De Monogamia
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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-- Aquí Tertuliano llama al Paráclito por todas partes, y niega que sea un hereje, aunque sea un seguidor de los catafrigios. Sostiene, sin embargo, que mantiene un camino intermedio entre aquellos que niegan el matrimonio y otros que introducen múltiples uniones repetidas; y así defiende la monogamia, y enseña que esta disciplina no es nueva, sino antigua y propia de los cristianos.
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CAPÍTULO PRIMERO.
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Los herejes suprimen el matrimonio, los psíquicos lo imponen. Aquellos no se casan ni una vez, estos se casan más de una vez. ¿Qué haces, ley del Creador? Entre los eunucos ajenos y tus aurigas, te quejas tanto de la obediencia doméstica como del fastidio extranjero; por lo tanto, te dañan tanto los que abusan como los que no usan. Pero ni la continencia de ese tipo debe ser alabada, porque es herética; ni la licencia debe ser defendida, porque es psíquica. Aquella blasfema, esta se entrega al libertinaje. Aquella destruye al Dios del matrimonio, esta lo confunde. Entre nosotros, sin embargo, a quienes el reconocimiento de los carismas espirituales hace que merecidamente seamos llamados espirituales, la continencia es tan religiosa como la licencia es recatada, puesto que ambas están con el Creador. La continencia honra la ley del matrimonio, la licencia la modera. Aquella no es forzada; esta es gobernada. Aquella tiene arbitrio, esta tiene medida. Conocemos un solo matrimonio, así como un solo Dios. La ley del matrimonio refiere más honor donde tiene también pudor. Pero como los psíquicos no reciben el espíritu, las cosas que son del espíritu no les agradan. Así, mientras las cosas que son del espíritu no agradan, las que son de la carne agradarán, como contrarias al espíritu. La carne, dice, codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. ¿Qué codiciará, pues, la carne, sino lo que es más de la carne? Por lo cual también en el principio se hizo ajena al espíritu: No permanecerá, dice, mi espíritu en estos hombres para siempre, por el hecho de que son carne.
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CAPÍTULO II.
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Por tanto, reprochan la disciplina de la monogamia como una herejía. Y no se ven obligados a negar al Paráclito por ninguna otra causa más que por pensar que es el institutor de una nueva disciplina, y ciertamente durísima para ellos, de modo que ya sobre esto debemos detenernos primero en un examen general. ¿Es posible que el Paráclito haya enseñado algo tal que pueda ser considerado nuevo contra la tradición católica, o gravoso contra la carga ligera del Señor? Sobre ambas cosas, sin embargo, el Señor mismo se pronunció. Pues diciendo: Aún tengo muchas cosas que deciros, pero todavía no podéis llevarlas: cuando venga el Espíritu Santo, él os guiará a toda la verdad, ciertamente insinúa que él hará cosas que pueden ser consideradas nuevas, como nunca antes publicadas, y algo gravosas, por lo cual no fueron publicadas. Entonces, dices, con esta argumentación cualquier cosa nueva y gravosa podrá ser atribuida al Paráclito, aunque sea de un espíritu adversario. De ninguna manera. Pues el espíritu adversario aparecería por la diversidad de la predicación, adulterando primero la regla de la fe, y así adulterando el orden de la disciplina; porque cuya jerarquía es anterior, su corrupción precede, es decir, la de la fe, que es anterior a la disciplina. Es necesario que alguien sea hereje primero respecto a Dios, y luego respecto a la institución. Pero el Paráclito, teniendo muchas cosas que enseñar, que el Señor difirió para él, según la predefinición, testificará primero al mismo Cristo, tal como creemos, con todo el orden del Dios Creador, y lo glorificará, y conmemorará sobre él; y así, reconocido por la regla principal, revelará aquellas muchas cosas que son de las disciplinas, dando fe por ellas la integridad de la predicación, aunque sean nuevas, porque ahora son reveladas; aunque sean gravosas, porque ni ahora son soportadas; sin embargo, no de otro Cristo que aquel que dijo que tenía otras muchas cosas que serían enseñadas por el Paráclito; no menos gravosas para estos que para aquellos por quienes aún no eran soportadas entonces.
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CAPÍTULO III.
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Pero si la monogamia es gravosa, que lo vea la impúdica debilidad de la carne. Pero si es nueva, que esto quede claro mientras tanto. Pues decimos algo más: incluso si el Paráclito hubiera determinado hoy toda la virginal y sólida continencia, de modo que no permitiera que el fervor de la carne se desahogara ni siquiera en un solo matrimonio, tampoco así parecería introducir nada nuevo; abriendo el Señor mismo los reinos de los cielos a los eunucos, como él mismo fue eunuco; hacia quien mirando también el Apóstol, por eso él mismo castrado, prefiere la continencia. Pero a salvo, dices, el derecho de casarse. Claramente a salvo; y veremos hasta dónde; no obstante, ya destruido por esa parte en la que prefiere la continencia. Bueno es, dice, para el hombre no tocar mujer. Por tanto, es malo tocarla. Pues nada es contrario al bien, sino el mal. Y por eso queda que también los que tienen esposas sean como si no las tuvieran; por lo cual, más aún, los que no tienen, no deberían tener. Da también las razones por las que aconseja así; porque los no casados piensan en las cosas de Dios: los casados, en cambio, en cómo uno pueda agradar a su cónyuge en el matrimonio. Y puedo sostener: no es meramente bueno lo que se permite. Pues lo que es meramente bueno no se permite, sino que se permite voluntariamente. El permiso tiene una causa, a veces también de necesidad. En fin, en esta especie no hay voluntad de permitir casarse. Pues quiere otra cosa: Quiero, dice, que todos vosotros seáis como yo. Y cuando muestra que es mejor, ¿qué confirma que quiere, sino lo que antepuso que es mejor? Y así, si permite otra cosa que la que quiso, permitiendo no por voluntad, sino por necesidad, no muestra como meramente bueno lo que concedió a regañadientes. En fin, cuando dice: Mejor es casarse que quemarse; ¿qué clase de bien