De Exhortatione Castitatis Liber
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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-- Este tratado fue redactado por Tertuliano, montanista, en el cual exhorta a cierto hermano viudo a abstenerse de segundas nupcias; las cuales, a veces, permite explícitamente y afirma que no están prohibidas por san Pablo, y otras veces las condena y las tacha de adulterio. EDD.
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CAPÍTULO PRIMERO.
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No dudo, hermano, que después de haber despedido a tu esposa en paz, convertido a la serenidad de ánimo, pienses en el desenlace de tu singularidad y, ciertamente, necesites consejo. Aunque en asuntos de esta índole cada cual debe consultar con su propia fe y medir sus fuerzas, sin embargo, puesto que en esta materia la necesidad de la carne mueve el pensamiento, la cual suele resistirse ante la misma conciencia de la fe, es necesario un consejo externo para la fe, como un abogado contra las necesidades de la carne. Esta necesidad, en efecto, puede ser limitada muy fácilmente si se considera la voluntad de Dios más que la indulgencia. Nadie merece nada usando la indulgencia, sino obedeciendo a la voluntad. La voluntad de Dios es nuestra santificación. Pues quiere que nos convirtamos en su imagen y también en su semejanza, para que seamos santos, así como Él es santo. Ese bien, la santificación, lo distribuye en varias especies, para que seamos hallados en alguna de ellas. La primera especie es la virginidad desde el nacimiento. La segunda virginidad es desde el segundo nacimiento, es decir, desde el bautismo, la cual o bien purifica en el matrimonio por mutuo acuerdo, o bien persevera en la viudez por propia voluntad. El tercer grado que resta es la monogamia, cuando, tras un único matrimonio interrumpido, se renuncia en adelante al sexo. La primera virginidad es de felicidad: no conocer en absoluto aquello de lo que después desearás ser liberado. La segunda es de virtud: despreciar aquello cuya fuerza conoces perfectamente. La especie restante, la de no casarse después de que el matrimonio ha sido disuelto por la muerte, es, además de una virtud, un elogio a la modestia. Pues la modestia consiste en no desear lo que ha sido arrebatado, y arrebatado por el Señor Dios; sin cuya voluntad ni una hoja cae del árbol, ni un gorrión de un as cae a tierra.
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CAPÍTULO II.
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¡Cuán modesta es, en fin, aquella voz: El Señor dio, el Señor quitó (Job 1, 21), como al Señor le pareció, así se hizo! Y, por tanto, si restauramos las nupcias suprimidas, sin duda luchamos contra la voluntad de Dios, queriendo tener de nuevo lo que Él no quiso que tuviéramos. Pues si hubiera querido, no lo habría quitado. A menos que interpretemos esto también como voluntad de Dios, como si Él quisiera que volviéramos a tener lo que ya no quiso. No es propio de una fe buena y sólida referirlo todo así a la voluntad de Dios, y que cada cual se adule a sí mismo diciendo que nada sucede sin su asentimiento, de modo que no entendamos que hay algo en nosotros mismos. De lo contrario, todo delito será excusado si sostenemos que nada sucede en nosotros sin la voluntad de Dios; y esta definición conducirá a la destrucción de toda disciplina, incluso de la de Dios mismo, si Él produce por su voluntad lo que no quiere, o si no hay nada que Dios no quiera. Pero, ¿cómo prohíbe ciertas cosas, con las que incluso amenaza con el suplicio eterno? Pues, ciertamente, no quiere lo que prohíbe, por lo cual también es ofendido; así como lo que quiere, lo manda, lo acepta y lo recompensa con la paga de la eternidad. Por tanto, cuando hemos aprendido de sus preceptos tanto lo que quiere como lo que no quiere, tenemos, sin embargo, voluntad y arbitrio para elegir lo uno o lo otro, como está escrito: He puesto ante ti el bien y el mal, pues has gustado del árbol del conocimiento. Y, por tanto, no debemos referir a la voluntad de Dios lo que está expuesto a nuestro arbitrio, pues Él quiere que queramos, Él que no quiere el mal. Así, nuestra es la voluntad cuando queremos el mal contra la voluntad de Dios, que quiere el bien. Además, si preguntas de dónde viene esa voluntad por la cual queremos algo contra la voluntad de