De jejuniis
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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-- Los ortodoxos, a quienes aquí llama psíquicos, desaprobaban los dogmas de Montano sobre los ayunos. Habiéndose hecho, pues, seguidor de aquel, defiende los ayunos montanistas, las xerofagias y las estaciones.
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CAPÍTULO PRIMERO.
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Me asombraría de los psíquicos si solo se dejaran llevar por la lujuria, con la que se casan con demasiada frecuencia, y no fueran también desgarrados por la glotonería, con la que odian los ayunos; pues, ciertamente, se consideraría un monstruo la libido sin gula, cuando estas dos cosas están tan unidas y concretas que, si hubieran podido separarse por completo, las partes pudendas no se adherirían primero al vientre. Observa el cuerpo: es una sola región. En fin, según la disposición de los miembros, así es el orden de los vicios; primero el vientre, y de inmediato, debajo, la lascivia, cimiento de la hartura. A través de la voracidad pasa la salacidad. Reconozco, pues, una fe animal, que consiste totalmente en el estudio de la carne, inclinada tanto a la multivoracidad como a la multinupcialidad; de modo que, con razón, acusa a la disciplina espiritual, rival por su sustancia, también en esta especie de continencia, que impone frenos a la gula mediante comidas a veces nulas, tardías o secas, del mismo modo que a la libido mediante nupcias únicas. Ya cansa tratar con tales personas, y ya avergüenza discutir sobre ellas, cuya defensa ni siquiera es pudorosa. ¿Cómo, en efecto, protegeré la castidad y la sobriedad sin censurar a los adversarios? Nombraré una sola vez quiénes son estos: los intestinos exteriores e interiores de los psíquicos. Estos crean controversia contra el Paráclito; por esto se rechazan las nuevas profecías: no porque Montano, Priscila y Maximila prediquen a otro Dios, ni porque disuelvan a Jesucristo, ni porque derriben alguna regla de fe o de esperanza, sino porque enseñan claramente que hay que ayunar más a menudo que casarse. Sobre el modo de casarse ya hemos publicado la defensa de la monogamia. Ahora, sobre la castigación del sustento, es la segunda, o más bien la primera, batalla de la continencia. Nos acusan de que guardamos ayunos propios, de que prolongamos las estaciones generalmente hasta la tarde, de que observamos incluso xerofagias, secando el alimento de toda carne, de todo caldo y de cualquier fruta más jugosa, para no comer ni beber nada vinoso; y también la abstinencia de baño, congruente con el sustento seco. Rechazan, pues, la novedad, sobre cuya ilicitud prescriben que debe juzgarse como herejía, si es presunción humana, o como pseudoprofecía, si es indicación espiritual, mientras escuchamos el anatema por cualquier parte, nosotros que anunciamos de otra manera.
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CAPÍTULO II.
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Pues, en lo que respecta a los ayunos, oponen ciertos días constituidos por Dios, como cuando en el Levítico el Señor ordena a Moisés el décimo día del séptimo mes, el de la expiación: «Será para vosotros día santo», dice, «y afligiréis vuestras almas; y toda alma que no haya sido afligida en ese día, será exterminada de su pueblo». Ciertamente, en el Evangelio consideran que aquellos días están determinados para los ayunos, en los que el esposo fue arrebatado, y que estos son ya los únicos legítimos de los ayunos cristianos, una vez abolidas las vetusteces legales y proféticas. Pues donde quieren, reconocen lo que significan la ley y los profetas hasta Juan. Por tanto, de ahí en adelante, se debe ayunar indiferentemente por arbitrio, no por imperio de una nueva disciplina, según los tiempos y causas de cada uno; así también habrían observado los Apóstoles, sin imponer ningún otro yugo de ayunos ciertos y que deban ser cumplidos por todos en común; por consiguiente, tampoco de las estaciones, que, aunque tenían sus días propios de la cuarta y sexta feria, corren sin embargo pasivamente, ni bajo ley de precepto, ni más allá de la hora suprema del día, cuando también las oraciones concluyen casi a la hora nona, según el ejemplo de Pedro que se refiere en los Hechos; las xerofagias, en cambio, son un nombre nuevo de un oficio afectado, y próximo a la superstición étnica; tales son las castimonias que purifican a Apis, a Isis y a la gran Madre mediante la excepción de ciertos alimentos; cuando la fe libre en Cristo no debería, ni siquiera ante la ley judaica, abstinencia de ciertos alimentos, una vez admitida por el Apóstol toda la carnicería, detestando a aquellos que, así como prohíben casarse, así ordenan abstenerse de alimentos creados por Dios; y por eso nosotros ya entonces fuimos señalados en los últimos tiempos como los que se apartan de la fe, atendiendo a espíritus seductores del mundo, a doctrinas de mentirosos, que tienen cauterizada la conciencia. ¿Con qué fuegos, te pregunto? Creo que con aquellos con los que a menudo celebramos nupcias y cocinamos cenas diariamente. Así también dicen que nosotros somos golpeados junto con los gálatas, observadores de días, meses y años. Lanzan mientras tanto que también Isaías pronunció: «No es tal el ayuno que el Señor eligió»; es decir, no la abstinencia de alimento, sino las obras de justicia que subraya; y que el mismo Señor en el Evangelio respondió compendiosamente a toda escrupulosidad sobre el sustento, que el hombre no se contamina por lo que entra en la boca, sino por lo que sale de ella, cuando él mismo comía y bebía hasta la nota: «He aquí un hombre comilón y bebedor», así también el Apóstol enseña que el alimento no nos recomienda a Dios, ni abundamos si comemos, ni carecemos si no comemos. Con estos y otros argumentos similares, tienden ya sutilmente a que cada uno, más inclinado al vientre, pueda considerar superfluas, y no tan necesarias, las funciones del alimento suprimido, disminuido o demorado, anteponiendo, ciertamente, a Dios las obras de justicia e inocencia. Y sabemos cuáles son las persuasiones de las comodidades carnales; cuando fácilmente se dice: «Es necesario que crea con todas mis entrañas, que ame a Dios y a mi prójimo; pues en estos dos preceptos pende toda la Ley y los profetas, no en la inanidad de mis pulmones e intestinos».
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CAPÍTULO III.
