De Patientia
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Original / primary: Spanish Gemini
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Confieso ante el Señor Dios que he osado componer sobre la paciencia con bastante temeridad, si no es que incluso con impudicia, pues no soy en absoluto idóneo para practicarla, como hombre que carece de todo bien, cuando debería ser que quienes emprenden la demostración y recomendación de alguna cosa sean ellos mismos los primeros en ser hallados en la administración de esa cosa y dirigir la constancia de la amonestación con la autoridad de su propia conducta, para que las palabras no se avergüencen por la falta de hechos. Y ojalá que ese remedio traiga el rubor, de modo que la vergüenza de no exhibir lo que nos disponemos a sugerir a otros se convierta en magisterio, a no ser que la magnitud de ciertos bienes, así como la de los males, sea tan intolerable que, para captarlos y practicarlos, solo actúe la gracia de la inspiración divina. Pues lo que es máximamente bueno, eso está máximamente en poder de Dios, y nadie más que quien lo posee lo dispensa, según se digna con cada uno. Por tanto, será como un consuelo disputar sobre aquello que no se nos da disfrutar, a la manera de los enfermos que, cuando carecen de salud, no saben callar sobre sus bienes. Así, yo, el más miserable, siempre enfermo por los ardores de la impaciencia, de la cual no obtengo la salud de la paciencia, necesito suspirar, invocar y explayarme, cuando recuerdo y, en la contemplación de mi propia debilidad, comprendo que la buena salud de la fe y la sanidad de la disciplina dominical no llegan fácilmente a nadie, a menos que la paciencia esté presente. Está tan preeminente sobre las cosas de Dios que nadie puede cumplir ningún precepto, ni realizar ninguna obra que agrade al Señor, si es ajeno a la paciencia. Es un bien que incluso aquellos que viven en la ceguera honran con el nombre de virtud suprema. Los filósofos, ciertamente, que son considerados animales de alguna sabiduría, le otorgan tanto crédito que, aunque discrepen entre sí por los diversos caprichos de sus sectas y las emulaciones de sus sentencias, sin embargo, conscientes de la paciencia en común, han confiado a esta sola la paz de sus estudios. En ella conspiran, en ella se federan, en ella se esfuerzan unánimemente por la afectación de la virtud; anteponen toda ostentación de sabiduría a la paciencia. Es un gran testimonio de ella cuando promueve incluso las vanas disciplinas del siglo hacia la alabanza y la gloria.¿ O es más bien una injuria, cuando una cosa divina se revuelve en las artes seculares? Pero que se vean ellos, a quienes pronto les dará vergüenza su sabiduría destruida y deshonrada junto con el siglo.
2
Para nosotros, la autoridad de ejercitar la paciencia no la delega una afectación humana formada por el estupor de la ecuanimidad canina, sino la disposición divina de una disciplina viva y celestial, mostrando al mismo Dios como el primer ejemplo de paciencia, quien esparce la flor de esta luz sobre justos e injustos por igual, quien permite que los oficios de los tiempos, los servicios de los elementos y los tributos de toda la creación ocurran a los dignos y a los indignos al mismo tiempo, soportando a las naciones más ingratas que adoran los ludibrios de las artes y las obras de sus manos, persiguiendo el nombre y la familia de Él, y la lujuria, la avaricia, la iniquidad y la malignidad que se insolentan diariamente, para que su propia paciencia se lo quite. Pues muchos no creen en el Señor por esta razón, porque no saben que Él está airado con el siglo desde hace tanto tiempo.
3
Y esta es, ciertamente, una especie de paciencia divina, que se estima casi desde lejos, como si fuera desde las alturas. Pero,¿ qué hay de aquella que, entre los hombres, ha sido, por así decirlo, aprehendida con la mano en la tierra? Dios permite nacerse en el útero de una madre y, nacido, soporta crecer, y adulto, no se afana por ser reconocido, sino que, además, es objeto de insultos, es bautizado por su siervo y repele los encuentros del tentador solo con palabras. Cuando se convierte en maestro de Dios enseñando al hombre a evitar la muerte, por la salvación, ciertamente, y por el perdón de la ofensa, instruido en la paciencia, no contendió, no reclamó, ni nadie escuchó su voz en las plazas; no quebró la caña cascada, no apagó el pabilo humeante. Pues no había mentido el profeta, sino que era la propia atestación de Dios, que colocaba su espíritu en el Hijo con toda paciencia. No dejó de recibir a nadie que quisiera adherirse a Él, no despreció la mesa ni el techo de nadie; es más, Él mismo sirvió lavando los pies de los discípulos; no desdeñó a los pecadores ni a los publicanos, ni siquiera se airó con aquella ciudad que no había querido recibirlo, cuando incluso los discípulos habían querido que se representaran fuegos celestiales sobre tan insultante pueblo; curó a los ingratos, cedió ante los que le tendían emboscadas. Poco es esto, si no es que incluso tuvo consigo a su traidor y no lo denunció constantemente. Pero cuando es entregado, cuando es llevado como una oveja al matadero— pues así no abre más la boca que un cordero bajo el poder del esquilador—, Aquel a quien, si hubiera querido, le habrían asistido desde los cielos legiones de ángeles con una sola palabra, no aprobó ni siquiera la espada vengadora de uno de sus discípulos. La paciencia del Señor fue herida en Malco. Por tanto, maldijo las obras de la espada para el futuro y, con la restitución de la salud, satisfizo a aquel a quien Él mismo no había atormentado, mediante la paciencia, madre de la misericordia. Callo que es crucificado; pues para esto había venido.¿ Acaso, sin embargo, para sufrir la muerte había necesidad también de insultos? Pero quería saciarse con el placer de la paciencia antes de partir: es escupido, azotado, escarnecido, vestido con ropas viles, coronado con otras más viles. Admirable fe de ecuanimidad: quien se había propuesto ocultarse en figura de hombre, no imitó nada de la impaciencia del hombre. Por esto, sobre todo, fariseos, debisteis reconocer al Señor; ningún hombre perpetraría una paciencia de este tipo. Tales y tan grandes documentos, cuya magnitud es, ciertamente, un rechazo de la fe ante las naciones, pero ante nosotros es razón y estructura, prueban bastante abiertamente, no solo con sermones al enseñar, sino también con las pasiones del Señor al soportar, a aquellos a quienes se les ha dado creer, que la paciencia es la naturaleza de Dios, el efecto y la excelencia de una propiedad innata.
