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De Fuga in Persecutione
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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-- El libro De Fuga in persecutione, escrito cuando esta ya arreciaba en el año 202, es un signo del ingenio de Tertuliano, sumamente obstinado, en el cual defiende abiertamente al Paráclito de Montano: sin embargo, todavía no insulta a los católicos como si fueran psíquicos. No sin razón, los críticos más recientes consideran que este tratado es el mismo que prometió editar en el libro De Corona, cap. 1, sobre las Cuestiones de las Confesiones, ciertamente contra los pastores que abandonan a su rebaño en tiempos de persecución. Surgida la contienda entre los cristianos sobre si es lícito huir en tiempo de persecución o redimir la vejación con oro o plata, Tertuliano, habiendo disertado algo sobre esta cuestión de palabra, interrogado por un tal Fabio, un conocido, finalmente redactó este tratado, en el cual intenta probar extensamente contra los ortodoxos que los ministros de Dios no deben huir en la persecución, ni la persecución debe ser redimida con dinero contante, disertando entre otras cosas lo siguiente: Si consta de quién proviene la persecución, podemos ya introducir tu consulta y determinar a partir de este mismo tratado que no se debe huir en la persecución. Pues si la persecución proviene de Dios. Como una doble razón lo demuestra, porque no debe evitarse ni puede evadirse lo que proviene de Dios. No debe evitarse, porque es bueno; pues es necesario que sea bueno todo lo que a Dios le ha parecido bien.-- Es tedioso perseguir con más detalle las otras cosas que añade en confirmación de su sentencia; pues cualquiera entiende fácilmente que Tertuliano desvaría allí con una argumentación tan inepta, a la cual se oponen abiertamente el ejemplo de Cristo, el Evangelio, donde se prescribe la huida en tiempo de persecución, y la autoridad de los santos varones. LUMP.
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CAPÍTULO PRIMERO.
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Me preguntaste hace poco, hermano Fabio, si se debe huir o no en la persecución, ya que se anunciaba no sé qué. Habiendo yo hablado allí algo conforme al lugar y al tiempo, y a la importunidad de ciertas personas, me llevé conmigo la materia semitratada, para comunicarla ahora más plenamente por escrito, puesto que tu consulta me la había encomendado y la condición de los tiempos ya la había impuesto por su propio nombre. Pues cuanto más frecuentes son las persecuciones que amenazan, tanto más debe procurarse el examen de cómo la fe debe recibirlas. Pero el examen debe procurarse entre vosotros, quienes, si acaso, al no recibir al Paráclito como conductor de toda verdad, merecidamente estáis aún sujetos a otras cuestiones. Por tanto, a tu consulta le damos también un orden, advirtiendo que antes debe determinarse sobre el estado de la persecución misma, si proviene de Dios o del diablo, para que más fácilmente pueda constar sobre su desenlace. Pues toda inspección de una cosa es más clara cuando se conoce al autor. Es suficiente, ciertamente, prescribir que nada sucede sin la voluntad de Dios. Pero no daremos lugar inmediatamente a otros debates con esta sentencia, para no ser desviados del artículo presente, si alguien respondiera: Entonces también el mal proviene de Dios, y el delito proviene de Dios; ya no hay nada en el diablo, nada tampoco en nosotros mismos. Ahora se pregunta sobre la persecución. Acerca de esta, entretanto, diría que nada sucede sin la voluntad de Dios, considerando que es ante todo digna de Dios y, por así decirlo, necesaria, para la prueba, ciertamente, o la reprobación de sus siervos. Pues ¿cuál es el desenlace de la persecución, qué otro efecto, sino la prueba y la reprobación de la fe, con la cual el Señor examinó a los suyos? La persecución es todo este juicio por el cual uno es juzgado como probado o reprobado. Además, el juicio compete solo a Dios. Esta es aquella bielda que incluso ahora limpia la era del Señor, es decir, la Iglesia, aventando el montón confuso de los fieles, el trigo de los mártires y la paja de los negadores. Pues estas son las escaleras que sueña Jacob, que demuestran a unos el ascenso a las cosas superiores, a otros el descenso a las inferiores. Así también la persecución comienza a entenderse como un certamen. ¿De quién se proclama el certamen, sino de aquel de quien se proponen la corona y los premios? El edicto de la ley de este certamen está en el Apocalipsis, con qué premios invita a la victoria, especialmente a aquellos que propiamente hayan vencido en la persecución, luchando al vencer, en verdad no contra carne y sangre, sino contra las potestades espirituales (Ef 6, 12) de la maldad. Así reconocerás que el arbitraje del certamen pertenece al mismo agonoteta que invita al premio. Todo lo que sucede en la persecución es gloria de Dios que prueba y reprueba, que impone y depone. Pero lo que pertenece a la gloria de Dios, ciertamente sucederá por su voluntad. Pero ¿cuándo se cree más en Dios, sino cuando más se le teme, sino en tiempo de persecución? Entonces la Iglesia está en estupor; entonces también la fe está más solícita en la expedición y más disciplinada en los ayunos y estaciones, y oraciones, y humildad, en la diligencia y el amor mutuo, en la santidad y la sobriedad. Pues no se está libre sino para el temor y la esperanza. Así, incluso por esto mismo se nos muestra que no puede atribuirse al diablo aquella que hace mejores a los siervos de Dios.
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CAPÍTULO II.