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Por tanto, nosotros debemos afirmar primero esto, que corre peligro de ser socavado ocultamente, cuánto vale ante Dios esta inanidad, y ante todo de dónde procedió la razón misma de merecer a Dios de este modo; pues entonces se reconocerá la necesidad de la observación, cuando haya brillado la autoridad de la razón que debe ser revisada desde el principio. Adán había recibido de Dios la ley de no gustar del árbol del conocimiento del bien y del mal, bajo pena de muerte si gustaba. Pero él mismo, entonces, vuelto a ser psíquico después del éxtasis espiritual, en el que había profetizado aquel gran sacramento sobre Cristo y la Iglesia, y no captando ya lo que era del espíritu, cedió más fácilmente al vientre que a Dios, asintió al alimento más que al precepto; vendió la salvación por la gula. Comió, en fin, y pereció: de otro modo se habría salvado, si hubiera preferido ayunar de un solo arbolillo; para que ya desde aquí la fe animal reconozca su semilla, deduciendo de ahí la apetencia de las cosas carnales y la recusación de las espirituales. Mantengo, pues, desde el principio la gula homicida, que debe ser castigada con tormentos y suplicios en el día, aunque Dios no hubiera prescrito ningún ayuno; mostrando, sin embargo, de dónde fue asesinado Adán, me había dejado entender los remedios de la ofensa, quien había demostrado la ofensa: voluntariamente, de los modos y en los tiempos que pudiera, consideraría el alimento como veneno y tomaría el hambre como antídoto, mediante el cual purgaría la causa de la muerte desde el principio, trasladada también a mí junto con el mismo género, seguro de que esto quería Dios, cuyo contrario no quiso, y confiando suficientemente en que agradaría a Él el cuidado de la continencia, de quien había descubierto que estaba condenada la culpa de la incontinencia. Además, cuando él mismo manda el ayuno, y llama sacrificio al alma quebrantada propiamente por las angustias del alimento, ¿quién dudará ya de que esta ha sido la razón de todas las maceraciones respecto al sustento, mediante la cual, de nuevo, prohibido el alimento y observado el precepto, se expiaría el delito primordial, para que el hombre satisfaga a Dios por la misma materia de la causa por la que había ofendido, es decir, por la interdicción del alimento; y así reencendería la salvación de modo rival mediante la inanición, tal como la había extinguido con la hartura, despreciando por un único ilícito muchos lícitos.
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CAPÍTULO IV.
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Esta razón se guardaba ante la Providencia de Dios, que modula todo según los tiempos, para que nadie, desde el lado opuesto, diga para derribar nuestra proposición: «¿Por qué, pues, Dios no constituyó de inmediato alguna castigación del sustento, sino que incluso aumentó la permisión?». Pues en el principio, ciertamente, había adjudicado al hombre solo el sustento herbáceo y arbóreo: «He aquí que os he dado toda hierba que da semilla sobre la tierra; y todo árbol que tiene en sí mismo fruto de semilla, os servirá de alimento». Después, sin embargo, a Noé, enumerada la sujeción de todas las bestias de la tierra, y de los volátiles del cielo, y de los que se mueven en la tierra, y de los peces del mar, y de todo viviente: «Serán», dice, «para vosotros de alimento, como la hierba verde os he dado todo; pero no comáis carne en la sangre de su alma»; pues incluso por esto mismo de que exime del consumo solo aquella carne cuya alma no se derrama por la sangre, es manifiesto que concedió el uso de toda la carne restante. A esto respondemos que no correspondía cargar al hombre con alguna ley de abstinencia todavía, quien en el momento más oportuno no pudo tolerar una interdicción tan leve, a saber, de una sola fruta; por tanto, aquel, remitido, debía ser corroborado por la misma libertad. Igualmente, después del diluvio, en la reforma del género humano, bastó una ley provisional de abstenerse de la sangre, permitido el uso de lo demás. Pues ya el Señor había mostrado el juicio a través del diluvio; todavía también había amenazado mediante la exquisición de la sangre de la mano del hermano, y de la mano de la bestia. Todo, pues, preministrando la justicia del juicio, emitió la materia de la libertad, preparando la disciplina mediante el perdón; permitiendo todo, para que alguien quitara; exigiendo más, si hubiera cometido más; ordenando la abstinencia, cuando había precedido la indulgencia; para que más, como dijimos, se expiara el delito primordial mediante la operación de una mayor abstinencia, en la ocasión de una mayor licencia.
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CAPÍTULO V.
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En fin, cuando ya el pueblo familiar comenzó a ser elegido por Dios, y la restitución del hombre pudo ser imbuida, entonces se impusieron todas las leyes y disciplinas, incluso las que recortaban el sustento, quitadas algunas como inmundas, para que el hombre tolerara más fácilmente alguna vez los ayunos, usando de perpetua abstinencia en algunas cosas. Pues también el primer pueblo había vuelto a esculpir el crimen del primer hombre, hallado más inclinado al vientre que a Dios; cuando, arrebatado de la dureza de la servidumbre egipcia por la mano fuerte de Dios y el brazo sublime, fue visto su Señor; y destinado a la tierra que mana leche y miel; pero de inmediato, escandalizado por la visión de la soledad copiosa, suspirando por los detrimentos de la hartura egipcia, murmuró contra Moisés y Aarón: «¡Ojalá hubiéramos muerto golpeados por el Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos sobre las ollas de carne y comíamos panes hasta la plenitud! ¿Cómo nos has sacado a estos desiertos para matar a esta sinagoga de hambre?». Con la misma prelación del vientre iba a deplorar a los mismos líderes suyos y árbitros de Dios, a quienes exacerbaba con el deseo de la carne y el recuerdo de las provisiones egipcias: «¿Quién nos dará a comer carne? Vinieron a nuestra mente los peces que comíamos en Egipto gratis, y los pepinos, y los melones, y los puerros, y las cebollas, y otras cosas. Pero ahora nuestra alma está seca, nuestros ojos no ven nada más que maná». Así también a ellos les desagradaban los panes angélicos de las xerofagias: preferían que el ajo y la cebolla olieran más que el cielo. Y por eso, a tan ingratos, se les quitaron las cosas más gratas y comestibles, por causa de castigar a la vez la gula y de ejercitar la continencia, para que aquella fuera condenada, esta fuera instruida.
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CAPÍTULO VI.