Dios, diré: de nosotros mismos. Y no temerariamente; pues es necesario que respondas a tu semilla: ya que aquel príncipe tanto del género como del delito, Adán, quiso lo que delinquió. Pues el diablo no le impuso la voluntad de delinquir, sino que suministró la materia a la voluntad. Por lo demás, la voluntad de Dios había llegado a la obediencia. Por consiguiente, tú también, si no obedeces a Dios, quien te instituyó con libre potestad al proponerte un precepto, te inclinarás voluntariamente por la libertad de la voluntad hacia lo que Dios no quiere, y así te crees subvertido por el diablo, quien, aunque quiere que quieras lo que Dios no quiere, no hace, sin embargo, que quieras; porque ni siquiera entonces sometió a aquellos protoplastos a la voluntad del delito; es más, ni invictos, ni ignorantes de lo que Dios no quería; pues ciertamente no quería que sucediera, cuando al admitirlo destinaba la muerte. Así, la obra del diablo es una sola: tentar lo que está en ti, a ver si quieres. Pero una vez que has querido, sigue que te someta a sí, no habiendo operado en ti la voluntad, sino habiendo encontrado la ocasión de la voluntad. Por tanto, puesto que solo está en nosotros el querer, y en esto se prueba nuestra mente hacia Dios, si queremos aquellas cosas que concuerdan con su voluntad.
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CAPÍTULO III.
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Digo que debe ser profunda e intensamente reconsiderada la voluntad de Dios, qué es lo que quiere incluso en lo oculto. Pues lo que está en lo manifiesto, todos lo sabemos; y debemos examinar cómo es que eso mismo está en lo manifiesto. Pues aunque algunas cosas parecen saber a voluntad de Dios mientras son permitidas por Él, no todo lo que se permite procede inmediatamente de la mera y total voluntad de aquel que permite. Es por indulgencia que se permite cualquier cosa; la cual, aunque no está sin voluntad, porque tiene alguna causa en aquel a quien se le concede, viene como de una voluntad involuntaria, que ha sufrido la causa de sí misma, la cual fuerza la voluntad. Mira qué clase de voluntad es aquella cuya causa es otro. Asimismo, debe considerarse la segunda especie de voluntad no pura. Dios quiere que hagamos ciertas cosas que le son gratas, en las cuales no patrocina la indulgencia, sino que domina la disciplina. Si, sin embargo, antepuso otras a estas, ciertamente las que más quiere, ¿hay duda de que debemos seguir las que Él prefiere? Pues cuando lo que menos quiere, porque quiere más otras cosas, debe ser tenido como si no lo quisiera. Pues al mostrar lo que más quiere, ha borrado la voluntad menor con la mayor. Y cuanto más te propuso ambas para tu conocimiento, tanto más definió que debes seguir aquello que declaró que quería más. Por tanto, si declaró que siguieras lo que más quiere, sin duda, si no lo haces así, piensas contra su voluntad, al pensar contra su voluntad preferente; y ofendes más de lo que mereces, haciendo lo que quiere, pero rechazando lo que prefiere. Delinques en parte; en parte, si no delinques, no obstante, no mereces. Además, no querer merecer es delinquir. Por tanto, el segundo matrimonio, si es de aquella voluntad de Dios que se llama indulgencia, negaremos que sea una voluntad pura, cuya causa es la indulgencia; si es de aquella a la que se antepone otra más preferible, la de la continencia que debe ser más apetecida, habremos aprendido que lo preferible no es rescindido por lo preferible. He expuesto esto brevemente para recorrer ahora las voces del Apóstol. En primer lugar, no pareceré irreligioso si advierto lo que él mismo profesa: que introdujo toda esa indulgencia de las nupcias por su cuenta, es decir, por su sentido humano, no por prescripción divina. Pues incluso cuando definió sobre las viudas y los no casados que se casen si no pueden contenerse, porque es mejor casarse que arder, vuelto a la otra especie, dice: A los casados, empero, denuncio, no yo, sino el Señor. Así muestra, por la traslación de su persona al Señor, que lo que había dicho arriba no lo había pronunciado desde la persona del Señor, sino desde la suya: Es mejor casarse que arder. Aunque esta voz pertenezca a aquellos que son hallados no casados o viudos de la fe, puesto que todos la abrazan para la licencia de casarse, quisiera tratar qué clase de bien muestra lo que es mejor que