debe entenderse aquel que es mejor que un castigo? ¿Que no puede parecer mejor, sino comparado con lo peor? Aquel bien es el que por sí mismo mantiene este nombre, sin comparación no digo de mal, sino incluso de otro bien; de modo que si comparado con otro bien sea ensombrecido, permanezca no obstante en el nombre de bien. Por lo demás, si por la comparación con el mal se ve obligado a ser llamado bien, no es tanto un bien como un género de mal inferior, que oscurecido por un mal mayor, es empujado al nombre de bien. Quita en fin la condición, para no decir: Mejor es casarse que quemarse; y pregunto si te atreves a decir: Mejor casarse; sin añadir con qué es mejor. Se vuelve entonces ya no mejor; y mientras no es mejor, tampoco es bueno, eliminada la condición, que mientras hace eso mejor que otra cosa, así obliga a ser tenido por bueno. Mejor es perder un ojo que dos: si sin embargo te apartas de la comparación de ambos males, no será mejor tener un ojo; porque tampoco es bueno. ¿Qué ahora, si toda la indulgencia de casarse, la acomoda de lo suyo, es decir, del sentido humano, por la necesidad que dijimos: Porque es mejor casarse que quemarse? En fin, vuelto a la otra especie diciendo: A los casados, en cambio, denuncio, no yo, sino el Señor, muestra que aquellas cosas que había dicho arriba no eran de autoridad dominical, sino de estimación humana. Pero cuando vuelve los ánimos a la continencia: Quiero, sin embargo, que todos vosotros seáis así: pienso, dice, que también yo tengo el espíritu de Dios; para que si algo había concedido por necesidad, lo revocara con la autoridad del Espíritu Santo. Pero también Juan, amonestándonos que debemos caminar así como el Señor, ciertamente también amonestó a caminar según la santidad de la carne, tan manifiestamente. Y todo, dice, el que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro (1 Jn 3, 3). Pues también en otro lugar: Sed santos, así como él fue santo, ciertamente, en la carne. Pues del espíritu no lo habría dicho, porque el espíritu es reconocido como santo por sí mismo, ni espera la amonestación de la santidad, que es su propia naturaleza. La carne, en cambio, es enseñada la santidad, que también fue santa en Cristo. Por tanto, si todas estas cosas obliteran la licencia de casarse, y examinada la condición de la licencia, e impuesta la preeminencia de la continencia, ¿por qué no pudo después de los Apóstoles el mismo espíritu sobreviniente para conducir la disciplina a toda la verdad, por grados de los tiempos (según lo que dice el Eclesiastés: Tiempo para todo), imponer ya la fíbula suprema a la carne, ya no desviando oblicuamente de los matrimonios, sino abiertamente, cuando el tiempo se ha hecho más corto, habiendo transcurrido unos 160 años desde entonces? ¿No te retractarías tú mismo? Esta es una disciplina antigua, premostrada ya entonces en la carne del Señor, y en su voluntad: después en los consejos y ejemplos de sus Apóstoles. Hace tiempo estábamos destinados a esta santidad. El Paráclito no introduce nada nuevo. Lo que premostró, lo define: lo que sostuvo, lo exige. Y ahora, reflexionando sobre esto, fácilmente te persuadirás de que mucho más correspondía al Paráclito predicar las nupcias únicas, él que pudo predicar ninguna, y que es más creíble que él moderó lo que hubiera sido decoroso haber suprimido, si entiendes lo que Cristo quiere. En esto también debes reconocer al Paráclito como abogado, porque excusa tu debilidad de toda la continencia.
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CAPÍTULO IV.
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Que se retire ahora la mención del Paráclito, como de algún autor nuestro. Evolucionemos los instrumentos comunes de las Escrituras antiguas. Esto mismo es demostrado por nosotros, que la disciplina de la monogamia no es ni nueva ni extraña, sino más bien antigua y propia de los cristianos; de modo que sientas al Paráclito más como su restaurador que como su institutor. En cuanto a la antigüedad, ¿qué forma más antigua puede presentarse que el mismo sentido del género humano? Dios formó una sola mujer para el varón, una sola costilla suya arrancada, y ciertamente de entre varias. Pero también en el prefacio de la obra misma: No es, dice, bueno para el hombre estar solo; hagámosle una ayuda. Pues habría dicho ayudas, si lo hubiera destinado a varias esposas. Añadió también la ley sobre el futuro. Puesto que proféticamente se dijo: Y serán dos en una carne, no tres, ni más. Por lo demás, ya no son dos, si son más. La ley se mantuvo. En fin, la unión del matrimonio perseveró en los autores del género hasta el final; no porque no hubiera otras mujeres, sino porque no las había, para que las primicias del género no fueran contaminadas por un doble matrimonio. De lo contrario, si Dios hubiera querido, podrían haber existido: ciertamente habría tomado de la numerosidad de sus hijas, no teniendo menos de sus huesos y de su carne a Eva, si esto se hiciera piadosamente. Pero donde primero el crimen, el homicidio, dedicado en el fratricidio, no fue un crimen tan digno en segundo lugar como las dos nupcias. Pues no importa si alguien tuvo dos esposas por separado, o si por separado cada una hizo dos. El mismo número de unidos y separados. Sin embargo, una vez que la institución de Dios sufrió violencia por Lamech, se mantuvo después hasta el final de esa estirpe. No existe un segundo Lamech, casado con dos. La Escritura niega lo que no nota. Otras iniquidades provocaron el diluvio, una vez defendidas cualesquiera que fueran; no obstante, no setenta veces siete, lo que merecieron dos matrimonios. Pero también la reforma del segundo género humano se cuenta con la monogamia como madre. De nuevo dos en nupcias únicas. También en los mismos animales se reconoce la monogamia, para que ni siquiera las bestias nacieran de adulterio. De todas, dice, las bestias, de toda carne, introducirás dos en el arca, para que vivan contigo, macho y hembra. Habrá de los animales volátiles según su género, y de todas las serpientes de la tierra, según su género, dos de todos entrarán a ti, macho y hembra. La misma forma y siete de entre los pares ordena que sean elegidos de macho y hembra, uno y una. ¿Qué más diré? Ni siquiera a las aves inmundas les fue permitido entrar con dos hembras.
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CAPÍTULO V.