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Ahora, si temerariamente hemos revocado las razones del sustento castigado por Dios, y del que debe ser castigado por nosotros a causa de Dios, a los experimentos de los primordios, consultemos la conciencia común, la misma naturaleza enunciará qué clase de personas nos ha acostumbrado a mostrar antes del alimento y la bebida, en la saliva aún virgen, en las cosas que deben hacerse con sentido, donde se tratan las divinas, si de una mente mucho más potente, si de un corazón mucho más vivaz, que cuando todo aquel domicilio del hombre interior, atestado de comidas, inundado de vinos, hirviendo por los excrementos que ya deben ser cocidos, se convierte en un premeditatorio de letrinas, en el que claramente nada sobra tan cerca como saber a lascivia. «Comió el pueblo y bebió, y se levantaron a jugar». Entiende la vergüenza de la Sagrada Escritura: no habría denotado el juego, si no fuera impúdico. Por lo demás, ¿quién se acordará de la religión, ocupados los lugares de la memoria, impedidos los miembros de la sabiduría? Nadie recordará a Dios como es debido, como es justo, como es útil, en ese tiempo en el que es solemne que el hombre mismo se olvide de sí. Toda disciplina del sustento la mata o la hiere. Miento si el Señor mismo, reprochando a Israel el olvido de sí, no atribuye la causa a la plenitud: «Se ha engordado el amado, y se ha hecho pingüe, y se ha dilatado, y ha abandonado a Dios que lo hizo, y se ha apartado del Señor su salvador». En fin, en el mismo Deuteronomio, ordenando que se prevenga la misma causa: «No sea», dice, «que cuando hayas comido y bebido, y hayas edificado casas óptimas, multiplicadas tus ovejas y bueyes, y plata y oro, se exalte tu corazón, y te olvides del Señor tu Dios». Antepuso a la corrupción de las riquezas la enormidad de la voracidad, a la que las mismas riquezas procuran. Por ellas, ciertamente, estaba engordado el corazón del pueblo, para que no viera con los ojos, y oyera con los oídos, y comprendiera con el corazón obstruido por las grasas, las cuales quitó nominalmente del consumo, desenseñando al hombre a estudiar la hartura. Por lo demás, aquel cuyo corazón se encontraba más erguido que engordado, durante cuarenta días y otras tantas noches, por encima de la facultad de la naturaleza humana, perennizó el ayuno, suministrando virtud la fe espiritual; y vio con los ojos la gloria de Dios, y oyó con los oídos la voz de Dios, y comprendió con el corazón la ley de Dios, que ya entonces enseñaba que el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios; cuando, ciertamente, el pueblo más pingüe no podía contemplar constantemente ni al mismo Moisés alimentado por Dios, y su inanición engordada en su nombre. Con razón, pues, también en la carne se mostró el Señor a él, colega de sus ayunos, no menos que a Elías. Pues también Elías, esto primero que había imprecado el hambre, ya se había consagrado suficientemente a los ayunos: «Vive», dice, «el Señor, ante quien estoy en su presencia, si habrá rocío estos años y lluvia». Después, huyendo de Jezabel que amenazaba, después de un único alimento y bebida, que había encontrado despertado por el ángel, también él, con el vientre vacío y la boca seca durante cuarenta días y noches, llegó al monte Horeb; donde, cuando se hubo retirado en la caverna, ¡qué familiar encuentro con Dios recibió! «¿Qué haces tú aquí, Elías?», mucho más amistosa esta voz que «Adán, ¿dónde estás?». Aquella, en efecto, amenazaba al hombre alimentado, esta halagaba al ayunante. Tan grande es la prerrogativa del sustento circunscrito, que hace a Dios contubernal del hombre, igual a igual, en verdad. Pues si el Dios eterno no tendrá hambre, como atestigua a través de Isaías, este será el tiempo en que el hombre se iguale a Dios, cuando vive sin alimento.
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CAPÍTULO VII.
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Hemos procedido, pues, ya a los ejemplos, para que revisemos la eficacia de la utilidad de las potestades de este oficio, que reconcilia incluso al Dios airado con el hombre. Israel había delinquido, congregado en la acuación en Masfa por Samuel, pero de tal modo diluyó de inmediato el delito con el ayuno, que huyó al mismo tiempo del peligro de la batalla. Cuando Samuel ofrecía el holocausto, en nada más escuchamos que se procuró la clemencia de Dios que en la abstinencia del pueblo. Y los alófilos movían la batalla: allí finalmente el Señor tronó con gran voz sobre los alófilos, y fueron confundidos, y cayeron en presencia de Israel; y procedieron los hombres de Israel desde Masfa, y persiguieron a los alófilos, y hasta Betcor cayeron los alimentados por los no alimentados, los armados por los desarmados. Estas serán las fuerzas de los que ayunan para Dios: el cielo milita por gente así. Tienes la forma de protección necesaria incluso para las guerras espirituales. Por consiguiente, cuando el rey de los asirios, Senaquerib, capturadas ya muchas ciudades, intentaba blasfemias y amenazas contra Israel a través de Rapsaces, nada más lo apartó de su propósito hacia las Etiopías. Después, ¿qué otra cosa consumió a ciento ochenta mil de su ejército por medio del ángel, sino la humillación del rey Ezequías? Si, anunciada la dureza del enemigo, rasgó su vestidura, se vistió de saco, y con el mismo hábito ordenó a los ancianos de los sacerdotes acudir a Dios a través de Isaías, siguiendo ciertamente el ayuno a las oraciones: pues ni es tiempo de alimento en el peligro, ni culto de hartura en el saco. Siempre la inanición es secuela del pesar, así como la alegría es accesión de la hartura. Por esta secuela del pesar y la inanición, también aquella ciudad pecadora, Nínive, es liberada del destino anunciado. Pues suficientemente la penitencia de los crímenes había recomendado a Dios el ayuno cumplido en tres días, incluso con las bestias muertas, con las que Dios no estaba airado. También Sodoma y Gomorra habrían escapado si hubieran ayunado. Este remedio reconoce también Acab, cuando, después de la transgresión y la idolatría y la muerte de Nabot, muerto por Jezabel a causa de la viña, le había reprochado Elías: «¿Cómo has matado y poseído la herencia? En el lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot, lamerán también la tuya». Se despojó a sí mismo, y puso saco sobre su carne, y ayunó, y durmió en saco; y entonces la palabra del Señor a Elías: «¿Has visto cómo se ha reverenciado Acab ante mi rostro? Por lo que se ha reverenciado, no sobreinduciré la lesión en sus días, sino en los días de su hijo la sobreinduciré, quien no iba a ayunar». Así, el ayuno es obra de reverencia hacia Dios. Por el cual también Ana, esposa de Elcana, buscando, estéril tiempo atrás, obtuvo fácilmente de Dios llenar el vientre vacío de alimento con un hijo, y ciertamente profeta. Pero no solo la mutación de la naturaleza, o la aversión de los peligros, o la obliteración de los delitos; sino también el reconocimiento de los sacramentos, los ayunos merecerán de Dios. Mira el ejemplo de Daniel, ante el sueño del rey de Babilonia todos los sofistas se turban, niegan que se pueda conocer de la prestancia humana; solo Daniel, confiando en Dios, y sabiendo lo que haría para merecer la gracia de Dios, pide un espacio de tres días, ayuna con su fraternidad, y así, recomendadas las oraciones, es instruido por todas partes sobre el orden y la significación del sueño, se perdona a los sofistas del tirano, Dios es glorificado, Daniel es honrado; no menor gracia de Dios iba a reportar también después, en el primer año del rey Darío, cuando, por el recuerdo de los tiempos predicados por Jeremías, dio su rostro a Dios en ayunos y saco y ceniza. Pues también el ángel enviado a él, profesó de inmediato esta causa de la dignación divina: «He venido», dijo, «a demostrarte cuán miserable eres»; ayunando, ciertamente. Si miserable para Dios, para los leones en el lago había sido horrible; donde, ciertamente, el ángel le procuró el almuerzo a él que ayunaba durante seis días.