una pena: lo cual no puede parecer bien, sino comparado con lo peor; de modo que es bueno casarse porque es peor arder. Es bueno de tal modo si persevera obteniendo el nombre sin comparación, no digo de un mal, sino incluso de otro bien; de modo que, si se compara con otro bien y es ensombrecido por otro, permanezca no obstante en el nombre de bien. Por lo demás, si por la condición de mal se ve obligado a ser llamado bien, no es tanto un bien como un género de mal inferior, que, oscurecido por un mal superior, es empujado al nombre de bien. Quita, en fin, la condición de comparación, de modo que no digas: es mejor casarse que arder; y pregunto si te atreverías a decir: es mejor casarse; sin añadir qué es eso que es mejor. Por tanto, lo que no es mejor, ciertamente tampoco es bueno; porque has quitado y removido la condición de comparación, la cual, mientras hace eso mejor, obliga a que sea tenido por bueno. Es mejor casarse que arder; así debe entenderse, como es mejor tener un ojo que carecer de dos: si, sin embargo, te apartas de la comparación, no será mejor tener un ojo, porque tampoco es bueno. Nadie, pues, busque en este capítulo una defensa, que propiamente mira a los no casados y viudos, a quienes aún no se les cuenta ninguna unión. Aunque he mostrado que también para ellos debe entenderse la condición de lo permitido.
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CAPÍTULO IV.
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Por lo demás, sobre el segundo matrimonio sabemos claramente que el Apóstol ha pronunciado: Estás libre de mujer, no busques mujer; pero si te casas, no delinques. Sin embargo, introduce el orden de este discurso por su consejo, no por precepto divino. Pero hay mucha diferencia entre el precepto de Dios y el consejo del hombre. No tengo, dice, precepto del Señor; pero doy consejo, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. Por lo demás, ni en el Evangelio ni en las Epístolas del mismo Pablo encontrarás permitida la separación del matrimonio por precepto de Dios. De donde se confirma que debe tenerse uno solo; porque lo que no se encuentra permitido por el Señor, eso es perdonado. Añade que esta misma interjección de consejo humano, como si ya hubiera sufrido la reconsideración de su exceso, se refrena y revoca inmediatamente cuando añade: Sin embargo, los tales tendrán presión en la carne; cuando dice que les perdona; cuando añade que el tiempo está acortado, en el cual conviene que incluso los que tienen matrimonios actúen como si no los tuvieran; cuando confía la solicitud de los casados y de los no casados. Pues enseñando por esto por qué no conviene casarse, disuade de aquello que arriba había permitido. Y esto sobre el primer matrimonio; ¿cuánto más sobre el segundo? Pero cuando nos exhorta a su ejemplo, mostrando ciertamente qué quiere que seamos, es decir, continentes, declara igualmente qué no quiere que seamos, es decir, incontinentes. Así, él mismo, cuando quiere otra cosa, no permite lo que no quiere ni espontáneamente ni por verdad. Pues si quisiera, no lo habría permitido, es más, lo habría mandado. Pero he aquí de nuevo, dice que la mujer, muerto su marido, puede casarse, si quiere, solo en el Señor. Pero será más feliz, dice, si permaneciere así según mi consejo. Pienso, además, que yo también tengo el espíritu de Dios. Vemos dos consejos: uno por el cual hace concesión de casarse arriba, y otro por el cual después indica la continencia de casarse. ¿A cuál, pues, preguntas, asentiremos? Mira y lee. Cuando hace la concesión, alega el consejo de un hombre prudente. Cuando indica la continencia, afirma el consejo del Espíritu Santo. Sigue la advertencia a la que patrocina la divinidad. El Espíritu de Dios lo tienen también los fieles, pero no todos los fieles son apóstoles. Cuando, pues, quien se había dicho fiel añadió después que tenía el Espíritu de Dios, lo cual nadie dudaría ni siquiera de un fiel, dijo eso para devolver a sí mismo la cumbre del Apóstol. Pues propiamente los apóstoles tienen el Espíritu Santo en las obras de profecía y en la eficacia de las virtudes, y en los documentos de las lenguas, no en parte, como los demás. Así, hizo que la autoridad del Espíritu Santo se acercara a aquella especie a la que quiso que obedeciéramos más; y se convirtió ya no en consejo del Espíritu divino, sino en precepto por su majestad.