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Esto en cuanto al testimonio de los primordios, y al patrocinio de nuestro origen, y al prejuicio de la institución divina. Lo cual ciertamente es ley, no monumento; puesto que si así se hizo desde el principio, encontramos que somos dirigidos al inicio por Cristo: como en la cuestión del repudio, diciendo que aquello fue permitido por Moisés debido a la dureza de ellos, pero que desde el principio no fue así, sin duda revoca al inicio la individuidad del matrimonio. Y por tanto, a los que Dios unió desde el principio en una carne, dos, hoy el hombre no los separará. Dice también el Apóstol escribiendo a los Efesios: Que Dios se propuso en sí mismo, para la dispensación de la plenitud de los tiempos, recapitular en Cristo todas las cosas, las que están sobre los cielos y sobre la tierra en él. Así también el Señor se revistió de las dos letras de Grecia, la suma y la última, figuras del inicio y del fin que concurren en sí: para que, así como la α se vuelve hasta la ω, y de nuevo la ω se replica a la α, mostrara que en él está tanto el decurso del inicio al fin, como el recurso del fin al inicio; para que toda disposición que termina en él, por quien comenzó, es decir, por el Verbo de Dios, que se hizo carne, por tanto termine tal como comenzó. Y hasta tal punto en Cristo todas las cosas son revocadas al inicio, que también la fe ha vuelto por la circuncisión a la integridad de la carne de aquel, tal como fue desde el principio; y la libertad de los alimentos y la abstinencia de la sangre sola, tal como fue desde el principio: y la individuidad del matrimonio, tal como fue desde el principio, y la cohibición del repudio, que no fue desde el principio; y finalmente todo el hombre es revocado al paraíso, donde estuvo desde el principio. ¿Por qué, pues, no debería referir al monogamo a aquel Adán, que no puede presentar tan íntegro como de allí fue enviado? En cuanto a la restitución del inicio, la razón de tu disposición y de tu esperanza te exige aquello que fue desde el principio, según el inicio que se cuenta para ti tanto en Adán como en Noé. Elige en cuál de ellos depositas tu inicio. En ambos la censura de la monogamia te defiende. Pero también si el inicio transmite al fin, como la α a la ω, cómo el fin remite al inicio, como la ω a la α, y así nuestro censo es transferido a Cristo, del animal al espiritual, porque no es primero lo que es espiritual, sino lo que es animal, después lo que es espiritual: por tanto veamos, si debes lo mismo a este segundo censo; si conviene que estés en la misma forma en la que está también el último Adán, en la que está el primero; cuando el último Adán, es decir, Cristo, es innupto en todo, lo que también el primer Adán antes del exilio. Pero concedido a la debilidad de tu carne su ejemplo, el Adán más perfecto, es decir, Cristo, más perfecto también en ese nombre por cuanto más íntegro, al que quiere, ciertamente, se le presenta el eunuco en la carne; si en verdad no eres capaz, se te presenta el monogamo en el espíritu, teniendo una sola Iglesia como esposa, según la figura de Adán y Eva; la cual el Apóstol interpreta en aquel gran sacramento, en Cristo y la Iglesia, habiendo correspondido a la monogamia carnal a través de la espiritual. Ves, pues, cómo también renovando el censo en Cristo, no puedes diferirlo sin la profesión de la monogamia, a menos que seas en la carne lo que él es en el espíritu, aunque también debieras haber sido igual a lo que él fue en la carne. Pero busquemos todavía algunos príncipes del origen. Pues a algunos no les agradan los padres monogamos, Adán y Noé, tal vez ni Cristo. En fin, provocan desde Abraham, prohibidos de reconocer a otro padre fuera de Dios. Sea ahora nuestro padre Abraham, sea también Pablo. En el Evangelio, dice, yo os engendré. Muéstrate también hijo de Abraham. Pues no es pasivo para ti el censo en él. Es un tiempo cierto en el que es tu padre. Pues si somos contados como hijos de Abraham por la fe, como enseña el Apóstol, diciendo a los Gálatas: Conocéis, ciertamente, que los que son de la fe, estos son hijos de Abraham; ¿cuándo creyó Abraham a Dios, y le fue contado como justicia? Opino que todavía en la monogamia, porque en la circuncisión todavía no. Pero si después fue cambiado en ambos, tanto en la digamia por el concubinato de la esclava, como en la circuncisión por el sello del testamento, no puedes reconocerlo como padre, sino entonces, cuando creyó a Dios; puesto que según la fe eres su hijo, no según la carne. O si sigues al Abraham posterior, es decir, al digamo, recibe también al circuncidado. Si rechazas al circuncidado, entonces recusarás también al digamo. No podrás mezclar sus dos disposiciones, diversas entre sí de dos maneras. El digamo comenzó con la circuncisión, el monogamo con el prepucio. ¿Recibes la digamia? admite también la circuncisión. ¿Defiendes el prepucio? estás sujeto también a la monogamia. Y hasta tal punto eres hijo del Abraham monogamo, como también del prepuciado; que si te circuncidas, ya no eres hijo, porque no serás de la fe, sino del sello de la fe justificada en el prepucio. Tienes al Apóstol, aprende con los Gálatas. Por tanto, aunque te hayas traído la digamia, no eres hijo de aquel Abraham cuya fe precedió en la monogamia. Pues aunque después es llamado padre de muchas naciones, pero de aquellas que por la fe que precede a la digamia tenían que ser contadas como hijos de Abraham. De ahí en adelante, que vean los asuntos. Una cosa son las figuras, otra las formas. Una cosa las imágenes, otra las definiciones. Las imágenes pasan cumplidas, las definiciones permanecen por cumplirse. Las imágenes profetizan, las definiciones gobiernan. Qué presagie aquella digamia de Abraham, el mismo apóstol lo enseña, intérprete de ambos Testamentos, así como determina que nuestra misma semilla fue llamada en Isaac. Si eres de la libre, perteneciendo a Isaac, este ciertamente soportó un solo matrimonio. Estos, pues, son, según opino, en los que soy contado. A los demás no los conozco. Cuyos ejemplos si observas, de algún David que incluso por sangre se imponía nupcias, de algún Salomón incluso rico en esposas; mandado a seguir lo mejor, tienes también a José uniyugo, y en este nombre, me atrevo a decir, mejor que el padre; tienes a Moisés, árbitro de Dios de cerca; tienes a Aarón, sacerdote principal. El segundo Moisés también del segundo pueblo, que introdujo nuestra imagen en la promesa de Dios, en quien primero fue dedicado el nombre del Señor, no fue digamo.
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CAPÍTULO VII.
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Después de los ejemplos antiguos de las personas originales, pasemos igualmente a los instrumentos antiguos de las Escrituras legales, para que por orden examinemos todo nuestro equipo. Y puesto que algunos a veces dicen que no tienen nada que ver con la ley, que Cristo no disolvió, sino que cumplió, a veces toman lo que quieren de la ley; claramente también nosotros decimos que la ley ha cesado de tal manera que sus cargas, que según la sentencia de los Apóstoles ni los Padres quisieron soportar, han cedido; las que en verdad miran a la justicia, no solo permanecen reservadas, sino que incluso han sido ampliadas: para que, ciertamente, nuestra justicia pueda redundar sobre la justicia de los Escribas y Fariseos. Si justicia, ciertamente también pudicia. Si, pues, puesto que en la ley se prescribe que alguien tome en matrimonio a la esposa de su hermano fallecido sin hijos, para suscitar semilla a su hermano, y eso puede suceder más a menudo en una persona según aquella astuta cuestión de los saduceos, por eso piensan que la frecuencia de nupcias está permitida; deberán entender primero la razón del precepto mismo, y así sabrán que esa razón ya cesante es de aquellas que han sido evacuadas de la ley. Necesariamente había que suceder en el matrimonio del hermano fallecido sin hijos. Primero, porque todavía aquella antigua bendición tenía que correr: Creced y multiplicaos. Después, porque los delitos de los padres eran exigidos incluso de los hijos. Tercero, porque los eunucos y los estériles eran tenidos por ignominiosos. Por tanto, para que no fueran juzgados malditos, los que no por reato de naturaleza, sino por prevención de la muerte habían fallecido sin hijos, por eso se les preparaba de su linaje una prole vicaria, y casi póstuma. Pero cuando también el Creced y multiplicaos lo evacuó la extremidad de los tiempos, introduciendo el Apóstol: Resta, que también los que tienen esposas, sean como si no las tuvieran, porque el tiempo es corto; y: Cesó la uva agria, comida por los padres, de entorpecer los dientes de los hijos: pues cada uno morirá en su propio delito; y los eunucos no solo carecieron de ignominia, sino que también merecieron gracia, invitados a los reinos de los cielos, sepultada la ley de suceder en el matrimonio del hermano, obtuvo lo contrario de ella, el no suceder en el matrimonio del hermano. Y así, como predijimos, lo que cesó de valer, cesando la razón, no puede acomodar la argumentación a otro. Por tanto, no se casará la esposa con el marido fallecido, que ciertamente se casaría con el hermano si se casara. Pues todos nosotros somos hermanos: y la que se va a casar tiene que casarse en el Señor, es decir, no con un pagano, sino con un hermano; porque también la ley antigua quita el matrimonio de los extranjeros. Cuando, sin embargo, también en el Levítico se ha advertido: Quienquiera que tome la esposa de su hermano, es inmundicia, torpeza, morirá sin hijos; sin duda, mientras él es prohibido de casarse de nuevo, y ella es prohibida, no teniendo que casarse sino con un hermano. Cómo, pues, convendrá al Apóstol y a la Ley, a la que no impugna en todo, cuando lleguemos a su epístola, se mostrará. Mientras tanto, en lo que pertenece a la Ley, nos competen más sus argumentaciones. En fin, la misma prohíbe a los sacerdotes casarse de nuevo. También a la hija del sacerdote manda, si es viuda o expulsada, si no hubiera tenido semilla, regresar a la casa de su padre, y ser alimentada de su pan. Por tanto, si no hubiera tenido semilla, no, como si la hubiera tenido, que se case de nuevo: ¡cuánto más, pues, no se casará, si tiene hijos! sino que, si los tuviera, sea alimentada más bien por el hijo que por el padre, para que también el hijo ejecute el precepto de Dios: Honra a tu padre y a tu madre. Nosotros, sin embargo, Jesús, sumo sacerdote y grande del Padre, revistiéndonos de lo suyo, nos hizo sacerdotes para Dios su Padre según Juan. Pues también a aquel joven que se apresuraba a las exequias de su padre, por eso lo revoca, para mostrar que nosotros somos llamados sacerdotes por él, a quienes la ley prohibía estar presentes en el sepelio de los padres: Sobre toda, dice, alma difunta el sacerdote no entrará, y sobre su padre, y sobre su madre no se contaminará. ¿Por tanto, también nosotros debemos observar este interdicto? De ninguna manera. Pues vive nuestro único padre Dios, y la madre Iglesia; y ni nosotros mismos estamos muertos, que vivimos para Dios; ni sepultamos a los muertos, porque también ellos viven en Cristo. Ciertamente somos sacerdotes llamados por Cristo, deudores de la monogamia por la antigua ley de Dios, que nos profetizó entonces en sus sacerdotes.
