderse sobre el domicilio del mundo, al ser disuelto el cual se promete una sede eterna en los cielos, porque también lo que sigue, que pertenece manifiestamente a la carne, muestra que lo anterior no pertenece a la carne. Pues el apóstol hace una división cuando añade:« pues también en esto gemimos, deseando ser sobrevestidos de nuestro domicilio que es del cielo; si es que, despojados, no seremos hallados desnudos», es decir: antes queremos sobrevestirnos de la virtud celestial de la eternidad que ser despojados de la carne. Pues el privilegio de esta gracia espera a aquellos que serán hallados en la carne desde el advenimiento del Señor y, por las durezas de los tiempos del anticristo, merecerán concurrir con los que resucitan mediante el compendio de la muerte expiada por la transformación, tal como escribe a los tesalonicenses:« pues esto os decimos con palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que permanecemos hasta el advenimiento del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron, porque el mismo Señor descenderá del cielo con orden y voz de trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros junto con ellos seremos arrebatados en las nubes al encuentro de Cristo y así siempre estaremos con el Señor».
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Devuelve su transformación a todos en la primera a los corintios diciendo:« no todos ciertamente resucitaremos, pero todos seremos transformados, en un átomo, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, en la última trompeta». Pero aquellos ciertamente solo, que serán hallados en la carne:« y los muertos», dice,« resucitarán, nosotros seremos transformados». Vista, pues, esta posición primero, recordarás el resto al sentido superior. Pues cuando añade:« es necesario, en efecto, que este corruptible se revista de incorruptibilidad y este mortal se revista de inmortalidad», esto será aquel domicilio del cielo que, gimiendo en esta carne, deseamos sobrevestirnos, ciertamente sobre la carne en la que seremos hallados, porque dice que« estamos cargados, nosotros que estamos en el tabernáculo, que no queremos ser despojados sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea devorado por la vida», ciertamente mientras se transforma sobrevistiéndose de lo que es de los cielos. Pues¿ quién no deseará, mientras está en la carne, sobrevestirse de inmortalidad y continuar la vida habiendo ganado la muerte mediante la transformación vicaria, para no experimentar los infiernos que exigirán hasta el último cuadrante? Por lo demás, la transformación también después de la resurrección la va a conseguir quien ya ha experimentado los infiernos. Desde aquí definimos que la carne de todas formas resucitará y que, por aquella transformación que sobrevendrá, asumirá el hábito angélico. O si en estos solos, que serán hallados en la carne, será necesario que se transforme, para que lo mortal sea devorado por la vida, es decir, la carne por aquel sobrevestido celestial eterno: por tanto, los que sean hallados muertos no conseguirán la vida, privados ya de la materia y, por así decirlo, del alimento de la vida, es decir, la carne, o es necesario que la reciban también ellos, para que también en ellos lo mortal pueda ser devorado por la vida, si han de conseguir la vida. Pero en los muertos, dices, ya habrá sido devorado este mortal. No ciertamente en todos. Pues¿ cuántos será posible hallar incluso de hace un día, cadáveres tan recientes que nada pueda parecer devorado en ellos? Pues ciertamente no piensas que devorado es otra cosa que interceptado, que abolido, que arrebatado a todo sentido, lo que ha dejado de aparecer en todo género. Pero tampoco constará que los antiquísimos cadáveres de los gigantes fueron devorados, cuyas estructuras aún viven. Ya hemos hablado de esto en otro lugar. Pero también recientemente en esta ciudad, cuando se colocaban los fundamentos del odeón de tantas sepulturas antiguas, el pueblo se horrorizó ante huesos de casi quinientos años aún jugosos y cabellos que olían. Consta que no solo los huesos duran, sino que también los dientes permanecen incorruptos, los cuales se retienen como semillas del cuerpo que ha de brotar en la resurrección. Finalmente, aunque entonces se encuentre devorado lo mortal en todos los muertos, ciertamente por la muerte, ciertamente por el tiempo, ciertamente por la edad,¿ acaso por la vida, acaso por el sobrevestido, acaso por la ingestión de la inmortalidad? Además, quien dice que lo mortal será devorado por estas cosas, negó que lo fuera por otras. Y ciertamente esto convendrá que sea realizado y prestado por las fuerzas divinas, no por las leyes naturales. Por tanto, cuando lo que es mortal ha de ser devorado por la vida, es necesario que sea exhibido de todas formas, para que sea devorado, y devorado, para que sea transformado. Si dices que el fuego debe ser encendido, no puedes afirmar que aquello por lo que se enciende es necesario en un lugar y en otro no. Así también cuando añade:« si es que despojados no seremos hallados desnudos», sobre aquellos ciertamente que no serán hallados en la vida ni en la carne en el día del Señor, no negó de otra manera a los desnudos a quienes predijo despojados, sino porque quiso que se entendiera que también fueron revestidos de la misma sustancia de la que habían sido despojados. Pues como desnudos serán hallados al haber depuesto la carne o al haber sido desgarrada o desgastada— y esto también puede llamarse desnudez—, después la recibirán, para que, al ser revestidos de nuevo de carne, puedan ser también sobrevestidos de inmortalidad. Pues sobrevestirse no podrá convenir sino a quien ya está vestido.
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Por consiguiente, cuando dice:« por tanto, confiados siempre y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, peregrinamos lejos del Señor, pues caminamos por la fe, no por la visión», es manifiesto que esto tampoco pertenece al oscurecimiento de la carne como si nos separara del Señor. Pues también aquí se vuelve la exhortación a despreciar esta vida, puesto que peregrinamos lejos del Señor mientras vivimos, caminando por la fe, no por la visión, es decir, por la esperanza, no por la realidad. Y por eso añade:« confiados, sin embargo, y considerando bueno peregrinar más bien lejos del cuerpo y habitar junto al Señor», ciertamente para que caminemos más por la visión que por la fe, más por la realidad que por la esperanza. Ves cómo también aquí refiere el desprecio de los cuerpos a la excelencia de los martirios. Pues nadie que haya peregrinado lejos del cuerpo habita inmediatamente junto al Señor, sino por la prerrogativa del martirio, es decir, en el paraíso, no en los infiernos, donde va a hospedarse.¿ Le habían faltado al apóstol palabras para significar el exceso del cuerpo?¿ O habla también con una razón nueva? Pues queriendo significar la ausencia temporal del cuerpo, dijo que peregrinamos lejos de él, puesto que quien peregrinará también volverá al domicilio. Desde allí también a todos:« nos esforzamos», dice,« ya sea peregrinando o habitando, en ser agradables a Dios: pues a todos nos es necesario ser manifestados ante el tribunal de Cristo Jesús». Si a todos, también a los totales; si a los totales, también a los interiores y exteriores, es decir, tanto a las almas como a los cuerpos:« para que cada uno», dice,« reciba lo que hizo a través del cuerpo, según lo que hizo, bueno o malo». Cómo leas esto, pregunto. Pues lo construyó como turbadamente mediante un hipérbaton.¿ Acaso« lo que a través del cuerpo habrá de ser recibido» o« lo que a través del cuerpo fue hecho»? Pero incluso si« lo que a través del cuerpo» ha de ser recibido, es indudablemente la resurrección corporal. Y si« lo que a través del cuerpo» fue hecho, ciertamente debe ser sopesado a través del cuerpo, a través del cual también fue hecho. Así, también todo este tratado del apóstol desde el principio, deshecho con tal cláusula, por la cual se muestra la resurrección de la carne, deberá entenderse según estas cosas, que concuerdan con la cláusula.
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Si, en efecto, miras todavía a lo anterior, de donde se introdujo la mención del hombre exterior e interior,¿ no encontrarás también la dignidad y la esperanza de la carne íntegra? Pues cuando dice sobre la luz que Dios ha hecho brillar en nuestros corazones para la iluminación del conocimiento de su gloria en la persona de Cristo, que tenemos este tesoro en vasos de barro, es decir, en la carne:¿ acaso, porque es de barro según el origen en el limo, será destruida, o porque es el depósito del tesoro divino, será exaltada? Al contrario, si aquella luz misma verdadera, que está en la persona de Cristo, contiene la vida en sí y esa vida se confía con la luz a la carne,¿ es perecedera aquella en la que se confía la vida? Claramente lo es.¿ Es perecedero también el tesoro mismo? Pues se cree que las cosas perecederas se confían a las perecederas, así como el vino nuevo a odres viejos. Cuando asimismo añade:« llevando siempre la mortificación de Cristo Jesús en nuestro cuerpo»,¿ qué clase de cosa es esta, que después del templo de Dios puede llamarse ya también sepulcro de Cristo?¿ Por qué, sin embargo, llevamos la mortificación del Señor en el cuerpo?« Para que también la vida», dice,« se manifieste».¿ Dónde? En el cuerpo.¿ En cuál? En el mortal. Por tanto, en la carne, claramente mortal según la culpa, pero también vital según la gracia; mira cuán grande, para que en ella se manifieste la vida de Cristo. Por tanto, en una cosa ajena de salvación. En la sustancia de la disolución perpetua se manifestará la vida de Cristo eterna, continua, incorrupta.¿ Ya también la vida de Dios?¿ O de qué tiempo se manifestará la vida del Señor en nuestro cuerpo? Aquella ciertamente que vivió hasta la pasión, no solo estuvo de manifiesto ante los judíos, sino que también ahora ha sido revelada a todas las naciones. Tanto es así que significa aquella que rompió las puertas adamantinas de la muerte y los cerrojos de bronce de los infiernos, que desde entonces ya es nuestra. Finalmente, se manifestará en el cuerpo.¿ Cuándo? Después de la muerte.¿ Cómo? Mientras resucitamos en el cuerpo, así como también Cristo. Pues para que nadie argumente que ahora se tiene que manifestar la vida de Jesús en nuestro cuerpo mediante la disciplina de la santidad y de la paciencia y de la justicia y de la sabiduría, con las que la vida del Señor floreció, la intención más providente del apóstol añade:« si, en efecto, nosotros que vivimos somos entregados a la muerte por Jesús, y su vida se manifieste en nuestro cuerpo mortal». Tanto es así que dice que esto sucederá cuando hayamos muerto en nuestro cuerpo. Pero si entonces,¿ cómo sino resucitado él? Por consiguiente, también en la cláusula:« sabiendo», dice,« que quien resucitó a Jesús también nos resucitará con él, porque ya resucitó de entre los muertos», a menos que sea porque piensa con él así como él; si, en efecto, así como él, no ciertamente sin carne.