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CAPÍTULO V.
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Para dirigir la ley de casarse una sola vez, el mismo origen del género humano patrocina, testificando lo que Dios constituyó en el principio, para ser revisado como forma para la posteridad.
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Pues cuando hubo figurado al hombre y le hubo preparado una par necesaria, tomando prestada una de sus costillas, le formó una sola mujer; cuando ciertamente no le habían faltado ni el artífice ni la materia, más costillas en Adán y manos infatigables en Dios, pero no más esposas ante Dios; y por eso el hombre de Dios, Adán, y la mujer de Dios, Eva, cumplieron sus nupcias entre sí una sola vez. Sancionaron la forma para los hombres de Dios, por la autoridad del origen y la primera voluntad de Dios. En fin, serán dos, dice, en una sola carne; no tres, ni cuatro. De lo contrario, ya no una carne, ni dos en una sola carne. Entonces serán, si la conjunción y concreción en la unidad se hace una sola vez. Si, en cambio, de nuevo o más a menudo, ya dejó de ser una; y no serán dos en una sola carne, sino una sola costilla en varias. Pero lo que el Apóstol interpreta sobre la Iglesia y Cristo, serán dos en una sola carne, según las nupcias espirituales de la Iglesia y de Cristo (pues uno es Cristo y una su Iglesia), debemos reconocer que nos ha sido duplicada y exagerada la ley de un solo matrimonio, tanto según el fundamento del género como según el sacramento de Cristo. Somos censados por un solo matrimonio en ambos casos, tanto carnalmente en Adán como espiritualmente en Cristo. De dos nacimientos es uno el precepto de la monogamia. En ambos degenera quien se exorbita de la monogamia. El número del matrimonio comenzó por el hombre maldito. El primero, Lamec, casado con dos, hizo tres en una sola carne.
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CAPÍTULO VI.
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Pero también los benditos Patriarcas, dices, mezclaron sus matrimonios no solo con varias esposas, sino también con concubinas. ¿Por tanto, nos será lícito a nosotros también casarnos innumerables veces? Ciertamente será lícito, si aún restan sacramentos de algún tipo futuro, los cuales tus nupcias figuren; o si incluso ahora hay lugar para aquella voz: creced y multiplicaos, es decir, si aún no ha sobrevenido otra voz, que el tiempo está acortado, que resta que incluso los que tienen esposas actúen como si no las tuvieran; pues ciertamente, al indicar la continencia y reprimir el concúbito, seminario del género, abolió aquel creced y multiplicaos. Pero, en mi opinión, de uno y el mismo Dios es tanto la pronunciación como la disposición: quien entonces, ciertamente, en el principio emitió la simiente del género, habiendo soltado las riendas de los matrimonios, hasta que el mundo se llenara, hasta que la materia de la nueva disciplina progresara; ahora, en cambio, bajo las extremidades de los tiempos, comprimió lo que había emitido y revocó lo que había concedido, no sin razón de prórroga en el principio y de poda en el último. Siempre los inicios se relajan, los fines se contraen. Por eso alguien instituye un bosque y permite que crezca, para cortarlo a su tiempo. El bosque será la vieja disposición, que es computada desde el nuevo Evangelio, en el cual también el hacha ha sido puesta a las raíces del árbol. Así también, ojo por ojo y diente por diente, ya envejeció, desde que rejuveneció el que nadie devuelva mal por mal. Pienso, además, que incluso en las constituciones y decretos humanos los posteriores prevalecen sobre los antiguos.
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CAPÍTULO VII.