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CAPÍTULO VIII.
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Devolvemos también lo demás, pues ahora nos apresuramos a nuevos documentos: en el umbral del Evangelio, Ana, hija de Fanuel, profetisa, que reconoció al niño Señor y predicó mucho sobre él a los que esperaban la redención de Israel, después del egregio título de la antigua viudez de un solo marido, es aumentada también con el testimonio de los ayunos, mostrando en qué oficios debe sentarse la Iglesia, y que Cristo no es entendido por nadie más que por los casados una sola vez, y que ayunan a menudo. El mismo Señor, pronto, dedicó su bautismo, y en el suyo el de todos, con ayunos, teniendo que hacer panes de piedras, incluso que el Jordán manara vino tal vez, si hubiera sido tan comilón y bebedor. Más bien, iniciaba al hombre nuevo en la humillación del viejo mediante la virtud de despreciar el alimento, para que, al intentar tentarlo de nuevo el diablo mediante el alimento, le mostrara más fuerte con toda el hambre. Preconstituyó desde entonces la ley de que los ayunos se pasen sin tristeza. ¿Pues por qué es triste lo que es saludable? Enseñó también que se debe luchar contra los demonios más duros con ayunos. ¿Pues qué extraño, si mediante la misma operación se expulsa al espíritu inicuo, por la que se induce al santo? En fin, como hacia el centurión Cornelio, aún no bautizado, la dignación del Espíritu Santo se había apresurado con el carisma además de la profecía, leemos que sus ayunos fueron escuchados. Pienso, sin embargo, que también el Apóstol en la segunda de los Corintios, entre sus trabajos y peligros e incomodidades, después del hambre y la sed, enumera también ayunos muy frecuentes.
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CAPÍTULO IX.
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Esta especie principal en la castigación del sustento puede ya prejuzgar también sobre las operaciones de abstinencia inferiores, para que también ellas sean útiles o necesarias según el modo. Pues la excepción de ciertos alimentos es un ayuno proporcional. Inspeccionemos, pues, también la novedad o vanidad de las xerofagias, si no es también en estas una operación de religión tan antiquísima como eficacísima. Vuelvo a Daniel y sus hermanos, prefiriendo el sustento de legumbres y la bebida de agua a los platos y enóforos reales, y desde entonces más hermosos, para que nadie tema también por la especie del cuerpecito; por lo demás, cultivados además en espíritu. Pues Dios dio a los adolescentes ciencia e inteligencia en toda literatura, y a Daniel en toda palabra, y en sueños, y en toda sabiduría por la que supiera también esto mismo, de qué modos se impetrara de Dios el conocimiento de los sacramentos. En fin, en el tercer año de Ciro, rey de los persas, cuando había caído en el recuerdo de la visión, vislumbró otra forma de humillación. «En aquellos días», dice, «yo, Daniel, estaba de luto, durante tres semanas, no comí pan suave, carne y vino no entraron en mi boca, no fui ungido con aceite, hasta que se consumaran tres semanas», transcurridas las cuales el ángel fue enviado hablándole de tal modo: «Daniel, eres un hombre miserable; no temas, puesto que desde el primer día en que diste tu alma al recuerdo y a la humillación ante Dios, tu palabra ha sido escuchada, y yo he entrado por tu palabra». Así, la miseración y humillación de las xerofagias expulsan el miedo, y atraen los oídos de Dios, y hacen partícipes de los ocultos. Vuelvo también a Elías, cuando los cuervos se habían acostumbrado a saciarlo con pan y carne, ¿por qué después, junto a Berseba de Judea, despertado él del sueño, aquel ángel sin duda le ofreció solo pan y agua? ¿Habían faltado los cuervos que lo alimentaran más liberalmente? ¿O le había sido difícil al ángel arrebatar a alguien de alguna parte del banquete del rey, ministro con el plato más instruido, y trasladarlo a Elías; como a Daniel en el lago de los leones se le presentó el almuerzo de los segadores a él que tenía hambre? Pero se debía constituir el ejemplo que enseña que en tiempo de presión, y de persecución, y de cualquier circunstancia, se debe vivir con xerofagias. Con tal sustento David expresó su exomologesis, comiendo ciertamente ceniza como pan, es decir, pan como ceniza árida y sórdida, mezclando la bebida con llanto, ciertamente en lugar de vino. Pues tiene también la abstinencia de vino sus títulos, que también había consagrado a Samuel a Dios, y a Aarón. Pues sobre Samuel, la madre: «Y vino», dice, «y embriagante no beberá»: tal también ella misma oraba a Dios. Y el Señor a Aarón: «Vino y sidra no beberéis, tú y tus hijos después de ti, si alguna vez entrareis en el tabernáculo, o subiereis al altar, y no moriréis». Así morirán los que no hayan ministrado sobrios en la Iglesia. Así también reprocha al Israel próximo: «Y dabais vino de beber a mis santificados». Y esta estrechez de bebida es porción de la xerofagia. Aunque donde la abstinencia de vino es exigida por Dios, o votada por el hombre, allí se entienda también la presión del sustento preconstruyendo la forma para la bebida. Pues cual es el consumo, tal es también la bebida. No es verosímil que alguien inmole la mitad de la gula a Dios, sobrio con aguas, y ebrio con comidas. Pero si también el Apóstol conoce las xerofagias, quien había celebrado cosas mayores, sed y hambre y muchos ayunos, quien había recusado embriagueces y comensalías, o del discípulo Timoteo hay argumento suficiente, a quien aconsejando usar un poco de vino por el estómago y las asiduas imbecilidades, del cual él se abstenía no por institución, sino por devoción (por lo demás, al estómago le aprovecharía más la costumbre), con esto mismo persuadió la abstinencia de vino digna de Dios, la cual disuadió por necesidad.