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Por tanto, si vemos que todos los siervos probos y de buena mente se comportan según el carácter del señor— si es que el arte de merecer es la obediencia, y la disciplina de la obediencia es la sujeción dócil—, cuánto más debemos encontrarnos comportándonos según el Señor, es decir, como siervos del Dios vivo, cuyo juicio sobre los suyos no se convierte en grillete o gorro de liberto, sino en la eternidad de la pena o de la salvación. Para evitar cuya severidad o invitar cuya liberalidad, se necesita tanta diligencia de obediencia como son las cosas mismas que la severidad amenaza o la liberalidad promete. Y, sin embargo, nosotros no solo exigimos obediencia de los hombres sometidos a servidumbre o deudores de obediencia por cualquier otro derecho, sino también de las bestias, incluso de los animales, entendiendo que han sido provistos y entregados por el Señor para nuestros usos.¿ Serán, pues, mejores para nosotros en la disciplina de la obediencia las cosas que Dios nos somete? Finalmente, las bestias reconocen a quienes obedecen:¿ nosotros dudamos en escuchar a Aquel a quien solo estamos sometidos, es decir, al Señor? Pero,¡ qué injusto es, qué ingrato incluso, que lo que consigues de otros por la indulgencia de otro, no se lo devuelvas a Aquel mismo por quien lo consigues! Y no hace falta hablar más sobre la exhibición de la obediencia debida por nosotros al Señor Dios. Pues el reconocimiento de Dios entiende suficientemente lo que le incumbe. Sin embargo, para que no parezcamos haber omitido la obediencia como algo ajeno, la obediencia misma también se deriva de la paciencia.¿ Acaso alguien no obedece siendo paciente o lucha siendo paciente? Por tanto,¿ quién retractará largamente sobre el bien de Aquel, el Señor Dios, que es a la vez demostrador y aceptador de todos los bienes, que llevó en sí mismo?¿ A quién, asimismo, le puede caber duda de que todo bien, porque pertenece a Dios, debe ser buscado con toda la mente por los que pertenecen a Dios? Por medio de lo cual, en un compendio expedito y casi de prescripción, se ha establecido la recomendación y exhortación sobre la paciencia.
5
Sin embargo, forjar una disputa sobre las necesidades de la fe no es ocioso, porque tampoco es infructuoso. La locuacidad en la edificación no es vergonzosa, si es que alguna vez lo es. Por tanto, si se trata de algún bien, la cosa exige revisar también lo contrario del bien. Pues iluminarás mejor qué debe ser buscado si has expuesto igualmente qué debe ser evitado. Consideremos, pues, sobre la impaciencia, si, así como la paciencia está en Dios, su adversaria ha nacido y se ha encontrado en nuestro adversario, para que de esto aparezca cuán principalmente se opone a la fe. Pues lo que ha sido concebido por el rival de Dios, ciertamente no es amigo de las cosas de Dios. La misma discordia hay en las cosas que en los autores. Además, siendo Dios óptimo y el diablo, por el contrario, pésimo, atestiguan por su misma diversidad que ninguno hace lo del otro, de modo que no nos pueda parecer que algo de bien haya sido editado por el mal, ni algo de mal por el bien. Por tanto, descubro los nacimientos de la impaciencia en el mismo diablo, ya entonces, cuando soportó impacientemente que el Señor Dios hubiera sometido todas las obras que había hecho a su imagen, es decir, al hombre; pues no se habría dolido si hubiera soportado, ni habría envidiado al hombre si no se hubiera dolido. Tanto lo engañó porque había envidiado; pero había envidiado porque se había dolido; pero se había dolido porque, ciertamente, no había soportado pacientemente. Qué fue primero aquel ángel de perdición, si malo o impaciente, desprecio buscarlo, cuando es evidente que o la impaciencia comenzó por la malicia o la malicia por la impaciencia, y luego conspiraron entre sí y crecieron indivisibles en un mismo seno paterno. Pero, en efecto, lo que había sentido primero, por lo cual había entrado a delinquir primero, instruido por su propia experiencia sobre qué ayudaba para pecar, llamó a la misma al hombre para que cayera en el crimen. La mujer, encontrada inmediatamente, no diría temerariamente, fue soplada por el mismo coloquio con su espíritu infectado de impaciencia. Hasta tal punto nunca habría pecado en absoluto si hubiera preservado la paciencia ante el interdicto divino.