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Si el hecho de que la iniquidad no proviene de Dios, sino del diablo, y la persecución consiste en la iniquidad (¿pues qué hay más inicuo que los ministros del verdadero Dios, todos los seguidores de la verdad, ser tratados al modo de los más nocivos?), por ello parece que la persecución proviene del diablo, de quien proviene la iniquidad, de la cual consta la persecución: debemos saber, en la medida en que ni la persecución existe sin la iniquidad del diablo, ni la prueba de la fe sin la persecución, que la iniquidad necesaria para la prueba de la fe no presta patrocinio a la persecución, sino ministerio; pues la voluntad de Dios sobre la prueba de la fe, que es la razón de la persecución, precede, mientras que la iniquidad del diablo sigue como instrumento de la persecución, que es la razón de la prueba. Pues también en otros casos, en cuanto la iniquidad es émula de la justicia, en tanto es materia para los testimonios de aquel de quien es émula; para que así la justicia se perfeccione en la iniquidad, como la virtud se perfecciona en la debilidad. Pues las cosas débiles del mundo fueron elegidas por Dios, para que sean confundidas las fuertes; y las necias, para que sean confundidas las sabias. Así también la iniquidad es empleada para que la justicia sea probada, confundiendo a la iniquidad. Por tanto, puesto que el ministerio no es de arbitrio, sino de servicio (pues el arbitrio es del Señor, la persecución, para la prueba de la fe; el ministerio, en cambio, es la iniquidad del diablo, para la instrucción de la persecución); así creemos que ella sucede por el diablo, si acaso, no del diablo. Nada le será lícito a Satanás contra los siervos del Dios vivo, a menos que el Señor lo permita, para que o bien destruya al mismo diablo mediante la fe de los elegidos, victoriosa en la tentación: o bien denuncie a los hombres suyos que hayan desertado hacia él. Tienes el ejemplo de Job, a quien el diablo no pudo infligir ninguna tentación, a menos que hubiera recibido potestad de Dios, ni siquiera sobre su sustancia, a menos que el Señor hubiera dicho: He aquí, todo lo que es suyo, lo doy en tu mano, pero no extiendas tu mano sobre él (Job 1, 12). Finalmente, tampoco la extendió, sino después de que el Señor, ante la petición de esto, hubiera dicho: He aquí, te lo entrego, solo guarda su alma (Job 2, 6). Así también pidió la facultad de tentación contra los Apóstoles, no teniéndola sino por permiso. Puesto que el Señor en el Evangelio dijo a Pedro: He aquí, dijo, Satanás ha pedido para zarandearos como trigo: pero yo he rogado por ti, para que no desfalleciera tu fe: es decir, para que no se permitiera tanto al diablo, que la fe peligrara. Por lo cual se muestra que ambos están ante Dios, tanto la conmoción de la fe como la protección, cuando ambos se piden a él, la conmoción al diablo, la protección al Hijo. Y ciertamente, cuando el Hijo de Dios tiene la protección de la fe en su potestad, la cual pide al Padre, de quien recibe toda potestad en el cielo y en la tierra, ¿cómo es posible que el diablo tenga la conmoción de la fe en su mano? Pero en la Oración legítima, cuando decimos al Padre: No nos induzcas en tentación (¿qué tentación hay mayor que la persecución?); profesamos que ella proviene de aquel a quien suplicamos el perdón de la misma: esto es, pues, lo que sigue: Mas líbranos del maligno; es decir, no nos induzcas en tentación, permitiéndonos al maligno. Pues entonces somos librados de las manos del diablo, cuando no somos entregados a él en tentación. Ni siquiera sobre el rebaño de los cerdos tuvo potestad la legión del diablo, a menos que la hubiera obtenido de Dios, tanto más lejos está de tenerla sobre las ovejas de Dios. Puedo decir que también las cerdas de los cerdos estaban entonces contadas ante Dios; cuánto más los cabellos de los santos. Parece que el diablo tiene ya potestad propia, si acaso, sobre aquellos que no pertenecen a Dios, una vez que son contados como una gota de un cubo, y como el polvo de la era, y como la saliva para las naciones, y por esto expuestos al diablo en una posesión en cierto modo vacía. Por lo demás, sobre los domésticos de Dios no le es lícito nada por potestad propia; porque cuándo es lícito, es decir, por qué causas, los ejemplos marcados en las Escrituras lo demuestran. Pues o bien por causa de prueba se le concede el derecho de tentación, provocado o provocando, como en los casos anteriores: o bien por causa de reprobación se le entrega el pecador como a un verdugo para el castigo, como Saúl: Y se apartó, dijo, el espíritu del Señor de Saúl, y lo atormentaba un espíritu maligno del Señor, y lo sofocaba. O bien por causa de cohibición, como el Apóstol refiere que le fue dado un aguijón, un ángel de Satanás, para que sea abofeteado: ni esta especie se permite al diablo para humillar a los santos mediante la vejación de la carne, a menos que al mismo tiempo la virtud de la tolerancia pueda perfeccionarse en la debilidad; pues el mismo Apóstol entregó a Figelo y a Hermógenes a Satanás, para que sean enmendados, para que no blasfemen. Ves ya que el diablo recibe la potestad más fácilmente de los siervos de Dios, tanto más lejos está de poseerla por propiedad.
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CAPÍTULO III.