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Pero también de nuevo por otra ceguera chocan en dos hombres, en el viejo y en el nuevo, advirtiendo el apóstol que depongamos al viejo hombre, que se corrompe por la concupiscencia de la seducción, pero que nos renovemos en el espíritu del sentido y nos revistamos del nuevo hombre, que según Dios ha sido creado en la justicia y religión de la verdad, para que también aquí, distinguiendo hacia dos sustancias, defiendan la vejez para la carne, la novedad para el alma, y la corrupción perpetua para el viejo, es decir, para la carne. Además, si es según las sustancias, ni el alma es por ello nuevo hombre, porque es posterior, ni la carne es por ello vieja, porque es anterior. Pues¿ cuánto tiempo hay entre la mano de Dios y el soplo? Me atrevería a decir: incluso si la carne es mucho anterior al alma, por el mismo hecho de que el alma esperó ser llenada, la hizo anterior. Pues toda consumación y perfección, aunque en orden es posterior, en efecto se anticipa. Más bien aquello es anterior, sin lo cual las cosas anteriores no pueden ser. Si la carne es el viejo hombre,¿ cuándo es eso?¿ Desde el principio? Al contrario, Adán es todo nuevo, y de nuevo nadie es viejo. Pues también desde entonces, por la bendición de la generación, la carne y el alma se hacen juntas sin cálculo de tiempo, como las que se siembran juntas también en el útero, lo que enseñamos en el comentario del alma. Contemporizan en el feto, coetanean en el nacimiento. Estos dos hombres, ciertamente de sustancia doble, no sin embargo también en edad, así se editan como uno, mientras ninguno es anterior. Es más correcto que seamos todos nosotros o viejos o nuevos; pues en cuanto que podamos ser uno y otro, no lo sabemos. Pero el apóstol nota manifiestamente al viejo hombre.« Deponed», dice,« según la conversación antigua al viejo hombre», no según la vejez de alguna sustancia. Pues ni ordena que depongamos la carne, sino las que también en otro lugar muestra que son carnales, acusando a las obras, no a los cuerpos, sobre las cuales también aquí añade:« deponiendo la mentira, hablad la verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros. Iraos, pero no pequéis. El sol no se ponga sobre vuestra ira. Ni deis lugar al diablo. Quien robaba, ya no robe, más bien trabaje operando con las manos, para que tenga que repartir al indigente. Todo discurso torpe no proceda de vuestra boca, sino el que sea óptimo para la edificación de la fe, para que preste gracia a los que escuchan. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, en el cual fuisteis sellados en el día de la redención. Toda amargura e ira y clamor y blasfemia sea quitada de vosotros con toda malicia. Sed, sin embargo, benignos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos mutuamente, así como también Dios os perdonó en Cristo». Por tanto, los que piensan que la carne es el viejo hombre,¿ por qué no se apresuran a la muerte, para que, depuesto el viejo hombre, cumplan los preceptos del apóstol? Pues nosotros, que creemos que toda la fe debe administrarse en la carne, más aún, a través de la carne, de la cual es también la boca para proferir todo discurso óptimo y la lengua para no blasfemar y el corazón para no indignarse y las manos para operar y repartir, defendemos que tanto la vejez del hombre como la novedad pertenecen a la diferencia moral, no a la sustancial. Y así reconocemos igualmente al hombre que, según la conversación antigua, fue viejo, que el mismo es también corrompido, dicho así según la concupiscencia de la seducción, de la misma manera que viejo según la conversación antigua, no según la carne por la destrucción perpetua. Por lo demás, tan salvo como el mismo con la carne, como quien ha depuesto la disciplina viciosa, no la corpulencia.
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Reconoce al apóstol de esta manera en todas partes: condena las obras de la carne de tal modo que parece condenar la carne misma, pero, para que nadie lo piense así, lo procura mediante la sugerencia de otros sentidos o de los que están conectados. Pues, al decir que los que están en la carne no pueden agradar a Dios, inmediatamente, a partir de un entendimiento erróneo, rectifica hacia el íntegro añadiendo:« Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu». Pues, al negar que aquellos de quienes constaba que estaban en la carne estuvieran en la carne, mostraba que no estaban en las obras de la carne, y así, finalmente, que no podían agradar a Dios no los que estaban en la carne, sino los que vivían carnalmente, y que agradaban a Dios aquellos que, puestos en la carne, caminaban según el espíritu. Y, de nuevo, dice que el cuerpo está muerto, ciertamente, pero a causa de la transgresión, así como el espíritu es vida a causa de la justicia. Al oponer, pues, la vida a la muerte constituida en la carne, sin duda prometió allí también la vida por la justicia, donde determinó la muerte por la transgresión. Por lo demás, en vano opuso la vida a la muerte si no está allí donde está también aquella a la que la opuso. Sin duda, deben ser excluidas del cuerpo. Además, si la vida excluye a la muerte del cuerpo, no puede realizarlo a menos que penetre allí donde está lo que excluye.¿ Y por qué me enredo, cuando el apóstol es más absoluto?« Si, pues— dice—, el espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos resucitará también vuestros cuerpos mortales por causa de su espíritu que habita en vosotros»; de modo que, si alguien presume que el cuerpo mortal es el alma, al no poder negar que esto es también carne, se vea obligado a reconocer la resurrección de la carne según la comunión del mismo estado. Por lo que sigue, aprenderás aún que se condenan las obras de la carne, no ella misma:« Así pues, hermanos— dice—, somos deudores no a la carne para vivir según la carne; si vivís según la carne, sucederá que moriréis; pero si por el espíritu mortificáis los actos de la carne, viviréis». Además, para responder a cada punto, si a los constituidos en la carne, pero que viven según el espíritu, se les promete la salvación, ya no es la carne la que se opone a la salvación, sino la operación de la carne. Excluida, pues, la operación de la carne, que es la causa de la muerte, la carne se muestra ya salva, carente de la causa de la muerte.« La ley— dice— del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley de la transgresión y de la muerte», ciertamente la que antes había dicho que habita en nuestros miembros. Por tanto, nuestros miembros ya no estarán sujetos a la ley de la muerte, porque tampoco a la de la transgresión, de las cuales han sido liberados. Pues lo que era inválido de la ley, en lo cual se debilitaba por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de transgresión y por la transgresión, condenó la transgresión en la carne, no la carne en la transgresión; pues ni la casa será condenada con el habitante. Pues dijo que el pecado habita en nuestro cuerpo. Condenada, pues, la transgresión, la carne quedó absuelta, así como, al no ser condenada, estaba sujeta a la ley de la muerte y de la transgresión. Así, aunque llamó muerte al sentido de la carne, y luego también enemistad contra Dios, no llamó así a la carne misma.¿ A quién, pues, dirás, se le imputará el sentido de la carne, si no a la sustancia misma? Claramente, si probaras que la carne siente algo por sí misma. Pero si sin el alma no hay sentido alguno, entiende que el sentido de la carne debe referirse al alma, atribuido a veces a la carne porque se administra por causa de la carne y a través de la carne. Y por eso dice que la transgresión habita en la carne, porque también el alma, por la cual es inducida la transgresión, es inquilina de la carne, mortificada ciertamente, pero no por su nombre, sino por el de la transgresión. Pues también en otro lugar dice:«¿ Cómo es que incluso ahora, como si vivierais en el mundo, dictáis sentencia?», no escribiendo a los muertos, sino a aquellos que deberían dejar de vivir mundanalmente.