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CAPÍTULO VIII.
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Ahora, convertidos a nuestra ley propiamente dicha, es decir, al Evangelio, ¡con qué ejemplos somos recibidos! Mientras llegamos a las sentencias, he aquí que inmediatamente, como en el umbral, nos salen al encuentro dos antítesis de la santidad cristiana, la monogamia y la continencia: una púdica, en Zacarías sacerdote; otra íntegra, en Juan precursor; una aplacando a Dios, otra predicando a Cristo; una predicando totalmente al sacerdote, otra prefiriendo más que al profeta, es decir, a aquel que no solo predicó, o demostró de cerca, sino que también bautizó a Cristo. Pues ¿quién iniciaría más dignamente el cuerpo del Señor, que una carne de tal tipo, cual la que lo concibió y lo dio a luz? Y a Cristo, ciertamente, lo dio a luz una virgen, que se casaría una sola vez después del parto, para que ambos títulos de santidad fueran cumplidos en el sentido de Cristo, por la madre, virgen y univira. Pero cuando el infante es presentado en el templo, ¿quién lo recibe en sus manos? ¿quién lo reconoce primero en el espíritu? Un hombre justo y cauto, y ciertamente no digamo, para que no fuera más dignamente predicado Cristo por una mujer, vieja viuda y univira, que también dedicada al templo, suficientemente en sí misma presagiaba cuáles deben adherirse al templo espiritual, es decir, a la Iglesia. El infante Señor, habiendo experimentado tales árbitros, no tuvo otros siendo adulto. A Pedro solo encuentro casado, por la suegra; lo presumo monogamo, por la Iglesia, que edificada sobre él, iba a colocar todo grado de su orden de entre los monogamos. Como no encuentro a los demás casados; es necesario que entienda que son eunucos, o continentes. Pues ni siquiera si entre los griegos se cuentan con vocabulario común mujeres y esposas, por la facilidad de la costumbre (por lo demás, es propio el vocabulario de las esposas), por eso interpretaremos a Pablo, como si demostrara que los Apóstoles tenían esposas. Si disputara sobre matrimonios (lo que hace en los siguientes, donde el Apóstol podría haber nombrado más bien algún ejemplo), correctamente parecería decir: ¿Pues no tenemos potestad de llevar con nosotros esposas, como los demás apóstoles y Cefas? Pero cuando añade aquellas cosas que muestran su abstinencia sobre la exhibición de sustento, diciendo: ¿Pues no tenemos potestad de comer y beber? no demuestra esposas llevadas por los Apóstoles, las cuales también los que no tienen, tienen sin embargo potestad de comer y beber; sino simplemente mujeres, que con aquel mismo instituto, con el que acompañaban también al Señor, ministraban. Ahora bien, si Cristo reprueba a los Escribas y Fariseos, que se sientan en la cátedra de Moisés, y no hacen lo que enseñan, ¿cómo es que él mismo colocaría sobre su cátedra a quienes recordaran más bien prescribir la santidad de la carne, no también cumplirla, la cual por todos esos modos había insinuado que debía ser enseñada y hecha, en primer lugar por su ejemplo, luego por los demás argumentos; cuando dice que de los niños es el reino de los cielos; cuando hace consortes de ellos a otros niños después de las nupcias; cuando provoca a la simplicidad de la paloma, ave no solo inocua, sino también púdica, a la que un solo macho conoce; cuando niega el marido a la samaritana, para mostrar que el marido numeroso es adúltero; cuando en la revelación de su gloria, de tantos santos y profetas, prefiere a Moisés y a Elías consigo, uno monogamo, otro eunuco! Pues no fue otra cosa Elías que Juan, que vino en la virtud y espíritu de Elías; cuando aquel hombre comedor y bebedor, frecuentador de almuerzos y cenas con publicanos y pecadores, cena una sola vez en unas nupcias, siendo que muchos se casan. Pues tantas veces quiso celebrarlas, cuantas también estar.
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CAPÍTULO IX.