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Puesto que, por tanto, también estos ejemplos suceden más en las persecuciones, ya que entonces somos más probados o reprobados, y entonces somos más humillados o enmendados, es necesario que estas cosas sucedan católicamente por aquel que lo permite o lo ordena, de quien también en parte, es decir, de aquel que dice: Yo soy el que hago la paz, y creo los males, es decir, la guerra. Pues esto es lo contrario a la paz. Y para nuestra paz, ¿qué es la guerra, sino la persecución? Si los desenlaces de la persecución traen mayormente o vida o muerte, o plaga o sanación, tienes al autor de la misma: Yo heriré, y sanaré; yo vivificaré, y mortificaré. Quemaré, dice, a ellos, como se quema la plata; y probaré, dice, a ellos, como se prueba el oro. Pues cuando somos quemados por el ardor de la persecución, entonces somos probados en el tenor de la fe. Estos serán los dardos encendidos del diablo, mediante los cuales se administra la ustión y la fundición de la fe; sin embargo, por voluntad de Dios. Ignoro quién pueda dudar de esto, a menos que sea una fe claramente frívola y fría, que sorprende a aquellos que se reúnen tímidamente en la Iglesia. Pues decís: Puesto que nos reunimos desordenadamente, nos reunimos juntos, y muchos concurrimos a la Iglesia, somos buscados por las naciones, y tememos que las naciones sean turbadas. ¿Acaso no sabéis que Dios es el Señor de todos? Y si Dios quiere, entonces sufrirás la persecución; pero si no quiere, las naciones callarán. Créelo ciertamente; si es que crees en aquel Dios, sin cuya voluntad ni un gorrión de un as cae en tierra. Nosotros, creo, superamos a muchos gorriones.
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CAPÍTULO IV.
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Por tanto, si consta de quién proviene la persecución, podemos ya introducir tu consulta y determinar a partir de este mismo tratado que no se debe huir en la persecución. Pues si la persecución proviene de Dios, de ninguna manera se debe huir de lo que proviene de Dios. Como una doble razón lo defiende, porque no debe evitarse ni puede evadirse lo que proviene de Dios. No debe evitarse, porque es bueno. Pues es necesario que sea bueno todo lo que a Dios le ha parecido bien. ¿Y acaso por eso en el Génesis está puesto así: Y vio Dios que es bueno; no porque ignorara que era bueno, si no lo hubiera visto; sino para indicar con este sonido que es bueno lo que a Dios le ha parecido bien? Ciertamente hay muchas cosas que provienen de Dios y provienen para mal de alguien. Más bien, es bueno por eso, porque proviene de Dios, como divino y racional. Pues ¿qué es divino que no sea racional, que no sea bueno? ¿Qué es bueno que no sea divino? Pero si parece al sentido de cada uno, no es el sentido del hombre el que prejuzga el estado, sino el estado al sentido. Pues el estado de cada cosa es algo cierto, y da al sentido la ley de sentir el estado tal como es. Pero si en estado es bueno lo que proviene de Dios (pues nada de Dios no es bueno, porque es divino, porque es racional), pero al sentido parece malo, el estado estará a salvo, el sentido en vicio. En estado, la castidad, la verdad y la justicia son lo mejor, las cuales desagradan al sentido de muchos. ¿Acaso por eso el estado se somete al sentido? Así también la persecución es buena en estado, porque es una disposición divina y racional; pero desagrada al sentido de aquellos para quienes proviene para mal. ¿Ves también que ese mal tiene razón ante Dios, cuando alguien en la persecución es derribado de la salvación, así como también ese bien sucede con razón, cuando alguien a partir de la persecución progresa en la salvación? A menos que alguien irracionalmente perezca ante el Señor o sea salvo: ese no podrá decir que la persecución es un mal, la cual incluso en la parte del mal es buena, mientras se administra con razón. Así, si la persecución es buena de cualquier modo, porque consta por el estado, definimos merecidamente que lo que es bueno no debe evitarse: porque sería un delito rechazar lo que es bueno; más aún, lo que a Dios le ha parecido bien: y ahora, además, que no puede evitarse, porque proviene de Dios, cuya voluntad no podrá ser evadida. Por tanto, los que piensan que se debe huir, o bien reprochan el mal a Dios, si huyen de la persecución como si fuera un mal; pues nadie evita lo bueno; o bien se creen más fuertes que Dios, quienes piensan que pueden evadir si Dios ha querido que suceda algo así.
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CAPÍTULO V.
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Pero, dice, huyo de lo que es mío, para no perecer si negare; es de él, si quiere, incluso reducirme a mí, que huyo, al medio. Respóndeme primero a esto: ¿Estás seguro de que negarás si no huyes, o estás incierto? Pues si estás seguro, ya has negado; porque al presumir que negarás, has prometido aquello sobre lo que presumiste; y en vano huyes ahora para no negar, tú que, si vas a negar, ya has negado. Pero si estás incierto, ¿por qué no presumes, por la igualdad del miedo incierto entre ambos desenlaces, que también puedes confesar, y ser salvo más bien por no huir, tal como presumes que negarás para huir? Ahora bien, o ambos están en nosotros, o todo está en Dios. Si está en nosotros confesar o negar, ¿por qué no presumimos lo que es mejor, es decir, que confesaremos?; a menos que, si quieres confesar, no quieras padecer. Pero no querer confesar es negar. Pero si todo está en Dios, ¿por qué no dejamos todo a su arbitrio? reconociendo su virtud y potestad, que puede, así como reducirnos a nosotros que huimos al medio; así también, a nosotros que no huimos, más aún, que conversamos en medio del pueblo, ocultarnos. ¿Cómo es que rindes honor a Dios al huir, quien puede producirte incluso a ti que huyes al medio, pero al contestar lo deshonras, desesperando de la potencia de protección de él? ¿Por qué no dices más bien, desde esta parte de constancia y confianza en Dios: Yo hago lo que es mío, no me marcho: si Dios quiere, él mismo me protegerá: ¿es esto más nuestro, estar bajo el arbitrio de Dios, que huir bajo el nuestro? Rutilio, mártir santísimo, cuando había huido tantas veces de la persecución de lugar en lugar, incluso había redimido el peligro (como pensaba) con dinero, después de toda la seguridad que se había procurado, inesperadamente apresado y llevado ante el gobernador, disipado por tormentos, creo que por castigo de la huida, y después entregado a las llamas, refirió la pasión, que había evitado, a la misericordia de Dios. ¿Qué otra cosa quiso el Señor demostrarnos con este documento, sino que no se debe huir, porque la huida no aprovecha nada si Dios no quiere?