¿ Qué decir de que no solo no soportó el encuentro, sino que ante Adán, aún no marido, aún no debiéndole oídos, es impaciente incluso de callar y hace a aquel transmisor de lo que había extraído del mal? Perece, pues, también el otro hombre por la impaciencia del otro, por perecer pronto también él mismo por su propia impaciencia cometida en ambos casos, tanto respecto a la premonición de Dios como respecto a la circunscripción del diablo, no soportando guardar la una y refutar la otra. De aquí la primera fuente del juicio, de donde la delincuencia; de aquí Dios comenzó a airarse, de donde el hombre fue inducido a ofender.¿ O qué crimen se imputa al hombre antes de este de la impaciencia? Era inocente y amigo cercano de Dios y colono del paraíso. Pero una vez que sucumbió a la impaciencia, dejó de saber a Dios, dejó de poder soportar las cosas celestiales; desde entonces el hombre, dado a la tierra y expulsado de los ojos de Dios, comenzó a ser fácilmente usurpado por la impaciencia en todo lo que ofendiera a Dios. Pues inmediatamente ella, concebida por la semilla del diablo con la fecundidad de la malicia, engendró a la ira como hijo y educó al editado con sus artes. Pues lo que ella misma había sumergido a Adán y Eva en la muerte, enseñó también al hijo a comenzar por el homicidio. En vano habría atribuido esto a la impaciencia si aquel Caín, primer homicida y primer fratricida, hubiera soportado ecuánime y no impacientemente sus ofrendas rechazadas por el Señor, si no se hubiera airado con su hermano, si finalmente no hubiera matado a nadie. Pero cuando no pudo matar sino airado, ni airarse sino impaciente, demuestra que lo que hizo por la ira debe referirse a aquella de la cual fue sugerida la ira. Estos son, pues, los cuna de la impaciencia, entonces de alguna manera infantil. Por lo demás,¡ cuántos incrementos pronto! Y no es de extrañar. Pues si la primera delinquió, es consecuente que, porque es la primera, por eso sea también la única matriz para todo delito, derramando de su fuente diversas venas de crímenes. Sobre el homicidio, ciertamente, se ha dicho. Pero la ira, editada desde el principio, también cualquier causa que después se encuentre para la impaciencia, la confiere al origen de sí misma. Pues sin que alguien cometa ese crimen, ya sea por enemistades o por causa de botín, es primero que se vuelva impaciente, ya sea del odio o de la avaricia. Lo que sea que obligue, no hay crimen sin impaciencia para que pueda ser perfeccionado.¿ Quién cometió adulterio sin la impaciencia de la libido? Lo cual, incluso si es forzado por precio en las mujeres, esa venta de la pudicia se ordena ciertamente por la impaciencia de despreciar el lucro. Estos son los delitos principales ante el Señor. Pues, para decirlo en compendio, todo pecado debe atribuirse a la impaciencia. La impaciencia es el mal del bien. Nadie impúdico no es impaciente de la pudicia, y nadie malvado no es impaciente de la probidad, y nadie impío no es impaciente de la piedad, y nadie inquieto no es impaciente de la quietud. Para que cada uno se vuelva malo, no podrá perseverar en ser bueno. Tal, pues, víbora de delitos,¿ por qué no ofendería al Señor, reprobador de los males?¿ O no es manifiesto que el mismo Israel siempre delinquió contra Dios por la impaciencia, desde entonces, cuando, olvidado del brazo celestial por el cual había sido extraído de las aflicciones egipcias, pide para sí dioses como guías a Aarón, cuando derrama las colaciones de su oro en un ídolo? Pues había soportado impacientemente las esperas tan necesarias de Moisés, que se encontraba con el Señor. Después de la lluvia comestible del maná, después de la secuela acuática de la roca, desesperan del Señor, no soportando la sed de tres días. Pues esta impaciencia también les es reprochada por el Señor. Y para no divagar por cada cosa: nunca dejaron de perecer delinquiendo por la impaciencia.¿ Cómo, por lo demás, pusieron manos sobre los profetas, sino por la impaciencia de escuchar? Y sobre el Señor mismo, por la impaciencia incluso de ver. Pero si hubieran entrado en la paciencia, serían liberados.