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¿Por qué, sin embargo, no reconozcamos de los ejemplos antiguos aquellos que comunican con los posteriores, y transmiten de la disciplina y forma de la antigüedad a la novedad? He aquí que en la ley antigua advierto castrada la licencia de casarse más a menudo. Está cautelado en el Levítico: Mis sacerdotes no se casarán más. Puedo decir que también eso es más, lo que no es una sola vez. Lo que no es uno, es número. En fin, después de uno comienza el número. Uno, sin embargo, es todo lo que es una sola vez. Pero a Cristo se le reservaba, como en las demás cosas, también en esto la plenitud de la ley. De ahí, pues, entre nosotros se prescribe más plena e instructivamente que deben ser de un solo matrimonio quienes son elegidos para el orden sacerdotal. Hasta tal punto recuerdo que algunos digamos fueron expulsados de su lugar. Pero dirás: Entonces es lícito a los demás, a quienes exceptúa. Seremos vanos si pensamos que lo que no es lícito a los sacerdotes, es lícito a los laicos. ¿Acaso no somos también los laicos sacerdotes? Está escrito: Nos hizo también reino y sacerdotes para Dios y su Padre. La autoridad de la Iglesia constituyó la diferencia entre el orden y la plebe, y el honor santificado por el consorcio del orden. Así, donde no hay consorcio del orden eclesiástico, tú ofreces, y bautizas, y eres sacerdote para ti solo. Pero donde hay tres, allí está la Iglesia, aunque sean laicos. Pues cada cual vive por su propia fe, y no hay acepción de personas ante Dios; puesto que no son los oidores de la ley los que son justificados por Dios, sino los hacedores, según lo que también dice el Apóstol. Por tanto, si tienes el derecho de sacerdote en ti mismo, donde es necesario, debes tener también la disciplina de sacerdote, donde sea necesario tener el derecho de sacerdote. ¿Digamo, bautizas? ¿Digamo, ofreces? ¡Cuánto más para un laico digamo es capital actuar como sacerdote, cuando al mismo sacerdote, hecho digamo, se le quita actuar como sacerdote! Pero a la necesidad, dices, se le perdona. Ninguna necesidad se excusa, que puede no ser. No seas, en fin, hallado digamo, y no cometerás la necesidad de administrar lo que no es lícito a un digamo. Dios nos quiere a todos dispuestos de tal modo que en todas partes seamos aptos para cumplir sus sacramentos. Un solo Dios, una sola fe, una sola disciplina. Hasta tal punto, si los laicos no observan aquello por lo que son elegidos los presbíteros, ¿cómo serán presbíteros, que son elegidos de entre los laicos? Por tanto, debemos luchar antes de que el laico sea mandado a abstenerse del segundo matrimonio, mientras que no puede ser presbítero otro que el laico que haya sido casado una sola vez.
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CAPÍTULO VIII.
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Sea lícito ahora casarse de nuevo, si todo lo que es lícito es bueno. El mismo Apóstol exclama: todo es lícito, pero no todo conviene. Lo que no conviene, te ruego, ¿puede ser llamado bueno? Si son lícitas también las cosas que no son para la salud, entonces también las que no son buenas son lícitas. ¿Qué deberás querer más, lo que es bueno porque es lícito, o lo que es bueno porque conviene? Estimo que hay mucha diferencia entre la licencia y la salud. Del bien no se dice: es lícito, porque el bien no espera ser permitido, sino ser asumido. Se permite, sin embargo, lo que está en duda si es bueno, lo que puede incluso no ser permitido si no tiene alguna causa primera de sí mismo. Por el peligro de la incontinencia se permite casarse por segunda vez; porque si no estuviera sujeto a la licencia de alguna cosa no buena, no habría en qué se probara quién obedecía a la voluntad divina y quién a su propia potestad; quién de nosotros busca la presencia de la utilidad y quién abraza la ocasión de la licencia. La licencia es frecuentemente una tentación de la disciplina, puesto que la disciplina se prueba por la tentación, y la tentación opera por la licencia. Así sucede que todo es lícito, pero no todo conviene; mientras es tentado aquel a quien se permite, y es juzgado mientras es tentado en la permisión. Era lícito también a los apóstoles casarse y llevar consigo esposas; era lícito también ser alimentado por el Evangelio. Pero quien no usó este derecho para la ocasión, nos provoca a su ejemplo, enseñando que en ello está la prueba, en lo cual la licencia preparó el experimento de la abstinencia.