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Pues esta será la vida mundana, la cual dice que el viejo hombre está fijado a Cristo, no la corporalidad, sino la moralidad. Por lo demás, si no lo aceptamos así, nuestra corporalidad no está fijada ni nuestra carne ha sufrido la cruz de Cristo, sino como añadió:« para que sea evacuado el cuerpo de la transgresión», mediante la enmienda de la vida, no mediante la destrucción de la sustancia, como dice:« para que ya no sirvamos a la transgresión» y para que, de esta manera, creyendo que hemos muerto con Cristo, creamos que también viviremos con él.« Así, pues— dice—, consideraos también vosotros muertos, ciertamente,¿ a quién?¿ A la carne? No, sino a la transgresión». Por tanto, estarán salvos para la carne, viviendo, sin embargo, para Dios en Cristo Jesús, ciertamente a través de la carne, a la cual no estarán muertos, es decir, muertos a la transgresión, no a la carne. Pues también añade aún:« No reine, pues, la transgresión en vuestro cuerpo mortal para obedecerle y para presentar vuestros miembros como armas de injusticia a la transgresión; sino presentaos a vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos— no como vivos, sino como vivos de entre los muertos— y vuestros miembros como armas de justicia». Y de nuevo:« Como presentasteis vuestros miembros como esclavos de la impureza y de la iniquidad para la iniquidad, así también ahora presentad vuestros miembros como esclavos de la justicia para la santificación; pues cuando erais esclavos de la transgresión, erais libres de la justicia.¿ Qué fruto teníais, pues, de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Pues el fin de ellas es la muerte. Ahora, en cambio, hechos libres de la transgresión y esclavizados a Dios, tenéis vuestro fruto para la santificación, y el fin, la vida eterna. Pues el salario de la transgresión es la muerte, pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro». Así, a través de toda esta serie de sentidos, arrancando nuestros miembros de la injusticia y la transgresión, y uniéndolos a la justicia y la santidad, y trasladándolos del salario de la muerte al don de la vida eterna, promete a la carne, ciertamente, la compensación de la salvación, a la cual no le habría correspondido en absoluto que se le ordenara una disciplina propia de santidad y justicia si no fuera suyo también el premio de la disciplina, y ni siquiera el bautismo mismo se le confiaría si, mediante la regeneración, no fuera inaugurada también para la restitución, insistiendo también en esto el apóstol:«¿ O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Hemos sido, pues, sepultados con él por el bautismo en la muerte, para que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros caminemos en novedad de vida». Y para que no pienses que se ha dicho solo de esta vida, que debe vivirse en novedad por la fe a través del bautismo, añade providencialmente:« Pues si hemos sido injertados en la semejanza de la muerte de Cristo, así también lo seremos de la resurrección». Pues mediante la semejanza morimos en el bautismo, pero mediante la verdad resucitamos en la carne, así como también Cristo, para que, como reinó el delito en la muerte, así también la gracia reine por la justicia para la vida eterna a través de Jesucristo, Señor nuestro.¿ Cómo así, si no es igualmente en la carne? Pues donde hay muerte, allí hay también vida después de la muerte, porque también hay vida allí antes, donde después hay muerte. Pues si el reino de la muerte no obra nada más que la disolución de la carne, por consiguiente, la vida contraria a la muerte debe obrar lo contrario, es decir, la reintegración de la carne, para que, como la muerte había devorado al mortal al prevalecer, así también, devorada por la inmortalidad, pueda oír:«¿ Dónde está, muerte, tu aguijón?¿ Dónde está, muerte, tu contienda?». Pues así también la gracia sobreabundará allí donde abundó la iniquidad; así también la virtud se perfeccionará en la debilidad, haciendo salvo lo que pereció, vivificando lo que está muerto, sanando lo que fue golpeado, medicando lo que languideció, redimiendo lo que fue arrebatado, liberando lo que fue esclavizado, llamando de nuevo lo que fue seducido, resucitando lo que fue derribado; y, ciertamente, de la tierra al cielo, donde los filipenses aprenden también del apóstol que está nuestra ciudadanía, de donde esperamos también a nuestro salvador, el Señor Cristo, quien transfigurará el cuerpo de nuestra humildad para que sea conforme al cuerpo de su gloria, sin duda después de la resurrección, porque ni el mismo Cristo fue glorificado antes de la pasión. Estos serán nuestros cuerpos, que ruega a los romanos que presenten como hostia viva, santa, agradable a Dios.¿ Cómo viva, si han de perecer?¿ Cómo santa, si son profanos?¿ Cómo agradable, si están condenados? Vamos ahora a lo que creo que fue escrito a los tesalonicenses con el rayo de su propio sol— tan claro es—, cómo recibirán esto los que huyen de la luz de las Escrituras:« El mismo Dios de paz os santifique totalmente».¿ No es suficiente? Pero sigue:« Y vuestro cuerpo íntegro, y el alma y el espíritu, sean conservados sin reproche en la presencia del Señor». Tienes toda la sustancia del hombre destinada a la salvación, y no en otro tiempo que en la venida del Señor, que es la llave de la resurrección.
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« Pero la carne— dices— y la sangre no pueden poseer el reino de Dios en herencia». Sabemos que esto también está escrito. Pero lo hemos pospuesto deliberadamente hasta ahora, para que lo que los adversarios obstruyen desde la primera línea de batalla, lo derribáramos en el último combate, habiendo sido derribadas antes todas las cuestiones como sus apoyos. Pero incluso ahora será útil reconocer los precedentes, para que también a este sentido le preceda su origen. Como creo, el apóstol, habiendo dispuesto a los corintios toda la distinción de la disciplina eclesiástica, había concluido el resumen tanto de su evangelio como de la fe de ellos en la entrega de la muerte y resurrección del Señor, para deducir también la regla de nuestra esperanza de donde constaba. Por tanto, añade:« Si, pues, se predica que Cristo resucitó de entre los muertos,¿ cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no la hay, tampoco Cristo resucitó. Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe. Pues seremos hallados falsos testigos de Dios, que hemos dado testimonio de que resucitó a Cristo, a quien no resucitó. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, porque aún estáis en vuestros delitos, y los que durmieron en Cristo perecieron». A través de esto,¿ a qué cosa creíble parece querer construir? A la resurrección, dices, de los muertos, que se negaba. Ciertamente, queriendo que se crea bajo el ejemplo de la resurrección del Señor. Ciertamente, dices.¿ El ejemplo, pues, se compone de la diversidad o de la paridad? Sin duda, dices, de la paridad.¿ Cómo, pues, resucitó Cristo?¿ En carne o no? Sin duda, si oyes que murió, si oyes que fue sepultado según las Escrituras, no de otra manera que en carne, concederás igualmente que resucitó en carne. Pues lo mismo que cayó en la muerte, lo que yacía en el sepulcro, esto mismo resucitó, no tanto Cristo en la carne como la carne en Cristo. Por tanto, si resucitaremos según el ejemplo de Cristo, que resucitó en carne, ya no resucitaremos según el ejemplo de Cristo si no resucitamos nosotros mismos en carne: porque« por un hombre— dice— la muerte, y por un hombre la resurrección», para separar ciertamente a los autores, Adán de la muerte, Cristo de la resurrección, pero establecer la resurrección de la misma sustancia de la que también la muerte, mediante la comparación de los mismos autores en el nombre de hombre. Pues si así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados, serán vivificados en carne en Cristo, así como en Adán mueren en carne.« Cada uno, sin embargo, en su orden», ciertamente porque también en su propio cuerpo. Pues el orden de los méritos se dispondrá en nombre de los dispuestos. Pero cuando también al cuerpo, también el orden de los cuerpos es necesario que se disponga, para que pueda haber méritos. Pero si también algunos son bautizados por los muertos, veremos si con razón. Ciertamente, pretende que instituyeron esto con aquella presunción con la que otros pensaban que el bautismo vicario aprovecharía también a la carne para la esperanza de la resurrección, la cual no se obligaría en el bautismo corporal si no fuera corporal.¿ Por qué dice que ellos mismos son bautizados, es decir, si no resucitan los cuerpos que son bautizados? Pues el alma no se sanciona con el lavado, sino con la respuesta.«¿ Por qué también nosotros— dice— estamos en peligro a toda hora?». Ciertamente a través de la carne.« Muero cada día»; ciertamente por los peligros de la carne, a través de la cual también luchó contra las fieras en Éfeso. Aquellas fieras, ciertamente, de la presión asiática, de la cual en la segunda a los mismos:« Pues no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra presión en Asia, que fuimos agobiados más allá de nuestras fuerzas, de modo que dudamos incluso de la vida». Todas estas cosas, si no me equivoco, las enumera para que, no queriendo que se crea vana la lucha de la carne, quiera indudablemente que se crea la resurrección de la carne. Pues vana debe considerarse la lucha de aquel cuya resurrección no existirá. Pero dirá alguien:«¿ Cómo resucitarán los muertos?¿ Con qué cuerpo vendrán?». Ya aquí diserta sobre las cualidades de los cuerpos, si se retoman los mismos o otros. Pero como tal cuestión se considera posterior, bastará mientras tanto que se defina también esta como resurrección corporal, cuando se pregunta sobre la cualidad de los cuerpos.