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Es ella misma la que sigue y precede a la fe. Finalmente, Abraham creyó a Dios y le fue imputado como justicia; pero la paciencia probó su fe, cuando, ordenado a inmolar a su hijo, escuchó pacientemente un precepto tan grave— que ni al Señor le placía que se cumpliera—, lo cual no diría que fue una tentación de la fe, sino una atestación típica— por lo demás, Dios sabía a quién había imputado la justicia— y, si Dios hubiera querido, lo habría cumplido. Merecidamente, pues, bendito, porque también fiel; merecidamente fiel, porque también paciente. Así, la fe iluminada por la paciencia, cuando era sembrada en las naciones por la semilla de Abraham, que es Cristo, y sobreañadía la gracia a la ley, puso a la paciencia como su ayudante para ampliar y cumplir la ley, lo cual era lo único que había faltado a la doctrina de la justicia anteriormente. Pues antiguamente repetían ojo por ojo y diente por diente y pagaban mal por mal. Pues aún no estaba la paciencia en la tierra, porque tampoco la fe. Ciertamente, mientras tanto, la impaciencia disfrutaba de las ocasiones de la ley. Era fácil estando ausente el Señor de la paciencia y maestro. Quien, después de que sobrevino y compuso la gracia de la fe con la paciencia, ya no es lícito ni siquiera provocar con palabras ni decir necedades sin peligro de juicio. Prohibida la ira, restringidos los ánimos, comprimida la petulancia de la mano, extraído el veneno de la lengua. La ley encontró más de lo que perdió. Diciendo Cristo: amad a vuestros enemigos y bendecid a los que os maldicen y orad por vuestros perseguidores, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial. Ves qué padre nos adquiere la paciencia.
7
Con este precepto principal, por el cual ni siquiera es lícito hacer el mal dignamente, toda la disciplina de la paciencia está ceñida. Ahora bien, al recorrer nosotros las causas de la impaciencia, los demás preceptos también responderán en sus lugares. Si el ánimo se agita por el detrimento de la hacienda familiar, en casi todo lugar se amonesta en las escrituras dominicales a despreciar el siglo; y no subyace mayor exhortación al desprecio del dinero que el hecho de que el mismo Señor no se encuentra en ninguna riqueza. Siempre justifica a los pobres, condena a los ricos. Así, el fastidio de la paciencia ante el detrimento ha administrado la opulencia, demostrando que, mediante la abyección de las riquezas, tampoco deben computarse sus daños. Por tanto, lo que no tenemos necesidad alguna de apetecer, porque tampoco el Señor apeteció, no debemos soportar con pesar que sea truncado o incluso arrebatado. El espíritu del Señor, por medio del apóstol, pronunció que la codicia es la raíz de todos los males. No la interpretemos constituida solo en la concupiscencia de lo ajeno: pues también lo que parece nuestro es ajeno; pues nada es nuestro, ya que todas las cosas son de Dios, de quien también nosotros mismos somos. Por tanto, si afectados por un daño sintiéramos impacientemente, doliéndonos por lo perdido que no es nuestro, seremos hallados allegados a la codicia. Buscamos lo ajeno cuando soportamos con pesar lo ajeno perdido. Quien se agita por la impaciencia del daño anteponiendo las cosas terrenales a las celestiales, peca de cerca contra Dios. Pues sacude el espíritu que recibió del Señor por causa de una cosa secular. Perdamos, pues, gustosamente las cosas terrenales para proteger las celestiales. Que perezca todo el siglo, mientras gane la paciencia. Ahora bien, quien ha decidido no soportar constantemente algo que se le ha disminuido, ya sea por robo, por fuerza o incluso por negligencia, no sé si él mismo podría fácilmente o de corazón poner mano en su propia cosa en causa de limosna. Pues,¿ quién, no soportando en absoluto ser cortado por otro, lleva él mismo el hierro en su propio cuerpo? La paciencia en los detrimentos es un ejercicio de dar y compartir. No le pesa donar a quien no teme perder. De lo contrario,¿ cómo, teniendo dos túnicas, dará una de ellas al desnudo, si no es el mismo que pueda ofrecer también el manto al que le quita la túnica?¿ Cómo fabricaremos amigos para nosotros del mamón, si lo hemos amado tanto que no soportamos perderlo? Pereceremos con lo perdido, nosotros que aquí encontramos donde tenemos que perder. Es de los gentiles aplicar la impaciencia a todos los detrimentos, quienes quizás anteponen la cosa pecuniaria al alma; pues eso hacen cuando ejercen los peligros lucrativos de las mercancías en el mar por codicia de lucro, cuando por causa del dinero dudan en emprender incluso en el foro nada que temer de la condenación, cuando finalmente se alquilan al juego y a los campamentos, cuando, olvidados de las bestias, se lanzan por caminos transitables. Nosotros, en cambio, según la diversidad con la que estamos con ellos, conviene que no depositemos el alma por el dinero, sino el dinero por el alma, ya sea espontáneamente al dar o pacientemente al perder.