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CAPÍTULO IX.
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Si interpretamos profundamente su sentido, no habrá que decir otra cosa del segundo matrimonio que es una especie de estupro. Pues cuando dice que los casados tienen esto en solicitud, cómo agradarse a sí mismos; no ciertamente sobre las costumbres (pues no denigraría una buena solicitud); y quiere que se entienda que están solícitos sobre el culto, y el ornato, y todo el estudio de la forma para mover los halagos; pero sobre la forma y el culto agradar es el ingenio de la concupiscencia carnal, la cual es también causa de estupro: ¿qué te parece, es afín al estupro el segundo matrimonio, puesto que encuentro en él cosas que competen al estupro? El mismo Señor dice: Quien hubiere visto a una mujer para codiciarla, ya la estupró en su corazón. Quien, empero, la hubiere visto para casarse, ¿hizo menos o más? ¿Qué, si incluso se casó? Lo cual no haría si no hubiera codiciado para casarse y visto para codiciar. A menos que pueda ser casada una esposa a la que no hayas visto ni codiciado. Mucho, ciertamente, importa si un casado o un célibe codicia a otra. Toda mujer, incluso para el célibe, es otra, mientras sea ajena; sin embargo, no se hace casada por otra cosa sino por lo que también se hace adúltera. Las leyes parecen hacer la diferencia entre el matrimonio y el estupro por la diversidad de lo ilícito, no por la condición de la cosa misma. De lo contrario, ¿qué cosa está presente en todos los hombres y mujeres para el matrimonio y el estupro? La mezcla de la carne, ciertamente, cuya concupiscencia el Señor igualó al estupro. Por tanto, dices, ya destruyes también las primeras, es decir, las únicas nupcias. Y no sin mérito, puesto que ellas mismas consisten en lo mismo que el estupro. Por eso es óptimo para el hombre no tocar mujer, y por eso la santidad principal de la virgen, porque carece de afinidad con el estupro. Y cuando estas cosas pueden ser alegadas también sobre las primeras y únicas nupcias para la causa de la continencia, ¡cuánto más prejuzgarán al rechazar el segundo matrimonio! Sé agradecido si Dios te permitió casarte una vez; pero serás agradecido si no sabes que Él te ha permitido una segunda vez. Por lo demás, abusas de la indulgencia cuando la usas sin modestia. La modestia se entiende por el modo. No te basta haber recaído desde aquel grado supremo de la virginidad inmaculada al segundo casándote; sino que te devuelves al tercero, y al cuarto, y quizás a más, después de que no fuiste continente en la segunda estación: porque ni quiso prohibir más nupcias quien se retractó de provocar las segundas. Casémonos, pues, diariamente, y seamos hallados casándonos en el último día como Sodoma y Gomorra: en cuyo día se cumplirá aquel ¡Ay de las embarazadas!, es decir, sobre los casados y los incontinentes: pues sobre las nupcias del vientre, y los pechos, y los infantes. ¿Y cuándo es el fin de casarse? Creo que después del fin de vivir.
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CAPÍTULO X.