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CAPÍTULO X.
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Igualmente nuestras estaciones, como indignas; algunas, sin embargo, constituidas incluso hasta la tarde, las acusan en nombre de la novedad, diciendo que este oficio también debe ser cumplido por arbitrio, y no detenido más allá de la nona, según su costumbre, ciertamente. Pero en lo que respecta a la cuestión de la interdicción, responderé una vez por todas las causas. Ahora, sobre el artículo propio de esta especie, hablo sobre el modo del tiempo, primero hay que exponerse ante ellos, de dónde prescriben esta forma para dirimir las estaciones nuevas. Si, porque se lee que Pedro, y los que estaban con él, entraron en el templo a la hora nona de la oración, ¿quién me probará que ellos cumplieron la estación ese día, para que interprete la hora nona como clausura y expunción de la estación? Y sin embargo, encontrarías más fácilmente que Pedro, a la hora sexta por causa de tomar alimento, había subido antes a las partes superiores para orar, para que más bien a la sexta del día pudiera terminarse este oficio, que parecía que iba a absolverlo después de la oración. Además, cuando en el mismo comentario de Lucas, se demuestra también la hora tercera de la oración, bajo la cual, iniciados por el Espíritu Santo, eran tenidos por ebrios; y la sexta, en la que Pedro subió a las partes superiores; y la nona, en la que entraron en el templo, ¿por qué no entendemos, salva claramente la indiferencia de orar siempre y en todas partes y en todo tiempo, que sin embargo esas tres horas, como más insignes en las cosas humanas, que distribuyen el día, que distinguen los negocios, que resuenan públicamente, así también fueron más solemnes en las oraciones divinas? Lo que también persuade el argumento de Daniel, que oraba tres veces al día, ciertamente mediante la excepción de algunas horas, no otras sin embargo que las más insignes, de ahí las apostólicas, tercera, sexta, nona. De aquí, pues, diré también que Pedro observó la nona más bien por uso antiguo, orando por tercera vez con el oficio de la oración suprema. Esto, sin embargo, por aquellos que piensan que actúan según la forma de Pedro, la cual ignoran; no como si rechazáramos la nona, que cumplimos mucho también el cuarto día de la semana y el sexto: sino porque de las cosas que se observan por tradición, debemos aportar una razón tanto más digna cuanto carecen de autoridad de las Escrituras, hasta que por algún carisma celestial sean confirmadas o corregidas. «Y si algo», dice, «ignoráis, el Señor os lo revelará». Por tanto, separado el Paráclito, confirmador de todas estas cosas, guía de toda la verdad, pregunto si se aporta entre vosotros una razón más indigna para observar la nona, para que también a Pedro se le deba atribuir esa razón, si cumplió la estación entonces. Pues viene del tránsito del Señor, el cual, aunque siempre hay que conmemorarlo sin diferencia de horas, sin embargo, más impresionantemente entonces nos dedicamos a él según el mismo vocablo de estación: pues también los soldados, nunca olvidados del sacramento, obedecen más a las estaciones. Por tanto, hasta esa hora debe celebrarse la presión, en la que desde la sexta el orbe oscurecido hizo el oficio lúgubre al señor difunto, para que entonces también nosotros volvamos a la jucundidad, cuando también el mundo recibió la claridad. Si esto sabe más a la religión cristiana, mientras celebra más la gloria de Cristo, puedo igualmente fijar el estado de la estación tardía por el mismo orden de la cosa, para que ayunemos hasta la tarde, esperando el tiempo de la sepultura dominical cuando José, solicitado, bajó el cuerpo y lo enterró. De ahí que es también irreligioso refrigerar la carne de los siervos antes que la del señor. Pero esto lo habría cometido por la provocación de las argumentaciones, rechazando conjeturas con conjeturas, y sin embargo pienso que con las más fieles. Veamos si algo tal nos patrocina también sobre las vetusteces. En el Éxodo, aquel hábito de Moisés luchando con oraciones contra Amalec, perseverando hasta el ocaso, ¿no fue una estación tardía? ¿Jesús Nave, que combatía a los amorreos, pensamos que almorzó aquel día en que ordenó la estación a los mismos elementos? «Se detuvo el sol en Gabaón, y la luna en Aialón: se detuvo el sol y la luna por instrucción, hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos; y se detuvo el sol en medio del cielo, y no se acercaba al ocaso, y hasta el fin de un día». No hubo día tal atrás y en el último, ciertamente tan prolífico; para que, dice, «escuchara Dios al hombre», igual ciertamente al sol, insistiendo tanto tiempo en el oficio, la estación incluso más larga que la tarde. Ciertamente Saúl, también él constituido en batalla, manifestó este oficio: «Maldito el hombre que coma pan hasta la tarde hasta que me vengue de mi enemigo»; y no gustó todo su pueblo, y toda la tierra no almorzaba. Tanta autoridad, sin embargo, prestó Dios al edicto de aquella estación, que Jonatán, hijo de Saúl, aunque ignorante de la ayunación definida hasta la tarde, había admitido el gusto de la miel, y fue traído pronto por suerte sobre el delito, y apenas exento del peligro por la súplica del pueblo, pues había sido reo de gula, aunque simple. Pero también Daniel, en el primer año del rey Darío, cuando ayunando en saco y ceniza hacía exomologesis a Dios, y «todavía», dice, «hablándome yo en la oración, he aquí el varón que había visto en sueños al principio, volando velozmente se acercó a mí casi a la hora del sacrificio vespertino». Esta será la estación tardía, que ayunando hasta la tarde, inmola a Dios una oración más pingüe.