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Pero que estas argumentaciones sean consideradas más bien como forzadas por conjeturas, si no se hubieran mantenido también las sentencias que el Señor emitió en el examen del repudio, que lo que fue permitido alguna vez ahora lo prohíbe; en primer lugar, porque desde el principio no fue así, como el número del matrimonio; luego porque a los que Dios unió, el hombre no los separará; ciertamente, para no hacer contra el Señor. Pues solo él separará, quien también unió; separará, sin embargo, no por la dureza del repudio, que reprocha y reprime, sino por el débito de la muerte. Puesto que uno de los dos gorriones no cae a tierra sin la voluntad del padre. Por tanto, si a los que Dios unió, el hombre no los separará con el repudio; es igualmente consecuente que a los que Dios separó por la muerte, el hombre no los una en matrimonio; por tanto, uniendo la separación contra la voluntad de Dios, tal como si hubiera separado la unión. Esto en cuanto a no destruir la voluntad de Dios, y a restaurar la forma del inicio. Por lo demás, también otra razón conspira; más bien no otra, sino la que impuso la forma del inicio, y movió la voluntad de Dios a la prohibición del repudio: Porque quien despidiere a su esposa, excepto por causa de adulterio, la hace adulterar; y: quien tomare a la despedida por el marido, adultera ciertamente. Pues ni puede casarse legítimamente la repudiada; y si algo tal cometiera sin el nombre de matrimonio, ¿no toma el elogio de adulterio, puesto que el adulterio es crimen en el matrimonio? Dios juzgó de otra manera, más allá de los hombres, que en todo, ya sea por nupcias, ya sea vulgarmente, la admisión de otro marido sea pronunciada como adulterio por Dios. Veamos, pues, qué es el matrimonio ante Dios, y así conoceremos qué es igualmente el adulterio. Matrimonio es, cuando Dios une a dos en una carne, o encontrándolos unidos en la misma carne, selló la unión. Adulterio es, cuando, disjuntos de cualquier modo los dos, otra carne, más bien ajena, se mezcla, de la cual no se pueda decir: Esta es carne de mi carne, y este hueso de mis huesos. Pues una vez hecho esto, y pronunciado, así como desde el principio, así también ahora no puede convenir en otra carne. Por tanto, sin causa dirás que Dios no quiere que la repudiada se una a otro marido estando vivo el marido, como si quisiera estando muerto; cuando si no está obligada al muerto, por tanto tampoco al vivo; dirimiendo el matrimonio tanto el repudio como la muerte, no estará obligada a aquel a quien, por lo que estaba obligada, está roto; hasta tal punto no importa si se casa con marido vivo o muerto. Pues no delinque contra él, sino contra sí misma. Todo delito que haya cometido el hombre, está fuera del cuerpo; quien, sin embargo, comete adulterio, delinque contra su propio cuerpo. Se adultera, sin embargo, como arriba preestablecimos, quien se mezcla otra carne sobre aquella antigua, que Dios o unió en dos, o encontró unida. Y por tanto quitó el repudio, que no fue desde el principio; para que, lo que fue desde el principio, fortalezca la perseverancia de los dos en una carne, para que no irrumpa la necesidad u ocasión de una tercera encarnación, permitiendo el repudio a la única causa, si acaso se hubiera prevenido, a la cual se previene. Y hasta tal punto el repudio no fue desde el principio, que entre los romanos después del año seiscientos de la fundación de la Ciudad se denota que se cometió ese género de dureza. Pero ellos también, no repudiando, cometen adulterios; a nosotros, aunque repudiemos, ni siquiera nos será permitido casarnos.
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CAPÍTULO X.
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Veo que desde aquí ya se nos provoca a citar al Apóstol. Para percibir más fácilmente su sentido, es necesario insistir con mayor urgencia en que las mujeres están más vinculadas a su marido difunto, de modo que no admitan a otro hombre. Reflexionemos, en efecto, que el repudio ocurre por discordia, o causa discordia; pero la muerte sucede por la ley de Dios, no por ofensa humana. Y esto es un deber de todos, incluso de los que no son maridos. Por tanto, si la repudiada, que por discordia, ira, odio y las causas de estos —injuria, contumelia o cualquier querella— ha sido separada en alma y cuerpo, está vinculada a su enemigo, por no decir a su marido, ¡cuánto más aquella que, no por culpa suya ni de su marido, sino por el evento de la ley divina, no ha sido separada del matrimonio, sino dejada, pertenecerá incluso al difunto, a quien, aun difunto, debe concordia! De quien no escuchó el repudio, no se apartó; a quien no escribió repudio, está con él; a quien no quiso perder, lo retiene. Tiene consigo la licencia del ánimo, que representa al hombre todo lo que no tiene con un fruto imaginario. Finalmente, interrogo a la misma mujer: Dime, hermana, ¿enviaste a tu marido en paz? ¿Qué responderá? ¿O en discordia? Por tanto, está más vinculada a aquel con quien tiene causa ante Dios. No se apartó, pues está vinculada. Pero si fue en paz, entonces es necesario que persevere en ella con aquel a quien ya no podrá repudiar, sin que por ello vaya a casarse aunque hubiera podido repudiarlo. En verdad, ella ora por su alma, pide para él un refrigerio interino y el consorcio en la primera resurrección, y ofrece sacrificios en los días anuales de su dormición. Pues si no hace esto, verdaderamente lo ha repudiado, en cuanto de ella depende; y ciertamente esto es más inicuo, cuanto más pudo hacerlo, porque no pudo; y esto es más indigno, cuanto más indigno es, si es porque no lo mereció. ¿O es que no seremos nada después de la muerte? Según algún Epicuro, y no según Cristo. Pero si creemos en la resurrección de los muertos, ciertamente estaremos vinculados con aquellos con quienes vamos a resucitar, habiendo de rendir cuentas el uno del otro. Si, por otra parte, en aquel siglo ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán iguales a los ángeles, no por ello no estará vinculada a los cónyuges difuntos, porque no habrá restitución del matrimonio. Al contrario, estaremos más vinculados, porque estamos destinados a un estado mejor, habiendo de resucitar en un consorcio espiritual, reconociéndonos tanto a nosotros mismos como a los nuestros. Por lo demás, ¿cómo cantaremos gracias a Dios eternamente si no permanece en nosotros el sentido y la memoria de este deber? ¿Si seremos reformados en sustancia, pero no en conciencia? Por tanto, los que estaremos con Dios, estaremos juntos, mientras todos ante el único Dios (aunque la recompensa sea variada, aunque haya muchas moradas junto al mismo Padre), habiendo trabajado por un denario de la misma recompensa, es decir, la vida eterna, en la cual Dios no separará más a quienes unió, de lo que prohíbe ser separados en esta vida menor. Siendo esto así, ¿cómo tendrá espacio para otro hombre la que está ocupada por el suyo incluso en el futuro? Hablamos a ambos sexos, aunque el discurso sea hacia uno, porque una sola disciplina preside. ¿Tendrá a uno en el espíritu y a otro en la carne? Esto será adulterio, la conciencia de una sola mujer en dos hombres. Si el otro está separado de la carne, pero permanece en el corazón, allí (donde incluso el pensamiento sin el encuentro de la carne, y el adulterio se consuma antes por la concupiscencia, y el matrimonio por la voluntad) sigue siendo hasta ahora marido, poseyendo eso mismo por lo que fue hecho, es decir, el ánimo: en el cual, si habitará otro, esto será un crimen. Por lo demás, no está excluido si ha fallecido de un comercio de carne más vil. El marido es más honrado cuando se ha vuelto más puro.
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CAPÍTULO XI.