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CAPÍTULO VI.
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Más bien, dice, porque cumplió el precepto, huyendo de ciudad en ciudad. Pues así quiso argumentar alguien, pero él mismo también fugitivo, y quienes por consiguiente no quieren entender el sentido de aquella pronunciación del Señor, para usarla como velo de su timidez, cuando también tuvo sus personas y tiempos y causas: Cuando comiencen, dice, a perseguiros, huid de ciudad en ciudad. Defendemos que esto pertenece propiamente a las personas de los Apóstoles, y a sus tiempos, y a sus causas, como probarán los sentidos (precedentes y) subsiguientes, que no competen sino a los Apóstoles: No vayáis al camino de las naciones, y no entréis en la ciudad de los samaritanos; sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. A nosotros, en cambio, nos está abierto el camino de las naciones, en el cual hemos sido encontrados, y caminamos hasta el fin; y ninguna ciudad está exceptuada, por la cual predicamos por todo el orbe; pero tampoco nos ha sido impuesta la cura de Israel fuera de orden, sino en cuanto debemos predicar también a todas las gentes. Aunque seamos apresados, no seremos llevados a sus concilios, ni seremos azotados en sus sinagogas, sino que seremos arrojados a las potestades y tribunales romanos. Así, pues, la condición de los Apóstoles deseaba también el precepto de la huida, puesto que primero debía predicarse a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Para que, por tanto, se perfeccionara la predicación, entre quienes primero debía perfeccionarse, para que los hijos tomaran el pan antes que los perros, por eso les manda huir entonces por un tiempo: no por el nombre propio de la persecución para eludir el peligro (aunque predicaba que ellos sufrirían persecuciones, y enseñaba que debían ser toleradas); sino por el progreso de la anunciación, para que, oprimidos inmediatamente, no pereciera también la diseminación del Evangelio. Pues no había que huir tácitamente a alguna ciudad, sino como quienes iban a anunciar en todas partes, y por esto iban a sufrir persecuciones en todas partes, hasta que llenaran con su doctrina. Finalmente: No terminaréis, dice, las ciudades de Israel. Así el precepto de la huida se contenía dentro de los términos de Judea. A nosotros, en cambio, no nos compete ninguna predefinición de Judea para la predicación, habiéndose derramado ya el Espíritu Santo sobre toda carne. Por tanto, Pablo, y los mismos Apóstoles, memorables del precepto dominical, lo contestan ante Israel, a quien ya habían llenado con su doctrina: A vosotros era necesario que primero se entregara la palabra de Dios. Pero puesto que la rechazasteis, y no os juzgasteis dignos de la vida eterna, he aquí que nos convertimos a las naciones. Y desde entonces convertidos también ellos, como habían instituido los antecesores, se fueron al camino de las naciones, y entraron en las ciudades de los samaritanos; para que, ciertamente, saliera su sonido a toda la tierra, y sus voces a los términos del orbe. Si, por tanto, cesó la excepción del camino de las naciones, y la entrada en las ciudades de los samaritanos, ¿por qué no habría cesado también el precepto de la huida emitido igualmente? Finalmente, desde que, saturado Israel, los Apóstoles pasaron a las naciones, ni huyeron de ciudad en ciudad, ni dudaron en padecer. Aunque también Pablo, quien se había dejado expedir por el muro de la persecución, por la cual hasta este tiempo era el precepto; el mismo ya en la cláusula del oficio, y en la consumación del precepto, suplicando grandemente los discípulos que no se confiara a Jerusalén, para sufrir allí lo que Ágabo había profetizado, no se suscribió a su solicitud; sino al contrario: ¿Qué hacéis, dice, llorando y turbando mi corazón? Pues yo no solo habría deseado padecer cadenas, sino también morir en Jerusalén por el nombre de mi Señor Jesucristo. Y así todos dijeron: Hágase la voluntad del Señor. ¿Cuál era la voluntad del Señor? ciertamente no huir ya la persecución. Por lo demás, podían haber propuesto también la anterior voluntad del Señor con la que había mandado huir, quienes habían preferido que él evitara la persecución. Por tanto, puesto que también bajo los mismos Apóstoles el precepto de la huida fue temporal, así como el de los restantes prescritos, no puede perseverar entre nosotros lo que cesó entre nuestros doctores, aunque no hubiera sido emitido propiamente a ellos: o si el Señor quiso que perseverara, delinquieron los Apóstoles que no se cuidaron de huir hasta el fin.
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CAPÍTULO VII.