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Llevamos la misma alma y el mismo cuerpo en este siglo expuesto a toda injuria y somos sumos en la paciencia de esa injuria:¿ seremos heridos por la delibación de cosas menores?¡ Lejos de un siervo de Cristo tal contaminación, que la paciencia preparada para tentaciones mayores se pierda en cosas frívolas! Si alguien intentara provocar con la mano, está a mano la moneda dominical: al que te golpea en la mejilla, dice, vuélvele también la otra. Que la improbitad se fatigue con tu paciencia; que cualquier golpe suyo sea constreñido por el dolor y el insulto. Más, soportando los golpes de aquel improbo, será azotado más gravemente por el Señor; pues será azotado por Aquel por cuya gracia soportas. Si la amargura de la lengua brotara con maldición o con convicio, mira el dicho: cuando os maldigan, alegraos. El Señor mismo es maldecido en la ley y, sin embargo, es el único bendito. Por tanto, sigamos al Señor como siervos y seamos maldecidos pacientemente, para que podamos ser benditos. Si escucho con poco ánimo algún dicho protervo o malvado contra mí, es necesario que yo mismo devuelva la vuelta de la amargura, o seré atormentado por una impaciencia muda. Cuando, pues, haya golpeado con maldiciones,¿ cómo seré hallado siguiendo la doctrina del Señor, por la cual se ha transmitido que el hombre no es contaminado por las inmundicias de los vasos, sino por las que salen de la boca, y asimismo: que nos queda el reato de todo dicho vano y superfluo? Sigue, pues, que de lo que el Señor nos aparta, lo mismo nos amoneste a soportar pacientemente de otro. Aquí ya mira el placer de la paciencia. Pues toda injuria, ya sea infligida por lengua o por mano, cuando haya ofendido a la paciencia, será dispuesta con el mismo resultado con que algún dardo librado contra una piedra de durísima constancia y embotado. Pues caerá allí mismo en obra inútil e infructuosa y, a veces, repercutido, se enfurecerá con ímpetu recíproco contra quien lo envió. Ciertamente, alguien te hiere para que te duelas, porque el fruto del que hiere está en el dolor del herido. Por tanto, cuando derribes su fruto no doliéndote, es necesario que él mismo se duela por la pérdida de su fruto. Entonces tú, no solo te vas ileso, lo cual ya solo te basta, sino que además te defiendes deleitado por la frustración de tu adversario y por su dolor. Esta es la utilidad y el placer de la paciencia.
9
Ni siquiera se excusa aquella especie de impaciencia, en la pérdida de los nuestros, a la cual patrocina alguna aserción de dolor. Pues debe anteponerse el respeto de la denuncia del apóstol, que dice: no os entristezcáis por la dormición de nadie, como las naciones, que carecen de esperanza. Y merecidamente. Pues creyendo en la resurrección de Cristo, creemos también en la nuestra. Por quienes Él murió y resucitó. Por tanto, constando la resurrección de los muertos, el dolor de la muerte queda vacío, queda vacía también la impaciencia del dolor. Pues,¿ por qué te dolerías si no crees que ha perecido?¿ Por qué soportarías impacientemente a quien crees que volverá, habiendo sido retirado por un tiempo? Es una partida lo que piensas que es la muerte. No debe ser llorado quien se adelanta, sino claramente deseado. Ese deseo también debe ser templado por la paciencia. Pues,¿ por qué soportarías inmoderadamente a quien pronto seguirás tras haber partido? Por lo demás, la impaciencia en tales casos presagia mal de nuestra esperanza y prevarica la fe. Y ofendemos a Cristo cuando no recibimos ecuánimemente a los que son llamados por Él, como si fueran dignos de lástima. Deseo, dice el apóstol, ser recibido ya y estar con el Señor.¡ Cuánto mejor muestra el voto! Por tanto, el voto de los cristianos, si lloramos impacientemente a otros que han alcanzado, no queremos alcanzar nosotros mismos.
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Hay también otro estímulo sumo de la impaciencia: la libido de la venganza, cuidando el negocio de la gloria o de la malicia. Pero también la gloria es vana en todas partes y la malicia nunca deja de ser odiosa al Señor, en este lugar ciertamente cuando más, cuando la malicia de otro, provocada, se constituye superior en ejecutar la venganza y, remunerando, el malvado duplica lo que una vez fue hecho; la venganza ante el error parece consuelo del dolor, ante la verdad se refuta como certamen de malignidad. Pues,¿ qué importa entre el provocador y el provocado, sino que aquel es hallado primero en el maleficio, pero aquel posterior? Sin embargo, ambos son reos ante el Señor del hombre herido, quien prohíbe y condena todo mal. No hay razón de orden en el maleficio, ni el lugar separa lo que la semejanza une. El hecho igual tiene igual mérito. Por tanto, se prescribe absolutamente que el mal no debe ser pagado con mal.¿ Cómo observaremos eso si no seremos fastidiosos en el fastidio de la venganza?¿ Qué honor, pues, sacrificaremos al Señor Dios, si nos hemos arrogado el arbitrio de la defensa?¡ Nosotros, podridos, vasos de arcilla! Cuando nuestros siervos se toman la venganza de sus consiervos, nos ofendemos gravemente y a aquellos que nos han ofrecido su paciencia, como conscientes de la humildad de su servidumbre, diligentes del honor dominical, no solo los aprobamos, sino que hacemos una satisfacción más amplia de la que ellos mismos se habrían presumido.¿ Eso peligra para nosotros ante el Señor, tan justo para estimar, tan potente para perfeccionar? Esto se nos promete diciendo: la venganza es mía, y yo vengaré, es decir: paciencia para ti, y yo remuneraré la paciencia. Pues cuando dice: no juzguéis, para no ser juzgados,¿ no reclama paciencia? Pues,¿ quién no juzgará a otro, sino el que será paciente de no defenderse?¿ Qué creemos, pues, que es aquel juez, si no también vengador?¿ Quién juzga por eso para perdonar? Y si perdonará, sin embargo, habrá evitado la impaciencia del que juzga y habrá arrebatado el honor del único juez, es decir, de Dios.¡ Cuántos casos, en verdad, ha solido incurrir tal impaciencia!¡ Cuántas veces se ha arrepentido de la defensa!¡ Cuántas veces su insistencia ha sido hallada peor que sus causas! Puesto que nada emprendido por la impaciencia sabe ser transigido sin ímpetu, nada actuado por ímpetu no ofende, o se arruina, o se va precipitado. Ahora bien, si te defiendes más levemente, enloquecerás; si más abundantemente, serás cargado.¿ Qué tengo yo que ver con la venganza, cuyo modo no puedo regir por la impaciencia del dolor? Pero si incubaré la paciencia, no me doleré; si no me doleré, no desearé vengarme.