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Para que, por tanto, te cases en el Señor según la Ley y el Apóstol (si es que al menos te importa esto), ¿cuál es ese matrimonio que pides, que a aquellos a quienes se lo pides no les es lícito tener? ¿Del obispo monógamo, de los presbíteros y diáconos del mismo sacramento, de las viudas, cuya secta rechazaste en ti? Y ellos, ciertamente, darán maridos y esposas como si fueran bocados. Pues esto es lo que hay entre ellos: A todo el que te pida, le darás. Y os unirán en la Iglesia virgen, única esposa del único Cristo. Y orarás por tus maridos, el nuevo y el viejo. Elige a quién te entregas como adúltera. Creo que a ambos. Pero si eres sabia, calla ante el difunto. Que tu silencio sea para él un repudio, escrito ya en dotes ajenas. De este modo te ganarás un nuevo marido, si te olvidas del viejo. Debes agradar más a aquel por quien no preferiste agradar a Dios. Esto es lo que los Psíquicos quieren que el Apóstol haya aprobado, o que no haya reflexionado en absoluto cuando escribió: La mujer está vinculada mientras vive su marido; si, empero, hubiere muerto, es libre: cásese con quien quiera; solo que en el Señor. Pues de este capítulo defienden la licencia del segundo matrimonio, es más, de muchos, si es el segundo; pues lo que una vez dejó de ser, está expuesto a todo número. Pero en qué sentido escribió el Apóstol, brillará si primero consta que no escribió esto en el sentido en que los Psíquicos lo usan. Y constará si alguien recuerda las cosas que son diversas a este capítulo, tanto en la doctrina, como en la voluntad, y en la propia disciplina de Pablo. Pues si permite segundas nupcias, que no existieron desde el principio, ¿cómo afirma que todas las cosas se recogen desde el principio en Cristo? Si quiere que repitamos los matrimonios, ¿cómo defiende nuestra semilla en Isaac, teniendo como autor a un solo marido? ¿Cómo dispone todo el orden de la Iglesia a partir de monógamos, si esta disciplina no precede en los laicos, de quienes proviene el orden de la Iglesia? ¿Cómo aparta del fruto del matrimonio a los que aún están en él, diciendo que el tiempo es breve, si revoca al matrimonio a los que han salido de él por la muerte? Si estas cosas son diversas a ese capítulo del que se trata, constará, como dijimos, que no escribió esto en el sentido en que los Psíquicos lo usan. Porque es más fácil que ese único capítulo tenga alguna razón que concuerde con las demás, a que el Apóstol parezca haber enseñado cosas diversas entre sí. Podremos reconocer esa razón en la misma materia. ¿Cuál fue esa materia para que el Apóstol escribiera tales cosas? El aprendizaje de la nueva y naciente Iglesia, a la que alimentaba con leche, ciertamente, no aún con el alimento sólido de una doctrina más fuerte: hasta tal punto que, ante esa infancia de la fe, ignoraban aún qué debían hacer respecto a la necesidad de la carne y el sexo. Cuyas especies mismas entendemos por sus respuestas, cuando dice: En cuanto a lo que escribís, es bueno para el hombre no tocar mujer; pero por causa de las fornicaciones, que cada uno tenga su propia mujer: muestra que hubo quienes, sorprendidos en el matrimonio por la fe, temían que no les fuera lícito usar de su matrimonio desde entonces, porque habían creído en la carne santa de Cristo. Y, sin embargo, lo concede según el perdón, no según el mandato; es decir, indulgente, no ordenando que se haga así. Por lo demás, prefería que todos fueran lo que él mismo era. Por consiguiente, respondiendo también sobre el repudio, demuestra que algunos habían pensado también en esto: sobre todo, porque incluso en los matrimonios paganos no pensaban que debían perseverar después de la fe. Preguntaban también consejo sobre las vírgenes (pues no había precepto del Señor), que es bueno para el hombre si permanece así; ciertamente como fue encontrado en la fe. Estás vinculado a una mujer, no busques la solución. Estás libre de una mujer, no busques mujer: pero si hubieres tomado mujer, no pecaste: porque al que antes de la fe estaba libre de mujer, no se le contará como segunda esposa la que después de la fe es la primera. Pues desde la fe se cuenta también nuestra propia vida. Pero aquí dice que les perdona: de lo contrario, seguiría la presión de la carne, ante las angustias de los tiempos, rechazando los impedimentos del matrimonio; sino que más bien se debe tener solicitud por el Señor, mereciendo más que por el marido. Y así revoca lo que permitió. Así, pues, en ese mismo capítulo, en el que define que cada uno debe permanecer en la vocación en que fue llamado, añadiendo: La mujer está vinculada mientras vive su marido; si, empero, hubiere dormido, es libre; cásese con quien quiera, solo que en el Señor; desde aquí también demuestra que debe entenderse aquella que ella misma fue encontrada así, libre del marido, como también el marido libre de la mujer; hecha la solución por la muerte, ciertamente, no por el repudio: porque a los repudiados no les permitiría casarse, contra el precepto anterior. Por tanto, si la mujer se casare, no pecará, porque tampoco aquí se computará como segundo marido el que es el primero desde la fe, y hasta tal punto es así, que por eso añadió: Solo que en el Señor; porque se trataba de la que había tenido un pagano, y al perderlo había creído; para que, ciertamente, no presumiera que también después de la fe podía casarse con un pagano; aunque ni esto les importe a los Psíquicos. Sepamos claramente que no es así en el griego auténtico, como salió al uso mediante la astuta o simple inversión de dos sílabas: Si durmiere su marido, como si sonara a futuro, y por esto parezca pertenecer a la que ya en la fe perdió a su marido. Esto, ciertamente, si fuera así, emitida la licencia al infinito, habría dado marido tantas veces cuantas fuera perdido, sin ninguna vergüenza de casarse, incluso coincidiendo con los paganos. Pero aunque fuera como de futuro: Si el marido de alguien hubiere muerto, tanto más pertenecería al futuro de aquella cuyo marido muera antes de la fe. Acepta lo que quieras, mientras no destruyas lo demás. Pues cuando también aquellas sentencias ceden: Fuiste llamado siendo esclavo, no te preocupes: Fuiste llamado siendo incircunciso, no te circuncides: Fuiste llamado siendo circunciso, no te atraigas el prepucio; a las cuales concurre: Estás vinculado a una mujer, no busques la solución: estás libre de una mujer, no busques mujer; es suficientemente manifiesto que esto pertenece a aquellos que, constituidos en la nueva y reciente vocación, consultaban sobre estas cosas en las que habían sido sorprendidos por la fe. Esta será la interpretación de este capítulo que debe examinarse, si concuerda tanto con el tiempo, y la causa, y tanto con los ejemplos y argumentos precedentes, como con las sentencias y sentidos subsiguientes; y, en primer lugar, si concuerda con el consejo y el instituto del propio Apóstol: pues nada debe guardarse tanto como que nadie sea sorprendido siendo diverso a sí mismo.
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CAPÍTULO XII.