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Veamos ahora si también los demás edictos del Señor concuerdan con el precepto perpetuo de la huida. Primero, ciertamente, si la persecución es de Dios, ¿cómo es que el mismo manda huir de ella, quien también la infiere? la cual si quisiera que fuera evadida, mejor no la enviaría, para no parecer que prevarica con su voluntad. Pues o bien quiso que sufriéramos la persecución, o bien que huyéramos. Si huir, ¿cómo sufrir? si sufrir, ¿cómo huir? Ahora bien, ¡qué desigualdad de sentencias la del que manda huir y la del que invita a la pasión, contraria a la huida! Quien me confesare ante los hombres, también yo confesaré en él ante mi Padre. ¿Cómo confesará el que huye? ¿cómo huirá el que confiesa? Quien se avergonzare de mí, también yo me avergonzaré de él ante el Padre. Si evito la pasión, avergüenzo la confesión. Felices los que hayan sufrido la persecución por causa de mi nombre. Infelices, por tanto, los que huyendo por precepto no habrán sufrido. Quien perseverare hasta el fin, este será salvo. ¿Qué, pues, mandándome huir, quieres que persevere hasta el fin? Tanta diversidad de sentencias si no concuerda con la gravedad divina, aparece a partir de estas también que el precepto de la huida tuvo entonces su razón que hemos mostrado. Pero, dice, el Señor, previendo la debilidad de algunos, por su humanidad demostró sin embargo también el puerto de la huida: pues no era idóneo incluso sin la huida tan torpe e indigna, y servil auxilio, hacer salvos en la persecución a quienes sabía débiles. Aunque no fomenta, sino que rechaza siempre a los débiles; enseñando primero que no se debe huir de los perseguidores, sino más bien que no se debe temer. No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden hacer nada al alma. Sino temed a aquel que puede perder tanto el cuerpo como el alma en la gehenna. Y desde entonces, ¿qué predefine a los tímidos? Quien hiciere más a su alma que a mí, no es digno de mí; y: Quien no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Finalmente, en el Apocalipsis no ofrece la huida a los tímidos, sino entre los demás réprobos una partícula en el estanque de azufre y fuego, que es la muerte segunda.
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CAPÍTULO VIII.
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Él mismo evitó la fuerza a veces, pero por la misma razón por la que había mandado a los Apóstoles huir; hasta que, ciertamente, cumpliera su doctrina; la cual consumada, no digo que se quedó, sino que ni siquiera deseó el auxilio del Padre de los ejércitos de ángeles, reprendida también la espada de Pedro, profesando ciertamente él mismo también que su alma estaba ansiosa hasta la muerte y su carne débil; para mostrarte, primero, que en él había estado ambas sustancias humanas, por la propiedad de la ansiedad del alma, y de la imbecilidad de la carne; para que no interpretaras otra (como algunos ahora han introducido) carne o alma de Cristo; después, para que, demostradas las condiciones de ellas, supieras que ellas no valen nada por sí mismas sin el espíritu. Y por eso antepone: El espíritu está pronto, para que, considerando ambas condiciones de ambas sustancias, entiendas que en ti está también la fortaleza del espíritu, como también la debilidad de la carne; y ya desde aquí sepas qué haces de dónde, y qué sometes a qué; lo débil, ciertamente, a lo fuerte: para que, como haces ahora, no te excuses de la debilidad de la carne, pero disimules la firmeza del espíritu. Pidió él mismo también al Padre: Si fuera posible, que pasara de él el cáliz de la pasión. Pide tú también, pero estando como él, pero pidiendo solo, pero añadiendo también lo restante: Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú. Pero huyendo, ¿cómo pedirás esto, prestándote tú mismo la traslación del cáliz, y no haciendo lo que el Padre quiere, sino lo que tú?
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CAPÍTULO IX.
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Los Apóstoles enseñaron ciertamente todas las cosas según Dios, quisieron evangelizar todas las cosas. ¿Dónde muestras que ellos restauraron el precepto de huir de ciudad en ciudad? porque ni hubieran podido constituir tal cosa tan contraria a sus ejemplos, que mandaran la huida; quienes mayormente escribían a las Iglesias desde cadenas o islas, en las que estaban contenidos por la confesión, no por la huida del nombre. Pablo manda sostener a los débiles; ciertamente no huyendo (¿pues cómo eran sostenidos los ausentes?). ¿Acaso la paciencia dice que deben ser sostenidos, si en algún lugar ofendieron por la debilidad de su fe? Así también consolar a los pusilánimes, no obstante no ser enviados a la huida. Pero cuando amonesta: No demos lugar al mal, no sugiere el consejo de la huida, sino enseña el temperamento de la ira. Y si dice que se debe redimir el tiempo, porque los días son malos; no mediante la huida, sino mediante la sabiduría de la conversación, quiere que ganemos el tránsito. Por lo demás, quien nos manda brillar como hijos de la luz, no manda que nos escondamos con la huida como hijos de las tinieblas. Manda estar inmóviles, ciertamente no móviles por la huida, y ceñidos, ¿para la huida o para el encuentro del Evangelio? Demuestra también las armas, que no serían necesarias para los que van a huir, entre las cuales también el escudo, con el cual podáis extinguir los dardos del diablo, resistiendo sin duda, y recibiendo toda su fuerza. Por consiguiente, también Juan enseña que se deben poner las almas también por los hermanos, cuánto más por el Señor. Esto no puede ser cumplido por los que huyen. Finalmente, memorable de su Apocalipsis, en el cual había oído el desenlace de los tímidos, amonesta también él mismo sobre el sentido de que el temor debe ser rechazado. El temor, dice, no está en el amor. Sino que el amor perfecto echa fuera el temor; porque el temor tiene castigo, ciertamente el fuego del estanque. Quien, en cambio, teme, no es perfecto, en el amor de Dios ciertamente. Además, ¿quién huirá de la persecución, sino el que temerá? ¿Quién temerá, sino el que no ha amado? Pero si consultas al Espíritu, ¿qué prueba más con aquel sermón el Espíritu? Pues exhorta a casi todos al martirio, no a la huida, para que también nos acordemos de aquel: Eres publicado, dice, es bueno para ti. Pues quien no es publicado en los hombres, es publicado en el Señor. No te avergüences, la justicia te produce en el medio. ¿Por qué te avergüenzas, sembrando la alabanza? Se hace potestad, cuando eres visto por los hombres. Así también en otro lugar: No deseéis salir en los lechos, ni en los abortos y fiebres blandas, sino en los martirios; para que sea glorificado el que ha padecido por vosotros.
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CAPÍTULO X.