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Después de estas materias principales de la impaciencia, rechazadas como hemos podido,¿ por qué divagar entre las demás, las que están en casa, las que están fuera? Lata y difusa es la operación del mal, múltiples los incitamentos de las áspides, del que lanza, y a veces pequeños, a veces máximos. Si los desprecias por su mediocridad, cedes a los máximos por su exuberancia. Donde hay menor injuria, allí no hay necesidad de impaciencia. Pero donde hay mayor injuria, allí es más necesaria la medicina de la injuria: la paciencia. Compitamos, pues, en soportar lo que es infligido por el mal, para que el estudio del enemigo eluda la emulación de nuestra ecuanimidad. Si, en verdad, algunas cosas nos las sobreañadimos nosotros mismos, ya sea por imprudencia o incluso espontáneamente, soportemos igualmente con paciencia lo que nos imputamos. Pero si creemos que algunas cosas son incitadas por el Señor,¿ a quién más que al Señor debemos ofrecer paciencia? Es más, nos enseña a congratularnos y alegrarnos por la dignación de la castigación divina. Yo, dice, castigo a los que amo.¡ Oh, aquel siervo bienaventurado, cuya enmienda urge el Señor, a quien se digna airarse, a quien no engaña con la disimulación de amonestar! Por todas partes, pues, estamos ceñidos por el oficio de administrar la paciencia, por la cual intervenimos en igual parte, ya sea por nuestros errores, o por las insidias del mal, o por las amonestaciones del Señor. Gran recompensa de ese oficio, la felicidad, ciertamente. Pues,¿ a quiénes llamó felices el Señor sino a los pacientes, diciendo: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos? Nadie, ciertamente, es pobre de espíritu sino el humilde.¿ Quién, pues, es humilde sino el paciente? Porque nadie puede someterse a sí mismo sin la primera paciencia de la sujeción misma. Bienaventurados, dice, los que lloran y se lamentan.¿ Quién tolera tales cosas sin paciencia? Por tanto, a tales se les promete la abogacía y la risa. Bienaventurados los mansos. Con este vocablo, ciertamente, no es lícito en absoluto censurar a los impacientes. Asimismo, cuando marca a los pacíficos con el mismo título de felicidad y los llama hijos de Dios,¿ acaso los impacientes son allegados a la paz? Un necio habría sentido esto. Cuando, en verdad, dice alegraos y exultad, cuando os maldigan y os persigan, porque vuestra recompensa es mucha en el cielo, eso ciertamente no promete la impaciencia de la exultación, porque nadie exultará en las adversidades, a menos que antes las haya despreciado. Nadie despreciará, a menos que haya ejercido la paciencia.