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Se ha llegado ahora a la carne y la sangre, verdaderamente el centro de toda la cuestión. Qué sustancias y bajo qué condición el apóstol desheredó del reino de Dios, se puede aprender igualmente de lo anterior.« El primer hombre— dice— es de la tierra, terrenal, es decir, hecho de barro, es decir, Adán; el segundo hombre es del cielo, es decir, el Verbo de Dios, es decir, Cristo», no obstante, no es hombre de otra manera, aunque sea del cielo, sino porque él mismo es carne y alma, lo que es hombre, lo que es Adán. Pues incluso si arriba se le llama el último Adán, tomó el intercambio del nombre por la comunión de la sustancia, porque ni Adán es carne por semilla, lo que también es Cristo.¿ Cuál, pues, es el terrenal, tales son también los terrenales; cuál es el celestial, tales son también los celestiales?¿ Tales en sustancia o primero en disciplina, y luego también en dignidad?¿ Qué disciplina captó? Y, sin embargo, en sustancia de ninguna manera se separarán los terrenales y los celestiales, llamados una vez hombres por el apóstol. Pues si también Cristo, el único verdaderamente celestial, es más, incluso supercelestial, hombre sin embargo, en cuanto carne y alma, en nada se distingue de la cualidad terrenal por esta condición de sustancias, por consiguiente, también los que son celestiales según él se entenderán predicados celestiales no por la sustancia presente, sino por la futura claridad, porque también atrás— de donde emanó esta distinción— se mostró por la diferencia de dignidad que otra es la gloria de los supercelestiales, otra la de los superterrenales, y otra la del sol, otra la de la luna, otra la de las estrellas, porque también una estrella difiere de otra en gloria, no obstante, no en sustancia. Finalmente, a la diferencia de dignidad expuesta en la misma sustancia, que ahora debe buscarse y entonces alcanzarse, añade también la exhortación, para que también aquí sigamos el hábito de Cristo por la disciplina y allí alcancemos la cumbre por la gloria:« Como llevamos la imagen del terrenal, llevemos también la imagen del supercelestial». Pues llevamos la imagen del terrenal por el colegio de la transgresión, por el consorcio de la muerte, por el exilio del paraíso. Pues si también en la carne se lleva aquí la imagen de Adán, pero no se nos exhorta a exponer la carne: si no la carne, entonces la conducta, para que, por consiguiente, llevemos también la imagen del celestial en nosotros, no ya de Dios ni ya constituidos en el cielo, sino caminando según los rasgos de Cristo en santidad, justicia y verdad. Y así, dirige todo esto a la disciplina, para que aquí diga que debe llevarse la imagen de Cristo en esta carne y en este tiempo de disciplina. Pues al decir« llevemos» de modo preceptivo, habla a este tiempo, en el cual el hombre no es otra sustancia que carne y alma. O incluso si esta fe contempla alguna otra sustancia, es decir, la celestial, aquí, sin embargo, se promete a aquel a quien se le manda esforzarse por ella. Cuando, pues, constituye la imagen tanto del terrenal como del celestial en la conducta, aquella que debe ser repudiada, esta, en cambio, que debe ser buscada, y luego añade:« Pues digo esto»— es decir, por causa de lo que dije arriba; pues« por eso» es una conjunción que devuelve el suplemento del sentido a lo anterior—« que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios en herencia», manda entender por carne y sangre nada más que la imagen del terrenal dicha arriba. La cual, si se considera en la conducta de la vejez, y la conducta de la vejez no capta el reino de Dios, por consiguiente, la carne y la sangre, al no captar el reino de Dios, se reducen a la conducta de la vejez. Claramente, si el apóstol nunca puso la sustancia por las obras, tampoco aquí la use así. Pero si, estando aún constituidos en la carne, negó que estuvieran en la carne, negando que estuvieran en las obras de la carne, no debes socavar su forma, no la sustancia, sino las obras de la sustancia que alienan del reino de Dios. Las cuales, manifestadas también a los gálatas, profesa que predice y que había predicho, que los que hacen tales cosas no van a heredar el reino de Dios, no llevando, ciertamente, la imagen del celestial, como habían llevado la del terrenal, y por eso no deben ser considerados por su vieja conducta otra cosa que carne y sangre. Aunque, incluso si el apóstol hubiera irrumpido repentinamente en esta definición, que la carne y la sangre deben ser eliminadas del reino de Dios, sin ninguna construcción previa del sentido anterior,¿ no interpretaríamos a estas dos sustancias como el viejo hombre entregado a la carne y a la sangre, es decir, al comer y al beber, a quien le corresponde decir contra la fe de la resurrección:« Comamos y bebamos, pues mañana moriremos»? Y, al añadir esto, el apóstol fustigó la carne y la sangre por los frutos mismos de comer y beber.
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Pero incluso omitiendo tales interpretaciones que gravan las obras de la carne y la sangre, será lícito reivindicar para la resurrección las sustancias mismas, no de otra manera que como se han entendido. Pues no se niega la resurrección directamente a la carne y a la sangre, sino el reino de Dios, que sobreviene a la resurrección— pues hay también resurrección para el juicio—, es más, se confirma la resurrección general de la carne cuando se exceptúa la especial. Pues mientras se declara a qué estado no resucita, se sobreentiende a cuál resucita. Y así, mientras por los méritos sufre la distinción de la resurrección la obra de la sustancia, no el género, aparece de aquí también que la carne y la sangre, por nombre de culpa, no de sustancia, son apartadas del reino de Dios, pero por nombre de forma resucitan para el juicio, porque no resucitan para el reino. Diré aún:« La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios en herencia». Con razón, solas y por sí mismas, para mostrar que aún le es necesario el espíritu. Pues el espíritu es el que vivifica para el reino de Dios, la carne no aprovecha nada. Sin embargo, otra cosa puede aprovecharle, es decir, el espíritu, y a través del espíritu también las obras del espíritu. Resucitan, pues, por igual toda carne y sangre en su cualidad. Pero aquellos a quienes corresponde entrar en el reino de Dios, deberán revestirse de la fuerza de la incorruptibilidad y la inmortalidad, sin la cual no pueden entrar en el reino de Dios, antes de que puedan alcanzarla. Con razón, pues, la carne y la sangre, como dijimos, solas fallan en captar el reino de Dios. Ahora bien, cuando este corruptible haya de ser devorado por la incorruptibilidad, es decir, la carne, y este mortal por la inmortalidad, es decir, la sangre, después de la resurrección por la demutación, con razón la carne y la sangre demutadas y devoradas pueden poseer el reino de Dios en herencia, no obstante, no sin haber resucitado. Hay quienes quieren que la carne y la sangre se entiendan como el judaísmo por causa de la circuncisión, ajeno también él al reino de Dios, porque también aquel se atribuye a la vejez y bajo este título es señalado ya en otro lugar por el apóstol, quien, después de revelado en él el Hijo de Dios para evangelizarlo en las naciones, inmediatamente no se refirió a la carne y a la sangre, es decir, a la circuncisión, es decir, al judaísmo, como escribe a los gálatas.
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Pero para todos se mantendrá ya lo que reservamos para la conclusión, también para el apóstol mismo, siendo refutado verdaderamente de la mayor inconsideración si tan abruptamente, como algunos quieren, con los ojos cerrados, como dicen, sin distinción, sin condición, expulsó a toda carne y sangre indistintamente del reino de Dios, ciertamente también del mismo palacio de los cielos, cuando allí aún se sienta Jesús a la diestra del Padre, hombre, aunque Dios, el último Adán, aunque el Verbo primario, carne y sangre, aunque más puro que el nuestro, el mismo, sin embargo, tanto en sustancia como en forma que ascendió, tal también ha de descender, como afirman los ángeles, reconocible, ciertamente, por aquellos que lo traspasaron. Este, llamado mediador de Dios y de los hombres, a partir del depósito de ambas partes confiado a él, guarda también el depósito de la carne en sí mismo, prenda de la suma total. Pues así como nos dejó la prenda del espíritu, así también recibió de nosotros la prenda de la carne y la llevó al cielo, garantía de toda la suma que algún día será reducida allí. Estad seguras, carne y sangre, habéis usurpado tanto el cielo como el reino de Dios en Cristo. O si niegan que estéis en Cristo, que nieguen también a Cristo en el cielo los que os negaron el cielo.« Así, pues, ni la corrupción— dice— tendrá la incorrupción en herencia», no para que pienses que la carne y la sangre son la corrupción, cuando ellas mismas son más bien obnoxias a la corrupción, mediante la muerte, ciertamente, si es que la muerte es la que no solo corrompe la carne y la sangre, sino que también las consume, sino porque había declarado que las obras de la carne y la sangre no pueden alcanzar el reino de Dios, para exagerar más esto, a la corrupción misma, es decir, a la muerte, a la cual aprovechan las obras de la carne y la sangre, le quitó la herencia de la incorrupción. Pues también poco después expresó de algún modo la muerte de la muerte misma:« La muerte fue devorada en la contienda.¿ Dónde está, muerte, tu aguijón?¿ Dónde está, muerte, tu potencia?». El aguijón de la muerte, pues, es la transgresión, esta será la corrupción; la virtud de la transgresión, en cambio, es la ley, aquella otra sin duda, la que constituyó en sus miembros militando contra la ley de su mente, es decir, la fuerza misma de transgredir contra la voluntad. Pues incluso si arriba dice que el último enemigo, la muerte, será evacuado, de este modo tampoco la corrupción obtiene la herencia de la incorrupción. Es decir, tampoco la muerte persistirá.¿ Cuándo y cómo ha de faltar? Cuando en un átomo, en el momentáneo movimiento del ojo, en la última trompeta, también los muertos resucitarán incorruptos—¿ quiénes son estos, sino los que antes estaban corruptos, es decir, los cuerpos, es decir, la carne y la sangre?— y nosotros seremos demutados;¿ de qué hábito, sino en el que seremos hallados? Pues es necesario que este corruptible se revista de incorrupción y este mortal se revista de inmortalidad.¿ Qué es mortal, sino la carne?¿ Qué es corruptible, sino la sangre? Y para que no pienses que el apóstol siente otra cosa, previéndote y esforzándose para que entiendas que se ha dicho de la carne: cuando dice« este corruptible» y« este mortal», dice sosteniendo la piel misma. Ciertamente, no pudo haber pronunciado esto sino sobre el sujeto, sino sobre el que comparece. Es palabra de demostración corporal. Pero otra cosa será lo corruptible, otra la corrupción, y otra lo mortal, y otra la mortalidad. Pues otra cosa es lo que sufre, otra lo que hace que se sufra. Así, las que sufren corrupción y mortalidad, es decir, la carne y la sangre, es necesario que sufran también incorrupción e inmortalidad.