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Pero omitidas algunas exhortaciones divinas, algunos se aplican aquel versículo griego más de sentencia secular: Quien huía, volverá a luchar; para que también quizás vuelva a huir. ¿Y cuándo vencerá, quien, cuando huyó, fue vencido? ¿Presta un buen soldado a Cristo su emperador, quien, tan plenamente armado por el Apóstol, oída la trompeta de la persecución, deserta el día de la persecución? Responderé yo también algo sobre el siglo: ¿Es tan miserable morir? Muera de cualquier modo, o vencido, o vencedor. Pues aunque haya caído negando, con tormentos sin embargo ha luchado. Prefiero ser compadecido que avergonzado. Es más hermoso un soldado perdido en la batalla, que salvo en la huida. Temes al hombre, cristiano, a quien debe temerse por los ángeles, puesto que vas a juzgar a los ángeles; a quien debe temerse por los demonios, puesto que también has recibido potestad sobre los demonios; a quien debe temerse por el universo mundo, puesto que también en ti el mundo es juzgado. Te has revestido de Cristo, puesto que has sido bautizado en Cristo. Quien huyes del diablo, has depreciado a Cristo, que está en ti. Te has hecho fugitivo con el diablo. Pero huyendo del Señor, reprochas a todos los fugitivos la vanidad de su consejo. Había huido también un profeta animoso del Señor, había atravesado de Jope a Tarsis, como si pudiera navegar lejos de Dios; pero a él no digo en el mar y en la tierra, sino en el útero también de la bestia lo encuentro, en el cual ni pudo morir durante tres días, ni siquiera así evadir a Dios. ¿Cuánto mejor el siervo de Dios? quien si el enemigo de Dios amenaza, no huye de él; sino más bien lo desprecia, confiando ciertamente en la tutela del Señor; o si teme a Dios, cuánto más está bajo sus ojos, diciendo: El Señor es, es potente: todas las cosas son suyas: dondequiera que esté, estoy en su mano; haga lo que quiere, no me marcho; y si quiere que yo perezca, que él mismo me pierda, mientras yo me guardo para él. Prefiero causarle envidia pereciendo por su voluntad, que bilis, evadiendo por la mía.
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CAPÍTULO XI.
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Todo siervo de Dios debe sentir y hacer esto, incluso el de menor rango, para que pueda llegar a ser de mayor rango, si es que ha ascendido algún grado gracias a la tolerancia de la persecución. Pero cuando los mismos autores, es decir, los mismos diáconos, presbíteros y obispos huyen, ¿cómo podrá el laico entender con qué razón se dijo: «Huid de ciudad en ciudad»? Por tanto, cuando los líderes huyen, ¿quién de entre el número de los soldados rasos se mantendrá firme para persuadir a otros a mantener su posición en la batalla? Ciertamente, el buen pastor da su vida por las ovejas; como Moisés, cuando el Señor Cristo aún no había sido revelado, pero sí figurado en él, dice: «Si destruyes a este pueblo —dice—, destrúyeme también a mí junto con él». Por lo demás, al confirmar Cristo sus figuras, es un mal pastor aquel que, al ver al lobo, huye y abandona a las ovejas para que sean despedazadas: un pastor así será arrojado de la villa; se le retendrán las recompensas de su misión como compensación; es más, incluso de su peculio anterior se exigirá la restitución del daño causado al Señor. Pues al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, incluso lo que parece tener le será quitado. Así amenaza Zacarías (XIII, 7): «Levántate, espada, contra los pastores, y dispersad a las ovejas; pondré mi mano sobre los pastores». Contra ellos también Ezequiel y Jeremías se pronuncian con las mismas amenazas, porque no solo se alimentan mal de las ovejas, apacentándose más bien a sí mismos, sino porque hacen que el rebaño disperso sea presa de todas las bestias del campo, mientras no hay pastor para ellas. Lo cual nunca sucede más que cuando, en la persecución, la Iglesia es abandonada por el clero. Si alguien reconoce también al Espíritu, oirá cómo señala a los fugitivos. Además, si no conviene, es más, ni siquiera es lícito que quienes presiden el rebaño huyan cuando los lobos irrumpen (pues quien declaró que tal pastor es malo, ciertamente lo condenó, y todo lo que es condenado es, sin duda, ilícito), por tanto, no será oportuno que los responsables de la Iglesia huyan en la persecución. Por lo demás, si el rebaño debiera huir, el responsable del rebaño no debería permanecer, pues permanecería sin causa para la protección del rebaño, la cual el rebaño no desearía, a causa de la licencia de huida, ciertamente.
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CAPÍTULO XII.