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CAPÍTULO XI.
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Creo, sin embargo, que todas estas cosas son desconocidas para aquellos que se perturban ante lo nuestro, o que quizás solo las conocen por lectura, no por intención, según la mayor parte de los ignorantes, es decir, entre la gloriosísima multitud de los Psíquicos. Por ello, hemos expuesto por separado las especies de ayunos, xerofagias y estaciones, para que, al repasar según la preparación de ambos Testamentos cuánto aprovechan los oficios de alimento rechazado, recortado o retrasado, podamos refutar a quienes los debilitan como si fueran vacíos. Asimismo, al mostrar al mismo tiempo en qué orden de religión han estado siempre, podamos convencer a quienes los acusan de ser nuevos; pues no es nuevo lo que es eterno, ni vacío lo que es útil. Pero también está en medio esto: que algunos de estos oficios, ordenados por Dios al hombre, constituyeron una ley; otros, ofrecidos por el hombre a Dios, cumplieron un voto; sin embargo, incluso el voto, cuando es aceptado por Dios, se convierte en ley para el futuro, por la autoridad de quien lo acepta, pues mandó que se hiciera en adelante quien aprobó lo hecho. Por tanto, también aquí, en otra especie, se presenta la disputa de la parte contraria, cuando dicen que es pseudoprofecía si una voz espiritual constituyó estos solemnes, o herejía si la presunción humana los inventó. Pues al criticar la forma por la que también corrieron los antiguos, y al retorcer desde ella lo que los adversarios de los antiguos podían retractar contra ellos, o bien deberán rechazar también aquellos, o ciertamente aceptar estos necesariamente, especialmente cuando estos también, sea cual sea su institutor, ya sea espiritual o solo fiel, corren hacia el mismo Dios al que corren los antiguos. Indudablemente, tanto la herejía como la pseudoprofecía serán juzgadas por la diversidad de divinidad entre todos nosotros, los ministros del único Dios Creador y de su Cristo, y por eso defiendo esta parte indiferentemente, ofreciéndoles a ellos el lugar donde quieran fijar su posición. Es espíritu del diablo, dices, oh Psíquico. ¿Y cómo ordena los oficios de nuestro Dios, y no para ser ofrecidos a otro que no sea nuestro Dios? O contiende que el diablo actúa con nuestro Dios, o que Satanás sea tenido por Paráclito. Pero afirmas que es el hombre Anticristo; pues así son llamados los herejes por nombre según Juan. ¿Y cómo es que quienquiera que sea en nuestro Cristo dispuso estos oficios hacia nuestro Señor, cuando también los del Anticristo hacia Dios han procedido contra nuestro Cristo? ¿Por qué, pues, crees que el espíritu está confirmado entre nosotros, cuando ordena, o cuando aprueba lo que nuestro Dios ha ordenado siempre y ha aprobado? Pero de nuevo fijáis postes terminales a Dios, tanto sobre la gracia como sobre la disciplina; tanto sobre los carismas como sobre los solemnes; para que, por consiguiente, los oficios hayan cesado, al igual que sus beneficios, y así neguéis que él impone deberes hasta ahora, porque también aquí la Ley y los Profetas hasta Juan: resta que lo quitéis todo, en la medida en que es tan ocioso en vosotros.
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CAPÍTULO XII.
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Pues ya reináis enriquecidos y saciados en esta especie, sin acusar los delitos que se eliminan con los ayunos, ni necesitando el conocimiento de las revelaciones que se extorsionan con las xerofagias, ni temiendo las guerras propias que se disipan con las estaciones. Si el Paráclito hubiera enmudecido desde Juan, nosotros mismos habríamos surgido como profetas para esta causa principalmente: ya no digo para implorar la ira de Dios, ni para obtener su protección o gracia, sino para prevenir por nosotros mismos la condición de los últimos tiempos, ordenando toda humildad, cuando el encarcelamiento debe ser aprendido, y el hambre y la sed deben ser ejercitados, y debe usurparse la tolerancia tanto de la falta de alimento como de la dieta ansiosa, para que tal cristiano entre en la cárcel como habría salido de ella; no para sufrir allí el castigo, sino la disciplina; no los tormentos del siglo, sino sus propios oficios; y así, más confiado, proceder al combate tras haber salido de la custodia, no teniendo nada de carne, de modo que los tormentos no tengan materia; estando acorazado solo con una piel seca, y siendo córneo contra las uñas; habiendo sido ya enviado el jugo de la sangre, como impedimentos del alma, apresurándose ya ella misma, que, ayunando a menudo, conoce la muerte de cerca: ciertamente es propio de vosotros exhibir tabernas en las cárceles a los mártires inciertos, para que no busquen la costumbre, para que no se cansen de la vida, para que no se escandalicen por la nueva disciplina de abstinencia, que ni siquiera aquel vuestro antiguo mártir no cristiano había alcanzado; a quien, harto durante algún tiempo con la facultad de una custodia libre en todos los baños como si fueran mejores que el bautismo, y en todos los retiros de lujo como si fueran más secretos que la Iglesia, y en todos los halagos de esta vida como si fueran más dignos de la eterna, creo que lo obligasteis para que no quisiera morir, finalmente el mismo día del tribunal, preparado con vino puro como antídoto a plena luz, lo debilitasteis de tal manera que, cosquilleado por unas pocas uñas, pues esto sentía la embriaguez, no pudo responder más al prefecto que le preguntaba a qué Señor confesaba. Y así, ya extorsionado de esto, cuando solo tenía hipo y eructos, lo digirió en la misma negación. Por eso los pseudoprofetas predican la disciplina de la sobriedad, por eso los herejes la observan. ¿Por qué, pues, dejáis de creer en el Paráclito, a quien negáis en Montano, en Apicio? Prescribís que los solemnes están constituidos para esta fe por las escrituras o por la tradición de los mayores, y que no debe añadirse ninguna observación más, por el ilícito de la innovación. Manteneos en ese grado si podéis.
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CAPÍTULO XIII.