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Veamos ya ahora con qué cuerpo disputa que vendrán los muertos. Y bien, que irrumpió inmediatamente a mostrar, como si buscara algo de este tipo.« Necio— dice— tú; lo que siembras no es vivificado, a menos que haya muerto». Que esto, pues, conste ya por el ejemplo de la semilla: que no es vivificada otra carne que la misma que habrá muerto, y así lo siguiente resplandecerá. Pues nada podrá entenderse contra la regla del ejemplo, no sea que, porque sigue:« Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de ser», por eso pienses que resucitará otro cuerpo que el que se siembra al morir. Por lo demás, has caído del ejemplo. Pues nunca, sembrado el trigo y disuelto en la tierra, brotó cebada, y no el mismo género de grano, la misma naturaleza, cualidad y forma. Finalmente,¿ de dónde otro, si no el mismo? Pues también la corrupción es el mismo, mientras es de él. Pero, en efecto, sugiere cómo« no se siembra el cuerpo que ha de ser», diciendo:« sino el grano desnudo, si acaso, de trigo o de alguno de este tipo; pero Dios le da el cuerpo como quiere». Ciertamente a aquel grano que dice que se siembra desnudo. Ciertamente, dices. Por tanto, está a salvo aquel a quien Dios tiene que dar el cuerpo.¿ Cómo, pues, está a salvo, si no está en ninguna parte, si no resucita, si no resucita el mismo? Si no resucita, no está a salvo. Si no es y está a salvo, no puede recibir el cuerpo de Dios. Pero, en efecto, está a salvo de todo modo.¿ Para qué, pues, le dará Dios el cuerpo como quiere, teniendo ciertamente aquel grano desnudo su propio cuerpo, sino para que ya no resucite desnudo? Por tanto, se añadirá lo que se construye sobre el cuerpo, y no se extermina aquello sobre lo que se construye, sino que se aumenta. Está a salvo, pues, lo que se aumenta. Pues se siembra solo el grano sin el vestido de la cáscara, sin el fundamento de la espiga, sin la protección de la arista, sin la soberbia del tallo. Pero surge prestado con abundancia, construido con estructura, ordenado con disposición, protegido con cultivo y vestido por todas partes. Estos son para él el cuerpo de Dios, otro, en el cual se cambia no por abolición sino por ampliación, para que entonces también aquel sea suyo, el que adquiere extrínsecamente de Dios:« y a cada una de las semillas su propio cuerpo»; supón que no es suyo, es decir, no el original. Sírvanse, pues, del ejemplo y conserven su espejo para la carne: creerás que fructificará la misma que fue sembrada, la misma, aunque más plena, no otra, aunque vuelva de otra manera. Pues recibirá también ella misma el apoyo y el adorno, tal como Dios haya querido sobreponerle según los méritos. Sin duda a esto dirigió:« No toda carne es la misma carne», no para denegar la comunión de la sustancia, sino para igualar la prerrogativa, reduciendo el cuerpo del honor, no del género, a la diferencia. En esto añade también ejemplos figurados de animales y elementos: otra es la carne del hombre, es decir, del siervo de Dios, que es verdaderamente hombre; otra la de la bestia, es decir, del pagano— de lo cual también el profeta:« El hombre— dice— fue asimilado a las bestias irracionales»—; otra la carne de las aves, es decir, de los mártires, que se esfuerzan hacia las cosas superiores; otra la de los peces, es decir, aquellos a quienes basta el agua del bautismo. Así también sobre los cuerpos supercelestiales comete argumentos: otra es la gloria del sol, es decir, de Cristo; y otra la de la luna, es decir, de la Iglesia; y otra la de las estrellas, es decir, de la semilla de Abraham. Pues también una estrella difiere de otra en gloria, y los cuerpos terrenales y celestiales, el judío, ciertamente, y el cristiano. Por lo demás, si no fuera figuradamente, bastante vanamente puso las carnes de las mulas y de los milanos y los cuerpos de las luminarias celestiales junto a los humanos, no pertenecientes a la comparación de la condición, así como tampoco a la consecución de la resurrección. Finalmente, cuando a través de esto hubo concluido la diferencia de gloria, no de sustancia,« así— dice— también la resurrección de los muertos».¿ Cómo? No de algún otro, sino difiriendo solo en la gloria. Pues de nuevo, llamando a la resurrección a la misma sustancia y mirando de nuevo al grano:« Se siembra— dice— en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en deshonra, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en virtud; se siembra cuerpo animal, resucita espiritual». Ciertamente no resucita otro que el que se siembra, ni se siembra otro que el que se disuelve en el suelo, ni se disuelve otro en el suelo que la carne. Pues a esta la eliminó la sentencia de Dios:« Tierra eres y a la tierra irás», porque también de la tierra había sido tomada. De aquí también el apóstol concibió decir que se siembra, cuando es devuelta a la tierra, porque también para las semillas la tierra es el lugar de depósito, para ser depositadas allí y ser reclamadas de allí. Y por eso también consigna imprimiendo:« Pues así está escrito», para que no pienses que« sembrarse» es otra cosa que:« a la tierra irás, de la cual fuiste tomado»; así tampoco de otra que de la carne.
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Algunos argumentan que el cuerpo animal es el alma, para así apartarla de la carne que ha de resucitar. Sin embargo, puesto que es un hecho firme y establecido que resucitará el mismo cuerpo que fue sembrado, serán llamados a la exhibición de este mismo hecho. O bien demuestran que el alma es sembrada después de la muerte, es decir, que muere, que es aplastada contra el suelo, dispersada y disuelta— lo cual no ha sido decretado por Dios para ella—, o bien proponen su corrupción, su deshonra y su debilidad, para que sea propio de ella también resucitar en incorrupción, en gloria y en poder. Pero, en el caso de Lázaro, el ejemplo principal de la resurrección, la carne yacía en debilidad, la carne casi se pudrió en deshonra, la carne entretanto se corrompió, y sin embargo, Lázaro resucitó en carne, ciertamente con el alma, pero incorrupta, a la cual nadie había atado con vendas de lino, nadie había colocado en el sepulcro, nadie había sentido que hediera, nadie había visto sembrada en cuatro días. Toda la condición, todo el desenlace de Lázaro, lo experimenta hoy la carne de todos. El alma, en cambio, la de nadie. Por tanto, aquella en la que aparece el estilo del apóstol, de la cual consta que él habla, esa será tanto el cuerpo animal, cuando es sembrada, como el espiritual, cuando es resucitada. Pues, para que lo entiendas así, él extiende aún más la mano, desentrañando el hecho a partir de la autoridad de la misma Escritura: el primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente. Si Adán es el primer hombre, y la carne es hombre antes que el alma, sin duda la carne fue hecha alma. Y al ser hecha alma, siendo cuerpo, ciertamente fue hecho cuerpo animal.¿ Qué quieren que se llame, sino lo que fue hecho a través del alma, lo que no existió antes del alma, lo que no existirá después del alma, sino cuando resucita? Pues, al recibir el alma, vuelve a ser hecho cuerpo animal, para llegar a ser espiritual. Pues no resucita sino lo que fue. Así, de donde a la carne le corresponde ser llamada cuerpo animal, de ahí al alma de ninguna manera le corresponde. Pues la carne es cuerpo antes de ser cuerpo animal. Pues, al ser animada, después fue hecha cuerpo animal. El alma, en cambio, aunque es cuerpo, sin embargo, porque ella misma es un cuerpo no animado, sino más bien animante, no puede ser llamada cuerpo animal ni llegar a ser lo que ella hace. Pues a otro le hace ser animal por accidente; pero,¿ cómo se hará a sí misma animal por un accidente ajeno? Por tanto, así como la carne es cuerpo animal antes, al recibir el alma, así también después es espiritual, al revestirse del espíritu. El apóstol, al disponer este orden también en Adán y en Cristo, lo distingue merecidamente como en los capítulos de su distinción. Pero cuando llama a Cristo el postrer Adán, reconócelo aquí como alguien que ha trabajado con todas las fuerzas de la doctrina para la resurrección de la carne, no del alma. Pues si el primer hombre, Adán, es carne, no alma, quien finalmente fue hecho alma viviente, y el postrer Adán, Cristo, es Adán por ser hombre, y es hombre por ser carne, no por ser alma. Y así, si añade: no es primero lo espiritual, sino lo animal, después lo espiritual, según ambos Adanes.¿ Acaso no te parece que distingue el cuerpo animal y el cuerpo espiritual en la misma carne, cuya distinción preparó en ambos Adanes, es decir, en ambos hombres? Pues,¿ de qué sustancia se engendran entre sí Cristo y Adán? Ciertamente de la carne. Aunque también de alma, pero por el nombre de carne ambos son hombres; pues el hombre anterior es carne. A partir de ella pudieron admitir el orden, de modo que uno fuera considerado el primer hombre y el otro el postrer, es decir, Adán. Por lo demás, las cosas diversas no pueden ser dispuestas en un orden, al menos en cuanto a la sustancia. Pues en cuanto al lugar, al tiempo o a la condición, quizás podrían. Pero aquí, en cuanto a la sustancia de la carne, han sido llamados primero y postrer, así como también el primer hombre es de la tierra y el segundo del cielo; porque aunque es del cielo según el espíritu, es hombre según la carne. Por tanto, como el orden en ambos Adanes conviene a la carne, no al alma,[ como el primer hombre fue distinguido en alma viviente y el postrer en espíritu vivificante], su distinción prejuzgará igualmente la distinción para la carne, de modo que se haya dicho de la carne: no es primero lo espiritual, sino lo animal, después lo espiritual, y así la misma debe entenderse tanto la que es sembrada, cuerpo animal, como la que resucita, cuerpo espiritual,[ porque no es primero lo espiritual, sino lo animal], porque el primer Adán fue en alma, el postrer Adán en espíritu. Todo es sobre el hombre, todo es sobre la carne, cuando se habla del hombre.¿ Qué diremos entonces?¿ Acaso la carne no tiene ahora también el espíritu por la fe? De modo que hay que preguntarse cómo se dice que el cuerpo animal es sembrado. Claramente, la carne recibe también aquí el espíritu, pero como arras; el alma, en cambio, no como arras, sino como plenitud. Por tanto, también por esta razón, por el nombre de la sustancia mayor, fue llamada cuerpo animal, en el cual es sembrada, para ser por consiguiente, mediante la plenitud del espíritu, además espiritual, en el cual es resucitada.¿ Qué tiene de extraño si fue llamada más por aquello de donde está colmada que por aquello de donde está rociada?