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En lo que respecta, hermano, a tu problema, tienes la respuesta y exhortación de nuestra opinión. Además, quien pregunta si se debe huir de la persecución, es necesario que prevea también la siguiente cuestión: si no se debe huir, ¿debe acaso ser redimida? Por tanto, te sugeriré voluntariamente también sobre esto, definiendo la persecución, de la cual consta que no se debe huir y, por consiguiente, tampoco redimir. El precio importa. Por lo demás, así como la huida es una redención gratuita, así la redención con dinero es una huida. Ciertamente, también es un consejo de esta timidez. Lo que temes, lo redimes; por tanto, huyes. Te mantuviste en pie con los pies, pero corriste con el dinero. Este mismo hecho de que te mantuviste en pie mediante la redención, significa que huiste. Pero redimir con dinero a tu hombre, a quien Cristo redimió con su sangre, ¡qué indigno es para Dios y para su disposición, Él que no perdonó a su propio Hijo por ti, para que se hiciera maldición por nosotros; porque maldito es el que ha colgado de un madero; quien fue llevado como oveja al matadero, y como cordero ante el que lo esquila, así no abrió su boca; sino que puso su espalda para los azotes, sus mejillas para las bofetadas, y no apartó su rostro de los escupitajos, y fue contado entre los inicuos, y entregado a la muerte, a la muerte de cruz: ¡todo esto para ganarnos de nuestros pecados! El sol cedió el día de nuestra compra. Nuestra emancipación está en los infiernos, y nuestra estipulación en los cielos. Se alzaron las puertas eternas para que entrara el Rey de la gloria, el Señor de las virtudes, habiendo comprado al hombre de la tierra, es más, de los infiernos, para los cielos. ¿Quién es ahora el que se resiste contra Él, es más, lo deshonra, y mancilla su recompensa comprada a tan alto precio, es decir, con su sangre preciosísima? Por tanto, es mejor huir que volverse más vil, si el hombre no valdrá tanto para sí mismo como valió para el Señor. Y el Señor ciertamente lo redimió de los ángeles que dominan el mundo, de las potestades, de los espíritus de maldad, de las tinieblas de este siglo, del juicio eterno, de la muerte perpetua. ¡Tú, en cambio, pactas por él con un delator, o un soldado, o algún gobernador ladrón, bajo la túnica y el seno (como dicen), como si fuera algo furtivo, a quien Cristo compró ante todo el mundo, es más, a quien liberó! ¿A este, pues, lo estimarás libre por un precio, y lo poseerás por un precio, a menos que sea por el mismo, por el que (como dijimos) le costó al Señor, es decir, por su propia sangre? ¿Por qué, pues, redimes a Cristo en el hombre, en quien Cristo está? No de otra manera intentó hacer Simón cuando ofreció dinero a los Apóstoles por el espíritu de Cristo. Oirá, pues, también este, que al redimirse a sí mismo, redimió el espíritu de Cristo: «Que tu dinero sea contigo para perdición, porque pensaste que la gracia de Dios se puede obtener con dinero». ¿Quién despreciaría a tal renegado? ¿Qué dice, pues, ese extorsionador? «Dame dinero». Ciertamente para no entregarte; puesto que no vende otra cosa que lo que va a hacer a cambio de tu recompensa. Cuando das, ciertamente quisiste no ser entregado. Pero al no ser entregado, ibas a ser traicionado. Por tanto, mientras al no querer ser entregado no quieres ser traicionado, al no querer, negaste lo que no quisiste que fuera traicionado, es decir, ser cristiano. ¿Puedes, pues, reivindicarte como mártir? ¿Haber mostrado constantemente a Cristo? Al redimirte, no lo mostraste. Si acaso confesaste ante uno, por tanto, al no querer confesar ante muchos, negaste. La propia salvación juzgará que el hombre ha caído mientras escapa. Ha caído, pues, quien prefirió haber escapado. La negación es también el rechazo del martirio. El cristiano está a salvo por el dinero; y en esto tiene monedas para no sufrir, mientras que ante Dios será rico. Pero Cristo fue rico en sangre por él: «Felices, pues, los pobres, porque de ellos es —dice— el reino de los cielos», los que tienen solo su alma en lo confiscado. Si no podemos servir a Dios y a las riquezas, ¿podemos ser redimidos por Dios y por las riquezas? Pues, ¿quién servirá más a las riquezas que aquel a quien las riquezas redimieron? Por último, ¿qué ejemplo usas para la redención de la entrega? Los Apóstoles, agitados por las persecuciones, ¿cuándo se liberaron tratándose con dinero? El cual ciertamente no les faltaba, por los precios de las propiedades depositados a sus pies; ciertamente por muchos hombres y mujeres creyentes ricos, que les suministraban incluso refrigerios. ¿Cuándo Onesíforo, o Áquila, o Esteban les socorrieron de este modo en la persecución? Pablo, ciertamente, cuando el gobernador Félix esperaba recibir dinero por él de los discípulos, de lo cual él mismo trató en secreto con él, ni él mismo por sí, ni los discípulos por él, contaron dinero. Aquellos discípulos, ciertamente, que llorando porque persistía en dirigirse a Jerusalén y no evitaba las persecuciones anunciadas allí, al final dicen: «Hágase la voluntad de Dios». ¿Qué voluntad es esa? Ciertamente que sufriera por el nombre del Señor, no que fuera redimido. Pues es necesario que, como Cristo puso su alma por nosotros, así se haga por Él y por nosotros; y no solo por Él, sino también por los hermanos a causa de Él. Lo cual Juan, enseñando, no pronunció que se debía pagar por los hermanos, sino morir más bien. No hay diferencia si no debes redimir o comprar a ningún cristiano. Y así es la voluntad de Dios. Mira el estado de los reinos y imperios, ciertamente dispuesto por Dios, en cuya mano está el corazón del rey: diariamente se prevén tantos remedios para aumentar el tesoro, de censos, impuestos, contribuciones, estipendios: y nunca hasta ahora se ha previsto algo así de los cristianos, para ser reducidos bajo alguna redención de la cabeza y de la secta, cuando el fruto inmenso de una multitud tan grande, a nadie desconocida, podría ser cosechado. Comprados con sangre, recompensados con sangre, no debemos ninguna moneda por nuestra cabeza; porque nuestra cabeza es Cristo. No conviene que Cristo cueste dinero. ¿Cómo podrían hacerse los martirios para gloria del Señor si compensáramos la licencia de la secta con un tributo? Por tanto, quien pacta con una recompensa, se opone a la disposición divina. Puesto que, pues, César no nos ha impuesto nada de este modo de secta tributaria, pero tampoco puede imponerse nunca tal cosa, estando ya presente el Anticristo, y ansiando la sangre, no el dinero de los cristianos, ¿cómo puede proponerme que la Escritura dice: «Dad al César lo que es del César»? Un soldado, o un delator, o un enemigo me extorsiona, no exigiendo nada para el César, es más, haciendo lo contrario, cuando deja libre por una paga a un cristiano, culpable según las leyes humanas. Otro es el denario que debo al César, que le pertenece, del cual se trataba entonces, tributario; debido ciertamente por los tributarios, no por los libres. ¿O cómo daré a Dios lo que es de Dios? Ciertamente, por consiguiente, su imagen y moneda, inscrita con su nombre, es decir, el hombre cristiano. ¿Qué debo, pues, a Dios, como el denario al César, sino la sangre que el Hijo derramó por mí? Pero si a Dios ciertamente le debo al hombre y mi sangre; ahora, en cambio, estoy en un tiempo en que se me exige lo que debo a Dios; ciertamente cometo fraude contra Dios, haciendo esto para no pagar lo que debo. ¿He observado bien el precepto, dando al César lo que es del César, pero negando a Dios lo que es de Dios?