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Pues he aquí que os convoco ayunando también fuera de la Pascua, más allá de aquellos días en los que el esposo fue arrebatado, e interponiendo los semiayunos de las estaciones, y viviendo a veces de pan y agua, como a cada uno le ha parecido; finalmente, respondéis que estas cosas deben hacerse por arbitrio, no por imperio. Habéis movido, pues, el grado excediendo la tradición, cuando realizáis lo que no está constituido. ¿Qué es, sin embargo, que permitas a tu arbitrio lo que no das al imperio de Dios? ¿Tendrá más derecho la voluntad humana que la potestad divina? Me recuerdo libre para el siglo, no para Dios: así está conmigo el hacer el oficio al Señor voluntariamente, como el ordenarlo es suyo; no solo debo obedecerle, sino también adularle; pues lo primero lo presto por su imperio, esto último por mi arbitrio. Pero es bueno que también los obispos suelan mandar ayunos a toda la plebe; no digo por la industria de recaudar dinero, como es vuestra captura; sino a veces también por alguna causa de solicitud eclesiástica. Por tanto, si también por edicto de hombre, y todos juntos practicáis la humildad, ¿cómo denotáis en nosotros la unidad misma de los ayunos, de las xerofagias y de las estaciones? A menos que quizás delinquirnos contra los senadoconsultos y contra los mandatos de los príncipes opuestos a las reuniones. El Espíritu Santo, cuando predicaba en las tierras que quería y a través de quienes quería, por la providencia de los inminentes, ya sean tentaciones eclesiásticas o plagas mundiales, como paráclito, es decir, abogado, para implorar al juez, mandaba remedios de oficios de este tipo. Piensa ahora en ejercitar la disciplina de la sobriedad y la abstinencia; a quien recibimos, necesariamente observamos también lo que entonces constituyó. Mira los fastos judaicos, y encontrarás nada nuevo: si hay preceptos para los padres, toda la posteridad los guarda después con religión hereditaria. Se celebran además por las Grecias aquellos concilios en lugares ciertos de todas las iglesias, por los cuales se tratan en común las cosas más elevadas, y la representación misma de todo el nombre cristiano se celebra con gran veneración. ¡Y esto qué digno de la fe que auspicia congregarse desde todas partes hacia Cristo! Ved qué bueno y qué agradable habitar los hermanos en unidad; esto no sabes salmodiarlo fácilmente, sino en el tiempo en que cenas con muchos. Aquellas reuniones, sin embargo, trabajadas primero con estaciones y ayunos; saben doler con los que duelen, y así finalmente alegrarse con los que se alegran. Si también nosotros cumplimos en diversas provincias estos solemnes, por los cuales entonces estuvo presente el discurso patrocinado, representados mutuamente en espíritu, es ley del sacramento.
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CAPÍTULO XIV.
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Observando, pues, los tiempos de estos, y los días y los meses y los años, somos galatizados. Claramente si somos observadores de ceremonias judaicas, si de solemnidades legales: pues el Apóstol desenseña aquellas, reprimiendo la perseverancia del Antiguo Testamento sepultado en Cristo, y estableciendo el nuevo. Pero si la nueva condición en Cristo, ya nuevos y solemnes deberán ser; o si el Apóstol borró toda devoción de tiempos y días y meses y años en total, ¿por qué celebramos la Pascua en círculo anual en el primer mes? ¿Por qué corremos durante cincuenta días desde entonces en toda exultación? ¿Por qué decimos la cuarta y sexta del sábado para las estaciones, y la parasceve para los ayunos? Aunque vosotros también el sábado, si alguna vez lo continuáis, nunca debe ayunarse sino en la Pascua según la razón dada en otro lugar, para nosotros ciertamente todo día se celebra también con consagración vulgar. No hay, pues, razón de diferencia ante el Apóstol, que distingue lo nuevo y lo viejo. Pero también aquí vuestra desigualdad será objeto de risa, cuando nos reprocháis la forma de las antigüedades, en lo cual acusáis la causa de la novedad.
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CAPÍTULO XV.
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Reprueba también a aquellos que mandaban abstenerse de alimentos, pero por la providencia del Espíritu Santo, condenando ya a los herejes que iban a preceptuar la abstinencia perpetua para destruir y despreciar las obras del Creador: tales los encuentro en Marción, en Taciano, en Jove, el hereje actual de Pitágoras, no en el Paráclito. ¿Qué pequeña es, pues, entre nosotros la interdicción de alimentos? Ofrecemos a Dios dos semanas de xerofagias al año, y ni siquiera completas, exceptuando ciertamente los sábados y domingos; absteniéndonos de aquellos que no rechazamos, sino que diferimos. Pero escribiendo a los Romanos, os pincha ahora a vosotros, detractores de este oficio: No destruyáis, dice, la obra de Dios por causa del alimento. ¿Qué obra? De la que dice: Es bueno no comer carne y no beber vino. Pues quien sirve en estas cosas, es placable y propiciable a nuestro Dios. Uno cree que todo es comestible, otro, sin embargo, débil, come legumbres; quien come, que no anule al que no come. ¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno? Y quien come, y quien no come, da gracias a Dios. Pero cuando prohíbe que se haga controversia por arbitrio humano, ¡cuánto más por el divino! Así sabía que algunos castigadores e interdictores de dieta acusaban, los que se abstenían por fastidio, no los que por oficio; pero aprobaba a los que en honor, no a los que en insulto del Creador. Y si te entregó las llaves de la carnicería, permitiendo comer todo para constituir la excepción de los ídolos, no incluyó, sin embargo, el reino de Dios en la carnicería. Pues no es, dice, el reino de Dios comida o bebida, y, La comida no nos recomienda a Dios; no para que pienses que se dijo de la seca, sino más bien de la untuosa y precisa. Puesto que añadiendo, ni si hubiéramos comido, abundaremos; ni si no hubiéramos comido, desfalleceremos; resuena más en ti, que piensas que abundas si comes, y que desfalleces si no comes, y por eso detraes estas cosas. ¡Qué indignamente interpretas también al Señor según tu libido, comiendo y bebiendo por todas partes, pero creo que también ayunó, quien llamó bienaventurados, no a los saciados, sino a los hambrientos y sedientos; quien profesaba la comida, no la que los discípulos habían pensado, sino la perfección de la obra paterna, enseñando a trabajar la comida que permanece para la vida eterna; mandando en la oración ordinaria pedir el pan, no también las riquezas atálicas. Así también Isaías, no negó que Dios hubiera elegido el ayuno, sino enumeró cuál no eligió. En los días, pues, dice, de vuestros ayunos se encuentran vuestras voluntades, y a todos vuestros sujetos los sacudís, o ayunáis insultos y disputas, y golpeáis con puños: no tal ayuno elegí yo; sino el que sometió, y al someter no quitó, sino confirmó. Pues aunque prefiere las obras de justicia, no obstante no sin sacrificio; que es el alma afligida por los ayunos.