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Así, las cuestiones se preparan en gran medida a partir de las ocasiones de los vocablos, al igual que a partir de las comuniones de las palabras. Pues, dado que también aquello está puesto en el apóstol: para que lo mortal sea devorado por la vida, es decir, la carne, toman la devoración también como la perdición de la carne, como si no se dijera que devoramos la bilis y el dolor, es decir, que los ocultamos, los cubrimos y los contenemos dentro de nosotros mismos. Finalmente, cuando también está escrito: es necesario que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad, se muestra cómo lo mortal es devorado por la vida, mientras que, al ser revestido de inmortalidad, es ocultado, cubierto y contenido dentro, no mientras es consumido y perdido. Por tanto, dices, también la muerte estará a salvo cuando haya sido devorada. Por eso, distingue la comunión de las palabras según los sentidos, y entenderás íntegramente. Pues una cosa es la muerte y otra lo mortal. Por tanto, de una manera será devorada la muerte y de otra lo mortal. La muerte no admite la inmortalidad, pero lo mortal sí la admite. Finalmente, también está escrito que es necesario que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad.¿ Cómo, pues, la admite? Mientras es devorado por la vida.¿ Cómo es devorado por la vida? Mientras es recibido, reducido e incluido en ella misma. Por lo demás, la muerte es devorada merecidamente hacia la perdición, porque ella misma devora para esto. Devoró, dice, la muerte al prevalecer, y por eso fue devorada en la contienda.¿ Dónde está, muerte, tu aguijón?¿ Dónde está, muerte, tu contienda? Por consiguiente, también la vida, rival de la muerte, devorará mediante la contienda hacia la salvación lo que la muerte haya devorado entonces mediante la contienda hacia la perdición.
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Aunque, por tanto, al probar que la carne resucitará, probamos con esto mismo que no resucitará otra distinta de aquella de la que se trata, sin embargo, las cuestiones individuales y sus causas exigen también sus propios debates, aunque ya hayan sido derrotadas por otros medios. Interpretaremos, pues, más plenamente tanto la fuerza como la razón de la transformación, que generalmente suministra la presunción de que resucitará otra carne, como si transformarse fuera dejar de ser por completo y perecer respecto a lo anterior. Sin embargo, debe distinguirse la transformación de todo argumento de perdición. Pues una cosa es la transformación y otra la perdición. Por lo demás, no es otra cosa si la carne se transforma de tal manera que perezca. Pero perecerá transformada si no permanece en la transformación la misma que fue exhibida en la resurrección. Pues, así como perece si no resucita, así también, si resucita, pero en la transformación es retirada, perece igualmente. Pues igualmente no será, como si no hubiera resucitado. Y qué absurdo, si resucita para esto, para no ser, la que pudo no haber resucitado para no ser, porque ya había comenzado a no ser. No se mezclarán en absoluto las cosas diversas, la mutación y la perdición, diversas ciertamente en sus obras. Esta pierde, aquella transforma. Por tanto, así como lo que ha sido perdido no ha sido transformado, así lo que ha sido transformado no ha sido perdido. Pues haber perecido es no ser en absoluto lo que se fue; haber sido transformado es ser de otra manera. Por lo demás, mientras es de otra manera, puede ser lo mismo. Pues tiene el ser lo que no perece; pues ha sufrido una transformación, no una perdición. Y así, puede algo transformarse y ser lo mismo no obstante, como también todo hombre en este siglo es ciertamente la misma sustancia, sin embargo, se transforma de múltiples maneras, tanto en el aspecto como en la corpulencia misma, en la salud, en la condición, en la dignidad, en la edad, en el estudio, en el negocio, en el oficio, en las facultades, en las moradas, en las leyes, en las costumbres. Y, sin embargo, no pierde nada de hombre ni se hace otro de tal manera que deje de ser el mismo. Es más, ni siquiera se hace otro, sino algo distinto. Esta forma de transformación la atestiguan también los documentos divinos. La mano de Moisés se transforma y, ciertamente, parece muerta, exangüe, pálida, fría, pero al recuperar el calor y al volver el color, es la misma carne y sangre. Se transforma después también su rostro con una claridad inescrutable. Pero Moisés era, por consiguiente, el que no se veía. Así también Esteban ya había revestido la dignidad angélica, pero no fueron otras rodillas las que sucumbieron a la lapidación. El Señor también, en el retiro del monte, había transformado incluso sus vestiduras con luz, pero había conservado los rasgos reconocibles para Pedro; donde también Moisés y Elías, uno en la imagen de la carne aún no recibida, el otro en la verdad de la que aún no había muerto, enseñaron, sin embargo, que la misma condición del cuerpo persevera incluso en la gloria. Instruido por este ejemplo, Pablo dice: el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación para que sea conforme al cuerpo de su gloria. Pero si defiendes tanto la transfiguración como la conversión como un tránsito de la sustancia de cada uno,¿ entonces también Saulo, convertido en otro hombre, salió de su cuerpo?¿ Y el mismo Satanás, cuando se transfigura en ángel de luz, pierde su cualidad? No lo creo. Así también, en el evento de la resurrección, será lícito transformarse, convertirse, reformarse con la salvación de la sustancia.
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Pues,¿ qué absurdo, qué injusto, y ambos indignos de Dios, que una sustancia trabaje y otra sea recompensada, que esta carne sea desgarrada por los martirios y otra sea coronada, y, por el contrario, que esta carne se revuelque en inmundicias y otra sea condenada?¿ No es mejor apartar de una vez toda fe de la esperanza de la resurrección que burlarse de la gravedad y la justicia de Dios?¿ Que Marción resucite en lugar de Valentín? Cuando no es creíble que la mente, ni la memoria, ni la conciencia del hombre actual sean abolidas por ese ropaje transformador de la inmortalidad y la incorrupción, quedando vacío el emolumento y el fruto de la resurrección y el estado del juicio divino en ambos casos. Si no recordara que soy yo quien mereció,¿ cómo daré gloria a Dios?¿ Cómo le cantaré un cántico nuevo, sin saber que soy yo quien debe agradecer?¿ Por qué, además, se exceptúa solo la transformación de la carne, y no también la del alma, que en todo precedió a la carne?¿ Qué clase de cosa es que la misma alma, que en esta carne recorrió todo el orden de la vida, que en esta carne aprendió a Dios y se revistió de Cristo y sembró la esperanza de la salvación, coseche el fruto en otra no sé cuál?¡ Que no sea esa carne tan agraciada, a la cual la vida le costará gratis! Pero si no se transforma también el alma, ya ni siquiera hay resurrección del alma; pues ni ella misma será creída haber resucitado, si no ha resucitado otra.