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CAPÍTULO XIII.
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«Y al que me pida, le daré». En caso de limosna, no de extorsión. «Al que pide», dice. Además, quien extorsiona, no pide. Quien amenaza si no recibe, no solicita, sino que extorsiona. No espera limosna quien viene no para ser compadecido, sino para ser temido. Daré, pues, en nombre de la misericordia, no de mi timidez; donde quien recibió, honra a Dios y me devuelve una bendición; no donde cree que ha hecho un favor mayor y, mirando su botín, dice: «Es por el reato». Alimentaré también al enemigo. Pero las enemistades tienen otros títulos. Sin embargo, no dijo traidor, o perseguidor, o extorsionador. Pues a este, ¿cuánto más amontonaré carbones sobre su cabeza si no me redimo? Por consiguiente, dice: «Al que te quite la túnica, concédele también el manto», se refiere a quien buscó arrebatar la cosa, no la fe. Concederé también el manto a quien no amenaza con la entrega. Si hubiera amenazado, reclamaré incluso la túnica. Todas las declaraciones del Señor tienen ahora sus causas y sus reglas de límites, no son infinitas, ni se refieren a todo. Y así, quien ordena dar a todo el que pide, él mismo no da una señal a los que piden. De lo contrario, si piensas que se debe dar a todos los que piden indistintamente, me pareces que vas a dar, no digo vino al que tiene fiebre, sino incluso veneno o una espada al que desea la muerte. «Haced amigos con las riquezas», cómo debe entenderse, que lo enseñe la parábola expuesta, dicha al pueblo judío, que habiendo administrado mal la cuenta del Señor que le fue confiada, debería buscarse amigos de entre los hombres de las riquezas, que éramos nosotros, más que enemigos; y revelarnos de las deudas de los pecados, por las cuales estábamos retenidos ante Dios, si nos otorgaran de la cuenta del Señor; para que, cuando comenzara a faltar la gracia de este, refugiándose en nuestra fe, fueran recibidos en los tabernáculos eternos. Aunque ahora pienses en otra interpretación de la parábola y de esa sentencia, debes saber que no es verosímil que nuestros extorsionadores, convertidos en amigos mediante las riquezas, nos reciban entonces en los tabernáculos eternos. Pero, ¿qué no persuadirá la timidez? Como si la Escritura permitiera huir y ordenara redimir. Por último, es poco si uno u otro es rescatado así. En masa, todas las iglesias se han impuesto un tributo. No sé si hay que lamentarse o avergonzarse, cuando en los registros de los beneficiarios y curiosos, entre taberneros, carniceros, ladrones de baños, jugadores y alcahuetes, se incluyen también a los cristianos tributarios. Esta forma para el episcopado la establecieron los Apóstoles con mayor providencia para que pudieran disfrutar seguros de su reino bajo el pretexto de administrar. Ciertamente, Cristo, al regresar al Padre, mandó que tal paz fuera redimida de los soldados mediante las saturnales.
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CAPÍTULO XIV.
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«Pero ¿cómo nos reuniremos —dices—, cómo celebraremos las solemnidades dominicales?». Ciertamente, como los Apóstoles; seguros por la fe, no por el dinero; fe que, si puede trasladar una montaña, mucho más a un soldado. Sé prudente, no cauteloso por una recompensa. Pues no estarás a salvo inmediatamente del pueblo si has redimido los servicios militares. Por tanto, necesitas una sola cosa para tu protección: fe y sabiduría; si no las aplicas, puedes perder incluso tu redención; si las aplicas, no desearás en absoluto la redención. Por último, si no puedes reunirte de día, tienes la noche, luminosa con la luz de Cristo contra ella. No puedes correr de uno en uno: que haya Iglesia para ti incluso en tres. Es mejor que a veces no veas a tus multitudes, que entregarlas. Conserva para Cristo a la virgen esposa. Que nadie haga negocio con ella. Esto, hermano, te parece quizás duro e intolerable. Pero recuerda que Dios dijo: «El que pueda entender, que entienda»; es decir, el que no pueda entender, que se retire. No puede ser de aquel que sufrió quien teme sufrir. Pero quien no teme sufrir, este será perfecto en el amor, ciertamente de Dios. Pues el amor perfecto expulsa el temor. Y por eso muchos son llamados, pocos elegidos. No se busca al que esté preparado para seguir el camino ancho, sino el estrecho. Y por eso el Paráclito es el necesario guía de todas las verdades, el exhortador de todas las tolerancias: quienes lo recibieron, no supieron ni huir de la persecución ni redimirse, teniendo a aquel que estará por nosotros, así como para hablar en el interrogatorio, así para ayudar en la pasión.

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