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En cuanto a lo que atañe a la disciplina de la paz, gratísima a Dios,¿ quién nacido de la impaciencia perdonará siquiera una vez a su hermano, no diré siete veces y setenta veces siete? Porque, dirigiendo el negocio con su adversario hacia el juez,¿ lo resolverá con conveniencia, a menos que antes haya borrado la ira, la dureza, la amargura, es decir, las venas de la impaciencia, y las haya amputado?¿ Cómo perdonarás y se te perdonará, si fueras tenaz de la injuria por la ausencia de la paciencia? Nadie, convulso el ánimo contra su hermano, perfeccionará su ofrenda ante el altar, a menos que antes, reconciliándose con el hermano, se haya vuelto hacia la paciencia. Si el sol se pusiere sobre nuestra ira, peligramos. No nos es lícito permanecer un día sin paciencia. Pero, en efecto, cuando gobierna toda especie de disciplina saludable,¿ qué de extrañar que también sirva a la penitencia? Acostumbrada a socorrer a los caídos, esta espera, esta desea, esta ruega la salvación para los que alguna vez iniciarán la penitencia. Cuánto bien confiere a ambos, cuando, disuelto el matrimonio— por esa causa, sin embargo, por la cual es lícito que sea soportado por el varón o por la mujer desde la perseverancia de la dividuidad—, no hace al otro adúltero, sino que enmienda al otro. Así también, con aquellos ejemplos de las similitudes dominicales sobre la penitencia, está presente a salvo: la oveja errante, la paciencia del pastor la busca y la encuentra— pues la impaciencia despreciaría fácilmente a una, pero la paciencia asume el trabajo de la inquisición— y la lleva además sobre sus hombros, portador paciente, a la pecadora abandonada; a aquel hijo pródigo también, la paciencia del padre lo recibe, lo viste, lo alimenta y lo excusa ante la impaciencia del hermano airado. Salvo es, pues, quien había perecido, quien inició la penitencia; la penitencia no pereció, porque encontró la paciencia. Ahora bien, la dilección, sumo sacramento de la fe, tesoro del nombre cristiano, que el apóstol recomienda con todas las fuerzas del espíritu santo,¿ de qué sino de las disciplinas de la paciencia es educada? La dilección, dice, es magnánima: eso lo toma de la paciencia. Es benéfica: la paciencia no hace el mal. No emula: eso es ciertamente propio de la paciencia. No sabe nada protervo: extrajo la modestia de la paciencia. No se infla, no es proterva: pues no pertenece a la paciencia. No busca lo suyo: soporta lo suyo, mientras aprovecha al otro. No se incita: por lo demás,¿ qué habría dejado a la impaciencia? Por eso, dice, la dilección todo lo soporta, todo lo tolera, ciertamente porque es paciente. Merecidamente, pues, nunca caerá. Pues las demás cosas serán evacuadas, consumadas, agotadas: lenguas, ciencias, profecías; permanecen, sin embargo, la fe, la esperanza, la dilección: la fe, que la paciencia de Cristo indujo; la esperanza, que la paciencia del hombre espera; la dilección, que la paciencia acompaña con Dios como maestro.
13
Hasta aquí sobre la paciencia solo simple y uniforme y solo constituida en el ánimo, cuando también trabajamos multiplicadamente en la misma en el cuerpo para merecer al Señor, como la que ha sido editada por el mismo Señor también en la virtud del cuerpo, puesto que el ánimo rector comunica fácilmente los influjos del espíritu con su habitáculo.¿ Qué negociación, pues, de la paciencia hay en el cuerpo? En primer lugar, la aflicción de la carne, hostia placatoria al Señor mediante el sacrificio de la humillación, cuando liba al Señor las suciedades con la angustia del sustento, contenta con el alimento simple y la pura bebida de agua, cuando une los ayunos, cuando se adhiere a la ceniza y al saco. Esta paciencia del cuerpo recomienda las oraciones, afirma las deprecaciones; esta abre los oídos de Cristo y de Dios, dispersa la severidad, elicita la clemencia. Así, aquel rey de Babilonia, ofendido el Señor, con la suciedad y el hedor de siete años, se había exiliado de la forma humana, sacrificada la paciencia de su cuerpo, recuperó el reino y, lo que es más deseable para el hombre, satisfizo a Dios. Ahora bien, si desglosamos grados más altos y más felices de la paciencia corporal, la misma cuida también la santidad, la continencia de la carne: esta retiene a la viuda, designa a la virgen y eleva al eunuco voluntario a los reinos de los cielos. Lo que viene de la virtud del ánimo se perfecciona en la carne. La paciencia de la carne, finalmente, pelea en las persecuciones. Si la fuga urge, la carne milita en los incomodidades de la fuga. Si también la cárcel se adelanta, la carne en cadenas, la carne en el leño, la carne en el suelo; aquella también en la pobreza de la luz, aquella también en la penuria del mundo. Cuando, en verdad, es producida al experimento de la felicidad, a la ocasión de la segunda inmersión, al mismo ascenso de la sede divina, nada más allí que la paciencia del cuerpo. Si el espíritu está pronto, pero la carne es débil,¿ dónde está la salvación del espíritu sin la paciencia también de la carne misma? Pero cuando el Señor dice esto sobre la carne, pronunciándola débil, muestra qué se necesita para fortalecerla, es decir, la paciencia contra toda preparación de subvertir la fe o de castigar, para que soporte constantísimamente los azotes, el fuego, la cruz, las bestias, la espada, que los profetas, que los apóstoles vencieron soportando.