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De aquí viene ya aquella argucia de la incredulidad vulgar: si, dicen, la misma y única sustancia es llamada de nuevo con su forma, línea y cualidad, entonces también con sus insignias restantes. Por tanto, también los ciegos, los cojos, los paralíticos y, tal como cada uno haya partido con sus insignias, así también volverá.¿ Qué ahora?¿ Acaso desdeñas recibir de Dios tanta gracia, sea cual sea? Pues,¿ no atribuyes lo mismo a hombres a medias al admitir la salvación solo del alma?¿ Qué es creer en la resurrección, sino creerla íntegra? Pues si la carne será reparada de la disolución, mucho más será llamada de nuevo de la aflicción. Lo mayor prescribe a lo menor.¿ Acaso la truncación o el embotamiento de cualquier miembro no es la muerte del miembro? Si la muerte universal es rescindida por la resurrección,¿ qué la proporcional? Si nos transformamos en gloria,¿ cuánto más en incolumidad? La viciación de los cuerpos es algo accidental, la integridad es propia. En ella nacemos: incluso si somos afligidos en el útero, ya es una pasión del hombre: el género es anterior al accidente. Como la vida es conferida por Dios, así también es referida. Tal como la recibimos, tal la recuperamos. Somos devueltos a la naturaleza, no a la injuria; resucitamos por lo que nacemos, no por lo que somos dañados. Si Dios no resucita a los íntegros, no resucita a los muertos. Pues,¿ qué muerto es íntegro, incluso si muere íntegro?¿ Qué incolume hay que esté exánime?¿ Qué cuerpo está ileso cuando está extinto, cuando está frío, cuando está pálido, cuando está rígido, cuando es un cadáver?¿ Cuándo es más hombre débil, sino cuando está todo?¿ Cuándo es más paralítico, sino cuando está inmóvil? Así, no es otra cosa resucitar a un muerto que hacerse íntegro, para que no esté muerto todavía por aquella parte por la que no resucitó. Dios es capaz de rehacer lo que hizo; esta su potestad y liberalidad ya las ha prometido suficientemente en Cristo, es más, las ha mostrado, no solo como resucitador de la carne, sino también como reintegrador. Y así también el apóstol: y los muertos, dice, resucitarán incorruptos.¿ Cómo, sino íntegros, los que antes estaban corruptos tanto por el vicio de la salud como por la vejez de la sepultura? Pues también al proponer arriba ambos, que es necesario que este corruptible se revista de incorrupción y este mortal de inmortalidad, no repitió la sentencia, sino que asignó la diferencia. Pues al dividir la inmortalidad hacia la rescisión de la muerte, y la incorrupción hacia la obliteración de la corrupción, templó una hacia la resurrección y la otra hacia la reintegración. Creo, además, que también a los tesalonicenses les prometió la integridad de toda sustancia. Por tanto, ni siquiera en el futuro se temerán las lacras de los cuerpos. La integridad no podrá perder nada, ya sea conservada o restituida. De donde a aquel también, si algo había perdido, le es devuelto. Pues al prescribir que la carne aún sufrirá las mismas pasiones, si se dice que resucitará la misma, defiendes temerariamente la naturaleza contra su Señor, afirmas impíamente la ley contra la gracia. Como si al Señor no le fuera lícito tanto cambiar la naturaleza sin ley como conservarla. Pues,¿ dónde leemos: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios, y: Dios eligió lo necio del mundo para confundir la sabiduría del mundo? Te ruego, si cambias a tu siervo a la libertad, porque permanecerán la misma carne y alma que antes habían estado expuestas a azotes, grillos y estigmas,¿ por eso será necesario que sufran lo mismo? No lo creo. Y, sin embargo, es honrado con el brillo de una vestidura blanca, con el honor de un anillo de oro, con el nombre del patrón, con la tribu y con la mesa. Permite a Dios esta potestad, mediante la fuerza de aquella transformación, de reformar la condición, no la naturaleza, mientras se eliminan las pasiones y se confieren las fortificaciones. Así, la carne permanecerá ciertamente incluso después de la resurrección pasible en la medida en que es ella misma, la misma, pero impasible en la medida en que es manumitida por el Señor para esto mismo, para que no pueda sufrir más.
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Alegría, dice Isaías, eterna sobre su cabeza. Nada es eterno sino después de la resurrección. Huyó, dice, el dolor, el pesar y el gemido de ellos. Por consiguiente, también el ángel a Juan: y Dios borrará toda lágrima de sus ojos; ciertamente de los mismos ojos que antes habían llorado y que aún podrían haber llorado, si la indulgencia divina no secara toda lluvia de lágrimas. Y de nuevo: pues Dios borrará toda lágrima de sus ojos, y la muerte hasta aquí; por tanto, también la corrupción hasta aquí, por consiguiente, ahuyentada mediante la incorrupción, del mismo modo que la muerte mediante la inmortalidad. Si el dolor, el pesar, el gemido y la misma muerte provienen de las lesiones tanto del alma como de la carne,¿ cómo serán eliminados, sino cuando cesen las causas, es decir, las lesiones de la carne y del alma?¿ Dónde están los accidentes adversos ante el Señor?¿ O dónde están los ataques hostiles ante Cristo?¿ Dónde están los ímpetus demoníacos ante el Espíritu Santo, estando ya el mismo diablo con sus ángeles sumergido en fuegos?¿ Dónde está la necesidad o lo que se llama fortuna o destino?¿ Qué plaga hay para los resucitados después del perdón?¿ Qué ira para los reconciliados después de la gracia?¿ Qué debilidad después del poder?¿ Qué imbecilidad después de la salvación? Que las vestiduras y el calzado de los hijos de Israel permanecieron sin desgastarse ni envejecer durante aquellos cuarenta años, que en los mismos cuerpos la fácil crecida de las uñas y los cabellos la justicia la fijó en cuanto a la habilidad y la dignidad, para que ni siquiera la enormidad fuera considerada corrupción, que los fuegos babilonios de los tres hermanos no dañaron ni las tiaras ni las sarabaras, aunque ajenas a los judíos, que Jonás, devorado por la bestia del mar, en cuyo vientre se digerían los naufragios, es escupido incolume tres días después, que hoy Enoc y Elías, aún no despachados por la resurrección, porque tampoco han muerto, pero trasladados del mundo y por esto mismo ya candidatos a la eternidad, aprenden la inmunidad de la carne de todo vicio, de todo daño, de toda injuria y contumelia:¿ a qué fe sellan el testimonio, sino a aquella por la que se debe creer que estos son documentos de la futura integridad? Pues fueron figuras nuestras, siendo el apóstol el autor, las que fueron escritas, para que creamos que el Señor es más poderoso que toda ley de los cuerpos y, ciertamente, más conservador de la carne, cuyas vestiduras y calzado también protegió.
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Pero, dices, el siglo futuro es de otra disposición y eterno; por tanto, la sustancia de este siglo no puede poseer cosas diversas que no son eternas. Claramente, si el hombre es por causa de la disposición futura y no la disposición por causa del hombre. Pero el apóstol, escribiendo: ya sea el mundo, o la vida, o la muerte, o las cosas futuras, o las presentes, todo es vuestro, los constituyó a ellos mismos herederos también de las cosas futuras. Nada te regala Isaías al decir: toda carne es hierba, porque también en otro lugar: y toda carne verá la salvación de Dios. Distinguió los desenlaces, no las sustancias. Pues,¿ quién no establece el juicio de Dios en la doble sentencia de salvación y castigo? Toda carne, por tanto, es hierba, la que está destinada al fuego, y toda carne verá la salvación de Dios, la que está ordenada para la salvación. Yo sé que no he cometido adulterios con otra carne ni me esfuerzo ahora por la continencia con otra carne. Si hay alguien que lleva consigo dos pudores, puede ya quitar la hierba de la carne inmunda y reservarse solo la que verá la salvación de Dios. Pero cuando el mismo profeta muestra también que las naciones, antes consideradas como polvo y saliva, ahora esperarán y creerán en el nombre y en el brazo del Señor,¿ acaso también nos equivocamos sobre las naciones?¿ Y unas naciones han de creer y otras han sido consideradas como polvo por la diversidad de la sustancia? Pero también Cristo, dentro del océano y desde este cielo que nos cubre, hizo brillar la verdadera luz a las naciones— y los mismos valentinianos aprendieron aquí a errar—, ni será otra la forma de las naciones que creen que la que es de las que no creen: de carne, de alma. Por tanto, así como distinguió a las mismas naciones no por género sino por suerte, así también las carnes. Las cuales, siendo una sola sustancia en las mismas naciones, las separó no por materia sino por recompensa.