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Renunciemos a las cosas carnales para que alguna vez reconsideremos las espirituales. Aprovecha la ocasión, aunque no la más deseada, sin embargo, oportuna, de no tener a quien pagar la deuda y de quien ser desobligado: has dejado de ser deudor. ¡Oh, feliz de ti! has despedido al deudor; soporta el daño. ¿Qué si, lo que llamamos daño, lo sientes como ganancia? Pues por la continencia negociarás una gran sustancia de santidad; con la parsimonia de la carne, adquirirás el espíritu. Reconsideremos, pues, nuestra propia conciencia, cómo el hombre se siente otro: cuando por casualidad cesa de su mujer, piensa espiritualmente. Si hace oración al Señor, está cerca del cielo. Si se dedica a las escrituras, está todo allí. Si canta un salmo, se complace a sí mismo. Si conjura a un demonio, confía en sí mismo. Por eso el Apóstol añadió la purificación temporal por causa de encomendar las oraciones; para que supiéramos que lo que conviene por un tiempo debe ser ejercitado siempre por nosotros, para que siempre convenga. Diariamente, es más, en todo momento la oración es necesaria para los hombres, ciertamente también la continencia, puesto que la oración es necesaria. La oración procede de la conciencia. Si la conciencia se sonroja, la oración se sonroja. El espíritu conduce la oración a Dios. Si el espíritu es reo ante sí mismo de una conciencia que se sonroja, ¿cómo se atreverá a conducir la oración desde aquella, de la cual, al sonrojarse, él mismo, santo ministro, se siente confundido? Pues existe la voz profética del Antiguo Testamento: Santos seréis, porque Dios es santo; y de nuevo: Con el santo serás santificado, y con el hombre inocente serás inocente, y con el elegido serás elegido. Debemos, pues, caminar en la disciplina del Señor como es digno, no según las ardientes concupiscencias de la carne. Pues así dice también el Apóstol, que pensar según la carne es muerte; pensar según el espíritu, en cambio, es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. Si esta confusión, incluso cuando la cosa de la carne se ejercita en un solo matrimonio, aparta al Espíritu Santo, ¿cuánto más cuando se actúa en un segundo matrimonio?
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CAPÍTULO XI.
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Pues doble es el rubor; porque en el segundo matrimonio dos esposas rodean al mismo marido; una en espíritu, otra en la carne: pues no podrás odiar a la primera, a quien reservas incluso una afección más religiosa, como ya recibida ante el Señor, por cuyo espíritu pides, por la cual rindes oblaciones anuales. ¿Estarás, pues, ante el Señor con tantas esposas cuantas conmemoras en la oración? ¿Y ofrecerás por dos? ¿Y encomendarás a esas dos por medio de un sacerdote ordenado de monogamia, o incluso sancionado de virginidad, rodeado de vírgenes y univiras, y ascenderá tu sacrificio con frente libre? ¿Y entre las demás voluntades de buena mente, pedirás para ti y para tu esposa la castidad?
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CAPÍTULO XII.
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Sé con qué causaciones coloreamos la insaciable codicia de la carne: pretendemos necesidades de adminículos, la casa que administrar, la familia que regir, los cofres, las llaves que guardar, el lanificio que dispensar, el sustento que procurar, los cuidados domésticos. Ciertamente, solo a las casas de los casados les va bien. Perecieron las familias de los célibes, las cosas de los eunucos, las fortunas de los soldados, o de los que peregrinan sin esposas. ¿Acaso no somos nosotros también soldados? De hecho, de mayor disciplina, cuanto mayor es el emperador. ¿Acaso no somos nosotros también peregrinos en este siglo? ¿Por qué, pues, estás tan dispuesto, oh cristiano, a que no puedas estar sin esposa? Ahora también es necesaria una consorte de las cargas domésticas. Ten alguna esposa espiritual, toma de entre las viudas, hermosa por la fe, dotada por la pobreza, marcada por la edad: habrás hecho buenas nupcias. Es grato a Dios tener incluso varias esposas de esta índole. Pero los cristianos reconsideran la posteridad, ellos para quienes no hay mañana. ¿El siervo de Dios deseará herederos, él que se desheredó a sí mismo del siglo? Y por tanto, ¿quién repetiría el matrimonio si no tuviera hijos del primero? ¿Tendrá, pues, esto primero, que quiera vivir más tiempo, cuando el mismo apóstol se apresura hacia el Señor? Ciertamente, el más expedito en las persecuciones, el más