14
Con estas fuerzas de la paciencia es aserrado Isaías y no calla sobre el Señor; es apedreado Esteban y pide perdón para sus enemigos.¡ Oh, cuán feliz es también aquel que desplegó toda forma de paciencia contra todo el poder del diablo! A quien ni los rebaños arrebatados, ni aquellas riquezas en ganado, ni los hijos arrebatados en un solo golpe de ruina, ni finalmente las torturas del propio cuerpo en la herida, apartaron de la paciencia de la fe entregada al Señor; a quien el diablo, con todas sus fuerzas, golpeó en vano. Pues no fue apartado del respeto a Dios por tantos dolores, sino que se mantuvo para nosotros como ejemplo y testimonio de la paciencia que debe ejercerse, tanto en espíritu como en carne, tanto en alma como en cuerpo, para que no sucumbamos ante las pérdidas de los bienes seculares, ni ante la pérdida de los seres más queridos, ni siquiera ante las aflicciones del cuerpo. Qué trofeo erigió Dios sobre el diablo en aquel hombre, qué estandarte levantó sobre el enemigo de su gloria, cuando aquel hombre, ante cada noticia amarga, no profería nada de su boca sino gracias a Dios, cuando maldecía a su esposa, ya agotada por los males y que le aconsejaba remedios perversos. De qué se reía Dios, de qué se retorcía el malvado, cuando Job limpiaba con gran ecuanimidad la inmundicia de su úlcera, cuando, jugando, llamaba a las bestezuelas que brotaban de allí para que volvieran a las mismas cavidades y pastos de la carne excavada. Así, aquel obrero de la victoria de Dios, embotadas todas las flechas de las tentaciones con la coraza y el escudo de la paciencia, recuperó pronto la integridad de su cuerpo de parte de Dios, poseyó duplicado lo que había perdido y, si hubiera querido que también le fueran restituidos sus hijos, sería llamado padre de nuevo. Pero prefirió que le fueran devueltos en aquel día: difirió tanto gozo, seguro del Señor; soportó ya una orfandad voluntaria para no vivir sin alguna paciencia.
15
Tan idóneo es Dios como garante de la paciencia: si depositas la injuria en sus manos, él es el vengador; si el daño, él es el restituidor; si el dolor, él es el médico; si la muerte, él es el resucitador.¡ Cuánto permite la paciencia, que hace de Dios su deudor! Y no sin razón. Pues él protege todos sus preceptos, interviene en todos sus mandatos: fortalece la fe, gobierna la paz, ayuda al amor, instruye en la humildad, espera la penitencia, señala la confesión, rige la carne, preserva el espíritu, frena la lengua, contiene la mano, aplasta las tentaciones, expulsa los escándalos, consuma los martirios, consuela al pobre, modera al rico, no consume al débil, no extiende al fuerte, deleita al fiel. Invita al gentil, recomienda al siervo al señor y al señor a Dios. Adorna a la mujer, aprueba al hombre; es amada en el niño, alabada en el joven, respetada en el anciano; en todo sexo, en toda edad, es hermosa. Vamos ahora, si quieres, comprendamos su figura y su porte. Su rostro es tranquilo y apacible, su frente pura, no contraída por ninguna arruga de tristeza o de ira; sus cejas relajadas igualmente en un modo alegre, sus ojos bajos por humildad, no por infelicidad; su boca marcada por el honor del silencio; su color, el de los seguros e inocentes; el movimiento frecuente de su cabeza contra el diablo y una sonrisa amenazante; por lo demás, su vestidura alrededor del pecho es blanca y ceñida al cuerpo, como quien no se infla ni se mancha. Pues se sienta en el trono su espíritu, el más suave y manso, que no se agita en torbellino, no se oscurece en nube, sino que es de tierna serenidad, abierto y simple, el que Elías vio por tercera vez. Pues donde está Dios, allí mismo está su alumna, es decir, la paciencia. Por tanto, cuando desciende el espíritu de Dios, la paciencia lo acompaña inseparablemente. Si no la admitimos junto con el espíritu,¿ permanecerá siempre en nosotros? Más bien, no sé si perseverará por mucho tiempo; es necesario que se angustie en todo lugar y tiempo si no tiene a su compañera y ministra. Cualquier cosa que su enemigo le inflija, no podrá soportarla solo, careciendo del instrumento para sostenerla.
16
Esta es la razón de la paciencia, esta es la disciplina, esta es la obra, la celestial y verdadera. Ciertamente, la cristiana, no como aquella paciencia de las naciones, terrenal, falsa y vergonzosa. Pues, para que el diablo emulara también en esto al Señor, como si fuera claramente de igual a igual— salvo que la diversidad misma del mal y del bien es igual en magnitud—, enseñó también a los suyos una paciencia propia, aquella, digo, que somete a los maridos a la potestad de sus esposas, venales por la dote o negociantes mediante alcahueterías, la que tolera todo trabajo de obediencia forzada con afectos fingidos para captar herencias, la que entrega a los obreros del vientre a la sujeción de la libertad por la gula mediante patrocinios vergonzosos. Tales estudios de paciencia conocen las naciones y ocupan el nombre de un bien tan grande con operaciones inmundas; son pacientes con los rivales, los ricos y los invitados, pero viven impacientes ante el único Dios. Pero ellos verán lo suyo y lo de su jefe, qué paciencia les espera en el fuego bajo tierra. Por lo demás, amemos nosotros la paciencia de Dios, la paciencia de Cristo: devolvámosle la que él mismo pagó por nosotros; ofrezcamos la paciencia del espíritu, la paciencia de la carne, nosotros que creemos en la resurrección de la carne y del espíritu.