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He aquí, sin embargo, para exagerar aún más la controversia contra la carne, especialmente contra la misma, argumentan también sobre los oficios de los miembros, diciendo o bien que ella misma debe permanecer en sus obras y frutos, para ser adscrita a la misma corpulencia, o bien, puesto que consta que los oficios de los miembros desaparecerán, que también la corpulencia debe ser entregada, cuya perseverancia no debe ser creída ciertamente sin los miembros, porque tampoco los miembros deben ser creídos sin los oficios. Pues,¿ a dónde, dicen, esta caverna de la boca y la estación de los dientes y el deslizamiento de la garganta y el cruce del estómago y el abismo del vientre y la compleja longitud de los intestinos, cuando no habrá lugar para comer y beber?¿ A dónde admiten, someten, devuelven, dividen, digieren, expulsan tales miembros?¿ A dónde las manos mismas y los pies y todos los miembros trabajadores, cuando cesará incluso el cuidado del sustento?¿ A dónde los riñones, conscientes de las semillas, y el resto de los genitales de ambos sexos y los establos de los conceptos y las fuentes de los pechos, al desaparecer el coito, el parto y la crianza? Finalmente,¿ a dónde todo el cuerpo, que ciertamente estará todo ocioso? Para esto, pues, hemos preparado que no deben mezclarse las disposiciones de las cosas futuras y las presentes, interponiéndose entonces la transformación, y ahora añadimos que esos oficios de los miembros consisten en las necesidades de esta vida hasta que la vida misma sea trasladada de la temporalidad a la eternidad, así como el cuerpo animal en espiritual, mientras este mortal se revista de inmortalidad y este corruptible de incorrupción; y, sin embargo, liberada entonces la vida misma de las necesidades, los miembros serán liberados de los oficios, y no por ello no serán necesarios. Pues aunque sean liberados de los oficios, son retenidos por los juicios, para que cada uno reciba a través del cuerpo según lo que hizo. Pues el tribunal de Dios exige al hombre a salvo; pero no es lícito estar a salvo sin los miembros, de los cuales, no de sus oficios sino de sus sustancias, consta, a menos que quizás asegures que también un barco está a salvo sin quilla, sin proa, sin popa, sin la integridad de toda la estructura. Y, sin embargo, a menudo hemos visto un barco disipado por la tormenta o disuelto por la carcoma, al ser reducidos y reparados todos los miembros, el mismo, gloriándose incluso con el título de la restitución:¿ somos atormentados por el artificio, el arbitrio y el derecho de Dios? Por lo demás, si el Señor, rico y liberal, prestando a su afecto o a su gloria, ha querido obrar solo la restitución del barco hasta aquí,¿ por eso negarás que le es necesaria la estructura anterior, para que desde entonces esté ociosa, cuando a la sola salvación del barco le conviene sin la operación? Por tanto, basta con saber solo esto: cuando el Señor, al destinar al hombre a la salvación, destinó la carne, si quiere que sea de nuevo la misma. La cual no deberás prescribir que no puede ser de nuevo por la futura ociosidad de los miembros. Pues es lícito que algo sea de nuevo y, sin embargo, esté ocioso. Pero no puede decirse que está ocioso si no es. Pero si es, podrá también no estar ocioso; pues nada estará ocioso ante Dios.
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Pero has recibido, hombre, boca para devorar y beber:¿ por qué no más bien para hablar, para que te distingas de los demás animales?¿ Por qué no más bien para predicar a Dios, para que seas superior incluso a los hombres? Finalmente, Adán anunció los nombres a los animales antes de que arrancara del árbol, incluso profetizó antes de que devorara. Pero has recibido dientes para corroer la carnicería:¿ por qué no más bien para coronar todo tu hiato y fauces?¿ Por qué no para templar los golpes de la lengua, para señalar los artículos de la voz con ofensa? Finalmente, escucha y mira también a los desdentados, para que busques el honor de la boca y el órgano de los dientes. Los infiernos están perforados en el hombre y en la mujer, sin duda por donde fluyen las libidines:¿ por qué no más bien por donde se filtrarán las que van a fluir? Hay aún dentro de las mujeres por donde se acumulan las semillas:¿ o por donde se retiran las cargas de sangre, que el sexo más perezoso no es suficiente para disipar? Pues hay que decir también esto, en la medida en que los que quieren, y de quienes quieren, y como quieren, ladran burlonamente sobre los oficios de los miembros a propósito para inundar la resurrección, no reflexionando que las mismas causas de la necesidad estarán entonces ociosas: el hambre de comida, la sed de bebida, la generación del coito y el sustento de la operación. Pues, eliminada la muerte, ni los sostenes del sustento serán para la protección de la vida, ni la subaparatura del género será pesada para los miembros. Por lo demás, también hoy será lícito que los intestinos y los pudendos estén ociosos. Durante cuarenta días, Moisés y Elías, cumplido el ayuno, eran alimentados solo por Dios. Pues ya entonces se dedicaba: no vivirá el hombre de pan, sino de la palabra de Dios. He aquí los rasgos de la virtud futura. Nosotros también, como podemos, excusamos la boca de comida; también sustraemos el sexo de la unión.¿ Cuántos eunucos voluntarios?¿ Cuántas vírgenes casadas con Cristo?¿ Cuántos estériles de ambas naturalezas construidos con genitales infructuosos? Pues si también aquí ya es ociosidad tanto de los oficios como de los emolumentos de los miembros por una ociosidad temporal, como en la disposición temporal, y sin embargo el hombre no es menos salvo, por consiguiente, estando el hombre a salvo, y ciertamente más entonces como en la disposición eterna, más no desearemos lo que ya aquí nos hemos acostumbrado a no desear.
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Pero la pronunciación dominical pone fin a esta disceptación: serán, dice, como ángeles. Si no casándose, porque tampoco muriendo, ciertamente tampoco sucumbiendo a ninguna necesidad similar de la condición corporal, porque también los ángeles a veces fueron como hombres, comiendo y bebiendo y extendiendo los pies para el lavado; pues habían revestido la superficie humana, estando a salvo dentro la sustancia propia. Por tanto, si los ángeles, hechos como hombres, en la misma sustancia del espíritu asumieron el trato carnal,¿ por qué no también los hombres, hechos como ángeles, en la misma sustancia de la carne, se someten a la disposición espiritual? No más expuestos a las solemnidades de la carne bajo el ropaje angélico que los ángeles entonces a las solemnidades del espíritu bajo el humano, ni por ello no permanecerán en la carne, porque no también en las solemnidades de la carne, cuando tampoco los ángeles permanecieron en el espíritu, porque no también en las solemnidades del espíritu. Finalmente, no dijo: serán ángeles, para no negar a los hombres, sino como ángeles, para conservar a los hombres. No quitó la sustancia a la que atribuyó la semejanza.
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Resucitará, pues, la carne, y ciertamente toda, y ciertamente la misma, y ciertamente íntegra. Está en depósito en cualquier lugar ante Dios por el fidelísimo secuestre de Dios y de los hombres, Jesucristo, quien devolverá a Dios lo que es de Dios y al hombre lo que es del hombre, el espíritu a la carne y la carne al espíritu. Ya ha federado ambos en sí mismo, ha comparado a la esposa con el esposo y al esposo con la esposa. Pues incluso si alguien contendiera que el alma es la esposa, la carne seguirá al alma incluso en nombre de la dote. El alma no será prostituida para ser recibida desnuda por el esposo. Tiene instrumento, tiene culto. Tiene su mancipio, la carne; como compañera de leche le acompañará. Pero la carne es la esposa, que también en Cristo Jesús sufrió al espíritu esposo a través de la sangre. Debes saber que la muerte de esta, que piensas, es un retiro: no solo el alma es apartada; también la carne tiene sus retiros entretanto, en las aguas, en los fuegos, en las aves, en las bestias. Cuando parece disolverse en estas, es como si fuera transfundida en vasos. Si también los vasos faltaran, cuando de ellos también haya fluido hacia su tierra matriz como por rodeos, es reabsorbida, para ser representada de nuevo de ella, Adán, que escuchará del Señor: he aquí que Adán ha sido hecho como uno de nosotros, verdaderamente entonces conocedor del mal, que evitó, y del bien, que invadió.¿ Por qué, alma, envidias a la carne? Nadie es tan cercano a ti, a quien ames después del Señor; nadie es más tu hermano que la que nace contigo también en Dios. Tú más bien deberías haber rogado por su resurrección; por ti, si acaso, delinquió. Pero nada extraño si odias a aquella cuyo autor también rechazaste, a la cual también en Cristo te acostumbraste a negar o a cambiar, por consiguiente también corrompiendo el mismo sermón de Dios, que fue hecho carne, ya sea con el estilo o con la interpretación. Introduciendo también arcanos de los apócrifos, fábulas de blasfemia. Pero Dios omnipotente, contra estos ingenios de incredulidad y perversidad, derramando con su providencial gracia en los últimos días de su espíritu sobre toda carne, sobre sus siervos y siervas, animó también la fe trabajadora de la resurrección carnal y purgó los instrumentos antiguos con manifiestas luces de palabras y sentidos de toda oscuridad de ambigüedad. Pues porque había sido necesario que hubiera herejías, para que los probables fueran manifestados, pero estas no podían atreverse sin algunas ocasiones de las Escrituras, por eso los instrumentos antiguos parecen haberles suministrado ciertas materias, y ellas mismas ciertamente refutables por las mismas letras. Pero puesto que tampoco era necesario disimular al Espíritu Santo, para que no inundara también con elocuencias de este tipo, que no esparcieran semillas para ninguna astucia de los herejes, es más, que arrancaran también sus antiguos céspedes, por eso ya ha disipado todas las ambigüedades anteriores y las parábolas que quieren, mediante la abierta y perspicua predicación de todo el sacramento a través de la nueva profecía que inunda desde el Paráclito. Si bebieras de sus fuentes, no podrás tener sed de ninguna doctrina, ningún ardor de cuestiones te quemará: también refrigerarás la resurrección de la carne bebiendo por todas partes.