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Escucha también la argumentación más sutil en contra. Hasta tal punto, dicen, permitió el Apóstol repetir el connubio, que solo a los que están en el clero los vinculó al yugo de la monogamia: pues lo que prescribe a algunos, no lo prescribe a todos. ¿Acaso, pues, lo que ordena a todos, no lo ordena solo a los obispos; si lo que ordena a los obispos, no lo ordena también a todos? ¿O es para todos porque también es para los obispos? ¿Y es para los obispos porque también es para todos? ¿De dónde, pues, los obispos y el clero? ¿No son de todos? Si no todos están sujetos a la monogamia, ¿de dónde los monógamos en el clero? ¿Acaso deberá instituirse algún orden aparte de monógamos, del cual se haga la elección para el clero? Pero cuando nos exaltamos e inflamos contra el clero, entonces todos somos uno; entonces todos somos sacerdotes; porque nos hizo sacerdotes para Dios y el Padre: cuando somos provocados a la igualación de la disciplina sacerdotal, deponemos las ínfulas y somos iguales. Se trataba de los órdenes eclesiásticos, cuáles deberían ser ordenados. Era necesario, por tanto, que toda forma de disciplina común fuera propuesta en su frente, un edicto de algún modo futuro para todos en el precepto, para que la plebe supiera más que ese orden debía ser observado por ella, el cual hacía a los prepósitos, y para que ni el mismo honor se halagara a sí mismo con algo de licencia, como por privilegio de lugar. El Espíritu Santo preveía que algunos dirían: «Todo es lícito a los obispos»; así como ese vuestro de Uthina, que ni siquiera temió la ley Scantinia. ¡Cuántos digamos presiden entre vosotros, insultando ciertamente al Apóstol, ciertamente no sonrojándose, cuando estas cosas se leen bajo ellos! Vamos ya, tú que piensas que la excepción de la monogamia se hizo sobre los obispos, retírate también de los restantes títulos de la disciplina, que junto con la monogamia se adscriben a los obispos. No seas irreprensible, sobrio, bien educado, hospitalario, enseñable; sino, en verdad, dado al vino, y pronto a golpear con la mano, y pendenciero, y amante del dinero, y que no gobierna su casa, ni cuida la disciplina de sus hijos, ni busca buena fama de los extraños. Pues si los obispos tienen su ley sobre la monogamia, también las demás cosas que deberán acceder a la monogamia estarán escritas para los obispos. Para los laicos, en cambio, a quienes la monogamia no conviene, las demás cosas también son ajenas. Has evadido, Psíquico, si quieres, los vínculos de toda la disciplina. Prescribe constantemente que no se ordena a todos lo que está prescrito a algunos; o si las demás cosas son comunes, pero la monogamia está impuesta solo a los obispos, ¿acaso deben ser proclamados cristianos solo aquellos en quienes se ha concentrado toda la disciplina?
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CAPÍTULO XIII.
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Pero también escribiendo a Timoteo, quiere que las jóvenes se casen, tengan hijos, actúen como madres de familia. Se dirige a aquellas que señala arriba, las jóvenes viudas, que sorprendidas en la viudez, y habiendo seguido por algún tiempo, después que tuvieron a Cristo en delicias, quieren casarse, teniendo juicio de que rescindieron la primera fe: aquella, ciertamente, de la cual, encontradas en la viudez y profesándola, no perseveran. Por lo cual quiere que se casen, para que no rescindan después la primera fe de la viudez aceptada, no para que se casen tantas veces cuantas no quisieron perseverar en la viudez tentada, es más, tenida en delicias. Leemos que también escribió a los Romanos: La mujer que está bajo marido, está vinculada al marido viviente; si, empero, hubiere muerto, ha sido evacuada de la ley del marido. Ciertamente, pues, viviendo el marido, será considerada adúltera si se hubiere unido a otro hombre. Si, en verdad, hubiere muerto el marido, está liberada de la ley, de modo que no se ha hecho adúltera con otro hombre. Pero reconoce también las cosas siguientes, a dónde va a parar este sentido que te halaga: Así, dice, hermanos míos, mortificaos también vosotros a la ley por el cuerpo de Cristo, para que seáis hechos para otro, es decir, para aquel que resucitó de entre los muertos, para que llevemos fruto a Dios. Pues cuando estábamos en la carne, las pasiones de los delitos, que se efectuaban por la ley en nuestros miembros para llevar fruto a la muerte: ahora, empero, hemos sido evacuados de la ley, muertos en lo que estábamos vinculados, para servir a Dios en la novedad del espíritu, y no en la vetustez de la letra. Por tanto, si nos manda mortificarnos a la ley por el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, la cual consiste en el espíritu de novedad, no por la letra de la vetustez, es decir, de la ley; apartándote de la ley, que no retiene a la mujer, muerto el marido, para que no se haga de otro hombre, te reduce a la condición contraria, para que, perdido el marido, no te cases; y cuanto no serías considerada adúltera hecha para otro hombre después de la muerte del marido, si aún debieras actuar en la ley, tanto por la diversidad de la condición del adulterio te prejuzga casándote con otro después de la muerte del marido: porque ya estás mortificada a la ley, no puede serte lícito, cuando te apartaste de aquella ante la cual te era lícito.
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CAPÍTULO XIV.
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Ahora, si el Apóstol hubiera permitido absolutamente casarse en la fe, perdido el matrimonio, habría hecho lo mismo que las demás cosas que realizó contra la forma de su regla por la condición de los tiempos, circuncidando a Timoteo por causa de los falsos hermanos superinducidos, e introduciendo a algunos rapados en el templo por la observancia de los judíos, él que castiga a los Gálatas que querían actuar en la Ley. Pero las cosas exigían que se hiciera todo para todos, para ganar a todos, pariendo a ellos hasta que se formara Cristo en ellos, y calentando como nodriza a los pequeños de la fe, enseñando algunas cosas por perdón, no por mandato, pues otra cosa es ser indulgente, otra mandar: por consiguiente, permitiendo la licencia temporal de casarse de nuevo por la debilidad de la carne, del mismo modo que Moisés la de repudiar por la dureza del corazón. Y aquí, pues, daremos el suplemento de este sentido. Pues si Cristo quitó lo que Moisés mandó, porque desde el principio no fue así, y no por eso se reputará que Cristo vino de otra virtud; ¿por qué no habría quitado también el Paráclito lo que Pablo permitió? Porque también el segundo matrimonio no fue desde el principio, y no por eso debe ser tenido como sospechoso, como si fuera un espíritu ajeno, ¡con tal de que sea digno de Dios y de Cristo lo que se sobreinduce! Si fue digno de Dios y de Cristo reprimir la dureza del corazón una vez cumplido el tiempo, ¿por qué no sería más digno para Dios y para Cristo disipar la debilidad de la carne en un tiempo ya más recogido? Si es justo que el matrimonio no sea separado, ciertamente también es honesto que no sea iterado. Finalmente, ante el siglo, ambos se computan en buena disciplina, uno en nombre de la concordia, otro de la pudicia. Reinó la dureza del corazón hasta Cristo: reinará también la debilidad de la carne hasta el Paráclito. La nueva ley quitó el repudio, tuvo qué quitar. La nueva profecía, el segundo matrimonio, no menos repudio del anterior. Pero la dureza del corazón cedió más fácilmente a Cristo que la debilidad de la carne. Esta defiende más a Pablo para sí, que aquella a Moisés; sin embargo, lo defiende cuando captura al que es indulgente, rechaza al que prescribe, la cual elude sus sentencias más potentes y voluntades perpetuas; la cual no nos permite prestar a este Apóstol lo que prefiere. ¿Y hasta cuándo esta debilidad impudentísima perseverará en expugnar las cosas mejores? Su tiempo fue hasta que el Paráclito obrara, en quien fueron dilatadas por el Señor las cosas que entonces no podían ser sostenidas, las cuales ya a nadie le compete no poder llevar; porque por quien se da poder llevar, no falta. ¿Hasta cuándo nos quejaremos de la carne, porque dijo el Señor: La carne es débil? Pero antepuso también: El espíritu está pronto; para que el espíritu venza a la carne, para que lo que es débil ceda a lo más fuerte. Pues también: El que pueda captar, capte, dijo; es decir, el que no puede, que se retire. Se retiró también aquel rico, que no había captado el precepto de la sustancia a dividir a los necesitados, y fue dejado a su sentencia por el Señor. Y no por eso se imputará dureza a Cristo por el vicio del arbitrio libre de cualquiera. He aquí, dice, puse ante ti el bien y el mal; elige lo que es bueno; si no puedes, porque no quieres (pues que puedes, si quieres, lo muestra, porque propuso ambos a tu arbitrio), debes retirarte de aquel cuya voluntad no haces.