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CAPÍTULO XVI.
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Ciertamente aquel Dios, a quien no agradó ni el pueblo incontinente de gula, ni el sacerdote, ni el profeta. Permanecen aún los monumentos de la concupiscencia, donde fue sepultado el pueblo ávido de carne hasta el cólera por hartarse de codornices. Es derribado ante las puertas del templo el anciano Elí; sus hijos caen en la batalla; la nuera expira en el parto. Pues esto había merecido de Dios la casa impúdica, defraudadora de los sacrificios carnales. Sameas, hombre de Dios, cuando hubo profetizado el fin de la idolatría introducida por el rey Jeroboam, después de la mano de ese rey seca, y restaurada inmediatamente, después del altar difundido, por estas señales, y invitado a satisfacción por el rey, claramente se excusó. Pues había sido prohibido por Dios tocar allí alimento en absoluto; pero habiendo comido temerariamente por otro anciano que mintió la profecía, según la palabra de Dios hecha allí sobre la mesa, no fue sepultado en los sepulcros paternos: pues es postrado por el encuentro de un león en el camino, y enterrado entre extranjeros, pagó la pena del ayuno desertado. Estos serán ejemplos tanto para el pueblo como para los obispos, incluso espirituales, si admitieren alguna incontinencia de gula. Pero tampoco cesó la advertencia entre los infiernos, donde en el rico ciertamente se atormentan los banquetes, en el pobre, sin embargo, se recrean los ayunos, teniendo como preceptores a Moisés y a los Profetas. Pues también Joel exclamó (Joel, I, 14): Santificad el ayuno, y predicad la curación, previendo ya entonces también que otros apóstoles y profetas santificarían el ayuno, y predicarían oficios que curan a Dios. De donde también los que adulan en el cuidado de los ídolos, y en el adorno de los altares, y en el saludo a horas singulares, se dice que hacen curación. Pero también los étnicos reconocen toda humildad. Cuando el cielo se estremece y el año se seca, se denuncian procesiones descalzas, los magistrados dejan las púrpuras, vuelven atrás los haces, piden la oración, instauran la víctima. Entre algunas colonias, además, con rito anual, velados con sacos y cubiertos de ceniza, oponen a sus ídolos una inanición suplicante, los baños y tabernáculos se cierran hasta la hora nona. Un solo fuego en público ante los altares, aguas ni siquiera en las bandejas. Creo que es un cese ninivítico. El ayuno judaico ciertamente se celebra en todas partes, cuando omitidos los templos por toda la orilla dondequiera que sea en lo abierto, envían ya a veces la oración al cielo; y aunque infamen el don con el culto y adorno del duelo, sin embargo, afectan la fe de la abstinencia, y suspiran por la autoridad de la estrella que demora. Pero bien, que al ingerir blasfemias en nuestras xerofagias, las igualas al Casto de Isis y Cibeles. Admito la comparación testimonial. De aquí constará la divina, que el diablo, emulador de las cosas divinas, imita. De la verdad se construye la mentira, de la religión se compone la superstición. De aquí tú eres tanto más irreligioso cuanto más preparado está el étnico. Aquel finalmente sacrifica su gula al ídolo, tú no quieres a Dios. Pues Dios para ti es el vientre, y el pulmón el templo, y el aqualículo el altar, y el sacerdote el cocinero, y el Espíritu Santo el olor, y los condimentos los carismas, y el eructo la profecía.
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CAPÍTULO XVII.
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Eres viejo, si queremos decir verdades, tú que tanto te entregas a la gula, y merecidamente te jactas de ser anterior; siempre reconozco el saber de Esaú, cazador de fieras, así te esfuerzas en indagar tordos por todas partes, así vienes del campo de tu disciplina laxísima, así desfalleces en espíritu, si te ofreciera una lenteja aderezada con mosto, venderás inmediatamente todos tus primados; entre vosotros el ágape hierve en las ollas, la fe calienta en las cocinas, la esperanza yace en los platos. Pero mayor que estas es el ágape, por el cual tus adolescentes duermen con las hermanas. Apéndices ciertamente de la gula, la lascivia y la lujuria, cuya sociedad, conociendo también el Apóstol, cuando hubo precedido: No en embriagueces, ni en comilonas; añadió: ni en lechos y libidinosidades. Al elogio de tu gula pertenece que el doble honor entre vosotros se deputa a los presidentes en partes dobles; cuando el Apóstol dio doble honor, para que tanto a los hermanos como a los prepósitos. ¿Quién es más santo entre vosotros, sino el más frecuente en convidar, sino el más pródigo en obsequios, sino el más instruido en copas? Merecidamente vosotros, hombres de sola alma y carne, rechazáis las cosas espirituales. Si a tales les agradaran los profetas, no eran míos. ¿Por qué, pues, no predicáis constantemente: Comamos y bebamos, pues mañana moriremos? Como nosotros no dudamos en mandar abiertamente: ayunemos, hermanos y hermanas, no sea que mañana muramos. Reivindiquemos abiertamente nuestras disciplinas. Nosotros estamos seguros de que los que están en la carne no pueden agradar a Dios; no ciertamente en la sustancia de la carne, sino en el cuidado, sino en el afecto, sino en la operación, sino en la voluntad. La delgadez no nos desagrada; pues ni Dios atribuyó la carne al peso, así como tampoco el espíritu a la medida, más fácilmente si acaso entrará por la estrecha puerta de la salud la carne más delgada, más rápidamente será resucitada la carne más ligera, más tiempo durará en la sepultura la carne más seca. Que se ceben los púgiles y los atletas olímpicos: a ellos les compete la ambición del cuerpo, a quienes también las fuerzas son necesarias. Y sin embargo, ellos también se fortalecen con xerofagias; pero nuestras otras fuerzas, y otras energías, así como otros combates; para los cuales no hay lucha contra carne y sangre, sino contra las potestades del mundo, contra las espiritualidades de la malicia, contra estas, no con carne y sangre, sino con fe y espíritu robusto es necesario asistir. Por lo demás, el cristiano más cebado será quizás más necesario para los osos y leones que para Dios, a menos que también contra las bestias deba ejercitar la delgadez.