constante en los martirios, el más pronto en las comunicaciones, el más templado en las adquisiciones: finalmente, morirá seguro, habiendo dejado hijos quizás que le hagan exequias. ¿Acaso, pues, estas cosas se hacen también por perspectiva de la república, para que las ciudades no falten si no se ejercita la prole: para que las leyes, para que los derechos, para que los comercios no decaigan; para que los templos no sean abandonados; para que no falten quienes exclamen: LOS CRISTIANOS A LAS BESTIAS. Pues esto desean oír quienes buscan hijos. Basten para el consejo de la viudez incluso estas cosas, especialmente entre nosotros, la importunidad de los hijos, para cuya procreación los hombres son obligados por las leyes; porque todo sabio nunca hubiera deseado hijos voluntariamente. ¿Qué harás, pues, si has llenado a una nueva esposa de tu conciencia? ¿Disolverás el concepto con medicamentos? Pienso que no nos es más lícito matar al que nace que al que ha nacido. Pero tal vez en aquel tiempo de la esposa embarazada, te atreverás a pedir a Dios un remedio para tanta solicitud, el cual rechazaste cuando estaba puesto en ti. Alguna, opino, será buscada estéril, ya sea de edad más fría. Bastante consultamente, y en primer lugar fielmente. Pues no hemos creído que ninguna, queriendo Dios, sea estéril o anciana que haya dado a luz; lo cual puede suceder tanto más si alguien, por presunción de esta providencia suya, provocó la emulación de Dios. Sabemos, en fin, de cierto hermano que, habiendo buscado una esposa estéril para un segundo matrimonio por causa de su hija, se hizo tanto padre de nuevo como marido de nuevo.
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CAPÍTULO XIII.
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A esta mi exhortación, hermano dilectísimo, acceden también ejemplos seculares, que a menudo nos han sido puestos incluso en testimonio, cuando lo que es bueno y grato a Dios es reconocido también por los extraños y es cargado de testimonio. En fin, la monogamia entre los étnicos está en tan alto honor que incluso a las vírgenes que se casan legítimamente se les aplica una univira como madrina; y si es por causa de auspicio, ciertamente es de buen auspicio. Asimismo, que en ciertos solemnes y oficios, el lugar de la univira sea el primero. Ciertamente, la flaminica no es sino univira, lo cual es también ley del flamen. Pues antes, cuando al mismo pontífice máximo no le es lícito iterar el matrimonio, ciertamente es gloria de la monogamia: cuando, en cambio, Satanás afecta los sacramentos de Dios, es una provocación para nosotros; es más, una confusión, si somos perezosos para exhibir a Dios la continencia que algunos prestan al diablo, ya sea por virginidad, ya sea por viudez perpetua. Conocemos las vírgenes de Vesta y de Juno en la ciudad de Acaya, de Apolo en Éfeso y de Minerva en ciertos lugares. Conocemos también hombres continentes, y ciertamente los antístites de aquel toro egipcio. Las mujeres, en cambio, de Ceres africana; a quien incluso, habiendo abdicado espontáneamente el matrimonio, envejecen, rechazando desde entonces el contacto de los varones, hasta los besos de los hijos. El diablo, ciertamente, ha encontrado, después de la lujuria, también la castidad perdidora, para que sea más reo el cristiano que haya rechazado la castidad conservadora. Serán para nosotros en testimonio también ciertas mujeres seculares, que han alcanzado fama por la obstinación del univirato: como Dido, quien, fugitiva en suelo ajeno, donde debió haber deseado voluntariamente las nupcias del rey, para no experimentar segundas, prefirió, por el contrario, arder que casarse; o aquella Lucrecia que, aunque una vez por la fuerza y contra su voluntad sufrió a otro hombre, lavó con su sangre la carne manchada, para no vivir ya no siendo univira para sí misma. Podrías encontrar más ejemplos curiosamente de los nuestros, y ciertamente tanto más poderosos cuanto más fácil es vivir en castidad que morir por ella; esto es, que ese bien sea mezclado con el alma, que ser separado al no vivir. ¡Cuántos, pues, y cuántas en los órdenes eclesiásticos son censados por la continencia, que prefirieron casarse con Dios, que restituyeron el honor de su carne, y que se dedicaron ya como hijos de aquel siglo, matando en sí la concupiscencia de la libido, y todo aquello que dentro del paraíso no pudo ser admitido! De donde debe presumirse que estos, que querrán ser recibidos dentro del paraíso, finalmente deben cesar de aquella cosa de la cual el paraíso está intacto.