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CAPÍTULO XV.
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¿Cuál es, pues, aquí nuestra dureza, si renunciamos a los que no hacen la voluntad de Dios? ¿Qué herejía, si juzgamos las segundas nupcias, como ilícitas, junto al adulterio? ¿Qué es, pues, el adulterio, sino matrimonio ilícito? El Apóstol nota a los que prohibían casarse en absoluto, los cuales también prohibían los alimentos que Dios creó. Nosotros, en verdad, no quitamos más las nupcias si rechazamos las segundas, de lo que reprobamos los alimentos si ayunamos más a menudo. Otra cosa es quitar, otra templar, otra cosa es poner la ley de no casarse, otra establecer el modo de casarse. Claramente, los que nos reprochan dureza o herejía en esta causa, si tanto fomentan la debilidad de la carne, que piensan que debe ser sostenida frecuentemente al casarse; ¿por qué no la sostienen en otra causa, ni la fomentan con perdón, cuando ha sido expugnada por tormentos a la negación? Pues ciertamente aquella merece ser más excusada, la que cayó en la batalla, que la que en el dormitorio; la que sucumbió en el potro, que la que en el lecho; la que cedió a la credulidad, que la que a la libido; la que gimiendo fue vencida, que la que voluntariamente. Pero a aquella, ciertamente, la expulsan de la comunicación, porque no sostuvo hasta el fin; a esta, en cambio, la reciben, como si también esta hubiera sostenido hasta el fin. Propón qué no sostuvo cada una hasta el fin, y encontrarás que la causa de aquella es más honesta, la que no pudo sostener la crueldad, que la que no pudo sostener la pudicia. Y, sin embargo, ni la debilidad de la carne excusa la defección sangrienta, mucho menos la impúdica.
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CAPÍTULO XVI.
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Río, sin embargo, cuando se opone la debilidad de la carne, la cual debe ser llamada suma fortaleza. Casarse de nuevo es cosa de fuerzas; resurgir a las obras de la carne desde el ocio de la continencia es sustancia de los costados. Tal debilidad basta para un tercer, un cuarto, y quizás hasta un séptimo matrimonio; de modo que, la que es tantas veces más fuerte cuantas veces haya sido más débil, habiendo de tener ya no al Apóstol como autor, sino a algún Hermógenes, acostumbrado a llevar más mujeres que a pintar, pues la materia abunda en él, de donde presumiendo también que el alma es, mucho más no tiene el espíritu de Dios, ya ni siquiera psíquico, porque no es psíquico por el soplo de Dios. ¿Qué si alguien se queja de inopia, para profesar que su carne está abiertamente prostituida, casándose por causa de exhibición, olvidado de que no se debe pensar en el sustento y el vestido? Tiene a Dios, educador incluso de los cuervos, cultivador incluso de las flores. ¿Qué si alega la soledad de la casa? Como si una mujer prestara frecuencia al hombre próximo a la fuga: tiene a la viuda, ciertamente, a la que le será lícito tomar. No una esposa de este género, sino que está concedido tener incluso más. ¿Qué si alguien piensa en la posteridad con los mismos ánimos con los que la mujer de Lot con los ojos, para que por eso alguien repita el matrimonio, porque no tuvo hijos del anterior; buscará, ciertamente, herederos el cristiano, ¿desheredado de todo el siglo? Tiene hermanos, tiene a la Iglesia como madre. Otra cosa es si creen que también ante Cristo se actúa por las leyes Julias, y estiman que los célibes y los huérfanos no pueden tomar el sólido por testamento de Dios. Cásense, pues, los de este tipo hasta el fin, para que en esa confusión de la carne; como Sodoma y Gomorra, y los días del diluvio, sean sorprendidos por aquel último final del siglo. Añadan el tercer dicho: Comamos, y bebamos, y casémonos: pues mañana moriremos; no reflexionando que aquel ¡Ay! para las embarazadas y lactantes, mucho más grave y amargo sucederá en la conmoción de todo el mundo, de lo que sucedió en la devastación de una partícula de Judea. Recojan frutos suficientemente oportunos para los tiempos novísimos con matrimonios iterados, ubres flotantes, y úteros nauseabundos, e infantes que pían. Prepárense para el Anticristo en lo que más libidinosamente se enfurezca. Les traerá parteras verdugos.
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CAPÍTULO XVII.
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Tendrán, claramente, qué alegar ante Cristo, un privilegio especioso, la imbecilidad de la carne en todas partes. Pero a esta ya no la juzgarán Isaac, nuestro padre monógamo, ni algún Juan, eunuco de Cristo, ni Judit, hija de Merari, ni tantos otros ejemplos de santos. Suelen destinarse jueces étnicos. Surgirá la reina de Cartago, y sentenciará contra las cristianas, la cual, fugitiva, y en suelo ajeno, y siendo la formadora de tan gran ciudad, cuando debería haber optado voluntariamente por las nupcias del rey; para no experimentar segundas, prefirió, por el contrario, arder antes que casarse. Se sentará también ante ella la matrona romana, la cual, aunque por fuerza nocturna, no obstante, habiendo experimentado a otro hombre, lavó la mancha de la carne con su propia sangre, para vindicar la monogamia en sí misma. Fueron también las que preferían morir por sus maridos, antes que casarse después de ellos. A los ídolos, ciertamente, aparecen tanto la monogamia como la viudez. A la fortuna femenina no le impone corona, sino la univira; así como tampoco a la madre Matuta. El Pontífice Máximo y la Flaminica se casarán una vez. Las sacerdotisas de Ceres, viviendo incluso los maridos y consintiendo, se enviudan por amigable separación. Hay también las que juzgan sobre toda la continencia, las vírgenes de Vesta y de Juno Aquea, y de Diana Escítica, y de Apolo Pitio. Incluso los antístites de aquel buey egipcio juzgarán la debilidad de los cristianos sobre la continencia. Sonrójate, carne, que te revestiste de Cristo. Que te baste casarte una vez, en lo que fuiste hecha desde el principio, en lo que eres revocada desde el fin. Vuelve a Adán o al anterior, si no puedes al último. Una vez probó él del árbol, una vez concupiscio, una vez protegió sus partes vergonzosas, una vez se sonrojó ante Dios, una vez escondió su rubor, una vez se exilió del paraíso de la santidad, una vez desde entonces se casó. Si estuviste en él, tienes tu forma; si pasaste a Cristo, deberás ser mejor. Exhibe al tercer Adán, y a este digamo, y entonces podrás ser lo que no puedes entre dos.